Balada muda de la Norteamérica olvidada

A still from the film 'The Deer Hunter', 1978. From left to right, John Cazale, Chuck Aspegren, Christopher Walken, Robert De Niro and John Savage. (Photo by Universal Pictures/Archive Photos/Getty Images)
El cazador, 1978. John Cazale, Chuck Aspegren, Christopher Walken, Robert De Niro y John Savage. Imagen: EMI / Universal Pictures.

«Chevotarevich, ¿es un nombre ruso?». «No, es un nombre americano». Era 1978 y Michael Cimino estaba a punto de demostrar que el infierno tenía muchas caras: el de la guerra de Vietnam, pero también el del presente petrificado de los obreros de la metalurgia de Pensilvania. Norteamericanos con nombres plagados de consonantes centroeuropeas. Emigrantes con la grupa rota en el corazón rocoso de las montañas. Blancos que nunca serán élite. Sangre para la sangre que corre por Saigon. Fuerza para la fuerza de un imperio que no les ampara.

Cimino había sido un niño superdotado de Nueva York que se había dejado llevar por las malas compañías en la adolescencia. Se redimió en la Universidad de Michigan sacando buenas notas, escuchando a Thelonious Monk, levantando pesas y bebiendo vodka. Sobre todo, bebiendo vodka. Allí aprendió que los hombres se dicen que se quieren con sonoros manotazos cargados de testosterona y que el mundo es más grande que Long Island. Allí se preparó, sin saberlo, para rodar El cazador y enseñarnos que hay quien no tiene más horizonte que el de la niebla, la que cubre el Mekong o los bosques de Pensilvania.

Los protagonistas de la película de Cimino explican esa Norteamérica que no sabemos cómo interpretar ahora. La de la desesperanza. La del otro mundo que está en este. Esa Norteamérica que parece callada pero que murmura con el zumbido de un motor que un mal día se quedó en pausa. La Norteamérica que no se siente invitada a la fiesta de las grandes ciudades. La que no quiere saber nada de Washington. La que desea cobrarse la pieza de un solo tiro y acabar con todo. La que después de perder la guerra perdió la paz. Y se quedó sin nada.

El corazón de Estados Unidos está más cerca de la mirada de Mike Vronsky en El cazador que del pestañeo autómatico de Woody Allen. Se parece más a un hombre bailando alrededor de una mesa de billar en un garito de Clairton que a la hermosa frialdad de un Wagner en el Lincoln Center. Pero nunca lo recordamos. Porque para eso están las grandes praderas en las que se crio Superman: para olvidarlas. Para eso están las caras estupefactas de los trabajadores que ven llegar a un inmaculado Richard Gere a llevarse a Debra Winger: para dejarlas caer en la nada.

Nos extraña este país que llevamos mirando en la pantalla desde que el cine es cine. Como si no hubiéramos aprendido lo que era el miedo en ese Ohio que siempre decide quién estará en la Casa Blanca. Nos habría bastado con recordar lo que vimos en la infancia para entender que Estados Unidos es más que la promesa de la metrópoli. Para comprender por qué la hebilla del cinturón de óxido se abrocha del lado republicano.

Todo se explica en Ohio. Allí estaba aquella calle llamada Elm desgarrada por Freddy Krueger. Allí crecía aquella juventud también desgarrada que parecía no esperar nada más que saltarse el instituto y perder la virginidad en el asiento de atrás de un Ford marrón metalizado. En un pueblo imaginario del muy real Ohio, vivían los niños de familias desestructuradas de Super 8. En un lugar perdido de Ohio atacaba por primera vez Bill en El silencio de los corderos. En el Ohio perfilado por Kubrick enloquece Humbert Humbert por Lolita. Y allí volvía el mal escondido tras la careta de Scream, porque el maestro del terror con hemoglobina, Wes Craven, solo podía ser de Ohio.

Lo que no contaba Craven —o quizá lo contaba de pasada en la mirada naufragada de sus adolescentes aterrados— es que el verdadero zarpazo de su estado era el del desempleo. Desde el crepúsculo industrial de los noventa, el miedo real en Ohio es el paro.

La maldición del trabajo perdido, de los blancos sin privilegios, del sueño americano convertido en la pesadilla de una autocaravana recorre las faldas de los Apalaches desde Pensilvania hasta el norte de Alabama. El corazón de carbón y de antracita de la montaña ya no vale nada. Y cierran las minas y las fábricas han quebrado y se quedan abandonados en los cobertizos los monos azules con los que un día los hombres se deslomaban.

El cine nos lo ha enseñado. Hemos visto un Detroit decrépito en el que solo sobreviven los amantes vampíricos de Jim Jarmusch. Y la ciudad desolada de 8 millas, donde Eminem ejerce de rapero y de obrero sin esperanza. Nos hemos ahogado en la atmósfera opresiva del Michigan de Las vírgenes suicidas de Sofia Coppola. Y hemos visto al veterano Kowalski del Gran Torino, excepción blanca entre sus nuevos vecinos asiáticos.

Y sin embargo parece que se nos ha olvidado.

Como se nos han olvidado los moteles mugrientos de Oklahoma de Thelma & Louise —ese país convertido en horizonte sin futuro desde Arkansas hasta Arizona—. El estado de las cuatro esquinas, el de los cactus y los tipos duros, también votó republicano. Porque el único viento que sopla en el desierto es el del desencanto.

Pero más allá de los campos infinitos de maíz y de las fábricas abandonadas, el engranaje enmohecido de los setenta fue dejando legiones de valientes que lo intentaron en la tierra de nadie de las grandes ciudades. En los suburbios multiplicados donde el cemento es gris como el de una lápida. El cine nos ha llenado el imaginario de emigrantes interiores, obreritos trasplantados de los estados pobres a la opulencia urbana. Esos que siempre miran desde el lado malo de la autovía. Desde la orilla del río donde los residuos se acumulan. Desde un cuchitril de alquiler desorbitado. Es la Norteamérica de los Tony Manero, de los muchachotes de extrarradio que también quieren salir a la pista y bailar con la más guapa. Y triunfar. No como triunfan sus padres hipotecados. No como triunfa el gerente del concesionario de coches. Ni como los niños pijos que estudian en Harvard. Ellos quieren deslumbrar al mundo. Llevarse el aplauso de la multitud anonadada. Quién sabe si ver su nombre en la marquesina de un teatro. Quién sabe si en grandes letras en una torre oscura con el corazón dorado.

Unos y otros, el chulito de barriada y el parado acodado en el bar de carretera, comparten la misma ilusión rota. La sensación de que Washington es un lugar lejano y atrincherado. Una burbuja que ha de estallar o pudrirse. Y eso no lo puede hacer quien presume de que está preparado para gobernar. La repuesta de la Norteamérica invisible no está en el político que la ha olvidado. Está en otra parte. En un tipo que se pone una gorra que no es una gorra de hipster. Es la gorra del que tiene aparcado el pick-up en un cruce de caminos de Fargo.

Llevamos toda la vida viéndola, pero siempre se nos borra: es la Norteamérica de los hermanos Coen, la de la madre de E. T., la de la Alicia que ya no vive aquí, la de La ley de la calle —porque Coppola nació en Detroit—, la de Rocky, la de My Own Private Idaho, la de La matanza de Texas y la de Serpico, la de la madurez melancólica de Beautiful Girls, la de Stranger Things y True Detective, la de la orgía sangrienta de Carrie. La Norteamérica que recorre en un cortacésped el abuelo Straight en Una historia verdadera.

La que un día fue dorada. La que hoy parece oxidada hasta en nuestra memoria. La otra Norteamérica que no es la otra: la que perdió la paz y se quedó callada.


¿Cuál es la relación paternofilial más turbia de la historia del cine?

«Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada», con esta certera frase comenzaba Tolstói Ana Karenina. Lo que no sé es qué decía a continuación y es que hay otros muchos autores además de Kant a los que no tener leídos. Pero recomiendo el libro igualmente, qué carajo, porque con ese inicio ya se intuye un drama de los buenos. Nos está anunciando simple y llanamente que sin conflicto no hay narración o, parafraseando a otro clásico, feliz el pueblo cuya historia se lee con aburrimiento. Esto el cine lo sabe bien, tan pródigo en amores desdichados, crímenes, batallas, catástrofes y, desde luego, familias infelices. Así que en estas fechas tan señaladas, con la inminente llegada de la Navidad y del estreno de Star Wars: Episodio VII, qué mejor que efectuar un breve repaso por aquellas relaciones entre padres e hijos especialmente tormentosas. Los ejemplos son inagotables, así que además de votar pueden añadir alguno más si lo desean.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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La gata sobre el tejado de zinc

Imagen de MGM.
Imagen de MGM.

Uno de los temas más recurrentes que hemos visto en una pantalla está en las expectativas que los padres depositan en sus hijos, esperando que continúen su legado o que triunfen donde ellos fracasaron. El miedo de los hijos a no dar la talla, a defraudar a sus padres, les lleva a tejer una red de mentiras que finalmente revienta dando lugar al desenlace dramático. Si a ello le añadimos la disputa por la herencia familiar, que ha creado siempre más conflictos que todos los dioses y fronteras juntos, pues lo que tenemos es esta obra teatral de Tennessee Williams galardonada por el Pulitzer y protagonizada en el cine por Paul Newman y Elizabeth Taylor. Todo un ejemplo de lo que puede dar de sí una reunión familiar, debería emitirse cada Nochebuena.

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Carrie

Imagen de United Artists.
Imagen de United Artists.

Stephen King escribió sin mucha convicción —aunque finalmente con bastante acierto— sobre una adolescente con poderes psíquicos que vive el suplicio del acoso escolar y de tener una madre fanática religiosa. Todo ello termina desembocando en una monstruosa escabechina que en cine rodó Brian De Palma.

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Regreso al futuro

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

Freud ideó el concepto que tan bien cuajó de complejo de Edipo, pero tan listo no debía ser si no se le ocurrió uno equivalente de la madre hacia su hijo venido del futuro. Aquí pudimos contemplar esa situación tan turbadora, aunque a la vista del reencuentro ya en el futuro alternativo ella —por suerte para su salud mental— no debía tener mucha memoria para los rostros. En la reciente Predestination le darían tres vueltas de tuerca a la idea.

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De repente, el último verano

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

Aquí tenemos otra obra de Tennessee Williams adaptada a la pantalla por el guionista Gore Vidal y el cineasta Joseph L. Mankiewicz e interpretada por Elizabeth Taylor, Katharine Hepburn y Montgomery Clift. Todo el Hollywood clásico está contenido en esta cinta, en resumen.

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Rebelde sin causa

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

Lo único que cabe reprocharle a este clásico es su título: la adolescencia trae consigo tal tormenta hormonal y un cambio tan brusco en el lugar que uno ocupa en el mundo que el enfrentamiento con  las autoridades en general y los padres en concreto es casi inevitable, así que esa rebeldía sí tiene una causa. James Dean se convirtió en un icono inmortal con su cazadora roja, su actitud desafiante y con ese tormento interior de quien en el fondo no anhelaba más que ser comprendido.

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La caja de música

Imagen de Carolco Pictures.
Imagen de Carolco Pictures.

A medida que uno va creciendo deja atrás la imagen tan idealizada de su padre y descubre pequeños defectos en él. En este caso que era un nazi que participó activamente en el Holocausto ¿Cómo gestionar ese hallazgo? Pues aquí lo contaba Costa-Gavras.

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Hamlet

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

«Porque soy piadoso debo ser cruel». Esa frase que le espeta Hamlet a su madre en la escena del dormitorio, tras afearle que comparta lecho con el asesino de quien era para ellos padre y esposo respectivamente, es la idea que subyace a tantos dramas familiares. Queremos más a quienes nos resultan más próximos y por tanto depositamos en ellos más expectativas. El aprecio conlleva exigencia, y la exigencia no siempre puede resultar satisfecha: ahí explota el drama. La deslealtad de Gertrudis hace que a Hamlet se le lleven los demonios y la cosa inevitablemente desemboca en una tragedia con mucha sangre y muertos, que por algo hablamos de Shakespeare.

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Psicosis

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

Algunos lectores se indignarán por este spoiler pero hay que decirlo claro: la relación de Norman Bates con su madre no era muy saludable. Ella más que tóxica estaba directamente putrefacta, pero en la mente un tanto extraviada de su hijo seguía muy viva y representaba un modelo a imitar de una forma literal. Cuando oigan a alguien definirse como un amigo de sus hijos recuerden la frase de Bates: «el mejor amigo para un muchacho es su madre».

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Indiana Jones y la última cruzada

Imagen de Paramount Pictures / Lucasfilm.
Imagen de Paramount Pictures / Lucasfilm.

Da igual cuánto se esfuerce uno en ganarse una imagen en la pandilla de tipo duro que tarde o temprano llegará tu madre para avergonzarte ante los colegas. Los padres tienen esa rara habilidad de empequeñecer y humanizar a sus hijos, de desplumarlos de todo el prestigio y la pompa que pudieran mantener a ojos del resto pues ante ellos no dejan de ser sus niños, no importa cuántos años pasen. El doctor Jones, «Junior» para su padre, se ganó nuestra admiración en las dos entregas anteriores pero fue en esta, la mejor de la saga, donde vimos cómo era realmente gracias a un estupendo Sean Connery ante el que medirse.

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Brave

Imagen de Pixar.
Imagen de Pixar.

Los padres han sido tradicionalmente los principales encargados de transmitir a sus hijos los valores, roles y costumbres de su sociedad, ahora en dura competencia con el colegio, la televisión e internet. Pero la transmisión no siempre es fluida y los hijos pueden sentirse coaccionados, rebelarse y, como vemos en esta peli de Pixar, terminar convirtiendo a su madre en una osa mediante un hechizo.

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Vida de este chico

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

Los padrastros y las madrastras arrastran una pésima reputación en la narrativa popular y por lo visto no es del todo inmerecida. Según señala Steven Pinker en Cómo funciona la mente la ausencia de un vínculo biológico en esa relación incrementa la posibilidad de que el niño sufra malos tratos, e incluso tiene un 40% más de posibilidades de ser asesinado. Lo que aumenta el mérito de quienes ejercen bien tan complicado papel. No es el caso de esta película protagonizada por De Niro y un jovencísimo DiCaprio, en el que la relación entre ambos va agriándose por momentos.

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Las vírgenes suicidas

Imagen de Paramount Classics.
Imagen de Paramount Classics.

El deseo de transmitir unos valores y de encarrilar a la criatura en formación a veces puede adquirir también tintes enfermizos, cuando la sobreprotección y el fanatismo ideológico toman el control. Lo mencionábamos en Carrie y aquí también lo tenemos, aunque ya sin el adorno de elementos sobrenaturales. Sobre esta película de Sofía Coppola hablamos con más detalle aquí.

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Historias de Nueva York

Imagen de Touchstone Pictures.
Imagen de Touchstone Pictures.

Una madre judía le regala a su hijo dos corbatas y él se pone una para celebrar el Shabat. Cuando ella lo ve, exclama: «hijo, ¿pero es que no te gustó la otra?». Si el estereotipo de esa madre controladora y asfixiante nos resulta tan familiar se lo debemos en buena medida a Woody Allen, que no ha dejado de apuntalarlo en su filmografía. Probablemente el ejemplo más logrado sea el episodio que rodó de Historias de Nueva York —sin duda el mejor de los tres— en el que la gigantesca cabeza flotante de su señora madre flotaba sobre Manhattan, vigilando y aconsejando a su hijo de una manera que ni Orwell en su peor pesadilla hubiera soñado.

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Los Soprano

Imagen de HBO.
Imagen de HBO.

No nos hemos pasado años diciendo que las series actuales tienen más calidad que la mayoría de las películas para que ahora no podamos incluir una en esta lista, oiga. La difícil relación con su madre fue uno de los motivos que llevaron a nuestro mafioso predilecto a la consulta de Jennifer Melfi, en la que un episodio tras otro iba desgranando su infancia y los permanentes chantajes emocionales derivados de la actitud pasivo agresiva de ese cactus con forma de anciana que era Livia. Decimos que fue uno de los motivos pero no el único, pues por desgracia la actriz que tan bien la interpretaba, Nancy Marchand, falleció durante la tercera temporada. La trama sin embargo tenía que continuar y Tony siguió acudiendo fielmente a su cita con la doctora.

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Star Wars

Imagen de 20th Century Fox / Disney.
Imagen de 20th Century Fox / Disney.

En último lugar, no crean que se nos iba a olvidar, la saga sobre esta familia tan mal avenida que en vez de gritos y portazos se monta Estrellas de la Muerte e imperios galácticos. Eso el padre al menos, aunque el hijo no se queda manco (bueno, sí). En la combinación de ciencia ficción, western e imaginería medieval que ideó George Lucas la guinda final fue el conflicto generacional, la necesidad más o menos simbólica de matar al padre seguida de la reconciliación final. Tal vez ninguno de nosotros se haya enfrentado a su progenitor con una espada láser pero de una u otra forma vemos en la pantalla algo de nuestra propia experiencia vital, podemos comprender a los protagonistas y esa identificación hace de esta película todo un mito contemporáneo.

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El libro y la película

Supongo que Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999) no es una elección obvia. Desde todos los puntos de vista es una película menor, y más si se la compara con mi segunda opción, Blade Runner. Además, el hecho de que se trate de una muy fiel adaptación de la novela del mismo nombre del escritor estadounidense de ascendencia griega Jeffrey Eugenides permite sospechar que buena parte de sus méritos y hallazgos son obra del autor del libro y no de la directora de la película. Y de hecho lo son. Véanse por ejemplo las llamadas telefónicas con las que los cuatro amigos obsesionados con las hermanas Lisbon, ya recluidas en su casa por una madre beata y sobreprotectora, intentan comunicarse con ellas utilizando como herramienta las canciones que pinchan en su tocadiscos. Pero lo que sí hace magistralmente Sofia Coppola es clavar la atmósfera morbosa de la novela, esa neblina ensoñadora, veraniega y melancólica típica del amanecer y que empapa los recuerdos de la niñez en su tránsito hacia la adolescencia de forma similar al flou que adornaba en los años 70 las portadas de la revista Penthouse (el efecto Orton, para los entendidos en fotografía) o la pegajosa e hipnótica languidez del Atmosphere de Joy Division, el Sara de Fleetwood Mac o el Sunday Morning de la Velvet Underground. Canciones de yonquis, ¿se han fijado? Lou Reed, por cierto, explicaba en una entrevista algo que cualquier heroinómano sabe: todos y cada uno de los pinchazos que siguen al primero son tan solo un patético e infructuoso intento de repetir esa primera sacudida de glorioso esplendor estupefaciente. No puedo imaginar mejor metáfora del primer romance adolescente, de ese hipnótico momento en el que las chicas son todavía organismos fascinantes y embriagadores, un misterio merecedor de devoción y al que dedicar años de sacrificada y estéril investigación. Porque el resto de nuestra vida, desvelado ya el enigma femenino, es tan sólo un triste intento de reproducir esa sublime y conmovedora primera descarga de pureza narcótica. Nostalgia, arrebatamiento y adicción. Ese, más que el suicidio adolescente, es el verdadero tema de Las vírgenes suicidas y por eso es mi película. Metadona pura y dura para la inocencia perdida.

La tabla rasa (Steven Pinker, 2002) no es un libro: es un tsunami de napalm capaz de reducir a escombros bibliotecas enteras y de aniquilar la obra de docenas de filósofos, sociólogos, psicólogos, lingüistas, politólogos, antropólogos y pedagogos otrora considerados relevantes. En este sentido, La tabla rasa tiene una innegable dimensión práctica: permite ahorrar estantería. ¿Jean-Jacques Rosseau? Gas mostaza para él. ¿La teoría del buen salvaje? Fosgeno a toneladas. ¿El existencialismo? A la fosa de las Marianas con sus huesos. ¿Lévi-Strauss? Las bolsas de basura deberían fabricarse con el tamaño exacto de sus libros. ¿Ese diletante de buena familia apellidado Marx y que escribía libros de autoayuda en los que comparaba el progreso con “los horribles ídolos paganos que sólo aceptan beber el néctar en el cráneo de los vencidos”? Conmoción y pavor, gas pimienta y escozor.

La tabla rasa también es el libro más estrictamente ateo jamás escrito: ninguna fe, ninguna credulidad, ningún dogma, ninguna ideología redentorista, ningún mito fundacional de la mala conciencia occidental puede sobrevivir tras su lectura. ¿La bondad intrínseca de las culturas indígenas en oposición a la decadente perversión de los herederos de la civilización grecorromana? Fascitis necrotizante para ella. ¿La teoría del sexo y de los roles de género como un constructo social? Toneladas de ébola. ¿El pánico a la desigualdad, al determinismo y al nihilismo? Olas de gas sarín y hostias como panes. ¿El culto al campesinismo, al nacionalismo, al orientalismo y al exotismo? Teleportados a un universo paralelo. ¿El feminismo de la Segunda Ola, las vanguardias artísticas, la pedagogía libertaria? Garrote vil. ¿Esa antropología cuya única función parece ser la de agotar las existencias mundiales de rodilleras? Ya lo decía Borges: más que “un lejano testimonio de la credulidad de los primitivos (la antropología es) un documento inmediato de la credulidad de los antropólogos. Creer que en el disco de la luna aparecerán las palabras que se escriben con sangre sobre un espejo es apenas un poco más extraño que creer que alguien lo cree”.

[Si les interesa este último punto, háganle caso a Nacho Carretero y lean El antropólogo inocente de Nigel Barley.]

De hecho, el problema con La tabla rasa es el de qué leer después. Por supuesto, siempre podemos acudir a algunos de los libros que cita Pinker. El mito de la educación, de Judith Rich Harris; A Natural History of Rape, de Randy Thornhill y Craig Palmer; o The Bell Curve, de Richard Herrnstein y Charles Murray, famoso por su muy polémica afirmación de que las diferencias de puntuación obtenidas por negros y blancos estadounidenses en los test de inteligencia se deben tanto a causas ambientales como genéticas. Pero esos libros son paliativos. Porque tras levantar la vista después de leer la última página de La tabla rasa te topas con un paisaje arrasado en el que tan sólo tres edificaciones continúan en pie: la de la ciencia, la del sentido común y la de la naturaleza humana, encarnada en esa lista de universales (rasgos presentes en todas y cada una de las aproximadamente 6000 culturas del planeta) recopilada por el estadounidense Donald E. Brown y que incluye, entre otros, los colores blanco y negro, las leyes, la agresividad del macho, el estatus, el nepotismo, la división del trabajo por sexos, la etiqueta, el uso de términos distintos para padre y madre, las sanciones, la territorialidad y, ¡Santa María del Amor Hermoso!, la propiedad. También el arte, ya ven. Aunque casi más interesante que lo que aparece en la lista es lo que no aparece en ella. La igualdad, sin ir más lejos.

Antes he dicho que La tabla rasa es el libro más puramente ateo jamás escrito. También es el más político. Porque La tabla rasa hace descender el debate acerca de cómo convivir en sociedad desde las alturas de la inane y repetitiva verborrea académica producida a destajo en centenares de universidades, blogs, libros y periódicos de todo el planeta hasta el espacio común de la naturalidad y la racionalidad. La tabla rasa denuncia y ridiculiza a tantos reyes desnudos con los que hemos convivido durante tanto tiempo que la sensación de vacío existencial que le queda al lector tras leer su última página sólo puede ser paliada con un arranque de nihilismo orgiástico en toda regla. La tabla rasa, en definitiva, supone un baño de realidad hasta para el más fundamentalista defensor de los viejos dogmas de fe igualitaristas.

Pero lo más importante de La tabla rasa es que no dice nada que ustedes ya no sepan. Y ese es, quizá, su mensaje más demoledor. Porque… ¿alguien REALMENTE cree que hombres y mujeres somos iguales? ¿Alguien REALMENTE cree que las niñas juegan con muñecas porque “la sociedad” o “el patriarcado” las ha empujado a ello? ¿Alguien REALMENTE cree que es posible vivir en armonía con la naturaleza, quiera decir lo que quiera decir eso? ¿Alguien REALMENTE cree que los delincuentes son “víctimas de la sociedad”? No, dirán ustedes: nadie cree ya seriamente en esas afirmaciones. Si acaso, un pequeño puñado de deficientes emocionales. Y entonces, ¿por qué nos comportamos y actuamos y legislamos como si esas afirmaciones fueran ciertas? Por ejemplo: la edad penal mínima o el derecho a la reinserción de todos los criminales, incluidos aquellos con delitos de sangre, parte de algunos de esos postulados. O la preferencia por la madre a la hora de otorgar la custodia de los hijos de padres separados. Por supuesto, ustedes son libres de fingir que han olvidado lo leído en el libro. También son libres de seguir mintiéndose a sí mismos para continuar viviendo en un mundo estructurado a partir de premisas erróneas. Si así lo hacen es probable que pasen totalmente desapercibidos como miembros de la manada y que consigan así encajar en el molde que han construido para ustedes los ideólogos de las más mentecatas teorías sociológicas, políticas y pedagógicas de moda. Y follarán más, eso seguro: no hay nada más atractivo que la acaramelada, blanda y opiácea previsibilidad de los prejuicios propios cuando son confirmados por el prójimo. Pero seguirán estando profundamente equivocados. Porque tras la publicación de La tabla rasa, la esclavitud intelectual es 100% voluntaria.

¿Quieren un ejemplo práctico de por qué deberían ustedes leer La tabla rasa? Se lo doy. ¿Recuerdan lo mucho que se han indignado hace apenas unas líneas cuando he mencionado el libro de Herrnstein y Murray en el que se analizan los diferentes resultados obtenidos por negros y blancos en diversos test de inteligencia? Yo no he dicho cuál de los dos grupos obtiene un mejor resultado. Como es obvio, los resultados de esos test, siempre que hayan sido realizados de acuerdo al método científico, no tienen ninguna obligación de coincidir con nuestros prejuicios sociales. Las posibilidades estaban al 50%. Pero ustedes han reaccionado apriorísticamente. No me interesa si han acertado o no: me interesa el hecho de que han actuado como una máquina y se han aferrado a sus dogmas de fe despreciando los resultados de unos test estrictamente científicos y, como tales, susceptibles de ser reproducidos y refutados. De hecho, ni siquiera han actuado como una máquina, sino como la hormiga obrera de unos prejuicios colectivos que se suponen correctos independientemente de que la realidad confirme o refute su pertinencia. Fíjense en la paradoja: ustedes han dado por sentado que los negros son menos inteligentes… pero se han indignado ante la mera suposición. Una suposición que ha sido sólo suya y a la que han llegado sin que nadie les empujara en esa dirección. ¿Esquizofrenia? Ni mucho menos. A ese molde intelectual en el que tanto se esfuerzan en encajar algunos se le llamaba en otras épocas fascismo. Por eso deberían ustedes leer La tabla rasa: porque están enfermos de autoengaño. El diagnóstico no se lo cobro.

Por si les interesa la polémica referente a The Bell Curve, de la que también se habla en La tabla rasa: han acertado, los negros obtuvieron resultados ligeramente inferiores a los de los blancos. El mismo Noam Chomsky, nada sospechoso en este terreno, negó la acusación de racismo contra los autores del libro aún no estando de acuerdo con sus tesis sobre el cociente intelectual: “Una correlación entre raza y cociente intelectual (si se demostrara que existe) no conlleva ninguna consecuencia social, excepto en una sociedad racista en la que cada individuo se asigne a una categoría social y no se le trate como individuo por propio derecho, sino como representante de su categoría. Herrnstein menciona una posible correlación entre la altura y el cociente intelectual. ¿Qué importancia social tiene eso? Ninguna, por supuesto, pues en nuestra sociedad no se discrimina por el hecho de ser más o menos alto”. Como explica Pinker, es evidente que el cociente intelectual de una persona es el que es independientemente de si su causa es medioambiental o genética, así que un racista discriminará a un negro por su (supuesta) menor inteligencia tanto si esta se debe a causas medioambientales como genéticas. Pero les voy a dar una sorpresa: ningún racista discrimina a un negro por su inteligencia. Si así fuera, ese mismo individuo también discriminaría a los blancos, puesto que estos obtienen en dichos test peores resultados que los asiáticos o los judíos. El hecho de que no lo haga demuestra que su problema no es la inteligencia, sino el color de la piel. Claro que, ¿quién dice que los test de inteligencia sirvan para algo más que para medir una habilidad muy concreta, y desde luego no la única, del cerebro humano?

En segundo lugar, los promedios no dicen nada acerca de los individuos considerados aisladamente: aún si se demostrara que las tesis de los autores del libro son correctas, algo que está todavía muy lejos de ser confirmado, seguirían existiendo muchísimos negros mucho más inteligentes que la inmensa mayoría de los blancos y muchísimos blancos mucho más estúpidos que la inmensa mayoría de los negros. Ídem si el resultado de los test fuera exactamente el contrario. El problema, como es obvio, surge A) de esa visión del color de la piel como rasgo definitorio de la identidad del ser humano en vez de como una característica física más, similar a la del número de pie o el tipo de cabello, y B) de esa consideración de la inteligencia como el atributo por excelencia del ser humano, jerárquicamente superior a otros atributos como la fuerza o la resistencia física, el oído musical, la empatía, la belleza, el talento artístico, la capacidad de liderazgo o la fortaleza frente a las enfermedades. ¿Se escandalizarían ustedes si un científico les dijera que los que tienen el pelo rizado tienen menos probabilidades de enfermar de cáncer que los que tienen el pelo liso? ¿O que aquellos a los que les gusta la música clásica tienen una capacidad de concentración ligeramente mayor que aquellos a los que les gusta la música pop? ¿Se escandalizan ustedes ante la evidencia de que los mejores músicos de jazz de la historia han sido negros? ¿O con la de que no existen prácticamente nadadores negros entre la elite de ese deporte? ¿Y esas evidencias son peligrosas por sí mismas o sólo lo son en la medida en que pueden ser utilizadas por fanáticos, psicópatas y dementes para justificar sus atrocidades? Para la naturaleza, la inteligencia no es un atributo más importante o definitivo que cualquier otro que pueda adornar al ser humano. La evolución es ciega y no atiende a categorías morales humanas. Mírenlo así: imaginen un mundo dominado por una o varias potencias asiáticas dentro de 40 o 50 años, algo que entra dentro del ámbito de lo verosímil. ¿Seguirían ustedes considerando la inteligencia como un rasgo jerárquicamente superior a otros rasgos del ser humano o adoptarían una visión fríamente científica sobre el asunto dado que tienen todas las de perder en la comparación? De hecho, es muy dudoso que la inteligencia por sí sola nos haya hecho evolucionar “más y mejor” que la resistencia a las enfermedades, la fuerza física, nuestras habilidades sociales o nuestra capacidad de adaptación al entorno. Un genio del pensamiento abstracto pero asocial, feo como una lamprea tuerta, débil, enfermizo e inflexible tiene muchísimas menos posibilidades de transmitir su carga genética que un soberano merluzo empático, guapo, fuerte, sano y adaptable a cualquier entorno. Así que lo correcto es pensar que nuestro éxito como especie se debe a una combinación de dichos factores. De hecho, no está nada claro que la misma inteligencia que nos beneficia colectivamente como especie nos beneficie en la misma medida individualmente. Piensen en cuál sería su decisión si tuvieran que apostar su dinero por una de estas dos afirmaciones: A) la inteligencia de un sujeto cualquiera es directamente proporcional a su nivel percibido de bienestar psicológico, B) la inteligencia de un sujeto cualquiera es inversamente proporcional a su nivel percibido de bienestar psicológico. Creo que queda claro: nadie apuesta su dinero en contra de lo obvio y ustedes no han sido una excepción.

Si quieren ir un paso más allá: no hay nada en la naturaleza, en nuestras leyes físicas, que diga que “más” es mejor que “menos”. La categorización de “más” como mejor que “menos” es 100% humana, al igual que los conceptos de “arriba” y “abajo”, que no existen en el universo más que como puntos relativos de referencia espacial. Desde el punto de vista científico, los términos “más” y “menos” albergan tanta carga moral como “arriba” y “abajo”, es decir ninguna, y sólo adquieren peso en la medida en que se utilizan en relación a un objetivo cualquiera determinado por el ser humano, ya sea este bondadoso o maligno. De hecho, los principales críticos con las tesis de The Bell Curve, como en su momento lo fue Stephen Jay Gould, no ponen en duda los resultados de los test, sino la asunción de que la inteligencia puede ser reducida a un número, la de que es posible ordenar a los seres humanos de acuerdo a su mayor o menor inteligencia en una línea recta (y no en un plano cartesiano, por ejemplo), la de que la inteligencia está principalmente determinada por la herencia genética y la de que es esencialmente inmutable. Otro conocido crítico con las tesis del libro es Thomas Sowell, un economista liberal heredero de Milton Friedman y George Stigler cuyo color de piel (negro) no le impide ser también uno de los más conocidos detractores de la discriminación positiva. Y si lo que les preocupa es la existencia de racistas, maníacos, perturbados y resentidos, bueno… despreocúpense. Siempre han existido y siempre existirán, y las teorías de higiene racial de los nazis son un aterrador ejemplo de ello. La ciencia sólo les da armas a esos anormales en la medida en la que estos la malinterpretan y la tergiversan. A fin de cuentas, el racismo y la intolerancia también son rasgos susceptibles de ser analizados científicamente, así que cuanto más sepamos sobre el cerebro humano que los produce, mejor.

De todo eso, entre otros muchos temas, habla La tabla rasa. Y por eso es un libro importante.