El dios, la leyenda, el rey sin corona

Zlatan Ibrahimovic (Manchester United). Foto: Cordon.

Zlatan Ibrahimovic es, en resumidas cuentas, un sinvergüenza. Si no fuera uno de los mejores futbolistas de los últimos tiempos, apenas costaría visualizarlo como trilero en el corazón de alguna urbe. Embaucando a turistas con el cuello de su chándal blanco alzado, el chapurreo de las palabras precisas en varios idiomas, y muchos aspavientos. Preguntando, con una cadencia altanera, dónde está la bolita. Sonriendo lo justo para dejar al descubierto un diente de oro. No me digan que no se lo imaginan.

Tan golfo era que saqueaba supermercados ocasionalmente y robaba bicicletas con pertinacia. Más crecidito, convocó a toda la prensa deportiva mundial, que acudió creyendo que desvelaría su futuro y se encontró con la presentación de su marca de ropa. Jugada perfecta para Zlatan: publicidad gratuita utilizando a los que tanto le hicieron sentirse utilizado. Días después, comunicó que fichaba por el Manchester United a través de Twitter. Un lugar donde cualquiera puede entrecomillar la primera majadería que se le ocurra, atribuírsela a Ibrahimovic, y sentarse a esperar los retuits. Nunca falla. Y mira que no es necesario inventar, porque en su repertorio de frases (reales) cabe todo. Por ejemplo, la que se lee en su barrio natal: «Puedes sacar a un chaval de Rosengård, pero nunca sacarás a Rosengård de él». Está escrita en un túnel, el mismo que de niño evitaba porque allí atracaron a su padre. Le agujerearon un pulmón.

Ibrahimovic nació en Malmö, la tercera ciudad más grande de Suecia. Su madre, croata, se casó con su padre, bosnio, para que obtuviera el permiso de residencia. Se divorciaron cuando tenía dos años. Rosengård es un barrio conflictivo, de esos que lo son sin concesiones ni paliativos. Sus habitantes son inmigrantes llegados de la antigua Yugoslavia, Líbano, Irak o Somalia, o de cualquier otro sitio, por lo que allí conviven (o no) diferentes costumbres, idiomas y religiones. Poca broma. La clase de barrio pobre que nunca atrae portadas. Salvo en 2008, claro, cuando el cierre de una mezquita originó los mayores disturbios que se recuerdan en el país escandinavo.

La madre de Ibrahimovic limpiaba casas durante tantas horas que no podía atender la suya. Aquel techo cobijó una hija drogadicta y el trapicheo de objetos robados, y los servicios sociales le quitaron la custodia de Zlatan. Él, con diecisiete años y sin ser siquiera profesional, la ayudó para que dejara el trabajo. Su nivel de sueco era tan malo que, cuando vio que la cara de su hijo abría los telediarios, imaginó una desgracia. Él tuvo que explicarle que acababa de fichar por el Ajax. Su padre, en cambio, pasó de ser el tipo divertido de los fines de semana al encargado de mantenimiento que solo escuchaba música yugoslava, veía por televisión las noticias de la guerra y bebía para olvidarlas. Al pequeño Zlatan lo mantuvieron al margen de cosas como la limpieza étnica en Bijeljina, pero sus familiares vestían luto.

La idea de Rosengård como gueto para Ibrahimovic se refuerza con un dato: no pisó el centro de Malmö hasta los dieciséis años. Cuando el fútbol le permitió conocer a otros chavales, no compartían ningún referente. Zlatan no sabía qué jugadores integraban la selección nacional, ni quién era el presentador más famoso de la televisión sueca. Él se fijaba en los brasileños, e imitaba compulsivamente sus trucos en una explanada. Por aquel entonces era bajito, y su empecinamiento con los regates le hacía destacar. El clásico bueno asqueroso que no se la pasa a nadie, en definitiva. Cuando pegó el estirón y se puso en 1.95, la mezcla fue explosiva. Los entrenadores y los padres de los demás chiquillos criticaban su individualismo, y duraba muy poco en los equipos. También influía ser una joyita en el vestuario, donde se entretenía insultando y robando a sus compañeros. En el colegio, igual o peor.

Su padre era depresivo, terco y creía que la nevera solo podía alojar latas de cerveza. Él se las tenía que apañar como pudiera. Para llegar a los lejanos campos de entrenamiento, Zlatan robaba bicicletas. En realidad, también lo hacía cuando no tenía que ir a ningún sitio. Porque sí, igual que tirar huevos por la calle. Entró en las categorías inferiores del Malmö FF, uno de los grandes. Seguía sin pasarla, daba cabezazos a rivales, gesticulaba y protestaba a los árbitros. La rabia se le escapaba por los poros. Lo mandaron al banquillo, y meditó dejarlo. Siempre podía dedicarse al taekwondo (algo le quedó, como demostraría la patada a otro artista llamado Cassano). Nadie creía en su fútbol. Hasta que, contra todo pronóstico, Roland Andersson vio entrenar al filial y le dijo que ya era hora de jugar con los mayores.

El Malmö llevaba seis décadas sin descender cuando Ibrahimovic debutó. Él, lejos de entristecerse, estaba orgulloso. Tenía diecisiete años, y aunque apenas había disputado minutos sueltos, ya lo reconocían por la calle. Firmaba autógrafos. Gastó su primer sueldo en un curso intensivo del carné de conducir, y en lugar de seguir robando vehículos con sus amigos (que pasaron de las bicis a los coches), soñaba con comprarse un Lamborghini Diablo. Lila, para más señas. Pero sobre todo era feliz porque su padre abandonó la indiferencia absoluta y fue a verlo entrenar. Cambió una obsesión por otra, guerra por Zlatan. Asistía a los partidos y coleccionaba cada recorte de prensa. Porque Ibrahimovic empezó a hacerse famoso. Bueno, todo lo famoso que puede hacerse uno en la segunda división sueca. Pero los periodistas ya olían sangre en sus chulescas declaraciones, los aficionados lo amaban y su rendimiento atraía a elegantes ojeadores extranjeros que cantaban en los humildes campos suecos como un secreta en una boda gitana. Eso sí, había algo invariable. Los compañeros, tipos con años de experiencia, reprobaban sus regates y malabares. Más que marcar, lo que necesitaba era humillar al rival, y solo Fabio Capello lograría borrarle esa idea años después. El capitán del Malmö criticó que, sin serlo, se creyera la estrella del equipo. Bueno, luego sí que lo sería. Fugazmente. Porque cuando ascendieron, Ibrahimovic puso rumbo a Ámsterdam.

Antes pudo ir al Arsenal, incluso se sentó en el despacho de Arsène Wenger. Y en una concentración invernal, Leo Beenhakker viajó a La Manga expresamente para ficharle. A Zlatan, al mismo niñato que poco antes sobraba en el equipo juvenil. Beenhakker sabía que era un chico problemático, pero se enamoró y fue con todo. Pagó nueve millones de euros, récord para el club neerlandés. El Ajax, que poco antes había ganado la Liga de Campeones con una generación inolvidable, llevaba tres temporadas sin títulos. En su presentación, la primera pregunta fue qué clase de jugador era. Pese a su figura espigada, respondió que uno muy técnico. Luego sonrió.

Zlatan Ibrahimovic (Ajax) y Eduardo «Toto» Berrizo (Celta de Vigo), 2003. Foto: Paul Vreeker / Cordon.

El primer año salió torcido. Ibrahimovic vivía solo en un pueblecito cerca de Ámsterdam, no se adaptaba y, cada vez que podía, se escapaba a Malmö a hacer el gilipollas con sus amigos. Tirar fuegos artificiales a las casas o poner su nuevo Porsche a casi trescientos kilómetros por hora, esa clase de cosas. Comenzaba a ser una estrella mediática en Suecia, el chico malo que se enfrentaba a la prensa. Pero los escándalos no ayudaban. Tampoco la suspensión de cinco partidos por endiñarle a un rival un codazo brutal, marca de la casa. Cómo iría la temporada, que otro recién llegado como el egipcio Mido, un majarón que luego deambularía por varios equipos, parecía el delantero bueno y equilibrado. El Ajax ganó la liga, el primer título de su carrera, pero apenas contribuyó. Es más, aparecía en todas las quinielas para ser traspasado. El público llegó a pedirle a Koeman que sacara a Nikos Machlas, el tercer delantero, cuando él jugaba. El fichaje más caro de la historia era también el mayor fracaso.

Finalmente se quedó, y todo cambió tras marcar dos goles en Champions. El mito Van Basten le aconsejaba y Jari Litmanen había regresado. El finlandés venía de vuelta y no necesitaba destacar para lograr un contrato en el extranjero, así que siempre se la pasaba. La vida era más sencilla para Zlatan, ya indiscutible. Mido no se tomó bien la suplencia y le tiró a la cara unas tijeras en el vestuario. Casi lo mata, aunque salió ileso para disputar la Eurocopa de 2004. Contra Italia dejó un gol inolvidable al resolver un barullo alzando el tacón por encima de su cabeza. Otro se lo habría descoyuntado, pero el resultado fue una vaselina imposible que superó a Buffon y a Vieri.

Suecia quedó eliminada por penaltis ante Holanda. Poco después, disputaron un amistoso. Y los suecos, que serán muy suecos pero también tienen mala hostia, se vengaron repartiendo flojo y fuerte. Ibrahimovic el primero, claro. Antes de dar una asistencia, pisó al joven Van der Vaart, a la sazón capitán del Ajax, con el que se llevaba regular. Tanto el lesionado como la prensa aseguraron que fue voluntario, y montaron el enésimo revuelo. El vestuario se dividió. Además, su nuevo agente, Mino Raiola (que daría para otro artículo), le transmitió un posible interés de la Juventus.

El Amsterdam Arena se decantó por el compatriota, por el niño bonito. Abucheos para él y aplausos para Van der Vaart, lesionado en la grada. En ese partido, Ibrahimovic anotó dos tantos que apenas celebró. Luego, la magia. El gol que lo catapultó a la fama y que, a día de hoy, aún es su jugada más célebre. Recibió de espaldas, evitó un despeje y empezó a esquivar rivales. Uno, luego otro, uno que volvía a por más, y uno nuevo. Ni concibió pasarla. También habría driblado a todos los periodistas sensacionalistas, a los que le negaron el sueño de ser futbolista y hasta a los ancestros de Van der Vaart. Finalmente, sentó al portero y la coló con la zurda. El público se volvió loco, Koeman aplaudía. Si aquello no era digno de Maradona, sí de alguien con veinte centímetros menos. Ibrahimovic liberó su furia corriendo por todo el campo, poseído por la obra de arte que acababa de materializar. Fue su forma de decirles que ahí se quedaban, que en Turín le esperaba uno de los mejores equipos del mundo.

De niño, Ibrahimovic abandonó una clase de italiano gritándole a la profesora que ya aprendería el idioma cuando jugara en la Serie A. Estaba obsesionado con la liga donde jugaban sus ídolos. Y con veinticuatro años, lo había conseguido. Allí esperaba Capello, el sargento de hierro, que lo transformó. Hizo que olvidara el estilo Ajax y sus pamplinas, más efectistas que efectivas. Allí había que trabajar duro y marcar goles. Por primera vez le controlaban la alimentación, y Capello no entendía cómo nunca había levantado una pesa. Ganó corpulencia, mantenía la clase, sacó un gran disparo y desarrolló un instinto asesino en el área. Se convirtió en un futbolista espectacular. Pasó a ser Ibra, a secas, o Ibracadabra. Seguía respondiendo con agresiones a las provocaciones rivales, pero fue un año feliz. Lo eligieron mejor jugador de la Juve y extranjero del año. Ganó su primer Scudetto. Era increíble. Tanto, que olvidó las fortísimas discusiones con su padre alcohólico y se emborrachó por primera vez gracias a los chupitos que David Trezeguet le exhortaba a tomar.

Zlatan Ibrahimovic (Juventus) celebra un gol con Fabio Cannavaro, 2006. Foto: Tony Gentile / Cordon.

Nike construyó una pista de fútbol (Zlatan Court) en la explanada donde soñaba con ser brasileño. Cuando la inauguró, el barrio entero se echó a la calle. Todos querían ver a su ídolo, el tipo que salió de aquel rincón para poner el mundo a sus pies. El que acababa de ganar la liga italiana, y que repetiría al año siguiente. No obstante, ambos campeonatos quedarían invalidados cuando, en 2006, el fútbol italiano saltó por los aires. El Calciopoli afectó a varios equipos, pero a ninguno como la Juventus, que además sumó otros escándalos. No solo le quitaron las ligas, también lo descendieron. El éxodo fue inmediato, pero Ibrahimovic jugó el Mundial y, al regresar, no le dejaban irse. Deschamps, el nuevo entrenador, quería retenerlo a toda costa. Tuvo que negarse a jugar un amistoso para que entendiera que no iba de farol, que en Serie B iba a quedarse un guardia. Finalmente, Mino Raiola se inventó un mini derby della Madonnina, una puja entre Inter y Milán. Moratti contra Berlusconi. Los rojinegros eran mucho mejores, jugaban finales de Champions y su equipo asustaba, pero le dijeron que sería uno más a la sombra de Kaká. Y a Ibrahimovic esas cosas nunca le han sentado bien. Así que eligió al Inter, enemigo íntimo de la Juventus (como media Italia, dicho sea de paso) que llevaba diecisiete años sin ganar la liga.

Zlatan arribaría al Giuseppe Meazza (que no a San Siro) para hacer algo nuevo en su carrera: erigirse en líder. Aquel grupo contaba con excelentes jugadores y con varias vacas sagradas, pero el sueco olía a triunfo y el vestuario interista apestaba a fracaso. Las tres uefas noventeras quedaban ya muy lejos, y el último título doméstico se remontaba a los ochenta. Ibra empezó con buen pie, pero algo le escamaba. No entendía que el dueño otorgara una prima por cada victoria. Un día se plantó en su despacho, y le dijo que ya les pagaba por hacer su trabajo. Que se guardase los premios para cuando ganasen algo. Moratti, el propietario acostumbrado a tratar con estrellas mundiales, obedeció. A Zlatan también le molestaban los grupos: argentinos por un lado, brasileños por otro, y el resto en terreno de nadie. Propuso comer juntos, que la comunicación fluyese. Moratti, de nuevo, hizo suyo su discurso. Y Mancini fue conjuntando al equipo. En esa etapa interista, que duró tres años, Ibrahimovic jugó el mejor fútbol de su carrera. Con un físico en plenitud, y con un pie que ora dirigía obuses a la portería, ora acariciaba el esférico con impecable suavidad, sus partidos eran un acontecimiento. No ya por los goles, que también, sino porque en cualquier momento dejaba un gesto único, un recurso técnico impensable. Aquella primera temporada, el Inter salió campeón.

También lo hizo en la segunda. Con suspense, eso sí. Lideraban la tabla, pero Ibrahimovic se lesionó. El equipo malgastó la ventaja y acecharon los fantasmas de campeonatos perdidos. Mancini anunció su marcha, aunque se retractó. Ibra, que ya había inyectado demasiados calmantes a su rodilla, lo veía desde casa. Le sustituyó un diamante en bruto llamado Mario Balotelli. En la última jornada, la Roma aspiraba al título. Zlatan no estaba recuperado, y la Eurocopa se veía en el horizonte, pero le rogaron que viajara a Parma para ser suplente. En la segunda parte, los romanos vencían en Catania y eran campeones. Mancini, desesperado, metió a Ibrahimovic. Y le bastaron nueve minutos para zafarse de un defensa y lanzar desde fuera del área un tiro que entró pegado al palo. Todo el equipo se abalanzó sobre él, empezando por un Balotelli que todavía celebraba los goles. Poco después, el sueco repitió tras un centro de Maicon. Otro Scudetto. Regreso triunfal de un tipo que le cambió la cara al Inter. Vini, vidi, vici. No obstante, el amago de dimisión de Mancini dejó a Moratti con los cuernos tan quemados que lo despidió, y propició un momento crucial para Ibra: conocer a José Mourinho.

Comenzó la Eurocopa con goles ante Grecia y España, pero su rodilla dijo basta. Tuvo que parar, por más que deseara devolverle a Suecia el cariño mostrado eligiéndole mejor deportista del país en una votación popular. Lloró como un bebé al oír su nombre en la ceremonia. Pese a sus orígenes, pese a que convertían en escándalo cada anécdota, ahí estaba. El pueblo sueco aceptándolo como uno de los suyos. Como uno de los mejores. De regreso al Inter, el flechazo con Mourinho fue inmediato. Ibra lo define como alguien por el que daría su vida. Ahí es nada. Se respetaron desde el inicio, el portugués supo motivarlo alternando la cal y la arena, y él marcó más goles que nunca. Tantos, que se estrenó como capocannoniere, aunque lo hizo a la manera Zlatan: en la última jornada y con un taconazo más propio de su infancia que de la Serie A. Era lo único en juego, ya que aseguraron el título mucho antes. El tercero consecutivo para un club en el que, hasta su llegada, nadie recordaba qué cajón guardaba la llave de las vitrinas.

Ibrahimovic es un hombre récord. Enlazar trece campeonatos ligueros en catorce años, repartidos en diferentes equipos y países, es una cosa muy seria. Eso sí, en los torneos internacionales su suerte varía. Es cierto que en su palmarés hay una Supercopa de Europa y un Mundial de clubes, pero no basta (pequeña digresión personal: los torneos que empiezan y terminan el mismo día, o la misma semana, no son comparables al resto). Ha ganado mucho, muchísimo, más de treinta títulos. Pero una obsesión le persigue: la Liga de Campeones. Incluso sacrificó la gloria en el Inter para fichar por el equipo que aún celebraba la anterior, el Fútbol Club Barcelona. Así se lo comunicó a Mourinho, que no pudo retenerlo. Eso sí, le advirtió que no podría cumplir su sueño.  ¿La razón? Muy simple. Pensaba ganarla él.

Zlatan Ibrahimovic, Pep Guardiola y José Mourinho, 2010. Foto: Anan Sesa / Cordon.

En Barcelona volvía a ser el fichaje más caro de la historia de un club, la guinda perfecta para un equipo campeón. Moratti cedió cuando Laporta pagó más que el Real Madrid al Milán por Kaká. Así, el acuerdo se cerró en cuarenta y seis millones más el pase de Samuel Eto’o, valorado en otros veinte. Las cosas de los equipos ricos, que no se contentan con tener una estrella si pueden conseguir otra mayor. Pero Zlatan, pese a que arrancó bien y decidió el partido contra el Madrid, no encajó. Cuenta que Can Barça es como un colegio, y que Messi, Xavi e Iniesta, aparte de ser buenísimos, lo interiorizaron desde críos. Él trató de adaptarse, no decía una palabra más alta que otra, parecía un angelito y hasta sus allegados lo veían triste. Asegura que Messi no estaba cómodo en la banda y pidió a Pep centrar su posición. Guardiola aceptó, escoró a Ibra, y el rosarino volvía a marcar goles. El sueco allí no rendía, ni destacaba, y también habló con el entrenador. Desde ese día, según su versión, Pep deja de dirigirle la palabra. «Si yo entraba en una habitación, él salía». Le acusa de no tener carisma ni capacidad para manejar a gente con personalidad.

Ibra describe otra reunión al verano siguiente. Guardiola le invitaba a irse, pero con evasivas. De nuevo lo que más le molestaba: que no fuera de frente. Como a tocapelotas no le gana nadie, a pesar de que ya negociaba con el Milán, les dijo a Rosell y Bartomeu que únicamente iría a un equipo: el Real Madrid, que había firmado al entrenador por el que daría la vida. Ambos palidecieron. El fichaje más caro de la historia era una patata caliente para la nueva directiva, que tenía que respaldar a Guardiola. Así, terminaron vendiéndoselo al Milán por cincuenta millones menos de su coste. Ibrahimovic dejó el Barcelona tras lograr una Liga, por supuesto, pero no la Champions. A estas alturas, ya imaginan quién la ganó, ¿no? Efectivamente, el Inter. El cabrón de Mourinho, que antes de irse firmó un triplete histórico en Italia. Pero ahí no acaba la cosa. El Barcelona, el equipo con el que hizo la pretemporada, ganaría la siguiente. Ibra la acechaba, pero la orejona lo regateaba como él a los niños de su barrio.

Si el Milán tenía un equipazo, la delantera ya parecía hecha con el Football Manager. Ibra, Robinho, Pato, Ronaldinho, Inzaghi, luego llegó Cassano… Una locura. Aun así, el equipo llevaba siete temporadas sin ganar un scudetto, y los pesos pesados del vestuario transmitieron a Ibra que lo necesitaban, como su rival ciudadano años atrás. En el acto de presentación prometió a la hinchada un título liguero. Zlatan volvió a ser Zlatan, ni rastro de aquel tipo reprimido de Barcelona. Para lo bueno (marcar goles), y para lo malo (hacer que lo expulsaran). Le cayó una sanción durante varias jornadas, pero disputó el último partido contra la Roma. Les valió un empate. Otra liga italiana, seis de seis. Había cumplido su promesa. Al año siguiente, no repitieron por cuatro puntos. Pero eso sí, batió su récord liguero con veintiocho tantos. Volvió a ser máximo goleador. Y ahí fue cuando Nasser Al-Khelaifi se cruzó en su camino.

La idea parecía sencilla: usar los petrodólares para convertir al Paris Saint-Germain en el mejor equipo de Europa. Del Milán ficharon a Ibrahimovic y a Thiago Silva, que se pusieron a las órdenes de Ancelotti junto a otros futbolistas que tampoco habían planeado jugar allí. Ibra sentenció: «No conozco la liga francesa, pero la liga francesa me conoce a mí». Y tanto. Rebasada la treintena, sin ser el chaval que driblaba a todos, su superioridad fue aplastante. En algunos partidos, parecía un hombre contra niños. Medía sus carreras, pensaba dos segundos antes que el resto y destapaba el tarro de las esencias con controles, caños, y pases increíbles. Se supone que era delantero, pero a veces parecía el organizador. Jugaba donde quería y como quería. Y los goles, claro. Remates de todos los colores. Él, que únicamente había logrado dos hat-trick a nivel de clubes, hizo diez en París. No solo no había ido a pegar un atraco antes de retirarse, sino que dejó un regalo inimaginable: cincuenta goles en su última temporada. Uno detrás de otro. Una absoluta barbaridad. En cuanto a títulos, lo de siempre. Implacable en lo doméstico y sin éxito en Europa. Ganó las cuatro ligas que jugó, además de un buen puñado de copas. Para decir adiós al equipo en el que más tiempo militó, otra de sus perlas: «Llegué siendo un rey, y me voy como una leyenda».

Pero no solo se despedía del PSG, también de la selección a la que, tras una relación tornadiza, regresó como capitán. Y allí, probablemente, firmó la mejor actuación de su carrera. En un amistoso, cierto es, pero ante Inglaterra y sus periodistas, siempre tan punzantes con su figura. Vencieron 4-2. Zlatan marcó los dos primeros, buenos goles de delantero caro. Después lanzó rasa una falta lejanísima, que también entró. Y, en el descuento, la locura. Hart sale del área y despeja mal. La pelota va por el aire, y Zlatan no se lo piensa. Está de espaldas, a treinta metros de la portería, e inicia un escorzo sin sentido. Nadie sabe qué pretende. El balón desciende sin fuerza, es imposible que lo remate. De repente, sin dejarla caer, impacta con el cuero poniendo el pie en una posición extrañísima. Parece que la pierna saldrá volando, como en aquel episodio de Los Simpsons. Pero no, lo que vuela es el balón. Y hacia la portería. Un defensa inglés intenta que fracase uno de los remates del siglo, pero no lo logra. Gol. Ha entrado. Lo imposible hecho realidad. Ni a los programadores de un videojuego se les ocurriría concebir un disparo similar. Ibra se quita la camiseta. El torso desnudo, el brazalete de capitán. Los compañeros no se atreven ni a abrazarle, obnubilados. No pudo darle a Suecia un campeonato, pero al menos dejó esa imagen digna de póster.

Con treinta y cuatro años, era agente libre. En lugar de irse a una liga exótica, dio otra vuelta de tuerca marchándose a la Premier. Nada más y nada menos que al Manchester United. Pese a que no disputaría la Champions, sí cumpliría el viejo anhelo de reunirse con Mourinho. Poco tardaron los agoreros en sentenciar que ya estaba mayor para una liga tan exigente. Éric Cantona le daba la bienvenida con un peculiar vídeo, aunque advirtiéndole de que solo podría ser el príncipe, porque el trono aún es suyo. La admiración es mutua, e Ibrahimovic respondió con respeto: «Debería saber que yo no seré el rey de Manchester, seré el dios». No era la primera vez que se definía como deidad. Años atrás, cuestionado sobre el futuro, contestó que solo Dios lo sabía. El periodista comentó que era difícil preguntarle, y Zlatan aseguró que lo tenía delante. Lo hizo muy serio, aguantando unos segundos antes de descojonarse.

En la Premier ha demostrado que su calidad no entiende de adaptación ni de edad. Pocos hubiesen apostado que ganaría tres títulos y que llegaría a los veintiocho goles, la cifra que llevaba cuando todo se jodió. Fue en Old Trafford, en la vuelta de los cuartos de Europa League. Saltó en el área y, al apoyar, crack. La rodilla. Lo supo de inmediato. Nunca antes había expresado tanto sufrimiento en un terreno de juego. El equipo pasó esa ronda, y la siguiente, y llegó a una final muy especial para Ibrahimovic: en Suecia y contra el Ajax. El United venció y él se convirtió en campeón de un torneo europeo importante. Con muletas, vestido de calle, pero campeón por fin. Tras el partido, dio la vuelta de honor cojeando. Eres una estrella cuando ni juegas la final y las cámaras te enfocan más a ti que a la propia copa. Durante la celebración, vio una pancarta: «Zlatan, si te quedas puedes follarte a mi mujer». Le hizo tanta gracia que se fotografió con ella. Se abrazó a compañeros y técnicos. A Mourinho. Con el alivio nervioso del que se quita un peso de encima. La UEFA no es la Champions, pero también te hace sonreír.

Con treinta y cinco años y una lesión que lo tendrá muchos meses de baja, afirma que no va a retirarse. Que sigue. Hay que descartar aún, por tanto, utilizar el pasado para referirse a uno de los futbolistas con más calidad de su generación. Ojalá sea cierto. Ojalá le quede cuerda al héroe del barrio, al ladrón de bicicletas. El que se compró las botas más baratas, las que vendían en el mismo estante que las verduras, y luego movió ciento setenta millones de euros en traspasos. El que usó la arrogancia como coraza y la venganza como combustible. El chupón, el problemático, el violento. El genio. El que cuando celebra un gol pone sus brazos en cruz y saca pecho, como permitiéndole al mundo que admire lo lejos que ha llegado el niño de Rosengård.

Zlatan Ibrahimovic, 2017. Foto: Cordon.


Todocampistas


Dijo un sabio que las noticias del prime time son la guerra por otros medios. Si estas suelen venir cargadas de fútbol cada dos días, ¿qué será el balompié a la guerra? ¿La crema, lo más de lo más, algo así como sostener los testículos sangrantes de una res en la cabeza con mueca triunfante? Hay prensa sobre fútbol que vende millones al día, sus páginas web son las más vistas del país, y también hay literatura, análisis, tertulias y exhaustivas categorizaciones de las nuevas generaciones de futbolistas, la sangre fresca de los nuevos gladiadores. La humanidad gasta tanto tiempo y energía en preparar, celebrar y recordar la guerra como en hacer lo propio con el fútbol.

Y no es que se diferencie mucho un gol que sucede tras una elaborada combinación de la toma de un bunker en el frente. Esos pasajes del escritor Sven Hassel donde sus protagonistas se entierran hasta estar a punto de asfixiarse para sorprender al enemigo por la espalda, ¿no tienen mucho de la Grecia de Rehhagel que ganó la Eurocopa de Portugal? De hecho, los protagonistas de las obras del autor danés eran todo un equipo de fútbol. Estaban los fríos asesinos, como Heide y el Legionario; el veterano capitán, el Viejo; el pulmón del equipo, Hermanito, y un tío que sabía hacer de todo, Porta, que era imprescindible. Este gran soldado hacía también de músico, cocinero y era un excelente jugador de cartas. La vida del pelotón giraba en torno a él, también era fundamental en todas las acciones bélicas. Sus hazañas eran las más entretenidas de leer. Y este rol en el fútbol tiene un nombre, es el todocampista.

En el Real Madrid galáctico supuso un accidente gravísimo perder a Makelele. Era un bregador extraordinario, pero no reunía las condiciones necesarias como para que Florentino Pérez pudiera pagarle lo que pedía. Era clave en el juego, era querido, salvó más de una vez los muebles, pero no era un todocampista. No podía cobrar como galáctico. Él se marchó y el Madrid, en cuanto perdió a Ronaldo por lesión esa temporada, se fue como Joseba Beloki por la curva del puerto de La Rochette. Florentino, consciente de su error, fichó luego a Pablo García. En las fotos de presentación del jugador el presidente quiso pedir perdón con tácticas propagandísticas más propias de un supervillano de Marvel. Hizo posar al uruguayo junto a su compatriota Diogo sosteniendo ambos de forma extraña dos balones como si fueran inequívocamente un par de testículos. Aquello también acabó en tragedia. No se trata solo de huevos.

Porque no ha sido hasta la llegada de Xabi Alonso que el Madrid ha podido descansar a gusto tras dar con alguien digno de los galones del todocampista. Duro pero fino, terco pero inteligente. Es difícil describir a estos jugadores. Al mismísimo Zidane, por circunstancias de la vida, le tocó en el Madrid desenvolverse en esa posición y el chico se agostó hasta el llanto. Es que este no es un lugar en el esquema de un equipo de fútbol que pueda desempeñar cualquiera. Es más que una forma de jugar y más que, como diría Valdano, un sentimiento. Es un compromiso. Y viene probado por las biografías deportivas de los más grandes en esa posición. Son de una raza épica.

El brasileño Toninho Cerezo es un buen ejemplo. Pudo ser jugador del FC Barcelona a principios de los ochenta, pero la caja no estaba para muchas alegrías. El jugador, de espeso bigote, se había forjado en el fútbol setentero de Brasil. Emprendió entonces, cuando estaba tan fulgurante, la aventura italiana en la Roma, pero donde triunfó verdaderamente fue en la Sampdoria, en la que militó desde el 86. Era el armazón de un equipo que llegó a la final de la Recopa del 89, que palmó ante, vaya, el Barça, y de la Copa de Europa del 92 que se dejó también, lo que es la vida, contra los catalanes. Y para colmo, la Recopa del 90, que sí que se fue para Génova, no la pudo jugar Cerezo porque estuvo casi toda la temporada lesionado.

Pero él era toda una viga de hierro con patas que cabeceaba, la enchufaba desde lejos, daba esa sensación de hombre jugando contra niños y levantó al equipo en años de máxima competencia. Se cruzó en su camino el Barça de Cruyff. Ahora recordamos al Milan de los holandeses, al Inter de los alemanes o al Nápoles de Maradona y el lugar histórico reservado a la Sampdoria de Vialli y Cerezo es propiedad del Dream Team. ¿Así de dura es la vida? Pues no, Cerezo volvió para vengarse.

No fue su mejor partido, pero jugar una Copa Intercontinental contra el FC Barcelona con 37 años no está al alcance de cualquiera. Casi retirado, Tonhino fue fichado por el Sao Paulo prácticamente para este partido. Con que ordenase el juego y compensase las subidas de sus compañeros durante una hora era suficiente para Telé Santana, su entrenador en esta etapa pero también en el Mundial de España de ingrato recuerdo para ambos (cayeron ante Italia). Aunque esta vez funcionó. Toninho aguantó hasta el ochenta y algo y por fin pudo derrotar a los azulgrana. El equipo que por mediación de Salinas en la Recopa y Koeman en la Copa de Europa consiguió que no todo el mundo se acuerde de la que fue la mejor etapa en la historia de su querida Sampdoria de Génova. 37 años tenía.

Un caso similar lo tenemos también en Frank Rijkaard. Pocos jugadores pueden ser recordados a la vez como defensores duros e infranqueables y generosos y finos mediapuntas. El holandés fue ambas cosas. Y muchas más. También se quedó a las puertas del Barça porque tuvo problemas con Cruyff. Sin embargo, al contrario que Toninho, él no se perdió nada de la fiesta. Previo paso por el Zaragoza, donde ya fue recordado como buena y afable persona, entró en el Milan de Sacchi. El equipo más demoledor de la historia del fútbol contemporáneo hasta que los Galácticos de Madrid y, después, el Barcelona que ha batido todos los récords de calificativos, lo hayan arrinconado un poco en la memoria. La altura del salto se debió a la Eurocopa de Alemania donde enterró a la que quizá fue también la mejor Unión Soviética de toda su historia. Se revalorizó demasiado para los maños sin que fueran realmente conscientes de que habían recorrido once partidos en un Ferrari.

Pero la gracia de Rijkaard es que para ser un jugador polivalente que tenía costumbre de recorrerse el campo entero en cada partido, era también un fumador empedernido. La habitación que compartía con Van Basten en las concentraciones del Milan ha sido descrita en los medios varias veces como “una nube de humo”. Todo parece que fue por un “problema personal”, que no solo le sumió en el vicio, sino que también le hizo perder el interés por el deporte. Sacci en un entrenamiento le llegó a espetar delante de los demás jugadores que, con su apatía, le estaba robando al Milan. Esto le afectó de tal manera que decidió rechazar la millonaria oferta que le ofrecía Berlusconi e irse de vuelta a su Ajax por mucho menos dinero. Su decisión fue acompañada de una carta a Sacci, le escribió: “Yo no soy un estafador”.

Pues no tardó mucho en cruzarse su camino con el de los rossonero. En la final de la Copa de Europa de 1995, cuando el Milan seguía siendo el dueño de Europa merced, esta vez, a Fabio Capello, Frank hizo un partido que acabó con la supremacía de su antiguo equipo. Fue en Viena, donde el mismo Rikjaard le había dado una Copa de Europa al Milan empotrando a Silvino, portero del Benfica, de mala manera. Capello repitió la misma táctica que había finiquitado la etapa del Dream Team, pero en un momento de descontrol en la segunda parte, un Kluivert de 19 años marcó para el Ajax y puso en el firmamento a un entrenador y un nuevo concepto, Louis Van Gaal. El Milan tardó casi una década en recuperarse del susto y Rijkaard, con la edad de Jesucristo, dejó el fútbol en activo para regresar como entrenador. De nuevo con su tabaquismo y cordialidad no impostada, pero decidido a marcar otra nueva era, la que empezó a coronar al Barça como mejor equipo de todos los tiempos, la que reza que “jugando bien” también se puede ganar, como ha demostrado otro equipo irrepetible, la selección española. No obstante, antes de eso, la posición en el campo del todocampista siguió generando literatura.

Fernando Carlos Redondo Neri. Cuando Rijkaard abandonó el Milan para irse al Ajax estuvo a punto de terminar en el Real Madrid. Mendoza hizo lo imposible por ficharle y hasta paralizó las negociaciones por Fernando Redondo, que también interesaba a Berlusconi. Pero el equipo blanco tenía a las estrellas de la Quinta del Buitre por encima de los treinta años y necesitaba un relevo generacional. Por eso, finalmente, Redondo, con sus 25 años, terminó en el Madrid y sus actuaciones llegaron a ser más que determinantes o históricas. Puede hablarse de epifanías.

La jerarquía del caos, ese es el mote que nadie le puso nunca a Redondo pero que mejor encajaba con su papel en el Real Madrid. El club en el que recaló fue todo un ejemplo de inestabilidad. Cinco entrenadores y dos presidentes en cuatro años, suficiente como para bajar segunda, pero el Madrid es asina y donde terminó fue en Amsterdam, jugándose la final de la Champions contra la Juventus. No era una Vecchia Signora cualquiera, iba de EPO hasta las jártolas, como quedó demostrado en el juicio al médico del club, Riccardo Agricola. Redondo no brilló balompédicamente hablando, pero se batió el cobre, repartió palos, y no dejó, junto a un inconmensurable Seedorf, que esa colección de tipos musculados campara por sus respetos en el centro del campo. Hizo lo que hizo su equipo, el Madrid, aguantar el chaparrón hasta que, por tenacidad, sonó la flauta de Mijatovic. Con sangre, sudor y lágrimas, volvió a situar al equipo de la capital en el lugar en el que sus aficionados llevaban cuarenta años esperando que estuviera. Como la foto en la que los marines alzan la bandera estadounidense en el Pacífico en la II Guerra Mundial, pero en blanco y rojigualda.

Los años siguientes no fueron precisamente un camino de rosas. Cuatro entrenadores más en dos años. Y una derrota, seis a cero, frente al Valencia en Copa del Rey con un Redondo cabizbajo, alineado junto a Guti, en lo que parecía el fin de una era dorada que ni se sabía a ciencia cierta cómo había llegado. Pero el argentino reapareció. Fue en la recordada fecha de Old Trafford. Toda una carrera deportiva repartiendo leña, con una conducción impecable y un guante en el pase en corto en la pierna, pero sin pisar casi nunca el área rival, hasta que Redondo subió por la banda en un contraataque, miccionó sobre Berg con taconazo incluido para que Raúl empujara un tercer gol que a la postre resultó decisivo. Para qué describirlo, está en todas las retinas.

Del Real Madrid nunca se sale bien, dijo otro sabio, y Redondo fue malvendido al Milan a las pocas semanas de esta exhibición. Sabido y notorio es que Florentino tiende a cargarse a las estrellas que han traído los directivos anteriores a sus reinados, pero también que Redondo se lesionó de gravedad en el Milan al poco tiempo. Al margen de todo esto, el argentino, por dignidad, no quiso cobrar su ficha en ese estado. Parece que el todocampista es, aparte de una forma de juego, todo un compromiso ético.

El termómetro de la competición europea todavía sirvió para destacar a varios todocampistas históricos. El Manchester United se llevó en el Nou Camp con una remontada heroica en dos minutos al Bayern esa Copa de Europa que le había birlado el Real Madrid. No pudo jugar Scholes, su hombre de referencia en el centro, pero había hecho mucho para que sus compañeros estuvieran ahí. Denominado “el mejor jugador desconocido del mundo”, Scholes había ofrecido lo que le salió de las narices en las áreas rivales sin dar una voz más alta que otra. Todo lo contrario que su compañero Beckham, experto en rentabilizar su juego más que en jugarlo ya por aquellos tiempos. El inglés, en cambio, era todo un catálogo de recursos. Un centrocampista que cuando llegaba al área decía el “por aquí se la voy a pasar Cole“, y se la pasaba y era gol o golazo. Se perdió aquella final por sanción, pero aún le quedó gas para estar en la de 2008 frente al Chelsea, en otro mundo, el de los Beckham 2.0 aka Cristiano Ronaldo, que enchufó el primero tras, precisamente, una pared de Scholes con Brown. Y sigue siendo incombustible. Ya retirado, este año le ha hecho Ferguson volver y ahí sigue, con 38 años.

Son muchos más, como Lottar Mathaus, que logró vengarse de Maradona en el Mundial de Italia 90, aunque luego naufragara en la aludida final de Barcelona. Difícil olvidar su cara, tumbado en la banda, creyendo con arrogancia alemana que los ingleses no iban a superar el cerrojazo de su equipo. Para algo se inventaron los corner, aprendió un Lottar abofeteado por dos goles en un minuto. O De Rossi, que tuvo sus minutos el día que Zidane prefirió firmar el cabezazo a Materazzi en lugar de otro menos bello pero más útil que acabó en el larguero. Esta es quizá la posición más compleja y literaria de este deporte porque es la única donde importa poco la técnica y la clase, ya que una buena inteligencia y voluntad firme te hacen técnico y elegante por fuerza mayor.

La selección española cuenta con uno de estos últimos guerreros, Xabi Alonso, que cumple hoy 31 años. Sin dar una voz más alta que otra, apodado el chico tranquilo en múltiples ocasiones, es de los que siguen engrandeciendo esta posición. En su caso, donde otros han ejercido más de mediapuntas, él se emplea como infranqueable medio defensivo con un pase largo teledirigido y potente disparo lejano. Ya es campeón del mundo y de Europa con España, lo fue con el Liverpool en Champions, pero todo parece indicar que, como a sus antecesores, aún le queda carrete para un suceso épico, de raza y de historia. Lo queremos ver, por favor, para colgarnos unos cojones sangrantes en la cabeza, aunque solo sea.


El 92 era una feria

Una punta de flecha encendida prende un pebetero. O no: una ilusión colectiva prende un país.

Estábamos matando los minutos de una tarde de final del único mes de junio sevillano. Aniquilando los minutos de espera a base de crujir rebujitos, que entonces eran una novedosa combinación de los pipas y quicos de-toda-la-vida y al poco adquirirían, por cosas de la polisemia, el carácter de bebida oficial de las ferias. Ocupábamos unos soportales de Heliópolis, donde la sombra solo quita luz. Y desahogábamos esa impaciencia cuando uno de los nuestros solapó nuestro mascar a la manera de Rodrigo de Triana. —”Tíos, ¡es el de Faith No More!”

Delante de nosotros se deslizaba sinuosa, como la patinadora de Boogie nights o el pez del Viejo y el mar, un estrambote de bicicleta morada, de morado gran poder como las túnicas de Carlos Jesús y como un billete de mil duros, pilotada por Jim Martin, a la sazón, en efecto, el guitarrista de Faith no more. Un tipo difícil de no reconocer porque no había muchos como Jim, aún menos en una estivalía sevillana: camiseta negra sin mangas, vaquero a la piedra, gafas de culo de botella y pasta roja y pulgosa melena y barba amelenada de azabache. No hubo más reacción que la del grito porque insospechadamente Jim tenía un golpe de riñón indurainano y además el gentío no estaba allí para gastar energía adoratriz en él, sino en los Guns ‘n Roses. Estaba en marcha, desde luego, la era Induráin y Martin también era muy feo. Demasiado feo para esa España entusiasta, que era una España demasiado sexy para el mundo (o algo así cantaban Right said Fred).

Era 1992, he dicho, como es 1992 en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Pero el futuro de chatarra y baja densidad que ideara Philip K. Dick en su novela de 1968 guarda poca relación con aquél presente sevillano de overbooking cotidiano, grandes conciertos y fastuosos edificios en la Expo, el evento cuyas colas inspiraron con toda probabilidad la idea de abrir un Ikea en esa misma provincia allá por el año 2004. El verano de 1992 era el tiempo, principio y fin, para conquistar el paraíso, usar la ilusión.

Después de aquella aparición tan casual, Jim Martin actuaría con su banda en la parte central de un concierto que abrieron Soundgarden y cerró alguna casaca de Axl Rose. La estampa es una España modernizada por las revoluciones urbanísticas de Barcelona y Sevilla, el estreno del AVE y la familiaridad incipiente con la tecnología telemática —así, todas las letras del disco Inercia de Lagartija Nick—. En 1991 se había creado el PC multimedia y este año se estrenaban el Windows 3.1 y el 3.11. La revolución informática y la revolución gastronómica para ya no ser lo mismo o apenas variar en la superficie para seguir siendo superficie, que es lo que sucede de todas formas. En el 92 algún pionero ya hablaba sobre la tridimensionalidad que se avecinaba y en un giro contracorriente la mascota de los Juegos Olímpicos era un perro de una dimensión. Para acreditar que también se aproximaba la normalización de lo gay, la mascota de la Expo tenía un pico, un largo pico multicolor. Coby y Curro, bisílabas con ‘C’ como Cristian Campos. Las tortillas aún eran sólidas.

Ahora Cruzcampo sigue siendo el icono publicitario más reconocible en Sevilla —en el 92 un exitoso spot con una de Steve Miller— en tanto que como hace veinte años en el mes de mayo la silueta de las carretas se recorta en el amanecer contra el skyline de La Cartuja en lo que constituye el tradicional camino hacia el Rocío, con más psicotrópico del que se consumía en la Ruta del Bacalao y un amplio carrusel de polisemias (de la blanca paloma a la raya real). La estampa de las carretas y el polvo es tan fordiana que toda la lírica tan repetitiva que la recubre se antoja escasa. En la Sevilla del 92 Jesús Quintero tenía un garito chic y la lírica salvaje venía de Silvio, un tío con más leyenda que el quinto centenario. Como la América de Kerouac, España tenía su propio latido beat, con el Rocío, el bacalao y los xacobeos. Un tam-tam polimorfo cuya faceta mediterránea fue magnificada en la ceremonia de apertura de los Juegos. Y así, incluso con tanta perspectiva, la que ofrecen veinte años, me resulta difícil discernir si el 92 era un fin de trayecto o un principio, si es que ambas no son lo mismo.

Jim Martin, un ganador épico

El Woody Allen que llegó a las salas en 1992 fue la incolora Sombras y niebla, ofreciendo un contraste a la ceguera de luz irradiaba España. Para nosotros y puede que para nuestros mayores y menores, el 92 fue una claraboya psicológica que arrojaba su chorro luminoso sobre un país que lucía ropa y andamios en virtud del caudal de dinero comunitario que se recibía desde el 86. La peli de Allen tenía a Madonna y John Cusack en el cartel así como tonadas de Kurt Veil, que es la música circense apropiada para los tiovivos de unas ferias, por ejemplo la sevillana, muy de poner a Modern Talking. En vida Kurt Veil vindicó el maridaje inevitable entre la música culta y la popular, que es un poco lo que fue consiguiendo nuestra televisión de entonces, una tele ya con canales privados, desde hacía un año, para ver a Oliver y Benji. Veinte años después es inevitable no pensar en Hughes cuando evocamos el instante histórico en que Umbral regañó a la Milá en su programa de Antena 3, acaso un preludio de los realities guionizados. Madonna por su lado (aunque Madonna ha tenido más lados que un Dalí en 3-D) publicaba en octubre del 92 Erotica, disco que acabará como uno de sus mejores trabajos. Pero la jugada capital, con una década ya en la cima del show business, fue volver a recoger la atención de todos los focos a través de su libro de fotos Sex, con mucho material en blanco y negro pero poca relación con la peli de Allen. También cumplía diez años de hegemonía Felipe González.

Blade Runner, la adaptación cinematográfica de ¿Sueñan…? se estrenó en 1982 pero su acción no transcurría en 1992, sino en 2015. La que sí se estrenó en 1992, convenientemente el 12 de octubre, fue otra del mismo director, Ridley Scott: 1492, la conquista del Paraíso, con Gerard Depardieu como Colón, que es como si a José Bódalo le hubieran encargado encarnar al cardenal Richelieu. En la selectividad no faltaban los comentarios de texto inspirados en el Quinto Centenario y eran artículos que referían lo pérfidos que habían sido los conquistadores. La cuestión era discernir si ya éramos buenos ahora que pretendíamos seducir al mundo con palmas mediterráneas. En las sucesivas versiones de Blade Runner que han ido apareciendo sobre el propio original —en lo que ha sido una realidad paralela del término ‘remake’— los aficionados e incluso los intervinientes de la obra han debatido en torno a la disyuntiva de si el protagonista Deckard era un replicante. El 92 no tiene remakes sino evocaciones, y su efeméride es también proclive a las especulaciones: ¿y si, ahora que el castillo español se desinfla, aquello no era un despegue, mucho menos un aterrizaje, sino el centro de la diana? Incluso con más perspectiva: ¿y si el hecho de 1492 no fue un paso decisivo sino el mismo destino? Tanto el camino hacia esa cita como los acontecimientos ulteriores compartirían, entonces, un papel periférico. Como cuando se va o se viene del Rocío: el nudo está en el paseo de la Virgen, la pelea por tocar el paso, las lágrimas bajo la euforia en los balcones de la aldea. “Hemos visto cosas que no creeríais” y todo eso. Todo eso es la nuez, el paraíso descubierto, y los trayectos son la cáscara. Vivimos en la cáscara y nos alejamos del sol porque en el 92 ya vimos la luz. Volviendo a la cronología, cerca de aquí, en Portugal, El 5 de julio de 1992 comenzó el rodaje de Belle Epoque, aquella idealización que menos de un año después se alzaría con el Oscar de la Academia, sucediendo en los honores del cine español a Volver a empezar, que había sido premiada en 1982 y cuyo director recogió el galardón vestido de blanco.

El periodista Alfredo Relaño suele referirse a Sevilla como una ciudad dicótoma. Triana, Macarena; Sevilla, Betis; Joselito, Belmonte. En la industria del rock fueron recurrentes y lucrativas las rivalidades o batallas de las bandas, tónica que tuvo en la Beatles/Stones su celebración más referencial y fue revitalizada precisamente en los noventa. Nirvana contra Pearl Jam o Blur frente a Oasis capitalizarían en los años subsiguientes al 92 una serie de rencillas periodísticas, alentadas por los sellos discográficos en la era pre-descargas. Faith no More también litigaron una efímera rivalidad a cuenta de la agitación californiana que antes de ellos supusieron los Red Hot Chili Peppers. La chispa comparativa entre ambos grupos la había propiciado el reclutamiento para Faith no More del cantante Mike Patton. Su lacia melena y torso atlético así como su pulso rapero dieron pie una rápida comparativa con los Red Hot, cuyo vocalista, Anthony Kiedlis (lacia melena y torso atlético), no tardó en acusar ante el jurado: ¡plagio, Patton es un replicante! No obstante, el argumento tendría corto recorrido pues tras el éxito cosechado con los rapeos del single Epic y el álbum del 89 The Real Thing, Patton describiría una singularidad cambiante que le alejó de cualquier analogía estética. Años después el Kiedlis de cuarenta-y-tantos se nos ha presentado con flequillo y bigotito en una estampa que remite a uno de los tantos looks que estilaría Patton en esos convulsos primeros noventa. El cantante de Faith no More cambiaría la melena por el pelo enfijatado justo cuando lo que se llevaba era el grunge. En la España del 92, en una suerte de proyección del Michael Douglas de Wall Street, la gomina más apoteósica la llevaba Mario Conde, y el logo de su banco estaba coloreado en la misma combinación, rojo amarillo y azul, de esa España olímpica y posmoderna. No pillarían enfijatado a Neil Young, autor de un excelente disco, Harvest Moon, en las postrimerías del 92 y padrino durante esos años de buena parte de las tendencias dominantes en la escena (los grunges, los ruidistas, el neo-folk que empezaría a emerger). En una de las canciones de aquél trabajo, una suerte de remake crepuscular del Harvest de 1972, Neil distinguía espacios temporales en función de iconos pop de cada momento. De Hank a Hendrix (“recorrí estas calles contigo”); de Marilyn a Madonna (“siempre me encantó tu sonrisa”).

A Madonna no se le secaba la ambición

Era el 92 un año bisagra, donde Clinton derrotaría a Bush, la implosión del pop/rock alternativo se decoraba con cortinas rasgadas y Antonio López avanzaba en algo. Tiene su lado irónico comprobar cómo durante el reaganismo la tendencia imperante en los charts americanos se trufaba de bandas que pregonaban un estilo de vida hedonista y cuya frivolidad era escenificada entre mallas, cañones de confeti, laca y baladas de playa Malibú, en tanto que a la llegada de Clinton, con la generación de quienes nacieron en los crujidos del ’68, aquél baby boom de iconoclastia, la tónica sería de alta depresión y reflexiones instropectivas, el reverso de la formidable Baywatch, la lluvia de Seattle como espejo de Blade Runner, la suciedad (Sonic Youth publicaron Dirty en el 92) como máxima cool. Unas aguas ideales para que cada vez más peña le hiciera la ola a los REM, de los pocos supervivientes que transitaron el cambio de década y de modas sin perder comba y que a la que vieron que la jovialidad ya no se llevaba (esos colores de la Shiny Happy People) se pasaron a lo átono sin que ningún crítico avispado reparara en lo comercial de la jugada. Todo lo contrario. En la Academia de Hollywood los premios recaían históricamente en El Silencio de los Corderos, acaparadora de los cuatro ases del palmarés con la dificultad sobrevenida de ser una película que acumulaba un largo recorrido en las salas —en Estados Unidos o Inglaterra la habían visto en la primavera de 1991, apenas unas semanas después del estreno de Bailando con Lobos, la triunfadora de ese año anterior—. La peli de Jonathan Demme pareciera llamada a propiciar un trending topic, en la producción cinematográfica, de asesinos en serie (no tardaría la segunda cadena de TVE en programar la verdadera joya del género: el retrato de Henry), pero ese rol percutidor, ese honor de darle carrete a una moda, le correspondería más al auténtico pelotazo del verano de ’92, Instinto Básico, un pelotazo mejor que el de Koeman. El verano de 92 fue así de Sharon Stone, Los Manolos y zapatos náuticos con suela de goma blanca. The Real Thing, como esa Segunda Cadena de TVE que presumía de parrilla con los mejores tiempos de Metrópolis y emisiones en prime-time de las películas de Divine. Tras Instinto Básico lloverían psico-thrillers tórridos con detectives o abogados a merced de mujeres fatales como Madonna en El Cuerpo del Delito.

En la película Blade Runner llueve cantidad y los viandantes usan paraguas fluorescentes, pero en Sevilla el 92 presagiaba sequía. Si los Faith no More querían líquido, el público del Benito Villamarín les escanció con un diluvio de latas de refresco. Sucedió rápido: a Mike Patton le cayó alguna lata lanzada desde el respetable. El cantante la enseñó y animó a seguir la fiesta. “Más mierda para mí”. Se desencadenó entonces un diluvio magnífico, ajeno a cualquier guión, que aún se le recuerda a Patton cuando un periodista musical, si es que queda alguno interesado, le entrevista. Varios cuartos de hora después, Axl desplegaría casi tantas canciones como bordados y Slash puntearía la música del Padrino. Pero la gente salió del estadio departiendo sobre la guerra de latas, que es como si del Camp Nou se sale destacando la actuación del utillero. Fue muy feliz aquella afición barcelonista en el 92 porque su equipo ganó su primera Copa de Europa y en el eje de aquello la tocaba Pep Guardiola. Ése Barça aún vestía de Meyba y ese vestuario de bañador me encaja plenamente con el recuerdo de un 92 de color vivo, insistente en los blancos, rojos, amarillos y azules. Como el juego Simón o los cuadros de Miró. Ahora se celebrarán las Olimpiadas en Londres, donde el Barcelona se coronó hace dos décadas, y la canción de reclamo es un London Calling que parece más Blade Runner que la algarabía dispuesta en el All your Loving de los juegos de la condal. Allí Guardiola también se acreditó como torero del año en virtud de su participación en la medalla de oro cosechada en fútbol. Y creo que las equipaciones de España eran de Kelme. Para el Guardiola futbolista la primera temporada fue la más triunfal, del mismo modo que sucedería después con el Guardiola entrenador. De Meyba a Nike, anduvimos los estadios de Europa con Pep.

El show de Koeman

La imagen del rock ha sido esencialmente una cosa de uniformes. Este aspecto se radicalizaría en los años ochenta con la segmentación de las tribus. Nuevos románticos, punks y after-punks, heavys, raperos, siniestros o rockers, cada protagonista cumplía con la etiqueta asignada o desarrollada en su departamento. Luego están los casos de quienes mejor comprenden la ceremonia de la guisa y, en consecuencia, se dedican a cambiar de chaqueta. De los Beatles y Bowie a Madonna, es decir. En esta circunscripción, el team Red Hot Chili Peppers se distinguiría por llevar el no-uniforme, esto es, uniformarse en la desnudez emulando a Iggy Pop, cuyos primeros discos en solitario produjo Bowie. En el ’92 los Peppers aún amortizaban el pelotazo que supuso su single Give it Away, para cuyo clip se pintaron todos de plateado. Tan iridiscente idea fue rodada en un desierto, con la mala fortuna de no pillar hospitales cercanos para atender de urgencia los síntomas de intoxicación que Flea y compañía sufrieron por culpa de la pintura. Luego los Peppers perderían por vez primera vez a su guitarrista John Frusciante y ello abriría un concurso de reclutamiento cuyo primer elegido, cuyo nombre olvidé, confirmaría que no cualquiera podía ser un Pepper. No por el talento, sino por la constitución. Tanto chirriaba ese torso antitribal que tuvieron que buscar otro y el elegido sería nada menos que Dave Navarro, ex de los Jane’s Addiction. Con éste no había problemas de sexualidad, no en vano unos años más tarde haría sus pinitos como actor porno. En la España del 92 se diría que las tribus seguían resumiéndose en fachas y rojos, como en Belle Epoque y como ahora, la maldad y bondad de cada cual en función del uniforme de la familia.

Ah, el uniforme. Se venían los tiempos del grunge, del brit-pop y de lo alternativo, así en general, que eclosionaría con la indumentaria indie de pantalones de pitillo, gafas de pasta y americanas Strokes. Pero Faith no More carecían de uniforme para la década anterior y difícilmente les encajaría para los noventa. Un guitarrista que parecía Stephen King con pedales Marshall en vez de Olivetti; un teclista gay que se ponía camisas de flores a lo Nick Slaughter; un batería con rastas; un cantante ora crooner enfijatado ora mallista con perilla. Así no había manera. Faith no More eran como una Patrulla X del rock y este eclecticismo de las personas explicaba el potaje de su música, un cataclismo de metal cavernario, cataratas de teclados, suites de música de cuarteto y aullidos protohumanos. La tan elocuente no-fe de FNM hubiera merecido un dueto entre Patton y Marifé de Triana, lo cual hubiera supuesto el reverso folklórico de lo de la Caballé con el Mercury para Barcelona. La fe en la feria sigue intacta hoy como impoluto anduvo Felipe de Borbón en el desfile de las Olimpiadas del felipismo. En una foto-montaje, los Faith no More se enfundieron trajes del ejército soviético.

En el descanso de la final de fútbol del 92 supimos que Fermín Cacho ganó la carrera de 1500 y aquello fue como vivir localmente las victorias británicas de Carros de Fuego, sólo que con Los Manolos en lugar de Vangelis dándole y dándole a la rumba fish & chips. La final de fútbol la estaba jugando España contra Polonia, cuya selección absoluta ya hiciera un formidable mundial en 1982, llegando hasta las semifinales, donde perdieron contra Italia y aquél partido tan fatal para ellos se jugó también en Barcelona. En el 92 el rojo español se impuso a los ya no rojos polacos y en Sevilla se hablaba mucho de El Molino Rojo, establecimiento que solía frecuentar el Marqués de Feria. Años después el mismo bisibeo competería a un local llamado Arni. El gol de la victoria española en la final olímpica lo marcó Kiko, que era un delantero de 1,90 y hombros cuadriculados que rebatían la fisonomía de la España de la larga posguerra. Kiko se comunicaba con los compañeros a ritmo de silbido, confirmando que España estaba ya en la liga de la Europa desarrollada pero conservaba la picaresca. De hecho, cuando nos fijamos, Villar aún estaba allí. Esto del trapicheo también lo certificaron en varios de los contratos de la Expo. Luego Kiko hacía unas declaraciones arrastrando eses y haches y era la misma lengua que Los Manolos cantando en inglés o como Los Beatles de Cádiz, la tacita de plata donde Kiko había emergido futbolísticamente. Cerca de El Molino Rojo se erigiría en esos primeros noventa una construcción también colorada, pero para oficinas, denominada Viapol, particular por constituir el primer ‘edificio inteligente’ de Sevilla, mi arma.

En vez de aglutinar ese adjetivo, el adjetivo ‘inteligente’, el Barcelona de Guardiola sería apodado ‘Dream Team’ después del 92, replicando así nuestros periodistas el título que se le había concedido a la selección estadounidense de baloncesto que, cual colección de estrellas de cine, se paseó por los juegos. Tan pop era aquél combinado que una de sus estrellas bombásticas, Magic Johnson, tenía su propia canción a cargo de los Red Hot Chili Peppers. En las olimpiadas disfrutamos de un Magic patriota que ejercía ya de embajador de la normalización de los afectados por el Sida en el año posterior a la pérdida de Freddy Mercury, presente en voz y espíritu a lo largo de todos los juegos. En el 92 Wembley acogió un concierto de homenaje a su figura y allí Axl Rose hizo dúo con Elton John, quien protagonizaría el otro concierto magno de la Expo, el 15 de julio, a 3.000 pelas la entrada. Y así descubrimos que Axl tenía vocación de reinona. Era un tiempo histriónico, como el amarillo de Los Angeles Lakers, las americanas de Pepe Gafe o los gritos enloquecidos de Carlos Martínez cuando al Madrid le metían algún gol en Tenerife. En el Blade Runner novelístico la atención televisiva la copa el humorista Buster y en España era Alfonso Arús, que hizo famoso a Monchi y no terminaba de clavar a Jesús Gil porque Gil sería ya su propia parodia en Tele 5 con el jacuzzi y las camisas panameñas y unas hechuras que la ficción reproduciría en Tony Soprano.

España delegaba su fe en los símbolos

En el 92 se abrió en Sevilla el Puente del Quinto Centenario, estructura que puede imponer admiración desde la distancia e impone temor cuando se recorre porque sus carriles son demasiado estrechos. La insuficiencia de ese ancho de banda sí fue advertida por alguien, cuando el puente aún era un diseño en planos. Pero otro alguien decidió que no había margen para rectificar: en parte, la Expo fue un homenaje a Ed Wood y su célebre eslogan: “¡a positivar!”. Había que seguir adelante igual que Maradona aterrizó en Sevilla para enseñar a la cantera y despistar a los coches patrulla. La infografía cobraba entonces un peso en los periódicos y cierto diario deportivo escenificó una persecución al pelusa, que conducía un Porsche y que al ser finalmente atrapado alegó que no obedeció la orden de detenerse porque llevaba la música alta. Me gusta imaginar que escuchaba a Los Cantores de Híspalis a todo trapo. También llevaba un Porsche Rinat Dassaev, un portero célebre en el 82 pero incapaz de detener el aluvión de jugadores brasileños tocando las palmas en el Sánchez Pizjuán, el que luego sería su estadio entre 1988 y 1991, la palangana según los acérrimos béticos, un recinto acaso demasiado estirado para acomodar conciertos de Guns ‘n Roses. Puede que fuera la leyenda fresca de Dassaev (le llamaban ‘Rafaé’) la que comunicó a Maradona lo divertido que podía ser correr con el Porsche por el casco urbano: en 1991 el ruso había metido su vehículo en el foso que rodea la facultad de Derecho.

Sevilla vivió una revolución de puentes, con Calatrava poniendo la llave que sirve para anunciar compañías de seguros y abrir las puertas de lo que se venía: la erección arquitectónica. Esa modernidad de la Expo, que en los años subsiguientes amenazó seriamente con crear un cementerio de vanguardia en La Cartuja —lo montaron todo para seis meses, pero nadie pareció percatarse de la conveniencia de dar un uso posterior a esa ciudad— preludiaba la maquetería mercurial de Bilbao y la decoración esquelética que sobrevendría en Valencia. Ahí sí, el 92 fue un primer capítulo. Y en el AVE. También una banda llamada Radiohead arrancó ese año y uno supone que poca gente, seguramente nadie, vaticinaría que aquellos oxfordianos que lanzaban el sencillo Creep bajo una lluvia de noviembre se convertirían en referencia hegemónica —es probable que en mayor medida por una inteligencia mercadotécnica que por la calidad real de su talento—.

Lo difícil, supongo, era discernir si el 92 año era una culminación (Maradona) o una arrancada (Radiohead).

Para buena parte de la concurrencia que acudió al Benito Villamarín para ver a Axl el set de Faith no More abundó en novedades porque su álbum de ese año, Angel Dust, apenas había salido del horno. Al siguiente lunes estaba en las tiendas. Los escaparates de Sevilla Rock se llenaron de garzas sobre fondo azul y una tipografía como de música clásica, componiendo una bella estampa que contrastaba con la contraportada del álbum: un interior de matadero. Esa dicotomía entre el ejemplar vivo esbelto y la carne muerta y los tendones al aire sintetiza el juego de extremos que había en la música de Faith no More, una ensalada donde cabía el grindcore y el calipso. Un juego de contrastes como la sangre del toro y el revuelo de las moscas y las toquillas del Corpus. Como el brillo de un catavinos de plata y el dorado de la manzanilla que lo rellena. En la Sevilla del 92, Angel Dust era el polvo del albero mientras que en España el grito de Koeman se fundía con el tembleque de Julio Aparicio, que haría la faena de su vida en Las Ventas y ya no se nos volvería a aparecer hasta que se ha retirado en 2012.

Una Sevilla fordiana pero estrecha

Esa España de colores mondrianescos exhalaba un calor adolescente, un fuego veraniego que desaconsejaba aún el uso de las franelas que popularizaría el dichoso grunge.

En el 92 los huertos del pop eran una fertilidad selvática, continuando el fulgor del año anterior y consolidando una productividad de talento, diversidad y grandeur en la que pareciera que Perséfone había dejado de bajar al Hades para propiciar el invierno. Estos felices noventa (grunge invierno, nihilismo) del pop registraban una vuelta al pasado que uno nunca tuvo claro si obedecía a algún genio del marketing. En ciudades universitarias empezaron a arreciar fiestas de primavera y una fotocopia de flower-power que se refrescaba con las bebidas de Radical Fruit. Aparecían aparatos como el escáner. El dorso nocturno era matraquero y alguno vio la ocasión de comparar aquellos nuevos hábitos del bacalao con movimientos juveniles como la contestación punk. Pero no terminó de cuajar la analogía porque a nuestra celebración electrónica de extrarradio y litoral le faltaba prestigio y no es lo mismo cantar God Save the Queen que El Venao. Se quejaban los estudiosos de que el lado banal y feísta de lo electrónico manchaba la imagen general de una renovación musical que mataría al rock. Pero como siempre el porvenir iba más por la integración que por el reemplazo y en rigor la electrónica pura no pudo con el reto. El rock siempre se está muriendo, languideciendo como cuando Thom Yorke arrastra una sílaba. Lo cierto es que en el 92 se publicó un disco de Aphex Twin que era ya la obra cumbre de la electrónica. Lo que vino después sería periferia.

En 1992 fue inaugurado Disneyland Paris y Europa empezaba a ser infantilizada. La España democrática, en cambio, atravesaba entonces su pubertad, de modo que sólo cabe concluir que la época del destape había sido su fase anal. Algunos nos limitábamos a embobarnos con el vídeo de November Rain, una obra que merecería un libro entero, o las camisas de Parker Lewis. En el 92 España era luminosa pero por el mundo Bono se desplegaba en un negro más charol que cuero y sus U2 estiraban y amortizaban el giro emprendido con Achtung Baby! Habían cogido la ola del dance-rock que fue otra corriente efímera en Inglaterra aunque de poso profundo e inercia indispensable para comprender el brit-pop que se venía. No en vano la campaña de Clinton se desarrolló al son de Right Here Right Now de unos Jesus Jones que carecían del rayo ganador de Bono pero le proporcionaron al candidato demócrata y a la postre emperador una adaptación al pop del alegato Carpe Diem que habían proclamado los alumnos de Robin Williams en El Club de los Poetas Muertos. En 1992 programaban esta peli en los coles del Opus, aunque aún se decía películas y colegios, y en 2002 ha despedido su serie House uno de aquellos pupilos, seguramente el que se suicidó. Robin Williams visitó las salas por partida doble ese año, de un lado atormentando el lado místico del capitalismo en El Rey Pescador y de otro emulando a los cantantes jebis con sus mallas verdes de Hook. Pero la película que enganchó de veras fue el gran montaje de JFK, coincidiendo con que el análisis político más epidérmico, que al cabo es el que más cala, que encontraba en Clinton al nuevo Kennedy.

La España del 92 ya era alta como Kiko y sus jóvenes tenían el pelo lo suficientemente fuerte y lustroso como para que proliferaran los anuncios de gel fijador Garnier o Graffic o como quiera que se llamara uno etiquetado en amarillo, rojo, azul y blanco. Kieslowski maravillaría a la Europa cinematográfica de esos años con su trilogía de los colores, pero nosotros teníamos cuatro. Paradójicamente, cuando nuestra estatura y garbo nos alejaba ya definitivamente de esos perfiles del landismo, del lopezvazquismo y de las viñetas de Forges, nuestros espigados baloncestistas fueron la oveja negra de nuestros Juegos Olímpicos. En las salas de cine un Bardem o un Mollá vendrían a comunicar que el macho apuesto, atlético y polivalente derrocaría para siempre las estampas que otrora habían representado Máximo Valderde o Juan Luis Galiardo. En la cresta estaba Jorge Sanz, al que podríamos considerar una suerte de eslabón intermedio porque era guapo pero aún bajito. Luego vendrían los JASP y Eduardo Noriega, que ahora anuncia yogures. En la primeriza Antena 3 un concurso había atraído más por el magnetismo de su presentador que por su contenido tan abusivo en dorados. Ése entertainer era José Coronado. Antonio Banderas, por su parte, se iba a la otra liga y aquello fue como cuando Fernando Martín marchó a Portland sólo que con mejor desenlace.

Proclamando la paz mundial

En 2012 hay acceso a determinadas hemerotecas online que atestiguan la poca consideración que tuvo entre nuestros periódicos el acontecimiento pop del Benito Villamarín. En los quioscos El País seguía siendo el rey, con un dream-team en cada sección (de Vidal a Fernández-Santos, siempre me encantó tu sonrisa). Emergía un tal Santiago Segurola en paralelo a la incipiente pujanza en la radio deportiva de El Larguero y el cuidado producto de Canal +, con Relaño al frente de los deportes. Algunos aspirantes a periodista nos maravillábamos con el diseño colorista y metropolitano de La Vanguardia en tanto que El Mundo asumía la apuesta renovadora en la forma -el batallón de opinión amenizando las primeras páginas- y el contenido -la vigorizante apuesta por investigar en el seno de la no-tan-modélica-estructura de España post-franquista-. El eslogan de la profesión consistía en que el periodista es un notario de la realidad, que era una frase muy de García. Su emergente competidor, José Ramón de la Morena, manifestaría en cambio que “la objetividad no existe”. Supongo que ninguno sospecharía vivir después el fin de una era en la cual el micrófono o la imprenta posibilitaban ese poder con el que una persona disfrazada de notaria desempeñaba en realidad el papel de medium cuando no de empleada de una corporación cuando no el de filtro interesado de la “realidad”. Un fin de raza herciano. En ¿Sueñan las Ovejas….? tampoco hay internet pero sí mercerismo. Lo más parecido que tuvimos en la España del 92 fue la Farmacia de Guardia de Mercero. En 1992 Sevilla tenía un color especial y ese año se formaron Los del Río, quienes subsanarían después la herida que en muchos orgullos había dejado Remedios Amaya en 1983 y hasta serían instrumentalizados por Clinton, de nuevo Clinton.

La prensa apenas destacaba la trascendencia de la visita de Guns ‘n Roses, que ni siquiera vendieron el aforo completo. En Los 40 Principales, que seguían constituyendo la temperatura oficial del pop consumido en España, con eficaz afluente para el folklore patrio a través de Cadena Dial, la cosa seguía donde siempre. Pero en la sala de maquinarias todo estaba cambiando porque ya decimos que el 92 era una bisagra y las galas no tardarían en ser sucedidas por los festivales. Mientras Héroes del Silencio presentaban El Espíritu del Vino en una gran gira nacional, mientras Mecano hacían su última ronda por las plazas de toros nacionales, Los Planetas entraron en escena con Mi Hermana Pequeña y así nacía una escena indie que ya tenía sus giras estatales con prematuros como Usura. Se avecinaba una nueva ola —en el 93 saldrían el Pequeño Circo de Chinarro o el Pizza Pop de Australian Blonde—. Los 40 acaparaban, decíamos, asomándose también a la tele a través de Canal +, pero no ahogaban. Nacía la Cadena 100, ahíta de programar a gentes como Neil Young y, sobre todo, se venía una etapa culminante de Radio 3 con un amplio espectro que la convertiría, a ella sí, en notaria de la explosión de ‘lo alternativo’.

Por aquello que decíamos de Banderas, el censo bautismal acreditaría a muchas melanias en los años subsiguientes en tanto que desde el AVE todo podría parecer posible: hasta meter a un par de españoles en la conquista del espacio. Fueron otros hitos domésticos o generacionales de años venideros, con lo que uno acaba pensando que cada edad tiene su propio 92, su particular Paradise City, aquellos meses sobre los que gravitan aconteceres que se adherirán a la piel sentimental como dicen que se pegan de una forma diferente las canciones que se aman en la tardoadolescencia. La vida, al cabo es la repetición de momentos irrepetibles. De Jordi Hurtado a… Jordi Hurtado.

Por eso en 2012 el lírico Antonio Luque ha principiado su disco con una sevillana.


Santiago Segurola: “Lo que más me duele del fútbol actual es el maltrato al hincha”

Santiago Segurola ejerció durante siete años como redactor jefe de Deportes en el diario El País para a continuación ocupar el mismo puesto en la sección de Cultura, una experiencia de la que, según nos cuenta, salió con la mosca detrás de la oreja y los ojos muy abiertos. Como ya hay quien ve teoremas matemáticos, movimientos sinfónicos y el platonismo más puro en los pases de Xavi y los culebreos de Messi, se comprende sin dificultad que Segurola es lo más cercano al hombre del Renacimiento que podemos encontrar en estos tiempos modernos. Con él hablamos por tanto del canon cultural del siglo XXI: deporte y rock and roll. Del fin del hincha y del fútbol competitivo tal y como lo conocíamos. De Guardiola, Spitz y Phelps. De The Who o lo que queda de ellos. Y del Athletic, cómo no; el último reducto, una manera de entender la afición que está desapareciendo y quizá nunca volvamos a ver. Y como toda Era necesita su malvado, su Nerón, su Atila, su Robespierre, su Káiser Guillermo, alguien que haga tábula rasa de las maravillas de la civilización y deje sólo desolación a su paso, también sale a colación el portugués más famoso desde Vasco de Gama. Y se pronunció su nombre y del mar (Cantábrico) no salió la bestia de siete cabezas, cada una con siete cuernos y sobre ellas el nombre de blasfemia…. Mmmmh, curioso.

¿Hasta qué punto influye el deporte en la cultura? Es decir, desde el punto de vista del espectador, ¿se puede considerar el deporte como cultura? ¿O simplemente es un pasatiempo?

Creo que el deporte está relacionado con las emociones, con las pasiones, con la niñez… y ahora mismo con la industria del espectáculo. No creo que se pueda llamar cultura, ni mucho menos. Digamos que lo que hay es un masificado divertimento social. El deporte ha adquirido en esta sociedad una preponderancia extraordinaria.

¿A qué se puede deber esta preponderancia? ¿Alguna vez en la Historia había sido el deporte tan importante?

El deporte siempre ha tenido una gran importancia social. La tuvo con los griegos y sus Juegos Olímpicos. La tuvo con los romanos mediante aquello que se denominaba circo y que no sé si podríamos llamar deporte, pero que tenía esa conexión popular con los juegos. En el Medievo se expresó a través de los tornes, por ejemplo. Y desde luego desde la Revolución Industrial, como vehículo de esparcimiento de la clase obrera y después impregnando a todas las clases sociales, en todos los países. Ahora es un hecho universal que además ofrece una tremenda derivada económica. Actualmente, junto con el cine y el videojuego es la gran industria del espectáculo.

¿Miras con nostalgia cómo se ha ido profesionalizando, cómo cada vez se ha ido convirtiendo más en un espectáculo?

No creo que la palabra adecuada sea nostalgia, pero hay cosas que no me gustan del deporte actual. Por ejemplo en el fútbol, y hablo del fútbol porque es el gran espectáculo deportivo actual, me molesta mucho la idea de que el hincha es prescindible, que el imprescindible sea el consumidor. El hincha, el aficionado que ha tenido esa relación más apasionada con el fútbol, es prescindible porque lo que interesa es el negocio puro y duro. Y el negocio ya no te lo proporciona el hincha de toda la vida cuando va al estadio. Los estadios se están convirtiendo en lugares de reunión para ejecutivos y gente de capacidad adquisitiva alta. Comienza a segregarse a los aficionados. Se le está impidiendo participar de aquello que ellos mismos crearon a principios del siglo pasado. Los estadios están repletos de palcos VIP para ejecutivos y grandes corporaciones. Eso me decepciona. Me parece una perversión relacionada con la estructura social contemporánea y con los intereses económicos. No voy a hablar de nostalgia, pero lo que más me duele ahora mismo es el maltrato al hincha.

¿En Inglaterra se cuida más al hincha?

En Inglaterra el hincha tiene algo parecido a la conciencia de clase. Tiene una conciencia colectiva más arraigada y hace valer sus derechos. Poseen una cierta mentalidad sindical en cuanto a su relación con los clubes, pero también les cuesta. Vemos lo que está pasando en el Manchester United, donde grupos de hinchas están en constante rebelión contra los Glazer, los propietarios del club. Cada vez es más caro ir al fútbol, cada vez los propietarios están más interesados en las relaciones con las grandes corporaciones y establecen unos precios inasumibles para el ciudadano medio. Da la impresión de que se construyen estadios para ricos.

El argumento que se suele emplear para defender esta industrialización del fútbol es que es imprescindible para generar los ingresos necesarios para contratar a las grandes estrellas, para tener las mejores plantillas y dar el mejor espectáculo.

Tampoco lo tengo muy claro. Siempre ha habido grandes equipos, pero digamos que era un fútbol menos fracturado, donde había posibilidades reales de lograr un título para media docena de equipos. Esto se ha acabado, y no sólo en España, donde todo prácticamente se reduce al Madrid y al Barça, sino en toda Europa. Se ha generado una oligarquía en el fútbol que es decepcionante, porque está eliminando la verdadera competición, al menos en los territorios nacionales. En Europa hay ocho o diez grandes equipos que han dominado en los últimos años y que van a seguir dominando cada vez más: Manchester Utd, Chelsea, Real Madrid, Barcelona, Milán, Inter, Bayern… y poco más. El resto es un fútbol sin expectativas, sin esperanzas, equipos que intentan llegar a ese estado aristocrático y no lo consiguen. Al contrario, se endeudan y se alejan cada vez más. El fútbol va hacia una nueva aristocracia que a mí me parece muy preocupante, porque no todo el mundo es del Madrid o del Barcelona, del Milán o del Inter, del Manchester o del Chelsea. Todos esos aficionados no vinculados con los grandes acaban sumidos en la frustración. Desde el año 90 hasta 2006, cinco equipos ganaron la Liga: Real Madrid, Barcelona, Atlético, Valencia y Deportivo. En los 80, la ganaron cuatro equipos: Real Madrid, Barcelona, Real Sociedad y Athletic. Y en los setenta otros cuatro. Eso está bien. Es una proporción justa. El Madrid y el Barça siempre han sido preponderantes, pero las diferencias de puntos que estamos viendo ahora son una barbaridad. Además es algo irreversible. Los derechos de televisión hacen que el Madrid y el Barcelona ingresen 180 millones de euros por temporada, mientras el tercer equipo está en 50 ó 60. Así es imposible. En España ya no existe la competición, que es el factor principal del deporte. Es un duopolio y nada más.

¿Se podrían aplicar topes salariales, como hacen en los EE.UU para precisamente proteger la competición, y por tanto el espectáculo?

En EE.UU intentan que haya una estructura competitiva muy cohesionada mediante dos fórmulas: los topes salariales y el draft universitario, que aquí tampoco existe. Ellos tienen un potentísimo deporte universitario que sirve como trampolín para el deporte profesional. Cada año los equipos profesionales más débiles pueden elegir los mejores deportistas universitarios, que es una manera sensata de equilibrar fuerzas, o intentarlo. Es decir, salvar la competición. Pero aquí no tenemos esa estructura universitaria ni esa tradición y, francamente, de aquí a 10 ó 15 años supongo que tendremos una Superliga europea, quizá mundial, para esta nueva oligarquía futbolística. El resto a ver cómo sobrevive. Es matar la relación local del hincha, con el equipo de su ciudad, de su entorno. Por lo que parece, a la Liga de Fútbol Profesional le importa muy poco. Lo de la LFP es un disparate, no acabo de entender qué papel juega. Parece que lo único que pretende es recaudar dinero y proteger a los dos más fuertes. Es un organismo incapaz de articular medidas convenientes para el fútbol.

¿Cuánto crees que puede durar esta edad de oro que está viviendo el fútbol español, concretamente la Selección? ¿Vamos a ser como Hungría y Polonia, que tuvieron una época de gloria que pasó más o menos rápidamente?

Polonia y Hungría no tenían dos equipos como el Barça y el Madrid. O como el Athletic, el Atlético, el Valencia… La estructura del fútbol español siempre ha sido muy potente. Tiene una población muy importante, tiene una liga potentísima… no tiene nada que ver con casos como el de Hungría. Se fundó la Copa de Europa y el Madrid la ganó cinco veces seguidas. Después la ha ganado el Barcelona. El Valencia, el Atlético y el Sevilla tienen títulos europeos. Otra cosa es que hasta ahora no se viera reflejado en los resultados de la selección. A veces pienso que el hecho de vivir en una dictadura significaba una ausencia de debate total, incluido el fútbol, y eso derivaba en una apasionada pero pobre cultura futbolística, con esa divisa terrorífica de la furia. O sea, cojones y españolía. En ese sentido Cruyff generó un debate que le enfrentó con el fútbol más carca, el que defendía el cuento de la furia y todo eso: el fútbol con dos cojones. Cruyff ayudó mucho en ese sentido, impregnó el gusto por el fútbol y fue contracultural, fue contra las ideas dominantes, primero en España y luego en el mundo. No fue el único. El Madrid de la Quinta del Buitre fue un gran precedente, un equipo amado por la gente y maltratado por la prensa. Mientras el mundo preconizaba un fútbol defensivo, los dobles pivotes, los carrileros, el contraataque, la táctica, más táctica —¡hasta Brasil se olvidó de los mediocampistas y se dio al doble pivote y la caja mágica!—… mientras todo el mundo iba por ese camino, España empezó a generar mediocampistas con gusto por la posesión, que trataban bien la pelota; España ocupó ese lugar que el resto dejó vacío. Si sigue por esa línea tendrá unas señas de identidad que son fundamentales en el fútbol, las que no tuvo anteriormente.

¿Qué te parece el fichaje de Cesc?

Me parece un excelente fichaje en contra de lo que mucha gente piensa. El Barcelona tiene muy buenos centrocampistas, pero Cesc añadirá una mirada un poco más larga, más cercana al área.

¿Cuáles son las mejores virtudes del Barcelona?

Es un equipo que sabe muy bien lo que quiere, muy compacto, con unos jugadores inteligentísimos. Y es tremendamente competitivo, rara vez verás al Barcelona perder una final. Tiene una capacidad ofensiva probada y una capacidad defensiva no tan aclamada pero extraordinaria, que se anticipa incluso a sus puntos débiles. Saben que sufren en algunas cuestiones, en las situaciones de balón parado, así que conceden pocas faltas alrededor del área y muy pocos saques de esquina. En ese sentido, la final de la Liga de Campeones fue ejemplar.

¿Y sus defectos?

Quizá sin Messi se vuelvan un poco más retóricos. Messi convierte un equipo extraordinario en un equipo monumental.

¿Qué papel tiene Guardiola en la formación de este equipo? ¿Era un equipo ya construido?

El Barça ya tenía una cultura, un método, pero el papel de Guardiola es sensacional, es el mejor entrenador que he visto nunca. Ha logrado hacer un equipo extraordinario, diferente, nadando a contracorriente. Además le ha dado esa capacidad defensiva que faltaba en el Barça de Cruyff y que no se acabó de concretar en el de Ryjkaard. Es, además, un Barça que ha profundizado en la cantera sin necesidad de hacerlo. Podía haber elegido la vía más común, la de los grandes clubes que se nutren casi exclusivamente del mercado mundial de fichajes. Frente a una idea hipercapitalista del fútbol, que representa el Real Madrid, el Barcelona ha construido un equipo con una cara más humana.

Alfredo Relaño nos comentaba no hace mucho que el real Madrid ha perdido su razón de ser con los grandes fichajes. Que hasta no hace mucho era el equipo de toda España, con jugadores que procedían de todas partes del país, y que ahora con los grandes fichajes eso se ha perdido. ¿Estás de acuerdo?

No sé si ha perdido su razón de ser, su razón de ser es otra y no sé dónde va dirigida. Era el equipo del pueblo por antonomasia, era la mitad más uno, era Boca Juniors, era el equipo de todos los lugares y de todas las clases. Y ahora veo un Madrid que quiere crecer en el mercado pero que está muy replegado, que se achica viendo fantasmas exteriores, conspiraciones. Es un Madrid que ha decidido vivir en el conflicto, y eso va contra su naturaleza. Ha adquirido una mentalidad de trinchera, y eso es malísimo para el institución. El Madrid siempre fue un equipo optimista, expansivo, dominante. Y ahora ha perdido esas señas de identidad. Supongo que volverán a ellas, pero no encuentran la manera de batir al Barcelona. El Madrid está sumido en un periodo de urgencias y angustia.

¿Qué papel juega Mourinho en este repliegue?

Mourinho es un personaje fascinante, complejo, listo, con el punto pueril de los chiquillos ruidosos y manipuladores. No comparto muchas de sus ideas y casi ninguna de sus actuaciones públicas, pero está claro que es un personaje más que relevante en el mundo del fútbol, quizá porque entiende muy bien los tiempos que corren: la necesidad de mandar un mensaje agresivo casi cada día, la necesidad de ocupar todos los espacios mediáticos, de proporcionar mensajes que se amplifiquen inmediatamente en la prensa y en las redes sociales, aunque sean contradictorios y tengan una rápida fecha de caducidad. Lo importante es el mensaje y su capacidad de difusión, de penetración social. Mourinho ha convertido el fútbol en un reality show, que es exactamente la fórmula que funciona. Basta echar un vistazo a la televisión. Eso lo hace muy bien, es muy astuto. También me parece un personaje temible por su comprobada capacidad para generar crispación, para funcionar como un personaje divisorio, no sólo en el mundo del fútbol, sino divisorio social, porque su figura trasciende el mundo del fútbol. Hablamos del hombre que acabó en un mes con el estado de felicidad en el que se encontraba el fútbol español tras la conquista del Mundial. Mourinho ha alimentado una bestia difícil de dominar. Y al Madrid lo ha convertido en club sumido en la infelicidad, o al menos en un stress galopante.

¿Le afectó demasiado el 5-0 de la pasada temporada?

Yo creo que sí y no había razón para ello. Se dramatizó demasiado y tampoco pasaba nada. El Barcelona le puede ganar 5-0 a cualquiera. El mismo equipo que perdió 5-0 en el Camp Nou hizo un excelente partido en la ida de la Supercopa y en la vuelta, donde sólo hubo un cambio en la alineación inicial: Coentrao por Marcelo.

Comparemos los números de la primera temporada de Mourinho en el banquillo del Real Madrid con los de Pellegrini. ¿Cree que es argumento de peso una Copa del Rey para que Mourinho siga dirigiendo al equipo o se ha dado más importancia a su manera de enfrentarse al entorno?

Es lógico que Mourinho tenga la oportunidad que Pellegrini no tuvo. Es un excelente entrenador, por supuesto, con un historial de gran nivel. Ha ganado casi todo en todos los sitios, con el Oporto y el Inter, y con el Chelsea, donde no pudo lograr la Liga de Campeones. Desde el punto de vista competitivo es un técnico que asegura un gran rendimiento. El Madrid necesita dar continuidad a sus entrenadores y no caer en el tremendismo que le ha caracterizado en los últimos años, donde ha sido víctima de sus urgencias, de su incoherencia. En el Madrid se habla de proyectos largos cada año, una contradicción que afecta sobre todo a Florentino Pérez, que ha hecho una cosa y la contraria desde que llegó al Madrid en 2000. En ese sentido, es un presidente decepcionante. Hemos visto el Madrid galáctico, el de los Zidanes y Pavones, el de Benito Floro y López Caro, el de la españolización en la temporada de Pellegrini con los fichajes de Albiol, Xabi Alonso y compañía, y el Madrid de Mourinho y la conexión portuguesa a través del superagente Jorge Mendes. El caso de Pellegrini es muy relevante porque desde el principio se encontró con la enemiga de Florentino Pérez y José Ángel Sánchez, actual Director General del club y, sin duda, el directivo con más poder en la historia del fútbol español. La campaña mediática contra el técnico chileno fue furibunda desde el primer día. Los mismos que dentro del club acusan de antimadridista a cualquiera que se atreva a criticar a Mourinho y sus actos, colaboraron para colocar a Pellegrini en una situación insostenible. Casi me pareció un acto de sabotaje interno, porque no hay manera de dirigir a un equipo cuando desde las altas instancias del club hacen todo lo posible por desprestigiarte. Me pareció milagroso que el Madrid, devaluado por la ausencia de Cristiano Ronaldo durante casi dos meses y de Kaká en el tercio final de la temporada, fuera capaz de apurar al Barça hasta el último partido, con 96 puntos y 103 goles, después de perder a Sneijder y Robben poco antes de comenzar el campeonato.

La rivalidad Barça-Madrid está alcanzando cotas históricas (histriónicas, incluso). Dígame, en su opinión, qué parte de culpa tienen los medios y qué parte de culpa tienen los propios clubes (sus dirigentes, sus entrenadores) ¿Cree probable, tal y como dijo recientemente Pep Guardiola, que acabarán haciéndose daño? ¿Llegará la sangre al río?

Guardiola apuntó algo que se sospecha desde hace tiempo: la tensión ha alcanzado límites intolerables. Si los dirigentes y el entorno mediático hicieran bien su trabajo, es decir no crisparan un ambiente que ya está suficiente caliente, las cosas mejorarían. Por desgracia, tiene razón. La situación se ha descontrolado tanto que puede ocurrir cualquier desgracia. Hace 16 años, el Madrid acabó con la hegemonía del Barça, que había ganado cuatro Ligas consecutivas, y terminó con el esplendoroso periodo de Johan Cruyff sin convertir el escenario en un lodazal. Lo  hizo con un equipo bastante humilde pero capaz de batir 5-0 a aquel Barça lujoso, el de Stoitchkov, Koeman, Romario, Guardiola y compañía, un equipo que hasta cierto punto podía competir en celebridad con el Barça actual. Lo hizo sin broncas, con una buena relación de los entrenadores, Cruyff y Valdano, y con un efecto durísimo para el Barça. Cruyff fue despedido un año después y el equipo se desmembró. En ese sentido, este Madrid, alimentado por el incendiario carácter de Mourinho,  no está a la altura de su tremendo prestigio en el mundo. Tampoco intimida al Barça. Al contrario, el Madrid está sacando lo mejor de un Barça que, lejos de estar saciado de éxitos, no baja un milímetro su nivel competitivo. Ahí están los datos: 12 títulos en tres años.

¿Es Messi mejor que Maradona?

Suelo decir que Messi es Maradona todos los días, y con más gol.

¿Juega para el Barça o el Barça juega para Messi?

La relación Barça-Messi, desde el punto de vista del juego, ha alcanzado el punto perfecto. El Barça obtiene lo mejor de Messi. Y al revés: Messi no encontrará un mejor equipo para ofrecer su inigualable repertorio. El fútbol tiene ecosistemas muy delicados que conviene administrar con mucho cuidado. Lo sabe Guardiola y lo sabe Messi, sufriente en la selección argentina, donde no encuentra la complicidad que necesita en el campo. Desde que llegó, Guardiola ha hecho todo lo posible por convertir a Messi en el eje central del juego del Barça. Le sacó de la banda derecha, le trasladó a una zona de mayor participación, le quitó los egos de Ronaldinho, Eto’o e Ibrahimovic, le despejó cualquier obstáculo por el camino. En ese aspecto, Guardiola no solo ha sido muy inteligente, sino extremadamente generoso. Son muchos los entrenadores que pretenden estar por encima de los jugadores y someterles a situaciones que convienen a los técnicos y menos a los futbolistas. Guardiola ha sido una bicoca para Messi, pero la respuesta del jugador ha sido grandiosa.

Aparte de Messi y Maradona ¿qué jugador es el que más te ha impresionado?

Cuando yo era adolescente, me gustaba Cruyff. Luego, Maradona, por supuesto. Ronaldo, el auténtico, me ha parecido excepcional. Messi está a la altura de los cuatro o cinco mejores de la historia. Por lo demás, recuerdo a Platini, Beckenbauer, Bobby Charlton, Van Basten y unos cuantos brasileños, Gerson, Rivelino, Zico. De los españoles, Xavi, Hierro, Amancio, Iniesta y mi ídolo: Iribar. Siempre tuve debilidad por aquellos jugadores de la Liga inglesa que eran maravillosos en el campo y terribles fuera: George Best o Stan Bowles.

¿Te habría gustado ver jugar a algún equipo en particular?

(Muy decidido) Al Athletic de los años 30, el que ganó cuatro ligas. El de Lafuente, Iraragorri, Bata, Chirri y Gorostiza.

¿Cómo ves a Bielsa este año en el Athletic?

Maravillosamente, con la mayor esperanza del mundo. Está en el club adecuado para su personalidad y él es el entrenador adecuado para la personalidad del club. Espero que le vaya bien primero porque es mi equipo, y después porque es un gran entrenador. Cuando me preguntan sobre las personas que me he encontrado en mi vida como periodista y que más impacto me han causado, no tengo ninguna duda: son Bielsa y Rafael Azcona. Por lo demás, su ideario tiene que ver mucho con el fútbol europeo, con el Ajax de hace 15 años; un fútbol muy dinámico, muy agresivo, organizado. Deberían ser cualidades que le vayan muy bien al Athletic.

El que jugaran extranjeros en el Athletic ¿mataría un poco la identidad del club?

Eso es algo que la gente del Athletic tiene que decidir. Yo pienso que para ser como los demás y perderme en el anonimato, prefiero ser como soy. Es decir, me gustaría que siguiera así. Tampoco nos ha ido tan mal. El Sporting y la Real abandonaron sus señas de identidad y pasaron unos años malísimos, y la gente del Athletic en general defiende esta idea. Es el equipo de la gente, del barrio, del chico que conoces de la calle y que crees que algún día puede jugar en el Athletic. Es una idea romántica que te dice que con esfuerzo y talento puedes llegar a jugar en el Athletic… y eso ya no lo tiene nadie. Ojalá siga así 2000 años más.

Cambiando de tercio, ¿faltan estrellas en la NBA a la altura de las de finales de los 70, los 80 y principios de los 90?

A finales de los 70 la NBA estaba hecha una ruina y tuvo la suerte que aparecieran Larry Bird y Magic Johnson en los Celtics y los Lakers, que tradicionalmente eran los dos grandes equipos de la liga. Se dieron todas las circunstancias favorables: Hollywood y la clase trabajadora, costa Oeste y costa Este, negro y blanco, uno procedía de una ciudad industrial y el otro del campo… esas cosas. Funcionó todo tan bien que parecía escrito para una película. Si a todo esto se le añade Michael Jordan, de repente el mundo descubre la NBA y claro, es difícil mantener esa edad feliz. Pero no estoy de acuerdo con que haya crisis de buenos jugadores. Tenemos jugadores como Bryant, Le Bron James, Dwyane Wade, Kevin DurantTim Duncan ha sido fantástico. Shaquille también. Ha habido muy buenos jugadores, no sé si ha habido tan buenos equipos, pero ha habido y hay jugadores extraordinarios. Se produjo un horror al vacío cuando se retiró Jordan, pero ahora mismo tenemos 10 ó 15 jugadores que están a la altura de los mejores de los años 80.

¿Quién consideras que ha tenido más influencia en la NBA de hoy, el showtime de los Lakers o los Bad Boys de Detroit?

El showtime. Desde luego en cuanto a influencia popular. Entre los técnicos quizás haya tenido más importancia Chuck Daly, hasta el punto de que todos los técnicos le imitaban. Incluso Pat Riley terminó siendo una especie de Daly en Miami. Pero la imagen del baloncesto volador, la que está en la cabeza de la gente, es la del showtime de Kareem, Worthy, Magic…

¿Qué se podría considerar un buen año para Ricky Rubio en la NBA?

Que hubiera temporada de NBA, eso lo primero. No creo que tenga problemas de competencia en el puesto de base, no en los Timberwolves, pero no puede estar en el 30% de tiro, eso lo tiene que mejorar. Para que triunfe en la NBA tiene que estar entre el 43% y el 45% de tiro. Si no lo logra, no va a tener trascedencia. Para que te soporten un 38% o 40% pelado de tiro tienes que ser un fenómeno, un Allen Iverson. Condiciones tiene, pero tiene que alcanzar esos porcentajes en el tiro.

¿Sigue habiendo mucha distancia entre el baloncesto de la NBA y el europeo? ¿Cómo lo haría el campeón de la Liga europea en la NBA?

Lo haría mal. Un gran equipo europeo de ahora mismo puede ganar partidos concretos, pero no podría soportar una temporada de 82 partidos en plan competitivo. Quedaría el último o de los tres últimos.

¿Consideras que se ha perdido el espíritu del olimpismo? Con el profesionalismo, la celebración de los Juegos en China…

El olimpismo era muy hipócrita, y bajo su bandera del olimpismo se cometían muchos desatinos. Por ejemplo, los dirigentes podían castigar sin medallas o sin competir a un chico que había cobrado 100 dólares en alguna competición y, sin embargo, se permitía que compitieran los profesionales del Este encubiertos como coroneles o sargentos del ejército. Esto significaba que un chico de una universidad de EE.UU no podía seguir compitiendo una vez terminado su periodo estudiantil. Por eso casi todos los grandes atletas norteamericanos se retiraban con 22 ó 23 años, puesto que no había atletismo profesional ni podían participar en los Juegos. Así se perdieron verdaderas maravillas del atletismo. Durante décadas, el amateurismo fue una falacia que ocultaba un profesionalismo bajo cuerda. Todo eso cambió y creo que cambió para bien, porque si no habrían muerto los Juegos Olímpicos. Los JJOO tal y como los concibió el barón de Coubertin no tenían sentido ya en los años 60. Samaranch supo ver muy bien por dónde iba el negocio y lo sacó de la ruina más absoluta. La gente quería ver a los mejores en los Juegos Olímpicos. Querían ver a Larry Bird y a Magic Johnson, y los vieron. Lo que sí es cierto es que hemos entrado en un tiempo de codicia. En ese sentido los JJOO pueden morir de éxito, de gigantismo, preso de la misma burbuja que ha llevado a la economía a la crisis actual.

En cuanto al medio fondo, ¿la distancia que nos sacan los africanos es imposible de recortar?

Hay que tener cuidado con la mirada racista y simplona. Los africanos son muy buenos, pero hay un cierto abandono del fondo y el medio fondo en Europa. En ese sentido es interesante el resurgir del fondo y medio fondo estadounidenses. Si uno mira las carreras de 5.000, 10.000 y maratón encontrará cantidad de chicos blancos americanos: Wheating, Centrowitz, Solinsky, Hall, Tegenkamp… hay una cantidad increíble. No tienen las marcas de los kenianos, pero hacen unos registros muy interesantes. Hay una nueva fascinación de los americanos por el fondo, quizá tenga que ver con esa generación que está preparando Alberto Salazar en Oregón, no lo sé, pero demuestra que hay posibilidades. Y tampoco los kenianos están haciendo mejores marcas que las de Ovett, Cram, Coe o José Luis González. Nadie ha bajado de 3:30 este año, aunque Kiplagat está en condiciones de lograrlo en cualquier momento. En los años 80 diez europeos bajaban de 3.33 y se acercaban a los 3.30 minutos. Si hace treinta años se podía hacer, ¿por qué ahora no? Hay una resignación muy preocupante.

¿Qué tenía Mark Spitz que le falte a Michael Phelps?

Nada. Le sobra. Spitz fue maravilloso, pero no siempre fue el Spitz de Múnich 72. Le pudo el pánico en México 68. En una prueba fue 8º si mal no recuerdo. Sí, fue el primero en ganar siete medallas, tenía el aspecto de un actor de cine, fue el primero que se atrevió a hacer un guiño comercial con aquello de las zapatillas, tuvo un gran póster con lo de las siete medallas… bueno, fue un nadador fabuloso y además tiene el mito del que lo gana todo y se retira. Pero Phelps es extraordinario.

¿Es el mejor nadador que has visto?

Sin duda. Le vi en los JJOO de Sydney 2000 y ya fue el americano más joven desde los años treinta en clasificarse para unos Juegos Olímpicos. Era un niño de 15 años recién cumplidos y se plantó en la final de 200 mariposa. Pasó séptimo por los 150 metros e hizo los 50 últimos metros más rápido que nadie. Terminó quinto. Entonces pensé: este chaval va a ser un fenómeno. Menos de un año después estaba batiendo récords del mundo. Y ahí sigue 11 años después. A mí me parece un nadador extraordinario. No sé si no tiene el carisma de Spitz, pero es un genio. Y además, a diferencia de Spitz, que ganó todas las pruebas en Múnich con bastante facilidad, ha tenido algunas victorias dramáticas, como la de los 100 mariposa frente a Cavic en los Juegos de Pekín. Un genio.

¿Qué periodistas deportivos tienes interés en leer?

Alfredo Relaño, Ramón Besa, los reportajes y las entrevistas de Luis Martín para El País. Luis Martín me parece el mejor reportero que hay. Gerardo Riquelme, que trabaja conmigo en Marca. Los artículos de Golobart en La Vanguardia… hay muchos. Sámano, también. Y Jon Agiriano, uno de mis favoritos, en el Correo de Bilbao.

¿No se puede separar la faceta hincha de la profesional cuando se trabaja como periodista deportivo? ¿O es que simplemente se venden más periódicos siendo un forofo?

Claro que se puede, no hay ningún problema si eres un profesional. Eso es un problema del actual periodismo deportivo, que quiere convertirnos a los periodistas en bufones. Se nos ponen camisetas, se nos adjudican trincheras y parece que cada día tenemos que actuar como el personaje que han creado para nosotros o que nosotros mismos nos hemos creado. Es un periodismo decepcionante.

¿Ha ido a peor con los años?

No quiero ponerme doctrinario, la verdad. Pero a mí no me gusta el derrotero que ha tomado

En Barcelona a Eduardo Inda se le considera poco menos que Santiago Bernabéu, el paradigma del hincha merengón. ¿Qué tal se trabaja con él?

No sé cómo le verán los demás. Él era el director de Marca, tenía una visión del periodismo y en muchos aspectos no coincidíamos, pero era el director y le tocaba tomar decisiones. No me gusta entrar en cotilleos.

Cuando eras redactor jefe de Cultura en El País ¿con qué rama de la cultura te sentías más cómodo?

Pretendía sentirme cómodo con todas, pero no lo conseguí con ninguna. Me encontré con un mundo mucho más complejo que el del deporte y en muchos sentidos mucho peor que el del deporte. Era un mundo muy impermeable, hermético, con un periodismo a la carta, absolutamente ligado a la industria, que es una forma de mal periodismo. Esa supeditación a la industria cultural, extremadamente poderosa por otra parte, era deliberada, o cuando menos consentida. Los centros de decisión del periodismo cultural están en los despachos de la industria, en las discográficas, de las editoriales, productoras de cine…Ahí tiende a decidirse qué se escribe, cuándo se escribe y cómo se escribe. Es muy cómodo y gustoso vivir con esa relación de dependencia porque te cuidan muy bien. Y eso genera un periodismo de alfombra, acrítico, plano. Yo me he encontrado con gente maravillosa dentro del mundo de la cultura, pero también me he llevado una decepción muy grande con esa forma de tejer el periodismo: la industria decide y el periodista acata.

¿Lees con mucho escepticismo las secciones culturales?

Sí, pero también sé buscar los periodistas que valen muchísimo y los encuentro. Por ejemplo Antonio Lucas en El Mundo, o Javier Rodríguez Marcos, en El País, que me ayudó muchísimo y me abrió los ojos en muchas ocasiones. Pero tengo que buscarlos. Más que de escepticismo, mi reacción es de repliegue. Tengo cierto cuidado al leer las secciones de cultura.

¿Qué te gusta leer?

Cada día leo menos novelas. Leo periódicos, revistas… no creas que leo tanto.

¿Tienes algún autor favorito?

Me gustan mucho los americanos, la novela negra, Hammett, Chandler, aunque era inglés, Chester Himes. Disfruto con los perfiles de Truman Capote, con la picardía y la mala uva de Dorothy Parker. Por eso mismo también me gusta la francesa Colette. Hay un mexicano extraordinario: Jorge Ibargüengoitia. En general, me atrae mucho la limpieza con la que escriben los norteamericanos. Van directos al grano. Me gusta mucho esa frescura.

¿Qué tipo de música te gusta?

Nací en el 57 y comencé a escuchar pronto la música de los 60, porque tengo hermanos mayores. Escuchaba todos los domingos el programa de Ángel Álvarez en Radio Nacional. Me gusta mucho el pop inglés de los 60 y de los 90, el rock americano, aunque el soul quizás sea mi música favorita, sobre todo el soul de Memphis y Nueva Orleans. Soy aficionado porque la música me distrae de otras tensiones, me sienta bien.

¿Te parece que el rock tiene un cierto nivel cultural?

El rock es la música popular del siglo XX junto al jazz y al blues. De alguna manera representa otra manera de cumplir con el papel de los trovadores en otras épocas. Música para el pueblo llano. Han cambiado las tecnologías y hoy en vez de ir con una bandurria se va con una guitarra eléctrica. A mí esa idea un poco aristocrática de que la única música que tiene trascendencia es la sinfónica, la ópera y tal, no le veo mucho sentido. Me parece una idea elitista, discriminadora. No me gusta. Los años 60 no se entienden sin el pop y el rock y sus consecuencias sociales.

¿Fue el grunge el último estertor del rock? ¿Hay algo de los últimos veinte años que te guste?

Es que no quiero ponerme nostálgico… pero yo creo que el rock se corona alrededor del 71 ó 72, y después no es que se acabe todo, porque creo que el hip hop es un territorio fascinante, territorio que no he frecuentado. En cualquier caso, me importa poco si el rock ha alcanzado sus límites o no. Me lo paso bien y me sirve.

Dime cinco discos que consideres imprescindibles

Revolver (The Beatles), After the Gold Rush (Neil Young), What´s Going On (Marvin Gaye), Loaded o cualquiera de la Velvet, aunque no sé cuál de ellos. Pero más que el del plátano, me gustan los dos últimos. Y luego, como me gustan mucho los Kinks y los Who, no sé, me cuesta decidirme… quizás el Who´s Next (The Who)

El más moderno es After de Gold Rush, que es del 70 ó 71…

Del 71. Bueno, de ahora me gustan Wilco, el Summerteeth me parece un disco buenísimo, el Screamadelica de Primal Scream, el Loveless de My Bloody Valentine. Pensándolo bien son discos de hace más de 10 años, algunos de 20.

¿Irías a ver a los Who ahora?

No sólo iría, sino que fui cuando vinieron a España por primera vez, en julio de 2006. No había nadie en El País para cubrir la crónica, así que fui yo, que acababa de incorporarme a la sección de Cultura. Sólo estaban Roger Daltrey y Pete Townshend, con el hijo de Ringo Starr a la batería. Fue un concierto buenísimo, hice la crónica y además tengo el concierto en vídeo. Así que la respuesta ahí la tienes.

¿Te gustan todos sus discos?

No, todos no. Tuve muchas dudas con Quadrophenia, al principio no me convencía demasiado, pero luego supe apreciar unas cuantas canciones muy buenas. Pero su obra cumbre es Who’s Next, y quizá también el Live at Leeds. Pero Who’s Next es superior a todos, incluido Tommy.

Fotografía: Fernando Olalquiaga

 


Guillermo Ortiz: El Barcelona de Beckham

Antes de ejercer de gran patriarca del marketing en La Sexta, Lluís Bassat se presentó dos veces a la presidencia del Barcelona. Empresario de éxito, como Florentino Pérez, perdió en su primer intento ante Gaspart pero todo hacía indicar que vencería a la segunda, después de que el club se pasara cuatro temporadas sin ganar absolutamente nada y viera desfilar por su estadio más pañuelos y entrenadores temporales que tiros entre los tres palos.

En su candidatura, recién retirado del fútbol de alta competición, figuraba un jovencísimo Pep Guardiola como director deportivo. Dicen los rumores que la apuesta de Guardiola para el banco era a su vez Juanma Lillo. Pagaría cualquier cosa por ver a Lillo entrenando al Barça y dando ruedas de prensa en el Bernabéu para contestar a Mourinho, pero ese es otro tema. Yo, por entonces, suficiente hacía con sostener los platos giratorios de mi última relación a distancia.

Bassat se vio tan ganador que creyó no necesitar más nombres. Fue un error impropio de un gran publicista.  Hoy, solo mencionar el apellido de su director deportivo ya le proporcionaría una contundente victoria pero, insisto, en 2003 el Barça era lo que siempre había sido: un club de grandes estrellas y fichajes millonarios donde los canteranos se distinguían por su raza más que por su calidad y ocupaban un puesto más bien secundario y a veces incluso sospechoso en la plantilla, siempre a la sombra de los Kubala, Krankl, Cruyff, Maradona, Koeman, Romario, Ronaldo o Rivaldo.

En otras palabras, el Barça era el Madrid. El pasado no siempre es como nos lo cuentan.

La vía Laporta fue más previsible y a la vez más contundente: vendió ilusión aunque no pudiera pagarla. Hizo una oferta al Manchester United por su estrella, David Beckham, y el club inglés anunció públicamente que la aceptaba. Estamos hablando de los tiempos en los que Beckham daba título incluso a películas indias. Por supuesto, los dos sabían que aquello no iba a ningún lado: el matrimonio “spice” ya estaba mirando casas en Madrid y tenía colegio para sus hijos. De hecho, cuando le quisieron preguntar, él dejó muy claro que, con el Barcelona, no tenía nada de nada.

El jugador quedaba así en medio de dos intereses que nada tenían que ver con su futuro: al aceptar la oferta de Laporta, el United obligaba al Madrid a pagar más por un traspaso que consideraba hecho y a su vez el precandidato comía terreno a los favoritos en todas las encuestas y se daba su propio baño de titulares. En perspectiva, aquel proyecto de Laporta era un inmenso castillo en el aire, basado en su historial de protesta constante contra el nuñismo –los años de L’Elefant Blau- y la cara de niños buenos y aplicados de su junta directiva, los Rosell y compañía. Cualquiera de ellos hubiera arrasado en El aprendiz. Que todo saliera tan rematadamente bien es una de esas casualidades mágicas que solo da el deporte y la contabilidad del gobierno griego.

El caso es que, como ya saben, llegó el día de las elecciones y Laporta ganó. Entonces, fue una enorme sorpresa. Bassat reconoció su derrota y Guardiola se marchó a Qatar a seguir esperando su oportunidad. Beckham no llegó nunca, por supuesto. En su lugar, el nuevo presidente apostó por un tal Ronaldinho, avalado por Sandrusco, y que venía picado después de que el Madrid descartara a última hora su fichaje cuando el Marca ya lo daba por hecho.

El Barcelona de Beckham y el Madrid de Ronaldinho. ¿Se lo imaginan?

No pudo ser.

Aquel cambio a última hora, probablemente dio un giro a la historia: con su estrella brasileña al mando, el Barcelona ganó dos ligas y una Champions mientras el Madrid empezaba su propia travesía en el desierto de tres largos años. Con Beckham pegado a la banda es probable que el aficionado culé, criado a los pechos del “Fora Van Gaal”, aún estuviera a estas alturas tentado de subir a rematar cualquiera de sus “bananas” desde la banda derecha y silbando a De la Peña, preguntándose a gritos por qué demonios no prefirieron votar a aquel tipo tan serio de la barba.

La historia, como dijo aquel, se escribe con renglones torcidos… y sobre mi relación a distancia mejor hablamos otro día.