El Método

Marlon Brando en Salvaje, 1953. Imagen: Columbia Pictures.

Lo que enseñan en las escuelas de actuación es una mierda espeluznante e increíble. Y el Actor’s Studio americano es el peor lugar de todos. Allí los estudiantes aprenden a ser naturales, a dejarse caer, a hurgarse las narices y rascarse las pelotas. A esa mierda la llaman el Método. ¿Cómo se puede enseñar a alguien a ser actor? ¿Cómo puedes enseñarle qué sentir y cómo expresarlo? ¿Cómo puede alguien enseñarme a reír o llorar? ¿Cómo explican el dolor, la desesperación o la felicidad? ¿O la pobreza, el hambre, el odio y el amor? No, no quiero perder el tiempo con estos imbéciles arrogantes.

Yo necesito amor, 1988. Autobiografía de Klaus Kinski.

En la obra teatral Electra de Sófocles, una encabronada Clitemnestra se llevaba por delante a Agamenón como venganza por haber sacrificado a una de sus hijas en un peaje de camino a Troya. Aquel asesinato no le sentaba nada bien a una Electra, descendiente de ambos, que comenzaba a maquinar junto a sus otros hermanos (Orestes y Crisótemis) cómo cargarse a Clitemnestra a modo de revancha. En cierto momento de la obra, a Electra le hacían creer que su hermano Orestes la había palmado, un engaño (perpetrado por el propio Orestes porque los griegos son muy de ser retorcidos y entrar por la puerta de atrás) durante el cual la sufrida zagala recibía la urna que contenía las supuestas cenizas del finado. Entre lágrimas, y aferrando aquel recipiente contra su pecho, la mujer ofrecía un emocionado soliloquio sobre la amargura de tener un cenicero en lugar de un hermano.

En el mundo de las artes de la antigua Grecia existía un pequeño star system, un ecosistema de actores tan notables como para ser agasajados por las gentes y amasar montañitas de dinero. Nombres como Aristodemo, Satyro, Teodoro o Neoptolemo, entre los que se encontraba un actor especialmente reverenciado llamado Polo. En cierta ocasión, dicho artista se encargó de interpretar el papel de Electra en la obra de Sófocles (en aquella época los hombres se hacían cargo de los papeles femeninos) y lo conmovedor y realista de su actuación, sobre todo durante el discurso sobre el familiar perdido, le reportó numerosos aplausos y alabanzas de todo tipo. El truco de Polo para resultar convincente se había basado en no limitarse a actuar y tirar de sus propios sentimientos: aquella urna sobre la que lloraba el artista no formaba parte del atrezo, sino que se trataba del recipiente en el que Polo conservaba las cenizas de su hijo fallecido. Se la había llevado al trabajo para hacer más real el sentimiento de dolor ante el recuerdo del ser querido.

Clytemnestra vacila antes de matar al durmiente Agamenón. Ojo a Egisto a la izquierda malmetiendo como el típico pesado que asesina a la gente durante la hora de la siesta. 1817. Pierre-Narcisse Guérin

El Método es un famoso sistema de actuación compuesto por técnicas, cimentadas en los escritos de Konstantín Stanislavski, cuyo objetivo es que los actores se sumerjan en la psicología y emociones de sus personajes. Gente como Robert De Niro y, sobre todo, Marlon Brando ayudaron a popularizar la idea de que el Método era sinónimo de actuaciones de categoría elevada. De repente, todos aquellos que no se preparaban sus roles de manera extremadamente sufrida y detallista o quienes se salían del personaje cuando la cámara dejaba de rodar, se habían convertido en artistas de calidad cuestionable. Con el tiempo, la percepción del Método y de aquellos que lo llevaban a cabo fue mutando hasta convertirse en un cliché, en una herramienta extraña y, sobre todo, en una fábrica de comportamientos disparatados. A veces incluso funciona.

Wannabes del Método

A Shia LaBeouf  la gente lo conoce por ser hijo de Indiana Jones, bailarín enjaulado, amigo de corretear entre las piernas de Optimus Prime y payaso eventual. Una persona que probablemente hace las cosas con la mejor de las intenciones, pero que normalmente acaba convirtiéndose en un chiste con patas, como ocurrió con aquel vídeo motivacional donde berreaba «DO IT!» como un desequilibrado (un documento que propició maravillas como esta). O como delató la ocurrencia de sentarse en un cine durante tres días para contemplar la proyección ininterrumpida de todas sus películas en orden cronológico, una chorrada retransmitida en directo por internet. En el mundo de la interpretación lo conocen además por pasarse de petulante cuando cree que abraza el Método. En The Necessary Death of Charlie Countryman el chaval optó por meterse LSD real para dotar de mayor realismo a las escenas en las que su personaje estaba colocado. Rupert Grint, compañero de reparto de LaBeouf en aquel film, confesaría que el espectáculo llegó a ser tan lamentable como para tener pinta de campaña antidroga: «Destrozó el lugar, se desnudó y se puso a hablar sobre su búho. Si hay algo que te pueda convencer de no tomar drogas era contemplar todo aquello». El actor contraatacaba justificando con el Método sus viajes psicotrópicos: «Puedes simular un viaje de ácido a lo Harold & Kumar o puedes estar puesto de ácido. Todo lo que yo sé sobre actuar es que Sean Penn se amarró de verdad a aquella silla eléctrica en Pena de muerte, eso es lo que busco». Una afirmación muy loable si no se tiene en cuenta que no había ninguna silla eléctrica en Pena de muerte. Durante otra de sus películas, Corazones de acero, consideró oportuno arrancarse un diente sano para redondear su personaje y se rajó la cara con un cuchillo para ahorrarle trabajo al equipo de maquillaje; las cicatrices de aquella idea fabulosa se quedarían a vivir en su cara de manera permanente.

Corazones de acero. Imagen: Columbia pictures.

Cuando a Jared Leto lo contrataron para hacer de Joker en Escuadrón suicida el tío se dedicó a tocarles las narices a sus compañeros de reparto con bromas desagradables: remitió una rata muerta a Margot Robbie y envió numerosos condones usados y juguetes anales al resto de actores del film, unos profesionales que durante las entrevistas promocionales preferían no hablar mucho del tema. Leto se justificó explicando que se había metido a tope en la cabeza del payaso criminal, pero su personaje en la pantalla era poco más que un protocantante de trap con un pequeño cameo en una historia que, por otro lado, apestaba a mierda de triceratops.

Joker on tour feat Cecilio G y Kinder malo. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Let me hear your body talk

Chris Hemsworth se tomó muy en serio lo de convertirse en una deidad mazada y cuando llegó al set de Thor descubrió que se había pasado con las visitas al gimnasio: su silueta estaba tan abultada como para que vestir el disfraz del dios del trueno supusiera quedarse sin circulación en las extremidades por culpa de las estrecheces. Poco después tuvo que aligerar peso y masa muscular para poder meter el culo en la cabina de un coche de F1 e interpretar al piloto británico James Hunt en Rush. Hemsworth volvió a dejarse crecer los músculos para Thor: el mundo oscuro, los perdió de nuevo para En el corazón del mar y visitó gimnasio una vez más para llegar fornido a Los vengadores: la era de Ultrón. Jared Leto construyó su retrato de Mark David Chapman (el hombre que asesinó a John Lennon) para la película El asesinato de John Lennon engordando treinta kilos de la manera más sana imaginable: a base de beberse copazos de Häagen-Dazs derretido aliñados con aceite de oliva y salsa de soja. Una repentina tormenta de azúcares que además de avivar la papada del actor le obligó a tirar de una silla de ruedas durante parte del rodaje. Años después, Leto decidió viajar hasta el extremo opuesto y aparcar en el infrapeso al adelgazar a lo bestia para dar credibilidad al papel de una mujer transgénero con sida en Dallas Buyers Club, una película en la que Matthew McConaughey también jugaba a metamorfosearse en esqueleto justo después de hacer de stripper musculado en Magic Mike. Renée Zellweger es otra de las estrellas a las que un personaje de ficción les reventó la báscula a base de brincos: engordó para Bridget Jones, adelgazó para Chicago y se vio obligada a volver a engordar de nuevo para Bridget Jones 2.

Alternar entre los roles de Iron Man y Sherlock Holmes envió el metabolismo de Robert Downey Jr. a bailar zumba cantando tonadillas tirolesas. Gary Oldman se tomó tan en serio lo de digievolucionar a despojo escuchimizado para la cinta Sid y Nancy, comiendo solamente melón y pescado al vapor, que acabó planchando una cama en el hospital. George Clooney se aprovisionó de materia grasa para Syriana, Forest Whitaker asaltó las pastelerías hasta cultivar la barriga necesaria que le requería El último rey de Escocia, Sylvester Stallone se atocinó para Cop Land siguiendo una estricta dieta centrada en engullir una catedral de tortitas tres veces al día y Vincent D’Onofrio se cebó hasta engordar treinta kilos para La chaqueta metálica convirtiendo sus rodillas en fosfatina en el proceso. En las primeras entregas de Torrente, Santiago Segura tomó por costumbre aumentar de peso hasta proporciones ofensivas, Torrente 2: misión en Marbella paseaba al personaje por la piscina solo para convertir en espectáculo la gigantesca barriga que había criado el actor. Taylor Lautner optó por pegar el salto de esmirriado (en Crepúsculo) a fibrado (en la secuela La saga crepúsculo: luna nueva) por temor a que los responsables decidiesen coger a otro chico más mazas para el papel. La jugada le salió estupendamente, se hinchó con trece kilos de músculos varios mientras los productores ahorraban en camisetas y la audiencia no ganaba para bragas.

Los diferentes estados de Christian Bale.

Christian Bale es probablemente el más tarado de todos los actores a la hora de jugar con su propio físico. Entrenó lo suyo hasta convertirse en el egomaníaco protagonista de American Psycho que admiraba sus músculos en el espejo mientras fornicaba. Cuatro años después, se tomó tan al pie de la letra el guion de la producción española El maquinista como para adelgazar de manera salvaje, en contra de los consejos de los propios responsables del film, hasta convertirse en un esqueleto con patas. Perdió treinta kilos a base de comer exclusivamente una manzana y una lata de atún al día y el público primero se preguntó si aquello era obra de los efectos especiales y después sintió un escalofrío al descubrir que no había CGI implicado. Meses más tarde, Bale recuperó su peso habitual y le añadió veinte kilos más a base de pesas para convertirse en Batman y protagonizar Batman Begins. Tras la aventura del hombre murciélago, se quedó en los huesos de nuevo para interpretar a un prisionero de guerra en Rescate al amanecer, visitó el gimnasio para lucir abdominales en El caballero oscuro, volvió a adelgazar para convertirse en un adicto al crack en The Fighter y dos años después se puso en forma una vez más para rellenar el traje de Batman (en El caballero oscuro: La leyenda renace). Con la Gran estafa americana sometió a su cuerpo a una nueva empresa: engordar dos docenas de kilos.

Método a la fuerza

John Ford optó por putear a Vincent McLaglen para que luciese desquiciado en El delator: lo sometió a humillaciones constantes en público, modificó sus horarios de rodaje sin avisarle previamente y le obligó a actuar borracho o mientras lidiaba con una resaca tremenda que lo convertía en un flan de carne. En Los pájaros, Alfred Hitchcock le prometió a Tippi Hedren que utilizaría aves de atrezo durante sus escenas y después se tiró cinco días arrojando pajarracos vivos, y bastante encabronados, a la cabeza de la actriz. Hedren sufrió ataques de nervios y se pasó las semanas posteriores al rodaje teniendo «pesadillas que aletean». Mientras filmaba El resplandor, Stanley Kubrick dedicó muchos de sus esfuerzos en mantener a Shelley Duvall en el estado constante de histeria que consideraba que el personaje necesitaba. Y lo logró de la manera más sádica posible, ejerciendo sobre ella un bullying salvaje que intentó contagiar al resto del equipo. La actriz acabó perdiendo pelo a causa de unos nervios destrozados, mientras Kubrick alababa su interpretación en las entrevistas posteriores. Werner Herzog procuraba encabronar entre las tomas de Aguirre, la cólera de Dios a Klaus Kinski, amigo amado y odiado del director, para provocar sus desmedidos ataques de ira y que llegase desfogado y agotado al rodaje de sus escenas. John McTiernan descolgó a Alan Rickman antes de tiempo a la hora de filmar su caída al vacío en La jungla de cristal para captar una expresión auténtica de pánico. Funcionó.

Alfred Hitchcock. Imagen: CBS.

James Cameron es tan hijo de puta durante los rodajes como para que sus equipos técnicos hayan tomado por costumbre el hacerse camisetas en algún momento con lemas como «No puedes asustarme, he trabajado con James Cameron» o recopilando todas las frases abusivas y «cagamentos» diversos que el hombre escupe durante el trabajo. En Abyss aprovechó para mantener la cámara rodando cuando Ed Harris casi se ahoga durante una escena en un tanque de agua y, en agradecimiento, el actor, que sufrió crisis nerviosas en el rodaje, le partió la cara al director de un puñetazo. Durante aquella producción, en la que Cameron forzó a los actores a realizar algunas escenas peligrosas sin tirar de dobles, los implicados rebautizaron la película con nombres como The Abuse o Life’s Abyss and then you Dive. Harris acabó contestando a toda pregunta sobre la cinta con un «No voy a hablar de Abyss y nunca lo haré», y Mary Elizabeth Mastrantonio, compañera de reparto en aquel film, comentó en cierta ocasión: «Abyss fue un montón de cosas. Y “divertida” no era una de ellas».

Steven Spielberg envió al reparto de Salvar al soldado Ryan a cumplir un adiestramiento militar a lo largo de diez intensos días para mentalizarse bien sobre lo jodido de ser soldado. Edward Burns definió aquel tutorial de Call of Duty como una de las peores experiencias de su vida mientras Tom Hanks, quien ya tuvo que comerse una instrucción similar al prepararse para Forrest Gump, hizo mofa sobre el poco fondo de sus compañeros de batallón: «Se creían que iban a ir de campamento». Spielberg solo hizo una excepción: Matt Damon, un actor al que dejó fuera del entrenamiento militar a propósito y con el objetivo de avivar el rencor en el resto de actores. Porque en la historia aquellos soldados tenían que mostrarse muy resentidos con el personaje de Damon.

Salvar al soldado Ryan. Imagen: DreamWorks pictures.

Mientras rodaba Das Boot: el submarino, el actor Jan Fedder perdió el equilibrio y se cayó desde el costado de una torre en un set donde los personajes simulaban desafiar a una poderosa tormenta. Uno de sus compañeros, tras ver cómo se escoñaba escenario abajo, decidió improvisar gritando: «¡Hombre al agua!», y el director, Wolfgang Petersen, interpretó que lo de caerse delante de la cámara había sido una ocurrencia del propio actor, algo por lo que le felicitó con un «¡Buena idea, Jan! Vamos a repetir la toma». Pero Fedder en realidad estaba agonizando sobre el suelo con varias costillas rotas. Su papel fue reescrito para que el personaje pasase parte del metraje tumbado en una cama recuperándose del porrazo, las expresiones y los gestos de dolor del hombre durante dichas escenas tienen poco de fingidos.

El Método

Marlon Brando es uno de los actores más mentados a la hora de hablar del Método. En 1946 debutó en Broadway con la obra Truckline Cafe y ya dejó bien claro que venía de una escuela en la que se jugaba duro: en aquella pieza teatral interpretaba a un psicópata que, en un determinado momento, emergía de entre las aguas de un lago helado. Brando preparaba dicha intervención entre bambalinas correteando por las escaleras hasta quedarse sin aliento y tirándose por encima un cubo de agua helada justo antes de salir al escenario. El público flipó cada noche con su actuación, y cuando Brando saltó al cine lo hizo como jeta visible de un selecto grupo de actores que se desvivían por dotar de realismo a unos personajes que sobre el papel se antojaban poco realistas.

Robert De Niro le dedicó tanta alma y energía a los entrenamientos pugilísticos previos a Toro salvaje como para que el verdadero Jake LaMotta, la persona a la que interpretaba en pantalla, llegase a declarar que el bueno de Bob podría haberse convertido en boxeador profesional. Jim Carrey creyó oportuno transformarse en Andy Kaufman mientras tuvo lugar el rodaje de aquella Man on the Moon que firmó Miloš Forman. Una decisión con la que acabó desquiciando a todos sus compañeros de trabajo, y una ocurrencia que en el fondo parecía ideada por el propio Kaufman. El documental titulado Jim & Andy: The Great Beyond – Featuring a Very Special, Contractually Obligated Mention of Tony Clifton se encargó en 2017 de repasar aquella posesión que sufrió el cómico veinte años atrás. El inglés John Simm se educó en la interpretación a la sombra de Stanislavski: decidió rebozarse en drogas mientras preparaba su papel para Generación éxtasis, vivió a base de cafés y cigarrillos para interpretar a Vincent van Gogh con el físico adecuado en una tv-movie titulada The Yellow House y rehusó el tratamiento que le ofrecieron tras fracturarse unas costillas, mientras rodaba una adaptación de Crimen y castigo para televisión, porque creía que el dolor y las fiebres le darían un mayor realismo a su papel. Hillary Swank preparó su papel para Boys Don’t Cry haciéndose pasar por hombre durante su vida diaria y logrando que los vecinos acabasen creyendo que aquel chaval, que de repente veían muy a menudo paseando por el barrio, era el hermano de la actriz. Joaquin Phoenix convirtió el Método en el núcleo de un falso documental llamado I’m Still Here: se pasó un año entero haciéndole creer a todo Hollywood que se había vuelto medio loco. Cuando se alistó en The Master de Paul Thomas Anderson recurrió a métodos más clásicos y se conformó con interpretar el papel sin salirse del personaje durante tan solo tres meses.

I’m Still Here. Imagen: Magnolia Pictures.

De Mel Blanc (el hombre que dotaba de voz a medio universo animado, de Bugs Bunny a Pablo Mármol pasando por el Pato Lucas, el demonio de Tasmania, Piolín, Marvin el marciano, el Pájaro Loco, Porky o el Correcaminos) se suele decir que gustaba de llevar el Método hasta las cabinas de doblaje. Por lo visto, no era extraño entrar en el estudio de grabación y encontrarlo masticando zanahorias, un vegetal que ni siquiera le gustaba. Pero Blanc no era la única voz famosa que creía en la eficacia del Método más allá del micrófono, la actriz B. J. Ward adquirió la costumbre de doblar a Velma, la adorable nerd de Scooby Doo, vistiendo siempre un jersey de cuello de tortuga y gafas de pasta.

Sir Daniel Day-Lewis es probablemente el mayor embajador del Método a la hora de encarar el papel para una película. Un artista tremendamente selectivo —en los últimos veinticinco años ha participado solo en once películas—, profundamente celoso de su intimidad —apenas concede entrevistas y suele evitar las apariciones en público— y el único interprete de la historia que ha sido capaz de ganar tres Óscar en la categoría de mejor actor en un papel principal. En 2014 fue nombrado caballero por la Reina Isabel II y desde entonces es posible mentarlo con el título nobiliario de sir sirviendo de avanzadilla.

Day-Lewis se ha hecho famoso por su enfermiza obsesión con meterse en sus roles hasta convertirse en ellos de maneras extremas y potencialmente cuestionables. En Mi pie izquierdo, biografía del artista irlandés Christy Brown aquejado de parálisis cerebral, el actor optó por permanecer en el personaje, y por extensión en su silla de ruedas, hasta el punto de necesitar ayuda para comer o desplazarse y acabar encabronando a sus propios agentes, incapaces de mantener una conversación de negocios con un Day-Lewis paralítico que solo podía mover su pie izquierdo. Su propio cuerpo tampoco agradeció lo de pasarse tanto tiempo arrugado en la silla de ruedas y aquella posición forzada acabó triturándole dos costillas. A la hora de prepararse para El último mohicano el artista lo hizo a lo salvaje, largándose al monte para vivir entre la naturaleza durante meses sobreviviendo a base de caza y pesca. Aprendió a fabricar canoas, lanzar tomahawks y se encariñó tanto con su fusil como para llevárselo de acompañante a su cena familiar navideña. Cierto tiempo después, tras haber finalizado el rodaje, se encontró con el director, Michael Mann, y le confesó que no sabía cómo dejar de interpretar al personaje del film y que llevaba unos días sufriendo alucinaciones y claustrofobia.

Mi pie izquierdo. Imagen: Palace Pictures.

La película En el nombre del padre lo llevó a pasar las noches en una celda y a convencer a algunos miembros del equipo para que lo humillasen constantemente; «Si un hombre inocente firma una confesión que destroza por completo su vida es parte de mi responsabilidad como actor el entender por qué un ser humano haría eso», justificaba el actor. Para meterse a tope es el personaje de John Proctor en El crisol, Day-Lewis se construyó una casa con herramientas del siglo XVII y vivió en ella durante un verano arando su huertos, cabalgando a caballo y sobreviviendo sin electricidad ni agua corriente. La preparación para The Boxer lo embarcó en un entrenamiento profesional como boxeador que, según el New York Times, se alargó durante tres años. Con Gangs of New York se autoobligó a entrenarse en el lanzamiento de cuchillos, aprender el oficio de carnicero e investigar grabaciones de la época para imitar el acento neoyorquino de entonces. Su negativa a abandonar el personaje en la vida diaria mientras durase el rodaje lo llevó a provocar situaciones incómodas en los restaurantes y peleas con desconocidos por las calles de Roma (donde se rodaba el film), y también a cultivar una sana neumonía por culpa de oponerse a vestir ropa de abrigo que no existía en el siglo XIX. Los que le acompañaron en aquella producción de Martin Scorsese aseguran que durante el almuerzo lo raro era no verlo afilando sus cuchillos. Durante la filmación de Nine conservó el acento italiano cuando la cámara ni siquiera estaba rodando, en Lincoln obligó a la gente a dirigirse a su persona con un «Señor presidente» y en El hilo invisible, la última película en la que ha participado antes de anunciar su retirada del mundo del cine, se esmeró estudiando a los grandes diseñadores de moda, aprendiendo a coser y convirtiéndose en aprendiz de Marc Happel, el director de vestuario del New York City Ballet.

Dustin Hoffman moldeó su personaje de corredor para Marathon Man poniéndose en forma a base de quemar zapatilla diariamente y perder peso. A la hora de abordar una escena en la que el personaje debía lucir agotado y sin aliento, Hoffman decidió corretear un par de kilómetros antes de que la cámara se pusiese en marcha. Laurence Olivier, su compañero de reparto en aquella película, al ver a Rain Man con los pulmones bajo el brazo le comentó con cierta guasa: «¿Has probado a actuar, querido? Es mucho más sencillo».

Marathon Man. Imagen: Paramount Pictures.


Lo hice por dinero

Marlon Brando, Susannah York y el pequeño Lee Quigley en Superman (1978). Imagen: Warner Bros.

Alfred Hitchcock lo dejó claro: «Cuando un actor se me acerca con ganas de hablar sobre su personaje le digo “Está todo en el guion”. Si insiste con un “Pero ¿cuál mi motivación?” le contesto “Tu salario”». En su programa, Conan O’Brien le preguntó a Ben Affleck la razón por la que había decidido participar en la película Paycheck, un thriller de ciencia ficción un poco pocho dirigido por John Woo, una cuestión que el actor contestó con sorna: «La respuesta está en el título». Pero Affleck no fue el único miembro del reparto que aprovechó el nombre del film («Cheque» en castellano) para hacer guasa de su calidad, a Paul Giamatti también se le ocurrió comentar en televisión que había participado en «Una película convenientemente titulada Paycheck».

Cheap work

A Marlon Brando le arrojaron sobre la mesa una bolsa con el símbolo del dólar para ejercer la paternidad en Superman (1978). La saca contenía casi cuatro millones de dólares a cambio de doce minutos en pantalla, un trato al que había que sumar el 11,75% de la recaudación del film por exigencia del artista. Lo mejor de todo es que el actor ni siquiera se tomaba en serio aquel trabajo y se dedicó a hacer todo lo posible para escaquearse de sus labores: intentó convencer al director para poner en su lugar un bagel al que Brando dotaría de voz y cuando le obligaron a interpRetrar a Jor-El en persona y ante la cámara ni siquiera se molestó en memorizar su guion y se limitó a leer su diálogo en unos carteles que le situaron convenientemente fuera de plano. Aquella despreocupadísima intervención se convirtió en el cameo más caro del mundo del cine, y sirvió como detonador para que las películas palomiteras adquiriesen la costumbre de contratar a un actor de prestigio, en pequeños papeles que apenas suponían un esfuerzo serio, por cantidades de locura.

Bradley Cooper y Julia Roberts en Historias de San Valentín. Si uno se fija con atención es posible distinguir dos diminutos símbolos del dólar en los iris de la segunda. Imagen: Warner Bros.

Julia Roberts explicó que accedió a formar parte del reparto coral de Historias de San Valentín para echarle una mano a su amigo, el director Gary Marshall, pero probablemente influyó bastante más el detalle de que su salario estuviera tasado en más de tres millones de dólares a cambio de seis minutos en pantalla, lo que significaba que en aquella película Roberts estaba facturando ocho mil pavos por segundo. La actriz repetiría con el director en otra película donde también pasaba de puntillas por la pantalla, aunque su careto aparecía bien grande en el cartel oficial, cobrando otros tres millones de pavos: Feliz Día de la Madre. Charlie Sheen se embolsó un cuarto de millón de dólares por grabar dos escenas para Scary Movie 5 en una misma jornada, lo que es más o menos el triple de tiempo que tarda el propio actor en consumir las drogas que es posible comprar con toda esa pasta. Y Sean Connery se llevó para casa doscientos cincuenta mil dólares después de trabajar un par de días en su papel/cameo para Robin Hood: príncipe de los ladrones.

Paul Betanny tiene ciertos reparos para atender a los fanboys del mundo del cómic cuando le asaltan ilusionados con ganas de hablar sobre las películas de Iron Man porque, a pesar de participar en ellas, el actor ni siquiera se ha molestado en verlas. A Betanny el equipo del Marvel Cinematic Universe le contrató para dotar de voz a JARVIS, el ordenador de Tony Stark, y el hombre se tomó la labor como un trabajo fácil y rápido que tan solo requería ponerse delante de un micrófono durante un rato: «Me llamaron en el último momento porque de ese modo les resultaría más fácil añadir cualquier cosa sobre la marcha. Y lo cierto es que ese trabajo me hizo sentir como un pirata, como si estuviera robando. Llegué al estudio, repetí durante dos horas unas líneas anotadas en un pedazo de papel, me dieron una bolsa llena de dinero, me fui y seguí con mi vida. En cierto modo me siento culpable, porque actuar puede ser un trabajo agotador que se alarga durante horas. Pero yo no hice nada, y tampoco me crucé con el resto del reparto. Solo me preguntaba a mi mismo “Pero ¿esto va en serio?”». Betanny añadía que ni siquiera había leído el guion completo de las películas protagonizadas por Iron Man, a excepción de Los Vengadores, porque el equipo no le había enviado los libretos y el hombre tampoco se había tomado la molestia de ver las películas una vez estrenadas. Cuando, años más tarde, le ficharon para calzarse el papel de Visión (un personaje que interpretaría físicamente en Los Vengadores: la era de Ultrón, Capitán América: Civil War y Los Vengadores: Infinity War) bromeó con el asunto: «Por lo visto ahora quieren que trabaje para ganarme el dinero».

Hugo Weaving también se sintió un poco raro por trabajar delante de un micrófono y cobrar por ello cuando accedió a ser la voz de Megatron durante las tres primeras entregas de los Transformers de Michael Bay: «Fue raro porque tan solo se trataba de un trabajo de un par de horas, es una de las pocas cosas en las que he participado en la que no tenía ni idea de qué iba, ni me importaba ni me preocupaba. Simplemente me ofrecieron hacerlo y la verdad es que me arrepiento un poco, porque rara vez hago algo que no tenga ningún sentido para mí y aquello no lo tenía […] No conozco a Michael Bay, nunca estuve en el set y solo he visto su cara por Skype. Ni siquiera sé nada sobre él, tan solo fui allí sin leer el guion y recité mis líneas sin saber lo que significaban, y esto suena totalmente patético». Unas declaraciones que llegaron hasta Bay, el amigo de las cosas que explotan, en forma de coz en las criadillas. El realizador, que parecía muy contento en los making of con lo de tener a Weaving haciendo de roboto, no solo no volvió a llamar al agente Smith para participar en la franquicia sino que contestó públicamente con una misiva rebozada en bilis: «¿No os dan asco esos actores que cobran quince millones por película, o doscientos mil dólares por un doblaje que solo les ha supuesto una hora y cuarenta y tres minutos, para luego ir por ahí quejándose sobre su trabajo?».

Paul Betanny ganándose el pan. Imagen: Marvel.

A Michael Biehn es necesario aplaudirle por lograr algo maravilloso: que le pagasen un salario por una película en la que no participaba. Se trataba de Alien 3, una entrega que optaba por cargarse al personaje que Biehn interpretaba en la segunda parte. El actor se enteró del plan para aniquilar a su personaje gracias a un amigo que descubrió en los estudios Pinewood a un monigote con su cara y el pecho reventado, un maniquí para justificar la muerte del personaje ahorrándose contratar al artista. Tras ser informado, Biehn se puso en contacto con el equipo de la película, comandado por un David Fincher que acababa de saltar al largometraje, y después de ponerlos de vuelta y media («Ahora os jodéis por no haberme fichado para la película») llegó a un acuerdo bastante beneficioso: les daba permiso para utilizar en el film una foto suya a baja resolución a cambio de un montoncito de pasta. Fincher aceptó y Biehn cobró lo suyo por una foto guarra que aparecía fugazmente en pantalla.

Home improvement

Cuando a Steve Buscemi le preguntaron por sus motivaciones para participar en Armaggedon, el actor respondió con una sinceridad del tamaño de un meteorito: «Quería una casa más grande». Patrick Stewart accedió a formar parte de la inenarrable Lifeforce: fuerza vital de la Cannon, una película con alienígenas vampiras en pelotas, porque con el dinero podía cubrir unas reparaciones pendientes de su casa. Michael Caine reconocía sin lucir pudores que su criterio de selección se basaba en apuntar por los mejores papeles, pero si no había ninguno de estos a la vista se zambullía sin problemas en cualquier personaje que le ayudase a pagar las deudas, lo que explica su paso por cosas como Lío en el río, Más allá del Poseidón o aquella El enjambre repleta de abejas asesinas. Su dedicación a la bastante espantosa Tiburón: la venganza le impidió recoger en persona el Óscar que ganó por Hannah y sus hermanas, pero al menos dio pie para que el hombre se quedase a gusto con un montón de declaraciones impagables como «La verdad es que no he visto Tiburón: la venganza, pero por lo que me han dicho es terrible. Lo que sí que he visto es la casa que me he construido con lo que me pagaron, y es espectacular» o «Es un film que se ha asentado en mi memoria como aquel momento en el que gané un Óscar, me compré una casa y tuve unas vacaciones fabulosas. No está nada mal para una película horrible». Kareem Abdul-Jabbar aceptó aparecer en Aterriza como puedas porque el cheque que le ofrecían le venía perfecto para pagarse una alfombra carísima que se le había antojado. Y Jessica Chastain dotó de voz a la jaguar Gia de Madagascar 3 para terminar de amueblar su casa: «Quería comprarme un sofá, pero no tenía hueco en la agenda para meterme en el rodaje de otra película. […] Entonces me enteré de que estaban buscando gente para una película de dibujos animados. Me presenté a casting, me llamaron y me hice con el papel. También me hice con el sofá».

Arnold Vosloo y Jeremy Irons a tope  con Dungeons & Dragons. Imagen: New Line Cinema.

Lo de Jeremy Irons era jugar en una liga superior, porque cuando alguien le preguntó qué coño hacía sobreactuando en Dungeons & Dragons, aquella película con laberintos de tres habitaciones, una momia con pintalabios, un estereotipo de colega de barrio neoyorkino y los peores dragones que ha parido nunca un departamento de FX, Irons le contestaba con sinceridad: «¿Estás de broma? Me acabo de comprar un castillo, tengo que pagarlo de algún modo». Se refería al Kilcoe Castle, una edificación del siglo quince situada en el sur de Irlanda, un castillo que Irons adquirió en un estado ruinoso y reformó hasta convertirla en una fortaleza privada bastante bucólica y espectacular (1).

Detrás de la cámara

¿Qué te digo siempre? Hay que hacer la peli cutre y luego la artística.

(Ben Affleck haciendo de Ben Affleck en Jay y Bob el silencioso contraatacan).

Francis Ford Coppola confesó que se aburrió del cine de gánsteres más rápido de lo que la gente cree, concretamente justo tras rodar la primera entrega de El Padrino. De hecho, el propio Coppola no tenía ningún interés en parir secuelas de aquella película y llegó incluso a proponer a su colega Martin Scorsese (alguien que nunca ha abandonado el tema de las mafias) como director para El Padrino: parte II. «Nunca quise hacer una segunda El Padrino, y mucho menos una tercera o una cuarta. ¿Y por qué lo hice? Todos sabemos por qué». El consenso general es que Coppola accedió a ello con el propósito de acumular pasta para rematar La conversación y financiar Apocalypse Now, dos películas que realmente le interesaban. Lo gracioso del asunto es que el realizador se siente culpable de haber creado un monstruo: «Fui la primera persona que comenzó a numerar las películas con El Padrino y El Padrino: parte II. A Hollywood le pareció bien y ahora se ha convertido en un negocio basado en las secuelas». Durante una entrevista admitía que hoy en día cosas como Transformers 3 son parte de la agenda de las productoras gracias a su ocurrencia de empastar numeritos a las películas.

El Padrino: parte II. Imagen: Paramount Pictures.

Wes Craven dijo «Lo siento por lo de Las colinas tienen ojos, 2ª parte, la única razón para hacer aquella película era que yo estaba completamente arruinado y necesitaba trabajar en cualquier cosa. Hubiera dirigido hasta un Godzilla Goes to Paris». En ocasiones, cuando a John Ford le preguntaban qué esperaba conseguir con su cine, simplemente contestaba «un buen cheque». Christopher Nolan aceptó encargarse de El Caballero Oscuro: La leyenda renace a cambio de que la productora sacase la billetera para Origen. Michael Bay pudo perpetrar esa película encocada llamada Dolor y dinero tras prometerle al estudio que antes montaría otra chatarrería con los Transformers. Y si Ben Affleck se enfundó en el traje de Batman fue porque de aquella manera los de Warner le financiarían sus futuros antojos como director.

Cine X

Sylvester Stallone debutó en el mundo del cine con The Party at Kitty and Stud’s una producción softcore —ese tipo de porno blando que esquiva los órganos sexuales de 1970 que el actor aceptó por pura necesidad: en aquella época estaba completamente pelado y durmiendo en una estación de autobuses. Seis años después, Stallone se hizo famoso al subirse al ring con Rocky, y los productores de aquella película erótica intentaron chantajearle sin éxito para finalmente acabar publicando la cinta tras rebautizarla como Italian Sallion. Un movimiento rastrero que anunciaba la película como pornaco duro después de añadirle un puñado de engañosas escenas explícitas protagonizadas por dobles. Stallone liberó de hierros el asunto al confirmar que la versión original era tan ingenua como para poder vestir el calificativo PG y los dueños comenzaron a alquilar el film a las salas a cambio de diez mil dólares. Cuando aquel chanchullo se hizo público el propio Stallone anunció: «Por ese precio olvidaos de la película, voy yo en persona».

Jackie Chan suele comentar que a mediados de los setenta los apuros económicos le llevaron a participar en una película pornográfica, aunque lo cierto es que aquella Hua fei man cheng chun en la que participó (la única película de su carrera sin hostias durante el metraje) era más una comedia erótica que una aventura triple equis. Cameron Díaz participó en su juventud en un vídeo erótico con cuero, medias de rejilla, chico cachas encadenado y un tono general tan inofensivo como el de Pocoyó. Tom Sizemore, una persona que ya venía de serie con apellido de estrella porno, decidió que la mejor forma de reavivar su carrera, lastrada por las adicciones a las drogas y las condenas por abusos, era publicando una sex tape donde se beneficiaba a varias chavalas y divagaba sobre la vida, el universo y todo lo demás entre polvo y polvo. De Dustin Diamond y su cinta de porno casero no merece la pena hablar demasiado, porque el que fuera Screech en Salvados por la campana ha llegado a un punto en la vida en el que es capaz de comerse un pastel de sus propias heces a cambio de un cigarro.

Italian Stallion y All in the Family (Hua fei man cheng chun).

Simon Rex ha ejercido de modelo para firmas como Tommy Hilfiger, Calvin Klein o Versace antes de acabar trabajando como presentador en la MTV y mucho antes de que el gran público se quedase con su cara tras las últimas entregas de Scary Movie o su carrera musical como rapero bajo el alias Dirt Nasty. Pero antes de todo eso Rex se inició en el mundo del espectáculo por la senda menos glamurosa al protagonizar, con diecinueve años, películas de porno gay que no requerían que se frotase con otros varones (Rex es heterosexual) al centrarse en el trabajo de autónomo: el actor protagonizó Young, Hard & Solo #2 y Young, Hard & Solo #3, películas que tenían nombre de spin-off de Star Wars pero en realidad basaban su todo metraje en un solitario Rex bamboleando el sable. El propio actor explicaba que aterrizó en aquel trabajillo para pagar el alquiler y por culpa de una novia metida en el negocio pornográfico: «Rock and Roll, rock con tu polla fuera. Fui e hice esa mierda [..] Lo que me pedían era algo que de todos modos hago un par de veces al día. Joder, y allí me iban a pagar por ello [..] Todo el mundo tiene sus esqueletos en el armario, yo solo tengo esto y gracias a internet ya lo sabe todo el mundo. Así que estoy en paz».

Lo hice por dinero

Chico Marx convenció a sus hermanos Harpo y Groucho para rodar Una noche en Casablanca y Amor en conserva porque era el único modo que tenía de recaudar lo suficiente para saldar sus deudas de juego. Laurence Olivier se embarcó en la muy espantosa Inchon únicamente por el dinero. Porque el actor inglés ya había reconocido públicamente que le quedaba poca carrera (y vida) por delante, y que sus planes se centraban en dejar una buena herencia. Cuando el rodaje de Inchon se alargó más días de lo esperado, Olivier solicitó que se le entregase el salario correspondiente a las horas extra de una manera algo especial: en el interior de un maletín que le acercaban en helicóptero semanalmente. Donald Pleasence justificaba su paso por películas infames diciendo que tenía seis hijas y comían mucho. Eddie Murphy dijo sobre La mejor defensa… ¡El ataque! que aquella era la peor película «en la historia de todo» pero que cualquiera al que le hubiesen ofrecido la misma pasta que le ofrecieron a él habría hecho lo mismo sin dudarlo. Helen Mirren fue bastante directa cuando aclaró qué motivaciones la llevaron a participar en Secuestrando a la señorita Tingle: «Acepté porque me ofrecieron una puta montaña de dinero». Sigourney Weaver fue un poco más fina al reconocer que participó en Alien: resurrección porque «condujeron un camión lleno de dinero hasta la puerta de mi casa».

Michael Ironside confesó que tanto él como Sean Connery y Christopher Lambert tenían muy claro que el guion de Los inmortales II: el desafío era una mierda apoteósica, pero todos se subieron al carro por la pasta implicada. Ironside apuntaba además que durante aquel rodaje decidió tirarse al río aprovechando el colchón del cine malo, porque nunca había interpretado a un bárbaro espadachín en la pantalla y porque también le apetecía sobreactuar todo lo posible para reírse un rato: «Me dije: si voy a hacer este pedazo de mierda, voy a intentar que mi participación sea la puta cosa más memorable de toda la película. Y creo que lo logré». Michael Madsen comentó que actuaba para pagar facturas y en su carrera solo había participado en seis buenas películas: Thelma y Louise, Reservoir Dogs, Liberad a Willy, Species, Donnie Brasco y Kill Bill. Christopher Walken nunca reniega de un papel si le pagan lo suficiente, pero su caso es maravilloso porque aprovecha para intentar pasárselo bien hasta en los rodajes más mierdosos.

Jack Nicholson fue el más listo de todos al protagonizar el mejor acuerdo cinematográfico de la historia con el Batman de Tim Burton del 89. El hombre solo pidió seis millones de dólares, y que le dejasen libre el día si había partido de los Lakers, pero a cambio solicitó llevarse un porcentaje de la taquilla, los productos relacionados y hasta de las secuelas. Teniendo en cuenta que la película recaudó una cantidad de dinero insultante y el hombre murciélago se convirtió en una franquicia acaudalada se puede asegurar que Nicholson es el tío más listo de todo Hollywood, alguien que gracias a aquel trato se sacó más de ochenta millones de dólares por hacer el payaso en una película. Cuando Batman vuelve comenzó a gestarse, Danny DeVito contactó con Nicholson en busca de consejo, porque estaba a punto de convertirse en el Pingüino antagonista de la película, y a modo de respuesta obtuvo una recomendación: «Intenta lograr el mismo acuerdo que yo».

Klaus Kinski en Aguirre, la cólera de Dios. Imagen: Filmverlag der Autoren.

Klaus Kinski es probablemente la persona que con más orgullo ha ondeado la bandera de hacerlo todo por dinero. En una entrevista realizada en diciembre de 1982 para la legendaria revista Fangoria lo dejó bien claro: «No hay un personaje que me gustaría interpretar, hay muchos y ninguno. Yo siempre he admitido que soy una prostituta, me vendo por dinero. No tengo que verme como Napoleón en una película para sentirme satisfecho, si tú me pagas lo suficiente yo saldré en tu película». Kinski era aquel hombre que mandaba a la mierda a los directores cuando le solicitaban repetir la toma sentenciando que a los accidentes de coche, a las tormentas y a los volcanes no se les puede pedir que repitan la toma. El actor que rechazó participar en En busca del arca perdida porque el guion era «estúpidamente mierdoso». La persona que aseguró que podía ser más convincente que Adolf Hitler a la hora de leer sus discursos, que matizó «el dinero no es la libertad, el dinero compra la libertad» y que aclaró que la razón por la que seguía haciendo películas era que aquello era mucho mejor que limpiar retretes. En cierta ocasión, Federico Fellini le ofreció un papel en una de sus producciones, pero Kinski consideró que el salario era demasiado bajo para sus servicios y optó por rechazar amablemente la propuesta: le envió al director italiano un telegrama que solo rezaba: «Que te follen».

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(1) Obsérvese en el vídeo adjunto que Jeremy Irons como toda persona de bien no solo tiene un castillo sino patitos de juguete cerca de la bañera, (minuto 1:30).


Yorick, embajador de la muerte

David Tennant en Hamlet, 2009. Imagen: BBC / Royal Shakespeare Company.

No hay nada que me guste más de la literatura que su capacidad para producir mitos. Y de todos los evidentes (los molinos de don Quijote y la locura, Moby Dick y la ambición del hombre, los anillos del infierno de Dante y el castigo justo por nuestras vidas), ninguno me seduce más que la calavera de Yorick, una imagen capaz de resumir toda una historia de la literatura.

Cuando una obra es tan popular como lo es Hamlet, en el momento en que el público se sienta en el teatro no acude a ver una representación, sino una actualización del mito. El espectador desea, de una manera consciente o inconsciente, que ese nuevo avatar del relato responda a la imagen idealizada que tiene del mismo. Como consecuencia, cada nuevo montaje de la obra lucha —desde hace siglos, no lo olvidemos— por defenderse a sí mismo como proyecto y a la vez establecer un diálogo satisfactorio con la memoria de cada espectador. La explicación sencilla del fenómeno es que contemplar un clásico en el escenario no se reduce al proceso de (re)conocer sino al de comparar.

En el mundo anglosajón, Hamlet ha despertado un culto tan profundo y perenne que ha inaugurado un aspecto único del teatro: el de las reliquias históricas relacionadas con su representación. La imagen de un actor sobre el escenario extendiendo el brazo y contemplando una calavera ha llegado a ser un icono tan universal que no se alza solamente como una realidad condensada de todo Shakespeare, sino de la magia del teatro en general. Mi fascinación por Hamlet se basa fundamentalmente en la capacidad de la pieza para ser una especie de trompeta de la muerte, de la de ellos y la nuestra. Shakespeare nos enseñó la enorme fuerza que encierran los símbolos: en la obra, Hamlet tendrá que enfrentarse a la muerte cara a cara, y eso es precisamente lo que hace cuando levanta el cráneo y reconoce en él los despojos del bufón Yorick. El valor del hecho es tan importante que el símbolo funciona en realidad como un anticipador del futuro: en las cuencas vacías de la calavera está ya inscrita la muerte del propio Hamlet.

La magia y contradicción del teatro es que es un suceso efímero, y como tal nada de lo que vemos en escena tiene por qué repetirse mañana, al menos de una forma exacta. Luchando contra esa tristeza de lo fugaz que actores y espectadores sienten, las reliquias teatrales actúan como objetos que fijan nuestro recuerdo de esas representaciones, y constituyen una especie de cristalización de lo pasajero. Como un primer ejemplo del fenómeno se encuentra documentado el paso de una espada utilizada para representar Ricardo III que recorrería la historia de los actores ingleses: de Kean a Irving, de Irving a Terry, de Terry a Gielgud, y finalmente de Gielgud a (este nombre ya nos suena) Laurence Olivier. Ya se sabe que el concepto de linaje entre las distintas generaciones de actores siempre ha estado muy presente en el mundo del teatro, y con respecto al honor que corresponde a quien es designado para interpretar a Hamlet la cuestión alcanza proporciones míticas.

Existen otros muchos ejemplos de reliquias teatrales que se transmiten de generación en generación, pero la más preciada en el mundo anglosajón es, por supuesto, la calavera de Yorick. Una de las más curiosas es la que se expone en la biblioteca de la Universidad de Pensilvania, que muestra en su superficie la firma de todos los actores norteamericanos del siglo XIX que representaron Hamlet para la prestigiosa compañía Walnut Street Theatre. Un total de nueve firmas decoran el cráneo, y una de ellas pertenece a Junius Brutus Booth (estarán de acuerdo conmigo en que si uno se llama así está poco menos que predestinado a ser actor), responsable de una de las anécdotas más interesantes sobre la calavera de Yorick. He encontrado dos versiones distintas de la historia, en realidad igualmente atractivas porque uno supone que ambas son igualmente falsas. En la primera, Booth conocería en la cárcel a un ladrón de caballos llamado Fontaine. En sus conversaciones de calabozo este prometería al célebre actor que, una vez muerto, le regalaría su calavera para que en el futuro pudiera representar con ella la gran tragedia de Shakespeare. Pasaron los años y Booth pareció olvidarse completamente de aquella promesa de su compañero de celda, pero no así el ladrón. Un buen día en que Booth desayunaba en un hotel de Louisville, un muchacho de color apareció con una cesta cubierta por una tela blanca. El intérprete supuso al instante que se trataría de flores o fruta ofrecidas por algún admirador, así que aceptó sin más el ofrecimiento del muchacho. Cuando levantó la tela, encontró para su sorpresa la cabeza del ladrón de caballos.

La segunda versión de la historia se encuentra escrita en el libro de memorias de la hija de Junius Brutus Booth, llamada Asia Booth Clarke (1). Las variaciones entre una y otra historia dejan entrever cómo la memoria puede dulcificarse cuando pasa por el tamiz de amor de una hija, y además nos recuerdan que las biografías se escriben para lograr dos efectos: reparar la memoria o atentar contra ella. En la versión de Asia, Booth no conoce al ladrón de caballos estando ambos en el calabozo, sino en una situación mucho más honrosa para el actor. Asia cuenta que algún amigo de su padre le habló de los problemas que este ladrón llamado Fontaine estaba teniendo para encontrar un abogado que le defendiera debidamente. Booth, descrito por su hija como un espíritu tremendamente generoso, le envió un abogado que él mismo costearía. Su buena acción no dio resultado, pues el abogado no pudo hacer nada para evitar que el delincuente fuera ejecutado. Sin embargo, para mostrar su agradecimiento eterno (nunca mejor dicho) el ladrón de caballos dejó escrito en su testamento (o al menos dice la hija de Junius que escribió): «Mi cabeza deberá ser dada, después de la ejecución, al actor Booth, con la condición de que la use en el escenario en Hamlet, y piense cuando la sostenga en sus manos la gratitud que su amabilidad ha despertado en mí».

No resulta fácil probar si Junius Brutus Booth llegó a utilizar la calavera de Fontaine, pero sí se encuentra documentación clara de que el actor dejó en herencia a su hijo una calavera real que había utilizado en algunas de sus representaciones de Hamlet, que bien podría tratarse de la legada por el ladrón. La leyenda de los Booth y Hamlet, lejos de quedar ahí, se amplificó con la llegada de su hijo a escena: Edwin Booth, que así se llamaba su vástago (nacido fuera del matrimonio y, por tanto, medio hermano de Asia), parecía predestinado a encarnar a Hamlet, pues su vida privada no cesaba de ofrecer resonancias de la tragedia shakespeariana. El público encontraba que cuanto le sucedía a Edwin en su vida coincidía con su papel estrella en el escenario, hasta el punto de que en la sociedad de la época circuló una especie de superstición en torno a su figura. La leyenda de Edwin Booth (2) se hizo tan popular que llegó un punto en el que para algunos espectadores Edwin y Hamlet eran un mismo individuo. Las pruebas de tal unión biográfica que se esgrimían eran: la devoción a su padre, que murió muy joven; la muerte prematura de su primera mujer, una joven bellísima; el escándalo de que su hermano John Wilkes asesinara ni más ni menos que al presidente Lincoln, y la locura y muerte repentina de su segunda mujer. Para los cazadores de coincidencias y paradojas de la historia hay un detalle añadido: antes de que su hermano asesinara al presidente Lincoln, ambos hermanos habían aparecido juntos en escena en un montaje de… Julio César, la eterna obra de Shakespeare sobre el magnicidio.

Desde esos días, han sido muchos los fanáticos de Hamlet que han ofrecido su cráneo para tener el honor póstumo de ser Yorick en escena: el propio Dickens dejó huella escrita en 1889 de la historia de un tal John Reed, empleado del prestigioso teatro Walnut Street, que tras muchos años de trabajo en el teatro dejó escrito en su testamento que su cabeza fuera separada del cuerpo y limpiada para su posterior uso por la compañía. El siglo XX también contiene historias de reliquias asociadas con Hamlet: en 1980, un pianista (y superviviente del Holocausto nazi) llamado André Tchaikowsky asistió a una representación de la tragedia a cargo de la Royal Shakespeare Company. La impresión de dicha función le debió acompañar hasta el final de sus días, pues en su lecho de muerte decidió donar su cráneo a la compañía. Sin embargo, Tchaikowsky no contaba con que ningún miembro de la Royal Shakespeare Company compartiera el deseo del pianista de usar una calavera real en los montajes, de manera que el cráneo permaneció en los almacenes durante años sin que nadie mostrara interés en subirlo a escena. El deseo póstumo del pianista estuvo a punto de cumplirse en 1989, pero la compañía no llegó a ponerse de acuerdo sobre las consecuencias éticas del hecho, de modo que la calavera volvió al almacén. Para compensar su decisión, se intentó cumplir a medias con el pianista creando una réplica de la calavera que llegó a usarse en escena. La justicia testamental de Tchaikowsky llegaría bastante más tarde: en 2008 David Tennant (un rostro popular en Gran Bretaña por haber formado parte del elenco de la serie eterna Doctor Who) se atrevió por fin a utilizarla en una nueva producción de la Royal Shakespeare Company, y en aquellos días circuló el rumor de que sintió tal emoción al hacerlo que en una ocasión la calavera se deslizó de sus dedos y golpeó el escenario.

Aunque ya en el siglo XVIII algunos críticos mostraban su descontento por el excesivo culto que público y actores otorgaban a las piezas utilizadas en las representaciones de Hamlet e intentaban avisar de la falta de ética que podía existir en el uso de calaveras reales, su advertencia caía siempre en saco roto, pues su utilización por parte de los actores era casi universal. Hasta el siglo XX, los actores que entraban en la obra de Shakespeare no solamente no tenían ningún problema en utilizar una calavera real, sino que de manera habitual lo preferían. Ha sido la sociedad contemporánea quien nos ha separado de la idea de la muerte, que hoy se asocia normalmente al mal gusto y lo morboso.

Del Close, un actor especializado en la improvisación y la comedia popular, donó su cráneo al Teatro Goodman de Chicago con el mismo deseo que Tchaikowsky. Su obsesión por Hamlet venía de que una vez había representado el papel de Polonio y ganó con él el prestigioso galardón Joseph Jefferson. Su cabeza fue entregada al teatro el 1 de julio de 1999, y la compañía sostuvo durante mucho tiempo que lo utilizaba en sus representaciones. Sin embargo un artículo del Chicago Tribune de julio del 2006 desmontó la historia del cráneo de Del Close y confirmó que la cabeza del actor fue incinerada porque la compañía no pudo encontrar un médico que quisiera limpiarla y dejarla apta para escena. 

Aún siendo en realidad la tragedia del autor inglés más cargada de humor y romanticismo, hay tantos embajadores de la muerte en Hamlet que el conjunto de la representación tiene algo de juicio final. El primer aviso de la muerte con el que nos topamos es esa sombra del padre que serpentea por las murallas de Elsinor, informando a quien quiera oírle del crimen que le ha convertido en fantasma. Shakespeare te obliga a que mires a la muerte a los ojos y, más aún, a que establezcas una relación con los difuntos. Sin que te des cuenta, el autor inglés desliza en tu mente la idea de que Yorick pudo haber sido un bufón en el pasado, pero en el presente de Hamlet es un emisario de lo inevitable.

También es algo común a los grandes mitos de la literatura o del cine que permanezcan en el imaginario colectivo entre equívocos, generalizaciones y medias comprensiones. Shakespeare no es inmune a este mal: el primer error habitual del mito es que Hamlet no sostiene la calavera cuando enuncia ese famoso «Ser o no ser», que es por otra parte la línea dramática más difundida de la historia. Lo hace antes, en la primera escena del quinto acto, cuando dice: «Pues, señor, esta calavera es la calavera de Yorick, el bufón del rey». El célebre monólogo de la duda llega a nosotros en la primera escena del tercer acto. Lo que ocurre es que los dos momentos más sugerentes de la pieza han quedado fundidos para todo el mundo por magia de la idolatría y la desmemoria de la pasión. Nunca se han unido en el texto o en el escenario, pero sí en la imaginación de los espectadores que han disfrutado la obra temporada a temporada, siglo a siglo.

Me resulta estimulante la idea de que la tradición de puesta en escena de Hamlet haya generado en los amantes del teatro un bucle externo paralelo al que se crea en la obra, como si la magia de Shakespeare se hubiera extendido a la realidad. En el texto, Hamlet quiere saber a quién han pertenecido los restos que el enterrador extrae de la tierra. Cuando un espectador se sienta en la butaca, el efecto Yorick comienza: el enterrador afirma que la calavera pertenece a Yorick, el bufón de la corte, pero el espectador de la sala puede saber, o ha leído, o le han contado, que perteneció a Tchaikowsky, un pianista que un buen día decidió que quería estar ahí, sobre la mano de Hamlet. O a un ladrón de caballos llamado Fontaine. Quizá la calavera es de Del Close, ese actor de comedias de medio pelo. Y entonces, unos y otros, obedecen a Shakespeare. Dedican un instante a pensar en la muerte.

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(1) El libro en cuestión se llama Booth Memorials. Passages, Incidents, and Anecdotes in the Life of Junius Brutus Booth (the Elder.) by His Daughter, y la edición que conozco es de Wentworth Press, 2016.

(2) Para encontrar referencias de las reliquias teatrales en el teatro americano del siglo XIX, ha sido importante la lectura de «Yorick’s afterlives: skull properties in performance», artículo de Elizabeth Williamson para The Evergreen State College.


¿Cuál ha sido la mejor adaptación al cine de Shakespeare?

En un tiempo en el que el Puente de Londres estaba bellamente decorado con picas de las que pendían cabezas de traidores y la gente se entretenía con peleas de osos o con chimpancés montados a caballo siendo atacados por una jauría de perros, Shakespeare tuvo que estrujarse mucho las meninges para idear historias que pudieran cautivar al público, sin apenas decorados y con actores pobremente pertrechados. Todo debía depender de la imaginación y de la fuerza de la palabra. Dejó escritas casi un millón de ellas, con tal acierto que siglos después Hollywood no podría encontrar mejor guionista, de manera que en la lista de nombres más citados en la base de datos IMDb ahí lo vemos bien acompañado de Ron Jeremy y Adolf Hitler. Tiene más de un millar de referencias, aunque su influencia en el cine es sencillamente incalculable… al menos hasta la publicación de esta encuesta. Nos proponemos a continuación escoger nuestra adaptación favorita de un texto shakesperiano, o la segunda mejor, dado que difícilmente nada podrá superar esto. Así que voten o añadan su favorita.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Macbeth

Imagen de See-Saw Films.
Imagen de See-Saw Films.

Orson Welles, Roman Polanski, Akira Kurosawa… muchos de los mejores cineastas han quedado prendados de esta obra en torno a la ambición por el poder, que nos deslumbra como una bombilla incandescente a las polillas e igual que a ellas nos termina achicharrando cuando nos aproximamos demasiado. Macbeth, como es costumbre en los personajes del dramaturgo, tiene además la lucidez suficiente para ser consciente de la perdición a la que es arrastrado, de ahí que acabe asumiendo aquello de que la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada. Cómo un director podría resistirse a una historia de tan altos vuelos. Todas las adaptaciones han sido meritorias, destacando por su originalidad Trono de sangre con Toshiro Mifune que ya tiene desde esta semana su estrella en el Paseo de la Fama— aunque nos quedamos con la más reciente, esta del 2015, por la espectacularidad de sus imágenes y por contar nada menos que con Michael Fassbender y Marion Cotillard.

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West Side Story

Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer.
Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer.

La primera adaptación de Romeo y Julieta vio la luz en una fecha tan temprana como 1908. Desde entonces ha padecido toda clase de experimentos, desde el que propinó Baz Lurhman hasta Gnomeo y Julieta, pero si hemos de preguntar por la versión más celebrada casi todo el mundo nos dirá este musical ambientado en Nueva York que a punto estuvo de ser protagonizado por Elvis Presley. Qué mejor ocasión para recordar este momento.

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El mercader de Venecia

Imagen de Spice Factory.
Imagen de Spice Factory.

Desde comienzos de la Edad Media los judíos no podían poseer tierras ni ejercer muchos trabajos en buena parte de Europa; por su parte a los cristianos los Evangelios les decían bien claro que los préstamos con interés no eran moralmente aceptables. La solución idónea resultó ser la especialización de los primeros en dicha actividad económica: nacía así el estereotipo del judío usurero. El problema es que los acreedores no suelen caernos simpáticos… Shakespeare recogió el antisemitismo de su tiempo y moldeó con él uno de los mejores personajes de la historia de la literatura, Shylock. En lugar de convertirlo en un simple malvado lo dotó de tal humanidad que su discurso se convirtió en un alegato mil veces recordado desde entonces, como en la escena final de Ser o no ser.

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Hamlet

Imagen de Icon Production.
Imagen de Icon Production.

Entre el encorsetamiento de las adaptaciones clásicas del Bardo y la espantajería pop de algunas de las más recientes hay un virtuoso término medio que Franco Zeffirelli supo encontrar. Aunque naturalmente es algo susceptible de opinión, así que aquí tienen para comparar el monólogo de la versión de Laurence Olivier, aquí el de la película de Kenneth Branagh, aquí el de la interpretada por Mel Gibson y por último el de la versión de Ethan Hawke.

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Enrique V

Imagen de MGM.
Imagen de MGM.

Las seis películas ha dirigido Kenneth Branagh en torno a la obra de Shakespeare lo convierten en uno de sus adaptadores oficiales. Enrique V fue la primera de todas ellas, y tal vez la mejor, al menos le valió sendas nominaciones como actor y director. No podemos olvidar su escena cumbre, en la que arenga a sus soldados antes de la batalla del día de San Crispín.

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Mucho ruido y pocas nueces

Imagen de Samuel Goldwyn Company.
Imagen de Samuel Goldwyn Company.

Sus comedias generalmente no han tenido unas adaptaciones de calidad semejante a sus tragedias, quizá el motivo sea que el humor es perecedero y está más sujeto al contexto cultural. Pese a todo el resultado fue aceptable en esta versión de Branagh en la que contemplamos a un insólito Pedro I de Aragón. Otra comedia de este director, que no era una adaptación aunque sí estaba vinculada al universo de Shakespeare, fue aquella tan simpática titulada En lo más crudo del crudo invierno. Por otro lado, Joss Whedon tuvo tiempo entre Vengadores y Vengadores para filmar su propia versión de la obra, con cuatro duros y la participación de sus colegas habituales. Una simpática adaptación en blanco y negro en escenario contemporáneo.

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Otelo

Imagen de Castle Rock Entertainment.
Imagen de Castle Rock Entertainment.

En la época de nuestro autor andaban al acecho los puritanos, que lógicamente no veían con buenos ojos algo que divirtiera a la gente como era el teatro. Lo que no existía, por suerte para él, era esa evolución posterior del puritanismo conocida como corrección política, con su empeño por fiscalizar la ficción. Por esta obra hoy día hubiera tenido que dar muchas explicaciones pero afortunadamente ya está escrita y no puede cambiarse. En esta versión vemos de nuevo a Kenneth Branagh, esta vez interpretando a Yago, uno de los personajes más sugerentes y perversos que ha dado la obra shakesperiana.

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Campanadas a medianoche

Imagen de Alpine Films.
Imagen de Alpine Films.

Como vemos, hay personajes salidos de su pluma que parecen adquirir vida propia y tomar su propio rumbo. Es el caso del vitalista Falstaff, a quien interpretó un esférico Orson Welles en esta cinta rodada en España (por ahí vemos a Fernando Rey) que recrea fragmentos de un total de cinco obras suyas. De nuevo estamos ante un cineasta adicto a Shakespeare, pues previamente ya había dirigido Macbeth y Otelo.

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Ran

Imagen de Greenwich Film Productions.
Imagen de Greenwich Film Productions.

De Kurosawa podemos decir lo mismo. Entre las diversas obras literarias occidentales que adaptó al contexto japonés destacan las del dramaturgo inglés, como la mencionada al inicio o esta superproducción que recreaba El rey Lear.

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Diez razones para odiarte

Imagen de Touchstone Pictures.
Imagen de Touchstone Pictures.

Hollywood se ha recreado siempre en la descripción de los institutos americanos a la manera en que lo hace un documental cualquiera sobre los antílopes de la sabana, sin ahorrarnos detalle sobre sus ritos de apareamiento y sus luchas jerárquicas. Era inevitable que semejante hábitat terminase siendo el escenario de alguna adaptación shakesperiana, en este caso de la que es quizá su comedia más conocida: La fierecilla domada. El resultado fue mejor de lo que cabía esperar en esta película protagonizada por el malogrado Heath Ledger.

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Julio César

Imagen de MGM.
Imagen de MGM.

Mankiewicz coescribió y dirigió esta tragedia en la que nuestro autor recreaba la conspiración y el asesinato de Julio César. Quiso cuidar cada detalle, y para ello contó con actores que ya estaban familiarizados con esta obra salvo en el caso de Marlon Brando, que a pesar de ello supo estar a la altura y resultó nominado al Óscar. John Huston describió su interpretación aquí como «abrir un horno caliente dentro de una habitación oscura», aquí tenemos un ejemplo.

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Shakespeare in Love

Imagen de Miramax Films.
Imagen de Miramax Films.

No es una adaptación de una obra en concreto pero sí de la vida y del universo de Shakespeare, por lo que merece que la incluyamos. Obtuvo siete Óscar esta encantadora historia que juega con el travestismo que tanto gustaba al escritor inglés (la quinta parte de sus obras lo incluyen, qué vicio llevaba), con una Viola disfrazándose de hombre para poder actuar en el teatro y aproximarse al escritor, quien terminará dedicándole un personaje en Noche de reyes.

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Planeta Prohibido

Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer.
Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer.

Basta con que cambiemos un mago por un científico, Miranda por Altaira, Robby por Ariel, la isla por el planeta Altair-4, Calibán por aquel ente maléfico que «renueva su estructura molecular de microsegundo en microsegundo», los supervivientes del barco por la tripulación capitaneada por Leslie Nielsen y en lugar de La tempestad tendremos frente a nosotros este clásico de la ciencia ficción.

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