Que por qué no desembarcan en Túnez, preguntan

La costa italiana vista al amanecer y desde la cubierta del Bourbon Argos (MSF). Foto: Karlos Zurutuza.

La migración a través del Mediterráneo es un tema demasiado serio y complejo como para intentar abordarlo a golpe de tuit. Tenemos que hacer y hacernos preguntas, sí, pero también intentar buscar respuestas más allá de eslóganes interesados y clichés que solo añaden confusión. 

¿Qué es la flota de rescate humanitario?

Es un combinado de buques fletados por diferentes ONG para acometer labores de búsqueda y rescate en el Mediterráneo central. Desde que levaran anclas, allá por 2015, diversas organizaciones como Médicos Sin Fronteras, Save the Children, MOAS, Salvamento Marítimo Humanitario, Proactiva Open Arms o CADUS, entre otros, han sumado fuerzas en el mar. De los aproximadamente doce barcos que llegaron a simultanear dichas labores en sus mejores momentos, las cada vez mayores cortapisas por parte de los gobiernos europeos (cierre de puertos, requisamiento de barcos, procesos judiciales…) han reducido su número a dos o tres operando en la zona.

¿Pueden los barcos de la flota de rescate entrar en aguas jurisdiccionales libias?

No. Tanto ellos como los barcos de las diferentes armadas europeas navegan por la llamada «zona de búsqueda y rescate», una franja de entre 12 y 24 millas náuticas frente a la costa de Libia. Patrullar en sus aguas significaría violar su soberanía territorial.

¿Qué diferencia hay entre un migrante y un refugiado?

Los migrantes económicos son personas que han salido de su país en busca de oportunidades laborales. En ocasiones, provienen de países en pobreza extrema y pueden llegar a jugarse la vida para entrar en un país con el fin de trabajar. Los refugiados son personas que huyen de conflictos armados, violencia o persecución y se ven por ello obligados a cruzar la frontera de su país en busca de seguridad.

¿Por qué llega tanta gente desde Libia de repente?

No tan de repente. Durante la segunda mitad del siglo XX, decenas de miles de migrantes y refugiados comenzaron a partir hacia Italia en precarias embarcaciones mientras los oficiales libios miraban hacia otro lado. Gadafi era plenamente consciente de la preocupación que dicho tráfico suscitaba entre los antiguos amos de Libia y sus vecinos. Fue en 2004 cuando empezó a firmar acuerdos con diversos Estados europeos para controlar el flujo migratorio. En junio de 2009 firmó un acuerdo con Roma que consistía en operar patrullas navales conjuntas y permitía la entrega a Libia, sin responsabilidad alguna, de todo individuo capturado camino de Italia. Aquella política de «devoluciones en caliente» se demostró altamente efectiva: el número de africanos intentando acceder de forma ilegal al continente cayó un 75 %. A finales del mismo año, Gadafi firmó un nuevo acuerdo que incluía la construcción de campos de internamiento y torres de vigilancia en las playas. Durante un discurso en 2010, en una cena con ochocientos invitados organizada por su antiguo amigo y aliado, Silvio Berlusconi, Gadafi pidió cinco mil millones de euros al año a cambio de cerrar su país y su costa a refugiados y migrantes. El acuerdo no llegó a materializarse por el linchamiento de Gadafi y, a día de hoy, Europa no puede sentarse en la mesa con un líder que pueda cerrar los puertos.

Un «gomón» avistado en la zona de búsqueda y rescate frente a las costas de Libia. Foto: Karlos Zurutuza.

¿Qué pasa en Libia?

Desde el levantamiento de 2011 que acabó con el régimen de Gadafi en el país, dos gobiernos (uno en el este y otro en el oeste) apoyados en una miríada de milicias y apadrinados por potencias extranjeras se disputan el control del país.

Actualmente, cada ciudad libia cuenta con su propio consejo local, sus propias fuerzas armadas y, en el caso de las localidades costeras, sus propios guardacostas. La atomización del poder acarrea una falta de seguridad que es, a día de hoy, una de las dos principales preocupaciones de los libios (la otra es la crisis económica). En el caso de los migrantes, estos quedan abocados a un estado de plena indefensión.

¿Qué es eso del triángulo de Lampedusa?

Las ciudades costeras de Zuwara y Misrata son, junto con la pequeña isla italiana, los hitos geográficos del principal foco de migración hacia Europa. Es precisamente en este lugar en el que se produce el flujo de personas hacia Europa a través del Mediterráneo.

¿Por qué llega la mayoría de los migrantes desde Libia si es un país tan peligroso?

La historia de Libia está repleta de episodios que hablan del traslado de personas, de forma tanto voluntaria como forzada, a Europa y América. Desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XIX, los puertos de Trípoli y Bengasi fueron destino final para caravanas de esclavos procedentes del interior de África; rutas mercantiles que se institucionalizaron durante los cuatro siglos de dominación otomana. Las rutas migratorias siguen vigentes porque las mafias del tráfico operan a su antojo en un país que carece de un Gobierno central que pueda garantizar la seguridad de locales y foráneos. Esto convierte a este rincón del Magreb en un lugar sin ley.

¿Por qué no se deja todo en manos de los guardacostas libios?

A finales de octubre de 2016, ochenta y nueve cadetes y oficiales libios constituyeron la primera remesa en recibir entrenamiento en el marco de la llamada Operación Sophia, la misión naval conjunta de la UE para combatir el tráfico de seres humanos y armas en el Mediterráneo central. El entrenamiento de los guardacostas libios, aún en vigor, es uno de los puntos más controvertidos, máxime tras los cada vez más numerosos incidentes entre la flota libia y ONG que participan en misiones de búsqueda y rescate. Organismos como la Misión de las Naciones Unidas para Libia aseguran tener «pruebas concluyentes» de que miembros de las instituciones del Estado y algunos funcionarios locales participan en el contrabando y el tráfico de personas. La ONG alemana Sea Watch incluso llegó a pedir a la UE que «reconsiderara» su proyecto de formación de los guardamarinas tras un dramático incidente en octubre de 2016. Según la ONG, una patrullera libia interceptó entonces una patera y golpeó con palos a sus ocupantes mientras impedía el rescate por parte de la ONG. Se calcula que más de treinta individuos perdieron la vida durante aquel incidente.

¿Por qué no desembarcan en Túnez?

El hecho de que los propios tunecinos estén saltando a pateras desde su costa es un ejemplo bastante ilustrativo de la situación que atraviesa el país. Túnez no tiene recursos ni para los de fuera ni para los de casa. Por otra parte, desembarcar a los migrantes en esta costa significaría enquistar más el problema dado que, antes o después, la mayoría de ellos retomarían el camino hacia Libia.

Dibujando en la cubierta del Dignity 1. Foto: Karlos Zurutuza.

¿Contribuyen las ONG de rescate a una precarización de las pateras?

Hasta la llegada de la flota de rescate humanitario en 2015, la mayoría de las pateras trataban de tocar tierra en Lampedusa, Malta o Sicilia, por lo que tenían más combustible y no iban tan atestadas. La presencia de los barcos de rescate se ha convertido en la excusa de los traficantes de personas para reducir el combustible y cargar aún más sus embarcaciones. Ya no se trata de llegar a tierra, sino de avistar lo que llaman «el gran barco». Así, las pateras fletadas por los traficantes han sido cada vez más precarias durante los últimos años: menos combustible y mucha más gente a bordo.

¿Favorecen las ONG de rescate la inmigración ilegal? 

Los datos dicen que no. En 2013, cuando la envergadura de la crisis migratoria en Libia empezaba a preocupar a sus vecinos del norte, Italia desplegó un operativo de patrullas fronterizas y misiones de búsqueda y rescate bajo el paraguas de un programa nacional al que se llamó Operación Mare Nostrum. El elevado coste político unido a las dificultades de Roma para financiar en solitario la operación llevaron a la suspensión de la misma, en octubre de 2014. Organizaciones como Amnistía Internacional situaban en 70 474 el número de refugiados y migrantes que llegaron a Italia durante los primeros seis meses de 2015, aproximadamente 10 000 más que durante el mismo periodo en 2014, cuando Mare Nostrum seguía aún activo. Según la Organización Internacional para las Migraciones, el número de muertos en el mar se multiplicó por treinta en tan solo un año. Más que de un «efecto llamada» se trata de un «efecto huida». O lo que es lo mismo: eliminar la flota de rescate no significa reducir el número de los que intentan cruzar el Mediterráneo, sino elevar el de los muertos.

¿Qué pasa con los migrantes cuando desembarcan en Italia?

Se los traslada a un centro de acogida donde se les aplica el protocolo de inmigración correspondiente según la nacionalidad de cada uno. Los que no son repatriados de forma automática reciben un documento en el que consta la fecha de entrada en el país y en el que se explicita que no pueden trabajar durante los primeros dos años, lo que les condena a la mendicidad o la delincuencia. También sucede que muchos de los migrantes se escapan de los campos de tránsito y acogida, casi siempre para reunirse con sus familiares que viven en otros países. Lo hacen viajando clandestinamente por bosques y carreteras, o en trenes, a menudo con cierta connivencia por parte de las autoridades locales que no parecen tener objeción cuando los migrantes se dirigen fuera de sus fronteras.

¿Por qué llegan a España oleadas ocasionales de pateras desde Marruecos?

Es un instrumento de presión por parte de Rabat, sea para conseguir más dinero o prebendas de Madrid, o para denunciar gestos políticos españoles que perjudiquen (caso del Sahara Occidental). El rey Mohamed VI tiene un control férreo de la inmigración irregular a través de sus costas muy parecido al de Gadafi en su día, o al del actual presidente turco, Recep Tayip Erdogan. Los datos hablan por sí solos: del 1 de enero al 31 de julio entraron desde Marruecos 13 326 inmigrantes a bordo de 465 embarcaciones, 8 975 menos que los que llegaron durante el mismo periodo de 2018. También descendió el número en las vallas de Ceuta y Melilla.

¿Por qué tenemos que asumir nosotros el grueso de la crisis migratoria?

Lo cierto es que los llamados «países ricos» solo acogen el 16 % de las personas refugiadas en todo el mundo mientras que Bangladesh, Chad, RD Congo, Etiopía, Ruanda, Sudán del Sur, Sudán, Tanzania, Uganda y Yemen reciben al 33%. Combinados apenas suman el 1,25% del PIB mundial. Líbano es, junto con Jordania, el país con la concentración per cápita más alta de todo el mundo (uno de cada cuatro habitantes).

La brigada de Los Enmascarados, que luchaba contra el tráfico de personas, opera ahora en la frontera con Túnez. Foto: Karlos Zurutuza.


Barra libre en el salvaje Oeste

Detalle de la cubierta de Salvaje oeste, de Juan Tallón.

«Sonaré aristocrático, pero a Trump solo hay que verlo andar». Lo dice Gioacchino Lanza Tomasi, que además de duque es descendente y heredero de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el autor de El gatopardo. Lo leo en un artículo de El País y pienso en lo aristocráticos que son (con una excepción: el nuevo rico burgués con cuya hija se va a casar el sobrino del príncipe) los protagonistas de esta novela. Viene una época nueva, pero casi nadie parece darse cuenta. Porque esa nueva época será el fin de su mundo conocido. Ellos viven para el placer y no reparan en gastos. Viven en un mundo aparte, sin ningún interés aparente en el mundo donde vive el resto del mundo. Pero en la novela se cuela el dinero, la importancia del dinero, el valor de lo material, y por esa grieta va a llegar el fin de la vieja aristocracia. Y ahora tenemos a un señor que vemos en la tele a todas horas, ¿pero nos fijamos en cómo camina?

Muy rápido me viene a la mente una frase de la última novela de Juan Tallón. En los primeros capítulos de Salvaje Oeste, al recién nombrado presidente del Gobierno le dicen: «Ya caminas como un presidente del Gobierno». Estamos en el palco vip de un estado de fútbol. Estamos en un momento magnífico, de gran crecimiento económico, de gran optimismo. Pero en realidad estamos al borde del desastre, aunque este desastre no se ve, ni siquiera es un pequeño iceberg en la lejanía. Estamos en el baile final de El Gatopardo. Con una diferencia: estamos asistiendo a las andanzas de unos personajes que ni son aristocráticos ni pretender serlo. Lo único que son y lo único que quieren ser es ricos. Más ricos. Cuanto más ricos mejor.

Fútbol, claro está. En los partidos de fútbol se habla de muchas cosas. Se ven muchas cosas. Se tropieza con muchas personas. ¿Y cómo camina un presidente de Gobierno? Juan Tallón nos lo dice al momento: «Diría que vas todo el tiempo en pos de un objetivo trascendental, aunque al final te dirijas al váter, a mear». Pues bien, los personajes de esta novela usan los servicios de la zona reservada de los estadios de fútbol para algo más que para mear, pero nunca olvidan su objetivo trascendental, que se resume en: «nos vanos a forrar, a forrar más, quiero decir». Es bueno que aclaren lo de «forrar más», porque forrarse a secas ya no vale. Ellos están a otro nivel. Y por eso están en el palco vip y no en otro lugar del estadio. Gandhi decía que el mundo puede satisfacer nuestras necesidades, pero no nuestra avaricia. Avaricia es una palabra fea. Corrupción también es fea, pero ya nos vamos acostumbrando.

Sé perfectamente que no hay que fiarse nada, pero nada de nada, de las contraportadas de las novelas. Ni tampoco hay que fiarse nada, pero nada de nada, de las primeras impresiones. La primera vez que tuve en mis manos Salvaje Oeste, pensé: «Vaya, otra novela de políticos corruptos y de empresarios sin escrúpulos, otra novela de la crisis y de cómo hemos llegado a la crisis, otra novela tipo Crematorio o En la orilla, de Chirbes, o tipo Una comida un día cualquiera, de Ferran Torrent». Y sí, no tengo nada contra estas novelas, que son muy buenas novelas, ni me parece mal que se haga literatura de algo tan actual y tan fundamental (por desgracia) para la sociedad española; ¿pero acaso eso no lo vemos ya en los telediarios?, ¿apetece ponerse a leer algo que vemos todos los días en la tele? Las repuestas a estas preguntas las tengo bien aprendidas. Sí. Hay que hacerlo. Hay que escribir de lo que duele. Hay que leer de lo que duela. Aunque cueste un poco entrar. Aunque uno tenga la tentación de buscar libros más triviales y más fantasiosos, o que fomenten la evasión despreocupada. ¿Por qué leemos? ¿Para qué leemos?

«Este libro es una obra de ficción», nos avisan al principio, justo después de una cita de Canetti que no tiene desperdicio. Pero nosotros sabemos que este libro, ni ninguno de los libros que he citado antes sobre los años previos a la crisis, los años de «España va bien» y del dinero entrando y saliendo como si fuera el agua de un grifo abierto, es una obra de ficción. No. Nada de eso. La ficción la podemos dejar para el siglo XIX, o para la época romana. Esa gente nos pilla lejos, esos personajes nos pillan lejos. No les ponemos nombre ni cara. No los miramos como miramos a personajes que nos cuentan lo que hacíamos y cómo éramos hace unos pocos años. Porque aquí, en Salvaje Oeste, estamos todos. No solo los «políticos, empresarios, periodistas, banqueros e intelectuales» que subraya con letras rojas la contraportada. No, ahí estamos todos, y vuelvo a la cita de Canetti para quedarme con la parte final:

Mi familiaridad con el poder es triple, lo he observado, lo he ejercido, lo he sufrido.

Sí. Aquí está el poder. Y está la parte más negra del poder. Y también están, muy por debajo, como si no existieran, gritando sin que muchas veces se les llegue a oír, los que sufren el poder. De manera que aquí estamos todos. Este libro es una sala con muchos espejos. Como una de esas salas que antes se instalaban en las ferias. Hay espejos de todo tipo. Y todos nos vemos en alguno de ellos. Todos tenemos nuestro espejo particular, el que mejor nos define. Juan Tallón no nos va a ahorrar ningún disgusto. Ni se va a andar por las ramas, ni va a «embellecer lo que no merece ser embellecido» (como decía Brines en un poema). Él te lo va a contar todo. O mejor dicho, te va a decir: «Ven, entra, busca tu espejo y mírate… ¿No te gusta lo que ves? Pues en ese caso yo no puedo hacer nada». Naturalmente está mintiendo. Puede hacer algo. Puede enseñarnos lo que no queremos ver. «Este libro es una obra de ficción». Repetimos: «Este libro es una obra de ficción». ¡Pues ojalá! Ojala fuera una obra de ficción. Ojalá estos personajes, ni ninguno parecido, hubiera existido nunca. Ojalá ese país no se pareciera para nada, ni remotamente, a ningún país del mundo. Ni al nuestro. Ni a ese que tiene tantas cuentas pendientes, ya no sólo con su pasado, sino también con su presente.

Así que, repitamos otra vez más, ¿para qué leemos? Pues la respuesta está en novelas como esta, porque los telediarios dicen mucho pero muy rápido, y aunque dicen mucho, también callan mucho, o también dejan mucho por decir. Las novelas (o algunas novelas) exigen más esfuerzo. Más tiempo. Más reflexión. Y a cambio te dan respuestas. A las preguntas previas y a las preguntas que no sabías ni que podías hacerte. Y te da las respuestas de una manera natural, casi por la propia inercia de la novela. Cuando la tierra es buena y las raíces son fuertes, lo único que hace falta es un poco de paciencia. ¿Tenemos paciencia aún? Bueno, esa puede ser la primera pregunta ante la cual no esperábamos tener que comparecer. ¿Y saben?, casi lo mejor de Salvaje Oeste es eso, que parece que ya tenemos la lección aprendida, que ya lo sabemos todo, que porque adivinamos casi instantáneamente quién puede ser esa alcaldesa despótica o ese constructor presidente de un equipo de fútbol o ese dueño de un periódico que ha olvidado lo que es el periodismo, ya pensamos que nos hemos librado de todos los males, que somos inmunes a su veneno, que «aquello ya no volverá a pasar jamás», y por tanto todo esto se puede leer de un modo inocente, como una simple novela, incluso podemos no leer sobre esto, que ya da pereza el tema. Y luego, sin previo aviso, comienza lo que parece una pequeña tormentita de nada, y la tormentita se hace tormenta, y la tormenta se hace huracán. Y uno se pregunta: «por qué, por qué, por qué». Y Juan Tallón te contesta con más preguntas, de un modo fulminante, limpio, sin rodeos ni adornos. Y así te vas metiendo y metiendo, hasta que encuentras tu espejo. Y te miras. Y para eso sirve leer. Por lo menos en algunos casos.


Sicilia y sus muertos

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Giuseppe Impastato, Peppino, tenía treinta años cuando fue asesinado por la mafia. Fue la noche del 9 de mayo de 1978 en Cinisi, un pueblo de la provincia de Palermo, en Sicilia, muy cerca del aeropuerto Punta Raisi, aún en funcionamiento. El aeródromo es pequeño, el avión casi toca el mar cuando aterriza y si no lo hace puede que se dé de bruces contra las montañas que lo rodean. A pocos kilómetros quedan las playas de Mondello, a donde van todos los palermitanos en el Ferragosto. Poco más allá comienzan a aparecer los viñedos de la región de Trapani, de donde sale una buena cantidad de los vinos que produce Sicilia. Es un paraje bello, aunque teñido por la sangre de tantos años, por la muerte y la mafia que han acechado a la isla durante décadas.

Impastato, Peppino, es solo un muerto más, aunque no tanto. Su vida tiene hasta una película, Los cien pasos, dirigida por Marco Tullio Giordana y estrenada en el año 2000. Es un film metafórico. Los cien pasos son los que distanciaban su casa en Cinisi de la del capo mafioso Tano Baladamenti, que hasta el año 2002 no fue condenado a cadena perpetua. Peppino fue un tipo que, pese a que también provenía de una familia mafiosa, incomodó durante años a la organización con su programa de radio Onda Pazza en el que satirizaba a los mafiosi. Al final acabó con una carga explosiva en su cuerpo. Muerto. Hecho pedazos. Pero no fue en vano. Impastato quedó como símbolo de lo que estaba pasando y su figura se convirtió en una de las primeras que hicieron salir a la calle a la sociedad civil para manifestarse contra la violencia y el mangoneo que habitaba en las calles sicilianas.

Me entero de esta historia cuando observo que la muerte sigue pululando por la isla. Ahora llega en barcazas. A veces a las costas de Sicilia, pero las más a la de la isla de Lampedusa, de donde fuera príncipe Giuseppe Tomasi, el autor de El gatopardo, esa novela que retrata el cinismo y la hipocresía de los que más tienen y prefieren mirar para otro lado. Ahora también lo hacemos mientras en esa pequeña isla, que nosotros, como turistas, podemos visitar ya sea en avión o barco desde Porto Empedocle, continúa la avalancha de los que no tienen nada que perder unos kilómetros más abajo. A algunos de ellos después los ves caminando por Palermo, por Catania. Por las ciudades grandes sicilianas. Sabes cómo han venido porque hay algo en ellos de mirada perdida, de caminar sin rumbo, de a ver cómo me busco la vida. Al menos son los que no quedaron varados entre las olas, ahogados al volcar la lancha de neumáticos que cuadriplica su aforo de pasajeros (vaya eufemismo esto de llamarles pasajeros). Y, sin embargo, parece que también están muertos en esa tumba llamada Sicilia, Europa. Como zombis sin respuestas puesto que Europa, pese a que se prodiga en el llamamiento a sus valores, no mira, no escucha y no padece. Es lampedusiana.

Camino por Palermo con ambos fenómenos en mi cabeza. La mafia, sobre la que he leído en libros y he visto en películas —«tienes que ir a las escaleras del teatro Massimo, donde se rodó una escena de El padrino III», me dice alguien—. Un amigo recién conocido (no sé si vale el oxímoron) me lleva a una tienda de una organización antimafia donde venden productos requisados a la organización. Parece un espacio gourmet pese a todo. Mucho merchandising que le quita toda la carga de realidad que tiene el asunto. Me desalienta un poco. Como si yo esperara un poquito más de acción.

Después me fijo en a dónde han ido a parar los llegados en las pateras. Es un abanico macabro. Muerte, muerte y muerte por todas partes.

Y entonces alguien me propone ir a visitar las catacumbas de los frailes capuchinos. Nunca había oído hablar de ellas. Tampoco están muy cerca. Se puede ir desde muchos sitios, pero yo recorro el corso Vittorio Emmanuele, una calle perpendicular al mar poblada casi siempre por turistas puesto que allí se encuentra la catedral, que mandó construir sobre una iglesia bizantina el arzobispo Gualtiero Offamilio en 1185, en plena época normanda, y que tiene una curiosa historia, ya que el arzobispo pretendía competir con la catedral de Monreale —un pueblo a pocos kilómetros— en belleza y prestigio. He de decir que ganó la segunda.

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Al final del corso se halla la plaza de la Independencia y la Capilla Palatina, donde acudían los reyes normandos como Rogelio II. Siempre hay colas de turistas a su alrededor por sus mosaicos. Si se cruza se llega hasta la Puerta Nueva de Palermo. Y entonces comienza otro mundo que no es ni mucho menos turístico. Coches, ruido y edificios de hace treinta o cuarenta años. Un barrio cualquiera. Sigo caminando y llego al Monasterio de los Hermanos Menores Capuchinos. Está en una esquina de una placita. No hay mucho turista, apenas un grupo. El edificio tampoco es bonito y no merece la pena, por lo que paso de largo.

Pero a su lado hay una puerta abierta y una taquilla. Aquí están las catacumbas. Un tipo algo regordete me cobra la entrada y me avisa de que esté en silencio, que este es un lugar sacro. En una pared hay una imagen gigante de la Virgen, pero no llama la atención porque ¡hay tantas imágenes de Vírgenes por las calles palermitanas! Y en todas ellas una frase: si rezas un avemaría o lo que sea obtendrás treinta días de absolución de todos tus pecados. El kilómetro cero del catolicismo en cada esquina.

Bajo unas escaleras y lo primero que se siente es el frío. Es como si se entrara en una cámara frigorífica. Y entonces, sí, la muerte en persona. En muchas personas: ¡más de dos mil cuerpos momificados! Todos vestidos con los ropajes que llevaban cuando murieron, en su mayoría a finales del siglo XIX. Pregunto y al parecer esta momificación fue un fenómeno cultural en esa época entre la aristocracia palermitana. Se puso de moda, como muchas décadas después lo hicieron los pantalones campana. Era lo más entre la clase alta. Y es algo increíble. Hay varios pasillos donde las momias casi te saludan, muchas de ellas están colgadas en vertical, otras tumbadas. Los corredores se ubican por profesiones, por sexos, por edad, por orden sacerdotal. Estremece el silencio y la mirada, ya que muchos de ellos aún conservan sus cabellos, barbas o bigotes. Muertos hace más de un siglo pero casi vivos.

Estas catacumbas tienen su historia. Antes del monasterio allí había un cementerio de los monjes capuchinos y en 1599 fue momificado el primer fraile, Silvestro de Gubbio. En esa época lo hacían con conocimientos de química muy rudimentarios. Se deshidrataba el cuerpo, le introducían vinagre y lo embalsamaban. Poco a poco toda la comunidad de frailes fue siendo momificada y con los siglos, las familias palermitanas quisieron hacer lo propio.

Precisamente, a comienzos del siglo XX trabajó allí Alfredo Salafia, químico y taxidermista que murió en 1933. Fue él quien se encargó de embalsamar uno de los cadáveres más famosos de estas catacumbas y que da verdadero terror observar. Se trata de la niña Rosalía Lombardo, que a los dos años murió de una neumonía, en 1920. El cuerpecito está en una urna de cristal y aún mantiene sus rizos rubios, el lazo en el pelo y su ropa de niña. Es como una pequeña que está dormida en un sueño que dura ya casi cien años. Su figura es estremecedora y aunque está prohibido hacerle fotos hay pocos que se escapen a incumplir la prohibición.

El padre de Lombardo, como acto por conservar a su hija, llamó a Salafia para que este realizara las labores de embalsamiento. Y, curiosamente, la fórmula que utilizó el taxidermista no fue descubierta hasta 2009, cuando fue publicada por el antropólogo Dario Piombino-Mascali, del Instituto para Momias y del Hombre de Hielo de Bolzano, después de un trabajo financiado por National Geographic, según informó la propia revista en un reportaje aquel año. Tal y como dejó escrito en un manuscrito, lo que utilizó Salafia para evitar la descomposición del cadáver e incluso de sus órganos internos fue una solución de formalina, sales de zinc, alcohol etílico, ácido salicílico y glicerina. Al parecer la clave de todo estaba en el zinc, ya que es lo que permitió acentuar la rigidez del cuerpo. El resto de productos impidieron que las bacterias se comieran al cuerpo.

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No puedo mirar por mucho tiempo a la niña. Temo que pueda abrir los ojos en algún momento, aunque me pasa lo mismo con el resto de cadáveres. ¿Y si todos se pusieran a bailar una danza macabra? Hay quien me recuerda al videoclip de «Thriller», de Michael Jackson. Otro, más actualizado, habla de la serie The Walking Dead. La pregunta que continuamente tengo en la cabeza es por qué alguien quiere hacer algo así. Por qué se busca estar en vida, de alguna forma, después de la muerte. Por qué nos sentimos atraídos por todo esto. Por qué lo hicieron aquellos frailes capuchinos que creían en la vida eterna y en el cielo y en que después de todo esto hay algo, lo que sea. El tipo de la taquilla no me sabe explicar, solo que por allí pasa gente para ver a las momias. Quizá es fetichismo.

Salgo a la calle con cierto horror. En el fondo no es una sensación de miedo porque de alguna manera tampoco es la muerte la que está allí en las catacumbas. El cuerpo, en definitiva, no es nada si no palpita, sufre, quiere, odia. Sin las emociones. Y esa niña está muerta.

Bajo otra vez el corso Vittorio Emmanuele y quiero ir hacia el barrio de La Vucciria, a donde me llevaron nada más pisar Palermo. Es una concentración de calles en las que habita el ruido, las voces, las pizzas, la carne y el pescado. Música nocturna y carcajadas diurnas. La vida, al fin y al cabo, y Sicilia, que tanto ha convivido con la muerte, la exprime al máximo. No pienso en Peppino, aquel locutor que se rio de la mafia y acabó asesinado por ella; tampoco en las barcas que ahora llegan a las costas y que no se sabe si depositarán nuevas momias. Y ni siquiera voy a leer sobre las batallas entre griegos, romanos, cartagineses, normandos y moros que hubo allá por los primeros siglos de nuestra historia. Porque, igual, finalmente, son los muertos sicilianos los que le dan tanta vitalidad a este trozo de tierra del Mediterráneo. Una Europa siempre sangrienta, y hay que convivir con ella.

Fotografía: Paula Corroto


Lampedusa, entre el limbo y el edén

Hay historias que se recuerdan toda la vida. Quedan en la memoria como grabadas a fuego. Hay otras muchas que, tan pronto se cuentan, quedan relegadas al olvido casi sin darse uno cuenta. Sin embargo, hay otras que sencillamente han nacido para sentirse olvidadas. Así es una pequeña isla del Mediterráneo, que hasta los mapas omiten en sus dibujos. Situada en un lugar estratégico, Lampedusa es un escenario donde personas, problemas y miles de historias nacen diariamente con el único destino de sentirse olvidados ante el mundo.

Lampedusa está situada en el centro del mar Mediterráneo. Este territorio flotante de unos seis mil habitantes ubicado en el Canal de Sicilia, se halla a doscientos cinco kilómetros de las costas italianas. Estando tan solo a ciento trece kilómetros de la ribera tunecina, se descubre que esta isla siciliana es a la vez, geográficamente, Italia y África.

Playas paradisiacas, ningún semáforo, paseos en barco, atardeceres que enamoran, pesca artesanal y tortugas marinas son algunos de los reclamos que aprovecha esta isla de cara al turismo, una de sus principales fuentes de ingresos. Hay acontecimientos que, sin embargo, dejan relegados a un segundo plano todos estos atributos, convirtiendo Lampedusa a veces en un paraíso y otras veces en el mismo infierno.

Una puerta en mitad del mar

Antes de las actuales rutas migratorias, eran dos los trayectos conocidos con rumbo al continente europeo. El occidental, que tenía como destino las islas Canarias y que generalmente partía desde el Sáhara o Marruecos; y el oriental, cuyo objetivo era alcanzar las costas de Italia o Grecia. El exhaustivo control en ambos itinerarios por parte de las autoridades ha obligado a los inmigrantes a tomar una dirección alternativa: el Mediterráneo central. Hoy día el Canal de Sicilia se ha convertido en una carretera de paso para unos flujos migratorios que, en las últimas décadas, ha dejado más de ocho mil muertes certificadas.

Este escenario es el que ha llevado a Frontex, la Agencia de la Unión Europea para el control de las fronteras, a determinar a la isla de Lampedusa, enclave transalpino del Mediterráneo central, como la segunda puerta de entrada hacia Europa de migrantes indocumentados, justo por detrás de Grecia y Turquía. Una realidad que ha apodado al Mediterráneo como «el cementerio sin cruces».

Un enclave estratégico 

El problema de la inmigración no es nuevo para esta pequeña isla. Menos trayecto y menos peligro, pero el mismo destino: Italia. La isla a la que algunos lampedusanos llaman «el salvavidas del Mediterráneo» es, para los migrantes, la alternativa más segura para llegar al territorio europeo. Dos hectáreas rodeadas de agua ayudan a las personas que huyen de guerras, conflictos, hambrunas y dictaduras a vislumbrar la esperanza un poco más cerca. Exactamente a ciento veinte kilómetros de sus costas. He ahí Lampedusa, es decir, Europa.

Hasta el año 2011 el problema de la inmigración había sido sostenible para la isla. Pero la llegada masiva de casi doce mil inmigrantes a sus costas supuso una situación verdaderamente crítica concentrada en menos de veinte kilómetros cuadrados de territorio.

La Primavera Árabe y las revueltas en el norte de África, por aquel entonces, provocaron que las solicitudes de asilo experimentaran un récord sin precedentes, situando a Italia como el quinto país receptor del mundo industrializado. Se trataba de personas que requerían ayuda. Y allí, la tuvieron.

Migrantes eritreos contemplan las embarcaciones ancladas en la isla.
Migrantes eritreos contemplan las embarcaciones ancladas en la isla.

Poco o nada se habló de cuánto se involucraron los lampedusanos en la acogida de los tunecinos en 2011. Nada se publicó acerca de quienes abrieron las puertas de su casa para alimentar a quien no tenía qué llevarse a la boca; o de quien se quitó los zapatos para dejárselos a quien iba descalzo. Francesca, Guiseppe, Mario y otros tantos lampedusanos sintieron y hoy día sienten que la llegada de los inmigrantes enriquece a la isla con humanidad. «Después de veinte años de llegadas, los migrantes forman parte de nuestra historia. Para Europa son números, para nosotros, personas. Cuando mueren, inevitablemente, los sentimos como si fueran nuestros muertos». Pero la humanidad es la otra cara de la tragedia y, por desgracia, no interesa. Los medios de comunicación se centraron en el colapso que vivía la isla, como ocurre en la actualidad. Una vez más, Lampedusa sentía que se le daba la espalda y los medios, con sus enfoques trágicos y descontextualizados, no ayudaban en su desamparo.

Poco después de aquel acontecimiento ya nadie se acordaba de lo que había ocurrido. Lampedusa seguiría dos años más siendo el limbo silencioso del que decían formar parte todos sus habitantes desde hacía ya mucho tiempo.

Los habitantes expresan su malestar con mensajes al Ayuntamiento: «Lampedusa, la isla de los derechos negados».
Los habitantes expresan su malestar con mensajes al Ayuntamiento: «Lampedusa, la isla de los derechos negados».

De nuevo en el ojo del huracán

El naufragio del 3 de octubre puso de nuevo en evidencia el problema que la isla llevaba denunciando desde hacía décadas. Era necesario algo más que barcos llegando a sus costas a diario para que se volviera a poner en jaque la inoperancia de Europa.

«Barroso, Malmström, Letta. Incluso el Santo Padre. Todos han venido a Lampedusa y nadie ha dado aún una solución», explica con gesto desesperanzador  el padre Mimmo, el párroco de Lampedusa.

Damiano Sferlazzo es el vicealcalde de Lampedusa. Él, como casi todo el mundo en el pueblo, considera que la mirada debe fijarse en el foco del problema y no en poner soluciones solo cuando hay consecuencias. «Reforzar la vigilancia en el Canal de Sicilia, cuando ya hay miles de personas muertas, no basta», comenta Sferlazzo. Lampedusa considera el aumento de control en estas aguas una medida útil, pero va más allá. «Una mayor atención dirigida directamente a las costas del norte de África sería más útil que reforzar el control marítimo. Las relaciones de Europa con África deben centrarse en controlar en esa zona». «En definitiva —y así finaliza la frase— se trata de prestar atención antes de la tragedia». Pero la tragedia llegó el 3 de octubre, y trescientas sesenta y seis personas perdieron la vida a pocos kilómetros de la isla.

Quince días después del naufragio se puso en marcha la operación militar y humanitaria Mare Nostrum. Esta, que actualmente sigue vigente, nació con un claro objetivo, el de «reforzar la vigilancia y el patrullaje del Mediterráneo para no repetir una tragedia como la del 3 de octubre», como hace constar el teniente de la Marina Militar Umberto Castronovo.

Desembarque en la isla 

Cuando un barco es interceptado se le dirige a la zona sur de la isla, más exactamente al muelle Favaloro, un brazo artificial de tierra que alberga dependencias vigiladas por militares las veinticuatro horas. Esta medida tiene la finalidad de salvaguardar la intimidad de las personas indocumentadas que llegan a la isla. Es donde los migrantes tienen el primer contacto con Lampedusa, la isla motivo de sus rezos en un viaje prolongado durante años. Les proporcionan mantas, primeros auxilios y apoyo psicológico. También hay ambulancias y autobuses escoltados por militares y carabinieri, que dirigen a los inmigrantes hacia el Centro de Acogida, el lugar que será su casa, como mínimo, durante un par de jornadas.

El mayor apoyo durante estos primeros días para los migrantes serán el médico y el mediador cultural. Da igual la religión o la procedencia, el gesto de preguntarles cómo se sienten los hace sentir reconfortados. Con suerte, a las pocas horas, les robarán alguna sonrisa.

Tres chicos somalíes pasean por uno de los extremos de la céntrica Via Roma tras salir del Centro de Acogida.
Tres chicos somalíes pasean por uno de los extremos de la céntrica Via Roma tras salir del Centro de Acogida.

Llegadas

Los arribos han cambiado desde que la isla comenzara a convivir con la inmigración. La tendencia, antes, estaba marcada por la llegada de adultos solos, provenientes principalmente de Túnez y Libia. La realidad ahora es otra. Resulta habitual ver familias completas que proceden del Congo, del Magreb, Somalia, Eritrea y Siria entre otros.

La decisión de arriesgar sus vidas en manos de traficantes y poner su destino al azar de las mareas, ya no solo responde a personas de clase humilde. Cuarenta años, eritreo y maestro de profesión. Su nombre es Ambes T. En su país, dejó a su mujer y a un bebé que por aquel entonces no tenía ni tres meses. Con la mirada perdida, se advierte que lleva a diario la cuenta de la edad que tiene ahora su niño, un año y medio. «Crucé la frontera de Eritrea con Sudán y pasé un tiempo trabajando en Jartum para ganar dinero y continuar el viaje», explica minuciosamente con la mirada perdida.

Denden, de catorce años, cruzó el Sáhara y el Mediterráneo tras abandonar Eritrea hace nueve meses.
Denden, de catorce años, cruzó el Sáhara y el Mediterráneo tras abandonar Eritrea hace nueve meses.

Una de las estrategias más comunes entre los traficantes es tener a todos los migrantes en un mismo apartamento para que el día que ellos estimen emprendan el viaje por el Mediterráneo: «Atravesé el desierto del Sáhara y llegué a Trípoli, donde estuve hacinado en un apartamento junto a otros compañeros. Allí nos proporcionaron comida y bebida para que no saliéramos», aclara Ambes con detalle.

Y así fue. Una madrugada a Ambes y a todos sus compañeros, casi quinientos, los montaron aprisa en un barco ajado y rápidamente zarparon rumbo a la isla. «Dada la cantidad de personas que éramos, no podíamos dormir, solo teníamos sitio para sentarnos». Veinticuatro horas más tarde comenzaron a ver luces. Era Lampedusa.

Vieron pasar dos barcos. Trataron de hacer luces, pero fue inútil a pesar de que ya estaban muy cerca. A Ambes no le dieron la oportunidad de elegir a qué barco subir, ni cuál sería el día. Por desgracia esa embarcación daría mucho de qué hablar. Era la madrugada del 3 de octubre. Y trescientos sesenta y seis compañeros que viajaban con él perdieron la vida en el naufragio.

Esa noche también viajaban menores no acompañados. Otra tendencia preocupante en Lampedusa. Son chicos que, obligados por la situación de su país y, empujados por sus padres, dicen adiós a su patria, a sus raíces y, lo más duro, a su familia.

Es el caso de Denden, un chico eritreo de catorce años que abandonó su tierra hace más de nueve meses. Explica que fue su familia la que se encargó de organizarle el viaje, quizás previendo que el futuro que le esperaba en su Eritrea natal no sería diferente al que vivía su padre, preso desde hacía años.

Habla de su experiencia con tranquilidad, con una sonrisa tímida que deja entrever miedo, prudencia, y a veces, agradecimiento: «Mi familia fue la que se encargó de contactar con los traficantes. Nunca llevé el dinero encima». Sus parientes debieron pensar que era esa la única forma de evitar un peligro más. Ya era suficiente. «Salí de mi ciudad andando. Fueron tres las horas de trayecto hasta llegar a la frontera. Allí, nos montaron en un coche que durante siete días cruzó el Sáhara. Un recorrido en el que no hubo ni suficiente agua ni comida. Pasamos mucho frío por la noche y mucho calor de día».

Mientras va explicando cómo vivió su experiencia su cuerpo parece hablar por él. Sus ojos se iluminan y se apagan a pedir de cada detalle, sus manos lo mismo se entumecen, que se acercan al rosario que luce orgulloso en su cuello. Y como hizo durante la travesía, se aferra a él con fuerza: «Después de llegar a Libia y embarcar para salir de ella, tuvimos un problema en el motor del barco, que nos obligó a estar treinta y seis horas a la deriva. Al regresar a la costa, la policía libia nos encarceló durante veintitrés días. Cuando fuimos puestos en libertad, nos dirigimos hacia otro barco, pero la policía trató de arrestarnos de nuevo disparándonos. De las doscientas personas que íbamos a emprender el viaje, finalmente solo se montó la mitad». Por suerte Denden llegó a Lampedusa.

Toque de dulzura

Los dibujos de los niños que visitan a diario el recinto de Save The Children reflejan la dureza de las travesías.
Los dibujos de los niños que visitan a diario el recinto de Save The Children reflejan la dureza de las travesías.

Save The Children es la encargada de poner el toque dulce al drama de la inmigración en la isla. Desde el 2011 lleva a cabo una iniciativa basada en actividades con los niños. En un espacio habilitado para el entretenimiento de los pequeños fuera del Centro de Acogida, los mediadores les ayudan a que olviden una tragedia que, inevitablemente, su subconsciente tiene latente. La organización además ha puesto en marcha una iniciativa con actividades diarias en las que tanto padres como hijos juegan juntos con el fin de que se sientan protegidos, y por un momento olviden lo que han pasado.

Muestras de convivencia

La vida de la isla gira en torno a Vía Roma, su avenida principal. Allí la estampa cotidiana es encontrar tanto a inmigrantes como a isleños disfrutando del mismo entretenimiento con un clima de hospitalidad absoluta.

Lampedusa cuenta con una sola iglesia, la de San Gerlando. No hace alardes, como nada en la isla. Es grande pero modesta. Los desconchones en la pared de la entrada dan muestra de que allí lo importante es lo que mora en su interior. Una maravillosa vidriera ofrece un clima cálido y colorido a todos los pedestales que protegen al Cristo titular del templo. Allí se reza, se confiesa y se da el cuerpo de Cristo. Pero no es lo único. La parroquia de San Gerlando es un ejemplo más de tolerancia en la isla.

Acudir a la iglesia un día cualquiera es ver a algunos migrantes guardando cola para usar el aseo de la parroquia o para solicitar una tarjeta telefónica. Durante la celebración de la eucaristía es una imagen habitual ver zapatos amontonados en el dintel de la puerta. Don Mimmo o Don Giorgo están oficiando misa. Nadie queda excluido, ni católicos ni ortodoxos. Ante los ojos de Dios, nadie es diferente.

Después de salir de misa y caminar por toda Vía Roma, al llegar al final, justo enfrente de un gran mirador que muestra la belleza del puerto, se halla el Archivo Histórico. Una televisión, en el escaparate del establecimiento, emite documentales sobre la isla.

La parroquia de San Gerlando es lugar de culto y recogimiento para cristianos y musulmanes.
La parroquia de San Gerlando es lugar de culto y recogimiento para cristianos y musulmanes.

Solo en Lampedusa la llegada del otoño y los primeros fríos pueden mostrar una estampa conmovedora. Cada noche Antonio Taranto, el dueño del Archivo, se percata de que ya no son turistas los que toman asiento en un banco de hormigón que hace las delicias de quien quiere ver sus proyecciones. Ahora quienes ocupan esos asientos son chicos de tez oscura ataviados con ropa de deporte algo trasnochada, signo inequívoco de que, como cada noche, deben ir a descansar al Centro de Acogida. El dueño del Archivo comprende que para ellos ver un documental que no entienden supone mucho más que el simple hecho de pasar el rato. Es evadirse, dejar sus problemas a un lado y por un rato olvidarse de la realidad que les ha tocado vivir. Poco a poco el Archivo se va convirtiendo en el lugar de reunión para un grupo de jóvenes eritreos. Sobre las ocho de la tarde, cuando ya Lampedusa parece estar dormida, llegan de tres en tres, entran, saludan con el rostro agachado y se sientan en el banco, como si de un gran cine se tratase.

Los chicos, cada vez más numerosos, se arremolinan alrededor del escaparate que para ellos supone el olvido. Lo que en un principio solo es educación pronto pasa a ser aprecio y el comienzo de una bonita amistad. Al cabo de los días ya no son documentales lo que ven. Antonio se encarga de cambiarles el repertorio: música étnica, series eritreas, telenovelas o incluso películas. El dueño del archivo les proporciona, en ocasiones, algo de ropa y cuando hace frío les da comida caliente. Al cabo de un tiempo, los chicos no se sientan con gesto serio, ni saludan con la cabeza agachada. Ahora son espontáneos, sonríen, abrazan a Antonio y lo llaman «papá». Ya no son desconocidos.

Hoy día Antonio continúa ofreciéndoles una programación variada según los gustos de cada grupo. Pero no solo eso, también comparte con ellos largas conversaciones en el interior de su tienda entre platos de comidas, vasos de plástico, con los que todos los días brindan, y sonrisas que él dice «le alegran el alma».

Lampedusa

Una isla en medio de la nada pero que muy a menudo se convierte en tierra prometida. Dos mundos que se unen en un trozo de tierra abandonado a su suerte. Es la puerta a distintas realidades, la entrada a un mundo diferente, vengas de donde vengas.

Es el perfecto ejemplo de la acogida y la hospitalidad, algo extraordinario si se ahonda en la verdadera situación en la que viven sus habitantes. No disponen de hospital, solo tienen un colegio que imparte clases por la mañana y por la tarde, la gasolina y la electricidad son excesivamente caras y tienen una alcaldesa que pasa más tiempo en Roma que en el despacho consistorial. Una población que, a duras penas, sobrevive del turismo y la pesca artesanal, sufriendo una elevada tasa de desempleo y que, día tras día, ve como los más jóvenes tienen que marcharse. Lampedusa ya no da más de sí. Pero que aun así, ayuda a quien lo necesita.

Una tierra que se siente olvidada del mundo. A pesar de su espíritu acogedor, al hablar con sus gentes se aprecia un sentimiento de abandono, de decepción e incluso de rabia. Están cansados de la doble moral de la que hace alarde la clase política. No quieren más farsas, solo quieren soluciones.

Chicos eritreos miran una película en inglés delante del Archivo Histórico de Lampedusa.
Chicos eritreos miran una película en inglés delante del Archivo Histórico de Lampedusa.

Giacomo, Massimo, Alessio, Felice, Caterina, Gaetano… todos piden explicaciones a Italia y a Europa, pero saben que de nada sirve. Conocen cómo es el día a día en su particular paraíso y saben que estarán en el olvido hasta la próxima tragedia. Será entonces cuando la isla se convierta de nuevo en una pasarela de políticos. Los medios de comunicación llegarán ávidos de información y no escatimarán ni en sentimientos ni en sensibilidades. Entonces la isla volverá a ser un circo mediático. Pero para cuando eso pase, no habrá tiempo de hablar sobre los problemas que sufren los lampedusanos, que no son pocos. La tragedia será más importante, como pasa siempre en la isla. Y esta tierra que, para los que llegan es como el edén, seguirá siendo el limbo en el que otros muchos sobreviven.

Fotografía: Manuel Tori


Diez peliculones de novela

Lolita

Desde aquel espectáculo de barraca y tren espantando público, el cine ha buscado inspiración en la literatura. Tal y como expone Pere Gimferrer en el canónico Cine y literatura, los primitivos de la cámara fijaron su modelo en el teatro, en la traslación del espacio escénico al encuadre cinematográfico. Tuvieron que llegar los grandes narradores visuales para convertir aquel entretenimiento de feria en la maquinaria moderna de contar historias. Así se adoptaron para el cine, sentencia Gimferrer, «las leyes de la forma de expresión literaria que Griffith —coincidiendo con millones de contemporáneos, desde las multitudes anónimas de espectadores hasta Vladimir Ilich Lenin— consideraba la más acabada forma de narración: la novela decimonónica». La narración de la epopeya del XIX se adapta al lenguaje cinematográfico y configura el gran arte de masas moderno. Sin embargo, la vampirización no acaba aquí. De manera insistente, el cine ha mendigado historias a la novela y argumentos que llevarse a la boca. Y lo ha hecho de dos maneras distintas: comprando a golpe de talonario a novelistas para reciclarlos en guionistas fortuitos o saqueando grandes, regulares, malas y peores obras literarias. En el primer caso, el resultado siempre ha sido dispar. Muchos recalaron en la industria cinematográfica con el fin de pagar facturas o, en el mejor de los casos, construirse la piscina en el jardín de la casa hipotecada: Faulkner, Scott Fitzerald, Chandler o Hammett son algunos de los más conocidos ejemplos de novelistas que buscaron en Hollywood dinero fácil, aunque para ello tuvieran que poner su talento al servicio de productores con pocas veleidades artísticas. Otro caso significativo fue el de John Fante, brillante novelista recientemente recuperado, que, en vida, no logró la celebridad literaria anhelada y tuvo que conformarse con la desvaída tarea de guionista de serie B.

Por otra parte, como decía, la novela ha alimentado la voracidad insaciable de la fábrica de churrería cinematográfica. La adaptación en pantalla de obras en prosa ha comportado comparaciones odiosas y debates sesudísimos. Todavía colea la última pijada del pastelero Baz Luhrmann: El Gran Gatsby, según novela de Scott Fitzerald. No hace mucho le tocó el turno a En la carretera, de Jack Kerouac, un manuscrito al que creo que las polillas implacables del tiempo han puesto en su sitio. Y recientemente el realizador Joe Wright se atrevió (merced a un guión valiente de Tom Stoppard) con la teatralización filmada de Ana Karenina. Las grandes obras literarias, las novelas mejores, por regla general no han tenido buena suerte en el celuloide. Es difícil trasladar el espíritu genial, el nervio escrito que conforma una cosmovisión literaria al terreno visual sin que nada se pierda. Un ejemplo: Kurosawa hizo un esfuerzo admirable por adaptar El Idiota de Dostoievski. Pese a ello uno echa de menos la energía y la fuerza personales que el realizador imprimió a sus obras mayores. Sin ir más lejos, en El mercenario, Kurosawa lleva a su particular e intransferible universo samurái las negruras morales de Cosecha Roja de Dashiell Hammet. Traslada la seca prosa hard-boiled al árido escenario de los caballeros errantes nipones. Es la mejor manera de adaptar. Traicionar para mantener la esencia. Llevarse el gato al agua. Estas líneas repasan diez ejemplos de peliculones que partieron de grandes novelas. Como siempre sucede en estas listas, son todas las que el autor cree que deben de estar pero no están todas las que son. Advierto, pues, que la víscera con una justificación estética ha marcado la elección de los diez ejemplos. Al fin y al cabo, sin arbitrariedad debe de ser todavía más fatigoso escribir/vivir.

Una infancia en VHS

Tom Sawyer (1938)

Justo después del proyector casero llegó aquella maravilla portátil del VHS. Se trataba de un armatoste de metal de tercera mano que cumplía, a duras penas, su función de pasar cintas con asmática resignación. Pero el vicio del cine todo lo podía. Así que pasó a convertirse en una máquina imprescindible. Entre las primeras películas recuerdo aún con alegría Las aventuras de Tom Sawyer de David O’ Selznick/Norman Taurog. El zorro de O’ Selznick vio en la adaptación de grandes novelas y best-sellers de la época una manera infalible de tener éxito y ganar dinero. Y sobre todo de pergeñar espectáculos fastuosos. David Copperfield e Historias de dos ciudades, de Dickens, Guerra y Paz de Tolstoi, la versión de Mujercitas de Geroge Cuckor según la popular novela de Louisa May Alcott o el pelotazo de Lo que el viento se llevó a partir del best-seller de Margaret Mitchell. Un año antes, se había atrevido a todo Technicolor con la adaptación del clásico de Mark Twain. La libertad infantil con pies descalzos de Twain latía en la pantalla con parecida intensidad que lo había hecho en papel. Junto a La guerra de los botones (tanto la novela de Louis Pergaud como la primera versión de Yves Robert), Tom Sawyer significó la aventura inclemente, jacarandosa y sin mañana. Una infancia que desconocía playstations y todo lo debía a la imaginación añeja de los cómics y del viejo/nuevo cine.

Al igual que uno no vuelve a aquellos lugares donde una vez conoció algo parecido a la felicidad, nunca más he vuelto a ver Las aventuras de Tom Swayer. Pero me es imposible no recordarla como una continuación visual del original de Twain, un feliz verano que duraba tres meses y en las que era fácil reencontrarse con los Hucklberry Finn de turno. El río Misisipi era una playa y toda la galería de personajes de Snt. Petersburg tenían su remedo de carne fabulada. La pija Becky, Muff Potter o el temido indio Joe… Dijo el propio Twain que «¿Qué es la vida humana? El primer tercio es una época estupenda; el resto lo pasamos recordándola». Pero también fue él quien definió la nostalgia como «masturbación mental y moral». Pues eso.

Moby Dick (1956)

Cuando Pío Baroja vio la adaptación de su Las inquietudes de Shanti Andía, de Arturo Ruiz Castillo, exclamó que habían puesto «el mar en una palangana». Es sabido que Baroja no era precisamente un enamorado de aquel nuevo arte que él siempre llamó el cinematógrafo, sin embargo no le faltó razón en su chascarrillo del mar palanganero. Incapaz de suspender la incredulidad ante los (a la sazón) rupestres efectos especiales, el novelista no podía sustraerse a una imaginación literaria que, visualmente, todo lo puede. En cualquier caso, algunos hemos conseguido apreciar océanos embravecidos y horizontes infinitos en aquellas humildes palanganas de los grandes clásicos del cine de aventuras marinas y marineras. Desde la traslación a la pantalla de La isla del tesoro (Victor Fleming) hasta El demonio en el mar de Henry Hathaway, Todos los hermanos eran valientes de Richard Thorpe, El hidalgo de los mares o El mundo en sus manos de Raoul Walsh. Y con estos dos últimos ejemplos de deliciosas aventuras en alta mar llegamos al actor que las protagonizó, Gregory Peck, un caballero allende la pantalla que, sin embargo, supo ser un irascible y obsesivo perseguidor de un cachalote albino en Moby Dick, a partir del monumento de Herman Melville. Guste o no guste, difícilmente habrá un capitán Ahab como él, mezcla de lobo de mar y párroco puritano, inflexible, tenaz y únicamente movido por la venganza. El reverso abisal del Atticus Finch de Matar a un ruiseñor. El director John Huston quiso que la estética y atmósfera del film traspiraran siglo XIX por un tubo: la ambientación, el cromatismo de los planos, la minuciosa labor de guión de Ray Bradbury o el bergantín Pequod. Huston, a pesar de su amor por la acción irreflexiva, siempre se llevó bien con la literatura. Empezó su carrera como director con la adaptación de El Halcón Maltés y la terminó con la obra maestra Dublineses, a partir del relato Los muertos de James Joyce. También tuvo sus patinazos, como, por ejemplo, cuando se las vio con el deambular delirante y final de la novela Bajo el volcán de Malcom Lowry. En cualquier caso, Moby Dick ha conseguido crecer con los años y convertirse en una película de referencia aventurera, en parte por la influencia consciente que ejerció en la puesta en escena de Tiburón de Spielberg. En esta última, no obstante, está ausente la figura catalizadora, sombría y fascinante del capitán Ahab. En sus memorias A libro abierto, Huston recuerda las accidentadas vicisitudes que acompañaron el rodaje (una parte en Canarias) de Moby Dick. Entre ellas, los problemas técnicos que surgieron con los distintos cachalotes mecánicos que utilizaron en las diferentes escenas. De hecho fue un fallo mecánico el que casi acaba, al final del film, con Gregory Peck atado a la ballena en el fondo del mar. Esta vez, por suerte, la realidad consiguió superar la ficción. Y terminando con la gran ballena blanca no puede faltar referencia al monólogo atronador de un inmenso Orson Welles.

La conexión Herr

Lolita (1962)

Michael Herr escribió el mejor reportaje sobre la guerra de Vietnam. Despachos de guerra debería ser lectura obligada de cualquier periodista que quisiera cubrir un conflicto bélico. Puede que incluso le disuadiera de hacerlo. También escribió un librito sobre su amigo Stanley Kubrick tras la muerte de este. Se trata de una remembranza deliciosa a partir de su amistad y un retrato construido fragmentariamente sobre la personalidad de Kubrick. Derriba muchos tópicos (la labor de derribo es fundamental para alcanzar cualquier verdad, por mínima que sea) y nos muestra a un tipo mucho más cálido y próximo que el monstruo hierático y egocéntrico que nos han vendido los medios. Excéntrico, tacaño, obsesivo, solitario y manipulador, un rato largo. Pero, al mismo tiempo, un tipo de una gran sensibilidad y cariño que escapaba del sentimentalismo vistiendo la coraza de una ironía demoledora. Herr no tiene reparos en mostrarse como el eslabón débil en las conversaciones con su amigo. La actitud del periodista recuerda mucho a la que adoptó James Boswell frente a su biografiado Samuel Johnson. Mediante la estrategia de adoptar el rol del sparring, del clown que recibe las bofetadas, extrae la verdadera personalidad del interlocutor. En todos sus matices. Por ejemplo, cuando Herr llega al estudio de Kubrick para trabajar en el guión de La chaqueta metálica, este le pregunta: «¿Quieres una copa primero?». Ante la pregunta, Herr mira reflexivamente el reloj, dudando unos segundos. «¿Por qué todos los consumados bebedores siempre miráis el reloj cuando os ofrecen una copa?», inquiere malévolo Kubrick.

Herr repasa la filmografía de Kubrick a través de la personalidad de su creador. Sin ir más lejos, escribe, a propósito de Lolita: «Los amigos de Stanley siempre le vieron como una persona extraordinariamente juvenil. Su voz no cambió en los 20 años que yo le traté. Tenía una desarmante manera de “impregnar” cualquier discurso serio de un vulgar humor adolescente, de hecho obsceno, típico de un estudiante de segundo curso de instituto. (Pensad en Lolita, con sus bromas acerca del pastel de cerezas, de llenar cavidades, del fideo fláccido, tan descaradamente obscenas, desvergonzadas, subversivas, y esa era la idea). Impuso el tono lírico-erótico de Nabokov y captó la esencia de la novela en la secuencia de los créditos, donde las uñas de los pies de Lolita son esmaltadas de manera tierna y meticulosa, y a continuación comenzaba la comedia». Efectivamente, al célebre principio de la novela de Nabokov-luz-de-mi-vida no le van a la zaga los sorprendentes créditos de la película de Kubrick.

Toda la esencia de la obsesión desquiciada de Humbert Humbert y el retrato de un fetichismo pueril no exento de un toque hortera se enmarcan en una sinécdoque visual digna de Buñuel. Nabokov, que se ocupó del guión del film, compartía con Kubrick la afición al ajedrez y este hecho no es baladí a la hora de entender el distanciamiento y control demiúrgico de los dos autores. El punto de vista omnisciente que adopta el director (pese a partir del relato en primera persona de Humbert) acentúa el carácter grotesco de los personajes. A ello ayudan las sobresalientes interpretaciones de James Mason (uno de los más grandes), Shelley Winters y un Peter Sellers que campa a sus anchas haciendo como siempre de Peter Sellers. Y qué decir de Sue Lyon: casi consigue que nos gusten las jovencitas.

Lolita ejemplifica el trasvase fiel del espíritu de la escritura a la gran pantalla. Pese a todos los cambios y modificaciones que sufrió el film en comparación al original literario, los dos creadores comparten una misma mirada y un humor descarnado y negrísimo. Kubrick, un autodidacta voraz, buscó a lo largo de su carrera obras literarias que le sirvieran de sustento artístico. A mi juicio, pocas veces fue tan Kubrick como viéndoselas con Nabokov.

Apocalypse Now (1979)

Apocalypse Now no podría haber sido un El corazón en las tinieblas de Joseph Conrad tan estremecedor si no hubiera sido por Michael Herr. Coppola, en un inicio, la concibió como una Disneylandia visual, una película de aventuras en guerra que desprendería adrenalina a destajo. Entre las razones por las cuales Coppola se interesó por la adaptación de El corazón de las tinieblas no es desdeñable el hecho de que fuera uno de los muchos proyectos soñados por su referente Orson Welles. Tanto John Milius como George Lucas trabajaron en el guión, sin embargo la colaboración de Michael Herr fue imprescindible para que aquella obra alucinógena adoptara trazas verosímiles. El periodista, por ejemplo, aportó anécdotas militares que ayudaron a construir al desquiciado y extraordinario Coronel Kilgore, su adoración por el surf y el olor a napalm de amanecida. De Conrad queda una trama viajera que no es otra cosa que la zambullida en el pasmo horrorizado del capitán Kurtz.

El África colonial del original literario se convierte en una selva asfixiante y en una guerra maldita. Coppola va mucho más allá de las líneas de Conrad y, como siempre sucede con su cine, todo acaba confluyendo en su personalidad y sus circunstancias. En su presentación en Cannes, el realizador afirmó que Apocalypse Now no era una película sobre Vietnam, sino que se trataba del mismísimo Vietnam. En el documental En el corazón de las tinieblas, Eleanor Coppola dejó constancia del infierno en el que acabó convirtiéndose el rodaje: un tifón destrozó los decorados y parte del material de rodaje, Martin Sheen sufrió un infarto, el ejército norteamericano se negó a prestar maquinaria, el director había enloquecido completamente y el despilfarro era astronómico. Su director, al igual que Kurtz, parecía haber enloquecido. Así que, si aquella película huele a napalm, en gran medida es gracias a Michael Herr.

Elegancia Visconti

El Gatopardo (1963)

Luchino Visconti fue lo que se llama un cineasta artístico, o sea un creador cuya sólida formación cultural transpira en su cine. De rancio abolengo, el realizador abrazó la ideología marxista en una de esas contradicciones tan corrientes entre cierta izquierda aposentada. Tampoco fue baladí, en su conversión a los principios de Marx, la subida al poder de las hordas fascistas en Italia. Aquello era, se mire como se mire, de un horterismo inaguantable. En el cine, Visconti contribuyó con Obsesión (1942) a establecer las bases del neorrealismo italiano partiendo de la novela El cartero siempre llama dos veces de James M. Cain. Con el tiempo, los primeros impulsos neorrealistas desembocaron en melodramas operísticos que nunca perdieron el calado crítico y social. El Gatopardo es una de las grandes muestras de esta suntuosidad melómana al servicio del compromiso ético. A Visconti —junto a Ophüls, Von Stroheim y unos pocos más— le permitimos una ampulosidad estilística que evita el exceso vergonzoso gracias a una gran sensibilidad y talento. El caso contrario a estos maestros sería el anteriormente mentado Luhrmann.

Con El Gatopardo sucede una cosa curiosísima: es indistinto leer la novela de Lampedusa (que fue rechazada por diversas editoriales y no fue publicada en vida del autor) o ver la película. Son dos miradas sobre el mundo iguales. Dos aristócratas contradictorios que destripan la realidad con la misma elegancia escéptica. Dos marginales (que no marginados) que se mueven entre la nostalgia de un pasado esplendoroso (para unos pocos) y la aceptación de un progreso higiénico (para muchos). Queda, en cualquier caso, el orgullo decadente en torres abolidas por el paso de la historia. Burt Lancaster supo imprimir al personaje del príncipe Fabricio de Salina una dignidad cansada pero firme, otoñal pero grácil. De los andares circenses de juventud, Lancaster guardó una agilidad que estalla en el baile con Claudia Cardinale, cuando el príncipe da una lección a todos los mequetrefes presentes de majestuosidad y seducción. Por un momento nada ha cambiado y todo sigue igual. La armonía de un vals de Verdi. Solo cuando la música deje de sonar, el pasado volverá a ser puro recuerdo y el mundo nunca más será el mismo para el príncipe.

Las noches blancas (1957)

No sé si la han clasificado como obra maestra menor, pero, sin ser una de las más grandes películas de Visconti, le tengo un cariño enorme. Tanto a la película como a la novela corta de Dostoiesvki. El escritor la subtituló como novela sentimental/recuerdos de un soñador. Y, efectivamente, el mundo del protagonista no es de este mundo. Al igual que el príncipe Fabricio de Salina o el Dirk Bogarde de Muerte en Venecia, Mario (Marcello Mastroianni) está condenado al fracaso de sus ilusiones. A lo largo de cuatro noches, una mujer lo rescata de la soledad noctívaga en una ciudad extraña. Pero toda su euforia acabará viniéndose abajo por los imperativos de un amor no correspondido. Pese a todo, y en la línea de los grandes desequilibrados que se arrastran por las novelas del escritor ruso, Mario se siente agradecido de estos instantes de alegría que una mujer le ha dado. Tal vez el momento que mejor exprese la condición de desplazado de este soñador de tortillas sea el baile en el bar. Mastroianni está inmenso en su vertiente más bufonesca.

Pero, ya digo, el encanto de Las noches blancas es su leve aire de derrota que, no obstante, sabe convertirse en un canto al instante feliz. Visconti se acoge al tono intimista del relato y a un estilo discreto alejado de sus melodramas más corales y amplios. Las cuatro noches se construyen a través de las historias de los dos protagonistas, que se van acercando la una a la otra pero con propósitos distintos. Supongo que actualmente el personaje de Mario bien podría etiquetarse de pagafantas. Ella busca a su amigo del alma y él descubre por primera vez el amor. Más allá de la decepción y el corazón partío, las últimas líneas de la pequeña novela de Dostoievski son el agradecimiento del abandonado que, por un momento, soñó que podía ser feliz:

¡Que brille tu cielo, que sea clara y serena tu sonrisa, que Dios te bendiga por el minuto de bienaventuranza y felicidad que diste a otro corazón solitario y agradecido!

¡Dios mío! ¡Solo un momento de bienaventuranza! Pero, ¿acaso eso es poco para toda una vida humana?

Tipos duros

Las uvas de la ira (1940)

Cuando John Ford se hizo cargo de la adaptación de la célebre novela de John Steinbeck, la Gran Depresión tocaba a su fin, Estados Unidos estaba a un paso de entrar en la Segunda Guerra Mundial y la maquinaria de hacer películas en serie iba a toda vela. Ford estaba en plena forma y en sus años de admiración por los grandes demócratas. Apoyaba la política que había emprendido el presidente Roosevelt con el New Deal y a su manera de católico caritativo había contribuido a paliar algunos dramas familiares. En cualquier caso, al director le interesaba básicamente la odisea de la familia Joad más que el alegato social que subyace en la obra literaria. El propio Ford reconocía que «solo me interesaba la familia Joad como personajes. Simpatizaba con gente como los Joad y aporté mucho dinero para ellos, pero no estaba interesado en Uvas… como estudio social». Así pues, de aquella novela que Steinbeck pergeñó a partir de notas para sus reportajes de la revista Life sobre los campos de desterrados en California, queda, sobre todo, un film que ahonda en los ejes centrales de la cosmovisión del cineasta: el núcleo familiar y su solidez solidaria, el sacrificio y la lucha por la vida. Además, la tragedia de aquellos campesinos y obreros sin tierra ni trabajo le recordaba las grandes hambrunas irlandesas, de ahí que la esperanza en la fuerza del colectivo —del pueblo— sea el mensaje final del film en boca de la madre Joad (Jane Darwell).

Por su parte, Henry Fonda realizó una de sus interpretaciones más memorables. El cine es ver caminar a Henry Fonda, decía John Ford. Y esta vez Fonda fue más Fonda que nunca. Le interesaba el proyecto y entendía al personaje. Como apunta el historiador de cine Scott Eyman: «el sobrio equilibrio de Fonda es la razón por la que la película nunca cae en un marasmo de sentimentalismos, la razón por la que aún nos conmueve con una sorprendente inmediatez». El actor supo dotar al personaje de una mezcla de dignidad y frialdad, orgullo y resentimiento de exconvicto. Los claroscuros del personaje son los que mejor retratan el drama de Las uvas de la ira e impiden su caída al abismo del panfleto. El film es puro humanismo fordiano. Un canto airado a la supervivencia. No es difícil imaginar a Springsteen frente a la pantalla y componiendo The Ghost Of Tom Joad.

La carretera (2009)

La Carretera me recuerda a Las uvas de la Ira en su trasfondo más humanista. Se trata de un periplo familiar únicamente guiado por el instinto de supervivencia y la esperanza de la costa, del mar. La dureza implacable de la novela de Cormac McCarthy, su seco lirismo, la contención dramática y emocional, se mantienen en la película de John Hillcoat de una manera admirable. No era fácil. De ahí que, pese a no tratarse de una obra maestra, La carretera es un film valiente, desgarrado y conmovedor. Una historia que habla de un padre cuya única misión es mantener a su hijo fuera de peligro. Y, si llega la hora de que eso ya no sea posible, pegarle un tiro y después matarse él. Estamos en un mundo postapocalíptico en el que la falta de alimentos ha provocado que muchos de los pocos supervivientes se hayan organizado en hordas de caníbales en busca de presa fácil. Un impresionante Viggo Mortensen viaja, junto a su hijo, por el país con la esperanza de alcanzar la costa y encontrar allí algún resquicio de la civilización aparentemente extinguida. Su única misión es poderle dar a su hijo la posibilidad de una vida digna, de recompensarle su infancia rota. «Si él no es la palabra de Dios, es que Dios nunca ha hablado», justifica Mortensen el sacrificio de una odisea incierta en medio de un paisaje espectral y terrorífico. Como en Ford, McCarthy/Hillcoat hablan de la lucha por la supervivencia, de la valentía de mantenerse en pie frente a toda adversidad, de no creerse perdedor ni en la derrota. Algunas familias optan por el suicidio colectivo. De hecho, es lo que hace la mujer de Mortensen cuando se ve incapaz de criar a su hijo en un mundo que ya no es mundo sino pura pesadilla. La gran lección de este film: resistir es vencer. Y todo lo contrario.

Humor desesperado

Nuestro hombre en La Habana (1959)

Graham Greene siempre me ha resultado un tipo simpático y fascinante. Un contador de historias inmenso cuya popularidad ha sufrido altibajos y cuya consideración literaria por parte de los críticos en algunas ocasiones ha estado por debajo de su calidad narrativa. Greene no es un estilista. Es un escritor directo, sin ambages ni autocontemplaciones. Manuel Vicent le dedicó hace unos años en El País un artículo estupendo titulado Nada como el pecado. Así es, Greene era un pecador pertinaz y lleno de culpa católica. Un converso inglés. Un estrafalario magnífico. Carne flagelada de diván. Con el cine se llevó muy bien. Empezó como crítico y acabó participando en los guiones de muchas de las adaptaciones literarias de sus novelas. Con anterioridad a Nuestro hombre en la Habana, colaboró con el director Carol Reed en la escritura de El tercer hombre, una película que acabaría en novela, pues Greene la concibió inicialmente como guión novelado. Al escritor le tiraba la vida de acción, el riesgo y los prostíbulos tórridos, así que optó por ingresar en los servicios secretos británicos. A su atracción por el peligro probablemente contribuyó sus flirteos con el suicidio a modo de ruleta rusa, práctica de riesgo en la que habría incurrido al menos cuatro veces. Según cuenta Vicent, «durante el rodaje de Nuestro hombre en La Habana se lo contó a Fidel Castro. Y este le dijo: “Si el tambor era de seis balas y se disparó en la sien en cuatro ocasiones, usted está matemáticamente muerto”. Graham Greene contestó: “Yo no creo en las matemáticas”. Después de todo, el azar de su vida fue un largo suicidio, unas veces feliz y otras atormentado, que duró 86 años».

El film de Reed recrea desde la eficaz artesanía una historia basada en la chapuza y la picaresca. Un esperpento sobre el espionaje que, no obstante, se antoja mucho más realista que todos los James Bond habidos y por haber. La capacidad de Alec Guiness por lucirse (cuando era capaz de controlar su tendencia al histrionismo más acaparador) con turbios pícaros, con pobres pero simpáticos diablos, subraya el absurdo hilarante de una trama confeccionada por un vendedor de aspiradoras que se inventa una red de espionaje para vivir del cuento en La Habana prerevolucionaria. El encanto de la comedia reside en su confección de sátira revienta mitos y épicas patrioteras. A los castristas, en ese momento, les pareció muy bien un film que se descojona del funcionamiento de la inteligencia militar occidental. Ellos, en todo caso, estaban a un paso de instaurar un orden que ha superado hitos de la carcajada desesperada.

Coup de torchon (1981)

Desde sus años mozos, Bertrand Tavernier ha estado interesado por la cultura popular estadounidense. Y especialmente de su cine. Muestra de ello es el monumental 50 años de cine norteamericano, escrito al alimón con Jean-Pierre Coursodon. Como alumno aplicado de los maestros de la Nouvelle Vague (especialmente de Louis Malle, Claude Chabrol, François Truffaut y Jean-Luc Godard), Tavernier mamó del clasicismo y de los grandes géneros americanos. Apasionado de la novela negra y el jazz, su debut en la dirección fue con El relojero de Sant-Paul, según texto de George Simenon. Desde entonces su cine se ha movido por distintas inquietudes e intereses pero nunca ha dejado de recalar en turbios embarcaderos criminales. Coup de torchon no es su mejor película, qué duda cabe. Es un film extraño, pegajoso y con un cierto sopor canicular. Pero tiene personalidad, riesgo creativo y, sobre todo, responde a la mirada de un gran lector. Será que me pierden los directores que saben leer los libros que me entusiasman o que se entusiasman con los libros que valen la pena, aunque luego la película no alcance las expectativas que uno se había creado. Sea como fuere, quería acabar esta lista con una adaptación de Jim Thompson. Entre los clásicos del género negro, a Thompson le ha tocado ocupar el lugar de un Dostoievski rural. Sus novelas están plagadas de desquiciados y dementes, apocados psicópatas y pusilánimes que explotan en actos criminales. Si Stephen Frears realizó una película solvente a partir de Los timadores, y Sam Pechinpah naufragó con La huida, Tavernier dio un paso más allá y se atrevió con 1280 almas, a mi juicio la mejor novela de Thompson junto a El asesino dentro de mí (esta última adaptada, por cierto, por Michael Winterbottom).

En este caso, Philippe Noiret interpreta a un policía corrupto en un medio de inmundicia tanto física como moral. El pequeño pueblo sureño en el que trascurre la acción de la novela se trasmuta en un villoro africano de la Francia colonial. En ese contexto, una mente desquiciada como la del personaje de Noiret encuentra el hábitat perfecto para cometer toda clase de fechorías y crímenes que endosa sin pensárselo a adversarios y enemigos. Detrás de la apariencia del policía capón y alelado, se esconde un verdadero cabrón gélido y manipulador.

Thompson tuvo la capacidad de salpimentar de ironía este relato en primera persona de un psicópata al que nadie teme. Todos los contratiempos a su paso, todas las humillaciones que sufre son fríamente registradas y reparadas a su debido tiempo. Noiret, en su meliflua campechanería, da el pego en pantalla como asesino camuflado, como pelele capaz de las más viles maquinaciones siempre en provecho propio. El dato revelador es que el padre de Thompson fue un sheriff corrupto. Se entiende, entonces, el recurso del humor para narrar la historia. Eficaz antídoto, el humor. Anegado en bourbon.