Shyamalanazo (y 3)

Shyamalan
Múltiple. Imagen: Universal Pictures.

(Viene de la segunda parte)

De múltiples, series, cristales y el tiempo en la playa

En los meses posteriores al estreno de la exitosa aventura low-cost de La visita, M. Night Shyamalan se embarcó en aventuras para las pantallas de menor tamaño. Devoró el libreto de lo que iba a ser piloto de una nueva serie titulada Wayward Pines, basada en una trilogía literaria de Blake Crouch, y decidió subirse al carro: «No entendía cómo eso podía tener sentido a la larga. Los llamé y les dije: “Mirad, mientras al final no se descubra que estaban todos muertos durante toda la serie, yo me apunto”». Shyamalan ejerció de productor ejecutivo y se encargó de rodar el primer episodio. El show, definido como un cruce entre Twin Peaks y Lost, tuvo buena acogida y fue renovado, algo que no se esperaban ni sus propios creadores ni sus propios actores, para expandirse durante una segunda temporada.

Meses más tarde, se desveló un teaser anunciando una nueva versión televisiva de Historias de la cripta amparada por Shyamalan: una pequeña secuencia con un conserje en el turno de noche, un tipejo maquillado como el guardián del Atmosfear y un susto facilón. Parecía una asociación acertada, porque las Historias de la cripta originales también remataban casi siempre sus entregas con un twist ending. Pero aquel tráiler era poco más que un Lorem ipsum visual para captar atención mientras se gestaba la serie, y a la larga se convertiría en lo único que se rodaría de ella. Ocurría que resucitar Historias de la cripta suponía embarrarse en un hermosísimo follón legal, porque los derechos del show estaban repartidos entre diversas personas que fueron incapaces de llegar a un acuerdo, cancelando el proyecto antes siquiera de que naciese en serio. En el fondo, tampoco pintaba demasiado bien: aquel reboot habría eliminado al Guardián de la Cripta del programa y reducido el gore, y para cosas desaboridas ya tenemos los productos light en el súper.

A la altura del año 3 Antes del Covid, Shyamalan vuelve al cine con Múltiple, un thriller con toques de horror con la ajedrecista Anya Taylor-Joy donde la estrella de la función es James McAvoy interpretando a un psicópata llamado Kevin Wendell que, por culpa de un trastorno de identidad disociativo, era un container de diferentes personalidades. El rol era un caramelazo para un actor virtuoso, y McAvoy lo bordaba al mutar en pantalla de un personaje a otro en cuestión de segundos.

Múltiple era un film competente, bastante digno pero sin excesivas alegrías más allá de la actuación del escocés. Eso sí, dentro de la filmografía de Shyamalan es una pieza importantísima por lo excepcional de su twist ending. Porque Múltiple contenía un girito final, pero en este caso se trataba de uno muy especial que no afectaba a la trama principal de la película, sino al propio universo de Shyamalan. La gran sorpresa de Múltiple consistía en revelar, durante los últimos segundos de metraje, que en realidad era una secuela de El protegido, algo que la cinta hacía de manera evidente pero sutil: mostrando al protagonista de El protegido, David Dunn (Bruce Willis), mientras deslizaba un fragmento de la banda sonora de aquella película.

Era el shyamalanazo definitivo, el ultimate metagiro tuerceculos, uno que se retroalimentaba de la producción del autor para sorprender. La jugada era de lo más ingeniosa, la audiencia ya se esperaba un twist ending y el creador se la coló a todos al introducirlo por donde nadie lo vio venir. En el fondo, era un ejercicio de reciclaje creativo: el personaje de Kevin y algunas de sus escenas formaron en cierto momento parte del guion de El protegido, pero fueron extirpados de allí porque desequilibraban el asunto. Además de sorprender, Múltiple hizo una buena caja, reforzando la imagen de Shyamalan. 

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Múltiple. Imagen: Universal Pictures.

Shyamalan aprovechó la inercia para estrenar Glass dos años más tarde, en 2019. Una secuela de Múltiple que combinaba definitivamente aquella con El protegido cerrando diecinueve años después una trilogía que nadie se esperaba. Era también una producción muy inusual, porque para llevarla a cabo Shyamalan tuvo que convencer a los dos estudios cinematográficos que poseían los derechos de El protegido y Múltiple (Disney y Universal) para que dejasen a un lado sus diferencias y colaborasen juntos, cediéndose metraje, algo inaudito, y repartiéndose la distribución de la peli, más raro aún.

La premisa de Glass era llamativa, encerraba a los tres personajes con superpoderes de las anteriores entregas (los roles de Willis, Samuel L. Jackson y McAvoy) en un centro psiquiátrico y se dedicaba a juguetear con ellos. Pero resultó ser un patinazo que sabía a poco como cierre, decepcionando a críticos y espectadores. En su favor habría que apuntar que Glass es exactamente lo que quiere Shyamalan: una película decidida a subvertir la grandilocuencia superheroica. Se presenta como un thriller psicológico que encapsula a personajes con potencial en un mismo recinto. A medio camino de su desarrollo anuncia que el colofón a la historia será legendario, con una batalla que supuestamente tendrá lugar en un rascacielos. Y finalmente acaba limitándose a tener al reparto correteando entre habitaciones, urdiendo planes y palmándola en el parking del psiquiátrico. La obligada sorpresita final, el shyamalanazo, ni siquiera era tan espléndida como para perdonarle lo anterior y aunque no se ganó los corazones, sí que mordió una buena taquilla. 

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Pinta superemocionante esta nueva peli de superhéroes. Imagen: Buena Vista, Universal Pictures.

A finales de 2019, Shyamalan regresaría a la televisión como productor ejecutivo y director ocasional de Servant. Una serie para Apple TV+, con buena fama entre las masas, que apostaba por los escalofríos tirando de una de las ocurrencias de la vida modernas que más acojonan: los muñecos de bebé reborn

Llega 2021 y el indio-estadounidense estrena Tiempo. Una película rodada en plena pandemia en la República Dominicana y con un reparto coral donde figuraban, entre otros Vicky Krieps, Gael García Bernal, Abbey Lee o Alex Wolff. La publicidad no se molestaba en decirlo, pero en este caso la nueva cinta de Shyamalan ya no era una idea original suya, sino la adaptación de un tebeo titulado Castillo de arena que las hijas de Shyamalan le habían regalado cuatro años antes durante la celebración del Día del Padre.

El cómic Castillo de arena (publicado en España por Astiberri) lucía un guion firmado por el cineasta francés Pierre Oscar Lévy, estaba dibujado por el suizo Frédérik Peeters (autor del famoso Píldoras azules), y narraba las desgracias de un grupo de personas atrapadas en una playa donde el tiempo avanzaba a una velocidad extraña, condenándolas a envejecer prematuramente. A Shyamalan aquella premisa tan de The Twilight Zone, es decir, tan de su estilo, le encandiló tanto como para convertirla en un largometraje que contaría lo mismo que el tebeo, pero peor.

Aunque la prensa solo la anunciaba como «inspirada por…», Tiempo bebía bastante de las viñetas de Lévy y Peeters. Agarraba gran parte del diálogo y los roles originales del tebeo para trasladarlos a los terrenos del producto norteamericano: un inmigrante armenio del cómic se convertía en la pantalla en un rapero negro, y las teorías de un personaje que aparecía en la historieta, pero no en el film, se introducían en el guion en forma de libreta abandonada en la playa. La mala noticia es que a partir de ahí, casi todo lo que añadía Shyamalan era catastrófico: diálogos de chiste, una oxidada pistola de Chéjov enterrada en la arena para meter acción burda en la trama, un ego-cameo de Shyamalan interpretando a un personaje que contemplaba la acción a través del objetivo de una cámara (porque la sutileza no es lo suyo) y un desenlace que, al contrario de lo que hacía el cómic, donde se obviaban las explicaciones, revelaba demasiado sobre la playa maldita e ideaba detrás de ella unos tejemanejes científicos de teleserie barata. También incluía a una rubia repelente jugando al Cirque du Soleil de la peor manera posible.

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Tiempo. Imagen: Universal Pictures.

Tiempo resulta curiosa dentro de la filmografía de su autor porque, al utilizar Castillo de arena como esqueleto base sobre el que construir, nos permite estudiar la capacidad del creador para gestionar y elaborar sus ocurrencias. Y el resultado no lo deja bien parado. Es cierto que Shyamalan se casca secuencias meritorias, las de los protagonistas descubriendo el deterioro de sus sentidos al envejecer, y también que demuestra maña en los planos secuencia que caminan marcando el ritmo por la playa. Pero la mayor parte del Tiempo nos encontramos al realizador chapoteando en lo ridículo, en la serie B regulera y en las conversaciones bobas durante un cuento que había nacido con ansias, reconocidas, de ser algo similar a El ángel exterminador de Luis Buñuel.

A orillas de todo esto, existen diferencias curiosas entre el cómic y la película. Detalles divertidos que sirven para medir la distancia entre la mentalidad estadounidense y la europea: en cuanto los personajes de Tiempo descubren que envejecen con extrema celeridad, aquello se convierte en un drama muy tenso que tiende a la histeria. Castillo de arena también contiene tragedia existencial y mucho personaje alterado, pero la actitud de sus protagonistas es en general mucho más interesante. En el tebeo, cuando los condenados descubren que morirán en cuestión de horas, se opta por descorchar botellas, sacar comida, celebrar un picnic festivo, follar, bailar y finalmente dormir ante la hoguera escuchando una historia. El cómic también tiene muchas más carnes al aire y gente lasciva porque a este lado del charco somos así, más casquivanos. Y también acaba mucho peor porque asimilamos mejor los finales crueles.

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Viñetas del cómic Castillo de arena.

De Shyamalan

El 5 de agosto de 2002, la revista Newsweek colocó a Shyamalan en portada arropado por un texto bien gordo que lo anunciaba como «El próximo Spielberg». El agasajado confesaba que llevaba regular tanta expectación y fama repentina, pero en el fondo estaba claro que disfrutaba con la atención: gustaba de incluir sus cortos caseros como extras en los DVD de sus películas y El protegido ya se abría con un texto que rezaba «De M. Night Shyamalan», como si él fuese en aquel momento una marca de prestigio. El tío lo tenía claro: «Tras El sexto sentido comencé a pensar “¿Cuál es mi lugar en el mundo?”. La gente me decía que yo era el próximo Spielberg, pero me preguntaba si mi éxito era solo casualidad. Así que esta película [El protegido] trata sobre un hombre al que le han dicho “Oye, eres extraordinario ¿Te lo crees o solo recuerdas lo corriente que eres en muchos sentidos?”. Dicho de otra manera: “Sí, tienes razón, soy el próximo Spielberg”». 

Lo cierto es que Shyamalan se reunió con Steven Spielberg después de que aquel quedase tan maravillado con El sexto sentido como para verla tres veces seguidas. El indio-estadounidense incluso llegó a ponerse enfermo por culpa de los nervios que le brotaron ante el meeting con el padre de Indiana Jones. Lo menos bonito es que siempre que los medios han nombrado un nuevo heredero del rey midas cinematográfico la cosa nunca ha terminado bien. Porque ser etiquetado como «el próximo Spielberg» es una de las grandes maldiciones Hollywoodienses, la condena a embarcar en un tren del hype que descarrila antes de llegar al destino.

En realidad, la comparación ni siquiera es justa. Y no solo porque Spielberg fuese capaz de parir en menos de diez años Tiburón, Encuentros en la tercera fase, En busca del arca perdida, ET el extraterrestre e Indiana Jones y el templo maldito. Sino porque lo hizo en el momento apropiado, en una época en la que descubrió como perfilar el blockbuster perfecto que andaban buscando en Hollywood desesperadamente. A Shyamalan, como a tantos otros (hola J. J. Abrams, un abrazo enorme) se le estampó en los morros la etiqueta demasiado pronto, antes de que fuera capaz de cumplir. 

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El sexto sentido. Imagen: Buena Vista.

En lo que respecta exclusivamente a su cine la conclusión es obvia: Shyamalan da rabia. Pero no porque sea un desastre tras la cámara, en absoluto, sino porque su producción demuestra que dentro de él habita un gran director, uno que a veces asoma la cabeza y otras parece un octópodo rodando por el piso de un garaje. Referentes no le faltan, porque es admirador y estudioso de la obra de Akira Kurosawa, Alfred Hitchcock, Satyajit Ray, Spike Lee, el mentado Steven Spielberg o Francis Ford Coppola. Alguien con un talento evidente pero con muchos problemas para gestionarlo. Una persona que ha logrado convertir en películas formales conceptos que sobre el papel suenan a chufla: una de fantasmas, una de marcianos, una de superhéroes o una de monstruos. Él mismo es consciente de ello al definirse como el creador que «agarra una historia de película de serie B, aborda temáticas de película de serie B y les aporta un acercamiento, equipo, reparto y principios de película de serie A».

No es un director sin personalidad, uno de tantos mercenarios genéricos fabricados en Hollywood, es alguien que sabe mirar a través de un objetivo y cuando quiere lo demuestra: El protegido contiene una conversación entre dos personas en un tren filmada con mucho estilo, convirtiendo el punto de vista del espectador en un pasajero invisible que observa la charla espiando entre los asientos a la pareja. La secuencia donde el chaval de El sexto sentido susurra «En ocasiones veo muertos» logra cocinar una atmósfera escalofriante, incluso lidiando con la jeta repeinada de Bruce Willis a contraplano poniendo cara de haberse sentado sobre una chincheta durante un funeral. El bosque contiene un par de secuencias respetables de (no) monstruos atacando, y también un apuñalamiento rodado con elegancia y sencillez entre dos miradas en primer plano. Señales ha grabado para siempre en la memoria de todos sus espectadores aquel bote que se pegaron durante la efectiva maniobra del vídeo cumpleañero con marciano.

La verdad es que incluso las cintas más denostadas de Shyamalan contienen detalles reseñables: El incidente posee una secuencia a ras de suelo donde la cámara persigue una pistola, que salta sobre el asfalto de un suicida a otro según estos hacen uso de ella. Y varios planos de Tiempo circulan con gracia alrededor de los personajes mientras se desata la pesadilla, con un movimiento parece acompasado para asemejarse al de las agujas de un reloj. Todo lo anterior es obra del mismo tipo que hace trotar a Wahlberg para huir del viento, el que idea a un crítico de cine en la pantalla diciendo sandeces para burlarse de los críticos de cine, el que considera ingenioso calentar el ambiente poniendo a los personajes de Tiempo a soltar chascarrillos fáciles sobre el paso del tiempo, el que después de marcarse una narración muy engrasada en El sexto sentido decide cerrar la cinta con un fundido a blanco como si aquello fuese un telefilm teutón de media tarde.  

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Glass. Imagen: Buena Vista, Universal Pictures.

Shyamalan parece encallado en ser la eterna promesa porque su gran retorno triunfal es anunciado con cada nueva película, y a lo mejor esa no es la mejor forma de enfocar su cine. Bastaría con asumir que es un creador de películas de género (fantástico) capaz de insuflarle a sus historias un aura de cine de autor, de autor pop al ladear realmente más hacia Historias de la cripta que hacia Buñuel. Shyamalan es alguien muy válido que con frecuencia se cae de morros en el disparate.

Cuando mejor parece funcionar últimamente es cuando trabaja con presupuestos pequeños y se ve obligado a afilar el ingenio para sacarlos adelante, fabricando productos agradecidos de los que resulta más fácil exprimir beneficios que de las grandes superproducciones. Tiempo, siendo lo que es, ha acumulado noventa millones de dólares y solo ha costado dieciocho. Pero lo que de verdad sería interesante en su carrera como director, y probablemente le vendría bien en general, sería dejar de rodar ocurrencias propias y comenzar a trabajar sobre guiones ajenos, relatos de gente que tenga más maña al ensamblar una historia y sepan escribir diálogos que no suenen a coña.

Shyamalan. El del bombazo con El sexo sentido. El guionista en la sombra de Alguien como tú. El otrora futuro Spielberg. El fabuloso inventor del Shyamalazo. Entre sus proyectos futuros ya tiene plan para febrero de 2023: una película titulada Knock at the Cabin en la que trabaja en asociación con Universal Pictures, con quienes ahora se lleva muy bien después de colaborar en películas como La visita, Múltiple, Glass y Tiempo, baratas de fabricar y con muy buen rendimiento en salas.

De Knock at the Cabin no se sabe nada, y toda la producción está envuelta en un secretismo curioso de cara a engordar el misterio. Su otra película en la recámara llegará un poco más tarde y se titulará Labor of Love. Es probable que al lector atento le suene de la segunda parte de este artículo, se trata de aquel guion de 1992 que, en su momento, iba a protagonizar Bruce Willis en el papel de un viudo dispuesto a cruzar Norteamérica a patita en honor de su difunta señora. A saber qué sale de ahí. Mientras no haya plantas asesinas a lo mejor hasta vamos bien. Lo que es casi seguro es que en esa excursión le va a ser difícil colarnos un nuevo shyamalanazo por sorpresa.

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Tiempo. Imagen: Universal Pictures.


Shyamalanazo (2)

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Estas caras representan las cinco reacciones más habituales entre los espectadores de El incidente. Imagen: 20th Century Fox.

(Viene de la primera parte)

De jóvenes acuáticas, plantas de exterior, superproducciones y una visita

Tras El bosque, que fue recibida con esputos por la audiencia pero aun así recaudó más de doscientos cincuenta millones de dólares, M. Night Shyamalan había apalabrado encargarse de la dirección de La vida de Pi. La adaptación de un libro de Yann Martel al que el realizador le tenía cariño por estar protagonizado por un chico de Puducherry, paisano suyo, vamos. Pero tras meditarlo, Shyamalan se bajó del bote renunciando al proyecto por culpa de los shyamalazos previos que lucía en su currículo: «Tenía mis reservas sobre dirigirla, porque el libro tiene una especie de twist ending. Y me preocupaba que el poner mi nombre en la película estropease la experiencia para todos», aseguraría el hombre. La vida de Pi acabó cayendo en manos de Ang Lee mientras Shyamalan encarrilaba todos sus esfuerzos e ilusiones en su nueva ocurrencia: La joven del agua.

La preproducción de La joven del agua (2006) supuso un drama para Shyamalan. Los ejecutivos de Disney, que financiaron sus anteriores películas, recibieron el guion y aseguraron «no entender nada». Ante dicha afirmación, y a pesar de que Disney estaba dispuesta a poner pasta en el asunto, Shyamalan se pilló un rebote importante y decidió llevar a su criatura hasta la competencia, Warner Bros, mientras se cagaba en la casa de Mickey Mouse. Poco después, en el libro The Man Who Heard Voices: Or, How M. Night Shyamalan Risked His Career on a Fairy Tale de Michael Bamberger, Shyamalan aprovechó para cebarse públicamente con Disney: «Esa empresa ya no valoraba el individualismo, ni a los luchadores». Y también arremetió desde aquellas mismas páginas contra una de las mandamases de la multinacional, Nina Jacobson, que había cuestionado su libreto: «Fui testigo de la decadencia de su visión creativa con mis propios y sorprendidos ojos. Ella no quería directores iconoclastas, solo directores que ganasen dinero». Lo gracioso de todo esto es que en Disney no andaban nada, pero nada, desencaminados.

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La joven del agua. Imagen: Warner Bros.

En La joven del agua, el encargado de unos apartamentos (Paul Giamatti) se topaba con una ninfa (Bryce Dallas Howard) en la piscina de la urbanización y, junto a ella, decidía salvar el futuro de la humanidad, reclutando a una serie de personajes predestinados para dicha tarea y lidiando con criaturas sobrenaturales. No sonaba mal, hasta que se descubría que en la pantalla nada funcionaba: la trama se inventaba sus propias normas pero aquellas no tenían gracia, el escenario y los protagonistas eran aburridos, la película se hacía spoilers a sí misma y en general todo carecía del espíritu de cuento fantástico que se pretendía.

Para rematar, la película contenía un par de decisiones cuestionables que demostraban que el creador lo que tenía era el ego en buena forma. Porque Shyamalan se reservó para sí mismo el papel de un secundario importante, un escritor cuya obra estaba destinada a cambiar el mundo, ahí es nada. Pero también porque al indio-americano se le ocurrió burlarse por adelantado de los juicios ajenos del modo más torpe posible: ideando el personaje de un insoportable crítico de cine que la palmaba de manera lamentable, narrando en voz alta lo tópico de su propia escena de muerte. Es bonito destacar que tanto el papel de Shyamalan como el rol del crítico de cine fueron cuestionados, y etiquetados como tontorrones, por aquellos ejecutivos de Disney de cuyo consejo había huido el cineasta.

La joven del agua no contenía un twist ending, rompiendo la fórmula autoimpuesta de su creador, y estaba basada en un cuento que el director se había inventado para entretener a sus hijas por la noche. Este último detalle era significativo, porque planteaba dudas sobre la capacidad del hombre para juzgar si sus ocurrencias merecían trasladarse a la gran pantalla. Y también porque hace temer que cualquier día al tío le dará por adaptar hasta sus stories del Instagram. La joven del agua pinchó a lo bestia, la gente pasó de largo, los críticos la apedrearon y no recaudó ni lo que había costado rodarla.

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Un lobo seto de La joven del agua. En su cabeza era espectacular. Imagen: Warner Bros.

Dos años más tarde, Shyamalan reapareció con un inquietante tráiler bajo el brazo, el avance de su nueva ocurrencia: la historia de cómo la humanidad se enfrentaba a extraña epidemia que provocaba que la gente se suicidase sin motivo aparente. El concepto era tan jugoso y la promoción tan eficaz como para que el pueblo recuperase la fe en el realizador y algunos comenzasen a anunciar aquello como su verdadero regreso triunfal.

Pero fue justamente lo contrario, porque aquella película era El incidente. Y cualquiera que haya visto El incidente sabe que es algo difícil de digerir sin tomársela a guasa. La historia tenía un arranque brillante y con mucho potencial, hitchcockiano e inquietante, y carecía de final sorpresa made in Shyamalan. Pero cuando la trama decidía revelar su premisa principal, una ecovenganza botánica, aquello resultaba tan tremendamente chorras como para que a la propia cinta le fuese imposible no caer en el ridículo.

El pitorreo fue universal, porque eso es lo que ocurre cuando un relato se cree solemne siendo tonto de base. En el fondo, hasta a los directores más competentes les resultaría difícil crear tensión con un prado maligno, lo mires como lo mires. Zooey Deschanel y Mark Wahlberg protagonizaban el film. La primera es lo único bonito que tiene la película, y el segundo tuvo muchas preguntas durante el rodaje: en las imágenes tras las cámaras se le puede ver cuestionando la lógica del guion: «¿Por qué tenemos que llamar a la puerta de una casa deshabitada? ¿Qué nos hace pensar que hay comida ahí?», le espeta a Shyamalan antes de rodar una escena. Años más tarde, Walhberg descalificaría el film con saña sin cortarse demasiado: « […] una película mala en la que yo había participado […] No quiero decir de qué película se trataba… vale, era El incidente. A la mierda. Esa era. Los putos árboles, tío. Las plantas. A tomar por culo. No puedes echarme la culpa de no querer intentar interpretar a un profesor de ciencias».

El incidente no tardó en adquirir mala fama, tanto como para que su director reconociese que no había pillado el tono correcto, y para que los ejecutivos de la Fox, sabedores del cachondeo que existía con la película, modificasen la estrategia de ventas del DVD, centrando la promoción en las muertes del film y regateando el tema de las plantitas de las que todo el mundo se burlaba.

Este tráiler es mejor y más dinámico que toda la película. Y te ahorra la vergüenza ajena.

Tras El incidente, Shyamalan optó por dejar de lado las ideas propias y subirse al carro de Hollywood. Aceptó escribir y dirigir Airbender: el último guerrero, una cinta de acción real que supondría el inicio de una trilogía basada en la serie de dibujos de Nickelodeon titulada Avatar: la leyenda de Aang. Los productores del film decidieron dejar fuera la palabra «Avatar» para evitar confusiones con la tontería aquella de James Cameron. Shyamalan se declaró un gran admirador del programa original. Los creadores de La leyenda de Aang (Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko) explicaron que estaban encantados con lo de tener al indio escribiendo y comandando la adaptación. Y los numerosos fans del programa se echaron a temblar.

Resultó que, por una vez, los fanboys hooligans no estaban demasiado equivocados y cuando la cinta llegó a los cines la cosa salió regular tirando a muy mal: los críticos la apalearon con saña (luce un 5 sobre 100 de nota media en Rotten Tomatoes, algo que es todo un logro), la opinión popular la acusó de whitewashing,  DiMartino y Konietzko confesaron que en realidad ellos habían deseado muy fuerte que aquello no saliese adelante, y algunos actores como Dev Patel renegaron de la cinta. Rogert Ebert escribió sobre ella: «Airbender: el último guerrero es una experiencia agonizante en todas las categorías que se me ocurren y en otras que aún esperan ser inventadas». Que la superproducción condensara veinte capítulos, la primera temporada entera de la serie, en una hora y media de metraje a lo mejor también tenía algo que ver en todo lo anterior, pero es que el realizador aseguraba ser incapaz de dirigir historias que durasen más de noventa minutos.

Airbender recaudó trescientos millones, pero ni aun así resultó rentable por culpa de haber costado un gritón de dólares entre su presupuesto inflado y su marketing loco. Ante tanta tormenta de mierda, las secuelas se cancelaron y Shyamalan se excusó diciendo que aquel no era su rollo. Curiosamente, Netflix anunciaría en 2018 que andaba cocinando una serie de acción real basada en Avatar: la leyenda de Aang, sin whitewashing y con los creadores del show al volante. Dos años más tarde, y para sorpresa de absolutamente nadie, DiMartino y Konietzko se bajaron en marcha de dicha producción alegando que madre mía aquello apuntaba a tragedia y tampoco querían tener nada que ver con la catástrofe.

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Veinte capítulos en noventa minutos. Airbender, la película winzip. Imagen: Paramount Pictures.

Unos pocos meses después del batacazo de Airbender, Shyamalan volvió a colarse en las carteleras, pero de manera encubierta, desde la barrera y a modo de productor e ideólogo. Ocurría que el hombre tenía firmado un contrato con cierta compañía, Media Rights Capital, para producir, pero no dirigir, una película al año durante tres años. Y como las tres cintas estarían basadas en las movidas que rondasen por la inquieta cabecita de Shyamalan, alguien decidió llamar a esa franquicia The Night Chronicles.

La primera de dichas películas sería La trampa del mal, la historia de un grupo de cinco personas atrapadas en un ascensor donde crece la sospecha de que uno de ellos sea el mismísimo diablo, disfrazado y divirtiéndose un rato, cuando empiezan a sucederse muertes horribles e inexplicables. La trampa del mal fue dirigida por John Erick Dowdle y se basaba en una historia concebida por Shyamalan, un relato que en el fondo era una fotocopia de los Diez negritos de Agatha Christie en versión sobrenatural. El film se promocionó inicialmente anunciando la implicación del creador con un «De la mente de M. Night Shyamalan» a modo de subtítulo en el cartel oficial. Pero los publicistas no tardaron en descubrir que aquel nombre era un repelente del público mayoritario, que ya andaba hastiado con las últimas ocurrencias del indio-americano, y decidieron reencauzar las campañas publicitarias sin darle bombo a la participación del papá de El incidente.

No salió mal, La trampa del mal costó solo diez millones y recaudó seis veces más, pero la pretendida serie The Night Chronicles no alumbraría más entregas. Supuestamente, la segunda película nunca filmada de aquellas Night Chronicles versaría sobre los miembros de un jurado deliberando durante un juicio en torno a un hecho sobrenatural. Y la tercera Night Chronicles hubiese sido una nueva versión de cierto guion que el realizador había escrito como secuela de El protegido. Uno que años más tarde volvería a reciclar para otra película con personalidad múltiple.

A continuación, Shyamalan decidió embarcarse en un proyecto familiar. Concretamente, en el de la familia de otro. Algunos padres cuando quieren pasar más tiempo con sus hijos se los llevan al parque durante los fines de semana, o echan unas pachangas al FIFA en la consola. Will Smith, en cambio, se monta una superproducción de ciencia ficción postapocalíptica de ciento treinta millones de dólares junto a su hijo, Jade Smith, y contrata a Shyamalan como director de toda esa fanfarria nepotista.

Así nació la décima película del realizador indio: After Earth, una aventura ideada por Smith Padre para que Smith Hijo se luciera y afianzara senda como estrella de cine. Spoiler: no funcionó, porque el retoño del príncipe de Bel-Air era un desagüe de carisma, y porque la aventura en general tampoco era gran cosa. Shyamalan en esta ocasión no tenía tanto la culpa, aquella historia había sido ideada por el actor y el director se limitó a adecentar un poco el libreto sin meterle mucha mano. El detalle llamativo es que el tráiler promocional de After Earth ya evitaba a propósito mencionar que había sido dirigida por Shyamalan, algo que no había ocurrido desde el bombazo de El sexto sentido, porque la propia distribuidora temía que, dada la mala fama del hombre, aquello volviese a espantar al público.

Un detalle curioso de After Earth es que a Will Smith no le sentó nada bien el costalazo en la taquilla porque escondía unos planes megalomanícos tras la cinta: su idea era construir a partir de ella un gigantesco universo propio al estilo del Marvel Cinematic Universe. Y ya había planeado desarrollar en aquel mundo postapocalíptico varias secuelas, series de televisión, dibujos animados, webisodios, videojuegos, tebeos, parques de atracciones, documentales, proyectos educativos junto a la NASA e incluso una línea de perfumes. Todo eso se perdió, lágrimas en la lluvia, pero en el fondo sabemos que salimos ganando con menos Jaden Smith con cara de intensito en nuestras vidas.

Hastiado y desencantado con las superproducciones, Shyamalan anunció que haría piña de nuevo con Bruce Willis para filmar un drama titulado Labor of Love. Una historia que el realizador había vendido a la Fox en el 93, protagonizada por un librero viudo que recorría a patita todo Estados Unidos para honrar a su fenecida mujer. Sonaba a tostón con mucho trekking, aunque al guion se le puede echar un ojo por internet y no parece terrible, pero aquello no llegó a solidificarse y Willis pudo seguir rodando las horribles películas baratas con espíritu direct-to-video, bodrios donde cobra un pastón por salir cinco minutos, que va filmando a granel en los últimos años.

Shyamalan
Nepotismo: The Movie. After Earth. Imagen: Sony Pictures.

En 2015, un desencantado Shyamalan ejecutó su plan B: pidió un préstamo de cinco millones de dólares, poniendo su casoplón como garantía, y filmó en secreto una cinta titulada La visita, con la esperanza de venderla a posteriori. Shyamalan editó lo rodado y lo paseó por Hollywood en busca de comprador, pero aquel primer montaje se pasaba de indie y tenía un tono de cine de autor tan marcado como para ser rechazado por todos los grandes estudios. Un segundo montaje fue descartado por el propio director cuando se dio cuenta de que con él había parido una comedia.

Finalmente, don Night decidió equilibrar el asunto y ensambló de nuevo el filme como un relato de horror con toques de comedia. Aquello llamó la atención de los chavales de Universal Pictures, quienes se hicieron con los derechos de distribución. Y también convenció a un Jason Blum a inyectar pasta en el asunto, permitiendo que su famosa compañía Blumhouse (responsables de Paranormal Activity, The Purge o Insidious) figurase en los créditos. Esto último era una jugarreta cuestionable de cara a la promoción, porque los tráilers hacían creer que La visita había sido facturada bajo el techo Blum, cuando en realidad el pobre Shyamalan se había arriesgado a filmar sin ayudas, hipotecando su chabola y despidiéndose de sus uñas en el proceso. Una treta similar a lo que ocurre hoy en el mundo del streaming: un buen puñado de las películas que la gente cree producidas por Netflix realmente son obras que la plataforma ha comprado, cuando ya estaban finiquitadas, para distribuirlas y engordar así el catálogo.

Shyamalan
La visita. Imagen: Universal Pictures.

La visita se estrenó en ese 2015 y relataba la estancia de una chica adolescente y su hermano pequeño, Olivia DeJonge y Ed Oxenbould, en la casa de unos abuelos maternos a quienes acababan de conocer. La historia se presentó tirando del recurso narrativo del metraje encontrado (found footage), y utilizaba como excusa para ello el rodaje de un documental casero, grabado por la pareja de hermanos, sobre sus tiernos abuelitos.

Ocurría que, por supuesto, aquellos ancianos tenían poco de tiernos y mucho de maracas psicópatas. La visita salió maja, sabía saltear el terror y los sustos con puntuales momentos cómicos, era competente y demostraba que su creador funcionaba mejor en modo low-cost, alejado de las demandas de superproducciones. La cinta devolvió al público algo de confianza en el director y, lo más importante para lo que nos toca, también trajo de vuelta el twist ending porque la cabra siempre ha gustado de trotar hacia los montes.

Entretanto, en una pared de la oficina de Shyamalan está colgada una lista con los nombres de todos los ejecutivos que rechazaron comprar La visita cuando él intentaba venderla desesperadamente. Según el realizador, la mayoría de las personas listadas ahí han acabado perdiendo el puesto. Y todo esto suena a resquemor y desquite, pero cuando algún entrevistador le pregunta por ello, Shyamalan trata de darle la vuelta al asunto y pretender que se ha sacudido todo la inquina de encima: «Esa lista significó muchas cosas para mí. En principio fue lo obvio, un “Te lo dije”. Luego se transformó en otra cosa y después, cuando los nombres de la lista comenzaron a desaparecer del negocio uno detrás de otro, dejé de aferrarme a ese sentimiento de “Te lo dije”. Observar esto como si estuvieras tratando de obtener aprobación no es saludable. No hay nada de malo en las personas de esa lista. Mi trabajo es inspirarlos». Listas del rencor aparte, La visita también generó noventa y ocho millones, casi veinte veces más de lo que había costado, y Shyamalan parecía de nuevo un negocio rentable.

(Continúa aquí)


Shyamalan está triste, ¿qué tendrá Shyamalan?

Hay gente que ha nacido con estrella, hay gente que ha nacido estrellada y luego está él.

El sexto sentido
“Mamá, mamá: la Falta de Ideas me está mirando y va a convertir mi prometedora carrera como director en un páramo”

Lo mejor que te puede ocurrir si eres un director de cine se resume en las siguientes premisas: uno, que tengas un nombre imponente como M. Night Shyamalan, con la abreviatura al principio, arrebato de heterodoxia picassiana al que no se atrevió ni Farrah Fawcett Majors y eso que a ella se lo permitíamos todo. Dos, que todos crean o quieran creer que tu mejor película es de hecho tu primera película aunque realmente no lo sea y se nieguen a admitir que justo antes habías rodado una comedia con Rosie O’Donell. Es decir, ¿qué mayor favor pueden hacerte los espectadores —y los críticos— que sencillamente ignorar tu comedia con Rosie O’Donell? Tres, que te comparen con Alfred Hitchcock y con Steven Spielberg. Cuatro, que tengas un estilo reconocible de esos que te hacen merecedor de recuadros con texto de color distinto en las enciclopedias de cine. Cinco, que la sola mención de tu apellido haga que las multitudes se agolpen en las taquillas de los cines de medio mundo ansiosos por comprobar de qué has sido capaz esta vez. Y seis, que para colmo seas de origen indio, lo cual te garantizará la atención de un vasto mercado asiático generalmente ensimismado con sus propias y coloristas producciones, esas que a los occidentales tanta gracia nos hacen pero que, lo pretendamos o no, nunca llegamos a entender.

Todos estos eran los poderes del director norteamericano. Viento de popa y henchido el velamen, en los inicios de su carrera todo parecía marchar tan idealmente bien que incluso a Charlie Sheen le debió de costar entender cómo un individuo podía acumular tanto “win” en su organismo y no reventar en consecuencia. Shyamalan era amado por el público y por la crítica, la cual rara vez ama en vez de solamente conceder. Algunos, como quien escribe estas líneas, pensábamos y seguimos pensando que Shyamalan tiene mucho talento. Del de verdad, del que se puede aplicar con resultados empíricamente comprobables y no del que los fans imaginan como sustitutivo mágico del fracaso de sus ídolos. Defender esta idea, el que Shyamalan es un director de grandes cualidades, no ha sido fácil, y cada vez lo es menos. Es Shyamalan quien no nos lo pone fácil y nos obliga, a nuestro pesar, a recurrir a la triste metadona de “lo que pudo haber sido y no fue”.

Los amores que no son el de tu vida son siempre mejores al principio

Shyamalan
Actitud indolente, mirada perdida en el infinito… la Pose del Pensador.

El sexto sentido puso a M. Night Shyamalan en el mapa y de qué manera. Le encantó al público, le encantó a la crítica, me encantó a mí y seguro que le encantó todavía más al propio Shyamalan cuando le llegaban los cheques con la recaudación y las ristras longaniceras de hiperbólicos elogios. El sexto sentido era ciertamente una película efectista, pero de un efectismo tan intrincadamente artesanal como el de las celosías de vidrio de una catedral. Esto es, arte. Sus influencias eran obvias: quien haya visto Al final de la escalera, aquel fascinante cuento de fantasmas protagonizado por George C. Scott (la inicial en medio; qué previsible), habrá establecido fácilmente los muchos paralelismos. Pero El sexto sentido, aun siendo un derivado deudor de cosas que ya se habían hecho —incluso con secuencias abiertamente copiadas de esa otra película— triunfaba allí donde Al final de la escalera había sufrido un traspiés: en la resolución del argumento. La tensión no iba de más a menos, sino de menos a más y de manera imparable, hasta hacernos retener el aliento en nuestra butaca mientras una mujer lo exhalaba en la pantalla. Shyamalan creó un cuento que no era original pero sí era sorprendente. Incluso conseguía mitigar la dominguerizante presencia de Bruce Willis —buen icono, mal actor— y conferirle a todo el asunto un convincente tono melodramático que logró que no nos extrañase que Willis no blandiera una metralleta, algo que suele suceder cada vez que “tipee-kay-yay motherfucker” salta la cerca y se adentra en terrenos que no son la pura acción.

Así que el falso debut de Shyamalan (aunque el debut que cuenta no es el verdadero sino el que nosotros queramos que sea su debut…¡naturalmente!) fue una gran y hasta podría decirse que impresionante película. ¿Obra maestra? No sé decirles: en todo caso parecía la obra de un joven maestro. Lo que más sorprendió a los cinéfilos del mundo (esto de “cinéfilos del mundo” ha sonado a ONG pero prometo que ha sido sin querer y que no pienso pedir donativos) era la facilidad con que Shyamalan nos había conducido —a nosotros, el rebaño de espectadores— a través de ese prado de engaños llamado cine para hacernos creer que estábamos viendo una cosa y al final descubrirnos que al final era otra. Magia, prestidigitación, mentira, manipulación, falsedad… todas las malévolas cualidades imprescindibles en un artista de la narración. El sexto sentido era una película que te gustaba, hasta que en el giro final del argumento dejaba de sólo gustarte y sencillamente te hacía salir del cine con la boca abierta. Siempre habrá un listo de turno que diga: “yo ese final lo veía venir”. Pues amigo, lo siento por ti: te perdiste “eso” que se sentía en uno de los momentos más sobrecogedores de las últimas dos décadas de cinematografía mundial. Para bien o para mal (ahora sabemos que para más mal que bien), el director hizo de La Sorpresa Final el señuelo identitario de su obra posterior.

Considerado universalmente un prodigio, capaz de escribir y dirigir su propio material con la soltura de un joven Orson Welles y convertido en ojito derecho de la crítica mientras Quentin Tarantino —que transitoriamente había dejado de ser la princesita mimada del baile— se devoraba las uñas en algún rincón, Shyamalan volvió a agradar con su siguiente película, El protegido, en la que jugaba irónicamente con la figura del superhéroe —aquí sí encajaba como un guante Bruce Willis— y en la que volvía a fascinarnos con una historia bien hilada , culminada de nuevo con un giro final no tan impactante como el de El sexto sentido, pero que cumplía correctamente su función de darle telón a la historia: las películas hay que terminarlas de alguna manera. Como “película después de” no estaba nada mal. El chico tiene talento, a la gente le gusta lo que hace… y no ha tropezado después del éxito. Nos frotamos las manos: Shyamalan ha forzosamente de tener varias grandes obras en camino.

Demasiado grande, demasiado pronto

Señales
—”Yo creo que es un marciano, ¿lo ves? Te dije que este film iba de marcianos”. —”No, papá, soy yo, que me había escondido para que no me vuelvas a leer la Biblia” —”¿Ves? Lo que yo decía. Marciano.”

Una de las teorías sobre el futuro que le espera al cosmos dice que cuando la materia esté tan extendida que dejen de existir cúmulos de masa vibrante —esto es, fuentes de luz y calor—todo quedará oscuro, frío y en silencio. El universo seguirá existiendo como un todo casi vacío pero no habrá nadie a quien le preocupe ni nada medianamente perceptible por lo que preocuparse.  Llamémoslo Hipótesis Shyamalan. Hubo un tiempo, más allá de la memoria, en que un director tenía que rodar varias grandes películas a lo largo de décadas antes de que el mundo se dignase considerarlo un artista, y quien tenía la osadía de convertirte en artista a las primeras de cambio —como el ya mencionado Orson Welles— era condenado al ostracismo por haberse atrevido a desafiar el escalafón establecido de talentos. Como en un ejército bien organizado, era irrespetuoso para con quienes ya habían ascendido y aberrante para con el equilibrio de la cadena de mando el que un cabo se convirtiese en general de la noche a la mañana, no importa cuáles fuesen sus logros o lo ilimitado de su potencial. Los Big Bangs no tenían apenas cabida en el mundo del cine.

Pero desde hace tiempo, supongo que por la desesperante carencia de grandes artistas que ha marcado el final del fértil siglo XX y los inicios del hasta ahora decepcionante XXI, a cualquier director que destaca se le grapa el marchamo de genio en la frente y se le suelta a pastar por los montes de celuloide para ver si nos trae una liebre entre los dientes en forma de obra maestra. Pero el proceso, que tan cómoda hace la caza porque el spaniel bretón corretea en pos de la presa mientras nos preparamos unas suculentas gachas de harina de almortas con chorizo, funciona con los galgos y podencos pero no con los directores de cine. No funcionó con Tarantino, aunque muchos críticos y diletantes con antiparras de montura de concha se aferran a él y su supuesta grandeza como el creyente se aferra a la grandeza imaginaria de un dios invisible, por puro horror vacui. No podemos soportar la idea de que no valga lo que decíamos que vale, así que finjamos todos que vale.

Tampoco funcionó con M. Night Shyamalan. El día en que Shyamalan empezó a creer que verdaderamente era un artista fue el día en que dejó de serlo para convertirse en un mero obrero dedicado a la monótona ingeniería de intentar replicarse a sí mismo una y otra vez. Cometió el grueso error de tantos narradores: creyó que no bastaba con contar bien una historia, sino que además tenía importantes mensajes que transmitir al mundo. De repente, él, M. Night Shyamalan, tiene algo que decirnos. Nos quiere transmitir Sus Ideas. Como si nos importara. Lo que los espectadores queremos que nos den, en primer lugar, es cine: que el director se empeñe en aleccionarnos moralmente sacrificando para ello lo que podría haber sido una buena película es tan ridículo como si Michael Jordan se hubiese puesto a filosofar ante la grada después de encestar tres triples consecutivos mientras el equipo rival se hincha a anotar puntos a sus espaldas.

Señales fue el primer indicio de que Shyamalan estaba siendo devorado por su ego, aunque entonces fuimos muchos quienes confiamos —equivocadamente— en que se tratase de una ínfula transitoria, algo parecido al inevitable eructo tras el empacho del éxito. Nos decíamos que Shyamalan había tenido su Señales como Spielberg tuvo su 1941. La película prometía mucho: un film de platillos volantes en la senda de Encuentros en la tercera fase combinado con secuencias de ese suspense hitchcockiano que a Syhamalan se le suele dar tan bien. En sus películas anteriores había demostrado imaginación, técnica y savoir faire más que suficientes como para justificar el optimismo. De hecho, en Señales hay algunas secuencias memorables y aún debo de ser una de las pocas personas que se entretienen —a ratos— viéndola, pero esa no es la cuestión. Lo que debió haber sido un buen film de ovnis se transformó en una pomposa parábola religiosa, en la que Shyamalan intentaba desesperadamente mezclar los resortes de su éxito con una nueva e inesperada vocación de Revelador de Verdades Metafísicas. Y no era el mensaje lo que resultaba molesto, sino cómo al meter ese mensaje con calzador en el guión, el director se cepillaba la coherencia interna y, sobre todo, el ritmo de lo que bien pudo haber sido un título de ciencia ficción más que apreciable. La sorpresa final del argumento, a la que Shyamalan seguía recurriendo como “marca de la casa”, estaba tan endeblemente construida que no mereció la pena arruinar una potencialmente buena película para justificar una metáfora filosófica más bien tonta. Tanto “flashback” y tanto diálogo de catequesis para absolutamente nada… como si hubiese tenido algo de malo hacer una buena película de género. La gente aún se siente fascinada con Encuentros en la tercera fase y con Tiburón. Taquilla, fantasía y género no son antónimos de arte: Kurosawa amaba Tiburón. Pero Señales, al final, no era ni una película de género, ni un drama, ni una historia rápida, ni una historia lenta, ni era acción, ni era pensamiento. Era un gazpacho irreconocible de intenciones contrapuestas: el Shyamalan filósofo se estaba peleando con el Shyamalan taquillero y nadie salía ganando.

Pero bueno, por aquella vez se lo perdonamos. La película tenía sus momentos impactantes y también sus momentos ridículos, pero nadie puede acertar siempre. Tampoco ayudaban Mel Gibson con su mejor cara de “he vuelto a pasarme con la cocaína” —no insinúo que Gibson sea drogadicto, que no lo sé, pero esa es siempre la cara que pone cuando intenta actuar— ni un Joaquin Phoenix demasiado ocupado en emocionarse a sí mismo como para acordarse de que había espectadores mirando. Señales, aun sin ser tan espantosamente horrible como algunos se empeñaron y aún se empeñan en dictaminar, hizo flaquear la fe de los perplejos seguidores de Shyamalan y le valió a su director las primeras dubitativas objeciones de la crítica. Pero pasemos página. Seguro que Shyamalan ha aprendido la lección y lo hará mejor la próxima vez.

…y después del Big Bang, el universo comenzó a expandirse hasta desaparecer

Joaquin Phoenix
Joaquin Phoenix en “El bosque”, poniendo la misma cara que pone en TODOS los planos de TODAS sus películas: “me emociona tanto pensar en lo bien que estoy actuando, que tan abrumador sentimiento no me deja actuar”. ¿Paradoja? No, poesía.

Si has escuchado discos como Trhiller y Bad, sabes que Michael Jackson tenía talento. Mucho talento. Pero también tuvo mucho éxito y una vez conseguido no quiso renunciar a ese éxito ni una sola vez. Después de esos dos discos era perfectamente capaz de haber grabado cosas muy distintas, lo cual probablemente le hubiese satisfecho más como artista y hubiese producido mejor música, pero no pudo renunciar a los puestos altos de las listas, a los millones de dólares destinados a comprar vasijas chinas con la voracidad de un Randolph Hearst y comenzó a fotocopiarse a sí mismo repitiendo una fórmula que, sí, siguió siendo exitosa, pero que estaba artísticamente agotada y terminó siendo musicalmente irrelevante.

Tras el ligero tropezón artístico de Señales, M. Night Shyamalan empezó a debatirse entre dos necesidades contrapuestas: la de seguir aferrado a la fórmula que le había dado el éxito y aquella nueva necesidad de iluminar al mundo con su sabiduría, aunque nadie en el mundo se lo hubiese pedido (más bien al contrario). Seguramente lo mejor hubiese sido renunciar a ambas cosas y filmar algo completamente inesperado para huir del encasillamiento, como hacía en su día Clint Eastwood o como hacen ahora los hermanos Coen. Es posible que estrenando una película totalmente distinta a sus pasados éxitos (¿otra comedia con Rosie O’Donnell? Como díria Bart Simpson: “¡sigue pensando, Homer!”) se hubiese pegado un batacazo de taquilla, pero  Eastwood por ejemplo sobrevivió a más de un pinchazo comercial y sólo así logró que le tomaran en serio. Pero claro, Eastwood provenía de aquellos tiempos de los que hablábamos unos párrafos más arriba, en los que casi necesitabas tu nombre en una lápida para que los críticos te diesen un aplauso unánime. Shyamalan a sus pocos años ya estaba jugándose un enorme prestigio y eso que sólo había estrenado un pequeño puñadito de filmes. Tenía toda una maquinaria propagandística y comercial detrás, el público estaba algo nervioso y no parecía tener ganas de tolerar otra Señales. Menuda papeleta.

Pero si no quieres caldo, dos tazas. Si Señales nos cabreó porque la anunciaban como película de ciencia ficción y terminaba siendo una versión audiovisual de la hoja parroquial con secuencias de género de por medio a modo de tropezón entre tanta revelación a lo Pablo de Tarso, El bosque nos cabreó porque la anunciaron como película de terror, con monstruos correteando entre los árboles —¡decididamente atrayente!— y terminó siendo una metáfora sociopolítica desconcertante que nos hacía preguntarnos si nos habíamos sentado en la sala de butacas equivocada y habíamos ido a caer en un festival del melodrama costumbrista de los Balcanes. Shyamalan seguía convencido de que bastaba con meter varias escenas de suspense y, una vez más, una sorpresa final, para que creyésemos estar viendo El sexto sentido de nuevo… y de paso para que nos tragásemos su píldora filosófica de turno. Y, hombre, el público es tonto pero ni todo él ni en tal manera. El bosque era dar gato por liebre, como Señales, sólo que peor. El director estaba intentando jugar el gambito imposible de mantenerse encasillado y desencasillarse a la vez. Trataba de seguir siendo el hábil narrador de cuentos tenebrosos en torno a la hoguera y al mismo tiempo el filósofo que compone la civilización frente al Adriático. Y no, no se puede ser Edgar Allan Poe y Aristóteles a un tiempo. Los carraspeos incómodos del público ante Señales se convirtieron en un decibélico bramar ante El bosque. A Shyamalan se le estaba terminando el crédito artístico y a nosotros la paciencia para con sus humos de gran profeta y su solemnidad de mercadillo.

Aquella reacción negativa de crítica y masa anónima, probablemente, le hizo perder el norte. El público es como una novia inestable que un día te ama con arrebato y al día siguiente no te dirige la palabra, y no hay nada peor que una novia inestable porque es algo ante lo que nadie sabe muy bien cómo reaccionar. ¿Será aquello que dije? ¿Será que la llamo poco? ¿Será que la llamo mucho? En esas situaciones lo mejor es siempre recapacitar y pensar qué es lo que uno de verdad quiere —porque la otra parte no se va a volver estable de repente— pero eso es algo que Shyamalan no alcanzó a comprender. Siguió empeñado en combinar su vocación de quiero-que-el-mundo-me-conozca con los tics típicos ya muy vistos y cada vez menos efectivos de su cine anterior. ¿La prueba? Su siguiente film. La joven del agua era la adaptación de los cuentos que el propio Shyamalan contaba a sus hijas para hacerlas dormir: ¿el resultado? Previsible: también nos hizo dormir a nosotros. Entiéndelo Shyamalan, no es nada personal: es que no nos importa lo que opinas, lo que sientes o qué cuentos les cuentas a tus hijas. Eres un buen director, pero eso no significa que queramos que nos vuelques tu diario sobre la cabeza. No nos interesa tu vida, sino la vida de los personajes de tus películas. No somos las fans quinceañeras de John Mayer ni creemos que la caída de ojos sea sinónimo de genialidad. Queremos una buena película. Y tú solito no estás siendo capaz de hacerla. Sabes filmar, pero como escritor se te han agotado las ideas. No pasa nada por contratar a un co-guionista (y no hablo de alguien que te corrija la ortografía) sino de un verdadero creador a quien hagas caso, alguien que sea capaz de decirte “no” y proponerte alternativas, aunque sea un colaborador casi anónimo y nadie diga de él que es un genio. No pensaremos que tienes menos talento por ello. Buscar ayuda no hace de ti un discapacitado. Búscate un socio creativo. Billy Wilder lo tenía y lo que era bueno para él debería ser bueno para ti, ¿o es que crees que eres más inteligente que Wilder? Créeme, la solución es fácil.

Pero no. La joven del agua demostró que Shyamalan ya sólo escribía para él mismo, o para la imagen que él tiene de sí mismo, o para la imagen que él cree que el público tiene de él. Lo cual no sería un problema siempre y cuando lo que se le ocurra sea mejor que lo que piensan sus espectadores mientras ven sus películas. Cosa que no ha ocurrido en sus últimos films.

Zooey Deschanel
Si no entendí mal el argumento de “El incidente”, todo el mundo se mataba por pura desesperación en cuanto aparecía por allí Zooey Deschanel y les iba dando calabazas. Uno de los guiones más realistas jamás escritos, sin duda, porque ¿quién no moriría por una criatura semejante? Y, ehhhm… ¿de qué estábamos hablando?

Tarjetas de crédito sin crédito

Si cada vez resultaba más evidente que M. Night Shyamalan necesitaba un doctor Watson que atemperase su vontrieresca tendencia a quedar fascinado con su propio intelecto, un compañero de fatigas creativas con quien discutir de tú a tú acerca de cuándo una idea es buena y cuándo es, además de buena, aplicable al formato de cinta de celuloide, El incidente no hizo más que recordarnos esa necesidad. Porque el argumento del film, o su premisa principal, no era una mala idea. No para un relato de Poe o Lovecraft, ni mucho menos para una novela de Ray Bradbury o Philip K. Dick. Unos personajes que huyen de una amenaza invisible: el viento, que porta la semilla de la muerte. Como idea, es admirable. Pero, ¿daba esa idea como para construir toda una película a partir de ella? Una cosa es apuntar una ocurrencia en una servilleta y otra muy distinta es mover todo un equipo de producción para convertir la idea de la servilleta en uno de los estrenos de la temporada, sólo porque Shyamalan pensó que sería capaz de hacer del aire un digno McGuffin. Y no. Que Tarkovski lo lograse en Stalker es incluso relativo, porque el espectador medio la encontrará incluso más soporífera que El incidente. Además, Shyamalan es visualmente brillante pero no tanto como el director ruso. Lo que estoy queriendo decir es que resulta casi imposible hacer una gran película edificándola literalmente sobre el aire.

La joven del agua
En “La joven del agua”, a un tipo tímido e insulso le tocaba la lotería y se le plantaba una bellísima pelirroja en el regazo sin motivo aparente. Es decir, como en las películas porno… pero sin las escenas buenas de después.

Para cuando El incidente fue pasto de los comentarios despectivos de público y crítica, meterse con Shyamalan ya era un lugar común. Fuimos pocos quienes no nos dormimos durante el film y sólo porque en él trabajaba una de las criaturas más bellas que han aparecido en las pantallas de cine: Zooey Deschanel. El director ha atravesado lo que yo llamo la “línea Britney Spears”: esa frontera indefinible que separa al personaje que causa cierto respeto, o al menos cierta piedad, del personaje que se convierte sencillamente en objeto de censura cruel al a mínima que asoma el piececito por la puerta. Ni Britney Spears estuvo nunca gorda —en todo caso ganó unos kilos hasta alcanzar un frutal estado de macicez— ni M. Night Shyamalan es tan mal director. Pero al igual que Britney terminó tirando la toalla para raparse la cabeza y hacer toda clase de disparates, como queriendo dar la razón a quienes la tachaban de loquita, pero se preocupó de cómo seguir vendiendo discos, Shyamalan parece rendido ante la idea de que no le consideramos el Artista Pensador que él cree que es, y se ha lanzado —a veces más vale nunca que tarde— a exprimir las taquillas con The last airbender, adaptación de la serie animada Avatar (nada que ver con aquel bodrio de pitufos en 3D que filmó James Cameron). Se me ocurren unas cuantas cosas que Shyamalan podría haber adaptado en vez de la susodicha serie, pero así son las cosas. Ha decidido que si no lo queremos por lo que es, él nos va a querer a nosotros sólo por nuestro dinero. Sea. La crítica ha vapuleado sin misericordia esta nueva película como hacía tiempo no se veía vapulear a alguien (si no contamos los debates electorales de John McCain) pero el público palomitero ha respondido a la llamada de la marca Avatar y ha convertido el film en un éxito. Yo aún no la he visto, pero ¿saben ustedes qué? Me creo lo que dice la crítica. Porque creo que hay gente ahí fuera deseando todavía que M. Night Shyamalan ruede un nuevo peliculón, algo que a sus antiguos admiradores nos haga “salir del armario” —bueno, yo ya he salido en este artículo— y decir en voz bien alta: “¡sabía que algún día Chamalayan lo iba a volver a hacer!”. Y si no lo han dicho es porque no ha ocurrido. Quizá me equivoque confiando en el criterio de un montón de individuos desconocidos con gafas y flequillo, creyéndome lo que dicen sobre el último trabajo de Shyamalan, quizá The last airbender sea, pese a lo que dice la crítica, una pequeña joya incomprendida, pero…

Siendo muy benévolos, podríamos confiar en que esto de ponerse a adaptar “cartoons” haya sido como aquellas películas estúpidas que Clint Eastwood filmaba para ganar dinero con el que financiar sus “otros” films más personales, pero también podría significar que perdamos definitivamente el potencial de Shyamalan en un agujero negro cameroniano: ganar mucha pasta da más gustito que producir una obra de arte. No todo director con potencial se convierte en Akira Kurosawa. Para colmo, esto de The last airbender, aparte de sonar a accesorio para neumáticos, está anunciado como una trilogía, así que tendremos a nuestro amigo ocupado viendo dibujos durante una buena temporada.

¿Qué hacemos ahora? ¿Confiamos en él y vamos a ver su último film aunque toda la crítica haya coincidido en que la película es sólo apta para oligofrénicos y además haya ganado el premio Razzle como peor película del año? Ya sabemos cómo es la crítica a veces, pero también sabemos cómo viene siendo Shyamalan casi siempre. Yo, por mi parte, prometo que si me animo a verla publicaré una crítica sincera y sentida aquí mismo, en Jot Down. Pues este artículo no es una crítica de un film, sino una reflexión sobre la trayectoria de su director y la progeria creativa que le aflige desde hace lustros. Además, tras Star Wars I: the phantom menace aprendí que la nostalgia de lo que un director hizo en tiempos o la fe ciega y sin pruebas en las posibilidades de un nuevo film no te devuelven los euros que has invertido en la entrada, euros que podrías haber incorporado a tu organismo en forma de proteínas mediante la adquisición de un buen bocata de ternera. “Un minuto en la boca y toda la vida en la cadera” me parece un trato más justo que “un minuto en la taquilla y toda la vida en la cuenta bancaria de M. Night Shyamalan”.

¿Cuál es pues el objetivo de este artículo? Este artículo es un lamento. Un lloro. O para quienes estén por encima del bien y del mal, que siempre los hay entre los lectores, una pataleta del redactor. Pese al título, quien está triste no es Shyamalan. Quien está triste es el menda. Quienes estamos tristes somos quienes un día vimos en el futuro del cine en él y no en la frikada enlatada de Tarantino (otro que funcionó durante solamente un par de películas, aunque sus seguidores son bastante menos exigentes y aplauden con entusiasmo cada una de sus nuevas ocurrencias). Este artículo es el réquiem por el director que pudo haber sido y no fue. El aullido nocturno por las películas que, con la vista fija en el techo y entre fríos sudores, imagino que él rodó aunque nunca llegó a rodar. Las ruedo yo en mi mente. En ocasiones veo películas. ¿Y saben ustedes lo peor? A veces me da la impresión de que las películas que ruedo en mi mente son mejores que algunas de las últimas que él ha rodado en los platós. Y eso me da miedo. Mucho miedo. Creo que en cualquier momento voy a notar que la gente exhala un hálito en forma de vaho cuando yo ando cerca. Que caeré en la cuenta de que me acerco a ventanillas que están cerradas, hablo con taquilleras que no están allí, compro entradas imaginarias con dinero inexistente y me siento entre tétricas hileras de butacas vacías contemplando una pantalla a oscuras y convencido de que aquello es la “última de Shyamalan”. Quizá es que estoy muerto y nadie me lo ha dicho. Si ese es el caso, enhorabuena: ustedes, allá en el mundo de los vivos, deben de estar disfrutando de las nuevas obras maestras de Shyamalan, mientras yo crío gladiolos en algún rincón del cementerio.

Lo cual me lleva a pensar (atención: aquí viene el Final con Sorpresa, como no podía ser menos en un artículo dedicado a M. Night Shyamalan)… y si no soy yo quien ha muerto y sí estoy vivo, y sí estoy viendo las cosas tal y como son, entonces… ¿están los fans de Tarantino vivos realmente?

Cha-cháan.

THE END

El bosque
Va, pero lo hago sólo porque sois vosotros: otra fascinante secuencia de Joaquin Phoenix en “El bosque”. Creo que aquí es cuando Caperucita pinta los árboles para que Pulgarcito sepa cómo volver tras haber ido a buscar medicinas para la abuelita. O algo así, pero con mucho trasfondo social y político, y con Adrien Brody haciendo de Arévalo.