El mal salvaje: anaritmetismo y aritmofobia

Tarzán en Nueva York (Richard Thorpe, 1942) El mal salvaje
Tarzán en Nueva York (Richard Thorpe, 1942). El mal salvaje

En realidad, no hay dos culturas, una «de ciencias» y otra «de letras». La famosa expresión de C. P. Snow, popularizada por su ya clásico libro Las dos culturas (basado en una conferencia pronunciada en Cambridge en 1959), está justificada en la medida en que alude a una dicotomía de hecho, pero no debe entenderse en sentido literal. La cultura es nuestra madre, y madre no hay más que una.

En las sociedades alfabetizadas no hay una cultura oral y una cultura escrita: hay manifestaciones orales y manifestaciones escritas de una misma cultura. Quienes no saben leer y escribir no optan por una posibilidad —la supuesta cultura oral— entre dos, sino que se convierten en marginados; no son «orales», sino analfabetos: se definen por exclusión. Análogamente, la nuestra es, cada vez más, una cultura alfanumérica, y quienes no entienden el lenguaje de los números y las fórmulas matemáticas no optan por una posibilidad —la supuesta cultura «de letras»— entre dos, sino que se convierten en marginados; no son «letrados», sino anaritmetos: se definen por exclusión. Pero al contrario que el analfabeto, que lo es a su pesar, el anaritmeto es a menudo una persona supuestamente culta, con fácil acceso a los medios de formación; su ignorancia no es ingenua: es un «mal salvaje», un anatópico Tarzán con corbata. Y una víctima de la generalizada aritmofobia inducida por nuestro absurdo sistema educativo. Una fobia a los números endémica que, lejos de ser anecdótica, es una de las más preocupantes lacras de nuestra cultura.

Los editores suelen decir medio en broma (o sea, medio en serio) que, si en un libro se incluyen fórmulas matemáticas, sus ventas se reducen automáticamente a la mitad, pues muchos lectores ni siquiera intentan entender las expresiones en las que aparecen números. Y no se trata, obviamente, de que no los conozcan: cualquier persona alfabetizada está familiarizada con el sistema decimal y las cuatro operaciones. Pero del mismo modo que hay muchos analfabetos funcionales que, aunque conocen las letras, son incapaces de leer un libro, hay muchísimos anaritmetos funcionales incapaces de entender las más sencillas expresiones numéricas, que les inspiran el consiguiente rechazo.

Como la mayoría de las fobias, la aritmofobia suele tener su origen en un trauma infantil. De pequeños nos obligan a aprender de memoria la tabla de multiplicar y a hacer cuentas largas y tediosas sin explicarnos siquiera, con un mínimo de claridad y coherencia, qué son los números y las operaciones aritméticas. Y luego nos van dando una serie de definiciones abstractas (a una edad en la que la capacidad de abstracción suele ser muy limitada) que aparentemente tienen poco o nada que ver con el mundo real y que dan lugar a abstrusos razonamientos carentes de un objetivo concreto. Unos pocos niños logran entender algo a pesar de los profesores y de los planes de enseñanza, e incluso llegan a amar las matemáticas; otros consiguen aprenderse de memoria algunas «recetas» y aplicarlas con la suficiente pertinencia como para ir aprobando la asignatura; pero la mayoría la detestan secreta o abiertamente. Y es comprensible, porque en matemáticas, si no están muy claros los conceptos básicos, nada tiene sentido, es como un idioma cuya gramática se desconoce y cuyos términos carecen de referentes familiares. Para muchos estudiantes, una clase de matemáticas es como una frustrante explicación en una lengua extranjera: entienden algunas frases sueltas, pero se les escapa el sentido general.

Algunos intentan justificar su anaritmetismo alegando que las matemáticas no tienen nada que ver con su profesión ni con su vida cotidiana, y que solo las necesitan los científicos y los ingenieros. Nada más falso. En primer lugar, no hay rama del saber ajena a las matemáticas, como ya señaló Leonardo (poco sospechoso de cientificismo excluyente), que dijo que «ninguna investigación humana se puede considerar verdadero conocimiento si no pasa por las demostraciones matemáticas». De hecho, la progresiva matematización del saber es la característica más específica de la cultura de nuestro tiempo, sobre todo desde la eclosión de la informática.

En segundo lugar, las matemáticas tienen mucho más que ver con nuestra vida cotidiana de lo que pueda parecer a primera vista. Y no me refiero solo a las hipotecas, los intereses bancarios, las pólizas de seguros y otras importantes cuestiones explícitamente numéricas. Timos como los piramidales solo son posibles en el marco de una generalizada ignorancia matemática, y muchos se dejan las plumas en juegos de azar claramente desfavorables por desconocer los rudimentos del análisis combinatorio. Y los políticos demagógicos (valga el pleonasmo) y otros embaucadores lo tendrían menos fácil si su auditorio estuviera mínimamente dotado para el pensamiento cuantitativo.

Numerosos prejuicios y falacias tienen su origen en la ignorancia matemática. Por ejemplo, la absurda idea de que, si en la ruleta salen varios rojos seguidos, es más probable que la siguiente vez salga negro. O el difundido tópico de que las personas hermosas no suelen ser muy inteligentes, que —además de constituir un vano intento de consolación por parte de los feos— no es más que una manifestación del desconocimiento del más elemental cálculo de probabilidades. La proporción de personas inteligentes entre las físicamente hermosas es la misma que entre las demás; pero, puesto que tanto la belleza como la inteligencia son características poco frecuentes, la probabilidad de que coincidan en un mismo individuo es muy baja. Supongamos que una de cada diez personas destaca por su hermosura y que una de cada diez merece el calificativo de inteligente (suposición, por cierto, bastante optimista). Solo una de cada diez personas hermosas será, por tanto, inteligente; pero como solo una de cada diez es hermosa, solo una de cada cien será ambas cosas a la vez. Malas noticias, pues, para quienes no destacan por su belleza: no tienen mayor propensión a la inteligencia que las/os guapas/os; simplemente, son más abundantes.       

La consabida dicotomía entre «ciencias» y «letras» es la primera explicación que se nos ocurre al ver lo difundido que está el anaritmetismo incluso entre personas supuestamente cultas; pero dicha dicotomía ¿es causa o efecto? Y, en cualquier caso, ¿por qué la cultura oficial ignora casi por completo las disciplinas científicas, y muy especialmente las matemáticas? Cualquier persona culta puede nombrar sin dificultad a numerosos escritores, pintores, músicos… Pero si le preguntas a cuántos matemáticos conoce, es probable que solo pueda mencionar a Pitágoras (que en realidad era más bien un filósofo y un místico de los números).

Se da la curiosa paradoja de que las ciencias en general y las matemáticas en particular tienen un gran valor de cambio, como diría un economista, y sin embargo muy poca gente conoce y reconoce su valor de uso. Todo el mundo admite la importancia de las matemáticas en la enseñanza, porque dan acceso a carreras de gran utilidad y bien remuneradas; pero muchos creen que no son verdadera cultura, que la matemática es un instrumento muy útil, pero que poco aporta a nuestra visión del mundo o a nuestra capacidad de goce. Nada más falso, porque, como dice la poeta Edna St. Vincent Millay, «solo Euclides ha contemplado la belleza desnuda», que es una manera de decir que vivir de espaldas a las matemáticas supone privarse de vislumbrar en su esencia última (o penúltima) la maravillosa armonía del mundo. Quienes renuncian al pensamiento cuantitativo se pierden la posibilidad de leer el Libro de la Naturaleza, que, como dijo Galileo, está escrito en lenguaje matemático.

Pero los perjuicios de una generalizada aritmofobia y del subsiguiente anaritmetismo son, sobre todo, sociales. Las personas reacias al pensamiento cuantitativo —y por ende al método científico— son presa fácil de todo tipo de embaucadores, y hay una relación directa entre fenómenos como el auge del esoterismo o el fanatismo religioso y el rechazo de la ciencia, que, en última instancia, es el rechazo de la razón.


Ciencias o letras: una mala elección

DP.

A edad muy temprana, las/os jóvenes estudiantes tienen que elegir entre «ciencias» y «letras». Previamente tuvieron que escoger —en la escasa medida de lo posible— entre ser niños o niñas (no me refiero, obviamente, al sexo biológico sino al rol de género), y antes incluso de que nacieran, el orden establecido determinó si serían ricos o pobres. De entre estas y otras dicotomías difíciles de afrontar, la elección entre ciencias y letras parece la más libre; pero en realidad no suele serlo, y ello por al menos dos razones.

La primera es que para la mayoría resulta muy difícil considerar una tercera opción, o tan siquiera concebirla. Ser «de ciencias» o «de letras» se considera tan natural e inevitable como ser chico o chica, y no ser ni una cosa ni otra, o ambas a la vez, es tan «raro» —en ambos sentidos del término— como ser asexual, bisexual o hermafrodita, y plantea análogos problemas de adaptación, tal vez menos dramáticos, pero igualmente decisivos para el desarrollo de la personalidad. Y la segunda razón es que, desde la más tierna infancia, la familia, la escuela y otras circunstancias personales orientan insistentemente a niños y niñas en un sentido u otro. El condicionamiento no es tan fuerte como en el caso de la elección de género, ni se apoya en signos externos tan evidentes y supuestamente determinantes; pero las/os adolescentes suelen tener muy claro, o así lo creen, si «lo suyo» son las ciencias o las letras, si «se les dan bien» las temibles matemáticas —el pensamiento cuantitativo— o han sucumbido a la aritmofobia que unos planes de estudio lamentables inducen en un amplio sector de la población. Y esta fragmentación precoz de la mente y de la sociedad es una de las mayores taras de nuestra cultura. Elegir entre ciencias y letras es una mala elección, porque el fallo está en el mero hecho de decantarse por una de las dos ramas con exclusión de la otra.

Ciencia y literatura 

En su sentido más amplio, tanto «ciencia» como «literatura» son términos que abarcan casi todo lo relativo al saber, y que por tanto vendrían a significar lo mismo. Etimológicamente, ciencia es sinónimo de conocimiento, y la literatura incluye todo lo escrito, que es casi todo lo pensado. Sin embargo, en su acepción coloquial se han convertido en términos poco menos que antitéticos, y este divorcio entre «ciencias» y «letras» perjudica a ambos hemisferios culturales. Nuestra inconexa cultura es como un cerebro con el cuerpo calloso atrofiado. Aunque, a riesgo de desatar las iras de algunas gentes «de letras», hay que señalar que la situación no es simétrica. La ciencia avanza cada vez más deprisa, mientras que la literatura convencional está cada vez más estancada (puede parecer la opinión triunfalista de un científico, pero en realidad es el lamento de un escritor, puesto que hace muchos años que dedico más tiempo a la literatura que a las matemáticas).

La literatura rara vez se ocupa de la ciencia o tan siquiera se preocupa por ella, que, para no quedar excluida del universo literario, ha tenido que refugiarse en el dorado gueto de la ciencia ficción. Porque la literatura convencional, salvo rarísimas excepciones, no solo no incorpora los temas brindados por la ciencia, sino ni siquiera la nueva sensibilidad, la nueva visión del mundo que se desprende de los deslumbrantes logros científicos del último siglo. Lo que equivale a decir que, en más de un aspecto, muchos escritores actuales siguen atascados en el siglo XIX. Esperemos que los paladines de esa «tercera cultura» augurada por C. P. Snow en su ya clásico ensayo Las dos culturas acudan al rescate. Porque, parafraseando a Bernard Shaw (que decía que la juventud es un tesoro demasiado valioso para dejarlo en manos de unos niños), la literatura es demasiado importante para dejarla —solo— en manos de la gente de letras.

Literatura y ciencia

Pocas personas saben que no se descubrió el cero, clave de los sistemas de numeración posicionales, hasta el siglo V o VI de nuestra era, y menos aún son conscientes de la sutileza e importancia de este descubrimiento —o invento— trascendental. Aunque hay evidencias anteriores de un signo gráfico equiparable al cero tanto en Mesoamérica como en India, no empezó a utilizarse de forma operativa hasta hace unos mil quinientos años. Y no se extendió por Europa hasta el siglo XIII, gracias al Liber Abaci de Leonardo de Pisa, más conocido como Fibonacci, que aprendió de los árabes el sistema de numeración que estos habían importado de India. Cuesta creer que los grandes matemáticos de la antigüedad, como Euclides (cuya perfecta geometría se sigue enseñando tal como él la formuló) o el mismísimo Arquímedes (que se adelantó en dos mil años al cálculo infinitesimal y determinó el valor de pi con extraordinaria precisión), no conocieran el cero ni dispusieran de un sistema de numeración eficaz.

El sistema posicional decimal no se suele explicar adecuadamente, y sus algoritmos computacionales se aprenden de memoria, con lo que la mayoría de quienes creen «saber» las cuatro operaciones son, en el mejor de los casos, calculadoras mecánicas lentas y defectuosas. Y aunque resulte paradójico, este es un problema básicamente literario. El ser humano se constituye como tal mediante el lenguaje, y aprender es, ante todo, aprender a hablar. Y en las culturas no ágrafas, que en la actualidad son prácticamente todas, este aprendizaje básico se prolonga y consolida en la lectura y la escritura. Por lo tanto, enseñar es, en última instancia, enseñar a utilizar el lenguaje, es decir, a hablar —y a escuchar— correctamente, a leer de forma comprensiva y a escribir de forma comprensible. Y esto vale tanto para la enseñanza de la literatura o la historia como para la de las matemáticas o la física.

Tanto los individuos como los pueblos, en su infancia, aprenden mediante relatos. Por eso todas las culturas, en sus orígenes, expresan y transmiten su visión del mundo mediante mitos. Y por eso los niños quieren que se les cuenten esos «pequeños mitos» que son los cuentos maravillosos siempre de la misma manera: porque para ellos no constituyen un mero entretenimiento, sino también una forma de poner orden en su mente y de interpretar la realidad. Al oír contar los cuentos una y otra vez, los niños consolidan su aprendizaje lingüístico, a la vez que adquieren seguridad en el manejo de la información. Y por eso la enseñanza de cualquier materia, en sus primeras etapas, tendría que basarse fundamentalmente en los relatos. El «cuento de las cuentas» debería figurar entre las primeras historias narradas a las niñas y niños de corta edad, junto a Pulgarcito o Caperucita Roja, para conjurar el miedo a perderse en el bosque de los números.

Toda articulación del conocimiento es, en alguna medida, una narración. La literatura relata, la ciencia relaciona, y no en vano ambos verbos tienen la misma etimología. Es lamentable que la presencia de la ciencia en la literatura sea tan escasa; pero no es menos lamentable (en realidad es la otra cara de la moneda) que lo literario-narrativo esté tan ausente de la enseñanza y la divulgación de la ciencia, y que tan pocos profesores y divulgadores sean conscientes de que, también con las materias científicas, de lo que se trata es, en última instancia, de enseñar a leer. Y a gozar de la lectura.


Anacronismos, errores y el nacimiento de la tipografía moderna

Extracto del folio 15 del Libro de Kells. (DP)

El de la tipografía es un mundo extraño. Si en Roma levantamos la cabeza para echarle un vistazo a las inscripciones del Arco de Constantino, nos llamará la atención lo mucho que se parecen esas mayúsculas a las que nos encontramos en el mismo folleto explicativo que llevamos en la mano —y de hecho, a la mayor parte de los textos impresos en la actualidad—. Pero si intentamos leer alguna de las páginas de la Biblia de Gutenberg, unos quince siglos más cercana a nuestra época, nos supondrá (con suerte) un esfuerzo notable y un ligero dolor de cabeza. La culpa (al menos en parte) de que nos resulte más familiar lo romano que lo posterior la tienen gente como el francés Nicolas JensonAldo Manucio y el resto de sus coetáneos: una serie de diseñadores y tipógrafos del Renacimiento italiano que habrían de poner patas arriba el panorama de las grafías occidentales. Pero antes volvamos a los tiempos de la Roma imperial, porque la historia de los orígenes tipográficos es igual de curiosa y bastante menos conocida que otras que se cuentan a menudo.

Uno de los principales hechos que a menudo damos por sentado es la unidad de mayúsculas y minúsculas. Por ejemplo, es tentador pensar que la P mayúscula que comienza esta frase es el complemento natural de la p minúscula, y que necesariamente hubieron de aparecer al mismo tiempo. Pero no es así. Mayúsculas y minúsculas siguieron caminos muy distintos antes de juntarse. Las mayúsculas a las que estamos acostumbrados, las T, las R, las X (no las J y las U, para esas tendríamos que esperar) fueron las primeras pobladoras del mundo tipográfico latino, y se las debemos —en su encarnación actual— a Roma, que a su vez pudo obtenerlas de griegos y etruscos. Son esos mismos diseños que apuntábamos en el Arco de Constantino y que podemos admirar también si nos acercamos a la Columna de Trajano —posiblemente el cilindro de roca que más influencia ha tenido sobre la escritura occidental—, donde las mayúsculas talladas hace poco menos de dos milenios serían utilizadas como modelo muchos siglos después. Esta mayúscula romana era el tipo oficial del Imperio, el de edictos y monumentos. Sin embargo, tenía un problema serio: lo que ganaban en elegancia lo perdían en eficacia. Escribir textos informales en mayúsculas es lento e incómodo. Por eso a la tipografía oficial la acompañaban una multitud de tipos de escritura paralelos. Uno de ellos, quizá el más común, es la cursiva romana en sus diversas variantes. Lo paradójico es que, aunque las mayúsculas romanas de monumentos, lápidas y placas nos parecen totalmente contemporáneas, la cursiva romana nos es casi imposible de descifrar. Con sus A que parecen lambdas o sus B y D prácticamente idénticas, ni nos resulta atractiva ni nos facilita la lectura. Sí que es cierto que, en tiempos del Bajo Imperio y durante la Antigüedad tardía, aparecerían cursivas que hoy nos resultarían bastante más reconocibles.

Recreación de un texto de las tablillas de Vindolanda. Imagen: DP.

Sin embargo, con la caída del Imperio, aparecen tantos estados bárbaros sucesores como formas de representar el alfabeto latino. Es la época de caligrafías tan bellas como la desarrollada por los monjes de Irlanda —y que podemos ver en el Libro de Kells–, posteriormente utilizada en Inglaterra también. En la propia península ibérica vimos la aparición de la caligrafía visigótica, hoy en día prácticamente olvidada por completo. Desapareció sin dejar más rastro que la forma de escribir la Z, que más tarde habría de convertirse, en tiempos de Carlomagno, en la cedilla moderna.

Libro de Kells Mateo 23:12–15. Folio 99, verso (ca. 800). Imagen: DP.

Esta proliferación de tipografías, aunque estéticamente impresionante, tenía un inconveniente: la falta de comprensibilidad entre regiones, lo cual dificultaba el trabajo de la reproducción y difusión de los textos antiguos que se iban rescatando. A raíz de este problema, durante el siglo VIII surgió en la corte de Carlomagno la iniciativa de estandarizar la tipografía bajo un único estilo. Bajo los auspicios del emperador del Sacro Imperio, y (aunque esto aún se debate) bajo la batuta del abad inglés Alcuino, se empezó a utilizar la minúscula carolingia. La primera vez en que se usa este término, porque conviven dos alfabetos distintos. Aunque, ojo, la diferencia entre mayúsculas y minúsculas a estas alturas era cuestión de estilo, no de ortografía. Los textos estaban escritos o en una o en otra. La minúscula carolingia, más redonda y legible, fue la nueva grafía estándar en Europa Occidental durante unos cuantos siglos, pero habría de jugar un papel aún más importante más adelante.

Códice Beinecke MS 413. Folio 165 (ca. 873). Imagen: DP.

Pero, a pesar de los esfuerzos —mitológicos o no— de Alcuino, la evolución de las grafías no se detuvo, y las minúsculas comenzaron a mutar y seguir caminos distintos. Las caligrafías y tipos, como el resto de las artes, tienden a adoptar elementos del estilo imperante. La etapa entre el siglo XII y el XIV es la época de la verticalidad del gótico (tanto en letra como en arquitectura) y de la primacía de los arcos y curvas apuntadas sobre lo redondo. Es la época de la catedral de Colonia, y de la grafía gótica, que rompe todas las curvas de las letras y las sustituye por líneas rectas. La gótica es la caligrafía que hoy en día asociamos popularmente con códices medievales, carteles de pubs ingleses y biergarten alemanes, y con la fuente Old English —aunque es un anacronismo, porque el anglosajón antiguo se escribía con grafías más similares a las del Libro de Kells, por ejemplo—.

Detalle de la Biblia de Malmesbury (ca. 1407). Imagen: DP.

Con la llegada del siglo XV nos encontramos con otra revolución en el mundo de las grafías, esta vez de mano de los italianos. En Italia había habido cierta resistencia a adoptar lo gótico en la escritura, al igual que en el resto de las artes. En el siglo XV surge un movimiento de vuelta a lo clásico. La Antigüedad griega y romana vuelve a estar de moda, y un grupo de tipógrafos, diseñadores y artistas variopintos hace todo lo posible para recuperar la grafía de los antiguos. El caso de las mayúsculas es sencillo: están en todas partes, sobre todo en la capital de Italia. Felice Feliciano recrea el alfabeto de mayúsculas romanas gracias a la multitud de monumentos romanos que han sobrevivido y lo difunde en un manuscrito que servirá de base para todos los demás. Sin embargo, nadie sabe qué hacer para localizar las minúsculas romanas, porque nadie es consciente de que los romanos nunca las utilizaron. Tras mucho rebuscar, los renacentistas tienen que conformarse con la letra utilizada en las reproducciones de los textos clásicos, que asumen (erróneamente) es la misma que utilizaron los romanos. Da la casualidad de que la mayor parte de esas reproducciones eran manuscritos cercanos a la época de estandarización del famoso Alcuino y estaban escritos en minúscula carolingia. Así pues, las nuevas grafías —que ahora llamamos humanistas— adoptan la que será la fórmula dominante hasta la actualidad: un alfabeto de mayúsculas basadas en las mayúsculas monumentales romanas, como las de la Columna de Trajano, y un alfabeto de minúsculas basadas en la minúscula carolingia: un diseño técnicamente anacrónico basado en un error, pero no por eso menos bello.

Tipografía Jenson. Imagen: DP.

El final de la historia, y el salto final a la hegemonía de los tipos humanísticos, llega gracias a la imprenta, y a gente como Nicolas Jenson o Aldo Manucio: fueron ellos, junto con otros grandes impresores y diseñadores, los que crearon las primeras tipografías basadas en diseños humanistas, y los que por primera vez permitieron su difusión a gran escala. Desde el siglo XVI, la fiebre de los tipos humanistas o romanos desplaza a los góticos, expandiéndose tanto a España como hacia el norte. La notable excepción es Alemania, que de forma irreductible continuará utilizando las letras góticas hasta bien entrado el siglo XX (aunque eso se merece su propio artículo). El diseño de Jenson es quizá el que se convirtió en el estándar a ser seguido desde su creación, tanto que hoy, si cogemos un libro y lo abrimos, es muy probable que esté impreso en una tipografía sucesora de la que impulsó Jenson. Con el paso de los siglos y la llegada del Barroco, del Rococó y del Neoclasicismo cambiarán ligeramente los estilos, pero la fórmula básica creada por los diseñadores renacentistas permanecerá prácticamente igual hasta nuestros días. Como dice Nesbitt, el Renacimiento se convirtió en «el modelo y el ideal para el resto del mundo occidental», pero quizá en ningún área sea esto tan cierto como en la de las tipografías.


Los peores inicios de novelas jamás escritos

Edward Bulwer-Lytton. Retrato de Henry William Pickersgill allá por 1831, más o menos. Imagen: dominio público.

De noches a remojo

La primera vez que la frase «Era una noche oscura y tormentosa» apareció impresa en un texto fue en 1809, entre las páginas de la novela Una historia de Nueva York de Washington Irving, el escritor estadounidense que alumbraría los famosos cuentos «La leyenda de Sleepy Hollow» y «Rip Van Winkle». Pero en aquel momento nadie reparó en dicha frase ni intuyó su potencial como delatora de plumas cargadas de clichés. Veintiún años más tarde, el primer capítulo de la novela Paul Clifford se abría con otro anochecer pasado por aguas pero mucho más amigo del drama y la teatralidad: «Era una noche oscura y tormentosa. La lluvia caía en torrentes, excepto a intervalos ocasionales, cuando era interrumpida por una violenta ráfaga de viento que barría las calles (pues es en Londres donde transcurre nuestra escena), repiqueteando contra los tejados y agitando fieramente la exigua llama de las lámparas que luchaban contra la oscuridad». Aquellas líneas venían firmadas por un dandi británico llamado Edward Bulwer-Lytton, una persona que no tenía ni idea de que acababa de fraguar en aquel párrafo los cimientos de la mala escritura.

Edward George Earle Bulwer-Lytton, primer barón Lytton (1803-1873), fue un caballero londinense que no tardó demasiado en demostrar que se le daba bien trastear con las letras. Antes de cumplir la veintena comenzó a publicar sus primeros poemarios, iniciando una carrera literaria que se extendería a lo largo de numerosos cuentos, obras de teatro y novelas. Una prolífica producción (llegó a utilizar seudónimo para editar todo lo que iba pariendo) donde el autor tonteó con todos los géneros que le fue posible: el romance, la ficción histórica, el humor (apoyándose en el dandismo y los cotilleos de la época), la ciencia ficción, las novelas de misterio e incluso el terror. Su trabajo era tremendamente popular y su militancia entre la élite intelectual evidente: ideó la novela Los últimos días de Pompeya inspirado por el cuadro del mismo nombre del pintor ruso Karl Briulov y fue el hombre que aconsejó a Charles Dickens (coleguita suyo) que le diera un tono más optimista al desenlace de Grandes esperanzas. Entre medias, tuvo tiempo para dedicar varias décadas de su vida a la política al colarse en el Parlamento en las filas del antiguo partido liberal británico para, años después, saltar al bando del partido conservador y finalmente acabar siendo nombrado secretario de Estado para las colonias.

Los últimos días de Pompeya (1827-1833) de Karl Briulov. Lytton se sentó delante de esto en Milán y le sacó una novela. Clic en la imagen para ampliar.

H. P. Lovecraft, en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura, alabó el talento de Lytton a pesar de considerar que se pasaba tres pueblos engalanándolo todo con retórica florida y romanticismo vacío. Lovecraft también decretó que el relato «La casa y el cerebro» del inglés era la mejor historia de fantasmas jamás escrita, una opinión compartida con la del escritor Lafcadio Hearn, que definió el texto como «el mejor cuento de fantasmas en lengua inglesa». No fueron los únicos autores famosos que se declararon fanboys de la pluma del dandi, porque Bram Stoker llegó a reconocer que el relato «A Strange Story» de Lytton había sido una influencia importante a la hora de afilar los dientes de su Drácula. La herencia de Lytton para la cultura puede considerarse alargada, obras como su Vril le dieron un bonito empujón a la ciencia ficción (al juguetear con cosas como los nazis amigos de lo esotérico y la idea de una Tierra hueca en las ficciones científicas), y en sus escritos fue donde nacieron expresiones como «la pluma es más poderosa que la espada» o «el todopoderoso dólar», que se convertirían en recurrentes a lo largo de la historia de la literatura. Pero a pesar de todo lo anterior, a Lytton por lo que popularmente se le recuerda hoy en día es por redactar un inicio de mierda para una novela: «Era una noche oscura y tormentosa».

Penauts.

It was a dark and stromy night

A principios de los ochenta, en el departamento de inglés de la Universidad Estatal de San José (California), el profesor Scott Rice se entretenía efectuando arqueología literaria entre los novelistas victorianos cuando, al enfrentarse a la obra de Lytton, se tropezó con la frase «Era una noche oscura y tormentosa» y reconoció en la misma un cliché tan sobado como para causar escalofríos. Rice tenía cierta experiencia como jurado en numerosos concursos literarios, eventos donde le había tocado comerse decenas de extensos manuscritos amateurs de calidad cuestionable. Y el hecho de haber encontrado lo que parecía ser el caldo primigenio de la mala literatura (una frase inicial extremadamente torpe y muy rebozada en los tópicos baratos) le proporcionó una idea maravillosa: crear un concurso de mala (y breve) literatura, uno basado en premiar a quien escribiese el peor inicio de novela posible. Una competición bautizada como Bulwer-Lytton Fiction Contest (o BLFC) en honor a aquel pobre inglés que arrancó una historia entre aguaceros, rayos y truenos.

Edición original de Paul Clifford. 1830.

La primera edición del certamen tuvo lugar en la propia universidad y como reza la documentación oficial «Según los estándares del campus fue todo un éxito: atrajo a tres participantes». Con la segunda edición, una vez que el evento se había convertido en noticia nacional e internacional por lo cómico del mismo, la cosa se desmadró y más de diez mil autores enviaron sus (horribles) inicios de novela para participar en el concurso. Desde entonces se ha celebrado anualmente en el mismo lugar, con Rice como maestro de ceremonias y con un jugoso premio para el ganador que el reglamento oficial establece como «una miseria». En 2008, el ganador de la competición recibió un cheque con valor de doscientos cincuenta dólares. En 2014, el escritor que se alzó con la victoria comentó que a él tan solo le habían pagado «unos ciento cincuenta dólares o por ahí». El éxito de afluencia provocó que el concurso no se limitase a elegir un único ganador, sino que además incluyese diversas subcategorías según el género novelesco de aquellos malos arranques: aventura, novela detectivesca, literatura infantil, wéstern, ciencia ficción, fantasía, ficción histórica o novela romántica. Entre ellas, merece una distinción especial la subcategoría «Purple Prose» dedicada a premiar aquellos escritos de prosa tan florida, rebuscada y narcisista como para olvidarse de lo que estaban contando. También existe un apartado titulado «Menciones deshonrosas», donde se muestran los textos que no llegaron a ser tan malos como para acaparar podio pero demostraron una calidad (o una pretendida falta de ella, más bien) notable.

Grandes éxitos, oscuros y tormentosos, del Bulwer-Lytton Fiction Contest

A lo largo de sus más de treinta años de vida, el BLFC ha sido el refugio de los más lúcidos peores inicios de novela jamás escritos. Pequeñas maravillas de diferentes géneros que se pueden consultar desde la web del evento (aunque los ganadores y entradas de las ediciones iniciales se han extraviado), de entre las cuales a continuación se lista una selección de grandes éxitos. Un resumen que en realidad es un diminuto ejemplo de todo el talento derrochado por las prometedoras plumas participantes:

Todos los doctores acordaron que el tracto intestinal de Charlie tenía la misma apariencia que un túnel de metro húmedo y oscuro en una ciudad decadente, con pólipos ennegrecidos colgando de cada esquina como pequeñas bombas terroristas, esperando para explotar en su actividad cancerosa. Sin embargo, para Timmy la Tenia, aquello era un hogar.

E. David Moulton, premio Literatura Infantil 2015.


Cuando él le dijo que la amaba, ella lo miró a los ojos preguntándose, mientras contemplaba la infestación de los ácaros de las pestañas, diminutos desodicidas que se introducen en sus folículos para comer el sebo grasiento que contiene (cada hembra pone hasta veinticinco huevos en un solo folículo) causando inflamación, si los ojos serían realmente las ventanas del alma. De ser así, su alma necesitaba saneamiento.

Cathy Bryant, premio BLFC 2012


El «clang» de la hoja de guillotina al ser liberada le recordó a María Antonieta, muy brevemente, el sonido que hacía la pata de madera de su sirviente favorito cuando cruzaba, no muy silenciosamente, los pulidos suelos de Versalles para traerte otra bandeja de petit fours.

Leslie Craven, premio Ficción Histórica 2012.


Como un coche deportivo caro, bien afinado y construido, Portia era elegante, bien proporcionada y hermosa. Su traje rojo moldeaba un cuerpo tan cálido como las fundas de los asientos en julio, su cabello era tan oscuro como los neumáticos nuevos, sus ojos brillaban como relucientes tapacubos, y sus labios eran tan húmedos como las gotas de lluvia fresca sobre el capó. Ella era una mujer impulsiva, alimentada por un único tipo de carburante, y necesitaba un hombre, un hombre que no cambiara sus puntos de vista, un hombre que la guiara por el camino correcto, un hombre como Alf Romeo.

Rachel E. Sheeley, premio BLFC 1988.


En la primera cita, él le había preguntado por cuánto creía que podían venderse en eBay las uñas de los pies de Edgar Allan Poe, y durante la segunda pago el metro con centavos que había pescado de una fuente. Pero, aparte de eso, él era encantador y ella imaginó que podrían tener una vida perfectamente tolerable juntos.

Jessica Sashihara, premio Romance 2013.


Cuando los sentidos de William fueron azotados por una cálida brisa fétida, deseó que se tratase de un temprano deshielo equinoccial de primavera de los que causaban que los ríos se hinchasen como unas encías sufriendo una gingivitis, haciendo ceder a la placa invernal, exponiendo la descomposición y permitiendo al aliento estacional de la Madre Naturaleza respirar impregnando el éter circundante. Pero en lugar de eso, William se despertó con las implacables bocanadas de la halitosis de su esposa.

Guy Foisy, premio Purple Prose 2012.


El cadáver rezumaba el irresistible aroma de un picante glaseado con chile ancho realzado de manera atractiva con un toque de cilantro fresco. Y yacía ante él  extendido, adornado tímidamente por una guirnalda de radicchio variado y cebollas caramelizadas, impecablemente rociadas con riachuelos de vinagre vintage y aceite de ajo asado. Sí, al examinar el cuerpo del crítico culinario, asesinado y tendido en un pequeño y acogedor, pero casi vacío, restaurante, los sentidos del corpulento inspector Moreau le dijeron que aquello era, con toda probabilidad, un trabajo interno.

Bob Perry, premio BLFC 1998.


Mientras trabajaba en el jardín, contemplé el cielo otoñal y pasé mi dedo por el rastro que dejaba una babosa moteada al abrirse camino inocentemente entre mis rododendros. Al sentir aquella viscosidad cálida, la memoria me transportó de vuelta al planeta Alderon, a los tentáculos del alien que me amó.

Mary E. Patrick, premio Ciencia Ficción 2012.


Dolores se deslizó sobre la superficie de su vida como una piedra chata que rebota sobre las aguas tranquilas, ondulando esporádicamente la realidad pero consistentemente ajena a ella. Hasta que finalmente perdió el impulso, se hundió y, debido a que una sobredosis de flúor siendo niña le provocó una apatía crónica, se vio condenada a yacer para siempre en el suelo de su existencia, tan inútil como un apéndice y tan sola como una pesa de doscientos kilos en un gimnasio en el que no están permitidos los esteroides.

Linda Vernon, premio BLFC 1990.


Carlos la contempló con lujuria y asombro mientras ella se alejaba. Aquel cuerpo enfundado en licra se asemejaba a dos luchadores de sumo bien engrasados y subidos en zancos, peleando furiosamente por la victoria.

Marlin Back, premio Purple Prose 2015.


Era una noche amodorrada y estrellada [stark and dormy en el original, un juego de palabras intraducible], una de esas noches de pasar el viernes en la habitación donde las chicas/mujeres solteras ovulan copiosamente y sueñas con sexo duro junto a un chico/hombre malote en el asiento trasero de un Corvette —como aquel que salía en la serie Route 66, solo que de diferente color, aunque el color es difícil de precisar porque la serie era en blanco y negro— si los Corvettes tuviesen asiento trasero, claro.»

David Kay, premio Era una noche oscura y tormentosa 2004.


El detective Micky Blarke llegó a la escena a las 2:14 y, según juró el novato Paul Simmons, le dio una calada tan fuerte a su cigarrillo como para que los interiores de sus mejillas se tocasen. Pero el juez apuntó que tanto detalle no era necesario y ordenó al jurado que desestimasen dicha afirmación.

Joe Polvino, premio Novela Detectivesca 2004.


La cuenta regresiva se detuvo en T menos 69 segundos cuando Desiree, la primera simio hembra en viajar al espacio, me guiñó un ojo maliciosamente mientras gesticulaba con sus labios gruesos y gomosos. Aquella fue la primera de muchas insinuaciones durante lo que sería el más largo, y más memorable, viaje espacial de mi carrera.

Martha Simpson,  premio BLFC 1985.


El barco de Napoleón recibió una fuerte sacudida y volcó cuando el emperador, escuchando como sus generales protestaban como siempre, chapoteó en las tibias aguas de su bañera.

John Doble, premio Ficción Histórica 2011.


Mientras el misterioso extraño se acercaba, Angela se mordió el labio con ansia, deseando con cada nervio, célula y fibra de su cuerpo que este fuese el hombre que supiera comprenderla, el que la llevara lejos de allí. Y esperando que no le apretase una teta al tiempo que imitaba el sonido de una bocina, como hacían todos los demás.

Ali Kawashima, premio Novela Romántica 2011.


El detective Bart Lasiter se encontraba en su oficina, estudiando cómo la luz de su pequeña y única ventana caía sobre su superburrito, cuando la puerta se abrió para revelar a una mujer cuyo cuerpo decía que aquel había sido el último burrito que el hombre comería por un buen tiempo, cuyo rostro decía que los ángeles existen, y cuyos ojos decían que ella era capaz de hacerte cavar tu propia tumba y después limpiar la pala con la lengua.

Jim Guigli, premio BLFC 2006.


Era una noche oscura y tormentosa en Plutón. Un planeta que nadie se tomaba en serio por culpa de su nombre (que recuerda a un perro de dibujos animados), por estar tan lejos del Sol y por no tener atmósfera, algo que al tratarse (creemos) de un planeta inhabitado no parecía demasiado importante en aquellos días donde las únicas preocupaciones del mundo eran la guerra, el hambre, la peste y la muerte.

Ana Rotenberg, premio Ciencia ñficción 2002.


Había un anciana que vivía en un zapato y tenía tanta equidad (porque nuestra historia, queridos niños, está situada en el mercado de bienes raíces de Miami) como para forrar el exterior de su vivienda con terciopelo azul en honor a su ídolo, Elvis, mudar a sus hijos a un botín en la parte trasera, y reabrir el lugar como el Motel Are You Lonesome Tonight? (pero vas a tener que esperar a cumplir los dieciocho años para poder seguir leyendo).

Barbara Bridge, premio Literatura Infantil 2006.


Mientras salía de la estación de policía con sus tacones altos repiqueteando contra el suelo, en un rítmico stacatto similar al que produciría un músico manco tocando las castañuelas en una banda muy mala de mariachis, y con su amplio pecho contenido tan solo por una blusa diáfana, rebotando a cada paso como un Chevy de motor bajo de 1959 con muy buena hidráulica, sonrió para sí misma al recordar el emocionante interrogatorio del detective Tipple sobre el atraco al “Melón de Twin Peaks”.

Wayne Spivey, mención especial Un saludo al escote 2006.


La adorable chica Kaa había sido implacablemente encadenada al poste del guerrero jefe Bestia, cuya bárbara tribu apilaba leña a los núbiles pies de la mujer, cuando la fuerte y limpia voz del poético y heroico Bienapuestomas rugió: «Flick your Bic / crisp that chick/ and you’ll feel my steel / through your last meal». [Dale al mechero / fríe a esa chavala / y sentirás mi acero / a través de tu última comida].

Steven Garman, premio BLFC 1984.


El escalofriante chillido dividió la cálida noche de verano en dos. Siendo la primera de esas mitades la ocurrida antes del grito, bastante suave, calmada y agradable para aquellos que no habían escuchado el grito en absoluto. Pero no suave, ni calmada ni muy agradable para aquellos que sí escucharon el grito, descontando el pequeño período de tiempo durante el grito en sí mismo, cuando sus oídos pudieron haberlo escuchado, pero su cerebro no estaba reaccionando aún para avisarles.

Patricia E. Presutti, premio BLFC 1986.

Mención especial para el escrito de W. W. «Buddy» Ocheltree, que ganó la edición BLFC de 1993 gracias a su habilidad para esconder en el texto una cuenta numérica, demostrando que hay que ser muy bueno para escribir algo muy malo:

Ella, una reportera local de mala calidad, no era realmente mi tipo pero en el primer segundo en el que el representante de tercera categoría del cuarto estado abrió una nueva quinta del viejo whisky escocés, mi sexto sentido me dijo que el séptimo cielo se encontraba tan cerca como la octava nota de la Novena sinfonía de Beethoven. Así que, nervioso como un estudiante de décimo grado agobiándose durante la undécima hora de un examen de física, la coloqué en mis brazos anhelantes y, canturreando «The Twelfth of Never», tuve suerte aquel viernes 13.

El legado Lytton

El 12 de julio de 1965, en las tiras del Penauts de Charles M. Schulz, el bueno de Snoopy se sentó por primera vez ante una máquina de escribir para convertirse en el escritor más famoso del mundo. La primera línea, el inicio de su ambiciosa novela, tecleada sobre aquel trasto era una rotunda «Era una noche oscura y tormentosa». Desde entonces, los manuscritos redactados por el Snoopy literato acostumbraron a arrancar tirando de la misma sentencia. Y los secundarios de las viñetas tan pronto felicitaban al perro por su prosa como criticaban lo resobado de la misma, mientras las editoriales le enviaban cheques inflados a cambio de unas novelas que siempre arrancaban igual.    

Penauts. Clic en la imagen para ampliar,

Madeleine L’Engle publicó en 1962 la novela Una arruga en el tiempo, un texto cuya primera línea era «Era una noche oscura y tormentosa». Una coña literaria plenamente autoconsciente de la naturaleza de cliché de la frase, algo evidente teniendo en cuenta que la novela de L’Engle era todo lo contrario a una conga de tópicos. El escritor de ciencia ficción Ray Bradbury se mofó de sus lectores al cascar la frasecita al inicio de la novela detectivesca Matemos todos a Constance. El decimosexto capítulo de la novelucha para adolescentes Animorphs #2 se inicia con un «Era una noche oscura y tormentosa. Lo siento, siempre quise escribir eso. Pero de verdad que era una noche oscura y tormentosa». El prólogo de Buenos presagios, de Neil Gaiman y Terry Pratchett, anunciaba «Era un día agradable» para poco después intuir noches negras y tormentas antes de arrancar el primer capítulo con un «No era una noche oscura y tormentosa».

Primera edición de Una arruga en el tiempo, o cuando Madeleine L’Engle troleó a los lectores en la primera frase.

En 2008 se anunció que la ciudad de Lytton (Columbia Británica, Canadá) acogería un debate a modo de duelo en el que Scott Rice, creador del concurso Bulwer-Lytton Fiction Contest, se enfrentaría a Henry Lytton Cobbold, tataranieto del vilipendiado escritor. Un encaramiento dialéctico, envuelto en cierto cachondeo, al que Rice asistiría «Para enterrar a Lytton, no para alabarle» asegurando cosas como «El mal que hacen los hombres vive después de ellos. Y en el caso de Lytton dicho mal son veintisiete novelas cuya ardiente turgencia estoy dispuesto a exponer, desnudar y en general hacer visible». Por otro lado, Henry Lytton anunciaba su asistencia para proteger el honor de su ancestro: «Iré para defender su honor. Bulwer-Lytton fue un hombre notable y es muy injusto que el profesor Rice haya decidido nombrar a la competición con su nombre por razones equivocadas. Fue un gran maestro de las artes, un político, escritor, dramaturgo y filósofo. […] Y ser la primera persona que acuña un cliché es en el fondo señal de que era un genio. También firmó frases universalmente famosas como “La pluma es más fuerte que la espada”. Y nos dejó la casa de Knebworth, que no es mala cosa. Y yo creo que la comunidad de la ciudad de Lytton [nombrada en honor al escritor] me apoyará al defenderlo. Porque Bulwer-Lytton ha hecho a sus habitantes bastante felices: en cierta medida es gracias a él que no hayan acabado siendo parte de América». Chris O’Connor, el alcalde de la urbe de Lytton donde se celebraría el debate, avivó el fuego declarando a favor del escritor: «Durante años, el profesor Rice se ha mofado de Lord Edward George Bulwer Lytton con su concurso de ficción. Lord Lytton era tanto un estadista como un autor, y como secretario colonial, fue quien ayudó a crear la colonia de la corona de la Columbia Británica en 1858» explicaba O’Connor antes de apuntar: «Además, no será una noche oscura y tormentosa, porque hemos programado el evento para las tres de la tarde».   

En 2001, el escritor Adam Cadre, inspirado por el certamen BLFC de la Universidad de San José, inició el Lyttle Lytton Contest. Una variante comprimida del concurso original de Scott Rice donde el premio se lo lleva aquel que escriba el peor inicio de novela posible en tan solo doscientos caracteres. Y en internet, gente como Mikhail Simkin han llegado a construir pasatiempos donde uno puede jugar a tratar de adivinar si ciertos párrafos de novelas pertenecen a Dickens o a Lytton. Mientras tanto, el propio Rice tuvo el buen gusto de recopilar algunas de las mejores entradas al concurso (promocionándolas con el eslogan «Hazte con lo mejor de lo peor») en una saga de libros de títulos maravillosos: Era una noche oscura y tormentosa (1984), El hijo de Era una noche oscura y tormentosa (1986), La novia de Oscura y tormentosa (1988), Era una noche oscura y tormentosa: el conflicto final (1992), Oscura y tormentosa cabalga de nuevo (1996) y Era una noche oscura y tormentosa (2007).


Letras y cifras: matemáticas para la hora del vermú

Ilustración de
Ilustración de Raquel Garcia Ulldemollins.

Hace unos días me comentaba mi bien querido Alberto Márquez un apunte curioso que aparecía en Microsiervos. Es este.

Por si les da pereza pinchar en el enlace, les hago un resumen. Piensen una palabra en inglés, cualquiera, la que se le venga a la cabeza. Ajá, beautiful. Gracias, no me esperaba otra. Ahora contamos las letras de la palabra beautiful, son nueve. En inglés, nine. Ahora contamos las letras de nine, son cuatro. En inglés four, y se termina el juego. Porque four es el único número que en inglés tiene tantas letras al escribirlo como indica su cifra. Esto ocurre con cualquier palabra que piensen en dicho idioma. En la misma nota de Microsiervos pueden ver ese hecho representado en este gráfico de Ramiro Gómez.

grafo

¿Qué pasa en nuestra amada lengua castellana? Pues que el resultado final de este juego es o bien cinco o bien un bucle infinito cuatro-seis. Lo de infinito es un pelín exagerado porque entiendo que cualquier persona razonable se daría cuenta enseguida de dicho bucle y pararía. Ya, Mariano no.

Si elegimos por ejemplo la palabra ignominioso, tiene once letras. Contamos las letras de once y son cuatro. Contamos las de cuatro y son seis, que se escribe con cuatro letras. Y ya. Si lo hacemos con la palabra mordaza, esta tiene siete letras. Contamos las letras de siete que son cinco y fin. Porque cinco tiene eso, cinco letras.

Es más, aunque no se dice explícitamente, puede parecer de la lectura de la nota de Microsiervos que la primera opción, el cinco, es más probable que la segunda, el bucle cuatro-seis. En primer lugar por paralelismo de todo lo que se está diciendo que ocurre con el inglés y en segundo por la propia redacción, dicen ellos:

Efectivamente: cualquier palabra acaba en cinco, que es el único número tiene tantas letras como el valor que indica, o bien en el bucle cuatro-seis.

Es verdad que no se afirma que acaben más palabras en el cinco, pero sí que se induce a pensarlo.

Comentando esto con Alberto a la hora del vermú nos planteábamos la siguiente pregunta: si elegimos una palabra al azar del castellano, ¿qué es más probable? ¿Que el juego cabe en cinco o en el bucle cuatro-seis? Como quiere el destino que los dos seamos matemáticos y sin embargo amigos, lo primero que necesitábamos definir es qué es elegir una palabra al azar. Y se nos ocurrían varios experimentos que podrían describir este hecho.

Puede que alguien esté pensando que esto no es relevante y que no es más que una frikada de dos mentes cuadriculadas ociosas. Puede que acierte en lo segundo porque, como ya he dicho, estábamos conversando a la hora del vermú. Pero no en lo primero. Para nada. A la hora de hacer un sorteo justo es imprescindible eso, que sea justo, lo que llamamos equiprobable: que todos los resultados tengan las mismas posibilidades de salir. Por ejemplo, los sorteos esos tan populares en nuestras administraciones en función de las letras de los apellidos no lo son, nunca. Pero de eso ya rajamos aquí en su momento.

Pues bien, de eso les vengo a hablar, porque estuvimos haciendo las cuentas en función de cómo se escogía una palabra del castellano al azar y nos resultó muy llamativo y simpático el resultado. Como corren malos tiempos para la alegría en este planeta no he podido resistir la tentación de compartir tan mirífico hallazgo con ustedes, por si les alegra el día tanto como me lo alegró a mí. Ya ven, algunas, a partir de cierta edad, nos conformamos con poco.

En primer lugar, vamos a ver qué es más popular en castellano para nuestro juego: terminar en cinco o en el bucle cuatro-seis. Si elegimos una palabra de una letra, una tiene tres letras, tres tiene cuatro, cuatro tiene seis y, ya saben, entramos en bucle.

Con dos pasa lo mismo en castellano porque también tiene tres letras. Si se entretienen pueden ir haciendo un gráfico como este.

cifrasletras

Va, les echo una mano. Vamos a hacer las cuentas hasta veintitrés porque la palabra más larga que aparece en el diccionario de la Academia tiene veintitrés letras. ¡Sí! Electroencefalografista, efectivamente. Eso sí, si habláramos en sueco las cuentas las iba a hacer un ídem porque estos tienen palabras de hasta ciento treinta letras, nodöstersjökustartilleriflygspaningssimulatoranläggningsmaterielunderhallsuppföljningssy-stemdiskussionsinläggsförberedelsearbeten, que, como se intuye al pronunciarla significa: artillería de la costa norte del Báltico, construcción de un simulador de vuelo, sistemas de monitorización y mantenimiento y preparación de posters de comunicación. Ya, son así. Qué se puede esperar de un país que compra los roperos a trozos pero no sabe trocear las frases (1).

Bueno, que me derivo, aquí están las cuentas:

tabla

Bueno, pues parece que si lo que elegimos al azar es la longitud de una palabra en castellano, esto es, un número (natural) entre uno y veintitrés, en el juego de marras el resultado más probable es el bucle cuatro-seis: 14/23, aparece catorce de las veintitrñes veces. ¿Podríamos concluir aquí que en castellano es más probable acabar en cuatro-seis que en cinco? No, definitivamente no. Porque hablar en castellano no consiste en elegir palabras al azar en función de su longitud, al menos no para la gente que de verdad sabe lo que quiere decir.

Tendremos que cambiar el experimento. Mira, ¿y si usamos el diccionario de la Academia, que tiene casi todas la palabras que se usan en castellano? (Salvo si te dedicas a la ciencia, claro, que muchos de tus vocablos habituales aún no están recogidos). No hace falta, porque tenemos las cuentas hechas con otro diccionario aquí. Estudiaremos qué resultado es más probable en nuestro juego si el experimento consiste en elegir al azar una palabra en ese diccionario. En este caso haría falta contar cuántas palabras de cada longitud aparecen en el mismo: cuántas palabras de una letra hay en el diccionario, cuántas de dos letras, de tres… Pero ya está hecho en el trabajo de Antonio Frías Delgado, y usando esos datos concluimos que nuestro juego acaba en el bucle cuatro-seis alrededor del 58% de las veces. O sea que, por poco, pero le gana al cinco también como cuando elegíamos las palabras en función de su longitud.

¿Estamos ya en condiciones para concluir que en castellano es más probable acabar en cuatro-cinco que en seis? Pues, mira, no, tampoco. Porque hablar castellano tampoco consiste en elegir palabras al azar del diccionario y soltarlas sin más, hay que unirlas, hilvanarlas y construir esas bellas guirnaldas que son las frases. Lo sé, me he pasado con el azúcar. En cualquier caso, para conseguir lo de las guirnaldas usamos muchas palabras de una, dos y tres letras por ejemplo. Pero en las cuentas del diccionario que acabamos de usar, las longitudes de palabra más probables son ocho, nueve y diez letras, con una probabilidad de entre un doce y un 15% cada una de ellas, mientras que las palabras de longitud uno, dos o tres letras tienen una probabilidad inferior al 1%. Hum, no parece reflejar el porcentaje de veces que usamos las preposiciones o conjunciones, por ejemplo, al hablar.

Vamos a usar un libro. En un libro «se habla» casi como se habla en castellano.

Y, o fortuna, el estudio de Frías Delgado que hemos mencionado más arriba nos va ayudar mucho con eso. Por ejemplo, podemos saber que en nuestro maravilloso Quijote más del 7% son palabras de una letra, más del, ojo, 23% son de dos letras y más del 17% de tres. Mientras que, les recuerdo, estas longitudes aparecían menos del 1% en el diccionario. Pues bien, si usamos el Quijote y hacemos las cuentas de nuestro juego, nos sale que termina en el bucle cuatro-seis alrededor del 77% de las veces. Otra vez le hemos vuelto a ganar al cinco, esta vez con más ventaja.

Ya, igual en nuestro entorno hay una o ninguna persona que hable con un castellano semejante al usado por don Miguel en tan egregia historia, con lo cual esto no nos parecerá significativo.

Pero, pero, pero… según concluye el trabajo que hemos estado usando, la longitud de las palabras en castellano es un factor estable a lo largo del tiempo. Dicho de otra forma, si hacen el recuento con textos actuales (de gente razonable, claro) los porcentajes de palabras de cada longitud serán bastante similares a los de la historia de nuestro desgraciado hidalgo y, de nuevo, el bucle cuatro-seis aparecerá más veces que el cinco en nuestro juego.

Pero si no se fían, ya tienen un pasatiempo para este verano para compartir con niños y mayores: regalen un buen libro y pídanle al obsequiado que cuando lo haya terminado haga el experimento de elegir palabras del mismo al azar y contar como en el juego que hemos propuesto. Yo creo que cien veces es un número razonable de repeticiones pero eso dependerá, claro, del sujeto al que le hayamos propuesto el juego y del tiempo que deseemos tenerlo entretenido. Si nuestra discusión es cierta, ganará el bucle cuatro-seis sobre el 5cinco. En otro caso, pues mira, no, pero y lo que hemos disfrutado leyendo…

(1) No creo que me dedique nunca a la política ni aspire a ninguna silla en ningún ayuntamiento, pero, por si acaso, lo de los suecos es un chiste, no tengo nada en contra de Suecia. Yo tengo amigos suecos.


El dinosaurio de las letras ya tiene su meteorito

El pasado seis de agosto la revista estadounidense The New Republic publicó un artículo de Steven Pinker titulado La ciencia no es tu enemiga. Hace apenas unos días el escritor y crítico literario Leon Wieseltier respondió a Pinker con un artículo titulado Crímenes contra las humanidades.

El subtítulo del texto de Wieseltier resume bien la polémica: La ciencia quiere ahora invadir las artes liberales, no dejen que ocurra.

En el contexto de su artículo, lo que Wieseltier denomina artes liberales es, con matices, lo que nosotros llamamos letras: la suma de las humanidades (la filosofía, la historia, la teología) y las ciencias sociales (la sociología, la economía, la política, el derecho, la pedagogía). Es decir toda disciplina intelectual que no forme parte de las ciencias naturales o las formales (química, física, biología, matemáticas, lógica).

Wieseltier critica en su artículo el cientifismo de Pinker. Cientifismo es el término peyorativo usado habitualmente por los académicos de letras para ridiculizar la idea de que el método científico es el único capaz de describir con precisión la realidad. El cientifismo defiende la superioridad de la ciencia sobre el resto de disciplinas del conocimiento humano, a las que considera poco menos que metafísica.

Lo que molesta en realidad a Wieseltier no es tanto la idea de que la ciencia lo puede explicar todo como lo que se infiere de ella: que ninguna otra disciplina intelectual explica nada. Para el cientifismo tanto la religión como la filosofía, la economía o la política son prescindibles. Pura cháchara académica cuya relación con la verdad es en el mejor de los casos anecdótica. Pan y circo. Ornamentos de colores para currículums perezosos.

Steven Pinker
Steven Pinker.

El debate no es nuevo. El cientifismo se deriva del positivismo de Auguste Comte. Este a su vez bebía de las ideas de Francis Bacon. «Solo la física es ciencia, el resto es coleccionismo de sellos», dijo el físico nuclear neozelandés Ernest Rutherford hace ya un siglo. Pero no hace falta irse tan lejos. Al pie de su artículo Sobre la supuesta singularidad de las ciencias sociales, publicado en esta misma revista, uno de los comentaristas insultó a Kiko Llaneras llamándole positivista. «Vuestro ego, vuestra megalomanía, os delata siempre», dijo. También a mí me llamaron positivista en Jot Down. «Positivista trasnochado», más concretamente. Habrá que ir pensando en fundar un club.

Aquí hay que saber que en el terreno del debate académico el término positivista cumple la misma función que el término fascista en el debate político: sirve para descalificar de raíz al contrincante sin necesidad de dar mayores explicaciones. De hecho, con el tiempo el término positivista ha acabado adquiriendo peso político e identificándose con uno de los extremos del espectro ideológico. Pregúntenle a una feminista lo que opina de Pinker y entenderán lo que quiero decir.

El debate es encarnizado porque lo que propone el cientifismo es un juego en el que el ganador se lo lleva todo: si sus tesis son correctas, las disciplinas de letras deberían ser desterradas de las universidades y pasar a impartirse por correspondencia junto con la astrología, las medicinas alternativas, el reiki y la homeopatía.

El debate, no obstante, no había logrado salir de los círculos intelectuales hasta que el editor estadounidense John Brockman acuñó en 1995 el concepto de Tercera Cultura. La Tercera Cultura, a la que pertenecerían científicos como el mismo Pinker, Daniel Dennett, Richard Dawkins o Lawrence Krauss entre muchos otros, pretende demoler el dique que protege a las letras de las ciencias.

La idea de la Tercera Cultura, que a primera vista puede parecer conciliadora, es el equivalente de un evento de extinción masiva en el terreno del conocimiento humano. La Tercera Cultura es un meteorito de tamaño colosal para las disciplinas de letras. Como ya he tocado el tema en un artículo publicado en el número de septiembre de la revista Muy Interesante, me van a permitir que me autocite para no escribir aquí lo mismo con diferentes palabras:

En la práctica, lo que hace la Tercera Cultura es arrebatar a las ciencias sociales (la economía, la psicología, la política) el monopolio de la influencia sobre los asuntos públicos. De acuerdo a las tesis de la Tercera Cultura, la política educativa, la legislación penal o los sistemas de protección social no deberían ni siquiera discutirse sin tener en cuenta los avances de la neurociencia, la sociobiología o la antropología evolucionista.

La idea de la Tercera Cultura no es inocente porque aunque su premisa teórica es la fusión consensuada de letras y ciencias, es obvio en la práctica que la filosofía, la política y la economía no tienen nada que aportarle a la física, la química o las matemáticas. Pero estas últimas sí pueden en cambio modificar por completo las reglas de juego de las primeras. Una sola gota de neurociencia es capaz de evaporar un océano de ciencia política en menos de lo que se tarda en decir Norberto Bobbio. Y esa es precisamente la diferencia entre el conocimiento verdadero y la pura especulación retórica.

La batalla, en definitiva, es sangrienta. Y uno de los ejércitos contendientes está aterrorizado por partida doble.

En primer lugar, porque la victoria del positivismo no solo dejaría en el paro a miles de académicos y licenciados de letras y los condenaría al más puro ostracismo intelectual, sino que vaciaría de sentido toda su carrera profesional y, muy probablemente, su concepción de la realidad. Observen la cara de un homeópata o de un astrólogo cuando se les dice que la realidad física, lisa y llanamente, no funciona así y sabrán de qué tipo de pánico estoy hablando.

En segundo lugar, porque la idea de que las ciencias se apoderen del debate sobre los asuntos públicos parece conducir hacia una sociedad gobernada por la frialdad de la razón científica y en la que las emociones, los sentimientos, la empatía y las ideologías no tienen cabida. En una sociedad así solo importaría el cómo porque la ciencia nos habría dirigido a la conclusión de que la realidad física no tiene porqué. De que el ser humano y sus códigos morales y sus más elevadas aspiraciones (la belleza, la fraternidad, el amor) no tienen ninguna finalidad. De que están vacíos de significado, de trascendencia y de propósito. De que son arbitrarios. De que la existencia, simplemente, es.

El artículo de Wieseltier es interesante porque resume los argumentos habituales de los defensores de las disciplinas de letras y su visión de la realidad. Con sus argumentos, coma arriba coma abajo, van a sentirse cómodos tanto los creyentes como los laicos que se resisten a una explicación puramente racional de la existencia. También se sentirán cómodos los relativistas, los poetas, los filósofos y muy probablemente cualquier partidario de algunas de las docenas de ideologías redentoristas que se apoderaron del ámbito académico a finales de los años 60.

Leon Wieseltier
Leon Wieseltier.

Esos argumentos se pueden resumir en diez puntos. También sus contraargumentos. Las frases entrecomilladas son de Wieseltier:

1. «La ciencia no confiere una autoridad especial, o ninguna autoridad en absoluto, para responder preguntas no científicas».

No existen preguntas no científicas. Si una pregunta no es ciencia o está mal planteada, o es irrelevante, o es metafísica. Con este argumento lo único que hacen los detractores del cientifismo es sembrar los límites de su terruño de carteles de «prohibida la entrada a extraños». Proteger su modus vivendi, en definitiva.

2. «La ciencia es una fuente de asombro y de mejora».

Es el argumento perdonavidas por excelencia. Conscientes de la banalidad y la función meramente decorativa de las disciplinas de letras, sus defensores atribuyen a las ciencias el que en realidad es su principal defecto: su incapacidad para aportarle al ser humano algo más que entretenimiento banal con pretensiones intelectuales.

3. «Muchos de los defensores de la ciencia, y de los ruidosos nuevos ateos, creen de forma mezquina que pueden refutar la religión señalando sus manifestaciones más extravagantes».

Es el mito de la religiosidad moderada. Pero no existen zonas grises entre la verdad y la mentira. No existen las medias verdades. O dios existe o no existe. O la existencia tiene un propósito último o no lo tiene. Creer en la literalidad de la Biblia o defender una interpretación moderna de sus enseñanzas no supone ninguna diferencia para la ciencia. Entre las creencias de un talibán que lee de forma literal el Corán y las de un creyente que acepta la teoría de la evolución no hay ninguna diferencia desde el punto de vista de la razón, al igual que no la hay entre quien cree en la existencia del dios cristiano y quien cree en la existencia del yeti: ambos están equivocados en el mismo grado. Es decir absolutamente.

4. «La idea de la autonomía de las humanidades, la noción de que el pensamiento, las acciones, la experiencia y el arte exceden los confines de la ciencia, les llena de ansiedad».

No sé si la palabra ansiedad es la correcta en este contexto, pero en cualquier caso se trataría de la misma ansiedad que provoca la insistencia de un interlocutor cualquiera en creencias obviamente falsas. Ni el pensamiento, ni las acciones, ni la experiencia, ni el arte exceden los confines de la ciencia: todos ellos son ciencia pura y dura. La ansiedad real es más bien la que padecen los defensores de las disciplinas de letras cuando ven como la ciencia ocupa poco a poco el que creían que era su coto privado de caza.

5. «Imaginen una explicación científica de una pintura, un análisis de las cerezas de Chardin, desde el punto de vista de los pigmentos que las componen y de un análisis de cómo su mezcla produce las sutiles y tristes tonalidades por las que son admiradas».

Es el recurso habitual a lo que algunos llaman el misterio del arte, una de las pocas actividades humanas que parece no obedecer a ningún fin o interés evolutivo superior. En realidad, el arte no tiene nada de misterioso ni de metafísico y su existencia responde a las mismas necesidades humanas que el sexo, la vivienda, los amigos, el dinero y la comida. Es decir a las de reproducción, protección, socialización, estatus y energía. Lo que hace Wieseltier aquí es mezclar hábilmente dos conceptos diferentes. Por supuesto que explicar el placer estético que provoca una pintura cualquiera analizando los pigmentos que la componen es absurdo. Lo que hace la ciencia es más bien describir por qué determinados colores y determinadas temáticas nos producen más placer que otros colores y otras temáticas. Y la explicación es pura y estrictamente científica.

6. «Los cientifistas no respetan las fronteras entre reinos. Violan esas fronteras para fusionar todos los reinos en uno solo, en su reino. No son plurales».

La verdad no es un término medio entre opiniones plurales. La verdad es una, la defiendan millones de sabios o un único demente. Por supuesto, no hay nada más plural que el error: solo hay una manera posible de acertar en el centro de una diana pero existen cientos de miles de maneras distintas de errar el tiro. La pluralidad, de nuevo, es solo un subterfugio infantil con el que defender el territorio propio: cuantos más locos haya defendiendo disparates, más desapercibidos y tolerables parecerán los nuestros.

7. «[Pinker] parece decir que los científicos piensan bien y los humanistas escriben bien».

Es una frase extraordinariamente errónea. Es cierto que los científicos piensan bien y los humanistas mal. Pero no es cierto que los humanistas escriban bien. Quizá lo hacían hace 40 o 400 años, pero en la actualidad es difícil encontrar a alguien que escriba peor que los licenciados de letras. La prosa administrativa, la judicial, la policial, la literaria, la académica y la que puede encontrarse a los pies de las obras de arte en una exposición cualquiera son un buen ejemplo de los horrores insondables que es capaz de teclear un ser humano cuando no piensa claro y/o ha pasado por una facultad de letras. Lean una tesis doctoral de letras cualquiera y vislumbrarán entre sus líneas el rostro de Satán. Es más: comparen la prosa de Richard Dawkins o la de Frans de Waal con la de su novelista preferido y no volverán a leer sus novelas con los mismos ojos. Por supuesto, no es un problema de pericia con el teclado sino de armonía intelectual: quien no piensa recto jamás escribirá recto.

8. «La imaginación tiene su propio rigor. Lo que la imaginación enseña a la hora de entender el mundo debería también ser llamado conocimiento».

Lo imaginativo es otro de esos conceptos, como el de lo plural, lo artístico o lo poético, cuyo prestigio se basa solo en infantiles razones estéticas. La imaginación no es más que el equivalente de esas cremas faciales que incluyen oro entre sus componentes. El oro brilla y nos parece bonito, sí, pero no hay absolutamente ninguna ley física que diga que lo estéticamente placentero es beneficioso para la piel y lo feo, dañino. La imaginación no es conocimiento de la misma manera que el oro no hace que la piel humana recupere su lozanía juvenil más de lo que pueden hacerlo las heces de hiena. La imaginación, en definitiva, no tiene nada de elevado: es una herramienta, un simple recurso intelectual que nos permite dar con soluciones alternativas para problemas concretos. No tiene mayor trascendencia que el hecho de poner la mano cóncava en vez de plana cuando queremos beber de una fuente. Y por eso el placer que sentimos frente a una obra artística particularmente imaginativa no es más que el reflejo del que sentimos cuando solucionamos correctamente un sudoku: es la señal de que nuestro cerebro, o el de los que nos rodean, está finamente ajustado y funciona correctamente.

9. «Cómo funciona el arte no es la pregunta más profunda que puede hacerse sobre él».

No es la más profunda, es la única. La que explica todas las demás: por qué nos atrae el arte, por qué nos gusta más un tipo de arte que otro, por qué nos gusta contemplarlo, por qué parece resonar en nuestra mente, por qué lo interpretamos de forma diferente en función de nuestras experiencias personales, por qué existe, por qué se ha convertido en un símbolo de estatus, por qué surgen las vanguardias, por qué surge el feísmo, por qué nos suelen gustar los paisajes y no las pinturas de cadáveres, por qué determinadas combinaciones de colores nos parecen más correctas que otras…

10. «Las humanidades no progresan de forma lineal, aditiva y secuencial como la ciencia».

Pero deberían hacerlo si quieren dotarse de un mínimo de prestigio intelectual. La alternativa es la discusión eterna, circular, improductiva y retórica sobre el sexo de los ángeles. Siento derribar el mito, pero no existe absolutamente ninguna actividad humana por extraña, altruista, caprichosa, exquisita o improductiva que parezca que no tenga una finalidad concreta también perseguida, a su manera y con sus medios, por los chimpancés o los bonobos. Una finalidad que puede ser analizada, deconstruida e incluso medida por la ciencia.

Llegará un día en el que los humanos acudiremos a una librería y un simple análisis instantáneo de ADN o un escáner de nuestras sinapsis cerebrales nos dirá qué libro de los miles que hay a la venta tiene más probabilidades de producirnos un mayor placer estético e intelectual. Por no hablar de lo que ocurrirá cuando entremos en un club o en una farmacia. Para entonces hará décadas que las disciplinas de letras han quedado arrinconadas en el museo de los saberes falsos producidos por la humanidad en épocas más oscuras. Y puede que la ciencia nos haya conducido de manera irreversible a la evidencia de que no somos más que máquinas previsibles e intrascendentes. Pero la alternativa, aunque consoladora, es errónea: no disfrutamos de mayor poder sobre nuestras vidas, acciones y elecciones que el del planeta Tierra sobre su órbita alrededor del sol. Así que puestos a escoger, ¿prefieren ustedes quedarse con el único saber humano capaz de calcular su posición y la velocidad de la trayectoria o con aquel que les dice que pueden ustedes vagabundear por la Vía Láctea siempre y cuando lo deseen con el suficiente entusiasmo porque-hay-cosas-que-quedan-fuera-del-terreno-de-la-ciencia-como-por-ejemplo-el-libre-albedrío?

¿Prefieren ustedes, en definitiva, la cruda verdad científica o la piadosa mentira humanista?