Cómo robar un monasterio

Fotografía: El claustro desmantelado del Monasterio de Ovila, Public Domain/WikiCommons

Este artículo está disponible en papel en nuestra Smart nº5 

La historia nunca ha sido justa con nadie, mucho menos con sus ladrones. El 18 de agosto de 1935 el suplemento Blanco y Negro de ABC despedía con coros y danzas a uno de ellos, retratado como «un Don Quijote honorario que iba por los llanos campesinos inventariando la riqueza de una patria que amaba acaso más que la patria de nacimiento». En el tono almibarado se podía casi masticar la gloria que parecía merecer Arthur Byne, el presunto experto en arte español:

Antes de morir en un accidente de tráfico en Ciudad Real y mucho antes de convertirse en el hombre que se llevó piedra a piedra monumentos medievales españoles a través del Atlántico, a Arthur Byne (Filadelfia, 1884) se le conocía como «el americano». Un hombre alto y bien parecido que viajaba fotografiando iglesias, palacios y conventos junto a su mujer, Mildred Stapley, inventariando la riqueza artística española para la Hispanic Society de Nueva York. Al menos, en teoría. El matrimonio invirtió dos décadas en encandilar a la alta sociedad de la capital —oficiaron de celestinas entre a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí— , al Gobierno, a la Corona y a la comunidad artística como expertos en el patrimonio cultural instalados en España para glorificarlo. En realidad, este arquitecto que jamás construyó nada se valió de esa reputación para consumar uno de los mayores saqueos arquitectónicos del arte español, con la aquiescencia de todos ellos. Ante sus mismísimas narices, robó, sobornó y extrajo del país ilegalmente monasterios, artesonados y un sinfín de edificaciones que desmembró para trasplantarlas después en Estados Unidos, vendiéndolas al mejor postor. Que casi siempre era el mismo.

Byne, refinado, culto y amable, no era en realidad más que un perro de presa, aunque se enmascarara como marchante, agente o anticuario. Rastreaba piezas valiosas para alimentar la transatlántica voracidad de William Randolph Hearst, mucho más que un magnate de la prensa y mucho menos que un amante del arte. Byne vivió al servicio de la compulsividad del emulado ciudadano Kane, cuyo talonario emplazaba el límite en el cielo. «Nadie mostraba, simultáneamente, tal deseo voraz de adquirir y tan poca discriminación en hacerlo», decían de él. Si cuando Hearst quería una guerra no tenía más que llamar a un fotógrafo, cuando el antojo era un monasterio medieval para decorar sus mansiones de Florida o California, llamaba a Arthur Byne.

Santa María de Ovila y Sacramenia

En 1925, Hearst se encaprichó del monasterio cisterciense de Sacramenia (Segovia) y del de Santa María de Ovila (Guadalajara). Byne ya le había enviado un botín de más de ochenta artesonados hispano-musulmanes, y en su salón tenía instalada la sillería del coro de la catedral de Seo de Urgel (Lérida), por lo que no había razón para rebajar la avidez del quizá el más notorio robber baron de la historia. Hearst deseaba incorporar ambos monasterios a su mansión de California, que llamaría castillo Wyntoon y que reconvertiría las piedras medievales en puro delirio, mofándose de cualquier asomo de preservación histórica. La capilla de Ovila serviría de piscina y el coro de la iglesia, de trampolín. La parte norte de la edificación eclesial se transformaría en una playa con arena donde tomar el sol y el conjunto en general, en una monstruosidad de sesenta dependencias en mitad del desierto.

La correspondencia entre Byne y Julia Morgan, la arquitecta encargada de edificar el desvarío en tierras norteamericanas, da cuenta de la profusión de trapicheos que el experto en arte perpetró para conseguir sacar de España ambos monumentos. También, del sumo secretismo con el que se cocinaba toda maniobra, debido a la nada positiva imagen que el expoliador tenía de España: «Yo no estoy confiando, en este país hablador, a la discreción de cualquier mecanógrafa y enviaré todos mis informes con lápiz», alertaba en una misiva, creando el nombre en clave «Mountolive» para todo lo referido al desmembramiento de Santa María de Ovila.

Con el monasterio segoviano la operación fue sencilla y por apenas cuarenta mil dólares se hizo con él, lo desmontó y se llevó sus treinta y seis mil piedras a Nueva York en pequeños lotes, disfrazándolos de materiales de construcción. El destino que corrieron una vez atracados en el puerto neoyorquino es bastante más infame, porque quedaron paralizados en los muelles por miedo a la fiebre aftosa. Cuando comenzó la operación para trasladar Santa María de Ovila, la cosa también se complicó. En 1926 España aprobó la primera ley que prohibía la exportación de obras de arte, al calor de muchos de los atracones previos de Byne, que a pesar de ello nunca cayó en desgracia. Al contrario. Los trescientos mil dólares que Hearst ordenó desembolsar obraron maravillas en el débil Gobierno español, que se abrió de piernas ante la violación de las leyes de conservación cultural, las quejas del Ministerio de Bellas Artes y el recto sentido común. El gran saqueador untó y convenció a las autoridades de que además les hacía un favor, porque el desmontaje y embalaje del monasterio supondría una «solución parcial al problema del desempleo» que también por entonces acuciaba al país. Byne contrató a cien lugareños para echar abajo hasta la última piedra, e incluso logró reconstruir y resucitar líneas de ferrocarril de la Primera Guerra Mundial para poder transportarlo más fácilmente. Pero la construcción de un ferrocarril para la compra ilegal de un hombre rico solo fue el inicio de la afrenta, la crónica de un tiempo en el que el país hizo almoneda de su casa y la vendió al mejor postor.

Si Byne o Hearst se inquietaron en algún momento por los vaivenes políticos que podrían echar abajo su operación de expolio, fue en vano. La Segunda República fue casi tan ineficiente como la Corona y como la dictadura militar a la hora de proteger su acervo, y ni siquiera el estallido revolucionario detuvo el desmantelamiento del monasterio de Ovila: «Los trabajadores de Byne clavaron la bandera roja de la revolución en la iglesia que estaban destrozando ilegalmente y volvieron al trabajo», resumió la revista Time. Cuando Azaña quiso declarar los restos del monasterio de Sacramenia patrimonio nacional, no quedaba más que sombra y polvo de ruinas. Los barcos cargados de las piedras medievales de Ovila arribaron a San Francisco en 1931, y allí se quedaron. Lo único que puso freno a la ambición del magnate y la inoperancia española fue el tenaz azote de la Gran Depresión.

El fin del sueño medieval

No hubo piscinas en catedrales, ni soláriums medievales en California. El proyecto del castillo Wyntoon, presupuestado en más de cincuenta millones de dólares, se vino abajo tan pronto las piedras atracaron en suelo estadounidense y la Bolsa se estrelló. Los asesores financieros de Hearst lo disuadieron, y a resultas de esa renuncia el monasterio de Ovila quedó abandonado a su suerte en un depósito del puerto como un vestigio del capricho. Años después se arrumbó en el parque del Golden Gate, donde permaneció acumulando desidia unas décadas más, hasta hace prácticamente cuatro días. La travesía desde la estepa castellana concluyó en 2013, cuando la ciudad de San Francisco decidió regalárselo a los monjes de la pequeña comunidad cisterciense de Vina, al norte de California. Estos se las ingeniaron para reconstruir parte de la edificación del siglo XII —entre otras cosas, asociándose con una marca de cervezas que ahora se bautiza en su honor—  y hoy la capilla gótica de Santa María de Ovila vuelve a estar en pie, aunque aún está acordonada de engaños. «Durante seis centurias el monasterio gozó de una poderosa influencia en los alrededores hasta que en 1935 el Gobierno español lo cerró, junto a otros novecientos que compartieron el mismo destino. Cayó entonces en manos privadas y en un estado de desidia», informa una placa al visitante, tratando de condensar la historia del monasterio en un espacio cuadrangular. Pero sin Hearst ni Bryne, es solo un pedazo de una historia más injusta.

Los claustros de St. Bernard de Clairvaux, Miami, como se ven hoy en día. (DP)

Tampoco el monasterio de Sacramenia escapó al languidecimiento ni a los escombros. Después de pasar años retenido por el temor a la fiebre aftosa —España había vivido un brote en 1925 y las autoridades estadounidenses no querían asumir el riesgo, así que quemaron el embalaje original—, las 10 571 cajas recalaron en un almacén del Bronx. Pero, fruto de la quema, también se redujeron a cenizas los números de identificación de las piedras, convirtiendo el monasterio propiedad de Hearst en lo que la prensa de la época bautizaba jocosamente como «el mayor rompecabezas de la historia». El magnate lo consignó al olvido al ver diezmado su patrimonio, hasta que en 1937 empezó a liquidar masivamente sus posesiones artísticas, entre las que, además de una momia egipcia, armaduras y unas gafas de Benjamin Franklin se encontraban diez mil piezas de un monasterio medieval español que nadie quería. Veinte años después dos empresarios de Cincinnati, William Edgemon y Raymond Moss, atisbaron en el puzle maldito una posibilidad de negocio de playa. Compraron los restos del monasterio y se lo llevaron a Miami para reconstruirlo, convirtiéndolo en una opción de ocio para los turistas de costa en busca de «un viaje de retroceso en el tiempo de ochocientos años», situándolo como competencia de los parques de atracciones y las playas de arena blanca. No funcionó. Las pérdidas se acumulaban y los empresarios nunca recuperaron la inversión inicial de la reconstrucción, por lo que el monasterio de Sacramenia —allí bautizado como St. Bernard de Clairvaux— volvió a estar al borde del derrumbe, pero esta vez definitivo. El talonario  de un filántropo y su posterior donación a la diócesis episcopal de la localidad lo impidieron, manteniéndolo hasta hoy como un resquicio de historia en mitad de Miami Beach, que recibe más de cincuenta mil visitantes al año y donde se celebran más de doscientos bodas. A la primera oficiada por el sacerdote actual, la estrella invitada fue Britney Spears.

La peripecia de Hearst es singular, pero no única. Testimonio de ello son las estructuras medievales que aún subsisten diseminadas al otro lado del Atlántico, en Nueva York, Filadelfia, Detroit, San Francisco, Miami o en mitad de la nada, como en Vina o Milwaukee. Todas ellas flores raras, desubicadas en su entorno fruto de una fiebre desatada entre 1914 y 1934, cuando la idea de comprar un edificio medieval, desmantelarlo, enviarlo a través del océano, almacenarlo y luego reconstruirlo en una nueva ubicación no era un propósito descabellado, ni una ambición (solo) de unas mentes podridas por el dinero y unas autoridades pusilánimes. Robar un monasterio solo era cuestión de sobornos. Como Hearst, otros magnates como John D. Rockefeller Jr. trasladaron una veintena de propiedades a EE. UU., aunque el recuento aún mantiene en liza a los historiadores. Y es que también los menos acaudalados de aquellos inicios del siglo XX pudieron celebrar su atracción por el pasado europeo adquiriendo saldos arquitectónicos medievales, muchas veces ruinosos tras las guerras de religión del siglo XVI: un diplomático estadounidense adquirió una casa señorial inglesa y la llevó, piedra por piedra, hasta Virginia. La hija de un magnate del ferrocarril se instaló una capilla gótica francesa en su finca de Long Island, junto a un castillo renacentista que había reconstruido anteriormente.

Ya decíamos que la historia es especialmente injusta con sus ladrones. Lo es aún más la gloria, que, aún hoy, sigue abrazando a Arthur Byne, que descansa en un cementerio de Carabanchel, como un «insigne hispanófilo, cuya muerte constituyó una verdadera pérdida para el arte español».

Y su vida, también.


Palabra de ladrón

El Dioni en el aniversario del robo del furgón. Foto: Cordon Press.

Leo que El Mundo entrevista al Dioni en el treinta aniversario de su golpe. Como muchos recordarán, trabajaba en una empresa de seguridad que recogía o repartía en un furgón blindado sacas con la recaudación de comercios, nóminas de empresa y dinerales varios de bancos. El Dioni, fingiendo un ataque de ciática, en un momento en que sus compañeros se bajaron del vehículo, aceleró y se largó con alrededor de trescientos millones de pesetas, casi dos millones de euros. Al cabo de unos meses lo encontraron en Brasil, donde fue detenido.

En la entrevista, de titular «Soy el menos hijo de puta de todos los que han robado en España», anunciaba la salida de un libro de memorias que recopilaba todos sus recuerdos de aquella, la gran peripecia de su vida. Es curioso porque yo ya tenía un libro de esas características. Se titulaba Palabra de ladrón (Colección Documentos, Prensa Siete) y apareció en 1994. A partir de conversaciones en Alcalá Meco con los periodistas de El Periódico Jordi Gordon y Mariano Sánchez Soler, se había reconstruido toda la historia.

La verdad es que después de su paso por el mundo de la canción ligera y el cine porno el personaje ha quedado sobreexplotado, pero en los noventa ese libro estaba bastante bien. Había una historia de serie negra bastante cañí, pero con buenos tics literarios. No en vano, la obra venía recomendada nada menos que por el escritor y maestro del género Juan Madrid, que edulcoraba el suceso tal y como hace su protagonista actualmente: «En este país de ladrones nunca cayeron mal los ladrones que roban a otros ladrones sin matar a nadie ni hacer más daño que el que se hacen a ellos mismos».

¿Por qué cometió la apropiación indebida? Según contó en Palabra de ladrón, porque llevaba años en la empresa sin ver una hora extra y, a la hora de la verdad, después de tanto esfuerzo, le habían relegado a los furgones donde cobraba casi la mitad que como escolta; puestos que se habían cubierto con empleados que tenían enchufe. Como venganza, maquinó su plan.

Lo cierto es que si al leer lo mira uno en perspectiva, antes de tener el encuentro con su jefe en el que se planteó esta discusión, había tenido un incidente en una discoteca en el que le habían abierto la cabeza con un vaso y había terminado en comisaría porque le acusaron de sacar su arma en la pelea. En esas memorias se deja claro que le tendieron una trampa por una historieta pasada y bla, bla, bla… Pero por ese motivo, porque no podía ir de escolta de Miguel Durán, entonces director general de la ONCE, con la cabeza vendada por una trifulca, le apartaron de su puesto. Aunque él dice que fue cosa suya, que lo pidió. El lector, como en Elige tu propia aventura, puede hacer sus cábalas.

En el primer perfil que le dedicó El País justo después del suceso, el 4 de agosto de 1989, decía: «En 1980 ingresó como vigilante en Candi, pese a que la mayoría de sus vecinos pensaba que no duraría mucho en este trabajo debido a su afición a la vida nocturna (…) Cuentan en su barrio que Rodríguez había pedido presupuesto a un amigo manitas para que le fabricara una cama giratoria y un juego de luces adecuadas para un dormitorio de atmósfera excitante». En estas cuatro líneas está toda la esencia del personaje.

El motivo oficial, publicado en estas páginas, por el que decidió «hacerse un blindado» fue por los derechos laborales. De hecho, como alegó su abogado en el juicio, tuvo el detalle de no llevarse del furgón una de las sacas, que correspondía a la nómina de los trabajadores de una empresa. Siempre quiso dejar claro que no robó a trabajadores, dejando esas bolsas de dinero en el furgón, y se apropió del dinero del banco, como dice en esta última entrevista, con la intención de «meterle una preferente al banco antes de que ellos me la metieran a mí».

Sonar, suena bien, pero mejor pasemos a escenas irrepetibles. Cuando dio el golpe, se refugió en un piso de Vallecas. Ahí, rápidamente, presa de la angustia por la precipitación y falta de planificación con la que había realizado el robo, se arrepintió. Pensó que si huía al extranjero tal vez no volvería nunca a su barrio. Una verdadera lástima, porque la descripción que hace de aquel ambiente y años de juventud es única, es un mosaico imposible:

En el cuarto piso vivía Paco Valladares, en el portal de al lado, el Bombero Torero; y en casa de doña María, en régimen de pensión, vivían varios jugadores del Real Madrid. Fui muy amigo del actor Rafael Arcos, al que conseguía preservativos. Estudié hasta los catorce años en el colegio del Pilar, Santa Ana y San Rafael. Incluso formé parte de una tuna llamada Crisol de Arte, que dirigía el futurólogo Marqués de Araciel. Con todas aquellas imágenes en mi cabeza no pude evitar una sonrisa amarga. 

Para que se le subiera un poco la moral en esos momentos críticos, pidió a sus amigos que le consiguiesen casetes de «Pink Floyd, Julio Iglesias, Police…» pero quien llegó al apartamento fue un tal Celso. La persona que consiguió su traslado a Brasil. Era un ladrón de guante blanco que solo entraba en chalés de lujo. Se ganó la confianza del Dioni mostrándole un reloj Omega Constelation robado en el domicilio de Pozuelo de Rafael Gordillo, jugador del Real Madrid.

Antes de iniciar su periplo, se dedicó a arrugar los billetes del botín. Estuvo dos días sentándose encima de ellos, pisándolos, haciendo papiroflexia. Cuando los turistas se lanzaron a las carreteras el 15 de agosto, salió él también en dirección a Portugal. Tuvo dos opciones en su huida a Sudamérica, la que le ofrecía un matrimonio de acompañarles a Chile y la de Celso, que le propuso Brasil.

Rechazó el país andino «por la dictadura de Pinochet» y se dirigió a Río de Janeiro atraído, entre otros motivos más prosaicos, por la corrupción policial. Le dijeron que allí podría comprar un cadáver humano calcinado para que la policía, previo pago, diera parte de su fallecimiento en accidente de tráfico. Simular su propia muerte.

La frontera con el país vecino la pasó con su propio DNI, aunque estaba en todos los telediarios, sonando casetes de Julio Iglesias y Los Panchos en el reproductor del coche. En la capital portuguesa, mientras falsificaba el pasaporte para cruzar el Atlántico, tuvo tiempo de inspirarse viendo a Roberto Carlos en directo en la plaza de toros de Lisboa y se las arregló para pasar la noche en compañía de prostitutas dos veces. No hubo una tercera porque, desgraciadamente, antes de hacer un menage à trois, el sueño de su vida, el Chivas le pasó mala factura y las dos mujeres tuvieron que meterle en la bañera. Se bebía la vida de un trago, como se dice.

Con una resaca cósmica, atravesar el control de pasaportes era la parte más complicada. El relato de estas escenas sí que pertenece al pasado, hoy día nunca se haría, o no se debería hacer en esos términos, pero es otro de los momentos álgidos de una historia que llegados a este punto, el centenar de páginas, uno seguía leyendo enganchado más por lo inverosímil que por la crudeza:

Estaba un poquito pasado de copas, maquillado, con la peluca rubia de pelo largo, la mariconera cargada de billetes, un radiocasete estereofónico bajo el brazo y una ligera cojera causada por la ciática. Aparentaba cualquier cosa menos una persona normal; más bien parecía un gay, y yo me dispuse a interpretar mi papel (…) me armé de valor y, echándole un poco de humor al asunto, avancé con mi cojera y mi peluca rubia. Con un «hola» afeminado en los labios —que algunas veces usaba en broma con mis compañeros de Candi—, saludé al policía que sellaba los pasaportes. Este más que ninguno pensó que yo era un afeminado extremo, de los que rozan la locura. Con cara de pocos amigos y, quizá satisfecho de que un tipo semejante abandonara su país, metió un golpetazo sonoro al pasaporte y me dejó pasar.

Foto: Cordon Press.

En el avión las azafatas se rieron de él cuando, durmiendo la mona, se le cayó la peluca. Al llegar, no recordaba cuáles eran sus maletas y, en la cinta transportadora, esperó a que todo el mundo recogiera las suyas a ver si eran las que quedaban. El viejo truco. Con el nuevo pasaporte no hubo problemas en entrar en Río de Janeiro. Respirando sus calles, gritó libertad:

«¡Esto es como La Manga, pero a lo bestia!» —exclamé. 

En este segundo tercio del libro la trama detectivesca se difumina. Pasamos al relato de unos hechos muy difíciles de entender ni por la época ni por lo cañí. Después de haberle salido el plan de afanar trescientos millones de pesetas, un poco menos de lo que el FC Barcelona había pagado por Maradona en 1982, con su rostro en el telediario y en todos los periódicos y revistas de España, cuando la lógica más elemental conduciría a cualquiera a guardar cierta discreción, digamos que se le fue un poco el pinzón.

Alquiló un apartamento de lujo, según se publicó en este volumen, con vistas al mar y piscina. Iba en helicóptero, cuando no en avioneta. Realizó viajes en barco a las islas cercanas. Se hizo asiduo del restaurante al que iba a cenar su ídolo Julio Iglesias, se permitió el lujo de que una orquesta italiana tocase para él «Oh sole mío» en uno de los restaurantes más caros de la ciudad. Las amistades que hizo en los locales que visitaba le recomendaban «desparramar» cocaína por las sábanas de la cama para que cuando se acostase con alguien, al sudar, su cuerpo transpirase la droga y se pusiera en estado de «macaco nervioso». Para los trayectos cortos, alquilaba limusinas. Elegía el color del vehículo para que hiciera juego con el de la piel de la brasileña que le acompañaba «en cada momento». Porque, adornado o no, lo que queda claro en este texto es que en lo que gastó con más fruición fue en prostitutas:

Sus culos parecían hechos de mármol de Carraca y sus pezones eran duros como castañas pilongas. Cada vez que me miraba una de ellas, los ojos se me ponían como el coche fantástico (…) Frecuentábamos Help y Barbarella. Era asombroso la gran cantidad de mujeres jóvenes y preciosas que había allí y la facilidad para llevárselas a la cama. A los pocos días, mi generosidad se hizo tan famosa que ellas esperaban impacientes su turno. 

El pináculo del éxtasis de esta lectura se alcanza en las primeras cuatro palabras del capítulo diez. Podrían pasar fácilmente a los anales de la literatura universal. Pasaba uno la página suavemente, recorría con su vista la carilla en blanco y, al comenzar a leer el nuevo episodio en página impar, este se iniciaba así: «No todo era juerga».

Solo por ese instante merecía la pena experimentar esta lectura, aunque a partir de ahí fuese cuesta abajo. Contaba su visita a un cirujano para, según el plan, cambiarse la cara e iniciar una nueva vida con una identidad distinta tras, más o menos como se había anunciado antes, fingir su propia muerte. El problema es que un relato de esas características necesitaba, ya pasada la mitad del libro, un giro inesperado. Sin embargo aquí ya se habían acabado las sorpresas. Es más, lo que ocurría después era totalmente predecible. Un día cualquiera pasó lo que tenía que pasar y así lo narró:

Cuando abrí despreocupadamente la puerta, me quedé atónito. A la altura de mi nariz, seis o siete hombres, unos de rodillas y otros de pie, me encañonaban con sus revólveres y pistolones. 

Efectivamente, era la policía. Lo que pasa es que esta tenía cierto interés en que confesase dónde ocultaba el botín. Se lo llevaron a una playa y simularon ejecutarle. Llorando, entre orines y sus deposiciones del susto, se lo llevaron a un local, donde le aplicaron descargas eléctricas en los testículos. No confesó. O eso dijo aquí. Lo mismo sí lo contó y esos ciento cuarenta millones de pesetas que todavía faltan y nadie saben dónde están quizá son la jubilación de un coronel Nascimento de turno. Nunca lo sabremos, o no por ahora.

Aquí es donde se acaba el pacto con el lector que puede ofrecer Palabra de ladrón estirando el chicle al máximo y siempre y cuando sea de los que no buscan prestigio con lo que leen. Lo que sigue es su diario de la estancia en la prisión brasileña, periodo que no estuvo exento tampoco de hazañas sexuales irreproducibles, mucha ansiedad y un instante de alivio, cuando le cuelan en la cárcel un walkman con su cinta de Julio Iglesias.

Extraditado a España, un violador de menores le robó el aludido reloj cuyo legítimo propietario era el futbolista del Real Madrid. En Alcalá Meco estuvo con Carlos Goyanes, dice que iba a misa con Celso Barreiros, detenido en la Operación Nécora, y andaban también por ahí varios miembros del GRAPO, ETA y Terra Lliure, con los que tuvo que mediar, confiesa, para que dejasen jugar al baloncesto con ellos a Ricardo Saenz de Ynestrillas:

No seáis piojosos —me atreví a decirles a los boicoteadores—. Lo mismo que se hacen selecciones de fútbol de diversos países, bien podéis hacer una selección de diversas siglas, o de distintas bandas armadas. 

Esa es la traca final. Como es sabido, en el juicio fue condenado a tres años por apropiación indebida, lo que celebró como un éxito. La prensa, que alguna hubo que comparó su apropiación con los pelotazos que se pegan en los consejos de administración habría tenido más éxito hoy la analogía tampoco le consideró lo que se diría un Robin Hood, «subalterno resentido» (Interviu), «robamelones venido a más» (El Independiente), «cantimpalos con peluca» (Diario 16)… No obstante, ninguno de estos epítetos fueron óbice para que volviera a despreciar el peligro y tomase la decisión de presentarse a las elecciones municipales de El Molar (Comunidad de Madrid) que tenía tres mil trescienos habitantes en aquel momento. Obtuvo diez votos y, con ese crédito, se cerró la primera etapa de sus correrías.