La nostalgia, en blanco y negro. Los sueños, en Technicolor

Cantando bajo la lluvia, 1952. Imagen: Metro Goldwyn Mayer.

Como a las películas se entra por acción y efecto de nuestra empatía con los protagonistas, a mí La La Land terminó de atraparme cuando vi a Ryan Gosling todo mustio él, mohíno, luciendo caidita de ojos con la mirada fija en la puerta de un legendario club de jazz al que el puñetero progreso ha convertido en un «samba & tapas bar». Se me despertó ahí la conexión emocional, pues recordé entonces las tres o cuatro veces que he caído en parecido ejercicio de calculado masoquismo acercándome al Boulevard des Capucines de París para volver a comprobar que lo más visible, desde el exterior al menos, del edificio donde los hermanos Lumière presentaron al mundo el cine por primera vez es una tienda de GAP. En realidad el edificio alberga también un elegante hotel y un café cuya decoración rinde justo homenaje a los hermanos, pero poco importa: los nostálgicos perennes de épocas que nunca hemos vivido nos nutrimos en parte de falsas afrentas y elaborados autoengaños. Así que un GAP y nada más que un GAP, qué vergüenza, dónde vamos a parar y tal. Y sin embargo a nosotros, a los que nos pone lamentarnos de todo lo que de nuevo nos trae lo nuevo, La La Land nos ha jodido un poco el invento, porque ahora ya ni siquiera podemos decir eso tan fino de que ya no se hacen películas como las de antes.

Por «películas de las de antes» se entiende una categoría que engloba poco más o menos lo que a cada uno le dé la gana, evidentemente: a mí ahora, en este rato y porque sí, me parece que una de esas películas es, por ejemplo, Rojo oscuro (Profondo Rosso) de Dario Argento, porque el otro volví a verla en afortunadísima reposición en un cine de Madrid y cuando salen los créditos finales y uno no lee «The End» sino «Avete visto Profondo Rosso» («Habéis visto Rojo Oscuro») es como si la película se supiera anacrónica y apelara en esta era de la TV a la carta a un disfrute colectivo y festivo en sala oscura que los nuevos tiempos nos están robando poco a poco.

Como está todo ya bastante dicho sobre el reemplazo masivo de salas de cine por tiendas de ropa y es asunto pelín deprimente, vamos a hablar mejor de Cantando bajo la lluvia, que es cosa también bastante trillada, pero La La Land le ha regalado toda una nueva hornada de espectadores al musical por antonomasia de Gene Kelly y Stanley Donen y no está el mundo como para dejar de felicitarse por estas cosas. A mí me encanta que haya tanta gente acercándose ahora por primera vez a Cantando bajo la lluvia, porque yo la descubrí en los ochenta, siendo muy niño, treinta años después de su estreno y en anacrónico y muy publicitado pase por la televisión pública en horario de máxima audiencia (otros tiempos) y fue un poco la película por la que entré por vía supersónica en esto de la cinefilia, la verdad.

Se dice que los niños son más felices porque en su ingenuidad e ignorancia logran crear una personalidad completa, carente de neurosis por deseos y necesidades insatisfechas. A diferencia de los adultos se contentan mejor con lo que hay, vaya. Carecen de nostalgia, pese a lo cual desarrollan desde temprana edad la capacidad de elaborar mentalmente vivencias mejores. A eso se le llama fantasía, o sueños, pero no deja de ser la manera en que los niños abonan el terreno para una cierta nostalgia con preaviso, creo yo. Sea como fuere, Cantando bajo la lluvia es una película sobre la que un niño lo tiene chupado para edificar el molde de todos sus anhelos infantiles, toda la explosión serena y jubilosa de un futuro sin sombras, lleno de vida y color. Por eso Cantando bajo la lluvia solo podía ser una película en Technicolor, claro. Qué menos. Los nostálgicos perennes de épocas que nunca hemos vivido también creemos que el cine ha perdido magia porque la vanguardia técnica cinematográfica de unos años a esta parte es fría desde el nombre. IMAX, Croma o Motion Capture son conceptos que a mí me evocan un examen de tercero de ingeniería, pero Technicolor, Cinerama y Cinemascope eran nombres que llevaban implícita una promesa de asombro y diversión, creo yo.

Recuerdo que en los días del estreno de Todos dicen I love you (otra obra maestra que muchos afortunados están descubriendo ahora en plena fiebre La La Land) Woody Allen dijo con sorna en una entrevista: «Lo malo de los musicales es que cuando terminan y sales del cine llueve, hace frío y no hay manera de coger un taxi». La frase es muy de melancólicos pesimistas incurables como Allen, pero es cierto: la vida depara decepciones y los sueños incumplidos toman muchas formas. Un sobre traspapelado en la gala de los Óscar es solo una de ellas.

La La Land, 2016. Imagen: Black Label Media / Gilbert Films / Impostor Pictures / Marc Platt Productions / Summit Entertainment.

De niño se vive en las ensoñaciones infantiles en Technicolor de las Cantando bajo la lluvia, pero según uno se hace mayor esos sueños se convierten en ilusiones pasajeras encerradas en píldoras de dos horas que cínica (y lúcidamente) llamamos «evasión». Qué se le va a hacer. Seguimos entonces, pese a todo, persiguiendo la belleza serena de los sueños infantiles, pero con el tiempo comprendemos que no queda sino conformarse con su espejo edulcorado, eso que conocemos como nostalgia.

La nostalgia, cuando es autoimpuesta, tiene mucho que ver con la autocompasión, que es una salida muy fácil en según qué días. Esto también lo sabemos muy bien los que añoramos permanentemente las épocas que nunca vivimos. Pero la que no siempre llega cuando uno quiere es la nostalgia de verdad, la del sentido griego etimológico del término: el dolor por la propia vivencia, por un acontecimiento pasado, por una vieja herida. Es esta una pulsión que te pilla por sorpresa, te agarra y te deja ese sabor a triste euforia, a placentero escalofrío por recordar lo que viviste y ya no vivirás. Mirar atrás y convertirse en estatua de sal es todo uno, ya se sabe. Y sin embargo es todavía mayor el dolor por lo nunca vivido, la nostalgia por lo que nunca fue. Por todo esto me parece a mí que si el Technicolor casa mucho con la infancia, el blanco y negro de las películas es la gama cromática predilecta de la nostalgia y la que mejor dibuja las experiencias memorables que nunca ocurrieron: y es que yo no abro los ojos por las mañanas y veo mi casa en blanco y negro, no sé si me explico. Si Cantando bajo la lluvia es Technicolor, Ed Wood es blanco y negro. Manhattan, esa película sobre la nostalgia del presente, también es blanco y negro. Es más: las naves de Orión del replicante de Blade Runner siempre me las he imaginado en blanco y negro.

Por todo esto, y por seguir simplificando burdamente ideas tan vastas en unas modestas líneas, me parece a mí que la vida de una persona es un tránsito entre dos polos: en la niñez, el de los sueños. En la vejez, el de la nostalgia. En medio, toda la gama de grises, todo el cóctel progresivo de dosis alteradas de ambos componentes, todo el proceso por el que los sueños se alimentan progresivamente de nostalgia, y la nostalgia progresivamente de sueños incumplidos. Y los sueños de la vejez serán seguramente el producto edulcorado e idealizado, en blanco y negro, de las heridas del pasado. La escena final de Fresas salvajes explica todo esto con luminosidad elocuente de blancos y negros.

Me parece que ese tránsito entre polos explica en parte el éxito abrumador de La La Land, los motivos por los que uno se encuentra a gente recomendándola hasta en los funerales. Es una película que juega con extrema habilidad con todas estas ideas emocionales sobre los sueños y la nostalgia. Son ideas tan simples y sencillas como reales y efectivas, y solo pierden peso si uno se empeña en racionalizarlo todo. Pero qué aburrido es racionalizarlo todo, de verdad.

En La La Land hay dos personajes que dibujan todos sus sueños de futuro en un musical multicolor en Cinemascope, que se llevan varios palos por el camino y que construyen al final un melancólico número musical sobre lo que nunca ocurrió. Es así como se ha ganado a tantos espectadores: porque soñar con la versión embellecida de las vivencias jamás vividas es la forma más refinada de nostalgia, ese sentimiento que al final, a falta de sueños cumplidos, es lo único que nos queda. Para eso hay que volver al GAP del Boulevard des Capucines de París. También para dejar de racionalizar las cosas, para olvidar que a lo mejor allí hay un GAP porque ya nadie paga por ver un tren llegando a una estación o a unos trabajadores saliendo de una fábrica. Para rememorar en cambio la promesa de futuro de los miles de sueños que hemos vivido desde el primero de todos ellos, el de un tren que parecía atravesar la pantalla. Y para recordar, al fin y al cabo, que a esto del cine no siempre se entra desde una butaca. A veces basta un pase televisivo de Cantando bajo la lluvia.

Fresas salvajes, 1957. Imagen: Svensk Filmindustri.


La La Land existe porque amamos el cine

La La Land, 2016. Black Label Media / Gilbert Films / Impostor Pictures / Marc Platt Productions / Summit Entertainment.

Y entonces, estallan a cantar. En color y canción, como describía Jacques Demy a Los paraguas de Cherburgo. Como en el sueño lúcido de un dramaturgo, los personajes se desplazan de la realidad y la realidad se suspende y nos la creemos. Magnolia también transcurre en Los Ángeles, pero la ciudad que dirigía Paul Thomas Anderson nos agarraba por el pescuezo y las tripas como agarraba a sus nueve protagonistas y les exprimía hasta que ya no podían resistir más culpa y desamparo y dolor. Y no tenían otra alternativa que estallar a cantar.

En Magnolia se habían olvidado de amar porque la vida se nos olvida entre rencor y cinismo, que no es más que cobardía con diploma universitario. Damien Chazelle tiene treinta y dos años y sabe que ama, sabe lo que ama y sabe que lo ama tanto que se le olvida todo lo demás. Se le olvida que Los Ángeles es una ciudad inhumana en la que pierdes todas las mañanas con el hormigón a un lado y el atasco al otro. Se le olvida que el dinero es el único motor de la realidad contemporánea y que una cuenta en bancarrota nos deja en bancarrota el alma. Se le olvida que para ganar dinero hay que producir secuelas y precuelas y spin-offs y spin-offs de los spin-offs, porque el público no quiere ver nada nuevo y, mucho menos, nada antiguo. Hasta se le olvida que los actores y actrices de hoy no son Gene Kelly ni Ginger Rogers y apenas rozan el aprobado cuando les pones a cantar y a bailar, porque, como dice Toni García Ramón en nuestra Smart 16, bailar es cosa de viejos y nosotros ya no somos niños. Se le olvida que el cine tiene que tener mensaje y que ese mensaje tiene que ser duro y áspero porque la vida es una putada y disfrutar nos convierte en seres adormecidos y alienados. A Damien Chazelle, que acaba de cumplir treinta y dos años, se le ha olvidado que la película que acaba de estrenar no debería existir.

Pero La La Land existe. Y existe porque amamos el cine.

Chazelle, director y también guionista del filme, cuenta que se mudó a Los Ángeles porque lo único que sabía hacer era cine. No sabemos si sabrá hacer otra cosa, pero sí sabemos que levantar un musical es un acto temerario, casi kamikaze y, a la vez, el hecho cinematográfico más genuino que existe. La suspensión de la incredulidad desde la situación más increíble. Algo imposible de reproducir en literatura e incluso en teatro, porque no hay coreografía capaz de mirar a los ojos a aquella que danza con una cámara Panavision entre los bailarines.

Por eso, cuando el sol se acaba de poner y comienzan a encenderse las luces de la ciudad, Mia, camarera frustrada y actriz en proceso de frustración, se quita sus agotadores tacones de fiesta y saca sus zapatos de caminar. Curiosamente, y sin justificación ninguna, esos zapatos van a juego con los zapatos de tocar el piano de Sebastian, músico obsesivo, terco y (posiblemente) equivocado. Y entonces, bailan. A dúo. A juego. No, ni Emma Stone ni Ryan Gosling están en la pantalla para enseñarnos claqué ni tampoco van a ganar un festival de la canción. Pero nos da igual. Dos personas en un parque comienzan a cantar y bailar impecablemente acompasados. Es perfecto. Es un prodigio. Apenas han transcurrido veinte minutos de metraje y nosotros decidimos que queremos volver a ver esta película.

La La Land, 2016. Black Label Media / Gilbert Films / Impostor Pictures / Marc Platt Productions / Summit Entertainment.

Queremos volver a ese CinemaScope tan íntimo que hace desaparecer el resto del mundo hasta que solo quedan las miradas y los gestos, los vaivenes y los balanceos de una actriz y un actor empapados en carisma. Verles nadar en la partitura irresistible de Justin Hurwitz mientras nuestros pies, convertidos en entes autónomos, repiquetean con la cadencia involuntaria de «A Lovely Night» o «Someone In The Crowd» como lo hicieron hace medio siglo al ritmo de «Singin’ In The Rain» o «Dans le magasin».

Pero, por mucha tipografía y vestuario cincuenteros que la envuelvan, La La Land no es un homenaje al musical clásico ni una exploración posmoderna del género. Hay un par de guiños y alguna media sonrisa cómplice a Demy, a Minnelli o a Stanley Donen, pero se construye con la audacia del verdadero jazz, el que mira desde el futuro. Crece con sus propias reglas, permitiéndose montar la cámara al hombro o atreviéndose a narrar una vida inexistente en Super 8 y sin más preparativo que los ojos asombrados de Stone. El resultado es una cinta que no pertenece al pasado ni tampoco reanima a un artefacto que creíamos olvidado: La La Land se coloca fuera de cualquier tiempo y, por tanto, solo es posible dentro de sus fronteras.

Salvo que, durante ciento veinte minutos, esas fronteras abarcan todo nuestro tiempo y todo nuestro espacio y la pantalla se transforma en un cosmos lleno de estrellas. Y nos olvidamos de lo que existe fuera de nuestra butaca y nos perdemos entre su centelleo. Las hay rutilantes y las hay leves. Números apoteósicos sobre autopistas y conversaciones solitarias junto a un piano, conciertos multitudinarios y lágrimas en el escenario de un teatro vacío. Piruetas y parpadeos. Lo más pequeño resplandeciendo escondido en el planetario del observatorio Griffith de Los Ángeles.

Entonces comprendemos —en realidad, recordamos—  que la vida es una sucesión de renuncias para alcanzar otros logros. O que hay que renunciar a los logros para llegar a las caricias. ¿O era que podemos cambiar de opinión por muy cabezones (y posiblemente equivocados) que seamos? Tal vez era que si te colocas el mando a distancia del coche en la barbilla, el cráneo sirve como antena amplificadora. Quién sabe.

A lo mejor no hay ningún mensaje. A lo mejor el único mensaje de La La Land es que quizá las películas se vean mucho mejor en casa, con una pantalla gigante de LED, OLED o AMOLED y un home cinema de sonido envolvente 5.1, porque los multicines están llenos de gente que enciende los móviles, consulta el Facebook y habla sin parar. Pero, aun así, seguimos yendo a las salas. Seguimos entregándonos a la felicidad durante dos horas. Seguimos tarareando canciones y bailando bailes. Seguimos queriendo experimentar el instante inabarcable en el que rozamos nuestra mano contra la mano de otra persona por primera vez.

Porque estamos enamorados del cine y, a veces, el cine nos corresponde.