¿Cuál es el extraterrestre más feo?

Basta que alguien se ausente en una reunión para que nos surja la imperiosa necesidad de despellejarlo, no puede haber tema de conversación más reconfortante. Lo que nos lleva a pensar de qué hablarán entonces los demás cuando es uno el que se va, quién sabe. Pero si ese efecto se produce solamente con salir de una habitación, qué no pasará cuando el aludido está a miles de años luz de distancia. Así que el cercano día en que los alienígenas vengan a visitarnos no nos exterminarán para robar nuestros recursos naturales, no, sino por puro rencor viendo la manera que hemos tenido de retratarlos durante todo este tiempo, a cada cual más feo y aborrecible. Llega a tal punto el ensañamiento con su aspecto que no sabemos ni por cuál decidirnos, así que aquí les presentamos una breve selección para que sean ustedes quienes elijan. Si es que no se nos puede dejar solos.

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El bebé lagarto de V

Imagen: Kenneth Johnson Productions / Warner Bros. Television.

No podría haber mayor tropiezo como que viniera algún experto en la materia, por ejemplo Giorgio A. Tsoukalos y nos dijera que la encuesta está bien, pero le faltan aliens. Lamentablemente todos no pueden entrar, pero al menos que no falten los genuinos de color verde y que además viven infiltrados entre nosotros, tal como mostró esta añorada serie de los ochenta, quién sabe si basada en hechos reales. Aquí vemos a uno rabiosamente feo y malencarado desde el momento mismo de su nacimiento, una estremecedora escena que quedó grabada en nuestras mentes.

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La guerra de los mundos (1953)

Imagen: Paramount Pictures.

Si un marciano te mira con esa cara… ¿Se alegra de verte? ¿Tiene pesambre? ¿Es una mirada irónica ante algún embarazoso malentendido? ¿O tal vez está mostrando un leve gesto de melancolía ante la fugacidad de la juventud y los días de esplendor en la hierba? Vete a saber, la imagen podría estar del revés y no nos daríamos cuenta. Incluso podría decirse que no es la cara precisamente, que en ese momento estaba expulsando una canica mal digerida y alguien se ha acercado desvergonzadamente por detrás a hacer la foto del inoportuno momento. No hay que descartar opciones. Lo poco que sabemos de él es lo que se cuenta en la adaptación que se hizo en 1953 del clásico de H. G. Wells La guerra de los mundos.

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Kuato, de Desafío Total (1990)

Imagen: Carolco Pictures / Columbia TriStar.

Aunque alojada en el pecho de un cuerpo humano, Kuato es una horrible criatura mutante de Marte dotada de poderes telepáticos sobrenaturales. También se parece mucho a cierto expresidente autonómico con una capacidad igualmente sobrenatural para el ahorro. Nos quedamos con la versión marciana, desde luego, y también con la película original de Desafío Total en la que aparece, la buena.

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Invasion of the Saucer-Men

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Imagen: Malibu Productions / AIP / Columbia TriStar.

Los marcianitos hipercerebrados y malévolos de Mars Attacks! son una versión actualizada de los que veíamos en Regreso a la Tierra y de estos. Esa mirada torva y reptiliana es horrenda, sí, aunque al menos hay que reconocerles el buen gusto al secuestrar a personas jóvenes y atractivas con escasa ropa. No como los de ahora, capaces de introducir sus sondas anales en cualquier hortelano cincuentón de brazos peludos y barriga desbordada.

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El hombre del planeta X

Imagen: Mid Century Film Productions / United Artists.

Este hombre tiene cara de haber sido subinspector de hacienda en su planeta. La resignación se ha adherido a su rostro después de años y años soportando atascos para ir y volver del trabajo, noches en vela por vecinos ruidosos y una esposa que le regala ropa interior por su cumpleaños. Hasta que un día manda todo a la mierda y dice «¡Me largo al planeta Tierra!». Si quieren saber qué pasa entonces, la película está disponible en Youtube con subtítulos en castellano.

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Distrito 9

Imagen: TriStar Pictures / Block Hanson / WingNut Films.

No es que le haya pasado la rueda de un camión por encima de la cara, es que todos los de su especie son así. Este cruce entre un insecto gigante y un langostino adicto a la comida para gatos era uno de los protagonistas de Distrito 9. Una película que con el fin de denunciar el Apartheid comparaba a los negros sudafricanos con feos bichos alienígenas que vienen a parasitar la sociedad humana. Un enfoque curioso, por decirlo así. Según tenemos entendido, el próximo proyecto del director será un alegato contra el antisemitismo: tratará de unos vampiros que por la noche se alimentan de la sangre de niños cristianos y por el día permanecen ocultos en sinagogas y bancos.

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Mi amigo Mac

Imagen: Orion Pictures.

Esta película partió de un error de base que le impidió, de lejos, igualar el éxito de E.T. No puedes esperar que el público simpatice con una criatura a la que cualquier persona normal lo único que puede desear es aplicarle un lanzallamas hasta vaciar el depósito. Esta especie de furby famélico y sin pelo que estaba presente mientras su amigo tomaba conciencia de la adolescencia podía volverse a su planeta sin que el espectador sintiera la menor congoja e incluso respirando aliviado. Pues va el cabrón y se queda.

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Yautja, de Predator

Imagen: Amercent Films / Silver Pictures / Twentieth Century Fox.

Pese a su corpulencia y sus greñas de rastafari, estamos ante un alienígena muy poco agraciado. De hecho iba siempre a cuestas con un dispositivo de invisibilidad, el pobre no debía llevar bien lo de su aspecto. En dos de los spin-offs que protagonizó se enfrentaba a una bestia de la que ya hablamos aquí y que no nos parece adecuado incluir en esta lista dada la singular belleza y armonía de su diseño por Giger.

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It Conquered the World

Imagen: Sunset Productions.

Este film de Roger Corman es uno de los grandes clásicos del cine de ciencia-ficción de los años cincuenta. Como era habitual en las producciones de la época el monstruo —que en este caso viene de Venus pone su mejor voluntad en ser feroz y aterrador, pero más bien parece salido de una prueba de Humor Amarillo o Grand Prix del Verano.

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Audrey II, de La tienda de los horrores

Imagen: Geffen Company / Warner Bros.

Remake de otra película de Corman, en la que el protagonista está enamorado de su compañera de trabajo, Audrey, así que decide ponerle ese nombre a la pequeña planta carnívora que ha comprado durante un eclipse solar, como vemos en esta escena sencillamente maravillosa. Pero comienza a crecer, a hablar y a desarrollar un voraz apetito. No es el tipo de planta que conviene poner en el balcón, no vaya a comerse a una vecina en un descuido.

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La banda de la cantina, de La guerra de las galaxias

Imagen: Lucasfilm / Disney.

Esta cantina que reúne a lo más selecto de la galaxia bien podría completar por sí sola una lista como la que nos traemos entre manos. Pero alguno hay que elegir, así que nos quedamos con los integrantes de la banda de jizz Figrin D’an and the Modal Nodes, unos humanoides de la raza bith, originaria del planeta Clak’dor VII, que si triunfaron en el mundo del espectáculo no fue por su cara bonita.

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Space: 1999

Imagen: Group 3 / Incorporated Television Company / RAI.

Esta serie de ciencia-ficción de los años setenta fue la de mayor presupuesto rodada hasta entonces en Gran Bretaña, así que imagínense cómo serían las demás. Hay fiestas en colegios con trajes más elaborados que este. Pero fíjense además en la interpretación a cargo del actor, qué manera tan desganada de moverse, ese monstruo extraterrestre parece que estuviera buscando las llaves de casa.

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Jeriba «Jerry» Shigan, de Enemigo mío

Imagen: Twentieth Century Fox / Kings Road Entertainment / SLM / Bavaria Film.

Tras interpretar al estricto sargento de Oficial y caballero, Louis Gossett Jr. Se puso esta máscara encima para dar vida a un antipático extraterrestre que poco a poco va abriendo su corazón en este remake de Infierno en el Pacífico. Puede entenderse también como un bonito manifiesto contra la xenofobia, por extraño o amenazante que pueda parecernos alguien llegado de fuera, si nos acercamos a él y nos molestamos en conocerle veremos que no es tan distinto y tarde o temprano terminará poniendo un huevo o expeliendo una larva por partenogénesis.

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Ballchinian, de Hombres de negro II

Imagen: Columbia / Amblin Entertainment / MacDonald-Parkes Productions / Sony.

La trilogía de Hombres de negro nos desveló como nunca se había hecho antes la más completa relación de todas las criaturas extraterrestres que habitan entre nosotros de forma más o menos disimulada. Algunos han logrado integrarse con éxito y pasan casi desapercibidos: pocos pasatiempos hay más entretenidos que hacer listas de personalidades de la política, el espectáculo y los deportes que sospechamos vienen de otro planeta. Pero a otros, como los Ballchinian, se les nota bastante en cuanto se quitan el pañuelo (su prenda característica, ya saben qué ocultan con ella quienes llevan un palestino).

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¿Cuál es la mejor novela de ciencia ficción?

Como quizá ya sepan, y si no los saben ahora se lo decimos, andamos enfrascados en la organización del Evento Ciencia JotDown 2014, que contará no solo con la presencia de un ingente número de lectores, esperemos, sino también con los ganadores del concurso de textos de divulgación y de narración científica. Pero valorar la calidad de una historia de ciencia-ficción exige tener previamente unas referencias con las que compararla, un canon. ¿Qué títulos incluir en él y en qué orden? No es sencillo, dado que pueden juzgarse según varios aspectos: su nivel literario, su rigor científico, su capacidad predictiva… etc. Todas estas cuestiones han provocado una animada discusión que ha ido ganando en apasionamiento hasta que uno de nuestros redactores ha intentado estrangular a otro. Cuando finalmente logramos separarlos hemos convenido que la mejor manera de resolverlo era apelando al comodín del público. Así que voten por favor, añadan algún otro título si lo desean e incluso envíennos su propio relato si se encuentran particularmente inspirados.

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Contacto

contactCarl Sagan, además de haber sido un notable científico, excelente divulgador y maestro de Neil deGrasse Tyson, tiene otro logro, el mayor de todos ellos y que le garantiza la eternidad: fue el autor de las placas que portan las sondas espaciales Pioneer 10 y 11, que permitirán a los extraterrestres hacerse una idea de lo que somos. Con semejante tarjeta de presentación quizá se hagan muchas ilusiones creyendo haber encontrado a sus almas gemelas en el universo y tras aterrizar aquí se lleven una decepción gordísima, quién sabe. Es una cuestión sobre la que se podría especular largamente y el propio Sagan lo hizo en su único y muy celebrado escarceo con la ficción. En esta novela posteriormente llevada al cine sin mucho acierto, la radioastrónoma Ellie Arroway se encuentra un misterioso mensaje extraterrestre durante su trabajo en el programa SETI. Resulta ser una respuesta al discurso de Hitler emitido por televisión durante los Juegos Olímpicos de Berlín, pues esa es la única comunicación nuestra que les llegó a los alienígenas. Viendo la parrilla televisiva actual podría haber sido peor.

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Guía del autoestopista galáctico

guiaDurante millones de años ser escritor de sci-fi conllevaba en mayor o menor medida cultivar patillas optimistas y lucir una solemnidad inversamente proporcional a la capacidad de reconocer que quizá alguien que escribe sobre tostadoras con sentimientos no debería de tomarse el universo tan en serio. Tendría que llegar Douglas Adams y pasarle a todo el mundo una toalla por los morros para construir la epopeya más espectacular y descojonante del género. Robots depresivos, delfines agradecidos, comunas espaciales que llevan generaciones pillándose un pedo en la misma fiesta, viajes en el tiempo y antihéroes bicéfalos. Hay más ciencia ficción pura en la trilogía de cinco libros de Adams que en toda la literatura de ideas. La Guía arranca como debe de ser, aniquilando a la humanidad para construir una autopista, y en el fondo es el único libro de la historia que contiene la, universalmente reconocida como válida, respuesta a TODO.

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1984

1984De la más célebre distopía que se haya imaginado no es del todo exacto decir que sea profética, puesto que George Orwell al fin y al cabo se basó en lo que fue la vida cotidiana para millones de personas tanto en la Alemania nazi como en el régimen estalinista. Pero sí fue capaz de definir las señas de identidad del totalitarismo, hacérnoslo distinguible al caricaturizarlo y advertirnos de algunos de sus síntomas. Muchos de los términos de esta novela —la «neolengua», la «policía del pensamiento», los «dos minutos de odio»…— se han hecho tan enormemente populares que ya forman parte del discurso político contemporáneo. Y es que resulta curioso recordar por ejemplo esto cada vez que uno ve un informativo. ¿Se imaginan una sociedad en la que las autoridades y los medios de comunicación magnificasen alguna amenaza, fomentando la paranoia en la población, uniéndola frente a un enemigo común y dando lugar a un estado de excepción continuado? Mera fantasía, como este libro.

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La guerra de los mundos

guerraSi algún día vienen los extraterrestres será para invadirnos, matarnos y esclavizarnos, esa es la idea que tenemos firmemente asentada en nuestras cabezas. En parte se debe a nuestro conocimiento de la historia, ya que las sociedades más primitivas siempre han acabado calamitosamente tras contactar con otra más avanzada. Y por otro lado debido a las numerosas historias de ficción al respecto, puesto que siempre suele dar más espectáculo una guerra apocalíptica que un contacto diplomático pacífico con un señor verde. Esta novela de H. G. Wells de finales del siglo XIX fue la pionera en la representación de una invasión marciana. Pero no conforme con describirnos a monstruos llegados de muy lejos terriblemente destructivos y feroces, Wells también nos mostró a ese otro que llevamos dentro dispuesto a salir cuando el orden social se desmorona.

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¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

sueñanLa ciencia ficción es sin duda el género que mayor profundidad filosófica permite alcanzar y esta novela de Philip K. Dick es un buen ejemplo de ello. Qué mejor manera de invitarnos a pensar sobre el sentido de la vida que hablándonos de una vida sintética. Aunque se le fue la mano con la fecha —1992 ya se nos hace un poco añejo para imaginarlo futurista— en nuestro tiempo rara es la semana en la que no aparece en los medios algún avance en torno a la manipulación genética. También aborda otros asuntos como la religión, la guerra nuclear y la contaminación, pero si hay algo a destacar en esta obra es el haber servido de inspiración a una de las mejores películas de la historia.

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Dune

duneEn el complejo universo ideado por Frank Herbert (y desafortunadamente precuelado sin descanso por su hijo), todo se mueve gracias a la especia melange, una sustancia con multitud de propiedades. La principal, mutar a los navegantes de la Cofradía Espacial haciéndolos capaces de plegar el espacio y, por lo tanto, de trazar rutas seguras para los viajes interplanetarios. Además la especia es más adictiva que el crack y la gente se coge con ella unos colocones impresionantes. Es decir, en «mundodune», conducir puesto hasta las trancas no solo no te quita puntos del carnet, sino que es la forma más idónea para viajar, tanto mental como físicamente. ¿A quién puede no interesarle un universo así? Pero no todo iba a ser perfecto. La especia es cara. No porque sea ilegal, como lamentablemente ocurre aquí con ciertas drogas, sino porque solo se encuentra en un planeta del Imperio: Arrakis, también conocido como «Dune, planeta desierto» (hay que decirlo todo junto, esto es importante). Allí los héroes de la trama, el clan Atreides, se enfrentarán por el control del negocio a los malvados Harkonnen, lo que da pie a seis tomos —casi todos tan gordos como el mismísimo barón Harkonnen— de conspiraciones, guerras, alianzas y traiciones, estraperlo, esclavitudes sexuales, condicionamientos hipnóticos y mutaciones genéticas delirantes con truchas de por medio. La HBO tendría aquí buen material para una serie, por cierto, que desde el fin de Galactica se echa de menos un culebrón interestelar en la parrilla.

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Snow Crash

snowUna de las novelas de ciencia ficción más vendidas en los noventa. Snow Crash lo tenía todo para molar mucho, petarlo muy fuerte. Sí, el Criptonomicon es la obra maestra de su autor, pero Snow Crash era rápida, directa a la yugular. Era cool justo antes de que lo cool dejara de serlo, porque también acariciaba la sátira en el proceso. William Gibson y Frank Miller se sentaron en el cerebro de Neal Stephenson para escribir una historia donde el protagonista era un repartidor de pizzas que en el ciberespacio —el Metaverso— era un príncipe guerrero, el malo era un esquimal gigante cuya leyenda afirma que iba por la vida con una bomba atómica a cuestas como quien lleva un arma de mano, la colega del protagonista era una adolescente patinadora que llegaba a vacilarle al héroe varias veces y había un perro que fácilmente podría ser una de las mascotas más adorables y decisivas que ha habido jamás en un relato de ciencia ficción. Ágil, ácida, divertida, Snow Crash no se paraba a reflexionar sobre la humanidad y su destino —aunque pudiera conseguirlo sin ser su intención— y otros grandes temas metafísicos que son lugar común en el género. No, Snow Crash era un blockbuster con acción, intriga y explosiones tremendamente entretenido.

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El juego de Ender

enderEn una sociedad futurista que ha sobrevivido al ataque de una raza alienígena con el aspecto de insectos, un niño de gran inteligencia y sensibilidad es adiestrado para convertirse en una máquina de guerra ante un posible nuevo ataque. Esta historia salida de la mente del misionero mormón Orson Scott Card cautivó la imaginación de millones de jóvenes y ganó todos los premios imaginables desde que se publicó a mediados de los ochenta. Recientemente ha contado con una adaptación al cine, que como suele ocurrir ha causado una gran decepción a algunos lectores, aunque es bastante apreciable.

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Mundo Anillo

mundoOtra novela que se basa en la expedición a un mundo extraño con la esperanza de salvar el pellejo, o lo que sea que recubra los cuerpos de los titerotes. Larry Niven, un autor cercano a la ciencia ficción dura, es decir a esa rama de la narrativa en la que cualquier atentado a una oscura ley de la física de partículas se paga con el desprecio de la raza terrible que forman los ingenieros e informáticos del mundo, esta vez descuidó un tanto la ciencia para escribir un relato de aventuras que resultó ser mucho más entretenido que nada de lo que hubiera publicado hasta entonces. Pero en una convención del género fue recibido con una pancarta que proclamaba que «Mundo Anillo es inconsistente» y su orgullo le obligó a parir una serie de secuelas que pusieran las cosas en su sitio, estropeando por el camino lo que aisladamente se puede considerar sin ofender a nadie una de las mejores historias de ciencia ficción que nos dejó el siglo XX.

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Yo, robot

robotUno de los escenarios más recurrentes de la ciencia ficción, tras la invasión alienígena, es el de la rebelión de las máquinas. Isaac Asimov, el mayor divulgador científico junto a Sagan, le dio muchas vueltas a este asunto elaborando sus célebres leyes de la robótica en esta colección de cuentos, que acabaría formando parte de su saga Fundación. Se trata de un libro sobre robots de 1950, cuando aún no existían. Era todo un visionario, sin duda, aunque nos tememos que ni en su ensoñación más febril y bajo los efectos de cualquier psicotrópico habría imaginado este esperpéntico sarao japonés: los robots han llegado a nuestro mundo y son así.

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De la Tierra a la Luna

tierraJulio Verne debía estar presente en esta lista y esta obra puede ser un buen ejemplo. Acertó al prever la llegada a la Luna y el lugar donde ubicar los lanzamientos espaciales (Florida), pero tampoco habría que exagerar señalando solo sus aciertos —a veces muy vagos— y pasando por alto los fallos, que por esa vía acabaríamos adorando a Nostradamus. Viajar en el interior de una bala de cañón lanzada lo suficientemente rápido como para salir al espacio causaría como mínimo ciertos problemas cervicales. Pero en cualquier caso esta historia sirvió de inspiración para esa película tan divertida de una galleta espacial con una bala en el ojo, que aprovechamos para recomendar aunque no la hayamos visto.

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Solaris

solarisUn académico —y además croata afirmó en cierta ocasión de esta novela de Stanislaw Lem que «tiene varios niveles, y es a la vez un rompecabezas psicobiológico, una parábola acerca de las relaciones y emociones humanas, y una demostración de que los criterios antropocéntricos son inaplicables en el mundo moderno». Esta definición bastaría para fundir las meninges de los incautos que se acercan a la ciencia ficción buscando espadas láser y marcianos con mala leche. Y además es una amenaza real, porque Solaris es eso y mucho más; es una de las obras literarias más compleja del siglo XX que, para empezar, en lugar de un malvado emperador galáctico nos enfrenta o no a todo un planeta oceánico y aparentemente consciente, que no se sabe muy bien si presenta una actitud apática, jocosa o directamente beligerante hacia los soberbios científicos que hacen gala de poder abarcarlo todo con el poder de unas fórmulas matemáticas. Una patada en la boca a materialistas y metafísicos. Una gozada. Y hay fantasmas.

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Hyperion

hyperionLa trama que Dan Simmons desarrolla en Hyperion es lo bastante compleja como para servirnos de ejemplo paradigmático de lo más apreciado por el aficionado medio a la ciencia ficción. Una Iglesia del Alcaudón que aporte su granito de arena místico, una nave templaria y con forma de árbol, las Tumbas del Tiempo —con su correspondiente inversión del flujo temporal, un puerto espacial llamado Keats, pues siempre son bienvenidas las referencias literarias más serias, y un monstruo con el cuerpo recubierto de cuchillas que promete un sufrimiento que deja la digestión del sarlacc a la altura de una sesión de hidromasaje. A la manera de Los episodios de Vathek o Los cuentos de Canterbury, siete peregrinos cuentan su historia personal mientras se dirigen al encuentro del monstruo con la esperanza de que pueda evitar el fin de los mundos. Un lío, claro. Hay historias mejores que otras, pero todas merecen la pena. Y los birukas. Ojo con los birukas.

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2001: Una odisea espacial

2001No es solo la mejor novela de Arthur C. Clarke, sino que en cierto modo es también la mejor de Stanley Kubrick. Aunque el cineasta y el escritor firmaron por separado la película y el libro, ambos participaron en un mismo y único proceso creativo que partía de un cuento de C. Clarke de 1968, «The Sentinel», e incorporaba las ideas Kubrick hasta convertir 2001 en la historia que es hoy. La película salió en abril de 1968 y el libro solo unos meses después, por suerte para quienes fueron al cine y se quedaron fríos. En él, C. Clarke evita las figuras poéticas de Kubrick y traslada su misma historia a las páginas en limpio y con claridad, despejando todo aquello que el cineasta había contado de una manera más lírica. Así es como 2001 se revela como lo que es: una historia sobre la naturaleza de la inteligencia, de su consustancia con la misma vida y sobre su papel en el universo. Quizá la mejor novela de ciencia ficción jamás escrita y con toda certeza la más ambiciosa de todas.

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La noche en que Estados Unidos perdió la inocencia

Orson Welles en 1941. Fotografía: Cordon Press.

Parecía un domingo cualquiera, anodino, en el que en muchas familias americanas se repetía el sempiterno ritual con el que remataban los momentos crepusculares de la semana: apurar la cena, lavar los platos, encender la radio. Una rutina invariable, de esas que retratan y compendian el espíritu de una época. Esa noche, sin embargo, era 30 de octubre, víspera del día de Halloween, día que en algunas sitios de Inglaterra y de la costa este americana se conoce como «Mischief Night» (La noche de las travesuras), en la que la tradición manda que se lancen huevos y piedras contra los vecinos y se realicen pequeños actos de piromanía consentida, una suerte de contrapunto canalla a la insoportable cursilería del «truco o trato» de la noche de Halloween.

Ese domingo, poco después de las ocho de la tarde, treinta millones de personas escuchaban con atención el programa estrella de la cadena NBC, The Chase and Sanborn Hour, un show de enorme éxito en el que el ventrílocuo más famoso de la historia, Edgar Bergen, ponía a prueba junto a su marioneta Charlie McCarthy los límites en hilarantes diálogos repletos de de frases mordaces. En un receso del programa muchos de esos oyentes cambiaron el dial y aterrizaron en la CBS, en donde acababa de empezar a ser radiada una adaptación dramática de la celebérrima novela de H. G. Wells, La guerra de los mundos.

Los primeros momentos de la emisión son frenéticos. En apenas quince minutos se describe con todo detalle el aterrizaje de naves marcianas en Grover’s Mill, una pedanía cercana a Nueva Jersey; la muerte de un profesor de Princeton, Phillips —encarnado por Welles— el exterminio de un ejército de siete mil soldados, achicharrados por los rayos de una máquina de combate marciana y el lanzamiento de un ataque alienígena a gran escala contra las grandes ciudades del litoral estadounidense. Pasan los minutos y se suceden las explosiones, las conexiones en directo y los relatos en primera persona de ese caos que estaba apoderándose de la costa este, donde «media Nueva Jersey había sido arrasada» y «cinco máquinas de largas patas estaban en formación a orillas del Hudson, listas para arrasar Nueva York». El lenguaje estaba medido al milímetro para recrear con fidelidad un conflicto bélico, imitando el estilo y la narración propios de los boletines de noticias que a diario trasladaban a millones de hogares estadounidenses el relato del clima prebélico que se vivía en Europa. El efecto era tremendamente real.

La dramatización de La guerra de los mundos en 1938. Fotografía: DP.

El responsable de esta adaptación era un jovencísimo profesional de apenas veintitrés años, Orson Welles, que estaba demostrando con su narración su absoluto dominio del medio radiofónico. Explosiones, conexiones en directo, relatos en primera persona de la desolación acaecida, silencios: Welles estaba armando con su voz y su genio un relato extraordinariamente vívido de la invasión, utilizando toda una plétora de recursos y efectos para otorgar realismo a la narración, dirigiendo con maestría a los diez actores y veintisiete músicos que lo acompañaban aquella noche en el estudio. La grabación contaba, incluso, con una alocución de un falso presidente Roosevelt, —presentado no obstante como el secretario del Interior y encarnado por el actor Kenneth Bilmars—, que fue lo que para muchos acabó por dotar al relato de una pátina de veracidad.

Era un montaje genial, perfectamente calculado para trasladar fielmente el espíritu apocalíptico de la obra de H. G. Wells. Incorporaba además multitud de referencias geográficas locales, buscando adaptar el original inglés a su público norteamericano. Pero muchos de esos recién sintonizados oyentes, que se habían perdido la cuña inicial que así lo anunciaba, no lo sabían. Asumieron como verdadera una ficción delirante en la que su mundo estaba siendo destruido por gigantes metálicos que expelían gas venenoso y disparaban rayos verdes; máquinas de destrucción que asolaban todo a su paso y de las que no había escapatoria posible.

Se ha dicho que el pánico se apoderó de una gran parte de la población estadounidense durante la hora que duró el programa. La reacción ciudadana, cuenta la leyenda, fue de veras espectacular: la mayor parte de los oyentes no esperó al final (en el que se volvía a repetir que todo se trataba de una ficción) para dejarse llevar por el pánico: en muchos estados del país se colapsaron las líneas telefónicas, se encerró la población en sus casas y salieron algunos valientes a enfrentarse, escopeta de caza al hombro, a los temibles invasores.

En las horas y días siguientes a la emisión radiofónica todos los periódicos se llenaron de artículos repletos de lacerantes testimonios de gente que había perdido familiares o amigos durante esa fatídica noche que había mantenido en vilo a la nación. Muchos reclamaban que Orson Welles, que había sido detenido pocos minutos después de haber terminado de emitir y mantenido bajo custodia policial durante toda la noche, debía responder ante la justicia por su felonía, poniéndose en marcha incluso iniciativas políticas destinadas a limitar el contenido de ciertos programas de ficción en la radio. En los días siguientes se publicaron en total doce mil quinientos artículos acerca de este incidente que subrayaban el carácter histérico de las escenas «que habían llevado al país al pánico» durante algunas horas y que recogían dramáticas historias de gente que a lo largo y ancho de Estados Unidos afirmaba haber participado y sufrido las consecuencias de estos episodios de histeria colectiva.

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Detalles de la portadas del Herald Examiner, el New York Times, y el Daily News el 31 de octubre de 1938. Imágenes: DP.

Esta reacción histérica, que hoy en día se antoja excesiva, era perfectamente comprensible. El espíritu de la época de entreguerras en EE. UU. era calamitoso. El crac del 29 y el consiguiente desempleo masivo habían provocado un fuerte sentimiento de vergüenza y miedo en la población, que vieron como la caída de la bolsa y la ruina de los bancos se habían llevado por delante su empleo, sus ahorros y su futuro. Una vez superadas las primeras reacciones de rabia y resentimiento de los primeros años de la Gran Depresión, la sociedad americana se miraba al espejo con una mezcla de temor y vergüenza, temerosos de un futuro que se antojaba oscuro. Franklin Delano Roosevelt, el presidente que había subido al poder en 1933, exclamó con motivo de su primer discurso de investidura que lo único que merecía la pena ser temido era «el propio miedo», consciente de la necesidad de levantar los ánimos de una nación deprimida.

A pesar de las numerosas reformas emprendidas por Roosevelt, que acabarían levantando el país con su New Deal y la inestimable ayuda de la Segunda Guerra Mundial, un lustro después, en 1938, los norteamericanos de a pie todavía no se habían recuperado del mazazo psicológico que había supuesto el crac. El consumo se recuperaba y sus empleos retornaban, tímidamente, pero sin embargo el ánimo general era todavía lúgubre cuando se produjo la emisión de La guerra de los mundos.

Por otra parte, en los primeros años treinta se estaba viviendo una popularización de la radio por todo el país. Ese aparato de reciente aparición era entonces el medio más fiable con el que millones de familias se mantenían informadas. La crisis se había llevado por delante negocios, casas y vehículos, víctimas inevitables de la depresión económica, pero no esos pequeños aparatos electrónicos de reciente aparición que vertebraban informativamente al extenso país. Para 1938, se calcula que ya el 80 % de los hogares norteamericanos contaba con una radio. La economía americana, primero, y los acontecimientos internacionales, después, se turnaban con sucesos variopintos para teñir de negatividad las veladas de las familias norteamericanas, que habían aprendido a asociar instintivamente los boletines urgentes de noticias con desgraciadas tragedias. Quizá el episodio más famoso que horrorizó a la sociedad estadounidense fue el incendio en el aeropuerto de Nueva Jersey del dirigible Hinderburg, un suceso que en 1937 sacudió a los habitantes de del país. Esto, unido a los tambores de guerra que venían allende el Atlántico —la crisis de Múnich y la anexión de los Sudetes por parte de Hitler eran las últimas noticias que llegaban de Europa—, repercutía en los sentimientos de angustia y temor que se habían enraizado en la población en esos años difíciles.

Además de todo este clima prebélico, para aumentar la credibilidad de la historia, en los primeros años del siglo xx se había fantaseado mucho en radio y prensa con la existencia de vida inteligente en Marte. La observación por parte del astrónomo italiano Schiaparelli de unos «canales» sobre la superficie marciana habían disparado los rumores sobre la existencia de una raza de industriosos marcianos similares a los humanos que habían llegado a acometer obras públicas «probablemente para trasladar agua desde los helados polos hasta las regiones desérticas del Planeta Rojo». Incluso en 1924 el Cuerpo de Señales del Ejército americano exigió temporalmente a las radios que dejaran de emitir «para que fuese posible captar posibles señales marcianas». Un disparate. Y, por si fuera poco, apenas tres días antes de la emisión de Welles en la CBS, la prensa publicó que Knut Lundmark, un eminente astrónomo a la cabeza de un observatorio europeo afirmaba que, por pura lógica, debía de existir vida inteligente en Marte. En ese contexto, pues, no podía haber mejores mimbres para una reacción histérica a gran escala.

Los canales de Marte dibujados por Percival Lowell c. 1914. Imagen: DP.

Dos años después de la emisión radiofónica, en 1940, el presidente del Departamento de Psicología de la Universidad de Princeton (a escasos kilómetros del lugar del pretendido «aterrizaje»), Henry Cantril, publicó un estudio que se convirtió al instante en una referencia ineludible para entender el fenómeno. En él se buceaba en historias personales de gente «afectada por el suceso» para entender el alcance del pánico colectivo que «se había apoderado de la nación». Según Cantril, más de un millón de personas de los seis que se calcula que escucharon el programa sintieron «algún tipo de reacción negativa». Se hablaba también de un «número indeterminado pero con seguridad enorme» de personas que habían entrado en pánico debido a testimonios orales de terceras personas. Se hablaba de gente afectada «por el gas que exhalaban los marcianos» e incluso relatos detallados de presuntos avistamientos y combates con alienígenas en los bosques de la costa este. Cantril además incluía entrevistas con cientos de personas que atestiguaban el caos provocado por el programa, adornando el histérico relato con testimonios de suicidios, desapariciones y muertes en las carreteras cercanas a Grover’s Mill.

Y sin embargo hoy sabemos que la verdad es muy distinta. Todo este supuesto pánico de escala nacional fue, probablemente, una exageración orquestada por las grandes cabeceras de la prensa escrita para desprestigiar a un nuevo medio de comunicación, la radio, que les estaba arrebatando buena parte de sus ingresos publicitarios en esos años de penuria económica. Aprovechando el clima enrarecido que existía entonces, los periódicos se hicieron eco de historias y testimonios que en muchos casos no eran más que pura fantasía para elaborar una imagen catastrófica de las consecuencias que podía tener un mal uso del medio radiofónico, intentando de ese modo recuperar parte del favor perdido entre la población.

En este sentido, unos pocos días después del incidente se supo que no hubo que lamentar muertes debido «a la irresponsabilidad de Welles», que las escenas de tiroteos con marcianos eran inventadas y que los accidentes de coches aquella noche tenían más que ver con el consumo de alcohol y las travesuras propias de la «Mischief Night» que con una invasión alienígena. Incluso se sabe que, a pesar de lo publicado a la mañana siguiente en los periódicos, los habitantes de Washington que se quedaron sin luz aquella noche siempre supieron que el apagón no se debía a un ataque marciano. Además, hoy sabemos que todos esos cientos de testimonios de primera mano que recogió Cantril venían en realidad de una pequeña muestra de ciento treinta y dos personas que vivían en las proximidades de Princeton y Grover’s Mill, una muestra poblacional que en ningún caso podía ofrecer un modelo fidedigno de cuál fue la reacción a escala nacional. Asimismo, de ese millón de personas que calculó que se había sentido impresionada por la narración, Cantril no especifica cuántas afirmaron sentir «pánico», agrupando todas las posibles reacciones negativas (preocupación, intranquilidad, ansiedad, histeria) bajo la etiqueta de «pánico», elaborando un retrato incompleto y tendencioso de la reacción popular a la emisión de Welles.

Podemos concluir que, por tanto, la emisión radiofónica no tuvo la repercusión ni la trascendencia que se ha creído siempre. Hubo una reacción histérica, sí, pero estuvo limitada a grupúsculos de gente en el medio rural, especialmente en las zonas cercanas al lugar del pretendido aterrizaje marciano. Solo una de las historias fantásticas de aquella noche ha resultado ser cierta: el épico combate entre una máquina de guerra marciana y un grupo de valerosos vecinos de Grover’s Mill, liderados por un tal Mr. Koch, que esa noche hizo frente escopeta en mano al avance alienígena. La máquina de combate marciana en cuestión no era sino un depósito de agua de gran dimensión que se erguía sobre largas patas de metal en el jardín particular de un habitante del pueblo, que tuvo que ver cómo era tiroteado furiosamente por sus mismos vecinos en el ejercicio de su legítimo derecho de autodefensa de la invasión marciana.

Al final, la consecuencia principal de toda esta rocambolesca historia fue la consagración de Orson Welles como una nueva estrella, un nuevo talento que había sido capaz incluso de romper reglas que todavía no existían. Ensalzado por la revista Time como «la mente más brillante de Broadway», Welles no tardó en firmar un contrato con la productora RKO para la grabación de tres películas, sin limitaciones creativas o presupuestarias.

Solo llegó a realizar una, una que a la postre ha sido considerada como una de las mejores películas de la historia del séptimo arte: Ciudadano Kane, en la que Welles realiza un implacable retrato de William Randolph Hearst, un magnate de la misma prensa escrita que había intentado hundir su carrera en las horas posteriores a la emisión de su magnífica y personalísima adaptación de La guerra de los mundos.

Una ilustración de La guerra de los mundos de Warwick Goble en 1923. Imagen: DP.