Attilio Bolzoni: «La guerra de mafia fue un exterminio étnico, mil setecientos muertos a cero»

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Si en esta revista ya se han publicado entrevistas sobre filosofía y química entonces quizá se puede probar con la Mafia siciliana y los misterios italianos. Será inevitable abrir paréntesis para explicar algunas cosas y no perderse demasiado. El guía es Attilio Bolzoni (1955), cronista del diario La Repubblica, reportero de mafia durante treinta y cinco años, uno de los máximos expertos italianos en Cosa Nostra, autor de sonadas exclusivas y de varios libros. Lo primero que se ve al entrar en su casa de Roma son varios metros de estanterías con cientos de libros sobre la Mafia. De todos modos tiene todo en la cabeza y se sabe de memoria fechas y nombres. Pero lo más difícil no es eso, sino colocar los datos en su lugar, como en un mosaico, para lograr una de las cosas más difíciles en Italia, comprender lo que ha pasado y lo que está pasando.

Attilio, ¿tú eres de Palermo?

No, soy de Caltanissetta, en el centro de Sicilia. Llegué a Palermo el 20 de mayo de 1979, me acuerdo de la fecha porque trabajaba en un diario de la tarde…

L’Ora.

Sí, era un pequeño gran periódico, comunista, que era la voz del otro Palermo, frente a Il Giornale di Sicilia, el diario oficial, cuyo editor frecuentaba a los mafiosos. Aunque sus redactores sí escribían de la Mafia, y uno fue asesinado, Mario Francese. L’Ora era un diario pequeño pero extraordinario. Te tenías que levantar pronto, se entraba a las siete menos cuarto de la mañana. Me acuerdo de la fecha, decía, porque fue entonces cuando comenzó la gran guerra de los Corleoneses contra el Estado italiano.

Explica un poco, por favor, las líneas generales para un lector extranjero.

Los Corleoneses son una anomalía en la historia de la Mafia. La Mafia, durante trescientos años, siempre ha convivido con el Estado, y los Corleoneses, durante quince años entran en un delirio de omnipotencia —luego vemos si quieres si son solo ellos— y desencadenan un ataque al Estado. Antes de que yo llegara habían asesinado a Francese, en enero de 1979. En marzo asesinan al secretario provincial de la Democracia Cristiana (DC), Michele Reina. Llego yo y en julio asesinan a Boris Giuliano, jefe de la Squadra Mobile [policía judicial de investigación]. El 25 de septiembre, al juez instructor Cesare Terranova. El 6 de octubre de 1980, al presidente de Sicilia, Piersanti Mattarella, delfín de Aldo Moro. El 4 de mayo de 1980, al capitán de Carabinieri Emmanuele Basile, en Monreale, en las afueras de Palermo. El 6 de agosto, al fiscal Gaetano Costa. En abril, al líder comunista Pio La Torre y ciento veinte días después, en septiembre, al general Dalla Chiesa. En junio de 1983 a otro capitán de Carabinieri, Mario D’Aleo, que había sustituido a Basile, y el 29 de julio, al magistrado Rocco Chinnici, que había sustituido a Terranova. Este es un primer capítulo de homicidios. Al mismo tiempo en las cuatro provincias de la Sicilia occidental —Trapani, Agrigento, Caltanissetta y Palermo— hay mil setecientos muertos. La guerra de mafia fue un exterminio étnico, mil setecientos muertos a cero. Porque toda la aristocracia mafiosa fue borrada de la faz de la tierra. Por setenta zoquetes, y no es un número que te digo por decir, eran setenta los Corleoneses y sus aliados. Al final, muertos de una parte: mil setecientos, y heridos, cientos. De la otra parte: cero. ¡Cero! Y yo llego y me encuentro en medio de esta guerra.

¿Cúantos años tenías cuando llegaste a Palermo?

Veintitrés.

¿Sabías algo de la Mafia?

No, en mi zona había Mafia, y era muy fuerte. Pero yo solo me había ocupado de algún homicidio, no tenía ninguna competencia. De cien artículos noventa y nueve los hacías sobre el problema del agua, que no había. Yo soy un experto de agua. A finales de los setenta a Caltanissetta el agua llegaba cada dieciséis o diecisiete días. No sabía nada de la Mafia, la descubrí en Palermo.

Pero la Mafia, como siciliano, ¿cómo la conociste por primera vez, cuándo oíste la palabra o sabías que existía?

Esto es algo que me hace sonreír. Mira, te pongo un ejemplo. Hace algunos años el actual presidente del Senado, el magistrado Pietro Grasso, que ha tenido muchos cargos judiciales en Sicilia, hizo un libro de recuerdos con un periodista. La primera pregunta que le hizo fue esta misma que me has hecho tú.

No es muy original.

No, no, es una pregunta. Y Grasso empieza a contarle de cuando estaba en Palermo, de los edificios, de la ciudad, de lo que hacía… Un marciano, un extranjero, alguien que viene de fuera piensa: uno hace una pregunta y este responde de otra manera. Y en cambio no, era la respuesta justa. Tú no puedes responder a una pregunta así a uno que no vive allí, porque toda tu vida, toda la normalidad de tu vida, es Mafia. Así que si tú me haces una pregunta así es imposible responderte con un episodio. Un mafioso me dijo una vez: «La Mafia para mí estaba impresa en los rostros de las personas y se respiraba en el polvo de mi pueblo». La Mafia no es solo violencia física, negocios, es una violencia psicológica cotidiana. Palermo era una ciudad suspendida en el Mediterráneo, porque no era Europa, y todavía no lo es, y tampoco es África, era una bolsa infecta. Hoy ya no lo es. No es una ciudad europea, es una ciudad de Oriente Medio. Con sus virtudes, ese encanto oriental, y sus defectos.

¿Y es una ciudad italiana?

No lo era, pero se ha convertido en una ciudad italiana. O Italia se ha sicilianizado. Conocerás la teoría de la palma de Sciascia, a finales de los setenta. Él había anunciado la sicilianización de Italia en un libro bellísimo, La Sicilia come metafora (1979), con la periodista Marcelle Padovani. Decía: la línea de la palma crece cada año diez centímetros, en referencia a la extensión de la Mafia. Aunque yo creo que ha crecido diez kilómetros cada año. Ahora crecen bien en Alemania, Francia, en España.

Volvamos a tu llegada a Palermo. L’Ora era un diario de la tarde ¿a qué hora era el cierre?

A mediodía.

¿Y cómo hacíais? ¿A qué hora te ponías a escribir?

Bueno, la pieza muchas veces la dictabas al teléfono.

Al amanecer ya estarías en la calle.

Yo era cronista di nera [crónica negra, sucesos] y a las siete hacía mi ronda de los servicios de urgencias, de los hospitales, luego a las ocho Policía y Carabinieri y a las nueve, la Squadra Mobile, donde pasaba toda la ciudad. El diario se llamaba L’Ora, pero los palermitanos le llamaban Il Ora morti e feriti [muertos y heridos], porque en esos años de la guerra de Mafia en las esquinas estaban los vendedores de periódicos, los strilloni [gritones], gritando: «L’Ora, L’Ora! Morti e feriti! Quanti ne cadiru, quanti ne moriru!» [Cuántos han caído, cuántos han muerto]. Los homicidios eran casi siempre por la mañana, durante la guerra había días que mataban a seis o siete. Teníamos la radio de la policía, éramos tres chavales y éramos carne de cañón. Para cubrir cada crimen teníamos el mismo esquema, tres artículos: la crónica, quién era el muerto y reacciones de la familia y los conocidos. Lo hacíamos a turnos con terror, porque la crónica era fácil, y también el retrato…

Pero lo peor siempre es tener que hablar con las familias.

Hablar con la familia, sí. Pero aún peor era que no podías volver sin la foto del muerto, una foto suya de cuando estaba vivo. Si no te la daban la tenías que robar en su casa como fuera. Temblábamos, porque volver sin la foto quería decir que eras indigno para ese periódico, no eras adecuado para este oficio, podías ser médico, abogado, empleado en algún sitio, pero no periodista en L’Ora. Entonces tenías que robarla, con el marco, de los muebles, lo que fuera.

El oficio ha cambiado mucho. ¿Tú crees que algún periodista hoy se hace esa ronda por la mañana de comisarías y hospitales, para conocer gente?

Ni en sueños. Los chavales ahora no tienen ni siquiera fuentes. Yo creo que soy todavía uno de los pocos periodistas afortunados en Italia que cuando pido al diario que me manden a un sitio me mandan. Yo no consigo escribir de algo sin ir.

Son tus ojos y tus orejas.

Los olores…

Hemos empeorado.

Sí, el oficio está convulsionado, pero ¿sabes? esto son conversaciones de viejos. Yo tengo cincuenta y nueve años e intento mantener algunas reglas y el timón recto, pero claro, como empecé yo no tiene nada que ver con lo de hoy. Piensa que cuando dictabas la pieza al teléfono, en momentos importantes, tirabas luego del cordón de la cabina para romperlo, como en las películas americanas, para que el que venía detrás no pudiera dictar la suya. Era otro mundo, hoy no hay ni cabinas. Hay otros esquemas.

El primer homicidio que te tocó cubrir fue el del jefe de policía Boris Giuliano, un crimen que impactó mucho porque hizo comprender que la Mafia no se detenía ante nada y estaba elevando el nivel de sus objetivos.

Sí, 21 de julio de 1979. Los primeros que llegaban, puntuales, a la redacción eran el más joven y el más viejo. El último contratado, que era yo, y el más veterano, Gianni, porque dormía poco y ya tenía costumbre. Estábamos oyendo la radio de la policía y dicen: ¡Via Di Blasi, Via Di Blasi! A mí, que no tenía experiencia y no era palermitano, esa calle no me decía nada, pero veo que Gianni se pone blanco, porque sabía quién vivía allí, Boris Giuliano. Nos fuimos para allá él, yo y el perro, Pallina, porque siempre iba al periódico con su perro de caza, una cosa que hoy sería imposible. Tenía un Spiderino, un 850 Spider blanco, y fuimos para allá. No vimos el cadáver del pobre Boris, porque el comisario de la zona, un tal Purpi, que tenía una pésima fama, metido en un negocio de putas y cosas así, había cerrado la persiana.

Sí, fue en un bar, en el bar donde desayunaba todas las mañanas.

El bar Lux. Cuando volví vi llorar a muchos periodistas. Yo, que era un pardillo y solo había visto a Giuliano un par de veces, no entendía nada. Me decía: «¿Pero qué coño de periódico comunista es este, que lloran por un sbirro [policía, despectivo]?». Luego comprendí que estaban en el mismo frente, eran amigos, eran hermanos, y aquellos eran grandes periodistas. Hice mi crónica y firmé con mi nombre, pero llegó uno de los compañeros y me dijo que no firmara. Habían decidido que se firmaba colectivamente en un recuadro, porque yo firmaba la crónica, pero ellos eran quienes hacían las investigaciones y tenían miedo, no querían que se supiera quién sabía las cosas. Ahora los periodistas están haciendo lo mismo en México. El director se enfadó, pero al final se salieron con la suya.

Hicieron un pool, por las mismas razones que poco después se formó el pool de Palermo de Giovanni Falcone, para no personalizar la investigación [Falcone es el heroico magistrado que logró procesar por primera vez a la Mafia, en 1986, y lo pagó con la vida en mayo de 1992].

Sí, eso es, un pool.

Attilio Bolzoni para Jot Down 1

Trabajar en L’Ora en esos años era estar claramente en un lado de la batalla, contra la Mafia, en la trinchera. ¿Teníais mucha presión?

Uuuh, amenazas, llamadas… Yo nunca he denunciado una amenaza, a menos que sintiera que venía de ambientes de comisaría, que eran las más peligrosas. Los mafiosos si querían te disparaban, no les hacía falta amenazarte. Muchos periodistas iban con pistola, yo nunca tuve una. Tenían la 357 Magnum. Pero no para defenderse. Decían que antes de que les cogieran ellos se disparaban en la boca. Para hacerte comprender lo que era aquel Palermo te cuento una noche terrible, a los pocos meses.

Cuenta.

Fue el 4 de mayo de 1980. Acababa de cambiar de casa, aún no tenía teléfono, y me vino a buscar un compañero. Me dice: han matado al capitán Basile, en Monreale. Yo había estado con él la mañana anterior, en comisaría, y me había contado algunas cosas. Basile estaba siguiendo la investigación de Boris Giuliano. Subo con el coche a Monreale. Era la fiesta del Santissimo Crocefisso, el capitán estaba con su hija Bárbara, de siete años, en brazos y su mujer, Silvana. Tres killer de la Mafia lo matan y la niña cae en la sangre de su papá. Yo llego tarde, pero bajo corriendo a comisaría, porque me dicen que han arrestado a los asesinos. Era la primera vez que eso pasaba en la historia de la Mafia en Palermo, solo ocurrirá otra vez algunos años después. Los llevan a comisaría y los torturan. Mientras estábamos en comisaría, entra el jefe de la Squadra Mobile, Giuseppe Impallomeni, que más tarde se supo que era de la P-2 [Logia masónica ilegal, una estructura de poder paralelo ultraconservador con cientos de altos cargos de las instituciones y personalidades de la sociedad civil descubierta en 1981]. Entra, se rasca las pelotas, saca del bolsillo un papel todo apretujado y dice: «Hemos extirpado la infección». Y lee los nombres de los arrestados. Eran tres hijos de familias mafiosas, era la primera vez que eso ocurría. Hasta el final del juicio, que fue un proceso aggiustato [amañado], los tres repitieron la misma frase, aún la recuerdo: «No podemos decir por qué estamos aquí porque teníamos una cita con dos señoras casadas de Agrigento». Fueron torturados pero no hablaron. Pero hay más. El coche en el que viajaban era de un señor que se llama Sergio Maria Sacco, cuñado del actual fiscal titular de Palermo, que entonces ya era fiscal, y eso se supo enseguida. Pero sucedieron más cosas esa noche. Al mismo tiempo, sin relación con toda esa operación, se organiza una gran redada contra el mafioso Rosario Spatola y veintiuna personas más: Inzerillo, Gambino, Di Maggio

El inicio de la gran investigación sobre la Mafia.

Estos nombres son el núcleo de lo que será el maxiproceso de Falcone en Palermo, en 1986. ¿Cómo hicieron la redada? Con una orden de captura firmada solo por el fiscal jefe Gaetano Costa. Los otros magistrados se negaron a firmar, y él firmó su condena de muerte, fue asesinado a los cuatro meses. Pero es que aquel día, horas después, supimos más de cómo se hizo la redada. El nuevo comisario jefe había llamado a la una de la madrugada a todos los funcionarios de policía a casa, uno por uno, y les había dicho que había un motín en el Ucciardone [La cárcel de Palermo]. Les convocó en un cuartel, les encerró en una habitación durante siete horas e hizo llegar policías de Roma y de Reggio Calabria para hacer la redada. Algo increíble: no se fiaba de nadie en Sicilia. Recapitulando: yo, joven cronista, tenía en una mano todo ese material, del asesinato a los arrestos, a la redada, no sabía por dónde empezar. Ha sido la única vez que lo he pasado mal para empezar un artículo.

Y para terminarlo, ¿no?

Es que no era capaz de saber cuál de todas era la noticia más importante, para empezar. Por fortuna estaba Gianni, el viejo cronista, y me dictó para arrancar. Esto era Palermo un día de guerra.

Ese verano de 1982 en Palermo fue un infierno casi irreal, con un asesinato al día, o varios, en medio de un calor espantoso.

Los titulisti [editores de titulares] del diario se rindieron porque había tantos homicidios que al final ya no hacían titulares, solo ponían en portada el número del recuento. En agosto llegamos a cien muertos y a final de año, ciento cincuenta y dos, solo en Palermo. Recuerdo que era el Mundial en España, y recuerdo el calor, un calor que te hundías en el asfalto, se derretía. Recuerdo una obsesión horrible con los coches, íbamos viendo los coches a ver si tenían la parte del maletero baja, porque es donde metían a los incapretatti [‘Encabritados’, cruel técnica homicida que consiste en atar pies y manos a las espaldas de la víctima, como a una cabra, con la cuerda al cuello de manera que cuando se mueve acaba por estrangularse ella misma]. Cada día encontraban a uno en un maletero y cuando veías un coche con el culo bajo, que a lo mejor era un baúl o qué sé yo, ya pensabas lo peor.

¿Pero los metían en un coche cualquiera?

Sí, abrían un coche y los dejaban ahí.

¿Entonces un vecino bajaba por la mañana, abría el coche y se encontraba un cadáver en el maletero?

Sí, así se vivía en Palermo. Una vez le pregunté a un mafioso por qué los encabritaban, por qué esa crueldad. Me miró y me dijo: «Pero qué crueldad, así son más cómodos de transportar». Ellos son muy racionales.

Hay otra historia increíble de la que te quería preguntar, la del mirlo parlante del general Carlo Alberto Dala Chiesa [Dalla Chiesa fue el general de los Carabinieri que derrotó a la organización terrorista de las Brigadas Rojas y, aclamado como héroe nacional, fue enviado a Palermo como prefecto en 1982 con la misión de acabar con la Mafia. No obstante, fue una maniobra de aislamiento dentro de complejos juegos políticos, porque no tuvo ningún apoyo y prácticamente fue enviado al matadero. A los cuatro meses de llegar fue asesinado].

¡Uf! El único delito que no cubrí como cronista en estos treinta años en Palermo fue el de Dalla Chiesa, me había cogido unos días de vacaciones y estaba en España. Llegué dos días después. Entonces me hablan de este mirlo hablador que tenía el general en su casa y que repetía: «¡Carlo Alberto morirás, Carlo Alberto morirás!». Mi director se empeñó con esa historia y perdí un mes con este pajarraco, igual que los investigadores. Era un mirlo que tenía en su habitación, y algún idiota pensó que había sido instruido por un topo de la prefectura [Delegación de Gobierno], y querían llegar hasta el topo investigando al mirlo. Un delirio puro.

¿Instruido antes, para amenazar a Dalla Chiesa y contribuir a volverle loco?

Sí.

Bueno, desde luego Dalla Chiesa tenía la casa llena de espías.

Sí. No solo dentro de la casa, también en su oficina, en la prefectura. Yo vi a Dalla Chiesa siete u ocho veces. Te invitaba a un café, lo traía el mayordomo y bebía siempre primero él, tenía miedo de que le envenenaran. Otro día llego y me encuentro la mesa del despacho cambiada de sitio y me dice que en el edificio de frente hay unos andamios y es facilísimo dispararle con un rifle de precisión. Luego echó a cinco o seis funcionarios de la prefectura, parientes de mafiosos. La noche que lo mataron, el hermano del general, Romolo, fue el primero de la familia en llegar a su casa e intentó entrar, pero no le dejaron. Dejaron entrar a uno de los funcionarios que había echado, pariente de un mafioso, y algunos agentes de los servicios secretos. A la mañana siguiente la familia fue a abrir la caja fuerte, pero no encontró la llave por ningún lado. A la semana la encontraron en un cajón donde no estaba antes. Abrieron y encontraron solo una caja vacía de tarjetas de visita, no había nada más.

O sea, que tú nada más llegar a Palermo ¿ya notas toda esta peste de complicidad entre Mafia, política y servicios secretos, era ya tan evidente?

¡Totalmente! Para un chico como yo no era posible distinguir un mafioso del comisario, del prefecto, del director del Banco de Sicilia, les veía pasear siempre juntos, cogidos del brazo, por Piazza Ungheria, en el centro de Palermo. En los pueblos de mi zona el fiscal paseaba del brazo con el capomafia. Comprendías que no había diferencia. No hacía falta estar instruido.

De ese verano también tienes esa anécdota del dentista.

Sí, me pasó también con Gianni. Yo estaba siempre con él, porque tenía unos sesenta años y era el cronista más informado de Palermo. Tenía un archivo increíble y vivía en la ciudad en la zona del grupo de la Mafia aristocrática. Luego tenía una casa en la Piana dei Colli, donde estaban los otros, los amigos de los Corleoneses, así que tenía amigos por todas partes. Yo tenía un dolor de dientes muy fuerte, un absceso, y como no conocía un dentista me llevó a uno del centro de Palermo. Me senté en la sala de espera y de repente él me coge y muy nervioso me saca de allí. Solo me dijo, con prisa, tenemos que irnos, tenemos que irnos. Había visto allí sentado un latitante [fugitivo] el capo Rosario Riccobono. Luego yo he encontrado muchas veces un montón de latitanti en Palermo.

¿Por la calle?

Sí.

Nadie los buscaba.

Nadie.

¿Pero mafiosos de alto nivel: Totò Riina, Bernardo Provenzano? [Riina, líder de los Corleoneses, fue el capo máximo de Cosa Nostra en los ochenta hasta su arresto en 1993. Provenzano fue su sucesor hasta que fue detenido en 2006].

No, pero he visto a Totuccio Inzerillo, a Michele Greco… circulaban libremente, y no solo los he visto yo, los ha visto todo el mundo.

¿Cuándo oíste hablar por primera vez de los Corleoneses? Porque al principio en esa guerra no se sabía bien lo que estaba pasando.

No, no lo sabíamos. Los llamábamos simplemente los vencedores y a los muertos, los perdedores. Sabía quién era Totò Riina desde antes. Hubo un arrepentido, Leonardo Vitale, que fui el primero en entrevistar, y quizá el único. En 1976 se presentó en comisaría, contó todo lo que sabía y dio el nombre de cuarenta mafiosos, entre ellos Riina. Decía que Riina era importantísimo. No le creyeron y acabó en un manicomio judicial.

Sí, es una historia terrible. El primer arrepentido que cuenta todo, una década antes de la histórica ruptura de la omertà de Tommaso Buscetta, el primer gran arrepentido de 1984, y lo toman por loco. La Mafia luego lo mató de todos modos, por si acaso.

El día que salió del manicomio lo fui a buscar a un pueblo que se llama Gratteri donde lo mandaron bajo vigilancia especial. Primero me habló durante dos horas de sus enfermedades sexuales, un delirio, pero luego me empezó a hablar de estas otras cosas y me repitió ese nombre, Totò Riina, pero para mí era un nombre como cualquier otro. Para mí. Pero no para Gianni, como para Mario Francese. Sabía que había un fuego que ardía bajo Cosa Nostra. Riina empieza a ser Riina en 1982 cuando los Carabinieri y la Policía mandan un informe a Giovanni Falcone llamado «Michele Greco + 161». Ahí están ya explicados los bandos. Yo tengo un documento que me regalaron, apuntes originales de Falcone, donde ya antes de Buscetta había delineado el organigrama de todas las familias de Palermo. Me pregunté cómo diablos sabía todo esto antes de Buscetta. Luego reconstruí la investigación: el comisario Ninni Cassarà, asesinado en 1985, tenía una fuente llamada Prima Luce [Primera Luz], que luego sería el arrepentido Totuccio Contorno. Y Prima Luce ya le decía estas cosas y le hablaba de Riina.

Attilio Bolzoni para Jot Down 2

¿Y cuándo vas a Corleone por primera vez?

El 26 de septiembre de 1979.

¡Te acuerdas!

Sí, pero ahora te digo por qué. El 25 de septiembre asesinaron a Cesare Terranova, que es el juez instructor que en los años cincuenta siguió la guerra de Corleone, de 1958 a 1963, otro exterminio étnico. Todos los muertos de una parte, la del viejo capo Michele Navarra, y ninguno de la parte del clan emergente de Luciano Liggio, Riina, Provenzano y Bagarella. Voy por primera vez porque había una exposición fotográfica de Letizia Battaglia.

La gran fotógrafa de la Mafia.

Recuerdo la plaza de Corleone desierta, el viento, no había un alma. Esa fue la primera vez. Al cabo de unos años, en 2007, me dieron la ciudadanía honoraria de Corleone, que acepté, porque viví seis meses allí, para escribir el libro sobre Totò Riina, Il capo dei capi (1993).

¿Cómo es vivir en Corleone?

Hice este libro con Peppe D’Avanzo, mi amigo, que ya no está, y él se ocupó de encontrar una serie de mafiosos, de reconstruir hechos, y yo me ocupé de la vida de Riina en Corleone. ¿Que cómo es vivir en Corleone? Cada dos o tres días no podía más y me volvía a dormir a mi casa a Palermo.

¿Y cómo hiciste para trabajar, buscar información?

Hice buenas fuentes, campesinos que habían conocido a Riina y Provenzano en el pasado, también expolicías, todos de ochenta, noventa años. En Corleone tienen una cultura y una lengua muy particular, también los mafiosos, una cultura de la muerte distinta, sus muertos no quieren nunca que se sepa dónde están… Es una Mafia obsesionada por el secretismo, una P2 de la Mafia.

En el inicio de ese libro sobre Riina dices que el impulso para escribirlo nace de la impresión de la primera vez que lo tuviste cara a cara y viste un simple campesino.

Un campesino, sí. ¿Sabes a quién nos recordó, apenas lo vimos, a Peppe y a mí? A Stalin. Que era otro campesino. El mal tras una mirada neutra, el aspecto vulgar, áspero. Cuando lo arrestaron Riina tenía una chaqueta de cachemira que parecía un trapo.

Han tenido mucho poder pero no una vida de lujo, más bien una vida…

Una vida de mierda.

¿Y por qué lo hacen?

Por el poder, nunca les interesó el dinero. Es la diferencia entre ellos y los napolitanos, la Camorra, que aunque sean riquísimos no lo disfrutan. Mira, te cuento cómo llegué a Corleone. A través del hermano de Riina. Cuando arrestaron a Riina, en 1993, cada mañana en el tribunal de Palermo cien periodistas le saltaban encima a Gaetano, el hermano pequeño, que venía a resolver los papeles. Él solo decía: «Todos vosotros no valéis ni media uña de mi hermano». Yo, como era imposible sacar nada así, lo que hice fue comprarme una chaqueta roja, vistosa, y un maletín de abogado. Cuando salía me ponía a un lado, sin acercarme, pero él me veía seguro. Ahora llego a lo de su extraña relación con el dinero: me dijeron que se movía con un viejo Volkswagen Golf, tan viejo que muchas veces le dejaba tirado cuando iba y venía de Corleone a Palermo. Me hice esa carretera cada día y un día por fin lo vi, que estaba parado con el coche. Me detuve y le dije que lo llevaba. Subió a mi coche. No intercambiamos una palabra. Luego cuando fui a Corleone me lo encontré otra vez y pasé semanas con él. Diálogos que eran: eh, oh, mm [Mueve la cabeza con muecas]. Pero se entendía todo. Un día, mientras estaba con él en Corleone, después de tres horas, cuatro palabras, ocho miradas, dieciocho mil silencios, llegan de repente carabinieri, paracaidistas, porque entonces hacían muchas redadas. Y le suelto: «Gaetano, todo esto por culpa de Buscetta». Me esperaba una reacción, no sé, al menos airada. Se gira, con la mirada resignada, y me dice: «Buscetta ha viajado por el mundo, ha estado en Milán —¡me dice!—, en América, y le ha estallado el cerebro». ¿Qué quería decir? Ha salido de nuestra tribu y se ha vuelto loco. Con esa frase hice un libro, Parole d’onore (2008), sobre el lenguaje mafioso.

El lenguaje es todo.

Sí, porque no es un lenguaje, es un ejercicio permanente de poder.

Sí, de hecho hablar demasiado es perder poder.

Sí. Corleone lo viví por dentro. Esos meses allí fueron una pesadilla, un viaje en otro mundo. Conocí al policía que arrestó a Riina en 1963 por primera vez, otro que había trabajado con Riina y Provenzano en el campo en los años cincuenta. A través de los recuerdos de estas familias reconstruí la vida de esta gente antes de que se convirtiera en mafiosa, porque no eran mafiosos. Y piensa en la pereza de estos malditos magistrados, una vez más. En el viejo interrogatorio de 1963 Riina dice que conoce a Provenzano y cuando años más tarde le interrogan dos zoquetes de magistrados de Palermo por primera vez le preguntan si conoce a Provenzano y dice que no. Bastaba ir a ver su primer interrogatorio para ver que mentía.

¿Hasta que llegó Falcone realmente nadie, salvo excepciones, hacía seriamente su trabajo?

Había excepciones, Terranova, Costa, pero eran casos aislados. Falcone era un genio. Un genio incomprendido, también por sus amigos, y a veces incluso por Paolo Borsellino, incluso los seres más queridos. [Magistrado amigo y compañero de Falcone, que siguió sus investigaciones tras su muerte y también fue asesinado 57 días después, en julio de 1992]. Quien hoy piensa que puede interpretar el pensamiento de Falcone, que hoy pensaría esto o lo otro, es un bastardo, un gilipollas. Si ni siquiera sus seres queridos fueron capaces de interpretar sus ideas en vida. No, Falcone era un genio absoluto que revolucionó la historia de la justicia en Italia con sus investigaciones. Pero te diré una cosa, hay otro hombre que si no hubiera existido tampoco habría existido Falcone: Pio La Torre. Es el primero que intuye la vía: la incautación de bienes, investigaciones en el patrimonio, los arrepentidos… Es la semilla de todo lo que llegó luego. [Pio la Torre fue el diputado y líder comunista siciliano que entabló una batalla pública contra la Mafia y propuso las primeras medidas legales eficaces, aún hoy vigentes, aprobadas tras su muerte. Fue asesinado en abril de 1982, justo el día en que llegaba a Palermo de prefecto su amigo Dalla Chiesa].

Sí, intuyó todo. Decía que Palermo es una ciudad donde la política se hace con las pistolas.

Por desgracia también Italia es una nación donde se ha hecho política con los grandes atentados.

Volvamos a Corleone. La familia de Riina era muy pobre, ¿no?

Sí, y sin tradición mafiosa, como Bagarella, o Provenzano. Ninguno tenía el padre, el abuelo, el bisabuelo de la Mafia. Eran campesinos miserables del feudo de Corleone.

¿Y cómo entran en este camino? ¿No tienen elección, por miseria?

No, sí tienen elección, como otros pobres honestos. Pero la historia judicial de los Corleoneses, la probada, a mí no me basta. Tenemos a setenta ignorantes, como te decía, que destruyen la Mafia, porque la destruyen ellos. El inicio del fin de Cosa Nostra siciliana son los dos atentados de 1992, Falcone y Borsellino. No volverá a ser nunca como antes. Y como te dije antes borran de la faz de la tierra toda la aristocracia mafiosa. ¿Lo hicieron solos? Me viene la duda de que ellos también sean un producto de laboratorio sbirresco [Policial, despectivo], una fuerza que usaron durante quince años y luego ahí están todos pudriéndose en el 41 bis [Régimen penitenciario severo de aislamiento total]. Están acabados. Los Corleoneses están acabados. Si tú te apellidas Riina dentro de siete generaciones todavía tendrás la marca, como los caballos. Estás acabado.

Attilio Bolzoni para Jot Down 3

¿Quieres decir que esta aristocracia mafiosa de Bontate y demás habían llegado a tal nivel de riqueza y poder y, sobre todo, sabían demasiado y por eso fueron destruidos?

Sí, destruidos, sabían todo.

Porque tenían los papeles de Michele Sindona [Banquero de la Mafia siciliana e italoamericana, también asesor del banco vaticano con Pablo VI, gran experto de blanqueo de dinero que al verse en apuros a partir de 1979 intentó chantajear con sus documentos al mundo político y financiero italiano que se había valido de sus servicios].

Exacto, sabían todo: el Vaticano, Marcinkus… [Prelado norteamericano presidente del banco vaticano, involucrado en el escándalo de las finanzas vaticanas y que burló el proceso gracias a la protección de Juan Pablo II] Y Berlusconi, pero por dar un nombre, porque Berlusconi no forma parte de la estructura, pero quién sabe cuántos más. Yo creo, por ejemplo, que mucho dinero de aquellos años, de Vito Ciancimino, nunca encontrado, está aquí, en Roma. [Vito Ciancimino, cabeza visible de la Democracia Cristiana siciliana y hombre de los Corleoneses, controló el Ayuntamiento de Palermo desde los años cincuenta a los ochenta y fue uno de los principales cerebros del saqueo de la ciudad con prácticas corruptas]. Parte del dinero está en el Vaticano, parte en constructores romanos que hicieron el sacco di Roma [Saqueo de Roma], porque no hubo solo un sacco de Palermo [Expansión urbanística corrupta y descontrolada que arrasó barrios monumentales de la ciudad en los cincuenta]. Sí, la vieja Mafia fue eliminada de la faz de la tierra y los grandes atentados no los hicieron solo los Corleoneses.

Desde luego aún no sabemos todo del atentado de Capaci a Falcone.

Ni del de Borsellino, en Via D’Amelio. Desde el punto de vista judicial fueron los Corleoneses, pero a mí la verdad judicial aquí tampoco me basta.

Te he oído decir que hace veinte años al menos estabas seguro de que a Falcone le había asesinado la Mafia, pero que ahora ya ni eso.

Ahora sé menos que hace veinte años. ¿Por qué? Cuando hay un delito, un atentado, lo que debes hacer es ver la escena del crimen. Y la escena del crimen te dice que esas son operaciones militares, no delitos de la Mafia. A Falcone lo podían matar tranquilamente en Roma, con armas cortas. Andaba sin escolta, con amigos, periodistas, abogados, con su mujer. En cambio lo hicieron en Sicilia, los asesinos dejaron sus huellas digitales en el atentado de Capaci. Y aún más en el de Borsellino, en Via D’Amelio. Esos brutos de los Corleoneses apenas hubieran montado el primer cartucho habrían saltado por los aires. Aquí hacía falta ser experto de matemáticas, física, electrónica, para hacer eso. Y no es casualidad que cuando los investigadores tienen que hacer la simulación del atentado van al máximo experto italiano, en un polígono de la marina militar, un coronel que les explica cómo se ha hecho. ¡Brusca no sabe ni encenderse un cigarrillo! Es un burro, un asesino y basta. No sabe hacer eso. [Giovanni Brusca, uno de los más feroces sicarios de Riina, que organizó el atentado y apretó el botón del mando a distancia de la bomba. Ahora es un arrepentido].

¿Entonces?

Entonces ha habido otros personajes que han organizado con los Corleoneses, sirviéndose de los Corleoneses, los grandes atentados. Luego a Totò Riina le metieron en el saco. Al astuto Totó Riina le dieron por el culo. [Riina fue arrestado en enero de 1993 en lo que se sospecha una traición interna, y fue una captura rodeada de aspectos muy extraños, comentados más adelante].

De esto y mucho más va el proceso de la Trattativa que se está celebrando en Palermo [Juicio iniciado en mayo de 2013 sobre los presuntos pactos secretos entre altos cargos del Estado y la cúpula mafiosa de Totò Riina. A raíz de la sentencia definitiva del maxiproceso de Falcone en 1992 la Mafia asesinó a su principal referente político en Sicilia, el democristiano Salvo Lima, un hombre de Giulio Andreotti, por considerar que sus socios les habían fallado. Según los fiscales, políticos contiguos a la Mafia habrían temido por su vida y buscaron una negociación. Riina emprendió en 1993 una cadena de grandes atentados en Roma, Milán y Florencia para forzar al Estado a concesiones legales y penitenciarias. En 1994, con la llegada de Silvio Berlusconi al poder, pararon y, según los fiscales, consideraron que era su nuevo interlocutor político]. ¿Qué piensas de este proceso, saldrá algo a la luz?

En primer lugar había que hacerlo. Se podía hacer mejor, pero había que hacerlo. Cuando se habla de los magistrados de Palermo hay que pensar que no son todos iguales. La instrucción del fiscal Nino Di Matteo es muy seria. Algún otro ha derrapado. Como todo este asunto del presidente de la República. Es un callejón sin salida: o tú demuestras que tiene algo que ver, con indicios robustos, o no lo arrastras al tribunal. [El presidente de la República, Giorgio Napolitano, se ha visto involucrado en el juicio y finalmente fue interrogado el 28 de octubre en el palacio del Quirinale de Roma, sede de la presidencia. Fue una vista histórica, pues era la primera vez que el jefe de Estado prestaba declaración en un juicio, y también polémica, porque fue a puerta cerrada y tuvo que responder a las preguntas de, entre otros, los abogados de Riina].

Quizá es un poco inútil y ha dado una tensión enorme al juicio.

Puede ser un bumerán para el proceso. Alguien ha tirado de esa parte [Esta entrevista se realizó días antes del interrogatorio de Napolitano, que al final, por sorpresa, deparó sorpresas y podría haber sido útil, pues ha reconocido que las bombas de 1993 fueron interpretadas desde el principio como un intento de chantaje al Estado, exactamente la tesis de los fiscales]. Y otro bumerán es Massimo Ciancimino [Hijo de Vito Ciancimino, a partir de 2007 comenzó a hacer explosivas revelaciones de los secretos de su padre. Entre ellas, su papel en la Trattativa, unas declaraciones decisivas para impulsar ese proceso, aunque después ha caído en graves contradicciones y ha aportado pruebas falsas]. Era evidente que era un bumerán, desde el principio, y aun así se ha metido ahí dentro. Su único mérito es que ha hecho recuperar la memoria a algunos representantes de las instituciones. Pero, atención, porque otras fiscalías pueden investigar sobre los grandes atentados. Por ejemplo hay investigaciones en Catania y, la punta más avanzada es Reggio Calabria, que ha pillado un filón que podría ser extremamente interesante.

¿Cuál?

Faccia da mostro [Cara de monstruo].

Ah sí, de eso te quería preguntar. Lo encontraste tú.

Sí, después de cinco años de búsqueda.

Es una historia increíble. Es un misterioso agente apodado así, Cara de Monstruo, por su deformidad física, que según algunos testigos aparece en la trama del primer intento de atentado a Falcone, en D’Addaura, en 1989, en otros asuntos sucios e incluso en el asesinato de Falcone en 1992. Se hablaba de él como de un personaje novelesco, pero lo buscaste y al final publicaste una entrevista con él.

Sí, lo busqué, lo busqué. Pero a un cierto punto, cuando el último contacto me dejó en una playa, donde él estaba, tuve la neta sensación de ser un poco gilipollas, porque yo lo habré buscado durante cinco años, pero él me estaba esperando.

¿Por qué?

También él me estaba buscando, he comprendido que no solo me interesaba a mí, también a él le interesaba hablar.

¿Se quería defender?

No, él no se ha defendido, ha lanzado mensajes. Pero de esto no puedo hablar porque luego me llamaron para interrogarme y está bajo secreto de sumario.

¿Pero si tú le has encontrado por qué la justicia no?

Sí, le encontraron. Han intentado colocarle micrófonos en casa, pero él siempre se ha dado cuenta.

Tonto no es.

Nooo.

Así que un día puede contar algo.

Este personaje está bajo investigación por el atentado de Falcone, por el de Borsellino, por el homicidio Cassarà, por el intento de atentado de D’Addaura y otras cosas. Pero si tú vas allí ahora, donde vive, en Calabria, le encuentras. Está libre. El verdadero dato de esta pista, como de otras, es que cada vez que las investigaciones van adelante surge un aislamiento del magistrado o del investigador. Como pasaba hace veinticinco años con Falcone y Borsellino: campaña de desprestigio del magistrado, etcétera. Las pesquisas de Cara de Monstruo las ha llevado un magistrado que se llama Gianfranco Donadio. Durante cuatro años informaba cada noche al fiscal nacional antimafia, Pietro Grasso, actual presidente del Senado, que le daba directrices, porque de esto sabe mucho. Está todo escrito, una investigación perfecta. Apenas Grasso se va, para ser presidente del Senado, en 2013, el nuevo fiscal nacional antimafia lo deslegitima y lo echa. Ahora está en una comisión de no sé qué. Se acabó. Por fortuna quedó un filón en Reggio Calabria con un óptimo magistrado que está siguiendo el trabajo.

Attilio Bolzoni para Jot Down 4

Tú dices que ya te da igual si aparece otro arrepentido de la Mafia, que lo que quieres es un arrepentido de Estado.

Sí, un pentito de Estado. Es el único que puede aportar algo nuevo. A menos que no se arrepienta Riina, que es improbable, o los hermanos Graviano [Giuseppe y Filippo Graviano, capos de los Corleoneses, siguieron la campaña de atentados de Riina en 1993, tras su captura, y tenían intereses económicos en Milán, donde fueron arrestados en 1994]. Un nuevo pentito puede contar detalles, del explosivo, de personas, pero un arrepentido de Estado, como un expresidente de la República, un jefe de la Policía, un comandante general de Carabinieri, un jefe de los servicios secretos, te puede acercar a la verdad. El muro de omertà ha caído en la Mafia, pero no en el Estado italiano.

En el proceso de la Trattativa puede abrirse alguna grieta en este muro.

Algo siempre puede ocurrir. Algo más sabremos.

¿Qué me dices de Bernardo Provenzano? Estaba imputado en el proceso, hay quien dice que incluso a lo mejor podía colaborar y de repente entra en un declive físico total que le saca del juicio.

No se ha comprendido bien lo que ha pasado. Es misteriosísimo. Que está mal físicamente es seguro.

Volvamos al maxiproceso, en 1986, el gran éxito de Falcone y consecuencia de la histórica confesión de Buscetta. ¿Qué sentiste al ver a todos esos mafiosos, decenas, encerrados en las celdas en la gran sala del juicio?

Fue impresionante. Empezó en febrero de 1986 y terminó en diciembre de 1987. Yo seguí unas ciento cincuenta audiencias. Era un observatorio increíble, yo iba cada día porque aprendía un montón. Entrar el primer día en la sala y ver a todos los mafiosos dentro de las rejas te da una idea de la genialidad de Falcone, pero luego piensas y dices: ¿todo esto habría ocurrido si no hubiera habido voluntad política? Esa sala la construyeron en trece meses, un récord. Había relaciones entre la Policía y el FBI. El fiscal del Nueva York, Rudolph Giuliani, hizo entonces un proceso similar en Estados Unidos. Así que me he preguntado siempre qué habría pasado sin esa voluntad política, qué hubiera hecho Falcone, si lo habrían masacrado antes.

¿Voluntad política a nivel internacional?

Los americanos siempre han sido muy sensibles a la Mafia, para bien o para mal. Luego había polémicas muy internas de aquellos años. Una parte del Gobierno americano estaba contra Giulio Andreotti, esto tiene que ver. Que los americanos quisieran que Italia se convirtiera en un país un poco más democrático, también. Y que aquel tipo de Mafia tribal fuera eliminada. El dinero de la droga ya había entrado en el circuito, ya había ido por todo el mundo. Desde el punto de vista judicial el proceso fue un éxito extraordinario. Hasta entonces no existía el delito de mafia. Luego, enero 1992, el Tribunal Supremo fija en el mármol de la jurisprudencia que existe el delito de mafia. Hace veinte años, ¿eh? No hace doscientos. Tras el homicidio de Dalla Chiesa en 1982, en los primeros debates televisivos, los abogados de la Mafia no decían que la Mafia era terrible y sus clientes eran buenas personas. No, decían directamente que la Mafia no existía. De «La Mafia no existe» en pocos años hemos llegado a otra frase: «La Mafia da asco». Hasta los mafiosos lo dicen en los juicios. Es el mafioso antimafioso, lo máximo. Todos son antimafiosos hoy. El alcalde mafioso de Palermo, Totò Cuffaro, ahora en prisión; el ministro Claudio Scajola, que fue ¡ministro de Interior! y ahora está siendo procesado por relaciones con la ‘Ndrangheta, todos son antimafiosos. El lema «La Mafia da asco» lo inventó Cuffaro, cuando era alcalde de Palermo. Una mañana me desperté y estaba toda la ciudad tapizada de carteles con esa frase. Entonces me di cuenta de que nos la habían vuelto a meter.

Tú tienes cuadros de Luciano Liggio, el primer capo de los Corleoneses, otro personaje. Pero resulta que son cuadros que él decía que había pintado en prisión y que al final no eran suyos.

No, eran de Mutolo [Gaspare Mutolo, mafioso compañero de celda de Liggio, luego arrepentido].

Él los pintaba y Liggio los hacía pasar por suyos, ¿por qué?

Porque Liggio en sus últimos años de vida se daba aires de intelectual. Decía cosas como esta: «Admiro a Sócrates, nunca ha escrito nada». Mutolo cuenta que le hizo un montón de cuadros. Todavía pinta. Le veo de vez en cuando.

¿Pero, como arrepentido, no vive bajo protección o con medidas de seguridad?

No, yo le veo solo, aunque sí, tiene nombre falso y eso. Pero sigue viviendo en su mundo. Una vez me dijo: si quiere comprar usted el restaurante de mi hija, son ochocientos cincuenta mil euros. ¿Pero quién tiene ochocientos cincuenta mil euros? Lleva otra vida. Recuerdo que en un proceso el juez le preguntó, hablando de droga: Mutolo, ¿para usted qué es exactamente una «módica cantidad»?. Y respondió: treinta o cuarenta kilos. En sus buenos tiempos transportó toneladas y toneladas de morfina base. Era riquísimo.

Hay una cosa que siempre me llama la atención de aquellos años en Palermo. Es la impresión de que quienes combatían a la Mafia lo hacían casi a nivel personal, no como institución, porque estaban solos y dejados de la mano de Dios, hasta usaban sus coches o sus motos particulares para seguir sospechosos. Aquello era como en un fuerte en zona apache, y da más la sensación de un grupo de amigos, un pequeño círculo muy unido, también con periodistas, y que eran ellos contra todos, que se creaba una complicidad única.

Totalmente, y con los vivos todavía permanece. Muchos murieron. Veo al viejo jefe de la división de homicidios de Palermo una vez al año pero cuando te ves es como si fuéramos hermanos.

Era como si estuvieráis en la misma trinchera.

La misma trinchera, los mismos miedos, los mismos amigos asesinados, las mismas tragedias. Las tragedias colectivas se convirtieron en dramas privados, y los dramas privados en tragedias colectivas. Palermo era un Palermo bestial. La semana pasada estuve en Palermo y ha cambiado, a mejor. Allí las tragedias son heridas que sangran. Las personas han tomado conciencia. Cada año hay una pequeña mejoría. El problema es Italia, es Roma, es Milán.

Vas ahora a Latina, en las afueras de Roma, y oyes las mismas respuestas…

… que en Corleone en los años cincuenta.

El gran historiador siciliano Francesco Renda decía que para él la ciudad más mafiosa de Italia era Milán. ¿Para ti?

Roma.

¿Por qué?

Por la política. ¡Tienen unas ganas de borrar el pasado! Y luego en Italia hay demasiada gente que hace el doble juego, que históricamente parece ser parte de un bando y yo creo que ha hecho el doble juego con el otro. Por ejemplo, yo creo que la investigación de la Trattativa traerá algunas sorpresas sobre algunos personajes que nos parecía que estaban de una parte y en cambio forman parte del problema.

¿Por qué en Italia para comprender lo que pasa hoy tendremos que esperar veinte, treinta años, es imposible ver las cosas como son en el momento?

Y si yo las veo como son me ponen un camisa de fuerza, y si las digo me encierran en un manicomio criminal y tiran la llave al mar. Si yo digo una cosa que todos saben, pero nadie dice y no se debe saber, y todos los niegan públicamente, soy yo quien tengo que buscar las pruebas debajo de las piedras y, por fin, al cabo de treinta años, llego exhausto y por fin digo, mira tenía razón yo.

Hablando de esto, me impresionó en tu documental Uomini soli (Hombres solos, Paolo Santolini, 2012) que es muy bonito, cuando hablando con el hijo de Mario Francese le decías que tenías el remordimiento de no haber hecho todo lo que podías.

No solo esa vez.

¿Por qué?

Mario Francese murió en enero de 1979, yo llegué en mayo, y tenía que haber profundizado en ese momento en el caso. Francese fue el primero en hablar de los Corleoneses, cuando todos los demás hacían como que no los veían. Él estaba obsesionado con los Corleoneses. Él supo de Riina diez años antes que yo y que los demás. ¿Por qué no le creímos y no le seguimos? Nos equivocamos. Pero hay otros dos casos donde yo, conociendo los hechos, podía haber hecho más y seguramente mejor. Uno es el caso de Peppino Impastato, en 1978, un personaje extraordinario [Periodista y locutor de familia mafiosa que se rebeló a su mundo y en un programa satírico de radio fue uno de los primeros en investigar y denunciar a la mafia en su pueblo, Cinisi]. También allí la escena del crimen era clara. En 1978, en Cinisi, se asesinaba de dos maneras: o con la lupara, la 765, [Escopeta corta típica de las zonas rurales sicilianas] o con la lupara bianca [metáfora que se aplica a la desaparición de una persona, que no deja rastro]. No fue la Mafia. Aquel era también un escenario militar. En las vías del tren, el explosivo, las operaciones de depistaggio [Manipulación de pruebas para intentar desviar una investigación, un clásico de los misterios italianos] que antes, durante y después no justifican ni siquiera la implicación de un capo importante como Tano Badalamenti, condenado luego a cadena perpetua. A lo mejor tiene algo que ver, pero yo creo que ahí entran las mismas personas que luego aparecen en el proceso de la Trattativa. No las mismas instituciones, las mismas personas, como el general Subranni [Imputado en el juicio de la Trattativa]. Tiene todas las características de un delito de alto nivel, como el de Mauro Rostagno [Periodista y sociólogo, popular por sus programas televisivos de denuncia de la Mafia en una cadena local siciliana, asesinado en 1988]. Fue la pereza de la magistratura, diciendo que había sido la Mafia ¡pero qué coño la Mafia! La Mafia y otros. Y ahí, con Peppino, no investigué lo suficiente porque Cinisi estaba lejos y me vi arrastrado por los otros acontecimientos de aquellos años.

¿Y el tercer caso?

El tercero es la masacre de Via D’Amelio, Borsellino. Estaba clarísimo, ya entonces, que aquello era una jugada sucia. Aquí hice un razonamiento distinto. Pensé que estaba volcado en muchos frentes polémicos y no podía meterme en otro. Pero también allí estaba claro. [Los detenidos y condenados por el asesinato de Borsellino y los hombres de su escolta resultaron ser inocentes, según se descubrió en 2011. Fue todo un montaje. Sigue abierto un nuevo proceso con los auténticos responsables].

Se ha visto veinte años después.

Sí, nos volvimos todos para otro lado. Era muy evidente el depistaggio. Así que yo creo que al menos en estos tres casos no hice bien mi trabajo.

Attilio Bolzoni para Jot Down 5

Todo no se puede. En el día a día uno está a mil cosas, además de los problemas de la vida personal de cada uno.

Ya, pero, sabes, para uno que conoce estas cosas ahí tenías el cuadro preciso para poder hablar. Por ejemplo, sobre la captura de Riina inmediatamente abrí una batalla, mucho antes de la investigación de Caselli, que llegó con retraso. [La captura de Riina en 1993 tuvo un epílogo inverosímil: nadie registró su casa y apagaron las cámaras que vigilaban la vivienda. Se supone que Fiscalía y Carabinieri no se entendieron y cada uno pensaba que lo hacía el otro. Cuando se dieron cuenta, a los dieciocho días, la casa estaba vacía y hasta habían pintado las paredes. Se supone que facilitó la desaparición del archivo de Riina con los secretos de sus conexiones políticas].

Sí, casi cinco años después.

El general Mario Mori, entonces jefe de los servicios secretos, se querelló contra mí cuatro veces, y gané las cuatro. Y todavía sigo adelante porque yo creo que la historia no está cerrada. Hay complicidades. [Mori es uno de los hombres clave de la Trattativa, imputado en ese proceso].

¿No está cerrada? Mori ya fue absuelto definitivamente de eso en 2006. Pese a la mala pinta que tiene todo quedó oficialmente como una lamentable descoordinación.

Hubo una investigación estilo moviola de Caselli que no me gusta para nada.

¿De Caselli? [El fiscal Gian Carlo Caselli, considerado casi un héroe nacional, en 1993 y hasta 1999 asumió con valentía el relevo de Falcone y Borsellino en Palermo para seguir su trabajo].

No me gusta nada.

¿Por qué?

Es una investigación llena de agujeros negros, abierta después de cuatro años y nueve meses. También me estoy releyendo ahora otros documentos sobre la captura frustrada de Provenzano, y creo que la fiscalía no se comportó como tenía que haberse comportado.

¿A ti te cuadra esta tesis de que es Provenzano quien vende a Riina, dentro de los pactos de la Trattativa, y así se garantiza unos años de tranquilidad? Explicaría por qué no le cogen en varias ocasiones cuando lo tenían a mano, casos en los que se ha acusado al general Mori.

Me cuadra bastante. Pero no que lo vende. Es posible que todos se pusieran de acuerdo, y Riina a un cierto punto lo acepta.

Desde luego lo de Provenzano es raro, que lograra aguantar huido tantos años [Fue arrestado en 2006, después de cuarenta y tres años].

Sí, pero Provenzano no es un capo, no ha sido nunca un capo. Formalmente, todavía hoy, el capo de Cosa Nostra sigue siendo Riina. Es una organización que si está en peligro es seria. Desde el 15 de enero de 1993, cuando arrestan a Riina, formalmente no se ha reunido el gobierno, la cúpula de Cosa Nostra, así que él sobre el papel sigue siendo el jefe. Luego han intentado volver a formar la cúpula, pero siempre les han detenido.

Sí, protocolariamente son muy rígidos.

Sí, así que Provenzano nunca ha sido formalmente el capo. Ha mantenido las riendas, pero no ha ejercido nunca plenamente las funciones del capo. Y, en mi opinión, no tenía ni siquiera las características para serlo.

¿Por qué?

Más capo que él han sido, por una parte, Bagarella, en su locura, y los hermanos Graviano, y el último latitante, Matteo Messina Denaro. Y otro que fue arrestado rápido, Aglieri. Provenzano nunca ha sido un capo.

Los Graviano, detenidos en 1994, son uno de los elementos más interesantes de estos últimos años, porque están siendo muy ambiguos. De su clan han salido los últimos arrepentidos, empezando por Gaspare Spatuzza, que están contando muchas cosas pero ellos no les han desmentido, es un como un juego.

Es un juego de espejos.

Ellos también están lanzando sus mensajes.

Están intentando recuperar su dinero, creo yo. Es su verdadero objetivo, recuperar lo que han invertido, también en Milán. Esos cara a cara en los juicios entre Spatuzza y los Graviano, que eran sus jefes, son impresionantes. Si damos por bueno que Spatuzza dice la verdad sobre Borsellino y demás, no cuenta bien toda la historia con los Graviano. Carga todo a Giuseppe y parece que salva a Filippo, y en cambio su verdadera relación es con Filippo.

Hablando de los Graviano, que según algunos arrepentidos habrían negociado pactos políticos con Berlusconi cuando formó su partido en 1993 y pararon la ofensiva de bombas a cambio de concesiones. Hemos visto que por fin ha terminado el proceso a Marcello Dell’Utri, mano derecha histórica de Berlusconi y cofundador de su partido. El Supremo ha declarado en firme que fue el mediador entre Cosa Nostra y Berlusconi. Dell’Utri va la cárcel, aunque antes tienen que ir a buscarlo a Beirut, y en Italia no se habla ni de lejos de las evidentes implicaciones de todo esto con Berlusconi, exprimer ministro y líder del centro derecha.

Debes considerar que durante veinte años los fiscales de Palermo han investigado el origen del dinero de Berlusconi, sus empresas, sus cajas chinas de compañías, todo eso que ya sabes, y al final, en veinte años, no han encontrado una mierda, nada, salvo este proceso a Dell’Utri. Esto te puede gustar, no gustar, depende, cada uno piensa lo que quiere, pero es un hecho. Otro es que en 2001, cuando era primer ministro, los fiscales de Palermo fueron a interrogarle: perdone, ¿nos puede explicar el origen de todo este dinero, que no está nada claro? Y él se acogió a su derecho a no responder. Así que estamos ante dos anomalías importantes del sistema italiano: dos décadas de investigaciones que no descubren nada y un jefe de Gobierno que se niega a explicarlo. Porque si a ti te dicen que has blanqueado dinero de la Mafia no duermes durante seis meses e intentas explicarlo como sea, que es dinero heredado de tu madre, que tienes las facturas, lo que sea. Él ha preferido no explicarlo. Lo que me dices de que te sorprendes de todo esto es así, te sorprendes porque es sorprendente, pero esta es Italia.

Hay algo que siempre he criticado de los magistrados italianos, porque les han tomado el pelo. Es evidente, aunque no se haya probado judicialmente, que hay intereses, y hechos objetivos, como encuentros de Berlusconi con los capos en su propio despacho en los años setenta. Los hechos, en su inaudita gravedad, están todos colocados en fila. Pero cuando comenzaron a investigarle fue en 1994, siendo primer ministro, por los atentados de Falcone y Borsellino en 1992. Luego fue absuelto, pero vuelven a investigarle por los grandes atentados de 1993 en Roma, Milán y Florencia. Pasan otros dos años y lo absuelven. Luego llega Spatuzza, lo vuelven a investigar por las masacres de 1992 y lo vuelven a absolver. Y yo me pregunto: ¿No es que un personaje tan por debajo de toda sospecha, no por encima, era el personaje ideal para desviar las investigaciones y perder el tiempo durante diez años? Berlusconi no solo no ha tenido nada que ver con los grandes atentados, como alguno ha empujado a creer, y algún arrepentido quería hacer creer, sino que incluso los paró. Cuando entró en política pacificó ese mundo, porque era la garantía de ese mundo. Los magistrados en vez de adentrarse, de manera temeraria, en la pista de los atentados, involucrando a Berlusconi, debían haber investigado mejor y haberse concentrado en el origen de su dinero, porque a Berlusconi podías mirar donde quisieras y pescabas algo. En cambio alguno los empujó a la trampa del filón de los atentados. Ahora podemos decir, aunque también antes, pero ahora es más evidente, que no tenía nada que ver con eso, y aun así le han investigado tres veces. ¿No será que alguien ha llevado a picar en esa pista? Con todo lo antipático que te pueda resultar él, aunque lo consideres un bandido internacional, como de hecho lo es, está claro que una cosa es blanquear dinero y otra son los atentados. Él viene de un ambiente completamente distinto, siempre ha ido a lo suyo y a hacer dinero.

Sí, pero la pregunta siempre es la misma: ¿de dónde le llueve toda esa fortuna que le permite levantar un imperio empresarial? Con todos esos indicios del banco donde trabajaba su padre, utilizado por la Mafia para blanquear dinero…

¡Y la P2! Los mafiosos lo dicen: fueron a Milán para invertir. Bontate, Di Carlo, Calderone, Teresi, los hermanos Grado… En el proceso a Dell’Utri todo esto aflora de forma mucho más que clara, evidentísima. Pero no lo han demostrado. Y es verdad, ya nadie habla de ello.

Es esto lo sorprendente.

Hay otra investigación abierta muy interesante, de cuando Berlusconi envió un montón de millones a Dell’Utri a República Dominicana, con la explicación de la compra de un chalé.

Sí, el día antes de la sentencia final del Supremo, en 2012, aunque luego, por sorpresa, no llegó y tardó otros dos años. Parecía cantado que le iban a condenar, él desaparece y Berlusconi le hace una transferencia de catorce millones de euros, diciendo que es por la compra de su chalé en el lago de Como.

Sí, eso, pues en Palermo están investigando si es una venta ficticia para devolver dinero a emisarios de los Graviano.

Sí, porque de la cuenta de Dell’Utri el dinero luego volvió a salir a muchas otras cuentas.

Sí, porque ya te decía que a los Graviano lo único que les interesa es recuperar su dinero. El razonamiento que hacían en esos años los mafiosos en la cárcel era: nosotros estamos entre rejas a cadena perpetua y él está fuera y se divierte con nuestro dinero.

¿Él, quién?

Berlusconi. Pero repito, una cosa es el blanqueo y otra los atentados. Yo creo que los atentados tienen más que ver con esa alma subversiva del Estado, y Berlusconi con eso no tiene nada que ver, es uno que está de paso desde este punto de vista. Es un pirata, un aventurero.

Attilio Bolzoni para Jot Down 6

Pero volviendo a lo de antes, cuando por fin se demuestra, de forma definitiva quién es Dell’Utri, nadie dice nada de Berlusconi.

Sí, se ha hecho el silencio. Y en el centro izquierda son los primeros en haber hecho silencio, y los primeros en haber negociado con él después de 1992 con las reformas institucionales, y ahora está haciendo con Renzi las reformas constitucionales.

Otra cosa de la que no hemos hablado: las víctimas. Las víctimas de la Mafia en Italia parecen muy olvidadas, no existen públicamente.

Sí, las víctimas se convierten en culpables, o incómodas, o molestas. Solo está la asociación Libera, del sacerdote Luigi Ciotti, que hacen un trabajo encomiable y este acto del 21 de marzo, donde leen los nombres de todas las víctimas.

¿Funcionan las indemnizaciones y la asistencia material?

Sí, las víctimas de la Mafia han tenido un trato, no digo más adecuado, pero sí más digno, en general, aunque hay algunas excepciones.

Este papa está cambiando muchas cosas, ¿no?

Sí, en mi opinión muchas. Cuando fue a Calabria, a Cassano Jonico, y excomulgó a los mafiosos, fue formidable. El problema no es el papa. Es la Iglesia. Vete a Calabria a ver. La Iglesia en esto no está unida, hay muchas iglesias sobre la Mafia, no solo en Sicilia, también Calabria, en Roma. ¿Por qué crees tú que la cúpula mafiosa se llama cúpula, tendrá algo que ver no? Un mafioso me dijo una vez que ellos descienden directamente de San Pedro. Ellos de religión saben. La cúpula no se llama cúpula por casualidad. El papa está haciendo cosas extremamente importantes. Luego si vas a Calabria, salvo esos cuatro párrocos idiotas que están de acuerdo con los capos, y los saludos en las procesiones, los demás aparentemente están con el papa. Pero hay obispos que hacen, no el doble juego, sino el triple y el cuádruple juego. El problema no es el papa.

Así que el papa es una amenaza para la Mafia en este momento.

Sí.

¿Pero crees que corre peligro?

No, para la Mafia es una amenaza cultural. En este momento la Mafia no es capaz de hacer nada desde un punto de vista militar. Desde ese punto de vista quienes son capaces de hacer algo son los cómplices de la Mafia. Riina, cuando amenaza, ya no tiene realmente un ejército a quien dirigirse. Quien hizo los grandes atentados con Riina puede intervenir. Pero, ¿quién los hizo?

¿Y qué pasa con el último gran fugitivo, Matteo Messina Denaro?

Lo cogerán dentro de poco, uno de estos días. Es fugitivo desde junio de 1993. Muchas veces han llegado cerca de él y muchas veces han notado olor de servicios secretos. Han hecho tierra quemada a su alrededor, detienen a sus colaboradores.

Después de todo esto que hemos hablado, ¿qué pensaste cuando descubriste estos restaurantes que hay en España con el nombre de la mafia? Publicaste algunos artículos de denuncia.

Sí, «La Mafia se sienta a la mesa». Me sorprendió que, por ejemplo, en su sede en Zaragoza había un maillot de Contador, que les esponsoriza, y hasta la Coca Cola, siempre tan atenta a lo políticamente correcto. Evidentemente la palabra mafia en el mundo no se asocia al crimen. Porque si en España hay cuarenta y pico restaurantes te da mucha impresión. Es como si yo abriera un restaurante en Italia que se llamara «ETA, cocina explosiva vasca», o IRA, delante del Coliseo. ¿Qué pensarías?

Sí, es ahí donde ves que hay una ignorancia cultural enorme fuera de Italia, porque fuera piensan solo en las películas. No lo ven como algo real.

Con la ‘Ndrangheta esto no pasa porque no se ha construido una epopeya, ni de cine ni de literatura. Lo cuentas en tu libro, donde te has ocupado del cine de la Mafia y he descubierto esta cosa estrepitosa de las películas mudas, ya en Estados Unidos a principios de siglo, sobre la Mafia. Y piensa en la literatura, en la leyenda de los Beati Paoli, la mafia buena, las capuchas, los subterráneos… De la ‘Ndrangheta no hay nada, de la Camorra, tampoco. Esto ha sido El Padrino.

Sí, ahí está el antes y el después.

Sí, pero lo que más me impresionó en España no es tanto lo de que abrieran los restaurantes como que el embajador italiano no dijera nada, ese inútil. Se supone que defiende los intereses de Italia, debería protestar. Como el embajador español en Italia si abrieran un restaurante con el nombre de ETA. La Mafia es considerada como algo normal. Tienen fotos de mafiosos, de Lucky Luciano. Por cierto ¿has visto la película de Rosi?

¿Lucky Luciano (1973)? Estupenda, como casi todas las suyas.

Es fenomenal.

Rosi ha sido fundamental para despojar a la Mafia de ese glamour e introducir el cine de investigación. Para mí uno de las mejores, más complejas, es Il caso Mattei (1972), que casualmente, es del mismo año que El padrino.

Ah, claro, buenísima.

Con esta historia increíble de que la misma Mafia real, entra en la película, porque uno que trabajaba como asesor para el filme, el periodista Mauro De Mauro, que investigaba el caso Mattei para documentar a Rosi, es asesinado.

De Mauro, que trabajaba en L’Ora, desapareció el 16 de septiembre de 1970. Piensa que nueve años después, cuando yo llego al periódico, su fantasma aún se movía cada día por la redacción. No había día que alguien no lo citara, diciendo qué diría De Mauro de esto o de lo otro. Tenía una historia muy particular, ¿la conoces?

Un poco.

Él cojeaba y tenía la nariz torcida, y decía que era por un accidente de coche. En realidad fue miembro de la Decima Mas [Unidad especial del ejército fascista célebre en la Segunda Guerra Mundial, dirigida por el general Junio Valerio Borghese, de origen noble, combatiente en la Guerra Civil española y que acabó refugiado por Franco en España, donde murió en 1974]. Fue masacrado a golpes por los partisanos. Su mujer fue desnudada, rapada a cero y paseada con una correa, como en Abu Ghraib, porque era considerada una colaboracionista de los nazis. Él llega a Palermo con nombre falso hasta que entra en L’Ora, que era el diario comunista. Era un óptimo periodista. El día de su secuestro su hija ve desde la ventana que llega a casa con su BMW y se le acercan dos personas. Como no entra se asoma y ya no está. A la mañana siguiente la policía científica va a su casa y ¡no encuentra una sola huella digital en toda la casa! Su mujer dijo que había limpiado todo durante la noche. Un misterio. Para el caso De Mauro hay tres pistas: la pista de la película de Rosi, la pista del golpe de Estado del 8 de diciembre y otra, falsa en mi opinión, de una investigación de drogas. Para mí la pista buena es la del golpe. [El frustrado golpe de Estado de 1970, conocido como «golpe Borghese», fue dirigido por el viejo general Junio Valerio Borghese, apoyado por sectores de extrema derecha y fracasó por razones aún misteriosas. Algunos arrepentidos han señalado que se ofreció a la Mafia participar en la operación, aunque al final rechazó la idea. Dos meses antes De Mauro habría sabido de los preparativos y detalles de la trama y por eso habría sido eliminado].

El caso De Mauro aún está sin aclarar, y nunca ha aparecido el cuerpo.

Yo lo estuve buscando, varios días con las excavadoras en la desembocadura de un río. Pero piensa que entonces, en 2001, cuando el pentito Di Carlo dice que el cuerpo está allí yo voy al compañero de mesa de De Mauro, que fue jefe mío, y le pregunto si alguna vez le han interrogado sobre el asunto. Es la persona que estuvo codo a codo con él durante los últimos tres años de su vida. Pues bien, ¡nunca le llamaron para que prestara declaración! Publiqué una entrevista y al día siguiente el fiscal le llamó. Increíble. De Mauro era otro fantasma que vagaba por la redacción.

Attilio Bolzoni para Jot Down 7

Palermo para ti será una ciudad de fantasmas. ¿La echas de menos?

Sí, pero yo me juré que antes de cumplir los cincuenta me iba. Es una ciudad que te chupa la sangre, la vida, el cerebro. Es bonito volver, tres o cuatro días, magnífica, una de las ciudades más bonitas del mundo, pero no… Es fatigoso vivir, pensar.

En Italia es frecuente oír decir lo mismo a los napolitanos de Nápoles, cada vez más a los romanos de Roma, y en general, a los italianos de Italia.

Sí, Roma se parece cada vez más a Nápoles, como desorden, como caos. Roma se está napolitanizando. Siempre ha sido una ciudad del sur, pero cada vez es más napolitana.

Sí, cada vez más sucia, anárquica y fuera de control.

Pero de todos modos Palermo es otra cosa, es realmente muy oscura, mucho más. Nápoles es una ciudad abierta, Palermo se cierra en sí misma.

A mí me encanta Palermo, pero es que no debe de ser nada comparada a cómo era antes, antes del sacco de Palermo, cuando fue devastada. ¡Si antes era más bonita no sé cómo sería!

Tú piensa que, donde está el Hotel delle Palme, antes las palmeras llegaban desde ahí hasta el mar. Quien hizo más fea Palermo fue Ciancimino, que le dio la espalda al mar, porque era de Corleone, del interior, y le daba igual el mar. Por la noche volaban las preciosas villas estilo liberty, a primera hora ya empezaban las obras de los edificios y quien daba el permiso para construir no era el ministro de Cultura, que entonces no existía, sino el de Educación, que era Mattarella, democristiano siciliano. Destriparon Palermo. Una cosa interesante: si vas a ver los documentos al Ayuntamiento, los mafiosos, Ciancimino y Lima, pedían índices de edificabilidad altísimos, para construir más, pero es que los mismos propietarios, los noblezuelos, los condes, lo barones de qué sé yo, los príncipes, pedían índices aún más asquerosos, eran aún más codiciosos que los mafiosos. En una noche dieron más de tres mil trescientas licencias a cinco testaferros, el hombre de Ciancimino en la oficina de Obras Públicas era ciego… En fin, una obra maestra.

Vito Ciancimino es otro personaje.

Ciancimino era el diablo, el diablo, yo lo conocí bien. Mira, esta mañana he recibido varios mensajes de su hijo, por un artículo que he escrito.

¿En el periódico de hoy? Aún no lo he visto. ¿Qué cuentas?

Pues que se ha descubierto quién es el famoso Señor Franco. [En las numerosas revelaciones de Massimo Ciancimino en los últimos años sobre las relaciones de su padre, tanto con mafiosos como con hombres de las instituciones, aparece un misterioso «Señor Franco», que habría sido su contacto en los servicios secretos y las altas esferas].

¿Y quién era?

¡Es un camarero! ¡Un camarero de un bar de Piazza Euclide, en Roma! No tiene nada que ver.

A ver, pásame el periódico, entonces es que se ha vuelto a inventar todo.

¡Todo!

¿Pero cómo te explicas la figura de Massimo Ciancimino? Cuando empieza a hablar saca muchas cosas a la luz y pone todo patas arriba, reconstruye escenarios hasta ahora ocultos y obliga a hablar a muchos políticos que sabían pero callaban. Pero a partir de un cierto momento empieza a dispararse a sí mismo, a desacreditarse con burdas mentiras. ¿Qué sentido tiene toda esta operación?

Yo creo que está siendo pilotado por alguien. Pero mira, de momento el dinero no se lo han secuestrado, ni un céntimo estos años. ¿ Y sabes cuánto le pasa a la mujer de pensión? ¡Treinta y cinco mil euros al mes!

La fortuna de Vito Ciancimino, que debía de ser escandalosa, es otro misterio. Y también invirtió en Milán.

¡Sí! Y no solo en Milán, en Canadá, Rusia… Para comprender cuánto miente Massimo Ciancimino hay una historia muy buena que contó el viejo chófer del padre a los magistrados. Un día su padre le llamó por teléfono a Roma y le pregunta: «Massimo, ¿dónde estás?». Y él dice que en Milán. El padre se puso a blasfemar y llamarle de todo: «¿Pero grandísimo cornudo, por qué tienes que mentir tanto, no te das cuenta de que te estoy llamando al fijo de casa?». Un día yo estaba con dos colegas, tomando un café, nos aburríamos y para reírnos decidimos hacer una prueba. Llamé a Massimo y me dijo que estaba en Perugia. Al rato le llamó otro de nosotros y le contesta que está en París, y cuando llamó el último le dijo que en Roma. ¡Miente incluso cuando no tiene un motivo!

Pero él al principio decía cosas verdaderas, luego de repente o se ha asustado, o ha cambiado de idea…

Sí.

¿Y por qué?

Dirigido por alguien, probablemente. Luego ha empezado a contar trolas.

¿Dirigido por quién?

Amigos tiene, ¿eh? Pero estamos al principio de la historia, como dices tú dentro de treinta años sabremos más.

Pero él suele decir que teme por su vida, ¿realmente corre peligro o también esto forma parte de un papel?

Mira, si no eres de allí y no les conoces no puedes comprender… Te cuento otra historia: tiene otro hermano, Giovanni, al que no veía desde hace veinticinco años, y hace un par de años me los encuentro a los dos por la calle en el centro de Palermo. Me abraza como si nos hubiéramos visto el día antes, hablamos, me habla de su hernia de hiato, y de repente le dice a Massimo que tiene que comprar un ciclomotor a su hija. Massimo saca un rollo de billetes de quinientos euros y le da siete u ocho, y él le coge algunos más. Una escena así, de repente, entras en un mundo surrealista, donde se mezcla la verdad, la mentira, la farsa, la burla, lo trágico.

Escribir de Mafia es un trabajo desesperante de separar la verdad de la ficción, de sortear las trampas.

Discutí con mi colega y amigo Franco Viviano porque durante un periodo él frecuentaba a Massimo Ciancimino, pensando en sacarle información, pero yo le decía: ¿No te das cuenta que solo por llamarse Ciancimino ya es más listo que todos nosotros? Están por delante, tienen detrás cien años de intrigas, y llega ahora un cretino como yo y se cree que le va a sacar algo.

Su padre llegó a ser alcalde de Palermo en 1970.

Siete días, aunque gobernó la ciudad durante treinta años.

Nunca he comprendido por qué lo pusieron y lo quitaron a los siete días.

Le echaron sus propios colegas democristianos, para apartarlo, porque ponerle a él ya era demasiado exagerado. Pero su casa era el Ayuntamiento de Palermo, en Via Sciuti 397 se hacían las reuniones y todo. Pero si es que Falcone le secuestró unos dos mil millones, luego doscientos cuarenta millones, creo que también en España, y todo eso es calderilla, calderilla. ¡Si su hijo Massimo hace poco estaba negociando con la Gazprom! ¿Te acuerdas? Hablamos de cifras inmensas. Massimo Ciancimino es un personaje alucinante. Me ofrecieron hacer un libro con él, con un anticipo monstruoso, pero dije que no. Quiero dormir tranquilo por las noches.

Attilio Bolzoni para Jot Down 8

Fotografía: Antonello Nusca


Crónicas de la Mafia (V): el gran silencio sobre Berlusconi

Silvio Berlusconi. Fotografía: Cordon Press.

He esperado casi un mes pero nada, en Italia nadie dice ni pío. A veces en los países se dan extraños y unánimes silencios colectivos que en realidad dicen mucho. Sin ir más lejos lo hemos visto estos días en España con la abdicación del rey, sin que nadie en los grandes medios diga nada medianamente crítico. Sobreviene una especie de hipnosis general de responsabilidad o temor institucional. En el caso de Italia me refiero a algo más grave, la condena definitiva a siete años de cárcel de Marcello Dell’Utri por sus relaciones con la Mafia y por ser durante dos décadas el enlace de Silvio Berlusconi con la cúpula de Cosa Nostra.

La noticia salió a muy mala hora, el viernes 9 de mayo por la noche, a eso de las diez, y en general la mayoría de los medios la dieron bastante mal al día siguiente. Quizá es excusa en España, que tampoco, pero desde luego no en Italia. Solo La Stampa abrió el periódico con la noticia y los dos principales diarios, el Corriere y La Repubblica, no la daban en primera página o aparecía solo un titularcito. Un día después, con más tiempo para hacerlo mejor, nada de nada: el Corriere dedicaba el mayor espacio de la primera página a una foto preciosa de los colores de los anillos de Saturno y La Stampa ilustraba con otra foto que Venezuela ha prohibido el reguetón. Menudos temazos. Ah, se destacaba mucho en todas partes que el Vaticano condena con energía la corrupción, así que todos muy atentos. De las teles ni merece la pena hablar, llevan años en otro planeta.

Naturalmente, se daba la noticia en las páginas interiores, pero se limitaban a referir de forma neutra la condena de Dell’Utri, adornada con el vistoso culebrón de su fuga in extremis a Líbano. Hasta ahí bien, faltaría más, pero nadie iba más allá: las directas y evidentes implicaciones que todo esto tiene para Berlusconi, ex primer ministro, uno de los hombre más ricos de Italia, el mayor empresario de la comunicación del país, líder de la derecha y en ese momento en plena campaña de las elecciones europeas como cabeza visible de su partido. Por resumir y para quien no esté del todo enterado:

—Marcello Dell’Utri, de setenta y dos años, abogado siciliano, ha sido secretario personal y mano derecha de Berlusconi desde que ambos iban a la universidad en Milán en los sesenta. Luego él se fue a Palermo como empleado en un banco, un breve paréntesis que cerró a toda prisa cuando su amigo le volvió a llamar para que trabajara para él.

—Dell’Utri conocía a algunos mafiosos y a través de él Berlusconi organiza una reunión en 1974 con la cúpula de la Mafia de entonces. El futuro primer ministro se vio en su despacho con Stefano Bontate, entonces uno de los máximos capos de la Cosa Nostra, y otros mafiosos y cerraron un pacto de protección.

—Un potente capo mafioso, Vittorio Mangano, estuvo viviendo en la mansión de Berlusconi entre 1974 y 1976 como garante de la protección de la Mafia para evitarle secuestros.

—El imperio empresarial de Berlusconi estuvo pagando durante casi dos décadas periódicamente a la Cosa Nostra.

—En resumen, Dell’Utri ha sido «mediador» entre Berlusconi y la Mafia entre 1974 y 1992. De ahí en adelante no está probado.

Por todo esto y mucho más el Supremo italiano ha condenado de forma definitiva a Dell’Utri por concurso externo en asociación mafiosa. Esto ya se sabe de anteriores autos del Supremo; el texto de esta sentencia, las llamadas motivaciones (motivazioni), se conocerá en las próximas semanas, y dirá más cosas. Si es que no se hace de nuevo un silencio descuidado sobre ello, que suele pasar, porque el texto sale cuando ya se sabe la condena y es como agua pasada. Ahora bien, hasta un niño de cuatro años se daría cuenta de que, siendo todo esto importante, lo es aún más que queden por fin demostradas las relaciones de Berlusconi con la Mafia a través de este señor, Marcello Dell’Utri, con quien siempre ha sido uña y carne. Con sus consecuencias políticas, morales y públicas. Pues nada de nada. Ni palabra. Ni una pregunta. Ni sacar el tema. Y es curioso, sabiendo que:

—Berlusconi y Dell’Utri idearon, formaron y fundaron Forza Italia, el partido con el que el magnate entró en política y ganó las elecciones en 1994. Ha dirigido el Gobierno de Italia con mayoría absoluta en 1994, de 2001 a 2006 y de 2008 a 2011. Según varios arrepentidos, la Mafia, sin padrino político desde el derrumbe de la DC (Democracia Cristiana) entre 1992 1993, apoyó en 1994 a Berlusconi, a la espera de concesiones legales y penitenciarias. Esta cuestión está actualmente en los tribunales como parte del gran proceso de la Trattativa (Negociación).

—Una vez abiertas las investigaciones que han desembocado en la actual sentencia, Dell’Utri se ha beneficiado de un escaño permanente del partido de Berlusconi, tanto en el Parlamento italiano como en el europeo, para blindarse ante cualquier arresto cautelar. No iba nunca, era solo para eso y él mismo lo ha confesado.

—En los últimos años Berlusconi le ha pagado, según él por mera amistad, más de cuarenta millones de euros.

—En vísperas de lo que se creía que iba a ser su sentencia final, en marzo de 2012, Berlusconi le ingresó a Dell’Utri catorce millones de euros que terminaron en una cuenta suya en la República Dominicana, país sin convenio de extradición con Italia y donde Dell’Utri tiene casa. Al final, por sorpresa, el Supremo ordenó repetir el último juicio, lo que hizo demorarse dos años más el fallo final, hasta ahora, pero la jugada quedó al descubierto.

—Esta vez, de nuevo en vísperas de la sentencia final, la Fiscalía pidió dos veces la retirada del pasaporte de Dell’Utri por peligro de fuga, pero su solicitud fue desestimada. Se fugó, naturalmente, y fue detenido en Beirut, donde aún se encuentra a la hora de escribir estas líneas.

Qué decir. Conocidos los detalles, es para ponerse filosófico. Y es meterse en un berenjenal, pero me van a perdonar por un día que comparta mis ocurrencias. Porque todo esto nos lleva a un tema muy inaprensible, la mentalidad que lo hace posible, y de entrada advierto, a riesgo de parecer contradictorio, que en algunos aspectos estoy totalmente a favor. A ver cómo lo explico, y seguro que me pierdo. Como cualquiera que vive aquí, uno se pasa la vida intentando descifrar este país. En principio se parte de una regla: en Italia las sentencias no son definitivas hasta la tercera y última del Supremo, y hasta entonces el imputado se considera inocente, con todo derecho. Obviamente casi ningún político dimite antes de esa sentencia final y los demás políticos no suelen decir nada del tema hasta la resolución definitiva del Supremo. El problema es llegar a ella, como en este caso, porque la justicia italiana es una injusticia, lentísima, un desastre. Esta vez han pasado veinte años, y todos callados sin decir nada, pero cuando por fin llega la condena final, resulta que se sigue sin decir nada. Porque entre tanto ya se ha ido asumiendo y se da por ventilado. Ha pasado el efecto de sobresalto. Imaginen veinte años sobresaltándose. Es como cuando se muere alguien famoso que llevaba años olvidado y uno pensaba que ya estaba muerto.

Todo se desenvuelve en una atmósfera de sobreentendido y se hace como si nada, salvo que uno sea un pobre diablo y entonces te machacan. Dell’Utri y Berlusconi no lo son. Diríamos más bien que son uno rico. Berlusconi sigue siendo alguien muy poderoso y solo le pedirán cuentas cuando todos estén seguros de que no se vuelve a levantar, pero ni un minuto antes. Pasado un tiempo se empezará a hablar de esto como algo sabido, aunque no se hizo saber mucho en su día, pero en el fondo todo el mundo lo sabe. Este país es así. Ya saben, todos en auxilio del vencedor.

Hay un aspecto religioso, de la forma piadosa de vivir en Italia la fe católica, que yo siempre le veo a muchas actitudes públicas. La única sentencia definitiva, en resumen, debe de ser la del Juicio Final, cuando uno se muere, y si usted no es creyente pues tiene un problema, porque en este mundo difícilmente obtendrá justicia. En esta vida, pensando más en el culpable, que se suele considerar víctima, uno se confiesa y vuelta a empezar. Públicamente también se absuelve a la gente con facilidad, predomina la pretensión de perdón —aunque casi nadie lo pide, el sentimiento de culpa es muy tenue— y no la exigencia de castigo. En Italia hay pecados, no delitos, y nada es imperdonable. Cada uno se siente libre, con derechos pero sin deberes, en un alegre ambiente de irresponsabilidad general. En cierto sentido es un país casi infantil.

Ahora toco un factor mucho más etéreo y me meto aún más en el terreno de las generalizaciones, pero ya que estamos… Es algo así: en Italia hay terror a lo explícito, a lo irrevocable, a lo irremediable. Prefieren lo ambiguo, lo elástico, lo reversible, porque favorece el principal interés general, que no es el bien común, sino que cada uno pueda seguir haciendo lo que le dé la gana, su interés privado. El pavor a lo concreto se manifiesta muy bien en la superstición: enunciar literalmente una desgracia o una hipótesis negativa genera rechazo, como si fuera de mal augurio. Pero ocurre casi más con lo contrario, expresar un deseo equivale prácticamente a imposibilitar su realización. Decir ahora una frase como esta: «A ver si Italia gana el Mundial», es casi ofensivo, una afrenta, como echar un mal de ojo.

Los italianos son extremadamente concretos con lo que les interesa, pero en lo demás son de una extraordinaria laxitud e imprecisión. Por seguir con el símil, basta ver los partidos de la selección italiana: los amistosos les dan igual, pero luego no fallan una cita importante. Esa falta de definición es lo ideal, precisamente, para moverse entre la niebla en busca del propio interés y no cerrarse ninguna puerta. No me refiero solo a la política, también a la hora de fijar una cita, organizar una cena o un partido de futbito. O la incapacidad general para hacer una fila, se prefiere el mogollón y que gane el más listo. O la alergia a los carriles en las autovías, es mejor estar entre líneas, sin elegir, a la espera de ver cuál es el más rápido. Exigir una respuesta o una posición definida genera alarma y desorientación nerviosa, es casi una falta de tacto. Como no saber vivir. No saber vivir al menos en Italia.

Sí, es verdad, lo sabemos todos, en ese espacio vacío entre los átomos, en el terreno de nadie, los italianos se mueven, eso, como nadie, y han creado obras maestras del matiz: el carpaccio, el semifreddo, el agua ligeramente efervescente o el Estado Vaticano. Privilegian sobre todo la ligereza, el juego —lo jocoso—, y de ahí nacen pilares artísticos de la humanidad que todos conocemos, huyen de la gravedad y la solemnidad. Es bueno todo lo que haga la vida más llevadera. No se toma nada a la tremenda, no como en España, pero cuando llega algo tremendo, inapelable, imposible de eludir, que no se puede disfrazar, solo cabe el silencio. Quedan mudos y les invade, por un momento, un desfallecimiento vital, como cuando termina el carnaval y caen las máscaras. La realidad, tal cual, a menudo es deprimente o, al menos, como en este caso, tan vergonzosa que es imposible de tapar o disimular, así que se mantiene la respiración hasta que pase el mal rato. Una sentencia definitiva, algo remoto a ciertos niveles de la política, parece ser una de estas cosas. Al menos en los medios y las instituciones, que son quienes dan forma a lo público. Pasó lo mismo cuando el Senado aprobó en una votación la expulsión de Berlusconi tras su condena por fraude fiscal: en el hemiciclo se hizo un silencio sepulcral, como de funeral. Por cierto, que nunca hubiera ocurrido si no es por la cabezonería del Movimiento Cinco Estrellas del cómico contestatario Beppe Grillo.

Pero este desconcierto dura solo un instante, luego sigue la fiesta. Menos mal que luego está el alegre culebrón de Líbano, como decíamos, para seguirse divirtiendo. Por supuesto ahora lo contamos, que es interesante. Dell’Utri fue arrestado el 12 de abril en Beirut, en el lujoso Hotel Intercontinental Phoenicia, dos días antes de la sentencia final del Supremo (luego se volvió a retrasar un mes porque sus dos abogados se pusieron enfermos, sí, a la vez). Aseguró que no pretendía huir, aunque facturó cincuenta kilos de equipaje y llevaba encima treinta mil euros en un fajo de billetes. Pagaba seiscientos euros al día por la habitación. Salió de la celda al día siguiente y acabó en un hospital, por razones de salud. Se agenció un abogado famoso y carísimo, Akram Azouri, el mismo del dictador tunecino Ben Ali y del responsable de seguridad nacional acusado del asesinato del ex primer ministro libanés Rafik Al Hariri. En fin, que la extradición se empantanó.

Marcello Dell’Utri, en el centro. Fotografía: Cordon Press.

¿Qué tiene Beirut para que Dell’Utri decidiera irse allí? La prensa italiana ha sacado a la luz conexiones políticas en Líbano de la derecha de toda la vida que, en teoría, podían bloquear la extradición y garantizarle una especie de exilio dorado. Sobre todo con Amin Gemayel, de setenta y dos años, presidente de 1982 a 1988, de la dinastía que lidera las Falanges Libanesas, cristianos maronitas, ligada históricamente a la Democracia Cristiana italiana. Por ejemplo, Gemayel viajó a Roma hace un año a depositar unas flores en la tumba del histórico dirigente democristiano Giulio Andreotti. También, por cierto, relacionado en el pasado con la Mafia.

Esta tesis de Líbano como refugio seguro para políticos italianos de derechas huidos de la justicia se reforzó el 8 de mayo, con el arresto de otro peso pesado del partido de Berlusconi, Claudio Scajola. Le acusaron de ayudar en la fuga a otro colega del partido, el exdiputado Amedeo Matacena, condenado en agosto de 2013 a cinco años de cárcel por lo mismo que Dell’Utri, por sus relaciones mafiosas. En este caso, con la mafia calabresa, la ‘Ndrangheta. Matacena se escapó a Dubai, donde le quitaron el pasaporte, y se quedó allí atascado. Scajola intentaba ayudarle a llegar a Líbano, con contactos similares a los de Dell’Utri.

Lo que es fuerte, muy fuerte, realmente fuerte, incluso para Italia, es pensar que Scajola fue ministro de Interior de un Gobierno de Berlusconi de 2001 a 2002. Y luego lo ha sido de tres carteras más. Y este exministro de Interior, según los fiscales, formaba parte de una red secreta de apoyos institucionales a alto nivel a la ‘Ndrangheta, que en este momento es la mafia más potente y peligrosa.

Berlusconi se ha dicho muy dolido por Dell’Utri y ha defendido a Scajola: «Me parece absurdo arrestar a un exministro de Interior solo por haber ayudado a un amigo, ya huido, a moverse de un país a otro, en suma, la humillación de la cárcel por una cosa así…». En cualquier caso, ha sido Dell’Utri el que se ha defendido con los argumentos habituales de Berlusconi: «Es una sentencia política, soy un prisionero político». Añadió que si al final le extraditan no quiere ir a la cárcel, prefiere hacer unos servicios sociales, como Berlusconi, que atiende ancianos una tarde a la semana. De momento sigue en Líbano y la extradición anda parada. Se supone que han firmado todos los que tienen que firmar, pero ha entrado en un limbo imprevisible. Si alguna vez llega a Italia habrá que ver cómo Dell’Utri gestiona su silencio, que es el más grande de todos.

Que en este escenario la Embajada española en Roma haya impedido presentar en el Instituto Cervantes de la capital italiana el libro Crónicas de la Mafia, en el que se habla entre otras cosas de Berlusconi y Dell’Utri, no deja de ser una decisión coherente con el entorno.

El pasado 25 de mayo, en las elecciones europeas, el partido de Berlusconi obtuvo el 16,8% de los votos. Es el peor resultado de su historia y perdió casi tres millones de votos respecto a las generales de hace 2013, y en esas ya había perdido seis millones respecto a las de 2008. Aun así le han seguido votando 4,6 millones de italianos y es el tercer partido italiano, el primero de la derecha.

ÚLTIMAS NOTICIAS DE LA MAFIA (abril-mayo 2014)

—Un policía asignado a la Cámara de los Diputados y otro a la sede de la Presidencia del Gobierno han sido arrestados por pasar información reservada al clan de los Casalesi, de la Camorra.

—Detenido en la República Dominicana uno de los cien fugitivos más buscados en Italia, el capo de la ‘Ndrangheta Nicola Pignatelli, de cuarenta y tres años, huido en 2011. Tiene pendiente una condena de 13,5 años y es considerado capo de la cosca de Mazzaferro Ursino Aquino, uno de los más importantes del narcotráfico internacional.

—Polémica en Bari porque en la lista del candidato del PD, centroizquierda, hay tres jóvenes de conocidas familias mafiosas locales. Uno de ellos decidió retirarse.

—El capo de los Corleoneses, Totò Riina, será procesado como organizador del atentado contra el tren Rapido 904, que el 23 de diciembre de 1984 dejó dieciséis muertos y doscientos sesenta y siete heridos. El juicio empezará el próximo 25 de noviembre.

—La mujer más rica de Mónaco, Hélène Pastor, de setenta y siete años, dueña de un vasto imperio inmobiliario en Montecarlo, murió el 21 de mayo tras ser herida en un atentado el 6 de mayo en Niza. Su chófer también murió cuatro días después del ataque. El crimen, que conmocionó a Montecarlo, fue obra de un individuo con un fusil. Entre las hipótesis manejadas, según la prensa, aparece la ‘Ndrangheta calabresa, pero el caso aún está abierto.

—Los familiares del juez Giovanni Falcone, asesinado en 1992, entregan a la fiscalía de Caltanissetta un ordenador del magistrado, manipulado tras su muerte, como todos los demás que tenía, por una mano desconocida que borró todos sus archivos. Esperan que las nuevas tecnologías permitan rescatarlos y, tal vez, conocer sus secretos.

Antonio Iovine, uno de los grandes capos del clan de los Casalese, de la Camorra, ha decidido convertirse en arrepentido y empezar a colaborar con la justicia. Fue detenido en 2010 después de catorce años de fuga. Es el primero del clan que da este paso y se cree que puede desvelar sus complicidades históricas con políticos e instituciones. Es claustrofóbico, y se cree que esto ha pesado en su decisión.

—Se cierra con fuertes condenas, un total de cuatrocientos años, el «maxiprocesso Meta», abierto en 2010 con cuarenta y dos arrestos entre los principales clanes de la ‘Ndrangheta en Reggio Calabria, capital de Calabria. Ha sido uno de los más importantes contra esta organización desde el proceso «Olimpia» de los noventa. Entre los condenados, Giuseppe De Stefano (veintisiete años), Domenico Condello, «il Gingomma» (veintitrés años), Pasquale Condello, «il Supremo», Pasquale Libri y Giovanni Tegano (veinte años cada uno).

Nicola Gratteri, uno de los más reputados fiscales en la lucha contra la ‘Ndrangheta, ha sido muy crítico con el último plan del Ministerio de Interior para combatir esta organización. Asegura que en Calabria hacen falta mil agentes más y, por ejemplo, en Locri, el pueblo que es la capital histórica de esta mafia, necesitarían al menos otros ochenta.

Íñigo Domínguez es autor del libro Crónicas de la Mafia, editado por Libros del K.O.


Jorge Valdano: “En la sociedad actual no hay más héroes que los deportistas”

Jorge Valdano (Las Parejas, Argentina, 1955) es igual de cerca que de lejos: culto, formal, educadísimo. Quizá de cerca se aprecia más su sentido del humor. Ha sido campeón del mundo como futbolista, entrenador, directivo, comentarista y escritor, casi todo lo que se puede ser en un ambiente que, según él, trastorna de forma inevitable a las personas más racionales. Pero Valdano parece haber sobrevivido bastante bien a la locura. Se le cita en un hotel de Madrid y acude puntual, con un aspecto impecable. Es un placer charlar con él sobre fútbol o sobre cualquier otra cosa.

Tú que estás a caballo entre Europa y América Latina, ¿cómo ves la situación en Europa? Especialmente en España se ha pasado en los últimos años de un optimismo eterno a un pesimismo feroz.

Es la situación más difícil que yo he percibido en los 36 años que llevo en España. Por un lado está el problema real y por el otro el problema percibido. Este último afecta tremendamente a la confianza de la gente. Hay un clima de pesimismo que está condicionando el humor nacional. Si algo había caracterizado a España frente a cualquier otro país europeo es que equilibraba muy bien los tiempos del placer y del deber. Era un país que sabía vivir. Y la crisis empieza a ser tan grande en términos emocionales que condiciona seriamente la parte del placer.

¿Esto va a acabar repercutiendo en el fútbol?

Ya lo está haciendo, y creo que nos falta por vivir lo peor. Hay dos clubes que están a reparo porque tienen como mercado el mundo entero y eso les va a ayudar a sobrevivir, son dos grandes unidades de contenidos televisivos que ahora resultan imprescindibles no sólo para los españoles, sino también para los asiáticos, americanos, africanos… El Madrid y el Barcelona, por esto de las identidades difusas, ya tienen clientela en todo el mundo, y eso económicamente tiene consecuencias positivas. Todos los demás clubes, que tienen como mercado su comunidad o su ciudad, van a sufrir problemas que irán agravándose.

Ahora que hablabas de las identidades, ¿de qué identidad pueden hablar clubes como el Barcelona o el Madrid cuando su mercado se ha expandido y su naturaleza se ha diluido? Ni el Madrid es el Madrid que yo conocía de pequeño ni el Barça es el Barça que yo conocía de pequeño. ¿Qué afinidad puede sentir un tipo de Hong Kong o de Méjico respecto a Madrid o Barça?

Fundamentalmente tiene que ver con los héroes. En la sociedad actual no hay más héroes que los deportistas, o al menos son los héroes de mayor tamaño. Y el futbolista, por su fuerza popular, se ha convertido en una celebridad. Hoy, cualquier cosa que diga Casillas para la educación de un chico tiene más potencia que cualquier cosa que diga el mayor intelectual del mundo, que tampoco sabemos quién es, porque también se ha acabado ese tipo de referentes. Y eso ha provocado lo de las identidades remotas que uno no acaba de explicarse, porque lo cierto es que uno va a Méjico y se encuentra con un niño de diez años con la camiseta del Madrid, y que sufre realmente la incertidumbre de un resultado. De los héroes se pasa al escudo: el único carné de identidad del hincha es el escudo. Eso se percibe muy bien en los países que han sido devastados por la economía. En Argentina la gente intenta evitar enamorarse de un jugador joven, porque saben que ese chico se va a ir mucho más temprano que tarde. Generalmente un gran talento no sobrevive en el país después de los 20 años. Y no remito a Messi, sino a Gago, a Higuaín

¿A ti mismo?

Bueno, yo fui un caso excepcional en mi época, pero ahora lo excepcional hay que catalogarlo como normal. Hablamos de jugadores que con 17 o 18 años, sólo por ser especiales, ya saltan a Europa, de forma que los aficionados sólo concentran su orgullo en la camiseta, y ahí el escudo se agiganta. ¿Por qué en el fútbol? Eso es mucho más difícil de entender, pero creo que el siglo XX, que ha consagrado el individualismo, y el siglo XXI, que lo está exacerbando, requieren algún tipo de compensación. Hay una nostalgia de la tribu que compensamos con cuestiones menores, como un equipo de fútbol; considerando mayores la patria, por ejemplo. Algo de eso tiene que haber.

Antes, ese tipo de fidelidades estaban relacionadas con sensaciones físicas. Por ejemplo, ¿tú sigues siendo leproso? [así se denomina a los seguidores de Newell’s Old Boys]

Lo sigo siendo. Los lunes me interesa saber cómo salió Newell’s el día antes, es lo primero que busco en el periódico. Me pasa con el Alavés y el Zaragoza, son casi reflejos condicionados.

Alguien de Rosario tiene las sensaciones físicas del ruido, del estadio, del olor…

Hace 35 años que no voy a ver a Newell’s y, sin embargo, sigo manteniendo algún tipo de vínculo sentimental que, en mi caso, tiene que ver también con el agradecimiento porque fue la escuela que me formó. Son auténticos milagros.

¿Qué tiene Newell’s para tener esta cantera? Entrenadores como Pocchettino y Bielsa, jugadores como Batistuta, Gallego…

Tenía una muy buena escuela de fútbol en una ciudad que mantiene una relación claramente exagerada con el fútbol y en una zona que es un gigantesco campo de fútbol. Yo salía de mi casa y me encontraba con un campo de fútbol de mil kilómetros cuadrados: una llanura sólo interrumpida por alguna vaca y algún árbol, todo lo demás era campo de fútbol. Y una zona muy bien alimentada, que también cuenta, porque hay otras más deprimidas donde el problema de la nutrición no favorece el surgimiento de grandes futbolistas. Pero creo que lo esencial fue una escuela de fútbol creada y proyectada por Jorge Griffa, uno de los gurús de la formación en Argentina, y eso ha colocado a Newell’s en un lugar de honor en la proyección de futbolistas. Y se terminó cuando se terminó Griffa. En los últimos años han ocurrido auténticas perversiones. Por ejemplo, que los barras bravas [seguidores ultras] sean dueños de los jugadores de las divisiones inferiores. Sólo con contar esto ya se habla de la pobreza ética en la que cayó el club, felizmente recuperada ahora con una nueva dirección. Pero Di Stéfano siempre dice que para destruir sólo hace falta un martillo y que para construir hace falta mucha inteligencia y esfuerzo. Los martillazos fueron muy duros y ahora llevará tiempo para recuperar el terreno.

Dejaste aquello muy joven, a los 20 años, y te fuiste a un segunda división español.

Era un momento muy caótico del fútbol argentino, había una desorganización tremenda. Yo me había propuesto aprovechar la primera oportunidad que se me presentara para venirme a Europa. Llegué a Newell’s con 18 años y mucha suerte, porque Newell’s fue campeón por primera vez en su historia en 1973, y yo llegué a participar en siete u ocho partidos de ese campeonato, lo que sentí como un privilegio. Jugué también con la selección juvenil que ganó el Mundial. Luego debuté en la selección mayor contra Uruguay, ganamos 3 a 2 y yo marqué dos goles. Si completamos todo el relato de mi llegada al fútbol de primera división, tenía picos como los que acabo de nombrar, pero también mesetas muy deprimentes: podía pasarme diez partidos sin meter un gol… En cualquier caso, llamé la atención de los directivos del Alavés. Zárraga, que era amigo de Griffa, le pidió consejo sobre a quién pudiera contratar. Griffa me recomendó a mí y, como yo ya tenía la decisión tomada, no me importó que se tratara de un equipo de segunda división. Me hicieron una oferta a las diez de la noche y tenía que contestar al día siguiente a las diez de la mañana. Yo estaba en Rosario y mi familia vivía a 100 kilómetros, así que después de recibir la oferta tomé el coche y me fui a casa a comunicarle a mi madre que me iba a España. No fui a compartir la decisión, sino a decir cuál era. Fue, sin duda, la decisión más trascendente de mi vida, porque es un movimiento que te modifica absolutamente todo: en España encontré a mi mujer, de España son mis hijos, en España desarrollé la carrera profesional, en España me terminé de formar… y fue una decisión mal tomada. No la comenté con ningún adulto, fue la primera y quizá la única vez que sentí la ausencia de mi padre. Mi padre falleció cuando yo tenía cuatro años. No sentí el golpe, porque ni siquiera tenía formada la idea de la muerte, pero cuando uno tiene 18 o 19 años y está ante un cruce de caminos tan peligroso necesita de la palabra de un adulto. A ser posible masculino, porque el fútbol es un territorio de hombres. Dicho esto, nunca me arrepentí de la decisión tomada.

¿Ni cuando empezaste a lesionarte en el Alavés?

Tuve muchas dificultades, sobre todo con el clima y el estado del terreno de juego. Siempre cuento que en mi tiempo en Argentina era motivo de suspensión del partido la amenaza de lluvia, y cuando llegué al Alavés el día que no llovía llamaban a los bomberos para que embarraran el campo porque se suponía que el Alavés, como todo equipo norteño, sacaba ventaja de un campo embarrado. Y seguramente era cierto con respecto a todos los demás jugadores, pero no con respecto a mí. Yo estuve allí cuatro años, y uno de los entrenadores daba la alineación los sábados. Terminaba siempre de la misma manera: “…y de delantero centro, si no llueve Valdano, y si llueve Aramburu.” Yo soy una persona delgada, pero en aquella época aún tenía diez kilos menos que ahora, con unas piernas muy flacas. De hecho el primer año sufrí diez lesiones musculares, un poco por el frío y otro poco por el barro. Pensaba que no estaba dotado físicamente para jugar en el barro hasta que un día jugamos contra el Barakaldo y me encontré con uno más flaco que yo y que caminaba por encima del agua; se llamaba Sarabia y me arruinó la teoría: desde ese día ya no supe qué pensar. Luego descubrí que es un problema de gimnasia, si uno juega en territorio seco terminas estando hecho para jugar en ese tipo de campo y para acostumbrarse a otro tipo de superficie hace falta tiempo. Aquella dureza fue necesaria para terminar de formarme. Como había aterrizado en primera división y a los tres días ya me había puesto la camiseta de Argentina pensé que iba a llegar a Alavés y que, un año después, me iba a poner la camiseta del Real Madrid.

Y tardaste un poco más.

Tardé diez años. Pero el camino fue muy formativo. Y no solamente el clima, sino la soledad. Si algo recuerdo de aquella época es la soledad. Vivir en un hotel. Las tardes se hacían larguísimas porque en el invierno de Vitoria el tiempo a las cinco de la tarde te pedía pijama; y en una habitación de un hotel se hace duro.

¿Qué hacías?

Escuchaba música, escribía, leía… leía mucho. Me encontré en el hotel con un argentino que era un auténtico erudito, una persona mayor, que empezó a recomendarme lecturas. Comencé a relacionarme con España a través de sus escritores. Recuerdo perfectamente que la primera recomendación fue la de Francisco Umbral, con Mortal y rosa y todo eso, y la lectura fue un refugio importante en ese momento. La otra posibilidad era la primera o segunda cadena de Televisión Española, no había más. Para hablar por teléfono con mi familia tenía que llamar por la mañana a una centralita y me daban cita para las cuatro de la tarde. Y a las cuatro de la tarde había que estar al lado del teléfono… y muchas veces la comunicación llegaba a las siete. Eran tiempos en los que había que armarse de paciencia.

¿Es verdad eso de que un futbolista que lee era y es una anomalía?

Que un futbolista leyera no era frecuente. Era como si fueran universos distintos. Por un lado estaba la mente y por otro lado estaba el cuerpo. Y el fútbol representaba más al cuerpo. Ahora empezamos a volver al ideal griego de armonizar la mente y el cuerpo. Pero en ese momento un futbolista provocaba algún tipo de desconfianza intelectual, igual que los intelectuales la provocaban a los futbolistas. La primera vez que encontré el vínculo entre la mente y el cuerpo fue en un artículo de Vázquez Montalbán. Desde ese momento el fútbol empezó a significar para mí algo distinto, me ponía los pantalones y la camiseta pensando que lo que iba a hacer tenía mucha más trascendencia de lo que yo había pensado siempre. Y la evolución de las cosas parece demostrar la teoría.

Eran unos años en los que Manolo Vázquez reinventó el fútbol.

Exactamente, se inventó un cuento que a mí me interesaba mucho.

Es que era un cuento, pero ahora funciona como la realidad, todo el mundo da por buena su reinvención del asunto.

Más que su reinvención del fútbol, su reinvención del Barcelona. Lo que pasa es que yo descubrí al Barcelona a través de Vázquez Montalbán, y entonces no lo sé ver en perspectiva y qué había sido antes.

Nadie puede, ni quien lo ha vivido. Es imposible. Esa teoría de lo que es la representación de Cataluña… fue extraordinario.

Es la fuerza del relato cuando se termina imponiendo; y hoy esa realidad imaginada se percibe, incluso en lugares remotos, como parte de una realidad incuestionable.

Ya que hablas del relato: prácticamente todo lo que se ha escrito sobre fútbol es metafútbol. Un cuento tan mítico como el del viejo Casale, por ejemplo, de hecho no habla de la famosa palomita con la que Poy marcó en aquel partido Newell´s-Central. Fontanarrosa habla del viejo Casale, la expedición, el infarto final… pero no del juego. Es muy difícil escribir sobre el juego en sí.

Es muy difícil escribir y también recrearlo cinematográficamente, creo que resulta imposible.

En cambio, el entorno se presta mucho. Tú eres uno de los que ha escrito profusamente sobre eso que hay alrededor y que hace del fútbol algo especial.

Ahora estamos alcanzando ya una distancia con respecto al fenómeno que nos permite hacer incluso ficción sobre él. Hay algunos personajes, y el principal es el “Negro” Fontanarrosa, que han conseguido llegar al final de la cuestión. Todo cuento o viñeta de Fontanarrosa tiene una carga simbólica que incluso te llega a sobresaltar. Explica el amor del hincha como nadie, por eso era un admirador tremendo de Hornby. Incluso fue a Inglaterra para conocerle porque Fiebre en la grada le pareció algo que conectaba muy bien con su sentimiento, y quería ver cómo un tipo inglés podía haber conectado de una manera tan directa con un tipo de Rosario. La única explicación es que las emociones nos igualan a todos, y los dos sentían emociones parecidas por el fútbol y, sobre todo, por sus equipos.

¿Cómo se maneja un profesional en ese mundo en el que hay una parte material, evidentemente, y luego toda esa cantidad de emociones incontrolables y fidelidades ciegas, el componente irracional del asunto?

Hoy el futbolista tiene muchas más posibilidades de confundirse que en mi tiempo, porque entonces el fútbol era lo único que teníamos, por lo tanto era muy difícil confundirse. El fútbol traía aparejado dinero y fama, que son deformadores de la personalidad, pero no en la dimensión de ahora, donde el futbolista está rodeado de gente que se especializa en sacarle de la realidad. Desde el representante, pasando por su jefe de comunicación y siguiendo por su novia. Todos son adoradores profesionales que contribuyen a sacar al futbolista de la normalidad, y eso es muy difícil de gestionar. Si por algo son héroes es por sobrevivir a tanta adulación.

¿Cómo maneja eso el que está más arriba, en la gestión?

El gestor es siempre un intruso en el fútbol, porque intenta poner racionalidad en un mundo donde no la hay. El héroe es el jugador. Ni siquiera el exjugador. Quizá hay una deuda emocional que los aficionados siempre están dispuestos a pagar homenajeándote con un elogio, un agradecimiento y, en algunos sitios, con la idolatría, como Maradona en Argentina. Para los argentinos Maradona será siempre jugador, hasta que se muera, porque la deuda emocional es gigantesca. Pero el verdadero héroe es el que juega hoy. El gestor lo sabe, y por eso no le interesan nada los futuros futbolistas y los exfutbolistas, le interesa el futbolista. Y la gente que va al fútbol también considera al gestor como un intruso. Cuando se implantaron las sociedades anónimas alguien dijo que eran un intento de ponerle una camisa de fuerza al loco, pero que el loco seguía estando loco. Y el tiempo demostró que es verdad, las sociedades anónimas no han contenido al loco. Es más, el loco se sacó la camisa de fuerza, pasó por encima de las sociedades anónimas y ya le estamos pidiendo un nuevo auxilio al Estado para ver si es capaz de sacarnos de esa crisis en el mundo del fútbol que, si no es terminal, poco le falta.

¿Esto tendrá que ser siempre así?

A lo largo de mi vida he conocido a mucha gente inteligente que ha llegado al mundo del fútbol a poner racionalidad, y lo único que logra es demorar un poco más el desquiciarse, pero se acaba desquiciando. La desesperación por el resultado trastorna a la gente, y eso en este mundo da la sensación de que es hasta obligatorio. Es muy difícil escapar al hechizo que produce el fútbol. Alrededor hay mucha pasión partidista que condiciona muchísimo. Estar en un estadio mirando un partido en un momento de crisis con todo eso en ebullición produce una angustia muy especial. Y si eso lo multiplicamos por el alboroto que producen los medios de comunicación, que es cada día más ruidoso, te da la sensación de que el fútbol te persigue a todos lados y no hay escondite posible. Eso te llama a la acción, uno piensa que hay que tomar decisiones. Cualquier cosa menos la calma, la tranquilidad y la paciencia. Da la sensación de que si uno no se mueve comete un pecado de dejadez. Y así es como se van tomando decisiones apresuradas que casi nunca se revelan como salvadoras si las miramos en perspectiva.

¿Qué lectura filosófica recomendarías a directivos y técnicos? ¿O aconsejarías directamente la religión?

Algo que nada tenga que ver con el fútbol. Decía Hipócrates que el que sólo sabe de medicina ni de medicina sabe, y el que sólo sabe de fútbol ni de fútbol sabe. Eso lo dijo una vez Menotti con toda la razón del mundo. Uno tiene que saber ubicar el fútbol exactamente en el escalón social que le corresponde, y si se obsesiona ya pierde perspectiva. La obsesión sólo deja lugar en la mente para los prejuicios y todo lo que termina por enfermar.

¿Te has sentido así a veces?

Sí, totalmente. Una de las mejores decisiones que tomé en mi vida es la de acercarme y alejarme del fútbol permanentemente.

¿Cuánta autonomía tienes para dejar el fútbol?

No, es el fútbol quien te rechaza y te acepta. Pero cuando te rechaza hay que aprovechar la oportunidad para alejarse y recuperar la perspectiva.

¿Es fácil? Debe de ser bastante adictivo.

Es mucho más fácil alejarse que estar dentro de ese conflicto permanente que propone el fútbol. Pero es muy absorbente, sobre todo en determinadas personalidades adictivas. Cuando jugaba sólo miraba mi ombligo, y una rotura muscular se convertía en el centro del mundo. Era despertar y preguntarme: “¿Me duele más o menos que ayer? Ahora me voy al fisioterapeuta, luego al hospital…” Es vivir en una obsesión que provoca perversiones tan extraordinarias como la de poner a tus hijos en un lugar secundario. En mi casa, cuando era futbolista y tenía hijos pequeños —a los 23 años ya era padre— y mi hijo lloraba, cogía la almohada y le decía a mi mujer “lo siento, pero vivo del cuerpo”, y me iba a otra habitación. Ahora, treinta años después, cada vez que doy mi opinión sobre cualquier cosa en mi casa me dicen que me calle, que yo vivo del cuerpo. Me ha hecho perder autoridad para toda la vida y me parece justo. Pero cuando uno está en un puesto de gestión pretende hacerse cargo de todas las variables, y eso te lleva directamente a la melancolía. Es absolutamente imposible, porque hay una variable, muchas veces determinante en el fútbol, que es la del azar, y nadie la atiende. Pensamos que esto depende meramente del mérito o del árbitro, pero hay otros elementos totalmente casuales y que tienen una influencia muy grande, porque al final un tiro que pega en el palo y sale o pega en el palo y entra no significa sólo un gol, sino también el desplazamiento del estado de ánimo hacia un lugar o hacia otro. La cadena de consecuencias del tiro en el palo es mucho más grande de lo que creemos.

Qué importa, ¿jugar bien o que el balón entre?

Es un juego competitivo, por lo tanto que el balón entre es esencial. El gol es el objetivo. Lo que ocurre es que hay gente que cuando piensa en el gol no piensa como objetivo meterlo, sino que no se lo metan, y ahí empezamos a condicionar el juego. Considero un error poner el triunfo antes que el juego, porque el juego es el cómo accedo al triunfo. Me ha parecido siempre una estupidez lo de elegir entre jugar bien o ganar. Si me lo pones así prefiero ganar, pero ¿cómo lo hacemos para ganar? ¿Qué preferimos, un imbécil bueno o un hijo de puta malo? Son cosas de una naturaleza tan distinta que está muy mal compararlas. ¿Prefiero jugar bien o mal? Pues jugar bien. ¿Y ganar o perder? Pues prefiero ganar. Pero si mezclamos el color de los calzoncillos con manzanas o peras nos confundimos. Uno de los episodios que me resultaron más gratificantes este año fue el partido entre el Athletic de Bilbao y el Barcelona en San Mamés: un extraordinario partido con lluvia que tuvo todos los ingredientes, desde el poético hasta el épico. El Athletic iba ganando hasta dos minutos antes del final. Hubo un empate que frustró a ambos equipos. Después del partido estuve con Guardiola y con Bielsa y los dos estaban felices por haber sido protagonistas de un gran partido. Fue una de las escasísimas ocasiones que vi a dos protagonistas del fútbol anteponer el juego al resultado. Y eso cinco minutos después del partido, porque cinco días después es más fácil pero cinco minutos después, cuando el humor está tan condicionado por esa emotividad fresca que deja el duelo, me pareció que estaban cerca de la verdad.

Hablas de dos personajes bastante atípicos, sobre todo Bielsa.

Los dos tienen algo en común, y es que a través del fútbol buscan la grandeza. Eso me parece muy meritorio, porque es un medio tan presionante que te vuelve mezquino. Pero cuando se dan dos búsquedas tan nobles por el resultado está implícita la grandeza. El fútbol es un lugar donde eso resulta posible. Cabe todo: las mayores miserias y las mayores grandezas. Cuando uno se encuentra con la grandeza se reconcilia con el fútbol.

Hablando de grandeza, ¿recuerdas el momento en que Maradona toma el balón y empieza a driblar ingleses?

Perfectamente. Recuerdo que cuando la pelota entró supe al momento que para Maradona habría un antes y un después de ese gol. Y, de hecho, se lo dije en la ducha: “Ya está, te acabas de sentar en el mismo lugar que Pelé”. Y entonces me empezó a explicar cosas de la jugada. Siempre digo, en broma, que tuve la virtud de sacar la pelota que Diego metió. Yo fui el que recogió la pelota de dentro del arco. Nadie le asigna el mismo valor a eso. Curiosamente, fui donde él estaba y se la di, porque era una jugada tan suya que el cuerpo, más que ir a abrazarle, me pedía hacer algo útil.

Eso pasó en el momento crucial de un Mundial. ¿Qué efecto tuvo ese gol y ese partido en ti y en el equipo?

Fue aumentando en importancia a medida que ha ido pasando el tiempo. En ese momento teníamos un problema y él lo resolvió. Fue el peor partido de Argentina en el Mundial, y creo que el único que, sin ninguna duda, no habríamos ganado sin Maradona. Los demás teníamos alguna posibilidad de ganarlos sin él, pero ese no. Tuvo una importancia simbólica por toda la carga emocional que traía el partido. Para los argentinos era algo así como “con bombarderos nos pueden ganar, sin ellos ganamos nosotros.” Y ese día Diego, con la fuerza de su personalidad y de su genio futbolístico, se convirtió en el nuevo general San Martín.

¿Sigues tratándole?

Últimamente no, se enfadó por un comentario que hice antes de que asumiera el cargo de entrenador de Argentina. Esas ofensas…

Personaje peculiar.

Es que no resulta nada fácil ser Maradona. Hace poco estaba en Bariloche, Argentina, y me encontré con una bandera donde estaban el Che Guevara, Evita, Gardel y Maradona. Claro, si uno está muerto sale indemne de todo eso, pero ser un mito viviente es incomodísimo.

En cambio, ¿por qué parece tan fácil ser Messi?

Son personalidades distintas. Diego era muy volcánico, y eso lo convirtió en un producto de consumo informativo permanente, dentro y fuera de la cancha. Lo fui a visitar alguna vez a Nápoles y era como un carnaval permanente. Él salía en coche de su casa y abajo lo esperaban veinte o treinta chicos con motocicletas que lo iban acompañando, alguno lo adelantaba e iba gritando “Arriva Maradona!”, y entonces salía el almacenero, el del bar… todos los días se daban situaciones que sólo se podían dar con un personaje como Maradona. No me imagino un episodio parecido con Messi en Barcelona, a pesar de que el fútbol no ha hecho más que crecer desde hace veinte años hasta ahora. Todos sabemos que Messi no podrá tomar un café en una terraza cerca de la Sagrada Familia, pero en ningún caso atrae tanta expectación cuando no juega a fútbol. La atrae desde que empieza el partido hasta que acaba, y luego deja de interesar.

¿Eso es por él o por el entorno, porque no está en Nápoles o Argentina?

Creo que también es por él. Maradona ha tenido opiniones sobre todas las cosas, y eso lo fue transformando cada vez más en un personaje de dimensión mundial. En la Copa del Mundo de 1986, a medida que las selecciones caían eliminadas los futbolistas se volvían a casa. Pero los periodistas se quedaban. Al final, cuando hace una rueda de prensa cualquiera de los dos equipos que van a luchar por el campeonato al día siguiente, llegan a una concentración 2.000 periodistas. La última rueda de prensa de Maradona en aquel Mundial fue algo impresionante: él, tras una valla de alambre, caminando, y todos los periodistas intentando llamar su atención para conseguir algún tipo de complicidad que hiciera que él se detuviera y le dedicara una respuesta. Y ahí estábamos Burruchaga, Passarella y yo siendo espectadores del espectáculo como si fuéramos hinchas y no protagonistas del mismo partido al día siguiente. La fama, sobre todo en esa dimensión, tiene un efecto hipnótico. Pero además Maradona tuvo una enorme carga simbólica en Argentina, porque coincidió con un momento de un país al que se le fue cayendo el relato histórico. Argentina, se decía desde siempre, es un país donde nunca va a haber hambre. Y aparecieron problemas de desnutrición gravísimos. “Estamos lejos de cualquier conflicto y aquí no habrá guerra nunca”, y llega la guerra de las Malvinas… Iban derrumbándose mitos nacionales cuando surgió Maradona, que gana a Inglaterra y se convierte en una celebridad mundial. Fue una manera de decir: “Argentina existe, estoy aquí. El relato no es el mismo, pero seguimos siendo un país que cuenta en el mundo.”

¿Qué relación tiene el Mundial del 86 con el del 78? Porque, desde fuera, el del 78 no tuvo buen aspecto.

El mayor cómplice del Mundial del 78 fue la FIFA, porque le dio un certificado de autenticidad a la dictadura argentina, y el que padeció esa injusticia fue el equipo, porque jugaba muy bien al fútbol. Esos jugadores se sentían representantes de la gran pasión popular argentina. Lo que pasa es que cuando hay que levantar la copa el que capitaliza la fuerza de esa imagen es el dictador. Y esa foto ha condicionado el aprecio al campeón.

El 86 fue el momento de decir que se podía ganar sin Videla y fuera de casa.

Campeonato de visitante, una figura indiscutible, el gran héroe de esos tiempos con la camiseta de Argentina y ninguna sospecha en el camino. No hizo falta ni una prórroga.

Ni porteros peruanos que se dejan golear.

Ni porteros peruanos.

¿Crees que las circunstancias que rodearon a ese Mundial del 78 perjudicaron la figura histórica de Kempes como futbolista?

No creo. Kempes es uno de los jugadores más humildes que he visto en mi vida y fue él mismo el que se escondió de la celebridad que proponía el momento. Era el mejor jugador del mundo, y al día siguiente estuvo ilocalizable porque se fue a su pueblo a cazar perdices por el placer de caminar por el campo y estar solo.

Lo digo en el sentido de que si se hubiera ganado el mundial del 78 sin esas sospechas, ¿no estaría Kempes más reconocido?

Creo que tiene que ver con el impacto que producen las personas, y Mario era un tipo muy particular en ese sentido. Cuando se juega el Mundial del 82 Menotti da las camisetas por abecedario, y a Kempes le toca el 10. Maradona, entonces, le pide el 10 y Kempes se lo da sin ningún problema. Era un tipo que nunca se dio importancia a sí mismo, y fue un talento superior, aunque no de niveles maradonianos.

Y cuando se marca un gol en la final… ¿qué?

Es algo que te supera. Es como un relámpago, un “esto no me está pasando a mí, no puede ser verdad. Ahora vendrá mi mamá, me despertará y me dirá que hay que ir a colegio, como a Felipe, el de Mafalda.” La felicidad tiene un límite y ese es un episodio que supera ese límite. Desde que nací hasta que metí el gol pasó más o menos el mismo tiempo que desde que metí el gol hasta hoy, y puedo decir que fue mucho más bonito soñarlo que recordarlo. Cuando veo el gol veo a un tipo que mete un gol, no me veo a mí metiéndolo; es una cosa extrañísima, no me produce ninguna emoción distinta al gol que metió Diego contra Inglaterra, que también veo de vez en cuando.

¿Sigues soñando con marcar goles?

Ahora sólo dormido, pero cada vez fallo más. El subconsciente sigue ahí, entreteniéndose con los goles. Y hay otro sueño recurrente, que es que estoy jugando un partido pero ya estoy viejo, y quizá ese sea el último partido, y es una sensación horrible porque lo que intento durante todo el partido es que los demás no se den cuenta de que ya no sirvo para eso. Creo que es el miedo al final, que el futbolista sufre los últimos tres o cuatro años de su carrera, y que ha quedado en algún lugar.

Tú no tuviste ese final agónico.

No, una hepatitis me ayudó a no tomar la decisión. Fue el cuerpo el que decidió por mí.

Pero aún te quedaba fútbol.

Tenía apalabrado un contrato para irme al Nantes tres años, por lo que ni siquiera veía la inminencia del final y, de pronto, llegó impuesto.

¿Cómo lo llevaste?

Bien, porque empecé a escribir en El País, empecé a hablar en la Ser, empecé a hacer comentarios en Canal Plus… y de pronto descubrí que del otro lado también había vida.

Pero vida sin goles.

Sí, pero con noches, con salsa, con un cierto desorden a la hora de vivir… Yo me había tomado la vida de futbolista con mucho rigor y seriedad, y sentí aquello como un alivio vital. Ya podía distenderme y abandonarme un poco. Podía salir una noche y estar hasta las tres de la mañana sin sentirme vigilado por un socio del Madrid que dijera: “Mira este por qué falla lo que falla, no me extraña.”

Como persona relacionada con el deporte y como lector, ¿te satisface el periodismo deportivo tal y como está ahora?

Al periodismo deportivo le pasa lo mismo que al fútbol: que exagera. Y lo hace para los dos lados posibles, porque hay un muy buen periodismo deportivo, gente que convierte una crónica en un cuento y, en ocasiones, la crónica supera en belleza al partido del que se habla; y luego hay otro tipo de periodismo que no bastardea el fútbol pero sí bastardea el debate. Se concentra mucho en la polémica arbitral y en las declaraciones de los protagonistas, y envuelve todo eso en un debate interminable que da la sensación de que contamina la pureza del juego.

¿Hasta qué punto es inevitable que la tendencia sea hacia lo malo?

El fútbol se ha convertido en un producto de consumo, y todo aquello que se transforma en un negocio termina perdiendo valores de referencia. Es inevitable. Además, el mismo devenir del periodismo provoca esta especie de conexión salvaje entre la opinión pública y el fútbol. La sociedad se ha infantilizado, estamos en la sociedad del espectáculo… el fútbol consagra todo eso, y hay que contarlo en el lenguaje que sea. Lo que pasa es que la sociedad del espectáculo no convierte en célebres solamente a los jugadores, sino que para sobrevivir el periodista tiene que convertirse en célebre o, por lo menos, en visible. Y para ser visible, como me dijo un periodista de televisión hace poco, o se está buena o se dicen burradas. Él lo culminó diciendo “yo buena no estoy”, así que la opción que había elegido quedó claramente expresada. Pero en alguna parte del periodismo hay una consciencia de que sin decir burradas, sin ponerle mucho acento a la polémica, sin emplear palabras muy fuertes… se hace difícil hasta conservar el trabajo.

Parece lógico que si el fenómeno es claramente irracional porque está envuelto en sentimientos, forzar la irracionalidad te lleve a las conspiraciones, las paranoias, las fantasías…

Es un deporte altamente opinable… Están las estadísticas y las opiniones, por eso ganar es cada vez es más importante, ya que es como un martillazo sobre la mesa: “He ganado, luego tengo razón. No importa cómo, tengo razón.” Pero luego está todo lo opinable, y ese es un mundo con tantas variables posibles que da pábulo a cualquier barbaridad. Hay quien ve conspiraciones judeo-masónicas hasta en un Calahorra-Zaragoza B. Es una cosa que el fútbol admite hasta con naturalidad. Además es un medio donde los buenos son los míos y los malos los demás, y ese maniqueísmo se lleva hasta las últimas consecuencias.

Cuando uno lo ve desde arriba porque está en un peldaño de gestión, ¿sigue existiendo ese maniqueísmo? ¿Sigues pensando en “los míos” y “ellos” o hay una conciencia de clase, de que estamos todos en el mismo negocio?

Creerte el cuento es una cuestión de supervivencia porque al fin y al cabo estás defendiendo los intereses de un club con obsesiones muy particulares. Cuando entras en un club tienes que entrar convencido de que los buenos somos nosotros.

¿Puedes autoconvencerte?

Cuando uno es profesional de esto durante mucho tiempo ha de tener un poco de flexibilidad y generosidad. Hay que tener en cuenta que el fútbol debe estar siempre por encima de nuestra obsesión particular, que es nuestro equipo, porque a fin de cuentas del fútbol vivimos todos, así que debemos cuidarlo. Todo tiene un límite.

Pero es que incluso a quien intenta mantener ese límite, y estoy pensando en Guardiola, que no hace declaraciones espectaculares y procura respetar al contrario, se le critica, se dice que es un falso.

Existe un deseo de que Guardiola sea malo, y como no representa ese papel, entonces está simulando porque él, en esencia, es malo. Es un juego que tiene que ver con esta historia de buenos y malos. Para disfrutar del fútbol en toda su plenitud hay que querer a un equipo y hay que odiar un poco a otro. Eso a veces se lleva demasiado lejos y termina creando un clima pre-violento que debiéramos cuidar porque nunca sabemos dónde está la raya roja. Hay gente, y uno eso lo descubre en los foros, que vive al límite. Uno lee comentarios y piensa: “Espero no encontrarme con este tipo en ninguna esquina porque eso no puede terminar más que mal.”

¿El Valdano aficionado todavía es tan aficionado como para odiar a algún equipo?

No, para odiar a un equipo no. A eso no llego. No soy un buen hincha, soy capaz de admirar al enemigo.

¿Incluso a “los canallas”?

Bueno, eso es mucho decir. Pero si Messi fuera “canalla” trataría de disfrutarlo. Tengo a un amigo de Newell’s que no ha leído nunca al “Negro” Fontanarrosa porque era de Central. Y es profesional, así que la pregunta está bien traída, porque podría ser perfectamente posible.

Paralelamente al fútbol te has dedicado a la didáctica sobre formación de equipos empresariales. ¿Realmente se extraen experiencias válidas del fútbol?

Muchas. Dentro del mundo del fútbol he pasado por todos los sitios: jugador, entrenador, director deportivo, director general, medios de comunicación… y ser un protagonista central de un medio tan abrupto inevitablemente te contamina y te hace mirar todo desde un lugar diferente. Lo único que no he perdido es la fe en el deporte como vehículo de formación. Primero, porque entiendo que de la exageración siempre se vuelve con enseñanzas, y el fútbol es un mundo de exageraciones; en segundo lugar, porque en estos momentos se hace muy difícil captar la atención de un niño, y el deporte es una excusa perfecta. Cuando uno atrae hacia el juego a un niño lo predispone de una manera muy positiva, y hay que aprovechar esa predisposición para meterle en la cabeza la mayor cantidad de valores y mensajes edificantes posible. No es que considere que el fútbol puede cambiar al mundo, pero sí puede ser un instrumento para ayudar a cambiar al hombre. ¿Qué es lo que en estos momentos cuesta mucho con los chicos? Hacerles creer que el esfuerzo es un valor, por ejemplo. A través del deporte eso se lo hacemos entender de una manera apasionada, recreativa y placentera. Y ahí me parece que hay un arma de formación muy potente.

¿Qué puede aprender del fútbol un empresario?

Cualquiera, en cualquier ámbito profesional, tiene que creer en un producto: en un café, en un teléfono móvil, en un coche… La excelencia de ese producto hace más fácil la venta, y su mediocridad la dificulta. En los equipos deportivos el producto es el equipo, por lo que es un medio exageradamente humano, y la materia prima del equipo son los seres humanos con sus debilidades y fortalezas. Además son gente sin mucha formación que juegan y tienen miedo.

Esto es diabólico.

No, no es diabólico. Digamos que son tres elementos que te ayudan a ver la naturaleza del hombre. En un vestuario, si uno mira con cierta atención, ve lo que se ve en otro lado: el líder, el vice-líder, el melancólico, el sindicalista, el generoso, el mezquino, el valiente, el cobarde… Se descubre muy fácilmente. De ahí se pueden extraer lecciones que son perfectamente aplicables a otro mundo. Si yo le digo a un directivo que el genio de una persona nos hace mejores como grupo, el concepto hará más o menos fortuna, pero si lo acompaño con unas imágenes de Maradona con el suficiente impacto, ese concepto pegado a una imagen o una anécdota es mucho más fácil que quede registrado. Quizá no el concepto, pero seguramente la anécdota sí, y la anécdota tirará del concepto. Ese es el instrumento del que me valgo y en el que creo seriamente.

¿Cuál es el mejor líder que has conocido?

Camacho. Un tipo elemental que no te decía catorce cosas, te decía tres, pero estaba tan convencido de las tres que no te permitía dudar. Sobre todo de una: que el domingo íbamos a ganar. Y eso lo transmitía como si se tratara de un imperativo. Te despertaba a las siete de la mañana y te preguntaba cómo ibas a saltar esa noche. Te tenías que levantar de la cama, saltar y sólo entonces se iba y te dejaba seguir durmiendo. Era muy eficaz para este mundo, que es un poco primitivo pero requiere de un estímulo permanente, ya que, al fin y al cabo, cada tres días hay un nuevo reto y tiene que parecer único, aunque sea parte de la rutina del profesional.

¿Nunca has sentido que estabas en un mundo demasiado primario, demasiado provisional?

No, siempre me he sentido y me siento muy cómodo dentro del mundo del fútbol, y he conocido a gente muy inteligente. No instruida, pero sí muy inteligente. Generalmente, el crack es un tipo muy inteligente y lo disimula porque no quiere proyección mediática. Son gente que tienen la intuición, que es la velocidad punta de la inteligencia, y la tienen muy afilada para descubrir quién es bueno, quién es malo, quién se acerca para utilizarlo, quién para ayudarlo… Ese tipo de lectura la hace casi instantáneamente.

No hablamos de Maradona.

Maradona por ahí te dice una frase en la que te reduce un mundo. Va a jugar a Nápoles en el Mundial de 1990 y les dice a los napolitanos: “Napolitano, te utilizan 364 días al año y ahora te piden ayuda.” Y terminó siendo editorial de La Repubblica y del Corriere de la Sera, porque metió los dedos en el enchufe nacional. No hay que subestimar la inteligencia salvaje de los futbolistas.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina — Vídeo: Javier Villabrille