La noche en que Magic Johnson se convirtió en el hombre más odiado de Los Ángeles

Magic Johnson
Magic Johnson. Foto: Cordon Press.

Lo único que tenían en común Magic Johnson y Paul Westhead era un cierto aire de improbabilidad. Los dos habían acabado en los Lakers por un giro del destino y juntos llevaban ya dos temporadas y once partidos. En su primer año como jugador y entrenador respectivamente, habían ganado el anillo, con aquella actuación mítica de Johnson en el sexto partido de la serie final ante los Sixers, cuando Westhead le colocó de «falso pívot» y el chico de Michigan State se fue a 42 puntos, 15 rebotes y 7 asistencias ante la ausencia por lesión de Kareem Abdul-Jabbar. En su segundo año, los Houston Rockets se cruzaron demasiado pronto en su camino. En el tercero, directamente, no se podían ni ver.

Todo había empezado con una moneda al aire y un accidente de bicicleta entre la primavera y el otoño de 1979. El número uno del draft de aquel año se lo jugaban entre los Lakers y los Bulls. Los Bulls estaban ahí por méritos propios, eran un desastre de equipo. Los Lakers, por cortesía de los New Orleans Jazz, que le debían su elección desde que se hicieran con los servicios de Gail Gooldrich en 1976. Al haber sido Jazz y Bulls los peores equipos de sus conferencias, el desempate se haría mediante el lanzamiento de una moneda al aire en el despacho de Larry O’Brien, el comisionado de la liga y antiguo colaborador de John F. Kennedy durante su campaña contra Richard Nixon en 1960.

Si la moneda hubiera salido cara, los Bulls habrían conseguido el número uno… y Magic Johnson habría seguido un año más en la universidad. Probablemente, al año siguiente, los Boston Celtics lo hubieran seleccionado y lo hubieran juntado con Larry Bird, privándonos de una rivalidad histórica. Sin embargo, la moneda salió cruz, los Lakers pudieron elegir primero y se llevaron sin dudarlo al campeón de la NCAA de esa misma primavera. El hombre llamado a cambiar una franquicia que cambiaba a su vez de manos: el excéntrico Jack Kent Cooke pasaba el testigo al aún más excéntrico Jerry Buss, a quien todo el mundo llamaba «doctor», por sus estudios avanzados de química… pero que en realidad era un adinerado promotor inmobiliario.

El primer entrenador de Johnson en los Lakers fue Jack McKinney, un hombre de Philadelphia sin experiencia anterior como responsable de ningún equipo NBA, pero que había trabajado como segundo entrenador en los Milwaukee Bucks de Kareem Abdul-Jabbar y, posteriormente, en los Portland Trail Blazers que ganaron el título con Bill Walton en 1977. En rigor, como afirma Jeff Pearlman en su libro Showtime, McKinney fue el pionero que determinó todo lo que vendría después: el juego libre, el contraataque constante, el vendaval ofensivo… aunque solo durara catorce partidos en el banquillo de los Lakers. El 8 de noviembre de 1979, McKinney no consiguió frenar su bicicleta cuando iba camino de unas pistas de tenis y acabó golpeándose contra el asfalto, de manera que su vida peligró durante varias semanas y nunca volvió a recuperarse al cien por cien.

Ahí tenemos el segundo giro del destino. Sin sustituto inmediato a la vista —Jerry West, el entrenador durante las anteriores tres temporadas, se negaba a pasar otra vez por ese suplicio—, Buss y el general manager Bill Sharman decidieron recurrir al segundo entrenador de McKinney, otro chico de Philadelphia, cuya única experiencia como técnico se remontaba a sus años en la universidad de LaSalle. Westhead, el hombre con quien McKinney iba a jugar al tenis el día de su accidente, fue fiel a las directrices de su maestro y, con su apuesta por un juego rápido y colectivo, no solo se hizo con el equipo sino que se hizo con el título de campeón. Un negocio redondo.

La insatisfacción del príncipe mimado 

Sin embargo, poco más de un año después, las cosas habían cambiado radicalmente, y parte de culpa la tenían el propio Westhead y sus experimentos tácticos. Su empeño en consagrarse como genio de los banquillos cuando le iba mucho mejor gestionando el talento y dejándolo fluir. Hombre de carácter afable, Westhead tuvo unos choques impropios en el vestuario de los Lakers. De entrada, el primer año, se las tuvo con el irascible Spencer Haywood, una estrella de los setenta ya en su cuesta abajo, separado en la práctica de su mujer, la exótica modelo Iman, y nublado por el consumo excesivo de cocaína, cristal y crack.

Haywood acabó fuera del equipo en plenas finales contra los Sixers y no se lo tomó demasiado a bien. En medio de una de sus subidas y bajadas, decidió contactar con unos amigos del crimen organizado. Westhead debía morir. Solo una llamada azarosa de su madre le obligó a replantearse el asunto cuando todo estaba preparado para esa misma noche. Como ven, la NBA de aquellos años no necesitaba a Kyrie Irving para convertirse en una caja de sorpresas de todo tipo. Westhead chocó a continuación con Norm Nixon, que no entendía por qué tenía que ceder tanto el balón a Magic Johnson y, por último, chocó con el propio Magic Johnson, que no entendía por qué no podía correr como loco, dar pases por la espalda, asistir sin mirar y disfrutar del día tanto como disfrutaba de la noche.

Magic era por entonces un chico de veintidós años que vivía demasiado deprisa y dormía demasiado poco. Puede que eso influyera en sus cambios de carácter. El chico alegre y entusiasta que llegó al Forum de 1979 era dos años después una sombra de sí mismo. En ello, tenía mucho que ver el éxito excesivo, que siempre descoloca a determinadas edades, su confusa relación con el dueño de la franquicia, Jerry Buss, con quien compartía una agitada vida nocturna, y, probablemente en último lugar, lo que él entendía como una falta de respeto de su entrenador, empeñado en que el equipo girara en torno a Abdul-Jabbar en todos los ataques en vez de intentar involucrar a más jugadores y correr más a menudo.

En Los Ángeles, Magic lo tenía todo: un equipo competitivo, un contrato multimillonario (veinticinco millones de dólares por veinticinco temporadas, una barbaridad en aquella época), un montón de chicas con las que acostarse cada noche, acceso privilegiado a la Mansión Playboy, y la adoración de toda una ciudad y de toda una casta, la de las estrellas de Hollywood, que se plantaban cada noche en el Forum solo para verle sonreír. Hasta que dejó de sonreír, claro. Y todo el mundo entendió que algo pasaba con el entrenador y que era algo grave, lo que nos lleva al inicio de este artículo.

Aquella noche en Salt Lake City

La noche del 18 de noviembre de 1981, todo estalló en mil pedazos. Los Lakers jugaron en Salt Lake City ante los Utah Jazz y ganaron por los pelos: 110-113. Aunque fuera la quinta victoria consecutiva para los de Paul Westhead, el registro de la temporada seguía siendo pobre (7-4) y el juego, más pobre aún. Magic se mostraba desatento, huraño, con una actitud pasivo-agresiva que sacaba de quicio a su entrenador, consciente de que los tiempos habían cambiado y que los entrenadores ya no podían domar a sus estrellas como antes. Menos aún, a las estrellas mimadas que visitaban a Hugh Heffner junto al propietario del club.

Cómo el revolucionario Westhead se había convertido en un hombre conservador solo se explica mediante un nombre: Kareem Abdul-Jabbar. Probablemente, a Westhead le pasó lo mismo que a todos sus predecesores: vio a aquel gigante capaz de hacerlo todo bajo el aro y se enamoró. ¿Qué podía dar más resultados que darle la bola un ataque tras otro? ¿Qué otra táctica era más sensata que aquel volcar los balones al interior para buscar una y otra vez el gancho redentor? Para los más jóvenes —aunque no tanto—, la comparación podrían ser los Lakers de los 2000, los de Kobe y Shaquille O’Neal. ¿Cuánto tiempo tardó Kobe en darse cuenta de que el triunfo solo podía llegar abusando de la fuerza física de su compañero? ¿Cuántas trifulcas internas costó ese convencimiento? 

Sin embargo, Magic no tenía tiempo para tanto. Magic ya había ganado a su manera y no veía por qué había que cambiar las cosas. Durante el último tiempo muerto, anterior a la defensa decisiva del partido, Westhead y Johnson ya intercambiaron gritos. Una vez en el vestuario, el entrenador llevó a su base titular a un cuartito adyacente para dejarle bien claro que tenía que cambiar de actitud y que no le iba a pasar ni una más. ¿La respuesta de Magic Johnson? Decirle a la prensa, ahí mismo, en un vestuario sórdido de Salt Lake City, que se iba de los Lakers, que quería el traspaso inmediato, que no iba a volver a hablar con nadie hasta que no lo solucionara todo con Jerry Buss, su compañero de farras.

Las declaraciones de Magic salieron en los periódicos del día siguiente, pero ya se habían reproducido en radios y en la recién creada cadena deportiva ESPN, que emitía resúmenes en sus distintos «Sportscenter», repartidos a lo largo del día y la noche. Aunque los códigos internos ya habían cambiado de hecho, los externos seguían invariables: para el aficionado medio, era impensable que un chico de veintidós años se declarara en rebeldía ante la autoridad de su entrenador. Un síntoma más de una liga en decadencia que no había manera de reflotar. ¿Cómo era posible que Johnson quisiera marcharse de Los Ángeles apenas dos años después de haber llegado y unos meses después de haber firmado un contrato completamente disparatado?

En el fondo, todo el mundo sabía que el traspaso no era una petición sino una amenaza: Magic quería que se fuera Westhead del equipo y que le pusieran a alguien más acorde a su forma de entender el baloncesto. Alguien que creyera en el proyecto inicial de Jack McKinney como algo más que un recurso puntual. Exactamente lo mismo que quería Jerry Buss, por otro lado, quien, nada más levantarse de la cama, llamó a Westhead, le citó en el Forum de Inglewood y le anunció su despido. El pulso había durado unas horas. Buss ni siquiera tenía sustituto.

La torpeza de Buss y la clarividencia de West

Ahora estamos muy acostumbrados a que muchas cosas pasen muy rápido y aun así nos cuesta digerirlas. Imaginen al aficionado de los Lakers que, en poco más de dos temporadas, ha cambiado de dueño, ha cambiado de ídolos, ha ganado el anillo, ha perdido en primera ronda… y ahora cambia por tercera vez de entrenador. Imaginen, además, que ese aficionado se entera de que todo es culpa de un chico que ha decidido que no va a jugar más en su ciudad si no le cambian de «jefe», que mejor volverse a Detroit o buscar su futuro en Nueva York.

Incluso en una cultura del éxito como la que se empezaba a instalar en Estados Unidos a principios de los ochenta, determinados actos de arrogancia eran difíciles de perdonar. No ayudó en absoluto la torpeza de Jerry Buss y sus propias indecisiones. De entrada, parece claro que Buss llevaba tiempo queriendo echar a Westhead por traicionar el —llamémoslo así— «espíritu McKinney». ¿Por qué no lo hizo? Básicamente, porque no se atrevió. Delegó la decisión en sus responsables deportivos, Jerry West y Bill Sharman, y dejó a un lado sus instintos.

Una vez le estalló en la cara el chantaje de Magic —y, no nos olvidemos, Magic y Buss eran demasiado amigos como para no saber que la situación era desesperada—, el propietario de los Lakers sobreactuó. Cambió la mano izquierda por la derecha y resolvió todo de un sopapo en la cara del más débil. Eso nunca es agradable de ver. Un multimillonario cargándose a un trabajador por lo que parece el capricho de otro multimillonario. Las cosas se podrían haber hecho mucho mejor, de manera menos inmediata y con un mejor manejo de las relaciones públicas con prensa y aficionados.

Pero no, se hicieron como se hicieron. Y el caso es que, cuando Buss, unilateralmente, decidió echar a Westhead, todo el mundo entendió, lógicamente, que el que mandaba en los Lakers era Magic Johnson. Lo entendió incluso Kareem Abdul-Jabbar, el gran contestatario, al que nunca, en la vida, se le habría ocurrido algo así. Tan apresurado fue todo, que Buss se reunió con Sharman y West para evaluar los daños una vez ya había despedido a Westhead. El propietario tenía la esperanza de que West, leyenda del equipo, silueta de la liga, acudiera al rescate, pero West seguía sin estar por la labor y filtró, en cambio, el nombre de un excompañero suyo que llevaba un par de años como ayudante de Westhead: Pat Riley, el hombre que culminaría en los siguientes años el sueño ochentero de Hollywood.

La peor rueda de prensa de la historia

El problema era que, en rigor, Riley no era un entrenador. Sí, tenía la experiencia de los meses compartidos con Westhead, pero no había dirigido ningún equipo de ningún nivel. Si su elección como ayudante ya había sido una sorpresa tras el accidente de McKinney —Westhead en primera persona lo eligió, cuando Riley se encargaba de comentar partidos junto a Chick Hearn, con bastante éxito—, pensar seriamente en él como primer entrenador parecía una locura. A Buss se lo debió de parecer, desde luego, porque cuando dio la rueda de prensa, anunció solemnemente que el nuevo entrenador era… Jerry West.

Aquella rueda de prensa, como podrán ver en el vídeo inferior, es el ejemplo de una franquicia en medio de un caos sin aparente solución. El propietario balbucea, el entrenador anunciado dice que no, que él como mucho puede echar una mano a Riley… y Riley sonríe, aún sin demasiada gomina en el pelo, con gafas de intelectual, intentando quizá quitarse de encima la imagen de jugador leñero que le acompañó durante toda su carrera como profesional en San Diego, Los Ángeles y Phoenix.

Solucionados (o no) todos los problemas, Riley quedó a merced del escrutinio de los medios. Una de las preguntas a Buss había rozado, merecidamente, la crueldad: «¿Y qué pasa si a Magic Johnson no le gusta Riley?». Una vez abierta esa espita, complicado impedir que el gas se extienda por todo el equipo. Si son los jugadores y no los directivos los que contratan y despiden entrenadores, ¿cómo puede garantizar un propietario la continuidad de quien sea en el banquillo? 

Fueron horas de ira y confusión. El capitán, Abdul-Jabbar, en un ataque de candidez propia de un jugador que no se mezclaba demasiado con sus compañeros (ni con nadie, por otro lado), aseguró a la prensa que él no sabía nada del malestar de Johnson, que se enteró, como la prensa, en el vestuario de Salt Lake. No quiso comentar sobre el futuro de Riley ni sobre la decisión de Buss. «Yo estoy aquí para jugar y hacerlo lo mejor posible», dijo, el mismo hombre que en verano había pensado en volver a su Nueva York natal y retirarse tranquilamente en los Knicks.

Magic Johnson y la década prodigiosa

Y, así, llegó el siguiente partido. Y el siguiente partido se jugaba en casa, contra los San Antonio Spurs de George Gervin, el equipo que lideraba la liga. Y, obviamente, nadie quiso perdérselo. Ante un pabellón lleno hasta la bandera, Magic tuvo que aguantar estoicamente un abucheo épico. «El hombre más odiado de Los Ángeles», como escribe el propio Jeff Pearlman en su libro. El chico que había nacido para agradar a todo el mundo, el adolescente que enamoró a multitudes con su baloncesto y su sonrisa se tenía que enfrentar ahora a la incomprensión y las caras encendidas. Él había hablado (demasiado) y sus compañeros habían permanecido en un absoluto silencio. Eso y la torpeza de Buss le habían convertido en un blanco demasiado fácil.

Solo que los amores y los odios en deporte duran lo que duran los resultados. Los Lakers ganaron esa noche a los Spurs y ganaron bien. No solo eso, sino que Magic jugó de maravilla, liberado, en un claro ejemplo de lo que siempre se ha llamado «hacerle la cama» a un entrenador. Pat Riley volvió al esquema McKinney e intentó no incordiar a nadie. Así ganó cuatro títulos y jugó siete finales en los siguientes ocho años. Cuando le dieron carta blanca para jugar de verdad a lo que a él le gustaba, en los New York Knicks de los noventa, aquello parecía el Wimbledon de Vinnie Jones.

Pero esa es otra historia. Durante una noche, Magic fue el hombre más odiado de Los Ángeles, pero pronto volvió a ser el más querido. Aquella temporada terminó en anillo, por supuesto, derrotando a los Sixers, de nuevo, en la final. Cuando se retiró por primera vez en 1991, tras anunciar que era portador del VIH, Magic había ganado cinco anillos y había sido tres veces MVP de la liga. En 1994, intentó volver a la NBA como entrenador de los Lakers. Ni él sabía cómo se hacía eso ni la plantilla estaba dispuesta a hacerle el más mínimo caso. Ganó cinco partidos de dieciséis y presentó su dimisión. En 1996, quiso volver como jugador, pero ni su rol estaba claro ni pintaba mucho en un equipo que ya contaba con Shaq, Kobe y Eddie Jones.

El hombre empeñado en hacer historia como fuera

Por su parte, Paul Westhead completó la siguiente temporada con los Chicago Bulls y decidió volver a la universidad, donde más cómodo se había sentido siempre. Experto en literatura anglosajona y con una tesis escrita sobre Shakespeare, encontró acomodo en la modestísima Loyola Marymount, cuyo programa deportivo no estaba entre los más prestigiosos del país, ni mucho menos. Con Westhead al mando, todo cambió: Loyola se convirtió en una máquina de anotar, batiendo el récord de puntos en un partido del torneo nacional de la NCAA, con 149 puntos ante Michigan en 1990.

Aquel equipo se basaba en el talento de Bo Kimble y Hank Gathers. En otro giro trágico del destino, el segundo falleció de una cardiopatía durante el partido final de su conferencia, justamente el que dio acceso a Loyola al cuadro nacional del torneo. Atraídos por el juego ofensivo de los Lions, los Denver Nuggets ficharon a Paul Westhead para hacer su regreso triunfal a la NBA. En su reestreno, los Nuggets perdieron 158-162 contra los Warriors. Días después, los Suns les metieron 173. En todo el año, solo recibieron menos de 110 puntos en tres ocasiones. La broma duró dos temporadas y Westhead no volvió a dirigir un banquillo en la NBA. 

Su gran redención llegó en 2007, ya con sesenta y ocho años, cuando ganó la WNBA con los Phoenix Mercury, convirtiéndose en el primer técnico en ganar la NBA y la WNBA. Justo un año después de que Pat Riley ganara su quinto anillo, esta vez en los Miami Heat, equipo del que también era propietario. Justo tres años antes de que Jerry Buss ganara su décimo campeonato como presidente de los Lakers, gracias a Kobe Bryant y Pau Gasol. Justo mientras Magic Johnson financiaba la carrera de Hillary Clinton a las primarias demócratas de 2008. Carrera que, como todos sabemos, perdió con Barack Obama, el mismo chico que, en 1979, soñó durante un momento con que la moneda de O’Brien salía cara… y sus amados Chicago Bulls lograban elegir a Magic en el draft de 1979.


La última final Lakers-Celtics, cuando Gasol dejó de ser Gasoft

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Nadie esperaba a los Boston Celtics, pero la historia de la NBA es una sucesión de temporadas en las que nadie esperaba a los Celtics y los Celtics siempre acababan apareciendo, a menudo llevándose el título. Su curso 2009/2010 había sido el de un equipo en declive, lo normal cuando tus tres estrellas, Paul Pierce, Kevin Garnett y Ray Allen, tienen treinta y dos, treinta y tres y treinta y cuatro años respectivamente. Después del título de 2008, en el que arrasaron de octubre a junio sin miramientos, el equipo daba muestras de agotamiento y Doc Rivers tenía que jugar sus bazas desde el banquillo con un mimo absoluto para no saturar a sus jugadores.

De hecho, la liga regular la acabaron con cincuenta victorias peladas, dieciséis menos que en 2008. Ganaron su división, sí, pero solo porque nadie más superó el cincuenta por ciento de victorias y solo los New Jersey Nets (40-42) lucharon hasta el último momento por meterse en los play-offs. En el total de la conferencia solo pudieron ser cuartos, por detrás de los Cavaliers de LeBron James (61-21), los Magic de Dwight Howard (59-23) y los Hawks de Joe Johnson (57-25). Los promedios de sus big three bajaron radicalmente, de hecho ninguno superó los veinte puntos por partido, pero aún había muchas esperanzas puestas en Rajon Rondo, Kendrick Perkins resultaba un defensor fiable y desde el banquillo tanto el veterano Rasheed Wallace como los solventes Tony Allen, Glen Davis, Marquis Daniels o Eddie House cumplían su labor.

En primera ronda de play-off, los Celtics pasaron por encima de los Miami Heat y se citaron con los Cleveland Cavaliers en semifinales de conferencia. Aquel era el último año de LeBron James en su estado natal y la verdad es que, quitando la final de 2007 en la que fueron barridos por los Spurs (0-4), el resto de su estancia había rozado la decepción. De James se decía lo típico de todas las estrellas que están a punto de serlo: sí, juega muy bien, decide partidos, pero no hace mejor a su equipo y se viene abajo en los momentos decisivos. El año anterior, Cleveland había caído en la final de conferencia ante los Orlando Magic pese a ganar sesenta y seis partidos en liga regular, una auténtica barbaridad.

Los Cavaliers eran favoritos, por supuesto, pero los Celtics tenían ese aire a perro viejo del que siempre hay que desconfiar. Boston ganó el segundo partido en Cleveland para recuperar el factor cancha, pero la alegría duró solo un encuentro, lo que tardó LeBron James en marcarse treinta y ocho puntos en el TD Garden y colocar la eliminatoria 2-1. A partir de ahí, el apagón. Cuando todo volvía a la normalidad, Cleveland se vino abajo. Con un Rondo espectacular (veinte puntos y doce asistencias por partido en la serie), los Celtics ganaron en casa el cuarto, vencieron en Cleveland por más de treinta puntos de ventaja y finiquitaron la eliminatoria en Boston pocos días después.

En la final de conferencia, de nuevo con el factor cancha en contra, se pusieron 3-0 para empezar, con un excelso Paul Pierce. Los Orlando Magic, al borde de la descomposición definitiva, se acercaron al 3-2 pero no pudieron llegar más lejos. Contra todo pronóstico, los Celtics llegaban a su vigésimo primera final de la NBA. Teniendo en cuenta que habían ganado diecisiete de las anteriores veinte, había motivos para el optimismo. Reencontrarse con los Lakers, dos años después de haberles humillado en la final de 2008, solo podía ser, en principio, una buena noticia.

El dudoso camino de los Lakers a la final

Ahora bien, los Lakers eran los vigentes campeones de la NBA y eso merecía un respeto. Cualquier equipo que tenga a Phil Jackson en el banquillo merece un respeto, sea el que sea. Más allá de la embarazosa derrota de 2008, cuando los Lakers parecieron unos niños frente a los hombres de Boston, el complejo de la franquicia venía de muy atrás. Hasta once veces se habían enfrentado en una final, con nueve victorias para los de Boston, incluyendo las primeras ocho seguidas, de 1959 a 1984. Solo Magic Johnson había sido capaz de dar la cara y derrotar a los Celtics de Bird en 1985 y 1987. El pánico estaba servido.

Por otro lado, tampoco había sido una temporada fácil para los Lakers. Con la rodilla de Andrew Bynum dando problemas un año más, Pau Gasol se tuvo que acostumbrar a jugar de pívot puro, algo a lo que no estaba habituado en los Grizzlies ni en la selección española, especialmente bajo su aro. A pesar de la excelente defensa sobre Dwight Howard en las finales de 2009, el mito de «Ga-soft» estaba aún muy presente en la prensa estadounidense.

Desde su llegada a la NBA en 2001, Gasol había sido rookie del año, all-star, había convertido una franquicia perdida como la de los Grizzlies en un habitual de los play-offs y se había coronado a los veintinueve años con su primer anillo. No bastaba. Para muchos, Gasol seguía siendo una lacra en defensa, un tipo demasiado alto para coger tan pocos rebotes, que no valía para enfrentarse a tipos más duros y fuertes. Tampoco parecía fiable en los momentos decisivos. Que su solo fichaje a mitad de la temporada 2007/2008 llevara a los Lakers de ser un buen equipo a ser finalista de la NBA no se acababa de valorar lo suficiente.

En cualquier caso, los Lakers seguían siendo el equipo de Kobe Bryant. Todo pasaba por sus manos y él no tenía dudas en lo que respectaba a Pau. El resto de la plantilla parecía calcada a las habituales de Phil Jackson en sus distintos equipos: mucho jugador de complemento, algunos con más talento, como Ron Artest, que sustituía a Trevor Ariza en la posición de alero, o Lamar Odom, una garantía en cualquiera de los puestos interiores, y otros con más empeño que otra cosa como Farmar, Vujacic, Brown, Walton, Powell o Mbenga. Al frente de las operaciones, con treinta y cinco años ya cumplidos, el eterno Derek Fisher.

El añadido de Bynum para la fase final les daba un punto extra y, de hecho, se notó en la primera ronda ante los Thunder de Durant, Westbrook e Ibaka. Kobe apenas tuvo que esforzarse, con veintitrés puntos por partido. Gasol se fue a los dieciocho puntos, doce rebotes y casi cuatro asistencias. La eliminatoria duró seis partidos. Aún más fácil fue el choque contra los Jazz en semifinales de conferencia: apenas cuatro partidos, de nuevo con un Pau Gasol estelar: más de veintitrés puntos y catorce rebotes a sumar a los casi cuatro tapones por encuentro.

El último escollo antes de la final eran los Phoenix Suns, el equipo de Steve Nash y Amar’e Stoudemire.

De Nash poco hay que decir, con recordar que fue MVP de la liga en los años 2005 y 2006 debería bastar. Los Spurs se cruzaron en su camino al anillo. El problema para los Lakers era Stoudemire y eso no daba buenas sensaciones de cara a la final: jugador explosivo muy marcado por las lesiones, Stoudemire se comió a todo el juego interior angelino, tanto a Gasol como a Bynum y en menor medida a Odom, un jugador cuya inteligencia dentro de la cancha excedía con mucho la que demostraba fuera de la misma. Los dos primeros partidos, jugados en el Staples Center, fueron dos victorias fáciles de los Lakers.

Los dos siguientes, sin embargo, fueron para los Suns: en el tercero, Stoudemire se fue a cuarenta y dos puntos y once rebotes. En el cuarto, se quedó en veintiuno y ocho, pero el juego coral de los de Phoenix permitió que toda su colección de segundos espadas destacara: Nash, Frye, Barbosa, Richardson y Dudley superaron los diez puntos de anotación, cifra que no alcanzaron por los pelos el veteranísimo Grant Hill, Goran Dragic, Lou Amundson y Robin López.

El quinto encuentro de la serie iba a ser el decisivo, como siempre, y todo parecía decidido cuando los Lakers se adelantaron 74-56 a falta de tres minutos para el final del tercer cuarto. Sin embargo, los Suns empezaron a meter los triples, Nash sacó de nuevo su nivel MVP apoyado por un sorprendente Channing Frye y, a falta de dos minutos, una nueva canasta del imparable Stoudemire dejaba el partido en 95-94 para los Lakers. Con 101-98 y veintiún segundos por jugarse llega la jugada clave: los Suns se lanzan al que parece que va a ser el último ataque. Nash se juega un triple pero falla. Coge su propio rebote y se la pasa a Richardson, que vuelve a fallar. Con menos de cuatro segundos, el balón cae en las manos de Frye que se la pasa de nuevo a Richardson, para que, esta vez sí, a tabla, anote el triple que empata el partido: 101-101 y 3,5 segundos por jugarse.

Jackson pide tiempo muerto y ordena una jugada para que lance Kobe Bryant a falta de dos segundos. El tiro es malo, muy forzado, pero Ron Artest consigue hacerse con el rebote y lanzar el balón arriba, casi sin tiempo, un poco a lo que salga. La pelota toca el tablero y cae en la canasta. Victoria de los Lakers, que sellarían su pase a la final días más tarde en Phoenix, con treinta y siete puntos de Kobe.

La hora de la venganza para Pau Gasol

Lakers contra Celtics. Solo decirlo ya le pone la piel de gallina a cualquier buen aficionado a la NBA. Los campeones de 2009 contra los campeones de 2008. Su segunda final en tres años, la decimosegunda en la historia de la NBA, el duelo más repetido. Puede que los Lakers tuvieran un equipo más joven y el factor cancha a favor, pero los Celtics venían embalados, superando sin demasiados problemas a verdaderos equipazos y con la intención de subir un grado defensivo la temperatura del Staples Center.

Era una serie soñada para todos, pero sobre todo para Pau Gasol. Sabía que no podía permitirse otra actuación catastrófica como la de 2008. En juego no estaba solo su segundo anillo sino probablemente su reputación para los años venideros. ¿Era uno más de esos europeos blanquitos que se venían abajo en cuanto un chico del barrio le ponía en su sitio o era de verdad un campeón con todas las letras? Los números de Gasol en play-offs apuntaban a lo segundo —rondando los veinte puntos y diez rebotes por partido— pero su incapacidad para frenar a Stoudemire había levantado dudas.

Aparte, los Lakers tenían que decidir qué hacían con Bynum. Obviamente, el estado de su rodilla le alejaba de su mejor versión. Aunque seguía siendo el titular, poco a poco Lamar Odom le fue adelantando en minutos en cancha. La conexión entre Odom y Gasol era mejor en ataque y Lamar compensaba su escasez de centímetros con un mejor entendimiento del juego, y, en particular, de los ajustes defensivos y el famoso triángulo ofensivo de Phil Jackson.

Como dos años atrás, los dos grandes equipos de la NBA se daban cita en la final. Esta vez, sin embargo, la serie empezaría en el Staples Center, con victoria para los Lakers por 102-89 en un partido en el que Gasol solo descansó un minuto y medio, anotando veintitrés puntos y catorce rebotes a sumar a los treinta de Kobe Bryant. Enfrente, poca historia. Los Celtics apenas se mostraron combativos, lastrados por las faltas de Ray Allen y Paul Pierce y por su poco acierto en el tiro exterior (1/10 en triples). Tres días después, la historia sería bien distinta: Ray Allen metió ocho triples para un total de 11/16, Rondo logró un triple doble y los Celtics dominaron de principio a fin pese a una pequeña pájara en el tercer cuarto. Los veinticinco puntos de Gasol no sirvieron para evitar que la eliminatoria quedara igualada rumbo a Boston.

Por entonces, las finales se jugaban con un extraño formato 2-3-2, es decir, un equipo jugaba de local los dos primeros y los dos últimos partidos mientras que el otro hacía de anfitrión en los tres intermedios. Siempre me pareció que era una fórmula especialmente injusta: el, en teoría, peor equipo no solo jugaba un partido menos en casa que su rival, sino que, además, para hacer valer su ventaja de cancha tenía que ganar tres partidos seguidos, algo que, a este nivel, era realmente complicado. Ahora bien, si lo conseguían, si los Celtics lograban ganar esos tres partidos seguidos, se llevarían el título… y la última vez que ambos equipos habían jugado un encuentro de las finales de la NBA en el TD Garden el resultado había sido 130-92.

La fortaleza mental de los vigentes campeones se medía en un partido llamado a marcar el resto de la serie: los Lakers, en su tercera final consecutiva, no se vinieron abajo y empezaron pisando fuerte, basándose sobre todo en su trío ofensivo Kobe-Gasol-Odom. Al poco de empezar el segundo cuarto la ventaja se fue a los diecisiete puntos (20-37) y, pese a los arreones de los Celtics, no bajaría de los doce al descanso, gracias en parte a un renacido Andrew Bynum. En la segunda parte, los de Boston llegaron a colocarse varias veces a solo dos puntos de sus rivales; la última, a falta de dos minutos para el final del partido, con una canasta de Kevin Garnett que ponía el 80-82 en el marcador. Ahí se quedó la cosa: Derek Fisher anotó su típica canasta decisiva con tiro libre adicional —metió once puntos en el último cuarto— y Kobe Bryant se encargó de matar el partido: 84-91 para los Lakers y la garantía de que la serie volvería a Los Ángeles.

El cuarto partido fue una pesadilla para los Celtics, de la que salieron gracias a la sorprendente actuación de Glen Davis, un hombre que siempre le causaba problemas a Gasol. Hizo falta que los locales anotaran treinta y seis puntos en el último cuarto para remontar las primeras ventajas de unos Lakers ya entregados definitivamente a Odom en el juego interior. Con 2-2 en el total de la eliminatoria, el quinto partido se antojaba de nuevo decisivo y esta vez los Celtics se sintieron más cómodos manejando la presión: entre Pierce, Garnett, Rondo y Allen anotaron setenta y cinco de los noventa y dos puntos del equipo y consiguieron que los Lakers cayeran en la vieja trampa de darle todos los balones a Bryant. Kobe acabó con treinta y ocho puntos y unos buenos porcentajes, pero nadie le acompañó: Gasol fue el único que pasó de los diez puntos y por poco, se quedó en doce. Los Celtics se adelantaban 3-2 y el «momentum» había cambiado por completo de bando.

Se masca la tragedia en el Staples Center

Sin ser malos, los dos partidos de Boston habían sembrado dudas acerca de la fiabilidad de Pau. El primero, por su incapacidad de cerrarle el aro a un jugador tan limitado técnicamente como Davis. El segundo, por su poca participación en ataque y sus malos porcentajes. Con todo, estaba claro que esta final se iba a ganar a la manera de los Celtics, es decir, en defensa. Si los Lakers querían vencer no podían permitirse esos parciales de 8-0 o 10-0 en pocos minutos que rompían los partidos a favor de los de Boston.

En ese sentido, el sexto partido fue un ejemplo de lo que había que hacer: los de Phil Jackson bajaron el culo y dejaron a los de Rivers en treinta y un puntos en la primera mitad. El partido ya estaba roto por entonces, 51-31, pero ninguno de los dos equipos quiso dejarse ninguna bala en la recámara. Incluso con 78-51 en el marcador, Jackson mantuvo a Gasol, que se quedó a una asistencia del triple doble, y a Kobe en el partido. Tampoco tuvieron demasiado descanso ni Allen ni Garnett ni Pierce. Nadie quería relajaciones, aunque los Celtics solo consiguieron reducir la ventaja a veintidós puntos (89-67).

Y así se llegó al último partido de la serie. Ganar un séptimo encuentro fuera de casa en una final era una heroicidad. En toda la historia de la NBA solo había sucedido tres veces, el problema es que dos las habían protagonizado los Celtics… y la más sonada había sido precisamente contra los Lakers en 1969, cuando todo estaba preparado para la celebración, globos y orquesta incluidos, y el equipo de Wilt Chamberlain y Jerry West se vino abajo. De hecho, la mística de los Celtics con los séptimos partidos ha formado siempre parte de su leyenda: hasta siete de sus diecisiete títulos habían llegado tras ganar el partido definitivo, cuatro de ellos ante los Lakers.

Nunca habían perdido un séptimo encuentro. Y para más inri, los Lakers solo habían ganado uno desde que se mudaron de Minneapolis a Los Ángeles: en 1988, contra los Detroit Pistons en el Forum de Inglewood.

Por todos estos motivos y por la supuesta ventaja mental de los Celtics, la mayoría de expertos daban a Boston como favorito… y poco tardaron los de verde en darles la razón: en un primer cuarto horrible, lleno de fallos, de nuevo la aparición de Glen Davis fue decisiva para que los visitantes pasaran de perder 11-10 a ganar 14-23 al final del periodo, culminando el trabajo de su compañero Rasheed Wallace en los primeros minutos. La empanada de los Lakers era de época y como ni Kobe ni Pau parecían capaces de sacar adelante al equipo, tuvo que ser Ron Artest el que se pusiera los galones. Creo que eso lo dice todo del grado de desesperación de los locales.

Canasta tras canasta del díscolo alero angelino, los Lakers remontaron los nueve puntos y se colocaron dos arriba (25-23). Tuvieron a los Celtics casi cinco minutos sin anotar un solo punto, pero cuando lo hicieron el tiovivo dio de nuevo la vuelta: del 25-23 al 31-38 para acabar la primera mitad con una ventaja de seis puntos, 34-40. Gasol paliaba sus fallos en ataque (apenas seis puntos) con una gran intensidad bajo los aros (diez rebotes), de Kobe se sabía más bien poco, por no hablar de Bynum, Fisher, Odom y compañía.

Fiarse toda la temporada a Artest parecía una receta perfecta para la derrota y mucho más cuando los Celtics aprovecharon otra sequía anotadora para ponerse trece puntos arriba (36-49), rondando los diez de ventaja durante todo el tercer cuarto, siempre cerca de romper el partido en cualquier momento y, con el partido, la final. Sin embargo, los Celtics perdonaron y los Lakers lucharon como nunca. Gasol añadió cinco puntos y cuatro rebotes, para un total de once y catorce, y por un momento pareció que Odom salía de su letargo. Un arreón final les acercó a solo cuatro puntos al final del periodo (53-57), pero el silencio del Staples Center y el 4/19 en tiros de campo de Kobe Bryant no auguraban nada bueno.

Sasha Vujacic y Ron Artest, los héroes improbables

Solo que, de repente, los Celtics empezaron a parecer viejos y cansados. Su demoledor juego interior parecía echar de menos al lesionado Kendrick Perkins, una pieza clave en aquel equipo por su energía defensiva. Sin Perkins, Gasol se hizo el dueño del partido a base de coger rebotes en ataque o simplemente palmearlos en dirección a algún compañero. Rondo ya no era el jugador explosivo, capaz de correr el contraataque y cargar el rebote en ataque, de la primera mitad, Pierce y Allen volvían a estar fallones y solo la garra de Kevin Garnett mantenía a los Celtics por delante.

Aquello, sin embargo, no podía durar. A falta de piernas, los Celtics optaron por defender con las manos, concediendo demasiados tiros libres a su rival. Hasta treinta y siete veces fueron los locales a la línea en todo el partido y no siempre los iban a fallar. Con 61-64 en el marcador y a falta de seis minutos, Gasol volvió al poste bajo, echó atrás a Garnett y cuando vio llegar la ayuda de Rondo se la dio a Fisher para que anotara uno de sus triples bombeadísimos. Empate. Menos de un minuto después, una canasta forzadísima de Bryant daba a los Lakers su mayor ventaja del partido: cuatro puntos.

Ahora sí, el Staples rugía y junto al Staples, el omnipresente Gasol, aquellos tiempos de melena descontrolada y barba de náufrago. La jugada más representativa del partido se dio a falta de un minuto y medio, con los Lakers aún cuatro puntos por delante (74-70) y la bola en manos de Pau, que vuelve a postear a Rasheed, le echa para atrás, ve venir la ayuda de Pierce y Garnett y en vez de doblar el balón se la juega en una suspensión improbable. El balón gira en el aire, golpea un par de veces el aro y acaba entrando ante la desesperación de los orgullosos verdes.

Aún quedaba partido: Wallace anotó un triple y Artest le contestó con otro, su vigésimo punto de la noche. Otros dos triples visitantes, uno de Allen y otro de Rondo, desde una esquina a falta de diecisiete segundos, colocaron el marcador en dos puntos de diferencia (79-81). Para evitar que le hicieran falta a Artest, Phil Jackson sacó a Sasha Vujacic. Jackson era esa clase de entrenador, de los que se juegan su undécimo anillo con un «balones a Vujacic». Por supuesto, le salió bien: el esloveno recibió la falta, anotó los dos tiros libres y el último tiro a la desesperada de Rajon Rondo acabó en el decimoctavo rebote de Pau Gasol. Diecinueve puntos, dieciocho rebotes, cuatro asistencias y dos tapones. No está mal para un tipo blando que se viene abajo en los momentos clave.

Los Lakers ganaron el título y lo ganaron como lo solían perder: en un partido espeso, duro, combativo y lleno de faltas y rebotes. Como muestra, un botón: los tres grandes anotadores exteriores de los dos equipos —Pierce, Allen y Kobe— tiraron cuarenta y  cinco veces a canasta. Solo metieron catorce. Aquel era un partido para Artests y Gasoles. Para Odoms, incluso, y desde luego para luchadores como Davis o Wallace. Desde entonces han pasado ocho años ya y poco se ha sabido de ambos equipos. Los Lakers ocupan la última posición de su conferencia y no son el peor equipo de la liga por el empeño que los Sixers le ponen año tras año. Los Celtics fueron remodelando su plantilla, rozaron la final en 2012, cuando pusieron a los Heat de LeBron James contra las cuerdas, y ahora parece que están dispuestos a dar guerra de nuevo bajo la dirección de Brad Stevens.

En cuanto a Gasol, ya saben: aún tendría tiempo de ganar dos oros europeos con España —2011 y 2015— y una plata olímpica —2012—, además de fichar por los Bulls sin los efectos deseados. No ha dejado de ser all-star. Por un momento se habló de él como el mejor ala-pívot blanco desde Kevin McHale, luego la fiebre bajó conforme se apilaron las derrotas y cada verano su nombre sonaba en los rumores de traspaso. Con casi treinta y seis años, sigue promediando diecisiete puntos y once rebotes. No está mal. Para muchos, nunca será suficiente.


Bill Russell y Wilt Chamberlain: la última lucha de gigantes

Bill Russell y Wilt Chamberlain. Foto cortesía de NBA.
Bill Russell y Wilt Chamberlain. Foto cortesía de NBA.

Russell llega al vestuario con su traje negro de todos los séptimos partidos. Siempre el mismo traje, la misma rutina. Cuando algún recién llegado le pregunta por qué esa manía, Russell le contesta con su aire circunspecto: «Porque soy el enterrador. He venido a enterrar a esos tíos». Su balance en estos partidos decisivos es 9-0. En sus doce años como profesional, ha ganado diez anillos. Si gana hoy, en Los Ángeles, ante los diezmados Lakers, serán once campeonatos en trece años, los dos últimos, además, ejerciendo de jugador-entrenador.

Ha sido, en cualquier caso, un año de mierda. Un año de lesiones, dolor y hospitalizaciones. Un año de sueños rotos: no hay rastro del mágico verano del 68, Robert Kennedy ha muerto acribillado, igual que Martin Luther King, los chicos negros que mandan a Vietnam siguen cayendo como moscas. Un año, además, de desamor. Las cosas con Rose no van bien y él sabe que sin Rose no es nadie y que no tiene sentido seguir en Boston más tiempo. Mejor volver a la California donde se crió, al calor de San Francisco.

La misma California que le recibe esta noche ansiosa de gloria. Los Lakers, encabezados por Jerry West y Elgin Baylor, están ante su sexta final de la década. Seis finales de la NBA desde que la franquicia dejara Minneapolis y aún no han conseguido ni una sola victoria. Seis finales y las seis contra Bill Russell y sus Celtics, siempre dispuestos a aguar la fiesta en el último minuto, sea con un robo de Havlicek, una canasta imposible de Jones o una exhibición de Russ, como cuando consiguió treinta puntos y cuarenta rebotes en el séptimo partido de la final de 1962.

Desde luego, Russell tiene motivos para estar tranquilo, incluso para disfrutar de la euforia ajena. El dueño de los Lakers, Jack Kent Cooke, convencido de que el título no va a escaparse —nunca, en la historia de la NBA, el equipo visitante se ha llevado el séptimo partido de una final— ha organizado una serie de eventos que resultan incluso cómicos. En cada asiento hay un flyer detallando las celebraciones del título: del techo caerán miles de globos amarillos y morados, la banda de la Universidad de South California entrará al parqué para tocar «Happy days are here again» y el mítico Chick Hearn entrevistará, por este orden, a Baylor, West y Chamberlain.

Russell se ríe por dentro pero se indigna por fuera, enseñando en el vestuario el flyer humillante a sus compañeros, apelando una vez más al orgullo verde de un equipo que envejece rápidamente y que ha vivido la peor temporada regular de los últimos quince años, sabedor de que todas las fuerzas había que reservarlas para ese último baile que son los play-off. Incluso Russell se ha sentado a sí mismo en el banquillo más de lo habitual para un hombre acostumbrado a jugar los 48 minutos de cada partido. Nadie daba un duro por ellos y han llegado hasta aquí. Ahora tienen la oportunidad perfecta de arruinar una fiesta más, como arruinaron antes las de los Knicks y los Sixers.

El discurso causa efecto y los de Boston salen a la rueda de calentamiento con los dientes prietos y la rabia encendida, más aún cuando comprueban que, efectivamente, en el techo, sujetados por unas inmensas mallas, esperan los miles de globos listos para la celebración. Russell indica unos ejercicios rutinarios y cuando ve que Jerry West se acerca para saludarle, le dice muy serio, con esa mirada que te atraviesa: «Jerry, ¿ves esos putos globos? Bueno, pues te aseguro que ahí van a quedarse esta noche».

«Nadie anima a Goliath»

Jerry West, en cualquier caso, no tiene la culpa de nada. Como mucho, de que la serie siga viva. Su nivel de juego está siendo espectacular, con una media de casi cuarenta puntos por partido, ensombreciendo a la supuesta estrella del equipo, Wilt Chamberlain, llegado ese mismo verano de Philadelphia después de tres galardones de MVP consecutivos. Chamberlain y West tienen muchas cosas en común: de entrada, su talento; después, su mala racha contra Russell y los Celtics y por último, las molestias físicas. Los dos están lesionados de mayor o menor gravedad: Chamberlain con un ojo inflamado y el tobillo destrozado, Jerry con una rotura de fibras que le obliga a jugar con el muslo vendado.

Por lo demás, no se caen bien. «Nobody roots for Goliath», que decía Alex Hannum, el entrenador de Chamberlain en los Sixers. Pese a sus enormes estadísticas: sus cincuenta puntos por partido de la temporada 1962, su récord de rebotes en un partido, conseguido precisamente ante Russell en su año de rookie, con cincuenta y cinco capturas, e incluso su empeño en 1967 por ser el mejor asistente de la liga, Chamberlain se ha ganado fama de perdedor.

Y es que, efectivamente, si Russell es la imagen del ganador perfecto —añadan a sus diez títulos NBA, otros dos como universitario y un oro olímpico en Melbourne 1956—, Chamberlain representa la fuerza bruta que se desvanece en el peor momento. Hay algo injusto en esa consideración: Chamberlain ha sido campeón de la NBA haciendo de sus Sixers de 1967 uno de los mejores equipos de la historia. Además, en muchos de esos séptimos partidos ha dado lo mejor de sí mismo, solo para caer ante la apisonadora de los Celtics.

Cuando le preguntan al respecto, él solo se encoge de hombros: «Si yo soy un perdedor, ¿qué son todos los demás que juegan contra los Celtics?».

Es cierto: Chamberlain no mandó sus doscientos quince centímetros y ciento veinticinco kilos a luchar contra los elementos, pero en la memoria del espectador está demasiado reciente el apagón del año anterior, cuando aún estaba en Philadelphia. Los Sixers se enfrentaban por enésima vez a los Celtics —Russell y Chamberlain llegaron a competir entre ellos en ciento cuarenta y dos partidos oficiales a lo largo de sus carreras— y disponían de un 3-1 a su favor en la final de la Conferencia Este. Quedaban dos partidos en Pennsylvania y solo una victoria habría sido suficiente.

Sin embargo, de nuevo lesionado, Wilt jugó un enorme quinto partido aunque no fuera suficiente, decayó en el sexto y se hundió por completo en la segunda parte del séptimo encuentro, tirando solo dos veces a canasta en esos veinticuatro minutos, cortesía no exactamente de Bill Russell, que se puso a defender a Chet Walker, sino del fajador Wayne Embry, elegido como secante del todopoderoso Chamberlain. Esa derrota le pesó tanto que nada más llegar a su casa de Nueva York exigió el traspaso, cansado de tantas críticas. «Si no, me voy a la ABA», dijo, desafiante, y el comisionado hizo todo lo posible para que Sixers y Lakers se pusieran de acuerdo.

De hecho, no hace falta irse siquiera al año pasado para recordar la última vez que Chamberlain no estuvo a la altura de las expectativas. De nada sirve meter cien puntos en un partido si luego te quedas en menos de diez en el sexto de la final, el que te puede dar el título en Boston. El entrenador, Butch Van Breda Kolff, está que trina con él. Sus compañeros lo ven desde cierta distancia: a menudo falta a los entrenamientos, no da la sensación nunca de esforzarse al máximo… Todos le esperan en este séptimo partido, como decíamos, su 142º contra Bill Russell, el hombre que todo el mundo dice que le defiende de maravilla, como si no promediara casi veintinueve puntos y veintinueve rebotes contra él. Es una buena oportunidad para callar bocas. La última oportunidad, de hecho.

Red Auerbach y los Harlem Globetrotters

Porque Bill Russell se retira. Nadie lo sabe aún, solo él y sus sueños de California. En la franquicia, Red Auerbach está encajando bolillos para ver cómo superar la retirada de Sam Jones pero confía en que su estrella aguante al menos otra temporada. No lo hará. No más dolor, no más frío invernal, no más exposición constante a los medios. Russell lo ha hecho todo en su carrera como jugador: es impensable que nadie vuelva a ganar diez títulos —once, recordemos, si repite esta noche— y para cuando alguien lo haga, él ya será un venerable ancianito o estará dos metros bajo tierra.

Recuerda su segundo año en la Universidad de San Francisco, cuando ganó el título de la NCAA, promedió veinte puntos y veinte rebotes y aun así los blancos que decidían esas cosas no le eligieron ni como mejor pívot de California. Hay mucho odio interno en Russell, pero no parece que Chamberlain sea uno de sus objetivos. Desde que Wilt llegara a la liga en 1959, la comparación entre ambos ha sido inevitable. El defensor que gana títulos frente al atacante que gana partidos intrascendentes. Si para Chamberlain eso no era justo, para Russell tampoco: «No es una cuestión de Wilt ni de los Sixers ni de los Warriors. Cuando ganas diez títulos quiere decir que les has ganado a TODOS».

De sus primeros años en la liga quedan las cenas de Acción de Gracias juntos. A la televisión estadounidense le gustaba programar un buen Sixers-Celtics en día familiar y, si se jugaba en Philadelphia, ahí iba Russell a casa de los Chamberlain a tomarse su pavo, echarse su siesta, bromear con la madre de Bill y sonreír asintiendo cuando esta le decía: «No seas muy duro hoy con mi chico».

En parte, a cada uno le habría gustado ser el otro en algunas cosas y su oportunidad tuvieron: cuando, en 1956, no estaba claro si los Celtics conseguirían a Russell en el draft, los Harlem Globetrotters llamaron a su puerta. Había algo halagador en la oferta —nadie dudaba de que en los Globetrotters estaban algunos de los mejores jugadores del mundo y desde luego los mejores jugadores negros del mundo— pero también algo que le limitaba: decir que sí, renunciar a triunfar en el mundo de los blancos y en la ciudad más blanca de la Costa Este suponía un nuevo acto de resignación que no podía admitir.

Chamberlain, por su parte, sí que aceptó. Abandonó la Universidad de Kansas un año antes de licenciarse, de nuevo con un montón de récords en el bolsillo. Como la NBA no le admitía aún, se fue un año de gira y llegó a jugar en la URSS y a conocer a Nikita Kruschev. La experiencia fue tan gratificante que de vez en cuando, incluso como jugador profesional, aprovecha para escaparse unos días y jugar unos amistosos con sus antiguos compañeros. «Me lo paso tan bien que a veces me dan ganas de quedarme ahí y no volver a la NBA», dice, en un reflejo de lo que es su actitud ante el deporte o al menos ante la competitividad en el deporte.

Porque igual que Russell pudo en parte ser Chamberlain, Chamberlain pudo haber sido Russell si hubiera caído en las redes de Auerbach cuando el técnico de Boston se fijó en aquel gigante de 2.10 que asombraba en su instituto de Philadelphia. «Vente a una universidad de Nueva Inglaterra y te ficharemos con nuestra opción territorial en el draft». Chamberlain lo pensó y dijo que no. Aquel tipo no le entró nunca por lo ojos. Con el tiempo, llegó a negarse a pronunciar su nombre: «el hombre que no me gusta» le llamaba, sin más. Ningún entrenador le sacó tanto de quicio como el que tuvo enfrente durante la mitad de su carrera.

No, él era hombre de espectáculo, de fantasear con una pelea en Las Vegas contra Muhammad Alí y aparecer ya retirado en películas de Schwarzenegger. Cuando sus problemas con los tiros libres se hicieron crónicos, los Sixers le pagaron un psiquiatra. «Fui un mes solo. Cuando lo dejé, el psiquiatra lanzaba tiros libres mucho mejor que yo».

La lesión de la discordia

Y aquí estamos, diez años después de la llegada de Chamberlain a la liga, trece después de la llegada de Russell. En Los Ángeles, séptimo partido de una serie que podría estar acabada si Sam Jones no hubiera anotado, desequilibrado y en el último segundo, una canasta que igualaba la eliminatoria a dos. «Pensé en tirar con efecto y bombeado para que Bill cogiera el rebote si fallaba», afirmó… solo que Bill no estaba en la cancha, el que estaba era Chamberlain, que se quedó a milímetros de taponar el balón antes de que este tocara el aro, volara por el aire y acabara entrando en la canasta.

Son Celtics y Lakers dos equipos rotos, al límite. Russell ha perdido buena parte de su explosividad y su rapidez. Tiene treinta y cinco años y las rodillas destrozadas. Su labor en ataque consiste en poco más que subir al poste alto y dividir los balones entre Jones, Havlicek y Sigfried o Bryant. Wilt tampoco es el hombre que corría los cuatrocientos metros en cuarenta y nueve segundos, sino un pivot más lento, de movimientos algo torpes por sus problemas en las articulaciones.

Cuando llegan al descanso, la ventaja, casi inapreciable, es de Boston, 56-59. Es en el tercer cuarto cuando todo se desmadra: Jones comete su cuarta falta, igual que Russell, igual que Chamberlain minutos después. West tira del carro, por supuesto, pero no puede con todos y en defensa se le ve cojear ostensiblemente. Aparece entonces un invitado sorpresa: Don Nelson, el ala-pivot suplente de los Celtics. Nelson, un tío con pinta de leñador que después revolucionaría el juego como técnico de los Warriors, con su baloncesto rápido y lleno de talento, es poco más que un complemento en el equipo, pero cuando Russell le da la oportunidad de consagrarse en el mismísimo Forum de Inglewood no desentona: doce puntos casi seguidos disparan a los de Massachusetts, 76-91 al final del tercer cuarto.

Quince puntos en la NBA de los sesenta, la de contraataques y bandejas vertiginosas no son tanta diferencia. Los Lakers se aplican en defensa, Sam Jones comete su sexta falta cuando quedan siete minutos y todo el Forum se levanta para aplaudirle. La ventaja sigue siendo de doce puntos (89-101), pero los Celtics parecen fundidos y West se lanza a su milagro personal: anota una suspensión, fuerza una falta y defiende como puede. Coloca el 94-103 en el marcador y en la siguiente jugada los Celtics fallan de nuevo. Chamberlain va a por el rebote y al pisar se tuerce la rodilla. El gesto de dolor es inmediato.

El pabellón cesa su rugido. Los Lakers están remontando, quedan menos de seis minutos pero The Big Dipper arrastra la pierna como un alma en pena. Los árbitros detienen el juego, Chamberlain intenta volver para un ataque más pero inmediatamente pide el cambio con 96-103 en el marcador. En su lugar sale Count, un pivot blanco muy alto y con muy buena mano. El desastre no se consuma. Incluso con Count en pista la remontada angelina continúa: 98-103, 100-103 y 102-103 después de canasta del propio Count desde cinco metros.

La euforia puede respirarse y los globos de celebración vibran en el techo. Incluso la banda de la USC vuelve a colocarse en orden para salir al parqué en cuanto acabe el partido. Wilt Chamberlain pide volver a la cancha. Es la estrella, no puede soportar ver todo esto desde el banquillo. Van Breda Holff, intuyendo quizá que la hora de su revancha ha llegado, se limita a decirle: «Se nos está dando bastante bien sin ti, así que vamos a dejarlo así». Wilt maldice mientras sus compañeros pierden hasta tres oportunidades de ponerse por delante.

A falta de menos de un minuto y medio, Havlicek apura la posesión y está a punto de perder el balón: West lo puntea y llega de milagro a las manos de Nelson, más allá del tiro libre. Tiene que lanzar si no quiere que se acabe la posesión, así que tira el balón hacia arriba y que sea lo que Dios quiera: la pelota bota en el aro de nuevo, como en el tiro de Jones del cuarto partido y , para desesperación local, vuelve a bajar con nieve directa hacia la canasta. 102-105.

El partido, mentalmente, está acabado. Chamberlain, que fue decisivo en el primer partido con una canasta en los últimos segundos, sigue maldiciendo a su entrenador. West está agotado y obcecado y Russell decide retirarse a lo grande con dos rebotes y un tapón marca de la casa. Los Celtics ganan de nuevo. Undécimo título en trece años, décima victoria en un séptimo partido. Los putos globos, efectivamente, se quedan ahí arriba mientras la banda se limita a guardar los instrumentos en sus fundas.

La pelea que duró veinte años

El esfuerzo de West tiene la recompensa del MVP de la final, la única vez en setenta años de NBA que un jugador del equipo derrotado consigue el galardón. El esfuerzo de Wilt no encuentra recompensa alguna: su propio entrenador le acusa de haberse borrado cuando vio que los Celtics iban a ganar el partido e incluso Bill Russell hace sangre con unas declaraciones impropias: «Para marcharse así de un séptimo partido de una final uno tiene que tener la pierna o la espalda rotas. Si no vas directo al hospital no tiene sentido que salgas de la cancha. Esas lesiones que se pasan a los tres minutos no son propias de campeones».

De todas las críticas, esta es la que Chamberlain no va a perdonar. Aquel hombre había estado en su casa, con su familia, compartiendo el pan y la mermelada con su madre y sus hermanos… y ahora, ya retirado, ¿viene con estas? «Es un hombre infeliz», resume Wilt. «Lo ha ganado todo y aun así sigue siendo un hombre infeliz». Durante veinte años no se cruzan palabra alguna. Matarse durante diez temporadas para acabar separados por un micrófono…

Los Lakers perdieron aún otra final en 1970 ante los Knicks. Wilt tuvo que esperar hasta 1972 para ganar su segundo anillo, aunque lo hizo a lo grande, batiendo el récord de victorias en una temporada: sesenta y nueve, récord que estuvo en vigor hasta que llegaron los Bulls de Jordan, Pippen y Rodman. Después de una última temporada en Los Ángeles, el gran gigante decidió retirarse en 1973, dedicarse a la buena vida y engrosar el número de mujeres con las que se acostaba hasta llegar a veinte mil, según su propio recuento de 1991.

Russell se convirtió en el ganador huraño que no consiguió éxito alguno como entrenador de otras franquicias y Chamberlain, en el perdedor inquieto que siempre tenía una sonrisa para el que se le acercara. Sus caminos se volvieron a juntar en 1989, cuando Bill le pidió perdón por aquellas declaraciones. Desde entonces, en plena expansión mundial de la NBA, se dedicaron elogios y piropos y aparecieron ante las cámaras varias veces como grandes amigos: Russell, alto y delgado, barba canosa; Chamberlain, aún fornido y con gafas de sol a los casi sesenta años.

Todo acabaría el 12 de octubre de 1999, cuando Chamberlain no despertó de su último sueño, víctima de un ataque al corazón. Su sobrino, cuando fue a recoger la casa, se encontró una agenda con las llamadas pendientes para el día siguiente. El segundo de la lista era Bill Russell. Sus conversaciones sobre los viejos tiempos y su común desdén hacia Dennis Rodman les habían unido más que nunca. Solo la salud y quizá los excesos les separaron demasiado pronto.


Craig Hodges: el hombre que reinó entre Larry Bird y Michael Jordan

Celtics' Larry Bird is double-teamed by Milwaukee Bucks Craig Hodges (150 and Paul Pressey as Bird tries to pass ball off during 1st quarter action of the game at Boston Garden, 12/19
Larry Bird marcado por Craig Hodges y Paul Pressey en el Boston Garden. Fotografía: Corbis

Larry Bird lanza el último balón del carrito lateral y en plena curva ascendente, reflejo repetido mil veces, se vuelve hacia la grada, sin mirar siquiera cómo entra la pelota en la canasta, y levanta el dedo índice proclamándose el mejor tirador de la historia, el ganador de las tres ediciones disputadas del concurso de triples de la NBA: 1986, 1987 y 1988. Es un recuerdo imborrable. Bird con su chándal verde de los Boston Celtics, con esa apatía en los gestos que acaba en cuanto el balón llega a sus manos y solo queda concentración y mecánica, apalizando a todos los que se cruzan en su camino: ese año a Dale Ellis, el anterior al alemán Detlef Schrempf… un año antes, en la primera edición, al jugador de los Milwaukee Bucks, Craig Hodges, por un humillante 22 a 12.

El problema en 1990 es que Larry Bird ya no está para concursos. Si ha aceptado pasarse por Miami dos años después de su último triunfo no es tanto para mantener la jerarquía sino para multiplicar la publicidad del evento en una ciudad debutane. A las nuevas franquicias hay que cuidarlas y no confiar exclusivamente en el entusiasmo del recién llegado a la fiesta. Por eso, David Stern apalabra con Bird su aparición y después habla directamente con Michael Jordan para que defienda el trono de los mates que dejó vacante en 1988, aquella lucha a muerte en el Chicago Stadium con Dominique Wilkins.

Bird, a regañadientes, dice que sí. Tiene la espalda y los talones destrozados y a sus treinta años no es ya el dominador que fue a principios de los ochenta. Pero es Larry Bird y la gente de Miami se agolpa en los accesos para ver al gran ídolo blanco. El gran ídolo negro, sin embargo, se deja querer. No le apetecen más demostraciones de acrobacias y, además, si ya ganó en su momento, ¿qué le queda ahora sino perder? Después de varios tiras y aflojas, llega a Stern con una contrapropuesta: ¿por qué en vez de en el concurso de mates le inscribe en el de triples?

Jordan no es un gran lanzador de tres puntos. Lo irá siendo a lo largo de los años llegando al punto culminante de meterles seis triples a los Portland Trail Blazers en la primera parte del segundo partido de la final de 1992, pero en 1990 es un hombre con porcentajes bajos cuyo único interés en el torneo es estrenar unas nuevas zapatillas para Nike por las que ha cobrado unos tres millones de dólares.

Sin embargo, el reclamo funciona y cuando en la megafonía suena el nombre de Michael Jordan la grada se viene abajo. Más aún cuando anuncian el de Larry Bird y a partir de ahí una cierta indiferencia hacia Sunvold, Hansen, Ehlo, Price, Miller o el dos veces finalista, Hodges. Precisamente a Hodges le toca abrir la competición junto a su ahora compañero de equipo en los Bulls. El calentamiento de Jordan, nos cuenta Trecet desde Miami, ha sido lamentable. «No ha metido ni una», resume con su habitual franqueza, y cuando empieza la competición, música de Corrupción en Miami a todo trapo en el pabellón, imagen fugaz de flamencos volando despavoridos ante la sonrisa de Don Johnson, la mala racha de Jordan continúa hasta un punto patético: de veinticinco tiros posibles, solo anota cinco.

Pone cara de «no me importa, yo aquí he venido a jugar y divertirme», como cuando se fue al béisbol a probar en ligas secundarias, pero cualquiera que le conozca sabe que está jodido. Más jodido aún cuando ve que su compañero de equipo, el hombre de banquillo especializado en revolucionar partidos con sus lanzamientos lejanos, consigue un total de veinte puntos. Una cosa es perder y otra cosa es perder contra el filial, hasta ahí podíamos llegar.

Los siguientes en salir son Jon Sunvold y Bobby Hansen, que también acabaría ganando anillos con Michael Jordan en el futuro. Son dos chicos blancos, pulcros, aseados, de mecánicas muy distintas —Sunvold parece que empuja el balón hacia adelante en vez de hacerlo girar con la muñeca— que acaban empatados a quince puntos ante el jolgorio del público que ve en Sunvold a uno de los suyos, de los Heat, la única razón posiblemente por la que el chico está ahí.

Llega entonces el segundo gran momento de la velada: Larry Bird, de nuevo sin quitarse el chándal, con esa cara de indiferencia absoluta, se mide a Craig Ehlo, el tirador de los Cleveland Cavaliers, el que se comió en la cara el famoso lanzamiento de Michael Jordan en el último segundo del último partido de play-off la temporada anterior. Un lanzamiento que en Estados Unidos han decidido llamar «The Shot», así, en mayúsculas, recordando el otro «The Shot» que Michael Jordan encestó en 1982 para darle la victoria in extremis a la Universidad de North Carolina en el torneo de la NCAA.

Bird lleva casi un año entre algodones pero, cuando suena de nuevo la música ochentera, el ritmo sigue fluyendo: anota con facilidad hasta que de repente se va de la competición o el cuerpo simplemente no le responde. Los tiros se quedan cortos o largos o ladeados y Larry ni siquiera acaba el último carrito, completamente desmotivado y desganado, con doce puntos en su haber que le eliminan. Ehlo, con catorce, queda en la cuerda floja.

El último enfrentamiento de la velada reúne a dos estrellas emergentes: Mark Price, el letal base de los Cavs, y Reggie Miller, el hermano de la superestrella de baloncesto femenino, Cheryl, en su tercer año en la liga. Reggie ya tiene ese tiro extrañísimo, que empieza con el balón muy alto y muy atrás y acaba con los brazos extendidos hacia adelante, casi cruzándose. El de los Pacers pasa por los pelos, con dieciséis puntos. El de Cleveland se va a la calle, como su compañero. Toca el turno de las semifinales.

«Si no consigue ganar esta vez, se va a cortar las venas»

De los ocho que empezaron, quedan cuatro: Hodges, Miller, Sunvold y Hansen. Para ser honestos, glamour, el justo. De los cuatro, el único que apunta maneras de ser una estrella es Reggie, que viene de promediar dieciséis puntos por partido a la sombra del infalible Chuck Person. Sunvold está un poco de gorra, Hansen es un desconocido y Hodges queda de repente como único favorito. En palabras de Trecet, comentarista inmisericorde: «Si no consigue ganar esta vez, se va a cortar las venas».

Sin embargo, las expectativas nunca son buenas compañeras de viaje: Hodges está nervioso y fallón en su ronda semifinal. Tan crispado que el tiempo se le acaba y aún quedan dos balones por lanzar. Coge uno y lo anota; coge el segundo, el de valor doble, y justo antes de que suene la sirena, consigue lanzarlo a canasta casi de cualquier manera y hacer que entre: diecisiete puntos, los mismos que Jan Sunvold. Hansen queda eliminado con catorce y Reggie Miller ya es finalista con dieciocho.

Hay que hacer otra ronda de desempate, a solo veinticuatro segundos, y empieza Hodges. El de los Bulls se ha visto eliminado y parece estar más sereno esta vez. Elige empezar por el lateral derecho del aro y es todo un acierto: tranquilamente, prefiriendo más calidad en el tiro que cantidad incontrolada, consigue nueve puntos de unos doce lanzamientos. Sunvold lo ve y sabe que está en un buen lío. Escoge la táctica contraria: tirar muy deprisa para tener más opciones y, en efecto, casi completa un carrito más… pero con un porcentaje muy bajo que le deja sin opciones.

Hodges está en la final, como en 1986 ante Larry Bird o en 1989 contra Dale Ellis. Sus números en la liga lo dicen todo: después de dos años de adaptación en los San Diego Clippers, Craig fue el líder en porcentaje de lanzamientos de tres puntos tanto en 1986 como en 1988, el año que es traspasado fugazmente de los Milwaukee Bucks a los Phoenix Suns —«me enteré por televisión con mi hija», recuerda Hodges de aquel traspaso, «nadie me dijo nada, solo escuché que un jugador de los Bucks había sido traspasado a los Suns y resultó que era yo»—.

Tras unos pocos meses en Phoenix, Doug Collins lo elige para su proyecto alrededor de Jordan. Alguien que pueda amenazar desde lejos si la defensa rival se cierra a lo Bill Laimbeer sobre su superestrella. En su primer año, vuelve a estar por encima del 40% de acierto, una auténtica barbaridad.

Y en fin, que aquí está, en Miami, ante los ojos de Julio Iglesias y los demás propietarios de los Heat. La mejor publicidad posible para un hombre anónimo. Hodges, que viene de hacer dos rondas seguidas, incluyendo la de desempate, sin apenas descanso, no parece fatigado, sino al contrario, lleno de adrenalina. Va de menos a más: en el primer carrito anota solo dos, en el segundo mete tres; en el frontal, su especialidad, anota cuatro incluyendo el último, el que representa a la ABA en el concurso, con sus clásicos colores Spalding azules, blancos y rojos. Falla los dos primeros del cuarto carro pero encesta los tres siguientes, siguiendo la racha con los dos primeros del último para un total de cinco lanzamientos seguidos. Después de un fallo, los dos últimos triples le dan un total de diecinueve puntos. Suficiente para ganar.

De hecho, a Reggie Miller se le ve algo superado por el reto: sus primeros cuatro tiros van al hierro y solo anota el doble, pero luego se va entonando: cuatro en el siguiente, tres en el frontal, otros tres en el cuarto y tiene en su mano el empate o la victoria cuando llega a los diecisiete puntos con dos balones por tirar. Apurado por el tiempo, falla ambos. Craig Hodges, por fin, es campeón del concurso de triples de la NBA.

De los diecinueve triples seguidos a la carta para George Bush

Con todo, el triunfo no le da a Hodges el prestigio que él cree que merece. Larry Bird le vacila constantemente, recordándole que en los partidos solo le ve cuando mira al banquillo. Sus propios compañeros le apodan «Highway 14», para referirse a lo fácil que es superar su defensa. Hodges necesita dar un golpe sobre la mesa y ese golpe llega un año más tarde, en 1991, sin Jordans ni Birds ni leyendas de por medio. Solo él. Es el All Star que todos ustedes recuerdan: ronda semifinal, suena la bocina sin Sonny Crockett ni Ricardo Butts de por medio, y Hodges empieza a anotar un triple tras otro. Los cinco de una esquina, los cinco de la diagonal izquierda, los cinco frontales…

Una oleada de asombro recorre el Charlotte Coliseum de North Carolina mientras la racha llega a los quince y sube a dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve… y cuando parece que aquel hombre no puede fallar, el balón de colores se sale de dentro y el de los Bulls ya puede relajarse hasta acabar en veinticinco puntos, récord durante muchísimos años. En la final, acaba con Terry Porter sin exhibiciones pero con contundencia: 17-12.

De repente, Hodges es un icono de la liga. Pese a sus pocos minutos, es campeón en los Bulls de 1991 y repite en 1992, sumando el segundo anillo al tercer título como mejor triplista. Quizá algo crecido por tanta repercusión mediática, decide dar a su activismo social y político una vuelta de tuerca temeraria. A colación de las protestas que tuvieron a Los Ángeles en estado de sitio tras la muerte por apaleamiento del ciudadano negro Rodney King a manos de la policía, Hodges echa en cara a Jordan que no diga nada, que se quede ahí callado, en lo alto de sus contratos. «Tiene a todos los niños comiendo de su mano y no quiere mojarse en nada que tenga que ver con su propia raza».

Echar la bronca en público a Jordan no es una buena estrategia para continuar en los Bulls, más aún cuando la imagen pública de Michael está bajo mínimos tras la publicación por parte de Sam Smith de esa biblia del periodismo deportivo que es The Jordan Rules. Dispuesto a jugar al doble o nada, convencido de que lo que hace es lo que hay que hacer, Hodges acude a la recepción en la Casa Blanca con motivo del título de 1992 vestido con un «dashiki», prenda característica del islamismo negro, encabezado en Estados Unidos por el nada diplomático Louis Farrakah.

Además del traje lleva una carta para el presidente: no le gusta lo que ha hecho en el Golfo Pérsico, no le gusta lo que ha pasado en Los Ángeles y no le gusta, en general, el trato de su administración y las anteriores hacia las minorías raciales. La actitud de Hodges acaba como acaban estas cosas: los Bulls no ejercen su derecho a ampliar el contrato un año más, el mejor triplista de la NBA se queda sin equipo y absolutamente nadie llama a la puerta. Ley del silencio. Lista negra.

Desesperado, Hodges le dice a su agente que acepte cualquier oferta. Como bien explica Gonzalo Vázquez en su maravilloso libro 101 historias de la NBA, las respuestas brillan por su ausencia. Solo el mánager general de los Seattle Supersonics, Billy Mc Kinney, le dice: «Mira, yo no puedo hacer nada, aquí todos tenemos familias». Y así, la familia de Hodges y el propio Hodges pasan un año más en Chicago sin nada que hacer salvo entrenar y confiar en que suene el teléfono. Cuando está claro que no va a sonar, decide recurrir a los medios y a la piedad del propio David Stern: al menos que le dejen defender su título de mejor triplista, que le dejen superar al mítico Bird con una cuarta victoria consecutiva.

Sorprendentemente, le dejan. Con una camiseta sin nombre y solo con el logo de la NBA en el pecho. El único, junto a Rimas Kurtinaitis cuatro años antes, en participar en un All Star sin estar jugando en la liga. Es una actuación decepcionante. Un último baile algo triste: consigue pasar la primera ronda después de ganar el desempate a su viejo amigo Reggie Miller, pero en semifinales se queda en dieciséis puntos, que no está nada mal para un jugador que no juega, pero no basta para superar a Mark Price y Terry Porter.

A partir de ahí, la carrera de Hodges entra en una cuesta abajo de la que solo le salva su propio nombre, su leyenda. Se va a Italia, a jugar en el Clear Cantú de Antonio Díaz Miguel, pero todo sale mal y decide ganarse sus últimos dólares en Turquía, concretamente en el Galatasaray, donde pondrá fin a su carrera.

Esta puede parecer una historia triste y en parte lo es. Es la historia de una mafia que se defiende de los indeseados, de los que hablan mucho, tengan el estatus que tengan. Pero también es una historia de reconciliación: con una experiencia de solo dos años en Chicago State, Craig Hodges volvería a reunirse con Phil Jackson en los Lakers como ayudante del entrenador, especialista, cómo no, en el tiro. Juntos ganaron los anillos de 2009 y 2010 que consagraron a Kobe Bryant como uno de los mejores de todos los tiempos y convirtieron a Pau Gasol en el único español campeón de la NBA.

La relación acabaría en 2011, con el despido de Jackson y todo su equipo. De Hodges no se ha vuelto a saber demasiado. Sigue siendo un activista en la sombra, lo suficientemente concienciado como para que su lucha sirva para algo y lo suficientemente alejado de los focos como para que no le alcancen las balas.


Guillermo Ortiz: Cuando Magic Johnson venció al VIH pero no pudo vencer a los noventa

Magic no sabía aún si iba a vivir o no ni cuánto, así que dejó de pedir perdón por no estar muerto y decidió volver a divertirse. Era un 30 de enero de 1996, las Spice Girls arrasaban por el mundo, Tarantino había asombrado a todos con Pulp Fiction, el Atlético de Madrid se aproximaba a un improbable doblete… y Earvin Johnson, a sus treinta y seis años, volvía a sentir la adrenalina del pasillo de acceso a la pista del Forum de Inglewood. La vieja estrella ante sus viejos aficionados, destellos de unos años ochenta ya muy atrás en el tiempo, ensoñación de un esplendor pasado.

La vuelta a las canchas del mítico 32 no se entendía sin el regreso de Michael Jordan apenas un año antes. Los dos dijeron la misma frase, aunque con tonos distintos: Jordan escribió un somero «I´m back» y en cada rueda de prensa dejaba bien claro que no estaba para tonterías, que en cuanto las piernas volvieran a coger ritmo los Bulls iban a ganar setenta y dos partidos por temporada y llevarse tres anillos. Magic lo dijo a la cámara, una de esas cámaras que tienen un tipo detrás empeñado en que digas lo que él quiere que digas, y en sus mismas tres palabras se veía algo que no era exactamente competitivo, sino más bien vital, una especie de redención.

Magic no era un tipo de pequeños objetivos y desde luego no era un tipo al que la imagen le diera igual. Aunque 1996 no fuera 1991, él estaba convencido de que de alguna manera seguía siendo un apestado, como cualquier enfermo de VIH en aquellos años del pánico y la estigmatización. Primero se fue porque no quedaba más remedio, pero si no había vuelto antes era porque no le querían ahí. Si por él hubiera sido, llevaría cuatro años ya jugando en los Lakers, una vez que se vio que el virus no se extendía, que la medicación conseguía pararlo en el día a día.

Eso es lo que pedía él: un día a día, una rutina que le permitiera volver a sentirse completo, feliz, sonriente. Magic Johnson. No pudo ser. Su propio compañero de Dream Team, Karl Malone, corrió tras aquellos Juegos a decir que él tendría miedo de jugar contra Magic, que la liga tendría que pensárselo dos veces antes de aceptar que un enfermo de VIH jugara un deporte de contacto. Si un amigo pensaba eso, ¿qué no pensarían los enemigos? Mucho se ha especulado sobre si Malone lo que quería era quitarse un rival de encima, pero lo cierto es que Magic entendió el mensaje y abortó su retirada.

Ahora no. Ahora no le abortaba nadie. Ahora sus objetivos eran, sencillamente, «revolucionar la posición de ala-pivot». Su cuerpo no tenía nada que ver con el de cinco años atrás, cuando jugó su último partido como profesional durante las finales que enfrentaron a Lakers y Bulls. Estaba más fuerte y, por qué no decirlo, con un punto sobremusculado. El desarrollo de un cuerpo al que cebas a pesas pero le quitas la alta competición del medio. Magic parecía de todo menos el gigante ágil que había sido durante más de una década. Su equipo, además, ya tenía un base estrella en la plantilla, Nick Van Exel, así que lo más sensato era reconvertirse en un jugador interior y desde ahí dirigir el ataque. Lo llamó «point forward». Cómo pudo sentar eso en un equipo que ya ganaba sin Magic y en el que cada uno buscaba su dosis de estrellato californiano, imagínenselo.

El líder que nadie había pedido

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Magic ya conocía a la plantilla y la plantilla conocía a Magic. Nada apuntaba a que se llevaran demasiado bien. De su época como jugador quedaban Elden Campbell, por entonces un novato, y el serbio Vlade Divac. De sus pocos meses como entrenador en 1994 había que añadir a Peeler, Threatt y Van Exel, es decir, precisamente los tres bases. No es fácil ser compañero de alguien que te ha mandado en el pasado. Al revés sí puede funcionar, y por eso hay miles de casos de exjugadores que pasan a ser entrenadores de los tíos con los que compartían ducha cada día sin que eso afecte a sus roles. Convertirse en un hijo de puta es sencillo, lo complicado es que dejen de verte de esa manera.

Obviamente, en ese mundo de egos que era la NBA y especialmente Los Ángeles a mediados de los noventa, la llegada de Magic era más una amenaza que un honor. No era algo que se fuera a decir abiertamente, pero se sentía en cada declaración, en cada mirada. Tras su esplendoroso debut contra los Warriors, con 19 puntos, 10 asistencias y 8 rebotes en apenas 27 minutos, llegaron los Bulls y abrieron todas las heridas posibles. Jugar contra Golden State era un sueño: allí no defendía nadie. De hecho, el propio Magic declaró después del partido: «Me costó muchísimo sentir el juego, leer el partido. No me di cuenta de dónde estaba hasta que Joe Smith me metió un buen viaje», pero Chicago era otra cosa muy distinta.

Magic necesitaba saber si la pasividad de la defensa rival era respeto o era miedo. Para él, era clave saberlo. ¿Se apartaban, rehuían el choque? Y sus compañeros, ¿le daban la pelota por órdenes de arriba o realmente confiaban en él, creían que podría liderarles a una nueva final? Los Lakers marchaban cómodamente en puestos de play-offs con momentos de cierta brillantez gracias al individualismo de Eddie Jones, Cedric Ceballos o el citado Van Exel, pero, ¿estaban dispuestos a reagruparse como equipo alrededor de la rotunda figura de Magic? No sucedió en 1994, ¿por qué iba a pasar dos años más tarde?

Aquel partido contra los Bulls fue clave en lo que vendría después: primero, porque los Lakers perdieron y perdieron bien ante un equipo que solo se dejó diez partidos en aquella temporada. Segundo, porque Dennis Rodman le dejó claro a Magic que la liga ya no le pertenecía. Ni como base, ni como pivot. Dennis cogió 23 rebotes, le pegó todo lo que pudo y maniató su rendimiento en ataque permitiéndole 15 puntos pero solo 3 asistencias y 3 rebotes. «Cuando juegue contra tipos como yo o Shawn Kemp, ya sabe lo que le espera». Sí, Magic sabía lo que le esperaba, y en la rueda de prensa que prepararon después del partido, los dos solos frente a un centenar de periodistas, el perro viejo Michael Jordan no dudó en recordárselo: «Veo a Magic con la entrega de antes, con la misma energía, pero, ¿están sus compañeros en la misma onda? No lo sé, lo dudo mucho».

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Había que ver la cara de Magic al lado, aguantando el chaparrón. Lo último que quería era algo así: Michael Jordan salvándole la cara… para culpar a sus compañeros de las derrotas y de no estar a la altura. ¿Cómo te presentas en el vestuario después de algo así, solo dos partidos en el campo y ya el niño mimado de la prensa y los rivales? Jordan sabía lo que hacía: iniciar una guerra civil, y los hechos vinieron a darle la razón.

Van Exel y Magic: tensión y árbitros por los aires

Efectivamente, Magic lo dio todo. Visto en perspectiva, sus números de aquella segunda mitad de temporada son espectaculares: 14,6 puntos; 6,9 asistencias y 5,7 rebotes después de casi cinco años sin jugar un partido de la NBA. Ahora bien, no es que sus compañeros le dejaran tirado, es que estaban en otra onda. Había algo en las celebraciones de Magic que no cuadraban, como el que llega el último a la fiesta, cuando todo el mundo está ya de resaca e intenta ser el más gracioso. Magic anotaba o asistía y levantaba los brazos, a su vieja manera, animando al público, mientras los demás jugadores se comportaban como meros funcionarios, sin saber muy bien qué hacer porque el entusiasmo nunca había sido lo suyo.

Los Lakers ganaron mucho más de lo que perdieron con su nueva incorporación: ocho de sus primeros nueve partidos para un total de veintitrés victorias y diez derrotas prácticamente todas saliendo desde el banquillo. En el camino hubo una lesión muscular que le dejó fuera un par de encuentros y un incidente que marcaría la recta final de aquella temporada: casi al final de un tenso partido contra los Denver Nuggets que los californianos acabarían perdiendo, Van Exel sacó su cara menos amable, la del chico del barrio que siempre había sido. Disgustado por una decisión del árbitro Ron Garretson no se le ocurrió otra cosa que empujarlo con el codo completamente fuera de sí y lanzarlo contra la mesa de anotadores. Magic salió corriendo a separarlos, Garretson de nuevo de pie y desafiante, y a Van Exel le cayeron siete partidos de suspensión.

Una semana más tarde, en un contexto aún más absurdo, un partido intrascendente en casa contra los Phoenix Suns en el que además su equipo iba ganando, Magic Johnson pidió falta en una acción que al árbitro Scott Foster le pareció parte del juego. La estrella fue a pedir explicaciones y no se le ocurrió otra cosa que utilizar el cuerpo como forma de intimidación. A las primeras protestas le correspondieron una técnica; al empujón con el pecho, una expulsión directa y sanción de tres partidos.

¿Qué demonios pasaba en los Lakers? La supuesta estrella del equipo se liaba a puñetazos con un árbitro y además le llamaba teatrero mientras que el supuesto líder primero le echaba la bronca en público y luego repetía una acción similar a los siete días… Lo que estaba claro es que aquel equipo estaba fuera de sus casillas. Un equipo que acababa la temporada con cincuenta y res victorias, incluyendo seis en los siete últimos partidos, y en el que nadie parecía estar contento. Su rival en la primera ronda de play-offs no invitaba al optimismo: los Houston Rockets de Hakeem Olajuwon y Clyde Drexler

El último baile de Magic Johnson

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Como cabezas de serie, los Lakers deberían de haber sido los favoritos pero no lo eran. Seguía habiendo algo ahí que no cuadraba. El equipo había dado la campanada el año anterior eliminando a Seattle en primera ronda pero esa progresión se había truncado al añadir un elemento externo completamente ajeno a la dinámica del grupo. Una dinámica, por otro lado, que consistía básicamente en ir cada uno a lo suyo. La ausencia de química en la cancha y fuera de ella era palpable y además su rival venía de ganar dos títulos seguidos de la NBA.

Aquellos Rockets de Rudy Tomjanovich eran el típico equipo que apuraba cada gramo de talento y esfuerzo. Con la sensación de tener muy poco, te la jugaban siempre. Sus temporadas regulares no tenían nada de espectacular pero llegaban los play-offs y ahí todo cambiaba: a Hakeem Olajuwon y Clyde Drexler les acompañaban excelentes jugadores de complemento: Sam Casell, Mario Elie, Robert Horry, Kenny Smith… En Houston todo el mundo sabía lo que tenía que hacer, lo hiciera mejor o peor. En Los Ángeles sucedía lo contrario: había calidad para aburrir, pero muy poco orden. En el primer partido de play-off, jugado en el Forum, Houston hizo de las suyas y después de ir buena parte del partido por detrás apretó cuando contaba y se llevó la victoria 83-87 pese a los 20 puntos y 13 rebotes de Magic. Van Exel, de regreso de su sanción y completamente desquiciado, acabaría con un 1/11 en tiros de campo.

Aún tuvo tiempo Magic de tirar de orgullo en el segundo partido. Si los Lakers perdían estaban fuera. Todo el mundo daba por hecho el fichaje de Shaquille O´Neal para el año siguiente y Jerry West estaba fascinado por ese chavalín de instituto llamado Kobe Bryant, tan fascinado que acabaría traspasando aquel verano a Vlade Divac con tal de poder contar con él. Llegaba la juventud y Magic ahí no pintaba nada. Lo único que quedaba, por si acaso, por si todos los expertos tenían razón y la veteranía de los Rockets podía al final con la indolencia de los Lakers, era darse un buen homenaje de despedida ante su público.

Así fue, el 27 de abril de 1996, Magic Johnson jugaba su último partido como profesional en el Forum de Inglewood. Una victoria por 104 a 94 que empataba la serie, con 26 puntos, 7 rebotes y 5 asistencias del suplente de lujo. Ahí dejó la leyenda sus últimas fuerzas. Los dos partidos de Houston no tuvieron demasiada historia o, más bien, tuvieron la misma historia en los dos casos: comienzo fuerte de los Rockets y a amarrar. Los números de Magic bajaron ante la defensa de Robert Horry, que ya era perro viejo a los veinticinco años: apenas 15 puntos entre los dos partidos, junto a 18 asistencias y 14 rebotes.

Los Lakers perdieron aquella serie 3-1 y Magic anunció su retirada definitiva. «Al menos esta vez lo he podido hacer en mis propios términos». Probablemente, él imaginaba que su presencia podía ser algo parecido a lo que fue para él la de Abdul-Jabbar en 1979: el ídolo que inspira al resto de chavales. Pero eran otros tiempos y eran otros chavales. Tiempos de Notorious BIG y Tupac Shakur. Earvin se llevó la sonrisa a los despachos, una sonrisa de payaso triste, forzada, la sonrisa del que no ha encontrado a nadie que le contara un buen chiste.

No importó: todo el mundo le había dado por muerto durante cuatro años y él les había demostrado que estaba más vivo que nunca. Para él y para millones de enfermos en todo el mundo, eso era lo que contaba. Y que Van Exel buscara sus anillos en cualquier otra parte.


Alegato por Allen Iverson

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No quiero ser Michael Jordan, no quiero ser [Larry] Bird o Isiah [Thomas]. No quiero ser como ni uno de esos tíos. Cuando me retire, quiero mirarme en el espejo y decir: «lo hice a mi manera». Allen Iverson.

A punto de anunciar su retirada definitiva del baloncesto profesional, si Iverson echa la vista atrás a lo que fueron sus 14 años en la NBA desde luego podrá decir que lo hizo a su manera. Con lo bueno y lo malo que esto conlleva. A menudo víctima de sí mismo, su vida tiene pinceladas de épica sobre un fondo trágico. La noticia de su retirada llega unos meses después de que nos enteráramos de que, pese a haber ganado más de 150 millones de dólares a lo largo de su carrera —solo en concepto de salario, sin contar los ingresos millonarios de sus patrocinadores—, se había arruinado. Siguiendo un guión familiar, que retrata duramente el excelente documental Broke, la estrella se rodeó de la gente menos adecuada, vivió como si su fortuna no fuera a acabarse nunca, llegando a gastar un millón de dólares en solo una noche en un casino de Atlantic City, y cuando su principal fuente de ingresos (el baloncesto) desapareció, todo se desmoronó paulatinamente. Cuando su amor de toda la vida, Tawanna, con la que había estado desde el instituto y compartía cinco niños, pidió el divorcio el año pasado, Iverson ya estaba en las últimas. «No tengo dinero ni para una cheeseburger», le espetó a su exmujer dándose la vuelta a los bolsillos vacíos, que le dio entonces 61 pavos.

Así pues, Allen Iverson se ha dado de bruces con el destino que tenía reservado, del que trató de huir con su estilo de vida de estrella del hip hop que tantas ampollas levantó en la encorsetada moral yanki y en los mismos cimientos de la NBA. Pero tras los anillos y cadenas de oro, las trenzas, las bandanas y la pose de matón, nunca dejó de existir el crío que sufrió una infancia durísima en Hampton, Virginia, hijo de una madre soltera de solo 15 años y un padre biológico que se desentendió de su familia.

Con solo ocho años, Allen presenció su primer asesinato. Varios de sus amigos murieron tiroteados, y a los 16 años, su mejor amigo fue apuñalado hasta la muerte. Criado en ese ambiente, no es de extrañar que lo que saliera de ahí fuera un chaval poco dado a los formalismos. Como dice un antiguo vecino suyo al ser preguntado por qué de los barrios más marginales salen los mejores deportistas: «aquí siempre decimos que la mejor comida sale de una olla a presión».

Para Allen el deporte supuso primero una muy necesaria vía de escape a la presión de ese submundo, y luego una brillante oportunidad, cuando al alcanzar la adolescencia, pese a medir apenas 180 centímetros y pesar 70 kilos, poseía una fortaleza inaudita para alguien de su tamaño, así como una gran velocidad, rápidos reflejos y una cabeza que parecía pensar más rápido que las de todos los demás. Primero vino el fútbol americano con el instituto, donde se convertiría en el mejor jugador del estado, sumando en un año 2204 yardas ofensivas, ganando el título para su equipo.

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Pero lejos de los focos, las cheerleaders, los balones y los aplausos, cuando volvía a la vida real, todo volvía a desmoronarse de nuevo a su alrededor. Su madre solía desaparecer durante períodos indeterminados de tiempo para darse a las drogas. En una ocasión el pequeño Allen fue captado por cámaras de seguridad comprando drogas para su madre. Como el crío que va a comprar el pan. Dada la indulgencia de la madre, tuvo que hacerse cargo de su hermana, a quien tenía que alimentar de alguna forma, sin un hogar fijo, rotando entre las casas de amigos y familiares. Su entrenador de baloncesto en el instituto, Mike Bailey, recuerda: «Había ocasiones en las que Allen no sabía dónde iba a tomarse su próxima comida. Era un chaval que no podía ni siquiera ducharse porque les habían cortado el agua corriente en casa». La única persona a la que Iverson ha podido llamar «papá» fue su padrastro, Michael Freeman, que trató de sacar a Allen y su madre de la miseria de la única forma que conocía: traficando con drogas. Las cosas no le salieron bien y fue encarcelado en varias ocasiones, pero Iverson no se olvida de lo que hizo por ellos: «Lamento toda la cárcel que tuvo que sufrir por nosotros. No podía soportar vernos vivir de esa manera, así que salió a la calle e hizo lo que tenía que hacer».

No contento con ser el mejor jugador de fútbol americano de la liga, quiso ser también el mejor en baloncesto. Como no podía ser de otro modo, su éxito fue rotundo, y andaba camino de liderar a su equipo para ganar el título estatal cuando todo se estropeó en la noche de San Valentín de 1993, en una bolera donde los únicos negros que había eran Allen y sus amigos. Una escalada de insultos y empujones desembocó en una pelea multitudinaria que terminó con cuatro detenidos, de los cuales ninguno era blanco pese a que los golpes volaron en ambas direcciones. Allen era uno de los acusados.

Mientras el juicio llegaba, Iverson lideró al equipo de baloncesto de su instituto para ganar el título estatal con unos promedios de escándalo: 31,6 puntos, 8,7 rebotes y 9,2 asistencias por partido. Su total de puntos esa temporada, 948, superó ampliamente el récord anterior, que había sido ostentado por Moses Malone durante casi 20 años.

Iverson3Pero de nuevo, al salir de los pabellones que lo idolatraban, se dio de bruces con la vida. A pesar de no tener ninguno de ellos antecedentes y ser menores, se les juzgó como adultos aprovechando un artículo creado en su momento para proteger a los negros de los linchamientos a los que eran sometidos por los blancos años atrás. Irónicamente, ese mismo artículo fue usado en contra de ellos. En un juicio que pronto se convirtió en un espectáculo dada la notoriedad de Iverson, los jóvenes negros fueron duramente juzgados. Iverson, en eso que se suele llamar una condena ejemplar, fue sentenciado a cinco años de prisión y se resignó a ver como su sueño de escapar de la miseria se iba a la mierda encerrado en la prisión de Newport News City Farm.

El enorme apoyo por parte de la comunidad negra, que veía en la condena motivos racistas, logró que el gobernador revisara el caso y, tras cuatro meses en la cárcel, Iverson fue indultado en 1995 por falta de pruebas, y poco después lo serían sus amigos.

Este suceso sin embargo marcaría para siempre su vida, y en adelante su trayectoria como deportista nunca estaría disociada de lo que pasó aquella noche en la bolera. No le impidió sin embargo ser elegido por Philadelphia en la primera posición del draft de 1996, donde por fin se podría medir al mejor: a Aerolíneas Jordan.

Varios años atrás, en 1992, Iverson estaba comiendo con sus compañeros de equipo en una hamburguesería para celebrar su título de campeones de Virginia, cuando este soltó: «Creo que podría ganar a Michael en un uno contra uno»

Todos creyeron que estaba hablando de Michael Evans, un compañero de equipo, y Boo Williams, uno de los técnicos le dijo: «Allen, todos sabemos que puedes vencer a Michael».

«No, no. Apuesto a que podría con Michael Jordan»

Todos lo miraron expectantes, esperando que se riera o hiciera algún gesto que demostrara que estaba de broma, pero nunca llegó. Williams después declararía que tras eso no pudo terminarse la hamburguesa.

Ya en 1996, con Jordan en una de sus mejores temporadas, ambos se encontraron por fin frente a frente. Y esto es lo que pasó:

Su trayectoria en la NBA es algo que no puede explicarse en un artículo. Es preciso haber sido testigo. Pese a ser casi siempre el jugador más pequeño de la cancha, su agresividad jugando no conocía de tamaños. Sus penetraciones salvajes metiéndose entre los cuerpos de los gigantes rivales, sorteándolos con agilidad felina y jugando con los defensas rivales hasta el punto de la humillación son dos cualidades que lo hacían un jugador único e irrepetible. Su pequeño cuerpo, cosido a moratones por la gran cantidad de golpes que su insolencia le garantizaba en cada partido, era capaz de los movimientos más rápidos y los cambios de mano más fulminantes. Su increíble capacidad para anotar, bien penetrando con bandejas inverosímiles, bien con su tiro en suspensión, sus reflejos, su velocidad y su astucia le valieron para liderar a un equipo de perfil bajo como Philadelphia para codearse con los más grandes de la liga. El culmen llegó al hacer mortal a la máquina de guerra angelina que Phil Jackson construyó con un quinteto inicial cuya sola mención sigue causando sudores en más de uno: Ron Harper, Kobe Bryant, Horace Grant, Rick Fox y Shaquille O’Neal.

En 2001, Iverson llevó a los 76ers a la final de la NBA tras tres series de playoffs no exentas de épica: 3-1 ante los Pacers de Reggie Miller, 4-3 ante Toronto, entonces con Vince Carter y Anthony Davis en sus momentos más dulces, y finalmente otra victoria en el séptimo partido contra los Bucks, por entonces liderados por Sam Cassell y un joven Ray Allen.

Los Lakers, vigentes campeones, llegaban mucho más descansados: habían llegado a la final de la NBA sin perder un solo partido, un rodillo baloncestístico. Los 76ers, con Iverson como estrella, bien acompañado por Aaron McKie y el enorme en todos los sentidos Dikembe Mutombo, aterrizaron entre miradas displicentes y una euforia general en la que se daba por hecho que los Lakers ganarían ese anillo sin perder un solo partido en playoffs. El salto inicial dio paso a dos exhibiciones individuales. Shaquille estuvo colosal, como es él, pero ni sus 150 kilos ni sus 44 puntos y 20 rebotes sirvieron para evitar que un jugador con la mitad de su peso decantara el partido para el lado de su equipo: con 48 puntos, 6 asistencias y 5 robos, Allen Iverson dejó mudo al Staples Center de Los Angeles robándoles la victoria por 107 a 101. En el último cuarto nos dejó uno de sus mejores movimientos frente al impotente Tyronn Lue.Ese fue el año en el que ganó el justo galardón al mejor jugador de la temporada, pasando por delante de colosos como Tim Duncan y O’Neal.

Iverson4Pasaron varios años en los que Iverson continuó siendo uno de los mejores de la liga, siempre entre los máximos anotadores. Pero entonces le sucedió lo que a todos los jugadores: su cuerpo maduró, y se hizo más débil. Su cabeza no maduró, y se hizo más débil. Quiso seguir siendo el mismo anotador salvaje y descarado que había sido siempre, solo que ya no podía seguir siendo así. Tras su pico de juego, lo que quedó fue una frustrante lucha entre su ego y su cuerpo, negándose el primero a traspasar su rol de estrella a otro de jugador de equipo. Su marcha de los 76ers tras diez años en la franquicia para buscar un campeonato que nunca llegaría fue el inicio de una cada vez más decepcionante declive pasando por tres equipos distintos, que culminaría finalmente con una vuelta a Philadelphia en 2009, donde firmó por poco más de un millón de dólares (cuando había llegado a cobrar más de 20) y desapareció el 22 de febrero del año siguiente, sin preaviso, dejando colgados a técnicos, compañeros y aficionados, para no volver a jugar más en la NBA.

Su legado es difícilmente definible. Por un lado está la figura del jugador, sin duda alguna uno de los mejores hombres pequeños que jamás hayan jugado a baloncesto. Los trofeos así lo acreditan: MVP de la liga en 2001, rookie del año en 1996, cuatro veces líder en anotación de la liga, tres veces líder en robos de balón y once veces all-star. Por otra parte está la estrella del hip hop. Su falta de respeto a todo lo establecido, desde el resto de jugadores hasta la misma organización de la NBA, pasando por entrenadores o árbitros, no le ayudaron a hacer amigos.

Iverson llegó a la NBA comportándose del modo en que la vida le había enseñado que debía hacerlo para protegerse a sí mismo y a los suyos, entre el macho alfa y el camello con pistola sin marcar. No deja de ser hipócrita que se le exija a un chaval que viene de un gueto donde las drogas y los asesinatos son el pan de cada día que adquiera modales de mayordomo inglés por el simple hecho de jugar en una liga profesional de baloncesto.

Pionero en introducir los tatuajes y el aspecto hiphopero en el baloncesto, fue objeto de todo tipo de críticas, hasta el punto de que en 2005 el comisionado de la NBA David Stern implementó un código de vestimenta contra el que muchos protestaron, entre ellos por supuesto Iverson, indignados por la falta de libertad de expresión y la criminalización de una forma determinada de vestir, que sin embargo sí se usaba oficialmente para promocionar la liga y sus productos mediante anuncios con temática hip hop.

Así como Larry Bird y Magic Johnson fueron los símbolos de los 80 y Jordan lo fue de los 90, Allen Iverson fue uno de los jugadores más icónicos de la década de los 2000, llevando la imagen de las calles a los lujosos pabellones de la NBA. Hoy en día raro es el jugador que no lleve tatuajes o use accesorios como brazaletes o mangas, otra de las peculiaridades de Iverson. Eso sí: de la imagen de rapero poco o nada queda. Esa imagen rebelde ha sido radicalmente sustituida por una imagen que roza y supera en ocasiones la imagen ridícula del peor Steve Urkel. Ejemplos especialmente sangrantes son los de jugadores como Russell Westbrook o Dwyane Wade.

Cuando era pequeño, su madre le dijo que podía ser lo que él quisiera. Al cumplir los nueve años, le dijo a su madre que sería el primer Iverson en ser deportista profesional. Las posibilidades de que aquel niño esmirriado, criado en un gueto insalubre con una mortalidad juvenil altísima, llegara a la NBA eran ínfimas. Pero lo hizo.

Ahora es distinto. Sin dinero, sin apoyos, sin esposa y, lo que es peor: sin baloncesto, Allen Iverson es un fantasma sobre la faz de la tierra. De pequeño tenía la vida por delante para crecer y luchar, y vaya si lo hizo. No obstante, la sensación que da ahora Iverson es la de alguien que tiró la toalla ya hace años. Desde que dejara Denver, las noticias que hemos ido recibiendo de él han sido cada vez peores. Cuando creíamos que no podía caer más bajo, nos ha demostrado que sí era posible. No hay absolutamente nada que haga presagiar que recibamos una buena noticia con su nombre en ella. Pero si alguien ha demostrado que se pueden desafiar todos los pronósticos para lograr emerger de la miseria, ese ha sido él.

Iverson5


Pistons-Lakers 1988: el día en que un Isiah Thomas cojo casi tumba a Magic y Kareem

Pistons - Lakers 1988

Arqueología de los Bad Boys

Esa no debería haber sido la primera final de los Pistons. La primera final la deberían haber jugado el año anterior, también contra los Lakers, de no ser por aquel robo de Larry Bird que acabó en canasta de Dennis Johnson a pocos segundos del final del quinto partido de play-offs en Boston, con el viejo Garden al borde de la invasión como era costumbre en los orgullosos verdes, que se reían así de los arrogantes chicos de Detroit, los paletos de la Motown, con sus pintas de camioneros trabajadores de General Motors.

Era el inicio de la leyenda de los “Bad Boys”, aquel equipo en el que Isiah Thomas ponía la sonrisa y los codos, Adrian Dantley se encargaba de la anotación y Ricky Mahorn y Bill Laimbeer enseñaban a los rookies John Salley y Dennis Rodman cómo tratar al rival en defensa, cómo intimidarle, cómo golpearle a traición en cada bloqueo, en cada rebote… La derrota en aquel quinto partido, el incomprensible pase de Thomas a Laimbeer que fue interceptado por Bird milagrosamente cuando lo más a lo que aspiraba “El Pájaro” —así lo dijo después— era a hacer falta y que no corriera el tiempo, le costó al equipo la eliminatoria aunque aún forzó un séptimo partido que también lucharían hasta el último minuto (117-114).

Eso eran los Pistons: lucha y coraje. El siempre elegante Chuck Daly con su peine en el bolsillo guiaba a una panda de matones orgullosos de serlo. Tipos que no se rendían nunca y que contagiaban al público del Silverdome, la cancha más grande de la NBA, la que mayor asistencia por partido tenía en toda la liga. Ganar ahí era casi un milagro. El verano de 1987 fue el de consolidación de un proyecto: Rodman y Salley tendrían un año más, Joe Dumars se asentaría en la posición de escolta titular y a Dantley aún le quedaba energía para al menos una temporada, o eso pensaron los directivos.

En cualquier caso, aquel era el equipo de Thomas y Laimbeer y así seguiría siendo. Para lo bueno y para lo malo. Vinnie Johnson seguía siendo el “microondas” que se enfrentaba al mundo desde el banquillo, William Bedford no terminaba de explotar y el puzle se cerró en febrero con el fichaje de James “Buddha” Edwards, un veterano de 33 años proveniente de los Phoenix Suns, donde venía de promediar 15 puntos y ocho rebotes por partido y que encajaba perfectamente con la filosofía del juego interior de los Pistons: primero doy y luego pregunto.

El equipo acabó la liga regular con 54 victorias y 28 derrotas en la División Central, por entonces una de las más fuerte, si no la que más, de la NBA. Era el segundo año que pasaban de las 50 victorias pero no fue suficiente para tener el mejor registro del Este, que fue, una vez más, a manos de los Celtics. Después de una primera eliminatoria dura ante los Washington Bullets de Bernard King y Moses Malone, que llegó a los cinco partidos y solo se resolvió en el Silverdome gracias a una exhibición defensiva y la solidez habitual de Joe Dumars, con sus 20 puntos, Detroit se enfrentó en semifinales de conferencia a los Chicago Bulls de Michael Jordan, un equipo aún en construcción, en busca de la identidad que conseguirían años después con Phil Jackson en el banquillo.

Los Pistons ganaron el primer partido fácilmente y se encontraron con una gran sorpresa en el segundo: Michael Jordan acabó con 36 puntos y 11 rebotes, pero eso era normal en él. Lo que nadie esperaba era que Sam Vincent, un base-escolta que alternaba la titularidad con John Paxson se fuera a los 31 puntos y desnivelara la balanza para los de Chicago. Todo quedó en un susto: los Pistons ganaron los dos siguientes encuentros en el Chicago Stadium dejando a los Bulls en 78 puntos por partido y a su máxima estrella en 23,5 y remataron la faena de nuevo ante su afición, 102-95, con 25 puntos de Isiah Thomas y 19 puntos y 13 rebotes de Bill Laimbeer, que se las tenía tiesas con Charles Oakley.

Todo había sido un buen calentamiento para el momento decisivo de la temporada: la eliminatoria ante los Boston Celtics con el factor cancha en contra. El año anterior no habían sido capaces de ganar ni un solo partido en el Garden pero esta vez a la primera fue la vencida: 96-104. Era el inicio de una de las mejores series eliminatorias de la historia moderna de la NBA. Una serie en la que ninguno de los seis partidos se ganó por más de ocho puntos de diferencia y en la que nadie se dejó una gota de sudor en el cuerpo: tras la victoria de los Pistons en el primer partido, los Celtics respondieron ganando el segundo tras dos prórrogas. El tercero fue para Detroit por cuatro puntos de diferencia (98-94) pero en el cuarto, los Celtics callaron el Silverdome con una enorme remontada en el último cuarto basada en la defensa para imponerse 79-78, unos números bajísimos que ahora pueden resultar habituales pero que en 1988 eran impensables.

La serie volvió a decidirse en el quinto partido y el escenario, de nuevo, fue el Boston Garden. Los Celtics se adelantaron 54-40 al descanso y los fantasmas del pasado se volvieron a pasear por el vestuario de los Pistons mientras Auerbach apuraba otro cigarro. Sin embargo, los Pistons no habían llegado hasta ahí para rendirse. No entendían qué era eso de “rendirse” y a base de canastas de Isiah Thomas y una clara mejora en defensa consiguieron llevar el partido a la prórroga, donde esta vez no dejaron escapar su oportunidad y se llevaron el partido 96-102. El sexto de la serie, a jugar en Detroit, tampoco fue ningún paseo: el invitado de honor esta vez fue Vinnie Johnson, con 24 puntos, bien acompañado de Edwards, con 22. Larry Bird tuvo una de las peores noches de su carrera, con un lamentable 4/17 en tiros de campo para un total de 16 puntos, pero Kevin McHale volvió a burlar la defensa de Mahorn, Salley y Rodman con 33 puntos y 11 rebotes.

No fue suficiente. Los Pistons ganaron 95-90 y se clasificaron para la final. La primera final en la historia de la franquicia. Al final del partido, las cámaras enfocaban a Kevin McHale hablando con Isiah Thomas, como instruyendo a un niño pequeño mientras aún se oían los gritos de “Beat L.A.” desde las gradas. Cuando le preguntaron a Thomas qué le había dicho, contestó: “Que llegar a la final no sirve de nada si no la ganas”.

El “Grupo Salvaje” en el reino del glamour hortera

Pat Riley, el muy engominado entrenador de los Lakers, había cometido un error imperdonable apenas un año antes, cuando derrotaron a los Celtics en la final, y muy seguro de sí mismo y de su equipo prometió a la ciudad de Los Ángeles un nuevo anillo la temporada siguiente. No solo lo prometió, lo garantizó. El dominio del equipo púrpura-amarillo durante la década venía siendo tremendo. Desde la llegada de Magic Johnson como novato en 1979, los Lakers habían ganado cuatro veces la NBA: en 1980, 1982, 1985 y 1987. Nunca habían conseguido defender con éxito un campeonato y de hecho ningún equipo lo había logrado desde los Boston Celtics de 1968 y 1969, tiempos aún de Bill Russell, Sam Jones y John Havlicek.

La “maldición del bicampeonato” se extendía, pues, a lo largo de casi 20 temporadas y la profecía de Riley estuvo a punto de torcerse varias veces aquella temporada. Pese a conseguir un registro de 62 victorias y 20 derrotas durante la liga regular, de lejos el mejor de toda la competición, su camino por los play-offs había sido agónico. La primera eliminatoria, ante los San Antonio Spurs, resultó un trámite porque por entonces el Oeste era un páramo y un equipo con 31 victorias como aquel de Alvin Robertson y Walter Berry podía plantarse en las eliminatorias finales pese a las 51 derrotas restantes.

Los problemas empezaron con los Jazz de Utah, que se había quedado a las puertas de las 50 victorias y tenía ya el germen de lo que sería más de una década de competitividad extrema, es decir, Kart Malone, John Stockton y un grupo de acompañantes, en este caso encabezados por el gigante Mark Eaton y el típico escolta blanco tirador, Bobby Hansen, que luego sería campeón con los Bulls de Jordan y Phil Jackson a principios de los 90. Los Jazz llegaron a “robar” un partido en campo de los Lakers y se pusieron 2-1 por delante pero no consiguieron rematar la eliminatoria en Salt Lake City y todo acabó en siete partidos, lo mismo que sucedió en la final de conferencia contra los Dallas Mavericks.

Aquellos Mavs eran cosa seria y todo el mundo les veía como “la gran promesa”. Tenían a Roy Tarpley, llamado a ser un pívot dominador pero demasiado centrado en las drogas, lo que arruinó su carrera. Junto a él estaban cinco estrellas de primer nivel: Derek Harper, Mark Aguirre, Sam Perkins, James Donaldson y Rolando Blackman. Con un juego vistoso, agresivo, basado en correr mucho y anotar compulsivamente, los Mavericks consiguieron asegurar sus tres partidos en casa y plantarse en el Forum de Inglewood para jugar el séptimo de la eliminatoria frente a los Jack Nicholson, Chevy Chase y compañía. El partido no estuvo siquiera igualado: entre Worthy, Scott y Magic acabaron con un equipo que no levantaría cabeza hasta la llegada de Mark Cuban más de una década después.

Tras seis derrotas en dos eliminatorias, agotados y estresados, los Lakers estaban en la final y tenían el factor campo a favor. Enfrente, como ya sabemos, los Detroit Pistons.

Si el antagonismo Detroit-Boston ya era bastante evidente en lo social y lo deportivo —la ciudad industrial frente a la ciudad comercial, el “midwestern” obrero frente al burgués elegante, el trabajo duro frente al talento sin más—, ver a Laimbeer, Rodman, Mahorn, Edwards y demás miembros de la plantilla entrar en el Forum de Inglewood era una reedición de El Castañazo pero sin Paul Newman. Aquello era 1988, pleno apogeo de la cultura yupi, de la laca y el pelo cardado, las hombreras, los colores chillones, el aeróbic. Como decían los Monty Python: “Hollywood, el lugar donde los niños toman drogas mientras sus padres van en patines”.

El Forum era el epicentro de la hoguera de las vanidades, allá donde todos los famosos y los wannabes se juntaban para animar a un equipo sonriente, dinámico, lleno de buenas energías, un equipo New Age, en definitiva. ¿Cómo explicarle eso a John Salley, por ejemplo? Los Lakers eran todo lo que los Pistons odiaban, porque, sí, los Celtics eran unos señoritos, pero eran unos señoritos que te clavaban un codo en los riñones en cuanto podían. Irlandeses furiosos. Estos tíos, no. Estos iban de estrellas del cine y de la tele y del showtime, no se metían en el fango, no se mojaban el culo. El único al que podían respetar un poco era a Magic, oriundo de Michigan y amigo personal de Isiah Thomas, con quien se besaba en la mejilla al principio de cada partido. En lo demás, aquello era un Grupo Salvaje asaltando una mansión colonial, tirando la vajilla por todo el suelo. No se podían hacer prisioneros. Los Lakers estaban cansados, habían sufrido como perros para llegar allí y la oportunidad podía no repetirse. Era necesario atacar desde el principio.

Así lo hicieron los Pistons y así lo hizo, sobre todo, Adrian Dantley, un jugador que parecía que iba por solitario en aquella plantilla: pasada la treintena, siempre bordeando el estrellato sin acabar de explotar, el alero parecía saber que no vería pasar más trenes y que tenía que subirse a ese como fuera. La temporada siguiente sería traspasado a los Mavericks a cambio de Mark Aguirre, un jugador que encajaba más en el perfil pendenciero de Detroit. De Dantley no se volvió a saber nada.

Ahora bien, en aquel primer partido, Adrian estuvo imparable: 34 puntos con 14/16 en tiros de campo, una auténtica barbaridad. Junto a él destacaron Isiah Thomas, con 19 puntos y 12 asistencias y Vinnie Johnson, con 16 puntos desde el banquillo. Al descanso, los Pistons ya ganaban 40-57 tras dos triples en los últimos cuatro segundos de Laimbeer y Thomas, y el Forum se teñía de un silencio rosa fucsia mientras Paula Abdul intentaba que las cheer-leaders levantaran el ánimo de los aficionados. No pudo ser. La segunda parte fue un lento arrastrarse de un equipo muy tocado físicamente, con Jabbar ya en la cuarentena y notándolo. La ventaja campo había cambiado. Si los Lakers querían ganar, si querían que se cumpliera el pronóstico de Riley, tendrían que profanar el Silverdome. Solo Michael Jordan lo había hecho en todos los play-offs, así que no sería fácil.

Para los Lakers, lo que no podía suceder bajo ningún concepto era irse a Detroit con un 0-2. El formato de las finales desde 1985 era 2-3-2, es decir, el equipo con mejor balance en la liga regular jugaba en su cancha los dos primeros y los dos últimos partidos y los tres de en medio los jugaba en campo contrario. La ventaja era —y sigue siendo, porque no se ha cambiado— enorme: no solo juegas un partido más en tu pabellón sino que además el contrario se ve obligado a ganar tres partidos seguidos si quiere defender su campo. Para que se hagan una idea, en estos 27 años de formato, solo ocho equipos han ganado teniendo el factor campo en contra y de esos ocho solo dos han ganado los tres partidos intermedios en su campo (Detroit, precisamente contra los Lakers, en 2004, y Miami, contra Oklahoma, en 2012).

Con el aviso ya dejado, los Pistons recularon en el segundo partido y dieron vida a los Lakers, que por fin pudieron correr: 73 puntos entre Magic, Scott y Worthy dan fe de ello. Dantley siguió acertado, pero no fue suficiente. La serie viajaba empatada a la Ciudad del Motor.

La mística del Silverdome

El Silverdome de Pontiac, en Michigan, a escasos kilómetros de Detroit era —y sigue siendo, aunque remodelado— un pabellón multiusos que lo mismo valía para la NFL que para la NBA que para albergar la tercera edición de Wrestlemania. Aquello era un lugar enorme, abierto en su graderío como un estadio de fútbol, impresionante para el equipo rival, fuera quien fuera. El seis de diciembre de 1975 lo inauguraron los Who con un concierto exclusivo y el 31 de ese mismo mes, Elvis Presley dio su primer concierto de Nochevieja, ante más de 60.000 fans.

Para el tercer partido entre Pistons y Lakers se vendieron 39.188 localidades, un poco menos de las casi 50.000 que se habían ocupado durante el partido de liga regular contra Philadelphia y lejos del récord total de la NBA, fijado desde marzo de 1998 en 62.046 espectadores, cuando los Chicago Bulls de Michael Jordan, en la que se suponía su última visita a la ciudad, llenaron el Georgia Dome de Atlanta, otro pabellón multiusos que los Hawks utilizaban para las grandes ocasiones.

Así que ahí estaban los Lakers, vivos después de todo, sintiendo el odio de casi 40.000 locos de Michigan volcados con su equipo. Un ambiente más propio de una cancha griega que de un pabellón tipo de la NBA, con sus perritos calientes, sus palomitas y sus cheer-leaders. Pat Riley y sus chicos sabían que iban a la guerra y se prepararon para ello: una victoria, una sola victoria en los siguientes tres partidos y la serie volvería a casa, al calor del glamour, el lujo y el sol de Inglewood.

Era un encuentro para las estrellas, y los Lakers decidieron jugar con solo siete jugadores. No importaba el cansancio. Una victoria les daba dos partidos de margen y lo sabían. Magic salió a por todas, más pendiente de repartir juego que de buscar el aro contrario. Primer pase, siempre, a Worthy. Si la cosa se empantanaba, A.C. Green se abría y anotaba. Si hacía falta correr, Byron Scott tomaba el riesgo de acabar empotrado por Laimbeer contra cualquier grada supletoria. Los dos primeros cuartos fueron de tanteo, con Isiah Thomas manteniendo de nuevo a unos Pistons que echaban de menos la anotación de Dantley, lejos del brillo del primer partido en Detroit. Había un equipo campeón y un equipo aspirante y eso se notaba. Los grandes ambientes sacan lo mejor de los grandes jugadores y los nervios de los jugadores más jóvenes.

Algo así pasó en el tercer cuarto: los Lakers pudieron correr y el Silverdome se calló. Mate de Worthy, mate de Scott, pase tras pase de Magic. Entre los tres, de nuevo, 60 puntos, más los 21 de A.C. Green, por entonces un joven jugador que aún tendría tiempo de ganar otro anillo en 2000 junto a Kobe y Shaq, batiendo el récord de partidos consecutivos jugados en liga regular, más de 1000, en sus distintas etapas en Los Angeles, Phoenix, Dallas y Miami. El “célibe” Green —su compromiso con la virginidad iba más allá de lo comprensible— era lo más parecido a un “bad boy” que tenían en Los Angeles, junto a, quizá, Kurt Rambis, solo que Rambis apenas jugaba. Los Pistons lo pasaban muy mal con Green, que corría más que Mahorn, era mucho más rápido que Laimbeer… y a la vez tenía mejor físico por entonces que Dennis Rodman. Corría, reboteaba con ganas y tiraba aceptablemente de cinco metros.

Aquel día, A.C. acabó con un notable 9/11 en tiros de campo y añadió ocho rebotes. El tercer cuarto fue decisivo: un parcial de 18-31 dejaba a los Lakers con 14 puntos de ventaja y muy poco talento en los Pistons como para darle la vuelta al partido. Thomas lo intentó, aprovechándose de los evidentes problemas de Magic con la gripe, y acabó con 28 puntos, nueve asistencias y siete rebotes, pero sus compañeros no le acompañaron. Sobrepasados por la presión generada a su alrededor, entre Dumars, Johnson y Laimbeer se combinaron para meter 24 puntos con un horrible 12/33 en tiros de campo. Los Lakers habían ganado a base de defensa. Quemando más energía de la recomendable, de acuerdo, pero con un buen fin. El resultado final, 86-99, la anotación más baja de Detroit en la serie con mucha diferencia, les ponía con una ventaja de 2-1.

Una vez cumplido el objetivo, los Lakers se relajaron. Tenía sentido. Con esto no quiero decir que se dejaran ganar, pero la necesidad desapareció y el cansancio de las dos rondas previas a siete partidos se hizo palpable, sobre todo en defensa. Los Pistons ganaron el cuarto partido metiendo 111 puntos y el quinto con 104. Aquel quinto partido fue el único en el que los chicos de Riley al menos lo intentaron. El principio fue fulgurante: 0-12 para los visitantes y tiempo muerto de Chuck Daly. A partir de ahí, Laimbeer empezó a gritar como un loco, los 41.372 espectadores agitaban sus toallas blancas y el balón acababa siempre en las manos del renacido Dantley, que ya había anotado 27 puntos en el cuarto partido y que aportó otros 19 en la primera parte de este quinto partido para un total de 25. Vinnie Johnson colaboró con 12 puntos en esa primera parte, acabando con 16 y Joe Dumars por fin tuvo un gran partido, con 19 puntos sin apenas fallo.

Enfrente, los Lakers recuperaron al mejor Kareem. Si los Pistons tenían problemas con Green, Kareem los tenía con los Pistons. Laimbeer sabía anticiparse y le negaba el espacio necesario para ocupar la zona y lanzar su temido gancho. Le obligaba a suspensiones incómodas o movimientos hacia fuera. Era una roca de 2,13 y que abusaba del cuerpo ya castigado de la leyenda de 41 años, en la penúltima temporada de su carrera, pues ya había anunciado su retirada para verano de 1989, confiando en sumar un sexto e incluso un séptimo anillo, a sumar a los conseguidos junto a Oscar Robertson en Milwaukee y junto a Magic en los Lakers.

Aquel día, sin embargo, Kareem estaba imparable. Acabó con 26 puntos y 6 rebotes, consiguiendo por fin que el juego en ataque posicional pivotara en torno a él, como había sido siempre. Su energía no bastó. Los problemas de faltas de Green y Worthy lastraron a los Lakers, pese a que esta vez Magic sí pudo con Isiah Thomas, que se quedó con un 4/13 en tiros y siete pérdidas de balón. Los Lakers se acercaron como siempre en el tercer cuarto pero acabaron sucumbiendo ante la algarabía de Michigan: 104-94. Los Pistons se adelantaban 3-2 en el que sería su último partido en Pontiac, pues el año siguiente pasarían a jugar en el también multitudinario Palace de Auburn Hills.

Todos marcharon a Los Angeles contentos. Los Lakers, por seguir vivos. Los Pistons, porque estaban a una sola victoria de la gran machada final.

La exhibición del cojo Thomas

Llegamos pues al climax de este reportaje. Sexto partido de la final de la NBA. Temporada 1987/88. Los Pistons han empezado bien el primer cuarto, con una ligera ventaja, pero se han venido abajo en el segundo, encajando un parcial terrible de 33-20. No hay noticias de Dantley, no hay noticias de Laimbeer, el “microondas” de Vinnie Johnson está apagado. Rodman se mete en todas las peleas que encuentra por el camino pero no es suficiente: los Lakers corren y cuando los Lakers corren nadie puede hacer nada.

Todo cambiará en el mítico tercer cuarto, probablemente el mejor de la historia de las Finales NBA y con un nombre propio destacando por encima de todos: Isiah Thomas, el diablillo sonriente. En los primeros cuatro minutos y medio del cuarto, Isiah anota 14 de los 16 puntos de su equipo para colocarlo a dos puntos de los Lakers: 64-62. En la siguiente jugada, Magic Johnson intenta entrar a canasta pero recibe una falta criminal de Laimbeer. El público de Inglewood se levanta y abuchea. Bill mira a su alrededor, desafiante, Magic anota los dos tiros libres, no está para intimidaciones. La defensa de los campeones sube un peldaño. Los Pistons no encuentran tiros más allá de los que Thomas se busque y esa no es la idea: la idea es que Thomas busque tiros para los demás. Mychal Thompson, eterno aspirante a fichaje del Real Madrid, anota otros dos tiros libres y Thomas, defendido ahora por Michael Cooper, especialista defensivo de apariencia desgarbada e improbable, comete pasos antes de que James Worthy, el mejor jugador del partido por los locales, anote una nueva canasta.

Dantley anota, por fin. En la siguiente jugada, Thomas rebotea en defensa y sale corriendo como alma que lleva el diablo. Cede a su derecha a Dumars y frena la carrera poco a poco, con la mala suerte de pisar el pie de Cooper, que ni siquiera está atento a la jugada. Dumars anota para poner el partido en un pañuelo (70-66) pero Isiah se retuerce de dolor en el suelo. Cuando digo “se retuerce” no exagero. Todo el banquillo de los Pistons se levanta para ver cómo está. No puede ni siquiera ponerse en pie y cuando lo hace tiene que apoyarse en dos compañeros. El dolor es inmenso y se ve en su cara. El dolor y el miedo. Este es el final del sueño. Es el final de ocho meses de lucha casi diaria. Como en la NBA no se tira el balón fuera, Thompson aprovecha el contraataque para anotar. Daly pide tiempo muerto para darle oxígeno al tobillo de su estrella. No hay manera. Thomas no puede jugar. Le ponen hielo para calmar el dolor, pero se queda en el banquillo. Magic mira preocupado y aliviado a su vez a su amigo. Aquello tiene pinta de ser grave.

Quedan 4:40 para acabar el tercer cuarto y Vinnie Johnson está desoladoramente frío. Nadie toma responsabilidades, Salley comete una nueva falta sobre A.C. Green y este anota los tiros libres. 74-66. No han pasado ni 50 segundos cuando Isiah se levanta cojeando, avisa a Daly y el veterano entrenador de los Pistons pide el cambio. De perdidos al río. Thomas no es que cojee, es que parece llevar una muleta invisible. En su primera jugada, recibe algo escorado, remonta línea de fondo tras driblar a Worthy y anota en lo que ahora llamamos “bomba”, a una pierna —la mala, para más inri— sobre Green para poner el 74-68.

Worthy anota dos tiros libres —los árbitros están masacrando a Detroit con las faltas— y en el siguiente ataque el balón vuelve a llegar a Thomas, que encara a Cooper, amaga con el tiro, bota hacia su izquierda, nota una pequeña ventaja y la mano de Coop en el costado y exagera el empujón mientras lanza desequilibrado. El balón pega en la tabla y entra. Thomas sale disparado hacia un lateral lleno de fans de los Lakers sin llegar a caer pero cojeando de nuevo, pegando saltos a una sola pierna. El árbitro pita falta pero falla el tiro libre. Lleva ya 18 puntos en el cuarto, los Pistons están a seis.

Cuando tu líder muestra el camino hay que seguirle. Eso debieron pensar los Pistons en ese momento. Con Rodman y Salley en el campo, la intensidad defensiva sube. Si Thomas va a matarse jugando ese partido, más vale que se maten todos. Los Lakers empiezan a tener miedo. Anota Dantley, anota Rodman en el contraataque, tras otro tiro libre de A. C. Green, Thomas se para en la línea de tres y anota. 21 puntos. El partido está empate a 77 y los Lakers fallan de nuevo. El rebote largo va para Rodman, que encuentra a Thomas por el centro y anota una bandeja tras la cual vuelve a exagerar la caída, esta vez contra el fondo, y se levanta corriendo como puede a una pierna, consciente de que está haciendo historia, de que las cámaras le están enfocando y un niño de 11 años está preparando un artículo que escribirá 24 años después. Lleva 35 puntos, 23 en el tercer cuarto, nueve completamente cojo.

Green vuelve a matar a los Pistons con un tiro abierto y empata a 79 a falta de unos segundos. La última posesión es para Detroit: Vinnie Johnson, que está haciendo de base para que Thomas no tenga que asumir demasiado esfuerzo físico, soba la pelota esperando que el tiempo pase hasta que encuentra a Isiah en el lado izquierdo. El bloqueo no ha salido bien y tiene a Cooper justo en sus narices, presionándole. Pivota sobre sí mismo, se pone de espaldas, amaga postear desde seis metros y a falta de dos segundos gira en suspensión sobre sí mismo —un “fadeway jumper” de lo más improbable— para lanzar un balón bombeado, que supera las largas manos de Coop y acaba entrando sorprendentemente en la red. Es su vigésimoquinto punto del cuarto, 37 en el total del partido. Ha fijado un récord que aún nadie ha conseguido superar, ni siquiera el mítico Jordan. Los Pistons ganan por dos puntos de diferencia y están a un cuarto de llevarse el título a Michigan.

Cuenta la leyenda que la NBA ya había mandado el champán al vestuario de los Pistons y que su propietario estaba frente a una cámara de la NBC esperando a ser entrevistado como nuevo “Campeón del Mundo”. Pese al lógico enfriamiento de Thomas y el excelente partido de James Worthy (28 puntos, 9 rebotes, solo comparable con los 22 puntos y 19 asistencias de Magic Johnson), los Pistons siguen por delante a 1:03 del final. Dumars (18 puntos y 10 asistencias) anota dos tiros libres para poner el 99-102. En la siguiente posesión, Byron Scott, el siempre bajo sospecha Byron Scott, se crea su propio tiro, una suspensión en rectificado que deja el partido en un punto.

Los Pistons piden tiempo muerto. Quedan 45 segundos, así que el objetivo es tirar cuando queden más de 24 y así dejarse en cualquier caso la última posesión. La responsabilidad, cómo no, cae en Thomas, que ha llegado ya a los 43 puntos. No es un buen tiro. Falla. El rebote va para Lakers con 27 segundos por delante. Organizan un ataque “estándar”, que les dé tiempo a reaccionar en caso de fallo y encuentran a Kareem en el poste bajo. Jabbar recula un poco sobre Laimbeer y se gira para lanzar. Falla. Incomprensiblemente, se oye un silbato. El árbitro considera que el defensor ha tocado el codo del atacante al tirar. Las imágenes no lo dejan claro. Haya contacto o no, no parece suficiente para alterar el lanzamiento. Laimbeer se lleva las manos a la cabeza. Es su sexta falta personal y queda eliminado del partido con solo dos puntos en 39 minutos. Ni una sola canasta de campo.

Quedan 14 segundos para el final del sexto partido. Jabbar no lleva una gran serie en general y tampoco en lo que a tiros libres se refiere pero hoy está en 6/6 desde la línea de 4,70. En el resto del campo, 3/14. Tiene el peso de convertirse en héroe o villano y a la vez el comodín de saber que sería el villano más corto de la historia. Todo el mundo quiere a este tío aunque él mismo no se haga querer demasiado: reservado, alejado de los focos desde su conversión al Islam, paciente trabajador que no reparte gestos ni sonrisas ni nada que no sea estrictamente necesario. Con su extraña mecánica, la propia de un gigante con problemas para bombear el tiro, Jabbar anota el primero. Empate a 102. Luego anota el segundo. Los Lakers ganan por un punto, pero la bola es para los Pistons.

Ahora bien, los Pistons están de los nervios. Llevan de los nervios desde que el champán llegó al vestuario y la cosa no ha cambiado. Dumars asume la responsabilidad, una responsabilidad que aún no le corresponde y que compensará con creces al año siguiente, siendo el MVP de las finales, y falla una suspensión forzada a falta de 7 segundos. Se lucha por el rebote y lo coge Scott, que intenta salir corriendo hasta que Rodman lo pilla a media pista y lo manda al suelo. Byron se revuelve e intenta ir a por el “Bad Boy” por excelencia. Sus compañeros lo paran. Solo falta que un reparto de técnicas fastidie el asunto. Scott tiene dos tiros libres y quedan cinco segundos. Falla el primero. Él sí que sería un villano duradero así que más le vale ir con cuidado. Se prepara para el segundo tiro pero falla también. Detroit no tiene tiempos muertos así que tiene que buscar la jugada de campo a campo en cuatro segundos. No lo consigue. Los pases no son precisos, la histeria continúa y ni siquiera llegan a tirar a canasta. Thomas se desespera. El banquillo en pie de los Pistons, aquellos chándales blancos con líneas horizontales rojas y azules, se echa las manos a la cabeza.

Los Lakers celebran como si hubieran ganado el título. Aunque aún quede un partido.

Cómo perder un campeonato y ganar dos anillos

El séptimo partido. Por tercera vez en tres eliminatorias, el Forum se viste de gala para festejar el quinto título de los 80. Los obreros tuvieron su oportunidad en el sexto y la dejaron escapar, ahora es el momento de los artistas. Extraño optimismo para una franquicia que nunca ha ganado un séptimo partido en unas finales. Canciones de Queen. It´s a kind of magic. Freddy Mercury frente a Bruce Springsteen. David O´Selznick frente a Henry Ford. Los Oscars, ¿frente a qué? Frente a nada. Hay en los Pistons un pesimismo que solo se cura con arengas en los tiempos muertos y apelaciones a la unidad, al trabajo conjunto, a la defensa… Isiah Thomas sigue cojeando pero sigue jugando. No se rinde, y si el capitán no se rinde, ahí no se rinde nadie. Dumars está a su lado. Los pivots anulan por completo a Green y a Jabbar, aunque no tanto a Thompson. Al descanso, el milagro aún es posible, 47-52… pero ahí ocurre algo. Un viejo truco o una casualidad: el partido no termina de recomenzar. Pasa el tiempo y los jugadores no aparecen. No hay nada peor para un tobillo caliente que el paso del tiempo, el enfriamiento y la consiguiente hinchazón.

En el tercer cuarto, Thomas apenas juega, apenas corre, apenas puede disputar un par de minutos. Sin Isiah en la pista no hay ejemplo que seguir y James Worthy se los come a todos con patatas —35 puntos, 16 rebotes y 10 asistencias en el último partido, unos números que le valdrían el MVP de la final—. El parcial es de 36-21 en ese tercer cuarto, un nuevo desastroso tercer cuarto de los Pistons en esta final. Los Lakers ganan 83-73 y la racha no acabaría allí: tras Worthy llega Scott, con 21 puntos, y detrás de ellos, siempre, Magic, sacando un contraataque tras otro. Isiah vuelve a la cancha con una tirita en la cara, penúltima herida de guerra. A falta de 10:38, Cooper, en su mejor partido de lejos de la serie, anota un triple para poner el 88-73 y se enzarza en una pelea con Isiah Thomas y el banquillo de los Pistons.

Nunca despiertes a un león dormido.

Dumars y Rodman —tremendos partidos los suyos, con 25 y 15 puntos cada uno, más los 17 de John Salley— se turnan para defender a Magic, que empieza a notar cierto cansancio, cierta incomodidad. Los Lakers se pasan la bola sin saber si ampliar la distancia o dejar que el tiempo pase. Balones a Jabbar que acaba fallando una vez tras otra mientras ahora los que corren son los Pistons. A falta de cuatro minutos y medio, el partido está en 96-90, solo seis puntos de diferencia. Thomas mira desde el banquillo cómo Rodman sigue parando a Magic. A falta de tres minutos, 98-94 y bajando. Los Pistons no se rinden nunca. Nunca. Esa es su seña de identidad. Ya no suenan Huey Lewis and the News como si el partido estuviera sacado de un capítulo de American Psycho.

Tapón a Jabbar y contraataque de Rodman. 98-96. Anota Worthy, anota Vinnie Johnson. Dos minutos. Laimbeer vuelve a dejarle un recado a Magic, que anota los dos tiros libres. Dumars queda abierto a seis metros y anota. Queda un minuto y medio, algo menos, y el partido está en 102-100. Dennis Rodman presiona a Magic para que no reciba… pero hace una falta estúpida. No había ninguna necesidad de algo así, pero Rodman es casi un novato en la liga y ni siquiera en sus mejores días será uno de los tipos más sensatos del mundo. Magic anota solo uno y en el 1:14 que queda vemos un resumen de lo que ha sido la serie: los Pistons pueden matar pero no lo hacen. Las decisiones son pésimas: Laimbeer tira un triple frontal que se estrella contra el tablero, luego Rodman se tira una mandarina impresionante ante la desesperación de Daly. Cuando todo está perdido, cuando los Lakers van ganando 105-100 y quedan 20 segundos, la desesperación hace milagros: Michael Cooper falla dos tiros libres, fruto de la sobreexcitación, Joe Dumars coge un rebote en ataque y pone el partido en 105-102. A continuación, en medio de una algarabía impresionante, riff de Purple Haze incluido, Worthy falla un tiro libre y Isiah sale para hacer de El Cid. Worthy anota el segundo y Laimbeer anota un triple imposible a falta de seis segundos. 106-105, bola Lakers, El equipo se viene arriba, presión en todo el campo. El banquillo pide una falta inmediata pero en cuanto el balón le llega a Magic suelta un pase de béisbol al otro campo donde A.C. Green está completamente solo y machaca.

Al igual que en el sexto partido, los Pistons están sin tiempos muertos. Nadar para morir a la orilla. Quedan dos segundos y Laimbeer tiene que sacar entre la gente que se agolpa para saltar a la pista a celebrar. Su pase no va a ninguna parte. Los Lakers han ganado. Cinco anillos para Magic, para Cooper, para Kareem. La profecía de Pat Riley cumplida tras 24 partidos. Nadie había jugado tantos partidos para acabar campeón. Los Pistons se retiran compungidos pero altivos, con algo de Mac Arthur en su gesto. “Volveremos”, parecen decir, “y os patearemos el culo”.

Así fue. Al año siguiente, los dos equipos se volvieron a enfrentar en la final pero aquello no estuvo ni competido: 4-0 para unos Pistons imparables. Dantley se quedó sin su anillo pero era un sacrificio necesario. En 1990, los Pistons repetirían ante los Blazers, con Laimbeer de tirador puro. Fueron años de gloria para el baloncesto sucio, de alquitrán y grasa, el baloncesto de la intendencia. En 1991, todo cambió: después de cuatro años ganando a los Bulls camino de distintas finales, los Pistons cayeron estrepitosamente en la final de la Conferencia Este. Otro 4-0 inapelable.

Como epitafio de su dinastía eligieron la despedida que más les retrataba: Rodman tiró a Pippen contra las gradas y, con el cuarto partido ya sentenciado, los jugadores se retiraron del campo cuando aún quedaban cinco segundos por jugar, pasando por delante del banquillo de los Bulls, sin mirarles, un desprecio total. Ni felicitaciones ni buenos deseos. Un equipo que se construye en torno al odio acaba en el odio. No creo que ninguno se pregunte ahora si mereció la pena. Bastaba con ver sus caras celebrando anillo tras anillo, pelea tras pelea, codazo tras codazo, sonrisa de Isiah Thomas tras sonrisa de Isiah Thomas, tumbando gigantes uno a uno como si fueran molinos.


L.A. Blues: ¿Qué les pasa a los Lakers?

Lakers hZ
“L.A. Lakers, fast break makers,
kings of the court,
shake and bake all takers.
Back to back is a bad ass fact,
a claim that remains intact.
M-a-g-i-c, see you on the court,
Buck has come to play his way
and his way is to thwart.
M-a-g-i-c, magic of the Buck,
other teams pray for dreams
…but he don’t give a fuck”

(Magic Johnson, canción de Red Hot Chili Peppers)

Siendo entrenador al frente de los New York Giants, Bill Parcells ganó dos trofeos de la Super Bowl en 1986 y 1990. Resumió su paso por la Gran Manzana en una sucinta frase: “En nueva York solamente existen dos cosas: euforia y desastre”. Esta frase bien podría trasladarse del fútbol americano al baloncesto, de la costa este a la oeste, de Nueva York a Los Angeles.

Puede que la metrópolis californiana sea en muchos aspectos el perfecto reverso de Nueva York, pero en cuanto a emotividad deportiva los espectadores angelinos tienen bien poco que envidiar a sus homólogos de la Gran Manzana. Si los neoyorquinos se creen el ombligo del mundo y por tanto de la NBA —ganen o no ganen—, la afición de Los Angeles padece cierto complejo aristocrático adquirido en los gloriosos años de aquel apoteósico “showtime” capitaneado por Earvin “Magic” Johnson, el Johan Sebastian Bach de las canchas (Larry Bird sería el Mozart, Michael Jordan el Beethoven, Kareem Abul Jabbar el Wagner y Pete Maravich, de cuya muerte se acaban de cumplir veinticinco años, el trovador medieval que inventó el clavicordio para que lo usaran todos los citados). Aquellos fueron los años en que incluso los grupos de rock de la ciudad les dedicaban vanidosos himnos a los héroes de su equipo, a los artistas de púrpura y oro, al equipo más famoso del mundo, a los legendarios Lakers:

“Penetrating the lane like a bullet train
comes the magic blood, a telepathic brain.
Knucklehead suckers better duck
when the Buck comes through like a truck.
Scott stops, pops and drops it in,
on his way back gets a little skin
from the hand of a man named A. C. Green.
Slam so hard break your TV screen,
Worthy’s hot with his tomahawk.
Take it to the hole, make your mamma talk,
I hate to burst your bubble… but triple double trouble
is coming to your town and he’s going to make rubble”

De acuerdo, la letra no es brillante, pero resume a la perfección toda una época. Ah, aquellos días de vino y rosas.

Más adelante, la efervescente concurrencia del Staples Center tuvo más motivos de gozo con sendas etapas de renovadas glorias, aquella de Shaquille O’Neal junto a Kobe Bryant, y aquella otra más cercana de Kobe Bryant junto a Pau Gasol.

En esta temporada 2012-13, sin embargo, los angelinos —prensa y público— no han tardado en pasar del ímpetu entusiasta e incluso abiertamente insolente que los caracteriza en ocasiones, a ese tenebrismo quejumbroso que también es típico de ellos cuando las cosas van mal. Al inicio de esta temporada casi nadie dudaba en incluir la escuadra californiana en una reducida lista de grandes favoritos para el campeonato: junto a los consabidos Kobe Bryant, Pau Gasolo Metta World Peace llegaban importantísimos nombres de refuerzo como Dwight Howard o Steve Nash. Sobre el papel, un equipo (casi) de ensueño, qué duda cabe. En la práctica… bueno, mientras escribo estas líneas los Lakers están en el vagón de cola de la conferencia oeste con un paupérrimo balance de 15 victorias frente a 19 derrotas. Esto es, un lamentable porcentaje de 0.441 que sonroja todavía más si hablamos de una franquicia teóricamente “aspirante a todo”. Por el momento y aunque todavía queda tela por cortar, están fuera de los puestos de play off, por debajo incluso de equipos mucho más modestos que se han visto plagados por el infortunio, caso de unos Minnesota Timberwolves castigados por las lesiones de sus dos estrellas, Kevin Love y Ricky Rubio, en la temporada en que deberían haber formado una de los dúos más visualmente espectaculares de la liga. Pues bien, incluso estos Timberwolves renqueantes (0.516) están clasificados en un mejor puesto que los Lakers. Para más recochineo, el dominador de la conferencia es nada menos que el considerado tradicionalmente —y con razón— como segundo equipo de la ciudad, Los Angeles Clippers. Los convecinos pobres de los Lakers miran ahora a sus presumidos paisanos con regocijo, desde las alturas de sus 27 victorias  y su 0.771 de porcentaje victorioso. Ouch!!

¿Qué les está pasando a los Lakers? Esta es la pregunta que se hacen todos, o mejor dicho, la pregunta a la que cada cual está respondiendo según su manera de ver las cosas. No existe un único diagnóstico claro, y aunque existen más discrepancias entre el público que entre los periodistas, tampoco la prensa deportiva ha llegado a un consenso médico sobre el estado del enfermo y las causas de su trastorno. Realmente solo ha habido un factor que podamos considerar imponderable a la hora de afectar los planes previstos: la prolongada ausencia por lesión del veterano Steve Nash. Pero todo el mundo coincide en que eso no explica nada, o explica muy poco, y más cuando los mencionados esforzados de Minnesota están sobrellevando algo mejor unas ausencias que, en comparación a la magnitud del equipo, resultan considerablemente más importantes. Los Lakers deberían haber funcionado bastante mejor de lo que han funcionado aun sin tener a Nash sobre la pista.

“No preguntes lo que tus compañeros pueden hacer por ti, pregúntate lo que tú puedes hacer por tus compañeros” (Earvin “Magic” Johnson)

Kobe Bryant sigue estando ahí. Brillante a su manera, como de costumbre. Demoledor en lo suyo. Hambriento de canasta, para variar. Acentuando la sensación de que es uno de los escasos jugadores del equipo que parece inmune al bajón, presentando unos números incontestables (30.5 puntos por partido) que lo sitúan como mejor anotador de toda la NBA esta temporada. Un grande. Pero.

También está esa otra sensación bien conocida, ese déjà vu, ese je ne sais quoi, ese je t’aime moi non plus. Ese resquemor de que Kobe no es el hombre-franquicia que muchos quisieran ver en él. La idea de que Kobe es más grande como Kobe que como Laker, si se me entiende el galimatías. De hecho, el más grande todos los Lakers que nunca hubo, Magic Johnson, lo ha resumido así: “Kobe Bryant está teniendo una temporada digna de MVP, pero el equipo necesita que sea un líder mejor”. Al Kobe maquinalmente eficaz se le nota más lo obstinadamente individualista cuando sus compañeros no están por la labor, bien porque no quieren, bien porque no pueden. Kobe se queda en solitario con sus ambiciones, anotando y anotando, mientras todo se derrumba a su alrededor y los demás vemos que es grande, pero que no es capaz de levantarlo por sí mismo. Desde fuera siempre se ven las cosas de otra manera, eso está claro, pero siempre hemos visto cómo Kobe da una de cal y otra de arena a sus compañeros. Que es una gran estrella y un gran jugador, pero no un gran capitán. Sea como fuere, lo que sucede este año pone de manifiesto una vez más que al baloncesto juegan cinco, no uno. Que ningún superjugador, por temible que resulte con la pelota en las manos, puede hacer de un equipo campeón si el resto del engranaje no carbura. Ni siquiera Jordan lo consiguió en su día: cuando no tuvo equipo para aspirar, no aspiró. Es lo que ahora le está pasando a Bryant.

¿Pau Gasol? Acaba de lesionarse, pero hasta ahora no estaba despegando. Tampoco se estaba hundiendo en zonas abisales, todo sea dicho. Parece poco motivado y, como de costumbre, abundan en Los Angeles quienes se apresuran a echarle la culpa de la situación —nada nuevo—, exagerando sus responsabilidades e ignorando las verdaderas causas de su rendimiento menos que óptimo durante este año. No es que esté haciendo una temporada horrible, pero está jugando fuera de sitio y no por decisión suya. Con todo, se oyen por enésima vez las voces que abogan por su traspaso. Resulta fácil suponer que el español no esté plenamente satisfecho en Los Angeles desde hace ya un largo tiempo; ¿cómo podría estarlo? Es la perpetua cabeza de turco del equipo. En cuanto al resto de grandes nombres, ya hemos dicho que Steve Nash ha pasado una buena parte de la competición en el dique seco y que, en realidad, está aterrizando ahora. Dwight Howard está sacando las castañas del fuego, al menos por la parte que le toca, y es el único que junto a Bryant está moviéndose en números de zona estelar (17.3 puntos y 12.4 rebotes). Por así decir, Howard está haciendo de Gasol en lugar de Gasol en cuanto a producción. En cuanto a Metta World Peace, está cumpliendo, pero lejos de la mejor versión de sí mismo. ¿Los suplentes? Por citar algunos de los principales: Jordan Hill en su línea, bien, pero bien para la medida de lo que se espera de él. Darius Morris sin terminar de romper. Ninguna novedad. Vamos, que salvo la lesión de Nash, puede haber bajones individuales pero tampoco nada catastrófico.  Unos mejor, y otros peor. Individualmente, nada como para que los Lakers estén sufriendo la crisis que sufren. Entonces, ¿qué es lo que le pasa al equipo?

La defensa. El sistema.

Las actuaciones individuales, por sí solas, no explican la anemia competitiva de los Lakers. Por ejemplo: es uno de los equipos más anotadores de la liga, esto es así. Pero no tiene ningún tipo de coordinación atrás. Es más: su defensa ha basculado entre lo flojo, lo risible y lo directamente surrealista al estilo Monty Python en más de un momento de la temporada. ¿Expresado esto con datos? Un ejemplo: los Lakers han finalizado 23 partidos anotando más de 100 puntos, pero de esos 23 encuentros han perdido 14. Es un porcentaje de 0.609, que podemos considerar pobre. Hagamos una comparación que es doblemente dolorosa para los Lakers: dolorosa en lo numérico, y dolorosa en cuanto a rivalidad geográfica. Los Clippers han anotado más de 100 en 24 partidos, pero han ganado la friolera de 23. O sea, un apabullante 0.958 de porcentaje, rayando la perfección absoluta. Expresado con lenguaje cocinero: los Clippers están siendo un rodillo pero los Lakers se están pareciendo más a un coladero.

¿Los problemas que podrían estar originando esto? Uno, que en el vestuario no hay química. Nada nuevo, ya que los Lakers de los últimos años han venido siendo —hasta en sus buenos momentos— como esas parejas que se autoconvencen de que son felices para poder seguir juntos, que se esfuerzan por aparentar armonía de puertas afuera, incluso consiguiéndolo por momentos… pero que en realidad todo el mundo puede notar que la falta de entendimiento es un virus que se está incubando y que dará síntomas visibles tarde o temprano. Un ejemplo: por mucho que Kobe Bryant y Dwight Howard ironicen sobre las habladurías de la prensa acerca de su supuesta mala relación, fingiendo que boxean en una foto que Bryant ha colgado en Twitter (acaba de aterrizar en la famosa red social pero de momento parece que tiene muy claro cómo y para qué usarla), lo cierto es que no hay demasiados motivos para creer que están a partir un piñón, ni ellos dos ni ninguno de los pesos pesados del vestuario. A esto hay que sumar la elevada media de edad del equipo, algo en lo que vamos a detenernos un poco más adelante.

“El baloncesto, al contrario que el fútbol americano con sus rutas predefinidas, es un juego de improvisación, algo parecido al jazz. Si alguien deja de hacer sonar una nota, algún otro debe rellenar el hueco y mantener el ritmo que mantiene al equipo” (Phil Jackson)

El otro gran problema de los Lakers, probablemente, es el entrenador Mike D’Antoni. Tras el despido de Mike Brown, los ejecutivos del equipo, quizá por esa perenne nostalgia de “showtime” característicamente hollywoodiense, prefirieron apostar por el ataque incansable de D’Antoni y desechar alguna posibilidad más racional, más “de equipo” y desde luego plenamente probada, como por ejemplo un hipotético retorno en plan salvavidas de Phil Jackson. No parece que considerasen otros posibles candidatos (¿qué tal Jerry Sloan?) y D’Antoni se quedó con el puesto. Quizá la idea subyacente y hasta cierto punto lógica era la de reunir a D’Antoni con Steve Nash. Juntos fueron protagonistas de una época dorada en los Phoenix Suns, donde el estilo “corre y dispara” compuesto por D’Antoni era soberbiamente dirigido sobre el parqué por el rápido e infalible cerebro del genial —no hay otro adjetivo— jugador canadiense. El que D’Antoni no hubiese conseguido trasladar con éxito esa fórmula a Nueva York era achacado por algunos —entre otros, por él mismo— a la ausencia de Nash, su alter ego en la cancha. Algo así como si Del Bosque se hubiese quedado sin Xavi e Iniesta. Así que por qué no depositar esperanzas en la reunión de ambos en Los Angeles.

Dada la lesión de Nash podemos decir que la teoría de la reunión aún no ha sido eficazmente desmentida (ni comprobada), pero a la hora de aplicar el sistema de D’Antoni existe otro inconveniente, que solamente hace días fue clamorosamente verbalizado por Kobe Bryant: “somos viejos y lentos”. En toda la diana… y eso que soy de los que piensan que Kobe es de los que tienen el gatillo fácil a la hora de criticar a otros para quitarse él mismo de culpas. Pero cuando tiene razón, tiene razón. El estilo de D’Antoni consistente en dejarse meter muchos puntos para ganar partidos anotando todavía más que el rival, era un estilo que estaba bien para aquellos Suns, un equipo más joven, esforzado, entusiasta, de jugadores que corrían bajo la batuta de un Steve Nash que no necesita correr porque sabe pensar. El baloncesto a lo tiroteo del oeste, el pick and roll, el contraataque a lo brigada ligera; todo eso estaba bien para aquellos Suns. Pero, ¿y para estos Lakers? Estos Lakers no son aquellos Suns. No corren igual, no reaccionan igual. Anotan, sí, pero son como un boxeador de fuerte bíceps que sin embargo tiene la mandíbula de cristal y ya es demasiado mayor; que ya no usa las piernas para esquivar los golpes, ni la cintura para devolver los que recibe buscando la contra sobre la guardia abierta de su rival. Kobe tiene razón: estos Lakers no son un equipo joven. Lo de la edad del equipo tiene mal remedio: uno de los motivos del envejecimiento de las piezas clave es que en Los Angeles se han pagado unos sueldos que otras franquicias no quieren ni pensar en afrontar. Los traspasos de los veteranos no resultan fáciles. El dinero hizo a los todavía recientes Lakers campeones, pero de repente podría estar contribuyendo a deshacerlos.

Y no parece que el estilo de D’Antoni esté concebido para explotar las armas más reflexivas de la experiencia, que son las armas que sí poseen. ¿Esto podría cambiar con el retorno de Nash? Es posible, pero ¿hasta qué punto? Además de que Nash pueda terminar ejerciendo como procesador CPU del equipo, también se antoja necesario un cambio en el planteamiento de juego.

Digamos que en la prensa estadounidense ya se ha abierto el debate, algo prematuro pero comprensible, de si los Lakers conseguirán siquiera meterse en los play off. Muchos creen que lo lógico será que remonten al menos lo suficiente como para no quedarse fuera. Sí, es lo lógico. Pero hay bastante más dudas acerca de que consigan volver a postularse como candidatos. He leído ya a varios periodistas llegando tan lejos como para afirmar que Kobe “no jugará otra final de la NBA con los Lakers”. No soy adivino, pero como las cosas no cambien no me parece una opinión exagerada. O los Lakers necesitan echar a D’Antoni, o —mejor opción, creo yo— D’Antoni necesita reorganizar el equipo a su gusto pero sin tener a jugadores perdidos en el limbo, caso de Pau Gasol. El español es probablemente el más evidente ejemplo de lo que D’Antoni no está haciendo bien. Si no me equivoco, Gasol lleva camino de superar con mucho su número de intentos de tiro triple en toda su trayectoria en la NBA. Ese no es Gasol. No está en su sitio e, irregular como lo pueda estar siendo este año, sigue constituyendo una pieza importante del equipo… pero una pieza fuera de lugar. Una buena tuerca colocada en la rosca equivocada puede dar la impresión de no pertenecer al engranaje, pero cabe preguntarle primero al mecánico por qué esta tuerca está ahí si no es su emplazamiento correcto.

“No puedes ganar a no ser que aprendas a perder” (Kareem Abdul Jabbar)

En resumen: tenemos un entrenador que aplica un sistema contra natura. Tenemos un director de orquesta que ha pasado la primera parte de la temporada en rehabilitación, contemplando el triste espectáculo de la orquesta sin afinar. Tenemos una superestrella que juega para engordar sus números o que no sabe conseguir que los demás jueguen para engordar los números de todo el equipo. Tenemos un escudero de oro al que acusan de flojera un año sí y otro año también, gane o no gane, y al que se cuelga el cartel de vendible a las primeras de cambio. Tenemos un vestuario desunido y por momentos apático, o frustrado, o confuso, o desencantado. Tenemos equipo aspirante a todo que ahora está obligado a remontar corriente arriba para no hacer un ridículo histórico.

¿Cuál es el porvenir? No lo sé, pero me parece lo más lógico que el equipo vaya a mejor y termine clasificándose. Ya solo con el regreso y establecimiento de Nash el equipo debería alcanzar un estado no diré que idóneo, pero al menos mucho más funcional. Me resulta difícil creer que el canadiense no termine aportando un plus de orden, llenando ese hueco de liderazgo in situ que Bryant —pese a su magnífica temporada en lo individual— está dejando casi invariablemente vacío. Con Kobe ejerciendo de brazo demoledor ya solamente falta el cerebro, y ése debería serlo Nash. El canadiense y el entrenador se entienden, eso es un hecho probado. Quizá este equipo no sea el ideal para D’Antoni ni viceversa, pero si hay un jugador en toda la NBA que pueda extraer lo mejor del entrenador (y no a la inversa, qué curioso, ¿verdad?), ese jugador se llama Steve Nash. De momento acaba de superar las 10.000 asistencias en sus diecisiete años de carrera. Impresionante. Eso sí, no quisiera dejar la impresión de que pienso que Steve Nash debería ser el revulsivo por sí solo, eso sería injusto para el jugador. Más bien es que creo que Nash es de las pocas bazas que a los Lakers todavía les quedan por jugar.

Por lo demás ya no sé si confiar en que D’Antoni devuelva a Gasol a su zona de confort, aunque solo sea por la posibilidad de que Dwight Howard decidiera cambiar de equipo la próxima temporada, que ofertas jugosas no habrán de faltarle. Descalabrar a Gasol en pos de un sistema es una malísima idea, al menos a mi modesto entender. El español tiene 32 años, ya no es el mismo de antes pero tampoco está para el arrastre. Y sobre la cancha puede entenderse con Bryant, que es mucho más de lo que D’Antoni necesita saber para volver a ponerlo a hacer lo que realmente sabe. Me atrevo a elucubrar que Gasol estaría resultando más decisivo con menos minutos en cancha pero jugando en su salsa, que con todos los minutos actuales pero haciendo el papel que tiene asignado. No lo digo desde un chauvinismo español, ni mucho menos. De verdad creo que las verdaderas capacidades de Gasol como hombre grande pero dotado de finura, cabeza y manejo de balón han sido infravaloradas en Los Angeles —en la NBA, en general— y que esa tendencia continúa con D’Antoni.

Y Kobe, bueno, va a seguir siendo Kobe. Lo cual no es malo si aparece alguien que ejerza como pegamento táctico. Kobe es como “Bugsy” Siegel, un pistolero ideal, pero hace falta un Al Capone o un Lucky Luciano que use la cabeza, se cosa unos galones y ponga las cosas en su sitio. Ya que D’Antoni no lo está siendo… pero no, no quiero volver a descargar todo el peso en el pobre Nash.

L.A. Blues era aquella “canción” (es un decir) de The Stooges en la que grabaron los instrumentos por separado, sin escucharse unos a otros… y el resultado, lógicamente, era un caos completamente inaudible. Al final, todos los problemas de los Lakers los resumiría en una única palabra: desajuste. Ni son tan viejos y lentos como para no poder funcionar (con otro sistema, o al menos con algunos matices distintos en el sistema actual), ni desde luego les falta el talento como para darle la vuelta a la tortilla. Pero cada uno va por su lado y nadie, ni siquiera el técnico, está agarrando la sartén por el mango. No están tan lejos de remontar. Tienen los mimbres. No tienen el ambiente. Tienen los nombres. No están teniendo las actitudes. Tienen la leyenda. No están teniendo el sistema.

Eso sí, tampoco están tan lejos de la debacle. Si escribo este artículo justo ahora, es porque se encuentran en un punto de inflexión. Deberían sacar la cabeza a flote antes de que el desánimo se apodere por completo de un vestuario que es más una macedonia de ayer que una piña fresca del día. Los Lakers tienen que volver a ganar de manera convincente. Sea uno seguidor de ese equipo o no, la NBA los necesita. Me hace muy feliz la explosión de los Clippers, por ejemplo, pero unos “play off” sin los Lakers, sin Kobe, no serían unos “play off” como Dios manda. Así que esto tiene que arreglarse.

Joder, aunque solo sea para que veamos a Jack Nicholson sonriendo debajo de sus gafas oscuras por una vez.

Defeats and no wins make Jack a dull boy. Cuidado.

JackNicholson


Arvydas Sabonis, el hombre que pudo reinar

El 8 de abril de 2004, el Zalgiris viajaba a la cancha del Maccabi de Tel-Aviv. Duelo habitual en los 80, el partido tenía un atractivo impresionante: el ganador se clasificaría para la Final Four que precisamente tendría lugar en la capital administrativa del estado de Israel. En la ida habían ganado los lituanos con solvencia, pero un despiste en casa, la semana anterior, ante el Pamesa Valencia, les había dejado en esa situación de todo o nada. Al frente, como capitán, un tal Arvydas Sabonis, 39 años para 40, MVP de la fase regular de aquella Euroliga y MVP del Top 16 previo a las semifinales.

Sabonis ya lo había ganado todo en Europa, tanto a nivel de clubes como de selección, pero un éxito más al borde de la cuarentena sería una despedida excelente de la competición. En 1986, Petrovic le impidió alzarse con la Copa de Europa en uno de los pocos momentos en los que el zar lituano perdió los papeles y acabó lanzándole un alevoso puñetazo a Nakic. En 1993, fue Maljkovic y su correoso Limoges los que le separaron de la Euroliga con una tela de araña defensiva que volvió loco al Real Madrid en las semifinales de Atenas. Solo dos años después, en Zaragoza, junto a Joe Arlauckas, pudo Sabonis redimirse. Después viajó a la NBA. Ahora, de vuelta, tenía la Final Four a apenas 40 minutos de distancia.

El partido fue bien para los de Kaunas. Prontas ventajas, mucha tensión en el Maccabi, que se jugaba la temporada y un Arvydas Sabonis imparable, 29 puntos, 9 rebotes, 3 asistencias, 4 triples y 36 de valoración antes de quedar eliminado por faltas. A falta de dos segundos, la clasificación podía darse por hecha: el Zalgiris ganaba por tres puntos de diferencia (91-94) y Giedrius Gustas disponía de dos tiros libres para sentenciar el encuentro. Lo que necesitaba el Maccabi no era un solo milagro sino una sucesión improbable. Lo que necesitaba el Maccabi era que Gustas fallara los dos tiros libres, que en el segundo no hubiera rebote y no se perdiera tiempo porque Tanoka Beard hubiera entrado en la zona, y que del saque de fondo posterior saliera un pase de béisbol de unos 25 metros para que Derrick Sharp anotara un triple desesperado, sin equilibrio, con una mano delante, sobre la bocina.

Lo que necesitaba el Maccabi era exactamente lo que terminó sucediendo.

La cara de Sabonis en el banquillo era de una incredulidad total. Con el pelo cortado a cepillo, sin el bigote que se afeitara años atrás, claramente avejentado por más de 20 años de baloncesto profesional, el pívot más importante del baloncesto europeo contemporáneo quería matar con la mirada a Gustas, a Beard, a Sharp… a todos los que se habían conjurado para quitarle la gloria. El Zalgiris no fue rival en la prórroga y el Maccabi no solo ganó aquel partido sino que se paseó en la final para ganar su primer título europeo en 23 años.

Sabonis abandonó el Nokia Arena —“La Mano de Elías”, para los nostálgicos— cojeando como siempre y con la idea de la retirada en la cabeza. No se oficializaría hasta el año siguiente porque el lituano era un hombre sin prisas. Un genio calmado por la vida y las lesiones. Soviético de la vieja escuela, fervoroso patriota lituano, en su última temporada en Europa —la que cualquier otro se hubiera tomado como una gira de aplausos y reconocimientos— había promediado 16,7 puntos y 10,7 rebotes para una valoración media de 26,3; la más alta de todos los competidores.

De nuevo, Sabonis había conseguido que lo difícil pareciera fácil, esa fue siempre su principal virtud. Su falta de aparatosidad, su dominio del juego en lo colectivo y en lo individual. Un hombre que te ganaba con un mate, un rebote, un tapón, una asistencia o un triple. Un año después de la retirada, charlando con el recién nombrado seleccionador español, Pepu Hernández, no pude evitar preguntarle cuál era el mejor rival al que se había enfrentado nunca entrenando al Estudiantes. Puede que esa pregunta ahora no tenga mucho sentido, pero hablamos de los años en los que el Estudiantes jugaba Final Fours. Su respuesta, sin dudarlo, fue: “Sabonis. No había manera de pararlo”. No, no había manera. No la había en 1982 y no la había en 2004, aunque obviamente el jugador ya no era el mismo.

Del Mundial de Colombia al Mundial de España: la explosividad juvenil

Sabonis era un chico de 17 años que superaba los 2,10. Era complicado que pasara desapercibido, incluso dentro de un modelo que producía constantemente hombres interminables como Tkachenko: rocosos, fajadores, hieráticos… en una palabra, ordenados soviéticos con la presión de las autoridades siempre detrás. Como juvenil había deslumbrado en una gira por los Estados Unidos ante distintas universidades, siendo proclamado por el legendario Bobby Knight como “el mejor pivot joven no americano”. Su debut en la primera división soviética, con el Zalgiris de Kaunas, había sido bastante impresionante: titular casi desde el principio, un soplo de aire fresco dentro del siempre enrarecido ambiente de la liga de la URSS. Durante décadas, el CSKA de Moscú, no solo dominaba en las canchas sino en los despachos, haciéndose con los mejores jugadores de los demás equipos y sirviendo de base para la selección soviética.

El Zalgiris tenía que vivir con ello y, de hecho, no ganaba un título desde los años 50. En 1980 fue subcampeón de la URSS y eso sirvió para poner al baloncesto lituano de nuevo bajo los focos. Todo ello sin duda ayudó a que Aleksandr Gomelski decidiera seleccionar a Sabonis para el Mundial de Cali. Los soviéticos tenían muchos más reparos que los yugoslavos a la hora de tomar riesgos, pero aquella selección tenía margen de error: en plena transición del equipo que, liderado por Belov, ganara la medalla de oro olímpica en 1972, la Unión Soviética había parado a la generación de oro balcánica en los Europeos de 1979 y 1981, aunque hubiera caído ignominiosamente en sus propios Juegos Olímpicos de 1980, y se presentaba como gran candidata al título de Campeón del Mundo, con la única resistencia que la selección estadounidense de Doc Rivers y John Pinone pudiera ofrecer.

Sabonis ya era por entonces un jugador impresionante: pese a su juventud, aquel chico estaba perfectamente formado. Alto, delgado, fibroso y ágil, un rasgo poco común entre los pivots soviéticos, el adolescente disfrutó en Colombia de sus primeros minutos de fama, aunque fueran muy escasos, pues la rotación soviética estaba bien definida: Lopatov, Tkachenko, Tarakanov, Belostenny… Su única derrota en todo el torneo llegó ante Estados Unidos en la liguilla clasificatoria, pero en la final se tomaron cumplida revancha con un agónico 95-94. El papel de Sabonis, como decíamos, fue testimonial, pero su sola presencia ya anunciaba algo grande.

El aprendizaje continuó en los años siguientes, con los ojeadores estadounidenses ya tras sus pasos. Repitió convocatoria con la selección para el Europeo de 1983 tras su gran actuación en el Mundial Junior de Palma de Mallorca pero su papel volvió a ser discreto. En 1984, la decisión de Andropov de boicotear los JJOO de Los Angeles nos privaron de observar su evolución de primera mano y hubo que esperar a Sttutgart, en 1985, para ver la versión más atlética y poderosa de Sabonis: la URSS no solo ganó el torneo con cierta suficiencia sino que Arvydas fue elegido MVP con solo 20 años, constituido en el eje del triángulo lituano que formaría con Kurtinaitis y Chomicius y que tantos éxitos le daría a la selección y al Zalgiris. Años después, se sumaría un jugador clave, diferenciador: Sarunas Marciulionis.

En aquel Europeo, Sabonis abrumó con su juventud y su potencia. Era distinto incluso en su aspecto: melena al aire, contundente bigote propio de la aldea gala de Asterix. El veinteañero podía taponar, rebotear y tirar de tres con facilidad… pero su punto fuerte era la agilidad y la capacidad para culminar el contraataque. Verle correr la cancha botando desde sus 2,20 o recibir el balón en la línea de tiros libres en plena transición para acabar en un violento mate apuntaba a un estrellato inminente, el más brillante que ningún jugador europeo hubiera alcanzado jamás. Los Atlanta Hawks le seleccionaron en el “draft” de la NBA aquel verano, pero, al ser menor de 21 años, la elección se anuló, para provecho de los Portland Trail Blazers, que consiguieron sus derechos un año después utilizando su primera ronda, algo casi inédito en los tiempos en los que los europeos eran auténticos apestados en Estados Unidos y ni siquiera Drazen Petrovic conseguía la atención que se merecía.

En solo un par de años, Sabonis pasó de ser una promesa ilusionante al segundo jugador más dominante del continente: su Zalgiris acabó con la dictadura del CSKA y consiguió tres ligas consecutivas: 1985, 1986 y 1987. Precisamente el primero de esos tres títulos permitió a Sabas jugar la Copa de Europa por primera vez y su debut no pudo ser mejor: gracias a su victoria contra el Real Madrid de Corbalán, Wayne Robinson, Brian Jackson y compañía, los lituanos se plantaron en la final ante la todopoderosa Cibona de los hermanos Petrovic. Frente a frente quedaban los dos mejores post-adolescentes surgidos en décadas: Drazen frente a Arvydas. El campeón frente al aspirante. El histrión frente al hombre calmado y silencioso.

La victoria fue para los balcánicos. Meses después de aquella final, Petrovic y Sabonis volverían a encontrarse, esta vez en las semifinales del Mundobasket de España, en el Palacio de los Deportes de Madrid. La historia, entonces, sería diferente.

Una carrera en peligro: las misteriosas lesiones de 1986 y 1987

Pese a contar con solo 21 años, Sabonis era ya una referencia mundial. El juego de la URSS giraba a su alrededor y su paso a la NBA se daba por hecho, solo obstaculizado por la eterna burocracia soviética, que acababa de ver cómo un joven Mijaíl Gorbachov llegaba a la presidencia del país prometiendo cambios tranquilos. Los rumores de lesiones y molestias aparecían de vez en cuando, obligándole a llevar una aparatosa rodillera, pero él seguía destrozando tableros y corriendo como un gamo. En el último partido de la final ante el CSKA de Moscú, parece que sintió algo distinto, doloroso: un golpe seco en la parte de atrás del pie, el tendón de Aquiles. Nadie le dio importancia entonces, pero aquello era un primer aviso.

Llegó a España en el verano de 1986 con su melena juvenil que recordaba a los cantantes de Bon Jovi, Europe, Guns and Roses… Olía a espíritu adolescente. Había afeitado su bigote y el rojo le sentaba de maravilla. Como eran los mágicos 80 madrileños, aquella época de reacción a la reacción, Sabonis y la URSS pronto fueron acogidos como héroes locales. Si Sabonis estaba lesionado, no lo parecía. Cierto es que el coronel Gomelski limitaba en ocasiones sus minutos de juego pero es que aquel equipo tenía demasiada calidad como para fijarla en un solo quinteto: a los ya conocidos Kurtinaitis, Chomicius, Belostenny , Valters, Tarakanov… había que sumar a Volkov, Sokk o Tikhonenko, un tirador letal.

La Unión Soviética se plantó en semifinales después de ganar sus diez partidos en Ferrol y Barcelona, con unas diferencias y unas anotaciones escandalosas. En la capital esperaba Yugoslavia, su bestia negra de los 70. Petrovic era el hombre más odiado del planeta y Madrid era el epicentro de ese odio. Los yugoslavos estaban también en plena transición, incorporando jóvenes jugadores como Divac o Vrankovic, a los que luego se juntarían los Paspalj, Kukoc, Radja y compañía.

Yugoslavia ganaba fácil: nueve puntos arriba a falta de un minuto, pero el público seguía animando a la URSS. Los jugadores plavi celebraban en el banquillo cuando Sabonis anotó a tabla un triple a priori intrascendente… Nada más sacar de fondo, con la mente ya en la final, Tikhonenko robaba y anotaba otro triple desde la esquina. En un abrir y cerrar los ojos, la URSS se colocaba a tres puntos con algo más de medio minuto por jugar. Eran otros tiempos: Yugoslavia podía permitirse agotar la posesión a base de forzar faltas y negarse a tirar tiros libres. Los soviéticos se desesperaban: una falta, dos faltas, tres faltas… La presión era constante pero poco fructífera, los yugoslavos se manejaban como peces en el agua en estas situaciones.

Hasta que Cutura cometió un error impropio a falta de 15 segundos y ese error no fue otro que sacar de fondo y pasarle el balón a Vlade Divac, 18 años, nervioso como un flan. Divac recibió y se lio a botar. Tanto se lio que cometió dobles. En la jugada posterior, Valters aprovechó un bloqueo directo de Sabonis para empatar el partido. En la prórroga, la URSS se impondría cómodamente y ganaría el pasaporte para disputarle a los Estados Unidos el título, como en Colombia… solo que esta vez David Robinson, Tyrone Bogues y sus chicos conseguirían llevarse la victoria.

Nadie podía imaginarlo pero aquel verano de 1986 fue el último en el que vimos al gran Sabonis.

Sobre cómo se produjo la rotura definitiva del tendón de Aquiles se han oído muchos rumores. Según la prensa soviética se cayó por unas escaleras; según otros, la caída se produjo motivada por la rotura previa. Se echó la culpa a la mala suerte por no reconocer una obviedad: a aquel chaval se le venía forzando por encima de sus posibilidades. A los 21 años, Sabonis había disputado dos mundiales y dos europeos, no había tenido el descanso necesario durante el verano y acusaba el lógico aumento de peso y musculatura que sus articulaciones no podían soportar con la misma facilidad.

Empeñados en negar la realidad, ese hábito tan soviético, Sabonis siguió jugando partidos sueltos a lo largo de la temporada 1986/87, aunque visiblemente mermado. Los tratamientos “conservadores” no parecían funcionar para desesperación de los directivos de Portland, enfrascados en una eterna negociación con las autoridades rusas por su fichaje. El empeño en explotar al caballo de carreras hasta el último aliento fue desolador: Sabonis se perdió el Eurobasket de 1987 y solo cuando sus problemas se habían extendido a talón, tobillo y rodilla y su carrera realmente estaba en peligro, la Unión Soviética autorizó su viaje a Portland, donde se le operó, colocándole una prótesis que le acompañaría el resto de su vida y que dificultaba muchísimo sus movimientos.

Sabonis regresó a casa en 1988 dispuesto a prepararse para los Juegos Olímpicos de Seúl, los primeros para su selección en ocho años. Pocos tenían confianza en que aquel jugador de apenas 23 años pudiera ser una sombra siquiera de lo que había sido en 1985.

La vuelta por todo lo alto: Seúl y el Fórum Filatélico

Mucho se ha hablado de cómo llegó Sabonis a los Juegos Olímpicos de Seúl. Por un lado, los problemas políticos de Lituania ya estaban presentes. La “perestroika” de Gorbachov había dado rienda suelta a reivindicaciones políticas y nacionales de todo tipo, agravios que venían del estalinismo y el leninismo y que por fin encontraban un cauce. Las repúblicas bálticas empezaban a formar los parlamentos que después declararían su independencia de manera unilateral y aquel equipo soviético dependía por completo de sus estrellas lituanas.

Sin embargo, ni las lesiones ni el desafecto político iban a detener a Sabonis. En 1980 era un crío y en 1984 se encontró con el boicot. 1988 era su año y se encontraba con tres rivales: la Yugoslavia de Petrovic, más los chavales de Jugoplastika y Partizán; los Estados Unidos encabezados por Dan Majerle, Danny Manning o David Robinson… y las serias dudas sobre su estado físico. La URSS podía ganar con un Sabonis al 100% pero nadie esperaba que estuviera siquiera al 50%.

La cosa se quedó en un punto medio. Sabonis no arrasó pero sí fue decisivo en aquellos Juegos Olímpicos. Lo fue especialmente en las semifinales ante Estados Unidos, donde anotó 13 puntos y cogió 13 rebotes, complementando perfectamente a Marciulionis, la verdadera estrella de aquel campeonato, y se fajó con David Robinson todo lo que pudo, aunque el estadounidense se fue a los 19 puntos y 12 rebotes en solo 23 minutos. Aquel Sabas, de nuevo con bigote, de nuevo con melena, pero mucho más limitado en el uno contra uno, con dificultades para atacar el aro más que recibiendo el pase doblado de un compañero, tenía que reinventarse a los 23 años y aquel fue el primer paso.

La medalla de oro, frente a Yugoslavia en la final, el último gran partido que perderían los Kukoc y compañía en cuatro años, fue la culminación de un trabajo titánico. Solo estar en Corea ya era un éxito para Sabonis; volver con el oro a Kaunas después de 20 puntos, 15 rebotes y 3 tapones en el partido decisivo, un sueño. Aquellos Juegos cambiaron por completo el baloncesto contemporáneo. Estados Unidos se dio cuenta de que no podía seguir compitiendo con universitarios a ese nivel y decidió empezar a dar forma al proyecto “Dream Team” que fructificaría con la exhibición de 1992. Por otro lado, los jóvenes jugadores soviéticos y yugoslavos empezaron a saltar progresivamente a la NBA. Primero, Marciulionis, Volkov, Petrovic y Divac, luego Radja y Paspalj… Kukoc esperaría hasta 1993 y el propio Sabonis hasta 1995.

Mientras tanto, el lituano tenía otros planes: asentar su físico para volver a dominar Europa y huir cuanto antes de la Unión Soviética.

Lo primero lo consiguió rápidamente: la temporada 1988/89 fue de transición en el Zalgiris. Sabonis era un jugador más inteligente aún, muy consciente de sus limitaciones y que necesitaba descansos prolongados, pero aún imparable cuando estaba fresco físicamente. Mejoró su tiro de tres, su capacidad de pase y sus movimientos defensivos. En lugar de rendirse, luchó para ser otro jugador pero igual de infranqueable. En el verano de 1989, la URSS viajó a Zagreb para intentar hacerle frente a la anfitriona Yugoslavia en el Eurobasket pero cayó en semifinales ante la Grecia de Nikkos Gallis, la misma que le había derrotado en la final dos años antes. Sabonis cumplió, como siempre, pero se palpaba la desgana, la desmotivación, la disidencia. Aquella bandera no era su bandera, aquel país al que representaba era el enemigo potencia del país que le había criado.

Después de muchos años intentándolo, ese verano, por fin, el lituano pudo salir de la URSS, aunque no se permitió su marcha a los Estados Unidos, todavía el gran enemigo político. A cambio, un hábil empresario, Gonzalo Gonzalo, presidente del modesto Forum Filatélico de Valladolid y posteriormente del equipo de fútbol de la misma ciudad, consiguió que la gran estrella europea se fuera a jugar a la ACB junto a su inseparable Valdemaras Chomicius, al que luego sustituiría Tikhonenko. Alrededor de ellos dos, construyó un equipo más que interesante, con la vuelta de Juan Antonio Corbalán a las canchas después de dos años retirado, o la presencia de jóvenes estrellas como Miguel Ángel Reyes, Lalo García o el polémico Miguel Juane.

En Valladolid se pellizcaban y no se lo creían. De la noche a la mañana tenían un equipo que era la envidia de Europa y que estuvo a punto de conquistar una Copa Korac ante el todopoderoso Il Messagero de Roma encabezado por Dino Radja. Sabonis tuvo tres años esplendorosos, con bigote y sin bigote, con melena y sin melena, sus dos rodilleras siempre acompañándole, algo hinchado pero más listo que nunca. El primer año promedió 23,3 puntos y 13,4 rebotes más casi 4 tapones por partido. Todo esto, visiblemente cojo. En su segunda temporada se fue a los 18,4 puntos y 10,5 rebotes, aunque con algún problema de lesiones, y se despidió de Pucela con una última temporada magnífica: 21,8 puntos, 13,3 rebotes y una media de 31,1 de valoración por partido.

Con 27 años, Sabonis tenía que volver a plantearse si ir a Estados Unidos o quedarse en Europa. Valladolid se le quedaba pequeño, pero las dudas de Portland seguían presentes: ¿Aguantarían sus rodillas y tobillos la exigencia de 82 partidos de liga regular más play-offs?, ¿merecía la pena correr el riesgo? Instalado ya en España, habituado a una cultura tan distinta de la báltica y liberado ya, como su Lituania natal, del yugo soviético, Sabas encontró un punto medio ideal: el Real Madrid, al que acudiría como salvador después de seis temporadas sin conseguir la liga, algo inédito en la historia del club. Ramón Mendoza necesitaba un héroe para su sección de baloncesto, alguien que pudiera revitalizarla y lo apostó todo por el lituano. A posteriori, queda claro que hizo muy bien.

Los años del Real Madrid: Liga, Copa y Euroliga

El Sabonis que llegó a Madrid en el verano de 1992, después de debutar con la nueva selección lituana en los Juegos Olímpicos de Barcelona y conseguir una meritoria medalla de bronce, no recordaba en nada al que rompía tableros en los Torneos de Navidad ocho años antes. Pesaba más, estaba más lento, tenía vendas en cada parte de su cuerpo y la arrogancia de sus mates juveniles había dado paso a un liderazgo silencioso, mágico, indurainesco. Aquellos tres años en el Real Madrid fueron probablemente los mejores de su carrera, desde luego no a nivel físico, pero sí en cuanto a comprensión del juego, a dominio de cada faceta del deporte.

En mi vida de aficionado al baloncesto, incluso como aficionado al Estudiantes, el eterno rival del Madrid, nunca he visto nada parecido. Sabonis se ganaba el respeto de todos, anotaba incluso desde el suelo, reboteaba como un animal, siempre a base de ganar la posición con inteligencia, manejaba su cuerpo a la perfección, pasaba con una mano, con dos manos, en bote, en suspensión. Aquel hombre era una exhibición táctica en cada partido y todo sin hacer ruido, sin más aspavientos que su desesperación cada vez que dos o tres defensores se le colgaban encima y la falta le acababa cayendo a él.

Sabonis no solo imponía respeto, imponía miedo. Consiguió en el Real Madrid lo que Petrovic no pudo en su día: ganar la liga, en cinco partidos, al Joventut de Lolo Sainz y Jordi Villacampa. También ganó la Copa, ante el mismo rival. En la Euroliga, se clasificó para la Final Four y solo la trampa táctica de Bozidar Maljkovic le derrotó en un partido infame de todo el equipo. Sus números lo dicen todo de aquel año, jugando en uno de los grandes de Europa: 17,1 puntos, 11,5 rebotes en liga regular… y 18 puntos con 13,7 rebotes en play-off, rozando los 30 de valoración.

El equipo se había quedado a dos partidos del triplete. Clifford Luyk dirigía al equipo desde el banquillo, Isma Santos se ocupaba de la estrella rival y Antonio Martín encabezaba un grupo de españoles veteranos del que también formaban parte los Biriukov, Romay, Llorente y compañía. En la temporada 1993/94 llegó Joe Arlauckas y se formó probablemente la mejor pareja de extranjeros de la historia reciente de la liga ACB. Arlauckas era todo lo contrario a Sabonis y por tanto su complemento ideal: agresivo, retador, furioso, anotador compulsivo y en ocasiones egoísta, un competidor descomunal que bien tiraba de cuatro metros como machacaba a una mano un contraataque de manera rabiosa.

La conexión Arlauckas-Sabonis dio otro título de ACB al Real Madrid y le daría una Euroliga al año siguiente, la primera en 15 años, la última hasta la fecha. El lituano estaba en su plenitud, con partidos como el del Coren Orense donde alcanzó los 66 de valoración (32 puntos y 27 rebotes), pero la cabeza de todo el equipo, ya con Zeljko Obradovic en el banquillo, estaba en la defensa. Una defensa encabezada por Santos y García Coll, dos jornaleros, más Antúnez, otro portento físico, y Jose Lasa, un base cerebral. El ataque quedaba en manos de Joe y Arvydas y con eso bastaba. El Madrid no ganó la ACB pero Sabonis consiguió sus mejores números de su carrera en España: 22,9 puntos y 13,2 rebotes para una media de 34,2 puntos de valoración por partido.

Nadie ha vuelto a hacer una animalada semejante.

En Europa, como ha quedado dicho, Obradovic volvió a llevar al equipo a la Final Four, esta vez en Zaragoza. El rival, como dos años antes, el Limoges, al que batió fácilmente, dejándolo en apenas 49 puntos. La final le enfrentaba al multimillonario Olympiakos de Volkov, Tarlac, Sigalas y el anotador compulsivo Eddie Johnson. No fue un partido brillante, pero tampoco fue necesario: el Madrid dominó de principio a fin y se impuso 73-61. Arlauckas anotó 16 puntos, Sabonis, 23 con 7 rebotes y una gran defensa sobre Fassoulas y Tarlac. El “Zar” había ganado un Mundial con 17 años, un Europeo con 20 y unos Juegos Olímpicos con 23. Ahora tenía en su palmarés, por fin, la Euroliga, la que el fallecido Petrovic le quitara en 1986. ¿Qué reto le quedaba en Europa? Ninguno.

Tras un Eurobasket 1995 espectacular, en el que Marciulionis y él plantaron cara hasta el final a la todopoderosa Yugoslavia de Djordjevic, con 20 puntos, 8 rebotes y amargas lágrimas en la cara tras su expulsión por una técnica dolorosísima que a punto estuvo de provocar la retirada de los lituanos del partido, Sabonis, a punto de cumplir los 31 años, se decidía por fin a dar el salto a la NBA.

La NBA, o cómo dejar claro que habría podido ser el mejor pívot de su época

Era extraño ver a un rookie treintañero y con tantos títulos a sus espaldas. Un rookie que provocara tanto respeto en todos lados. Sabonis había derrotado a los Estados Unidos en Seúl y los había puesto contra las cuerdas en España. Su nombre sonaba para los Blazers desde el verano de 1986, diez temporadas esperando la llegada del hijo pródigo, quien, por inseguridades, lesiones o simple comodidad se negaba a dar el salto. Ahora, después de la mejor temporada de su vida, sí se sentía preparado y en Portland le esperaban con los brazos abiertos.

Aquellos Blazers seguían la estela del equipo que fue dos veces finalista en 1990 y 1992 y contaba con excelentes jugadores como Rod Strickland o Cliff Robinson pero tenía grandes problemas en la pintura y sobre todo en la lectura del juego. Sabonis complementaba las exuberancias físicas de sus compañeros con sentido común y trabajo en equipo. Había pasado por todo eso antes: a diferencia de Petrovic, que necesitaba el protagonismo continuamente, la lesión obligó a Sabonis a confiar menos en sí mismo y más en sus compañeros.

Pese al respeto, da la sensación de que en la NBA no eran conscientes de lo bueno que seguía siendo Sabonis. Probablemente lo habrían visto en los Juegos Olímpicos durante su época de espigado y fibroso y se sorprenderían al verlo más lento y fondón, pero Sabas dejó las cosas claras desde el principio: como rookie, promedió 14,5 puntos y 8,1 rebotes… ¡en 23 minutos! PJ Carlesimo, su entrenador por entonces, le regulaba lo máximo posible porque era imposible que un hombre de 220 centímetros, 125 kilos y los pies destrozados aguantara el ritmo de toda una temporada si se le forzaba como le forzaron en sus años de juventud en la URSS, que tanto lamentaría después. Si no fuera por esa limitación de minutos, a nadie le cabe duda de que Sabonis habría conseguido el galardón de novato del año por delante de Damon Stoudemire. Pese a todo, sí entró en el quinteto ideal.

Sabonis siguió creciendo como creció su equipo. A la juventud imperante se le fueron añadiendo talentos puros como Rasheed Wallace, Steve Smith, Brian Grant, Bonzi Wells, Scottie Pippen… El lituano era la referencia de orden en un equipo que llegó a ser conocido como los Jail Blazers por los continuos problemas de sus jugadores con la justicia. Su mejor temporada sería la 1997/98, con 17 puntos, 10 rebotes y 3 asistencias de media. La única en la que superó los 30 minutos de juego. ¿Se imaginan dónde habría llegado este jugador con 24 años, los pies sanos y 40 minutos por partido? Esa será siempre la gran pregunta.

Aquella temporada fue la última a altísimo nivel. La siguiente tuvo que lidiar con algunas molestias y la inevitable competencia de talentos más explosivos bajo los tableros. Sabonis tenía ya 35 años pero nadie se atrevía a quitarle su posición en el quinteto inicial. Ganador de todo en Europa, nunca estuvo más cerca del anillo que en 2000, cuando los Blazers estaban a un solo cuarto de eliminar a los Lakers en su propia cancha y acceder a la final contra los Pacers cuando se vinieron estrepitosamente abajo y desperdiciaron definitivamente su talento. A partir de entonces, el entusiasmo se acabó. Sabonis parecía un abuelo resignado entre tanto tiroteo y posesión ilegal de drogas, entre tanto gangsta rap, individualismo y técnicas de niñatos. Sus códigos eran otros. Sus códigos eran los soviéticos de 1982. En 2001 dijo basta y se retiró durante un año. Firmó con el Zalgiris pero no llegó a jugar ni un partido. Ese era el final de Sabonis para todos, merecido… Sin embargo, cuando los Blazers le llamaron en 2002, el lituano volvió a Portland para un último baile.

Blazers y Zalgiris, un adiós por todo lo alto

Los Blazers no conseguían encontrar un pívot mejor que Sabonis en ningún lado. Pese a sus lesiones, pese a su ya evidente lentitud en defensa, nadie podía dar 20-25 minutos de mayor intensidad que aquel veteranísimo de 38 años. En la mente de Paul Allen, el multimillonario propietario de la franquicia, estaba acabar por fin con la racha de los Lakers de Shaq, Kobe y Phil Jackson. Seguía teniendo a los Wells, Wallace, Davis, Stoudamire… y había añadido a dos jóvenes refuerzos: Zach Randolph y Ruben Patterson.

No funcionó.

Se fueron a las 50 victorias de nuevo pero cayeron en primera ronda de play-offs ante los Mavericks. Sabonis tampoco estuvo a la altura de las expectativas. Solo fue titular en un partido, su media de minutos bajó a 15, con unos promedios de 6 puntos y 4 rebotes. Fue una despedida amarga, un poco innecesaria, algo parecido a lo que hiciera Jordan con los Wizards. En total, como treintañero lesionadísimo, Sabonis jugó 521 partidos en la NBA. Sus promedios: 12 puntos y 7 rebotes en uno de los mejores equipos de la competición.

Volvió a Kaunas y se apuntó de nuevo al Zalgiris, sin saber si esta vez jugaría o no. Como hemos visto al principio, jugó y vaya si jugó. Se esperaba un Sabonis como el de su última temporada en la NBA: torpón, lento, desmotivado… pero no, Sabonis en Europa era Sabonis en Europa. MVP de la primera fase, MVP de la segunda, si no hubiera sido por aquel triple imposible de Sharp, ¿quién sabe si no hubiera ganado su segunda Euroliga justo el año de su retirada? Casi 17 puntos y 11 rebotes por partido justo antes de cumplir los 40, es decir, 22 años después de su imponente aparición en Cali.

Estuvo un año más deshojando la margarita. Te tiene que gustar mucho el baloncesto para soportar tanto dolor partido tras partido, año tras año. Te tiene que encantar. Lo que uno echa de menos en algunos de los jugadores actuales es ese divertimento, esa pasión. Para Sabonis el baloncesto lo era todo. Ganar lo era todo, o al menos competir hasta el final. Se planteó un nuevo regreso con 40 años. Sus estancias en Málaga, donde sus hijos crecían, levantaron rumores de un posible fichaje por el Unicaja, pero nunca se materializó.

Sabonis, sin hacer ruido, como casi toda su carrera, anunció su retirada, se otorgó a sí mismo un puesto más o menos testimonial en la directiva del Zalgiris y se dedicó a la buena vida. En septiembre de 2011, la vida le dio un nuevo susto en forma de infarto. Se recuperó rápidamente. El mundo del baloncesto respiró aliviado. Sabonis fue primero una bestia física, después fue un competidor brutal, pero siempre se distinguió como un jugador noble, respetuoso, admirado por todos. Una de esas figuras que trasciende su equipo y su deporte. La camiseta roja de la CCCP volando por encima del aro en busca de otro tablero que estallar, melena al aire, bigote poblado, el 11 ó el 15 a la espalda y por debajo de la camiseta roja otra camiseta roja, por si había dudas.


Mercado NBA 2012: Lo que fue y lo que no fue en la locura del jueves

Toda la vida escuchando que para llegar a ser alguien en esta vida no debes dejar las cosas hasta el último momento, para luego comprobar cómo personas exitosas en la NBA, teniendo meses y meses para hacer los traspasos, los dejan todos para el último minuto. En ocasiones se ha llegado al extremo de llegar fuera de plazo, como fue por ejemplo el caso el año pasado del traspaso truncado entre Memphis e Indiana cuando quisieron intercambiar a OJ Mayo y Josh McRoberts pero la notificación llegó unos imperdonables minutos demasiado tarde a las oficinas de la NBA. Este año, como siempre, todo ha ido apurando el reloj.

Lo que no fue para Howard y Gasol

En las últimas semanas todos los ojos estaban puestos en Dwight Howard y Pau Gasol, dos grandes de la liga que parecían muy cercanos a hacer las maletas. Son dos casos muy distintos. Superman, rodeado de jugadores en el ocaso de sus carreras (Nelson, Turkoglu o los dos Richardson han visto días mejores), consideró que sus opciones de ganar un anillo pasaban por cambiar de franquicia. Orlando tanteó el mercado con desgana, partiendo de semejante posición de desventaja y sin ganas de perder a una bestia que logra más de 20 puntos, 15 rebotes y dos tapones por partido. Finalmente el gigante nacido en Atlanta hizo pública su voluntad de quedarse, desmintiéndose de este modo a sí mismo. Les queda a los Magic la papeleta de conseguir en algo más de un año (lo que le queda de contrato a Howard) un proyecto lo suficientemente sólido como para conservar a su estrella. Difícil.

En cuanto a Pau, no quería hacer las maletas y ha hecho de la resignación su rictus facial estos últimos meses que de bien seguro se le habrán hecho largos. Se juntaron varios factores en su contra para propiciar su traspaso. En primer lugar está el tema del sueldo: con más de 18 millones al año, Pau Gasol es el séptimo jugador mejor pagado de la NBA. Por otra parte, cualquier traspaso con vistas a mejorar verdaderamente el equipo debería incluir a Bryant, a Bynum o a Gasol; puesto que el primero es intransferible por contrato a menos que él decida lo contrario y el segundo es la apuesta de futuro más seria de Lakers, le tocó al catalán la haba del roscón. Si sumamos a esto una nueva administración tirando a esquizoide bajo el mando de Mitch Kupchak y un nuevo entrenador, Mike Brown, obsesionado con la defensa, la cruz de Gasol, ya tenemos al espigado 16 en el taxi, con el equipaje hecho y camino del aeropuerto. Sin embargo, llegó la hora final y el big three amarillo y púrpura seguirá siendo el mismo. Lo que resta de temporada por lo menos.

Lo que sí fue para Lakers

Empezaron el curso los Lakers cogiendo a su cuarto jugador, Lamar Odom, y largándolo a cambio de nada a Dallas; una maniobra a la desesperada para liberar salario que sin embargo dejó la impresión de que podrían haber sacado mucho más a cambio que una triste primera opción del draft de 2012. Se esperaba algún as en la manga, alguna incorporación aprovechando el espacio salarial liberado, pero pasaron las semanas y no hubo nada de eso. Acaso una incorporación aún no consumada de una bala perdida de nombre Gilbert Arenas. Ya con la hora límite de traspasos apretando y con la quimera de aspirar al anillo y rehacer el equipo al mismo tiempo en la sesera, dieron con un par de cambios que si bien no los harán campeones, sí mejorarán lo presente.

Los Lakers se deshacen de tres jugadores que suman 109 años y reciben a tres que suman 71. Sueltan lastre de este modo mandando a Derek Fisher —junto a la elección del draft que los Mavericks les dieron de propina a cambio de Odom— a Houston, a cambio de Jordan Hill. Más lastre, esta vez en dirección a Cleveland: Kapono y Walton. Es difícil saber qué buscan ganar los Rockets y los Cavaliers con este traspaso. En cambio es fácil saber cuál será el papel de los recién incorporados en sus nuevos equipos: entre jugadores de rotación y DNP (Did Not Play, por sus siglas en inglés, en referencia a los jugadores que pese a ser convocados no juegan el partido, NdR).

Sí es interesante lo que incorporan: Jordan Hill, proveniente de Houston, es un buen cuatro, trabajador, valiente y con buen tiro. Con sólo 24 años, es un jugador mucho más interesante que Fisher. Aportará desde el banquillo y será el sexto hombre de peso que regalaron con Odom. Sessions y Eyenga llegarán con muchísimas ganas a Los Angeles, tras salir del pozo que es ahora mismo Cleveland, Irving aparte. Son sin embargo jugadores jóvenes y aún por pulir. Imprecisos e inconstantes, pero con todo lucen más que los dos que se van para hacerles sitio y van a darlo todo en su nuevo equipo en los minutos de los que dispongan.

En el otro lado del traspaso, en Houston, escribe Luis Scola en Twitter: Lo mejor del trade es que ya no soy el más viejo del equipo. Muy fino, Luis, muy fino.

Lo que no fue para Minnesota

Venía Minnesota buscando traspasar a Luke Ridnour, un buen base engullido por un pirotécnico Ricky Rubio, pero la lesión de éste lo ha devuelto a su posición de titular, dando así al traste con los rumores que querían acercar a Jamal Crawford, el tipo de escolta anotador que los Timberwolves necesitan, a cambio de Luke. Sonaron trompetas que situaban a Beasley en los Lakers pero que nunca tuvieron consistencia por la falta de oferta angelina.

Lo que sí fue para Nené, a su pesar

Nené es la clase de pívot duro, reboteador, con fundamentos y joven que cualquier entrenador querría como referencia en su pintura. Su progresión en los dos últimos años, además, da lugar a sospechar que su techo está aún más arriba. El pasado verano pasó a ser agente libre tras finalizar su contrato con Denver, y media NBA lo codiciaba. Recibió ofertas de ambas conferencias y de todos los colores. Sin embargo, Nené quiso ser fiel a su equipo y renovó con ellos hasta 2016 por 13 millones de dólares por temporada. Un matrimonio feliz, podría pensarse.

No. Algo ha pasado desde ese bonito momento de rúbrica porque Masai Ujiri, el enigmático nigeriano que tomó las riendas de los Nuggets en 2010 y que también traspasó a Carmelo Anthony, ha cambiado de opinión. Ha mandado a Nené a los Wizards a cambio de McGee, un pívot saltarín del que poco cabe destacar salvo su atleticismo, y Turiaf, un jugador interior con mucho sacrificio pero pocas tablas. A su vez, los Clippers traspasan a Brian Cook a cambio de Nick Young, de los Wizards, sin que esto vaya a cambiar ostensiblemente a ninguno de los dos equipos.

Salen ganando de este modo los Warriors, que se quedan con uno de los cinco mejores pívots de la liga a cambio de un chaval que debe mejorar mucho mental y técnicamente, y que además ya ha tenido algún que otro roce con su entrenador. En cuanto a Denver, la única explicación que puede tener esto es la voluntad de incorporar a un agente libre importante el año que viene, puesto que sus adquisiciones terminan contrato esta temporada. No es sin embargo el mejor de los años en cuanto a agentes libres, y si bien están Deron Williams o Steve Nash… ¿de verdad merece la pena haber perdido a Nené por la posibilidad de incorporarlos? Nash tiene ya una edad, y ¿acaso podría Williams rellenar un hueco, teniendo a un correcto Lawson, mayor que el que está dejando Nené? ¿Por qué le ofrecieron el contrato de renovación si no iban a quedárselo? Enigmas para los que tal vez sólo Ujiri tenga una respuesta, o tal vez ni él. En este tipo de casos uno sólo puede remitirse a las posibles enemistades o amistades a nivel personal. Pero si alguien dirige su equipo en función a las mismas, apañados vamos.

En cuanto a Nené… sólo sé que no me gustaría estar en la misma habitación que él en estos momentos.

Lo que no fue ni será para los Blazers

Dos veces se ha derrumbado el mundo alrededor de Portland esta temporada: la primera vez cuando Brandon Roy, ese prodigio técnico al que alguien llamó “el Tim Duncan de dos metros”, anunció que a pesar de contar sólo con 27 años, debía abandonar el baloncesto profesional por culpa de unas rodillas que no quisieron ser partícipes del fulgurante destino baloncestístico de su dueño, en la que es sin duda la mayor pérdida NBA de esta década.

La segunda vez fue ayer. Alguien en Portland debió ingerir unos tacos con una generosa dosis de jalapeños y se dispuso a hacérselo pagar a la franquicia. Tú, Gerald Wallace, ¿jugador franquicia? Ya no: a los Nets a cambio de un exjugador como Okur y un suplente como Shawne Williams. Tú, Camby, ¿referencia de la pintura, pívot titular? A Houston, a cambio de Thabeet y Flynn, dos suplentes que apenas suman 15 minutos por partido entre los dos. Tú, Oden, al que elegimos en la primera posición del draft en 2007. Despedido. Tú, Chris Johnson, ¿qué miras? A la calle también. Pero esto no es todo, no: tú, McMillan, entrenador que ha llevado a la franquicia desde hace siete años, otro despido más, que estamos en racha.

Lo sorprendente no es tanto que destruyan los cimientos del equipo tan salvajemente si no lo poco que logran a cambio. Puede que esta noche alguien duerma a pata ancha en Portland tras haber liberado la tensión acumulada durante años, pero el panorama es desolador para una franquicia que si bien tenía un rumbo confuso, ahora carece completamente del mismo. Lo que era un equipo aspirante a playoffs es ahora un yermo en el que Aldridge está encadenado y del que presumiblemente tanto Crawford como Batum huirán este verano a menos que Portland les ofrezca el más generoso de los contratos.

En cuanto al despido de Oden, aunque sea para hacer sitio a los jugadores que han llegado, no deja de ser un drama, pese a ser un jugador que si bien ha sido hundido por las lesiones (de los 361 partidos que podría haber disputado, se ha perdido 279), ha sido siempre respetado —en concreto por el sector femenino debido a sus cualidades físicas, que el lector ávido de conocimientos encontrará fácilmente en Google desactivando el filtro de control parental en caso de estar activo— y se había tenido infinita paciencia con él esperando que pudiera algún día dejar atrás sus lesiones. Bueno, pues ya no. Probablemente algún equipo querrá hacerse con sus servicios y muy probablemente le irá mejor que en Portland. Vamos: peor no le puede ir.

Lo que sí fue para Golden State

Probablemente el equipo que más cambios ha sufrido este jueves, con la excepción de la barbarie de Portland. Pierden a Monta Ellis, jugador muy importante para ellos. Llegó con fama de pendenciero e insubordinado pero de algún modo todo esto cambió, en parte por pasar a ser padre y en parte por algo más que sucedió dentro de su cabeza y que probablemente sólo él conoce. El caso es que los resultados saltaron a la vista y no sólo recuperó su mejor nivel si no que lo superó ampliamente. No obstante, los Warriors, que seguían sintiéndose huérfanos en el interior pese a la brillante adquisición de David Lee un año atrás, quisieron fortalecerse incorporando al australiano Bogut. Sólido pívot, pero frágil a nivel de lesiones. Una apuesta arriesgada. Llegó con él Stephen Jackson, que no pudo ni siquiera pisar Oakland antes de volver a ser traspasado, esta vez a San Antonio, a cambio de Richard Jefferson.

De todos los traspasos de este frenético jueves, éste es quizá el más justo para ambas partes. Sin embargo, no mejora mucho ninguno de los dos equipos. Por parte de los Spurs, Popovich adquiere un jugador no precisamente defensivo, que es su prioridad, es de suponer que para ponerlo como escolta titular por delante de Ginóbili, con Leonard de alero al lado, un novato muy intenso en defensa, de los que gustan en San Antonio, pero con lagunas en lo ofensivo. En el mejor de los casos, ambos se complementarán a cada lado de la cancha.

Los Warriors tampoco ganan mucho: con la marcha de Jackson, se quedan con un perímetro bajo en el que sólo Curry destaca, y luego hay una serie de medianías que lograrán que se eche de menos a Ellis en 3, 2, 1…

Lo que no fue para Barbosa

Leandro Barbosa es el tipo de persona que hace grande a Steve Nash. Pasó con Barbosa, pasó con Diaw, pasó con Stoudemire, con Bell, y está sucediendo con Gortat, Dudley o Hill aunque aún no nos demos cuenta. Jugadores que parecían candidatos a all-star en Phoenix, como Barbosa, tras abandonar el equipo se convierten en jugadores de rotación. Verdaderas estrellas como Amar’e pierden brillo sin Nash a su lado.

Renovó Leandrinho como Diaw, a la alza, gracias de nuevo a Nash, por casi siete kilos al año, y al ser traspasado a Toronto a cambio de Turkoglu, otro jugador venido a menos y que ni siquiera Nash pudo resucitar, pronto demostró que no valía ni la mitad de lo que costaba. De hecho, ha sido traspasado a Indiana por una miserable opción de segunda ronda del draft, que es poco más que nada.

Lo que no fue para la liga

Así las cosas, ningún cambio importante: los únicos candidatos serios al anillo siguien siendo Oklahoma, Miami y Chicago. En un nivel secundario quedan Lakers, Mavericks, Orlando y Celtics. Todos ellos equipos con un alto componente de jugadores de la vieja escuela que cada vez más ceden paso a la aplastante nueva generación condensada principalmente en los tres primeros equipos citados. Ya están tardando LeBron, Durant, Rose, Wade, Westbrook, Noah, Bosh o Ibaka en robarles el trono a Kobe, Nowitzki, Garnett, Pierce, Pau, Kidd o Ray Allen.

Es hora de abrir paso al relevo generacional.