Deporte español y dopaje: hasta que la muerte nos separe

Foto: Cordon.

Lo que son las cosas. Alejandro Valverde se ha proclamado campeón del mundo de ciclismo a sus treinta y ocho primaveras, nueve años después de que el Comité Olímpico Nacional Italiano asociara el ADN de Valverde, conseguido en una jornada de descanso en tierras italianas durante el Tour de Francia de 2008, con plasma conseguido durante la Operación Puerto. Es significativo que tengan que ser unos italianos, con material conseguido durante una ronda francesa, los que consigan las pruebas suficientes como para culpar a un deportista español, implicado en la que es posiblemente la mayor trama de dopaje habida en tierras españolas. Hay que puntualizar lo de «posiblemente»: es por lo menos la mayor trama de dopaje en España que se haya hecho pública, y seguramente lo seguirá siendo, porque lo de Barcelona 92 queda ya muy lejos.

Gracias al hallazgo italiano Valverde fue suspendido durante dos años, entre 2010 y 2012. Fue durante ese lapso de tiempo, concretamente el 10 de enero de 2011, cuando apareció pendiendo del techo de su domicilio el cadáver de Alberto León, colgando de una soga al cuello. Exciclista profesional, decidió sumirse en las alcantarillas del deporte de la mano de Eufemiano Fuentes. León fue imputado por tráfico de sustancias estupefacientes tanto en la Operación Puerto como en la subsiguiente Operación Galgo desde 2006. Dicho de otro modo, hacía de correo de Eufemiano, que despachó con esta displicencia las preguntas sobre León en el juicio sobre la Operación Puerto dos años después de su muerte:

Las maletas del piso de Alonso Cano eran de Alberto León. No se abrieron nunca. Ni sabía que había medicamentos. Alberto León limpiaba, llevaba cajas y las traía. Le pagábamos ciento cincuenta euros semanales.

El piso de la calle Alonso Cano al que hace referencia Eufemiano es un apartamento en el que el médico adulteraba la sangre de sus clientes para centrifugarla, enriquecerla con sustancias dopantes, y finalmente congelarla para un uso futuro. Eufemiano trabajaba, de acuerdo con sus propias declaraciones, con deportistas de toda índole: ciclistas, futbolistas, atletas, boxeadores… no había disciplina alguna que se resistiera ante las tentaciones de las artes del médico canario. Había mucho en juego en la Operación Puerto. No podía permitirse en modo alguno que alguien cantara. Y menos un desgraciado al que se le pagan ciento cincuenta euros semanales.

Mucho en juego. Como es el caso de Marta Domínguez, esa atleta cuyo mejor rendimiento vino curiosamente ya pasados los treinta años, como el ciclista con el que abríamos este artículo. Célebre fue su portada en Marca proclamando su inocencia, tan célebre como su portada en el mismo diario, apenas siete meses antes, proclamando su culpabilidad. No es de extrañar el rotundo cambio de punto de vista entre ambas portadas, conociendo la trayectoria del diario y sabiendo además que el partido político al que servía Eduardo Inda —el entonces director de Marca— es el mismo que terminó acomodando a Domínguez en sus filas. Porque así es como premia el Partido Popular a los imputados en tramas de dopaje y otros corruptos. Un puesto de senadora por Palencia y portavoz popular de Educación y Deporte en la cámara alta de la mano del único partido posible en la vieja Castilla. Hizo falta que el TAS, ya en 2015, anunciara definitivamente su dopaje, sancionándola con tres años sin competir (aunque por entonces Domínguez ya estaba por cumplir los cuarenta) y anulando sus resultados logrados entre 2009 y 2013, para que el PP no tuviera más remedio que echarla del partido, porque en la lógica de los populares es admisible ser un corrupto y un sinvergüenza, otra cosa es que te pillen.

Pongamos un claro ejemplo de esta ofuscación general en cuanto se toca el tema del dopaje, como es el caso de las alegres declaraciones de Alejandro Blanco, presidente del Comité Olímpico Español, feliz porque de los once mil controles que hizo el COE en 2012, solo el 1,2 % dieron positivo. Esto es, ciento treinta y dos positivos en solo un año detectados por el Comité —sin mencionar ya otros controles—. Y el presidente dice que esto es un muy buen dato. Así es España.

Hay mucho en juego. Como la reputación del deporte rey. En los papeles de Eufemiano Fuentes aparecen las siglas «RSOC» aludiendo a la Real Sociedad, algo corroborado por ni más ni menos que Iñaki Badiola, expresidente del club, que afirmó que el club trabajó con Fuentes llevando una contabilidad B con la que pagaban sustancias dopantes. Nada de eso ha bastado como para que siquiera se plantee la posibilidad de la existencia de una trama de dopaje en el fútbol profesional español. La única postura vislumbrable ante el dopaje futbolístico es la más rotunda negación. Y no solo por parte de los clubes o la prensa, sino por los organismos que deberían combatir el dopaje, como la Comisión Antidopaje de la Real Federación Española de Fútbol, una comisión en todo caso puramente testimonial, que cuenta con cinco miembros, todos ellos designados por el presidente de la RFEF, no fuera a ser caso que se cuele alguno que quiera hurgar donde no debe. El mismo Lance Armstrong, que de otra cosa tal vez no pero de dopaje en España sabe un rato, dejó caer que grandes clubes de fútbol influyeron en la decisión final de la Operación Puerto.

Tal es el cachondeo que Eufemiano Fuentes, al ser preguntado si la denominación «RSOC» tenía relación con la Real Sociedad, contestó apenas conteniendo la risa que a lo mejor RSOC era el nombre de un buen vino. Se ríe de nosotros porque puede, porque se lo permiten. En otros países Eufemiano no tendría licencia para ejercer la profesión médica y estaría cumpliendo condena en la cárcel. Vayamos más allá: cualquier deportista que se pusiera en contacto con él sería automáticamente sancionado en países como Francia o Alemania. Pero en España Eufemiano salió del juicio de la Operación Puerto airoso y riéndose de nosotros, sin tener que pisar la cárcel, y por supuesto cualquiera puede contactar con él o con cualquier otro camello de su calaña sin que ninguna autoridad deportiva en España mueva un dedo ni levante la más mínima sospecha.

Pero no es solo que no se castigue a los criminales. Es que tampoco se premia a los muy extraordinarios casos de implicados que se vuelven en contra del mundo de dopaje que les rodea, renunciando a su vida tal y como la conocen para denunciar las irregularidades. Es el caso de Jesús Manzano, ciclista madrileño que denunció el sistemático dopaje en el ciclismo español, aportando multitud de datos y describiendo el lamentable panorama entre los bastidores del ciclismo profesional: médicos que inyectan a los ciclistas sustancias de cualquier tipo sin que los deportistas sepan qué les están haciendo y un caos de transfusiones en el que a un ciclista se le puede inyectar sangre de un grupo incompatible, causándole de este modo hipersensibilidad tipo II, que puede llevar a trastornos e incluso a una muerte súbita. Jesús confesó que llegaron a meterle hemoglobina de origen canino, bovino o lo que fuera, con tal de oxigenar la sangre. Y dominando todo este festival politoxicómano estaba el equipo, Kelme en este caso pero con tantos iguales en el deporte, que arrinconaba a los ciclistas diciéndoles que si no quieren trucar el motor se van a ir a la calle.

Manzano aportó numerosas pruebas que demostraban la veracidad de sus palabras, e inculpaban al equipo Kelme de los años 2001, 2002 y 2003, además entregó sustancias dopantes como EPO, la hormona de crecimiento o la testosterona. Aportó documentos firmados por médicos, entre los cuales destacaba Eufemiano Fuentes, entonces camello del Kelme. Adelantó los centrifugados de sangre y su congelación que años después se destaparían en la Operación Puerto.

Podría pensarse que tras semejante testimonio, especialmente dado el volumen de pruebas aportado, el mundo del ciclismo se vendría abajo y los imputados irían en masa a la cárcel.

Pero esto sucedió en España. De modo que el juez que lo interrogó, Guillermo Jiménez, decidió no abrir una investigación formal dado que el dopaje no era un delito según la legislación española.

A cambio, lo que recibió Manzano no fue un puesto en la Agencia de Protección de la Salud en el Deporte, ni en la Comisión de la Salud y Prevención del Dopaje de la RFEC, que es lo que probablemente merecería. Lo que recibió fue el más profundo desprecio por parte del mundo del ciclismo profesional y un corte de mangas de la prensa generalista, además de numerosas amenazas de muerte.

Incluso después de la Operación Puerto, que demostró la veracidad de sus acusaciones, no ha recibido compensación alguna por parte del deporte ni disculpa por los que en su momento lo acusaron de mentiroso.

Así es como España premia a los que tratan de luchar por la justicia en el deporte.

También ha recibido varias amenazas de muerte José Luis Korta, exremero y entrenador de la Kaiku de Sestao. Destapó una trama de dopaje en el mundo del remo relacionada con, albricias, Eufemiano Fuentes y otro médico estrella, Marcos Maynar. Este Maynar fue entre otras hazañas el responsable de velar por la salud del ciclista portugués Bruno Neves, que murió en plena etapa de un paro cardiaco. Con veintiséis años de edad. En Vizcaya no llegó a matar a nadie, pero sí trabajó con el club de remo bilbaíno Urdaibai, montando un festival de la droga incluyendo EPO y enmascarantes. Cuando Maynar empezó a inyectar a los remeros en 2010, Urdaibai pasó de cosechar malos resultados a conquistar la liga y ganar la Bandera de la Concha por primera vez en su historia. Según uno de los remeros de aquel equipo, Maynar preparaba multitud de jeringuillas para cada remero que, junto a una enfermera, administraba después de los entrenamientos y antes y después de cada prueba. El doctor había sido prometido una buena cantidad de dinero si conseguía drogar a los deportistas lo suficiente como para ganar la Concha, y así fue. En 2015 fue mandado a juicio junto a los demás responsables del dopaje planificado, pero fue absuelto a pesar de las numerosas pruebas presentadas, desde sustancias dopantes hasta el testimonio protegido de uno de los remeros. Marcos Maynar no solo no ha sido sancionado si no que sigue vinculado con el deporte, actualmente como médico del club de fútbol Cacereño.

¿Y cómo castiga España a los que usan el deporte para su propio provecho delinquiendo? Cojamos por caso la trama destapada por el periodista Carlos Ribagorda, el cual se infiltró en el equipo paralímpico español de baloncesto que participó en los juegos de Sídney 2000. Ribagorda jugó en el equipo de minusválidos pese a no tener ninguna discapacidad y sin necesidad de pasar un solo control médico. De hecho, solo dos de los doce integrantes del equipo eran discapacitados. Esto no solo se limitó al baloncesto paralímpico, sino que también afectó a otras disciplinas. No es de extrañar que España consiguiera treinta y ocho medallas de oro, más que Estados Unidos. Todo esto fue llevado a cabo bajo el consentimiento y promoción de la Federación Española de Deportes para Discapacitados Intelectuales (FEDDI), cuyo amor por el deporte limpio es mucho menor que el amor por las subvenciones derivadas de los premios y el mamoneo resultante. De entre todos los procesados, solo fue condenado Fernando Martín Vicente, presidente de la FEDDI por entonces, a pagar una miserable multa de cinco mil cuatrocientos euros. Ni una sola persona del equipo de psicólogos o médicos que debían de haber hecho los controles, ni el vicepresidente, ni su delegado ni el director médico de la FEDDI, ni cualquier otro de los que dieron el beneplácito para que semejante cerdada se llevara a cabo, ha sido condenado en modo alguno.

Pero ahí está el cadáver de Alberto León, colgando de su piso en El Escorial, que sirve de testimonio mudo de una realidad que más tarde o más temprano va a tener que salir a la luz pública, a pesar de los amparos jurídico, gubernamental, periodístico y —lo que es peor— deportivo de los que está gozando el dopaje en España.

La prensa ha tratado por todos los medios de echar arena sobre el cadáver de Alberto León. Sirva como ejemplo de la desesperación con que esto se llevó a cabo un artículo en el ABC del 11 de enero de 2011, firmado por José Carlos J. Carabias, en el que el autor se saca varias declaraciones cuanto menos sospechosas, sin citar jamás fuente alguna, como que Jesús era de «temperamento frágil y quebradizo según cuentan las personas que han convivido con él». De las cuales sabemos nada, por supuesto. Culmina su lamentable artículo con un bombazo que «no sorprendió a antiguos conocidos», siendo este que «ya había pensado más de una vez en el suicidio».

— Buenas, Alberto, cuánto tiempo, ¿qué tal todo?

— Pse, tirando, aunque he pensado más de una vez en el suicidio últimamente.

El típico comentario que uno suelta como quien no quiere la cosa. Diálogo de ascensor.

Jesús Manzano fue amenazado de muerte por destapar algo que no era entonces delito. ¿Qué no podría haberse hecho con Alberto León cuando el dopaje sí pasó a ser considerado una actividad delictiva? Un tipo que lo sabe todo de la trama, que tiene mucho que perder pero poco que ganar —y por ciento cincuenta euros semanales dudo que estuviera eternamente agradecido a la organización criminal que lo empleaba—.

Esa es la pregunta que permanece en el aire y que nunca encontrará respuesta. Porque la deslumbrante ilusión importa más que la asquerosa realidad, cuando el éxito de Valverde y la muerte de León no son sino dos caras de la misma moneda, la cara y la cruz de la Operación Puerto.


«The Program»: el único tipo que no aplaudía

The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films / Vértigo.
The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films.

El periodista David Walsh se equivocó el día que conoció a Lance Armstrong. «¿Le ves futuro en el ciclismo?», le preguntó un colega de profesión. Walsh contestó con uno de esos noes vestidos de punto final.

También se equivocó el médico y preparador Michele Ferrari. «Has nacido para perder» le escupió a Armstrong en uno de sus primeros encuentros.

La medida exacta de ambas equivocaciones ya la conocen: ganó siete Tours de Francia y pedaleó desde la gloria deportiva hasta la celebridad, trascendiendo el deporte como icono de superación. Las recaudaciones de fondos, la lucha contra el cáncer, la consensuada hagiografía del tejano heptacampeón… Pero esto es 2016 y ahora también conocen la trampa: la confesión ante Oprah, la revelación del impostor, el imperio de amenazas y fraude levantados para sostener la mentira amarilla. El cambio de bando de la equivocación.

Walsh y Ferrari tenían razón. El segundo —la historia más conocida— hizo por contradecirse a sí mismo y refutar su premisa, construyendo un vencedor gracias a la química. Fue parte capital en la trama de dopaje, el genio de la EPO, las transfusiones y los millones en Suiza. Ferrari es uno de los vértices de la historia del Armstrong, considerado por USADA como el «inspirador oculto». Walsh es el otro. El tipo que no aplaudía en las ruedas de prensa, una presencia que es sencillo pasar por alto.

Pero sin ninguna de estas dos equivocaciones se explica nada de lo ocurrido durante los trece años en los que el maillot amarillo vistió el torso equivocado.

Esto lo supo el británico Stephen Frears bien pronto. Cuando recibió el proyecto para dirigir un filme sobre la caída en desgracia de Armstrong, al director de La reina o Alta Fidelidad la idea le provocó una infinita pereza. El cineasta no tenía el ciclismo como sujeto cinematográfico, y los Tours no le remitían a nada más que a cabezadas estivales. A ello se sumaba la pegajosa sensación de que todo estaba contado ya. Tras su largamente esperada confesión, el caso Armstrong derivó en una catarata lógica de documentales, literatura y reportajes que desentrañaban los detalles del programa de dopaje más profesionalizado y exitoso —de momento— de la historia del deporte. Un estruendo que acabó mutando en ruido blanco.

Frears cambió de opinión cuando llegó a sus manos Seven Deadly Sins: My Pursuit of Lance Armstrong, el libro de David Walsh. En él, el periodista relata la frenética lucha personal y profesional que duró la larga década en la que Armstrong era un prodigio médico invencible, y él, poco menos que un loco que pretendía empañar sus triunfos. El de Walsh era un nombre desconocido para los neófitos y distinguido solo a medias por el aficionado común. Frears entendió que había que hacer orbitar el relato en torno a estas dos grandes equivocaciones, y puso al frente del guion a John Hodge (Trainspotting) para rodar The Program.

La mentira y la tortura

«Mi resolución para este año nuevo es contarles la historia de un gran tramposo». Así terminaba la última columna que Walsh escribió para The Sunday Times en el año 2000. Aún quedaban doce años para que la estafa de Lance saliera a la luz de los focos. La profética sentencia del periodista resume en cierto modo el leit motiv de la película, con la que es fácil equivocarse también. Porque lo que se antoja como un (otro) biopic sobre Lance Armstrong o una exploración de la mística del embustero, se asemeja más al thriller que indaga en los aspectos más oscuros de la trama en general, sin escarbar en la biografía de Armstrong.

El líder de mirada líquida que interpreta Ben Foster no es un héroe ni un villano, sino un magnífico y narcisista impostor. La cinta arranca con el primer encuentro mantenido con David Walsh (a quien da vida Chris O’Dowd), cuando Armstrong no tenía ninguna posibilidad de rozar el podio del Tour. A partir de ahí reconstruye la historia de ese joven que, frustrado, conduce hasta una farmacia suiza para comprar por primera vez —legalmente y por litros— eritropoyetina. Y entonces empieza la mentira (de Armstrong).

The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films.
The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films.

The Program satisface la curiosidad a las preguntas más superficiales de todo el embrollo. ¿Cómo comienza el tejano a doparse? ¿Antes o después del cáncer? ¿Quién le facilita las sustancias? ¿Cómo es posible que ningún análisis detectase nada? ¿De qué manera se burlaban los controles? ¿Quiénes estaban al tanto del embuste? Pero ni esas, ni el provocativo método de Foster para emular a su personaje —el actor siguió la escuela de interpretación de Viggo Mortensen, y se inyectó EPO para sentir cómo modificaba eso la fortaleza de su pedaleo— son lo verdaderamente relevante. Tampoco el misterio de por qué el Alberto Contador de la película habla con un perfecto acento francés.

La pregunta que palpita durante todo el metraje es mucho más sencilla. ¿De verdad nadie sospechaba nada? ¿Imperó la ley del silencio?

Si le preguntan a David Walsh, responderá que no y que sí, respectivamente. Probablemente él no fue el primero en poner en cuestión de los logros de Armstrong, pero desde luego fue el primero en manifestarlos. Inicialmente, entre los colegas de profesión, a los que alertaba de cómo Lance frenaba en las curvas, escrutando las grabaciones de las carreras en las que nadie parecía ver lo mismo que él: «Así que es intocable porque tuvo un puto cáncer», restalla. Después, a sus propios jefes de The Sunday Times, a quienes presentó los primeros testimonios (los de Betsy Andreu, esposa del ciclista Frankie Andreu o con la masajista Emma O’Reilly) que refrendaban sus sospechas. Porque, con los análisis de sangre y orina contradiciéndole, lo de Walsh solo eran indicios, no pruebas. «Yo soy Lance Armstrong y él es un jodido don nadie» resume Foster en una de las escenas.

Aun así, el periódico permitió al periodista publicar el fruto de sus investigaciones. Y entonces empezó la tortura (de Walsh).

El ciclista demandó a The Sunday Times en 2004 por las informaciones del reportero, en la que se detallaba las visitas al médico Ferrari, ya por entonces relacionado con la administración de EPO. Sus informaciones se sustanciaban en testimonios, pero tanto daba. Walsh perdió y el periódico tuvo que pagar un millón de libras a Armstrong, entre costes del proceso e indemnización. Aquello no satisfizo al campeón. Necesitaba ver caer a quien había osado cuestionar su limpieza, emborronar su gesta.

Walsh se convirtió en una más de las víctimas de Armstrong, a las que acosaba, amedrentaba y amenazaba sin disimulo para que no revelasen la verdadera intrahistoria de jeringuillas y transfusiones. A los del pelotón les mantuvo a raya. También al resto de empleados y colaboradores. Sobornó a competidores. Y con Walsh hizo lo que pudo, que no fue poco. En la película se recrea esa soledad podrida a la que el periodista se vio abocado, después de que el equipo del norteamericano instara al resto de la prensa a marginarlo, so pena de quedar fuera de la cobertura de los Tours. Una de las escenas más impactantes del metraje quizá sea esa en la que Walsh se queda fuera de la comitiva, abandonado por sus propios compañeros en mitad de Francia. Castigado por hacer las preguntas —que ahora sabemos— adecuadas. «¿No te parece raro que nos den la sopa en un abrevadero?», les suplicaba, en vano.

Intentó rendirse, por supuesto. Asistió a decenas de ruedas de prensa de Armstrong, que celebraban los títulos o resoluciones favorables de la USADA, manteniendo el tipo mientras sentía la compasión de todos en la nuca. Los periodistas enrojecían sus manos, aplaudiendo al mito que lideraba la recaudación de fondos para la lucha contra el cáncer. Y Walsh aguantaba, con la mirada al frente y las manos sobre el teclado, quién sabe si masticando aquella frase de Lincoln sobre el engaño colectivo. O repitiéndose en que ninguna omertá ha sido imperecedera.

Pero, ¿qué fue lo más extraño de todo? ¿La perniciosa imagen de salas de periodistas convertidos en forofos? No. Que después de pagar un millón de libras, de escuchar cómo su trabajador era humillado, y de ver reducida su credibilidad, The Sunday Times no aceptó la dimisión de Walsh. Muy al contrario, le conminó a seguir haciendo preguntas durante una década más, con una fe ciega en su instinto.

The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films.
The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films.

Porque de eso, y no de otra cosa, versa The Program. No del ciclismo, no de impostores y tramposos. Ni de vencedores, de maillots o de héroes caídos en desgracia. No de deportistas aupados como héroes morales colectivos. La historia de Armstrong nos provee de muchísimas conclusiones válidas, pero todas confluyen en una: que la manera más fácil de sumarse al pelotón de los cobardes es decir «ya sabes cómo van las cosas» cuando alguien hace notar que algo no encaja.

Stephen Frears comprendió a la perfección que cine y ciclismo comparten algo más que una sílaba inicial. En ambas, se le pedía al espectador una suspensión de la incredulidad. Pensar que lo que estaba viendo era real, que las piernas de Armstrong podían moverse a esas velocidades sin ningún apoyo externo. Que sus gestas eran posibles a pesar de su complicadísimo historial médico. Que Pantani, Ullrich, Virenque o las redadas del Tour de Francia no habían tenido lugar. El aficionado tenía que confiar en que todo lo que contaban de la limpieza del deporte y de los análisis negativos era cierto.

A David Walsh le tocó el papel de recordarle al mundo que en el deporte no deben regir las leyes de la ficción, que todo lo visto en los tiempos gloriosos del estadounidense no era más que un artificio muy lejano a los valores de la competición. Que todo era mentira.

Cuando Lance Armstrong se sentó ante Oprah Winfrey, esta le preguntó explícitamente por Walsh. «¿Se disculpará con él?», le inquirió. El ciclista prometió hacerlo. Dijo que se lo debía y que le llamaría. Por su parte, The Sunday Times recuperó su dinero cuando Armstrong se convirtió en lo que Walsh siempre había sospechado.

La ficción, ahora, es esa llamada de perdón, que David Walsh no ha recibido y dice que tampoco espera. Ahora, es a él a quien aplauden.

Puedes ver el tráiler de The Program aquí.

The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films.
The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films.


Danilo Di Luca o el dopaje después de Lance Armstrong

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

En el penúltimo capítulo de Bestie da vittoria —la autobiografía del exciclista Danilo di Luca, campeón del Giro de Italia de 2007 entre muchas otras carreras—, Alessandro Spezialetti, su fiel gregario durante años y años, le echa en cara que haya dado positivo por segunda vez en su carrera, condenándole a una sanción de por vida. La conversación va como sigue:

Él me dice: «Qué chorrada». Después, se lanza al ataque: «Según tú, es normal meterte una microdosis (de EPO) a las doce de la noche y abrirles a los del control antidoping a la mañana siguiente… ¿Para qué haces eso?» Se está calentando…

Le contesto: «Si todos beben no puedes no beber porque eres el primero que se muere de sed».

Eso no le para: «No me vengas con tonterías. Sé perfectamente cómo funciona el ambiente. Te estoy preguntando por qué “esa” microdosis». Se levanta y empieza a dar vueltas por la habitación. «Se te habían vuelto a abrir las puertas del mundo, de la vida… Estabas a punto de entrar de nuevo en el World Tour». Parece un animal enjaulado. «Me pongo enfermo cuando lo pienso, no soporto verte fuera de nuestro mundo».

Le interrumpo: «Pero, ¿qué mundo, Spe? ¿Qué mundo? Nuestro ciclismo está muerto y enterrado. Cuando nosotros empezamos, el Giro era humano, los primeros cien kilómetros se hacían a treinta o treinta y cinco por hora y charlábamos, nos reíamos, nos parábamos a tomar un helado, luego íbamos a tope en los últimos ochenta kilómetros y ahí se disputaba la carrera de verdad. Ahora tienes que ir a rastras como un animal durante veinte días, a doscientos cincuenta kilómetros el día. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se hace sin recurrir a medicamentos?

El libro es interesante a muchos niveles y los repasaremos, pero este diálogo es brutal… porque se produce en 2013. Casi todo lo que habíamos leído antes sobre arrepentidos, condenas, dopajes de equipo, necesidad de «hacer el trabajo» en el sentido más mafioso de la expresión… venía de antes de Armstrong o, como mucho, de la Operación Puerto. Años 2005-2006. De hecho, no hay autobiografía que valga más que la propia investigación de la USADA con sus más de mil páginas de llamadas, cobros, confesiones, etc.

Lo sorprendente del llamado «caso Armstrong» es que se cerrara con su primera retirada en 2005. Nadie quiso investigar qué había pasado después, cuando volvió en 2009 junto a los mismos sospechosos habituales: Bruyneel, José Martí y el añadido de Vinokourov, un hombre con su propio historial de dopaje en el Telekom y en otros equipos. De hecho, Astana fue el equipo en el que Alberto Contador dio positivo en el Tour de 2010 y el que acumuló casos y casos de dopaje en 2014 tras su exhibición en el Tour de Francia que ganó el italiano Vincenzo Nibali.

No solo eso, en el mismo 2013 le hizo una jugosa oferta a Di Luca, ya a los treinta y siete años, para que se uniera al equipo. El positivo paró toda la operación. El otro interesado era el Katusha. Lo mejor de cada casa.

Armstrong y el US Postal hicieron de dique como lo hizo en su momento el escándalo de Festina del Tour de 1998. La promesa de la redención, del deporte nuevo, del deporte limpio. Cuando se habla de dopaje en ciclismo siempre hay dos tótems que no se tocan: uno, ya lo hemos dicho, los años posteriores a la Operación Puerto. El otro, los primeros noventa, los años triunfantes de Miguel Indurain… como si la EPO se hubiera popularizado en 1995 y las autotransfusiones hubieran desaparecido misteriosamente cuando la guardia civil entró en la consulta del doctor Eufemiano Fuentes.

Di Luca nos dice que no. Que al revés. Que su ciclismo —justo el que va entre Indurain y Armstrong, el de las macrodosis de EPO, la hormona de crecimiento, la testosterona, la cocaína, las anfetaminas, incluso la insulina en determinados casos…— era humano y que ya ni con eso se sentía capaz de competir en 2013. Las medias de velocidad, año tras año, le dan la razón. La escasez de controles positivos viene a desmentirle: desde el positivo de Contador en 2010 y su sanción en el Giro de 2011, no ha vuelto a haber un escándalo de grandes proporciones. Ningún ganador de una gran vuelta ha sido desposeído a posteriori de su título e incluso los conspiranoicos han tenido que recurrir al «dopaje mecánico» —los famosos motores ocultos en las bicicletas— ante la falta de novedades en el convencional.

Los riesgos de una muerte prematura

He iniciado el artículo con ese diálogo porque me parece lo más original del libro. Lo que abre una puerta a investigar qué demonios estaban tomando los Di Luca de turno en esos años oscuros del «ciclismo a pan y agua». Vendrán más libros y sabremos más cosas. De momento, lo de siempre, silencio absoluto, y al que diga algo, piedras e indignación.

Sin embargo, el libro es mucho más. Es la historia de un gran campeón que no reniega del dopaje ni en sus primeros años. Normalmente, todos los arrepentidos quieren salvar algo de su carrera, algún triunfo de juventud, algo de lo que se sienten especialmente orgullosos y que prefieren mantener al margen de su historial farmacológico. No así Di Luca. Di Luca no solo está orgulloso de doparse con casi cuarenta años —«era mi trabajo»— sino que reconoce que lo hacía de neoprofesional y que incluso antes de entrar en profesionales ya sabía que había que pasar por eso, y estaba bien dispuesto porque no quería que le ocurriera lo que a otros tantos prodigios juveniles: que de repente el asno de turno se convirtiera en purasangre y le dejara a él atrás.

No, Di Luca habla del dopaje como una parte más de su carrera, inseparable de la misma. Parte todo el rato de la tesis de que «todos los demás lo hacían» aunque es cierto que no da ni un solo nombre ni aporta ninguna prueba. Eso es de chivatos y si no lo hizo ante el CONI cuando se lo pidieron para rebajar la sanción, menos lo va a hacer en un libro de divulgación. Incluso se regodea en su saber casi farmacéutico. Mientras Hamilton o Landis o Gaumont o incluso el tibísimo Millar daban la lista de fármacos como una condena, Di Luca la da como si fuera la lista de la compra, con una naturalidad asombrosa.

Es más, farda de ello ante las autoridades. Se deleita al ver que los expertos se miran con cara de «¿cómo puede saber este tío para qué sirve cada fármaco, cuánto tiempo tarda en eliminarse de la sangre, cuánto de la orina, qué efectos secundarios tiene…?». Tampoco rehuye las consecuencias. Di Luca, como Manzano, intuye que va a morir joven. O que tiene muchas posibilidades. Admite que sin adrenalina no puede vivir, que sin competición no es nadie y que el precio a pagar es ese: una enfermedad degenerativa, un cáncer, un infarto a los cuarenta años (a menudo, desgraciadamente, antes).

Y no solo eso, creo que también por primera vez en este tipo de libros, habla de un tema clave: el efecto que el dopaje tiene en la vida ordinaria de los ciclistas. No solo durante sus años de competición sino después, cuando lo dejan, cuando se convierten definitivamente en muñecos rotos.

Pantani y el Chava Jiménez, ¿la punta del iceberg?

En una reciente entrevista al diario El Mundo, el propio Di Luca afirmaba —y el periodista aprovechó para titular— que «Pantani y el Chava se pasaron con la coca». Sí, eso es obvio. Sobre Pantani se pueden urdir las tramas de conspiración que se quieran, pero sus últimos días de autodestrucción siguen siendo dramáticos. La admiración de Di Luca por «il Pirata» es enorme. «Pantani, con todos dopados, era el número uno; Pantani, con todos limpios, habría sido el número uno también». No es cierto, pero bueno. Cuando lo importante es la farmacia, la diferencia la marca el farmacéutico y no todos pueden tener el mismo.

En cualquier caso, sobre Pantani y el Chava se ha hablado mucho y son dos ejemplos muy potentes pero que ocultan otros casos menos espectaculares: cuando te acostumbras a que una inyección lo solucione todo, a que si estás bajo de forma te puedas meter esta pastilla o esta otra, a atiborrarte de somníferos cuando necesitas dormir pero estás aún bajo los efectos de la cocaína o las anfetas… es casi imposible que no acabes sufriendo algún tipo de adicción.

Di Luca dice que no es su caso. Puede que no lo sea, pero habla desde una proximidad alarmante. Debe de ser el caso, por tanto, de muchos de sus compañeros. Necesitas la competición, necesitas la adrenalina y necesitas las sustancias que te hacen disfrutar de todo eso al máximo. Cuando se acaba la bicicleta, la vida sigue y hay que buscar formas de recuperar las sensaciones perdidas.

La idea del ciclista como un yonqui es injusta, por supuesto. Estoy seguro de que muchos ciclistas compiten limpios —no solo el apestado Christophe Bassons— e incluso los que se dopan no tienen por qué convertirse inmediatamente en unos toxicómanos en su vida diaria. Sin embargo, no deja de ser un problema al que atender. Convendría ver la cantidad de ciclistas que efectivamente han muerto a los cuarenta, a los cincuenta, a los sesenta… Quizá no por consecuencia directa del dopaje sino por los hábitos de vida a los que el dopaje invita.

De ahí la importancia del tema, de ahí que cada seis meses más o menos les vuelva a dar la tabarra con esto de la EPO o la hormona o la autotransfusión: porque no es solo un problema deportivo, es un problema social. Es un problema que hay que investigar, que hay que tratar y que hay que erradicar caiga el ídolo que caiga. Di Luca, en ese sentido, lo tiene claro: «El dopaje acabaría en el momento en el que las farmacéuticas pusieran sustancias detectables en sus productos», es decir, lo que normalmente se llama «trazas».

«Ahora, a veces las ponen y a veces, no, por eso a veces te pillan y otras no y no hay manera de explicárselo». Sí, puede que al final el problema sea ese: no solo la enorme ambición del deportista, no solo la falta absoluta de escrúpulos de los que le rodean —directores técnicos, médicos, cuidadores…— sino de las propias mafias que se encargan de repartir esos productos. Un negocio que nadie tiene interés en poner fin.

A Di Luca le costó como mínimo una carrera y un divorcio. Él tiende a querer dar pena con ese rollo de «nos tratan como a criminales» pero en ningún momento reniega de su condición de criminal, sobre todo en un país como Italia en el que el dopaje, desde principios de siglo, es un delito. Le echa algo de morro, vaya. Habrá quien piense que sí, que tiene razón, que todo el mundo se dopa todo el rato y que si lo hacían en 2013, ahora mucho más. Habrá quien diga que era una oveja negra, que si ganó cosas fue precisamente por ir hasta arriba y que no merece más consideración.

La verdad, probablemente, esté en un punto medio. Lo interesante sería que alguien se pusiera a investigar y a buscarlo.


El sorprendente caso de Quimera

Quimera de Arezzo. Fotografía: Alex Berger (CC).
Quimera de Arezzo. Fotografía: Alex Berger (CC).

En la mitología griega, quimera (Χίμαιρα) significa «animal fabuloso» y era un ser feroz que vagaba por las regiones de Asia Menor aterrorizando a las gentes y devorando sus rebaños. Era un monstruo híbrido del que hay descripciones diferentes, la más común dice que tenía la cabeza de un león, el cuerpo de una cabra y la cola de serpiente o de dragón. A veces tenía también alas o escupía fuego por la boca pero siempre era un mal fario y, si no fuera suficiente con los estragos que causaba por su cuenta, solía ser avistada antes de naufragios, tormentas y erupciones volcánicas. Afortunadamente, el héroe Belerofonte montado en Pegaso acabó con ella metiéndole una flecha con plomo por la garganta que, al derretirse por su fuego bucal, obstruyó sus vías respiratorias y la asfixió.

Lydia Fairchild aprendió sobre las quimeras muy a su pesar. Esta mujer estaba embarazada de su tercer hijo cuando ella y su marido, Jamie Townsend, se separaron. Cuando ella le reclamó una pensión alimenticia en 2002 para sus hijos, Townsend pidió una prueba de ADN que demostrara que era el padre. Los resultados de los test confirmaron que sin duda él era el padre de los dos muchachos, pero indicaban también algo sorprendente: que ella no era la madre. Inmediatamente el juez tomó cartas en el asunto y acusó a la Sra. Fairchild de buscar beneficios usando a los hijos de otra persona o de participar en un engaño usando falsos embarazos o madres de alquiler. Aunque las historias clínicas de sus visitas al hospital recogían las revisiones ginecológicas durante los embarazos, no fueron tenidas en cuenta. La fiscalía pidió que la custodia de sus dos hijos mayores pasase a los servicios sociales y el juez ordenó que un testigo independiente estuviera presente cuando diera a luz al tercer niño y cogiera en ese momento muestras de sangre del bebé y de la madre. Dos semanas después del parto los test de ADN indicaban algo aún más sorprendente: que tampoco era la madre de ese niño al que había dado a luz bajo vigilancia judicial.

En 1998, Karen Keegan, una mujer de cincuenta y dos años, fue a ver a su médico, la Dra. Margot Kruskall, con su vida patas arriba. Necesitaba un trasplante de riñón y sus familiares más cercanos se habían hecho pruebas para ver si había algún donante compatible. Los test de ADN mostraban que su marido era sin duda el padre de sus tres hijos pero ella no era la madre de dos de ellos. Las primeras posibilidades pensadas fueron un error en los test, que rápidamente fueron repetidos y los resultados confirmados, o algo aún más aterrador cuando tus hijos son mayores: que fueron cambiados en el hospital por el hijo de otra mujer. Sin embargo, la probabilidad de que eso sucediera dos veces en la misma familia parecía ínfima. Pero es que además los muchachos eran hijos de su marido, con lo que ya la pobre mujer no sabía qué pensar. Los médicos examinaron otros tejidos, incluyendo folículos pilosos, células epiteliales del interior de la boca e incluso analizaron muestras archivadas de pequeñas operaciones quirúrgicas anteriores pero nada parecía encajar. Kruskall envió los datos a varios colegas y las explicaciones planteadas fueron pintorescas: uno propuso que Keegan había tenido un tratamiento de fertilidad a escondidas con una donante de óvulos; otro proponía que ella y su marido habían pactado con una hermana de ella que tuviera hijos con esperma de él y ahora les hacían pasar por suyos. El matrimonio negaba con rotundidad todas estas conspiraciones y los médicos, que conocían bien a la paciente, no creían en esas explicaciones retorcidas, pero había un problema básico, el ADN de ella no encajaba con el ADN de sus dos hijos.

Finalmente, los médicos encontraron la explicación: Karen Keegan era un quimera. En biología, una quimera es un organismo que presenta células procedentes de dos o más zigotos; es también por tanto una mezcla, un ser híbrido procedente de al menos dos seres. Una quimera es el resultado normal de una transfusión de sangre o de un trasplante de órgano, pero también puede producirse de forma congénita, por ejemplo por la fertilización de dos óvulos por dos espermatozoides y la agregación de los dos cuando son zigotos o blastocistos. El resultado es un organismo aparentemente normal pero constituido por células mezcladas que varían en su genética, una mezcla. Las quimeras parecen ser especialmente abundantes en los tratamientos contra la infertilidad.

En la mayoría de los casos, una persona quimérica puede vivir toda la vida sin saberlo ya que las diferencias pueden ser muy sutiles —ojos de diferente tono o tener más vello en un lado del cuerpo que en otro—, o ni siquiera eso y no mostrarían ninguna diferencia observable. No obstante, si los dos zigotos son de diferentes sexos y las proporciones entre las dos líneas se mantienen equilibradas, cosa que muchas veces no es así, pueden producirse anomalías en los órganos sexuales o cambios en la pigmentación de la piel.

ADN. Fotografía: MIKI Yoshihito (CC).
ADN. Fotografía: MIKI Yoshihito (CC).

En el caso de Keegan parte de sus células tenían unos genes y otras tenían otros. Todas sus células sanguíneas eran de la misma línea celular pero en otros tejidos había dos líneas mezcladas. La explicación es que en realidad su cuerpo era un híbrido de dos hermanas gemelas, concebidas simultáneamente pero que se habían fusionado muy pronto en el útero y se habían desarrollado y crecido como un solo organismo.

Uno de los miembros de la fiscalía en el juicio de Lydia Fairchild se enteró del caso de Keegan y se lo comunicó al abogado defensor de esta. Inmediatamente invitaron a los investigadores de Boston a que estudiaran su caso y tras las pruebas necesarias y los análisis de ADN vieron que esa era también la explicación, ella era también una quimera. Fairchild era la madre pero sus hijos provenían de óvulos de uno de los gemelos iniciales y su sangre o el epitelio bucal, lo que usaban para el análisis genético, del otro, y por eso no coincidían. Aquello fue un golpe al uso jurídico de las técnicas de ADN que se consideraban de una fiabilidad del 100% y son de amplio uso en los juzgados. «¡El ADN no miente!». De hecho, rompía con uno de los principios milenarios del derecho romano, «Mater semper certa est» («la madre siempre es segura»), algo que las técnicas de fertilización ya habían complicado pues ahora podía una mujer ser la donante del óvulo, otra la propietaria del útero donde se había desarrollado y una tercera la que había planificado y pagado todos los procedimientos y era la destinataria final del niño.

Lo más llamativo es que el quimerismo podría ser muy abundante, aunque no lo sepamos. Las quimeras al parecer no son raras sino que raramente se descubren.  Sin contar con que la gran mayoría o quizá todos llevamos mezclada entre las nuestras alguna célula de nuestra madre, se calcula que una de cada ocho concepciones son gemelares, dos espermatozoides se fusionan con dos óvulos, pero el número de gemelos que nacen es mucho menor por lo que mucha gente llevaría incorporado a su gemelo en las células de su cuerpo sin tener ni idea. Además, la proporción de las células en el organismo adulto no tiene por qué ser 50%-50%, sino que en muchos casos una de las dos líneas domina sobre la otra. Un estudio holandés decidió hacer una prueba sencilla: buscar células masculinas fáciles de identificar por la presencia del cromosoma Y— en el organismo de mujeres que no hubiesen tenido un trasplante. Los resultados fueron sorprendentemente altos: en veintitrés mujeres estudiadas se encontraron células masculinas quiméricas en los riñones de trece, en los hígados de diez y en los corazones de cuatro.

No sabemos qué hacen estas células, pero aun así es un tema importante. El quimerismo podría ser un factor a considerar en las transfusiones de sangre o en los trasplantes para evitar riesgos. Es posible que en algunos momentos pueda ser la causa de las enfermedades autoinmunes, cuando el cuerpo ataca a parte de sus células como si fueran extrañas, o que pueda ser un factor que determine el éxito o el rechazo de un trasplante. También puede causar problemas al fusionarse dos programas celulares diferentes en un organismo único y podría estar implicada en algunas asimetrías cerebrales, defectos en el tubo neural, defectos congénitos de corazón o en los paladares hendidos. Otra hipótesis planteada es que las células madre fetales presentes en la médula ósea podrían servir como una reserva a largo plazo de células jóvenes, útiles para reparar órganos dañados e incluso ser la explicación a una de esas incógnitas importantes que no hemos conseguido desvelar: ¿por qué las mujeres viven más que los hombres?

El quimerismo ha llegado a las dos grandes pasiones de las últimas décadas: la televisión y el deporte. En CSI hay un episodio donde Grissom y sus chicos consiguen en el último momento evitar que un violador escape impune cuando se dan cuenta de que es una quimera y que por eso no encaja el ADN de su boca con el del semen encontrado en la víctima. En House, un muchacho que cree haber sido abducido por extraterrestres tiene que enfrentase a algo más mundano y realista: es una quimera con distintas líneas celulares en su organismo. El quimerismo aparece en novelas, películas, series de manga e incluso en juegos para ordenador.

Tyler Hamilton en el Tour de Francia de 2003. Fotografía: Corbis.
Tyler Hamilton en el Tour de Francia de 2003. Fotografía: Corbis.

Con respecto al deporte, en un control antidopaje fuera de temporada se encontró que Tyler Hamilton, un ciclista norteamericano que había ganado la medalla de oro olímpica en la contrarreloj individual en Atenas 2004 y compañero de Lance Armstrong durante los Tours de 1999, 2000 y 2001, presentaba pruebas de transfusión sanguínea, un método básico de aumentar el transporte de oxígeno y que está prohibido por la legislación deportiva. Desgraciadamente, la muestra sanguínea de reserva había sido congelada por la oficina antidopaje griega, por lo que ya no era fiable, y el Comité Olímpico Internacional le permitió quedarse la medalla a pesar de las protestas de los rusos de que la medalla correspondía al medalla de plata Viatcheslav Ekimov. Sin embargo, Hamilton corrió la Vuelta a España de 2004 y los laboratorios antidopaje detectaron de nuevo poblaciones mezcladas en su sangre, y la agencia antidopaje americana le acusó de juego sucio. Hamilton se defendió diciendo que era una quimera, pero encargaron un estudio a Ross Brown, un científico australiano que analizó las muestras del ciclista concluyendo que no era cierto: si fuera una quimera no tendría sentido que Hamilton mostrase unas veces células mezcladas y otras no. Las células transfundidas desaparecen al cabo de un tiempo, por lo que todo encajaba con haber hecho trampas. Los jueces del tribunal antidopaje le condenaron, en una votación 2:1, con una prohibición para correr durante dos años, la máxima condena para un primer positivo. Mientras los científicos discutían las posibilidades de un quimerismo, con algún investigador de su parte, y sugerían que habría que analizar a su madre y a otros familiares, El País publicó que Hamilton había pagado a Eufemiano Fuentes por las transfusiones de sangre según se desvelaba en la Operación Puerto. En 2009 Hamilton volvió a dar positivo, en este caso por esteroides, y fue condenado a ocho años de suspensión, lo que fue la fea manera de terminar su carrera. En 2012 publicó un libro titulado The Secret Race donde admitía que él era el cliente 4142 en los documentos de Fuentes, lo que fue la palada de tierra final en la tumba de su supuesto quimerismo.

Para leer más:

Ainsworth C. (2003) «The Stranger Within». New Scientist 180 (2421): 34-37.

K. Koopmans M., Kremer Hovinga I. C., Baelde H. J., Fernandes R. J., de Heer E., Bruijn J. A., Bajema I. M. (2005) «Chimerism in kidneys, livers and hearts of normal women: implications for transplantation studies». Am J Transplant 5: 1495–1502.

Wolinsky H (2007) «A mythical beast. Increased attention highlights the hidden wonders of chimeras». EMBO Rep 8(3): 212–214.


El dopaje en el tenis, más allá de Sharapova y las insinuaciones sobre Nadal

Maria Sharapova. Foto: Cordon Press.
Maria Sharapova. Foto: Cordon Press.

Para quien no lo conozca, Paul Kimmage es un exciclista irlandés de finales de los ochenta, reconvertido al periodismo desde el mismo día en que colgó la bicicleta. Como corredor no destacó demasiado, más allá de hacer de gregario puntual para su compatriota Stephen Roche. Como periodista ha dedicado su vida a la lucha contra el dopaje, con las consecuencias que eso suele conllevar: incomprensión, insultos, demandas y la condición de paria durante muchos años, prácticamente hasta que Lance Armstrong se vio obligado a reconocer la estructura de dopaje masivo del US Postal, exonerando así a los Walsh, Kimmage y compañía que llevaban años denunciando sus mentiras.

Aparte, Kimmage escribió, nada más retirarse, un libro llamado Rough ride, que se puede considerar el pionero a la hora de hablar desde dentro de asuntos de dopaje. No era gran cosa. Visto veinticinco años después, es difícil comprender cómo pudo causar tanto escándalo en su momento. Por supuesto, se habla de anfetaminas, de cocaína, de dopaje de primera y de segunda… Pero al lado del libro de Tyler Hamilton, por ejemplo, aquello se queda en nada.

En ocasiones Kimmage exagera, es poco riguroso. Él parte de la premisa de que el éxito en el deporte profesional solo se puede conseguir recurriendo a sustancias prohibidas y siguiendo su lógica prácticamente todo el mundo es culpable o cuando menos encubridor. Es una mentalidad peligrosa, por supuesto. Yo mismo estoy dispuesto a admitir que la gran mayoría de mis ídolos se han dopado o se dopan, pero tengo cuidado de reconocer que no sé exactamente quién sí y quién no, que no es poca cosa.

Sin embargo, su temeridad le convierte en una buena punta de lanza para quienes quieran seguir investigando más tarde. Por ejemplo, aprovechando el positivo de Maria Sharapova curiosamente anunciado por la tenista antes que por el órgano sancionador— Kimmage ha aprovechado para rescatar en el diario irlandés The Independent una conversación que tuvo con Andre Agassi con motivo de la promoción de su autobiografía Open, esa en la que confiesa que dio positivo por cristal, que efectivamente lo había consumido poco antes de una competición y que la ATP no solo decidió no sancionarle al entender que no lo había hecho para aumentar su rendimiento, sino que decidió ocultar el caso hasta que el propio Agassi lo hiciera público.

Es una entrevista fascinante, porque Agassi tuvo el valor de escribir lo que ninguna estrella escribiría sobre sí mismo y Kimmage está dispuesto a cualquier cosa menos a dejarlo ahí y darle una palmadita en la espalda. En cuanto al uso «recreativo» de determinadas drogas, el periodista lo deja claro: «Yo he tomado anfetaminas para competir y créeme que mi rendimiento mejoraba mucho». Agassi esquiva esa bola con un razonamiento algo débil, que vendría a decir: «En el tenis, un deporte de resistencia, pero también de concentración, este tipo de drogas acaban perjudicando tu juego mucho más que beneficiándolo». Es una excusa que en fútbol también se utiliza a menudo.

La cosa no queda ahí: Kimmage no tiene problemas en preguntarle por su relación con el preparador físico de Las Vegas, Gil Reyes, y por el tratamiento físico al que se sometió a partir de su crisis de 1997. ¿Seguro que no hubo dopaje? ¿Recurres a «los mejores médicos y los mejores tratamientos» y ninguno te recomienda EPO o autotransfusiones o nada de lo que se está haciendo en otros deportes? La respuesta de Agassi, por supuesto, es no, y para un ciclista es difícil de creer, claro… Pero puede ser verdad, al menos en el caso de Agassi, concedámosle el beneficio de la duda.

Y es que el problema en el deporte profesional, y desde luego en el tenis, es precisamente la duda. El hecho de que nadie haga nada por atender los rumores, investigar en serio y separar la paja del trigo. Algo parecido a lo que tampoco está sucediendo con los casos de amaños de partidos. El artículo de Kimmage, dentro de su teatralidad habitual pero probablemente necesaria, se titula «El tenis podría darle lecciones de omertà a la mafia», y en buena parte tiene razón: nadie sabe nada, nadie ha visto nada, de vez en cuando algunos piden más controles y otros dicen que ya está bien, que así es imposible poder concentrarse en los entrenamientos.

Y, sin embargo, el sentido común, y determinados hechos, nos invitan a pensar que algo hay aunque no sepamos el qué.

El peligroso ridículo de Roselyne Bachelot

Roselyne Bachelot. Foto: Cordon Press.
Roselyne Bachelot. Foto: Cordon Press.

Ese «dar palos de ciego» es lo que ha llevado a la exministra de deporte francesa, Roselyne Bachelot, a cometer un error imperdonable, acusando sin pruebas al tenista español Rafa Nadal. Les aviso de antemano de que yo soy muy poco patriotero y que, insisto, observo la limpieza del deporte profesional en todos los sentidos desde una tremenda suspicacia. Por supuesto, ya había oído las declaraciones de Yannick Noah en 2011, cuando su hijo perdió el Eurobasket contra Gasol y compañía, había leído las de Köllerer y sobre todo la famosa entrevista con Christophe Rochus en la que decía claramente que la lesión de Nadal de 2012 había sido una sanción encubierta.

Ahora bien, aquello no dejaba de ser un rumor sin base alguna. ¿La ATP «recomienda» a jugadores que se retiren unos meses de la competición mientras se estudia un caso suyo de posible dopaje? Sí, lo hace, incluso con jugadores top y lo comprobaremos más tarde cuando afrontemos el «caso Cilic» en Wimbledon 2013. ¿Quiere decir eso que cualquier lesión, especialmente cualquier lesión larga, es tapadera de un caso de dopaje? Eso es ridículo. En ese caso, Juan Martín del Potro debe de ser el deportista más dopado del mundo, porque lleva cinco años sin levantar cabeza. Y así, tantos ejemplos que vienen a la memoria.

El problema es, ya digo, el silencio. Este modo de actuar que hace que cualquiera esté al amparo de los «rumores» sin más información que el «quelqu´un m´a dit», por decirlo a la francesa. Nadal va a querellarse contra Bachelot, o así lo ha manifestado públicamente en Indian Wells, y hace bien: así podremos saber en sede judicial de dónde salen esas insinuaciones y qué base tienen si es que tienen alguna.

Otra cosa es seguir negando la mayor: en una entrevista publicada en estas mismas páginas, Toni Nadal, tío y entrenador de Rafa, se mostraba convencido de que en el tenis apenas había dopaje, y comparaba su deporte con el ciclismo, donde los casos abundaban. Eso fue un golpe bajo innecesario. Si en el ciclismo se destapan constantemente casos de dopaje es porque se lo toman en serio. Sí, a la fuerza ahorcan, pero no se puede negar que es el deporte con mayor vigilancia sobre sus profesionales, tanto por parte de las autoridades como de la prensa.

Al tenis, en cambio, lo controlan pocos, y parece muy complicado que, compartiendo en ocasiones incluso los mismos médicos y sabiendo que las sustancias están ahí, a menudo indetectables, absolutamente nadie las utilice. Cuando Kimmage le pregunta eso a Agassi en la citada entrevista, Agassi se limita a apelar al honor: «Nunca se me ocurriría porque aunque no me pillaran sería hacer trampas». Eso lo hemos oído demasiadas veces en demasiadas bocas corruptas, así que mejor vayamos a los datos, a la lógica. Si hay una sustancia nueva, mejora tu rendimiento, es indetectable en un control antidopaje o directamente no está en la lista porque las autoridades ni la conocen, como es el caso del meldonio que Maria Sharapova llevaba diez años tomando, es muy probable que alguien la tome. Si son cinco, diez, cincuenta o cien, y cuáles son sus nombres y apellidos es lo que no lo sabemos. Bueno es que se sepa cuanto antes y no nos basemos en supuestos códigos de honor.

Porque lo triste es que hay casos de sobra como para tomarse la cuestión en serio. Muy en serio. Y siguen sin hacerlo. Solo las manos a la cabeza cuando algún caso se confirma o la indignación —comprensible cuando se da un nombre al azar.

Del escándalo de del Moral al cuarto secreto de Serena Williams

Mis problemas con el tenis profesional vienen de lejos, pero se han incentivado en los últimos años con la proliferación de casos digamos que extraños y que la prensa ha dejado pasar de largo. Es un clásico de la industria del deporte: los órganos reguladores a menudo son federaciones u organizaciones que se lucran con la presencia de las grandes estrellas, con lo que serían los primeros perjudicados en caso de que estas estrellas tuvieran que apartarse meses o años de la competición. Lo mismo pasa con los periodistas. Los hay que se matan por averiguar la verdad y los hay que, una vez han conseguido elevar a la categoría de ídolo a alguien, probablemente haciéndose su amigo en el camino, tienen muy complicado ponerse ahora a investigar lados oscuros.

Aparte, no olvidemos: o tienes los cabos muy atados o te expones a una demanda millonaria, como le pasó a David Walsh con Lance Armstrong. Tuvo que pagarla en su momento por su libro L. A. Confidential y a su vez el texano se la tuvo que devolver cuando admitió que todo lo que se contaba en ese libro y que Walsh no había podido demostrar ante el juez era verdad.

Vamos, en cualquier caso, con algunas de estas situaciones anómalas y que cada uno las juzgue como estime oportuno, más que nada para que nadie piense que todo esto del dopaje en el tenis empezó en enero de 2016 cuando a Sharapova se le olvidó leer su correspondencia un email, según ella; cinco, según la ITF y la AMA sino que viene de bastante atrás.

1) En su autobiografía, Tyler Hamilton definía al doctor Luis García del Moral como la clase de médico que entra en una habitación y antes de que te des cuenta tienes una aguja puesta en el brazo. En la investigación posterior de la USADA se señala a del Moral como pieza clave de la «mayor trama de dopaje de la historia» y se le sanciona de por vida, sanción que ha hecho extensiva la AMA. El propio Toni Nadal, en la citada entrevista con Jot Down, afirmaba que Lance Armstrong era un tramposo y «que lo sabíamos todos».

Del Moral era el médico de Armstrong, o lo fue en el período 1999-2003 al menos. Bien, ¿qué hizo exactamente del Moral como encargado médico de la academia TennisVal durante el período de 2006 a 2012?, ¿cuáles eran sus tratamientos médicos?, ¿aparte de Sara Errani, sorprendente finalista de Roland Garros que siempre dijo de él que «era el mejor médico deportivo que conocía», qué otros jugadores colaboraron con él?, ¿hay investigaciones llevándose a cabo para verificar que esos jugadores no han estado sometidos a tratamientos irregulares como sí lo estuvieron los clientes ciclistas de del Moral?

2) ¿Cuál es exactamente la «ayuda sustancial» que dio Wayne Odesnik a la ATP y la ITF que justificó en su momento la reducción de su sanción de dos años a uno? Hay que recordar que la sanción a Odesnik no era exactamente por dopaje sino por tráfico de sustancias dopantes: el amigo se presentó en el Open de Australia de 2010 con un cargamento de hormona del crecimiento que hacía complicado pensar que se tratara de dosis para él solo. ¿Quiénes eran, pues, sus clientes? ¿Es esa la información que dio a las autoridades y por la cual logró competir de nuevo durante cinco años hasta que en marzo de 2015 diera de nuevo positivo y fuera sancionado con quince años de inactividad? ¿Por qué el jugador siempre ha negado haber colaborado con nadie y menos en ese sentido?

3) Odesnik aparece también en los papeles de la investigación que la Agencia Federal llevó a cabo en Miami y determinados gimnasios de Florida entre 2010 y 2014 con la intención de acabar con el tráfico de esteroides, anabolizantes, hormona del crecimiento y otras sustancias dopantes relacionadas especialmente con el béisbol. La investigación estuvo a punto de llevarse por delante la carrera de Alex Rodríguez, entre otros, una de las más grandes estrellas de los New York Yankees y del deporte. ¿Sabía algo la ATP de lo que estaba pasando en Miami, del papel de Odesnik en todo eso y por qué determinados deportistas trasladaron su lugar de entrenamiento a esa ciudad con éxito inmediato?

4) El torneo de Wimbledon de 2013 fue de los más raros que se recuerdan: de hecho, fue el que más retiradas tuvo en toda la historia, al menos desde que existe la Era Open (1968). A las pocas semanas, supimos que uno de los retirados por lesión, Marin Cilic, uno de los cabezas de serie en el torneo, no estaba lesionado sino que se le había recomendado apartarse por tener un asunto de dopaje pendiente desde el torneo de Munich en abril. Cilic estuvo en el limbo jurídico durante dos meses más, hasta que en septiembre de ese mismo año se decretó una sanción de nueve meses, que después el TAS redujo a cuatro, permitiendo al croata volver antes al circuito, recuperar puntos y un año después ganar el US Open. Ahora bien, la duda sigue: ¿por qué permitió la organización de Wimbledon que Cilic enmascarara su positivo con una supuesta lesión?

5) El de Cilic no es el único caso de sanción encubierta que pasa por lesión mientras vemos qué hacemos contigo. Ya hemos mencionado el caso de Agassi, y aunque ahí puedo creer que su intención no era doparse para mejorar rendimiento, desde luego es un indicio de cómo se toma la ATP la lucha contra el dopaje, de manera casi tan seria como cuando Richard Gasquet dio positivo por cocaína y la excusa «es que besé a una chica que había esnifado coca poco antes» se dio por buena. El caso se convirtió en una sucesión de pruebas y contrapruebas y al final, el TAS consideró que no había indicios suficientes para pensar que había tratado de mejorar su rendimiento. Gasquet mencionó un supuesto estudio de ADN que confirmaba que su organismo estaba limpio de cocaína: ahora bien, la cocaína de alguna manera tuvo que entrar en su organismo por mucho que luego desapareciera.

Cuando Kimmage pregunta a Agassi por este caso, el estadounidense, con algunas evasivas, viene a afirmar que a Gasquet se le dejó pasar ese positivo porque estaba en un mal momento y lo mejor era ayudarle a salir adelante. Otro caso menos conocido pero igual de escandaloso es el de Fernando Romboli, jugador que dio positivo en verano de 2012, se retiró de las canchas durante varios meses y solo en mayo de 2013, la ATP informó de que esa retirada se debía a una sanción por dopaje (furosemida) que el jugador había aceptado voluntariamente mientras se incoaba el expediente. Como la sanción era de ocho meses y medio, se le consideraba ya apto para competir de nuevo.

6) Viktor Troicki, jugador irregular pero que llegó a estar en el Top 20 y fue campeón de la Copa Davis con Serbia junto a Novak Djokovic, fue sancionado con dieciocho meses que luego se redujeron también a un año por negarse a dar una muestra de sangre en un control durante el torneo de Montecarlo en abril de 2013. Negarse a dar una muestra de sangre es motivo de sanción según el Código Antidopaje de la AMA, pero el propio Djokovic salió a defender a su amigo, como Nadal hiciera en su momento con Gasquet.

El problema de nuevo es que Troicki no es el primero en negarse a pasar un control antidopaje: en octubre de 2011, la tenista Serena Williams hizo algo parecido cuando unos inspectores se plantaron en su casa. La reacción de la estadounidense fue encerrarse en la llamada panic room y llamar a la policía, como si fueran ladrones que venían a asaltarla. A lo que se ve, no debe de ser fácil distinguir a un médico acreditado que hace su trabajo de un ladrón. Serena Williams escapó sin sanción. ¿Por qué se tratan los dos casos de distinta manera?, ¿a qué se debe el escaso número de análisis de sangre fuera de competición cuando sabemos por otros deportes que los tramposos suelen utilizar los períodos de entrenamiento para doparse más que las propias competiciones?, ¿es verdad, como dijo entonces Novak Djokovic, que el número uno del mundo llevaba meses sin pasar un análisis de sangre fuera de competición?, ¿cuáles son los criterios para estos análisis?

7) Entre 2001 y 2005, hasta cinco tenistas argentinos —Juan Ignacio Chela, Guillermo Coria, Martín Rodríguez, Mariano Puerta (dos veces) y Mariano Hood— dieron positivo, por estimulantes, nandrolona o esteroides, aunque sus sanciones, excepto en el caso de Puerta por reincidencia, fueron testimoniales y en el caso de Rodríguez no pasó de una multa. La tendencia a principios del siglo a usar esteroides y derivados, como se puede ver en el caso Odesnik, parece fuera de toda duda. No parece que la ITF ni la ATP se lo hayan tomado demasiado en serio ni hayan establecido un posible patrón de dopaje colectivo. Después de volver de su sanción, tanto Coria como Puerta fueron finalistas de Roland Garros. De hecho, a este último le detectaron su segundo positivo en la final de 2005 ante Rafa Nadal.

8) Por último, la ATP anunció la implantación del pasaporte biológico para la temporada 2013. Es una medida que yo creo que ha funcionado bastante bien en ciclismo. No es una panacea, no elimina a los tramposos, es fácilmente alterable por buenos médicos… Pero supone una importante criba. Lo que no sabemos seguro es si está funcionando de hecho o no. Las noticias son confusas. Algunos medios dicen que se empezó el mismo 2013, otros que a partir de septiembre de 2014 y desde entonces apenas hay referencia alguna al proyecto. Todos queremos suponer que, efectivamente, se está haciendo el seguimiento debido para configurar dicho pasaporte y que la ausencia de novedades se debe simplemente a que, para establecer patrones y alteraciones, hace falta esperar al menos unos años.

Serena Williams. Foto: Cordon Press.
Serena Williams. Foto: Cordon Press.

Sin paja, no hay trigo

Algo parecido a lo que hace Kimmage en el ciclismo y allí donde tiene oportunidad lo intenta hacer el administrador de la página Tennis Has a Steroid Problem, conocido en Twitter como @Tehaspe. Lo que pasa es que, partiendo de una misma base —el famoso «todos se dopan», no se preocupa demasiado en investigar antes de acusar. Quizá porque no puede o quizá porque prefiere limitarse a levantar sospechas para que otros lo hagan, de momento sin éxito alguno.

Es un ejemplo de lo que no se debe hacer desde el anonimato y que ya es directamente intolerable cuando eres exministra de deportes. Con todo, en un mundo que, como dice Kimmage, ha hecho del silencio en torno al dopaje y los amaños un modo de vida, no viene mal que de vez en cuando alguien dé el aviso. La sombra del meldonium se ha extendido por el circuito e igual que hace un par de meses todo el mundo era sospechoso de haber amañado un partido, ahora llueven los nombres de posibles consumidores.

No sería tan grave si dejaron de tomarlo antes de enero de 2016, cuando pasó a ser una sustancia dopante, pero obviamente el caso de Sharapova deja dudas: si el medicamento era tan bueno y facilitaba tanto la recuperación, ¿es posible que solo una tenista lo supiera y el resto no? En los últimos años hemos asistido a una longevidad sin precedentes entre los mejores jugadores del circuito. Puede ser talento, falta de competencia de las generaciones posteriores o simplemente una cuestión farmacéutica, que, insisto, no tiene por qué ser ilegal.

En cualquier caso, haría bien el mundo del tenis en tomárselo en serio y para tomarse las cosas en serio conviene no distraer la atención, es decir, no lanzar acusaciones sin fundamento y enredarse en el «te denuncio o no te denuncio», «es una ofensa o no es una ofensa». Trabajar duro para acabar o al menos mitigar la lacra y conocer exactamente el alcance del problema. Aquí están algunas de las pistas a seguir para entender el problema. No hace falta dar nombres y apellidos porque si de verdad es algo estructural los nombres y apellidos son lo de menos.

Confiemos en que no lo sea. La gente necesita héroes y tiene un aguante muy limitado para las decepciones. En un momento en el que se supone que el tenis vive una época de esplendor, con Djokovic, Federer, Nadal y Murray compitiendo al más alto nivel desde hace ya casi diez años, lo cierto es que este tipo de revelaciones no dejan el deporte en buen lugar. Eso puede parecer algo horrible pero en realidad es una noticia excelente porque detectar el mal es un paso irrenunciable si uno quiere apartarlo del cesto.

Otra cosa es que quieran. Sinceramente, eso es algo que solo descubriremos con el tiempo.


Cómo acabar de una vez por todas con las preguntas sobre dopaje

Lance Armstrong en una rueda de prensa. Foto: Paul Coster (CC)
Lance Armstrong en una rueda de prensa. Foto: Paul Coster (CC)

¿Se puede ganar el Tour de Francia o la Vuelta a España limpio?

Sí, con la condición de que ninguno de los otros corredores se dope. Sabemos que solamente el uso de EPO aumenta el rendimiento a largo plazo en torno al diez por ciento, aunque es difícil ser exacto al respecto. Vamos a atenernos al reportaje de la televisión francesa France 2 en el que ocho deportistas, algunos de ellos de una edad relativamente avanzada, consumían una mezcla de testosterona y EPO con transfusión de sangre enriquecida de por medio, es decir, el método habitual de los noventa en adelante en las pruebas de fondo de ciclismo o atletismo. Fue solo un mes y la mejora media fue de un seis por ciento.

Puede que un seis por ciento de mejora no parezca mucho, pero en una gran vuelta por etapas es una barbaridad. Chris Froome ganó el último Tour empleando ochenta y cuatro horas, casi ochenta y cinco. Un seis por ciento de ochenta y cuatro horas, por redondear, sería más de cuatro horas y media. Si el que va dopado corre cuatro horas y media más rápido que el que va limpio es absolutamente imposible que alguien le gane. Hablamos de deportistas profesionales, por supuesto. El último clasificado de este mismo Tour acabó a menos de cinco horas, en el filo del tiempo de ventaja del tratamiento de France 2. Si damos por hecho que ninguno de los demás se dopó, solo con un mes de trampas limitadas, Sebastian Chavanel habría ganado la prueba.

Si no les pillan, será que no se dopan…

Ese es el «adagio» que se repite en todos los deportes. «Doparse es dar positivo en un control». Sin embargo, la historia está llena de trampas que llegan hasta la década pasada, cuando a Tyler Hamilton le recomendaban manchar su propia orina con unos polvos que imposibilitaban la detección posterior de sustancia alguna. Desconozco si ese método sigue vigente porque nadie ha vuelto a escribir un libro al respecto, supongo que habrá que esperar otros diez años.

En cualquier caso, los medios de detección llegan hasta donde llegan. Un atleta no puede dar positivo por una sustancia que está prohibida pero que en la práctica es indetectable. Sucedió en los noventa con la EPO: había gente que estaba poniendo en riesgo su propia salud con tal de atiborrarse de más EPO pero la sustancia no aparecía en ningún control. Varios doctores llegaron a lo más alto con una adecuada combinación de este elemento que facilita la oxigenación de la sangre y por tanto la recuperación y el control del cansancio. Podríamos citar a los sospechosos habituales: Fuentes, Ferrari, Cecchini… pero ninguno como el doctor Conconi, venido también del atletismo, y al que le encargaron el test de detección de la sustancia, lo que aprovechó para dopar sistemáticamente a varios corredores del Carrera sin que nadie se enterara.

Desde la propia Agencia de Protección de la Salud, la antigua Agencia Antidopaje española, el mensaje es desolador: «Los tramposos siempre van uno o dos años por delante, es imposible pillarlos». El objetivo de la agencia es que nadie haga un Riccardo Riccó y acabe en un hospital al borde de la muerte por meterse cualquier porquería comprada por internet. Los controles llegan tarde, esto es así, más que nada porque la trampa mueve mucho más dinero y tecnología que la vigilancia. En realidad, lo raro es que pillen a alguien. Que pillaran a cuatro del Astana el año pasado ya fue el colmo de la torpeza o el exceso.

¿Y el pasaporte biológico?

Otra de las conclusiones del citado reportaje de France 2 era que ese dopaje mantenido durante cinco semanas no alteraba los valores del pasaporte biológico, no hacía saltar ninguna alarma. Para que eso suceda tienes que ir realmente hasta arriba, como en los locos noventa. Con un poco de precaución, limitando el período de carga a unas pocas semanas y utilizando después microdosis para mantener, no deberías tener ningún problema para presentar un pasaporte biológico en orden.

Ahora bien, eso no quiere decir que el pasaporte biológico no sirva para nada: es un excelente detector de tramposos compulsivos. Los moderados pueden seguir a lo suyo pero al menos la sensación de impunidad, de barra libre, ha terminado. Toda la literatura y las investigaciones judiciales o deportivas acerca de los años noventa, llegando hasta la primera retirada de Lance Armstrong, apuntan a un mundo donde la trampa era generalizada y completamente fuera del sentido común. A eso le llamaban, como dice Christophe Bassons en su libro, faire le metier, algo así como «hacer tu trabajo», sin más.

Estoy convencido de que al menos esa etapa ha quedado atrás.

Y si todos se dopan, ¿no sería el mismo resultado, qué más da?

Mucha gente cree que el dopaje consiste en Panoramix sirviendo poción mágica a los deportistas, pero obviamente es más complejo que todo eso. En el fondo es química, o farmacología, como prefieran, mezclada con unos conocimientos fisiológicos avanzadísimos. Hablamos de gente que cobra cientos de miles de euros al año por sus servicios, gente que sabe qué darle a cada uno y que sabe cómo hacer que no dé positivo. Desde la misma AEPSAD se deslizó en su momento la teoría de que, al menos en los tiempos de la Operación Puerto, las carreras las decidían los médicos… y no solo las carreras, también a quién le pillaban y a quién no, según hubiera renovado con el equipo o tuviera pensado abandonar al médico en cuestión…

En cualquier caso, dejemos una cosa clara: si usted o yo nos dopamos con lo mismo que Armstrong no ganamos siete Tours. En la primera pregunta se ha establecido un límite generoso de unas cinco horas. Para llegar a cinco horas del mejor ciclista del mundo en un Tour de Francia hay que ser un deportista fuera de serie. Cuando los ciclistas o los atletas o los nadadores nos dicen lo duro que es su deporte, la cantidad de horas que le dedican y el sufrimiento que eso supone hay que creérselo letra por letra. El dopaje no sirve de nada sin un trabajo extenuante detrás. Lo complementa, sin más, da ese cinco-diez por ciento extra, pero el resto lo tienes que tener tú.

La metáfora con el wrestling es recurrente y peyorativa. Yo mismo la he utilizado varias veces porque me da la sensación de que a menudo el deporte profesional no es más que un derivado del entretenimiento donde demasiadas veces todo vale. Sin embargo, el wrestling es la leche. Para ser un luchador de wrestling tienes que controlar movimientos increíbles, tener una agilidad impropia de alguien que mide dos metros y pesa casi ciento cincuenta kilos y conseguir tener una insólita capacidad de resistencia, de lucha y de comunicación con el público durante combates que pueden durar casi una hora. Una coreografía perfecta donde cualquier truco mal hecho se notaría demasiado. Todos van hasta arriba de esteroides, sí, pero no todos pueden llegar a lo más alto solo por los esteroides.

¿Por qué tanta gente se atreve a acusar sin pruebas?

Creo que el concepto de «sin pruebas» es tramposo. ¿Qué es una prueba? ¿Un positivo en un control antidopaje? Ya hemos visto que a menudo eso es imposible. ¿Una alteración en el pasaporte biológico? Los márgenes son demasiado amplios y las pequeñas variaciones apenas llaman la atención. ¿Una cámara oculta en una habitación? Sería inconcebible.

Queda, por tanto, la confesión, solo que la confesión siempre llega tarde. «El arrepentimiento es un sentimiento tardío», que decían en una película argentina. De repente, llega alguien atormentado o sin un duro o enfadado con su patrón y confiesa. Lo hemos visto mil veces en las películas de mafiosos. Su única prueba es su testimonio, pero si ese testimonio se repite por veinte y la FDA o la USADA se ocupan de reunirlos e investigar, nos encontramos con el caso Armstrong, o, mejor dicho, el caso US Postal.

El problema con el caso US Postal es que ha eclipsado a los demás: ha eclipsado las investigaciones de Friburgo respecto al Telekom, las de la universidad de Ferrara y el dopaje en el Carrera, las de la fiscalía holandesa y el equipo Rabobank, las de las autoridades danesas y el CSC de Riis… Cuando todos ellos dominaban las carreras en las que participaban y saltaban dudas la respuesta siempre era la misma: «Estás acusando sin pruebas», pero eso no era del todo cierto, porque hay una prueba que está a la altura de cualquier análisis de laboratorio: el rendimiento.

Es tan obvio como esto: un ciudadano cualquiera, con unos ingresos declarados de, pongamos, veinticinco mil euros anuales, presume en su ciudad comprando constantemente coches de lujo y chalets en zonas reservadas. Un comportamiento así obviamente llamaría la atención de cualquier inspector de Hacienda. ¿Hay «pruebas» de que ese señor tiene ingresos ilegales? Claro que las hay: el chalet y los coches. Del mismo modo, si alguien que sabemos que se beneficiaba de ese 5cinco-diez por ciento extra que da el dopaje tardaba cincuenta minutos en subir determinado puerto, cuando alguien supuestamente limpio lo hace en el mismo tiempo o muy aproximado es normal que surjan dudas. Si lo hace más rápido, para mí resulta directamente increíble.

Puedo aceptar la teoría del «fenómeno», el «extraterrestre»; ese fuera de serie que, incluso limpio, puede ir más rápido que el mejor de los dopados. No me creo que haya cinco o seis fueras de serie en una misma generación y mucho menos que dos o tres de ellos pertenezcan al mismo equipo.

¿Las mejoras técnicas de los últimos años no justifican una mejora también de rendimiento?

Esa es la teoría del equipo Sky, que Movistar presumió de haber imitado en su presentación de 2012. Lo que se llaman marginal gains o «ganancias marginales», pequeñas ventajas de preparación que marcan la diferencia en carrera. Sin embargo, cuando entramos en los detalles, todo es muy confuso: Indurain ya tenía un dietista en los ochenta, Kelme tenía cuatro o cinco médicos cuando estalló la Operación Puerto y equipos como el US Postal o el Telekom o el propio Banesto contaban con fisiólogos de primer nivel y con interpretación de datos.

El doctor Ferrari lleva haciendo pruebas en ese sentido casi veinte años y es imposible que fuera el único.

No hay una evidencia clara de que las mejoras técnicas y de preparación hagan que un corredor que no podía ni meterse entre los cien primeros en pequeñas carreras de 2011 de repente se convierta en un doble ganador del Tour de Francia. La explicación estará en otro lado y puede ser perfectamente legal… pero no en hacer rodillo después de las etapas. Las confesiones acerca de Armstrong datan la última etapa de oro del dopaje en 2005. La Operación Puerto la lleva a 2006. Ha pasado demasiado poco tiempo y algunos de los corredores siguen en activo. Es difícil pensar que consiguen los mismos tiempos que entonces porque hay un preparador subiendo los datos a un Excel.

¿Qué hay del motor en las bicicletas?

Antoine Vayer, el mítico fisiólogo del Festina de Virenque entre otros, aseguró en Le Monde recientemente que si el equipo de Froome era analizado al detalle, el británico no volvería a ganar un Tour de Francia. Me pareció una acusación gratuita, por mucho que aquel vídeo pareciera demostrar que Froome es capaz de pasar de trescientos a setecientos vatios de potencia sin apenas acelerar su ritmo cardíaco. Sinceramente, me cuesta creer que haya gente con motores en sus bicicletas sin que nadie se entere. Sé que Greg LeMond ha asegurado que se están utilizando, sé que hay bicicletas con esa tecnología y sé que la UCI está investigando a ver si encuentra algo, pero me parece tan descarado que sería imposible hacerlo pasar desapercibido. Otra cosa es que los demás equipos estén más preocupados en imitarlo que en denunciarlo, eso ya no lo puedo saber.

¿Tiene que ver el dopaje con que los ciclistas sean cada vez más longevos?

No lo sé. En principio, no veo una relación al respecto. El ciclismo es un deporte que invita a la longevidad, como muchos de los deportes de fondo y no de esfuerzo explosivo. Sí es verdad que los casos que se nos vienen a la cabeza de ciclistas longevos en el pasado siempre fueron grandes campeones a lo largo de su carrera: Poulidor, Zoetemelk, Bartali… a mí no me extraña que un tío como Valverde, que ganaba carreras con veintitrés años las siga ganando con treinta y cinco. Me puede levantar dudas de otro tipo, pero no me extraña. Sí me extraña que gente que no conseguía resultados con veinticinco años, incluso con treinta, los esté consiguiendo pasados los treinta y cinco o incluso los cuarenta como en el caso de Chris Horner. Pero me extraña, punto, no sabría hilar una relación entre ese rendimiento y el dopaje.

¿El dopaje es solo un problema del ciclismo?

No, el atletismo está mucho peor. O igual de mal, cuando menos. Y es imposible pensar que si hay unas herramientas y unos médicos que conocen y usan esas herramientas para mejorar el rendimiento atlético en un porcentaje tan alto, estas solo se utilicen en dos disciplinas, que además mueven relativamente poco dinero. Insulta a la lógica pensar que solo hay tramposos en el ciclismo y que presupuestos de cientos de millones de euros se dejan al azar de la competición. Sabemos que hay determinadas sustancias que te permiten correr más, durante más tiempo y llegar más frescos al último minuto de un partido de fútbol, baloncesto, tenis… es imposible que nadie en esos deportes las haya tenido en consideración, sobre todo teniendo en cuenta que incluso en el deporte donde más se controla a los atletas, que es el ciclismo, es casi imposible que te pillen.

¿Por qué los medios no denuncian más casos y no hablan de esos otros deportes?

Antoine Vayer lo hace. No conozco a su abogado pero debe de ser un tipo aguerrido. Le Monde publicó un artículo sobre la relación entre el Real Madrid y el Barcelona entre otros con el doctor Fuentes, con palabras del propio Fuentes, pero en juicio el doctor se desdijo y tuvieron que pagar no sé cuántos millones de euros. Sin ir más lejos, David Walsh, periodista de The Sunday Times, le tuvo que pagar en su momento un millón de dólares a Lance Armstrong por acusarle «sin pruebas» en su libro L.A. Confidential. Ese millón de dólares ya está de vuelta en las arcas del periódico, pero, ¿qué periodista y qué medio de comunicación se atreverían a investigar ahí, a meter la nariz, a sacar lo podrido? No todo el mundo es Roberto Saviano y cuando hay una gran industria al margen de la ley, sabes que te vas a enfrentar a muchas amenazas, muchos sustos y muchas desgracias. Todo para que al final el testigo clave diga que te lo has inventado y acabes tú en la cárcel o pagando una multa impagable. No merece la pena.

¿Tiene que ver el que los propios medios vivan de esa gran mentira?

No ayuda. Como tampoco ayuda que las competencias de control del dopaje en la mayoría de los deportes estén controladas de facto por los organizadores de las competiciones, que quieren ídolos y no escándalos. A mí me pasa. De repente un día me apetece hablar sobre Chiappucci, sobre la historia que viví como adolescente con Chiappucci, la «versión oficial». ¿Cómo escribo sobre eso sin hablar de Conconi, de Ferrari, de Cecchini, de Fuentes…? Participando de la fantasía, supongo, como si tuviera que revivir un combate entre Hulk Hogan y el Último Guerrero o algo así. Hay quien tiene que hacerlo todos los días: escribir cada noche una crónica sobre la etapa o el partido del día anterior cuando probablemente sabe más de lo que escribe pero no puede demostrarlo. Es muy jodido. La edad de oro del deporte español ha dado trabajo a mucha gente como la está dando la del deporte británico ahora mismo. Luchar contra la ola es complicado, mucho mejor dejarte llevar y cerrar los ojos.


Sígueme si puedes: hazañas y miserias en el Tour de Francia

El fogoso Ferdi Kübler, durante una de sus escaladas suicidas, recibe los pasionales ánimos de su mujer (foto: DP)
El fogoso Ferdi Kübler, durante una de sus escaladas suicidas, recibe los pasionales ánimos de su mujer (foto: DP)

«Sígueme si puedes». ¿Acaso no se reduce el ciclismo a eso? A pedalear más y mejor que tu adversario, sea subiendo, bajando, en una contrarreloj o en un frenético sprint. Sígueme si puedes, le dijo Luis Ocaña a José Manuel Fuente después de que este le hubiera estado atacando una y otra vez hasta que sus piernas comenzaron a desfallecer. Y es que, de todos los deportes donde se participa por equipos, ninguno es tan solitario como el ciclismo. Cuando los músculos dejan de responder, los pulmones se empequeñecen, el corazón parece a punto de estallar y restan por recorrer cincuenta, cien o más kilómetros, ningún compañero podrá librarte de esa delicada agonía que es desfallecer en una competición ciclista. El secreto de la victoria según Henri Desgrange, fundador del Tour de Francia, sigue siendo el mismo hoy como ayer: tête et jambes, o lo que es lo mismo, cabeza y piernas. No basta solo con buenos músculos y un corazón a prueba de bombas; la cabeza del campeón ciclista, más allá de su capacidad para leer la carrera o planear estrategias, más allá de una alta capacidad de recuperación, ha de ser más fuerte que las piernas, porque cuando estas comiencen a ceder, lo único que puede seguir dándole la victoria al corredor es la habilidad mental para sobreponerse a la agonía y el sufrimiento. Así lo resumió Miguel Indurain: «He llegado muy lejos en el dolor».

Y es que la épica del ciclismo se ha construido sobre la miseria, el agotamiento, el calvario, la sed, el calor sofocante y el frío impenitente. Sobre desfallecimientos, heridas, músculos desgarrados, huesos rotos e incluso algunas muertes. Y por encima de todo sobre la capacidad de los corredores para sobreponerse a todo ello. Esa épica no se encuentra solo en el Tour. De hecho muchos entendidos y aficionados prefieren antes la absurdamente dura clásica de un día París-Roubaix, o el usualmente más competitivo Giro. Pero con el Tour pasa un poco como con Hollywood: podrá haber mejor cine en otras partes, pero el glamour y la leyenda de su nombre no tienen parangón. La ronda gala es tan famosa que una derrota puede llegar a encumbrarte tanto como una victoria. A Laurent Fignon, por ejemplo, la gente le preguntaba más por el Tour que perdió en 1989 que por los dos que ganó en 1983 y 1984. Y es que en el ciclismo las lágrimas y los segundos puestos son a veces más aplaudidos que las sonrisas y las victorias. Es una de las razones que hacen especial a este deporte y a la gran ronda francesa. Creo que el propio Fignon lo resumió bastante bien en su autobiografía Éramos jovenes e inconscientes: «El Tour de Francia es un microcosmos que crea y exhibe personajes tan desmesurados como el evento en sí».

Lo que leerán a continuación es un repaso a la historia del Tour mediante ciertos momentos escogidos, algunos de los más gloriosos, y también algunos de los más penosos.

Ganaré el Tour, si antes no me asesinan

Maurice Garin, vencedor del primer Tour de la historia, no pronunció esas palabras en vano. La edición inaugural del Tour había suscitado un increíble interés por parte de los medios y había exacerbado los ánimos de los entusiastas seguidores del ciclismo. En una carrera repleta de participantes franceses las rivalidades provincianas hicieron acto de presencia de una manera inusitada durante su segunda edición en 1904. Apenas había echado a rodar la ronda cuando esta estuvo a punto de perecer a causa de su propio éxito. Ya en la primera etapa un grupo de corredores, entre los que se encontraba Garin, fueron atacados en Saint-Étienne por unos encapuchados que huyeron en coche, aunque los ciclistas pudieron continuar con la carrera. Otro de los favoritos, Hyppolite Aucouturier, sufrió tal cantidad de pinchazos y accidentes que difícilmente podían atribuirse a la mala suerte. Hubo todavía más: un corredor descalificado, otros multados, rumores de que Garin había recibido comida de uno los jueces… Como pueden comprobar, Tour de Francia y polémica siempre han estado asociados. En la segunda etapa las cosas fueron a peor. Un grupo de lugareños que querían asegurarse de que su paisano Antoine Fauré, escapado, se hiciera con la victoria, decidió cortar el paso al grupo de favoritos. Además, no dudaron en atacarles con palos y piedras, hasta que los ciclistas fueron rescatados por uno de los coches de la organización, que embistió a los asaltantes mientras un juez realizaba disparos al aire. Kilómetros después sobrevino un aluvión de pinchazos cuando el pelotón se encontró el camino sembrado de cristales rotos. A pesar de todas las argucias empleadas por sus seguidores, Fauré fue alcanzado y la victoria de etapa correspondió a Aucouturier. En la tercera etapa, entre Marsella y Toulouse, los incidentes volvieron a sucederse, pero poco a poco los ánimos se fueron calmando, aunque las tachuelas, cristales rotos y clavos siguieron haciendo acto de presencia en el que probablemente haya sido el Tour más accidentado de la historia. Veintisiete supervivientes llegaron a París, y efectivamente Garin se proclamó vencedor en una edición repleta de problemas, trampas y descalificaciones, a un nivel tal que la federación francesa de ciclismo tomó cartas en el asunto, decidida a investigar los hechos. ¿Y saben qué? Cuatro meses después, los cuatro primeros clasificados, el campeón Garin entre ellos, fueron descalificados. Ya ven, tampoco en esto el Tour del siglo XXI ha sentado precedentes. El quinto corredor en la clasificación general, un jovenzuelo de diecinueve años llamado Henri Cormet, se encontró sin comerlo ni beberlo con que era campeón del Tour. El ganador más joven de la historia, un récord que obviamente permanece imbatido.

«Vous êtes des assassins! Oui, des assassins!»

Henri Desgrange, creador del Tour (foto: DP)
Henri Desgrange, creador del Tour (foto: DP)

Decía Henri Desgrange, creador y primer director del Tour (aunque la idea partiera de uno de sus subordinados) que deseaba que la ronda gala fuese el test definitivo del deportista, la competición donde realmente pudieran medirse la capacidad de dolor y de resistencia del ser humano. Se dice que en su mente el ganador ideal del Tour sería aquel corredor que llegara en solitario a la última etapa en París, único superviviente de un pelotón ya desaparecido. Por supuesto, en la práctica lo que hacía vender periódicos (verdadero motivo de la creación del Tour) eran las rivalidades deportivas entre tal y cual campeón, con lo que quedarse sin corredores no era una opción muy comercial. Por ello, en más de una ocasión Desgrange tuvo que repescar a numerosos grupos de ciclistas que habían llegado fuera de tiempo a la meta, medida que se ha repetido a lo largo de los años cuando la organización así lo ha creído conveniente. Con todo, no bromeaba respecto a hacer del Tour la competición deportiva más dura sobre la Tierra, aunque poco a poco hubieron de moderarse los kilometrajes interminables y las etapas en que el primer clasificado tardaba catorce o quince horas en completar el recorrido, y el último veinticuatro horas o más. También se evitó la competición en horario nocturno aunque no fue por consideraciones humanitarias hacia los ciclistas, sino para no dar facilidades a los tramposos, quienes con la falta de visibilidad hacían de las suyas. Por todo ello, si no se podían alargar las etapas, sí se podían buscar rampas más duras. Las primeras grandes cotas de montaña habían llegado al Tour en 1905, pero con todo eran escaladas aisladas en etapas con el ya mítico Ballon de Alsacia o la côte de Laffrey como puntos fuertes del día. Hechos como el que en la edición de 1907 un aristócrata hiciera del Tour una excusa para acompañarse de dos o tres gregarios y recorrer Francia en bicicleta comiendo en los mejores restaurantes y bebiendo el mejor vino, o el que algunos ciclistas afirmaran que su trabajo en la fábrica o el puerto era mucho más agotador que la carrera ciclista, no gustaron nada en la organización, que se decidió a endurecer la vuelta. Y la solución fue llevar su recorrido a la alta montaña.

La carrera ya había tanteado los Alpes, pero los Pirineos permanecían ajenos al Tour. Se los tenía por una región agreste y semisalvaje. Cuando uno de sus colaboradores, el periodista Alphonse Steinès, sugirió precisamente la posibilidad de llevar a los corredores a las cimas pirenaicas, el propio Desgrange descartó la idea. Sin embargo Steinès volvió a insistir, esta vez con los deberes hechos, mostrando mapas con posibles rutas y varias cotas de montaña marcadas en rojo. Esta vez el jefe aceptó, con la condición de que fuera el propio Steinès quien reconociera el terreno, advirtiéndole que si no podía atravesar aquellas montañas en coche, los ciclistas tampoco lo harían. Acompañado de mapas, papeles, apuntes y un chófer, Steinès se dirigió a los Pirineos mientras en París los diarios hablaban de la locura de Desgrange y de que su ambición estaba poniendo en peligro la vida de los corredores. En una carta a L’Auto, periódico organizador del Tour, un lector avisaba: enviar a los ciclistas a los Pirineos era enviarlos a la muerte.

Steinès se centró en visitar el puerto del Tourmalet; un ingeniero le había asegurado que era totalmente impracticable. El periodista y su chofer ascendieron en coche por los caminos agrestes de la imponente montaña. Steinès no dejaba de insistir en que había que seguir adelante, a pesar de que el motor parecía estar llegando al límite. El chofer se plantó cuando poco antes de llegar a la cima se encontraron el camino cubierto de nieve. Steinès le ordenó que regresara y le esperara al otro lado del Tourmalet, en la aldea de Barèges. En su camino a pie hacia el paso de montaña el periodista se encontró con un pastorcillo que a cambio de unos billetes le guió hasta la cima. Sin embargo, con la oscuridad ya acechando, el pequeño cuidador de ovejas se negó a acompañarle en el descenso. Steinès bajó solo desde el Tourmalet en medio de la noche. Se salvó por poco de un alud. Desorientado, varias horas después llegó helado, herido y aturdido al arroyo de Barèges, donde se topó con su chófer acompañado de las autoridades del lugar. Steinès a duras penas había salido con vida de allí, pero a la mañana siguiente, con el ánimo más templado, envió un telegrama a París: el Tourmalet, los Pirineos en definitiva, eran practicables.

Público, periodistas y ciclistas no pudieron dar crédito cuando semanas después se publicó el recorrido del Tour de 1910, que incluía dos etapas pirenaicas. La primera, entre Perpiñán y Luchón, con tres grandes puertos, y la segunda, la ruta homicida entre Luchón y Bayona, 326 kilómetros con cinco colosos a coronar: Peyresourde, Aspin, Tourmalet, Soulor y Aubisque. Al conocer la noticia muchos inscritos se lo pensaron mejor y retiraron su candidatura. Sin embargo, ciento diez benditos locos acabaron presentándose en la línea de salida aquel 3 de julio. Dos eran los máximos favoritos: el ganador de la anterior edición, el luxemburgués François Faber, y la gran esperanza francesa, Octave Lapize. Al llegar las temidas jornadas pirenaicas Faber lideraba la clasificación, aunque había tenido que afrontar toda clase de problemas mecánicos, pinchazos y ataques del francés Lapize. En la décima etapa, la jornada de los cinco colosos, Lapize atacó de salida, dispuesto a hacerse con el primer puesto en la general. Otros dos corredores le siguieron, Gustave Garrigou y François Lafourcade. Durante varias interminables horas el trío fue escalando y descendiendo aquellas montañas por lo que en la práctica eran caminos de cabras apenas acondicionados para el paso de ciclistas. En el último puerto del día, el Aubisque, Lafourcade se quedó solo. Garrigou y Lapize se rezagaron, empantanados en su propio agotamiento. Cuando Lapize alcanzó por fin la cima del puerto, tiró su bicicleta y se dirigió a uno de los miembros de la organización que por allí andaban, espetándole esa frase ya mítica: «¡Sois unos asesinos! ¡Sí, asesinos!». Sin embargo, la etapa distaba mucho de haber finalizado. Restaban 177 kilómetros hasta Bayona. Lapize y un ciclista italiano se aliaron para dar caza a Lafourcade, cosa que lograron cien kilómetros después. El francés ganó en el sprint y aunque ese día todavía no logró desbancar a Faber del primer puesto, lo acabaría consiguiendo algunas etapas después, para acabar ganando un Tour homérico con aquellas jornadas pirenaicas que habían hecho de la competición una prueba tan cruel. Crueldad que el público, por supuesto, correspondió abarrotando las cunetas de los grandes puertos. Henri Desgrange tomó buena nota de ello: la alta montaña había llegado para quedarse.

«Puede meterse su minuto por el culo»

En su eterna búsqueda por el más difícil todavía, la organización del Tour había buscado nuevos recorridos y nuevas normas con las que hacer de la carrera una competición más épica, pero sin pensar demasiado en los corredores. En aquellas primeras ediciones los ciclistas no podían recibir asistencia alguna. Por supuesto tampoco existían avituallamientos. Había un sinfín de normas que poco a poco se fueron suavizando, especialmente cuando los equipos patrocinados comenzaron a hacer su aparición. Con todo, Desgrange continuó afilando las normas para endurecer el Tour.

Eugene Cristophe subiendo un puerto pirenaico (foto: DP)
Eugene Cristophe subiendo un puerto pirenaico (foto: DP)

La frase que abre esta pequeña historia la pronunció Eugene Christophe en 1912. Christophe coronó el Tourmalet escapado y con mucha ventaja. La victoria de etapa y la clasificación general estaban a su alcance. Sin embargo en el descenso rompió el cuadro de la bici. Hoy no habría tenido mayor problema que el de esperar a que su equipo le diera otra, pero entonces era un asunto que debía resolver por sí solo. Cogió la bicicleta y descendió a pie el resto del puerto hasta llegar a una aldea en la que encontró una forja donde soldar el cuadro. La organización fue tan puntillosa como para protestar por el hecho de que los herreros le acercaran herramientas o le ayudaran con el fuelle. Cuatro horas después Christophe, con el Tour perdido irremediablemente, había reparado su bicicleta. Un comisario del Tour le informó de que se veía en la obligación de penalizarle con un minuto, teniendo en cuenta las circunstancias. La respuesta de Christophe fue comprensiblemente tajante: «Monsieur, he perdido cuatro horas, así que puede meterse su minuto por el culo». Por desgracia aún se tardaría en comprender que reglas tan absurdas, si bien primaban el carácter individualista y heroico de la carrera, desnaturalizaban al mismo tiempo la competición que se trataba de preservar.

«Funcionamos con dinamita»

«No éramos más que ganado», recordaba Roger Lapébie, vencedor del Tour en 1937. Y es que durante mucho tiempo los ciclistas eran los últimos miembros del escalafón en la ronda francesa, y en muchas otras carreras. Si ya en la década de los setenta o los noventa del siglo pasado el pelotón tuvo razones para protestar (ya fuera haciendo parones o marchando en plan cicloturista) por las condiciones en que corrían o por el absurdo kilometraje de muchas etapas del Tour, con más razón se protestaba en las primeras décadas del siglo. Y es que de vez en cuando ha de surgir forzosamente algún Espartaco en mallas de ciclista que diga aquello de «ya basta». A principios de los años veinte ese rebelde fue Henri Pélissier, el mayor de los hermanos Pélissier, dinastía de ciclistas de los que era la máxima estrella. Para entendernos, podríamos decir que era como un John McEnroe de la época. Ya en 1920 tuvo un roce con la organización del Tour cuando fue sancionado con dos minutos por tirar un tubular sin bajar de la bici. Como protesta abandonó la competición. En otra ocasión estuvo a punto de llegar a las manos con Desgrange en la redacción de L’Auto. Y en 1924 llegó el encontronazo definitivo cuando el organizador del Tour decidió que los corredores no podían desprenderse de ninguna prenda durante la etapa, un absurdo teniendo en cuenta que las jornadas comenzaban antes del amanecer, cuando todavía hacía frío, y continuaban el resto del día, con el sol brillando ya en lo alto. Cuando un comisario de la organización quiso averiguar si, como se rumoreaba, el campeón llevaba un maillot idéntico bajo el primero, Pélissier protestó por esa conducta vejatoria. Finalmente él y sus hermanos decidieron abandonar, y como muestra de solidaridad el pelotón impuso la marcha cicloturista. Un periodista de Le Petit Parisien localizó luego a los Pélissier en una cafetería de la estación de tren de Coutances. La entrevista con los hermanos se publicaría al día siguiente y desataría la polémica. Aceptamos el tormento, pero no queremos vejaciones, fue la reivindicación de Henri, quien seguramente expresaba lo que todo el pelotón pensaba. Pero más que en esa postura sindicalista los lectores se fijaron en la demostración práctica que el corredor hizo al periodista, mostrándole la cocaína, el cloroformo y las pastillas que usaban para combatir el dolor y poder mantenerse en la brecha. «Ahí lo tiene», dijo Pélissier. «Funcionamos con dinamita». Licores, cerveza o vino, cloroformo y demás productos farmacéuticos habían formado parte del avituallamiento de los ciclistas prácticamente desde los inicios del Tour. Pero ahora, por primera vez, el polémico asunto del dopaje saltaba a las portadas de los periódicos.

«Dame tu bici, René»

René Vietto, emblema del sacrificado gregario, llorando desconsoladamente en una cuneta (foto: Jacques Goddet, DP)
René Vietto, emblema del sacrificado gregario, llorando desconsoladamente en una cuneta (foto: Jacques Goddet, DP)

Si hay un trabajo ingrato en las grandes carreras ciclistas sin duda es el de los gregarios. Ingrato no es la palabra, ya que todo buen campeón sabe que debe agradecer sus triunfos al apoyo de sus compañeros de equipo, y parte del botín conseguido por los grandes se reparte entre los gregarios como en las viejas bandas de forajidos. Sin embargo pocos son los que se acuerdan de estos corredores, anónimos para la gran mayoría, que tras derrengarse trabajando para su jefe de filas han de sufrir para no llegar a la meta fuera de control y poder permanecer así otro día más al servicio del Anquetil, Coppi, Merckx o Contador de turno. Pero si hay un gregario que se ganó el corazón de millones de franceses y cuyo nombre algunos todavía recuerdan, ése fue René Vietto. El ciclista llegó al Tour de 1934 como un joven escalador al que muchos auguraban un gran futuro, pero que por el momento corría a las órdenes de Antonin Magne, quien sabía lo que era ganar la ronda gala. Tras la segunda etapa ya vestía de amarillo, y así continuó durante las siguientes jornadas. En cuanto el pelotón se adentró en los Alpes, Vietto demostró de lo que era capaz alzándose con una victoria de etapa tras haber coronado el Galibier. Todo marchaba bien; Vietto volvería a adjudicarse otra etapa mientras Magne retenía el amarillo.

Por aquel entonces los ciclistas corrían el Tour por selecciones nacionales, como en un Mundial de fútbol, y la selección francesa dominaba la carrera claramente, por encima de los italianos. Pero la suerte cambió en la decimoquinta etapa, un 20 de julio, jornada pirenaica que discurriría entre Perpignan y Aix les Thermes. Como habían hecho en otras ocasiones, Vietto impuso un fuerte ritmo para realizar una criba de posibles rivales. Sin embargo el campeón italiano Giuseppe Martano siguió a rueda. Una vez más Vietto demostró que dominaba en las empinadas carreteras de la montaña. Tras coronar el Puymorens iba ya escapado, en pos de una nueva victoria. Sin embargo detrás surgió el gran contratiempo cuando Magne cayó durante el descenso, rompiendo la llanta de la rueda delantera, momento que Martano aprovechó para atacar. Cuando Vietto se enteró de lo sucedido hubo de regresar a ayudar a su jefe de filas. Sin tiempo que perder, Magne le pidió su bicicleta, pero Vietto respondió que habría de conformarse con una rueda. Hecho el cambio, Magne salió en pos del italiano, mientras Vietto, contrariado y deshecho, se sentaba en la cuneta a esperar una rueda de recambio. Un fotógrafo tomó una instantánea del joven gregario, derramando lágrimas como un niño. Una foto que conmovió a los lectores de la época, y por la que algunos todavía recuerdan el nombre de René Vietto, epítome de la frustrante vida del gregario.

«Fausto, espérame, por favor»

Gino Bartali ganó la primera de sus grandes vueltas en 1936, y la última en 1948 (un Tour, diez años después de haber ganado el primero: he ahí un récord que difícilmente será batido). Fausto Coppi ganó su primer Giro en 1940, y el último en 1953. Los dos grandes campeones italianos de la época suelen protagonizar una de las grandes cuestiones de la historia contrafactual del ciclismo: si no hubiera habido Segunda Guerra Mundial, ¿cuántos Tours y Giros habrían ganado entre los dos? Bien, he ahí una excusa para una tertulia entre aficionados con cervezas y olivas. Lo que sí es cierto es que ambos marcaron una época en el ciclismo. Bartali, que gracias a la bicicleta pudo escapar de una mísera existencia como campesino, era la fuerza bruta, el empuje suicida, el ciclista de una era que tocaba a su fin, el tipo de corredor que tras finalizar una etapa se encendía un pitillo. Coppi, en cambio, es considerado un precursor del ciclismo moderno; seguía una dieta específica, se rodeaba de masajistas y ayudantes, en los entrenamientos buscaba la manera de ser más eficaz, y planificaba las etapas cual general de división. Además, fuera de las carreras era uno de esos deportistas con look de dandy que gustaba del lujo y las bellas mujeres. Dos ciclistas portentosos que batallaban encarnizadamente en el Giro y unían fuerzas en el Tour tratando de dejar bien alto el pabellón de la Italia de Mussolini. De hecho Bartali, cinco años mayor que Coppi, era un símbolo para el régimen fascista. Poco importó que, como muchos otros deportistas que han competido para países subyugados por una dictadura, se preocupara solo de correr; tras la guerra muchos le despreciaron por haber servido de perro fiel de Mussolini. Sesenta años después el mundo supo que durante la guerra, con la excusa de sus entrenamientos, había ejercido de enlace llevando fotografías y documentos falsos ocultos en su bicicleta, que habrían de significar la huida y salvación para muchos judíos italianos.

Famosa imagen de Fausto Coppi (derecha) entregándole un bidón a Gino Bartali (Foto: DP)
Famosa imagen de Fausto Coppi (derecha) entregándole un bidón a Gino Bartali (Foto: DP)

El Tour tardó en recomponerse tras la guerra, pero en 1947 volvía a estar en marcha. Un año después, Bartali se adjudicaba la ronda, pero Coppi estaba ausente. Por fin ambos se reencontrarían en suelo francés durante la edición de 1949, un año en que Coppi había aplastado toda resistencia en el Giro. La ronda no comenzó bien para él, y tras la quinta etapa ya perdía dieciocho minutos. Con un frente abierto entre él y Bartali, Coppi amenazó con abandonar la carrera porque no se sentía suficientemente respaldado por el equipo. Finalmente le convencieron para continuar, y al llegar los Alpes comenzó su remontada. En una de las etapas alpinas los dos italianos volaron sobre el asfalto, dejando a todos sus rivales atrás. Era el trigesimoquinto cumpleaños de Bartali. En el Col d’Izoard el veterano corredor comenzó a desfallecer. «Fausto, espérame», imploró. «Hoy cumplo treinta y cinco y ya no volveré a ganar nada, déjame esta etapa». El sorprendido Coppi accedió, y llevó a Bartali a un ritmo cómodo hasta la meta en Briançon. Gino entró primero y se enfundó el maillot amarillo, pero sería Coppi quien acabaría ganando aquel Tour. Con todo, Bartali demostraría tener cuerda para rato, ganando una etapa al año siguiente, cosechando dos cuartos puestos y un increíble undécimo lugar con treinta y nueve años.

«¡Mira, Bobet! ¡Ferdi caballo!»

A principios de los cincuenta dos suizos, Ferdi Kübler y Hugo Koblet, se convirtieron en los corredores del momento. Koblet fue el primer ciclista no italiano en ganar un Giro; un año después, en 1951, se adjudicó un Tour en el que protagonizó una escapada de ciento cuarenta kilómetros poniendo en jaque a todos los grandes del pelotón. En una instantánea inédita que los más viejos del lugar todavía recuerdan, los líderes del momento —Coppi, Bartali, Bobet, Robic, Géminiani— acabaron poniéndose al frente del pelotón tratando de alcanzar a aquel cohete humano. Pero no hubo nada que hacer. Tipo apuesto y elegante, antes de entrar en meta Koblet se refrescó con una esponja, sacó su peine, se acicaló, y se preparó para su momento de gloria.

Kübler era la antítesis de Koblet. Era un tipo alto y fornido, más bien poco elegante sobre la bicicleta. Sus ataques parecían estallidos de locura, y cuando las cosas no iban bien se le veía maldecir, golpearse las piernas y darse ánimos a voz en grito. Había corredores excéntricos, y luego estaba él. En el Tour de 1955, durante una de las etapas de alta montaña, el pelotón había de enfrentarse al Ventoux, una de las montañas más temidas de los Alpes. Kübler marchaba escapado con su mano derecha, Géminiani. El francés le advirtió: «Cuidado Ferdi, el Ventoux no es un puerto cualquiera». El suizo, chapurreando su característico mal francés, respondió con una de sus bravatas: «Ferdi tampoco ser un corredor cualquiera», al tiempo que aceleraba el ritmo. Más tarde, en las cuestas del Ventoux, el campeón suizo se derrumbó. Así era Ferdi Kübler.

En 1950 Kübler ganaría su único Tour. En aquella edición había noqueado a uno de sus máximos rivales, Louison Bobet, a las primeras de cambio, pero este devolvió el golpe en los Alpes, en las desoladas cuestas del Izoard. Kübler no podía encajar semejante golpe, y al día siguiente se dedicó a acosar a Bobet en plan Muhammad Ali. «¡Bobet! ¡Bobet!», se escuchaba entre el calmado pelotón. «Bobet, ¿preparado? ¡Yo escapar muy pronto!». Por desgracia para Louison, el pelotón no era lo suficientemente extenso para esconderse. Bobet, al que muchos apodaron «la Llorona» o «Luisita Bombón» por su aparente propensión a las lágrimas durante su debut en el Tour de 1947, no estaba dotado del carácter de un Laurent Fignon precisamente. No importaba cuántos puestos adelantara, tarde o temprano ahí estaba aquel loco suizo gritándole: «¿Preparado? ¡Ferdi muy fuerte hoy, tú sufrir!». El martilleo psicológico prosiguió y al parecer hizo su efecto, porque finalmente Kübler cumplió su amenaza al grito de «¡Mira, Bobet! ¡Ferdi caballo!», para a continuación dar un relincho y realizar un ataque fulminante, mientras el viento todavía recogía sus palabras: «¡Bobet, tú sufrir!». Los principales favoritos salieron a por Kübler, salvo Bobet, quién, paralizado, hubo de echar mano de sus gregarios para iniciar la persecución. Aquel día el francés perdió seis minutos y el segundo puesto en la general. No puedo sino imaginarme la mala noche que debió de pasar Bobet aquella jornada, con el griterío de Kübler todavía resonando en sus oídos: «¡Bobet, tú sufrir!».

«¿Vamos?»

Louison Bobet en el Tour de 1954, acicalándonse para el final de etapa (foto: Corbis)
Louison Bobet en el Tour de 1954, acicalándonse para el final de etapa (foto: Corbis)

Quienes le vieron subir cuestas cual grácil pluma afirman que ha sido el mejor escalador de la historia del ciclismo. Charly Gaul, luxemburgués, era menudo y de apariencia frágil, y aun así no se le daba mal en la contrarreloj. Se desenvolvía estupendamente en el Giro, pero en el Tour se mostraba mucho más irregular, quizás por ser un ciclista que adoraba los días lluviosos y se aplatanaba con el calor asfixiante. Fue el gran escalador de su época junto con el español Federico Martín Bahamontes, seis veces (que se dice pronto) campeón de la montaña en la ronda gala. Era habitual verles juntos, escapados en pos de una victoria de etapa en Pirineos o Alpes, o de puntos para el maillot moteado del mejor escalador. En 1958, con un Anquetil en baja forma, Gaul estaba más cerca que nunca de luchar por la general, tercer clasificado ante la llegada de los Alpes. Pero un día muy caluroso y problemas mecánicos se aliaron para hundirle en la clasificación. Llegó entonces la etapa número 21, una jornada rompepiernas a través del Macizo Central donde se subirían cinco puertos: el Lauteret, el Luitel, el Porte, el Cucheron y el Granier. Al encarar el segundo puerto una lluvia helada comenzó a regar al pelotón. Gaul, el hijo de la lluvia, sonrió para sí. Era hora de dar un golpe a su denostado Louison Bobet, que le había hecho una jugarreta en el Giro. Dicen que el luxemburgués no solo avisó a Bobet en qué puerto atacaría, sino que incluso le indicó el tramo; nada de ataques sorpresa, así la humillación sería completa. Y, justo cuando se acercaba el momento, el clima pareció obedecer al plan maestro de Gaul. «¿Vamos?», indicó Gaul a Bahamontes para que le siguiera, como en tantas otras ocasiones. Pero esta vez el español, amante del calor, se apeó pronto de la jugada. Anquetil trató de liderar la persecución, pero Bobet estaba K.O. y el resto de favoritos parecían encogidos por una lluvia que a cada momento se tornaba infernalmente glacial. En la cima del Luitel, Gaul ya aventajaba en un minuto a Bahamontes, y en cinco a Raphael Géminiani, quien había decidido marchar a su propio ritmo para darle alcance kilómetros después, pero su plan obviamente se estaba derrumbando.

Gaul cruza el Porte con mirada decidida. Minutos después llegan los favoritos, desencajados, manchados de barro, pálidos y agarrotados, con los dedos tan congelados que apenas pueden frenar en las bajadas. Los restos del machacado pelotón van cruzando las montañas en pequeños grupos, ateridos y asustados, como la Grand Armée en su retirada de Rusia. Gaul cruza la meta triunfante, tras una escapada épica. Géminiani llega a catorce minutos, Anquetil a veintitrés… Una escabechina. Aun así el luxemburgués no viste el maillot amarillo, por todo el tiempo perdido durante las dos semanas anteriores. Pero el primer puesto ya está a tiro: apenas un minuto le separa del líder. Llegará vestido de amarillo a París.

«Nunca olvidaré aquella aparición»

Jacques Anquetil disfrutando los parabienes de la fama (foto: DP)
Jacques Anquetil firmando autógrafos a principios de los sesenta. (foto: DP)

Jacques Anquetil y Raymond Poulidor, dos ciclistas franceses que marcaron una época, y que casi dividieron a una nación. Como suele suceder en casos así, el encanto del perdedor humilde acabó imponiéndose sobre el aura mística del campeón a quien todo parecía salirle bien. Sí, en la Francia de finales de los cincuenta y principios de los sesenta era más fácil encontrar seguidores de Poulidor que de Anquetil, apodado «Monsieur Crono» por su matemática forma de correr, calculando siempre cuántos minutos tenía que ganar y cuántos podía ceder, racionando esfuerzos como si se tratara del agua de un náufrago. Con su elegante forma de pedalear, sus cabellos rubios y su cara de ángel, Anquetil parecía correr siempre entre algodones, mientras Poulidor se retorcía bajo el sol como si las fuerzas de su interacción gravitatoria fueran de muchos más Newtons que las del resto.

El gran choque deportivo entre ambos se produce en 1964. Anquetil aspira a ganar su quinto Tour, tras haber dominado en el Giro de forma incontestable, y Poulidor llega más fuerte que nunca, como vigente campeón de la Vuelta a España. En los Alpes quedó claro que aquel Tour se dirimiría entre los dos franceses, con un Bahamontes que todavía tenía piernas para ganar alguna etapa y andar rondando los primeros puestos. En la décima jornada Poulidor tan solo cedió treinta y seis segundos en la contrarreloj, la gran especialidad de Anquetil. Sin duda las espadas estaban en todo lo alto.

La jornada de descanso llegó con Anquetil segundo, a poco más de un minuto del líder, Joseph Groussard. Lo que habría de ocurrir al día siguiente parece debido al orgullo del ciclista. En aquel día de descanso Anquetil aceptó acudir a una velada en su honor, donde el champán regó una abundante cena con cordero asado como plato principal. Dicen que el jefe deportivo de Poulidor, Antonin Magne, quien en sus días de ciclista destacó por sus dotes estratégicas, se enteró de la francachela y ordenó a su estrella que atacara sin mirar atrás. Otra versión cuenta que los rivales de Anquetil observaron en los periódicos fotos en las que se veía al travieso Jacques sosteniendo una pata de cordero entre las copas de licor. Bastante tenían con las afrentas deportivas del francés como para encima aguantar el que se fuera de comilonas mientras ellos se enfrentaban un día más a los espaguetis hervidos. Los líderes del resto de equipos se reunieron y acordaron montar una emboscada para dar una lección al por entonces tetracampeón del Tour, aprovechando que en la siguiente etapa que partía de Andorra la escalada comenzaba prácticamente desde la salida.

Sea como fuere lo cierto es que aquella jornada se iba a convertir en un infierno para Anquetil. Los españoles Bahamontes y Julio Jiménez arrancaron pasados cinco kilómetros, siguiéndoles en tromba todos los grandes rivales del francés: Groussard, Anglade, Poulidor, Adorni. La ofensiva fue todo un éxito, dejando a Anquetil clavado mientras sus fieles gregarios trataban de enmendar el desastre. Al coronar la cima del Col d’Envalira perdía ya cuatro minutos. Géminiani, director deportivo de Anquetil, se acercó a infundir ánimos (dice la leyenda que con bidón de champán incluido) a su hundido líder: no podía dejarse vencer; había de recurrir nuevamente a su talento bajando, como hiciera antaño, para evitar una derrota total y definitiva. El ciclista rubio asintió, y se lanzó a bajar el puerto en una persecución casi suicida que se tornó más épica y peligrosa debido a la niebla que cubría gran parte del recorrido. Penetró en la bruma, donde apenas se distinguían las luces de los coches de equipo y de las motocicletas, y no se volvió a saber de él durante varios angustiosos minutos. Se dice que Géminiani paraba su coche cada dos por tres, tratando de atisbar en las cunetas si su campeón se había despeñado por algún terraplén. El corredor Henry Anglade lo recordaba así: «De repente, por el exterior de la curva, una figura pasó como un misil. Intenté seguirle, pero no volví a verlo hasta que terminó la bajada y nos reagrupamos. Entonces lo vi: era Anquetil. No me lo podía creer. Nunca olvidaré aquella aparición».

Surgido de entre la bruma cual dios nórdico, Anquetil neutralizó la emboscada y partió a reclamar su trono, mientras a veinte kilómetros de meta Poulidor sufría pinchazos y otras de esas calamidades que el destino siempre parecía tenerle reservadas. El eterno rival de Anquetil continuó atacando y bregando en la montaña, pero nada impediría que Monsieur Crono entrara en la leyenda ganando su quinto Tour.

«Si hacen falta diez para matarte, tomaré nueve y ganaré»

Tom Simpson (izquierda) bromea con Andre Foucher y unas hojas de col (foto: Corbis)
Tom Simpson (izquierda) bromea con Andre Foucher y unas hojas de col (foto: Corbis)

En el primer Tour que corrió Tom Simpson acabó en la vigesimonovena posición, un debut nada desdeñable para un novato. No tardaron en llegar algunas victorias en grandes premios e incluso alguna clásica como el Tour de Flandes, demostrando que era un corredor con buenas capacidades; era una época en que entrar en el ciclismo profesional continental era si cabe tan difícil o más que en la actualidad. La segunda vez que corrió la ronda francesa consiguió el raro honor de llevar el amarillo, aunque fuera por un día. Aquella edición acabó sexto. Ambos fueron logros que los ciclistas británicos tardarían en repetir. La primavera siguiente llegó un espectacular triunfo en la Milán-San Remo. Sin duda Simpson tenía el físico para competir por la victoria en las clásicas de un día. Sin embargo los ganadores de las grandes vueltas están hechos de una pasta especial, y muy a su pesar, Tom Simpson no era uno de ellos. Por lo demás todos sabían que las grandes leyendas del ciclismo han de forjarse tarde o temprano en una carrera como el Tour. Para su desgracia, la ambición de Simpson le llevaba más lejos de lo que podían llevarle sus piernas. Pero aquel día en que vistió de amarillo algo cambió en su interior.

13 de julio, 1967, etapa de montaña entre Marsella y Carpentras, con el gran Ventoux como punto fuerte del día. Es un día caluroso, muy caluroso, de esos en que el asfalto lucha por fundirse con los neumáticos de las bicis y los pulmones se vuelven algodón. Un clima idóneo para un caféraid, una práctica ya desterrada, consistente en el asalto por parte de los ciclistas del primer bar o cafetería que tuvieran a mano para hacerse con todo el líquido que pudieran guardar en sus uniformes; en aquellos tiempos solo podían repostar en los puntos de avituallamiento, no había entrega de bidones durante la carrera, así que cuando la sed apretaba los corredores simplemente se convertían en modernos vikingos que desvalijaban bares en vez de monasterios. Por supuesto, cualquier líquido valía, y no siempre se trataba de agua o refrescos, el alcohol también podía servir si era lo que estaba más cerca de la puerta.

Séptimo en la general, Simpson tenía aquel día marcado en rojo en su calendario. La gloria habría de forjarse en el Ventoux, para ser solidificada en la meta. Poulidor y Jiménez marchaban escapados, y el británico se encontraba en el grupo perseguidor. Conforme los kilómetros de subida empezaban a quedar atrás, el pedaleo de Simpson comenzó a hacerse más errático. Su ritmo disminuía mientras era sobrepasado por más y más corredores. Cuando comenzó a dar tumbos de un lado a otro de la carretera fue la señal de que estaba totalmente reventado. A punto estuvo de dirigirse al precipicio que bordeaba el recorrido, pero en el último momento cambió la dirección para irse a la otra cuneta, adentrándose en una zona de gravilla, donde cayó como un tronco. Uno de sus mecánicos fue a asistirle para ayudarle con los calapiés y sacarle de la bici, pero el ciclista no dejaba de mascullar que le subieran de nuevo al sillín. Tras incorporarse como pudo, montó de nuevo y empezó a pedalear, pero apenas recorridos unos cuantos metros volvió a zigzaguear, totalmente hundido sobre el manillar. Su director deportivo paró el coche y entre varios acudieron a socorrerle. Le tumbaron en una cuneta, aferrado todavía al manillar y con las piernas pedaleando en un acto reflejo. Para entonces Simpson ya estaba inconsciente. Le movieron brazos y piernas, le refrescaron con toallas húmedas, y cuando por fin llegó el servicio médico le practicaron masajes cardíacos y respiración boca a boca. Por una vez la horrorizada audiencia televisiva ya no estaba preocupada por quién iba en cabeza. Cuando llegó un helicóptero para trasladarle a un hospital, el corredor ya había fallecido. Una combinación fatal de calor, sobreesfuerzo, anfetaminas y alcohol le había reventado el corazón. Su mecánico apuntillaría: «El estimulante que mató a Tom Simpson se llamaba Tom Simpson». Tras aquella increíble tragedia la organización del Tour introdujo los primeros controles antidopaje.

«Yo soy Luis Ocaña»

Eddy Merckx, Luis Ocaña y Raymond Poulidor peleando por el Tour de 1972 (foto: Corbis)
Eddy Merckx, Luis Ocaña y Raymond Poulidor peleando por el Tour de 1972 (foto: Corbis)

«Silba ahora que puedes. Llegarán días en que no podrás hacerlo. Yo me encargaré de que esos días lleguen». La advertencia se la hizo Luis Ocaña a Eddy Merckx durante la París-Niza de 1971. El palmarés de Merckx por entonces ya asustaba: dos Giros, dos Tours, un Mundial y un buen puñado de clásicas y grandes premios. Y ciertamente no se limitaba solo a ganar. Desde su aplastante debut en el Tour de 1969, en el que ganó cinco etapas y se vistió todos los maillots posibles, la prensa le inmortalizó como «el Caníbal». Quizás sería exagerado decir que el pelotón le temía, pero ciertamente le respetaba enormemente. Si atacabas a Merckx más valía que lo tumbaras a la primera, porque si despertabas a la bestia sus contraataques podían convertirse en una escabechina. Pobre Raymond Poulidor, protagonizando lo que sería una longeva carrera profesional en la que cuando por fin se había librado de Anquetil, llegó Merckx. Desde luego el francés nació sin suerte.

En 1968, mientras Merckx devoraba clásicas y ganaba su primer Giro, debutaba como profesional Luis Ocaña, español afincado en Francia desde niño. En sus piernas había un ciclista excepcional, aunque llegó al ciclismo casi de rebote. Para muchos fue, junto a Merckx, el corredor más dotado de su tiempo. Sus dos primeras participaciones en el Tour tuvieron final accidentado, pero mientras tanto había ganado una Vuelta, una Dauphiné Liberé y varias de las clásicas españolas más importantes. Merckx dijo de él que si hubiera tenido la cabeza más fría habría podido llegar más lejos, pero ciertamente Ocaña no era Anquetil. Cuando atacaba se lo llevaba todo por delante y, o bien llegaba solo a la meta o se quedaba por el camino. Pero quizás fue precisamente ese arrojo algo alocado lo que le indujo a plantar cara al gran campeón belga, a tener la confianza suficiente como para ver en Merckx a un rival al que se podía batir, no a un ser sobrehumano.

En el Tour de 1971 Merckx había dejado de silbar. En la undécima etapa Ocaña y varios otros rivales le habían dejado atrás, con su equipo deshecho y perdiendo cuatro minutos. Mientras, ascendiendo el puerto de Noyers, el español seguía pedaleando de forma salvaje, deshaciéndose de sus propios compañeros de fuga. No dio tregua a sus músculos en la bajada, y casi asaltó la meta en la estación de esquí de Orcières-Merlette. Aquel día el número de corredores que llegaron fuera de control fue tan grande que la organización hubo de repescarlos a casi todos. Merckx entró tercero a casi nueve minutos. «Estábamos desesperados, no había más corredor que Merckx, y he aquí que todo ha cambiado», afirmó un extasiado Louison Bobet. Un nuevo líder había llegado al Tour.

Sin embargo si algo caracterizaba a Merckx era que no tiraba la toalla fácilmente. Tras una jornada de descanso, a las primeras de cambio, el equipo del belga se lanzó al ataque haciendo caso omiso de territorios neutralizados o banderines de salida. La media de velocidad aquel día fue brutal. Cuentan que cuando el alcalde de Marsella, localidad donde finalizaba la etapa, se presentó en la meta para presidir el podio, los obreros ya estaban desmontando las gradas. Con aquella emboscada, que no gustó nada a Ocaña, Merckx no recuperó el liderato, pero dio un golpe de aviso. Todo se vino abajo un par de días después, cuando en una jornada de calor que acabó en granizada, la carretera se hizo mantequilla y descendiendo el Portet d’Aspet el español se fue al suelo junto con Merckx. El belga continuó, pero Ocaña fue alcanzado por otro corredor que también se vio incapaz de frenar. Otro más tropezó luego con ellos, hasta que se hizo una montonera sobre el líder, motorista incluido. El Tour había acabado para él. Merckx, privado así de una gloriosa victoria sobre su mayor rival, perdió por una vez el apetito y se negó a llevar el maillot amarillo.

Al año siguiente la revancha que todos esperaban no se produjo; un Ocaña enfermo acabó abandonando la carrera. Y en 1973 Merckx prefirió centrarse en la Vuelta y en el Giro, detalle que a su vez tampoco gustó al español. Por fin llegaría primero a París, pero sin haber tenido la oportunidad de batir al belga en buena lid. Aquella edición descafeinada suscitó escépticos comentarios que no agradaron nada a Ocaña. Aunque Merckx no estuviera, demostraría a todos que era tan bueno como él, convirtiéndose él mismo en un caníbal. Forjó una alianza con el equipo Kas, que le apoyaría en su lucha por la general a cambio de ceder alguna etapa a su líder, José Manuel Fuente, «el Tarangu». En cuanto llegaron los Alpes Ocaña se vistió de amarillo. Pero Fuente, prototipo de corredor atolondrado cuya única estrategia era dar más pedales que los demás y hacer saltar todo por los aires, decidió que aquello del pacto no iba con él y al día siguiente atacó en el Télégraphe. Ocaña y otros corredores no tardaron en ponerse a su rueda. Ya metidos en harina, y con cuatro puertos por delante, Ocaña decidió reventar la carrera, invitando a Fuente a acompañarle. Este respondió atacando de nuevo. Mientras aquellos dos españoles locos se maldecían y atacaban el uno al otro, el resto de favoritos se fue quedando en el camino. Zoetemelk, Thévenet, el eterno Poulidor… Figuras distantes que se empequeñecían hasta desaparecer, mientras Fuente no dejaba de lanzar ofensivas. Pero Ocaña resistió hasta que vio que el asturiano comenzaba a flojear. Entonces llegó su turno: «Sígueme ahora, si puedes». Fuente le siguió, en efecto, como un alma en pena, boqueando en las cuestas del Galibier, asfixiado en el Izoard, moribundo en el camino hacia Les Orres. A treinta kilómetros de meta un pinchazo le dejó por fin fuera de combate. Ocaña ni pestañeó. Siguió pedaleando hasta completar una victoria agónica, derrumbándose nada más cruzar la meta. Fuente llegó poco después. Thévenet perdió siete minutos. Zoetemelk cedió quince. Poulidor, más de veinte. Mientras Ocaña descansaba en su hotel, grupúsculos de cadáveres pedaleantes seguían llegando a la meta. En el podio de París, Thévenet fue segundo a más de quince minutos. Los periodistas compararon las gestas del español con las de Coppi, Bobet y otros grandes. El campeón zanjó la cuestión: «Yo soy Luis Ocaña».

«Le estoy educando»

Cambio de guardia en 1986: Bernard Hinault, con el maillot moteado de rey de la montaña, saluda a Greg LeMond, maillot amarillo (foto: Corbis)
Cambio de guardia en 1986: Bernard Hinault, con el maillot moteado de rey de la montaña, saluda a Greg LeMond, maillot amarillo (foto: Corbis)

Si alguien se decidiera a filmar una comedia sobre ciclismo o el Tour de Francia, creo que no habría mejor inspiración que la edición de 1986, durante la cual la ambición y competitividad de Bernard Hinault, el corredor francés más laureado de todos los tiempos, llegaron a límites tales que acabó provocando situaciones realmente delirantes. Pero para comprender lo que sucedió en aquel Tour será mejor echar un vistazo a los antecedentes.

Hinault comenzó su carrera como profesional en 1974, y cuatro años después debutaba en la Vuelta y el Tour con sendas victorias. En 1983 ya acumulaba dos Vueltas, dos Giros y cuatro Tours, amén de un saco de clásicas y grandes premios. Ese año una tendinitis le impidió correr la ronda francesa, y al año siguiente uno de sus antiguos gregarios, Laurent Fignon, le arrebató el triunfo de forma incontestable. El tiempo pasaba e Hinault debía ganar un quinto Tour para igualar a Anquetil y Merckx antes de que fuera demasiado tarde. Para asegurarse la victoria en 1985, su equipo, La Vie Claire, fichó a Greg LeMond, un norteamericano que había acompañado a Fignon e Hinault en el pódium de París. A cambio de su apoyo, el francés prometió ayudarle a conseguir la victoria al año siguiente. La ayuda de LeMond fue en efecto indispensable, especialmente después de que Hinault tuviera una grave caída y se rompiera la nariz. Con la cara hinchada y dificultades para respirar, el campeón francés siguió corriendo hasta la victoria en París, donde de nuevo reiteró su intención de ponerse al servicio del norteamericano en la próxima edición. Todo el mundo sabía que de no ser por el lastre de Hinault, LeMond podría haber optado a la victoria final.

Así llegó el Tour del 86, con LeMond, Hinault, Fignon y el español Pedro Delgado como principales aspirantes. Y bien, como no podía ser de otra forma, en cuanto llegaron las primeras cuestas pirenaicas Hinault se olvidó de su ya famosa promesa y atacó llevándose a Delgado a rueda. Los galones seguían siendo los galones, y LeMond se vio obligado a quedarse en el pelotón, hasta que los minutos perdidos comenzaron a doler y decidió salir a la persecución junto al colombiano Luis Herrera. Pero ya era demasiado tarde; Delgado se llevaría la etapa y el francés se vestiría de amarillo. Si las miradas matasen, cuando el norteamericano llegó a la meta nadie habría salido vivo. Por supuesto la cosa no quedó allí; al día siguiente, una jornada de alta montaña con cuatro grandes puertos, Hinault se fue de nuevo descendiendo el Tourmalet, el primer pico del día. El francés gustaba de atacar pronto, al estilo del viejo ciclismo, devorando puertos y metiendo sacos de minutos a sus rivales. Pero esta vez sus piernas no le llevaron tan lejos, y un grupito de corredores, LeMond entre ellos, le dieron caza en el Peyresourde, el tercer puerto. Siempre inasequible a la derrota, Hinault atacó de nuevo en la última cota de montaña, pero la ofensiva resultó infructuosa. Cuando Andrew Hampsten, compatriota de LeMond, lanzó a su vez otro ataque, el francés perdió rueda. Los dos yanquis se lanzaron en pos del triunfo, que acabó correspondiendo a LeMond. Hinault perdió mucho tiempo, pero no el suficiente; conservó el liderazgo por unos escasos cuarenta segundos.

El bueno de Bernard continuó su ofensiva en la prensa, renegando de su promesa y afirmando que LeMond era demasiado conservador para ser un gran campeón. Pero lo cierto es que el francés ya no era el ciclista imbatible del pasado, y en la siguiente jornada de montaña tuvo que acabar cediendo el maillot al norteamericano, siendo vísperas de la etapa reina en los Alpes con el Galibier, Télégraphe, Croix de Fer y Alpe d’Huez como protagonistas. Supuestamente LeMond era ahora el líder del equipo, y sus compañeros debían asegurarse de que llegara vestido de amarillo a París. Sin embargo Hinault tenía otros planes; llegó a un entendimiento con uno de los gregarios del equipo, Steve Bauer, y en la cima del Galibier, a un gesto suyo, se desató la ofensiva. Bauer e Hinault comenzaron a descender la cima como diablos, dejando atrás a un enfurecido LeMond que tuvo que aliarse con Pello Ruiz Cabestany para tratar de interceptarlos, cosa que lograron durante el ascenso al Télégraphe. El mundo asistía atónito a una escena cuasi inédita en la que dos miembros de un mismo equipo no cesaban de pelear entre sí, contraviniendo cualquier lógica táctica. Y bien, en cuanto los cuatro corredores coronaron el puerto, ¿qué hizo Hinault? ¡Demarrar, por supuesto! LeMond consultó con su director deportivo, que bordeaba el ictus y que le dijo que hiciera lo que le diera la gana. Entonces, él y Cabestany comenzaron a relevarse para atrapar al francés. De nuevo reunidos, los escapados salieron en pos del Croix de Fer donde el cuarteto se tornó en dúo, dejando a LeMond e Hinault con su lucha mano a mano. La audiencia contuvo la respiración, todo parecía posible. Pero finalmente se había enterrado el hacha de guerra. Hinault aceptó que LeMond estaba demasiado fuerte, y como un humilde gregario le llevó apaciblemente de la Croix de Fer hasta la cima del Alpe d’Huez, donde tras departir unos momentos se abrazaron y cruzaron la meta cogidos de la mano.

Cuando se le había preguntado a Hinault el porqué de los ataques a su compañero, el campeón lo resumió con ese paternalista «Le estoy entrenando». Ya en París, donde LeMond se había coronado nuevo rey del Tour, el francés explicó que todas sus ofensivas y declaraciones habían sido una forma de forjar su espíritu, una suerte de entrenamiento para soportar las presiones que conlleva el vestir el maillot amarillo. Más bien parecía evidente que la tentación de ganar un sexto Tour había sido demasiado fuerte, y ciertamente el papel de Hinault convertido en señor Miyagi no hizo demasiada gracia a LeMond, quien declararía: «En Alpe d’Huez, Hinault me pidió por favor que no le atacase y que le dejase ganar la etapa, porque el Tour ya era mío. Si llego a saber lo que iba a declarar después, le meto cinco minutos». Bernard Hinault; a su manera, el Charlie Chaplin del ciclismo.

«No, monsieur, soy el tipo que ganó dos veces el Tour»

Un podio legendario. De izquierda a derecha: Laurent Fignon, Greg LeMond y Pedro Delgado (foto: Corbis)
Un podio legendario. De izquierda a derecha: Laurent Fignon, Greg LeMond y Pedro Delgado (foto: Corbis)

Lo comentábamos al principio de este artículo: en la ronda gala una derrota puede ser tan recordada como una victoria. En los últimos años muchos recordarán por ejemplo la caída de Joseba Beloki en la edición de 2003, disputando la general al por entonces intocable Lance Armstrong, y que significó su abandono del Tour, marcando un antes y un después en su carrera. Pero si en las últimas décadas ha habido una derrota épica, esa ha sido sin duda la de Fignon en 1989, el Tour más ajustado de la historia.

Aquel año significó el regreso a lo grande de dos de los mejores ciclistas de su época, Laurent Fignon y Greg LeMond, quienes debido a lesiones y accidentes habían estado tiempo sin competir o rindiendo por debajo de sus posibilidades. Pedro Delgado partía como gran favorito defendiendo su victoria del año anterior. Fignon había ganado el Giro, y LeMond por su parte era el que sembraba más dudas tras haber firmado hasta el momento una más que discreta temporada. A las primeras de cambio el español se autoeliminó de la carrera llegando tarde a la salida de la etapa prólogo, cediendo casi tres minutos en la contrarreloj y acabando el día como último clasificado en la general. Sin nada que perder, y tras superar unos días de lógica depresión, Delgado corrió a la ofensiva convertido en una máquina furiosa que poco a poco fue remontando puestos hasta acabar tercero en París.

Con el español descartado, el público esperaba un duelo sin cuartel entre LeMond y Fignon, cuya escuadra demostró ser la más fuerte en la contrarreloj por equipos. Sin embargo en la primera contrarreloj individual el norteamericano se alzó con la victoria y la general, desplegando una panoplia tecnológica (casco aerodinámico, manillar de triatlón) que sorprendió y llamó la atención de muchos, aunque el asunto apenas quedó en mera anécdota.

En los Pirineos, mientras Delgado corría su carrera de penitente (al concluir la segunda jornada pirenaica ya era cuarto en la general), LeMond y Fignon, siempre vigilantes, comenzaron a probarse. Escalando el Superbagnèrès el líder probó al francés, que quedó descolgado momentáneamente para después lanzar un furioso contraataque que LeMond no pudo seguir, cediendo el maillot amarillo por apenas siete segundos. La alegría le duró a Fignon unas pocas etapas: en la cronoescalada de la decimoquinta jornada la codiciada prenda dorada volvió a cambiar de manos, con un margen de cuarenta segundos. Tras un día de descanso llegó la primera etapa alpina, donde LeMond arrancó otros trece segundos a su rival. Al día siguiente, en las interminables curvas de l’Alpe d’Huez, Fignon se tomó la revancha, recuperando el primer puesto con veintiséis segundos, cifra que al acabar la alta montaña había aumentado hasta los cincuenta segundos de ventaja. La victoria del Tour estaba en un brete. En las circunstancias habituales el francés ya habría sido declarado vencedor virtual de la carrera, pero aquel año la ronda finalizaba en París con una contrarreloj individual de veinticuatro kilómetros y medio, una distancia demasiado corta, a tenor de los expertos, para que LeMond pudiera revertir la situación.

Era un 23 de julio. Como segundo clasificado, LeMond sería el penúltimo corredor en salir. Había ordenado que no le pasaran referencias. Aislado en su casco aerodinámico, su único objetivo era pedalear sin descanso, como no lo había hecho en su vida.

Todo dependía de un Fignon que desde hacía unos días sufría de molestias en la parte baja de las nalgas, en un sitio muy inconveniente para un ciclista, que no le dejaban descansar bien. Con todo, subió a la rampa de salida confiado, sabedor como muchos otros de que su rival no podía recortarle tanto tiempo en tan poca distancia. El francés sí iba a tener referencias. Tratando de concentrarse en su ritmo olvidándose del dolor («era como ser acuchillado»), la información que le llegó en el primer punto de control no era buena: LeMond le sacaba veintiún segundos. Impertérrita, la Torre Eiffel contemplaba cómo el americano le sacaba dos segundos por kilómetro al francés. De seguir así, en meta Fignon podría perder unos aterradores cuarenta y nueve segundos. Ser derrotado en su ciudad, en la última etapa, no entraba en sus planes. El corredor se alzaba sobre el sillín, apretando los dientes, buscando quizás un alivio momentáneo, pero las imágenes de televisión parecían mostrar lo evidente, que Fignon no acababa de encontrar su ritmo mientras LeMond pedaleaba tan regular como el horario de un tren japonés, entrando en los Campos Elíseos poco después que Delgado, a quien recortaba minuto y medio. La última referencia había marcado veintinueve segundos de ventaja sobre Fignon, pero en esos momentos ya debían de ser unos cuantos más. Vista al frente durante unos segundos para volver a bajarla, retornando a una mejorada y estética posición aerodinámica, y vuelta a repetir el proceso. LeMond parecía uno de esos pájaros bebedores de juguete, que suben y bajan el pico a intervalos regulares. Mientras, Fignon seguía castigando sus piernas, sus incisivos, su mente.

El norteamericano dobla la última curva y sigue dándolo todo, recorriendo el último tramo de la etapa. Cruza la meta pocos segundos después que Delgado. Un par de kilómetros más y le habría interceptado. Ha mejorado el mejor tiempo en treinta y tres segundos. Todo indica que ganará la etapa. ¿Podrá ganar el Tour? Sin casco ni gorra, con sus gafas, su coleta rubia y sus eternos aires de intelectual revolucionario de 1848, Fignon toma la última curva con veintiséis minutos y siete segundos. Está perdiendo cincuenta segundos exactos con LeMond. Y todavía queda la larga recta de los Campos Elíseos hasta la meta. Una fila, casi un pelotón de motos y coches siguen su estela, como si fuera un fugitivo al volante en una de esas viejas películas de los setenta. Los segundos parecen multiplicarse y la meta parece que cada vez esté más lejos. El maillot amarillo alcanza y rebasa el tiempo de LeMond, mientras segundo a segundo el cronómetro sigue contando, implacable. Dios mío, si conserva el maillot será por muy poco. Restan todavía unas decenas de metros cuando el francés alcanza la cifra maldita. El mundo asiste atónito. Veintisiete minutos y cincuenta y cinco segundos, Fignon cruza la meta y se derrumba. Ha perdido el Tour. Por ocho miserables segundos. Casi asfixiado, solo acierta a repetir una pregunta: «¿Bien? ¿Bien?». Nadie se atreve a contestarle. Un cámara graba cómo engulle alguna bebida isotónica, mientras LeMond llora de puro éxtasis. Por fin, alguien le ametralla con tres palabras que se clavan como dagas: «Has perdido, Laurent». Incrédulo, incapaz de procesar la información, se queda sentado, con la mirada perdida. Para la posteridad, para gran parte del público, de forma dolorosa, él ya no será Fignon, el campeón, sino Fignon, el ciclista que fue abatido por el margen más escaso de la historia. Ah, sí, ya sé quién eres, el tipo que perdió por ocho segundos. De forma respetuosa pero gélidamente firme, el francés siempre corregirá a su interlocutor: «No, monsieur, soy el tipo que ganó dos veces el Tour».

Así puede ser la épica del ciclismo, del Tour, tan cruel como la propia carrera, tan dulce como el alivio agónico de cruzar la meta dejando atrás cuatro grandes puertos de montaña. Tan engañoso como el amor de una meretriz. Dicen que el ciclismo ha muerto, que el dopaje mató a la bestia. Quienes nunca se han interesado por él ahora lo consideran una farsa; otros que amaron su pureza se han alejado de él como amantes despechados. Desde luego yo creo que las heridas han sido graves, pero mientras siga viendo rostros desencajados, bocas abiertas y desesperantes, cabeceos y zigzags, mientras no vea a un profesional escalar el Izoard con cara de estar dando un paseo cicloturista, creo que seguirá mereciendo la pena echar un vistazo a las vicisitudes del pelotón. Ya lo dijo Carl Sagan: «Si las constelaciones se hubieran nombrado en el siglo XX, creo que veríamos bicicletas en el cielo».

Bibliografía:
Plomo en los bolsillos, Izaguirre, Ander, 2012
The Story of the Tour de France, McGann, Carol y Bill, 2006

Laurent Fignon descansa en el coche de equipo ante la mirada curiosa de un niño del público (foto: Corbis)
Laurent Fignon descansa en el coche de equipo ante la mirada curiosa de un niño del público (foto: Corbis)


Sanciones ejemplares: cuando la deportividad desaparece del deporte

Lance Armstrong. Foto: Martyna Borkowski (CC)
Lance Armstrong. Foto: Martyna Borkowski (CC)

deporte.

(De deportar).

1. m. Actividad física, ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas.

2. m. Recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico, por lo común al aire libre.

(Diccionario de la lengua española [DRAE])

Sujeción a normas. Algo de lo que entienden muy bien los personajes en este artículo, así como de la conveniencia de liberarse de esa sujeción de vez en cuando. Sea en busca del beneficio personal, del perjuicio ajeno o por convicciones personales, estas son algunas de las mayores sanciones en la historia del deporte.

Verdades como puños ante la moral estadounidense

En 1967 Muhammad Ali ya había ganado el título de campeón lineal de los pesos pesados, así como una medalla de oro para los Estados Unidos. Fue el mismo país el que lo llamaría a cumplir el servicio militar, en el contexto de la guerra fría y la guerra de Vietnam. Ali se negó a cumplir su deber, aludiendo a la objeción de conciencia y a su pertenencia al islam. Fue la primera celebridad en pronunciarse públicamente en contra de la guerra y, como tal, pagó la osadía. Fue sentenciado a cinco años de prisión y diez mil dólares de multa. Pudo librarse de la cárcel al ser liberado bajo fianza, pero se le retiró la licencia de boxeador y se le impidió salir del país durante tres años y medio. La polémica sirvió para reforzar la ya de por sí emblemática figura de Ali, y dedicó ese tiempo a dar charlas en contra de la guerra y el racismo.

Cuando volvió al boxeo más de tres años después volvió sin ser tan arrollador, pero con todo su poderío que le permitiría recuperar su título de campeón lineal de los pesos pesados tras vencer a George Foreman en 1974, en Zimbabwe, diez años después de su sanción.

Muhammad Ali. Foto: Cliff (Nostri Imago) (CC)
Muhammad Ali. Foto: Cliff (Nostri Imago) (CC)

El inicio del fin del hooliganismo

El hooliganismo fue un fenómeno violento relacionado con el deporte (principalmente, el fútbol) que se extendió como la pólvora en el convulso Reino Unido a partir de los años sesenta. Conocido como la enfermedad inglesa, los ultras británicos se labraron pronto la peor reputación del mundo en lo que a aficionados al deporte se refiere.

Llegados a la década de los ochenta, los hooligans eran una auténtica lacra en el Reino Unido, ante la cual las autoridades se veían desbordadas. La sociedad inglesa veía con una mezcla de pavor y disgusto a las crecientes hordas que se generaban alrededor de los estadios de fútbol en un torbellino de peleas, destrozos, robos y asaltos.

El 20 de mayo de 1985 se enfrentaban el Liverpool y la Juventus de Turín en el estadio de Heysel, en Bruselas, en la final de la Copa de Europa. Lo que debería haber sido una celebración del fútbol terminó siendo una fecha marcada por el desastre. Una hora antes del inicio del partido, un gran grupo de hooligans seguidores del Liverpool se colaron a través de la valla que los separaba de una zona neutral en la que había mayormente seguidores de la Juve, que trataron de huir de los violentos ingleses desesperadamente, apilándose contra un muro de hormigón. Cuarenta y una personas murieron aplastadas y más de trescientas resultaron heridas de gravedad.

Asombrosamente, el partido terminó jugándose, en mayor parte por miedo a una nueva demostración de violencia. La Juventus ganó por 1-0. Nunca un resultado de la Copa de Europa importó tan poco.

Tras el partido, tanto las autoridades británicas como las europeas coincidieron en que debían tomarse medidas drásticas. Los equipos ingleses fueron vetados en las competiciones europeas durante un periodo indeterminado. A partir de la temporada 1990-1991 el veto se fue levantando paulatinamente.

El hooliganismo como fenómeno de masas en el Reino Unido es a fecha de hoy prácticamente inexistente. Las medidas tomadas han tenido éxito y el fútbol europeo es ahora más sano. El coste pagado ha sido no obstante demasiado alto.

Una estampa habitual en la época. Birmingham City - Leeds en 1985. Foto: Cortesía del Birmingham Mail.
Una estampa habitual en la época. Birmingham City – Leeds en 1985. Foto: Cortesía del Birmingham Mail.

La rivalidad llevada al extremo en el patinaje artístico

Tonya Harding no tuvo una infancia fácil. Tal y como dijo Jesse Jackson: «Su madre se casó hasta seis veces; creció en una caravana, la llamaron white trash y white nigger. Tanto ella como su madre sufrieron abusos sexuales. Su interior debe ser como un cristal roto. Pero sigue sonriendo y sigue patinando».

Esta breve biografía sirve como acercamiento a la persona que es Tonya Harding. Con una determinación y sacrificio fuera de cualquier comparación, superó todo ese lastre para coronarse como la mejor patinadora artística de Estados Unidos y llegó a ser subcampeona del mundo en 1991.

En 1994, era una de las principales favoritas para repetir oro en los US Championships junto a su archirrival Nancy Kerrigan. Sin embargo, tras una sesión de entrenamiento Nancy fue asaltada por un matón contratado por el exmarido de Tonya, que la golpeó con una porra en la rodilla derecha con la intención de lesionarla y así allanarle el terreno a Tonya.

Y funcionó: sin Kerrigan de por medio, Harding se hizo con el oro.

No obstante, tres años después y tras los Juegos Olímpicos de invierno de Lillehammer —en los cuales, por cierto, Harding terminaría octava mientras que Kerrigan, ya completamente recuperada, se haría con una valiosa plata—, se destapó el pastel. Tonya se libró de la cárcel por los pelos, fue condenada a quinientas horas de servicios a la comunidad, multada con ciento sesenta mil dólares, desposeída del oro que ganó siguiendo a la agresión, y fue inhabilitada de por vida por la USFSA, la asociación estadounidense de patinaje artístico.

En 2003 iniciaría una breve carrera en el boxeo, que terminaría apenas un año después con más pena que gloria.

El día en que Cantona dijo basta

Es de suponer que Eric Cantona no estaría en el mejor de los ánimos cuando el árbitro lo expulsó por agredir a un rival en un partido en el campo del Crystal Palace. Es también de suponer que lo último que quería oír en ese momento era a un hooligan veinteañero con filias neonazis y conducta violenta, de nombre Matthew Simmons, insultándolo desde la banda.

Es de suponer que fue poner sus ojos en él y preparar una patada voladora, todo parte de una misma reacción espontánea. No se le puede culpar.

La patada pasó a la historia del fútbol moderno y Cantona fue sancionado sin jugar durante ocho meses. Asimismo, fue despojado de la condición de capitán de la selección francesa y nunca más volvería a jugar representando a su país.

En 2011, Cantona declaró que agredir a Simmons le produjo una maravillosa sensación y que le complace que los aficionados atesoren el recuerdo de esa patada. Pero que, al mismo tiempo, fue un error.

En cuanto a Matthew Simmons, tras una agresión en un partido juvenil en 2011 fue sentenciado a seis meses de cárcel, ciento cincuenta horas de servicios a la comunidad y suspendido por dos años. A fin de cuentas, más que su propio agresor.

El mordisco más famoso en la historia del deporte

No estamos hablando, por supuesto, de Luis Suárez, un aprendiz en esto del uso indebido de la dentadura. El verdadero maestro y autor del acto que retrata el titular que preside este párrafo no es otro que Mike Tyson. Era la noche del 29 de junio de 1997 y este se enfrentaba a Evander Holyfield en un combate épico. No empezó sin embargo bien para Tyson, que harto de ser vapuleado trató de darle una vuelta al combate dando un mordisco a la oreja de su rival. Fue advertido por el árbitro pero, solo unos minutos después, devolvió el mordisco con aún más violencia. El partido fue suspendido, Holyfield declarado vencedor y Tyson sancionado con tres millones de dólares y una suspensión de por vida que fue no obstante posteriormente revocada.

Metta World War

Ron Artest nunca fue un tipo tranquilo, pero desde luego en Detroit no le ofrecieron un tratamiento terapéutico el 19 de noviembre de 2004. Fue un partido duro que sin embargo llegó al último minuto sin mayores incidentes. Apenas con cuarenta y cinco segundos restantes de partido, el pívot de Detroit Ben Wallace inició un movimiento en el poste que fue detenido con una dura falta de Artest. Wallace, furioso ante la contundencia de la falta, se dio la vuelta y golpeó con ambas manos a Ron Artest, que (y esto se obvió por muchos medios) inicialmente rehusó cualquier tipo de pelea.

La trifulca se fue agravando por otros frentes y los puñetazos empezaron a volar entre jugadores, mientras técnicos y árbitros hacían lo posible (es decir, poco) para impedir que la cosa fuera a mayores. De algún modo lo consiguieron, y Artest se tumbó sobre la mesa de anotaciones para tratar de relajarse. Y parecía estar lográndolo, pero entonces a un espectador se le ocurrió que sería divertido tirarle un vaso de refresco a la cara.

Como decía en la primera línea, Ron Artest nunca fue un tipo tranquilo. Y ese vaso de refresco desató a la bestia. Artest salió disparado grada arriba hasta alcanzar al gracioso espectador, cuyo gesto de diversión muta drásticamente al pavor cuando se da cuenta de lo que le viene encima. Lo que sigue es difícilmente narrable pero fácilmente observable en el vídeo: una batalla campal entre jugadores y aficionados, que termina con la salida de los Pacers bajo una lluvia de objetos lanzados desde las gradas.

Hubo nueve sancionados y multas por un total de once millones de dólares. El mayor perjudicado fue Artest, sancionado sin jugar el resto de temporada (setenta y dos partidos incluyendo playoffs) y cinco millones de dólares. Ben Wallace, el que elevó el incidente a categoría de pelea, se fue de rositas con sólo seis partidos y cuatrocientos mil dólares.

Ron Artest inició posteriormente una campaña personal de lavado de imagen en la que declaraba ser una persona nueva. Se cambió el nombre a Metta World Peace para que así lo pareciera, pero, sinceramente: sigue sin ser un tipo tranquilo.

El año en que McLaren perdió un título y cien millones de dólares

En 2007, McLaren tenía todo de cara para ganar tanto el título de pilotos como el de constructores. No solo era el MP4-22 el mejor coche de la parrilla si no que contaba con la mejor pareja de pilotos: por un lado, el campeón de los dos últimos títulos de pilotos, Fernando Alonso, y a su lado el muy prometedor novato de la casa, Lewis Hamilton.

Como ya contamos en este artículo, la temporada se fue enturbiando a medida que la convivencia entre pilotos se fue convirtiendo en un duelo fatricida. La ruptura se consolidó con la explosión del Spygate, cuando se descubrió que McLaren había estado recibiendo información confidencial de carácter técnico perteneciente a Ferrari.

El equipo fue descalificado del campeonato de constructores, que habría ganado de otro modo, y multado con la cantidad más alta en la historia del deporte: cien millones de dólares.

El otro campeonato también lo perderían, en la última carrera, cuando unos furibundos Alonso y Hamilton vieron cómo el Ferrari de Kimi Räikkönen les birlaba el título que había estado en sus manos toda la temporada.

El mayor escándalo de dopaje de la historia

Puede que no fuera el caso que más atletas dopados involucró, pero sin duda sí fue el más mediático. Lance Armstrong era y es una de las caras más visibles del deporte. En su epopeya, resurgió de un cáncer del que los doctores le dieron un 40% de posibilidades de supervivencia, para, tan solo dos años después, volver al ciclismo profesional. El resto es ampliamente conocido: siete Tours de Francia consecutivos, desde 1999 hasta 2005. Todos sus resultados desde 1998 fueron sin embargo anulados por la USADA (la Agencia Antidopaje de Estados Unidos), que adicionalmente lo suspendió de por vida.

La virulencia con que Armstrong atajó todas las acusaciones de dopaje fue una de las más destacables características de un deportista sin escrúpulos cuya historia de vida ayudó a pesar de todo a muchos enfermos de cáncer a afrontar con más fuerzas la enfermedad.

Uno de sus mayores logros personales fue la Lance Armstrong Foundation, organización benéfica que ayuda a los enfermos de cáncer. Sin embargo, tras los escándalos de dopaje, Armstrong se vio forzado a abandonar su puesto de presidente. Presidida ahora por Doug Ulman, la organización decidió desvincular su nombre del del ciclista y se llama ahora Livestrong Foundation.

A fecha de hoy Armstrong sigue negándose a colaborar con las autoridades antidopaje, exigiendo a cambio una amnistía que, es de esperar, nunca llegará.


Vincenzo Nibali y la sombra del dopaje en el Tour 2014

Peraud, Nibali y Pinot en el podio del Tour de Francia 2014. Foto: Cordon Press.
Peraud, Nibali y Pinot en el podio del Tour de Francia 2014. Foto: Cordon Press.

A finales de mayo, Chris Froome bajó por fin del Teide y explotó en su cuenta de Twitter: «Tres favoritos al Tour entrenando en el mismo sitio durante dos semanas y ni un solo análisis antidoping». Chris Froome, el hombre que apareció de la nada en 2011 para quedar segundo en la Vuelta, luego segundo en el Tour y finalmente ganar la ronda francesa en 2013, a los veintiocho años, parecía realmente indignado. «Para aclarar las cosas, yo soy uno de esos tres favoritos, y cuando nos pregunten a cualquiera de los tres si nos han hecho pruebas y tengamos que contestar que no vamos a resultar poco creíbles», dijo posteriormente, aún caliente, a la revista Cyclingnews.

¿Qué habría visto Chris Froome en el Teide para reaccionar de esa manera? Como él mismo comentaba en la entrevista, había estado ya antes cinco o seis veces y probablemente se encontrara con medio pelotón en cada una de sus visitas pues es uno de los centros de peregrinaje habituales al menos desde que Michele Ferrari estableciera ahí sus campos de entrenamiento y dopaje masivo de los que tanto se aprovechó el US Postal de Lance Armstrong, un habitual de la zona.

Entrenar en el Teide puede estar bien sin necesidad de doparte: está la excusa de la altitud, la tranquilidad canaria, una buena comunicación aérea… pero es imposible, sabiendo lo que sabemos, obviar que todos los que suben al Teide bajan como motos y que hay demasiados médicos en la zona, factores que se suman a la tradicional y notoria falta de interés de las autoridades españolas a la hora de combatir el dopaje con controles continuos y eficaces. Miren cuántos ciclistas además de entrenar en las Canarias viven en Girona o en Andorra y luego intenten no ser suspicaces.

En cualquier caso, las declaraciones de Froome iban un paso más allá porque Froome no es ningún santo. Tanto él como su equipo como su hagiógrafo, David Walsh, quieren pasar por ello, pero las dudas están ahí: ¿Cómo es posible que un corredor que fue expulsado en 2010 por agarrarse de un coche subiendo el Mortirolo en pleno Giro, un tipo sin talento alguno para vueltas de tres semanas, se convirtiera de la noche a la mañana en el mayor especialista del mundo, atacando en la montaña sin apenas levantarse de la bicicleta?

Poco después de estallar en Twitter, Froome se fue a Francia a correr la Dauphiné-Libéré. Justo antes del último puerto de la segunda etapa, se vio a Froome inhalar de un respirador tipo Ventolin. Aquello fue inaudito porque el salbutamol y sus derivados están prohibidos y no se pueden utilizar en plena carrera… salvo que tengas una autorización médica de la UCI. Froome nunca había presentado problemas de asma anteriormente así que la sorpresa fue aún mayor: el chico ganó la etapa por delante de Alberto Contador y cuando el vídeo se propagó por internet, incluso su novia salió a decir que para eso no hacía falta autorización ninguna.

Obviamente, era mentira. Su equipo y la UCI fueron más listos y se sacaron de la manga una autorización exprés firmada por el ínclito doctor Zorzoli, que lleva dirigiendo la política médica del ciclismo mundial desde los tiempos del Festina y buen amigo de Lance Armstrong. La polémica, sin embargo, no dejó indemne a Froome: pocos días después apareció una lesión que le hundió en la general y un par de caídas le dejaron fuera del Tour al poco de empezar. Incluso en TVE se asombraron al ver con qué decisión se subía al coche tras la última de ellas.

El Astana del pavé, como la Gewiss de los locos años noventa

Dejemos una cosa clara: se puede ganar el Tour sin doparse. Se puede incluso ganar el Tour con ocho minutos de ventaja sobre el segundo sin doparse aunque eso requiera un talento descomunal. Lo que está en duda aquí es si se puede ganar el Tour con ocho minutos de ventaja recién bajado del Teide y con Vinokourov como referente de tu equipo.

Cuando Froome hablaba en su tuit de «tres favoritos a la victoria» hablaba de sí mismo, hablaba de Alberto Contador, cuyo pasado está ahí por muy difícil que sea de asimilar para el aficionado español, y hablaba de Vincenzo Nibali, el corredor de Astana, equipo kazajo de una reputación más que dudosa. Fundado a rebufo del Liberty Seguros tras la Operación Puerto, el Astaná de Vinokourov ha estado involucrado en decenas de casos de dopaje, empezando por su «alma mater», que no contento con aparecer en la investigación de dopaje masivo del Telekom de Ullrich y en la Operación Puerto, dio positivo por una autotransfusión en 2007.

Perdonado por todo aquello, aunque sin reconocer nunca su culpabilidad, Vinokourov aún tuvo tiempo para, como corredor, ayudar a Contador a ganar el Tour del clembuterol y hacerse con el oro en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, probablemente uno de los momentos más bochornosos del ciclismo contemporáneo.

Por otro lado, la concentración de Astaná en el Teide no tenía nada de novedoso. Como he dicho antes, es una práctica demasiado habitual en el ciclismo. Junto a Nibali acudieron, según La Opinión de Tenerife, sus compañeros de equipo Jakob Fuglsang, Fredrik Kessiakoff, Alessandro Vanotti, Lieuwe Westra y Andrei Grivko. Kessiakoff se quedó fuera de la lista para el Tour y el papel de Vanotti ha sido más bien testimonial pero algunos de ellos protagonizaron el, para mí, momento más escandaloso del ciclismo en muchos años.

Quinta etapa del Tour: la lluvia torrencial obliga a la organización a anular tres tramos de pavé en un día que pretende ser algo así como una París-Roubaix veraniega. Las caídas son constantes, incluyendo la citada de Froome, que le obliga a abandonar. Pese a la amenaza del pavé, el verdadero peligro se da antes de los tramos o en los kilómetros intermedios, cuando el pelotón va como loco. Delante se ha formado una escapada con corredores como Gallopin, Tony Martin o Marcus Burghardt y detrás los especialistas quieren aprovechar su oportunidad.

Contador se queda cortado, Valverde se queda cortado, Talansky hace un Talansky y se cae… de pronto nos damos cuenta de que, llenos de barro, quedan unos diez corredores delante, en medio del caos. Está Cancellara, el gran favorito; está Peter Sagan, el chico que no se rinde nunca; están todoterrenos como Kwiatkowski o especialistas en carreras de un día como Trentin o Keukeleire. Más atrás, intentando cerrar huecos, amenaza Vanmarcke.

¿Quién coge la responsabilidad entonces? El Astana. Después de cien kilómetros de escapada, Westra hace el último servicio y pone el trenecito en marcha. Tras él, pura potencia, ni un solo ataque, todos sentados en sus bicicletas, Fuglsang y Nibali. Es un momento casi cómico: ninguno de los tres ha corrido nunca sobre pavé, pero llevan a todos los especialistas con el gancho hasta que el grupo se rompe: los tres Astana delante, el resto del mundo menos Lars Boom, que demarra en última instancia para unirse al expreso, detrás, impotentes. Parece una repetición de la Flecha Valona de 1994, cuando tres corredores de la Gewiss coparon el podio.

El médico de aquella Gewiss-Bianchi, la que alimentaría en su seno a Berzin o Riis, era Michelle Ferrari. Suya fue la frase después de la carrera: «Tomar EPO es tan malo como tomar zumo de naranja, solo te pone en peligro si la ingieres en grandes cantidades».

La buena noticia de Hautacam

Veamos el lado positivo, más allá de lo que no dejan de ser más que lógicas sospechas. Lógicas al menos para cualquiera que entienda lo que ha pasado en el mundo del ciclismo —y no solo del ciclismo, no seamos inocentes en los últimos años. Veamos un dato que es elocuente por sí mismo y que nos lleva mucho más adelante en el Tour de Francia, concretamente a la etapa decimoctava, la que termina en Hautacam, al lado del santuario de Lourdes.

Hautacam es una de esas cimas malditas del ciclismo de los noventa. Es el puerto donde Bjarne Riis decidió dar su exhibición en 1996 para ganar el Tour a los treinta y dos años. Riis, apodado «Mr. 60%» por sus valores habituales de hematocrito antes de que se instaurara el límite del 50% para poder competir, es la personificación del dopaje masivo de aquellos años locos: el hombre que nunca había destacado y que, de repente, dejaba a rueda a Induráin y a quien hiciera falta. Años después, obligado por la investigación de Friburgo, reconocería el dopaje. Por entonces, dirigía aún el CSC, donde Tyler Hamilton asegura que mandaba a todos sus corredores a la consulta de Eufemiano Fuentes, antes de pasarse al Saxo Bank de Alberto Contador y Rafal Majka.

Y es que Majka es importante en esta historia porque es de los primeros en atacar rumbo a Lourdes. Es un ataque que tiene como fin asegurarse el primer puesto en la clasificación de la montaña y, si eso, ganar su tercera etapa de montaña. Majka, polaco de veinticuatro años de indudable talento, viene de quedar sexto en el Giro de Italia después de coquetear con el podio. Acabó la ronda italiana tan agotado que decidió descansar con las miras puestas en la Vuelta hasta que Riis le llamó apenas una semana antes del Tour para sustituir a Kreuziger, cuyos valores «anómalos» en el pasaporte biológico le impedían participar.

La reacción de Majka estuvo a la altura de la de Froome al volver de Tenerife: «El equipo no se preocupa de mi salud», reacción que obviamente mitigaría en los días siguientes porque Oleg Tinkov es mucho Oleg Tinkov. Sea como fuere, el corredor que acabó el Giro agotado y que no había hecho sino descansar hasta junio, se mostraba como el más fuerte en los Alpes y en los Pirineos. «No me gustaría ser la vena de Majka», decía Sergio en su blog con su habitual ironía y el caso es que ahí seguía el polaco, en persecución de Mikel Nieve, el único superviviente de la escapada del día, cuando detrás se produjo lo que todos temíamos: un ataque de Horner que parecía tener como único objetivo lanzar a Nibali, como si sintiera que aún le debía algo después de quitarle la Vuelta 2013 en la penúltima jornada a los cuarenta y dos años.

Cuando Nibali aprovecha el rebufo de Horner para lanzar su propio ataque quedan más de diez kilómetros de meta. Los malpensados se echan a temblar: Riis tardó 34 minutos y 38 segundos en subir Hautacam en 1996, medio minuto menos de lo que tardaron Leblanc e Induráin en 1994. Viendo a Nibali subir a ese ritmo, superar a Nieve, luego a Majka, aumentar la ventaja sobre sus supuestos «iguales»: Peraud, Pinot, Bardet, Van Garderen… es inevitable suponer que el récord del danés está en peligro. Sin embargo, no es así, ni mucho menos. Nada más terminar la etapa, la cuarta en el zurrón del italiano, Ammattipyöräili, la referencia en estas cuestiones, descubre que ha tardado 37 minutos y 23 segundos, casi tres minutos más que Riis. De haber corrido en los noventa, Nibali habría perdido tiempo incluso con Fernando Escartín.

El segundo Tour más rápido de todos los tiempos

De acuerdo, son fechas distintas y exigencias distintas. En los noventa, Hautacam solía ser el único puerto de la etapa y en 2014 se llegó tras subir ni más ni menos que el Tourmalet. Además, es obvio que Nibali no forzó porque no lo necesitaba: el Tour y la etapa eran suyos sin necesidad de forzar. Con todo, hay algo que nos tranquiliza y es que, sea lo que sea lo que están tomando ahora los ciclistas no es lo que tomaban sus directores deportivos en los locos noventa. No es ni siquiera lo que tomaba Armstrong en los 2000.

Con todo, sería muy inocente pensar que en un vagón lleno de carteristas todos los bolsos llegan intactos a casa. El principal problema de Nibali se llama Vinokourov igual que el principal problema de Majka se llama Riis. Con esta gente metida en el deporte en puestos de responsabilidad es imposible fiarse de lo que estamos viendo y no en vano la UCI ha llamado a declarar a ambos no se sabe muy bien para qué.

¿Es Nibali superior a sus rivales? Por palmarés, por técnica, por talento… sin duda. ¿Es ocho minutos mejor que todos los demás, separados todos por apenas dos-tres minutos? No lo sé. ¿Es el mejor en todos los terrenos, todos los días, sobre pavé, en montaña, incluso contra el reloj? Si a sus casi treinta años se ha convertido en una superestrella, pues igual sí. Supongo que uno tiene tres semanas buenas y se le va la mano a veces…

Si quitamos los años de Armstrong, el de Nibali es el segundo Tour más rápido de la historia. Pese a la lluvia, pese a los Vosgos, pese a los Pirineos, los Alpes, la presencia testimonial de la contrarreloj, la media de la carrera ha sido de 40,679 kilómetros por hora, solo por detrás de la edición de 2006 cuando un Floyd Landis hasta las cejas fue desposeído de la victoria por dopaje. Contando a Armstrong, sería el cuarto más rápido. Supongo que eso se puede explicar por las mejoras técnicas en bicicleta y entrenamiento, pero los datos son los datos para lo bueno y para lo malo.

La duda, por tanto, sigue. Sigue con Nibali, sigue con Peraud, que a los treinta y siete años logra su primer puesto relevante en una carrera de tres semanas, sigue con Valverde, que a los treinta y cuatro y con la Operación Puerto detrás estaba convencido de que iba a hacer ahora el podio que no pudo hacer en sus años con Fuentes, y sigue incluso con el silencioso Haimar Zubeldia, que ha pasado por el Euskaltel de Jesús Losa y el Discovery Channel de Johan Bruyneel sin hacer ruido para acabar octavo en la general a los treinta y siete años. Detrás de ellos, el vacío del ciclismo español, solo amortiguado quizá por la promesa de Mikel Nieve si sale pronto del Sky… o si el Sky le lleva a Tenerife en condiciones y le concede las «ganancias marginales» que hicieron de Chris Froome todo un ganador de Tour de Francia.

¿Cuál es el futuro?, ¿ciclismo o Pressing Catch?

Antoine Vayer, gran azote del dopaje, extécnico del Festina de los prodigios noventeros, es optimista. Él cree que la lacra ha quedado atrás. Yo, insisto, estoy de acuerdo en parte siempre que no olvidemos la otra parte. Vayer acostumbra desde hace años a calcular la energía que tiene que desarrollar cada corredor según su peso para hallar indicios razonables de dopaje. En sus radares han pitado prácticamente todos los ganadores, con estrépito Induráin, Riis, Ullrich, Pantani y Armstrong. Otros años podía haber tres, cuatro o cinco corredores cuyas actuaciones podían calificarse de «sospechosas», «sobrehumanas» o directamente «mutantes». Este año, solo uno ha corrido por encima del límite de la sospecha: ha sido Vincenzo Nibali y por los pelos.

Puede que el mismo hecho de que el ciclismo francés haya repuntado sea una buena noticia. Puede que, como ellos han pregonado siempre, sus fracasos se debieran simplemente a un «ciclismo de dos velocidades (médicas)» y que desaparecidos los médicos haya reaparecido la igualdad. Puede, insisto, pero no olvidemos que la última vez que el ciclismo francés repuntó fue en 1997-1998, con Virenque, Brochard, Jalabert, Moreau, Rinero, o ese pionero del US Postal llamado Jean-Cyril Robin. Prácticamente todos ellos eran unos tramposos. Yo no les voy a decir que no tengan héroes ni que no se emocionen. Solo quiero dejarles claro que durante años no han estado viendo una competición deportiva sino una especie de espectáculo a lo WWE en el que el ganador lo determinaba un señor con consulta en la Toscana o en la calle Caídos de la División Azul.

Si eso ha dejado de ser así, hay motivos para alegrarse mucho. Tengo la sensación de que Chris Froome no lo tiene del todo claro.


La gran sequía francesa: treinta años sin el Tour ni Roland Garros

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Fotografía: Cordon Press.

Francia persigue desde hace tres décadas una victoria imposible en dos de las grandes competiciones atléticas de la nación, dos auténticas instituciones para el país – Un paréntesis tan prolongado solo se explica por un cóctel complejo de factores un tanto azarosos, que poco tienen que ver con déficit alguno de talento, desarrollo e inversiones sino más bien con falta de enfoque específico y con la esquiva tarea de concebir grandes campeones.

El aviador galo Roland Garros fue un tenista mediocre. Firmó sus mejores páginas en el aire y no con la raqueta. Emparentado a su manera con el imaginativo Antoine de Saint-Exupéry, que estrelló su avión en medio del Sáhara, Garros cayó tras las líneas enemigas en 1915 y los alemanes aprovecharon para copiar el pionero sistema de ametralladora instalado en su aeroplano. Sus méritos como piloto le valieron, pese a su escasa fortuna deportiva, legar su nombre al primer gran torneo nacional de tenis, el antiguo Abierto de Francia.

Apenas un par de décadas antes nació el Tour de Francia, la mejor carrera ciclista del mundo, de la guerra comercial entre Pierre Giffard (director del diario Vèlo) y Henri Desgrange (director de L’Auto). Fue un redactor de esta última publicación —impresa en páginas amarillas— quien tuvo la ocurrencia de impulsar una vuelta de varias semanas por todo el país para empujar las ventas de su cabecera. La prueba fue una sucia odisea de resistencia inhumana que impresionó a la nación y catapultó a L’Auto en los kioscos. Como es sabido, el Tour se convertiría con el tiempo en el Vaticano de la cristiandad ciclista.

Más de cien años después, ambas competiciones gozan de aclamada reputación. No hay mayor carrera en el deporte de la bicicleta y no existe un torneo de tenis comparable jugado en tierra batida. Sin embargo, lo que antiguamente fue un feudo feliz para los franceses, acostumbrados a campeonar en sus orgullosas competiciones, ha dejado de ser terreno propicio para ellos. La primera lectura es sencilla: Francia construyó los mejores torneos y vinieron los mejores deportistas del mundo a conquistarlos.

«Roland Garros y el Tour tienen el mismo problema para los franceses: son competiciones enormes y globalizadas y sencillamente las ganan los mejores del momento, no importa su nacionalidad», señala Javier Cepedano, consultor de marketing digital y fundador del sitio sobre ciclismo Cobbles & Hills. «En ese sentido, como no tienen el liderazgo individual ni en ciclismo ni en tenis en las tres últimas décadas, no ganan», sentencia.

Pujante tenis sin lustre

En las canchas, el balance es rotundamente agridulce. Pese a ganar en los últimos veinticinco años tres Copas Davis (y disputar otras tantas finales), y pese a presentar un número de tenistas top 100 únicamente superado por España, solo las victorias de Mary Pierce (Australia 95 y Roland Garros 00) y Amélie Mauresmo (Australia 06 y Wimbledon 06) han librado al país de un panorama masculino completamente baldío en cuanto a Grand Slams desde 1983. Entonces, el peculiar Yannick Noah levantó una Copa de los Mosqueteros cuyo precedente más reciente era el de Marcel Bernard en… 1946.

La sequía francesa en Roland Garros es, por tanto, pertinaz, pero conviene aclarar que el país nunca dominó el torneo salvo en sus primeros treinta años de vida —hace ya casi ochenta— y que esta gran escasez tiene correspondencia directa con las muy escuetas presencias del tenis galo (masculino) en lo más alto de los major de los últimos lustros (solo cuatro finales y todas perdidas, las de Cédric Pioline en Estados Unidos 93 y Wimbledon 97, Arnaud Clément en Australia 01 y Jo-Wilfred Tsonga en Australia 08).

«El deporte francés no tiene una tradición de grandes campeones en tenis desde los años cuarenta», asegura el escritor Guillermo Ortiz. «Lo raro, por tanto, es que gane un francés, no que no lo haga. Además, el dominio de Federer, Nadal y Djokovic dentro y fuera de Roland Garros en los últimos diez años tampoco ayuda», señala.

La cuestión de los grandes campeones es fundamental. La dotación del Ministerio de Deportes francés (cartera propia con cerca de trescientos millones de euros de inversión atlética en 2014, por los ciento cuarenta y dos que maneja el Consejo Superior de Deportes español) sigue siendo generosa pese a los recortes de Valérie Fourneyron, exministra de François Hollande. «A pesar de trabajar como ninguna otra potencia el tenis base, con unas inversiones y subvenciones impresionantes», comienza Alejandro Arroyo, periodista deportivo en Punto de Break y Ecos del Balón, «el tenis francés no ha conseguido hacer brotar un potencial ganador de Slams. Es algo aleatorio. Francia no trabaja peor que, por ejemplo, Suiza, y a ellos les sale una Hingis, un Federer o un Wawrinka».

Al margen de esta esquiva alquimia de figuras, labranza poco menos que inescrutable, el país no cuenta con una relación especial con la tierra batida pese al arraigo de Roland Garros. Apunta el periodista Óscar Fornet: «Francia, a pesar de acoger el torneo más importante del mundo sobre polvo de ladrillo, nunca ha optado por la especialización de sus tenistas en una superficie con menos peso en el circuito que el cemento. Al contrario, ha apostado siempre por la formación de jugadores completos, técnicamente muy bien dotados y competitivos en todas las superficies».

Arroyo remata el argumento: «Son la escuela más versátil y variada del mundo con diferencia. Han importado el físico de sus colonias y se han adaptado a las pistas rápidas que piden envergadura y potencia. En Europa, el 90% de los tenistas, por no decir el 100%, exceptuando España e Italia, se forman en pista cubierta. En centroeuropa hace mucho frío y forman su mentalidad y su concepto del tenis en esas pistas, que son el 75% de todas las de la ATP».

La herida del Tour

Con un dato, Guille Ortiz perfila una brecha llamativa:«De 1947 a 1982 ningún francés ganó Roland Garros, pero entre diez corredores distintos conquistaron el Tour más de veinte veces». Es una estadística demoledora que se ensambla por contraste con el gran paréntesis del ciclismo actual. Tras la victoria de Bernand Hinault en 1985 —quinto amarillo para «el Caimán», ningún otro compatriota ha vuelto a subir a lo más alto de los Campos Elíseos hasta la fecha. Solo Richard Virenque (1996 y 1997) ha alcanzado al menos el podio en estos casi treinta años.

De entrada, Juanfran de la Cruz, periodista de ciclismo de 20 minutos, relativiza un poco los simples números: «Si pensamos que a Laurent Fignon se le escapó uno en 1989 por unos pocos segundos ya estaríamos reduciendo algo la brecha de tiempo. Y si asépticamente omitimos los doce Tours tan dominados por Miguel Indurain (5) y Lance Armstrong (7), el período sería bastante menor», reflexiona.

Sin embargo, la estadística dibuja a las claras ciertos signos de depresión. En los últimos veinticinco años, solo los mencionados Virenque (2) y Fignon (1) han ocupado alguna vez un sitio en el cajón de París. Utilizando dos países más o menos homologables para comparar, España obtuvo en el mismo período nueve victorias absolutas (con hasta cuatro campeones distintos) y diecinueve podios, e Italia un campeón absoluto (Marco Pantani en 1998) y once podios distintos.

Fotografía: John Turner (CC).

En función de estas cifras —que son similares en grandes vueltas y también en los llamados monumentos—, ¿puede afirmarse que el ciclismo galo está en decadencia? Sería exagerado decir tanto. «Francia puede presumir de ser el país europeo con más equipos World Tour y tener el calendario de base y profesional más completo», señala Adrián García Roca, periodista de Eurosport. «Pero parece no ser suficiente para construir un vueltómano. Un corredor capaz de ganar el Tour no se hace, nace; evidentemente añadiendo todo el trabajo posterior».

Además, García Roca apunta una cuestión adicional: «Los equipos franceses han invertido menos presupuesto para competir con US Postal, el Telekom y sus escuadras sucesoras. Incluso en los años dorados de Cofidis, centraban su apuesta en grandes salarios para corredores de clásicas».

«Jota» Muruzábal, médico vallisoletano con amplios conocimientos deportivos, abre una vía de análisis interesante. «Si describiéramos todo este proceso según los estadios del duelo psicológico, con Moreau estaban aún en fase de negación», señala. «No asumían su verdadero nivel y creían que podría ser alternativa a Armstrong. Desde 2001 hasta ahora entraríamos en el período de la aceptación. Existe falta de corredores de nivel verdadero y un paso atrás en la preparacion médica. En los últimos años, de cierta psicosis, a cada corredor que destaca mínimamente se le pone la etiqueta, como con Rolland o Pinot».

Muruzábal desgrana los orígenes de la sequía: «Tras el ocaso definitivo de Fignon sufren su primera depresión. En la “zona gris” entre 1991 y 1994, época de dominio de Indurain, aparecen los Virenque, Jalabert, Brochard, o corredores con más recorrido con Leblanc. Con ellos, entre 1996 y 1998, es la época donde Francia está más cerca de poder ganar un Tour», subraya. «Eran corredores con carisma y con clase a raudales, pero irregulares y débiles mentalmente, anquilosados tácticamente en la guerra de guerrillas», sentencia.

Potencia mundial con deberes pendientes

La falla parcial del ciclismo y del tenis francés, una llamativa grieta en medio de una estructura opulenta, no debe empañar la perspectiva de un país muy competitivo. Si recurrimos a los Juegos Olímpicos como termómetro, Francia se ha mantenido ininterrumpidamente como al menos la décima potencia mundial desde Seúl 1988, quedando por encima, en casi todos los casos, de países vecinos más o menos comparables como Italia, Gran Bretaña o España (no así con Alemania).

Además, en los últimos treinta años el país galo ha sido campeón de Europa y del mundo en fútbol y balonmano, continental en baloncesto y ganador del Seis Naciones de rugby varias veces, amén de ser una referencia en natación y un país competitivo en deportes de invierno. Los ejemplos son numerosos. La escasez, en definitiva, es más llevadera si hay muchos huevos y varias cestas.

Respecto al Tour, para explicar los malos resultados la cuestión del dopaje es un argumento recurrente, pero queda invalidado por la democratización del fenómeno. No obstante, el periodista británico Matt Rendell distingue: «El ciclismo francés no se ha globalizado tanto en este sentido. [Los médicos] Conconi y sus alumnos Ferrari y Cecchini trataron a corredores de todas las nacionalidades, rusos, italianos, daneses, españoles, etc., pero no tanto a franceses, que no corrían fuera sino en equipos nacionales. Ellos no se beneficiaron tanto del “sistema Conconi” durante los años noventa».

Además, Rendell apunta un factor de moda y cuño muy anglosajón: «La tradición secular del ciclismo en Francia puede haber sido un estorbo a la introducción de la ciencia deportiva. Los norteamericanos y los ingleses no tienen tradición de ciclismo, por eso no hay resistencia a nuevos métodos con base científica».

Por su parte, la excelencia sin campeones del tenis galo no pasa nada desapercibida para sus propios compatriotas. «Tenemos mucho potencial pero aún estamos un paso por detrás de las grandes figuras», señala Carole Bouchard, periodista francesa de tenis en L’Equipe. «Tsonga, Monfils y Gasquet deberían estar luchando por los grandes títulos más pronto que tarde, pero realmente no está ocurriendo».

En un estupendo artículo del pasado mes de abril (Ravi Ubha, CNN), Patrice Domínguez, director del torneo ATP 250 de Montpellier, indica que «sabemos cómo construir jugadores que alcancen el top ten. Después, ¿qué marca la diferencia? No es la federación o el entrenador, sino el deseo individual». Patrick Mouratoglou, entrenador de Serena Williams, dispara en una dirección similar: «Quizá lo que no tenemos es la mentalidad adecuada para forjar campeones. A veces las cosas son demasiado fáciles para los jugadores franceses. Ganan mucho dinero muy pronto y es posible que les falte cierta ambición». Ese supuesto problema se acrecienta en Roland Garros: ninguna superficie requiere tanta brega ni fuerza mental como la tierra batida.

Arnaud Di Pasquale, Director Técnico Nacional francés, añade un matiz revelador sobre sus tenistas, que en realidad vale para cualquier deporte de élite y que corona la extraña anatomía de esta sequía gala: «Tenemos que impulsar una cultura ganadora, pero en ello hay un componente realmente personal». En tanto no comparecen en las canchas y en las carreteras los esperados campeones, latentes en algún limbo competitivo por desentrañar por más recursos que se dispongan, el país incuba una presión y una nostalgia en aumento. Quién sabe si con una caducidad inminente.