Los límites del humor (y 2)

Dave Chappelle límites del humor po
Dave Chappelle. Imagen: Netflix.

(Viene de la primera parte)

El humor no hace un daño físico inmediato, aunque el daño moral es una cosa que, pese a parecer demasiado abstracta, puede cuantificarse, al menos hasta cierto límite. Todos somos, espero, partidarios de una libertad de expresión lo más extensiva posible, pero también entendemos que deben existir ciertas limitaciones. Las justas. Por ejemplo: no veo por qué debería impedirse que Fulano insulte a Mengano. Un insulto será desagradable, pero es pasajero. Sin embargo, cuando Fulano insulta a Mengano a todas horas y por todos los medios, sin dejarlo respirar, la cosa puede considerarse acoso. Lo mismo sucede con el maltrato psicológico, con las amenazas, o con las calumnias. Todas ellas son acciones verbales que no hacen un daño físico per se, pero sí buscan provocar un daño psicológico, y van más allá del mero deseo de expresarse con libertad. Limitar estas cosas es necesario, pero hay que hacerlo en casos extremos.

Muy distinto es pretender que la mera expresión de una idea controvertida pueda ser perseguida por la ley, aun cuando no medien acoso, amenaza o calumnia. Ahí es donde empiezan los grises. Si un cómico empieza a reírse de usted, personalmente y concretamente de usted, bueno: quizá tenga usted motivos para intentar callarlo. Pero si el cómico se burla de un colectivo, de una religión, o de cualquier otra cosa que no sea una persona concreta, no veo por qué debería usted sentir el impulso de pedir que se intervenga.

En el caso de la comedia, creo que lo mejor y lo más sensato es dejar que sean los propios espectadores quienes decidan los límites del humor. Cuando escribo esto, aún está reciente la controversia que ha rodeado a The Closer, el último de los programas especiales de comedia de Dave Chappelle en Netflix. Ya saben, las acusaciones de que Chappelle es tránsfobo, basadas en sus chistes sobre transexuales y en la afirmación de que se identifica con las TERF, trans-exclusionary radical feminists. No tengo una opinión concreta sobre la posibilidad de que Chappelle sea realmente tránsfobo. Puedo entender a quienes piensan que sí, y puedo entender a quienes piensan que no. Y puedo entender a quien se sienta molesto/a por el humor sobre un colectivo. Pero supongamos que alguien agrede una persona transexual, y otro alguien decide echar la responsabilidad del suceso sobre Dave Chappelle. Eso no tendría sentido, dado que el cómico nunca ha sugerido que se agreda a alguien (lo cual, además, es penado como incitación en cualquier país normal). La responsabilidad de una agresión es exclusiva del agresor.

Esto no significa que, desde una perspectiva de la comedia como disciplina, Chappelle no esté cometiendo errores. Chappelle es indudablemente, y pese a sus defectos, uno de los grandes de la comedia. Te puede caer bien o mal, pero el hecho no es discutible: ahí están su dominio del ritmo, del tono, del escenario y de todos los aspectos técnicos de la comedia. Pero con The Closer se ha puesto a la defensiva (además, después ha seguido haciendo extrañas declaraciones preguntándose sobre si ha sido «cancelado»), lo cual me hace pensar que, o bien está dolido en su ego, o bien le está gustando este nuevo papel de enfant terrible. El abandonar por momentos el contexto cómico, el alejarse del equívoco entre ficción y realidad, ha provocado además que The Closer no sea su mejor trabajo. Ojo, contiene buenos momentos cómicos, cómo no, y además demuestra que Chappelle, cuando se pone a narrar, es un excepcional narrador. Pero excepcional. Véase cuando, al final de especial, habla sobre su amiga transexual.

No tengo un juicio moral que hacer sobre Chappelle y, ante la duda, prefiero ponerme a favor de la libertad de expresión del cómico. Defender al cómico no significa alabar todo lo que hace. Sí he pensado que, si Chappelle continúa por ese camino de anteponer sus circunstancias personales a la comedia —cosa que, como vemos, Norm Macdonald nunca hizo ni aun padeciendo cáncer—, corre el riesgo de que sus propios seguidores se terminen aburriendo. Insisto: Closer no está mal, pero es un Chappelle al ralentí y no está entre sus mejores rutinas. Anticipa lo que supondría escorarse demasiado por el camino de Twitter, y, si exceptuamos la religión, no hay nada peor para la comedia que Twitter. La comedia es el arte de hacer reír, no de hacer pensar. Si hace pensar, miel sobre hojuelas. Pero los hermanos Marx o Lucille Ball no estaban ahí para lanzar grandes mensajes. Chaplin lanzó grandes mensajes, pero solamente empezó a hacerlo tras decenas de largometrajes que casi nunca contenían moralejas.

La comedia puede moralizar, pero rara vez sale bien. Ponerse a hablar en serio durante sus rutinas convirtió al George Carlin de los últimos años en un predicador más que un cómico. Dicho de otro modo, terminó siendo más convincente que gracioso. Chappelle parece querer ir por ahí, pero si sus ideas consisten sobre todo en defenderse a sí mismo, no veo el interés. Chappelle es muy inteligente, pero quién sabe, quizá la comedia ya no le importa, y desde luego no necesita el dinero. En fin, es inevitable echar de menos sus años más despreocupados. Recordemos que en su día fue capaz de rechazar un contrato de cincuenta millones de dólares cuando decidió no seguir con su exitoso Chappelle Show. Y lo hizo sencillamente porque se sentía artísticamente incómodo.

Insisto: dejemos que los seguidores de un cómico decidan sobre su futuro. Incluso antes de que existiesen las ponzoñosas «redes sociales», un cómico que conseguía notoriedad traspasando ciertas líneas corría el riesgo de perder a su público si no cambiaba de registro. En los años ochenta, el cómico Andrew Dice Clay se hizo inmensamente popular con su personaje de macarra de Brooklyn que hablaba como si estuviese en una taberna. Su comedia se basaba más en la chabacanería que en la sofisticación, y no a todo el mundo sentaba bien. Cuando apareció como invitado en Saturday Night Live, el episodio tuvo mucha audiencia, pero la cómica del programa Nora Dunn se negó a participar alegando que Clay era un machista. En la misma línea, Sinead O’Connor canceló su actuación musical. Ellas tenían sus razones y actuaron en consecuencia, pero esto afectó poco a Clay. Tampoco le afectaron los problemas con la censura cuando, actuando en los premios MTV, decidió llevar a la pequeña pantalla sus característicos poemas malsonantes. La MTV decidió vetar su presencia (y el veto no sería levantado hasta 2011), pero esto reforzó la imagen de Clay como valiente provocador. Al año siguiente, de hecho, Clay estaba en lo más alto y fue capaz de llenar el Madison Square Garden en dos noches consecutivas, cosa que ningún cómico había conseguido. Además, vendió discos de comedia por centenares de miles de ejemplares. Incluso protagonizó una película que tuvo bastante repercusión en España; aún hoy, conozco a gente que cita frases de ahí.

Hay un motivo por el que Andrew Dice Clay no es recordado como un mártir de la libertad de expresión: su carrera feneció como debería fenecer la carrera de un cómico. Esto es, no porque su comedia es «inmoral», sino porque deja de ser efectiva. Lo que acabó con él no fueron el veto de MTV o las protestas de quienes consideraban su comedia machista y homófoba, sino que su material era repetitivo y el impacto de su concepto estaba destinado a desgastarse. Cuando su propio público se cansó, Clay empezó a ser visto como una parodia de sí mismo, hasta el punto de que ¡otros cómicos empezaron a parodiarlo a él! Y esto es señal de un inminente cataclismo. El día en que Gilbert Gottfried apareció en televisión imitando de manera histriónica a Andrew Dice Clay, las risas de la audiencia sonaron a martillazos. Eran los martillazos sobre los clavos en la tapa del ataúd donde yacía la idea de que la comedia de Andrew Dice Clay seguía siendo cool.

Algo parecido le sucedió a Tom Green, pionero que en 1994 se estaba anticipando en más de un lustro a Jackass, y en varias décadas al tipo de contenido que algunos youtubers hacen hoy (por más que los jóvenes no conozcan este precedente, y por más que otros ancianos como yo crean equivocadamente que los yotubers son estrictamente un fenómeno nuevo). Green empezó su carrera como rapero y en 1992 hizo algo de ruido en su país, Canadá, con el tema «Check the O. R.». Si me preguntan a mí, les diré que el tema no tenía demasiado que envidiar al rap estadounidense de primera línea de la época. Green era muy bueno como rapero, pero su futuro resultó estar en la comedia. Empezó en la televisión de acceso público canadiense, donde cualquier majara podía emitir un programa. Él emitía el suyo en una cadena que no era vista por casi nadie, así que se dedicó a hacer el imbécil con total libertad. Su era humor desenfadado, pueril y en ocasiones hasta truculento. Hoy quizá no llame la atención porque es un tipo de humor mucho más habitual, pero en su momento era algo verdaderamente nuevo, y su entrañablemente estúpido programa empezó a captar a la audiencia joven de Canadá:

En 1999, el ascenso de Green en Canadá hizo que la televisión estadounidense se fijase en él. Y el salto fue espectacular: obtuvo su propio programa en la MTV, que entonces era aún una cadena de enorme repercusión e influencia. En los Estados Unidos, el humor proto-youtuber de Tom Green se convirtió en un verdadero fenómeno. Si quieren ver un delicioso ejemplo de su virtuosismo para la gilipollez, vean la ocasión en que Tom Green les regaló un «putamóvil» a sus propios padres, quienes se lo tomaron con hilarante (y comprensible) indignación. Sí, son sus padres de verdad.

Aquel delicioso programa era de una cretinez insondable, pero cabe aclarar que Tom Green era un tipo inteligente y con mucho talento, y desde luego mucho más versátil que Andrew Dice Clay. Sin embargo, tuvo un problema parecido: insistió con una sola nota hasta que el público se cansó. El salto al cine fue su perdición (aunque cabe admitir que, puestos a arruinar su carrera, él lo hizo por todo lo alto y por la puerta grande). Veamos: dada la popularidad de Green en la MTV —su humor era ofensivo para los adultos, pero parecía dominar el mercado adolescente—, el estudio 20th Century Fox le otorgó graciosamente catorce millones de dólares para que rodase una película, y cometió el error de otorgarle también total libertad creativa. Al parecer, ningún ejecutivo tenía ganas de supervisar lo que veían como un subproducto para quinceañeros sin cerebro. Y bueno, qué decir: Tom Green hizo un uso muy particular de esa libertad. Se descolgó con la película Freddy Got Fingered, un inenarrable ejercicio de anarquía cinematográfica que escapa a todo adjetivo del diccionario. En comparación, el cine de los transgresores oficiales del Hollywood de aquella época —los hermanos Farrelly— parecía hecho por Sofía Coppola.

Freddy Got Fingered tenía un guion que podría haber sido escrito por un quinceañero puesto de marihuana, pero rodado con un presupuesto millonario y un equipo profesional. No digo esto en sentido peyorativo. Cuando uno se para a considerar el concepto general, la inteligencia de Green se hace evidente. No me gusta usar gratuitamente el término, pero al Tom Green de aquellos años solamente se lo puede describir con una palabra: troll. De hecho, le recomiendo a usted ver esta película no porque crea que le vaya a gustar (o no necesariamente), sino porque, se lo digo desde ya, nunca habrá visto algo semejante que haya emergido de un gran estudio de Hollywood. ¿Es Freddy Got Fingered una buena película? No, pero es una película apoteósica. Tome usted este adjetivo como mejor le parezca, porque es el adjetivo perfecto. Y ¿de qué es la apoteosis, concretamente? De la estupidez. Pero a mí me hace gracia, porque soy idiota perdido.

La película se pegó un batacazo en taquilla. Aunque el humor de Tom Green era tan descerebrado y cafre como de costumbre, su joven público no recibió bien el salto a la ficción, probablemente porque les parecía lo mismo de siempre pero sin la gracia añadida de que Green lo hiciese «en la vida real». El público adulto, por descontado, quedó horrorizado al enterarse de las cosas que aparecían en el film. Los críticos se ensañaron con Tom Green y Freddy Got Fingered obtuvo seis premios Razzie, los «Óscar» paralelos que se conceden a las peores películas de cada año. Cabe señalar que Green fue también un pionero a la hora de recibir estos premios. Antes de él, ninguno de los anteriores agraciados con los Razzie se había dignado aparecer en la ceremonia. Pues bien, Tom Green no solo se presentó orgullosamente y para sorpresa de todo el mundo, sino que llevó su propia alfombra roja. Era como si la implosión de su carrera no le importase un comino, cosa que no puede decirse de Dice Clay.

Lo malo del troll es que la fórmula corre el riesgo de agotarse, y eso fue lo que pasó. Los jóvenes también le dieron la espalda al programa de televisión de Tom Green porque aparecieron programas como Jackass (2000), que nunca hubiesen existido sin Green, pero eran más extremos e hicieron que su humor pareciese repentinamente inocente. Y los adolescentes, ya se sabe, rechazan todo aquello que suena inocente. Green trató de reformarse apuntando al público adulto con un talk show inspirado en el de su ídolo David Letterman, pero su imagen de gamberro pueril estaba demasiado asimilada por los espectadores. Hoy, Green es mucho menos popular que entonces, aunque muy respetado por quienes todavía le siguen. Además, sigue llevando el hip hop en la sangre. Si tiene usted afición a improvisar rap, nunca se le ocurra desafiar a Tom Green, porque podría usted salir trasquilado/a.

Así pues, sucede que perfectamente puede ser el propio público de un cómico quien lo abandona más por desidia que por indignación. Y eso es lo saludable. La comedia es un ecosistema que se regula a sí mismo. Cuando el público decide que un tipo de comedia ya no tiene gracia, ese cómico está perdido. A la comedia que ya no funciona hay que dejarla morir, no matarla antes de tiempo.

La comedia, cuando lo es de verdad —y no es un cómico opinando sin pretender hacer comedia—, no puede ser inmoral. O, si puede serlo, ¿a quién afecta? Porque la comedia es un equívoco, una ficción que a veces puede parecer realidad, pero no lo es. Y pedirle moralidad al contenido de una ficción es un ejercicio de incapacidad para entender los límites de la realidad, o, peor aún, un ejercicio de autoritarismo. La comedia debe ser un santuario donde se permita más flexibilidad que en otros ámbitos. Hablo por supuesto de flexibilidad moral y social, no de crear una excepción legal sobre el acoso, la amenaza, la calumnia, etc. Porque, obviamente, esas cosas ya no son comedia. Pero sí creo que es inherente a la comedia el que se digan cosas que quizá no queremos escuchar. Por supuesto, podríamos vivir en un mundo donde toda la comedia fuese blanca e inofensiva, pero eso sería como vivir en un mundo donde toda la música fuese apta para sonar en un ascensor. ¿Quién demonios querría vivir en un mundo así?

Una alegación legítima es, por supuesto, la pregunta: ¿y si la comedia es usada para difundir ideas nocivas? ¿Acaso no es eso un problema? Pues la verdad es que no debería serlo. Como comentaba sobre George Carlin o Chappelle, es fácil detectar en qué momento un cómico abandona el contexto de la comedia y emplea sus rutinas para soltar un discurso (ideológico o de otro tipo). Es fácil detectar que ya no existe animus iocandi. Estoy de acuerdo con muchas de las cosas que decía George Carlin (y no con otras) cuando sermoneaba, pero en esos sermones no lo percibo como cómico, sino como columnista. Lo veo, como diría Norm Macdonald, buscando el aplauso más que la risa. Y eso es respetable, pero no es comedia. Cuando un cómico prefiere opinar, ha abandonado el santuario.

El tener gracia es el santuario. El humor, mientras sea realmente humor, no debe tener límites. Todos decimos cosas controvertidas en privado, todos bromeamos con tabús en privado, pero la comedia es el único laboratorio en el que se puede experimentar con ideas controvertidas y tratar tabús ante la vista de todo el mundo. Un buen cómico es capaz de decir cosas que muchos otros piensan en privado. Cuando Chris Rock distinguía entre negros y negratas, decía algo que muchos otros negros piensan pero no dicen, y que por descontado ningún blanco estadounidense puede decir sin que lo consideren miembro del Ku Klux Klan. No es un asunto que pueda tratar como debe una tertulia televisiva, no es un asunto que pueda tratar un noticiario. Es un asunto que, en público, solamente puede tratar un cómico como Chris Rock. Si los buenos cómicos no pudiesen tratar los temas controvertidos como solamente ellos saben, estos temas quedarían exclusivamente en mano de tertulianos, periodistas y usuarios de Twitter. Líbrenos Dios de esa aterradora posibilidad.


Los límites del humor (1)

Lenny Bruce límites del humor
Lenny Bruce, detenido por traspasar los límites del humor de 1965. Foto: Cordon Press.

¿He sido cancelado? (Dave Chappelle)

Creo que el trabajo de un cómico consiste en hacer divertida cualquier cosa que diga. Nada está más allá de los límites. (Donald Glover, defendiendo que no hay líneas rojas en la comedia)

Personalmente, creo que casi todo son líneas rojas. (Norm Macdonald, siendo Norm Macdonald)

No tengo gracia, ni algo parecido a un sentido del humor funcional. Debido precisamente a estas desdichadas carencias, los buenos cómicos me producen una fascinación rayana en la hipnosis. El don de hacer comedia es, a mis ojos, algo sobrenatural. Creo que con la debida práctica podría aprender casi cualquier otro oficio, pero no ese. Me resultaría más fácil convertirme en jedi que en cómico. Aun así, la comedia como arte  me impone reverencia, y con frecuencia me pregunto en qué consiste exactamente.

Creo que una de las claves del humor, si acaso la principal, es que seamos cómplices de un equívoco. La comedia surge de manera espontánea cuando percibimos que algo parece una cosa, pero al mismo tiempo sabemos que en realidad es otra. Esto se ve en con claridad en las formas más básicas de humor: el de los bebés y el de los animales. Cuando un adulto se tapa la cara ante un bebé, este se ríe porque es cómplice del equívoco y entiende que el adulto no ha desaparecido. La risa es una forma de comunicar su regocijo, como si quisiera decirle al adulto: «Sé que aún estás ahí, sé que no me has abandonado, y sé que intentas entretenerme».

Incluso en niños que ya no son bebés, existe una risa «primitiva» que está ligada al juego, y que es una señal social destinada a que los demás participantes del juego sepan que pueden continuar. Algunos animales, como los perros, ríen de manera muy visible cuando juegan. Esto es importante porque muchos juegos básicos son entrenamientos para la vida adulta, e incluyen simulacros de actividades violentas como la lucha o la caza. El perro ríe y hace saber a los demás participantes dos cosas: que su agresión no es real, y que entiende que la agresión de los otros tampoco es real. Los humanos hacemos lo mismo. Piensen en la típica escena de un padre o una madre jugando con sus hijos al «soy un monstruo que te va atrapar». Los niños, de manera natural, suelen responder riendo histéricamente mientras fingen que corren por sus vidas. La risa expresa que están a gusto, que lo están pasando bien y que, aunque hacen como que huyen, no se sienten amenazados: entienden el contexto lúdico. Si dejasen de entenderlo, se sentirían amenazados o confusos, y cambiarían la risa por el llanto.

La risa es, pues, un indicativo de que el individuo entiende que participa en una situación simulada. Es necesaria para que el juego físico continúe sin contratiempos. Sin embargo, la risa se extiende a muchos otros equívocos que ya no tienen que ver con el juego físico. Y no solamente en los humanos; los animales pueden poseer un sentido del humor muy elaborado que incluye encontrar graciosas situaciones equívocas que, físicamente hablando, no les incumben. En otras palabras: los animales son susceptibles a la comedia. En especial los primates, como demuestra este video que, probablemente, es el mejor vídeo de todo internet:

Esta adorable orangutana se ríe porque entiende el contexto de lo que acaba de suceder. No piensa que la bolita ha desaparecido mágicamente (aunque, por un par de segundos y hasta que cae en la cuenta, se queda perpleja). Sabe que parece que la bolita ha desaparecido, pero que en realidad el humano la ha escondido. Y eso le resulta gracioso. Lo cual conlleva una considerable cantidad de inteligencia por su parte, porque requiere que sea cómplice de un equívoco en el que ella misma no participa. Y para ella, esto es comedia como lo sería también para una niña muy pequeña: «Me estás queriendo tomar el pelo, ¿eh?».

En los humanos adultos, por descontado, la comedia puede ser mucho más compleja, pero el equívoco sigue siendo importante. Toda comedia, de cualquier género, sucede en un contexto que no es real, la ficción (o, de suceder en la vida real, se deriva de otros equívocos como sucesos que parecen peligrosos pero que, cuando terminan sin consecuencias serias, inspiran un tipo de risa que es en parte un producto del alivio: el humor físico de toda la vida). El equívoco de la ficción permite que casi cualquier historia, incluso una muy truculenta, pueda ser contada de forma graciosa, siempre que el narrador sea hábil y que los oyentes entiendan que la historia no es real. Uno de los chistes más salvajes que he oído en mi vida no me lo contó un borracho desconocido en una taberna. Lo contó Ricky Gervais en uno de sus espectáculos:

Los espectadores se ríen porque entienden el contexto: es una comedia. Si pensaran que es una historia real, nadie se reiría. La distinción entre ficción y realidad es fundamental. Sin esa distinción, la comedia elaborada no podría existir, y menos aún la comedia elaborada que toca temas tabú. En uno de sus espectáculos, el cómico Bill Burr hablaba sobre una tertulia femenina de la televisión —supongo que se refiere a The View— cuyas integrantes, al tratar el tema de la violencia doméstica, promulgaban que nunca existen motivos para golpear a una mujer. Lo que aquí transcribo parece una salvajada, pero Bill Burr, que lleva años siendo uno de los mejores cómicos del planeta, tiene un perfecto dominio del tono y del contexto cómico. Consigue que su público, en el que hay muchas mujeres, lo encuentre gracioso:

¿No hay motivos para golpear a una mujer? ¿En serio? Puedo decirte diecisiete motivos, así de primeras. Si me despiertas de un estupor alcohólico, aún sería capaz de decirte nueve. Hay un montón de motivos para golpear a una mujer. No debes hacerlo, pero sentarse ahí y sugerir que no hay motivos… menudo nivel de ego hay detrás de semejante afirmación. Qué estás, ¿levitando sobre el resto de nosotros? ¿Nunca te pones insoportable? Vosotras, mujeres: ¿cuántas veces a la semana pensáis en pegarle una colleja a vuestro puto hombre? [Una mujer del público responde: «¡Todos los días!».] Ahí lo tienes. Todos los días. Pero no lo hiciste, ¿verdad?

La pederastia o los maltratos son temas extremadamente delicados y serios en la realidad, pero nadie en su sano juicio diría que Gervais defiende la pederastia o que Burr defiende la violencia. En ambos casos se entiende que lo importante es el contexto cómico en el que se dicen las cosas. Lo importante no es lo que se dice, sino quién lo dice. Y sobre todo con qué intención lo dice: eso que tradicionalmente se llama animus iocandi, «intención jocosa». Aun así, ¿es el animus iocandi un cheque en blanco? ¿Hay barreras que se debería respetar? ¿Hay algún asunto que los cómicos deberían abstenerse de tratar? ¿Si la comedia hiere los sentimientos de un colectivo, es justo pedir que el cómico se autocensure? ¿Existen los límites del humor?

El problema de la comedia es que necesita renovarse constantemente, lo cual implica explorar y, por ende, terminar traspasando líneas rojas que quizá otros no quieren que se traspasen. En Europa, el papel de traspasar las líneas en el humor lo han ejercido casi siempre revistas impresas; tenemos el ejemplo actual (y heroico) de Charlie Hebdo. En España, las revistas satíricas han tenido siempre muchos más problemas judiciales que los humoristas convencionales. En los Estados Unidos, este papel le ha correspondido a la comedia stand up, lo que aquí denominamos sencillamente monólogos cómicos. Al menos como la entendemos en el siglo XXI, la stand up comedy, la «comedia que se hace de pie», es un género típicamente estadounidense. Por cercanía geográfica y cultural también se ha practicado mucho en Canadá, el Reino Unido, Irlanda o Australia, aunque todos esos países beben de lo que se ha hecho en los Estados Unidos. En la Europa continental tiene menos tradición. En España, de hecho, la stand up es algo relativamente nuevo. Y digo relativamente porque hubo excepciones, si bien muy sui generis, como Miguel Gila y otros.

Poco antes de escribir esto falleció mi idolatrado Norm Macdonald (el único motivo por el que no le dediqué un in memoriam es porque, casualmente, hacía muy poco que había escrito sobre él). De las raras veces en que Norm hablaba en serio obtuve la noción de que el cómico necesita sorprender al público. Que un cómico, al sentarse a escribir su material, ha de explorar y traspasar ciertas líneas. El material recién escrito será puesto a prueba en los clubs, y los espectadores que han pagado una entrada serán quienes harán saber al cómico si se ha excedido traspasando líneas, o no. Esa es la prueba de fuego: lo que opine el público habitual de la comedia, no lo que opine el resto. Norm también insistía en que el cómico debe buscar la risa, no el aplauso ni la aprobación ideológica. De manera velada, mostraba bastante desdén por la tendencia de la gente a escandalizarse. En una de sus rutinas pronunciaba la frase: «Adolf Hitler es el hombre más grande que jamás haya existido» y, justo a continuación, decía al público presente: «Este es el motivo por el que os pedimos que no uséis aparatos de grabación». En realidad, la frasecita describe los sentimientos del perro de Hitler, pero Norm bromeaba especulando que, en caso de producirse un escándalo, su defensa sonaría a excusa de escolar: «No lo dije yo, lo dijo el perro». Una manera como cualquier otra de señalar lo ridículo que es que la gente se escandalice ante afirmaciones cuyo contexto no conoce.

Las ideas de Norm al respecto son importantes por dos motivos. Uno, no hay cómico estadounidense que no venere su figura, y recordemos que los Estados Unidos son la NBA del stand up. Y dos, a Norm le importaba mucho el arte de la comedia. Solamente después de su fallecimiento supimos que llevaba diez años padeciendo cáncer, y que vivía sin saber cuándo llegaría su temprano final. No se lo había contado a nadie más allá de su familia y de su productora y mejor amiga, Lori Jo Hoekstra. Según deducen quienes le conocían de cosas que Norm dijo sobre otras personas enfermas, ocultó su cáncer para que el público no sintiese pena por él, lo cual hubiese arruinado el contexto cómico que rodeaba su persona pública el noventa y nueve por ciento del tiempo. Por ejemplo, nunca ocultó sus problemas con el juego, pero estos podía incluirlos en su comedia porque no provocaban lástima.

El cáncer era otra cosa: iba a matarlo a él, pero no iba a permitir que matase su comedia. Esto le da otro sentido a muchas cosas en la última década de su carrera, y en especial a los chistes que empezó a hacer sobre el cáncer cuando, ahora lo sabemos, ya estaba enfermo y hablaba sobre sí mismo: «Mi tío Bert tiene cáncer intestinal. Está muriendo. En los viejos tiempos, un hombre podía simplemente enfermar y morir. Hoy, tiene que librar una batalla. Así que mi tío Bert está librando una valiente batalla. Que he presenciado, porque voy a visitarlo. Y esta es la batalla: está tumbado en la cama del hospital, con una cosa en su brazo, viendo Matlock en la televisión. (…) Pero no es culpa suya, ¿qué cojones se supone que debe hacer? [hace como que se golpea el vientre]. Es simplemente una cosa negra en su intestino». Por cierto, una ironía: muchos medios han hablado de su muerte empleando la misma expresión de la que Norm se burlaba con desdén: «Batalla contra el cáncer».

El cáncer era la cosa más seria en la vida de Norm, pero él hacía comedia sobre ello. Hay muchos ejemplos de cómo puso la comedia por encima incluso de lo que convenía a su propia carrera. Otros también lo hicieron. El gran mártir de la comedia stand up fue, por supuesto, Lenny Bruce. Comenzó su carrera a mediados de los cincuenta y no era necesariamente el mejor, pero empezó a destacar cuando hizo cosas que nadie más en el mundillo se atrevía a hacer. En sus apariciones televisivas era bastante comedido (salvo la mención, muy atrevida para la TV de entonces, de la actividad sexual de Elizabeth Taylor). En los clubs, sin embargo, trataba de manera explícita toda clase de tabús, desde el sexo a la religión pasando por el racismo o el aborto. También tenía unas tendencias socialistas que entonces eran consideradas «antiamericanas». Para rematar, hacía un uso continuo de palabras malsonantes. Pero no buscaba escandalizar por escandalizar. Se tomaba muy en serio su trabajo. Cuando empezó a improvisar monólogos sobre la marcha inspirándose en lo que hacían los músicos de jazz, pedía a los espectadores que no lo interrumpiesen: «Por favor, no aplaudáis; hacéis que pierda el ritmo».

Lenny Bruce, a su pesar, inició una cruzada por la libertad de expresión, y estaba destinado a perder su batalla para que otros después pudiesen ganar la guerra. En 1961 fue detenido por primera vez bajo el cargo de «obscenidad». Bruce se defendió con habilidad y el juez le concedió la absolución. Sin embargo, la policía se envalentonó también y empezó a presentarse en todos sus espectáculos, esperando cualquier ocasión para echarle el guante. Tras una detención por posesión de drogas, llegó la segunda acusación por obscenidad. Obtuvo una segunda absolución, y eso lo envalentonó. Para entonces, su fama de «obsceno» le iba precediendo incluso en otros países: actuó en Londres y puso los pelos de punta a algunas figuras influyentes, así que el Reino Unido le prohibió la entrada en el país. En Australia se encontró con espectadores hostiles que iban a sus espectáculos con la intención de arruinarlos, mientras que otros sencillamente se marchaban de las salas y dejaban las butacas vacías.

Lenny Bruce sabía que estaba abriendo heridas en la rígida moral de la época, peo sus dos absoluciones del delito de obscenidad lo llevaron a cometer un error fatal: creer que la libertad de expresión estaba efectivamente protegida por la ley de su país. Era verdad que la primera enmienda de la Constitución estadounidense protege la libertad de expresión, y que la cuarta enmienda protege al ciudadano frente a la persecución abusiva del poder judicial o del gobierno. Pero esto era sobre el papel. Lenny no consiguió distinguir la ley escrita, que en teoría debe ser respetada, de su aplicación en el mundo real, donde esa misma ley puede ser retorcida y manipulada en función de intereses diversos.

Así que, en vez de bajar una marcha para evitar nuevos problemas y poder tener una vida más tranquila, creyó que tener la Constitución de su parte era un escudo frente a la censura. Pero solo hacía falta que molestase más de la cuenta a los sectores conservadores para que se movieran resortes que estaban fuera de su alcance, provocando que los jueces empezasen a mostrarse menos favorables. En 1964 empezó la peor parte de su calvario. Fue detenido varias veces sobre el mismo escenario. Tras una de esas detenciones fue juzgado y, por primera vez, recibió una condena bajo la acusación obscenidad. La pena era de cárcel, aunque Lenny quedó en libertad bajo fianza hasta que su apelación fuese resuelta por un tribunal superior.

Desde el punto de vista profesional, esta condena supuso el final de su carrera, porque el dueño del club donde había actuado la noche de autos fue condenado también. Esto provocó que muchos otros clubs de comedia se negasen a contratar a Lenny Bruce. Se dio cuenta de que estaba perdiendo la batalla judicial y social, sintiéndose arrinconado y en una terrible espera para saber si por fin entraba en la cárcel. Su consumo de drogas empeoró notablemente, aunque eso no le impidió ponerse a estudiar leyes con la intención de defenderse a sí mismo en la apelación.

No obstante, era tal su obsesión con el asunto legal que pronto se volvió incapaz de hablar de otra cosa, incluso en sus cada vez más esporádicas (y nada rentables) actuaciones en garitos pequeños. Cayó en una espiral de paranoia. Una noche, se le acercó el músico Frank Zappa, que era su admirador. En un detalle muy Zappa, este le mostró a Lenny su carta de reclutamiento y le pidió que estampase en ella su autógrafo. Bruce se negó a firmar, seguramente pensando que Zappa formaba parte de alguna conspiración gubernamental para enviarlo a Vietnam.

Desesperado y en la ruina económica, Lenny Bruce apareció muerto por sobredosis de morfina en el baño de su vivienda. Era el 3 de agosto de 1966; ese mismo día había recibido un aviso de desahucio. Nunca se ha sabido con seguridad si la sobredosis fue accidental, o si el desahucio fue la última gota que lo condujo al suicidio. Si quieren ver una película sobre esta historia, el gran Bob Fosse dirigió una muy interesante titulada Lenny y protagonizada por el siempre fantástico Dustin Hoffman. La vida fue injusta con Lenny Bruce, quien pagó un precio excesivo por decir cosas como las que veinte años después se hicieron habituales en la comedia. Hoy se habla de la cancel culture, pero lo de querer acallar a quien vulnera verbalmente la moralidad de cada cual no es un fenómeno nuevo. De hecho, la historia demuestra que es peor cuando la presión la ejercen jueces, policías, políticos, y otra gente con poder. La tentación de pedir que se elimine aquello que nos molesta es fuerte. Todos la hemos sentido alguna vez. Pero la consecuencia de que eliminen lo que no nos gusta podría llevar a que después eliminen lo que sí nos gusta.

(Continúa aquí)


Desde el país de los periodistas muertos

Ciudad de México, 2018. Fotografía: Cordon Press.

Este artículo está disponible en papel en nuestra revista trimestral número 26, especial periodismo

El cuerpo de Javier Valdez, tirado en mitad de una calle de Culiacán, capital de Sinaloa, podía reconocerse por el sombrero panamá que siempre llevaba en vida y que ahora le tapaba el rostro, protegiendo de las cámaras su última expresión. Acababa de salir de las oficinas de Ríodoce, el semanario que había fundado junto a su amigo Ismael Bojórquez en 2003. A solo una cuadra de ahí, fue detenido por dos individuos, bajado de su modesto Toyota Corolla, puesto de rodillas y acribillado con doce balas. Fue una conmoción dentro y fuera de México.

A Javier todos lo conocían. Era corresponsal del diario nacional La Jornada y de la agencia France Presse, autor prolífico de libros aplaudidos, como Miss Narco (2007), Huérfanos del narco (2015) o Narcoperiodismo (2016, todos en Aguilar), y su trabajo había sido reconocido con varios galardones, entre ellos el Premio Internacional a la Libertad de Prensa (2011) que da el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés). Además, se hacía querer. Era divertido y generoso. Siempre estaba disponible para los compañeros de la capital y los corresponsales extranjeros que se acercaban a él pidiendo orientación, consejos y fuentes sobre Sinaloa, la región desde donde impera el cartel de drogas más poderoso de América. «Generoso absoluto», precisa la periodista española María Verza. «Era la puerta de entrada a Sinaloa de todo corresponsal».

Su asesinato, el 15 de mayo de 2017, marcó un hito: ni siquiera los periodistas reconocidos eran intocables. Era una anomalía dentro de otra anomalía aún más grande: que México ocupe año tras año uno de los primeros lugares en la lista de países donde matan a más periodistas, solo superado por Afganistán y codo a codo con Siria, Irak y Filipinas (archivos del International News and Safety Institute, INSI). Las cifras varían según la metodología utilizada por las distintas organizaciones no gubernamentales, pero van, desde el año 2000 hasta la fecha, de los cuarenta asesinatos cuyo móvil se probó relacionado con la actividad periodística de la víctima contabilizados por el CPJ —con móvil desconocido cuentan cien— a los ciento cuarenta recogidos por Reporteros Sin Fronteras (RSF), pasando por los ciento veintidós de Artículo 19. México es, además, el país con más periodistas desaparecidos del mundo, veintiuno. ¿Quién mata a los periodistas en México? ¿Por qué? No es solo un actor ni son únicas las causas.

Balbina Flores, corresponsal de RSF, había contestado para una entrevista publicada en Letras Libres en agosto de 2009: «Porque son incómodos. No solo para los poderes públicos, sino también para esos poderes fácticos que conforman el crimen organizado». En aquel entonces, México llevaba ocho periodistas asesinados ese mismo año, tres de ellos solo en julio. La situación parecía no dar más de sí, pero dio. En 2010, mataron a diez, igual que en 2011 y 2012. Hubo un relativo descanso en 2013, 2014 y 2015, años en los que México salió del ranking del INSI de los cinco países más mortíferos para la prensa, pero en 2016 volvió a entrar, con once muertos, y en 2017 alcanzó la cifra más letal, doce. Uno por mes. Balbina contesta a las mismas preguntas ahora, casi diez años después, y las respuestas se parecen.

«La mayor parte de las agresiones provienen de funcionarios públicos, sean policías, militares o políticos», dice Flores. Leopoldo Maldonado, subdirector regional de Artículo 19 para México y Centroamérica, lo corrobora: «Fluctúa cada año, pero en torno al cincuenta y dos por ciento de los casos, hay funcionarios públicos, sobre todo estatales y municipales, involucrados en las agresiones». Luego está el crimen organizado, conocido de manera breve y general como el narco. Y en medio, una delgada línea imposible de discernir que conforman los funcionarios públicos coludidos con el crimen organizado, lo que Jan-Albert Hootsen, representante del CPJ en México, llama «narcopolítica» y que a su parecer está detrás de la mayor parte de los homicidios de periodistas. «Si como dice el académico Edgardo Buscaglia —explica—, el ochenta por ciento de los municipios mexicanos está infiltrado de alguna forma por la delincuencia organizada, ya no podemos distinguir entre las dos categorías».

De esa delgada línea tampoco se libran los periodistas, aunque este cada vez sea un tema más espinoso de tratar: cuando un grupo delincuencial compra el favor de un reportero. La aclamada Alma Guillermoprieto se refirió ello en un artículo publicado hace años en The New York Review of Books:

Digamos que una conferencia de prensa de los Zeta impacta profundamente al reportero A, particularmente después de que el reportero B es asesinado por colaborar con la policía. El reportero A decide adaptar sus historias a lo que él se imagina sería del agrado de aquellos que lo están vigilando, e incluso acepta instrucciones específicas, directrices y solicitudes. Digamos que un día este reportero es asesinado por los enemigos de los Zetas, que lo señalaron como colaborador del enemigo. En el caso poco probable de que un observador externo logre realmente saber por qué y cómo fue asesinado el periodista A, la pregunta seguiría siendo: ¿Estaba involucrado con el tráfico de drogas o era víctima de un chantaje mortal? En cualquier caso, lo más probable es que los dos reporteros A y B estuvieran tratando simplemente de salvaguardar sus vidas.

Datos entre los años 2000 y 2018. Fuente: Article19. (Clic en la imagen para ampliar)

«Es muy difícil hablar del tema porque en México hay una tendencia por parte de la autoridad de criminalizar a las víctimas», dice Leopoldo Maldonado, de declarar que el homicidio en cuestión no tiene que ver con el ejercicio de la profesión y que simplemente, el periodista «andaba en malos pasos». Un ejemplo paroxístico fue el caso del fotógrafo Rubén Espinosa. Oriundo de Veracruz, de donde había huido por amenazas recibidas en su contra por parte de funcionarios del gobierno de Javier Duarte —hoy detenido por corrupción—, fue asesinado en el verano de 2016 con inusitada saña junto a las mujeres que compartían ese departamento en la Ciudad de México: su amiga la activista social, también veracruzana y desplazada, Nadia Vera, Mile Virginia Martín, Yesenia Atziry QuirozOlivia Alejandra Negrete. La investigación, a día de hoy, nunca ha seguido la línea de las amenazas contra Rubén, y tampoco ha determinado con claridad las circunstancias del homicidio múltiple.

En el caso de Javier Valdez, queda claro que su asesinato está relacionado con la guerra que se libraba dentro del cartel de Sinaloa, después de la (tercera) detención de Joaquín «el Chapo» Guzmán, entre los hijos de este —Iván Archivaldo y Jesús Alfredo Guzmán Salazar, llamados para abreviar los Chapitos o los Menores— y Dámaso López «el Licenciado», el exfuncionario de prisiones que había sido socio del Chapo desde que lo ayudó a fugarse por primera vez de la cárcel. En febrero, los Chapitos mandaron una carta a Ciro Gómez Leyva, un conocido periodista con un programa nacional en horario estelar, para denunciar que el Licenciado los quería matar. Dámaso buscó a Javier Valdez para concederle una entrevista y contestar así a los Guzmán. Valdez y Bojórquez pensaron mucho si hacerla o no, pero finalmente accedieron. Los Menores pidieron a los responsables del semanario que no la publicaran, y ante la negativa, se apostaron en los kioscos de Culiacán de madrugada y compraron toda la edición. Guerra en las calles y en los medios. Las amenazas por aquella portada atenazaban el estómago de Valdez. Tanto, que cuando en marzo mataron a la periodista Miroslava Breach en Chihuahua, le recomendaron irse de Culiacán. Se lo estaba pensando cuando, a principios de mayo, Dámaso López fue detenido. Ahí, ha contado Ismael Bojórquez, se relajaron. Menos de dos semanas después, mataron a Javier. «Desde que lo vi tirado en el piso, supe que había sido el narco», dice Ismael en un encuentro informal, al que llega serio y renuente (la última vez que un periodista le presentó a otro periodista para hacerle una entrevista, acabó, sin saberlo, en un documental de Kate del Castillo para Netflix). Además, está cansado del tema. Ya ha dicho muchas veces que cometieron un error: nunca debieron publicar la entrevista al Licenciado. Pero qué difícil es saber que una mala decisión editorial, que en un medio normal de cualquier país normal solo daría lugar a una reprimenda en la siguiente reunión, en algunas partes de México pueda costar la vida.

Reconocidos o no, son los periodistas de provincias los más vulnerables. Y dentro de estos, los que trabajan para medios pequeños. «Por muchas razones», enumera Barbina Flores: «Por sus condiciones laborales, por las condiciones de violencia que prevalecen en su zona, por el desconocimiento de medidas de protección, por la falta de una cobertura amplia de protección…». Muchos de estos periodistas asesinados lo que hacían, continúa Balbina, «ni siquiera era un periodismo de investigación, porque el periodismo de investigación es caro; hacían periodismo en su localidad con los recursos que tenían y se limitaban a la nota —así se le llama en México a la noticia— común diaria».

Es el caso de Moisés Sánchez, al que un grupo de hombres armados sacó de su casa y se llevó por la fuerza, junto con su ordenador y su cámara, en enero de 2015. Su cuerpo se encontró, irreconocible, semanas después. Moisés Sánchez se ganaba la vida como taxista en Medellín de Bravo, a quince kilómetros al sur del puerto de Veracruz, pero su verdadera vocación era la de periodista. Con el dinero que sacaba del coche, y cuando podía, mandaba a imprimir La Unión, un periodiquito que distribuía gratis y que se convirtió en un medio de denuncia ciudadana de la zona, uno de los territorios que controlan diferentes «franquicias» de los Zetas desde hace un decenio, donde los secuestros, las extorsiones y los homicidios son moneda corriente. Además, fungía como guía para reporteros que llegaban de fuera y, a veces, como una suerte de corresponsal para publicaciones de ámbito nacional, como Proceso o La Jornada, que le pedían información. Era un caso calcado al de Gregorio Jiménez, al que secuestraron y mataron un año antes en Coatzacoalcos, al sur del mismo estado de Veracruz, el más peligroso para los periodistas. De los ciento veintidós asesinatos registrados por Artículo 19 desde 2000, veintiséis ocurrieron ahí. El primero que llamó la atención fue el de Regina Martínez, en 2012, que tampoco ha sido resuelto (sí detuvieron a un individuo que se declaró culpable pero, un año después, se descubrió que había firmado su confesión bajo tortura).

Por no hablar del agujero negro informativo que es el estado de Tamaulipas, en la frontera noreste. Allí, la situación de guerra permanente desde 2010 entre los numerosos grupúsculos asociados bien al cartel del Golfo, bien a los Zetas, ha establecido un miedo que obliga a los ciudadanos a usar las redes sociales de manera anónima para poder informar de lo que ocurre. En octubre de 2014, fue noticia el asesinato de la doctora María del Rosario Fuentes Rubio, que denunciaba en redes sociales situaciones de violencia en su ciudad, Reynosa, bajo el pseudónimo de Felina. El grupo armado que la secuestró al terminar su turno en la clínica donde trabajaba usurpó al día siguiente la cuenta de Twitter de la doctora Fuentes (@miut3) y colgó como avatar la foto de su cadáver. «Cierren sus cuentas», decía el tuit macabro. «No arriesguen a sus familias como lo hice yo». Su cuerpo, por cierto, nunca fue encontrado.

«Un crimen así se comete porque el que lo comete sabe que no va a ser castigado», dijo Ismael Bojórquez en televisión poco después de que mataran a Javier Valdez. Y he ahí el corazón de la violencia en México, no solo contra los periodistas. «Es la impunidad lo que incentiva los crímenes contra la prensa», sentencia Jan-Albert Hootsen, coincidiendo con los análisis de Artículo 19 y RSF. Un grado de impunidad que llega hasta el inverosímil 99,75 por ciento.

Una protesta tras el asesinato del fotoperiodista Rubén Espinosa Becerril, Ciudad de México, 2015.Fotografía: Alejandro Ayala / Cordon Press.

En este sentido, Hootsen señala que es un mal que México ha sufrido siempre. Ya en los años ochenta hubo sonados asesinatos de periodistas, como Manuel Buendía en la Ciudad de México o Héctor «el Gato» Félix Miranda en Tijuana, ambos dedicados a denunciar la corrupción y la complicidad entre los poderes públicos y la entonces incipiente delincuencia organizada (muy bien documentada en la serie Narcos: México). Pero cuando se disparó el fenómeno fue en 2006, el año que el presidente Felipe Calderón decidió emplear por primera vez al ejército en operaciones contra las distintas organizaciones criminales, a lo cual la prensa ha llamado siempre, en su intrínseca tarea simplificadora y ruidosa, «guerra contra el narco». Fue la primera vez que México superó a Colombia en periodistas asesinados. «Desde ese momento —dice Jan-Albert— no hemos tenido un año sin por lo menos el asesinato de un periodista».

Ante la situación desbordada, el gobierno mexicano creó, en 2010, la Fiscalía Especializada en Atención a Delitos Cometidos Contra la Libertad de Expresión (FEADLE) y puso en marcha, en 2012, el Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de los Derechos Humanos y Periodistas, bajo el que se hallan acogidos hoy más de trescientos profesionales. Balbina Flores pondera el hecho de que esos compañeros estén siendo protegidos, pero es contundente: «Si lo vemos en un sentido más amplio, no hay garantías para el ejercicio periodístico. No las hay porque el contexto violento no ha cambiado. El contexto de violencia se ha modificado de manera constante, y lo que antes teníamos detectado como zonas de alto riesgo solo en el norte del país, hoy lo tenemos en el norte, en el centro y en el sur». Por otro lado, lamenta, «por la Fiscalía han pasado más de seis fiscales, ha tenido varias modificaciones, y ahora con el nuevo gobierno también va a sufrir más modificaciones. No sabemos qué va a pasar, pero los resultados han sido raquíticos». Jan-Albert Hootsen se refiere a estas medidas con un dicho en su holandés materno: «Een druppel op een kookplaat, una gota en un plato caliente», porque «a fin de cuentas, el mecanismo federal de protección no puede resolver el contexto generalizado de violencia contra periodistas, pues el mecanismo no se enfoca en resolver crímenes, y si el principal factor que incentiva los crímenes contra periodistas es la impunidad, la única solución real es que el Estado de derecho mexicano vaya investigando y vaya resolviendo esos crímenes, incluso los cien asesinatos que se han dado desde 2000».

Y no se ha resuelto de manera completa ni uno solo. A veces, se ha detenido a responsables materiales, pero el autor «intelectual» nunca ha podido llevarse ante la justicia. Por dispararle a Javier Valdez, por ejemplo, detuvieron a un Juan Francisco alias el Quillo y a un Héctor alias el Koala, que resultaron ser sicarios de la facción del Licenciado. Ismael Bojórquez, que pensó en un principio que el crimen provenía de los Chapitos, enojados por la «publicidad» que Ríodoce había dado a su rival, sostiene hoy la hipótesis, en vista de las pruebas de la investigación, de que el crimen fue una reacción de ira por parte del hijo del Licenciado, Dámaso López Serrano «el Mini Lic». En concreto, por un despiece que escribió Valdez cuando detuvieron al Licenciado en el que se refería al Mini Lic como «narco de corridos por encargo y pistolero de utilería y de fin de semana». Esa sigue siendo la línea de investigación de la FEADLE, pese a que en el juicio contra el Chapo Guzmán en Nueva York el Licenciado declarara que los que mandaron matar a Javier Valdez fueron «los hijos de mi compadre», los Guzmán.

El asesinato de Javier pareció que iba a marcar, por fin, un antes y un después en la lucha por erradicar los crímenes contra la prensa. Cambiaron al titular de la FEADLE por un joven voluntarioso y dedicado que sí ha avanzado en algunos casos, e incluso el presidente entonces, Enrique Peña Nieto, se pronunció por primera vez—cincuenta y tres meses después de tomar posesión— sobre esta lacra.

El nuevo gobierno de Andrés Manuel López Obrador, que con treinta millones de votos generó una enorme expectativa, se ha reunido con las organizaciones dedicadas a la defensa de la libertad de expresión y ha expresado su intención de combatir estos crímenes, pero, duda Balbina Flores, no saben muy bien cómo van a hacerlo, puesto que a la vez ha reducido el presupuesto para el Mecanismo de Protección. Este requiere quinientos millones de pesos para operar, asegura Balbina, y solo se le otorgaron doscientos. Y advierte: «En el mes de junio vamos a tener una emergencia como la tuvimos el año pasado». Sea como fuere, en apenas dos meses de ejercicio de López Obrador, van dos periodistas asesinados.

El cuerpo de Rafael Murúa Manríquez, de treinta y cuatro años, fue encontrado el 20 de enero en una cuneta a cuarenta kilómetros del municipio de Baja California Sur donde vivía. Se lo habían llevado la noche anterior. «Sujetos desconocidos», dicen los reportes oficiales. Nadie vio nada más que su coche vacío con las puertas abiertas. Rafael tenía una pequeña radio comunitaria, Radio Kashana, y desde 2016 estaba adscrito al mecanismo de protección para periodistas porque había recibido varias amenazas de muerte. Ocho días después, detuvieron a un tal Héctor como autor material del asesinato, vendedor de drogas y «jefe de plaza», según el fiscal estatal, que declaró a Efe que la investigación sobre el móvil se centra en «situaciones relacionadas a actividades personales» y «ajenas a alguna represalia por su labor periodística». Hay 99,75 por ciento de probabilidades de que nunca sepamos quién y por qué lo mató, y no muchas menos de que Rafael, el primer periodista asesinado de 2019, sea el último en el momento en que usted lea estas líneas.


Pedro Rivera: «El cómic, el cine y la literatura me han ayudado a tener una mente abierta»

Pedro Rivera Barrachina (Cartagena, 1974) es licenciado en Derecho por la Universidad de Murcia y desde 2016 forma parte del Consejo de Gobierno de la CARM, primero como consejero de Fomento y actualmente como consejero de la Presidencia. Firme defensor de la justicia gratuita ejerció como letrado y luego como coordinador del turno de oficio del Colegio de Abogados de Murcia.

Pedro nos recibe en su despacho presidencial y a primera vista ya observamos que esta entrevista no se va a centrar en cuestiones políticas. Las paredes, tapizadas con láminas y pósteres de cómics y películas clásicas, nos muestran la admiración del consejero por personajes como Tintín, Corto Maltés o Alack Sinner.  También por Ransom Stoddard, Sherlock Holmes o Atticus Finch, del que se confiesa admirador y quien a la postre le ha inspirado su nick en Twitter.

Alfonso Zapico dedicó un ejemplar de su Dublinés al consejero de la Bande Desinée del Gobierno de Murcia. ¿Cómo es la relación de consejero de la Presidencia con el consejero de BD?

Me gusta mucho Alfonso Zapico. Y me encantó esa dedicatoria que me hizo. Soy un apasionado del cómic en general desde que tengo uso de razón y no lo oculto, como puedes ver en mis redes sociales e incluso en la propia decoración que adorna mi despacho en la Consejería. De las distintas corrientes existentes, la que más me gusta es la europea y dentro de ella el cómic franco-belga. Empecé a leer precisamente con los álbumes de Astérix y los de Tintín y a partir de ellos me interesé por otros cómics.

¿Por qué el cómic franco-belga tiene tanta riqueza y goza de tan buena salud y el cómic español no?

Es una buena pregunta y creo que la respuesta pasa por la conciencia que tienen los propios lectores respecto del cómic. En España el cómic, o tebeo como lo hemos llamado tradicionalmente, se ve como un arte menor y encuadrado dentro del mundo del entretenimiento, con minúsculas. Sin embargo, tanto en Francia como en Bélgica, los lectores lo equiparan a la literatura y ya desde los años sesenta comienza a ser objeto de investigaciones y estudios académicos. En cualquiera de los dos países es prácticamente imposible entrar en una casa sin que haya un cómic; es un regalo habitual y tiene lectores en todas las franja de edad. No es infrecuente ver en librerías de cómic especializadas a niños con sus abuelos. En su momento se dio el salto de considerar el cómic como un mero entretenimiento a verlo como un arte capaz de producir obras muy interesantes. Tal es así que  podemos encontrar cómics en cualquier librería o museo. En España, sin embargo, el cómic está entrando en las pinacotecas ahora precisamente: los museos del Prado, Reina Sofía o el Thyssen le han dedicado exposiciones e incluso han editado cómics.

Hay un dato muy curioso y revelador y es que este proceso de prestigio de los cómics en nuestro país comienza sacándolos de los quioscos, que era donde se vendían habitualmente, para llevarlos a las librerías. Y esto se ha conseguido pasando a denominar determinadas obras con el término novela gráfica, ideado por Will Eisner, que se ha demostrado muy eficaz. En el momento en que la gente ve una publicación en una librería generalista con una edición bien cuidada se supera la dificultad inicial. En cualquier caso hay mucho que hacer todavía. Está ayudando también en España que se haya creado el Premio Nacional de Cómic, un prestigioso galardón que concede el Ministerio de Cultura.

El año pasado lo ganó la obra El paraíso perdido del ilustrador Pablo Auladell y escoció un poco en el mundo del cómic.

Pablo Auladell es un dibujante extraordinario y es verdad que hubo algo de polémica con la obra porque su formato se asemeja más a un libro ilustrado.  Ahora bien, me pregunto por qué se ha generado esa discusión cuando el cómic, del mismo modo que ocurre con otras artes, no se debe encorsetar. Eso sí, veo positivo que se entable ese debate precisamente entre críticos, porque ayuda a la consideración del cómic como el arte que es.

Estudiaste derecho y tu nick en twitter es @pedroatticus. ¿Cuándo descubriste Matar a un ruiseñor? ¿El cine influyó en tu decisión de hacerte abogado?

Pues yo diría que sí. Matar a un ruiseñor es una película  que a mí me impactó mucho cuando la vi. De hecho hace poco presenté la película en un ciclo de la Filmoteca Regional que se llamaba La película de tu vida donde invitan a personas de la Región de Murcia de distintos ámbitos a elegir un filme que para ellos haya sido importante en su vida. Mis dos películas preferidas son El hombre tranquilo, de John Ford y Matar a un ruiseñor, de Robert Mulligan. El hombre tranquilo ya había sido escogida, y aunque tengo especial debilidad por ella por encima del resto, pensé que en realidad a mí vitalmente me había influido mucho más Matar a un ruiseñor, por el personaje de Atticus Finch. En todos mis lugares de trabajo siempre ha habido una imagen de Gregory Peck interpretando a Atticus. Como podéis ver, tengo aquí en el despacho el cartel de la película. En mi vida profesional he procurado regirme por una ética intachable y Atticus Finch siempre me ha inspirado en mi ejercicio como abogado. También es el padre que me gustaría ser para mis hijas.

Fuiste coordinador de la Comisión de Turno de Oficio y Justicia Gratuita de la Comunidad. ¿Es la justicia igual para todos los españoles?

Efectivamente, tuve el honor de coordinar durante ocho años el turno de Oficio del Colegio de Abogados de Murcia y ser el representante en la Comisión de Justicia Gratuita de la Región de Murcia de los tres colegios de abogados de nuestra comunidad autónoma: Murcia, Cartagena y Lorca. Durante ese tiempo pude constatar la importancia que tiene el turno de oficio y la justicia gratuita para que la justicia sea igual para todos. El abogado de oficio tiene una cualificación y una profesionalidad incuestionable: se le exige llevar varios años ejerciendo la abogacía y realizar unos cursos de especialización para poder acceder al turno. Gracias a esos abogados se puede decir que las personas sin medios, sin recursos, tienen la posibilidad de defenderse ante los tribunales de justicia en igualdad de condiciones que el resto de ciudadanos. Son grandes profesionales. Estoy muy orgulloso del trabajo de mis compañeros y de haber sido letrado del turno de oficio.

«La libertad de expresión no es patrimonio de nadie. Es de todos y la seguiré ejerciendo. Le pese a quien le pese». ¿Es una frase de Valtonyc?

Es una frase mía que escribí como reacción a varios comentarios injuriosos vertidos en redes sociales sobre cierto tema que había generado polémica. Me gustan las redes sociales, especialmente Twitter, y suelo utilizarlas para comunicarme. Respeto todas las opiniones por distintas que sean, pero siempre con un límite, los derechos de la otra persona. Las cosas dichas con respeto enriquecen, aunque no nos gusten. La libertad de expresión es un derecho fundamental que tenemos todos y que hemos de defender. Pero ciertos comentarios injuriosos y calumniosos no se deben consentir. Hay veces que en las redes sociales la gente, incluso con sus propias identidades, traspasa esos límites sin darse cuenta que están utilizando un medio de expresión público.

El eternauta fue una obra censurada por la dictadura Argentina desde 1976. Además fue la causa del asesinato y la tortura de su autor, H. G. Oesterheld. Actualmente, Mauricio Macri también la ha prohibido en las escuelas por el supuesto adoctrinamiento que puede provocar su lectura. ¿Qué te pareció este cómic? ¿Crees que los cómics pueden adoctrinar?

Oesterheld fue uno de los desaparecidos durante la dictadura argentina, posiblemente fuera torturado y asesinado. Sigo preguntándome y seguiré preguntando, como hacen muchos, ¿dónde está Oesterheld?

Oesterheld era maravilloso. Como guionista fue absolutamente extraordinario, estaba dotado de una gran sensibilidad. El hecho es que lo que Oesterheld escribía molestaba a algunos porque ejercía su libertad de expresión y además lo hacía con belleza. Sus cómics siguen siendo actuales. Los valores que Oesterheld muestra en su Eternauta son valores positivos y universales. No sé qué pudieron ver en la dictadura argentina para entender que Oesterheld era un peligro. Lo que él contaba consigue emocionarte todavía años después de su muerte. Si han prohibido el cómic en Argentina es un craso error porque ni los cómics ni los libros adoctrinan motu proprio.

¿En esa línea no te parece que el cómic tiene un elemento subversivo que va un poquito más allá que el libro?

Puede que tengas razón y se dé ese componente más subversivo en el cómic que en otros medios. En cualquier caso es un medio de expresión que da pie, como ocurre con el resto, a realizar cualquier tipo de planteamiento ideológico. Y no hablo necesariamente del cómic satírico pues hay muchos autores, por ejemplo Oesterheld, que hacen una crítica política muy interesante, consiguiendo despertar conciencias y hacernos reflexionar y pensar. Escuchar solo lo que quieres oír y lo que tú piensas es lo más cómodo, pero no te aporta nada. Conocer lo que opinan quienes tienen ideas distintas a la tuyas te enriquece. Y a mí el cómic, el cine y la literatura me han ayudado a tener una mente abierta. Otro de mis autores preferidos, que me han marcado mucho a la hora de desarrollar un pensamiento crítico, es Hugo Pratt. Su Corto Maltés representa a ese tipo de persona libre, que no se casa con nadie y que cuando interviene en los acontecimientos lo hace siempre poniéndose del lado del más débil. Los guiones de Pratt son un canto a la aventura y a la libertad, a lo que contribuyen, sin duda, los paisajes en los que ambienta gran parte de sus historias: la mar, la sabana, las estepas siberianas…

Otro gran personaje es el Capitán Trueno de Víctor Mora. ¿Tiene algún parecido con Corto Maltés?

Creo que llegué demasiado tarde al Capitán Trueno porque es un personaje de una época muy anterior a cuando yo empecé a leer cómics, aunque conservo algunos álbumes guionizados por Victor Mora y dibujados por Ambrós. Sí que diría que comparte elementos y valores con Corto Maltés porque vive aventuras por todo el mundo, participa en acontecimientos históricos importantes de su época y porque entra en relación con los débiles para ayudarlos.

Corto Maltés destaca por esa forma de ser silenciosa con la que contempla la realidad que le rodea.

Corto Maltés recorre uno de los períodos más interesante del siglo XX: desde la Primera Guerra Mundial hasta su desaparición en la Guerra Civil Española, a la que Hugo Pratt llamó la última guerra romántica. Yo, sin embargo, niego que se la pueda denominar así porque en ella se usaron armas muy destructivas y se cometieron grandes infamias por ambos bandos. En cualquier caso, es cierto que la Segunda Guerra Mundial superó a ambas y las armas que se emplearon causaron una muerte y una destrucción como jamás había conocido el ser humano. Esa guerra jamás le habría gustado a Corto Maltés vivirla.

Respecto de su papel en el mundo que le toca vivir, hay quien ha definido a Corto Maltés como una especie de Doctor Who, que se mueve por distintos lugares y acontecimientos como actor pero no protagonista, más bien como personaje secundario. Está en la sombra y su intervención siempre es discreta, se pone de lado de los débiles, sí, pero apenas actúa, y si toma partido en algo su actuación nunca es determinante en la producción del hecho histórico destacado al que está asistiendo. Lo mismo ocurre con el Capitán Trueno. La diferencia entre ambos es el carácter cínico, descreído, del marinero frente a Trueno. Aunque hay quien diría que el Maltés es un cínico pretendido que en el fondo es un héroe…

Hablábamos de que el cómic no adoctrina.

A ver, cualquier obra puede ser utilizada para adoctrinar, todo depende de quién y cómo la explique. Lo importante es que los chicos en el colegio puedan, además de leer literatura, acercarse al cómic a través de distintas obras bien seleccionadas que puedan ayudarles a pensar, a plantearse cosas, a formar un pensamiento crítico, en definitiva.

Desde luego estoy en desacuerdo con que el Eternauta sea una obra que adoctrine. Contiene un mensaje muy potente acerca de la importancia de la colectividad, del grupo frente a una amenaza exterior representada por una invasión alienígena. Es cierto que tras la lucha de la especie humana contra esa invasión se esconde una segunda lectura, la de la lucha contra la dictadura y es ello lo que hacía temer a los militares argentinos. No sé si la prevención del gobierno de Macri irá en la misma línea de no querer que la gente identifique determinados gobiernos con ese poder frente al que ha de luchar el pueblo. En cualquier caso no lo entiendo porque sus políticas no tienen nada que ver con las dictaduras que tanto rechazaba Oesterheld.

Como cartagenero conocerás bien la historia del Cantón de Cartagena que se declaró independiente de España en 1873 e incluso pidió su adhesión a Estados Unidos con tal de no caer en manos del gobierno de Madrid. ¿Es Cartagena una aldea irreductible como la de Astérix?

La historia del Cantón de Cartagena es un episodio histórico muy curioso. Si queréis acercaros a él recomiendo leer Mister Witt en el cantón de Ramón J. Sender.

El cartagenero comparte con los galos de la aldea de Astérix un firme orgullo por su tierra y sus tradiciones. Y no le faltan razones para ello porque Cartagena es una ciudad maravillosa con casi tres mil años de historia y que tiene unas potencialidades tremendas. Además de ser el centro industrial de la Región de Murcia es uno de sus principales motores turísticos.

También habéis tenido al alcalde más chulo de España.

Es una lástima que de Cartagena se haya estado hablando en medios de comunicación nacionales por las impertinencias, groserías y otras salidas de tono del que fue dos años alcalde de nuestra ciudad. Alguien que llegó a Cartagena merced a una carambola pues su partido no ganó las elecciones de 2015, sino que las ganó el Partido Popular. Sin embargo llegó a un pacto con el PSOE para «repartirse» la alcaldía dos años cada partido. Un extraño pacto contra natura que acabó como el rosario de la aurora entre el anterior alcalde y la actual alcaldesa, que gobierna en solitario una ciudad de más de doscientos mil habitantes con tan solo seis concejales de un total de veintisiete. El resultado ha sido que estos cuatro años se han perdido completamente para el municipio. Sin embargo, estoy convencido que tras las elecciones la cosa va a cambiar para mejor.

La Cartagena de entre 1960 y 1970 era una Cartagena pobre donde la gente no decía que tenía vacaciones, decía «estuve de permiso», era una Cartagena donde siempre había un uniforme detrás de todo. ¿En qué se parece esa Cartagena a la Cartagena de ahora?

Pues se parece bien poco. Recuerdo perfectamente la crisis espectacular que Cartagena sufrió de finales de los ochenta hasta mediados de los noventa por la desafortunada confluencia de varios factores: el servicio militar obligatorio desapareció, cerraron varias empresas públicas importantes que había en Cartagena y se produjo también la llamada desindustrialización de la zona. Eran los principales motores económicos de la ciudad, Cartagena se hundió en una depresión tremenda y parecía que no iba a levantar cabeza. Sin embargo, desde el año 95, coincidiendo con la llegada del Partido Popular al gobierno regional y al ayuntamiento, la ciudad experimentó una transformación espectacular. Me atrevo a decir que hay pocas ciudades de España que hayan tenido una metamorfosis tan importante, tan extraordinaria, tan revolucionaria como Cartagena en los últimos veinte años.  Ahora es una ciudad nueva, distinta y eso es un hecho que está ahí y que se puede constatar perfectamente.

Cartagena hizo algo importante como Barcelona: abrirse al mar. El  derribo del muro que delimitaba la zona del puerto comercial fue revolucionaria. Con él desapareció una barrera que impedía que la gente pudiera pasear frente al mar. Se trasladó la actividad comercial del puerto a otra zona y se transformó en lugar de paseo y de recreo, situando allí el puerto deportivo y conectando la explanada del puerto con el eje principal de las calles más emblemáticas del centro histórico de Cartagena. Se han recuperado los más importantes edificios modernistas y junto con la recuperación del teatro romano, se ha conseguido que Cartagena sea una ciudad de gran interés turístico. Se añade además la apuesta del gobierno regional por el turismo de cruceros que hace que lleguen a Cartagena miles de turistas, casi doscientos treinta mil en 2018.

Eres fan de Eduardo Mendoza. ¿Sigue siendo Barcelona la ciudad de los prodigios?

La ciudad de los prodigios es mi novela preferida de Eduardo Mendoza, uno de los autores españoles que más me gusta. Y Barcelona es una de las ciudades en las que me hubiera gustado vivir. Soy un enamorado de Barcelona. El problema de Barcelona, y de Cataluña, es la irresponsabilidad de muchos de sus políticos que han generado artificialmente un problema donde no existía, convenciendo a muchos catalanes de la falacia de que el resto de España les robaba para ocultar así su pésima gestión en unos casos así como  la corrupción de muchos de sus dirigentes. Es una lástima y espero que en Cataluña las cosas vuelvan a su cauce, pero va a ser un proceso largo porque llevamos casi dos generaciones con un adoctrinamiento constante a través de la educación y la televisión pública que recuerda a la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, en la que se sometía desde el nacimiento a los niños a adoctrinamiento durante el sueño, empleando drogas y técnicas hipnóticas. Ello ha hecho que Barcelona haya pasado en apenas unos años de tener una vocación de polis cosmopolita a desarrollar planteamientos de aldea.

Aprendiste a montar en bicicleta en el mar Menor. ¿Tuviste allí algún verano Diabolik? ¿Llegaste a vivir esos veranos de tres meses donde todo iba lento?

Un verano Diabolik es un cómic fantástico, con un dibujo de Alexandre Clérisse muy pop que ilustra un gran guion de género negro a cargo de Thierry Smolderen; ganó el premio al mejor thriller en el prestigioso Salón de Angouleme. Lo recomiendo.

Los veranos de mi infancia no se asemejan, afortunadamente, a los sucesos narrados en aquel. Los recuerdo con mucho cariño y se asocian con La Manga del Mar Menor. Y sí, tengo grandes recuerdos de paseos por La Manga en bicicleta con mis amigos, recorriéndola de arriba a abajo. Aquellos largos y cálidos veranos comenzaban el 20 de junio cuando acababan las clases y terminaban casi a mediados de septiembre cuando volvíamos al colegio.

Al vivir en Cartagena y tener la suerte de tener mi familia una casa en La Manga podíamos disfrutar de esos veranos porque nuestro padre, los días que estaba trabajando podía ir y venir cómodamente en el día. Lo mismo ocurría con Semana Santa, que se acaba convirtiendo en una semana de cerca de diez días junto al mar Menor…

Es un estilo de vida que se nos ha olvidado, ahora parece que las vacaciones tengan que ser un apresurado tres días aquí, tres días allá, y a ser posible irme a Cancún o Japón…

Hoy día ya no son posibles esos veranos y las vacaciones son muy distintas. Creo que probablemente el cambio tiene que ver con el papel que desempeñaban nuestras madres. La mayoría de ellas eran amas de casa que sacrificaron en muchos casos su vida profesional para estar en casa y dedicarse íntegramente a cuidarnos como ocurrió con la mía y la de muchos de mis amigos.

Lo habitual hoy en día es que trabajen fuera de casa tanto el padre como la madre, lo que ha condicionado completamente el modo de disfrutar las vacaciones y la duración de las mismas.

Eso sí, lo que hemos perdido por un lado, lo  hemos ganado con creces por otro, pues la incorporación de la mujer al mundo laboral ha sido un importante elemento transformador de la sociedad y nos ha enriquecido mucho. A mis dos hijas, que aún son pequeñas, les digo constantemente que tienen que estudiar y trabajar muchísimo para poder hacer en su vida lo que quieran y no depender absolutamente de nadie.

Por cierto, si tienen niñas, recomiendo que les compren Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes de Elena Favilli y Francesca Cavallo, editado por Destino sobre mujeres extraordinarias.

El mar Menor es la mayor laguna litoral de todo el Mediterráneo occidental y se está muriendo, a pesar de tener siete figuras de protección. ¿Cuál es su futuro?

El mar Menor es una de las joyas de la corona de la Región de Murcia, un patrimonio no solo de los murcianos, sino de todo el país. Hay muy pocas lagunas en el mundo como ésta. Entre 2015 y 2016 la transparencia del mar Menor, una de sus características más propias, dio paso a una turbidez verdosa que apenas permitía ver unos centímetros como consecuencia de la proliferación de pequeñas algas que se estaba produciendo en la zona por distintas causas, según apuntaban los científicos.

El gobierno regional se encontró con esta situación  y no se quedó quieto, abordó el problema tomándoselo muy en serio. Se creó, en primer lugar, un comité de expertos para analizar el estado de la laguna, cuáles eran las causas que habían provocado esa situación y, sobre todo, cuáles eran las medidas para revertirla y que en el futuro no volviera a producirse. Tanto se ha hecho desde entonces que la situación actual del mar Menor es radicalmente distinta. La transparencia y visibilidad han mejorado ostensiblemente y lo dice todo el mundo, no hay más que venir a verlo y a disfrutarlo. Hoy día es, probablemente, la laguna más analizada y estudiada desde el punto de vista científico que existe. Somos optimistas en el gobierno regional, pensamos que va a ir todavía a mejor y lo que hemos hecho es adoptar las medidas necesarias para que no vuelva a repetirse. Quizá esto se pueda ver como un aviso importante para que todos nos detengamos a pensar que es una especie de ser vivo que requiere respeto, cuidado y mimo.

En mayo de 2016 te nombran consejero de Fomento por «tus inquietudes intelectuales y tu formación jurídica», con dos retos enormes: el nuevo aeropuerto y la llegada del AVE ¿Cómo están ambos proyectos?

Cuando el anterior presidente de la Comunidad Autónoma me ofreció incorporarme a su equipo no me lo esperaba, era algo que no estaba en mi horizonte. De hecho esa semana tenía varios juicios. Pero me pareció un reto tan interesante, que no supe decirle que no, a pesar de carecer de experiencia política. En ese momento había varios proyectos estratégicos que se encontraban estancados, entre ellos la llegada del AVE y la apertura del nuevo Aeropuerto Internacional de la Región de Murcia, que ya estaba construido pero se encontraba inmerso en una especie de laberinto jurídico, con varios nudos gordianos que cortar, que no permitían su puesta en marcha. Finalmente y gracias a un extraordinario trabajo de equipo salió a concurso la explotación del aeropuerto por los próximos veinticinco años resultando adjudicataria AENA. El pasado 15 de enero fue inaugurado por su majestad el rey.

El aeropuerto es una infraestructura absolutamente imprescindible para aumentar el número de turistas que vienen a nuestra Comunidad Autónoma. El anterior aeropuerto era una infraestructura militar con un uso  autorizado civil pero incapaz de desarrollar todas nuestras posibilidades de crecimiento de turistas. Este aeropuerto es capaz de llegar a los cinco millones de turistas al año y creemos, desde luego, que va ser un auténtico revulsivo para nuestro turismo. Tenemos muchísima confianza en esta infraestructura.

Respecto al AVE, se llegó a compromisos importantes con el anterior gobierno para que en el año 2019 estuviera absolutamente operativo, sin embargo el gobierno de Pedro Sánchez lo ha retrasado.

¿La vía ya está hecha?

Lo único que queda es la electrificación de la vía, que es precisamente lo que permite la circulación de trenes de Alta Velocidad. Y se ha paralizado. Algo absolutamente incomprensible porque la Región de Murcia es, junto a Extremadura, la única región de España que no tiene un solo kilómetro de línea férrea electrificada. Tenemos el mismo trazado del siglo XIX. El AVE nos hubiera permitido saltar, automáticamente, del siglo XIX al siglo XXI, en materia de infraestructuras ferroviarias.

Una ciudad como Murcia que tiene cerca de cuatrocientos mil habitantes, la séptima ciudad de España, carece de AVE mientras que otras muchas ciudades mucho más pequeñas de España sí cuentan con red de Alta Velocidad. Es una infraestructura absolutamente necesaria que iba a estar operativa en 2019, como estaba negociado y acordado con el anterior gobierno del PP, el de Mariano Rajoy. Sin embargo, de una manera absolutamente incomprensible, cuando se produce el cambio de gobierno se cambia de planes.

¿El famoso muro?

El verdadero muro lo constituyen las vías del tren que llevan más de ciento cincuenta años rompiendo, marcando como una cicatriz la ciudad y separándola en dos mitades. Es una herida abierta en la trama urbana y se iba curar precisamente con la llegada del AVE. Era el AVE el que iba a permitir que se soterraran todas las vías del tren a su paso por la ciudad de Murcia y eso iba a ser así, estaba pactado, había presupuesto, licitaciones abiertas y obras. De hecho, ya se había iniciado el soterramiento de las vías. La idea inicial era que mientras se ejecutaba el soterramiento se iba tender una vía paralela para que provisionalmente discurriera por ella todo el tráfico ferroviario, incluido el AVE. Y habríamos tenido AVE en la ciudad de Murcia funcionando en 2019. Tras la moción de censura, el gobierno socialista cambió los planes y frenó las obras para que llegara directamente soterrado, algo que se producirá, como pronto, en 2022.

Eso sí, los trenes van a tener que seguir circulando por una vía provisional que estará separada de los barrios por las mismas pantallas, muro les llaman algunos, que iban a colocarse para el AVE. Pero no tendremos AVE. Es algo kafkiano. Creo que es un error que vamos a lamentar mucho los murcianos porque el AVE hubiera sido un importante catalizador de la actividad económica de toda la región. Una infraestructura que no era solo para que lo usáramos nosotros, sino para que llegaran turistas. Se había calculado que podrían llegar a multiplicar por cuatro el número de viajeros. Imagínese lo que es eso para una ciudad como Murcia desde el punto de vista turístico y empresarial. Es un error muy grave del que los murcianos nos vamos a resentir por una decisión meramente electoralista del PSOE sin valorar el interés general.

En abril de este año López Miras hace la primera remodelación de su ejecutivo y dejas Fomento para llevar Presidencia. ¿A qué se debe el cambio?

En mi caso, comencé en el gobierno de Fernando López Miras como Consejero de Presidencia y Fomento. En aquel momento había dos proyectos importantes, la apertura del nuevo Aeropuerto y la llegada del AVE que estaban por concluir y decidió que era conveniente que el equipo que estaba trabajando en ellos y que mejor los conocía pudiera continuarlos. Quizás por mi formación jurídica añadió la Consejería de Presidencia a mis funciones para ayudarle a coordinar la acción de gobierno.

Luego decidió reconfigurar el gobierno volviendo a dotar a Fomento de una consejería específica que se centrara exclusivamente en el impulso y desarrollo de los proyectos estratégicos de infraestructuras. Y yo continué en Presidencia. El presidente ha querido que en su gobierno se conjugue la política con la experiencia profesional y ha procurado que todos sus consejeros tengan una trayectoria profesional que pueda aportar experiencia a la acción de gobierno. En cualquier caso, las razones últimas de los cambios solo las conoce el presidente, que es quien tiene esa prerrogativa de conformar el gobierno. Yo solo puedo dar las gracias por la confianza depositada pues es un honor servir a todos los ciudadanos de la Región de Murcia.

Explícanos qué hace la Consejería de la Presidencia de un gobierno regional.

La Consejería de Presidencia tiene sus propias competencias en materia de seguridad ciudadana, emergencias, acción exterior, Unión Europea, cooperación o administración local y luego tiene una parte de relaciones institucionales en general y con la Asamblea Regional en particular, preparar los contenidos de los consejos de gobierno y la coordinación de la acción de gobierno, es decir, ayudar a que se desarrollen todas las políticas marcadas por el presidente de la Comunidad. Para un jurista es una consejería muy bonita. Está siendo una experiencia apasionante.

La CARM va a convocar 8194 plazas de empleo público la mayoría para el Servicio Murciano de Salud. ¿Cuál es la salud del SMS?

La mejora de los servicios públicos es una de las principales prioridades del gobierno del presidente López Miras. Y ello a pesar de que somos la comunidad autónoma peor financiada de todas merced a un sistema de financiación muy injusto. Los presupuestos generales de la comunidad autónoma destinan ocho de cada diez euros a sanidad, a educación y a servicios sociales. A sanidad, en concreto, cuatro de cada diez. Contamos con uno de los mejores servicios sanitarios regionales. Las valoraciones que hacen los ciudadanos del servicio murciano de salud son muy positivas en cuanto a la calidad del servicio y la atención recibida por sus profesionales.

Tú has sido profesor de la UCAM. ¿Qué opinión te merece esta universidad privada?

En la Región de Murcia contamos con dos magníficas universidades públicas, la Universidad de Murcia y la Politécnica de Cartagena y con una universidad privada, la Universidad Católica de San Antonio.

He sido profesor del Máster de Acceso a la Abogacía, tanto en la universidad pública como en la Universidad Católica de San Antonio. En ambos casos impartía asignaturas relacionadas con la deontología profesional así como la materia correspondiente a la asistencia jurídica gratuita y turno de oficio, precisamente por mi condición de responsable en el colegio de abogados durante ocho años de esa materia.

El gobierno regional entiende que el hecho de que haya tres universidades nos enriquece. Respecto de la Universidad Católica, cuenta con miles de estudiantes y está generando miles de empleos directos e indirectos, está apostando por la investigación y también por el deporte, llevando el nombre de la Región de Murcia más allá de nuestras fronteras. Todo ello justifica que reciba el reconocimiento y apoyo del gobierno regional.

Uno de los mejores divulgadores científicos españoles es el investigador murciano de la UM José Manuel López Nicolás, autor de Vamos a comprar mentiras: alimentos y cosméticos desmontados por la ciencia. ¿Conoces su trabajo?

Conozco a José Manuel. Es un tipo genial y uno de los mejores divulgadores científicos del momento. Consigue explicar la ciencia de una manera muy amena. Y además es un gran fan de Star Wars y de Tolkien.

En tus redes sociales siempre estás animando a la lectura, sin embargo Murcia tiene los índices más bajos de lectura en prensa y libros. ¿Qué se hace para fomentar la lectura desde la comunidad?

La lectura es una de mis pasiones desde pequeño. En casa ya no me caben más libros. Además de ser un placer es muy importante para aprender a expresarte, adquirir vocabulario y, por supuesto, para conformar un pensamiento crítico.

Conscientes de esa importancia, desde el gobierno regional estamos desarrollando un ambicioso plan de fomento de la lectura que está dando muy buenos frutos y que tiene su epicentro en las bibliotecas públicas. La Región de Murcia tiene una red de bibliotecas muy interesante y cuenta con una biblioteca regional, en la ciudad de Murcia, con unos magníficos fondos, no solo de libros sino también de películas, series y documentales. Y su comicteca es una de las más importantes de España.

Sé que te gusta Jiro Taniguchi. ¿Sueles acudir al Salón del Manga de Murcia o te pilla mayor tanto cosplay?

Suelo acudir cada año con mis hijas al Salón del Manga de Murcia, un certamen que se ha consolidado como uno de los mejores del país. Al igual que me ocurre con la literatura y el cine, no me encasillo en géneros con el cómic. Hay buen cómic franco belga, americano, español…y también hay muy buen manga, que es como los japoneses denominan al cómic. Dentro de él hay histórico, para adolescentes, más intimista, de acción, de ciencia ficción… Tengo bastante manga en casa y hay dos autores de los que he comprado prácticamente todo lo que se ha publicado en España, que son Osamu Tezuka, al que se conoce como el padre del manga y, por supuesto, Jiro Taniguchi, que es mi preferido. Lamentablemente ha fallecido recientemente, dejándonos huérfanos a millones de lectores.

Taniguchi es un poeta, cada una de sus viñetas es como un cuadro. Creo que es el más europeo de los dibujantes japoneses. Tiene un dibujo muy limpio que entra muy bien por los ojos y sus historias son pura poesía. Utilizo a Taniguchi para introducir a la gente en el mundo del cómic. Barrio lejano o El almanaque de mi padre, son dos de sus mejores novelas gráficas y son perfectas para regalar a una persona con inquietudes que nunca ha leído cómic.

Taniguchi tiene un éxito gastronómico: El gourmet solitario, ¿lo conoces? Como asociado al Murcia Club Gourmet, ¿cómo recomiendas el arroz? Ojo con lo que contestas que el lobby de la paella valenciana en Jot Down es tremendo.

También he leído El gourmet solitario, por supuesto. Combina dos de mis grandes pasiones, el cómic y la gastronomía.  Respecto de la paella, y que me perdonen los valencianos, me quedo antes con cualquiera de los arroces que se hacen aquí en la Región de Murcia, en especial con el caldero, el arroz con verduras o el de conejo con caracoles. Cuando quieras entablamos un duelo gastronómico al respecto. El guante está lanzado.

¿Cómo surgió el Murcia Club Gourmet?

El gusto por la buena mesa es la que nos llevó hace ya más de diez años a tres amigos a fundar un club gastronómico, el Club Murcia Gourmet. Hoy tiene cerca de cuarenta socios que una vez al mes visitamos un restaurante en la Región de Murcia al que le pedimos que nos presente una cena con un menú degustación con los platos más significativos de su carta maridado con vinos. Tenemos una página web que tiene un gran número de visitas y se ha convertido en una auténtica referencia de la Región de Murcia para buscar y conocer nuevos restaurantes. Somos muy respetuosos con los restaurantes que visitamos, hacemos crónica de la cena, con fotografías de los platos y luego hacemos una valoración atendiendo a varios parámetros, como maridaje, servicio, presentación del plato….

Al mejor restaurante visitado le damos un premio, que se llama Mursiya Mezze, dos vocablos en honor a dos civilizaciones que han tenido una gran importancia en la historia de la Región de Murcia: Mursiya es como llamaban los árabes a Murcia y Mezze es un término fenicio que significa degustación de platos con distintos sabores, colores y texturas.

Me encanta disfrutar de una buena mesa con buenos productos, bien regados con buen vino pero, sobre todo, acompañado de buenos amigos. En la Región de Murcia tenemos unos vinos excelentes, unas frutas y hortalizas espectaculares y también buen pescado y buenas carnes. El turismo gastronómico está en auge y es uno de los grandes valores, de los grandes activos que tiene nuestra comunidad y en el que estamos trabajando mucho desde el gobierno regional para reforzarlo.

En tus palabras «Somos lo que somos por quienes nos rodean». ¿Es una frase aplicación universal?

Sin duda alguna. La escribí en cierta ocasión pensando en mi buena suerte por contar con la familia y los buenos amigos que tengo. El problema es que muchas veces, por la vorágine de la vida, no eres consciente de ello. A mí me pasa demasiado. A veces has de pararte, mirar a tu alrededor, dar las gracias por lo que tienes y disfrutarlo.

En un duelo sacado de un spaghetti western de Sergio Leone, ¿quién ganaría? ¿La gamba roja de Águilas o el langostino del mar Menor?

Me haces una pregunta muy complicada, porque me he criado en el mar Menor pero desde que me casé con María, mi mujer, veraneo en Águilas donde ella ha veraneado toda la vida. No me atrevo a elegir ninguno de los dos pues son dos productos absolutamente extraordinarios, únicos. Lo que si haré es invitar a los lectores a acudir a la Región de Murcia a disfrutar de ambos y de la gran cantidad de productos del mar que podemos ofrecerles. No se arrepentirán.

¿El excomisario Villarejo daría para personaje de cómic? ¿Quien tendría que dibujarlo? ¿Podría ser un villano de Superlópez, de Marvel o de Mortadelo y Filemón?

Villarejo ha sacado a la luz lo peor del Estado, sus cloacas. Tanto en mi condición de abogado como de político me repugnan esas prácticas. Cuesta creer que puedan producirse cosas así en un Estado de derecho como el nuestro.

Respondiendo a tu pregunta, lo que se ha conocido por los medios parece más bien una combinación de lo más cutre del Anacleto de Vázquez con lo más miserable de los personajes del dibujante francés Vuillemin.

Durante la construcción del Parador de Lorca permitió sacar a la luz la Sinagoga de la Judería. ¿Por qué es tan importante esta sinagoga?

Porque a diferencia del resto de las sinagogas halladas en Europa nos ha llegado prácticamente como fue diseñada en el siglo XIV, además de que en ella solo se ha celebrado la liturgia hebrea. Es algo único que merece ser visitado. Se encuentra en la zona de la antigua judería de Lorca. Actualmente el ayuntamiento está intentando integrar a la ciudad en la Red de Juderías de España. Si se consigue será un auténtico revulsivo para el turismo de Lorca y de la Región de Murcia.

¿Has leído Maus de Art Spiegelman?

Por supuesto. Y varias veces, pues me interesa mucho la cultura y la historia de los judíos y dentro de esta última, la Shoah, el Holocausto. Un horror como no ha conocido otro igual la historia de la humanidad pero que muchos todavía se atreven a negar, por un antisemitismo que no acaba de desaparecer de la vieja Europa. Creo que Maus es una obra que debería de estudiarse en los colegios.

Para acabar, recomienda a los lectores un cómic y un motivo para visitar Murcia.

Voy a recomendar dos La balada del Mar Salado de Hugo Pratt y El almanaque de mi padre de Jiro Taniguchi.

Y respecto de la Región de Murcia os diré que es una tierra maravillosa donde puedes encontrar todo lo que buscas, desde una costa magnífica a un paisaje interior absolutamente extraordinario, combinado con una de las mejores gastronomías de España y con una gente muy amable y muy acogedora.

No puedo darte un solo motivo porque literalmente hay mil. Te costará irte de aquí y volverás seguro si vienes. Venid, no os defraudará.


Música, ¡censura!

Fotograma del documental The Beatles: Eight Days a Week (2016). Imagen: Apple Corps / Imagine Entertainment / White Horse Pictures.

El control sobre las ideas es una constante en la historia. Con internet nunca hubo más gente ejerciendo el derecho universal a la libertad de expresión, así como también la cantidad de ofensas y ofendidos. Creo que se confunde el objeto cultural con la representación y los códigos elementales de convivencia, igual que el arte se diluye en simple juguete de verbena que juega a la transgresión. Todo ello no sé si es por desconocimiento o porque ya hemos saltado el eje y muchas nos creemos seres virtuales y personajes de ficción. Sea como fuere, la reacción de quienes mandan a este teatrillo de las apariencias y la ofensas, espoleados por los grupos de observadores y vigilantes, no ha sido supertecnológica —un borrado de recuerdos, una policía de Precrimen, chip en la cabeza, no sé— , sino a la antigua: multas, denuncias, cárcel y una intricada red de normas y subterfugios burocráticos, laberinto ideal para fiscalizar y prohibir aquello que no proceda a sus ojos u oídos, incluida la acción de los cuerpos de seguridad, que es favorecida por la promulgación de leyes especialmente duras.

La censura existe en todos los países, más o menos camuflada en sus leyes. El mercado anglosajón, por ejemplo, tiene casos para escribir una enciclopedia de varios tomos únicamente sobre espectáculos, discos y canciones prohibidas (instrumentales incluidos). En España, según dicen los estudios, vamos escalando posiciones en el hit parade de lugares donde más se vigila y castiga la expresión cultural, muy cerca de China, Cuba y la India, batiendo récords, por ejemplo, en la persecución de artistas de rap. En este tema somos una potencia mundial. A consecuencia de la Ley de Seguridad Ciudadana, de 2015, salimos a escándalo diario por la acción de la justicia ante la reacción contra determinadas canciones y espectáculos. Lo primero, el show de los dos titiriteros en Madrid, quienes acabaron en el cuartelillo con aplicación de la ley antiterrorista. Lo último, el juicio y condena de cárcel al rapero Valtonyc y la denuncia de unos números de la Guardia Civil al cantante Evaristo Páramos, por recitar la jota en su concierto. Un lío mediático con olor a verbena y fritanga que no se recordaba desde los ochenta, cuando las Vulpess salieron en la 1 de TVE tocando una versión de los Stooges retitulada «Me gusta ser una zorra» y la Conferencia Episcopal pidió la cabeza de Carlos Tena, director del programa. Al año siguiente acabaría con «La Edad de Oro», de la tristemente fallecida Paloma Chamorro, por incluir vídeos crowleyanos de Psychic TV y la performance de Jordi Valls, con denuncia por blasfemia incluida. Los dos periodistas no volvieron a levantar cabeza en lo profesional.

Esa década también fue testigo de la censura discográfica del grupo Kortatu, a los que cambiaron portadas e incluyeron pitidos sobre varias canciones, como se hacía en los setenta (en algunas emisoras de radio los discos con palabras inconvenientes eran rayados a mano en el surco «maldito»). Pero los tiempos ¿cambian? En los años noventa, los alcalaínos A Palo Seko publicaron su segundo disco con una portada que si entonces fue polémica y tuvo su censura en Japón, hoy habría llevado a sus responsables directos a un tribunal de justicia, como les llevó a otros, recordemos los casos de Negu Gorriak y Soziedad Alkoholika.

Mira que la Iglesia católica lo intenta con los sacerdotes rockeros y el gobierno con sus policías de calendario para adultos, pero desde las altas instancias se sigue condenando con mucha dureza la música popular y con ella cualquier veleidad y comentarios desafortunados a cuenta del dogma o las personas importantes. Aun así, no tengo noticia de quema pública de discos en España, tal y como se hizo en Estados Unidos, cuando los fundamentalistas cristianos protestaron contra los Beatles quemando sus elepés, o la manifestación del 79 en Chicago, donde una multitud de rockeros quemó discos de baile y funky, porque afirmaban que era música de negros para homosexuales. Mi hipótesis es que aquí, con lo que nos gusta condenar cosas y personas, los discos no han ido a parar a hogueras públicas por un simple motivo de dinero. Quizá son/eran demasiado caros para comprar y luego destruir. Una solución mucho más práctica y económica sería contribuir a no publicarlos o entorpecer su divulgación.

De la carrera de disparates cometidos en nombre de la censura franquista (la hubo antes y la hay ahora) sobre los libros, el arte, el teatro y el cine, existen abundantes datos y una extensa bibliografía. No tanta, ni mucho menos, sobre la persecución que la Iglesia y el Estado realizaron sobre la música. La razón es obvia. La música no ha tenido (ni tiene) en este país la suficiente importancia como para dedicarle un minuto, ni siquiera cuando ha sido objeto de represión. En la actualidad, salta a los espacios de entretenimiento que son los telediarios por el gancho de los sucesos penales o el oportunismo, con su torrente de manifestaciones, pero casi nunca desde una perspectiva que implique, además de conocimiento, cierta reflexión. Véanse los más recientes casos de «reapropiación cultural», término que muchos ha abrazado con más pasión si cabe que el de «régimen del 78»: uno, para relanzar la carrera de una solista que le pone letra al himno, emulando el espíritu patriótico de don José María Pemán, y dos, para generar esforzadas polémicas a cuenta del flamenco-pop, utilizando conceptos reivindicativos que tienen un interesante nicho comercial y cuota de influencers.

Las pocas investigaciones acerca de la censura en la música solo se habían centrado en la canción protesta, en torno a la Nova Cançó y el folk en Euskadi; sin embargo, la vigilancia sobre la música pop (el cuplé, el tango, la copla, los boleros, el pop-rock), las presiones políticas ejercidas a los artistas, las discográficas, emisoras de radio, los programas de televisión y promotores de conciertos, fuera del mundo del coleccionismo y los aficionados a la música, han sido consideradas un tema sin interés que tiene, por el contrario, una intrahistoria increíble. Miles de discos prohibidos, mutilados, «reeditados» en formas muy sui generis, conciertos suspendidos por orden de gobernación, artistas obligados a cambiar de imagen y repertorio, cuando no encarcelados, y público dispuesto a salir corriendo, si no querían recibir, como bis extra, un palo de los grises, quienes se empeñaban en esta tarea a título deportivo.  

La curiosa evolución de la censura en el franquismo y otros fenómenos extraños

La Policía de la Moral planeó sobre Televisión Española desde su inauguración en 1956, y fueron las actuaciones musicales las que salieron peor paradas. No estoy hablando de cantantes o grupos de pop-rock, sino de los mismísimos coros y danzas folclóricas que amenizaban los huecos de las primeras programaciones. Antes de que Elvis debutara cortado por la mitad en el show de Ed Sullivan, los técnicos hispanos ya tenían que improvisar formas muy parecidas a la hora de emitir estas actuaciones, puesto que solo podían mostrar a los cantantes y bailarines (ya fuesen de flamenco o muñeiras) de cintura para arriba. En este contexto, las cantantes femeninas casi nunca eran filmadas de cerca. Si era absolutamente necesario, cuando venía una solista importante, se la cubría con uno de los legendarios chales de la casa, grupo de trapos usados y dicen que sucios, con los que los ayudantes del regidor a veces tenían que perseguir a la artista mientras esta cantaba en directo, caso de la primera actuación de Josephine Baker en TVE. La situación rayaba, vamos a decirlo de una forma clínica y suave, en la esquizofrenia: un ejemplo, este texto de la censura condenando la filmación de un cuadro flamenco, donde se puede leer, tras la imposición de la multa correspondiente, esta descripción del clérigo: «… el muslo intensamente moreno, al destacar sobre la inmaculada blancura de la ropa interior, y especialmente de la braga…». El realizador del programa, uno de los pioneros de la televisión, Vicente Llosá, no pudo evitar remitir al devoto censor una carta con estas palabras: «… Y no solo acato respetuosamente la sanción, que considero justa, sino que respetuosamente me permito felicitarle por su texto y manifestarle que creo que ha equivocado usted su camino. Con este tipo de literatura haría usted una verdadera fortuna». (Miguel Pérez Calderón, Las mil y una noches de TVE, Ed. Santafé, 1982, pág. 43).

La «Cruzada de la Decencia» producía estos monstruos. Al respecto, hay que señalar, otra vez, que en la extensa bibliografía sobre la historia de la televisión en España, tampoco existe información en profundidad sobre los programas musicales. Y una curiosidad, mientras la censura se afanaba en supervisar el contenido de estos espacios, un lugar de la parrilla de emisión permanecía, más o menos, al margen de sus garras: la carta de ajuste, programa diario desde 1966 a los años ochenta, fue un inesperado terreno de semilibertad, donde músicos y técnicos de la sección de Ambientación Musical de RTVE emitieron toda clase de estilos, algunos imposibles de creer en aquella época: el jazz, la música contemporánea y el pop-rock.

La música en sí misma carecía del peso suficiente como para tomarla en cuenta, salvo si iba acompañada de bailarinas más o menos ligeras de ropa, haciendo movimientos sugerentes que podían ser criticadas desde una actitud condescendiente o racista, como ya se hizo con los primeros intérpretes de hot jazz llegados a España. Lo que importaba era el texto, y los censores actuaron buscando en las letras posibles ofensas a la moral, el Estado, o lo que ellos considerasen expresiones de mal gusto, indecorosas y «antiespañolas».  

Ahora comenzamos a hacernos una idea de cómo fue el proceso de editar una canción y publicar un disco, además de las sustanciales diferencias que este requirió según la época. Contrariamente a lo que se pudiese pensar, cuanto más nos acercamos al final de la dictadura, más complicado se hizo. A partir de los años setenta, cualquier canción que se quisiese publicar en España había de ser remitida (en dos copias) a la Dirección General de Radiodifusión y Televisión para «su evaluación», aunque los criterios eran desconocidos; es decir, quedaban al arbitrio de los censores y la autoridad. Es concretamente en el año 70 cuando se establece que el Ministerio de Información de Turismo, a través de su Dirección General de Cultura y Espectáculos, será quien establezca los permisos de edición y difusión de los textos grabados. Y todavía más: en caso de haber recibido la aprobación, estas instancias se reservaban el derecho de anularlas en el último momento, por cualquier motivo que se les ocurriese. Doble control para emitir y publicar los discos por medio de instancias diferentes, que a veces no coincidían en el veredicto, con resultados esperpénticos (canciones prohibidas en la radio que se podían comprar en las tiendas, o al revés).

Las razones de este celo musical en los últimos años de la dictadura no fueron, desde luego, una conversión del Gobierno y sus cuadros de mando al pop, sino la enorme demanda del público y las cada vez más numerosas peticiones de las empresas por editar música, tanto nacional como extranjera. Como explica el periodista Xavier Valiño en el libro de su tesis doctoral, Veneno en dosis camufladas (Ed. Milenio, 2012), un concienzudo estudio sobre la censura discográfica en los años setenta, realizado con los documentos que aún quedan en el Archivo General de la Administración, no veríamos a ningún ministro, ni siquiera a un subsecretario, controlando personalmente las letras de Bob Dylan, como sí sucedió con algunos libros, pero se crearon fuertes cortapisas para impedir que el contenido de las canciones llegara tal y como y sus creadores lo habían concebido, en el caso de que los vigilantes las considerasen inadecuadas, siempre con ese afán proteccionista y guardián del Estado sobre los españoles. Sin una normativa dada por escrito sobre qué conceptos eran los que se debían censurar en los discos, los lectores de canciones se limitarían, pues eso, a prohibir lo que no se podía decir o mostrar en una representación musical. Que es un terreno tan estéril como incomprensible, entonces y ahora, si me permiten la opinión. Pero nos podemos imaginar que venía a ser lo mismo que ahora: aparte de las alusiones al sexo, cualquiera que estas fuesen, los mensajes supuestamente contrarios al orden social, familiar y al Estado (la puesta en duda de la unidad nacional era severamente perseguida), y las menciones «malintencionadas» a figuras del Gobierno o conceptos religiosos, cualesquiera que estos fuesen.

En esta cruzada paranoica no se libraba nadie: hasta los discos infantiles estuvieron bajo la lupa de los censores, que no veían con buenos ojos la brutal narración que los hermanos Grimm describían en las aventuras de Hansel y Gretel, pidiendo que se suprimieran y suavizaran algunos detalles en la historia de abandono parental, violencia y antropofagia. Además de los discos de folk, los censores se empleaban a fondo contra las muestras de humor en el pop: los discos de rock satírico fueron muy censurados, el debut de los fascinantes y olvidados La Colitis Vasilona («El caballo Melchor»). Esta es la versión sin cortes:

Lo sorprendente fue enterarnos por el trabajo de Valiño que estos censores musicales no pertenecían a la nómina numerosa y habitual que se disponía para el cine y la literatura, donde había obviamente varios sacerdotes, sino un grupo de cuatro funcionarios que dominaban idiomas y que para casos «extremos» recurrían al clérigo censor. Muchas veces las discográficas «hablaban» con sus superiores, intentando colar sus productos sin que pasara por la censura. A juzgar por los expedientes, el trabajo de la censura operaba sobre las letras pero no escuchaban los discos, lo que provocó situaciones descacharrantes, como publicar el single «Je T´aime Moi Non Plus» de Serge Gainsbourg y Jane Birkin, eso sí, con la portada cambiada, y tener que prohibirlo precipitadamente, tras descubrirse que no era, desde luego, un simple instrumental.

Los censores destrozaron portadas y suprimieron canciones en más de mil discos y prohibieron la difusión de casi cinco mil canciones. La presión obligó a muchos artistas nacionales a grabar y publicar en otros países. Con las fotos cambiadas, algunas diseñadas expresamente para el mercado español, o mutiladas de forma ridícula, todos ellos son ahora codiciado tesoro para coleccionistas.   

Lo mismo sucedía con los espectáculos, conciertos, obras de teatro, emisiones en televisión… todos pasaban idéntico proceso. Chales y floripondios seguían usándose para tapar escotes y vestidos cortos, así como un surtido de sombreros para recoger las melenas. La autoridad podía cancelar un concierto minutos antes de comenzar o presentarse en medio de la actuación. Un ejemplo, la detención del grupo de rock satírico Desde Santurce a Bilbao Blues Band, ejecutada por el gobernador civil de Guipúzcoa en noviembre de 1975: «Se indica que los miembros del conjunto pronunciaron frases y adoptaron un tono de voz y gestos externos de mofa, contrarios al respeto de las figuras del jefe del Estado, príncipe de España y otras personalidades, instituciones y cuerpos de la nación». Fue unos días antes de la muerte de Franco, y las leyes de la popular Transición, en principio, acababan por fin con la censura sobre la producción discográfica, aunque hasta diciembre de 1978 y la llegada de la Constitución aún hubo normativas que sugerían a los sellos discográficos lo «oportuno de consultar con dirección» en caso de discos «problemáticos». Pero, y esto sigue hasta el día de hoy, la actuación de un juzgado, respaldada por determinadas leyes, puede llevar a un disco o un artista al consiguiente proceso por ofensas apreciadas por un particular o colectivo. Las empresas del disco y los propios artistas decidieron entonces autocensurar sus productos: así se evitaban los pleitos, o algo mucho peor, ver sus canciones condenadas a no ser difundidas. Por ejemplo, en 1979, un cantante tan aparentemente libre de sospecha como Miguel Bosé cambió el título de una canción de contenido enigmático: de «Vota Juan 23» en el resto de Europa, pasó a llamarse «Vota a Juan 26», para no levantar suspicacias con la iglesia, pero entonces todo se vuelve más confuso:

Más revelaciones. Esta, en concreto, me llevó a cuestionarme algunas ideas que yo creía tener más que claras. En el documental que le hizo Fernando Trueba, Mientras el cuerpo aguante (1982), el cantautor Chicho Sánchez Ferlosio decidió, por voluntad propia, incluir un par de pitidos de censura cuando interpretaba la segunda parte de sus «Coplas del Tiempo», dedicadas a los ministros de los años sesenta, cuando apoyaba la huelga de los mineros asturianos. ¿Por qué, si ya había libertad de expresión? El artista confesó que, sencillamente, «no quería herir a personas vivas».

La autocensura de hoy no tiene el estricto sesgo moral que aplicó Sánchez Ferlosio a su música en aquella película. Se rige por los parámetros de la demanda económica, la supervivencia en un mundo que juega con las cartas marcadas y exige contradicciones a cada paso, traiciones a las expectativas, sobre tu propia identidad como individuo. Lejos de asumirlas y ponerlas al servicio del debate, se lleva con orgullo ser necia y bocazas. Reconozco que soy igual de bocas y no he aprendido nada de provecho escuchando pop-rock, a diferencia de nuestros líderes, los que han estudiado metafísica de las costumbres con La Polla (Records). Siempre me acuerdo de esta historia. Eres un joven músico que llega a Estados Unidos para actuar por primera vez en un popularísimo programa de televisión. Tu discográfica te ordena que toques «Less Than Zero», pero como tú crees que el público quizá no la va a entender, porque habla de personajes de la política de tu país y lo mismo se hace un lío con los nombres, prefieres tocar «Radio, Radio». Entonces, la productora de la tele te prohíbe que también cantes esa, porque no les gusta el tono, es ofensiva.

Elvis Costello estuvo doce años vetado en el programa. Esa es la actitud.


Rutu Modan: «Ahora el problema de la libertad de expresión ya no es con el Gobierno, sino con la gente»

Es una de las ilustradoras y dibujantes de cómic más sobresalientes de Israel. En persona es tan auténtica y original como su obra. Hablar con Rutu Modan (Ramat Gan, Israel, 1966) es un placer por su humor inteligente y la forma tan directa con la que aborda cualquier cuestión por peliaguda que sea. Coincidimos con ella en el Tres Festival de la Fundación Tres Culturas en Granada, al que acudió para expresar el valor que tienen las viñetas para ella, su proceso creativo y la utilidad que tienen para expresar lo que siente y lo que piensa.

Te criaste en un hospital militar.

Mis padres trabajaban ahí, antes de la independencia fue una base británica. Era una instalación muy grande y el director del hospital pensó que lo mejor que podía hacer para mantener cerca al personal que trabajaba en él era construir un barrio entero alrededor. Toda la gente que vivía en ese barrio eran doctores, enfermeras o sus familiares.

Crecí en ese barrio hasta que nos mudamos cuando yo tenía diez años. Para mí todo ese entorno era normal, cuando se trata de tu infancia no te cuestionas lo que tienes alrededor. Pero años más tarde, echando la vista atrás, me di cuenta de que era una situación un poco extraña. Cuando salía de la guardería e iba a ver a mi madre, que trabajaba hasta tarde, tenía que atravesar toda la unidad de cuidados intensivos y la planta de cirugía, y veía cada cosa que…

Durante la guerra del 73, tenía siete u ocho años. Mi barrio constantemente era sobrevolado por helicópteros que venían del frente con soldados heridos. Aterrizaban muy cerca de donde solíamos jugar los niños. Es muy extraño, porque, desde pequeña, consideraba y veía mi infancia como muy protegida, muy segura, porque vivía en un lugar sin coches, sin calles siquiera. No necesitábamos que nadie nos cuidase, porque, aunque nuestros padres trabajasen hasta tarde, estaba todo cerrado, no teníamos ni niñeras. Todos nos conocíamos y los niños grandes cuidaban de los pequeños. Me sentía muy segura, pero cuando mucho después encontré los dibujos que hacía cuando era pequeña y me puse a verlos, vi que solo dibujaba helicópteros con soldados heridos.

El sitio todavía existe, pero el hospital ya no tiene ese uso. Supongo que antiguamente se tenía otra actitud hacia los niños, todo era completamente distinto. No se pensaba tanto en qué podía afectarlos y qué no, como ahora.

Tus padres querían que fueses doctora.

Mi hermana sí lo fue, pero querían que fuese yo. Mi padre es doctor y considera que solo existe una profesión en este mundo, que es la de doctor. Si no puedes ser doctor por algún motivo, puedes elegir muy pocas alternativas. Abogado e ingeniero, que todavía las considera profesiones, fuera de eso: nada. No son, en realidad, profesiones para él.

Cuando mi marido vino por primera vez a cenar a casa de mis padres, era estudiante por aquel entonces, le advertí a mi padre: «No te permito preguntarle a qué se dedica su padre». Y me contestó que vale. Pero fue mi novio, ahora marido, el que le preguntó a mi padre qué hacía él. Surgió que el padre de mi novio era psicólogo y la cosa se quedó ahí, mi padre no dijo nada. Dos semanas más tarde, me llegó mi padre y me dijo: «Lo he pensado y creo que psicólogo también es una profesión».

¿Cómo reaccionaron cuando dijiste que querías estudiar Arte?

Tuvimos una gran pelea, claro. Mi padre, fundamentalmente. Mi madre no, ella empezó a reírse. Pero no de mal rollo, simplemente le parecía gracioso que alguien fuera a una universidad a estudiar algo como Arte. Me dijo, de todas formas, que hiciera lo que quisiera, que no le importaba. Pero con mi padre fue una pelea bastante grande. Al final me dijo que era joven y me podía permitir errores durante, al menos, un par de años. Estaba seguro de que lo dejaría y me pondría a estudiar una carrera de las que él consideraba de verdad. Años después vendía mis ilustraciones, hacía cómics, me los publicaban, y él seguía con los suyo. «Con esas manos que tienes podrías ser una maravillosa cirujana plástica», me decía. Y yo: «Venga, anda, papá, mira mis dibujos…».

En las familias askenazis es muy importante lo que estudies. En el judaísmo en general es bastante importante lo que llegues a ser. En la historia todos, las chicas no, pero sí todos los chicos, todos aprendían a leer y escribir sin importar de qué entorno procedían. Algún significado tiene que tener, porque hace dos mil años no era muy común en otras culturas. No sé si será cultural o propio de un pueblo que pertenece a una minoría durante tantos años y quiere que se le respete.

En mi caso personal, mi padre es muy competitivo. Nunca estaba satisfecho, incluso si me hubiera hecho doctora, me preguntaría por qué había cogido una rama en lugar de la otra. Porque incluso dentro de la escala de doctores tienes mejores y peores, más importantes y menos importantes, según su especialidad.

Pasaste tres años por el ejército.

En Israel es obligatorio para hombres y mujeres. Normalmente, las mujeres van dos años y los hombres, tres. En mi caso, no quería ir. Sabía que la vida militar no era para mí. Así que hice una especie de prestación social. En aquella época, algunos jóvenes se habían movilizado para conseguir que hubiera objeción de conciencia. Pude hacer un servicio militar cortito seguido de una prestación que alargaba el total un año más. Por eso yo hice tres años y los chicos objetores, cuatro. Me informé de todo, me invitaron a unirme a ellos y lo hice. En aquella época yo era muy idealista. Pensé que me daban igual los años. Luego fue una experiencia interesante, pero extraña. Era difícil, porque era justo cuando acababas el instituto.

¿No había prórrogas de estudios?

Eso ocurre en los lugares, digamos, más normales. O no, solo lugares que no están en guerra. Nosotros en aquella época todavía necesitábamos el ejército. Hoy en día tienes la objeción, que está más implantada, aunque sigue bajo negociación si eres religioso, pacifista o estás enfermo. Si eres pacifista, no basta con decirlo, te hacen una serie preguntas del tipo: «¿Y si alguien viene a violarte, lo matarías?», para averiguar si de verdad eres pacifista. Creo que al final terminarán abriendo la mano de alguna manera, porque la sociedad va cambiando y la actitud ante el ejército ya no es la misma. Cada vez más gente no quiere hacer la mili y está buscando una salida. Supongo que cambiará o, por lo menos, esta es mi esperanza.

En tu cómic-blog del New York Times, Mixed Emotions, hablas simplemente de tu familia. ¿Son historias reales?

Lo más que hago es cambiar los nombres, por lo general son historias reales. Toda ficción no deja de ser una mezcla de experiencias reales. Yo solo escondo un poco la realidad en una ficción. El origen es que me hicieron el encargo en el New York Times a modo de columna mensual. Trabajo muy despacio, vi que no me iba a dar tiempo y decidí tomar los guiones prestados de la realidad. Así iba a ser más fácil que se me ocurrieran ideas.

Le fui dedicando una historia a cada miembro de mi familia. Como era en inglés, pensaba que nunca lo verían y me solté. Pero lo vieron. Por supuesto, lo encontró uno de mis primos y directamente se lo envió a toda la familia. Tengo un tío que todavía está enfadado conmigo porque le puse de «oveja negra». Cada vez que me ve me pregunta por qué. El resto, en cambio, están muy orgullosos de que cuente historias sobre ellos. Soy muy cercana a mi familia, a mis tíos y tías, y también a mi abuela, que ya está muerta, la protagonista de La propiedad.

Cuando estaba escribiendo esa novela gráfica les preguntaba mucho por cosas, les pedía información, porque mi abuela ya había fallecido. Les hice como entrevistas a cada uno, porque sabían todas las anécdotas e historias que les había contado mi abuela. Cuando luego se vio que era un libro sobre Polonia y sobre la abuela, se quedaron muy decepcionados, porque pensaban que iba a ser sobre ellos.

Se enfadaron, además, porque le cambié el nombre a la abuela. Un primo mío, que sale en la historia, ya se refiere siempre a la abuela por su nombre en La propiedad. Mi tío y su hija me decían que no les gustaba cómo la había representado, que ella no era así, que ni siquiera era su nombre. Pero es que no era la historia de mi abuela, era una historia construida a partir de la personalidad de mi abuela. Y ellos: «Ya, pero es que no es ella».

¿Todas las familias judías son así?

Normalmente es así. Es un entorno muy pequeño. Si quieres huir de tus padres, tienes que dejar el país. No tienes ninguna excusa para no ir a una cena. Como mucho, puedes decir que tienes una hora de coche, pero eso no es una excusa válida. Sí, es algo cultural. No sé si del país o del judaísmo.

Mi otro cómic, Exit Bounds [editado en España como Metralla por Astiberri], tuvo traducciones muy diferentes en cada país. En Israel, que un hijo no tenga contacto con su padre durante dos años, como le pasa al protagonista, es algo completamente extremo. Cuando el personaje lo cuenta, es como wow, algo de verdad no está bien, algo falla. Pero en Estados Unidos, sin embargo, algo así no supone mayor problema. No es nada extraño. Es un problema, pero no es grave. Es distinto. Aquí, en ese contexto, no ver a tu padre en dos años es que algo va muy mal en esa familia.

En el blog del New York Times cuentas una historia sobre tu hijo, que quiere llevar falda.

Esto es muy interesante. Cuando lo escribí, primero, mi marido no quería que lo publicase. Tuve que tomar yo esa decisión. Y su postura era fuerte. Pasó todo hace diez años. Hoy en día creo que publicar algo así sería completamente distinto. Ha cambiado tanto todo que ahora, incluso, sería repetitivo.

Decidí hacerlo y el feedback que me llegó fue diverso. Algunas reacciones que recibí eran de apoyo, pero mucha gente se enfadó. Me decían que ese niño era transgénero y yo: «¡Venga ya! Si tiene tres años». No creo que hoy en día nadie dijese nada, sobre todo por su edad.

Hablas mucho de las reacciones de los lectores de ese blog.

Sobre todo me han impactado las reacciones a algunas historias. En general, lo que conté es cómo era la experiencia de tener tu primer hijo. Cómo cambia todo. Hubo capítulos por los que me llegaron muchas reacciones, como uno en que mi tía me ayuda con el embarazo, pero en realidad también se está metiendo en mi vida.

Luego, cuando conté cómo fue un viaje con mi padre a Nueva York, me escribieron muchas hijas, pero también padres. Uno me dijo: «Gracias por escribir esta historia, porque mi hija no me entiende. Yo quiero a mi hija, pero también quiero que coma bien». Era por esa preocupación que existe entre padres, hijos y la comida, esos padres que siempre están preocupados por lo que comen sus hijos o lo que no comen y no paran de hablar de eso. En las guarderías es el único tema de conversación, no sé si solo pasa en Israel, pero la comida es un tema obsesivo dentro de cualquier familia.

Como cuando tu abuela, cuando tienes treinta años, te sigue poniendo comida en el plato.

Exacto. Soy profesora de dibujo y un estudiante mío acaba de hacer un proyecto sobre este tema. En un ejercicio, en el que había que dibujar los momentos más valientes de tu vida, ilustró uno en el que fue a casa de su abuela y le dijo que no quería comer más [risas]. «Ya tengo suficiente abuela, no quiero más». Una proeza.

En War Rabbit hiciste periodismo en cómic, un reportaje sobre la guerra de Gaza en 2008.

El periodismo me gusta leerlo, pero no me gusta hacerlo. La ficción es mi herramienta. Internet está lleno de opiniones, hay millones. Por todas partes encuentras opiniones. Siento que yo no puedo añadir nada a eso. El periodismo es un intento de crear un punto de vista sobre algo y yo lo que quiero es contar una historia que hable de la vida, de la gente, de las cosas que veo. Expresar mi idea sobre el mundo, sobre la familia, pero no quiero crear opinión. Aparte, también importa aquí mi actitud personal, a mí me cuesta hasta decidirme cada día por lo que voy a comer. Y, encima, con asuntos de Israel, yo soy de ahí pero mi audiencia es de fuera. Eso lo complica todo.

Ese es otro problema que tengo. Cada vez que salgo fuera siento que la gente está esperando mis opiniones, que les explique la situación entre Israel y Palestina, que diga si estoy en contra o a favor del Gobierno, que exprese qué es lo que yo creo que debería hacerse… Necesitan que les dé la señal de que tengo una opinión correcta. Esperan que me posicione.

Y es verdad que estoy en contra del Gobierno de Israel y quiero una solución al conflicto, que no soy religiosa y no me importa tanto la tierra, pero no me gusta que me pongan en la posición de tener que gritarlo. Normalmente, de hecho, trato de evitarlo. La gente que lee mis libros entiende mi opinión, que no es que no la tenga, simplemente no me gusta expresarla de esa manera.

Con War Rabbit, un editor francés me dijo que estaba haciendo una antología sobre la guerra y me preguntó si quería participar haciendo cómics. Dije que no, que no era mi estilo. Estaba viviendo en Inglaterra por aquel entonces, me fui de vacaciones a Israel y estalló la guerra de Gaza. Me quedé en shock, a lo mejor porque vivía fuera, porque generalmente los israelíes estaban todos muy de acuerdo con que la guerra era buena. A mí me pareció tan estúpida…

La guerra es estúpida, no tiene sentido y no resuelve nada. Leí blogs y periódicos de fuera de Israel, vi cómo lo estaban describiendo todo y pensé que había sido un poco irresponsable por mi parte rechazar la oferta que me habían hecho. Intenté que fuese a mi manera, porque tampoco soy especialmente valiente. Conocía a un periodista de un café, de un bar de Tel Aviv, un profesional de la vieja escuela, sin miedo a nada. En mi opinión, porque algo no va bien en su cabeza [risas]. Queda con terroristas, se entrevista con ellos… sencillamente, no tiene ese chip en la cabeza que te hace sentir miedo.

Le pedí que me llevase al sur, él estaba familiarizado con lo que estaba pasando, pero puso la condición de que el cómic lo hiciéramos juntos. Fuimos al sur, por supuesto no pudimos ir a Gaza, pero estuvimos en la frontera y esas colinas. Había montones de equipos de televisión, periodistas, todos grabando las explosiones de las bombas y tal. Para mí eso fue una locura. Así que nos fuimos a un pequeño pueblo que está cerca de la frontera.

Allí vivía gente muy pobre. Cuando estuve en el ejército nos enviaban a este tipo de lugares, pero en el norte. Al final, en todos estos conflictos los que sufren son los pobres, que viven en estos sitios pequeños y no se pueden marchar porque, sencillamente, no tienen adónde ir. Trabajan en fábricas y los niños, cuando hay bombardeos, no tienen colegio, de modo que estaban todos sueltos y solos por ahí todo el día.

Fui con este periodista y nos pusimos a hablar con la gente. Aprendí mucho de mi compañero por cómo hacía las entrevistas, no tenía barreras a la hora de preguntar a la gente sobre todo. Habló con este niño sobre su conejo…

El conejo es real…

Todo pasó como lo hice en el cómic. Fuimos a un refugio, el periodista le preguntó al niño dónde estaban sus padres, este nos llevó a conocerlos. Normalmente, a estos niños nadie les presta atención, de modo que estaban encantados de que alguien le hiciera caso. Conocimos a sus padres y el periodista les hizo preguntas. Todas un poco absurdas. Decía: «—¿Dónde os conocisteis? —En la fábrica. —¿Fue amor a primera vista? ¿Y qué hacíais en la fábrica? —Empaquetar tomates. —¿Qué tipo de tomates, pequeños, grandes?».

Pregunta todos los detalles porque nunca sabes dónde vas a encontrar algo interesante. En ese sentido, fue una experiencia muy buena. Luego hice el cómic, pero no me gustó mucho. Fundamentalmente, porque no es 100% mío. Mi estilo es realista, el dibujo que hago también es muy realista. Por eso no me conviene contar historias demasiado realistas. Creo que queda un poco rígido.

Mi amigo es un gran periodista, me alegro de haber hecho esto, pero… es que no es mío. Añadí un poco de mi cosecha, pero quedó eso, la historia de un niño que quiere tener una granja de conejos y en un contexto de guerra en Gaza, de bombardeos, con las casas derruidas, en medio de ese gran desastre, él tiene su pequeño desastre personal porque se le ha escapado un conejo. Sueña con su granja e ir a ver al Manchester United y le cae encima todo eso.

Entonces, ¿has abandonado el género periodístico?

No diría que no voy a volver a hacerlo, porque no lo sé, pero ahora estoy en otra novela gráfica y, por cierto, me está matando. Me está tomando tanto tiempo que ya me da miedo decirlo, porque tengo miedo de no acabarla y de que al final no salga. Estoy escribiéndola y reescribiéndola una y otra vez. El argumento es un poco como el de Indiana Jones. Va sobre unos arqueólogos piratas que están excavando ilegalmente en el este de Israel.

Porque aquí hay un tema del que nadie habla, la antigua Israel, la histórica, no estaba donde se encuentra Tel Aviv y Haifa ahora mismo, sino al este. En esa zona, bajo tierra, se supone que está la ciudad antigua que demostraría que eso es Israel. La tragedia es que estamos en un territorio tan pequeño, peleándonos por un territorio aún más pequeño.

Para mí no sería problema que estos territorios sean para ellos. No tengo nada en contra, pero para estos religiosos que creen en el pasado, rendirse significa que no tenga sentido nada de lo que han hecho hasta ahora. Se preguntarán: ¿Entonces por qué estamos aquí? ¿Por qué hacemos todo esto? Si nos rendimos, pues mejor irnos a cualquier otro lado. Esta postura, aunque la entienda, muy dentro de mí no la entiendo.

La historia que cuento en este contexto es una aventura graciosa. Una mujer va a excavar debajo de la muralla en busca de no te voy a decir qué, porque lo que está buscando está justo detrás de la pared, y del otro lado los palestinos están también excavando. En definitiva, va sobre esta tierra tan pequeña, donde la pertenencia del territorio se superpone, depende de si es en la superficie o en las profundidades.

¿Y no sabes cuándo saldrá?

Tardará no menos de dos años. Y si son solo dos años, diré ¡yeah! Porque necesito todavía un mínimo de un año para acabar de dibujarlo. Es complicado porque hay muchos personajes. Hay una ventaja que tiene la ficción, me permite tener muchos personajes y que algunos digan barbaridades. Pueden representar muchos puntos de vista. Las diferentes opiniones que hay en Israel, pero también las que hay dentro de mí. Y gracias a que son personajes de ficción, pueden decir todo tipo de cosas horribles que yo nunca diría. Por eso me resulta tan divertido.

En La propiedad hablabas de un viaje a Polonia a recuperar bienes perdidos tras el Holocausto. ¿Qué opinas de la nueva ley polaca que persigue a quien relacione Polonia con el Holocausto?

No soy experta, pero cuando fui a Polonia ya vi que la relación entre los polacos y los judíos es muy complicada. Los judíos vivieron en Polonia ochocientos años, así que tuvo que ser uno de los mejores lugares que encontraron. De parte de mi madre, nuestros antepasados estaban en Portugal, en el siglo XV los expulsaron, con la Inquisición, y se fueron a Polonia. No sé si será cierto, al menos es la historia que cuenta mi familia.

A mi abuelo nunca lo conocí, pero a mi abuela sí. Él se vino a Israel en el año 34 y ella, que vivía al lado de la frontera con Alemania, lo hizo en el año 40, en cuanto empezó la ocupación. Vinieron con veinte y treinta años. Y nunca hablaron de Polonia. Nada. Tampoco hablaban nunca polaco. Mi padre, que llegó con ocho años, es más israelí que todos los israelíes. Ese pasado polaco fue borrado de nuestra familia.

Sin embargo, luego descubrí que no lo habían eliminado completamente. Por cuestiones culturales, ese pasado seguía ahí aunque no se lo mencionara. Mi abuela decía que no quería ni volver a Polonia porque todo ese país era un gran cementerio para ella. Cuando pensé en esta historia para un cómic, me di cuenta de que mi familia me la estaba sirviendo con un lacito. Recuerdo que se me ocurrió un día al irme a la cama, la historia de una abuela y su nieta yéndose a Polonia para recuperar una propiedad familiar. Al despertar, llamé a mi hermana, le pregunté qué le parecía y me dijo que iba a ser una historia excelente.

Me puse manos a la obra, pero no sabía nada de Polonia. Ni siquiera había visto fotos. Como mucho, las películas de Kieślowski. Así que me fui a Polonia, pero no quise mirar imágenes antes en Google. Quedé con gente mayor, también con gente joven, con artistas. Y no judíos, gente que no tuviera que ver con el Holocausto, porque ya sé suficiente sobre eso. Sé todo de los judíos polacos, me interesaba conocer a otra gente y escuchar sus historias.

Y, respondiendo a tu pregunta, lo que descubrí fue una cuestión complicada, los polacos tienen una historia sobre la guerra completamente distinta. Su historia es completamente diferente de lo que yo aprendí en el colegio, de las películas sobre el Holocausto y de las que contaba mi familia, que en resumen decían que los polacos eran peores que los nazis y que siempre hubo antisemitismo en Polonia.

Con los alemanes hemos llegado a la paz, se hicieron las paces muchos años después, pero se hicieron. Ahora tenemos una love story. Con excepciones, pero por lo general existe. Sin embargo, todavía estamos enfadados con los polacos, lo cual es extraño porque, aunque hubiese colaboradores de los nazis entre ellos, el Holocausto no fue cosa suya. Cuando fui a Polonia me encontré con que todos estaban en contra de los nazis, todos decían que nadie pudo hacer nada por los judíos y ellos fueron las mayores víctimas de la guerra. Lo cual sí que es cierto de alguna forma, pero para mis adentros, todo el rato, mientras hablaba con ellos, algo de mí quería saltar y decirles: «No, no, es que no lo sabes, no te han dicho la verdad, yo te la voy a contar».

Era una sensación, un impulso, muy fuerte. Pero al mismo tiempo entendí que lo que yo sé es lo que me habían contado a mí. De repente, tenía delante otra narrativa sobre los acontecimientos, empecé a leer y vi que las cosas sí que eran mucho más complicadas. Pero lo básico es que existen dos historias. Con los alemanes, no directamente después de la guerra, pero veinte o treinta años más tarde sí que llegamos a una misma historia sobre lo que había pasado. A lo mejor los detalles no eran tan parecidos, pero en general era el mismo relato: quién es el malo, quién es el bueno, quién dice lo siento, quién dice que vale, vamos a olvidarlo.

Si no hay una misma historia, es como cuando estás peleada con el novio, o con un amigo, si no puedes estar de acuerdo en qué es lo que ha pasado, a quién se puede culpar, es mucho más difícil resolver algo. Es mucho más fácil decir: «Fue hace mucho tiempo». Y continuar.

Con Palestina e Israel pasa lo mismo, la narrativa es muy distinta. Y los dos somos muy cabezones. Igual que los polacos. Los polacos, judíos y palestinos somos expertos en ser víctimas. Parece que parte de la cultura consiste en ser víctima. Y el victimismo creo que es una de las peores características de las personas. No puedes hacer absolutamente nada con el victimismo y ahora se ha puesto muy de moda ser víctima. Odio ese tipo de carácter, echar culpas no vale para nada, es inútil. La responsabilidad es mucho mejor que la culpa.

Con La propiedad lo que hice fue resolver este problema para mí, resolver el problema de los polacos y los judíos para mí misma. Para entenderlo y poder lidiar con él, hacer las paces. Por otro lado, me encontré con que ellos contaban que habían sufrido más, que durante sesenta años siguieron mal, arruinados, pero llegó a ser un poco irritante este discurso, encima con la ley que impide que se escuche nuestra parte de la historia. Entiendo que ellos tengan su visión y nosotros la nuestra, lo acepto. Es difícil para mí, pero soy liberal. Sin embargo, escuchar su historia sin poder contestar nada porque es ilegal…

En toda tu obra hay una mezcla de géneros, humor negro, tragicomedia…

Lo del humor negro en parte lo he contestado en la primera pregunta sobre el hospital. Cuando te enfrentas a este tipo de situaciones, no te queda otra. El humor negro es muy fuerte en Israel como herramienta para protegerte de la situación que estás viviendo. Aunque me temo que ahora estamos empezando a perderlo. Esta es una época en la que la gente es tan seria, tan prudente…

Gracias al humor puedes afrontar lo complicado y lo kitsch, es decir, a mí me gustan las historias de amor y las del Holocausto, los temas serios, pero son demasiado serios y al abordarlos puedes caer en lo kitsch si no empleas el humor. Te protege. Y gracias al humor puedes decir cosas muy serias. El humor es una cosa muy seria.

No sé cómo será en España, pero en Europa del Este a los escritores les gusta el humor, no creen que ser gracioso signifique que no eres serio. No obstante, existe ese prejuicio de que si eres gracioso significa que no eres serio o no te toman en serio. En realidad, para mí, meterme en ciertos temas sin humor es muy difícil. No puedo concebirlos sin humor. Siempre tiene que haber al menos un poquito.

¿Quiénes te inspiraron para hacer cómics?

De pequeña casi no leía cómics, a lo mejor un poco de Popeye o Tintín. Algo que viniera en alguna revista de niños. Tenía poco, pero todo lo que veía lo adoraba y me lo comía prácticamente. Mis padres estudiaron un par de años en Estados Unidos y mi madre trajo colecciones de cómics de paperback que se quedaron en nada. Tengo las páginas en bolsas de plástico porque de tanto verlos y copiarlos los desintegré, se gastaron por completo. Creo que amé los cómics desde el principio de forma natural.

Incluso siento una conexión con los dibujos que hacía de pequeña, con tres años, porque para mí dibujar siempre era contar historias. Ya de niña, cogía el papel en blanco y lo que dibujaba era una señora que conocía a una mujer y hacía una cosa, y tal y cual. Eran historias que me contaba a mí misma, con bocadillos y todo. Nunca pensé que eso pudiera convertirse en una profesión.

Fue mi manera natural de contar historias, incluso hoy en día para mí es difícil entender por qué la novela gráfica no está en la misma estantería que los libros. Porque para mí los cómics nunca fueron algo separado, yo al menos nunca los separé. Cuando me di cuenta de que era un género distinto no fue hasta que tuve veinte años.

Creo que tuve mucha suerte, porque cuando me empezó a interesar la novela gráfica fue a finales de los ochenta, cuando apareció Maus y me llegó Daniel Clowes. Yo no fui una pionera, pero empecé justo después de ellos, en un momento en el que iba subiendo. Y fue un momento temprano también para ser mujer en el cómic. Eso era guay en aquella época, ahora ha habido un gran cambio, hay tantas mujeres haciendo cómics que igual la proporción es 50%-50%. Y muchas de ellas son mujeres jóvenes, las veo por todas partes donde voy, en festivales, en convenciones. Hace veinte años no era así.

Siempre se ha vendido la imagen de que el aficionado a los cómics era un chico.

Pero a mí nunca me interesaron los cómics mainstream ni los temas que trataban. Ahora tampoco me atraen, aunque lo intento. Como artista de cómics creo que debería hacerlo, pero me cuesta. Todo ese rollo de superhéroes me parece muy aburrido. Lo mismo que los zombis, la ciencia ficción y los vampiros. Necesito que el tema que se trate me atraiga. Por otra parte, cuando un tema es bueno, el cómic es un medio idóneo para expresarse, es muy visual, tiene ventajas que la literatura no tiene. Ni siquiera las películas.

Sí, solo necesitas saber dibujar.

[Risas] A mí me sale fácil

El año pasado contaste en una presentación en Madrid el caso de una alumna tuya que había tenido problemas con un dibujo que hizo en clase, dijiste que te preocupaba la libertad de expresión.

Esto fue una experiencia muy mala. Creo que, en general, Israel no es un país fascista. Todavía se te permite decir casi todo. No creo que haya riesgos, pero el problema de nuestro tiempo ya no es el Gobierno, sino la gente. La sociedad está haciendo el trabajo del Gobierno. Ahora el problema de la libertad de expresión ya no es con el Gobierno, sino con la gente.

No quiero esconder que en Israel se pueden decir ciertas cosas sin ir a la cárcel y en Palestina no, pero en Israel tu vida puede ser muy miserable según lo que digas. Puedes perder tu trabajo, pero no por culpa del Gobierno. Es un tema muy amplio que no puedo explicar aquí, pero a mí lo que más miedo me da y me preocupa es la autocensura.

Muchas veces me sorprendo cuando escribo algo pensando: «Mmm… ¿Por qué voy a hacer esto?». Y no me gusta estar en una situación en la que me pregunto por qué hago las cosas. Me digo que no va a cambiar nada, pero es muy fácil decir eso de que no va a cambiar nada. En Israel, ese fenómeno es más grave que el trato que le dé el Gobierno a la libertad de expresión.

Lo que pasó en nuestro colegio hace un año más o menos fue en una clase de Photoshop en el departamento de Arte, con unos estudiantes de primer año en su primer semestre. La estudiante era una chica árabe de Jerusalén Este. Hicieron unos montajes horribles y el problema estuvo en que el  profesor decidió hacer un tipo de exposición, aunque no fue exposición de verdad. Porque sí que hay un sitio en el colegio para hacer exposiciones de verdad. Él puso estas fotos en el pasillo.

Esta chica hizo una parodia del póster de Obama, el famoso cartel en azul y rojo, y puso a Netanyahu con una soga. Una estupidez, pero no importa, porque era una estudiante y los estudiantes hacen ese tipo de trabajos. Tú, como profesor, les explicas que eso no se debe hacer y no pasa nada, porque el colegio debe ser un lugar seguro donde puedas equivocarte y no pase nada mientras no hagas daño a nadie, solo que aprendas por las reacciones que veas en el profesor o en la clase.

De hecho, si esto hubiera sucedido dentro de clase, no habría trascendido. Pero lo que pasó fue que, al estar colgado en el pasillo, alguien lo vio, porque pasaba por ahí, y lo metió en Facebook. A mí me lo enseñó el jefe de estudios antes, y le dije: «Los estudiantes son estúpidos». Si llego a saber que alguien lo iba a meter en redes, lo habría quitado yo misma.

En cuanto lo publicó, fue un boom. Algo impresionante, no te lo puedes ni creer. Y una vez que se hizo público era imposible explicarlo. Fue una traición a la niña, porque, si hubiera sabido que su trabajo iba a terminar en Facebook, lógicamente no habría hecho eso.

No obstante, fue muy bueno para el colegio en general. La gente pedía que nos cerrasen y la discusión a la que nos llevó fue muy productiva. De alguna forma, ha unido a todos los estudiantes y protegimos a la alumna. Esto fue positivo para el colegio, que además consiguió que viniera más gente.


¿Hasta dónde llega la libertad de expresión?

Fotografía: jonsson (CC).

Ay, es lo que tiene la libertad, que cuesta ponerle fronteras. Si hablamos de la red de redes, los límites están difusos. Nadie se hubiera imaginado, hace una década, que youtuber se iba a convertir en un vocablo a usar en el día a día, y mucho menos en una profesión que tiene que tributar y demás. Pero la realidad tras nuestros clics es que hay un montón de jóvenes haciendo pasta con esto de subir vídeos. Y en la guerra de contenidos, a veces la libertad se confunde con el libertinaje.

Logan Paul, con quince millones de seguidores (voy a repetirlo, quince millones) es la última condena pública al subir un video grabado durante sus vacaciones en Japón. Como cualquier mórbido turista (ja), Logan Paul y sus amigos deambulan, cámara en mano, por el tristemente célebre bosque de los suicidas (Aokigahara), donde se han registrado más de quinientas muertes en los últimos cincuenta años. Un escenario macabro para un vídeo macabro, porque pasado el ecuador del metraje, Logan Paul y los suyos se encuentran con un joven ahorcado.

Tal y como han señalado otros youtubers, no estamos ante un error. El muchacho ha tenido que procesar esas imágenes; editarlas y subirlas a su canal, usando para ello el reclamo de un título de mal gusto y el frame de la cara de sorpresa al encontrar el cadáver. Un cadáver que no hace mucho era una persona que respiraba, sentía y sufría. Lo suficiente como para adentrarse en el bosque que ha inspirado poemas de mil años de antigüedad y quitarse la vida. La opinión pública no hace prisioneros: la marca de Logan Paul se ha visto asociada a la falta de empatía, a lo macabro e injusto de la frivolidad hacia la muerte de un semejante. Pero ¿es este un rasgo común o es un caso aislado?

Hoy todos consumimos YouTube. La plataforma es un fiel reflejo del mundo; hay cosas buenas y cosas malas. Hay gente con dos dedos de frente y gente para la que todo vale. Da igual la bajeza, da igual el morbo. Que hablen de uno, aunque sea mal. Logan Paul lo ha conseguido: ahora hablan de él más que nunca. Este tipo que se dedica a grabar su vida, realizar bromas y que proviene de una familia del negocio (su hermano también es youtuber) ya era una estrella, pero ahora es un celebridad. Convirtiendo la vida privada en pública; pero no vamos a caer en la falacia de pensar que esa es una vida real. Como pocos hacen fotos de sus momentos tristes, pocos youtubers muestran su vida tal y como es.

A la frívola reacción de Logan Paul al encontrarse un cadáver y subirlo a YouTube podemos sumarle otras polémicas como la de los padres que perdieron la custodia de uno de sus hijos por subir a su canal las crueles bromas que le hacían. O la de la chica que disparó a su novio buscando grabar un video que dejara en shock a los espectadores.

There is no business like show business, que dirían.

Si YouTube es algo, y aquí me repito, es un reflejo de una parte del mundo. Un espejo en el que mirar la sociedad y los tipos de personas que podemos encontrar en ella; un caleidoscopio de razas, pensamientos y educaciones diferentes. El sueño húmedo de los sociólogos. Nos encontramos con este chico, este Logan Paul, que se hace famoso sin apenas ser adulto. Que obtiene dinero y fama de la noche a la mañana haciendo videos (sin desmerecer el trabajo de editar el material y llevar una cuenta pública pero que, admitámoslo, no es bajar a la mina a picar piedra). Y si nos paramos a pensarlo, seguramente ninguno nos creamos que subió ese video pensando en la polémica. Ni siquiera que haya sido todo una estrategia de marketing. Pero en YouTube, como en el mundo, hay gente que no piensa antes de hacer las cosas. Gente que cree que todo lo hace bien, porque eso le han enseñado: tienes quince millones de suscriptores, todo lo que hagas está bien hecho. Y a esta gente no les enseñan a fracasar. No les enseñan a aguantar los envites. Por eso, Logan Paul sube a YouTube un video en el que tiene una exclusiva: he visto un cadáver, y suicidarse no es una broma. Pero los nervios le pueden, y se ríe. Y hace una broma. Quizás por miedo; quizás sea una reacción humana. Pero lo deja grabado. Lo sube. Y ahí acaba su libertad, en el momento en que otros puedan juzgarle.

Lo fácil (y sensacionalista) sería lanzar un alegato contra la Plataforma, así en mayúsculas, porque nadie entiende YouTube, ni los que se lucran con ella. Porque nadie entiende a la gente, y mucho menos a la masa. Porque nos olvidamos de que hay millones de ojos mirando. Pero Logan Paul es un ejemplo de la falta de conocimiento, de responsabilidad y de inteligencia emocional. Por suerte, tenemos otros ejemplos de buena praxis.

Por suerte, no todo son peligros ahí afuera.

Por ejemplo, David Calle, profesor y youtuber. David fundó una academia y empezó a grabar videos para sus alumnos, para reforzar lo que se había visto en clase, pero ahora mismo sus explicaciones llegan a miles de alumnos. Algunos de los cuales tal vez no tengan el dinero para pagarse una academia privada. Algunos a lo mejor usan la red para algo más que para ver videos de risa o insensibilizarse ante conceptos tan duros y misteriosos como la muerte.

Otro buen ejemplo lo tenemos en los divulgadores científicos. Por ejemplo, MinutoDeFísica, que, como su nombre indica, se dedica a divulgar nociones básicas de física en videos de corta duración y con la suficiente sencillez como para hacerlo asequible para el espectador medio. De ahí sus más de cuatro millones de suscriptores. En la cara contraria, tenemos algunas «marcianadas» como los videos de Oliver Ibáñez intentando convencer al mundo de que la Tierra es en realidad plana, y que cuenta ya con decenas de miles de seguidores. Otra docena de youtubers que solo suben las cosas que les gustan: los gamers como el Rubius o los tutoriales de maquillaje de Christen Dominique; los divertidos vídeos de Andrea Compton o los vídeos de apoyo a la comunidad LGTBI de DeVermut. Incluso las grandes plataformas se han sumado, con canales como Eurogamer. Y, sin ir más lejos, el auge de los booktubers, divulgadores de cultura, nos ha dejado algunos dulces momentos en nuestro propio país. La cultura ha crecido gracias al fenómeno del boca a boca y nos encontramos en una pequeña edad dorada de la lectura entre jóvenes. Incluso algunos famosos han tenido su minuto de (menos) fama en YouTube, como los divertidos aunque algo esperpénticos vídeos de Charlie Sheen.

El problema de YouTube, una vez más, es el problema del mundo. Que todo el mundo tiene boca y todos ejercen su libertad de expresión. Y gracias a la moda de subir vídeos, lo que antes podían quedarse en algunos comentarios a puerta cerrada, ahora se convierten en opiniones que millones de oídos pueden escuchar. ¿A qué contribuye esto? Puede que a nada. Puede que simplemente estemos más enterados, pero esto siempre haya pasado. Que tanto los listos como los tontos tengan sus opiniones; que tanto los profesionales como los novatos quieran enseñar. Que todos quieran atención porque para eso nos han criado: para ser especiales.

Con lo que se ha luchado, y aún se lucha, por la libertad de expresión, ¿deberíamos ahora ponerle barreras? Seguramente nadie tenga la respuesta. Logan Paul se equivocó y pagará su error, sea este una cuestión de crueldad o ignorancia, con el escarnio público, como ya les pasó a otros youtubers como ReSet y la polémica del mendigo al que engañó para comer galletas con pasta de dientes o MrGranBomba y su famoso caranchoa. Que es la cláusula que todos los youtubers y personajes públicos de la red firman a ciegas. Pero la libertad no es un problema, es una responsabilidad. Y los hay que saben cómo usarla para que la sociedad crezca y mejore. En manos del espectador está quedarse con lo bueno o con lo malo que aporta esta.


Parental Advisory: Explicit Zappa

Frank Zappa. Foto: Heinrich Klaffs (CC)

No puedo hablarte de música porque tú no sabes nada sobre música. Puedo hablarte sobre política, sociología y todas esas cosas periféricas, pero no puedo hablarte sobre música. No hay suficiente información en común como para que fueses capaz de entender lo que yo pudiera decir. Además, a quienes leen tu revista no les importa una mierda la música de todos modos. (Frank Zappa)

Podría ser recordado simplemente como un músico de talento. Pero no es mucha gente la que conoce y aprecia su música. Su figura representa mucho más que sencillamente un puñado de discos. Fue con toda seguridad uno de los pensadores más notorios de toda una generación. Lleva veinte años muerto, pero hoy se lo cita a menudo como si estuviese hablando de la situación actual del mundo. Casi cualquiera de sus antiguas entrevistas podría emitirse en la actualidad sin que pareciera desviarse demasiado de lo que está sucediendo. Quizá es que el mundo no ha cambiado tanto, y que él previó muchas cosas antes que los demás. Así, con los años, su discurso va adquiriendo estatus de verdadera cosmología social y política. Pero, ¿cómo pasó de compositor y guitarrista a figura de referencia intelectual?

Todo comenzó a mediados de 1985. Tipper Gore, la joven esposa del senador estadounidense Al Gore —sí, el mismo que ahora se reviste de un aura progresista y defiende la causa del ecosistema— había comprado un disco llamado Purple Rain, que estaba arrasando en las listas de éxitos y que iba a regalarle a su hija. Se llevó el álbum a casa sin detenerse demasiado a considerar si su autor, Prince, era un artista indicado para el consumo directo de su pequeña de once años, destinataria del disco. Y claro, no lo era. Tipper no tardó en descubrir que una de las canciones del disco, «Darling Nikki», comenzaba narrando una historia tal que así: «Conocí una chica llamada Nikki, podría decirse que era una maníaca sexual; me la encontré en el rellano de un hotel masturbándose con una revista». La senadora consorte se escandalizó al instante, ni que decir tiene.

Olvidando que ella había sido la única responsable de la compra y sintiéndose engañada como inocente madre por las artimañas de la malévola industria musical, aprovechó sus contactos en la esfera del poder —es decir, el cargo senatorial de su marido— para movilizar a otras esposas de políticos importantes que también estaban escandalizadas por el contenido de algunas canciones de éxito. Tipper se convirtió en la cabeza visible de un pequeño pero influyente grupo de mujeres popularmente conocido como las «esposas de Washington». Crearon el PRMC (Parents Music Resource Center) para solicitar un paquete de medidas que protegiesen a los niños de la influencia de la perversa música rock. Para empezar, publicaron una lista ejemplar de quince canciones del momento —la mayoría muy exitosas, otras no tanto— cuyas letras consideraban particularmente nocivas.

En la lista popularmente conocida como «las quince sucias» figuraban, además de la mencionada «Darling Nikki» de Prince, temas de artistas como Madonna, AC/DC o incluso Cyndi Lauper. Eso sí, las iras del PMRC se centraron particularmente en los grupos de rock duro. Pues bien, aunque contemplada desde hoy aquella lista es de una ingenuidad casi cómica, en 1985 el asunto no constituía ninguna broma. Estados Unidos estaba sumido en pleno auge del neoconservadurismo de tintes bíblicos, alentado por la administración de Ronald Reagan, antiguo actor que a su vez había ascendido al poder con el apoyo de la derecha religiosa. Así que los reclamos del PRMC encontraron una amplísima repercusión mediática en la sociedad estadounidense y en principio poco importó que pareciesen atentar contra el sagrado principio de la libertad de expresión, recogido en la Primera Enmienda de la Constitución de aquel país. Entre las peticiones del PRMC estaban la de clasificar los discos según la temática nociva de sus letras, luciendo sus portadas un código de edades similar al de las películas de cine. También que las portadas con imágenes explícitas no pudieran ser mostradas en las tiendas o que los videoclips explícitos no fuesen emitidos en televisión. O que las canciones de contenido nocivo no recibiesen cobertura radiofónica. Llegaban todavía más lejos y solicitaban que las discográficas llamasen al orden a aquellos artistas que se comportasen escandalosamente sobre los escenarios. Y que si no retornaban al redil de la decencia se rescindieran sus contratos si era necesario. En resumen: el PMRC pretendía básicamente establecer un amplio sistema de censura efectiva sobre toda la industria discográfica y sus derivados.

Muchos músicos, de los incluidos en la lista y de los que estaban fuera de ella pero tenían motivos para darse por aludidos, no supieron cómo reaccionar o sencillamente decidieron que les convenía no hacerse notar. Naturalmente, sí hubo otros que protestaron airadamente, pero generalmente se trataba de artistas con menor popularidad cuya opinión no encontraba un gran eco en los medios. Las compañías discográficas estadounidenses temían que todo aquello pudiese desembocar en una legislación censora muy perjudicial para sus intereses económicos, así que se reunieron y propusieron añadir a las carpetas de ciertos discos una pegatina de formato único en la que se leyese «Guía parental: letras explícitas». Sin embargo, el PMRC rechazó la propuesta, considerándola insuficiente.

El revuelo continuó creciendo. En lo más crítico de la cruzada del PMRC, cuando parecían tenerlo todo a su favor para cambiar la legislación, surgió un grupo de contestación formado por individuos de diversos ámbitos de la industria musical, desde managers a artistas pasando por algunos ejecutivos de discográficas. Este grupo fue bautizado por algunos como The Music Majority, un guiño irónico a un movimiento ultraconservador —la Mayoría Moral— que había puesto en marcha un famoso telepredicador durante los años setenta (por cierto, algunos lectores recordarán la hilarante referencia a la Mayoría Moral en una vistosa secuencia de la película Aterriza como puedas).

De entre los contestatarios de The Music Majority rápidamente destacó un conocido guitarrista y compositor, Frank Zappa.

Aunque a lo largo de los años había aparecido ocasionalmente en televisión concediendo unas pocas entrevistas, no demasiada gente lo conocía más allá del estereotipo de excéntrico geniecillo musical y de rockero estrafalario caracterizado por un oscuro sarcasmo. Solamente quien hubiese prestado verdadera atención al personaje conocía su agilidad mental y sus bien fundadas opiniones políticas, imposibles de encasillar en ninguna corriente concreta. Zappa no estaba incluido en la lista del PMRC pero se tomó el asunto muy en serio, dando un sonoro paso al frente contra viento y marea. Su «aparición» mediática en mitad de todo el revuelo fue una auténtica sorpresa para el público en general, que no concebía que alguien célebre por haber aparecido sentado desnudo sobre un retrete en una foto promocional pudiese ahora participar en un debate televisivo serio para no solamente estar a la altura de sus estirados contertulios, sino incluso para dejarlos en ridículo la mayor parte de las veces. Por aquellos años, cuando estos debates en televisión aún discurrían por cauces razonables —sin gritos ni grandes aspavientos—, la lógica de Frank Zappa cortaba cual cuchillo la mantequilla de los lugares comunes y de las argumentaciones ideológicamente prefabricadas de muchos opinadores profesionales.

Aunque quizá el momento en que Zappa se convirtió casi en una figura política fue una comparecencia televisada organizada por un comité del Congreso. Algunos políticos favorables a la causa del PMRC —entre ellos el propio Al Gore— se sentaron para escuchar el testimonio de algunos miembros de la industria musical, y más notoriamente de tres conocidos músicos. Los senadores sin duda creían que podrían realizar una especie de juicio propagandístico que dejase en evidencia la malignidad inmoral de la industria del disco. Sin embargo, habían cometido un error de cálculo. Ninguno de aquellos políticos estaba preparado para afrontar la solidez argumental de los tres músicos que se habían prestado a testificar en respaldo de la industria. Frank Zappa fue uno de ellos. Otro fue Dee Snider, cantante del grupo de rock duro Twisted Sister. Y el tercero fue John Denver. Cada uno de los tres leería una declaración y respondería después a las interpelaciones de los políticos.

La aparición visualmente más llamativa fue la de Dee Snider, quien entró en la sala luciendo una estrafalaria melena rubia. Juzgándolo por su aspecto, los senadores se dirigían a él con tono más bien despectivo y pensaron que se encontraban ante la ocasión de humillar fácilmente a un rockero descerebrado, pero lo cierto es que sucedió todo lo contrario. Snider leyó una declaración bien construida y bien argumentada en la que defendía con uñas y dientes el trabajo de su propia banda. La alocución de Snider fue serena en la forma pero no exenta de cierta ferocidad en el fondo. Respondió de manera directa y explícita, sin palabrería vacua tras la que esconderse, a todas las preguntas que le lanzaron desde la mesa presidencial. Al final puso en evidencia los pobres fundamentos de aquellos políticos que pretendían interrogarlo. Como él mismo dijo más tarde con bastante sorna, «los senadores no tenían ni idea de que yo hablaba el inglés fluidamente». También el cantante John Denver sorprendió a todos. Pese a su imagen más «blanda» y su popularidad incluso entre sectores más conservadores del público, tampoco le siguió el juego a los políticos. Su discurso fue más filosófico y también más bienintencionado, más suave en la forma… pero no por ello menos comprometido en el fondo. Se posicionó muy claramente en contra de toda censura y también dejó muy claro que la responsabilidad acerca del material al que los niños estaban expuestos era de los padres, no del Gobierno. La brillante defensa de la libertad de expresión realizada por un individuo tan moderado como Denver, poco sospechoso de ser un antisistema, hizo bastante daño a la postura del PMRC.

Dee Snider. Foto: Alfred Nitsch (CC)

Aunque fue el testimonio de Frank Zappa, con mucho, el que terminaría obteniendo una mayor repercusión mediática. Su declaración fue la de contenido más pragmático: se mostró menos a la defensiva que Snider y menos filosófico que Denver. Fue directamente al grano y se centró en los problemas concretos —técnicos y éticos— que conllevaría la aplicación de las medidas solicitadas por el PMRC. Abordó el asunto con precisión quirúrgica aunque, eso sí, no renunció a su característico sarcasmo y ya desde el inicio del discurso causó hilaridad con alguna de sus floridas metáforas, como cuando afirmó que «las demandas del PMRC son el equivalente de tratar la caspa mediante la decapitación». Según Zappa, las esposas de Washington (a las que calificó como «Esposas del Gran Hermano») y sus poderosos maridos estaban tratando de inmiscuirse en el acceso libre que los adultos deberían tener a todo tipo de material cultural. El PMRC pretendía que ese material estuviese moralmente clasificado según el criterio de unas pocas personas de Washington, saltándose el criterio libre de cada ciudadano: «Establecer un sistema de clasificación de edades abre las puertas para programas de control de calidad moral basados en aquellas cosas que a ciertos cristianos no les gustan. ¿Y si lo próximo de las esposas de Washington es pedir que se señale el material escrito por judíos para proteger a los niños de las doctrinas sionistas?».

También defendió la necesidad de que existiera una cultura musical que no se limitase a ofrecer productos cómodos e inofensivos, asegurando que los hijos de los estadounidenses tenían el derecho de «saber que hay algo más allá de la música pop». Incluso puso en aprietos a un senador: Zappa se empeñaba en culpar al Gobierno de estar detrás de todo el asunto para distraer la atención pública de otros asuntos más importantes, para lo cual necesitaban «sexo, montones de sexo». Partiendo del hecho evidente de que el PMRC —de cuyas fundadoras ninguna ejercía un cargo público— estaba valiéndose de cauces políticos obtenidos mediante contactos personales, Zappa preguntó a un senador «¿es todo esto una acción privada?». El político evitó abiertamente responder, pero el público ya había escuchado la pregunta. Las implicaciones quedaban bien al descubierto para la reflexión de todos. El PMRC era mucho más que la simple iniciativa personal de unas madres escandalizadas. El nivel de articulación verbal y de reflexión intelectual de Zappa estaba muy por encima del de los políticos que se sentaban frente a él. El senador Gore, más bien abrumado, tuvo que admitir que encontraba la intervención y algunas de las soluciones alternativas que proponía Zappa «interesantes».

Aquella comparecencia supuso una considerable derrota propagandística para la causa del PMRC. La elocuencia de Snider, Denver y especialmente Zappa contrastó casi dolorosamente con la rigidez intelectual y la falta de argumentos de los políticos del comité. Los tres músicos habían presentado su caso de manera sólida pero también hablaron sin afección innecesaria, con la entonación habitual de cualquier persona cultivada de la calle, usando un lenguaje comprensible sin adornos retóricos. Entre tanto, los senadores parecían cortados según un patrón prefabricado e incluso su tono de voz sonaba cómicamente artificial, como de malos actores en un papel pobremente escrito. Se ponía de relieve que los políticos, tras años y años de debatir exclusivamente entre ellos, habían desarrollado un discurso vacío y artificial no solo en contenido sino en su misma prosodia. Y al final habían sido humillados en su propio terreno. A la vista de todos. Esto fue un golpe mediático tremebundo. Como consecuencia, la necesidad de las medidas censoras que solicitaba el PMRC no caló entre el conjunto de los estadounidenses. La aplicación de las mismas empezaba a parecer improbable incluso pese al evidente apoyo directo del poder legislativo.

No es la estupidez de la gente lo que me asombra, sino que sean inteligentes. Es desconcertante cuando encuentras a alguien inteligente. Pronto habrá zoológicos para que veamos a personas así. (Frank Zappa)

Pese a la casi definitiva derrota argumental del PMRC en la comparecencia, el debate mediático no se apagó tan rápidamente. Tipper Gore y sus amigas no se resignaban a perder, como tampoco la derecha religiosa y los sectores más retrógrados de la política y los medios. La cuestión siguió siendo candente. Las discográficas decidieron motu proprio intentar acallar al PMRC adoptando unilateralmente aquella propuesta de señalar ciertos discos con una pegatina de advertencia de diseño único, que rezaba Parental advisory, explicit lyrics («Aviso a los padres, letras explícitas»), que en 1993 sería cambiada por Parental advisory, explicit content. Pese a la creencia general, esta pegatina jamás fue producto de un imperativo legal o gubernamental, sino de la decisión libre de las propias discográficas. De hecho su uso nunca ha sido obligatorio en los Estados Unidos como sí lo es por ejemplo la clasificación por edades de las películas. Esa pegatina fue la única consecuencia inmediata de los reclamos del PMRC.

Eso sí, algunos seguían oponiéndose incluso a la pegatina de advertencia única. Como decimos, la comparecencia en el Congreso había convertido a Frank Zappa en la gran estrella de la lucha contra la censura y comenzó a aparecer con mayor frecuencia en programas de televisión donde debatía el asunto con individuos casi siempre cortados por un mismo patrón: ideología conservadora, mentalidad «bienpensante», discurso moralizante repleto de lugares comunes. A Zappa no le costaba demasiado imponer su superioridad intelectual y verbal sobre el tertuliano medio. Con frecuencia, presentadores y opinadores lo miraban con una mezcla de fascinación y respeto; no era frecuente ver en aquellos programas a individuos de semejante brillantez intelectual:

Hay varios pasos positivos que deberían darse. Primero, hay que deshacerse de las listas electorales. Hasta entonces, tu voto realmente no significa mucho a la hora de elegir los altos cargos. Hay que reinstaurar un voto acompañado de designación libre de candidato. De esa manera, si conoces a alguien que es realmente guay, podrías designarlo en tu voto y convertirlo en candidato. Así no tienes que conformarte con una selección precocinada de candidatos.

El gran público descubrió a Frank Zappa como pensador. Sus ideas empezaron a circular de un programa a otro. Escéptico sobre el panorama político —aunque, eso sí, muy partidario de fomentar la participación política del ciudadano medio—, no se quedaba corto a la hora de diagnosticar los problemas de su país. Por ejemplo, decía que los Estados Unidos estaban sucumbiendo a una oleada conservadora activamente promovida por la derecha religiosa: «El mayor peligro para este país no es el comunismo; el mayor peligro es que estén llevando América hacia una teocracia fascista, y todo lo que ha estado sucediendo durante la presidencia de Reagan nos está llevando justo por ese camino». Cuando le pedían que explicase semejantes profecías y definiese su concepción de teocracia fascista, sus argumentaciones sonaban tan lógicas y contundentes que sus contrincantes no solían encontrar respuesta eficaz: «Cuando hay un Gobierno que defiende un código moral derivado de cierta religión, cuando ese código moral se convierte en legislación para ajustarse al punto de vista de esa religión, y cuando ese código resulta ser muy, muy de derechas, casi a lo Atila el Huno». Curiosamente, Zappa se había definido a sí mismo como un individuo religioso, aunque también afirmaba no seguir a ninguna organización religiosa concreta pese a haber recibido una educación católica durante su infancia. Se mostraba completamente contrario a que las organizaciones religiosas se inmiscuyeran en la vida pública o disfrutasen de privilegios especiales, como las exenciones fiscales de las que hoy todavía gozan: «Ponle impuestos a las iglesias y no hará falta que reduzcamos las comidas de los niños en las escuelas. Hay mucho dinero en las iglesias, y siguen ganando mucho más. Que paguen sus impuestos».

También criticaba abiertamente al sistema educativo, que habría sido convertido en una herramienta del poder para controlar a los ciudadanos: «Las escuelas americanas no te preparan para desenvolverte en ámbitos como el de la lógica, ni te dan los criterios para distinguir el bien del mal en cualquier forma bajo la que se presenten. Te preparan para ser una víctima útil del complejo industrial-militar, que necesita trabajadores. En tanto seas lo bastante listo como para realizar un trabajo pero también lo bastante estúpido como para tragarte lo que te den de comer, estarás bien. Porque si vas más allá de eso, tendrás enormes dudas que te causarán problemas estomacales y dolores de cabeza, cosas que harán que quieras salir ahí fuera y hacer algo al respecto. Creo que las escuelas, de una manera mecánica y específica, tratan de abortar cualquier asomo de pensamiento creativo en los niños». Así pues, la educación estaría sirviendo a la oleada patriotera reaganiana bajo la cual se ocultaba el hiperbólico crecimiento de una industria militar y de una telaraña corporativa con enorme influencia en Washington. Según Zappa, la democracia estadounidense no podía ser calificada verdaderamente como tal porque «si el voto de un hombre es equivalente al voto de otro hombre, la educación de un hombre debe ser equivalente a la educación de otro hombre». Lamentaba la «glorificación de la estupidez» que se realizaba desde los Gobiernos, felices de tener a su disposición una ciudadanía dócil.

La esencia del cristianismo se nos cuenta en la historia del Jardín del Edén. La fruta prohibida estaba precisamente en el Árbol del Conocimiento. El trasunto es: todo tu sufrimiento se debe a que querías averiguar qué está pasando. Podrías estar en el Jardín del Edén si sencillamente hubieses mantenido tu puta boca cerrada y no hubieses hecho ninguna pregunta.

Irónicamente y para asombro de muchos interlocutores, Frank Zappa se definía como conservador («solo porque esté en la industria del rock & roll, no significa que no pueda tener algunos pensamientos tradicionales o conservadores») y eso hacía muy difícil encuadrarlo dentro de algún molde ideológico prefabricado. Especialmente sabiendo que aun etiquetándose como conservador decía cosas como «cuando Dios creó a los republicanos, es que había tirado la toalla con todo lo demás» y reconocía haber votado a los demócratas en algunas elecciones. Su principal y única ideología aparente, en realidad, era el sentido común y la defensa de la libertad individual. Ni siquiera el estereotipo popular de rockero. Por ejemplo, era abiertamente partidario de la disciplina educativa. Y más allá de fumar cigarrillos y beber café, era completamente contrario al uso de drogas: «En los muchos años que llevo de giras, he visto lo que las drogas le hacen a la gente». Afirmaba que los Gobiernos que teóricamente perseguían el tráfico de drogas eran exactamente los mismos que a su vez lo permitían para beneficiarse de él de una u otra manera, y señalaba escándalos como el del «Irán-Contra» y el tráfico de cocaína estimulado por Washington, que había inundado el país. Zappa lamentaba tener que pensar que «ahora mismo hay cirujanos que están practicando operaciones a corazón abierto mientras van ciegos de cocaína».

En realidad resulta prácticamente imposible condensar o resumir todo el pensamiento de Frank Zappa en un humilde artículo como este. Haría falta todo un libro. Su legado como músico tal vez sea extenso y admirable, pero su herencia como pensador es incluso más invaluable. Frank Zappa murió en 1993, a los cincuenta y dos años, como consecuencia del cáncer. No solamente contribuyó a derrotar al avance de la censura en los Estados Unidos, sino que desde entonces mucha gente lo considera un ejemplo de contestación razonada a los excesos del poder. En muchos aspectos, se esté o no de acuerdo con sus ideas, Frank Zappa es como la voz del pueblo aun sin pretender haberlo sido. Proporciona argumentos sólidos que pueden ser perfectamente utilizados en cualquier tiempo y lugar. Hoy mismo, en nuestra atribulada España, la existencia de un personaje como Frank Zappa —no se me ocurre un equivalente patrio— supondría un soplo de aire fresco y una ventana a la razón en mitad de un océano de opiniones gratuitas e interesadas. Cualquiera de las entrevistas a Frank Zappa que pueden encontrarse por la red constituyen un auténtico ejercicio de reflexión. Desgraciadamente ya no está entre nosotros para diseccionar a su manera la crisis económica, política y ética que estamos padeciendo. Pero probablemente desmontaría a cuchillazos verbales las supuestas verdades de muchos profesionales de la opinión y no digamos ya de muchos poderosos. Es más: algunas de sus viejas declaraciones parecen proféticas por la facilidad con la que encajan con la realidad actual. Al igual que hay discos con pegatinas que advierten a los padres sobre un contenido peliagudo, debería haber personajes con una pegatina que invitase a exponer a nuestros hijos al discurso de personas inteligentes cuyas ideas no sean el producto vacío de una postura ideológica prefabricada. Parental Advisory: Explicit Zappa. Quién sabe, el mundo podría ir un poco mejor. A fin de cuentas, todavía nos queda intentar la opción de comprobar si realmente nosotros podemos hacer algo al respecto.

No hay motivo para pensar que mi idea de lo que es un mundo mejor es realmente lo mejor. Yo rechazo el que otras personas intenten inocularme sus ideas acerca de qué es lo mejor. Porque no creo que lo sepan. Y no veo en el horizonte ninguna autoridad que tenga respuestas que parezcan merecer la pena. Muchas de las medidas que sugieren probablemente irán en detrimento de tu salud mental.

Foto: Heinrich Klaffs (CC)


Orwell y la putrefacción de los libros

Imagen cortesía de Orwell Archive / UCL.
Imagen cortesía de Orwell Archive / UCL.

Un libro viejo huele a moscas muertas, a polvo que raspa la garganta y deja pastosa la lengua. Durante el helado invierno londinense, en la librería Booklover’s Corner hay que cargar kilos de novelas ataviado con abrigo, bufanda y sin calefacción, porque si no los vidrios se empañan y los clientes no pueden ver el escaparate. Cuando un posible comprador entra por la puerta, Eric Blair debe mostrar una sonrisa y, la mayoría de veces, mentir. Odia a los clientes habituales, en especial a las irritantes señoras que buscan regalos para sus nietos o a los pedantes compradores de ediciones especiales, esos que acarician el lomo del libro que acaban de adquirir y lo abandonan para siempre en una estantería, donde acumula ese espeso puré de polvo y cadáveres de insectos al que cada día debe enfrentarse este cansado librero. Durante su largo turno de trabajo, debe encargar raros ensayos que nadie vendrá a recoger, rechazar kilos de novelas que un señor con olor a rancio le intenta vender, o encontrar un libro —del que no sabe ni el título ni el autor— que una adorable viejecita leyó hace cuarenta años.

El joven librero y escritor (firmaba sus obras como George Orwell) ha aprendido mucho sobre los compradores —que no lectores, nos puntualizaría— de librerías de segunda mano como Booklover’s Corner. La mayoría piensan que leer libros es algo sumamente caro, por lo que no paran de quejarse de los altos precios, ya que consideran que un escritor es un ser extraordinario que, además de escribir novelas, puede vivir del aire. Muchos de estos clientes acuden a la sección de préstamos de la librería, donde Eric Blair se esfuerza en colocar los mejores clásicos, ya que todavía es joven y no ha descubierto que existen dos tipos de libros: los que la gente lee y los que la gente «tiene intención» de leer. Por eso nadie pide prestado ningún clásico, pero —a la vez— las ventas de las grandes obras de la literatura mantienen una tirada aceptable. Porque hay libros para leer y libros que son cementerios de moscas.

En esas condiciones, allá por 1935, perdió Orwell su amor por los libros. Por los libros como objeto, cabe entenderse: su olor le recordaba a los clientes estúpidos, al dolor en la espalda, a las lacerantes mentiras para asegurar una venta, al frío londinense calando en los huesos. De ese momento en adelante los pediría prestados siempre que pudiera y solo los compraría y los acumularía —polvo, moscas— cuando fuera estrictamente necesario. Su experiencia directa con montañas de libros le sirvió para aprender otra cosa: que la mayoría de las obras publicadas son malas. Muchos de los clientes de Booklover’s Corner venían perdidos, sin criterio para distinguir cuáles libros eran buenos y cuáles no. Buena parte de esa desorientación intelectual estaba causada por la corrupción de los jueces de la literatura, es decir, los críticos literarios. Seres desganados, calvos, miopes y mendigantes, que debían reseñar una decena de libros por semana de los que, como máximo, podrían leer unas cincuenta páginas para hacer un resumen barato, lleno de muletillas desgastadas hasta la vergüenza y elogios tan sinceros «como la sonrisa de una prostituta». Almas que hace tiempo pudieron emocionarse al leer un soneto o una metáfora, pero que habían perdido su entusiasmo y su dignidad a medida que les llegaban paquetes de libros insulsos, frente a los que «la perspectiva de tener que leerlos, incluso el olor del papel, les afecta como lo haría la perspectiva de comerse un pudin frío de harina de arroz condimentado con aceite de ricino». Corruptos que —por presiones editoriales, por desgana, por depresión, por pagar la comida de sus hijos— habían aceptado mentir, decir que un libro era «bueno» aún sabiendo que no lo era para nada, «vertiendo su espíritu inmortal por el desagüe en pequeñas dosis». Y esa perversión del término «bueno», usado cínicamente tanto para calificar a Dickens como para calificar a un empalagoso libreto romántico, era algo contra lo que Orwell lucharía toda su vida. Porque caer en la trampa de que una novela de detectives barata es «buena» nos puede hacer perder, como máximo, algo de tiempo y dinero. Pero una vez que la corrupción del lenguaje se expande más allá de la crítica de un vulgar libro, una vez que el escritor empieza a aceptar la mentira y —poco a poco— a justificarla, una vez que la libertad del intelectual es asesinada por la cobardía, aparece una sombra que es la muerte de la literatura, a la que Orwell miró a los ojos.

«La destrucción de la literatura» es una bomba nuclear contra la cobardía y la traición de los intelectuales, contra los Judas que sacrifican la libertad y se dirigen, felices, al barranco donde se arrojarán como ovejas asustadas. En este ensayo, Orwell empieza con una anécdota que nos puede sonar poco antigua. Corría el año 1945 y el escritor británico participó como oyente en una reunión sobre la libertad de prensa en el PEN Club de Londres. Uno de los conferenciantes defendió la necesidad de libertad de prensa en la India (pero no en otros países); otro se quejó contra las leyes de la obscenidad en la literatura; el último dedicó su discurso a defender las purgas estalinistas. Los participantes —la mayoría escritores— elogiaron unánimemente la crítica a las leyes contra la obscenidad, pero nadie alzó la voz para denunciar el elogio a la censura política que se había proclamado ante sus narices. Parecía más preocupante no poder escribir «pene» en un texto, que el envío de escritores soviéticos al gulag. Orwell debía mirar el espectáculo con una mueca de horror, pero no de sorpresa, ya que —como el polvo sofocante de los libros, como la decrepitud de los críticos literarios— también había experimentado demasiadas veces como la literatura se sometía, gustosa, a la fusta de la política.

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Booklover’s Corner, Hampstead. Imagen cortesía de Orwell Archive / UCL.

Acabada la Segunda Guerra Mundial, el deseo de libertad entre los intelectuales era cada vez más débil, frente al monstruo —terrible, pero a la vez seductor— del totalitarismo. Derrotado el fascismo, la tentación soviética era el gran reclamo entre los escritores europeos: se sumaban a una ideología que se rebelaba contra el orden establecido y que prometía llevar a un estadio donde la igualdad, la dignidad y la riqueza alcanzaran a todos los ciudadanos. Para llegar a esa situación, los intelectuales solo debían hacer un pequeño sacrificio, que —además, les tranquilizaron— solo sería por un breve período de tiempo: debían dejar de lado su libertad y debían mentir. Los que no se sumaron a este «camino a la libertad» fueron señalados y criticados por sus propios compañeros de letras. Los escritores que no estaban de acuerdo en renunciar a su libertad de opinión (era solo por unos pocos años, el resultado sería magnífico, habría valido la pena, ¿qué les costaba?) eran acusados de «encerrarse en una torre de marfil, o bien de hacer un alarde exhibicionista de su personalidad, o bien de resistirse a la corriente inevitable de la historia en un intento de aferrarse a privilegios injustificados». Una vez que la verdad había sido revelada (Orwell usa la certera comparación entre católicos y comunistas: ¿Qué podemos encontrar más parecido a las purgas estalinistas que la Inquisición medieval?) todo aquel que se opusiera a ella era, o un «idiota» y «romántico» por no entenderla, o un «egoísta» y «traidor» por no querer renunciar a sus privilegios burgueses. Todos aquellos que opinen distinto a nosotros «no pueden ser honrados e inteligentes al mismo tiempo».

¿Qué sucedía cuando un escritor renunciaba a su libertad? Que la literatura se iba apuñalando a ella misma. Por un lado, se escondía a la «verdad», ya que esta podía ser «inoportuna» en las condiciones existentes (más adelante se podría decir la verdad libremente, ¿qué importaba retrasarlo solo un poco?) y, por otro lado, el conocimiento y la difusión de según qué hechos podía «hacer el juego» al enemigo y beneficiarlo. Pero no solo se trataba de encerrar en cuarentena a la verdad, sino que también se debía poner en duda la existencia de la verdad de los hechos. Ante una verdad espiritual (las órdenes del Partido), la verdad de la experiencia, la verdad objetiva, es dudosa o, incluso, inexistente. Como consecuencia, si los hechos no son verdaderos o falsos, las mentiras no son grandes ni pequeñas: tiene el mismo sentido decir que una tela no es roja a que miles de campesinos ucranianos no están muriendo por culpa de la hambruna. Son hechos objetivos, por tanto, discutibles: pueden ser abordados más tarde.

Esta genuflexión de la realidad a la ilusión era el gran enemigo de Orwell, un hombre de acción. Su vida y su obra se habían alimentado de la experiencia, y a partir de ella juzgaba la realidad. Él había vivido con los proletarios, él había luchado contra el fascismo, él había sido señalado por el totalitarismo: fundó su pensamiento a partir de la reflexión de la experiencia, no de grandes teorías. Era partidario de la «moral del hombre común», esa que nos avisa de que matar es malo o que ayudar a una viejecita con los paquetes de la compra es bueno. Algo extraño en tiempos en los que la moral era visto como algo secundario o un vestigio de «pensamiento burgués».

La aceptación de la mentira por parte de los intelectuales no solo afectaba a los ensayos o novelas que trataban temas «políticos», sino a todo tipo de literatura. Según Orwell, el peor pecado de una novela es que no sea sincera. Debemos ahondar en nuestra mente y, usando las palabras lo mejor que podamos, transmitir nuestros sentimientos y experiencias. Pero los tentáculos del totalitarismo llegan hasta allí: nos dicen qué debemos amar, ante qué debemos sentir asco, qué nos debe parecer hermoso, qué nos debe entristecer y alegrar. Ante la falta de sinceridad, las palabras pierden su brillo y se marchitan, y Orwell lo sabía. La «ortodoxia» totalitaria quería (como quería con todos los ámbitos de la vida) someter la estética a la política. Orwell no niega que toda obra sea política, pero eso no significa que la belleza, la experiencia y los sentimientos tengan que adaptarse a ella y dejar de ser individuales. Por eso Orwell, que veía a Dalí como un hombre perverso que había triunfado en la vida gracias a la maldad, considera que sería absolutamente injusto decir que no es un gran pintor. La gran trampa estaba en afirmar: «no estoy de acuerdo con lo que escribes, por tanto eres un mal escritor».

En Orwell percibimos una vida grande y activa, aunque siempre rodeada de cierto halo de pesimismo. Era un escritor que veía como sus camaradas de letras tenían miedo de defender su valor más preciado, la libertad, e incluso contemplaba como algunos clamaban fuertemente contra ella. En sus ensayos, Orwell advierte que el totalitarismo puede estar presente en las democracias, cuando se debilita la tradición liberal. Vemos y veremos a mucha gente apropiarse del mensaje de Orwell, hablar de la perversión del lenguaje, de cómo vamos hacia una sociedad totalitaria, de los enemigos de la libertad. Es fácil hacerlo, y queda bonito y rimbombante. Pero hay una enseñanza en Orwell, la más incómoda, que resume su amor por la libertad: fue un hombre plenamente de izquierdas que no usó su pluma para atacar al enemigo, al fascismo, sino a los suyos, al comunismo, a los que luchaban por sus mismos ideales. Orwell se planteó un combate contra sí mismo, defendiendo el derecho de sus enemigos a tomar la palabra y el derecho a decir a la gente lo que no quiere oír. Una lucha contra el miedo a rebatir a un amigo, a dar la razón a un enemigo, a ser insultado y despreciado por no comulgar con ortodoxias propias y ajenas. Encender algo de luz en la oscuridad, aún a riesgo de quemarnos y arder.

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George Woodcock, Mulk Raj Anand,George Orwell,William Empson, Herbert Read y Edmund Blunden en el estudio de grabación. Imagen: BBC.

Este texto está basado, principalmente, en los ensayos de Orwell Recuerdos de un librero, Confesiones de un crítico literario, La libertad de prensa y La destrucción de la literatura. Si me permiten un consejo, les recomiendo disfrutar de los ensayos completos, donde descubrirán interesantes reflexiones políticas, cómo era el hospital más deprimente de Francia, los castigos a los que era sometido el pequeño Eric cuando se hacía pipí en la cama, o cómo hacer una buena taza de té.


¿Qué película ha defendido mejor la libertad de expresión?

El cine es un medio de expresión que, por su capacidad para influir tanto en tal número de personas, ha sufrido la censura y las presiones de todo tipo a lo largo de su historia y se ha sentido por ello también especialmente concernido a la hora de reivindicar un derecho como la libertad de expresión. Hay un buen puñado de películas que de una forma más o menos directa la han reivindicado, han denunciado su falta en determinadas situaciones y han planteado también los dilemas que trae consigo. A continuación les mostramos algunas de ellas, así que voten o añadan alguna otra si quieren.

Doce hombres sin piedad

Imagen de MGM.
Imagen de MGM.

Antiguamente los barcos para su sistema de navegación necesitaban conocer la hora exacta, ¿Pero cómo saber si el reloj que llevaban a bordo se retrasaba o adelantaba? La solución fue llevar tres, de esa manera aquella hora en la que al menos dos de ellos coincidían era la correcta. Por ese mismo motivo se espera de los periodistas que confirmen la veracidad de una noticia mediante una segunda fuente y de los científicos que sus experimentos sean reproducibles por otro equipo. Si contamos con varias voces independientes difícilmente todas ellas podrán cometer el mismo error o, según la concisa definición que dio el Tribunal Supremo estadounidense: «la libertad de expresar la propia opinión no es solo un aspecto de la libertad individual sino que es esencial para la búsqueda de la verdad». Pero ser una de esas voces independientes requiere coraje y quizá nunca hemos visto mejor plasmada esta cualidad que en el personaje de Henry Fonda en esta memorable película rodada en 1957 por Sidney Lumet. A lo largo de noventa y seis minutos vemos a un hombre lúcido y valiente servirse únicamente de la fuerza de la razón en una lucha titánica contra la montaña de prejuicios de sus compañeros del jurado para, finalmente, hacer prevalecer la justicia. Un clásico imprescindible.

La calumnia

Imagen de United Artists.
Imagen de United Artists.

De la misma manera que un agujero da su identidad al donut aunque no nos alimente, resulta esencial para comprender qué es la libertad de expresión señalar bien claro qué no es: ni la difamación ni la calumnia están amparadas por ella. Como derecho fundamental sus límites están en los derechos fundamentales de otras personas, como el derecho al honor. La propagación malintencionada de infundios puede destruir la reputación de una persona y tal vez ninguna otra película ha sido capaz de expresarlo mejor que La calumnia (The Children’s Hour, 1961). Inspirada en una historia real, narra cómo las vidas de dos amigas que dirigen una escuela infantil se ven dramáticamente alteradas por la difusión de un rumor sobre su supuesto lesbianismo. En cuanto se enteran los padres de sus alumnas acuden raudos a rescatar a sus niñas, según ese prejuicio largamente arraigado incluso aún hoy día que asocia homosexualidad y pederastia, creyendo que de alguna manera iban a corromperlas. Una excelente película protagonizada por Shirley MacLaine y Audrey Hepburn sobre la intolerancia que nos muestra cómo las palabras que se dicen y que se escriben tienen consecuencias.

Lenny

Imagen de United Artists.
Imagen de United Artists.

Mierda, joder, coño, mamón, hijo de puta, meada y tetas. Esas son las siete expresiones que el Comité Federal de Comunicaciones estableció que no podían ser dichas en los medios de comunicación. La libertad de expresión tradicionalmente ha excluido las obscenidades, el problema es delimitar qué es lo que puede ser considerado obsceno, pues en tan pantanoso terreno se confunden la moralidad y las creencias privadas con la ley pública. Además, ¿pr qué «mierda» es una expresión malsonante que debe censurarse y no «excremento» si ambas aluden a lo mismo? ¿Debe el mal gusto ser ilegal? El humorista Lenny Bruce reflexionó sobre todo ello en sus monólogos a comienzos de los años sesenta, lo que le trajo innumerables problemas judiciales antes de su prematura muerte a causa de las drogas. Este biopic interpretado por Dustin Hoffman recogió su atormentada vida y mordaces actuaciones en clubs como esta.

El hombre que mató a Liberty Valance

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

John Ford rodó aquí mucho más que un simple western, se trata de toda una parábola sobre el paso de la barbarie a la civilización, de la arbitrariedad a la ley y de la tiranía a la democracia. Todo ello muy bien contado en menos de dos horas. Cuando el joven abogado interpretado por James Stewart llega a una localidad sometida al dominio de un pistolero, desafiará su autoridad presentándose a las elecciones junto a un periodista, quien acabará recibiendo una paliza por haber denunciado en su periódico a los bandidos. Una agresión que, pese a todo, no le hace perder el humor: «le he explicado a ese Liberty Valance lo que es la libertad de prensa».

Todos los hombres del presidente

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

El escándalo del Watergate destapado por Carl Bernstein y Bob Woodward se ha convertido a estas alturas en una de las historias más queridas de la mitología periodística, la perfecta representación de una prensa libre e independiente garante de la democracia en su lucha contra un poder corrupto. Aunque en realidad ambos periodistas del Washington Post fueron poco más que mensajeros de una fuente anónima que hoy en día se habría montado un blog prescindiendo de tales intermediarios. En cualquier caso, la película de Alan J. Pakula recrea muy bien todo lo ocurrido en torno a esta investigación que acabó costándole la dimisión al presidente Nixon.

Fahrenheit 451

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

François Truffaut llevó al cine la novela distópica de Ray Bradbury sobre un futuro cercano en el que los libros estarían prohibidos y los bomberos se dedicarían a quemar cuantos encontrasen para preservar la feliz ignorancia en la que viven los ciudadanos. Sin embargo, unos pocos disidentes se preocupan por el legado cultural de la humanidad memorizando cada uno de ellos un libro. La premisa desde luego es llamativa y evocadora, aunque uno no puede evitar pensar en la suerte del pobre desdichado al que le tocase aprenderse la novela que Sánchez Dragó le dedicó a su gato aplastado por un montacargas.

Network. Un mundo implacable

Imagen de MGM.
Imagen de MGM.

De nuevo hay que mencionar a Sidney Lumet, esta vez como director de un film que obtuvo cuatro Óscars, una corrosiva crítica a los medios de comunicación, al público, a las multinacionales, a la globalización y a todo lo que se ponga por delante. Una película insólitamente amarga, descarnada, con un discurso enjundioso y mesiánico como pocas veces hemos podido ver en una pantalla de cine, con escenas como esta en la que el presentador de televisión se sincera con su público: «ustedes no van a enterarse de la verdad por nosotros. Les diremos cuanto quieran oír». O el monólogo en el que el directivo le explica cómo funciona el mundo. O la encendida arenga que busca despertar conciencias: «Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo».

El escándalo de Larry Flint

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

«Si la libertad significa algo es el derecho a decir a la gente lo que no quiere oír», parafraseando esta certera definición de George Orwell, el editor de la revista Hustler Larry Flint supo mostrar la naturaleza siempre espinosa y compleja de la libertad de expresión. Pues a todos nos gusta mucho la propia, pero la de los demás ya no tanto. La instauración de este derecho implica tener que oír una cantidad intolerablemente alta de opiniones distintas a la propia, y por tanto a menudo insultantemente equivocadas, necias o peligrosas. Pero como señaló también este pornógrafo y libertario, «si la primera enmienda defiende a una escoria como yo, también les defenderá a ustedes». Si se permite expresar tonterías y vulgaridades entonces estaremos garantizando también que ninguna idea genial pueda verse censurada. Una película divertidísima y a ratos también oscura a cargo de un director de la talla de Milos Forman.

Buenas noches y buena suerte

Imagen de Warner Independent Pictures.
Imagen de Warner Independent Pictures.

Cuando el periodista Edward R. Murrow se atrevió a ponerle el cascabel al gato cuestionando la caza de brujas del senador McCarthy, este como era de esperar respondió tachándolo de comunista. Pero la peor censura es la autocensura por miedo o por conveniencia y Murrow no se amedrentó ni se resignó a navegar a favor de la corriente. Su firmeza supuso el principio del fin del aspirante a inquisidor. George Clooney recreó el momento narrándolo con sencillez y maestría en una muy digna película.

Sophie Scholl: Los últimos días

Imagen de Broth Film .
Imagen de Broth Film .

Como cabía sospechar, la libertad de expresión no gozó en la Alemania nazi de su mejor momento: el primer campo de concentración abierto apenas llegaron al poder, el de Dachau, fue para disidentes políticos y más adelante las críticas al régimen pasaron a castigarse directamente con la guillotina. Ese fue el destino que sufrieron entre otros Georg Groscurth (del que ya hablamos aquí) o los hermanos Sophie y Hans Scholl. Estos últimos fueron unos estudiantes de la universidad de Múnich de profundas convicciones humanistas y cristianas que conformaron un grupo de resistencia secreto conocido como la Rosa Blanca, con el que difundieron panfletos en contra de la guerra y del régimen que la había provocado. Lamentablemente no tardaron en ser detenidos, juzgados por un «Tribunal del Pueblo» y condenados a muerte. Su heroico comportamiento los convirtió en auténticos mitos con el paso de los años y finalmente fueron retratados en esta película alemana del año 2005.

La vida de los otros

Imagen de Wiedemann & Berg.
Imagen de Wiedemann & Berg.

Los doscientos mil informantes con los que contaba la Stasi hicieron que en la RDA no fuera posible expresar cualquier crítica al sistema ni siquiera en los círculos más íntimos. Las máquinas de escribir estaban también controladas, de manera que cuando el protagonista quiere redactar un artículo controvertido tiene que recurrir a una traída en secreto desde la RFA. Pero lo que no sabe es que, además, está siendo espiado en su propia casa… Ganadora del Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 2006, La vida de los otros retrató el asfixiante ambiente de sospecha y represión en el que tantos millones de europeos del bloque oriental vivieron durante décadas.

The interview

Imagen de Sony Pictures.
Imagen de Sony Pictures.

Aún no estrenada oficialmente en España pero ya pirateada mundialmente por cortesía del régimen norcoreano, The Interview debe incluirse en esta lista por partida triple. En primer lugar porque verla y seguir defendiendo su derecho a existir implica tomarse muy en serio esto de la libertad de expresión, ya decía Flint que este derecho también debe amparar cosas así. En segundo lugar porque la trama del film, además de chistes sobre penes y culos, pero muy malos a pesar de esa maravillosa materia prima, narra cómo unos medios de comunicación no sometidos a censura o amenazas son la mejor garantía de libertad para un país. Y por último, porque como ya es conocido la propia película se ha convertido en sí misma en un icono de aquello de lo que habla, desatando un conflicto internacional que ha incluido una ciberguerra entre ambos gobiernos y un cruce de declaraciones muy divertido. Por cierto, cuando el embajador norcoreano se preguntaba qué sucedería si alguien hiciera una película sobre un atentado contra el presidente norteamericano, demuestra además que no ha debido ir mucho al cine. Pocas cosas gustan más a Hollywood que hacer explotar la Casa Blanca…