Mitos del cine erótico de los 70, ¿qué fue de ellas?

Veronica3
Los años 70 conformaron la década de la gran explosión del cine erótico. Pero, ¿qué fue de aquellas actrices? Algunas, pocas, consiguieron establecerse dentro de la industria cinematográfica convencional y seguir gozando de fama una vez hubo pasado el boom. Algunas encontraron refugio en la televisión. Sin embargo, muchas otras desaparecieron en el anonimato; las hubo que murieron tempranamente de forma trágica —accidentes, sobredosis, enfermedades— e incluso hubo algún suicidio misterioso que despertó muchas suspicacias en torno a la supuesta implicación de las más altas esferas del estado (y sí, me refiero al estado español). Así que, en ocasiones, la historia posterior de estas sex symbols setenteras fue más cinematográfica que sus propias películas.

Para otro momento dejaremos las etiquetas, ya que los límites entre porno duro —hardcore—, porno blando —softcore— y erotismo dramatizado no siempre estaban bien definidos. De hecho, a los productores no les importaba la opinión de los críticos respecto al género donde los encuadrasen; prestaban atención más bien a la calificación que (dependiendo del país) les diesen las autoridades a sus films: “para mayores de 18” o “clasificada S” no era lo mismo que  “clasificada X”, lo cual condenaba a las películas al circuito más minoritario de las salas pornográficas. Así que en una época donde el vídeo casero todavía no era de uso común, se produjo un aluvión de películas que intentaban llegar todo lo lejos posible a la hora de mostrar escenas de contenido sexual, aunque intentando evitar la calificación de cine pornográfico. Así, estos filmes eróticos rara vez mostraban sexo explícito, lo cual les permitía ser estrenados en salas convencionales donde podían atraer a unas mayores audiencias. Este fenómeno llevaba produciéndose al menos desde los años 50, donde en Estados Unidos se estrenaban “documentales” sobre el estilo de vida nudista y demás triquiñuelas para burlar las calificaciones censoras. Pero sería sobre todo el enorme éxito internacional de Emmanuelle lo que propició una explosión del género erótico también en Europa. Países como Italia, Francia o Alemania exportaron una buena cantidad de largometrajes “S”. España, por cierto, fue uno de los mayores productores de este tipo de cine, si bien algo así fue posible solo después de la muerte de Francisco Franco, quien —pese al revisionismo que en los últimos tiempos se cultiva en determinados ámbitos sobre su figura— no fue el feliz amiguito de las libertades individuales ni el entusiasta adalid de la modernidad que podríamos llegar a creer.

La explosión del cine sexy europeo y estadounidense supuso la creación de un star system paralelo formado por un buen número de actrices que, en algunos casos y pese a la naturaleza más supuestamente underground del cine erótico, llegaron a rivalizar en popularidad con las estrellas del cine convencional. Por lo general, no obstante, estas actrices se limitaron a disfrutar de un fugaz momento de popularidad y desaparecieron rápidamente en la penumbra del olvido, siendo sus nombres conocidos hoy únicamente por estudiosos y aficionados al erotismo vintage. Cierto es que en su época este tipo de cine podía parecer vulgar —y casi siempre lo era, para qué engañarnos— pero el paso del tiempo le confiere a todo una pátina de encanto añejo, y el cine erótico setentero ha terminado siendo objeto de atención estética y coleccionismo nostálgico de una forma similar a la de aquellas postales con pin-ups de los años 40 y 50.

Hagamos pues un pequeño repaso a algunas de aquellas sex symbols, incluyendo varias de nuestro país (como ya hemos dicho, una importante fábrica exportadora de cine erótico, aunque no incluiremos todas las especializadas en el “destape”, que darían para otra lista igualmente larga) y veamos por qué alcanzaron notoriedad y qué sucedió más tarde con ellas. Por cierto, en sus historias hay finales para todos los gustos: felices, trágicos, oscuros, enigmáticos…

Sylvia Kristel

Sylvia Kristel 1
La actriz holandesa, fallecida recientemente, fue sin lugar a dudas la gran estrella del cine erótico a nivel mundial. En realidad empezó su carrera como modelo a los 17 años, pero fue a los 21 cuando pudo dar el gran salto. Ganó un importante concurso de belleza televisivo, Miss TV Europa, lo cual dio su rostro a conocer ante la gente del cine haciendo que de inmediato la reclamasen desde Francia para aprovechar su aura de candidez, ideal para encarnar al personaje de una mujer joven que descubría el sexo casual, el lesbianismo, etc. Así protagonizó Emmanuelle, un film bastante flojo —con ciertas ínfulas artísticas, eso sí, aunque bastante risibles hoy en día— que obtuvo un descomunal éxito al mostrar secuencias bastante atrevidas para un film no estrictamente pornográfico, que estaban además presentadas con una escenografía elegante. El bombazo comercial de Emmanuelle hizo de Sylvia Kristel un icono erótico internacional, pero su particular belleza y la inmensa fama no le sirvieron para establecerse como estrella en el cine convencional. Desorientada por el repentino éxito, terminó cayendo en una espiral de excesos; es más, en mitad de un periodo de drogadicción llegó a ceder su porcentaje de derechos sobre la película Emmanuelle, algo que le supuso perder una verdadera fortuna. Después siguió trabajando en cine, aunque en películas menos importantes. Eso sí, no dejó de ser un icono cultural bastante recordado y lo cierto es que nunca llegó a ser olvidada. Tuvo una vida personal y sentimental bastante agitada (años después supimos por ella que había sufrido abusos sexuales siendo una niña, lo cual lógicamente le había dejado importantes secuelas) y finalmente murió de cáncer a los 60 años, tras haber ejercido como fumadora empedernida prácticamente desde la infancia.

Corinne Cléry

Corinne Clery 1

La respuesta francesa a Sylvia Kristel. Corinne Cléry ya había realizado pequeños papeles en cine y se había dejado ver posando desnuda en revistas eróticas cuando los productores cinematográficos se fijaron en ella —tal vez porque poseía un tipo físico muy similar al de Kristel— y la ficharon para rodar Historia de O, una película que consiguió proseguir la senda de éxito de Emmanuelle. Convertida también en una celebridad internacional, llegó a aparecer en una entrega de la saga James Bond. Después de aquello, sin embargo, su estrella se fue apagando y su carrera quedó limitada a films de bastante menor entidad.

Ornella Muti

Ornella Muti 1

Una de las actrices que mejor sobrevivió a la explosión del cine erótico, si bien es cierto que ya desde principios de su carrera se había dedicado también al cine convencional. De hecho, su debut se produjo en La moglie più bella, protagonizando a la temprana edad de 14 años un drama basado en una historia real. No obstante, su exótico atractivo mestizo (tenía sangre mediterránea por la rama paterna y eslava por la materna) pronto hizo que la reclamasen desde un cine más atrevido. Muy poco después apareció también en su primera película de tintes eróticos, Il sole nella pelle. Convertida en la gran “Lolita” del cine europeo, siguió filmando filmes de erotismo suave durante toda su adolescencia y antes de cumplir la veintena ya había protagonizado unos cuantos títulos tanto en su Italia natal como en España (donde trabajó a las órdenes de Pedro Masó). Prácticamente todas esas películas se dedicaban a explotar su belleza adolescente de un modo u otro, aunque en algunos casos no había un componente erótico predominante. Quizá el hecho de combinar trabajos en todo tipo de filmes le permitió sobrevivir a la explosión del género y labrar una larga carrera en el cine convencional italiano y europeo, con participaciones ocasionales en superproducciones (como aquella horterísima Flash Gordon en donde su magnética presencia era de las pocas cosas salvables). Hablamos de una de las mujeres más bellas que hayan aparecido jamás en una pantalla de cine, así que su físico condicionó su carrera en muchos aspectos. Con todo, supo sortear el encasillamiento y convertirse en una actriz respetada por la industria.

Laura Gemser

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Actriz holandesa de origen indonesio, fue la encargada de sustituir a su compatriota Sylvia Kristel cuando esta decidió dejar atrás la exitosa serie Emmanuelle después de los dos primeros títulos. De hecho, consiguió el papel gracias a un masaje corporal que le daba a la propia Kristel en Emmanuelle II, el cual se convirtió en la secuencia más recordada de la secuela. Pese a la difícil papeleta de tomar el relevo de una de las mayores sex symbols de su tiempo, Laura Gemser alcanzó bastante popularidad ayudada por el tirón de la marca. A lo largo de los años encabezó seis nuevas películas de la saga, a cada cual más inverosímil, además de un cierto número de trabajos —en su mayor parte también de género erótico— durante los años 70 y 80. Con el tiempo, su nombre fue cayendo en el olvido.

Laly Espinet

Laly Espinet

Esta catalana autodefinida como “barriobajera” fue dependienta de una tienda de lencería hasta los 20 años, cuando decidió contestar al anuncio de un periódico en el que buscaban actrices para el reparto de un film “S”. Tras adoptar el sobrenombre de Andrea Albani (bastante más exótico que su nombre real, Eulalia Espinet) y teñirse de rubio, participó en algunos de los filmes softcore más taquilleros jamás producidos en España, caso del taquillazo La caliente niña Julieta, en unos años en que nuestro país exportaba bastante material de este tipo al resto de Europa. Muy solicitada a causa de su morboso aspecto de perfecta “chica de la puerta de al lado” (para mi gusto, una de las actrices más atractivas del panorama nacional) se convirtió en una estrella dentro del género. Terminó dando el previsible salto al cine convencional, ya con su apellido verdadero y con su color de cabello castaño, participando en Agítese antes de usarla, comedia de los por entonces popularísimos Pajares y Esteso, así como en las dos películas de la saga El Pico. Desgraciadamente, desarrolló una adicción a la heroína que terminó muy tempranamente con su carrera y con su vida. Murió en 1990, antes de cumplir los 30 años, a causa de las complicaciones provocadas por el SIDA.

Gloria Guida

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En un principio, el destino de esta italiana parecía dirigirse hacia la canción ligera. Empezó a labrarse una carrera discográfica desde muy joven y con solamente 18 años se presentó al Festival de San Remo. Extraordinariamente guapa y poseedora de un cuerpo envidiable, parecía tener todas las papeletas para el estrellato. Sin embargo, al año siguiente ganó un concurso de belleza hizo que abandonase su prometedora carrera como cantante, abriéndole las puertas del cine. Durante los 70 protagonizó un enorme número de filmes —casi todos ellos eróticos— en Italia, convirtiéndose en uno de los rostros más recurrentes en las pantallas de aquel país y de otros lugares de Europa. Su carrera cinematográfica posterior, sin embargo, fue en rápido retroceso conforme la aparición del vídeo provocaba un auge de la pornografía y un descenso de la producción de cine erótico.

Dyanne Thorne

Dyanne Thorne

Esta actriz estadounidense empezó trabajando como stripper en Las Vegas y posando en revistas para adultos. Había participado ya en varios films de sexploitation”(e incluso tuvo un pequeño papel en la serie Star Trek) cuando alcanzó la celebridad encarnando a Ilsa, una cruel carcelera nazi, en unas películas que se dedicaban a sacarle jugo a los juegos sadomasoquistas lésbicos (el primer film fue Ilsa, la loba de las SS). Su rostro de duras facciones —por momentos casi masculinas—, combinado con sus voluminosos pechos, la convirtieron en la representación típica de la dominatrix sádica. Las películas de la serie Ilsa o sus imitaciones fueron volviéndose progresivamente más absurdas (el español Jesús Franco dirigió alguna de ellas) y el producto terminó agotándose, con lo que la efímera popularidad de Dyanne Thorne se desvaneció. Más adelante se dedicó a estudiar asuntos religiosos (¿?) y montó una empresa dedicada a organizar bodas en Las Vegas,¡oficiadas por ella misma! Ya lo saben, amigos lectores: tienen la oportunidad de casarse bajo los auspicios de la carcelera nazi más sanguinaria de la pantalla.

Christina Lindberg

Christina Lindberg 1

Aunque nunca llegó a alcanzar la popularidad multitudinaria de una Sylvia Kristel entre el público general, esta actriz sueca fue otra de las reinas del género. A los 18 años empezó trabajando como modelo para revistas eróticas, aunque pronto dio el salto al cine softcore. El contraste entre la candidez de su rostro y su cuerpo voluptuoso la convirtieron en una protagonista muy solicitada, llegando incluso a rodar para la industria cinematográfica del Japón. Debutó a los 21 años con Maid in Sweden, una película floja pero en la que mostraba generosamente sus encantos, lo cual la ayudó a convertirse en una estrella del género. Su película más recordada, no obstante, es la perturbadora (y a su manera bastante interesante) Thriller: a cruel picture, un film acerca de una chica convertida en esclava sexual que retorna para buscar venganza. Quentin Tarantino, que se declaró públicamente fan de este film, probablemente sacó más de una idea para Kill Bill. Thriller era una mezcla de acción sangrienta y erotismo que llegó a incluir algunos planos de sexo real, incluyendo penetraciones anales, aunque los planos más hardcore no fueron rodados por la propia Christina sino por una doble. Tras una breve pero intensa y exitosa etapa como actriz erótica en películas bastante olvidables (y también en bastantes sesiones fotográficas para revistas adultas), su vida dio un giro de 180 grados cuando comenzó a dedicarse al periodismo, profesión en la que sigue ejerciendo hoy día.

Edwige Fenech

Edwige Fenech

Otra de las reinas del erotismo europeo, esta actriz italiana con sangre anglosajona participó en un número ingente de películas “S”, amén de unas cuantas comedias con tintes pícaros y también bastantes thrillers de serie B. Su belleza de rasgos clásicos y su voluptuosidad la convirtieron en uno de los grandes iconos sexuales del cine europeo, pero su relevancia cinematográfica se extinguió con la llegada de los 80, pese a que quizá podría haber encajado en el cine convencional. Ella, no obstante, consiguió reconducir su carrera refugiándose en la televisión transalpina.

Katya Berger

Katya Berger

Conforme Ornella Muti abandonaba la adolescencia, esta actriz alemana llegó como intento de sucesora en el papel de “Lolita” oficial del cine europeo. Justo en el mismo año en que la película estadounidense Pretty Baby, dirigida por Louis Malle, escandalizaba al mundo entero mostrando desnuda a una Brooke Shields de tan solo 12 años de edad, Katya Berger —que contaba entonces con 14— aparecía también desnuda en la coproducción italo-hispana Piccole Labbra. Pese a que el film era bastante más truculento que el de Malle (de hecho resultaría inconcebible filmar algo así hoy en día), incomprensiblemente no desató un escándalo similar. Katya Berger apareció en pocos filmes durante su adolescencia, incluyendo un pequeño papel en una adaptación de la novela Tales of ordinary madness de Charles Bukowski, dirigida por el célebre Marco Ferreri. A los 18 años, ya más crecida, hubo un intento de relanzarla como sex symbol en la adaptación (bastante mediocre) de la novela Nana, de Emile Zola. Pese a ser su primer papel protagonista adulto en una película de cierto presupuesto, lo cierto es que no valía gran cosa como actriz y su carrera cinematográfica quedó prácticamente detenida en aquel mismo instante.

Theresa Ann Savoy

Theresa Ann Savoy

Huida de su hogar paterno en la Islas Británicas, Theresa Ann Savoy pasó su adolescencia viviendo en una comuna hippie de Italia hasta cumplir la mayoría de edad: fue entonces cuando apareció desnuda en una revista erótica, sesión fotográfica que llamó la atención de la industria del celuloide transalpina.  Theresa comenzó a actuar en diversos filmes, aunque su gran lanzamiento se produjo a los veintiún años con la película Salón Kitty, una de las más aprovechables del irregular Tinto Brass. Participó asimismo en la controvertida superproducción Calígula, también dirigida por Brass. Pese a la repercusión de estos filmes y pese al hecho de que no era exactamente una actriz nefasta, su carrera cinematográfica nunca llegó a despegar. Eso sí, continuó ejerciendo como actriz en la TV italiana.

Kristine DeBell

Kristine DeBell 1

Cuando la gente habla de Calígula como ejemplo de combinación entre cine pornográfico y cine convencional, suelen olvidar la existencia de un largometraje todavía más alucinógeno, me refiero a la psicodélica Alice in Wonderland, adaptación bastante sui generis de la novela de Lewis Carroll. La película combinaba secuencias musicales de lo más normal y comedia de andar por casa con escenas de sexo explícito, creando un engendro de difícil clasificación, ya que no era exactamente un film pornográfico al uso (de hecho, pese a contener sexo real filmado, yo no lo calificaría como tal). El film supuso un instante de fama para la modelo norteamericana Kristine De Bell, que a sus 22 años ya había sido portada de Playboy e incluso había posado para el reputado fotógrafo Helmut Newton. Durante el metraje de la película tan pronto la podíamos contemplar cantando canciones melódicas, como masturbándose —con todo lujo de detalles— y chupando pollas en primer plano (en este caso, sin dobles). Aunque labró su popularidad en un film tan extraño y polémico, supo aprovechar el momento y consiguió dar un improbable salto al ámbito más familiar de la ficción televisiva estadounidense, donde aún trabajó algunos años pese a haber aparecido realizando felaciones en pantalla, combinándolo además con pequeños papeles en el cine convencional.

Inma de Santis

Inma de Santis
En realidad, es un poco injusto incluir a esta actriz en semejante lista. Nacida como Inmaculada Santiago, cierto es que participó en la explosión del cine erótico con películas como Juegos de amor prohibido y que ello contribuyó a darle bastante popularidad, pero fue precisamente el temor a encasillarse en el género lo que le hizo alejarse voluntariamente de la gran pantalla. Había sido actriz desde pequeña en todo tipo de trabajos y pese a su juventud era una intérprete experimentada se había probado perfectamente en el drama convencional. Sin embargo, conforme fue creciendo y su atractivo se hizo más evidente (sin lugar a discusión poseía uno de los rostros más bonitos en toda la historia del cine español) la empezaron a reclamar para papeles más atrevidos, de los que estaban de moda por entonces. Cansada de que lo ofrecieran papeles destinados a mostrar carne a causa de su deslumbrante físico y siendo como era una mujer con bastante talento e inquietudes —quienes la conocían afirman que era extraordinariamente inteligente— dejó el cine y se refugió en la televisión, donde muchos la recordarán interpretando teatro e incluso ejerciendo como presentadora. Tenía la evidente intención de terminar desarrollando labores también detrás de las cámaras. Mostró serias aptitudes para el guión y la dirección, ganando incluso algunos premios como directora de cortometrajes. Sin embargo, un accidente de coche en el desierto del Sahara (su vehículo volcó cuando intentaba evitar atropellar a un animal) se llevó su vida por delante cuando contaba solamente 30 años y una muy prometedora evolución profesional por delante. Una verdadera pérdida.

Sandra Mozarowsky

Sandra Mozarowski

De madre española y padre ruso, esta actriz apenas había empezado a despuntar en la cinematografía nacional, labrándose una creciente fama cuando murió extrañamente a los 18 años después de caer por una ventana. Numerosos rumores rodearon su muerte: que si su piso estaba financiado por el Ministerio de Defensa, que si había sido asesinada para ocultar un romance —embarazo incluido— con una de las más altas personalidades del estado (la más alta, de hecho)… dichos rumores fueron después reactivados por voces como la de Andrew Morton o incluso Mario Conde. De belleza cautivadora, su breve paso por el cine erótico y las sesiones fotográficas quedó oscurecido por la truculenta trama de novela negra que pudo ocultarse tras su misteriosa desaparición, de la que resulta difícil decir cuánto hay de verdad o no. Hagan una búsqueda en Google al respecto, porque el tema es más que (desgraciadamente) interesante y —desde ya se lo digo— les va a sorprender sobremanera.

Verónica Miriel

Veronica Miriel

Para mí, otra de las mayores bellezas de la historia del cine español e incluso del cine mundial de la época (quien albergue dudas al respecto, puede verla al inicio de este trailer, es la chica del teléfono) que filmó unas cuantas películas eróticas e hizo también aparición en el cine convencional, tanto en España como en Italia. Su carrera parecía ir bastante bien pero un buen día, a principios de los 80, abandonó el cine por las buenas, retirándose a su Andalucía natal para dedicarse por entero a la pintura.

Marie Liljedahl

Marie Liljedahl

Esta actriz sueca debutó en el cine a los 17 años, tras haber sido descubierta por un director durante una actuación con la compañía de ballet a la que pertenecía. Filmó la película Inga, bastante atrevida para el cine de 1968, que despertó cierto revuelo y que la convirtió instantáneamente en un icono sexual internacional. Su repentina popularidad la llevó a aparecer en la revista Playboy más de una vez, aunque esa fama se desvaneció casi con la misma rapidez con la que había llegado, y Marie dejó el cine tras haber aparecido únicamente en un pequeño puñado de películas.

Jeane Manson

Jeane manson 1

Curiosa carrera la de esta estadounidense. Tras filmar en su país algunos filmes eróticos y softcore como The Young Nurses, se convirtió en “chica del mes” y póster central de la revista Playboy. Sin embargo, su mayor momento de popularidad llegó más adelante (y tuvo poco que ver con el cine), cuando se mudó a vivir a Europa y comenzó a grabar discos en Francia, llegando incluso a representar a Luxemburgo en el festival de Eurovisión.

Eva Lyberten

Eva Lyberten

Una de las actrices más conocidas del softcore español junto a Andrea Albani/Laly Espinet, con quien coincidió en el ahora “clásico” del porno blando La caliente niña Julieta. También adoptó un nombre artístico exótico dado que el suyo —Herminia Benito— no era demasiado glamouroso. También como Laly Espinet, llegó a tener cierto renombre entre los aficionados al género de allende nuestras fronteras. Su estrella también fue apagándose conforme amainó la fiebre del cine “S”.

Kitten Natividad

Kitten Natividad

Célebre por sus apariciones en películas del norteamericano Russ Meyer como Up! o Beneath the Valley of the Ultra-Vixens, la actriz mexicana había empezado a dedicarse profesionalmente al striptease antes de debutar en el celuloide. Tras alcanzar la popularidad trabajando para Meyer (con quien mantuvo una larga relación sentimental), durante años combinó las sesiones de fotografía y filmaciones eróticas de poco presupuesto con cameos generalmente anecdóticos en el cine convencional. Finalmente terminó introduciéndose —de forma bastante tardía, por cierto— en la industria pornográfica, al parecer motivada por necesidades económicas, algo que disgustó a no pocos fans de sus antiguas películas sexploitation. Con el transcurso de los años, aquellos primeros implantes de silicona que se había hecho en México (al parecer, bastante chapuceros ya que contenían un tipo de silicona industrial no apta para el uso médico) terminaron provocándole cáncer de mama, por lo que terminó sufriendo una doble mastectomía. No obstante se recuperó, aunque es sabido que su situación financiera ha continuado sin ser demasiado buena, en parte debido a la racanería del difunto Meyer.

Cynthia Myers

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Antes de ser actriz, Cynthia Myers ocupó la portada de Playboy con fotografías realizadas cuando era todavía menor de edad, aunque la revista no publicó aquellas imágenes hasta que hubo cumplido los 18. Aquellas fotografías la convirtieron en un icono sexual entre las tropas desplazadas a Vietnam, y posteriormente realizó más sesiones para la famosa revista. No obstante, obtuvo su mayor fama gracias su colaboración con Russ Meyer; podemos verla en el famoso film Beyond the valley of the dolls. Sin embargo, como sucedió con muchas otras actrices de la “factoría Meyer”, nunca consiguió dar el salto exitoso al cine convencional y su nombre fue únicamente mantenido en el recuerdo gracias al renacido culto que existe desde hace ya unos cuantos años a aquellas antiguas películas.

Annie Belle

Annie Belle

Actriz francesa fácilmente reconocible por el look usual en muchas de sus películas (cabello muy corto) que alcanzó bastante notoriedad durante los 70, participando incluso en la saga Emmanuelle. Tras unos años breves pero intensos en los que trabajó al menos en una treintena de largometrajes, se retiró repentinamente del cine para estudiar psicología a mediados de los ochenta. Después comenzó a trabajar con enfermos mentales, actividad en la que continúa envuelta a día de hoy.

Mireille Dargent

Mireille Dargent

Su paso por el cine erótico fue muy breve, siendo durante un tiempo una de las actrices favoritas del director francés Jean Rollin, especializado en filmes de terror con ribetes eróticos y para quien Mireille constituía un perfecto instrumento que combinaba belleza con un aura inquietante y sobrenatural. Apenas rodó un puñado de largometrajes antes de desaparecer completamente de escena, habiéndose dedicado al cine solamente durante unos cinco o seis años.

Roberta Pedon

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Actriz norteamericana que filmó algunas películas eróticas y bastantes cortometrajes softcore durante los años 70, aunque después permaneció olvidada durante bastante tiempo. De hecho, buena parte de su popularidad llegó muchos años más tarde, cuando —sobre todo gracias a Internet— se redescubrieron sus numerosísimas sesiones fotográficas para revistas eróticas (en las que casi siempre aparecía ataviada como una hippie), convirtiéndose en un objeto de culto y en una de las pin-ups más reconocibles de los años 70. Su vida estuvo completamente envuelta en el misterio, ya que de ser una de las modelos eróticas más solicitadas de su tiempo había pasado a desaparecer por completo sin explicación alguna. Se rumoreaba que podría haberse retirado del negocio al estilo Bettie Page, pero solo después se supo que en realidad había muerto de sobredosis en 1982, con solamente 28 años de edad. Sus películas son espantosamente malas pero tienen el atractivo de mostrar en movimiento a la que durante años fue uno de los sex symbols más enigmáticos del negocio.

Bueno, hasta aquí una primera tanda de nombres. Pueden añadirse bastantes más a la lista, pero lo dejaremos para una próxima parte.


Russ Meyer: Mucho más que un par de tetas


Las mujeres de Meyer son siempre más poderosas que los hombres… Mirando hacia atrás parece más un empoderamiento que una explotación. ¿Cuánto de ello era consciente y cuánto inconsciente? No creo que fuera algo calculado. La mayor parte de lo que hacía Russ le venía de las tripas”. Hugh Hefner

Siempre que afirmo que Russ Meyer es uno de mis directores de cine favoritos, alguien levanta las cejas y piensa: “vaya, otro pervertido obsesionado por las tetas grandes”. Y en parte será cierto (no lo voy a negar a estas alturas), pero hay mucho más que enormes dirigibles en el cine de Russell Albion Meyer, fascinante por muchos motivos.

El primero, por supuesto, son las espectaculares actrices con las que trabajó: Tura Satana, Uschi Digard, Erica Gavin y tantas otras: “mujeres con una exuberancia y una vitalidad que ya no se encuentran en el cine”, según la feminista Camille Paglia. Imaginad a un arqueólogo extraterrestre excavando en una Tierra devastada por la Cuarta Guerra Mundial. Si sólo encontrase el Sumo de Helmut Newton o el Clic de Manara, pensaría que todas las mujeres terrícolas eran modelos elegantes y esculturales… Y si encontrase la filmografía de Russ Meyer, su conclusión lógica sería que el tamaño mínimo de pechos de la hembra humana era de 120 centímetros. Sin embargo, no basta con la medida de copa del sujetador para describir a las inolvidables mujeres meyerianas, muy alejadas del look siliconado y bastorro de las estrellas del porno reciente. Las “chicas Meyer” acompañan los pechos grandes con una curvilínea figura de pin-up, cinturita de avispa y, sobre todo, una actitud hipersexual y dominante: son mujeres excesivas, “bigger than life“, siempre más poderosas que los hombres que las rodean.

En los mojigatos sesenta Meyer retrató mujeres que luchan (a veces literalmente, véase la escena del pajar de Supervixens) con los hombres para conseguir su propia satisfacción sexual, y que se enfrentan a durísimas y violentas situaciones de las que suelen salir victoriosas. Se podría decir que Meyer era un feminista involuntario, en sus películas y en la vida: soltaba borderías machistas medidas para escandalizar (“jamás he visto una feminista guapa”), pero fue una mujer quien dirigió su distribuidora y coprodujo muchas de sus películas en una época en que la presencia femenina en los despachos de Hollywood era casi inexistente.

Russ fue un tipo contradictorio: tanto podía echarse a llorar al ver Casablanca como amenazar a su equipo durante un rodaje con una pistola cargada. Contagiadas de su espíritu volcánico, sus películas son una brutal anarquía cinematográfica pop que mezcla en un cóctel explosivo rock and roll, pornografía softcore, argumentos absurdos y un montaje frenético de ametralladora veinte años antes que la MTV (como recuerda el montador de Beyond the Valley of the Dolls, nadie parpadea en las películas de Meyer: no hay planos suficientemente largos para ello).

Las películas de este “Fellini rural” (así quería titular Meyer su autobiografía) no son sólo un testimonio de la era del softcore, sino que están tan bien filmadas que siguen funcionando hoy en día: cada proyección de Faster, pussycat! Kill! Kill! reúne a centenares de fans, y su herencia estética y visual ha dejado huella en la cultura popular y en directores como Quentin Tarantino. El secreto del éxito de Meyer es que se tomaba su trabajo en serio: era un perfeccionista obsesivo en una época y un género (el de la sexploitation) en que lo habitual era la chapuza.

Como veremos en este monográfico meyeriano para Jot Down (tan titánico como los zepelines que amaba Russ), la vida de Meyer es tan absurda como sus películas. De lo mucho que se ha escrito sobre él, recomiendo encarecidamente la biografía Big bosoms and square jaws, de Jimmy McDonough, un libro vibrante y entretenidísimo que se está usando como base para el futuro biopic de Meyer, dirigido por David O. Russell. Aún no se conocen detalles del guión, pero me apostaría el hígado a que en la primera escena aparecerá la mujer más importante para Russ… Su madre.

Las aventuras del sargento Meyer

Russ siempre fue muy directo en el sexo: abrazo, beso, toque y adentro”. Jane Hower

Es tentadoramente freudiano rastrear la raíz de las pechugonas obsesiones cinematográficas de Meyer en su infancia y su tormentosa vida familiar: una hermana esquizofrénico-paranoide, una madre exuberante, dominante y controladora a la que Russ amaba con locura pero con la que intentó mantener una cierta distancia…

Su padre fue un policía de origen alemán que abandonó a su familia dos semanas después del nacimiento de Russ, y su padrastro, Howard Haywood, fue un tipo enclenque maltratado verbal y físicamente por su esposa. Con un poco de psicología Fisher-Price podemos hacer paralelismos entre estas dos figuras paternas y los personajes masculinos del cine meyeriano: por un lado policías psicópatas, nazis dementes o moteros asesinos; por el otro maridos impotentes, tímidos, inadecuados en la cama y fácilmente manipulables ante la indiscutible superioridad femenina.

Linda Meyer empeñó su anillo de bodas para comprarle a su hijo su primera cámara (una UniveX Cine 8), y desde entonces apoyó siempre sus ambiciones… Y criticó siempre a sus parejas, a las que llamaba “vacas”: ninguna mujer era lo suficientemente buena para su Russ (cortocircuito mental: Russ Meyer acudiendo a ¿Quién quiere casarse con mi hijo?). Es interesante que el punto de vista más frecuente en los encuadres meyerianos sea el lower view: la cámara baja, a la altura de la visión de un crío, mirando hacia las torres de imponente y pechugona femineidad de sus actrices.

Sin embargo, el punto clave para entender la forma de rodar de Meyer es su paso por la II Guerra Mundial, que por extraño que suene fue la época más feliz de su vida. Meyer se alistó voluntariamente como fotógrafo de combate y acabó como sargento en 1944 en la 166º Compañía Fotográfica, una de las más condecoradas de la guerra. Meyer descubrió allí un talento innato para la composición de imagen, y una tozudez y perfeccionismo que podría confundirse con valor extremo ante el peligro. Parte de su excelente metraje de combate se utilizó en películas y documentales posteriores, entre ellas la monumental Patton.

De forma algo más retorcida, la mano de Meyer está también tras Dirty Dozen (Los doce del patíbulo). Russ y su amigo Charlie Sumners fueron enviados a filmar una extraña prisión poblada por patibularios exsoldados, en una misión secreta de la que nunca supieron más detalles. Meyer le explicó la historia a E.M. Nathanson, que la convirtió primero en novela y más adelante en película, dándole a Russ un diez por ciento de los beneficios como agradecimiento.

Russ perdió la virginidad en Francia gracias al mismísimo Ernest Hemingway, que invitó a algunos miembros de la 166ª a un burdel local. Un nerviosísimo Russ pidió acostarse con la chica que tuviera los pechos más grandes: una tal Babette a la que décadas más tarde Meyer dedicaría varias páginas de su autobiografía recordando cada gemido y cada crujido del colchón.

Su paso por la guerra le moldearía de muchas maneras: no sólo conocería allí a sus más fieles amigos, sino que el Meyer cineasta planearía sus rodajes como campañas militares. Puntualidad, trabajo duro, ambiente espartano… Por ejemplo, estaba terminantemente prohibido follar durante el rodaje para conservar las energías: nunca hay un momento de descanso para el sargento Meyer.

 

Siempre quise ser fotógrafo de Playboy

A pesar de sus enormes manos, Russ manejaba la cámara suavemente, como si fuera una amante” Kitten Natividad

Tras la guerra Meyer trató sin éxito de entrar en Hollywood, y tuvo que conformarse con filmar aburridos vídeos industriales de propaganda que influirían extrañamente en su estilo posterior (por ejemplo, en su manía de incluir extemporáneas voces en off). Un breve matrimonio con Betty Valdovinos fue su intento más serio de sentar cabeza, pero uno de los motivos por los que duró poco casado fue por el descubrimiento de que fotografiar pin-ups se le daba extraordinariamente bien.

Empezó retratando a voluptuosas strippers (como la reina del burlesque Tempest Storm) y a las pin-ups de revistas como Gent, Frolic y, más adelante, Playboy. Actrices famosas acabarían posando ante su cámara, aunque su favorita siempre fue (qué buen gusto tenía el amigo Russ) Anita Ekberg. Fue así como conoció a la guapísima Eve Turner, que no tardaría en convertirse en Eve Meyer: una mujer inteligente, voluptuosa y de fuerte carácter con la que Russ conectó enseguida. Juntos formaron un equipo potentísimo: Eve era una negociadora nata que coprodujo algunas de las mejores películas de Russ bajo el nombre de Eve Productions. Tras su divorcio amistoso continuaron manteniendo una buena amistad hasta 1977, cuando se interpuso en su camino el peor accidente de la historia de la aviación: la colisión del Aeropuerto de Los Rodeos, en Tenerife. Un Meyer destrozado (su amigo Charlie Sumners le recuerda llorando durante horas) hizo grabar sobre la tumba de su ex mujer una última y apropiada declaración de amor: “Three times a lady”.

 

Nadie pidió que le devolvieran el dinero  

Russ not only brings out the breast in women, he brings out the best in women”. Haji

1959. Mientras juega a poker con unos amigotes del ejército, Meyer tiene una idea brillante: convertir a uno de ellos (un alcohólico con cara de pervertido llamado Bill Teas) en el protagonista de su primera gran película, la que debería enterrarle en dólares.

The immoral Mr Teas se diferenciaba de cualquier film de su época en que era una película erótica que no se avergonzaba de serlo. En aquellos años cualquier inclusión de desnudos en una películita de las llamadas nudie-cuties debía incluir una retorcida justificación argumental y/o una buena ración de moralina. Las advertencias educativas e inspiradoras sobre los peligros del aborto o el alcohol eran excusas necesarias para poder incluir escenas de jóvenes guapas y promiscuas, que acababan recibiendo un duro castigo (o redimiéndose con una boda repentina) al final del metraje… Aunque la excusa más habitual era la filmación de campamentos nudistas por su presunto valor antropológico, como recuerda Miguel López-Neyra en un artículo vecino.

En Teas no hay nada de eso: el guión es una gilipollez (un tipo al que la anestesia de un dentista le permite ver a todas las mujeres desnudas, como El hombre con rayos X en los ojos versión softcore), pero no hay ningún tipo de justificación, reflexión pseudomoralista ni castigo final: el ambiente general es de sano cachondeo lúbrico y desinhibido. Y aunque Teas haya envejecido fatal (es completamente inseparable de su época), está realmente muy bien filmada, con el montaje entusiasta que se convertiría en habitual en Meyer y una enorme puntería para los encuadres sexys y provocadores.

Casi nadie creyó durante el cutrísimo rodaje que The inmoral Mr Teas fuera a recaudar un solo dólar, pero Meyer rió el último: la peli costó apenas 24.000 dólares y recaudó más de un millón y medio en pequeños cines, convirtiéndose en la primera nudie-cutie comercialmente viable y haciendo nacer todo un género de películas sesenteras que combinarían comedia y erotismo generalmente ingenuo: las pelis de sexploitation. Desgraciadamente pocos directores tenían el ojo cinematográfico de Meyer, y lo que más abundó fueron las pelis tediosas, mal filmadas y con trailers mil veces más interesantes que la película en sí.

Quizá el más divertido de los maestros de la sexploitation fuera David F. Friedman, amigo de Meyer y autor de inolvidables basuras como El turco lujurioso o Los corruptores. Siempre en la cresta de la ola, Friedman fue de los primeros en experimentar con el gore (Blood feast) o ese subgénero del porno demente que haría las delicias de Max Mosley, la Nazi sexploitation, con esa joya trash llamada Ilsa, la loba de las SS. A diferencia de Meyer, Friedman no se preocupó jamás de hacer buenas películas, pero lo que lo convierte en un personaje simpático es que nunca se avergonzó de ello: “He filmado películas horrendas, pero no pido perdón por nada. Nadie pidió que le devolvieran el dinero”.

Mientras tanto, Meyer filmaba una película tras otra, ninguna especialmente notable pero todas a años luz de la sexploitation del momento: Eve and the handyman (con su esposa Eve y su amigo James Ryan), Wild Gals of the Naked West (reinterpretada en este curioso vídeo reciente), Europe in the rawPero algo estaba cambiando en el viento y el astuto Russ sería el primero en olerlo.

 

De los nudie-cuties a los roughies

En el fondo he hecho lo mismo que DeMille hizo en su día: cortarle la cabeza al protagonista y lanzarlo a los leones. Lo único nuevo que he añadido son las tetas grandes”. Russ Meyer

Tras el asesinato de Kennedy, la guerra de Vietnam y la confusión del nacimiento del movimiento hippie, el gran público estaba furioso o desconcertado, y Meyer predijo con acierto que la época de los ingenuos nudie-cuties había pasado. Era la hora de las roughies: películas eróticas con mucha más violencia, sordidez y oscuridad… Sin olvidar los meyerianos pechos descomunales.

La estrella elegida para la primera roughie de Meyer fue la intimidante Lorna Maitland, la única actriz que ha trabajado con Meyer y que sin embargo le odiaba, no está muy claro por qué. Rodada en apenas dos semanas en 1963, Lorna sería la primera de las películas de lo que el crítico Roger Ebert llamaría más adelante “el periodo gótico de Meyer”: cuatro films rodados en blanco y negro y (por primera vez) 35 mm que se convertirían en los más importantes de su carrera. Cuando se le preguntaba por qué se había pasado al melodrama en blanco y negro, el bromista y mitómano Meyer respondía cada vez algo diferente: podía ser por inspiración del neorrealismo italiano de Arroz Amargo y minutos más tarde porque no tenía presupuesto para filmar en color.

Los planos iniciales de Lorna muestran una carretera que avanza con una implacabilidad más propia de los raíles de Europa. De repente, un predicador parado en medio de la carretera hace detenerse a la cámara y suelta un horrendo discurso moralista: “¿sabes a dónde lleva esta carretera? ¡A la perdición!”. Perdámonos todos, pues, en una confusa historia de mujeres insatisfechas, maridos débiles y exconvictos asesinos, que mezclaba violentas escenas de violaciones y desnudos con intensos planos dramáticos absurdamente bergmanianos.

Lorna fue un cartucho de dinamita encendido que Meyer lanzó al mundo: cuando el distribuidor favorito de Russ la vio por primera vez, masculló: “mierda, ¡vamos a ir todos a la cárcel!”. Sin embargo, Meyer volvió a nadar en dólares gracias a los autocines, pero despertó en el proceso al dragón de la censura: Lorna fue perseguida con saña en al menos cuatro estados. Eso no preocupó a Meyer, consciente de que cuanto más escándalo provocaba una película, más aumentaba su recaudación.

En 1965 se estrenó Mudhoney, “mi homenaje a Las uvas de la ira”, según Meyer. A pesar de ser una roughie y contar por lo tanto con su ración de sexo y violencia, es muchísimo más divertida que Lorna, tal vez por contar con una caterva de personajes secundarios que casi parecen descartes del Freaks de Tod Browning. En Mudhoney aparece, por primera vez con un buen papel, la extrañísima anciana llamada Princess Livingston, cuyo cloqueo (me resisto a llamarlo risa) se convertirá en presencia habitual.

La tercera película “gótica” fue protagonizada por una de mis “chicas Meyer” favoritas: la extraterrestre apodada Haji por motivos poco claros (“vine de visita con mi familia desde otra galaxia, y aterrizamos en Quebec. Los terrícolas sois gente muy extraña”). Sensual y autoritaria, Haji llena la pantalla en Motor Psycho, la historia de una banda de moteros violadores hiperviolentos que acabó siendo famosa por ser una de las primeras películas en mostrar a un veterano traumatizado por la guerra de Vietnam.

Tras Motor Psycho, Meyer tuvo una iluminación: cambiar el sexo de los moteros pero no su actitud criminal. De una premisa tan simple nació la mejor película de Meyer y una obra maestra indiscutible: Faster, pussycat! Kill! Kill!

 

¡Más rápido, gatita! ¡Mata! ¡Mata!

“Como un guante de seda forjado en hierro. Como la cámara de gas… Varla, una tía divertida”. Billie, en Faster, pussycat!Kill! Kill!

Para el guión de Pussycat Meyer contaría por primera vez con un escritor magnífico que rebosaba sarcasmo: Jack Moran, “el hombre que hablaba usando one-liners”. Alcohólico y descreído, aceptó trabajar por el salario mínimo y unas botellas de whisky, encerrándose en un hotel hasta que hubo terminado el magnífico guión. Pero para convertir una película en obra de culto no basta con un buen guión, hace falta también una estrella inolvidable. Y Tura Satana, en su primera y última colaboración con Meyer, lo fue.

La historia de su vida parece salida de un guión de Tarantino (que, no por casualidad, se ha declarado fan suyo). Nació en Hokkaido con el nombre de Tura Luna Pascual Yamaguchi, hija de padre japonés-filipino y madre cheyenne-escocesa-irlandesa: una mezcla de razas y continentes que dio como resultado a una mujer guapísima de enormes pechos y carácter inflamable. Tras un breve paso por un campo japonés-norteamericano, su familia se estableció en Chicago, donde su vida no resultó fácil.

Cuando tenía diez años fue violada y apaleada por un grupo de cinco hombres mientras volvía del colegio. Los violadores no llegaron nunca a juicio, y hubo rumores de que se sobornó a un juez para mantener bocas cerradas. La pequeña Tura reaccionó aprendiendo aikido y karate para convertirse en una mujer fuerte a la que no pudiera volver a ocurrirle algo así. Y desde luego, no renunció a buscar venganza: “me prometí a mí misma que algún día, de alguna manera, ajustaría cuentas con todos ellos”. Dice la leyenda que quince años más tarde Tura se vengó de ellos uno por uno, revelándoles su identidad sólo después de la paliza de turno: “no supieron quién era hasta que se lo dije”. Puro Kill Bill cuando Tarantino aún llevaba pañales.

La Tura adolescente lideró una banda de moteras (“éramos un poco delincuentes, pero principalmente estábamos ahí para asegurarnos de que a ninguna otra chica le pasara lo que a mí”), fue brevemente cantante de blues, posó desnuda en fotografías para el cómico Harold Lloyd y acabó como bailarina burlesque y stripper con el nombre de Galatea, la estatua viviente: un nombre apropiado para una mujer escultural. Sus números de baile eran extraordinarios (es especialmente recordado uno en que hacía acrobacias llevando tacones altos), y llamaron la atención de un jovencísimo Elvis Presley, al que Tura se ofreció a enseñarle pasos de baile. Una cosa llevó a la otra y ambos empezaron una tórrida y muy comentada relación que terminaría cuando Elvis le propuso matrimonio y Tura lo rechazó (aunque se quedó el anillo, chica lista). Por suerte Elvis no reaccionó como el anterior fan al que Tura rechazó una propuesta de matrimonio, que minutos después de recibir el “no” se voló la cabeza.

Tura coincidió con Haji en el club The Losers de Los Ángeles, local en que Meyer descubriría a la mayor parte de sus chicas. En un memorable primer encuentro con Meyer durante el casting de Pussycat, Satana soltó un “creo que el personaje necesita más pelotas” y recitó algunas frases con tal convencimiento que Meyer la fichó de inmediato para interpretar a Varla, la líder de la banda de moteras. Acababa de nacer una versión malvada y trash de la flamígera Emma Peel de Los Vengadores, que comenzaría su andadura también en 1965 (buen año para las femme fatale). Pussycat juntó a mujeres explosivas: Satana, Haji, la impresionante Lori Williams… Y la jovencísima e ingenua Susan Bernard, que se pasó todo el rodaje acompañada de su sobreprotectora madre y aterrorizada por el resto de chicas. Susan (que se convertiría un año más tarde en la primera playmate judía) no recuerda aquellos días con demasiado cariño, aunque sí con un comprensible puntito de nostalgia…

Tura modificó el personaje de Varla a su gusto decidiendo su look inolvidable (¡esos guantes de cuero negro, ese escote kilométrico!), añadiéndole su propio dominio de las artes marciales e improvisando alguna de las mejores frases de la película. De hecho no se detuvo ahí y pasó la mayor parte del rodaje sugiriendo planos y situaciones: para el controlador Meyer aquello era intolerable. Frustrada al ver rechazada una buena idea (filmar las ruedas del coche girando frenéticamente durante un atropellamiento), Tura estuvo a punto de partirle la cara a Russ y en el último momento golpeó en su lugar una pared, fracturándose la mano. A regañadientes, Meyer acabaría haciéndole caso: gran parte de la chispa que desprende Pussycat se debe a la fricción de estas dos fuerzas de la naturaleza.

Ya desde el primer día Tura quiso marcar territorio: cuando le informaron de la regla número uno de los rodajes meyerianos (“aquí no se folla”) se presentó ante Meyer diciendo “si no hago el amor al menos una vez al día me pongo de mal humor y no actuaré bien, Russ”. Meyer se ofreció a “ser su semental”, siempre dispuesto a sacrificarse por sus películas, pero Tura prefirió a un ayudante de cámara al que exprimió durante todo el rodaje.

La película fracasó en taquilla, pero es una puñetera obra de arte cinematográfico de la que se ha alabado su montaje eisensteniano o la estética (tanto de las chicas como de la propia película), que quedaría grabada a fuego en el inconsciente colectivo. Se pueden encontrar rastros de Pussycat en camisetas, posters, flyers, blogs, nombres de grupos de música, homenajes como el Death Proof de Tarantino o Quiero la cabeza de Alfredo García, de Peckinpah…

Lenta pero firmemente, Pussycat fue convirtiéndose en película de culto, ganando más y más fans en cada reposición. En 1983, casi veinte años después del estreno, el divertidísimo grupo de garage punk The Cramps (del que soy fan fatal, como ya explicaré algún día) grabó una famosísima versión de la canción principal de Pussycat en el álbum de su primer directo, llamado Smell of female en honor del monólogo inicial de la película.

Meyer no volvió a rodar nunca con Satana, algo de lo que se arrepentiría más tarde: era muy difícil convivir con ella durante un rodaje, pero fue precisamente su enfrentamiento lo que hizo nacer un producto único e irrepetible. Pero lo que necesitaba ahora Meyer, de vuelta en 1965, era llenar sus maltrechos bolsillos.

 

Una raya de coca cinematográfica

Un par de minutos de Meyer y ya sabes que has caído a través de un agujero en el tejido del universo” Jimmy McDonough

Para reponerse del fracaso comercial de Pussycat, Meyer rodó en apenas cinco días una de sus películas más absurdas y maníacas, descrita por McDonough como “una raya de coca cinematográfica”. El título ya era toda una declaración de intenciones: MondoTopless, un falso documental sobre strippers de enormes pechos que carece de argumento reconocible. Con un montaje atropellado y convulsivo incluso para los estándares de Meyer, Mondo Topless es una sucesión de viñetas explosivas: bailarinas retozando en el desierto abrazadas a una radio, strippers saltarinas, metafóricos trenes que se lanzan hacia los espectadores… Para acabar de hacer la película surrealista, al montador de sonido se le ocurrió eliminar las preguntas del entrevistador a las strippers, dejando sólo las respuestas y convirtiendo las entrevistas en monólogos inconexos.

El gran descubrimiento de Mondo Topless es la impresionante Babette Bardot, gigantesca actriz medio francesa medio sueca con las improbables credenciales de ser la cuarta prima de Brigitte Bardot y haber posado para Picasso a los quince años. Podéis haceros una idea tanto de Babette como de Mondo Topless con este magnífico vídeo: imaginad ahora sesenta minutos a este ritmo demencial y entenderéis que los espectadores de 1966 acabaran extenuados… Aunque la película fue un exitazo de autocine, recaudando muchísimo más que Pussycat.

Mondo Topless es un buen ejemplo de la influencia que tuvo sobre Meyer filmar documentales industriales en su juventud: la voz en off que preside la película adopta el mismo tono que en las teletiendas o los No-Do. O, en palabras de John Waters: “Russ fue un gran cineasta: sabía filmar y editar películas con un estilo propio. Podías reconocer inmediatamente una película de Russ: filmaba pelis industriales con tetas”.

 

Un método mucho mejor que el Stanislavski

No pretendo ser un artista sensible. Dame una película en que un coche atraviesa un escaparate y el conductor es apuñalado por una rubia tetona guiada por un músico enano. ¡Las películas deberían correr como trenes de alta velocidad!” Russ Meyer

En 1967 Meyer filmaría dos películas divertidísimas guionizadas por Jack Moran: Common Law Cabin y Good Morning… and Goodbye! La primera es un confuso revoltillo de chicas dominantes y esculturales, maridos humillados y un policía psicópata, colisionando durante unas vacaciones paradisíacas. O ese era el plan, al menos, hasta que por problemas de presupuesto se cambió el escenario inicial (una islita hawaiana) por una infecta cabaña en medio de la nada cerca del río Colorado, en Arizona. El rodaje fue una pesadilla plagada de incidentes: barcos que se estropeaban, electrocuciones, peleas y animales salvajes.

Las estrellas de Common Law Cabin son Babette Bardot y Alaina Capri: en este vídeo absolutamente hilarante podréis comprobar el inimitable estilo de Babette para cortar leña con un puñetero machete: siempre me río con esta escena aunque la haya visto veinte veces.

Durante el rodaje Russ aplicó una técnica meyeriana de interpretación absolutamente descojonante que rivaliza con la del mismísimo Stanislavski: justo antes de empezar una escena, Meyer le encargaba a su lugarteniente George Costello que cogiera a la actriz principal por los hombros y la agitara fuertemente de un lado a otro. Cuando inmediatamente después del meneo sonaba la claqueta y empezaba la escena, la actriz estaba “en el humor físico y mental adecuado para transmitir emoción al papel”. Russ ya había intentado aplicar esta revolucionaria técnica interpretativa en Pussycat, hasta que una mirada asesina de Tura Satana hizo que renunciase a la idea.

Otra historia que me encanta y que describe perfectamente el ambiente de demencia generalizado durante el rodaje es la escena en que Babette debía girarse de repente y golpear a un actor con un bolso. El problema fue que al girarse a destiempo abofeteó al actor en plena cara con una de sus enormes tetas en lugar de con la bolsa: “¡corten!”, gritó Meyer, “¡no hace falta repetir la escena, ha quedado perfecta!”

Good Morning… and Goodbye tuvo también a Alaina Capri como protagonista femenina, pero si resulta especialmente memorable es por la aparición de Haji en un papel hecho a su medida: la Catalista, una mujer mística y salvaje rodeada de animales y apenas vestida con hojas y flores, que ayuda al protagonista a recuperar su virilidad perdida. Falta le hacía: tanto el personaje como el actor sufrieron todo tipo de desgracias. Prestad atención por ejemplo a la escena en que el protagonista es capturado por el típico lazo-trampa que le suspende boca abajo por los tobillos: los gritos de dolor del actor son absolutamente reales, ya que la cuerda demasiado fina y tensa por poco le partió en dos.

¿Es una mujer? ¿O un animal?

Russ era un fetichista. Siempre se hacía el macho, pero estaba obsesionado con las tetas. Apenas podía hablar de nada más que de tetas… ¡Pero poca gente convierte su fetiche en un género cinematográfico!” John Waters

Echad un vistazo a esta belleza morena de mirada despierta y cejas prominentes: su nombre es Erica Gavin, y a pesar de tener pechos pequeños para los estándares meyerianos, Russ la contrató para su nueva película con el razonamiento algo peregrino de que su talla ligeramente-menor-que-titánica haría que las mujeres del público se identificaran más fácilmente con ella. Russ se proponía subir la apuesta del softcore: si en películas “serias” como Blow Up se mostraban escenas lésbicas sin recato, la próxima peli de Meyer tenía que ir más allá… Y caray si lo consiguió.

En Vixen, anunciada con el infame slogan “¿Es una mujer o un animal?“, hay lesbianismo, sexo interracial (bien poco frecuente en aquellos años), incesto entre hermanos y una especie de provocadora felación a un pez (!). Erica Gavin resulta involvidable como la hipersexual y salvaje Vixen, un personaje difícil que empieza siendo racista hasta llegar a la concordia de los pueblos a través del sexo (ríete tú del olimpismo).

En particular la escena lésbica resulta muy tórrida y excitante: a pesar de que a Erica Gavin le daba muchísimo miedo y vergüenza, finalmente logró abstraerse y actuar con una naturalidad y un abandono increíbles. Terminada la escena, Meyer gritó: “¡Corten! Voy a cambiarme los pantalones”. No era para menos: la cara de placer de Gavin es lo suficientemente memorable como para que se hayan impreso posters y camisetas con ella (yo tengo una de Annexia).

Es probable que Meyer se enamoriscase de Erica Gavin, aunque como el niño que tira de las coletas a la chica que le gusta, sólo supiese demostrarlo siendo especialmente duro con ella en los rodajes. Con ello sólo consiguió echarla en los brazos de su mano derecha George Costello (sí, el que se encargaba de “agitar” a las actrices en Common Law Cabin), que la consolaba con tal vez demasiado cariño. Costello y Meyer rompieron cualquier contacto durante treinta años después de Vixen, y Erica Gavin nunca acabó de recuperar completamente la confianza de Russ: participaría en alguna otra película, pero acabó cayendo en la anorexia, las drogas duras y el alcohol. Russ le ayudó de vez en cuando con dinero y algún que otro enchufe, hasta que Erica sentó cabeza trabajando en una tienda de ropa de West Hollywood que acabaría regentando. A John Waters siempre le hizo gracia imaginarse a los clientes de la pijísima tienda atendidos amablemente por una guapa señorita, sin preguntarse en ningún momento: “¿Es una mujer o un animal?”

I was glad to do it

Los moralistas y censores son los mejores publicistas del pornógrafo”. Russ Meyer

Vixen costó 68.000 dólares y recaudó más de veintiocho millones: el mayor éxito de la carrera de Meyer. Por desgracia, su popularidad la convirtió en el blanco perfecto para quienes abogaban por la prohibición de la pornografía, y los caminos de Russ Meyer y Charles Keating se cruzaron por primera vez.

Keating es un personaje complejo, apasionante y perfectamente hostiable. Abogado, atleta, banquero y defensor de las bondades de la erradicación de la pornografía, Keating mantuvo durante décadas una cruzada moral que le enfrentó a cara de perro con Russ Meyer o Larry Flynt: algunos recordaréis a Keating con la cara de James Cromwell en El escándalo de Larry Flynt. Como ocurre a menudo con muchos moralistas, parecía sentir una morbosa fascinación por la misma pornografía que intentaba prohibir: en sus oficinas conservaba decenas de revistas eróticas para mostrar a los escépticos la gravedad del “drama de la pornografía”, y sus descripciones resultaban siempre un poco demasiado vívidas y detalladas.

El día del estreno de Vixen en Cincinatti Keating logró que la policía detuviera la proyección e interviniera todas las copias, y la batalla legal subsiguiente fue un fracaso para Meyer: aún hoy en día está oficialmente prohibido proyectar Vixen en Ohio (la última vez que se intentó fue en 1984). Keating y Meyer se convirtieron en Moriarty y Sherlock, chocando en decenas de ocasiones y haciendo saltar chispas en cada encuentro. En su rifirafe más famoso, Keating afirmó que Meyer había hecho más que nadie para dinamitar la moralidad de la nación, y Meyer respondió: “I was glad to do it” (“lo hice con mucho gusto”), frase contundente que se convirtió en literalmente lapidaria años más tarde, cuando fue incluida como epitafio en su tumba.

Confieso que considero a Keating un tipo despreciable. Para empezar, por esta famosa frase suya: “se pueden consultar expertos y realizar estudios, pero el hecho de que la obscenidad corrompe yace en el sentido común, la razón y la lógica de todo hombre”. Que se emplee el “sentido común” como argumento me hace llevar la mano a la pistola: odio esa paupérrima (y cada vez más frecuente) argumentación que apela al sentimentalismo vacío y al prejuicio disfrazándolos de lógica.

Keating acabó pasando cuatro años en la cárcel por fraude y estafa: un sucio asunto con sobornos y agencias de rating que hizo perder sus ahorros a miles de personas. Y no puedo resistirme a comentar la ironía definitiva sobre el mayor perseguidor de Meyer: cuando Keating cayó en desgracia se descubrió que le gustaban tanto las tetas grandes como para haberle pagado un aumento mamario a doce de sus secretarias. La noticia le hizo mucha gracia a Russ, que incluyó en su autobiografía recortes de prensa sobre la caída de Keating acompañados de un sarcástico: “Et tu, Charlie?”.

Con censura o sin ella,un Meyer en racha estrenó en 1969 Cherry, Harry y Raquel, notable no tanto por el papel de la antipática Linda Ashton sino por marcar la primera colaboración importante de Charles Napier con Meyer: con su mandíbula firme, sonrisa psicopática y actitud criminal Napier representa la quintaesencia del macho meyeriano (todos los hombres de Meyer son impotentes o asesinos: Napier será ambas cosas). Esa primera película por poco se convirtió en la última de su vida: en una escena en que un personaje tenía que disparar a Napier, Meyer descubrió que no quedaban balas de fogueo y le indicó a un técnico que fabricara una a lo McGyver, sustituyendo la pólvora de una bala por papel higiénico y chicle mascado. El disparo con la cutre-bala trucada le agujereó el hombro a un sacrificado Napier cuyos gritos de dolor en esa escena son absolutamente reales.

Pero fue otra escena a priori más inofensiva la que puso en peligro la película: Charles Napier desenterrando lujuriosamente a una Linda Ashton desnuda y cubierta por la arena. Desgraciadamente Linda se llevó la impresión de que Russ aprovechaba el teleobjetivo de la cámara para filmarle las partes íntimas, lo que no entraba en su contrato. Ashton se equivocaba (Meyer era fetichista de los pechos, no de los coños), pero no hubo forma de convencerla: se cabreó y se fue del set rompiendo su contrato, lo que dejó la película corta de metraje.

La solución que encontró Russ fue memorablemente surreal: incluir a su amante, la inolvidable vikinga Uschi Digard, en el papel de Soul, “un personaje simbólico que añadirá un aire de misticismo a la película”. Planos completamente absurdos de Uschi galopando por el desierto vestida sólo con un tocado indio, o posando sobre el capó de un coche, o golpeando el agua de una piscina con una raqueta de tenis. Uno de estos surrealistas retablos es una imagen icónica de una extraña belleza: Russ en una piscina hablando por teléfono acompañado de una atómica Digard amenazadoramente inclinada sobre una copa de champagne…

Un Meyer en racha convirtió esta extrañísima película en otro exitazo que mereció buenas críticas y un artículo en el Wall Street Journal alabando sus películas y comentando que ingresaban cuarenta veces su coste… Un récord sólo igualado anteriormente por Lo que el viento se llevó.

El negro esperma de la venganza

Mis películas pueden tomarse a dos niveles: como parodias o completamente en serio. Supongo que son ambas cosas”. Russ Meyer


A finales de los sesenta la Fox necesitaba desesperadamente un taquillazo. La escritora Jacqueline Susann, autora de la novela en que se basó Valley of the dolls, trataba de encontrar sin mucho éxito un tratamiento adecuado para la secuela, que iba a llamarse, en un rapto de originalidad, Beyond the valley of the dolls. Y en ese momento, inspirados por el artículo del Wall Street Journal, a dos ejecutivos de la Fox se les cortocircuitó el cerebro y se les ocurrió contratar al mismísimo “Rey de los desnudos” para filmar la película, concediéndole un millón de dólares de presupuesto. Ofendida, Susann empezó un larguísimo pleito que ganaría después de muerta, como el Cid, pero demasiado tarde para impedir la filmación.

Entra en escena Roger Ebert: el crítico de cine más respetado de Estados Unidos, ganador del primer Pulitzer concedido a un trabajo de crítica cinematográfica y gemelo perdido de Juan Manuel de Prada (como puede apreciarse por ejemplo en esta curiosa fotografía). A finales de los sesenta un primerizo Ebert había hecho amistad con Meyer, que fue su mentor, figura paterna y compañero de juergas. Un crítico gafapasta y un pornógrafo, una extraña pareja con intereses comunes: en palabras de Russ, “Roger está absolutamente poseído por la pasión por las tetas”… Le dijo la sartén al cazo.

Cuando recibió el sorprendente encargo de la Fox, un exultante Meyer le encargó a Ebert la escritura del guión. Meyer sabía reconocer y explotar el zeitgeist del momento, así que decidió que la película tenía que empaparse del espíritu hippie de amor libre y salpimentarse con violencia extrema al eco de los crímenes de la familia Manson. El hecho de que ni Meyer ni Ebert tuvieran ni la menor idea sobre rock, el hippismo o la cultura de la droga no les detuvo: en una memorable huida hacia adelante, decidieron que lo que no supieran, se lo inventarían, pariendo un engendro con personajes vagamente basados en Phil Spector o Muhammad Alí.

Sin interferencias del estudio, Meyer y Ebert pudieron hacer todo lo que se les pasara por la cabeza, “como si dos locos se hubieran fugado del manicomio y se hubieran puesto al mando”, en palabras del propio Ebert. Meyer reunió un casting de decenas de mujeres pechugonas, como se muestra en este trailer impagable homenajeado en el Phantom of the Paradise de De Palma: es imposible verlo y no cogerle cariño a Russ.

El secreto de la película es que Meyer daba indicaciones a los actores con una cara totalmente seria, como si estuviera dirigiendo el mayor drama jamás filmado. El humor ya estaba presente en el guión de Ebert, no hacían falta actores graciosillos haciendo muecas cual Jim Carrey en Ace Ventura. Esto llevó a que los actores recitasen sus psicotrónicos diálogos con una seriedad shakesperiana que los convirtió en mucho más divertidos, con frases inolvidables como “¡beberás el negro esperma de mi venganza!” o “esta es mi fiesta y me está acojonando” (queda mejor en inglés: “¡this is my happening and it freaks me out!”, no me han faltado ocasiones para gritarla a pleno pulmón).

Meyer se pasó tres meses montando la película y eliminando todo lo que consideró superfluo: el resultado es un ritmo demencialmente rápido de planos y contraplanos con diálogos velocísimos y mutilados: da igual que se pierda el sentido si se mantiene a cambio el ritmo. “Corta, corta, corta, corta: un ritmo castigador que vapulee al público”: así describió Meyer su estilo de montaje-ametralladora, en ninguna película tan evidente como en Beyond the Valley of the Dolls.

Tras el estreno (complicado al recibir la película una injusta clasificación X) miles de desprevenidos espectadores se preguntaron al unísono: “¿pero qué coño es esto?”: hoy lo llamaríamos un WTF en toda regla. Meyer y Ebert acababan de parir una parodia musical-sexual demente con toques de terror: un género que no encontraría equivalente hasta que Tim Curry se puso medias y tacones en The Rocky Horror Picture Show. Podría decirse que Dolls tiene un cierto espíritu Rocky cinco años antes de Rocky: es en cierto modo sorprendente que en los pases de la película no aparezca gente disfrazada. Dolls se convirtió en peli de culto, reestrenada a menudo y mil veces homenajeada, por ejemplo en la saga del Austin Powers de Mike Myers o en este famoso videoclip de The Pipettes.

Las críticas fueron otra historia: para Variety fue “tan divertida como un orfanato en llamas”, y Keating pidió el arresto y encarcelamiento inmediato de Meyer. Russ reía a carcajadas, pero Roger Ebert recibió una amenaza de su jefe en el Sun-Times: o seguía como crítico o se metía a guionista de animaladas. Ebert optó por la seguridad laboral y se convirtió, como decíamos, en el mejor crítico de cine de los USA.

Una consecuencia inesperada de Beyond the valley of the dolls fue la boda de Meyer con Edy Williams, protagonista de la película. No fue un matrimonio feliz: a ella le gustaba el lujo y él era austero y espartano; ella quería protagonizar todas las pelis de Meyer y él ir cambiando de chicas… Ambos trazaron planes para que Edy protagonizara una sexploitation ambientada en una república bananera, pero tanto el proyecto como el matrimonio acabarían yéndose a pique: el rey Midas estaba a punto de perder (momentáneamente) su toque.

Meyer siempre había reaccionado con rabia ante cualquier sugerencia de que debería abandonar las pelis de tetas y autocine para dar el salto a películas “serias”, pero finalmente se dejó convencer por la Fox para adaptar una novela de Irving Wallace llamada The seven minutes. Sobre el papel la historia tenía garra: abordaba el tema de la censura dándole a Meyer oportunidad de lanzar unas cuantas pullas a Keating, su bestia negra… Pero el estudio no le concedió la libertad absoluta de que había disfrutado en Dolls, y le ató en corto para que a la película no volviera a caerle una clasificación X. El resultado fue una peli aburrida y perfectamente olvidable que pinchó en crítica y taquilla.

Un sobresaltado Meyer encadenó otro fracaso poco después: su único intento de filmar un cruce entre blaxploitation y película de época, un engendro llamado Blacksnake que sólo salvan Anouska Hempel manejando el látigo y David Prowse años antes de convertirse en Darth Vader.

 

El asesinato del correcaminos

Somos todas dibujos animados, todas y cada una de nosotras. “De dibujos animados” no significa “falso”, solamente “más grande que la vida””. Raven De La Croix

Para recuperar su entusiasmo, Meyer quiso volver a sus orígenes y rodar una película exagerada, erótica y tetona, rodeado de sus actrices fetiche (Uschi Digard, Haji), sus últimos descubrimientos (como la hermosa Shari Eubank) y su amigo Charles Napier. El resultado fue Supervixens, un exitazo comercial y una película marciana y casi perfecta a pesar de su guión absurdo.

La escena más famosa de Supervixens es el brutal asesinato de SuperAngel por Harry Sledge (Napier), un policía psicópata que no se toma muy bien un ataque de impotencia. Tan gráfico y exagerado es el crimen que puede verse como un inesperado momento gore o como una sátira sobre la violencia: toda la película oscila entre la comedia erótica, el thriller y los dibujos animados de carne y hueso (segundos antes de la explosión que mata a un personaje se oye el “bip bip!” del Correcaminos). En 1974 Charles Napier vivía en un trailer, a un paso de convertirse en white trash. Un año más tarde, tras el éxito de Supervixens, recibió una llamada de Alfred Hitchcock, encantado con la brutalidad cruda de la escena del asesinato: Napier salió de su entrevista con un cheque de 5000 dólares y un contrato en el bolsillo.

Una discusión de Meyer con Edy Williams les dejó sin chica para el clímax en el desierto, así que Russ decidió volver a utilizar a Shari Eubank, cuyo personaje había sido apuñalado, pisoteado y electrocutado en una bañera. Meyer le pidió consejo a Ebert, que le sugirió en un arranque de surrealismo que llevara la bañera a la cima de una montaña y filmase a Shari resucitando al ritmo de Así habló Zaratustra. Meyer llegó a filmar la escena (pidiendo ayuda a seis camioneros que llevaran la bañera a hombros, como un paso de Semana Santa), pero finalmente no llegó a utilizarla y optó por usar a la misma actriz interpretando a un personaje diferente pero idéntico, en una jugada como mínimo confusa. Qué más da.

Sorprende el contraste entre la genialidad de Supervixens y el poco brillo de Up!, rodada en un año más tarde. Es una película extraña, en que no se encuentran muchas marcas de fábrica de Meyer, y resulta divertida tan sólo como única incursión meyeriana en el campo de las perversiones sexuales (algo insólito en alguien que no distinguía entre felación y cunnilingus). Tal vez la mano de Ebert, que participó en el guión, se deje ver por ahí… De cualquier manera, Up! es una mezcla sin sentido de gigantescos dildos, persecuciones, violaciones y Adolf Hitler recitando monólogos en alemán sin subtitular mientras recibe latigazos: la pobre Raven De La Croix hubiera merecido mejor suerte en su única colaboración con Meyer.

Up! no triunfó ni de lejos tanto como Supervixens, pero a Meyer no le preocupó, absorbido como estaba por su nuevo proyecto: filmar a los Sex Pistols. Sí, a los Sex Pistols.

 

¿Mató Russ Meyer a Bambi?

Odié a Russ Meyer desde el primer momento en que le vi: un viejo senil, agobiante y gilipollas”. Johnny Rotten

La idea de juntar agua y aceite, Meyer y Pistols, fue del visionario Malcolm McLaren, que preparaba el desembarco de Sid Vicious y compañía en los Estados Unidos y quiso abrirles paso con una especie de A Hard Day’s Night pero en punk.

Al recibir el encargo, un ilusionado Meyer le pidió un tratamiento a Roger Ebert: el resultado fue un guión simbólico a varios niveles que puede leerse aquí y que incluye entre otras cosas un rockero llamado M.J. (¿Mick Jagger?) que mata ciervos por deporte y da título a la película: ¿Quién mató a Bambi?

Desgraciadamente, el proyecto empezó a irse a la mierda nada más arrancar. Como era previsible, el estilo de rodaje militar de Meyer chocó frontalmente con la anarquía vital de los Pistols, que cuando no se presentaban borrachos simplemente desaparecían o la liaban parda entre bastidores… O se negaban a rodar alguna escena: Sid Vicious tenía que acostarse con su madre (papel para el que Meyer había fichado a la mismísima Marianne Faithfull) y luego compartir con ella una jeringa de heroína. Vicious se negó: “no me importa follarme a mi madre, pero… ¿Chutarme con ella? Olvídalo”. El único que se llevó mínimamente bien con Meyer fue Sid Vicious, por el que Russ desarrolló una cierta ternura: una noche le vio hambriento y decidió llenarle la nevera con “dos packs de seis cervezas y unas latas de cerdo con alubias”.

Mal que bien la película avanzaba, pero al cabo de unas semanas desapareció la financiación y el proyecto acabó de hundirse, con tan sólo algunas escenas filmadas que aparecerían años más tarde en The Great Rock and Roll Swindle o el documental The Filth and the Fury. ¿Qué hubiera pasado si el rodaje hubiera terminado con éxito? Bueno, según Meyer, si se hubiera filmado ¿Quién mató a Bambi? Sid Vicious aún seguiría vivo.

Una última carta de amor

Al intercambio mutuo de maravillosos fluidos corporales” Placa en casa de Russ Meyer

La fracasada experiencia con los Sex Pistols dejó mal sabor de boca a Meyer, que quiso volver a proyectos propios cada vez más deshilvanados, en particular la algo más explícita de lo habitual Beneath the valley of the Ultravixens. La película es en realidad una carta de amor a Kitten Natividad, quizá la más dulce y adorable de todas las “chicas Meyer” y su pareja durante muchos años. Por lo demás, Ultravixens es también interesante porque aparece por primera y única vez June Mack, una inmensa dominatrix negra que fascinó especialmente a Roger Ebert.

Después de Ultravixens, Meyer dejó de rodar películas y se dedicó a escribir su autobiografía (A clean breast, un libro-mamut de 1213 páginas) y a irse alejando progresivamente de la realidad y la cordura. No supo (o no quiso) adaptarse a los nuevos tiempos de la pornografía explícita y masiva: el auge del porno devoró el terreno de la insinuación softcore en que Meyer se sentía cómodo. El escritor David K. Frasier, que colaboró en la escritura de A clean breast y publicó Russ Meyer, the life and films, fue uno de sus amigos más cercanos durante esa época, y en este interesante artículo repasa los últimos años de Meyer.

Es fascinante oírle hablar de su casa-santuario en Arrowhead Drive, llena de recuerdos y posters de sus películas; una mansión-museo por lo demás espartana que se hizo famosa por un artículo-guía de Los Ángeles publicado por John Waters en la Rolling Stone (y que le costó la amistad con Meyer, a quien no le gustó nada que empezaran a aparecer fans en su casa). En lo personal, tras la dulzura de Kitten Natividad, Meyer no encontró ninguna mujer con la que envejecer tranquilamente: Melissa Mounds, una de sus últimas amantes, le atacó con un martíllo mientras dormía.

En un proceso minuciosamente narrado en el último y tristísimo capítulo de Big Bosoms and Square Jaws, un Meyer afectado por el Alzheimer fue aislándose cada vez más de los suyos, dominado (hay quien dice que con mala fe) por su secretaria y administradora Janice Cowart. Tras su muerte en 2004, Janice y Julio Dottavio (el antiguo jardinero de Meyer) se hicieron cargo de su patrimonio y gestionan actualmente la criticada empresa RM Films International. Incomprensiblemente, más allá de una web cutre en la que se venden los DVDs de las películas a precios caros y sin apenas extras, la empresa no está promocionando la obra de Meyer: ni Blu-Rays, ni remasterizaciones, ni promoción de material poco conocido, ni un triste museo dedicado a su memoria (¿qué sentido tiene no aprovechar la memorabilia de Arrowhead Drive?). Por suerte las películas más famosas pueden conseguirse por otras vías, pero hay material original que corre riesgo de perderse.

Pero quisiera terminar este monográfico con una frase optimista: el sentido del humor, pasión y alegría de vivir de Meyer lo merecen. Dijo McDonough: “La visión del mundo de Meyer y su ansia por la vida influenciaron mi escritura y mi forma de ser. Hay quien tiene de referencia a Dios, la familia, la política o las drogas: yo me quedo con Meyer y todos sus defectos”. Vaya pues un brindis por Russ desde aquí: donde quiera que esté ahora, espero que sus ángeles (o demonios) tengan grandes tetas.