La ciudad inconcebible

Italo Calvino. Fotografía: Cordon.

A Italo Calvino, in memoriam
(de una conversación que mantuvimos
en presencia de Copito de Nieve).

En «El duelo del doctor Hirsch», uno de los más paradójicos —que ya es decir— relatos del padre Brown, Chesterton construye la intriga alrededor de un invento de enorme interés militar: un explosivo silencioso. ¿Qué mejor metáfora de la disonancia cognitiva, de la mente desgarrada por una contradicción flagrante? Porque una explosión no se limita a ir acompañada de estruendo, como si el ruido fuera un mero atributo: una explosión es puro estruendo, por definición, puesto que el sonido es una vibración del aire y una explosión es una combustión rapidísima que sacude violentamente el aire circundante; por lo tanto, una explosión silenciosa —a no ser que ocurra en el espacio exterior— es algo tan contradictorio como un racionalismo dogmático o una sobriedad gulosa. Una vez más, el padre del padre Brown escenifica por mediación de su hijo predilecto su drama interior, su desgarramiento entre la razón y la fe, entre la virtud y el vicio (ver «El doble crimen de Chesterton»).

En Las ciudades invisibles, Calvino agrupa sus urbes imaginarias en once categorías y hay cinco en cada grupo, lo que daría un total de cincuenta y cinco. Pero hay una quincuagésima sexta ciudad doblemente invisible, escondida en el texto en cursiva, como en otro nivel de realidad (o de irrealidad). Cada uno de los capítulos del libro va entre dos breves textos en los que, a modo de prólogo y epílogo, Kublai Kan y Marco Polo dialogan sobre las ciudades. Y en el prólogo del capítulo quinto el Kan le cuenta a Polo que ha soñado con una ciudad de finos pináculos, hechos de forma que la luna, en su viaje, pueda posarse ora sobre uno ora sobre otro, o mecerse suspendida en los cables de las grúas. Y Polo le dice que esa ciudad es Lalage, y que sus habitantes dispusieron esas invitaciones a las pausas en el cielo nocturno para que la luna concediera a cada cosa en la ciudad el privilegio de crecer y volver a crecer sin fin. Y Kublai añade que la Luna le ha concedido a Lalage un privilegio aún más raro: el de crecer en ligereza.

¿Por qué relegó Calvino la ciudad de Lalage a los textos en cursiva en lugar de situarla junto a las demás, bajo alguno de los once epígrafes, varios de los cuales podrían haberla acogido holgadamente, como «Las ciudades y el deseo», «Las ciudades sutiles» o «Las ciudades y el cielo»? Tal vez para subrayar su índole inverosímil, onírica. Pero Lalage no es mucho más inverosímil u onírica que Diomira, Zobeida, Valdrada…

A veces, envueltos en la magia de la literatura, nos olvidamos de la literalidad de algunas palabras o expresiones. Muchas de las ciudades descritas por Marco Polo, por no decir todas, son oníricas, bien es cierto; pero Lalage lo es literalmente: no es una ciudad visitada —o inventada— por Polo, sino soñada por el Kan, y eso la sitúa en otro plano ontológico. Lo cual nos lleva a formular la pregunta de otra manera: ¿por qué quiso Calvino que Lalalge fuera una ciudad soñada? Porque una ciudad que crece en ligereza no solo es inverosímil, como Isaura, Tecla o Filides, sino literalmente imposible, como la explosión silenciosa de Chesterton.

Por eso Calvino decidió que Lalage fuera una ciudad soñada, porque en los sueños —y solo en ellos— puede crecer en ligereza algo más consistente que un globo de helio. Pero subsiste la pregunta, aunque otra vez cambie de forma: ¿por qué una ciudad que solo puede ser soñada, que solo puede ser enunciada, junto a otras cincuenta y cinco que pueden y deben ser descritas? Tras releer con suma atención y renovado placer Las ciudades invisibles, encontré una posible respuesta:

Todo gran libro plantea, de manera más o menos explícita, una reflexión sobre sus propios límites, es decir, sobre los nuevos territorios que nos invita a explorar. Y Lalage es precisamente la ciudad fronteriza de Las ciudades invisibles: parece una más, pero es cualitativamente distinta a todas, pertenece a otro imperio imaginario, o más allá de lo imaginario, porque una ciudad que crece en ligereza es un oxímoron, una contradictio in terminis, puesto que el inevitable crecimiento de las ciudades inevitablemente aumenta su pesantez, tanto real como metafórica. Lalage es la ciudad imposible, la fusión de contrarios que en vano intentan los sueños. No solo marca los límites del fabuloso imperio del Kan y del admirable libro de Calvino, sino de la propia literatura, de la imaginación misma. Porque Lalage no solo no es realizable, sino ni siquiera concebible.


Isabel Gómez Rivas: El libro y la película

Un resabio religioso ha inculcado en nosotros la nostalgia del jardín del edén; una querencia romántica nos induce a concebir quimeras bucólicas. Incluso jactándonos de haber sido vacunados contra esos vicios del pensamiento, a veces, nuestra conciencia de anarquistas insumisos y ateos de nervuda sentimentalidad flaquea y la ocasión propicia el asalto de tentadores sueños de armonía que dibujan la utopía de un Walden. Pero no hay que olvidar que Thoreau, en su complacido y orgulloso retiro, enfrentó serias dificultades para disfrazar a su campestre conveniencia el silbido del ferrocarril que penetraba en los bosques y la estela de nubes de vapor que su paso dejaba; porque la verdad: resulta muy poco convincente su denuncia de la intromisión de los caballos de hierro, portadores de la seducción del viaje y de la ciudad. La añoranza de un idílico paraíso quedó sin coartada, si no antes, después de Baudelaire y de Walter Benjamin. Ellos vinieron a colocarnos ante la evidencia de que somos urbanitas irredentos, que nuestro verdadero deseo es embriagarnos de la enorme ramera de encanto infernal, que transitamos los pasajes de la ciudad buscándonos.

Sin miedo a pasar por blasfemo, Corpus Barga predicó que el mayor prodigio de la escenografía universal no es obra divina. Junto a él, postrémonos con reverente devoción ante el resultado de un octavo día de la creación, el del génesis de la ciudad, “un día sin fecha que fue para el tiempo lo que es la cuarta dimensión para el espacio”. En efecto, el paraíso nos es un concepto inconcebible, una abstracción incomprensible. En el paraíso no hay arquitectura, no hay tiempo y no hay posibilidad de relato. Todo se originó con el Big Bang de la invención cainita. Intramuros de Enoc, comenzó a contar el tiempo y comenzamos a contarnos relatos. Y las crónicas y las narraciones se hicieron arquitectura, adquirieron la solidez de las murallas y los edificios. En ellas habitamos, como leemos en Las ciudades invisibles de Italo Calvino y como vemos en The Fall. El sueño de Alexandria de Tarsem Singh.

Once upon a time. Así empieza la película, con el clásico arranque de los cuentos clásicos. Roy Walker le propone a Alexandria un cuento épico de amor y venganza que sucede en la India. Mientras, en el libro, Marco Polo se dispone a describir a Kublai Jan las ciudades que ha visitado en sus misiones. Alexandria está internada en un hospital y Kublai Jan vive la certidumbre desesperada de la ruina de su imperio; ante el avance de la “gangrena de la corrupción”, “a través de las murallas y las torres destinadas a derrumbarse”, los dos oyentes consiguen discernir “la filigrana de un diseño tan fino que escapa a la voracidad de las termitas”. Roy y Marco Polo arman sus relatos día a día del mismo modo que, noche tras noche, lo hacía Sherezade para el sultán Shahriar. Y tal vez, por eso mismo, no me produce extrañeza que la sugestión de Oriente constituya una presencia subyugante en el libro de Italo Calvino y en la película de Tarsem Singh; además, ambas obras, como Las mil y una noches, son una narración que contiene aquellas otras narraciones y, poco a poco, a mí misma.

Estoy ya inmersa en los relatos de Roy y Marco Polo; pendiente de sus labios, prendida a ellos, como lo está ahora mismo Alexandria, como el Gran Jan. Marco Polo trenza la crónica de sus viajes que tienen por destino fantásticas arquitecturas que, sin embargo, resultan ser reales. Me conduce a Anastasia, la ciudad bañada por canales concéntricos, la que despierta todos los deseos, la que propone habitar el deseo. ¿Acaso no es esa ciudad, para mí, Venecia? Llego a Zora y a Fedora, a Zenobia y a Cloe, a Octavia y a Ersilia… En unas reconozco la ciudad de origen; en otras, las ciudades que recuerdo, las ciudades que olvidé, las ciudades que sueño, las ciudades infernales de mis pesadillas o las ciudades que añoro sin haberlas visitado nunca. Todas son fantásticas y todas son reales, todas son Eudoxia: constituyen el verdadero mapa del universo. Ahora me reclama Roy para emprender un viaje a arquitecturas reales que, no obstante, se tornan fantásticas. La piazza del Campidoglio no es una plaza de Roma, Jodhpur no es una ciudad de Rajastán y las escaleras donde el mono Wallace persigue a la mariposa Americana Exótica de los desvelos de Charles Darwin no son las del fastuoso pozo de agua de Chand Baori en Abhaneri. Son las inverosímiles escenografías de una imaginación desbocada que es la que posee la realidad sin necesidad de trucos digitales.

A estas alturas, yo no soy yo. Alternativamente, soy el Kublai Jan y soy Alexandria. Y habito en su misma alucinada confusión de realidad y ficción. El relato es la arquitectura que me cobija, dentro de la ciudad y también cuando abandono su seno. En este preciso instante, me dispongo a despedirme de la ciudad invisible de Tamara que, como todas las metrópolis, es “una apretada envoltura de signos”. Fuera de ella “se extiende la tierra vacía hasta el horizonte, se abre el cielo donde corren las nubes”. Se podría creer que el yermo es un desierto sin signos que descifrar, pero quien ha escuchado a Marco Polo sabe que Tamara no dejará de abrigar al viajero, pues le ha enseñado a descubrir la arquitectura de todas las cosas: “En la forma que el azar y el viento dan a las nubes el hombre se empeña en reconocer figuras: un velero, una mano, un elefante…”. Es esta “la arquitectura móvil de las nubes”, en palabras de Baudelaire, el poeta maldito bajo cuya invocación puso Roberto Bolaño 2666, una novela llena de nubes simbolistas, como las que Fante mira por una ventanilla y que “parecían catedrales o tal vez solo pequeñas iglesias de juguete abandonadas en una cantera de mármol laberíntica y cien veces más grande que el Gran Cañón”. Todo es ya arquitectura. Incluso el desierto del sueño de Alexandria —esa perfecta línea recta que, en su minimalismo abstracto, separa el cielo de la tierra y dos colores— es arquitectura. Cualquiera de los paisajes naturales del relato de Roy posee una cualidad tectónica idéntica a la de los palacios y los salones, los trajes y las máscaras, los bailes y los ritos que describe.

Italo Calvino explicó que su libro “se discute y se interroga a medida que se va haciendo”, a través de las preguntas, los comentarios y los reparos suspicaces con los que Kublai Jan tantea a Marco Polo. El emperador me encarna, a mí, lectora de Las ciudades invisibles. También Alexandria se obstina contra su narrador, suplica que los enamorados se besen, exige que la historia no se cobre ya más vidas y, en definitiva, negocia a quién pertenece el cuento. Roy se resiste a ceder: “Es mi cuento”. Y yo replico, por boca de Alexandria: “¡Y mío!”

Las ciudades invisibles es un poético homenaje a la literatura y The Fall. El sueño de Alexandria, una celebración del cine. El libro de Italo Calvino y la película de Tarsem Singh nos recuerdan que no conocemos el paraíso y que nunca lo hemos conocido, que no fuimos desterrados del edén, que siempre hemos habitado la ciudad y las narraciones que traban nuestra memoria y nuestros deseos, nuestros olvidos y nuestras traiciones. Calvino y Tarsem admiten que ningún relato puede conjurar el infierno que contiene la ciudad, ni el infierno que nos acosa desde dentro de nosotros mismos, ni el vértigo que sentimos ante la inminencia del abismo y de la caída. Los relatos no pueden salvarnos ni redimirnos, tan solo pueden contar el infierno. “¿Por qué te solazas en fábulas consoladoras?”, pregunta el Gran Jan. Y la niña Alexandria solo acierta a responder: “Yo necesito el cuento”.