Historias del narcofútbol

Complejo de la Maré, Río de Janeiro, 2014. Fotografía: Ricardo Moraes / Cordon.

Hoy todo parece ser narco. De la fascinación por los mundos prohibidos del crimen organizado nacen, crecen y se multiplican libros, series y películas que retratan, básicamente, historia contemporánea. Más que una apócope, narco ya es un prefijo. Y si hay narcotráfico, narcoguerra, narcoestado, narcocultura, ¿cómo no iba a haber narcofútbol? Desde hace mucho el deporte más popular del mundo atrae a la cara B del capitalismo como pantalla para oscuras actividades, y desde ese ámbito se repiten los casos de traficantes metidos a empresarios futbolísticos o negociantes que se arriman al dinero sucio de quien lo quiere limpiar. Y ahí encontramos a Latinoamérica, génesis —en el sentido más ancho de la palabra— del narcotráfico, patria pionera de los negociados del fútbol moderno y, por encima de todo, paraíso de la pasión y el folclore que arrastra el deporte. En ese apetitoso cóctel, cada país ha seguido su idiosincrasia, como veremos en cinco fogonazos en ciudades donde la droga ligó con el fútbol, sin un patrón fijo, pero con un denominador común. En las favelas de Río, la Argentina y el México de hoy o la Colombia de los ochenta, penetra por las rendijas invisibles de la sociedad y en el fútbol se fortalece por su factor emocional, en una escena que ya conocemos: mientras el narco opera, millones de personas miran para otro lado con tal de que sus equipos ganen o simplemente su existencia mejore con solo ver un balón rodar.

1 Medellín: Las pachangas de La Catedral

Imagen: Relajaelcoco.

«Bueno, muchachos, aquí los partidos duran tres o cuatro horas, y sin descanso», dice Pablo Escobar sobre la cancha. «Solo hay dos cambios y si se empata, se define por penaltis», añade. Así lo cuenta su hermano Roberto en su libro biográfico, publicado lustros antes de que el Patrón se convirtiese en producto de entretenimiento transnacional. Cabe guardar cierta reserva sobre la exactitud de los diálogos, pero la narración sobre uno de los partidos que se jugaban en la prisión de La Catedral en 1991 es deliciosa: «En los primeros cincuenta minutos nos metieron tres goles. A la hora y media el partido ya estaba empatado. Tréllez nos metió el cuarto y Leonel el quinto. Faltando una media hora para terminar, empatamos. Mi hermano se hizo un golazo desde fuera de las 18» (yardas, desde fuera del área). Y así, con 5-5, se llegó al desempate: «Creo que aquí fue donde René nos ayudó, porque erró el penalti y se dejó meter el de mi hermano, que se lo envió fuerte al puro centro del arco. “Esto no lo ataja nadie”, dijo Pablo antes de tomar impulso». Como para discutirle.

Pongámonos en situación: del lado de «ellos», como dice Escobar, jugaban el portero (y amigo de la familia) René Higuita, encabezando una alineación de lujo del laureado Atlético Nacional: Leonel Álvarez (que, como René Higuita, enseguida recalaría en el Valladolid), el malogrado Andrés Escobar (sin relación con Pablo, y asesinado en circunstancias nunca aclaradas del todo después del Mundial 94, donde marcó el gol en propia meta que condenó a Colombia), Barrabás Gómez, Chonto Herrera y John Jairo Tréllez. Del otro lado, un all stars del cártel de Medellín: Pablo Escobar, diestro pero tirado a la izquierda, un extremo a pierna cambiada. Jugaba, regateaba, disparaba sin pensar, al modo del clásico gordito hábil de barrio. Detrás, una medular de quitar el hipo, formada por sus sicarios: Popeye, Angelito, Misil y Mugre. Formaba en la defensa el propio Roberto «Osito» Escobar, por delante de un portero de garantías: era uno de los guardias de La Catedral.

Aunque lo parezca por el nombre, La Catedral no era Wembley, tampoco San Mamés. Y aunque oficialmente fuese una prisión, en realidad era más bien una finca con alambrado en derredor, una cárcel de cartón piedra adonde se hizo llevar Pablo Escobar junto a su gente en 1991, cuando consiguió garantizar que no se le extraditara a Estados Unidos, y en el momento en que se multiplicaban los frentes de sus guerras (contra el cártel de Cali, contra el Estado y, como enseguida se comprobó, contra gente de su confianza). Así que siguió un plan por orden de importancia: compró un terreno, adecuó el recinto a sus necesidades —suites en vez de celdas, lujos en vez de rejas, una Virgen de las Mercedes, un telescopio para controlar quién sabe qué— y, cuando tuvo todo eso, montó un campo de tierra y se puso a jugar al fútbol con estrellas.

Las pachangas eran la continuación lógica de una vida siempre relacionada con el deporte. En los años previos al estallido de la narcoguerra, cuando construía e inauguraba a bombo y platillo canchas en los barrios carentes de Medellín; en el cénit de su imperio, con su decisiva influencia —o la de su dinero caliente— en el Atlético Nacional, construyendo un equipazo comandado por Pacho Maturana, con la columna vertebral Higuita-Escobar-Leonel Álvarez-Palomo Usuriaga, y que llegó a ganar la Copa Libertadores (equivalente a la Copa de Europa) en 1989, eso sí, con los rivales escoltados por tanques y sospechas de influencia sobre los árbitros. De hecho, ese año murió asesinado el colegiado Álvaro Ortega, crimen atribuido a sicarios de Escobar. El Patrón era un loquito del fútbol, pero entendía los colores con la rareza de un daltónico. Su mediático sicario Popeye lo llegó a equiparar a una sandía: «Pablo era verde fuera y rojo por dentro». Eso quiere decir que era hincha de Independiente de Medellín (de rojo) pero el club donde se metió de lleno fue Atlético Nacional (verde).

Y además de tocar el cielo con el fútbol de élite, al Patrón le quedaban sus pachangas. Las había jugado en la Hacienda Nápoles y las repetía, por qué no, en su cárcel privada. En una entrevista en 2012, el exjugador de Independiente Óscar Pareja contó su experiencia una tarde en La Catedral con el otro equipo de Medellín. Pareja aseguró que la gente del cártel los trató muy bien, pero en un lance el mismísimo Pablo Escobar le dijo al defensa Carlos Álvarez: «No me pegues patadas o te quedas aquí con nosotros». El alambre. La fina línea entre la tragedia y la comedia. El puro chiste que parece el fútbol en medio de la guerra si no se tienen en cuenta los muertos.

2 Cali: La lista Clinton apaga la Mechita

Imagen: Relajaelcoco.

A finales de noviembre de 2016, América de Cali, uno de los grandes clubs de Colombia, volvió a primera división tras cinco años. Los jugadores festejaron, la hinchada miró para arriba tratando de explicar cómo habían llegado hasta ahí.

Unos meses antes, en enero de 2016, una pancarta se desplegó en un estadio de Miami: «Muchas gracias, don Miguel Rodríguez», grandes letras negras sobre tela blanca. Don Miguel es Rodríguez Orejuela, uno de los hermanos responsables del cártel de Cali. Y el escenario y contendientes no podían ser más significativos: la Mechita, como se conoce al América, se enfrentaba a Nacional de Medellín en un estadio de Miami, en la misma Florida donde está encerrado desde hace once años el destinatario de la pancarta, que lanzaba un múltiple desafío: a Estados Unidos, incapaces de entender cómo alguien mandaba un mensaje de apoyo a un criminal confeso; a Colombia, atónita por una imagen tan explícita como una pesadilla rediviva; y al propio América, club controlado durante décadas por Orejuela. El Señor, como se le conoce, purga pena de treinta años junto a su hermano Gilberto tras haber confesado la importación a Estados Unidos de doscientas mil toneladas de cocaína entre 1990 y 2002, casi nada. Y eso sin tocar los blancos ochenta, cuando eran responsables, según estimaciones de la DEA, de traficar con el ochenta por ciento de la cocaína que llegaba a Estados Unidos. Fue justo cuando América de Cali se hizo grande: campeón colombiano cinco años consecutivos, entre 1982 y 1986, y jugó la final de la Copa Libertadores en tres ocasiones también consecutivas, entre el 85 y el 87. En los noventa llegarían otros tres torneos y en el nuevo siglo, aún otros cuatro.

Pero cuando al capo Orejuela le cayó la primera condena en Colombia, el América siguió la azarosa suerte de su mecenas: en 1996 —año en que llegó de nuevo, y la perdió, a la final de la Copa Libertadores— la Oficina de Control de Bienes Extranjeros de Estados Unidos incluyó al club en la llamada Lista Clinton, que inmoviliza bienes de entidades relacionadas con el narcotráfico, las castiga con embargos, congela cuentas y bloquea transacciones: una cárcel financiera para combatir el lavado de dinero. El castigo fue haciendo mella año a año en el club, especialmente cuando se quedó sin poder fichar y sin patrocinadores. Seguía en la élite, pero su futuro era negro. La realidad le dio el bofetón final en 2011, cuando el América se precipitó al descenso después de seis décadas en primera. En 2013, con el club limpio, Estados Unidos lo sacó de la lista Clinton, en un acto festivo, con embajador norteamericano incluido. Y solo ahora ascendió, de ahí las miradas al cielo y los festejos.

Pero cualquiera dirá: ¿y cómo es que no ganó la Libertadores teniendo dinero y poder de intimidación a su alcance? Una de dos, o se infravalora el fútbol o se sobreestima la mano humana en el deporte, por más que esta sea enorme y cruel. Quizás así se entienda que el hijo de Miguel Orejuela, William, que manejó el América durante muchos años, haya dicho que ya no le gusta el fútbol. Según dijo, ahora, tras pasar por las cárceles norteamericanas, es aficionado al fútbol americano.

3 Río de Janeiro: Maracaná en la favela

Imagen: Relajaelcoco.

Un sábado de noviembre de 2016 una fundación europea intentaba hacer un evento de formación deportiva infantil en el complejo de la Maré, uno de los más grandes y peligrosos de Río de Janeiro. Como en otras ocasiones, habían conseguido negociar con las bandas de narcotraficantes, con un vecino notable como mediador, para que durante unas horas cesasen los tiroteos entre facciones para poder desarrollar el acto. Como ocurre en otras favelas, en la lucha por un territorio un grupo se aposta en los tejados de una calle, el rival en los de enfrente, y se fríen a tiros. En la Maré esa línea de fuego, que llaman «Franja de Gaza», queda justo junto al campo de fútbol. Y ese día no se pudieron contener en la rutina de tiros durante horas, como pudimos comprobar in situ. Había sido una semana dura en Río, con quince muertos en varias operaciones policiales, incluido un helicóptero patrulla caído sobre Ciudad de Dios. Son escenas de una guerra que nunca se acaba, aunque lo parezca, y que ha marcado la cotidianeidad de las favelas, en la que se incluye el fútbol, unido a los barrios humildes mucho antes que la llegada del narcotráfico.

En Río, en Brasil, no existen cárteles como en otros países latinoamericanos, sino grupos atomizados que dominan territorios ejerciendo un poder paralelo al Estado, tan lejano, tan desconocido. Esos territorios se llaman favelas, y en algunas de ellas hoy la realidad se reduce a las frases tristemente redondas de algunos de sus habitantes: «Si preguntas a un adolescente de aquí lo que sueña ser, te dirá: futbolista, sambista o jefe del narcótrafico». Así se lo decía Anderson Nascimento a la periodista de Al Jazeera Flora Charner en 2014, que en un reportaje dejó al descubierto las flexibles y dolorosas distancias que hay dentro de la misma ciudad. Aquel año se jugó el Mundial de fútbol en el estadio Maracaná y se criticó que el precio de las entradas convirtiese el deporte más popular en una festichola de élite, fuera del alcance de gente como Anderson.

En la favela de Vila Aliança, a unos kilómetros de Maracaná, se disputaba durante aquel Mundial una liga de fútbol de barrio. En ella destacaba el equipo del jefe local del narcotráfico. Cuando jugaban, los partidos se convertían en un escenario de película surrealista: once contra once en un campo, y alrededor de él, niños descalzos y armas largas en el mismo metro cuadrado, cervezas y bolsas de drogas al lado, en las mismas mesas de plástico de bar, samba y funk en los bafles y carne en la parrilla. Cada vez que el equipo marcaba un gol, una ráfaga de tiros de fusil al aire desde el cobertizo frente al campo donde el jefe narco festejaba con sus amigos, un palco presidencial sui generis. Los hinchas del barrio, como si nada. El éxito del equipo de los meninos, al fin y al cabo, era el éxito del barrio, pues gracias a ellos, que organizaban todo, la liga cobraba fama en la región. No era casualidad, allí había dinero: los equipos, que vestían relucientes réplicas oficiales de clubs y selecciones, pagaban una inscripción de trescientos dólares más un extra para pagar a árbitros semiprofesionales. Y quien ganaba se llevaba un premio de quince mil dólares entre vítores del público. No era el Mundial, pero no hacía falta: tenían su Maracaná en casa.

4 Ciudad Juárez: El fútbol como bálsamo

Imagen: Relajaelcoco.

Desde hace años se suceden las noticias que vinculan al fútbol mexicano con el narcotráfico, con acusaciones a ciertos empresarios futbolísticos de tener línea directa con cárteles colombianos —en los primeros 2000 así lo probó la fiscalía colombiana— y con los centroamericanos —el salvadoreño cártel de Texis, proveedor de los Zetas, el Sinaloa y el Golfo, se infiltró en el fútbol a través de su líder, el Chepe Diablo, dueño del club Metapán—. Más recientemente la prensa mexicana reveló vinculaciones del cártel de Juárez con clubs europeos a través de intermediarios. Ante todo ello, la misma reacción cansina: ninguna sorpresa.

Por eso, en la pasividad habitual, nadie levantó una ceja cuando en plena eclosión de la violencia en Ciudad Juárez apareció un hombre muerto relacionado con el fútbol. Nadie salvo un periodista estadounidense, que se fijó en la muerte de un asistente técnico del equipo de la ciudad con peor fama de México. Era 2009 y morían tres mil personas al año en Juárez, golpeada por la violencia como ninguna desde la guerra al narco proclamada por Rafael Calderón tres años antes. Ese periodista, Robert Andrew Powell, escribió un libro —This Love Is Not for Cowards— que radiografía aquellos años a través del equipo de la ciudad, los Indios, que tuvieron su momento de efímero esplendor durante el trienio negro de Juárez, bajo el control de un empresario residente del otro lado de la frontera, en El Paso, Texas.

Según cuenta Powell, el estadio —cómo no, llamado Benito Juárez— era un oasis de color, pasión y cerveza al aire durante dos horas cada quince días, un bálsamo amnésico para olvidar la realidad circundante. Pero el empresario terminó dejando deudas, escurriendo el bulto y dejando a los Indios al borde de la desaparición. Terminó el idilio del fútbol en la ciudad de los feminicidios, de los cadáveres colgando de los puentes, justo cuando el delirio de sangre en Juárez empezaba a remitir. En 2011 fue desafiliado del fútbol profesional mexicano. Lo curioso es que cuatro años después, con la ciudad mucho más tranquila, la ilusión por el fútbol volvió a resurgir con otro nombre. Se fundó el Juárez FC, los Bravos, enseguida convertidos en animadores de la segunda división.

Ahora el Juárez (el estadio y el club) vuelve a dar alegrías y pasión y cerveza al aire, pero como en una maldición, la ciudad ha regresado a la violencia descarnada y el fútbol sirve de interludio quincenal para el partido real que se libra en las calles, con la guerra interminable entre el cártel de Sinaloa y el de Juárez, otra vez con asesinatos diarios y las tropas del ejército patrullando de nuevo. En el futuro inmediato emergen los retos que plantea la presidencia de Donald Trump, el control del narcotráfico y el nivel de violencia. Pero lo único que parece dar árnica a Juárez, la Santa Teresa de Bolaño, sigue siendo el fútbol.

5 Rosario: Los Monos son los amos

Imagen: Relajaelcoco.

A inicios de 2016, un hombre llamado Ramón Machuca, Monchi, era entrevistado en televisión luciendo una barba postiza de carnaval, gorra y gafas de sol. El periodista le preguntaba sobre la vinculación del narcotráfico con el fútbol de la ciudad de Rosario, y Monchi contestaba sin elevar la voz, dueño de la situación, pero bajo esa grotesca imagen porque era líder de los Monos, el mayor grupo narco de Argentina, y porque era prófugo de la justicia. «¿Tiene una parte de los derechos de Ángel Correa?». «No, que me traigan algo firmado y lo demuestren. Lo que pasa es que tengo una amistad de siempre con el pibe». El caso de Correa, hoy en el Atlético de Madrid, fue el aviso definitivo de que, hubiese o no hubiese conexión, el fútbol y el narco se acercaban para bailar peligrosamente en la tercera ciudad más grande de Argentina. Por si fuera poco, en esa entrevista Machuca también dijo que era amigo de Banega y de Matías Messi, hermano del jugador del Barcelona: «Es que Rosario es chico». Pero lo preocupante no son las amistades de la noche y la farándula, sino el poder generado en los últimos años a una escala mucho mayor.

Los Monos son un clan que suena conocido en las historias familiares de narcos, con una matriarca (la Cele) en el altar edípico de tres hermanos, uno de ellos de crianza (el propio Monchi, ya preso) y dos de sangre: Ariel, también en la cárcel, y Claudio, asesinado. La muerte de este último, apodado Pájaro, desató la mayor guerra narco en Rosario y ayudó a despertar a las autoridades cuando vieron el calado de su figura: en el estadio de Rosario Central apareció una pancarta recordándolo («Pájaro Cantero presente»), y el barrio La Granada amaneció con un grafiti gigante con su cara, justo encima de un campo de fútbol que él mandó construir para los pibes de la humilde barriada. Historia repetida. Con líderes narcos en las paredes, a la altura de Messi y el Che Guevara, Rosario asiste con una dinámica clásica al ascenso del narco (tolerancia, resignación, una mirada al reloj y así son nuestros tiempos, qué se le va a hacer) y su inoculación en cada estrato de la sociedad. Por supuesto, también en el fútbol.

Argentina está lejos de ser México o Colombia en cuanto a institucionalización de bandas criminales o violencia extrema, pero el caso de Rosario ha llamado la atención sobre lo fácil que es caer en una espiral de sangre (más de quinientos muertos en tres años, cifras desconocidas en el país) y lo sencillo que es conectar fútbol y narcotráfico. Según estimaciones de la prensa local, los Monos llegaron a generar medio millón de dólares al mes en sus «búnkeres», puntos de venta de drogas. De ahí que «montasen una estructura que incluía la compra de bienes registrables, inmuebles, vehículos y derechos económicos sobre jugadores de fútbol a nombres de terceros». Así lo explicó la Unidad de Investigación Financiera argentina, que demandó a los hermanos detenidos y a otras veinte personas. Hoy esperan aún la fase oral del juicio. Entre ellos está Francisco Lapiana, un autodenominado «cazatalentos» que puso en el mercado, sí, a Banega y Correa. Lapiana, según el juez, era el encargado de «incorporar al circuito legal el dinero de los Monos». Lo que llamamos lavar dinero, vaya, siguiendo la lógica de la rueda del narco, que necesita meter dinero en negocios de alto flujo de caja para disimular sus ganancias.

O sea: hola, fútbol; adiós, fútbol.


Latinoamérica redonda: vírgenes, cábalas y macumba

Kaká, 2007. Foto: Cordon.

La iconografía del descubrimiento de América retrata el desembarco de españoles (y más tarde, portugueses) hincando la rodilla en una playa, espada en mano, pendón en la cara y la cruz sobre sus cabezas: a Dios rogando y con el mazo dando. La llegada a terra incognita comportaba la conquista espiritual, como quedó fijado por real instrucción a Colón, y también por eso lo primero que hicieron los portugueses al llegar a Brasil fue celebrar una misa, aunque no supieran ni dónde estaban. Más allá del estereotipo y sus interpretaciones, el vínculo inextricable entre religión y poder explica bastantes cosas del modelo político y la organización social que se fue formando en lo que hoy conocemos como América Latina.

Se da la circunstancia de que el continente ya lo poblaban millones de personas, con sus creencias autóctonas, y que más tarde el hombre blanco llevó como esclavos a otros millones de africanos, que también tenían las suyas, a pesar de que a unos y otros se les pasó el rodillo adoctrinador católico. La llegada posterior de otros inmigrantes europeos y de Oriente Próximo añadió hielo y limón a la coctelera. Entre todos impregnaron Latinoamérica de una religiosidad distintiva y vertebradora pese a las diferencias nacionales. En esa articulación regional ningún actor social ha mezclado tan bien con la religión como el fútbol. Si este es la puerta de entrada a la cultura latinoamericana, aquella es el pilar central de la casa. No hay un pueblo, de Tijuana a la Patagonia, donde falte la cancha y la iglesia, cada cosa en su sitio y, a veces, todo junto, hasta llegar a tener un papa futbolero. Y es esa espiritualidad la que ha abonado el inagotable folclore futbolístico latinoamericano hasta dotarlo de un relato que ilustra a fogonazos la propia historia del continente.

1. El fútbol es un estado confesional

A mitad de camino entre Río de Janeiro y Sao Paulo se levanta un Maracaná de la fe: la Basílica de Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil, tiene capacidad para cuarenta mil personas en su interior y más de doscientas mil en la explanada externa. Su lugar más visitado, después del altar mayor, es la Sala de las Promesas (o Sala de los Milagros) un recinto lleno de figuras de piernas, brazos, corazones, pulmones y un sinfín de vísceras hechas de cera, yeso o madera. Son exvotos, ofrendas que los romeros dejan en pago de una promesa hecha a la Virgen, una retribución por los favores recibidos. Entre el bazar de objetos resaltan los relacionados con el fútbol: pósteres de todo tipo de equipos, réplicas de copas y camisetas oficiales, también de futbolistas profesionales. Es el caso de Ronaldo. Con la rodilla derecha machacada, operada y remendada, el Fenómeno apostó a la Virgen de Aparecida para que le fuese bien en el Mundial de Japón 2002. Poco antes de viajar fue a Aparecida, encendió unas velas, rezó y prometió volver si su rodilla aguantaba. Vaya si lo hizo: Brasil ganó el Mundial y Ronaldo fue Bota de Oro con ocho goles, dos de ellos en la final. A continuación fue traspasado al Real Madrid y ganó el Balón de Oro, todo ese mismo año. A la vuelta de Yokohama regresó al santuario y dejó un balón y una camiseta autografiada como si fuera a un fan («En agradecimiento a la gracia recibida por Nuestra Señora de Aparecida»). Y también dejó, claro, una rodilla de cera. Aún hoy se expone todo el ajuar en una vitrina de este particular museo futbolístico.  

Pero Ronaldo no fue el primero. Cuenta  Alex Bellos en su monumental Brasil: futebol em campo, la célebre historia de Didí, el astro de los años cincuenta, el inventor de la folha seca, ídolo de Botafogo y con breve paso por el Real Madrid. Didí prometió al Señor de Bonfim que si su club ganaba el campeonato carioca caminaría vestido de corto los ocho kilómetros que separan Maracaná de la sede de Botafogo. Didí cumplió, pero no lo hizo solo: en su romería le acompañaron cinco mil hinchas.

Del otro lado de Río de Janeiro está el Vasco da Gama, el club de los emigrantes portugueses, que en 1955 decidió erigir una capilla —convenientemente llamada Nuestra Señora de las Victorias— tras una de las porterías de su estadio. Sao Januario solo tiene tres gradas y siempre las tendrá: varios planes de ampliación se han tumbado antes de presentarlos por obra y gracia de la Virgen de las Victorias. Con el contraste habitual en la mixtura religiosa brasileña, en el Vasco las ruedas de prensa se siguen dando frente a una imagen de Nuestra Señora de Aparecida, aunque con el paso de los años un creciente número de futbolistas haya cambiado de acera para abrazar la fe evangélica. En 1940 la práctica totalidad de los brasileños se declaraba católico. Hoy no llegan a un sesenta por ciento. Los evangélicos, mientras, no paran de aumentar, especialmente entre las clases más humildes y suburbanas, de donde proceden la mayoría de futbolistas. Cualquiera recordará, por ejemplo, a Kaká y sus camisetas con la leyenda «I belong to Jesus», por ejemplo, una imagen que en pantalla aporta más a la causa que mil misioneros.

En la profesión de fe evangélica también hubo pioneros. Hace treinta y cinco años un grupo de futbolistas se reunió bajo el nombre de Atletas de Cristo, un movimiento que parecía exótico en países como España, donde jugaba uno de sus líderes, Baltazar. Extrañaban aquellas celebraciones mirando al cielo o las camisetas con leyendas religiosas. Hoy hay siete mil Atletas de Cristo en Brasil y tienen un programa de televisión, radio y periódico, y la estrategia proselitista ya tiene amplia historia en Europa —recordemos a Donato y su Fuerza para vivir—. La sobreexposición de la fe amplifica a las iglesias emergentes aun a riesgo de saltarse los reglamentos: en 2009 la CBF multó a la selección brasileña por arrodillarse y rezar formando un círculo tras ganar la Copa Confederaciones de Sudáfrica. En junio de 2015, en Berlín, Neymar marcó un gol en el último segundo de la final de Champions y acto seguido se colocó en la frente una cinta que luce desde niño cada vez que gana un título: «100% Jesús», rezaba el pañuelo. Cuando la prensa española indagó, le dedicó fotos y titulares al Neymar evangélico. No sorprendió en Brasil, donde en cambio criticaron duramente al COI cuando presentó una queja contra el futbolista en Río 2016, al colocarse la famosa cinta tras ganar la medalla de oro, en la enésima muestra de que para muchos brasileños y latinoamericanos, el fútbol es un estado —con mayúscula o sin ella—confesional.

Neymar, 2015. Foto: Joel Marklund / Cordon Press.

2. Los dioses personales

El fútbol conforma un universo sensorial común: adoramos el olor de la hierba cortada y regada, admiramos la grada llena y colorida, esperamos el saludo del portero, ansiamos la celebración del gol, y al salir del campo rumiamos juntos el pesar de la derrota y disfrutamos la euforia del triunfo. Todo comporta un estado de ánimo, una sensación alejada de la razón, por más cartesiano que sea el hincha el resto de la semana. En el reino de la irracionalidad comunitaria, muchos aficionados se comportan como fieles de un credo secreto, y son capaces de meterse en una espiral de tics supersticiosos con tal de que su equipo gane. A eso en el Río de la Plata le llaman cábala. En Argentina, también en Uruguay, se juega un partido paralelo al del campo. Todos —hincha, jugador, entrenador— encuentran una razón para darle a lo sobrenatural un papel preponderante, da igual que su camiseta la defienda Messi o Maradona. El hincha necesita su colección de demonios y santos, dioses de las pequeñas cosas que no se pueden dejar de atender ni un segundo. Cualquier futbolero del mundo puede verse representado en aquel aficionado que va al fútbol  con el mismo abrigo todo el año, aunque sea pleno verano, que bebe una caña a la misma hora en el mismo bar antes del partido, que va por el mismo camino al estadio, entra por la misma puerta y mea en el mismo baño antes del pitido inicial. En Argentina esos hábitos se llevan al extremo e incluso se hace literatura de ello. Roberto Fontanarrosa llegó a la cumbre de la narrativa futbolística con un cuento sobre la cábala. En 19 de diciembre de 1971 un grupo hinchas de Rosario Central secuestran al Viejo Casale, un señor famoso en el barrio porque nunca había visto perder a su equipo frente a Newell’s Old Boys, el clásico de Rosario. En aquel partido fundamental (que existió de verdad en la fecha que titula el cuento), los hinchas se lo llevan a la cancha y allí, cuando Aldo Pedro Poy marca el gol de la victoria, (spoiler), el viejo Casale muere en la misma celebración. El cuento se cierra con la alegría de los hinchas-secuestradores: no solo habían ganado gracias a la cábala de Casale; al viejo también le proporcionaron la muerte soñada.

Más allá del hincha y del propio jugador —un saco de cábalas en sí mismo— cabe detenerse en la figura del entrenador, el pastor del rebaño, que en los banquillos argentinos, además, es el rey de la superstición. De una cábala casi infantil, —echar los cuernitos con la mano izquierda cada vez que atacaba el rival—, salió una estatua: la de Reinaldo «Mostaza» Merlo, el entrenador que sacó campeón a Racing de Avellaneda después de treinta y cinco años. A Mostaza le levantaron un monumento en su habitual postura cuernil, pero podía haber sido por cualquier otra de sus muchas supersticiones. En un momento dado, y porque frente a una cábala siempre hay una contracábala, alguien descubrió el antídoto contra Mostaza y sus tretas: arrojarle flores. Y así empezaron a lloverle ramos en cada cancha para contrarrestar sus poderes.

Un amigo suyo, supersticioso como él, es Alfio «el Coco» Basile, siempre escoltado por su escudero, Rubén «Panadero» Díaz. Durante su ciclo en Boca Juniors, la espalda del Coco aparecía, partido tras partido, llena de polvo blanco. Le preguntaron qué era: «Pregúntenle a Panadero», dijo. No hizo falta: las cámaras descubrieron un vivero de talco en el bolsillo izquierdo del asistente. De vez en cuando, cuando el partido lo requería, Basile metía la mano en el pantalón de Panadero, como en un caldero de agua bendita, y amasaba el polvo, se tocaba la cara, la manga. El otro, por si acaso, también le tocaba la espalda con la mano blanca. Boca ganó cinco títulos en dos años.

Ahora bien, como Carlos Salvador Bilardo no hay ni habrá ninguno. De la exageración hizo un arte. Del histrionismo, una marca registrada. Aquellas locuras de echar sal en el banquillo o en el suelo de vestuario («No se podía andar de tanta sal que había», dijo una vez Ruggeri) o de mandar a su equipo a cruzarse con el rival cuando este salía al campo, como una manada de gatos negros, se quedan pálidas al lado de las que desarrolló en la selección. Él las llama «costumbres» y llegaron al límite en el Mundial de 1986, que precisamente ganó. En México Bilardo comandó una selección que era una «cábala ambulante», como escribió Andrés Burgo en su brillante obra sobre el Argentina-Inglaterra titulada El partido.

En el libro Burgo cuenta el carrusel de supersticiones que seguía la selección los días de partido, «en el que se evita hasta la psicosis cualquier vínculo con el infortunio». Por ejemplo, erradicando la habitación número 13. O haciendo que un jugador, el Chino Tapia, se afeitase aunque no lo necesitara. El día del choque contra Inglaterra el lugar de concentración de Argentina parecía, directamente, un frenopático: «Todo está sincronizado en la mañana del 22 de junio de 1986: Tapia debe esperar la llegada de Pumpido y el arquero pedirle la crema, mientras en simultáneo Bilardo visita a Brown y le toma prestada la pasta para cepillarse los dientes. Como hasta Maradona necesita el poder sobrenatural de esa liturgia —o se presta a ese juego—, camina hasta el vestuario principal del América, se baña primero, se afeita después y recién entonces —un plan meticuloso— se encuentra con Valdano. En verdad, la clonación de dichos y hechos había afectado a todos los jugadores durante toda la semana.», cuenta Burgo.

El camino al estadio también era un rosario de rituales. Bilardo obligaba a escuchar en el  autocar (donde por supuesto todos se sentaban en el mismo sitio) un tema del músico argentino Sergio Denis y, a continuación, «Eye of the Tiger». Solo cuando terminaba la canción de Rocky III podían salir. Si iba muy rápido el bus, mandaba rebajar la velocidad. Delante del vehículo iba la escolta, formada habitualmente por dos motocicletas. Cuando en la final le pusieron una tropa de motos camino del Azteca los mandó parar: solo quería por delante a los dos de siempre, que ya conocía por su nombre, Tobías y Jesús, y el resto detrás. «Costumbres», insistía Bilardo.

Ya en el estadio el mundo oculto se complicaba. Según cuentan los protagonistas, en el vestuario Maradona tenía que dibujar su silueta en el suelo formada por su propia ropa, y nadie la podía pisar. Sucedió que en el primer partido sonó un teléfono en el vestuario y contestó el Tata Brown. Como no se escuchaba nada del otro lado, colgó soltando una frase: «Andá a la puta que te parió». Como Argentina ganó, Bilardo hizo repetir la misma liturgia: mandaba llamar a alguien desde la AFA y Brown tenía que contestar y volver a mandar a la puta que lo parió al viento. Además, antes de los partidos solo se podía comer carne de vaca traída por pilotos argentinos la noche anterior. Bilardo no dejaba comer pollo antes de jugar, pero en cambio esa era la comida oficial del postpartido. Lo curioso es que en ese juego también se incluye la negación de las creencias sobrenaturales, una suerte de metacábala. A las preguntas de los periodistas si tal o cual cosa se debe a una superstición, los entrenadores dan evasivas o ríen. Por favor, no me pregunten si esto forma parte de nuestra preparación científica profesional. Pero tampoco descuidemos esos detalles que, a todas luces, ayudan, parecen decir.

Foto: Cordon.

3. La mano negra

«Si la macumba ganase partidos, el campeonato bahiano acabaría siempre en empate», reza un dicho brasileño. Bahía es el estado de mayor herencia africana del país, el lugar donde está más presente el sincretismo religioso, donde hay más terreiros de candomblé, la religión de matriz africana que se funde con el catolicismo. La macumba es el rito, la expresión más visible del candomblé y de la umbanda, otra rama religiosa, aunque también se ha equiparado, equivocadamente para los seguidores de las religiones afrobrasileiras, a la hechicería: magia negra. Y en el fútbol brasileño ha estado siempre presente, de ahí el dicho. En los despachos, rituales de macumba, se hacen ofrendas a Exu, una de las divinidades de la naturaleza, los llamados orixás. En la reveladora obra de los años cincuenta Negro, macumba e futebol, del ensayista Anatol Rosenfeld, se repasan los refugios  místicos de los futbolistas para buscar una «estimulación benévola». Cuenta Rosenfeld que los jugadores combinan la señal de la cruz con actos como empapar las botas en agua —«para calmar la sed de su santo»—, lavarse los pies con baños de hierbas y tirar agua sucia al campo de los rivales.

No es para tanto, dirán algunos. En los campos gallegos, por ejemplo, hemos visto cómo los balones hacían los extraños más extraños al rebotar en las decenas de cabezas de ajo que se tiraban desde la grada, por poner un ejemplo básico y cercano. Pero en Brasil la cosa se complica porque entran en acción los propios clubes. Cuenta Rosenfeld que una vez el América de Río fue, con jugadores y directivos incluidos, a hacer un despacho para ofrecer a los orixás en una encrucijada cerca de la sede de Vasco Da Gama, contra quien jugaban un partido definitorio: en él colocaron un plato de yuca frita, aceite de palma, tres cigarros puros, tres monedas, un gallo negro, un puñadito de sal y tres velas. En otra historia llegada de Bahía, el preparador físico de Brasil en los mundiales del 58 y el 62, Paulo Amaral, recordó que en una final del campeonato bahiano los jugadores se colocaron en las cuatro esquinas del campo con agua en la boca y, a la señal de ahora, escupieron el líquido y con él un trozo de comida que llevaban en las manos.

Algunos clubs encargaban la tarea a profesionales: los pais de santo o babalorixá. El Pai Edu, de Pernambuco, trabajó durante décadas para el Náutico de Recife. Era una eminencia y le hacían entrevistas previas a los mundiales. La revista Placar dedicó un reportaje el 2 de julio de 1982 a los babalorixás que debían pronosticar (o no) una victoria de Brasil en España 82. Pai Edu no se atrevió a hacerlo campeón, pero sí habló sobre ciertos influjos. «Habrá mucha macumba internacional», decía Pai Edu. Con él coincidía otro pai de santo famoso, Eduardo Santana: «Si se enfrentan Alemania y Brasil hay que tener ojo con Hansi Muller, muy fuerte espiritualmente. Pero nosotros tenemos a Toninho Cerezo, que es un médium imbatible». Brasil no llegó a enfrentarse a Alemania pero sí a Italia, tres días después de publicarse la revista. No contaban con Paolo Rossi y la tragedia de Sarrià.

Cabe detenerse en el pai Eduardo Santana: era masajista (lo fue de la selección en 1962 y 66) y paralelamente trabajaba para mantener contentos a los orixás. En realidad, no era el único: la figura del masajista muchas veces estaba asociada a la de encargado espiritual del club. Cuenta Alex Bellos en su libro que Santana fue fichado como masajista de la selección de Kuwait y que allí se convirtió, sin reparos, al Islam. Después regresó a su club de siempre, a la institución a la que prestó servicios durante cincuenta años. Durante décadas repitió el ritual de entrar al campo vestido de frac blanco y besar una bandera del club sobre el césped, hasta su fallecimiento, en 2011. Ese campo en cuestión se llama Sao Januario y el club era el Vasco da Gama. Sí, el mismo club católico devoto de la virgen, el de la capilla católica en pleno estadio. Pese a la doble protección, aunque ganó una Libertadores y cuatro ligas, en la última década descendió tres veces.

4. Un dios en el santoral pagano

Quien va a Argentina y se topa con un altar con cintas rojas junto a un árbol, en una carretera o en una esquina de ciudad, puede pensar que se trata de una expresión católica. No lo es. Se elevan en honor al Gauchito Gil, un personaje popular devenido santo pagano que es venerado de manera creciente, como lo es Malverde en México, conocido como el santo de los narcos, y cuyo origen lo ubica como un Robin Hood a la mexicana. Como el Gauchito, en él reside el espíritu del rebelde y aquellos que viven al margen de la ley se ven representados. Ahí está el gaucho con su pañuelo, ahí está Malverde con su traje y su bigotón y su parecido al cantante y actor Pedro Infante. En su inagotable mundo espiritual, los mexicanos van más allá con la veneración de la Santa Muerte, un esqueleto vestido con manto y corona que atiende a los descarriados y que según sus fieles obra milagros, devuelve trabajos, cura enfermedades, reúne familias. Cumple. Y lo que es más importante, como ocurre con el resto de santos paganos, el devoto se reconoce en ella.

En ese plano de idolatría terrenal y devoción religiosa se ubica también un futbolista. A Diego Armando Maradona lo veneran como un santo católico en Nápoles, idealizado con una mirada celestial dentro de su hornacina, pero en Argentina va más allá.  Ocurrió que en 1998 en Rosario —tierra fértil en todo lo referido al balón— un grupo de hinchas erigió la Iglesia Maradoniana, un invento estrambótico que parecía una parodia sin más, pero que fue ganando notoriedad —mediática sobre todo— cuando hizo varias reuniones de fanáticos del Diego y llegó a celebrar bodas, discurrir oraciones y redactar mandamientos en honor a Maradona. Quítame allá esos pecadillos personales, a Maradona le atribuyen milagros (un Mundial) e incluso martirios (a manos de la Fifa de Havelange). Será un chiste, pero cuando llega el momento en que marca con la mano el gol a Inglaterra y él declara a la prensa que fue «la mano de Dios», al resto no le queda más que recurrir a lo que tienen interiorizado desde hace generaciones, lo que condiciona la existencia y la manera de pensar y las fórmulas sociales, y entonces la ecuación se resuelve sola. Por lógica aplastante, si fue la mano de Dios, entonces él es Dios.

Gauchito Gil. Foto: Enrique Marcarian / Cordon.


Latinoamérica redonda: el poder del balón

Soldado custodiando a los presos políticos retenidos en el Estadio Nacional de Chile, 1973. Foto: Cordon.

El caso Zozulya —el jugador ucraniano rechazado por la grada del Rayo Vallecano por sus presuntas vinculaciones con la ultraderecha de su país— ha reavivado el debate sobre fútbol y política. Para algunos es un cóctel innecesario. Para otros, son harina del mismo costal. Echando un ojo a la historia del último siglo y medio, desde que se inventó este deporte, no parece haber lugar a disputa. Desde su mismo nacimiento el fútbol se convirtió en fenómeno de masas, y por lo tanto en arma política. Un gráfico ejemplo es Latinoamérica, una entidad más o menos algodonosa que comparte el amor por el fútbol —salvo en el Caribe, adscrito al béisbol, y aun así— y también una historia inestable, con una sucesión infernal de gobiernos militares en el siglo XX, a la par que se desarrollaba el llamado deporte rey. A veces herramienta contestataria, casi siempre instrumento interesado del poder, el fútbol siempre ha sido un actor a tener en cuenta.

Tan redituable es para la política que su nombre llegó a invocarse para bautizar una guerra. Fue Ryszard Kapuściński quien tituló «La guerra del fútbol» a una crónica sobre el conflicto entre Honduras y El Salvador en 1969. En realidad él mismo explica en el texto que la causa real no fue el fútbol, sino problemas de otro calibre: una disputa demográfica y económica. Pero una eliminatoria premundialista sirvió para tensar más los ánimos y empujarse al enfrentamiento. Debía haberse llamado guerra de las Cien Horas, que es lo que duró; sin embargo, para la posteridad quedó como la guerra del Fútbol, señal de que hay algo más en ese deporte que humanos corriendo tras una pelota en un prado. Quizás un solteros contra casados, y ni siquiera. El fútbol sin contexto es como un partido sin balón, y su frontera con la política termina siendo más borrosa que el pasado de Zozulya. Estos otros cuatro episodios latinoamericanos así lo atestiguan.

1. De negros y anarquistas

Cuando los ingleses, después de dejar la pelota y el reglamento, subieron al barco y se fueron de vuelta a sus frías tierras, no sabían que con su invento deportivo acababan de aportar un elemento importante al activo laboratorio social que era la América de aquella época. En cada país, la construcción de su fútbol retrata a su sociedad. En Brasil, por ejemplo, a la élite blanca se le ocurrió aplicar sus patrones habituales y le quiso poner puertas al campo: prohibieron alinear negros. Aunque parezca increíble, hasta la década de 1920. Arthur Friedenreich fue el mayor goleador de la historia. Era nieto de alemán y brasileña, mulato de ojos verdes y pelo rizado, y para jugar escondía, a duras penas, su mezcla natural. Se cuenta que tardaba un mundo en salir al campo porque se alisaba el pelo y se ponía una redecilla en la cabeza. Su negritud disfrazada le permitió jugar en la selección de Brasil, y en 1919 un gol suyo le dio el primer título a la verde-amarela, el Sudamericano.

En aquella época, el club Fluminense empezó a ser apodado Pó de Arroz por el talco que otro crack mulato, Carlos Alberto, usaba para blanquearse la cara (el club sostiene que en realidad lo usaba como after shave). Aún hoy la hinchada de Flu saluda la entrada de su equipo en el campo con una nube gigante de pó de arroz. Unos años después, otro club de Río, Vasco Da Gama, revolucionó el fútbol brasileño al aceptar oficialmente a negros en sus filas. Fue el primer gran club que lo hacía y obligó a que poco más de un año después se eliminaran las restricciones raciales en Brasil. Era 1925 y todo estaba, en el país y en el campo, por hacer.

En Argentina el fútbol se instaló con fuerza en la década de 1880 de la mano de los ingleses, con sus navieras, ferrocarriles y talleres (no hay más que echar mano del nomenclátor de clubs argentinos para comprobarlo). En un principio coto exclusivo de escuelas británicas y recoletos reductos poscoloniales, enseguida el deporte sirvió para agitar las estructuras de un país tan floreciente como desigual. Osvaldo Bayer, escritor e historiador, glosa en Fútbol argentino el poder del anarquismo (y el socialismo) en los orígenes del fútbol austral. A inicios del siglo XX se popularizó una frase con sello ácrata: «Misa y pelota: la peor droga para los pueblos». Frente al opio redondo, intelectuales de izquierda y asociaciones obreras resolvieron fundar sus propios clubs y cambiar la cultura de un deporte que había sido hasta entonces cosa de señoritos.

Así nació en Buenos Aires Mártires de Chicago, fundado por socialistas y anarquistas como tributo a los obreros cuya muerte se conmemora hoy cada primero de mayo. Poco duró el nombre, pues enseguida se impuso otro, hoy conocido por todos: Argentinos Juniors. Chacarita, otro club de la capital, fue fundado en una sede socialista del barrio. Un primero de mayo, claro. Independiente de Avellaneda, uno de los clubs más laureados del continente, también fue fundado por obreros de una fábrica —independientes del patrón—. Otros ejemplos como Libertarios Unidos —gráfico nombre, hoy llamado Colegiales—, El Porvenir o el Progreso de Montevideo dejaron patente un origen político explícito en la efervescente Sudamérica futbolística.

En los años treinta llegó el profesionalismo, en parte una solución a las huelgas de los futbolistas que denunciaban ser tratados como mercancía humana, y después el deporte, ya negocio, se precipitó hacia lo que todos sabemos. Hoy aquellos clubs argentinos, instituciones sin ánimo de lucro que aglutinan barrios o ciudades en torno a la actividad deportiva, pueden convertirse en sociedades anónimas deportivas, en una iniciativa alentada por aquel que fue presidente de Boca Juniors y hoy lo es del país, Mauricio Macri. Algunos clubs y una coordinadora de hinchas tratan de frenar al llamado Fútbol S. A., tan lejos de aquellos pioneros.

2. Paripé a puerta vacía

21 de noviembre de 1973. Comienza el partido en Santiago. Chile saca de centro y sus jugadores empiezan a pasarse la bola mientras avanzan en cohorte hacia el área de la URSS. Hasta cuatro jugadores la tocan en un tuya-mía dentro del área rival, hasta que Chamaco Valdés, capitán, remacha a gol sin oposición, a puerta vacía. 1-0 y Chile logra la clasificación para el Mundial de Alemania 1974. Fin del encuentro, si es que se puede llamar así, porque el rival no se ha presentado al partido y el equipo local ha jugado sin oponente durante quince segundos, en una pantomima que parece sacada de los Monty Python, si no fuera por lo trágico del trasfondo.

Para entender el paripé hay que ir un par de meses hacia atrás. El 11 de septiembre los internacionales chilenos debían ir a la ciudad deportiva de la selección para probarse ropa, pues se iban al día siguiente a Moscú a jugar la ida de la repesca para alcanzar el Mundial. Al llegar, les avisaron de que acababa de producirse un golpe de Estado. Les sorprendió, pero no les sonó a chino: Chile vivía una tensión política insoportable y algunos de ellos, por su filiación política, lo sabían de primera mano. Ese 1973 fue el año del Colo-Colo. Su base era la de la selección, y en ella jugaba un delantero, llamado Carlos Caszely, que atraía la atención de todos, un fuera de serie de cuerpo rechoncho, desgreñado, mofletudo y bigotón, con regate de pellizco y remate de dinamita. Caszely marcaba chicharros a puñados a la vez que mostraba sin tapujos su ideario, próximo al del Gobierno de Allende. Él y sus amigos jugaban como los ángeles y estuvieron a punto de ganar la Copa Libertadores, lo que mantenía de algún modo pendiente, si no unido, a un país fracturado. Pero perdieron en la prórroga del partido de desempate contra Independiente de Avellaneda. Según algunas tesis —la de Luis Urrutia y su libro Colo-Colo 73, el equipo que retrasó el golpe—, una vez tumbado el club que daba alegría al pueblo, no había razones para demorar lo que se barruntaba hacía meses: un pronunciamiento contra el Gobierno.

Con Allende muerto, la eliminatoria contra la URSS cobraba otra dimensión: levantó un telón de acero particular y puso en duda incluso el concurso de Chile, como sopesó el propio Augusto Pinochet. Finalmente viajaron a Moscú. La recepción fue fría, amarga, tiesa como el cemento del Estadio Lenin. Por unos días la política cambió radicalmente el contexto del partido, que se disputó el 26 de septiembre. Las pocas fotos disponibles descubren gradas atestadas. No se puede comprobar en vídeo porque nunca se divulgó. Parece, eso sí, que Figueroa, central rocoso, anuló a Blojín y Chile se llevó un valioso 0-0 a casa. Un empate con sabor a victoria en plena guerra fría.

Cuando regresaron a Santiago se encontraron un país en pedazos. El ejército en el Gobierno, la represión en la calle y el horror en el Estadio Nacional, convertido en uno de los mayores centros de detención de la dictadura, por donde entraron miles de obreros, activistas y estudiantes en las semanas siguientes al golpe militar. De día, sentados en las gradas. De noche, bajo los tablones, en las escotillas, donde eran torturados. Y allí era, justamente, donde debía disputarse la vuelta dos meses después. En repudio a la nueva situación, la URSS se negó a jugar en Santiago. La FIFA de Stanley Rous anunció un viaje para «inspeccionar» el campo. El 24 de octubre una delegación de encorbatados entraron al césped junto a gerifaltes del ejército, esto es, del Gobierno. Diez minutos y un par de posados después, se fueron a los vestuarios. Había agua en las duchas y estaban limpios. Nada que objetar. Ni el ahogo de las voces ni las cadenas ni las picanas eléctricas se escucharon en aquella visita, pese a que hay constancia de que hubo detenidos hasta noviembre, y se dio por buena la celebración del partido. Pese a todo, los soviéticos se negaron a viajar. Eso le daba la clasificación inmediata a Chile, pero los ideólogos del régimen tuvieron la idea de montar una tramoya en el estadio, en el que la selección le pisaría la cabeza al comunismo.

Diecisiete mil personas vitorearon la jugada, quince segundos ridículos que aún hoy hacen taparse la cara a jugadores que declararon sentirse como marionetas. Caszely siguió su carrera en España —jugó en el Levante y el Espanyol—, pero en Chile fue marcado por el Gobierno y él respondió con audacia: en el besamanos tras la clasificación se negó a darle la mano a Pinochet. Más tarde sería vetado para la clasificación al mundial 78 por el presidente de la federación chilena, a la postre general y subdirector de los carabineros, una evidencia de que el fútbol es un arma más efectiva que las balas o los camiones de agua. Como pasaría poco después con Argentina, la mejor muestra de normalidad era ofrecer al mundo un partido de fútbol y ganarlo. Aun sin oponente.

3. Al otro lado de la barbarie

El dictador Jorge Videla celebrando un gol de la selección Argentina a Alemania en el Mundial de 1978. Foto: Cordon.

Cambiaba la FIFA de manos pero las costumbres continuaban. En la inauguración del mundial del 78, João Havelange, presidente del ente mundial, era condecorado por Jorge Rafael Videla en el Estadio Monumental de Buenos Aires, vecino de la siniestra Escuela de Mecánica de la Armada, donde funcionaba un centro clandestino de detención, agujero de la muerte. En los últimos años saltaron a las imprentas y las pantallas relatos de futbolistas que sufrieron la represión en sus carnes, como Claudio Tamburrini, el portero del club Almagro al que chuparon y encerraron en otro centro de detención, la Mansión Seré, de la que escapó y huyó. Pero existen otras historias, las del otro lado de la barbarie, consumadas en nombre del Estado por hombres de fútbol.

Edgardo «el Gato» Andrada pasó a la historia como uno de los grandes porteros del fútbol argentino. Internacional e ídolo de Rosario Central de los años sesenta, jugó también en el Vasco da Gama brasileño. Él estaba bajo palos en el penalti que supuso el gol número mil de Pelé. En 1976, año en que se inició la dictadura, regresó a Argentina. A finales de los noventa se recibió en un juzgado una denuncia anónima sobre Andrada. Años más tarde se desclasificaron los archivos del llamado Personal Civil de Inteligencia de la dictadura. Entre los más de cuatro mil agentes aparece su nombre. Andrada se dedicaba a recabar información y la soplaba al ejército, según las investigaciones que detalla el periodista Gustavo Veiga en Deporte, desaparecidos y dictadura. Las cosas se complicaron más cuando un exmilitar y la propia fiscalía lo acusaron de formar parte del grupo que había secuestrado y asesinado a dos militantes peronistas en 1983. Andrada lo negó siempre y fue absuelto por falta de pruebas en 2012. Pese a ello y a la presunción de inocencia, fue expulsado de Rosario Central, donde trabajaba con las categorías inferiores.

A Juan de la Cruz Kairuz no lo llevaron a juicio, pero él sí a un abogado por calumnias, después de que este lo acusara de haber encabezado un secuestro junto a otros miembros de la policía. Él, Kairuz, reconoció formar parte de esa fuerza, pero dijo que no iba a trabajar, porque él era entrenador de fútbol. Kairuz jugó en Primera (Newell’s Old Boys) y a esas alturas era técnico en Jujuy. Treinta años después, mientras entrenaba al Gimnasia y Tiro de Salta, dimitió por la acusación presentada ante el club. El juicio por calumnias lo perdió.

Hay casos más cinematográficos recogidos por Veiga: un árbitro, Francisco Bujedo, y su juez de línea, Ángel Racedo, dirigían los partidos en fin de semana y por la semana participaban en operativos clandestinos en Mar del Plata, ciudad donde desaparecieron trescientas personas en los dos primeros años de la dictadura. Ocurría que en las sombras de la noche la jerarquía se invertía y el linier pasaba a ser jefe del árbitro. En cierta ocasión ni les hizo falta quitarse el traje de árbitros: descubrieron a un militante en uno de los equipos y se lo llevaron desde el propio campo. Ambos fueron condenados en 2013. Racedo murió dos años después. Bucedo fue condenado en 2016 a ocho años. En el juicio se le vio con los ojos cerrados y la cara tapada.

Y no podía faltar la figura del directivo vinculado estrechamente a la dictadura. Guillermo Suárez Mason fue jefe del I Cuerpo del Ejército y jefe del Estado Mayor. Además, era el hombre fuerte de Argentinos Juniors. Con el traje de represor cometió todo tipo de tropelías, según quedó determinado por la justicia. De civil, dominó el club y llegó a negociar el traspaso a Boca Juniors de aquel chico llamado Diego Armando Maradona. Suárez Mason murió en 2005, pero futbolísticamente se le acabó la peseta seis años antes, cuando lo expulsaron como socio de Argentinos. El mismo club que había sido fundado, recordemos, en honor a los Mártires de Chicago. El círculo cerrado.

4. Socráticos y democráticos

Igual que Argentina, Brasil ganó un Mundial durante su propia dictadura, y lo hizo con el mejor fútbol que se recuerda. Fue en México 1970, en lo más crudo del régimen, mientras en los sótanos se agolpaban los militantes de izquierdas que —aun así— festejaban los goles de la selección. Después de esa cita Brasil bajó el nivel futbolístico, coincidiendo con el ocaso de Pelé. Y solo lo elevó con la nueva década con un grupo de jugadores que más parecían hacer ballet que jugar con una pelota. Era el Brasil del 82 y estaba comandado por un capitán que era un joven veterano, de planta inopinada y visión periscópica del juego. Medía 1,91 m, pero calzaba un 37 y jugaba, siempre que podía, de tacón. Era médico de formación. Se llamaba Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira.

Difícilmente haya habido personaje en el fútbol más identificado con la izquierda que Sócrates, o en todo caso que lo haya expresado con más determinación: cada gol lo celebraba puño derecho en alto, mirando a la grada. 1982 era el año de su Mundial —que no lo fue por la «tragedia de Sarrià»—, pero también el de Corinthians. Allí, en el club más popular de São Paulo, Sócrates triunfó. Pero no solo en el campo. Como en una alineación de astros, un plantel liderado por tres futbolistas —Wladimir, el obrero del balón, Casagrande, el joven rebelde, y por supuesto Sócrates, el líder natural— consiguió hacer una revolución pacífica desde donde más les dolía a los militares. Como suele ocurrir, una cadena de circunstancias y casualidades se aliaron, entre ellas la de fichar a un director deportivo —el sociólogo Adílson Monteiro— que no sabía nada de fútbol, pero que dio una libertad nunca vista en un club brasileño. Sócrates y compañía comenzaron a votar todas las decisiones del plantel, desde un fichaje a la concentración previa a los partidos, pasando por los esquemas tácticos. «Un sistema de democracia perfecta», según dijo el propio Sócrates. «Votábamos hasta para decidir si el bus tenía que parar para que alguien bajara a mear». Y todos votaban, de la estrella del equipo a la encargada de la lavandería.

Porque, antes de nada, se trataba de mejorar las condiciones de trabajo en un medio en el que el futbolista era tratado como un cacho de carne. Paralelamente a la autogestión, el grupo de barbudos y melenudos empezó a hacer propaganda antidictadura, sin ambages. De algún modo predicaban con el ejemplo. La democracia era posible, solo había que mirar al Corinthians, que, casualidad o no, ganó así un bicampeonato por primera vez en treinta años. Con el impulso se vinieron arriba. Monteiro contrató a Washington Olivetto, publicitario top de São Paulo, que creó la frase «Democracia Corinthiana» y la estampó sobre el dorsal 9 de Casagrande en la camiseta blanca del Timão, en una foto icónica del fútbol mundial. El poder del símbolo —se parecía sospechosamente al logo de Coca-Cola— traspasó cualquier límite esperado. No había redes ni internet, pero el Corinthians era el fenómeno que podía minar los cimientos de la dictadura.

No se detuvieron en su apuesta. Al no tener patrocinador en la espalda, arriesgaron y serigrafiaron su causa: «Día 15 Vote», porque la dictadura había permitido elecciones regionales. Aquello fue un disparador, el antídoto contra la alienación del supuesto hincha adormecido. «Lo más importante fue discutir política con lenguaje del fútbol en un país de gente sin educación. El fútbol es lo universal en este país, lo que nos unifica porque todos lo entienden», dijo Sócrates. Dio en la clave mucho antes de sesudos análisis sobre política y deporte. La camiseta fue vetada por la censura. Pero ellos siguieron, mientras se proclamaban campeones del campeonato paulista. Llegó 1983 y también llegaron a la final a doble partido. En el partido definitivo aquel día el eslogan cambió. Y la puesta en escena significó el culmen del movimiento. Al Estadio Morumbi salieron con una pancarta larguísima con la que posaron frente a los fotógrafos y las cámaras de televisión: «Ganar o perder, pero siempre con democracia». Ganaron.

En abril del 84 se vivió el epílogo del movimiento. En el centro de São Paulo se celebró un mitin que pedía elecciones directas, en el que hablaron las cabezas visibles de Corinthians frente a un millón y medio de personas. Sócrates tiró el órdago futbolístico, hoy dirían populista: «Si finalmente se aprueban las elecciones directas, no me voy del país». Se refería a que no ficharía por el fútbol italiano, que lo cortejaba desde hacía meses. En el colmo del anticlímax, no se aprobaron las elecciones y Sócrates se fue a la Fiorentina, donde duró un año, lo mismo que la dictadura tardó en darse por vencida. Por cierto, en la Fiore fue hostigado por la directiva del club, presidida por un aristócrata y senador democristiano que no toleraba bien las ideas izquierdistas del brasileño, hasta que se fue. No suena tan desconocida esa historia.

Sócrates y su camiseta del Corinthians, 1983. Foto: Jorge Araújo (CC).


Latinoamérica redonda: Barras bravas, el negocio del sentimiento

A Boca Juniors' fan holds a flare during their Argentine First Division soccer match against River Plate in Buenos Aires May 5, 2013. REUTERS/Marcos Brindicci (ARGENTINA - Tags: SPORT SOCCER)CODE: X90087
Fotografía: Cordon Press.

Todo comenzó con un ruido seco y ahogado, reconocible a la primera para quien vive en una gran ciudad latinoamericana: un disparo. A ese le siguió otro, y otro, y después un crash de botellas rotas. Y entonces vimos entrar por un portalón a una marabunta al galope.

—¡Corran, la concha de su madre!

Pero nadie movió un pelo.

Acabábamos de llegar al campo de fútbol del histórico club San Telmo de Buenos Aires, en la Isla Maciel, un barrio marginal a escasos quince minutos del centro de la capital argentina. Envuelta por el Riachuelo, una lengua de aguas pestilentes que desemboca en el Río de la Plata, la Isla no es tal, pero a ella se sigue accediendo por balsa desde el vecino barrio de La Boca. Sus casas, de chapa y madera, podrían ser una postal turística, como Caminito, pero están sin pintar, y abrigan historias de desigualdad y decadencia. Siempre ha sido un lugar temido para los hinchas visitantes. Pero aquella tarde hirviente de febrero de 2006 empezó demasiado fuerte, entre los humos de la hamburguesa y el choripán, la garrapiñada y la marihuana, olores clásicos de las canchas argentinas. En menos de una hora se iban a enfrentar San Telmo y Talleres de Remedios de Escalada, de Primera B Metropolitana, equivalente a Segunda B. El robo de unas pancartas en un partido previo provocó que la hinchada local recibiese con una emboscada a los valientes que iban a acompañar a su equipo en tierra hostil. Primero fueron unos tiros al aire, luego varios cócteles molotov (uno de los cuales le quemó medio cuerpo a un aficionado rival) y, finalmente, carreras sin fin. Eso es lo que escuchamos del otro lado del campo de fútbol —dos gradas, una tercera de apenas tres tablones y un cuarto lado, tras la portería, convertido en aparcamiento—. Se nos decía que corriéramos, no sabíamos si para involucrarnos en las peleas o para escapar, pero allí nadie hacía ademán de nada, como si hubiera que esperar algo más.

Ante el recibimiento de los de San Telmo, los de Talleres de Escalada respondieron como mandan los cánones de la batalla: contragolpeando. Una turba entró por una esquina, a empellones, al aparcamiento donde habíamos dejado el coche. Sin poder hacer nada, vimos como destrozaban en dos minutos la mayoría de coches con varas y trancas, saltaban encima de ellos, lanzaban patadas voladoras a los retrovisores, abollaban los capós. La jauría hambrienta intentó entonces romper la reja que los separaba de la hinchada local. Y estos respondieron enzarzándose a puñetazos, patadas y palazos. A simple vista parecía un sálvese quien pueda. Pero para nuestros colegas, cincuentones imperturbables de ceja caída, parecía ser un domingo más.

Apareció entonces, campo a través, la policía: cuatro obesos manifiestamente mal pertrechados, tres con escudos y porras, uno con una escopeta de balas de goma. Para completar la escena, y mientras se molían a palos, entraron en el campo los jugadores locales a calentar junto a la terna arbitral. Viendo el chaparrón, volvieron al vestuario. Veinte minutos después, el colegiado decidió suspender el partido, llegaron refuerzos policiales y todo pareció volver a la calma. Nada más lejos. Cuando los hinchas locales consiguieron devolver a la visitante a sus buses, se dirigieron a la tribuna principal y allí le abrieron la cabeza de una pedrada a un futbolista visitante que no estaba convocado. Luego corrió la versión de que lo habían arrojado al vacío desde la grada. Más caos, más ambulancias. Pero ni un detenido. Eso sí, el estadio fue clausurado durante cinco años, lo que alimentó las teorías de los locales de que aquello había sido montado para perjudicarlos.

Fue, en cualquier caso, un episodio clásico de violencia en el fútbol latinoamericano: barrio contra barrio, violencia desmedida y un vacío social evidente disfrazado de pasión. Aquello que nosotros habíamos vivido como el desembarco de Normandía era un día más entre barras bravas, grupos organizados de fanáticos de un club de fútbol que han ido mutando su definición hasta convertirse en algo así como el brazo armado de las directivas de los clubes y de otros actores de la sociedad y la política. Por su origen y conformación es un fenómeno relativamente tolerado dentro del mundo del fútbol, si bien su deriva lo ha llevado a ser incluido en los diagramas de los mayores grupos delictivos del continente (especialmente en Argentina, Uruguay y Brasil, pero también Colombia, Chile, Perú o Paraguay, que han ido replicando el esquema por imitación desde los años ochenta). Las barras son hoy un negocio sucio con una camiseta puesta, un elemento mafioso que pasó de ser algo lateral a instalarse en los intestinos mismos del fútbol, al mismo tiempo que el propio deporte se convertía en negocio multimillonario. Pero no siempre fue así.

La cultura del aguante

Se llamaba Prudencio Miguel Reyes, era uruguayo y fue el primer hincha de la historia. En los primeros años del siglo XX, cuando las costuras de los balones se cerraban con una tira de cuero enhebrado, se hacía indispensable la acción de un talabartero, un artesano del género, para montarlos e inflarlos a pulmón. Prudencio se metía en el papel y daba rienda suelta a su pasión por ese deporte que había llegado hacía poco a Montevideo, su ciudad. En el Parque Central jugaba su amado Nacional. Y por él se dejaba la garganta, el pecho y el mostacho, inflando los balones y también gritando y animando como nadie lo había hecho hasta la fecha. Tanto se hacía notar que en el estadio se empezaron a preguntar: ¿quién grita tanto? «Es el hinchador», respondían. «El hincha».

Se llamaba Pedro Demby, también era uruguayo y fue la primera víctima de la violencia en el fútbol sudamericano. Su muerte ocurrió en 1924, tras un clásico del Río de la Plata en Montevideo, cuando a un grupo de uruguayos no se le ocurrió otra cosa que celebrarlo frente al hotel de los argentinos. Un «allegado» a la delegación visitante lo mató de un balazo para que se callara. Según las crónicas, futbolistas y directivos trataron de encubrir el crimen llevándose al autor a Buenos Aires en su barco.

Reyes y Demby inauguran la historia de una arista que marca el carácter de los países sudamericanos, especialmente en Uruguay y Argentina: la cultura del aguante, una manera de defender unos colores al extremo, una incondicionalidad a una camiseta, un escudo, al barrio, a la ciudad, al país o a lo que se pase por delante. Se dice que el aguante consiste en encontrar algo por lo que vivir más allá de la cotidianeidad. Y eso puede ser el fútbol, la política o una asociación de filatelia, es un decir. En el fútbol solo hay que remitirse al cancionero de la grada para definirlo: te sigo a todas partes, de local o visitante, desde la cuna hasta el cajón, nunca abandono, estoy en las buenas y en las malas, y todo para ser campeón. Pero el aguante también implica, según las canciones, pegar, quemar, y, al final, matar. Es violencia verbal, pero todos cantan. Porque cuando se tiene delante al eterno rival y se le gana en el minuto noventa y mil, da igual todo y lo grita la señora, el niño a hombros del padre o el abuelo que vio jugar a Di Stéfano y Pelé.

La violencia está ahí, latente, digamos que a un nivel muy parecido al que se vive en el día a día en una gran ciudad latinoamericana. En una sociedad marcada por una injusticia rampante y una tensión permanente, el individuo recoge el estrés de la semana y lo repercute el domingo, adobado con un sentimiento de pertenencia intransferible: yo contra el resto. En ese contexto, el autodenominado hincha común va al campo y viaja para ver a su equipo. Canta contra el rival, pero no arriesga la vida. Eso ya lo hacen aquellos dispuestos a transgredir los límites. Eso que llaman hinchada, la que enciende nitratos y bengalas, tira millones de papelitos y estira las pancartas y empieza los cánticos a golpe de bombo. Y por eso se tolera, porque además de todo eso, se pelean, aguantan. Y entonces el hincha recuerda aquella vez que lo salvaron de la muerte en tal estadio o en tal ciudad. ¿Violencia? Es folclore, dicen, O decían. Porque una cosa es pegarse «por unos colores» y otra hacer negocio con ello. Entonces hablamos de barra brava.

La mercantilización de la violencia

Argentina's Gonzalo Higuain (R) celebrates his goal against Jamaica with teammates Lionel Messi (L) and Angel Di Maria during their first round Copa America 2015 soccer match at Estadio Sausalito in Vina del Mar, Chile, June 20, 2015. REUTERS/Rodrigo GarridoCODE: X01761
Higuain, Messi y Di Maria. Fotografía: Cordon Press.

El plan era sencillo: queríamos ver el partido final de un campeonato argentino. Faltaba un detalle: no teníamos entradas. «Tranquilos, las conseguimos», dijeron los amigos porteños. Al llegar cerca del estadio, en el aparcamiento de un hipermercado, esperamos hasta que apareció un grupo de tipos con cara de malos. Grandes y gordos todos, menos uno, el que mandaba, uno sesenta escaso, pelo largo y gorrito de ala entera. Nos dio a todos el protocolario beso con el que se saluda en Argentina y dijo: «¿Cuántos son?». Y acto seguido sacó de la cazadora sacó un fajo de relucientes entradas, extendió unas cuantas, sin contarlas, y se fue para siempre. Sin cobrar. Cándido de mí, pregunté si era un reventa. «No, no. Es uno de los jefes de la barra, amigo de un amigo».

El negocio de las entradas —cuando se venden, no como en este caso— representa una entrada de dinero fijo y jugoso en las barras bravas. Y es, además, el más tradicional en varios países. Es fácil para todos los actores implicados y por eso funciona en todos lados: dirigentes que dan entradas (pongamos, un tercio de las que se entregan) cuando el equipo es visitante para asegurarle un dinero que deje contentos a los barras, que a su vez le dan el apoyo necesario para dirigir el club. Así fue durante muchos años y nadie lo cuestionó. Por ahí comenzó la proverbial condescendencia hacia un negocio de por sí fraudulento. Empezó, al menos tímidamente, en la época en que el diario La Razón de Buenos Aires llamó «barras fuertes» a aquellas bandas de hinchas cada vez más intimidatorias. Era 1958 y Argentina vivía momentos de zozobra política que no se fueron por mucho tiempo. Y en el fútbol se daban los primeros pasos de violencia sin patrón. En los sesenta se produjeron varios asesinatos y la tragedia de la Puerta 12 del estadio Monumental, donde murieron setenta y un hinchas de Boca aplastados por una avalancha.

Fue en los setenta cuando se profesionalizó la violencia, cuando esta pasó de espontánea a racional. Las barras se hacían mayores. Se les ponía nombre como paraguas donde recoger la lógica tribal del grupo. Dice el periodista Amílcar Romero, autor de Muerte en la cancha, que la violencia creció con la sociedad de consumo y el retiro paulatino de la clase obrera, de algún modo semejante a sus primos hermanos de Inglaterra, que multiplicaron su virulencia en los años de vaciamiento industrial de Thatcher. Pero enseguida se verá que no basta el discurso que se basa en la imagen de las clases populares dándose mamporros para liberar endorfinas. Hacía tiempo que ya excedía todo eso, porque comienza a ser un negocio, en un círculo vicioso alimentado por las directivas que necesitan el apoyo de un ejército a cambio de favores que agradecen con su apoyo instrumental: entradas, material deportivo, viajes y entrada en el vestuario. Por entonces ya se habla de los acuerdos con la policía —«la barra uniformada», que hacía su propio negocio en los dispositivos de seguridad o en el reparto de otro negocio ya clásico de las barras: el control de los aparcamientos y la seguridad en las puertas de los conciertos en los grandes estadios de Buenos Aires.

Con la llegada de la democracia, en los ochenta, se amplían miras. Sindicalistas y partidos, principales patas del imbricado panorama político, los usan como fuerza de choque, sin que a las hinchadas les importe a quién se apoya, mercenarios sin cargo de conciencia. Las barras de River y Boca, por ejemplo, llegaron a sacar en los partidos pancartas pagadas por candidatos peronistas rivales. Y en 2009 ambas hinchadas acabaron por desvirtuar una rivalidad devenida negocio. Gracias al dinero por primera vez parecían estar de acuerdo en algo: durante un superclásico en la Bombonera, ambas sacaron sendos grandes banderones con mensajes contra el grupo Clarín, el grupo mediático más importante de Argentina, en aquella época enfrentado al Gobierno.

La connivencia con el poder queda claro en cada detalle. Recordemos aquí al Gusano, el jefe de la barra del club Nueva Chicago que la AFA puso como guardaespaldas de Messi. Pero la bestia seguía y había que alimentarla. Se supo, gracias a la pelea a navajazos entre varios barras de River, que Los Borrachos del Tablón, así se llaman, sacaron un porcentaje por la venta de Higuaín al Real Madrid. Y no es un caso único, desde luego. A la barra de Rosario Central se le atribuye algo parecido con el pase de Di María al Benfica, pero van más allá, con publicaciones que aportan pruebas a las sospechas de que las dos grandes barras de Rosario, la de Central y la de Newell’s Old Boys, tienen lazos con el narcotráfico, muy presente en la ciudad. El Ministerio de Justicia, incluso, asegura que el líder de la de Central maneja también la barra rival con la tutela de la mayor banda narco de la ciudad. Siempre con la pantalla del fútbol por delante y pasando olímpicamente del qué dirán. La lógica aplastante es la siguiente: «Si el fútbol es un negocio, ¿por qué no nos vamos a lucrar también?».

Un ejército de matrioskas

Un perfil interminable de brazos acompasados al ritmo de bombos, tambores y platillos reverberan en la grada. Va a empezar el partido, un clásico, y la coreografía es perfecta. Solo queda, en el centro de la tribuna, un vacío perfecto, un círculo de cemento donde en breve su ubicará la barra brava tras su entrada triunfal en el estadio. En ese vacío se ven, cada pocos metros, unas estructuras metálicas normalmente usadas para evitar caídas en una repleta grada de pie. Eso se llama en Argentina paravalanchas y vale más dinero que cualquier otra cosa en el estadio, contando los sueldos de los futbolistas.

Porque el paravalanchas se usa como símbolo de estatus, el trono del campo de batalla, el altar de un torneo medieval. A ellos se suben los barras en orden jerárquico, un verdadero ejército que entrará desde el vomitorio a golpe de bombo y en formación. Y lo harán, incluso, con el partido empezado, como verdaderas estrellas, con el resto de la grada volviendo el cogote hacia ellos, hinchas de su propia hinchada. Primero entran los portadores de la larga pancarta que se superpone a los tirantes de tela de los que se cuelgan encima de los paravalanchas. Detrás, los bombos y tambores redoblantes. Luego, paraguas, banderas, banderones. Y después el grupo que arrastra a su paso hasta ocupar el centro de la escena. En esta cohorte van haciéndose a un lado las capas, como una cebolla, desde la última línea de soldados hasta los capos, en el centro mismo, en una liturgia casi geométrica que acaba cuando los jefes y sus laderos copan el paravalanchas principal. Eso si la casa está en paz, claro. Y últimamente casi nunca es así. Una barra hoy es un ejército de matrioskas, muñecas rusas, que van saliendo una de dentro de otra en un movimiento sin fin. Caen unos, pero hay otros dentro, en una regeneración interminable. Tienen todas las trazas de las organizaciones mafiosas, que se pone especialmente de manifiesto a la hora de las sucesiones. Porque, como se puede suponer, los cambios de líderes no se votan precisamente en asamblea y a mano alzada, sino que se decantan por enfrentamientos, trufados de traiciones y alianzas espurias, que normalmente acaban en prisión o muerte. Y así llega el siguiente, y el siguiente, ad infinitum.

Los adaptados de siempre

Entrar a un estadio latinoamericano es gracioso para el turista, curioso para el que va una vez al año e insoportable para el que lleva toda la vida aguantando un filtro de seguridad que no sirve para nada. El hincha siente al llegar cerca de la cancha que es un borrego maltratado. A doscientos metros hay un primer control. A la vuelta de la esquina, el primer cacheo. A salir de él, cámaras policiales graban a los hinchas. Más adelante, señores haciendo soplar aleatoriamente un test de alcoholemia y drogas. Cuando después de haber pasado por todo esto, con el ruido incesante de un helicóptero encima, los ladridos de los perros policía, las cagadas de caballo de la montada, el aficionado cree que ha tirado una hora de tu vida a la basura, sobreviene la ridícula realidad: cuando va a colocar, por fin, su entrada en el láser y atravesar el torno, un policía le hace atrás con la mano en el pecho. Sus compañeros uniformados hacen un pasillo de honor y entonces piensa que va a aparecer la reina británica. Pero quien surge, en cambio, es la barra, un tropel de búfalos a los que se le abren las puertas de par en par, con los bolsos gigantes guardando pancartas y quién sabe qué más, mientras los policías solo aciertan a calarse la gorra y mirar hacia un lado por si algún hincha normal tiene la imperdonable intención de entrar con un mechero o incluso unas llaves. Pero a la barra, angelitos, ni cacheo ni test de alcoholemia ni vídeo ni mucho menos un control de entrada.

En los grandes países de Latinoamérica se intenta atajar la violencia matando moscas a cañonazos, frivolidades que serían cómicas si no fueran trágicas. En los noventa, mientras se mataban las barras, un juez argentino ordenaba prohibir las banderas de más de 2×1 metros, una arbitrariedad de bombero: destruyen la cultura futbolística criminalizando hasta las pancartas —como se empieza a ver hoy en España pero la víscera no la tocan, y los crímenes y sus autores siguen impunes. Hoy, en Argentina, con otra de esas medidas surrealistas, los visitantes no pueden viajar en el campeonato pero sí en la Copa. Vaya usted a saber por qué. En Brasil optaron por algo más sutil que recuerda a Inglaterra, que optó por subir el precio de las entradas de forma drástica como una forma de elitizar el fútbol y ello, unido a reglamentos severos, permitió rebajar los niveles de violencia. En Brasil saben la teoría (encarecer las entradas) pero hecha la ley, hecha la trampa, como se ha demostrado en partidos recientes, porque las barras torcidas organizadas siguen consiguiendo entradas baratas o gratis por el lado que todos sabemos. Si la impunidad existe en Argentina, Brasil la supera. Y ni cuenta los muertos como propios del fútbol, en ocasiones, como ocurrió hace meses con una carnicería en la que mataron a ocho miembros de una torcida de Corinthians. Porque se da por hecho que son ajustes de cuentas, y tan diversificado está el fenómeno la torcida Gavioes da Fiel tiene una de las más famosos escolas de Samba de Sao Paulo que ya no se le suma los muertos al fútbol.

Hay una frase hecha que se repite en los medios de comunicación de Argentina, los mismos que se regocijan por el espectáculo de las gradas y un minuto después reniegan de sí mismos por la vergüenza de las barras, sin solución de continuidad. La frase más repetida es la que les llama «los inadaptados de siempre». Pero no hace falta analizar demasiado las cosas para darse cuenta que ellos, los barrabravas, cebados por el poder y la política, son los más adaptados de todos.

Fotografía: Cordon Press.
Fotografía: Cordon Press.


Latinoamérica redonda: por qué Messi (aún) no es Maradona

Argentina's coach Diego Maradona (R) walks alongside Lionel Messi after a practice soccer session in Pretoria June 10, 2010. REUTERS/Enrique Marcarian (SOUTH AFRICA - Tags: SPORT SOCCER WORLD CUP)
Messi y Maradona. Fotografía: Cordon Press.

Es domingo por la noche y en el estadio Sánchez Pizjuán se ha visto un santo, un gigante, un extraterrestre, según los titulares, que de tanto describir la excelencia de Lionel Messi con el Barcelona dejan al lector como si se hubiera hecho cosquillas a sí mismo. Sin gracia. Pero alguien arriesga y muchos le siguen: es el mejor partido de su carrera. El Messi definitivo, el fútbol total embutido en un solo hombre. Y entonces, desde Argentina, llega una frase inevitable: a ver si lo repite con la selección. Diego lo hacía.

Ahora es jueves por la noche, han pasado cuatro días, y en el estadio Mineirao, en Belo Horizonte, Brasil, una sombra vestida con el 10 de la celeste y blanca busca paredes y desmarques, infructuosamente, entre las piernas de colosos vestidos de verde-amarelo. Argentina es atropellada, 3-0, en su clásico histórico y se mete en problemas para clasificarse para el mundial de Rusia. Desde Buenos Aires se escucha esta vez que el 10 nada pudo hacer en la catástrofe, pero que él solito debería haber resucitado a la selección. Porque Diego lo hubiera hecho.

La  historia, a estas alturas, está más sabida que la tabla del dos: Messi es un señor que lleva diez años coronado en todo el planeta como el mejor. Muchos dicen que es el mejor de siempre, pero en su país algunos, bastantes, no lo creen así, y lo ilustran con cuatro simples palabras: Messi no es Maradona. Ya no se refieren al fútbol como juego —de eso ya se han hecho tesis, libros y manuales de discusiones bizantinas, resueltas con la misma frase redonda de las cuatro palabras—. Se trata del fútbol como catalizador social, filtro político y termómetro emocional de una tribu, en este caso un país llamado Argentina. Como en gran parte de Latinoamérica, allí la pelota es un vehículo de expresión, un motor de construcción nacional, un lugar donde reconocerse. En un país imposible de descifrar, en cuatro párrafos o cuarenta enciclopedias, basta poner un balón y sus ídolos detrás para retratarlo con facilidad.

Sabemos que hace treinta años elevaron a un hombre a la categoría de mito: Diego Armando Maradona. Lionel Messi, en cambio, lleva más de una década picando piedra para que lo consideren, al menos, ídolo. Y aún hay reticencias a subirle el pulgar. ¿Por qué? Eso mismo se preguntan en el país de los cuarenta millones de psicólogos. Para intentar explicar por qué Diego —y no Lionel— encarna la esencia de la argentinidad, acudimos a varios conceptos y dejamos en el aire una incógnita, en realidad la clave para rebatir el argumento dramático con el que un amigo de Buenos Aires zanja el asunto: «Cuando se muera, a Messi le llenan el velatorio y el cementerio. Pero a Maradona salen diez millones de personas a despedirlo».

1. La identidad

Bildnummer: 07931292 Datum: 28.05.2011 Copyright: imago/Ulmer FUSSBALL CHAMPIONSLEAGUE FINALE SAISON 2010/2011 28.05.2011 FC Barcelona - Manchester United FC Barca Fans mit einem Banner Diego Armando Maradona is my Hand... Lionel Messi (Barca) is my Soul...God PUBLICATIONxNOTxINxSUI ; Wembley London Fussball Herren EC 1 CL League Finale 2010 2011 FC Barcelona Barca Manchester United ManU xdp x2x 2011 hoch Aufmacher SPORTS UEFA CL CHL CHAMPIONSLEAGUE FINAL FANS FAN ZUSCHAUER FUSSBALLFANS FUßBALLFANS PUBLIKUM RANDBILD Image number 07931292 date 28 05 2011 Copyright imago Ulmer Football Champions League Final Season 2010 2011 28 05 2011 FC Barcelona Manchester United FC Barca supporters with a Banner Diego Armando Maradona is My Hand Lionel Messi Barca is My Soul God PUBLICATIONxNOTxINxSUI Wembley London Football men EC 1 CL League Final 2010 2011 FC Barcelona Barca Manchester United ManU x2x 2011 vertical Highlight Sports UEFA CL CHL Champions League Final supporters supporter Spectators Football fans Football fans crowd Edge image
Fotografía: Cordon Press.

Existe una firma de diseño argentino que desarrolla líneas de productos a partir de la iconografía más reconocible del país. En su tienda, en el barrio de Palermo de Buenos Aires, se venden libros, tazas, libretas y prendas de ropa que remiten a la argentinidad, doscientos años metidos en iconos: el mate, la vaca, el tango, el fútbol; el Che Guevara, Carlos Gardel, Evita Perón y Maradona. De Messi, ni rastro. En las galerías nostálgicas de la calle Defensa, en el barrio de San Telmo, afloran ídolos entre los puestos: partituras con letras de Gardel, fotos de Evita dirigiéndose a las masas y ejemplares de la revista El Gráfico con Maradona luciendo pelusa. ¿Messi? Una foto con el Barcelona. En los establecimientos para turistas en la céntrica calle Florida surgen —al fin— camisetas de la selección con el 10 a la espalda. Pero sobre el número compiten, aún hoy, dos nombres. Sí, esos dos.

A la Pulga le costó años aparecer en las paredes de una ciudad repleta de murales, grafitis, stencils y fileteados. Y aún hoy lo hace tímidamente. Aún encima, cuando se le dio apoyo con un banderazo, la manifestación convocada para que volviese a la selección tras su anuncio de retirada, una tempestad dejó la postal desleída. Se esfuerza parte de la Argentina por mimar a aquel que aún es resistido por la otra parte en su traje de ídolo representativo. Más que identificación, se trata de identidad, de a quién se invoca para verse uno reflejado en el espejo como argentino. En esa tesitura se inclinan por Maradona, aunque haya demostrado más debilidades que virtudes, o más bien por eso mismo. Decía Eduardo Galeano: «Maradona es una especie de Dios sucio, pecador. Cualquiera puede reconocer en él una síntesis de las debilidades humanas, o al menos masculinas: mujeriego, tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable». O, como se ha dicho en sucesivas ocasiones: «Maradona es el argentino que somos. Messi, el que queremos ser». Pero al segundo no se le rinde el homenaje.

Al fin y al cabo estamos hablando de un ser mitológico contra una pulga. Ni siquiera su historia de superación, un tratamiento de hormonas del crecimiento que le llevó a emigrar y así construir su propio sueño del pibe: la llegada a Cataluña, la servilleta de Rexach, —sábana santa del barcelonismo—, el estirón en La Masía y la explosión mundial. Y, además, lejos de su gente, lo que le ha condenado a pelear un reconocimiento total en su país. Sin embargo, Messi se esfuerza desde los trece años en ser el más argentino de los argentinos. Como una militancia patriótica embutida en la sangre, lleva más de la mitad de su vida viviendo fuera, pero rodeado de argentinos, casado con una argentina, comiendo carne argentina con sus amigos y familia que son, claro, argentinos. En realidad, el 10 vive una Argentina ucrónica y utópica tras su burbuja de cristal. Como decían en sus primeros tiempos en Barcelona, todos los días Leo sale de Rosario para ir a entrenar y vuelve a su ciudad después de la ducha. Pero ni el desgarro del desarraigo consigue acercarlo a Maradona, a los ojos de muchos de sus compatriotas. Más bien le juega en contra. Da igual el talento y su fútbol; se le demanda alma de prócer (que no tiene) para suplir al Diego, un fenómeno histórico, un héroe, un bálsamo en un momento puntual de la historia, aquel que llegaba adonde no lo hacían los políticos. Dictadura, Malvinas, democracia, deuda externa, hiperinflación, Maradona. Los ochenta en Argentina van de su mano. Lo dice Osvaldo Soriano en un cuento: «Don Salvatore, que seguía delirando, preguntó por qué, teniendo un jugador como Maradona, todavía no habíamos conseguido pagar la deuda con el Fondo Monetario Internacional».

Por si fuera poco, ha vivido por mil, casi muerto y resucitado varias veces, en trances que han provocado la identificación al grado máximo de sus compatriotas. Cuando metió un gol con la mano convenció a todos, en un requiebro retórico genial, de que había sido «la mano de Dios», y el argentino sintió que era él mismo el que tocaba la pelota con el puño ante Peter Shilton. Cuando lo sacaron del mundial del 94 tras un control antidopaje, le «cortaron las piernas» y también el argentino quedó mutilado. Tan somático todo, tan pegado a él que su solo nombre ya se ha convertido en verbo —«maradonear»—, tan moldeable en acepciones como su propio ser. Asegura Juan José Becerra que en su país solo puede haber un ídolo vivo, y que «hay tendencias de ciertos fragmentos de Argentina a concentrar en dramas individuales las totalidades más complejas». Y ahí está Maradona.

Messi aporta un manual interminable de fútbol, difícilmente abarcable por su riqueza, versatilidad, jerarquía. Pero ni sus quinientos goles, cinco balones de oro, ocho ligas y cuatro champions igualan el palmarés intangible del Diego. Ese nosequé que hace respingar el cuero cabelludo cuando se le nombra. Leo hace historia cada tres días como director de una orquesta que ha cambiado el fútbol, que dijo Menotti. Pero no enamora a los suyos. Cuestión de piel en un país que tiene un papa y un Diego. Volviendo a la marca de diseño, cada icono es acompañado de un párrafo que glosa su vida. En el de Maradona les bastan cuatro palabras: «Materialización argentina de Dios».

2. El relato

Football - 1986 World Cup - Quarter Final - Argentina v England - Mexico City - 22/6/86 Diego Maradona celebrates Argentina's victory after his two goals, the first of which was the infamous "Hand of God" goal & the second one of the greatest goals of all time Mandatory Credit: Action Images / MSI PLEASE NOTE: FOR UK EDITORIAL SALES ONLY. CONTRACT CLIENTS: ADDITIONAL FEES MAY APPLY - PLEASE CONTACT YOUR ACCOUNT MANAGER
Argentina vs Inglaterra, 1986. Fotografía: Cordon press..

Siete, ocho, nueve toques de cabeza, la pelota baja a la zurda, vuelve a la cabeza, la equilibra reculando, la baja a la pierna de nuevo. Corte y pregunta: ¿Cuál es tu sueño? «Mis sueños son dos, el primero es jugar el Mundial y el segundo es salir campeón». Habla Diego Armando Maradona en Villa Fiorito, aún en blanco y negro. Tiene diez años y ha pronunciado en público el prólogo de su novela. Aunque, como ya se sabe hace tiempo, esa última parte está editada a mayor gloria. Tras lo de «salir campeón» le cortaron «de octava», la categoría alevín de Argentina, y no «del Mundial», como se presupone por omisión. Pero así quedó para la historia. Años después, con otro protagonista, la imagen de los toques se repite, la pelota en la zurda botando también. Sucede en un campeonato en el que juega el equipo de la categoría 1987 de Newell’s Old Boys en Perú. Pero al contrario que Diego, el muchacho, Lionel Messi, no habla.

Cuando Maradona se traslada, con trece años, desde la villa miseria del sur del gran Buenos Aires a Capital Federal para jugar en Argentinos Juniors, una cámara sigue a toda la familia: es la primera estrella futbolística precoz y mediática. A esa misma edad, pero casi treinta años después, Leo se va con su padre a once mil kilómetros de Rosario para intentar triunfar. Y lo hace, como siempre, en silencio. No hay relato de Messi. Esa palabra, con el correspondiente tinte argentino, se refiere a la historia que se genera alrededor de algo o alguien y que consigue lustrar laureles y tapar defectos. Un discurso, un hilo lírico necesario para que el país se identifique con él y lo encumbre. La Pulga no lo tiene y, si lo tiene, no lo utiliza. Quizás porque nunca le hizo falta. Cuentan hoy sus amigos de la infancia que Leo no era el chaval retraído que arruga el labio o abre un Chupa Chups cuando lo aprietan, como se cree. Era travieso, uno más de una banda de barrio, el renacuajo diabólico amigo de todos, y sobre todo de la pelota. E hincha de Newell’s. Se habla de tardes en las que salía en el descanso de los partidos de Primera a hacer malabarismos con los pies. Pero no hay foto de un debut en un estadio lleno. No hay tampoco el recuerdo en el hincha de «aquel pendejo que la rompía en la cuarta y lo subieron a Primera con quince años». Porque todo eso ocurrió en Barcelona, muy lejos de la factoría donde se amasan los ídolos. Messi empieza a construir su historia en tierra ignota y se refugia en lo que sabe hacer, jugar al fútbol. Maradona, entretanto, explota su carisma con una recolección de frases que jalonan su trayectoria y que se incorporan, incluso, al diccionario popular argentino. En el mismo partido de la mano de Dios, Víctor Hugo Morales se encarga de inmortalizar «la jugada de todos los tiempos», hoy recitada como una letanía patriótica, desde el «agarra la pelota Maradona, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos» hasta el «ta ta ta» pasando por el «barrilete cósmico», hallazgo de Víctor Hugo que define a la perfección a Maradona (y que conviene aclarar, porque en España aún se cree que un barrilete cósmico es un señor chaparrito paseando por las estrellas, cuando en realidad en Argentina eso, barrilete cósmico, significa cometa; de ahí el «de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés»).

Messi marca goles maradionanos, con la mano y de barrilete cósmico, pero no se hace acompañar de referencias reconocibles en su país (esos goles se los hace al Espanyol y el Getafe, que hoy en Argentina todavía muchos pronuncian «Guetafe»). Como mucho, le dejan alcanzar la sombra de su eterna comparación. Es como Maradona, pero. No hay definición para él. Si acaso, la aproximación más brillante, la de Hernán Casciari: Messi es un perro. («Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista ni aunque lo apuñalen»). Por eso, para quien busque comparaciones, quizás haya que ir más allá de la excelencia futbolística y centrarse en el relato.

En la trituradora argentina de ídolos triunfaron los de vida azarosa y mediática. El boxeador Carlos Monzón, encarcelado por el asesinato de su mujer y luego fallecido en accidente de coche. El automovilista Juan Manuel Fangio, secuestrado por revolucionarios cubanos en puertas del castrismo. El también púgil Ringo Bonavena, asesinado en la puerta de un prostíbulo en Estados Unidos con solo treinta y tres años. Y, claro, Maradona, inigualable en las líneas rectas y en las curvas, con una larga adicción a la cocaína de la que todo el país fue participando de una u otra manera: en los rumores de las noches de Barcelona, en las fiestas de Nápoles que terminaron con el doping de 1991, poco después de llamar «hijos de puta» a cámara y con la boca bien abierta a los tifosi italianos que pitaban el himno argentino en el Olímpico de Roma en la final de su mundial, la posterior detención en una redada en Buenos Aires, el doping en el Mundial del 94 por efedrina tras la recuperación milagrosa para llegar a tiempo de jugar otro campeonato, su flirteo con la muerte y resurrección en 2004 y algunos otros sustos después. Y las imágenes: aquella celebración poseída, nuevamente a cámara, en el gol a Grecia en el 94, días antes de darle la mano a Sue Carpenter, inolvidable enfermera estadounidense que caminó hasta el centro del campo para llevarlo a hacer el control antidopaje que lo condenaría. Y para rubricar todo eso, la retahíla de frases imperecederas, una churrería de epitafios que llegó al paroxismo en su época de seleccionador. Cuando Argentina se clasificó in extremis de forma directa para el Mundial 2010, dedicó la victoria en Uruguay a los críticos de su selección con aquel «que la chupen, que la sigan mamando». Lo completó con un inefable «la tenés adentro» a un conocido cronista en plena sala de prensa, con tanto éxito que enseguida se transformó en LTA, siglas convertidas en expresión de uso corriente y que ya salen hasta en la desambiguación de Wikipedia, con el copyright del Diego de la Gente, como el mismo se hace llamar.

Messi, mientras, sigue perforando redes sin altibajos ni salidas de tono ni imágenes para guardar, sin manos de dioses ni tobillos hinchados ni piernas cortadas ni enfermeras de la mano, cocaína, efedrina, Claudia y las nenas. Durante gran parte de su carrera los únicos titulares que dio fuera del campo los generaban sus modelitos en las galas del Balón de Oro, cada año más campanudos. Y últimamente sus tatuajes, directamente horrorosos. Pero desde 2013 pelea, a duras penas, por salir airoso de un litigio con la Hacienda española, que le reclamó más de cuatro millones de euros por fraude fiscal por sus derechos de imagen. De aquello quedaron las imágenes de los Messi, padre e hijo, entrando al juzgado como quien entra a un estadio, con vallas cerrando el paso a cientos de hinchas enfervorizados y periodistas deseosos de un gestito del siempre cabizbajo Leo. Ya dentro, una foto de banquillo y dos frases. Una de él: «De la plata se ocupa mi papá». Y el papá: «Yo de eso no entiendo nada, es chino básico».

3. El exitismo  

Jun 26, 2016; East Rutherford, NJ, USA; Argentina midfielder Lionel Messi (10) after missing penalty kick against Chile in the championship match of the 2016 Copa America Centenario soccer tournament at MetLife Stadium. Mandatory Credit: Adam Hunger-USA TODAY SportsCODE: X02835
Lionel Messi tras fallar el penalti en el partido contra Chile. Fotografía: Cordon Press.

En 2009 yo trabajaba como analista de fútbol internacional en la cadena de televisión deportiva argentina TyC Sports. Aquel año hicimos una serie de programas con el ilustrativo título de El mejor después de Diego, en el que el voto popular elegía al «segundo mejor jugador de la historia», porque no se ponía en duda quién era el primero. No ganó Pelé, ni Di Stéfano o Cruyff. Ni, obviamente, Messi. Venció Juan Román Riquelme.

En otros programas de debate en los que participé durante años eran recurrentes las preguntas sobre Lionel, un caso críptico de futbolista que arrasaba al frente de una máquina futbolística —el Barcelona— y automáticamente mutaba en jugador tibio con la selección argentina. Un día me pidieron una opinión al respecto para un reportaje, junto a exfutbolistas, entrenadores y hasta un psiquiatra. Si era anímico o táctico, futbolístico o personal. Tenía Messi veintidós años y se me ocurrió decir una boutade: que en Barcelona llevaba la mitad de su vida jugando siempre a lo mismo y en la selección tenía que acoplarse a cincuenta estilos diferentes. Siete años han transcurrido y me siguen llamando de medios argentinos para desgranar el mismo asunto. La respuesta sigue siendo la misma.

En el mismo país donde se valora la frescura vital y la creatividad, donde hay cintura para el verso libre, donde no se castiga el desparrame personal aunque afecte a lo profesional, ay, se castiga con dureza el oprobio de la derrota. Dos apuntes coloquiales apuntalan esa sensación: la «amargura» y el «pechofrío». A Messi durante años, muchos, se le aplicaron esos dos conceptos. Hasta se decía que no cantaba el himno argentino porque no lo sentía. Cuando parecía que conquistaba al fin el corazón de sus compatriotas y se empezó a tener claro que sí, que Leo era el mejor del mundo, llegó algo peor: ser subcampeón, algo imperdonable en la cultura futbolística argentina. Las finales, como los clásicos, no se juegan: se ganan. Si no, excuse volver a casa; es usted un fracasado. Acumulando tres finales perdidas en tres años, Messi terminó explotando como un globo hinchado de rabia. Ocurrió en la zona mixta tras la final de la Copa América Centenario de 2016, en la que él falló el penalti decisivo frente a Chile. Un año antes ya había salido derrotado de otra Copa América en similares circunstancias, y a ello se sumaba la final perdida del Mundial de 2014: «Es increíble, pero no se me da. Ya está, se terminó para mí la selección, no es para mí. Por el bien de todos, por mí y mucha gente que desea eso, que no se conforman con llegar a las finales y no ganarlas. Lamento más que ninguno no poder ser campeón con Argentina pero es así, no se dio y lamentablemente me voy sin poder conseguirlo». Hubiera sido otro cantar si Higuaín o Palacio llegan a marcar los goles regalados que les llovieron en la final del Mundial. Pero ellos no fueron Burruchaga y Messi pasó del blanco al negro. Eso es lo que en Argentina llaman «exitismo», el amor desmedido por el éxito, normalmente practicado por aquellos que dan en llamar, despectivamente, «panqueques», aquellos que dan la vuelta a sus opiniones en función del resultado, como una tortilla o un crep (panqueque).

El fútbol es en Argentina un circo mediático con poca comparación en el mundo. No menos de cinco televisiones retransmiten en directo los entrenamientos de la selección —aunque sean a puerta cerrada— o una simple salida en avión, o una llegada a un hotel. Hay audiencia que demanda minutos de ídolos pasando por sus pantallas y los canales se los da —¿o será al revés?—, y cuando terminan los actos empiezan las interminables mesas de debate. En tantas horas de opiniones a calzón quitado es imposible mantener un equilibrio, una línea sana de opinión. Y ahí nace el panquequerismo, arrastrado por el exitismo que tanto ha influido en los ídolos deportivos argentinos.

Volviendo a Juan José Becerra, dice que hay una diferencia sutil en la forma de lidiar con la derrota. En las duras Maradona siempre reacciona como víctima (de la FIFA, de Grondona, de la prensa: «Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha») y Messi, en cambio, se siente culpable, y de ahí sus palabras y su abandono momentáneo sin reproches, una forma de protegerse ante lo que ya le retumbaba en los oídos mientras fallaba el penalti: pechofrío y amargo. Y todos derechitos al diván.

4. ¿Una cuestión generacional?  

No me pregunten por qué o cómo llegué allí, pero la final del Mundial de Brasil la vi rodeado de la familia Messi, en la grada de Maracaná. A mi lado, su padre y hermano. En la fila superior, su madre, mujer e hijo. En el minuto 120, después de las ocasiones inenarrables de Higuaín y Palacio, después del gol de Götze en el 113, la atmósfera se relajó en aquella tribuna donde había miles de argentinos. Durante las horas previas, con la adrenalina desatada, hubo peleas, insultos y empujones cada dos minutos, entre argentinos y brasileños disfrazados de alemanes. Y cuando temíamos de todo menos una conferencia de Yalta en pleno Maracaná, vimos entonces cómo una procesión espontánea de gente, sobre todo argentinos, pero también brasileños y alemanes, se acercaban al lugar que ocupaban los Messi para animar al padre, a la esposa, y decirle que no pasaba nada, que «estaba todo bien». Milagro.

Y entonces uno se dio cuenta de la edad de la gente que por allá pasaba como en un besamanos: la mayoría tenían menos de veinticinco años y había niños con lágrimas en los ojos.

Argentina, como el fútbol, ha cambiado, no sabemos si mucho o poco, pero suficiente para creer que en un par de décadas habrá otros debates, y Lionel podrá ser admirado con distancia, poniendo el angular que ahora le falta a muchos de sus coterráneos. Seguramente en Argentina se siga dando vueltas a las comparaciones con Maradona, pero todo será diferente: una generación entera habrá visto a Messi en su interminable esplendor y lo narrará a su antojo. Y es hoy el día en que los chavales, también en su país, quieren ser la Pulga en el patio del colegio, igual que en la generación anterior siempre hubo un Maradona en cada equipo. Él fue el ser nacional en una década clave para Argentina y a Leo no le toca ese rol porque el país ya no es así, ni tampoco el mundo del fútbol en general, cuyos gestores intentan, sin ambages, destruir la cultura del hincha. A menos que logren dejar al fútbol con sabor a yogur caducado, una idea, solo comprobable en el tiempo, permanece: Messi se estudiará como un marciano que rompió moldes en el deporte. Y eso, quizás sin una lucha identitaria, tan dependiente de una narrativa y tan resultadista, puede que haga un poco más borrosas las fronteras de la idolatría e iguale en Argentina, por una vez y para siempre, a Messi con Maradona.

Buenos Aires, Argentina. 9th July 2014 -- An Argentine fan kisses a picture of Diego Maradona with the 1986 World Cup, during the semifinal against The Netherlands. -- Argentine football fans met in San Martin Square of Buenos Aires, to watch the FIFA World Cup semifinal against The Netherlands. Argentina defeated The Netherlands, and will go on to the World Cup Final.
Un aficionado argentino besa una fotografía de Maradona del Mundial de México 86. Fotografía: Cordon Press.