Cuando Isiah encontró a Larry: veinte años de malentendidos y coincidencias entre dos perros competitivos

Isiah Thomas y Larry Bird
Isiah Thomas y Larry Bird. Imagen: NBA.

La NBA corre el peligro de caer en una narrativa según la cual solo ha habido dos grandes competidores en su historia: Michael Jordan, por supuesto, y su sucesor, Kobe Bryant. Es una narrativa que no beneficia a la liga porque deja a sus demás estrellas en mal lugar. Sobre todo, a las que lucharon contra ellos y les ganaron. Jordan y Kobe eran dos perros que lo dejaban todo en la cancha y que matarían a quien fuera con tal de ganar un anillo más. Eso es cierto. No es menos cierto que esa actitud la han tenido todos los grandes campeones, incluidos los dos que protagonizan esta historia de malentendidos y curiosas coincidencias: Larry Bird y Isiah Thomas.

Bird y Thomas (mucho más que, por ejemplo, Magic Johnson o el propio Abdul-Jabbar) fueron Jordan antes de Jordan. Es cierto que ambos, en algún momento, se toparon con unos Lakers de fantasía, un equipo de ensueño que llegó a reunir a cuatro números uno del draft y una serie de acompañantes de lujo que hoy en día sería imposible ver. Pero, en buena parte, si los Lakers pudieron ganar cinco anillos durante los ochenta, aparte de por su propio talento, fue por las luchas sin cuartel que Larry Bird y Isiah Thomas, los Celtics y los Pistons, libraban cada primavera en la Conferencia Este.

Un enfrentamiento que culminó, quizá, el 26 de mayo de 1987, cuando los Pistons estaban a cinco segundos de asaltar el Boston Garden y ponerse 3-2 en la final de la Conferencia Este y Larry Bird apareció de la nada para robar el pase de Isiah Thomas a Bill Laimbeer desde la línea de banda. Un robo de balón que cambió el partido, la serie y la historia de la NBA: los Pistons tuvieron que esperar un año más para llegar a la final y los Celtics, agotados, cayeron en seis partidos ante los Lakers, oponiendo una resistencia feroz en unas circunstancias físicas atroces. Al año siguiente, les tocó a los Pistons perder contra los Lakers. Luego, ya sí, empezaría su propia dinastía.

Quedémonos por un momento en esa eliminatoria. Isiah Thomas pierde el balón, Larry Bird lo recupera, se queda colgado de las puntas de las zapatillas para no pisar con el talón la línea de fondo y Dennis Johnson sentencia el partido. Es una de las imágenes icónicas de la historia de la liga. Los Celtics se ponen 3-2 y acaban ganando 4-3. En dicha eliminatoria, Bird promedia 27,1 puntos; 10,4 rebotes y 7,6 asistencias. Viene de ganar tres MVP consecutivos (1984, 85 y 86) aunque justo esa temporada se lo quitaría un Magic sideral. Thomas, el perdedor, lleva en la liga desde 1981 y es ya una estrella consolidada (23,1 puntos y 9,1 asistencias en esos siete partidos). 

Hay entre ambos un pique especial, sea por la propia competitividad que les caracteriza, sea por la amistad que une a Isiah Thomas con Magic Johnson, lo que de alguna manera le convierte en antagonista de Bird. En cualquier caso, hay, sobre todo, respeto. O eso parece. Una vez acabada la eliminatoria, un periodista le pregunta a Dennis Rodman, en su primer año en la liga, por Larry Bird, y este insinúa que si se habla tanto de él es porque es blanco. Cuando le preguntan a Thomas, secunda a su compañero: «Sí, Bird es un jugador maravilloso, de un talento único… pero si fuera negro, solo sería uno más». Ya está el lío formado.

El chico que no se sabía cuándo hablaba en serio

Desde la distancia, los dos personajes no pueden ser más distintos. Larry Bird siempre parece distante, en su mundo. Hace lo que tiene que hacer y punto. No busca aplausos ni hace caso a las críticas. Él es juez y parte. Él decide cuándo ha rendido bien y cuándo no ha estado a la altura. En ocasiones, puede ser un crítico excesivo con su propio juego, como en las finales que perdieron contra los Lakers en 1985. pese a estar lesionado del brazo y la mano derecha. A Bird, desde luego, no le importa lo que diga Dennis Rodman. Bird ha llegado a casa y ha visto a su padre muerto. Bird ha sido capaz de escapar de las garras de Bobby Knight. Bird ha cogido una universidad que no existe —Indiana State— y la ha colocado en la final más vista de la historia de la NCAA. No tiene nada que demostrar a nadie.

Isiah Thomas es lo contrario. Isiah Thomas parece que quiere agradar, pero desde luego no sabe cómo. Sonríe de oreja a oreja y en cada sonrisa los ojos le brillan y se le marcan unos hoyuelos que enfatizan su cara de niño. Sin embargo, hay algo atormentado en él. Una necesidad de aprobación externa que le agría el carácter, que exagera su celo y a la vez hace de su equipo una banda de inadaptados que solo son felices machacando al contrario. La versión en baloncesto de El castañazo. Isiah Thomas ve en la derrota una injusticia y, además, tiende al sarcasmo. Nunca es posible saber cuándo Isiah habla en serio y cuándo no, porque probablemente ni él mismo lo sepa. La lengua le arde, Isiah escupe y luego se da cuenta de que se ha equivocado y quiere rectificar y no puede.

Así, cuando se da cuenta del escándalo que se ha montado, Thomas dice que era una broma. Y lo dice con su sonrisa enorme de no haber roto un plato y pide que se revise la cinta, que se observe el amago de carcajada al final de la frase. Pero ya es tarde. Thomas queda como lo que es: un mal perdedor, porque si no fuera un mal perdedor no querría ganar más que nada en esta vida, y el escándalo sigue al margen del estoico Larry, ya de vacaciones en Indiana. Cuando Magic Johnson le llama para tranquilizarle y decirle que, por muy amigos que sean, él no opina lo mismo que Isiah, Bird se limita a contestarle: «No puede importarme menos todo esto».

Triunfando donde la presión pudo a Larry Bird

La historia, lógicamente, viene de antes. Siempre se ha hablado de lo mucho que le molestaba a Thomas que Michael Jordan fuera el ídolo de Chicago, su ciudad natal. Sin embargo, a Larry Bird no le importó nunca que Isiah triunfara en Indiana. Mucho menos que triunfara donde él no había sido capaz de hacerlo. Thomas llegó a los Hoosiers el otoño posterior a la famosa final entre Magic y Bird que acabaría ganando Michigan State. En otras palabras, Thomas llegó a los Hoosiers cinco años después de que Larry Bird solo fuera capaz de aguantar un mes en su campus, alegando excesiva carga de trabajo, problemas para compaginarlo con sus estudios y ganas de estar más cerca de su familia. Muchos piensan que hubo un choque de personalidades con Bobby Knight, pero Bird se encargó de negarlo toda su carrera. Quería volver a casa, eso era todo. Encontrar un trabajo y ganar algo de dinero para una familia arruinada.

La historia de Thomas, sin embargo, es una historia de éxito en la Universidad de Indiana. Son los años de apogeo de Knight como entrenador, después de su título de 1976, y va al cuello del chaval desde el primer momento. Lo modela a su manera, le hace entrar en vereda, convierte a aquel talento puro en un base imparable que domina la NCAA en su segundo año (1980/81) y acaba imponiéndose en la final a North Carolina. La North Carolina de Dean Smith, de James Worthy, de Sam Perkins… Súmenle a Michael Jordan y tienen al campeón del año siguiente, con aquella suspensión del freshman y el posterior robo —por llamarlo de alguna manera— de Worthy para sentenciar el partido.

En aquella final de 1981, Thomas anotó veintitrés puntos, lideró a su equipo y todo sirvió para ser nombrado el MOP (jugador más sobresaliente) del año en la liga universitaria. Su destino, obviamente, estaba en la NBA dos años antes de lo previsto. El número uno de aquella promoción fue su íntimo amigo Mark Aguirre, elegido por los Mavericks. A él le tocó viajar a Detroit, no demasiado lejos de casa, a un equipo hecho ruinas, cuatro semanas después de que Larry Bird ganara su primer anillo con los Celtics, frente a los Houston Rockets de Moses Malone.

La gestación de una dinastía

¿Quiénes estaban en aquellos Detroit Pistons de la temporada 1981/82? Un escolta tirador llamado John Long, otro novato llamado Kelly Tribucka, que acabaría máximo anotador del equipo… y un pívot rocoso, el típico blanco peleón carne de banquillo y traspaso, llamado Bill Laimbeer. Junto a ellos, de suplente de Thomas, el siempre explosivo Vinnie Johnson. En el primer año de Isiah en la liga, los Pistons ganaron treinta y nueve partidos; en el segundo, treinta y siete; en el tercero, cuarenta y nueve. Estamos ya en el verano de 1984. Chuck Daly es el entrenador, Isiah Thomas el máximo anotador (21,3 puntos por partido) y Bill Laimbeer se ha convertido insospechadamente en un jugador de calibre All-Star (17,3 puntos y 12,2 rebotes).

Los Pistons se clasifican para los playoffs de la Conferencia Este y caen eliminados ante los Knicks de un Bernard King pletórico (42,6 puntos por partido). Es un paso adelante, pero un paso doloroso: Detroit aguanta hasta el quinto partido, en el gigantesco Silverdome, pero acaba perdiendo en la prórroga. Es un partido de sabor agridulce: Thomas pierde el balón decisivo que podría haber evitado el tiempo extra… pero a la vez deja una de las mayores exhibiciones de la historia de los playoffs: a falta de un minuto y cincuenta y ocho segundos, los Pistons pierden 98-106. El partido parece sentenciado, pero Isiah penetra contra el mundo y anota en suspensión. En los siguientes noventa y tres segundos, sumará catorce puntos más. Es un loco. Un bendito loco en trance. Imágenes que recuerdan al famoso tercer cuarto del sexto partido de la final de 1988 ante los Lakers.

En cualquier caso, los Pistons pierden, los Knicks avanzan y así se frustra el primer enfrentamiento contra los Celtics, que, aquel año, liderados por Larry Bird, ganarían su segundo anillo en cuatro años. No habría que esperar demasiado para el inicio de la gran rivalidad de los últimos ochenta en el este: en 1985, los Pistons ganan cuarenta y seis partidos, eliminan a los Nets en primera ronda y disputan una eliminatoria colosal contra los Celtics. Seis partidos a cara de perro con la mística del Garden, la mística del enorme y luminoso Silverdome… y la mística de las dos estrellas: Larry Bird anota 43 puntos para decidir un ajustadísimo quinto partido en Boston, mientras que los 33 de Isiah Thomas en el sexto no son suficientes.

En 1986, ya con Joe Dumars y Rick Mahorn en el equipo, llega la gran decepción con la derrota ante los Hawks en primera ronda. Aquellos eran los Hawks del mejor Dominique Wilkins, de Doc Rivers y del diminuto Spud Webb. Los mismos que apretaron y apretaron a los Celtics, pero acabaron cayendo en cinco partidos ante un equipo imparable que iba rumbo a su tercer anillo con un Bill Walton renacido. Así, hasta que llegó 1987, llegó el robo de balón de Larry Bird, las declaraciones de Rodman, luego las de Thomas y el pique pasó a otra dimensión: la mediática.

De finales y Dream Teams

Aquellos Boston Celtics de 1987 fueron los últimos en alcanzar una final de la NBA en más de veinte años. La perdieron. Bien perdida, además. Parte de la mitología de los años ochenta y noventa habla de equipos que consiguieron quitarse de encima a otros equipos. En realidad, más bien, los segundos se echaron a un lado. Durante la temporada 1987/88, la espalda de Larry Bird empezaba a imposibilitarle jugar a un nivel parecido al de temporadas anteriores. A sus treinta y un años, Bird seguía siendo fabuloso, pero formaba parte de algo llamado «pasado». El futuro sería Michael Jordan. El presente seguía siendo Magic Johnson y, luchando con todos ellos quedaba Isiah Thomas. 

Aquel año, los Celtics no deberían haber llegado siquiera a la final de Conferencia, pero volvieron a escabullirse del destino, esta vez contra los Hawks en siete partidos, lo más cerca que estuvo Dominique del anillo en toda su carrera. Aquellos siete partidos mataron a un equipo envejecido y sin profundidad. No había relevo más allá del jovencito Reggie Lewis. El banquillo era un auténtico erial y ahí estaban Johnson, Ainge, Bird, McHale y Parish teniendo que jugar minutadas a unas edades impropias. Cuando los Pistons les cogieron en la final de Conferencia, no hubo color: seis partidos a bajísimas anotaciones llevaron a los de Isiah a la primera final de su historia. La perderían, en siete, contra los Lakers.

A partir de ahí, el duelo entre Bird y Thomas se difumina: el de Indiana va a menos y el de Chicago va a más. En 1989, Larry ni siquiera está disponible para los playoffs, donde su equipo cae 3-0 ante los Pistons en primera ronda. En 1990, los Celtics se adelantan 0-2 en el Madison Square Garden, pero caen 3-2, de nuevo en primera ronda. Mientras, los Pistons, con el quinteto formado por Thomas, Dumars, Aguirre y Laimbeer, más Rodman, Salley o Mahorn disputándose el último lugar en el cinco inicial, ganan los dos campeonatos y se convertían en el equipo más odiado de la liga… y en el más difícil de ganar.

El fenómeno «Bad Boy» está en su esplendor. Tanto, que la federación estadounidense decide que Chuck Daly sería el hombre ideal para dirigir el «Dream Team» que Estados Unidos está pensando presentar a los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Daly, conocido por su elegancia y su trato afable dentro de un grupo de matones, acepta sin rechistar. No pone ninguna condición… ni siquiera que el jugador que le ha llevado hasta el éxito y, por lo tanto, hasta ese puesto, forme parte del equipo final. Así, ante las presiones de unos y de otros, Thomas se acaba quedando fuera en favor de John Stockton.

Aquel será el último gran torneo de Larry Bird. Se lo pasará tumbado en el suelo, descansando la espalda.

Cuando las estrellas se apagan

¿Tuvo algo que decir Larry Bird sobre la ausencia de Isiah Thomas en el Dream Team? No tiene pinta. En realidad, solo Michael Jordan y Scottie Pippen, por razones obvias, han salido a decir que no querían jugar con él. Sabemos que la relación con Magic se había deteriorado tras las dos finales consecutivas entre Lakers y Pistons, y sabemos que Johnson prefería la compañía de Jordan a la de Isiah, porque Johnson se acercaba siempre al último ganador de moda. ¿Pero Larry Bird? Cuesta ver a Larry Bird vetando a nadie. No va con su carácter competitivo. «Que venga y le haremos la vida imposible», pega más con él.

Se dice mucho —Dennis Rodman lo dice mucho, al menos— que Larry Bird no debería haber sido elegido para el Dream Team y que Isiah debería haber ocupado su lugar. En su momento, la «pelea» era con Stockton, desde luego, pero los revisionismos los carga el diablo. En palabras de Rodman, «Bird estaba viejo, apenas podía moverse y acababa de terminar su carrera». Es cierto que, a los treinta y cinco años, Larry Bird venía de disputar su última temporada como profesional y que los Celtics ya eran el equipo de Reggie Lewis y Kevin McHale por completo. Un equipo, por cierto, bastante competitivo.

Lo que no es tan cierto es que Bird estuviera tan acabado: aquel último año, pese a sus continuos problemas de espalda que apenas le dejaron jugar cuarenta y inco partidos, promedió 20,2 puntos; 9,6 rebotes y 6,8 asistencias. Isiah Thomas se quedó en 17,8 puntos y 6,9 asistencias. Las dos veces que Celtics y Pistons se enfrentaron, ganaron los de Boston, con 21 puntos por partido de Larry Bird. Tanto Thomas como los Pistons estaban también en la cuesta abajo: tras sus títulos de 1989 y 1990 y su sonada final de conferencia de 1991 ante los Bulls, los de Detroit perderían en 1992 en primera ronda ante los New York Knicks de Patrick Ewing y Pat Riley. Al año siguiente, aún con Thomas, Dumars, Laimbeer, Aguirre y sorprendentes fichajes como Woolridge, Alvin Robertson o Terry Mills ni siquiera se clasificaron para los playoffs.

De la cancha al banquillo

Si la espalda había acabado con la carrera de Bird en 1992, una lesión en el tendón de Aquiles, producida en el último partido de la temporada regular ante los Orlando Magic de Shaquille O’Neal y Penny Hardaway, acabó con la de Isiah Thomas en 1994. Tenía treinta y tres años. No volvería a pisar una cancha de la NBA. Para entonces, Larry Bird trabajaba en Boston, intentando reconstruir una franquicia aún más venida a menos tras la trágica muerte de Reggie Lewis por problemas cardíacos. Aquellos años en los que las estrellas se llamaban Kevin Gamble y Dino Radja y todo lo que eso conlleva.

Cuando los Indiana Pacers decidieron prescindir de Larry Brown, llamaron a Bird, un chico de la zona que algo sabía de baloncesto. Bird no había entrenado en su vida y se encontró con un equipo en alza, lleno de enormes jugadores y enormes egos: Reggie Miller, Chris Mullin, Jalen Rose, Mark Jackson, Rik Smits… Pese a su inexperiencia, Bird llevó a los Pacers a las cincuenta y ocho victorias en liga regular y a la final de la Conferencia Este, donde perdieron en siete apretadísimos partidos contra los Chicago Bulls. Sus compañeros no dudaron en elegirle entrenador del año.

Sus dos siguientes temporadas en los Pacers fueron también brillantes: en 1999, el año del lock-out, cayeron contra todo pronóstico en la final de Conferencia ante los New York Knicks de Sprewell, Houston, Ewing y Larry Johnson. En 2000, los Pacers por fin se metieron en la final… todo para perder contra los Lakers de Phil Jackson, camino de su tercer triplete como entrenador. Es complicado encontrar una carrera más breve y más exitosa en la historia de la NBA, pero Bird había dicho que solo quería entrenar tres años y tres años habían pasado. Con Larry de vuelta a French Lick, Donnie Walsh, por entonces general manager de los Pacers, decidió confiar en otro gran exjugador sin experiencia en los banquillos. Una antigua estrella de los «Hoosiers». Ni más ni menos que Isiah Thomas.

Los dos meses que Thomas y Bird viajaron en el mismo barco

Desde su retirada, Thomas había destacado como hombre de negocios. Fue copropietario de los Toronto Raptors y ayudó a sacar al equipo de la mediocridad de mediados de los noventa. A continuación, compró la CBA y fue su cara visible hasta que llegó la oferta de Walsh —Thomas se negó a vender la liga a la NBA y cabaría quebrando y desapareciendo apenas un año después—. De él se esperaba que diera continuidad al proyecto Bird, con el añadido de jóvenes estrellas como Jermaine O’Neal o Ron Artest. Reggie Miller ya estaba mayor, pero seguía siendo un buen jugador de complemento. Jalen Rose estaba jugando el mejor baloncesto de su carrera y la directiva había decidido llenar el equipo de adolescentes prometedores como Al Harrington o Jonathan Bender… que no cumplieron nunca con las expectativas creadas.

El primer año de Thomas fue horrible. De finalistas de la NBA, los Pacers pasaron a ganar cuarenta y un partidos y caer fácilmente en primera ronda ante los Sixers de Larry Brown y Allen Iverson. No mejoraron las cosas en su segundo año (primera ronda, de nuevo, esta vez ante los Nets) ni en su tercero (otra vez primera ronda, curiosamente ante los Boston Celtics). En ninguno de los tres años dirigiendo a los Pacers, consiguió Thomas que el equipo ganara más de cincuenta partidos. Llegaba el verano de 2003 y en Indiana tenían que decidir si renovaban a su entrenador o no.

El asunto es que esa decisión ya no correspondía a Donnie Walsh… o no del todo. El exentrenador asistente de los Pacers había sido ascendido al puesto de CEO y las operaciones deportivas quedaron en manos de… Larry Bird. Dieciséis años después de su desencuentro en la prensa, once años después del veto del Dream Team, Bird y Thomas se volvían a encontrar, esta vez para trabajar juntos. O no. Bird seguía siendo un hombre exigente y competitivo. Era la única manera de manejar un equipo joven y con tendencia a la dispersión que llevaba tres años sin ganar una ronda de playoffs.

Cuando se anunció su fichaje como director de operaciones deportivas en junio de 2003, muchos pensaron que Thomas tenía los días contados, pero no fue exactamente así. Entre la llegada de Bird y el despido de Thomas pasaron más de dos meses. Todo un verano que, según Bird, Thomas se pasó de vacaciones en vez de estar entrenando con los chavales para asegurarse de que no volvían a hacer el ridículo en la postemporada. Las malas lenguas cuentan que, en realidad, Bird sabía desde el principio que no iba a contar con Thomas, pero esperó a que todos los demás equipos tuvieran ya entrenador confirmado y Thomas no pudiera fichar por ninguno. Parece rizar el rizo.

Es probable, por lo leído hasta ahora, que Bird llegara al puesto con toda clase de prejuicios en su cabeza. Es muy improbable que despidiera a Thomas solo por eso. Algo debió de ver que no le gustara en absoluto. Aparte, contaba con un sustituto de primera: su ayudante en su etapa en el banquillo y excompañero de vestuario en los Boston Celtics, Rick Carlisle, con quien ganara un anillo en 1986. Carlisle cogió al equipo y lo llevó de nuevo a la final de Conferencia, donde perdió contra los Pistons. La rivalidad entre ambas franquicias se fue de las manos al año siguiente, cuando varios jugadores de Indiana se subieron a las gradas del Palace de Auburn Hills con algunos aficionados de Detroit. Los Pacers nunca se recuperaron de ese golpe. Los Pistons —vigentes campeones de la NBA— repetirían final ante los San Antonio Spurs.

«Mi rival nunca fue Michael Jordan»

Acaba aquí esta historia de encuentros y desencuentros entre dos de los más grandes de la década de los ochenta. Bird se quedó en Indiana casi una década. En 2012, fue elegido Ejecutivo del Año, completando sus títulos de Rookie del Año, MVP y Entrenador del Año. Obviamente, nadie más ha sido capaz de algo así. Se marchó un año para cargar pilas y volvió en 2013 para otro período de cuatro años, tras el cual ya sí se ha retirado oficialmente… aunque siga ejerciendo de consejero oficioso de la directiva de los Pacers.

En cuanto a Thomas, la suerte no le ha acompañado. Pocos meses después de abandonar su puesto de entrenador, James Dolan, el propietario de los Knicks, le fichó como presidente de operaciones deportivas. El equipo era tal desastre que al poco tiempo despidió a Larry Brown —el predecesor de Bird en los Pacers— y puso al propio Thomas como entrenador durante algo más de una temporada. En abril de 2008, Dolan le sustituyó como directivo para poner en su lugar… a Donnie Walsh, quien le hubiera fichado en 2000 para los Pacers. Su nueva relación duró una semana, lo que tardó Walsh en echar a Isiah.

Desde entonces, tumbos y más tumbos: probó en el baloncesto universitario con la FIU, pero aquello fue un desastre absoluto. Retomó sus actividades como comentarista, pero en 2015, y pese a su condena por acoso sexual a la jugadora Anucha Browne Sanders, Dolan volvió a llamarle para ser presidente de operaciones de las New York Liberty, de la WNBA. El entrenador del equipo era Bill Laimbeer, el hombre más detestado del mundo de baloncesto por Larry Bird, pero la cosa tampoco terminó de arrancar. En 2017, Laimbeer se fue a entrenar a Las Vegas Aces, el mítico equipo de Becky Hammond. El año pasado, llegaron a la final de la NBA.

Thomas sigue siendo amigo de Dolan y, lo mismo que Bird asesora a los Pacers, Isiah hace lo propio con los Knicks mientras tiene su propio espacio en la televisión americana. Para haber sido campeón de la NCAA y dos veces campeón de la NBA, además de líder de uno de los equipos más icónicos de la liga, es hasta aburrido que siempre le estén preguntando por Michael Jordan. Harto, después de la enésima polémica, provocada por la emisión del documental The Last Dance, Thomas declaró a la prensa: «Mi rival nunca fue Michael Jordan. Mis rivales eran Magic Johnson y Larry Bird». Tenía más razón que un santo. Pocos jugadores, en cualquier caso, pueden presumir de haber derrotado a los tres. 


La cruzada de los chicos malos

Michael Jordan de enfrenta a los Detroit Pistons, 2001. Foto: Cordon Press.

«Fueron buenos soldados», eso dice Jack McCloskey al recordar los viejos tiempos. Su memoria abarca una década entera de batallas encarnizadas contra hombres y leyendas, una larga campaña que terminó por reportarles gloria y fama mundial pero también un pasaje de ida para los infiernos del deporte, el lugar donde se consumen las memorias de los equipos más odiados del planeta. Él, que había sido uno de los oficiales más jóvenes de la Marina de los Estados Unidos en la guerra del Pacífico, reconoció enseguida las señales del desgaste, el peso de la lucha sin cuartel sobre las espaldas de sus muchachos, la amargura de aquellos titanes que se resistieron a hincar la rodilla incluso después de saberse muertos. Lo supo en cuanto los vio abandonar la cancha, todavía con unos cuantos segundos por jugarse en el marcador y bajo la mirada despectiva del último gran enemigo: Michael Jordan. Aquel fue un gesto que los moralistas del deporte profesional americano utilizaron como prueba de cargo definitiva contra quienes, a su juicio, habían puesto en serio riesgo las virtudes de una competición concebida como un simple espectáculo, los mismos puritanos que nunca les perdonaron haber interrumpido la época más glamurosa de la NBA convirtiendo los cuarenta y ocho minutos de cada partido en una cruzada a vida o muerte.  

Cuando McCloskey aceptó el cargo de jefe de operaciones y aterrizó en Detroit, a finales de la década de los setenta, los Pistons eran uno de esos equipos en los que ningún jugador ambicionaría jugar, un vagón de tren al que los viajeros se subían con apatía y abandonaban dando saltos de alegría, a la primera oportunidad. La ciudad, antaño símbolo de la orgullosa américa industrial, se ahogaba para entonces entre los escombros que habían dejado tras de sí los disturbios raciales de 1967 y la casi inmediata crisis del sector automovilístico. La segregación, salvaje, complementaba un panorama dantesco que poco o nada podía ofrecer a una estrella consagrada de la NBA, de ahí que los intentos de McCloskey por reforzar el equipo se estrellasen ante la negativa reiterada de quienes no deseaban vivir sobre un polvorín.  

Las cosas empezaron a cambiar en 1981, gracias a ese resorte del que se proveen las ligas profesionales americanas para insuflar cierta esperanza a las franquicias más modestas. La lotería del draft supuso la llegada de Isiah Thomas, un talentoso director de juego que había conducido a la Universidad de Indiana hacia el título de la NCAA. Esperanzado en regresar a su ciudad natal y formar parte de los Chicago Bulls, el joven Isiah no se lo puso fácil a McCloskey. Durante las entrevistas previas a la gran noche, Thomas se esforzó en mostrarse como una pieza poco apetecible para un equipo profesional pero sus artimañas no le sirvieron de mucho. «¿Sabes qué? No me importa nada de lo que me digas: si eres el número 2, te voy a seleccionar». Como todos los expertos vaticinaban, los Dallas Mavericks empeñaron su primera elección en asegurarse los servicios de Mark Aguirre e Isiah Thomas aterrizó en Detroit entre el escepticismo de quienes lo consideraban demasiado frágil para triunfar en la NBA y su propio desencanto. El único feliz con todo aquello parecía Jack McCloskey, convencido de que había encontrado al mariscal de campo idóneo para su nuevo ejército. 

Isiah Thomas se había criado en el oeste de Chicago, la zona más deprimida y peligrosa de la ciudad del viento. Sobrevivir y cohabitar con el dolor se convirtieron en dos constantes de su infancia que luego trasladaría a su manera de entender el juego. Tras aquel rostro angelical y su sonrisa de diplomático negro se escondía una naturaleza desafiante y despiadada, el instinto feroz que distingue a los supervivientes, a quienes no advierten diferencia alguna entre perder y morir. Desde su primer partido con la camiseta de los Pistons superó todas las expectativas y ahuyentó, de un plumazo, cualquier duda sobre su físico y adaptabilidad a la liga. El equipo logró más victorias de las que nadie se había atrevido a vaticinar y el brillo de la nueva estrella invitaba a la esperanza, pero Jack McCloskey se mantuvo con los pies en el suelo, ajeno a la euforia colectiva: para presentar batalla se necesita mucho más que un brillante mariscal. 

Desde aquel mismo instante, McCloskey se puso manos a la obra con un único objetivo: rodear a Isiah Thomas con las piezas idóneas para complementar su juego. El primero en llegar fue Bill Laimbeer, un jugador secundario en la rotación de los Cleveland Cavaliers que llamó su atención por la extrema dureza y el espíritu combativo que mostraba sobre la cancha. «Era algo fuera de lo común», recuerda. «Su equipo perdía por treinta puntos y él seguía luchando como si el partido dependiese del siguiente balón». Laimbeer también se había criado en Chicago, pero su entorno había sido muy diferente al de su nuevo compañero. Hijo de un exitoso empresario, el sustento económico nunca fue problema para un Laimbeer que suele presumir de que su padre seguía ganando más dinero que él incluso después de haber firmado sus primeros contratos en la NBA. McCloskey había unido a dos animales competitivos que apenas compartían mucho más que una extraordinaria aversión a la derrota, dos propulsores atómicos para llenar de razones a los que, como él, creían que el miedo al fracaso es el mejor de los motores. 

Aquella sociedad arrancó a los Pistons del anonimato y los convirtió en un equipo desagradable y peligroso a ojos de sus rivales. En 1984, los de Míchigan regresaban a los playoffs e Isiah Thomas era elegido jugador más valioso del All-Star (también lo sería en 1986). Fue, además, el primer curso de Chuck Daly como entrenador jefe de la franquicia. «Entrenar es como realizar una venta cada día. Todos los jugadores tienen una idea de lo que es bueno para ellos y tú tienes que venderles otra que parezca buena para todos», solía decir el apodado por sus propios pupilos como Daddy Rich. Más allá de su elegancia en el vestir y su cabello impecable, Daly destacaba por su extraordinaria capacidad de motivación y una personalidad arrolladora. Pese a su escaso bagaje en la NBA (solo había entrenado a un equipo y logrado nueve victorias), Jack McCloskey estaba convencido de que su viejo compañero en la Universidad de Pensilvania era el hombre adecuado para guiar al equipo, y su instinto, una vez más, no le decepcionaría. 

Sin dejar de pelear un solo partido durante el proceso, la rotación del equipo fue engordando con el paso de los años, buscando el perfecto encaje de unas piezas con otras como quien construye un maquiavélico mecano con una sola intención: triturar rivales. Además de Thomas y Laimbeer, en la plantilla de los Pistons ya figuraba algún que otro jugador importante como Vinnie Johnson, el más famoso de los microondas. Procedente de los Washington Bullets llegó Ricky Mahorn, la definición exacta del perfecto hijo de puta sobre una cancha de baloncesto. Directamente de la universidad fueron incorporados Joe Dumars, John Salley o Dennis Rodman. La guinda al pastel la puso el fichaje de Adrian Dantley procedente de los Utah Jazz, uno de los mejores anotadores de la NBA pero de un perfil muy diferente al de aquellos mercenarios despiadados que se ganaron el apodo de los Bad Boys. Los engranajes de combate se fueron ajustando de manera natural, la plantilla desarrolló un vínculo especial basado en el malditismo que se trasladaba a la cancha como un ciclón. En la temporada 86/87, los Pistons ya aporreaban las puertas del Boston Garden con intención de derribarlas: el equipo de los chicos malos estaba preparado para la acción. 

Una revisión de aquellos enfrentamientos entre Pistons y Celtics podría resultar letal para cualquier aficionado de espíritu frágil y tierno corazón. De la dureza habitual en los partidos de playoffs se pasó a la violencia desatada y la rivalidad que se forjó entre ambos equipos sobrepasó los límites de lo deportivo. Acostumbrados a destrozar mentalmente a sus rivales y arrastrarlos al fango, lograr que Larry Bird y compañía olvidasen sus principios de juego y bajasen a las trincheras se convirtió en la mejor demostración de que sus tácticas funcionaban. «Cuando vi la sangre en sus ojos supe que habíamos ganado», explica Laimbeer. Tras varios intentos, los Detroit Pistons jugarían su primera final de la NBA en 1988 y su rival sería el equipo del glamour, las estrellas de Hollywood y Magic Johnson. Rozaron la gloria con la punta de los dedos, pero la inoportuna lesión de Isiah Thomas y una decisión arbitral desafortunada terminaron por coronar como campeones a Los Angeles Lakers. 

La siguiente campaña aparecieron los primeros obstáculos insalvables dentro del vestuario. Adrian Dantley, disconforme con su rol y enfrentado con Daly, fue traspasado a los Dallas Mavericks a cambio de Mark Aguirre, el mismo jugador que había arrebatado a Isiah Thomas los honores en el draft de 1981. El cambio parecía arriesgado pues el carácter egoísta de Aguirre ya había ocasionado graves problemas en su anterior equipo, pero no pudo resultar más beneficioso para unos Pistons a los que cada día odiaba más gente mientras se recreaban en el papel de villanos. El propio Aguirre sugirió a Chuck Daly la posibilidad de comenzar los partidos desde el banquillo y dejar su sitio en el equipo titular a Dennis Rodman, y la cosa funcionó: los Detroit Pistons se convirtieron en una fuerza imparable y cuando llegó la oportunidad de tomarse la revancha contra los perfectos Lakers no la dejaron escapar. Aquel equipo de guerreros diseñado por Jack McCloskey se había convertido en el nuevo campeón de la NBA y todo Detroit se echó a la calle para celebrarlo mientras el mundo entero se echaba las manos a la cabeza. 

Al año siguiente volvieron a ganar y por el camino, como no podría ser de otra manera, se agenciaron un nuevo enemigo de enjundia: Michael Jordan y sus Chicago Bulls. «Son nocivos para el baloncesto», aseguró el 23 todavía con el cuerpo dolorido por el maltrato al que lo sometieron Laimbeer y compañía durante la final de la Conferencia Este. El mejor jugador de la historia había recibido una lección que jamás olvidaría, quizás la más importante de cuantas haya aprendido a lo largo de su carrera: no se puede ir a la guerra confiando, únicamente, en el propio talento. Jordan se preparó a conciencia durante el verano siguiente y el resultado fue el insinuado al comienzo del presente texto: en la final de Conferencia de 1991, los Pistons se marchaban al vestuario cuando al partido definitivo todavía le restaban 7,9 segundos por jugarse, sabiéndose derrotados pero demasiado orgullosos como para quedarse a felicitar al enemigo. «No hubiésemos sido lo que fuimos si no nos hubiésemos enfrentado contra ellos: aprendimos mucho de todo aquello», declaró Jordan años después con las manos llenas de anillos y aclamado como mejor jugador de la galaxia. Los chicos malos de McCloskey no solo reinventaron el baloncesto a través del arte de la guerra, sino que empujaron los límites de Michel Jordan más allá de lo humanamente posible. Y es que, como solía decir Bill Laimbeer, «así hacemos aquí los negocios». 


Joe Arlauckas: «Jugando en Grecia casi me ponía cachondo»

Fotografía: Lupe de la Vallina

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 6

Fue el mejor de Europa en su puesto. Un rol que consistía en meter canastas. Su genuina mentalidad estadounidense no admitía complicaciones: solo quería meter canastas. Por eso, cuando alguien trató de alejarlo de ese objetivo, por ese afán táctico del baloncesto europeo, tuvo problemas. Ahora, Joe Arlauckas (Rochester, Estados Unidos, 1965) admite que en ese papel de superanotador muchas veces le pudo el ego, que, en sus palabras, fue muy hijo de puta. Pero también revela que cuando empezó a llevarse bien con sus rivales y a conocerlos personalmente bajaron sus números. Queremos repasar con él su trayectoria, que le llevó de la NBA a ser campeón de Europa con el Real Madrid tras pasar por Italia, el Caja de Ronda en Málaga y el Tau Vitoria.

¿Es cierto que estás tratando de convertirte en agente para traer jugadores estadounidenses como tú a Europa?

No, no. El mundo de los agentes no me gusta nada. Tengo muchos amigos metidos en ese negocio, pero a mí no me mola. Por ejemplo, están los runners, que se dedican a levantarles jugadores a los representantes. Trabajan para algún agente y se dedican a desestabilizar. Les pagan para llegar, sacar al jugador a cenar, a tomar algo, irse de putas y convencerle de que estará mejor con otro representante. Yo no valgo para eso. Porque el mundo de los agentes es así. Se gana mucho dinero, tú calcula lo que puedes sacar si pillas un 10 % de cada millón que se mueve. Y piensa lo que supone para un representante que ha cogido a un chaval desde joven, ha hablado con sus padres y cuando empieza a triunfar se lo quita esta gente. Yo quiero dormir. A mí por la noche cuando cierro los ojos lo que me mola es quedarme dormido, tío.

De todas formas, el sistema en Europa está jodido. Los niños tienen que estudiar. No puedes coger a un tío de dieciséis años y llevarlo a jugar al baloncesto. No tiene asegurado que va a ser profesional. Si lo llevas a la universidad tiene un 95 % de posibilidades de acabar una carrera, en el baloncesto solo un 5 % llegan arriba. En Estados Unidos tienes trescientas universidades, de ahí dos de cada equipo pueden llegar a la NBA, pero los otros diez se sacan su carrera. El porcentaje de los que llegan no sé si es del 2 %. Aquí igual la proporción es más alta, pero a qué precio…

Tus padres eran emigrantes lituanos en Estados Unidos.

Sí, pero no conozco su historia. Solo sé que los padres de mi madre eran napolitanos. La verdad es que me da rabia, pero es lo que hay. Mi padre con cuarenta y un años tuvo a mi hermana. Me imagino que para él ya tuvo que ser un fallo, aunque mi madre tenía treinta y tres y todavía estaba bien. Pero cuando llegué yo mi madre tenía cuarenta y mi padre cuarenta y ocho. Creo que fue la última vez que mi padre folló en su vida. Por lo menos a mi madre. Tener en el año 65 un niño con cuarenta años no era normal. Pero como eran católicos no usaban protección, así que seguro que dijo ¡ahí no entro más!

Mi padre era todo un currante, un tío impresionante. No ganaba un duro. Se levantaba a las tres o las cuatro de la mañana cada día. Era repartidor de leche. Llegaba a casa sobre las diez, dormía un rato y se iba a hacer pizzas al restaurante de un amigo. Y mi madre trabajaba limpiando. Eran lo que en inglés se llama blue collar. Su vida era trabajar, trabajar y trabajar. Mientas tanto, yo estaba todo el día jugando con mis amigos. Y si no estaban ellos, me iba yo solo a la calle, pintaba un recuadro en la pared y me ponía a tirar como pitcher.

¿En la high school, como en las películas, los deportistas os llevabais a todas las chicas?

No sé cómo sonará lo que voy a decir, pero los deportistas suelen ser gente muy insegura. No somos muy inteligentes. A esas edades te encuentras incómodo, no encuentras tu sitio, y el deporte se presenta como una manera de coger autoconfianza, ver que eres importante. A partir de ahí empiezan a llegar las chicas, pero si has crecido con inseguridad, después de alcanzar la cima, las inseguridades no se van, siguen ahí. Las compensas con la atención que te presta la prensa, con los partidos, con otra chica… Esto se ve mucho en el mundo del deporte. Matrimonios que van fatal, infidelidades, gente poniendo los cuernos a todo el mundo, y no es por otra cosa que porque todavía llevan al niño inseguro dentro. Porque todo el mundo tiene su vicio. El mío, por cierto, era salir por la noche y tomar copas.

Tus años en Niagara, en la universidad, fueron de locura total.

Nada más llegar me ligué a una chica que tenía cuatro años más que yo. Me enamoré, era un fresh man con una senior, iba por ahí pensando que era la hostia. Pero de un día para otro ella dejó de hablarme porque tenía novio. No me lo podía creer y a partir de ahí fue la locura. Empecé a irme cada día de marcha y a sacar unas notas fatales. Aunque no me iba mal ese ritmo de vida. Fuimos a Florida en un torneo de Navidad, salí todas las noches, con las cheerleaders del South Portland, emborrachándome, y me metí en el cinco titular del torneo. Pero por supuesto, no tardé en liarla. Me cogió un grupo de seniors que no eran jugadores, solo fiesteros, y me llevaron al spring break en Fort Lauderdale. Cogí todo el dinero que me habían dado mis padres para pasar el año, unos mil quinientos dólares, y les seguí el ritmo. Era el más pequeñito, el rookie, pero bebía el que más de todos. El spring break es una locura generalizada de mucho cuidado. Hay películas sobre esto. Se hacen competiciones de gilipolleces a punta pala. Tipo a ver quién es la chica que bebe más rápido y chorradas de ese tipo, y luego tienes el Wet Willie, que es un concurso de bailes en tanga. Yo tenía fama de quitarme la ropa en lugares públicos. De hecho, el día que conocí a mi exmujer me estaba quitando la ropa en un bar. Y aquel día subí a bailar. Borracho, por supuesto. Me acuerdo de que había un backstage en el que te explicaban cuáles eran las normas, que se reducían básicamente a que no te podías sacar el rabo. Salí con tres o cuatro tíos más. Uno, con unos músculos que alucinas. Pues estamos bailando en tanga como gilipollas y oigo: ¡Diez!, ¡once!, ¡doce! Resulta que el cachas se había puesto a hacer flexiones en el suelo. Cogí, le di una patada en un brazo, se dio una hostia contra el suelo con toda la cara y en ese momento me colgué del techo. Gané.

Al volver a Niagara los entrenadores se enteraron de la juerga. Para que veas cuál era mi estado mental, me estaban echando la bronca y aquí en Estados Unidos tenemos dos siglas. Una AA, que es Alcohólicos Anónimos, y otra AAA, que es de asistencia en carretera [American Automobile Association; N. d. R.]. Pues me estaban gritando y me dicen «¡Te vamos a llevar a AA!». Y yo todo serio, extrañado: «¿Pero sois gilipollas, si no tengo coche?».

El segundo año pagué muy caro este ritmo de vida. El entrenador estaba contando mucho conmigo y era el cuarto anotador del país en Navidades, hasta que nos fuimos a Florida. Salía todas las noches, pero aquella vez fue muy loca. Un amigo se había ligado a una tía, se la llevó a la habitación y se animaron dos o tres más a ir con ellos. Estaban todos y me llamaron a mí. Esto pasó en una época chunga porque en Minnesota un grupo de deportistas había violado en grupo a una niña. Bajé, estaba la tía con los tres tíos, y cuando me vio dijo: «¿Quién cojones más está aquí?». Se montó un pollo y yo me fui corriendo. Se conoce que tres, bien, pero cuatro ya era mal rollo. «¡Os estáis pasando!», gritó.

Bueno, fue una noche de locuras así. Y al día siguiente en el avión me empezó a doler la tripa, sudores fríos. Fatal. Vomitando. Me pasé diez días tumbado. Me ingresaron en el hospital. Fue algo gástrico jodido. El caso es que perdí casi quince kilos. De ciento y pico pasé a ochenta y nueve. Entonces me hicieron unas pruebas los médicos del equipo y me encontraron una arritmia, que mi padre también tiene. Me dijeron que no podía jugar más. Me largué, les mandé a la mierda. Les dije que me la sudaba e iba a seguir jugando. Y en ese estado me fui a Boston, todavía convaleciente del estómago. ¿Y qué hice la primera noche? Beber como un idiota. ¿Sabes lo que es un Long Island Iced Tea? Un cóctel que lleva cinco licores: ron, vodka, tequila… todo en uno. Pues me tomé cuatro. Un amigo me tuvo que llevar al hotel. Al subir, las cámaras me grabaron meando en el ascensor. Me tuvieron que dar una ducha fría. En ese momento, temblando debajo del agua, me di cuenta de que había tocado fondo, que tenía que cambiar.

Y lo más duro fue volver a casa con unas notas malísimas. Esperaba que mi padre se pusiera a hostia limpia conmigo, pero no me pegó. Fue peor. Me dijo: «¿Tú ves que cuando juegas un partido vamos toda la familia a verte, da igual el tiempo que haga, llueva, nieve o hiele, que siempre estamos ahí? Te voy a decir una cosa: cuando jodas todo esto y te vayas a trabajar a un McDonalds, no te va a ir a ver nadie, porque eres una mierda, chaval». Y yo: «¿Pero no me vas a dar de hostias?». Estas frases se me quedaron para siempre en la cabeza, porque sí era verdad que yo era el primero de la familia que pisaba una universidad.

¿Viste a muchos buenos que podían haber llegado y se quedaron?

Varios, pero también hay mucha gente que termina hasta los huevos, ¿eh?, que no quiere volver a oír hablar de baloncesto en su puta vida, que lo aborrecen. Esto no es un mundo de color de rosa. Yo me levantaba a las cinco de la mañana para entrenar, dos horas. Luego clase de ocho a diez. A las once entrenamiento hasta la una. Comes. Clase de cuatro a cinco o a seis. A las siete entrenas. Cenas y luego al study-room con un profesor hasta las once de la noche. Yo hacía todo eso y luego encima me iba de marcha por la noche. Era horrible.

Además, los entrenadores cuando te fichan te dicen que eres muy bueno, que vas a llegar a ser titular, pero al cabo de unas semanas, cuando te están entrenando, la cosa es: «¡Tu madre es una puta!». Y joder, piensas: «Pero si has firmado el contrato con ella hace dos meses». Los entrenadores de baloncesto universitario son unos hijos de puta que no te lo puedes ni imaginar. Luego en tu vida te puedes topar con alguien como Obradovic, que es difícil, pero estás ganando pasta. En el campeonato es muy difícil soportar todo eso. Los entrenamientos universitarios son de llegar —yo lo he vivido—, tirar los balones a la mierda, poner cuatro cubos de basura en cada esquina del campo y decir: «Vamos a correr hasta que vomitemos todos». Y venga, todos a potar. Flexiones, escaleras, fondos y todo dios vomitando por todas partes.

Y si en el partido habíamos jugado mal, teníamos que volver a entrenar esa noche. De diez a una de la mañana. Gritándote: «Eres una mierda, no tienes ni puta idea, tu madre es una puta, haz cien flexiones, ¿solo eres capaz de ochenta y cinco? Pues otras cien, ¡ya!». Por eso muchos no querían volver a jugar. Hay hasta casos de suicidios. Lo que pasa es que si llegas a aguantar eso luego lo aguantas todo. En mi caso, tengo que decir que esta etapa la recuerdo como los mejores cuatro años de mi vida.

Debutaste en la NBA, en Sacramento Kings, con Bill Russell.

Bill Russell era un tío que no tenía ni puta idea de entrenar. Era toda una leyenda, pero macho… La suerte fue que el segundo era Willis Reed. A Bill Russell lo terminaron mandando a los despachos porque no tenía ni idea. El primer día llegó a entrenar, se sentó en las gradas y se puso a dormir. A las dos horas se despertó y le dijo a Willis: «Oye, que son las once y media, acaba rápido que he quedado para jugar al golf». Muy fuerte.

Cuando me cogieron a mí despidieron a Johnny Rogers. Fue jodido. Me hice amigo suyo jugando en el Rookie Camp. El último día me llamaron, me dijeron que felicidades, que era parte de Sacramento Kings. Yo no me lo creía, iba a jugar en la NBA, aunque jamás había sido mi sueño. Y también me contaron que iban a echar a Johnny, porque jugábamos los dos en el mismo puesto. Cuando estaba en la habitación, Johnny me llamó a la puerta. Creí que venía a darme una hostia, hasta pensé en no abrir, pero lo hice y me dijo: «Solo quiero felicitarte, te mereces entrar en el equipo». Qué detalle. Fue un tío con clase, todavía es muy amigo mío. Aprendí mucho de ese gesto que tuvo.  

Allí en Sacramento coincidí con Otis Thorpe, que para mí es el tío que me enseñó a jugar. Me cogió y me puso con él en todos los entrenamientos. Y Harold Pressley, que era el tío más gracioso que he visto en mi vida. También estaba Reggie Theus, al que le gustaban las mujeres yo diría que bastante. Era el tío más escandaloso que he visto en mi vida. Cada viaje que hacíamos follaba. Y eran cuarenta y un viajes al año. Era un reto para él follar en cada salida. Recuerdo un partido en Denver, que llegamos el día antes y al siguiente nos íbamos, pues le dio tiempo a follarse a ocho tías diferentes. Y metió veinticinco puntos, ojo. Me quedé diciendo: tú eres mi puto ídolo. La verdad es que era superguapo y elegante, ya antes había sido modelo. Una vez en un aeropuerto en Dallas, llamaron por el teléfono de servicio de la sala donde estábamos para embarcar, lo cogió una empleada, preguntó por él: «¿Dónde está Reggie?». Resulta que estábamos en la puerta 55 y era una tía de la puerta 51 que llamó a ver si se lo podía tirar. Y ahí se la folló en el aeropuerto, impresionante.

Sacramento Kings éramos un equipazo… pero por las noches [risas]. En la NBA no te controlan. Se supone que eres un profesional. No es como aquí. Puedes hacer lo que quieras mientras rindas. Casinos, putas. Como veas. Eso sí, en el momento que baja tu rendimiento pues te echan. Ya está. Aquí están todo el día encima de ti, a ver adónde vas, qué comes. También, en los equipos de la NBA, los jugadores fuera del campo van más a su rollo. Eso de que somos un equipo… no tan equipo. Si yo tengo ganas de jugar y tú estás jugando bien y se te jode el tobillo, tampoco me importa mucho porque al que le toca salir es a mí. Sabonis me contó que en Portland los primeros cinco meses se los pasó solo en la habitación. Hay mucha gente esperando a que pierdas el sitio.

Jugaste contra Los Angeles Lakers míticos.

Aquel día estaba en el banquillo buscando a tres tías que estaban en la cuarta fila. Les estábamos mandando mensajes a través de un chaval para que nos dieran el teléfono. También en casa se puede follar, no solo en los viajes. Y de repente me dicen que salga. ¿Sabes los pantalones esos largos que llevamos que se quitan con botones? Pues yo no sabía ni si llevaba los cortos debajo. Antes, solo había jugado en Denver, en el viaje en el que Reggie se folló a ocho tías, que perdimos de veinte y en el descanso Russell sacó a todos los rookies, cambió a todo el equipo. Pero yo normalmente chupaba banquillo. Así que iba a salir y me dijeron: «Tienes que defender a Magic Johnson. Tienes seis faltas y tienes que gastar las seis». Pasé de meter cuarenta puntos en Niagara en un partido a tener que hacer las seis faltas. Pero joder, era lo que tocaba.

En esos Lakers jugaba un tío que era amigo mío, Mike Smrek, que ponía bloqueos arriba para Magic. Medía 2,13 o 2,14 m, era como una casa. El caso es que salí, me puse a defender a Magic. Hizo un movimiento, pasó el bloqueo, se fue a canasta y dije, bueno, pues la primera hostia. Salté y le di una… nos caímos los dos al suelo, yo encima de él. Pitó el árbitro y dijo: «¡Vale la canasta!». Y yo: «¿Perdona? No puede ser que la haya metido con la hostia que le he dado». Estábamos en el suelo y me dice Magic: «Rookie, qué pasa, que te han sacado para hacer las seis faltas, ¿eh?». Le contesté: «Pues algo parecido». Y salta: «Pues vas a tener que darme más duro». Metió el tiro libre adicional, subimos, bajamos y otra vez atacaban. Volvió a ir a canasta, volví a darle otra hostia. Y el árbitro: «¡Vale la canasta!». Yo: «¡Me cago en su puta madre! ¿Cómo está metiendo las canastas?». «¡Me tienes que dar más fuerte!», me volvió a decir Magic, «pero no te preocupes que te van a cambiar ahora». Miré a la banda y pitaron cambio. «¡Joe, fuera!». Magic hasta me dijo adiós: «Venga chaval, buen trabajo ¡al puto banquillo!». Y ahí el entrenador me echó la bronca: «¿Qué te he dicho que hagas?». Yo estaba desesperado: «¡Pero es que no puedo matarlo!», gritaba.

Karl Malone.

Malone me mataba. Tuve que hacer con él como con Magic, salir para gastar las seis faltas y fue peor. Malone, cuando entraba, él primero te daba una hostia, luego saltaba a canasta, la metía y después te pitaban personal a ti. Magic solo iba a canasta, pero Malone saltaba con los codos. No tenías ni tiempo de darle. Y yo, con la mandíbula que tengo, es difícil fallar. Aprendí mucho de él, de cómo meter el codo [risas].

Y contra Dominique Wilkins en Atlanta.

Ahí es donde me cambiaron, ficharon a Mike McGee y me echaron esa misma noche. Fue muy gracioso cómo sucedió todo. Los jugadores teníamos cuatro entradas por partido y las vendíamos por un dineral, igual sacábamos dos mil quinientos dólares, según quién viniera, si Dominique, Larry Bird o los Lakers. Pues contra Atlanta vendí las cuatro y se me olvidó guardar una para mi novia, que se enfadó de la hostia. Pasamos el día discutiendo y encima yo luego perdí el partido. Estaba en el baño de casa, macho, cagando, y sonó el teléfono. Me puse y era Bill Russell, que me habían echado. A los cinco minutos le estaba diciendo a mi novia: «Ay cariño, cómo te quiero, te quiero mucho». Tenía el ego por las nubes. Era muy hijo de puta, iba muy a la mía. La verdad es que me gustaría volver a vivir todo para poder hacerlo mejor. Con más respeto a la gente, soy muy consciente de eso.

En el draft saliste con tíos como David Robinson, Scottie Pippen…

… Joe Arlauckas [risas]. Antes de salir estuve a punto de ir en primera ronda por unos torneos que hice pre-NBA, pero me jodí el tobillo y bajé bastante en el draft.

¿Cuándo te dicen que Estados Unidos te queda grande, pero que puedes ganarte la vida con el baloncesto en Europa?

Conocí a mi agente, Joe Glass, después de un partido en Virginia. Tenía setenta y cinco años y parecía que tenía ciento cincuenta. Después de una buena actuación me invitaron a otro torneo en Hawai, donde metí treinta y cinco puntos en el primer encuentro y nadie me conocía. Tenía a veinticinco agentes llamándome: ¡Eres la polla, ficha conmigo! Pero me reuní con Joe Glass, con el puro en la boca, sin fumar, solo lo chupaba, y me dijo: «Siéntate. No tengo mucho tiempo, me están esperando. ¿Estás contento? Has jugado bien, pero no te olvides de que esto es solo un partido, igual no estás hecho para la NBA, quizá valgas para Europa, tienes que pensar en tus opciones». Le dije: «Me está diciendo todo el mundo que soy muy bueno». Y él: «Te están diciendo lo que tú quieras, pero aquí vas a escuchar la verdad: puedes ser jugador NBA, pero tienen que pasar muchas cosas para que llegues, yo quiero que juegues y tienes que pensar en el futuro si quieres hacerlo bien». Pasé de él, pero era porque decía cosas que no quería escuchar. Él se reía: «Coge esta tarjeta que seguro que me vas a llamar». Y luego me lesioné, bajé en el draft, los agentes dejaron de llamarme, ni siquiera me cogían el teléfono. Busqué la tarjeta de Joe desesperado y cuando le llamé se reía. Firmamos y estuve toda la vida con él, murió hace cinco años.

Italia era el primer destino de todos los jugadores americanos.

Para los americanos Italia era el país. Bob McAdoo marcó el camino. Es que Europa para nosotros era Italia. Tuve un compañero en Niagara que en Irlanda estaba ganando cien mil dólares al año. Calculé y en diez años era un millón de dólares. Ahí decidí dar el salto. La pena es que no valorábamos lo más importante, que es la experiencia de vivir en Europa. Yo entonces era un americano idiota al cien por cien.

Fliparías al llegar a Caserna entonces.

Era un niño. Rompí con mi novia, llegué y vi que no había nadie que hablase inglés, así que corriendo la llamé: «Por favor, ven, por favor, me caso, lo que tú quieras» [risas].

Eras compañero del brasileño Oscar Schmidt.

Un día jugando íbamos perdiendo de diecisiete y Oscar lo había fallado todo. Empecé yo a anotar y anotar y nos metimos en el partido. Llegué a colar un triple y nos pusimos a dos con posesión para empatar, aunque al final perdimos. En el vestuario, Oscar estaba llorando como un puto niño. Porque este cuando las cosas no le iban bien lloraba, y lloraba de hacer pucheros, dar grititos, y no le caían solo tres lágrimas, lloraba como un niño. Entonces el entrenador, Franco Marcelletti, me llevó aparte, me enseñó las puntuaciones del equipo y me dijo que eso no podía ser. «Cómo que no, casi ganamos», le respondí. «Lo sé, lo entiendo», explicó, «pero si metes más puntos que Oscar va a ser un problema para mí y un problema para ti también». Y yo: «¡A mí no me toques los cojones, yo estoy aquí para ganar partidos». Me echaron.

En Málaga, cuando llegas al Caja de Ronda, sería también otro contraste cultural importante.

No sé cómo llegué a España. No tengo ni idea. Entrené en Milwaukee, tenía buen trato con Del Harris, pero vi que no tenía sitio y me llamó mi agente con la oferta de Málaga: «Hay playa y hace sol», me dijo. Pues ya está. Suficiente. Y al llegar es verdad, ves la playa en agosto, las ferias, y mola. Pero lo pasé fatal en Málaga por culpa de Pesquera. En cuanto al choque cultural, joder. Un día me fui a las procesiones de Semana Santa con mi mujer y Ricky Brown, que era un negrazo. Estábamos tomando unas birras y a lo lejos empezaron a llegar los tíos con los gorros estos, que son como los del Ku Klux Klan. No te puedes imaginar cómo nos quedamos. Ricky al principio estaba de espaldas. Yo miré un poco por encima de su hombro de repente y aluciné. Empecé a intentar que Ricky no se girase, pensando: «¡Hay que sacar al negro de aquí ya!». Y le dije: «Ricky, no te gires». Y ni caso, se dio la vuelta y se quedó blanco como un folio. Porque encima él era de Mississippi. Puso una carita… de: «Pero, hostias, ¿esto qué cojones es?». Y ya llegó Manolo Rubia a explicarnos que no, que tranquilos, que era otra historia. Pero joder, son iguales que el Ku Klux Klan. Fue muy fuerte. Nos quedamos… madre mía.

Rafa Vecina y estos, Pepe Palacios, Luis Blanco, eran gente impresionante. En el vestuario éramos un equipazo. Me enseñaron a hablar español, mal, pero me enseñaron. Sin embargo, mi estancia en el Caja de Ronda fue muy dura, tío. Pesquera lo controlaba todo. Pero todo. No me dejaba tomar sal, ni pimienta, ni tabasco, ni Coca-Cola. ¡Esto qué cojones es!, decía yo al principio. Estoy ganando pasta para llegar al campo y jugar, nada más. ¿Correr por campos de golf, por las montañas, como hacíamos? A mí ponme en un campo para meter canasta. Así al menos me lo explicó mi agente: «Tú metes canastas, todo lo demás me lo dejas a mí». En estos equipos gente como Jordi Grau estaba todavía creciendo, pero a un profesional que está ganando pasta no puedes tratarlo como a un niño de dieciséis. Entrenadores como él o Aíto eran muy difíciles. La gente no entiende cuánto cuesta adaptarse a jugar en Europa.

Pesquera me intentó echar cinco veces. Siempre por gilipolleces, como no dejarme tirar. Quería posesiones largas, si fallabas era porque siempre había un pase más. Yo, que venía con mentalidad americana, no conocía otra manera de jugar y de repente, ¿con qué me encuentro? ¿Con que tirar está mal? ¿Cómo te adaptas a eso? Encima en Sacramento tenía un adosado cojonudo y en Málaga me pusieron en un séptimo piso, sin lavadora ni secadora. «¿Pero esto qué cojones es? —pensaba— ¡Y encima habláis raro!». Y Ricky no, él era la puta estrella, llegó aquí ganando trescientos mil dólares. Tenía una casa en el campo de flipar.

Te ficha Querejeta para Vitoria.

Me llevo bastante bien con él. Es un hombre de negocios y esto es un negocio. Muestra de que es así es que al tercer año me engañó en la cara. Me dijo que iba a seguir y me puso a la venta como a una puta. No me lo creía cuando me lo dijo mi agente, tuve que llamar a Pablo Laso —su padre estaba en el club— para que me dijera si era verdad. Y sí, lo era. Me imagino que hay mucha gente en esta vida que tiene éxito en los negocios que no son buena gente. Es difícil en este mundo tener éxito sin pisar a los demás. A mí me lo decían de cuando jugaba, que era muy hijo de puta. Y es cierto. He hecho de todo. Fíjate en un dato, mis números bajaron bastante cuando empecé a conocer a todo el mundo en la ACB. Pero antes me decían, oye, que vienen tal y cual y vamos a salir a cenar. Y yo: «¿Del otro equipo? ¿Vais a salir con los rivales a cenar? Yo no quiero verlos, tío. Mañana en el campo les voy a decir cosas de su madre y de su padre y les voy a dar hostias». No sabía jugar de otra manera. Si metía diez puntos seguidos iba al entrenador rival y, como Charles Barkley, le decía «oye, cambia a este, que le estoy matando». En los tiempos muertos me echaba agua en las muñecas diciendo «me queman, me queman». Una de gilipolleces, tío… y cuando empecé a hablar español, cuidado.

Pero peor que yo era Ramón Rivas. Un día salimos a jugar contra Estudiantes y se acercó a Orenga, se puso a correr con él, a su altura, y le dice: «Estás en mi casa, aquí me llamas papá». Y Orenga: «¿Qué?». Mientras, yo mirando y pensando qué manía le tenía que tener para decirle eso. «Aquí me llamas papi, aquí soy tu puto padre». El tío calentando y Ramón corriendo detrás de él. «Que no me voy hasta que me llames papi». Creo que ahí me cogí yo el enganche con Orenga. Decidí matarlo en todos los partidos. Le metía treinta puntos hablándole y hablándole: «A ver si defiendes, hijo de puta», «Eres más feo que mis cojones, cabrón». Siempre así. Como entrenador ahora no lo conozco, pero como persona no me gusta. Ramón en cambio era la hostia. Uno de los primeros días en Vitoria fui a su casa y estuvimos viendo la tele. Al irme, al ir a salir, vi un cartel al lado de la puerta lleno de nombres. Veo que son nombres de jugadores de la ACB, le pregunto qué era eso y me dice: «Son la gente de mi lista». «¿De tu lista?». «Sí, de mi lista de pegar una hostia». Tenía como quince o dieciséis nombres. Encima veo que el noveno por ahí era yo. «Pero si estoy yo aquí», le digo. «Sí, mmm… bueno, te voy a quitar ahora que jugamos en el mismo equipo». Le pregunté qué hice, y dice: «Porque me metiste un mate y me hiciste el pistolero con las manos en la cara». «¿Y por eso me ibas a dar una hostia?». «Sí, sí, una hostia limpia». Todos los de la lista recibieron. Juanan, Morales, Jordi Soler. Todos. Llegaba el partido y raca, pum, nariz fuera, sangre por todas partes.

Y Pablo Laso.

En todos los equipos en los que he estado me llevaba al base a cenar y de copas para que luego me pasara el balón. Pero Pablo, si fallabas dos, no te la daba. Le decía que quién era él con el tiro que tenía para reprocharme a mí que hubiera fallado, y contestaba: «Yo no tengo que tirar, ese es tu negocio». Pero al final Pablo y yo terminamos muy compenetrados, sabiendo qué estaba pensando cada uno en cada momento. ¿Alley oop? Alley oop. ¿Pase atrás? Pase atrás. Nunca me ha pasado algo así con nadie. La pena fue que Pablo, aunque le echaba huevos en todos los partidos y entrenamientos, se cruzó con Herb Brown, que tenía un carácter asqueroso, sobre todo con los bases. Le metía tanta caña que un día estuvieron a punto de pegarse. Pablo estaba tirando de espaldas para que los niños se rieran y Herb le dijo: «Deja de hacer el gilipollas y ponte a entrenar». Se encararon y salieron los dos fuera. En la calle Herb tuvo un gesto como de militar cuando se quitan los galones, tiró la pizarra al suelo y le gritó: «Ya no soy tu entrenador, pégame, pégame».

Y otro día nos dijo a todo el equipo que éramos tontos por no ir al rebote cada vez que fuese a tirar Pablo Laso, porque la iba a fallar seguro. Ahí mismo, en perfecto inglés, le dije «Herb, serás hijo de puta». Herb puteaba incluso al delegado del equipo hasta hacerle llorar por chorradas.

¿Es verdad que en el Tau le fuiste cogiendo asco al Madrid?

Le cogí asco. Puedes decirlo: asco. Yo llegué con una mentalidad clara. ¿El Madrid el mejor equipo? Vete a la mierda. ¿El Barça el mejor equipo? Vete a la mierda. Al principio es que no sabía ni qué clubes eran, solo sentía mis colores, eso a los americanos nos lo inculcan en la high school. Y con los jugadores igual. ¿Sabonis el mejor jugador? Yo te decía: vete a la mierda.

Cuando fichaste por el Madrid tuviste problemas con Sabonis al principio.

No. Fue un periodo de adaptación. Sabas es corto en palabras. Aunque es un buenazo, al principio es muy frío. Los primeros días le hacía preguntas: «¿Qué pasa, Sabas, que jugáis a las cartas en las concentraciones?». Y él: «Sí». Y ya está, no decía más. Además, a mí me gustaba jugar dentro, a cuatro cinco metros de la canasta. Sabas entre lo que medía y su envergadura, te quitaba dos metros de campo. Cuando él cruzaba, te quitaba todo el espacio, no podías penetrar y tampoco podías dársela porque estaba al lado y al final lo que te salía era un mal tiro. Pero yo era un profesional, así que fui buscando el punto de compatibilidad.

Qué pena que no coincidieras con George Karl.

Quería ficharme, nos llamamos mucho. Trajo aquí un juego sencillo, ni correr por el campo ni por la montaña ni hostias. No se complicaba la vida. Este deporte es muy fácil. Si tienes dos, se la pasas al que está libre. Aunque para mí el mejor estratega era Obradovic. Hacíamos cosas en los entrenamientos que luego el cabrón, en los tiempos muertos de los partidos, sacaba la pizarra y nos salían siempre.

Obradovic la tomó con Cargol.

Željko tiene un trato con la gente chungo. A Cargol lo tuvo apartado porque no tenía mala leche. No era un tío que fuera a por ti si le tocabas los cojones, y se metía con Pep para que eso resultase ejemplarizante para el resto del equipo. A mí me echó un día de un entrenamiento cuando quedaban veinte minutos. Como vi en el reloj que era tarde, le repliqué: «La próxima vez que me eches que sean las seis y veinte y no las ocho, no te pases todo el entrenamiento tocándome los cojones para echarme al final». Me dijo que fuera a su despacho y ahí sacó una botella de Chivas, dos vasos y hielo. Me sirvió y me explicó que su trabajo era jodido: «A Sabonis no le puedo echar porque es especial, pero a ti te voy a tener que echar de vez en cuando, entiéndelo». Luego me metí en el coche y vi que nos habíamos bajado la botella de Chivas entera. Sin cenar ni nada. Llegué a casa a las nueve y media ciego. Mi mujer se puso a gritar. Y yo: «Joder qué día, el entrenador, ahora tú, por favor dejadme en paz».

¿Es verdad lo que nos dijo Biriukov de que Sabonis se enfadaba con Antúnez?

José [Antúnez] es un buenazo, tío. Leí lo de Chechu y fue muy fuerte con él, aunque algo de razón tenía. Yo tuve problemas con Laso, Lasa y por supuesto también con Antúnez. Porque son mis bases y si no toco balón es culpa suya. A Sabas le pasó lo mismo con él. Con José el tema es que si hubiera medido un poco más y hubiera jugado de dos habría llegado a la NBA seguro. Porque él no tenía mentalidad de base, era un anotador, se adelantó a ese momento en el que se puso de moda que los bases metieran puntos. Antes el base era solo para manejar el partido. Por eso la gente se mosqueaba mucho con él en el campo. Y yo también me pillaba mosqueos. Lo que era clásico de él era hacer una falta tonta al final del partido, cosas así. Pero es un tío de puta madre.

¿Era un vestuario unido?

Sí, y todo esto a mí me vino muy mal en la vida, en mis relaciones con mi mujer, con mi familia y mis amigos, porque yo era de vestuario. Nadie me quitaba el sitio. ¿Entiendes? Por ejemplo, yo tenía claro que Antonio Martín no me quitaba el puesto. Bueno, a Antonio le daba muy igual el baloncesto. Pasaba. Era muy inteligente, le mandaron al despacho y él encantado. Aunque tenía mucho orgullo porque estuvo un poco a la sombra de su hermano y eso le afectaba. Pero me encantaba entrenar todos los días con él, me hizo mucho mejor jugador. Cuando se fue del equipo yo lo pasé fatal, me forzaba a currar todos los días. Además, con él te descojonabas, Antonio era de tal manera que… Mira, un día en el Palacio íbamos ganando de tres y quedaban cuarenta segundos. Había montones de cosas que teníamos que pensar, si hacer falta, tirar, ya sabes. Y me viene Antonio y me dice «¿Cómo vamos?». Digo: «¿Cómo?». «¡Que cómo vamos, gilipollas!». Yo no entendía: «¿Cómo vamos de qué?». E insistía: «Cómo vamos en el partido». Ya le dije: «Ah, vamos ganando de tres… Pero ¿cómo no sabes cómo vamos, Antonio?». Y me dice: «Es que los putos marcadores están a tomar por culo y no veo nada». Era miope. Pero, fíjate, le grité: «Serás cabrón que estás jugando y no sabes cómo vamos». Y él: «Déjame en paz, sabía cómo íbamos, pero más o menos». [Risas]

¿Qué tal el partido con la Cibona, la bestia negra del Madrid, antes de la Final Four?

Cuando viajamos a Croacia, antes del partido, Obradovic nos dijo: «No os preocupéis de lo que pase conmigo, que aquí se va a liar». Le cantaban: «Mata, mata, mata al serbio». No salía hasta el último minuto. Yo flipaba con todo aquello. Luego jugamos otro partido, no sé dónde estuvimos, igual fue Bosnia o también Croacia, pero nos llevaron con los cascos azules de la ONU, todos armados, el autobús con agujeros de bala. Y yo: «Me cago en mi puta madre, ¿qué hago yo, un niño de Rochester, aquí? Se lo digo a mi madre y flipa».

Dijiste que esa Final Four se ganó gracias al trabajo de los españoles.

Que yo metiera veinte puntos y Sabas metiera otros veinte era muy fácil, estaba todo el mundo jugando para nosotros. Pero hay que hacer el trabajo sucio. Hay que defender. Había gente como Isma Santos, Javi Coll, Lasa, José Silva; gente que iba todos los días a entrenar y meternos hostias. ¿Por qué metí sesenta puntos en un partido? [Le metió sesenta y tres puntos en un partido al Buckler de Bolonia; N. d. R.] Por un animal como Martín Ferrer, que en todos los entrenamientos, todos los días, me daba hostias. Se lo dijo Obradovic: «Todos los días pégale hostias a Joe, me da igual lo que le pase con su hijo, con su familia, tú dale». Ahora cada vez que veo a Martín Ferrer le meto una hostia. Me hizo pasar un año de puta mierda.

Tú defendías poco.

Yo no defendía a nadie. A ver, algo defendí, pero no era bueno, nunca fui bueno defendiendo en mi vida. Hombre, en zona, si me metes en ayudas, sí que entendí muy bien estos conceptos. De hecho, estoy en los récords de la ACB de tapones y es difícil meter tapones si no defiendes.

¿Qué nos cuentas de Rimas Kurtinaitis?

«Three is better than two, baby», siempre decía eso, «No entiendo por qué tiráis de dos». Fue a Houston ya en los ochenta al concurso de triples. Es de las mejores personas que he conocido en mi vida. Cuando ganamos la liga el tío se puso ciego cuatro o cinco días seguidos. Fuimos a casa de Sabonis, o de Chechu, no recuerdo de quién era, y se tiró a la piscina y no había agua. Solo un palmo de nivel, lo que se deja en invierno. Se pegó una hostia, vamos. Fuimos luego a una historia del Marca y él con toda la cara llena de sangre. Después, en mi casa, llegaron Sabonis y él y quitaron toda la comida del niño del frigorífico y metieron quince botellas de vodka. Me dijeron: tú tranquilo. Trajeron unas cajas de Coronitas y estuvimos todo el día bebiendo cerveza. Y a las seis dijeron: venga, todos a la cocina. Cogían copas de cava y metían zumo de tomate con pimienta y luego el vodka encima con una cuchara para que se quedase flotando. Y nada: chupito, chupito, chupito. Quince botellas. Porque ellos bebían, pero sus mujeres… yo creo que casi más. Después salimos a un japonés a cenar. Y en un paso de cebra, paró un coche y le dijeron algo a Kurtinaitis, de campeón, no sé qué. El tío saltó en plancha y se metió dentro del coche por la ventanilla de atrás. Volando. Y se fue de copas con ellos, que eran tres tíos. Se lo llevaron. Y claro, luego no sabía ni dónde estaba.

Del resto de americanos que había en la ACB, ¿qué opinas?

De Norris, por ejemplo, que es amigo mío, tengo que decir que era sucio de cojones. Te cogía de los huevos, te metía la mano en el culo. Luego Harold Pressley era un tío cojonudo. Mi mujer decía de él que era «The nicest asshole I have ever met». Otro de mis mejores amigos aquí fue Pinone. También muy listo, muy sucio. Defendía de una manera muy rara, pero defendía muy bien porque no tenía mucho talento. Pinone era el verdadero entrenador de Estudiantes, como un entrenador en la sombra, y eso fue el origen de mis problemas en el Madrid con el entrenador Miguel Ángel Martín. Porque cuando él estaba en Estudiantes, en los partidos cada vez que me pasaba por el banquillo, yo le decía: «Oye, vais fatal, dile a Pinone que pida un tiempo muerto». Y Pinone tenía que llevar al equipo porque Martín no tenía ni puta idea. Llevaba hasta a los juniors que, de hecho, le querían como a un padre. Pinone era un tío diferente, no suele haber gente como él. Pero luego Martín vino al Madrid y…

Llega al Madrid, es tu entrenador, y noticia en El País del 1 de febrero de 1998: «Arlauckas siempre está de guasa, independientemente del resultado de un partido. No le importa tirarse un pedo cuando el entrenador está en el uso de la palabra».

Eso lo filtraba Martín y era todo mentira. Lo que ocurrió un día concretamente fue que estábamos en el vestuario y la cosa iba tan mal que Martín, que iba mal por culpa suya, dijo que íbamos a tener una reunión con los directivos. En el Palacio había un doble pasillo en el vestuario y a veces no se veía quién entraba. Estábamos de risas, qué coño pasa, este tío es un cabrón, lo típico. Y no sabíamos que los directivos estaban ahí. Yo al menos no le vi, pero él estaba entrando con la plana mayor y en ese momento me tiré un pedo y…  pues sí, estaban todos ahí delante. Y esa chorrada va y sale en la prensa. En El País. Todo era por los que venían de Estudiantes, el Orenga y tal, eran todos muy amigos. Algo así del vestuario no puede salir en la prensa. Cuando estaba Antonio Martín, Cargol, la gente con carácter, estas cosas no salían. Qué importancia tiene que yo me tire un pedo o no. Fue una campaña para echarme de España y no pagarme el contrato.

Te debían mucha pasta.

Sí. Y me pagaron porque les puse una demanda. Pero no veas qué movidas mientras tanto. Un día me apartaron del equipo porque habían dicho que estaba fuera de forma, cuando en Tel Aviv había metido treinta y cinco puntos. Me llamó mi agente y me dijo «¿Estás con tu mujer?». «Sí». «Cuando estés solo me llamas». Me aparto, llamo, y dice: «Me acaban de llamar un periodista del AS y otro del Marca diciendo que tienen fotos tuyas follando con una negra en tu coche, que si no dejas el equipo las publican el martes». ¿Qué te parece? Le dije que les dijera que publicasen lo que les saliese de los cojones, a ver si tenían huevos. «¿Y tu mujer?», me pregunta. «Es que no tienen fotos». ¿Sabes qué pasó? Cuando Miguel Ángel Martín llegó lo primero que hizo fue quitarme de compañero de habitación a Isma Santos. Me puso con Orenga, que era su espía. Y Orenga se enteró de alguna historia, alguna gilipollez, oyó campanas y fue a contárselo corriendo a este. No había ni fotos ni pollas.

¿Y lo de sacarte sangre para pillarte algo?

Llegamos a entrenar un día y dicen que a la mañana siguiente había prueba de sangre, de doping. Dije, van por mí, porque otro rumor que estaban metiendo es que yo era drogadicto. Mi agente me recomendó que fuera una hora antes a hacerme yo unos análisis a la clínica que tuviera más cerca de casa. Del Corral se enteró y le dije que a mí no me iban a conseguir echar, que no había hecho nada mal. Pero no era el Madrid. Era el entrenador. Lorenzo Sanz y su hijo no creo que promovieran estas cosas, aunque igual me equivoco, que eran ellos los que me pagaban, pero creo que no. Teníamos buena relación.

Fue todo muy feo y muy cutre. Y al final ganaron ellos, me echaron por una cosa de Mike Smith, ¿te lo puedes creer? Yo estaba ya a punto de firmar para irme a Turquía. Tenía un contrato de cuatrocientos cincuenta mil para acabar el año. Y me pidieron en el Madrid que hiciera un partido más. Fui y Miguel Ángel Martín le pidió a Mike que saliera por Dejan Bodiroga, pero le contestó que no quería, que le dolía la tripa. Y todo el mundo en el banquillo, al oír la excusa, se partió el culo; todos menos yo. Al día siguiente voy a firmar para irme y me dicen que no, que me han echado por descojonarme en el banquillo. Está en el vídeo del partido. Se ve cómo habla él con Mike, se daba la vuelta y se descojonaba todo el banquillo. Hasta el hijo de Lorenzo Sanz se rio de él. Pero yo estaba callado, mirando al frente, que sabía que me iba. Y nos echaron a Mike y a mí por indisciplina, pero dos días después, al entrenador. Estaba tan loco que llamé para que me ficharan otra vez, que quería quedarme aquí. Pero nada. No era una cuestión de cifras. En serio. Dos años antes Bolonia me daba tres millones de dólares en un banco en Nueva York con mi nombre, y me quedé aquí por muchísimo menos.

¿Qué te gustaba o qué odiabas más del Barça?

Los dos partidos que nos ganó el Barça, el de la liga en Madrid y el de la Final Four en París, me duelen hasta hoy. Fueron dos derrotas muy duras. Esto me deja más marcado que los sesenta puntos que metí. Cuando pienso en mi carrera recuerdo más esos dos partidos. Pero lo bueno del Barça es que siempre te saca lo mejor, vas con unas ganas… Lo siento, decirlo tan claro, pero no es lo mismo el Barça que ir a Manresa, con dos mil personas y un frío de cojones. No es lo mismo que ir al Palau a jugar contra el mejor equipo de la liga. Si no te emocionas contra ellos es que no te gusta esto.

También Grecia, ¿no?

Eran los partidos más intensos que había. Recuerdo contra el Olympiacos, dieciocho mil tíos cantando la canción de Queen, «We Will Rock You». Pero sin música, todo el campo haciendo el ritmo. Y yo: «Hostia, qué bonito». Se me subía la presión de la sangre. Y de repente empiezan todos: «We will, we will fuck you». Ahí me paré: «Qué cosa más bonita, hijos de puta, os voy a meter treinta en la puta cara». La verdad es que jugando en Grecia me ponía casi cachondo. Nunca olvidaré eso en mi vida. Luego te vas a Huesca con mil ochocientas personas y no es lo mismo.

Cuando fuiste a Grecia después del Madrid, fichado por el AEK, también te costó adaptarte.

Siempre digo lo mismo. Si hubiese ido a Grecia diez años y luego a España, en lugar de al revés, sería España la que me parecería una mierda. La griega es una liga diferente, ahí mandaban los jugadores, hacían lo que querían. Lo mejor que me pasó fue mi compañero Dimos Dikoudis, que jugó en Valencia. Lo cogí como hizo Otis Thorpe conmigo en Sacramento. En los entrenamientos le decía: «Ven que te voy a enseñar a jugar este puto deporte». Pasó un año pegado a mí, y ahora una de mis mayores alegrías en baloncesto es ver que jugó como internacional, también mucho en España, y ganó mucha pasta con un deporte que le gustaba. Siempre me da las gracias cada vez que puede y eso me llena.

En Grecia diste un positivazo por testosterona.

Lo que pasó es que después del AEK, donde no me fue bien, fiché por el Aris y llevaba un año sin jugar. Me tuve que poner en forma, así que me junté con Torgeir Bryn, que había jugado en el Estudiantes y era un animal. Estábamos todos los días con las pesas y a mí me dio un dolor en el esternón que alucinas. No podía ni respirar. Entonces me pincharon un par de veces cortisona en el pecho y, bueno, valía para jugar. Iba mejorando poquito a poco. Como nos iba bien, me siguieron pinchando para jugar los partidos. Íbamos penúltimos y llegamos al play-off. Lo cual para mí fue una putada, porque yo quería acabar e irme a casa y tenía más partidos por delante [risas]. Era el referente del equipo, estaba jugando cuarenta minutos por partido, pero tenía treinta y cuatro años y ya no estaba como antes. De modo que siguieron pinchándome hasta que un día me noté algo raro en la pierna. Digo: «¿Qué pasa?». Pensé que me habían tocado el nervio o algo. Pero me dijeron que no me preocupara. Bueno, pues caímos en el cruce y luego teníamos otro play-off por delante, pero con diez días de descanso. Después del partido, me toca mear. Yo ya lo había hecho tres veces en Grecia, conocía a todos los del antidoping. Pero antes me llegó corriendo el fisio y me dijo: «Oye, si quieres ponemos a mear a otro». Me daban el pis de un compañero en un frasquito de meter pastillas. Lo que pasaba es que en ese equipo todos fumaban marihuana, y pasé. Yo no había tomado nada en la vida. Solo proteínas. Eso lo tomaba como loco, pero siempre le pasaba al club qué era cada cosa para que lo mirasen por si al ser productos americanos tenían algo prohibido aquí. Y nada, fui, meé, me tomé dos Heineken, cogí y me fui a Estados Unidos. Yo con ellos ni cogía el autobús del equipo, porque no me pagaban. Me debían ciento cincuenta mil dólares, que al final me terminaron pagando en cash, en una bolsa. En fin…

El caso es que estaba ya descansando en Estados Unidos, me llaman y me dicen que había dado positivo con dos veces y media más de lo que se había metido Ben Johnson en los Juegos Olímpicos de Seúl. Flipé. Pensaba que era una llamada de broma. Luego rápidamente dije que cambiaran las cerraduras de mi casa de Grecia para que no entrasen y pusieran por ahí algo. Yo con la droga tenía mucho miedo, después de Len Bias, que se murió metiéndose una raya de coca, yo no me fiaba de nada. La primera vez que fumé marihuana fue con treinta y tantos años, con mi hermana, mi cuñado y mi mujer, y me fui a casa, me comí una bolsa entera de patatas y me quedé dormido. Me dije: «¿Y esto para qué? Menuda chorrada». Al principio pensamos en luchar contra la movida del positivo, porque me hacía gracia pero estaba afectando a mi prestigio. Sin embargo, a la hora de abordarlo en serio decidí que era mejor retirarme, no jugar más. Así no le daba más prensa al asunto. Y se acabó mi carrera, por eso esta noticia no sale. Es que esta noticia no la conoce mucha gente, solo los del mundillo.  

¿Te dio mucho bajón adaptarte a la vida normal fuera del deporte?

Tenía en la cabeza la tontería o gilipollez de que tenía que sacar el baloncesto de mi sangre. Intentar algo nuevo. La cosa más tonta que he hecho jamás. Toda la vida de deportista y de pronto querer ser un hombre de negocios… Suena de puta madre, pero es jodido. El primer año le dejé a mi mujer que hiciera lo que quisiera. Estudió para masajista. Yo estaba con los niños todo el día, en plan padrazo. Y luego abrí una empresa de trabajo temporal, una franquicia. La empresa iba, no sacaba beneficios, pero no iba mal. Y de repente llegó el 11S y todas las empresas bajaron sus presupuestos. De treinta y cinco chicos trabajando pasé a cuatro o cinco. Como no tengo mentalidad de empresario lo dejé, luego mi matrimonio se hundió y lo pasé fatal. Horrible. Fueron demasiados cambios de golpe en mi vida. Me retiré. Cambié mi casa de Rochester a Carolina del Sur. Había adoptado a un niño etíope y era un reto irnos al sur con un niño negro, que allí en Carolina nadie me conocía. Me fui buscando la vida un poco. Pero cambiar toda la vida, todo a la vez, fue muy jodido. Lo pasé mal, mal. Había dejado el baloncesto muy pronto, con treinta y cuatro, me quedaban tres años más todavía tranquilamente. Pero para eso tienes que aceptar el rol de jugar quince minutos por partido y yo no era capaz. Yo cuando me querían cambiar me hacía el loco, ni les escuchaba. También eché de menos el vestuario, el equipo, todo. Y el divorcio fue un golpe duro. Siempre tenía ganas de volver a España. Cuando mis hijos tuvieron una edad, el pequeñito quince, hablé con ellos. Para el menor fue un poco jodido, pero lo entendieron y me vine. Al final me costó tres años aceptar que ya no era jugador de baloncesto. Cuando vas a dejarlo, te tienes que mentalizar cinco años antes de colgar las botas. Buscándote un plan. Si quieres ser fisio o abogado, no esperes a que acabe el baloncesto para empezar. Hazlo antes. Ese es mi consejo.


Meterla desde detrás del tablero

Foto: Ani (CC)

Uno de los actos que nos define como humanos alfabetizados es coger una hoja de papel e intentar escribir una obra imperecedera o bien dibujar, distraídos, un puñado de penes. Posteriormente, si el resultado que contemplamos no es de nuestro agrado, realizamos otro gesto que delata nuestra humanidad: arrugamos la hoja hasta convertirla en una bola y buscamos con la vista una papelera. Y si está algo alejada o hay obstáculos de por medio que dificulten el lanzamiento, aceptamos el reto con fruición.

Análogamente, desde que el baloncesto es baloncesto, la posibilidad de introducir el balón en el cesto desde una posición cada vez más complicada ha ido íntimamente ligada al desarrollo del juego. Obviando la distancia, conseguir encestar desde ángulos inverosímiles es tal vez el reto que más oscura satisfacción despierta entre jugadores y aficionados. Así, tarde o temprano en una disputa o una sesión solitaria de tiro, siempre acaba entrando en danza el tablero y, siendo más concretos, su lado oscuro, su reverso tenebroso: es decir, intentar conseguir una canasta lanzando desde donde no brilla el sol. O describiéndolo más prosaicamente, meterla desde detrás del tablero.

Yo también fui a EGB

En la mayoría de los colegios, además de las clásicas porterías con franjas blanquirrojas, contábamos con canastas en el patio: tablero de madera, estructura metálica anclada al suelo, aros rígidos sin red y suelo de hormigón desconchado. En esas condiciones tercermundistas practicábamos un juego que nos entusiasmaba y que aún hoy, cuando desafiamos nuestro sentido del ridículo y rompemos puntualmente la promesa que nos hicimos en 2003 de abandonar toda actividad física, solemos retomar: el que en algunos sitios llaman HORSE y que aquí, o al menos en nuestro entorno, denominábamos «a obligar». Se trataba de encestar desde una posición cualquiera para obligar al rival a convertir la canasta desde el mismo lugar. Si fallaba se le añadía un punto (o un estado clínico: herido, grave, muerto), hasta llegar a un máximo establecido, momento en el cual el juego terminaba (en el caso de HORSE se le añade una letra hasta completar la palabra). Durante el desarrollo del juego se barajaban diversas tácticas similares a una campaña militar: desde guerras de desgaste anotando continuamente a un par de metros del aro acompañadas de una campaña de propaganda para desestabilizar mentalmente al rival (lo que llamábamos «hacer embrujaditas»), hasta buscar bombardeos estratégicos mediante lanzamientos descabellados, ya sea el clásico tiro desde media cancha o, y ahí es donde queríamos llegar, desde detrás del tablero. Si el juego se desarrollaba en las canastas situadas en el patio cubierto, que en general estaban colgadas del techo en una posición amenazante que recordaba a la de un murciélago, el lanzamiento gozaba de un plus de dificultad al tener que evitar la estructura portante. En todo caso, estudiabas cuidadosamente la ubicación de tus pies para que el contrincante, aun impulsándose con todas sus fuerzas, lo tuviera muy jodido para conseguir un ángulo limpio de obstáculos. Había otras versiones del juego más creativas que además obligaban a adoptar exactamente la postura con la que había lanzado el rival y que, como imaginarán, acababa con filigranas en general inverosímiles y lo más complejas posibles, intentando hacer realidad el sueño de ser Nadia Comaneci en Matrix. Pero los puristas, que solíamos ser también los peor dotados en flexibilidad, preferíamos simplemente el lanzamiento. Y allí te disponías, tras ese tablero opaco (no como los transparentes de los profesionales) a buscar una posición adecuada, que conjugara satisfactoriamente tus propias aptitudes y los defectos del rival.

1. El esquema es para dos jugadores, aunque puedan jugar muchos más. 2. La estrella marca el líder. Si falla el tiro el título pasa al jugador siguiente. 3. El líder tira al aro como quiere. 4. Los demás tienen que hacer el mismo tiro que el líder (mismo lugar, mismo estilo). 5. Cada fallo corresponde a una letra de la palabra HORSE. Cuando uno completa todas las letras pierde.

Un poco de geometría y una Royal con queso

En el principio las canastas eran cestos de melocotones y los campos se medían en pies. Más de un siglo después, la mejor liga del mundo, la NBA, sigue estableciendo sus dimensiones reglamentarias en medidas anglosajonas mientras que en el mundo FIBA, el otro gran mercado baloncestístico, lo hace mediante el sistema métrico internacional porque, parafraseando a Vincent Vega de Pulp Fiction, suponemos que no sabrían qué cojones son 94’x50′. Por ejemplo, la anchura de una cancha NBA es de cincuenta pies, que equivalen a unos quince metros con veinticuatro centímetros; por su parte, la de un campo de juego FIBA se redondeó a quince metros, lo que da lugar a una diferencia de poco más de un palmo. ¿Que carece de sentido que no hayan unificado las dimensiones del campo? Bueno, aún más ridículo es el fútbol puesto que sus dimensiones reglamentarias están dentro de una horquilla absurdamente grande: entre noventa y ciento veinte metros de largo y entre cuarenta y cinco y noventa de ancho. Sí, algo más de un palmo.

Tras los ajustes de la última década en lo referente a la línea de tres puntos y al diseño de la zona, la forma de un campo NBA y uno FIBA se asemeja bastante, aunque las medidas son diferentes debido a redondeos similares al que acabamos de comentar. Todo este preámbulo se justifica porque, en una solución de compromiso, tomaremos unas medidas aproximadas para definir la Zona de Sombra, la superficie donde tiene lugar el reinado del terror del tiro parabólico por encima del tablero. Les animamos a que cojan una hoja de papel y dibujen media cancha, en planta, a la escala que quieran. Para redondear, la anchura será de 15 unidades y la longitud de 14. El centro del aro está a 1,6 unidades de la línea de fondo (y tiene de diámetro 0,45 unidades), mientras que la parte trasera del tablero está a 1,2 unidades, siendo su anchura de 1,8. Si tenemos en cuenta que el balón tiene de diámetro 0,24 unidades y lo encajamos en el aro en la posición más favorable para nuestros intereses (aquí ya tienen que trabajar un poco), podemos trazar la teórica trayectoria límite desde cada lado evitando el tablero. Bien, pues si se dibuja con un poco de cariño esa trayectoria límite, esta cortará la línea de fondo a unas 4,7 unidades del eje longitudinal del campo, casi a medio camino entre el pie de la zona y la línea de tres puntos. Entre la línea de fondo, el tablero y esas dos trayectorias, queda definida una superficie trapecial: la Zona de Sombra. Ese croquis les servirá para descubrir qué lanzamientos legendarios se han visto realmente dificultados por el tablero.

La Zona de Sombra.

«Separar a los hombres de los niños»

La primera canasta al máximo nivel anotada lanzando desde detrás del tablero se otorga históricamente a Larry Bird, y sucedió en 1986 durante un partido de pretemporada contra Houston Rockets. Un balón que se le escapaba de las manos al alero de los Celtics bajo el tablero (claramente en la Zona de Sombra) lo convirtió en un tiro portentoso a la pata coja mientras giraba el pie de apoyo en un ladrillo. La hazaña de que sea la primera que se consiguió en la NBA la refrenda el hecho de que uno de los árbitros quisiera anularla porque la consideraba ilegal. En cierto modo tenía razón porque existe una regla en la NBA que puede dar lugar a esa interpretación: si el balón pasa por encima del tablero, aun no tocando el soporte, se considera saque de fondo, aunque esa regla estaba realmente pensada para los balones que rebotan en el aro y pasan por encima del tablero. Finalmente, la canasta se dio por válida, y los árbitros han venido interpretando desde entonces que lanzar a canasta pasando por encima del tablero es un lance más del juego (en el baloncesto FIBA, en otra de esas pequeñas diferencias, mientras el balón pase por encima sin tocar el soporte o la parte posterior del tablero, sigue estando en juego). En cambio, otra jugada legendaria que se suele mencionar cuando se habla de canastas desde detrás del tablero no lo es a la vista de nuestro croquis. Estamos hablando del tiro de tres de Jeff Malone con los Bullets en 1984, que derrotó a los Pistons en el último segundo. Se trata de un lanzamiento milagroso desde más allá de la línea de fondo, en escorzo y saltando fuera del campo, pero que estrictamente no se realizó desde detrás del tablero. Asimismo, otra famosa canasta ganadora del propio Bird contra los Blazers con dos hombres encima y junto a la línea de fondo en enero de 1985 tampoco se consiguió desde dentro de la Zona de Sombra. Por otro lado, un famoso fade away de Michael Jordan en el quinto partido de la final de 1998, a la vista de las imágenes no acaba de estar muy claro si lo consiguió realmente desde detrás del tablero.

Tras el lanzamiento inédito de Bird del 86, raro es el año en el que no haya una canasta similar o, al menos, con poco ángulo en la NBA. Este recurso, no obstante, está ligado a tiros a la desesperada porque se acababa el tiempo o buscando la continuación tras una falta personal para obtener un 2+1. La lista de jugadores de la NBA que han conseguido canastas lanzando desde detrás del tablero es larga y combina nombres de primer nivel con otros de perfil más bajo: Michael Jordan, LeBron James, Kobe Bryant, Allen Iverson, Kyle Korver, Rudy Gay, Desmond Mason, Monta Ellis, Horace Grant, Rajon Rondo, Marco Belinelli, Marvin Williams, Anthony Carter, Corey Brewer… pero merecen ser destacados dos casos por su radical diferencia de ejecución. En el primero de ellos, Predraj Stojakovic, jugando con aquellos añorados Sacramento Kings, en 2002 encestó un tiro maravilloso sobre la defensa de Michael Jordan, por aquel entonces en los Wizards. El alero serbio intentó penetrar a canasta y cuando el pívot Jahidi White salió a hacer la ayuda a Jordan, Stojakovic se cuadró, con la zapatilla pegada a la línea de fondo y realizó un lanzamiento perfecto por encima del tablero. Doug Christie, en cambio, en un final de cuarto de un anodino Toronto Raptors contra Vancouver Grizzlies de finales de los noventa, se lanzó una manoletina de espaldas y a una mano que entró limpiamente pasando por encima del tablero y el marcador. Esta última fue un formidable churro a la remanguillé, mientras que la de Stojakovic fue fruto del talento.

La parte trasera del tablero, como objeto lúdico y de fijación casi freudiana, ha tenido sus momentos de gloria en el acto circense por excelencia de la NBA: el fin de semana de las estrellas. Así como Ricky Rubio batió en la edición de 2012 un dudoso récord del mundo de canastas desde detrás del tablero (consiguió dieciocho en un minuto), en el concurso de mates se han visto vistosos ejemplos de dunks con el jugador emergiendo en el aire desde detrás del tablero (por ejemplo, Andre Iguodala en 2006 o Rudy Fernández en 2009) o con el cuerpo por detrás del tablero (como Dwight Howard en 2008), en este último caso homenajeando indirectamente al increíble aro pasado que realizó el fabuloso Julius Erving en la final de 1980 volando entre jugadores de los Lakers por detrás del tablero para acabar la jugada con un delicado golpe de muñeca.

En fin, todos estos nombres ilustres tuvieron en un momento de sus carreras la oportunidad de exhibir al máximo nivel aquel desafío que, en el patio de colegio, muchos afrontamos: buscar una canasta imposible para la cual no hace falta ser un gigante ni un portento físico.


Introducción al enrevesado funcionamiento de la NBA

El desventurado Luke Ridnour (también) perteneció a los Wolves. Foto: Keith Allison (CC)
El desventurado Luke Ridnour (también) perteneció a los Wolves. Foto: Keith Allison (CC)

A finales de junio de 2015, al jugador de baloncesto Luke Ridnour le cambiaron de equipo cuatro veces ¡en una semana! De Orlando a Memphis, de Memphis a Charlotte, de Charlotte a Oklahoma City y de Oklahoma City a Toronto, para acabar finalmente cortado (es decir, despedido) en el equipo canadiense. En la NBA los jugadores pueden decir —sin que sea en sentido figurado que los «tratan como a mercancía», puesto que en general no tienen voz ni voto en muchas decisiones importantes de su carrera profesional. La liga norteamericana se rige por unos contratos redactados de acuerdo a un convenio enrevesado, difícil de comprender en ocasiones por las numerosas excepciones. ¿Preferiríamos que nuestro convenio laboral fuera como el de la NBA?

Ganan pasta gansa

La primera impresión es que no debe ser malo un convenio colectivo que permite que ganen más de diez millones de dólares al año en torno al 15% de los trabajadores (cuando hablemos de trabajadores nos referiremos únicamente a los jugadores). Por otra parte, en la NBA también existe salario mínimo, que depende del tipo de contrato y de la experiencia en la liga del jugador. Por ejemplo, si has estado diez años en la NBA, con el convenio actual (en adelante, CBA) al menos te tienen que pagar en torno a un millón y medio de dólares por temporada. El contrato de un debutante (rookie), lo que en cierto modo podría equipararse a un contrato de prácticas, como mínimo es de medio millón de dólares. No son malas cifras, no.

Pero como si de un apartado destacado del programa de un partido de izquierdas al menos moderada se tratara, los sueldos máximos también están limitados. No obstante, y esto será bastante habitual en el CBA, hay numerosas excepciones: por ejemplo, si durante tu contrato eres elegido MVP, o dentro de los mejores quintetos de la liga o eres convocado un par de veces para el All Stars (méritos profesionales objetivos, en definitiva), te pueden pagar más que ese máximo permitido. Esta cláusula en particular se denomina excepción Derrick Rose que, como imaginarán, fue el caso concreto que lo desencadenó. En cierto modo, es como aquí, que se llaman moscosos a los días libres de los funcionarios que puso en marcha el ministro Javier Moscoso.

Derrick Rose. Foto: Keith Allison (CC)
Derrick Rose. Foto: Keith Allison (CC)

Veamos más casos particulares con cifras. En la temporada 2015-2016, los diez jugadores mejor pagados cobran entre veinticinco y veinte millones de dólares por curso baloncestístico. Es decir, que en el caso más extremo, el salario del jugador que más cobra es cincuenta veces mayor que el contrato mínimo de un rookie. Puede sonar exagerado, pero si hacemos cuentas rara es la empresa multinacional (que al fin y al cabo es lo que son los equipos NBA) en la que el que más cobra no ingresa cincuenta veces el salario mínimo del sector: piensen en franquicias de comida rápida (no es un ejemplo al azar, en el concepto de franquicia incidiremos más adelante).

Aun así, las listas con los mejores pagados de la liga suelen ser insultos al valor real de los jugadores. Exceptuando la temporada 1997-1998 en la que Michael Jordan se embolsó el salario anual más alto jamás pagado en la NBA (más de treinta y tres millones de dólares de entonces, unos cincuenta millones hoy en día), unos trece millones más que el segundo clasificado (Pat Ewing), donde se hizo patente la diferencia en calidad también a nivel económico, entre los mejor pagados se encuentran con frecuencia viejas glorias expirando el contrato de su vida o segundones que se encontraron que eran agentes libres (es decir, que estaban en disposición de ser fichados) en un año de vacas flacas, con pocos jugadores fichables. Si se examina la lista de la temporada 2015-2016, es bastante dudoso que merezcan estar ahí por sus méritos actuales varios jugadores de los diez primeros: Kobe Bryant, Joe Johnson, Dwight Howard y Derrick Rose, todos ellos ganando en torno al doble de lo que se embolsa el actual MVP de la liga y gran sensación Stephen Curry.

Otro ejemplo: Kevin Love cobrará en 2020 unos veinticinco millones y medio de dólares gracias a la extensión de contrato que firmó recientemente con los Cavs. No apostaría a que en esa fecha sea un jugador que esté en el top 30 de la liga, pero más factible es que sí se encuentre en el top 30 del ranking de salarios (a no ser que cuando se negocie el nuevo CBA en breve, con previsiones de riadas de millones de dólares por derechos mediáticos, las cifras se midan en GRITONES de dólares). En todas partes cuecen habas, por lo que se ve; ¿quién no se ha preguntado cómo ha llegado un determinado fulano a un puestazo de una empresa cuando sospechas que es tan tonto que baila con la música del telediario?

El salario máximo no obstante está ligado al límite salarial, una medida de control para intentar igualar la liga. No me digan que eso no suena sospechosamente a… ¡comunismo!

El límite salarial: ¿una medida capitalista o comunista?

Michael Jordan y Pat Ewing. Foto: Corbis
Michael Jordan y Pat Ewing. Foto: Corbis

Una de las grandes peculiaridades de la gestión empresarial de la NBA es el tope salarial: está estipulado un montante máximo para pagar los contratos de los jugadores. Esta cifra no es una línea roja, ya que se puede superar aunque hacerlo tiene consecuencias económicas. Es decir, si se llega a una determinada cantidad se penaliza con una «multa» denominada impuesto de lujo, que suena a casilla putada del Monopoly. El límite salarial está ligado a los ingresos de la liga, o dicho de otra forma, los salarios están ligados a los ingresos. Se trata así pues de una medida controvertida que pretende ser un instrumento para hacer económicamente sostenible la liga y que los equipos no se gasten millonadas sin sentido como en tantos equipos de otros deportes o como se descubre en muchas empresas cuando quiebran. Obviamente, la cifra porcentual que vincula ingresos y salarios fue fruto de duras negociaciones entre la NBA y el sindicato de jugadores, que provocó un cierre patronal hasta llegar a un acuerdo: es decir, una huelga de la empresa, no de los trabajadores. Esta medida resulta sorprendente porque en nuestro entorno laboral no estamos acostumbrados a que las empresas hagan huelga para presionar en la negociación de un nuevo convenio, renunciando a producir y por tanto a tener ingresos, sino que son los trabajadores los que ejercen esta medida de presión.

Hasta el cierre patronal de hace unos pocos años, la cuenta de la vieja que hacían los aficionados consistía en que había que pagar un dólar de impuesto de lujo por cada dólar que te pasaras. Pero con el nuevo CBA las condiciones se endurecieron de manera escalonada: cuanto más te pases el límite, más impuesto de lujo tienes que pagar. Desde 1.5 dólares por dólar para los primeros cinco millones, hasta 4.75 dólares por dólar si eres reincidente y te has pasado ¡veinte millones! Y si se consideran estas cifras es porque varios equipos han pecado de derrochadores a lo grande.

Para la temporada 2015-2016, por ejemplo, el límite salarial se fijó en setenta millones de dólares; si tenemos en cuenta que los mejor pagados de la liga se llevan unos veinte millones de dólares al bolsillo, a las franquicias le restan cincuenta millones para completar una plantilla competitiva. Parece complicado puesto que se necesitan como mínimo otros siete jugadores en activo (o, como máximo, doce más). Pues aquí entran de nuevo las excepciones: por ejemplo, en ciertas circunstancias el sueldo de algunos jugadores, ya sea todo o en parte, no cuenta para el límite salarial. Una de estas clausulas es tal vez la más famosa, la excepción Larry Bird que, resumiendo, permite renovar a jugadores que lleven cierto número de años en el equipo por más dinero del máximo sin que cuente para el límite salarial. En cierto modo, estas excepciones para el límite salarial son similares a las ventajas fiscales para las empresas que algunos gobiernos ponen en marcha para facilitar la incorporación al mercado laboral de ciertos sectores de población (trabajadores en prácticas, personas con minusvalía, parados de larga duración, etc.). Con la excepción Bird la NBA pretendía facilitar a las franquicias que retuvieran a sus mejores jugadores y que, a su vez, permitiera a sus aficionados sentirse más identificados con el equipo (el tan utilizado hombre-franquicia en aquella liga).

Otra medida económica para facilitar el espacio salarial es la amnistía: a un jugador que consideras que le estás pagando demasiado para su rendimiento actual le puedes aplicar esta cláusula de tal forma que su contrato no cuente para el límite salarial. Esta medida se pensó para beneficiar a los equipos, aunque los jugadores tampoco tienen por qué salir mal parados: puede darse el caso (como siempre, hay que leer la letra pequeña) de que al jugador amnistiado le paguen de golpe todo el salario garantizado que tenía firmado con su antiguo equipo y que, pasado un tiempo estipulado, firme un nuevo contrato como agente libre por otra franquicia. Vamos, el sueldo a tocateja en el bolsillo más un nuevo sueldo. Ojalá me amnistiaran a mí en esas condiciones.

¿Y qué pasa con el dinero que se recauda con el impuesto de lujo? Pues bien, al menos la mitad de esa cifra la utiliza la NBA para lo que le da la gana. Así como suena. En ocasiones, esa cantidad se reparte equitativamente entre las franquicias. El resto de lo recaudado se puede llegar a repartir entre aquellos equipos que no han superado el límite salarial, en lo que es una nueva forma de intentar que se iguale, aunque sea económicamente, la liga. A la vista de estas peculiaridades se podría sacar la enseñanza de que para que haya más igualdad hay que intervenir en el mercado porque este no se autorregula y/o tiende a la desigualdad. Pero la realidad es que medidas así es complicado que se puedan poner en práctica donde hay libre competencia, y solo parecen posibles en mercados cerrados o intervenidos como ocurre con la liga NBA, una competición deportiva cerrada y férreamente controlada.

Mahmoud Abdul-Rauf. Foto: Cordon Press.
Mahmoud Abdul-Rauf. Foto: Cordon Press.

Con todas estas premisas que buscan la igualdad, da la sensación de que antes de comenzar cada partido los jugadores deberían alzar el puño y cantar «La Internacional», pero en cierto modo sucede lo contrario puesto que antes de cada encuentro suena, siempre, el himno norteamericano. A finales de los noventa, el jugador Mahmoud Abdul-Rauf, llamado Chris Jackson antes de convertirse al islam, dejó de escuchar el himno en pie en la cancha, como hacían todos, porque le parecía un símbolo de opresión. La reacción de la NBA, lejos de contemporizar, fue una sanción de empleo y sueldo hasta que asistiera a la ceremonia «de forma digna», tal y como el reglamento de la liga recoge. La libertad de expresión está sobrevalorada, parece ser. Aunque posteriormente llegaron a una solución de compromiso (escucharía el himno de pie pero recitaría pasajes del Corán mentalmente), el jugador cayó en desgracia. A la NBA no le hace gracia que los jugadores se salgan del tiesto y den que hablar por motivos extradeportivos… o deportivos fuera del ámbito de la propia liga: por ejemplo, en 1990 la liga no permitió a dos de sus máximas estrellas que jugaran un uno contra uno para una cadena de pago. Así nos quedamos sin dilucidar quién ganaría en aquel partido de ensueño: Magic Johnson o Michael Jordan. Paradójicamente, la NBA no se opuso a que Dennis Rodman y Karl Malone participaran en una de las charlotadas de pressing catch a finales de los noventa junto a Hulk Hogan.

Reservado el derecho de admisión

Aunque les parezca mentira, nadie está obligado a jugar en la NBA si no quiere hacerlo: puede decirle abiertamente a una franquicia que no, gracias, sin temor a ningún tipo de represalia física o jurídica. Pregúntenle si no a Fran Vázquez. Ahora bien, una vez que entras por el aro tienes que atenerte a sus reglas, dentro de las cuales está que, en general, tus derechos pertenecen al equipo que te ficha o el que te eligió en el draft (el draft es un sorteo que se hace cada año entre los equipos para ver quién se queda con los derechos de los jugadores elegibles ese año; es decir, como cuando hacíamos equipos en el patio de colegio).

Si hacemos un paralelismo al mundo laboral normal, que un equipo tenga tus derechos en el draft es como si al enviar correos electrónicos con tu currículum una de las empresas decidiera que sí, que le pareces bien como empleado, pero que de contratarte ya hablaremos a corto o medio plazo. Es más, una vez que reciben tu currículum, durante un tiempo ya no podrías ir a trabajar a otra empresa del sector sin su visto bueno; es decir, que para dejarte marchar a la competencia ellos deberían sacar algo a cambio. En el caso de la NBA, donde los pagos en metálico están muy limitados, por lo general son los derechos de otro jugador o futuras elecciones del draft. Exceptuando casos muy concretos de estrellas como Kobe Bryant, que consiguió incluir el derecho a veto en un posible traspaso, el jugador está a disposición de lo que la franquicia que tiene sus derechos quiera hacer. Por ejemplo: Pau Gasol fue elegido en el draft por Atlanta Hawks, Juan Carlos Navarro por Washington Wizards, Marc Gasol por los Lakers, Rudy Fernández y Sergio Rodríguez por Phoenix Suns… y ninguno de ellos llegó a debutar con esos equipos puesto que sus derechos fueron traspasados a otras franquicias en diversas operaciones. Tuvo cierto morbo el traspaso de Pau a los Lakers puesto que los Grizzlies se llevaron a su hermano Marc dentro del cambio.

Las franquicias

Otro incidente con gran repercusión mediática en el que la NBA tomó cartas en el asunto ocurrió en el año 2014. Donald Sterling, propietario de Los Angeles Clippers, fue grabado realizando unos comentarios profundamente racistas, lo cual no dejaba de ser paradójico puesto que en su equipo (como en toda la liga) abundan los jugadores afroamericanos. Pues bien, la NBA le obligó a vender su participación, siendo expulsado de por vida. Para poner en contexto esta decisión, recordemos que en nuestra liga de fútbol el presidente de un club (Jesús Gil) dio un puñetazo al gerente de otro a las puertas de la propia sede de la liga y aquello no tuvo más consecuencias que la popularización del insulto «montón de mierda». Allí se toman más en serio este tipo de sucesos esperpénticos puesto que los equipos en realidad son franquicias de la NBA; son por así decirlo sucursales de la liga, y aunque compiten por llevarse el anillo, sus objetivos también son empresariales: los resultados económicos son tan importantes como los deportivos, que pueden quedar relegados a medio o largo plazo (las denominadas reconstrucciones). Entienden que un incidente como el de Sterling mancha la marca NBA, lo que acaba degenerando en pérdida de imagen, pérdidas económicas multimillonarias y gente saltando por las ventanas.

El inefable Jesús Gil. Foto: Cordon Press
El inefable Jesús Gil. Foto: Cordon Press.

En la vialidad económica de la franquicia un factor muy importante es la ubicación, por lo que los cambios de ciudad son habituales. Así, los Lakers eran originarios de Minneapolis, los Grizzlies de Vancouver, los Nets de New Jersey, etc. Llevarse un equipo de la ciudad es algo que nos sorprende y que con seguridad provocaría en nuestras latitudes manifestaciones multitudinarias. Además, nos resultaría extraño un R.C.D. Espanyol de Albacete, por ejemplo, aunque en la ACB ya tuvimos el Atlético de Madrid-Villalba de nuestro amigo Jesús Gil, que para más confusión geográfica llevaba publicidad de Marbella en la camiseta.

Por otra parte, como ya hemos dicho la NBA es una liga cerrada, sin ascensos ni descensos, pero puede aumentar su número de equipos si la propia liga lo decide. A la vista de estudios de mercado y balances económicos, pueden decidir habilitar nuevas franquicias una vez cumplan con unas determinadas condiciones (aforo de pabellón, integración en la ciudad, presupuesto, etc.) muy alejadas de lo que en Europa sería posible (adiós al sueño de una división europea a medio plazo). En este caso, las nuevas franquicias necesitarían jugadores, para lo que la liga ha dispuesto el draft de expansión: todos los equipos existentes deben colocar a parte de su plantilla a disposición de las nuevas franquicias, para que elijan. Y, como imaginarán, en esa situación los jugadores tendrán que esperar en su casa, sin poder opinar, cuál será su destino. Como el pobre Ridnour.


«Merry fucking Christmas»: cómo Jordan y los Bulls se quitaron por fin a los Bad Boys de en medio

Foto: Corbis.
Foto: Corbis.

El avión de vuelta de Detroit a Chicago parecía un funeral. Caras largas y cansadas, sensación de impotencia, hartazgo, un nuevo proyecto de los Bulls condenado a irse al garete. Apenas unas horas antes, en el Palacio de Auburn Hills, los Pistons de Isiah Thomas, Dennis Rodman, Bill Laimbeer y compañía se habían impuesto por veintiún puntos de ventaja. Bonita manera de empezar la Navidad, 19 de diciembre de 1990, ya casi 20 a la llegada al aeropuerto O´Hare.

Se suponía que iba a ser la gran temporada de los jóvenes Bulls, después de tres eliminaciones consecutivas contra los «Bad Boys», pero el equipo no acababa de alcanzar el nivel deseado: Scottie Pippen estaba demasiado preocupado por conseguir buenas estadísticas para su renovación, Horace Grant se sentía perdido, incapaz de que nadie le pasara la bola en condiciones, e incluso el entrenador Phil Jackson, el flemático y zen Phil Jackson, temía perder los nervios en cualquier momento.

Michael Jordan, por su parte, había cumplido. Jordan siempre cumplía, claro, pero cumplir no era suficiente según los años avanzaban y se acercaba peligrosamente a los treinta. Siete años viendo cómo su equipo mejoraba «poco a poco», solo que «poco a poco» en el deporte profesional, el de las urgencias constantes, no significaba nada. No para él, al menos. Reclinado en su asiento, decidió echar un vistazo a las estadísticas del partido, buscando cuidadosamente a quién culpar del desastre.

Cuando llegó a Pippen, con su 2/16 en tiros de campo, supo que la caza había terminado. Se volvió a él y le dijo, con su voz grave y cortante: «¿Otro dolor de cabeza, Scottie?».

Si Pippen no hubiera sido Pippen y Jordan no hubiera sido Jordan, aquello habría acabado a puñetazos. Scottie llevaba meses leyendo en la prensa cómo se había borrado del séptimo partido de la final de la Conferencia Este del año anterior, también contra los Pistons, también en Auburn Hills. Los demás recuerdan a un chico joven perdido y desorientado mientras él recuerda una migraña terrible que no le permitía siquiera enfocar entre tanta luz y tanto griterío.

Jackson, por supuesto, oyó el comentario pero no dijo nada. Mejor hacer que decir. Si los chicos iban a seguir echándose las culpas unos a otros sería imposible deshacerse de una vez de los Pistons, cuyo juego se basaba precisamente en eso: desestabilizar al rival de tal manera que la tensión les impidiera desarrollar su baloncesto. En ese sentido, Jordan y Pippen eran con diferencia sus víctimas favoritas. Había que cambiar algo: descargar la frustración directamente contra sus rivales, entrar en su juego, sí, y sin remordimientos.

«Hay que pegar a alguien en el siguiente partido», dijo Jackson a sus asistentes. «Hay que empujarles, dominarles físicamente, aunque eso cueste una expulsión». Los técnicos asintieron en silencio hasta que uno de ellos señaló el problema: «¿Y exactamente cuál de nuestros chicos va a ser el encargado?». Efectivamente, los Bulls eran un equipo rápido, espectacular, talentoso… pero con fama de blando. Aquel verano habían fichado a Cliff Levingston para añadir más carácter y a Levingston aún le dolían los testículos, cortesía de una patada sin balón de Vinnie Johnson.

Si los Bulls iban a seguir dejándose amedrentar o no lo descubriríamos rápido: solo seis días después, la NBA había programado otro partido contra los Pistons para el día de Navidad, esta vez a jugarse en Chicago.

NBA on NBC

Desde que, en 1967, la ABC transmitiera el primer partido de Navidad a nivel nacional, el 25 de diciembre se había convertido para la NBA en algo parecido a lo que el Día de Acción de Gracias suponía para la NFL. Hablamos de unos tiempos en los que el baloncesto apenas podía competir con las otras grandes ligas estadounidenses: béisbol, fútbol americano o incluso hockey sobre hielo. Conscientes de la oportunidad, el comisionado Larry O´Brien y sobre todo su sucesor David Stern decidieron programar para ese día cinco partidos estelares, uno de los cuales solía ser la repetición de la final del año anterior o el reflejo de una rivalidad que garantizara que los americanos, mientras comían las sobras de Nochebuena, estuviesen pendientes del televisor.

Esta decisión nos había dejado varios momentos inolvidables como los sesenta puntos que Bernard King anotó con los Knicks en 1984, todavía hoy el récord de la franquicia, y aún habría de dejarnos muchos más con el paso de los años: el duelo entre Kobe Bryant y Shaquille O´Neal en 2004 después de que ambos estuvieran a punto de aparecer en las páginas de sucesos por su mala relación, las continuas exhibiciones de Tracy McGrady o la victoria número mil de Phil Jackson, conseguida el 25 de diciembre de 2008 ante los Celtics.

Con todo, probablemente la mejor historia que suele mencionarse sobre un partido de la NBA en el día de Navidad nos lleva a 1986, con los Boston Celtics y los Indiana Pacers como protagonistas. El día antes del partido, el por entonces rookie Chuck Person, apodado «The Rifleman», no tuvo mejor idea que salir a los periódicos a decir que «el Rifle estaba en la ciudad dispuesto a cazar al Pájaro». «El Pájaro», obviamente, era Larry Bird. Durante el calentamiento, un aparentemente sereno Bird se acercó a uno de los compañeros de Person en los Pacers: «Dile al rookie de mi parte que tengo un regalo de Navidad para él».

El partido se mantuvo igualado hasta que, a falta de pocos minutos para acabar el último cuarto, Bird anotó un triple imposible delante del banquillo de los Pacers que daba una ventaja ya definitiva a los Celtics. En lugar de celebrar, Bird se dio la vuelta, miró a Person, sentado después de un partido horrible, y le gritó cabreado como un mono: «Merry fucking Christmas». El mensaje estaba claro y la frase quedó como un clásico navideño, aunque algo distorsionado por su leyenda… en realidad, que no se entere nadie, aquel partido se disputó un 17 de diciembre.

Volvamos pues a 1990: la NBC acababa de comprar los derechos a nivel nacional y quería a Michael Jordan como reclamo costara lo que costara. Con Larry Bird lesionado de la espalda y los Lakers de Magic Johnson intentando recomponer el equipo sin Kareem Abdul-Jabbar, no había historia en la NBA mejor que la de los Detroit Pistons, con dos campeonatos consecutivos, y los eternos aspirantes, los Chicago Bulls. Su odio traspasaba con mucho lo deportivo y llegaba a lo personal. No solo era Isiah Thomas, cuya mala relación con Jordan y Pippen le dejaría fuera del «Dream Team» de 1992. Era Bill Laimbeer, era Dennis Rodman, era John Salley, era el bocazas de Mark Aguirre

El día se acercaba y Jackson seguía buscando al hombre que diera la vuelta a tanto abuso. El hombre que pudiera perder los papeles lleno de rabia y contestar por fin a las provocaciones de los Bad Boys. Cuando lo encontró, supo muy bien cómo encender la mecha.

Foto: Corbis.
Foto: Corbis.

La gestación de una dinastía

Horace Grant era probablemente el eslabón más débil del equipo en el terreno emocional. Eso sí, en la cancha, su capacidad y su talento estaban fuera de toda duda: pese a unos primeros años complicados porque no parecía tener suficiente fuerza como para jugar de ala-pívot ni suficiente velocidad para hacerlo de alero, Grant había hecho los deberes y se había consolidado como titular indiscutible en uno de los mejores equipos de la liga, con un excelente sentido para el rebote.

Eso no quería decir que todo fuera felicidad: «el chico», como le llamaba Jackson, pensaba que debía recibir más balones y así anotar más puntos. Tantos, al menos, como su hermano gemelo Harvey, que promediaba una veintena como estrella de los Washington Bullets. Aparte de la relevancia en ataque, estaba el problema de su contrato: seguía siendo uno de los jugadores peor pagados de la plantilla junto a su gran amigo y compañero de promoción Scottie Pippen.

Si Pippen se sentía amenazado cara al futuro por el constante interés de los Bulls en Toni Kukoc, Grant se enfrentaba a una amenaza mucho más cercana: el novato Stacey King. King había llegado aquel verano con aureola de estrella y una confianza en sí mismo que no acababa de refrendar en la cancha. Pese a todo, el hecho de que los Bulls le hubieran fichado con una de las elecciones más altas del draft obligaba a Grant a ser cauto, incluso paranoico: ¿Querrán quitarme de en medio para no renovarme y darle mis minutos al chaval?

No era la idea. No hasta el 25 de diciembre de 1990, cuando Phil Jackson, conocedor de la situación, decidió tensar un poco más la cuerda en el momento adecuado: ante los Pistons, en el gran partido de la televisión nacional, el titular no sería Grant sino King. Cuando Grant lo supo, montó en cólera. Una cólera que se mezclaba con la desesperación en una personalidad tan voluble. Desde el banquillo, Horace tuvo que ver cómo los Pistons volvían a dominar a los Bulls a sus anchas: 26-29 en el primer cuarto y 50-55 al descanso.

Aunque Thomas y Dumars eran los encargados de poner los puntos, el daño lo hacían Laimbeer, Edwards y Rodman con sus rebotes. Era el momento de dejarse de pruebas: rompiendo una regla no escrita en la NBA, Jackson decidió cambiar su quinteto inicial para empezar la segunda parte. Un hambriento Horace Grant saldría en lugar del perdido y superado Stacey King.

Aquello fue mano de santo: la defensa de Grant no solo dejó a los Pistons en catorce puntos en todo el tercer cuarto, sino que sus cuatro canastas sin fallo permitieron que lo que era una desventaja de cinco puntos se convirtiera en una ventaja de nueve al final del periodo. Hasta aquí, nada que no hubiéramos visto antes: los Bulls en su campo solían ganar a los Pistons, otra cosa era hacerlo en Auburn Hills, con sus aros torcidos y una serie de estratagemas propias de los míticos Celtics de Red Auerbach.

Algo, sin embargo, parecía diferente esta vez. Algo que indicaba que los tiempos iban a cambiar para siempre: a falta de ocho minutos para el final del partido, con los Bulls doce puntos arriba, Joe Dumars intentó entrar a canasta cuando se encontró a un Horace Grant completamente desquiciado: el de los Bulls no se lo pensó dos veces, le empujó con las dos manos, le tiró al suelo y después se encaró como si quisiera repetirle aquello de «Merry fucking Christmas» a la cara. Después, la tangana habitual y la expulsión de Grant.

Jackson y Jordan sonreían como sonríen los padres orgullosos.

Sí, las cosas habían cambiado y habían cambiado delante de todo el país. Esto no era solo un regalo navideño, era el inicio de una de las dinastías más grandes de la historia del deporte profesional, como se comprobaría en mayo, cuando los Bulls barrieron 4-0 a los Pistons camino del primero de sus seis títulos. Grant conseguiría su contrato millonario, igual que Pippen. Visto lo visto, Kukoc decidió quedarse dos años más en Europa. Pero esa, claro, es otra historia.


Julius Erving, el hombre que lo empezó todo

The Doctor
Imagen: NBA ENTERTAINMENT

A menos que tengas la entrada para demostrarlo, probablemente nunca has visto a Julius Erving cuando cambió el deporte del baloncesto.

Ojalá existiera un ministerio del tiempo para el baloncesto. Me encantaría formar parte de un equipo de agentes que viaja al pasado para que la historia del baloncesto se desarrolle tal y como la conocemos. Por ejemplo, evitar que Wilt Chamberlain tomara una copa más en su loca noche anterior a anotar 100 puntos, observar con impotencia a Len Bias metiéndose una raya tras otra en su última velada o evitar que Michael Jordan resbalara como Byron Russell en la penúltima jugada de la final del 98. En definitiva, misiones para que los pilares sobre los que se construye el imaginario del baloncesto profesional se mantengan inalterables. Pero hay instantes que desencadenan consecuencias que no son fáciles de advertir y que indirectamente desembocaron en el citado tiro ganador de Jordan del 99 o en la propia existencia de Kobe Bryant o en LeBron James. Como aquel verano de 1971, en las canchas de Rucker Park, donde el boca a boca sobre lo que allí se estaba viendo creó una expectación sin precedentes, con centenares de curiosos atraídos por los rumores que se subían a los árboles y se descolgaban por azoteas y cornisas para poder contemplar en persona las evoluciones de un fenómeno desconocido: hablamos de cuando irrumpió Julius Erving en el mundo del baloncesto.

Imagen: NBA ENTERTAINMENT
Imagen: NBA ENTERTAINMENT

Hoy en día, cuando mediante una simple consulta por internet podemos ver hasta vídeos de entrenamientos de nuestras estrellas favoritas cuando aún ni tenían pelos en las piernas, nos resulta difícil de comprender la conmoción que supuso para los espectadores de los partidos callejeros el despliegue físico y de fantasía de Erving. No estaban preparados para asimilarlo. Pero, ¿tan bueno era? Si por algo se distingue la NBA, a diferencia de otras ligas —y otros deportes—, es que ofrece el reconocimiento que merece a sus estrellas ya sea en los highlights o mediante documentales retrospectivos como el que nos ocupa: The Doctor (NBA Entertainment, 2013), que todo interesado en las figuras míticas del deporte, no solo del baloncesto, debería ver.

Con un enfoque más cercano a la hagiografía que al reportaje deportivo, intercalando fotografías, vídeos y entrevistas, The Doctor recorre la vida de Erving, una vida que parece dictada siguiendo el prototipo del sueño americano: criado con dramáticas dificultades económicas y familiares pudo llegar a las más altas cotas de reconocimiento profesional y popularidad (y ganar mucho dinero, también), y todo ello sin perder el optimismo y las ganas de vivir por las tremendas desgracias personales que ha tenido que padecer. En definitiva, nos muestra la manida dimensión humana de las estrellas del deporte. Pero hay casos en los que la dimensión humana es sinónimo de dimensión trágica.

¿Se imaginan que al máximo goleador de la liga de fútbol española lo secuestraran en plena liga? Pues eso ocurrió. ¿O que en el caso de un jugador de baloncesto que ha sido MVP de la ACB, campeón olímpico e incluido en el mejor quinteto rookie en la NBA, su madre, su hermana y su novia fallecieran en un accidente de coche cuando iban a ver un partido suyo? Esto también sucedió. ¿Y que al mejor jugador de la historia de la NBA le asesinen a su padre a tiros y provoque su retirada en la cumbre de su carrera? Etc. Las tragedias también les tocan muy de cerca a las estrellas del deporte y Erving puede contarlo en primera persona. Aún hoy, cuarenta años después, durante el documental conmueve comprobar cómo rompe a llorar cuando recuerda las últimas palabras que intercambió con su hermano menor, al que en ausencia de su padre (huérfanos desde que Erving tenía seis años: otro drama) había asumido el trabajo de protegerlo, y que murió a los dieciséis años solo tres meses después de que le diagnosticaran lupus. Es uno de los momentos más intensos y emocionantes: Erving, con lágrimas en los ojos tras compartir esos dolorosos momentos, al ver la cámara de repente recuerda que lo están entrevistando. Y eso que la mayor parte de la charla se entabla en el escenario favorito en estos casos y poco acogedor y propicio para las confidencias: una incómoda silla en mitad de una cancha desierta.

Su infancia podría hacer palidecer a muchos personajes de Dickens: padres separados cuando era muy pequeño, huérfano a los seis años, la madre trabajando duro para sacar adelante primero a tres y tras la trágica muerte de su hermano, a dos… Así que cuando le llegó una oferta profesional, en la ABA, no fue una decisión difícil: su madre ganaba entre seis mil y ocho mil dólares al año y le ofrecieron ciento veinte mil por cuatro años. Su oportunidad le llegó por casualidad: por aquel entonces, Erving cursaba su tercer año en una universidad discreta (donde había llegado también con mucha fortuna) aunque sus números no lo eran (27 puntos y 20 rebotes por partido). Pero donde realmente destacaba Erving era en un lance del juego prohibido por entonces en la NCAA: los mates. Así que sacó todo su repertorio en el mítico playground de Harlem. Fue tan fabulosa su actuación y tan sonoros los ecos de los afortunados que pudieron ver aquel despliegue de juego inédito que los Virginia Squires de la ABA lo ficharon prácticamente a ciegas. Nada más llegar se convirtió en la estrella absoluta de esa liga, donde fue MVP en tres ocasiones y ganó el campeonato.

Imagen: NBA ENTERTAINMENT
Imagen: NBA ENTERTAINMENT

No nos engañemos: la NBA a principios de los setenta era un puto coñazo. Donde estaba la acción y la espectacularidad era en la ABA. Pero como en el caso del VHS y el Beta, no siempre triunfa lo que es mejor, sino lo que se vende mejor. La ABA tenía línea de tres, animadoras, balón tricolor y a Erving, con sus vuelos interminables y su formidable peinado afro. Durante años deslumbró al mundo… que lo pudo ver. La ABA se desangraba sin contrato televisivo ni afluencia a las gradas. Es realmente triste que los mejores años del mejor jugador del mundo del momento pasaran prácticamente inadvertidos para el gran público. Las fotografías, los escasos vídeos y los testimonios que ilustran The Doctor solo permiten intuir la verdadera dimensión del espectáculo que era disfrutar del Dr J en cancha. Finalmente, cuando la ABA se fusionó con la NBA, volvió a ser MVP y llegó a ganar el anillo, pero había perdido sus mejores años a nivel físico en una liga sin visibilidad. Y además, cuando estaba en condiciones de haber creado una dinastía en la NBA, se cruzaron en su camino los dos mejores jugadores de los ochenta, Larry Bird y Magic Johnson, al frente de los equipos que marcaron la pauta en esa década y coparon ocho de los diez anillos disputados. No obstante, fue Erving y no Michael Jordan el primero en hacer mates increíbles, en volar, en convertirse en un icono publicitario —el primer icono publicitario afroamericano, además—, en ganar títulos colectivos e individuales siendo el más vistoso, y ser un icono sexual tal vez por el mito que siempre ha llevado aparejado tener unas manos gigantescas como las suyas.

Aún hoy, cuando en el documental comparan dos imágenes separadas más de un cuarto de siglo frente al pabellón de los Sixers, Erving sigue desprendiendo esa elegancia insolente que lo caracterizaba, pero a pesar de esa imagen arrogante, cuando jugaba no lo era en absoluto. Te podía hundir el balón en la puta cara, aunque sus gestos y modales casi te empujaban a decirle «gracias de corazón por posterizarme», estrecharle la mano y pedirle la camiseta.

Como es de esperar, The Doctor está trufado de numerosas gestas deportivas y jugadas imposibles, pero donde más énfasis se hace es en transmitir la imagen de héroe vulnerable, que no es infalible (perdió varias finales tanto en la ABA como en la NBA), alguien con el que te puedes identificar. Y admirable incluso en la derrota: en su primera final en la NBA, su equipo se vino abajo tras ir ganando la serie por 2-0. Resulta que tras una monumental tángana, los Blazers se fortalecieron mientras que los Sixers perdieron la concentración y, posteriormente, la final por 2-4. El vestuario de los Sixers nada más acabar el último partido era un polvorín, se hablaba de ir a darles una paliza a los Blazers, pero Erving hizo prevalecer su ascendiente sobre la plantilla y les dejó ir pero a felicitar a los campeones.

Otra anécdota que sirve para ver el tipo de persona que era: siendo ya una estrella de la NBA, le llamó un jugador universitario con gran proyección que no tenía claro si ingresar ya en la liga. Dr J, en lugar de despacharlo telefónicamente, le invitó a su casa para pasar un fin de semana y hablarlo con calma. Tiempo después, aquel rookie, que se llamaba Magic Johnson, en el sexto partido de la final de 1980 entre el equipo de Erving, los Sixers, y los Lakers, culminaba una actuación antológica jugando en las cinco posiciones en pista, ganando el anillo y el MVP de la final. Aquel universitario tímido que acogió en su propia casa le hizo un hijo de madera. No obstante, dos partidos antes, Erving realizó una de las mejores jugadas de la historia de las finales de la NBA.

Imagen: NBA ENTERTAINMENT
Imagen: NBA ENTERTAINMENT

Las mismas lágrimas que no escatima cuando recuerda hechos dolorosísimos en su vida, las derramó cuando, en su última temporada, toda la NBA le rindió homenaje. Todos los campos le dedicaron regalos y palabras de sus hombres más destacados, rivales del Dr J que reconocían su increíble talento e incalculable legado. Basta ver la extraordinaria ovación que recibió la última vez que abandonó la cancha, con todo el estadio en pie, ¡y estaba jugando como visitante!

¿Tanto trascendió la figura del Dr J? como se ve en el documental, cuando Erving entra en una floristería de Long Island, una dependienta digamos, siendo amables, de mediana edad no le reconoce físicamente, pero cuando mencionan su nombre sabe quién es: «¿Eres de verdad ?». O si no, vean otra opinión recogida en The Doctor: «Cuando se retiró lo hizo con mucha clase y dignidad y con todo el respeto del público. Y eso es algo que incluso si nunca gano un campeonato de la NBA o un MVP o lo que sea es algo que me encantaría tener al dejar el deporte». Esto lo dijo en 1988, ojo, un tal Michael Jordan. En fin, Erving fue un hombre increíblemente elegante tanto en su aspecto físico como en sus modales en la cancha, que no duda en llorar si lo necesita delante de una cámara o treinta mil espectadores. Y esto ya como opinión personal: un tipo que ha lucido satisfactoriamente un peinado imposible y ha partido la pana llevando abrigos rosas forrados con borreguito merece respeto reverencial.

Como decíamos al principio, si se hubiera roto la pierna en aquel playground, o hubiera llegado tarde o, en resumen, como dice LeBron: «Si no hubiera existido el Dr J, Michael Jordan no habría tenido a quién admirar y no le habríamos tenido a él, o a tipos como yo que admiramos a Jordan». Aquel verano, en Rucker Park, una de las canchas más famosas del basket callejero, se forjó el baloncesto contemporáneo. A falta de una puerta que nos transporte en el espacio-tiempo hasta allí, pueden revivirlo en The Doctor.


La asombrosa pericia ambidiestra de Pat Venditte

Pat Venditte. Foto: UCinternational (CC)
Pat Venditte. Foto: UCinternational (CC)

Laura Cazalilla jugaba a fútbol mucho mejor que la mayoría de los niños de mi clase. Teníamos nueve años y la flaca regateaba que era un primor. El agrietado cemento del patio de la vieja Ikastola Begoñazpi era testigo de cómo aquella apasionada niña bilbaína se magullaba las rodillas en valiente pugna con nosotros, los chicos. Laura era ambidiestra. Recuerdo con nitidez cómo en los dictados de clase se pasaba el boli Bic de la derecha a la izquierda con una asombrosa naturalidad para envidia de sus compañeros. James Garfield, presidente estadounidense de finales del XIX, escribía en griego con la izquierda mientras su mano derecha lo hacía en latín al alimón, pero Garfield había muerto hacía décadas y ninguno sabíamos de su existencia ni de su especial destreza. En septiembre de 1981 supimos que no habría más Laura. Eduardo, su hermano mayor, y ella se fueron a Urretxindorra —un centro sito en su barrio, San Adrián— y nos quedamos huérfanos de aquellos habilidosos alambres tan femeninos como tintados de cardenales y heridas que peleaban por cada balón.

Hablar de Marcial Pina es referirse a uno de los grandes nombres que ha dado el fútbol español. Diría que se trata de uno de los más olvidados, o menos reconocidos, más de tres décadas después de haber puesto fin a su carrera. Marcial, rubio y dueño de una técnica envidiable, tenía mucho gol. Centrocampista ofensivo, nació diestro y su empeño cuando era chaval le llevó a ser tan zocato como derecho… o más. Debutó con el Elche, pasó al Espanyol, ganó la liga del 74 junto a Cruyff y disfrutó de sus últimas campañas en el Atlético de Madrid. Una tarde, vistiendo de colchonero en el Camp Nou, coló un libre directo en el arco azulgrana. Ya en la segunda parte, volvió a hacer inútil la estirada del bueno de Peio Artola, también de golpe franco. La primera falta, con la izquierda de fuerte remate. La segunda, colocada y con la derecha. Nadie en la historia de la competición había marcado —ni lo ha vuelto a hacer— un gol con cada pierna en el mismo partido a balón parado. Marcial, el blondo asturiano, colgó las botas desgastadas por igual décadas después de domar su pierna izquierda a base de disparar balonazos con ella contra una pared.

Larry Bird se valía de ambas manos para tener mayor ventaja sobre sus rivales en la competitiva NBA de los ochenta. Cuando su superioridad le provocaba aburrimiento durante el transcurso de un partido, buscaba alternativas que le motivaran. Llegaba incluso a apostar con algún conocido del banquillo rival a que era capaz de encestar un par de triples consecutivos con la mano izquierda. Al terminar el choque, el alero de los Celtics se pasaba por el vestuario rival a recoger los billetes retados. Lo hizo, verbigracia, con Bill Fitch cuando este dirigía a los Nets de Nueva Jersey tras haber pasado por Boston. Jugando en Portland el día de san Valentín de 1986, decidió que iba a mirar a canasta con las dos manos. La noche anterior venía de firmar un triple doble de treinta y cinco puntos, quince rechaces y once asistencias en la vecina Seattle. Los aficionados del anciano Veterans Memorial Coliseum de Portland fueron testigos de cómo el número 33 regaló una actuación inédita hasta entonces. No solamente repitió triple doble veinticuatro horas después del anterior (cuarenta y siete puntos, catorce rebotes y once pases de canasta), sino que veintidós de sus cuarenta y siete tantos fueron obra de su mano izquierda. Tras el que ha pasado a la historia como «The Left Handed Game», el rubio de Indiana declaró que únicamente había tratado de prepararse mejor para jugar cuarenta y ocho horas después en Los Ángeles ante los magníficos Lakers de Magic Johnson, a los que asimismo vencieron con un 22/18/7 personal.

Resumen de la exhibición con ambas manos de Bird.

Suele ser habitual que cuando alguien descubre mi pasión por el béisbol tuerza el gesto acompañando el mohín con alguna de las siguientes expresiones: «Tiene una reglas muy complicadas y no me entero de nada», «Es un juego muy aburrido, supongo que en vivo será otra cosa» o «No sé cómo a los americanos les puede gustar un deporte tan estático». Sea como fuere, los amantes del bate, el guante y la pelota blanca de costuras rojas sabemos que no existe otro juego con más matices, hitos, posibilidades y registros estadísticos. La Major League Baseball (MLB) es la liga profesional norteamericana en la que a día de hoy quince franquicias de la American League (AL) y otras tantas de la National League (NL) disputan ciento sesenta y dos encuentros de liga regular en ciento ochenta días, desde abril hasta septiembre. Cada equipo compite en seis o siete partidos a la semana durante ese medio año que sirve de antesala a unos playoffs que van a desembocar en las World Series o Series Mundiales, las finales al mejor de siete encuentros.

Pese a que pudiera parecer una rareza, las plantillas de equipos como los New York Yankees, los Boston Red Sox, los Chicago Cubs o los San Francisco Giants cuentan con uno o más bateadores ambidiestros. Se les conoce como switch hitters y se dan maña para batear la pelota desde ambos lados. Los switch hitters prefieren una de las dos posturas sobre la otra pero, habitualmente, escogen la que más les conviene en función de la naturaleza del pitcher o lanzador al que se enfrentan. La efectividad de un pitcher diestro es mayor cuando se enfrenta a un bateador derecho y le ocurre lo mismo al lanzador zurdo si el que batea también lo es. Por ello, si quien lanza desde el montículo es diestro, el switch hitter escogerá normalmente la postura de zurdo para batear; si el pitcher es zocato, empuñará el bate a derechas. Circunstancias como estas ocurren en casi todos los partidos y forman parte del paisaje más habitual de este deporte pese a que el porcentaje de bateadores ambidiestros en la MLB represente solo alrededor del 18% de los atacantes. La historia del béisbol profesional comenzó a forjarse en la década de los setenta del siglo XIX y desde entonces un exiguo 6% de los bateadores ha sido switch hitter. El incremento del porcentaje de los mismos en los últimos años se debe a dos razones. Principalmente a la llegada de un césped sintético llamado AstroTurf —ya prácticamente en extinción— que permitió llevar más la pelota al suelo y correr más rápido las bases, trayendo con ello una mayor especialización entre los bateadores. El otro porqué, Mickey Mantle y su legado.

Mickey Mantle practica su swing desde el perfil diestro ante la mirada de jugadores de los Kansas City A's. Foto: New York Yankees (DP)
Mickey Mantle practica su swing desde el perfil diestro ante la mirada de jugadores de los Kansas City A’s. Foto: New York Yankees (DP)

Mantle vistió la camiseta a rayas de los Yankees en dieciocho campañas durante las décadas de los cincuenta y sesenta. Ganó en siete ocasiones las World Series y fue elegido MVP de la American League tres veces. Jugador de gran poder de bateo, golpeaba desde ambos lados gracias a sus mayores. Siendo Mickey un niño, bateaba desde la izquierda siempre que era su padre —diestro— quien ejercía de lanzador. Si hacía de pitcher su abuelo, que era zurdo, Mantle sacudía el leño solo desde el lado derecho. Así derivó en un switch hitter extraordinario.

Él se consideraba un bateador diestro pese a su doble habilidad pero el caso es que durante su larga carrera golpeó la bola muchas más veces desde el costado izquierdo debido a que la mayoría de los pitchers son diestros, hecho que hizo que Mantle consiguiera más home runs como zurdo que desde su perfil preferido (372 contra 164). Pese a todo, conectaba la bola en juego con mayor efectividad desde la derecha (con una excelente media de .330 o 33%) que desde el lugar desde el que aprendió a batear con su padre (.281).

Mantle bateando como zurdo. Foto: New York Yankees (DP)
Mantle bateando como zurdo. Foto: New York Yankees (DP)

Tal fue la huella que dejó Mantle entre los aficionados de aquellos años que los padres de algunos de los jugadores del último cuarto de siglo se empeñaron en someter a sus hijos a los entrenamientos del estilo padre/abuelo que recibió el poderoso yankee nacido en Oklahoma. Carlos Baerga, portorriqueño con una carrera de catorce años en la MBL, lo confirma: «Mi padre me hizo switch hitter cuando yo tenía once años (1979) porque amaba a Mickey. Muchos padres han hecho eso».

La figura del pitcher es la más particular en el béisbol, la más distinta a las demás, incluida la del catcher o receptor. En el lanzador descansa una parte muy importante del desarrollo del partido desde la defensa. En la AL el pitcher nunca batea, haciéndolo en su lugar y en cada ocasión ofensiva el designated hitter (DH) o bateador designado. En la NL, sin embargo, el lanzador entra en el turno de bateo como un jugador más hasta el momento en el que sea relevado por otro pitcher. En cualquier caso, nadie espera que un pitcher resulte relevante con el bate ni mucho menos. Los hay que tienen cierta habilidad aunque son la inmensa minoría y su aporte ofensivo jamás pasa de ser residual a la larga.

El pitcher desafía al bateador desde una distancia de 18,44 metros subido a un montículo de arena de de 25,4 centímetros de altura. El objetivo del lanzador es el de eliminar a su oponente con el respaldo del catcher situado en cuclillas detrás del bateador. Para ello pitcher y catcher convienen el tipo de lanzamiento que realizará el primero mediante las señas que el receptor le vaya proponiendo. Cada pitcher tiene un repertorio determinado de lanzamientos que normalmente varían entre tres y cinco tipos dependiendo de la habilidad y preparación de este. Los tipos de lanzamientos se pueden agrupar en tres grandes clases: fastballs, breaking balls y changeups, que a su vez se subdividen en múltiples tipos tales como four-seamer fastball, sinker, slider, curveball… Todos ellos dependen de la manera en la que el pitcher agarre la pelota y en la mecánica que realice a la hora de lanzar. Ambos aspectos resultan clave para que una bola pertenezca a una determinada tipología y, por supuesto, para que llegue a su destino en la mejor disposición de resultar efectiva.

Pat Venditte es un pitcher de treinta años que juega como reliever o relevista. El reliever es el pitcher que ha de cubrir alguna parte de los nueve innings o entradas que no es capaz de completar el pitcher titular, bien por una mala actuación o por el cansancio resultante de haberse empleado a fondo en la horquilla de los 90-110 lanzamientos. Venditte es una rara avis que a simple vista no llama la atención si conoces que se gana la vida como lanzador de las Grandes Ligas. Si acaso, resulta un tanto pequeño en comparación con el común de sus colegas de montículo, pues mide 1,85 y pesa 81 kilos. Pero Pat sí destaca por su inusual destreza.

Pat Venditte nació en Omaha (Nebraska) y es hijo de Pat Venditte Sr., que jugó al béisbol en la universidad como catcher. No fue la carrera del padre en absoluto destacable, pero sí extrajo una conclusión de su experiencia como complemento del pitcher en sus años colegiales: si alguno de sus hijos llegaba a demostrar alguna inclinación por el béisbol y, en concreto, por ocupar la posición de lanzador, sería él quien construiría deportivamente a alguien prácticamente único. De los cuatro hijos de Pat Sr. y Janet, Pat Jr. fue quien acabó siendo objeto del experimento paterno.

Pat mostró muy pronto ser diestro y su padre supo que se tendría que encargar de su brazo natural pero, sobre todo, del izquierdo. El progenitor se hizo con el pack completo para dotar a su hijo de tres años de las herramientas necesarias para convertirse en ambidiestro. Para ello, instaló en el jardín de su casa césped artificial AstroTurf, una jaula de bateo, un radar para medir la velocidad de lanzamiento y una máquina para lanzar bolas de manera automática. Pat Sr. le educó también en el chut del balón de fútbol americano con ambos pies para que dominara de paso el recorrido que las piernas realizan durante la mecánica del lanzamiento en el béisbol. La idea de Pat Sr. comenzó a proporcionarle al niño sus primeros resultados compitiendo en la Little League, la prestigiosa liga de béisbol organizada en los EE. UU. desde 1939 para chavales de cuatro años en adelante. La práctica del proyecto de doble habilidad no redundó en que el joven Pat se convirtiera en un lanzador verdaderamente dominante, pero sí conseguía aturdir a los rivales y, sobre todo, le abría un hueco en las cada vez más competitivas plantillas gracias a su especial dotación. Así fue al menos hasta que, tras dejar atrás el equipo del high school de Omaha Central, dio con sus huesos en la Creighton University de su localidad natal.

Su primer año con los Bluejays no resultó sencillo. Su coach le prohibió expresamente hacer uso de ambos brazos porque no quería que aquello pareciera «un circo». El hecho de ser un freshman unido al veto que le impusieron de no poder disparar desde ambos costados llevaron a Venditte a disputar solo cinco partidos, aunque él no se dio por vencido. Ya como sophomore se las ingenió para poder lanzar con los dos brazos con interesantes resultados: Pat fue capaz de encajar solamente 3,02 carreras por cada nueve entradas disputadas. Aun así, lo mejor estaba por llegar.

El tercer año, el de junior, los jesuitas de Creighton ya presumían de un reliever que destacaba por su efectividad sobre el montículo, por su durabilidad como relevista y por haber sido nombrado jugador de la semana del béisbol universitario nacional durante la última semana de mayo de 2007. Esa temporada, Venditte fue capaz de dejar a sus oponentes en un .185 de bateo (18,5 éxitos de cada 100 intentos), encajó tan solo 1,85 carreras por cada nueve entradas y participó como apagafuegos en treinta y seis de los cincuenta y ocho choques de los Bluejays. Unos números que le llevaron a ser elegido para el equipo ideal de la Missouri Valley Conference, como MVP del Torneo de Conferencia —que ganó su universidad por primera vez en la historia— y, a modo de broche final, fue escogido All-American en el tercer equipo del país.

A las puertas del verano, los New York Yankees eligieron a Venditte en la 30.ª ronda. El jugador había advertido a todos los equipos profesionales que se habían interesado en él de que iba a retornar a las aulas para completar su ciclo universitario. Pese a ello, los neoyorquinos dieron su nombre el día del draft pensando que su extraordinaria reputación como franquicia haría que el chico les diera el sí. El 15 de agosto era el día límite para firmar el contrato pero Pat no cedió. Volvió con los jesuitas con el fin de conseguir un par de logros que consideraba necesarios para convertirse en pitcher profesional: añadir un lanzamiento extra al repertorio de su brazo derecho y conseguir una mayor velocidad con el izquierdo.

Con el chico de Omaha licenciado y los dos objetivos logrados, los insistentes Yankees volvieron a escogerle en el draft siguiente. Esta vez en la 20.ª ronda. Un sorprendido Venditte estampó su autógrafo en cuanto le pusieron el contrato delante.

Si el salto de la universidad al deporte profesional no resulta nada sencillo, y más aún si no eres una estrella con un potencial sin discusión, el camino que han de recorrer los jóvenes para llegar a la MLB puede ser largo y tortuoso. Tan complicado, que son legión aquellos que no llegan a debutar jamás en las Grandes Ligas. Las franquicias de la MLB disponen de una serie de equipos afiliados en las Ligas Menores a los que se les identifica con las letras de A, AA y AAA, en función del nivel de la liga en la que juegan. La clase AAA es el escalón previo a la MLB, el último salto a realizar antes de, quién sabe, poder convertirte en uno de los setecientos cincuenta privilegiados repartidos entre las plantillas de los treinta equipos pata negra.

Escasos días después de firmar por los de Nueva York, Pat debutaba con sus afiliados de la Clase A, los Staten Island Yankees. Y lo que allí ocurrió iba a hacer pasar al chico directamente a la historia del béisbol profesional el mismo día de su estreno en las Ligas Menores.

El 19 de junio de 2008, Venditte se disponía a lanzar la pelota a Ralph Henríquez de los Cyclones de Brooklyn con el brazo izquierdo. Henríquez, uno de tantos bateadores ambidiestros que uno se puede encontrar a lo largo y ancho del país, se dispuso como diestro. Pat, entonces, cambió de postura para hacerle llegar la bola con la derecha y Ralph mudó a zurdo. Estuvieron variando sus disposiciones posturales ante las sucesivas reacciones del rival durante casi un minuto para asombro y algarabía de los allí asistentes. Las imágenes —pese a tratarse de un encuentro muy menor— dieron la vuelta al país, como es natural por aquellos lares. Los responsables de los equipos acudieron a los jueces para acabar con el sinsentido de los constantes cambios y estos decidieron improvisar para no alargar más el inesperado juego del gato y el ratón. Acordaron que el pitcher tendría que anunciar con qué brazo iba a mandar la pelota al atacante y que, tras hacerlo, este último podría elegir desde qué lado batearía. Asimismo, el pitcher no podría lanzar con otro brazo que no fuera el previamente escogido hasta enfrentarse a un nuevo rival. Aquel episodio llevaría a la misma MLB semanas después a incorporar como norma a su complejo reglamento la solución que improvisadamente dieron los jueces del Staten Island-Brooklyn y que ha trascendido en el uso de profesionales, aficionados y periodistas como «The Pat Venditte rule».

Vídeo de la extraña escena completa que daría lugar a la regla Pat Venditte.

Henríquez, como se puede observar en las imágenes del vídeo, fue eliminado por strikeout (tres strikes o fallos del bateador) en aquel turno de bateo y su desmedida reacción desnudó su enorme enfado.

Mandar la pelota desde el montículo y que pase a través de la caja imaginaria conocida como strike zone situada a la altura del bateador no es tarea sencilla. O al menos, no es algo fácil de realizar si por el camino la obligación del lanzador es la de engañar a su oponente. Dependiendo del tipo de lanzamiento que escoja el pitcher, la bola viajará hacia el atacante —salvo excepciones— a una velocidad entre los 130 y 160 kilómetros por hora buscando traspasar esa caja. Fuerza y precisión bola tras bola. La strike zone es un prisma de orientación vertical y planta pentagonal que se sitúa junto al bateador y que va desde sus rodillas hasta la mitad de su torso. Al ser un prisma imaginario, es decisión del umpire o juez de home, que trabaja detrás del catcher, validar el lanzamiento como strike (exitoso para el pitcher por haber atravesado la strike zone) o como ball (fracaso para el lanzador por hacer arribar el esférico fuera del prisma).

Convertirte en un lanzador lo suficientemente bueno como para llegar a la MLB y lograr establecerte es una tarea titánica. Poder alcanzar esa cota siendo fiable con ambos brazos, parece poco menos que imposible.

Durante el pleistoceno beisbolero, en el último cuarto del siglo XIX, se dieron unos pocos casos de pitchers capaces de mostrar cierta habilidad con los dos brazos. Aquellos pioneros que osaron retar a la naturaleza en alguna jornada fueron Tony Mullane, Larry Corcoran, George Wheeler y Elton Chamberlain. Tras ellos, hubo que esperar poco más de cien años para que el béisbol profesional contemplara con asombro las acciones ambidiestras de un lanzador. Era el 28 de septiembre de 1995 y la temporada regular estaba a punto de echar el telón. Greg Harris, pitcher diestro de los Montreal Expos —franquicia que hoy es la de los Washington Nationals— estaba subido en el montículo por penúltima vez en su carrera. Harris se iba a retirar del béisbol cinco días después y se dio el capricho de lanzar algunas bolas como zurdo. En la última entrada del choque frente a los Reds de Cincinnati, eliminó como diestro al poderoso Reggie Sanders y se pasó a zurdo. Desde su improvisado perfil zocato no pudo evitar concederle una base por bolas al zurdo Hal Morris y se las ingenió para que Ed Taubensee bateara defectuosamente mandando la pelota al suelo pero cerca de uno de los defensores. Eliminados Sanders y Taubansee, Harris cerró ya el partido disparando con su brazo bueno para eliminar a Bret Boone.

Greg Harris el día que se animó a lanzar con la izquierda.
Greg Harris el día que se animó a lanzar con la izquierda.

Durante la centuria del XX, Morris y Taubansee fueron los únicos bateadores que se enfrentaron a un lanzador que, pese a no serlo, hizo de ambidiestro por una vez en la previa a su adiós definitivo. De ahí la superlativa rareza que supone el caso de Pat Venditte. Quién iba a sospechar a comienzos de los ochenta que aquel niño, que comenzó a arrojar la pelota indistintamente con las dos manos a la temprana edad de tres años, acabaría pudiéndolo hacer profesionalmente. Venditte, tras su paso por los Staten Island Yankees, se fue ganando modestamente el jornal en las Ligas Menores —siempre bajo el paraguas de la franquicia de los Yankees— y en ligas de invierno como la mexicana desde los veintitrés años a los veintinueve, cuando tras convertirse en agente libre firmó el invierno de 2015 por los Athletics de Oakland para jugar en su afiliado Nashville Sounds de la Clase AAA.

Venditte lanza desde ambas lados con el uniforme de Nashville. Imagen: Foto greensboro_nc (CC)
Venditte lanza desde ambas lados con el uniforme de Nashville. Imagen: Foto greensboro_nc (CC)

Los Oakland A’s son una modesta franquicia de la AL, de gran éxito en la MLB a comienzos de los setenta y finales de los ochenta, que está patroneada por el conocido Billy Beane, protagonista del best seller Moneyball y cuya historia fue llevada al cine con Brad Pitt en el papel de Beane. El pasado junio, los A’s decidieron llamar a Pat para que formara parte de la plantilla de su equipo de la MLB con el fin de que aportara valor a la débil rotación de lanzadores relevistas de una franquicia californiana que había comenzado mal la temporada.

Billy Beane y Brad Pitt haciendo de Beane en Moneyball. Imágenes: NBC / Specialty Films.
Billy Beane y Brad Pitt haciendo de Beane en Moneyball. Imágenes: NBC / Specialty Films.

El día 5 de junio —llegada la séptima entrada de un Boston Red Sox–Oakland A’s— debutaba el hijo del empecinado Pat Sr. El marco de su estreno difícilmente podía ser mejor: el más que centenario Fenway Park de la capital de Massachusetts. El lugar donde comenzara su espectacular carrera el mítico Babe Ruth o el que fuera el único hogar del incomparable Ted Williams, el último bateador en conseguir una media de bateo por encima del .400.

Con el marcador señalando un 4-2 a favor de los Red Sox, Venditte recibió la señal de su entrenador y se hizo con su particular guante de pitcher ambidiestro. El guante, en lugar de tener cinco agujeros para los mismos dedos de una mano, tiene seis, estando el primero y el sexto destinados a los pulgares según lo utilice con la mano izquierda o con la derecha. Cabe destacar que el padre de Venditte comenzó a encargar el guante para seis dedos a una compañía japonesa cuando Pat Jr. tenía siete años. Esos japoneses, Mizuno, son de un tiempo a esta parte, amén de proveedores, patrocinadores de Venditte tras una relación comercial de más de veinte años.

El particular guante de Pat Venditte. Imagen: Arizona Sports FM.
El particular guante de Pat Venditte. Imagen: Arizona Sports FM.

El debutante de veintinueve años fue capaz, de una u otra manera, de eliminar como zurdo a Brock Holt y lanzando desde la derecha a Hanley Ramírez y Mike Napoli en esa séptima entrada. Bob Melvin confió también en Pat para la octava y penúltima entrada y este no le defraudó, eliminando a Xander Bogaerts, Mookie Betts y Blake Swihart con el brazo derecho. Su mujer y sus suegros pudieron asistir al feliz acontecimiento desde las viejas gradas verdes del estadio de los Red Sox.

El debut en la MLB del único switch pitcher en activo.

Desde entonces, y con una lesión de por medio, Pat Venditte ha participado en veinte partidos para un total de más de veintiuna entradas. Y pese a que la media de carreras por cada nueve entradas que ha permitido producir a los rivales es considerablemente alta (5,48 frente a las 4,02 de media en la American League), de lo que no cabe ninguna duda es de que Venditte es alguien tan único que llama la atención a quienes como John Farrell, técnico de la escuadra rival el día de su debut, llevan varias décadas en la liga: «Lo de esta noche ha sido verdaderamente asombroso. Ver lanzar a Venditte es… es algo notable ver de lo que puede ser capaz el cuerpo de una persona. Incluso nuestros pitchers estaban como maravillados viéndolo desde el banquillo. Está claro que puede enfrentarse a bateadores zurdos o diestros con el brazo que él elija. Tiene un arsenal de lanzamientos de la calidad que se requiere para poder hacerlo».

El mismo Venditte habla de qué tipo de bolas manda al bateador: «Como zurdo, mi repertorio se basa en fastballs, sliders y changeups, sobre todo desde el costado. Cuando lanzo como diestro, mezclo más. Mi repertorio desde la derecha consiste en los tres lanzamientos antes citados y suelo incluir también fastballs que salen desde arriba y una curveball. Así es como he llegado a tener éxito». Pat no es un lanzador poderoso, sin que ese detalle desmerezca su labor como pitcher. La fastball o bola rápida que lanza con el brazo derecho apenas roza los 140 km/h y es unos 8 km/h más lenta si la lanza con la izquierda.

Cada tipo de lanzamiento tiene un agarre (1) y un movimiento distintos (2). Imagen cortesía de www.lokeshdakhar.com
Cada tipo de lanzamiento tiene un agarre (1) y un movimiento distintos (2). Imagen cortesía de www.lokeshdakhar.com

Es posible que la carrera de Venditte no llegue demasiado lejos pero de lo que no cabe ninguna duda es de que quienes le vimos debutar en directo a través de la pequeña pantalla, asistimos a uno de los espectáculos menos habituales y más electrizantes de entre los que se pueden disfrutar en el deporte hoy en día.

La porfía de su padre, su propio esfuerzo, su paciencia de todos estos años recorriendo centenares de pequeños campos en busca de una oportunidad entre los grandes y esa aptitud tan única han llevado a Pat Venditte a formar parte de la gran historia del deporte profesional, incluso si nunca más se volviera a vestir como deportista.

Venditte calienta antes de entrar en acción con los dos brazos.


Craig Hodges: el hombre que reinó entre Larry Bird y Michael Jordan

Celtics' Larry Bird is double-teamed by Milwaukee Bucks Craig Hodges (150 and Paul Pressey as Bird tries to pass ball off during 1st quarter action of the game at Boston Garden, 12/19
Larry Bird marcado por Craig Hodges y Paul Pressey en el Boston Garden. Fotografía: Corbis

Larry Bird lanza el último balón del carrito lateral y en plena curva ascendente, reflejo repetido mil veces, se vuelve hacia la grada, sin mirar siquiera cómo entra la pelota en la canasta, y levanta el dedo índice proclamándose el mejor tirador de la historia, el ganador de las tres ediciones disputadas del concurso de triples de la NBA: 1986, 1987 y 1988. Es un recuerdo imborrable. Bird con su chándal verde de los Boston Celtics, con esa apatía en los gestos que acaba en cuanto el balón llega a sus manos y solo queda concentración y mecánica, apalizando a todos los que se cruzan en su camino: ese año a Dale Ellis, el anterior al alemán Detlef Schrempf… un año antes, en la primera edición, al jugador de los Milwaukee Bucks, Craig Hodges, por un humillante 22 a 12.

El problema en 1990 es que Larry Bird ya no está para concursos. Si ha aceptado pasarse por Miami dos años después de su último triunfo no es tanto para mantener la jerarquía sino para multiplicar la publicidad del evento en una ciudad debutane. A las nuevas franquicias hay que cuidarlas y no confiar exclusivamente en el entusiasmo del recién llegado a la fiesta. Por eso, David Stern apalabra con Bird su aparición y después habla directamente con Michael Jordan para que defienda el trono de los mates que dejó vacante en 1988, aquella lucha a muerte en el Chicago Stadium con Dominique Wilkins.

Bird, a regañadientes, dice que sí. Tiene la espalda y los talones destrozados y a sus treinta años no es ya el dominador que fue a principios de los ochenta. Pero es Larry Bird y la gente de Miami se agolpa en los accesos para ver al gran ídolo blanco. El gran ídolo negro, sin embargo, se deja querer. No le apetecen más demostraciones de acrobacias y, además, si ya ganó en su momento, ¿qué le queda ahora sino perder? Después de varios tiras y aflojas, llega a Stern con una contrapropuesta: ¿por qué en vez de en el concurso de mates le inscribe en el de triples?

Jordan no es un gran lanzador de tres puntos. Lo irá siendo a lo largo de los años llegando al punto culminante de meterles seis triples a los Portland Trail Blazers en la primera parte del segundo partido de la final de 1992, pero en 1990 es un hombre con porcentajes bajos cuyo único interés en el torneo es estrenar unas nuevas zapatillas para Nike por las que ha cobrado unos tres millones de dólares.

Sin embargo, el reclamo funciona y cuando en la megafonía suena el nombre de Michael Jordan la grada se viene abajo. Más aún cuando anuncian el de Larry Bird y a partir de ahí una cierta indiferencia hacia Sunvold, Hansen, Ehlo, Price, Miller o el dos veces finalista, Hodges. Precisamente a Hodges le toca abrir la competición junto a su ahora compañero de equipo en los Bulls. El calentamiento de Jordan, nos cuenta Trecet desde Miami, ha sido lamentable. «No ha metido ni una», resume con su habitual franqueza, y cuando empieza la competición, música de Corrupción en Miami a todo trapo en el pabellón, imagen fugaz de flamencos volando despavoridos ante la sonrisa de Don Johnson, la mala racha de Jordan continúa hasta un punto patético: de veinticinco tiros posibles, solo anota cinco.

Pone cara de «no me importa, yo aquí he venido a jugar y divertirme», como cuando se fue al béisbol a probar en ligas secundarias, pero cualquiera que le conozca sabe que está jodido. Más jodido aún cuando ve que su compañero de equipo, el hombre de banquillo especializado en revolucionar partidos con sus lanzamientos lejanos, consigue un total de veinte puntos. Una cosa es perder y otra cosa es perder contra el filial, hasta ahí podíamos llegar.

Los siguientes en salir son Jon Sunvold y Bobby Hansen, que también acabaría ganando anillos con Michael Jordan en el futuro. Son dos chicos blancos, pulcros, aseados, de mecánicas muy distintas —Sunvold parece que empuja el balón hacia adelante en vez de hacerlo girar con la muñeca— que acaban empatados a quince puntos ante el jolgorio del público que ve en Sunvold a uno de los suyos, de los Heat, la única razón posiblemente por la que el chico está ahí.

Llega entonces el segundo gran momento de la velada: Larry Bird, de nuevo sin quitarse el chándal, con esa cara de indiferencia absoluta, se mide a Craig Ehlo, el tirador de los Cleveland Cavaliers, el que se comió en la cara el famoso lanzamiento de Michael Jordan en el último segundo del último partido de play-off la temporada anterior. Un lanzamiento que en Estados Unidos han decidido llamar «The Shot», así, en mayúsculas, recordando el otro «The Shot» que Michael Jordan encestó en 1982 para darle la victoria in extremis a la Universidad de North Carolina en el torneo de la NCAA.

Bird lleva casi un año entre algodones pero, cuando suena de nuevo la música ochentera, el ritmo sigue fluyendo: anota con facilidad hasta que de repente se va de la competición o el cuerpo simplemente no le responde. Los tiros se quedan cortos o largos o ladeados y Larry ni siquiera acaba el último carrito, completamente desmotivado y desganado, con doce puntos en su haber que le eliminan. Ehlo, con catorce, queda en la cuerda floja.

El último enfrentamiento de la velada reúne a dos estrellas emergentes: Mark Price, el letal base de los Cavs, y Reggie Miller, el hermano de la superestrella de baloncesto femenino, Cheryl, en su tercer año en la liga. Reggie ya tiene ese tiro extrañísimo, que empieza con el balón muy alto y muy atrás y acaba con los brazos extendidos hacia adelante, casi cruzándose. El de los Pacers pasa por los pelos, con dieciséis puntos. El de Cleveland se va a la calle, como su compañero. Toca el turno de las semifinales.

«Si no consigue ganar esta vez, se va a cortar las venas»

De los ocho que empezaron, quedan cuatro: Hodges, Miller, Sunvold y Hansen. Para ser honestos, glamour, el justo. De los cuatro, el único que apunta maneras de ser una estrella es Reggie, que viene de promediar dieciséis puntos por partido a la sombra del infalible Chuck Person. Sunvold está un poco de gorra, Hansen es un desconocido y Hodges queda de repente como único favorito. En palabras de Trecet, comentarista inmisericorde: «Si no consigue ganar esta vez, se va a cortar las venas».

Sin embargo, las expectativas nunca son buenas compañeras de viaje: Hodges está nervioso y fallón en su ronda semifinal. Tan crispado que el tiempo se le acaba y aún quedan dos balones por lanzar. Coge uno y lo anota; coge el segundo, el de valor doble, y justo antes de que suene la sirena, consigue lanzarlo a canasta casi de cualquier manera y hacer que entre: diecisiete puntos, los mismos que Jan Sunvold. Hansen queda eliminado con catorce y Reggie Miller ya es finalista con dieciocho.

Hay que hacer otra ronda de desempate, a solo veinticuatro segundos, y empieza Hodges. El de los Bulls se ha visto eliminado y parece estar más sereno esta vez. Elige empezar por el lateral derecho del aro y es todo un acierto: tranquilamente, prefiriendo más calidad en el tiro que cantidad incontrolada, consigue nueve puntos de unos doce lanzamientos. Sunvold lo ve y sabe que está en un buen lío. Escoge la táctica contraria: tirar muy deprisa para tener más opciones y, en efecto, casi completa un carrito más… pero con un porcentaje muy bajo que le deja sin opciones.

Hodges está en la final, como en 1986 ante Larry Bird o en 1989 contra Dale Ellis. Sus números en la liga lo dicen todo: después de dos años de adaptación en los San Diego Clippers, Craig fue el líder en porcentaje de lanzamientos de tres puntos tanto en 1986 como en 1988, el año que es traspasado fugazmente de los Milwaukee Bucks a los Phoenix Suns —«me enteré por televisión con mi hija», recuerda Hodges de aquel traspaso, «nadie me dijo nada, solo escuché que un jugador de los Bucks había sido traspasado a los Suns y resultó que era yo»—.

Tras unos pocos meses en Phoenix, Doug Collins lo elige para su proyecto alrededor de Jordan. Alguien que pueda amenazar desde lejos si la defensa rival se cierra a lo Bill Laimbeer sobre su superestrella. En su primer año, vuelve a estar por encima del 40% de acierto, una auténtica barbaridad.

Y en fin, que aquí está, en Miami, ante los ojos de Julio Iglesias y los demás propietarios de los Heat. La mejor publicidad posible para un hombre anónimo. Hodges, que viene de hacer dos rondas seguidas, incluyendo la de desempate, sin apenas descanso, no parece fatigado, sino al contrario, lleno de adrenalina. Va de menos a más: en el primer carrito anota solo dos, en el segundo mete tres; en el frontal, su especialidad, anota cuatro incluyendo el último, el que representa a la ABA en el concurso, con sus clásicos colores Spalding azules, blancos y rojos. Falla los dos primeros del cuarto carro pero encesta los tres siguientes, siguiendo la racha con los dos primeros del último para un total de cinco lanzamientos seguidos. Después de un fallo, los dos últimos triples le dan un total de diecinueve puntos. Suficiente para ganar.

De hecho, a Reggie Miller se le ve algo superado por el reto: sus primeros cuatro tiros van al hierro y solo anota el doble, pero luego se va entonando: cuatro en el siguiente, tres en el frontal, otros tres en el cuarto y tiene en su mano el empate o la victoria cuando llega a los diecisiete puntos con dos balones por tirar. Apurado por el tiempo, falla ambos. Craig Hodges, por fin, es campeón del concurso de triples de la NBA.

De los diecinueve triples seguidos a la carta para George Bush

Con todo, el triunfo no le da a Hodges el prestigio que él cree que merece. Larry Bird le vacila constantemente, recordándole que en los partidos solo le ve cuando mira al banquillo. Sus propios compañeros le apodan «Highway 14», para referirse a lo fácil que es superar su defensa. Hodges necesita dar un golpe sobre la mesa y ese golpe llega un año más tarde, en 1991, sin Jordans ni Birds ni leyendas de por medio. Solo él. Es el All Star que todos ustedes recuerdan: ronda semifinal, suena la bocina sin Sonny Crockett ni Ricardo Butts de por medio, y Hodges empieza a anotar un triple tras otro. Los cinco de una esquina, los cinco de la diagonal izquierda, los cinco frontales…

Una oleada de asombro recorre el Charlotte Coliseum de North Carolina mientras la racha llega a los quince y sube a dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve… y cuando parece que aquel hombre no puede fallar, el balón de colores se sale de dentro y el de los Bulls ya puede relajarse hasta acabar en veinticinco puntos, récord durante muchísimos años. En la final, acaba con Terry Porter sin exhibiciones pero con contundencia: 17-12.

De repente, Hodges es un icono de la liga. Pese a sus pocos minutos, es campeón en los Bulls de 1991 y repite en 1992, sumando el segundo anillo al tercer título como mejor triplista. Quizá algo crecido por tanta repercusión mediática, decide dar a su activismo social y político una vuelta de tuerca temeraria. A colación de las protestas que tuvieron a Los Ángeles en estado de sitio tras la muerte por apaleamiento del ciudadano negro Rodney King a manos de la policía, Hodges echa en cara a Jordan que no diga nada, que se quede ahí callado, en lo alto de sus contratos. «Tiene a todos los niños comiendo de su mano y no quiere mojarse en nada que tenga que ver con su propia raza».

Echar la bronca en público a Jordan no es una buena estrategia para continuar en los Bulls, más aún cuando la imagen pública de Michael está bajo mínimos tras la publicación por parte de Sam Smith de esa biblia del periodismo deportivo que es The Jordan Rules. Dispuesto a jugar al doble o nada, convencido de que lo que hace es lo que hay que hacer, Hodges acude a la recepción en la Casa Blanca con motivo del título de 1992 vestido con un «dashiki», prenda característica del islamismo negro, encabezado en Estados Unidos por el nada diplomático Louis Farrakah.

Además del traje lleva una carta para el presidente: no le gusta lo que ha hecho en el Golfo Pérsico, no le gusta lo que ha pasado en Los Ángeles y no le gusta, en general, el trato de su administración y las anteriores hacia las minorías raciales. La actitud de Hodges acaba como acaban estas cosas: los Bulls no ejercen su derecho a ampliar el contrato un año más, el mejor triplista de la NBA se queda sin equipo y absolutamente nadie llama a la puerta. Ley del silencio. Lista negra.

Desesperado, Hodges le dice a su agente que acepte cualquier oferta. Como bien explica Gonzalo Vázquez en su maravilloso libro 101 historias de la NBA, las respuestas brillan por su ausencia. Solo el mánager general de los Seattle Supersonics, Billy Mc Kinney, le dice: «Mira, yo no puedo hacer nada, aquí todos tenemos familias». Y así, la familia de Hodges y el propio Hodges pasan un año más en Chicago sin nada que hacer salvo entrenar y confiar en que suene el teléfono. Cuando está claro que no va a sonar, decide recurrir a los medios y a la piedad del propio David Stern: al menos que le dejen defender su título de mejor triplista, que le dejen superar al mítico Bird con una cuarta victoria consecutiva.

Sorprendentemente, le dejan. Con una camiseta sin nombre y solo con el logo de la NBA en el pecho. El único, junto a Rimas Kurtinaitis cuatro años antes, en participar en un All Star sin estar jugando en la liga. Es una actuación decepcionante. Un último baile algo triste: consigue pasar la primera ronda después de ganar el desempate a su viejo amigo Reggie Miller, pero en semifinales se queda en dieciséis puntos, que no está nada mal para un jugador que no juega, pero no basta para superar a Mark Price y Terry Porter.

A partir de ahí, la carrera de Hodges entra en una cuesta abajo de la que solo le salva su propio nombre, su leyenda. Se va a Italia, a jugar en el Clear Cantú de Antonio Díaz Miguel, pero todo sale mal y decide ganarse sus últimos dólares en Turquía, concretamente en el Galatasaray, donde pondrá fin a su carrera.

Esta puede parecer una historia triste y en parte lo es. Es la historia de una mafia que se defiende de los indeseados, de los que hablan mucho, tengan el estatus que tengan. Pero también es una historia de reconciliación: con una experiencia de solo dos años en Chicago State, Craig Hodges volvería a reunirse con Phil Jackson en los Lakers como ayudante del entrenador, especialista, cómo no, en el tiro. Juntos ganaron los anillos de 2009 y 2010 que consagraron a Kobe Bryant como uno de los mejores de todos los tiempos y convirtieron a Pau Gasol en el único español campeón de la NBA.

La relación acabaría en 2011, con el despido de Jackson y todo su equipo. De Hodges no se ha vuelto a saber demasiado. Sigue siendo un activista en la sombra, lo suficientemente concienciado como para que su lucha sirva para algo y lo suficientemente alejado de los focos como para que no le alcancen las balas.


El mejor tirador de la historia

Imagen: cortesía nba.com
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Del nacimiento del baloncesto a nuestros días dos fundamentos técnicos presentan una mayor evolución: el manejo del balón y el tiro exterior. Pero su crecimiento no siempre fue de la mano. En los años setenta el manejo del balón se disparó a gran velocidad mientras que el tiro exterior estabilizó su ritmo asimilando un nuevo contexto que haría de antesala a otro salto mayor. Y es cosa reciente que cuando el manejo del balón parece haber alcanzado un umbral de estabilidad, el tiro exterior no lo conoce y sigue creciendo sin avistar horizonte. Al extremo de estar a punto de absorber al primer factor y ser hoy testigos —a través de un único jugador— del primer ejemplo de fusión material entre ambos recursos. Para llegar a algo así han debido transcurrir casi ciento veinticinco años.

En primer lugar cabe definir qué es el tiro exterior, algo que damos por hecho pero que el baloncesto tardó más de medio siglo en concebir, reconocer e integrar en su totalidad, en hacerlo como un recurso más en el orbe de fundamentos destinados a vertebrar el juego. Por definición, lanzar (shoot) ignora la distancia. Se lanza a canasta con una bandeja o con un triple. Y en el origen, en su primera experimentación, la única luz se reducía al lanzamiento, a sacar aire entre el confuso nudo de brazos para poder arrojar el balón. Y pasará mucho tiempo antes de referir el tiro como un tipo de acción con distancia por medio y antes de bautizar al tirador como algo próximo a un especialista en el acierto exterior. Será entonces cuando el shooter cobre realidad material como término para definir al jugador competente en la distancia y más tarde el sharpshooter como condición maestra.

Para conseguir algo así eran necesarias tres cosas: algún tipo de formato unánime en su ejecución, una destreza regular en el tiro a distancia —superior a cinco metros— y una ampliación del vocabulario para toda suerte de tiros no exteriores, una nomenclatura específica que crecerá en paralelo al enriquecimiento técnico del juego.

Durante algún tiempo los historiadores especularon sobre el origen del lanzamiento exterior. No investigaban el nacimiento de una aptitud, sino del recurso estable. Como la solución no era fácil ni única emplearon una coartada más sencilla: el origen del «tiro en suspensión». Ese era el formato a explorar. Consideraban, con razón, que el jump shot era el detonante original, el embrión de la técnica del tiro exterior y el punto de partida para toda posterior evolución. Acordaron situar la invención en la escena universitaria y fecharla en torno a los primeros años treinta, lo que implicaba que durante las cuatro décadas anteriores (1891-1931) el lanzamiento a distancia —paradójicamente el más prolífico— carecía de propietarios únicos, de jugadores cuyo primer rasgo fuera el acierto exterior. Los investigadores habían encontrado por fin la morfología raíz. Pero al precio de desestimar el segundo principio: la destreza, fuese o no regular.

Y sin embargo la hubo. De entre la oscura casuística de aquel primer tercio de siglo, cabe rescatar el increíble caso del minúsculo Barney Sedran (1,63 m / 52 kg), figura que enmarcar dentro de la durísima trayectoria vital del baloncesto judío en el noreste de los Estados Unidos. «Debido a su pequeño tamaño Sedran se vio obligado a desarrollar una destreza especial en el tiro exterior con resultados insólitos por aquel entonces. En 1914, jugando para Utica en la New York State League ante el equipo de Cohoes, Sedran lograba anotar hasta diecisiete lanzamientos de entre seis y siete metros de distancia en aros sin tablero» (Invasión o victoria, p. 35). Sedran precisaba ese hábito porque el salvaje interior le estaba vedado. Su caso simboliza un extremo, tal vez el más brillante en aquel primer tercio de siglo. Pero también el paradigma de la futura evolución técnica, de su eterno combustible: la necesidad de agudizar el ingenio para poder sobrevivir en un entorno adverso. Aunque el suyo fuera de un grado inimaginable hoy día. La prolongada era de la cages (jaulas) seguirá siendo por siempre la más cruda y violenta en la historia del juego. Las veladas se cobraban en sangre el precio de poder subsistir.

Abundando en la exploración del formato original, era, pues, necesario encontrar ejemplares que ejercieran un contagio mayor, que abandonaran su papel de excepción. De entre los diversos trabajos para encontrar la semilla del tiro exterior destaca la obra The Origins of Jump Shot (John Christgau, 1999) por su acierto en concentrar al grupo de pioneros cuyo influjo fue erosionando la técnica en el lanzamiento de media y larga distancia que hasta entonces había imperado hegemónica: el tiro de pecho con los pies en el suelo (set shot). La obra, sin embargo, no estuvo exenta de críticas por su excesiva audacia en conceder el origen de la suspensión a un único jugador —John Miller Cooper, durante un partido de Missouri en 1931— en lugar de distribuirlo, como poco, en el octeto formado por Belus Van Smawley, Bud Palmer, John Gonzalez, Whitey Skoog, Dave Minor, Johnny Adams, el propio J. M. Cooper y Kenny Sailors. Precisamente a Sailors brinda el Basketball Hall of Fame el honor de la invención, pudiendo incurrir en el mismo exceso de Christgau en reducirla a un solo nombre. A esta segunda tesis ha acudido como apoyo la reciente obra Basketball Innovator and Alaskan Outfitter (Lew Freedman, 2014).

No obstante ambas fuentes se justifican por contar con una información verificable, con un mayor número de pruebas en el baloncesto profesional hasta 1951. Pero igualmente quedarían sepultados otros posibles, como Bevo Francis o Frank Selvy, quien años después de anotar cien puntos (Furman Vs. Newberry, NCAA, 1954) aseguraba que al menos una docena de sus cuarenta y una canastas habrían sido triples en el baloncesto moderno, para lo que era necesaria una habilidad similar a la de Cooper o Sailors.

Posteriormente buena parte de la literatura sobre el tiro exterior, sobre el formato técnico que heredará el futuro, atribuía a Hank Luisetti lo que en justicia correspondía en mayor medida a Paul Arizin (1950-1962), el principal responsable de la vertiginosa divulgación del jump shot en la NBA camino de la primera modernidad en los años sesenta. Arizin triplicaba la importancia de Joe Fulks en la extensión de aquella técnica propiciando de paso la referida ampliación de la nomenclatura al bautizar como leaning jumper un pequeño molde de la suspensión —opuesto al fade away— que consistía en despegar el salto hacia delante dejando atrás al defensor. A diferencia de sus contemporáneos, de aquella colonia pionera, la suspensión de Arizin persistía lanzando a solas, de manera que a la intención de sortear las manos defensivas se añadía el recurso como tal, un patrón regular desde el que lanzar a distancia. El dominio de aquella innovadora técnica, como Fosbury en el salto de altura, permite estimarlo en perspectiva como el mejor tirador del mundo en los lejanos años cincuenta.

Y sin embargo su logro sería mayor. Porque de manera aún precaria, como un caldo primordial, Arizin estaba gestando la herramienta viva para el crecimiento del tiro exterior; para que a través de la imitación el proceso iniciara su futura progresión. Los jugadores comprendieron que en la forma residía además buena parte de la solución al misterio: instrumentalizar los mecanismos de la suspensión exterior «servía para sortear la defensa a la vez que favorecía la eficacia —del 29,3 de acierto en 1948 se avanza a un 43,7 en 1968 en NCAA y del 34 en 1950 al 44,6 en la NBA de 1968» (Iconografía de una reliquia futura, 2011).

Se abría camino. Y en aquella década de los cincuenta la NBA reúne a los primeros virtuosos de la distancia. Intrépidos ejemplares como Bill Sharman, Gene Shue, Richie Guerin, Jack Twyman o George Yardley, entre otros, arroparán la creación de Arizin encumbrándola hacia un nuevo nivel, un vasto espacio que pronto ampliarán Sam Jones, Elgin Baylor y Oscar Robertson incorporando de forma natural el lanzamiento a un despliegue de muy superior versatilidad a lo conocido hasta entonces. El proceso es irreversible y estimula el lanzamiento exterior como cualidad técnica indispensable hasta incrementar, en los próximos años, la primera floración de perfiles que definir por su precisión a distancia.

En la década de los sesenta Adrian Smith (1961-72) dota al tiro de una estructura formal sólida, un patrón técnico de seguridad cuyo diseño elemental alcanza a nuestros días. En Smith residen ya todos los ingredientes de la moderna técnica de lanzamiento: tronco alzado, suspensión baja y mecánica frontal para un yacimiento ofensivo que abundaba en torno a los seis metros. El avance es tan decisivo, tan abrumadoramente útil, que separados por décadas apenas habrá diferencia formal entre Smith y Kyle Macy, John Paxson o Kirk Hinrich. Esa vía abierta por Smith será explotada paralelamente por John Havlicek, que añadirá a la suspensión a distancia una personal interpretación dactilar en la «mecánica oblicua».

Jerry West (1973). Imagen: cortesía nba.com
Jerry West (1973). Imagen: cortesía nba.com

Pero sin duda la mayor vanguardia de aquella década, de resultados muy por encima del resto, pertenece a la figura de Jerry West (1960-74). Su maniobrabilidad como base, escolta y alero presenta su principal fortaleza en una gran diversidad de tiro con especial importancia en el rango exterior. No se trata de puntuales aciertos sino de una constante exhibición de solvencia en el lanzamiento que le convertirá en 1968 en el primer exterior en alcanzar un true shooting del 59%, anotando nada menos que 26,3 puntos por partido. Con distancia por medio West representa la realidad más avanzada hasta entonces, añadiendo al sorteo defensivo de la suspensión preámbulos de desplazamiento, el nuevo factor crucial que incorporar a la evolución: el «tiro en movimiento».

El legado de aquellos vanguardistas, como en otros órdenes de la vida, residía en fundar una ortodoxia a través de la cual calibrar toda derivación posterior. No solo en cuanto a forma. También como impacto general en el baloncesto colectivo, donde el tiro exterior comienza a configurar una provincia a la vez autónoma y componente. De esa autonomía darán cuenta los jugadores; de la integración táctica del tiro, su creciente influjo en la victoria final.

Los años setenta abren con el estallido de los mejores Knicks, que cuentan el perímetro entre sus principales poderes. Lo hacen por medio de Walt Frazier y Bill Bradley, a quienes incluso apoya Dave DeBusschere antes de sumarse Earl Monroe y el insólito Jerry Lucas. La década abre también con el mayor acierto de tiro (46%, 1970) en los primeros treinta años de liga (1946-1976). De entre las muchas consecuencias de la relajación táctica de aquel periodo destaca el mayor desarrollo técnico conocido entre los jugadores pequeños: una multiplicación de recursos que parecen concentrarse en el manejo y avance con balón. Paralelamente, la innovación del triple en la ABA estimula la apertura exterior promoviendo un elenco de artilleros, los primeros a gran distancia, en jugadores como Darel Carrier, Glen Combs, George Lehmann y sobre todo Louie Dampier. Un perfil desinhibido que en la NBA absorberán en primera instancia Brian Taylor y Fred Brown, y al margen del triple, una primera fiebre exterior en las tallas menores, la misma cadena genética que une a Calvin Murphy y Allen Iverson.

Bajo un aparente caos los años setenta camuflan la gestación de un nivel superior en la práctica totalidad de aspectos del juego. Y el tiro no será una excepción, prodigándose su mayor volumen en la media distancia. Por eso los tiradores coinciden en los setenta con los anotadores, prototipos de gran repertorio y rango elástico como venían preludiando Dave Bing, Phil Chenier o Jimmy Walker. Será en la segunda mitad de la década cuando más prospera este modelo por ejemplares como David Thompson, Adrian Dantley, Alex English, Walter Davis, Julius Erving o George Gervin. Aquel desenfreno en la mid range resiste hasta bien entrados los años ochenta en compactos puñales ofensivos como Brian Winters, Andrew Toney, Sidney Moncrieff, Marques Johnson, Bernard King, Ricky Pierce o Sleepy Floyd. De aquella regularización de la media distancia beberá también Michael Jordan. La destreza en distancias mayores abre igualmente otro primer ramillete de perfiles en Kiki Vandeweghe, Scott Wedman y un incipiente Danny Ainge que tienen en común delinear un privilegiado empleo largo de la muñeca. En apenas una década son ellos quienes mejoran la fiabilidad exterior de Bradley, Havlicek, Van Arsdale, Westphal o Archibald. Para entonces el tiro exterior es ya un arma reconocible. Convive con todo lo demás. Y para alcanzar el siguiente nivel será necesario abrir un nuevo territorio que inaugura en 1979 el establecimiento del triple en la NBA.

Hacia esa fecha preguntarse por el mejor tirador de la historia es plantear una formulación más bien retórica. Pero hacerlo con perspectiva invita a formar un podio de tres nombres de facultades extraordinarias que actúan como propulsores de los mayores avances en la precisión a distancia, en estático y en movimiento: Jerry West, Rick Barry y Pete Maravich. Estrictamente en términos de lanzamiento Barry mejora todas las prestaciones de West refinando la suspensión y acampándola en los seis metros. Barry aleriza el tiro a la modernidad como ningún otro jugador hasta entonces.

Rick Barry (1975). Imagen: cortesía nba.com
Rick Barry (1975). Imagen: cortesía nba.com

Pero el mayor salto lo proporciona Pete Maravich (1970-80), que eleva las virtudes de ambos a niveles desconocidos y, sobre todo, a distancias nunca antes empleadas. Es tal la suficiencia anotadora de Maravich desde su paso por LSU (44,2 puntos en cuatro temporadas) que según avanza su carrera, prodigará más y más lanzamientos desde siete y ocho metros sin mayor motivo que satisfacer un instinto superdotado, lo que le sitúa fuera de todo precedente. De entre los innumerables rasgos que convierten su perfil técnico en único, uno de los más olvidados y que mejor ratifica su condición underground refiere una obsesión por abundar en tiros que la ABA premiaba ya con tres puntos, como si precisara de demostrar esa fortaleza en una liga que carecía de triples. El estreno de su temporada junior se disputó en el Loyola Field House de Nueva Orleans, que contaba con líneas triples porque allí jugaban los Buccaneers de la ABA. Maravich anotó cincuenta y dos puntos en una serie de veintidós de treinta y cuatro. «Al menos la mitad de sus canastas —atestiguaba Ron Higgins— lo fueron por detrás del triple». Extendidas a lo largo de su carrera, estas demostraciones puramente narcisistas de un delirante explorador ofensivo confundían a las defensas rivales, en palabras de Will Peneguy, «bordeando lo criminal».

Su última temporada, devastado por las lesiones, coincide con el estreno de la línea de tres puntos y jugando de manera inconexa para Jazz y Celtics lega una corta y reveladora serie de diez de quince. Seis años ya retirado, en el partido de las leyendas en Dallas, Maravich conserva aún una quirúrgica alquimia de manos anotando lanzamientos exteriores en carrera y parada a dos pies más propios del futuro que de un jugador (retirado) de su época.

Así pues, una antología de la distancia en la NBA hasta la fundación del triple en 1979 contemplaría al trío formado por Jerry West, Rick Barry y Pete Maravich como el frente más avanzado en el arsenal de tiro exterior en el curso de la liga.

Tardase más o menos en reaccionar, la historia técnica de la NBA se vería fragmentada en dos partes desde el establecimiento del triple, una maniobra inicialmente diseñada para desalojar los aledaños del aro de una peligrosa (y violenta) sobrecarga interior que con el paso del tiempo abrirá la media pista transformando el baloncesto para siempre. La década de los ochenta verá el repunte de todos y cada uno de los pilares que lo sustentan como juego, deporte e industria. Y abrir ese periodo con la línea de tres puntos, el cambio más importante desde el reloj de posesión (1954), incubará la semilla de un recurso que lenta y silenciosamente condicionará por completo la futura química del juego.

Será a partir de 1985 que los primeros especialistas —Michael Adams, Danny Ainge, Dale Ellis— mejorarán lo inmediatamente anterior, aquellos albores del triple como acto de voluntad técnica (Mike Dunleavy, Darrell Griffith, Michael Cooper, W. B. Free) sin que ello erosione otras facultades, tales como la dirección de juego, para lo que despuntarán a finales de la década John Stockton y Mark Price.

No obstante los años ochenta ceden el testigo a una nueva hegemonía, una presencia que añade a su inmenso caudal de aptitudes una muy específica que suplanta el trono de la distancia de manera incuestionable. Larry Bird (1979-92) no solo contribuyó a dotar al triple de una personalidad por fin definida. También de toda suerte de lanzamiento exterior como a salvo de adversarios, crono o dificultades de repetición. Bird simbolizará como ningún otro hasta entonces lo que años después se estudiará como hot hand o repentinos trances de acierto. Durante su carrera el mito de Indiana excedió «todo volumen imaginable de migraciones al hierro. No en vano seguirá siendo en el futuro verdaderamente complicado desplazar a Bird del Top 5 histórico de tiradores en potencia versátil. Los concursos de triples, por ejemplo, favorecen la emergencia de los microflujos. En palabras de los investigadores este tipo de juegos “ofrecen oportunidades para ir más allá de los límites de la experiencia ordinaria”. (…) Cuando este concurso de lanzamiento era un embrión el alero de los Celtics daba un salto en el tiempo. En su ronda final, al instante de comprobar que el primer lanzamiento quedaba milimétricamente corto Bird corregía en una fracción decimal ingresando acto seguido en trance de tiro (11/11), estirando en apariencia el minuto en más de sesenta segundos. Uno de tantos trances, tal vez más que nadie, en sus trece años de carrera» (Baloncesto y fase de flujo, 2012). La biografía técnica de Larry Bird, su tipología como tirador (más singular por su mecánica lateral abierta), instaló siempre su más reconocible despliegue en una inflexión muy suave de la distancia, como una dulcificación del tiro que tras él nadie ha repetido. En algunos de sus trances sumergió el lanzamiento a canasta en algo muy próximo a la experiencia visionaria, un plano muy superior de rendimiento al que muy pocos han podido acceder. En ese nivel exclusivo su noche del 12 de marzo de 1985 sigue representando una cumbre a salvo del tiempo. Nada recoge con más fuerza su esencia como tirador total ni abre mayor brecha con el pasado que aquella esotérica velada.

Imagen: cortesía nba.com
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Bird simbolizó además nuevamente una pauta según la cual el mejor tirador de la historia coincidió siempre en tiempo presente, como si en el incesante avance del juego, esa particular supremacía se instalara constantemente en el umbral del tiempo. Bird coronó ese trono al entero siglo XX. A partir de él la progresión del tiro y la proliferación de tiradores se disparan camino de una mayor eficiencia, lo que comienza a dificultar la nueva hegemonía en un solo hombre. Porque la mejora es intensa y masiva.

El híbrido que forman los Pistons campeones y la primera trilogía de los Bulls abre una primera exteriorización del juego. Esta actúa como detonante para la primera generación de triplistas que conocerá la NBA y que encuentra su sentido cronológico en la década de los noventa, a la que diseñará tanto como el implacable repunte de la energía defensiva. Se trata de una generación que combina especialismo y reconversión, esto es, una menor versatilidad en el tiro del que prácticamente desaparece la mid range, una deserción a la que contribuye acercar el triple medio metro entre 1994 y 1997. La medida estimula el desenfreno de todos, formando una legión numerosa que a medida que avanza la década busca sanear la trinchera interior en términos de artillería provocando un nuevo y vibrante panorama exterior que se extiende hasta la entrada del nuevo siglo. Lo hace a través de nombres como Trent Tucker, Craig Hodges, Jon Sundvold, Dennis Scott, Chuck Person, Dell Curry, Dan Majerle, Vernon Maxwell, Dana Barros, Hersey Hawkins, Rex Chapman, Kenny Smith, George McCloud, Wesley Person, John Starks, Joe Dumars, Tim Hardaway, Mitch Richmond, Hubert Davis, Allan Houston o Glen Rice. Nace así la primera sociedad civil del triple, que no dejará de aumentar al divulgarse por completo e imponerse este recurso como un bien común y ya no solo al alcance de unos pocos. En ese nuevo paisaje despuntan a diversa escala Chris Mullin, Jeff Hornacek, Reggie Miller, Drazen Petrovic y Steve Kerr. Mullin y Hornacek actúan como eslabones, como los últimos herederos de la mid range de los ochenta capaces, por calidad de tiro, de adaptarse a la nueva fiebre, que a la retirada de ambos no habrá hecho más que comenzar.

Imagen: cortesía nba.com
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Reggie Miller (1987-05) adentra el lanzamiento a su fase automática, asemejándolo al comportamiento de un arma de fuego. Como tirador obsesivo, alcanza tal grado de maestría en el plano más terminal del tiro que recrudece su rendimiento en el llamado clutch, de mayor repetición cuanto más se vean reducidos el crono y la ventaja del marcador. Su percusión en escenarios de mayor temperatura —«When the game is on the line I want the ball» le conceden en plena transición de siglo una primacía en un factor cuya importancia no dejará de crecer. Miller ostenta la mejor marca de triples en una edición de playoffs en los primeros treinta y cinco años de línea (cincuenta y ocho) siendo junto a Ray Allen el único en alcanzar los cincuenta y cuatro sin añadir unas series finales. En sus cuatro últimas temporadas el 48% de sus lanzamientos a canasta (1393/2863) fueron triples. Con él se dispara la tendencia al triple visceral, abriendo un amplio espectro que oscila entre el tirador patológico (Antoine Walker) y el triplista unidimensional que enriquece una fortaleza previa y mayor como demuestran Bruce Bowen y más tarde Shane Battier, impulsores ambos del actual 3&D.

Sin que Miller sea expresamente el mejor, su asombrosa producción en dieciocho años (se retira con 2560 triples anotados, la mejor marca hasta entonces) y un nutrido registro de actuaciones en momentos cumbre le conceden un papel capital en la antología histórica del tiro exterior, cuya ejecución restallaba en dos pulsos muy acusados.

De paralela magnitud histórica pero fuera de la NBA será siempre obligada la mención a Oscar Schmidt (1974-03), el mayor coleccionista de tiros anotados en la historia del baloncesto. En este aspecto del juego Oscar simboliza el ascenso experimentado por el mundo FIBA desde finales de los sesenta. En su imparable crecimiento Europa y la Unión Soviética ya venían delineando la importancia del lanzamiento y el auge de sus mejores ejemplos en Kicanovic, Dalipagic, Delibasic, Kurtinaitis, Margall, Dubuisson, Cvjeticanin, Riva, Naumoski o Jamchi. Pero será un brasileño afincado en Italia y un yugoslavo de baloncesto rebelde y técnicamente artístico, Drazen Petrovic, quienes mejor representen el apogeo de la distancia en sesenta años de baloncesto FIBA. Siendo anotadores esencialmente distintos, compartieron un masivo arsenal de tiro, inspiraron la condición adictiva del lanzamiento —centenares diarios como rutina— y en el caso de Oscar, por pura longevidad, una producción general, un volumen de ensayos y aciertos sin parangón en toda la historia. El brasileño aprendió muy pronto a burlar maquinalmente el agobio defensivo con una brevísima formación alta del tiro, suprimiendo toda diferencia formal entre marcaje y libertad.

En su contexto Oscar atesora infinidad de marcas, oficiales (se le atribuye el récord mundial de anotación con 49.703 puntos) y no oficiales como en el caso goleador de su compatriota Pelé, para jalonar una prolongadísima carrera que en última instancia redujo el baloncesto al tiro exterior, del que llegó a sintetizar el triple como principio activo. Tres décadas de uniforme repetición convierten su figura en un paradigma extremo, un tirador monstruoso cuyo sobrenombre le hacía justicia: Mano Santa.

Petrovic adaptó su excelente muñeca a la NBA de su época, lo que equivale a abreviar los prolegómenos del tiro y acelerar su ejecución, contribuyendo a la rápida difusión del triple en aquella década. Antes de perder la vida en 1993 el genio croata se había instalado sobradamente entre los mejores porcentajes totales al triple desde su fundación.

En definitiva, la suma de unos y otros transforma el panorama impulsándolo hacia la futura opulencia exterior. Si hasta 1990 un total de nueve jugadores aciertan un 45% de sus triples, la década siguiente verá a catorce alcanzar esa cifra con el doble de intentos, y entre 2000-2010 a un total de veintiuno habiendo triplicado el volumen de ensayos respecto al muestrario inicial. Es en este último periodo cuando la «defensa en zona» y los «tres segundos defensivos» abren definitivamente la media pista y trasladan las áreas de calor al perímetro. Como laboratorio de juego la NBA simplemente prueba que a mayor intervención del triple mayor número de tiradores, aunque una parte de ellos no alcance la condición especialista. Es la relevancia del perímetro lo que potenciará una extensión del tiro en cada nueva generación, fomentando esa cualidad en todas las posiciones con especial vigor en la de cuatro.

Mientras los años ochenta solo vieron a Adams y Price promediar más de cinco intentos por partido (1988-90), los noventa verán a cuarenta y cinco. Para entonces ya hay siete jugadores que lanzan siete por noche y dos que superan los ocho. Con el cambio de siglo serán quince los jugadores que superen los siete y hasta cinco que prueben más de ocho veces por detrás de la línea. En términos numéricos el triple pasará pronto a ser el principal objeto de consumo en pista.

Antes de hacerlo una figura invita a concebir al especialista de tiro exterior en su máxima expresión. En los primeros treinta años del triple Steve Kerr (1988-03) ostenta, con 52,3% en 1995, el mejor porcentaje en una sola temporada. Pero será su fiabilidad sostenida la que elevará su papel a niveles desconocidos en la larga distancia. En 1996, disputando los ochenta y dos partidos de liga (1919 minutos), completa un insólito 51-51-93 de acierto combinado y al año siguiente alcanza un TS del 66,7%, el segundo más alto de toda la década (Legler, 68,8%, 1996). Es sin embargo su extraordinaria regularidad, traducida en hasta cuatro temporadas anotando la mitad de sus tiros, lo que hará sugerir con Kerr la siguiente frontera: acampar el triple en torno al 50%, algo impensable hasta entonces en «tiradores masivos».

Más allá de las cifras la realidad táctica de Kerr, su quirúrgica amenaza recibiendo abierto, su preciso contacto de balón como catch & shooter, estará preludiando la valiosísima categoría del «tirador inducido», la que abre una nueva colonia de artilleros y diseña el siguiente nivel técnico como máquinas de repetición o tiradores telescópicos (Kapono, Korver, Morrow, Redick, Novak), el género especialista de mayor precisión conocido. El ejemplo de Kerr refleja mejor que ningún otro el paso del tirador abierto o disponible por juego de bloqueos, un ingrediente tradicional, al experto en estabilizar este proceso como un software de práctica específica, casi unidimensional. Se trata de ejemplares artificiales, programados para una máxima eficiencia de la distancia. Esta nueva noción de eficiencia será prioritaria en la fiebre de la Big Data a través de una variable—Effective Field Goal %— que responde, más que a una probabilidad deseable, al nuevo mantra táctico: el triple economiza la anotación como ningún otro lanzamiento.

Imagen: cortesía nba.com
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Destacar en la nueva opulencia del perímetro se hará cada vez más difícil. A medida que avanzan los años dos mil, separarse de la creciente colonia de tiradores, perfiles comunes como Wally Szczerbiak o Mike Miller, hará necesario atender a nuevos factores. Así Dirk Nowitzki abre por sí solo una categoría que permite estimarle como el mejor tirador de alta estatura (2,13) en la historia de la NBA. Hasta él, un siete pies podía concebir el triple como licencia; no como amenaza de dimensión especialista. Peja Stojakovic reúne todos los ideales de un tirador superlativo, elástico en todo rango y situación. Pero su más eminente atributo será la velocidad de ejecución, lo que neutraliza el éxito de la ayuda defensiva. En este punto el alero serbio ejemplifica técnicamente un salto cuántico en relación con las generaciones precedentes. Una analogía visual entre Stojakovic y Barry pone de manifiesto la gigantesca evolución técnica experimentada en apenas un cuarto de siglo. Y por encima del resto, Allen y Nash.

Es a partir del canadiense que el triple no será suficiente. Urge un nuevo barniz de polivalencia en el perímetro como aspiración superior, una especie de álgebra de la distancia donde anidar el nuevo hombre-tiro. Contribuirá a revelar ese factor, prolongado más allá de una puntual temporada, el true shooting, una variable ya mencionada que calibra la magnitud combinada de acierto en tiros libres, tiros de dos puntos (a toda distancia) y triples, y que admite como sobresaliente vectores del 60-65%. Esa regularidad sostenida permite eludir casos de muy diverso matiz como los de Legler, Hoiberg, Ginobili, James, Battier o Brent Barry, un jugador que acumula hasta cuatro temporadas entre los TS% más altos del nuevo siglo. Para despuntar en esta socialización de la puntería será necesario algo más.

Ray Allen ya venía presagiando que el reinado a siete metros de Reggie Miller era cuestión de tiempo y que un alto volumen de triples puede prolongarse más de quince años sin poner en riesgo la excelencia ni reducir otras prestaciones. El colosal ejemplo de Allen no pertenece a las cumbres del acierto (40%). Sí a la perdurabilidad, a la repetición decimal de una técnica sublime en el denso marco histórico que recoge su carrera, la del primer hombre en avistar la frontera de los tres mil triples. En términos cuantitativos, su presencia en la cima es ineludible. Pero más aún como «tirador inducido», el mismo género al que pertenecen Miller y Korver, aquel que prima la producción sobre la autonomía de creación (creating own shot). Ellos son el destino del balón para un disparo inmediato de tres puntos. Representan la cumbre de un proceso tan automático como el pick’n roll. Y es allí donde Allen puede quedar históricamente a solas.

Caso distinto presenta Steve Nash (1996-2014). Su asombrosa proyección de juego dificultaba observarle como un tirador magistral, siendo en efecto uno de los más grandes conocidos hasta la fecha. De todas las capas que componen la selección de tiro, Nash absorbe la de más alta calidad en la historia de la NBA, la más selecta de todas. Mientras otros jugadores comprendieron la distancia como algo estático, inerte y estable, el canadiense la interpretó como un ente variable y reversible, como un sujeto vivo que aguarda al espacio libre antes que a una longitud cerrada. Ningún jugador había dotado a los espacios de esa identidad voluble y cambiante, de modularlos en su favor hasta hacerlos curvos. Donde la distancia desnudó a tantos tiradores, Nash desnudó a la distancia como un recurso más al gobierno de sus manos. De 2004 a 2013 su TS no descendió del 60%, a lo que contribuyó una ejemplar seguridad desde la línea. Sus cuatro temporadas de 50–40–90 duplican las de cualquier otro perseguidor.

Es posible conceder a Nash el honor de fundar la «era perimetral», una química de juego basada en una eficiente agitación de la motion offense que prioriza, como nunca antes, los espacios libres para el lanzamiento, mejor si es de tres puntos. «The constant motion, the high pace, the sets that create space on the floor seemingly larger than the actual boundaries of a basketball court» (Grantland, junio de 2014). Así las afueras usurpan definitivamente el mando y aquellos superdotados que abrieron el siglo horadando de forma individual los últimos espacios cerrados al exterior —Iverson, Bryant, Pierce— acabarán siendo trascendidos por el rendimiento cumbre de Kevin Durant (2011-15: TS 63,1% con 51-41-90 en 2013), el mayor disolvente conocido de nociones tradicionalmente separadas como anotador, tirador y triplista. Con él ya todas coinciden, como ocurrirá con James Harden, a quien resulta tan difícil estimarle tirador como no hacerlo dada su letal confianza en la larga distancia en todas sus formas.

El cambio histórico es, pues, decisivo. La relación con todo ecosistema táctico anterior experimenta una radical transformación: lo que durante años pudo ser una virtud repartida pasa a ser ahora una exigencia inapelable. Y la nueva floración del triple exigirá mayor número de triplistas y, entre ellos, una competencia feroz. Esto abre por primera vez subespecies al perímetro permitiendo la coexistencia de «inducidos» (Korver, Redick, Frye, J. R. Smith) y tiradores «autónomos» (Thompson, Matthews, Crawford, Lillard); del género 3&D (Green, Ariza, Carroll), de la figura del stretch-4 (Anderson, Love, Bosh, McRoberts) y su última derivación como playmaking-4 (Draymond Green, Boris Diaw).

En suma, el perímetro gobierna y adquiere su más plena expresión de amenaza total. El baloncesto adquiere por primera vez un dominio casi total de su parcela exterior y los equipos más fuertes son los que presentan mayor volumen de artillería ligera e incluso puramente balística. El mapa actual de juego en la NBA se explica a través de este nuevo fenómeno de dispersión. Y así lo prueba, por ejemplo, que los últimos cinco supervivientes en los playoffs de 2015 coincidieran con los cinco equipos con mayor número de triples anotados. En el cuarto partido por el título del Oeste, Rockets y Warriors batían, con treinta y siete aciertos en setenta y ocho triples, sendos registros en un partido de postemporada. «La NBA nunca ha apreciado tanto el valor del tiro exterior —escribía Rob Mahoney— como a día de hoy». Ese caudal de descarga no avista freno.

Parece, pues, razonable concebir la era perimetral como la de mayor calidad de tiro nunca vista y, en consecuencia, la que presenta una mayor dificultad para sobresalir por encima del resto; menos aún para abrir alguna distancia con la mejor generación de sharpshooters que la NBA haya podido reunir. Y sin embargo, cruzar esa doble frontera a solas cobra realidad a través de Stephen Curry, un playmaker de alta gama, como hubo otros y donde su perfil puede admitir lo cotidiano. Pero un jugador con el mayor y más sofisticado arsenal de tiro de la historia en sus manos. Teorizar su caso obliga a presentar antes unos pocos datos en bruto.

Para empezar ningún jugador ha anotado tantos triples en sus primeras seis temporadas, aventajando en doscientos sesenta y tres al segundo (Ray Allen). Ha batido dos veces el récord de triples anotados en una temporada (doscientos setenta y dos y doscientos ochenta y seis) y con toda seguridad será el primero en alcanzar la frontera de los trescientos. Tres de las cuatro mejores marcas históricas son suyas. Ostenta el porcentaje más alto (44%) para quienes han superado los dos mil intentos triples. Ha batido ya sobradamente el registro en una edición de playoffs, siendo además el primero en encadenar cinco o más aciertos en cinco partidos consecutivos. Cerró las Finales del Oeste con un 12/13 desde la esquina izquierda de ataque, lo que sumado a la temporada regular daba un irreal 49/65 (75,3% sobre un promedio NBA de 37,9%). En ella Curry ocupó la segunda posición de la liga en tiro de campo efectivo (59,4%) cuando solo cinco jugadores sobre una muestra muy superior a los cuatrocientos lanzaron más veces a canasta que él. Semejante volumen de tiro nunca había permitido concebir eFG% de esa magnitud. En abril saltaba a la actualidad su prodigiosa serie de noventa y cuatro de cien triples en un entrenamiento incluyendo setenta y siete aciertos consecutivos. «Es un jugador imposible», concluía Mahoney.

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Técnicamente, su ejecución o release es la más rápida nunca registrada (0,3 segundos). Su cresta de parábola alcanza una altura promedio superior al resto de tiradores entrando al aro con un ángulo de cuarenta y cinco grados —óptimo según una mayoría de estudios—, alcanzando con regularidad los cuarenta y seis. «The available opening to the rim increases by over 40% when the angle of approach moves up from 30º to 45º» (The Perfect Jump Shot, p. 71). Donde en casos de infatigable entrenamiento supimos de centenares de tiros diarios, su objetivo el pasado verano era convertirlos: anotar quinientos triples diarios durante varias semanas. En sesiones de plena incandescencia y menos lúdicas que útiles, Curry practica regularmente tiros de quince, veinte y veinticinco metros. Su ejemplo es tal vez el más elocuente de que las capacidades maestras no residen únicamente en el trabajo, de que el tirador es (genéticamente) fruto del instinto y que solo uniendo ambos factores, talento y repetición, puede entenderse la insinuación de Steve Kerr de estar ante el sujeto con «la mejor coordinación entre ojos y manos del mundo».

Con Curry se diluye buena parte de lo recopilado lenta y costosamente en la monumental trayectoria del baloncesto durante más de un siglo, como si hubiera hecho estallar por los aires cada uno de los códigos que vertebran el difícil arte del tiro. Este inmenso poder en sus manos ha permitido descubrir planos ignorados. Uno de ellos desaloja la noción clásica de selección de tiro, la disyuntiva entre buen y mal lanzamiento, despreciando los pilares de formación, posición, momento y resistencia defensiva. «No importa en absoluto lo cerca que tenga al defensor», subrayaba Reggie Miller. Porque su autonomía para el lanzamiento, la gestión para crear y resolver los llamados pull-up jumpers, precedidos de bote, dribbling, reverso y oposición, alcanza ya una cima histórica. Curry destroza la barrera entre triple asistido y no asistido, licuando toda estrategia defensiva, individual y colectiva, especialmente al pick’n roll. Acosando la línea triple no se ha descubierto antídoto que no sea su propio error.

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No es un anotador. Pero atesora ya, más que el colosal repertorio de los grandes genios ofensivos como Maravich, Gervin, Jordan o Bryant, su condición más preciada: la «imprevisibilidad». Atribuirle el quickest release ever invita a concebir, como insinuó el primer párrafo, la primera fusión material entre bote y tiro, entre manejo de balón y lanzamiento a canasta. El baloncesto conoce la repentina formación del tiro tras dribbling. Pero no al punto de soldar ambos recursos en una sola secuencia, como si el tiro fuera el siguiente bote de balón. Curry consigue empalmar los dos extremos de un cable hasta ahora separado, y solo en los mejores casos, por medio segundo. Un voluminoso muestrario con registros inferiores a las tres décimas lo demuestran. Desde los años setenta la NBA ha dado multitud de grandes manejadores. Curry comienza a pujar también por conquistar ese histórico trono.

En el estudio Composición de la mecánica superior (2014) se describió la noción de «resonancia» como un tradicional excedente de seguridad en los jugadores al instante de despedir el balón «preservando los brazos su posición terminal, como si al hacerlo la parábola respondiera a una orden». La memorización del lanzamiento en los tiradores maestros posibilita anticipar el acierto «al manifestarse a nivel cerebral», lo que permite reacciones de seguridad con el balón en el aire. Durante sus fases de calor Stephen Curry no solo ha conseguido reducir la resonancia a cero. También despreciarla exhibiendo niveles de suficiencia próximos al absurdo.

Estrictamente en términos de tiro, se trata del plano de dominio a mayor altura que haya permitido el baloncesto, allí donde entra en juego la llamada «neurotécnica» por la que el superdotado, en fase psicoactiva, intuye el acierto en situaciones intensamente desfavorables. El tiro exterior de Stephen Curry presenta, pues, el mayor grado de tolerancia al inmenso catálogo de dificultades técnicas que el baloncesto, desde su origen, ha podido formular. Es más rápido, más certero, más diverso y más independiente que todos sus precedentes. Nadie necesitó menos para producir más. Nadie ha reducido la distancia a menor expresión.

Imagen: cortesía nba.com
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Si primero fue el molde, después la rutina, después la distancia, después el acierto, después el desplazamiento, más tarde la velocidad y finalmente la tolerancia defensiva —estas son las fases históricas del tiro exterior—, el producto final no deja lugar a la duda. Dos años después de atribuírsele la condición de «most gifted shooter in NBA History» se comprueba cruzar el paso previsto para poder calificar a Stephen Curry como el mejor tirador que haya dado el baloncesto en cualquier época; el mejor equipado para trascender todo tiempo anterior y adentrar las posibilidades del lanzamiento en terreno ignorado.

Y dado que son ya muchos los ejemplos que sitúan al mejor en el umbral del tiempo, nada impide imaginar versiones superiores en el futuro. Es el principio medular de este deporte.