Locura y poder

Malcolm McDowell en Caligola, 1979. Fotografía: Penthouse Films International / Felix Cinematografica.

En 1511 salió impreso por primera vez Stultitiae Laus, el Elogio de la locura, de Erasmo de Róterdam. Esta obra fue enormemente influyente en la literatura occidental. Mordaz, crítica y acorde a los usos del Renacimiento, narra el nacimiento de la diosa Locura (a veces traducida como necedad) de los dioses Pluto y Hebe. Da cuenta de sus acompañantes: la Adulación, el Amor Propio, la Demencia, la Pereza, la Molicie, el Olvido y la Voluptuosidad. La propia diosa es la que canta sus alabanzas, habla de los niños y del matrimonio, de la amistad y de cómo solo gracias a la locura cualquier vínculo humano se puede hacer soportable (sin poder negársele la razón por lo vehemente de sus argumentos). Pero algunos de los pasajes más interesantes de la obra son los dedicados a reyes, príncipes y obispos, de cuya molicie hace una crítica descarnada.

Cuenta Erasmo que los príncipes y los reyes adoran la locura pues, de hacerse un juicio acertado de las cargas que deben soportar, su vida solo podría ser triste y desgraciada. Ser soberano implica trabajar noche y día por el bien común, no apartarse de las leyes, conocer la integridad de sus administradores, recordar que todos le miran y que el soberano puede, por sus costumbres, influir útilmente en los otros. De ser príncipes juiciosos, no podrían ni conciliar el sueño ni comer a gusto en sus banquetes. Ahora, gracias a que en el fondo son presos de la locura, dejan todo en manos del destino y de sus consejeros. Los reyes solo escuchan a quien les cuenta lo que desean oír, dedicados a la pereza, a mirar por su placer, siendo hostiles al saber, contrarios a la libertad y la verdad y buscando nada más que su propio provecho. Todos sus ornatos, sus coronas, cetros y púrpura son casi una parodia de lo que son los poderosos en realidad. 

Otro tanto dice de los cardenales y obispos. Regresado recientemente de Roma, Erasmo está totalmente desencantado con el libertinaje que se ha apropiado de la Iglesia católica, y sus escritos, de hecho, abrirían hasta cierto punto el camino a la Reforma protestante. Hace tiempo, dice, que papas y obispos imitan a reyes y sátrapas. Los pastores se alimentan bien y el rebaño lo dejan en manos de Cristo, olvidando lo que significa obispo: «vigilancia». Ven borrosa la doctrina, aunque a la hora de ir a la caza del dinero no se les embota la vista. Los papas dicen ser los vicarios de Cristo, pero si imitaran su pobreza y sus enseñanzas, dice la diosa Locura, solo podrían ser desdichados. Muchas ventajas perderían de hacerlo, pasando sin remedio de la riqueza al ayuno, los siervos a la vigilia y el estudio. Pues, además, para proteger sus ventajas se alzan en armas y trafican con las leyes de Cristo, recurriendo a la sangre tantas veces haga falta para asegurar sus señoríos. 

En esta mordaz crítica que supone el Elogio de la locura se ve un pensamiento que, solo tímidamente, se va a abriendo paso; se empieza a distinguir entre aquello que el gobernante debería ser y lo que es realmente. A diferencia de los escritos de santo Tomás de Aquino, ya no se habla solo del buen príncipe cristiano sino, como Maquiavelo o Tomás Moro, de cómo los gobernantes son en la práctica. Y lo que Erasmo recoge es que, si príncipes y papas fueran lo que deberían ser de acuerdo con su rango, solo cabría hablar de lo penoso de sus trabajos. Es decir, que nadie en su sano juicio querría el poder. Por lo tanto, de aquí se desprende que solo es posible que haya personas que soporten y se regocijen con la carga del poder porque son necios y locos. Dicho de otro modo, que el ejercicio del poder requiere un grado de psicopatía, unas actitudes que predisponen a la inestabilidad mental. Que el poder enloquece o que solo los más locos acceden a él. 

No hace falta indagar demasiado en la historia para encontrarse con todo tipo de casuísticas que refuerzan la tesis de Erasmo. Se suele hablar del caso de Calígula, el emperador romano, como uno de sus ejemplos más acabados, del que decía Séneca que se le miraba a los ojos y ya se le veían las hechuras. Más allá de que según la leyenda el emperador nombró cónsul a su caballo —lo que quizá dijera poco bueno del cargo o de los candidatos alternativos—, Calígula afirmaba ser Júpiter redivivo. A los veintiocho años fue asesinado y su nombre quedó para siempre asociado a la megalomanía del trono. El poder absoluto de los césares dará más ejemplos de locura, desde Nerón a Cómodo, casos que han llegado a nuestros días por su grabado en piedra, no porque sátrapas y tiranos anteriores, desde Persia hasta Tingitana, no hubieran sido equivalentes. Más contemporáneos tenemos a Otto de Baviera y Luis II, que acabaron bajo tratamiento médico, o a Juana la Loca de Castilla o el zar Iván el Terrible, de los cuales se decía que tenían accesos de paranoia. Hasta Juan sin Tierra o Carlos II, apodado «el Hechizado», tenían hechuras de no estar en sus cabales.

En todo caso, no debería confundirse la locura en los fines con ser expeditivo en los medios. De cualquier gobernante se espera un mínimo de racionalidad instrumental, es decir, que oriente sus acciones a conseguir sus objetivos políticos. A lo largo de la historia eso ha conllevado consigo atrocidades terribles, desde que los partos arrojaran oro fundido por la garganta de Craso hasta las mutilaciones de los desposeídos del trono bizantino o las purgas de las familias de los rivales. Hasta la mayor monstruosidad humana jamás acometida, el Holocausto, fue ejecutada con una meticulosa racionalidad. Por el contrario, la locura es una perversión en el origen de los propios fines, pero esto no tiene por qué condicionar que haya una ejecución minuciosa en él. O al menos no siempre. Lo que implica la locura es algo más terrible: la falta de previsibilidad. Esto, muchas veces alentado desde el propio poder, es lo que más tensión genera en la Corte y el pueblo. Lo opuesto a la ley es dejarlo todo en manos del diablillo que brilla en los ojos del rey loco.

Mao tocando las palmas. Foto: Cordon.

Los tiranos contemporáneos también recurren a esto en dosis más o menos moderadas. Las dictaduras caracterizadas como personalistas (por oposición a las de partido dominante o las monárquicas), por ejemplo, lo hacen a través de la figura del culto a la personalidad. Enormes retratos en cada plaza, megafonía que canta loas al nombre del querido líder, grabados y figuras conmemorativas, festividades especiales el día de su cumpleaños o alabanzas al dictador como motor del mundo o portador de la lluvia; la obra de un verdadero megalómano con plenos poderes a la cual recurrieron y recurren desde Mao a Lenin, desde Al Asad hasta Kim Jong-un. Son como pequeños Calígulas embebidos de ego y de locura, si bien tienen detrás de esto una intencionalidad. 

Para el tirano ególatra, el culto a su persona es algo que puede servir para la formación de verdaderos creyentes para la causa, algo que siempre es útil. Es posible que de repetir ad infinitum las virtudes del líder termine habiendo quien de verdad lo compre, en especial con los medios de comunicación debidamente controlados. La megalomanía es el cimiento de la propaganda que apuntala al régimen. Sin embargo, la principal ventaja del culto a la personalidad es la construcción de barreras adicionales a que la oposición pueda coordinarse contra el régimen. Resulta tan difícil que nadie puede organizarse, incluso desde una perspectiva psicológica, con los ojos del tirano siempre mirando. Y mientras, siempre hay esos costes asociados a tener que salir al siguiente desfile y aplaudir con la fuerza necesaria, besar con suficiente fuerza los pies de la estatua del dictador. Eso, que el líder combina con una intensa policía secreta y mil maneras de ejecución de sus adversarios, acrecienta el miedo al poder arbitrario. A ese rey loco que controla el país.

Pero viremos hacia el político en cualquier democracia. Cuando nuestros políticos están en un entorno tan cambiante como el de ahora, tan sobreexpuestos a los medios de comunicación, sin apenas tiempo para pensar (y solo para reaccionar), la pregunta pertinente es si el que accede al cargo ya tiene los rasgos de la psicopatía o es la propia púrpura la que lo enloquece. Hay estudios que apuntan que la mayoría de los presidentes de EE. UU., por ejemplo, han tenido rasgos de psicópata, incluso antes de la era Trump. Tiene sentido imaginar que cualquiera lo suficientemente ambicioso para entrar en política debe tener atributos como el desparpajo o la confianza en uno mismo. Con frecuencia, la ambición se marida con la mezquindad, la sociopatía y un concepto de las personas como medios y no como fines en sí mismas. Las presiones sobre el espíritu son demasiado fuertes como para no provocar algún quebranto. 

Pensemos por un momento cómo se sentirá el líder de un partido acosado por conspiraciones internas, en lucha continua con sus rivales de otras formaciones, rodeado de aduladores, vilipendiado en las redes sociales y los medios de comunicación y sintiéndose cada vez más solo y aislado. El poder es una implacable trituradora que encanece las sienes y pudre la razón. Con razón, al final su círculo se cierra y se vuelven locos. Cuanto mayor es el poder, cuanta mayor es la cercanía a la Khaleesi, más fuerte es la presión sobre ellos. Ni siquiera tienen la certeza de si seguirán en el cargo y se aferran cada vez más fuerte a los oropeles del poder, a su disfrute desenfrenado. El pensamiento libre va muriendo, las filas se vuelven prietas y las sonrisas son todas forzadas. En la intimidad, se abandonan al alcohol, las drogas o al sexo, algo que sirva para recordarles que aún están vivos de alguna manera. La locura termina siendo su único escudo.

Decía Max Weber que un político de vocación requería de pasión, responsabilidad y mesura. Pasión para tener un motor interior que espolee sus acciones; responsabilidad para hacerse cargo de las consecuencias que tienen y mesura para tener una respetuosa distancia con el ejercicio del poder. Es probablemente esto último lo que más toca con la relación con la locura, donde él ve la perversión de su tiempo. Él ve al político vacío de pura ambición como algo siniestro que crece cada vez más en la Alemania de entreguerras. Y apunta muy bien cómo el narcisismo de la política termina abriendo el camino a todos los males. Hoy es complicado no pensar que la locura y la política son las dos caras de una moneda, donde pasar un psicotécnico sería impensable en un consejo de gobierno. 

La locura, que viene impuesta por la naturaleza del poder, termina por matar el último elemento que queda para su ejercicio: la empatía. El momento en el que todo gira en torno a las pasiones de ese personaje que se mueve por pulsiones, que empeña toda la energía y esfuerzo en satisfacerlas. Ya no hay capacidad de sentir por el otro, solo por sí mismo. Normal que los antiguos recomendaran escapar del cáliz de la política a aquel que aspirase a la salvación de su alma. Hay que tener un punto de loco para hacer política. Benditos aquellos que la hacen y tienen un ancla en la razón. 


Historia tierna de Kim Jong Il

Kim Jong-iI y Kim Jong-un durante la celebración del 65 aniversario del Partido del Trabajo de Corea, 2010. Fotografía: Cordon.

No recuerdo el año, pero debió ser poco antes de que la vida adulta me pasara por encima como una estampida de bisontes. Por entonces me pagaban más de lo que necesitaba por hacer lo que me diese la gana, siempre que me mantuviera dentro de un área de unos cuarenta y cinco millones de kilómetros cuadrados. En concreto, lo que me apetecía aquella semana era embarcarme en un safari fluvial por la frontera entre China y Corea del Norte.

«Embarcar» es un verbo pretencioso para lo que allí hicimos. Se trataba de darse crema protectora, entallarse en un chaleco salvavidas con pegatinas de Hello Kitty y buscar hueco en la lona de una lancha, comprimido entre turistas chinos y con un guía que llevaba un altavoz de plástico al cuello, como si fuese la reserva de brandy de un san bernardo. Después, durante tres o cuatro horas, la zódiac se deslizó por el río Yalu, entrando y saliendo en aguas norcoreanas para poder robar fotos «prohibidas» del Reino Ermitaño.

Aunque después cada uno lo vende ante su audiencia como prefiere, el asunto no entraña ningún peligro. La agencia que organiza los tours tiene sobornados a los oficiales de los puestos fronterizos, que juegan a apuntarte a la cabeza con unos fusiles oxidados para darle más emoción a la atracción. Aquel día ni eso: el sol abrasaba los yermos y en los nidos de artillería dormitaban, o se entretenían jugando a las cartas, unos chavales vestidos con unos uniformes deslustrados que les estaban invariablemente grandes o pequeños.

Como en cualquier safari, en el embarcadero había carteles que prohibían tirarles comida, tabaco o alcohol a los norcoreanos, una norma que no todos los chinos cumplieron. Si teníamos suerte, nos habían dicho, la lancha se acercaría lo suficiente como para desembarcar en la playa y mirarles a los ojos, quizá tocarlos o comerciar (peces del Yalu a cambio de chocolatinas, por ejemplo). No me terminó de quedar claro el motivo, pero no tuvimos suerte y al final solo paramos unos minutos en la orilla china porque una niña se había vomitado encima.

Recuerdo ir sentado sobre las botas de alguien y pasar calor. Y recuerdo que a uno de los soldados lo pillamos meando en un árbol al doblar un recodo y que casi se hunde la barca por las risotadas y palmadas en la espalda de los turistas chinos. El muchacho se dio la vuelta muy molesto y nos hizo un par de gestos despectivos. Después terminó de mear, elevando la presión del chorro para acabar cuanto antes. Una imagen nítida del poder militar norcoreano. Pasamos una tarde bastante incómoda y nos hinchamos a hacer fotos.

Fue ya en el hotel, al revisarlas, cuando me fijé en una señora que se parecía remotamente a mi madre. No le dediqué más de veinte segundos porque el parecido tampoco era tan evidente y porque me esperaban para cenar. Me dio tiempo a pensar que aquella señora podía tener su edad y podría haber vivido como ella: una existencia tranquila, un pequeño negocio en una ciudad de provincias y dos hijos más o menos sanos a quienes no les había pasado todavía por encima ninguna estampida de bisontes.

En lugar de eso, andaba como puta por rastrojo con un uniforme que le estaba grande y que solo dejaba entrever dos pechos como dos pellejos secos, una cara huesuda y unas manos sucias. Como la mayoría de los norcoreanos, es más que posible que pasase hambre y calamidades serias en algún momento de la década de los noventa, durante la gran carestía. Quizá, son todo especulaciones, ahora se sentiría afortunada: de uniforme, cerca de la frontera china por la que pasa todo el contrabando y en una zona por la que en verano aparecen turistas.

La reflexión no es muy original, soy consciente, pero cuando pienso en Corea del Norte siempre me acuerdo de esa señora y del principal responsable de sus problemas aquellos días: el fallecido Kim Jong Il, con quien seguramente habría tenido más cosas en común e infinitos temas de conversación, y cuya biografía podría repasar de memoria en el Palacio de Kumusan sin miedo a las críticas. El productor y escritor Paul Fischer sostiene que Kim Jong Il ideó el adoctrinamiento y la propaganda norcoreana (una de las mayores idas de olla de un siglo especialmente nutrido) gracias a su obsesión por el cine y con el objetivo de agradar a su severo padre, Kim Il Sung

El dictador, que solía desconcertar a sus invitados extranjeros presentándose con fórmulas como «Soy Kim Jong Il, un hombre más bajito que el zurullo de un enano», cultivó un alma de artista en medio del lujo desenfrenado y desarrolló una serie de aficiones que dejan corta cualquier caricatura. En sus fiestas, obligatorias para sus invitados, hacía cosas como colgar bolas de dos metros de diámetro llenas de regalos y dispararles desde la distancia para disfrutar, con perspectiva, de la imagen de sus invitados arrastrándose por el suelo. En una ocasión ordenó que todas las bailarinas se desnudasen y puso a los miembros del Politburó a desfilar a su alrededor, amenazándolos con matarlos si llegaban a rozarlas. En algunas cenas, los invitados encontraban uniformes debajo de las sillas y tenían que cambiarse de ropa allí mismo cada vez que él gritaba el cuerpo en cuestión: «Ejército de Tierra»; «Marina»…

Siendo todavía muy joven, aún estudiante, diseñó una red ilegal para conseguir poder ver películas extranjeras, algo totalmente prohibido por su padre. Envió a todas las embajadas equipos profesionales de grabación. Los diplomáticos, temerosos de contrariarlo, tenían que copiar todo lo que se estrenaba en su destino y mandar las bobinas por valija diplomática. En Pyongyang, lo doblaba un grupo de traductores, entre ellos varios desertores estadounidenses. Siempre entre varios, y en pedazos muy pequeños, para evitar que adivinasen lo que tenían entre manos.

En un país totalmente aislado del exterior, Kim Jong Il era la única persona que veía cine extranjero. Por temporadas, hasta cuatro o cinco películas al día. Se convirtió en el hombre más occidentalizado de Corea del Norte. Fumaba cigarrillos importados, se gastaba cantidades exorbitantes de dinero en licores europeos, decoraba sus casas con muebles suizos y fue, por ejemplo, uno de los pocos que no tuvo que hacer el servicio militar obligatorio de diez años. Según la «mitología Kim» a la que él mismo daba forma, «le bastaron ocho semanas para dominar todas las tácticas militares y ser él quien enseñase a los oficiales».

Convirtió su pasión en su mejor arma para satisfacer la megalomanía de su padre, que lo puso al frente de la propaganda y la estratégica industria audiovisual (acudir al cine a ver las producciones nacionales no solo era barato, sino obligatorio). Fue Kim Jong Il quien inventó los famosos Juegos de Masas Arirang, esa coreografía surrealista en la que participan miles de personas perfectamente sincronizadas. Entre sus numerosas obras destaca Del arte del cine, un manual que se convirtió en libro sagrado. En términos artísticos, fue un pionero en la oscuridad. Innovó y acabó con muchos tabúes. Bajo su batuta se permitió por primera vez que apareciesen actores occidentales (hasta entonces eran coreanos con maquillaje blanco y peluca).

En realidad, si la tiranía de Corea del Norte responde a todos los clichés occidentales es porque se retroalimenta de ellos. Le debemos a Kim Jong Il el haber convertido las desgracias de un pueblo en un género humorístico, en una parodia viviente de algo que hemos visto mil veces en el cine.

Entre sus películas preferidas se encontraba la saga de James Bond y cuando su padre le dejó las riendas de los servicios de inteligencia se dedicó a aplicar lo que había aprendido. Durante los años setenta secuestró a cientos de personas en todo el mundo. A muchas de ellas, por el mero placer de hacerlo y sin una utilidad determinada, hasta el punto de que muchos acabaron en campos de concentración o murieron en prisiones. También se aficionó a los atentados espectaculares (cometió varios por toda Asia) y a los envenenamientos y asesinatos más elaborados del momento. «Le encantaban las misiones secretas, disfrutaba como un niño pequeño», comentaba uno de los cocineros japoneses que logró escapar.

Desde los años noventa, sus ciento veinte guardaespaldas personales estaban obligados a memorizar En la línea de fuego, de Clint Eastwood, una película que habla de los sentimientos de culpa de un escolta que no pudo evitar el asesinato de JFK. Entendido como el cuerpo de élite más importante del régimen, funcionaba (y quizá aún funciona) bajo protocolos delirantes, ideados por el propio Kim Jong Il y basados casi siempre en películas. La mayoría eran huérfanos y tenían prohibido hablar fuera del trabajo. Si querían casarse, se les ponían delante veinte fotografías boca abajo, pertenecientes a veinte chicas preseleccionadas. Elegían una a ciegas y, si no les gustaba el resultado, tenían que esperar otros dos años para elevar la solicitud de nuevo. Cuando se decidían por una, las muchachas entraban a formar parte del séquito.

Kim Jong Il también aprendió a financiarse con lo que veía en las películas. Montó una de las mayores redes criminales del mundo, la División 39, dedicada al comercio de estupefacientes por valija diplomática. Incluso durante los años de las hambrunas, un tercio de las tierras de cultivo del país estuvo dedicado a la plantación de amapolas. En 1977, Venezuela expulsó a todos los miembros de la embajada norcoreana por tráfico de drogas. Y hubo escándalos parecidos en Rusia, Alemania, Austria, Taiwán, China, Japón, Egipto…

Las embajadas norcoreanas distribuyeron por medio mundo heroína, cocaína, metanfetaminas y pastillas de Rohypnol, la «droga de la violación». También se organizaron actividades como la estafa de seguros, la falsificación de medicamentos y tabaco, el robo organizado a gran escala o la trata de personas. Fueron especialmente brillantes falsificando billetes de cien dólares, llegando a generar un problema a la Reserva Federal, que tuvo que cambiar dos veces las planchas impresoras para atajar el problema.

Quizá la historia más redonda en la biografía de Kim Jong Il es el secuestro del director surcoreano Shin Sang-Ok y su musa Choi Eun-Hee, a quienes raptó en Hong Kong por separado, sacándolos en barco, después de urdir un cinematográfico engaño. Su idea era impulsar el cine norcoreano y para ello los retuvo durante ocho años. Logró convencerlos utilizando una mezcla de tortura física y agasajo constante. Y acabaron dirigiendo algunas de las películas más famosas del país, renovando sus géneros e introduciendo muchas de las novedades técnicas del cine occidental y japonés.

A finales de los años ochenta se estrenó Pulgasari (una suerte de Godzilla con conciencia social para la que raptó a varios expertos en efectos especiales japoneses) y en las colas murieron varias personas por la expectación generada. Al final, Shin y Choi consiguieron engañarlo y escaparse durante un rodaje en Viena. Buscaron refugio en la embajada estadounidense y su testimonio, aunque haya sido embellecido por la CIA, es uno de los documentos más importantes para entender lo que realmente ha ocurrido y ocurre en Corea del Norte.

Kim Jong Il murió el 17 de diciembre de 2011 y arruinó mis vacaciones de Navidad. Estuve tres semanas haciendo guardia cada mañana frente a la verja de la embajada de Corea del Norte en Pekín, a diez grados bajo cero, intentando conseguir un visado. En dos ocasiones conseguí acceder al interior y entregar cartas en español, inglés, chino y coreano, presentándome ante unos funcionarios asustados. Las noches las pasé escribiendo hasta las tantas sobre lo que ocurría en un país en el que es casi imposible confirmar nada.

En los costados de la embajada hay varias tiendas especializadas en el consumidor norcoreano, donde hacen compras de urgencia quienes no tienen tiempo o permiso para pasear por Pekín. Entre ellas, una especializada en gafas ya graduadas y donde también se venden implantes dentales a granel. Da la medida de cuáles son allí las prioridades. Nunca conseguí el visado y seguí por televisión los fastos de despedida del tirano, la obra culmen de un productor de cine que puso a veinticinco millones de personas a trabajar en la mayor producción de terror del siglo XX. Solo cuatro países se volcaron con el luto: Azerbayán, Cuba, Bangladesh y Siria. Así le salieron las cuentas.

Hace un tiempo estuve con el embajador de Corea del Norte en España, con Kim Hyok-Chol, quien me confesó algunos secretos sin saber que yo era periodista. Me explicó su interés por la industria española de la horchata, ya que Pyongyang está buscando potenciar la producción y procesado de la chufa, con la que se elabora un aceite gourmet delicioso que al parecer le gusta mucho a Kim Jong Un y a la gente que hoy le rodea. Las prioridades del régimen parecen seguir estando en algún sitio entre la guerra total de aniquilación y el aceite gourmet de chufa.

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Bibliografía

Producciones Kim Jong Il presenta… (Paul Fischer). 

North Korea (Bruce Cumings). 

The Dawn of Modern Korea (Andrei Lankov).

Kim Jong Il: North Korea’s Dear Leader (Michael Breen).

North Korea: State of Paranoia (Paul French). 

Nothing to Envy (Barbara Demick).


Lujo y moda norcoreana

Una trabajadora del metro de Pyongyang con su uniforme de trabajo, Corea del Norte, 2016. Foto: Damir Sagolj / Cordon.

Cuando entrevistamos a Rafael Poch, periodista que estuvo en Corea del Norte, contó que a estas alturas del siglo había que ir abandonando los clichés. En el país de la dinastía estalinista o maoísta, o ambas a la vez, y bla, bla, bla… había una incipiente burguesía, cada vez más importante, y sus ricos correspondientes. La mayoría procedentes de una nomenclatura que hace negocios de estado en «zonas grises», dijo, y entre otras cosas, puede permitirse objetos de lujo, como trajes de dos mil euros, que es lo que el periodista se encontró a la venta en una localidad que vistió en la que había una tienda de Salvatore Ferragamo.

Según cuenta el libro [Un]precedented Pyongyang de Dongwoo Yim, que estudia el modelo de arquitectura urbana de la capital norcoreana, el microdistrito, esta planificación que pretendía alcanzar la utopía juche, está siendo derruida en muchos lugares para construir apartamentos de lujo. Como se escribió en el Jot Down 21 especial URSS, esos pisos son para «la nueva clase, los donju, ciudadanos enriquecidos por la liberalización progresiva del mercado, con el fin de aumentar la densidad de población y concentrar la actividad comercial».

Los donju son alrededor de un 10% de la población. Viven en ciudades como Pyongyang, Chongjin, Wonson y Hamhung. Esta nueva clase urbana recibe cursos de montar a caballo, conduce Audis A6… Y con la llegada de Kim Jong-un no han hecho más que prosperar. El New York Times contaba el año pasado que se han abierto centros comerciales y que cada vez entran más productos extranjeros, algo que «erosiona» el culto a la personalidad al Amado Líder. Mientras crece la economía privada, aparecen más personajes menos dependientes del estado. Un 40% de la población está involucrada directamente en ese comercio ilegal o alegal. Greg Scarlatoiu, director ejecutivo del Comité de Derechos Humanos en Corea del Norte, se refería al fenómeno como «totalitarismo de mercado».

Pero si hay un libro que ha tratado este fenómeno ese es North Korea Confidential, de Daniel Tudor y James Pearson, periodistas de The Economist y Reuters, respectivamente. Su objetivo ha sido analizar uno de los modelos estatales más singulares del mundo, sobre todo por lo inesperado: un sistema en el que conviven ejecutivos con móviles de última generación y un sistema penitenciario basado en el gulag.

Los autores subrayan que el ciudadano norcoreano, aunque no tenga la misma información que sus vecinos del sur, no está completamente desinformado. La información también se compra y se vende en el mercado negro y funciona el boca oreja. En dispositivos USB se venden copias de la Wikipedia coreana y, por supuesto, pornografía.

En los primeros capítulos ponen en duda que se pueda hablar de un sistema estalinista en Corea del Norte. Los agricultores ya pueden retener un tercio de sus cosechas y el mercado privado clandestino surgido por mera necesidad de supervivencia tras las hambrunas de los noventa ahora es el que mantiene a flote a las nuevas capas de la sociedad. Hay compañías privadas que compiten entre sí ferozmente y el gobierno estimula la producción de bienes de consumo locales que puedan sustituir a los chinos, un 80% de todos los que hay en circulación.

La clave estuvo en ese periodo de la última década del siglo XX en el que el sistema de racionamiento del Estado colapsó tras el final de las ayudas de la URSS, que desapareció. Los norcoreanos tuvieron que aprender a sobrevivir sin el Estado por una cuestión de extrema necesidad. Las relaciones que establecieron entre ellos los habitantes, los pequeños trueques e intercambios en el mercado negro, generaron una actividad comercial que ha sobrevivido hasta hoy.

Siempre existió una actividad económica privada ilegal, pero en los noventa se convirtió en imprescindible. El Estado, al no verse amenazado directamente por este mercado, no trató de reprimirlo, aunque en 2009, con la revaluación de la moneda que se efectuó, el gobierno, de facto, confiscó el ahorro de sus ciudadanos. Desde ese momento la desconfianza hacia el Estado y sus normas a la hora de establecer un plan de vida llegó a sus cotas más altas.

Pese a todo, lo más fascinante es el capítulo 5 de la obra: «Clothes, fashion and trends». En este apartado queda claro algo expuesto en los anteriores sobre los límites del poder de la nueva burguesía roja. Cualquiera que se pase de la raya acaba en el rodong danryondae, el sistema de campos de trabajo. Llevar unos vaqueros, por ejemplo, puede significar sobrepasar esa raya. Los cortes de pelo están limitados a una longitud. Peinados, hay una serie de modelos oficiales entre los cuales se puede elegir, aunque cada vez las políticas más laxas según quién incumpla las normas. Un ejemplo:

Una mujer de veintitantos años, que dejó su ciudad natal de Hoeryong (cerca de la frontera con China) en octubre de 2008, afirma que una vez fue sorprendida con pantalones vaqueros negros en la calle por miembros de la Juventud. Se la llevaron y le dieron arengas durante nueve largas horas, pero luego la liberaron después de que apareciese su madre. Su madre conocía a muchos altos funcionarios, por lo que el asunto acabó ahí.

El traje ideal es el yangbok, atuendos similares a los popularizados por Mao y Stalin, trajes de cuello alto, abotonados, color gris oscuro, negro o azul. Un conjunto de chaqueta y pantalones cuesta el equivalente a veinte dólares en los mercados oficiales. Están elaborados con telas chinas y, por lo que parece, las que se envían a Corea del Norte son las sobrantes de otros proyectos. No es extraño, cuenta el libro, elaborado con testimonios de norcoreanos y trabajadores extranjeros, que el comprador se encuentre con que el forro de la chaqueta esté lleno de logotipos falsificados de Prada o Louis Vuitton.

Las mujeres no pueden llevar ropa ajustada, ni tacones altos ni faldas cortas. Los pendientes han estado prohibidos hasta 2010. Para velar por el cumplimiento de los cánones estéticos hay una policía de la moda formada por estudiantes de la Liga de la Juventud Socialista. Como ven, las imposiciones estéticas en la sociedad capitalista y en la comunista recurren a las mismas estructuras, llámense guardias rojas de Kim Il-sung o Cámbiame de Telecinco.

Kim Jong-un y Ri Sol-ju, Pyongyang,2012. Foto: Cordon.

El traje verde de Kim Jong Il estuvo de moda hasta su muerte. Todos los varones con ínfulas se lo ponían. A día de hoy se considera pasado de moda. Kim Jong-un, en realidad, no lo ha actualizado, va vintage. Lo que lleva se parece mucho a la ropa de su abuelo, Kim Il-sung, lo cual no debe ser casual o una simple elección estética, está cargado de significado político. Sin embargo, la que brilla con luz propia es su mujer, Ri Sol-ju. Es la trend-setter del país. La Kim Kardashian del socialismo real vía juche, para que me entiendan. Sus looks se pueden ver en las mujeres ricas de Pyongyang. A veces es tan frívola que lleva broches en lugar de insignias con la efigie de su marido. Cómo se le va la olla.

Quien se salta las normas estéticas y no tiene padrinos o dinero para un oportuno soborno puede ir a un campo de trabajos forzados entre uno o dos meses o un año entero. Para los ricos impera otro orden. En Pyongyang se conoce la moda surcoreana. En sus tiendas exclusivas aparecieron copias falsas de los zapatos de Kim Tae-hee, una de las mujeres más bella del país hermano. El dicho popular reza así: «Puedes encontrar cualquier cosa en el mercado negro mientras no sea el cuerno de un gato».

Pero la capital de la moda está en la periferia, en Chonjin. Un núcleo industrial y ciudad portuaria que, no obstante, está alejado de la fuerte influencia ideológica de Pyongyang. Es allí por donde entran las modas extranjeras. Estos periodistas lo comparan con «lo más parecido a un salvaje oeste que hay en Corea del Norte». A su puerto llegan paquetes con ropa desechada procedente de Japón que, aunque sean de segunda mano, son de una calidad mucho más alta que cualquier cosa producida en la industria local.

Una desertora, que se fue en 2010, declara que tanto los vaqueros como cualquier tipo de ropa que muestre el cuerpo estaban prohibidos, pero que ella y muchos otros usaban pantalones vaqueros pitillo acampanados, que «hacen que tus piernas luzcan delgadas y buenas y puedas presumir».

La noche es cuando los jóvenes se atreven a llevar estos modelos, cuando es más difícil verles. A menudo lo hacen bajo abrigos largos. A altas horas hay circulando por la calle mujeres que desafían al sistema con falda corta y medias negras.

El mercado de las falsificaciones está especialmente desarrollado en esta ciudad. Es admirado por los turistas chinos, que las prefieren a las de su país, que se supone que es la quintaesencia en el arte de copiar.

Cuando un culebrón que triunfa en Corea del Sur se convierte en un éxito underground en el norte —a través de DVD o memorias USB—, los falsificadores se las arreglan para sacar a la venta ropa parecida o que finge ser la misma que la de los protagonistas y estrellas de la serie. «Algunos analistas dicen que en Corea del Norte nunca podrá haber una reforma económica porque cualquier apertura permitiría a los norcoreanos averiguar que existe una calidad de vida superior al sur de la zona desmilitarizada. Pero la verdad es esta: los norcoreanos ya lo saben», explican los autores.

En el sur hay una operación estética que es muy popular, también en China. Es la cirugía de doble párpado para abrirse más los ojos. Una blefaroplastia. No solo es una ambición estética, también está demostrado que es más fácil que encuentre trabajo la gente que tiene la operación hecha. Muchos padres se la regalan a sus hijos por su graduación. La intervención, en Corea del Norte, solo está al alcance de los más ricos. Pero el resto también se la hace. Eso sí, tiene que hacérsela en la calle, sin anestesia, a manos de alguien que, generalmente, ha aprendido en la calle a hacerla. El procedimiento es ilegal, pero tan popular que las autoridades poco pueden hacer al respecto.

Con el sexo ocurre lo mismo. Si una pareja de novios se coge de la mano se puede encontrar con una dura reprimenda de los militantes de la Juventud, pero hay toda una red de apartamentos y habitaciones privadas que se alquilan por horas. En los núcleos urbanos está la figura de la ajumma, mujeres que dejan su casa, generalmente por la tarde, mientras sus hijos están en clase y su marido en el trabajo, para que una pareja, previo pago en efectivo, tenga relaciones.

La conclusión que extraen los dos autores es muy bonita y válida también para las miradas occidentales a otras latitudes: «La imagen que dan los medios occidentales de los norcoreanos tiende a despojarlos de su actividad. El ciudadano de la RPDC es mostrado como un ciego seguidor de la propaganda estatal o una víctima indefensa de ella. Pero el hecho de que haya jóvenes norcoreanos que estén dispuestos a arriesgarse a un castigo severo, así como a la fuerte desaprobación de los ancianos, simplemente por un buen look, debe mostrarle al lector que se trata de nociones simples y caricaturescas».

Pearson inyecta savia nueva a las investigaciones sobre países socialistas, nació poco antes de que cayera el Muro. Todos los prejuicios de la época no tienen por qué haber condicionado su visión. Tudor, por su parte, es autor de Korea: The Impossible Country, un trabajo sobre Corea del Sur más centrado en lo social y cultural que en lo económico y relativo a la defensa. En unas declaraciones a Asian Society, Pearson dijo: «La gente aún se divierte en Corea del Norte, se enamoran, se desenamoran, se emborrachan, se drogan (…) a pesar de los retos del día a día y lo que exige de ellos el Estado, mucha gente tiene (comparativamente) vidas normales».


El poder de una palabra

Donald Trump. Fotografía: Kevin Dietsch / Cordon.

La medianoche del 31 de mayo de 2017 ocurrió algo mágico en el twitter de Donald J. Trump. El 45º presidente de los Estados Unidos, magnate, escritor sensible, busto reposa-pelucas, inversor, actor de blockbusters y exproductor mandamucho del reality show estadounidense The Apprentice, proyectó al mundo un tuit tan fabuloso como críptico: «Despite the constant negative press covfefe» («A pesar de la constante prensa negativa covfefe»).

Una frase incomprensible, en apariencia inacabada y rematada por una palabra inexistente que por inesperada y absurda resultaba bastante graciosa. En tan solo un par de horas, el oleaje de internet, muy amigo de mofarse de los tropezones ajenos, había retuiteado el mensaje más de setenta mil veces. De madrugada, Trump descubrió la popularidad de su jeroglífico accidental, eliminó el tuit y bromeó con el asunto, invitando al resto de usuarios de la red social a elucubrar sobre su significado. Pero para entonces ya habían transcurrido cinco horas desde el hecho en cuestión y ese lapso de tiempo en los campos de internet se traduce en varios meses en el mundo real: a esas alturas la gente ya había hecho «covfefe» suya, había convertido la palabra en meme y la había vilipendiado de todas las maneras posibles. En el Urban dictionary la segunda acepción de «covfefe» reza lo siguiente: «El poderoso y terrible dios de los errores ortográficos en internet. El misterioso y omnisapiente Señor de los Trolls de Twitter, de quién Pepe es profeta. En este 30 de mayo, fue convocado por el rey naranja para comenzar su reinado de terror sobre el páramo sin ley del ciberespacio. Y así será que ningún blogger, ningún perfil, ningún huevo de Twitter conocerá paz en el más allá hasta que se hayan doblegado con reverencia y temor ante el poder glorioso de Covfefe». Poco tiempo después, la errata misteriosa se había convertido en producto generando mercadotecnia de lo más variada y cualquiera podía encargar por internet una taza de desayuno para empezar el día con un buen covfefe.

Parecía bastante evidente que lo que Trump había querido escribir en aquel graznido era «coverage» en lugar de «covfefe» y que la frase había quedado incompleta por error. Pero Sean Spicer, secretario de prensa de la Casa Blanca por aquel entonces, al ser preguntado sobre el asunto sentenció «el presidente y un pequeño grupo de gente saben exactamente lo que él ha querido decir» intentando camuflar el resbalón torpemente. Una semana después, el mismo Spicer informaba a la nación que todos los tuits del presidente Trump eran considerados declaraciones oficiales convirtiendo de manera retroactiva la palabra falsa en una «declaración oficial». Dos semanas después, el demócrata Mike Quigley presentó un proyecto de ley que demandaba enmendar la Ley de Registros Presidenciales para poder preservar, en los archivos nacionales, todas las publicaciones en Twitter y otras redes sociales del presidente de los Estados Unidos. «Para mantener la confianza pública en el Gobierno, los funcionarios electos deben responder por lo que hacen y dicen. Y esto incluye los tuits de 140 caracteres» apuntaba Quigley para justificar la propuesta. Su proyecto de ley se titulaba Communications Over Various Feeds Electronically for Engagement, y sus siglas deletreaban la palabra COVFEFE.

Clic para ampliar. Imagen: Mike Quigley (CC).

En el The Washington Post comenzaron a sospechar que la administración Trumpiana estaba manejando el asunto a modo de maniobra de distracción para evitar tocar asuntos como la dimisión de Michael Dubke, las relaciones con Alemania o cualquier cosa que tuviese que ver con gente muy rusa. Entretanto, el estado de Georgia prohibió el uso de la palabra «Covfefe» en las matrículas de coches personalizadas.

Y todo por culpa de una palabra, una que ni siquiera existía.

Very Intelligent Person

En 2013, años antes de sentar el culo sobre el trono presidencial de su país, Trump tuiteó: «Lo siento perdedores y haters. Pero mi cociente intelectual es uno de los más altos ¡y todos lo sabéis! Por favor, no os sintáis estúpidos e inseguros, no es culpa vuestra». Meses más tarde del covfefegate, durante una rueda de prensa en la Casa Blanca, Trump apuntaría: «Ya sabéis, la gente no lo entiende. Fui a una universidad de la Ivy League, era buen estudiante y lo hice muy bien, soy una persona muy inteligente».

En 2016, Trump tuiteó: «China steals United States Navy research drone in international waters – rips it out of water and takes it to China in unpresidented act» que podría traducirse, con errata incluida, por algo así como «China ha robado el dron de investigación de las Fuerzas Armadas en aguas internacionales. Lo ha sacado del agua y se lo ha llevado a China en un acto sin presedentes».En la Merriam-Webster, una respetada editorial de diccionarios con doscientos años de historia a sus espaldas, aprovecharon para hacer guasa con el asunto y comentar que aquel «unpresidented»  no solo no era la palabra del día, sino que ni siquiera existía.

En agosto del 2017, Trump escribió en Twitter la palabra «heel» (tacón) en lugar de «heal» (recuperar), lo hizo cuatro veces en dos tweets diferentes durante uno de sus discursos sobre la nación, y entonces todo internet comenzó a sospechar que en lugar de errores con el corrector del móvil estaban lidiando con el analfabetismo del autor. En marzo de 2018 Trump volvería a asomarse a la red social vestido con erratas para soltar un tuit donde escribía «Council» en lugar de «Counsel» tres veces distintas en una misma línea. Semanas más tarde, volvía a tomar la misma carretera en dirección contraria al teclear «White House Council» en lugar de «White House Counsel» y en Merriam-Webster volvieron a dedicar algo de su tiempo a corregirle.

Aquella editorial, Merriam-Webster, era la misma que a finales de 2016 había anunciado que «Surreal» se había coronado como palabra de aquel año al ser el término más buscado de la temporada en su diccionario online de consulta. Las búsquedas de dicha palabra se habían disparado hasta alcanzar el primer puesto cuando se hizo pública la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de 2016.

Nunca te acostarás

En septiembre de 2017, durante su primer discurso ante las Naciones Unidas, el presidente Trump utilizó el apodo Rocket Man para referirse al líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, aludiendo a las diversas pruebas con misiles que el norcoreano gustaba de hacer. De paso aclaró que en caso de que las relaciones se tensasen demasiado y la cosa se pusiese muy fea no tendría más remedio que destruir toda Corea del Norte.

Ante la amenaza, Jong-un  se tomó la molestia de escribir un discurso a modo de réplica directa hacia el presidente estadounidense. El Gobierno del país aclaró que era la primera vez que un líder norcoreano se tomaba de manera tan personal la contestación. El texto de Kim Jong-un comparaba a Trump como un «perro asustado», cuestionaba sus políticas internacionales y amenazaba con castigar con fuego a los Estados Unidos llegado el caso. Pero, juegos de guerra aparte, lo más interesante de todo el sermón es que etiquetaba al presidente de USA como un «dotard», una palabra extraña que parecía una errata a medio camino entre el «retard» (retrasado) y lo que dios quiera que tuviese en la cabeza Jong-un en aquel momento. Al principio el mundo se lo tomó con risas porque daba la impresión de que los dos líderes de potencias absurdamente peligrosas ni siquiera sabían escribir, pero luego alguien agarró un diccionario y descubrió que «dotard» en realidad era una palabra real.

Desde Merriam-Webster señalaron que aquel término provenía de «dotage», una palabra que inicialmente se interpretaba como «imbécil» y que en la actualidad significaba «un estado o periodo de decaimiento senil marcado por una disminución del equilibrio mental y el estado de alerta». El Oxford English Dictionary la definía como «una persona vieja que se ha vuelto débil y senil». La palabra «dotard» había aparecido en las páginas del The New York Times tan solo diez veces desde principios de los ochenta y siempre militando en las secciones dedicadas al arte. William Shakespeare en Mucho ruido y pocas nueces la colocó en los labios de un Leonato que aclaraba: «I speak not like a dotard nor a fool». Y Herman Neville la deslizó en un poema sobre un tiburón: «Eyes and brains to the dotard lethargic and dull, pale ravener of horrible meat». El poeta Alfred Tennyson también la utilizó en otro poema titulado Locksley hall sixty years after que ejercía de secuela de los versos Locksley hall.

Cuando el líder norcoreano emitió el comunicado en su lenguaje natal, el término dotard era sustituido por 늙다리미치광이, cuya traducción sería algo así como «vejete lunático». En general el gobierno norcoreano nunca se ha caracterizado por ser muy amable a la hora de disparar sus palabras: en lugar de referirse a los Estados Unidos como «enemigos» los han llegado a denominar «hooligans» o «gangsters», a Hillary Clinton la llamaron tanto «colegiala de primaria» como «pensionista de compras», a Barack Obama como definieron como un «mono negro tarado» y a Park Geun-hye, quien fuese presidenta de Corea del Sur, como una «puta» y una «serpiente».

Aquella noche todo el mundo se fue a la cama un poco más nervioso. Kim Jong-un les había enseñado algo, y ese escenario no parecía del todo coherente con el mundo real.

Jugendwort

En Alemania, desde el año 2008, la editorial de diccionarios Langenscheidt organiza un concurso para designar cuál ha sido la «Jugendwort des Jahres», lo que vendría a ser la «Palabra juvenil del año». En 2017 la ganadora fueron en realidad dos palabras, la expresión «I bims» que vendría a ser algo parecido a un «Yo soy» pero escrito haciendo mofa de la jerga, incorrecta y salpicada de faltas ortográficas deliberadas, que la juventud (y un rapero llamado Money Boy) utilizaba en los memes, las imágenes y las redes sociales de los mundos interneteros.

Money Boy. Imagen: Robin Krahl (CC).

Pero a lo largo de ese 2017 muchos otros términos, la mayoría bastante más ocurrentes que el ganador, lucharon por alcanzar la corona de la Jugendwort. «Selficide» combinó «selfie» y «suicide» para definir el acto de matarse sacándose una fotoyo, lo que de toda la vida Def Con Dos ha denominado como una muerte ridícula. «Nicestein», una remezcla de «nice» (agradable en inglés) con «Frankenstein», se hizo popular a la hora de referirse a algo agradable a todos los niveles. «Tacken» modificaba una letra de la palabra «kacken» (defecar) para denominar a todos aquellos que pasaban el rato en el trono del baño enviando mensajes por el móvil. «Tinderjährig» unió «Tinder» con «Minderjährig» (menor de edad), para indicar que alguien era suficientemente mayor como para estar en Tinder. «Sozialtot», algo así como «socialmente muerto» se utilizó para referirse a quienes se empeñaban en evitar las redes sociales. Y «Naplixen» fundió «nap» (siesta) y «Netflix» para apuntar a todos aquellos que gustaban de practicar la «naplix», la siesta con la tele encendida y alguna película en pantalla.

La Jugendwort des Jahres arrancó como una campaña promocional, pero poco a poco se ha ido convirtiendo en un evento social de lo más divertido. En cada entrega un jurado nombra a la palabra ganadora entre una treintena de candidatas. Y desde 2008 el nivel de las ocurrencias ingeniosas que han desfilado por el evento ha estado altísimo: «Darthvadern» se presentó como un verbo inspirado por el propio Darth Vader para que los chavales definiesen las acciones de aquellos progenitores que se excedían en su papel. «Analog-Spam» fue una forma moderna de referirse a las montañas de publicidad que dejan en el buzón los carteros comerciales. «Swaggernaut» se utilizó para etiquetar a gente que molaba mucho, gente que tenía mucho swag de ese. «Bildschrimbräune» se podía traducir como bronceado de pantalla y era una forma dudosa de referirse a aquellos que pasaban mucho tiempo encerrados frente a un ordenador. «Dumfall» juntó «dumb» (tonto) y «fall» (caída) para parir una palabra que definiese las caídas provocadas por hacer el imbécil. «Merkeln» fue un vocablo que travestía el «merken» (darse cuenta de algo y buscar soluciones) con el nombre de la canciller alemana Angela Merkel para crear un verbo que vendría a significar «no enterarse de nada».

«Googleschreiber» era un juego de palabras con «Kugelschreiber» (bolígrafo) que designaba a aquellos que teclean la dirección completa de una web en el buscador. «Tintling» unió «Tinte» (tinta) y el peyorativo «-ling» para denominar de manera satírica a todos aquellos amigos de los tatuajes. «Gutenbergen» un verbo que define la acción de copiar en un examen, aludía al padre de la imprenta, y también al político Karl Theodor zu-Guttenberg al que pillaron plagiando su tesis. La genial «Smombie» nació para darle nombre a todos aquellos que caminan embobados con su móvil y era una combinación de «smartphone» con «zombie». «Yologamie» agarraba una palabra anterior ganadora de la Jugendwort des Jahres YOLO» que significaba «You Only Live Once») y la convertía en un modo de referirse a una relación abierta. «Niveaulimbo» se traduce por «el nivel del limbo» y tomaba como base el juego de la barrita para definir nivel límite hasta dónde puede llegar a bajar la calidad de algo. «Gammelfleischparty» se llevó el premio a la palabra juvenil del año durante la primera edición en 2008, se traducía literalmente como «fiesta de carne podrida» y se utilizaba para denominar un evento donde la mayor parte del público superaba la treintena.

También bailó por allí la palabra «Tweef», una combinación de «Tweet» y «beef» que servía para poner nombre a una riña furiosa en el universo de Twitter. O la palabra que mejor, y con más certeza, podría definir el estado de las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte.

Imagen: Marco Verch (CC).

Agradecimientos: a Vera Volant, por abrir con este tuit la caja de Pandora y desatar la curiosidad sobre la Jugendwort des Jahres.


Mónica G. Prieto: «Somos primarios, somos primitivos. Somos neandertales con smartphone»

Mónica G. Prieto es periodista de internacional. Ha trabajado con base en Roma, Moscú, Jerusalén, Beirut y Bangkok. Entre 2000 y 2005 estuvo en la redacción de El Mundo y era enviada especial a conflictos. El resto de su carrera ha sido freelance. Ha cubierto montones de guerras. Ahora ha parado porque sus hijos se lo han pedido, pero no descarta volver cuando pueda convencerles. Si alguien cree que el periodismo es cinismo y cariños con el poder, una charla con Prieto confirma al menos que hay excepciones. Lleva más de veinte años de carrera y sigue convencida de que el periodismo puede cambiar el mundo y que su papel es ayudar a montar sociedades mejores. Habla con una vehemencia celestial. Su bio de Twitter solo dice freelance journalist. Acaba de ganar el Cirilo Rodríguez, que premia a los mejores periodistas internacionales. Ha publicado en 2017, junto a Javier Espinosa, La semilla del odio. De la invasión de Irak al surgimiento del ISIS.

¿Querías ser periodista de conflictos de joven?

Sí. Tenía muy claro que iba a ser periodista internacional. Los conflictos eran un poco accesorios. A mí lo que me interesaba era asistir a la historia. Sacaba buena nota en Historia porque era muy estudiosa y me gustaba mucho.

¿En el instituto?

Sí. Me fascinaba leer de la Revolución francesa y me imaginaba cómo sería ver aquello, vivirlo. Estar en la Revolución rusa contra los zares. Era la única profesión que me permitía encauzar eso a un plano más práctico: no me gusta la faceta más académica, me gusta la acción. Otras corrientes que me atraían eran la antropología y la psicología: cómo se comportan los individuos bajo situaciones extremas. El periodismo internacional me permitía enlazar todos esos intereses.  

La primera vez que lo probaste fue en los veranos de la universidad.

Fue en el segundo año de la universidad. Me salió la oportunidad de trabajar en Canal+ en primero de carrera. Era muy jovencita, pero era un momento periodístico en España en que las cosas funcionaban de otra manera. Buscaban un equipo de cuatro o cinco personas, yo encajaba en el equipo, me hicieron varias entrevistas y me contrataron. Esto me permitía tener autonomía para mantenerme y para pagar una cobertura. Ahí decido que quiero ponerme a prueba a ver si valgo. Era muy consciente de que tenía que aclararlo antes de meterme en una situación demasiado grave. Me busqué un conflicto de baja intensidad, que fuera en castellano, porque mi punto débil eran los idiomas, y me fui a Chiapas un mes y pico.

¿En 1995?

Sí. Estuve en la Selva Lacandona buscando, evidentemente, al líder zapatista, al subcomandante Marcos. Viví las primeras situaciones de tensión. De pronto, en un checkpoint de carretera sin luz, aparecen cinco o seis soldados sudorosos y asustados preguntando quién anda ahí, pensando que podía ser una emboscada de los zapatistas, pero era una loca española de veinte años dando la brasa.

¿Ibas sola?

Iba con una colega, una compañera que decidió probar y que vio rápido que esto no era lo suyo después de intoxicarnos varias veces.

¿Dónde fue la siguiente cobertura?

Ya me fui a Italia.

¿Fuiste a Roma recién licenciada?

No, no, compaginaba la carrera. De hecho, tuve que hacer los dos últimos años juntos porque no tenía manera de acabar. Estuve seis meses en Roma. Trabajaba para Onda Cero y El Mundo.

¿El Mundo no tenía a nadie allí?

Tenían una persona que era mi compañero sentimental en aquel entonces y terminó siendo mi marido. Por las circunstancias me fui a vivir allí y estuve trabajando para Onda Cero como corresponsal. Luego le destinaron a Rusia y me fui con él. En aquel momento resultaba bastante fácil entrar en internacional. Había demanda y no había suficiente personal. En Moscú empecé a trabajar con Europa Press además de con Onda Cero, El Mundo y CBS Noticias. Con cada uno firmaba de una manera para que no hubiera un problema de exclusividad supuesta. De ahí que me quedara con Mónica G. Prieto, que era como firmaba para El Mundo. Mónica García era para Europa Press; Mónica Prieto, para otro.

¿Qué sacrificios comporta el periodismo internacional?

Muchos, pero todos asumibles. Pasas a ser lo contrario de una persona normal. Yo falté a la boda de mi hermano. No lo olvidará nunca y yo tampoco. Coincidieron varias cosas en las mismas fechas. Pero sobre todo es que empiezan a invadir Chechenia y el presidente de la República, que era un señor de la guerra, nos invitó a un reducidísimo grupo de periodistas a ir al palacio presidencial. A ver, yo quiero muchísimo a mi hermano, pero ¡me había invitado el presidente! Sacrificas muchas cosas, sacrificas la humanidad, te conviertes en un agente externo, un poco en un marciano. Llegas a Madrid y tus prioridades son diferentes. No entiendo la inquietud que puedan generar algunas cuestiones.

¿Cuáles?

Cada año que llegas ves que España es diferente. Hay un nivel de preocupaciones banales mucho más alto y una serie de valores que se han perdido. De pequeña, recuerdo que se defendía en España la humildad, la honestidad, el trabajo bien hecho, el antisensacionalismo. Que la gente fuera contenida en los sentimientos, ser estoico. Ahora cualquiera sale en la televisión por lo que sea.

Los conflictos ponen a la gente en situaciones extremas. ¿Has aprendido algo de cómo somos?

Sí. Lo de los seres humanos es terrorífico: somos primarios, somos primitivos. Somos neandertales con smartphone. Da un poco de pavor.

Estamos en el siglo XXI, pero somos animales.

Mucha ropa, mucho diseño, pero el contenido sigue siendo el mismo de hace dos mil años. El ser humano en condiciones extremas se comporta de manera extrema. El bien y el mal pasan a ser extremos. Por afán de venganza o por la impunidad, por el hecho de saber que nadie va a responder por crímenes, porque hay otros crímenes y nadie está respondiendo por esos crímenes. El ser humano se enajena en situaciones de conflicto. Pero, cuidado, que también te encuentras lo contrario. Eso es lo que te salva. Una de las cosas más importantes en el reporterismo bélico es que no te vuelves a casa con la sensación de desesperanza absoluta porque siempre hay alguien que te salva en la guerra. Siempre hay un personaje, un activista, un médico, un voluntario, un individuo que dices: por él confío en la raza humana.

Pero te encuentras a uno por conflicto.

Ese es el problema, que la proporción es miserable. Por mil malos te encuentras al bueno. Y, por lo general, el bueno entiende a los malos, convive con los malos y casi les justifica. Lo más duro de constatar es que se cometen los mismos crímenes que se cometían hace dos mil o tres mil años. La manera de matar suele ser la misma, como las decapitaciones del EI. No hay nada nuevo.

Has dicho: «Europa fue Siria hace sesenta años y volverá a serlo».

Por supuesto. La historia es cíclica. Todos los países pasamos por guerras civiles, guerras mundiales, problemas regionales. A mí me fascina en el fondo interpretar cómo es posible que los seres humanos, setenta años después —con muertos en las cunetas y con aún algunos supervivientes de la Guerra Civil—, estemos con ese discurso guerracivilista en los periódicos, o que se permita que individuos en televisión asuman el discurso guerracivilista con el tema de Cataluña o el que sea. Deberíamos ser mucho más cautos, más moderados. Y no ocurre, y me fascina. En el caso de los refugiados es aún más sangrante. Los españoles huían a Francia y les echaron a patadas. Nos hemos comprometido con la ley en convenciones internacionales a proteger a una serie de gente que huye por su vida. ¿Cómo podemos violar así nuestras propias convenciones internacionales? Es constatar el doble rasero: cuando a Occidente le conviene, aplica sus leyes, cuando no le conviene, deja de aplicarlas. Ese doble rasero justifica el EI. Nos ponemos a su nivel. Y si nos rebajamos a ese nivel, estamos en la jungla.

Cuando vas a un conflicto por primera vez, ¿crees que eres inmortal?

Total. Dejé de creerme inmortal hace cuatro telediarios. Y yo he tenido una muerte cercana no, lo siguiente, en este oficio. No es que lo viera, es que lo tuve aquí. Mi primer marido, Julio Fuentes, reportero de El Mundo, murió en Afganistán en 2001. Aun así, saber que puedes morir ni te lo planteas. Existe esa sensación de invulnerabilidad que es ficticia. También es cierto que si te creyeras vulnerable sería mucho más difícil hacer tu trabajo. No voy a decir que sea una coraza, pero sí que creo que es un sistema de autodefensa. ¿Por qué sigo animándome a ir? Porque tengo técnicas para comportarme en zonas de conflicto, porque ya tengo experiencia, porque ya controlo, porque ya no me voy a exponer tanto. Pero todo da lo mismo, siempre está el caso que te rompe los esquemas, del colega que está en una ofensiva de cuarenta días y, cuando ya no cae ni una bomba, justo le estalla una mina y muere. Eso pasa continuamente. No creo que por el hecho de acudir más tengas más papeletas. En nuestro caso hemos terminado siendo más conscientes por el hecho de tener hijos. A mí mis hijos me pidieron que dejara de ir a conflictos y eso es ya muy grave. Si le prometo a mi hijo que no voy a un conflicto, pues lo voy a cumplir, aunque me dé mucha rabia, pero por el momento voy a cumplir. Quizá cuando tenga dieciocho años igual se le pasa y puedo volver.

¿Has buscado tratamiento después de alguna cobertura?

Busqué tratamiento después de la guerra de Irak, tras la muerte de Julio Anguita y la de José Couso. La muerte de Couso es muy cercana, porque muere en el Hotel Palestina en Bagdad y está muy cercana en el tiempo a la de Julio Fuentes. Busqué asistencia, nunca lo había hecho, pero llegué con una sobredosis de vivencias. Fueron tres meses de cobertura de Irak, un mes y medio bajo la dictadura, un mes de bombardeos y quince días luego, y llegaba con mucha tensión. Llegó un momento en que decidí hablar con un psiquiatra. Fundamentalmente para evaluar. Pero no hubo necesidad de más.

¿Qué conocimientos tienen los directores o redactores jefe que te han mandado a hacer coberturas de política internacional?

Depende del responsable. He tenido editores, directores de medios, con un instinto periodístico brutal. Daba lo mismo que estuvieran metidos o no en la política internacional, sabían definir lo que era un tema y sabían entender lo que era un tema, un buen tema, si tú lo explicabas, y sabían ver las prioridades y entender que una cobertura es mucho más que llegar con una historia: es buscar la historia que representa todo lo que estás intentando explicar y que puede transmitir toda la realidad. En cuanto al redactor jefe, he tenido de todo, pero evidentemente el mal redactor jefe es el que te pide que copies directamente.

¿Lo que ve en la prensa extranjera?

Claro. El que te dice: «He visto esto, háztelo tú». «No, no, tío, cómpraselo al Guardian y tradúcelo, yo no te lo voy hacer porque no hay fuentes. Tendría que irme a buscar esas fuentes». O, lo que es peor, una escena típica. Recuerdo que una vez estaba en Kut, una ciudad iraquí ocupada por tropas japonesas. Llega un momento en que se sublevan los chiíes y los suníes al mismo tiempo. Toman al asalto el cuartel general de los japoneses. Era la única periodista extranjera que estaba ese día allí. Entrevisté a todo el mundo. Los tanques americanos llegaron para el asalto. Los helicópteros. Era una película. Era visualmente brutal. Yo estaba sola porque había varias crisis simultáneas, y todo el mundo estaba en Faluya, pero yo tenía Kut. Llamé a la redacción y la responsable en ese momento me dijo: «Queremos que nos mandes una historia del convoy humanitario que va a salir de Bagdad a Faluya. Acabamos de escucharla en Radio Nacional y nos ha encantado». Yo le dije que tenía otra historia y que la suya no la había hecho.

¿Pero ella sabía que estabas en Kut?

Por supuesto. Recuerdo que la conversación acabó en grave discusión y me dijo: «Pues si estás en Kut, te vuelves a Bagdad y te vas a Faluya». Que está en la otra punta. Eso fue lo que hice y me comí la historia de Kut que ya había terminado, no recuerdo si acabé por publicarla. Yo nunca vendo el pescado antes de haberlo pescado. Llamo cuando ya tengo la historia acabada.

¿Y eso te ha pasado muchas veces?

Muchísimas. Tuve una más grave. Primer cerco de Faluya. Había intentado entrar muchas veces en Faluya: con jefes de la insurgencia, con grupos armados, pasando por ríos, nadando, campos de minas. Era terriblemente complicado. No había manera de entrar. Un mes después, cuando ya habían muerto mil quinientas personas, cuando el cerco estaba a punto de caer, volvimos a Faluya. Llegamos a las puertas de la ciudad y en el checkpoint nos sentamos allí a fumar. De pronto, te juro que fue surrealismo, a mí no me ha pasado en toda mi carrera, en veintitantos años de carrera, algo como esta escena, de repente veo que llega una especie de vehículo militar iraquí, un tipo vestido de general de Sadam Husein con el aguilucho baasista y con todas las insignias de general. ¡Los americanos se cuadran y le invitan a pasar! Mi traductor se queda desencajado, me dice que ese es el general tal, que se supone que estaba en la lista negra, y que cómo ha llegado hasta aquí. Los americanos no conseguían doblegar Faluya y la única manera que encontraron fue traer a un general de Sadam. Con mi traductor, empezamos a preguntarle. Nos acercamos y el tío encantado, ufanísimo con su uniforme del antiguo régimen. Lo que pasaba es que los americanos no conseguían doblegar Faluya, así que llamaron a un antiguo general del ejército de Irak, que se llevó a sus hombres de Faluya, para que entrara y negociara con los insurgentes un armisticio. Así se saldó la primera batalla en Faluya. No solo entrevistamos a aquel general, sino que conseguimos entrar. Fue una jornada maravillosa, de esas en las que termino comiendo con un grupo de wahabíes apoyada en un misil tierra-aire. La conversación era como de coña: «Tenemos unos cuantos de esos en casa y, oye, tú no serás espía, ¿verdad?». Cuando salgo de Faluya, con la excitación de tener la historia de mi vida, llamo al periódico. Todo lo que tenía era visual: jardines con tumbas abiertas, el campo de fútbol siendo excavado y llegando cadáveres cada dos segundos. El jefe de internacional me dijo: «Mónica, ya antes de que empieces a hablar, no tengo sitio. Ni hoy ni mañana, porque tengo una cumbre de no sé qué y no tienes sitio». Y yo: «Somos el primer medio extranjero que entra en Faluya. Para cuando lo des ya estará todo el mundo. Ya no es exclusivo».

Y no lo dieron.

Lo dieron dos o tres días después.

Por la cumbre.

Quizá si hubiera sido otro momento… Había cierto cansancio ya. Era 2004. Se comenzaba a entender menos. Ese cerco de Faluya fue cuando entra Abu Musab al Zarqaui, jefe de Al Qaeda, y empezó a haber confusión de términos. Aquellos tipos con los que hablé trabajaban para él y se plantearon la posibilidad de secuestrarme. Lo sopesaron y el que me estaba protegiendo dijo que no. Luego mi equipo me lo traducía. Había una serie de confusiones, demasiados factores que hacían que se atendiera menos al detalle. El factor de terrorismo desconcertaba a la opinión pública española.

Con tanto viaje, ¿cómo era la vida en la redacción?

Mi trabajo cuando estaba en la redacción era estar en la redacción. ¡Y me ponían a hacer breves! Como castigo por viajar tanto.

¿Te castigaban?

Porque el jefe que tenía era un tipo fundamentalmente fascista, machista.

Pero ¿era porque alguien que hacía algo guay luego tenía que sufrir, para que no se creyera una estrellita?

Era algo de eso. Se da en algunos individuos. Esta persona había sido corresponsal en el extranjero y tuvo un destino donde no destacó por su valor. Se sentía doblemente cuestionado por una chica diez años más joven que él que hiciera un trabajo en el que él nunca destacó. Me solía humillar bastante.

¿Por mujer? Has dicho que ser mujer ha tenido ventajas y desventajas sobre el terreno y en la redacción.

Yo nunca me he visto como una periodista o un periodista. Soy una profesional y punto pelota. No tengo ni idea de cómo definirme y además sobre el terreno me suelen tratar como una profesional, no como una mujer profesional, y yo me comporto como una profesional, no como una mujer. Tengo el mismo aguante que ellos. Todos trabajamos igual, midas 1,80 m o 1,50 m, tengas pecho o no. Pero cuando llegas a la redacción sí que noto que la sociedad española —que no creo que sea problema de España, creo que es un problema de la sociedad a secas—, la sociedad no lo admite, las mujeres no somos iguales que los hombres. Yo he oído: «Que se ponga a editar breves, no vaya a ser que se lo crea, que se le suba a la cabeza». No tengo ningún problema con hacerlos, pero a los hombres reporteros no les pasaba. A mí me molestaba el tono, ese tono paternalista del «qué se ha creído esta». A ver, que yo no me creo nada, no voy a demostrar nada, voy a hacer mi trabajo, y vuelvo y hago lo mismo. Lo que no voy a hacer es copiarte algo del Guardian. Te lo traduzco y te lo firmo como Guardian.

¿Estabas en un oficio muy masculino?

En aquel entonces fui la primera mujer reportera internacional de El Mundo. No lo había analizado nunca hasta ahora, pero es así. Cuando yo llego al periódico, y me temo que no ha cambiado nada, había unos usos machistas que representan a una sociedad, no solo el mundo de periodistas. Entiendo que El Mundo es un periódico nacional dirigido por una élite intelectual, que se han formado durante muchos años con décadas de experiencia y tienen estos micromachismos tan incorporados que llevan a estos comentarios. En El Mundo había dos jefes varones en internacional que dirigían un equipo solo de mujeres. En una época de mucho trabajo nos pusieron un refuerzo. Nos mandaron un becario de la sección de cultura. El tipo era el antimilitarista clásico. Un día llegó un directivo. Era 2001, y yo ya había cubierto Macedonia, Cáucaso norte, Chechenia, en suma, conflictos. Estábamos todas ahí editando y pregunta qué llevábamos: había un tema sobre la capacidad militar de los talibanes. Cuando se lo contamos, dijo: «Bueno, esto que lo haga el becario, que por lo menos ha hecho la mili». Entonces alcé la voz de forma exagerada para preguntarle a una compañera situada al otro extremo de la mesa algo así como: «¿Oye, un general es más o menos que un coronel? Es que como no he hecho la mili, no creo que pueda editar esta crónica». Ella respondió: «Pues no lo sé, yo ando atascada en la diferencia entre división y unidad, porque como no he hecho la mili…». Cuando se sumó una tercera voz femenina declarándose incapaz de editar y acumulando trabajo a un becario espantado, el directivo se fue echando pestes. Luego vino a matizar aquello: «No os pongáis así, no quería decir eso». Seguramente no quería decirlo, el problema es que está todo tan interiorizado… Cuando yo vuelvo de un conflicto, estoy muy morena, pero cuando vuelve un tío: «Joder, qué cojones tienes». Era el comentario recurrente: «¡Qué guapa estás, incluso más delgada!». «Sí, porque he pillado una neumonía, pero no te preocupes». Eso me ha pasado, literalmente.

Haciendo este trabajo como mujer en lugares en conflicto, parece más normal preguntarte por lo que te pase en Bagdad o en Nasiriya.

Sin embargo, me costaba mucho más esto. Porque lo otro me lo esperaba, y me encontraba de hecho la sorpresa de hallar mucha más tolerancia. También fue otro momento, porque Oriente Próximo ha cambiado mucho. El Irak de Sadam Husein no tiene nada que ver, religiosamente no tenía nada que ver. Era el Irak laico. La tolerancia era brutal. Yo iba por Bagdad en vaquero y con una camiseta. Me sentía aceptada. Empecé a cubrirme porque algunos integristas me lo pedían. Me chocaba más lo que ocurría aquí, que una mujer volvía de cubrir un conflicto y no se la trataba como a un hombre. A mí me choca mucho el machismo. Me sorprendía aquello: «Te llamo de tal revista por si puedes hacer un reportaje sobre fotógrafas de guerra mujeres». ¿Por qué es noticia? Desde que hay guerras, hay fotógrafas de guerra mujeres.

Cuando te dieron el premio José Manuel Porquet en 2011 te dijeron que eras la primera mujer que lo recibía, y dijiste: «Estoy sorprendida de ser la única mujer».

Lo último que he hecho ha sido Pionyang. El régimen nos invitó al desfile en honor de los cien años del fundador de Corea del Norte, y fácilmente el sesenta por ciento de las reporteras que estábamos allí éramos mujeres. No te digo ya reporteras, sino las cámaras, las que cargaban con el equipo, las lentes. La mayor parte de fotógrafas y camarógrafas eran mujeres: coreanas, japonesas, norteamericanas, chinas. Éramos mayoría. De hecho, me sorprendió que en imagen éramos la mayoría mujeres. Eso no debería sorprenderme.

¿Y sigue así?

Hace unas semanas vine a España a recoger el premio Cirilo y, en un momento dado, antes del fallo, un colega me soltó el comentario: «Tú ponte guapa y relájate». ¡Y le conozco bien! Pero ¿de qué cueva acabas de salir? Está incorporado, es muy difícil.

Fuera de conflictos claros, habrá habido también debates con tus editores sobre qué lugares escoger para cubrir. Si ir al país A, al B o quedarte en casa. ¿Cómo se elegían los destinos?

África era imposible. África no interesaba, me lo dijo la dirección: los negros no interesan, olvídate de los negros porque no interesan. «Es que están muriendo miles». «No nos interesa». «Es que es agosto y no tenéis nada con lo que abrir el periódico». «No nos interesa». «Es que hay cientos de miles de refugiados». «No nos interesa». Ahí fue cuando empecé a replantearme las cosas.

Encaja en esa leyenda del periodismo: interesa mucho un accidente si mueren un español, diez franceses, cien noruegos y mil chinos.

Claro, y serían diez mil árabes y cien mil africanos.

¿Esto es verdad?

Por desgracia, sí. Es muy frustrante, ese cálculo funciona. A mí, África me conllevaba bastantes broncas y luego tuve un par de desencuentros: una vez un terremoto al que yo quise ir, creo que fue en Irán, en Bam, y que por los motivos que fueran no pude ir, y un par de situaciones de estas que me empezaron a decepcionar un poco.

¿No pudiste porque no interesó Irán?

Porque me dijeron que no. Lo que yo solía hacer mucho era pedir visado primero y preguntar después. Una vez que tenía el visado, decía: «Oye, tenemos posibilidad de irnos a tal sitio porque no voy a necesitar una semana para el visado porque ya lo tengo». Y ahí creo que les molestaba que tuviera iniciativa y no les avisara. Pero la cuestión era que funcionaba y, si me decían «Sí, vete», era automático ir al aeropuerto. Es cierto que yo no era una periodista fácil para trabajar, yo no soy una persona de redacción que pregunta todo a sus jefes. Los que me han valorado me valoran mucho precisamente porque soy libre, y el jefe que buscaba controlarme como a una becaria mayor pues no lo ha conseguido.

¿Pero era porque no estabas de acuerdo o porque tenías la pretensión de estar tiempo sobre el terreno?

Era más bien el ímpetu periodístico de: «Esto hay que cubrirlo, no podemos dejarlo». O mandas a alguien o voy yo, pero que alguien vaya. A mí no me importaba ser yo o no, pero siempre hay una crisis que cubrir. Recuerdo que me mandaron a cubrir, hablando de esa proporcionalidad tan absurda, el secuestro de dos empresarios españoles en la República de Georgia, en el Cáucaso. Fueron quince días de cobertura por un secuestro de dos personas. Sin embargo, una situación que a mí me parecía que definía a todo un pueblo o que lo sometía a la vulnerabilidad no la veían.

En la visión peliculera del periodismo internacional también hay mucha parafernalia.

Tienes dos opciones: poner el foco sobre la gente o ponerlo sobre ti. Al principio hay gente que va arrastrada por la visión utópica y cinematográfica de esta historia, que no tiene nada que ver con la realidad, y luego en parte se depuran cuando ven que no es así. Porque es duro, huele mal, coges infecciones, pillas porquerías horrorosas, terminas hospitalizado en parajes terroríficos, puedes morir, y eso no mola. Hay otros que siguen sin verlo porque ven más el reto personal que les supone y lo que lucen. Pero, vamos, yo creo que eso se puede trasladar a todas las profesiones. Hay mucha gente que quiere ser protagonista en lugar de hacer su trabajo y punto.

¿Por qué pasa España a partir de los años 2004-05 de mucho periodismo internacional a poco?

No lo sé. El editor de tu medio no tiene por qué tener conocimiento de la política internacional. Muchos no tienen ni el conocimiento ni el interés que se merece la política internacional. España no juega en la división internacional. No juega en la división de Gran Bretaña, de Francia o de Estados Unidos, o como podía jugar Italia hace no tanto tiempo, de entender el conflicto internacional porque tiene intereses detrás y, por tanto, intentar dirigir la opinión pública dependiendo de sus intereses.

Eso es para bien y para mal.

Para bien y para mal. Para mal, porque se hace continuidad de Estados Unidos. O de donde venga el interés. Eso cambiará a China, finalmente, y pasaremos a otro eje, pero por el momento es el que es. Eso nos arrastra a una situación como la actual, donde tenemos al equivalente a Kim Jong-un pero en viejo y blanco en el poder en Estados Unidos, pero en potencia es tan peligroso como el original. Estamos todos siguiéndole porque toca seguirle, y por desconocimiento. Pero, en el caso de Irak en 2003, hubo manifestaciones de miles de personas gritando «No a la guerra» porque tenían el interés, la inquietud por saber lo que pasaba en Irak, y tenían el criterio de decir: «Esto es una invasión». Y ganaron. Esto, sin embargo, nunca ha ocurrido con Siria, pese a que la situación de Siria era tan obvia como la de Irak: hay un señor masacrando gente.

Pero no es norteamericano.

No, pero era lo mismo. El nivel de injusticia era el mismo. Era tan injusto lo que pasaba en Siria como que Sadam Husein reprimiera a su gente con aviación.

En España lo veíamos diferente.

Pero eso pasa en 2011, cinco años después de esta crisis del interés informativo. Donde, por ejemplo, la cobertura de Siria que existía, porque nosotros íbamos al terreno, yo no sé cómo se reflejaba aquí en los medios, pero el periodista español seguía yendo. Por un lado, me imagino que no se le da la cobertura que requiere la situación, pero, por otro lado, me temo que la sociedad estaba mucho más apática que con el caso iraquí, estaba más distante.

Veníamos de Túnez y Egipto, al principio de la Primavera Árabe, que fue algo más bonito, y luego con Siria dejó de entenderse.

No, yo creo que fue Libia. Fue la intervención en Libia más bien. Interviene Estados Unidos y se considera que es una intervención imperialista, cosa que no tiene nada que ver con el imperialismo, es más bien dictadores masacrando, pero yo creo que sí que pudo ser eso. Un exceso de información y un exceso de Primaveras Árabes. Era complicado para el lector de turno saber si aquello era positivo o negativo. Pero era blanco y en botella.


Guillermo Ortiz: Kim Jong-Un, Dennis Rodman y los «expendables»

Fotografía: REUTERS / Cordon Press

Kim Jong-Un sonríe y entrega una carta a Dennis Rodman. En realidad podría haberlo hecho de manera menos solemne, en medio de una de sus charlas, como si nada, pero siente que su posición y el encargo exigen algo de este tipo, algo novelesco, lo que espera Occidente: el dictador entregando sus deseos en un sobre cerrado. El misterio del hombre de negro. Llevan tres días juntos y no acaban de caerse mal, algo que a Kim, en parte, le extraña, más que nada porque no viene siendo lo habitual en los últimos años. No saben lo fácil que es cansarse de la gente cuando puedes cansarte de la gente, cuando nunca hay consecuencias para ti.

Rodman no molesta y eso le gusta. Rodman siempre intenta hacer el gamberro, saltarse los protocolos y después mira de reojo como buscando aprobación, sabedor de que algunos protocolos aquí no son un juego. «Dennis the menace». El travieso convertido en poco más que un perrito que recoge el hueso y pide la galleta y se niega a dar la patita durante un rato para luego hacerlo complacido, sabiendo que los focos están sobre él. De alguna manera, piensa Kim, son un poco como Christopher Robin y Winnie the Pooh. Si fuera un poco más occidental, más occidental aún, quiero decir, porque Kim se ha educado en Occidente, entre Suiza y los mismísimos Estados Unidos, viendo al propio Rodman coger un rebote tras otro en las madrugadas de Berna, se sentiría algo parecido a Jay Gatsby, pero no, Christopher Robin está bien.

Y si Rodman quiere ser Pooh, perfecto.

Rodman, gafas de sol puestas, medio tumbado en una especie de reclinatorio romano, perdido en su propia resaca, abre la carta y lee una serie de nombres. Entonces recuerda la promesa y por qué ha venido aquí, más allá de porque el Líder Supremo quiere conocerlo. No todos los días un Líder Supremo quiere conocerte, así que, si Paddy Power está dispuesto a poner la pasta, él está más que dispuesto a poner la fiesta. Rock en Pyongyang. Rodman se siente como en aquellas películas en las que un americano molón, un Jack Black o algo así, va a un país tercermundista y les enseña lo básico, es decir, cómo divertirse, cómo ligar con las tías, cómo pillarse un buen pedo… John Belushi pasado por la corrección noventera.

Solo que Kim ya sabe de qué va eso y no son necesarias lecciones y de alguna manera se siente complacido pero perdido a la vez, como si no le quedaran conejos en la chistera y hubiera que ir cerrando el bar, pero, ¿cómo cierro el bar con el dueño dentro?, y mira la carta, la lista de nombres, el encargo que él mismo aceptó sin dudarlo, como el que acepta una apuesta estúpida, y lee: «Michael Jordan, Scottie Pippen, Charles Barkley, Karl Malone…» y se da cuenta de que básicamente, y con alguna excepción —de entrada, su propio nombre y más abajo el de Kobe Bryant, el mismo Kobe que fuerza una sonrisa aún adolescente en la foto junto a un niño que será un asesino— lo que el jefazo le está pidiendo es que reúna al Dream Team y se lo lleve a Corea del Norte.

Cosa que él sabe que no puede hacer pero al menos puede intentar. No los doce, pero Pip siempre se está quejando del dinero, y puede que Karl Malone… En fin, desde luego, Charles, con esa bocaza y trabajando de comentarista no va a jugársela, pero, ¿Christian Laettner? No debería ser tan difícil… así que choca los cinco con su nuevo amigo, «el Mariscal es una gran persona», dice en la prensa estadounidense y vuelve a mirar para comprobar que la broma ha gustado, que lo ha hecho todo bien, good puppy, good puppy, y promete un poco por prometer, como ha hecho siempre, que la próxima vez que venga será a lo grande, con lo que Kim le ha pedido. O parte.

Solo que no es tan fácil. Ni siquiera Chris. Rodman llega a Estados Unidos y se emborracha de nuevo y se pasea por platós de segunda y vuelve a su vida anodina, esa vida disparatada de Mickey Rourke cincuentón que solo en Los Ángeles puede pasar desapercibida y cuando Kim llama —a Kim le gusta llamar él, podría hacerlo cualquiera de sus asistentes, pero llama él y cuando lo hace recuerdan juntos a Brickowski, Kim Jong-Un y Dennis Rodman recordando a Frank Brickowski y los playoffs de 1996— tiene que formular una serie de excusas, un montón de fuegos artificiales que hagan el suficiente ruido como para mitigar la decepción, una decepción que en cualquier caso percibe en los ojos de Kim cuando llega a Pyongyang con su propia lista y la repasan…

… Porque a Kim le suena Kenny Anderson, le suena Vin Baker, aunque no sabe muy bien de qué —«es al que ficharon los Sonics cuando vendieron a Shawn Kemp», dice Rodman, y los dos están de acuerdo en que los Sonics nunca debieron vender a Kemp e incluso Kim se atreve a preguntar si Kemp no podría venir al partido, pero Dennis niega con la cabeza y dice que ha hecho lo imposible, aunque probablemente no sea verdad—, le suena también Doug Christie, aunque siempre le pareció el malo de los Kings. «Es un auténtico hijo de puta», dice Rodman como el que dice «te va a encantar ese tío», pero en realidad el único momento en el que muestra una verdadera sonrisa de aprobación es cuando encuentra en nombre de Craig Hodges, el triplista de los primeros Bulls de Jordan.

—¿Te acuerdas de él?, tenías que ser un niño…

—Me acuerdo más o menos, lo he visto en vídeos, he visto todos vuestros vídeos —dice Kim, refiriéndose a los Bulls, los Bulls sin Rodman y los Bulls con Rodman, y sigue repasando la lista, solo que lo demás son desconocidos: Sleepy Floyd, Clifford Robinson y Charles Smith. Después de hablar con Dennis, recuerda a Robinson, final de 1992, Portland Trail Blazers, pero a los otros dos no, no cae.

El dictador se pregunta si tiene sentido seguir adelante con un equipo así. Pidió el Circo del Sol y le quieren traer a Stallone y Los Mercenarios. Los actos están preparados para el 8 de enero pero lo bueno de ser Kim Jong-Un es que los planes igual se hacen que se deshacen al instante y nadie pide explicaciones. A veces, Kim fantasea con que alguien en algún momento le pida una explicación por algo, una insubordinación que mereciera la muerte triturado por ciento cincuenta perros hambrientos. O lobos. Ciento cincuenta lobos hambrientos y cuarenta cebras. No sabe por qué pero le gustan las cebras. Tampoco sabe si sería fácil encontrar cebras ni si son carnívoras, pero es una imagen potente. Tú preguntas y yo te mando a las cebras… pero no, nadie pregunta, nadie pide explicaciones, y un mundo sin justificación acaba siendo un mundo tedioso. Te piden que te pases la juventud en Europa examinándote y al final resulta que las únicas respuestas correctas son las que tú has decidido de antemano.

Mira a Dennis con cierta desaprobación, como un hijo que riñe a un padre que se ha portado mal, que no ha sido suficientemente responsable, y al final dice: «De acuerdo», y, muy solemne, añade: «Pero a la moral de mi pueblo le vendría bien que ese equipo, ya que va a ser esa porquería de equipo, perdiera».

Así que ahí llegan los ocho del patíbulo a Pyongyang, en plena celebración del cumpleaños del Líder Supremo. A Charles Smith, olímpico en Seúl, única razón por la que Kim ha aceptado que esté ahí y se lleve el dinero, le enseñan un modelo de ciudadano norcoreano que después de darle tímidamente la mano se la sacude, como si quisiera quitarse el color de encima. «Los afroamericanos no tienen muy buena fama en nuestro país, estamos trabajando en ello», dice el traductor con toda la educación y a la vez la firmeza del mundo. Lo incluirán en el próximo plan quinquenal, piensa Smith, que en cualquier caso lo que quiere es volver al hotel y seguir con la partida de póquer y fumarse un buen puro habano de los que tienen aquí.

Paddy Power, la empresa de apuestas irlandesa, esta vez se ha bajado del proyecto. En palabras del que ponía el dinero, «la cosa se está poniendo demasiado caliente». Dennis debería ser el líder del grupo pero no es un grupo que acepte demasiado bien el liderazgo y no es Rodman un hombre llamado a liderar. Está tenso. Los demás lo ven y se ríen pero a la vez les da un poco de miedo. Saben lo que puede hacer Dennis cuando el mundo le importa una mierda y no quieren pensar qué puede hacer en pleno ataque de ansiedad.

Y es que Rodman se siente exigido. Por primera vez en mucho tiempo, siente que hay unas expectativas detrás y que esta vez no puede soslayarlas. El entrenador no admite retrasos. La prensa americana le pregunta por Kenneth Bae, el misionero detenido desde hace años, y él, borracho, les contesta: «Me importa una mierda ese tío» y no deja de repetir la palabra «paz» y «diplomacia» como si fuera un autómata, como si alguien pudiera creer a Dennis Rodman hablando en esos términos. Hodges, el único que está ahí por convicción, por verdadero odio al Estado, el que castigó a su raza durante siglos, mucho más de doce años por mucho que diga Hollywood, el que acabó con su carrera solo por ir vestido con un dashiki a la Casa Blanca, quiere dar una vuelta por la calle pero un funcionario le explica que mejor no dé vueltas, que si quiere ver algo, estarán encantado de enseñárselo pero debidamente acompañado.

«Es por su seguridad, la opresión de Estados Unidos sobre nuestro pueblo es tan grande que tememos que puedan pagarlo con ustedes», dice, y a Hodges le parece bien y vuelve a su habitación, donde no hay partidas de póquer, sino libros de sociología y algún manual de baloncesto, y se echa a dormir el jet lag, esperando el momento en que les llamen, que tengan que ir al paripé, miles de uniformados en marrón y en medio aquel hombre de peinado imposible —«¿Por qué se peina así?», le preguntaron a Dennis pero Dennis no siguió el chiste y entonces se dieron cuenta de que la cosa iba en serio—, la charla prepartido en aquel amago de vestuario, las camisetas de Kmart, el recuerdo innecesario del capitán: «Tenemos que perder», como si tuvieran la más mínima intención de ganar algo a estas alturas de la vida.

Y, así, the expendables —el nombre se lo han dado a sí mismos y les gusta porque de pequeños todos soñaron con ser balas perdidas y lo han acabado consiguiendo— salen a la cancha, intentan completar unos arcaicos ejercicios de calentamiento, aguantan la carcajada cuando Rodman canta el «cumpleaños feliz» y hacen lo que se espera de ellos: el ridículo, mientras Dennis completa la función con unas cuantas bromas de dudoso gusto, porque se ha pasado tanto de rosca que ha vuelto a su posición original, y el alcohol va saliendo por los poros en cada carrera, el esfuerzo enorme que supone que esos chicos de enfrente les ganen, las ovaciones de todos a una, algún mate de Charles Smith, algún rebote abriendo las piernas de Rodman, algún triple de Hodges desde la esquina… suficiente para que Kim esté satisfecho, y, quién sabe, les invite de nuevo el año que viene.

Porque ser Winnie the Pooh tampoco está tan mal y si hasta el descerebrado de Dennis lo ha conseguido, ¿por qué ellos no? Solo tienen que ser buenos chicos. O, justo lo contrario, ser tan malos que consigan que el gordo deje de aburrirse y les elija cuando se decida a cambiar de juguete.