La casa de las chicas que iban a cambiar el mundo

Alumnas en la biblioteca de la Residencia de Señoritas en Miguel Ángel, 8 (ca. 1929). Fotografía: Archivo International Institute in Spain, Madrid.

El feminismo es, por un lado, el derecho que la mujer tiene a la demanda de trabajo cultural y, por otro, el deber en que la sociedad se halla de otorgárselo. 

María de Maeztu.

Si un paseante se detiene en la calle Fortuny 53 y mira a través de la verja, verá un antiguo chalé que parece un balneario rodeado de un jardín con olor a glicinia. En el jardín se conservan algunos árboles centenarios, los mismos que hace cien años vieron cómo en este lugar se gestaba una auténtica revolución: las sublevadas eran chicas que empuñaban libros, cuadernos y probetas. Formaban parte de la primera generación de jóvenes que llegaban de provincias a estudiar en la Universidad de Madrid y se instalaban en esta casa, la recién inaugurada Residencia de Señoritas. En una sociedad que asustaba a las chicas diciéndoles que el exceso de estudio las podía convertir en seres grotescos y masculinizados, la Residencia se convirtió en un oasis intelectual que atrajo como un imán a las mujeres con más talento y con más vocación de independencia de aquellos años. Las críticas les caían por todas partes, pero el número de alumnas crecía año tras año y ese grupo de mujeres avanzó con determinación hacia la igualdad. Fue un camino emocionante. Hasta que llegaron las vacaciones del verano del 36 y se toparon de bruces con un abrupto final.

Imaginemos cómo era la situación de una chica a principios del siglo XX, concretamente en 1915, cuando se inauguró la Residencia de Señoritas. Solo cinco años antes, en 1910, se había publicado una real orden que permitió a las mujeres matricularse libremente en cualquier centro educativo. Antes de eso, solo treinta y seis habían conseguido licenciarse en la universidad, algunas fueron a clase disfrazadas de hombres, otras tuvieron que permitir que un bedel las custodiara hasta la clase, donde se sentaban separadas de sus compañeros. Fue en esa época cuando María de Maeztu, quien fue la directora de la Residencia durante los veintiún años que estuvo abierta, se planteó el proyecto: «Cuando vine a Madrid a estudiar el doctorado, me alojaba en una pensión en la calle Carretas, donde pagaba un duro. Pero allí no había modo de estudiar. Voces, riñas, chinches, discusiones y un sinfín de ruidos de la calle me impedían dedicarme al trabajo. Comprendía que no había muchacha de provincias que se decidiera a estudiar en la universidad a costa de aquello y se me ocurrió que a las futuras intelectuales había que proporcionarles un hogar limpio, cómodo, cordial y barato, semejante a los que ya existen en el extranjero. El año 1915 propuse esta idea a la Junta de Ampliación de Estudios y al final de aquel mismo curso se abrió la Residencia con tres alumnas solamente. El segundo año ya hubo cincuenta. Al tercero, cien».

José Ortega y Gasset, que fue su profesor, aseguraba que María de Maeztu era la primera pedagoga del país. Y además tenía la determinación necesaria para emprender la tarea de crear ese entorno adecuado para facilitar el acceso de las mujeres a la enseñanza superior que consistía en primer lugar en ofrecerles «una habitación propia». Ella había estudiado en otros países europeos, había visitado los colleges femeninos en Estados Unidos y en esos viajes había encontrado la inspiración. El momento oportuno llegó cuando la casa de la calle Fortuny, que había estado ocupada por la Residencia de Estudiantes, se quedó libre cuando los chicos se trasladaron a las nuevas instalaciones en los Altos del Hipódromo.  Esa residencia se hizo mundialmente famosa porque en ella convivieron los integrantes de la generación del 27. Mientras, en torno a Fortuny 53 se congregaron las mujeres que dieron un vuelco al estatus de la mujer en este país. La primera, María de Maeztu. Pero también, como estudiantes o como profesoras, pasaron por esta casa la artista surrealista que dio nombre a Las Sinsombrero, Maruja Mallo, la filósofa María Zambrano, la política que consiguió el voto para las mujeres, Clara Campoamor, la primera mujer que ocupó un cargo público, Victoria Kent, la jurista Matilde Huici, la pintora Delhy Tejero, la física y meteoróloga Felisa Martín Bravo, la periodista Josefina Carabias y muchas otras que fueron dando pasos en distintas direcciones para sacar a las mujeres españolas de la ignorancia y de los límites que marcaban las paredes de sus propias casas.

Fuera del influjo de la Residencia, el horizonte seguía siendo muy turbio para las mujeres jóvenes. Mientras ese pequeño grupo conseguía avances prodigiosos hacia la igualdad a través de la educación, la mayoría de las demás solo tenían a su alcance manuales que las convencían de que el único lugar donde podrían alcanzar la plenitud era sirviendo a sus maridos dentro de casa. Era la época en la que el Código Civil vigente equiparaba a la mujer casada con los menores, los dementes y los sordomudos analfabetos.

Un ejemplo de estos manuales puede ser La mujer, alma del hogar. Tratado de economía doméstica, donde se pueden leer mensajes de este calibre: «Consideraos la última de la casa y a vuestro marido el primero». «Lo mismo que la mujer derrochadora, la falsa economista hace su hogar frío y repugnante; aleja al hombre, que se refugia en el café o en el casino, cuando no forma otro hogar donde encontrar la paz y el descanso que no tiene en el legítimo. Por su negligencia y por su ignorancia, la mujer labra su propia desdicha; fomenta los vicios del hombre…». La autora del manual, Celia de Luengo, deja en el prólogo, sin que tengamos constancia de que se le cayeran los dedos después de escribirla, la siguiente reflexión dirigida a las jóvenes: «Su vida útil, benemérita de altruismo, se alejará de las torturas del ridículo y las inconfesadas amarguras de las solteronas (…) desdichadas desahuciadas de la vida».

María de Maeztu, que consideraba la educación como la única vía para que el país progresara, tenía que hacer oídos sordos a todas las voces que clamaban por este tipo de doctrinas a pesar de que, como ella escribió en una ocasión, «el camino no puede ser más áspero y a veces las espinas me quitan la salud, pero la finalidad me parece cada vez más certera y luminosa».

(Clic en la imagen para ampliar). Reportaje en el diario Ahora, 24 de abril de 1931. Imagen: Biblioteca Nacional de España.

Lo que ofrecía la Residencia

La Residencia de Señoritas era mucho más que un internado para adquirir cultura general o un alojamiento para que las chicas pudieran ir a la universidad. El centro, heredero de la Institución Libre de Enseñanza, aspiraba a dar a las residentes una educación integral. Entre los servicios que ofrecía la Residencia estaba el laboratorio Foster, el primer espacio para la formación científica de las mujeres en España, donde no solo las residentes sino también otras universitarias podían hacer prácticas. También contaba con una nutrida biblioteca, cuya importancia queda patente en el folleto informativo destinado a las estudiantes del curso 1932-1933: «La biblioteca es el centro esencial de la vida de la Casa, y las alumnas han de honrarlo pasando en ella todas las horas que sus ocupaciones se lo permitan (…) La mayor lectura de libros constituye en la Residencia uno de los índices de más alto aprecio que las alumnas puedan merecer».

Además, las residentes recibían gratis clases de inglés, francés, alemán, prácticas en el laboratorio de química, cursos de bibliotecarias y los cursos de pedagogía y psicología de María de Maeztu. El inglés era fundamental porque las estudiantes podían acceder a un programa de becas en Estados Unidos gracias a la colaboración del centro con el International Institute for Girls in Spain. Y en una época en la que las mujeres todavía no se habían olvidado de los corsés, la dirección impulsaba la educación física. En la Residencia había una cancha de tenis, un equipo de hockey y se organizaban excursiones a la sierra para practicar esquí y alpinismo.

Los sábados por la noche eran muy importantes en la vida de la Residencia y todo el mundo tenía que vestirse con sus mejores ropas para acudir a las conferencias y los conciertos, que eran de obligada asistencia. No era para menos, ya que llegaban conferenciantes de la talla de Marie Curie, Gabriela Mistral, Valle-Inclán, Azorín, Baroja, Ortega y Gasset, Marañón, Alberti, Lorca… Por su parte, la dirección de la Residencia avisaba: «Cuando la dirección advierte que las señoritas residentes no estudian o no aprovechan suficientemente las oportunidades que la Casa generosamente les ofrece, ruega a las alumnas que dejen su puesto a otras estudiantes que deseen beneficiarse de este privilegio».

El centro se creó para facilitar el acceso de las mujeres a la cultura y a los estudios superiores, y para la dirección de la Residencia era muy importante que el mayor número de familias de provincias pudieran enviar a sus hijas, por lo que ajustaban los precios, ofrecían becas y daban facilidades a las alumnas. Para sufragar parte de sus gastos, las residentes podían realizar distintos trabajos en la casa, en la biblioteca o en tareas administrativas. Y se fomentaba la colaboración y participación de todas, como se explica en el folleto informativo de la Residencia del año 1922: «El grupo de Señoritas, por su índole especial, ha ensayado desde el primer momento con gran éxito una acción cooperativa de las alumnas, dándoles participación en la vida económica y en el gobierno interior de la casa».

A algunos padres les cuesta entenderlo

María de Maeztu —María la Brava, como era conocida entre sus alumnas— tenía que hacer filigranas para lograr el equilibrio necesario entre lo que consideraba una educación completa y los temores de la primera generación de padres que enviaban a sus hijas a estudiar a Madrid. En una carta dirigida a la directora de la Residencia, un padre, registrador  de la propiedad de Torrelaguna, exponía estas peticiones:

… teniendo en cuenta que no me propongo especializarla en nada: educación general, quehaceres domésticos, música, algo de dibujo y labores es la única orientación que pretendo. Me alegraría, sin embargo, que hubiera elementos para iniciarla en el corte y confección de prendas de vestir.

Y otro padre escribe a María de Maeztu desde Villablino (León) tras enterarse de las excursiones de las chicas los fines de semana para practicar deporte:

Hay, por ejemplo, viajes a la sierra, que yo de buena gana le suprimiría y que le he permitido en la creencia de que a Vd., Srta. Maeztu, le agradaba hiciese. Tengo entendido que han llegado a ser estas reuniones en la sierra, más que motivo de sport, quizás de amistades poco envidiables, pues a veces degeneran en amorosas y como Vd. comprenderá, no estoy dispuesto a que continúen, si Vd. no está segura de que me han engañado, al decirme esto.

Las miradas perplejas

En 1928 se celebró en España el VII Congreso Internacional de Mujeres Universitarias y las asistentes se instalaron en la Residencia de Señoritas. Clara Campoamor, que tres años después conseguiría en las Cortes que las mujeres pudieran votar, fue una de las organizadoras del Congreso. La visión de ese grupo de mujeres universitarias que venían de otros países causó tal asombro que un perplejo periodista lo narró así en la Revista de Pedagogía:

Con la nota impresionante de la abogada india, vestida con el bello traje nacional de su país, han logrado la reconciliación de nuestro pueblo con una idea, blanco otras veces de todas las burlas: la mujer intelectual que despectivamente era designada con el remoquete invariable de sufragista. Pues bien, el desfile de estas otras damas modernas agradables, que ni siquiera usaban gafas en su mayoría, le ha hecho sentir, más que pensar, todo lo que hay de feminidad en lo que el pueblo creía solo de feminismo.

(Clic en la imagen para ampliar). «Las mil estudiantes de la Universidad de Madrid», artículo de Josefina Carabias publicado en Estampa, Madrid, 24 de junio de 1933. Imagen: Biblioteca Nacional de España.

Lo que ocurría en la Residencia de Señoritas se veía como una amenaza por parte de amplias capas de la sociedad, a pesar del éxito que suponía que cada año se multiplicara el número de estudiantes. Una de las propias residentes, Carmen de Munárriz, quiso explicar su experiencia en un artículo publicado en la revista Estampa en 1930: «Todavía hay quien la considera como una incubadora de intelectuales femeninas que sueñan con suplantar al hombre en el ejercicio de sus profesiones. Otros se regocijan ante la idea de tanta mujer reunida, pensando que todas nos miramos con recelo y llevamos en el bolso, entre la calderilla y el tubo de rouge, un estilete para asestar el golpe de gracia a la supuesta rival. Solo las que pasamos por la Residencia podemos darnos cuenta de su gran obra educadora, que, además, redime de la vulgaridad y peligro de las casas de huéspedes a esa juventud que viene de provincias con la modesta pretensión de seguir una carrera que les asegura un porvenir».

En 1929, un periodista del diario ABC visitó la Residencia y describía así de sorprendido a  María de Maeztu: «La eximia educadora parece venida al mundo para confundir a los detractores sistemáticos de la mentalidad del sexo contrario y avivar la fe de los tibios creyentes como nosotros». La directora le explicó que los ministros del ramo no acaban de admitir que pudieran estar tantas mujeres juntas sin pelearse:

—Sí es milagro. ¿Y son todas estudiantes?

—Matriculadas en centros oficiales, principalmente en facultades universitarias.

—¿Por qué orden de preferencias?

—Tal vez le sorprenda. La de mayor número, Farmacia, y, sucesivamente, Ciencias Químicas, Medicina, Filosofía y Letras y Derecho. Hay también un grupo nutrido que estudia en la Escuela de Magisterio y veinticinco extranjeras que aprenden nuestro idioma.

—La mayor parte de las alumnas serán del norte.

—No. Castilla, primero, y luego Galicia.

—¿Castilla?

—Castilla, en la que siempre he tenido una fe ciega. León es una de las ciudades más representadas. Los pueblecitos ofrecen, en proporción, bastante contingente. Vienen también, claro está, de todas las regiones.

María de Maeztu no podía estar más orgullosa del éxito que había tenido su iniciativa entre las estudiantes y las mujeres que admiraban la cultura, pero se lamentaba de los obstáculos con los que chocaba día tras día, como le cuenta en 1925 a su amiga María Martos:

Al comenzar el año, empezó para la Residencia mía (…) el momento de su éxito pleno. Por todas partes venían demandas, de los más remotos pueblos de España llegaban cartas pidiendo el ingreso en la Residencia y no había extranjera que llegase a Madrid que no pidiese vivir en nuestra casa o por lo menos asistir a mis cursos. Nuestras alumnas, las primeras en la universidad; fue un momento magnífico. Aunque no vuelva a repetirse, bien vale el dolor de una vida. (…) ¡Oh, María! Qué duro, qué áspero, qué difícil, sobre todo para una mujer, es en España el camino para hacer una obra social. ¡Qué enorme delito pretender que se logre un tipo de vida más humano donde las mujeres encuentren su clima adecuado!

Un colchón, cubiertos de plata y una noche en la ópera

Cuando una familia enviaba a su hija a vivir a la Residencia recibía un reglamento con los detalles de la intendencia y las normas de la casa. Lo primero que tenían que hacer era preparar un baúl con juegos de sábanas, toallas, mantas y colchas debidamente marcadas con las tres iniciales de la alumna. Pero, además, el equipaje debía incluir un colchón, aunque cabía la posibilidad de alquilarlo. En cuanto al ajuar para las comidas, «previo pago de cinco pesetas al inicio del curso», la Residencia facilitaba un juego de cubiertos de plata. Unos cubiertos a los que se daba buen uso en las cuatro comidas diarias, desayuno, almuerzo, té a media tarde y cena. «El té se sirve todas las tardes en el antiguo salón-biblioteca de cinco y media a seis y cuarto, y tiene como principal objeto la función social de reunir a todas las alumnas de los distintos grupos para que se conozcan y formen una corporación estrechamente unida». Y los menús que detalla el reglamento son dignos de La montaña mágica por su abundancia: la cena constaba de «sopa o verduras, huevos o frito, plato de carne o de pescado y postre de cocina». Y, como aclaración, «no se admite otro extraordinario que la leche después de cada comida».

El reglamento de la Residencia ayuda a hacerse una idea muy clara del día a día de una joven estudiante en Madrid. Las trataban como adultas capaces de tomar sus propias decisiones, pero siempre dentro del orden que imperaba en la casa:

Las alumnas salen a sus clases, visitas o paseos, durante el día, empleando la misma libertad que la que tendrían en sus casas autorizadas por sus padres; deberán estar en la Residencia antes de la nueve de la noche; si vuelven después de esa hora, firmarán a la hora en que entran. Como las alumnas vienen a la Residencia a hacer vida de recogimiento y estudio, no salen de noche, salvo en los casos en que su directora de grupo las acompañe para ir a la ópera o algún otro espectáculo artístico o cultural que forme parte de su educación y que no tenga lugar por la tarde. Cuando las alumnas están invitadas por la Residencia de Estudiantes para asistir a alguna de sus fiestas después de cenar, deberán pedir permiso a su directora de grupo, quien podrá autorizarlas una vez al mes y siempre que no coincida esta invitación con algún acto preparado por la Casa.

¡Éramos tan felices!

Desde la decoración hasta las costumbres, la vida en la Residencia era un soplo de optimismo para las chicas recién llegadas. Su nuevo hogar, influenciado por el estilo americano, era práctico y alegre, con habitaciones soleadas, cortinas ligeras, muebles modernos, libros y adornos de artesanía popular.

Josefa Lastagaray en su libro María de Maeztu Whitney. Una vida entre la pedagogía y el feminismo recoge los recuerdos de Pura Cendán, una gallega que vivió en la Residencia entre los años 1921 y 1927: «Solíamos salir de compras, a ver comercios, sobre todo por la calle Fuencarral en la que, como hoy, abundaban las zapaterías. Ir desde la Residencia andando hasta la Puerta del Sol, por Almagro, era un paseo agradable que nos encantaba». Por las mañanas, las residentes acudían a sus clases en la universidad; por las tardes asistían a las clases que ofrecía la Residencia y hacían una parada para estrechar lazos a la hora del té. A última hora, tras la cena, organizaban veladas de música en el mismo salón, donde alguna estudiante de música tocaba el piano. La misma residente que recordaba sus paseos por Madrid evoca los años que pasó en la Residencia: «Éramos felices, yo al menos».

Y tras la Guerra Civil, de vuelta a la cueva

Cuando terminó el curso de 1936, las estudiantes regresaron a sus pueblos y ciudades de origen para pasar las vacaciones de verano con sus familias, pero ya no pudieron regresar a su Residencia. En julio estalló la Guerra Civil y con ella saltaron por los aires los avances hacia la libertad y la independencia que con mucho esfuerzo acababan de alcanzar las mujeres de España. Tras veintiún años al frente de la Residencia de Señoritas, María de Maeztu fue apartada del cargo, se fue al exilio y murió en Argentina con la pena de haber perdido la gran obra educativa a la que había consagrado su vida. El exilio también fue el destino al que se vieron obligadas otras mujeres que habían gravitado alrededor del centro, como Victoria Kent, condenada a treinta años de prisión, María Zambrano, que rodó de país en país junto a su familia, o Maruja Mallo, que triunfó con su arte por todo el mundo mientras estuvo exiliada pero que a su regreso descubrió cómo la habían silenciado. Algunas de las alumnas que habían disfrutado de becas consiguieron puestos de profesoras o investigadoras en universidades de Estados Unidos. Muchas de las residentes que se quedaron sufrieron represalias, tuvieron que abandonar la vida pública y volvieron a estar como al principio de esta historia, recluidas en sus propias casas. Tras el final de la guerra, las falangistas impusieron sus ideales en lo que quedaba del legado de María de Maeztu y la Residencia de Señoritas perdió hasta el nombre. Como dijo en sus memorias una de las residentes, la doctora en Química Dorotea Barnés, «A mí me sacó de la ciencia mi marido».  


Colorear a Luisa Carnés

Luisa Carnés en su exilio mexicano. (Fotomontaje: Álex Alonso. Versión coloreada: Klimbin. Fuente: Herederos de Luisa Carnés).

Juan Ramón Puyol habla de su abuela como el niño que acaba de descubrir un tesoro en una isla desierta. Es la suya una labor meticulosa, de rebuscar pistas en el pasado. De olfatear el rastro entre las páginas mecanografiadas. Hallar testimonios donde apenas queda un susurro.

Para él, Luisa Carnés va más allá del personaje, del símbolo en el que se ha convertido en los últimos tiempos. De ese icono que gracias a su novela Tea rooms —publicada por primera vez en 1934 y rescatada ahora por la editorial Hoja de Lata— ha supuesto una revolución en el mundo de la cultura, del feminismo y de la reivindicación de las voces de antes de la guerra, sobre todo, de las de ellas.

Podríamos utilizar muchas etiquetas para hablar de Luisa Carnés. Serían muchos modos posibles de describirla que no harían otra cosa sino limitarla. Luisa era escritora, pero también era obrera, como fue periodista, sombrerera, feminista, exiliada, camarera… un abanico de dedicaciones de las que recogió la realidad que necesitaba para volcarla después en sus artículos, sus cuentos y sus novelas.

Su libro más famoso, Tea rooms, enfoca el ambiente de uno de esos cafés elegantes del Madrid de principios de los treinta, en los albores de la Segunda República. Su narrador resulta tan moderno como veraz y muestra a un grupo de camareras —Luisa fue una de ellas— que tras los mostradores de cafés y pasteles ven entrelazados sus destinos. Que sobreviven mientras los sirven.

«El libro es muy atractivo, sobre todo teniendo en cuenta su subtítulo “Mujeres obreras”», explica Laura Sandoval, editora de Hoja de Lata, responsable de la reedición. Ella utilizó un subtítulo más: «novela-reportaje». «Creo que es muy potente. Pero es que la novela, además, enamora».

La publicación del libro surgió como una carambola. Durante la presentación de uno de sus títulos, Laura Sandoval y Daniel Álvarez —la otra mitad de Hoja de Lata— coincidieron con David Becerra, doctor especialista en la literatura de este periodo. Becerra les habló de Luisa y de Tea Rooms. El libro había salido en 2014 en una versión facsímil realizada por la Asociación de Libreros de Lance de Madrid, una edición conmemorativa de su ochenta aniversario. «La leímos y nos encantó —cuenta Sandoval—. No éramos conscientes de que paralelamente estaba gestándose el fenómeno de las Sinsombrero. Conseguimos editarlo para la Feria del Libro de Madrid de 2016 y empezó a venderse poco a poco».

Laura Sandoval está de acuerdo en que el de Tea rooms es uno de esos casos en los que el libro se ha defendido por sí mismo, sin una campaña de marketing potente que lo respaldara. Luisa se ha abierto camino ella sola, escudada por su texto. Y lo más sorprendente es que no lo ha hecho una, sino dos veces. La primera en los años treinta y la segunda, ahora, ochenta años más tarde. Una con veinte años de vida y otra a los cuarenta de fallecer.

«Antes, hacías una búsqueda en Google y no salía nada —explica su nieto, Juan Ramón Puyol, portavoz de la familia y obsesivo acopiador de datos sobre su abuela—. Ahora, en cambio, hay cientos de referencias. En solo un año».

¿Pero quién era Luisa Carnés? ¿De dónde salió esta escritora ahora redescubierta? Es fundamental poner todo en contexto, pues el suyo, sin duda, es imprescindible para entender su rescate. Luisa había nacido en 1905, en el madrileño barrio de las Huertas. Una época de estreno de siglo, de condiciones duras para las familias humildes como la suya, que mandó a trabajar a su primogénita con apenas once años y muy pocos de escuela. A pesar de ello, Luisa devoraba libros por las noches. Hacía suyos los descansos. No había tregua para esa mente inquieta que se desvivía por adquirir cultura.

«Las penurias eran tremendas —explica Juan Ramón—. Ella empieza a trabajar porque lo necesitan. Era la mayor, la que estaba obligada. Los sueldos eran miserables, sobre todo si se trataba de mujeres y niños. Además, si trabajabas, en casa se quitaban una boca para desayunar. En Tea Rooms lo cuenta, el momento de llegar a casa y ver lo que queda: absolutamente nada».

Luisa y su hijo Ramón a mediados de los años cuarenta en México. (Fuente: Herederos de Luisa Carnés).

Luisa escribe por las noches y trabaja por el día. A pesar de su escasa formación consigue publicar sus primeros cuentos y terminar un primer libro, Peregrinos de calvario, que sale a la venta en 1928. La crítica se vuelca con ella. Ha nacido una nueva novelista. «No entendemos de dónde sacaba el valor para atreverse —añade Juan Ramón—. Ella era tímida, introvertida, recatada, pero publica su primer cuento con dieciocho o veinte años. La descubren y saca el valor para ir a los periódicos a ofrecer su trabajo. De hecho, no le costó mucho empezar a publicar».

Finalmente, la letra se abre camino. Luisa cambia el taller de confección de sombreros por un puesto de administrativa en la CIAP —la Compañía Iberoamericana de Publicaciones, uno de los mayores grupos editoriales de la época—. Comienza a redactar material para sinopsis y solapas. Mientras tanto, continúa creando en casa y sumando alguna colaboración en prensa hasta que, poco después, publica su siguiente novela, Natacha, esta vez editada por la CIAP. Allí también es donde conoce a Ramón Puyol, su primer marido, que elabora material gráfico para la editorial. Puyol era un hombre muy comprometido políticamente. Sus obras de cartelería, como el famoso diseño del «No pasarán», marcarán la historia cuando acabe la guerra. Pero eso ocurrirá más tarde. En 1931 la CIAP quiebra y deja a todo el mundo en la calle. Luisa, sin empleo, no tiene otra que marcharse a Algeciras, donde se encuentra la familia Puyol, acompañada de su marido y su hijo pequeño. Pronto descubre que la vida de ama de casa no está hecha para ella. Añora el ajetreo de Madrid y su rol activo como periodista. «En ese momento hay un pensamiento dominante de izquierdas comprometido con las causas que parecen evidentes —explica Juan Ramón—. No se puede permitir la injusticia, las desigualdades. Eso era algo de cajón. La gente tenía esa visión moderna que incluía la pareja, el amor. Pensaban que podían relacionarse de una manera más libre y abierta»

Tras un año en Algeciras, Luisa decide hacer su propia vida. Se separa de Ramón y regresa a la capital acompañada de su hijo. Publica artículos, escribe cuentos, pero como el dinero no le llega, acepta un empleo como camarera en un salón de té. Será el origen de Tea Rooms, su novela más conocida.

«El libro es muy vanguardista —explica Luci Romero, propietaria de la librería Bartleby de Valencia y testigo del resurgir de la autora—. La forma de narrar de Tea Rooms y su estilo se adelantan a su época. Si a cualquiera le ocultaran que Luisa Carnés lo escribió en el año en el que lo hizo, se creería perfectamente que es más reciente. Las cosas que cuenta, las situaciones que ella describe, por desgracia, no cambian. Sobre todo en el mundo laboral. Para la mujer aún no han cambiado».

La obra supone una reflexión sobre la realidad social femenina, los bajos salarios, las jornadas extenuantes y la realidad del acoso. Además, apuesta por una mujer nueva, que pueda emanciparse gracias al valor de su propio trabajo. Un compromiso político anticipador de los valores republicanos que se percibe al leer el resto de textos de Luisa Carnés. Desde su trabajo como articulista, que a veces firma con el seudónimo Clarita Montes, hasta la vertebración de sus ficciones. Todo está impregnado de esa lucha por la igualdad femenina que tanto promueve su coetánea, Clara Campoamor. «Hay una teoría en la familia —explica Juan Ramón Puyol— y es el motivo por el que ella firma con ese seudónimo de Clarita Montes. Cuando se hace un acto de apoyo para ayudar a Clara Campoamor, la última firma de la convocatoria de los actos es la de Luisa Carnés. Eso nos lleva a comprobar su admiración y a pensar que una de las promotoras fuera ella, de ahí que firme la última, por una cuestión de elegancia. Creemos que Luisa elige su seudónimo en un homenaje a Clara. Pero es una teoría. Ella no lo dejó explicado y tampoco sabemos si ambas mantuvieron una relación epistolar cuando Campoamor abandona España en el 36. Es otro de los puntos que hay que investigar».

Todo se quiebra con la guerra. Cuando esta llega, Luisa ya ha conocido al poeta Juan Rejano, su gran amor y compañero el resto de su vida. Ambos se implican en apoyar de distintas maneras al bando republicano. A los artículos de las revistas Estampa y Ahora se suman los de Mundo Obrero, publicación auspiciada por el PCE. Luisa acompaña a la redacción de Frente Rojo, uno de los periódicos más importantes en la propaganda republicana y marchará junto con el Gobierno a Valencia y luego a Barcelona, la cual abandona apresuradamente con la llegada de la Quinta Columna. Después, marcha hacia el exilio. Lo hace a bordo del buque holandés Veendam, que la lleva hasta Estados Unidos, para después trasladarse a México, lugar donde finalmente se instala acompañada por su hijo y Juan Rejano.

«De los veinte mil exiliados que parten en distintas etapas a México, acogidos por Lázaro Cárdenas, había un cogollo de intelectuales muy importante —explica Juan Ramón Puyol—. Los mejores médicos, escritores, poetas, pintores… esos son de los que nosotros oíamos hablar cuando éramos pequeños. El abuelo —Juan Rejano, pareja de Carnés— decía “tengo que ir a ver a un amigo mío” y pasábamos a visitar a León Felipe. Recientemente, buscando la revista Romance que dirigía mi abuelo, miré el staff y se me cayeron los palos del sombrajo. Hay media docena de premios Nobel, como Octavio Paz. Todos estaban ahí. Eran como de andar por casa, y nosotros creíamos que todo el mundo era así. Ahora me doy cuenta de que fue un lujo crecer entre toda esa gente. Te pones a investigar, vas uniendo nombres, tiras del hilo y no acabas jamás».

Juan Ramón, nacido ya en México, pudo conocer muy poco a Luisa. Contaba con apenas dos años cuando ella falleció y no conserva recuerdos de ella. Sí guarda, en cambio, mucha documentación, artículos y fotos que va recuperando, como la que ilustra la portada del segundo libro que la editorial Hoja de Lata ha puesto en circulación, una recopilación de trece cuentos representativos de toda la producción de la autora.

Luisa Carnés junto a su hijo a borde del buque Veendam que les llevaría al exilio. (Fuente: Herederos de Luisa Carnés).

«La foto de Luisa Carnés es muy especial, transmite mucho —cuenta Laura Sandoval, su editora—. Pensando en la portada del segundo libro, el de sus cuentos, dimos con una autora rusa que coloreaba fotos antiguas en blanco y negro. Le comentamos la posibilidad de trabajar en la que teníamos de Luisa. Pedimos indicaciones a la familia como el color de ojos, el tono de piel… pero sin decirles demasiado. Fue una sorpresa».

Juan Ramón, casualmente fotógrafo de profesión, explica por qué para ellos fue tan especial ver la foto coloreada: «La fotografía en blanco y negro tiene la virtud de presentar la información de manera evidente. Es como una radiografía, la realidad sin tapujos. Lo que aporta el color es la emoción. Tanto la tristeza como la alegría se expresa en color, no en blanco y negro. Lo que ha ocurrido con esa foto de Luisa es que, de tener el dato crudo del blanco y negro, al pasar a colorearlo la han devuelto a la vida. A mi padre, cuando la vio por primera vez, se le saltaron las lágrimas. Fue muy emocionante. “¡La estoy viendo viva! ¡La estoy viendo viva otra vez!”, nos decía».

Puede que la metáfora de la búsqueda de Juan Ramón sea esa obsesión por revivir a su abuela, por devolverle de nuevo el color. Juanra recuerda con especial emoción el momento en el que, una vez identificada, pudo visitar la casa donde Luisa nació, en la calle Lope de Vega. «Está perfectamente descrita en uno de sus cuentos —explica, aún conmovido—. Nos abrieron la puerta de la buhardilla donde vivía y yo decía “estoy entrando en casa”. Los ventanucos estaban ahí. Solo faltaban las macetas de sándalo y hierbabuena. Pero ahí también estaban las tejas con sus hierbecitas. Todo lo que ella había dejado escrito».

Si algo vence el olvido es porque es especial. No se recuerda lo banal, sino lo anecdótico. La mayoría de los que investigan en profundidad a Luisa Carnés coinciden en que la suya es una de esas existencias de novela. De detalles espectaculares. A pesar de ello, Juan Ramón se conforma con cualquier dato. Como descubrir que Luisa acompañaba a su madre a lavar la ropa del Convento de las Trinitarias —el lugar donde reposa Cervantes— o que es fácil que coincidiera con escritores coetáneos muy similares a ella, como Arturo Barea: «Eran compañeros de “guardilla”, como solía escribir Luisa. Los dos fueron niños en el mismo barrio y en la misma época. Compartían el mismo universo. Y luego, teniendo en cuenta los puestos que cada uno ocupaba en la guerra, quiero pensar que es fácil que coincidieran».

Pero todo son suposiciones, teorías. Aún queda mucho por catalogar y comprobar. Al tener una abuela con una actividad tan intensa, la tarea es descomunal. Juan Ramón recorre el barrio de Huertas una y otra vez acompañando a cualquier periodista interesado por ella. Suele quedar en La Dolores, la taberna de la esquina de su calle Lope de Vega, lugar que le gusta calificar como «la oficina de Luisa»: «Huertas era el extrarradio en aquellos tiempos. Lugar de familias humildes, aunque también uno de los escenarios que más aporta a su producción literaria. Al principio estábamos convencidos de que su casa de infancia era la misma que la de la taberna, pero luego descubrimos que era un poco más arriba. Los números bailan en los padrones. Dentro de poco el Ayuntamiento le pondrá una placa».

La grandeza de la literatura reside en su capacidad de traspasar tiempo y espacio. Los escritores universales lo son porque tocan algo común en el ser humano. Por eso es curioso que, a modo de mensaje en una botella, las mujeres de esta década se sientan identificadas por lo que Luisa Carnés tenía que decir. Como una cápsula del tiempo que partió en los años treinta hasta llegar a nuestros días. Juan Ramón se confiesa emocionado por el boom que ha supuesto la recuperación: «Nos ha impresionado mucho cómo ha prendido en las mujeres jóvenes de esta época. Creo que tiene que ver con que hay una masa crítica de mujeres formadas con aspiraciones. Todas comprueban de dónde viene todo lo que sienten, lo que cuesta salir adelante como mujer y se lo encuentran reflejado en alguien como Luisa».

Todo forma parte de una labor de rescate que se ha puesto en marcha, quizá desde la brecha que ha abierto Las Sinsombrero, el documental —y posteriormente libro— impulsado por Tania Ballò. Luci Romero, poeta además de librera, apoya esta idea. Opina que el éxito de Luisa Carnés es una mezcla de muchos factores: «Ha sido un cúmulo de situaciones: la puesta en valor de escritoras desparecidas, cuestiones de feminismo, la temática de su obra, que es muy actual. A partir de Las Sinsombrero hay un interés por recuperar a esas mujeres. Es paralelo. A mucha gente nos hace un clic en la cabeza y necesitamos saber más de figuras femeninas tanto en el campo de la literatura como del arte en general. Hay un empeño mucho más fuerte por recuperar, por leer, por indagar y conocer a autoras que hasta ahora se nos habían negado. Es algo que a mí no me gustaría ver como una moda, sino como lo que debería haber sido siempre. Porque las modas se acaban y esto debe continuar».

¿Podríamos considerar a Luisa, por tanto, parte de esa generación del 27? ¿Podría tratarse de una más de las Sinsombrero? «Pues no lo sé —argumenta Juan Ramón Puyol—. Luisa es obrera, no burguesa. Los del 27 hacen poesía, mientras que Luisa hace novela social. Ellos quieren embellecer y ella quiere arreglar problemas. Aunque sí coinciden en inquietudes, en la liberación femenina, en ese acto de Maruja Mallo de quitarse el sombrero porque les oprime las ideas. Aunque es muy irónico que esos sombreros que las Sinsombrero llevaban los fabricara Luisa, ya a partir de 1916, con su tía Petra Caballero».

Son muchos los motivos que silencian la voz de Luisa Carnés. Sucede por todos los frentes. Juan Ramón Puyol opina que los propios compañeros del 27 colaboraron también en este hecho: «Ha habido varias maneras de enterrar a la gente. Si te vas a la hemeroteca y buscas la primera gran oleada de llegadas, ves el regreso de Alberti y los demás en Barajas, te das cuenta de que eran verdaderas manifestaciones. Había muchas entrevistas y publicaciones. Todo el mundo estaba interesado. Pero la mujer que estaba en segunda fila no existía. Ahora ha llegado una segunda oleada, tras cuarenta años, que son las Sinsombrero. ¿Qué fue de esas mujeres?».

Además de los motivos comunes por su condición de republicana y de mujer, en el caso de Carnés se añade uno personal, y es el de su muerte temprana. Luisa fallece en 1964 en un accidente de coche mientras regresa de celebrar el 8 de marzo en una fiesta campestre. Eso supone un duro golpe para la familia, sobre todo para su hijo. Un trauma familiar que se prolonga durante demasiados años.

«Hay un valedor de todo esto, una figura indispensable que es Antonio Plaza —confiesa Juan Ramón—. Él se puso en contacto con mi padre en los noventa. Decidió recuperar a Luisa. Era consciente de quién era ella cuando realmente ni los nietos nos lo planteábamos. Yo sabía que había tenido una abuela escritora y que había libros antiguos editados, pero ninguno de los nietos le dábamos el valor que tenía. Fuimos conscientes gracias a Antonio. Nunca le estaremos suficientemente agradecidos».

Tal y como apunta Juan Ramón, Antonio Plaza Plaza, historiador y especialista en la cultura de la Segunda República y el exilio, fue el primero en decidirse a recoger los guijarros. Luisa Carnés estaba escondida y fue él quien comenzó a devolverle el color. Recuperó algunos de sus escritos, los prologó y los llevó a la editorial Renacimiento, que aún los conserva en su catálogo. Pero no solo eso. También despertó el interés en su propia familia, tanto que el propio Juan Ramón decidió ponerse al frente para rescatarla. Lleva tiempo volcado en esta labor titánica de hilvanar los restos que su abuela le ha ido dejando. Bien en sus textos, en los testimonios que le han llegado a través de su padre y demás familiares o en las investigaciones que otros han hecho sobre ella, va desempolvando cualquier dato que pueda acercarle un poco más a su abuela. Recogiendo las miguitas de pan por las calles del barrio de Huertas.

Juan Ramón se emociona cada vez que halla una esquirla. Se conforma con cualquier detalle. Confiesa que fue en la presentación de 13 cuentos, el segundo libro publicado por Hoja de Lata, cuando Laura Freixas expuso la posibilidad de que este conjunto de mujeres pudiera denominarse como grupo del 26 —fecha de inauguración del Lyceum Club Femenino— más que del 27, totalmente masculino. Una propuesta a la que parecen sumarse otras muchas voces actuales. Juan Ramón no descarta esta catalogación y se confiesa obsesionado por su búsqueda incesante: «Estoy leyendo, indagando, hallando las pistas… intentando encontrar restos. En aquel acto le pregunté a Laura Freixas: “¿Tú crees que alguna vez conseguiré tener alguna vivencia más cercana, algo que se parezca a lo real?”. Y ella me contestó: “Tienes demasiada confianza en la literatura”. Sin embargo yo empiezo a sospechar que a lo mejor no estoy tan desacertado. A lo mejor… quién sabe».

Quién sabe. A veces la vida sorprende. A veces los mensajes de la botella llegan a la orilla. A veces los guijarros brillan en la oscuridad y conducen al claro del bosque. Al igual que los rumores apuntan a la existencia de una posible grabación sonora de Lorca en Argentina, es posible, y puede que sea factible, que en algún archivo de México Juan Ramón pueda encontrar la voz delicada de Luisa. «Estoy en ello —confiesa—. Uno de los trabajos que Luisa hizo en México fue una historieta comercial en la radio. Eso tiene que estar en algún lado. Tengo que ir allí a buscarlo».

Puede que no tenga que confiar en la literatura. Tal vez solo le baste hacerlo en las obsesiones. Puede que, al fin y al cabo, tan solo les separe una cuestión de arqueología.

Luisa con su hijo, Ramón Puyol, en 1935. (Fuente: Herederos de Luisa Carnés).


Sin noticias de Las Sinsombrero

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Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE

En caso de llevar sombrero, llevaría un globo atadito a la muñeca con el sombrero puesto, y así cuando me encontrara con alguien conocido, le quitaría el globo al sombrero para saludar. (Maruja Mallo)

Llevar sombrero los distinguía —los hacía de mejor clase social, más elegantes, respetables—. Así que cuando les dio a Federico García Lorca, Margarita Manso, Salvador Dalí y Maruja Mallo por salir sin el suyo, les gritaron de todo. ¡Maricones! Eran el tercer sexo, sin identificar. Había que apedrearlos. Les habría ido mucho mejor si hubieran llevado, atadito a la muñeca, un globo para saludar a los conocidos. Pero esta no es más que una excusa, una anécdota, para hablar de las mujeres de la Generación del 27 que quedaron extraviadas en la historia de los grandes nombres: por exiliadas y por mujeres. Con el documental Las Sinsombrero se intenta hacer justicia a todas ellas, reivindicarlas, haciendo un breve repaso por la vida y las obras de ocho mujeres que estuvieron a la altura de las circunstancias, pero no del paso subjetivo, masculinizado del tiempo.

La voz de Concha Méndez sirve de hilo. Lo que en principio tendrían que ser unas memorias se acaba convirtiendo en un relatario de anécdotas. Quizá en ninguna otra época como la que les tocó vivir —república, guerra, dictadura— se puede entender la vida de una intelectual sin referirse a los de su generación. Méndez se extraña de su propio relato, de cómo está construyendo su biografía. «Estamos haciendo una cosa muy distinta de lo que se hace en las memorias», dice. Pero cuenta que si no relata anécdotas y cuenta historias, le parece que le sale bigote. Se ríen quienes le graban; se ríe ella también. «Qué barbaridad». Aunque es cosa seria. Quizá de esa broma se entienden actitudes sociales de lo que fueron las mujeres desde que ellas fueron omitidas en la historia. La mujer se comprende a partir de las anécdotas; si no lo hace, le parece que está siendo demasiado seria… y se quita el sombrero, pero le sale bigote.

Concha Méndez, escritora (1898-1986)

Un amigo del padre de Concha Méndez va a visitar a la familia y pregunta a los niños —no a las niñas— qué quieren ser de mayores. Concha se adelanta y dice que quiere ser capitán de barco, pero le contestan que las niñas no son nada. Las niñas no son nada. Que las niñas no podían ser nada no hizo mella en el crecimiento de una mujer como Concha. Su primer novio fue Luis Buñuel y tuvo por amiga a Maruja Mallo, a los que conoce veraneando en San Sebastián y que influirán en ella de manera determinante.

Las mujeres de la época debían ser autodidactas, aprender leyendo. Aunque Concha, por su condición burguesa, estudió en un colegio francés, lo que la sociedad le requeriría como poeta formada era muy sencillo: nada. Pero nada, insisto, la frenó. Absolutamente desubicada en el núcleo social y familiar, se marchó a Londres, Montevideo y Buenos Aires. Es en Argentina donde Concha encuentra el buen nicho cultural que necesita, donde empieza a publicar un poema a la semana en el diario La Nación. Es también en Argentina donde publica un libro con ilustraciones de Nora Borges. Sí, la hermana de Jorge Luis.

Al volver a España, y gracias a que Lorca le presenta a Manuel Altolaguirre, aprende imprenta y crean La Verónica, donde editarán la revista Héroe, de gran importancia cultural. Como siempre ocurre en las poetas del 27, hay una gran necesidad por compararlas —ya que no se las conoce y a ellos sí— con los varones. Concha, pues, recibe influencia de Rafael Alberti, en la primera época, y de Antonio Machado más tarde.

Marga Gil Roësset, escultora y poeta (1908-1932)

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Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE

Vestidas muy distintas al resto de niñas, Marga y su hermana iban siempre con unas capas y unas caperuzas que las diferenciaban de las demás. Pero no solamente la vestimenta la distinguía: a los siete años ya era una pequeña genio y una gran lectora. Ilustraba los cuentos que publicaban sus hermanas y otros familiares. Marga era autodidacta en la escultura, atreviéndose con el granito, disciplina difícil que los escultores no acostumbran a tratar al inicio de su carrera. Pero Gil Roësset tenía prisa: antes de cumplir los veinticinco años se suicidó.

Nadie espera que una mujer joven haga lo que ella hizo. Lo tenía todo para que desconfiaran de su trabajo: sexo femenino y corta edad. Pero tenía un talento, decían, viril. Como le ocurría a Alfonsina Storni, para que una mujer pudiera ser tenida en cuenta necesitaba un adjetivo que aludiera al hombre. Marga se sirve de la sensualidad y la fealdad, de la expresividad, las emociones.

Al conocer a Juan Ramón Jiménez se enamoró de él. Al momento, decidió hacer un busto de Zenobia Camprubí, la esposa del poeta. Lo que queda en el aire es el motivo de su suicidio. Por una parte, aseguran que la imposibilidad de aquel amor —puesto que era un hombre casado— hizo que se disparara en la cabeza. Por otra, versión que se defiende en Las Sinsombrero, que la imposibilidad de tener una vida artística consciente y plena la motivó a quitarse la vida. En cualquier caso, antes de dispararse, destruyó gran parte de su obra. «Parece que tendré que morirme triste», dejó escrito en su diario.

Josefina de la Torre, actriz y poeta (1907-2002)

Gerardo Diego incluyó a Josefina en una de sus antologías. En la que hizo en 1932 no había ninguna mujer. En la de 1934, Josefina de la Torre y Enriqueta Champourcín. Tal como ha ido la historia, parece relevante que los poetas hombres de su generación la tuvieran en cuenta. Pero no solo era una excelente poeta, sino que Josefina era tan polifacética que también destacó como cantante y actriz. Si Alberti era la voz andaluza de las letras, se dice en el documental, Josefina era la voz insular.

En su familia había novelistas, músicos y hombres de negocios, así que no es difícil comprender ese lado polifacético que hizo de Josefina de la Torre una mujer con múltiples caras y disciplinas. Su primer poemario tenía prólogo de Pedro Salinas. La muchacha-isla, cuando acaba la guerra civil y empieza el exilio de muchos de sus compañeros, escribe el poema «Mis amigos de entonces». En él reconoce cómo los poetas varones de su generación, la que pasó a la historia prescindiendo de los nombres femeninos, la ayudaron a sentirse una más. Luis, Jorge, Rafael, Manuel, Gustavo, Enrique, Pedro, Juan, Emilio, Federico. Todos ellos ayudaron a la blandura del que fue su nido. «Amigos que de mí hicisteis nombre». El final del poema da buena cuenta de cómo una mujer que pudo formar parte de una edad de oro ve pasar de largo su oportunidad. Dice: «ignoro en qué ciudad / y si llegará el día / en que vuelva a sentirme descubierta». Así es: la mujer necesitaba ser descubierta por el hombre para que se la tuviera en cuenta. Exiliados o muertos aquellos que la descubrieron, ¿cuándo volverán a hacer de ella, nombre?

Maruja Mallo, pintora (1905-1995)

Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE
Maruja Mallo (izda.) y la periodista Josefina Carabias (dcha.). Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE

Gracias a que la familia Mallo se traslada a Madrid, Maruja entra a estudiar a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y se relaciona con Dalí, Lorca, Concha Méndez, María Zambrano, Margarita Manso. El documental empieza con ella contando cómo los insultaron en la plaza del Sol al quitarse el sombrero.

Maruja Mallo, que de las olvidadas es, quizá, de las menos olvidadas —junto a María Zambrano—, podría haber cobrado la importancia de Frida Kahlo, pero la historia de las mujeres de su generación y su nacionalidad la mantienen al margen. En sus cuadros aparece la mezcla que convivía en el Madrid de entonces: lo pueblerino y lo intelectual. El extrarradio, las ferias, el movimiento, las manifestaciones, la libertad. Hay color en ella y en su obra, un universo más que particular. Las mujeres que se atrevían, como ella, a dedicarse al arte, no exponían en sus obras lo que Maruja Mallo sí proyectaba. La discreción era un valor para ellas, pero Mallo era todo lo contrario a la discreción. Sin embargo, al contrario de lo que ocurre en la actualidad con Frida Kahlo, Maruja Mallo no es mencionada por sus compañeros. Cuando vuelve de Argentina, su exilio, nadie la reivindica como autora nacional. Al otro lado del charco había tenido un gran éxito, pero en España es una olvidada más.

La República propiciaba una sociedad más libre y democrática, apta para la revolución social y doméstica de la mujer, pero la gran oportunidad de todas ellas desapareció con la guerra y el exilio. Por suerte, algunos de sus compañeros más ilustres, como Lorca o Alberti, le dedicaron unas palabras que sí reconocen su talento. «Ascensión de Maruja Mallo al subsuelo», de Alberti, es un ejemplo.

TÚ,

tú que bajas a las cloacas donde las flores más flores son ya unos tristes salivazos sin sueños y mueres por las alcantarillas que desembocan a las verbenas desiertas para resucitar al filo de una piedra mordida por un hongo estancado, dime por qué las lluvias pudren las hojas y las maderas. Aclárame esta duda que tengo sobre los paisajes.

Despiértame.

Ernestina de Champourcín, poeta (1905-1999)

Ernestina era moderna. Hablaba en sus poemas de jazz, baile, velocidad. Incluso al imaginar su posible suicidio —como Marga Gil— cree que lo haría saltando de un coche en marcha. Igual que Concha Méndez, viene de una familia burguesa, lo que la convierte en la distinta. Por eso Ernestina vive diversos exilios. El primero, el familiar. Para una familia aristocrática como la suya una hija republicana es una desgracia. Así es como se produce el desapego natural con los Champourcín. No será el único, porque al morir su marido y quedar viuda, tendrá un nuevo exilio —este como crisis anímica, espiritual. El último retiro, en el que permaneció, fue el de la fe. Ernestina escribió como religiosa y consideró sus poemas como una comunicación directa con Dios. Así, quedó exiliada dentro de los exiliados, creyendo que la libertad no podía entenderse como paredes a su alrededor. La página no podía ser pared, no podía vivir tan aislada. Discípula voluntaria de Juan Ramón Jiménez, fue incluida en la antología de Gerardo Diego en 1934. La exiliada de exiliadas, «resucitó hacia dentro y fue distinta y la misma».

Entre Ernestina y Chacel se oye la voz de Concha Méndez hablando sobre dichas antologías, de las que quedaban excluidas las mujeres. «Oye, mira, tú nos excluirás, pero yo debajo de la falda… llevo un pantalón».

Rosa Chacel, escritora (1898-1994)

«Me levanto si quiero, y si no quiero no me levanto». Ana Rodríguez Fischer se pregunta qué es lo que convierte una generación en generación: ¿cómo se valora la nómina de una generación, a partir de lo que un historiador dijo, escribió o sentó? Si fuera así, las sinsombrero no cabrían en la historia de dicho historiador —algo olvidadizo. Si nos atenemos a lo que dicha generación produjo, Rosa Chacel sería una indiscutible de la del 27.

En Memorias de Leticia Valle Rosa Chacel es una escritora atrevida, valiente. Una novela poco adecuada para la España de entonces, y por eso fue acogida en Buenos Aires. El exilio permitió que muchas autoras de la época pudieran desarrollarse gracias al olvido de su propia patria, donde no habrían podido disfrutar de la misma libertad. Relaciones extramatrimoniales, incluso relaciones peligrosas como las de Lolita, habrían recibido no más que críticas, cortando la fluidez de una carrera literaria poco valorada en la actualidad. Fischer, gran conocedora de Chacel, nos presenta a la escritora como una mujer desvinculada de la línea lacrimógena. Hay una derrota en su vida, la fallida República, la única oportunidad que tenían para avanzar como sociedad y como mujeres, pero Chacel no es dada a recrearse en la desgracia —una actitud poco femenina entonces. No dio paso jamás a la nostalgia de su tierra, porque la España victoriosa que había dejado a su espalda no era la España que ella quería: ¿por qué añorarla?

María Teresa León, escritora (1903-1988)

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Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE

El reto de María Teresa de León no era tanto como escritora, sino como partícipe del movimiento político del momento que vivió. Fue una mujer comprometida con su obra pero también con su condición de ciudadana, aunque la sociedad no se la requiriera. Secretaria de la Alianza de Escritores Antifascistas, también se encargó de un segundo encuentro: Intelectuales en Defensa de la Cultura. Su mirada era una mirada política y poética, y además era la mirada de una mujer: lo tenía todo para ser olvidada. No le bastaba con luchar desde la cultura, sino que además debía defenderla de los bárbaros. Por desgracia, pasará a la historia únicamente como la mujer de Rafael Alberti.

Como tantos otros, María Teresa León tuvo que exiliarse. En Memoria de la melancolía escribió: 

Estoy cansada de no saber dónde morirme. Esa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemos nosotros que ver con los cementerios de los países donde vivimos? […] ¿No comprendéis? Nosotros somos aquellos que miraron sus pensamientos uno por uno durante treinta años. Durante treinta años suspiramos por nuestro paraíso perdido, un paraíso nuestro, único, especial. Un paraíso de casas rotas y techos desplomados. Un paraíso de calles desiertas, de muertos sin enterrar. Un paraíso de muros destruidos, de torres caídas y campos devastados […] Podéis quedaros con todo lo que pusisteis encima. Nosotros somos los desterrados de España […] Dejadnos las ruinas. Debemos comenzar desde las ruinas. Llegaremos.

María Zambrano, filósofa (1904-1991)

Dicen que no hay mejor discípulo de Ortega y Gasset que María Zambrano, aunque, como dice Rodríguez Fischer, la filósofa fuera una pipiola. Para Zambrano la realidad no se da únicamente en ideas, sino que antes se da en un sentir. Bajo esa premisa, su filosofía es la filosofía de la intuición, del vitalismo. La filosofía era para ella un modo de vida. Antes de hablar de la historia social, hay que referirse a la historia personal, individual. Esta visión la aleja, como muy acertadamente apuntan en Las Sinsombrero, del filósofo estricto y serio. La acerca, pues, a la poeta y a la escritora.

María Zambrano, al contrario que la mayoría de intelectuales de la época, estaba exiliada antes de la Guerra Civil Española y vuelve al finalizarse —considera que el país la necesita. Ciertamente, después de una guerra, la cultura, como bien defendía María Teresa León, es un arma. Su razón poética es lo que necesita un país que acaba de sucumbir a una dictadura —es lo que todavía hoy necesitan las sociedades. Lo que Zambrano desea es utilizar la filosofía y la poesía para conseguir la libertad individual, la construcción personal.

Todos estaban apenados por la realidad que les había dejado tras de sí la guerra. María Teresa se lamentaba: «Pobre Federico, no puede estar con nosotros, no puede aparecer con su chistera, tan divertida… quitársela, y que vuele una paloma». Pero la poética de Zambrano es lo que persigue, es lo que propone a ese pueblo que se ha quedado sin tantos federicos: a través de la filosofía, preguntar; a través de la poesía, hallar.