Messi: ni siquiera voy a tratar de explicarlo

Lionel Messi
Lionel Messi. Foto: Cordon Press.

«Un recuerdo colectivo es difícil de adivinar, al menos desde una mirada individual», responde Ramón Besa, uno de los periodistas que mejor han relatado las hazañas de nuestro protagonista a lo largo de su carrera. «Pero yo diría que el universo Messi fue descubierto por el gran público en el [Joan] Gamper del año 2005 que disputaron el Barça y la Juventus». La pregunta, sencilla y previsible, trata de situar el comienzo del extraño romance entre este futbolista único y una afición muy particular, la del Fútbol Club Barcelona, brutalmente especializada en matar a sus ídolos: ocurrió, al parecer, un 24 de agosto. 

«Nunca había visto a un jugador con tanta calidad a su edad», declaraba Fabio Capello al terminar el partido. Antes de eso, durante el descanso, el propio entrenador trasalpino se había acercado a Frank Rijkaard para hacerle una curiosa petición: «Préstame a ese diablo». Así lo contaba Lu Martín en su crónica para el diario El País al día siguiente. Y así lo recuerda hoy su jefe de entonces en la redacción de Barcelona. «El mundo del fútbol al completo tomó conciencia de la grandeza de Leo Messi después de aquello, muy especialmente los aficionados del Barça. A veces se necesita de una mirada externa para reconocer al mejor de los tuyos, y las declaraciones de Capello supusieron el pistoletazo de salida para la construcción del relato», explica Besa. Dicho y hecho: no existe hoy un solo hincha del Barça que reconozca haberse perdido aquel partido y solo unos pocos rehúsan la tentación de asegurar que aquella noche de agosto, al descubrir algo parecido al terror en el rostro angelical de Fabio Cannavaro, se atrevieron a pronosticar el inmediato advenimiento de su reinado. 

Una semana antes, Leo Messi había hecho su debut con la selección argentina en un amistoso contra Hungría que se disputó en Budapest. «Toda Argentina estaba ansiosa por ver al nuevo Maradona. O al último Maradona, más bien», recuerda la periodista Verónica Brunati, una de las encargadas de contar el día a día de la albiceleste en aquella época. «Esa etiqueta ya se la habían colgado antes a Ariel Ortega, a Pablito Aimar, a Carlos Tévez… Como en su día le sucedió a Brasil con Pelé, el país entero vivía a la expectativa de que apareciese el heredero definitivo, y de Messi, al que muy poca gente había visto jugar, contaban los especialistas en fútbol internacional que reunía todas las condiciones». 

José Pékerman, apremiado por las aspiraciones de la Real Federación Española de Fútbol, convocaba prematuramente al joven talento para espantar el fantasma de la nacionalización y, a los dieciocho minutos de la segunda parte, lo introducía en el campo sustituyendo a Lisandro López, flamante fichaje estival del Oporto. Apenas 43 segundos después, Leo Messi era expulsado por un manotazo sobre un defensa magiar que el árbitro interpretó como agresión. «Pensaba que no volvería nunca más a la selección», rememoraba el propio Messi de su debut en una entrevista concedida al canal TyC Sports pasado un tiempo. «Tenía dieciocho años y se te cruzan un montón de cosas en la cabeza». Quince años después, Messi se parece tanto a Maradona que la nostalgia apenas acierta a defenderse de su acoso abusando de la gran diferencia entre ambos: uno hizo campeón del mundo a Argentina y el otro, al menos de momento, se ha quedado a un solo paso.

«Es cruel la nostalgia», explica Diego Latorre, otro de los talentos que en algún momento sintió sobre sus hombros el peso de las camisetas heredadas de Maradona. «El país lleva grabado en carne viva el recuerdo de Diego en el mundial de México y no es fácil conjugar el presente con todo aquello». Algunas circunstancias heredadas y el contexto actual de las nuevas tecnologías tampoco parecen ayudar a la justa valoración de un futbolista que, como decía Jorge Valdano, es Maradona todos los días. «El país lleva treinta años siendo bombardeado con el mensaje perverso de ganadores y perdedores: no se disfruta del proceso, no hay espacio para el análisis más allá de los resultados, y eso impide ver la dimensión real de Leo Messi en la selección argentina. Además, con la llegada de las redes sociales, la gente es capaz de decir, en un momento dado, cosas que en realidad no piensa, lo que termina distorsionando la percepción global sobre el verdadero sentir del pueblo argentino hacia Messi», asegura el Gambeta. 

¿Existe, por tanto, un debate real en Argentina sobre la figura de Messi? ¿Produce el capitán de la selección tanto rechazo —y a tanta gente— como a menudo se airea en la prensa deportiva española? Vero Brunati se muestra tajante al respecto: «No hay desafección del aficionado argentino hacia Messi, como suelen creer allá en Europa. Lo que sí hay es un sector de la prensa, con la cual Messi nunca ha hablado y rehúye cualquier contacto, que siempre ha utilizado a Leo para polarizar el debate», asegura. «Este es, de por sí, un país muy polarizado en el que todo se discute, todo se debate. Por ahí existe una grieta que atraviesa todos los grandes temas identitarios de la Argentina: peronismo vs. liberales, Boca vs. River, Maradona vs. Messi… De todo hacemos una polémica, pero no creo que haya desafección hacia Leo. Lo que sí tenemos son periodistas, insisto, que han cimentado toda su popularidad criticando a Messi, el más conocido podría ser Martín Liberman, pero ni por asomo representan a la mayoría del pueblo argentino y, por supuesto, no deberían ser acreedores de la importancia que a veces se les concede desde la prensa española en busca del clickbait».

En una dirección similar apunta Latorre, convencido de que el sentimiento mayoritario de la hinchada argentina hacia Messi es de absoluta admiración, amarrada a su talento como única posibilidad real de que la albiceleste pueda reverdecer viejos laureles. «Acá casi nadie duda de la calidad suprema de Messi. Se le puede hacer la comparación futbolística con Diego reconociendo que no tiene su intuición, seguramente porque se ha criado en un fútbol excesivamente contaminado por lo táctico. Messi fue educado en un hábitat que nunca lo obligó a revelarse y por ahí puede venir algo de bronca, tampoco demasiada», concede cuando se le pregunta por los reproches que se le podrían hacer al rosarino desde el plano puramente futbolístico. Arturo Lezcano, uno de los periodistas españoles que mejor conoce el país de Gardel y «el Pity» Álvarez, apunta directamente a la idiosincrasia del hincha argentino: «Creo que, lo que realmente penaliza a Messi es no haber jugado como profesional en Argentina. Sin llegar al debate de siempre con Maradona, que tiene muchos más matices, el asunto es que a Messi nadie lo vio en la cancha. Y eso le juega en contra delante del hincha argentino acostumbrado al tablón, a la liturgia de pasar un domingo entero en el club, ver al reserva, conocer a los chicos de inferiores… Y luego, verlos llegar al primer equipo y besarse el escudo —desarrolla Lezcano—. Si no hay referencias nadie puede decir lo que dice medio país sobre Maradona: que lo vio debutar aquel día en La Paternal contra Talleres… Aunque solo hubiese un puñado de miles en la grada. En Argentina, más que en ningún otro sitio, el relato manda por encima de la realidad». 

Trasladando la pregunta al otro lado del charco, y revistiendo de azulgrana las dudas que pueda despertar el diez del Barça, Jordi Puntí ni siquiera ofrece un resquicio para la esperanza de sus detractores. «Mi respuesta tiene que ser que no. No soy capaz de reprocharle nada», concluye el autor de Animals tristos, Maletes perdudes y, más recientemente, Tot Messi, un libro capital para dimensionar y comprender la figura del futbolista argentino. «Si me pongo tiquismiquis, quizá me iría hasta la temporada del Tata Martino para acusarle de una cierta desidia, pero incluso en ese momento era el mejor del equipo y casi me atrevo a decir que se contagió de la falta de ideas del conjunto». De boca del técnico argentino sale, precisamente, una de las frases más utilizadas en los últimos tiempos por los detractores de Messi en España. La reveló recientemente Andoni Zubizarreta en una charla con Vicente del Bosque organizada por el diario El País. «Ya sé que si usted llama al presidente me echa —entrecomillaba el otrora director deportivo del equipo azulgrana—, pero, coño, tampoco hace falta que me lo demuestre todos los días». Llegados a este punto, me veo en la obligación de recordar otra de las grandes sentencias de Gerardo Martino para dotar de contexto el supuesto malestar de Messi y, por qué no, demostrar el desbarajuste con el que se vio obligado a convivir durante aquella temporada. «Y por ahí, igual el problema está en que Messi toca demasiado balón», dijo sin inmutarse en rueda de prensa mientras el resto del mundo sentía cómo se tambaleaban los cimientos de la historia del fútbol. 

Alejado de la pasión y la ceguera selectiva que a menudo conlleva la defensa a ultranza de ciertos colores, el debate sobre Messi se diluye como una pastilla de sacarina repartida en siete tazas de caldo. Enrique Ballester, aficionado irredento del Castellón y columnista de El Periódico de Catalunya, tiene muy pocas dudas al respecto. «Messi ha sido en muchos momentos un consuelo comodín, una explicación sana a las derrotas ajenas que provocaba. Si te ganaba Messi, bueno, había justificación. Era Messi», sostiene el autor de Barraca y tangana, Infrafútbol y Otro libro de fútbol, todos ellos publicados por la editorial Libros del K.O. «Es difícil tener una visión completa de Messi si no ha jugado para tu equipo o no ha jugado contra tu equipo. Quizá un brasileño que sea del Barcelona o un argentino madridista nos podrían decir mejor». Lucía Taboada, autora de Como siempre, lo de siempre, otra hooligan ilustrada de la editorial del K.O. y fiel seguidora del Celta, ni siquiera se permite el lujo de fantasear con la posibilidad de tener a Messi en su propio equipo: «Sería como hacerlo con Brad Pitt. Hay cosas con las que no es recomendable fantasear. Un aficionado de un equipo pequeño, o mediano, no puede permitirse el lujo de fantasear con Messi, normalmente nos conformamos con algún fichaje que sepa tirar a puerta. Si acaso, alguna vez fantaseo sobre cómo hubiese sido ser de un equipo que tuviera a Messi en su plantilla, cómo habría sido sentir que en tus filas está el mejor jugador del mundo… Esa garantía, esa certeza». Lo cierto es que tampoco resulta tan perfecto como Lucía pueda imaginar: tarde o temprano, como todo lo bueno, Messi también se acaba. 

¿Qué será de Argentina y del Barça, cuando llegue ese momento? Los últimos acontecimientos apuntan a un hecho con el que muy pocos contaban: que Messi pueda decir adiós a Barcelona antes de colgar las botas como internacional argentino. «Será un momento complicado que servirá —si es que las desgracias sirven de algo— para que los pocos que todavía no lo valoran se den cuenta de la suerte que ha tenido la Argentina al contar durante tantos años con el mejor futbolista de la historia: dudo mucho que volvamos a ver otro como él, ni acá ni en ningún otro lado». En Barcelona, a su vez, el panorama no se presenta mucho más halagüeño pese a contar con el subterfugio del dinero y las leyes del mercado como posibles pasaportes a una nueva felicidad, a una nueva normalidad. Ramón Besa, por ejemplo, asegura que lleva muchos años dándole vueltas a ese asunto «y, mira por dónde, ha sido Messi el que nos ha dicho que no nos preocupemos por su despedida, que ya se va él antes». 

Su idea del Barça post Messi pasa por un equipo en construcción, que regrese a la cantera y ponga la idea del colectivo por encima cualquier estrella. «El Barça acostumbraba a fichar al mejor jugador del mundo y alrededor trataba de construir un equipo: eso no le funcionó. Luego hizo un equipo y en el proceso se topó con el mejor jugador de su historia. Ahora deberá elegir, en un contexto complicado, cómo quiere ser de singular en la globalidad». A Jordi Puntí, el fútbol post Messi le provoca una cierta morriña preventiva: «Habrá un antes y un después, eso está claro. Pasarán los años y se recordarán sus jugadas, la huella que habrá dejado a la hora de regatear, de chutar faltas, de todo… Veremos un regate, una jugada, y diremos: “mira, como Messi”. Lo echaremos de menos. Será un fútbol más triste, al menos durante un tiempo». Yo, si se me permite la intromisión, querría pensar que el fútbol seguirá siendo nuestro pasaporte más directo hacia la infancia, un juego en el que la pena no resiste durante demasiado tiempo nuestra mirada de niño. «De todas maneras, el amor es libre y los niños son muy raros —remacha Enrique Ballester con conocimiento de causa—. Mi hijo tiene cuatro años y su jugador favorito es Cucurella. Ni siquiera voy a tratar de explicarlo». 


Futuro Imperfecto #38: Asumiendo el contagio y la marcha de Messi

Foto: Cordon Press.

Curvas de la economía en V con rápida recuperación, una epidemia que iba a remitir en verano, un turismo que recuperaría su pulso y el mejor jugador de fútbol del mundo incapaz de envejecer, cansarse, o irse de su club de toda la vida. Qué optimistas éramos en primavera. Ahora con la vuelta al cole es tiempo de ir soltando las certezas que alimentaron nuestras esperanzas y contemplar la realidad como es. Al menos ese es el mensaje global que nos ha transmitido la actualidad esta semana. Muy a lo 2020.

Cómo asumir el contagio que viene

Para los epidemiólogos resulta evidente que la reapertura de colegios fomentará los contagios. El motivo radica en que los niños con COVID-19 son asintomáticos pero su carga viral es tan alta como la de un enfermo grave ingresado en UCI. Al menos esas son las conclusiones del Hospital General de Massachusetts, en un estudio con ciento noventa y dos «niños» de entre cero y veintidós años. Aquí una explicación del mismo en español.

Tan interesante como ese dato es que el síndrome inflamatorio provocado por el virus, que suele llevarte al hospital, apenas aparece en niños, por lo que son los menos expuestos a muertes o secuelas graves. Así lo afirman la OMS y la Academy of Medical Royal Colleges (Reino Unido). Pero en una enfermedad tan nueva todo es susceptible de cambiar con nuevos descubrimientos. Lo único que sí podemos afirmar con seguridad es que los padres van a tener que pagar un peaje por la escolarización de sus hijos. La mayoría acabarán contagiados dado que los niños son asintomáticos, y aunque los adultos menores de 50 años suelen superar la enfermedad sin problemas, un porcentaje sufre secuelas de por vida o muere. También existe un pequeño pero doloroso porcentaje de chavales que fallecen o quedan con secuelas cardíacas y pulmonares de por vida. Nuestra psicología y nuestras sociedades tardarán tiempo en asumir que la muerte y la enfermedad van a volver a formar parte inseparable de nuestras vidas, haciéndolas impredecibles e inseguras. De momento es la única lección incontestable de este virus. 

La segunda ola es generalizada en Europa

Tan importante como que somos el primer país del continente en superar los cuatrocientos mil casos lo es que no sabemos por qué. Hemos sido muy disciplinados en el uso de mascarillas en calles y espacios públicos y no hemos invertido lo suficiente en rastreadores y aislamiento. Por no hablar de que el Estado de las autonomías parece no funcionar bien en los momentos críticos. Quizá no hay una razón única, pero estaría bien saberlo para poder prevenir.

Sin jugar al «y tú más» debemos tener claro que España solo es excepcional por la magnitud de sus cifras. Italia acaba de sufrir el rebrote más intenso desde mayo. En Alemania el 40% de los casos identificados tiene su origen en viajes turísticos, sobre todo por desplazamientos a Kosovo, Turquía, Croacia y Bulgaria. Los colegios de Berlín, que reabrieron hace dos semanas, tienen cuarenta centros con contagios. Francia también va al alza. Resulta por tanto evidente que si partimos de un número previo de enfermos altos, como nosotros o Italia, tendremos un rebrote elevado, pero incluso quienes partían de una situación mejor caminan hacia una segunda ola proporcional a la primera.

Así que es el momento de implantar la semana de cuatro días

La crisis laboral que se avecina augura menos empleos disponibles y por tanto más gente en paro. Buen momento para reducir la jornada y que así haya más posibilidad de emplearse. El caso de estas dos emprendedoras españolas ha conseguido aumentar la productividad notablemente, con restaurantes en que se trabaja cuatro días y se libra tres. Además son consultoras para empresas, y afirman que muchas grandes compañías ya han hecho cambios que van incluso más allá de este modelo de cuatro días, pero no quieren que se sepa todavía. 

Un bloguero organiza desde Polonia las protestas de Bielorrusia

Los bielorrusos han estudiado detenidamente el modelo de Hong Kong, sus fallos y aciertos, así que no tienen líderes dando discursos a los que pueda identificar o detener la policía. Las multitudes que aparecen y se disuelven en las manifestaciones lo hacen con perfecta coordinación y disciplina. Esta coordinación la consiguen gracias a Nexta, un canal de Telegram gestionado por el bloguero de veintidós años Stsiapan Sviatlou, que vive en Polonia, donde no puede ser alcanzado por la policía de su país. Con la prensa totalmente controlada por Lukashenko, Nexta es el único medio del que dispone la oposición, y ya tiene dos millones de usuarios, una cifra enorme para un país de apenas nueve millones y medio de habitantes. La historia completa sobre Saviatlou y su organización clandestina, en The Atlantic en inglés. Para saber más sobre la situación histórica y la geopolítica de Bielorrusia, este artículo de CTXT, muy completo.

Estos magufos han alcanzado el nivel Dios

Siempre conviene mirar hacia Estados Unidos para anticipar por dónde irán las tendencias mundiales, y en este caso nada mejor para visualizar cómo se comportan los conspiranoicos de QAnon. Aprende, Miguel Bosé. Nacida como teoría de la conspiración de la extrema derecha, comenzó afirmando que un grupo de políticos y personajes públicos tienen una red internacional de pedofilia dedicada al secuestro y violación de niños. En esa red participarían Barack Obama, Hillary Clinton o George Soros. Ahora se han unido a ellos los antivacunas, negacionistas de la epidemia y otros locos hasta sumar millones en Facebook y conseguir ser tendencia en Twitter de forma continuada. Trump les ayuda citándolos o retuiteando sus mensajes. Y pronto tendrán representación en el Congreso de Estados Unidos gracias a una futura congresista republicana. En el país advierten que este grupo tiene tanta influencia en las redes que podría ser determinantes para la victoria electoral de Trump en noviembre. Para saber más

En China siguen controlando la narrativa de la pandemia, y nos la cuelan

La prensa occidental se ha hartado de enseñar con asombro la imagen de un club nocturno en Wuhan, la ciudad donde comenzó la epidemia. Masificados, sin mascarillas, y sin contagios. Fue difundida a propósito por el gobierno chino y dirigida como mensaje a las democracias occidentales, avisando de que su modelo más autoritario funciona mejor para asegurar la seguridad sanitaria y económica de los ciudadanos. Internamente cuentan además con un veto a los papers de de investigación sobre el virus que hacen los científicos chinos, que deben pasar para publicarse por un control político. Además no se permiten manifestaciones en la prensa china que analicen o cuestionen las medidas gubernamentales contra la epidemia. Más nos vale detenernos a analizar las imágenes virales que vienen del régimen de los chinos. Recomiendo leer con detenimiento este largo análisis de Bloomberg en inglés. Y no olvidar tampoco lo duras que son las cuarentenas allí, especialmente si perteneces a la minoría musulmana.

El horizonte de un fútbol sin Messi y sin público

Leo Messi, considerado mejor jugador de fútbol mundial, quiere abandonar el único club en el que ha jugado, el FC Barcelona. Los culés quieren verlo con optimismo y las visiones más críticas anuncian que el club está en crisis. Pero la marcha de Messi es más significativa por otro fenómeno que se ha pasado por alto, la falta de público en los estadios, que amenaza todas las disciplinas deportivas. Además de la pérdida de venta de entradas, las televisiones renegocian sus contratos de emisión a la baja y los patrocinadores piden rebajas también en sus aportaciones. Los encuentros sin público son menos espectaculares y generan menos beneficio, lo que obligará a reducir costes a equipos, ligas y federaciones. Será un largo camino, ligado a la prevalencia de la epidemia, y el fútbol, como el resto de deportes, tendrá que pasarlo reduciendo sus costes. No es el fin de Messi y de cláusulas imposibles como la suya, de setecientos millones, o su sueldo de cien millones brutos anuales, sino el fin de toda una época.

Cuando éramos niños en las calles

Ya sabíamos que 2020 es un año único para ir sumando desgracias, y esta semana no ha sido excepcional en eso. Lo supimos por la muerte repentina de Justin Townes Earle —hijo del mítico Steve Earle y como él dedicado a la música tradicional estadounidense y su fusión con otros sonidos—, que formaba parte de una generación que está marcando un nuevo camino a la música americana y al rock en general. Tenía treinta y ocho años y suficiente talento para llenar el siglo XXI. Un hombre que además aseguraba no tener miedo a hacer canciones preciosas, porque se puede ser masculino y amar la belleza. Para saber más de él, es imprescindible este repaso de Rolling Stone. Y si están por descubrirle, escuchen esta canción, «Kids in the Street», lanzada en 2017 pero que podría ser un himno de hoy: «Éramos niños jugando en la calle, secuencias de American Graffity, reíamos y llorábamos». Cuándo volverá eso.

Y si todo lo anterior les parece una ñoñez, también ha habido un deceso en el metal que merece ser recordado: Riley Gale, vocalista del grupo Power Trip. Aquí uno de sus mejores temas en directo, también con mensaje relativo a nuestro presente: «El verdugo está aquí para hacerte pagar, está afilando su hacha, llora cuanto quieras, pero hoy la hoja se alza».

Para acabar el repaso musical necrológico, el punto vitalista de Pau Donés hecho testamento con la entrevista que Jordi Évole presenta en el Festival de Málaga: «lo que me aterroriza es ver que hay gente que tiene miedo a la vida, a querer y a que le quieran». Quizá el mejor mensaje ahora que toca admitir que viviremos y moriremos mucho tiempo con esta pandemia. 


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El fútbol y la patria: ¿por qué Mozambique no ama a Eusébio?

Eusébio. Foto: Cordon.

(Este es un artículo póstumo de Pablo L. Orosa, publicado en su recuerdo y con permiso de su familia)

Muchos años después, junto al Palacio da Ponte Vermelha, Eusébio da Silva Ferreira, el mejor jugador que ha dado nunca África, «la Pantera Negra» para el mundo, «O Magagaga» para sus vecinos de Mafalala, no dejaba de recordar aquella tarde. La más lustrosa de su carrera deportiva. La del 23 de julio de 1966 en Goodison Park frente a Corea del Norte. Al menos por un instante, Eusébio desearía no haber marcado aquellos goles. 

«Cuando yo estaba en la guerrilla», le dice el hombre más poderoso de su país, un país que quizás ya no es el suyo, «el presidente de Corea del Norte, Kim Il Sung, me habló de ti. Me dijo: “Samora, tienes que ganar de una vez esa guerra a los colonialistas para llevarte de Portugal a Coluna y a Eusébio. Han humillado a mi selección. Íbamos ganando 3-0 y acabamos perdiendo 3-5″. Con tres goles de Eusébio». 

En realidad fueron cuatro los tantos que Eusébio da Silva Ferreira anotó en aquel partido de cuartos de final del Mundial 66. Pero Samora Machel, el primer presidente del Mozambique independiente, no era alguien a quien contradecir. Así que Eusébio aceptó el cumplido. Y respiró. Cruzó y descruzó las piernas. Tantas veces que acabó por tirar de un puntapié la copa de champán que estaba sobre la mesa. 

«Todavía estás en forma. La partiste a la primera». Samora rió. Y Eusébio, pálido, recuperó el color. «No te preocupes. En nuestra tradición africana, eso es señal de suerte». 

Aquella era un bienvenida. La bienvenida a un extraño a su propia casa. Como a un desorientado en el Levante de Maalouf. Porque no existía ya Lourenço Marques ni tampoco Eusébio era un «miúdo» más de la Mafalala. Era un hombre que estaba de vuelta después de haber conquistado el el mundo en nombre de los portugueses.

Eso en el Mozambique dibujado en 1985 por el Frente de Liberación de Mozambique (Frelimo) había quien lo consideraba una traición al «hombre nuevo». De tal calibre que el propio Eusébio había renunciado meses atrás a acudir al funeral de su madre. Se rumoreaba que lo detendrían por felonía si volvía. Pero finalmente allí estaba, en el Palacio da Ponte Vermelha, hablando con el hombre que había inspirado una revolución. 

—Eusébio, ¿cómo te sientes al regresar a tu tierra liberada? —fue lo primero que le espetó el presidente Machel al salir del gabinete gubernamental.

—Feliz, muy feliz hossi (jefe en lengua ronga).

—¿Y cómo está la salud de tu madre?, volvió a tomar la palabra O Marechal.

—Mi madre falleció. Hoy he ido a visitar su tumba.

***

Retirado tras un par de aventuras el fútbol americano, de México a Canadá, Eusébio se mantenía en forma. Seguían sin gustarle los aviones y maldecía esa recomendación de los doctores de restringir los digestivos después de la comida. Había pensado varias veces en volver a Mozambique, pero la situación política no lo recomendaba. Durante toda su vida, como el propio Eusébio declaró en una de sus últimas entrevistas concedida al semanario Expresso, su única «política» había sido «el balón». Y eso es algo que no todos en el continente le perdonan. La gente lo admira, pero no lo siente. «Eusébio no es Africano. Es un héroe nacional portugués que pudo haber nacido en Mozambique, pero no hay nada que sugiera que se considere africano», escribió el reputado comentarista deportivo Ayo Akinfe cuando en 2008 el diario The Guardian lo eligió como el mejor futbolista africano de todos los tiempos. 

«Está claro que no es el mismo caso que Coluna, pero la gente también quiere a Eusébio», replica Renato Caldeira, el único de los periodistas mozambiqueños que siguió a aquella camada de jugadores que Portugal arrancó de ultramar para edificar la que probablemente fue su mejor selección de siempre. Porque si Costa Pereira y el angolano Joaquim Santana hicieron al Benfica campeón de Europa, Eusébio y Mário Coluna llevaron a Portugal a eliminar al Brasil de Pelé y alcanzar el tercer puesto en el Mundial 66. «La diferencia», continúa Caldeira en una esquina de la emblemática cafetería Scala, quizá los mejores pãezinhos com queijo de todo Maputo, «es que Coluna volvió a Mozambique con la independencia». Fue entrenador de la selección y más tarde presidente de la Federación de Fútbol. Coluna fue parte de la ilusión de un tiempo nuevo.

Eusébio no. Al miúdo da Mafalala le habían ensañado a soñar del otro lado del mar. 

Eusébio, el quinto en la fila de abajo, en un partido del Sporting de Lourenco Marques. Fotografía cedida por Renato Caldeira.

Del filial del Sporting de Portugal a dominar Europa con el Benfica 

Todos los grandes clubes de Portugal tenían, a finales de los años cincuenta, equipos filiales en Mozambique. En la Mafalala, el barrio popular al otro lado de la Ciudad de Cemento donde iban a parar los migrantes en su camino de ida y vuelta a las minas de Sudáfrica, todos los chavales querían una oportunidad. Querían jugar en el Desportivo o en el Sporting. Y de ahí a Portugal. Y de ahí al mundo. «Entonces en Mozambique se jugaba al fútbol a todas horas y en todos lados. Hasta que caía el sol. Éramos una máquina de exportar talento: Augusto Matine —quien llegó a jugar una decena de partidos con la selección portuguesa— pasó desde el Central de la segunda división local directamente al Benfica», rememora Caldeira.

A Eusébio siempre le había tirado más el rojo del Desportivo de Lourenço Marques, así que se presentó junto con otros chicos del barrio a una prueba en el recién inaugurado estadio del Desportivo. Aquel día nadie reparó en él. Descartado por el filial benfiquista, semanas después hizo las pruebas en el rival ciudadano, el Sporting de Lourenço Marques. Después de todo, el blanquiverde no le sentaba tan mal. «Dicen que había otro chico que era incluso mejor que él. El propio Eusébio me lo contó un día», asegura Caldeira. Sus ojos, entornados pare protegerse de la claridad que entra tras la cristalera, no saben mentir. ¿A quién no le apasionaría contar la historia del ‘Trinche’ Carlovich o la de Víctor Vázquez

Siendo todavía juvenil, Eusébio jugaba ya con el primer equipo del Sporting. Más que eso, era la estrella de aquel equipo. «Pronto lo llamaron a jugar con la selección de Lourenço Marques. En aquella época eran muy habituales los enfrentamientos entre selecciones regionales. Uno de estos partidos», recuerda Caldeira, coincidió con una eliminatoria de un torneo local. «Eusébio no pudo jugar la ida, había ido a un partido contra las islas Comoros, y el Sporting perdió 2-0. Los aficionados decían que ya estaba perdido, que no había nada que hacer, pero él les decía “tranquilos, se puede remontar”. Volvió y ganaron 4-1». 

Eusébio jugó siempre con esa suficiencia del que se sabe poderoso. Ese «balones a mí que yo lo resuelvo» que aprendió en el barrio y que llevó hasta Wembley. «Esa fue su mayor virtud, que jugaba igual en los estadios de Europa que en la Mafalala. Yo no he visto a nadie que marque tanto las diferencias como lo hacía Eusébio, salvó quizá Messi».

—¿Pero Eusébio era un jugador bien distinto a Messi?

—Totalmente—, prosigue el periodista, ese que cada vez que viajaba a Portugal le llevaba a Eusébio un trocito de Mozambique en forma de delicias de coco, —su juego no se parece en nada. Te diría que hoy en día el que más se asemeja a su estilo sería Mbappé. Eusébio era sobre todo una fuerza de la naturaleza, de ahí lo de «Magagaga», que se podría traducir por algo así como «potencia». Eusébio se echaba el balón largo y no había quien lo parara. Era muy difícil tirarlo, y si lo hacían tenía un cañón para las faltas. 

Gerd Müller y Eusébio, 1972/73. Foto: Cordon

Cuentan los que lo vieron jugar que Eusébio era un delantero total: rápido, tanto que podría haber sido incluso velocista profesional; y versátil, capaz de caer a banda y dejar atrás a los defensas con fintas y amagos. Pero sobre todo cuentan que tenían una capacidad inigualable para el remate, para golpear seco desde cualquier posición, un arte tal que el diccionario del fútbol debería incluir su nombre junto a la definición de «volea». 

Aunque no hay estadísticas fiables de sus inicios en Mozambique, O Magagaga no dejó de perforar una tras otra las porterías de todo el país. Sus goles llamaron la atención de un mítico internacional brasileño, José Carlos Bauer, quien recién iniciada su carrera como entrenador viajó a Mozambique y tras verlo jugar recomendó su fichaje a su amigo Bela Guttmann. Tras su paso por el Sao Paolo, Guttmann entrenaba ahora a un Benfica que necesitaba un delantero para reinar en Europa. 

Los dirigentes benfiquistas se movieron rápidamente y llegaron a un acuerdo con Eusebio. Y con su madre. «Eusebio le dio su palabra a Dona Elisa de que iría al Benfica». Así que cuando el Sporting de Lisboa quiso deshacer el acuerdo ya no había marcha atrás. No era una cuestión de dinero. «Uno de los generales que por aquel entonces residían en Lourenço Marques avisó al Sporting de lo que estaba pasando, que el Benfica estaba maniobrando para llevarse a Eusebio, así que enviaron a Hilário da Conceiçao, que era mozambiqueño —y jugaba ya en Portugal—, para que viniese a por él. Pero Eusébio le dijo que no, que ya le había dado la palabra a su madre».

El Sporting de Portugal optó entonces por pactar una transferencia con su filial de Lourenço Marques, quien se había negado a firmar el fichaje con el Benfica. Tenían preparada además una contraoferta multimillonaria, «de más de quinientos contos, una verdadera fortuna en la época», para hacer cambiar de opinión al jugador. Pero la directiva benfiquista impugnó el fichaje ante la Federación portuguesa y sacó al jugador a escondidas rumbo a Portugal. «A aquella altura», continúa Caldeira, «hubo un dirigente de los ‘leones’ que acabó diciendo: “No se preocupen, chicos como ese hay allí a patadas”. Se equivocó redondamente, como decimos aquí». 

Durante meses, Eusébio se entrenó en solitario en un hotel del Algarve, donde permaneció hospedado bajo el nombre falso de Ruth, hasta que el Benfica, en pleno camino hacia su primera Copa de Europa, consiguió legalizar su fichaje. El 1 de junio de 1961, solo un día después de la célebre final de Roma en la que el Benfica se impuso al Barcelona, Eusébio da Silva Ferreira vestía por primera vez, en un encuentro oficial, la zamarra roja de Las Águilas. Era la vuelta de los octavos de la Copa de Portugal frente al Victoria Setúbal. Eusébio marcó su primer gol en aquel mismo partido. 

Con el dinero de su transferencia, el Sporting Clube de Lourenço Marques construyó entonces el pabellón municipal donde aún juega hoy bajo el nombre del Clube de Desportos do Maxaquene. 

Entrada a las instalaciones del Maxaquene, construidas con el dinero del fichaje de Eusébio. Fotografía de Pablo L. Orosa.

***

«Amigos, uno de vosotros va a quedarse sin empleo porque este ‘miúdo’ va a ser titular. Yo estoy tranquilo porque no juega de portero». Mientras se acaba de reír, camino del vestuario, Costa Pereira, el guardamenta que también había llegado de ultramar para dominar la portería del Benfica, iba charlando con sus compañeros. Compadeciéndose con cariño. Antes de acabar aquel entrenamiento, Bella Gutman se había puesto de rodillas: nunca antes había tenido a sus órdenes a un jugador de tanta calidad.

Pese a que el Benfica venía de ser campeón de Europa, el técnico húngaro no dudó en hacerle un sitio en el equipo. Aunque el sacrificado fuera otro astro de origen africano, el angolano Joaquin Santana. Pasados los primeros meses en los que Eusébio dudó de poder soportar el frío de Lisboa —llegó a escribirle una carta a su madre que no iba a aguantar viviendo en la tierra de los mulungos—, sus registrados goleadores asustaban ya a las defensas de todo el continente. La presa europea lo bautizó como el «King». 

La final de la Copa de Europa contra el Real Madrid lo coronó. Los blancos, con Alfredo Di Stéfano, Puskás y Luis Del Sol al frente, iban ganando 0-2 al minuto 20. En el 69, las águilas habían culminado una espectacular remontada con Eusébio, autor de los dos últimos tantos, como gran estrella. Aunque perdieron dos finales más ante el Inter y el Milán, el Benfica de Eusebio —y de Colunga, autor de tantos fundamentales en las victorias portuguesas— era ya un equipo de leyenda. Y la Pantera Negra, patrimonio nacional del país: fue así como lo designó la dictadura de Salazar para impedir su fichaje por el Inter de Milán. 

Con el Balón de Oro bajo el brazo, Eusébio se presentó en el Mundial 66 para hacer historia. Era la primera vez que Portugal iba a participar en el campeonato y de la mano de Coluna, Simões y Eusébio, autor de una volea espectacular que cerró el partido, eliminó a la Brasil de Pelé, campeona en Suecia y Chile, en la primera fase. 

Fue entonces cuando Eusébio hizo maldecir a Kim Il Sung. Los coreanos, el primer equipo asiático que había ganado un partido en el Mundial, se adelantaron en el minuto 1. En el 25` ya iban 0-3. A partir de ahí, la Pantera Negra tomó el mando del partido. Marco el 1-3; el 2-3; el 3-3 y 4-3. El quinto lo marcó Jose Augusto. Fue una exhibición. «De esas veces en las que Eusébio se bastaba. Dádmela a mí que yo resuelvo el partido», rememora Caldeira. Y encima el capitán de aquel equipo era otro mozambiqueño, Coluna. De ahí que Kim Il Sung no dudase en pedirle a Samora Machel que ganara aquella guerra de una vez. Y lo hicieron. Pero Eusébio no volvió a tiempo.

***

¿Y qué queda de Eusébio en Mozambique?

Superada la guerra pero no la crisis económica, Mozambique se ha llenado de futbolistas sin talento. Los equipos se han profesionalizado y no basta con el latido de los futbolistas callejeros. El arte, también en Mozambique, se debe al orden. «Hemos pasado de exportadores de talento a importadores de mediocridad», resume Caldera.

Desde 2012, el Maxaquene no ha vuelto a campeonar. El año pasado acabó quinto el campeonato, pero aun así es el equipo más popular de Maputo. Al menos del que más camisetas se ven: las azulgranas, las mismas que cuelgan al sol de la verja metálica que protege el terreno de fútbol. Después de todo, el Maxaquene es un equipo humilde. En la entrada del pabellón construido con el dinero de su traspaso hay dos fotos de Eusébio con la camiseta del Sporting. Y un cartel que reza as inverdades. No hay traición de la que los seguidores del Maxaquene se sientan más orgullosos. Porque del país no ha vuelto a brotar una generación como aquella. Tampoco Portugal ha logrado aún mejorar aquel tercer puesto de Inglaterra 66. 

Eusébio es una leyenda en Mozambique. No hay miúdo en las pachangas de la Costa do Sol de Maputo ni en los rebumbios de la Eduardo Mondlane de Beira que no sueñe con marcar los goles que un día hizo O Magagaga. Pero a Eusébio se le admira más que se le ama. Como a si no acabase de ser del todo suyo. Porque suyo es Colunga. Y todos los que volvieron a hacer a revolución. Eusébio no. Eusébio tardó casi veinte años en volver. 

Quizás por eso, en un país tan entregado a su héroes apenas hay una calle en honor a Eusébio da Silva Ferreira. Está en su propio barrio, en la Mafalala, junto a un campinho de tierra en el que el balón no rueda sino bota y en el que antes de arrecie la tormenta se está disputando un partido de la Copa Femenina. Cuando termina, salen a jugar los chiquillos. Dicen que entre los chavales hay un miúdo que es tan bueno como lo era Eusébio. Pero que este no se va a olvidar de volver pronto a casa. 

Eusebio en el barrio de la Mafala a su vuelta a Mozambique. Fotografía cedida por Renato Caldeira.


Messi y la hormona económica

Fotografía: José Bretón / Cordon.

Ese pase cruzado a la banda contraria, donde corre Jordi Alba, usted no lo sabe hacer.

Ni ese regate en corto, ni ese pase al hueco, ni ese caminar tranquilo como el que reposa sobre una cuerda haciendo equilibrio. Caminar que se rompe en tormenta y termina precipitando en un vaso que no sabe de dónde le llega tanta agua.

A Messi le hemos visto a cámara lenta y a cámara superrápida. Desde su barba de hoy hasta su pelo largo de ayer y un primer gol de vaselina a pase de Ronaldinho. Tanta sonrisa dándole un abrazo que daba miedo pensar que no fuera a masticarlo. Su vida alrededor de una pelota pero que no empieza desde la pelota. Todos sabemos de Messi y para ello ni hace falta ser del Barcelona ni argentino. Con haber tenido ojos en los últimos quince años habremos concluido más de una vez que no es necesario ser grande para ser enorme. Para saborear lo que este señor es capaz de hacer no es obligatorio que te guste el fútbol (a mí me gusta) ni es imprescindible disfrutar de sus victorias (yo no lo hago). En un deporte que presume de hacer un arte de dar patadas a un objeto hay individuos que directamente son oasis.

De Messi lo sabemos todo. Le hemos visto crecer delante de nuestros ojos, como una pulga que pasa de la televisión analógica al 4K que ahora todo lo embellece. Y es del verbo «crecer» del que a lo mejor uno espera menos en un deportista de élite. Pero a Lionel, y a su club, este verbo le ha cambiado la vida. Porque si hablamos de Messi empezamos por los goles, seguimos por los regates y es común que se nos caiga en el camino un comentario sobre su talla y lo que consiguió gracias a la hormona de crecimiento. Sabemos que recibió tratamiento durante la infancia a propósito de un probable déficit de esa hormona. Como si viniera tan lleno de fútbol que le faltara un poco de otras cosas.

El crecimiento es un sumatorio de elementos donde van participando diferentes personajes. De algún modo crecer es una serie de nuestra infancia y la hormona de crecimiento es muy protagonista tras los dos-tres primeros años de vida y hasta la adolescencia. Se encarga del intervalo que va desde los enfados de la edad preescolar a las dudas del adolescente. Niños de talla baja que pueden pasar desapercibidos pero que una vez empieza la carrera de los centímetros van quedando cada vez más lejos de sus compañeros y, probablemente, de las expectativas de talla para su familia. Como si estuvieran cogiendo fuerzas para dar un salto en centímetros antes de llegar a sentir los primeros pelos incómodos.

En el caso de Messi se observó menos altura de la esperada para una relación tan perfecta con la bola. Su suerte fue ser tan distinto como para encontrar el modo de recibir tratamiento ante una situación que era punto y final si no se ponían puntos y seguidos. Ese continuo era inasumible para sus padres desde el punto de vista económico. Ese continuo era un trato idóneo para un equipo que había visto en él un norte geográfico para un plan a futuro. Durante varios años y por la noche, tras abrir la nevera, Lionel se pinchaba en el abdomen dado que esta hormona hace su trabajo con nocturnidad y alevosía. Aquel chaval argentino recibió no solo un futuro, también obtuvo aquello que le permitía suplir una carencia tratable. Todos sabemos que se cumplen mejor los sueños cuando a uno le dan, como mínimo, las mismas oportunidades.

Esta historia, seguro, ya la han leído o escuchado antes. Recuerdo un Informe Robinson donde la explicaban mejor que un endocrinólogo. Esa distribución masiva de la vida y obra de Lionel ha convertido a la hormona de crecimiento en una hormona de andar por casa. A usted no le suena raro leer sobre ella, y eso ya es mucho para un conjunto de aminoácidos. Además es autoexplicactiva. No hay que saber medicina para saber lo que hace o lo que se puede esperar de ella. Pero en la más simple de las definiciones también se esconde lo ambiguo. Nada más peligroso que una línea recta, bella y sencilla, que aún en su delgada perfección no sabes dónde termina.

Crecer es un verbo de dos sílabas que sabe bastante de connotaciones. Si hablamos de centímetros el crecimiento humano se ve influido, resumiendo, por tres hechos fundamentales: la nutrición, la producción y acción de determinadas sustancias (como esta hormona) y la herencia genética proporcionada por los padres. La hormona de crecimiento participa en el crecer y el déficit de hormona de crecimiento supone una enfermedad cuya expresión más destacada es la talla baja. Esto, que suena lógico, es importante saberlo. No toda talla baja es causada por un déficit de esta hormona. De hecho, lo más frecuente es que no haya déficit alguno. La enfermedad es una necesidad a tratar. La inexistencia de un déficit acompañado de una talla baja idiopática, sin más detrás, no debería serlo. Pero si el blanco y el negro no fueran tan amigos el gris no se habría buscado un sitio como luego veremos.

A los niños se les mide desde el nacimiento, ya saben que los pediatras venimos con calculadora y metro de serie. Se cuantifica el crecimiento a distintos niveles para saber que todo va según lo previsto. Esas mediciones continuadas, asumiendo la variabilidad que acompaña a la normalidad, permite inferir ciertas carencias que deben en ocasiones ser estudiadas. Una de las cuestiones que se mide es la talla y, sobre todo, la velocidad con que se adquiere (velocidad de crecimiento). Y esa talla está influida en todos los casos por aquellos tres aspectos que ya citamos antes: nutrición, «sustancias» y progenitores. No es casualidad que los hermanos Gasol sean todos de más de dos metros. La única casualidad es que sus padres se conocieran. De ahí en adelante se llama meiosis, mitosis y herencia genética. Lo extraño habría sido que uno de los hermanos Gasol, una vez medido, comenzara a no continuar con la talla anticipada considerando la de sus padres. Que hubiera primero un freno y después una desviación muy importante sobre la talla diana. Y no sirve una foto, un solo momento, es necesaria la película, es decir varios momentos seriados en los que no se observe el crecimiento esperado.

Fotografía: David Kein / Cordon.

Cuando ocurre algo así es obligado descartar causas. No hay problema sin matemáticas. El primero es la nutrición, lo cual se puede inferir con la exploración física y una buena historia clínica y social. A continuación, y resumiendo mucho, se analiza si lo que falla es la producción de aquellas sustancias que participan en el crecimiento o, en cambio, son las que las reciben, los receptores de hormonas o «dinamizadores» de su función, los que no saben qué hacer con ellas. Como por ahora los genes no se pueden cambiar, en el caso de hacer bingo en cuanto a lo que no se tiene se inicia el tratamiento. Se añade lo que no se posee, se complementa lo que falta.

En Europa, y por extensión por lo tanto en nuestro país, existen unas indicaciones claras para la financiación de la hormona de crecimiento por parte del sistema sanitario público. Se hacen las pruebas, se hace un informe y existe un tribunal que según esto concluye a quién se trata. Este tribunal además revisa periódicamente la indicación. No es estático. Y ahora es cuando se hace grande ese gris todo que lo empapa, ya dijimos que no todo siempre es blanco o blaugrana.

Como hemos comentado la causa más frecuente de talla baja es la idiopática. En esta se observa una adecuada alimentación, se descartan causas no dependientes del individuo y se concluye que no hay nada que objetar al eje hipotálamo hipofisario, que es el que se encarga de liberar la hormona. La altura de los progenitores anticipa la altura de sus hijos y es hacia ella hacia donde se dirige el niño. Es decir, el crío es así porque sus padres son así, sin más. Pero es en esta búsqueda de hijos más altos, alejados de la altura de nuestros ojos, donde puede que nos terminemos perdiendo en un laberinto de centímetros. Y con esa mezcla, la sabiduría del terreno de juego y la búsqueda de lo que queremos que sean nuestros hijos, aparecen solicitudes, y administraciones, no financiadas por el sistema sanitario público para esta hormona.

El uso de la hormona de crecimiento en el caso de talla baja idiopática es controvertido. En Estados Unidos la Food and Drug Administration (más conocida como FDA) sí aprobó su uso para esta situación. Como sabemos allí el paso del dicho al hecho está muy influido no solo por el criterio médico sino también por los dólares como medio de transporte. Aunque parezca sorprendente, en nuestro país pasa algo parecido pero sin Donald Trump haciendo campaña en Facebook. La hormona de crecimiento puede ser administrada bajo una serie de requisitos tras la solicitud off-label o «fuera de indicación» por parte de un médico. Se estudia al paciente, se determina el motivo de su indicación, se explica el beneficio esperado y los posibles efectos secundarios para después iniciar el tratamiento tras la realización de un informe y obtener un consentimiento informado de los padres. Esta indicación a veces supone un dilema ético no solo para el médico que lo prescribe sino para los padres que deciden o no administrarla. ¿Qué significa querer que nuestros hijos sean más altos? ¿Lo necesitan realmente? Lo que para unos niños no es más que un dato para otros puede ser un problema de vida, de adaptación al entorno. La talla como un obstáculo que no cesa.

Una vez hechos los trámites, se vincula finalmente la posibilidad de proporcionar esta hormona a la capacidad de pagarla. El dinero es por lo tanto una hormona económica indispensable. Haciendo un cálculo grosero el precio a pagar por ganar unos centímetros puede llegar a ser de unos seis a ocho mil euros al año. No hace falta decir que aquí la talla final se escribe muy cerca de la palabra hipoteca y haciendo migas con la palabra adeudarse.

En el momento actual a corto plazo parece una hormona segura, pero se ignoran las complicaciones derivadas a largo plazo de su administración en la talla baja idiopática. En este caso, ignorar tiene de bueno lo mismo que de malo. Nada más inquietante que una puerta que se abre sin tener claro lo que hay al otro lado. Lo que es indiscutible es que con el uso de hormona de crecimiento recombinante aumentan los valores endógenos. Por otro lado, no existen datos en el momento actual que confirmen que «tener de más» asegure «crecer siempre más de lo que se iba a crecer». Parece que durante el tratamiento sí se observa una aceleración y parece que la talla final en ocasiones no muestra muchas variaciones o se alcanza el dintel bajo de la talla diana estimada. Hay por todo esto opiniones a favor y en contra. Las que se encuentran en contra basculan sobre el posible efecto deletéreo de esos valores superiores a los endógenos de hormona. Así existen datos sobre efectos secundarios a largo plazo que taladran bastante bien las ganas de dejar las cosas como están. Así se podría llegar a observar hipertensión intracraneal idiopática, cefalea, convulsiones, dolores musculares y de articulaciones, problemas óseos como la escoliosis, daño en los cartílagos de crecimiento, alteración del metabolismo de los hidratos de carbono por su efecto contrario a la insulina, hipertrigliceridemia, hipotiroidismo, reacciones locales en la zona de inyección, empeoramiento de enfermedades de la piel y desarrollo de anticuerpos frente a formas activas de la hormona. Esta es la lista que deben conocer los padres antes de comenzar el tratamiento. Como pueden ver, no hay incertidumbre más tenebrosa que la que te explican con pelos y señales.

Por todo esto el debate sobre el uso de la hormona de crecimiento en niños con talla baja idiopática es un hecho. No estoy inventando nada, se lo aseguro. Además, es un debate necesario. El médico prescriptor deberá basarse en la búsqueda de la beneficencia del paciente y siempre bajo argumentación científica y dentro del marco legal vigente. En nuestro país, y según datos de 2014, tres de cada diez niños con tratamiento con esta hormona lo reciben de forma no financiada por el sistema sanitario público. La historia de Lionel solo nos ha hecho visible una realidad que podría ignorarse si no se acompaña del himno de la Champions. Esto nos permite pensar acerca de el porqué y el para qué de este tratamiento. Un abordaje que debe transitar más allá de la cosmética y que nos pone delante a familias que hipotecan su hoy para un mañana que no saben cómo será de elevado en sus hijos.

Messi, en definitiva, seguirá tirando las faltas a la escuadra. Y nosotros viendo cómo la pelota gira sobre su eje haciendo una comba perfecta mientras se aleja del portero. Después vendrán los gritos de celebración y, probablemente, Lionel termine desapareciendo engullido entre sus compañeros. Al mismo tiempo, en otro lugar, sin focos, habrá niños abriendo una nevera, sacando una jeringa y pinchándose con ella durante meses todas las noches en el abdomen. Unos recibiendo lo que no tienen, otros buscando ganar unos centímetros. Quizá tan pocos como la distancia que separa ese balón de las manos del portero, quizá tan caros como para pensar que puede que ninguno de ellos termine por aparecer o sean estrictamente necesarios.


Bibliografía

Waltham MA, Aragonés Gallego A. Recombinant human growth hormone (somatropin): Pediatric drug information. En: UpToDate [en línea] [consultado el 03/09/2015].

Allen DB. Growth Promotion Ethics and the Challenge to Resist Cosmetic Endocrinology. Hormone Research in Paediatrics. 2017;87(3):145-52.

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Portolés MPR, Urquí AC, García-Donas MCP, Gallego AA. Tratamiento con hormona de crecimiento: indicaciones y aspectos prácticos para la consulta de Atención Primaria. 2015;8.

Lionell Messi, «Informe Robinson», Diciembre de 2007.


Claudio Caniggia: «Maradona siempre le puso el pecho a todo, era como un indio salvaje»

Fotografía: Jose A. Ramos

En los años en los que el rock and roll dominaba la cultura popular, Argentina jugaba al fútbol con dos melenudos por delante, Caniggia y Batistuta. Incluso hoy, con sus gafas de cristal púrpura, Claudio recuerda a Robin Zander, de Cheap Trick. En ocasiones, estos «rockeros» por detrás tuvieron a Dios. A Diego Armando Maradona. Pero fue en ocasiones porque las suspensiones arruinaron el potencial de aquella selección. A estas alturas, Claudio Caniggia (Henderson, Argentina, 1967) no quiere hablar de nada extrafutbolístico, pero sí que recuerda momentos épicos de su carrera que son historia del fútbol. Nos encontramos en Málaga, junto al exfutbolista local Antonio Vega y el periodista Camilo López. En el repaso a su trayectoria, Caniggia rechaza valorar a los futbolistas por su técnica y florituras, para él los buenos son los que aparecen en el momento cumbre. Cuando hay que aparecer. No hay más.

Eres un futbolista salido del medio rural.

Henderson era un pueblo chiquito, de unas siete mil personas. Yo no es que fuera un hombre de campo, pero prácticamente crecí en un pueblucho. Puede que se note en mi carácter, no soy de Buenos Aires. Soy un poco más desconfiado, me protejo más. Allí lo que tenía era el campo a treinta metros de mi casa. Desde que tuve cinco años, me pasé ahí todo el día. Era un terreno que nosotros llamamos potrero. La pelota iba para donde quería. Era terrible. Pero jugar en potreros lo que te daba era algo diferente a tu fútbol. No solo lo digo yo, ya se ha hablado mucho de esto, hasta Pelé lo decía: «A nosotros la pelota nos botaba para cualquier lado». En el potrero, a salir con el balón con gente alrededor, a pensar, lo aprendes instintivamente. Luego llegas a un campo de verdad y es un lujo.

Donde yo jugaba, en un equipo que se llamaba Juventud Unida en el que había jugado también mi padre, en el campo había zonas con zarzales. Por ahí pasaban después los corderos para quitarles la lana. Nadie quería pasar por esas zonas del campo, si corrías por ahí se te llenaban las medias de espinas; luego, cuando te golpeaba la pelota, se te clavaban. Te ponías perdido de sangre, era un dolor terrible. Veinte espinas clavadas. Y si te caías…

Hiciste atletismo también.

Me gustaba mucho, corrí cien, doscientos y cuatrocientos metros. Lo que más me gustaba era el salto de longitud. Me encantaba saltar y quizá eso se quedó en mi estilo a la hora de correr sobre el campo. Siempre me dijeron que corría encogido, que me agachaba un poquito para coger velocidad, pero yo lo hacía por los rivales, para meterles el cuerpo en carrera. Si vas erguido, te tiran con solo tocarte un poquito. Una vez leí que Usain Bolt le dijo a Cristiano Ronaldo que tenía que correr con la espalda más derecha, pero no es lo mismo correr con la pelota que en la pista. Bolt hace muy bien los cien metros, pero no puedes correr como un atleta en un partido de fútbol. Ahí hay gente que te quiere desacomodar, no puedes arrancar con el pechito para adelante.

Fui a muchas competiciones de atletismo en las ciudades alrededor de mi pueblo, no competí a nivel nacional porque era muy joven, pero me hubiese gustado. Pero no creo que fuese rápido jugando al fútbol por haber hecho atletismo, ya era rápido de por naturaleza. Puedes aprender a correr, mejorar tu salida, por ejemplo, pero no se puede aprender a correr más rápido. Eso no se puede mejorar.

Con quince años te plantaron en Buenos Aires para jugar en River.

Carlos «el Negro» Jaimerena era de una peña de River en mi pueblo. Jugaba al billar con mi padre y un día propuso que me llevaran a probar. Todas las peñas hacen estas cosas. Llamó al club, le dijeron que fuéramos y nos presentamos allí los tres en un auto. Me probé como 8, que era lo que me gustaba, pero cuando vieron mi velocidad me pusieron de 7. Yo en realidad era de Boca, desde chico escuchaba los partidos por la radio y mi padre, que era comerciante y de vez en cuando iba a la capital a por electrodomésticos, me llevó alguna vez a la Bombonera.

Pero el problema de verdad fue que pasé de un sitio donde conocía a todo el mundo a, de repente, verme en una ciudad como Buenos Aires completamente solo. No tenía amigos, cambiaba de colegio cada año. Con quince años no eres niño ni adulto. No fue fácil para mí. Me encontré, además, con un equipo de pibes que llevaban tres o cuatro años jugando juntos y se bancaban entre ellos, se protegían. Ahí empezaron los problemas. Yo era el nuevo, le quité el puesto al que llevaba ahí años y dijeron: «¿Qué pasa acá?». Con dieciséis años estuve a punto de volverme. No solo por esto, también porque tenía que ir hora y media en autobús al colegio, luego coger un tren, luego otro autobús. Estaba agotado y no tenía relación con casi nadie. Vivía con mis tíos y mis primas. No fue fácil. Si no es porque me convence mi madre, que me dijo que me quedase un poco más, hubiese renunciado. El segundo año fue más fácil y no volví a tener deseos de volver al pueblo.

Te apodaron el Pájaro.

Se le ocurrió a un periodista cuando empecé a jugar en primera. Era porque corría con las puntas de los pies y parecía que no tocaba el suelo. No apoyaba el talón prácticamente. Alguien dijo que volaba y a otro se le ocurrió llamarme el Pájaro. También se dijo el Hijo del Viento, que se lo decían a Carl Lewis.

Cuando subiste a la primera plantilla, se recuerda de ti que salías de cada entrenamiento lleno de arañazos porque no te podían atrapar.

Me pegaban bastante. Hijos de puta [risas]. Cuando empiezas a entrenar con los de primera te enseñan el rigor. Me daban duro, me mataban a patadas, pero me tenía que callar. Tenía que levantarme cada vez y seguir. Nunca me lamentaba. Ruggeri decía que, cuando me daban, iba al suelo, me ponía de pie y en la siguiente jugada volvía a encararles otra vez. «Le dábamos, pero el hijo de puta seguía encarándonos», decía. Obviamente, te querían intimidar. Ahora también pasa, pero si le dan a uno en los entrenamientos sale en todas partes. Ya ha pasado. Entonces no podías decir nada. ¿Qué ibas a decir? Y te hacías jugador, u hombre, como quieras llamarlo, más rápido.

Ruggeri decía que te daban igual los golpes y que no sabías ni con quién jugabas el siguiente partido.

Sí sabía contra quién jugaba, lo que no sabía era quién me iba a marcar. Salvo los jugadores más importantes de cada equipo, no conocía a los demás. Los periodistas me preguntaban a propósito quién me marcaba y yo contestaba: «No lo sé, qué quieres que te diga». Igual era inconsciencia, pero así me quitaba preocupaciones. Si yo estaba bien, no necesitaba saber quién me marcaba. No quería tanta información en mi cabeza. Ni siquiera en los Mundiales. Seguí igual. Mi mente funcionaba así.

Ese River ganó la Copa Libertadores y luego la Intercontinental al Steaua de Bucarest.

Era muy difícil debutar en ese River, había ocho o nueve jugadores internacionales entre uruguayos y argentinos. El club tenía dinero en esa época y compraba lo mejor que había en circulación por Sudamérica. Estaban Pumpido, Ruggeri, Henrique… el centro del campo de la selección argentina campeona del mundo en el 78, Gallego y Ardiles… Hubo jugadores mejores que yo en las categorías inferiores que no pudieron jugar en ese River.

Pero cuando debutaste se dijo que no se veía nada igual desde Maradona.

Es verdad que fue un ascenso bastante rápido, arranqué a jugar y desde el primer partido encaraba, cogía la pelota y me iba para delante. Jamás me sentí intimidado. Nunca me puse nervioso. Era un poco inconsciente en ese momento. Pero fue Bilardo el que le dijo al técnico del primer equipo, Héctor Veira, que me sacase. No se la quería jugar con los pibes, que los había muy buenos, pero no los ponía. Bilardo me conocía porque utilizaba a las categorías inferiores de River como sparring de la selección argentina que luego ganó la Copa del Mundo del 86. Le dijo: «¿A este pibe qué haces que no lo pones en primera?».

Cuando llegas arriba es muy bonito, pero nada de lo que has hecho antes vale para nada. Muchos muy buenos llegaron y se cayeron. Jugaban uno o dos partidos, después iban al banco y al final desaparecían. Cuando yo aparecí, me faltaba mucha experiencia, pero era como si hubiese jugado toda mi vida en primera. Me adapté.

Puedes tener la técnica que quieras, pero si no tienes cabeza… La mentalidad es más importante que la técnica en el máximo nivel. Tienes que saber que los espacios son más reducidos, que no puedes ponerte a gambetear como si tuvieras dieciséis años, tienes que entender que el juego es más rápido, más fuerte y tácticamente tienes que prestar más atención a tu ubicación, al juego posicional. Todo eso lo tienes que aprender muy rápido. Yo no tuve ese problema, también porque era muy vertical; cuando había que ir, iba y punto. No hacía jugadas para perder el tiempo.

Esas cabalgadas tuyas recuerdan a las de Ronaldo Nazario, o al revés.

Sí, a pesar de que la posición en el campo era diferente, él era un 9, más delantero, lo mío era arrancar de atrás. En principio, yo partía como wing. En River jugábamos con tres arriba. Estaba Alzamendi, el uruguayo que jugaba en la selección, a él no le iban a largar de la derecha, así que tuve que aprender a jugar desde la izquierda. Nunca lo había hecho, ni siquiera en las categorías inferiores.

Y lo hacías contra esas defensas sudamericanas de la época…

El fútbol argentino y el italiano son los más difíciles del mundo. Te pegan, te dan codazos, no les importa. Vas a sacar un córner y te escupe toda la tribuna, te reputean. Pero eso nos pasa a los argentinos desde que somos chicos, por eso nos acostumbramos a la presión y por eso mismo cuando salimos fuera no existe la presión para nosotros. Cuando teníamos trece años, íbamos a sacar un córner y los padres del equipo contrario nos decían de todo. Nos apedreaban. Tipos de cuarenta años insultando a pibes de trece. Es una vergüenza, pero Argentina es así. Desde chico juegas en un ambiente hostil, luego te vas a Europa y te parece un juego de niños. No te causa sorpresa nada de lo que ves. Te gritan cuatro, vale, ¿y a quién le importa?

En el campo las patadas eran terribles. Todo el tiempo. Yo, que era finito, flaquito, volaba cinco metros cuando me daban. Alguna fractura me costó. En la Libertadores igual, ibas con un cuchillo entre los dientes a jugar a Paraguay, a Colombia… te mataban. Era horrible. Ahora hay cámaras, pero en esa época era el terror. Ibas a sacar un córner y no sabías si ibas a salir con un ojo menos. A mí me agarraban del pelo…

Es como dijo Riquelme hace unos meses, que Messi es un fenómeno, pero en Argentina acabaría lesionado dos o tres veces por año y no podría jugar todos los partidos. En Argentina tampoco podría tirar paredes en el área chica, porque le irían a buscar antes y le pegarían, le frenarían. Con inteligencia, pero le desacomodarían. No quiero decir que aquí no pasen esas cosas, pero el jugador sudamericano está más acostumbrado a ese tipo de fricción. A ser listo. Es así, es la naturaleza. Es como crecemos en Argentina, Brasil o Uruguay. Como sé que eres muy bueno y me vas a pintar la cara, no te voy a dejar salir. No te respetan. En Europa, a los grandes equipos les dan, pero no les dan tan fuerte. Allá no importa quién sos. Cuando volví a Boca en el 95 con Maradona me daban igual. Nos tenían respeto, pero dentro del campo, si te tienen que colgar con un alambre, te cuelgan. Así es Argentina.

Pronto llamaste la atención de los clubes europeos.

El primero que vino a por mí fue la Roma. Estaba todo listo, yo tenía diecinueve años, pero no pudo ser, ¿sabes por qué? Porque alguien, no voy a decir quién, se quería quedar con el 15 % del traspaso, que es una comisión que le corresponde al jugador. Habría jugado unos treinta partidos en primera y me ofrecieron un contrato de tres años. También lo intentó la Juventus. Yo no tenía representante, no había esas cosas, iba con mi padre a negociar porque sabía algo de contabilidad. Era el año 87, la Roma ponía cinco millones, a mí me correspondían cuatrocientos mil dólares. Eso era una fortuna en aquella época. Ya habían adelantado un millón, pero dije que no. Quería mi 15 %. Yo no le había costado a River ni una moneda. Al año siguiente vino el Verona ofreciendo un buen contrato y entonces sí decidí irme.

¿Hubo mucho cambio de Argentina a Italia? Dijiste que tenías agujetas hasta en las orejas.

Yo lo aprendí todo de Bilardo y del fútbol italiano. Era un fútbol mucho más cerrado, había que moverse mucho, si no, te comían. El italiano es el fútbol más difícil en el que he jugado. En los ochenta, los máximos goleadores del Calcio no marcaban más de veinte goles. Maradona fue máximo goleador en la temporada 87-88 con quince goles. Yo hacía unos diez u once. Había muy pocas ocasiones, se trabajaba muchísimo. Mucho.

Nunca me he entrenado como allí. Era terrible. Aunque solo lo pasé mal el primer año, en el segundo el cuerpo tiene memoria y se adapta. Pero eran entrenamientos extremos. En la pretemporada hacíamos tres al día, durante veinte días, en una montaña. Troglio, que era un tractor, tampoco podía. Al final del día, le decía: «¿Vos estás como yo o soy yo solo?». Y contestaba: «Estoy hecho polvo». Cenábamos a las ocho de la noche y nos tirábamos en la cama. Pero luego veías a tíos como Thomas Berthold, el internacional alemán, que cuando salíamos a correr a la montaña él iba solo un kilómetro por delante de los demás.

¿Sufriste al Milan de los holandeses?

Les hice dos goles en un mes. Con uno de esos dos les echamos de la Copa. También recuerdo haberles hecho uno muy lindo de vaselina un día que luego nos ganaron con un gol de Van Basten en el último minuto, que le dio a uno de los nuestros en el hombro y entró. ¿Sabes que al principio Van Basten tenía problemas con Sacchi? Pensaba: «¿Para qué trajimos a este?». Y él se quería ir. No tenían buena relación. Jugando, lo impresionante era cómo te presionaban. No te dejaban. Y se lo hacían a grandes equipos, jugaban igual contra el Inter o contra el Madrid, al que le metieron cinco.

¿Es verdad que a los extranjeros el primer día os llevaban a vestiros bien?

Eso le pasó a Van Basten, precisamente. Un día salieron a algo con sus trajes y él iba con calcetines blancos. Le dijeron: «Perdona, ¿qué es esto?». Siempre que llegaba un jugador le llevaban a vestirle. Tienes que tener en cuenta que en los ochenta no había información como ahora, que puedes pedir lo que sea por internet y hay setecientos canales de televisión. Antes nadie tenía información de un carajo. Si llegabas a Italia con veintiún años, que aquello era el Hollywood del fútbol, te llevaban a comprar ropa, varios trajes, camisas, zapatos y te explicaban cómo iba la cosa. No porque fueses mal vestido, sino porque querían que fueses bien, como se iba en Italia.

¿Por qué fichaste luego por el Atalanta?

A veces me dicen que podía haber jugado en equipos más fuertes y es verdad, pero fue así porque el fútbol era distinto, los cupos de extranjeros lo complicaban todo. Mira al brasileño Junior, fue al Pescara y al Torino. Enzo Francescoli, uno de los mejores jugadores que he visto, fue al Cagliari. Toninho Cerezo, a la Sampdoria. Zico, al Udinese. Maradona no fue ni al Milan ni al Inter ni a la Juventus, sino al Nápoles, que el primer año peleaba en mitad de la tabla. Gica Hagi, al Brescia. Ramón Díaz, uno de los mejores defensores que vi en mi vida, ¡al Avellino fue!

Ahora se ha perdido la esencia con tantos extranjeros. Antes los vestuarios estaban mucho más unidos porque estaban todos los italianos y nosotros, dos o tres extranjeros. Ahora hay quince tipos y son todos de fuera. Esos grupos ya no son tan compactos como antes.

¿Cómo viviste que Maradona ganase dos ligas con el Nápoles y tirase una, o lo que fuera aquello?

Fue una historia rarísima, llevaban cinco puntos de ventaja, cuando ganar eran dos puntos, y faltaban cinco fechas. Era casi imposible que lo perdieran. Circulan muchas leyendas sobre lo que pudo pasar. Pero ganó dos. Con un par de incorporaciones, ese equipo medio, después del Mundial del 86, se puso a pelear por la liga y ganó dos. Por eso Maradona es el jugador más grande de la historia del fútbol. Porque se fue al Nápoles. Esto hay que tenerlo en cuenta cuando se hacen comparaciones, porque parece que hablamos diferentes idiomas. Maradona fue el jugador más trascendental de la historia del fútbol. Tenía que pelear contra el poderío económico y también político del norte de Italia, y llevó al Nápoles a ganar dos campeonatos y perder otro de forma extraña.

No hay un jugador capaz de repetir eso. Se rodeó de buenos jugadores, sí, pero no olvidemos que Maradona regaló un 30 % de lo que pudo dar de sí. Entrenaba cuando le salía de las pelotas y todos los demás problemas, que no es necesario que los diga porque ya los sabemos. Fue el mejor de la historia regalando el 30 % de su carrera.

Diego le dijo a Bilardo que te llevase al Mundial, que, si no, él no jugaba.

Lo dijo Diego. No lo sé. Eso lo sabrán Maradona y Bilardo. Lo escuché por primera vez en televisión.

¿Cómo fue la preparación para Italia 90? Tras ser campeones del mundo en el 86, en la Copa América del 87 y del 89, parecía que la selección pudo haber dado más.

Argentina siempre tuvo problemas. Para el 86 se clasificó en el último momento con un gol a Perú en cancha de River que fue terrible, si no lo mete, Argentina estaba fuera; tiró Passarella, dio al palo y la metió Gareca. El Gobierno estaba presionando para que sacasen a Bilardo, llamaban a Grondona para que lo echase. No se daban los resultados, se perdía y empataba contra equipos mediocres, pero él estaba haciendo su trabajo, lo que consideraba. Se ponía en duda a Maradona, se discutía si debía jugar o todavía no. Para muchos era mejor que no fuese titular todavía.

También era verdad que con los que tenían que hacer el trabajo táctico Bilardo era terrible. A Ruggeri lo llamó un día y le dijo que se presentase en su casa, pero con ropa para jugar. Se presentó ahí confundido y Bilardo le hizo bajar a una plaza que había enfrente de su casa, donde estaban unos chicos de ocho o nueve años jugando al fútbol. Le dijo: «Venga, ya lo arreglé con ellos». Quería que jugase con ellos. «Patéale», le dijo. A un chaval de nueve años que estaba en el arco. «Pero es un chico, Carlos… no puedo». «¡Patéale!», insistió. Quería probar a ver si se había recuperado de una lesión.

Los jugadores vivían momentos que… Al Vasco Olarticoechea lo llamó a casa y le preguntó qué hacía. Le contestó que iba a llevar a su familia en coche a un sitio. Le dijo: «¿Por qué autopista?». Y le esperó en un kilómetro, detrás de un peaje. Allí le paró el coche y le dio una charla técnica pintando con un ladrillo en la pared de una casa que había al lado de la carretera.

El Loco era así, hacía cosas rarísimas. Nos grababa a todos, tenía a un tipo escondido en una parte alta tomando vídeos de los entrenamientos. A mí me hizo ver un vídeo mío en el que me mostró con los brazos en jarras. Me dijo que no podía ponerme en esa posición durante un partido porque parecía que estaba cansado y eso lo podía ver el rival y coger confianza. También me pasó vídeos enseñándome cómo me tocaba el pelo, decía que eso me quitaba concentración. Usaba los vídeos para tener pruebas cuando te decía algo. Apoyarse en algo. Yo luego me puse una cinta en el pelo.

Si tenía una charla contigo, llamaba a dos testigos. Si había una mala onda, quería que en el futuro uno no dijese que había pasado una cosa y él otra. En el 90 me lo hizo antes del primer partido, en el que no jugué el primer tiempo. Hubo una historia dos días antes, cuando dio la alineación del equipo y yo me enfadé con él. En una cena hubo mucha bronca, por mi parte hacia él, y me llevó a una habitación a hablar conmigo, pero con testigos. Tuvimos que estar ahí dos minutos los dos en silencio esperando a que llegasen Olarticoechea y Ruggeri. Cuando entraron, tenían a Bilardo de espaldas y se rieron mirándome. En cuanto él se dio la vuelta, se pusieron automáticamente serios los cabrones [risas]. Entonces Bilardo me habló y ellos solo tenían que escuchar, no podían opinar. Era una cosa entre él y yo.

Las concentraciones con él tenían que ser amenas.

Yo las recuerdo con Troglio, que era mi compañero de habitación porque habíamos ido juntos al Verona. Una semana antes de jugar contra Camerún, estábamos en la habitación jugando con la consola. Teníamos una con el Mario Bros y estas cosas. Esa noche estábamos jugando al tenis. Era la una de la mañana y no nos podíamos dormir. Llevábamos un mes concentrados, fuimos el primer equipo que llegó. Bilardo tenía la costumbre de ir habitación por habitación de los nuevos entrando sin tocar a la puerta. Con los que habían ganado el Mundial del 86 tenía otro trato. Esa noche asomó la cabeza y, como no tenía ángulo para ver la cama de Troglio, solo me vio a mí con el mando. Bilardo dio un paso para verle a él, y en esos dos segundos, Troglio soltó el mando y se puso a hacer que dormía. Bilardo se fue y le empecé: «Pedrito, maricón, puto, cómo podés…». Luego, en la sala de televisión, nos dio una charla a todos y se quejó de que yo esa noche estaba jugando al videojuego, ahí a ver si entraba la pelotita, en lugar de estar viendo vídeos de Camerún.

Pues bien, después de eso estaba yo comiendo y me llegó Maradona. Me dijo: «Ven, Claudio, tenés que ver esto». Subimos Maradona y yo a la sala de televisión, fuimos despacito, y me dice Diego: «Ahí lo tenés». Estaba Troglio tumbado, él solo en toda la sala, viendo un Camerún-Sudáfrica o qué sé yo. Él solito. Me acerqué y le dije: «Pedro, sos una mierda, un cagón hijo de puta, no puedes ser tan rata y hacer lo que te dijo» [risas]. Pero era un fenómeno Troglio, ¿eh? Un gran tipo. Maradona también le dijo ahí, pero es que Pedro era tan bueno que no le podíamos decir mucho.

Otra vez entró Bilardo en la habitación y yo estaba fumando. Empecé a fumar en las concentraciones porque me aburría. Un día le dije a Troglio: «Pedro, fúmate un cigarrillo, maricón». Él no había fumado en su vida y dijo: «Bueno, me voy a fumar uno». No se sabía tragar el humo ni nada. Se puso a fumar el primer cigarro de su vida y justo ¡entró Bilardo! Salió de ahí rápido y se fue corriendo a la habitación de Maradona: «Diego, ¡están fumando! ¡Está todo lleno de humo!». Y Diego: «Carlos, y qué quiere que yo le haga, si quieren fumar van a fumar, qué voy a hacer yo». Pero vino Diego a vernos a la habitación, llegó riéndose, se encontró todo lleno de humo y me dijo: «Cani, boludo, abran la ventana aunque sea». Pero ¿sabes por qué pasó eso? Porque teníamos habitaciones diminutas. Bilardo no quería lujos ni comodidades. Ordenó que fuera todo muy rústico y muy pequeño, en el colchón te dabas una vuelta y te caías. Pero nadie se lamentaba. No nos importaba, a mí por lo menos no. Y a la mayoría de los que estaban allí tampoco.

En ese debut en Italia, delante del papa, la selección campeona del mundo cayó ante Camerún. ¿Qué pasó? ¿Había mucha presión?

Siempre hay presión. Yo no me sentí presionado. Jamás me pasó eso. Sentía la responsabilidad de lo que me estaba jugando, tomaba conciencia de la cantidad de argentinos que estaban viendo el partido por televisión, pero no sentía presión. Obviamente, nosotros sabemos a qué compañeros les afecta la presión. Ves cómo se ha levantado ese día, si está igual que hace una semana o no. Hay jugadores que siempre están igual y otros que no. A Ruggeri lo veías igual un mes antes que a diez minutos del partido. Yo también era así.

Aquel día se perdió, pero no fue por presión. Fíjate que hubo dos cambios en ese partido y cuatro más para el segundo. Yo entré por Ruggeri, que tenía pubalgia y no volvió hasta los octavos. Pasó que Bilardo formó un equipo en el que dos estaban fuera de sus posiciones, como Balbo o Lorenzo. Jugó Fabbri, al que no volvió a sacar. Todo esto te da la pauta de que Bilardo se equivocó al formar el equipo. Esa fue la razón. Cuando yo salí, obviamente, se jugó muy bien [risas]. No, me cagaron a patadas. Hice echar a dos, se quedaron con nueve y ni así pudimos empatar. Eran buenos y fuertes físicamente. Era uno de los mejores equipos de la historia del fútbol africano; este y el de Nigeria del 94.

Tras la derrota, Bilardo dijo que, si no pasábamos, iba a coger los mandos del avión de vuelta y lo iba a estrellar. El problema era que casi te lo creías.

Se pasó como mejor tercero de grupo y, claro, esperaba un primero: Brasil.

Veníamos de empatar con Rumanía, aunque a los dos nos valía el empate, por eso el final de ese partido fue tranquilo [risas]. Antes de Brasil, Bilardo mandó a una persona a ir habitación por habitación para reservar los pasajes de vuelta a Buenos Aires en caso de que perdiéramos. Era todo mentira, pero quería que nos viésemos volviendo a Argentina a comernos toda la bronca, porque Argentina es así, es exagerado. Luego era todo mentira.

Brasil os pasó por encima, pero Maradona y tú hicisteis magia.

Brasil venía de jugar bien y ganar, pero ni nosotros ni ellos queríamos ese choque. Es peligroso jugar contra un rival directo que no te tiene miedo, que no te va a respetar, que te quiere ganar. Nadie quiere eso en octavos. Para ellos también fue una mierda el clásico de Sudamérica en octavos, por muy bien que estuvieran.

En el primer tiempo debieron irse dos a cero, no dimos tres pases. Yo estaba solo como un perro delante luchando contra todos, era el único atacante. ¿Cuántos equipos en la historia del fútbol en un Mundial han jugado con un solo atacante? Nómbrame uno.

Tuvimos muchos problemas en ese Mundial. Batista y Olarticoechea vinieron mal. Ruggeri tuvo la pubalgia. Y Héctor Enrique, que era un centrocampista bárbaro, no pudo venir por problemas en la rodilla. Burruchaga estaba a la mitad de lo que podía dar. Maradona, también a la mitad. Diego tenía un tobillo hinchado. No podía casi ni entrenar. Apenas se podía poner la bota. Se tenía que infiltrar incluso para los entrenos. Fue un calvario para él, sufrió mucho. Llegamos con muchas bajas, pero lo que sí que había era un equipo sólido que no quería quedarse afuera. Nos veíamos mal, pero también pensábamos: «Bueno, tiene que jugarse el partido». Era un poco así. Simple. Pensábamos: «Vamos a ver qué pasa, a ver si nos ganan o no». Y en un Mundial, en un acontecimiento de esa dimensión, se ve quién es cada cual.

Contra Brasil tuvimos un poco de culo, como decimos nosotros, de suerte, es verdad. No podíamos salir de mitad de la cancha. No nos dejaban. Nos presionaban alto y no podíamos. La primera mitad fue un sufrimiento, pero la segunda ya fue diferente. Obviamente, hubo un desgaste físico de ellos. Como le hizo el otro día Khabib a McGregor, ¡qué quilombo que se armó! El ruso lo hizo desgastar en el piso, le hizo perder energía. Estos igual, iban para delante, sumaban superioridad numérica, una y otra vez, pero la pelota no entraba. Eso psicológicamente afecta. Te entra un poco de desesperación. Fíjate que tenían a Romario y Bebeto en el banco. Jugaron con Müller, un negrito muy rápido que jugaba en el Torino, y Careca. Tuvimos momentos críticos, pero, poco a poco, luego ya no tanto.

Hasta que Diego tiene una idea.

La jugada de Diego fue espectacular.

Tú eres el que mejor la viste de todo el planeta.

La vi venir, sí.

Él estaba quieto, sin apoyos, y de repente dijo: «Pues me voy».

Vio un huequito, porque él veía todo, y se metió. No estaba como en el 86, que era rápido, tenía un cambio de ritmo espectacular, pero sale con el balón y no lo podían tirar. Se dijo que Alemão no lo quiso tirar porque eran compañeros en el Nápoles, ¡mentira! No podían. Era muy difícil tirar a Maradona. Yo lo he visto salir de situaciones imposibles con dos tipos colgados y no podían echarlo abajo. Tenía un equilibrio y una estabilidad, aunque lo empujasen, impresionante. Una de sus muchas cualidades es que era muy difícil tirarlo. Nunca vi un jugador así, incluso en eso destacó.

En Maracaná, en el 89, le vi salir de una situación con los uruguayos, que ellos te matan… Paró la pelota, fueron tres a por él. Uno de ellos, el Tano Gutiérrez, que jugó conmigo en River. Pensé: «Lo matan». Y puso el culito a un lado, se giró y puso el culo del otro lado, le empujaron por los dos lados y le puso un brazo a uno, un brazo al otro, y salió de la jugada. Le habían caído tres encima. Me quedé: «Pero ¿cómo hizo este tipo?». Es increíble el equilibrio que tenía en los pies. Eso nunca se lo vi hacer a nadie y le he visto hacerlo mil veces. Por eso digo que no se puede comparar con nadie. Déjenlo ahí arriba y todos los demás abajo.

En esa jugada contra Brasil, cuando lo vi venir, pensé: «¿Qué hago?». Me podía ir a la derecha, Branco era el que me marcaba. Lo primero que hice fue esperar un poquito a ver para dónde tiraba él, porque Maradona de repente te puede frenar y salir para el otro lado y yo tendría que cambiar de dirección. Cuando vi que se iba para la derecha y lo estaban cerrando ahí, cuando vi que ya no podía cortar para el otro lado, me fui a la izquierda. Estas cosas no salen de casualidad, simplemente salió perfecta. Fueron diez segundos perfectos. En milésimas de segundo, vi que no podía quedarme donde estaba porque nos quedaríamos ahí los dos. Se iba contra los cuatro tipos y contra mí también. Entonces me la jugué y empecé a correr, pero con cuidado, mirando para no meterme en fuera de juego, y vi que nadie me seguía.

Tenía a cuatro brasileños encima, ¿confiabas en que te viese?

Sí, Maradona siempre ve todo. Es difícil que no viese algo. A nivel mental jugaba más rápido que cualquiera. Piensa, como ahora Messi, mucho más rápido que cualquier otra persona. Lo que tú no ves, él lo ve.

En esa jugada, un central se debería haber ido conmigo cuando me crucé, pero se quedó con Maradona. Yo pasé rápido y era una decisión difícil para un defensor. Creo que se equivocaron, pero también fue mérito nuestro. Porque, si a mí me llegaba la pelota, era la jugada perfecta. ¿Sabes cuál era el partido perfecto para Bilardo? El que quedaba cero a cero sin ocasiones de gol. Nadie se había equivocado, no se tiraba a puerta y cero a cero. El partido perfecto [risas]. Le preguntaron una vez y dijo eso.

Yo corté y, claro, Diego, aunque iba cayéndose al piso, obviamente me había visto. La jugada resultó bárbara porque el pase le salió. Justo, entre las piernas de Galvão, pero salió. Yo estaba casi al límite del fuera de juego. Me iba frenando incluso, mirando a Diego y al último jugador de ellos. Si te fijas, no había nadie más, ninguno de nuestros compañeros. No vino ninguno.

Cuando recibí el balón, mi primera intención era tirar, arquearme un poquito y darle de rosca, pero vi que salía Taffarel. Lo complicado al encarar al arquero es que se te frene. Tú quieres que salga, que vaya hacia ti, porque tienes la ventaja si la tiras para delante. ¿Qué va a hacer ahí? No puede frenarse, echarse para atrás y alcanzarte, es imposible. Él me vino saliendo muy rápido. Como lo vi, pensé en pararla y tirarle de rosca, pero en el último momento, dije: «No». Estaba tan cerca de mí que vi que si se la tiraba larga no me atrapaba, y ya sabía que por ese lado no venía nadie, porque lo había visto al tirar la diagonal. Tomé entonces la decisión de irme a la izquierda y gambetearlo. Me quedó todo el arco libre. Pasó así de rápido y pensé todo esto igual de rápido. No son ilusiones mías ni estoy contando exageraciones. Fueron milésimas de segundo, pero en ese tiempo piensas y analizas.

No celebraste mucho el gol.

Nunca fui muy efusivo celebrando los goles, el tipo que corre por todos los lados, choca con todos, con los recogepelotas, se sube a la tribuna y abraza al papá. Pensé que a partir de ahí nos tocaba aguantar la embestida de ellos. Había que ordenarse, hablar un poquito. Solo faltaba que nos hicieran dos goles en cinco minutos. Quedaban nueve y había que estar a muerte. No perder tensión, nada de festejar tanto, todavía no había terminado.

Al final, Müller. Se quedó solo, con un centro que le vino de atrás, pero se apura. Era un gran jugador, pero solo, delante del portero, le dio mal y le salió como a tres metros del arco. Tenía que haber esperado un segundo más y haber definido en el segundo palo, ¡estaba solo!, pero la paró y se apuró en pegarle. Goycochea además era un tipo que no salía mucho, tenía todo el arco. Ahí está la diferencia. En los momentos claves, en los grandes eventos, hay jugadores que aparecen y otros que no. De local, sí, pero después de visitante en un partido chivo, duro, no aparecen.

Dicen que metisteis ese gol porque drogasteis a Branco ofreciéndole agua.

Eso es una leyenda urbana. No te lo creas. Supuestamente había Rohypnol en el bidón. Siempre he dicho que no es verdad.

Las siguientes eliminatorias las sacó adelante Goycochea en las tandas de penaltis.

Siempre fue bueno en los penales. No es que salvara grandísimas pelotas durante el campeonato, salvo alguna, que las hubo, pero no tantas. En Brasil saca una, pero las demás fueron al travesaño o fuera. No es para quitarle mérito, al contrario. Siempre tuvo esa condición, ese instinto de ver para dónde iba a ir el balón. Fue muy meritorio lo suyo. Contra Yugoslavia fallamos dos penales, si no es por él…

Faruk Hadzibegic, el que falló el quinto de Yugoslavia después de que fallaran Maradona y Troglio, dice que sueña cada día que mete ese penalti y, por la alegría que genera, su país no se desintegra, porque todo hubiese sido distinto si hubiesen jugado la final.

¿Y si hubiese perdido 3-0 el siguiente partido? Todavía les quedaba mucho.

A Italia, en Nápoles, la eliminasteis y tú marcaste, pero te sacaron una amarilla por la que te perdiste la final.

Mi mano la podría haber dejado pasar el árbitro, fue en mitad del campo. No era una jugada peligrosa. Él sabía quién estaba amonestado. Ahora, con las nuevas normas, te limpian, si te sacan amarilla en las semis, no te dejan sin final. Un árbitro tenía que tener en cuenta todas estas cosas. Además, jugaba delante, para crear, no para destruir. No paré una jugada de ataque. Eso lo tiene que saber un árbitro, para eso le ponen a pitar la semifinal de un Mundial. Tiene que tener la ética de saber que no merecía amarilla.

Obviamente, la sacó a propósito. Nos sacaron a tres jugadores. Si hubiésemos estado dos de los tres a los que nos sancionaron, hubiésemos ganado a Alemania, por mucho que ellos vinieran jugando tan bien. Íbamos de menos a más, con palos, con historias, con puteadas, con lesionados, dejando a Italia eliminada a las puertas de la final… nadie quería que ganásemos. Ya lo sabíamos nosotros. No había que pensar demasiado. Era lógico. Estaba Havelange, brasileño, al frente de la FIFA, y habíamos dejado fuera a Brasil. Europa quería que el campeonato se quedara en Europa. Para colmo, habíamos eliminado a los dos candidatos a ganarlo. No nos querían, que no te quepa duda. Si nos podían sacar amarillas, lo iban a hacer a la más mínima posibilidad.

¿Qué pasó con la bandera de Argentina de vuestro hotel de concentración?

Quemaron la bandera, se cuenta que la quemó alguien de Bilardo [risas] para crear un clima hostil contra nosotros y motivarnos, pero, si te digo la verdad, no lo sé. Igual es también una leyenda. Sí que había un poco de mala hostia en la concentración después de haber eliminado a Italia. Hubo un problema con el hermano de Maradona, que llegó con un Ferrari a la concentración y le paró la policía porque no tenía documentación. Diego se enfrentó con ellos. Hubo mucha bronca, y lo de la bandera pudo ser un italiano enfadado tanto como Bilardo intentando motivarnos. Yo no me enteré de nada, me lo contaron luego todo.

El penalti con el que os derrota en la final Alemania, ¿lo fue?

No. Fue un contacto que no era para penalti. Les empezó a entrar el pánico. No querían ir a la prórroga. Era un peligro, y ante la mínima… Echaron a dos, a Monzón y a Dezotti. Y hubo un penal contra Calderón que lo podían haber cobrado e íbamos cero a cero. En el borde del área. Si cobró el de Klinsmann, el de Calderón debió haberlo cobrado mucho más.

Fue un golpe, pero en la siguiente Copa América volvisteis a vencer a Brasil y ganasteis el torneo.

Diego no estaba porque lo habían suspendido. Basile cambió prácticamente todo, quedamos solo Ruggeri y yo del Mundial. Se incorporaron Simeone, Redondo, Batistuta, Chamot. Jugadores con personalidad, presencia y ganadores; jugadores que, juegues contra quien juegues, se los siente. Por eso digo que la selección no es para cualquiera. Aunque Redondo jugó muy poco con la selección. Solo jugó un Mundial, fue raro. A Italia no acudió por decisión, dijo que prefería estudiar. En realidad, no compartía el fútbol de Bilardo, o algo así. Luego se contó que Maradona, cuando Redondo hizo esas declaraciones, lo encaró en Sidney, en el ascensor del hotel, y le dijo: «Tú estudiás, ¿y los demás qué somos?, ¿ignorantes, burros?».

El último partido de la liguilla final fue contra la Colombia de Higuita.

Higuita me dijo que le tirase una por arriba para poder hacer el escorpión [risas]. Pero creo que lo dijo en joda. Es un crack, un personaje. Ahora vamos a jugar un partido benéfico juntos para el pueblo saharaui.

Fichaste por la Roma.

Fue en un momento en el que la Roma tenía problemas de vestuario. Tenía una camarilla dentro, un grupito. Nunca vi nada así en un vestuario de todos los que estuve. No había buen ambiente para nada. Ni con los italianos para los extranjeros ni de parte nuestra hacia ellos, porque cuando nos dimos cuenta de lo que había siempre hubo tirantez y roce. Había jugadores que llevaban mucho tiempo e iban tirando mierda. Sinisa Mihajlovic, que era buena gente, un tipo correcto. Con su personalidad y eso, pero muy correcto. Él fue uno de los que sufrió el vestuario. Fíjate que luego se fue a la Lazio y estuvo mucho mejor. El club también estaba descontrolado, desorganizado, no se sabía quién mandaba ahí. No fue un gran periodo.

Estados Unidos fue una nueva oportunidad de ganar la Copa del Mundo, Maradona y tú llegasteis a tiempo tras estar suspendidos. ¿Teníais la moral alta?

Todo empezó con un vuelo a Nueva York. Éramos campeones del 86, subcampeones del 90 y, antes de empezar el Mundial del 94, nos metieron trece horas de vuelo ¡en clase económica! Y no era económica pero todos juntos, era dos por allá, otros dos más atrás, con gente que no conocíamos. Maradona iba en una fila de cuatro asientos con tres tipos que eran turistas. Yo iba en una de tres con un señor en medio que no sabía quién era. Batistuta también iba con dos extraños. Veintidós jugadores desperdigados entre doscientas cincuenta personas. Diego iba fastidiado. Llegó Basile y le dijo: «Hay sitio acá en business class», y Maradona contestó: «Yo me quedó aquí con todos mis compañeros». Trece horas nos pasamos ahí, íbamos tirados en el piso, la gente nos tenía que pasar por arriba, otros iban tumbados debajo de los tres asientos durmiendo. Pasó que alguien en la AFA hacía sus movidas para ahorrarse un dinero y le importaba un carajo.

Pero el equipo llegó fuerte a ese Mundial.

Nos sentíamos capaces de ganar ese Mundial. Estábamos cada uno en el momento justo, con el técnico justo, el Coco Basile, que es un gran amigo, incluso ahora, y como técnico fue espectacular, uno de los mejores que he tenido. Iba al frente con todo, le ponías un tren delante y se ponía, pero a la vez creaba un ambiente muy agradable, con respeto hacia él, obviamente.

Basile no trabajaba la parte táctica como lo hizo Bilardo. Era más ofensivo, formó un equipo bárbaro que miraba siempre para delante. Ganamos así dos Copas América. Llegamos muy bien al Mundial, éramos el equipo a temer. Después del 2-0 a Nigeria venían los periodistas de todo el mundo a decirnos que venían de la concentración de selecciones fuertes, de Italia, de Brasil, y que todos comentaban, los jugadores, los dirigentes, los ayudantes o los familiares de los jugadores, que iban a jugar la final contra Argentina. Y nosotros también lo creíamos. El jugador argentino en ese sentido es muy creído, piensa que le puede pasar por encima a cualquiera; a veces no es así, pero tenemos esa moral.

En el 90 sabíamos que no estábamos bien, Bilardo metió esos cambios, cinco jugadores del primer partido al segundo, pero esto era completamente distinto. Llegamos muy bien, jugamos muy bien, en todas las líneas teníamos buenos jugadores, con personalidad todos. Podíamos crear una situación de gol en cualquier momento, eso lo teníamos clarísimo. Y de repente todo se fue a la mierda.

Echaron a Maradona por el positivo en el control antidopaje.

Perjudicó mucho lo de Diego. El ambiente se puso muy tenso, muy difícil. Estuvimos tres días encerrados, había mucha gente, habíamos perdido a nuestro hombre principal. Fue una situación jodida. El equipo estaba para pelear igual, pero hubo errores en el último partido, y encima yo me quedé fuera por una lesión.

Entrevistamos a Stoichkov y nos dijo que Maradona acudió a ese Mundial engañado por la FIFA. Textualmente: «La FIFA le prometió a Diego, sabiendo que tenía un problema, que no le iba a sacar el dopaje».

A Maradona lo utilizaron. Los argentinos, los que estamos en el ambiente del fútbol, lo sabemos todos. Sabemos que lo fueron a buscar. Lo utilizaron porque necesitaban a la figura principal del fútbol en Estados Unidos, que era el primer Mundial ahí. Querían que fuese para promocionar el campeonato. Cuando Grondona llama al representante de Diego, le dice: «Lo necesitamos, tiene que volver, tiene que ponerse bien, como sea, si necesita ayuda, que…». Algo así, ¿entendés? «Necesita ponerse bien, tiene que ponerse bien en estos cuatro o cinco meses». Y Maradona hizo de todo para ponerse bien, se entrenó como un burro. Porque yo lo veía, mañana y tarde, mañana y tarde. Todo el tiempo. Quería estar en ese Mundial y fue utilizado.

Cuando vieron que Argentina era un candidato, que era otra vez candidato, dijeron «a la mierda». Yo te puedo asegurar que fue así. Dijeron: «¡Afuera Maradona!». Esto de irlo a buscar hasta la mitad de la cancha… ¿A quién van a buscar hasta la mitad de la cancha para hacer el control? Le esperarás en el vestuario. Irlo a buscar con el delantal blanco… ¿Se iba a escapar del estadio? ¿Va a venir un helicóptero y va a huir por la parte de atrás? Hay toda una serie de secuencias, nosotros sabemos la trastienda, lo que pasó anteriormente, y sí, fue utilizado. Tiene razón en lo que dijo Stoichkov, porque, efectivamente, fue así.

Cuando Passarella cogió después la selección, te quitó del equipo. La polémica trascendió porque se dijo que no quería en el equipo a nadie con el pelo largo.

Se equivocó, no sé si por su ego personal contra los símbolos de la selección argentina, como yo o Redondo en aquel momento. Con Batistuta también quiso hacer lo mismo. Passarella fue un grandísimo jugador, siempre he dicho que para mí uno de los mejores defensores de la historia, sin duda. Pero como técnico no. Le traicionó su ego y alguna cosita más, sus amiguitos que venden jugadores. Tenía interés en meter gente nueva en la selección y de paso venderlos después del Mundial. Algo así. Y afuera Caniggia y afuera Redondo.

Cuando todo estaba bien, fue cuando pasó toda esta pelotudez del pelo. Fue la excusa para quitarnos, pero también… ¡la cosa más patética que yo escuché en la historia del deporte! Tuve una llamada con él y, cuando me lo dijo, le contesté: «Pero ¿cuántos centímetros quieres?». Y él: «Cuatro». Y yo: «Pues te voy a dar uno y medio». Era irónico por mi parte, era joda por parte de los dos, pero fue así en un principio y luego eso se volvió, meses después, otra cosa. Ya no se habló del pelo, y el problema fue que quería ir con su gente y no con los grandes nombres de los Mundiales anteriores.

Decidiste abandonar el fútbol europeo y volver a Argentina, a un proyecto en Boca Juniors con Maradona y Bilardo.

Era un proyecto ambicioso económicamente. Maradona y yo íbamos a cobrar más que en Europa. Ponía el dinero un inversor, un millonario armenio que tenía una televisión en Argentina. Puso una pasta terrible, pero no fue por eso por lo que fui, sino por el proyecto en sí.

Estuvimos casi tres años. Diego abandonó en el 97. Fue una etapa espectacular. Diego ya venía jugando en Rosario, yo volvía después de siete años. Al principio de entrenador estaba Marzolini, el gran lateral izquierdo de Boca en los setenta, y al poco vendría Bilardo.

Fue impresionante, jugar en Boca no es para cualquiera. Te lo puedo asegurar. Teníamos treinta o cuarenta periodistas, a veces cincuenta, en todos los entrenamientos. Salías del entrenamiento y se te venían los veinte o treinta cada día. Los periodistas de radio en Argentina son terribles, están todos los días y siempre tienen algo, siempre surge un tema, Boca es Boca y siempre da para hablar. Te entrevistaban hasta en las concentraciones, entraban por dentro del hotel. Ahora el equipo tiene un centro y ya es más difícil. Con nosotros hacían las notas en el mismo hotel, eso forma parte del folclore argentino, en otros lugares es imposible que pase.

Cuando estuve al final de mi carrera en Glasgow Rangers me decían: «Bueno, Claudio, la semana que viene hay una entrevista al final del entrenamiento». Y yo: «¿Y cuándo es eso? ¿Dentro de una semana? ¡Dímelo el día anterior!». En Argentina un periodista, en un segundo, viene y te hace una entrevista.

La imagen icónica de esa etapa es en la que Diego y tú os besáis en la boca tras un gol.

Fue como una joda. Surgió así. Obviamente, no significa nada. Fue como una apuesta. Una pelotudez, alguien dijo «a ver si hay huevos» y…

¿Por qué se retiró Diego?

Se cansó, había mucha presión y él la sintió. En el último año, los últimos cinco meses, no estuvo en su mejor momento y se saturó. Él lo declaró, que casi le matan dos veces al padre en la prensa. Estaba enfermo, tenía algunos problemas, se inventaron varias historias, Diego no sabía nada y publicaron que había fallecido. Dijo: «Ya estoy cansado, basta, sobrepasaron el límite de lo que es el respeto por la persona». Le pasó lo mismo en el último Mundial de Rusia, cuando se sintió mal al final de un partido. A mí me llegó que se había muerto. Llamé al chico que trabaja con él y le pregunté y me dijo: «No, estamos acá, nada que ver, esperando al avión». Y me mandó una foto. Me quedé… ¡qué hijos de puta!

En Boca igual, estaba cansado. Ya no tenía ganas, ya no disfrutaba tanto con el fútbol. Se entrenaba menos. Los martes y los miércoles no venía al entrenamiento. Iba el jueves, viernes, sábado y jugaba el domingo. Los últimos tres o cuatro meses ya se veía que no, no lo sentía, y abandonó. Está bien, si no se levantaba contento y feliz para ir a jugar al fútbol, tenía que abandonar.

Para mí fue un placer enorme haber jugado con el que considero y el que es seguramente el mejor jugador de la historia y también un personaje salvaje, un tío con una alegría y una pasión increíble para jugar al fútbol. Nos entendimos muy bien en el campo. Aprovechaba bien mi velocidad, pero también mis movimientos entre los centrales, dándome la vuelta, girando. Los defensas me han contado después que no sabían dónde estaba y luego aparecía y los pasaba a cien por hora.

Lo he visto jugar hecho mierda, con lesiones con las que nadie podía jugar, y él lo hacía con un amor propio increíble, poniéndole el pecho siempre a todo, era como un indio salvaje. No es el mejor jugador por eso, pero eso también fue algo impresionante de él. Asumía responsabilidades, le mataban a patadas y siempre se puso al frente. Juntos pasamos momentos gloriosos y momentos no tan gloriosos, como personas, porque ante todo uno es persona, y como futbolistas. Pero es parte de la vida. Todos los momentos con él fueron inolvidables.

Siempre estuvo presente en cualquier problema. Tenía mil presiones, como ahora mismo, que cuando va a un lugar se le echan todos encima, a veces la gente no entiende, no es fácil vivir así. Es un ser humano también. No quiero hablar de su vida privada porque jamás hablaré de eso, no quiero hablar de lo que es fuera del fútbol, pero quiero decir que con las presiones que tenía siempre le puso el pecho a todo y estaba siempre disponible con mil quilombos que tenía alrededor. Y cuando jugaba al fútbol era como la vida misma para él, cuando entraba al campo parecía que se le olvidaba todo. Mira en qué situaciones límite estuvo y siempre dio el pecho. Y lo que regaló, que ya te he dicho. Siempre estuvo comprometido y, si alguna vez no lo estuvo, es porque era un ser humano y no siempre se puede estar al mil por mil, nunca nadie jamás en la historia lo estuvo.

Con lesiones increíbles, tuvo un compromiso en cada partido. Siempre estaba con los compañeros, y con el que más lo necesitaba también. Le venía mucha gente a pedir, le hacían llegar el mensaje, y siempre estaba presente o mandaba a alguien. Siempre ayudó a la gente. Yo he ido a partidos benéficos con él en Italia donde se suponía que tenían que ir los jugadores italianos más famosos y no apareció ni uno, ¡ni uno! Pero él iba. Con mil historias, porque era Maradona, e iba porque era una causa importante. Luego le criticaban, me gustaría ver a muchos en la piel de Maradona a ver si se la aguantan.

Tuviste problemas para abandonar Boca.

Decidí volver a Europa. Me quedaba un año de contrato y podía haberme quedado más tiempo, tenía una gran relación con Macri, el presidente, pero después de la última temporada, en la que perdimos el campeonato al final, en los últimos dos partidos increíblemente, pedí en una charla en Guatemala, en un partido amistoso que jugamos allí, que me dejasen marchar por motivos… Estaba todo muy…

Bueno, por una serie de razones, prefería irme a Europa. Y se armó un conflicto. Les dije que buscaría un equipo que les dejara un dinerito. Dijeron que no. Tuve que volver por una cuestión legal, para no tener un conflicto mayor. Pero fue un conflicto personal, entre Macri y yo. Al final acabé en Miami entrenando yo solo con un preparador físico en el campo que tenía un amigo italiano.

Resucitaste en Escocia.

Fui a un equipo chiquito, no es que no debiera haber ido, pero nunca se me pasó por la cabeza terminar jugando ahí, en el Dundee. Fueron solo unos meses, llegué en noviembre cuando ya llevaban diez partidos. Como me estaba entrenando solo en Miami cuando me llamaron, dije: «Bueno, pues voy». El equipo lo había cogido un amigo mío, Ivano Bonetti, que era técnico-jugador. Jugaba como centrocampista. Si te digo la verdad, en ese momento no sabía qué hacer, no sabía si seguir jugando o retirarme.

Enseguida me puse bien físicamente. Tengo suerte de que jamás en mi vida engordé, peso ahora lo mismo que cuando tenía veinticinco años, incluso menos. Nunca me costó mucho entrar en ritmo cuando volvía a una pretemporada. Y cuando empecé a jugar en este club, me di cuenta de que tenía que llegar a los grandes de esa liga, al Celtic o al Rangers, a uno de esos dos.

De la forma de jugar que tenían allí no sabía nada. A veces te dejan espacios, unas veces no marcan mucho y otras te ponen los tacos en el cuello. Se comen por la mañana huevos fritos, panceta y luego se ponen a correr. Yo si me como eso y me pongo a correr, vomito. Yo tomaba mis cereales y una tostadita con mermelada [risas]. A veces los vi comer platos de pasta con kétchup en vez de salsa. Les decía: «Sos un hijo de puta, cómo vas a poner kétchup a la pasta». Los he visto comer las cosas más impensables, pero corrían como unos animales. Entrenamientos con frío, con lluvia, con nieve que cae. Fue una experiencia espectacular.

En el primer partido casi me quiebran. Era contra el Aberdeen F.C. Antes de llegar estuve en Italia. Ahí sí que me entrené solo. Salía a correr alrededor de mi casa. No hice más que correr, nada de fútbol. Llegué a Escocia y a los tres días me pusieron a jugar. Pasé la primera parte en el banco, me dijo el entrenador que me fijase cómo se jugaba allí: «Así entiendes un poquito», y en la segunda me sacó. Salí, primera pelota, sacó el portero y me vino uno que, si no salto, me quiebra. Dije: «Muy bien, ya veo cómo se juega acá, vale, lindo, muy lindo». Pero hice el segundo gol, ganamos y ahí empezó mi aventura escocesa.

Me fijé en quiénes eran los grandes, me preparé para cuando vinieran y cuando jugué contra ellos la rompí [risas]. Enseguida me quisieron fichar el Rangers y el Celtic. Fui a una reunión privada con el Rangers, escondido en un auto con cristales polarizados, entramos por el garaje al estadio hasta la oficina de David Murray, el presidente. Un magnate del acero del Reino Unido, un millonario, «el Rey de los Aceros» le llamaban. Y no tenía piernas. Las perdió en un accidente, iba con dos ortopédicas. El entrenador era Dick Advocaat. Fiché por ellos porque insistieron más y me dieron algo más, y jugué la Champions.

Y un Mundial.

Me llevó Bielsa cuando quedaban tres partidos para empezar el Mundial de Corea y Japón.

¿Cómo es Bielsa?

Es un tipo… no sé cuál es la palabra… Es un gran técnico, muy estudioso a un nivel de locura. Como lo era Bilardo en su peor momento, que era su mejor momento. Pero Bielsa no cambia nunca la forma, es siempre lo mismo. Él lo reconoce, que no es flexible. No sé por qué, porque es un técnico muy inteligente y que trabaja mucho. Tiene gente alrededor que estudia mucho al contrario, pero no cambia. Y a veces hay que cambiar.

En las concentraciones salía del hotel y se ponía a dar vueltas él solo, mirando el piso. Recuerdo un día en Alemania que estábamos calentando, había un argentino en la grada gritándole a quién tenía que poner, y le contestó: «Callate ya, pelotudo, que no te aguanto». Le dijo eso, pero era capaz de salir corriendo hacia él y hacerle la de Cantona.

Tiene una personalidad… Está todo el día pensando en el fútbol. Su apodo, el Loco, está bien escogido.

Me contaron que un día montó un quilombo en una rueda de prensa y tenía un coche preparado en la puerta para, según saliera, irse. Fue, se subió al coche y… ¡no arrancó! Y se veía al Loco gritándole al conductor: «¡Sos un pelotudo, la concha de tu madre!». Se tuvieron que bajar y empujar el auto. Quería salir de la rueda de prensa volando y se fue empujando el coche.

Acabaste tu carrera en Catar, con Guardiola y Hierro por ahí.

No estábamos en el mismo equipo, pero estábamos todos en la misma ciudad. Éramos Batistuta y yo argentinos. Mario Basler y Stefan Effenberg, alemanes. Y Frank Leboeuf, que jugó en el Chelsea, un francés. Romario había estado antes, pero solo duró tres meses.

Allí me entrenaba todo el día porque no sabía qué hacer. ¿En Doha qué iba a hacer? No había gran cosa, algún hotel, alguna playa… de hombres, por supuesto. Los entrenamientos eran a las ocho de la noche y yo me despertaba temprano, así que me iba a entrenar. Porque lo que hacíamos con el equipo tampoco eran gran cosa.

Me llamó mucho la atención lo reprimidos que estaban los jóvenes. Un día me vino un catarí y me dijo que se iba a casar, que si iba a la boda. Un buen chico. Le pregunté: «¿Ya follaste y tal?». Y me dijo: «No, no se puede». Le contesté: «¿Cómo que no se puede? ¡Claro que se puede! ¿Cómo sabes si no si folla bien?». Y él «No, no podemos hacer eso nosotros». Esto, claro, lo ves un poquito… Cuando llegué me contaron que Romario en un centro comercial estaba con una chica, le dio unos besos y le llegó la seguridad a decirle que ahí no se podía hacer eso

Los chicos tampoco estaban muy acostumbrados a la exigencia, los entrenamientos que eran un poco duros no querían hacerlos. Yo me iba una hora antes a estirar para no lesionarme. Me estiré más ahí que cuando tenía veinticinco años, lo que también es normal. Un día tuve un problema de espalda, no me podía ni mover. Fueron al hotel a verme dos árabes, el director deportivo, que no tenía ni puta idea de lo que era el fútbol, y un médico. Al verme así, me querían hacer mes por mes el contrato, pero ya estaba firmado y me negué. El médico, un cabrón francés, no importa la nacionalidad, pero era un cabrón [risas], hablaba conmigo en italiano. Me llevaron a una clínica espectacular y le dijo al árabe que lo mejor era operarme. Yo le dije que no me iba a tocar la espalda. Me puse recaliente, porque cobran por operación y te meten en el quirófano con una uña encarnada. Me fui a Alemania a un fisio que es un crack y a los diez días estaba jugando bárbaro.

Al retirarte, ¿te costó vivir sin fútbol?

No me costó al principio. Luego me arrepentí a los dos años. Creo que debí haber jugado más, no por una cuestión de dinero, sino porque estaba para jugar hasta los cuarenta. Físicamente estaba impecable, nunca tuve grandes lesiones. Tenía treinta y siete y estaba bastante rápido. Pero al dejarlo no, me cayó la ficha a los dos o tres años porque me aburría. Esa adrenalina no la puedes tener nunca más. Yo me seguía divirtiendo jugando, no me costaba ir a entrenar por la mañana. Ni entrenar dos veces al día. Y eso que en Catar los jugadores africanos nos iban a dar. Nos iban mal y son fuertes los cabrones, especialmente iban a por mí y a por Batistuta. También había que correr en ese fútbol. Mira que Romario cuando fue pedía la pelota al pie, no corría y lo mandaron al banquillo, y a los tres meses le dijeron que basta y para casa. Me lo contaron todo unos brasileños que había en el staff de mi equipo.

¿Cómo has visto estos años a la Argentina de Messi?

La final que se perdió se pudo ganar. Hubo oportunidades, el tiro pegado al palo de Messi, la de Higuaín solo, que falló, pero hay que estar ahí y patear. Si hubiese entrado una de esas… ponte a recuperar un 1-0 en la final de un Mundial. Bueno, en el 86 se lo hicieron a Argentina, que le remontaron dos. A lo que me refiero es a que no podemos decir que Alemania la arrasara. Pero mira a los aficionados argentinos. Cuando va bien, mira cómo se ponen. Pues si va mal, es lo mismo, pero al revés y con la misma intensidad.

Este año en Rusia, cuando el técnico pierde el control de la situación, hay muchos problemas. Si el técnico dice que la selección es el equipo de un jugador, es un gran problema. Si luego Croacia en el segundo partido te gana así, es todo un caos. Nunca puede terminar bien una historia así. Nosotros pudimos tener muchos cambios, pero había solidez en el grupo. Tú no puedes decir: «Este es el equipo de Messi». Bilardo nunca dijo: «Este es el equipo de Maradona». Eso no se puede decir, todos sabíamos que Maradona era el mejor, quién no lo sabía, pero no hay que decirlo. Porque es un equipo de fútbol, una selección nacional, la selección de Argentina, no el equipo de nadie.


Iniesta, el jinete pálido

Andrés Iniesta, Liga 2011 – 2012. Fotografía: Cordon.

Antes de rematarlo, Andrés ya tenía la certeza de que aquel balón acabaría en la red. «Escuché el silencio y sabía que ese balón iba adentro», contó en el programa de Michael Robinson. Tuvieron que transcurrir unos segundos, sin embargo, para que los demás nos convenciésemos de que algo muy gordo estaba pasando. Aquel muchacho pálido de Fuentealbilla ya había empezado a correr fuera de sí, con los brazos abiertos y la cara desencajada por la emoción y nosotros, suspicaces porque los mundiales, Cardeñosa, Eloy, Al-Ghandour o Roberto Baggio nos habían hecho así, aún no nos creíamos que España fuera a ser campeona del mundo: a ver si es un efecto óptico y el balón ha golpeado la parte externa de la red (imposible, por la trayectoria del balón); espérate, que va a pitar «orsay»; verás, que aún quedan dos minutos y nos la clavan en un córner, pensaba quien más y quien menos, hasta que una voz atronadora nos sacó de ese tránsito por los oscuros ensueños del escepticismo: «Iniesta de mi vida», cual Júpiter tonante, gritaba Camacho. Un locutor argentino —el del «barrilete cósmico, de qué planeta viniste», por ejemplo— se hubiera adornado con un epíteto épico, pero ¿qué iba a hacer Camacho, sacarse de la manga un «duendecillo albino, de qué bosque de la Mancha saliste?».

Curiosamente, las dos imágenes por las que más se recordará a Iniesta, el gol de la final del Mundial y el de las semifinales de Champions contra el Chelsea, no serán  las más iniestescas. En Sudáfrica, los hados escribieron recto con renglones torcidos para que él anotara ese tanto, pero lo lógico es que hubiera sido Fernando Torres el que hubiera estado en el lugar en el que se encontraba el de Fuentealbilla. Lejos del área grande, escorado a la izquierda, el madrileño intentó una acción que evidenciaba que ese, sobre todo si no hay espacio para correr, no era su lugar en el mundo: un mal pase, que nació cadáver ya, fue resucitado por un jugador holandés; este entregó el esférico a Cesc, que, aun siendo centrocampista, tenía en esa selección un papel más de llegador que de asistente, pero Cesc hizo lo que le tocó hacer, asistir a Iniesta, y el resto nos lo sabemos de memoria. Más inistiesco hubiera sido un pase definitivo de Andrés para que otro, Torres o Cesc, por ejemplo, finalizara cómodamente la acción, o una llegada al área combinando en corto con un nueve que no estuviera en el ala oeste. Más inistiesco hubiera sido también que en Stamford Bridge, tras recibir el balón de Messi, Andrés, más confiado en su habilidad técnica que en un golpeo que no destaca por potente, en vez de decidir chutar desde la distancia a la que lo hizo para rescatar a un Barça agonizante, hubiera intentado regatear o sortear rivales mediante una pared con el argentino para acercarse a la meta rival.

Así, un tipo que se pasó la vida acariciando con deleite la pelota consiguió curiosamente con dos golpeos contundentes que muchos alcanzáramos el éxtasis. Pero si la épica de Andrés Iniesta nos ha hecho estremecer de gozo, su lírica es la que nos ha cautivado día a día. Que sus hazañas en momentos de tensión dramática no nos impidan ver sus delicadas conquistas cotidianas. Es imposible olvidarse de Sudáfrica o de Londres, pero sería injusto que estos hitos empequeñeciesen otras exhibiciones suyas, como la de aquel partido del Bernabéu del 2-6. Allí escribió mucha poesía. Gago y Diarra, que lo probaron, lo saben. Como poesía hay en esa foto en la que cinco jugadores italianos lo acorralan, víctimas de su embrujo, o en sus desbordes por velocidad a rivales que son bastante más rápidos que él. Parece inexplicable, puede que hasta paradójico. Será una cuestión de coordinación de zancada, de obstaculizar con su cuerpo la trayectoria del rival, o de iniciar la carrera en el momento justo. O será magia. La misma magia que hay en sus regates imposibles, sus croquetas en espacios que no existen, entre marañas de piernas que constituyen cuerpos uniformes y sólidos que los postulados de la física te dicen que no se pueden traspasar. Iniesta los ha traspasado. Igual que ha traspasado los muros de las leyes tácitas del odio entre aficiones: hay que ser muy especial para que te aplaudan, siendo culé, los aficionados del Espanyol o para que te ovacione la hinchada de un equipo que va perdiendo 5-0 en una final. Hay que ser muy especial para, cuando has perdido la cabeza porque estás celebrando un momento de una intensidad que ha superado toda expectativa, acordarte de tu amigo fallecido y llevar a cabo ese precioso homenaje mostrando al mundo entero una camiseta en la que, en los momentos previos al partido más importante de tu vida, tuviste el detalle de escribir su nombre. Y hay que ser muy especial para seguir siendo normal haciendo las cosas que hace este chico, habiendo conseguido todo lo que ha conseguido.

Por esto, porque se le ve normal aunque se le sepa especial, se ha puesto tanta gente de acuerdo para quererlo, e incluso para sentir una rabia solidaria por ese Balón de Oro, galardón impúdico en el ámbito de un deporte de equipo como el fútbol, que nunca ganó. Aunque muchos, sin rubor, utilizan ahora esta supuesta injusticia a Iniesta para embarrar la polémica comparativa entre Messi y Cristiano Ronaldo, un tipo que sabe tanto de fútbol como Andrés estará seguro de que desde que el argentino juega al fútbol no hay discusión sobre quién es el mejor del mundo. Igual que el de Rosario sabe que si ha conseguido ser sublime es en gran parte por haber tenido cerca a Iniesta. Quizás pensaba en eso Messi cuando, con los ojos cerrados, abrazaba al manchego tras el gol de este en la final de la Copa del Rey, última obra de arte a dúo, consciente de que sin Andrés, Leo hubiera sido menos Messi y de que todos los balones de oro que ha ganado, no solo aquel de 2010, son también en cierto modo de Iniesta.

Andres Iniesta y Lionel Messi en la final de la Copa del Rey 2018.

Aun con toda esa poesía y esa magia, Andrés no ha sido reacio al trabajo menos sutil. A pesar de su quebradiza complexión y su propensión a las lesiones musculares, siempre se vació sobre el terreno de juego, y su labor en el Barcelona fue más sacrificada de lo que parece. Es algo de lo que no se habla pero que me gustaría resaltar. Iniesta ha hecho muchos kilómetros, sobre todo en estas últimas temporadas, cuando el equipo culé, sin Xavi, ya no es aquel de los porcentajes de posesión de balón escandalosos de antaño. Sin el monopolio de la pelota, los centrocampistas se han visto obligados a pegarse unas buenas palizas para recuperar el esférico, teniendo en cuenta que los jugadores de arriba, a veces hasta tres (este año han sido casi siempre dos), aportan muy poco en tareas defensivas. Iniesta, consagrado ya como un jugador exquisito y con los galones que otorga el brazalete de capitán, pudo haberse acomodado. No sería el primero que en una situación como la suya, con una jerarquía incuestionable dentro del equipo, solicitase para sí un rol menos exigente, un trabajo más «de oficina». Es muy complicado, habiendo estado disputando dos partidos semanales desde los diecinueve o veinte años, mantener con treinta y tres la intensidad futbolística de Andrés Iniesta, si se espera de él que llegue a la línea de fondo del área rival y  que, después de eso, acuda a ayudar a su equipo en defensa, pretendiendo además que conserve la frescura y la inspiración necesarias para seguir inventando versos y hechizos. Por eso, aunque su nivel haya disminuido, quizá su mérito haya sido mayor, porque hasta el final, en mayor o menor medida, nos ha seguido deleitando. Quién sabe si hubiéramos podido disfrutarlo más si se le hubiera dosificado, no tanto en cuanto a minutos, sino más en cuanto a esfuerzos.

Su salida del Barça no deja de tener cierto simbolismo. Se va el emblema de la Masía, de la Masía no solo como cantera, sino de ese edificio en el que desde pequeños conviven las promesas de fuera de Barcelona de las categorías inferiores. Después de Guillermo Amor y Pep Guardiola, se puede decir que Andrés Iniesta (junto con Carles Puyol) cierra un ciclo de tres etapas, cada cual mejor en lo deportivo y en lo relativo a la definición de un estilo futbolístico y unos valores. Coincide su despedida con un momento complicado en la cantera culé, lo cual, con lo que esta significa para el club, es como decir que asoma una crisis de identidad institucional. Hace unas semanas, por primera vez en muchos años, el Barça alineó un equipo sin canteranos. Es la peor noticia de la temporada para los culés, por encima incluso de la vergonzosa eliminación ante la Roma. Un partido pésimo admite el debate de si lo que ha ocurrido ha sido un mero accidente, pero que un encuentro como el de Balaídos, en el que por tener un amplio margen de error te puedas permitir el lujo de dar descanso a todos tus jugadores titulares, no se haya considerado la posibilidad de recurrir a varios jugadores del filial o del equipo juvenil obliga a la reflexión. No se puede aspirar a que cada cinco años debute un Iniesta, porque los genios nacen cada mucho tiempo y que lo hagan en un pueblo de Albacete a cuatrocientos kilómetros de Barcelona, con lo grande que es el mundo, es una bendita casualidad. Pero sí se puede pretender que, en una entidad como el FC Barcelona, en los lugares que ocupan futbolistas como Paulinho, André Gomes, Alcaçer o Semedo figuren jóvenes formados en La Masía. Algo mal se tiene que estar haciendo, ya sea en los procesos de selección o de formación, para que no asomen jugadores con un nivel similar a estos, y que cuenten además desde que son adolescentes con esa mentalidad blaugrana tan específica. A esa mentalidad no es fácil adaptarse de la noche a la mañana (que se lo digan a Dembelé) y por eso traerla de serie es un plus. Sería un error esperar a que los chicos del filial alcancen un nivel parecido al de Iniesta para abrirles las puertas del primer equipo, pero un error mayor sería no proyectar la imagen de Andrés para marcar el rumbo de los jóvenes jugadores y hacerlos identificarse con unos valores deportivos y humanos que el Barça debe conservar a toda costa, si anhela mantener la esencia que lo ha convertido en una institución especial en los últimos veinticinco años y que lo ha llevado a conseguir los mayores éxitos de su historia.

Iniesta, como los grandes jugadores, siempre ha visto lo que va a pasar en un campo de fútbol antes que la mayoría, y por eso tuvo el privilegio no solo de anotar el gol definitivo en Sudáfrica, sino de saberse campeón del mundo antes que nadie. En esa clarividencia —«ya no podré dar lo mejor de mí en todos los sentidos»— se fundamenta su decisión de decir hasta aquí. Igual que nos costó asimilar aquel gol en el minuto cinco mil de la prórroga, no es fácil aceptar que el jugador más emblemático de la historia del fútbol español se nos vaya (se nos venga, si finalmente recala en el Chongqing, puesto que escribo desde China) a otra competición. Si alguien puede hacer que aquí se valore como es debido un exquisito control de balón, una pulcra conducción de pelota, una finta o una pared ese es Andrés. Porque en este fútbol y en otros que todavía se encuentran en periodo de efervescencia marketiniana, lo que se espera de una estrella son goles, remates acrobáticos o chuts potentes desde cuarenta y cinco metros, pero si Iniesta —junto con los Xavi, Villa, Navas o Messi— fue capaz de que cambiáramos el discurso del «no vamos a ningún lado con tan poco cuerpo» al del «da gusto ver jugar a estos pequeñitos», quién sabe si revolucionará también las sensibilidades de otras latitudes futbolísticas, y en unos meses estaremos oyendo decir en chino, o en cualquier otro idioma, «¿de qué bosque de la Mancha saliste, duendecillo albino?» mientras en España echamos de menos al Iniesta de nuestras vidas.


Latinoamérica redonda: por qué Messi (aún) no es Maradona

Argentina's coach Diego Maradona (R) walks alongside Lionel Messi after a practice soccer session in Pretoria June 10, 2010. REUTERS/Enrique Marcarian (SOUTH AFRICA - Tags: SPORT SOCCER WORLD CUP)
Messi y Maradona. Fotografía: Cordon Press.

Es domingo por la noche y en el estadio Sánchez Pizjuán se ha visto un santo, un gigante, un extraterrestre, según los titulares, que de tanto describir la excelencia de Lionel Messi con el Barcelona dejan al lector como si se hubiera hecho cosquillas a sí mismo. Sin gracia. Pero alguien arriesga y muchos le siguen: es el mejor partido de su carrera. El Messi definitivo, el fútbol total embutido en un solo hombre. Y entonces, desde Argentina, llega una frase inevitable: a ver si lo repite con la selección. Diego lo hacía.

Ahora es jueves por la noche, han pasado cuatro días, y en el estadio Mineirao, en Belo Horizonte, Brasil, una sombra vestida con el 10 de la celeste y blanca busca paredes y desmarques, infructuosamente, entre las piernas de colosos vestidos de verde-amarelo. Argentina es atropellada, 3-0, en su clásico histórico y se mete en problemas para clasificarse para el mundial de Rusia. Desde Buenos Aires se escucha esta vez que el 10 nada pudo hacer en la catástrofe, pero que él solito debería haber resucitado a la selección. Porque Diego lo hubiera hecho.

La  historia, a estas alturas, está más sabida que la tabla del dos: Messi es un señor que lleva diez años coronado en todo el planeta como el mejor. Muchos dicen que es el mejor de siempre, pero en su país algunos, bastantes, no lo creen así, y lo ilustran con cuatro simples palabras: Messi no es Maradona. Ya no se refieren al fútbol como juego —de eso ya se han hecho tesis, libros y manuales de discusiones bizantinas, resueltas con la misma frase redonda de las cuatro palabras—. Se trata del fútbol como catalizador social, filtro político y termómetro emocional de una tribu, en este caso un país llamado Argentina. Como en gran parte de Latinoamérica, allí la pelota es un vehículo de expresión, un motor de construcción nacional, un lugar donde reconocerse. En un país imposible de descifrar, en cuatro párrafos o cuarenta enciclopedias, basta poner un balón y sus ídolos detrás para retratarlo con facilidad.

Sabemos que hace treinta años elevaron a un hombre a la categoría de mito: Diego Armando Maradona. Lionel Messi, en cambio, lleva más de una década picando piedra para que lo consideren, al menos, ídolo. Y aún hay reticencias a subirle el pulgar. ¿Por qué? Eso mismo se preguntan en el país de los cuarenta millones de psicólogos. Para intentar explicar por qué Diego —y no Lionel— encarna la esencia de la argentinidad, acudimos a varios conceptos y dejamos en el aire una incógnita, en realidad la clave para rebatir el argumento dramático con el que un amigo de Buenos Aires zanja el asunto: «Cuando se muera, a Messi le llenan el velatorio y el cementerio. Pero a Maradona salen diez millones de personas a despedirlo».

1. La identidad

Bildnummer: 07931292 Datum: 28.05.2011 Copyright: imago/Ulmer FUSSBALL CHAMPIONSLEAGUE FINALE SAISON 2010/2011 28.05.2011 FC Barcelona - Manchester United FC Barca Fans mit einem Banner Diego Armando Maradona is my Hand... Lionel Messi (Barca) is my Soul...God PUBLICATIONxNOTxINxSUI ; Wembley London Fussball Herren EC 1 CL League Finale 2010 2011 FC Barcelona Barca Manchester United ManU xdp x2x 2011 hoch Aufmacher SPORTS UEFA CL CHL CHAMPIONSLEAGUE FINAL FANS FAN ZUSCHAUER FUSSBALLFANS FUßBALLFANS PUBLIKUM RANDBILD Image number 07931292 date 28 05 2011 Copyright imago Ulmer Football Champions League Final Season 2010 2011 28 05 2011 FC Barcelona Manchester United FC Barca supporters with a Banner Diego Armando Maradona is My Hand Lionel Messi Barca is My Soul God PUBLICATIONxNOTxINxSUI Wembley London Football men EC 1 CL League Final 2010 2011 FC Barcelona Barca Manchester United ManU x2x 2011 vertical Highlight Sports UEFA CL CHL Champions League Final supporters supporter Spectators Football fans Football fans crowd Edge image
Fotografía: Cordon Press.

Existe una firma de diseño argentino que desarrolla líneas de productos a partir de la iconografía más reconocible del país. En su tienda, en el barrio de Palermo de Buenos Aires, se venden libros, tazas, libretas y prendas de ropa que remiten a la argentinidad, doscientos años metidos en iconos: el mate, la vaca, el tango, el fútbol; el Che Guevara, Carlos Gardel, Evita Perón y Maradona. De Messi, ni rastro. En las galerías nostálgicas de la calle Defensa, en el barrio de San Telmo, afloran ídolos entre los puestos: partituras con letras de Gardel, fotos de Evita dirigiéndose a las masas y ejemplares de la revista El Gráfico con Maradona luciendo pelusa. ¿Messi? Una foto con el Barcelona. En los establecimientos para turistas en la céntrica calle Florida surgen —al fin— camisetas de la selección con el 10 a la espalda. Pero sobre el número compiten, aún hoy, dos nombres. Sí, esos dos.

A la Pulga le costó años aparecer en las paredes de una ciudad repleta de murales, grafitis, stencils y fileteados. Y aún hoy lo hace tímidamente. Aún encima, cuando se le dio apoyo con un banderazo, la manifestación convocada para que volviese a la selección tras su anuncio de retirada, una tempestad dejó la postal desleída. Se esfuerza parte de la Argentina por mimar a aquel que aún es resistido por la otra parte en su traje de ídolo representativo. Más que identificación, se trata de identidad, de a quién se invoca para verse uno reflejado en el espejo como argentino. En esa tesitura se inclinan por Maradona, aunque haya demostrado más debilidades que virtudes, o más bien por eso mismo. Decía Eduardo Galeano: «Maradona es una especie de Dios sucio, pecador. Cualquiera puede reconocer en él una síntesis de las debilidades humanas, o al menos masculinas: mujeriego, tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable». O, como se ha dicho en sucesivas ocasiones: «Maradona es el argentino que somos. Messi, el que queremos ser». Pero al segundo no se le rinde el homenaje.

Al fin y al cabo estamos hablando de un ser mitológico contra una pulga. Ni siquiera su historia de superación, un tratamiento de hormonas del crecimiento que le llevó a emigrar y así construir su propio sueño del pibe: la llegada a Cataluña, la servilleta de Rexach, —sábana santa del barcelonismo—, el estirón en La Masía y la explosión mundial. Y, además, lejos de su gente, lo que le ha condenado a pelear un reconocimiento total en su país. Sin embargo, Messi se esfuerza desde los trece años en ser el más argentino de los argentinos. Como una militancia patriótica embutida en la sangre, lleva más de la mitad de su vida viviendo fuera, pero rodeado de argentinos, casado con una argentina, comiendo carne argentina con sus amigos y familia que son, claro, argentinos. En realidad, el 10 vive una Argentina ucrónica y utópica tras su burbuja de cristal. Como decían en sus primeros tiempos en Barcelona, todos los días Leo sale de Rosario para ir a entrenar y vuelve a su ciudad después de la ducha. Pero ni el desgarro del desarraigo consigue acercarlo a Maradona, a los ojos de muchos de sus compatriotas. Más bien le juega en contra. Da igual el talento y su fútbol; se le demanda alma de prócer (que no tiene) para suplir al Diego, un fenómeno histórico, un héroe, un bálsamo en un momento puntual de la historia, aquel que llegaba adonde no lo hacían los políticos. Dictadura, Malvinas, democracia, deuda externa, hiperinflación, Maradona. Los ochenta en Argentina van de su mano. Lo dice Osvaldo Soriano en un cuento: «Don Salvatore, que seguía delirando, preguntó por qué, teniendo un jugador como Maradona, todavía no habíamos conseguido pagar la deuda con el Fondo Monetario Internacional».

Por si fuera poco, ha vivido por mil, casi muerto y resucitado varias veces, en trances que han provocado la identificación al grado máximo de sus compatriotas. Cuando metió un gol con la mano convenció a todos, en un requiebro retórico genial, de que había sido «la mano de Dios», y el argentino sintió que era él mismo el que tocaba la pelota con el puño ante Peter Shilton. Cuando lo sacaron del mundial del 94 tras un control antidopaje, le «cortaron las piernas» y también el argentino quedó mutilado. Tan somático todo, tan pegado a él que su solo nombre ya se ha convertido en verbo —«maradonear»—, tan moldeable en acepciones como su propio ser. Asegura Juan José Becerra que en su país solo puede haber un ídolo vivo, y que «hay tendencias de ciertos fragmentos de Argentina a concentrar en dramas individuales las totalidades más complejas». Y ahí está Maradona.

Messi aporta un manual interminable de fútbol, difícilmente abarcable por su riqueza, versatilidad, jerarquía. Pero ni sus quinientos goles, cinco balones de oro, ocho ligas y cuatro champions igualan el palmarés intangible del Diego. Ese nosequé que hace respingar el cuero cabelludo cuando se le nombra. Leo hace historia cada tres días como director de una orquesta que ha cambiado el fútbol, que dijo Menotti. Pero no enamora a los suyos. Cuestión de piel en un país que tiene un papa y un Diego. Volviendo a la marca de diseño, cada icono es acompañado de un párrafo que glosa su vida. En el de Maradona les bastan cuatro palabras: «Materialización argentina de Dios».

2. El relato

Football - 1986 World Cup - Quarter Final - Argentina v England - Mexico City - 22/6/86 Diego Maradona celebrates Argentina's victory after his two goals, the first of which was the infamous "Hand of God" goal & the second one of the greatest goals of all time Mandatory Credit: Action Images / MSI PLEASE NOTE: FOR UK EDITORIAL SALES ONLY. CONTRACT CLIENTS: ADDITIONAL FEES MAY APPLY - PLEASE CONTACT YOUR ACCOUNT MANAGER
Argentina vs Inglaterra, 1986. Fotografía: Cordon press..

Siete, ocho, nueve toques de cabeza, la pelota baja a la zurda, vuelve a la cabeza, la equilibra reculando, la baja a la pierna de nuevo. Corte y pregunta: ¿Cuál es tu sueño? «Mis sueños son dos, el primero es jugar el Mundial y el segundo es salir campeón». Habla Diego Armando Maradona en Villa Fiorito, aún en blanco y negro. Tiene diez años y ha pronunciado en público el prólogo de su novela. Aunque, como ya se sabe hace tiempo, esa última parte está editada a mayor gloria. Tras lo de «salir campeón» le cortaron «de octava», la categoría alevín de Argentina, y no «del Mundial», como se presupone por omisión. Pero así quedó para la historia. Años después, con otro protagonista, la imagen de los toques se repite, la pelota en la zurda botando también. Sucede en un campeonato en el que juega el equipo de la categoría 1987 de Newell’s Old Boys en Perú. Pero al contrario que Diego, el muchacho, Lionel Messi, no habla.

Cuando Maradona se traslada, con trece años, desde la villa miseria del sur del gran Buenos Aires a Capital Federal para jugar en Argentinos Juniors, una cámara sigue a toda la familia: es la primera estrella futbolística precoz y mediática. A esa misma edad, pero casi treinta años después, Leo se va con su padre a once mil kilómetros de Rosario para intentar triunfar. Y lo hace, como siempre, en silencio. No hay relato de Messi. Esa palabra, con el correspondiente tinte argentino, se refiere a la historia que se genera alrededor de algo o alguien y que consigue lustrar laureles y tapar defectos. Un discurso, un hilo lírico necesario para que el país se identifique con él y lo encumbre. La Pulga no lo tiene y, si lo tiene, no lo utiliza. Quizás porque nunca le hizo falta. Cuentan hoy sus amigos de la infancia que Leo no era el chaval retraído que arruga el labio o abre un Chupa Chups cuando lo aprietan, como se cree. Era travieso, uno más de una banda de barrio, el renacuajo diabólico amigo de todos, y sobre todo de la pelota. E hincha de Newell’s. Se habla de tardes en las que salía en el descanso de los partidos de Primera a hacer malabarismos con los pies. Pero no hay foto de un debut en un estadio lleno. No hay tampoco el recuerdo en el hincha de «aquel pendejo que la rompía en la cuarta y lo subieron a Primera con quince años». Porque todo eso ocurrió en Barcelona, muy lejos de la factoría donde se amasan los ídolos. Messi empieza a construir su historia en tierra ignota y se refugia en lo que sabe hacer, jugar al fútbol. Maradona, entretanto, explota su carisma con una recolección de frases que jalonan su trayectoria y que se incorporan, incluso, al diccionario popular argentino. En el mismo partido de la mano de Dios, Víctor Hugo Morales se encarga de inmortalizar «la jugada de todos los tiempos», hoy recitada como una letanía patriótica, desde el «agarra la pelota Maradona, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos» hasta el «ta ta ta» pasando por el «barrilete cósmico», hallazgo de Víctor Hugo que define a la perfección a Maradona (y que conviene aclarar, porque en España aún se cree que un barrilete cósmico es un señor chaparrito paseando por las estrellas, cuando en realidad en Argentina eso, barrilete cósmico, significa cometa; de ahí el «de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés»).

Messi marca goles maradionanos, con la mano y de barrilete cósmico, pero no se hace acompañar de referencias reconocibles en su país (esos goles se los hace al Espanyol y el Getafe, que hoy en Argentina todavía muchos pronuncian «Guetafe»). Como mucho, le dejan alcanzar la sombra de su eterna comparación. Es como Maradona, pero. No hay definición para él. Si acaso, la aproximación más brillante, la de Hernán Casciari: Messi es un perro. («Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista ni aunque lo apuñalen»). Por eso, para quien busque comparaciones, quizás haya que ir más allá de la excelencia futbolística y centrarse en el relato.

En la trituradora argentina de ídolos triunfaron los de vida azarosa y mediática. El boxeador Carlos Monzón, encarcelado por el asesinato de su mujer y luego fallecido en accidente de coche. El automovilista Juan Manuel Fangio, secuestrado por revolucionarios cubanos en puertas del castrismo. El también púgil Ringo Bonavena, asesinado en la puerta de un prostíbulo en Estados Unidos con solo treinta y tres años. Y, claro, Maradona, inigualable en las líneas rectas y en las curvas, con una larga adicción a la cocaína de la que todo el país fue participando de una u otra manera: en los rumores de las noches de Barcelona, en las fiestas de Nápoles que terminaron con el doping de 1991, poco después de llamar «hijos de puta» a cámara y con la boca bien abierta a los tifosi italianos que pitaban el himno argentino en el Olímpico de Roma en la final de su mundial, la posterior detención en una redada en Buenos Aires, el doping en el Mundial del 94 por efedrina tras la recuperación milagrosa para llegar a tiempo de jugar otro campeonato, su flirteo con la muerte y resurrección en 2004 y algunos otros sustos después. Y las imágenes: aquella celebración poseída, nuevamente a cámara, en el gol a Grecia en el 94, días antes de darle la mano a Sue Carpenter, inolvidable enfermera estadounidense que caminó hasta el centro del campo para llevarlo a hacer el control antidopaje que lo condenaría. Y para rubricar todo eso, la retahíla de frases imperecederas, una churrería de epitafios que llegó al paroxismo en su época de seleccionador. Cuando Argentina se clasificó in extremis de forma directa para el Mundial 2010, dedicó la victoria en Uruguay a los críticos de su selección con aquel «que la chupen, que la sigan mamando». Lo completó con un inefable «la tenés adentro» a un conocido cronista en plena sala de prensa, con tanto éxito que enseguida se transformó en LTA, siglas convertidas en expresión de uso corriente y que ya salen hasta en la desambiguación de Wikipedia, con el copyright del Diego de la Gente, como el mismo se hace llamar.

Messi, mientras, sigue perforando redes sin altibajos ni salidas de tono ni imágenes para guardar, sin manos de dioses ni tobillos hinchados ni piernas cortadas ni enfermeras de la mano, cocaína, efedrina, Claudia y las nenas. Durante gran parte de su carrera los únicos titulares que dio fuera del campo los generaban sus modelitos en las galas del Balón de Oro, cada año más campanudos. Y últimamente sus tatuajes, directamente horrorosos. Pero desde 2013 pelea, a duras penas, por salir airoso de un litigio con la Hacienda española, que le reclamó más de cuatro millones de euros por fraude fiscal por sus derechos de imagen. De aquello quedaron las imágenes de los Messi, padre e hijo, entrando al juzgado como quien entra a un estadio, con vallas cerrando el paso a cientos de hinchas enfervorizados y periodistas deseosos de un gestito del siempre cabizbajo Leo. Ya dentro, una foto de banquillo y dos frases. Una de él: «De la plata se ocupa mi papá». Y el papá: «Yo de eso no entiendo nada, es chino básico».

3. El exitismo  

Jun 26, 2016; East Rutherford, NJ, USA; Argentina midfielder Lionel Messi (10) after missing penalty kick against Chile in the championship match of the 2016 Copa America Centenario soccer tournament at MetLife Stadium. Mandatory Credit: Adam Hunger-USA TODAY SportsCODE: X02835
Lionel Messi tras fallar el penalti en el partido contra Chile. Fotografía: Cordon Press.

En 2009 yo trabajaba como analista de fútbol internacional en la cadena de televisión deportiva argentina TyC Sports. Aquel año hicimos una serie de programas con el ilustrativo título de El mejor después de Diego, en el que el voto popular elegía al «segundo mejor jugador de la historia», porque no se ponía en duda quién era el primero. No ganó Pelé, ni Di Stéfano o Cruyff. Ni, obviamente, Messi. Venció Juan Román Riquelme.

En otros programas de debate en los que participé durante años eran recurrentes las preguntas sobre Lionel, un caso críptico de futbolista que arrasaba al frente de una máquina futbolística —el Barcelona— y automáticamente mutaba en jugador tibio con la selección argentina. Un día me pidieron una opinión al respecto para un reportaje, junto a exfutbolistas, entrenadores y hasta un psiquiatra. Si era anímico o táctico, futbolístico o personal. Tenía Messi veintidós años y se me ocurrió decir una boutade: que en Barcelona llevaba la mitad de su vida jugando siempre a lo mismo y en la selección tenía que acoplarse a cincuenta estilos diferentes. Siete años han transcurrido y me siguen llamando de medios argentinos para desgranar el mismo asunto. La respuesta sigue siendo la misma.

En el mismo país donde se valora la frescura vital y la creatividad, donde hay cintura para el verso libre, donde no se castiga el desparrame personal aunque afecte a lo profesional, ay, se castiga con dureza el oprobio de la derrota. Dos apuntes coloquiales apuntalan esa sensación: la «amargura» y el «pechofrío». A Messi durante años, muchos, se le aplicaron esos dos conceptos. Hasta se decía que no cantaba el himno argentino porque no lo sentía. Cuando parecía que conquistaba al fin el corazón de sus compatriotas y se empezó a tener claro que sí, que Leo era el mejor del mundo, llegó algo peor: ser subcampeón, algo imperdonable en la cultura futbolística argentina. Las finales, como los clásicos, no se juegan: se ganan. Si no, excuse volver a casa; es usted un fracasado. Acumulando tres finales perdidas en tres años, Messi terminó explotando como un globo hinchado de rabia. Ocurrió en la zona mixta tras la final de la Copa América Centenario de 2016, en la que él falló el penalti decisivo frente a Chile. Un año antes ya había salido derrotado de otra Copa América en similares circunstancias, y a ello se sumaba la final perdida del Mundial de 2014: «Es increíble, pero no se me da. Ya está, se terminó para mí la selección, no es para mí. Por el bien de todos, por mí y mucha gente que desea eso, que no se conforman con llegar a las finales y no ganarlas. Lamento más que ninguno no poder ser campeón con Argentina pero es así, no se dio y lamentablemente me voy sin poder conseguirlo». Hubiera sido otro cantar si Higuaín o Palacio llegan a marcar los goles regalados que les llovieron en la final del Mundial. Pero ellos no fueron Burruchaga y Messi pasó del blanco al negro. Eso es lo que en Argentina llaman «exitismo», el amor desmedido por el éxito, normalmente practicado por aquellos que dan en llamar, despectivamente, «panqueques», aquellos que dan la vuelta a sus opiniones en función del resultado, como una tortilla o un crep (panqueque).

El fútbol es en Argentina un circo mediático con poca comparación en el mundo. No menos de cinco televisiones retransmiten en directo los entrenamientos de la selección —aunque sean a puerta cerrada— o una simple salida en avión, o una llegada a un hotel. Hay audiencia que demanda minutos de ídolos pasando por sus pantallas y los canales se los da —¿o será al revés?—, y cuando terminan los actos empiezan las interminables mesas de debate. En tantas horas de opiniones a calzón quitado es imposible mantener un equilibrio, una línea sana de opinión. Y ahí nace el panquequerismo, arrastrado por el exitismo que tanto ha influido en los ídolos deportivos argentinos.

Volviendo a Juan José Becerra, dice que hay una diferencia sutil en la forma de lidiar con la derrota. En las duras Maradona siempre reacciona como víctima (de la FIFA, de Grondona, de la prensa: «Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha») y Messi, en cambio, se siente culpable, y de ahí sus palabras y su abandono momentáneo sin reproches, una forma de protegerse ante lo que ya le retumbaba en los oídos mientras fallaba el penalti: pechofrío y amargo. Y todos derechitos al diván.

4. ¿Una cuestión generacional?  

No me pregunten por qué o cómo llegué allí, pero la final del Mundial de Brasil la vi rodeado de la familia Messi, en la grada de Maracaná. A mi lado, su padre y hermano. En la fila superior, su madre, mujer e hijo. En el minuto 120, después de las ocasiones inenarrables de Higuaín y Palacio, después del gol de Götze en el 113, la atmósfera se relajó en aquella tribuna donde había miles de argentinos. Durante las horas previas, con la adrenalina desatada, hubo peleas, insultos y empujones cada dos minutos, entre argentinos y brasileños disfrazados de alemanes. Y cuando temíamos de todo menos una conferencia de Yalta en pleno Maracaná, vimos entonces cómo una procesión espontánea de gente, sobre todo argentinos, pero también brasileños y alemanes, se acercaban al lugar que ocupaban los Messi para animar al padre, a la esposa, y decirle que no pasaba nada, que «estaba todo bien». Milagro.

Y entonces uno se dio cuenta de la edad de la gente que por allá pasaba como en un besamanos: la mayoría tenían menos de veinticinco años y había niños con lágrimas en los ojos.

Argentina, como el fútbol, ha cambiado, no sabemos si mucho o poco, pero suficiente para creer que en un par de décadas habrá otros debates, y Lionel podrá ser admirado con distancia, poniendo el angular que ahora le falta a muchos de sus coterráneos. Seguramente en Argentina se siga dando vueltas a las comparaciones con Maradona, pero todo será diferente: una generación entera habrá visto a Messi en su interminable esplendor y lo narrará a su antojo. Y es hoy el día en que los chavales, también en su país, quieren ser la Pulga en el patio del colegio, igual que en la generación anterior siempre hubo un Maradona en cada equipo. Él fue el ser nacional en una década clave para Argentina y a Leo no le toca ese rol porque el país ya no es así, ni tampoco el mundo del fútbol en general, cuyos gestores intentan, sin ambages, destruir la cultura del hincha. A menos que logren dejar al fútbol con sabor a yogur caducado, una idea, solo comprobable en el tiempo, permanece: Messi se estudiará como un marciano que rompió moldes en el deporte. Y eso, quizás sin una lucha identitaria, tan dependiente de una narrativa y tan resultadista, puede que haga un poco más borrosas las fronteras de la idolatría e iguale en Argentina, por una vez y para siempre, a Messi con Maradona.

Buenos Aires, Argentina. 9th July 2014 -- An Argentine fan kisses a picture of Diego Maradona with the 1986 World Cup, during the semifinal against The Netherlands. -- Argentine football fans met in San Martin Square of Buenos Aires, to watch the FIFA World Cup semifinal against The Netherlands. Argentina defeated The Netherlands, and will go on to the World Cup Final.
Un aficionado argentino besa una fotografía de Maradona del Mundial de México 86. Fotografía: Cordon Press.


El Evangelio según Maradona

Maradona celebrando la victoria de Argentina en el Mundial de México 1986. Fotografía cortesía de voir.ca

Si era por los argentinos, teníamos que salir con una ametralladora cada uno y matar a Shilton, a Stevens, a Butcher, a Fenwick, a Sansom, a Steven, a Hodge, a Reid, a Hoddle, a Beardsley, a Lineker. Pero nosotros nos alejamos de ese quilombo. Ellos eran solo nuestros rivales. Lo que yo sí quería era tirarles sombreros, caños, bailarlos, hacerles un gol con la mano y hacerles otro más, el segundo, que fuera el gol más grande de la historia.

Cómo pasa el tiempo. Ahora que en España estamos discutiendo si un futbolista que aparece en una investigación intermediando o contratando los servicios de prostitutas debería representar a nuestro país con la selección, uno se acuerda de Maradona. Cuando saltó su escándalo en Italia, explicó que en las grabaciones de la policía él no estaba pidiendo droga, sino mujeres. Prostitutas. Esa, precisamente, era su excusa para librarse del marrón que le venía encima.

Cito de El País, 17 de febrero de 1991: «Maradona argumentó que en la única de las conferencias telefónicas grabadas por la policía solo se escucha su voz para pedir “dos mujeres”. Es verdad. Pero en otras nueve llamadas en las que se habla de Maradona un interlocutor anónimo, al parecer “alto, rubio y de ojos azules”, pide para él mujeres y “roba”, que en la jerga del italiano significa “cocaína” (…) Además del material recogido por el grupo de carabineros de la lucha antidroga Nápoles sobre el famoso jugador argentino, lo que más compromete a Maradona han sido las declaraciones de cinco exprostitutas, cuatro italianas y una brasileña, que han confirmado a los jueces que Dieguito les regaló cocaína para que pudieran hacer mejor el amor con él».

Todos estos escándalos y su progresiva pérdida de nivel futbolístico por la vía del deterioro físico le convirtieron, paradójicamente, en un oscuro objeto de deseo para reivindicar en los noventa. Algo que también tenía su lógica. Yo recuerdo que de niño una de las acuarelas más grandes que pinté en mi vida fue un Maradona gigante. Mi generación había machacado los VHS de Historia de los mundiales que acababan en 1986 y aquello, ese triunfo argentino, era el fin de la historia de Fukuyama balompédico. Pero, de repente, todo el mundo empezó a hacer leña del árbol caído. Te lo cogías en el Seibu Cup Soccer, una recreativa que salió en el 91 o 92 con jugadores del 86 al 90 —el mercado del videojuego era más flexible— y se reían de ti. Nunca olvidaré ser señalado en una ocasión como el que «siempre se coge al Caramona» (la noticia además era no cogerse a Alemania, que tenía siempre un extremo en la banda imprescindible para el único tipo de gol que se podía hacer a partir del tercer partido, centro al área y remate de cabeza).

Digo todo esto porque al final Maradona ha tenido suerte de atravesar sus años oscuros antes de la llegada de internet. Con el siglo XXI, se le empezó a nombrar más para recordarle como el mejor jugador de todos los tiempos que como un ángel caído. Créanme, durante su paso por la liga española esto no era así. Por eso, ahora que se cumplen treinta años de su victoria en el Mundial de México y de su gol eterno a Inglaterra, un libro con sus recuerdos sobre aquel campeonato no podía ser mejor noticia. Sin embargo, las cosas como son, como el Pelusa en los noventa, es algo decepcionante. Diego y el periodista deportivo Daniel Arcucci han publicado un libro entretenido, con buenos detalles, pero superficial.

En México 86, así ganamos la copa (Editorial Debate) Diego «relata las cosas como fueron». Es un rollo «mi verdad» tipo Belén Esteban en el que abundan, desgraciadamente, los ajustes de cuentas. Muchos de ellos incluso parecen gratuitos. Concretamente, el que mantiene con Bilardo. Después del 4-0 que le metió Alemania a Argentina en Sudáfrica, Diego fue destituido como seleccionador y considera que Bilardo debió irse con él, o le traicionó, o le mintieron. En fin, una catarata de agravios tras su destitución que se traducen en que Maradona ha orientado sus memorias sobre México a destacar que ganó la selección que él capitaneó por su cuenta, sin escuchar al entrenador, que no tenía táctica, ni planes ni nada parecido a una estrategia vencedora. Además, el 10 revela que antes del Mundial quisieron destituir a Bilardo, que le llamó a Nápoles el mismísimo Gobierno argentino para avisarle y que él se puso del lado del técnico. «Si quieren echar a Bilardo, hagan de cuenta que me están echando a mí», dice que dijo. Y lo dijo él, que era menottista de toda la vida. No como hizo el técnico, subraya, insiste una y otra vez, que treinta años después no dio la cara por él en Sudáfrica. En fin.

Pero ¿hay interés balompédico en esas doscientas cuarenta páginas? Haylo. Maradona hace su relato, en lugar de frente a la chimenea con una copa de coñac y un mastín a los pies, «sentado frente a uno de los tantos televisores que tengo en mi casa, acá en la Palmera de Jumierah (Dubai)». Ha vuelto a ver todos los partidos del campeonato por primera vez. Desde entonces, solo había visto hasta la extenuación su famoso gol, pero nunca los partidos de la primera fase. Dice que le duelen todavía las piernas cada vez que ve las patadas que le daban.

Lo primero que hace es un desmentido con su famoso vídeo premonitorio. Cuenta que cuando aparecía de niño diciendo que su máximo sueño en la vida era jugar un Mundial y salir campeón, en realidad de lo que quería salir campeón era «de octava» (categoría de menores de quince años). Es algo que ya se sabía y que ya ha sido publicado, que las imágenes que dan la vuelta al mundo con su premonición estaban editadas. Diego añade ahora al respecto: «¡Cómo iba a hablar de salir campeón del mundo si ni televisor tenía!».

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Maradona y Bilardo. Fotografía cortesía de fourfourtwo.

No obstante, para el proyecto de Bilardo el capitán iba a ser Maradona y todo giraría a su alrededor. No importaba su mal paso por Barcelona, con la hepatitis y la fractura de tobillo que le hizo Goikoetxea —del tratamiento de recuperación, que lo relata, dice que el médico le explicó que dominaba tan bien el balón porque su giro de tobillo era más amplio de lo común—. Ni tampoco la imagen que dio en el Mundial de España, expulsado frente a Brasil por darle una patada en los testículos al brasileño Batista. A Batista le tenía que encantar enfrentarse a Argentina, vean tan solo un año antes, en el Mundialito del 81, la que le dio Passarella.

Y el plan original venía del maestro Di Stefano. Según señala Diego, él fue quien le dijo a Bilardo que a los jugadores argentinos les faltaba «movilidad y dinámica, que todos marcaran además de jugar». Describe al difunto héroe del Real Madrid como «un adelantado a su tiempo» por estas enseñanzas.

Jugar la clasificación y los amistosos previos fue un desafío. Tuvo que retar al club que le pagaba la nómina, el Nápoles, y prácticamente a todo el fútbol italiano. Dijo que nada le iba a impedir ponerse la camiseta de su selección y que no quería irse por las malas a su país a jugar. Por este mismo problema, como explicó Monchi en esta publicación, se estropeó su estancia en Sevilla. Lo cierto es que en el 86 con la selección se llevaba veinticinco dólares al día. Con esta obsesión por ponerse la camiseta nacional, el que más sufría era él:

Volví a la concentración, con los muchachos, al día siguiente, a las cinco de la tarde, me subí al avión de Varig, que hizo escala en Río de Janeiro y siguió hasta Roma. El sábado 11 estaba otra vez en Fiumicino, pero en lugar de subirme a un auto y arrancar para Nápoles, me subí a otro avión y me fui para Trieste, para llegar al famoso partido contra Udinese, uno de los que estaba peleando el descenso. De Trieste a Udine hay setenta kilómetros y los hicimos en auto. Llegué para la hora de la cena, comí algo y me fui a dormir. A dormir en serio. Creo que me desperté un minuto antes de empezar el partido, el domingo 12. Pero, si alguna duda le quedaba a algún cabeza de termo en Italia, se la saqué a los gritos: hice dos goles, uno de tiro libre, espectacular. Empatamos dos a dos. ¿Qué más querían que hiciera? Me bañé a los santos pedos y otra vez al auto, para recorrer de nuevo los setenta kilómetros de Udine a Trieste, subirme al avión, aterrizar en Fiumicino y despegar para Buenos Aires, donde volví a aterrizar el lunes 13, creo que a los de Migraciones no les dio tiempo ni de sellarme el pasaporte (…) La cosa es que nos podríamos haber quedado en Buenos Aires, porque el partido que seguía en la liga era contra la Fiorentina, justo contra Passarella, y el resultado no resolvía nada (…) El sábado 18 aterricé de nuevo en Roma y, como esta vez jugábamos en el San Paolo, del aeropuerto me fui derechito a la cama, ¡dormí dieciséis horas seguidas!

De las críticas que ya recibió entonces por su mal aspecto, por su mala cara, Diego sale al paso diciendo que fue su hermana la que le recomendó que se dejase barbita para parecer «más macho». Y luego se adentra en los problemas que tuvo de liderazgo dentro de la selección con Passarella. El método que empleó para imponerse como el capitán que era no parece muy limpio. Tras quejarse el Kaiser de que Diego había llegado tarde quince minutos a una reunión en la concentración, contraatacó así: «Conté delante del plantel, completito, todo lo que era él, todo lo que había hecho, todo lo que yo sabía de él. Yo prefiero ser adicto, por doloroso que esto sea, a ventajero o mal amigo». Pero a lo que recuerda todo esto es a Sálvame Deluxe más que a otra cosa: «Cuando él estaba en Europa, todo el mundo comentaba que se escapaba a Mónaco para verse con la esposa de un compañero, de un jugador del seleccionado argentino». La venganza fue tan viperina porque, por lo visto, Passarella le había metido en la cabeza a Valdano que Maradona le estaba introduciendo a todos sus compañeros en la droga.

Drogas recreativas no se sabe, pero de las «deportivas» parece que pudo haber unas cuantas. En esa misma concentración, todas las mañanas pasaban por el consultorio durante la preparación para recibir una inyección «para fortalecer el hígado», dice. Los que no habían salido de Argentina se quejaban porque nunca habían visto tal cosa y tenían que convencerles de que se dejaran pinchar. Hubo discusiones por eso.

Antes, en Italia, ya había iniciado su entrenamiento individual para el Mundial en el Centro de Medicina del Comité Olímpico Italiano, el CONI. Su preparador físico personal desde la lesión en España, Fernando Signorini, se había «leído todo» sobre el récord de la hora del ciclista Francesco Moser, que batió dicha marca en México en 1984. Llegó a la conclusión de que el hombre «clave» para enfrentar ese Mundial en el mismo país era Antonio Dal Monte, médico que estuvo en el equipo «científico» que preparó a Moser. De ese equipo, Dal Monte pasó a la historia por el diseño de la bicicleta, y el bioquímico Francesco Conconi, por ser el padre de la EPO. En México sus ayudantes llevaban una nevera portátil con bolsas de sangre para que Moser se hiciera autotransfusiones. El propio Moser reconoció ya en 1990 con estas declaraciones recogidas por la agencia EFE que recurrió a algo más que al talento para lograr el récord:

El exciclista italiano Francesco Moser, uno de los grandes campeones en la historia de este deporte, admitió que en el pasado tomó sustancias estimulantes para disputar carreras y obtener récords contra el cronómetro. Moser confesó que él también sabía lo que era el dopaje en su época de ciclista en activo. «Lo hice porque sabía que no habría análisis después de la carrera».

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Maradona en una sesión de preparación para el Mundial 86. Fotografía cortesía de El Gráfico.

Así que tras «leerse todo» sobre ese récord en concreto y fichar al que diseñó la bicicleta para preparar a Maradona, comenzaron los entrenamientos en el CONI a tres meses del Mundial. Dice Diego: «Lo que se hacía en ese centro no se hacía en ninguna parte. Yo estaba fuerte, fuerte. Si ves las fotos de ese época, parezco un boxeador, los brazos marcados, los pectorales, un lindo pendejo… ¡Volaba! Llegué muy embalado, estaba en el aire». Precioso. Espectacular. Una pena que el único detalle que revela de aquellas jornadas es que Dal Ponte le ponía la música de Rocky.

Luego, entre frases de Valdano, «cada vez que tocás la pelota es como si le hasés el amor, Diego», llegan momentos divertidos como el partido contra Corea, de los que confiesa que Bilardo les mató a ver vídeos, pero que no eran capaces de saber luego quién era cada jugador porque los asiáticos les parecían todos iguales. La afrenta se la cobraron en golpes, once faltas le hicieron a Diego Armando. El colegiado español Sánchez Arminio solo sacó una amarilla, cuando recibió un golpe de karate en la mandíbula de Huh Jung-Moo.

Contra Italia fue más o menos igual. Dice que en España te daban por todas partes, «hasta en la lengua», pero en Italia, dando menos, eran peores porque te golpeaban «como especialistas». Ese día le enseñó a Ruggeri que el apelativo cariñoso más apropiado para los italianos era cornutto. Quedaron empate a uno y hay que reconocer que el penalti que les pitaron en contra a los argentinos fue de verdadera mofa. Al respecto, Diego Armando denuncia: «¿Saben dónde vivía la selección de Italia? En Puebla, ¿saben en qué hotel? En el Mesón del Ángel. ¿Y saben dónde paró Keizer cuando llegó a Puebla? Sííí, en el Mesón del Ángel».

En ese encuentro hubo una falta que lanzó el 10 que se fue por poco. Aprovecha Diego el episodio para recordarnos que él le enseñó a lanzar las faltas a Messi. Fue en Marsella, en un entrenamiento antes de un partido con Francia. Leo estaba disparando con Mascherano y la tiró a la tribuna, se fue enfadado y le hicieron volver al campo. Ahí se le acercó el maestro, Maradona, y le legó su secreto: «no sacar tan rápido el pie de la pelota, acompañarla todo lo que se pueda». Ahí lo tienen.

También resulta curioso que se encontraran con los aficionados argentinos, las barras —ya saben cómo se las gastan, aquí contamos que a Ruggeri le quemaron la casa—; un día bloquearon la puerta de acceso al lugar de concentración y les pararon a los que salían para exigirles dinero. Tuvo que haber una reunión de los jugadores para decidir todos no darles nada. Eran otros tiempos, admite Diego.

Así llegamos a lo realmente interesante, la narración del partido contra Inglaterra. Un encuentro que en España, pese a contar con el mejor gol de todos los tiempos y una intervención divina, no fue muy celebrado. Lo mejor que se dijo fue en El Mundo Deportivo y en estos términos: «Por ese gol valía la pena aguantar noventa minutos de auténtica tabarra futbolística». Nuestra nación estaba más dolida por la trágica eliminación ante Bélgica en los penaltis.

Antes del encuentro, la que más se excitó al conocer el cruce con los británicos, como suele ser normal, fue la prensa argentina. Les preguntaban si le iban a hacer el fuck you a la Thatcher y demás macarradas, pero los jugadores, con buen criterio, decidieron pasar del tema. Los ingleses habían matado a muchos chavales argentinos, pero los que les mandaron a la guerra «con zapatillas Flecha» fueron los militares que gobernaban su país, explica el futbolista. Diego dice que cuando jugó el Mundial de España fue un shock descubrir en nuestro país la masacre que habían sufrido sus compatriotas en Malvinas mientras los generales les decían allí que estaban ganando la guerra. Por eso, sostiene el capitán de Argentina, aquel partido no lo jugó pensando en ganar la guerra, sino en «hacer honor a la memoria de los muertos».

De todo lo que cuenta de ese partido, a estas alturas, lo que más llama la atención son detalles chorras como el de la camiseta. No tenían una segunda equipación en condiciones. Cuando llovía «pesaba más que un pulóver». Compraron unas nuevas corriendo y deprisa y dos costureras bordaron todos los escudos a toda prisa. Lo hicieron muy bien, pero se olvidaron de poner los laureles. Argentina jugó el partido con un escudo incompleto. Luego pusieron los números plateados y, al saltar al campo, todos tenían la brillantina pegada en la cara, se les había adherido al ponerse la camiseta. Se desprendía. «Si se largaba a llover, como en el partido contra Uruguay, se armaba un quilombo bárbaro, ni íbamos a saber ni quiénes éramos ni de qué jugábamos».

Sobre el gol con la mano, todos sabemos cómo fue la jugada. Es como el gol que le metió Perú el otro día a Brasil. Después de esa internada, no meterla con la mano es ser mal futbolista y peor ciudadano. En el caso de Diego, la penetración que hizo fue escandalosa, Valdano no acertó a devolverle la pared, ni siquiera a controlar la pelota, y ahí se produjo el pase de Hodge. El hombre pretendía ceder a su portero, como se hacía antiguamente, y sirvió suavecito y bombeada para el 10, que la enchufó no con la mano, sino con el puño. Entendamos que esa cesión hacía justicia a lo que debía ser una gran combinación que Valdano no estuvo en condiciones técnicas de efectuar.

El línea búlgaro no levantó la bandera y por lo tanto el árbitro no anuló el gol. En su línea, Maradona dice que no se arrepiente en absoluto, que en su barrio, Villa Fiorito, «hacía goles con la mano permanentemente». Y recuerda esa gracia que hizo de que fue un gol totalmente legítimo porque lo validó el árbitro y quién era él para dudar de la honestidad del colegiado.

Lineker, con los años, le terminó perdonando. Entendió que engañar al árbitro puede formar parte del juego, porque es un juego al fin y al cabo. El que no lo hizo fue Shilton, el guardameta, que anunció que Maradona no estaría en su partido de despedida, a lo que el 10 replica muy ufano: «¿Y quién quiere ir al partido de despedida de un arquero?».

Diego Maradona a punto de marcar el gol de goles. Fotografía cortesía de fifa.com
Diego Maradona a punto de marcar el gol de goles. Fotografía cortesía de fifa.com

Y sobre el gol de goles para toda la eternidad, lo más relevante es cuando Maradona destaca la honestidad y nobleza de los ingleses. Cuando Fenwick desesperado le tiró la mano para derribarlo como fuera, ni llegó a propinarle un hostión como es debido a un tío que se regatea a más de dos —justicia del pueblo—, ni le agarró para bloquearle y tirarle al césped, lo que es un placaje de toda la vida. Le dio con la mano blandurria en la tripa y, a la velocidad que iba el barrilete cósmico y la potencia de todo músculo y ni un gramo de grasa que logró en el CONI con la música de Rocky, pues no le hizo ni cosquillas. No obstante, Diego sabe hoy, o reconoce, que a Italia ese gol no se lo hubiera metido. Podría incluso haber perdido una pierna. Aquí, el que sí que le dio fue el bueno de Butcher. Le alcanzó y le destrozó el tobillo, pero le dolió después; tras el subidón de adrenalina que le supuso colar eso.

Es interesante también la definición. Fue cosa, cuenta, de su hermano pequeño. Una vez intentó hacer lo mismo durante una gira por Inglaterra, en Wembley, ante, precisamente, Inglaterra. Fue en 1980, acudieron en calidad de campeones del mundo y Diego hizo prácticamente lo mismo, aunque partiendo desde más arriba. Sorteó a todos los rivales que tenía encima, pero finalmente la cruzó y se fue fuera. Es bonito lo que cuenta aquí, si no lo había hecho ya. Aquel día le llamó por teléfono su hermano pequeño, Hugo «el Turco» Maradona, quien por cierto jugó en el Rayo, y le explicó cómo tenía que acabar en una jugada así:

Me dijo: «¡Boludo! No tendrías que haber tocado… Le hubieras amagado, si ya estaba tirado el arquero….». Y yo le contesté: «¡Hijo de puta! Vos porque lo estabas mirando por televisión…». Pero él me mató: «No, Pelu, si vos le amagabas, enganchabas para afuera y definías con la derecha, ¿entendés?». ¡Siete años tenía el pendejo! Bueno, la cosa es que esta vez definí como mi hermano quería.

Pero parte del mérito, reconoce, fue de Shilton, que no cubrió bien la portería, «hizo cualquier cosa menos taparme como un arquero normal». Solo tuvo que adelantársela un poco, ni siquiera califica de amago lo que hizo. Y, una vez sorteado el portero, «la toco, tac, cortita, tres dedos para que la pelota entre mansita. Y listo». Así se gestó el gol de goles forever and ever y blablablá. Otro igual no ha habido. Solo el de Saeed Al-Owairan en Estados Unidos 94, pero fue en primera ronda y ni siquiera expulsó a los belgas.

Le pregunto a un amigo argentino, buen aficionado, qué piensa de todo esto y su respuesta refleja el sentir de buena parte de sus compatriotas: «Todo lo últimamente dicho por Maradona tiene muy poca credibilidad. Lamentablemente, es un gran futbolista, pero como persona es decepcionante para gran parte de los argentinos. Es una pena ver cómo el alcohol, las drogas, la fama y el querer llevarse al mundo por delante afecta soberanamente a algunas personas, que no tuvieron una buena preparación cuando jóvenes. El Mundial se sigue recordando como algo épico y Maradona como el icono de esa hazaña, de hecho, está la inevitable comparación con Messi y aquella cuestión de que Maradona con un equipo, digamos, mediocre consiguió el título. Y cuatro años después, con el tobillo hecho una pelota, llegó a una final. En cambio, a Messi se le reprocha que, estando acompañado de un equipo o de unos nombres más competitivos, no se echa la selección al hombro. Yo puedo ver cómo le hace tres goles a Panamá en media hora de juego, pero, macho, yo querría al menos uno contra los alemanes en la final, ahí es donde se ve quién es grande de verdad, por eso te digo, para mí Maradona como futbolista es inigualable por ahora, pero como persona, está quemado».

El 22 de junio se cumplieron treinta años del gol de Maradona contra Inglaterra.

Maradona celebrando la victoria de Argentina en el Mundial de Mundial de México 1986. Fotografía cortesía de voir.ca


Cristiano Ronaldo, Messi y la liga escocesa del divismo

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

En enero de 2008, el brasileño Kaká, por entonces en el Milan aunque ya deseado por el Real Madrid, conseguía el primer Balón de Oro de su carrera. De paso, ponía también un cierto orden dentro del palmarés después de la enorme sorpresa que supuso ver a Fabio Cannavaro posar con el premio un año antes. Segundo en la votación acabó un chaval de Madeira llamado Cristiano Ronaldo, con tan solo veintidós años, y tercero fue Leo Messi, el veinteañero del Barcelona cuyo mayor mérito a lo largo del año había sido mantener a flote a un equipo que ya se lanzaba al abismo con Frank Rijkaard.

Hasta aquel año, ganar el Balón de Oro era algo excepcional —desde 1990 solo Ronaldo Luiz Nazario había conseguido repetir y nadie lo había hecho en ediciones consecutivas desde los tiempos de Michel Platini, francés como la revista que otorgaba el premio— y a la vez algo al alcance de varios jugadores a poco que tuvieran un buen año, ya se llamaran Belanov o Nedved o Cannavaro, Owen, Shevchenko… El hecho de que el Balón de Oro lo entregaran los corresponsales de France Football y los periodistas de otros medios elegidos por la publicación le daba una cierta mística, un cierto misterio que todos sabían guardar. Una tendencia a lo imprevisible.

Desde 2008 sin embargo, y van siete ediciones consecutivas, entre dos jugadores se han repartido todas las ediciones del premio. Cuatro para Leo Messi, tres para Cristiano Ronaldo, incluyendo las dos últimas. Desde que fuera tercero con veinte años, Messi no se ha vuelto a bajar de los dos primeros puestos; algo que, obviamente, no ha hecho nadie en la historia. Podría haberle igualado Cristiano Ronaldo, pero en 2010 el torrente Barcelona-selección española se lo llevó por delante, unido a una lesión de tobillo que le tuvo a maltraer buena parte de su primera temporada en el Real Madrid.

Se puede argumentar para justificar este dominio que Cristiano Ronaldo y Messi son dos jugadores superlativos como no los ha habido antes en la historia. Es difícil comparar épocas pero no es un argumento disparatado: efectivamente, se trata de dos futbolistas geniales, poderosos, que dominan el juego de sus equipos y además tienen una relación con el gol sencillamente asombrosa. Hasta la llegada de estos dos monstruos a la liga española, solo Zarra y Hugo Sánchez habían conseguido 38 goles en una sola temporada. Desde 2010, Cristiano y Messi han superado esa marca en dos ocasiones cada uno fijando el nuevo récord en 50 tantos, una auténtica barbaridad.

Esa sensación de superioridad, sin embargo, se apaga cuando ambos jugadores salen de España y mucho más cuando salen de su club. De las últimas siete ediciones de pleno en el Balón de Oro, Cristiano y Messi han participado en cuatro equipos ganadores de la Champions League, que es mucho pero habría dejado margen a algo de reconocimiento para los Sneijder, Diego Milito, Didier Drogba, Franck Ribery o Arjen Robben de turno, todos con el Balón de Bronce como máximo premio al que aspirar.

Mucho más grave es la situación si observamos lo que ambos jugadores han hecho con sus selecciones: incluyendo solo el período analizado, es decir, de 2008 a 2014, entre Cristiano Ronaldo y Messi han jugado cuatro mundiales —los dos estuvieron en Sudáfrica y en Brasil—, dos Eurocopas y una Copa América. No ganaron ninguna. Es más, si sumamos todos sus partidos disputados en esas competiciones nos da el número de treinta y dos con un total de once goles entre los dos.

¿Justifican esos números un dominio sin alternativa alguna durante ocho años en los concursos de popularidad de distinto tipo? No lo parece. Cuando llegan al nivel más alto de competición, lejos del lujo de Real Madrid y Barcelona, Cristiano Ronaldo y Messi son buenos jugadores pero no son estratosféricos, por las razones que sean, y eso hace aún más raro que no haya nadie que les discuta el premio edición tras edición, convirtiendo este galardón en algo así como una «liga escocesa» del divismo, donde solo puede ganar uno u otro independientemente de lo que consigan los demás.

Los ejemplos de Sneijder, Iniesta, Robben y Neuer

La obsesión por premiar a Cristiano o a Messi en cada competición en la que participan ha alcanzado cotas ridículas: por ejemplo, la LFP se inventó un premio en una de sus galas —«el jugador más completo» o algo así— solo para que Cristiano pudiera subir a recogerlo. Al año siguiente, la propia FIFA decidió que el mejor jugador del Mundial 2014 no había sido Kroos ni Müller ni Neuer ni ninguno de los alemanes que se pasearon por casi todo el torneo, sino Leo Messi. Fue un premio que causó tanto estupor que ni el jugador argentino lo celebró. El que pierde la final tiene que hacer un campeonato asombroso para merecer un premio así… y Messi no lo hizo. Hizo un gran torneo, llevando a su equipo a la final, pero no estuvo ni al cincuenta por ciento del nivel de años atrás en el Barcelona.

Esa clase de excesos perjudican al jugador más de lo que lo benefician. Parece restar mérito a sus demás actuaciones, como si el premio ya estuviera en el bolsillo solo por presentarse a jugar el partido. Por supuesto que Messi y Cristiano Ronaldo han sido los mejores de su generación con diferencia, pero el resto no ha estado tan lejos, no al menos como para considerar que, en ocho años, nadie más ha merecido este premio.

Por ejemplo, en estos años ha habido una selección, la española, que ha ganado dos Eurocopas y un Mundial de manera consecutiva. No es poca cosa, de hecho, nadie lo había conseguido antes. Incluso coincidiendo con la época de dominio mundial del Barcelona, lo más que consiguió el fútbol español fueron premios secundarios para Xavi —tres balones de bronce— e Iniesta —uno de plata y uno de bronce—. El resto ni aparece en el palmarés. Para que no se me acuse de patriotero, vamos con otros ejemplos sangrantes: en 2010, Wesley Sneijder ganó la Copa de Europa con el Inter y fue probablemente el mejor jugador del Mundial, llevando además a Holanda a la final por primera vez en treinta y cuatro años. No entró ni en el podio.

Su compañero de selección, Arjen Robben, lleva años en la élite. Puede que le perjudicaran los tempranos comentarios que lo metían en la lucha por ser el mejor jugador del mundo cuando no lo era ni de lejos, aquellos tiempos locos de Ramón Calderón y la prensa entregada. Sin embargo, con los años, Robben ha ganado un buen puñado de ligas con el Bayern, ha llegado a tres finales de Copa de Europa, ganando una, y acompañó a Sneijder en el camino a la final mundialista de 2010 con Holanda, liderando cuatro años después a la selección que llegó hasta semifinales cuando nadie lo esperaba.

Robben ha fallado mucho y en parte tenemos que agradecérselo, por lo menos Iker Casillas, pero también ha acertado: sin ir muy lejos, la Copa de Europa de 2013 se decidió con un gol suyo en el último minuto. Aquel Bayern había eliminado el año anterior al Real Madrid de Cristiano Ronaldo y eliminó esa misma temporada de manera humillante al Barcelona de un renqueante Leo Messi. Tratándose de un año sin competiciones de selecciones en verano se podía pensar en un premio para el holandés o para otro miembro del histórico triplete del equipo bávaro, pero no, ni siquiera apareció entre los tres más votados, en medio de una brutal campaña de imagen y propaganda que llevó a los dos de siempre a copar los primeros puestos, aunque entre ambos sumaban solo una liga, la que ganó Messi con el Barcelona.

Este año ha sucedido algo parecido con Manuel Neuer. Siempre es complicado evaluar la influencia de un portero en el juego y mucho más compararla con la de un delantero, pero parece haber cierto consenso en que Neuer, alma del Bayern de Heynckes y luego de Guardiola, y de la Alemania de Joachim Löw campeona del mundo, no solo ha sido de lejos el mejor en su posición estos dos últimos años sino que ha revolucionado dicha posición con su manera de entender el juego casi más como un líbero que como un portero de toda la vida.

Se puede decir que ninguno de estos candidatos es lo suficientemente carismático o desequilibrante en lo individual como para merecer un Balón de Oro, pero esos criterios de juicio deben de ser nuevos porque yo he visto incluso a Mathias Sammer levantar el premio solo por su labor de organizador en el Borussia de Dortmund y la selección alemana de los noventa. Antes, el carisma contaba, pero contaba más el resultado final de los partidos.

La globalización de Nike y Adidas

En 2010, France Football dio un paso que a la postre ha resultado decisivo para la elección del premio: fusionarse con el FIFA Best Player y hacer que el Balón de Oro no fuese votado solo por periodistas y expertos sino también por técnicos y jugadores de todo el mundo. Las puntuaciones se multiplicaron y con esa multiplicación se ha producido un efecto esperable: la gente no vota como si le fuera la vida en ello, como un reconocimiento a su carrera y con conciencia de equilibrio en el palmarés, sino por obligación, procurando no molestar a nadie y a menudo eligiendo a los jugadores que le suenan más.

¿Y qué jugadores «suenan”» más? Ahí no hay duda: Cristiano Ronaldo y Messi.

Ambos son la imagen de los dos grandes imperios de la ropa deportiva: Nike y Adidas. Por supuesto, estas dos marcas ya llevan compitiendo años y años a todos los niveles y nadie está diciendo que Cristiano y Messi ganen premios solo porque Nike y Adidas les promocionen, pero obviamente sus maquinarias de publicidad no les vienen nada mal. A los dos los hemos visto anunciar de todo, desde líneas aéreas a bancos pasando por calzoncillos, juegos de ordenador, natillas e incluso aparatos para estimular los músculos de la cara. Su presencia fuera de los campos de juego ha sido agotadora, extenuante, cargante diría.

Son dos genios, por supuesto que lo son, pero es peligrosa esta sensación de que son los únicos grandes futbolistas del planeta. Como emblemas de esos dos transatlánticos que son Real Madrid y Barcelona, tienen a centenares de periodistas dispuestos a sacarse los ojos en directo en defensa de cada uno de ellos, algo que difícilmente tendrá nunca un portero del Bayern de Munich.

Con el portugués aún por cumplir los treinta años y el argentino camino de los veintiocho, edades a las que cualquier otro deportista estaría alcanzando su esplendor, no es fácil vislumbrar competencia en las próximas ediciones del galardón sino más y más vueltas a lo mismo: la eterna disputa de si Zipi es mejor que Zape o Zape es mejor que Zipi, como si no fueran perfectamente compatibles. Mientras esto sea un concurso de popularidad basado en cuántas vallas de publicidad eres capaz de llenar será muy difícil tomarse en serio el premio por mucho que lo rodeen de horas y horas de vídeos y canciones francamente prescindibles.


Andoni Zubizarreta y Enric González o si Messi está contento, lo demás es fácil

Andoni Zubizarreta para Jot Down 0

Andoni Zubizarreta (Vitoria, 1961) es un fajador. Como guardameta del Athletic, del Barcelona y de la selección solía recibir críticas por su mal juego con los pies. Cruyff le despidió tras la derrota frente al Milan en la final de Atenas y le dejó sin equipo. Ahora, gran parte de la afición le cuestiona como director deportivo barcelonista. Es un hombre tranquilo y reflexivo. La entrevista se desarrolla ante uno de los campos de entrenamiento.

¿Qué tal trabajo es el suyo?

Es un trabajo apasionante. En caso de que te guste el fútbol, evidentemente. Estás trabajando en lo que sería el back office, en lo que sería la organización de la obra. Desgasta por lo que tiene de exposición pública, porque todas las decisiones o no decisiones son sometidas a escrutinio sin esperar a si han sido buenas o malas en función del tiempo en que se han tomado y en el que se han podido desarrollar. Desde el punto de vista personal, y me refiero a la familia, es difícil de llevar porque nuestra semana de trabajo no es una semana normal, incluye sábado y domingo y el lunes recomienza. La gente encuentra momentos para disfrutar en familia en fines de semana, Navidades, verano, pero nosotros vivimos al margen de ese calendario. Puedes programar algo importante para un día, pero si ha pasado algo o han cambiado el partido del martes al miércoles… Como observatorio, mi trabajo es apasionante. El fútbol es un sitio espléndido para mirarse uno mismo, al deporte, a la sociedad, al momento social, al político…

¿Y de uno mismo qué se ve?

Te encuentras ante tus limitaciones, tus circunstancias, descubres que hay cosas que puedes hacer pero que no eres Superman. Mi cargo es director del área de fútbol, y me doy cuenta de que dirigir, en el sentido de mandar o imponer, es algo fuera de mi alcance. Lo que hago básicamente es planificar, ordenar y organizar. Puedo proponer, convencer, ofrecer posibilidades y opciones para no tener que acabar enrocado en una situación. En una organización clásica de empresa mi posición estaría por encima de la de los entrenadores y la de los jugadores, pero es evidente que en el fútbol los entrenadores y los jugadores son los que llevan la parte del negocio, que además es la que al público le gusta.

La suya es una posición extremadamente expuesta. Después de cada partido se opina sobre usted, que ni ha jugado ni ha hecho la alineación.

Es uno de los aspectos del trabajo a los que tienes que acostumbrarte. Cuando fichas a un jugador culminas una decisión que empezó a tomarse a veces hasta dos años antes. Son análisis largos. Seguimos al jugador que queremos fichar durante muchos meses en muchos partidos.

¿Ahora mismo a cuántos estaría siguiendo?

¿Un número?

Aproximado, si quiere.

En la primera parte de la temporada, desde agosto hasta noviembre, hacemos una observación global. Ahora ya sabemos cuáles pueden ser razonablemente las necesidades que podemos tener para la temporada que viene (si el tema FIFA se soluciona), y repasamos la situación de jugadores que ya habíamos marcado como posibles incorporaciones por si surgiese una lesión grave y surgiera la posibilidad de fichar, previa consulta a la FIFA. Ahora mismo nos fijamos en unos veinte o veinticinco jugadores. Aunque eso depende de dónde mires, porque en fútbol formativo la cantidad de partidos que se ven al año es bestial, vemos a muchísimos jugadores. Lo que se hace para el primer equipo es más claro y visible, pero lo que hago durante una semana normal tiene mucho más que ver con cuestiones ajenas a la planificación. Puedo tener dos reuniones sobre renovaciones o situaciones contractuales; sin embargo, mucho de lo que hago está relacionado con la metodología, con resolver temas de gente que tenemos por ahí viendo partidos, con pagar las facturas que pasan… Son cosas más relacionadas con la administración que con el campo.

Creo que dedican bastante tiempo a una cuestión de metodología.

No encuentro una palabra mejor que esa, metodología. Somos un club que se caracteriza por proponer una forma de jugar al fútbol diferente. Un amigo entrenador me decía que el fútbol consiste simplemente en cómo llevar el balón desde tu portería hasta la contraria, y cada uno propone una fórmula. Nosotros proponemos la combinación en el juego, la creación de superioridades en un sitio para llevar el balón a otro… por eso tenemos un perfil de jugador un poco especial y buscamos una comprensión del juego un poco más compleja de la habitual, que ya es de por sí compleja. El fútbol es probablemente el juego más sencillo que existe si nos fijamos en sus reglas, pero es enormemente complejo en su desarrollo: campo grande y once contra once; las posibilidades que se dan ahí son muchísimas, y eso lo hace extraordinariamente rico e interesante. Esa es la parte que me gusta. Nuestros primer y segundo equipos son un referente en todo el mundo, y lo que hemos hecho ha sido trasladar eso del Barça B hacia abajo. Todo el mundo dice que a nuestros equipos, desde pequeños, se les ve jugar de una forma determinada: en la posición de 4 incluso un niño de nueve años se parece a Busquets, los interiores se parecen a Xavi o Iniesta… esas cosas se reconocen. Porque buscamos ese tipo de jugadores, pero también por cómo trabajamos con ellos para que vayan desarrollando su talento, vayan adquiriendo ciertas habilidades y características a partir de ese proceso de formación. No sería lo mismo que un programa académico de un niño que entrara a la escuela con ocho años, pero se podría asemejar. Y en ese proceso estamos. Tenemos la ventaja de contar con Paco Seirul·lo, que es el motor de esa metodología. Metodología es una palabra que no nos gusta, sería más apropiado hablar del desarrollo del jugador o el crecimiento de su talento, pero aún no hemos encontrado unas siglas o un nombre chulo para eso. Tenemos a Seirul·lo y tenemos a Jordi Roura y Aureli Altimira, que han estado en el primer equipo y ahora trabajan en las categorías inferiores. Disponer de esa experiencia ofrece una oportunidad única, porque es muy difícil que entrenadores del primer equipo bajen al fútbol formativo. Además estamos en el proceso de recoger datos en un programa informático para cruzarlos luego y que nos den pautas para el futuro. Lo organizamos todo alrededor del jugador. Para nosotros, los datos fundamentales son el juego y el jugador. El juego lo hace el jugador, así que definiendo lo que queremos como juego decidimos qué tipo de jugadores queremos y qué tipo de mentes queremos en ellos. No pretendemos hacer ciencia sino registrar lo que nos vaya pasando para ver si en tres o cuatro años, mirando ese mapa de cosas que nos han ido pasando, somos capaces de detectar pautas.

Andoni Zubizarreta para Jot Down 1

Esa es la parte que se puede desmenuzar en estadísticas. Luego está la tormenta perfecta en la que llevan unos cuantos años: Guardiola se va, se queda Tito, se pone enfermo, llega la sanción de la FIFA por algo que se ha hecho mal, Xavi se va y al final se queda…

la marcha de Víctor Valdés

… un conflicto muy vistoso para el público entre la directiva actual y las anteriores… Todo esto no era previsible, pero es lo que tienen que manejar ahora, incluyendo la necesidad de realizar los fichajes de dos años por si la FIFA mantiene su sanción.

El fútbol es el juego de lo imprevisible, es donde pasa aquello que no iba a pasar. Hoy estaba leyendo en un artículo de Icon que el fútbol es de letras, porque es muy difícil de parametrizar. Por eso almacenamos datos, para ver si encontramos claves. En fútbol puede ganar el equipo que menos tiene la pelota, el que menos chuta… se puede ganar hasta sin chutar porque el rival puede meterse un gol en propia puerta. En el Barça se han dado situaciones impredecibles muy complejas. Cuando yo aterricé aquí en 2010 las grandes preguntas que se planteaba el Barça eran si podría mantener su nivel de excelencia en el juego y cómo hacer la transición de Pep Guardiola, que era un referente, no solo en la gestión del vestuario sino también en la comunicación. Esas eran las dos preguntas. Visto desde ahora, ojalá las preguntas hubieran sido solamente esas dos. Ocurrieron algunas desgracias humanas, como en el caso de Tito Vilanova o el de Abidal. A veces olvidamos que los deportistas son personas que pueden ponerse enfermas. En el caso de Abi, recuerdo que estaba viendo un entreno en el Campo 2 con el director de nuestros servicios médicos y comentábamos lo bien que estaba físicamente Abidal. Y de repente apareció el cáncer.

Fueron dos casos de cáncer.

Estadísticamente es muy raro. Ha habido casos en otros clubes, como el del recientemente fallecido entrenador de baloncesto de Zaragoza, pero dos a la vez en un mismo club… Eso implica un desgaste personal muy grande, porque las decisiones profesionales que tienes que tomar están impregnadas de elementos emocionales. Decidir sobre la marcha de Abi fue muy complejo. Uno no puede aislarse de lo que ha vivido con él durante dos años.

¿Cómo se le quedó a usted el cuerpo?

Te quedas mal. Aunque tengas tranquila la conciencia, aunque hayas tomado la decisión después de haber consultado a todo el mundo y creas que es la mejor posible, te sientes mal. Deja heridas. De ahí viene eso que decía de aprender sobre uno mismo, de esas situaciones y de cómo las vas asimilando. La transición de Pep a Tito también ha sido compleja y nos ha dejado muchas heridas emocionales y personales.

Parecía que podía ser una transición más o menos amigable cuando se planteó.

Han pasado dos años desde aquello y tantas cosas… En ese tránsito también pensamos que lo fundamental era el juego y nuestra idea del juego. Es decir, qué somos y cómo somos, y esa fue nuestra guía de decisión. La mejor solución nos parecía Tito, que suponía la continuidad de la idea y del modelo. Preguntado Pep Guardiola sobre si tenía alguna pega, dijo que no. Lo que pasa es que somos personas y en ese tipo de separaciones siempre se dejan muchas cosas desde el punto de vista personal. En el caso de Tito, la transición resultó especialmente difícil por su enfermedad, su estancia en Nueva York para el tratamiento, la reaparición de su enfermedad… Mantuvo en un contexto personal un asunto que debería haber sido puramente profesional. En resumen, ha sido duro. El problema de las relaciones entre las juntas directivas viene de 2010 y nosotros intentamos mantenernos al margen. Somos simples observadores de lo que va pasando en el día a día del club. Es una vida agitada, pero seguramente no lo es más que la que encontraremos si salimos de los límites del Camp Nou y de las oficinas y nos vamos tres calles más arriba.

En todas partes hay agitación.

Me da la sensación de que sí. La agitación está en casi todas partes. Y no hablo solo de política, sino también en lo empresarial, en lo social… Por eso el fútbol es un sitio bastante interesante desde el que mirar el mundo. En cuanto a lo de la sanción de la FIFA, es una situación realmente excepcional, porque no se había dado antes. Al principio intentamos entender qué era lo que había pasado, porque habíamos seguido procedimientos absolutamente aceptados. Luego entendimos que dentro de esos procedimientos, como el presidente dijo, había una serie de acciones administrativas incorrectas, y estamos trabajando para que la FIFA comprenda que nunca hubo intención de vulnerar las reglas. No somos un club que compre niños para venderlos o dejarlos tirados, sino al revés.

Pero son conscientes de que en el fútbol infantil se producen abusos muy graves.

Indiscutiblemente, porque los vemos y los conocemos, pero no somos un club que constituya una referencia negativa, sino al contrario. Sin embargo, nos ha caído una sanción ejemplarizante en una cuestión extremadamente sensible. Y no sensible en lo deportivo, sino en lo social, tiene que ver con el tráfico de niños para su utilización en la industria y negocios oscuros. Ahí el fútbol vuelve a ser un sitio desde donde mirar y tal vez emprender acciones que puedan ser útiles para la sociedad. Por otra parte, se nos plantean situaciones complejas. En España hay muchos niños que han venido con sus familias sin una situación legalizada, jueguen o no jueguen a fútbol, y sin embargo van a la escuela juntos. El fútbol es un elemento de integración. ¿Cómo se compagina eso con una ley que diga que no se pueden mover de su país?

Andoni Zubizarreta para Jot Down 2

¿Les ha tocado porque se trata del Barça y convenía hacer un castigo ejemplarizante, o porque han fallado los contactos institucionales?

Si aceptásemos que los contactos institucionales solucionan esos problemas hablaríamos de un mundo que no sé si es el que queremos. Somos un club muy transparente para lo que son los clubes de fútbol en general. De nuestras cosas se sabe y se conoce. Y al saberse y conocerse hay unos organismos que pueden actuar sobre nosotros. Tendremos que aceptar que eso nos puede pasar. Si fichamos a un chaval de catorce años, a los dos días ya ha aparecido en algún medio de comunicación. Otros grandes clubes de Europa reciben menos atención. Pero esa es una de nuestras características, y a partir de ahora nos tendremos que adaptar a trabajar con un nivel de corrección extraordinario. Si pudiéramos volver a 2010, cuando asumí el cargo, no haríamos algunas de las cosas que hicimos, vistas las consecuencias. Pero si tenemos en cuenta cómo se gestionaban estas cosas en el fútbol de 2010, no hicimos nada que no se hiciera normalmente. No sé si es porque somos nosotros y eso lo hace más ejemplarizante, solo sé que estamos en esa situación y que tenemos que resolverla, sobre todo por dos cuestiones: porque el Barça indiscutiblemente no vulnera los derechos de los niños y porque los chavales afectados no tienen la culpa y lo que quieren es jugar a fútbol en un club como el Barça. Debemos mantener la confianza de aquellos que nos dejan lo más preciado que tienen, que es un hijo. Siempre trabajaremos en eso, igual que hemos trabajado en las campañas de concienciación contra el tráfico de niños, por la alimentación, contra los abusos sexuales… Este club siempre ha estado muy cerca de todo este tipo de cuestiones.

Me habla usted de cómo gestionar todo esto desde un punto de vista profesional.

De intentarlo.

Antes comentaba el caso de Abidal. Uno de los atractivos del fútbol es su componente emocional. Pero ustedes intentan mantener una actitud profesional. ¿Cómo se maneja eso?

En el caso de Abidal quizá hubiese sido más fácil y popular dejarle continuar, porque en este tema se han hecho muchas cosas de las que no vamos a hablar…

¿En el caso de Abidal?

Sí. Se ha hecho lo que se ha hecho y no quiero hablar de ello. Y como no voy a escribir un libro de memorias tampoco aparecerán allí. Me refiero a cosas que pertenecen al ámbito de la vida, no a la comunicación externa. En ese tráfico de emociones no entraré nunca. Tomaré las decisiones que tenga que tomar. Aunque estén marcadas por un elemento emocional, decidiré sin tener en cuenta qué es lo más cómodo y da mejor imagen. Cuando me encuentro con Abi nos abrazamos, y eso es lo que realmente me importa. Hemos discutido y hablado mucho, porque la vida nos colocó en una situación en la que tuve que decirle que no contábamos con él. Los dos aprendimos mucho de nosotros mismos. Abi tiene las puertas del Barça siempre abiertas [un día después de realizarse esta entrevista, Abidal anunció su intención de incorporarse al cuerpo técnico barcelonista a final de temporada], porque es alguien que nos ganó a todos y ganó una batalla muy difícil. Fue complicado dialogar con alguien que no hablaba desde una posición profesional, la que podría darse con un jugador que no es consciente de su edad y cree que aún le quedan años (como me pasó a mí mismo), sino que hablaba desde la emoción. No resultó fácil decirle lo que a mí me parecía mejor. Ese día volví a casa noqueado. Somos profesionales pero nos movemos entre emociones. Uno de los elementos más difíciles de medir en el juego es el impacto emocional que puede tener que, por ejemplo, en una final de Champions entre el Barça y el Madrid jueguen Messi y Cristiano Ronaldo o no jueguen: la convicción que pueda tener tu público, la de tus propios compañeros… En otro tipo de deportes creo que el impacto resulta menor. Esa parte emocional está en todas las decisiones que tomamos. Cuando yo explico por qué hemos fichado a un jugador, por ejemplo, siempre aparece ese elemento. O cuando tienes que contestar a las preguntas después de haber perdido un partido.

Hablando de sentimientos, tras la final de Atenas, cuando dejó de ser jugador del Barça, ¿cómo se sentía?

Pasaron tantas cosas… ¿Después de Atenas o después de después de Atenas? A ver, empecemos por después del partido. No solo supuso la decepción de perder, que perder una final de la Copa de Europa ya te genera mucha, sino sobre todo el no haber llegado a competir. Un 4 a 0 en una final te da la sensación de que no has tenido ninguna posibilidad de ganar. A ese nivel y con nuestro equipo, debíamos haber generado más posibilidades de ganar. Me fui decepcionado del todo: por no haber sido capaz de resolver las situaciones que tuve, porque podríamos habernos ayudado más como equipo, pensando en qué nos equivocamos en el previo tras ganarle la liga al Dépor, pensando si ese pico emocional nos vino bien o mal… esas cosas te las llevas en la cabeza para toda la noche tras el partido. Y te vienen continuamente los dos primeros goles antes de la media parte y el de Savicevic, qué tendrías que haber hecho para que no te lo marcaran, que si no lo hubiesen marcado quizá habríamos podido hacer algo… eso es lo que te viene a la cabeza. Después del partido, en el vestuario, nos conjuramos para volver a la final de la Champions al año siguiente. Pero, claro, a mí ya no me fue posible porque tuve que dejar el Barça. Y eso me cambió el parámetro de medir las cosas. Me parecía que perder una final de la Copa de Europa por 4 a 0 era terrible, pero perderla y encontrarte sin equipo cuarenta y ocho horas más tarde ya era una sensación de abandono absoluto. A pesar de que tuve el cariño de los compañeros y la gente, por dentro estaba destruido. No tenía ni agente ni nada de nada. Me encontré yendo a la presentación del Mundial de Estados Unidos sin equipo. En 1994 quedar libre no era como en 2014. Ahora parece una oportunidad de negocio. Entonces suponía un cierto estigma. No sabía qué hacer, nunca había tenido agente, había estado cinco años en el Athletic y ocho en el Barça, pensé que iba a acabar mi carrera en el Athletic y no lo hice, después pensé que iba a acabar mi carrera en el Barça y tampoco lo hice… Tuve la suerte de que el Valencia me llamó y pude resolver mi situación durante el Mundial.

¿Entendió que se le señalara como culpable máximo de un equipo que estaba en decadencia?

Si lo tomo como que alguien me quería señalar porque creía que mi tiempo en el Barça se había acabado, como una decisión profesional, lo puedo entender, es lo que hablábamos antes. Nos llevaría a una pregunta en el terreno de las hipótesis: ¿qué habría pasado si hubiéramos ganado la final? ¿La decisión habría sido la misma? En el mundo real, alguien tomó una decisión con respecto a mi carrera y yo quiero pensar que lo hizo bajo criterios absolutamente profesionales.

Usted fue reemplazado por dos porteros de nivel bastante discreto, Busquets y Angoy.

Ocupar la portería del Barça no es nada fácil.

¿Por lo del juego con los pies?

El mío era maravilloso. [Risas] A veces pienso que si hubiera tenido el juego que tienen con la zurda Ter Stegen, Bravo o Masip, todos ellos diestros, mi carrera habría sido diferente. Pero vuelvo a lo del principio: cuando se toma una decisión de ese calibre hay que haberla pensado, y hay que tener una opinión clara sobre quién puede ser el mejor portero para el Barça, sea más conocido o menos. En aquel momento comenzó un gran debate sobre la portería del Barça y pasaron por ella muchos jugadores [trece], hasta que se asentó Valdés, con algunas dificultades en su primera fase. En cualquier caso, quien tomó la decisión de reemplazarme fue alguien que sabe de fútbol. Johan Cruyff conocía el equipo y sus necesidades. Otra cosa es que su decisión saliera bien o saliera mal.

Andoni Zubizarreta para Jot Down 3

Nunca me ha parecido —es una opinión personal— que el Dream Team estuviera a la altura de los grandes equipos de la historia. En ciertos momentos cruciales tuvo suerte, y lo que Cruyff aportó fue sobre todo un espíritu, una forma de ver el juego.

Johan Cruyff tiene una visión diferente del fútbol. Primero, porque lo mira desde la atalaya de Johan Cruyff, alguien único. Eso le permite proponer ciertas cosas que funcionan a partir de su leyenda, como lo de «salid y disfrutad» en Wembley. Pues sí. Pero también teníamos una ordenación habitual para jugar, que era un 3-4-3 con rombo, y en esa final jugamos con un 4-3-3, con el interior izquierda reconvertido en lateral. Nadie, sin embargo, ha entrado en ese tipo de debates, de si el sistema se cambió o no, entre otras cosas porque ganamos y porque aquel equipo que jugó en Wembley fue reconocible en su juego y en su idea de cómo quería jugar. Los grandes personajes tienen ese tipo de cosas… Sí, una vez Cruyff alineó a doce jugadores, pero en aquella época las alineaciones se daban de otra manera, de viva voz o escritas en una pizarra, y podía haberle pasado a cualquiera. Cualquier cosa hecha por Cruyff adquiere el nivel de leyenda. Yo creo que aquel Barça tuvo mucha influencia en la forma de jugar al fútbol, porque funcionar con tres defensas…

Absolutamente: Cruyff cambió el fútbol.

No solo lo cambió. Además lo hizo ganando. El último gran equipo que había propuesto una fórmula similar había sido la Holanda de 1974, que perdió la final. Se recuerda a aquella selección como se recuerda al Ajax, pero quien ganó la final fue Alemania. La Holanda conocida como la Naranja Mecánica proponía combinación y jugadores polivalentes. El futbolista no tenía una posición estable, su posición era la que ocupara en cada momento y cuando un portero subía a rematar un córner, era delantero. Esa innovación careció de desarrollo inmediato. El fútbol tendió más a lo físico hasta que el Dream Team recuperó la idea y ganó con ella una Copa de Europa.

Creo que Guardiola llevó las ideas de Cruyff hasta niveles muy difíciles de superar. El Barça de las finales de Londres y Roma sí me parece uno de los mejores equipos de la historia.

Estoy de acuerdo. Y, sin embargo, los éxitos de Guardiola fueron posibles por un disparo desde fuera del área de Andrés Iniesta en Stamford Bridge que entró por la escuadra en un partido donde la suerte jugó un papel determinante, por una tanda de penaltis que Pinto resolvió en una final de Copa… El fútbol es impredecible. Lo que ese Barça de Pep consiguió en su momento fue dominar las variables que un equipo puede controlar, como la organización o la estructura. Hay cosas que en principio no se pueden controlar, como una decisión del árbitro. Pero sí se puede, por ejemplo, proponer a los jugadores una cierta forma de relacionarse con el árbitro. Pep consigue controlar lo controlable gracias al equipo y a su cuerpo técnico. Seguramente lo hace desde un punto de vista más estructurado que el que podía tener Johan Cruyff, pero es que de estructurar la idea de Cruyff se encargó Louis Van Gaal. Quizá le dio al equipo demasiada estructura y eso lo bloqueó. El proceso es ese, un debate continuo sobre la libertad y creatividad o la organización como elemento de sujeción y apoyo para que los creativos se sientan seguros, sobre hasta qué punto cuando crece la organización bloquea a los creativos y cuando crecen los creativos se independizan de la estructura porque creen que limita su creatividad.

También se debate ahora sobre el menor protagonismo de los centrocampistas frente a un triplete de ataque con Messi, Neymar y Suárez.

¿Y cuál era el que tuvo Guardiola el primer año? Thierry Henry, Messi y Eto’o. Ahí lo dejo.

Cierto.

Los debates vienen casi siempre condicionados por el resultado. En 2008 los atacantes que van a la final de Roma son Leo jugando por la derecha de extremo entrando, Eto’o como un punta pero no de referencia y Henry partiendo de la banda entre lateral y central. Luego se va Eto’o, pero viene Ibrahimovic. Se va Henry, pero viene David Villa. Crece Pedro, que es campeón del mundo. Tenemos aquella delantera «MVP» de Messi, Villa y Pedro que gana otra vez al Manchester United en Wembley. Cuando miras con perspectiva histórica, esos debates los hemos tenido siempre: cómo se integra Leo con los demás delanteros (sobre todo con Ibrahimovic), qué pasa con los delanteros que vienen…

Si la historia continúa como hasta ahora, Suárez y Neymar tienen los días contados, porque las sucesivas delanteras del Barça han sido Messi y gente que dura relativamente poco.

No creo que sea exactamente eso. Detectamos, y es algo que viene de la época de Pep, que los equipos nos analizaban y nos creaban problemas, como nos los creó el Rubin Kazán, que jugaba con una línea de diez y un mediapunta. Mourinho encontró unas soluciones, entre comillas, para poder jugar contra nosotros, que consistían en interrumpir mucho el juego para que no tuviera continuidad, dejar el césped alto para que la velocidad del balón se redujera… Mourinho no resolvió la ecuación a partir del juego. Pero con el Madrid encontramos cada vez más problemas. Necesitábamos encontrar nuevas opciones. Algunas de las que hemos ido proponiendo han salido bien y otras no tan bien. Hay que tener en cuenta que nos comparamos con nuestro mejor momento. Y estamos queriendo ver siempre al mejor Messi que jamás hayamos visto, cuando en la realidad nuestros mejores momentos se dan solo de vez en cuando. Eso me vale también para Cristiano. Cada setenta y dos horas les pedimos su mejor momento. A veces te vas del campo diciendo que aunque haya marcado dos goles, haya creado oportunidades y haya tirado dos balones al palo, a Messi le ha faltado algo.

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¿Cómo se gestiona un Messi?

Pep da una de las soluciones, y es que Leo esté contento. Porque si lo está, lo demás es fácil. Interpreto ese contento no como la sonrisa permanente o la felicidad, sino que esté en un sitio en el que pueda competir a la altura de lo que necesita. Que esté en situación de poder ser lo que él es. Leo no pide grandes palabras ni discursos porque él tampoco es de grandes palabras o discursos, es de hechos. Y hechos de la raya para dentro, entendiendo esto como de vestuario. Quiere jugar en un equipo competitivo y que sus compañeros compitan y también hagan goles si él no tiene el mejor día.

A usted deben pedirle que monte una plantilla que funcione bien con Messi, porque él es el factor inamovible.

La pregunta sería al revés: ¿cómo se puede funcionar mal con Messi? Desde un punto de vista profesional Leo tiene un altísimo nivel de exigencia, propia y de los demás.

¿Messi funcionaba bien con Ibrahimovic?

Hubo problemas, pero eso se constató luego. Aunque yo no estaba aún aquí, al principio se dijo que Messi, Ibra y Henry componían una delantera que aportaba juego aéreo y presencia física, recursos que hasta entonces no teníamos.

A la hora de fichar, ¿piensan si un tipo de carácter encajará o no?

A partir de lo que vemos en el equipo durante la temporada y de las conversaciones con los entrenadores buscamos aquellas cosas que nos puedan ayudar a que el potencial de los jugadores sea mayor. Y los jugadores van evolucionando. Hoy Messi no es el mismo que empezó jugando de banda para dentro. Neymar, por ejemplo, nos da mucha calidad fuera, por lo que los rivales tienen que jugar más abiertos y eso genera espacios. En el caso de Luis Suárez pasa lo mismo que con Alexis, buscábamos a alguien que jugara de fuera adentro y que pudiera aportar en la primera presión. A ver, si yo sé que hay un jugador que con Leo tiene una relación personal extraordinariamente mala… pero tampoco querría a un jugador que tuviera una relación extremadamente mala con Xavi o con Busquets. Sería una temeridad. Luego el proceso del vestuario hace que haya mejores y peores relaciones, sinergias mayores. Al final, todos se relacionan en la búsqueda de su mejor nivel competitivo. Johan Cruyff dice que el jugador siempre juega primero para él mismo. El jugador vive de su físico y eso es algo muy inestable. Tú entras al campo en el entrenamiento de antes de un partido y sales a los dos minutos con una rotura muscular que te retira tres semanas. Esa incertidumbre hace que el jugador primero defienda su nombre, su prestigio, su capacidad, su carrera, su empresa, que es él… y luego defiende a sus compañeros porque los necesita. El futbolista se pone una camiseta y un escudo que representan a un club, a una gente, a unos señores que delegan en él la posibilidad de jugar. Ese es el proceso, pero si lo reducimos al mínimo encontramos a un jugador, con sus capacidades e incertidumbres, que espera en el túnel de vestuarios la hora de salir al campo.

¿Qué le pasa al Barcelona con los centrales?

¿Qué pasa con los centrales en el mundo? En realidad les está pasando lo mismo a los centrales y a los laterales, a todos los jugadores de la defensa. Antes las superioridades en el juego las solían hacer los delanteros y algún centrocampista creativo, como Pelé o Cruyff, jugadores que eran capaces de marcar la diferencia con un pase, un tiro, una falta, su capacidad de aglutinar… De ahí para atrás la diferencia la marcaba la fortaleza defensiva, la capacidad de mantener el cero en la portería. Defender, no dar oportunidades al contrario, y que los buenos delanteros resolvieran el partido. Ahora, con la evolución que ha experimentado el fútbol, les pedimos a los de arriba más tareas defensivas y a los que están atrás que aporten en tareas ofensivas, que los laterales no sean laterales sino que se incorporen arriba, que los centrales nos saquen la pelota jugada para poder dividir y crear superioridades… Eso ha llegado incluso hasta los porteros. Durante muchos años el Barça ha creado superioridades utilizando al portero como un jugador más: cuando nos presionaban le dábamos el balón a Valdés. Eso es una evolución del juego. Hoy parece que un portero, más que parar, deba jugar bien con los pies. Lo que les ha pasado a los centrales es que antes eran jugadores físicamente estables en el sentido de que no tenían un gran desplazamiento en el campo, que su juego contra los delanteros era muchas veces muy físico, con mucho choque. Cuando tenían el balón se oía esa frase de «dásela al que sabe». El fútbol de ahora les pide a los centrales que paren el balón, que elijan un buen pase o incluso que inicien ellos el juego. Vemos a Mascherano o a Bartra incorporarse al centro del campo para dar un pase…

Entre nosotros, Mascherano no es central.

Es un central reconvertido, por decirlo de alguna manera. Al final, cuando el rival te domina y te ataca, o en las acciones a balón parado, cuando el juego se iguala porque no hay ni posesión ni dominio sino un tío que tira el centro y unos que saltan, lo que les pedimos a los centrales es que vuelvan a su característica principal, que es ser un defensa: defender y mantener la portería a cero. Lo que nos pasa a nosotros con frecuencia es que dominamos la posesión, el contrario ataca poco y les pedimos a los defensas que actúen como centrocampistas. Y la mezcla entre las dos cosas resulta difícil. Dentro de unos años, en Europa habrá centrales que hagan las dos cosas, pero en este momento les pedimos demasiado. Los centrales históricos se sentían confortables a unos veinticinco metros del área, con la espalda protegida porque el portero podía salir para proteger un pase en profundidad, y sin necesidad de correr muchos metros. Eran los jugadores de mayor envergadura y menor velocidad. Nosotros hemos tenido la suerte de contar con la pareja PiquéPuyol, que representaban eso: Puyol sería el defensa rápido y Piqué el de sacar el balón. Ahora la defensa es una tarea colectiva. Ya hace unos años, Nike hizo un anuncio sobre el Barça que decía: «Somos uno, somos delanteros que defienden, somos defensas que atacan». Eres defensa si estás en la línea defensiva aunque seas un extremo.

Pero cuando al Barça le sacan un córner, muchos añoran a un tipo alto, un Migueli, que despeje como sea.

Los equipos de hoy lanzan mejor las faltas y los córners, tienen mejores lanzadores. Y el marcaje ya no es uno contra uno. Si marcas uno contra uno estás muerto, porque con dos bloqueos te van a dejar un jugador solo y el jugador pequeño va a ser el que marque. Muchas veces los goles no los hacen los jugadores grandes, sino los pequeños. Los grandes atraen a la defensa. Desde ese punto de vista el juego estratégico se ha enriquecido enormemente, por eso necesitas jugadores que entiendan mejor el juego, no la acción. No es un «márcame bien a ese», porque tú lo puedes marcar muy bien, pero te hacen una pantalla y el jugador remata. Tienes que entender que eso puede pasar, ver si hay alguien que te lo va a hacer… y al revés, eso es lo que vas a intentar provocar en la otra área. Por eso el juego se ha vuelto más complejo, más de detalles. Hemos hablado mucho de la derrota en el Bernabéu. Hasta el gol en el córner el Madrid no nos había creado superioridades ni había dado la sensación de dominar, y los goles que nos hicieron fueron en un penalti y en una jugada de estrategia. Pero es que hoy en día eso es una parte fundamental del juego, se trabaja muy específicamente.

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El Atlético de Madrid defiende esas jugadas mejor que el Barça. Y el Real Madrid también.

Acepto lo del Atlético de Madrid porque está estructurado de otra manera como equipo. Aunque el gol que les hizo Neymar en la Supercopa fue un remate de cabeza. Si nos vamos al Madrid, está menos claro. El debate del madridismo precisamente es ese: cómo se defienden las jugadas. Luego contra nosotros metieron el gol de cabeza. Bueno, pues esas son las contradicciones que tiene el fútbol, y ya está. Es un recurso con el que los equipos cada vez crean más dificultades. En mis tiempos había un lanzador en cada equipo. Hoy en día hay lanzadores diferentes y la pelota cae más, coge más velocidad.

También el balón es más ligero.

El primer gol que le mete el Atlético de Madrid al Real Madrid es un córner que pasa por encima de Cristiano. El error de Cristiano es mínimo, me parece que da un paso, no da ni dos, para intentar anticipar, y la pelota le pasa por encima, se anticipa Tiago y hace gol. El fútbol se está decidiendo últimamente, sobre todo en los grandes partidos, en espacios muy pequeños y distancias muy pequeñas. Cuando ya se rompe el partido de Madrid empiezan a aparecer más espacios, pero hasta ese momento los partidos son más justos que en nuestro tiempo, cuando el espacio era mayor. Si te dan más espacio tienes más tiempo, y si te dan más tiempo puedes pensar, ejecutar… hoy el tiempo se ha reducido extraordinariamente. La exigencia de ejecutar rápido es la clave.

El tiempo se ha reducido en todos los aspectos. ¿Cuánto habrá que esperar, por ejemplo, a Douglas y Vermaelen?

Parece que todo ha de ser inmediato. Si pensamos en los medios de comunicación, ¿dónde está el tiempo, la reflexión, las posibilidades de analizar y hacer una investigación larga? Eso ya no existe. Existe Twitter, la información inmediata que lleva a unas conclusiones absolutas, y luego se cambia el mensaje para sacar otras conclusiones absolutas. Esa es la sociedad en la que estamos. Pero hay que dar tiempo para ver si un jugador se adapta y luego veremos si los resultados son buenos o malos. Nuestra exigencia es muy alta. Estamos en ese proceso. Si fichamos a jugadores hechos, se nos critica; si fichamos a un jugador como Douglas, que creemos que una vez que se adapte a nuestro fútbol nos dará recorrido, también. Todo es para ahora o para ayer. Sin embargo, el tiempo es necesario. El Madrid ganaba en Anoeta 0-2, pero le remontaron y perdió 4-2, y luego perdió contra el Atlético y ya se organizó la crisis, que si el Madrid nunca ha ganado una liga cuando ha estado a no sé cuántos puntos, que si le faltan jugadores, que si Casillas… ahora, en noviembre, ya estamos en algo totalmente distinto. Una de las cosas más difíciles del fútbol es mirar con perspectiva y ser consecuente con lo que buscas. Si miro la alineación del Madrid veo jugadores de treinta años, si miro la del Ajax veo jugadores de veinte… ¿cuál quiero mirar? ¿Digo que trabajo para el futuro y miro la del Ajax? No, intento mezclar.

Acaba de mencionar a Casillas. ¿Qué pensaba usted durante toda esta mala época de Casillas?

Me alegraba de que en mis tiempos como portero no existiese Twitter. Con todo lo que me sacudieron, si encima hubiese habido Twitter habría sido un escándalo. Sobre Casillas volvemos a lo de antes. De él recordamos sus paradas milagrosas, y esperamos que haga un milagro por partido, y cuando deja de hacer un milagro por partido y los rivales aciertan o él no está tan acertado o la defensa le deja vendido…

¿Afecta mucho al jugador la percepción de que el técnico no le tiene confianza?

Se nota mucho, sí. Aunque podríamos debatir sobre qué es la confianza, y cómo se construye, se gana, se pierde, si se otorga a cambio de nada o si se otorga a cambio de trabajo y dedicación… No hablo de Casillas, hablo como concepto general. Una parte del vestuario es el entrenador, que hace alineaciones, piensa en cómo ganar al Almería, hace una convocatoria… pero hay también otro tipo de elementos, como quién viaja, quién juega, cómo juega, si jugando en Almería me siento reforzado, si no me siento reforzado, si el de Almería es un partido de los menores y lo que quiero es jugar los mayores, si me va bien porque me da confianza… Toda esa otra sinfonía de relaciones personales y la interpretación que se hace de las cosas. Al final el entrenador gestiona las suyas y las de su equipo de trabajo, pero también las de las veinticinco personas que tiene en el vestuario. Uno puede interpretar una decisión como algo puramente profesional, como lo hice yo con la decisión de Johan Cruyff sobre mi continuidad, y dejar ahí las cosas. Pero también le puede dar mil vueltas. El futbolista es un hombre joven cuya vida consiste en estar en el campo y jugar. La cuestión de la confianza es de las más complejas.

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Volviendo a su trabajo, ¿hay algún tipo de fair-play entre los directores deportivos? Porque se supone que compiten por llevarse los mejores jugadores.

Conozco a algunos. De España a casi todos, porque coincido con ellos en los palcos. Cuando jugamos contra el Manchester City estuve hablando con Txiki Begiristain, porque él sabe qué es estar aquí, en el Barcelona. Hablamos con mucha naturalidad. Sabíamos que el City buscaba centrales, como nosotros. No hace falta ocultar las cosas. Cada uno tiene sus características y ofrece cosas distintas. No digo que haya un código de comportamiento, pero todos sabemos a qué nos dedicamos. Yo intento, en mi relación con clubes españoles, comprender la posición ajena. Si nosotros tenemos como club unas circunstancias, los otros también las tienen, e intentar entender eso te ayuda en los procesos de negociación y comunicación. Nos respetamos sabiendo que todos vamos a ir a buscar aquello que más nos interesa. Yo puedo tener unas necesidades determinadas, pero si Matthias Sammer, el director deportivo del Bayern, ve mi equipo puede, más o menos, intuir qué necesito, igual que cuando veo la plantilla del Bayern intuyo qué les podría faltar dentro de un año y hacia dónde se van a mover en el mercado. Y como nos movemos en paradas similares del mercado tenemos información de con quién ha estado hablando cada uno; igual que nos dan esta información a nosotros, evidentemente se la dan a los demás.

¿Qué tiene alguien como Ramón Rodríguez, Monchi, el director deportivo del Sevilla, para llevarse casi siempre el mejor pescado y al mejor precio?

Ramón lleva muchos años en el negocio. Además la gente con la que trabaja es de su confianza y completa mucho su mirada. Y tiene la capacidad de elegir y decidir rápido. Su club es más pequeño, por lo que a veces la toma de decisiones es más rápida. También podríamos sentarnos y repasar, porque…

Habrá fallos, pero encuentra joyas.

Me gusta mucho su discreción, es un tío que trabaja y no da explicaciones continuamente. Se mueve, tiene a su gente viendo mucho fútbol por ahí… y dentro de eso, en lo que son las circunstancias de su equipo, es capaz de ir encontrando a esos jugadores… ahora mismo tiene a dos jugadores nuestros, Denís y a Gerard Deulofeu, que son muy buenos. Y en cuanto supo que podíamos cederlos decidió que eran interesantes para su proyecto. El Sevilla es un muy buen equipo para ellos.

¿Cuánto aguantará usted en esto?

Tengo contrato hasta 2016. Pero en el fútbol, y eso lo aprendí en mi primera época en el Athletic, hay que planificar a medio y largo plazo sabiendo que todo puede cambiar en un momento.

¿Se ve muchos años como director deportivo?

No creo. Quizá fuera, en otro equipo. Los clubes ingleses y alemanes tienden a ser más estables. España tiende a ser, en todo, un país más efervescente. El caso de Monchi es muy singular y está asociado al club, a la propiedad, a que es el hombre de confianza de Del Nido… y esa relación se ha mantenido mucho tiempo. Yo disfruto cada día como si fuese toda una vida. Realmente, hay días aquí que parecen años.

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Fotografía: Alberto Gamazo