Libros que no leerás jamás (II)

Libros que no leerás jamás
Fotografía: Freepik.

Segunda entrega de la serie sobres grandes libros perdidos que empezó en este otro artículo con las obras de lord Byron, Sylvia Plath, Walter Benjamin, Shakespeare y Homero. En esta ocasión inspeccionaremos los escombros humeantes de la Biblioteca de Alejandría, nos detendremos en un título que nació y murió en la Edad Media y hablaremos de las pérdidas literarias que ha sufrido la humanidad en fechas recientes, tan recientes como el año 2017. Y más. Con estos ya serán diez los grandes libros que usted no leerá jamás y la lista, aun así, seguirá estando incompletísima.

El Hermócrates de Platón

Un libro que ha hecho correr ríos de tinta, mares de especulación y océanos de documentales en Discovery Max a partir de las diez de la noche. Y da igual de lo que vayan, el Hermócrates sirve para todo. ¿Stonehenge? El Hermócrates de Platón. ¿Alienígenas? El Hermócrates de Platón. ¿El triángulo de las Bermudas? El Hermócrates de Platón. Encienda usted la tele de su casa, cambie de canal al azar hasta alcanzar las latitudes conspiranoicas de la TDT y espere a que salga en la pantalla alguien peinado raro, el primero que aparezca. Estadísticamente, hay una posibilidad sorprendentemente alta de que esa persona le acabe le acabe comiendo la oreja a usted, antes o después, con el dichoso Hermócrates de Platón.

Los misteriólogos tiran tanto de este libro porque dicen que Platón revelaba en él, redoble de tambor, LOS SECRETOS DE LA ATLÁNTIDA (ántida, ántida). ¿Cómo lo saben, si es un libro perdido? Se lo digo yo en un momentito, ya verá qué rápido: no lo saben. Nadie lo sabe. Del Hermócrates no se conserva nada, es que ni un triste renglón. Y ni siquiera nos queda constancia de él indirectamente, cosa que sí es habitual con los libros perdidos. Nadie que haya dicho «yo he leído el Hermócrates» o una prueba fiable de que hubiese algún ejemplar en una biblioteca, un monasterio o en la colección de algún erudito durante los veinticinco siglos que han pasado desde la época de Platón hasta el día de hoy. Nada. Solo tenemos una frase del propio filósofo en Critias, uno de sus diálogos más influyentes, en la que dice: «¿Por qué no concedértelo, Critias? [el derecho a hablar]. También habremos de dispensar la misma gracia a Hermócrates, que hablará el tercero». Con ella Platón anuncia que, después de haber escrito el Timeo, este otro diálogo, el Critias, constituía una continuación y que habría un tercero, el Hermócrates, que cerraría la trilogía. Damos por sentado que sí llegó a escribirlo, pero hasta eso debe ponerse en duda. De hecho, muchos expertos optan por la cautela y clasifican el Hermócrates no como un libro perdido, sino como un libro hipotético.

Nota. ¿Quiere usted leer lo que Platón dejó dicho sobre la Atlántida? Tenga, un link. Jártese. Es el propio Critias, un diálogo cuyo título completo es, no por nada, Critias o La Atlántida. Es lo más gracioso de esta obsesión con el famoso libro perdido de Platón sobre el continente sumergido: que ese libro existe, es el Critias y no está perdido diga lo que le diga a usted su ufólogo de referencia. Eso sí: es un libro griego. Tiene unas palabras muy raras, unas frases muy largas y unas subordinadas que no sales de ellas ni con Google Maps. Y lo que es peor: no dice que la Atlántida la echase abajo el complot de alienígenas masones travestis vacunaniños que gobierna secretamente el mundo. Es más fácil no leerlo, conseguir que el espectador tampoco lo haga y decir que Platón sí decía eso mismo, pero en su libro perdido. Qué casualidad.

La primera versión del Extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson

Westbourne, Inglaterra, 1886. Un escritor se pone a dar gritos en plena noche y su mujer, asustada, lo despierta rápidamente para liberarlo de su pesadilla. El hombre, en lugar de agradecérselo, la increpa con dureza y abandona corriendo el dormitorio para poner su sueño por escrito. Pasa dos jornadas así, escribiendo frenéticamente y comiendo y durmiendo lo imprescindible, y al final del tercer día sale finalmente de su estudio y anuncia con aire triunfal que ha completado una novela y que es la mejor de toda su carrera. Pocas horas después, la quema en la chimenea.

Lloyd Osbourne, el hijastro de Robert Louis Stevenson, el mismo que nos legó los pormenores de esta anécdota, dijo también que seguramente nadie había acometido antes una hazaña literaria como aquella1. Como poco, no se puede negar que aquel arranque de Stevenson no fue el colmo de lo metaliterario. A la hora de escribir El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, el autor escocés quiso ser audaz y hacer una conquista formal al alcance solo de los superhombres, como habría hecho el propio Henry Jekyll; e inmediatamente después sucumbió a un ataque de furia y destruyó irremediablemente su creación, como habría hecho Edward Hyde. Aunque luego reescribió el texto y publicó la novela definitiva que conocemos usted y yo, es muy lamentable que jamás vayamos a leer esa primera versión, de la que suele decirse que probablemente era más viva, más visceral y más picantona. Y todo el mundo parece tener claro quién tiene la culpa de ello: su mujer.

Fanny Stevenson, que era escritora y editora, solía revisar los borradores de su marido y anotar sus observaciones en los márgenes de sus manuscritos. En esta ocasión dio su opinión de viva voz nada más leer ese borrador que su marido había escrito de forma tan apresurada. Durante más de un siglo se pensó que fue tan crítica con aquel texto que Stevenson, en lugar de practicar cambios y correcciones, sencillamente lo lanzó a la chimenea y empezó a reescribirlo desde cero. Hoy en día se va más allá y se dice con frecuencia que fue ella, la propia Fanny, quien destruyó personalmente la primera versión del libro. La culpa la tiene, en parte, una carta descubierta y subastada en el año 2000 en la que ella califica aquel borrador como un despropósito y le dice a su destinatario, el poeta William Ernest Henley, que lo quemará después de enseñárselo.

Consejo: esto, con alfileres. Cuantos más, mejor. Por más que Fanny dijera que tenía intención de quemar la obra, no sabemos si hablaba figuradamente y mucho menos si lo consumó. Y la versión de la historia que legó el hijo, que estaba allí aquel día, es inequívoca al respecto: fue Robert Louis Stevenson quien destruyó el manuscrito poco después de completarlo y lo hizo por su propia iniciativa2. ¿Podría no ser cierto? Podría. De hecho, la carta de Fanny da a entender que Stevenson conservaba el borrador mucho tiempo después de haberlo escrito, lo que contradice plenamente la historia que contaba su hijo. ¿Existen razones de peso para dar por bueno lo que dijo ella en aquella carta y descartar sin más el relato de su hijo? De peso, de peso, no. La propia carta parece faltar a la lógica cuando dice que Stevenson consideraba aquella pieza su mejor obra y que acto seguido se olvidó de ella, sin más. ¿Entonces? Entonces, lo dicho: alfileres. Más todavía si se tiene en cuenta que Robert Louis Stevenson sí había quemado al menos otra obra suya antes de aquello, A Travelling Companion, sencillamente porque pensó que carecía de valor3. Fanny Stevenson llevó toda su vida un sambenito terrible en Reino Unido y a la vista está que todavía, en pleno siglo XXI, no vamos a permitir que se lo sacuda de encima. Pista: era una mujer divorciada y con hijos antes de casarse con Stevenson, tenía diez años más que él y era extranjera, concretamente de Estados Unidos. Y lo peor de todo es que su marido la tenía en estima intelectualmente y le prestaba oídos. En 1886. Habrase visto.

El Inventio Fortunata, de autor anónimo

Un continente enorme y redondo dividido en cuatro regiones simétricas; un remolino marítimo de proporciones monstruosas por el que las aguas del océano se vertían hacia el interior de la Tierra; y una isla misteriosa ubicada exactamente en el centro de todo aquello, Rupes Nigra, constituida íntegramente por piedra negra magnética, que por esa razón atraía las agujas de las brújulas en su dirección a lo largo y ancho del planeta. Con todo lo que sabemos hoy acerca del Polo Norte no se puede decir que el Inventio Fortunata fuese una descripción rigurosa de la región, pero sí creemos que su autor estuvo allí y que su libro fue, en puridad, la primera descripción cartográfica del Ártico. Fue un monje inglés que participó en varias misiones comerciales en nombre del rey Eduardo III y que luego le regaló este volumen con descripciones de todo aquello que existía al norte del paralelo 54. Su nombre debería figurar de los primeros en la nómina de los grandes cartógrafos o incluso en la de los descubridores de la historia, pero se ha perdido.

El Inventio Fortunata se escribió en la segunda mitad del siglo XIV, probablemente en la década de 1360, pero se cree que solo existió durante un siglo o acaso unos cuantos años más que eso. Hay razones para pensar que ya no existía a finales del siglo XV, cuando tuvo lugar el descubrimiento de América. Una de ellas es una carta de 1497 descubierta en el Archivo General de Simancas en 1953 cuyo autor, un mercader inglés, le cuenta a su cliente que no había sido capaz de encontrar el Inventio Fortunata, que aquel le había solicitado. «El libro de Ynbinçio Fortunati  non le hallo», dice, «y creo que le traya con mis cosas y desplazeme mucho non le hallar porque le quisiera mucho seruir». Se cree que aquel cliente, por cierto, era Cristóbal Colón.

Lo poco que sabemos sobre los contenidos del Inventio Fortunata es gracias a un sumario del libro que hizo un copista de Brabante, aunque aquel volumen, a su vez, también se acabó perdiendo. Por fortuna, el mismísimo Gerardo Mercator tuvo acceso al resumen y citó alguno de sus detalles en una carta que dirigió en 1577 al astrónomo y polímata John Dee que se conserva en el Museo Británico. Pese a nuestro penoso desconocimiento del libro, se piensa que tuvo una enorme influencia en los siglos XV y XVI e incluso Martin Behaim se sirvió de sus descripciones para confeccionar el Erdapfel, el globo terráqueo más antiguo que se conserva, en el que todavía no aparecía América.

Los últimos diez libros de Terry Pratchett

Ocurrió el 25 de agosto de 2017 y ocurrió, como quien dice, ante los ojos mismos del mundo, ya que varios asistentes documentaron la ceremonia en directo y fueron subiendo fotos y vídeos a internet. Puede que los ordenadores y la calefacción nos haya arrebatado la teatralidad que solían tener estas cosas y que ya no se puedan arrojar manuscritos a las chimeneas con gran dramatismo, pero ese problema lo tienen solamente aquellos faltos de imaginación (que, al lado de Terry Pratchett, somos prácticamente todos). Él no. Él dejó dicho que arrancasen los discos duros de su ordenador, que los pusieran todos juntos en el suelo y que les pasase una apisonadora por encima. Mejor si era una de las antiguas, de las que funcionaban a vapor, no sea que la cosa quedase sosa y que la gente se fuera de allí diciendo que menuda mierda de espectáculo. La clase de apisonadora que usaría el Coyote para atropellar al Correcaminos. Dicho y hecho. Diez libros había en aquellos discos, diez. Diez libros de Terry Pratchett desmigajados para siempre contra el asfalto. Y las malas lenguas dicen que al menos dos no eran borradores, sino libros prácticamente acabados. Imagine usted qué lloros y qué lamentos.

Coja la calculadora. Terry Pratchett publicó cerca de setenta obras entre 1971, cuando sacó su primera novela con veintitrés años de edad, y 2015, cuando murió con sesenta y siete años. Eso son cerca de setenta libros en cuarenta y cuatro años de actividad. Eso es un libro y medio al año durante casi medio siglo. Solo su serie más famosa, Mundodisco, consta de una auténtica panzada de volúmenes, cuarenta en total más el último de todos, La corona del pastor, que salió de forma póstuma unos meses después de su muerte. En otras palabras: que si no ha leído usted a Terry, no lamente demasiado esos diez títulos perdidos. Tiene usted Terry para hartarse. Aun así, a sus lectores más hooligans (y Pratchett es la clase de autor que solo tiene lectores hooligans) les rompió el corazón aquella apisonadora. Pratchett, que había sido diagnosticado de alzhéimer en 2007, temía que su enfermedad no le permitiera escribir literatura de calidad en los últimos años de su vida y pidió que sus discos duros fuesen destruidos después de su muerte, ocurriera cuando ocurriera y fuese cual fuese su contenido. Y así se hizo.

Las obras completas de Safo

Safo de Lesbos fue la única mujer que se contaba entre los Nueve poetas mélicos, los grandes autores líricos de la etapa arcaica griega. Nosotros consideramos a los autores griegos y romanos de la era clásica como los grandes padres de nuestra cultura y ellos, los autores griegos y romanos, consideraban a los Nueve como los grandes padres de la suya4. Aunque los Nueve incluían superestrellas como Píndaro y Anacreonte, con el paso de los siglos Safo se ha convertido en la más recordada y en una de las más influyentes del grupo, si no la que más. Su peso en la historia misma de la poesía es imposible de resumir con unas cuantas palabras, así que mejor pongámonos un ejemplo. ¿Sabe qué tienen en común los escritores latinos Catulo y Horacio, el autor anónimo del Carmen Campidoctoris medieval, poetas del Siglo de Oro como Góngora y Garcilaso de la Vega y autores modernos como Unamuno y Ginsberg? Que todos escribieron estrofas sáficas, una forma de rimar versos endecasílabos que popularizó ella hace la friolera de dos mil seiscientos años. Consejito: la próxima vez que le tiente denominar influencer a un chaval de catorce años, acuérdese usted de esto.

Lo irónico es que Safo es también la poetisa de los Nueve de la que nos han llegado menos versos. Se cree que compuso cerca de doce mil, pero en la actualidad solo se conservan seiscientos y la mayoría son fragmentos minúsculos, a veces de una palabra o dos. «Completo» solo tenemos su Himno en honor a Afrodita, de veintiocho versos, y si ponemos entrecomillado es porque no está realmente completo, le faltan algunos términos. En 2014 se anunció el descubrimiento de un fragmento de papiro con un nuevo poema suyo prácticamente entero, la Canción de los hermanos, pero todavía es objeto de trabajo pericial científico y lingüístico y resulta más cauto decir, de momento, que el poema se atribuye a Safo. En la actualidad es tal el desconocimiento que tenemos de su obra que no solo nos vemos obligados a especular acerca del contenido de sus poesías5; incluso la historia de su desaparición se ha acabado convirtiendo, a su vez, en objeto de leyenda.

Lo que sabemos con certeza es esto: que las obras de Safo pervivieron durante las eras arcaica, clásica y helenística, que llegaron íntegras al siglo I antes de Cristo y que entonces fueron recopiladas en una colección de nueve volúmenes por los eruditos de la Biblioteca de Alejandría. Y lo que no podemos tener tan claro es lo que se suele decir a continuación: que aquella colección con las obras completas de Safo sobrevivió a la propia biblioteca y desapareció definitivamente en el año 1073, cuando el papa Gregorio VII ordenó destruir todas las copias que circulaban por Europa por considerarlas inmorales y pecaminosas. Se trata de una visión de la historia que se popularizó entre los humanistas renacentistas italianos mucho después de aquella fecha, en el siglo XIV, y al menos uno de los primeros en darle pábulo, Pedro Alcionio, pudo ser responsable de quemar él mismo el último ejemplar de otra obra antigua, el De Gloria de Cicerón, con el objetivo de plagiarla6.

Hoy se cree que quienes contaron por primera vez esta historia sobre la destrucción de las obras de Safo pudieron confundir al papa Gregorio VII, que vivió en el siglo XI, con Gregorio Nacianceno, uno de los Padres de la Iglesia, que vivió en el siglo IV. Gregorio Nacianceno era griego, como la propia Safo7, y en su época los líderes cristianos sí censuraban obras como las suyas, aunque lo hacían por su paganismo y no por su inmoralidad. Y podría ser, a su vez, que se esté confundiendo a Gregorio Nacianceno con Teófilo de Alejandría, un patriarca coetáneo de Gregorio de quien sí sabemos con certeza que ordenó la destrucción del Serapeo de Alejandría y puso coto a las actividades del Museion, una institución neoplatónica que se considera frecuentemente heredera de la Biblioteca. Cuando una turba de fanáticos cristianos linchó y asesinó a la directora del Museion, Hipatia, aclamaron seguidamente a Cirilo de Alejandría, que era sobrino de Teófilo.

O quizá sea mucho más sencillo y las obras de Safo sencillamente se perdieron en la mayor tragedia cultural de nuestra civilización, la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, sin que nadie se propusiera destruirlas específicamente a ellas. O acaso después de aquello, con el asesinato de Hipatia y la desaparición del Museion, o más tarde todavía, durante la conquista musulmana de Egipto en el año 640, cuando se destruyeron los últimos rescoldos de las instituciones neoplatónicas alejandrinas y se erradicó definitivamente el paganismo, esta vez en nombre del islam. No lo sabemos y lo más probable es que no lleguemos a saberlo nunca.


Notas

(1) Balfour, Graham: The Life of Robert Louis Stevenson, 1912 (Delphi Classics, 2015). Puede leerse aquí.

(2) El propio Stevenson lo confirmó en A Chapter on Dreams, un ensayo autobiográfico publicado en 1892. Puede leerse aquí.

(3) Terry, R. C. (E): Robert Louis Stevenson, Interviews and Recollections. University of Iowa Press, 1996. El pasaje sobre la quema del manuscrito puede leerse aquí.

(4) Los Nueve poetas mélicos eran Safo de Mitilene (hoy solemos llamarla Safo de Lesbos), Alceo de Mitilene, Anacreonte, Alcmán de Esparta, Estesícoro, Íbico, Simónides de Ceos, Baquílides y Píndaro. Aunque en la etapa clásica ya ejercían como referentes históricos de la literatura y se hablaba de ellos como autoridades, su reunión en un canon cerrado con nombre propio se completó en época helenística, seguramente en la Biblioteca de Alejandría. El panteón de los grandes referentes griegos también incluía a los Tres poetas trágicos (Esquilo, Sófocles y Eurípides) y a los Dos poetas épicos (Homero y Hesíodo).

(5) Es una forma de hablar. Safo, como Sócrates, no legó palabra escrita. Se cree que Safo recitaba sus poesías y que fue algún discípulo suyo, o varios de ellos, quienes pusieron sus versos por escrito.

(6) Pedro Alcionio fue acusado en vida de hacerse con el último ejemplar del De Gloria de Cicerón, plagiar varios de sus pasajes en su Medices Legatus Sive de Exilio, de 1522, y luego destruir el libro. Hoy los expertos suelen considerar que, si bien Alcionio pudo copiar los textos de algún autor clásico en su propio libro, no es probable que fuesen concretamente de Cicerón.

(7) Gregorio era capadocio. Aunque Capadocia forma parte de Anatolia, en la moderna Turquía, en aquella época se trataba de una región de habla y cultura predominantemente helena. Lesbos pertenece a la Grecia contemporánea, pero también está ubicada frente a las costas de Anatolia.


Libros que no leerás jamás

Fotografía: Marco Verch (CC).

Estas son las historias de algunos grandes libros perdidos o un elogio de las virtudes del libro electrónico, como usted prefiera verlo. Admítanos este consejo: al orfeón de cursis que canta coplillas al libro impreso no le haga usted ni caso. Que si el tacto del papel, que si el aroma embriagador de la tinta de un libro nuevo… Pues sí, muy bonito. Y de lo bien que arden, ¿qué me dice usted? Porque no hay cosa más frágil que un libro impreso. Es inflamable, pero el agua también lo destruye; no puede estar a la intemperie, pero en interiores sucumbe al moho; se desencolan, se descosen, pierden páginas… Si es que existen hasta polillas especializadas en comérselos, por el amor de Borges. ¿De verdad me va a decir que esas son las cualidades ideales de algo que tiene por enemigo natural a los dictadores, los puritanos, Marie Kondo, la mayor parte de los bebés y ciertos perros? Para que se convenza le ofrecemos esta lista incompleta no, incompletísima, con algunas de las víctimas más lamentables de la historia de la literatura. Algunas se perdieron y otras fueron destruidas, pero eso da igual. El caso es que usted, por hache o por be, no leerá estos libros jamás.

Las Memoirs de lord Byron

Sabemos cuándo ocurrió y lo sabemos perfectamente: el 17 de mayo de 1824, apenas un mes después de la muerte de lord Byron. También sabemos dónde pasó: en la mansión que ocupa el número 50 de Albemarle Street, una de las calles más distinguidas del ya de por sí distinguido barrio londinense de Mayfair. Todavía se abre al público de cuando en cuando y algún visitante afortunado consigue hacerse una foto frente al sitio donde pasó, en la chimenea del salón del segundo piso. Allí se arrojaron aquel día las dos únicas copias que existían de las Memoirs de lord Byron, una autobiografía con reputación de enorme tocho que el poeta había dejado escrita para que fuese publicada después de su muerte. En el mundo angloparlante es frecuente calificar aquel suceso, coja aire, como The Greatest Crime in Literary History, el mayor crimen literario de la historia. Si no lo fue, cerca le anda.

En el aquelarre tomaron parte seis personas, entre las que se contaban el editor de Byron, los mejores amigos del poeta y dos abogados, uno en nombre de su hermanastra y otro en nombre de su exmujer (1). Todos estuvieron de acuerdo en que había que quemarlas. La única excepción fue su mejor amigo, Thomas Moore, a quien Byron había confiado físicamente el manuscrito y del que se dice que hasta quiso batirse en duelo para salvarlo. Ni siquiera él es inocente. Al final consintió que se destruyera a cambio de una regalía: el derecho a escribir la primera biografía de Byron (2), con la condición, eso sí, de omitir todo aquello con convertía las Memoirs en un texto impublicable. Moore transigió, las Memoirs fueron incineradas allí mismo y todos los que conocían su contenido se llevaron el secreto a la tumba. Se cree que llegaron a leerlas veinte personas aproximadamente, entre las que se cuentan William Maginn, William Gifford, Mary Shelley y Washington Irving (3).

Si va a poner el grito en el cielo, nuestro consejo es que se lo piense. Es fácil, y se hace con frecuencia, escandalizarse por la actitud que tuvieron todos los involucrados en aquel crimen, en particular si se da por bueno el pretexto que ellos mismos pusieron: que estaban salvando la reputación y la gloria de lord Byron. En la destrucción de las Memoirs, sin embargo, pesaron más factores que ese y el mayor de todos era uno bastante menos abstracto. Al quemarlas en aquella chimenea, le estaban salvando la vida no a Byron, que ya estaba muerto, pero sí a todos los hombres, y se cree que fueron muchos, que pasaron primero por su lecho y más tarde por sus páginas. Entre ellos figuraban, seguramente, muchos miembros de la alta sociedad inglesa, personas muy jóvenes todavía, como lo era Byron cuando murió, de forma tan prematura, a la edad de treinta y seis años. Quizá también lo hiciera alguno de los presentes aquel día en el número 50 de Albemarle Street, o quizá parientes o conocidos suyos. En aquel entonces la homosexualidad se castigaba con penas de muerte en todos los territorios del Reino Unido y las ejecuciones no cesaron hasta bastantes años después. Para comprender la persistencia de aquel clima terrorífico baste recordar que Oscar Wilde fue encarcelado por ello en 1895, setenta años después, y Alan Turing, en 1952, ciento treinta años más tarde. Si usted no lo piensa, allá usted, pero aquí lo tenemos claro: salvar la vida de inocentes bien vale cometer el mayor crimen literario de la historia.

El Margites de Homero

El Margites no era una obra cómica, sino la gran obra cómica de la Antigüedad. Era un clásico, algo parecido a lo que son en nuestro tiempo las películas de Chaplin y los hermanos Marx. Se compuso, seguramente, entre los siglos V y VII antes de Cristo y llegó a ser tan popular que incluso aportó una palabra a la propia lengua griega: μαργιτομανής (margitomanēs, ‘tan loco como Margites’). Igual que en castellano usamos las palabras donjuán, quijotesco y lazarillo, que derivan de obras literarias muy influyentes, los antiguos griegos caracterizaban con este adjetivo a las personas imprudentes y faltas de entendederas.

El Margites formaba parte del corpus homérico tradicional, es decir, era una de las cuatro grandes obras que los antiguos griegos atribuían a Homero: la Ilíada y la Odisea, que eran dos epopeyas trágicas, y la Batracomiomaquia y el Margites, que eran dos epopeyas cómicas (4). Las segundas constituían una parodia de las primeras y entre las dos se consideraba que el Margites (la parodia de la Odisea) era la mayor. Curiosamente, la enorme reputación que tuvo el Margites ha contribuido a que sepamos tan poco sobre ella. Al igual que solían hacer con la Ilíada y la Odisea, muchos autores mencionaron los pasajes del Margites sin detallar la acción que transcurría en ellos, dando por sentado que el lector los conocía. Aristóteles comenta en su Poética, y lo comenta como una gran obviedad, que «lo que la Ilíada y la Odisea son para las tragedias, lo es el Margites para las comedias».

Del Margites han sobrevivido cuatro versos, nada más. Solo sabemos que su protagonista se llamaba de esa forma, Margites, y que era natural de Colofón, la misma ciudad en la que se decía que había nacido Homero. En parte, al Margites le pasó lo inevitable: que las comedias envejecen peor que las tragedias. Aunque fue un texto muy popular durante la etapa clásica griega, en tiempos de Roma tenía ya varios siglos de antigüedad y el propio lenguaje en el que estaba escrito empezaba a resultar inaccesible y menos vivo. Por añadidura, Plutarco declaró en el siglo I que la Batracomiomaquia no era un texto de Homero, sino de Pigres de Halicarnaso, un autor con muchísima (pero muchísima) menos reputación, y poco a poco caló la idea de que Pigres también era el auténtico autor del Margites. La comedia dejó de considerarse homérica, los eruditos bizantinos pusieron poco interés en ella y alguien, en algún momento, sostuvo sin saberlo la última copia del libro y se dijo que no merecía copiarse o mandarse copiar. Se cree que los últimos ejemplares circularon hasta el siglo X.

Double Exposure, de Sylvia Plath

Los lectores de Sylvia Plath esto lo saben bien: con ella nunca se sabe con certeza si algo está perdido o no. Plath solo publicó dos libros en vida (una colección de poemas titulada El coloso y la novela La campana de cristal), pero desde su suicidio en 1963 han aparecido un sinfín de relatos breves, cartas, dibujos, ensayos, diarios y poemarios suyos, entre ellos el que le granjeó en 1982 el primer Pulitzer de poesía concedido de forma póstuma. Los lectores de Sylvia Plath también saben que en esto tuvo mucha responsabilidad, o toda, el también poeta Ted Hughes, su viudo a efectos legales, de quien Plath se separó poco antes de suicidarse pero de quien no llegó a divorciarse, y que heredó, por tanto, los derechos de toda su obra escrita.

Lo que no ha aparecido nunca es Double Exposure, la novela que Plath estaba escribiendo cuando decidió quitarse la vida. Ted Hughes no habló de ella hasta después de que varias personas cercanas a Plath confirmasen que la obra existía (5) y cuando lo hizo fue para decir escuetamente que ese manuscrito «había desaparecido». Varios años más tarde, y solamente después de que la madre de Sylvia Plath muriese por complicaciones derivadas del alzhéimer, Hughes rectificó y dijo que probablemente hubiese sido ella, la propia madre de Plath, quien se había hecho con el manuscrito. Sea como sea, no puede sorprender. Plath también escribió un diario ininterrumpido desde que tenía once años hasta el momento de su muerte y también han desaparecido los dos últimos tomos, los que simultaneó con la escritura de Double Exposure. Corresponden a los últimos meses de su vida, cuando descubrió la infidelidad de Hughes y su matrimonio se vino abajo. Hughes dijo que el penúltimo tomo de los diarios, al igual que la novela, «había desaparecido», y luego admitió que el último lo había destruido él mismo (6). Es pertinente reseñar que en 2019 se publicaron parte de las cartas inéditas que Plath enviaba regularmente a su psicóloga, que se conservaron en Estados Unidos sin que Hughes pudiese reclamarlas, y que en esta correspondencia, que abarca hasta la misma semana de su muerte, Plath vierte acusaciones muy graves contra su marido y describe al menos un episodio de maltrato físico (7).

¿Existe todavía el manuscrito de Double Exposure? Quién sabe. En su momento muchos pensaron que Hughes también había destruido varios poemas de Ariel, la colección que ella escribió por aquellas mismas fechas y que dejó prácticamente acabada. Aunque Hughes extrajo varios poemas antes de publicarlo, los más oscuros (8), y los cambió por otros mucho menos amargos que él mismo eligió, lo cierto es que muchos de esos poemas perdidos han acabado reapareciendo. Además, existen al menos dos grandes archivos en manos de universidades estadounidenses en los que abundan el material inédito, uno en el Smith College (donde se graduó Sylvia Plath) y otro en la Emory University (que obtuvo el archivo personal de Hughes tras su muerte en 1998). En este segundo archivo, que consta de ciento ochenta y siete cajas, ya se han encontrado dos capítulos de una novela de Plath completamente desconocida, Falcon Yard. Eso sí: sobre él pesa una cláusula (9) que restringe el acceso a ciertos documentos hasta el año 2022.

El Cardenio de William Shakespeare y John Fletcher

Shakespeare y Fletcher escribieron The History of Cardenio en la misma época en la que firmaron juntos varias obras para la compañía King’s Men de Londres, entre ellas Enrique VIII y Los dos nobles caballeros. En el Cardenio asistíamos a un enredo amoroso protagonizado por Cardenio y Luscinda y una pareja de amigos suyos, don Fernando y Dorotea. La historia, que se representó por primera vez en el año 1613, había sido extraída de un libro poco conocido que se había traducido al inglés solo un año antes de aquello. Se titulaba The History of the Valerous and Wittie Knight-Errant Don-Quixote of the Mancha.

El personaje de Cardenio aparece en el primer libro del Quijote, en el arranque de las aventuras del hidalgo por Sierra Morena, y la historia que cuenta entonces a los protagonistas es fundamentalmente la misma que llevaron Shakespeare y Fletcher a las tablas (10). La última copia del Cardenio de la que tenemos noticia se remonta a 1653, pero en 1727 un dramaturgo y editor, Lewis Theobald, anunció que había conseguido acceder a unos manuscritos del puño de Shakespeare y Fletcher y que la había reescrito con el título de Double Falshood. Muchos cuestionaron sus afirmaciones (la obra es significativamente más corta que cualquiera de las de Shakespeare y la historia carece de subtramas, algo inaudito) y acusaron a Theobald de tomar la trama directamente del Quijote y de haberla escrito impostando el estilo literario isabelino. Hoy, en cambio, algunos expertos sí dan crédito a Theobald. Double Falshood, dicen, bebe directamente del Quijote, pero contiene pasajes, aunque pocos, atribuibles a Shakespeare y Fletcher. En todo caso constituye un debate enconado que está muy lejos de quedar cerrado (11).

Lo más probable es que aquellos manuscritos a los que se refirió Theobald, tanto si llegó a leerlos como si no, formasen parte del famoso archivo de documentos históricos del anticuario John Warburton, responsable de una de las mayores tragedias de la historia cultural inglesa. Después de pasar media vida atesorando textos como aquellos, de un valor incalculable, Warburton apiló una enorme cantidad de ellos y los posó en la cocina de su mansión, a donde no regresó para buscarlos hasta un año más tarde. Para entonces, ya no quedaba ninguno. Su cocinera había dado por sentado que se trataba de basura y los había usado, uno a uno, para encender los fuegos de la cocina.

Los papeles de Walter Benjamin

Walter Benjamin escapó de París el 13 de junio de 1940, solo un día antes de que los nazis entrasen en la ciudad, y lo hizo acarreando una misteriosa maleta negra. Su objetivo era llegar con ella hasta Lisboa y embarcar desde allí a Estados Unidos.

Después de llegar al sur de Francia, Benjamin puso rumbo a España con la ayuda de Lisa Fittko, una húngara que se dedicaba a guiar a los refugiados a través de un sendero poco conocido que atravesaba los Pirineos (12). Lo poco que sabemos sobre el contenido de aquella maleta lo sabemos por la propia Fittko, que lo dejó por escrito en su libro de memorias (13). Aparentemente, se trataba de una maleta voluminosa y pesada, algo muy difícil de acarrear por aquellos riscos y con lo que le resultaría imposible emprender la carrera si acaso necesitaba huir. Benjamin no consintió dejarla atrás y solo cuando estuvo demasiado exhausto dejó que Fittko y un joven español se la llevasen por turnos, y ni siquiera entonces le quitó el ojo de encima. Cuando la guía le preguntó qué contenía, Benjamin le dijo que era su último manuscrito, y cuando ella le preguntó que por qué arriesgaba algo tan valioso en un viaje como aquel, Benjamin le respondió que precisamente por eso, porque tenía demasiado valor. No podía confiárselo a nadie ni dejarlo en ningún lugar de Europa. Sus palabras fueron: «Este manuscrito debe salvarse. Es más importante que yo mismo».

No sabemos qué manuscrito era aquel. Antes de escapar de París, Benjamin le había entregado a Georges Bataille una copia de su Libro de los pasajes, todavía inconcluso, y en Marsella le había entregado a Hannah Arendt el texto de Sobre el concepto de la historia. Algunos creen que aquellos papeles eran los manuscritos originales de los Pasajes o incluso un borrador definitivo distinto de la copia inconclusa que entregó a Bataille; otros sostienen que no tendría sentido arriesgar la vida de aquella forma por un contenido que ya había puesto a salvo.

Lo cierto es que la guardia civil interceptó al pequeño grupo en el que viajaba Benjamin y sus miembros fueron conducidos a un hotel de Portbou, donde se les obligó a permanecer temporalmente. Benjamin se quitó la vida aquella misma noche. En los documentos relativos a su muerte su nombre se consignó mal (se dio por sentado que su nombre era Benjamin y que su apellido era Walter, y no al revés), así que los historiadores no encontraron su rastro hasta muchos años después. Y aunque existe incluso un registro completo de los efectos personales que se encontraron en su habitación, incluyendo el contenido de la maleta, solo se dice que eran «papeles», sin más. Los propios papeles nunca han aparecido y muchos creen, en todo caso, que no eran el propio manuscrito al que se había referido Benjamin. Pista: la habitación tenía chimenea (14).

(Continúa aquí)


Notas

(1) Decimos exmujer porque lord Byron e Isabella convivieron solamente diez meses, al término de los cuales no volvieron a verse nunca, y acabaron firmando una separación legal, lo más parecido que había al divorcio. La única hija que tuvieron, por cierto, fue la eminente matemática Ada Lovelace.

(2) Esa es la famosa Letters and Journals of Lord Byron, with Notices of his Life que Moore publicó en 1830.

(3) A quienes se sabe con certeza que leyeron las Memoirs hay que sumar quienes lo hicieron posiblemente, entre ellos Samuel Rogers, Percy Bysshe Shelley y John William Polidori. Conocemos muchos de estos detalles a través del diario de John Hobhouse, uno de los amigos de Byron que participaron en la reunión y el que defendió con más beligerancia la quema de las Memoirs. Hobhouse se sintió horrorizado cuando supo que John Murray, el editor de Byron, había prestado el manuscrito a varias personas de la alta sociedad para que le aconsejaran qué hacer con él. El diario puede leerse en la página web de Peter Cochran, uno de los mayores biógrafos de Byron de nuestro tiempo.

(4) Además de estas cuatro obras, en la Antigüedad también se atribuían a Homero los Himnos homéricos y ocasionalmente se consideraron suyos varios poemas más. Hoy se piensa que solo la Ilíada y la Odisea son verdaderamente homéricas.

(5) Lo hizo Diane Kroll, la autora del clásico Chapters in a mythology: The poetry of Sylvia Plath (Harper & Row, 1976). La madre de Sylvia Plath también confirmó que su hija trabajaba en Double Exposure cuando se quitó la vida. Ted Hughes se refirió a la novela escuetamente en el prólogo de Johnny Panic y la Biblia de sueños, la colección de cuentos de Plath publicada en 1977. Sus palabras fueron: «Después de La campana de cristal [Plath] escribió unas ciento treinta páginas de otra novela, titulada provisionalmente Double Exposure. Ese manuscrito desapareció en algún momento de 1970».

(6) Hughes se refirió a esos dos últimos tomos en el prólogo de The journals of Sylvia Plath (Anchor Books, 1982). Lo que dijo fue: «Lo destruí [el último] porque no quería que sus hijos lo leyesen (en aquellos días yo pensaba que la capacidad de olvidar es una parte esencial de la supervivencia). El otro desapareció». Más tarde se supo que la universidad en la que había estudiado Plath, el Smith College, adquirió varios de los diarios restantes, pero Hughes puso como condición que dos de ellos no se publicasen hasta que hubiesen pasado cincuenta años de la muerte de Plath.

(7) Las cartas aparecen en The Letters of Sylvia Plath. Volume II: 1956-1963 (Harper, 2018), editado por Peter K. Steinberg y Karen V. Kukil.

(8) Entre esos poemas descartados por Hughes están The Jailor, A Secret, The Other y Barren Woman, por mencionar solo algunos. Es imposible obviar que se trata, en casi todos los casos, de piezas en las que Plath habla de infidelidad, servidumbre sexual y brutalidad en el contexto del matrimonio, entre otros temas muy amargos.

(9) La cláusula dice literalmente: «Durante un periodo de veinticinco años (2022) o hasta la muerte de Carol Hughes [la tercera mujer de Ted Hughes], lo que ocurra más tarde».

(10) Eso sí: esta clase de trasvases eran algo común en la época, que no le tiente pensar en plagios y otros conceptos modernos. Fletcher escribió más piezas teatrales que adaptaban textos de Cervantes, entre ellas The Chances (basada en La señora Cornelia, una de las Novelas ejemplares) y Love’s Pilgrimage (basada en otra novela cervantina, Las dos doncellas).

(11) Una lectura muy recomendable para profundizar en esta historia es Cardenio entre Cervantes y Shakespeare, de Robert Chartier (Gedisa, 2012). También hay una entrada muy completa sobre el Cardenio en The Lost Plays Database.

(12) El sendero conecta Banyuls-sur-Mer, en Francia, y Portbou, en España. En España se llamaba camino Líster en alusión a Enrique Líster, a quien se atribuye su popularización como ruta de salida de refugiados republicanos al terminar la guerra civil española. En el resto del mundo se acabó conociendo como ruta F en alusión a Varian Fry, el periodista norteamericano que estableció una red de rescate para sacar de la Francia de Vichy a judíos y miembros de la resistencia. Lisa Fittko formaba parte de esta misma red. Hoy lo más habitual es llamarlo camino o ruta de Walter Benjamin.

(13) Mein Weg über die Pyrenäen (Hanser, 1985). En español se publicó como Mi travesía de los Pirineos (El Aleph Editores, 1988).

(14) Eso sí: Giorgio van Straten detalla en su Historia de los libros perdidos (Pasado & Presente, 2016) que «parece que no se encendieron fuegos» en aquella habitación, aunque no precisa cómo conocemos ese detalle.