Los jóvenes, por los jóvenes

Santi Azurmendi es uno de esos libreros que solo recurre al ordenador cuando no encuentra un título en su cabeza, y eso no ocurre casi nunca. «¿Un libro sobre Argelia para ti? Nuestras riquezas, es sobre una librería en Argel». Sin quererlo, aquel iba a ser un viaje que empezaría y acabaría en una librería. La de partida es un pequeño negocio familiar en el centro de San Sebastián, en una plaza circular que preside una hermosa fuente. Santi dice que se nota bajada en la clientela cuando no funciona. No tengo ninguna duda de que es verdad. La segunda librería está en una calle en cuesta del centro de Argel, a unos cincuenta metros de la placa en mármol negro del antiguo Grand hotel de L’Agha: «Confort moderno, agua corriente, baños y duchas». El agua es siempre muy importante.

No puedo decir que devoré el libro en el avión porque, a pesar del exotismo que rezuma un vocablo como «Argelia», basta apenas una hora hasta aterrizar en este rincón del Magreb. Tampoco puedo decir que viajara hasta allí a visitar una librería por muy especial que esta sea, y por muy literario que eso suene. Durante los últimos meses, el país vive las mayores revueltas de su historia reciente desde el pasado mes de febrero, cuando el gerontócrata en el poder decidió extender su mandato más allá de su propia vida. Había que contarlo, pero no aquí. Ya hemos dicho antes que esto va de librerías.

«Desde que llegaste a Argel no has hecho más que tomar calles en pendiente, subirlas para luego bajarlas, hasta desembocar finalmente en Didouche Mourad, atravesada por numerosas callejuelas y un centenar de historias, a algunos pasos de un puente que comparten suicidas y enamorados». Así arranca el libro que me recomendó Santi. Es de Kaouther Adimi, una argelina del 86 que vive hoy en Francia. Empecé otra vez desde el principio, ya instalado en Argel y, precisamente, en un hotel de la avenida Didouche Mourad. No fue algo premeditado: realmente uno acaba siempre en la Didouche Mourad en esta ciudad. Las calles se dan un aire a París; arquitectura colonial con balcones de filigrana en forja y estatuas que aguantan paredes sucias y desconchadas. Es verdad que pueden provocar cierta pena pero, a diferencia de las de la metrópoli, disfrutan de las vistas al mar y del  salitre en la cara.

Pero volvamos al libro. Cuenta la historia de Edmond Charlot quien, en mayo de 1936 y con tan solo veintiún años, se lanzó al mundo editorial con una tirada de quinientos ejemplares de Rebelión en Asturias, escrita conjuntamente por un tal Albert Camus y otros jóvenes escritores franceses. Era una obra de teatro que versaba sobre la brutal represión de la revuelta minera de 1934 a manos del Gobierno español. La obra acabó censurada por las autoridades argelinas, y aquella primeriza aventura editorial en naufragio. Lejos de dejarse arrastrar por el desánimo, Charlot abriría una pequeña librería pocos meses después con un eslogan: «Los jóvenes, por los jóvenes y para los jóvenes». La llamó Las Verdaderas Riquezas.

«Desde que abrimos no dejan de venir clientes para llevarse prestado o comprar algún libro. Nunca tienen prisa, les gusta opinar de todo: sobre los escritores, sobre el color de la sobrecubierta, el tamaño de la letra… En su mayoría son profesores, estudiantes, artistas, pero también algunos obreros que ahorran para comprar una novela. La gran aventura está en marcha», escribe Charlot a las dos semanas de abrir. O al menos así consta en el diario imaginario que es el libro. Charlot se atrinchera en ese habitáculo de cuatro metros de ancho por siete de largo y una entreplanta en la que no se puede incorporar, pero sí leer, editar, dormir y amar. Le ayuda Camus, sea corrigiendo manuscritos o rellenando las fichas de suscripción de una red cada vez mayor. Se extiende desde Las Verdaderas Riquezas por todo Argel, e incluso más allá. Desde la orilla opuesta del Mediterráneo, los editores de Cartas a un joven poeta, de Rilke, se muestran intrigados por la venta de varios centenares de ejemplares en esa pequeña librería de la colonia francesa. También desde el norte le llega a Charlot la carta de movilización al comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

Diez meses más tarde volverá a casa, a sus libros, para publicar Prólogo, de Lorca, a pesar de la acuciante falta de papel y de tinta. También a pesar de la censura. Son muchos los editores que se pliegan a la ocupación nazi y la Francia de Vichy, pero Charlot no es uno de ellos. Editará y publicará, además, a Emmanuel Roblés, Kateb Yacine, André Gide o a Henry Bosco, pero será una traducción de Gertrude Stein la que le hará pisar la cárcel por primera vez. Contra todo pronóstico, Las Verdaderas Riquezas aguanta los embates del totalitarismo hasta que, a finales de 1942, Argelia se convierte en la única parte de Francia en ser liberada, Argel en la capital de la Francia libre y Charlot en su editor principal. La nueva coyuntura lo arrastra hasta París en diciembre 1944 —al Ministerio de Información francés—, pocos meses después del último vuelo de reconocimiento de Saint-Exupéry. También conoció y editó al piloto literato más famoso de la historia, por lo que su desaparición será muy sentida en el grupo de Argel. Allí, Charlot deja la librería en manos de su hermano Pierre, y abre una nueva en la metrópoli, en un antiguo burdel del que, decían, contó con Apollinaire entre sus clientes.

Los pedidos se acumulan; algunas ventas alcanzan incluso los cien mil ejemplares pero Charlot se ve obligado a buscar en el mercado negro para conseguir material de impresión. «Necesito menos éxito y más papel», intuimos que llego a decir cuando las deudas le roban el sueño. Y es que no llega para pagar a autores ni proveedores, ni las invitaciones a comer, ni los catálogos… Los bancos le niegan el crédito, y ni todo el prestigio del mundo es capaz de mantener el barco a flote. Los autores también sufren. Roblés, por ejemplo, se vuelve a Argelia a pesar de recibir numerosos premios; Gide vende muy bien en la URSS pero no está autorizado a sacar rublos del país. El Kremlin le indemniza con toneladas de tela con las que el escritor se ha hecho confeccionar un buen número de trajes. En el verano de 1948, los propios accionistas de Ediciones Charlot piden a Charlot su salida de la empresa. Gallimard, Le Seuil y Julliard se quedan con la mayoría de sus autores, y Charlot vuelve a Argel para abrir una nueva librería con la ayuda de su tío Albert.

Los siguientes diez años transcurrirán plácidamente en la orilla sur del Mediterráneo, sin estridencias ni sobresaltos. Hasta que Charlot y los suyos acaban en el punto de mira de la Organización Armada Secreta, un grupo paramilitar que persigue a todo aquel que se signifique por la independencia de Argelia. En septiembre de 1961, una bomba atribuida a la OAS le hace perder un veinte por ciento de sus fondos; cinco meses después, una segunda explosión a manos de los mismos acaba con miles de libros, manuscritos, documentos y fotografías: todo. Charlot, nieto de un panadero que llegó a Argelia en 1830; francés para los argelinos y argelino para los franceses —los llamaban pied-noirs, «pies negros»— volverá a París cuando el país en el que nació y soñó se libra del yugo colonial en 1962. Murió en 2004, tras un periplo que le llevaría a dirigir el Centro Cultural Francés de Izmir (Turquía), el de Tánger, y tras abrir dos nuevas librerías en la pequeña localidad francesa de Pézenas.

Abril de 2019

Es una historia como esta la que le lleva a uno a callejear por el centro de Argel y plantarse en la calle Hamani buscando Las Verdaderas Riquezas. «Un hombre que lee vale por dos», dicen que se encuentra escrito en algún escaparate. El primer intento fue un viernes, el séptimo de protestas consecutivas desde que comenzaran a mediados de febrero. No hubo suerte: imposible dar con el cartel del hombre que lee, porque casi todos los locales tenían la persiana echada —el viernes es el equivalente a nuestro domingo en cualquier país musulmán—. El único que abría era un pequeño restaurante de comida rápida. El dueño decía que algo le sonaba lo de la librería en cuestión, pero que solo llevaba diez años allí. «No sabría decirle». Salió conmigo a la calle para escrutarla cuesta abajo buscando alguna pista. «Pregunte a los más mayores, seguro que se acuerdan», me dijo en francés antes de despedirse.

Fue al día siguiente, ya con las persianas levantadas, cuando descubrí que Las Verdaderas Riquezas se encontraba precisamente el local anexo; no dos o tres más arriba o más abajo, sino justo al lado. En descargo del cocinero hay que decir que ya no se trata de una librería al uso, sino de un anexo de la Biblioteca Nacional donde solo se prestan libros. Sí, ese «Hombre que lee vale por dos» se lee en la puerta de cristal y aluminio, pero es tan vulgar y anodina que resulta imposible adivinar que, justo detrás, los libros se siguen apilando a ambos lados de ese espacio de cuatro por siete metros. Levantando la vista para buscar la entreplanta, la mirada tropieza con una placa negra: «Edmond Charlot: 1915-2004»; justo debajo, una funcionaria con velo que responde al nombre de madame Merouan se deja preguntar, aunque avisa de que está prohibido sacar fotos. Según dice, la librería se cerró en 1994 para reabrirse cuatro años más tarde convertida en lo que es hoy. Poco más.

«¿Ha leído el libro? Pues entonces conoce la historia», zanja el asunto la argelina, antes de dejarnos sacar fotos con la condición de que ella no sea retratada.

A escasos trescientos metros de allí, Argel bulle con miles de individuos que protestan contra tiranos que llegaron al poder justo cuando Charlot hizo las maletas; cuando la geografía se abrió bajo los pies negros de ese hombre sin más patria que las letras. Estoy seguro de que le habría gustado ver lo de hoy, habría disfrutado con la energía que destila esa hornada de jóvenes argelinos. Seguro que les habría invitado a pasar a su mágico habitáculo para agasajarles con café y libros. «Los jóvenes, por los jóvenes y para los jóvenes», les habría espetado el viejo. Seguro.


Rachel Muyal: «Parece mentira que ahora se pueda romper un escaparate porque esté Lolita de Nabokov»

Fotografía: Ferran Mateo

Durante más de dos décadas, Rachel Muyal estuvo al cargo de la Librairie des Colonnes, de Tánger. Fundada en 1949, en el momento álgido del periodo internacional, esta librería relativamente pequeña ha ejercido, y aún ejerce, una gran influencia en la vida cultural de Tánger y de Marruecos. La lista de escritores que pasaron por la ciudad del Estrecho es larguísima (Samuel Beckett, Jean Genet, Juan Goytisolo, Paul y Jane Bowles, William Burroughs, Tennessee Williams, Truman Capote, etc.) y hoy sigue siendo un polo de atracción para intelectuales locales y extranjeros de paso. Para hablar de los escritores en Tánger, Les Colonnes es el palco privilegiado desde el cual observar su puesta en escena, así como los bastidores entre los que se fraguó la historia de su mito literario.

A pesar de que la realidad ahora es otra, Muyal no cultiva la nostalgia y ve con gran optimismo el momento actual. En esta entrevista, que duró todo un día del mes de marzo, nos acompañó el escritor y director de la librería Simon-Pierre Hamelin. También se añadieron, en distintos momentos, el escritor argentino Santiago de Luca y la hispanista Randa Jebrouni. La conversación discurrió en el café La Colombe del bulevar Pasteur, la casa de Rachel, la antigua sinagoga Nahón situada en la medina y en el restaurante del nuevo hotel Hilton.

¿Cómo fueron los inicios de la librería, cuando abrió sus puertas en 1949 en la céntrica avenida Pasteur de Tánger?

Rachel Muyal (R. M.): Las primeras libreras, las Gerofi, dos cuñadas judías de origen húngaro, regentaron la Librairie des Colonnes en la época del Tánger internacional, cuando la ciudad estaba llena de bancos y de compañías extranjeras. Primero llegó Isabelle, que tenía una librería-galería en Bruselas, y luego su cuñada, Yvonne, que fue bibliotecaria en la Universidad de Bruselas. El marido de la primera y hermano de la segunda fue el arquitecto Robert Gerofi, conservador del Museo de la Alcazaba y profesor de arte en el instituto francés; tenía una cultura enciclopédica. Juntos formaban un trío extraordinario: sumaban una cultura sin parangón en la ciudad. Se entraba a su librería como se entra en una capilla.

¿Por qué decidió la editorial Gallimard invertir en una librería en Tánger?

M.: Circulaba mucho dinero en la ciudad y la editorial vio el potencial. Ya tenían un pie en Marruecos con las librerías Farraire en Casablanca y Céré en Rabat, con las que se asoció para el proyecto de Tánger. Cuando yo empecé, la editorial tenía un papel testimonial, pues vendió sus participaciones poco antes de que yo entrara, en 1973. Pero la editorial y sus comerciales siempre mantuvieron una relación especial con la librería, a pesar de sus modestas dimensiones.

Simon-Pierre Hamelin (S. P. H.): Gallimard no se implicó mucho en la librería, porque tenía una participación muy pequeña. En cambio, se convirtió en el lugar de contacto con sus autores de paso en Tánger, como Jean Genet, Marguerite Yourcenar o André Gide. Fueron les dames Gerofi quienes dieron a la librería, ya desde sus inicios, ese toque de distinción tan particular suyo, como punto de encuentro entre lectores y autores y entre el círculo de intelectuales que se juntaba en Tánger. Se mostraban especialmente próximas con los escritores de visita y abrieron la librería a otras disciplinas artísticas: organizaron exposiciones de pintura y un salón literario al estilo europeo.

Rachel, ¿siempre has vivido en este edificio del bulevar Pasteur, justo enfrente de la librería y al lado del hotel Rembrandt?

M.: Mi familia se mudó aquí el mismo año de construcción del edificio, que coincide con el de la apertura de la librería. Antes vivíamos en el paseo Severo Cenarro, la calle que conducía, después de subir a la Alcazaba, a la meseta del Marshan.

De alguna manera, parecías predestinada a trabajar en Les Colonnes. ¿Cómo te surgió la oportunidad?

M.: Hubo una primera conversación con Isabelle en el Country Club, en torno a 1973. La compañía americana en la que trabajaba, RCA Global Communications, cerraba su filial y me ofrecieron primero un puesto en Madrid, que me parecía bien por la cercanía con Tánger, pero luego me dijeron Londres, y ahí sí que ya no me veía. Isabelle me planteó que considerara coger su relevo en la librería. A las Gerofi las precedía una fama increíble, yo era la primera que me quedaba boquiabierta con su sabiduría. Y así fue como me ofrecieron la oportunidad de entrar en ese mundo tan hermético. Eran mayores y buscaban a alguien joven. Además, tenían presiones desde Rabat y Casablanca, porque el negocio no iba bien del todo. Yo no sabía nada de cómo llevar una librería. Un día de ese año, cuando iba a la playa con la toalla, pasé por la librería. Había un montón de cajas de libros y me pidieron que las ayudara. Según Ivonne, en media hora sabría si yo serviría o no. Desde esa mañana de junio en que, en lugar de ir a la playa, me quedé a abrir cajas de libros, pasé veinticinco años al frente de la Librairie des Colonnes, que no está nada mal.

P. H.: Rachel guio el negocio durante la transición a la independencia de Marruecos. Con ella, por primera vez al frente de la librería estuvo una tangerina. Se ocupó de que siguiera siendo un espacio de expresión y de libertad, organizando conferencias, presentaciones de libros y firmas de autores.

Era una costumbre que después de que los autores presentaran sus libros se subiera a tu casa a tomar una copa, ¿no, Rachel?

M.: Sí, a veces, y así se vendían más ejemplares. Los clientes compraban el libro, el autor lo firmaba y luego iban todos juntos a mi piso para tomar «la copa de la amistad».

Uno al que invitaste fue Amin Maalouf…

M.: Dio una charla cuando estuvo en Tánger antes de firmar sus libros. Explicó que estaba leyendo sobre el explorador y viajero tangerino Ibn Battuta y que, en una nota a pie de página, vio que un comentario suyo lo había confirmado un tal León de África. El nombre le llamó la atención, investigó sobre su figura y ya no pudo dejarlo. Aquí le preguntó a Tahar Ben Jelloun si sabía quién era León el Africano. Él le respondió que no solo sabía quién era, sino que su madre vivía en la calle que llevaba su nombre en Tánger.

¿Qué tipo de público acudía a la librería?

M.: Todo aquel que se sentía un poco intelectual iba a la librería, para buscar, aprender, conversar… Yo entré en la librería cuando todos los trabajadores extranjeros con conocimientos técnicos se habían ido. Entonces los marroquíes empezaron a sustituirlos. Tenían afán de aprender: cómo arreglar un grifo, cómo funcionaba el motor de un coche… Todos esos manuales estaban escritos en francés, no tenían otro modo de aprender, así que me preocupé de que los tuvieran al alcance. Entonces no había ordenadores, así que tenía que consultar una enorme cantidad de catálogos y bibliografías. Y así fui cogiendo fama, gracias al boca a boca: «Hay una señora que sabe de todo y te dirá qué hacer». Así empezaron a entrar tangerinos musulmanes y fidelicé la clientela. Si fuera creyente, diría que Dios me ayudó o, como decimos en jaquetía, el dialecto de los sefardíes tangerinos, «tu madre pidió por ti».

¿Te resultó difícil hacer que fuera rentable?

M.: Una librería no es un negocio al uso, pero al final hay que tener un buen contable detrás, y yo tenía uno excelente que me lo enseñó todo. Me decía que, al cerrar cada día la puerta de la librería, tenía que haber ganado tantos dírhams, si no, no podría pagar a los empleados, la luz, etc. Claro, entonces empecé a diversificar la venta, a buscar nuevos clientes. Me ayudó también mi conocimiento del español, porque en las universidades tenían que crear sus bibliotecas y acudían a una persona con quien pudieran hablar, como por ejemplo el arabista Bernabé López García, que era profesor en la Universidad de Fez. Primero vinieron de Casablanca, luego de Fez, de Agadir… Conseguí pedidos importantes. Marruecos vivía una época en la que todos querían aprender, no solo de literatura, también de libros técnicos, como he dicho. O, por ejemplo, sobre lo que necesita saber una mujer durante el embarazo y los primeros meses, J’attend un enfant, J’élève mon enfant. De esos títulos vendí muchísimo. Luego venían con sus hijos y les recomendaba libros para aprender a dibujar, etc. Esos niños ahora ya son padres y abuelos, se acuerdan de cuando venían a la librería y me dicen cosas preciosas cuando se encuentran conmigo.

Seguí todos los consejos de las Gerofi, sobre todo uno: para llevar una librería hay que saber más contar que leer. «Sé siempre prudente, no pidas muchos ejemplares del mismo título», me repetían, y se me quedó grabado. Podía pedir hasta veinte ejemplares de Tahar Ben Jelloun, que entonces era de los que más vendían, o incluso setenta de El desafío, de Hasán II. De otros autores no podía encargar la misma cantidad. Era un capital inmovilizado, que no podría sacar hasta al cabo de tres o cuatro años, y eso no hay librería pequeña que lo aguante.

Además de esos libros, ¿qué otros títulos te pedían?

M.: Vendía títulos críticos con el franquismo, como los de Ruedo Ibérico, una editorial de París que publicaba libros contra la dictadura. Se vendían muy bien. La gente cruzaba el Estrecho, los compraba, les arrancaban la cubierta o los forraban con papel de periódico y volvían con ellos. También el diario España, tal vez el que tenía un punto de vista más liberal. Se siguió publicando después de la independencia de Marruecos y se vendía también en la Península. También estuve atenta a todo aquel pensamiento filosófico que pudiera interesar en Tánger. Para eso, había unas colecciones francesas muy buenas sobre sufismo y cultura árabe, traducciones de Averroes, Ibn Arabi

¿La suscripción de periódicos daba dinero?

M.: Todo, vender Le Monde todos los días daba dinero. Le Monde y Le Figaro nunca llegaban con retraso. El País, sí. Y me daba coraje ver que no fuesen capaces de enviar los periódicos españoles el mismo día. Además, a un precio exorbitante. En cambio, Le Monde era más barato que en Francia. A cada cónsul español que venía se lo explicaba: «¿Por qué os dejáis que os pasen la mano los franceses?». Un día Daniel Rondeau vino a la librería y compró Le Monde. Se fue encantado y escribió un artículo fenomenal.

El mismo que encuestó a cientos de autores para preguntarles por qué escribían y al que Paul Bowles respondió: «Escribo porque todavía estoy en el país de los vivos».

M.: Sí, y por eso tomó un avión a Tánger, para conocer al hombre que le dio esa respuesta.

Y tú, Simon-Pierre, ¿cuándo te incorporaste a la librería?

P. H.: Llegué a Tánger en 2003 y me convertí en un habitual de la librería, que entonces era una especia de tumba vacía y polvorienta. Mucha gente aún peregrinaba a la librería porque conservaba su aura de leyenda. El proyecto en sí era apasionante y, por eso, acepté: devolver a la librería su antiguo esplendor y mantenerla viva en el imaginario literario de Tánger. Pero al principio me encontré con muchas dificultades, porque el propietario no quería invertir ni un solo dírham. Después de quince años la sociedad marroquí ha evolucionado mucho y los jóvenes leen cada vez más. En Marruecos los libros tienen todavía un fuerte componente político y, al fin y al cabo, la libertad también pasa por la lectura.

Pierre Bergé, mecenas, bibliófilo y cofundador de la marca Yves Saint Laurent, tuvo un papel determinante para que pudieras relanzar la librería cuando Rachel ya no estaba. En diciembre de 2010 se renovó por completo su imagen, tal como la conocemos hoy.

P. H.: Curiosamente, el primer trabajo que tuvo Bergé en París, a finales de los cuarenta, fue de librero. Siempre fue muy amigo de escritores y apoyó muchos proyectos relacionados con la literatura: premios o museos como los de Zola y Jean Cocteau. Además, tenía una de las colecciones de libros antiguos más importantes del mundo. Llevaba treinta años visitando Tánger. Un día entró en la librería y le entristeció ver que el dueño no quisiera invertir en ella o disponer de un mejor fondo. Entonces la librería estaba bastante vacía. Me dijo: «La compraré si te quedas». Le había explicado cuál era mi proyecto para la librería y enseguida lo entendió. Conmigo ya como director, se creó la revista literaria Nejma, en 2006, y, en 2010, una editorial, Librairie des Colonnes Éditions, así como una sección de literatura árabe e inglesa, otra de infantil, y organizamos presentaciones de libros en las cuatro lenguas que han sido habituales en este espacio: dariya, inglés, español y francés.

¿Cuál es la clientela actual?

P. H.: Probablemente el 80 % de la clientela sea marroquí. A menudo leen árabe, francés, español e inglés. La escuela francesa está a doscientos metros de la librería y, aunque cuenta con una plantilla de cincuenta profesores, solo dos pasan por aquí alguna vez. Al resto no los vemos. Lo mismo se puede decir del resto de escuelas extranjeras en Tánger. El 20 % de nuestros fondos se componen de títulos en árabe. Los marroquíes leen sobre todo clásicos de la literatura, filosofía y ensayo. Entre nuestros superventas hay obras de Dostoyevski, que tenemos en traducción al árabe, al francés y al inglés.

Es curioso que Dostoyevski escribiera sobre San Petersburgo, la ciudad menos rusa de Rusia, y que encuentre lectores hoy en Tánger, la ciudad menos marroquí de Marruecos.

P. H.: Es verdad. Algunos rusos se afincaron aquí después de la Revolución rusa, desde Odesa o Bizerta. La ruso-tangerina más famosa fue Ira Belline, sobrina de Stravinski, que en los años treinta del siglo pasado trabajó para la industria del cine en París. En Tánger, desde finales de la década de 1940, regentó una floristería al lado de la librería después de dirigir un famoso club nocturno, el Parade. También fue dama de compañía de la multimillonaria Barbara Hutton, que le ofreció la antigua casita cerca de Marrakech del conde Tolstói, uno de los hijos del escritor. Hoy los rusos que hay en Tánger trabajan en los casinos, son ingenieros o mujeres que se casaron con marroquíes que fueron a estudiar a la Unión Soviética, sobre todo Medicina. Algunas abrieron negocios en Tánger, como la frutería próxima a la librería, donde a veces venden caviar y pescado en salazón.

¿Qué encontraban los escritores que venían a Tánger?

M.: Una libertad total. Siempre repito lo que dijo Truman Capote: ante la Acrópolis, uno se siente sabio; ante San Pedro de Roma, en estado de gracia; pero, en el Zoco Chico de Tánger, todos se sienten libres. Libertad en todos los sentidos.

He leído en alguna parte que dices que hay que coger lo bueno de cada cultura. Es una buena filosofía, que cobra mayor importancia cuando la reivindica alguien que ha vivido en aquel Tánger multicultural en el que convivían las tres religiones.

M.: A mí me gusta hablar de respeto, no de tolerancia. Cada uno es lo que es. Nada más, pero nada menos. Aquí lo hemos practicado siempre, es parte de la esencia tangerina. Adonde vayas, siempre lo encontrarás. Por ejemplo, la centenaria sinagoga Nahón en el corazón de la medina, cuya decoración se inspira en motivos ornamentales de Granada, está pared con pared con una iglesia católica. Leí una vez que los católicos se quejaban porque los judíos cantaban en la sinagoga: «Ya nos están estropeando la misa». Y, a lo mejor, los judíos pensaban lo mismo de sus vecinos. Pero unos y otros convivieron sin problemas. Qué lástima que el proyecto de la catedral de Gaudí no se llevara a cabo en Tánger. Estaba previsto que se construyera donde hoy se levanta la mezquita Mohamed V, junto al barrio de Iberia. Imagínate la de visitantes que vendrían ahora.

P. H.: El diálogo entre culturas es una de las mejores cosas que Tánger nos ofrece. Probablemente sea una de las últimas ciudades del Mediterráneo donde encuentres personas de religiones y nacionalidades tan diversas conviviendo en una atmósfera de cordialidad. De joven viajé mucho, a la India y a Rusia, pero solo hay un sitio donde puedo hablar hindi y ruso, entre otras lenguas: Tánger.

Y tú, Rachel, ¿cuál es la lengua en la que te sientes más cómoda?

M.: El francés. La lengua en la que escribo es el francés. Sueño en inglés, en color. Cuando sueño en español, en cambio, es en blanco y negro.

¿Cuáles son los libros, según vosotros, que más ayudan a entender la esencia de Tánger?

M.: Cada ciudad tiene sus libros, o, mejor dicho, autores que escribieron libros estupendos. Por ejemplo, El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, sobre la ciudad egipcia. Y siempre me pregunto cuándo va a haber un tangerino que escriba algo como Durrell, pues creo que, hasta hoy, nadie lo ha hecho. Casi me atrevo a decir que lo mejor es el prólogo de Shlomi Ben Ami a El mazal de los pobres, de Elie Benchetrit. Es uno de los textos más bellos que he leído sobre Tánger. Aunque Ben Ami se fue con siete años, supo plasmar la esencia del orgullo de ser tangerino, que a mí me inculcaron mis tíos, quienes me criaron.

P. H.: Yo me quedaría con estos títulos: Una vida llena de agujeros, de Mohamed Mrabet; El pan a secas y Tiempo de errores, de Mohamed Chukri. La vida perra de Juanita Narboni, de Ángel Vázquez; Reivindicación del conde Don Julián, de Juan Goytisolo, y El Gran Zoco, de Joseph Kessel.

Hablemos un poco de El pan a secas, de Mohamed Chukri.

M.: Chukri escribió su libro en árabe y se lo leía, a la vez que se lo traducía oralmente al español, a Paul Bowles, porque ellos hablaban en español. Y Paul Bowles tomaba notas, fue él el primero en traducirlo a otra lengua. Si él no se hubiera interesado por Chukri, nadie lo habría conocido. Una vez le dije a Chukri que me dejara el texto árabe. Se lo pasé a un amigo, un representante de las Naciones Unidas sudanés, con un excelente dominio del árabe, para que me diera su opinión. Me dijo que era una nueva manera de escribir el árabe, porque el árabe es un idioma sagrado, la lengua del Corán, y no se debía utilizar para escribir groserías. Chukri hizo una autoedición, porque nadie quería publicarlo, y en menos de una semana vendió muchos ejemplares. ¿Y qué pasó? Que el Ministerio del Interior prohibió su venta en todas las lenguas, no solo en árabe. Yo puse la edición alemana en la librería, no en el escaparate, sino en la vitrina interior, así pasaba más desapercibido. Se ha traducido a más de dieciocho lenguas. Siempre que salía una nueva versión, me traía un ejemplar dedicado: «A la buena de Rachel».

En cuanto a libros prohibidos, recuerdo que una amiga mía americana vino a Tánger y me habló de Trópico de Cáncer. Su crítica fue tan elogiosa que fui a buscarlo a la biblioteca del Instituto Francés y me dijeron: ni lo tenemos, ni lo tendremos. Muy bien, respondí, y fui a encargarlo a Les Colonnes.

Recuerda La librería, de Penelope Fitzgerald, el terremoto que se desencadena cuando en una pequeña librería de pueblo quieren vender Lolita.

M.: Parece mentira que ahora se pueda romper un escaparate porque esté Lolita, de Nabokov. Me parece un poco exagerada la lectura feminista de la novela. Me recuerda a cuando las obras de Sade se incluyeron en el Índice de libros prohibidos. Chukri escribió cosas horribles en sus memorias que me destrozaron el alma, porque me descubrió la miseria en que vivía alguna gente en Tánger, como cuando explica que su padre estranguló a su hermano… Y desde el principio sentí simpatía por ese hombre. Recuerdo que un día estaba tomando algo con unas primas y se nos acercó un tipo desaliñado para vendernos rosas. Le dijimos que no, se puso a deshojar las rosas y se fue metiendo los pétalos en la boca, una imagen que me pareció de una poesía increíble. Así hizo que nos fijáramos en él. Más tarde, convertido ya en escritor, vino a la Librairie des Colonnes. Siempre le demostré mi afecto. La tangerina Rajae Boumediane tradujo al español El loco de las rosas.

P. H.: Hace cinco años, mientras Juan Goytisolo participaba en un encuentro sobre Mohamed Chukri, les pidió a los nuevos editores, de Cabaret Voltaire, que cambiaran el título de El pan desnudo por El pan a secas, y así lo hicieron. Con el manuscrito hubo cierta polémica. Recuerdo que en una semana escuché a tres personas decir: «Yo escribí El pan desnudo». Incluso Tahar Ben Jelloun me dijo que menos mal que estaba él, porque Chukri no conseguía armar el libro. El pobre Chukri se debe de estar revolviendo en su tumba.

Un libro colectivo…

M.: Lo que hizo Chukri tuvo mucho mérito. Era muy auténtico y valiente. Recuerdo un día que lo habían invitado a dar una conferencia y se presentó en la librería cuando estaba abriendo por la tarde. Se tambaleaba. «Chukri, venga, tómate un café», le dije en español, «ahora te vas a ir a dormir a tu casa y no tomes ni una gota más de alcohol, que a las siete tienes una conferencia». Me escuchó, se fue… Yo estaba intranquila, a las siete menos cuarto fui al hotel Chellah, donde se celebraba la conferencia, y vi a Chukri, charlando con unos y con otros. Hizo la mejor charla que le escuché, y supo responder a todas las preguntas con inteligencia. Me quedé maravillada por su presencia y lo abracé.

¿Y qué hay de Ángel Vázquez? Hablemos de La vida perra de Juanita Narbona.

M.: Vázquez vivió en una casa muy pequeñita de mi tío. Al pobre se le murieron la madre y la abuela, a las que cuidaba. Siempre trabajaba bajo la supervisión de Emilio Sanz de Soto, uno de los dinamizadores de la vida cultural de Tánger durante los años cincuenta y sesenta, que estaba detrás de él en todo.

Cuando lo conociste, ¿viste en él a un gran escritor?

M.: Cuando leí Se apaga y se enciende una luz, su primera novela, me gustó. Aunque en mi familia provocaba algún que otro quebradero de cabeza porque se olvidaba de pagar el alquiler. Cuando le dieron el Planeta, unas doscientas mil pesetas de la época, mi tío volvía de la calle hecho una furia porque seguía sin pagarle.

Era despreocupado con el dinero. Al parecer, no iba a cobrar a la editorial las regalías de la venta de sus obras.

M.: Cuando Vázquez murió solo en una pensión sin una perra chica, Eduardo Haro Tecglen llamó a Lara, porque estaban haciendo una colecta para pagar la pensión y otros gastos. Le contestó que Vázquez tenía dinero, pero que no lo iba a buscar. Gracias a eso pagaron su entierro. El último cheque que le dio a mi tío ya no tenía fondos [nos enseña el talón]. Lo encontré entre los papeles de mis tíos al cabo de los años.

La traducción al francés, La Chienne de vie de Juanita Narboni, la hizo un tangerino, ¿verdad?

P. H.: Vázquez le pidió a Selim Chérief que la tradujera al francés porque sabía que Selim conocía perfectamente Tánger y la jaquetía. Selim trabajaba con una vieja máquina de escribir. Luego el editor tenía que transcribir la traducción a un archivo informático. Así trabajamos con él para el próximo número de Nejma dedicado a Vázquez, hasta que murió hace unos meses.

M.: Le dije a un editor francés que Selim estaba traduciendo el libro y que valía la pena publicarlo, por el rigor con que lo estaba haciendo. Conservo la reseña de Le Monde, una página entera. Al cabo de poco, vendió entera la primera edición.

¿Qué supone para ti la jaquetía, Rachel?

M.: La jaquetía, el dialecto judeo-español de Marruecos, era lo que hablábamos en casa. Los judíos empezaron a marcharse en los años sesenta, cuando Tánger ya no era internacional. Ahora solo quedamos unos treinta y cinco. Es una lengua con un sabor muy especial, además de rigor y precisión. Dices una palabra en jaquetía y ya lo has dicho todo. Debería preservarse de alguna manera. El libro de Elie Benchetrit, El Mazal de los pobres, sabe captarlo muy bien. A pesar de que los jóvenes ya no lo hablan, a veces, cuando los oigo hablar en inglés, de repente sueltan una palabra en jaquetía, para decir exactamente lo que quieren expresar. Por ejemplo, me gusta especialmente la expresión «De tu boca al cielo», para desear que se cumpla algo que se ha dicho. Tiene su equivalente en dariya: Men doqmek ne-sma, que significa literalmente ‘de tu boca a la puerta del cielo’.

Goytisolo es otro de los escritores que tuvo una vinculación especial con la ciudad del Estrecho…

P. H.: Goytisolo solía hacer bromas acerca de que sus libros nunca se vendían. Tal vez era el escritor que más sabía del mundo árabe y de los vínculos seculares entre este y el español. Pero nunca se le perdonó que dijera que España estuviera tan conectada con el mundo y la lengua árabes.

M.: Veraneaba en Tánger para huir del calor de Marrakech. Empezó a venir a la librería en los setenta. Era muy amigo de los hermanos Lombroso, que tenían una casa en la Vieja Montaña. Se los presentó su mujer, Monique Lange, a la que conoció en Gallimard. Fui a algunas de sus fiestas y en alguna acabé bailando tango en la terraza. Era un sitio extraordinario. Goytisolo aprendió dariya con un método de una universidad estadounidense que compró en la librería. Era un manual muy bueno, vendí muchos. Él sí lo hablaba a la perfección, porque vivía con una familia marroquí y se comunicaba en esa lengua con todos los niños.

P. H.: Durante los veranos, lo veía a menudo. Tomábamos café y hablábamos de literatura. Era, sobre todo, un gran lector. Le daba a leer lo que yo escribía y siempre me daba buenos consejos. Un cumplido suyo era algo maravilloso. Siempre me explicaba anécdotas muy extrañas de su familia o de su vida. En los años sesenta, como estaba vinculado con el Partido Comunista Francés, viajó a menudo a la Unión Soviética y en Moscú comió con Sartre y Beauvoir en un lujoso apartamento de la ciudad. Un día había una gran fuente de caviar en la mesa y un cucharón. Vio a Sartre servirse el caviar a cucharadas y contó esta anécdota en Gallimard.

¿Cómo se recibió su muerte en Marruecos?

P. H.: La muerte de Goytisolo sucedió en Ramadán. Lo enterraron dos días después, muy rápido.

M.: Está enterrado en Larache, porque no quería estar ni en un cementerio católico ni musulmán.

P. H.: Descansa junto a Jean Genet, los «Sidi Juanes» (Santos Juanes), como se los llama aquí. Genet está mirando a la Meca, como se suele hacer en el islam, y la tumba de Goytisolo está un poco en diagonal. Las dos cabezas parece que se tocan.

M.: Así pueden seguir charlando. También le hacen compañía soldados caídos en la guerra del Rif.

Para Bowles, Les Colonnes era el lugar donde la gente acudía para ponerse en contacto con él.

M.: Todos los días se presentaban dos o tres personas y pedían su número de teléfono. Pero él no tenía.

¿Y era una molestia?

M.: No. Dejaban su nombre y yo le mandaba la nota con un recadero a Paul. Él siempre contestaba, al cabo de una hora: «Que vengan a las cinco de la tarde». Siempre a las cinco, como los toros.

Él se había apartado del mundo, pero el mundo iba adonde estaba él.

M.: En sus cuentos tiene el don de describirte situaciones que te hacen repensar la vida en unas pocas páginas. Prefiero sus novelas más cortas. Luego tiene esa autobiografía, Without Stopping, que los ingleses dijeron que más bien se debería de haber titulado Without Telling, porque no contó nada. Todo el mundo esperaba que confesara aspectos de su vida privada, pero no lo hizo porque era muy reservado. Nunca le gustó hablar de eso, pero sí de Jane.

P. H.: En mi edificio vivía una pareja, Susie y David Farmer, que crearon la web www.paulbowles.com. Hacía la competencia a www.paulbowles.org, de un antiguo pariente, Kenneth Lisenbee. Tuvieron una larga disputa, incluso en Wikipedia. Lisenbee ganó la batalla legal en 2009. Los Farmer una noche abandonaron Tánger y no se supo más de ellos.

M.: La foto que os he enseñado antes de Paul Bowles se tomó tres semanas antes de que muriera, en el club de golf.

P. H.: Pero si no jugaba al golf.

M.: Claro que no, pero iba a tomar el sol. Allí no había tráfico. Ya estaba muy débil. Coincidimos en varias cenas, pero siempre guardaba mucho la distancia.

¿Jane era más asequible?

M.: Yo la conocí muy poco y ya estaba enferma. Sufrió mucho. En Málaga la convirtieron al catolicismo. A Paul le enojó que la hubieran enterrado con una cruz, siendo judía. Las monjas le dijeron que se había convertido voluntariamente. A Jane la educaron sus cinco tías, y eso marca. A mí me pasó lo mismo. Es como tener cinco madres. En la cultura sefardí, el mundo de los hombres y el de las mujeres estaba completamente separado. Ahora el niño es dueño y señor, mientras que antes no tenías derecho a nada.

¿Qué autoras te han marcado?

M.: Marguerite Yourcenar es la única mujer que hizo que se me acelerara el corazón cuando cruzó la puerta de la librería. Me fascinó Las memorias de Adriano. Fue a la sección sobre islam e historia de Marruecos, escogió un buen número de libros y pidió que se los mandaran al hotel El Minzah, que allí pagaría. Yo no dormí hasta que no pagó, porque ya me habían hecho algunas jugadas. Al que fue con los libros le dije: o vuelves con dinero o un cheque, o no hace falta que vuelvas, me traes los libros de vuelta si hace falta. También citaría a Marguerite Duras, Françoise Giroud, Assia Djebar, Soumaya Naamane-Guessous, autora de Au-delà de toute pudeur, un trabajo sociológico sobre la sexualidad de la mujer marroquí, Fátima Mernissi

Poca gente sabe que Patricia Highsmith estuvo en Tánger. La ciudad aparece en Ripley en peligro.

M.: En el piso donde vivió Jane del inmueble Itesa. Ella vino para ver a Bowles, pero cuando Paul se cerraba no había nada que hacer. «Pero ¿qué se ha creído?», pensó. Había venido con una pintora entonces muy conocida, Buffie Johnson, que investigó sobre muchas mujeres increíbles que lucharon por la libertad femenina. Yo me servía de Johnson para acceder a Highsmith, que se sentía un tanto aterrorizada en Tánger. Siempre venía a la librería para ir a beber cerveza a Le Pub. Solo bebía cerveza y en grandes cantidades. Un día me llamó el ministro de Cultura, Mohamed Benaissa, para invitarme a una cena en Arcila (Assilah). Me envió un coche para que pudiera ir acompañada de quien quisiera. Gracias a Buffie, convencí a Highsmith de que viniera. «I don’t know why we are involved in this matter», repetía durante el trayecto. Cuando llegamos, se corrió la voz de que Patricia Highsmith estaba allí. No sabía que fuera tan popular en España, porque la mayoría de los presentes eran españoles. Después de un banquete a lo marroquí y un concierto de Moustaki, me preguntó en el coche de vuelta: «Are you sure this man was a Minister?». Le dije que claro, y ella me miró con cara incrédula. Al día siguiente le enseñé un periódico con la foto de Benaissa, en la que aparecía en una inauguración con el rey. «Look at that!», le dije.

¿Fuiste la primera mujer judía en divorciarte?

M.: Había dos razones por las que la mujer podía pedir el divorcio: que el marido no quisiera tener hijos o que quisiera mudarse a otra ciudad. Y yo cumplía los dos requisitos. Mi exmarido fue muy buena persona y, además, un poco Pigmalión conmigo. Con la ayuda de sus hermanas hicieron que le tomara gusto a la lectura. También fui de las primeras en utilizar el método Ogino, antes de la píldora. No saben las mujeres de ahora la suerte que tienen y lo que nuestra generación y las anteriores sufrieron.

¿Qué debe Tánger a España en su idiosincrasia?

P. H.: Tánger debe a los españoles el ritmo de vida, el paseo, las tapas, así como muchas palabras del dialecto tangerino… Los tangerinos siguen los partidos de la liga española más que en el resto de Marruecos. La comunidad española ha pertenecido, en su mayoría, a la clase trabajadora. Como en Argelia, aquí vivieron con sencillez. Esto cambió después de la entrada de España en la Unión Europea. Pero la reciente crisis económica provocó una nueva emigración a Tánger de obreros, albañiles y otros trabajadores en paro, principalmente venidos de Andalucía, como a principios del siglo pasado.

¿Cómo ve el resto de Marruecos a Tánger, después de verla como la «ciudad maldita»?

P. H.: Hoy el resto de Marruecos considera que Tánger es una ciudad moderna y en pleno desarrollo económico y artístico. Siempre se ha considerado que aquí se puede ser más libre que en otros lugares de Marruecos. Pero hoy a los marroquíes les parece menos extranjera que durante el periodo internacional y el reinado de Hasán II. Los fantasmas de Tánger todavía atraen tanto a los marroquíes como a los extranjeros. Ahora hay una escena literaria en Tánger formada por autores marroquíes y extranjeros: la novelista y poeta Rachida Madani, el dramaturgo Zoubeir Ben Bouchta, el novelista y guionista François-Olivier Rousseau, François Vergne

El cliché de Tánger y la literatura, ¿cansa?

M.: Al contrario, cuanto más se hable de ello, mejor. Crea una atmósfera. Algunos creen que Tánger se terminó, que ya no va a ser nada. Qué va, eso sigue allí y vuelve. El nuevo Tánger está cada vez más precioso. Su posición geográfica es un privilegio y las cosas solo pueden ir a mejor. Y la prueba es el nuevo puerto, que hace competencia a los puertos españoles.

P. H.: Este renovado interés, en especial por su pasado, se produjo en Francia hace ya unos años. Pero a veces esta producción literaria aborda también temas contemporáneos: los emigrantes, la pobreza, el radicalismo. Los escritores alemanes y holandeses que escriben sobre Tánger son más justos con la ciudad y prefieren abordar la vida actual. Es curioso que haya una especie de «movida literaria» aquí que comenzó en España… No digo que todo sea bueno, pero sí es cierto que hay un interés. Y no todos hablan del pasado, por ejemplo, Antonio Lozano ha escrito sobre los inmigrantes, los harragas. Hace poco celebramos un encuentro con el traductor del alemán y jurista Antonio Pau, porque vivió en el edificio que hay encima de la librería. Ha escrito un libro de memorias de tono poético sobre su infancia en Tánger. Es alguien muy sensible con una historia increíble.

¿Por qué estudió alemán?

P. H.: Su padre obtuvo una beca para estudiar en Alemania en 1938-39 y, cuando llegó, le obligaron a servir con los alemanes en la guerra. Vivió una experiencia terrible, evidentemente, y después vino a instalarse a Tánger. En su familia se hablaba alemán, francés y español. Antonio fue a la escuela francesa y habla perfectamente inglés.

Otro traductor nacido en el norte de Marruecos, en Larache, es Miguel Sáenz. También estudió Derecho y ha publicado sus recuerdos de infancia y juventud, Territorio… Cuando vas a París, Simon-Pierre, ¿visitas otras librerías?

P. H.: Sí, no solo en París, siempre que viajo. Muchas son, por supuesto, más bonitas y grandes que la Librairie des Colonnes, pero no encuentro el mismo espíritu que tenemos aquí en Tánger, la buena atmósfera entre libreros, lectores y escritores. Nuestra librería se podría llamar El cielo protector. Sí, es pequeña, como lo es el centro de Tánger, pero dentro encuentras a todo el mundo. Se oyen y hablan varias lenguas, a veces en la misma frase, con gente de todas partes.


Abelardo Linares: «Los libros son como un veneno. Un veneno raro que solo es perjudicial en pequeñas dosis»

Fotografía: Ángel L. Fernández

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 22

Aunque el mote no le haga mucha gracia, lo cierto es que a Abelardo Linares (Sevilla, 1952) se le conoce entre bastidores como «el hombre del millón de libros». Lo cual, por otro lado, no es ninguna exageración. La fama le cayó el día que se trajo de Nueva York, a lomos de un barco, los fondos de la librería de Eliseo Torres, adquiridos al completo a su viuda tras la muerte del reconocido librero, en una operación sin precedentes en España por su envergadura, sobre la que tantas leyendas en su día se escribieron.

Para entonces, Linares ya se había labrado toda una reputación de amante impenitente del libro viejo, también de implacable cazador. Tras recorrerse las Españas en los setenta, dio buena cuenta de las Américas en los ochenta, llegando así a convertirse en uno de nuestros últimos grandes bibliófilos.

Su biblioteca personal compite por ser una de las más completas que hay sobre literatura en castellano de principios del siglo xx. De ella se nutre buena parte del exquisito catálogo de su editorial Renacimiento, fundada a principios de la década de 1980, referente en el rescate literario de dicho periodo histórico.

Los inmensos fondos de Abelardo Linares descansan ahora en tres frías naves industriales a las afueras de Sevilla. Allí, entre pasillos y pasillos, cajas y más cajas, se llevó a cabo esta entrevista sobre lecturas, pasiones y emociones. Viendo luego los miles de joyas librescas que se albergaban en las estanterías se nos hizo de noche.

¿Te sientes a gusto con la etiqueta de bibliófilo?

La bibliofilia como tal, el mundo de los bibliófilos, es algo que no me interesa demasiado, por más que, como todo coleccionismo, me parezca muy respetable. G. K. Chesterton decía que en esta vida hay que estar loco por algo para no volverse completamente loco. Para eso el coleccionismo puede ser de bastante ayuda. Lo que ocurre es que hay gente que, por culpa de la bibliofilia, solo compra libros raros anteriores al siglo xviii, o libros diminutos en dieciseisavo, o se empeña en que todos los volúmenes de su biblioteca tengan bonitas encuadernaciones en marroquín. Todo eso, dentro de lo que cabe, está bien, salvo cuando uno, por ejemplo, se dedica a reunir facsímiles de códices medievales o renacentistas a varios miles de euros la pieza, en ediciones limitadas (es un decir) de dos o tres mil ejemplares, creyendo que tal cosa no es sino pura bibliofilia o que está haciendo una estupenda inversión financiera.

Quiero decir con esto que a mí el libro raro porque sí, o de mucho precio, o el impreso de forma especialmente lujosa, no me interesa. Me importan los libros para leer, valga la redundancia, y también los periódicos, folletos y revistas relacionados con la historia y la literatura. Sobre todo si por su interés y rareza son susceptibles de ser reeditados. Y cuando un autor me interesa de verdad, ya sea el citado Chesterton, Silverio Lanza, Nabokov o el conde de Keyserling, procuro reunir todo lo que sobre él se haya publicado.

En cualquier caso, para mí los libros son un bien sin mezcla de mal alguno. En mi opinión, una pared, una habitación llena de buenos libros, es algo totémico. Estoy convencido de que los libros son algo tan bueno que muchas veces no hace falta ni leerlos. Basta tenerlos cerca para poder sentir su protección.

Tal y como lo cuentas, la bibliofilia parece una patología.  

Sí, aproximadamente. Los libros son como un veneno, pero un veneno raro que solo es perjudicial en pequeñas dosis. Por ejemplo, es muy peligroso leer un solo libro, valgan la Biblia o el Corán, o administrarse una dieta lectora a base únicamente de premios Planeta, Paulo Coelho o Jorge Bucay. Pero, en grandes cantidades, los libros, la lectura, tienen siempre efectos beneficiosos.

¿Recuerdas el primer libro que compraste?

Fue en una librería que había a cincuenta metros de mi casa, en la calle Hernando Colón, en Sevilla. Yo tendría trece o catorce años. Era un tomo de las Vidas paralelas de Plutarco, publicado en la colección Austral, con una hermosa y humilde camisa de color amarillo. Me costó veinticinco pesetas. Me acuerdo perfectamente del precio porque esa era la paga semanal que me daban mis padres. Durante varias semanas me gasté aquella paga en completar todos los tomos. Compré esa obra porque en la excelente biblioteca que tenía mi padre, de la que tuve la gran suerte de poder disfrutar, había encontrado por entonces las Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres de Diógenes Laercio, obra que leía por las noches antes de dormir. Aquel fue literalmente un libro de cabecera.  

Empezaste a escribir poesía también muy joven.

Las primeras cosas que escribí las hice con once años, estudiando segundo de bachiller. De niño era bastante lector. Aparte de, sobre todo, acudir a la biblioteca de mi padre, creo que era el único alumno de mi clase en el Claret de Heliópolis, en Sevilla, que visitaba asiduamente la biblioteca del colegio. Por lo que recuerdo, mi primer motivo de «inspiración» fueron los cuentos un tanto poéticos de Andréiev. Basándome en ellos escribí unos pequeños engendros, sin el más mínimo interés, que eran un ingenuo pero también genuino homenaje, y a la vez acercamiento, a la literatura. La cosa es, a fin de cuentas, de lo más normal. Todos los niños pintan y dibujan con una feroz alegría, no porque vayan a ser Picasso, sino porque son niños. Lo mismo que casi todos los adolescentes escriben, no porque vayan a ser Marcel Proust o Juan Bonilla, sino porque son adolescentes.

Tus primeros pasos como librero los das en el Rastro de Madrid. ¿Cómo acabas allí?

Estudié en Sevilla los cursos comunes de Filosofía y Letras, pero en 1972 me fui a Madrid a estudiar Literatura Hispánica con Lorenzo Martín del Burgo, un amigo poeta al que he dejado de ver pero al que admiraba y admiro muchísimo, un tipo muy leído y con un mundo poético originalísimo. Nos fuimos los dos pensando que en Madrid íbamos a encontrar gente como nosotros, venida de toda España interesada en la literatura. Pero pronto nos dimos cuenta de que la mayoría de nuestros nuevos compañeros no cursaban Literatura Hispánica porque les apasionase la literatura, sino porque querían ser profesores de literatura, que es cosa bastante distinta.

En mi viaje a Madrid, por lo tanto, no descubrí el mundo de la literatura, pero sí descubrí el mundo del libro de viejo, primero en la Cuesta de Moyano y luego en el Rastro, también en multitud de librerías y chamarilerías repartidas por toda la ciudad. Comprobé enseguida que el mismo libro podía valer en un sitio treinta pesetas y en otro doscientas, y que por tanto ahí había margen para la especulación, para el negocio. Mi primera intención fue revender a unas librerías lo que había comprado en otras. Con ello hice los primeros amigos en el gremio, pero negocio, muy poco. A ningún librero le interesaba comprar libros sueltos o pequeños lotes si no tenían un buen margen. A lo más que se prestaron fue a algún intercambio, si les era económicamente ventajoso. Así que decidí poner mi propio puesto en el Rastro, en el Campillo de Mundo Nuevo, donde aparte de libros se vendían también discos y cómics. Eso ya fue en 1973 y resultó ser toda una experiencia, porque me obligó a superar mi timidez y tratar con el público. También a ampliar mi curiosidad libresca e ir aprendiendo sobre el interés y el precio de infinidad de libros vendibles más allá de la literatura, que era lo único que en principio a mí me interesaba.

¿Cómo era el mercado del libro de viejo en aquel Madrid de mediados de los setenta?

Madrid parecía estar, por entonces, lleno de librerías de nuevo y de viejo. En lo de viejo, estaban en primer lugar los libreros de libro auténticamente antiguo, los Vindel, Bardón, Porrúa y demás, a los que yo no traté nunca porque nunca intenté comprarles, más que nada porque no se dedicaban a libros posteriores al siglo xix. Alguna vez me contó Luis Alberto de Cuenca que de jovencito tuvo muy buena relación con Bardón y que más de una vez este le regaló primeras ediciones de libros de poemas de primeras firmas de la generación del 27, porque para él no eran libros que tuvieran especial importancia, lo que es muy significativo de un cierto modo de entender el libro.

Estaban también los libreros generalistas, que se dedicaban por igual a lo antiguo que a lo más moderno, como Rodríguez y Chiverto en la calle San Bernardo; ya en cierta decadencia como zona de libros, Sanz, en la calle Pardiñas; Montero, en el callejón de Preciados; Cayo, en la calle del Prado; y Miguel Miranda, en la calle Lope de Vega. Con Miranda tuve cierta amistad porque le visitaba a menudo, ya que yo vivía por entonces en la calle Cervantes, a apenas cincuenta metros de su comercio. Miranda había sido actor en sus tiempos juveniles y tenía una figura de mucho empaque y un ácido sentido del humor que incluía la ironía y el sarcasmo aplicado a los literatos de todo el siglo xx. Solía rodearse más de contertulios que de clientes, pero sabía mucho de literatura y con buen criterio, y vendía bien a las universidades americanas, que por entonces compraban muchas cosas españolas, pero sobre todo a librerías de Buenos Aires o Montevideo, como supe más tarde.

En la Cuesta de Moyano había al menos tres libreros interesantes: Berchi, Lucas y Alfonso Riudavets. Este último ha sido el librero de viejo que más libros ha manejado en España, más de tres millones. Aún sigue en activo. De los tres era yo un asiduo cliente, aunque a quien más visité por entonces fue a José Blas Vega, excelente flamencólogo además de librero, que acababa de abrir negocio en la calle Espíritu Santo y tenía mucho tino para escoger las compras.

El mercado del libro de viejo en el Madrid de los setenta estaba por otro lado lleno de vida porque había clientes para todos los gustos y surgían bibliotecas con asiduidad.

Con los libros adquiridos durante tu estancia en Madrid vuelves a Sevilla y montas por fin una librería física en el centro de la ciudad.

La librería la abrí en el otoño de 1974, en el número 4 de la calle Mateos Gago, junto a la catedral. En realidad no era una verdadera librería, sino un escaparate y un rincón de la tienda de antigüedades y souvenirs que tenían mis padres, en el que apenas cabían estanterías para unos cuantos libros. Empecé con los trescientos o cuatrocientos volúmenes que me habían quedado de Madrid, todos ellos de literatura española. Pero pronto empecé a comprar otros de otras temáticas y a venderlos a buen ritmo. Gracias a eso, en pocos años, pude empezar a publicar libros y a viajar por América. A la librería le puse por nombre Renacimiento en honor a la editorial Renacimiento, la primera gran editorial moderna española, muy vinculada a la generación del 98 y al modernismo y muy admirada por mí. En 1981, cuando empecé a publicar una serie de pequeños libros de poesía en colaboración con mi amigo César Viguera, los puse también bajo los auspicios de Renacimiento.

¿Qué panorama librero te encontraste a tu vuelta a Sevilla?

A mediados de los setenta aún había buenas bibliotecas en Sevilla, pero solían venderse a libreros de Madrid o iban a subasta de forma anónima y discreta. Por aquel entonces traté algo a Romaní, un intermediario que trabajaba regularmente para Chiverto, con muy buenos resultados, quien me contó algunos detalles curiosos de su trabajo. Era viejo amigo de Mercedes, una antigua librera que había vuelto al negocio y abierto un pequeño local en la calle Rivero, transversal de Sierpes, con buenos libros, excelente trato y precio más que moderado. En la calle Amparo estaba la librería Rodríguez, que era por entonces la única que sacaba catálogo en Sevilla. Muy cerca, en la plaza de Montesión, estaba Conchita, la mejor negociante para comprar y vender que he conocido nunca. No sabía apenas nada de libros y no intentaba disimularlo [risas], pero lo sabía todo sobre los compradores de libros y casi nunca se equivocaba al pedir un precio. Hacia 1975, Conchita compró parte de los fondos de la librería sevillana de la CIAP, que había cerrado en 1932. La mitad, un par de camiones al parecer, se la vendió a un librero de fuera. Con el resto llenó un local cercano y durante varios meses estuvo vendiendo furiosamente hasta agotar las existencias. Yo estaba por entonces comenzando y me faltaban conocimientos, pero, sobre todo, capacidad económica para comprarle todo lo que hubiera querido. Aun así, al menos pude hacerme con algunas primeras ediciones de poetas del 27, mucha novela de vanguardia y todo lo publicado por La Gaceta Literaria. También cosas de Cenit, Zeus, Historia Nueva y otras editoriales de izquierda.

Por lo que cuentas, salvo honrosas excepciones, la literatura española de principios del siglo xx no parece que estuviera entonces muy considerada como libro de viejo.

Las figuras mayores, en términos generales, sí estaban valoradas, sobre todo las de la generación del 98, por entonces en plena vigencia. Había muchos compradores para cosas de Valle-Inclán, Unamuno o Azorín. Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez eran muy buscados y apreciados. Pero el interés por las figuras menores, por «los raros», creo yo que vino algo después, en los años ochenta. Con los autores relacionados con el exilio de 1939 pasó también algo parecido y es a partir de los ochenta cuando empiezan a buscarse más las ediciones de autores como Max Aub, Arturo Barea, Benjamín Jarnés, Corpus Barga o el primer Ramón J. Sender. Pero ya a finales de los setenta había en Madrid, junto al Museo del Prado, una librería exquisita de muy cuidados fondos contemporáneos y precios prohibitivos que regentaba una señora encantadora, doña Herminia.

Los setenta fueron años buenos para empezar a comprar libros y hacerse con una buena biblioteca sin invertir demasiado dinero. Por aquellos años, por ejemplo, conocí a Juan Manuel Rozas, que era profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y había reunido una excelente colección del 27 a base de paciencia y buen gusto, más que a golpe de billetera.

Cuando entrevistamos a Juan Manuel Bonet, otro de nuestros grandes bibliófilos, nos contó que la primera vez que entró en tu librería, a mediados de los años setenta, fue para comprar dos libros de Lasso de la Vega que, según recuerda, no estaban precisamente baratos.  

Los libros de Lasso de la Vega en esa época no estaban nada valorados, así que si los puse caros fue para ejercer de crítico literario [risas], o quizás para darle importancia a Lasso a la vez que me la daba a mí.  

Al hilo de esto, recuerdo haber ejercido también la crítica literaria vía precio una vez con los libros del poeta José-Miguel Ullán. Cuando tenía todavía la librería en el centro de Sevilla, Ullán vino un día y me compró varios libros, uno de ellos la edición mexicana de Poeta en Nueva York, de Lorca, para su pareja, a quien quería hacerle un buen regalo. Estuvo charlando conmigo muy amigablemente y yo le hice de hecho un descuento importante. Al poco sacó un artículo en El País quejándose de mi librería por los precios, citando títulos y precios concretos de mi catálogo. Lo más curioso es que gracias a eso logré vender en los días siguientes algunos de los libros por él citados [risas]. Meses después le envié a su domicilio un catálogo de primeras ediciones de poesía española del siglo xx que incluía dos primera ediciones suyas agotadas, a quince o veinticinco pesetas. No recuerdo qué amigo común me contó años después que Ullán le había recordado aquello de la visita, el artículo y el catálogo como algo humorístico, lo que habla bien de él. Eso sí, los dos libros que puse suyos en el catálogo no se vendieron [risas].

¿De qué modo ha cambiado el mercado del libro de viejo en España? ¿Cuál dirías que es la gran diferencia entre tus inicios, a mediados de los setenta, y ahora?

El mercado del libro de viejo en España comenzó a consolidarse, a ganar músculo, a partir de la década de 1980, y así estuvo creciendo al menos hasta 2007. Aquellos fueron años en los que el precio de los libros subió, y surgieron nuevos compradores y coleccionistas. Las bibliotecas y museos del Estado y de las comunidades autónomas también compraron en grandes cantidades, y se multiplicaron las casas de subasta. Incluso se puso casi de moda que cajas de ahorros y otras entidades financieras adquirieran bibliotecas particulares importantes. A partir de 2008 llega no solo la crisis económica, sino también el progresivo triunfo de internet y un rápido declinar del prestigio del libro, que solo en estos últimos tiempos empieza a ralentizarse.

En cualquier caso, el negocio del libro antiguo en España siempre ha sido un negocio pobretón, de ámbito familiar más que industrial, con locales pequeños en calles de poco paso y sin prestar atención apenas a la decoración o al escaparate. El librero español nunca ha querido presumir de local, sino, en todo caso, de trastienda y almacén. Quizás por eso no hay en nuestro país ninguna librería que pueda compararse, por ejemplo, a la de Linardi y Risso en el viejo Montevideo.

Hablando de librerías, ¿has leído el ensayo que les dedicó Jorge Carrión? No pocos se sorprendieron de que ni siquiera se te mencionara.

Leerlo no lo he leído porque es un libro más para hojear que para leer, pero, sí, lo he hojeado. Su libro es sobre librerías, no sobre libreros, y no tiene por qué citarme cuando no me conoce de nada ni creo que me haya comprado nunca un libro. Todo parece indicar que lo que más le atrae a Carrión de las librerías es la librería misma, como local o edificio, y también la ubicación, decoración, etcétera, mientras que a otros lo que más nos atrae (o no) de una librería son los libros que hay en ella, lo que no deja de ser una ordinariez nada cool. En ese sentido, Librerías me pareció un libro gloriosamente posmoderno que muy bien podría continuarse con un segundo volumen que se llamase, por ejemplo, McDonald’s, en el que contase la historia de los mejores cincuenta locales que tiene esa cadena en todo el mundo, desde Seúl a Auckland, con más glamour. Sería todo un éxito.

Quedan pocas librerías que sean librerías de verdad, es decir, de fondo. Las librerías de las grandes superficies o de los grandes almacenes ofrecen hoy exactamente lo mismo que las librerías de estación o de aeropuerto, solo que en mayor cantidad. Por su parte, Amazon, la gran (y quizás en el futuro «única») triunfadora, no es exactamente una librería sino apenas un catálogo informático. De ahí la importancia de las librerías de viejo de todo el mundo hispánico. O quizás no tengan importancia, pero son las que, al fin y al cabo, en realidad más me gustan.

¿Crees que el libro de viejo sigue interesando a las nuevas generaciones?

Mi generación y la inmediatamente posterior creo que son las últimas para las que ha sido relativamente habitual o corriente, entre los escritores y poetas, el hacerse con una buena biblioteca, constituyendo los libros viejos a su vez una buena parte de ella. Me da la impresión de que los escritores jóvenes de ahora mismo están ya, la mayoría al menos, en otra en cosa.

¿No puede ser que lo que haya dejado de interesar sean las librerías de viejo? Como has comentado antes, dicho mercado parece estar ahora en internet.

Sí, en eso tienes toda la razón. El mercado del libro, sobre todo el de viejo, está en internet.

¿Y hasta qué punto crees que internet ha cambiado los modos del coleccionista o buscador de libros? Entiendo que al Rastro se iba antes a ver qué se encontraba uno, cuando en internet se pueden ya buscar títulos concretos.

No tengo muy claro que hayan cambiado tanto los modos, porque últimamente en internet lo que hago, en cuestión de literatura, es hacer búsquedas transversales. Como la mayoría de los libros que a mí me interesaba tener ya los he encontrado, me ha dado ahora (bueno, la verdad es que llevo ya bastante años haciéndolo) por las revistas. En el mundo de las revistas hay montones de títulos absolutamente desconocidos, de los que se ha perdido toda memoria. No se encuentran además no ya digitalizados, sino en ninguna biblioteca conocida. Parece, y quizás lo han hecho, como si hubieran desparecido para siempre. Así que en internet ahora busco, por ejemplo, «Revistas del año 1929», a ver qué sale. Por ejemplo, hace menos de una semana he dado con un tomito con los primeros números de una que se llama Los Ciegos. Revista Tyflófila, de 1916. Esa revista la dirigió un tiempo César M. Arconada y en ella he encontrado cosas de Juan Chabás, Salvador Bacarisse, Margarita Nelken, y otros muchos escritores de interés, de los que quiero publicar cosas en el futuro.

Veo que tienes ahí en el suelo cajas de Amazon. ¿Compras también libros allí?

Sí, claro. Yo compro libros en todos lados y Amazon también tiene una sección de libro de viejo, aparte de que AbeBooks, el mayor portal de libro antiguo, también es de Amazon. El libro hay que comprarlo donde salta: Uniliber, MercadoLibre, todocoleccion, Milanuncios, PriceMinister… todo vale.

Con todo, entiendo que nada de esto se puede comparar con tus ya famosas incursiones por Latinoamérica.

Desde luego que no. Internet es como pescar apaciblemente en una playa o un puerto. Los viajes a otros países hace treinta años o más eran expediciones de caza mayor, por más que yo no haya cazado nunca ni siquiera ranas o lagartijas. Aquellos primeros viajes a América, a principio de los ochenta, fueron inolvidables, pero como luego fueron más de cien la mayoría se me ha olvidado.

A Buenos Aires fui en 1981. A México, Chile y Uruguay, al año siguiente. A Cuba no llegué hasta 1991. Empecé primero por Buenos Aires porque tenía allí un amigo colega, Alberto Peremiansky, que me ayudó en mis correrías. Me decidí a ir, además, pese al gran escepticismo de los colegas españoles a los que comenté mi proyecto de viaje, porque estaba absolutamente convencido de que Buenos Aires estaba lleno de libros relacionados con España, aparte de que los propios libros argentinos y latinoamericanos en general han sido siempre muy apreciados por nosotros.

De todos modos, aunque muchas librerías y ferias de libro viejo y usado sigan existiendo todavía, es imposible no recordar con gran melancolía lo que era el libro allá antes de la era de internet. Mercados como el de Tristán Narvaja en Montevideo, La Lagunilla en México D. F., o San Diego 119 en Santiago de Chile eran espectaculares en cantidad y calidad. Y también en sabor y pintoresquismo.

En Buenos Aires tuviste también la oportunidad de conocer a Borges.

Sí. Fue lo primero que hice nada más llegar allí, llamar a Borges. Me presenté diciendo que era un librero sevillano que había publicado hacía no mucho un folletito sobre Cansinos Assens, y me dijo que muy bien, que me pasara por su casa al día siguiente para hablar. Me acuerdo de que me hizo repetir un par de veces su dirección, que era Maipú 994, para que no me equivocara. Casualmente mi hotel estaba en la misma calle, muy cerca de su casa, cosa que no sabía en aquel momento.

Pasé varios días con él, en su casa, comiendo. Hicimos juntos incluso un haiku, del que no recuerdo nada y por tanto es ya inmortal [risas]. Yo le recité «El índice rojo», un estupendo y un tanto terrible soneto en alejandrinos de Pedro Luis de Gálvez, y me pidió un bis. A cambio, él me recitó un poema, también de Pedro Luis de Gálvez, que había leído en el año 1919 ¡y todavía se acordaba! Quiero decir con esto que lo de «Funes el memorioso» es un texto totalmente autobiográfico. Me acuerdo que le llevé Inquisiciones y Ficciones para que me los firmara, pero solo me firmó Ficciones. De Inquisiciones no quiso saber nada.

La habitación de Borges era interior y muy pequeña. Las paredes estaban desnudas, salvo por un grabado enmarcado que había de Durero: El caballero, la muerte y el diablo. Había solo una mesita de noche, una cama de ochenta centímetros, y varias pilas de libros suyos nuevos junto a la pared. Por aquel entonces apenas veía, tan solo distinguía algunos colores, como el amarillo. Me hizo sentarme en la cama, a su lado, y me propuso una especie de juego, una prueba: «Le voy a recitar algo, a ver si usted descubre lo que es». Y durante dos o tres minutos, con voluntariosa lentitud, estuvo salmodiando en sajón antiguo una especie de poema. Cuando terminó, me preguntó entonces como bromeando: «¿Adivina usted qué es?». Yo reflexioné durante unos segundos y le contesté: «Tiene que ser el padrenuestro». «¿Cómo lo ha adivinado?», me dijo sorprendido. «Porque usted me dio a entender al principio que yo podía saberlo, y la única cosa que se me ha ocurrido que podamos tener en común con un sajón del siglo ix es el padrenuestro». La verdad es que lo acerté un poco por casualidad, porque soy bastante malo para los acertijos [risas].

Otro día lo acompañé a sacarse el pasaporte. Tenía que viajar a Estados Unidos, porque le habían invitado a dar una serie de conferencias. Tuvimos que hablar con un funcionario perfectamente disfrazado de funcionario que nos recibió muy deferente en un gran despacho y Borges le estuvo contando que iba a estar fuera varios meses y que quería visitar varias ciudades, una de ellas Nueva Orleans. El amable funcionario se mostró un poco extrañado de que, siendo ya Borges un anciano y además ciego, quisiera ir precisamente a esa ciudad: «Pero, Borges, ¿por qué quiere usted ir precisamente a Nueva Orleans?». El viejo levantó levemente su mirada ciega en dirección a su interlocutor y dijo con voz evocadora, mientras esbozaba una tímida sonrisa a la vez que golpeaba firmemente el suelo con su bastón: «Siento la llamada del sur» [risas]. Desde entonces, a veces, estando yo con amigos, también siento esa «llamada del sur».

De Sudamérica a Norteamérica. Cuéntanos los detalles de la compra de la librería de Eliseo Torres en Nueva York. ¿Cómo supiste de su existencia?

La historia de Eliseo Torres es muy curiosa. Torres fue un emigrante gallego que llegó a Nueva York creo que en la década de 1950. Empezó como librero en la calle 14, que era donde al principio estaban todas las librerías de viejo hispanas, y donde todavía quedaban dos de ellas en los noventa, cuando fui. También había algunas en la calle 42. A Eliseo Torres le ofrecieron, según se dice, por un dólar, un edificio en el Bronx, que había sido primero un hotel y luego una fábrica de lámparas. El edificio estaba en un descampado, en una zona para rehabilitar, cuyo negocio principal era el de repuestos de automóviles, una cosa un poco entre mafiosa y sencillamente marginal. Todavía se podían ver por allí, de vez en cuando, muertos por drogas y cosas así. Eliseo Torres se fue al Bronx más que nada porque no tenía otro sitio donde almacenar Las Américas, aquel gran proyecto editorial que había montado en Nueva York el dueño de Anaya, y que tras su cierre fue comprado por él. De las cinco plantas que tenía aquel edificio, Eliseo Torres dedicó dos a Las Américas y las otras tres a su propia librería. En total tenía literalmente un millón de libros allí almacenados. Aquella cifra no fue nunca una exageración. Su figura era por tanto más o menos conocida entre los bibliófilos. El primero que me habló de él fue Luis García Montero, el más viajero de los poetas españoles, quien le había comprado en su día algunos libros. Pero tampoco me habló con mucho ímpetu de la librería. Cuando llegué a Nueva York no me hacía yo a la idea de lo que me iba a encontrar, no sabía que aquello era tan impresionante. Si no, seguramente, hubiera ido antes [risas].

En aquella primera visita, ¿ya fuiste con la intención de comprar la librería?

No, más que nada porque él no estaba todavía interesado en vender, por eso mismo tenía un millón de libros y una sola empleada, excelente y de confianza, Martha Mogro. Eliseo Torres, en sus últimos años, continuó acumulando libros en lugar de ir liquidándolos. De algún modo estuvo trabajando para quien le fuera a suceder, aunque él ya sabía que no iba a ser nadie de su familia. Le ocurría entonces igual que a mí ahora, que no sé para quién sigo trabajando [risas].

En aquella primera visita le compré a Eliseo Torres unos diez mil dólares en libros, pero terminé enterándome de que le había dicho a Martha, muy seriamente, que si volvía por allí no me dejara entrar [risas]. A la librería se entraba por una especie de puerta blindada, gigantesca y pesadísima, a la que había que llamar. Yo creo que, en el fondo, le molestaba que otro librero ganara dinero a su costa. Lo cierto es que en el momento mismo de conocer su librería pensé en que quizás algún día surgiría la posibilidad de comprarla, justamente por las dificultades que tendría, a la fuerza, una venta como esa. Por eso mismo le dejé una propina bastante generosa a la empleada [risas], para que me llamase si algún día si se vendía aquello.

Al año siguiente de estar yo por allí, en la prensa española salió un reportaje en el que se decía que Eliseo Torres, ya muy mayor, tenía intención de desprenderse de sus fondos. Pensé, de hecho, que diciendo eso públicamente se me iba a dificultar bastante el poder comprar la librería, pero parece ser que los únicos que llamaron lo hicieron pensando que la regalaba, idea esa de lo más equivocada y que, al parecer, puso a Eliseo Torres bastante furioso.

Cuando lo conocí, Torres estaba un poco desmejorado y visiblemente griposo. Era no obstante un hombre pequeño, delgado y fibroso, que muy bien podría haber vivido treinta años más, pero falleció tristemente a los dos años de mi visita. José María Conget, que estaba entonces en Nueva York al frente del Instituto Cervantes, fue quien me avisó de la noticia. La viuda había intentado mantener aquello durante dos años, pero tuvo que invertir dinero en el edificio y llegó un momento en el que no le vio sentido a seguir con un negocio que en realidad ya no lo era. En la medida en que lo que valía dinero de verdad de la librería era el edificio, finalmente se decidió a vender.

¿Cómo se llevó a cabo la compra? Hay mucha leyenda urbana alrededor.

El único mérito que tuvo aquella operación fue hacerla prácticamente sin poner dinero de mi bolsillo. Lo primero que hice fue convencer a la viuda de que nadie le iba a pagar el dinero al contado, y menos por adelantado. Luego estaba el problema de la logística, la organización, la catalogación, el transporte a España y su almacenaje. Llevar a cabo todo aquello dificultaba mucho en la práctica la operación. Por eso le ofrecí a la viuda firmar un convenio ante notario comprometiéndome a pagar en el plazo de un año una cierta cantidad, a cambio de trabajar durante todo ese año en la librería. Ella me preguntó entonces qué pasaba si al finalizar el plazo acordado yo no había terminado de pagar al completo la cantidad convenida, y le contesté: «Entonces, habré estado trabajando un año gratis para usted». Y eso fue lo que la convenció. A mí la jugada me salió redonda, porque lo único que tuve que hacer fue pagarme el alojamiento y asumir parte del salario de los empleados que tenía la librería. El resto lo siguió pagando ella, incluidos los impuestos derivados de las ventas. Así que estuve un año viviendo en Nueva York, catalogando aquello, y vendiendo todo lo que pude para conseguir finalmente pagar el precio pactado. A principios del año siguiente me traje todo lo que quedaba para España.

¿Cuánto era?

Durante el año que estuve en Nueva York trabajando vendí unos ciento cincuenta mil libros. Allí dejé cincuenta mil (libros de texto, básicamente), y me traje ochocientos mil. En total fueron doscientas cincuenta toneladas. La verdad es que, por puro negocio, tendría que haberme traído solo la mitad, porque una parte importante de los fondos eran restos de ediciones que no valían gran cosa, y lo único que hicieron fue dar trabajo y duplicar los costes del transporte, que eran ya altísimos. Pero me dio pena abandonar varios cientos de miles de libros. En marzo de 1995 habían llegado ya todos los libros a esta nave en la que estamos, que estaba entonces vacía y no tenía tres pisos como ahora. En 1999 dejamos la librería que tenía en el centro de Sevilla y reunimos todo aquí, librería y editorial, aunque al final hubo también que alquilar las dos naves contiguas, para poder almacenar todo lo que llegó de Nueva York. Hace apenas un par de meses abrí las últimas cajas de revistas, y encontré algunas cosas impresionantes. Por ejemplo, una revista del año 1939 publicada por la Universidad Michoacana donde viene un trabajo de María Zambrano sobre Nietzsche absolutamente desconocido.

¿Qué tipo de libros te trajiste de Nueva York?

La librería tenía sobre todo fondos antiguos y prácticamente toda era en castellano. Había una parte pequeña en portugués, más una sección impresionante de varios miles de libros antiguos de viaje en inglés.

Se decía que Eliseo Torres era muy ahorrativo, y que los fines de semana se iba a la librería, con el abrigo puesto para no encender la calefacción, a recorrer las salas, contemplando su obra. Muchos pensaban que estaba medio loco por hacer eso, pero a mí me pareció aquello siempre de lo más normal. ¡Yo también terminé haciéndolo algunos fines de semana! [risas]. Los primeros días allí fueron realmente emocionantes. Recuerdo encontrar libros como Isla cofre mítico de Eugenio Fernández Granell, un ejemplar además que le había regalado Ángel Valbuena Prat. Recuerdo también un raro libro de poemas de José Ramón Arana, Ancla, impreso en Santo Domingo, República Dominicana, y que presté para que pudiera hacerse una edición facsímil, pues no se localizaban otras copias. De los fondos de la librería de Eliseo Torres fueron a mi biblioteca personal cuatro o cinco mil piezas, revistas sobre todo.

Ahora que mencionas tu colección particular, ¿sabes de cuántos volúmenes consta?

Es complicado saberlo, primero porque hay una parte que no tengo catalogada, porque son libros corrientes, más que nada. Luego tengo una colección muy grande de novela corta, que es una cosa que me apasiona, y de revistas, que tengo también muchísimas. Entre revistas y novelas cortas debo de tener unas ciento cincuenta mil piezas. Luego, libros a lo mejor no tengo tantos: unos cuarenta mil, de los cuales quince mil son de poesía.

Hay otros muchos libros que no guardo, porque ya no tengo sitio. Aquí en la nave lo que tengo son sobre todo ediciones relativamente raras y aquellos libros que me gustaría algún día rescatar en Renacimiento. De mi colección particular sale ahora mismo el treinta o cuarenta por ciento del catálogo de la editorial. Por ejemplo, ahí tengo [señala una gran estantería] La vida altiva de Valle-Inclán de Francisco Madrid, que fue un periodista barcelonés interesantísimo. Ahora vamos a editar El sable, de Pedro Luis de Gálvez [muestra la primera edición]. Digamos que en esta estantería están algunos de los libros que me gustaría publicar algún día. Lo malo es que en el proceso de edición a veces sufren mucho al escanearlos para luego hacerles el OCR. Mira esta antología de El cuento extraño de Rodolfo Walsh. La tenía en perfecto estado, pero como son mil páginas la encuadernación prácticamente se ha deshecho.

Hace no mucho se publicó en prensa que el Ayuntamiento de Sevilla está interesado en adquirir tu biblioteca personal. ¿Qué nos puedes contar de esta operación?

Por lo que sé, la operación está ya presupuestada por el Ayuntamiento, lo que pasa es que aún no se le ha puesto fecha o algo parecido. Quiero decir, que todavía no se ha hecho nada, no se ha firmado. Me imagino que se terminará llevando a cabo del mismo modo que finalmente se ha comprado la casa natal de Luis Cernuda, cosa que está muy bien, por otro lado. Creo que la venta de mi biblioteca va a ser beneficiosa para la ciudad de Sevilla, aunque tengo que decir que, si finalmente se realiza, va a ser también muy beneficiosa para Hacienda [risas].

Confiésanos algo inconfesable que hayas hecho para comprar un libro.

Comprar libros suele ser por lo general tarea muy apacible. No recuerdo haber hecho ninguna cosa especialmente inconfesable para comprar ninguno, pero sí que me han pasado cosas un tanto estrafalarias, tanto comprándolos como vendiéndolos. Los libreros somos por regla general gente rara y con nosotros hay que practicar a menudo el arte de la paciencia. Yo he tenido una paciencia extrema con otros libreros, en la medida en que me ha interesado lo que tenían y para conseguirlo he tenido que aguantar carros y carretas (llenas de libros, por supuesto) [risas]. En este sentido, recuerdo que un día, a mediados de los ochenta, un librero muy conocido de Buenos Aires, Washington Pereira, me echó de su librería por ser judío o amigo de judíos. Fue curioso, porque al principio estuvo charlando amablemente conmigo, incluso presumió, exagerando un poco, de su amistad con Juan Manuel Bonet. Pero al día siguiente, cuando fui a retirar y pagar los libros que había ido apartando, me dijo que no me los vendía, y me echó. ¡Por ser judío! A ver, no sé, lo mismo tengo algo de sangre judía, como la puedo tener de sioux o de bereber. No sé. El caso es que, diez años después, volví a presentarme en la librería y le dije: «Estuve aquí hace mucho tiempo y usted me echó por ser, cosa del todo inverosímil, judío. ¿Ha cambiado algo desde entonces?». Y me respondió con una sola palabra: «No». Y no me quedó más remedio que marcharme sin despedirme [risas]. Pero, vamos, es muy complicado que yo me sienta humillado por conseguir un libro.

Me acuerdo también de que en el primer viaje que hice a Cuba, en 1991, un librero, es decir, un librero privado de los que vendían de un modo un tanto clandestino en su propio domicilio, me pidió, por favor, que si volvía me trajera calzoncillos de España, para cambiármelos por libros. Estábamos en una habitación no muy grande, con las paredes llenas de volúmenes (bastante deteriorados, todo sea dicho), y cruzándola había varias cuerdas con ropa tendida. El hombre cogió un calzoncillo allí colgado y, extendiéndolo con las manos, me dijo: «¿Ves? ¡No tienen elástico y solo puedo conseguir dos al año!» [risas].

¿Qué te llevó a dar el salto de librero a editor?

Después de montar la librería, el salto no fue tanto montar la editorial como conocer a Fernando Ortiz. Un día de 1975 se me ocurrió poner en el escaparate, no para su venta sino a modo de señuelo, varias ediciones raras de Luis Cernuda. El único que entró a preguntar por ellas fue Fernando Ortiz. No le vendí nada, pero nos hicimos muy amigos pues nos interesaba a los dos la misma poesía y los dos teníamos el mismo entusiasmo por defenderla. Fernando era un buen gestor cultural y sabía conseguir financiación, mientras que a mí me gustaba ya el mundo de las imprentas y era quien cuidaba las ediciones que en un par de años empezamos a editar juntos.

Sacamos primero una revista de trescientas páginas en honor de Juan Gil-Albert donde colaboraron Octavio Paz, Francisco Brines, Jaime Gil de Biedma y María Zambrano, que significó nuestra gloriosa entrada y salida del mundo de las revistas literarias [risas]. Luego nos inventamos unos suplementos que imitaban en todo, incluso en el nombre, a los famosos Suplementos de Litoral, de Manuel Altolaguirre, para poder empezar a publicar libros de poesía sin crear estrictamente una editorial. Fernando y yo dejamos de editar libros juntos en 1980, de forma amistosa. Al año siguiente fundé Renacimiento, ya como nombre editorial.

De todos modos, mi mejor baza como editor han sido siempre mis colaboradores y amigos, sin cuyo auxilio y complicidad la editorial hubiera sido absolutamente inviable. En lo que más me he equivocado, de lo mucho en que me he equivocado, ha sido en centrarme, durante muchísimos años, casi exclusivamente en la poesía. Aun así, de lo que estoy más profundamente orgulloso es de algunos libros de poemas que he publicado, aunque no hayan sido ningún éxito. En poesía, la felicidad, que es tanto como el talento, está muy a menudo absolutamente reñida con el éxito.

¿Por ejemplo? ¿Qué libro publicado por Renacimiento crees que merecería una segunda oportunidad?

Por decirte uno, Cimas y abismos, la antología de José Luis Parra, de la que solo vendimos unos ciento cincuenta ejemplares. Parra es un poeta extraordinario de cántico y exaltación de la vida, pero con un mundo muy dramático, lo que tensa su verso, afiladamente preciso y muy melódico, y hace de él, se reconozca o no, un poeta de los grandes. La suya es sin duda una gran poesía. Lo que lamento no es el «problema» de las ventas, sino el problema de los lectores. Eso es lo verdaderamente grave del asunto.

¿Y cómo de grave es la relación del librero y editor con su propia poesía?

Lo poco que he escrito no tiene importancia, ni yo se la doy. Lo que hice, hecho está, pero mi capacidad de admiración (que es mucha) prefiero dedicársela a una buena parte de los autores y libros que he publicado (o leído), que la merecen con toda justeza.

¿Es cierto eso de que has renunciado a aparecer en antologías poéticas?

Sí, he renunciado a estar en algunas antologías de poesía, pero creo que el único que se ha dado cuenta he sido yo, así que la cosa no tiene la más mínima trascendencia.

Tras tantos años persiguiendo libros por el mundo, ¿qué te queda por encontrar?

Por suerte, los libros son casi infinitos para lo corta que es la vida humana. Lucrecio ya se lamentaba de que la vida de los hombres fuese más corta que la de los ciervos, que tienen, como es sabido, muchas menos cosas que contar que nosotros. Más que encontrar cosas que ya buscaba, suelo descubrir ahora, a cada momento, con tanta alegría como sorpresa, libros en los que nunca había reparado. La mayoría son para el puro disfrute del lector, pero algunos merecerían o merecerán ser reeditados en algún momento.

Sin ir más lejos, acabo de estar leyendo un libro de una casi desconocida Lula de Lara que publicó unos cuentos en 1936 con prólogo favorable de Wenceslao Fernández Flórez. Lula colaboró bastante, como periodista, en Crónica, que fue junto con Estampa la revista más leída en tiempos de la Segunda República, al lado de Josefina Carabias, Luisa Carnés, Elena Fortún y otras escritoras republicanas y de izquierdas. Tras la Guerra Civil, se convirtió en la mano derecha de Pilar Primo de Rivera, de la que fue bastante amiga y tuvo cargos importantes en Falange. Lo curioso es que nadie parece guardar recuerdo de su inicial carrera periodística y literaria, así como de que de sus cuentos estaban bien.

Ahí tengo también un monumental libro de un argentino, Ricardo Saénz Hayes, sobre el siempre modernísimo y fascinante Montaigne. Al parecer, el libro estaba listo para salir en Madrid en julio del 36, pero solo pudo aparecer diez años más tarde y en Buenos Aires. Eso sí, en una edición exquisita.

A veces los libros que me aguardan todavía no han nacido como tales y no son de los menos importantes. Acabo de descubrir en una revista francesa que salió entre 1938 y 1940 un ingente material sobre la vida política europea de ese momento, publicado de forma anónima, pero escrito, y maravillosamente escrito, sin asomo de duda alguna, por Manuel Chaves Nogales. Chaves Nogales es una de mis más firmes devociones literarias. Nada me gustaría más que publicar en un futuro cercano esas páginas, que serán más de dos mil. Nadie parece haberlas leído, nadie parece haberse dado cuenta de su importancia, pero estoy seguro de que constituyen su empeño más ambicioso y sorprendente. Durante seiscientos días, Chaves Nogales hace allí la crónica de lo que está pasando en toda Europa, en el mundo en realidad, desde la crisis de los Sudetes a la ocupación de París, en junio del 40. Es como si estuviera oyéndolo todo, viéndolo todo en el mismo sitio que nos lo cuenta, exactamente tal como parecía suceder en Los secretos de la defensa de Madrid, libro que yo publiqué. Pero es solo magia. Pura magia literaria.

Tu pasión por los libros te ha llevado a vivir una vida casi de novela. Juan Manuel de Prada te convirtió de hecho en un personaje en una de sus obras.

A mí me apasionan los libros como supongo que hay gente a la que le apasiona el derecho civil o pasarse las horas haciendo punto de cruz, pero no creo que mi vida haya sido especialmente novelesca. El secreto de salir en una novela está sobre todo en tener una vida ligeramente pintoresca, como puede ser la de un librero de viejo, y muchos amigos que escriban. Por eso aparezco en Las esquinas del aire, de Juan Manuel de Prada, con el nombre de Leonardo Gago, en un guiño a que mi librería estaba por entonces en la calle Mateos Gago. Además de por ser librero de viejo, en lo que más se me reconoce en ese personaje es en que está tuerto, porque es cierto que yo no veo por el ojo derecho, lo que por otro lado queda muy bien en una novela de carácter [risas].

Igualmente, de librero de viejo salgo en otras dos novelas de amigos: Flor de cananas, de Vicente Tortajada, y Neguijón, de Fernando Iwasaki. Iwasaki también me colocó en un cuento suyo de temática borgeana, «Los naipes del tahúr», que tiene mucha gracia, está repleto de humor, y que quien quiera puede leer en internet. El mismo humor que también tienen las cosas que sobre mí, como editor o como librero, a la vez que amigo, han ido escribiendo amistosísimamente Felipe Benítez Reyes, Andrés Trapiello o Juan Bonilla, de modo siempre bastante novelizado. Fue de hecho Juan Bonilla quien se inventó eso de llamarme «el hombre del millón de libros», que a mí me suena a cosa disparatada y un tanto ridícula, como «el hombre que hizo cien mil sudokus en doce años de cárcel» o «el hombre que se comió doce mil caracoles una noche en la Feria de Abril». Ese título lo llevo como una cruz, pero procuro disimular lo mejor posible [risas].


Lo pequeño es bello: Bondy y sus joyas de papel

Un libro de 5 x 5 mm., uno de los más pequeños del mundo, con el padrenuestro en siete idiomas, creado en Berlín en 1952 y subastado en Londres en 2006. Fotografía: Peter Macdiarmid / Getty.

Un domingo 27 de junio de 1993 aparecía un interesante obituario en el diario británico The Independent. Unos días antes había fallecido Louis Bondy, un librero de anticuario muy conocido en el gremio que también había sido un respetado político local, representando al Partido Laborista primero en el Consejo del Condado de Londres y años más tarde en la institución que lo sustituyó, el Consejo del Gran Londres. El nombre completo del Sr. Bondy, Louis Wolfgang, delataba su origen germánico. Efectivamente, el popular librero había nacido en Berlín en el año 1910. Allí se había formado inicialmente como arquitecto para posteriormente pasarse al periodismo en una Alemania, la de los años treinta, cuyo ambiente político no dejaba de caldearse y de incomodar a alguien que, como él, además era judío. Finalmente, con la llegada de los nazis al poder, se vio obligado a tomar la decisión de abandonar el país, siendo Londres la ciudad elegida para empezar a labrarse un nuevo futuro.

Aquellos primeros años en un nuevo país no debieron de ser fáciles. Seguir ejerciendo la profesión de periodismo, para un recién llegado que aún debía adaptarse al idioma, tampoco la mejor de las opciones. El joven Louis se decantó por darle una oportunidad a su amor por los libros abriendo una librería en Little Russell Street, muy cerca del colosal Museo Británico, en el barrio residencial y muy académico de Bloomsbury, donde ya tenían sus negocios otros renombrados libreros del mercado londinense. Con el paso de los años y un negocio que no les permitía subsistir, muchas de las librerías del barrio se vieron forzadas a cerrar, hasta el punto de casi quedarse solo con sus polvorientos estantes repletos de libros usados, sus pilas de revistas antiguas y sus almanaques viejos colgados en el escaparate. Pronto Louis Bondy se convirtió en uno de los personajes más singulares y apreciados del barrio. Por si fuera poco el haber sobrevivido como librero de viejo tantos años, además había algo en su negocio que lo hacía muy especial.

En primera instancia la librería de Bondy no se diferenciaba mucho de otras de la ciudad. Sí era cierto que algunas de sus secciones prevalecían sobre otras, destacando por ejemplo su catálogo sobre las artes escénicas y el teatro. En cuanto a lo demás, quizás abundaban los libros y láminas sobre Londres y otros temas locales, la literatura de cualquier proveniencia, así como ejemplares de contenido erótico o incluso pornográfico que parecía vender con mucho mayor desparpajo que otros libreros de la capital. Pero, por encima de todo, destacaba su amor por los libros en miniatura, por los cuales había llegado a tener una inmensa pasión después de años de profesión, hasta el punto de convertirse en un gran experto y referente en el tema a nivel internacional, compilando todo tipo de detalles e información académica sobre sus autores, editoriales, coleccionistas y comerciantes en catálogos muy valorados por todos los que compartían su particular afición. Bondy finalmente ofrecería una versión condensada de todo su conocimiento publicando un libro en 1981 con el unívoco título Miniature Books: Their History from the Beginnings to the Present Day (Libros en miniatura: Su historia desde los comienzos hasta la actualidad) que, como no podía ser de otra manera, se trataba de un ejemplar de libro en miniatura también.

Posteriormente, en 1987, vería la luz otro minilibro de Louis Bondy, Small is Beautiful (Lo pequeño es bello), con unas dimensiones de 6,5 x 6 cm, esta vez en una edición limitada a cuatrocientos ejemplares publicados por la Miniature Book Society de Estados Unidos. En él se recoge el discurso que en 1985 su autor dio en el III Gran Cónclave de la sociedad, fundada en el estado de Ohio en 1983. Para Bondy, los libros en miniatura eran «manifestaciones tangibles de la infinita variedad de habilidades humanas, moldeadas y refinadas por las exigencias de su formato». Según esta organización, que agrupa a amantes de los minilibros de todo el país, un libro se considera una miniatura cuando no tiene más de tres pulgadas (7,62 centímetros) de altura, ancho o grosor, aunque fuera de los Estados Unidos también se incluye en la misma categoría a otros que alcanzan las cuatro pulgadas (10,16 centímetros) en sus dimensiones. De todas maneras, como en este caso el amor no es que sea ciego, sino que no va por los mercados de antiguo midiendo con una regla, algunos coleccionistas menos escrupulosos se hacen con ejemplares un poco más grandes para sus colecciones personales o bien se concentran en especímenes muchísimo más pequeños que hasta podríamos denominar microlibros.

¿Qué hay detrás de esta pasión por los libros en miniatura? ¿Qué interés hay en publicar algo tan pequeño que, después de todo, puede que incluso cueste un infinito trabajo poder leer? Como cada año, recientemente se publicaron los datos y conclusiones de la dichosa estadística que nos habla de los hábitos de lectura en nuestro país. Parece que aumenta el número de libros que leen las mujeres y, en general, también es más alta la proporción de españoles que han comprado al menos un ejemplar con respecto al dato del año anterior. Pero me pregunto cuánta fiabilidad podemos concederles después de todo a esas cifras, cuántos entrevistados habrán mentido o exagerado antes que admitir que no han leído ningún título durante todo el año. Muchos echamos de menos un barómetro que hable del amor por los libros, una estadística que hable de personas que han tenido que mudarse de apartamento para poder tener más espacio para sus libros, de gente que tiene en sus casas estanterías hasta en los lugares más insospechados, que acumulan libros en dos, tres o más filas en esos estantes, que guardan libros por la belleza de su portada aunque nunca los vayan a leer, que los tienen en los más diversos idiomas que no hablan o entienden, o que acumulan múltiples ejemplares de diferentes ediciones de un mismo título por el puro placer de tenerlas todas. Este amor por los libros, que es más difícil de plasmar en fríos datos estadísticos, así como la creencia de muchos bibliófilos de que la belleza está en el detalle y en lo pequeño es con mucha seguridad el motor que impulsó desde los primeros albores de la imprenta en el siglo xv la producción de libros en miniatura.

Algunos coleccionistas y expertos en la materia apuntan otras razones originales, como el deseo de las damas de la alta sociedad de la época de poder llevar en sus pequeños bolsos sus más preciados textos o la necesidad de ocultar información sobre temas censurados por la Iglesia, cuando el tamaño del objeto del delito podía constituir incluso la diferencia entre la vida o la muerte, la libertad o la vida en prisión.  Como esa guía para la anticoncepción publicada por un doctor de Massachusetts en 1832, The Fruits of Philosophy (Los frutos de la filosofía), donde en apenas unos 7,5 cm de largo pensamos que pretendía ocultar la delicada información a las autoridades, pero que finalmente no le sirvió para evitar ser multado y encarcelado por el atrevimiento. A medida que la producción y posesión de libros se fue democratizando y las técnicas de impresión mejoraron, los temas para los que tenemos ejemplos de minilibros empezaron a multiplicarse, apareciendo por ejemplo los cuentos para niños durante el siglo xviii, dejando atrás así una especial abundancia de temas religiosos en sus primeros siglos de historia.

Escribió Louis Bondy que en una ocasión tuvo una experiencia de lo más aterradora cuando, mientras contemplaba un impresionante ejemplar que medía menos de un milímetro, al acercarse a la vitrina protectora y respirar sobre él salió disparado «como si fuera una mota de polvo». Luego describiría como «nada menos que un milagro» que finalmente pudiera encontrarlo de nuevo y devolverlo a su lugar. Aquel auténtico microlibro, protagonista de la famosa anécdota de nuestro personaje, era uno de los tres volúmenes de la colección Shiki no Kusabana (Las flores de las estaciones), también conocida como el Micro Trio Toppan por el nombre de la imprenta de Tokio que los produjo utilizando las técnicas más avanzadas del momento, a finales de los años setenta del siglo pasado. La tirada estuvo limitada a quinientos ejemplares, cada uno de los tres títulos con dieciséis páginas que miden 2 x 2 mm, y sorprendentemente, aunque cueste de veras creerlo, encuadernación en cuero. En una de sus fotos promocionales aparecen enfrentados a un voluminoso objeto de metal alargado, mucho más grande que los tres volúmenes juntos, que pronto logramos reconocer como el ojo de una aguja. Sin duda unos de los libros más pequeños del mundo y una pieza esencial para todo coleccionista de microlibros. Quien quiera poder contemplarlos y disfrutar de su maravilloso diminuto tamaño puede acercarse al Museo de los Minilibros que existe en Azerbaiyán, uno de los orgullos de su capital, Bakú. Es el único museo privado dedicado en exclusiva a este tipo de libros que existe en el mundo, desde que se fundara en 1992. A día de hoy la colección cuenta con más de seis mil ejemplares, en más de veinte lenguas, en exposición para mayor deleite del turista curioso. Ignoramos si el museo acompaña la entrega de su audioguía junto con una lupa, pero seguro que podría ser una muy buena idea a considerar.

Sin embargo, volviendo a la colección de Louis Bondy, fue un precioso libro en miniatura publicado en Berlín en 1896 el primero que despertó en él su inusual pasión bibliófila. Se trataba de un ejemplar de Lexikon: Kleinstes Buch der Welt (Diccionario: El libro más pequeño del mundo) bellamente encuadernado en piel azul oscuro y protegido por una cubierta de metal labrada con el mismo título. Sabemos con total certeza que fue el primer libro que incluyó en su colección porque así lo atestiguó él mismo en sus escritos, pero no está tan claro cuál fue el primer libro en miniatura de la historia. Muchos consideran que el Officium Beatae Virginis Mariae, profusamente ilustrado, impreso por Mathias Moravius en Nápoles en 1486, fue uno de los primeros, al menos después de que Gutenberg publicara su Biblia en 1455. Por otro lado, otros entusiastas coleccionistas se atreven a incluir piezas que se remontan mucho más en el pasado, como esas minitablitas de arcilla sumerias, con la temática más variada en escritura cuneiforme, de hace más de cuatro mil años y de poco más de 5 cm de largo, que para muchos son los antecesores más antiguos de los libros en miniatura.

A lo largo de la historia, muchos otros Bondy se han encargado de inmortalizar su particular bibliofilia en piezas que se han convertido en ejemplares clásicos. En los Países Bajos de 1674, un joven impresor que trataba de dar mayor publicidad a su negocio, decidió publicar uno de sus poco exitosos poemas, «Bloem-Hofje» («Jardín de flores»), en un libro no más grande que una uña, consiguiendo ser durante dos siglos el libro más pequeño del mundo. En 1922 se crearon doscientos volúmenes en miniatura para la famosa casa de muñecas de la reina María, esposa del rey Jorge V de Inglaterra, aún en exposición en la actualidad en el Castillo de Windsor. La colección contenía autores clásicos como Thomas Hardy, Rudyard Kipling o sir Arthur Conan Doyle, pero no fue hasta recientemente, el año pasado, que uno de los pocos títulos que fueron específicamente escritos para la colección llegó a comercializarse para disfrute del público en general. Hablamos de A Note of Explanation (Una nota de aclaración) de la poeta Vita Sackville-West, en cuyas páginas, mucho mayores que las de aquel original que poseyó la reina de 39 x 10 mm, se narra la historia de un misterioso duende hasta que finalmente se muda a la casa de muñecas que sería su hogar, la misma en cuya pequeña biblioteca acabaría el libro en la realidad. Aparentemente la historia tiene cierto parecido con el célebre Orlando de Virginia Woolf, escritora con la que mantuvo un romance muy comentado en la época y que, en opinión de muchos, se inspiró para la construcción de su famoso protagonista andrógino en la propia autora. En 2004 tuvo lugar una subasta benéfica de minilibros en Londres para la cual se pidió a diversas personalidades que usaran su creatividad para completar las páginas de un ejemplar único con el que recaudar fondos. Así fue cómo J. K. Rowling compuso su versión diminuta del Harry Potter y la piedra filosofal (4 x 6 cm) en la que también fue autora de sus ilustraciones dibujadas a mano. Su dueño lo adquirió en su día por la nada despreciable suma de diez mil libras, aunque en la subasta que tuvo lugar el pasado mes de diciembre para celebrar los veinte años de la publicación del primer libro de la serie, su valor estimado se calculaba entre ochenta mil y ciento veinte mil libras. Sin duda, una auténtica joya de papel.

Repasar la historia de estos codiciados libros liliputienses nos permite toparnos con más de un protagonista curioso como lo fue Louis Bondy durante su vida como librero. Quizás otro de los nombres más destacados de este universo del minilibro sea el norteamericano Stanley Marcus (1905-2002). Aquellos que estén familiarizados con la industria del consumo masivo en los Estados Unidos seguro que pronto podrán asociar ese apellido con el nombre de Neiman Marcus, la famosa cadena de exquisitos grandes almacenes fundamentalmente centrados en moda, belleza, regalos y complementos que su padre y su tía habían fundado en Dallas (Texas) en 1907. Stanley tuvo un cargo directivo en la empresa durante muchos años, incluso después de que dejara de ser propiedad de la familia, pero durante gran parte de su vida también se dedicó a la escritura y los libros. Estuvo un tiempo viviendo en Boston para estudiar Literatura Inglesa en la más destacada institución académica de Massachusetts: la Universidad de Harvard. Aquí fue cuando Mr. Stanley, como le conocían en su ciudad natal, empezó a aficionarse al coleccionismo de libros antiguos, en un lugar tan propicio para esta actividad como es ese Boston enamorado de su historia colonial y sus antigüedades, y en un vecindario, la zona de Harvard Square en la que se encuentra la universidad, donde abundaban las librerías, de la misma manera que sucedía con el barrio de Bloomsbury y Louis Bondy. Resulta bastante curioso que Stanley Marcus creara un servicio de compra de libros por correo, el Book Collector’s Service Bureau, para poder financiarse su gran pasión como coleccionista, en un tiempo en el que aún no existían las librerías virtuales y sus eficientes buscadores de hoy día. Aquella carta que envió a sus cien primeros potenciales clientes empezaba con las siguientes palabras: «¿Significan los LIBROS algo para usted? En caso de que no, tire esta carta a la papelera sin leer una palabra más. En caso de que sí, entonces léala con atención, pues le informará de un nuevo y valioso servicio que ha sido creado para los amantes y coleccionistas de libros». El gancho con el que comenzaba aquella misiva parece que surtió efecto, y el negocio le fue tan estupendamente bien que incluso se llegó a plantear dejarlo todo para vivir de ello, pero la presión familiar no se lo permitió. En cambio, sí sirvió para transformarse en la inversión inicial que necesitaba su propia colección de libros durante su juventud, que siguió acrecentando durante toda su vida, con especial atención a los libros en miniatura, que eran su predilección.

Stanley Marcus, como ya hiciera Louis Bondy, también publicó su propio minilibro, Minding the Store (Cuidando de la tienda), en el que aparece la historia de la carta de la que hemos hablado, además de muchas otras anécdotas de su carrera profesional como hombre de negocios. No fue el único, puesto que la editorial que él mismo creó publicó muchísimos minilibros más. Después de su fallecimiento, sus libros, fotografías, artículos de periódicos y correspondencia pasaron a la Biblioteca DeGolyer de la Universidad Metodista del Sur de Dallas, donde a día de hoy se exhiben al público. La colección incluye más de ocho mil libros, de los cuales unos mil cien son libros en miniatura, muchos expuestos esperando despertar una pasión similar en los posibles Louis Bondy del futuro, que se dediquen a estudiarlos o, simplemente, a reunirlos y cuidarlos con mimo para las generaciones postreras.


Librerías con encanto: Laie (Barcelona)

[Con un Librero de lo que hay que hablar es de libros, aprovechar esa oportunidad. Esta nota previa es para contar que, aún cuando no va a darse aquí detalle ―la extensión de los textos de esta serie no lo permite―, quien esto escribe fue incapaz de encontrar una novedad editorial que no hubiera leído o conociera Conxita Guixà; lo cual, se sabe, a poco que se conozca lo que se edita en este país, a qué ritmo, o cuáles son las artes que utiliza servidora de todos ustedes para conocer a un librero, tiene la categoría, cuando menos, de proeza digna de ser reseñada. De ahí estas líneas]

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“Son muchos años de estar al pie de cañón. Y no se puede correr”. Es así como Conxa Guixà, socia fundadora de Laie, explica el éxito de la empresa, el cómo se ha ido consolidando a lo largo de los años como una librería de referencia en Barcelona, cómo ha ido creciendo sin perder por ello el espíritu de la idea original, lo que pretendían cuando se encontraron las personas ―todas ellas mujeres― que se embarcaron e implicaron en el proyecto desde su inicio. “Éramos un grupo de amigas, dos de ellas acabaron dirigiendo su carrera hacia otros lugares. Continuamos Montse Moragas, ella en la dirección general, y yo.” Aún perdura la amistad con el resto, “seguimos siendo grandes amigas”. Querían quelcom més que una llibreria, un lugar de encuentro e intercambio. “A los 10 años de abrir Laie se abrió el café. Cuando se marchó la señora que vivía en el piso de arriba”. La inauguración de este nuevo espacio también supuso el comienzo de una segunda andadura: Laie ya será desde entonces y hasta ahora algo más que una librería convencional, no siendo por aquellos días —principios de los noventa en España— tan evidente como ahora el que una propuesta de ese tipo fuera a funcionar. Ni de lejos. Así y todo, esa fue prácticamente desde sus inicios su apuesta, el hacia donde querían ir.

Conxa es “el guardián de la idea de qué ha de ser una librería Laie”, nos dirá cuando le preguntamos por cuál es su labor dentro de todo lo que es el engranaje de la mítica librería. Se ocupa de cuidar el fondo, “salvaguardar la esencia”. Cuando abre una nueva Laie cuida de que sea fiel al sello, aun cuando luego cada una de ellas sea distinta y se cuide y mime su singularidad (la cual vendrá marcada, de manera impepinable, por el sitio donde está ubicada).

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Hablamos de la difícil situación por la que atraviesan la mayoría, si no todas, las librerías, que han visto cómo sus ventas se reducen de forma  incesante y estrepitosa, año tras año, desde hace ya unos cuantos; y el análisis es claro: “La crisis económica, de un lado; de otro, lo que está haciendo Amazon: hace unas semanas anunció un descuento del 20% en un determinado tipo de libros. Nosotros no podemos hacerlo, sencillamente. Los gastos de envío, etc. Y aún aquí, en Laie, es diferente, tenemos un volumen que nos permite negociar hasta cierto punto. Pero piensa en los libreros más pequeños, las librerías que manejan  un volumen menor. Es imposible competir con Amazon. Está haciendo mucho daño al sector”. Sí tiene claro por dónde hay que ir: “La diferencia entre nosotros y estas cadenas sin alma es que ellos venden, y venden mucho, pero son incapaces de recomendarte un libro. Esa es nuestra ventaja; somos prescriptores —Damià, gerente de la Laie del CCCB, dirá que prefiere el término mediador—, podemos seleccionar, y seleccionar además para ese determinado cliente, al que en muchos casos ya conocemos”. Otra cuestión a la que da mucha importancia es el estar al día, “es fundamental, no se puede uno dormir. Hay dos personas en Laie, Damià y Jose, que están muy pendientes, muy al tanto de todo lo que ocurre, de las novedades”. Además, no perder nunca de vista, esto también lo tienen siempre en mente, que no hay que parar de organizar actividades, de intentar atraer a la gente a la librería. “Con esta intención ideamos, entre otras, el club de lectura. El primer libro fue Stoner, todo un éxito. Luego hemos tenido alguno con menos predicamento, también es cierto. Pero, en general, está teniendo un seguimiento más que aceptable, se están animando bastantes personas, y de manera constante, además”.

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Será Damià el que nos enseñe dos de las librerías: la Laie del CCCB, de cuya dirección se ocupa, y la principal, el origen de todo, la Laie de Pau Claris: “Sobre cuándo abrió Laie hay discrepancias… si fue en octubre del 79 o si ya se da como fecha de inauguración 1980. Es desde el principio una librería de humanidades, muy internacional. De fondo. Tenemos una sección de filosofía que es excepcional; historia, la parte de estudios literarios ―aún hay gente que se interesa por los estudios literarios (se ríe), después del boom  de hace unos años―”. Nos presenta a Enric, otra de las personas que trabajan en Pau Claris, quien nos da su particular visión sobre qué es ser librero, intentando  ―sin éxito: lo que conseguiste en su lugar fue hacernos reír, ya te adelanto― arrebatar al oficio todo el lirismo del que nos gusta rodearlo en esta serie: “Ser librero no es nada romántico. Hace años, cuando hacía entrevistas de trabajo me lo pasaba muy bien, era muy divertido (se pone teatral; representa la escena):

―Es que a mí me gusta mucho leer –pone voz de adolescente lleno de sueños, tal vez con no demasiado seso.
―No te vamos a pagar para leer. Leerás en tu casa.
―Bueno, pero es que me gustan mucho los libros –otra vez la voz del adolescente, positivo, incombustible, tú a mí no me hundes.
―Los libros, de uno en uno, son muy bonitos; en cajas… Pesan, están sucios, cortan.

(Y lo explica:) “La gente tiene una idea de lo que es ser librero muy romántica y tal, como si te fueras a pasar todo el día leyendo, charlando de literatura con gente interesantísima que acude a por joyas literarias a diario. Y no. Esto es la guerra. Evidentemente, estamos aquí porque nos gusta, de otro modo estaríamos reponiendo tomates, pero es duro. No es romántico. Y tienes que tener de todo, incluso libros que no te gustan: no te puedes permitir el lujo de que alguien llegue y no te compre porque no tienes lo que busca”.

Nos vamos así ―sonriendo― a conocer la Laie del CCCB, donde vamos a encontrarnos con AndreaLucía,  ambas muy preocupadas por la poca visibilidad de la mujer en Jot Down. “Es que no es representativo. Eso no es lo que ocurre. No es reflejo de la realidad” (No solo tomamos cumplida nota: lo vamos a trasladar a la dirección de esta publicación, tal cual, con este guiño, a ver qué ocurre).

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Y nos despedimos agradecidos; todo el tiempo que nos han dedicado todos, el placer de charlar largo y tendido, ese saber disfrutar del tiempo que se comparte, la generosidad a la hora de contestar, de esperar a que te pregunten, qué quieres que te cuente, qué es lo que quieres saber sobre todos nosotros.

Os estoy, en fin, repito y así acabo, tan agradecida como parece.

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Fotografías de las fachadas: Manu Cabañas
Fotografías de los interiores: Jorge Quiñoa


Librerías con encanto: Venir a Cuento (Madrid)

“No sé si lo sabes  ―nos dice Enrique―, pero este es el Barrio de las Letras Nuevo; han abierto algo así como diez o doce librerías, alguna general, otras más especializadas; una oriental, por ejemplo, otra como Malatesta, que lleva ya más tiempo, otra troskista (sic), otra de novela negra…” Estamos en realidad hablando del Barrio de La Latina en el número 29 de la calle Embajadores de Madrid, donde hace algo menos de un mes abre por fin al público Venir a Cuento, “Tienes abiertas las puertas desde las diez. Las historias de locos venden mucho”.

“El local lo vi hace, exactamente, tres meses: los que hace que decidí que iba a montar una librería. En esos tres meses he hecho toda la obra, que son dos plantas el local, la muralista, la diseñadora, mirarse los 250 libros del catálogo de una editorial, seleccionar cada uno de los libros; creí que no abría nunca (…). Toda esta zona estaba llena de tiendas de mayoristas, y el negocio de la ropa prácticamente se ha hundido, están cerrando muchas tiendas. Ahora estamos abriendo gente como yo; está el chico de las bicis, mensajería que comparten con el taller, otra chica que ha abierto un bar de comida ecológica… Vamos a ver si se recupera así un poquito el barrio”.

Venir a Cuento es una librería dedicada no exclusivamente al libro ilustrado. Iba en principio a ser una librería infantil. Luego fue perfilándose como un espacio especializado en el álbum también para adultos. “Me decía el distribuidor que somos la única librería en España con todo el fondo editorial de Media Vaca. Hacen tres o cuatro libros al año nada más, y todos los que hacen son como estos; Érase veintiuna veces caperucita roja: ilustradoras japonesas dibujando cada una su versión de caperucita”. “Se pidió a los participantes ―leemos en la página de la editorial―, cuyos trabajos se reproducen íntegramente en el libro, que no se limitaran a poner sus dibujos junto a las palabras de Perrault, sino que se sintieran libres para hacer todos los cambios que desearan en función de sus propios intereses. El resultado es tan variado como sorprendente: hay historias de miedo, de risa y de aventuras, y los hay también de fantasmas, de amor y gastronomía.” Son este tipo de obras las que despiertan el entusiasmo de Enrique y, por descontado, el de cualquiera que le escuche; darse un paseo por los estantes de esta librería tan nueva y tan especial supone encontrarse con álbumes sorprendentes, llenos de encanto, escogidos uno a uno con sumo cuidado por su librero, con toda la intención, “vas quedándote con muchas cosas porque te gustan a ti:  Este libro de Bruno Munari cuya primera edición es de 1956 lo han reeditado ahora, creo que para la feria del libro, también en español, y es que es alucinante: En la noche oscura” (Qué ilusión le pone este hombre a la cosa). De la misma editorial es la Alicia de Suzy Lee, sin una sola palabra, la historia se cuenta sólo con dibujos. “Otra maravilla”.

También tienen su espacio, decíamos, libros ilustrados para adultos, novelas como Un hombre que duerme, del genial George Perec ―uno de los autores de cabecera de quien esto escribe, por lo que nos vamos a detener un poco aquí: de esas novelas que te cambian la vida, leemos que dijo D. Enrique Vila-Matas, hombre de letras de enorme prestigio, luego hacedle caso, id a por ella, leed―, o los libros de Nórdica, o los de una de nuestras editoriales más queridas,  los Jekyll&Jill ―ahora en plena promoción de su Menos Joven―,  de los que Enrique tiene la magnífica Del Enebro,  ilustrada por Alejandra Acosta (acordáos cómo también la recomendamos después de que nos la enseñaran los Tipos Infames; por algo será)

Fuimos a Venir a cuento para conocer al librero al que se le ocurre abrir una librería en estos tiempos, que lo hace además de con humor, con convicción. Salimos de allí con una sonrisa de oreja a oreja: vimos cómo pasaba gente a comprar libros, el interés que ya despierta el fondo, cómo ha merecido la pena el haberle dedicado tanto tiempo a escoger cada uno de los ejemplares. Charlamos con una abuela que nos contó que los libros para niños tienen sentido cuando son los padres quienes se los leen a los críos, la importancia de tomarse ese tiempo para leer los cuentos y ver los dibujos. “Yo se los leía cada noche a mis hijos”. Algunas abuelas saben un montón. Le pedimos a los Reyes Magos el haber tenido todos una como esta, con cuánta más gente buena podríamos encontrarnos por la calle. “Vienen también mucho las tías para comprarles libros a sus sobrinos. Y los novios de las tías, que se compran los libros para ellos.”

Pues muy buena suerte, Enrique; aun cuando sabemos que no la necesitas, que lo estás haciendo como se tiene que hacer.

Fotografía: Manu Granadero @manujhy


Librerías con encanto: Librería Méndez (Madrid)

Antonio Méndez es hijo y nieto de libreros: “Mi padre se hizo librero un poco por tradición familiar, porque su padre, mi abuelo, también lo era. Ellos tenían una librería pequeñita en la calle Tres Peces, en  Lavapiés”. Durante los años de la postguerra se iba el abuelo Ángel con un carrito a vender libros al Rastro, y ya en los años 50 “fue cuando se hicieron con un par de casetas en La Cuesta de Moyano, donde mi padre se hizo librero de verdad, y donde yo tengo que aprender el oficio al caer él enfermo, con 19 años”, jovencísimo. No será hasta el año 92 cuando tenga que hacerse también cargo de la Librería Méndez tal cual la conocemos hoy, al recaer su padre, D. Antonio Méndez, librero de profesión. “Fue una época difícil”.

Aún hoy se emociona al recordar aquellos inicios en Moyano, “una verdadera escuela de la vida”. Nos cuenta con mucho cariño —y esa puntita de emoción— que fue allí donde conoció a Arturo Pérez Reverte y a una gran parte del resto de personajes ilustres que le siguieron luego hasta la calle Mayor.  El hoy consagrado escritor de éxito, nos cuenta, se le acercó una tarde al ver tan bien expuesta la que fuera su primera novela, El Húsar. Entonces, le espetó, a lo Pérez Reverte: “¿Y tú cómo es que tienes esto?” “Pues porque me gustó mucho”, le contestó Antonio de inmediato (era la pura verdad). Y hasta hoy: “No son clientes, son ya amigos todos ellos”, refiriéndose aquí a Luis Mateo Díez, Manuel Longares, Javier Marías o incluso Vargas Llosa, “que vive muy cerquita de aquí”.

Librería Méndez son también Alberto, casi desde su inicio; e Inma, la mujer de Antonio. Los tres llevan ya muchos años juntos; se nota ese cierto aire de familia, de negocio propio; la tradición, el amor por los libros, el cuidado que ponen mimando a la clientela, “es que eso es fundamental, te da mucha vida como librería” (Inma baja un poco la voz al deshacerse en elogios hacia Marías, mirando hacia la calle, “no vaya entrar por la puerta ahora, dice, no está bonito”)

Cuando le pedimos a Antonio que nos recomiende algo se acuerda de Ojos azules, de Jerome Charyn, “una novela negra negra negra, que se desarrolla en los bajos fondos neoyorquinos en los años 70. Siempre es interesante leerse una buena novela negra después de un libro más serio”. Se acuerda entonces, divertido, de cómo algún parroquiano se indigna cuando ve “estas colecciones de ahora de novela negra que parece que están descubriendo el mundo, cuando esto ya está todo editado y leidísimo, las mismas traducciones incluso”. “Ya hablando de otro tipo diferente de literatura —continúa— yo te recomiendo El viajero bajo el resplandor de la luna, de Antal Szerb, una historia de amor absolutamente surrealista, totalmente disparatada, que a nosotros nos gustó mucho”; o Stoner, de John Williams, que he de reconocer que leímos porque la recomendó Vila–Matas; de otra forma es posible que incluso para nosotros hubiera pasado inadvertida”

Nos sorprende, a la vez que ilustra la independencia de sus opiniones y lo que disfruta recomendando libros personalmente o simplemente charlando de aquello que surge, “prisa no tenemos ninguna”, el que acabemos hablando de series de televisión; no de The Wire o Los Soprano o Black Books, entendámonos; sino que se haya enganchado, ahí es nada, a El ala oeste de la casa blanca —una serie que le gusta muchísimo a quien escribe esto; recreémonos—, que se haya fijado en cómo Aaron Sorkin y su troupe consiguen que el asunto más aburrido del mundo —como el quién va a apoyar y por qué un proyecto de ley sobre algo que para el espectador medio no tiene el menor interés: sabemos que es una serie, el sistema sanitario estadounidense no está cambiando en riguroso directo para todos ustedes— se convierta en algo trepidante; ese ir y venir tomando decisiones de capital importancia —son los hombres del Presidente; esto es La Casa Blanca— por esos laberínticos pasillos, en perfecta sintonía con corredores y muebles, papeles y puertas, “la importancia que tienen las puertas, el papel que juegan marcando el ritmo, ¿sabes qué te digo?” (¡Claro que sí!) “Lo cierto es que la vi porque me la recomendó Javier Marías”, confiesa, divertidísimo.

Pues bien, no estamos muy seguros de que esto lo explique todo. El que se haya fijado en cómo funcionan esas puertas sí, eso podría dar una pista al lector avisado…

Fotografía: Jorge Quiñoa