El lamento del cornudo

Celebración de la Orden de los Cornudos ante el trono de su majestad, la Infidelidad (1815). DP.
Celebración de la Orden de los Cornudos ante el trono de su majestad, la Infidelidad (1815). DP.

Me llamo Igor Charikin y puedo apostar cualquier cantidad de dinero a que ninguno de ustedes habrá tenido hasta hoy noticias de mí. Soy un discreto y casi anónimo funcionario de nivel medio ―medio alto, si desean precisión― del gobierno de mi país; tenía un futuro prometedor en Moscú, pero hube de renunciar a él, o al menos posponerlo sin fecha fija, al solicitar mi traslado a Kazán, la capital del álgido Tatarstán, una ciudad histórica y esteparia donde el Volga tuerce al sur. Lo hice por motivos conyugales, pero esto tampoco les dirá nada. Ya se lo he dicho: soy un hombre mediocre, sin fama.

No así mi mujer, convertida en una celebridad mundial, aunque bajo nombre falso, por boca y pluma de un conocido escritor alemán, un hombre que a sus cualidades literarias, que son indiscutibles, no suma la discreción ni la prudencia ni la piedad ni el recato ante la vergüenza ajena; un hombre que no duda en utilizar el dolor de los otros para trabajarse la gloria y la fortuna.

El escritor en cuestión es don Thomas Mann y mi mujer es la que, inopinada y desgraciadamente para mí, acabó convertida en un personaje central de La montaña mágica, extraordinaria novela mal que me pese. El señor Mann le cambió el apellido y de Claudia Charikina pasó a ser Madame Chauchat. Si el señor Mann no fuera homosexual, habría pensado que se enamoró de ella y que decidió vejarla al verse rechazado. ¿Chauchat? ¿¡CHAUCHAT!? ¿Cree el señor Mann que en Rusia no hablamos francés? Chaud chat? ¿Gato caliente? O aún peor, en femenino, chaude chatte, ¡panojita caliente! ¿Cómo se ha atrevido, señor Mann?

Ya solo con estas aviesas deformaciones demuestra Mann ora su rencor hacia mi mujer ora su desdén por los rusos, por las mujeres y por todo lo que se interponga en su camino hacia el Parnaso. Habría esperado más probidad de alguien que siempre se ha esforzado por proyectar una imagen de burgués razonable, atildado y comedido.

Mi pobre Claudia, así retratada y maltratada, expuesta al escarnio (sí, también al deseo y la admiración, no se me oculta) del mundo. Si mi mujer era ―y lo era― una zorra desorejada, un sublime ejemplo de lo que los relamidos franceses llamarían débauche eslava, lo era reservadamente, en privado o, a lo sumo, en círculos pequeños. Es verdad que su conducta (que fue estudiada por dos prestigiosos psicólogos a los que la llevé y que entre otros episodios innombrables incluye su participación en un espectáculo de cabaret con un burro) no es de las que pueden mantenerse ocultas por mucho tiempo, y de hecho fue lo que me obligó a salir de Moscú e irme, con Claudia a mi lado, naturalmente, al lejano Tatarstán, huyendo de escándalos. (El señor Mann también disfrazó mi destino, para sentirse moralmente menos abyecto, supongo, y dijo en su novela que vivíamos en Daguestán, a orillas del gran Caspio. Para los europeos occidentales lo mismo da un tan que otro, sospecho).

No sé cómo pudo el señor Mann saber tanto de ella, porque admito que la retrata con un acierto casi sobrenatural: sus ojos rasgados (como cortes en la masa del pan, según unos; como puñaladas en un tomate, según otros), su nuca, sus brazos, sus ademanes y su nonchalance natural. Siempre, siempre dejaba batirse las puertas con estrépito, como bien se cuenta en la novela; nunca, nunca (en la vida real, acoto) corrigió ese desagradable hábito a pesar de mis cien admoniciones, reconvenciones y amenazas. Todo inútil. ¡Ah, con mi Claudia todo era inútil!

Pero eso, a fin de cuentas, son rasgos externos, fácilmente observables por un ojo entrenado, como se supone que es el de todo escritor competente. ¿Qué es, a fin de cuentas, un escritor competente sino un voyeur con criterio, un mirón incansable, un peeping-tom masturbador? Es eso y nada más. C’est tout.

Lo remarcable es el fino retrato psicológico que supo hacer de mi mujer. Sí, déjenme subrayarlo, MI mujer.

Mis averiguaciones, a las que por otro lado no dediqué demasiado tiempo, indican que Thomas Mann y Claudia coincidieron algunos días en el sanatorio suizo de marras, de cumbres borrascosas. Me imagino que llegó a hablar con ella y supo bucear en su alma y en su agitada cabecita eslava. Después decidió escribir su gran obra y allí, arteramente, le contó al mundo entero su adulterio con ese tal Castorp, quien en verdad no era nada más que un… ¿cómo dicen ustedes?… ah sí, un mindundi, un don Nadie de Hamburgo.

¿Que no queda del todo claro si al final hubo adulterio consumado, verdadero comercio carnal? Pero en qué mundo viven quienes así cloquean. Claro que lo hubo. También lo hubo, y de la especie más repugnante, con ese asqueroso viejo holandés, el tal Peeperkorn. La sola idea de mi mujer desnuda metida bajo las mantas con semejante puerco vocinglero me revuelve las tripas. Pues bien, tampoco quiso Herr Mann recatarse de contarlo. ¡Canalla!

He pensado mucho sobre nuestro triste destino. Me refiero al destino de los cornudos de mujeres que alcanzan la celebridad literaria. Somos fantasmas, vaporosos comparsas invisibles, solo mencionados para que exista un contrapunto, una referencia que suscite enseguida la imagen del escarnio y del ridículo. No estoy solo en esta cofradía del oprobio. Cerca, muy cerca (pero no he de entrar en este asunto) tengo el caso de Alekséi Karenin. Sí, Karenin: el marido de Anna, burlado contumazmente hasta la crueldad. ¿Y por qué? Por ser aburrido y tener las orejas de soplillo. El conde Tolstói lo deja bien claro, al regodearse en cómo su mujer, tras haber conocido en un tren a quien será su amante ilícito, ve al apearse, no la figura conyugal de Alekséi, no al padre de sus hijos, no al proveedor de su sustento… sino sus orejas de soplillo. Fue necesaria la aparición demoniaca del apetito sexual por otro hombre para que ella, en súbita y desesperada busca de pretextos para la infamia que ya tramaba, fuera a fijarse en ese rasgo físico, que ―aunque algo ridículo, lo sé― no pasa de ser una nadería. En un tren empezó Anna su traición y bajo las ruedas de un tren terminó con su vida de adúltera, eternamente insatisfecha, mientras su marido había de soportar la pesada testuz hasta la muerte.

Pero no todos los cornudos literarios han tenido que sufrir el mismo desdén, el mismo trato desconsiderado y hasta cruel que fue mi sino. Charles Bovary, otro doliente, fue mejor tratado por el señor Flaubert y lejos de exhibirlo como un ser anónimo, invisible y ridículo, se ocupa algo de él, incluso con consideración y afecto o, al menos, con amagos de comprensión. Al final de la novela hasta tuvo sus pocas páginas de gloria y al lector le es dado explorar su alma o su psique:

…de pronto volvió a entrar Charles. Necesitaba estar subiendo continuamente la escalera. Se sentía empujado por una especie de hechizo.

Se colocaba frente a Emma para verla mejor, y se hundía en aquella contemplación que, a fuerza de ser profunda, casi había dejado de ser dolorosa.

Sin embargo Madame Bovary ha inoculado en mí una oscura sospecha: que la presencia de los cornudos en una novela donde las protagonistas son ellas y sus amantes pueda causar un empobrecimiento de la literatura. Madame Bovary es una novela grandiosa hasta que muere Emma. Las páginas que siguen hasta el final, por fortuna pocas, resultan grotescas y decepcionantes porque el señor Flaubert, inexplicablemente, pierde el control de la historia. Tal vez los cornudos debamos resignarnos al anonimato, a rumiar nuestro rencor en la oscuridad de algún salón con las persianas bajadas. Por el bien de la literatura.

En otra soberbia novela, La Regenta, el señor Alas, de seudónimo regocijante y sonoro, evitó la trampa de confraternizar con el cornudo de su historia, el vituperado Víctor Quintanar, un risible burlado incapaz de hacer nada contra su burlador, a pesar de haber tenido la ocasión de escopetearlo mientras saltaba el muro de su jardín en una escena clásica del cornerío.

Me temo, ¡ay!, que comparto una característica personal con esos tres grandes cornudos: Karenin, Charles Bovary y Víctor Quintanar: la sosería. Y es que las mujeres no perdonan que se las aburra.

Sin embargo, y aunque conozco bien la naturaleza pasional y desenfrenada de mi mujer, mi Claudia, y sé ―¡porque he sufrido el dolor infernal de verlo con mis propios ojos!― hasta qué grado de envilecimiento y lujuria animal es capaz de dejarse arrastrar, no puedo odiarla. Me pasa como a ese otro grandísimo cornudo y compatriota mío, Alexánder Herzen (no se dejen  engañar por el apellido: era ruso hasta el colodrillo). Cuando llegué al cuarto volumen de El pasado y las ideas, sus memorias, se me heló el corazón. ¡Que estremecedora profundidad en su descripción de lo que le pasa por la cabeza, el corazón y el estómago al descubrir el adulterio de su mujer! Lean sin demora ese volumen, si quieren entenderme. 

Esas páginas son el largo mugido literario de un buey dolientísimo, en las que se retuerce de rabia y dolor ante los incomprensibles (pobre iluso) cuernos que su amadísima Natalia le puso con un poetastro alemán al que hospedaban en su casa. Pero como tantos de nosotros, se contorsiona psicológica y moralmente para dejarla a salvo (engañada, seducida con vileza, «ella-no-quería» ―¡iluso, iluso mil veces―) y descargar su rabia contra el ofensor, al que despedaza con talento, página tras página, cuchillada tras cuchillada. Vean a lo que me refiero, y esto es solo el comienzo:

Él no tenía ese carácter sencillo y abierto, ese total «abandon» […] que en los rusos acompaña casi invariablemente al talento. Era reservado y furtivo,  asustadizo ante la gente, y gustaba de divertirse a escondidas; tenía una especie de afeminamiento, de ausencia de masculinidad, un penoso apego a las fruslerías, a los pequeños lujos, y un desaforado y rücksichlos egoísmo, hasta un punto que rozaba la ingenuidad y el  cinismo

Quien quiera saber cómo me he sentido yo durante muchos años de mi vida, y más aún tras la publicación de la obra del señor Mann, que lea esos pasajes de Herzen, gran cornudo entre los cornudos. Los cuernos de un ruso tienen una consistencia especial, un je ne sais quoi que resulta terrible hasta para el más frío observador. La escena de la conversación en la que ella le confiesa su relación con Herwegh y que él prolonga con su interrogatorio, en una masoquista busca de detalles hirientes es un prodigio literario:

Ella estaba destrozada. Siguió un silencio. Pasó media hora y entonces quise beber mi cáliz de amarguras hasta las heces y empecé a hacerle peguntas. Ella las respondió. Me sentí desgarrado y los celos, los deseos de venganza y el amour-propre herido me emborracharon…

Voy a detener aquí la reproducción de ese increíble texto. El dolor me lo impone. Un dolor que en realidad me acompaña siempre, pero que la aparición de la novela lo multiplicó. La admirable piedad, el amor casi filial que Herr Mann muestra por el mindundi Castorp al final de la novela, haciendo que el narrador se despida de él en unos párrafos literariamente emotivos y maravillosos, no se extendió a mi bella Claudia, que tras haber brillado en gran cantidad de páginas, desaparece como si no hubiera existido, dejando al lector con la imagen de su belleza y de su adulterio, de su infidelidad y su desprecio hacia mí, su anónimo, despreciado, vulgar, amantísimo y pobre marido.


Cómo se hace un periodista

Fotografía: Florian Klauer (CC0).

Un periodista es un nombre y una pose, no más. Usted puede apellidarse García y en el negocio de los papeles periódicos llegará, como mucho y con suerte, a ejercer de escudero de un Cavia. Conviene pues disponer de un apellido sonoro, rotundo, exótico, impar, un apellido categórico, por ejemplo, con la x de Bonafoux o con la w de Sawa. No crea que basta con agarrar el alfabeto por el final: la z concluyente no sirve. Ella es la consabida cola del abecedario y en el cabo de un patronímico, el ramplón remate de la carrera periodística de cualquier postulante. La z es de una vulgaridad irremisible e incapacita de forma severa para el ejercicio profesional. ¿Qué periodista se ha llamado Gómez? ¿Acaso alguno? El periodista Gómez es un sujeto inverosímil. Imaginemos su presentación en público: «Mi nombre es Gómez. Váyanse familiarizando con él, porque me dará mucho que escribir y a los demás mucho de que hablar». Semejante petulancia sería completamente absurda. 

Por el contrario, hay apellidos que autorizan la prosopopeya, que contienen en sus dos sílabas un proyecto periodístico afinado. Nakens solo tuvo que escribir las invectivas contra la plaga infesta de cavernícolas y sotanas que le dictaba la tremenda k, cismática y extranjerizante. Ni que decir tiene que un nombre castizo nunca jamás valdrá tanto como uno de importación. La ascendencia gabacha del periodista siempre ha estado muy cotizada, recuérdese el caso, sin ir más lejos o más cerca, de Antonio Dubois. O el de Saint-Aubin Bonnefon, aunque quizás este ejemplo esté mal traído y el personaje no debiese su fulgurante carrera al prestigio franchute de la onomástica, sino al empujoncito que, como cuñado de Canalejas, recibió de su familia política. Un toque de distinción british también resulta elegante, al extremo de ofrecer dispensa a la albísima redundancia de Blanco White. El liberal anglicismo quedó tan perfectamente incrustado en la personalidad del heterodoxo sevillano que pasa de matute y no parece lo que es, uno de los sobrenombres de nombradía del periodismo patrio. 

Los seudónimos vienen, en efecto, al socorro de las vocaciones burladas por la nomenclatura genealógica. Emilio se consagró como Fray Candil. No le quedó otra. Urgía borrar la signatura que convertía cualquier artículo en la pánfila ocurrencia de un badulaque apellidado… Bobadilla. Sin llegar a alcanzar las cotas de tan tremenda chufla, hay nombres propios que exigen perentoria sustitución, como hay identidades periodísticas que no se acomodan al nombre inscrito en la partida de nacimiento del registro civil. En ambos casos resulta forzoso abjurar del nom de famille y agenciarse un nom de plume. Si este connota cierta beligerancia, ayudará a amedrentar al enemigo y dispensará mejor apresto para la brega periodística. No lo dudó Francisco Martín Llorente: sin la fortuna de llevar al cinto del apellido ni una espada que desenvainar ni un máuser que empuñar, rubricó sus muy germanófilos comentarios de re bellica como Armando Guerra. Carmen de Burgos recomendaba mayor circunspección y votaba por «un nombre novelesco o histórico de buena sonoridad». Turbas de plumillas se han acogido a esta solución. Así, Álvarez Arránz firmó sus crónicas de tribunales con el nombre del legislador Licurgo; Eusebio Jiménez fue Espartaco, y Juan José Morato asumió la identidad corsaria de El arráez Maltrapillo. Ernesto López tomó prestado a Victor Hugo el nombre de uno de sus personajes, el archidiácono Claudio Frollo; Francisco Alcántara fue armado caballero con pescozada, espaldarazo y el nombre de Esplandián; Anastasio Anselmo González y Fernández no estaba, desde luego, para ponerse tiquis, pero ¿por qué no miquis?, y se puso Alejandro Miquis, como el hidalguete galdosiano, y Carlos Luis Álvarez decidió vestirse con el pesimismo escéptico del Cándido de Voltaire. Por su parte, Antonio Sánchez Ruiz quiso convertirse en Hamlet. Quizás algo pretencioso, debió de pensar. Y con la muy plausible intención de no pasar por un fatuo adosó al nombre shakespeariano el apellido Gómez. Error garrafal. No olvidemos que lo que hay que procurar, bajo cualquier concepto, es esquivar el muy pedestre Gómez. Y como recordatorio ahí está el destino de nuestro rebautizado Hamlet, exactamente el mismo que le hubiese aguardado perseverando en el Sánchez Ruiz del pecado original: triste, muy triste, tristísimo. Si finalmente el periodista no termina de encontrar abrigo en la semántica literaria, puede inventarse un nombre vacío y colonizarlo. Eso hizo Raimundo García Domínguez, llenar de significado su magnífico hallazgo dadaísta: Borobó. 

Una vez asumido el seudónimo, lo único que cabe es perseverar en él. Sostenello y no enmendallo, contra toda refutación. Así lo creía Sobaquillo, quien no estaba dispuesto a prestar atención al crítico que objetaba que el suyo era un nombre maloliente: «¡Ya será mejor llamarse uno Oppoponax o Patchulí!». Ni siquiera transigía con desodorizar el tufo colocándole detrás el apelativo con que fue inscrito en el registro civil, y reprobaba ese tipo de veleidades: «Hay literato tan distinguido como el autor de La Regenta, que pone, o deja de poner en las portadas de sus libros y folletos Lepoldo Alas (Clarín), o bien Clarín (Leopoldo Alas). Nunca he comprendido ese procedimiento. Si rejas, ¿para qué votos? Si votos, ¿para qué rejas? ». En efecto, si el sobrenombre dice lo mismo que el nombre, la redundancia sinónima atenta contra la economía periodística; y si el sobrenombre entraña una identidad distinta a la del nombre, la contradicción ontológica confundirá al lector. O votos o rejas. Y porque Sobaquillo tenía toda la razón del mundo no se dirá aquí el nombre que ocultaba el seudónimo maloliente. 

Pues bien, el periodista ya se ha agenciado un nombre. La siguiente tarea, no menos peliaguda, será encontrar una pose para comparecer en público. Porque trabajar para un periódico consiste en escribir a la vista de todo el mundo, exactamente igual, según Julio Camba, que lo hacían aquellas muchachas que vio en los escaparates londinenses para la reclame de unas plumas estilográficas. Ahí está también el periodista, expuesto tras el mínimo parapeto de una vidriera, publicitando su plumilla. Las inquisitivas miradas de los clientes no sospechan qué paciente mimo el maniquí ha invertido en planchar los pingos, cepillar las pelusas de la chaqueta y repeinar las greñas, qué escrupuloso cuidado ha puesto en acicalar la figura, qué concienzudo estudio fisonómico ha dictaminado cuál es su mejor perfil. Delante del espejo ha ensayado una y mil veces el gesto con el que posará en sus escritos y para el trasunto de la foto. Sí, los periódicos son una galería atestada de efigies fotografiadas. Las crónicas y columnas vienen con el sello lamido de una carita, que es el timbre de la autoría y la gloria. Hubo un tiempo en que solo los próceres del periodismo tenían derecho a ver su facha en la estampilla; luego, las estafetas comenzaron a democratizar su filatelia; y, al fin, el uso degeneró en esta inflación de figuritas que se creen dueñas de un semblante original, de un temperamento singular, de un estilo privado, aunque en realidad, tantas veces, resulten ser solo cromos pretenciosos y anodinos, intercambiables casi siempre. 

La única novedad es el desenfreno con el que el periodismo ha terminado por entregarse a la pulsión exhibicionista que, en realidad, le es connatural. Basta visitar la vetusta hemeroteca del siglo XVIII. Allí subsiste el personaje que se inventaron en 1781 Cañuelo y Pereira, o quienes quiera que fuesen los ilustrados que decidieron denunciar errores y necedades a través de un sujeto ficticio incapaz de morderse la lengua: «Censuro en la ciudad y en el campo, censuro despierto, censuro dormido, censuro a todos, me censuro a mí mismo y hasta mi genio censor censuro». Se llamó, lógicamente, El Censor. Y antes de ponerse a desahogar su bilis amarilla, creyó oportuno informar al público de sus facciones: «Es esta una cosa que puede dar mucha luz para la inteligencia de sus obras y, además, no se puede negar que causa cierta desazón esto de escuchar las razones de un hombre sin verle la cara». Encargó un retrato suyo y el retrato salió muy pinturero, pero terminó guardado en un cajón por una muy buena razón: «Unos ojos, una nariz, unos labios como otros infinitos que se ven todos los días por esas calles, satisficieron muy poco mi amor propio, que me había lisonjeado de una fisonomía más extraordinaria y más digna de un escritor». Burlar la curiosidad del público sólo contribuyó a espolearla y en las tertulias se convirtió en asunto de acalorada discusión si El Censor era el dueño de una planta «majestuosa, aunque algo austera» o, por el contrario, no era más que «alguna figura ridícula, algún hombrecillo de codo y medio, abotijado, metido de hombros, encendido de cara, con pequeños ojos que no podían ser sino azules, no otro que rojo el color de mi cabello». El debate no era baladí: «Cada partido daba sus razones. Alegaban los del primero, que la figura que ellos me atribuían era más conveniente a mi dignidad censoria. Oponían los otros que esta otra fisonomía era más propia de un genio ardiente e impetuoso como el mío».

Fotografía: Florian Klauer (CC0).

El periodismo y sus clientes comparten la atávica superstición de que existe una íntima equivalencia entre los rasgos del estilo y los de la fisonomía. Por eso mismo y por poca vanidad que gasten, los presumidos figurines consideran un ultraje el retrato que afea su perfil natural, y directamente homicida, el que corrige el clisé de la personalidad periodística que ellos mismos han acuñado. Joaquín Dicenta padre no admitía atenuantes para el criminal atentado de que fue víctima, en cierta ocasión, durante una estancia en Galicia. La prensa local se hizo eco de su presencia: «Fue completo el honor. Interview  y retrato». Corría el año 1908 y el grabado, la fotografía o la caricatura constituían un privilegio, la patente de la admiración y el respeto. ¿Cuál fue, entonces, el problema? Pues el desaguisado que «un ingenioso periodista y un notabilísimo dibujante […] realizaron conmigo al reproducirme física y moralmente en un diario coruñés»: «El dibujante me hizo más viejo aún de lo que soy por derecho propio. ¡Joven, no hay que abusar! El periodista la tomó con estos ojos de mi cara. […] Con tales ojos —sigue el decir suyo— no es posible que tome yo en serio los ideales que proclamo. ¡Compañero, no hay que abusar tampoco! […] ¡Lo que habré perdido en el concepto de las coruñesas por culpa del retrato! Cuando pienso en ello me entran ganas de arrojarme al mar de cabeza. ¿Para ahogarme? ¡Quiá!… Para volver nadando a Coruña y gritar apenas haga firme en tierra: “¡Señoras, fíjense ustedes bien; fíjense y verán que yo no soy el tío del retrato!”». El empaque del galán, discutido; la sinceridad del periodista, cuestionada. La primera puñalada la asestó Máximo Ramos dibujándole la cara de un higo paso; la segunda, la mortal, el reporter anónimo y cáustico que se ensañaba sin rebozo con aquellos «ojillos de vieja regocijada» que, decía, entibiaban el calor del discurso anarquista de su interlocutor: «La cara de este radical español se parece en algo a las de dos ultraconservadores franceses, el dramaturgo Sardou y, sobre todo, el poeta Coppée». La semblanza apareció en la portada de la edición de El Noroeste del 9 de junio de 1908. Dicenta salió maltrecho, mucho más de lo que estuvo dispuesto a admitir en el artículo que publicó en El Liberal el 4 de agosto. Habían transcurrido dos meses desde el fatal lance coruñés. ¡Dos meses! ¡Se había pasado dos meses rumiándolo!

El lastimado Dicenta se conformó con gimotear en la gacetilla de marras. Pero no todos los temperamentos consuelan su disgusto con una facilidad tan mansa. La reacción de Valle-Inclán ante una caricatura que le hizo Bagaría fue algo menos comedida: quería matarlo. «Cómo nace, crece y se desarrolla un grande hombre» era la leyenda que figuraba al pie de las tres viñetas, publicadas en el diario madrileño La Tribuna el 5 de marzo de 1912, que ilustraban los tres estadios de una prodigiosa metamorfosis: el tronco enjuto, tieso y seco de un árbol comenzaba por calarse el sombrero de ala ancha modernista; se agenciaba una napia postiza, superlativo sostén de las gafas de aro quevedesco y carey; finalmente, se dejaba crecer las luengas barbas, las negras guedejas y la manga hueca de un gabán escurrido. ¡Voilà, el grande hombre! No, no era cierto lo que diría Gómez de Barquero, aquello de que «la Naturaleza le ha dado la máscara que convenía a su espíritu». Era el escritor el que estaba fabricando su careta y Bagaría delataba los avíos del artificio. Valle-Inclán, fulminante, responde a través de una esquela, «Cómo se hace un caricaturista», mordiente hasta el libelo, que terminaba retando a duelo al dibujante. Luego, se tomó la molestia de enviar copia a las redacciones de los periódicos. Uno de ellos puso titular a la polémica: «A lápiz y a florete». Sin embargo, el del lápiz, ya fuese por civilizada convicción o por acobardados escrúpulos, se negó al juego de esgrima y la sangre no llegó al río. Con el tiempo Bagaría incluso se atrevió a caricaturizar de nuevo al escritor, pero con las debidas precauciones: nunca jamás reincidió en la irreverente iconoclastia con que había tratado al grande poseur.

La sospecha de que el retratista basa siempre su trabajo en la traición es la que hace tan incómoda la posición de plumillas y plumones en el trance de posar. Allá va Rafael Cansinos Assens, con la mosca detrás de la oreja, de camino al estudio de Manuel Tovar en la madrileña Cuesta de San Vicente para que le haga la caricatura que se publicará en la revista Flirt. Llega, se sienta dócil, ofrece el perfil más favorable y el dibujante comienza a trabajar hasta que, de repente, se para en seco: «Querido amigo, todo en usted son curvas, caracoles… No tiene usted aristas…, elude la caricatura…». Cansinos Assens hace un gesto de disculpa e insinúa: «¿Falta de personalidad?». Cuando el caricaturista termina, el caricaturizado se marcha bajando «a saltos la escalera, ligero y alegre, como después de una confesión». Francamente, es muy poco verosímil la escena de un alegre Cansinos Assens echándose a la calle. Podía huir del escrutinio de Tovar, pero le perseguiría el ojo clínico de Johann Caspar Lavater o de Franz Joseph Gall. En fin, viviría acosado por la terrible aprensión de carecer de personalidad fisiognómica. El caricaturista le había arrancado su inconfesable pecado. 

Las extracciones fotográficas no resultan menos dolorosas que los dibujines y caricaturas: «¿Habéis visto —preguntó Unamuno— nada que se parezca más al gabinete de un dentista que el gabinete de un fotógrafo? En el uno sacan muelas; en el otro sacan retratos». El paciente escribía todavía dolorido: acababa de atender la petición de «un redactor de L’Intransigeant, el cual, muy cortésmente, pero en el fondo con la intransigencia de la publicidad, me dijo si “en vista de cualquier eventualidad” no me prestaría a ir a casa de un fotógrafo, para que me sacasen unos retratos»: «Transigí ¿cómo no? ¿Quién se opone a la publicidad?». Él, desde luego, no. Él era un hombre público, un escritor que tenía buenas razones para dudar de que sus libros fuesen leídos por unas mil personas, que sabía que toda su fama se la debía a las cuartillas que mandaba a periódicos y revistas por toneladas, así que podía ponerse muy estirado y quejarse de las servidumbres que le infligía su notoriedad, pero a la hora de la verdad se arrugaba, aparcaba la pluma, ponía el tapón al tintero y se marchaba al estudio fotográfico, a estereotipar esa imagen suya tan calculada y que, según a quién se le preguntase, era la de un pastor protestante, un beato indígena o un monje de la inteligencia. En cierta ocasión, durante la visita a un psiquiátrico, le dicen que un interno desea conocerlo: «El joven recluido, con acento marcadamente catalán, me preguntó: “¿El señor don Miguel de Unamuno? ”. “El mismo”, respondí; y él entonces: “Pero el auténtico, ¿eh?, el de verdad, y no el que viene retratado en los papeles?…”. “El auténtico”, contesté sin pararme a pensar la contestación porque si la pienso…». La pensaría más tarde, porque se marchó con el comecome: «¿Estaba loco el recluido del Manicomio de las Corts de Sarriá? ¿No encerraba su pregunta un sentido profundo? No pregunté si aquel incomprendido no habría sido teósofo antes de ingresar en aquella casa de salud, y aun si no seguía siéndolo. ¿Por qué le contesté al pensionado de Sarriá que sí, que yo era el auténtico Unamuno? ¿Estaba yo mismo seguro de ello? ¿No será auténtico el otro, el que viene de vez en cuando retratado en los papeles?».

Con menos metafísica y más sentido práctico, Julio Camba lidió con el problema de la disociación de personalidades: no se dejaba fotografiar, nunca, bajo ningún concepto. Dada la penosa circunstancia de que el tipo que nació en Vilanova de Arousa y el célebre periodista compartían jeta, no podía arriesgarse a que un retrato descuidado desdijese la pose que tanto trabajo le había costado componer, así que evitó sin excepciones la ocasión improvisada y el objetivo de los amateurs. Como, de todas formas, la publicidad exigía un retrato, solía recurrir al que le hizo Alfonso, aquel en el que lucía una media sonrisa de «ni completamente en serio, ni completamente en broma» que era la que le cuadraba al autor de sus artículos. 

En fin, pueden decir, como Emilia Pardo Bazán, afectando olímpica indiferencia ante el maltrato misógino que recibió de dibujantes y fotógrafos, que «ni mis retratos ni mis caricaturas forman parte de mi “yo”». O pueden aparentar quejarse, como Manuel Vázquez Montalbán: «¿Por qué ese empeño en “fotografiarme” bajo, gordo, calvo?». La pregunta era el pie que le servía, a quien siempre quiso pasar por el anodino vecino del 4.º izquierda, bajo, gordo y calvo, para despejar balones como aquel que le lanzó Libération cuando se interesó por las razones que lo habían llevado a escribir: «Porque quería ser alto, rico y guapo. Gracias a la escritura he conseguido ser alto y guapo. No vivo mal, bastante bien si he de ser sincero». Digan lo que digan, no hay que hacerles caso. Son rarísimas las excepciones de sinceridad profesional. Francisco Umbral, preguntado en cierta ocasión si lo primero que leía en el periódico era su columna, contestó, sin miedo a ser tachado de narcisista y para quien quisiera entender: «No. Es lo primero que miro, para ver la foto». Por supuesto, no era una boutade.


Breve elogio del sexo

La Nouvelle Justine ou Les Malheurs de la Vertu, 1799.

Como uno tiende, habitualmente, a buscar en la literatura lo que no encuentra en la vida, es muy común que el lector (o el escritor, si es que no es lo mismo) idealice la página por encima de sus posibilidades. Creo firmemente que el arte es una vida hiperbolizada. El amor es más amor si lo descubres en un soneto medieval, como la amistad es más amistad si sirve para que caballero y escudero derroquen a gigantes o la infidelidad es más infidelidad si aparece en una novela rusa. También Londres es más Londres si se narra bajo la pluma de Dickens o, yo qué sé, la vida en un monasterio de los Apeninos es atractiva si la describe Umberto Eco. Y ojo, esta exageración no tiene por qué tener un tono alegre. También el miedo es más miedo bajo las teclas de Maese Pérez, el asesinato duele más en los renglones de Capote que durante los treinta y cinco minutos de telediario y la agonía se saborea con más amargura si es Iván Ilich el que la padece. Hasta aquí, todo bien. Ahora, ¿qué ocurre con el sexo? Pues que si ya de por sí es el motor de las fantasías del ser humano, tiene que ser necesariamente el leitmotiv de la creación literaria. Y, como en la vida, en las páginas hay expresiones sexuales sucias, animales, furtivas, elegantes, anodinas, turbulentas, fugaces… Allí donde el deseo pase por ser el tema principal de la obra, habrá sexo, real o imaginario.

Y no piense el lector que esto es cosa de la contemporaneidad. Ya desde la Edad Media uno se percata de hasta qué punto los placeres carnales marcan al ser humano. Boccaccio, en el siglo XIV, dibuja en su Decamerón el retrato de la lujuria hecha cuento. Aún quedaba lejos el Renacimiento, pero el narrador florentino sabe que se han acabado los preceptos de la Iglesia, y que la vida terrenal es mucho más importante de lo que le quieren hacer creer. Más allá de un puente hacia la eternidad, esta vida terrenal debe tener algo que llevarse a la boca. O al menos eso piensa Boccaccio, que lanza a sus personajes a la vida licenciosa olvidándose de las obligaciones morales marcadas por Roma, y alude en varios pasajes al disfrute carnal de todos ellos. Muy pronto, claro, apenas unos decenios más tarde, el marqués de Santillana, uno de los faros de la literatura medieval en castellano, preso de todo lo que contara con un aroma italianizante, tuvo que subirse al carro de liberación artístico-moral con sus célebres Serranillas. En ellas, además del tema clásico de elogio lírico de la serrana (muy itálico todo), se dan escenas de sexo donde el marqués (o la primera persona que habla por él) acaba retozando con la mujer en cuestión. Este modus operandi lo abrazan también otros ilustres poetas medievales, como el gran Arcipreste de Hita, quien deja que sus personajes den rienda suelta a la pasión amatoria escondidos entre matorrales y fauna.

Asy concluymos
el nuestro proçesso
sin facer exçesso
é nos avenimos.

É fueron las flores
de cabe Espinama
los encobridores.

La moçuela de Bores, fragmento.

Si el Medievo, época de recato al furor interior, ya le entreabría las puertas a una aceptación de los placeres sexuales, el Renacimiento, más abierto y hedonista, no podía quedarse atrás. La Celestina, obra que juzgo ya renacentista a pesar de que muchos la incluyan entre la opacidad de la Edad Media, es la encargada de sujetar el pomo. La anciana anima a Calixto a confundir sexo y amor, algo común hoy, inimaginable entonces. También son carne de imaginario los célebres dobles sentidos que los místicos, comandados por santa Teresa, le dan al amor e incluso al gusto que proporciona el amor. No debemos olvidar que atravesamos ese siglo, el XVI, que vio nacer las teorías de Erasmo. Si la religión había sido el principal dique para contener la marea sexual que reposa dentro del ser humano, las teorías eramistas suponen un respiro espiritual para el ser renacentista. Europa dobla la cerviz ante esta especie de alivio moral (España no tanto, sujeta por el peso del mango de la espada contrarreformista), y se suceden los aguijonazos sexuales en cada texto. El propio Maquiavelo lo había sugerido en su El príncipe, esa guía del gobernante que rigió las conductas de los mandamases durante muchos años. Allí, separando moral y política, habla del sexo como medida de poder, único objetivo del italiano. De hecho, en su literatura, el sexo no tiene nada de trascendente, y solo busca el interés propio (¿qué es el placer sino interés propio?). En su «Mandrágora», por ejemplo, el personaje femenino inventa una pócima para practicar el fornicio con diversos hombres. Ya se veía la luz al final del túnel.

Voyme que me hazés dentera con besar y retoçar.

La Celestina, acto VII.

La llegada del Barroco solo acentúa la tendencia. La obra más grande entre todas las obras, El Quijote de Cervantes, está plagada de escenas de velado erotismo. Desengañadas como Leandra, imparables como Maritornes, sugerentes como Altisidora, onanistas como Vicente… El juego con el que Cervantes escapa de la recatada censura del XVII es extraordinario. Mismo simbolismo podemos encontrar en su hermano shakespeareano, y ese erotismo difuso se mastica en cada obra. Desde la elegantemente sexualizada muerte de Romeo y Julieta (el cáliz, símbolo vaginal por excelencia; la daga de Romeo penetrando en la carne de Julieta) hasta la soez entrepierna abultada del sir Falstaff. Este erotismo lo trasladan los grandes dramaturgos a la escena española. Desde Lope, que no solo se llevó ese erotismo al teatro, sino también a poesía e incluso a la vida; o Tirso en el celebérrimo don Juan, burlador mayor de Sevilla.

Había el arriero concertado con ella que aquella noche se refocilarían juntos, y ella le había dado su palabra de que, en estando sosegados los huéspedes y durmiendo sus amos, le iría a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase.

El Quijote. Primera parte, Capítulo XVI.

La Nouvelle Justine ou Les Malheurs de la Vertu, 1799.

El XVIII es el siglo Sade en lo que a materia sexual se refiere, hasta el punto de incluir todavía hoy su huella en el diccionario de lengua española. Es este un siglo que continúa con la tendencia aperturista que venía digiriéndose, aunque esa apertura no fuese lo suficientemente amplia como para dejar pasar a un genio intelectual de la categoría del Marqués de Sade. Más que su polémico discurso, de su figura molestaba la capacidad para conseguir que el lector se replantee hasta el último de sus cimientos morales. En este plano, claro, está incluido el sexo. Ya se ha dicho en este párrafo: Sade molestaba. Y como molestaba, fue recluido en mil y un manicomios primero; en el olvido más triste después. Lo que no pudieron parar es su legado, que recogido por plumas tan majestuosas como las de Flaubert, Dostoievski o De Beauvoir fue alzado y colocado para siempre en el centro del imaginario universal. Hay un antes y un después en la percepción de la vida sexual después de Sade.

El vicioso sacerdote la forzó a colocarse boca arriba, y pegó su odiosa boca a la de ella, como si tratara de arrebatarle de los pulmones los gritos que su látigo no había podido arrancarle.

Justine, primera parte del Libro 4.

Con este impulso, el desenfreno del XIX se convirtió muy pronto en un hecho. Es todavía un erotismo velado, una pasión clandestina que le hace mucho bien al párrafo, alejada de esa lujuria del XXI que se cincela entre la pornografía de cartón piedra y los libros que arrojan más de cincuenta sombras a la libido. Este XIX, por ejemplo, es el XIX de Baudelaire y de sus flores del mal, ese tratado sobre el vicio y la degeneración que hubo de prohibirse por miedo a la reacción popular. Por el mismo precio se censura la Madame Bovary de Flaubert, por lo que tiene de cierta liberación femenina que más tarde guiaría a la Karénina de Tolstói o a la Ozores de Clarín. El carruaje en el que Emma y León dan rienda suelta a sus instintos carnales es ya un símbolo de la literatura universal. Nótese cómo esta liberación femenina solo se plantea desde el prisma del hombre. Si bien algunas pioneras como Rosalía de Castro en España, las Brönte en Reino Unido, Aurore Lupin en Francia o Louise Aston en Alemania habían conseguido desnudar espíritus sobre el papel, todavía quedaban décadas para hacer lo propio con el cuerpo. Sin embargo el XIX avanzaba. Los románticos, con Byron a la cabeza, se llevan la lujuria del papel a la vida. En España, los Bécquer retratan y cantan a la reina Isabel rodeada de su corte practicando el fornicio en todas sus formas. En novela, el siglo va consumiéndose con burdeles de Sawa o López Bago. En poesía, Darío pone el punto final rimando, así en frío, no sé qué palabra con «sagrado semen». Dorian Gray esconde en el sótano el resultado de todos sus impulsos sexuales. A su creador, Wilde, lo digo por terminar el siglo con vergüenza, acaban encarcelándolo precisamente por sus inclinaciones amatorias.

La gente del pueblo se quedaba pasmada ante aquella cosa tan rara en provincias, un coche con las cortinillas echadas, y que reaparecía así continuamente, más cerrado que un sepulcro y bamboleándose como un navío. […] Después, hacia las seis, el coche se paró en una callejuela del barrio Beauvoisine y se apeó de él una mujer con el velo bajado que echó a andar sin volver la cabeza.

Madame Bovary. Capítulo 1, tercera parte.

El tono sexual de una narración o de un discurso poético ya es capaz de mostrar todas sus vergüenzas sin pudor y sin recato al otro lado del siglo XX. Y fue Freud quien a principios de siglo hablaba de la naturaleza humana como un impulso con dos caminos: la bestia salvaje o el eros. Por el primer camino se pasea el siglo de la infamia: cien años de guerras mundiales, civiles, frías; cien años de holocaustos, de bombas nucleares, de muros, de terrorismos. Por el segundo trayecto, el del erotismo, los escritores ya caminan sin que nada ni nadie les afee su libertinaje, intentando aplacar los horrores de la naturaleza animal freudiana. Joyce relata las virtudes de una buena paja en el libro que cambiaría el destino de la narrativa mundial. La Lolita de Nabokov radiografía la lascivia de un monstruo. No menos escandalosa es la Lady Chatterley de D. H. Lawrence, quien antepone el sexo a la razón. Bukowski relata en sus cuentos, en primera persona, con todo lo que eso supone desde el punto de vista emocional, el fornicio desde todos sus prismas. Marguerite Duras proyecta su vida en El amante, donde el sexo es casi el protagonista principal de la obra. También describe los hábitos sexuales con franco detalle Henry Miller en su Trópico de Cáncer, lo que le llevará a los tribunales para escarnio de la libertad de expresión. En este país, cuarenta años de dictadura desembocaron en un estallido que, más allá de ciertos problemas sociales que trajo consigo, supuso una liberación para un país que había vivido pegado al cilicio y al rosario. Almudena Grandes, Leopoldo María Panero, Mercedes Abad, Luis Antonio de Villena, Ana María Moix… Proponerse componer aquí una lista de autores que recurran al sexo en sus páginas durante estas últimas décadas es imposible: nadie puede labrarse una carrera literaria en condiciones sin que el erotismo y la palabra se fundan.

Algo despertó en ella mientras él la penetraba, descargas intensas como campanadas.

El amante de Lady Chatterley.

La Nouvelle Justine ou Les Malheurs de la Vertu, 1799.


¿Existe la gran novela española?

Algunos ejemplares en la BNE. Fotografía: Guadalupe de la Vallina.

Mal que les pese a muchos, el Quijote, que aglutina en este escueto lema la primera y segunda parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha y todos sus títulos, fue una gran novela. Y lo sigue siendo. El problema que tiene la obra de Miguel de Cervantes Saavedra es que nos obligan a leerla en lugar de dejar que nos acerquemos a ella. Un libro que está en todas las bibliotecas de las casas, que acumula años de polvo e indiferencia, sorprendería descubrir que aún algunos incansables e insensatos lectores se acercan al volumen por propia voluntad y lo disfrutan.

La grandeza del Quijote reside en su concepción de la novela moderna: no solo por el desarrollo de personajes, por la inclusión de los magníficos diálogos, sino también por la metaliteratura que establece; la confusión entre ficción y realidad. Es una novela compleja, no vamos a negarlo, pero también se encuentra llena de humor y aventuras. Si le perdemos el miedo, es una gran novela. Pero estableció un precedente, una larga sombra, que el resto de literatos españoles aspiran a superar. ¿Se conoce, literariamente hablando, a España solo por esta novela de caballerías? ¿Se ha superado al Quijote como la gran novela española?

A riesgo de establecer polémica, aventuramos las novelas que podrían llegar a ese injusto pódium. Pero, antes, ¿qué tiene que tener la gran novela española? Lamentablemente establecer algunas reglas, siempre subjetivas, eliminará a grandes autores que ha dado nuestra literatura. Pero atenderemos aquí a la obra, y no al artista. Por otro lado, España, su gente y sus costumbres, deberán reflejarse; pues toda obra que se precie tiene una pequeña parte de crónica del escenario en que se publicó. Esto eliminará algunos géneros puros, como la fantasía o la ciencia ficción, que, mereciendo todas las alabanzas y los respetos, se alejan del objeto de estudio. La subjetividad, de nuevo, será nuestra mejor aliada en esta andanza. Nadie pretende negarlo. Hay más talento literario en nuestro país del que somos conscientes y toda lista, todo estudio, resultará injusto. Pero por algún lugar deberemos arrancar.

La Regenta, Leopoldo Alas, Clarín

Tendremos que dar un gran salto en el tiempo desde los años del Quijote, dejándonos en el camino a estupendos dramaturgos y grandes poetas y poetisas, para encontrar una novela que se adapte a nuestras reglas internas. Y La Regenta nos sirve como punto de partida. Si hablamos de sociedad, tanto burguesa como humilde, de costumbrismo social, hablamos de esta obra, enmarcada en un naturalismo y realismo que marcarían la novela del siglo XIX. Publicada entre 1884 y 1885 en dos volúmenes, nos narra la vida de Ana Ozores en Vetusta y, con ello, la compleja vida de la mujer en una España atada a la costumbre, a la religión y la vida burguesa. Si por algo entra La Regenta en este canon es por reflejar la sociedad de su época con la obsesión de un retrato, pero también por tratar la inquietud, el dolor y los anhelos de la mitad ignorada de la población: la mujer. En Vetusta, escenario de la historia donde circulan más de un centenar de personajes, se dan cita prácticamente todos los estamentos de la sociedad española, con sus virtudes y sus bajezas; con sus secretos y sus devaneos. Una crítica a la sociedad de provincias, pero también una crónica de la vida del siglo XIX; una fotografía de una España que pugna, por un lado, por el cambio y, por el otro, por el conformismo.

Fortunata y Jacinta, Benito Pérez Galdós

Quizás influenciado, y quién sabe si sanamente envidioso, por el éxito de su amigo Clarín, solo dos años más tarde, en 1887, publicaría Galdós esta Fortunata y Jacinta, cuyo marco es el Madrid de finales del XIX, y cuyos temas podrían aglutinarse en el amor no correspondido, la amistad, la lucha de clases, las apariencias y la maternidad. De nuevo, el feminismo, aunque narrado por hombres y algo rancio, en pañales, pero las mujeres vuelven a ser motor de esta novela que es considerada por la crítica como la mejor del autor.

Lo que tienen en común estas dos novelas para un lector de ahora, signifique eso lo que signifique, es la aridez de su prosa. No vamos a negarlo: son novelas a las que enfrentarse con mosquete, pero no hay mejor reflejo de una época, en una, de la vida en la capital, en otra, de la vida en las provincias. Ambas, y vamos a hablar de ellas como dos caras de una misma moneda, siguen una máxima que ahora se repite con obsesión en la literatura contemporánea: escribe sobre lo que conoces. Tanto La Regenta como Fortunata y Jacinta son obras de realismo, naturalismo, de hecho, que retratan los estamentos sociales con sus bajezas, pero también la nobleza de un país cuya constante a lo largo de la historia es la lucha por aceptarse a sí mismo: a sus gentes, a sus costumbres, a su pasado e incluso a su futuro. Otra de estas obras que nos imponen en los institutos y a la que acercarnos sin miedo.

La lucha por la vida, Pío Baroja

La primera trampa, y quizás no la última, en la que vamos a caer en esta reflexión. La lucha por la vida es una saga, no una sola novela, aunque puede considerarse casi una obra única. Está compuesta por las novelas La busca, Mala hierba y Aurora roja. Publicada en 1904 y ambientada en Madrid, lo que diferencia a esta de la obra de Galdós es su atención a los bajos fondos de la capital en los inicios del siglo XX. Protagonizada esta trilogía por Manuel Alcázar, se nos narra el ascenso y caída de un personaje que llega a la ciudad de niño y se abre camino como las ratas: aliándose con delincuentes y cayendo a lo más bajo de la sociedad. La pobreza es el gran tema, aunque también la esperanza, quizás la más cruel de las pasiones humanas.

Como un Dickens español, Baroja escribe desde la amargura, desde la tristeza del que no tiene qué comer, del que lucha por vivir aunque la vida le tumbe a cada golpe. El desarrollo del personaje es lo que hace que esta obra de Baroja, que por otra parte ha aportado al conocimiento de la España de principios del siglo XX más que la mayoría de autores y sin duda más que los libros de historia, entre en esta puja por la gran novela española. La tragedia en la vida de Manuel es una constante, como en la vida de sus coetáneos, convirtiéndose en un ejemplo de la vida en la pobreza previa a la Guerra Civil que partiría nuestro inquieto país en dos. Y es que las dos Españas de que tanto se ha hablado con el tiempo reflejan su germen en esta trilogía que conmociona al lector por su crudeza y su verdad. Es injusto, de todas formas, elegir una sola obra del autor (de ahí la trampa de elegir tres). Baroja no solo es un cronista fiel de su época, sino que abre una ventana a la vida rural del País Vasco de entonces, que casi sería desconocida de no ser por algunas de las obras del autor. Y aunque hablamos de Madrid como ejemplificación de la vida pobre de la época, no se puede pasar por alto la vida rural. Otro de los grandes exponentes de esto sería la novela El árbol de la ciencia, que, aunque desarrolla la mayoría de su acción en la capital, es en las provincias donde enmarca su tragedia. Elegiremos, sin embargo, La lucha por la vida como ejemplo de gran novela española.

La virgen prudente, Concha Espina

La inclusión de esta novela no es baladí; no resulta una crónica demasiado fiable ni es una obra tan sublime como para catalogarla como la gran novela. Pero, si dejamos aparte algunas salvedades, estamos ante una novela protagonizada por una mujer universitaria en los años veinte. Publicada en 1929, lo que retrata esta obra es el ansia por crecer de la España de la época. Tras el golpe de Estado de Primo de Rivera, y a punto de entrar en la mal llamada «dictablanda», Concha Espina, demasiado mainstream en su época para pasar a la historia como autora de un clásico, ponía la atención sobre algunos temas que llamarían la atención al progresista más pintado hoy día.

Hablábamos de hacer trampa y eludir nuestra propias normas, y lo hacemos con esta novela de Concha Espina porque se encuentra literariamente algo más lejos de los estándares que muchos tenemos en mente al tratar este tema, pero que no se amilana ante la idea de hablarnos de una época de esplendor a punto de terminar; de una sociedad que quiere avanzar, dejar atrás las viejas y rancias ideas, pero abocada al fracaso, avanzando inexorable, como la protagonista de esta novela, hacia una utópica Segunda República que culminaría con una caída hacia el abismo.

La colmena, Camilo José Cela

El premio Nobel nacido en A Coruña no se libra, ni se va a librar nunca, de haber sido un machista redomado y cuestionable en sus valores, pero la novela que editara en 1951 en Buenos Aires supuso y supone aún hoy día una conmoción para la literatura patria. De su título se extrae el compendio de protagonistas, el coro que protagoniza las desventuras de una España sumergida en la dictadura, lo que hizo que no se pudiera publicar hasta 1955 en nuestro país, por sus «alusiones homosexuales». Enmarcada en plena posguerra, en un Madrid herido tanto en sus calles como en su orgullo, se nos narra lo cotidiano desde el punto de vista de lo épico. Con más de trescientos personajes, el autor entra y sale de sus mentes, reflejando la pobreza y las ansias de prosperar; la ambición de algunos y la resignación de otros. Una lectura llena de esperanza que se escapa por la ventana abierta de un incierto Madrid donde todo es «una mañana repetida». Una novela capaz de romper el corazón por su realismo; una obra cumbre en la literatura española que se sirve de una ironía difícilmente imitable. Pese a quien pese.  

Historias del Kronen, José Ángel Mañas.

Finalista al Premio Nadal y adaptada en una magnífica película dirigida por Montxo Armendáriz, esta novela iniciaría lo que se vino a llamar «la generación Kronen», de la que formarían parte autores destacados como Ray Loriga, Pedro Maestre, etc. Enmarcada en Madrid a principios de los noventa, Historias del Kronen nos narra las desventuras de Carlos mientras salta de fiesta en fiesta, se droga y fornica cuanto puede. La voz de una generación que abrió la puerta para que otros autores hablaran desde la honestidad de una juventud inquieta culturalmente, aburrida de la Transición y que ayudó a construir a un grupo de juguetes rotos que quemarían su soledad en los bares. Aparte de la repercusión e importancia que ya tiene en sí misma la novela, Historias del Kronen tiene el dudoso honor de haber abierto la veda para, quizás, la última generación de autores que pudieron comportarse como estrellas del rock en el mundo editorial, pariendo algunas de las obras más importantes de los noventa, pero siendo rápidamente relegados al ostracismo por la crisis de la literatura.

Beatriz y los cuerpos celestes, Lucía Etxebarria 

La ganadora del Premio Nadal en 1998 se presentó con la responsabilidad de darnos al personaje de Beatriz, un dudoso caos de feminidad, homosexualidad, amor y autodestrucción con la poderosa voz de la mujer que había luchado por recuperar su independencia tras la Transición. Generaciones de mujeres adultas que ya se habían quitado el peso de nacer cerca de la dictadura y no se ajustaban a las rancias costumbres que algunos aún trataban de imponer. Beatriz y los cuerpos celestes nos narra la huida hacia adelante de su protagonista ante la imposibilidad de comprenderse a sí misma y de encajar en una vida que le resulta ajena y extraña. Con el viaje a una Europa tan diferente al mundo que conoce, Beatriz experimenta con su cuerpo, con su sexualidad, con las drogas y con una depresión y afán de autodestrucción que la mantienen al filo de la vida adulta. Aunque dentro de la misma generación Kronen que abriera Mañas, la novela de Etxebarria ostenta una poderosa voz narrativa, una propia identidad que le confiere su búsqueda de un feminismo liberador y sin prejuicios.

Las aventuras del capitán Alatriste, Arturo y Carlota Pérez-Reverte

Caemos en otra trampa, y somos conscientes de ello. Si venimos «premiando» el carácter de crónica de las novelas citadas, nos salimos por la tangente con una saga (cayendo de nuevo en la trampa de Baroja) y ambientada en una época muy lejana al autor. Publicada en 1996 la primera novela y compuesta por siete libros hasta la fecha, la más exitosa saga del autor originario de Cartagena se incluye aquí por ostentar el honor de haber creado un estandarte, un aventurero quizás tan reconocible como el propio hidalgo de La Mancha. Odiado y amado a partes iguales, dejemos de lado a la persona y centrémonos en la novela: si Inglaterra tiene a Harry Potter, Bélgica tiene a Tintín, España tiene al Capitán Alatriste. Un soldado de los tercios de Flandes en el siglo XVII que lucha por la gloria de España, pero olvidado por esta, en la pobreza y con un férreo sentido de la moral y el honor que le llevará a verse inmerso en las más terribles y deshonrosas aventuras.

La labor documental de Reverte con respecto al Siglo de Oro queda fuera de toda duda, dotando de personalidad picaresca a personajes históricos, convirtiendo la decadencia del Imperio español en una suerte de aventuras de acción que ha encandilado a jóvenes y mayores, y que ha sido adaptada al cine y protagonizada por Viggo Mortensen. Reverte ha creado un personaje icónico y reconocible. Y, si hay duda, salgamos a la calle a preguntar por el apellido, a ver cuántos lo reconocen.

El cielo que nos tienes prometido, Guillermo Aguirre

En este salto muchos pondrán el grito en el cielo. Sin duda, la opinión es como el ombligo: todos tenemos uno. Cierto es que dejamos en el tintero maravillosas obras y excepcionales autores, y es doloroso que se queden por el camino grandes como Montero Glez, Eloy Tizón, Rafa Reig, Jon Bilbao, Carlos Salem, Rosa Montero… Pero en algún momento deberemos acotar, y en una época en que la narrativa española se centra en las grandes ciudades, en las heridas del pasado y en la adaptación de esas temibles dos Españas, la novela de Guillermo Aguirre vuelve la vista a la vida rural. Empezamos en las provincias hablando de La Regenta y volvemos ahora a ellas con esta novela editada en 2015 sobre dos personajes que persiguen el pasado al mismo tiempo que huyen del futuro. Una historia de amor con el pulso de una road movie que nos devuelve a las historias de labriegos, ganaderos y viejas costumbres, enfrentadas con las «gentes de ciudad». Se refleja así la realidad de la lenta muerte de la España rural y la extrañeza que este mundo le despierta a la España cosmopolita.

Patria, Fernando Aramburu

Y llegamos al final, porque por algún lado habrá que terminar. La novela de Aramburu no necesita presentación: se ha convertido en la novela más vendida en 2017 y va camino de convertirse en un auténtico clásico moderno. La historia del conflicto de ETA narrado desde la lucha de dos familias por superar la muerte del padre. Los temas que se tratan en esta extensa novela, publicada en 2016, han puesto el dedo en las llagas de una sociedad sacudida por el terror y el dolor, por la sangre y la muerte como lucha política. Y han sido numerosos los estudios y análisis que han desmenuzado esta gran novela con la precisión quirúrgica que merece. Todo lo que se diga sobre Patria se quedará corto. La novela de este autor, nacido en 1959 y que vivió el conflicto vasco desde su juventud, ha hecho tambalear las creencias de unos y otros. Tal vez sea esta la labor de la gran novela española, pero, al igual que su país, la novela moderna necesita de la perspectiva del tiempo para ser juzgada con conocimiento de causa. Patria, sin embargo, ya denota desde su lectura el aire del clásico. La historia de una España contemporánea resumida en la historia de dos familias.

Es injusto, no lo vamos a negar, posicionar a España, odiada, amada, dividida e incomprendida, en esta situación que, una vez más, levantará ampollas en las sensibilidades. Si atendemos a otros países, ¿cuál es la gran novela francesa? ¿Y la americana? La conclusión obvia sería que la gran novela española no existe, sino que un conjunto de una gran producción literaria constante y de gran bagaje histórico hace de la novela española, como concepto, una representación del talento y poder de la palabra escrita en el mundo. Otra conclusión, sensacionalista quizás, sería que la gran novela española aún está por escribir. Que en nuestra época existen autores capaces de plasmar en la página en blanco la identidad de una España turbulenta, siempre guerreante, valiente y cobarde a partes iguales. Y ambas conclusiones serían aceptables y, tal vez, aceptadas.


Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos: La Regenta

Fotografía: Anthony P. Buce (CC).

Haga la prueba: acérquese a su librería más cercana y vaya a la sección de novedades. Es matemáticamente imposible que no haya una novela de vampiros adolescentes, otra de detectives suecos resolviendo un sangriento y complicadísimo crimen en la nieve, y otra de mujeres luchadoras que se ven obligadas a salir adelante en un mundo distinto al que conocen. Más aún: es muy probable que haya al menos dos novelas de mujeres luchadoras, pues una de ellas contendrá una trama de hoy en día mientras que la otra será una novela histórica ambientada en un lugar lejano y/o exótico. Esta repetición de historias durará hasta que el público esté ya cansado de amores melancólicos entre vampiros y humanas, sectas satánicas secretas y mujeres desarraigadas descubriendo a su pesar que con el tesón suficiente todo se puede solucionar. Y entonces habrá que encontrar otros temas suficientemente amplios como para poder crear muchas novelas pero suficientemente concretos como para acertar con el nicho de público al que se quiere llegar.

Esto de las modas literarias no es nada nuevo: si echamos la vista atrás podremos recordar que gracias al realismo sucio de los ochenta un escritor era casi un fracasado si no salpimentaba su prosa con vocablos tan atrevidos como polla, coño o follar. En los setenta, el principal daño colateral de la guerra fría fue la proliferación novelística de megavillanos soviéticos que querían invadir el mundo. El modernismo de finales del XIX impregnó

nuestras almas dolientes de abril
con fragancias nocturnas de un beso,
el sabor del placer y el exceso
y dos cisnes turgentes de añil.

Y qué decir del siglo XVI, donde todo se llenó de novelas pastoriles, en las que el único problema de los protagonistas es estar enamorados en un campo feliz y florido donde los ríos son mansos y no huele a estiércol ni a mierda de vaca.

El caso es que en el último tercio del siglo XIX surgieron las novelas protagonizadas por mujeres infelices en su matrimonio, fueran o no fueran sus maridos el mismo demonio. Esta moda literaria dio lugar a verdaderas joyas: Madame Bovary y Ana Karenina son las más célebres, pero en Portugal apareció El primo Basilio, Effi Briest en Alemania y en España La Regenta. Las más famosas son las dos primeras, claro, pero es en esta última donde se abre el zoom para hacernos ver no solo el proceso interno de la protagonista sino el nudo completo de ambiciones, deseos, hipocresías y represiones latentes en la sociedad de Vetusta, la ciudad no tan imaginaria en la que vive la susodicha.

Ana Ozores es la mujer ideal. Casada con don Víctor Quintanar, exregente de la Audiencia de Vetusta —de ahí que la llamen la Regenta—, tiene todo aquello a lo que puede aspirar una mujer de su clase. Es guapa, modélica y casta en los dos sentidos de la palabra. Los hombres la idolatran, las mujeres la admiran y a unos y a otras les molesta que sea tan perfecta porque les recuerda que ellos no lo son. La Regenta no es una mujer cualquiera, pero a media ciudad le gustaría verla convertida en una cualquiera. Sobre todo sus amigas de la alta sociedad, damas linajudas de rango y copete, pues todas ellas ya han probado en sus carnes los placeres de la lujuria adúltera y sueñan con que Ana caiga al lado oscuro como han caído todas.

Esta diferencia de enfoque entre La Regenta y otras novelas sobre el mismo tema ya aparece desde el mismo título: Ana Karenina es la novela de una mujer llamada Ana, casada con el señor Karenin, al igual que Madame Bovary —o mejor aún, La señora Bovary— es la historia de Emma Rouault, esposa de Charles Bovary. Ambos títulos, por tanto, nos remiten a mujeres que han adoptado el apellido de su esposo mientras que La Regenta nos indica que el interés que despierta la protagonista se debe al cargo institucional de su marido. Ya saben: la mujer del César no solo tiene que ser honesta sino también parecerlo; pero si no lo es, que se vaya preparando porque la vamos a poner a caldo. Aunque nosotros mismos no tengamos motivos ni para estar orgullosos ni para tirar la primera piedra.

Leopoldo Alas «Clarín» (DP).

Vetusta es, por tanto, la verdadera protagonista de la historia. A pesar de estar inspirada en Oviedo podría ser cualquier ciudad de provincias de aquel siglo o del nuestro, que conserva aún muchos de los vicios y defectos más de cien años después. No es una novela que pretenda hacer amigos: su autor, Leopoldo Alas «Clarín» carga las tintas contra la Iglesia y contra los ateos, contra los caciques y contra los obreros, contra los señores y contra los criados, contra las mujeres y contra los hombres. En el fondo, la historia de Ana Ozores es una excusa —deliciosa, pero excusa a fin de cuentas— para construir una tremenda crítica a todos los estamentos de una sociedad rancia cuya medicina es un aire nuevo que nadie sabe, quiere o puede proporcionar.

Es posible que, al sentarse a escribir, Clarín se planteara de qué forma podía sacar más jugo a una historia que otros ya habían contado antes de forma magistral. Así que se quedó dándole vueltas a lo de forma magistral y llegó a la conclusión de que lo mejor era que la protagonista se sintiera atraída por un Magistral. O sea, un canónigo. Un cura, vamos. Pero no un cura cualquiera, ¿eh?, sino el hombre más admirado y más odiado de toda la ciudad. Un montañés metrosexual que se aprovecha de ser el confesor de Ana para manejarla a su antojo porque, vaya por Dios, no sabe bien cómo canalizar el impulso sexual que le sale por los poros… Y para darle aún más gracia al asunto, el típico triángulo amoroso mujeresposoobjeto de deseo se convierte en cuadrilátero mujer-esposo-objeto de deseo 1-objeto de deseo 2. Así que, aparte del Magistral, a Ana también le hace tilín y tolón don Álvaro Mesía, cacique de Vetusta y donjuán de medio pelo, de quien todas las mujeres de la ciudad podrían decir cuántos lunares tiene en cada nalga. No son malas opciones, sobre todo teniendo en cuenta que la otra posibilidad es permanecer fiel a su esposo, que casi le dobla la edad y la trata como una niña.

La novela arranca con mucha mala leche desde la primera frase:

La heroica ciudad dormía la siesta.

O lo que es lo mismo, que a los vecinos de Vetusta les gusta creerse el ombligo del mundo aunque a la hora de la verdad sean más parecidos a este ombligo. Es en ese momento de modorra cuando el Magistral sube a lo alto de la torre de la catedral para observar la ciudad con un catalejo como un pastor voyeur que se excede un tanto velando el sueño de su rebaño. Fiel a la famosa máxima de «muéstramelo y no me lo cuentes», Clarín nos explica a la perfección la personalidad de Fermín y de la ciudad —dominador y dominada— con esta escena que se corona con una frase-guinda de solo siete palabras: «Vetusta era su pasión y su presa».

Pero no anticipen juicios de valor. No piensen desde ya que Fermín es el malo malísimo del cuento. Entre los muchos aciertos de la novela hay que destacar el ojo sagaz del autor para hurgar en la psicología pero también en los hechos. Nos gustan, sí, las historias en las que nos plantean las razones por las que los personajes actúan como actúan, ¿verdad? De ese modo nos da la sensación de que el autor sabe cómo hacer para que el malvado nos parezca noble. Pues Clarín le da una hermosa vuelta de tuerca a todo eso diseccionando a cada uno de los personajes para mostrarnos su descontento con toda la sociedad. Al terminar La Regenta, el lector se queda con la sensación de que el autor no está de parte de ninguno. Tan solo un personaje se libra de la quema y no es casual que sea el que menos afín se siente con la vida en la ciudad, el que más ganas tiene de alejarse del mundanal ruido de la Vetusta/España caciquil y mohosa.

Para lograr esa descripción social tan oscura como atinada, Clarín recurre a una galería fascinante de personajes secundarios. Si esto fuera una serie de televisión —y luego hablaremos de ello— muchos de ellos podrían tener su propio spin-off. Esto sucede sobre todo con las mujeres, como la feroz doña Paula, madre de Fermín; Visitación, la mejor/peor amiga de Ana; Obdulia Fandiño, cuya religiosidad es solo superada por su escote, o con Teresina y Petra, las criadas que todo lo saben. Cada uno de los más de cien personajes aporta su grano de arena para dar forma a una novela que fue considerada un verdadero escándalo en la época. El libro está lleno de momentos en los que no podemos entender cómo hizo Clarín para no aparecer en el fondo del mar con una piedra al cuello: la denuncia social es tan dolorosa como lúcida como sincera como feroz. Quizás la escena más lograda sea la de la procesión —estén tranquilos, que no haremos spoilers—, donde Clarín convierte a todos los asistentes en una versión ridícula de los judíos que se burlan, ningunean o desprecian a Jesús. Ni siquiera al clero o a los mismos penitentes les interesa la Pasión de Cristo: «Ni un solo vetustense pensaba en Dios en tal instante», dice el narrador. Porque la sociedad biempensante de esa Vetusta que tan bien caracteriza a la Españaza de ayer, hoy y siempre ha sustituido a Dios por el morbo, el postureo, el orgullo, el qué dirán, el qué han dicho y el a ver lo que decimos, olvidando que san Pablo dejó dicho que debemos ocuparnos de nuestros propios asuntos (Tesalonicenses, 4:11).

No es en absoluto una novela de ritmo rápido sino de tempo sosegado y continuo. Pasan muchas cosas y muy gordas, pero casi siempre sotto voce, por lo bajini, como sucede con el mismo inicio desde la torre ya mencionado o con algunos episodios que indagan en el carácter psicológico de los protagonistas a través de flashbacks donde se nos narra su infancia y su juventud. No se desesperen. Respiren y concéntrense, por ejemplo, en la belleza de la prosa. Algunos pasajes pueden hacerse más cuesta arriba pero tienen una función básica en el relato. Sobre todo aquellos que tienen que ver con una barca y, ¡ay!, con un sapo. Cuando terminen la novela verán que todo tenía su porqué y también comprenderán por qué el mismo obispo de Oviedo calificó la novela como «un libro saturado de erotismo, de escarnio a las prácticas cristianas y de alusiones injuriosas a respetabilísimas personas». Al buen hombre no le faltaba razón. La Regenta está llena de todo eso y más, pero no por eso debe dejar de leerse: como dijo Oscar Wilde, «Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza. Eso es todo». Pocas novelas son tan lúcidas al plasmar ese cainismo español de satisfacción indisimulada al imaginar al virtuoso retozar por el barro.

TVE copia
Aitana Sánchez-Gijón en la adaptación de La Regenta de 1995. Imagen: TVE.

Pero más allá del contenido social, una buena novela ha de construirse sobre una trama adictiva, de las que uno no puede dejar de leer para saber qué va a suceder. Bien. La tenemos. Una mujer virtuosa de la que no sabemos si será capaz de salir a buscar fuera de casa la salsa del estofado ya es un filón. Pero que durante toda la novela oscile entre el quiero, el no puedo, el madre mía si quiero y el a ver si al final voy a descubrir que sí que puedo le da un plus añadido de interés. Más aún si el suspense no solo está en si será o no capaz sino, en caso de hacerlo, con cuál de los dos. O si incluso hasta se liaría la manta a la cabeza para matar dos pájaros de un revolcón.

¿Qué más necesitamos para una buena novela además de una buena trama? Personajes interesantes y bien construidos. Buf. De esto tenemos de sobra. Ana Ozores, al igual que sus colegas Emma Bovary y Ana Karenina, destilan fuerza literaria. Esto no significa que nos caigan bien, claro, porque en más de una ocasión nos gustaría acercarnos a Vetusta y zarandear a la Ozores para que no sea tan bobalicona y melindrosa. Pero no cabe duda de que la Regenta partiría con ventaja en un hipotético ranking de los personajes femeninos mejor construidos de la literatura española. Que a todo esto, ¿se han dado cuenta ustedes de que la mayoría de esos grandes personajes —Celestina, Laurencia, doña Inés, Fortunata, Jacinta, Yerma, Adela y la novia de Bodas de sangre, por citar solo algunas— tienen en común una relación digamos peculiar con la sexualidad? Esto es frecuente en nuestra literatura, pero ya no lo es tanto en el caso de los hombres. Ya saben, la tontería esa del macho hispano seguro y confiado en lo que tiene ahí colgado. Pues nuestro amigo Clarín nos presenta a tres hombres que no saben muy bien qué hacer con su carga de testosterona. El marido, a quien no le interesa el sexo y no se entera del problema que eso puede acarrearle; el Magistral, un semental encerrado en una sotana; y por último Mesía, que tras tantas idas y corridas está a punto de necesitar la pastillita azul y ya en su cincuentenez comprende que tanto vicio no le ha proporcionado la felicidad deseada. De todos ellos es Fermín el personaje más completo y con más recovecos por donde hurgar y deleitarse. Galdós, que sabía un poco bastante de esto de crear personajes, dejó escrito que el Magistral es la figura culminante de la obra de Clarín, además de ser «el estado eclesiástico con sus grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen». En serio, querido lector: aunque no le importe la represión sexual de la mujer en el siglo XIX, aunque le aburra la crítica social, aunque a usted esto de la descripción de caracteres le suene a chino, lea La Regenta aunque solo sea para conocer a don Fermín de Pas y luego hablamos. Si no le parece que el Magistral es un personaje ídem entonces yo ya no sé lo que le puede interesar en este mundo.

Un último elemento para asegurarnos de que estamos ante una buena novela: que el estilo esté depurado y a la altura de la trama. Ay, amigos, el estilo de La Regenta. La obra maestra del naturalismo español. Sí, ya saben, ese movimiento literario creado en Francia que busca plasmar la realidad analizando a los personajes con la distancia y la asepsia de un científico. Que oye, fantástico por Zola. Yo acuso y Germinal y todo eso muy bien, sí. Pero vamos, que pocas lecciones de describir la realidad nos tienen que dar los franceses, sabiendo que cuando nosotros estábamos con el Lazarillo de Tormes ellos todavía estaban con Gargantúa y con Pantagruel, unos gigantes alcohólicos que conquistaban ciudades inundándolas a base de meadas. Que no es por criticar a los franceses, ojo. Que ojalá hubiéramos tenido aquí su Ilustración y sus vanguardias. Pero si para una cosa en la que hemos sido buenos en literatura vienen de fuera a darnos lecciones, apaga y vámonos. Y si creen que esto es una exageración, ahí tienen la Celestina, la novela picaresca, el Arte nuevo de Lope, los artículos de Larra, los Episodios nacionales… y por supuesto el Quijote, cuyo realismo echó por tierra el mundo irreal de las novelas de caballería: un género que nació, oh là là qué casualidad, en Francia. Sí, amigos. Si buscan buen naturalismo, elijan el de un experto en la materia. Porque, por el mismo precio, en España le añadimos al naturalismo algo que no es tan frecuente por allí fuera: un sentido del humor amargo y cínico que ayuda al lector a saborear mejor la realidad más descarnada. Y de esa tradición tan cervantina y quevedesca bebe precisamente Clarín para terminar de dar lustre a esta joya literaria. Así que no lo duden y tachen ustedes por su cuenta la última casilla que falta.

Gráfico1vTrama adictiva.

Gráfico1vGrandes personajes.

Gráfico1vEstilo depurado.

Gráfico1nComenzar a leer este novelón.

Ayuda para vagos y maleantes: antes de nada, es preciso aclarar que es muy complicado adaptar La Regenta en texto y alma. Es por eso que las tres versiones existentes se quedan cortas a la hora de dar vida a tanta chicha. La primera, dirigida por Gonzalo Suárez en 1975, está protagonizada por una Emma Penella cuyo buen trabajo no siempre logra hacer olvidar al espectador que el papel no parece hecho para ella. Además, varias de las tramas de la novela fueron eliminadas para que la película no fuera excesivamente larga. Por otro lado, la versión televisiva de Méndez-Leite de 1995 cuenta con algunas interpretaciones estupendas, como las de Aitana Sánchez-Gijón, Carmelo Gómez o Cristina Marcos, aunque se nota demasiado que al director le caen más simpáticos unos personajes que otros —Mesía mejor que Fermín, por ejemplo— y la carga crítica a todos los estratos sociales queda así más diluida. Suárez, Gómez y Sánchez-Gijón se reunieron en 2007 para rodar Oviedo Express, en la que una compañía de actores llega a Oviedo para representar una versión de La Regenta. Se trata de una simpática comedia que precisamente por serlo carece de la crueldad del original. Así las cosas, parece necesario que para disfrutar de esta joya tendrán que echar mano al libro. O crear una petición en change.org para que la HBO se plantee hacer una versión de La Regenta ambientada hoy día en un pueblecito del sur de Estados Unidos y así conseguir que todo el mundo se entere de una vez que alguna vez también supimos ponernos oscuros, críticos y profundos y, ya de paso, que Clarín goce del prestigio que merece: el de un insolente jovenzuelo que con solo treinta y tres años consiguió escribir una verdadera obra maestra.

 


¿Cuál es el mejor comienzo de una novela?

En un futuro cercano, cuando haya más community managers que personas y todo lo que no sea ilegal será obligatorio, puede que termine haciéndose realidad la distopía de Farenheit 451. La gente memorizará los libros prohibidos para que su recuerdo perviva, manteniendo viva la llama de lo más noble del espíritu humano. Pero ya nos conocemos todos y sospechamos qué terminaría pasando: se confundirían las tramas, se olvidarían los nombres de algunos personajes o los pondrían donde no era. Se inventarían la mitad de las cosas… un follón. Al cabo del tiempo todas las novelas acabarían teniendo la estructura narrativa de Perdidos. De manera que mejor centrémonos solo en los inicios de esas grandes obras literarias, dado que son muchos los realmente memorables y con unas pocas palabras logran inspirarnos estados de ánimo y estremecedoras verdades. Además al ser cortitos se te quedan. Ya solo toca escoger cuál querría aprenderse cada uno, así que voten, apréndanselo bien o añadan su favorito si no está en la lista. A Cervantes, Kafka, Tolstoi y Nabokov no los hemos incluido precisamente porque ya se los saben, de lo que se trata es de aprender otros para cuando lleguen los bomberos pirómanos.

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Paraíso inhabitado, de Ana María Matute

ana«Nací cuando mis padres ya no se querían. Cristina, mi hermana mayor, era por entonces una jovencita displicente, cuya sola mirada me hacía culpable de alguna misteriosa ofensa hacia su persona, que nunca conseguí descifrar. En cuanto a mis hermanos Jerónimo y Fabián, gemelos y llenos de acné, no me hacían el menor caso. De modo que los primeros años de mi vida fueron bastante solitarios».

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La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa

mario«El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil. Su piel era oscura, sus huesos prominentes y sus ojos ardían con fuego perpetuo. Calzaba sandalias de pastor y la túnica morada que le caía sobre el cuerpo recordaba el hábito de esos misioneros que, de cuando en cuando, visitaban los pueblos del sertón bautizando muchedumbres de niños y casando a las parejas amancebadas. Era imposible saber su edad, su procedencia, su historia, pero algo había en su facha tranquila, en sus costumbres frugales, en su imperturbable seriedad que, aun antes de que diera consejos, atraía a las gentes».

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Historia de dos ciudades, de Charles Dickens

cha«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, solo es aceptable la comparación en grado superlativo».

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Scaramouche, de Rafael Sabatini

sc«Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco. Y ese era todo su patrimonio».

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Orgullo y prejuicio, de Jane Austen

org«Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa».

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La Regenta, de Leopoldo Alas Clarín

lare«La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de polluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo, se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegados a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo. Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida».

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El plantador de tabaco, de John Barth

pla«En los años finales del siglo XVII había entre los juerguistas y petimetres que frecuentaban los cafés londinenses un individuo delgaducho y zanquilargo llamado Ebenezer Cooke, con más ambición que talento y, sin embargo, más talento que prudencia, el cual, al igual que sus compañeros de juerga, que en teoría estaban educándose en Oxford o Cambridge, encontraba en los sonidos de la madre lengua inglesa más un motivo de juerga y diversión que algo con sentido con lo que se podía trabajar y, en consecuencia, en lugar de entregarse a los sinsabores de la erudición, el tal Ebenezer aprendió el arte de versificar, dando en desgranar, conforme a la moda de entonces, cuadernillos de pareados plagados de Joves y Júpiteres espumantes, entre el estruendo de las rimas estridentes y símiles que de tanto tensar la cuerda, a punto estaban de romperla».

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La forma de la espada, de Jorge Luis Borges

ficc«Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada».

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León el africano, de Amin Maalouf

le«A mí, Hasan, hijo de Mohamed el alamín, a mí, Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un Papa, me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy. Me llaman también el Granadino, el Fesí, el Zayyati, pero no procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía. Mis muñecas han sabido a veces de las caricias de la seda y a veces de las injurias de la lana, del oro de los príncipes y de las cadenas de los esclavos. Mis dedos han levantado mil velos, mis labios han sonrojado a mil vírgenes, mis ojos han visto agonizar ciudades y caer imperios. Por boca mía oirás el árabe, el turco, el castellano, el beréber, el hebreo, el latín y el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Mas yo no pertenezco a ninguna. No soy sino de Dios y de la tierra, y a ellos retornaré un día no lejano».

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Asfixia, de Chuck Palahniuk

as«Si vas a leer esto, no te preocupes. Al cabo de un par de páginas ya no querrás estar aquí. Así que olvídalo. Aléjate. Lárgate mientras sigas entero. Sálvate. Seguro que hay algo mejor en la televisión. O, ya que tienes tanto tiempo libre, a lo mejor puedes hacer un cursillo nocturno. Hazte médico. Puedes hacer algo útil con tu vida. Llévate a ti mismo a cenar. Tíñete el pelo. No te vas a volver más joven. Al principio lo que se cuenta aquí te va a cabrear. Luego se volverá cada vez peor».

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Cita con Rama, de Arthur C. Clarke

art«Más temprano o más tarde, tenía que suceder. El 30 de junio de 1908 Moscú escapó de la destrucción por tres horas y cuatro mil kilómetros, un margen invisiblemente pequeño para las normas del universo. El 12 de febrero de 1947 otra ciudad rusa se salvó por un margen aún más estrecho, cuando el segundo gran meteorito del siglo XX estalló a menos de cuatrocientos kilómetros de Vladivostok provocando una explosión que rivalizaba con la bomba de uranio recientemente inventada».

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La Historia Interminable, de Michael Ende

ende«NÓISACO ED SORBIL rednaeroK barnoK lraK :oirateiporP

Esta era la inscripción que había en la puerta de cristal de una tiendecita, pero naturalmente solo se veía así cuando se miraba a la calle, a través del cristal, desde el interior en penumbra».

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El hobbit, de J. R. R. Tolkien

tolk«En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad».

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Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari

sin«Yo, Sinuhé, hijo de Senmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro. No para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kemi, porque estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones, porque estoy cansado de sus actos. Escribo para mí solo. No para halagar a los dioses, no para halagar a los reyes, ni por miedo al provenir ni por esperanza. Porque durante mi vida he sufrido tantas pruebas y pérdidas que el vano temor no puede atormentarme y cansado estoy de la esperanza en la inmortalidad como lo estoy de los dioses y de los reyes. Es, pues, para mí solo para quien escribo, y sobre este punto creo diferenciarme de todos los escritores pasados o futuros».

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Kokoro, a vida o muerte. Dragó entrevista a Dragó, de Fernando Sánchez Dragó

koko«¿Han leído la dedicatoria de este libro? Tengo que añadirle algo… Naoko, que desde hace una década comparte, a pie de obra, todos mis minutos, mis horas y mis días, me pidió en ese instante supremo y, acaso, postremo, que volviera, y lo hice. No quería ni debía abandonarla. Le llevo treinta y ocho años. La conocí, cuando yo tenía cincuenta y nueve, en Kioto. Era mi alumna. Daba yo, allí, un curso sobre mi novela El camino del corazón y… Cosas que pasan. He sido y soy, sucesiva o simultáneamente, su profesor, su maestro, su ligue, su amante, su novio, su marido, su jefe, su socio, su padre, su tutor, su Edipo feliz, e incluso, por mi edad y la suya, su abuelo».

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El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence

law«La nuestra es una época esencialmente trágica, así que nos negamos a tomarla por lo trágico. El cataclismo se ha producido, estamos entre ruinas, comenzamos a construir hábitats diminutos, a tener nuevas esperanzas insignificantes. Un trabajo no poco agobiante: no hay camino suave hacia el futuro, pero le buscamos vueltas o nos abrimos paso entre los obstáculos. Hay que seguir viviendo a pesar de todos los firmamentos que se hayan derrumbado».

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