La ruta del ajedrez (y II)

ruta del ajedrez
DP.

(Viene de la primera parte)

Probablemente no exista ninguna otra nación en el planeta con tantos lugares sagrados para el ajedrez como España, lugares con una significación histórica que —si nuestras autoridades alguna vez hubiesen sido medianamente competentes en lo cultural— deberían haber sido promocionados hasta la saciedad. Aprovecharemos la ocasión y trataremos de hacer un recorrido por algunos de esos lugares históricos y seguimos trazando, a grandes rasgos, el mapa del ajedrez en España.

Valencia: Fue en la capital del Turia donde hacia 1495 Francesch Vicent publicó un tratado —escrito en valenciano— y titulado Llibre dels jochs partits dels schacs en nombre de 100 (cuya traducción sería «Libro de juegos y partidas de ajedrez, en número de 100». Francesch Vicent proponía diversas modificaciones, como la del antiguo patrón de movimiento del alfil. Pero sobre todo introducía la sustitución de una antigua pieza de poca movilidad, la alferza, por la nueva y mucho más poderosa figura de la reina. Este libro es, pues, el primero donde se muestra el movimiento de la dama, ahora la más fuerte y decisiva del tablero —fue bautizada como «reina» en honor de Isabel I de Castilla—, marcando el hito histórico del nacimiento del ajedrez moderno. Durante mucho tiempo se desconoció que este origen había tenido lugar en Valencia y se atribuía el invento a franceses o italianos, pero la aparición de tratados de la época ha documentado que los valencianos pueden (o podemos) decir orgullosos que nuestra ciudad fue el lugar donde se empezaron a practicar els escacs tal y como se siguen jugando hoy en día. Pero no acaba ahí el asunto; también en Valencia se publicó la primera partida de ajedrez moderno jamás registrada. Fue en otro libro escrito en valenciano y titulado Scachs d’amor, del literato Bernat de Fenollar. Sus versos narraban la ocasión en que dos caballeros de la ciudad de Valencia, Franci de Castelví y Narcis Vinyoles, juegan una partida de ajedrez mientras se enzarzan en un debate sobre las mujeres, comparando la guerra de las sesenta y cuatro casillas con la dulce guerra del amor. Cada estrofa del texto lleva por título una jugada concreta de la partida que tiene lugar entre ambos, de modo que al final del poema se ha podido seguir perfectamente todo el juego. Un ejemplo: las primeras jugadas estaban descritas así por los títulos de los primeros párrafos:

Lo Peó del Rey va en la quarta casa (El peón de rey blanco avanza a la cuarta casilla).

Lo Peó de la Dama a la quarta casa (El peón de dama negro avanza a la cuarta casilla).

Lo Peó del Rey pren lo Peó de la Dama (El peón de rey blanco captura al peón de dama negro).

La Dama, a la quarta casa sua, pren lo Peo que li havia pres lo seu (La dama negra avanza a la cuarta casilla y captura al peón blanco que había capturado al suyo).

Lo Cavall de la Reyna va a la tercera casa de l’Orfil, tirant ves la Dama (El caballo de dama blanco va a la casilla tercera del alfil y amenaza a la dama negra).

La Dama se’n torna a son loch (La dama negra vuelve a su lugar).

L’Orfil del Rey va a la quarta casa davant l’Orfil de la Reyna (El alfil de rey blanco va a la cuarta casilla de la columna del alfil de dama).

Juga Cavall de Rey a la tercera de Orfil (El caballo de rey negro va a la tercera casilla del alfil).

Es decir, se estaba jugando lo que mucho más tarde se bautizó como «defensa escandinava» (que bien podría haberse llamado «defensa valenciana»). Así pues, nos hallamos ante la primera transcripción documentada de una partida de ajedrez moderno, que ya incluye el movimiento de dama introducido muy poco antes por Francesch Vicent. Como decía el maestro internacional e historiador ajedrecístico Ricardo Calvo, la «manera de jugar valenciana» se expandió rápidamente por la Corona de Aragón —incluyendo los territorios italianos— gracias al reciente invento de la imprenta, llevando las nuevas y definitivas reglas al resto de Europa.

Zafra: Uno de los nombres más conocidos para cualquier estudioso o aficionado del ajedrez es el de un extremeño del siglo XVI llamado Ruy López de Segura. Nacido en Zafra, Ruy López creó una apertura que está entre las más básicas incluso de la teoría ajedrecística moderna y que hoy en día sigue utilizándose incluso al máximo nivel de la competición. Hablamos de la «apertura española» o sencillamente «apertura Ruy López». Por lo que sabemos de alguna crónica de la época, ya desde su infancia dio que hablar Ruy López de Segura por su talento ajedrecístico (siendo también, por tanto, uno de los más antiguos niños prodigio conocidos, si acaso no el primero). Hacia 1560 estaba considerado el mejor ajedrecista de Europa —y por tanto del planeta— hasta el punto de que los libros de historia del ajedrez suelen considerarlo como el primer «campeón mundial» extraoficial. El jugador nacido en Zafra fue pues la primera gran estrella del ajedrez mundial y miles de jugadores siguen practicando los mismos movimientos que él inventó y popularizó en su tratado Libro de la invención liberal y arte del juego del ajedrez, uno de los manuales básicos en la evolución de los escaques, donde introducía conceptos como la «captura al paso». Por lo demás, Zafra bien merece una visita por su conjunto monumental —con el Alcázar a la cabeza, o la Colegiata de La Candelaria y sus retablos firmados por nada menos que Zurbarán y Churriguera— y por su precioso casco histórico. Cómo no, recientemente se ha celebrado allí el Festival Internacional de Ajedrez Ruy López. 

Salamanca: Aparte de Ruy López de Segura, el otro gran ajedrecista y teórico de su tiempo fue el también español Luis Ramírez de Lucena. Estudió en la Universidad de Salamanca y en dicha ciudad publicó un tratado que recogía el «ajedrez de dama» creado por el valenciano Francesch Vicent, pero unificando por primera vez todas las reglas modernas en un único tratado (ya que algunas de esas reglas estaban todavía dispersas en diferentes escritos). Titulado Repetición de amores y arte en ajedrez con 150 juegos de partido, es el tratado de ajedrez más antiguo en recoger completo el reglamento básico actual. Lucena discutía conceptos y tácticas como el enroque, el fianchetto y varias aperturas que en ocasiones se atribuyeron después (y erróneamente) a ajedrecistas posteriores, generalmente de fuera de España. Por si fuera poco, Salamanca es la cuna de uno de los mejores ajedrecistas españoles, el citado gran maestro Arturo Pomar.

Linares: Otro ejemplo de que en España la historia del ajedrez está ligada a poblaciones con un tremendo encanto histórico y monumental. Linares bien merece una visita por sus propios méritos estéticos y culturales, pero la aportación de la ciudad al ajedrez contemporáneo es sencillamente enorme. Allí se celebra desde 1978 el Torneo Internacional Ciudad de Linares, que podemos considerar el más importante torneo de cuantos se celebran en el mundo, dejando aparte las distintas fases del Campeonato Mundial. De hecho, la génesis de esta competición es un perfecto ejemplo de la importancia de la iniciativa privada para el ajedrez español. Fue un amante del ajedrez —el empresario Luis Rentero— quien lo fundó, aunque después alcanzó una repercusión tal que las autoridades (por fortuna) decidieron garantizar su permanencia. El Torneo de Linares es, pues, el mayor acontecimiento del mundillo después de la lucha por la corona. Buena muestra de ello es que la edición de 1994 se considera aún hoy el torneo más fuerte jamás celebrado, el primero en la historia del ajedrez que alcanzó la inédita categoría XVIII debido a la fuerza de los jugadores presentes… no por nada se suele hablar del Torneo de Linares como «el Wimbledon del ajedrez».

Gijón: Algunos de los primeros torneos verdaderamente relevantes celebrados en España tuvieron lugar en Barcelona y Madrid, pero durante los años 40 y 50 el torneo de la ciudad asturiana alcanzó una relevante categoría y celebró diversas ediciones de relumbrón con la presencia de campeones mundiales como Alexander Alekhine o Max Euwe.

Palma de Mallorca: La ciudad balear alcanzó su máximo esplendor ajedrecístico durante los 60 y los 70 con un torneo en el que participaron grandes maestros de primera fila y que tuvo en su registro de vencedores nombres como Bent Larsen o Viktor Korchnoi. Pero el verdadero gran hito en la relación entre Palma y el ajedrez fue el Torneo Interzonal de 1970, ganado de forma aplastante por un Bobby Fischer que comenzaba su astronómico ascenso hacia la corona mundial y que estaba ya dando muestras de un dominio aplastante (en aquel torneo tuvo una racha de siete victorias consecutivas).

Las Palmas: Otra ciudad insular que necesita poca presentación y que lógicamente posee más que suficientes atractivos para que el ajedrez no sea la única excusa, pero que además ha celebrado un torneo en cuyo palmarés han inscrito su nombre figuras tan importantes como Kaspárov, Timman o Ljubojevic

Dos Hermanas: El Torneo Magistral de la localidad sevillana es otro evento de importancia en el que han participado varios campeones mundiales —Kárpov, Kramnik, Anand, Topalov— y que también tiene un palmarés de auténtico privilegio.

Bilbao: Desde el año 2008 es la sede del importantísimo Masters Final que enfrenta a los vencedores en los más importantes torneos del año, los del Grand Slam del ajedrez (el de Linares está entre ellos). Así pues, en Bilbao han participado los más grandes nombres de la actualidad, incluyendo campeones mundiales: Magnus Carlssen, Viswanathan Anand, Vladimir Kramnik, Levon Aronian, Vaselin Topalov… en fin, un evento ajedrecístico de primerísima magnitud.

Madrid: La ciudad tiene un larguísímo historial de torneos nacionales e internacionales. Durante décadas ha albergado importantes eventos en los que han inscrito su nombre como ganadores jugadores de la talla de Alekhine, Keres o Kárpov. Durante los 90 alcanzó especial esplendor el Torneo Magistral de Madrid, al que acudieron grandísimos nombres como el mencionado Kárpov, Kramnik, Korchnoi o la húngara Judit Polgar.

Barcelona: Otra ciudad con un largo historial de torneos, destacando algunos de especial magnitud durante los años 20 (con la presencia del gran Capablanca, por ejemplo) y 30, o durante los 80. Por centrarnos en años más recientes ha destacado el Torneo Magistral Casino de Barcelona, en cuyo palmarés figuran Vassily Ivanchuk o el estadounidense Hikaru Nakamura. Pero, lógicamente, la lista de torneos de todo tipo y tamaño celebrados en la Ciudad Condal es larga.

San Sebastián: En la ciudad vasca se celebró en 1911 un torneo que está considerado uno de los más importantes de todos los tiempos, al cual acudieron quince de los mejores maestros del mundo en aquel momento, incluyendo al genio cubano José Raúl Capablanca, que por entonces contaba con veintidós años y se impuso ante casi toda la élite mundial (Rubinstein, Tarrasch, Vidmar, Nimzowitsch). San Sebastián fue la entrada por la puerta grande del futuro campeón mundial y absoluto dominador, imbatido durante varios años. 

Montilla: Durante los años 70 alcanzó el culmen el torneo local, donde compitieron en la localidad cordobesa algunos de los ajedrecistas más importantes de la época como el campeón mundial Kárpov, el excampeón Spassky, Polugaevsky o Gligoric. Por lo demás, otra ciudad que vuelve a demostrar que, en España, el ajedrez y las poblaciones con una bella arquitectura y un legado monumental suelen ir de la mano.

Hay muchos otros lugares que podríamos citar en los que se celebran o se han celebrado torneos relevantes, pero por motivos de espacio los dejaremos fuera (desde ya, pido perdón por ello). Algunas de estas localidades siguen albergando grandes torneos; otras dejaron de hacerlo por falta de apoyo financiero. Con todo, esta es una buena muestra de la enorme cantidad de lugares históricos para el ajedrez que existen en España; de hecho, una ruta ajedrecística completa cubriría prácticamente la totalidad del país. Este es un legado en el que no se suele hacer hincapié, pero realmente es un motivo de orgullo el que tantos momentos importantes del fascinante universo de las sesenta y cuatro casillas hayan tenido lugar en nuestras tierras, en pueblos y ciudades que —por si fuera poco— resultan suficientemente atractivas por sí mismas como para merecer más de una visita, pero que podemos mirar con otros ojos si las visitamos durante un torneo o si nos interesamos por su legado ajedrecístico. 


Un lunático en bicicleta: sobre José Manuel Fuente, el Tarangu

José Manuel Fuente, el Tarangu. Foto: TDP.

«Yo estoy seguro que era un lunático. Que le afectaba la luna, vaya», contaba, años más tarde Txomin Perurena. «No sé si era la llena o la nueva, en cuarto menguante o creciente, pero algo. Se le cruzaba un cable y no sabías por dónde iba a salir». 

Al fondo, una figura silenciosa, pequeñita, rostro cetrino y concentrado, ojos mirando no se sabe muy bien qué. Fumando. 

Al fondo el mejor escalador del mundo.

Con todos ustedes… José Manuel Fuente.

El Tarangu. 

Un chaval de Limanes

Hace calor en Torrelavega. Es 9 de septiembre, año 1968, y hace mucho calor en Torrelavega. Aquí pasa a veces, suradas tardías que dan dolor de cabeza. Conoce la zona, incluso llegó a defender los colores del equipo Horno San José (olor a azúcar del torrefacto en las terrazas de Argumosa). Pero José Manuel no piensa en eso. Lleva maillot del Renault (no el francés, no el mítico de años más tarde, aun es solo aficionado) y un cartel escrito a mano junto a su dorsal. Todos lo leen, se dan codazos. Qué se ha pensado este.

«Quien quiera ser segundo en la cima del Escudo que me siga».

Al final no le sale del todo bien. Demasiado esfuerzo, demasiado generoso. Allí, arriba del puerto mudo, mirando a un mar que es solo embalse, Antonio García y Miguel Ángel Lazcano lo adelantan. No importa. Son las cosas de Tarangu, dicen. 

José Manuel Fuente (Limanes, 1945) heredó el apodo antes que nada. En parte porque así funcionan los pueblos pequeños (y aquel lo era… pan de borona, casas con suelo de tierra, hórreos medio caídos enfrente del hogar) y en parte porque… en fin, no había mucho más en la herencia. Su padre fue Tarangu, su abuelo fue Tarangu. Nadie sabe el origen, nadie sabe qué significaba entre veredas y seles. En las bicis… en las bicis ha quedado para siempre como sinónimo de anarquista trepador.

No ha sido el único, claro. Bahamontes, por ejemplo. O Gaul. O Trueba, Vietto, Pottier, Loroño. Tipos con tanta decisión que, a veces, se les nublaba el juicio. Bueno, en el caso de Bahamontes casi siempre, pero era tan genial que vamos a pasárselo por alto. Artistas, diría uno que busca engolarse. Niños de la pobreza que no crecieron por completo, contestará otro. Nos cuadra con Fuente. Las dos. Alguien impredecible, inconstante, que pasaba del entusiasmo a la decepción en pocos minutos. Un pasado difícil. La casa humilde, cuatro vacas, maíz en los campos. A solo quince kilómetros del Pozo María Luisa, canturreo de las primeras huelgas mineras durante el franquismo. Una de esas parroquias donde la partida se juega en voz baja y, a veces, cuentan cosas entre susurros. Allí nació Tarangu. Eso era, de alguna forma, carácter. El mismo que lo obligó a completar la etapa al día siguiente de haber muerto su hermano en un accidente. Viaja a Limanes de madrugada, vuelve hasta Reinosa para correr, ataca subiendo el Bardal, forma la escapada por Barruelo, pierde el sprint mucho más tarde, en Potes. Corre en homenaje al hermano.

Falleció mientras él llevaba en la espalda un cartel anunciando ataques por el Escudo.

Bahamontes. Fotografía: Cordon Press.

 Ese turista del que usted me habla

En mayo de 1971 Dalmacio Langarica tiene cincuenta y un años, el culo pelado y mucha mala hostia dentro. «A este Giro venimos con nueve corredores y un turista». Lo último es un mensaje a Tarangu. Su director se las sabe todas. Consiguió domar durante veintiún días a Bahamontes en 1959, así que aquello es para él como jugar con un cachorrito. Y, además, tenía algo de razón. A Fuente lo ficha el Kas después de un año prometedor en Karpy. Fue el mejor neoprofesional en la Vuelta a España, vistiendo un invento jamás repetido que llevaba por nombre «Maillot Tigre» y tenía el peculiar aspecto que ustedes imaginan. Vamos, que era muy feo. En fin. Hizo decimosexto en aquella carrera. No estaba mal, pero pudo ser mejor si no se le hubiese cruzado por la testa (un aire que le dio) atacar como un loco en Orduña cuando aquella no era su guerra, ni su ritmo, ni su nada. Pájara y perdida paulatina de puestos. Pero vamos, que destacaba. Tanto que lo ficha el mejor equipo español de la época. 

Kas era, de hecho, casi una selección oficiosa. Con sus maillots amarillos de mangas azules (colores invertidos en el Tour, respeto al jaune obliga) los vascos monopolizaban el calendario. Estar allí es llegar a lo más alto… y Tarangu sufre vértigo. Desastroso en la Vuelta a España. No ayuda, no destaca, no asoma el morro en las cumbres. Acaba el 54º, solo por delante de otros catorce ciclistas. Así que lo llevan al Giro casi castigado. Y algo ocurre.

A Fuente le gustaba Italia e Italia amaba a Fuente. Su carácter anárquico, sus desfallecimientos, su pasión totalmente irrefrenable… Todo eso encajaba a la perfección con los transalpinos, que pronto adoptan a aquel tipo de flequillo y ojos profundos como uno más entre los suyos. Ganará el Gran Premio de la Montaña (primero de cuatro consecutivos) y la etapa que acaba en Sestole. Después de esa victoria Langarica se dispone a abrazarlo efusivamente y Tarangu se zafa. «Solo le doy la mano a quienes me han ayudado», dice. En las buenas y en las malas siempre es el mismo.

A partir de ahí… el show. 

Una nueva forma de entender las carreras

En 1972 Fuente sube cincuenta y tres puestos en la Vuelta a España. Vamos, que la gana. Todo fragua en una etapa que termina en Formigal, con su compañero Perurena de líder y el Tarangu escapado más de cien kilómetros. Bergareche, director de la carrera, implora a los del Kas que paren al asturiano. «Que no tiene nombre, no tiene caché, me jode la prueba, hacedlo desistir». Pero él… nada. Unos días más tarde demuestra que es un ganador digno (exhibición en Orduña, venganza del año anterior) y que está como una puta cabra (subiendo los Tornos se da la vuelta y baja unos metros para ayudar a que dos de sus equipiers, Lazcano y Linares, se reincorporen al pelotón). Ya está, es una estrella.

Y, esperando, Merckx.

«En el fondo tengo miedo. No quisiera que Merckx se ofendiera demasiado», dijo una vez el Tarangu. Otra boutade. Jamás conoció el temor, y menos contra el belga. Solo en su gesto (y en el de Luis Ocaña) encontró un rival digno. No de sus fuerzas, no… digno de sus ganas de lucha, de su morirse cada día encima de la bici. «Yo salgo a entrenar y si no vuelvo reventado me da la sensación de no haber hecho nada». 

Empieza este 1972, también, la leyenda de Tarangu con las pájaras. Desfallecimientos que le vienen con independencia de sus fuerzas, dejándolo pegado al asfalto. Él busca explicación en una escarlatina que sufrió de niño, «estuve diez días ciego». Sus riñones no curaron del todo y de ahí, decía, las bajadas de glucosa. Le pasó dos veces ese año en Italia. Camino de Catanzaro, vestido de rosa (había domeñado el Blockhaus, había traído recuerdos del mismo Bartali), cuando es incapaz de seguir a Merckx y Pettersson en un ataque casi de salida. O, bueno… los sigue y más tarde se descuelga. Por táctica, para cogerlos más tarde. Es inútil, aquel día el belga agarra el liderato y ya no lo soltará. El otro punto aciago es la ruta a Jafferau Bardonecchia, con Fuente atacando en Sestriere (eco de Coppi, antesala de Chiapucci) y hundiéndose en la subida final, un muro de seis kilómetros que Merckx sube a chepazos, masticando una naranja con piel (los hundimientos no entienden de mitos) y pasando por encima de Tarangu. A menos de mil metros de la llegada, allí donde lo surrealista toma forma, surge un árbol… en medio de la carretera. Un árbol. Como si fuese rotonda, pero sin serlo. Merckx pasa por su derecha, avanzando como un tractor. Fuente, un poco más tarde, toma el lado izquierdo, clavado a un asfalto que no es. Quedó segundo en aquel Giro (tercero y cuarto también fueron del Kas, su equipo mete a cinco entre los diez primeros), y se llevó la admiración de todos.

Porque era distinto. Con Fuente retornaba a los pelotones Bahamontes. O, al menos, el espíritu de Bahamontes. Atacar siempre que la carretera se empine. A plato Tarangu, con cadencia Fede. Pero hacerlo cada instante, sin desaprovechar una oportunidad. Tipos que ganan poco pero hacen perder mucho. Por eso le temían. Todos. Casi todos. Merckx, por ejemplo, no, porque (casi) siempre aceptaba una buena batalla. Dicen que si le intentó comprar en aquel primer Giro. Susurran que Tarangu respondió. «Cagonmimadre, a mí no me compran». Cuentan, también, que se engancharon disputando los puntos en un puerto intrascendente, sus manillares tocándose, casi caen. Tarangu fue donde el belga, lo agarró del cuello y gritó. «Tú eres muy grande y yo muy pequeñito, pero baja de la bici que te voy a matar». Eddy pidió perdón, no se sabe si convencido o asustado. Es el mejor corredor de la historia (es el mejor deportista de siempre) pero a los locos hay que tenerles cierto respeto.

Al año siguiente la estrella de Tarangu decae algo en Italia. Sufre calambres en la primera etapa (el asturiano se excusa con que un espectador le echó agua fría en las piernas) y queda pronto descartado para la general. Premios menores. Etapa y montaña. Igual no es tan bueno. Rumia en silencio. Ya verán cuando cuadre la luna, ya verán.

La apoteosis. Giro de Italia, año 1974. Jamás sufrió tanto Merckx para ganar una carrera. Nunca se vio, en décadas, escalador tan dominante. Cada vez que hay un puerto Fuente se marcha. Cuando quiere, como le da la gana. Se impone en Sorrento tras Faito, en Carpegna (il Carpegna mi basta, que dirá después Marco Pantani, hijo adoptivo de Tarangu), Il Ciocco, Monte Generoso, Tre Cime. También deja ganar a su compañero Lazcano en Iseo. Y entonces… oiga, ¿cómo es que no conquistó el Giro? La respuesta fácil es… bueno, porque era José Manuel Fuente.

Sucedió camino de San Remo. Duodécimo día consecutivo que llevaba la maglia rosa. Dos antes había superado la única crono del recorrido. Ahora quedaban los Dolomitas. Imposible caer derrotado. Más cuando Merckx no marcha. Jornada rompepiernas, agua y frío. Y el belga penando. Fuente lo ve. A este lo mato hoy. Pone a tirar a todos sus compañeros del Kas. Pero para qué, Tarangu, si ya eres primero. Aprieta, cagonmimadre, aprieta que lo destrozamos. Ya imaginan el final. Faltan treinta kilómetros a meta y Fuente no puede ni ver la carretera, tiene miedo de caerse en los descensos. Completamente vacío, perderá ocho minutos. Nadie se lo explica. Nadie, con todo, se atreve a tirar la toalla. Tarangu da una entrevista delirante en la misma línea de meta. «Yo vinzo este Giro. Porto una moral como aquesta torre que está ahí. Domani yo meto cinco minutis a Merckx». Es un chiflado, pero su forma es tan exuberante…

Lo demuestra aquí y allá. En Lavaredo, por ejemplo, después de pasarse la noche en vela, fumando, llamando a su esposa porque la echaba de menos, llorando por los pasillos del hotel. Los compañeros se enteran. En fin, fue bonito todo esto, llegará fuera de control. Gana la etapa, claro, y en meta se queja de que las Tres Cimas de Lavaredo no son tan duras, que hay un tramo de llano, que lleva un piñón de veinticinco dientes y le sobran dos, que con diez kilómetros más se hubiera puesto de líder. Nadie le entiende, todos lo adoran. Las imágenes de la subida, con tifosi entregados, transmiten, más que pasión, paroxismo. Al día siguiente intenta lo imposible, corona Monte Grappa con dos minutos sobre los favoritos, parece que puede lograrlo. «Me han perdido, me han metido por alguna carretera secundaria y he hecho más distancia que estos, porque si no… es imposible que me hayan quitado ese tiempo». Llora amargamente en meta, clama por injusticias, por conspiraciones. La etapa es para Merckx. El Giro, hace quinto, también.

Unos cineastas alemanes estrenaron una película sobre esa carrera. Se titulaba The Greatest Show on Earth 

Jose Manuel Fuente. El Tarangu.
Eddy Merckx. Fotografía: Cordon Press.

Un loco tan odiado

Lo llamaba el Loco. Eh, Loco, ven aquí, ho. Que Tarangu te diga loco tiene que significar algo, supongo. Un reconocimiento. No me jodas, otro igual. Somos dos para que el belga nos parta la cara, dos para ciscarnos entre nosotros. Lo odiaba de esa forma que solo se puede odiar a quien, en el fondo, admiras. O amas, qué más da.

Luis Ocaña nació el mismo año que José Manuel Fuente, pero llegó un poco antes a todo. Odisea de campos amarillos a campos verdes, montañas, luego la tibieza del sol en Aquitania. Estrella casi desde niño, el ojito derecho de Pierre Cescutti, aquel descubridor de talentos a pedales que antes fue soldado y, cuentan, se bebió una botella de champán de la bodega que Adolf Hitler tenía en su bunker. Él vio algo en Luis. La mirada triste, el gesto decidido, ese pelo negro que le ensortijaba las sienes. Sí, será un campeón, un nuevo Jacques Anquetil. Confió en él, lo guio hasta victorias entre los aficionados. El joven Ocaña, ese español que hablaba transformando «erres» en «ges», era una estrella desde siempre. 

Tan distintos.

Y, sin embargo, iguales. La misma determinación, la misma fiereza para no claudicar. El otro es el enemigo, el otro. Ese belga que sonríe torcido y gana (casi) siempre. Qué más da. Donde ambos corren terminan chocando. Es el Loco, que no me quita ojo encima, parece que los otros no importan, decía Tarangu. Con Fuente nunca sabes, contestaba Ocaña.

Dos episodios culminantes. Uno en Francia, otro en la Vuelta.

Les Orres, julio de 1973, entre las etapas más duras de siempre. Madeleine, Telegraphe, Galibier, Vars y final en la estación de esquí. Todos por sus vertientes más duras. Casi doscientos sesenta kilómetros. Y un Tour decidido a favor de Ocaña, que ha ido golpeando cada jornada a un pelotón que asiste, humillado, a meneos «tipo Merckx» incluso cuando Merckx no está. Ya ven, es jodido ser ciclista a principios de los setenta, amigos. En una de esas caza a Fuente. Las primeras etapas, llanuras, subidas en frío, adoquines. Pierde Tarangu diez minutos. Y se empieza a fraguar la leyenda. Bic, el equipo de Luis, acude a hablar con los ciclistas del Kas. Ayudadnos a mantener el amarillo en los Elíseos y todos saldremos contentos. Tarangu será segundo, os lo garantizo, y además va a ganar la montaña. Sumad libertad en las etapas, y la mitad de los premios en metálico. Componenda arreglada, trato inmejorable. Ocaña es el mejor, tiene la carrera hecha y los del Kas ya piensan en qué coche comprarse con esos francos tan ricos. Hasta que se entera Tarangu, Tarangu que dice «no». Tarangu que dice «cagonmimadre, que no me vendo, hostias, que no me vendo, que le gano al Loco el Tour». 

Y los del Kas vuelven a posar los pies en el suelo, fue bonito mientras duró, quién nos mandaría a nosotros juntarnos con lunáticos. 

Camino, decíamos, de Les Orres. Fuente ataca subiendo Telegraphe. Una vez. Plato grande, latigazo violento, las piernas de todos gimen, incapaces. Salvo Ocaña, que se encorva sobre su bici, saca la chepa que tanto admiraba Cescutti, llega a rueda de Fuente. Dónde vas, Tarangu, colaboramos y haces segundo en el Tour, dónde coño vas. Silencio. Otro arreón. Y otro. Hasta veintiuno cuenta Jacques Goddet, patrón del Tour. A mitad de Galibier Ocaña se cansa, enseña su rueda delantera a Fuente, empieza a tirar sin volver la mirada donde esos ojos que tanto se parecen a los suyos. Quedan casi ciento cuarenta kilómetros a la meta. Cinco horas en solitario. Dos sombras. Al final Tarangu pincha poco antes de la última subida y Ocaña consigue su más hermosa victoria. Jamás había llegado tan lejos en mi sufrimiento, dice. Luego se quedará dormido (la ropa de ciclista aun puesta, regueros de sudor sobre maillot dorado) en la cama de su hotel. No ha podido ni cambiarse. El tercero entra a siete minutos. El sexto, Joop Zoetemelk, a veinte. Dicen que si Ocaña y Fuente se han dado la mano al cruzar la meta el segundo. En silencio, reconocimiento mutuo. (Fuente será tercero en el Tour, adelantado por Thevenet tras la última crono. No logrará ninguna victoria de etapa, tampoco será el mejor escalador. Qué importa. No se había vendido).

Lo otro pasa meses después. En la Vuelta, territorio familiar para ambos. El gran duelo, los mejores ciclistas del momento (ausente Merckx) que se citan para dirimir aprecios y fobias. Fuente quiere repetir su victoria de dos años antes, Ocaña prepara el primer escalón hacia el gran reto: correr (y ganar, claro, porque correr para no ganar es inconcebible) las tres grandes vueltas en cinco meses de calendario. Una locura, un intento de hacer lo que el belga jamás haya hecho. «Eddy dijo que alguna vez intentaría ganar Vuelta, Giro y Tour seguidos, pero siempre se raja… Es un cobarde», dice Ocaña, porque los setenta eran así, desprovistos de corrección política.

Merckx, Petterson, Ocaña, Zoetemelk, Thévenet. Fotografía: Cordon Press.

Luego la cosa se fue de madre. Fuente vuela cada vez que la carretera mira al cielo, y le va goteando hostias a Ocaña aquí y allá. Tantas que, al final, sus dos máximos rivales resultan inesperados. Lasa, no-compañero en Kas. Y Agostinho, un veterano de Mozambique con espaldas de leñador y manos como paelleras que corría junto a Ocaña en Bic. Pasan cosas, muchas. Que Luis tose. Que se enreda en piques con Tarangu, que incluso tienen una caída por engancharse el manillar del uno en el manillar del otro. Fuente sentencia la carrera (eso parece) en el Naranco, ante su público, después de haberse jugado la vida bajando Pajares. Arranca a la altura de San Miguel de Lillo (herradura a la derecha, cambio de pendiente) y llega solo. Entra con una pierna en alto, cuenta él que para agradecer al doctor Capdevila que le haya operado con éxito de unas varices meses antes. «Mira mi venona hoy», gritaba el joven Tarangu cuando la tenía hinchada, «o reviento o les hago reventar a todos». 

(Da igual. Todos piensan que Tarangu ha dado a entender que gana solo con una pierna).

Al final Tarangu cae en la penúltima etapa y las pasa canutas para mantener el amarillo frente al luso. La crono final, exhibición del portugués. De hecho la megafonía anuncia que ha sido suficiente, que Tarangu pierde la Vuelta… pero luego cuentan, se llevan una, suman y restan y ven que no, que saca once segunditos después de casi tres mil kilómetros montando en bici. Agostinho, que vio morir y matar, que nunca desfallece, que, dicen, jamás lloró, sollozaba por lo que considera un robo.

Como un cerilla que se consume

Es una estrella fugaz, brillo extremo. Apenas tres temporadas en la élite. Para 1975 Tarangu no es el mismo. Lo contará años más tarde en su autobiografía, Ciclo de dolor. Que empezó la temporada corriendo carreras en Francia. Que allí tomaban estimulantes. Muchos. Que él también hubo de hacerlo para ponerse a su altura. No era la primera vez, claro. En una ocasión se tiró al suelo desde la bicicleta para ser evacuado a un hospital y no pasar el antidopaje. «Anfetaminas y esas cosas usábamos todos, vaya, pero yo nunca pasé la hepatitis por pincharme con las agujas de mis compañeros, como les ocurrió a otros», dijo ya retirado. 

Algo no va bien en su organismo. Abandona la Vuelta. Primera etapa del Tour, la del ataque suicida de Merckx en el Kapelmuur, fuera de control. Fuente habla de sus riñones, otros cuentan cosas más turbias. La Federación Española le somete a unos análisis. Prohibición. «No queremos un muerto sobre nuestra conciencia». Tarangu dice que es víctima de un complot. «Yo contra Franco nunca tuve nada, pero los políticos y la burocracia siempre me perjudicaron». Tan solo correrá un puñado de carreras al año siguiente, vistiendo la preciosa maglia bianco-celeste de Bianchi. Nada más. Quiso seguir con Teka en 1977, pero no consiguió los permisos correspondientes. Y estaba cansado. Tan cansado. Aquel ya no era su ciclismo, con Merckx arrastrándose y Ocaña estirando su carrera más allá de lo que la dignidad aconseja. 

Se fue Tarangu, se fue. Y a su espalda dejó una historia. Una sola, quizá. Pero verídica. La del escalador que atacaba con el plato grande. La del hombre que jamás se rinde.