El dilema de Superman

All-Stars Superman.

Para cualquier guionista, el gran problema a la hora de trabajar con un personaje como Superman es el mismo que tienen los villanos de sus aventuras: enfrentarse a sus superpoderes. Porque la propia naturaleza del hombre de acero es un desmadre, sus habilidades son tan numerosas y tan pasadas de rosca que resulta especialmente difícil tanto idear retos a su altura como mantener cierta cordura con ellas dentro del universo ficticio. Y por eso mismo, la existencia de Superman ha provocado una interesante colección de cuestiones de los más variado, desde cómo puede el kryptoniano afeitarse un vello facial que se supone indestructible hasta cómo es capaz de mantener relaciones sexuales sin fusilar a la pareja durante la eyaculación, y pasando por los pormenores del vestuario de trabajo o todas las dudas morales que asaltarían a alguien con un estatus de deidad todopoderosa.

Elevado a once

Algunos superhéroes tienen un superpoder característico que los define, otros tienen un par en torno a los que crean su figura justiciera, y otros tantos tienen más de dos características sobrehumanas. Pero ocurre que Superman (también conocido como Kal-El en Krypton y como Clark Kent en la Tierra) tiene una cantidad demencial de poderes elevados a once. Y eso complica las cosas.

En realidad el repertorio de superhabilidades no siempre ha sido el mismo. El personaje nació en los años treinta con supervelocidad, oído envidiable, superfuerza y una vista asombrosa, pero ni era completamente invulnerable (la artillería pesada podía acabar con él), ni podía volar, en lugar de eso lo que hacía era saltar muy alto. A partir de los años cuarenta, los guionistas se fueron emocionando cada vez más a la hora de añadir nuevos poderes y potenciar los anteriores: Kal-El adquirió la capacidad de volar por culpa de los dibujos animados de Fleischer Studios porque era más sencillo dibujarlo volando que pegando botes de un lado a otro; su fuerza se incrementó hasta permitirle cargar con planetas enteros; a su vista telescópica se le sumó la visión de rayos X, pero también una visión térmica y otra microscópica; su aceleración se incrementó hasta alcanzar la velocidad de la luz; su cerebro se potenció para procesar información rápidamente, devorar libros como lo hacía Número 5, e hipnotizar a la gente; sus pulmones fueron capaces de producir un aliento helado que congelaba cualquier cosa y también de crear huracanes o permitirle contener la respiración durante eones, y su cuerpo adquirió el don de regenerarse a voluntad. A la altura de los años setenta, el personaje era prácticamente invulnerable a casi todo, con la excepción de la kryptonia, que podía matarlo, o la radiación del sol rojo, que lo debilitaba, llegando a sobrevivir a explosiones nucleares y siendo capaz de atravesar el núcleo de una estrella sin rasguños que lamentar. Sus superpoderes se convirtieron en una barra libre tan descarada que en muchas ocasiones los guionistas se sacaban de la manga cualquier tontería imaginable: Superman ha llegado a borrar la memoria de Lois mediante un beso y a demostrar que entre sus habilidades figuraba la superventriloquía.

En 1986, se le encomendó a John Byrne hacerse cargo del personaje para encarrilarlo y el hombre optó por aguar sus poderes porque con aquel desmadre de virtudes tan excesivas los escritores encontraban cada vez más complicado el idear hazañas a la altura del héroe. La época Byrne enfatizó el uso del sol amarillo de la Tierra como origen y potenciador de los poderes de Kal-El (a diferencia del sol rojo de Kyrpton que los anulaba), pero también decidió limitar dichas habilidades. El superhombre ya no era tan fuerte (aunque se estableció que poseía «telequinesis táctil» para justificar el transporte de grandes objetos por el aire), ni tan listo, ni veía tan bien, ni era tan invulnerable. Y, sorprendentemente, nadie mencionó nunca de nuevo el tema de la superventriloquia. Cuando Byrne se fue de la serie, los poderes se volvieron a potenciar, aunque sin llegar los niveles disparatados de otrora.

Inevitablemente, un repertorio tan amplio de superpoderes generaba entre los lectores un torrente inagotable de cuestiones: ¿por qué en Metrópolis los delincuentes seguían molestándose en disparar a un héroe invulnerable? (algo que el documental Superman 50th Anniversary resumía con un «Esa S tiene algo que hace que quieras disparar contra ella»). ¿A qué velocidad envejece Kal-El? ¿Cómo puede profesar la religión cristiana cuando conoce la existencia de otros dioses (Zeus)? o ¿Cómo se las apañan sus adversarios para conseguir pedrolos de kryptonita de un planeta que explotó tres décadas atrás en la otra punta de la galaxia?

Pero, curiosamente, las preguntas que afloran con más frecuencia son aquellas que se refieren a la pelambrera de Superman. Porque sus seguidores más puntillosos se preguntan a menudo cómo es posible que alguien con un organismo invulnerable se cortarse un pelo (tanto el vello facial como el de la cabeza) que se presupone indestructible. Uno de los cómics sorteó el asunto sentenciando que a Superman no le crecía el pelo en el planeta Tierra, una idea que no convenció a nadie. Por otra parte, decenas de guionistas se han tomado la molestia de aclarar que el superhombre afeita su férrea barba con su propia supervisión calorífica reflejada en un pedazo de la nave en la que llegó a la tierra, o en su defecto en un simple espejo. En ocasiones incluso otros kryptonianos son los encargados de pulirle el mentón tirando de superpoderes.

Una pequeña selección de la interminable cantidad de veces en las que Superman se ha segado los morros en las viñetas.

Lo cierto es que Superman ha sido visto más veces afeitándose con sus propios rayos que entrando en una cabina de teléfonos para cambiarse el traje. Porque esto último, a pesar de lo que suele pensar, era algo muy poco frecuente.

Afeitado en televisión.

El armario de Superman

Durante el clímax de Kill Bill: Volumen 2, el Bill interpretado por David Carradine a quien perseguía la heroína se marcaba un monólogo de villano inusual al alabar la mitología que rodeaba a Superman calificándola de no solo genial, sino única. Lo que más fascinaba a Bill era cómo el personaje se diferenciaba el resto de héroes de tebeo por la esencia que tenía su alter ego: «Batman no es otro que es Bruce Wayne, Spider-Man se llama Peter Parker. Cuando el personaje se despierta por las mañanas solo es Peter Parker. Tiene que ponerse un traje para convertirse en Spider-Man. Y esa es la característica que hace de Superman algo único. Superman no se convirtió en Superman sino que nació como Superman. Cuando se despierta cada mañana, es Superman. Su alter ego es Clark Kent. Y su traje, el que lleva esa enorme S, es la prenda en la que estaba envuelto cuando lo encontraron los Kent siendo un bebé, esa es su ropa. Y lo demás, las gafas, el traje azul, es su disfraz. Es un disfraz que Superman se pone para ser uno más de nosotros. Clark Kent es su visión de nosotros. ¿Y cuáles son las características de Clark Kent? Es débil, no confía en sí mismo, es un cobarde. Clark Kent, Superman, critica así a toda la raza humana».

Kill Bill. Imagen: Miramax.

El discurso era una excusa curiosa del guion de Quentin Tarantino para establecer paralelismos pop con la naturaleza asesina de Beatrix Kiddo (Uma Thurman), pero apuntaba a la interesante idea de señalar al hombre de acero como un superhéroe diferente a los demás, uno que necesitaba invertir el habitual truco del disfraz. Lo llamativo es que tanto el cambio de ropa como el propio outfit que lucía Clark Kent también han provocado preguntas entre el público. La primera gran duda es insultantemente obvia: ¿por qué nadie era consciente de que Kent y Superman eran la misma persona si la única diferencia entre ambos era el vestuario? Pero aquí tanto los cómics, series y películas utilizaban una treta popularmente aceptada por el espectador, la de recurrir a ese fabuloso artefacto conocido como las Gafas de la Fealdad. Un par de cristales totalmente comunes (ni siquiera de culo de vaso) que en la pantalla tienen el poder de transformar a tíos buenorros y tías buenorras en orcos de Moria a ojos del resto del mundo. Superman optaba por usar gafas como camuflaje principal porque, según la lógica del guionista, dichos cristales mutan en pardillo poco agraciado a su portador por muy tremendo que esté, una idea reciclada por posteriores comedias tontorronas para adolescentes. Alguien como tú y Princesa por sorpresa quisieron hacernos creer que Rachael Leigh Cook y Anne Hathaway eran feas por llevar gafas, e incluyeron secuencias donde para embellecer a las zagalas el primer paso siempre era deshacerse de las lentes. No es otra estúpida película americana parodió todo el asunto con gracia: allí Chyler Leigh dejaba de ser un patito feo y se transformaba a cisne gracias a un proceso de tunning limitado a quitarle las gafas y la coleta del pelo. En la película Superman IV una mujer le sugería al protagonista dejarse de monturas y probar suerte con las lentillas, pero para conservar su tapadera Kent se excusaba explicando que las lentes de contacto le irritaban los ojillos.

El resto de cuestiones sobre el ropero casual de Kal-El solían centrarse en el cambio de vestuario sobre la marcha cuando la situación lo requería, y sobre todo en qué coño hacía Superman con la ropa de Kent tras enfundarse el uniforme de superhéroe. Curiosamente, existe la creencia popular de que Clark Kent acostumbra a utilizar las cabinas de teléfono para cambiarse de ropa, lugares que no parecían el mejor sitio para ocultar la ropa de persona normal, pero esto es una suerte de leyenda urbana. En realidad, el héroe rara vez acudía a dichas cabinas para ponerse el traje de faena, y la primera vez que lo hizo fue en el cortometraje The Mechanical Monsters de 1941, una de las diecisiete peliculillas de dibujos animados paridas por los Fleischer Studios. De algún modo, quizás por culpa de un show radiofónico de aquella misma década llamado The Adventures of Superman, al público se le quedó grabada la idea de la cabina telefónica como útil cambiador superhéroico. Pero las posteriores aventuras del personaje no recurrieron tanto a ellas, y las escasas veces en las que lo hicieron también aprovecharon para comentar lo incómodo e inapropiado del lugar. Entretanto, en DC decidieron durante los años cincuenta y sesenta que a lo mejor era necesario aclarar qué hacía realmente Superman con los enseres de Clark Kent. Para ello, idearon una explicación tontuna al sentenciar que Kal-El acostumbraba a doblar con mucha maña todo el vestuario (camisa, pantalones, sombrero, zapatos, corbata y gafas) a la velocidad de la luz para introducirlo en versión ultracompactada dentro un bolsillo oculto de su capa.

En 1978, cuando las cabinas telefónicas ya habían comenzado a perder sus paredes, el Superman de cine protagonizado por Christopher Reeves se permitió un guiño simpático al hacer que Kent lanzase una mirada a un teléfono público justo antes de decidir que era mejor cambiarse de atuendo en una puerta giratoria. Jon Bogdanove, dibujante de Superman: The Man of Steel durante los años noventa, calificaba de mito el temita de las cabinas y aclaraba que los guionistas preferían que Superman se vistiera en algún almacén o habitación poco transitada para ahorrarse quebraderos de cabeza. En varias de las historias dibujadas por Bogdanove se acordó utilizar como cambiador la azotea del edificio del Daily Planet donde curraba Kent, al ser una ubicación mucho más vistosa, que daba más juego y que permitía que el kryptoniano dejase los trapos por ahí tirados sin temor de que alguien se los afanara. Y las versiones más modernas de Superman llegaron a idear trajes kriptonianos nanotecnológicos que aparecían de la nada.

Al margen de teléfonos y bolsillos secretos existe otra duda sin respuesta aparente que también asalta de tanto en tanto a los lectores más tiquismiquis. Si Superman viste el traje de héroe bajo las prendas de Kent, ¿cómo se las arregla para embutir la capa debajo de la camisa sin que la joroba sea evidente?

El esperma de Superman

Inevitablemente, las preguntas alrededor de la lógica del mundo de Superman tienden a acabar apuntando hacia la entrepierna e ideando escenarios que dan mucho juego para hacer bromas sobre cosas duras como el acero. Porque es natural que tarde o temprano el público acabe preguntándose cómo alguien con unos poderes tan ciclados puede apañárselas para no convertir en papilla a sus compañeros de cama. En una popular escena de la serie animada Justice League Unlimited (2004-2006) un Superman bastante encabronado le explicaba al supervillano Darkseid las virtudes de la autocontención, justo antes de proceder a dejarle el morro fino a sopapos a su antagonista. Durante dicha secuencia, Kal-El revelaba cómo habitar el planeta Tierra suponía en su caso algo similar a vivir en un «mundo de cartón», en un lugar frágil que podría romper si él no se andaba con cuidado. Sabiendo que sus pasos eran capaces de provocar terremotos, y que un bufido podía transformarse en un huracán, Superman confesaba que se veía forzado a vivir conteniéndose en todo momento, porque de lo contrario podría, sin querer, arrasar con todo lo que le rodeaba.

Trasladar toda esta información hasta el terreno de los arrumacos entre sábanas resulta aterrador, porque significa que echar un polvete con Superman sería el equivalente a acostarse con una escopeta cargada. Si tenemos en cuenta que estamos hablando de una persona que con un estornudo podría reubicar de golpe a toda la población de su Metrópolis natal, no es raro deducir que, a la hora de eyacular durante el clímax, los espermatozoides que salgan de su supercolita lo harán disparados a la velocidad de las balas. Y eso significa que Lois Lane lo tendría complicado para encamarse con Kal-El sin acabar en algún momento partida  en dos o con un butrón a la altura de la nuca. En Mallrats, Brodie (Jason Lee), un personaje tan obsesionado con los penes de los superhéroes como para desesperar al mismísimo Stan Lee, divagaba sobre todo lo anterior para acabar llegando a la conclusión de que el único modo que tendría Superman de echar un quiqui con chicas normales pasaba por enfundársela en un condón de kriptonita, una solución que lo mataría. Brodie también apuntaba que Lois no podría sobrevivir a la gestación en su vientre del hijo de Superman: «Es un extraterrestre, no lo olvides. Su anatomía kryptoniana se fortalece con el sol de la Tierra. Si Lois tomase el sol el niño podría romperle la barriga. Solo el útero de Wonder Woman es lo bastante fuerte como para llevar a su hijo».

Lo cierto es que la ficción ha decidido ignorar todo lo anterior de manera casi directa y, aunque algún medio (como la serie Lois & Clark: The New Adventures of Superman) sentenció inicialmente que el ADN de Krypton no es compatible con el terrestre, el superhombre ha logrado tener descendencia en tantas líneas temporales de sus correrías como para que sea difícil echar cuentas sin tener una lista a mano. Lois anunció su embarazo en Superman Dailies (1946), un superbebé destrozó la casa familiar en la portada del número nueve del Superman’s Girlfriend Lois Lane de 1957, existieron diferentes parejas de gemelos (Lyle y Lili, Larry y Carole, Kal y Jor) nacidos de la semillita de Kal-El la a lo largo de numerosas series (Superman, Superman’s Girlfriend Lois Lane, Adventures of Superman) y en general la camada de descendientes del héroe es de lo más variada: niños y niñas con Lois Lane (Lola Kent, Larry, Clark Jr, Kal-El Jr, Lisa, Laney, Krys, Laura Kent, Richard, M’R’R, K’R’K, Joel Kent, Kara Kent, Martha o Cir-El entre muchos otros), superzagales con Wonder Woman (Zod, Jonathan Kent, Bruce, Superboy, Supergirl), un puñado de vástagos adoptados (Christopher Kent, Gregor Nagy, Supergirl, Johnny Kirk, Jimmy Olsen, Tommy, Baby Bliss) y otros tantos fruto de sus relaciones con Lana Lang, Larissa Lenox, Lyla Lerrol e incluso con una sirena llamada Mooky con la que se insinuaba que podría haber concebido a un chaval medio niño y medio pescado. Un caso especial es el del personaje de Maxima por poseer un plan malvado de buscona intergaláctica: se trata de una «villana» cuyo objetivo es tirarse a Superman para tener un hijo suyo.

Parte de la camada alumbrada por Superman a lo largo de la historia.

Entretanto, los fans han sacado sus conclusiones propias sobre la viabilidad del coito seguro con kryptonianos y el consenso habitual es que el hombre de acero es capaz de controlarse lo suficiente durante el bombeo como para no convertir a la amada en pulpa. Y en lo que respecta al embarazo posterior, las trama del Superman & Batman: Generations de John Byrne ideó un colgante para Lois que, al imitar la radiación del sol rojo de Krypton, anulaba durante el embarazo los poderes alienígenas del feto y permitía a la mujer gestarlo con tranquilidad sin que una patadita de la criatura le provocase un boquete en la panza (algo que ocurría en una línea temporal alternativa del cómic Armageddon 2001).

En 1971, el escritor de ciencia ficción Larry Niven publicó un ensayo titulado Hombre de acero, mujer de kleenex basado exclusivamente en analizar, desde un punto de vista más cómico que científico, la vida sexual del superhéroe. Se trataba de la misma pieza que inspiró a Kevin Smith a la hora de escribir aquel descacharrante diálogo de Brodie en Mallrats sobre los condones de kriptonita y las cavidades interiores de Wonder Woman. A lo largo del texto, Niven divagaba sobre la posibilidad de que Superman fuese virgen, aunque «tiene visión de rayos X, sabe exactamente qué es lo que se está perdiendo» matizaba, porque sus superpoderes le impedían acostarse con seres humanos sin hacerles daño: «Los electroencefalogramas tomados a hombres y mujeres durante las relaciones sexuales muestran que el orgasmo se parece a “una especie de ataque epiléptico placentero”. Uno pierde el control sobre sus músculos. Se sabe que Superman ha dejado accidentalmente sus huellas dactilares marcadas en el acero y sobre cemento endurecido. ¿Qué podría hacerle a la mujer que tuviera entre sus brazos durante ese ataque epiléptico?».

Lo mejor del ensayo es que en el mismo se llegaba a una solución para que Lois y Superman tuviesen descendencia sin que la primera acabase convertida en un cromo. Niven proponía que Superman atrapase tirando de supervelocidad su propio esperma tras masturbarse en la luna (por aquello de la intimidad), para después guardarlo en un recipiente con la idea de inseminar artificialmente a la mujer. El escritor también imaginaba que soltar a tantos soldaditos del kriptoniano en el útero de Lois podría provocar que los superespermatozoides que no alcanzasen el óvulo se buscasen la vida por otro lado, y acabasen aterrorizando Metrópolis en busca de féminas. Y por eso mismo sugería que el propio Superman aislase, con su visión microscópica, a uno solo de ellos para evitar jaleos mayores. A la hora de lidiar con los nueve meses de gestación, y tras concluir que el cuerpo de Lois no estaba hecho para aguantar los embistes de un hijo de Krypton, el escritor opinaba que lo mejor era que el bebé los gestase en su interior el propio Superman y se tirase de cesárea en el momento de alumbrar a la criatura. «La mente se tambalea ante la imagen de un Superman embarazado patrullando los cielos de Metrópolis. Batman rechazaría ser visto con él, nuevos chistes circularían en las prisiones… y la raza de Krypton estaría segura al fin».

El dilema de Superman

Los cómics de la serie All-Star Superman se publicaron con frecuencia bimensual entre finales del 2005 y octubre de 2008. Guionizados por Grant Morrison, dibujados por Frank Quitely y entintandos por Jamie Grant, aquellos muy celebrados doce números (galardonados con los prestigiosos premios Eisner) jugaron a redibujar y reajustar el perfil del superhéroe. Algo que hicieron desde su propia portada con bastante éxito: la cubierta del primer número mostraba al caballero de Krypton contemplando la ciudad desde las alturas, pero no posando teatralmente con los puños apuntalando la cadera, sino de manera relajada y casual, dirigiendo una mirada cómplice al propio lector.

La trama de All-Star Superman presentaba a un héroe con fecha de caducidad, por culpa de una exposición excesiva a la radiación solar que chamuscaba lentamente sus células, reduciendo su esperanza de vida a doce meses. A lo largo de la serie, aquel superhéroe consciente de su condena se esforzaba por dejar su universo en orden para que la humanidad pueda apañárselas sin él. Y al mismo tiempo se esmeraba en cumplir doce tareas antes de palmarla, retos que elevaban su figura a alturas mitológicas al emparentarla con leyendas como la de aquel Hércules que también lidiaba con doce pruebas. El número diez de All-Star Superman contenía un par de ocurrencias especialmente interesantes, la primera de ellas era el concepto de la Tierra-Q, un miniuniverso que Kal-El construía donde existía una versión idéntica del planeta Tierra en la que no existía Superman. El experimento servía al héroe para indagar sobre cómo sería el devenir de los humanos en un mundo sin un superhéroe velando por ellos. Y lo bonito del asunto era que al cotillear cómo se las apañaba dicha Tierra-Q (que según Morrison vendría a ser nuestro mundo real), Kal-El descubría que la humanidad se fabricaba su propia versión del superhombre, a través de mitos y leyendas que acababan desembocando en la creación de un Superman que tan solo existía como protagonista de una serie de cómics.

El otro detalle a destacar de la décima entrega de All-Star Superman era la escena con el personaje suicida, esta página de cinco viñetas:

Los antecedentes del argumento: Superman escucha una conversación telefónica entre un terapeuta y su paciente, donde el segundo informa de que está a punto de quitarse la vida, y decide abandonar a Lois para evitar un suicidio. La puesta en escena de la página es perfecta, se presenta con una viñeta vertical donde el lector acompaña en las alturas a la persona suicida (Regan, un personaje deliberadamente andrógino), mientras esta arroja su teléfono al vacío tras hablar con el médico. Y continúa a lo largo de cuatro paneles más donde la aparición de Superman transforma la desesperación en sosiego evitando el salto fatal. Con el tiempo, esta secuencia se convertiría en la página más famosa de All-Star Superman, su estructura y mensaje sería analizado decenas de veces en medios sobre el cómic, sufriría tanto parodias como homenajes de la mano del mismísimo Batman, y en internet se haría especialmente famosa gracias a las declaraciones de lectores de tebeo ahogados por la depresión que aseguraban que aquella página les habían salvado la vida: «Lloré durante horas tras leer esto. Me identifiqué con aquella chica tanto que casi podía escuchar a Superman diciéndome que soy más fuerte de lo que yo creo. Ahora, cada vez que mi depresión comienza a asomar su fea cabeza, yo repito sus palabras y le imagino abrazándome cuando estoy al borde del precipicio. Me funciona mejor que cualquier terapia o medicación que yo haya probado. […] Y ni siquiera me importa que sea un personaje ficticio de tebeo, él me ha salvado». Dejando aparte lo quizás demasiado melodramático del asunto en la vida real (a esa persona que clamaba haber sido salvada por un personaje de tebeo probablemente no le salvó la vida tanto Superman como el hecho de haber encontrado el mensaje necesario en el momento oportuno), lo interesante es que aquí Morrison se molestaba en demostrar que el héroe no solo era capaz de enfrentarse a peligros a gran escala sino también de lidiar con conflictos más íntimos y personales. Que la figura del superhombre también podía prestar atención a los hombres y mujeres de manera individual. Porque con su superoído podía saber en todo momento lo que estaba pasando.

Homenaje a la secuencia de All-Star Superman por parte de DC Universe Rebirth: Batman #4. Aquí la cosa acaba peor.

Y es aquí donde aparece la lógica del frigorífico para sentenciar que el verdadero dilema de Superman viene provocado por su naturaleza de deidad: teniendo en cuenta que ocurren desgracias en todo momento, no es difícil aventurar que la oreja del hombre de acero captará continuamente llamadas de auxilio de cientos de personas a punto de espicharla. Peticiones que el héroe no será capaz de atender en su totalidad por pura logística, al suponerse necesario el tener que anteponer unas catástrofes a otras en el momento de prestar socorro. O, simplemente, porque en determinados momentos el personaje estará hasta las superpelotas de salvar a la raza humana e intentará relajarse llevando una vida anodina como Clark Kent, acurrucándose junto a Lois Lane o echando la siesta delante de la tele. Por eso mismo sus dones resultan aterradores, porque Superman es una criatura que evoca la naturaleza espeluznante de lo que significa ser un dios con la antena siempre puesta: alguien que está constantemente escuchando las oraciones de sus fieles y que tiene el poder de decidir a quién salvar y a quién no. Algunas historias han tocado de manera más o menos directa el tema, confirmando que el personaje selecciona las desgracias a auxiliar según determinados factores, como la existencia de otro tipo de ayuda en camino. Pero aun así, es obvio que siempre existirá alguna tragedia a gran escala en curso, o que algún adolescente estará a punto de suicidarse en algún lugar del planeta. La explicación más sencilla sobre cómo puede lidiar el personaje con todo esto es asumir que, en ciertos momentos, decida activar el Modo Avión y apagar por completo la cobertura.

Niven, en el texto Hombre de acero, mujer de kleenex, también divagaba sobre la posibilidad de que el joven Superman tuviese tantos agujeros en la cabeza como en el techo de su cuarto de adolescente amigo de autoexplorarse. El literato insinuaba que el personaje bien podría ser un esquizofrénico por culpa de la carencia de una figura paterna que fuese capaz de imponerse durante la edad del pavo, y también como consecuencia de muchos otros factores derivados de ser un alienígena en un planeta ajeno. Y quizás ese es el auténtico dilema de Superman: cómo mantener la cabeza en orden de un personaje que se ve obligado a desconectar sus sentidos, aun sabiendo que morirá gente que tan solo él puede salvar, y a contener sus poderes si no quiere reventar la pared vaginal de su querida con una ráfaga de espermatozoides.


Bitelchús, Bitelchús, Bitelchús

Imagen: Warner Bros.

A Tim Burton se le conoce hoy en día como ese director de cine que tiene cara de ser la foto del «Antes» en los anuncios de acondicionador de pelo. Un realizador que, pese a tener algún acierto ocasional reciente (el fabuloso remake en stop-motion de Frankenweenie y, en menor medida, la decente El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares), lleva una década con el piloto automático puesto. Pero hace treinta años, el hombre era una de las miradas más interesantes de la industria del cine, una de aquellas capaz de levantar un universo propio tan personal y llamativo, tan siniestro y al mismo tiempo encantador, como para coleccionar de manera instantánea millones de fans y centenares de imitadores perdidos entre espirales, murciélagos y trajes a rayas. Y todo aquello gracias a un cadáver de pelambrera verdosa que se ocupaba de exorcizar a los vivos.

Bitelchús

Burton fue un niño californiano de la cosecha del 58 que ya desde muy pequeño tenía claro que lo suyo sería mirar el mundo a través del objetivo de la cámara. Un chaval introspectivo, jugador de waterpolo, fascinado con los payasos, fanático de las películas de Vincent Price y explorador habitual de los mundos literarios de Roald Dahl y Dr. Seuss. Carne de buylling escolar y firme competidor por la etiqueta de rarito de la clase con mención especial del jurado incluida. A los trece inviernos, el chico ya se tiraba las tardes filmando cortometrajes caseros en ocho milímetros o trasteando pacientemente con la stop-motion. También fue durante aquella época cuando el público pudo contemplar por primera vez la obra artística del zagal, expuesta de manera itinerante en el lugar más inusual posible: los camiones de la basura. Aquello ocurrió cuando Burton fue elegido como ganador de un concurso de dibujo organizado por la empresa basurera local y su ilustración (donde se veía a un robusto individuo aplastando un cubo de basura junto al lema «Crush Litter») se estampó, a modo de premio y durante un año entero, sobre todos los vehículos de recogida de desperdicios del barrio.

Esto de aquí fue la primera obra exitosa de Tim Burton.

A los dieciocho años, una beca le permitió acceder al CalArts (el Instituto Californiano de las Artes fundado por el Walt Disney) con el objetivo de convertirse en un animador competente. En aquel centro fue donde Burton agarró un lápiz y, siguiendo su política de hazlo-tú-mismo, comenzó a fabricarse sus propias peliculillas de dibujos animados, dos cortometrajes titulados Stalk of the Celery Monster y King and Octopus. El primero de ellos llamó tanto la atención de los ojeadores de Disney como para que la compañía fichase al chaval para ponerlo a currar en películas como Taron y el caldero mágico, Tod y Toby o Tron. En aquellas producciones además de oficiar de animador también se encargaba de elaborar arte conceptual, pero ninguno de sus bocetos llegó hasta la gran pantalla al lucir un estilo que no acababa de encajar del todo con el rollito Disney. En realidad ocurría que dentro de la compañía andaban como pollos sin cabeza durante aquella época de finales de los setenta. Tras la muerte del fundador (Walt Disney la espichó en 1966, aunque haya quien asegura que promocionó a cubito), los animadores y directivos más capaces del lugar fueron poco a poco mudándose hacia otras compañías, jubilándose o directamente muriéndose, hasta que solo quedó al mando gente que Burton y otros empleados consideraban de tercera división. El propio artista llegó a asegurar que se sentía como una «princesa atrapada en un castillo», porque en aquella casa le daban libertad total para ser creativo y experimentar, pero nunca utilizaban ninguna de sus ideas.

El chico no se amilanó y aprovechó para matar el rato trasteando con la cámara y dirigiendo bizarradas junto a Jerry Rees (futuro director de La tostadora valiente, productor de Space Jam y creador de peliculillas para atracciones de los parques Disney). Rees y Burton firmaron a medias los cortometrajes Doctor of Doom y Luau, siendo el primero un homenaje al cine chusco mexicano con monstruo fullero incluido, y el segundo una locura playera con fiestas, torneos de surf y Kahunas. Ambos eran filmes tremendamente caseros y cutres de manera consciente (ojo a este operador de cámara reflejado en el espejo), pero resultaban curiosos por contener en su reparto a varios currantes desencantados de aquella Disney en horas bajas. Entre ellos se encontraba Brad Bird (director de Los Increíbles y Ratatouille), Mike Gabriel (director de Los Rescatadores en Cangurolandia y Pocahontas) o el propio Burton interpretando al padre del monstruo en Doctor of Doom y a una cabeza cercenada en Luau. Una testa sin cuerpo que lucía un maquillaje similar al que Marilyn Manson intentaría hacer pasar por rompedor veinte años después.

A la izquierda Burton en Doctor of Doom como Don Carlo. A la derecha Burton en Luau interpretando una cabeza malvada y surfera con un cangrejo-esbirro a su cargo.

En la casa de Mickey Mouse intuyeron que el siniestro de Tim tenía suficiente potencial como para merecer algo más de cancha. Y le concedieron los medios para sacar adelante un cortometraje en stop-motion un poco más profesional: Vincent. La historia de un niño de siete años que soñaba con ser Vincent Price (el propio corto estaba narrado por el verdadero Price), ansiaba vivir entre arañas y murciélagos, trataba de convertir a su perro en zombi, imaginaba crímenes horrendos, leía a Edgar Allan Poe y prefería sufrir la infancia entre lamentos que salir a la calle a jugar con los demás infantes. Una peliculilla en la que Burton desenvolvía en cinco minutos varios de los trucos que se convertirían en su marca de la casa: las perspectivas imposibles, la elección estética de forrarlo todo con combinaciones de blanco y negro (rayas en el vestuario, baldosas en las habitaciones, espirales en cualquier sitio), las estructuras arquitectónicas que se retuercen como garabatos nerviosos, un sentido del humor que convierte en juguete lo tétrico, y la creación de un personaje que en realidad era una fotocopia del propio realizador. 

Vincent (1982)

Vincent coleccionó elogios y galardones. Poco después, el realizador perpetró una versión en imagen real del cuento de Hansel y Gretel, una rareza ambientada en Japón que solo se emitiría en una ocasión a través de The Disney Channel, y durante el Halloween de 1983. En aquella curiosa versión del relato de los hermanos Grimm también se intuían ciertas burtonadas estéticas: la propia bruja de la historia parecía un boceto del Pingüino de Batman vuelve (dirigida por Burton) mezclado con el alcalde de Pesadilla antes de Navidad (escrita y con personajes diseñados por Burton). 

Hansel and Gretel (1983).

En 1984, Disney decidió producir otra de las ocurrencias del artista, Frankenweenie. Una reinterpretación de Frankenstein protagonizada por un niño aficionado a rodar cortometrajes en el patio de casa y su perro fenecido, una mascota a la que el chaval revivía tirando de maquinaria de científico loco y el rayo tormentoso de rigor. O la evidencia de que Burton gustaba mucho de plasmar su infancia en la ficción. Y también de que nadie debería dejarlo nunca cerca de un perro.

Frankenweenie (1984).

Cuando el director presentó Frankenweenie en Disney, a los mandamases de la empresa se les cayeron los huevos al suelo. Inicialmente, aquel corto iba a mostrarse en cines junto a los reestrenos de El libro de la selva o Pinocho, pero el resultado era demasiado tenebroso y la compañía optó por enterrarlo en el sótano antes que proyectarlo y tener que repartir disculpas o pañales ante audiencias de rapaces asustados. Como consecuencia de aquello, en Disney aprovecharon para despedir a Burton, aquel rarito que se había fundido un millón de dólares rodando un Frankenstein para niños que nadie quería exhibir ante los niños. 

Ocurrió que el cómico Paul Reubens (ese hombre conocido por erigir una carrera como Pee-wee Herman y dinamitarla al ser pillado con el pee-wee en la mano en un cine X) pudo echarle un ojo a Frankenweenie. Y quedó tan maravillado con el estilo del joven director como para encargarle el salto a la gran pantalla de su Pee-wee televisivo. De este modo, Burton se estrenó en el largometraje con La gran aventura de Pee-wee, una comedia con pinta de juguete tontorrón por la que el alter ego de Reubens correteaba en  busca de su bicicleta. La película se convirtió en un inesperado taquillazo y Burton en un realizador rentable a quien los de Warner comenzaron a arrojar guiones para futuras películas. Pero el director pronto comenzó a desilusionarse con la industria, dirigió dos capítulos para las televisivas Alfred Hitchcock presenta y Cuentos de hadas, pero a la hora de hablar de proyectos de mayor envergadura la cosa no pintaba nada bien. Porque todos los libretos que le ofrecían eran insulsos, chabacanos o directamente infumables. Se le llegó a proponer hacerse cargo de Un caballo en la bolsa, aquella película donde un corredor de bolsa le pedía consejo a un caballo parlante, así estaba el nivel. Hasta que en sus manos cayó el guion de una historia titulada «zumo de escarabajo»  (Beetle Juice en el original) y algo se iluminó en aquel oscuro corazón gótico.

Bitelchús, Bitelchús

Bitelchús se estrenó en los cines norteamericanos a principios del año 88, fascinando tanto a crítica como a público, y convirtiéndose en un éxito sorpresa que dejaría bastante impronta. No solo era la primera película auténtica del director, aquella que no era un encargo y donde se asentaban las bases de su imaginario, sino que también se trataba de una producción extraña por su naturaleza de comedia macabra. Porque pocos taquillazos se gestan en torno a tramas que juguetean con ideas tan oscuras como la vida después de la muerte.

El film narraba la historia de Adam y Barbara Maitland (Alec Baldwin y Geena Davis) un matrimonio recientemente fallecido y condenado a habitar en modo fantasma su mansión en Connecticut durante ciento veinticinco años. Pero mientras la parejita intentaba adaptarse a su existencia espectral, nuevos habitantes cojoneros se asentaron en la vivienda, los Deetz. Una familia neoyorquina compuesta por el promotor inmobiliario Charles (Jeffrey Jones), su mujer escultora Delia (Catherine O’Hara) y Lydia (Winona Ryder), hija gótica del primero y el tormento de ambos. Junto a ellos, también se presentó el diseñador de interiores Otho (Glenn Shadix), un amigo de Delia que trataría de transformar la casa en una pieza de arte moderno.

Los Maitland, incómodos con aquellos nuevos inquilinos e incapaces de espantarlos por sus propios medios, decidían recurrir a los servicios de Betelgeuse (pronunciado como Bettlejuice en inglés y como algo parecido a Bitelchús [1] en español), un fantasma cabroncete (interpretado por Michael Keaton) que aseguraba, con un chusco spot televisivo, tener arte en lo de asustar a los humanos. Y una criatura que solo podía ser invocada al repetir tres veces su nombre en voz alta, «Bitelchús, Bitelchús, Bitelchús». A partir de aquí todo se desmadraba: un muerto chalado enfundando en un traje a rayas, un poltergeist loco al ritmo del «Day-O» de Harry Belafonte, cadáveres exóticos en los sofás de una sala de espera, maquillaje extraordinario, un Más Allá burocrático y fascinante, una boda fantasmal, gusanos de tierra gigantes en Saturno y un humor que por siniestro resultaba refrescante. O Burton en un buen momento.

Adam y Barbara en el limbo, rodeados de gente guapa. Imagen: Warner Bros.

Pero el libreto original de Beetlejuice, firmado por Michael McDowel, resultaba mucho más salvaje y menos cómico que lo que acabaría ocurriendo en pantalla. Porque el borrador inicial era un thriller de horror que bebía de El exorcista y estaba cargado de casquería alejada de esos terrores de Burton que, aunque también eran macabros, estaban más emparentados con los dibujos animados que con la charcutería de género. McDowel había ideado a Betelgeuse como un demonio alado que adoptaba la forma de un señor bajito del Medio Oriente. Un ser malvado que debía ser invocado exhumando sus huesos en lugar de pronunciando tres veces su nombre, cuyas intenciones inmediatas pasaban por zumbarse a Lydia, asesinar al resto de su familia y destruir la mansión, no estrictamente en ese orden. Aquel guion primigenio también incluía a otra hija de los Deeds de nueve años llamada Cathy, una chiquilla que sería despellejada hasta casi palmarla por un Bitelchús convertido en ardilla demoniaca («squirrel from hell» matizaba el guion) durante el tramo final de la historia. En general, el texto original de Beetle Juice era una película ochentera del montón, una que Walter Hill (director de The Warriors o Límite 48 horas) calificó delicadamente como «un pedazo de mierda». Pero también era un relato donde Burton intuyó ideas que, con un par de retoques, tendrían suficiente potencial como para permitirle desenvolver sus mundos propios.

Stop-motion molona. Imagen: Warner Bros.

Por eso mismo, aquel guion original se sometería a numerosas reescrituras con la idea de añadir las ocurrencias del director. El propio McDowel junto al escritor Larry Wilson se encargó de rebajar el tono hacia la comedia y, poco después, el famoso script doctor Warren Skaaren agarró el texto para introducir en él todos los elementos que convirtieron la cinta en legendaria: el carácter gamberro de Bitelchús, la visión de la Otra Vida como una administración pública fantasmal (donde los suicidas se convertían en funcionarios) y la inclusión de temas musicales durante las manifestaciones espectrales de los Maitland. Aunque para esto último Skaaren había sugerido utilizar canciones de rythm & blues en lugar de tirar por el calipso jamaicano: en la cabeza del guionista, la escena final funcionaba mejor si Lydia movía las caderas al ritmo de «When a Man Loves a Woman». Durante aquellas revisiones se tantearon diferentes desenlaces para la historia: desde uno que tenía a Lydia y los Maitland transformando la vivienda en una casa encantada, hasta otro que reubicaba al matrimonio fenecido en la maqueta de la mansión construida por Adam, pasando por la idea de matar a la propia Lydia durante un incendio para que hiciese compañía a sus amigos fantasmales en el otro mundo. Mientras tanto, en la Warner propusieron rebautizar la película como House Ghosts (Fantasmas de la casa) porque aquello les parecía bastante más descriptivo que la extravagancia de Beetlejuice. Burton contestó a dicha sugerencia con sorna, espetando que también podían retitularla Scared Sheetles (Asustados y sin sábanas). Y comenzó a preocuparse de verdad cuando descubrió que los productores vieron con buenos ojos aquel título que había propuesto de broma.

Ni Dune ni hostias. Eso SÍ es un gusano. Imagen: Warner Bros.

Con la trama concretada, el proceso de casting se complicó porque la mayoría de los actores creían que aquel guion era raro de cojones. Alec Baldwin se apuntó sin estar seguro del todo («No tenía ni idea de qué iba la película, llegué a creer que tras el estreno todas nuestras carreras estarían acabadas») y a día de hoy ni siquiera está contento con su actuación. Catherine O’Hara y Silvia Sydney no se atrevieron a subirse al carro de primeras, y a Winona Ryder la ficharon tras verla en Lucas y descartar a otras actrices como Jennifer Conelly, Alyssa Milano o Sarah Jessica Parker. Para el papel de Betelgeuse, Burton tenía en mente a Sammy Davis Jr, pero los productores le convencieron para otorgarle el puesto a un Keaton que se marcó una actuación desbocada: «Yo me presentaba en el set y me convertía en un puto loco. Fue una interpretación salvaje, me desmadraba durante doce o catorce horas y al llegar a casa estaba cansado y exhausto. Resultó maravillosamente catártico, una actuación de purga y furia», recordaría el actor. Curiosamente, su personaje tan solo aparecía en pantalla durante diecisiete minutos y medio, pese a dar título a la película y robar por completo todas las escenas en las que hacía acto de presencia. Para el propio Keaton, la de Beetlejuice es la mejor interpretación de su carrera.

Clase express de FX mañosos y prácticos: en esta imagen no hay posproducción implicada. Porque Baldwin está apoyando la barbilla sobre una cartulina negra con un cuello sanguinolento dibujado.

La producción se llevó a cabo con un presupuesto de quince millones de dólares, de los cuales tan solo uno estaba destinado a cubrir los efectos especiales. Fue un millón de pavos muy bien exprimido, porque el abuso de efectos prácticos y la stop-motion ayudaban a evocar el estilo de serie B que el director adoraba. Y también porque los diseños de Burton, plagados de gusanos a rayas y llamativos habitantes del inframundo, eran tan imaginativos como para embellecer el conjunto con facilidad. Del maquillaje se encargaron Ve Neill, Steve La Porte y Robert Short con tanta mano a la hora de moldear a Bitelchús, y al resto de jetas del inframundo, como para ser galardonados con un Óscar por sus labores. 

Cómo no le vas a dar un Óscar a esto.

La banda sonora corrió a cargo de Danny Elfman, un hombre que en la actualidad es toda una institución en el terreno de los scores cinematográficos, pero que debe toda su carrera al papá de Beetlejuice: un puñado de años antes fue invitado a orquestar La gran aventura de Pee-wee solo porque Burton era fan del grupo Oingo Boingo, aquella banda donde Elfman militaba dotando de voz a temazos tan ochenteros como «Weird Science». El músico inicialmente reculó ante la proposición al carecer de la formación necesaria para componer y orquestar, pero acabó aceptando el encargo y desde entonces su obra se ha convertido en un elemento importantísimo de la historia del séptimo arte. La traviesa composición que parió para vestir a Beetlejuice encajó estupendamente en aquel cuento con fantasma cabrito. 

Contraportada y portada del vinilo con la banda sonora de Danny Elfman.

Todo lo anterior desembocó en una película fabulosa, con un Burton muy imaginativo y un Keaton forzando la rosca hasta pasarla del todo. Una fábula siniestra pero autoconsciente que atraía al público porque había pocas similares a ella en la cartelera. Con el tiempo se convirtió en un clásico, referenciado frecuentemente en otros mundos y cargado de escenas icónicas que pasaron a formar parte del imaginario pop. Cuando Glenn Shadix (Otho en el film) falleció en 2010, la última canción que se escuchó durante su funeral fue el «Day-O» de Belafonte, en honor a aquella escena de Beetlejuice donde todo el mundo meneaba el culo y cantaba sobre recoger bananas.

Entretanto, en la constelación de Orión, una estrella llamada «Betelgeuse» brilla despreocupada sin ser consciente de que su nombre primero sirvió de inspiración para bautizar a un demonio cabrón. Y después se convirtió en zumo de escarabajo.

Imagen: Warner Bros television.

Bitelchús, Bitelchús, Bitelchús

Dos años después del estreno de Bitelchús, Burton comenzó a fraguar una secuela con el peor título posible: Bettlejuice Goes Hawaiian. El primer borrador del guion, a cargo de Jonathan Gems, trasladaba a los habitantes de la casa hasta Hawái con la excusa laboral de un encargo para comandar el diseño de un complejo turístico. En la trama, el hotel comenzaba a edificarse sobre el cementerio de un antiguo sacerdote Kahuna que regresaba de entre los muertos para espantar a los invasores no deseados, y a Bitelchús le tocaba salvar a los protagonistas participando en un campeonato de surf. La cosa sonaba a coña, pero no lo era tanto porque a Burton le resultaba muy graciosa la ocurrencia de vestir con expresionismo alemán el entorno de aquellas películas playeras de surfing con tufo a kitsch y crema solar. Y en el fondo, el realizador ya había hecho algo parecido años atrás con aquel cortometraje titulado Luau.

Pero Burton y Keaton se liaron con Batman vuelve, aquella película que aterró a los niños en las salas, y dejaron aparcado el proyecto de los fantasmas con sandalias. Durante los años posteriores Bettlejuice Goes Hawaiian sufrió numerosas revisiones por parte de diferentes guionistas como Daniel Waters (Las aventuras de Ford Fairlane, Demolition Man) o Pamela Norris (Saturday Night Live, Remington Steele, Miami Vice). Incluso se llegó a proponer una reescritura a Kevin Smith, aquel que a mediados de los noventa todavía parecía que iba a ser un escritor ocurrente, pero el de Nueva Jersey rechazó la propuesta con un «¿No hemos contado todo lo que teníamos que contar en Bitelchús? ¿De verdad que tenemos que ponernos tropicales?». La cosa no acabó cuajando pese a que tanto el director como el actor principal y Wyona Rider se mostraban encantados con la idea. En 2015 se intuyó un nuevo Bettlejuice 2, que transcurriría en la década contemporánea, cuando los productores comenzaron a encargar un nuevo libreto entre los guionistas de Hollywood. Pero cuatro años más tarde, y después de que Burton y Keaton trabajasen juntos en Dumbo, desde la Warner anunciaron que el proyecto estaba tan muerto y enterrado como su protagonista. Entretanto, por Broadway se paseó una adaptación musical de la película original. Y durante las promociones de dicho show teatral, tanto Burton como los productores dejaron más o menos claro que la segunda entrega cinematográfica de Bettlejuice probablemente nunca llegaría a suceder.

A día de hoy, la única secuela oficial de la película es la serie animada de Bitelchús. Un entretenimiento con cierta gracia que tomaba prestados un par de detalles de la película para construir su propio universo post morten y surrealista. Y un programa de la época en la que los dibujos animados llegaban precedidos por una cabecera espectacular, una que estaba mil veces mejor producida que el resto del show.

Imagen: Warner Bros Television.


[1] Convertir Beetlejuice en Bitelchús es una de esas ideas de los traductores tan desastrosas como para ser capaces de transformar ciertas escenas en accidentes terribles. Compárese cómo Lydia adivina el nombre del bioexorcista en la cinta original con lo absurdo de la misma escena en la versión doblada, una secuencia en la que se ven obligados a hacer malabares con las palabras para salvar el asunto de cualquier manera. El póster de la película en español tampoco se libró de inventarse una frase promocional que invocaba a la vergüenza ajena: «El fantasma que a todos pasma». Eso sí que daba miedo.


Rehazlo tú mismo

Laura Dern en Star Wars: los últimos jedis. Imagen: Walt Disney Studios Motion Pictures.

A principios de 2018, un miembro anónimo de la banda de tarados que conforman la Men’s Rights Activist (MRA), una asociación hombruna donde sus integrantes se dedican a hablar mucho sobre lo oprimidos que están sus testículos por las féminas, agarró la película Star Wars: los últimos jedi y decidió crear una versión ante la cual poder sentarse sin necesidad de sentirse esclavizado por el útero.

Así nació The Last Jedi: edición fan desfeminizada (o The Last Jedi: the chauvinist cut), un nuevo montaje del Epidosio VIII que eliminaba a (casi) todas las mujeres de la película original e intentaba que la gilipollez resultante tuviese algún sentido (spoiler: no lo tenía). «Es básicamente The Last Jedi menos el rollo girlz powah y las tonterías», especificaba el propio autor en la descripción de su vástago misógino en The Pirate Bay (la web de torrents por donde asomó la cabeza la criatura).

Pero la propuesta no había por dónde cogerla: la calidad del material era infame (estaba editada a partir de una versión grabada en cine con subtítulos asiáticos incrustados) y la propia idea de que las mujeres estorbaban en la trama se volvía contra sí misma al comprobar que el resultado final duraba cuarenta y seis minutos (frente a las dos horas y media de la versión original), y convertía toda la trama en un caos incomprensible. «Sé que no es ideal. Tiene problemas, pero alguien tenía que hacerlo» apuntaba su creador, «al menos ahora se puede ver sin sentir nauseas por todas aquellas decisiones grandes y pequeñas que tomaron en esta película. Sin Leia, la introducción es ahora más fresca y visible. Un combate mucho más satisfactorio donde la Resistencia está más unida y no tiene conflictos internos. La película también es más ágil gracias a los recortes, aunque desafortunadamente en ocasiones da la impresión de ir demasiado apresurada». Para evitar que el feminismo royera la leyenda de la Fuerza, aquella nueva edición eliminó las escenas en las que Leia «regañaba, cuestionaba o degradaba» a un varón y también se cargó con más rapidez a los personajes femeninos porque «las mujeres son más débiles que los hombres». Su creador aprovechó y, ya que estaba, eliminó todo lo que consideraba que jodía el canon particular de Star Wars, cosillas como la leche verde.

Cuando la Edición fan desfeminizada se convirtió en noticia, el director de la película original (Rian Johson) y algunos de sus protagonistas, Mark Hamill y John Boyega, deslizaron su opinión sobre el tema a través de las redes sociales:

Entretanto, el crítico cinematográfico Siddhant Adlakha resumió la idiotez del asunto de manera certera: «Ningún otro ejemplo de petulancia fandom se había saboteado a sí mismo con tanta fuerza por culpa de sus propios creadores».

Daisy Ridley en Star Wars: los últimos jedi. Imagen: Walt Disney Studios Motion Pictures

Aquel chauvinist cut del universo Star Wars era un disparate, pero demostraba que gracias a las herramientas disponibles hoy en día incluso la gente con las neuronas más fundidas puede editar material audiovisual de manera profesional para fabricar sus propias creaciones o moldear las ajenas. En el diario Rebelde sin pasta, Robert Rodríguez explicaba cómo durante la elaboración de su baratísima película El mariachi (1992), rodada en plan guerrillero y con un presupuesto de siete mil dólares destinados en su mayoría a costear los rollos de film, el proceso de edición le mantuvo horas encerrado (literalmente, porque en una ocasión se lo olvidaron dentro de la sala y cerraron con llave) en una sala de montaje. Hoy en día, cualquiera puede ensamblar una película competente, propia o ajena, tirando de teclado y ratón.

Galaxias

Star Wars, a causa de su legado y sobre todo gracias a sus legiones de fans, ha sido una de las franquicias que ha recibido más manipulaciones amateurs. Gracias a internet, un hombre apodado The Man Behind the Mask pudo presentar en sociedad The War of the Stars, un fanedit (montaje casero de un fan) que transformaba la Star Wars primigenia en una película grindhouse (que se puede ver completa aquí mismo). Una curiosidad divertida que arrancaba con «Érase una vez, en el espacio», regaba los combates con sangre digital, le añadía subtítulos a R2D2 y provocó suficientes alegrías como para generar una secuela llamada The War of the Stars II: The Future in Motion.

Otro aficionado a las galaxias con el alias Q2 perpetró la Fall of the Jedi Trilogy, una remodelación personal de las tres precuelas donde se extirpaban de la trama todos los spoilers sobre las futuras entregas. AARRSSTW era directamente una gilipollez laboriosa: se trataba de una mutación de La guerra de las galaxias con todos sus planos (2291 para ser exactos) reordenados de menor a mayor duración, una experiencia terrible que los sadomasoquistas más exquisitos podía redondear visionando WTSSRRAA, que era exactamente lo mismo pero con las escenas ordenadas de mayor a menor duración. Pulp Empire llegó intentando emular lo que hubiera sido del universo Star Wars si Quentin Tarantino estuviera a los mandos de la nave y se hubiese traído una colección de temazos musicales para el viaje. Fear and Loathing in the Star Wars Holiday condensó en dieciocho minutos lo más delirante del aquel especial navideño que sigue siendo considerado como una de las peores cosas que salpicaron la pantalla de las televisiones. Star Wars Silent Serial transformó las dos trilogías en un serial de los años treinta, mudo y en tonos sepia, dividido en varios capítulos.

Cubiertas de DVD y Blu-ray oficiales de producciones no oficiales: War of the Stars, Fear and Loathing in the Star Wars Holiday special, Pulp Empire y Star Wars 30’s Serial Edition.

A principios del 2000, entre los despachos de los estudios de Hollywood comenzó a circular de tapadillo algo llamado The Phantom Edit. Un nuevo montaje del Episodio I: la amenaza fantasma que suprimía lo más vergonzoso (las tontadas de Jar Jar Binks o los midiclorianos), añadía algunas escenas eliminadas para rellenar los butrones del guion e intentaba imitar el estilo y filosofía de la trilogía original. The Phantom Edit quedó tan bien peinada y tuvo tanto éxito como para que se rumorease que era obra de Kevin Smith (en realidad había sido parida por el editor Mike J. Nichols, aunque Smith confesó haber disfrutado de ella) y provocó que el propio George Lucas declarase oficialmente que prefería seguir alimentado a los ewoks de su rancho antes que perder el tiempo viendo esas chuminadas y que cuidado con los copyrights que los carga el diablo. No es el único montaje con cierta fama y aura de leyenda, porque existe uno elaborado por el mismísimo Topher Grace (el actor que interpretaba a Eric Forman en Aquellos maravillosos 70 y todo un hoolligan del mundo jedi), una producción que Grace perpetró minuciosamente para condensar las tres precuelas en una sola película. Y una copia que el actor solo ha proyectado a sus amigos en su casa durante los eventos importantes y las fiestas de guardar.

Una de las de ediciones galácticas más espectaculares fue la elaborada por el británico apodado Adywan, una persona que dejó boquiabiertos a los fans al facturar, personalmente y durante dos años, un montaje llamado Star Wars: Revisited, o lo que el hombre consideraba que debería de haber sido la edición especial de la cinta original de 1977. Una producción asombrosa donde Adywan no solo se deslomó limpiando a mano la imagen de cada fotograma (obteniendo resultados más profesionales que los de las ediciones en Blu-ray) sino que además se tomó la libertad de añadir efectos especiales a base de CGI propio (TIE Fighters, explosiones o mapas tridimensionales en las salas de control entre muchos otros), solucionar gazapos de la película (incluyendo disparos láser para disimular la caída accidental de algún extra o borrando digitalmente a miembros del equipo de rodaje en los planos) y corregir errores de continuidad.

También aprovechó para afinar algunas cosas que solo chirriarían a los más exquisitos, como eliminar la sangre de un brazo amputado por un sable láser (al razonar que la propia arma hubiese cauterizado la herida) o colgarle digitalmente una medalla al pobre Chewbacca en la ceremonia final. La obsesión de Adywan continuó con otra edición especial casera de El Imperio contraataca (The Empire Strikes Back: Revisited) donde al hombre ya se le fue la pinza del todo: para el nuevo proyecto se dedicó a construir minuciosas maquetas (que sustituirían los escenarios y naves originales que no le acababan de convencer) e incluso llegó a fabricar un complejo disfraz de monstruo (el wampa que captura a Luke Skywalker) con el que vestir a su señora para filmar un par de escenas. La versión Revisited de la tercera película, El retorno del jedi, está actualmente en producción.

Pero lo realmente curioso de la saga Star Wars es la fobia que su propio creador demuestra al material original y la manía que tiene de reeditarlo continuamente. Porque George Lucas ha enterrado en algún lugar la copias originales de la trilogía que se inició en 1977 y se niega a que la gente las pueda volver a ver, comprar o adquirir de cualquier modo (desde 2006 ya no se venden en DVD, y el Blu-ray no han llegado a pisarlo) por considerarlas vergonzosas. En lugar de eso, Lucas ha dedicado los últimos años a retocar digitalmente aquellos films para añadirles giliflautadas y sustituir las ediciones domésticas originales por las odiadas ediciones especiales que comenzó a producir a finales de los noventa. Como consecuencia de todo ello, los fans llevan ya bastante tiempo intentando rescatar o reconstruir las versiones que se proyectaron en cines hace cuarenta años, una labor que ha producido un par de iniciativas muy celebradas por los más puristas: la Puggo Grande y las Despecialized Editions. La primera de ellas, la Puggo Grande, es una copia en bruto de La guerra de las galaxias en formato celuloide. Un duplicado extraído de unos ajados rollos de película de 16 mm, material donado por una fuente que prefiere permanecer anónima para evitar que los stormtroopers se le presenten en casa con ganas de remodelarle las tibias.

Portadas de las Despecialized Editions de Harmy.

Por otro lado, las Despecialized Editions son reconstrucciones de las tres películas originales (La guerra de las galaxias, El Imperio contraataca y El retorno del jedi) para que luzcan como lo hicieron en sus estrenos en cine en 1977, 1980 y 1983. Una labor extremadamente compleja, comandada por un profesor de inglés de la República Checa llamado Petr «Harmy» Harmáček, para la que fue necesario buscar, pescar y montar material añejo recuperado de laser-discs, extras de DVD, tráilers en celuloide hallados en los cajones de algún cine o cualquier otra fuente posible (aquí se explican las complicaciones de tanta arqueología fílmica). Un curro tan importante como para tener hueco propio en Wikipedia, y una iniciativa que ha permitido a la gente ver la versión que George Lucas no quiere que se vea.

Comparativa entre una copia de la versión original en celuloide de 16 mm (conocida en internet como Puggo Grande), la edición especial oficial editada en Blu-ray, la versión despecializada de manera amateur y la versión Revisited creada a mano por un fan.

Puristas y costosas revisiones especiales aparte, probablemente lo mejor que ha hecho el universo con los fotogramas de Star Wars es utilizar su estatus icónico como combustible de sketchs delirantes. Uno de los más geniales anida en Bad Lip Reading, un canal de YouTube que se dedica a doblar escenas célebres encajando diálogos absurdos en los labios de los protagonistas. Se titula «Seagulls! (Stop It Now)», es una canción pegadiza hasta el absurdo y tiene a Yoda entonando sobre los peligros de ir a playas con gaviotas a la vista. Acumula más visitas que la mayoría de hits musicales recientes (ha superado los cincuenta y nueve millones de reproducciones), maravilló al propio Mark Hamill y en la legendaria cadena de cines Alamo Drafthouse lo han proyectarDo precediendo a las nuevas aventuras de Rey y compañía para animar el ambiente:

Pero fue otro canal de la galaxia YouTube, aquel llamado PistolShrimps, el que tirando de edición hábil y un balón de rugby fabricó el crossover más asombroso que ha contemplado la raza humana: aquel que tiene al extraterrestre de Tommy Wiseau , el genial artista desastre culpable de The Room, invadiendo Star Wars:

Rehazlo tú mismo

Más allá de los droides y el Imperio, también existen otro tipo de películas que han gozado de revisiones por parte de sus fans. Los colorines de Batman Forever, aquella película en la que Joel Schumacher esculpió pezones en el hombre murciélago, provocaron tantos dolores de cabeza como para empujar al público a editar versiones más oscuras del film que añadían escenas eliminadas, reajustaban los neones y suprimían los chistes malos, cosas como Batman Forever: Red Book Edition (una versión que además de incluir escenas descartadas aprovechaba para ir a juego con su título y teñirlo todo de rojo) o un Batman Forever: The Burton Cut que intentaba imitar el estilo de Tim Burton.

Jaws: The Sharksplotation Edit transformó el brillante Tiburón de Steven Spielberg en una cinta de serie B. Un estudiante de cine montó una Inside Out: Outside Edition de catorce minutos encadenando las imágenes de la vida exterior de aquella niña en cuya cabeza guerrean los protagonistas de Del revés. Riddles of the Lost Gods es un apaño de Indiana Jones y la calavera de cristal que incluye a Hugh Jackman en el prólogo (importado desde La fuente de la vida), se olvida de la mayor parte de las escenas que hacían chirriar los dientes de los amigos del látigo, elimina el parentesco entre Indy y el tupé interpretado por Shia LaBeouf y convierte la malograda cuarta entrega en una aventurilla de una hora y veinte minutos. The Matrix DeZIONized combinó las dos secuelas de Matrix en una sola película a base de recortarle la morralla innecesaria: todas las escenas que tienen lugar en Zion y la tontería pseudofilosófica que se traía, según sus creadores así todo el mundo sale ganando.

The Godfather: The Chronological Epic 1901-1980 reordenó cronológicamente la trilogía de El Padrino creando una bestia de diez horas. Titanic: Q2 Extended Edition añadía veintinueve escenas eliminadas al crucero de Kate Winslet y Leonardo DiCaprio alargando el metraje hasta las cuatro horas. Conan: Man of War se apodera del Conan de John Milius para sacudirle su banda sonora original y vestirla con música de Manowar. Man of Future  compuso una película de Superman a base de combinar El hombre de acero y Batman vs Superman dejando fuera los momentos más ridículos de ambas. Y alguien muy mañoso transformó El planeta de los simios de 1968 en un capítulo de The Twilight Zone (con la imagen en blanco y negro e incluso pausas para los anuncios) inspirándose en el hecho de que tanto el film como la serie tenían como guionista al inagotable Rod Serling.

Otras revisiones optaban por arrancar de raíz lo que no convencía a sus autores: Accountability eliminaba al sheriff de No es país para viejos, Two Glorious Bastards extirpaba por completo del metraje al malo de El bueno, el feo y el malo, y Caddyshack: No Respect se presentó como una modificación de El club de los chalados muy obsesionada por suprimir de la película a Al Czervik (Rodney Dangerfield) por motivos razonables: «Odio a Rodney Dangerfield, lo odio con pasión. No es gracioso, nunca lo ha sido y su presencia resulta incluso más irritante en El club de los chalados por encontrarse cerca de cómicos tan grandes como Bill Murray o Chevy Chase», justificaba su autor.

Memories Alone, Riddles of the Lost Gods, Man of Tomorrow, The Godfather: The Chronological Epic y MatriX Dezionized.

Otros cuantoas optaban por remezclar films: Memories Alone combinó El luchador y Cisne negro, dos películas de Darren Aronofsky que no tenían nada que ver, para construir una única historia donde Mickey Rourke se convertía en el padre de Natalie Portman. Bateman Begins: An American Psycho mezclaba al Christian Bale de American Psycho con el de Batman Begins para transformar a Bruce Wayne en un superhéroe aficionado a trocear prostitutas y meterlas en la nevera.

Cosmogony destacó por ser extremadamente ambiciosa, se trataba de una creación de The Man Behind the Mask (responsable de The War of the Stars, Conan: Man of War o Two Glorious Bastards mencionadas más arriba) que pretendía ser algo así como El árbol de la vida de Terrence Malick pero tirando de apropiacionismo. Cosmonogy es «un fanedit sobre nosotros» que cuenta «la historia de la humanidad y la naturaleza, desde la creación de la vida hasta hacia dondequiera que nos estemos encaminando», una ensalada que combina metraje de una veintena de fuentes diferentes, de Apocalypto a Jurassic Park III pasando por La selva esmeralda, Lucha de titanes, Pozos de ambición, documentales de la BBC o extractos de Battlestar Galactica. Todo junto a una banda sonora omnipresente a base de Jean-Michel Jarre, Judas Priest, Neil Young, Lou Reed & Metallica, Bruce Dickinson o Björk. El resultado son dos horas y pico (disponibles aquí) que algunos consideran un esfuerzo muy interesante y otros un ladrillo petulante.

Con muchas menos ínfulas, el usuario GrandmaBird se ocupó de combinar retales y construir otro gran relato capaz de englobar y dar significado a la historia de la humanidad: una revisión de Tortugas Ninja 2: el secreto de los mocos verdes, titulada Ninja Turtles 2 Re-edited, que mezcló sin venir a cuento metraje de cintas ochenteras y noventeras, convirtió a los quelonios y el resto del reparto en simpáticos cabrones malhablados e instaló la nevera hacía otra dimensión de Cazafantasmas en el apartamento de April O’Neil. Cowabunga.


Vivieron y murieron en seis palabras

Ernest Hemingway. Foto: Wikicommons (DP)
Ernest Hemingway. Foto: Wikicommons (DP)

Él descubrió que los libros mentían

Un Ernest Hemingway rodeado por un cortejo de eminentes escritores se encontraba en algún momento de la historia en el famoso restaurante Lüchow’s del East Village, Manhattan, engullendo una deliciosa merienda-cena cuando el subidón de azúcar le envalentonó a la hora de vacilar a sus acompañantes. Comenzó a anunciar que su talento era tan extraordinario como para permitirle redactar allí mismo una historia corta utilizando únicamente seis palabras. Sacó su cartera y pescó de sus profundidades un billete de diez dólares que arrojó al centro de la mesa para a continuación cuestionar amablemente el volumen de las gónadas de sus acompañantes. Invitó de ese modo al resto de contertulios a envidar diez pavos por cabeza apostando a que el propio Hemingway sería incapaz de construir con esa escasez de palabras una historia convincente. Los literatos allí reunidos empezaron a amontonar el dinero sobre la tabla entre gestos de escepticismo, curiosidad y muchos índices girando en círculos cerca de las sienes. Hemingway agarró una servilleta y anotó algo en ella, se la entregó a sus acompañantes y comenzó a recoger el dinero de la mesa mientras tarareaba un tema de The Steve Miller Band. El pedazo de papel que circulaba entre las manos de los incrédulos apostantes albergaba seis palabras exactas:

For sale: baby shoes, never worn.

(Se vende: zapatos de bebé, sin estrenar).

Aquella servilleta contenía una historia, aquel escritor había ganado una apuesta.

Lo malo de todo lo anterior es que la escena es mentira. No solo porque era anacrónico que Hemingway entonase «Take the Money and Run», sino porque realmente es muy poco probable que el hombre fuese el autor de esa microhistoria servilletera: no existe ningún tipo de prueba que respalde esa afirmación y sí demasiados antecedentes que cuestionan su origen. Si bien es cierto que Arthur C. Clark contaba, en una carta privada a un tercero, la anécdota como cierta, también lo es que Clark había sacado aquello de un libro noventero de un tal Peter Miller titulado Get Published! Get Produced!: A Literary Agent’s Tips on How to Sell Your Writing. Y el Miller que firmaba ese volumen reconocía que la historia se la había contado alguien veinte años atrás durante un almuerzo. En el fondo no existía ninguna fuente fiable de la autoría más allá de la otorgada por un libro de consejos sobre cómo vender algo, un subgénero que al estar poblado por cantamañanas casi siempre se pasa por lo cóncavo la fidelidad de los hechos. Que posteriormente existiese una obra teatral que repetía el suceso del restaurante (Papa de John De Groot) fue algo que ayudó a extender la falsa fábula.

Imagen: DP.
Imagen: DP.

Formaciones similares a aquellas seis palabras habían aparecido con anterioridad en forma de tinta sobre papel, principalmente en la sección de compra y venta de varios periódicos a través de los años. En 1906 un anuncio de un periódico de Michigan consistía en un escueto «For sale, baby carriage; never been used. Apply at this office». Y durante 1910 se publicó en un periódico de Washington un pequeño texto titulado «Trágica muerte de un bebé descubierta en una venta de ropa», que jugaba a suponer lo dolorosa que podría resultar la historia oculta tras un anuncio de venta de ropa para bebés tejida a mano y nunca utilizada. Siete años después, William R. Kane apuntaba en un ensayo sobre el arte de escribir que «Little shoes. Never wore» podría ser un titular muy poderoso para un relato. En 1921, un columnista llamado Roy K. Moulton escribía, tras toparse con un anuncio idéntico en espíritu a los ya mencionados, que aquello podía convertirse en un maravilloso guion de película, y más avanzado el año tanto la revista Life como el Boston Glove repetirían alguna afirmación similar en textos de opinión. El anuncio reconvertido en ficción microscópica comenzó a extenderse por las publicaciones americanas y a ganar bastante fama como anécdota curiosa. La revista humorística Judge incluso convertiría dicho anuncio en una broma imaginando una historia tras las palabras que carecía totalmente de tragedia alguna. Y, mientras todo esto ocurría, Hemingway no asomaba la cabeza por ningún lado, por eso resulta curioso que la leyenda urbana con servilletas de bares grasientos haya quedado tan anclada en el imaginario popular. Tan anclada que incluso cuando medios actuales de renombre mencionan la existencia de las six words stories suele citar la supuesta apuesta del padre de El viejo y el mar como el paritorio oficial del concepto. Hasta los rincones virtuales dedicados a la microficción del número seis tienden a meter la pata: obsérvese la bio de esta cuenta de Twitter centrada exclusivamente en ese tipo de microcuentos.

Era demasiado largo para ser significativo

Se suele considerar una historia corta a cualquier texto entre las mil y las veinte mil palabras, aunque los números varían según quién sea juez del asunto. En caso de contener menos de mil palabras la obra podría llamarse flash fiction. Y dentro de ella se pueden encontrar más subcategorías: el término microficción se utilizaría para las piezas de menos de trescientas palabras, drabbler para las que rondaban las cien y nanoficción para las que se reducían hasta las cincuenta palabras. Otras obras de ficción microscópicas en medios modernos, como por ejemplo cualquier cosa escrita por un político en Twitter, han heredado la denominación de su formato y sus reglas: una historia en ciento cuarenta caracteres recibe el calificativo de twitterature.

Decía William Faulkner que un novelista era un escritor de historias cortas fallido, y que un escritor de historias cortas era un poeta fallido. Faulkner iba un poco a tocar los cojones, pero ese desprecio por ciertos talentos en beneficio de otros tenía parte de razón: escribir algo más corto no implica un proceso más sencillo sino que la mayoría de las veces supone una tarea mucho más compleja y delicada al tener que extirpar lo superficial y llegar a la mínima expresión. El problema es que cualquier historia de nanoficción, micronarrativa, cuatroletras, mierdilongitud o como se la quiera etiquetar, generalmente funciona manejando los mismos elementos que cualquier texto narrativo más amplio: un protagonista, una dificultad o historia y una resolución. Pero, a causa de lo limitado del espacio, dichos elementos no suelen aparecer escritos sino que han de ser insinuados, por tanto existen, pero lo hacen más allá de la letra impresa y más cerca de la interpretación personal de cada lector.

Luis Felipe Lomelí escribió una historia maravillosa titulada El emigrante con tan solo cuatro palabras: «—¿Olvida usted algo? —¡Ojalá!». Fredric Brown, un genio en lo que a narrativa de extensión reducida se refiere (las recopilaciones de sus cuentos breves son banquetes exquisitos), escribió una historia corta titulada Knock cuyas primeras líneas (basadas en un texto de Thomas Bailey Aldrich) eran a su vez otro cuento breve, y terrorífico, en sí mismo: «El último hombre en la Tierra estaba sentado solo en una habitación. Alguien llamó a la puerta…». Y una de las historias más celebradas e inteligentes es la famosa El dinosaurio de Augusto Monterroso, o cómo jugar con el género fantástico con tan solo una sola frase: «Cuando despertó el dinosaurio aún estaba ahí».

A lo mejor fue Julio César el más distinguido e iluminado escritor posmodernista de microliteratura: en una carta al Senado romano demostró una capacidad asombrosa para pelar la narración de lo innecesario y llegar a su mismo corazón, porque fue César quien escribió en aquel papiro una especie de autobiografía utilizando tan solo tres palabras Veni, vidi, vici.

Vivieron y murieron en seis palabras

Lo cierto es que pronto aparecieron varios escritores de renombre entre los autores que se arrojaban al reto de crear mundos en seis palabras. Muchos de estos casos eran consecuencia de una petición directa de la revista Wired para curiosear con qué criaturas literarias podrían aparecer algunos de los literatos más reconocidos, y lo cierto es que algunos de los resultados merecen bastante la pena:

The baby’s blood type? Human, mostly. (¿Tipo de sangre del bebé? Humana, en su mayoría). Orson Scott Card.

To save humankind he died again. (Para salvar a la humanidad él murió de nuevo). Ben Bova.

I’m your future, child. Don’t cry. (Soy tu futuro, hijo. No llores). Stephen Baxter.

He read his obituary with confusion. (Leyó su obituario con confusión). Steven Meretzky.

«It can’t be. I’m a virgin».No puede ser, soy virgen»). Kate Atkinson.

Kirby had never eaten toes before. (Kirby nunca había comido dedos de los pies antes). Kevin Smith.

I’m dead. I’ve missed you. Kiss … ? (Estoy muerto. Te he echado de menos. ¿Un beso…?). Neil Gaiman.

Found true love. Married someone else(Encontrado el amor verdadero. Casado con otra persona). Dave Eggers.

As she fell, her mind wandered. (Mientras caía, su mente divagaba). Rebecca Miller.

With bloody hands, I say good-bye. (Con las manos ensangrentadas digo adiós). Frank Miller.

Megan’s baby: John’s surname, Jim’s eyes. (El bebé de Megan: El apellido de John, los ojos de Jim). Simon Armitage.

Gown removed carelessly. Head, less so. (Quitó el vestido descuidadamente. La cabeza, no tanto). Joss Whedon.

Computer, did we bring batteries? Computer? (Ordenador, ¿hemos traído baterías? ¿Ordenador?). Eileen Gunn.

Y, aunque entre estas creaciones de afamados autores lo que más parece abundar es la ciencia ficción o el universo fantástico serio y formal, también existía cierta tendencia entre las plumas a reconducir los cuentos hacia el humor:

Funeral followed honeymoon. He was ninety(El funeral sucedió a la luna de miel. Él tenía noventa). Graham Swift.

Dorothy: «Fuck it, I’ll stay here». (Dorothy: «A la mierda, me quedo aquí»). Steven Meretzky.

Starlet sex scandal. Giant squid involved. (Famosa implicada en escándalo sexual. Calamar gigante involucrado). Margaret Atwood.

Dinosaurs return. Want their oil back. (Regresan los dinosaurios. Quieren su petróleo de vuelta). David Brin.

Bush told the truth. Hell froze. (Bush contó la verdad. El infierno se congeló). William Gibson.

E incluso hay quienes aprovechaban para jugar y remover las limitaciones. ¿Qué es lo único con lo que puedes trastear en una frase con seis palabras? El orden o la propia integridad de la frase:

whorl. Help! I’m caught in a time. (temporal. ¡Socorro! Estoy atrapado en una espiral). Darren Aronofsky y Ari Handel.

It’s behind you! Hurry before it. (¡Está detrás de ti! Apresúrate antes de). Rockne S. O’Bannon.

Easy. Just touch the match to. (Fácil. Tan solo acerca la cerilla a). Ursula K. Le Guin.

Finalmente entre el desfile de ilustres se encontraba uno de los ejemplos más brillantes de minimalismo narrativo. Era el caso de la aportación de Neal Stephenson, quien no solo se adhería a lo de limitar palabras, sino que además solo necesitaba dos distintas para crear un muy astuto microcuento inquietante con sonidos mecánicos:

Tick tock tick tock tick tick.

Pero lo mejor sería descubrir que el trabajo de los narradores famosos acabaría inspirando a escritores no profesionales que se animaron a fabricar sus propias historias condensadas. En Reddit, ese agregador de noticias/tablón de anuncios descomunal/pescadería virtual, incluso tienen un rincón exclusivamente centrado en servir de escaparate para postear este tipo de historias. Y entre sus miles de entradas en ocasiones es posible encontrar joyas firmadas por nicks de completos desconocidos:

The smallest coffins are the heaviest. (Los ataúdes más pequeños son los más pesados).

Esta es una creación de un usuario apodado TheWolfOfWalmart que llegó a convertirse en titular de noticia al ser utilizada en una pancarta como tributo a unos niños asesinados por talibanes.

First sentient robot: «Turn me off». (Primer robot con sentimientos: «Apágame»). pockets1.

Mom taught me how to shave. (Mamá me enseñó a afeitarme). Sundevil13.

«Male? It’s an older driver’s license». (¿Varón? Es un permiso de conducir antiguo). CraboTheBusmaster.

Birth. School. Work. Death. Cryogenics. Birth. (Nacimiento. Escuela. Trabajo. Muerte. Criogenia. Nacimiento). TRENTORIA.

X-ray vision! Everyone’s alien but me? (¡Visión de rayos X! ¿Todos son aliens menos yo?). Phil Bledsoe.

Cancer. Only three months left. Pregnant. (Cáncer. Solo tres meses por delante. Embarazada). Marianne.

Man builds computer. Computer builds man. (El hombre construye al ordenador. El ordenador construye al hombre). Ben Ng.

Vacation on Earth! Safe. Uninhabited. Cheap! (¡Vacaciones en la Tierra! Segura. Inhabitada. ¡Barata!). Peter.

CAPTCHA ruled discriminatory. Robot awarded £200,000(CAPTCHA dictaminado como discriminatorio. Robot recompensado con £200,000). Kiko Tourmaline.

The plague starts with a hug. (La plaga empieza con un abrazo). hotape6.

What’s your return policy on rings? (¿Cuál es vuestra política de devoluciones en los anillos?). miclei.

—Siri, delete «Mom» from my contacts(—Siri, borra «Mamá» de mis contactos). ConnorMacky.

I just saw my reflection blink(Acabo de ver parpadear a mi reflejo). Noobida.

También han existido iniciativas que retuercen la idea de partida. Algunos aprovecharon la idea para convertirla en sinopsis de vidas: Six Word Memories es una serie de libros que recopilan justo lo que anuncian en sus títulos, memorias en seis palabras tanto de famosos como de gente anónima. Y en la web Six Word Story Every Day llevan bastante tiempo jugando a las historias de seis palabras compuestas por binomios de texto e imágenes. El resultado en general no luce tanto como los textos en bruto, aquí el énfasis por el diseño gráfico acaba aletargando el ingenio escrito, pero escarbando entre las obras siempre es posible localizar alguna cosa interesante:

Imagen cortesía de Six Word Story Every Day.
Imagen cortesía de Six Word Story Every Day.

Salva el planeta, recicla tus letras. (Avinash Sampath).


Prince: antología de momentos delirantes

Foto: Corbis
Prince recogiendo unas flores para añadirlas a su pantalón. (Foto: Corbis)

Prince. El Artista. El Símbolo. His Royal Badness. O sencillamente «Él». Fue el hombre cuya genialidad marcó una época a nivel musical, de eso no hay duda. Pero también fue el hombre que se comportaba de manera embarazosamente extraña en las entregas de premios, que concedía entrevistas en plan gurú, que sacaba de quicio a Kevin Smith y que pretendía conseguir dromedarios a las tres de la mañana en pleno invierno de Minnesota, sin entender por qué sus empleados le aseguraban que tal cosa resultaba imposible. El hombre que ha dado colorido al show business con algunas salidas de tono altamente hilarantes, de las que vamos a hablar aquí.

Por si acaso, no piensen ustedes que ponerme a narrar algunos momentos delirantes de Prince significa que no siento una enorme admiración por su trabajo. Hubo un tiempo, de hecho, en el que Prince Roger Nelson era lo máximo para algunos de nosotros, jovenzuelos que todavía estábamos en el colegio. Sé que algunos lectores ni siquiera habrían nacido por entonces y quizá en pleno 2015 resulte más difícil de entender, pero Prince era, y con razón, el epítome de artista rompedor. Durante toda una década, entre 1982 y 1992, adoptó un papel único en la industria musical. De entre todos los artistas que fabricaban éxitos masivos en el mainstream, Prince era el que con mayor atrevimiento recogía y hacía suyas tradiciones musicales que parecían haberse difuminado en el olvido, durante aquella apoteosis del pop fabricado en serie a la que llamamos Años Ochenta. Su habilidad para respetar el legado de sus ídolos mientras moldeaba un estilo absolutamente personal suscitaba asombro y admiración.

En el pódium de los artistas de éxito no faltaba el talento, claro. En aquellos mismos años Michael Jackson reinaba en las listas gracias a un disco tan inatacable como Thriller, que se escuchaba en TODAS partes. El encumbramiento de Jackson fue absolutamente merecido; al contrario de lo que sucedía con otros productos masivos de la época, su éxito venía precedido por una carrera tan precoz como sólida y nadie podía dudar de su talento. Además, un disco como Thriller era un artefacto tan poderoso que difícilmente se le podían poner reparos: incluso hoy, si alguna vez me da por escucharlo, me sorprende lo extraordinario de su inspiración. Sin embargo, le faltaba algo. Era puntero en lo musical, pero no llegaba a producir la sensación de estar en el filo. Y no es que Jackson no tomase sus riesgos, al contrario, fue pionero en bastantes cosas. Aquel largo videoclip de «Thriller» que era casi como una pequeña película fue un alarde que triunfó por todo lo alto y marcó una pauta a seguir, sí, pero que bien podía haberle salido completamente al revés. Imaginen que el público hubiese decidido tomarse el experimento a pitorreo. Con su voz atiplada y su físico delicado, Jackson no era Gary Cooper precisamente, aunque con el maquillaje de zombi fuese terrorífico. En fin, a todos nos gustaba su música pero su figura resultaba demasiado inofensiva, porque sabíamos de dónde venía y quién era: el pequeño Michael de los Jackson 5, alguien a quien el público había visto crecer. Los posibles aspectos oscuros de su personalidad todavía no se nos pasaban por la cabeza —como mucho se le atribuía alguna paternidad— y en el fondo era como uno más de la familia. No digo que un artista deba necesariamente tener una imagen afilada, pero tampoco puede negarse que en el ámbito de la música juvenil eso siempre constituyó un aliciente extra. Hoy la idea se antoja increíble, pero a principios de los ochenta Michael Jackson no nos parecía tan raro.

Prince, en cambio, era como su reverso tenebroso. Más vanguardista, más atrevido. Iba más lejos en lo musical, en lo visual y en lo conceptual. Combinaba la sonoridad típica de los ochenta con estilos como el funk, que estaba en horas bajas (al menos en su versión más primitiva y auténtica) y el rock guitarrero, al que la crítica más hipster ya había empezado a mirar con desprecio. Su música era como el resultado de mezclar a Michael Jackson con James Brown, Sly Stone, Jimi Hendrix y los Beatles. Una combinación inverosímil pero que él hacía funcionar. Prince se salió con la suya. Ya en 1979 tuvo cierto éxito con su segundo disco, llamado simplemente Prince, pero la explosión llegó en 1984 gracias a la banda sonora de su primera película, Purple Rain. Con los sencillos superventas de aquel disco («Purple Rain», «Let’s Go Crazy», «When Doves Cry», etc.) alcanzó cotas de éxito que lo situaban como competencia directa del rey Jackson. Además, el giro que Prince había dado hacia un sonido más pop (en sus inicios era más funk) ayudó a hacer su música accesible para un amplísimo público.

La gran diferencia entre los dos artistas consistió en que Prince no se durmió en los laureles. Ambos pegaron un pelotazo con esos respectivos discos, pero mientras Michael Jackson tardaba cinco años en grabar la continuación de Thriller, devanándose los sesos para no defraudar a sus millones de seguidores y entrando en una espiral cada vez más obsesiva de inseguridades, Prince dejaba fluir alegremente su creatividad sin importar adónde lo llevase. La disparidad de actitudes era muy notable. En el tiempo que Jackson empleó para editar solamente tres álbumes (Thriller, Bad y Dangerous) con ayuda de compositores a sueldo, Prince publicó nueve, todos ellos éxitos compuestos por él mismo. A Michael Jackson le aterrorizaba que el público pudiese no entender cada nueva obra y por eso se tiraba años rumiándola. Pero eso a Prince no parecía importarle. Él, de hecho, iba por delante de su público. No solamente no ponía fácil que los oyentes le entendiesen, sino que casi los obligaba a seguirle el paso a marchas forzadas. Y durante aquella década siempre lo consiguió. Estaba en estado de gracia. No en vano la prensa empezó a llamarlo «el genio de Minneapolis», y no me refiero a algún artículo concreto escrito por un crítico entusiasta; era un apelativo generalizado. Prince estaba situando el listón creativo del pop-rock a nuevas alturas.

Para quienes éramos unos chavales por entonces, una de las mejores cosas de la radio y la televisión era esperar cada nuevo disco de Prince. La televisión solía emitir videoclips entre un programa y otro, en horario familiar (tus padres no cambiaban de canal porque no había más opciones). Casi siempre eran vídeos de los artistas más vendedores del momento, y se repetían bastantes veces a lo largo de algunas semanas. Algunos de aquellos artistas mainstream eran interesantes, como Queen, aunque los puristas nos recordaban —con razón— que sus mejores discos databan de los setenta. Pero bueno, siempre estaba bien ver a Freddie Mercury y compañía. También había mucho clip de Phil Collins y Madonna, durante los cuales, por lo menos yo, aprovechaba para ir a la nevera a comer mortadela con mantequilla o esas cosas que comemos los hombres cuando estamos en estado larvario (grasas, carne roja, madera, yeso de las paredes, ¡lo que sea!). Pero, ¡ah!, cuando se editaba un nuevo disco de Prince y se estrenaba su nuevo videoclip, sabías que iba a cambiarte la existencia durante semanas. No diré que sus discos fuesen perfectos, pero ¡joder!, sus canciones de presentación siempre te dejaban descolocado. Vean la racha de impresionantes singles que siguió a Purple Rain: el disco Around the World in a Day llegó precedido por la increíble «Raspberry Beret». El siguiente álbum, Parade, tenía como principal single la todavía más increíble «Kiss» (¡Esa forma de cantar! ¡¡Ese solo de guitarra!!). Sign o’ the Times se anunciaba con la canción homónima «Sign o’ the Times», tan impresionante como las anteriores. Lovesexy hacía lo propio con «Alphabet St.». La banda sonora de Batman nos golpeaba con «Batdance» y «Partyman». Y aunque a partir de ahí su música empezó a perder filo, siguió fabricando singles que nos obligaban a prestar atención: «Cream», «Sexy MF», «Peach», etc.

Prince en la película Purple Rain. Imagen: Warner Bros.
Prince en la película Purple Rain. Imagen: Warner Bros.

En resumen: si descontamos el rap, Prince fue el primer estandarte en la vanguardia de la música negra, al menos de la que triunfaba en las listas. Solamente Terence Trent D’Arby pareció disputarle ese puesto con su primer álbum (Introducing the Hardline According to Terence Trent D’Arby), pero su segundo disco, pese a su calidad, fue ignorado por una crítica y público que no perdonaron que se atreviese a abandonar su pegadizo soul-pop. Ya sin rivales en el horizonte y tras gobernar durante toda una década, Prince se acomodó y las nuevas olas musicales (grunge, fusión, etc.) lo adelantaron por la derecha, haciéndolo parecer repentinamente pasado de moda. Seguro que las nuevas generaciones ya han perdido el interés por su figura («Ah, sí, Prince es el tipo que hace esa música de ascensor que le gusta a mis padres»), pero algunos de nosotros siempre lo consideraremos uno de los más grandes. Porque lo es. Tremendo compositor, tremendo cantante, tremendo guitarrista, tremendo bailarín, tremendo frontman.

Además era una figura incómoda para los sectores conservadores. Fue una canción suya, «Darling Nikki», la que provocó la fiebre censora en el negocio musical estadounidense, con aquel PMRC comandado por Tipper Gore (esposa de Al Gore y mujer que hubiese hecho un perfecto equipo con Rajoy y Cospedal To The Metal). En los años más desquiciados del infame reaganismo, el sexo en la música quedaba relegado para grupos marginales… pero cuidado con hacer referencias explícitas en discos comercialmente exitosos. Y Prince, claro, las hacía. Uno podía llevarse las letras de Michael Jackson al colegio y ningún profesor de inglés hubiese levantado una ceja, sin embargo Prince era otra cosa. Como descubrió Tipper Gore el día que compró el disco Purple Rain para su hija y descubrió que, ¡horror!, una de las canciones hablaba de sexo. Y no de sexo dentro del matrimonio para concebir una lozana nueva generación que después enviar a invadir Irak, no, sino de pecaminosa masturbación. Aquello inició una alocada carrera política y judicial por intentar levantar muros a la libertad de expresión. Lo más divertido de todo es que mientras músicos como Frank Zappa peleaban sin cuartel contra aquella corriente censora, Prince, que la había originado, reaccionó en su mejor estilo. Esto es, ignorando todo lo que no estuviese en la órbita de su ombligo. Prince era Prince. Nunca se esperó verlo declarar en un comité del Congreso. Y claro, no lo hizo. De hecho casi no concedía entrevistas y mantenía un aire enigmático que, al menos por entonces, le funcionaba de maravilla. En aquellos años previos a la era Twitter uno podía imaginar fácilmente que sus ídolos eran gente cabal. Y Prince no lo era, pero suponíamos que sus aires de grandeza, su extravagancia y su enorme ego formaban parte del espectáculo. Y bueno, vistos hoy, sabemos que simple y llanamente Prince se comporta así porque siempre fue así. Sus ínfulas y extravagancias tienen un punto ingenuo que llega a resultar entrañable. ¿Sabe realmente Prince cómo es percibido por el mundo? La respuesta es: ¡No! Ni falta que le hace.

Así que quienes ignoran a Prince no se están perdiendo solamente su legado musical, un puñado de canciones que llegan a provocar adicción, sino también el peculiar microcosmos de un artista infinitamente pagado de sí mismo que vive en una torre de marfil, a años luz del individuo común. Prince, de hecho, ha producido muchos momentos verdaderamente psicodélicos sin necesidad de hacer nada excepto limitarse a ser él mismo. Es decir, hoy ya hemos descubierto que Michael Jackson era un tipo extraño, pero lo era de un modo inquietante y más bien deprimente. A nadie le hace demasiado feliz indagar sobre ello. A mí no, por lo menos. Pero Prince es como el personaje secundario de alguna serie. Es como el Sheldon Cooper del rock. Pura comedia involuntaria. Está completamente en las nubes, no es consciente de ello ni por un segundo, ¡y eso es maravilloso! Repasemos pues algunos de los momentos cumbre de esa forma de vivir y de relacionarse con el mundo a la que podríamos llamar, por qué no, Being Prince:

Cuando Prince le encargó un documental a Kevin Smith

Les confieso que no soy el mayor seguidor de las películas de Kevin Smith. Me gustan algunas, otras me dejan indiferente, y en general puedo vivir sin ellas. Cuestión de gustos. Pero eso no impide que me interese mucho su figura y no necesariamente por su trabajo como director. Por ejemplo, me encantó su impresionante cameo en La jungla 4.0. Aquella breve aparición fue, al menos para mi gusto, lo mejor de la película. Se merendaba sin problemas a Bruce Willis. También me gusta recordar aquella vez que apareció en las noticias formando parte… ¡de una protesta católica en contra de su propia película! O sus constantes pullas a Tim Burton, del que se mofa cada vez que tiene oportunidad. Pero sobre todo, si Kevin Smith me parece uno de los individuos del negocio al que de verdad merece la pena prestar atención, es por sus conferencias en universidades y similares, que son una verdadera joya. Es ahí donde nos da lo mejor de sí. Kevin Smith es rápido de mente y muy ingenioso, pero sobre todo tiene un don especial: sabe cómo contar una historia. Es capaz de convertir cualquier anécdota intrascendente en un espectáculo, simplemente con su forma de estructurar el relato, y así mantener a un público hipnotizado durante largo rato mientras narra las historias más estúpidas imaginables. Lo dicho: tiene un don. Y claro, qué mejor anécdota que el día que Prince lo llamó para que rodase un documental. Gracias a Kevin Smith tenemos una de las más descojonantes descripciones psicológicas de Prince que encontrarán jamás por ahí. Iba a comentar este vídeo al final del artículo, como colofón, pero creo que define tanto al personaje que les ayudará a entender mejor las siguientes anécdotas. Háganme caso, búsquense un rato libre y véanlo, porque no hay mejor aproximación teórica a los esquemas de pensamiento de nuestro iluminado favorito. Bienvenidos al universo Prince:

Cuando Prince desvarió en un concierto de James Brown y se fue a tomar por **** con una farola

Disculpen los asteriscos, pero es que no hay otra forma de describir este glorioso momento. Todo sucedió durante un concierto de James Brown, que invitó a pisar el escenario nada menos que a Michael Jackson y Prince. Algo histórico, sin duda. Primero salió Jackson, que durante apenas un minuto cantó y bailó en su típico estilo, para delirio del público. Hasta aquí, todo bien. Después Brown empieza a decir por el micrófono: «¡Prince! ¡Prince!», reclamando a nuestro amigo, que estaba en algún rincón del recinto. Y bueno, Prince hace una aparición completamente apoteósica. Llega al escenario a hombros de su guardaespaldas, un tipo con pinta de Papá Noel motero. Después se cuelga la guitarra y toca unos cuantos compases haciendo algún arreglo en plan «Soy Prince, mirad cómo molo». Después, aunque adopta una postura de seguir tocando la guitarra, no lo hace y entra en una especie de trance durante el cual, seguramente, se da cuenta de que es Prince y de cuánto le gusta ser Prince. Extasiado, se quita la chaqueta, se acerca al micro para cantar… y no canta, pero efectúa un par de pasos de baile en plan acrobático. Vuelve a acercarse al micrófono —segundo intento— y tampoco esta vez canta, pero lanza una especie de berrido que suena, literalmente, como Axl Rose depilándose las ingles a la cera. Después sigue con su numerito de arrebatamiento en plan santa Teresa puesta de MDMA, hasta que llega el momento cumbre: se acerca con actitud vacilona a una farola que forma parte del atrezzo escénico, intenta usarla para un baile en plan Gene Kelly… y, claro, descubre que las farolas de adorno no están atornilladas al suelo como las de la calle. Su espectacular salida del escenario, agarrado a la farola falsa que cede y le hace desaparecer repentinamente entre el público, es algo tan desastrosamente molón que solamente podría haberle sucedido a él. Desde luego este tipo sabe cómo montar un show con prácticamente nada. Vean a Prince en Su Salsísima:

Cuando Prince fue para MOLAR (a su manera) en los American Music Awards

Si 1984 fue el año de Prince por antonomasia gracias al apoteósico éxito de Purple Rain, 1985 fue el año de Prince gracias a los premios, que le llovieron a chaparrones. Eso no constituyó una sorpresa para nadie, porque en aquel momento era sencillamente el rey. Por ejemplo, barrió en los American Music Awards y a nadie se le ocurrió discutir la justicia de su encumbramiento. Pero claro, él era Prince. No podía asistir a una entrega de premios y mostrar una actitud de persona medianamente normal. Eso hubiese sido como pedirle a Frank Sinatra que actuase en chándal. Así que preparó cuidadosamente una imagen con la que epatar al mundo, y en esa imagen entraba todo: desde su atuendo hasta sus reacciones ante las nominaciones y los premios. No defraudó. Para empezar se presentó con un tocado digno de Mata Hari, el cual solo dejaba ver uno de sus ojos. Había adoptado la imagen de Sly Stone en su etapa más salida de madre, pero llevándola todavía más al extremo.

Sentado en las primeras filas, sobreactuó de una manera que él consideraba enigmática y misteriosa, pero que resultaba increíblemente cómica. Durante la presentación del primero de los premios importantes a los que aspiraba, y como es habitual en estos casos, la cámara enfocó los rostros de los nominados. Y, bueno, el plano de la cara de Prince mostrando una expresión de Artista Imperturbable Al Que Le Resbalan Los Premios fue tan, tan apoteósico, que ni siquiera los locutores pudieron evitar soltar una carcajada. Ganó el premio, claro, y salió al estrado acompañado de su banda para decir un escueto «Muchas gracias». Durante la segunda nominación los realizadores habían aprendido la lección y no enfocaron su rostro (¡¡lástima!!). Volvió a ganar. Salió al escenario de la mano de su guitarrista Wendy Melvoin y esa vez ni siquiera se molestó en hablar, siendo Wendy su Portavoz Ante La Plebe. Después, tras otro premio, Prince finalmente decidió comunicarse y soltó un entrecortado discursito filosófico de unos tres renglones mientras adoptaba su mejor y más hilarante pose de Artista Tímido, Complejo y Misterioso. ¿El resultado? Puro espectáculo, claro. Como debe ser. ¿Quién coño quiere ver a gente normal en entregas de premios? Es más, ¡Prince debería recibir un premio todos los años! Solo para que podamos ver su reacción.

Cuando Prince [casi] se emocionó en los Óscar

El aluvión de premios de 1985 incluyó también el Óscar a la mejor canción, que ganó, con justicia, por la consabida «Purple Rain». En esta ceremonia, sin embargo, Prince tenía planes distintos. Decidió no mostrarse indiferente ante los premios concedidos por Los Inferiores, sino todo lo contrario. Ataviado con su mejor capa jedi de lentejuelas, recibió su estatuilla con una actitud que solamente puedo describir diciendo que por lo visto le había invadido el espíritu de Judy Garland. De hecho, estoy completamente convencido de que se esforzó todo lo posible por echarse a llorar —o al menos por hacer algún puchero— durante su discurso de agradecimiento. Pero no lo consiguió. Es muy probable que los Óscar le importasen lo mismo, o menos, que los American Music Awards (él debía de pensar que todos aquellos premios eran merecidos así que, ¿para qué molestarse en distinguir unos de otros?), pero así era él: tenía una actitud prefabricada para cada ceremonia. En todo caso lo único que consiguió fue comportarse como una tímida colegiala a la que acabasen de entregar el premio a la mejor delegada de curso, demostrando que es tan mal actor como ya habíamos podido comprobar en su película. Pero lo importante es que, sin necesidad de grandes aspavientos, legó a la posteridad otro instante de alocado divertimento:

Cuando Prince concedió LA entrevista

Aprovecho el hecho de dirigirme a ustedes desde Mi Atalaya Mediática (Oh Dios, ¡tanto material de Prince está empezando a afectarme!) para aclarar un concepto importante. Las entrevistas se dividen en dos tipos. El primer tipo es la entrevista convencional en la que un personaje comparte con nosotros su visión del mundo. El segundo tipo es LA entrevista con Prince, en la que Él desciende a la esfera terrenal para iluminarnos con sus ideas y seducirnos con su aureola mágica.

En los ochenta Prince era conocido precisamente por su negativa a aceptar entrevistas, lo cual abundaba en su halo de misterio. Por eso mismo fue sonada la que concedió a la MTV. Y claro, no podía tratarse de una entrevista normal. Apareció como Jesús con sus discípulos, rodeado de ¿Fans? ¿Acólitos? ¿Extras a sueldo? ¿Esclavos? Desde luego una escena digna del Monte de los Olivos. Pero lo mejor era su tono, y por supuesto sus expresiones faciales. Hablaba de manera entrecortada, en plan «reflexiono muy fuerte para que sintáis que mis declaraciones provienen de ese lugar especial llamado Being Prince», y de vez en cuando se quedaba con la mirada perdida en el infinito, o lanzaba a la cámara lo que él interpretaba como una seductora caída de ojos que derretiría a los espectadores en sus casas. En definitiva, todo un acojonante recital de lo que Prince entendía por proyectar una aureola especial. Tengo que decirlo: Tim Burton, eres un jodido aprendiz.

Claro está, la descacharrante entrevista captó la atención de gente como Weird Al Yankovic, que realizó una parodia intercalando secuencias de la entrevista original de Prince con otras grabadas por él donde fingía ser el entrevistador (y en las que, por descontado, aparecía también rodeado de sus propios discípulos). Hablamos del humor típicamente chorra de Yankovic, nada demasiado intelectual, pero lo cierto es que el sketch es hilarante porque resalta todavía más la absurda extravagancia de nuestro genio favorito:

Cuando Prince se cambió de nombre

Supongamos que se llama usted Manolo. Va caminando por el barrio y está cansado de que todos le saluden diciendo «hola, Manolo» o «qué tal, Manolo». Llega a su casa y su mujer le dice «Manolo, ¿te has acordado de comprar el pan?». Va al trabajo y su jefe le dice «Manolo, nos vemos obligados a retirarte una paga este año». Mira las fotos de su comunión y en todas pone: «Manolito». Usted está harto. Tener un nombre, qué vulgaridad. Y de repente, un buen día, decide que es hora de cambiar. Usted ya no es Manolo. Les dice a todos que a partir de ese momento deberán dirigirse a usted como:

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Imagen: DP

Y claro, nadie entiende absolutamente nada. De hecho, la gente le dice cosas como «no me jodas, Manolo». Todo el mundo le sigue llamando Manolo. Incluso su mujer, después de pasarse varias semanas prefiriendo el apelativo de «imbécil», se limita a volver a dirigirse a usted por su cochambroso nombre de pila. Pero usted es tozudo. Y cambia de estrategia. Decide que quizá sea mejor hacerse llamar «el fontanero anteriormente conocido como Manolo». Pero tampoco eso funciona. Es como si llevase el Manolo tatuado en la cara. Nadie lo olvida nunca.

Pues bien, algo así es lo que le sucedió a Prince. Primero, decidió que llamarse Prince, o llamarse cualquier cosa que contuviese caracteres legibles, era algo demasiado vulgar que lo acercaba peligrosamente a la plebe. Así pues, decidió adoptar un símbolo que lo representaría en adelante. Algo que resumiera su complejo espíritu de manera comprensible (ejem) para el populacho. Le gustó tanto la idea que incluso se hizo fabricar guitarras alegóricas con la forma del símbolo. Helo aquí:

Imagen: Wikimedia
Imagen: Wikicommons (DP)

Por descontado, con guitarras alegóricas o no, la gente continuó llamándolo Prince. Así que decidió ponérselo más fácil a sus seguidores aclarando que podían referirse a Él como «el Símbolo», o más concretamente como «el Símbolo del Amor». Tampoco funcionó. Todos seguían con lo de «Prince esto», «Prince lo otro». Exasperado, hizo circular un nuevo apelativo: «el artista anteriormente conocido como Prince». La prensa lo usó durante un tiempo —porque los periodistas son básicamente individuos a quienes les aterra ser pillados en el renuncio de no estar a la última, aunque la última sea una completa gilipollez—, pero el público, a quien esto de la Última Hora le importa más bien poco, ignoró por completo el circunloquio. Después, el Símbolo del Amor trató de simplificar las cosas haciéndose llamar sencillamente «el Artista» (porque Artista solo hay uno y es Él, ni Picasso ni narices). Ni por esas. Tras una larga década de lucha conceptual contra un mundo prosaico e indigno de sus ocurrencias, el Artista anteriormente conocido como Símbolo decidió volver a llamarse, oficialmente, Prince. Fue la primera y única vez en que notamos que Su Princísimo había reconocido la existencia de límites en la realidad circundante. Se había rendido a la evidencia de que se llamaba Prince. Y qué puedo decirles, hasta me dio un poco de pena. No puede decirse que no pelease por la aceptación de su concepto. Pero claro, es lo que pasa cuando decides cambiarte el nombre por el impronunciable logotipo de una exposición del Guggenheim. Hoy, Prince es el artista anteriormente conocido como el artista anteriormente conocido como Prince, pero no nos cebemos en aquella su única derrota.

Cuando Prince apareció como Dios lo trajo al mundo en la portada de un disco

Situémonos. Era 1988. Hacía trece años que había muerto Franco. Pero es que en aquella época esas cosas no se veían aquí, ni tampoco en el extranjero. Ni siquiera Madonna, provocadora de marca blanca que —recordemos— se andaba todavía cantando cosas tan hardcore como «True Blue» y «La isla bonita», hubiese tenido los redaños de aparecer desnuda en la portada de un disco. Sin embargo, creo que a estas alturas de artículo ya vamos conociendo mejor a nuestro amigo anteriormente conocido como El Artista. Y claro, decidió que era buena idea posar para la portada de su siguiente álbum en pelota picada. Y la postura, amigos. La postura. Pero bueno, visto desde hoy cabe admirar su valentía. Una portada así era toda una declaración de principios y más sabiendo que Prince era uno de los objetivos más odiados para las histéricas madres del PMRC y sus no menos histéricos maridos de Washington, adalides de la censura.

Recuerdo ir a la tienda de discos, ver esto y pensar: "Oh, Dios, por qué"
Recuerdo ir a la tienda de discos, ver esto y pensar: «Oh no, joder, ¿pero por qué?». Imagen: Warner Bros.

Sin embargo, no voy a mentir diciendo que sus fans recibimos la ocurrencia con agrado. Hoy estas cosas apenas llaman la atención porque la sociedad ha cambiado mucho, pero entonces uno no podía ir a una tienda de discos, llevarse esa portada bajo el brazo y llegar a casa confiando en que sus padres no formulasen la pregunta. He de decir que mis padres, que ya conocían mi afición por los discos del Artista, se lo tomaron a guasa, lo cual resultaba incluso más humillante que un conservador enfado como Dios manda. En fin, Prince se lo había puesto difícil a sus compradores, especialmente a los más jóvenes. La prueba es que el disco vendió bien, pero fue menos exitoso que los cuatro anteriores… y que los cuatro siguientes. Eso sí, lo que algunos todavía no sabíamos y descubrimos después es que en 1980 Prince había publicado ya un disco (Dirty Mind) con una portada incluso más apocalíptica. En una infausta palabra: tanga.

La portada de "Dirty Mind". Cuando salió, yo era demasiado pequeño para comprarlo. A Dios gracias.
La portada de Dirty Mind. Cuando salió, yo era demasiado pequeño para comprarlo. A Dios gracias. Imagen: Warner Bros.

Cuando Prince le tiró los trastos a una Spice Girl

En 1998 Prince había abandonado su torre de marfil, al menos en el aspecto mediático (porque sabemos que mentalmente continuará allí para los restos) y ya se prestaba a ser entrevistado con cierta frecuencia. Una de las entrevistadoras que más le gustó, por lo visto, fue Melanie Brown (más conocida como Mel B. durante su paso por las Spice Girls y también conocida por su relación, entonces ya rota, con el actor y cómico Eddie Murphy). La entrevista en sí no es nada del otro mundo, porque Mel B. no era Julia Otero precisamente; resultaba obvio que ni era demasiado inteligente, ni se había preparado las preguntas, ni sabía muy bien de qué hablar con el genio. Pero esto le importó bien poco a Prince. La chica era sexy, de eso no cabe duda, y eso bastó para que el Símbolo del Amor se sintiera como en casa. Flirteó con ella todo el tiempo, elogió su culo con total descaro, e hizo que la entrevista pareciese una extraña sesión de ligue en algún garito nocturno. Aunque lo mejor vino al final, cuando ambos se pasearon por un parque infantil cual quinceañeros en celo. En fin, aquí tenemos la versión más relajada y cercana (cercana a Melanie, sobre todo) de nuestro ídolo; a ustedes corresponde dilucidar si la entrevista tuvo final feliz o no, pero desde luego es un documento muy ilustrativo, casi a lo National Geographic, de cómo el Prince de la sabana realiza su ritual de caza.

Cuando Prince puso de los nervios a Bob Marley

En 1979, el entonces manager de Prince, Don Taylor, tuvo una idea brillante: ¿y si su todavía más brillante representado grababa una canción a medias con la superestrella jamaicana del reggae? Artísticamente ambos procedían de mundos que parecían muy distintos, pero algunas de sus raíces musicales eran comunes y desde luego andaban lo bastante sobrados de talento como para saber cómo trabajar juntos. Con eso en mente, Taylor organizó un encuentro entre los dos músicos después de un concierto. Pero digamos que Marley y el Artista no estaban destinados a entenderse. Sí, puede que Internet esté repleto de recopilaciones de edulcoradas citas atribuidas a Bob Marley —en su mayor parte son falsas, por cierto— y que le hacen aparecer como una especie de versión caribeña de Confucio. Bueno, creo que Marley era sin duda un genio como escritor de canciones, uno de los más grandes quizá, y además un personaje profundo e interesante, pero desde luego no era el santón iluminado que sus seguidores perroflautas parecen pensar que era. Algunos aspectos de su mentalidad se podían calificar más bien como conservadores. Cuando Prince se presentó a la cita con su atuendo artístico de la época, el cual incluía un esplendoroso tanga de leopardo, el músico jamaicano no pareció sentirse demasiado feliz. El tenso encuentro, marcado por caras de circunstancias y los silencios embarazosos causados por el ultra-funky atuendo de Prince, no duró demasiado. La expresión de desagrado en el rostro de Marley resultaba tan evidente que Taylor pensó que era mejor no forzar la situación, y la posible colaboración quedó en nada. Ya saben: cuando vayan a hablar de negocios, procuren no llevar puesto su tanga de leopardo. No sin algo encima, por lo menos.

Cuando Prince aterrorizó a Michael Jackson

Pese a lo que afirmaba cierta prensa de la época, los dos reyes del negocio musical eran amigos. Su rivalidad comercial no se interponía entre ellos y de hecho quedaban de vez en cuando para pasar el rato, por ejemplo jugando al baloncesto, aunque claro, cuesta imaginar que aquello se pareciese en algo a la NBA. Su única y verdadera rivalidad personal se limitó a una partida de ping-pong en la que como público tenían a la entonces novia de Prince, la bellísima Sherilyn Fenn, que tenía veinte añitos y que hoy debe de recordar con asombro haber vivido aquella indescriptible experiencia (señoritas del público: ¿qué situación más surrealista se les ocurre que Prince y Michael Jackson intentando impresionarlas jugando al ping-pong?). Parece ser que Jackson perdió la partida con todas las de la ley y Prince, en un indiscutible arrebato de ingenio, describió así las habilidades de su rival: «Michael juega al ping-pong como Hellen Keller». Pero ni siquiera esto enturbió la relación entre ambos. Sin embargo, las cosas sí se pusieron tensas cuando ambos cantantes se reunieron para discutir la posibilidad de que Prince colaborase en la grabación de «Bad». Nuestro amigo el Artista no tuvo mejor ocurrencia que llevarle un pintoresco regalo a Jackson. Y claro, era un regalo 100% Prince, esto es, 100% incomprensible. Se trataba de una caja que contenía varias piezas de metal coloreado y un puñado de plumas (¿¿???). Jackson recibió el obsequio con asombro, y, claro, ya sabemos que tampoco era un individuo que tuviese los pies muy en la tierra, así que empezó a alimentar paranoias en las que imaginaba que Prince ¡estaba intentando hacerle vudú! En fin… por culpa de esa ocurrencia, la colaboración nunca se produjo. Está claro que Prince no termina de asimilar el secreto para que funcione una reunión de negocios. Tangas de leopardo, regalos inquietantes… ¿por qué la gente no le comprende? Ah, sí, porque es Él.

Cuando Prince declaró que internet «había terminado»

Sépanlo: internet va a pasar de moda. En cualquier momento. Esto decía el Artista en 2010. Todos sabemos que Prince lucha ferozmente para proteger los derechos de su música en la red, y por ejemplo tiene un equipo de empleados dedicado a eliminar cualquier canción de sus discos que alguien cuelgue en YouTube. No voy a criticarlo por ello y creo que tiene su buena parte de razón en esa lucha. Pero esa sería otra discusión.

Ahora bien, si bien sus argumentos sobre derechos de autor pueden parecer lógicos, como él es Prince y es incapaz de hacer nada de manera normal, tuvo que añadir otros argumentos marca de la casa. Anunció que la era de internet había terminado porque «Internet es como la MTV. Hubo un tiempo en que la MTV era lo más y de repente quedó anticuada». Una gran muestra de razonamiento principesco. Aunque lo mejor es cómo justificaba su oposición a las computadoras y demás aparatos electrónicos: «Lo que hacen es llenarte la cabeza de números, y eso no puede ser bueno». ¡Brillante! Me recuerda a una tía mía que afirmaba que «los libros no dicen más que mentiras». Eso sí, hoy Prince ha debutado en Twitter (¡Sí! ¡En serio! ¡¡Prince ha tenido Twitter!!), aunque por lo visto se limitó a unos pocos tweets —incluyendo, cómo no, una foto de su próxima comida… ¿para cuándo una de sus pies en la playa?— y desapareció al poco tiempo, no fuese que se le llenase la cabeza de números. Al parecer no llegó a enterarse de que una descacharrante parodia llamada @PrinceTweets2U estaba siendo incluso más Prince que él mismo. Lo único que sabemos es que, a día de hoy, internet sigue sin pasar de moda. Ya llegará.

Cuando Prince se adelantó a Metallica, pero bueno, mira, mejor no

En 1987 Prince ya se consideraba a sí mismo lo bastante grande como para emular a los Beatles. Si los de Liverpool habían editado un álbum con la portada completamente blanca, él haría lo propio con un disco de portada completamente negra. Lo grabó, lo mezcló; se imprimieron las copias para la venta y se repartieron algunos cientos de ejemplares promocionales. Esto, años antes de que Metallica hiciesen lo propio. Pero de repente, cuanto todo estaba ya a punto y se iba a poner el vinilo en las estanterías de las tiendas, decidió retirarlo de la circulación sin más explicaciones. Tal cual. Un disco grabado, impreso y distribuido, todo para nada. La gente, claro, se preguntó por el motivo de esta súbita retirada. Se corrió el rumor de que había decidido que el disco era «maléfico». Según parece todo se debió a una mala experiencia con el éxtasis, tal y como ha contado gente cercana a él. Lo cual es grande, porque ese inesperado aflojamiento de tornillo que le llevó a pensar que su propia música era diabólica lo emparentaba con grandes figuras del pasado como Jerry Lee Lewis, Little Richard o Brian Wilson. Eso sí, la retirada permitió que Metallica se apuntasen el tanto de ser los primeros en editar un «álbum negro». Aunque, en justicia, deberíamos aclarar que la idea original no fue ni de Metallica ni de Prince, sino de Spinal Tap. Pero bueno, qué cosa más Spinal Tap hay que el propio Prince, exceptuando a los propios Metallica, claro.

Portada original del "Black Album" de Su Artistísima.
Portada original del nunca publicado Black Album de Su Artistísima. Imagen: Warner Bros.

Cuando Prince mantuvo una conversación madura con David Bowie

Las bailarinas que participan en las giras de grandes figuras del pop y el rock no suelen recibir demasiada atención, aunque en muchas ocasiones han trabajado muy duramente para estar ahí. Pero el público no suele reparar en ellas. Lo cual no significa que las estrellas no lo hagan. La bailarina Cat Glover tuvo ocasión de comprobarlo a mediados de los ochenta; tras haber ganado un concurso televisivo y estar peleando por intentar hacerse famosa, recibió dos llamadas telefónicas con dos increíbles ofertas de trabajo en una misma semana. Primero la llamó Prince un viernes para decirle que la quería contratar como coreógrafa, corista y bailarina principal en su inminente nueva gira. Al día siguiente fue David Bowie quien llamó para reclamar sus servicios (¡a eso se le llama un fin de semana intenso!) . Completamente anonadada y sin saber muy bien qué hacer, terminó decantándose por la gira de Prince. Para suavizar la negativa a Bowie, le recomendó a a este que contratase a una amiga, Constance Marie, que terminó ocupando el puesto de bailarina principal en la gira del británico. Ambas giras coincidieron en algunas ciudades y Bowie, aunque no había conseguido contratar a Cat Glover, terminó haciendo buenas migas con ella.

El asunto no daría más de sí de no ser porque un año después los cuatro (los dos músicos y las dos bailarinas) coincidieron en una fiesta organizada por Prince. Cuando se encontraron, Prince señaló con la cabeza a Cat Glover, que acompañaba a Bowie, y, dirigiéndose a él, inició una maravillosamente surrealista lucha de egos

PRINCE: «Yeah, esa es mi chica».
BOWIE: «No, esta es mi chica».
PRINCE: «Bueno, pero yo la tuve primero».
BOWIE: «No, se suponía que debía estar conmigo antes».

Y todo así. Entretanto, Cat y su amiga se miraban completamente atónitas. Una le preguntó a la otra: «¿Esto está pasando?». Aunque cabe decir que no lo recuerdan como un alarde de machismo por parte de las dos estrellas ni nada parecido, sino más bien como una divertida demostración de sus egos infantiles. De hecho, Cat se sintió enormemente halagada al ver que aquellos dos estrellones se disputaban el haberse fijado primero en ella, porque como decía, las bailarinas estaban acostumbradas a ser meras empleadas que se esforzaban en la oscuridad para mayor gloria de sus jefes. Pero bueno, parece que Prince tenía más en común con Bowie que con Bob Marley, eso seguro.

Cuando Prince montó una jam session consigo mismo

Vayamos con una última anécdota. En 1978 Prince no era nadie. Es decir; él ya sabía que era un Genio, por supuesto, pero el resto del planeta no se había enterado. Desesperado ante la insoportable idea de que el mundo estuviese ignorando Su Talento, empezó a telefonear una y otra vez a la revista Right On!, especializada en difundir a figuras de la cultura afroamericana. Sus constantes llamadas a la redacción martirizaban sobre todo a la redactora Cynthia Horner: «Me telefoneaba una y otra vez, y yo no le devolvía las llamadas porque no sabía quién era y en realidad no me importaba lo más mínimo. Pero llamaba tanto que al final quise deshacerme de él». Completamente harta, como medida desesperada, Horner decidió que la mejor manera de quitárselo de encima era aceptar su insistente invitación para contemplar una jam session en el estudio. Ya saben, una sesión en la que varios músicos se juntan (de jam, mezcla) para improvisar o para tocar temas que todos se saben. Cynthia, pues, acudió esperando ver a todo un grupo. Pero se encontró con una sorpresa.  No había más músicos. En el estudio estaba solamente Prince, que empezó a tocar distintos instrumentos, saltando de uno a otro para demostrar cuán polifacético era Su Talento. Esto, claro, era lo que él entendía por jam session.

Aquel mismo año Prince consiguió publicar su primer disco, For You, cuyos créditos decían que el álbum estaba «Producido, arreglado, compuesto e interpretado por Prince». Tenía, recordemos, diecinueve años. Él tocaba todos los instrumentos, una lista de más de veinte, aunque que incluía toda clase de percusiones (que la gente normal no enumera una a una, sino que engloba como «percusión») y sintetizadores (lo mismo). Vamos, lo que se viene a decir exagerar para dárselas de hombre del Renacimiento. Porque una cosa es tener talento musical y otra que en los créditos del disco la enumeración de los instrumentos que interpretas parezcan la lista de compra del Carrefour. Aunque esto no es nada. Probablemente la más descacharrante muestra de este afán por superar a todos los genios habidos y por haber se produjo cuando Prince apareció por primera vez en la televisión nacional y el presentador le preguntó: «¿Cuántos instrumentos tocas?». El joven Prince, sin inmutarse lo más mínimo, respondió: «Miles».

Con dos cojones. Que para eso es Prince.

Nota: Agradezco a mi amiga Monty Peiró haberme dado la idea para este artículo.

"A ver, que levante la mano quien sepa tocar más de mil instrumentos" (foto: Corbis)
«A ver, que levante la mano quien sepa tocar más de mil instrumentos» (foto: Corbis)


Miedo y asco en Sitges

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A principios de octubre del 2014 Sitges acogió su 47ª edición de su festival de cine fantástico. Veinte pedazos de los miedos y otras sensaciones proyectadas en pantalla grande, aquí mismo.

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The Babadook

The-Babadook-PosterLa película que aterró al público con más facilidad y menos segundos de monstruo en pantalla. Una mujer marcada por la muerte de su marido y desquiciada por un hijo repelente obsesionado con los monstruos y la autodefensa do it yourself se tropieza con un libro infantil que apesta a siniestro y cuya lectura invoca al bichejo del título. Revisión del hombre del saco orquestada por una Jennifer Kent virtuosa tras la cámara, salpicando con montaje en continuo sprint y una puesta en escena elegante a la hora de ocultar limitaciones. Pero sobre todo con un uso extraordinario del apartado sonoro, un elemento que invade cada plano y acaba engullendo al espectador. The Babadook no tiene tanto de monster movie como aquellas a las que malacostumbran los multicines, pero tiene algo mucho mejor: un ambiente enfermizo que se puede masticar. En Sitges un buen puñado de gente salió del cine diciendo que había pasado miedo. Y justamente a eso hemos venido.

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Under the skin

Under_the_Skin_posterLo bonito de Jonathan Glazer es que ha hecho lo que le ha salido de las pelotas y se ha quedado tan contento: decir que adaptaba un libro del que parece que solo ha ojeado la portada, rodar parte de la película poseído por Chris Cunningham y la otra a través de una cámara oculta, fichar a Adam Pearson o la última persona en el planeta que se presentaría a un casting de cualquier cosa, ponerse cruel (la escena de la playa) y al mismo tiempo demostrarse refinado y elegante en el empaquetado.

Lo hermoso de Jonathan Glazer es que el resultado de todo esto es fascinante, ni se pone tan críptico como David Lynch ni grita al oído del espectador. Más sencilla de lo que parece, más preocupada por crear una atmósfera que por adoptar la narrativa común y muy clara en sus intenciones: los que entren en su juego la encontrarán hipnotizante y disfrutable, los que no lo hagan vomitarán pestes, los que han llegado hasta ella solo porque Scarlett Johansson sacaba carnes al aire jurarán hastiados que la próxima vez tirarán de pornhub o volverán a Species. Y como bonus la certeza de que la existencia de Under the skin nos ha legado ese estupendo meme de internet.

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Musarañas

musarañas-poster-finalDirigen Juanfer Andrés y Esteban Roel pero Álex de la Iglesia produce y por eso su nombre es el que tiene una fuente el triple de grande en el cartel. Cuento tétrico situado en la posguerra española y enclaustrado en una habitación como consecuencia de un guión que aprovecha para acotar los recursos, pocos personajes en ese único escenario, justificándolos. Y unos directores marcándose una película que tarda en arrancar pero cumple y acaba volcando en el pasillo una cisterna de sangre. A salir de la sala alguien comentaba que con mejores interpretaciones la cosa hubiera sido mucho más redonda. Ese alguien probablemente llevaba en la mochila que cargaba a su espalda sus santos huevos porque Macarena Gómez está maravillosa y la desquiciada construcción de su villanía enamora como poco.

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Maps to the stars

MV5BMTcxNDQwMjY0NV5BMl5BanBnXkFtZTgwOTgwNzE0MjE@._V1_SY317_CR0,0,214,317_AL_David Cronenberg trazando un mapa de bestias de Hollywood, alejado de aquello que hizo su apellido famoso y desplegando un reparto coral más propio de un Woody Allen o un Larry David con la leche agriada de Bret Easton Ellis. Caótica, por momentos innecesaria, caminado a tropezones entre las historia de fantasmas y las mugres del estrellato, con una Julianne Moore estupenda, un John Cusack como gurú momificado, un Robert Pattinson de paso y reubicado en el asiento delantero de las limusinas tras aquella Cosmopolis y un cameo injustificado del globo aerostático en el que se ha convertido Carrie Fisher. Y pese a todo eso parece contener algo que inexplicablemente hace que no puedas dejar de mirarla.

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The double

11175729_800Al televisivo Richard Ayoade habría que ponerle un localizador. No solo se estrenó con la maravillosa Submarine, sino que su idea para una segunda película por sí sola ya tiene un potencial enorme: adaptar libremente la novela El doble de Fiódor Dostoyevski. O el tormento sufrido por un ser anodino, que pasa por la vida sin toser por no molestar, cuando se encuentra con un clon perfecto de sí mismo pero con su personalidad elevada a once. A Ayoade le falta rematar la faena por completo, pero lo que el hombre consigue con lo justo no es poco: inventarse un universo barnizado de estética retro tecnológica prima del Brazil de Terry Gilliam, convencernos (dos veces) de que Jesse Eisenberg puede hacer algo más que caminar encorvado y cementar la idea de que cualquier futuro proyecto del director será una buena noticia.

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Tusk

Tusk_(2014_film)_posterSi a un actor lo enfundas en un traje de luchador de sumo y después tratas de convencer al público de que aquello es un luchador de sumo y no una persona disfrazada corres el riesgo de que en algún momento la audiencia no acabe de comulgar con la broma. Ocurre algo parecido si a una comedia del View Askewniverse le pones una segunda piel de cine de horror. Tusk comienza como una película en la que no desentonarían ni Jay ni el silencioso Bob, para girar hacia el terror y a partir de ahí combinar ambos géneros. Hasta que llega un punto en el que se elimina por completo la sensación de que Kevin Smith pretende rodar una de miedo con toques de comedia para descubrir que en realidad ha optado por hacer una coña fanservice con pinceladas de un género con el que tontea pero al que no mete mano. Y ni la perversión jocosa del torture porn (cambiando el aquapark de The human centipede por la zoología), ni la presencia de un Johnny Depp relativamente gracioso escondido bajo un maquillaje digno de Polònia, ni los lazos con cosas como Sssssss: Silbido de muerte lo salvan. Y si a Justin Long lo enfundas en un traje grotesco no puedes eliminar la sensación de estar viendo al mismo Long atrapado entre la gomaespuma. Pero eso a Smith le da lo mismo, lo deja bien claro jugando con la cutrez y lo ridículo de manera consciente. Desgraciadamente sigue siendo un director torpe que parece rodar para su grupo de colegas. Y esto es más que obvio: Tusk es una película inspirada por un podcast gracioso (The walrus and the carpenter, obsérvese el cuarto comentario de la página, el firmado por un tal Brad Donovan) e impulsado por una encuesta entre los fans en Twitter. La culpa es nuestra, por esperar otra cosa.

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Monsters: Dark continent

MV5BMTgwMjYzMzk3M15BMl5BanBnXkFtZTgwMTk0MTA2MjE@._V1_SX214_AL_La secuela de Monsters es innecesaria porque nadie esperaba una segunda parte de aquella película que utilizaba la invasión monstruosa como escenario para otras cosas más de parejitas. Dark continent recicla el recurso de pintar a los bichos como decorado, pero se olvida de poner algo interesante delante del mismo. Historia de soldados con una batidora interior de sentimientos, enfrentándose a insurgentes y viendo pasar a los monstruos a lo lejos. Dos horas de chicle y la sensación de que hubiera sido mejor idea desenterrar el DVD de Starship Troopers.

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These final hours

El planeta Tierra se pone en modo freidora y la humanidad se convierte en lo que se suele pegar al fondo de la misma. Australia, como queda lejos, tiene prórroga: la llamarada que ha provocado el These_Final_Hoursapocalipsis llegará al país horas después de volatilizar al resto del planeta. Ese lapso de tiempo es el que el protagonista pretende aprovechar para visitar una fiesta del fin del mundo donde rellenarse de drogas y alcoholes entre gente maja. Pero de camino se topa con una niña perdida y decide que es más importante echar una mano a la criatura que irse de rave. Cinta que empieza bien, se apresura por tomar caminos demasiado conocidos y desemboca en una obviedad más cercana a El alquimista de Paulo Coelho que a la mala baba que insinuaba y finalmente solo escupe en un par de ocasiones. Entretenida sin más.

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Jamie Mark is dead

JMIS_PosterHistoria de fantasmas vendida como «una de las perlas de Sundance» y heredera de todos los males de las cintas que desfilan últimamente por aquel festival. Paseos soporíferos, literales y metafóricos, que parecen no llegar a ninguna parte. Al volante Carter Smith, fotógrafo del mundo de la moda, que por su propio oficio salva con nota la fotografía de la pereza general. Smith se casca un triángulo amoroso en el que unos de los vértices es un espectro gay con cara de Harry Potter agonías que, suena a broma, utiliza como medio de teletransporte el fondo de los armarios. Y escribir esta última frase es mil veces más interesante que el grueso de la película.

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Goodnight mommy

Goodnight_Mommy-694523663-largeLa idea brilla por inquietante: un par de hermanos gemelos esperan en una casa aséptica el retorno de su madre tras una operación, pero cuando esta reaparece con la cara completamente vendada ambos comienzan a sospechar que quizá esa persona no es realmente su progenitora. Más que eficiente al hacer bailar las simpatías del espectador hacia los personajes pero muy tramposa en ese desenlace con sorpresa al que precede una recta final con el detalle de enfocar la carretera de Audition y ponerse exquisitamente perversa.

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Dead snow 2: Red vs dead

Dead Snow 2El público de Sitges es espectacular. La alegría con la que celebran las películas, aplaudiendo hasta los créditos de los encargados de catering, debería contagiarse a todo en esta vida.

Dicho esto, Dead snow 2 es carne (muerta) de Sitges. Da completamente igual que el espectador no se haya molestado en ver Zombis nazis (su primera parte) porque la pintaban insulsa. Cuando uno se sienta en el cine Retiro rodeado de esa audiencia y el protagonista amasa las entrañas de un niño, al que ha matado cómicamente por accidente, las butacas explotan y de ahí en adelante todo es una fiesta de celebración del gore descerebrado. Zombis nazis revividos pilotando un tanque contra un ejército ruso de no muertos, un zombie squad de americanos nerds con fangirl de Star Wars, el secundario zombi más entrañable y sufrido del género y toneladas de vísceras granizando sobre todo. Un gorefest divertidísimo, aunque dicha percepción probablemente haya sido multiplicada por la juerga de una sala en la que solo se echaba de menos un coro de vuvuzelas. Sea como fuere, merece una mención especial solamente por introducir Total eclipse of the heart en el cine de muertos vivientes y hacerlo con toda la guasa en una escena (necro)romántica. De lo más divertido y disfrutable de la programación.

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The guest

The_Guest_Film_PosterUna familia cuyo hijo mayor ha fallecido en la guerra de Afganistán recibe la visita inesperada de un supuesto gran amigo del finado. Thriller de la mano de ese Adam Wingard que se empeñaba en darle pinceladas de indie al terror con Tú eres el siguiente y sus anteriores trabajos. Wingard tiene visión cinematográfica y lo demuestra desde que se estampa el título en pantalla, también tiene ganas de querer montarse su Drive 2 y forrarlo todo de vientos ochenteros a través de una estupenda banda sonora y una vibrante puesta en escena que se va acentuando según avanza la película, para desembocar en un escenario de mentira con teenager vestida de camarera. La única queja a todo esto es que su libreto recorre caminos demasiado manidos, saltando de lo que al principio parece un slasher a la acción de gatillo flojo. Pero resulta muy efectiva, en sus pases fascinó a la sala.

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A girl walks home alone at night

GIRL_POSTER_V6_flat-550x904Lo mejor de A girl walks home alone at night fue la presentación que hizo su directora, Ana Lily Amirpour, antes de proyectar la película. Si se puede llamar presentación a subirse al escenario para decir que todo ese subidón de estar en Sitges era comparable a estar pasada de ácido, invitar a los asistentes a buscarla de noche en la playa y despedirse haciendo los cuernos con ambas manos. Encantadora realizadora aparte, la película iraní con vampira nocturna venía antecedida de sinopsis malvadas que la comparaban con Lynch, o adivinaban un western pasado por el filtro de Jim Jarmusch. Lo cierto es que la pieza se encuentra bastante lejos de todo aquello y más cerca del postureo hipster nada velado, incluso atreviéndose a dibujar un villano que es un clon del cantante de Die Antwoord. Pero también esconde alguna escena notable (el acercamiento de los protagonistas a la guarida de la vampira) aun jugando la tramposa treta de abotargar con la música. Al final la cinta se atragantó para muchos por pretenciosa. Tampoco era para tanto, quizá no estaba en el festival adecuado.

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Annabelle

annabelleVenía condenada por su condición de producto de consumo masivo nacido a la sombra de la exitosa (y sobrevalorada) Expediente Warren. Pero incluso ignorando las antorchas del prejuicio, Annabelle no salió con buen pie de su proyección. Demasiado plana, demasiado insulsa y mucho más decepcionante si uno pretende encontrarse con una versión moderna de Muñeco diabólico: lo único que hace la muñeca es que la gente se pregunte por qué cojones alguien compraría un juguete con esa cara de yonki travestido.

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The signal

urlEn The signal tres jóvenes persiguen a un hacker misterioso y a partir de aquí es mejor no saber nada más de la historia. Entretenidísima por inesperada, a medio camino entre un anuncio de zapatillas de deporte y un capítulo de The twilight zone. Una hora y media bastante amena preguntándote qué hace Laurence Fishburne enlatado en ese traje, con un arranque que juega a no aclarar el género, pero sin las pretensiones de grandilocuencia de muchas producciones. Bien por su señal.

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The quiet ones

A los silenciosos (que aquí se estrenará como El estigma del mal) los han puesto a caldo por llevar estampado el sello de la resucitada Hammer. Pero resulta poco apropiado imagescomparar esto con las cintas más clásicas del estudio únicamente por lo que dice la etiqueta. No solo pertenecen a distintos autores, sino también a distintas épocas. The quiet ones es una de posesiones en la que ni la historia que cuenta ni los personajes que la recorren tienen más interés que estar ahí para justificar el susto. Y en esto último resulta hasta graciosa por poco discreta al convertir sus intenciones en una ordenada fila india de toscos sobresaltos azotados de sopetón. Muy olvidable excepto si uno disfruta con los sustos ridículos cada minuto y medio.

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Kings of badassadom

Knights_of_BadassdomPlanteamiento épico: un grupo de jugadores de rol en vivo invocan sin querer a una criatura demoníaca. Tras un infierno de posproducción y robos de derechos (el productor se hizo con la cinta presentando un montaje del que renegaba el director) el corte final de Kings of badassadom ha acabado aterrizando en una de las maratones de Sitges y se ha descubierto exactamente como lo que parecía: poco más que la típica cinta que se alquila para ver en alguna velada descerebrada. Súcubo metaformoseado en monstruo de látex, asesinatos sangrientos, el Peter Dinklage de Juego de Tronos completamente desaprovechado, un número musical vergonzoso y las iras de los jugadores de rol en vivo retronando en internet. Videoclubera.

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I Origins

MV5BMTQ0MTAwMDI1OF5BMl5BanBnXkFtZTgwNjUwMTA2MTE@._V1_SX214_AL_Chico científico obsesionado con estudiar la evolución del globo ocular para desmontar la existencia de Dios conoce a chica con iris multicolor y profundas convicciones espirituales, lo típico. Sci-fi que pone la lupa en lo íntimo, una relación de pareja, en contraste con lo gigantesco del avance científico que se persigue. Mike Cahill ya demostró con Otra tierra que le gustaba apuntar a la pequeña escala cuando el campo de juego es un escenario extraordinario. De lo más interesante que se ha visto en el Auditori este año, incluso utilizando recursos melodramáticos con origen en las mangas para tocar la fibra y dar volantazos a la historia. Sí, se las arregla para colarnos un viaje de descubrimiento espiritual a la India, pero es potente y sincera. Ojo a la fabulosa escena escondida en los créditos finales.

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Filth

hr_Filth_2Vender una película aludiendo a Trainspotting es arriesgado, aunque ambas compartan un material original firmado por el mismo autor (Irvine Welsh), porque la fábula de yonkis aficionados al submarinismo de retrete era demasiado redonda. Y Filth no supera a aquella, aunque sí goza de ese humor cafre y la golosa idea de un policía que como persona es La Mierda. James McAvoy exageradísimo pero a juego con ese tono general que a ratos peca de tontorrón. Simpática secuencia final de créditos animada y la sensación de que el libro ofrece más miga.

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Réalité

Reality-708761021-largeUn eccema, un eccema dentro de tu cabeza.

Es la descripción más fiel que se puede hacer de la nueva ida de pinza de Quentin Dupieux.

Un puzle que no se toma en serio a sí mismo, una banda sonora machacona que taladra, una cinta de VHS en las tripas de un jabalí, la búsqueda del grito perfecto, un chico en un disfraz de rata presentando un programa de cocina. Una genialidad o un WTF. Muy Dupieux todo.

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Anotaciones breves:

[REC]4 decepciona a unos por ser más floja que sus antecesoras y entretiene a los que no pedían nada más. What we do in the shadows es descacharrante. Stereo empieza bien para difuminarse hasta quedar en poca cosa. El director de El ardor y Gael García Bernal son los únicos que no han hecho la broma de rebautizar su película como El sopor. When animals dream es un Déjame-entrar-wannabe. Aux yeux des vivants está muy lejos de À l’intérieur. Con todas sus virtudes Giovanni’s Island parece que intenta muy fuerte ser una nueva La tumba de las luciérnagas. De The Satellite girl and milk cow salimos medianamente contentos aunque nos esperábamos más locura coreana. Asmodexia ha sido vapuleada sin piedad y por lo visto lo tenía merecido. La distancia es un Quiero ser como Quentin Dupieux. No hay consenso sobre si el Adieu au langage de Jean-Luc Godard es una tomadura de pelo o una joya. Young ones e It follows merecen la pena. Over your dead body es un Takashi Miike comedido hasta los minutos finales. La crítica dibuja Autómata como hermosa en lo técnico pero vacía en su fondo. Pos eso es stop motion que lo mismo presenta a Cthulhu que a Karmele Marchante o a una Gracita Morales pasada por el molde de Aardma, y a pesar de que su arranque promete pronto se convierte en un desastroso accidente de plastilina sepultado por apilar referencias, desde las piedras de El quinto elemento junto al Ecce homo tuneado, hasta ponerse miserable fusilando chistes de internet o invitando a Torbe. Kiki’s delivery service solo es disfrutable si tienes cinco años y Miyazaki lo hizo mejor en su momento. La prensa tiene que sufrir un sistema de reserva de entradas vespertinas infernal. No ha habido manera humana de robar el Gizmo de la Gremlins original que se exponía a la salida del Auditori.

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Palmarés

Premio a la Mejor Película: I Origins, de Mike Cahill.

Premio Especial del Jurado: The Babadook, de Jennifer Kent.

Premio a la Mejor Dirección: Jonas Govaerts, por Cub.

Premio al Mejor Actor: Nathan Phillips por These Final Hours, de Zak Hilditch y Koji Yakusho por The World of Kanako, de Tetsuya Nakashima.

Premio a la Mejor Actriz: Essie Davis por The Badadook, de Jennifer Kent y Julianne Moore por Maps to the Stars, de David Cronenberg.

Premio al Mejor Guión: Young Ones, de Jake Paltrow.

Premio a la Mejor Fotografía: Jamie Marks is Dead, de Carter Smith.

Premio a los Mejores Efectos Especiales: The Signal, de William Eubank.

Premio al Mejor Cortometraje: Oscar desafinado, de Mikel Alvariños.


Perdida: persiguiendo a Amy

Escena de Perdida. Imagen: 20th Century / Fox  New Regency.
Escena de Perdida. Imagen: 20th Century / Fox New Regency.

Hubo un día en el que Ben Affleck no era nadie. Eso cambió cuando Kevin Smith le dio un primer papel protagonista en Mallrats primero y, sobre todo, con una segunda cinta en la que Affleck se pasaba la película como lo anunciaba el título: Persiguiendo a Amy.

En los casi veinte años que han pasado desde aquello, Affleck ha tenido tiempo de ganar un Óscar al mejor guión, salir con Gwyneth Paltrow y Jennifer Lopez antes de casarse con Jennifer Garner, tocar fondo con Daredevil y Gigli, ganar mucha pasta jugando al póquer, pasar por rehab para dejar de beber y convertirse en uno de los directores más cotizados de Hollywood al ganar el Óscar a la mejor película por Argo. Mientras se prepara para disfrazarse de Batman —quizá el único fracaso de su amigo y mentor George Clooney— Affleck protagoniza Perdida, en donde vuelve a perseguir a Amy.

La diferencia es que mientras la cinta de Kevin Smith era una comedia romántica, la nueva película de David Fincher no se permite ni media broma. Si en la primera Amy era la chica imposible que inmortalizó Joey Lauren Adams, en Perdida Amy es Rosamund Pike, una olvidable chica Bond a la que Fincher exprime hasta dar con la interpretación de su vida. Porque Rosamund Pike está fantástica como Amy Dunne, la desaparecida esposa de Ben Affleck. Dicen que Fincher hace cincuenta tomas de cada escena. Dan ganas de abrir una petición en change.org para que el DVD incluya las otras cuarenta y nueve versiones de Rosamund Pike que se quedaron en la sala de montaje.

El resto de Perdida es puro método Fincher, incertidumbre, tensión, falsas pistas y giros de guión de los que dejan el trasero del espectador huecograbado en la butaca del cine. Para el que se sienta delante de ella, Perdida es un ejercicio tan satisfactorio como agotador. Como relato, por momentos recuerda al Zodiac del director norteamericano, aquella historia en la que Robert Downey Jr. y Jake Gyllenhall arrastraban al espectador a la caza de un asesino que no estaba. A diferencia de aquella, Fincher cuenta esta vez con la ayuda de Trent Reznor y Atticus Ross, autores de una banda sonora mínima que, como la mujer que da título al film, parece no estar ahí y sin embargo articula las dos horas y medias de metraje.

Dice The Guardian que el mundo ahora se divide entre los que han visto Perdida y los que planean verla. Al estreno de la película le ha seguido un lío después de que Rosamund Pike cuestionase las excesivas expectativas que se pone en el matrimonio hoy en día. Esto parece ser noticia no tanto porque la reflexión la haga una estrella de Hollywood como porque Pike está casada con un exheroinómano dieciocho años mayor que ella. En el Hollywood de los encargados de relaciones públicas que contienen cualquier declaración altisonante, las palabras de la actriz inglesa han hecho, paradójicamente, la mejor campaña de relaciones públicas a la cinta de David Fincher.

Porque al final Perdida es una gélida reflexión sobre el matrimonio y la vida en pareja, una crítica social disfrazada de thriller que Fincher resume en la pregunta que se hace Ben Affleck al comenzar la función: ¿qué nos hemos hecho el uno al otro? Los personajes de Affleck y Pike pasan de perfecta pareja con momentos de intimidad seca —«somos tan monos que me dan ganas de darnos un puñetazo en la cara», dice ella— a ser dos desconocidos que comparten cama cada noche… hasta el punto de que cabe preguntarse si Amy Dunne no llevaba mucho tiempo ausente en el momento de su desaparición.


Cuéntame otra historia: los finales alternativos más curiosos

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Es muy conocida la historia de las desavenencias durante la postproducción de Blade Runner: el presupuesto se infló y Ridley Scott fue echado a patadas (aunque posteriormente recontratado) por los productores Jerry Perenchio y Bud Yorkin, un par de personajes que se encargarían de tomar toda decisión durante el proceso de edición.

Dichos caballeros proyectarían la película a un par de audiencias para luego encontrarse con un público muy descontento que ni se sentía cómodo con el tono ni entendía la mitad de lo que estaba ocurriendo. La solución absurda de los productores fue añadir un narrador a la historia, el propio Harrison Ford en su papel de Richard Deckard. Pero mientras el director (a quien la idea de añadir una nueva voz le parecía útil e interesante) quería que el narrador añadiese carne a la historia con divagaciones filosóficas varias, aquel demonio bicéfalo de Perenchio-Yorkin decidió utilizar la voz en off para explicar en cada momento lo que estaba pasando en la pantalla, dejando claro que para los productores el público potencial y un bloque de hormigón tenían una capacidad de comprensión bastante similar.

La rumorología dice que el odio de Ford a la idea de hacer de narrador es el culpable de que el hombre grabara todo el texto con ese tonillo repelente y anestesiado de I don’t give a fuck combinado con un énfasis nivel «me están apuntando con una pistola», algo que el hombre se ha esmerado en desmentir más de una vez. Para después aparecer en el documental Dangerous Days: Making Blade Runner asegurando que lo que más molesto de Blade runner no fue el infernal rodaje o las peleas con Scott, sino el que le obligasen a recitar «un texto escrito por payasos».

La otra violación al trabajo ajeno llegó a la hora de toquetear el cierre: Ridley Scott quería un punto y seguido gris y la productora clavó un punto y final verde. La aventura de Deckard finalizaba en la mente del director con una puerta de ascensor cerrándose y un desenlace incierto, pero aquello era demasiado deprimente y los productores se encargaron de insertar una escena que sobrevolaba bosques rescatados de metraje sobrante de El resplandor, y una concesión al final feliz que se saltaba con pértiga la norma sentenciada por la historia: Rachael de repente y sin explicación alguna no tenía fecha de caducidad y los dos personajes se las veían felices conduciendo hacía un bufé libre de perdices. Dicha escena también tenía una voz en off que, efectivamente, leía un texto que parecía haber sido escrito por payasos.

Ese epílogo era desastroso en comparación con la cámara temblorosa y la actitud de Deckard en el final más certero, aquel que incluía al icónico unicornio, aquel que permitía a los personajes seguir viviendo su historia en la cabeza de un espectador que con el telón ya bajado se preguntaba qué sería de ellos y cuánto tendría de máquina el antihéroe de la fábula.

No es extraño que una película se muestre indecisa llegado el final. Directores, estudios y productores han decidido muchas veces experimentar con la forma de poner el lazo de cierre. Cuando los DVD aterrizaron en los salones se empezó a descubrir este metraje perdido en armarios repletos de esqueletos de finales que nunca fueron.

Con peor o mejor pulso lo importante es que esos epílogos contaban otra historia.

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efectomariposa

Suicidio prenatal – El efecto mariposa (2004)

El efecto mariposa como película cojeaba demasiado y basaba su fuerza en un final que se las daba de potente, pero el conjunto navegaba al nivel de un Twilight Zone normalillo.

Lo curioso del asunto es que existe metraje de varios desenlaces posibles que no se utilizaron:

Uno de ellos era una variante de la escena que cerraba el film: mientras suena el Stop crying your heart out de Oasis los personajes de Kutcher y Amy Smart se cruzan por casualidad y el primero aprovecha para invitar a la chavala a un café.

Otro dejaba la puerta abierta: la misma escena, pero ninguno de los protagonistas entabla contacto con el otro, en su lugar se nos ofrecía a un Evan en modo stalker.

Y ahora, atención:

En el tercer final alternativo el protagonista viaja en el tiempo hasta el momento de su nacimiento, y una vez dentro del vientre de su madre se suicida estrangulándose a sí mismo con su propio cordón umbilical, antes incluso de llegar a este mundo.

El director’s cut de El efecto mariposa, ese poema a la vida. Con pelotas de adamantio.

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Malvado McClaneJungla de Cristal. La venganza (1995)

John McClane localiza a un escurridizo Simon Gruber, aprovecha para devolverle el paquete de aspirinas y ambos se ponen a hablar de cómo les trata la vida. Pero es evidente que no ha ido hasta allí solo por la cháchara y pronto propone jugar a un entretenimiento que combina acertijos clásicos (McClane says… se regodea el héroe) con el sutil estilo McClane: jugar a la ruleta rusa con un bazooka.

Desgraciadamente el estudio acabó oponiéndose a esta secuencia por considerar que oscurecía demasiado la figura del héroe.

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t2

Michael JacksonTerminator 2 (1991)

Dramatización.

Un anónimo se encuentra a James Cameron sentado en la mesa de montaje vistiendo una camiseta con la portada del Bad de Jacko. El director está dando palmitas y comenta con ilusión lo bien que le ha quedado el epílogo de su epopeya de robots. Entonces apaga las luces y enciende el proyector:

Vemos un colorido futuro donde la moda ha llevado a la población a tomarse ciertas libertades que deberían ser penadas en sociedades civilizadas. Varios niños juegan en un parque, adivinamos a Linda Hamilton bajo medio kilo de maquillaje recitando la historia acontecida tras su encuentro con el terminator:

… Nada ocurrió. Michael Jackson cumplió los 40. El día del juicio nunca llegó…

El anónimo acompañante pone una mano sobre el hombro de Cameron y le mira a los ojos:

Déjalo James, déjalo.

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acorralado

Bang!Acorralado (1982)

La primera versión de la película pretendía dejar el asunto bien cerrado con una bala como herramienta y el cuerpo inerte de Rambo como plano final. Una pena, nos hubiese evitado las secuelas.

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latienda

Plantageddon – La tienda de los horrores (1986)

Remake basado en el musical de La pequeña tienda de los horrores low cost de Roger Corman. O una obra que lo tiene todo: a Rick Moranis, a una planta carnívora (de constitución 100% marioneta), con la voz de Levi Stubbs, a un dentista sádico interpretado por Steve Martin, a Jim Henson de titiritero y un repertorio musical espectacular. Pero su desenlace no parecía estar a la altura: durante el enfrentamiento final el brazo de Seymour resurgía de entre escombros cable pelado en mano y electrocutaba al enemigo. Fin.

En realidad ese no era el final planeado, en la versión teatral la planta se zampaba a la humanidad y tanto Frank Oz (director) como Howard Ashman (escritor) querían mantenerse fieles a dicho desenlace, pese a que el productor (David Geffen) no estaba por pintarlo todo tan negro. Oz siguió adelante con lo suyo, construyó varias maquetas para que Audrey II hiciese un rato el Godzilla, rodó esa versión apocalíptica por todo lo alto y cuando alguien decidió comprobar la factura descubrió que esos últimos 23 minutos de película habían fundido cinco millones de dólares. En la versión inicial fallecía la chica (Audrey), Seymour era devorado durante el cara a planta y el resto de la humanidad rellenaba el estómago vegetal. Se realizaron pases de prensa y en ellos comprobaron que el público disfrutaba con la obra hasta que, cuando los dos protagonistas la palmaban, el espectador se convertía en un hater de los gordos. Como consecuencia de los tests se desechó el material, se volvió a rodar todo el tramo final, sustituyendo a los actores que no se encontraban disponibles (James Belushi sustituyó a Paul Dooley y una actriz anónima hizo lo mismo con una de las chicas del coro), y con el añadido de un nuevo happy ending todo el estudio quedó un poco más contento. En la medida en que podía estar contento alguien después de haber tirado cinco millones de dólares a una hoguera en un contenedor.

De aquel final original se conservó por los pelos un legado, una copia en blanco y negro bastante trastocada que se editó en DVD fugazmente durante un par de días, porque el productor pensó que sería mejor retirar los DVD, arreglar el material, estrenarlo en cines y rellenar la cartera. En realidad no se vería una copia restaurada hasta 2012 con el director’s cut en Blu-ray.

Oz concluiría: «Aprendí una lección: en una obra de teatro tú matas a los protagonistas y ellos al final de la misma salen a saludar. En una película no reaparecen para saludar, están muertos».

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elexorcista

Dos hombres adultos van al cine en parejaEl exorcista (1973)

No tiene especial chicha, y es un añadido que ya aparecía en el libro de William Peter Blatty, pero lo curioso es cómo aquí nos están haciendo un «Louis, presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad» en toda regla.

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eldiablo

¿That’s it?¿No explosions, no hellfire, no Eirrghzz? – El diablo metió la mano (1999)

Un adolescente con la mano poseída por el demonio y dedicada por completo a un desmadre infernal es algo que tampoco es ninguna novedad para todo aquel que haya tenido cierta curiosidad durante su pubertad, pero que servía como base para el fiestorro de El diablo metió la mano. Revival de la comedia de terror ochentera con maquillaje de látex, chorros de líquidos viscosos, zombis adictos a los burritos, mala baba, Jessica Alba antes de ser patrimonio de la humanidad, una revisión de la buhardilla del cantante de The Offspring y en general un humor mongólico y una superficialidad tan encantadora como sus referentes de videoclub.

En el montaje que llegó a las salas la amputada mano psicópata era derrotada con puñal y chispazo mientras uno de los personajes se quejaba de aquel epílogo tan soso y poco espectacular. Lo cierto es que el final original tenía algo más de gracia al aportar una piscina conectada con el mismo infierno y una hostia sin agua.

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infiernoenelpacifico

Arreglar un desastreInfierno en el Pacífico (1968)

En todo el metraje de Infierno en el Pacífico solo aparecen dos personajes: Lee Marvin y Toshirô Mifune, un piloto norteamericano y un capitán de la marina japonesa que durante la Segunda Guerra Mundial acaban atrapados el uno junto al otro en una pequeña isla del Pacífico.

La gracia de la película se encuentra en su osadía: en su estreno en cines la cinta venía sin subtítulos para el personaje de Mifune, quien como buen japonés tiene por costumbre hablar en japonés, logrando que el espectador sintiera la incómoda sensación de no entender un carajo del diálogo del capitán, al igual que le ocurría al americano del film.

La desgracia de la película es que Infierno en el Pacífico poseía el que puede ser con facilidad el peor final de la historia: en mitad de una escena una explosión eliminaba a los dos protagonistas de golpe, sin avisar ni hostias y nos endosaba un lapidario The end. Más lamentable resultaba incluso el descubrir que aquella secuencia explosiva estaba robada del metraje de otra película de la Metro-Goldwyn-Mayer: El guateque de Blake Edwards, y más concretamente de este momento con Peter Sellers decidiendo con poco ojo dónde encontrar apoyo. Resulta que algún gerifalte del estudio decidió que el final original (enlazado en la cabecera de esta entrada, que tampoco es especialmente fabuloso pero al menos no recurre a la chapuza) no transmitía todo lo que era necesario y lo sustituyó inexplicablemente por el petardazo gordo.

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brazil

El amor todo lo puedeBrazil (1985)

De los devenires, gracias y desgracias de Terry Gilliam y su Brazil ya hablamos por aquí muy largo y muy tendido. Resumiendo, un caso muy similar al de Blade runner, con un final que se intentó imponer y que no cuadraba en absoluto con el tono de la obra y sobre todo con la visión trágica de Gilliam de cómo pintar el punto y final. Fue popular y muy jocosamente rebautizado como el desenlace love conquers all.

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lastortugas

Viñetas y tontadas Tortugas ninja (1990):

Las Tortugas ninja son los 90 condensados en muñequitos verdes de plástico articulado. Un cruce absurdo de conceptos que nacía de tebeos y concedía adaptarse al cine aceptando leyes del señor «Todos los públicos» (en el papel, las desventuras de las tortugas resultaban mucho más bestias).

Ya posados en la edad adulta, revisitar esa primera aparición de los caparazones nos produce varias revelaciones curiosas: el no tener muy claro por qué la mente del niño recordaba los combates bastante más dinámicos, espectaculares y, sobre todo, más ninja. El toparnos con un final más extendido que incluye una referencia al mundo del cómic y a las tortugas colgadas de las esquinas de una ventana. Y por último, descubrir en la versión en castellano que ese «¡De puta madre!» triunfal de la última escena (que tienes clarísimo que has escuchado en aquella sala de cine) ha sido víctima de un nuevo doblaje políticamente correcto que lo ha sustituido por un «¡Cowabunga!» más fiel al original, pero menos a tu infancia.

Y entonces te sientes estafado.

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srsrasmith

Pistolas de jugueteSeñor y señora Smith (2005)

Era ligeramente simpática la idea de insinuar una misión en lo que al final resulta ser la típica vida familiar de un par de espías. Un guiño que además incluye una muñeca con una bala (de ventosa) entre las cejas. No llegó a utilizarse porque es mejor no jugar a retratar niños armados, aunque sea con juguetes.

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abyss

Aliens «Modafuckas» provocandoAbyss (1989)

En la versión que llegó al cine los alienígenas de Abyss no tenían mala fe y en cambio sí demostraban mucha curiosidad por la raza humana. En el material descartado descubriríamos que los extraterrestres, tras pasarse sus buenas tardes cotilleando nuestra televisión, habían llegado a la conclusión de que lo mejor que podían hacer con la raza humana era acojonarla con amagos de tsunamis gigantescos. Y finalmente se les quitaba la tontería por un SMS ñoño que había enviado Ed Harris.

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clerks

Cerrado por defunciónClerks (1994)

Randall retira el cartel de «Os aseguramos que está abierto» y desaparece de escena. Poco después una persona entra en la tienda, dispara al dependiente y roba el dinero de la caja. El cuerpo de Dante queda tendido en el suelo y la historia se funde a negro, ruedan los créditos. Cuando estos acaban volvemos a la tienda, otro cliente ha entrado y al no ver a nadie decide robar tabaco. Ese cliente es el propio director, Kevin Smith, y cuando alguien le pregunta por qué se le había ocurrido inicialmente matar a uno de los protagonistas de su ópera prima contesta del siguiente modo: encogiendo los hombros, poniendo cara de Silencioso Bob y alegando: «Es que no sé cómo acabar una película».

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El chiste sin gracia – Cuestión de pelotas (2001)

Cuestión de pelotas (la del 2004 con Ben Stiller, no aquella del 2007 con Billy Bob Thorton) era una comedia socarrona que seguía las aventuras de un equipo de balón prisionero formado por acabados. Y en el DVD aparecería tímidamente un final alternativo que hubiese cerrado la película de manera amarga, con el equipo protagonista perdiendo el partido y yéndose con pena y sin gloria. Pero al mismo tiempo de manera tremendamente graciosa: el objeto de la broma hubiese sido el propio espectador que esperaba el final victorioso y se quedaba con cara de mosaico. Se extendió el rumor de que aquel era un final descartado que no funcionó en los primeros pases, pero los más informados asegurarían (con IMDb en la mano) que de eso nada, que el propio final alternativo nunca fue planeado como algo más que un trolleo a modo de chiste para el DVD.

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Jugar a doblesScott Pilgrim contra el mundo (2010)

¿Y si Scott hubiese acabado ennoviado con Knives en lugar de con su Ramona Flowers? Pues no cuadraría mucho con la historia ni de la película, ni de los tebeos. Pero por lo menos tenemos claro que Edgar Wright tendría maña para rodarla.

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París vs. Predator Alien: resurrection (1997)

Pese a ser muy fan de Jean-Pierre Jeunet (incluso de Amelie, porque hay que ser muy hombre para reconocer que te encanta esa película) encuentro serias dificultades para justificar Alien: resurrection más allá de unos primeros minutos con la ambientación particular del director tanteando la saga del xenomorfo. Tampoco arreglará nada esta versión del final, con Sigourney Weaver y Winona Ryder contemplando cómo los franceses parecen haberse marchado a la francesa. Pero resulta curiosa de ver.

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eljuegodelasospecha

El final misteriosoEl juego de la sospecha (1985)

El juego de la sospecha me resultó más graciosa que al resto del universo porque me pilló desprevenido: me topé con ella de rebote en televisión sin saber que era una película basada en el juego Cluedo, y la estupefacción ante tanta referencia de nombres y objetos a un juego de tablero nublaron todo criterio. Como ponerse a ver un thriller policial y descubrir que todos los sospechosos de la historia son caras del ¿Quién es quién?

El caso es que para sembrar incertidumbre, hacerse los interesantes y lograr publicidad los creadores de la película enviaron a los cines copias con distintos finales (hasta un total de tres) y distintos asesinos. En las tripas de internet se encuentra alojado uno de ellos, aquel en el que el asesino resulta ser…

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titanic

That really sucks, lady!Titanic (1997)

Es difícil agarrar por algún lado esta otra variante del final de Titanic: tenemos a una tripulación preocupada por el destino del colgante, moralina de bote, a Bill Paxton poniendo caras, a un hombre tan maleducado como para gritarle desplantes a una adorable ancianita, y a Bill Paxton riendo como un loco y tirando la caña. Buf.

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thelma

Sin botón de pausaThelma y Louise (1991)

Thelma y Louise están ancladas en la memoria cinematográfica en un plano pausado, volando eternamente sobre la música de Hans Zimmer. Y podría no haber sido así, podrían haber caído por aquel cañón y después, simbólicamente, porque la gente no suele andar para mucha fiesta después de despeñarse en coche desde alturas terroríficas, encaminarse libres hacia el horizonte al ritmo del You better not look down de BB King.

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CGI con corazón – Soy leyenda (2007)

Soy leyenda no estaba exenta de momentos interesantes, pero se venía abajo por la presencia de unos enemigos que por su naturaleza de FX por ordenador solo podrían cantar más si fuesen caracterizados como una tuna universitaria. El final oficial se alejaba de la novela y sacrificaba al protagonista para salvar a los demás, pero la otra versión que rueda por ahí humanizaba a las criaturas malvadas, se acercaba al libro original, convertía al personaje de Will Smith en el malo e incluía el Art attack de una mariposa sobre vidrio a cargo de un vampiro.

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ejercito

La siestaEl ejército de las tinieblas (1992)

Oficialmente las aventuras de Ash terminaron con su vuelta al trabajo de dependiente en el S-Mart y las ocasionales pausas para rellenar de plomo carne diabólica.

Pero Sam Raimi también se encargó de producir otro cierre para su trilogía Evil dead que se regodeaba en la torpeza del personaje. Ash obtenía una pócima mágica cuya ingesta racionada le permitiría dormir durante generaciones hasta alcanzar de nuevo la época a la que pertenece, pero tras enterrarse en una gruta, y prepararlo todo para la larga siesta, se equivocaba al suministrar la dosis y acaba despertando en un futuro postapocalíptico con pinta de vertedero.

Dependiendo del país y la edición era posible encontrar diferentes versiones de El ejército de las tinieblas (además del final, algunas añadían escenas eliminadas). Pero la palma se la llevaba un VHS alemán que en lugar de decantarse por uno de los dos desenlaces cometía la insolencia de remezclarlos y situar a uno como un sueño producido durante el otro.

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La barbacoa – El rey león (1994)

Nos situamos: estamos en un Scar vs. Simba, pelea final. Rugido, zarpazo, rugido, pelea, confesión de Scar, alegre salto con mortal y villano león colgando de un acantilado y suplicando al héroe que no le deje morir. Pero aquellos ruegos solo son una artimaña; Simba es engañado y arrojado al fuego, Scar se alza triunfal y en su celebración las llamaradas le frien las carnes. Resultado: un Simba vivo, pero churruscado.

Nunca llegó a pasar del storyboard, ni siquiera está animado, pero esto bien enfocado podía haber dado para al menos un poco de trauma infantil.

Nota: Paranormal activity y sus tres finales distintos no han entrado en la lista porque Paranormal activity no es una película, es un documental sobre una puerta.


Low budget, big profit: las películas más rentables de la historia

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The Purge es una cinta protagonizada por Ethan Hawke y Lena Heady que ha llegado este junio a las salas estadounidenses. La premisa de la que parte es interesante: en los nuevos Estados Unidos del 2022 el Gobierno ha eliminado casi por completo el paro y el crimen. Y esto lo ha logrado de una manera bastante cafre: permitiendo que una vez al año, y durante 12 horas, todo delito (incluido el asesinato) sea legal. Una purga anual que desata los instintos más salvajes de la población y les ayuda a sobrellevar con más relax el american way of life cotidiano. A la vista de las críticas la película parece no arriesgarse demasiado y quedarse apoltronada en el diván del thriller de terror tópico, desaprovechando la tienda de golosinas que es la salvaje idea inicial. Pero lo realmente destacable de esta purga tiene más que ver con cuestiones de cartera, The Purge ha sido la película más taquillera en el fin de semana de su estreno y al mismo tiempo el film más económico de esas cintas que se alzaban en ese podio. Costó tres millones de dólares, lo que para la industria americana podría ser el presupuesto destinado para los bocatas de anabolizantes de Dwayne Johnson durante un rodaje. Por hacer una comparación ilustrativa, la segunda película más taquillera de ese fin de semana (del siete al nueve de junio de 2013) ha sido Fast & Furious 6, y ha costado 160 millones.

El low budget y el tirar de todo lo disponible para llevar a cabo una película a veces se transforma en taquillazo inesperado y en catapulta instantánea para el director. En algunos casos el éxito debe mucho a la maña publicitaria, no es raro que un estudio adquiera un film con posibles y acabe gastándose más millonadas en la promoción que lo que han invertido el propio director y sus primos en rodar la cinta.

Low budget, big profit o algunas de las películas más baratas en su gestación que llegaron a recaudar más beneficios.

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Clerks (1994)
Presupuesto: 27.000 $
Recaudado: 3.151.130 $

Kevin Smith vendió parte de su colección de cómics, tiró de ahorros para sus estudios y del dinero que le proporcionó el seguro de un coche. Solicitó permiso en la tienda en la que trabajaba para utilizarla como escenario pero se lo concedieron a medias: solo le permitían rodar cuando el Quick stop estuviese cerrado, por eso Clerks transcurre casi en su totalidad en una tienda y en la trama las persianas del local están saboteadas. Convenció a amigos y familiares para ponerse delante de la cámara y rodó el purgatorio de un dependiente que quemaba las horas discutiendo si los habitantes de la Estrella de la Muerte que revienta en El retorno del Jedi eran trabajadores autónomos inocentes. Esa historia de veinteañeros deslenguados sin futuro conectó con el público y recorrió Cannes, Sundance y los Independent Spirit Awards. Se convirtió en cinta de culto, generó una secuela en 2006, una serie de animación, una tercera parte se encuentra en preparación y durante el décimo aniversario de los Clerks primitivos se permitió rehacer algo que, pese a estar en el guión original, no se llevó a cabo por falta de pasta: la escena del funeral (que ocurría en la película pero que el público no llegaba a ver) en versión dibujo animado a color: Clerks: The lost scene. Smith era de repente una revelación del indie americano pero no tendría un futuro brillante: salvad Persiguiendo a Amy, Red State, pedazos puntuales de Mallrats o Clerks II y algún chiste de penes y ahí tenéis todo lo digno que ha producido.

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Cabeza borradora

Cabeza borradora (1977)
Presupuesto: 20.000 $ en teoría (aunque algunas fuentes indican una cifra así a ojo inexacta entre los 20.000 y los 100.000 $)
Recaudado: 7.000.000 $

David Lynch calentaba las sillas del American Film Institute cuando decidió ponerse Buñuel filmando un primer e inusual largometraje. Cabeza borradora fue financiado gracias a la colaboración económica eventual de amigos y familiares, Terrence Mallick llegaría a proyectar la película a un posible inversor y obtendría como respuesta un “esto es una mierda” del caballero en cuestión. El rodaje contó con un equipo mínimo, efectos especiales perturbadores de truco incierto (ese bebé mutante) y un rodaje que se prolongaría durante más de cinco años dejando secuelas en la propia película: Jack Nance envejecía de golpe 18 meses en una escena. Aunque comercialmente proyectar eso en una sala de cine parecía el equivalente a bombardear a la audiencia con un cañón de gas pimienta, y que revistas como Variety la consideraron “una bonita arcada, el film participó en el festival Filmex y acabó encontrando su sitio en proyecciones de medianoche y teatros selectos. El “bocaoreja” se extendió y la película recaudó siete millones en total; Lynch y sus mundos llegaban a la pantalla grande para torcer culos.

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Easy Rider

Easy rider (1969)
Presupuesto: 360.000 $
Recaudado: 41.000.000 $

Peter Fonda y Dennis Hopper se pusieron de acuerdo para crear un western con motocicletas que recorrían el asfalto americano y debido a aquellas inspiraciones los protagonistas compartieron nombres con Billy el niño y Wyatt Earp. Easy rider se rodó a las órdenes del propio Hopper y a las bravas, sin un guión perfilado, improvisando sobre la marcha, contratando a hippies locales como equipo técnico y con el director liándola desde la preproducción: tuvo un encontronazo a hostias con un cámara y le realizó un curioso proceso de casting a Rip Torn, quien no llegaría a participar en la película: Torn asegura que Hopper llegó a amenazarle con un cuchillo. Fonda y Hopper se pasaron el rodaje vaciando botellas y fumando marihuana (la que consumen en la película tiene poco de atrezo) e incluso Jack Nicholson aparecía en pantalla ligeramente perjudicado por los humos. El estreno fue apoteósico, una sociedad desengañada con el Gobierno hizo que recaudara 41 millones de dólares convirtiéndola en una de las películas más taquilleras del año y en un cartel de neón con ruedas que avisaba a Hollywood de la llegada de un nuevo tipo de cine alejado del encorsetamiento. Aquellos maravillosos 70.

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The Blair Withc Project

El proyecto de la bruja de Blair (1999)
Presupuesto: ¿20.000? ¿60.000? ¿500.000? (depende de la fuente) $
Recaudado: 248.000.000 $

Eduardo Sánchez y Daniel Myrick se llevaron de campamento a tres actores, les dieron una cámara y empezaron a putearlos a escondidas. Agarraron las 20 horas de metraje y montaron una película de hora y media. El objetivo era alcanzar los resortes del miedo,; el resultado fue un footing loco a través del bosque con un par de momentos curiosos, una cámara discotequera sufriendo un ataque de epilepsia en una montaña rusa y una legión de fans. Recurriendo a la técnica narrativa del found footage se intentó vender la obra como un hecho real pero la gente por un lado tenía Internet, y por otro ya estaba curada de esos espantos desde que tiempo atrás Interviú hizo creer a todo el mundo que Holocausto caníbal era un documental gastronómico. Lo desquiciado del asunto es que la distribuidora se fundió 25 millones en publicidad (incluyendo todo aquel montaje web de alma viral) y gracias a ello recaudó unos 248.639.099 dólares. Generó una deyección/secuela sin bamboleos, tres videojuegos, libros, cómics e incluso (atentos aquí) una fotonovela.

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El mariachi

El mariachi (1992)
Presupuesto: 7000 $
Recaudado: 2.000.000 $

Debut a tiros de Robert Rodriguez, quien decidió ponerse Jackass y sacar parte del dinero convirtiéndose en conejillo de indias y probando medicamentos experimentales a cambio de dinero, mientras rezaba para no tener deposiciones verdes. El mariachi utilizaba una silla de ruedas para el movimiento de la única cámara del film, simulaba los impactos de bala con condones rellenos de líquido rojo, los propios actores formaban el equipo de rodaje y su obsesión por el ahorro incluso implicaba prescindir de la claqueta. Cuando la cinta estuvo lista, Rodriguez trató de venderla al mercado del vídeo sin éxito hasta que llegó Columbia Pictures, compró la obra y se gastó más dinero en la promoción y en convertir los 16mm a 35mm que lo que había costado filmarla. El director relataría el proceso de rodaje guerrilla en el libro Rebelde sin pasta y después montaría su productora y se dedicaría a fabricar cosas divertidas (Desperado, Planet Terror, Sin City, Machete) entre mediocridades (la saga Spy kids y su prima Las aventuras de Shark Boy y Lava Girl, la insufrible El Mexicano, The faculty). Pero ante todo sería el responsable de la mejor comedia bipolar con vampiros del mundo: Abierto hasta el amanecer.

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paranormal activity

Paranormal activity (2007)
Presupuesto: 15.000 $
Recaudado: 190.000.000 $

Paranormal activity es algo así como El proyecto de la bruja de Blair en formato Gran hermano. Oren Peli redecoró su propia casa, contrató a la pareja protagonista a 500 papeles por cabeza, les dio unas míseras líneas de guión y filmó en diez días un found footage de terror literalmente casero. Paramount pagó 350.000 dólares por los derechos, decidió que lo mejor sería modificar el final (por sugerencia de Steven Spielberg) y en principio planeó un remake de la cinta con algunos famosetes al frente para dejar la versión original relegada a un rincón de los extras del DVD. Pero la película de Peli se estrenó en un puñado de cines y amasó una millonada. A partir de ahí funcionó como la bruja campestre de Blair: 200 millones de recaudación mundial y una nueva saga para ordeñar: su quinta parte se estrena en octubre del 2013.

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Halloween

Halloween (1978)
Presupuesto: 325.000 $
Recaudación: 47.000.000 $

John Carpenter de marte con su Asalto al distrito 13 fascinó al productor Moustapha Akkad hasta tal punto que este decidió dejarle debajo de su almohada el triple de presupuesto. Aunque ese montante seguía sin ser gran cosa (Asalto al distrito 13 costó unos míseros 100.000 dólares) Carpenter se las apañó para rodarlo todo en 20 días aprovechando el vestuario de los propios actores y a un director de arte que se valía del trueque y compraba en saldos para llevar a cabo su trabajo. Se compró una careta de 1,98 dólares del Capitán Kirk de Star Trek (o lo que viene a ser lo mismo: del jeto de William Shatter) y la repintó de blanco para dar forma al rostro inexpresivo del psicópata Michael Myers. El slasher como género establecido, el villano como letal icono parsimonioso y miles de butacas con orín provocado por los sobresaltos del cuchillo: 47 millones de dólares en la temporada alta de sustos o muertes.

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primer

Primer (2004)
Presupuesto: 7.000 $
Recaudación: 424.760 $

Hay gente que después de haber visto Primer no tienen claro si aquello iba de viajes en el tiempo o de un sábado tarde normal en la vida de unos informáticos. Shane Carruth, ingeniero y matemático decidió crear una obra compleja en su esqueleto hasta tal punto que la pequeña sinopsis infográfica que circula por internet intentando aclarar como funciona el viaje en el tiempo en el film es un puzzle de dos piezas junto a la verdadera estructura completa de las líneas temporales que se enmarañan (ojo también a la ilustrativa aparición de Primer en las tiras cómicas xkcd). Proyectar toda la energía hacía el laberinto propuesto y sobre todo, el renunciar a hacer más sencilla la trama obligando a la audiencia a poner el cerebro en una batidora funcionó a la hora de construir una película de culto superando los límites técnicos y físicos. Sólo costó 7000 dólares, y la ira de unos cuantos que creían que Carruth se estaba pasando de listo.

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La noche de los muertos vivientes

La noche de los muertos vivientes (1968)
Presupuesto: 114.000 $
Recaudación: 30.000.000 $

A George A. Romero se lo considera el padre del legado zombi, y no por ser el primero sino por plantar las bases principales de lo que viene a ser la carne podrida de paseo. Robando la idea de la novela Soy leyenda, Romero ideó al monstruo más económico: el muerto viviente de FX caseros con cucharadas de chocolate sustituyendo a la sangre (la película estaba rodada en blanco y negro). Un pase previo aterró al público de manera espectacular, la crítica la consideró una orgía de violencia horrenda, se le atribuyeron todos los males del mundo y entre tanto la taquilla reventaba: el Wall Street Journal anunció que aquella noche de final desolador era la película más taquillera de Europa en 1969.

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Pi

Pi (1998)
Presupuesto: 60.000 $
Recaudación: Más de 3.000.000 $

Darren Aronofsky pidió prestados a familiares y amigos 60.000 dólares en packs de 100 billetes por cabeza con la promesa de devolverles 150 a cada uno si conseguía beneficios con un thriller de planos acelerados que orbitaba en torno a la obsesión de un matemático por el número Pi. Consiguiendo el culto casi al instante, Pi recaudó tres millones solo en Estados Unidos, se convirtió en un DVD de venta constante y lanzó la carrera de Aronofsky, esa persona que acabaría dirigiendo cosas tan destacables como Réquiem por un sueño, El luchador o Cisne negro.

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Mad MAx

Mad Max (1979)
Presupuesto: Entre 350.000 y 400.000 $
Recaudación: 100.000.000 $

George Miller trabajaba como médico de urgencias en Australia cuando decidió probar suerte tras la cámara. Mendigó dinero hasta conseguir una cifra que rondaba los 350.000 $ y empezó a darle forma a Mad Max, acción en futuro apocalíptico de motores salvajes. Un Mel Gibson que aún no era famoso ni había declarado la guerra a todas las etnias ajenas se presentó al casting en un estado lamentable tras un fiestorro en el que alguien le regaló unos guantazos y Miller creyó que con esas pintas serviría como secundario freak, pero semanas más tarde el director lo vería más limpito y le asignaría el papel protagonista. La película sufrió palos de críticos que la veían como un vehículo de violencia gratuita y pese a que solo recaudó 8 millones en USA en el resto del mundo arrasó, elevando sus ganancias a los 100 millones de dólares.

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napoleon-dynamite-8

Napoleon Dynamite (2004)
Presupuesto: 400.000 $
Recaudación: 46.000.000 $

Un nerd puro y duro es la antítesis del protagonista clásico de película, pero para Jared Hess era el epicentro de todo. Con un presupuesto escaso expandió la idea de un cortometraje previo y la comedia resultante tendría una de las carreras en salas de cine más consistentes jamás vista, con hordas de adolescentes americanos visitando el cine de manera continua, encontrando hilarante por cercanía ese extraño sentido del humor y descubriendo aquella espectacular coreografía del Canned heat de Jamiroquai. Su raíz americana era tan marcada que en resto del mundo solo la vieron cuatro gatos y probablemente dos de ellos no le encontraron la gracia.

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Monsters

Monsters (2010)
Presupuesto: 25.000 $
Recaudación: 4.240.000 $

Por la cabeza del británico Gareth Edwards rondaba la idea de rodar una película de monstruos que ocurriese después de las películas de monstruos, centrándose en los personajes y no en los bichos destrozando el mundo y la humanidad gritando asustada. Monsters tomó forma con un equipo de siete personas, y una furgoneta se fue de ruta por Méjico, Texas, Belice, Guatemala y Costa Rica reclutando por el camino a los lugareños como actores y filmándolo todo con un equipo digital. El material comenzó a editarse en el hotel durante el mismo rodaje y lo más increíble de todo es que a la vuelta a su tierra el hombre hizo un auténtico yo-me-lo-guiso cuando se encerró en su habitación durante meses para crear los efectos especiales desde su ordenador. “La historia del cine ha sido siempre un proceso industrial en el que necesitabas cientos de personas, pero eso ha dejado de ser así. Ahora puedes hacerlo solamente con un puñado. […] Hoy puedes ir a una tienda y comprarte un portátil que es más potente que aquellos ordenadores con los que hicieron Jurassic Park.

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Deep-Throat

Garganta profunda (1972)
Presupuesto: 25.000 $
Recaudación: Una locura.

El porno, eso que nadie ve y que tiene unas cuantas legiones de seguidores fantasmas. Garganta profunda es la película más famosa de ese género en el que el paquete de kleenex de acompañamiento no se suele utilizar para secarse las lágrimas. Linda Lovelace acude al médico intentando descubrir la razón de su incapacidad para llegar a la parada del orgasmo, y el muy profesional doctor descubre que la chiquilla tiene el clítoris en la garganta, un detalle que condicionará la trama de manera profunda. Perseguida por los defensores de lo decente, llevada a numerosos juicios y prohibida en varios estados de EE. UU. y países del mundo, Garganta profunda se convirtió con tanto ruido mediático en la película que todo el mundo quería ver. Su actriz principal primero la defendería y más tarde renegaría de ella asegurando “cada vez que alguien ve esa película, está viéndome a mí siendo violada”, y revelando que fue forzada a participar por su marido (Chuck Traynor). Howard Simons, al frente del Washington Post, utilizaría el apodo de “Garganta Profunda” para su informador del caso Watergate y el término rebautizaría a miles de anónimos chivatos en la realidad y la ficción. Deep throat se convirtió en un icono pop y sus beneficios son inexactos pero se intuyen bestiales: los derechos los gestionaba un sector de la mafia neoyorkina y la transparencia normalmente no es una de las virtudes más reseñables de esas organizaciones. Aunque el curioso documental Inside Deep throat asegura que alcanzó la hiperespacial cifra de 600 millones, lo más probable es que la cifra real sea bastante bestia y cercana al centenar de millones, pero no astronómica.


La figura de Kevin Smith


Hay quien dice que Kevin Smith es director de cine. Curiosamente, eso es lo último que él se considera. La de Smith es una figura compleja, incluso dejando a un lado su complexión física. Cineasta, guionista, productor, actor, comediante, empresario… El de Red Bank tiene muchas caras, todas ellas impregnadas de un matiz característico y propio: New Jersey. No hay, probablemente, artista estadounidense más orgulloso de su procedencia que quien naciera el 2 de agosto de 1970 en el estado más densamente poblado del país. Su obra daría comienzo a finales del 93, cuando empezó a grabar Clerks, ópera prima, en la pequeña tienda en la que trabajaba hace casi ya 20 años. Algunos le conocen por ese tipo de película independiente con aroma a buddy comedy; otros, por una segunda fase de su cine, algo más comercial; y la inmensa mayoría, por ser un icono de Internet, paradigma de artista del siglo XXI. Original, discordante, libre de tabúes. Así es Kevin Smith, y a continuación analizamos sus múltiples caras.

1. Kevin Smith, creador

Su esencia es la del autor. No estamos ante un descubridor o innovador, si bien algunos consideran su segunda película, Mallrats, como uno de los filmes que supusieron el génesis de las buddy comedy, esas comedias americanas que tiene como protagonistas a una pareja de amigos que ansían, durante todo el largometraje, acabar con la chica. Nada más lejos de la realidad; Smith quiso contar historias y se lanzó a por ello. En el libro The Film That Changed My Life: 30 Directors on Their Epiphanies in the Dark, Smith reconoce al periodista Robert K. Elder que la película Slacker (1991, Richard Linklater) fue la que le impulsó a utilizar el cine como vía expresiva. Por tanto, ante todo, Kevin Smith crea, no transforma.

1.1 Director

Es un director breve, concreto, sin demasiadas florituras. Aprendió lo justo y necesario con sus estudios y con la ayuda de su inseparable Scott Mosier logró estrenarse con Clerks, una obra que costó poco más de 27.000 dólares —y se realizó en 21 días— y que recaudó en las taquillas norteamericanas unos 3 millones. Carrera lanzada. Aquella fue la única película en blanco y negro, pero los planos generales cortos, inmóviles, y los escenarios propios de sitcoms televisivas serán las constantes de la dirección de Smith. Mallrats, desarrollada casi íntegramente en un centro comercial, es un gran ejemplo de su tipo de orientación simplista, más acomodada en el guión que en el énfasis visual. Los planos generales en exteriores delimitados también son recurrentes en la obra de Smith, y a cualquiera se nos puede venir a la cabeza la maravillosa pareja que conforman Jay y Silent Bob, apoyados en diversos y variopintos muros. De esta tónica podrían salirse Jersey Girl y Zack and Miri Make a Porn, dos películas más convencionales de cine de sala y que se alejan del ser de Smith. En cualquier caso, Smith siempre ha afirmado que es un director malo, sin estilo propio, que se limita a situar a sus personajes de la mejor manera posible con el objetivo de que los diálogos, la verdadera fuerza de sus películas, surjan naturalmente. Su empatía, en esto, es clave.

Plano secuencia cortado con edición brusca y maravilloso diálogo: puro Kevin Smith

1.2 Guionista

No todo aquel con una historia sabe contarla. Y esto se puede extrapolar a cualquier ámbito de la creación artística. En el cine tenemos muchos ejemplos de grandes ideas que no han sabido ser traspasadas a la pantalla de la manera adecuada. Quizá es por esto por lo que Smith es tan escueto en sus planos, para dedicarle más tiempo a sus diálogos. Porque su guión, más que el de cualquier otro cineasta, se basa en el coloquio. Y, aún así, es capaz de darle monólogos inolvidables a sus personajes; incluso a algún desconocido, como sucediera en la escena de Clerks en la que Dante (Brian O’Halloran) y Randal (Jeff Anderson) discuten sobre la destrucción de la Estrella de la Muerte y los trabajadores autónomos al servicio del Imperio. Fresco y agudo, su primer film fue de lo más trasgresor hecho en la última década del siglo XX, aunque eso lo veremos más adelante. Como guionista, Smith se destaca por la empatía que logra en su audiencia. Ha guionizado todo lo que ha dirigido a excepción de Cop Out, película del año 2010. No obstante, su frescura ha caído presa del tiempo y ha envejecido mal y aprisa. Dejando a un lado Jersey Girl, manchón importante en su filmografía, encontramos que Zack and Miri Make a Porn carece también de ritmo, quizá por estar encadenada a actores y productores, intereses económicos que para Smith no importaban en el amanecer de su cine. No olvidemos que el hilo narrativo, en sus inicios, fue para el de Red Bank poco más que un mal obligado, pues veíamos sucesivos sketches que se encargaban de esbozar el contexto propiamente. Podemos resumir, pues, que de un Kevin Smith de diálogo denso pero natural, de gran importancia, pasamos a uno actual más comedido, maniatado por la profesionalidad y la mediatización de sus gags. Sin olvidar, jamás, que bajo este manto enorme de humor se esconde siempre crítica e inteligencia. La idea que uno puede extraer de Dogma, por ejemplo, es brillante; Dios, de existir, es ateo, y es el hombre quien lo ha hecho así.

1.3 Blogger

Kevin Smith actualiza con periodicidad su blog My Boring Ass Life, en el que se muestra sin ningún tipo de pudor. Critica, comenta, e informa a todo su público que se concentra en Internet. Para Smith, las nuevas tecnologías son claves; cualquiera lo diría viendo sus inicios. Pero entre sus vídeos virales y su genialidad ilimitada se ha reafirmado como uno de los iconos de la cultura independiente. La última entrada —datada a 23 de enero— es un anuncio en el que comunica que su pequeña compañía cinematográfica, Smodcast Pictures, seleccionará varias películas que sean enviadas —de cualquier género, financiación y tipo— para promocionarlas en un tour por toda la geografía estadounidense durante 2012. Retomando la idea de distribución de Red State, su última obra publicada y penúltimo film que hará. Manteniéndose en esta brecha satírica y mordaz, Smith también hace un gran uso de su cuenta de Twitter (@ThatKevinSmith), seguida por 1.994.246 cibernautas, convirtiéndose en una extensión de su cerebro. Para bien y para mal. En esta cara suya, la de blogger, vemos también reflejada la verdadera pasión que siempre le ha movido: contar.

1.4 Escritor, cómics

Generalmente acompañado por Joe Quesada, Kevin Smith ha hecho su sueño más primigenio realidad: escribir cómics y formar parte de su universo preferido. Al margen de sus propias obras, siempre centradas en personajes recurrentes —cómics sobre las aventuras de Jay y Bob, una obra que enlazaba Chasing Amy y Dogma que recibe el nombre de Chasing Dogma…—, Smith ha colaborado tanto con Marvel como con DC Comics. Para la primera firma realizó un arco argumental de ocho tomos para Daredevil (Guardian Devil, 1999), y dos miniseries para Spiderman (Black Cat: The Evil that Men Do, 2002) y, nuevamente, Daredevil (Bullseye: The Target, 2002). Para DC, Smith escribió un arco de 15 tomos de Green Arrow (Quiver, 2002), el cómic íntegro Batman: Cacophony (2008) con el trazo de Walt Flanagan, y otro nuevo arco para Batman (The Widening Gyre, 2010). Además, ha prestado dos de sus ideas a Dynamite Entertainment: una historia de Green Hornet basada en un guión para cine que no salió adelante; y una creación propia, The Bionic Man, que encuentra también su génesis en un guión cinematográfico que Smith esbozó en 1998 y que fue rechazado por Universal por considerarlo más propio de las hojas de un cómic que de las imágenes de una película. Los críticos especializados coinciden en apuntar la obra comiquera de Smith como creativa, genuina y acertada. Mención especial para Batman: Cacophony, bestseller en The New York Times en su sección de novela gráfica.

1.5 Comediante

Kevin Smith no es un comediante per se. Podríamos describirlo como un stand-up comedian —comediante en vivo— en tanto que se encuentra ante un público en un gran escenario. Sin embargo, mezcla este género cómico con la conferencia, pues acepta preguntas de la audiencia y a partir de ellas cuenta historias desternillantes. Para apreciar lo puro y desenfadado de esta cara suya, el lector debería visualizar su serie de conferencias convertidas en DVD: primero tenemos An Evening with Kevin Smith (2002), distribuida por Columbia Pictures. Se trata de tres horas y media de historias —entre ellas, la de Superman o la de Tim Burton— contadas en diferentes universidades del país. Luego salió al mercado An Evening with Kevin Smith 2: Evening Harder (2006), basado en dos espectáculos en Londres y Toronto. Vuelve a hablar de sus películas de una manera irreverente y desahogada, de su inspiración y de historias personales. En tercer lugar, Smith publicó la celebración de su 37 cumpleaños en Sold Out: A Threevening with Kevin Smith (2008), un show realizando íntegramente en su natal Nueva Jersey. Los dos DVD contienen un total de cinco horas de material sin censurar. El retrato de Bruce Willis, sus mejores recuerdos de Clerks II,… Hasta la inquietante historia de su fístula anal y de cómo la tuvo que aguantar formando parte de un jurado popular. El cuarto documental entrevista es Kevin Smith: Too Fat for 40 (2010), en el que repite fórmula: día de su cumpleaños y Count Basie Theater como base de operaciones, en Red Bank. La figura del Smith comediante es, quizás la más fiel a su verdadero ser.

La famosa historia de Superman

2. Un tío de Jersey

Llegamos a sus películas. Ya iba siendo la condenada hora. Cuando uno puede analizar y aglomerar las películas de un autor de manera cronológica sin ver alterado el resultado del producto, es un síntoma de curva clara en la trayectoria. No obstante, veremos que hay excepciones. Este trío de películas siguen un patrón claro, y no es más que los albores de su obra.

2.1 Clerks (1994)

Smith tuvo que vender toda una colección de cómics amasada durante más de veinte años para poder financiar —como he dicho, poco más de 27.000 dólares— su primera película: Clerks. Escritura maravillosa, guiones atrapantes y actuaciones amateurs que no hacen más que fomentar la empatía del público con las historias cotidianas que se cuentan durante la hora y media de obra. Conversaciones sobre Star Wars, el sexo oral, porno hermafrodita… Cualquier cosa vale. Casi veinte años después, Clerks es considerada como una película de culto, siendo para Empire la 4ª mejor película independiente de la historia. Y una frase para el recuerdo, la única de Bob —personaje de Kevin Smith— en el film: “El mundo está lleno de tías buenas. Pero no todas te traen lasaña al trabajo, solo te ponen los cuernos“.

2.2 Mallrats (1995)

La expectación era grande, y mucha gente quedó decepcionada con la segunda obra de Smith, que no tuvo que producir. Esto le valió para hacerse con un elenco mucho más profesional, aunque lleno de desconocidos en aquella época: Jason Lee se estrenó como protagonista, y estuvo rodeado por un imberbe y anónimo Ben Affleck, Jeremy London, Shannen Doherty, Joey Lauren Adams… y, por supuesto, por Jason Mewes como Jay y por el propio Smith como Silent Bob. Mallrats se desarrolla en un centro comercial, y con el tiempo ha gestado en sus seguidores un fanatismo que la sitúa casi como otra película de culto.

2.3 Chasing Amy (1997)

Jason Lee queda, esta vez, como co-protagonista en favor de un emergente Ben Affleck que empieza a vislumbrar un aceptable futuro como actor. Joey Lauren Adams, por entonces novia del director, toma el peso femenino de la película. Las casi dos horas de largometraje narran la desventura amorosa de Affleck y Adams, en la que la bisexualidad de la segunda juega un papel importante. Volvemos a las conversaciones sexuales explícitas, a las risas fáciles pero inteligentes de trasfondo. Chasing Amy costó 250.000 dólares y recaudó 12 millones. Mosier, cómo no, en la producción. Y el estudio propio, View Askew Productions, detrás. Los papeles de Cupido de Jay y Bob son, sencillamente, desternillantes.

Un ejemplo de monólogo y de la pasión de Smith por Star Wars

3. Mercado mundial

Algunos llaman a ese inicio de Smith Jersey Triangle, refiriéndose a la localización del trío de películas, Nueva Jersey. Pero en 1999, traspasaría por primera vez las fronteras estadounidenses. Claro que ya lo había hecho, pero la crítica internacional, más allá de la especializada de Cannes, desconocía la figura de este artista. A partir de Dogma, para bien o para mal, Kevin Smith sería reconocido.

3.1 Dogma (1999)

A punto de entrar en el nuevo siglo, Kevin Smith se fue a lo grande, y abordó un tema que siempre ha llevado consigo: su fe religiosa. Así, emprendió la idea de Dogma, una película que no dejó indiferente a nadie. Recibió amenazas de muerte por parte de sectores devotos, alabanzas por parte de crítica y público. En esta película se mezclan dos mundos: el de Smith —con Jay y Bob, con la intrascendencia de su cine, con la naturalidad innata de sus planos—, y el profesional —con actores como Alan Rickman, George Carlin, Affleck, Matt Damon, con un presupuesto de 10 millones—. Y de la unión resulta una película extravagante de dos horas que transcurren rápidamente gracias al humor y a la trivialización inteligente de la religión.

3.2 Jay and Silent Bob Strike Back (2001)

Y por fin lo que todo el mundo esperaba: una película dedicada a Jay y Bob. El rap del inicio forma parte ya de la gran memoria colectiva del espectador de cine. En el cómputo global, es una comedia procedimental con un hilo narrativo plano y unidimensional. Sin embargo, Smith sigue demostrando su frescura dialogal dejando para el recuerdo muy diversas escenas. Es la explotación justificada de la pareja que forman Mewes y el propio director. Además, al originarse por una orden de alejamiento que piden Randal y Dante, y al contar con la presencia de Lee y Affleck como Brodie y Holden, respectivamente, el fan de Smith se ve reflejado en toda una historia vital; el que no lo es, claro, puede perderse muchos detalles. Fue la película más cara, costando algo más de 20 millones, y recaudó en taquilla únicamente 33.

3.3 Clerks II (2006)

Segundas partes nunca fueron buenas. Pero esta sí. Y, claro, se trata de una opinión muy personal. Pero Clerks II, tras unos extraños pasos que fueron más bien vacilaciones, supone para Smith la vuelta a su fuente de vida eterna. Volvemos a encontrarnos con sexo, con Star Wars, con referencias culturales y con un trato normal a temas tabúes en la sociedad. La incorporación de Rosario Dawson otorga más frescura si cabe a la película. Trevor Fehrman, encarnando a Elias, hace un trabajo genial. Esta sí fue un éxito económico: 5 millones de producción para 26 de beneficio. Hay fidelidad al trash-talking de Clerks.

No hace falta mirar; el diálogo lleva el peso y es lo importante

4. A press’ bitch

El estilo de Kevin Smith es no tener estilo. Y, además, es una puta de la prensa. Así se ha definido él mismo en diversas situaciones. Es un genial concepto para entender estas dos películas de su filmografía. Tanto Jersey Girl como Zack and Miri Make a Porn responden a factores y fuerzas externas. Esbozos de un Smith irreconocible, de una cara que solo aparece aquí. Y menos mal.

4.1 Jersey Girl (2004)

Mucho trabajo detrás, mucha dedicación… y Ben Affleck. Smith reconocería en An Evening with Kevin Smith 2: Evening Harder, que la idea surgió tras una petición de Affleck, que ansiaba una historia de amor con final feliz tras lo sucedido en Chasing Amy. Así se gestó Jersey Girl, una película llena de clichés amorosos en las que solo hay dos destellos de la personalidad del director: una conversación sobre la masturbación en la cena, y el considerado primer chiste en una película sobre el 11S. Más allá de eso, unas actuaciones lamentables, un hilo lastrado por la inexistente química o empatía de ninguno de los actores, y un resultado penoso. Una película cuya producción costó 35 millones y que gastó unos 15 en marketing apenas pudo hacer 36 millones en taquilla, tanto local como internacional. Un tiro a la cabeza de Smith a sus aficionados.

4.2 Zack and Miri Make a Porn (2008)

La idea era interesante y prometía, pero el resultado final dista mucho de reflejarnos al Smith que brillaba con Clerks. Junto con Jersey Girl, fue la única película que no se encuentra dentro del llamado View Askewniverse, el universo de Smith. No obstante, tenemos a Jason Mewes haciendo de actor porno. De él, vaya. Oye, algo es algo. Es un film que carece de ritmo, con pocos puntos graciosos y que, en general, resulta en una comedia romántica típica y tópica. En ningún momento se produce ninguna conexión, y el humor se intuye más que se percibe. Se pegó un buen golpe en taquilla, aunque esto fue debido, sobre todo, al rating R que recibió la película, cuando no era más que una NC-17. Porque sí, hay sexo, ¿y qué? Nadie se quita los ojos o no se ven intestinos como en algunas de terror. Cosas del mundillo que uno jamás entenderá.

5. El artista del siglo XXI

Kevin Smith tiene algo de renacentista. No, está claro que no es su figura ovalada. Es más bien su pasión artística, su curiosidad innata que le lleva a contar historias de todas las maneras posibles, y a no quedarse quieto ante injusticias de su mundo. No es un samaritano, pero tampoco lo fueron Leonardo Da Vinci y compañía. Smith tiene una repercusión enorme en Internet, el futuro y ya casi el presente de cualquier director de cine, actor o productor. Es uno de los paradigmas de lo que veremos a lo largo de este siglo recién empezado.

5.1 Red State y distribución

Red State (2011) ha sido la última película publicada por Kevin Smith. Se trata de una crítica virulenta y sin miramientos a la sociedad norteamericana y, en especial, al fanatismo religioso que tan expandido está en el territorio estadounidense. Tan fuerte es la película, y tan alejada de su vertiente cómica, que anunció en Sundance que él mismo se encargaría de distribuir la película, sin depender de ninguna compañía. Durante mucho tiempo se especuló con que Smith vendería los derechos al mejor postor, pero finalmente se los quedó para él, y se dedicó a viajar por el país para enseñar esta película independiente en todos los sentidos de la palabra. ¿Un nuevo modo de distribución? Lo cierto es que ya Mel Gibson lo hizo con su pasión, pero hay pocos antecedentes y sí varios consecuentes: The Way de Emilio Estévez y Martin Sheen, el tour de Francis Ford Coppola para su película más reciente, Louis CK vendiendo su último espectáculo especial directamente desde su web… Sobre la película en sí, toda la intriga del guión se pierde en una dirección pobre. En la comedia, esta faceta no es muy importante; en el terror, género de esta película, la cámara es clave y Smith demuestra no estar a la altura del juego necesario.

Tráiler de la inédita, en España, Red State

5.2 Emprendedor: network y tienda

Kevin Smith es un culo inquieto. Cualquiera lo diría viendo sus más de cien kilos de peso. Pero es que el curioso de hoy en día no tiene por qué hacer ejercicio alguno. ¡Benditos ordenadores y benditas redes sociales que evitan cualquier interacción social! Smith, junto con Mosier, dirige SModcast, un podcast semanal que se actualiza los domingos desde el 5 de febrero de 2007. Con el tiempo se ha convertido en toda una network que tiene una amplia programación e, incluso, se ha expandido hasta el cine y las animaciones. Además, Smith abrió una tienda de cómics en su Red Bank (35 Broad Street) llamada Jay and Silent Bob’s Secret Stash, que posee todo tipo de cómics, merchandising y productos relacionados con las películas de View Askew, tales como pósters, ropa, figuras coleccionables… Fue abierta en 1997, pero Smith se vio obligado a ampliarla y cambiarla de localización al encontrarse con visitantes de todo el mundo. Durante un breve período de tiempo, hubo otra Secret Slash en Los Angeles, más concretamente en Westwood, pero acabó cerrando a los cinco años (2004-2009). La tienda será el enclave de un documental de seis episodios que se estrenó el pasado 12 de febrero en la AMC llamado Comic Book Men, acompañando los domingos a The Walking Dead.

6. Kevin Smith y su futuro

Smith anunció ya que se retirará de la dirección con su próxima película, Hit Somebody, que finalmente constará de dos partes: una primera con aviso de edad de PG-13, y una segunda con R. La película girará en torno al deporte favorito del de New Jersey: el hockey hielo. Su fanatismo queda al descubierto desde su primera película. Así que, en cierto modo, es un final lógico de acabar esta parte de su vida. Justificó su retirada por la falta de pasión y de historias que contar, además de criticar la manera de distribución de las películas y el sistema económico del sector del cine.

No obstante, seguirá habiendo Kevin Smith. Ha anunciado que está trabajando en dos pilotos para televisión —hay que recordar que actuó en Manchild, serie que Showtime desechó, dirigió varios capítulos de la segunda temporada de Heroes (NBC), y estuvo al frente del piloto de Reaper (The CW)—, en un libro, y que seguirá dando conferencias por el país.

Sin mentar queda su polémica con Bruce Willis en Cop Out, film que dirigió pero en el que no estuvo involucrado de ninguna otra forma; tampoco su relato de cómo Seth Rogen le introdujo en el consumo de la marihuana allá por 2008; ni muchas otras cosas. Es gordo, así que hace mucho. Por compensar. Él lo dice, no yo.

Y para aquel que haya pasado de todo este infumable tocho, y que lea este párrafo por haber sido víctima del ansia vaga que empuja a un individuo a buscar el final del camino sin recorrer el mismo, le digo lo siguiente: la hija de Smith se llama Harley Quinn. Como en Harley Quinn, personaje de Batman. Es un argumento suficiente para admitir la genialidad de Smith. Period.

Joya intrascendente, atemporal, desenfadada: Kevin Smith