El hombre nuevo en Alamar

Juan Carlos Flores. Foto cortesía de
Juan Carlos Flores. Foto cortesía de Omni-Zona Franca.

Nos forjaremos en la acción cotidiana, creando un hombre nuevo con una nueva técnica. (Ernesto Che GuevaraEl socialismo y el hombre nuevo en Cuba)

Exiliado de mí, si pudiera regresar a algún sitio, me gustaría regresar a mí mismo, lugar con arboledas. (Juan Carlos FloresEl repartidor de biblias)

Las cenizas del poeta Juan Carlos Flores no recorrieron Cuba durante cuatro días para emular de manera inversa la gesta revolucionaria de 1959. No hubo luto oficial y la prensa apenas mencionó su muerte. Las multitudes suelen llorar a los próceres en caliente y acordarse de los juglares a los cien años de su desaparición. Unos pocos amigos y familiares del poeta esparcieron sus cenizas en la playa de Alamar, esa «ciudad del futuro» que acabó convertida en refugio de escritores malditos, el lugar elegido para que habitara el «hombre nuevo» con el que soñaba el Che Guevara. Una ciudad-dormitorio levantada en los años setenta a las afueras de La Habana y que recuerda al más espantoso de los barrios de Bucarest. Un enjambre de cemento alzado entre dos ríos a pocos kilómetros de las paradisíacas Playas del Este. Allí, en Alamar, se suicidó el pasado 14 de septiembre Juan Carlos Flores, probablemente el mejor poeta cubano de su generación.

Flores bajó a la calle por la mañana y le dijo a una vecina que después de comprar el pan se ahorcaría. Minutos después la incrédula vecina vería su cuerpo inerte en el balcón de la casa. También lo encontraron así varios de sus colegas de Omni-Zona Franca, el grupo contracultural que Flores había contribuido a formar a finales de los años noventa y del que era considerado el gurú poético. Según testimonios de allegados, el poeta atravesaba desde hace años una grave crisis depresiva.

Al contrario de lo que sucede en las exequias de los próceres, no hay en los funerales de los poetas marginales discursos ensayados ni pésames impostados de personalidades extranjeras. Antes de esparcir sus cenizas por esa playita de los Rusos por donde Flores solía pasear y escribir, algunos de sus amigos le homenajearon de la manera más natural: leyendo algunos de sus poemas. Tal vez este:

Entre Alamar y Cojímar —sobre el paso del río construyeron un puente. Siendo el día domingo, hacia el atardecer, encima de ese puente yo vi a un hombre gritar. Los transeúntes pasaban, cada cual apurado, y aquel hombre gritaba. Yo pensé: «en otra ciudad, y en otro puente, otro hombre gritó». Siendo el día domingo, hacia el atardecer…

Para finales de los noventa, cuando funda el colectivo Zona Franca, Flores (La Habana, 1962) ya era un poeta reconocido. En 1990 había ganado el prestigioso Premio David por su libro Los pájaros escritos (galardonado también con el Premio de la Crítica). Más tarde publicaría varios poemarios de culto: Distintas formas de cavar un túnel (Premio Nacional de Poesía Julián del Casal en 2002), Vegas Town, Un hombre de la clase muerta, El contragolpe). Poeta rebelde y abanderado de todas las disidencias posibles, Flores fue ocupando sin haberlo pretendido el hueco dejado en Alamar por otro escritor de culto, Ángel Escobar, otro miembro del club de los poetas suicidas. Ahora, el edificio de corte soviético donde vivía Flores tal vez se convierta en un lugar de peregrinación en Alamar, como lo ha sido desde hace décadas la morada de Escobar.

Creada en 1971 como la ciudad ideal de la nueva sociedad comunista, Alamar albergó a los trabajadores que se destacaban por su ejemplaridad revolucionaria. La ciudad del hombre nuevo, escaparate de la Revolución, fue diseñada siguiendo los cánones urbanísticos y arquitectónicos predominantes en Europa del este. Miguel Sabater, investigador del Archivo Nacional de Cuba, contó la génesis del proyecto en un artículo publicado en la revista Palabra Nueva: «A finales de diciembre de 1970 un camión, con un grupo de hombres, rompió parte de la cerca que limitaba Alamar de la Vía Blanca. Eran obreros de la fábrica Vanguardia Socialista. Llevaban la misión de los conquistadores». Con el paso de los años, de aquella conquista solo quedan algunas imágenes de obreros voluntariosos y el recuerdo en blanco y negro de la visita al lugar de Fidel Castro. «Alamar es hoy antítesis de una ciudad moderna, y mucho menos ejemplo de una ciudad de nuevo tipo», concluye Sabater.

Alamar. Foto cortesía de Cuba Debate.
Una imagen del barrio de Alamar. Foto cortesía de Cuba Debate.

Antes de que El Caballo o sea Fifo o sea El Hombre o sea Fidel cayera gravemente enfermo en julio de 2006, visité varias veces a los «hombres nuevos» de Omni-Zona Franca en su santuario poético de Alamar. Solo en un lugar tan horrendo urbanísticamente pudo haberse generado esa corriente poética alternativa. Ninguneados por el establishment cultural del régimen, vigilados por las autoridades, hostigados por la policía, los poetas y artistas plásticos del grupo alamareño eran entonces la máxima expresión de la contracultura cubana, aquella que surgía en los márgenes de la Revolución. Solían reunirse en un local de la Casa de la Cultura. Sus perfomances y happenings se hicieron habituales en esa ciudad imperfecta de unos cien mil habitantes en la que no hay gran cosa que hacer. Amaury Pacheco, poeta autodidacta, era y sigue siendo uno de los referentes del grupo junto a Luis Eligio Pérez y David Escalona: «Nos alimenta vivir en la poesía —me contaba Amaury en aquellos años— porque es la que nos ha permitido estar en la locura; una locura que nos ha establecido con cierta pureza fuera de la paranoia, con la misma pureza con la que san Francisco se lanzó a amar a Dios. Si san Francisco quería a la dama pobreza, nosotros queremos a la dama poesía, que es la que nos fascina, y cuando digo poesía, me refiero a todo: pintura, grafiti, oralidad, expresión total».

A ninguno de los dirigentes comunistas que proyectó la construcción de Alamar se le habría pasado por la cabeza que varias décadas después la ciudad se convertiría en la cuna de la contracultura cubana. Allí nació el Festival de Rap en 1995, primero de forma independiente y más tarde, cuando el evento se había hecho célebre incluso en el extranjero, absorbido por el Ministerio de Cultura. Y más tarde los agitadores de Omni-Zona Franca darían vida al Festival Poesía Sin Fin, un clásico de la cultura alternativa habanera durante varios años.

Las primeras acciones poéticas del grupo eran, para la Cuba de hace diez o quince años, de una audacia inusual en la isla. Se les vio colgados de un puente en Matanzas para abrir un debate sobre el suicidio (tan recurrente en Cuba), o representando su poesía civil en uno de esos «camellos» (autobuses) que recorrían atestados las calles de La Habana y los barrios periféricos de la capital. O enterrándose en contenedores de basura en Alamar para protestar por la invisibilidad a la que eran sometidos. En 2005 publicaron su primer libro-disco: Alamar Express, en el que participaba también un joven trovador alamareño, Ray Fernández, hoy artista consagrado, cuyas letras hacían furor entre los jóvenes que empezaban a desconectarse del sistema:

Lucha tu yuca, taíno / lucha tu yuca / que el cacique delira / que está que preocupa / que el cacique tiene el power… absoluto

Todos los miembros de Omni-Zona Franca veían en Flores, de una generación anterior, al maestro del que aprender, el guía intelectual que otorgaba claridad y rigor a una expresión artística algo caótica. Una calurosa tarde de 2005 me citaron en un garaje de Alamar en cuyo portón habían dibujado una gran bandera cubana acompañada de varias señales de tráfico y frases de Martí alusivas a la libertad. Allí iba a tener lugar una presentación literaria atípica. Flores leería en público versos de El contragolpe, libro que publicaría cuatro años más tarde. Entre poema y poema, Flores hacía reír a su audiencia con comentarios hilarantes. Su lectura se asemejaba bastante a una actuación de hip-hop con la única banda sonora de su voz. Con la ayuda de un micrófono desconectado, el histriónico Flores, el clown Flores, iba declamando sus versos de estructura repetitiva, punzante, como un rodillo que va agujereando la conciencia del público. Por momentos, parecía enajenado. Sabía Flores que la locura es el mejor escondite del alma cuando uno vive en un laberinto como Alamar. Una mañana de octubre de 2005, en su austero y pequeño apartamento de Alamar, el mismo donde se quitaría la vida once años después, Flores me habló de Rolando Escardó y Ángel Escobar, dos de los poetas que más le habían influido a la hora de crear. El primero falleció en 1960 a los treinta y cinco años en un accidente de tráfico. Escobar se suicidaría en 1997.

La aparición de Omni-Zona Franca y otros grupos underground en Cuba volvió a poner sobre la mesa el debate de las relaciones entre el poder y la cultura, aunque ahora los actores y los tiempos habían cambiado con respecto a ese oscuro periodo de la Revolución Cubana que fue el «quinquenio gris» (1971-1976). Una década antes, en 1961, Fidel Castro había definido claramente cuáles eran los ejes de la política cultural de la Revolución en un célebre discurso que ha pasado a la historia como Palabras a los intelectuales: «La Revolución (…) debe actuar de manera que todo ese sector de los artistas y de los intelectuales que no sean genuinamente revolucionarios, encuentren que dentro de la Revolución tienen un campo para trabajar y para crear, y que su espíritu creador, aun cuando no sean escritores o artistas revolucionarios, tiene oportunidad y tiene libertad para expresarse. Es decir, dentro de la Revolución. Esto significa que dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada».

Pese al tiempo transcurrido, a los artistas y poetas de Omni-Zona Franca se les sigue considerando «contrarrevolucionarios», el mismo calificativo que los responsables de Cultura del régimen utilizaban para referirse hace varias décadas a poetas como Virgilio Piñera o Reinaldo Arenas. Pero Pacheco y el resto de integrantes del grupo siempre han defendido un ideal vanguardista, rupturista, enmarcado en el firmamento artístico. Para ellos, como para Ángel Escobar, Alamar «es el sitio», un espacio para el «hombre nuevo» donde se viva en la poesía sin fin.

El Bukowski de Alamar

Iconoclasta, fiel transmisor de los componentes sórdidos de la realidad, más de una vez se han referido a Flores como el Bukowski de Alamar. Para Rafael Rojas, uno de los pocos intelectuales cubanos que ha escrito sobre la muerte de Flores, el autor de El contragolpe «era un poeta rebelde que pensaba que luego de que el sueño de la Revolución se hizo pesadilla, no había más opción para el escritor que “volverse un roedor, en la maleza, hambriento y perseguido por los rastreadores”». O en su defecto, un mensajero de la posguerra:

Sube, por la pendiente de la mañana, entre minutos que son piedras, trayéndonos noticias del arroz y otras noticias de interés culinario, y otras noticias del país
Historiador, a su modo, nadie mejor que él descifra la libreta de abastecimientos, cartilla de racionamiento, en época de posguerra, papeles también de notaría
Baja, por la pendiente de la mañana, entre minutos que son piedras, después de habernos dado noticias del arroz y otras noticias de interés culinario, y otras noticias del país

La técnica de repetición que Flores experimentó en numerosos poemas ha sido resaltada por algunos de los críticos que han estudiado su obra, como el experto en literatura hispánica Julio Ortega, que conoció personalmente al poeta y lo invitó a la universidad estadounidense de Brown, donde imparte clases. Ortega ha definido ese estilo repetitivo de Flores como una «reverberación del contracanto».

Poeta atrapado por la experimentación constante, Juan Carlos Flores publicó en 2006 uno de sus trabajos más originales, Vegas Town, un audiolibro en el que sus poemas se funden con una banda sonora minimalista. Para elaborar esa obra, hizo un trabajo antropológico concienzudo: convivió durante una temporada con los pobladores de Vegas, una pequeña localidad rural del sur de Provincia Habana. El poeta buscaba un entorno alejado de su realidad urbana. «Soy hijo de guajiros (campesinos)», dijo en alguna ocasión. En Vegas realizó un estudio sonoro del pueblo que luego utilizó como banda sonora de los poemas que escribiría más tarde en La Habana.

Ser quien escribe o quien habla es habitar en un cementerio, pero dentro de una fosa común

Reina María Rodríguez, una de las grandes voces de la poesía cubana contemporánea, fue una de las escritoras que más apoyó y elogió el trabajo de Flores. En el prólogo de Distintos modos de cavar un túnel, Rodríguez escribe: «Cuando abran este túnel-libro por donde han pasado fantasmas ilustres, no miren hacia atrás, ni hacia delante, conviértanse en su propio recorrido, donde una voz jadeante, entrecortada, sirve de guía desde esa prisión (cárcel, destino) en el laberinto de Alamar».

Un laberinto de cemento donde el hombre nuevo, aparentemente enajenado, asoma la cabeza en un contenedor de basura y lee un poema. Y luego otro. Y otro más.


Cuba, una narrativa

Cúpula del Capitolio en reconstrucción desde 2011.
Cúpula del Capitolio en reconstrucción desde 2011.

1.

La casa de Nelson Cabrera, en la encrucijada de Oquendo y Virtudes, es la combinación de un santuario nihilista y un museo de cera. Amuletos por todas partes: agua bendita enfrente de los retratos de sus antepasados, monedas cubanas y monedas extranjeras pegadas «para atraer el dinero de los turistas», una baraja de cartas extendida con los reyes boca arriba y los demás naipes tapados, y vitrinas con santos esquivos y máscaras africanas.

Nelson vive con su abuelita. «Casi cien años o más tiene la vieja. No se va a cansar de vivir nunca». Pero su abuelita no está. «Todavía es capaz de salir a resolver cosas». Y uno ya no sabe si todo es cuento chino o un hechizo. En el salón Nelson tiene un jergón con apuntes de Antropología, la segunda carrera que estudia, y una motocicleta BMW R45 del año 79 con la panza del depósito azul y el manillar tomado de otro ciclomotor. «Te llevo a conocer La Habana, brother, que esta todavía nos aguanta a los dos encima».

Nelson estuvo a punto de competir en los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 en la categoría de lucha grecorromana. Cuenta que es masón y que tiene seis hijos con cuatro mujeres diferentes: «Cuba es un país donde todos somos hermanastros». Escupe todo el tiempo en la acera, se tapa la boca cuando habla de política y cuando se refiere a Fidel Castro lo hace sin pronunciar su nombre, solo se palpa el mentón y prolonga la mano hacia abajo emulando la forma de una barba interminable. Cuando Nelson habla de política no se le entiende, habla sin hablar, murmurando, con elipsis inconcretas que acaban en la coletilla: «ya sabes, ¿no?»

Y es que, aunque en la isla a cada momento se expresan opiniones críticas contra el Gobierno, es verdad que todavía se hace con cierta reticencia, sin pronunciar bien las palabras. Reporteros sin Fronteras sigue considerando a Cuba como uno de los países con menor libertad de expresión del mundo. Y las Damas de Blanco siguen mostrando los retratos de opositores encarcelados ante de ir a misa los domingos en la Iglesia de Santa Rita en Miramar. Es cierto que los jóvenes trasmiten sus ideas con cierta relajación, pero la generación anterior, sometidos todavía a la paranoia del Gran Hermano de los Comités de Defensa de la Revolución, opinan sin opinar, dicen sin decir, todo lo mascullan.

Vamos a La Kid Chocolate, que es uno de gimnasios más célebres de la ciudad. Su nombre homenajea al boxeador más importante de toda la historia de Cuba. Entramos por la puerta trasera. Nelson saluda a Polledo, un hombre gordo y afable, con un tobillo vendado. Y hablan de los viejos tiempos, mitad de los noventa, en pleno Periodo Especial, cuando Polledo entrenaba a Nelson y este se rompió una costilla en una competencia en Camagüey. Nelson tuvo que abandonar la lucha y se fue a Cayo Largo a trabajar en un hotel. Cuenta que se tragaba los fajos de dólares que había ahorrado con un hilito que ataba a un colmillo, «estaba prohibida la circulación del dólar, así que para recuperarlos tiraba suavemente cuando ya estaba en La Habana después del periodo de temporada alta».

Polledo también dejó la lucha grecorromana por otra lesión en la espalda, pero su historia es más prosaica. Se podría decir que entró dentro del universo burocrático de la isla: la repartición infinita del trabajo. «A veces se reparte tanto el trabajo, que no tenemos mucho que hacer». La ultraespecialización, dice uno de sus compadres de una manera cínica y distraída. Polledo ahora es bedel del gimnasio, «en esta partecita de atrás», pero respira cuando dice: «al menos de vez en cuando los muchachos cuando se entrenan me dejan que les diga alguna cosita».

La Kid Chocolate está enfrente del Capitolio, que lleva más de dos años restaurándose. Su cúpula, ataviada con andamios, podría parecer una metáfora de reconstrucción política que vive el país desde el Congreso del Partido Comunista de 2011. Para algunos, cambios profundos que movilizan el cambio social en la isla; para otros, cambios retóricos que terminarían incluso con la paciencia del mismísimo Marqués de Lampedusa. «Se permite el trabajo por cuenta propia, es verdad», dice un vendedor de frutas en la avenida Salvador Allende, «pero la escasez sigue ahogando a todo el mundo. Para cualquier cosa que uno quiere hacer tiene que enfrentarse a una burocracia enorme. Todo avanza tan despacio, que muchas veces ni avanza».

Cartel de la propaganda de la Revolución, en la Avenida Salvador Allende de La Habana.
Cartel de la propaganda de la Revolución, en la Avenida Salvador Allende de La Habana.

El Capitolio, desde que en 1929 mandara construirlo Machado, sigue siendo la referencia de un pueblo proclive a las leyendas que describen los enveses de su historia. Y pocas epopeyas son tan hermosas como la del diamante que marca el kilómetro 0 de las carreteras de Cuba: su periplo desde la corona del zar Nicolás II, pasando las correrías del joyero turco Isaac Estéfano, quien adquirió la gema en París, hasta su misterioso robo en 1946, catorce meses antes de que un anónimo lo enviara al despacho del presidente Grau.

El diamante fue restaurado en el centro del Salón de los Pasos Perdidos, hasta que se sustituyó por una réplica para que el original fuera custodiado en la Bóveda del Banco Nacional de Cuba, aunque muchos dudan que esto sea así al no haber prueba gráfica y se resignan a que el diamante, una suerte de épica u orgullo nacional, puede «estar esfumado, como la riqueza de este país lleno de telarañas», como observa, en una plaza adyacente, un jugador de una partida de dominó, que va congregando a varios espectadores sosegados antes que un mulato con una gorra militar la cierre con la ficha del doble tres.

La BMW R45 termina su jornada en La Habana Vieja, frente a la Iglesia de las Mercedes, donde ubica el Gimnasio Rafael Trejo. «Si tenemos un nuevo Kid Chocolate, sale de aquí», dice Nelson, como siempre huidizo y subversivo. Muchos de los campeones cubanos olvidados pasan las tardes enseñando a boxear a los niños de la Habana Vieja. Nardo Mestre Flores, Ángel Moya, Alberto González son algunos de los artesanos del boxeo en Cuba. Campeones sin un peso en el bolsillo, que sobreviven gracias a los recuerdos y a las propinas de los extranjeros que presencian los entrenamientos en el Trejo. «Sean dinámicos, sean elegantes, treinta segundos más, venga, venga, mantenemos el tipo… el boxeo es un arte».

En el gimnasio ha estado entrenando Namibia Flores, una boxeadora cubana que aspira a conseguir medalla en Río de Janeiro. El problema es que el boxeo femenino en Cuba está penado y Namibia ha tenido que marchar a Estados Unidos a proseguir su preparación. Pero la huella que ha dejado es profunda. Nardo, «Le Black Prince du Ring», según el reportaje de una revista francesa que muestra con orgullo, lo tiene claro: «Namibia en cualquier país sería campeona», asegura, inteligible y socarrón.

Los jóvenes boxeadores miran a su entrenador mientras descansan en las cuerdas del ring. Más tarde se acercan y me muestran fotos de Namibia entrenando con ellos en un smartphone. «La mulata era fuerte, fuerte. Era una más cuando entrenaba con nosotros. Peleaba como uno más. Fuerte y rápida», apunta Wilfred con una voz queda que filtra un toque asumido de añoranza, «si no se iba de aquí es como si estuviera matándose a entrenar para nada».

Hay una chica rubia que aparece en muchas otras fotos. ¿Quién es esta boxeadora?, pregunto. «Una irlandesa que entrenaba con ella», dice Osvaldo, tal vez el rastafari más corpulento del mundo, mientras se saca los guantes. Pero la rubia no es ninguna atleta irlandesa; es Meg Smaker, una realizadora de documentales norteamericana, autora de Boxeadora, la historia de Namibia, que ha tenido que dejar Cuba para seguir su preparación de cara a Río 2016.

Un joven boxeador se entrena en el gimnasio Rafael Trejo de Habana Vieja.
Un joven boxeador se entrena en el gimnasio Rafael Trejo de Habana Vieja.

2.

La historia de Namibia contraviene uno de los preceptos sacrosantos de la Revolución: evitar la fuga del talento cubano. Los teóricos de la burocracia en La Habana sabían que la única manera de evitar el colapso era luchar contra la fuga de talento. Por ejemplo, son muchos los jugadores de pelota que no han podido aceptar contratos millonarios en la MLB. Han terminado su carrera en los equipos de la isla a razón de veinte dólares al mes. Y después han sido profesores de Educación Física o peluqueros o trabajan en un complejo deportivo.

Como Lázaro de la Torre, uno de los principales abridores de Industriales en los ochenta. Lázaro es un hombre silencioso, que todo el mundo recuerda siempre con el guante en la mano. Ahora coordina una liga de aficionados en el complejo Dalsa, a espaldas de la plaza de la Revolución. Arbitra los partidos, da indicaciones con sosiego; mira el diamante con terquedad. «El profe está deseando entrar en juego», comenta Martín, un joven que acaba de salir de trabajar en una dulcería y que rápidamente muestra la fotografía de su hija. «Acabo de construir un cuartico independiente para que mi esposa y yo vivamos con la muchachita. Aquí en Cuba, muchas veces, las familias tienen que vivir todos juntos: los padres, los suegros, los recién casados, y eso trae muchos problemas. Yo lo que he ahorrado lo he invertido en nuestro cuartico para que ni me molesten ni molestar».

La conversación en Cuba es otra de las artes nacionales. La representación del ingenio desnudo del cubano. La conversación nace con fluidez y se desarrolla de la manera más sorprendente: desde la confidencia más impactante, hasta la anécdota más corrosiva, pasando por el comentario más común. «En Cuba se pasa mucho tiempo haciendo colas, por lo que el chisme es necesario para sobrellevar tanta espera», interviene Abel, un jovencísimo taxista de La Habana que conduce un Chevrolet del 57, «Yo mismo he cambiado el motor y toda la mecánica junto con mi papá. Ya sabe, socio, en Cuba todos somos mecánicos».

En el vestuario del complejo Dalsa las paredes tienen humedades y hay una televisión encendida donde en Telerrebelde, uno de los cinco canales nacionales, únicamente dedicado a la emisión deportiva, se emite el Clásico entre Barcelona y Real Madrid. Son cuatro los partidos de la Liga que se emiten en vivo todas las semanas. Los jugadores de los diferentes equipos de la liga de pelota van entrando, cambiándose, conversando sobre el juego que se disputa en el diamante y sobre el partido que se ve en el televisor.

Hay más o menos igual número de madridistas que de barcelonistas. Le pregunto a un muchacho alto muy interesado por el partido que si va con el Madrid o con el Barça. Primero, se levanta la manga y muestra un escudo del Barcelona tatuado, «en Cuba el fútbol ahora está gustando casi más que la pelota». Y luego, el fenómeno de lambdacismo cubano, de intercambiar la ‘r’ por la ‘l’ en la pronunciación, le otorga un doble sentido a la conversación: «Yo soy del Balsa, Balsa. Aquí en Cuba gusta mucho el Balsa». Y se queda callado. «Ya sabe en Cuba somos mucho de balsas…», remata con una sonrisa incandescente.

Esa sonrisa confusa desvela uno de los signos claves de la cubanidad, algo así como el ahínco diferenciador que tiene Cuba respecto al resto del mundo, «mestizo, bastardo, arribista y trágico», que escribiría Leonardo Padura, pero combinado también con un anhelo casi corrosivo, una particularidad atávica del cubano que tiene mucho que ver con el verso que escribió John Donne: «Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra…». O la sensación de sofoco de haber nacido en «la ínsula de una ínsula», como retrata Alejo Carpentier en El siglo de las luces: «El adolescente padecía como nunca, en aquel momento, la sensación de encierro que produce vivir en una isla; estar en una tierra sin caminos hacia otras tierras donde se pudiera llegar rodando, cabalgando, caminando, pasando fronteras, durmiendo en albergues de un día». Recuerdo este párrafo y le pregunto si él se quiere marchar de Cuba. «¿Irme de Cuba? ¿A dónde? ¿A hacer qué? Todos se fueron ya. Alguien tendrá que quedarse por aquí. Con un poco de dinero en Cuba se puede vivir muy bien, ¿sabe? Yo lo que quiero es que Cuba mejore —hace una pausa para mirar el partido— pero a saber qué trae la vida… quizás llega un día donde me voy al otro lado, y dejo a toda esta gente sin el mejor pitcher de La Habana».

Un grupo de jóvenes juega al fútbol en una calle céntrica de Santa Clara.
Un grupo de jóvenes juega al fútbol en una calle céntrica de Santa Clara.

3.

Que Cuba vive un momento histórico está claro. Pero su encrucijada va más allá de la relación con Estados Unidos, por muy significativa que esta sea. La isla se enfrenta a un definitivo cambio generacional que progresa sin cesar. Fernando Rasvberg fue corresponsal en La Habana para BBC durante más de veinte años y actualmente dirige Cartas desde Cuba. Asegura que los hijos de la Revolución disfrutaron de lo «mejor del socialismo» antes de que la Unión Soviética cayera; sin embargo en el apartado de las decisiones esa «generación fue borrada del mapa». Sin embargo, los líderes y los burócratas de la Revolución inexorablemente se están muriendo, las élites de mando están envejecidas y la distancia de los jóvenes con los preceptos de la Revolución se acentúa a pasos forzados.

Así, serán los nietos de la Revolución, conscientes de haber recibido una educación dogmática, con una potente influencia del exterior, pero también conocedores de ciertas virtudes de un sistema, aunque por lo general lo consideren insostenible. La generación que nació en los ochenta, que vivió la severidad del Periodo Especial, son los que tendrán que dar un paso al frente, casi un paso al vacío, y definir una nueva Cuba, preservando los valores diferenciadores de la cubanidad y profundizando en los publicitados logros de la Revolución: la universalización de la sanidad y la educación y el hecho de que las prestaciones sociales básicas queden cubiertas, por mucho que estas sean a ras de suelo.

No hay mejor muestra de esta protección social de mínimos que la famosa cartilla de racionamiento que creó Fidel en 1963. Una provisión de alimentos subsidiados que en su inicio más o menos daban para saldar las necesidades alimenticias de la población, pero que poco a poco se ha ido reduciendo y hoy por hoy resulta raquítica e insuficiente: cinco huevos, cinco libras de arroz, media libra de aceite, un paquete de café mezclado con chícharo tostado, tres libras de azúcar blanca, una libra de azúcar morena, media libra de frijoles, un kilo de sal cada seis meses, una caja de fósforos, una libra de pollo al mes y tres cuartos de libra de «pollo por pescado», lo que viene a decir que se da más pollo porque ya no hay pescado.

Así pues, serán los nietos de la Revolución los que tengan que definir el contorno emocional de una nueva Cuba compleja y llena de idiosincrasias irrenunciables, pero también fatigada y expectante, donde una hora de acceso a internet cuesta casi la mitad de un sueldo del Estado, donde los médicos, los profesores o los ingenieros piensan seriamente en dejar sus oficios raquíticamente pagados para convertirse en mozos de almacén o en camareros o en monitores de submarinismo, y así entrar en contacto con la divisa y con el circuito turístico.

Porque Cuba es un país con dos monedas: el peso cubano y el CUC. Esta relación monetaria de veinticinco a uno ha generado una frontera emocional entre el cubano y sus propios anhelos. Especialmente gráfica es esta brecha en la célebre heladería Coppelia, en la famosa rampa 23, donde hay dos mostradores: uno donde solo se puede pagar con moneda nacional, con su consiguiente cola larguísima, y el mostrador que admite el CUC donde los extranjeros o los cubanos con dinero miran cómo la fila del otro mostrador no deja de nutrirse mientras se comen un helado.

Para el recién llegado es complejo habituarse a un sistema con dos monedas, con dos valores de las cosas, con dos lenguajes económicos, pero para el cubano es ya el pan de cada día. Orlando Vilches, antiguo camarero del bar Majestic en Holguín, tira de sarcasmo para explicar la dicotomía monetaria: «Cuando no sepa qué productos están marcados con moneda nacional o con divisa, solo fíjese en su aspecto: los que tengan etiquetado bonito y buena carita, se paga con divisa; los que parezcan como de otro día, sin marca y medio sucio, se pagan con moneda nacional». El Gobierno cubano ya anunciado su intención de unificar la moneda, hecho que generará un difícil encaje económico en la alterada economía cubana, donde un turista puede pagar por una cena común más de lo que un profesor gana en un mes, pero evitará una estampa de segregación posmoderna.

Calle de Centro Habana.
Calle de Centro Habana.

Alberto Blanco fue coronel en el gabinete de seguridad de Fidel Castro y no ve tan claro que la Revolución tenga que transformarse. «Hay ideas tan bien diseñadas que se convierten en clásicos, y trascienden el cambio generacional», dice en una conversación en su casa de Centro Habana. Nacido en un poblado muy cerca de la Sierra Maestra, tiene claro que si no hubiera existido el poder transformador del socialismo, él sería analfabeto y «seguro que no tendría dientes». Y no es baladí hablar de la dentadura en Cuba, algo así como el símbolo de la asistencia sanitaria universal en la isla, el reflejo del desarrollo del país respecto a su entorno: «vaya usted a República Dominicana o Haití para ver si la gente de mi edad tiene todos los dientes bien puestos como los tengo yo».

Y este comentario no es una muestra de ingenuidad. Precisamente es esta idea la que reivindican los defensores de la Revolución: comparar Cuba con los países de su entorno geopolítico y no hacerlo con baremos de desarrollo occidental. A esta fórmula hay que sumar el embargo impuesto por EE. UU. desde hace más de cincuenta años para obtener la base del ideario del Gobierno de La Habana.

Pero el mundo gira a velocidad de vértigo y la transformación de la Revolución está lanzada. Miguel Díaz-Canel, primer vicepresidente de Cuba, representa la modernidad del Ejecutivo. Además de aparecer como el delfín de la Revolución. Fue el primer político cubano que llegó a un Consejo de Ministros con un laptop, y su estética recuerda más a un Enrique Peña Nieto con gracejo, que a un daguerrotipo de Fidel Castro.

Si las relaciones con EE. UU. finalmente se normalizan, resulta crucial conocer qué narrativa utilizará el Gobierno de La Habana, que ha basado parte de su espíritu y legitimidad en la resistencia frente al vecino del norte. Y la cosa va en serio, porque la campaña publicitaria parece haber comenzado. La prensa estadounidense ya habla a las claras de un «Cuba post-embargo». La revista Time ha proclamado a Raúl Castro como una de las cien personalidades más relevantes del año. La NBA ha montado un campus en Cuba con la presencia de Dikembe Mutombo. Y The New York Times, en una de sus múltiples piezas recientes sobre la isla, asegura que la bandera norteamericana está de moda en La Habana.

Además, la Cumbre de Panamá certificó el acercamiento de Cuba con Estados Unidos, al tiempo que representaba un creciente aislamiento de Estados Unidos respecto a muchos países latinoamericanos, cuyos líderes hostigaron en sus discursos a Barack Obama. Todo parece indicar que en los próximos tiempos las relaciones se normalizarán y Thomas J. Donohue, presidente de la Cámara de Comercio de EE. UU., se frota las manos porque ve en Cuba un vergel donde comenzar una era de inversiones.

Sin embargo, Cuba sigue siendo un país offline, donde el acceso a internet sigue siendo un privilegio. A este respecto, el Gobierno cubano también ha asegurado que el débil acceso a internet que se vive en la isla será historia próximamente y prevé para un horizonte relativamente cercano el acceso universal a la red. Los cambios —sobre todo simbólicos— parecen imparables, pero la retórica de la población es profundamente escéptica. Y no solo eso, también confusa, porque el viaje hacia el presente se anuncia vertiginoso, pero la ruta que recorrerá la nave cubana en ese viaje aún parece profundamente incierta.

Un barrendero de avanzada edad en el centro de la ciudad de Trinidad.
Un barrendero de avanzada edad en el centro de la ciudad de Trinidad.

4.

El Malecón es la primera y la última frontera de Cuba. Frontera física y frontera emocional «de una promesa apacible», como describió Padura a la ciudad de La Habana. El «sillón habanero», como lo llaman los cubanos, es un lugar donde transcurre la contradicción de la vida y se presiente la distensión del Caribe. Pero la placidez también está moteada de instinto de supervivencia, huidas planeadas y todo tipo de candanga.

Los personajes de Pedro Juan Gutiérrez se arraciman interpretando una danza frenética y brutal. «En Cuba no hay instante para el aburrimiento», aseguraba en una reciente entrevista el autor de Trilogía sucia de la Habana. Pedro Juan, el Carver caribeño de La Habana, suele ensalzar el carácter sexual y leve del pueblo cubano en sus narraciones, «somos un pueblo mestizo y nuestra manera de interaccionar es siempre juguetona».

El Malecón es una danza continua. Los proxenetas miran al mar, negocian con turistas y se definen como trabajadores por cuenta propia. Los chaperos otean. Los padres de familia pasean con sus hijos del brazo. Los grupos de amigas bailan salsa o se hacen trenzas unas a otras. Los muchachos dan tragos cortos a una botella de cerveza fría. Hay compadres que juegan al ajedrez. Otros que miran al horizonte de cara al mar. Y otros que están de espaldas y miran la ciudad. Las prostitutas caminan como si estuvieran en el salón de su casa. Lilian, con veinte años recién cumplidos, recuerda que empezó en la prostitución hace unos meses cuando viajó con un amigo a La Habana desde Matanzas: «El primer día mi compadre me resolvió dos yumas* que me pagaron veinticinco dólares cada uno. Es muy tentador, la plata en Cuba está escasa y es dinero fácil con el que también puedo ayudar a mi familia». Otra prostituta, mayor que Lilian, asegura que ella no permite que la besen en la boca ni se pone nunca encima de ningún cliente: «yo tengo que estar a las once en casa, así que lo hago es apurar al tipo para que se venga pronto, en verdad es un amor bastante asqueroso el que yo vendo, pero allá él quien lo quiera pagar».

La tolerancia social a la prostitución es elevada, ya que se convive con asiduidad con ella. El Gobierno niega que la prostitución se haya disparado, pero en los circuitos turísticos la percepción es otra muy distinta. Juan, un tipo trigueño que trabaja acarreando turistas en los taxis en la rampa 23, llega a decir que en El Malecón «el amor ha muerto, ya que la necesidad ha hecho que ni siquiera los cubanos tengamos la capacidad de tener una relación con una mujer sin pagar u ofrecer algo a cambio». Por esto —y por otras cosas— Juan se quiere ir de Cuba a toda costa: «un amigo mío italiano ya ha mostrado mi foto a una italiana de L’Aquila; parece que le gusto y que va a venir el próximo mes a por mí». «¿Y si a ti no te gusta ella?», pregunto. «Hermano, a mí me da igual que me guste o no; yo lo que necesito es que me resuelva mi problema. A mí me va a gustar, seguro que me gusta, verás como sí».

Una calle de la ciudad colonial de Trinidad, en el sur del país.
Una calle de la ciudad colonial de Trinidad, en el sur del país.

Y Juan pronuncia el verbo de los verbos en Cuba: «resolver», el comodín dialéctico que se usa para todo: para conseguir papas en un mercado, para pactar una cita o para describir una corruptela. Todo se «resuelve» en la isla. Y es que en Cuba el verbo «resolver» marca el espíritu de supervivencia de una sociedad ingeniosa, donde cada cubano sabe ejercer dos o tres oficios y donde la población todavía sigue en contacto con los procesos productivos, al contrario que en las sociedades occidentales donde el proceso mecánico de elaboración de los productos se ha evaporado para el ciudadano medio.

Un buen ejemplo de esto son los gimnasios de la isla, muchos de ellos equipados con aparatos criollos, es decir, con máquinas hechas a mano por los propios dueños de las salas. Pero este ahínco creador es persistente y se muestra también en la mecánica de los coches, en las instalaciones eléctricas, en los aparatos de música. Todo se reinventa, todo se reutiliza. Y se genera algo así como una lógica del decrecimiento forzada, basada en la conciencia de un país artesanal, aunque profundamente improvisado. Un país donde todo el mundo parece que habla poniendo exclamaciones en el extremo de sus frases. Y en esa admiración continua se refleja como en ningún otro lado la larguísima inventiva del cubano, su memoria desesperada, el conejo de la chistera, la audacia del equilibrista sobre el cordón de la historia.

El barrio del Vedado, en La Habana, al amanecer.
El barrio del Vedado, en La Habana, al amanecer.

Fotografía: Eugenio Blanco


Un paseo en tres dimensiones por la España del XIX

1-ATENTADO

El treinta y uno de mayo de 1906, el día de la boda del rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, el anarquista Mateo Morral lanzó un ramo de flores al carruaje de los recién casados cuando pasaba por la Calle Mayor de Madrid. El ramo se desvió al chocar con el tendido del tranvía, sin embargo, y la bomba que disimulaba impactó en la capota del carro y rebotó hacia el cortejo nupcial. Murieron 24 personas y ninguna de ellas eran los reyes. También lo hicieron varios caballos del tiro, entre ellos el que aparece retratado en la magnífica fotografía que precede.

Fue tomada por un británico cuyo nombre de desconoce, desplazado a Madrid para la ocasión porque Victoria Eugenia, que aquel día recibió a sus invitados en el Palacio Real con el vestido de novia orgullosamente ensangrentado, era escocesa de nacimiento. Pese a ser una de las mejores es también una de las imágenes menos conocidas del suceso, aunque es así por una buena razón: la que acabamos de ver no es la foto original, sino solo la ampliación de una parte. La imagen que tomó el camarógrafo, en realidad, fue esta.

2-ATENTADO
Una imagen de la Calle Mayor de Madrid tomada después del atentado y publicada en 1906 por Excelsior Stereoscopic Tours, un estudio escocés.

Parecen dos, pero se trata de una sola imagen estereoscópica o, lo que es lo mismo, una fotografía en tres dimensiones. Idealmente estas reliquias se hicieron para verlas a través de un dispositivo parecido a las gafas que usamos hoy en el cine en 3D, pero si causaron sensación desde mediados del siglo XIX fue porque también el ojo desnudo, el de cualquiera que esté leyendo esta pieza, puede reconstruir el relieve con un poquito de pericia.

Aunque no resulta tan sencillo como en los estereogramas de puntos aleatorios a los que estamos acostumbrados hoy —y aquí hemos preparado uno muy sencillo para ir entrenando el ojo; solo después de conseguir resolverlo el lector debería continuar con las imágenes de este artículo—, la técnica para ver estas fotografías en tres dimensiones es exactamente la misma: hay que mirar al centro de las dos imágenes que presentan, desenfocar la vista como si estuviésemos contemplando el infinito y, cuando ambas confluyan en nuestra visión, enfocar para mirarlas como una. No es fácil, insistimos, pero tampoco nada que no se pueda conseguir con un poquito de esfuerzo y un truco: aunque la intuición nos lleve a acercarnos a la pantalla, el 3D aparece con mayor facilidad cuanto menor sea la imagen en nuestra visión, por lo que resulta más efectivo alejarse de ella. Para muchas personas también resulta más sencillo acercarse mucho a la imagen, desenfocar e ir alejándose poco hasta conseguir que ambas fotos se solapen visualmente en una. Así, aunque sea a costa de la definición, en esta fotografía veremos algo más que el pobre caballo, los oficiales detrás y el carruaje al fondo de Alfonso XIII y Victoria Eugenia; también veremos los volúmenes que presentaba el trágico conjunto aquella mañana de 1906 en Madrid.

El antiguo propietario de este esterereograma de la fuente de Cibeles y el edificio del Banco de España de Madrid practicó dos marcas –una raya horizontal a la izquierda y una vertical a la derecha– para facilitar la visualización tridimensional de la imagen sin recurrir a un visor. Debemos mirar al centro de ambas fotografías y desenfocar la vista hasta conseguir que una raya se superponga a la otra para formar una cruz en nuestra visión, momento en el que conseguiremos apreciar el relieve. Es una marca que veremos en más fotografías tridimensionales publicadas por Stereo Travel Co. en 1908.

Se dice con frecuencia que la estereoscopia, curiosamente, le debe su éxito más a la propia abuela de Victoria Eugenia, la reina Victoria de Inglaterra, que a su creador, sir Charles Wheatstone, ya que el invento entusiasmó a la monarca cuando se presentó en la Exposición Universal de Londres de 1851. Los estereogramas se convirtieron entonces en el entretenimiento de moda en Europa, condición que en Estados Unidos conservarían hasta entrado ya el siglo XX, y durante esta breve edad de oro llegaron a hacerse fotos en 3D también de la España decimonónica, cuyos relieves podemos apreciar aún en las que han sobrevivido. No es que  se tomasen demasiadas —no, al menos, si lo comparamos con las de Estados Unidos, Reino Unido, Francia o Alemania—, pero aun así el furor llevó a que algunos fotógrafos, principalmente extranjeros, se paseasen por el país y plasmaran en tres dimensiones cómo era la España hace cien años y más.

3-PUERTA-DEL-SOL
Puerta del Sol, the heart of Spain’s capital city es una imagen de R. Y. Young publicada por American Stereoscopic Co. en 1902.

4-MONTSERRAT
Monserrat monastery and mountain scenery near Barcelona, otra imagen tridimensional de R. Y. Young publicada de 1902 por American Stereoscopic Co.

5-RAMBLAS-BARCELONA
Ramblas du Centre, una imagen anónima de Las Ramblas de Barcelona a finales del siglo XIX.

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Fuente de Cibeles, publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

6-GIBRALTAR
Rock of Gibraltar from the Spanish Bay, una imagen del Peñón tomada por B. L. Singley y publicada por Keystone View Co. en 1895.

7-VALENCIA
La Puerta de Serranos de Valencia en una imagen anónima y sin titular de la década de 1870.

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Plaza de la Independencia, una imagen de la Puerta de Alcalá Madrid con un espectacular efecto 3D publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

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Toledo from the river Tagus, una imagen publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

Uno de los pioneros de la estereoscopia en España fue el francés Charles-Henri Plaut, que entre las décadas de 1850 y 1860 recorrió varias ciudades del país retratando en tres dimensiones parajes y personas pero, sobre todo, edificios. El interés artístico de Plaut por la arquitectura puede apreciarse en sus estereografías de las catedrales de Burgos y de Sevilla, de composición muy similar.

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La catedral de Burgos entre 1850 y 1860 en una imagen de Henri Plaut publicada por la editorial francesa Gaudin-Frères.

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La Giralda entre 1850 y 1860 en una imagen de Henri Plaut publicada por la editorial francesa Gaudin-Frères.

Aunque hubo muchos más, son sin duda los fotógrafos franceses quienes completan unos de los mejores catálogos monumentales de España en tres dimensiones a lo largo del último tercio del siglo XIX. Ernest Lamy, por ejemplo, lo hizo en 1863, durante un largo periplo que le llevó por Madrid, Aranjuez, Toledo, Córdoba, Sevilla, Granada, Málaga, Alicante, Valencia y Barcelona, y Jean Andrieu en 1868, cuando publicó un repertorio de trescientas fotografías estereoscópicas del país.

4 R
Una imagen de Ernest Lamy tomada en Toledo en 1863 y cedida por la Colección Fernández Rivero de fotografía antigua.

Ferrier Malaga 1857
Esta panorámica tridimensional de Málaga es muy antigua, de 1857, y fue publicada por la casa Ferrier-Soulier como parte de su colección Voyage en Espagne. La imagen ha sido cedida por la Colección Fernández Rivero de fotografía antigua.

También hubo fotógrafos estereoscópicos españoles, por supuesto, y hasta una Sociedad Estereoscópica Española radicada en Barcelona, aunque generalmente hicieron una fotografía menos ambiciosa en lo artístico y más deficiente técnicamente. Sirvan como ejemplo las magníficas colecciones que atesoran en nuestro país el Museo Nacional del Romanticismo y el Museo del Traje —accesibles al público gracias a su catálogo en la Red Digital de Colecciones de Museos  de España, en donde las piezas figuran además estupendamente documentadas— y una gran colección privada, la Colección Fernández Rivero de fotografía antigua, que incluyen algunas rarezas como las que siguen.

LLOSEA
El retrato anónimo de un personaje, José Llosea, fechado en 1870 y parte hoy de los fondos del Museo Nacional del Romanticismo. Como detalla su ficha documental, «no fue común la utilización de la estereoscópica en el género del retrato, ya que esta modalidad fotográfica convivió en el tiempo con las carte de visite, que tuvo una gran divulgación durante estos años».

ESTUDINTINA
Esto no es España, sino París. Se trata de una estudiantina española que viajó la Exposición Universal de 1878 y allí lució los trajes tradicionales de la tuna. La imagen forma parte de los fondos del Museo Nacional del Romanticismo.

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Una escultura de Cristo durante la coronación con espinas en el monasterio de Montserrat, Barcelona. Se trata de un par estereoscópico conservado en los fondos del Museo del Traje y editado en la segunda década del siglo XX por la Casa Editorial Alberto Martín de Barcelona dentro de su colección El turismo práctico. Vistas estereoscópicas de España.

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Y una imagen de otra de las pocas colecciones producidas en España, editada en este caso por la Sociedad Estereoscópica Española en el año 1900. Se trata de un grupo que posa junto a la estatua del general Prim en el parque de la Ciutadella de Barcelona. La imagen ha sido cedida por la colección Fernández Rivero de fotografía antigua.

A finales del siglo XIX serían los grandes estudios estadounidenses de fotografía estereoscópica —como H.C. White Co., Stereo Travel Co., Underwood & Underwood o Keystone View Co.— los que tomarían el relevo de los franceses en el 3D profesional sobre España. Fotógrafos como B. L. Singley o el británico Ron Y. Young firmaron entonces gran cantidad de imágenes e hicieron seguramente muchas más aunque, siguiendo la costumbre de la época, estas refieren solo el nombre de la casa que las editó y la fecha de la publicación de la foto, no la de su toma.

De estas fotos, muchas de ellas retratos y estampas más humanas que la de las décadas anteriores, las instituciones y los coleccionistas que las custodian —fundamentalmente en el extranjero, en particular Estados Unidos— clasifican con frecuencia solo una de las dos imágenes, cuya ampliación permite apreciar mejor el gesto de los sujetos retratados o el carácter dramático de la fotografía. A nosotros, que a falta de un visor estereoscópico tenemos que fatigar el cristalino para mirarlas, también nos va a permitir relajarlo un momento.

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De izquierda a derecha; Street children –de Alfred S. Campbell en 1896–; unas lavanderas cerca del madrileño Puente de Toledo en Humble housewives washing clothes in the river near Toledo Bridge –de Underwood & Underwood en 1906–; y una familia gitana en A Gypsy home and family –anónima, 1901–.

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De izquierda a derecha: las trabajadoras de una cigarrera valenciana en Cigar makers in a cigar factory –de R.Y. Young para American Stereoscopic Co. en 1902–; un campesino valenciano en A peasant at home –de Keystone View Co. en 1908–; y unos granjeros vizcaínos en Cutting grass with sickles on a farm at Villaro, among sunny hills of northern Spain –de Underwood & Undrewood en 1908–.

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De izquierda a derecha: campesinos andaluces en Picturesque Andalusia – a bit of the old town of Ronda –de Underwood & Underwood en 1902–; unos artesanos sevillanos en Making baskets, mats and ropes from esparto grass –de Underwood & Underwood en 1913–; y algunos vecinos sevillanos en Working people at market Postigo del Aceite –de Underwood & Underwood en 1908–.

Hasta aquí todo parece indicar que Andalucía fue la región española mejor documentada por la fotografía en 3D, pero no. Seguramente lo fue de la península ibérica, pero estamos en el siglo XIX y España no se acaba en Europa —aunque no por mucho tiempo—. Algunos de los mejores estereogramas de la época se realizaron en las colonias españolas en el Caribe y el Pacífico, en particular a partir del estallido de la guerra hispanoestadounidense que aquí denominamos, con mucha más elocuencia, desastre del 98.

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At the death line, Santiago, where prisoners were shot es la fotografía de un paredón cubano donde las autoridades españolas fusilaban a sus prisioneros durante la guerra hispanoestadounidense publicada en 1899 por Griffith & Griffith.

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A Spanish bone-pit, una enorme acumulación de huesos fotografiada por Keystone View co. en La Habana en 1900.

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Taking time on a sugar plantation, una imagen de Keystone View Co. en Puerto Rico en 1900.

El trabajo de las grandes casas estadounidenses en Cuba, Puerto Rico y Filipinas demuestra que, más allá de ser una técnica consagrada al ejercicio estético y artístico, la fotografía estereoscópica era también un género de reporterismo gráfico que se llevaba incluso al campo de batalla —aunque en muchos casos se tratase, como sugieren algunas de estas imágenes, de escenas simuladas—.

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Last call – 5th U.S. Cavalry es una fotografía con un espectacular efecto tridimensional tomada en Puerto Rico y publicada por Keystone View Co. en 1900.

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Algunos miembros del ejército cubano se preparan para enfrentarse a los españoles en Cubans in their trenches – Awaiting the Spaniards, una imagen tomada en Pinar del Río y publicada en 1899 por Strohmeyer & Wyman.

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La batalla de Cavite en Battle of Manila, May 1, 1898 – How Dewey did it, una ilustración de C.H. Graves publicada en 1899. Dado que ningún fotógrafo inmortalizó en tres dimensiones el choque entre los ejércitos español y estadounidense en la bahía de Manila, las colecciones estereoscópicas sobre la guerra incorporaban esta ilustración que, aunque puede enfocarse en una sola imagen, carece de relieve.

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Los últimos miembros del derrotado ejército español posan para el fotógrafo en The Last of Spain’s army – at their block house, una imagen tomada en Cienfuegos, Cuba, en 1898 y publicada un año después por Strohmeyer & Wyman.

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Y más militares españoles en Spanish prisoners freed by the Americans on the capture of Imus, publicada por Strohmeyer & Wyman en 1899. El ejército estadounidense acababa de liberar a estos soldados españoles de los independentistas filipinos, tercer bando en discordia en las islas durante la guerra hispanoestadounidense.

Cercanos ya a la sensibilidad artística de hoy, los reporteros recurrieron al 3D también para retratar con mayor dramatismo la devastación que el conflicto dejó a su paso en la España colonial y los estragos de la guerra no solo en los activos bélicos implicados, sino entre los civiles.

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Los restos del acorazado USS Maine en el puerto de La Habana fotografiados por by B.L. Shipley para Keystone View Co. en 1898. El hundimiento del Maine el 15 de febrero de ese año, del que Estados Unidos culpó a España, fue el suceso que desató la guerra.

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De nuevo los restos del Maine fotografiados en tres dimensiones durate la misma sesión que la imagen anterior. Aunque hubo otros en todo el mundo, la guerra hispanoestadounidense es seguramente el mejor ejemplo del caracter reportero que llegó a adquirir la fotografía estereoscópica a finales del XIX.

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The Cruiser Oquendo, once the pride of Spain, destroyed by the American Navy es una imagen de Strohmeyer & Wyman publicada en 1899. El Almirante Oquendo fue hundido junto a sus navíos gemelos, el Vizcaya y el Infanta María Teresa, en julio de 1898, durante la batalla de Santiago de Cuba.

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R. Y. Young, el mismo que inmortalizó la madrileña Puerta del Sol o el monasterio de Montserrat en algunas de las primeras imágenes de este artículo, retrató antes la devastación que sembró la guerra de Cuba en la isla. A home ruined by Cuban War fue publicada por American Stereoscopic Co. en 1899 e ilustra a la perfección la versatilidad expresiva del 3D: gracias a la profundidad del relieve, los niños en primer término se convierten en protagonistas absolutos de la imagen.

Los niños cubanos de la última foto no son los únicos, ya que también se retrataron muchos otros en Puerto Rico y Filipinas. Entre las fotos estereoscópicos realizadas por los estadounidenses en las colonias españolas abundan las dramatizaciones sobre españoles malvados y heroicos libertadores estadounidenses e incluso las alegorías, un género pictórico que la fotografía heredó de la pintura y que se siguió practicando hasta el siglo XX. Y en una época en la que la propaganda era algo muy poco sutil, los niños eran los grandes protagonistas del género.

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B. L. Singley, el mismo fotógrafo que retrató el Peñón de Gibraltar en una de las imágenes que nos preceden, compuso esta escena en Puerto Rico para Keystone View Co., que la publicó en torno al año 1900. De nuevo se trata de una foto con una gran profundidad, pero lo que habla con más elocuencia en ella es el título: se llama Waiting for Uncle SamEsperando al tío Sam–.

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Y menos sutil aún es el título de esta imagen, The end of Spanish TyrannyEl final de la tiranía española–, en la que unos niños juegan entre los cañones desmontados del ejército español en la capital de Filipinas, que tras la guerra siguió siendo una colonia, pero estadounidense. Es de C.H. Graves y la publicó The Universal Photo Art Co. en 1902.

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No sabemos cuánto de espontánea tiene esta imagen, pero es probable que poco. En The Philippines, Porto Rico and Cuba – Uncle Sam’s burdenFilipinas, Puerto Rico y Cuba; la carga del tío Sam– un hombre acarrea tres niños negros envueltos en la bandera estadounidense. La foto, tomada en Cuba por B.L. Singley y publicada por Keystone View Co. en 1899, es una alegoría, un género simbolista que la fotografía heredó de la pintura.

(Aunque en la metrópoli, claro, también se hacía propaganda. Peor, pero se hacía).

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Barcelona. Manifestación Contra los E. Unidos. Es una imagen anónima de 1898.

Por suerte para el patrimonio nacional, los fotógrafos estereoscópicos estadounidenses recuperaron el interés por la España peninsular cuando cesaron las hostilidades a finales de 1898, y no debe extrañar. Aunque resulte algo complicado de entender hoy —en particular desde aquí—, en aquella época el país aún conservaba en Europa y Estados Unidos su fama de lugar exótico y extravagante, una imagen parecida a la que conferimos hoy en Occidente a lugares como La India o Extremo Oriente. Fomentada por el aislamiento de la nación, muchos fotógrafos de la primera década del siglo XX se dedicaron a retratar en tres dimensiones la reputación del país, que se plasmaba con frecuencia en retratos y escenas costumbristas de la cotidianeidad —algo estrafalaria— de los españoles.

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La Puerta de la Justicia de la Alhambra en una imagen publicada por Stereo Travel Co. en 1908. Nótese en esta foto y en las que siguen que los burros son un elemento recurrente en las fotografías de la España de la época.

TOROS
Una escena taurina tomada en la plaza la Maestranza de Sevilla en 1902.

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Madrid’s famous street cleaners es un retrato de los célebres –por lo visto– barrenderos de la capital publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

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Una mujer acicala el pelo de otra en A common sight in the Spanish streetsUna imagen habitual en las calles de España–, una fotografía estereoscópica publicada por Stereo Travel Co. en 1908. Una vez dos rayas negras, una horizontal y otra vertical, señalan el punto en el que las dos imágenes planas confluyen en una tridimensional.

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Un carro típicamente español, según el título de la fotografía, en la plaza del Mercado de Segovia, hoy llamada plaza del Azoguejo. Es de Stereo Travel Co. en 1908.

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Los habitantes contemporáneos del palacio de los moros es una imagen del alcázar de Sevilla publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

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Como implica su título, esta escena callejera se tomó en Madrid seguramente muchos antes de su publicación en 1908, de nuevo en Stereo Travel Co.

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Lavanderas segovianas en una imagen de Stereo Travel Co. en 1908.

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Un vendedor ambulante de verduras fotografiado en Sevilla para Stereo Travel Co. en 1908.

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Un grupo de niños segovianos en una imagen tridimensional publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

También de principios del siglo XX son algunos de las mejores fotografías de interiores de la historia de la estereografía en España. Aunque se trata con frecuencia de enclaves y edificios históricos, el objetivo que animaba estos estereogramas no era ya tan monumental como sí estético, buscando explotar al máximo las posibilidades —espectacularmente desarrolladas ya— de la técnica tridimensional. Cuando se trata de columnas como las que siguen, por cierto, reconstruir el 3D con el ojo desnudo es singularmente complicado, pero el esfuerzo merece la pena.

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Una imagen de la sevillana Casa de Pilatos publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

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De nuevo un punto de vista que favorece el relieve de la estereoscopia en esta imagen de Stereo Travel Co. de 1908. Se trata del acceso al Patio del Mexuar en la Alhambra de Granada.

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Un rincón del patio de los Leones de la Alhambra en una imagen de 1908 para Stereo Travel Co. Nótese la cuidadísima composición de la fotografía, en la que casi ninguna columna se superpone a otra para enfatizar –con mucho éxito– la profundidad tridimensional.

Los interiores no son los únicos motivos a los que acuden los fotógrafos estereoscópicos para exagerar la sensación de profundidad. Al igual que en la fotografía convencional, los artistas del principio del siglo XX empiezan a recurrir a puntos de vista forzados…

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Al contrario que en la imagen anterior, en esta del acueducto de Segovia las columnas sí se superponen entre sí, obrando de esta manera continuidad en el conjunto. Como podrá apreciar quien consiga ver su relieve, el resultado es que, pese a que tiene mucha más profundidad de campo que la otra, el efecto tridimensional es considerablemente menor. Es de Stereo Travel Co. en 1908.

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El alcázar de Segovia, hábilmente retratado junto a un muro que llega hasta la cámara para que sirva de referencia visual y lance el efecto tridimensional. Es una imagen de Stereo Travel Co. en 1908.

…y a grandes distancias para ganar profundidad de campo. Estilísticamente estamos llegando ya a nuestra era, en la que dejan de estar tan considerados los aspectos formales de la foto y en la que comienza a importar que retrate no solo el objeto, sino el momento. Influenciadas ya estéticamente por el amateurismo, nótese, por ejemplo, la gran cantidad de suelo que aparece en las siguientes fotografías.

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La tumba de Cristóbal Colón en la catedral de Sevilla, de nuevo con la marca en forma de cruz que facilita la visión en 3D. Es una imagen de Stereo Travel Co. publicada 1908.

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Los transeúntes de la plaza Mayor de Madrid en una imagen publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

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La madrileña plaza de Isabel II y el Teatro Real en una imagen publicada por Stereo Travel Co. en 1908. Si no estuviésemos ante una fotografía tridimensional seguramente no veríamos el seto en primer término.

Y con la llegada a nuestra era, claro, acaba la de oro de la fotografía estereoscópica —y en España, casi su edad a secas—. En la década de los veinte el desarrollo de nuevos medios de comunicación, en particular el del cine, y la generalización de la fotografía convencional en la prensa decantaron la balanza hacia el lado de las dos dimensiones. Las tarjetas con estereogramas empezaron a verse cada vez menos, un declive que comenzó antes en Europa que en Estados Unidos y que precipitó en España la turbulenta situación política que desembocó en la Guerra Civil, antesala de la Segunda Guerra Mundial. Aunque aún se conocieron grandes avances en la técnica, cuando el mundo se recuperó económicamente de la confrontación la estereoscopia fotográfica era ya un capricho de aficionados y no el cotizado género que fue durante el último tercio del XIX, su verdadera edad de oro. Antes de detenerse esta curiosa rama de las artes floreció en más de siete millones de fotografías estereoscópicas, muchas de las cuales son aún moneda común entre coleccionistas y anticuarios de todo el mundo.

El autor quiere expresar su agradecimiento a Juan Antonio Fernández, que ha cedido desinteresadamente la copia de algunas piezas de la Colección Fernández Rivero de fotografía antigua, y a Jan Lagendijk, que ha hecho lo propio con las fotografías de Stereoview Heaven, una colección radicada en Países Bajos. Las imágenes restantes proceden de los fondos digitales de la Library of the Congress y la Omaha Public Library de Estados Unidos y de los fondos digitales del Museo Nacional del Romanticismo y el Museo del Traje CIPE disponibles en la Red Digital de Colecciones de Museos  de España del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.


La gran biblioteca underground de La Habana

La Habana

Palidecería de envidia hasta la propia biblioteca de Alejandría si se conociera la existencia de las librerías subterráneas de La Habana, probablemente una de las más soberbiamente bien surtidas de todo el planeta, catacumbas de casi todo cuanto se ha escrito, más propiamente en español y aún más de la toda literatura excomulgada por atentar contra la pureza ideológica de la revolución.

No poseen un sitio exacto. Dicho con propiedad, estas librerías se trasladan en silencio y un día pueden que estén aquí y otro allá, pero tienen sus puertas de acceso, esas sí se conocen —aunque solo algunas, claro está—, y la más notoria de esas entradas está en la de la Plaza de Armas, centro de la ciudad colonial, curiosamente enfrente de donde, hasta hace poco, existió el Instituto Cubano de Libro (ICL), algo así como lo que sería para los católicos un Vaticano de obras literarias, ya que de inquisidores y de proteger la fe se trata.

Los libreros rodean las cuatro esquinas de la plaza. Desde temprano levantan sus estantes, se sientas en sillas de tijera a esperar que caigan los clientes. A su alrededor pasan tríos con “sones para turistas”, al decir del poeta cubano Nicolás Guillén, y muchachas que pretenden ir vestidas muy a la usanza criolla, con el propósito de ser retratadas, pago mediante, caminando del galante brazo de los visitantes.

Lo que más abunda son libros, pero también se puede adquirir postales de peloteros, álbumes de fotos, revistas y periódicos viejos, discos de acetato y hasta misales.

Nostálgicos del comunismo

Los extranjeros de cualquier latitud, que aún anhelan la estrella roja, la hoz y el martillo se dan banquete en esa plaza. Se les ve embobecidos hojeando El diario del Che en Bolivia y La historia me absolverá, de Fidel Castro, que son los más vendidos, y que comparten anaqueles con las obras completas de Stalin y Lenin y, si uno le dedica más tiempo, todo el que se pueda almacenar por doradas épocas pasadas, hasta logra dar con volúmenes de Mao, el sol rojo en nuestros corazones; Kim IL-Sung o del olvidado ortodoxo Enver Hodja, en portada dura, que la embajada de Albania enviaba por cajas a quien se lo pidiera a vuelta de correo, cuando aún estaban en su lugar todos y cada uno de los ladrillos el muro de Berlín.

Lo mismo ocurría con la sede diplomática de Corea del Norte y quienes deseaban correrle una broma a un conocido, escribían a esa embajada, decían que desearían tener todo lo escrito por el Gran Líder y su doctrina Juche, daban el nombre y la dirección de aquel incauto que luego maldecía por todos los rincones contra aquel desconocido que le llenó la casa de cajas repletas de tomos de Kim Il.

La doble moral también tenía su papel aquí. Tiempos atrás, mostrar en una repisa colocada en un lugar bien visible de la casa, alguna colección de estas obras escogidas, constituía un resguardo frente a cualquier duda que surgiera sobre un hogar tenido, hasta entonces, con problemas ideológicos, habitado por sospechosos.

Los libros satanizados

Guillermo Cabrera InfanteEn cambio hoy, al comenzar los días de Raúl Castro en el poder, paulatinamente desde mediados del 2006, no es tan pecaminoso ir por una obra proscrita. Luego, el método consiste ahora en preguntar por lo que uno desea a estos bouquiniers cubanos que tienen por el Sena a la bahía de La Habana.

Pudiera ser la novela La Habana para un infante difunto, del cubano Guillermo Cabrera Infante, odiado por la burocracia, excluido hasta del oficial Diccionario de la Literatura Cubana, persona non grata y muerto en el exilio; o la pieza teatral Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, que por un párrafo fue condenado trabajar por 14 años en el sótano de una biblioteca —vaya ensañamiento refinado de los opresores: confinar a un escritor a trabajar en una biblioteca— y hoy reivindicado con el Premio Nacional de Literatura, aunque nadie le ha pedido jamás disculpas por su sentencia al ostracismo, me ha confesado este hombre que no bajó la cabeza nunca.

Por igual se halla el libro de relatos Los pasos en la hierba, de Eduardo Heras León, también ahora exonerado luego de haber sido confinado a una metalúrgica por lo que pudiera entenderse en uno de los cuentos de ese volumen como una atracción física de un militar a otro del mismo sexo. La lista es larga y dolorosa, más para los que la sufrieron en carne propia y también para la generación que fue esterilizada de esas obras imprescindibles.

Como nada tienta más que lo prohibido, desde la manzana en el árbol de Adán y Eva y que para bien sea, cuando se sabe de un libro maldecido, que en su momento lo fueron aquí la Biblia y el Corán tanto como Rebelión en la granja y 1984, ambos del británico George Orwell, los imprudentes, amantes de lo pecaminoso, acuden rápidamente a buscarlo.

Eso sí, hubo oceánicas tiradas de libros de autores soviéticos. Así se forjó el acero, de Nicolái Ostrovski; Somos hombres soviéticos, de Boris Polevoi y, para ser justos, también Campos roturado, de Mijaíl Shólojov. Si querías leer, aquí tenías.

Nuestro bouquinier mira esta mañana hacia un lado y hacia otro, más por el viejo hábito de años de persecución, se sumergen entre sus cajas o le hace una seña a alguien que viene y le habla al oído para que traiga de algún escondite lo que el cliente pide. Si el volumen está en sus tenencias dirá “¿Puede esperar unos minutos?”. En otro caso preguntaría “¿Le será posible venir más tarde?” o, en la peor de los ocasiones utilizará una frase muy cubana: “No lo busque, no lo hay ni en los centros espirituales”.

Los vendedores cubanos de libros conforman así su mundo, tienen sus propias leyes francmasónicas y han pasado, a golpe de persistencia, a formar parte de este paisaje de La Habana Vieja. A ellos hay que agradecer, por lucro lo que sea, el que ayudaron a rescatar y no exentos de riesgos, este patrimonio aunque solo fuera para saber que existía, podía verlo, olerlo y acariciarlo para luego decir: Sí, existe, yo lo vi.

El mercado negro de las palabras

También estos agiotistas del mercado negro, gente muy culta en el arte de entrelazar título con autor y dinero, se valen de sus muchas mañas para acaparar un nuevo volumen en cuanto se hace algún lanzamiento que saben será muy cotizado. Estos individuos, a no dudarlo, mantienen excelentes conexiones en los almacenes. El caso más notorio fue el de Leonardo Padura, famoso a más no poder y archiconocido escritor en Cuba y fuera de ella. De su reciente novela El hombre que amaba los perros desapareció de las arcas del ICL, como por arte de magia, cerca de medio millar de ejemplares, antes de ser presentada al público. El título costaba en las librerías del estado 20 pesos, caro para los locales pero aceptable, y estos usureros la venden en 15 CUC, el dólar cubano, cifra equivalente a casi el salario mensual promedio de 20 CUC. Lo tomas o lo dejas.

Quizá por estos manejos que repletan de monedas esos bolsillos y el hecho de que la frase economía de mercado ya no es tan mala como en tiempos de Fidel Castro, el ICL adopta una nueva política editorial de tal forma que saldrán de las imprentas y se reeditaran los títulos de calidad que sean más vendidos, sin dejar desprotegidas, gracias a esos fondos, aquellas obras imprescindibles para la cultura nacional, pero no siempre populares. Es lo justo, pero tanto han demorado en querer darse cuenta de ello que hay anaqueles atestados de ejemplares llenos de polvo, durmiendo en un letargo que no parece tener fin.

La ironía, arma de la Revolución

Es difícil, por no decir imposible, ganarle a los ideólogos de la revolución en cuanto a ironía se trata. La Campaña de Alfabetización y la instrucción gratuita a todos los niveles, constituyen buenos ejemplos de ello. Se enseñó a todos los analfabetos a leer y a escribir, no hubo rincón de Cuba, por más remoto que estuviera y de más difícil acceso, a los que no llegaran los maestros voluntarios con sus cuartillas y manuales. El resultado fue que en 1962 el país se declaró libre de analfabetismo. Un orgullo nacional.

Fue abolida la enseñanza privada desde los círculos infantiles, guarderías creadas por el nuevo estado, hasta las universidades y para quienes vivían distantes de los centros docentes se abrieron becas desbordas de jóvenes deseosos de superarse. Todo costeado por el gobierno. El resultado fue altos niveles de escolaridad. Otro orgullo nacional.

¿Y la ironía?: qué podías leer, solo lo que se te permitiera leer; y estabas autorizado a pensar, para eso te habían facilitado las herramientas requeridas, pero siempre y cuando tus ideas no se apartaban del establishment.

La Navidad húngara de Celia Cruz

Celia CruzPermítanme una anécdota personal. En el primer lustro de los 80, yo era corresponsal de la Agencia Prensa Latina en Budapest. Una Navidad, creo que la de 1983, se presentó en casa un funcionario de la embajada de Cuba a persuadirme de que quitara de la sala el arbolito de Navidad. No sé cómo supo de su existencia, quizá como vivía en el edificio de enfrente vio las luces de las guirnaldas. Las tradiciones del pasado republicano, si bien no estaban prohibidas, eran mal vistas, lo que correspondía a estar prohibidas. Había que ocultarse para festejar la Nochebuena, los regalos por el día de Reyes se les entregaba a los niños sin los padres revelarles por qué… y así con todas las costumbres menos el 31 de diciembre debido a que se conmemoraba realmente no era la llegada del Año Nuevo sino el triunfo de la revolución el primero de enero.

Luego, el arbolito familiar era muy incorrectísimo. Mi respuesta fue que no lo retiraba y le di las gracias por su patriótico desvelo. A la mañana siguientes, bajaba yo para la ciudad cuando el auto de la oficina, un VW escarabajo, se descompuso. Coincidió con que este funcionario cruzó en su coche delante de mí y me ofreció llevarme desde las colinas de Buda, donde vivíamos ambos, hasta Pest. Y qué sorpresa la mía: en su reproductora cantaba Celia Cruz. ¿Es Celia Cruz?, le pregunté. ¿Quién habrá puesto este casete aquí?: seguro fueron mis hijos, me dijo. ¿Usted permite a sus hijos escuchar esa música?, continué. Lo hicieron a escondidas, me respondió mientras quitaba la cinta e infructuosamente buscaba otra para sustituirla: no tenía más, esa era su preferida y única.

La cantante Celia Cruz, también fallecida en el exilio, es con seguridad uno de los hechos más detestables de los años de represión cultural. A pesar de respirar cubanía por todas partes, fue borrada de los medios por no comulgar con la revolución y decidir vivir fuera de la isla desde inicios de los 60. Aún hoy la radio no la reproduce, nadie recuerda cuándo se la vio por televisión alguna vez en los últimos 50 años, y los jóvenes, como los hijos de este diplomático del árbol de Navidad, muy difícilmente saben de su existencia.

Falso, sí llegó a verse, pero solo en el cine. En un fragmento del documental Yo soy del son a la salsa, del realizador cubano Rigoberto López, que se proyectó en el cine Astral de la capital, salió brevemente a Celia Cruz cantando Me voy para Pinar del Río. El público de pie la ovacionó. ¡Qué bien hacen los represores en temer y tratar de lastrar!

El día que finalmente sea reivindicada Celia Cruz, habrá que explicar en el país, quizá con vergüenza y bajar la cabeza, lo que significó y significa esta estrella de la música nacional.

La nómina de los prohibidos en todas las artes, como en la literatura, es enorme. Incluye a músicos, cineastas (por ejemplo, Sabá Cabrera Infante, hermano de Guillermo, por su corto PM), y seriales completos como La tremenda corte, que se escucha aún hoy en horarios estelares en muchos países de la región, menos en Cuba. Se oía ininterrumpidamente en cada hogar cubano al mediodía desde 1942 a 1961 y es considerada como la mejor comedia radiofónica producida por entonces en Latinoamérica. Es decir, nadie escapó de la saña perniciosa del ojo del Gran Hermano.

Y es que ocurre que cuando el represor es un burócrata y además, o peor aún, un mediocre, genio de su mediocridad, se ensaña contra los talentos y los persigue sin darles tregua, a como dé lugar, para amputar al intelecto.

Eso fue lo que ocurrió y todavía ocurre, aunque ya cada vez en menor medida. Recuerda aquello del sapo que cuando le preguntan a qué se debe su preferencia en comer luciérnagas, responde: porque brillan.


Librerías con encanto: Gil (Santander)

“Esta es una foto de mi madre, embarazada de mi hermano Jesús, el pequeño. Dos años después abrió la librería”

Florentina Soto fundó la Librería Gil en el año 1967, con el apoyo de su marido. “Era  una sociedad machista, claro, imagínate; las cuentas, las propiedades, todo estaba a nombre de mi padre”. “Una de las cualidades que tenía mamá es que sabía hacerlo bien, sin que se notara que era ella, sin tener que destacar”

Nos reciben en el local de La Plaza Pombo(1) Paz y Maleni, que son quienes se ocupan ahora, junto a sus hermanos Jesús y Ángel, de mantener vivo el legado de Florentina, de continuar con lo que ella empezara en aquel primer local de poco menos de 30 metros. “Le encantaba leer… El éxito de mi madre, su acierto —o así lo vemos nosotros— fue apostar por los libros; se resistió a tener revistas, nunca fue un quiosco” Además, les enseñó con el ejemplo la importancia de relacionarse con otros libreros. “Es para nosotros fundamental la relación con otras librerías”(2)

Nos cuentan también, sobre Florentina, que sigue leyendo muchísimo, a sus 87 años, que son un grado en esto del qué se ha leído; cómo aún hoy acuden a ella: “los libros que nos envía, por ejemplo, Periférica, u otras, es ella quien los lee primero, y nos dice qué le parecen; le enviamos de todo, y confiamos en lo que nos dice, tiene muy buen criterio”. Según nos lo van contando, haciendo el esbozo, dejando las dos hermanas entrever cómo fue propiciando su madre lo que ahora es GIL SOTO, S.L, —más que un negocio familiar, una forma de ver la vida, de entender la cultura, apuntamos aquí—, es fácil imaginar qué personalidad fue la que hizo todo esto posible, lo amena e instructiva que puede resultar una charla con ella, toda una institución, librera cultísima, conciliadora, expansiva; madre también de cinco hijos, cada uno de los cuales fue encontrando su propio camino, su propio espacio en este universo: “Empieza Ángel, que es el mayor, y luego van entrando todos. Él es el optimista; cuando nos ve preocupados por la situación actual nos dice tenemos para pagar a los trabajadores y a los proveedores, que es lo importante, ¿no? Pues ya está, salimos adelante”. Ése es el espíritu, sin duda.

No podemos dejar de detenernos en lo ideal del emplazamiento del magnífico local en el que hoy hemos tenido la suerte de que nos atiendan. Recuerda Paz que cuando volvió a Santander, ya después de haber estado en Madrid estudiando periodismo, haber también vivido unos años en San Sebastián, solía pasear por allí con su compañero (saldrá a continuación en negrita, permanezcan atentos), y soñar: “una librería aquí… No, imposible, muy difícil. Y diez o quince años después salió este local, lo conseguimos. El sitio es fundamental, es muy muy literario: la Plaza Pombo, el ver el mar desde aquí, los soportales”. La reforma corrió a cargo de Pedro Fernández Lastra. “El edificio fue en tiempos una garbancería, el agua llegaba hasta aquí mismo, imagínate, y no se había apenas tocado la estructura, no te haces una idea de lo que nos encontramos”, nos hace notar Maleni; quiere que apreciemos como se merece  el trabajo que se ha hecho para conseguir, respetando los pilares y elementos claves del edificio, un espacio moderno y acogedor, muy cálido. “Es el único local de todos los de alrededor que conserva aún los elementos originales”, concluye.

Qué no tendrá este lugar, aparte de lo ya dicho, cuando tantos y tan ilustres personajes les visitan. Veíamos este verano posar a un ufano Mr. Higgins  con un ejemplar de  Un poco perdido —iniciativade Pepa Montano, la editorial de la casa— de su compatriota Chris Haughton, quien atesora, tal parece, todos los premios habidos y por haber, y que a nosotros, por qué no decirlo aquí, nos ha gustado tanto como Yo quiero mi gorro, otra de sus publicaciones, una de esas historias que al final nos hacen disfrutar a los adultos casi tanto o más que a los niños. Si un cuento te hace sonreír es que es un gran cuento.

Estuvieron también con Leonardo Padura, durante su estancia en Santander, con motivo de la invitación que le hizo la UIMP para que protagonizara uno de  los martes literarios. Paz nos lo presenta y cuenta la anécdota que hemos elegido de entre otras tantas:”Tiene cuatro primeras novelas sobre un comisario en La Habana que se llama Mario Conde, curiosamente. Está muy bien por cómo relata la vida en la ciudad. Luego hizo más, pero esos cuatro, a mí es que me encantan.  Y fue ya hace unos dos años, cuando sacó un libro que se llama El hombre que amaba a los perros, muy recomendable también, la historia del asesinato de Trosky a manos de Mercader, que a mí me pareció buenísimo, cuando nos enteramos de que venía. Entonces, claro, yo llamé a Tusquets, y les dije que quería conocerlo, tomarme un café con él, lo que fuera. Porque no iba a venir a hacer una presentación, no tenía sentido pudiendo verle la gente que quisiera en la universidad. Así, que le invitamos a comer en la librería, con más gente, nos juntamos unos doce o trece… y el hombre encantado, claro, hicimos algo completamente distinto. Pedro hizo gazpacho y bonito, improvisamos una mesa, y ahí comimos”

“…el logo que usamos con los animales lo diseñó en 1998, cuando abrimos la librería de San Fernando, Isidro Ferrer, premio nacional de diseño en el 2002”

“Nuestra gran baza, de todas formas, es la gente con la que contamos”. Será Gisela (hace siete años que está con ellos, en narrativa y ensayo, los que tiene la librería de la Plaza Pombo) la que nos recomiende, como ya lo hiciera Rafa en Hydria, a Erri de Luca. A ella le gustó especialmente El peso de la mariposa, “es un poco diferente a los otros, no se desarrolla en Nápoles, como Montedidio o Los peces no cierran los ojos; este es la historia de un cazador, como una fábula; se lee de un tirón. Sale a cuento también un autor chileno, como ella, Hernán Rivera Letelier: “sus libros transcurren en el norte de Chile, las antiguas salitreras, en La Pampa, y el de La contadora de películas es una historia muy dulce, nos gustó mucho. Mariola, por su parte, es quien se ocupa de la literatura infantil y el libro ilustrado. Y nos vamos a quedar sin conocer a Nikolina, hoy de vacaciones, que se encarga de toda la cartelería, de actualizar la web; sin poder hablar en detalle con el resto. Es lo que tiene el tiempo: que se acaba.

No obstante todo lo anterior, creemos que el mejor final para esta modesta crónica, por lo bien que ilustra qué significa Librería Gil, en qué se ha ido convirtiendo a lo largo de todos estos años, el cómo han sido capaces de aglutinar en torno a todos ellos a una gran cantidad de lectores y de libreros que les tienen como punto de referencia y encuentro, es la colección de fotografías Librerías del Mundo, que no son sino todas las instantáneas que les han ido enviando clientes y amigos a lo largo y ancho de sus viajes cuando, al ver una librería o un puesto con libros en el Congo o Sebastopol, se han acordado de ellos. “La historia de esta exposición empezó con una postal que nos enviaron desde París —Queridas hermanas Gil…, nos la muestran, la tienen guardada con gran cariño— en la que aparecía una librería, y nos contaban que nos la enviaban para enseñárnosla, que les había recordado a la nuestra. La pusimos entonces a la vista, y la gente se fijó, y empezaron a llegarnos de todas partes… Mira, por ejemplo, de Estrómboli, que ya es difícil viajar allí, y este chico se acuerda, hace la foto, y nos la envía.”

Lo que a nosotros nos parece es que cuando estás por ahí viajando por placer, o por un trabajo que te gusta y que te ha llevado lejos, de quien te acuerdas es de quien te ha hecho en algún momento feliz, de con quien te ha gustado  estar, de precisamente alguien con quien te apetece compartir todo eso, y que el envío de todas esas fotos no es sino el cumplido testimonio de lo que se ha intentado, con mejor o peor oficio, contar hoy aquí.


NOTAS:

(1)   Son tres las librerías que ahora tienen abiertas: La que visitamos en la Plaza Pombo, la de General Dávila y la de San Fernando.

(2)   Junto a  Oletvm en Valladolid, Librería Luces en Málaga y Librería Cervantes en Oviedo, Librería Gil forma parte de Librerías con Huella, por ejemplo, una iniciativa que les sirve tanto para poder ampliar el catálogo, prestándose con rapidez libros entre sí, como para financiar proyectos como la construcción de una bibliotea en el Sáhara, o simplemente intercambiar información o viajar juntos a las ferias.

Fotografía: Gema González

 


Pablo Mediavilla Costa: Orquídea cubana

Anoche, a solas y tirado en la cama, volví a sintonizar Radio Reloj. La última vez fue hace nueve años en una cama también espaciosa, bajo un ventilador dislocado y el murmullo de La Habana en la ventana. Recuerdo bien la habitación al atardecer y el pasillo que se dejaba ver desde la almohada y que moría en una capillita con dos duralex de ron y un óleo de Hemingway en el altar, mirándome. Recién llegado, en mi primer viaje solo, la noche habanera se me antojaba una aventura de proporciones cabrerainfantescas y preferí encerrarme, en estricta vigilia de cigarrillos y sudor, a calibrar las muchas desventajas de hacer pie en la calle.

Como no había luz, ni mucho que hacer, puse la radio. El dial me pareció un desierto solo soportable por la hora escasa que duró —si no recuerdo mal— La esquina del jazz, un programa sin palabras, ni zafras de azúcar, ni voces como de parte de guerra. Duke Ellington al aparato y Hemingway protegiéndome en las tinieblas. No fue una mala noche. Luego, buceando en el crepitar AM de la isla, encontré Radio Reloj que, siendo la materialización definitiva del tedio, me resultó fascinante por las inverosímiles noticias y el tic-tac enlatado en el fondo, alumbrando artificialmente cada segundo, como si quisiera forzar el paso a un tiempo largamente vegetal. Ahora entiendo que ese maldito latir muerto anunciaba la bofetada que la realidad cubana iba a darme en público.

Anoche Oswaldo Payá estaba muerto y sintonicé Radio Reloj para deleitarme con el silencio de su nombre. Un silencio infinito y reparador. Por la mañana lo habían enterrado entre los golpes de los esbirros y por la tarde —hora isleña— Radio Reloj no defraudó: “Identificada entre muchas por su curioso pétalo modificado, la orquídea crece en múltiples latitudes y en Cuba viven unas trescientas variedades. Casi un tercio de ellas localizadas en Artemisa y en Pinar del Río. Tic-tac, tic-tac. Radio Reloj. Seis, veinte y dos minutos”. Y luego “un derrame de petróleo en Colombia” y “las atractivas opciones de buceo en el Oriente cubano” y “las charangas de Artemisa” y así en un continuo vaivén de nada hasta que llegó la ligera tristeza de siempre cuando me estoy quedando dormido.

Sobre el miserable final que el régimen le reservó a Payá, al que nunca me atreví a visitar en su casa, me basta con recordar el monólogo de Brando en El Padrino, cuando después de sellar la paz con las familias rivales, anuncia la vuelta del exilio siciliano de su hijo Michael: “Pero soy un hombre supersticioso. Si le ocurriera algún accidente o un policía le pegara un tiro en la cabeza o si se colgara en su celda o si fuera alcanzado por un rayo, entonces culparía a algunas de las personas que hay en esta sala y ya no perdonaría”. En Cuba, algunos muertos en el tiempo detenido se ganan el futuro.

 


La Habana, bicicletas y almendrones

Bicicletas y almendrones

La primera sorpresa que aguarda al turista tras abandonar el aeropuerto José Martí y entrar en La Habana es un bache del tamaño de la Bahía de Cochinos que le obliga a cambiar una rueda de noche, en la oscuridad más densa que ningún europeo pueda imaginar dentro de los límites de una ciudad. Esta anécdota puede parecer irrelevante; con el paso de los días, sin embargo, se convierte en una especie de ceremonia de iniciación para lo que nos ofrece Cuba; una metáfora involuntaria y casual del país en la que están reflejadas muchas de sus peculiaridades: la escasez de alumbrado, la ausencia de mantenimiento (así, en general), una casi olvidada necesidad de utilizar el cuerpo, de sudar. La recuperación de conocimientos apenas recordados —¿cuánto tiempo hace que no cambias una rueda? ¿Cuándo fue la última vez que tuviste que calcular la distancia para adelantar a un carro de caballos? ¿Has utilizado alguna vez una brújula porque el mapa es sólo ‘aproximado’?— Tardaré un poco en darme cuenta, pero Cuba es, sobre todo, un viaje al pasado.

Diferentes puntos de vista

Como todos los países, pero más que muchos otros países, Cuba permite plantearse viajes distintos con diferentes perspectivas. Un turista tradicional —el que no levanta la nariz diciendo que él es un viajero, para entendernos— encontrará cuanto necesita en La Habana y sus alrededores: buen tiempo incluso en enero, precios razonables para todo, pintoresquismo en abundancia para contar a la vuelta, música local bien interpretada en casi cualquier bar por casi cualquier grupo (la profesionalidad y el gusto de los músicos son realmente llamativos), buen tabaco, playas amables y, sobre todo, la belleza, más ruinosa que decadente, de una ciudad en la que no tiene que vivir, trabajar, coger el autobús o hacer una cola cansina e inevitable para mirar su correo electrónico.

La única manera de mejorar La Habana para este tipo de turista sería que su hotel tuviera wifi. Eso sucederá antes o después, pero me temo que en la realidad actual de Cuba solamente unos cuantos establecimientos de verdadero lujo, como el Hotel Sevilla, ofrecen ese servicio. No, en el Nacional tampoco tienen wifi.

Mochilismo

Otro arquetipo clásico de turista, más cercano a mi propia manera de viajar, es el afamado lonliplane. Cogemos la guía por excelencia, la ponemos en la parte superior de la bolsa y seguimos sus sabias recomendaciones como si fueran instrucciones del propio Moisés. Así encontramos hotelitos baratos pero con encanto (y algún motor cercano que no descansa de noche), casas particulares especialmente confortables cuya misteriosa localización corre de boca en boca por una quinta parte de la población mundial y en las que nunca hay habitaciones libres pero en donde te indicarán otra casa cercana en la que sí podrás quedarte, un poco peor, un poco más cara; cabañas de madera frente a la playa, restaurantes que ‘no vienen en otras guías’ y están llenos de holandeses; la menos mala de las dos compañías de autobuses, y si hay que alquilar una bici, pues se alquila. En mi viaje, que cubrió casi toda la mitad occidental de la isla, tuve ocasión de cruzarme con tres jóvenes alemanes nada menos que en cinco lugares diferentes —los más alejados de los cuales distaban entre sí algo más de quinientos kilómetros.

A los lonliplanes no nos importan estas alegres coincidencias, y nos saludamos más joviales en cada ocasión, miembros de una secreta caballería espiritual que ríete tú de Umberto Eco y el péndulo aquel. Después de todo, estamos viendo lo que hay que ver, y nos da lo mismo bucear en María La Gorda, fumarnos un purazo en el bellísimo valle de Viñales o visitar el imprescindible Museo Nacional de la Lucha contra Bandidos, en Trinidad (ciudad de arquitectura colonial, un adjetivo que nunca falta). Si acaso, en un involuntario e irreprimible gesto de hombres leídos, comentaremos a media voz que ese museo es la otra cara de las salvajes cacerías de cabelleras que los amigos de Pete Bondurant llevan a cabo en las novelas de Ellroy. Viendo las caras de los veinteañeros muertos en las vitrinas llenas de fotografías, a cualquiera se le quitan en seguida las ganas de bromear demasiado con el asunto, así que nos vamos a tomar un mojito y nos despedimos hasta el próximo encuentro.

El resort, ese ecosistema

Además de su sincera preocupación por el Barça y una educación estética muy por encima de las vulgaridades de ARCO, el lector de esta grata revista compartirá conmigo que la confraternización con el pueblo cubano, la ingesta alterna de cerdo y pollo acompañados de arroz y plátano frito, la batalla en las duchas con la temperatura, la presión o ambas magnitudes simultáneamente y otros placeres que proporciona la cercanía con la verdadera Cuba están bien para un ratito, pero todos echamos de menos un poco de confort, que ya hasta sale en el diccionario de la Academia, así que como para andarnos con remilgos y empatías.

En Cuba hay hermosos hoteles con playas privadas paradisíacas. En las cayerías del Norte o Varadero, en playa Ancón o en Cayo Largo del Sur, el señor Meliá o el señor Barceló se encargan de ponerte una pulsera de plástico y te llevan la caipiriña hasta la tumbona. Compartirás veladas deportivas frente al televisor gigante con los rusos y sus jineteras, los españoles y sus jineteras, los canadienses y sus jineteras y algunos pocos cubanos. Y sus jineteras. Pero no quiero dar una falsa impresión: abundan las familias y llegué a ver una excursión de veinte o veinticinco alemanes de varios sexos que habían llevado sus Harley Davidson en contenedor hasta la isla y se dedicaban a recorrerla de hotel en hotel. Tampoco tendrás wifi, así que no faltarán las ocasiones para aburrirte al sol. ¡Y no tienes que salir del resort para nada! En fin, dejémoslo aquí.

Ni para tomar impulso

El viaje ideológico es una de las opciones más interesantes para visitar Cuba. Lo cierto es que, al menos desde España, feraz en irreductibles veterocomunistas y rica en derechistas malasangre, encontrarán satisfactoriamente confirmadas sus intuiciones las dos opciones políticas más enfrentadas: la del castrista pertinaz y la del neoalgo liberal.

Por su parte, el izquierdista tendrá sobradas razones para clamar contra el bloqueo, disfrutará de la colaboración venezolana —aunque no, repito, no podrá visitar la refinería Camilo Cienfuegos—, verá el imparable avance de la Revolución —la palabra ‘camping’ ha sido barrida por el ‘campismo’ y la CocaCola sustituida ventajosamente por la Tropicola o las refrescantes bebidas de Ciego Montero— y se enorgullecerá de la monotonía del nomenclátor (absolutamente todo se llama ‘José Martí‘, ‘Ernesto Guevara‘ o ‘Camilo Cienfuegos‘; desde un puesto de comida hasta una universidad y desde los hospitales hasta la ponchera en la que te reparan la llanta doblada por el primer bache).

(Como un regalo inesperado, el turista de izquierdas podrá despotricar de la mezquindad de Dropbox cuando vea que no se puede instalar en los ordenadores de una facultad —como en Corea del Norte, Libia, Alderaan y otros peligrosos sistemas rebeldes.)

Otros placeres comunistas que no deben desdeñarse: cantar Yolanda de pe a pa con los músicos (para subir nota: De Alto Cedro voy para Marcané ); fumar cigarrillos Criollos (solo se encuentra en los mercados para cubanos y son como aquel Bisonte de antes); tomar el peor mojito del planeta en un bar de estudiantes de Vedado, en La Habana; pasear por los mercadillos en los que se exhibe la pasión de los cubanos por la lectura y comprobar con satisfacción que ni uno solo de los miles de libros en venta se aparta siquiera un poco de la ortodoxia: desde los superhéroes rojos de tebeo hazañasbélicas, pasando por todos los retratos existentes del Che que lucen en cientos de portadas, hasta llegar a un bestseller espeluznante que reivindica orgulloso el atentado de Lockerbie —y que lamento no haber fotografiado, pues soy incapaz de encontrarlo en la red.

Efectivamente, como ya habrá adivinado el lector más perspicaz, nada superará la satisfacción que proporciona una certeza irrebatible: en Cuba no hay ricos. Y ese era el objetivo. Digo yo.

La gusanada lo goza

Pero sin duda alguna el más satisfactorio de cuantos itinerarios se puedan proponer es el del rencoroso adorador del becerro de oro. El disfrute del capitalista irredento, vendido al imperialismo y refractario a la conmiseración no tiene límites; la dejadez de los edificios (muy destacadamente en La Habana Vieja), la omnipresencia de Havana Club en su esponsorización ‘oficial’ de locales de ocio o aparcacoches-funcionarios con chaleco publicitario como uniforme, la velocidad exasperante de las conexiones a internet en los Telepuntos estatales, la historia pánica de las sucesivas construcciones, demoliciones y reconstrucciones de plantas azucareras… todo ayuda a convertir la isla en una confirmación sin escapatoria posible del fracaso de su modelo de producción y distribución. Hay incluso mendicidad; no es muy abundante, pero la hay.

El verdadero disfrute del gusano alcanza su punto más alto en la contemplación de los medios de transporte y producción cubanos. Autobuses y camiones que en buena parte del planeta serían apedreados sin misericordia por hordas de Greenpeace, los legendarios almendrones —coches de los 50 y los 40 ‘un ya lejano ayer’ maravillosos—, motos con sidecar y motor de dos tiempos, bicicletas, bicitaxis, carros y calesas, caballos (que sólo son herramientas de trabajo: sin peinar, sin cepillar; no famélicos, pero tampoco orondos; animales de labor en uso), machetes de cortar caña. Arados de bueyes. Insisto: arados de bueyes.

El tiempo se paró con la Revolución, esa impaciencia burguesa. No es imposible que Cuba estuviera por delante de España en los años 20 en muchos aspectos productivos, y probablemente no mucho peor en desigualdad económica y diferencias de clase. No es improbable que una Cuba socialdemócrata y abierta, sin Batista y con partidos y urnas, hubiera podido crecer al ritmo de, por ejemplo, Barbados o Puerto Rico. Lo evidente es que el enfrentamiento radical con el mundo capitalista (y su eficiencia para el estímulo, la producción y el comercio) de una pequeña isla sin más recursos relevantes que el tabaco, el azúcar y el níquel no parece una buena idea.

Sobre todos los demás turistas, el facha patrio, el mariconsón español —por utilizar la terminología castrista adecuada— tiene una ventaja añadida en su disfrute del régimen cubano: resulta sencillo entrecerrar los ojos, el mapa y el calendario e imaginar que nos encontramos en una suerte de franquismo caribeño, un país en el que nunca hubieran existido conceptos como ‘Transición’, ‘Tarancón’, ‘destape’ o ‘pluralismo político’. Es fácil, si se practica un poco, jugar a engañarse —no mucho—, mirar por la ventanilla e imaginar que Martí —último fragmento visible de una Cuba ajena a la revolución castrista— es el Cid o Viriato, Guevara es Queipo de Llano, Camilo Cienfuegos es Mola y Fidel, un gallego ferrolano espabilado. Cartelería con la épica belicista de los años treinta y El Alcázar, pintadas unidireccionales que fingen una espontaneidad imposible de arribaespañas y vivacristorreyes (con sinónimos de la trinchera de enfrente), tropas, banderas y cuarteles tan destartalados como abundantes, esos tablones de anuncios universitarios siempre con los mismos rostros heróicos hablando hasta del menú o los horarios adecuados de la biblioteca, sin una sola nota aperturista, no politizada, siquiera un poco punki… Una absoluta uniformidad ideológica que hubiera sido el sueño de nuestro Búnker setentero. Las ráfagas de pintorescos y arcaicos localismos ayudan a mantener la ficción desde la radio: ‘traidor’, ‘patria’, ‘esbirro’, ‘tiranía’, ‘oligarquía’, ‘campesinado’, ‘jamás’ o ‘siempre’ nos retrotraen a una España Eterna con plantas de tabaco y gente más morena que será muy del agrado del nostálgico con una mínima capacidad de intercambiar mentalmente unas consignas por otras.

Últimas impresiones

Aquí es donde debería empezar el párrafo escribiendo que “Cuba presenta ciertas incomodidades para el turista occcidental, pero todo lo salvan los cubanos con su humor, su hospitalidad y su educación”. No sería cierto. Los cubanos son gente como los demás; como los daneses, los mexicanos, los italianos o los habitantes de Elche. Hay cubanos amables, cubanos muy amables, cubanos pesadísimos, cubanos que venden cohibas o montecristos húmedos y mal conservados, cubanos que cruzarán la calle para indicarte una dirección cuando te vean simplemente mirando un mapa y cubanos a los que no arrancarás una sonrisa ni bajo tortura severa. El viaje a Cuba, si se realiza fuera de los circuitos de touroperador en los que da lo mismo ir a Canarias que a Túnez, exige un período de aclimatación. Como buena parte de África o Asia, Cuba no es un país del primer mundo y no iremos a ninguna parte quejándonos del ruido que arman desde bien temprano, los cabrones. Pero lo cierto es que no es un destino cómodo para quien quiera pasar unas vacaciones poco complicadas. Hay arena en los engranajes; pequeñas o moderadas molestias que estorban suave pero constantemente la simplicidad de quien suele viajar con la Visa en la boca y, con mucho o poco dinero, pretende ventanas que cierren bien, duchas con presión, y mapas que se acerquen, al menos de una manera moderada, a las carreteras que quiere recorrer.

El viaje, por supuesto, merece la pena. Pero para eso hay que ir.