Kruiz y el heavy metal soviético

Kruiz. Imagen: Melodiya.

Mayo de 1988. En el recreo, Rafa me comenta algo de que había visto a un grupazo en el A Tope. Yo aún escucho a Parchís, pero él ya está con Judas Priest e Iron Maiden. Las cosas de tener hermanos mayores. Por lo visto, en A Tope había actuado un grupo heavy de lo más cañero, con un guitarrista que estaba «tó loco». Eran los Kruiz. Y eran soviéticos. Por supuesto, no podían molar más.

A principios de los ochenta, en Rusia, la cosa de grabar un disco era muy sencilla: o lo hacías con el sello del Estado, Melodiya, o te lo autoeditabas con tus ahorros. Y ya está. La gigantesca casa de discos editaba de todo, encargándose también de la distribución y promoción. Algunos podían llegar a vender cifras escalofriantes: varios millones solo en la Unión Soviética. 

Aunque abundaba la música clásica y tradicional rusa, también había sitio para el pop y el rock. Incluso para la música occidental: Melodiya se ocupaba de licenciar discos occidentales. Con un criterio peculiar. Los Beatles y Paul McCartney no eran unos extraños para los melómanos de la unión. Lo mismo sucedía con ABBA o Boney M, inmensamente populares por ahí. O incluso con nuestro Raphael. Pink Floyd tenían sus seguidores… Pero el rock duro era ya más complicado. Los discos de Deep Purple o Uriah Heep podían encontrarse en algunas de estas cubetas, pero el heavy metal más potente de bandas como Judas Priest o AC/DC… por ahí no pasaban. Esos discos tenían que encontrarse pirateados en el mercado negro.

Y esos eran, precisamente, los que más le molaban a Valery Gaina. El tipo iba para músico: nacido en una pequeña ciudad de Moldavia, desde chaval tuvo debilidad por la guitarra eléctrica, el instrumento que le enamoró y que se empeñaba en estudiar. Estaba especialmente influenciado por Ritchie Blackmore, y pronto destacó por su técnica y velocidad tocando. No le costó encontrar trabajo en orquestas y bandas regionales o como músico de estudio. Claro que lo suyo era que montara un grupo de rock como Dios manda.  

En 1978, y ya con algunos años de carreras y giras, Gaina monta Cruise (aka Kruiz) con otros cuatro músicos acompañándole. Su estilo: un rock progresivo bastante turras con algún arranque de agresividad controlada. En 1980 se autopublican un disco, tocan por ahí y comienzan a tener cierto seguimiento. La Melodiya les ofrece grabar con ellos en 1981, con la mayoría de temas compuestos por el guitarrista. 

En el estudio, los productores se ocupan de suavizar su música, ya de por sí algo carente de foco. La imagen de los tipos, con melenas, barbas y ropa de «pasota», choca con la del resto de la comunidad musical del país. Son fuente habitual de chistes tanto privados como públicos: en alguna aparición televisiva el presentador se chotea de sus pintas de indigentes. 

Kruiz siguen publicando discos y haciendo giras. Gaina se muestra frustrado ante el control de la Melodiya, siempre encima de sus músicos. La situación llega a su punto crítico en 1983: el tipo compone una canción mucho más enérgica, llamada «Rock Forever», con un mensaje que distaba mucho de lo habitual. Era una práctica relativamente normal que la música pop y rock rusa tuviera unas letras evocadoras y poéticas; en muchas ocasiones, estas eran escritas por colaboradores externos: escritores, periodistas y, sí, poetas. Esta canción tenía un mensaje más directo: el rock era universal y no podían silenciarlo.

O quizá sí. En 1983, Konstantín Chernenko declara en un discurso que el rock era una manera de los americanos de envenenar la mente de sus jóvenes. En 1984 se aprueban leyes para, prácticamente, prohibir esa música. Algunos lo llaman «el año negro del rock». El sindicato de músicos apoya las medidas: la mayoría de rockeros son músicos aficionados que quitan el trabajo a los profesionales. Los medios dejan de pinchar a estos grupos. Responsables de cultura y juventud de toda la Unión Soviética endurecen sus estándares y desmontan varias de las agrupaciones rockeras del momento. Algunos músicos acaban en la cárcel. Otros, en el servicio militar. Kruiz no se libran y son desmantelados por el Estado.

Pero, tras el año negro, llega el resurgir. Gorbachov llega en 1985 y trae aires nuevos al país. La perestroika. La apertura. Entre 1984 y 1985 se crean unos cinco mil grupos de rock en la URSS. El pueblo quería rock, y el Estado tenía que reconocerlo. Y, efectivamente, el gobierno apoya esta explosión: «Algo está cambiando», era el mensaje que se quería lanzar. Como aquí con la movida. 

Llegan los primeros fichajes. Aria, los llamados Iron Maiden rusos, y que ya tenían algún disco autoeditado, llegan a la todopodeosa Melodiya. Venden millones, aunque su propuesta suena primitiva para el oyente occidental: sus canciones parecen más propias de 1981 que de 1985, una época en la que bandas como Metallica ya llevan un par de discos en sus alforjas. Avtograph cubren el hueco del rock duro comercial con tecladitos. Los dos canales del Estado se llenan de rock. Y aparecen los primeros festivales.

Gaina ve todo esto y piensa que es el momento ideal para resucitar Kruiz. Y, ahora sí, competir de tú a tú con lo que estaba pasando al otro lado del telón de acero. Cuando la banda vuelve en 1986, está compuesta por nuevos músicos, que unían virtuosismo y actitud. Sergey Efimov, el batería, era capaz de tocar el doble bombo y emular las descargas de los Accept. El bajista, Fyodor Vasilyev, tenía presencia escénica y buen nivel técnico. Además, su imagen se radicaliza y se acerca a la que podían tener unos Judas Priest (en 1982), y su música se torna mucho más rápida, agresiva e incluso un poco alocada. El conjunto remite directamente a los Venom

El propio Gaina se rapó el pelo por los costados, dando lugar a una peculiar imagen muy alejada de las melenas heavy-hippies de la época. Si fue por llamar la atención o porque se estaba quedando calvo nunca lo sabremos. En todo caso, la imagen era impactante, y ya saben que en los ambientes metaleros el estilismo es sumamente importante y cada cambio en los pelos y las pintas de los grupos es mirado con lupa por la escena. 

Llegaba el momento de pasar, de nuevo, por el trámite habitual en la URSS: autofinanciarse un primer disco y hacer ruido para que la Melodiya les fichara. En sus nuevos conciertos suben el nivel de agresividad y de gilipolleces. Consiguen un gran éxito en la zona balcánica, donde algunos oficiales se quedan sorprendidos por el headbanging del público y el nivel de decibelios. Moscú y las grandes ciudades de Rusia se resisten un poco más, pero allí también acaban arrasando. La monolítica discográfica les reclama para grabar.  

Cruize – 1 fue el nuevo disco del grupo, el primero de la banda en su encarnación más metálica. La caratula incluía las palabras «Rock Group», así, en inglés, dejando claras las cosas. Es una curiosa mezcla de estilos: lo mismo incluía algunos temas de metal más melódico, como podía hacer Dio, que otros trallazos similares a lo que podían hacer unos Kreator en la época, con doble bombo a piñón fijo y Gaina haciendo malabares sobre el mástil de su guitarra.

En todo caso, no desentonaban entre los ídolos de la metalada. En su país fue un bombazo: se estima que vendieron unos doce millones de copias, con actuaciones en estadios para multitudes de hasta quince mil personas. La gente quería metal y Kruiz tenían acero y sangre de sobra para todos. 

El aperturismo continuaba, y en Occidente tomaron nota. El mánager de Scorpions deseaba que fueran los primeros heavies occidentales en dar un concierto en la Unión Soviética: dinerito y publicidad por un tubo. Como gesto de buena voluntad, se ofreció a ayudar a que algún grupo soviético girara por Europa. Kruiz dieron la talla en un concierto que pudo presenciar, pero la producción del disco estaba muy por debajo de lo exigido en Occidente. El plan para lanzarlos en Alemania era que visitaran Múnich y grabaran algunas demos rápidamente, con un sonido más moderno y contundente. Y en inglés. Durante el viaje, aprovecharon para entrar en contacto con discográficas y promotores de la región, y ver lo que se cocía en cuanto a tendencias metaleras.

Hasta se animaron a dar algún concierto: tratándose de músicos con formación y largas carreras, sus recitales eran bastante sólidos, y parece que vencen y convencen. Tocan varias fechas con los thrashers Rage, que llegan a sabotearlos para que no destaquen tanto (o eso cuentan ellos). Los reclaman para tocar en Finlandia, aparecen en la tele de Rusia y la RFA, y, finalmente, la WEA (Warner / Elektra / Atlantic) les ficha para grabar un disco en inglés. El Partido les da permiso para hacerlo. La WEA se quedaba los derechos para Occidente y el Gobierno de la URSS, los de los países del telón de acero. Pero antes de meterse a grabar tenían otros compromisos. Como por ejemplo… una gira europea con muchas fechas en España.  

Los n.º 1 del rock soviético

A raíz del interés internacional, el Mariskal Romero (cómo no) se fija en la «movida de los troncos soviéticos». En poco tiempo, la Heavy Rock dedica un reportaje al fenómeno en su n.º 51 (1987) y se edita el LP Rock’n’URSS, con temas de cuatro bandas soviéticas. Editado por Chapa Discos y distribuido por Zafiro, licenciaba temas a la Melodiya. Kruiz ocupan los tres primeros cortes de la cara A.  Es, con diferencia, el grupo que suena más moderno y duro de todos: también andaban por ahí Black Coffee y Avtograph. El conjunto se remata con un «texto» del Pirata en su línea habitual, ofreciendo contexto, colegueo y vergüenza ajena a partes iguales.

Los programas punteros de heavy los ponen de vez en cuando, entre ellos el mencionado Pirata, quien, por entonces, emitía desde la Cadena Cope. En algunas tiendas aparecen discos de las bandas del recopilatorio. Vamos, que lo del «rock soviético» parece que cala un poco. Entre otras cosas, por el apoyo dispensado por la izquierda española.

Comisiones Obreras media para que varias de estas bandas se acerquen por España. Kruiz, que ya habían hecho su girilla por Alemania, son una apuesta más segura. Les cierran varias fechas y se embarcan en una gira llamada «Artistas por la paz». En abril de 1988 la banda pasa un par de semanas en nuestro país, haciendo galas, radios y presentaciones en televisión. El nivel de exposición en grandes medios está a la altura de los grandes del género: periódicos, revistas, dos apariciones en TVE… Mucho más, por ejemplo, que bandas nacionales como Muro o Legión

En un país con dos canales de televisión, podéis imaginar el impacto que suponía cada aparición en la pantalla. Kruiz visitaron el plató de A Tope, como mencionaba al principio del texto. Y, claro, muchos fliparon al ver a estos tres tipos haciendo solos en la tele y cantando en ruso. Miles de adolescentes con ganas de tirarse el pisto delante de los colegas ya se declaraban seguidores de Kruiz. Mucho mejor que los Helloween esos, dónde va a parar.  

También estuvieron en el plató de Viaje con nosotros, imaginamos que para sorpresa de los papás que veían el programa de entrevistas de Javier Gurruchaga. Esa noche contaba con el boxeador José Legrá y el pintor Eduardo Arroyo como invitados. Y ahí estaba el grupo de speed metal soviético por excelencia haciendo los cuernos. 

La gira española que les prepara CC. OO. creció, siendo requeridos por ayuntamientos donde gobernaba Izquierda Unida o al menos tenían algún concejal rockero con cierta mano. Fue el caso de Luis Pizarro, concejal de IU por Sevilla, que se empeñó en que el grupo tocara en la ciudad andaluza. Solo faltaba Carrillo por ahí haciendo headbanging.  El primer tramo de la gira incluye Madrid, Bilbao, Zaragoza, Sabadell y Córdoba. Poco después se amplían las fechas, y actúan también en Sevilla, Ceuta, Cáceres y Badajoz. Imaginaos que alegrón para esa pandilla de heavies teenagers de Don Benito.

La acogida del público fue desigual en asistencia, pero con el entusiasmo habitual de las gentes de España: el propio Gaina lo comentaba en alguna entrevista a su regreso a la URSS, algo alucinado ante el recibimiento. Lo cierto es que se recuerda que dieron buenos conciertos, perdón, «descargas», que dirían en la Heavy Rock. En Zaragoza se agotaron todos los discos que traían para vender y triunfaron ante el respetable maño. Pero en Sevilla el concierto supuso importantes pérdidas para los organizadores: hasta un millón de pesetas que se fueron por el sumidero. Daba igual. Lo importante era demostrar que el comunismo molaba y los soviéticos podían rockear tan duro como los de la Bay Area de San Francisco. 

Las crónicas hablan de unos músicos de imagen ejemplar. Puntuales y profesionales, ni bebían ni fumaban, se acostaban temprano y procuraban siempre dar un buen espectáculo. En las actuaciones que podemos ver hoy en YouTube siempre aparecen con una sonrisa en la boca. En el Gobierno tomaron buena nota y dieron luz verde a un proyecto de la perestroika: los mucho más comerciales y kitsch Gorky Park, que también tienen su historia.

El rollo sóviet quiso completarse con un concierto en las fiestas de San Isidro en Madrid: Black Coffee y Avtograph junto con Sangre Azul y Rosendo. Pero el show es eclipsado por otra noticia: tan pronto como llegaron a España, el técnico de sonido ruso se escapa y pide asilo político. El grupo se mete en un lío y, tras el concierto, tienen que volver a Moscú rápidamente. 

Kruiz seguían a lo suyo. Tras España vinieron paradas en Italia, Alemania y Bulgaria, donde lo petaron seriamente. El LP en inglés ya estaba listo y se lanzó en octubre del mismo 1988. Sus letras en inglés eran raras, pero no estaban mal. Había cierta originalidad en alguno de sus temas. Abundaban los relatos guerreros y mágicos, pero en «Heaviest in Town» se reían un poco de sus propios fans: habla de un heavy que está de vuelta de todo, que controla todos los grupos, que se aburre con Maiden… pero que se va a la Unión Soviética a ver a Kruiz.

En 1989 la banda no deja de girar. En Alemania son recibidos con entusiasmo. La tele de Luxemburgo los aclama. Su videoclip es pinchado hasta en la MTV, aunque es en la televisión musical de Canadá donde más lo repiten. Prensa y periódicos hablan de ellos en todo el continente. El grupo no deja de girar… y comienzan a surgir las primeras tensiones. Lo de siempre: las horas de carretera erosionan la relación entre los tres miembros del grupo, especialmente con el batería Efimov. Gaina, que acapara toda la atención, recibe peticiones para producir otras bandas rusas. Trabajo y más trabajo.  

En uno de sus conciertos, Val conoce a la cantante del grupo de Los Ángeles Hellion, Ann Boleyn, con quien hace buenas migas. O algo más. Por su cuenta, Gaina aparece con ella en un festival de la canción en Polonia. La maquinaria no para: en la URSS la carrera de músico no requería de tanto ajetreo, debían pensar. 

Por España volvieron en 1990. Y esta vez lo iban a petar: iban a tocar en el Pabellón del Real Madrid, junto a Obús y Muro, la banda que prometía «speed metal a tope» en cada actuación. Fueron los propios Muro los que abogaron por que Kruiz estuvieran ahí presentes. Como hemos dicho antes, Kruiz molaban, aunque fuera por el exotismo. 

Pero una vez más, el gozo de los soviéticos acabó en un pozo. Ese mismo día fue convocada una huelga general que tuvo un gran seguimiento. El resultado: el pabellón apenas contó con unos quinientos asistentes. El mismo movimiento obrero que les había hecho ganar tantos seguidores ahora los saboteaba: un bonito reflejo de lo que era la situación por territorio soviético. 

A Kruiz le quedaba ya muy poquita vida. Los nuevos temas para el disco no convencen a los mánagers, que presionan a la banda para escribir canciones más comerciales: ellos se ríen de todo esto en el tema «Hit for MTV», que podríamos escuchar años después. El batería se va. Y Val empieza a pasar cada vez más tiempo en Los Ángeles con su novia. Intenta reactivar Kruiz en el mercado americano, pero la marca está ligada a la discográfica alemana, con quienes tiene contrato. Por si fuera poco, en 1991 la caída del Muro y el cambio de régimen propician que las mafias rusas se hagan fuertes en el negocio musical. Es el empujoncito que el líder necesita para huir y asentarse en los Estados Unidos. Allí intentará levantar varias bandas, de poco recorrido, y se reinventará como músico de sesión y compositor para televisión. Kruiz han muerto. 

En 1992, la película Wayne’s World se abre con un chiste sobre «los grupos de rock rusos». La moda que había catapultado a Gorky Park en Estados Unidos y a Kruiz en Europa a sus cinco minutos de fama había terminado con el fin de la Unión Soviética. En Occidente, solo los más dedicados fans del thrash les recuerdan. Pero en Rusia y alrededores tuvieron el suficiente impacto como para garantizar trabajo y cierta popularidad a sus tres componentes durante el resto de su vida.  

En el nuevo milenio, el cantante de aquellos primeros Kruiz, los petardos progresivos, retomó la banda para girar y ganar algo de dinero. A Gaina le molestaba, pero no lo suficiente como para reunir a Kruiz… hasta el año 2012, cuando retoma el grupo y toca en enormes festivales, ante miles de personas, por toda Rusia y los Balcanes. Efectivamente, existen dos Kruiz simultáneamente, como existieron también dos Saxon, dos Ratt y dos Rhapsody.  Una vez más han demostrado que no tienen nada que envidiar a las bandas occidentales. ¿A qué esperan para traerlos al Leyendas del Rock?


Perestroika metal: un oxímoron en el estadio Lenin

Moscow Music Peace Festival, 1989. Fotografía: DP.

¿Cómo se les queda el cuerpo si les cuento que en 1989 un descendiente del diseñador de aviones de guerra más conocido del mundo y un traficante convicto unieron fuerzas para organizar un macroconcierto de heavy metal por la paz y contra las drogas y el alcohol? ¿Y si añado que este se celebró en un país que pocos años antes había proscrito el rock y que entre los artistas invitados —recuerden que era un festival contra las drogas y el alcohol— estaban, entre otros, Mötley Crüe, plusmarquistas mundiales en el abuso de estas sustancias, y Ozzy Osbourne, en cuyo nutrido currículum de excesos figura la nada desdeñable proeza de esnifarse una fila de hormigas? Algún memorioso dirá que tampoco podemos ponernos demasiado estupendos, ya que más o menos en aquellas fechas y por estos lares andábamos organizando partidos de fútbol contra la droga en los que jugaban Julio Alberto y Maradona. Y tendrá razón, claro está.

Aquel festival tuvo lugar el 12 y 13 de agosto del 1989 en el estadio Lenin, actual Luzhnikí, que en 1980 albergó las ceremonias de apertura y clausura (y la competición de atletismo) de unos Juegos Olímpicos de Moscú boicoteados por la mayoría de los países occidentales a causa de la guerra de Afganistán. Nueve años después, y con la Unión Soviética fuera del país asiático y sumida en un profundo proceso reformista a los mandos de Mijaíl Gorbachov, una oleada de músicos estadounidenses, ingleses y alemanes, acompañados de manera más o menos testimonial por tres bandas locales —Gorky Park, Brigada S y Niuans— se embarcaban en una orgía de laca y metal pesado en ese mismo escenario de la capital rusa.

En cualquier caso, no eran los primeros músicos occidentales que pisaban suelo de los países del este. En 1979 Elton John se convertía en el primer rockero del oeste que tocaba en la Unión Soviética, aunque después de filtrar cuidadosamente su repertorio y vestuario para evitar escándalos. Después, ya en los ochenta, Bob Dylan y Everything but the Girl también hacían llegar su mensaje al público soviético, mientras que en 1987 Phil Collins, David Bowie y Eurythmics tocaban el Berlín Oeste orientando sus altavoces hacia el otro lado del Muro.

El final de la década de los ochenta fue la época dorada del heavy metal. En octubre de 1988 los tres discos más vendidos del mundo eran el New Jersey de Bon Jovi, el Appetite for Destruction de Guns N’ Roses y el Hysteria de Def Leppard. Aún faltaban un par de años para que llegara la ofensiva del grunge liderada por Pearl Jam o Nirvana, y al promotor Doc McGhee se le ocurrió captar a sus principales representados para organizar una especie de Woodstock benéfico en la Unión Soviética, aunque posteriormente tocará profundizar en sus verdaderas motivaciones. Hasta cierto punto, aquel festival era un reflejo de la casi eterna desubicación del heavy metal, en pleno apogeo pero buscando aún su lugar en el mundo… incluso más allá del Telón de Acero. Como declaraba Scotti Hill a Saul Austerlitz, de la revista Rolling Stone: «¿Es la mejor idea mandar a un grupo de músicos de heavy metal como representantes de la vida sana?». Seguramente no, pero eso es lo que ocurrió en el Moscow Music Peace Festival.

Rusia a ritmo de rock

En su libro Rock en Rusia, Marta Escotet nos recuerda que mientras se decide la sucesión de Stalin, fallecido el 5 de marzo de 1953, en Estados Unidos se baila alrededor del reloj a ritmo de Bill Haley para espanto de los progenitores más tradicionales, que consideran el rock una amenaza para la autoridad y la moral. Esa misma idea no tarda en prosperar en la Unión Soviética, donde el rock se estrena en 1957 en el marco del VI Festival de la Juventud en Moscú, donde unos cuantos rockeros se cuelan entre varias bandas de jazz occidentales y de países del este. Denostado como ejemplo de decadencia burguesa, el rock queda relegado a la clandestinidad y en su transmisión, ante la escasez de vinilo, se llegan a usar grabaciones en radiografías, las llamadas roentgenidzat, hermanas de las samidzat, o publicaciones autoeditadas disidentes. Al mismo tiempo fragua en la Unión Soviética un movimiento folk paralelo al occidental, con un embrión de canción protesta encabezado por cantautores como Vladímir Vysotski.

A partir de 1964 se hace notar el impacto de los Beatles, captados a duras penas en a las transmisiones de Radio Free Europe, Radio Liberty o de la BBC. Pese a que el mercado negro es su única vía de distribución —Melodiya, el monopolio discográfico estatal, no edita un disco suyo hasta 1986—, las canciones de los cuatro de Liverpool se amoldan más al gusto ruso que el rock estadounidense y su influencia es notable. En un intento por controlar la marea musical que llega de occidente y adaptarla al gusto soviético, a principios de los setenta el Gobierno decide patrocinar a bandas y orquestas supuestamente modernas y siempre dispuestas a obedecer las normas del Ministerio de Cultura. Así surgen los VIAs, acrónimo de «conjuntos vocales-instrumentales», que pretenden contener daños, limitar la distribución clandestina de música y canalizar adecuadamente a la juventud, siempre con el beneplácito de la oficialidad, atuendo y aspecto impecables, letras controladas por la Unión de Compositores y música al volumen justo. Haciendo un paralelismo grosero, equivalen a los Coros y Danzas del franquismo, solo que con música ligera, siguiendo la terminología del programa Gente Joven.

Aun así, el auténtico rock sigue medrando en los canales alternativos y los conciertos proliferan en una precaria escena underground en pisos particulares, clubes estudiantiles y locales clandestinos. Allí se ven los primeros pelos largos y los estilos que cruzan el Telón de Acero se mezclan con los de músicos que abandonan las versiones de los Beatles o los Rolling Stones para integrar las influencias occidentales en la música folk rusa, como hizo Alexander Gradsky al frente del grupo Skomoroji, Los Bufones. Las carencias y precariedades obligan a aguzar el ingenio, y los músicos, además de convertirse también en lutieres, no pueden ganarse la vida con su arte, ya que esa opción solo estaba al alcance de los miembros de los VIAs agrupados en el sello Melodiya. A finales de los setenta, las magnetizdat, cintas de audio caseras grabadas por grupos underground que no tenían ninguna posibilidad de ser acogidos por el monopolio estatal Melodiya, se copiaban una y otra vez, aunque de su venta solo se benefician los traficantes del mercado negro. Pese a la mala calidad de las grabaciones, el rock soviético se identifica con la disidencia y la oposición a la cultura oficial, y llega clandestinamente a millones de oyentes. Sin ayuda del aparato promocional del Estado, los grupos Akvarium (liderado por Boris Grebenschikov) y Mashina Vremeni (La Máquina del Tiempo) son conocidos en todo el país y eclipsan a los grupos oficiales y VIAs.

Poco después se ven los primeros signos de aperturismo: Gosconcert (la entidad estatal encargada de la organización de conciertos) y el Ministerio de Cultura incluyen a Avtograf y Mashina Vremeni en el circuito de giras patrocinadas, aunque este roce con la «oficialidad» les hacen perder legitimidad ante algunos de sus oyentes. Por otro lado, en 1981 se funda el Rok Club Leningrado, un club de locales de ensayo donde se establecen grupos semioficiales con licencia para tocar en Leningrado. A la vez, la escena musical se enriquece con la ofensiva new wave de bandas como Kino o Televizor, conocida por su choque frontal con la censura.

Sin embargo, la muerte de Leonid Brézhnev lleva al poder a los breves Yuri Andrópov y Konstantín Chernenko, quien declara que los grupos de rock «causan daños estéticos o ideológicos» e inicia una ofensiva contra esta música. El Ministerio de Cultura, de hecho, prohíbe a treinta y ocho grupos occidentales (entre los que están Sex Pistols, AC/DC, Iron Maiden, Pink Floyd y otros), se proscribe también la música pop occidental en las discotecas y se insta a las juventudes del Partido Comunista a que vigilen y repriman si es necesario. El fallecimiento de Chernenko y la llegada de Gorbachov y su glásnost fomentan el desarrollo de la cultura rusa del rock, al legalizar a los grupos y difuminarse la separación entre bandas underground, semioficiales u oficiales. En julio de 1985, Avtograf toca desde un estudio de Moscú para todo el mundo en el seno del Live Aid organizado por Bob Geldof; al año siguiente, Avtograf, el grupo de speed metal Kruiz (Crucero) y Alla Pugachova participan en un concierto de ayuda a Chernobyl; y en 1987 llega a la Unión Soviética Yoko Ono (y hago un esfuerzo notable para no intercalar un chiste que relacione su llegada con la disolución del país).

Aunque expertos como Serguéi Mijáilov, de la Academia de Ciencias Pedagógicas, afirmaran que «el rock era el equivalente moral del sida», la proliferación por todo el país de clubes como el de Leningrado normaliza su difusión y los metallisti, los seguidores del heavy metal, tienen cada vez más fácil acceder a las grabaciones de Kruiz, Chorny Kofe (Café Negro) o Korrozia Metalla (Corrosión Metálica). Incluso Gorky Park, un grupo apadrinado por Stas Namin, uno de los organizadores del Moscow Music Peace Festival, firma con Polygram y hacen una gira por Estados Unidos, al tiempo que agradecen a Mijaíl Gorbachov en su disco que hubiera hecho posible llevar su música a todo el mundo.

En aquella época se asumía que el rock era la respuesta a las desilusiones de la juventud, pero la apertura de la perestroika y la normalización de su difusión desafilaron su mensaje: el rock llegaba a un público más amplio a costa de perder su carácter contestatario.

Los ideólogos

Imagen: Elektra.

Volviendo al Moscow Music Peace Festival, los promotores de este macroconcierto fueron dos personajes excéntricos y polifacéticos: Stas Namin y Doc McGhee.

El primero, de origen armenio, fue nieto de Anastás Mikoyán, estadística soviético presidente del Presidium del Soviet Supremo de la URSS, y sobrino-nieto de Artiom Mikoyán, cofundador y diseñador de los aviones militares MiG (abreviatura de Mikoyán y Gurévich). Namin, después de estar siete años en una academia militar (donde escuchó por primera vez a los Rolling Stones, Jimi Hendrix y Led Zeppelin entre otros), fundó el grupo Tsvety (Las Flores). Eludiendo los controles habituales en los VIAs —seguramente a causa de su ilustre ascendencia— Tsvety grabó dos singles para Melodiya y llegó a vender siete millones de discos, un éxito sin precedentes. Sin embargo, en 1975 el grupo fue proscrito por promover la ideología occidental. Pese a los encontronazos con el poder, Namim siempre destacó por su capacidad para venderse y salir adelante, y en 1981 organizó un festival de pop-rock en Ereván que congregó a setenta mil asistentes, precedente inevitable del festival que organizó ocho años después en Moscú. Además de poner en marcha un centro musical para jóvenes, años después Stas Namin apadrinó a Gorky Park, un grupo soviético de metal que intentaba abrirse paso en Estados Unidos, y a través de Dennis Berardi, presidente de Kramer Guitars, conoció a Doc McGhee.

En aquella época, Doc McGhee era un peso pesado en la escena musical metalera que representaba a Mötley Crëw, Skid Row y Bon Jovi, una triada imbatible, pero tenía un pasado turbio. El 19 de enero de 1987 se había declarado culpable de introducir dieciocho toneladas de marihuana colombiana en Carolina del Norte, un delito del que salió increíblemente bien parado gracias a la estrategia de Joe Cheshire, su abogado, y a la intercesión de algunas figuras prominentes del mundo del espectáculo como Jon Bon Jovi. Cheshire propuso al juez que, en vez de pasar por la cárcel, sería más beneficioso para la sociedad que su representado fundara una ONG que recaudara fondos para los fines adecuados. En lugar de ser condenado a diez años de cárcel, como era de esperar, McGhee solo pagó una multa de quince mil dólares, estuvo cinco años en libertad condicional y creó la fundación Make a Difference para ayudar a jóvenes con problemas con el alcohol y las drogas.

Según McGhee, al organizar el festival moscovita pretendía aprovechar el vigésimo aniversario de Woodstock y hacer una buena obra en la Unión Soviética, ya que en sus numerosos viajes al país había visto que a los jóvenes alcohólicos se les trataba como en los años treinta y cuarenta en Estados Unidos, con terapias de choque de escasa eficacia. Sin embargo, algunos de sus clientes, como Mötley Crüe, declararon posteriormente que se vieron empujados a colaborar para que su representante terminara de pagar las cuentas que tenía pendientes con la justicia. Y los Crüe no llevaban nada bien que les debieran favores…

Cuestiones logísticas

Gracias a la influencia de la MTV y de la televisión por cable, el heavy metal era un motor poderoso y tenía una influencia notable en la juventud de aquella época, pero no parecía el estilo más propicio para un festival en Moscú. «No es que me gustara el heavy metal, pero era el estilo más curioso para el comunismo. Pensé que, si podíamos llevar heavy metal al estadio Lenin, podíamos hacer cualquier cosa», declaraba Namin. Y su afirmación grandilocuente no anduvo lejos de la realidad, pese a que la organización de un macroconcierto en el Moscú de 1989 supuso un desafío logístico tremebundo. Para empezar, los promotores se lanzaron sin permiso de las autoridades, que estaban al tanto de la iniciativa, pero decidieron no apoyarla ni rechazarla explícitamente para eludir críticas. Según McGhee, Gorbachov lo sabía todo, pero cuesta creer que alguien que no estuviera tan bien conectado como Namin pudiera poner en marcha un proyecto así de manera improvisada y sin la aquiescencia de los mandamases soviéticos. Por otro lado, Namin decidió eludir las referencias al rock, y de ahí que se utilizara el nombre Moscow Music Peace Festival.

Namin y McGhee tardaron un año en preparar este concierto elefantiásico, el primero que albergaría el estado Lenin en toda su historia. También sería la primera vez que se sobrevolaría Moscú con un helicóptero (circunstancia prohibida hasta entonces por el KGB), el primero que grabaría la MTV en la Unión Soviética y que contaría con cobertura en directo de las principales cadenas de televisión, atraídas por el historión de aquellos melenudos que iban a reventar los tímpanos del desprevenido público soviético. Los medios técnicos soviéticos eran tan precarios como los de cualquier país del tercer mundo, y el equipo de transmisión por satélite parecía sacado de una película de serie B de los años cincuenta. Las carencias eran tales que la organización tuvo incluso que importar el hielo desde Suecia y traer el catering (de Hard Rock) para las bandas y el equipo desde Finlandia. Además, se necesitaron sesenta y cuatro camiones con remolque para trasladar todo el material.

Si por tierra el despliegue había sido colosal, la llegada de los protagonistas por aire no se quedó atrás. McGhee y Namin fletaron un Boeing 757 apodado «The Magic Bus» (como la canción de The Who y con ilustraciones de tono jipi del célebre Peter Max, responsable también de la decoración del escenario) en el que subieron a las bandas estadounidenses (Skid Row, Cinderella, Bon Jovi y Mötley Crüe), que partieron con rumbo a Londres, donde recogerían a Scorpions y a Ozzy Osbourne y a su grupo. Dado el carácter del concierto, se suponía que el alcohol y las drogas no iban a formar parte del menú del vuelo, pero nada más despegar la fiesta comenzó y el trayecto se convirtió en un descontrolado fragmento de This is Spinal Tap. Curiosamente, en sus declaraciones posteriores los participantes no se pusieron de acuerdo en quién estaba sobrio y quién ebrio en el viaje. Los habitualmente despendolados Mötley Crüe trataban, por primera vez en su carrera, de permanecer sobrios, mientras que Ozzy Osbourne afirmó que él, su mujer Sharon y un periodista del L. A. Times fueron los únicos que no se emborracharon, algo que por ejemplo Klaus Meine, cantante de Scorpions, niega. En cualquier caso, fueron muchas horas de jam sessions improvisadas, regadas generosamente con bebidas de alta graduación y salpimentadas de sustancias polvorientas. Por suerte para ellos, gracias a los contactos de Namin los doscientos cincuenta ocupantes del autobús mágico no tuvieron que pasar por la aduana moscovita ni sufrir el escrutinio de los estrictos agentes locales. Ahí habría acabado el festival, seguramente.

Escoltados por el ejército y seguidos por la KGB, los metaleros multinacionales llegaron al Hotel Ucrania, un espectacular edificio de mármol y cristal… y poco más. Con instalaciones modestas, menús incomibles, sin apenas mobiliario y camas espartanas, sus cuatro estrellas eran tan falsas como las declaraciones antidroga de sus ilustres huéspedes. Tommy Lee lo equiparaba al Hotel Overlook de El resplandor, mientras que su pareja de entonces, la actriz Heather Locklear, dormía vestida para evitar un excesivo contacto con la ropa de cama. Poco a poco los músicos fueron conscientes de las pequeñas miserias que poblaban la rutina de los soviéticos: las largas colas para adquirir artículos de primera necesidad, los incesantes trueques y sobornos que poblaban su día a día, las puertas que abrían unos pocos cigarrillos estadounidenses, los encontronazos con la milicia e incluso algún roce con el KGB más propio de Top Secret que de El espía que surgió del frío. Mientras los músicos estadounidenses iban de acá para allá con los ojos muy abiertos y con la sensación de estar recorriendo un parque de atracciones en ruinas, los componentes de Scorpions parecían ser los únicos conscientes de la trascendencia del momento. De hecho, una visita al Gorky Park durante aquellos días sirvió de inspiración para una de sus canciones más célebres, Wind of Change, considerado el himno de la perestroika y el glásnost.

Los conciertos

Llegó el momento de tocar e, inevitablemente, los primeros desencuentros. Según cuentan Mötley Crüe en su libro Los trapos sucios, Doc McGhee había contado a cada grupo estadounidense una batalla diferente para llevarlos hasta Moscú. Bon Jovi creía que era una actuación más dentro de su gira mundial, mientras que Skid Row y Cinderella no se hicieron demasiadas preguntas. En cuanto a los Crüe, en pleno pacto para permanecer sobrios y con el disco Dr. Feelgood a punto de salir (después del exitazo del Girls, girls, girls), andaban bastante mosqueados. Su guitarrista, Mick Mars, pensaba que se había tirado un año pagando los problemas de drogas de todos los miembros del grupo y ahora le tocaba pagar por los problemas de drogas de su representante. Para más INRI, poco antes de salir a actuar el encargado de producción les dijo que habían sido «degradados» en el orden de las actuaciones y que actuarían el segundo día antes de Ozzy Osbourne y Scorpions, ya que el inglés había maniobrado para tocar en una situación más acorde con su status de estrella veterana. Pese al amago de motín y vuelta a casa, McGhee consiguió aplacar a los Crüe quienes, por respeto a Ozzy —con quienes los Crüe habían salido de gira en dos ocasiones— y a su batería Randy Castillo, buen amigo de los Crüe, decidieron transigir y ceder su puesto.

En el estadio Lenin se había montado un escenario gigantesco, el más grande del mundo hasta aquel momento, y se supone que cada grupo disponía de cincuenta minutos exactos para su actuación en un reparto de tiempos muy ruso, con una escenografía sobria, sin atrezo ni elementos pirotécnicos. Una vez finalizado el tiempo asignado al grupo, el bloque central del escenario giraría y daría paso a la siguiente actuación. Supuestamente no habría teloneros ni cabezas de cartel, pero los miembros de Mötley Crüe pensaban que Doc McGhee había maniobrado para que Bon Jovi, su niña bonita, tuviera más peso. De hecho, antes de llegar a Rusia Stas Namin tuvo que gastarse un buen dinero en promocionar al grupo de Nueva Jersey porque, pese a su carácter de superestrellas mundiales, eran relativamente desconocidos en Rusia. A ojos de Tommy Lee, ese favoritismo se vio confirmado cuando Bon Jovi utilizó fuegos artificiales —modestos según el estándar occidental, pero fuegos artificiales al fin y al cabo— para iniciar su actuación. El explosivo batería de los Crüe se fue directo a por su representante y lo tumbó con una mezcla de empujón y puñetazo mientras le gritaba: «¡Que te den! ¡Nos has mentido, joder! ¡Mañana por la mañana trabajarás para Alvin y las putas ardillas!».

Sin embargo, los ciento veinte mil espectadores que atestaban el estado Lenin eran ajenos a todas estas trifulcas entre bastidores. Querían disfrutar del espectáculo, el primero que se vivía en un escenario tan ilustre, aunque no tenían muy claro cómo debían hacerlo. Más allá de la tierra de nadie que separaba el escenario del público, la militsiya (policía) y los soldados del Ejército Rojo estabulaban a los espectadores e intentaban mantenerlos controlados. Ya no estaban vigentes las pautas de Gosconcert, que hasta 1986 prohibían que la gente se levantara y bailara en los conciertos, pero las fuerzas del orden tampoco iban a permitir que el público se desmelenara, literal y metafóricamente, en exceso.

El público ruso tenía muy claro que aquel concierto era una celebración y una ocasión histórica, pero no sabía cómo debía comportarse. En el variopinto reparto, algún rockero cazado hábilmente por los cámaras de la MTV, expertos en localizar melenas y muñequeras para dar una imagen más cosmopolita de los asistentes, pero también, a ojos desinformados y clasistas, gente con pinta de cuñados peligrosos con ideas de bombero salidos de los vídeos de Only in Russia, e incluso algún primo de Dimitri, el flipado de discoteca convertido en meme internáutico. La mayoría, sin embargo, era gente normal y corriente, jóvenes que querían disfrutar del contacto con la cultura occidental y que intentaban llevar el compás agitando sus puños y cuernos al aire, descoordinados como una madre achispada en una boda. El entusiasmo compensaba sobradamente su falta de naturalidad, mientras a su alrededor la policía fijaba la mirada intentando asimilar la avalancha sensorial que se les venía encima.

El concierto comenzó con una alocución del director del Comité Soviético de la Paz, una mezcla entre Radovan Karadzic y Brian Ferry con traje azul celeste y palabras elevadas con las que felicitaba a los rockeros por rechazar el alcohol y las drogas. Menos mal que habló en ruso y no hubo traducción hasta que se subtituló el vídeo —que dirigió, por cierto, Wayne Isham, conocido por sus videoclips de Michael Jackson y Bon Jovi—, porque las risas entre bambalinas se habrían oído en Sebastopol. Poco después, entraban en escena Skid Row con el longilíneo Sebastian Bach —premio al nombre artístico más pretencioso— a la carrera y una auténtica declaración de intenciones, un «Check this out, motherfuckers!!!» con su voz desgarrada a la altura del «Hello fuckin’ Russians» que soltaría después Ozzy Osbourne al comienzo de su concierto.

El grupo de Nueva Jersey arrancó con una contundente versión del «Holidays in the Sun» de Sex Pistols, canción con referencias al comunismo y al Muro de Berlín, y mantuvo el tipo con un repertorio basado en su primer álbum, estrenado pocos meses antes, en el que destacaba su power ballad «Eighteen and Life». Después de esta primera descarga, tomó el relevo Cinderella, el grupo de cardados imposibles encabezado por Tom Kiefer y cuyo álbum Night Songs se considera una de las cumbres del pop metal pese a su portada risible. Aunque su cantante fracasó a la hora de implicar al público en el tema «Gypsy Road», donde quedó patente la barrera idiomática y cultural que separaba a los artistas y al público, Kiefer se lució exhibiendo su doble registro que le llevaba de vocalista melódico a convertirse en un Brian Johnson con exceso de laca. A continuación, Jon Bon Jovi se daba un baño de masas con abrigo y gorra de plato del ejército mientras cruzaba el pasillo central que dividía en dos mitades al público del estado Lenin, con las primeras notas del «Lay your Hands on Me» de fondo y Tico Torres, batería del grupo, marcándole el ritmo. Después, exhibición de los estadounidenses con un repertorio basado en el Slippery When Wet y el New Jersey, sus dos discos más recientes en aquellas fechas.

Pese a ser la banda más volátil sobre la faz del planeta, entre los méritos de Mötley Crüe figura reconducir la vida de un escritor como Chuck Klosterman, autor del seminal Fargo Rock City, quien afirma que el Shout at the Devil fue su Sgt. Peppers. Por los motivos antes expuestos, los Crüe salieron a tocar en Moscú con una espinita clavada y con la sensación de ser los underdogs, unos secundarios maltratados injustamente. Nunca fueron los preferidos de la crítica (si exceptuamos a Klosterman), tampoco eran unos virtuosos ni sobresalían técnicamente, pero sabían dar espectáculo y resultaban fascinantes. Tanto fuera como dentro del escenario, era imposible apartar la mirada de ellos y de su torrente de glam metal. Los Crüe empezaron a ritmo de striptease y no bajaron el pistón durante los cincuenta minutos que duró su actuación, que acabó apocalípticamente con Nikki Sixx destrozando su bajo y Tommy Lee arrasando su complicada batería. Después, a los locales Gorky Park les correspondía defender el honor patrio, pero la apabullante actuación de los Crüe les dejó sin aire. Por otro lado, se daba la circunstancia de que no eran demasiado conocidos en Rusia, ya que Stas Namin, su representante, se había centrado en su popularización internacional, y pese a contar con un single pegadizo y estimable (el onomatopéyico Bang), el hieratismo de su cantante y su escaso arraigo social —los soviéticos los consideraban poco más que un VIA moderno y alejado del rock auténtico— los dejaron en mala posición. Lo más llamativo, la guitarra Kramer en forma de balalaika de Alexey Belov y su capacidad para destrozar el «My Generation», de The Who.

Para Ozzy Osbourne lo de Moscú no era más que otro bolo más, pero el británico es incapaz de contenerse una vez que comienza un concierto. Además, despertó tanta expectación que se produjo un amago de motín al principio de la actuación y Stas Namin tuvo que salir al escenario para llamar al orden al público y evitar que la situación se descontrolara. Como habitualmente en sus actuaciones en aquella época, Ozzy comenzó enardeciendo al público al son del «O Fortuna» de Carmina Burana para sumergirse a continuación en el «I Don’t Know» llevado en volandas por la vertiginosa guitarra de Zakk Wylde y seguir con lo más granado de su repertorio, entre cuyas canciones figuró un irónico —dado el contexto— «Sweet Leaf» dedicado a la marihuana. Con sus paseos de señor mayor y sus palmoteos espasmódicos típicos, Ozzy se llevó de calle a un público ruso que acabó enloquecido al ritmo del «Paranoid». Y cerraron el festival Scorpions, conocidos por su potentísimo directo —registrado en el inolvidable World Wide Live— y quizá los más conscientes del momento histórico que estaban viviendo. Como declaró Rudolf Schenker, uno de los guitarristas teutones, esta vez los alemanes no llegaban a Moscú con tanques y en pie de guerra, sino con guitarras y música, en nombre de la paz y aclamados por los soldados del Ejército Rojo. La banda alemana, que nunca había podido tocar en la RDA, se desquitó ofreciendo un espectáculo magnífico ciñéndose a sus clásicos en el penúltimo plato de un festival que culminaría con el medley habitual de confraternización entre los distintos grupos del cartel, acompañados en esta ocasión por Jason Bonham, hijo del mítico batería de Led Zeppelin.

La resaca

En la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, tres meses después del festival de Moscú, el Muro caía en Berlín y curiosamente, Skid Row estaba en la ciudad para dar un concierto. Huelga decir que establecer una relación causa-efecto es absurdo, pero aquella experiencia marcó a unos veinteañeros de Nueva Jersey que no destacaban precisamente por sus inquietudes intelectuales. En poco tiempo habían pasado de correrse juergas en la escena rockera angelina a vivir dos momentos históricos, protagonizando uno de ellos.

Para el público ruso aquel festival supuso la apertura definitiva de las compuertas del rock internacional en el país, aunque sus preocupaciones más inmediatas estuvieran centradas en salir adelante en una época muy convulsa. Aquel festival también dejó huella en otros protagonistas: para empezar, los miembros de Mötley Crüe adelantaron su regreso y se negaron a volver en el «Magic Bus» después de despedir a su representante Doc McGhee, a quien Bon Jovi, origen del conflicto con los Crüe, también dejó un par de años después. Por otro lado, una semana después de regresar a casa, un descontrolado Ozzy Osbourne se agarró una melopea espectacular con cuatro botellas de vodka que se había traído en la Unión Soviética e intentó estrangular a su mujer, Sharon, en otra secuela indeseada de aquel macroconcierto. Pero no todo fue desamor en el apartado de crónica rosa del concierto de Moscú, ya que Heather Locklear, entonces esposa de Tommy Lee, conoció allí a Richie Sambora, guitarrista de Bon Jovi con quien se casó cinco años después. Precisamente fue Heather Locklear la que acuñó la descripción más certera del festival cuando se enteró de su organización. «Pensé que un concierto antidrogas era un oxímoron», explicó la actriz estadounidense sin que le faltara razón, aunque el millón de rublos recaudados para el tratamiento y la rehabilitación de drogadictos en la Unión Soviética mitigaran en parte este contrasentido.

Este artículo es un adelanto de la revista trimestral Jot Down nº 21, especial URSS, disponible en nuestra tienda y nuestra red de librerías.