¿Por qué hacemos listas a fin de año?

El escudo de Aquiles por Carlo Vincenti 1959 listas
El escudo de Aquiles, por Carlo Vincenti (1959).

Si nadie me pregunta qué es el tiempo, lo sé, 

pero si me lo preguntan y quiero explicarlo, ya no lo sé.

(San Agustín)

Con diciembre llegan las listas. Medios, redes y portales se llenan de compendios:

Los personajes del año. Los diez hechos que conmocionaron al mundo. Las mejores fotos. Las mejores películas. Lo mejor y lo peor de 2021.

También las mejores series, los jugadores del año, los goles del año. Los mejores libros del año y después los mejores libros de no ficción, las mejores novelas, las mejores novelas escritas por mujeres, las mejores novelas en español escritas por mujeres de menos de cuarenta años y así hasta el infinito: cada categoría puede subdividirse todas las veces que haga falta para confeccionar un nuevo listado. Cuando termina una década, a la lista del año se le puede sumar la de los últimos diez. 

Nos encanta hacer listas y tal vez la explicación debemos buscarla en ese misterio que es el tiempo.

Las recopilaciones que hacemos en diciembre nos ayudan a construir una idea de cierre ordenado para pasar a otra cosa. El tranquilizador, o inquietante, balance del año suele venir con una proyección para el siguiente porque diciembre también nos hace pensar en enero. Entonces con la recapitulación aparecen los pendientes, esa lista de deseos y metas para el año siguiente: hacer más ejercicio, dejar de fumar, comer más sano, aprender alemán, viajar por el mundo, arreglar la casa, divorciarse, conseguir otro empleo.

Una especie ya institucionalizada de lista es la bucket list, un género literario personal que cataloga esas cosas que nos gustaría hacer antes de morir. Google nos muestra cuáles son las actividades más populares que suelen incluirse:

-Presenciar una aurora boreal.

-Ir a una cacería de fantasmas.

-Conocer a tu celebrity favorita.

-Ver París desde lo alto de la torre Eiffel.

-Recorrer el país entero en automóvil/motocicleta/bicicleta.

-Conocer las pirámides de Egipto.

A caballo entre lo privado y lo público, en diciembre las cuentas de Instagram, Twitter y Facebook se pueblan de listas que son compendios que el algoritmo hace por vos. El resumen de lo que hiciste en el año, de las cuentas con las que más tuviste interacciones, de la música que escuchaste o de tus podcasts favoritos. «You spent 34 323 minutes listening», dice Spotify. Preferiste el vocal jazz, en segundo lugar el new wave, un tercer puesto para el classic rock, después los soundtrack y por último el indie folk. La canción que más escuchaste fue la de Neil Young «Harvest Moon»: 417 veces.

El escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov dice «las listas nunca son simples y sencillamente listas, siempre son algo más», son un intento de rescatar algo, de salvar cosas a tu alrededor porque de otra manera quedarían sumergidas para siempre. Crear una lista es como armar un arca de Noé y como diciembre es cada vez el mes que nos trae el diluvio, nos apresuramos a salvar cosas del olvido. Caemos en la cuenta del paso del tiempo.

Hacemos listas «porque no queremos morir», dice Umberto Eco. Porque con ellas hacemos comprensible el infinito en el mismo acto de establecer un orden. Tanto le gustan que les dedicó un libro: El vértigo de las listas. Para ordenar, primero habla de Homero porque en él están los dos grandes modelos, las dos poéticas que rigen a la confección de un listado. Una poética del «todo está aquí». El modelo cerrado.

Una poética del «etcétera». El modelo abierto.

El escudo de Aquiles es un todo cerrado. En el canto XVIII de la Ilíada la diosa Tetis encarga a Hefesto la construcción de un escudo para su hijo Aquiles. La historia sucede en un mundo de dioses, así que no debería asombrar la desmesura del trabajo: todo entra en ese escudo. Hefesto pone en su obra hombres y hechos de la historia, relatos y personajes. Son muchas cosas, incontables tal vez, pero no son infinitas. El escudo de Aquiles es una enumeración exhaustiva, una acumulación desmedida pero también orgánica: hay zonas delimitadas, orden, estructura y nada escapa por fuera de los límites de esa forma circular. El escudo de Aquiles es una lista acabada donde no hay nada para agregar.

El catálogo de las naves, en cambio, es una lista que podría continuar porque responde a la poética del etcétera. En el canto II de la Illíada, Homero quiere mostrar el poderío del ejército griego que se estaba acercando a Troya y, como son tantos los hombres, se ve obligado a abreviar y solo enumera las naves y sus capitanes. El resumen le lleva trescientos cincuenta versos. Han quedado fuera del repaso cada uno de los cientos de miles de guerreros que acompañan a cada líder griego y por eso el catálogo de las naves es una lista abierta como todas aquellas que no terminan sino que se suspenden por falta de espacio o falta de tiempo. Ponemos un etcétera, visible o no, al final del compendio cuando se vuelve imposible seguir contando. 

Así pasa con el repaso de las cosas del mundo, como está siempre amenazado por el infinito, nos quedan dos opciones: redundar en los etcéteras o diseñar una forma. Si queremos contar una vida podemos armar una historia cerrada o sumergirnos en una lista infinita de eventos. Lo mismo pasa con un año que termina, entonces hacemos un top ten y descansamos en la tranquilidad de la forma cerrada. Estamos construyendo nuestro propio escudo de Aquiles, que se refuerza con la ilusión que nos da el sistema decimal: el «número redondo». 

En el libro Listas memorables, Shaun Usher hizo su propia recopilación. Podemos ver los regalos de año nuevo que recibió en 1579 su majestad la reina de Inglaterra: un cinturón de oro con hebilla, tres enaguas de satén blanco, treinta y seis botones de oro de los cuales uno estaba roto, dos fundas de almohada, dieciocho alondras en una jaula. También las compras de Galileo Galilei: jabón, naranjas, cristal alemán pulido, dos balas de artillería, zapatos y sombrero. Las recomendaciones que en 1956 hizo Martin Luther King para que los negros viajen en autobuses integrados después del boicot al sistema público de transporte o los propósitos de año nuevo que en la misma época se hizo Marilyn Monroe: esforzarse más, ir a clase, prestar atención a sus fobias. 

Están las cosas que le gustan y las que no le gustan a Roland Barthes. Le gustan las novelas realistas, Julio Verne, la sal gruesa; no le gustan las mujeres en pantalones, las tautologías, los dibujos animados. Leonardo Da Vinci enumera los aspectos del cuerpo humano sobre los que le gustaría investigar: el bostezo, la parálisis, el deseo, la rotación de la pierna, la epilepsia, los mecanismos que hacen abrir y cerrar los ojos. Están los propósitos para el día que hizo Johnny Cash

1. No fumar.

2. Besar a June.

3. No besar a nadie más.

4. Toser.

5. Hacer pis.

6. Comer.

7. No comer demasiado.

8. Preocuparse.

9. Ver a mamá.

10. Practicar piano.

Leemos los diez mandamientos del estafador, el diccionario del bebedor, los efectos del opio y el decálogo de la mafia. Los pros y contras de casarse que hizo Charles Darwin y también la serie de objeciones que esgrimió su padre para evitar su viaje en el Beagle. Hay consejos de escritores, listados de escritores preferidos y el compendio de Ítalo Calvino con los tipos de libros a los que debe enfrentarse un lector antes de optar por alguno.

Desde Homero en adelante, la literatura se ha valido del arte de listar. 

Georges Perec registró todo lo que vio pasar delante de sí sentado en un café de la plaza Saint-Sulpice: colectivos, paraguas, citroens, palomas. Quería agotar un lugar parisino en tres días pero no había manera de registrar todo. También listó los recuerdos de su infancia, hizo una «Tentativa de inventario de los alimentos líquidos y sólidos que engullí en el transcurso del año mil novecientos setenta y cuatro» y describió el contenido de las estanterías y cajones de su casa. James Joyce enumeró cada uno de los objetos que Leopold Bloom tenía en un cajón de su cocina. David Markson sumó datos curiosos sobre la vida y la muerte de escritores, pintores y científicos que se convirtieron en tres libros. Sei Shonagon, en su diario íntimo, acumuló cascadas, amores, escenas de lluvia, aversiones o escenas de primavera como si fuera un atlas. Atlas, mapas y enciclopedias ordenan el mundo listándolo y el que mejor lo sabía era Borges, lector de catálogos y rescatador de enumeraciones, esa «súbita cercanía de cosas sin relación» que maravilló a Foucault

Cierta enciclopedia china donde los animales se dividen en a] pertenecientes al Emperador, b] embalsamados, c] amaestrados, d] lechones, e] sirenas, f] fabulosos, g] perros sueltos, h] incluidos en esta clasificación, i] que se agitan como locos, j] innumerables, k] dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l] etcétera, m] que acaban de romper el jarrón, n] que de lejos parecen moscas.

Eco dice que hay listas prácticas y listas poéticas. Sabemos por qué hacemos las prácticas: para armar el equipaje, para llevar la cuenta de las calorías ingeridas, para ordenar la compra en el supermercado, para no olvidar nuestras obligaciones. Las poéticas no tienen razones ni utilidad. Son literatura y nos dejamos llevar por el ritmo de la enumeración, la redundancia, la acumulación o la combinación de palabras.

Las listas de fin de año parecen no ser prácticas ni poéticas. A lo mejor son un placebo para que el paso del tiempo no convierta todo en mera acumulación de etcéteras, porque la vida no tiene forma de nada, ni siquiera de sucesión temporal, que es una ilusión de los calendarios y los relojes. Todas las listas del etcétera aspiran a la forma cerrada, por eso cada diciembre rescatamos algo de lo vivido y lo ordenamos con la esperanza de que no se pierda.

Si no listamos, las horas y los días y los meses y los años seguirán pasando y no quedará nada de lo que fue. Con la misma lógica sacamos fotos y con igual procedimiento el cerebro  procesa los restos diurnos cuando dormimos. Descartamos la mayoría, nos quedamos con unos pocos y así, sin saberlo, le vamos dando orden al caos. 

Cuando diciembre llega, caemos en la cuenta de que somos un año más viejos y entonces sobreviene la urgencia. A Gospodínov le gustan las listas porque son una especie de narración ansiosa. Cuando lo que falta es tiempo y espacio, no nos demoramos y rescatamos lo esencial, aquello que puede entrar en un arca: seleccionamos una pareja de cada animal y los ponemos en fila.


Cincuenta secuencias memorables en cincuenta películas menos memorables

Star Wars: Episode 1 – The Phantom Menace (1999). Imagen:  Lucasfilm

50. Chun-Li y M. Bison en Street Fighter (1994)

Una lección magistral de guion donde menos cabría esperarla: en la mamarrachísima adaptación de un videojuego de peleas. Aplíquese el cuento si es usted un supervillano: los grandes malos entran tarde a los diálogos y solo ellos les ponen el punto final.  


49. La secuencia inicial y el primer número musical de Shock Treatment (1981)

Escuche lo que le digo: esto lo rueda usted hoy, le quita las canciones y lo salpimenta con unos lens flare resultones y le queda un episodio de Black Mirror de los que hacen correr ríos de baba. La película, un musical de Jim Sharman y Richard O’Brien, se reseña frecuentemente como un spoof sobre la televisión, pero no lo es; es una distopía al estilo The Truman Show, (con la que, por cierto, comparte bastante detallitos). Su tema no es reality show, un género que en 1981 todavía no había pegado el petardazo, sino los quiz shows descerebrados y otros formatos delirantes de la telebasura de la época. ¿Es una película buena? No es una película buena. Es un brainstorming donde, en lugar de descartar las peores ideas, se han aplicado a la vez todas las ocurrencias. Y la música, pse. Pero con Sharman y O’Brien poca broma; estos señores hicieron The Rocky Horror Picture Show. Y Shock Treatment, de hecho, se vendió como una continuación de aquella, aunque en eso también engaña: no estaban ni Tim Curry ni Susan Sarandon, solo para empezar.


48. La muerte de Russell en Deep Blue Sea (1999)

Si se cuenta usted entre quienes aborrecen Sharknado (nosotros no, quede eso bien claro), le comento que hay algo peor que hacer Sharknado: hacer Sharknado con complejines, con la boca pequeña, como pasando vergüenza por estar haciendo un cantar de gesta flipado con tiburones de CGI. Y eso es precisamente Deep Blue Sea. Eso sí: al menos nos dejó una carnicería tan memorable como esta. Y con Samuel L. Jackson, nada menos, que precisamente con títulos como este ascendió al trono de las buenas películas malas. A su diestra se sienta Jack Black y algún día heredará su reino, pero a día de hoy el cetro es todavía de Samuel L. Jackson.


47. La escena del espejo en Absolutely Anything (2017)

Un buen gag, sí. Uno solamente. Con lo que prometía esta película, madre de Dios. Dirigía Terry Jones, protagonizaba Simon Pegg y contaba con Robin Williams y los Monty Python, juntos en la gran pantalla por primera vez desde The Meaning of Life.


46. El impacto del meteorito en Deep Impact (1998)

Es posible que crea usted haber visto ya esta escena sin haberla visto realmente; así es de parecida a todos los demás impactos de meteoritos que han venido después. Su astrofísico de referencia podrá confirmarle que realista, realista, lo que se dice realista, no es. Y en 2019 esta secuencia impresiona poco, empezando solamente porque contiene todos los clichés cinematográficos propios de este tipo de catástrofes. Pero dese cuenta usted de que Mimi Leder, con esta secuencia, fue quien acuñó esos mismos chichés. Deep Impact, que por lo demás es una película flojísima, marcó un antes y un después en la retórica de la devastación cinematográfica. Y sin música, ojito con eso.


45. La entrada de Wonder Woman en Batman v Superman: Dawn of Justice (2016)

A Batman contra Superman le ocurrió lo peor que le puede pasar a una película que se titula Batman contra Superman: que la mejor secuencia no sea ni de Batman ni de Superman. Es la primera aparición de Zack Snyder en esta lista y no será la última.


44. La conversación entre Karl Barnhardt y Klaatu en The Day the Earth Stood Still (2008)

Si se pregunta usted por qué John Cleese no se pone un calzado más decente para dialogar con un todopoderoso semidiós extraterrestre, se lo respondo yo: porque tiene la razón. Y tener la razón es no tener que quitarse las pantuflas. Así fue este remake del clásico de ciencia ficción de 1951: finísimo en unos tramos, particularmente en los duelos dialécticos, y bastísimo en todos los demás. Pero no le vamos a reprochar a Scott Derrison su fascinación con los efectos especiales digitales, que seguramente fue lo que arruinó la película; en Doctor Strange pecó de lo mismo y en esa ocasión le salió un espectáculo redondo.


43. La realidad virtual en Johnny Mnemonic (1995)

«Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia». Seguro que le suena. Es la tercera y más famosa de las leyes descritas por Arthur C. Clarke en Profiles of the Future. Johnny Mnemonic, tan poco lustrosa en todo lo demás, en esto acertó de pleno: su internet del futuro (el internet de 2021, se supone) era pura nigromancia. Aun así, casi cualquier película de los primeros años noventa en torno al asunto de la realidad virtual se parece a esta y es mejor que esta. Recomendaciones: Virtuosity, The Lawnmower Man y sobre todo la fabulosa Strange Days de Kathryn Bigelow. Y luego, ya si eso, Johnny Mnemonic.


42. La gran ola en The Perfect Storm (2000)

No hay mucho más que decir: es una ola buena en una película que va, fundamentalmente, de olas. Usted no sé, pero yo a esto lo llamo hacer los deberes y ya está. Si le interesa el historial delictivo del Wolfgang Petersen, en esta casa le dedicamos un artículo a su adaptación de La historia interminable.


41. Malas noticias en Robin Hood: Men in Tights (1993)

No lo diga, ya lo decimos nosotros: Mel Brooks, sí. El maestro del spoof, el profeta de las parodias, el hombre que hizo Spaceballs, The Producers y The Young Frankenstein. Mel Brooks en un recuento de películas poco memorables. A lo mejor ese es el problema, mire usted: que las comparaciones son odiosas. Robin Hood: Men in Tights no estuvo a la altura de casi cualquier otra película de Brooks, y aun así nos dejó escenas tan brillantes como esta.


40. La secuencia del tocador en Sucker Punch (2011)

Segunda aparición de Zack Snyder en esta lista. Su genio como realizador es simplemente innegable; que no da una a derechas desde 300 es casi igual de evidente. Esta secuencia no solo comporta mucha maña técnica; es también un ejercicio de virtuosismo en una película que iba de cualquier cosa menos eso (todavía no sabemos muy bien de qué iba Sucker Punch, para qué engañarle). Que no le extrañe encontrar esta misma secuencia junto a otras de grandes peliculones en este artículo que dedicamos al cine y los espejos.


39. La burocracia en Jupiter Ascending (2015)

Los lectores de Douglas Adams reconocerán la influencia aquí de los vogones, aquellos alienígenas suyos tan inclinados al papeleo y la burocracia. Y los más cinéfilos reconocerán el homenaje a Brazil, de Terry Gilliam, a quien las hermanas Wachowski invitaron a que hiciera un cameo dentro de la propia secuencia. Pero cuando una se gasta cerca de doscientos millones de dólares en hacer una película, sin embargo, la peor de las noticias es que una de las secuencias más baratas sea, a la vez, una de las pocas decentes de toda la cinta.


38. La entrada de Poison Ivy en Batman & Robin (1997)

Una reliquia, puro canon de aquellos Batmans pedorrísimos de la era BurtonSchumacher. Con su entrada triunfal (recuerde: entonces los supervillanos irrumpían en fiestas), su homoerotismo disparatado (recuerde las escenas de suit up) y uno de los gadgets más delirantes que se le conocen al hombre murciélago: la bat-tarjeta de crédito.


37. La escena del cristal en The Lost World: Jurassic Park (1997)

Ah, qué ironía. En la primera Jurassik Park Ian Malcolm le echaba en cara a John Hammond la ausencia de dinosaurios en su parque de dinosaurios; en la segunda, ahora protagonizada por él mismo, la mejor secuencia de acción tenía el siguiente recuento de dinosaurios: cero.


36. Hamlet en The Last Action Hero (1993).

Y cuidado, que no es la única secuencia que podríamos mentar; está también la del funeral, la de Charles Dance mirando a cámara y su discurso final en la azotea. Muchos reivindican hoy esta película, en parte por su valor nostálgico y en parte por su propio concepto metanarrativo, que por aquel entonces no estaba tan visto en las grandes superproducciones. Junto a Medicine Man, su anterior película, The Last Action Hero completó el hostión de espanto de John McTiernan, otrora fulgurante estrella de Hollywood; venía de hacer Predator, Die Hard y The Hunt for Red October, ahí es nada.


35. La aparición del rey en The Cell (2000).

De Zack Snyder o las hermanas Wachowski se podrá decir lo que se quiera, pero al menos completaron un pepinazo universalmente aclamado como tal y eso no se lo quita nadie. Tarsem Singh, sin embargo, lleva toda la vida en el candelero y todavía no ha hecho una sola película redonda. Las más completas son seguramente las dos primeras, The Cell y The Fall, y de ambas puede decirse prácticamente lo mismo: victoriosas en lo visual, regulín regulán en todo lo demás. Esta no es la única secuencia que salvaríamos de The Cell, porque tiene de todo: desde felices experimentos con gaseosa hasta muchos y muy logrados homenajes a hitos cinematográficos, como este a Fellini Satyricon.


34. La fuga de Grindelwaldg en Fantastic Beasts: The Crimes of Grindelwald (2018)

Nada que usted no sepa ya a estas alturas del carrete: la primera de la franquicia, Fantastic Beasts and Where to Find Them, es una maravilla; la segunda, Fantastic Beasts: The Crimes of Grindelwald, no hay por donde cogerla. Eso sí: la secuencia inicial, en la que Grindelwald escapa de la justicia, estuvo a la altura de las mejores batallas aéreas de la saga Harry Potter.


33. La muerte de Merlin en Kingsman: The Golden Circle (2017)

Y aprovechamos la ocasión para recordarle que la primera película de esta saga, Kingsman: The Secret Service, es un auténtico portento y que tiene usted que verla.


32. La conversación entre el doctor Chandra y HAL en 2010: The Year We Make Contact (1984)

Un duelo dialéctico en la continuación de 2001: A Space Odyssey y una lección sobre cómo componer un anticlímax cinematográfico. Pocos monstruos han tenido una redención mejor que la de HAL. Dígase, eso sí, lo evidente: si le interesa, lea mejor el libro, 2010: Odyssey Two. La película no es muy allá.


31. La muerte de Lord Beckett en Pirates of the Caribbean: At World’s End (2007).

Y otra redención, esta vez de un personaje menor en la franquicia Pirates of the Caribbean. Es tanta la machaconería de Disney con estas películas (seis han hecho, seis; y la cosa amenaza reboot, no se lo pierda) que al final, a fuerza de insistir, han salido un puñado de secuencias muy memorables. Esta no es seguramente la mayor de todas pero sí es la mayor entre las que aparecen en las entregas más flojas de la saga.


30. El cameo de Carrie Fisher en Scream 3 (2000)

Un cameo que lo tiene todo: autoconsciencia, metanarrativa, parodia del género… Y a Carrie Fisher, te adoramos Señor, interpretando a un chiste de sí misma en las horas más bajas de su propia carrera cinematográfica. Si no es el mejor cameo en la historia del cine, cerca le anda.


29. La abducción en The Forgotten (2004).

Un thriller que en España se tituló Misteriosa obsesión. Si el título le suena es porque uno de cada tres telefilms se titula así, no porque haya visto usted esta película. Es mala con avaricia pero tiene un gimmick como hay pocos, una cosa que quita el sentido. Y ejecutado con una sobriedad que hiela la sangre. La cosa pierde sin la hora previa de thriller emocional con Julianne Moore llorando a papo tendido, pero se hace usted cargo. Contexto: Moore es una madre que perdió a su hijo, un niño pequeño, en un accidente aéreo acontecido dos años atrás. Vencida por el dolor, se consuela con la idea de que haya sido raptado, pero cuando se lo confiesa a su marido este le dice que nunca tuvieron un hijo. Y en pleno relato de sus terribles tribulaciones emocionales, tachán: esto.


28. El final en Millennium (1989)

Un final a lo grande, casi de ópera. Un final rotundo, inapelable y desacomplejado. Un final como ya no se hacen finales. Pero si Millennium no ha accedido todavía al estatus de culto eso es que ya no lo va a hacer. Y a día de hoy todavía tiene un irrisorio 11% en Rotten Tomatoes. Que la película es rara y estrafalaria no se puede negar, pero también lo es Logan’s Run, del mismo director, y ahí está, todo un clásico. Por no tener no tiene ni una escena en YouTube que podamos enseñarle, tendrá que contentarse con el tráiler.


27. Ra da la vuelta al mundo en Gods of Egypt (2016)

Una secuencia memorable por su cualidad insólita; la mitología antigua abunda en el cine, la cosmogonía es otro cantar. No es nada frecuente, pero nada, que en el cine se ilustren cosmovisiones antiguas con este grado de literalidad.


26. El opening en The Flintstones (1994)

Una imagen vale más que mil palabras, y dos más que dos mil. Así que pocas hay que añadir a esta pantalla partida con dos secuencias: en una el opening original de los dibujos animados de Los Picapiedra y en la otra su adaptación cinematográfica. Del cartón piedra olvídese, eso lo de menos; en lo meramente cinematográfico, esto es pura filigrana.


25. La aparición de Gatsby en The Great Gatsby (2013).

Como le ha ocurrido ya a Baz Luhrman en alguna otra ocasión, también su adaptación de F. Scott Fitzgerald tuvo unos primeros veinte minutos espectaculares y luego hora y media de Dios sabe qué. La irrupción de Leonardo DiCaprio corona estos veinte minutos y lo hace con toda una exhibición de aquellas dos cosas que mejor le salen a Luhrmann: el ritmo cinematográfico y los fiestones.


24. La masacre inicial en Ghost Ship (2002)

¿Se le ocurre manera mejor de empezar una película? A nosotros tampoco.


23. La cámara subjetiva en Doom (2005)

La imitación es también un arte, le pese a quien le pese (y en el cine esto le pesa a mucha gente). La misma razón que avala el opening de The Flintstones un poquito más arriba es la que avala esta secuencia de Doom en la que la cámara adopta el mismo punto de vista que en el videojuego original (es decir, el punto de vista del jugador). Creatividad: cero. Merecimiento técnico: todo el del mundo y más.


22. La secuencia inicial en X-Men Origins: Wolverine (2009)

Una secuencia reincidente en todos los recuentos, como este mismo, de secuencias buenas en películas malas. Muchas veces se le granjea incluso una posición entre las tres mejores. A nosotros, lo admitimos, no nos parece precisamente la bomba, pero si obra el consenso en torno a su calidad, sea. Le damos la posición veintidós, eso sí, y ni una mejor. Ahí tiene usted la sección de comentarios: siéntase libre de expresar su descontento o proferir amenazas de muerte, lo que más le pida el cuerpo.


21. La explosión nuclear en Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull (2008).

Que no era plausible, dijeron. Que una nevera no protege del estallido de una bomba nuclear, dijeron. Que aquello desmerecía la verosimilitud de la saga, dijeron, porque se conoce que hasta entonces Indiana Jones era neorrelismo italiano. Ni siquiera era la peripecia más extravagante que acometía un cascadísimo Harrison Ford en Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, pero ellos erre que erre con la nevera. Usted ni caso, háganos ídem. Es una secuencia perfecta. Posdata: y nos quedamos con ganas de añadir a esta lista la persecución en la jungla.


20. Don’t Nobody Bring Me No Bad News en The Wiz (1978)

Tenemos los derechos de un musical que triunfa en Broadway, se dijeron; tenemos a Diana Ross y Michael Jackson en los papeles principales, se dijeron; tenemos a Quincy Jones como arreglista y a Joel Schumacher como guionista, se dijeron; y nos proponemos hacer blaxploitation en pleno auge del blaxploitation, se dijeron. ¿Qué puede fallar en la adaptación cinematográfica de The Wiz?, se dijeron finalmente. Respuesta: todo. O no, perdón, todo no. Varios números se salvan y algunos llegaron a ser excelentes, como este que protagoniza Mabel King como la Bruja Malvada del Oeste. Si le conquista, recuerde que la música original de este musical es portentosa.


19. Gollum y Bilbo en The Hobbit: An Unexpected Journey (2012)

Si algo bueno tuvieron las películas de The Hobbit, castigadísimas por la crítica, por el público y por cualquiera con ojos en la cara, es que las escenas más emblemáticas del libro salieron, por lo general, bastante bien. Nos referimos, por ejemplo, al pasaje de los trolls, al encuentro entre Bilbo y Smaug y a esta otra, el encuentro entre Bilbo y Gollum. Seamos optimistas: quizá algún día Peter Jackson quiera hacer historia y ponga a la venta por primera vez no una versión extendida, sino reducida, de su propia creación. Y solo entonces The Hobbit será la gran película que ahora mismo se esconde troceada entre casi nueve horas de metralla.


18. El nacimiento de Sandman en Spider-Man 3 (2007).

Por su valor lírico, cosa difícil de conquistar tirando de CGI a puro huevo. El resto de la película, seguro que se acuerda, fue una cosa absolutamente inexplicable.


17. El «parto» del rinoceronte en Ace Ventura: When Nature Calls (1994)

Sexismo, racismo, apropiación cultural… Nombre usted un charco, que la secuela de Ace Ventura lo pisa y en algunos hasta se revuelca gozosamente como un cerdo en un patatal. Nota para milenials: no, no es que esto fuese lo normal en aquel entonces y que la comedia haya envejecido mal, como reza el eufemismo. En esta reseña del New York Times de 1994, por ejemplo, ya se dice que los pueblos africanos aparecen retratados en la película «with goofiness verging on insult». El primer error: rechazar a Spike Jonze como director y poner en su lugar a un amigote, algo de lo que Carrey se arrepiente, y con razón, hasta el día de hoy. Aun así, la secuencia del «parto» del rinoceronte (y no hay comillas en el mundo para marcar debidamente ese «parto») se ha acabado convirtiendo en uno de los gags más celebrados del historial de Carrey, si no el que más.


16. Los dioses contra los titanes en Immortals (2011)

Inmortals tenía muchísimo estilo, eso no se puede negar. Ya decíamos más arriba que en eso Tarsem Singh es un maestro. Lástima que de todo lo demás anduviera justísima y que aquello no lo arreglase ni Henry Cavill con menos ropa que uno que se está bañando. El choque final entre los dioses olímpicos y los titanes al final de la cinta da una idea de la película que Immortals pudo haber sido con un texto solo un poquito más decente.


15. Londres engulle Salzhaken en Mortal Engines (2018)

Si Mad Max: Fury Road es o no es steampunk, en eso no entramos; que es la Biblia, en eso estaremos todos de acuerdo. ¿Por qué Mortal Engines no se quiso parecer un poco más a Fury Road y un poco menos a Wild Wild West, Van Helsing e incluso The League of The Extraordinary Gentlemen, por citar solo alguno de los ñordos soberanos a los que acaba recordando? Ah, misterio. Y eso que con una secuencia como esta, la que abre la película, ya estaba todo conquistado: solo había que repetirlo igual durante el resto de la cinta.


14. El cachalote y el tiesto de petunias en The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy (2005)

A la adaptación cinematográfica de The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy le dedicamos en su día su propio artículo, así de griega es la tragedia. No añadiremos más. Baste significar de nuevo esa cualidad tan suya, tan rara, que ya mencionamos entonces: casi todas las secuencias de la película son estupendas, pero el conjunto de todas ellas es una verdadera catástrofe.  


13. La escena de sexo de la piscina en Showgirls (1995)

Paul Verhoven, han cantado bingo. Tardaba en salir otro de los dioses mayores del «es tan mala que es buena». No vamos a decir que Showgirls fuese exactamente una buena película, porque mire, porque no. ¿Quiere una película de Verhoeven decididamente buena? Basic Instinct, Total Recall, Starship Troopers… Pero Showgirls no es esa película. Por más que incluya uno de los mejores polvos de la historia misma del cine.


12. La pelea final en The One (2001)

Una pelea que creó escuela en Hollywood, y quizá ese sea su mayor logro. Desde Kill Bill hasta las secuelas de The Matrix, durante años no hubo película de artes marciales que no tuviera una pelea reveladoramente parecida a esta. Dirigía James Wong pero la coreografía es de Corey Yuen, director The Transporter y de la bastante más recomendable Fong Sai Yuk (en España titulada La leyenda de Fong Sai Yuk), también con Jet Li.


11. El prólogo de Prometheus (2012)

Otra engañifa de Damon Lindelof, otro timo de la estampita. Otra vez que nos tomó el pelo, y con esta ya fueron ni se sabe. A Dios pusimos por testigo de que no volvería a hacérnoslo, pero nos lo hizo. Si esta película de Ridley Scott fue una de las mayores decepciones del cine reciente, buena parte de la culpa la tuvo precisamente su secuencia de apertura, que prometía el cielo.


10. Las bromas de montaje en Myra Breckinridge (1970)

En la reseña que le dedicaron en la revista Time con ocasión de su estreno se decía que Myra Breckinridge, con figurones de la talla de Raquel Welch, Mae West y John Huston, era «igual de divertida que un acosador de niños». Adaptada a partir de «la sórdida novelita de Gore Vidal acerca del cambio de sexo», se decía también, este «cuento incoherente sobre sodomía, castración, autoerotismo y mal gusto» constituía «un insulto a la inteligencia, una afrenta a la sensibilidad y una abominación para los ojos». Tocotó. Sobra decir que todas estas faltas son precisamente sus virtudes, aunque nosotros no la reseñamos aquí por eso. Son sus bromas de montaje, conseguidísimas y brillantes, las que acabaron creando escuela. Cuesta imaginar que algunas de las más recordadas en la historia del cine de humor, como las de Austin Powers, acaso llegasen a existir si no fuese por Myra Breckinridge.


9. La mujer posesa en Legion (2010)

Una lección de suspense cinematográfico en una película que constituía, por lo demás, una lección de lo que no debe hacerse.


8. El salto de un planeta a otro en Upside Down (2012)

«Demasiado rara, demasiado complicada, demasiado poco comercial; agudicemos un poco el romance, eso nunca falla». Algo así debió pensar alguien a la hora de hacer esta fábula a medio camino entre la fantasía y la ciencia ficción y queremos pensar que no su director, Juan Solanas. Craso error. Se les fue la mano y la cosa acabó en un ñoñísimo tsunami de almíbar. Por eso y solo por eso vamos a catalogar Upside Down en esta lista de cintas poco memorables (por eso y porque tiene un 25% en Rotten Tomatoes, tampoco nos vamos a engañar). Pero, ojo, no le recomendamos que huya de ella. De esta no. Esta véala.


7. La escena del piercing en The Sweetest Thing (2002)

Un gag burrísimo en lo que su tráiler vendió, incomprensiblemente, como una rom com convencional donde Selma Blair, Cameron Diaz y Christina Applegate no practicaban sexo con furries ni entonaban sentidas coplillas sobre el tamaño de los penes. Normal que luego la gente fuera al cine y saliese con la mirada de las mil yardas, que fue exactamente lo que pasó. Esta no es la única secuencia memorable de esta cinta escrita por Nancy Pimental, que entonces venía de escribir South Park, y quizá no sea la última que protagoniza el trío. Pese a su fracaso original, con los años The Sweetest Thing ha ido ganando cierto predicamento como cinta de culto y ahora se habla incluso de hacer una secuela.


6. Superman rescata el avión en Superman Returns (2006)

Cuenta con el emblemático leitmotiv de John Williams y eso siempre suma, hasta en este intento de reboot de tan caldosos resultados. Pero hay mucha maña cinematográfica en esta secuencia, fanfarrias aparte. Y hasta un sanísimo ejercicio de contención, habida cuenta de que rescatar un avión es una hazaña más bien modesta en el universo de Superman. Si fuera por estos cuatro minutos, nadie diría que la película tuvo un efecto devastador en la carrera de su protagonista, Brandon Routh, como no se había visto cosa igual desde lo de Hayden Christensen.


5. El prólogo de Valerian and the City of the Thousand Planets (2017)

No es que Valerian and the City of the Thousand Planets sea malísima; ocurre que tampoco es buenísima y para eso no tiene excusa, tratándose de una adaptación de los tebeos de Pierre Christine y Jean Claude Mézières. Tiene, eso sí, varios tramos estupendos y el opening seguramente es el mejor de todos.


4. El asalto al tren en The Lone Ranger (2013).

Diez minutos de perfección cinematográfica. Lo vamos a repetir: perfección cinematográfica. Es justo señalar que con el Guillermo Tell de Rossini arreglado por Hans Zimmer. Así cualquiera.


3. La estampida de zombis en World War Z (2013).

De nuevo, un gran bluf engordado por un arranque que no estaba nada mal. De nuevo, Damon Lindelof. No insistiremos en la gran, gran catástrofe que fue esta adaptación, pero sí conviene llamar la atención sobre lo magníficas que son algunas de las secuencias de acción de la primera mitad. Quitando a un indespeinable Brad Pitt que se empeña en (y consigue) sobrevivir al apocalipsis zombi con fular, esta secuencia de World War Z seguramente merezca figurar como una de las mejores que ha dado el género.


2. La persecución en la autopista en The Matrix Reloaded (2003).

Y esta es solo una; las hermanas Wachowski, que desde The Matrix no aciertan ni a la de tres, nos han dejado otras persecuciones en otras películas que bien merecerían figurar en esta lista.


1. El combate entre Qui-Gon Jinn, Obi-Wan Kenobi y Darth Maul en Star Wars: Episode 1 – The Phantom Menace (1999).

No podría ser de otro modo, en esto hay consenso: la peor película de la saga Star Wars tiene el mejor combate de la saga Star Wars.


Deje de preocuparse de una vez y aprenda a mirar el lado luminoso de la vida

Jot Down Magazine para Fox Life

«Dentro de mí hay una batalla constante entre dos lobos» dijo un anciano cherokee a un joven miembro de su tribu. «Uno lucha con el odio y la envidia mientras que el otro lo hace armado de amor, esperanza y felicidad. Está en mí y está en ti y también está dentro de todas las personas del mundo». «¿Y cuál de los lobos ganará la pelea?» preguntó el joven; a lo que el viejo respondió: «Aquel al que alimentes».

Más allá de la filosofía new age que pueda desprenderse de una leyenda india, o de si deberíamos considerar como consejeros vitales a unos señores con plumas y que vivían en tipis hace dos siglos —la respuesta es sí—; lo cierto es que, desde que la Ilustración desterró la amenaza de la muerte y la enfermedad como castigo religioso y la sustituyó por la confianza científica, los seres humanos hemos tomado un camino de vida casi uniforme: la búsqueda de la felicidad. Seguramente no deberíamos sucumbir a la dictadura de la felicidad porque puede tener consecuencias frustrantes pero, desde luego, tampoco deberíamos hacerlo ante el imperio del cinismo y el desánimo.

Quizá no se trate de buscar la felicidad, sino de encontrarla en pequeñas cápsulas de ese concepto tan elusivo que es la diversión. Y digo elusivo porque somos nosotros mismos los que lo acabamos eludiendo. Lo postergamos para después. Después de comer, después de correr, después de trabajar, cuando estemos de vacaciones. Y así, postergando, siempre estamos preocupados. Preocupados por lo que hacemos y lo que nos espera. Por el pasado y por un futuro que nunca llega y, por tanto, nunca nos deja divertirnos. Y es que, en realidad, deberíamos hacerlo constantemente y sin propósito.

El canal de televisión FOX Life nos propone divertirnos mientras comemos y cocinamos y corremos y trabajamos. Disfrutar del puro entretenimiento, del hacer las cosas porque sí. Sin más objetivo que pasarlo bien con lo que nos rodea. Atrapando los pequeños momentos que, haciéndole una pedorreta al cliché, son los que verdaderamente dan sentido a la vida. Puede que sea saboreando un twinkie, como Woody Harrelson en el cachondísimo apocalipsis de Zombieland, o cabalgando una bomba nuclear como el Mayor T.J. «King» Kong al que daba vida Slim Pickens en la película que nos ha proporcionado la mitad del título, o cantando en la cruz como Eric Idle en la que nos ha servido para la otra mitad. Puede que sea viendo la tele o tal vez poniendo en práctica alguno de los consejos que les proponemos a continuación.

Haga lo que mejor sepa hacer

Luis Moreno Mansilla solía decir que «uno se gana la vida con la segunda cosa que mejor sabe hacer». Teniendo en cuenta que, junto a su compañero Emilio Tuñón, formaron uno de los estudios más interesantes y más valiosos de la arquitectura contemporánea española, cuesta imaginar cuál sería la actividad en la que Mansilla era realmente bueno. Tuñón nunca se atrevió a preguntárselo. Por eso, en las preciosas palabras que pronunció en su funeral, llegó a la conclusión de que, pese a ser arquitectos, el espacio no formaba parte de sus preocupaciones vitales, solo el tiempo. Por eso hay que atraparlo.

Como lo atrapó Dennis Rodman, que fue una estrella de la NBA antes de ser pintoresco vehículo de acercamiento entre Corea del Norte y Occidente, grotesco actor de películas de hostias junto a Jean Claude Van Damme, y dedicado modelo de tatuajes, piercings y cortes de pelo alternativos. Comenzó a jugar al baloncesto en el instituto pero claro, al medir poco más de 1.68, no tuvo oportunidades reales de dedicarse a lo que más le gustaba y a lo que, en el fondo, sentía que era lo que mejor sabía hacer. Así que trabajó como camarero y como conserje hasta que en menos de un mes creció de golpe hasta los dos metros. Entonces, a los dieciocho años, atrapó el momento en forma de balón anaranjado. Y llegó a ganar cinco anillos de campeón con los Pistons y los Bulls, dos títulos de mejor jugador defensivo del año, dos apariciones en el All-Star y siete galardones como máximo reboteador de la temporada.

Tome fotografías

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Fotografía: Vivian Maier.

Hágase sonrientes selfies en palos de selfies, si quiere, pero busque un poco más, que hace más de ciento cincuenta años que la fotografía es arte. Y es el más instantáneo de todos, el que más tenemos a nuestro alcance. Así que explore y encuentre. En las calles y en los campos. Atrape gorriones y motocicletas y niños jugando y mujeres trabajando. Atrape el mundo porque, cuando tomamos una fotografía, establecemos una conversación con la realidad. Construimos la existencia en un intercambio de partículas y de ideas para, al final, transformarla en cuantos infinitesimales de tiempo.

Quizá pueda sumarse al concurso Atrapa tu Momento organizado por FOX Life. Quizá solo quiera fotografiar porque sí, porque le gusta el sonido del clic en la cámara o en el smartphone. Quizá sea como Vivian Maier, que trabajó como enfermera durante cuarenta años pero lo que mejor sabía hacer era tomar fotografías. Fotografías que no vieron la luz pública hasta 2007 cuando, a los ochenta y un años de edad, se tuvo que subastar parte de su trabajo para poder pagar precisamente el trastero donde se guardaba. Maier atrapó a hombres trabajando y a niñas jugando. Atrapó la vida de los Estados Unidos en cuarenta años y treinta mil imágenes y negativos.

Aunque quizá solo quiera hacerle una foto al último plato que ha cocinado.

Haga una tortilla de patatas

Tamorlan
Fotografía: Tamorlan (CC).

No tiene mucho sentido presentar a Ferran Adrià a estas alturas: es uno de los cocineros más importantes del mundo, principal artífice de la explosión planetaria de la cocina de vanguardia y de la consideración de la gastronomía como disciplina investigativa y casi artística, más allá de su obvia vertiente alimenticia. Además, si ha leído alguno de sus textos o sigue su abracadabrante —y merecidamente sugestiva— faceta tuitera, también sabrá que la preocupación intelectual de Adrià tiene menos que ver con los hipertecnificados sistemas de laboratorio que a menudo emplea en su cocina y más con la pura reflexión epistemológica. ¿Por qué una cosa es una cosa y no otra? ¿Por qué el contenido de un vaso de vino no puede servirse en un plato? ¿Un tomate natural que procede de una granja sometida a mil procesos e integrada en el mecanismo productivo de la sociedad es verdaderamente natural?

Su principal línea de trabajo tiene que ver con algo tan inherente a los fogones como son los mecanismos que modifican una materia prima para convertirla en un plato. De hecho, el cocinero catalán dice con frecuencia que le hubiera gustado ser la primera persona que batió un huevo y lo transformó en una tortilla. Y por eso todo este rollo, porque la tortilla de patata es el plato estrella de nuestra gastronomía y nos hace felices cocinarlo y compartirlo.

Lo bueno es que, si no son muy duchos en las artes culinarias, hay una receta al alcance de las pezuñas más torpes. Se le atribuye a El Bulli y posteriormente al propio Adrià, aunque no está nada claro quién fue el primero en concebirla o ponerla en práctica. Es la tortilla de patatas chips; patatas de bolsa, vamos. Según la receta de José Andrés, no hay más que batir los huevos, echar encima un bol de patatas fritas, dejar que las patatas absorban parte del líquido para que pierdan la rigidez y pasarlo todo por la sartén. Incluso hay versiones de la receta que sustituyen la sartén por el microondas, en el caso de que nos dé miedo el fuego. Seguramente nuestra abuela no aprobará esta tortilla, pero siempre podremos decir que cocinamos como los mejores del mundo. Y además, nos vamos y divertir y no tendremos que mojarnos en la eterna lucha que enfrenta a los cebollistas contra los sincebollistas.

Mójese

Pero de verdad. Váyase a la playa. Encuentre playas nuevas. Guárdese un par de horas y métase en las aguas de la cala de Baladrar, en el municipio alicantino de Benissa, y descubrirá un Mediterráneo que no parece el Mediterráneo. Pasee por la playa de Barra en Cangas do Morrazo, que es como la de El lago azul pero cambiando las palmeras por un formidable pinar y los cuerpos desnudos de Christopher Atkins y Brooke Shields por los de valientes —valientes por la temperatura del océano— gallegas y gallegos. También desnudos, por cierto, que Barra es una de las mejores playas nudistas de la península.

Váyase a las Piscinas das Marés, que dialogan con el Atlántico en frases de Álvaro Siza o a las ondulantes que Alberto Nicolau construyó en Valdemoro. Llene un barreño y remoje los pies en el balcón o cuélese en las piscinas de su vecindario como Burt Lancaster en El nadador o báñese de cuerpo entero en una fuente pública, aunque su equipo no haya ganado ningún título. Anita Ekberg lo hizo en la Fontana di Trevi y no tenía ninguna pinta de ser futbolera.

Cánsese

Marcin Gabruk
Fotografía: Marcin Gabruk (CC).

Juegue una pachanga con los colegas, un partido de solteros contra casados o uno de rivalidad secular. Eche unas canastas o patine o monte en bicicleta o corte troncos o salga a correr, sea usted runner o no. Y si aún no ha vuelto de la playa, nade. Haga como Selina Moreno, que comenzó a nadar a la tardía edad de veinte años y fue poco más que una deportista amateur hasta que en 2005, y con treinta y tres años recién cumplidos, le fue diagnosticado un cáncer de mama. Pero siguió nadando. Como buenamente pudo, con parones y a veces con dolor, hasta superar la enfermedad. Y después siguió nadando. Nadó mucho más y mucho mejor de lo que había podido antes y, hoy en día, es una de las pocas mujeres en haber nadado el estrecho de Gibraltar, el canal de la Mancha y la vuelta a la isla de Manhattan. Dice que el deporte le ayudó no solo a mejorar la movilidad en el brazo izquierdo y a apaciguar los dolores musculares y articulares, sino que también le sirvió como empuje de autoestima.

Sí, la autoestima, la liberación de endorfinas y la mejora física son varias de las obvias ventajas de cualquier práctica deportiva. ¿Pero saben cuál es la mejor? Cansarse. Cansarse de verdad. Cansarse como nos cansábamos cuando teníamos diez años y nos pasábamos la tarde correteando por la calle y triscando por los descampados, que llegábamos a casa derrotados pero felices. Porque hay pocas sensaciones más satisfactorias que meterse en la cama con el cuerpo en pacífico agotamiento.

Duerma

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Infografía: Jason Feifer, cortesía de New York Mag.

Si hay que atrapar todos los momentos, también hay que atrapar el sueño. Así que apague las luces y váyase a la cama a dormir. Haga de su dormitorio un reducto analógico, un santuario del sueño. Sin ordenadores ni tablets ni smartphones. Y duerma las horas que necesite. A pata suelta. Sean cual seas su horas, manténgalas y construya unos hábitos lo más persistentes posibles.

Puede hacer como Thomas Mann, que se acostaba a las doce y se levantaba a las ocho; como Marina Abramović, que se mete en la cama a las diez y se levanta a las seis; como Honoré de Balzac, que dormía de seis de la tarde a una de la madrugada pero luego se echaba la siesta de ocho a nueve y media de la mañana y así parecía que se despertaba como todo el mundo; o como cualquier otro de los grandes creadores de la historia que aparecen en esta formidable infografía que la New York Mag publicó en 2014. Claro, copiar sus hábitos de sueño no les hará ser como ellos, pero se van a levantar de mejor humor y con todo el día por delante para jugar.

Juegue

Dice Richard Jenkins en la amable comedia Amor y letras que «Nadie se siente como un adulto. Es el secreto mejor guardado del mundo». Y tiene razón: ser adulto está sobrevalorado, lo que mola es jugar. A todas horas y en cualquier lugar. Jugar a pistoleros y forajidos en la calle o delante de un tablero; jugar al parchís o al milenario go, que ya aparece en las Analectas de Confucio hace dos mil quinientos años; jugar al teléfono estropeado o a aprender japonés en batallas de cartas mágicas o a huir de dioses primigenios en medio de un pueblo de la ribera madrileña del Tajo.

Jugar a la rayuela con tiza en el asfalto o sobrevolando las ciento cincuenta y cinco capítulos de la obra magna de Julio Cortázar. Jugar al ajedrez como Bobby Fischer o por los cien saltos de caballo que George Perec nos propone en La vida instrucciones de uso. Jugar en paisajes que no existen o en momentos que no puedes perderte. No se canse nunca de jugar, háganos caso.

No nos haga ni puto caso

En esta casa somos así. Tan pronto proponemos hacer listas como nos desmarcamos virulentamente de ellas (proponiendo otra). Un día le conminamos a que abandone los libros de autoayuda y otro le escribimos dos mil palabras intentando ayudarle. Pues bien, si no quiere hacernos caso, no nos lo haga. Porque eso es fenomenal. Quizá sus cápsulas de diversión son distintas a las nuestras; puede que les incomode profundamente que le digan lo que tiene que hacer; tal vez ya ha encontrado la felicidad.

En cualquier caso, habrá tomado una decisión. Y, si nos permite un último consejo, siga haciéndolo. Siga tomando decisiones, siga haciendo lo que a usted considere adecuado. Siga teniendo una opinión propia, inducida, firme, cambiante, reflexiva o irracional. Pero haga el favor de dejar de preocuparse y diviértase. Diviértase en la calle o viendo FOX Life. Diviértase solo o acompañado, cocinando o corriendo, durmiendo o nadando o tocando música o jugando a videojuegos. Trabajando y de vacaciones. Diviértase siempre.

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Imagen: Hawk Films/Columbia Pictures.

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¿Listas? Ni una más, por favor

Ludwig Van Beethoven. Imagen: DP.
Ludwig Van Beethoven. Imagen: DP.

Odio las listas. Esas listas de los mejores castillos templarios o grupos de rock cristiano o pelis de cine laosiano. Me da igual que pretendan ser serias o que pretendan ser graciosas. Ni las primeras ni las segundas lo consiguen. Hacer listas es propio de tipos infantiles (y, por tanto, afectados por el egotismo y la psicopatía propia de los niños) y consumirlas es propio de personas inseguras que son incapaces de tener criterio propio y necesitan que alguien les diga lo que tienen que deglutir. Los intelectuales sabemos que el mundo de la cultura es un mundo sin absolutos, en el que es imposible ordenar la supuesta excelencia, siquiera porque todo es cultura y nada lo es, y lo que se pretende con esas clasificaciones es cosificar la experiencia subjetiva y convertirla en un producto embalable susceptible de transacción económica.

Por esta razón, me parece lamentable que este medio para el que escribo lleve tanto tiempo cediendo su espacio a encuestas absurdas sobre termas variopintos y publicando artículos extravagantes en los que determinados autores pretenden demostrar conocimientos arrogados que envuelven con comentarios banales y categorizaciones absolutas sobre lo que tiene o no valor. El adalid de esta práctica es Cristian Campos, del que por no decir nada malo no me quedará sino callar.

Es tal mi hastío que he decidido dejar de callar y demostrar que cualquier lista es arbitraria. Mi demostración no solo busca conmover las conciencias. La creación intelectual es única e incomparable. ¿Qué nos autoriza a decir que el sonido de las trompas tibetanas es más valioso que la Victoria de Samotracia? Por la misma razón, alguien podría decir que estoy incurriendo en una grave contradicción, ya que nada me autoriza a decir que el artículo que escribió Cristian Campos sobre las mejores «hostias» en el cine es menos valioso, no que la Victoria de Samotracia, sino incluso que este mismo que estoy escribiendo. ¿No decía, sr. Rabtan, que todo juicio absoluto es arbitrario? Bah. No voy a caer en la fácil refutación —paradojas de Russell a mí— porque creo en el hombre de acción y lo mejor es dar trigo.

Esa es mi apuesta. Qué mejor manera de ridiculizar las listas que haciendo una, una que podría haber escrito Cristian Campos y publicado esta revista, con veinte lamentables momentos musicales de veinte autores distintos. Si son capaces de seguirla hasta el final habré ganado, ya crean que escribo en serio o en broma: si escribo en broma la lista es inútil porque todo es falso y si escribo en serio ya me contarán qué hacen leyéndola, puesto que no sirve para nada. Y si no son capaces de terminar la lista, habré ganado también, al demostrar que se trata de un empeño absurdo.

Allá voy. La música que Tsevan Rabtan no se llevaría a una isla desierta (aunque tuviese algún tipo de reproductor musical y, además, energía disponible y utilizable):

20. Sederunt Principes

No, este organum de Magister Perotinus Magnus —un tipo del que apenas conocemos el nombre— no es música gregoriana. Aunque es igual de insufrible. Es un pastiche. Como lo que hacen esos que cogen una canción famosa y le meten interludios hip-hop. Utilizaban melodías gregorianas conocidas y sobre ellas, alargando cada nota en plan gaitero pesado, construían pasajes larguísimos en «discanto» (no soy yo el que decidió que se usase ese prefijo). Notas y más notas cantadas sobre una vocal concreta conforme a una serie de modos rítmicos. Los que nos quieren convencer de que escuchemos esta obra de hace ochocientos años hablan del majestuoso efecto de bloque sonoro que se produce. Yo, la verdad, la uso a menudo, junto con el himno de la extinta URSS, para molestar a los vecinos.

19. Gnosienne n.º 1

Esta musiquita es la favorita de las Amelies que van por el mundo, tan lánguida ella y ellas. Además la puede tocar al piano hasta un borracho con los brazos amputados. Es, por tanto, perfecta para incluirla en una recopilación para señoras preñadas o bebés a los que quieres convertir en perfectos gilipollas con problemas existenciales desde primero de educación infantil. No hagan caso a los que insisten en que Satie es capaz, con medios mínimos, de producir un efecto onírico, mágico, perturbador y extático. Nadie les dio una buena paliza en el patio del colegio.

18. Musica notturna delle strade di Madrid

Esta obra cansina se ha terminado haciendo popular porque es fácil de cantar. De hecho ahora mismo estoy cantando el pasacalle. Lo malo es que puedes enlazar el final con el comienzo todo el rato, hasta morir de inanición. Es como un gusano maligno y contagioso. ¿Recuerdan aquel capítulo de Seinfeld en el que George Costanza no puede dejar de cantar una canción de Los miserables? Pues así pasa con estas machaconas melodías que el propio Boccherini consideraba ridículas e incomprensibles fuera de España. Ya me contarán cómo va a entender un guiri anabaptista el requiebro, la risotada entre amigos y el zumbido madrileño de la noche en primavera.

17. Erbarme Dich, Mein Gott

¿Han escuchado alguna vez entera la Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach? No lo hagan, por favor. Dura más de tres horas, está en alemán y, como te toque al lado un melómano que no se haya duchado hace días (y sé de lo que hablo), puedes terminar comprendiendo a los romanos y deseando crucificar al director, los cantantes —sobre todo al pesado de los recitativos—, al coro y a todos los de la orquesta. Y todo para que lo más animado que escuches sea a un San Pedro que comió demasiado cuello de pollo hormonado y que, en vez de andar acojonado por lo que le harán los colegas por el asuntillo del gallo, se dedique, acompañado por un violinista, a pedir perdón a Dios en plan representante de todos los hombres que en el mundo han sido. En fin, si usted es de llanto fácil y decide que le gusta esta aria para contralto, aplíquesela y perdónese.

16. Trío para piano y cuerdas n.º 44

«Papá» Haydn. Con el nombre ya está dicho todo. Un señor famoso por una sinfonía en la que imita un reloj y, durante mucho tiempo, por supuestamente haber compuesto una boba sinfonía de los juguetes que ni siquiera es suya. Dicen que el público de la época se lo pasaba bomba con sus sorpresas, sobre todo rítmicas. Ya ven, me los imagino aplaudiendo, como los espásticos del concierto de año nuevo, enrojecidos por la ingesta de enormes cantidades de cerveza y salchichas. Además, compuso tanto que o tenía un negro o era un copión. Vamos, que no me creo eso de que en sus manos el estilo clásico alcanzó una variedad, profundidad y perfección insuperadas. Seguro que sigue siendo un preferido de los que asisten a conciertos por todo el mundo porque su nombre es fácil de recordar.

15. Lamento della ninfa

Siempre que escucho madrigales me pregunto cómo se reproducía esa gente. Y este, de Claudio Monteverdi, es uno de los peores. Una ninfa padece males de amor y, mientras, unos tíos se dedican a comentarlo diciendo «pobrecilla» una y otra vez, sin siquiera plantearse consolar a la ninfa. Y todo para lograr un supuesto efecto teatral que lleva a algunos a considerar esta obra un monumento inmarcesible del sentimiento amoroso. Unos capados, vamos.

14. Tapiola

Sí, yo también estoy harto de las brumas del norte y los bosques ancestrales llenos de dioses. Sibelius es un buen ejemplo del tostón que asoló la música europea cuando, en vez de consumir lo que venía de la parte civilizada del continente, la gente de la periferia se puso a componer usando como inspiración poemas rarunos, cuentos de la vieja y folclores que solo pueden gustar a un lapón que lo más que ha escuchado es la berrea de un reno. Tapiola es la última obra de Sibelius, se supone que inspirada en el dios de los bosques y en no sé qué duendes socialdemócratas. Normal que quemase una octava sinfonía en la que venía trabajando después de inquietar al personal con esta obra sin tachanes para saber dónde aplaudir.

13. Misa Ave Maris Stella

El autor de esta misa fue famosísimo en su época y esto es un mal síntoma. Si te aprecian tus contemporáneos es que no eres profundo ni ná, ya que todos sabemos que un buen artista tiene que pasar hambre, penalidades y ser objeto de mofa por los niños del barrio. Tan evidente es esto que estoy por afirmar que los mejores compositores, literatos y pintores están todos por descubrir aún. En fin, Josquin Des Pres vivió entre los siglos XV y XVI y no sabemos muy bien qué compuso ya que los jetas ponían su nombre a cualquier obra para sacar dinero. Se supone que esta misa es un ejemplo sublime en el que el borgoñón (no es un insulto) es capaz de realizar un trabajo contrapuntístico delicadísimo que produce un extraño efecto eufónico y a la vez dramático, que es especialmente espectacular en el Hosanna en el que el cantus firmus situado en el tenor produce un marcado y potente efecto de ostinato. Esto lo acabo de sacar del comentario de YouTube. Espero que a ustedes les sirva para algo.

12. Châtiment Effroyable

Situémonos: los griegos se han marchado de las playas de Troya y han dejado un caballo de madera. En la ópera Los Troyanos, Hector Berlioz obliga al coro a cantar esta gilipollez: «mira qué caballo de madera más tocho, en su panza cabe un batallón», y aun así se empeñan en meterlo en la ciudad. Vale, son idiotas, pero no parece que demostrar que lo son sea la finalidad principal de la composición. La mayor parte del primer acto consiste en recitativos y arias de Casandra, la troyana gafe y cuñada que no hace más que predecir males espantosos, hasta que el único con dos dedos de frente, Laocoonte, decide comprobar si hay que temer a los griegos que traen regalos y es devorado por unas espantosas serpientes marinas. En fin, que esta oda a la estupidez carece del más mínimo suspense. Ya sabemos qué va a pasar desde el principio. Es una ópera de losers sin encefalizar. Por cierto, ¿no se han dado cuenta de que la mayoría de las óperas consisten en eso, en ver cómo el héroe o la heroína las pasan putas y normalmente mueren en el último acto? O los aficionados son unos sádicos o los músicos unos amargados incapaces de contar una historia pelín optimista.

11. Liebesnacht

Aunque, bien pensado, casi mejor que los compositores operísticos se dediquen a la muerte, la destrucción, las enfermedades infecciosas, los cuernos y todo tipo de calamidades, porque cuando se ponen a cantar al amor son capaces de acojonar incluso a los «germanoparlantes». Y si no fíjense en lo que Wagner hace cantar a Tristán e Isolda cuando por fin desatan su pasión amorosa. Lo de Enrique V el día de San Crispín suena menos belicoso.

10. Music for 18 musicians

¿Su alma es en el fondo la de un poligonero, pero no quiere pasar por un cazurro sin «inquietudes»? No lo dude, busque obras de música minimalista, como esta de Steve Reich, e introduzca algo de su cosecha. Por ejemplo, mírese en un espejo mientras escucha Music for 18 musicians y diga de vez en cuando, de forma entrecortada «sé fuerte, sé fuerte». O hágalo mientras contempla, sin voz, Abuelo made in Spain, la gran película de Paco Martínez Soria, que tiene una duración similar. Le espera una epifanía y ahorrará mucha pasta en psicotrópicos.

9. Adagio

Hay que reconocer que uno de los méritos de muchas obras de música clásica es el de resultar excelentes para conciliar el sueño. Son obras que tienen una estructura intelectual similar a la de las ovejitas que saltan vallas, y además cumplen una finalidad social. Este movimiento lento del quinteto para cuerdas de Schubert es un buen ejemplo. Eso sí, duérmase antes de que llegue la parte central en fa menor. Ya saben, los músicos románticos no podían hacer algo sencillito, con sus pizzicatos y sus melodías entrecortadas, sin meter algún pasaje con el destino llamando a la puerta.

8. 14.ª sinfonía

¡Qué vienen los rusos! No podía faltar en esta lista la atormentada alma eslava de los huevos que, como su apellido indica, atormenta a toda la humanidad con la sonoridad del ruso. Nos dicen que esta colección de canciones a la que el cachondo de Shostakóvich llamó sinfonía tiene como nexo común el tema de la muerte tratado de forma tan directa y pesimista que se supone que contiene un significado oculto de protesta nihilista contra la tiranía. Bueno, eso o cualquier otra cosa chunga que se les ocurra. Se han llegado a buscar tantas segundas intenciones en la música del soviético que, si alguno de ustedes dice que le parece una glosa a la enajenación mental o a la ebanistería fina, a lo mejor hasta le publican una reseña en la revista de alguna de esas universidades norteamericanas controladas por jipis. Fíjense: un tal Pavel Apostolov, enemigo jurado del compositor, tuvo un infarto en uno de los ensayos y palmó en un mes. Ya ven, ni un ruso aguanta esta música.

7. Tristes apprêts

Rameau es un enchufado. Como Truffaut. Uno de esos que, tras años de explicar a los demás qué es buena música o qué es buen cine, se meten a artistas. Ya saben, gente acartonada, con la cabeza llena de teorías. Normal que los conservadores le acusasen de «italianizar» y de ser demasiado culto. Además, da un poco de asquito tanta contención: canta Telaira, una ninfa, en las honras fúnebres de Cástor, su novio, y parece que estuviera comentando lo triste que se siente al comprobar que la renta le sale a pagar.

6. Quinteto para clarinete y cuerdas

Una de las virtudes de Brahms es que se trata de un compositor reconocible. Escuchas algo y te dices: ¡eso es de Brahms, fijo! Esos parones, esos cambios de intensidad, esas melodías que, variadas, evolucionan dentro del discurso musical, unificándolo en un todo orgánico. La consistencia y coherencia de su obra son grandes valores en el caso de un músico como él, que compuso tantas obras y tan largas. A modo de ejemplo, le recuerdan a uno los discursos de Fidel Castro. Permiten, una vez has escuchado un par de minutos, dedicarse a otra cosa sin perderse nada sustancial. Y además puedes comentarle a los amigos melómanos lo mucho que te gustó tal o cual obra que no has escuchado. No hay peligro de que te pillen.

5. Ruhevoll, poco adagio

Mahler da yuyu. Decidió usar unos poemas escritos por Friedrich Rückert, destrozado por la muerte por escarlatina de dos de sus hijos. Mahler llamó al ciclo Canciones de los niños muertos —y ya me dirán si no tenía temas—, y años después fue una hija del compositor la que murió de escarlatina. ¿Y qué me dicen de esos oboes fúnebres que aparecen a todas horas en sus sinfonías? Por cierto, ¿qué lleva a un niño a escoger el oboe como instrumento, la falta de sol? Me da que Mahler sigue ahí, cada vez más estimado, por necesidad. Los públicos suelen ser conservadores y la música de Don Gustav, como este adagio de su cuarta sinfonía, aunque a veces resulte algo estridente, es comprensible para los oídos burgueses que llenan los patios de butacas de todo el mundo. Son, en suma, todavía, músicas de la «buena y feliz» época de los Mozart, Beethoven, Mendelssohn y Brahms, de las que te permiten cerrar los ojos, como si estuvieras escuchando.

4. Quinteto para piano y cuerdas n.º 2

Ya saben, la moda. Es importante estar al día, enterado de que ese compositor que era un segundón hace años hoy es el preferido de los «entendidos». Hay ejemplos para aburrir. Cualquier día convertirán a Paganini en un melodista excelente, como decía Rajmáninov, otro que tal. Cada vez más gente dice que Fauré es la leche y que si no nos olvidamos del plasta de Stravinsky es gracias a la Disney. Es como lo de llevar plataformas o dejarnos barba. Los listos —los mismos que musitaban como si nada «ah, no ha escuchado usted Les noces»— le dirán que este quinteto es una obra de música de cámara sublime, llena de sutileza y melancolía, atravesada por una evolución de las ideas musicales compleja y fascinante. Es la manera que tienen los «entendidos» de decir que es una obra muy francesa y que, si la escuchas muchas veces, hasta te terminas acostumbrando.

3. Adagio

Toca hablar de ese Elijah Wood de la música clásica: Mozart. Por cierto, Wood cumple treinta y cinco años en 2016. Mozart tenía treinta y cinco años cuando murió. Son solo datos. No sé por qué gustan tanto los repelentes niños prodigio. Deberían estar prohibidos. Una vez localizados habría que insertarles un lápiz de colores por la nariz. Esta falta de determinación a la hora de atajar un problema termina convirtiendo en un mito a un chaval de educación al parecer deficiente que tenía como principal habilidad la de ser muy aseado con sus partituras, además de provocar en las madres la idea de que escuchar la música de Mozart es más importante para la inteligencia de sus bebés que el cerebro del tipo que donó la mitad de su ADN. Pena que Mozart no hubiera escuchado de bebé su propia música. Nos habríamos evitado que se le represente como un perfecto imbécil.

2. Im Abendrot

Algo hay que reconocerle a este Strauss envejecido y al borde la muerte: su sinceridad. Esta canción, titulada En el ocaso, construida sobre un poema de Joseph von Eichendorff, termina diciendo esto:

Ist diez etwa der Tod? (¿Es esto acaso la muerte?).

No me dirán que no lo avisó con claridad.

1. Adagio sostenuto. appassionato e con molto sentimento

Ya no puedo más. He intentado demostrar que era capaz, yo, un miembro del clan de los «filarmónicos», de tomarme irónicamente mi afición por la música clásica, incluso burlándome de veinte obras maravillosas. Es sabido que los «filarmónicos» formamos el grupo más insoportable de pedantes engolados y sin sentido del humor. Siempre con sus «sublimes» e «inspirados», con sus obras maestras absolutas, con su exhibición repulsiva de pseudoemociones. Gente fea y pálida, enemiga de la actividad física. Personas hinchadas, aburridas e inaguantables. Lo he intentado, pero hasta aquí hemos llegado. Ni de broma haré una chanza o una coña acerca de la insuperable sonata 29 para piano, Hammerklavier, de Ludwig van Beethoven, y menos aún del más maravilloso, profundo e inefable movimiento de sonata de la historia.


Haga una lista

Cuando el cabo de la Guardia Civil palpó los bolsillos de Andrés V.T., por si acaso, halló en la camisa un mechero del Partido Popular en las últimas y un papel doblado en dos, arrugado y grasiento, con un lejano olor a empanada de congrio. No tuvo valor suficiente para abrirlo y se lo entregó a la juez de guardia, que estaba a su lado. Esta, después de darle lectura, agilizó el levantamiento del cadáver. Aquel trozo de papel contenía una lista redactada a bolígrafo, en una columna, con proliferación de infinitivos en muy mala letra. Solo aplicando cierto esfuerzo deductivo podía leerse: “Injertar castaño. Dar de comer a gallinas. Recoger huevos. Pagar fontanero. Ir a putas. Cerrar bombona. Perro. Matarme”. La investigación posterior corroboró que, en efecto, antes de suicidarse con sulfato de amonio para fertilizar las vides, Andrés (63 años, soltero, sin familia directa) había llevado a cabo todos los propósitos que recogía la lista, incluyendo una estancia de media hora con una de las chicas de El Francés y el ahorcamiento de su setter inglés. Sobre cada tarea, por así decir, la víctima había trazado sucesivamente una tachadura, a modo de “resuelto”.

Esto sucedió hace catorce años en una localidad del interior de Ourense, en la frontera con Portugal. Es una historia más sobre la vida y la muerte del hombre solo, pero también un capítulo en la prolífica historia de las listas. Está entre las atroces, imposibles de olvidar. Y nos revela que ni en las peores circunstancias las personas dejamos de elaborar listas. Es una maniobra primaria. Naces, creces, follas —a poca suerte que tengas—, haces listas, mueres. En el fondo, la vida son unos pocos verbos separados por comas y, muchas veces, mala letra. Es decir, la vida es una lista.

Naturalmente, no todo son verbos. También están los sustantivos: “Whisky, champán, coñac, vermouth, vino tinto…” anotó en una hoja arrancada de un cuaderno Franz Kline pensando en la fiesta de fin de año de 1960. En la Escuela de Nueva York habían aprendido a beber según cierta idea de la mezcla, pero también del orden. Incluso de los puntos suspensivos. A todos esos requisitos dan satisfacción las listas. De esa lista en concreto, se derivó otra en forma de factura que se encuentra entre las más célebres de la historia del arte, emitida en John Heller’s Liquor Store por un valor total de 274,51 dólares. Todo en bebida. Una barbaridad para la época. Pero Kline, uno de los miembros más destacados del expresionismo abstracto norteamericano, quería despedir 1960 como se merecía. A su casa del 242 Oeste de la Calle 14 de Nueva York acudieron amigos como Williem de Kooning, Robert Motherwell o Adolph Gottlieb. Gente del arte contemporáneo y de la botella, en este orden o en otro. La factura, depositada en los archivos de la Smithsonian Institution, formó el año pasado parte de la exposición “Listas: quehaceres, inventarios ilustrados, pensamientos y otras enumeraciones artísticas”, organizada por la Morgan Library de Nueva York, donde se verificó que hacemos listas continuamente, siempre, de cualquier cosa. Los artistas más que nadie, empujados por la acumulación de impresiones e ideas.

La lista es el detalle acariciado, suficientemente importante, específico y hermoso como para no desear perderlo de vista y dejarlo por escrito, en columnas, o separado por comas. La gente adora hacer listas. Pero sobre todo, la gente necesita hacerlas. Cualquier manual de autoayuda, encaminado a auparte al éxito, o a salvarte del suicidio, parte de una regla primaria: “Haga una lista”. Todo mejorará a continuación. La enumeración tiene que ver con el orden, es decir, tiene que ver con el sistema defensivo del que nos dotamos para neutralizar el avance del caos. También tiene que ver con la ansiedad, el miedo, incluso con la sed, como en el caso de la Escuela de Nueva York. Cuando todo a su alrededor se desmoronaba, Francis Scott Fitzgerald también elaboraba listas. “Hacía listas, hacía listas y las rompía, cientos de listas: de jefes de caballería, jugadores de football y ciudades, de canciones populares y lanzadores de béisbol, de momentos felices, hobbies, casas donde había vivido y de los trajes y pares de zapatos que había tenido después de dejar el ejército […]. Y listas de mujeres que me habían gustado, y de las veces que me había dejado despreciar por sujetos que no eran mejores que yo en carácter ni en capacidad… Y entonces, repentina, sorprendentemente, me sentía mejor”, escribe en Crack-up.

Si amas las listas, perfecto, pero si no, a poco que estés en contra de ellas, que las odies porque aborreces el orden, no tendrás más remedio que hacer una cada cierto tiempo. Para seguir vivo, o para no volverte loco, o simplemente para tener qué comer al día siguiente. Es inevitable. ¿No quieres listas? En ese caso las necesitarás más que nunca. Después de todo, la lista te resguarda de lo numeroso y desconocido, a veces hostil. Porque a nada se teme tanto como a lo que se puede enumerar. La lista es tu abrigo contra lo otro en el instante de arreciar en manada. La lista también es la autobiografía de su autor en cada momento. En sus años de aprendizaje, Miles Davis sometió su carrera a una lista que siempre llevaba consigo en la cartera. Era una lista breve, monocorde, incluso pobre, casi un principio moral, que le había dictado su primer maestro de música, y que Miles procuró seguir durante un tiempo: “Toca sin utilizar el vibrato. ¡Envejecerás, y entonces sí podrás permitirte tremolar!”.

Francisco Casavella mantenía la teoría de que cuando alguien se hunde en los abismos de la depresión, hace listas. “En el masivo vecindario del depresivo, escondido en su cueva inmaculada, el neurótico odia los flecos y los filos, busca la limpieza del redondeo, siente un turbador entusiasmo por el sistema decimal. ¿A qué lleva todo esto? A que hacer listas de diez es síntoma de neurosis y depresión. Las listas de los diez más vendidos, de los diez mejor vestidos o de lo que sea, son muestras de neurosis y depresión colectiva”.

Es una teoría avalada por las decenas de decálogos, más inútiles y redichos cuanto más intelectuales son sus redactores. No pocos han entrado al trapo de elaborar la milagrosa lista del éxito para llegar a ser algo en la vida, además de un fracasado. Hace algunos años The Guardian encargó a una treintena de escritores que elaborasen su lista con diez consejos para individuos con aspiraciones literarias. El que más y el que menos se tomó en serio la tarea, que es lo peor que puede hacerse en circunstancias así. Me temo que solo Helen Simpson y Philip Pullman estuvieron a la altura del encargo: “Lo más parecido que he tenido a una norma es un post-it en la pared delante de la mesa que dice ‘Faire et se taire’ (Flaubert), y que traduzco como ‘Calla y sigue adelante’”, propuso Simpson. Pullman reaccionó con menos swing si cabe a la propuesta del diario británico: “Mi norma principal es decir no a cosas como esta, que tienden a alejarme de mi trabajo”.

Existe cierta reiteración en caer en los números redondos a la hora de hacer listas de pacotilla, destinadas no tanto a hacer recordar a su autor las cosas que importan, o a las que conviene temer, como a recordárselo a los demás. Aunque hay más variantes. En otras circunstancias, Simone Ortega creyó que el miedo a morirse de hambre, o lo que fuese, se conjuraba con una lista de 1.080 recetas de cocina. Peter Boxall, por su parte, elaboró el listado de los 1.001 libros que hay que leer antes de morir, como si no hubiese también un listado de los 1.001 discos que hay que escuchar, recopilados por Robert Dimery, otro de las 1.001 películas que conviene no perderse también antes de palmar, a cargo de Steve Jay Schneider.

Hay mucho vicio

Las listas, como la forma de tristeza de la que hablaba Flaubert, también tienen algo de vicio. Te envuelven y te arrojan a una espiral de la que no se sale si no es cayendo en otras listas y otras espirales. Las clasificaciones difícilmente perduran, apenas imponen cierto orden sobre la cosas, este orden prescribe. Bob Fleming es el ejemplo perfecto. El protagonista de Alta fidelidad, la novela de Nick Hornby que llevó al cine Stephen Frears, es un entusiasta incondicional, si no un paranoico, de las listas. Huye de cualquier moderación. Ni siquiera se atiene a aquel comedimiento que promovía Mark Twain cuando aseguraba fumar moderadamente: “solo un puro a la vez”. Propietario de una tienda de discos en Londres, Bob se pasa los días haciendo listas de todo lo que le gusta y lo que aborrece. Su paroxismo es absoluto, atroz y bello. Aquí va un breve recuento: su lista de las cinco rupturas amorosas más memorables. De las personas a las que había visto besarse antes de 1972. Cantantes preferidos. Canciones preferidas. Cinco mejores libros de todos los tiempos. Cinco mejores películas en versión original subtitulada. Cinco mejores películas americanas. Cosas que de niño te hacían olvidar dónde estabas, qué hora era, con quién estabas. Cinco episodios preferidos de Cheers. Cinco grupos o músicos que habría que matar a tiros cuando llegue la revolución musical. Películas reservadas para ocasiones deprimentes. Cinco mujeres que no viven en tu barrio, al menos según tienes entendido, aunque serían bienvenidas si quisiesen mudarse. Música que quieres que pongan en tu funeral. Etcétera.

Cada uno de nosotros elaboramos las listas a nuestra manera. No hay un estilo. El estilo es no tener estilo definido. En la exposición de la Morgan Library se incluyó la lista del equipaje de Adolf Konrad, que ilustró con pequeños dibujos todo lo que deseaba llevarse en la maleta para el viaje que realizó de Roma a Egipto en 1963. Entonces, Konrad dibujó su ropa interior, sus calcetines, su chaqueta y su gabardina, el cepillo de dientes, un peine, lápices, bolígrafos, plumas, una cámara fotográfica, gafas de sol, libretas, pinturas, etcétera. En una línea parecida, la artista Janice Lowry elaboraba diarios ilustrados con sus quehaceres domésticos, como pagar las facturas o los días de sus citas médicas. Estos listados incluían asimismo sus sueños y pensamientos intercalados con sellos y pegatinas.

El arte está lleno de listas, en su mayoría gratuitas, simplemente anecdóticas, como la de Klane y las botellas que proporcionaron calor a la fría Nochevieja de 1960. De vez en cuando, ciertamente, una lista cambia el curso de los acontecimientos. En 1912, , uno de los organizadores del Armory Show, solicitó a Pablo Picasso una lista de artistas con los que provocar al espectador de Nueva York en la edición del año siguiente. El genio malagueño detalló a lápiz los nombres de Juan Gris, Fernand Léger, Marcel Duchamp, Robert Delaunay, Roger de la Fresnaye o Jean Metzinger. En aquel momento eran apenas conocidos, pero su modernidad escandalizó a los norteamericanos y la exposición los catapultó al éxito. Todo, porque en el momento idóneo, Picasso los anotó en una lista en la que no prescindió de los errores ortográficos, consustanciales a los trocitos de papel.

Nuestra vida se organiza entorno a listas. La existencia doméstica, la competición deportiva, el sistema judicial, el consumo, la acción policial, patatín y patatán. Ni el crimen organizado vive ajeno a ellas. En 2007, cuando la policía detuvo a Salvatore Lo Piccolo, jefe de la mafia de Nueva York, después de veinticinco prófugo, encontró una listado en su bolsillo con algunas cosas que la Cosa Nostra veía con malos ojos, como robar a otros miembros de la organización, acostarse con las mujeres que tuvieran marido, tener vínculos con la policía o ser impuntuales. La impuntualidad, sin que sirva de eximente cuando eres mafioso, también 
exasperaba a tipos como Emil Cioran, amigo de enumerar todo aquello que aborrecía. “Habría que introducir la pena de muerte para la gente impuntual”, escribió en sus Cuadernos. “Por llegar a la hora yo sería capaz de cometer un crimen”.

En literatura, las listas no poseen menos peso que en el arte o el hampa. Algunas veces los autores han hecho de ellas su voz, su estilo, elaborando incluso un mundo propio, lleno de significados. Las enumeraciones tiene un renovador absoluto, un padre verdadero, y se llama George Perec. Podríamos citar Las cosas o La vida, instrucciones de uso, para basta referirse a Tentativa de agotar un lugar parisino porque en verdad fue un proyecto de elaboración de la lista completa, perfecta, sin etcéteras. La redactó en octubre de 1974, después de instalarse durante tres días seguidos en un café de la plaza de Saint-Sulpice de París. En ese tiempo, se ocupó de lo insignificante, de “lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes”. Exceptuadas algunas notas de humor, Tentativa de agotar un lugar parisino es una larga lista de nombres, objetos y situaciones que acaba por convertirse en un ensayo sobre la percepción. En el fondo, Perec era ese fulano que deambulaba por París buscando las “hierbas perdidas de la ciudad” —listas de la compra, sillas, cafés, refranes, facturas, cartas, canciones, etcétera—, de las que florecieron las novelas más inauditas de su generación.

La acumulación en apariencia fría y distante de objetos, o hechos, o sueños, acaba formando novelas. Incluso cuando solo es la lista de la compra, o de gustos personales, como cuando Roland Barthes escribe: “Me gusta la lechuga, la canela, el queso, la pasta de almendras, las rosas, la lavanda, el champán, las posiciones ligeras en política, Glenn Gould, la cerveza muy fría, las tostadas, los habanos, Haendel, pasear con mesura, las cerezas, los colores, los relojes, las estilográficas, la sal, las novelas realistas, el piano, el café, Pollock, Twombly, toda la música romántica, Sartre, Bretch, Verne, Fourier, Einstein, los trenes, caminar con sandalias por la tarde los caminos del suroeste, los hermanos Marx […] No me gustan los ciclistas, los perros falderos, las mujeres con pantalones largos, los geranios, las fresas, el clavicordio, Miró, las tautologías, los dibujos animados, Arthur Rubinstein, los mediodías, Satie, Bartók, Vivaldi, llamar por teléfono, los coros infantiles, los conciertos de Chopin, lo políticosexual, las iniciativas, la fidelidad, las escenas, la espontaneidad, encontrarse con gente que no conoce…”. La vida, al fin y al cabo, es inventario, y la literatura recopilación en detalle del repertorio humano. “En toda enumeración hay dos tentaciones contradictorias: la primera consiste en el afán de incluirlo todo; la segunda, en el de olvidar algo; la primera querría cerrar definitivamente la cuestión; la segunda, dejarla abierta. La enumeración me parece, antes de todo pensamiento, la marca misma de esta necesidad de nombrar y de reunir sin la cual el mundo (la vida) carecería de referencias para nosotros […]. Hay algo de exultante y de aterrador a la vez en la idea de que nada en el mundo sea tan único como para no poder entrar en una lista”, señalaba Perec en Pensar / Clasificar.

La lista como recurso literario ha conocido buenos momentos en todas sus etapas históricas, antes de alcanzar cierta perfección con Perec. Si nos limitamos al siglo XX tampoco al hablar de listas podemos dejar de citar a James Joyce. En su Ulises, en el penúltimo capítulo, hallamos un ejemplo soberbio cuando detalla una prolija lista de los utensilios que pueden encontrarse en el cajón de la cocina de Leopold Bloom. El mismo espíritu detallista invade el capítulo de Finnegans Wake donde se insertan centenares de nombres de ríos de distintos países.

Dickens, Whitman, Proust, Rabelais, Benjamin, Sontang, Pynchon… son solo algunos de los autores que sometieron sus libros a la profusión de las listas. Y qué no decir de Italo Calvino. Constituye otro referente en el vasto mundo de la enumeración. Ahí está Si una noche de invierno un viajero, y el listado de los libros que atacan al Lector cuando entrar en una librería: Libros Leídos Hace Tanto Tiempo Que Sería Hora De Releerlos, Libros Que Has Fingido Siempre Haber Leído Mientras Que Ya Sería Hora De Que Te Decidieses A Leerlos De Veras, Libros Que No Has Leído, Libros Ya Leídos Sin Necesidad Siquiera De Abrirlos Pues Pertenecen A La Categoría de Lo Ya Leído Antes Aún De Haber Sido Escrito, Libros Que Te Inspiran Una Curiosidad Repentina, Frenética Y No Claramente Justificable, Libros Demasiado Caros Que Podrías Esperar A Comprarlos Cuando Los Revendan A Mitad De Precio, Etcétera.

El vértigo de las listas

Hace algunos años, Umberto Eco recibió un encargo del Museo del Louvre para montar una exposición sobre lo que mejor le pareciese, sin concretar, y al semiólogo italiano le pareció que había que montar la exposición El vértigo de las listas sin más dilaciones. De ahí salió, más tarde, una de las publicaciones más completas sobre el tema. “La lista —sostiene— es el origen de la cultura. Es parte de la historia del arte y la literatura. ¿Para qué queremos la cultura? Para hacer más comprensible el infinito. También se quiere crear un orden —no siempre, pero a menudo—. ¿Y cómo, en tanto seres humanos, nos enfrentamos a lo infinito? ¿Cómo se puede intentar comprender lo incomprensible? A través de las listas, a través de catálogos, a través de colecciones en los museos y a través de enciclopedias y diccionarios”.

Pocos han pensando e indagado las listas con tanta exhaustividad como Eco, a quien a menudo le gusta desandar sus investigaciones hasta la antigua Grecia. En la Ilíada de Homero, de hecho, se hallan algunos de los inventarios más célebres de la literatura. Un de ellos es la enumeración de las naves griegas que combaten contra los troyanos. Esa lista se desarrolla en el canto II, y aunque no se menciona toda la flota, se sugiere la indescriptible superioridad numérica con la que los griegos cercaron Troya. Existe una estética de lo infinito en esta lista, y en todas las listas en general. Hay cierto encanto en enumerar, subrayaba Eco en una entrevista a Der Spiegel, como cuando el libretista de Mozart, Lorenzo da Ponte, sostiene que fueron 2.063 las mujeres con las que se acostó Don Giovanni: “Madamina, il catalogo è questo /
Delle belle che amò il padron mio; /
un catalogo egli è che ho fatt’io;
/ Osservate, leggete con me. / In Italia seicento e quaranta; /
In Alemagna duecento e trentuna;
/ Cento in Francia, in Turchia novantuna; /
Ma in Ispagna son già mille e tre“.

La obsesión por las listas es una tónica efervescente a lo largo de la historia. El individuo necesita su orden para avanzar. A toda costa. Tal vez de esa desesperación por la colocación en el tiempo y el espacio de los objetos y los hechos, y la armonía con su entorno, a través de la enumeración, emergió un día el orden alfabético, fuente a su vez de nuevos avances. Y calamidades. Juan Carlos Onetti contaba la historia de una muchacha de trece años que se presentó un día en su casa proponiéndose para ordenar su biblioteca. La joven alegó que sabía leer y escribir, y le recitó al escritor el abecedario de carrerilla. Este juzgó que eso era un mérito suficiente para confiarle la tarea. Cuando la muchacha acabó el trabajo, Juan Carlos Onetti examinó aterrorizado el resultado: la letra J agrupaba a Joyce, Jiménez, Le Carré, Valera, Cocteau, Rulfo, Swift, Cortázar, Steinbeck y Borges, entre otros muchos.

El orden alfabético, inofensivo y suave, también puede ser criminal. Hay que tener nervios templados para soportarlo. Perec creía que “el desorden de una biblioteca no es grave en sí mismo; está en la categoría del ‘¿en qué cajón habré puesto los calcetines?’. Siempre creemos que sabremos por instinto dónde pusimos tal o cual libro, y aunque no lo sepamos, nunca será difícil recorrer de prisa todos los estantes. A esta apología del desorden simpático se opone la mezquina tentación de la burocracia individual: cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. Entre estas dos tensiones, una que privilegia la espontaneidad, la sencillez anarquizante, y otra que exalta las virtudes de la tabula rasa, la frialdad eficaz del ordenamiento, siempre se termina por tratar de ordenar los libros”. Alberto Manguel relata en Una historia de la lectura, el caso extremo de un visir de Persia que en el siglo X viajaba con su colección de 117.000 volúmenes, que eran transportados por 400 camellos adiestrados para errar por el desierto en un estricto orden alfabético.

La tentación de las listas cautivó a creadores y estudiosos de la cultura tan heterodoxos como Borges. Conocido es aquel domingo de 1956, en el que Adolfo Bioy Casares fue a buscarlo a su casa. Allí descubrió una reunión de mujeres hablando del plexus y a Borges recordando una plegaria de Cansino Assens que pedía a Dios que moderase el excesivo esplendor del mundo, para que él pudiese tolerarlo (“¡Oh, Señor, que no haya tanta belleza en el mundo!”). Bioy Casares relata en sus diarios cómo a continuación él propone “hacer listas de personajes verosímiles” de la historia de la literatura. Les salen don Quijote, Hamlet, el rey Lear, Babitt, Watson, aunque no Sherlock Holmes, Martín Fierro, Grandet y Eugénie, la mujer que hay en El crimen del Padre Amaro

Borges cultivaba el gusto por las listas extemporáneas y caóticas, que corría paralelo a su aprecio por el infinito. A la postre, compartían habitación. Tal vez nadie elaborase una lista si pudiese abarcar dentro de la cabeza todo su envergadura. Asumimos nuestra derrota ante ese reto cuando nos rendimos y escribimos una parte. La lista amortigua el fracaso ante el olvido inevitable. Siempre será así y por eso las listas nunca se agotarán. Se abandonan, se rompen, se arrojan a la basura, se olvidan, se exponen, se renuevan. Se amparan, a final de párrafo, en el “etcétera”, como solución para gestionar su tendencia al infinito.

Borges fue más lejos que nadie en el intento de resumir ese infinito. Inventó el aleph. En un punto de la escalera que conduce al sótano de la casa de Beatriz Viterbo, “donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”, metió el autor argentino la lista perfecta, la lista total, la lista de todas las listas. Justo ahí, con millones de actos y objetos ocupando el mismo punto sin superposición y sin transparencia. En su afán por la enumeración, hasta Borges decía que había dos Borges. El Borges de la fama y el Borges “al que le suceden las cosas”. Bastan dos elementos, cuando no uno, para formar una lista. “Tiene usted que escribir más libros, don Juan”, le dijo en una ocasión a Rulfo un admirador. “¿Más libros? Si ya tengo dos”, subrayó el escritor mexicano, al que esa cifra le resultaba una enormidad insuperable.

Aplicando cierto reduccionismo, todo es susceptible de quedar sometido a una lista, y una lista, a un solo elemento. La literatura, en cierto modo, es una lista de autores y su lista de temas con su lista de historias, y estas, esclavas de un principio sagrado o lista de un único componente. Lo dejó muy claro Jim Thompson: “Hay 32 maneras de escribir una historia y yo las he usado todas, pero solo hay una trama: las cosas no son como parecen”.