Emilio Bueso: «El terror es la base de organización de todos los sistemas políticos y religiones»

Fotografía: Jorge Quiñoa

Charlamos con Emilio Bueso (Castellón, 1974) durante una visita a Barcelona. Bueso es uno de los escritores españoles de género más conocidos y polémicos, especializado en explorar el miedo desde todos los ángulos posibles. Publicó tres novelas muy diferentes en Salto de Página: una historia vampírica ambientada en Chernóbil (Diástole, 2011), una cáustica crónica posapocalíptica de una sociedad destruida por la crisis energética (Cenital, 2012) y un inclasificable biothriller ambientado en la Transtaiga (Esta noche arderá el cielo, 2013). Con Valdemar publicó una novela lovecraftiana notable por sus personajes marginales (Extraños eones, 2014) y un recopilatorio de cuentos terroríficos (Ahora intenta dormir, 2015). Este año ha dado un aparente volantazo hacia la fantasía y el sword and planet, inaugurando la colección Novum de Gigamesh con Transcrepuscular, primer tomo de la trilogía Los ojos bizcos del Sol. Bueso habla rápido, alternando sentencias lapidarias con un humor algo exasperado muy presente en sus textos, no tan oscuros como parecen al primer vistazo.     

El año pasado hablamos con Kim Stanley Robinson, que se definía como autor utópico y optimista. ¿Te podemos definir a ti como autor distópico y pesimista?

Soy más bien catastrofista. El pesimismo hace que avance el mundo, a los optimistas les gusta tal como está. La gente que no ve futuro ni salida es la que se mantiene disruptiva, la que empuja la innovación… Se analiza mejor la realidad a través de una visión crítica e incómoda del mundo. No le veo sentido a ser utópico. Además, por el modo en que organizo las escenas de acción y planteo las tramas e intrigas, a menudo es en la catástrofe donde encuentro mejores escenarios y ambientes. Soy catastrofista y pesimista, pero es que la realidad ahora mismo tampoco da para más.

Si te diera la oportunidad de mandar un mensaje optimista, algún aspecto del futuro en el que tengas esperanza, ¿qué dirías?

Diría que en el fondo nuestra especie lleva grabada a fuego en los genes la idea de sociedad, el ser animales gregarios. Sabemos instintivamente que cooperar es mejor que competir. Nos han inculcado la idea de que hay que mantenerse competitivo y ser mejor que los demás, cuando esto lo que provoca es empeorar el conjunto de la sociedad. Ahora que nadie parece cooperar y todo es competición, el mundo se ha convertido en un sálvese quien pueda y de ahí vamos al caos. Si tenemos un futuro como especie, estará basado en las energías renovables o no habrá ninguno: de las renovables venimos y ahí volveremos. Y si tenemos algún sentido como sociedad y logramos sobrevivir a nosotros mismos, será porque nuestro instinto más familiar, grupal, gregario y comunitario consiga imponerse a la presión que recibimos para mantenernos como depredadores. Cuando me pongo más dulce es porque pienso que tal vez encontraremos alguna forma de cooperar para sobrevivir. Cuando en Nueva York hubo un apagón de dos días mucha gente decía que iba a ser un caos, tiendas saqueadas, tumultos… Pero las heladerías regalaban el género porque se iba a estropear, y la gente estaba feliz porque no tenían que ir al trabajo. A veces la gente te sorprende para bien.

Hay tendencia a esperar lo peor de los humanos…

A veces sacamos lo mejor de nosotros mismos. Logros como cerrar el agujero de la capa de ozono cuando muchos ecologistas creen que es imposible recuperar situaciones medioambientales adversas… Si hay algún rayo de esperanza, quizá esté en lo más profundo de nosotros mismos. Quiero trabajar literariamente sobre eso, pero por ahora me mantengo más oscuro.

Hasta Cenital, casi todo lo que habías escrito (Diástole, Noche cerrada, cuentos cortos) estaba dentro del género terrorífico. ¿Qué te atrae del terror?

El terror es la base de organización de todos los sistemas políticos y religiones, y sobre todo la forma de organización más sencilla del cerebro de los seres vivos. Muchos animales sobreviven sin sexo, pero ninguno sobrevive sin instinto de conservación. Un miedo atávico, cerval, que aparece en el hipotálamo y provoca una estampida cuando un ruido hace pensar que puede haber un depredador. Somos nuestros miedos. Nuestros miedos nos definen y, al hacerlo, nos limitan. Cuando analizas qué es el miedo y cómo funciona, ves que tanto las sociedades como las religiones están construidas sobre la culpabilidad y el miedo… Esto da mucho juego narrativo, permite trabajar las emociones más poderosas y profundas. ¡La emoción más intensa que podemos experimentar es el miedo! Una persona saludable puede morirse de un susto. El miedo es algo mucho más grande de lo que la literatura de terror convencional ha estado trabajando. Hasta Transcrepuscular he trabajado el miedo en distintas formas. Cenital se escapa del terror gótico canónico sobrenatural, pero se instala en la literatura del pánico… ¿Te da miedo perder el empleo? Pues en Cenital te contaré cómo puede acabar eso. El terror está denostado por la crítica y se considera una literatura menor… Pero pocas cosas hacen reflexionar tanto como los propios miedos, y pocas cosas hacen crecer tanto como enfrentarse a ellos. Me gustaría que los críticos que nos ningunean intentaran escribir terror. Yo puedo poner un pie en la literatura juvenil, en la histórica o incluso en la romántica, pero ¿quién se pone a trabajar el miedo de una forma penetrante? Hay muchos escritores domingueros que no aguantan en el terror más que un par de libros y unos pocos especialistas: un blockbuster como Stephen King, un zumbado como Lovecraft o gente que acaba quemada como Clive Barker. Yo me he propuesto tratar el terror de manera analítica, racionalizando lo irracional desde diversos ángulos… No hay muchos escritores que hagan eso. Eso me mantiene escribiendo: sin ese estímulo estaría dedicándome a mi empleo de ingeniero, que me da mejor vida.

Diástole es una historia con vampiros y yermos posindustriales, pero tiene también un punto romántico no muy presente en el resto de tu narrativa….

No tengo reparos en construir una historia de amor: tengo inéditos al respecto… Pero no me hace juego con los muebles. [Risas] Trabajo el miedo en todas sus formas, y pocas cosas dan más miedo que enamorarse o perder el amor. Pero estoy atento a lo que escriben mis homólogos en el International Horror Guild, y esto parece estar bien guarnecido. Hay obras que lo han trabajado muy bien, así que prefiero centrarme en otras cosas… El amor y el sexo suelen quedarse fuera de los elementos con que construyo mis libros. El sexo lo traté en Esta noche arderá el cielo, pero más que una historia de amor parece la de un polvo en medio de la Transtaiga. No suelo escribir escenas de sexo: las pasiones más carnales y emocionales no ayudan a buscarle el hipotálamo al lector.

Curioseando tu blog, Noche cerrada, he encontrado un libro de 2010 llamado Sewer. ¿Se llegó a publicar?

Lo contrató Equipo Sirius, y cuando se disponía a tener ventana de edición cerró su división de narrativa y luego el sello directamente. Cenital lo contrató AJEC y, tras su quiebra, me lo llevé a Salto de Página, pero Sewer no tuve tiempo de recolocarlo. Sigue ahí.

¿Planeas recuperar Sewer algún día?

Como han pasado unos años, tendría que reescribirla… Es una antinovela de terror juvenil, la novela que no querrían tus padres que leyeras. [Risas] Yo era profesor en la universidad, imaginaba cómo habrían sido mis alumnos unos años antes e intuía personajes flipantes. En algunos aspectos puede que Sewer sea mi mejor trabajo. Hacer literatura de terror con jóvenes es sencillo, pero hacerla con el sonido, que es uno de los temas de la obra, mezclarla con la historia antigua de mi ciudad, su trasfondo histórico y mitológico… Es un pedazo de novela que quiero recuperar algún día, pero el problema con la literatura juvenil en España es que los sellos que más la cultivan pertenecen a la Iglesia. Algunos temas no son bienvenidos, o hay que abordarlos con extremo cuidado y observancia a determinados valores morales. Yo soy un ateo convencido y hago crítica social profunda… Y al escribir una novela protagonizada por adolescentes corro ciertos riesgos. Abordarla me requeriría una cantidad de tiempo y energía que me consume Los ojos bizcos del sol. Pero no la quiero dejar caer, porque con Sewer podría alcanzar segmentos no solo del público sino de la crítica.

Tu blog lo preside una frase de William Blake: «Espera veneno del agua estancada».

Esa frase debería tatuármela… De esta trashumancia hice mi grito de guerra por dos motivos. El primero: para sugestionar al lector hay que ser capaz de sorprenderlo y pillarlo a contrapié. Para eso hay que mantenerse disruptivo, original, rompedor y creativo, especialmente con el público tan leído e instruido que abunda en la literatura de terror. El segundo: tras cinco o seis novelas corro el riesgo de repetirme, instalarme en una zona de confort y anquilosarme como les acaba pasando a todos los autores canónicos del género. Por eso me he metido en el jardín de Los ojos bizcos del sol, pasando del terror al fantástico, aunque haya fragmentos de puro body horror en Transcrepuscular. Hay lectores incondicionales que me buscan para darme una colleja, y otros, que eran detractores de mi narrativa, ahora son los principales valedores del libro.

 

Me hizo gracia otro texto de tu blog en el que pedías disculpas por retirarte como lector de pruebas editoriales, informes valorativos, etc. ¿Trabajabas de lector profesionalmente o te bombardeaban amigos a manuscritos? 

Ambas cosas. A los amigos puedo decirles en confianza que no tengo tiempo de leer sus manuscritos porque quiero centrarme en lo que va publicando la industria. Pero cuando me llamaron un par de sellos para que escribiera informes lectores, me enviaron manuscritos horrendos… Todo me parecía una mierda. Y yo era muy destructivo, arremetía salvajemente contra el texto y al final me sentía mal. No sabía quién era el autor pero lo podía intuir… Tengo cinco o seis homólogos muy válidos en el mercado nacional. Cuando no era ninguno de esos, ya imaginaba que sería de alguno de los otros diez que van por ahí malviviendo y me sabía mal. Además, me comía mucho tiempo, se pagaba mal, no me hacían caso y acababan publicando libros pésimos… Y así les va. No hay nada de lo que haya criticado que llegara a funcionar. Tampoco me considero un lector capacitado para ejercer la crítica: no sigo a autores fijos, todos mis ídolos son irregulares. El mismo Bukowski, el autor que me empujó a escribir y que por orden alfabético suele acabar a mi lado en las bibliotecas, tiene libros pésimos, quizá por querer mantenerse disruptivo.

En Cenital muestras un mundo en que el agotamiento de combustibles fósiles llega de repente y la sociedad se desmorona. Daniel Gómez Cañete, editor de Crisis Energética, me comentó que le gustó mucho Cenital y que cree que estuviste en contacto con foros de peak oil. ¿Empezó el interés por esas webs como parte del proceso de documentación, o fue al revés y visitando ese tipo de páginas se te ocurrió la idea de Cenital?

¿El huevo o la gallina? Antes de que hubiera gallinas los dinosaurios ya ponían huevos. [Risas] Me empezó la curiosidad cuando por una cuestión de trabajo tuve que minimizar el consumo en vatios de una máquina y me di cuenta de que era complicadísimo… Así que empecé a indagar sobre dinámicas industriales por una inquietud profesional. La crisis es el fin del crecimiento, y la energía no es un suministro más, sino la base de producción de todo tipo de bienes y servicios, hasta el punto de ser subvencionada directa o indirectamente. Y, claro, al dejar de crecer, un pensamiento automático es que se nos han acabado las pilas. En cierto modo soy un picolero [interesado por el cénit del petróleo o peak oil], aunque no me eche al monte. Siempre que en internet se tocan estos temas aparecen exaltados y radicales. En Crisis Energética hay estudiosos, gente que mantiene la cabeza fría y serena… O en portales como Oil Crash, de Antonio Turiel, o el que montó Pedro Prieto. Conozco a los ideólogos del cénit del petróleo en España, es un tema que me preocupa como profesional, padre e ingeniero. Y cuando vi cómo puedes acabar echándote al monte si te lo tomas muy a pecho, el novelista que soy vio ahí una historia. En Cenital retraté a los picoleros para bien y para mal, con sus miserias y sus grandezas, como visionarios y lunáticos. Desde que terminé el libro los leo algo menos. Es un tema que me preocupa, pero hace tiempo que entendí que estamos en un proceso mucho más largo de lo que se preveía inicialmente.

Escribiste el prólogo de Apocalipsis suave de Will McIntosh, en el que el colapso de la sociedad es más un proceso lento que un estallido.

Lo que persigue el poder (productores de crudo, industria pesada y los Gobiernos de los países que pintan algo, no como el nuestro) es ganar tiempo e ir convirtiendo lo que podría haber sido un estallido en una voladura controlada. Intentan que aprendamos a racionarnos poco a poco, y mientras tanto tiran de fracking para paliar el déficit de suministros baratos… Frenar el tren antes de que se estrelle porque nos han cambiado la estación. Mantener la calma e ir arrojando a la gente a la exclusión social de manera paulatina, para evitar un estallido violento. Apocalipsis suave se va por las ramas con la experimentación biológica, pero refleja que el sistema ha encontrado formas de convertir una catástrofe repentina en una crueldad prolongada. Nos van a hacer agonizar durante un tiempo para salvar la civilización industrial, mantener el estado del bienestar solo para privilegiados y cada vez más lejos de las masas, y que lentamente nos acostumbremos a la idea de que estamos jodidos por sistema. Buscan que se asuma que la crisis es permanente e inevitable.

El famoso mantra de «no hay alternativa»…

Claudicar. La estrategia les está funcionando, y a lo mejor sin este control cruel y paternalista habríamos llegado al caos violento de Cenital. ¿En qué momento le conviene a una civilización que haya un estallido violento, con las pérdidas que ello comporta, para que las generaciones futuras puedan sobrevivir? Mientras intentamos un aterrizaje energético suave, seguimos consumiendo combustibles fósiles y agotando el medio ambiente hasta un punto de no retorno. Stephen Hawking decía que hemos de salir de la Tierra para salvarnos… Pero ¿qué ocurrirá cuando no quede suficiente energía para escapar? Al poder solo le ha quedado esta alternativa, porque la otra opción sería dejarlo caer todo. Y si no se ha dejado caer a los bancos, a los Estados, ni a Grecia del Euro… A lo mejor, si se hubiera podido trasladar a la industria los costes reales de su actividad, hubiera sido mejor para todos… Excepto para los grandes capitales.

Eres ingeniero en tu vida laboral fuera de la escritura, pero te veo escéptico respecto a las posibilidades de la tecnología. ¿No nos salvarán la biotecnología, la geoingeniería, etc.?

Cuesta mantener la esperanza en la tecnología cuando día tras día te va fallando. Los principales avances tecnológicos en los últimos años, la última vez que lo miré en el Dow Jones, eran Facebook y Nespresso [Risas]. Tecnología de entretenimiento. Al investigar se han cometido errores, no solo académicos, sino por cómo el mercado impone sus normas: hay farmacéuticas que parecen más interesadas en cronificar las enfermedades que en curarlas. A veces la tecnología ayuda: cuando Londres estaba a punto de ser devastada por los purines de la mierda de caballo, apareció el motor de explosión. La revolución verde fue otro salto adelante… Pero en la cuestión ambiental y energética no veo soluciones a corto plazo. No creo que la solución sea tecnológica, antes deberíamos cambiar como especie. En EE. UU. se despilfarra crudo en autopistas y tienen el tejido ferroviario de Lituania, por ejemplo…

¿Por qué dejaste el cambio climático fuera del desarrollo de Cenital?  

Nunca hay que acumular dos insultos en una misma frase: si te llamo bajito y tonto, no sabremos cuál de las dos cosas te ha cabreado. [Risas] Al armar un libro hay que mantener una simplicidad que permita abordar la trama. Yo no quería decirle a la gente, en un momento en que todo se está poniendo feo, que se van a quedar sin suministro de energía y además las disrupciones climáticas les van a hacer la vida imposible. Atacar dos variables que la gente da por firmes y seguras suscita rechazo al lector, complica la presentación del escenario… El consumo energético y el cambio climático están conectados. Los separé adrede y decidí dejar el cambio climático para otros trabajos… Si lo servía todo junto, la complejidad del trabajo se habría comido la posibilidad de que el libro pudiera ser accesible y entretenido para un público promedio.

Cenital ganó el premio Celsius 2013 y recibió buenas reseñas, pero también bastantes palos. ¿Crees que las críticas vinieron del tono y retórica similares a los del 15M, del carácter del protagonista, o hubo otros factores?

Nadie de Podemos ha reivindicado el libro, así que fíjate si el 15M pintaba algo ahí. Cuando menciono el 15M en Cenital es para decir que no sirvió para nada… Ahora lo considero un error mío, porque sí marcó el fin del bipartidismo, para bien o para mal. Lo que cabreó a mucha gente no fue el tono panfletario de Destral, el protagonista, un líder demagógico y mesiánico… Lo que les enfadó es que Cenital parece atacar a la civilización, a la humanidad y al lector de una manera personal. «No es que estéis viviendo por encima de vuestras posibilidades, es que no os quedan posibilidades». [Risas] Es duro de leer, en boca de un protagonista antisistema, que vamos a morir como ratas por no haber tenido los cojones de organizar mejor las cosas. Cuando lee el libro alguien concienciado con el problema energético es muy bonito, pero los creyentes en el crecimiento perpetuo se enfadan y van corriendo a los blogs a desmontar la argumentación de Destral, que es puramente novelística… A veces defiendo la postura picolera porque en ciertos contextos la considero correcta, pero no vivo en una cabaña como Unabomber. No soy Destral. Siempre he tenido claro que no quiero convertirme en un personaje, y mantengo una distancia saludable con ellos. En fin: atacar al lector hizo que Cenital recibiera muchos palos, el discurso antisistema generó otras animadversiones, la forma en que abordo el futuro, no distópico sino posapocalíptico, cabreó a los puretas de la ciencia ficción… Al final me quedé pensando: «¿Qué amigos he ganado?». [Risas] 

¿Te afectan las críticas negativas o has «hecho callo» al respecto?

La mayor parte de las veces me dan igual. Las cifras me han ido dando un poco la razón con las ventas, consigo reeditar cuando ya no lo hacen muchas primeras espadas, y eso es para mí un orgullo en mi sector. Consigo que me resbalen según qué críticas… El crítico promedio, ahora mismo, no está aportando más que tecnicismos para desmontar una novela o argumentos del tipo de que lo que han leído no se corresponde con lo que esperaban… Pero no he venido a hacer lo que él quiera, es mi libro y me lo follo como quiero. [Risas] Pero duele mucho cuando me da la espalda gente con criterio que me sigue desde el principio, duele perder la fidelidad de un cierto tipo de lector. La crítica profesional me resbala un poco más. Y cuando es un blogger o alguien en las redes sociales me da completamente igual.

Tras Cenital publicaste Esta noche arderá el cielo, una mezcla de géneros inclasificable… ¿Cómo la llamamos, un ecothriller rockero?

Solté en la radio que era un biothriller westernpunk narcogótico [Risas]. Venía de reivindicar el new weird, una tendencia de vanguardia en EE. UU. que hice mía en parte porque empleo técnicas new weird, como fusionar diversos géneros, y en parte porque autores como China Miéville o VanderMeer me parecen muy interesantes. Levanté la bandera y llegaron los puristas a decir que el new weird no era exactamente eso… Ya me habían atacado porque «Cenital no es una distopía, es un posapocalipsis», que es como la cantinela de «¡No son zombis, son infectados!» [Risas]. Me volvía loco cuando me venían con estos análisis. ¿Tengo que adscribirme a las etiquetas de un catedrático de literatura? Uno dijo sobre Cenital: «¡Fraude en el etiquetado de la distopía!». Pensé entonces… ¿Qué digo cuando me pregunten por el género de Esta noche arderá el cielo? Respondí biothriller westernpunk narcogótico para mandar al carajo las etiquetas. [Risas]

En ese libro, que por cierto es mi favorito de los tuyos, más que de catástrofes hablas de conflictos personales: las dificultades por reconectar de un padre y un hijo, una expareja de moteros… ¿Crees que te perjudicó haber creado una expectativa de autor apocalíptico de crítica social que no encajaba con ese tono intimista?

Las cifras que arrojó fueron algo peores de lo habitual, es el único libro que me han saldado. También es cierto que tenía una tirada enorme, y además está en electrónico con la piratería por las nubes. Veníamos de reeditar Cenital, que había pegado un pelotazo… Se sobredimensionó la tirada y hubo que saldar unos cientos de copias. Es culpa mía. Puestos a analizar qué errores cometí, uno puede ser que los lectores no esperaban que les hablara de cuestiones intimistas como la tragedia vital de un motero, sino que centrara el discurso en aspectos más exteriores, sociales, lo que ha acabado siendo marca de la casa. Para dimensionar a los personajes necesito meterme en sus sentimientos y emociones, pero no parece ser lo que la gente espera de mí. AC/DC metía gaitas en algunos discos y lo dejó de hacer porque a su público no le hacía tanta gracia…

En 2011 fuiste padre por primera vez. ¿Cómo combinas tu catastrofismo con el impulso de dejar un mundo mejor para tu descendencia?

Al salir Cenital en 2012 me preguntaron: «Acabas de ser padre, ¿cómo escribes un libro sobre el exceso demográfico en el que van a la guerra por unos condones?». Mi respuesta fue que había querido tener un hijo para que me ayudara empujando el carrito de la compra cuando atravesemos un mundo devastado. [Risas] Al año siguiente escribí un libro para mi hijo: Cuentos para Saúl: la crisis explicada a los niños. Y en la contraportada iba a poner frases como «¿Por qué papá ya no trabaja?», «¿Por qué mamá se echa a llorar cuando viene a casa un señor del banco?». Pero el resultado fue tan explosivo que era impublicable.

¿Cómo ha cambiado la paternidad tu escritura?

¡Mi hijo les ha cogido miedo a mis libros! Me llamaron el otro día del colegio para que les contara mi trabajo a los niños. Creí que se referían a lo que hace un ingeniero de sistemas, pero no, querían que hablara de mi trabajo como escritor y trajera mis libros. ¿Cuál traigo, el de la portada del tipo con los ojos arrancados? Van a tener pesadillas… Saúl ha aceptado que su papá cuenta historias de miedo, y lo ve con un respeto reverencial. Cuando empezó con las pesadillas, una noche nos vino a la cama acojonado por un susto sobre algo que había visto en la tele… Y le dije: «Todo eso se lo inventan los tipos como tu papá, y tus juguetes se compran con el dinero que le pagan a papá por inventarse esas cosas». [Risas] Hay literatura de terror para niños, y suele funcionar bastante bien. Cuando estoy fuera de casa dos o tres noches, el chaval duerme en mi lado de la cama, con mi mujer, porque le da miedo que se haga de noche y no escuchar el tableteo del teclado del ordenador de su padre. ¿Dónde está papá? Hay mucho que analizar ahí. Me ha aportado mucho ser padre. Todo el mundo madura cuando se hace padre, es ley de vida. Y los niños juegan un papel vital en la literatura de terror, obras cumbre del cine de género como El exorcistaEl sexto sentido...

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Eso es. Ser padre me ha revuelto ideas anquilosadas, veremos qué le aporta a él. Ahora que Saúl empieza a ser más intrépido, coge libros de mi estantería aunque le insista en que no toque mis cosas, y lee en voz alta los títulos. La joven ahogada, y en portada un cadáver abotargado… Este contraste tan fuerte da mucho de sí, lo quiero trabajar literariamente. A mí no me gustan los niños, me gusta el mío. [Risas] Pero sí me interesa trabajar con ellos el miedo, teniendo en cuenta que ellos lo fraguan, construyen su identidad y sus recuerdos sobre sus miedos… Hay material sobre el que escribir.

Has dicho que tu hijo te oye teclear de noche… ¿Es que escribes siempre de madrugada?

Me encanta esta frase de Bukowski: «Nunca escribo de día, es como bajar al supermercado en pijama». La magia se hace de noche. Corregir, retocar, planificar y documentar lo hago en horario de oficina. Pero redactar, inventar las historias, lanzarme al vacío tanteando, improvisando y decidiendo la manera de hablar de un personaje… Para esos procesos necesito tranquilidad y aislamiento. Ya no es que me moleste oír ruidos en la calle o tener al lado a mi mujer o al crío, no. Es que de noche el cerebro adopta una actitud que necesito para la escritura, tras todo un día de ajetreo. Me pongo los cascos a todo volumen, que me martilleen la cabeza, me sugestiono y estimulo como considero oportuno en ese momento… Y escribo. De noche. Solo de noche.

Publicaste Extraños eones en Insomnia de Valdemar. Como protagonistas, un grupo de niños que viven en el cementerio de El Cairo… Es una novela de terror lovecraftiano, pero casi resulta más terrorífica la forma en que describes la vida cotidiana de estos niños. ¿Cómo te documentaste para esta historia?

En un grupo de conversación en francés me encontré con alguien que había crecido como un homie en las calles de El Cairo, y me dediqué a pagarle cenas y hablar con él. Hice algo parecido para documentar un cuento ambientado en Corea del Norte. Intenté conducirles para que me contaran detalles cotidianos, qué desayunaban, cómo transcurrían sus días. Ese trabajo de campo me apasiona porque soy un fanático de Truman Capote, me encanta ese tipo de periodismo. La única forma de documentar algunos escenarios es mirar a un testigo a los ojos y que te cuente sus experiencias. La macroeconomía de Egipto la puedes mirar en la Wikipedia, pero es mejor que un homie que vivió en un cenotafio de la Ciudad de los Muertos de El Cairo te cuente que usaba una lápida como mesa del comedor. Tenían que mantenerla engalanada por si la familia venía a visitar al difunto, y cuando acababan de comer ponían los pies en alto apoyándose en la lápida… Esos detalles le dan verosimilitud al libro. Ir a un escenario para documentarlo es insuficiente, aparte de que no pude por ejemplo ir a Chernóbil a documentarme para Diástole. Iré a ver glaciares a Noruega para documentarme para Antisolar, pero la inmersión durante una visita es tan fugaz que no lleva más que a arañar la superficie de los datos.

En tu blog dices que las antologías de cuentos no suelen venderse bien, te cito: «Muchos editores apenas se atreven con él, pocos libreros lo empujan y la mayoría de lectores lo rechazan». Sin embargo, Ahora intenta dormir es precisamente una antología de cuentos publicada en el Club Diógenes de Valdemar y, si no me equivoco, funcionó bastante bien… 

Había visto los resultados de antologías de grandes autores, y tenía la idea de que no solían venderse bien… Pero Ahora intenta dormir funcionó. Subestimé el posicionamiento que había ido consiguiendo, el de Valdemar, la forma en que acompañamos los relatos con una breve presentación, la portada de Beksinski… Todo conectó. No habría funcionado en una multinacional, por suerte no llegué a aceptar la oferta que recibí. Valdemar tiene seguidores incondicionales que compran libros en tapa dura de gótico tradicional, leen a Bram Stoker o a Maupassant… Valdemar tiene una capacidad que no creía tener a mi alcance, porque no llevo veinticinco años muerto ni nací en Irlanda. Al firmar con Valdemar, me dijo la secretaria «Qué gustazo, al fin alguien más con quien puedo hablar sin usar una ouija» [Risas] ¡Estábamos Pilar Pedraza y yo! Ahora han entrado otros, tanto en la Diógenes de Valdemar como próximamente en Novum de Gigamesh… Soy un ariete abriendo paso a cabezazos. [Risas]

Hubo un intento previo de autopublicar en Amazon una antología, Esquivando el sueño, ¿no?

Los cantamañanas de la generación Kindle insisten en que viven de lo que les paga la Kindle Store de Amazon… Algún caso puntual habrá de alguien que haya tenido éxito, pero a menudo vendiendo libros a otros autores que intentan hacer lo mismo. Una generación entera de autores leyéndose entre ellos, como el fandom español de los noventa. [Risas] Quise tantear el formato, recopilar mis relatos y ponerlos a unos céntimos. Vi que no había forma humana de vehicular un modelo de negocio para un tipo como yo en un sitio como ese, así que me fui. Unos años más tarde Rafael Díaz Santander me ofreció publicar en Valdemar. Le dije que estaba como una puta cabra, pero contestó que funcionaría… Y sí, salió.

Soy muy fan de la dedicatoria de Ahora intenta dormir: «La dedicatoria más triste y más horrible es la que se queda vacía».

Cualquier libro pretende ser eterno… A mí, que nunca me han dedicado una obra, me parece que perdurar dentro de una dedicatoria es como si te regalaran un ramo de flores inmortal. Pero cuando dedico uno de mis libros no entrego un ramo de flores, sino una corona funeraria. ¿A quién le hago la putada de dedicarle un libro de los míos con lo duros y deprimentes que suelen ser? Le dediqué Cenital a mi hermano y se enfadó. Le dediqué Diástole a mi mujer y le gustó, pero, claro, dedicarle a tu mujer la historia de un yonqui y un aborto es raro [Risas]. Si voy a escribir libros chungos, será que soy chungo y no tengo a quién dedicárselos. Cuando Rafa de Valdemar me preguntó por la dedicatoria de Ahora intenta dormir, le dije que pusiera «Tu mujer y tus hijos», pero nadie iba a entender eso. Así que puse esta reflexión sobre dedicatorias vacías. Mis niños no tienen quien les quiera, son como los homies de Extraños eones.

En Tras una persiana veneciana muestras un apocalipsis zombi. Aun así, habías jurado no escribir historias de zombis: ¿por qué esa inquina a los no muertos?

El zombi en puridad no pertenece al canon de la literatura de terror, que viene de la gótica: fantasmas, hombres lobo, vampiros… Pero el zombi como tal proviene del cómic y del cine. No hay una tradición de clásicos escritos sobre la figura del zombi, quien dice que Frankenstein es el primer zombi o usa el vudú caribeño para darle un trasfondo mitológico lo está cogiendo por los pelos. Hasta que Stephen King escribe Cell no había habido ningún gran autor tocando el tema, se llegó a decir que Cell era la gran novela americana de zombis. A mí Cell me parece desafortunada, y eso que en general me gusta King. Lo de los zombis es una moda, una vanguardia… Se han hecho grandes libros españoles con los zombis, pero no gracias a esos zombis, sino pese a ellos. Un zombi es una fuerza de la naturaleza: tonto, sucio, muerto, podrido. ¿Qué diferencia hay entre una tromba de agua y una tromba de carne podrida? Yo no trabajo con un monstruo tan tontaina, quiero que mis monstruos tengan personalidad e identidad.

En el cuento Bola de mierda y en tu primera novela, Noche Cerrada, utilizaste la guerra civil española como telón de fondo, pero te encontraste con muchas resistencias. ¿Qué tipo de críticas fueron?

España no ha superado la Guerra Civil. En EE. UU. se ha levantado una historia de miedo en cada fosa común y en cada campo de batalla sin que a nadie le parezca que es frivolizar con la memoria de los muertos o aprovecharse del sufrimiento de las familias… En cambio, cuando se toca la guerra civil española salta muchísima inquina. Quizá porque este país nunca tuvo la Transición que se nos ha vendido, sigue habiendo dos Españas y aún hay gente luchando para que sus muertos no sigan en cunetas. Ojalá en el futuro haya un cambio de verdad y se hagan reformas, como en otros países: es increíble que en España no haya un delito de exaltación del franquismo. Cuando ya no queden ni los nietos de los que hicieron la guerra, igual se sanean algunas cosas y vivimos un boom de la Guerra Civil. Pero ahora mismo me encuentro rechazos que me impiden escribir, por ejemplo, sobre la posguerra, que sería muy interesante…

Con Transcrepuscular, primer tomo de Los ojos bizcos del sol, se ha producido un fenómeno extraño: casi se ha hablado más de las tácticas editoriales (ebook barato y edición premium en papel) que de la novela en sí. ¿Cuál fue la idea tras esos únicos mil ejemplares en papel? 

Llevaba tiempo buscando una forma no ya de viabilizar la escritura como un negocio, sino de poderme pagar los alucinógenos, salvar la dignidad, que no me arroje pérdidas este vicio de la literatura [risas]. Los autores de género estamos jodidos, porque hay como mucho unos pocos miles de lectores dispuestos a priori a prestar atención a un escritor como yo. Pues tal vez esos miles valoren el género de tal manera que están dispuestos a pagar algo más de lo habitual por un buen libro. A lo mejor la solución para los autores como yo, que hacen un tipo de literatura minoritaria, está en escribir para unos pocos pero con mayor margen. Es una idea que me daba miedo plantear a un editor. Pero Alejo Cuervo lo vio claro, él sabía que estaba vendiendo libros de lujo, que había gente comprando ediciones Prestige, que en Subterranean Press habían probado un modelo similar… Charlamos, le dije que Los ojos bizcos del sol serían muchas páginas de texto arriesgado, que tenía que dejarme la piel para darle forma… Él planteó este modelo y yo dije que sí. Si le pedimos a la gente que pague un poco más por los libros, igual dejan de quebrar las editoriales y de desmotivarse los autores hasta abandonar la obra o producirla de uvas a peras. Me pareció buena idea, me respaldaron agencia y editor, y la respuesta ha sido formidable, porque en las cuarenta y ocho primeras horas liquidamos en preventa la tirada más cara. Se han distribuido veinticinco copias por varias provincias y tenemos lectores persiguiéndolas como si fueran Pokémons [Risas]. Las tiradas limitadas, numeradas y firmadas buscan incentivar el coleccionismo, y lo hemos dinamizado más con portadas distintas que se suministran al azar. Me sentí como Jon Nieve levantando la espada en Casa Austera: «¡Guardia de la Noche, lectores, conmigo! Sois pocos, de acuerdo, pero ¿sois valientes?». [Risas]

Algunos fans entendieron el propósito, pero otros se molestaron con la referencia a «exprimir» a los fans que apareció en una entrevista. ¿Cómo viviste esa polémica?

Con la energía que me consume la literatura y tras diez años en activo, hay médicos que me recomiendan que me replantee la forma en que la ejerzo… Además, tengo enfermedades crónicas que no llevan nada bien la privación del sueño, necesaria en mi caso para escribir. Se está complicando que siga escribiendo. Recibo la presión de un profesional y ninguna de sus gratificaciones o posibilidades. Con Transcrepuscular a 32 o 42 euros no estoy diciendo que de repente valga el doble que los demás, sino que si tengo que seguir como hasta ahora prefiero quedarme en casa viendo Bob Esponja. [Risas] Lo de «exprimir al fan», teniendo en cuenta que llevo sintiéndome exprimido por la industria un tiempo, y que los lectores también demandan lo suyo… Yo no le pongo la pistola en la cabeza a nadie para que compre mi libro. Tampoco saco uno todos los años: he estado un tiempo en barbecho, he planteado un recopilatorio de cuentos… Me ha sentado estupendamente y me ha dado espacio para Transcrepuscular, pero, si sale mal esto de Los ojos bizcos del sol, a lo mejor me planteo otro timing. Intento establecer un vínculo simbiótico saludable entre la industria editorial, el público y el autor, conciliar las necesidades de cada uno de los estamentos. Los 42 euros se le piden al incondicional por el numerado y firmado, 32 euros al no tan incondicional… Y el ebook salió por 4,95 euros cuando lo normal hubiera sido el doble: hemos hecho un esfuerzo para mantener el precio bajo en el formato que menos márgenes da. Alejo tenía claro desde el principio que el ebook tenía que ser barato, porque hay gente que no puede pagar los libros. Y a esos lectores también los quiero mucho. Cuando estuve en México, en la Feria de Guadalajara, descubrí que tengo lectores ahí de libros que no se han distribuido, y eso es gracias a la piratería. Pero, ojo, ¿cuánto vale un lector que en nada valora las obras que lee? Si es alguien que no puede pagar porque está con el agua al cuello… Pues nada, ahí tienes el libro, descárgalo. Pero si es un lector que se gasta luego dinero en otras cosas de ocio, siento que considera que el acceso gratuito a tus libros es un derecho. No comulgo con la cultura libre, empecé pensando que podía funcionar un modelo así, pero enseguida me di cuenta de que no es viable. Veremos si esta combinación de ebook barato y ediciones premium en papel funciona: por ahora estamos contentos.

Últimamente, tanto algunos autores como minieditoriales usan Patreon para tener mecenas regulares. ¿Te has planteado algún tipo de mecenazgo?

Me pongo a mirar la lista de mecenas de la mayor parte de intentos con Verkami o Kickstarter y compruebo que son familiares, amigos, compañeros de guerra y de escudería, y la base de fans termina desembolsando menos de lo que debería. Si me pasa algo así, me muero del asco y la vergüenza. Además, el mecenazgo supone que antes de que la obra esté terminada haya que hacer un acto de fe. Prefiero otras vías: por ejemplo, he descubierto que mis incondicionales pueden gastar el doble de pasta de la que se les pedía. A regañadientes y perdiendo algunos en el proceso…

Mientras otros se compran las dos ediciones…

Los hay. Yo tengo miedo de que el acto de fe que supone Patreon («lo escribo si me lo pagáis») no funcione. Aparte, hay por ahí autores que se vanaglorian de haber salido adelante con mecenazgos y cuando ves su campaña de captación de fondos parece que estén mendigando. ¿Pero esto qué es? Yo a mis lectores les pido un esfuerzo económico, pero les doy a cambio un libro que entra por los ojos, bien editado y respaldado por unos avales determinados… Trabajo por anticipado, no por encargo. Un escritor de encargo escribe lo que le pida su agente según lo que busca el mercado, ¿en qué se diferencia eso de un mecenazgo? Si mi base de lectores sigue respondiendo de forma tan intrépida como hasta ahora, a lo mejor en el futuro me planteo abordar algo así, pero de momento no lo veo.

En una entrevista criticaste el worlbuilding de Tolkien, Sapkowski o Sanderson, otra declaración que levantó ampollas… ¿Cómo crees que debería construirse un mundo en libros de fantasía?

Tolkien se basó en la mitología nórdica, Sapkowski en la polaca… La creación del mundo, según Tolkien, fue a partir de la música, algo místico y religioso. Pero yo soy ateo racionalista, incluso cuando cuento una de vampiros explico por qué motivos físicos se esconden en Chernóbil. El fantástico debe mantener un pie en el suelo. Soy ingeniero y creo en la ciencia como lo mejor que ha dado nuestra civilización. Al plantear un worldbuilding me parece interesante intentar una cierta profundidad geobiofísica, plantear el biotopo, el ciclo del nitrógeno, elementos que no se suelen considerar excepto en la ciencia ficción. El fantástico es más escapista, la ciencia ficción se centra en lo conocido y de ahí parte hacia lo desconocido. Ese worldbuilding sí me interesa, porque puedo racionalizarlo todo. En los mundos pseudomedievales el escenario lo construye la historia, las civilizaciones, los mitos, las ciudades con nombres impronunciables… ¡Simplifiquemos! Esa forma de construir mundos desde el humanismo tiende a lo acientífico y ni siquiera es tendencia. Fíjate en Patrick Rothfuss: me encanta su forma de definir la magia de su mundo según la termodinámica y principios físicos. Este racionalismo hace que el lector intuya un funcionamiento lógico de la magia, le permite asir lo impredecible. Su inmersión es mucho más intuitiva. Los lectores tienen claras las bases de la ciencia. Si defino una órbita planetaria y unos ciclos de luz, todo lo demás vendrá dado a partir de ahí. El planeta no rota: Transcrepuscular es el cinturón, Antisolar es la cara oculta helada donde nunca llega el sol y Subsolar es el horno, el desierto del mediodía. Acabo de hacer un viaje a lo National Geographic por un mundo fantástico. A mí ese worldbuilding me parecía más interesante que sacar de una troupe de gitanos a un Harry Potter universitario, volviendo a Rothfuss. [Risas] Un worldbuilding mítico es colorido, pero ¿qué profundidad formal tiene? Si el mundo viene de la música, ¿qué otra locura hará falta para explicar el origen de los animales? Eso hacía Lovecraft con sus panteones: una cosmogonía teológica, mágica, mística, religiosa. ¡No me interesa! Yo siempre he tenido un pie puesto en la ciencia, y me interesaba volver racional el wordbuilding en la espada y brujería.

Por un lado Transcrepuscular es bastante lisérgica, mientras que por el otro tiene elementos argumentales tradicionales de la space opera o el sword and planet. ¿Por qué esa combinación de extrañeza y familiaridad?

Por uno de mis gritos de guerra: «Lo más crudo del realismo, lo más enfebrecido y demencial del fantástico». En química de laboratorio dos antagónicos se pueden anular estropeando la reacción… Pero también se hacen así los explosivos. Separar la fantasía y la ciencia ficción con barreras artificiales es un error de concepto. El fantástico no debería tener ningún tipo de límites: si acaso, las cuestiones lógicas y científicas mínimas para que no sea una locura. ¿Por qué mantener la tecnología en la ciencia ficción como viga principal y agarrarse a la religión en el fantástico, y servirlo separado? El sword and planet como subgénero está desguarnecido y no se ha explotado demasiado bien. En Transcrepuscular me apetecía añadirle elementos tecnológicos y científicos, resortes propios del Japón o la China feudales… Esa combinación no es usual, y me permite llevar al lector a un lugar donde no haya estado nunca. Además, me apetecía explorar qué pasaría si salimos de este mundo y logramos infectar con nuestra plaga otros biotopos remotos: será mucho peor que lo que nos espera si colapsamos aquí solos. En la solapa de Cenital decía que iba a ser mi primera y última novela, porque no pensaba que el futuro diera para mucho más. Ahora creo que puede ser incluso peor si sobrevivimos, por lo que nos espera ahí fuera.

Has publicado en varias editoriales, sobre todo en Salto de Página, Valdemar y Gigamesh. ¿Cómo te has sentido en cada una de ellas?

En Salto de Página me veía rodeado de lectores gafapastas, culturetas, gente que venía del realismo, del costumbrismo… Me publicaban a mí y después a un autor de dramas suburbanos sobre la crisis de los cuarenta. Estaba fuera del frikimundo, cuando iba a los bolos del fandom me sentía un outsider, un infiltrado. Cuando fui a Valdemar me di cuenta de que vende más literatura de género que las editoriales grandes. Ahí es donde tenía que estar, con los que editan los libros que pueblan mis estanterías. ¿No es cojonudo estar en mi hábitat natural? Volveré a hacer cosas con ellos, porque siempre me sentiré como en casa y con Rafael Díaz Santander tengo una relación estupenda… Pero no quería apalancarme ahí sin más. Tenía que ir a un sello que fuera no ya intrépido, sino territorio comanche. Y ahí estaba Gigamesh. Alejo era un incondicional de mis libros, así que un día me dijo que teníamos que hacer algo juntos. Le propuse una dragonada y aceptó… No hay ningún autor español que haya estado en Valdemar y Gigamesh. Otros españoles habían estado en Gigamesh, como Rafael Marín, pero él no pondría un pie en Valdemar. Estos cambios de registro son míos, porque probablemente esté zumbado. [Risas]

Has mencionado antes a Bukowski y Capote como referentes. ¿Qué otros tienes, dentro o fuera del género?

Me han influenciado especialmente Lovecraft, Michael Ende, Jack Vance, J. G. Ballard, John Brunner, Stephen Reeder Donaldson, Ursula K. Le Guin… Pero al final me quedo con libros concretos, no con toda su bibliografía. A veces pienso que lo que me puso a escribir fue El espejo en el espejo, de Michael Ende. Y a veces pienso que fueron poemas de Lovecraft. Me marcó La carretera de Cormac McCarthy, y es un premio Pulitzer, pero también novelas alucinantes que pasan desapercibidas, como la de José Miguel Vilar-Bou, Los navegantes, que no editaría más de mil copias. Pero luego lees la obra completa de cualquiera de estos autores y te decepciona. Me fijo más en la bala que en el francotirador. Y yo mismo suelo ser en mis libros no ya irregular, sino impredecible… Cuando un autor se encasilla me aburro, y cuando cambia no me sitúo: soy un culo de mal asiento hasta para leer.

¿Cómo fue tu experiencia como socio de la extinta asociación de escritores de terror Nocte?

Me involucré mucho al principio, gracias al empuje de gente como David Jasó y Juan Laguna. Pero la cosa duró poco, porque «asociación de escritores» es un oxímoron; escribimos solos, no en grupo. Yo quería plantearlo como la International Horror Guild, y que el premio Nocte fuera el Stoker en castellano. Y quería restringir las condiciones de acceso para exigir a los miembros que hubieran publicado más de una novela dentro del género… Empecé a tener diferencias con la evolución del grupo y me acabé desmarcando. Poco después el grupo se desbandó. Fue una pena… Pero, en fin,  tengo dos premios Nocte en casa y los tengo a la vista, no como otros que los esconden. De los cien que llegamos a ser han aguantado el tirón muy pocos, el tamaño del mercado nos tenía muy lastrados. Tampoco tengo tiempo físico para vivir, gestionar mi obra, escribir y encima participar en actividades con mis homólogos.

Últimamente hay un cierto boom de nuevos autores de género en España: Ismael Martínez Biurrun, Guillem López, Jesús Cañadas, tú mismo y otros… ¿Qué te parece que se os agrupe?

Con Ismael he compartido trayectoria: Salto de Página, Valdemar… Y una relación personal con diez años de rodaje: somos amigos y nos contamos la vida. Guillem es de mi ciudad y nos llevamos bien, pero solo le he visto tres veces. Él ha conseguido en un año cosas que antes requerían muchos, va muy rápido y bien. Pero si hablamos de grupos… Ismael es más estático que yo, es más de precisar y atacar siempre un flanco; profundiza y es más introspectivo e intimista. Y Guillem se ha vuelto muy experimental, abordando por ejemplo el transhumanismo… Siempre me he sentido muy solo, incluso como lector. Con cada libro que saco me buscan una generación, me agrupan con unos u otros autores. Pero es difícil saber a qué grupo literario perteneces cuando tienes la virtud de encabronar a todo el mundo.


Editar en tiempos revueltos: Valdemar

Valdemar para JD 0

Cualquier aficionado a la lectura que haya pasado los últimos treinta años apilando libros, e incluso en ocasiones leyéndolos, tarde o temprano habrá terminado con un Valdemar entre las manos. Libros bien confeccionados, bien traducidos, bien editados. Un antídoto contra la epidemia de la piratería digital. Una editorial singular que con mayor o menor éxito sigue dando guerra y presentando colecciones que a nadie más, ya sea en su sano juicio ya sea recién escapado de una casa de orates, se le ocurriría sacar a la venta. Vaqueros y aspirantes a papa; el color que llegó del espacio exterior y la magdalena proustiana; el tarado de Schopenhauer y los hombres topo, que quieren tus ojos… Todo cabe, y así debe ser. Siempre con cuidado, sin embargo, de no traspasar los límites académicos y volverse respetables. Conversamos con Rafael Díaz Santander y Juan Luis González Caballero, editores de Valdemar, Marta Lila Murillo, traductora, y Jesús Palacios, escritor y crítico, sobre estas y otras cuestiones. Cuestiones que esperemos nadie sea capaz de resolver jamás.

¿Veinticuántos años lleváis ya?

Rafael Díaz Santander: En realidad son treinta años, porque empezamos en el 86; por entonces teníamos treinta años. Pero libros no empezamos a sacar hasta bien avanzado ya el 87.

Juan Luis González: Nos costó tanto sacar el primer libro que tardamos un año hasta el siguiente. En aquella época traducíamos y corregíamos nosotros, apenas había ordenadores. Teníamos un XT de hierro que pesa siete kilos, ahí esta, de reliquia. Ni disco duro tiene.

R. D. S.: Iba a la increíble velocidad de 2,5 Mh.

J. L. G.: Ya corregía textos, aunque tardaba varias horas en procesarte una novela.

La decisión de lanzarse al mundo editorial, según se dice por ahí, surgió después de leer a Lovecraft, que por entonces no estaba precisamente al alcance de cualquiera.

J. L. G.: Sí, por aquella época las ediciones de las que disponíamos los aficionados al terror eran más bien cutrecillas. No eran muy fiables en cuanto a traducción. Ofrecían muchos problemas. Nosotros lo que queríamos era editar pero darle cierta dignidad, aunque no es una palabra que me guste utilizar, ponerlas al nivel de otras ediciones. Recuerdo cuando era pequeño, existía una colección que se llamaba Crisol, de Aguilar. Eran unos libros pequeños, muy bonitos, editados en papel de biblia. Era una colección que ponía al mismo nivel a Dostoievski que a Salgari, era totalmente ecléctica, no había distinciones, mezclaban aventuras con literatura «seria», terror, todo salía. Es el espíritu de las grandes colecciones de bolsillo. Es la filosofía de las grandes colecciones de bolsillo. Como ha sido Austral. Sacar el libro de bolsillo, sin dar más relevancia a unos que a otros. Ahora parece que está más compartimentado: la literatura seria para gente seria, el terror para los frikis. La idea era dedicarnos a lo que nos gusta.

Por entonces Lovecraft en España se reducía a lo que había traducido Llopis, y poco más.

R. D. S.: De Llopis había ediciones procedentes de otros países. México, Argentina, pero la primera que se hizo digna fue la antología Los mitos de Cthulhu. Pero digamos que ese no es el motivo principal. Empezamos por una colección que se llamaba «Tiempo Cero», que tenía una intención claramente de literatura fantástica, pero enseguida vimos que si nos quedábamos ahí no íbamos a llegar a ninguna parte. Porque hay muy poca gente a la que le interese, no es suficiente gente para hacer rentable una empresa. Vimos que teníamos que diversificarnos en clásicos y en aventura.

¿Y ahora? ¿Ha crecido ese público de base?

R. D. S.: Ahora las cosas están casi peor. Lo que se vende ahora mismo es irrelevante. Las salidas de las novedades son muy flojas, nosotros nos mantenemos gracias al fondo, quinientos o seiscientos libros. Y por otra parte hay un gran afloramiento de editoriales nuevas. A mí me gusta muchísimo que haya tanta diversidad, pero es que hay muy poco a repartir. Las tiradas que se están haciendo son de mil ejemplares, mil quinientos. Pasar de mil ejemplares hoy en día es un éxito de ventas, y eso en un país de cuarenta millones de habitantes en realidad es un fracaso.

J. L. G.: Se produce una situación paradójica: en un país con un índice de lectura muy inferior al que debería corresponderle por su nivel de vida se produce, sin embargo, un afloramiento de nuevos editores independientes con gran ilusión y una gran oferta editorial mensual increíble. Increíble para el público que hay. Siempre decimos que los lectores en España pueden estar encantados, porque es como en un país donde nadie come dulces pero está todo lleno de pastelerías. Joder, pues para los poco golosos es el paraíso.

Editamos mucho pero leemos muy poco.

J. L. G.: Sí, y es algo paradójico, porque va contra las normas del mercado, no hay una especie de ley inexorable de la oferta y la demanda. En los temas culturales estas cosas se rompen, no es tan automático.

¿Tenéis la impresión de que el mercado editorial lo sostenemos los que compramos libros por encima de nuestras posibilidades? ¿Los que seguimos comprando libros aunque tengamos muchos en cola?

R. D. S.: Sí, al final somos solo unos cuantos, que estamos superagobiados, que somos lectores acosados. Precisamente porque hay mil cosas que nos interesan y que nos gustaría comprar y tener y no podemos, y se nos van acumulando en filas interminables.

Valdemar para JD 1

Ahora, con la serie Insomnia, parece que os habéis atrevido a algo que no hacíais antes: editar a autores de terror contemporáneos. Incluso a editar trabajos inéditos, como los de Jesús Cañadas o Emilio Bueso.

J. L. G.: Ahora estamos en condiciones de asumir más riesgos, económicamente hablando. No es que sea lo que más se vende, pero sí lo que más se vende nos permite sacar esto.

R. D. S.: No sé si esto lo debería decir o no, pero Insomnia va floja. Es una colección que la hemos creado con todo el cariño, cuesta mucho hacer cada libro, porque tiene traducción, derechos de autor, tapa dura, contracubierta… y eso tardamos en amortizarlo. Tenemos que vender más de mil para hacerlo. Y no lo estamos consiguiendo.

J. L. G.: Es que es una colección destinada al público norteamericano, solo que está publicada en castellano [risas].

R. D. S.: Y fíjate que es la colección más reseñada de toda nuestra historia. No es que hagamos mucho esfuerzo en mandarla a todas partes, ni que nos reseñen… Somos casi antimarketing. Pero con esta nos hemos molestado en que llegue al mayor número de sitios posible, es la colección más elogiada, pero…

Ya que lo mencionas, el silencio de los medios tradicionales con vosotros es un poco escandaloso…

R. D. S.: Sí, bueno, pero es mutuo.

J. L. G.: Se debe a lo que nos dedicamos. Como publicamos novela y literatura de género, los grandes suplementos literarios de difusión nacional no se dedican a esto, van más al mainstream, al gran negocio editorial, al libro que se tiene que vender mucho. Lo nuestro, en la política de estos suplementos, es una cosa como muy secundaria.

La editorial silenciosa de referencia.

R. D. S.: Somos la editorial con más prestigio y menos reseñas de España.

Y en esto internet es fundamental. Estáis siempre a tope, cuidando a vuestro público y haciendo parroquia.

J. L. G.: Es que Rafael es nuesto community manager particular. Desde que empezó con Facebook tiene una cantidad de visitas y de «me gusta» que ninguna otra editorial tiene. Puedes comprobarlo. Lo he comprobado, y en editoriales más grandes tampoco tienen ese seguimiento. Nos entra mucha gente de Sudamérica, pero no es la única explicación. La gente que lee este tipo de literatura es muy fan de lo suyo. Son pocos, pero todos están ahí.

R. D. S.: Suelen ser gente muy aficionada al terror, a la gótica, y son muy entusiastas y muy leales y fieles. Muy tocapelotas también.

Pero de los «me gusta», de momento, no se come.

R. D. S.: No, claro que no. Con nosotros los lectores son muy considerados, muy atentos. A mí siempre me alucina un poco la cantidad de elogios que te transmite la gente. No tenemos troles.

J. L. G.: Lo que más critican, sinceramente, es el precio. No sé si es porque es gente que lee mucho y no les alcanza para comprar todo, y les encantaría que vendiéramos todo a un euro. Pero no podemos, porque a nosotros también nos cuesta hacerlo. Critican eso y en general, cada vez que anunciamos un libro, les parece maravilloso y estupendo, con frases sonrojantes. «Es que me hacéis feliz, es que mi vida sin vosotros no tiene sentido». Yo entiendo que es de cachondeo.

R. D. S.: Había uno que decía que había tenido más orgasmos con Valdemar que con su novia.

J. L. G.: Son muy maximalistas.

Marta Lila: Pero es que a lo mejor no. A lo mejor es un loco de la pradera que está ahí esperando a que salga un libro para tener un orgasmo.

J. L. G.: A nosotros también nos hace felices editar estas cosas. Quizá no a ese extremo…

R. D. S.: Lo que no encontramos en la prensa, que nunca nos ha hecho ni caso, quitando excepciones, lo encontramos en la gente que nos sigue. El desinterés, en realidad, ha sido mutuo, porque a ellos no les interesamos nosotros, y a nosotros no nos interesan ellos.

¿Pero no creéis que en cierto modo esa actitud de la prensa, de desprecio, refleja un poco la baja consideración social que se tiene hacia la literatura de género?

R. D. S.: Es que creo que hay mucho amiguismo en España, en este rollo literario. Es, como decía Trapiello, el club de las almendritas, que son unos cuantos que se las reparten.

Estuvimos hace poco con Juan, de la librería Estudio en Escarlata y…

J. L. G.: ¡Nos ha dado un premio hace poco! ¡Y venía hasta con regalo, una botellita de whisky!

R. D. S.: Es mejor que los del Premio Nacional, que no nos dieron nada.

Es cierto, en 2001 os dieron un premio nacional. ¿Tenía algún truco? Una editorial que apenas sale en los medios…

J. L. G.: Pues fuimos a Barcelona a recoger el premio, subió Rafa, que se puso hasta corbata, pero no dio ningún discurso lacrimógeno como en los Goya. Nos dieron una placa, que no sé ni dónde está.

Podrías haber dicho lo que cuenta Anguita que diría si volviera al Congreso: «¿Y ahora qué, hijos de puta?».

J. L. G.: No nos habrían dado jamás una ayuda más. Y eso que nos dan y pedimos pocas.

R. D. S.: Fue muy extraño que nos lo dieran. Yo creo que lo hicieron porque fue el año que editamos A la busca del tiempo perdido de Proust.

J. L. G.: Claro, cómo se lo van a dar a una editorial que se dedicaba solo a publicar literatura gótica. Además, es que el responsable de cultura era Luis Alberto de Cuenca, y él es muy fan de la literatura gótica. Pero hay un jurado, eh. Lo sé porque al año siguiente nos tocó ir, porque es como los Óscar, que si te premian vas de jurado el año siguiente. Hay votaciones y no existe ese nepotismo de que lo que diga el secretario de Estado va a misa. Puede intentar meter a un candidato, pero no puede ser solo porque a él le guste la colección gótica —que me consta que le gusta—. Quizá Luis Alberto lo introdujo, pero luego hubo un jurado que votó, y votó a favor. Muchos premios han sido ex aequo, prácticamente todos, pero el nuestro fue solitario. No hubo empate en la votación.

R. D. S.: Nosotros le hemos dado siempre mucha importancia a los clásicos, que en realidad nos dan más dinero que el terror. Nos gusta más el terror, y como nuestra motivación no es el dinero estamos más volcados en ello.

J. L. G.: Sí, pero de Proust hemos vendido mucho más que de autores de terror, curiosamente. Entiendo que van a otro público. En Valdemar hay cierta esquizofrenia porque queremos tener distintos públicos no comunicados entre sí. Los que leen la colección Frontera no coinciden con los que leen la colección Gótica, y los que compran Kafka, Proust y Flaubert no son los mismos que compran Frontera o Gótica. Pero eso está bien.

R. D. S.: También tenemos los valdemarianos, que compran todo.

J. L. G.: Hay gente que se intercambia fotos de la colección Gótica diciendo: «Yo tengo todos, jodeos». De hecho, de libros que llevan años agotados, se piden precios muy por encima de lo marcado. Intentamos deshacer esa especulación reeditando todo, incluso mejorando la edición. Pero claro, no damos abasto, porque a lo mejor quince o veinte de ellos llevan diez años agotados. La gente a la que le falta un título paga cien pavos, doscientos pavos… E intentamos desmontar esa especulación. Es una colección que empezó hace más de veinte años. Había uno de Zaragoza, que era amigo de nuestro amigo Alfredo, que se queda con restos de edición, que quería que le consiguiéramos los títulos que le faltaban. Y estaban agotados. Y claro, Alfredo estaba acojonado, porque este era juez y decía: «¿Cómo le voy a decir que no le puedo mandar los que faltan?» y tal. Que hasta un juez hace la colección Gótica, en un momento dado.

Valdemar para JD 7

Un juez, un secretario de Estado como Alberto de Cuenca, el hijo de la duquesa de Alba Jacobo Siruela… Tenéis fans de literatura de género de todo tipo. La imagen de que es una literatura que solo nos gusta a cuatro frikis se desmorona…

J. L. G.: Yo diría que hay frikis en todos los estamentos sociales.

R. D. S.: Ojo, Luis Alberto de Cuenca es muy friki. Es un tío que no se le caen los anillos por coleccionar tebeos, fanzines…

J. L. G.: Es un poco como Savater, en otra línea. Lectores tan compulsivos que conocen las cosas desde un tebeo de el Capitán Trueno hasta una edición erudita de un clásico griego. Comen de todo, son grandes entusiastas y animadores de la lectura con su sola presencia. Hablan de los ratos felices que han pasado en su vida leyendo, y se te cae la baba escuchándolos.

M. L.: O un fiscal del Estado, mira a Eduardo Torres-Dulce. Le encanta la colección Frontera.

J. L. G.: Incluso en la tele lo ha dicho. Ha escrito un ensayo sobre la caballería americana en el cine, es un especialista. Claro, la colección esta le encanta, porque no hay nada en España parecido a eso. Está encantado.

De hecho, os ha recomendado alguna vez en aquél programa que tenía, Cowboys de medianoche.

J. L. G.: Es verdad, ese que hacía con Garci y con César Vidal.

R. D. S.: César Vidal es otro gran fan de Valdemar.

M. L.: Savater, durante una Feria del Libro, hizo una reseña en Babelia de Felices pesadillas alucinante.

J. L. G.: Fue acojonante. Fue uno de los libros más vendidos de nuestra historia. También es verdad que eran los cincuenta mejores cuentos de terror publicados en quince años de Valdemar. Como referencia y especialistas en terror, el que nunca compra terror debió de pensar que era la antología que debía tener. Cuando vendes a gente que no es del grupito es cuando vendes más, porque es un público mucho más amplio. Con H. P. Lovecraft nos está pasando, se está generalizando. Las ventas que tienen los dos tomazos que hemos sacado con toda su obra ya no se justifica con el círculo de lectores de género que hay en España, sino que va mucho más allá. Está comprándolo gente que no lee literatura de terror.

Es cultura popular, ya.

J. L. G.: Absolutamente. También ha sido publicado en la colección de Penguin, en clásicos norteamericanos. Y a Lovecraft, en Estados Unidos, que lo tenían como una especie de friki, ignorado autor pulp, hace ya una década o así, han empezado a considerarlo uno de los grandes autores del siglo XX. Por su difusión mundial, por sus traducciones a otras lenguas… Si no por un valor literario, cuanto menos un valor social, que muchísima gente lo ha leído y le gusta.

Y por eso, por la penetración en la cultura pop, como ya está en videojuegos, cómics, la palabra Necronomicón sale hasta en los dibujos animados…

J. L. G.: No te puedes imaginar, lo de Lovecraft es como lo de Holmes.

R. D. S.: Cthulhu se ha vuelto ya un icono popular. Hay hasta peluches.

¿Y cómo se produce ese salto de consideración? Porque hay autores que continúan relegados a ese desprecio de género, el mismo en el que estaba Lovecraft hasta hace no tanto.

R. D. S.: Pues es difícil. Ahora hay que remontarse hasta atrás, cuando yo era pequeño, y Lovecraft era casi un autor maldito, que había que buscarlo.

M. L.: Creo que es porque ya se ha adaptado a la literatura académica. Por ejemplo, hablamos de Proust, y si las ventas de Proust son regulares es porque se ha incorporado al catálogo de las universidades. El profesor te indica las ediciones en castellano, y la más completa va a ser la edición de Mauro Armiño de Valdemar porque tiene todas las notas… Con lo cual ya tienes a una población estudiantil que va a comprar ese libro. Ya no es solamente el grupito de frikis.

J. L. G.: Hay gente que incluso está haciendo tesis doctorales sobre Lovecraft.

R. D. S.: El caso es que Lovecraft tenía todas las cartas para ser un autor maldito. Era muy incorrecto, sus opiniones políticas eran detestables…

J. L. G.: Todo para triunfar: un misógino, racista, facha… Encantador.

R. D. S.: Pero tampoco hay que olvidar que tenía una vía humorística muy acusada que no todo el mundo ve. Pero si analizas la obra de Lovecraft y de todo su círculo encuentras mucho humor soterrado. ¿Por qué ha triunfado? La verdad es que no lo sé.

J. L. G.: Es que es un tipo de horror que no se ciñe a los fantasmas victorianos, que no dan tanto miedo. El horror cósmico es un horror más penetrante, metafísico, psicológico. Yo creo que permea más en la gente. Lo otro es como más cliché, y por eso Lovecraft es el gran renovador de la literatura de terror del siglo XX.

Que otros autores, tanto literarios como cinematográficos como de casi cualquier medio, le citen como gran influencia ayuda mucho. Como en la nueva serie de Stephen King de 22.11.63 que adapta su libro, donde hay homenajes explícitos. De hecho, King dijo algo en su Twitter sobre Lovecraft y un estudio corroboró que después de eso habían aumentado la venta de libros de Lovecraft.

J. L. G.: Ha pasado con Robert Chambers y la serie True Detective, la primera temporada. Se mencionaba de pasada El Rey Amarillo, y nosotros hemos agotado la edición en un año. Porque hay referencias veladas. La serie no es que tenga nada que ver con el relato, es un homenaje personal de Nic Pizzolatto. Pero claro, la serie ha sido un fenómeno tan acojonante como para que cosas tan laterales como una referencia literaria agoten edición. Porque si la serie va sobre el relato en concreto, lo entiendo, pero no era el caso.

Quizás sea porque el público trató, mientras la serie estaba aún en emisión, de adivinar el desarrollo en El Rey amarillo. Como si fuera a encontrar allí pistas de lo que ocurriría.

J. L. G.: Sí, y al final fue un «no chavales, no vais a salir de dudas». Ha sido una venta por equivocación.

Valdemar para JD 2

En una librería nos lo contaban, la cantidad de libros que salieron con la etiqueta «El Rey Amarillo, que inspiró True Detective»…

R. D. S.: Sí, pero el nuestro no lleva esa etiqueta. Porque somos además contrarios a esa tendencia. El libro llevaba un par de años editado. Siempre habíamos querido editarlo porque es uno de los grandes clásicos. Ya por fin lo sacamos, y llevaba su venta lentísima hasta que salió la serie. Y de pronto…

M. L.: Nos hacía mucha gracia, porque parecía que Pizzolatto se sabía los títulos de la colección Valdemar. Mencionaba frases de Thomas Ligotti, de La conspiración contra la especie humana, que son tal cual las dice Matthew McConaughey, luego las referencias al Rey Amarillo, luego lo de Carcosa… ¡Todo estaba en el catálogo de Valdemar!

J. L. G.: Es que Pizzolatto tiene pinta de ser un poco friki, y hay coincidencia, aunque no le conozcamos ni él a nosotros tampoco. En la FNAC pusieron una chapita debajo de la edición de La conspiración contra la especie humana, y lo que ponían era: «Frases literales del detective Cohle en este libro». Y así estaba en el escaparate.

R. D. S.: Es acojonante, es que cualquier cosa apoyada por una serie o una película se dispara. No me quiero ni imaginar ya lo que debe ser Juego de Tronos. Si nosotros a este nivel hemos vendido esto, lo que será aquello.

De hecho, no sé que editorial grande fue la que les ofreció un pastón por quedarse con los derechos en España…

J. L. G.: Hombre, la verdad es que tiene mucho mérito el editor original, Alejo Cuervo, que es un poco underground y minoritario, como nosotros. Normalmente cuando un autor tiene una oferta de una editorial que es la que más distribuye en un país, no él, su agente literario, es el que dice «tú te callas y se lo vamos a vender a estos que son los que saben de vender». Este habrá preferido que se lo edite alguien que le gusta, que disfruta con ella, que se preocupa por hacer buenas ediciones…

M. L.: Y que apostó por él antes que nadie.

Exacto, es que es algo que va en ambas direcciones. Lo que hizo Alejo con George R. R. Martin fue traerlo aquí cuando no lo conocía nadie.

M. L.: Justo, se gastó su dinero en una traducción, y lo dio todo.

J. L. G.: A mí me gusta mucho que una editorial de género de pronto se haga rica, si se puede decir así. Porque normalmente eso les pasa a otro tipo de editores.

M. L.: Lo bueno es que Alejo ha vuelto a reinvertirlo todo en más libros.

J. L. G.: Como suele ocurrir. Nosotros también somos tan románticos que si nos hiciéramos ricos, empezaríamos a editar cosas con las que perderíamos dinero.

Hablando de Ligotti, contadnos, porque creo que llegar hasta él no ha sido precisamente un camino de rosas.

M. L.: No, con él personalmente no hemos dado aún.

R. D. S.: De Ligotti habíamos oído hablar a amigos, mal en general, porque la traducción que había en España no era buena. Nos interesó sacar obras ya completas de él, empezamos con Noctuario, seguimos con Grimscribe y el mes que viene el Teatro Grottesco.

J. L. G.: La colección Clásicos de Penguin le ha publicado recientemente dos colecciones de cuentos, consagrándole ya como un escritor reputado.

Y no habéis llegado a contactar con él nunca, es una especia de leyenda.

J. L. G.: De hecho yo creo que nadie. Y sí, hay una especie de leyenda en torno a si existe o no. Es un tipo tan misántropo yagorafóbico que no habla con nadie. En su página a veces otros comentan por él, pero no se sabe si es él. Hay fotos por internet de Ligotti, pero son confusas. Tiene una neurosis muy potente.

M. L.: Pero las entrevistas que hace son verdaderas tesis doctorales. No hace muchas, pero las que hay las respuestas son increíbles. Pero tendrá tres o cuatro.

R. D. S.: En Teatro Grottesco se ve cómo se transmite la neurosis y la psicosis de Ligotti al cuento.

M. L.: La dificultad que tiene para traducirle es la ambigüedad, la línea roja que no debes traspasar para no darle más pistas al lector de las que puso el autor. No puedes tú explicar lo que no queda claro: es el autor el que lo ha dejado ambiguo a drede para que no quede claro. No hay que poner nada de tu cosecha.

Se le ha definido como el Mallarmé del terror.

J. L. G.: Sí, es que es un autor de terror pero sus lecturas favoritas luego son Nabokov, Borges, Kafka… Clásicos reputados, no de género.

M. L.: Y luego, como lo llama él, utiliza el terror corporativo, que a mí me resulta muy kafkiano. Es su tema: hay fuerzas cósmicas, pero de grandes corporaciones o empresas donde el individuo no es más que un animalillo que está ahí y no puede hacer nada.

Los primigenios son las grandes corporaciones.

M. L.: Sí, incluso tiene un cuento en el que las personas no son de países, son de corporaciones.

J. L. G.: Bueno, ahora casi estamos en eso ya.

R. D. S.: Pero Ligotti tiene también mucho de autor centroeuropeo, por eso nos resulta tan extraño. Hay mucho de Kafka, de autores oscuros. Es muy intelectual, muchos lo llaman terror filosófico.

Valdemar para JD 3

Sobre la plaga zombi y vampírica que se desató hace unos años, ¿cómo va la moda de esas dos vertientes del terror soft?

R. D. S.: Coño, pues no sé qué decirte, porque ya no estoy muy enterado de estos últimos fenómenos. Hubo una época en la que sí, estábamos invadidos por vampiros adolescentes. El zombi sigue triunfando.

J. L. G.: Ha declinado un poquito, aunque ya ha durado más de lo que yo sospechaba que podía durar una moda. Y todavía siguen editando bastantes libros.

R. D. S.: A mí es que el zombi me resulta muy aburrido. Nosotros editamos una antología de zombis, que para mí es lo mejor que ha salido, una antología de Jesús Palacios, que te da una visión de lo que es el zombi desde sus inicios en el vudú hasta nuestros días.

J. L. G.: Con ese libro zanjamos todo lo que había que decir sobre los zombis. Darle más vueltas es absurdo. Y como las cosas se repiten mucho, se entra en un cliché, y todo resulta autoparódico y chusco.

Pero la infantilización (en el mal sentido de la palabra) del terror, en general, persiste.

J. L. G.: Estos fenómenos no nos gustan mucho, pero no sé, a lo mejor sí contribuyen a que la gente luego quiera leer otras cosas.

R. D. S.: No. Lo peor es que hay gente que no da el salto, gente a la que le han gustado los zombis y se queda en los zombis y quiere leer el mismo zombi siempre. Que las cosas sean siempre iguales.

J. L. G.: Esto pasa con muchas sagas, como lo de George R. R. Martin o J. K. Rowling. Hay fenómenos increíbles. Hay gente que piensa que esos adolescentes, cuando acaba la serie, se quedan como lectores habituales, y no. Cuando se acaba la serie, se acaba. Alguien que ha leído tres mil páginas y luego no vuelve a leer en su vida.

R. D. S.: Es el lector no evolucionado, que se queda en lo que conoce, en lo que le gustó, y todo lo que lea quiere que sea igual. Pasa un poco también en la música, la gente a los Rolling Stones les pide las mismas canciones, y se mosquean cuando el grupo cambia de registro.

J. L. G.: Y ahí tienes a Kiss FM poniendo las mismas putas canciones siempre, porque es lo que la gente quiere oír.

Vamos, que no llegan a Valdemar muchos lectores de Crepúsculo despistados.

R. D. S.: Yo creo que no. En general, esos lectores se pierden.

J. L. G.: Son fans de una historia concreta, no del género. Porque si extrapolas esas historias a otra época o a otro registro, se bajan.

R. D. S.: ¿Cuánta gente se está leyendo Canción de hielo y fuego y se queda ahí, no investiga otras cosas? La mayoría.

Y, ¿cuánto es culpa de las grandes editoriales que enfocan todo a repetir hasta la saciedad el mismo éxito?

J. L. G.: Mucha.

R. D. S.: Mira lo que pasó con Cincuenta sombras de Grey: las librerías se inundan de libros de igual e incluso inferior categoría para buscar el mismo éxito.

J. L. G.: Y nosotros estamos en las antípodas de eso. Hacemos buenas ediciones para grandes aficionados y esas otras cosas ni las entendemos, ni nos gustan, ni pensamos que esos fenómenos nos podrían traer un público que le interesara algo más. El personal es que es así y no puedes hacer nada.

R. D. S.: Tenemos callo desde hace veinte años, al principio nos llamaba la atención pero ahora ya… Sabemos en qué país estamos y lo que se puede esperar de eso.

M. L.: Yo no conocía Valdemar cuando empecé a traducir para ellos, y de repente mi hermana, que trabaja en la facultad de psicología, y sus colegas me decían: «¡Valdemar! ¡Pero si a mi me encanta!». Se conocían hasta los nombres, ¡pero desde cuándo alguien conoce los nombres de los editores! Se conoce a Lara y poco más. Yo me quedaba alucinada.

J. L. G.: Realmente ese es nuestro premio. La generosidad de algunos lectores que les gusta lo que hacemos y son entusiastas.

R. D. S.: La verdad es que yo no sé si eso ocurre con otras editoriales, ese nivel de fanatismo. Con Valdemar es que hay tíos que te paran por la calle. Aunque lo entiendo un poco, porque yo también he sido muy fanático de muchas editoriales.

La mayoría de editoriales reconocen que alguna cosa sí que han publicado con la nariz tapada, casi para después poder darse el lujo de publicar lo que quieren. ¿Vosotros también?

J. L. G.: No, porque además no tendría mucho sentido. Porque podríamos haber tirado por una línea más comercial desde el principio, por una línea de lo que más se vende. Y entonces no habríamos palmado pasta.

M. L.: Habrían sacado El Código Da Vinci.

J. L. G.: Pero es que cuesta mucho dinero ser coherentes.

R. D. S.: Jesús justo publicó un libro sobre los desastres de Valdemar.

¿Y cuáles son esos desastres?

Jesús Palacios: Pues justo mis autores favoritos. Era una colección con el barón Corvo, Pétrus Borel, la colección de Planeta Maldito. Gente maldita que lo es precisamente porque no vende.

R. D. S.: Autores que sabíamos que eran invendibles pero que tenían que estar ahí, que debíamos publicarlos. Y mira que esa colección funcionaba muy bien, porque metíamos eróticos, tipo Las once mil vergas de Apollinaire, que se leían muchísimo. Pero luego estaban los libros menos vendidos.

Asteroide sacó el libro de En busca del barón Corvo, ¿no ayudó eso a vender?

R. D. S.: No, no, nada.

J. P.: Lo curioso es que su biografía, que ya estaba publicada hace muchos años, es un libro que siempre se ha vendido muy bien. Su biografía se vende, pero sus obras no. Siruela también publicó en la colección Ojo sin párpado y fue de los menos vendidos. Con ese precedente yo le dije a Valdemar que lo sacáramos…

J. L. G.: Y es uno de los mejores libros que hemos editado, pero no vendido.

J. P.: Es que es una colección que tenía mucha querencia por los autores finiseculares, relacionados con el simbolismo, con el modernismo, el decadentismo… Sacamos a dos que son de mis autores favoritos de ese mundillo, Corvo y Ronald Firbank. Son libros que no se han vendido, pero visten mucho.

J. L. G.: Pueden que nos hayan dado prestigio. Aunque muchas veces dices eso de «cambiamos un poco de prestigio por un poco de oro».

R. D. S.: De todas formas he de decir que son libros que me gustan mucho. Yo hubiera querido hacer una especie de «biblioteca del infierno» con todos estos autores. De tocarnos la lotería si que hubiera hecho una cosa así, me habría permitido el lujo.

J. P.: Creo que siempre habéis tenido la política de sacar un libro que os apetecía mucho inmediatamente después de tener dos libros que se habían vendido muy bien, aunque sabíais que aquel no se vendería. Aprovechar la liquidez para daros el gusto.

J. L. G.: Sí, los frikis en general cuando tienen dinero se lo gastan todo en sus vicios, y nosotros reinvertimos lo que ganamos de un libro en otros proyecto de más riesgo. Aunque pierdas una parte de esto.

Valdemar para JD 4

Los editores suelen hablar de la «responsabilidad social» de la edición. De proveer al público de una literatura de un determinado nivel, para elevar el de la oferta. ¿Vosotros sentís esa «responsabilidad» con el público en general, o con vuestro público?

R. D. S.: Nuestra responsabilidad empieza y acaba en nuestro público. Los fenómenos de superventas están bien porque ayudan a que las librerías subsistan, si no fuera por ellos estaríamos sin librerías ya. En cierta medida agradezco esos bestsellers, pero nosotros estamos en nuestra guerra, publicamos para el club Valdemar, digamos.

J. L. G.: Aunque nos gustaría que el club Valdemar fuera más amplio.

J. P.: Es absurdo pensar que la gente pueda pasar de leer Crepúsculo a leer al barón Corvo o Bram Stoker.

De hecho hay libreros que nos cuentan que venden el libro de Stoker como «el libro que inspiró a la autora de Crepúsculo».

J. P.: Sí, recuerdo haber visto hace no mucho una secuela de la Isla del tesoro y en la cintita ponía «una secuela, superior incluso a la original». Pobre Stevenson, vaya hostia.

R. D. S.: Nosotros somos muy enemigos de ese tipo de cintas y citas un poco engañosas. «Trescientos mil libros vendidos desde que se editó en Francia» como pasó con El salario del miedo. No queremos buscar subterfugios de esa clase.

J. L. G.: A nosotros nos ofrecieron primero True Blood antes de la serie de televisión, y nos pareció que era una secuela de Entrevista con el vampiro y que estaba muy visto. Y lo rechazamos. Ahora la editorial lleva ocho o nueve volúmenes, pero bueno…

R. D. S.: ¡Si es que somos gilipollas! Pero bueno, hablando de la responsabilidad, yo sí que siento un poco de orgullo de que haya muchas generaciones jóvenes que han mamado de Valdemar. Muchos escritores que nos hemos encontrado ahora como Emilio Bueso o Jesús Cañadas, y eso en cierta manera es gratificante. Y después en la Feria del Libro vemos que hay un público más o menos joven que nos sigue, que muchos se forman en el género con Valdemar.

J. P.: Y no solo en el género, Rafa. La colección de Intempestivas además ha hecho cosas con festivales de cine, y ha dado oportunidades a gente como Rubén Lardín. Y haber publicado en España a gente como Camille Paglia, que es una de las pensadoras más importantes del siglo XX, es una cosa de la que estar muy orgulloso. O los dos libros de Cultura del Apocalipsis de Adam Parfrey.

Llopis ha dicho hace poco que no ha vuelto a sentir miedo como cuando tenía catorce años. ¿Y vosotros?

J. L. G.: Creo que gracias autores como Ligotti, no estoy de acuerdo. Yo no lo habría disfrutado de adolescente, porque no pillaría ni la mitad.

R. D. S.: Siempre vas descubriendo cosas nuevas con la edad, aunque quizá la emoción del miedo realmente solo la tienes cuando empiezas a leer. Luego se va convirtiendo en otra cosa, en un juego intelectual del que participas voluntariamente con la famosa suspensión de incredulidad. Pero el miedo genuino sí que es cierto que lo tienes cuando eres más joven.

J. L. G.: Hombre, porque todas las emociones son más intensas. Luego el juego pierde intensidad pero gana conocimiento, porque se hace más sofisticado.

J. P.: Pensar en la literatura de terror como que su función exclusiva es dar miedo es muy reduccionista.

De ahí viene la losa de ser considerado subgénero.

J. P.: Exacto. Y pasa aún más en cine que en literatura, porque se asocia al susto y a pasar un mal rato. Y evidentemente eso forma parte intrínseca de la literatura de terror, pero no es el único elemento. Hay otros muchos niveles de disfrute, cosas que vas aprendiendo y vas sofisticando con el paso del tiempo. Creo que es el proceso lógico de madurez del lector, y que aprovechan los buenos escritores de género. Lees Drácula con catorce años y lees una cosa, lo lees con treinta y es otra, y cuando lo haces con cincuenta lees otra que al mismo tiempo contiene todas las anteriores. Yo ahora no puedo sentir miedo como cuando tenía catorce años, pero cuando leo a un autor como Grabiński siento una cosa muy aproximada, que me permite resucitar un poco esas emociones en la medida en la que me lo puede permitir mi madurez actual. Que es más decadente.

R. D. S.: El primer libro que recuerde que me impresionó fue El doctor Jekyll y Mr. Hyde, porque me asustó y me hizo descubrir que la literatura era algo importante, porque dejaba aflorar en mí algo que estaba oculto. La parte oscura que llevamos dentro. Esa emoción es muy difícil de repetir.

J. L. G.: Para mí fueron más bien los cuentos de Poe. Y leyéndolos ahora, alucino que con trece o catorce años los leyera, los entendiera, y los disfrutara. Hoy en día me gustaría saber si un chico de esa edad coge a Poe y lo disfruta, porque tiene una prosodia que no coincide con cómo se habla hoy o con los guiones de cine…

J. P.: Creo que lo que ha dicho Rafa es muy interesante, porque una de las funciones de la literatura de horror es asustar, pero otra de ellas, como diría Anton LaVey, no es exorcizar, sino ejercitar a la bestia. Reconocer tú mismo aquellos elementos de ti que te asustan, que son antisociales, primitivos o agresivos, y el ver como eso tiene una función en el arte, literaria y estética. Y no una función domesticadora, prefiero pensar que es ejercitadora, porque esa parte del ser humano es fundamental para la cordura y para la supervivencia. Si no existiera esa literatura y ese cine que nos acostumbra a lo peor de nosotros mismos y de nuestros vecinos, probablemente pensaríamos que el mundo es como las comedias románticas de Hollywood o en las canciones de Los Planetas.

R. D. S.: Es mejor que pensemos que vivimos en un mundo lovecraftiano.

J. P.: No es que lo pensemos, ¡es que vivimos ya en él! Y como vivimos en él, es mejor saberlo.

¿Es casualidad que Lovecraft, junto a Kafka, sean de los pocos autores que tienen un adjetivo propio, lovecraftiano y kafkiano?

J. L. G.: Cuando un autor tiene ya un adjetivo propio es que ha calado definitivamente en la cultura. Se convierte en universal.

J. P.: Porque además ya trasciende lo literario, vas por la calle y dices «esto es un poco lovecraftiano».

R. D. S.: Y sobre todo porque el sistema es cada vez un poco más Cthulhu…

Hablando de lovecraftiano, Revival, de Stephen King lo es. Pero, con todo el reproche, Rafa, creo que tú dices que no te gusta nada el Stephen King desintoxicado…

R. D. S.: Es un poco broma, y aunque no lo he verificado documentalmente tengo la sospecha de que desde que abandonó la cocaína y el alcohol dejó de ser interesante. Al menos para mí. Porque el King que echo de menos es el King de los cuentos, como narrador de historias cortas me parece muy difícil de superar por nadie.

J. P.: Pero como el mercado mismo se ha destruido… Pasa también con George R. R. Martin, que se hizo famoso como narrador de cuentos cortos, y eran cojonudos. A King le pilló justo el cambio de mercado, que volvió a los cuentos, y lo aprovechó. Todo el mundo que hacía novelas de doscientas páginas empezó a hacerlas de dos mil, pero como Stephen King tuvo muchísimo éxito, él mismo contribuyó a que el cambio fuera más radical.

R. D. S.: Como nos dedicamos más a la colección Gótica, cosas anteriores al siglo XX, abundan los cuentos. Nosotros vivimos un poco del cuento, aunque sea un chiste muy malo.

¿Y cómo os hicisteis con Danza macabra, el ensayo de Stephen King?

R. D. S.: Es una larga historia. Estuvimos cinco años detrás de ello…

J. L. G.: Cuando preguntamos por ese ensayo a la agencia literaria que lleva los derechos de King en España, le dijimos que a la editorial habitual no le interesaría publicarlo. Porque habían pasado muchos años desde su publicación en Estados Unidos y nunca lo habían hecho. Les preguntamos que si había alguna posibilidad de que lo hiciéramos nosotros. Y tardaron cuatro años en contestar a esa pregunta, posiblemente porque tampoco al editor español que publicó a Stephen King en España le interesaba publicar el ensayo, ni que otro lo publicara. Y eso es en lo que no estábamos de acuerdo.

R. D. S.: Lo peor de gente como Stephen King, tan grandes y tan famosos, es que es muy difícil acceder a ellos. Siempre hay un agente de por medio que te corta. Y estoy seguro de que a él, si le hubiéramos trasladado la idea de que qdeseábamos editar este ensayo que nadie quería, habría dicho que sí.

J. L. G.: Planteamos a la misma agencia hacer una antología personal de cuentos de distintas obras, para que no compitiera con sus libros, e incluirla en nuestra colección Gótica, donde empiezan a estar los clásicos modernos. Nos dijo su nuevo agente que no nos podía dar ese permiso porque todas las editoriales querrían hacer lo mismo, aunque las editoriales no fueran de terror, solo porque es Stephen King. Nos negaron la posibilidad. Estamos publicando en Gótica a Ligotti, vamos a publicar a Clive Barker, pero Stephen King se quedará fuera no a causa de él, sino de su agente literario.

¿Vais a publicar por fin a Clive Barker?

R. D. S.: Dentro de nada vamos a editar en un volumen los tres primeros Libros de sangre, los mejores, con una ilustración de cubierta fantástica de Santiago Caruso.

Valdemar para JD 6

Sobre la colección Frontera que habéis sacado, ¿el interés era reivindicar el género? Porque si el terror estaba maltratado, el wéstern ya no digamos…

J. L. G.: Sí, era lo peor.

R. D. S.: He de decir que yo era un lector con cierto prejuicio, porque no la conocía. No sabía que había grandes autores con valor literario más allá del género. A través del primer libro que sacamos, Indian Country, me abrí a todo.

J. L. G.: Y descubrir a Dorothy M. Johnson, porque aquí tenemos el cliché de que la novela del Oeste es una caca y nada de eso…

J. P.: Bajo cielos inmensos, de A. B. Guthrie, es una novela que prefiero a todo lo que he leído de Faulkner, sin ninguna duda y sin ningún remordimiento. En España había una gran tradición de publicar novela del Oeste de calidad, tanto de escritores de género pulp buenos, como de grandes novelistas norteamericanos. Lo que pasa es que eso quedó tapado en los años sesenta y setenta por los bolsilibros españoles, por Manuel Lafuente Estefanía y tal. Pero por ejemplo Dorothy M. Johnson estaba publicado ya aquí, o el Wild Wild West de Guthrie. Con traducciones peores, vale, pero sí que estaban.

R. D. S.: El caso es que cuando nos propuso Alfredo publicar, éramos escépticos, porque una novela de wéstern en España… Pero el caso es que funciona, está teniendo muy buena respuesta.

J. L. G.: Porque no hay más oferta en España.

J. P.: ¡O porque a veces lo bueno funciona!

R. D. S.: A veces cosas muy concretas, como la literatura japonesa con los de Satori, funciona.

J. P.: Y también porque en los últimos años ha habido, a lo tonto, una cantidad increíble de películas y series de televisión que son wéstern.

La enésima resurrección del wéstern…

R. D. S.: ¡No lo digáis muy alto, a ver si ahora se va a poner a editarlos todo el mundo!

J. P.: Luego también está el fenómeno de Oakley Hall.

R. D. S.: Nosotros publicamos una novela suya policíaca, pero no funcionó. Ambrose Bierce era el protagonista, una novela de ficción histórica muy buena. No vendimos nada.

J. L. G.: Teníamos la continuación preparada, pero vendimos tan poco que no pudo ser. También lo intentamos con la policíaca en la colección de Valdemar-Es Pop, tampoco funcionó…

J. P.: Dejadme decir que el gran acierto de Frontera es que es cien por cien Valdemar. El tipo de libro, de portada, de edición y tal. Como la colección Gótica es a la novela gótica, Frontera lo es al wéstern. Sin embargo Valdemar-Es Pop por hache o por be, no era tan genuino, ni el sello era tan evidente.

R. D. S.: Al margen de estas disquisiciones, el problema es que hay mucha competencia. Es muy difícil meterte ahí. La de wéstern, además de porque sean buenas, ha funcionado porque no había tanto publicado. Insomnia va a tirones y renqueando, pero esta colección va bien.

Ya que menciones la colección Insomnia, ¿podría ser Extraños eones de las mejores adaptaciones de los mitos de Cthulhu en el siglo XXI?

J. P.: Puede serlo, porque por lo menos da una versión original y distinta, no se queda en un palimpsesto de Lovecraft, aporta algo. Te puede gustar más o menos, pero es algo suyo.

J. L. G.: Eso es, porque no es un remake, es otra cosa.

R. D. S.: No copia la prosa rimbombante de algunos autores que han tratado de seguir la estela de Lovecraft.

J. P.: Aparentemente lo fácil es replicar eso. Pero es mentira, porque Lovecraft escribía muy bien pese a lo que se dice, y los que intentan escribir como él lo hacen muy mal. Todo lo que han leído de que Lovecraft es un mal escritor se lo han creído, y creen que replicarlo es muy fácil… Ponen veinte adjetivos seguidos, diciendo que todo es arcano, todo es cósmico y obscuro y pulsante y abominable, y la cagan.

Académicamente se le cita como ejemplo del «buen mal escritor».

J. P.: Sí, pero eso también se dice de Pío Baroja. El año pasado hablaba con Ramsey Campbell de esto, y estábamos de acuerdo en que cuando vuelves a leer a Lovecraft pasado mucho tiempo de repente descubres que es un tío que se preocupaba mucho, casi tanto como Poe, por la esencia formal del cuento de miedo. Que buscaba muy bien los efectos y construye las historias de puta madre. Coges La llamada de Cthulhu y no solo está perfectamente construida desde el punto de vista de la gradación del suspense, sino que la técnica de collage que utiliza es literalmente lo del falso found footage de La bruja de Blair que tanto se ha repetido después. Pero claro, producido en 1930. Y eso no lo hace alguien que escribe mal. Hay que tener en cuenta que él mismo corregía cuentos de otros, y los mejoraba.

J. L. G.: De hecho, el poco dinero que ganó en su vida fue gracias a eso.

J. P.: Hay una leyenda negra que se fundamenta sobre todo en dos críticos literarios, que son Colin Wilson y Helmut Wilson, que lo pusieron a parir siempre. Y hay que contar con que a Helmunt no le gustaba la literatura de terror. Y Colin, que empezó diciendo eso, acabó escribiendo novelas lovecraftianas…

Rafa, de hecho tú decías que quien ha acusado a Lovecraft de barroco abusivo es que no lo ha leído. Cuando describe la ciudad de R’lyeh como «geometría errónea», es justo el adjetivo que necesita. ¿Dónde está el mal escritor ahí?

R. D. S.: Y aparte de eso, un escritor que ha penetrado en el subconsciente del siglo XXI no puede ser un mal escritor.

J. P.: Sí, y además ha entroncado con arquetipos preexistentes que él mismo definió. El concepto «horror cósmico», que ahora toda esta escuela filosófica del nuevo materialismo especulativo utiliza a mansalva y lo ponen al mismo nivel que cuando hablan de Schopenhauer o de Nietzsche o Hegel… Por algo será. El realismo especulativo bebe del horror cósmico de Lovecraft tanto o más como pueda beber de esos autores.

Valdemar para JD 8

Habéis mencionado antes que ciertos autores de terror empiezan a entrar en los temarios de universidades. ¿Qué otros merecerían estarlo? O en la colección de clásicos de la Penguin Random House…

R. D. S.: Yo es que no soy muy académico, así que prefiero que ninguno. Y la Penguin ya no es garantía de nada, porque también hay mucha morralla.

M. L.: Bueno, pero llega a mucha más gente.

J. P.: La literatura de género tiene muchos niveles de disfrute. Uno de ellos puede ser el académico. Cuando encuentras a un autor que conecta con lo que a ti te gusta, en cualquier género, y además es un buen escritor, estilista y gran creador literario, estás encantado. Pero —al menos en mi caso— a veces prefieres leer a muy malos escritores que también conectan con determinados gustos o con una iconografía que es agradable, que a otros muy buenos escritores que no conectan para nada a ningún nivel, ni con mi inconsciente ni con mi consciente. El género fantástico y de terror se presta mucho a eso. Prefiero leer un cuento mediocre de Robert E.Howard, o…

Los hombres topo quieren tus ojos, que mientras lees los cuentos de la antología piensas en lo mal escritos que están y lo bien que te lo estás pasando.

J. P.: Efectivamente, ese es el ejemplo, porque son cuentos que no están escogidos por su calidad literaria, sino por su cualidad arquetípica. Es como las películas de serie B o de serie Z. Hay gente que te dice que cómo te puede gustar Plan 9 del espacio exterior, que es la peor película de la historia del cine. Pues mira, me gusta porque en un momento determinado sale Tor Johnson de debajo del suelo, rompiendo la tierra con la calva en una escena totalmente onírica que es como si la hubiera soñado cuando tenía seis años. Y para mí eso vale más que ver veinte veces Ciudadano Kane.

Pero tú siempre vas a estar sujeto a la pregunta del ¿por qué? Nadie te va a preguntar por qué te gusta Ciudadano Kane.

J. P.: Cierto, pero te digo una cosa: vete a una isla desierta y escoge película. A ver quién se lleva Ciudadano Kane.

R. D. S.: Siempre digo que soy muy fan de los malos escritores, pero entre comillas. Hay muchos escritores pulp que son considerados académicamente como malos escritores. Clark Ashton Smith a mí me flipa, la exuberancia del lenguaje, las invenciones totalmente insensatas. Yo no sé que tomaba, pero quiero que me dé.

M. L.: Pero Ashton Smith es de los finos, es estilista. Y además era poeta.

R. D. S.: Bueno, hay críticas demoledoras en su época. O Howard, a mí me gusta mucho, y un académico no le considera un gran escritor. Lo que ocurre es que la gente oye «pulp» y como que se asustan. Pero no olvidemos que escritores pulp eran Raymond Chandler, Dashiell Hammett

J. P.: Lo que dice Rafa es verdad, que hay escritores malos que están muy bien. Para mí la escuela de apreciación crítica más interesante siempre han sido los surrealistas franceses, los que sabían de verdad lo que pasa. Y lo que pasa no tiene que ver con la calidad académica o literaria, tiene que ver con el sentido de la maravilla, con lo onírico, con lo subconsciente individual y colectivo. Eso puede funcionar en un gran escritor y todos contentos, pero puede funcionar en un muy mal escritor que sin embargo, por los motivos que sea —porque era un esquizofrénico paranoide incurable— pues de repente te da imágenes y visiones que te descubren cosas. Que te divierten o que te vuelven loco.

R. D. S.: Uno de los libros que más me ha influido a mí en la vida ha sido la Antología del humor negro de André Breton. Me descubrió una cantidad de autores que para mí eran inimaginables.

J. P.: Lo bueno de los surrealistas es que iban más allá, es que se iban a FantômasGaston Leroux

R. D. S.: Joder, ¡cuánto me habría gustado editar a ese hombre! El día que nos toque la lotería será eso.

J. L. G.: Tenemos una colección de pioneros de la ciencia ficción que dirigía Jesús cuando tenía pelo y fumaba que eran cosas también muy pulp. Cosas como muy ingenuas que pensábamos que tendrían interés para los lectores de ciencia ficción, pero claro, leían lo moderno. Lo de los pioneros era demasiado para este mercado, sería más para el anglosajón.

M. L.: Ahora lo está haciendo Paco Arellano, con tiradas de doscientos ejemplares.

J. L. G.: Paco Arellano es el único friki español más mayor que nosotros. Con la ciencia ficción ha habido una frenada, se ha notado mucho.

J. P.: Sí, porque se ha fundido también con el mainstream un poco, en España. Colecciones hay menos que hace treinta años.

R. D. S.: Incluso la serie policíaca. La novela policíaca en ocasiones va camuflada, por ejemplo Siruela las saca dentro de sus colecciones generales.

R. D. S.: Sería digno de estudio ver en qué año el género empezó a tomar mala fama en España, porque antes hemos hablado de colecciones como Crisol que editaban al mismo nivel policíaca, aventuras, y Tolstoi, y no sé cuándo se frenó…

J. P.: Quizás fue un proceso de absorción que a nosotros no nos gusta.

R. D. S.: ¡Fueron los académicos! ¡Malditos!

J. L. G.: En los años setenta la literatura era una cosa muy grave y muy densa, reivindicativa… Coincidiendo con el final del franquismo se leían cosas cosas comprometidas, y la literatura de evasión estaba mal vista.

Hemos abierto el melón con lo de «literatura de evasión». ¿Por qué es un género menor?

R. D. S.: Yo es que ni siquiera estoy de acuerdo con la denominación. Si te gusta, tú disfrutas tanto leyendo a Maimónides como a Lovecraft, el placer lo obtienes tanto de una obra abtrusa como de cualquier otra…

J. P.: El problema de llamarlo «literatura de evasión» es que tenga un sentido peyorativo. Si no, ¿qué hay de malo en evadirse leyendo? La gente se evade mucho más de lo que piensa —y mucho más de lo que reconocería nunca— leyendo historias sobre la guerra del Golfo o la guerra de Yugoslavia. Se evade de su puta vida de mierda con su familia, sus niños gritando y tal. Y encima cree que está haciendo una labor social, pero está haciendo literatura de confesionario, de «qué bien me siento ahora que he leído cómo de putas las pasan los pobres emigrantes». Te estás evadiendo igual, solo que además te diviertes menos, pero ese es tu problema. Hay que darle la vuelta a los términos.

R. D. S.: Por eso es tan irritante ese término. ¿Es que no te evades cuando lees Guerra y paz?

M. L.: Por ahí empieza un poco el desprestigio del género, y el ensalzamiento de la gran literatura, la que vale para concienciarse…

J. P.: Nosotros nos hemos criado como editores y como lectores en una época en la que eso parecía que se estaba rompiendo, en el tardofranquismo. Desde el año 72-74 hasta el 84-85 en España disfrutamos de muchas editoriales y muchos escritores de prestigio, empezando por el propio Alfonso Sastre, que fue uno de los promotores del realismo y también uno de los promotores del fantástico en España, y toda una generación, de Juan Tevar, el primer Garci y un montón de gente que venía del rollo intelectual universitario y de izquierdas. Gente que venía de la izquierda exquisita y estaba abierta la género. Había un interés porque incluso eso era, hasta cierto punto, libertario.

¿Y cuándo se jodió?

J. P.: Mi teoría es que empezó a joderse cuando conseguimos lo que creíamos que queríamos, que era dignificar el género. En el momento en que la gente empezó decir que la novela negra era buena y era marxista, y empezaron a costar cincuenta pesetas como costaban las novelas de Chester Himes en la Casa de Libro… Diez años después esa novela de Chester Himes ya no era una novela policíaca de Brugera, era un clásico de la novela negra de un escritor negro americano, comprometido con el marxismo, y ya costaba mil doscientas pelas. Pasó con todo, cada vez que dignificas algo y lo sacas del gueto, que es lo que todos creíamos que queríamos, toma: la literatura del siglo XX la pagas a precio del siglo XXI y te jodes. Todos los críticos como Javier Coma o Carlo Frabetti, que con todo el respeto los he leído con ganas y me han enseñado mucho, pero lo que consiguieron fue dar la vuelta a la tortilla y cargársela.

R. D. S.: Con todo el respeto también, pero… ¡De toda tu explicación entiendo que acusas a Valdemar de poner unos precios prohibitivos!

J. P.: A ver, vosotros hacéis unos libros de puta madre, pero los de Etiqueta Negra de Júcar, por ejemplo, ¿cómo eran? Que valían mil doscientas pelas y empezaban: «El cadáver estaba caído en la carpeta», ¡que no se me olvidará en la vida! ¡Traducían «alfombra» como «carpeta»!

Valdemar para JD 5

Hablando de dinero, vosotros decís que sois ricos en fans. ¿La piratería os afecta mucho?

J. L. G.: Es difícil saberlo, pero yo creo que no. Que ya no.

R. D. S.: Es complicado, porque creo que afecta a un nivel general. Gente que antes compraba libros ahora ya no los compra. No se sabe si te toca a ti o aquél. Creo que a los que más daño hace son a las grandes editoriales y a los autores que venden mucho, tipo Reverte, Stephen King y tal, son los más pirateados. A nosotros que nos pirateen no creo que nos haga mucho daño.

J. L. G.: Viene un poco en paralelo lo que tú vendes en librerías con lo que te pueden piratear. No es comprensible que vendas dos mil o tres mil libros de una edición y haya treinta mil personas interesadas en internet en piratear ese libro. Eso no tiene mucha lógica.

R. D. S.: Luego, ¿cuántas obras de las que se piratean de verdad se leen, y la gente no las deja en un disco duro…?

M. L.: El Diógenes del pendrive.

J. P.: Para seguir utilizando términos marxistas, es el fetichismo por el objeto, ahora el síntoma es tener mucho, luego escucharlo, verlo o leerlo es lo de menos.

R. D. S.: Con respecto a la música, yo me bajé muchísima. Que luego no he podido escuchar porque me bajé tanto que no me da tiempo ni en esta vida ni en dos más. Durante una época muchos como yo nos abonamos al modo aleatorio, tenías mucha y la ponías así. Pero desde hace dos años o así vuelvo a coger y ponerme un disco en concreto, con su cara A y su cara B.

J. P.: Hay una frase de un pensador americano, Lewis Mumford, que en el año 68 o 69 decía que ningún recipiente debería evolucionar más rápido que su contenido. Y nosotros estamos viviendo justamente en el paradigma opuesto. No se hace casi nada nuevo, me atrevería a decir nada, en calidad artística y estética, ni en literatura ni en música ni en cine —otra cosa es que se hagan buenas películas, libros y canciones; pero no se hace nada nuevo— pero lo que sí evoluciona es la tecnología de los recipientes para conservar, escuchar y almacenar eso. Lo que mola es tener el iPod, el «i» no se qué, donde en lugar de treinta películas te caben tres millones. Tres millones que no solo no vas a ver, sino que la mitad o más son mierda.

M. L.: La piratería relaja el criterio selectivo de antes, tenías que elegir lo que gastarte en un libro. Te devanabas los sesos, lo hojeabas en la librería… ¿Y ahora que tengo todo, qué leo?

R. D. S.: Amigos míos que han pirateado mucha literatura se acogotan cuando tienen que elegir qué leer. Tienen tanto…

J. P.: A la larga tiene que ser beneficioso para una editorial como Valdemar. Lo mismo que ahora hay un boom de editoriales más o menos exquisitas, que trabajan el libro como fetiche y como objeto, y creo que la gente que de verdad le gusta Valdemar, quiere el libro.

J. L. G.: Por eso decimos que no nos ha hecho tanto daño la piratería, porque al lector de Valdemar le gusta el libro como fetiche.

Sois conscientes de que sois editores quitándole importancia a la piratería…

J. L. G.: Ah, ¿que se cabrean mucho? Pero es que si la facturación ha bajado no es solo por la piratería. Es que hay muchos más factores, la piratería es un saco al que se le culpa de todo.

M. L.: Es la cabeza de turco.

R. D. S.: Hay que ser conscientes de que la piratería no es el problema, sino la falta de lectores.

J. L. G.: Somos una de las pocas editoriales españolas que no tenemos libro electrónico, así que los pirateos que hay por la red son escaneos.

R. D. S.: La piratería no es tanto un enemigo del libro en papel como del libro digital. Mientras haya piratería digital lo que no se va a vender es el ebook, porque es un poco absurdo gastarte diez euros cuando lo tienes gratis.

J. L. G.: España tiene un 3% de ventas de libro digital, y a mí me parece que está como hinchado. No me lo acabo de creer, y aun así es una cosa despreciable. Darle tanta importancia a una cosa así, sobre todo cuando se venden más otro tipo de productos relacionados con el libro, que el libro digital…

R. D. S.: Aunque sí que hay una cosa, si quieres que te diga la verdad. A mí los piratas me parecen unos jetas. Pero no es ese el problema, porque si tú tienes la oportunidad de piratear, terminas pirateando. Yo lo he hecho, y casi todo el mundo. Porque es muy fácil, y cuando puedes piratear dándole a un botón y que nadie te diga nada… Aunque cuando entro en esas páginas piratas de libros me hace mucha gracia leer los foros: «¡Gracias! ¡Gracias por tu aporte, gracias por compartir!». Me parece absurdo, y hay alguno que dice: «Coño, esa no es la cubierta original»; pero, ¿para qué coño piensas en la cubierta en una edición digital? ¿qué más te da?

M. L.: Y por supuesto, olvídate del nombre del traductor porque no aparece en ningún lado. Y eso mucha gente no lo piensa, porque ven que el autor está muerto y eso debe estar al alcance del público, no estás robando a nadie. Pero estás robando al traductor.

R. D. S.: La piratería introduce una idea que es absurda en esta civilización: la gratuidad. Es que la gratuidad es contraria al capitalismo, si pedimos gratuidad vamos a pedir más cosas, que el pan sea gratuito…

J. L. G.: Pero la banda ancha no es gratis. Es más fácil piratear contenidos que putean a un montón de pequeñas empresas, que no a Telefónica que es la que vende la avenida por la que va todo.

J. P.: Es que ahí está la paradoja. Es como la piratería en cine, que la conozco muy bien. El problema es que las mismas multinacionales que te están diciendo «hay que perseguir la piratería» son las que están desarrollando el software mejor para piratear, grabar y reproducir.

Valdemar para JD

¿Y es reversible el concepto de gratuidad? Porque una vez que una generación se ha educado en eso…

R. D. S.: Yo me imagino que un chiquillo de quince años que ya lleva toda su vida instalado en la gratuidad es muy difícil que asuma que tiene que pagarlo.

M. L.: El tema está en que no va a haber creadores. ¿Quién va a dedicarse a escribir si no va a recibir un duro, solo por pura afición? ¿Y a editar?

J. L. G.: Y si alguien no puede dedicarse por entero a la literatura o la música, el producto que haga será en ratos libres o en fines de semana. Pero nunca al nivel que había cuando los creadores cobraban.

R. D. S.: Yo no quiero echarle mucho la culpa a la piratería de nada.

J. P.: Claro, porque es un síntoma, no es la causa de la enfermedad. La enfermedad es que la cultura en general interesa muy poco, y hay muchísima gente para repartir una tarta muy pequeña. ¿Quién me ha quitado mi queso? Pues es que aquí el queso son quesitos.

J. L. G.: Hay que decir que dentro de la piratería, las editoriales de libros nos llevamos la menor parte de las consecuencias. En cine y en música sí.

J. P.: Pero la música tiene una ventaja, una que siempre ha tenido. Que le gusta a todo el mundo y que es muy fácil escucharla. Leer un libro requiere un esfuerzo que para mucha gente es un trabajo, si encima tiene que pagar por ello ya…

R. D. S.: A todo el mundo le gusta el cine o la música, pero leer es otra cosa.

J. P.: Es un esfuerzo. Te da muchas satisfacciones, y aunque soy crítico de cine lo pienso así, me da más satisfacciones la literatura que el cine. Pero requiere más esfuerzo.

J. L. G.: Tan poca importancia tiene la industria del libro en España que ni siquiera le han subido el IVA. Seguimos al 4% por ciento, porque no hay dinero. Así somos de insignificantes. Y eso es porque no pueden aplicarle un 10% a las Sombras de Grey que sí se venden, y el 4% al resto. Es lo que pasa con el porno impreso y el cine, el cine es espectáculo y lleva un 21%, pero lo otro como es impreso, sin distinción ninguna, es el 4%.

R. D. S.: El porno en internet afortunadamente no.

J. P.: Yo toda la vida he estado oyendo decir, porque he sido monaguillo antes que fraile, que «los libros están muy caros». Venga ya. Vete a la librería de ofertas de Bilbao, o al Happy Books, que tienes libros de puta madre por un euro veinte. El último bestseller de mierda que te quieres leer, para estar a la moda e ir a la oficina llevando el libro de Dan Brown es caro… Si quieres ser cool, el libro será caro. Pero si lo que quieres es leer buenos libros, posiblemente sea lo más barato que hay sobre la tierra.

M. L.: En relación al tiempo y a la intensidad del disfrute.

R. D. S.: Creo que no hemos polemizado mucho, ahora que caigo.

Adelante, se abre la vía del despotrique.

R. D. S.: Podemos hablar de Rajoy

J. L. G.: No, que ya está muy oído.

R. D. S.: Para polémicos los títulos de libros que podríamos pensar. Pero sucedió lo de Zapata, con los tuits, por ejemplo. Y entonces ya nos lo pensamos. Mira que hace años ya resultaba paradójico que no pudieras decir ciertas cosas públicamente, pero es que cada vez es peor. Cada vez puedes hablar menos.

J. L. G.: En los años setenta, con la apertura después de la dictadura, había mucha más libertad que ahora, eso sí que es verdad. Aunque es cierto que como editorial no nos han «censurado» nunca nada, propiamente dicho.

R. D. S.: Pero porque pasamos de todo.

J. P.: A mí como escritor sí me afecta, no tanto porque te censuren de fuera, sino porque se dan unas circunstancias en las que tú mismo te ves forzado a autocensurarte. Cuando hay una censura exterior por lo menos sabes contra qué estás luchando, pero cuando consiguen que interiorices tú los mismos procesos de censura, porque sabes que de lo contrario vas a pagar las consecuencias, significa que hemos llegado a un punto ya muy orwelliano que funciona muy bien. No necesitas una oficina de censura, porque todos y cada uno de nosotros somos censores de nosotros mismos y del vecino.

J. L. G.: Pero es que España es un país de linchadores, nos encanta el escándalo. Somos un país de corruptos y de linchadores.

R. D. S.: Todo esto me parece espantoso. Todo lo que le han montado a Rita Maestre, por salir en sujetador ahí diciendo unas cuantas blasfemias… ¿Pero a dónde cojones va eso? Si blasfemar es un deporte.

J. P.: Ahora, también te voy a decir una cosa, ¿y si no hubiera ofendido a nadie y no pasara absolutamente nada? ¿Si nadie se indignara y no la metieran denuncias, si la Iglesia pasara del tema? ¿Qué sentido tendría hacerlo?

M. L.: La cuestión es convertir la blasfemia en delito.

R. D. S.: Es como aquello de la obra de los titiriteros. A mí me parecía una obra muy adecuada. Los niños desde pequeños tienen que aprender a odiar las instituciones que nos joden la vida.

J. L. G.: Y que sepan desde pequeños que la policía es capaz de meterte marihuana en tu casa para detenerte.

J. P.: Lo peor es que la obra en sí es inofensiva, cuando debería haber sido ofensiva. Lo peor es que además están pagando las consecuencias por la paranoia social. Es como una profecía autocumplida. En el caso de la literatura la ventaja y la desventaja que tiene es que nadie se fija, que si les llegan alguna de las cosas que están publicadas en Valdemar estaríamos todos en la cárcel.

J. L. G.: ¡No digas títulos!

Valdemar para JD 66

Fotografía: Javier Nadales


Manuscrito encontrado en Zaragoza: el origen de la extrañeza

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Miniatura del Libro de horas de Aussem. Imagen: Museo Walters (DP).

Ad calculum periculum bonum.
Bueno para predecir los riesgos.

En julio de 1989, Bruce Sterling publicó un artículo en el número 5 de la revista SF Eye donde decía: «[…] es un tipo de literatura que sencillamente te hace sentir muy extraño; la forma en que vivir en el siglo XX te hace sentir, si eres una persona con una cierta sensibilidad». El escritor americano empleaba esa frase para definir un género literario al que llamó slipstream. De alguna manera, el slipstream englobaría todas esas narraciones que no se adscribían de manera precisa a un género, sino que se alimentaban de varios —o de todos—, disolviendo en el camino los límites que pudiesen diferenciarlos. No es fantasía ni ciencia ficción ni novela negra ni ficción convencional, sino que se sitúa en un paisaje construido en el conjunto intersección de todo lo demás. Un paisaje exótico.

En el borroso cajón del slipstream se fueron colocando obras y autores que acabarían conformando el panteón contemporáneo de la denominada «literatura de género»: Michael Chabon, Scarlett Thomas, Neil Gaiman, Octavia Butler, China Miéville o Jeff VanderMeer. Lo cierto es que ninguno de estos escritores se cuelga voluntariamente la etiqueta del slipstream, posiblemente por lo vasto de su interpretación. Es más, VanderMeer está considerado como punta de lanza del New Weird, una suerte de recuperación del tema y los tonos de la weird fiction: la ficción extraña. Sin embargo, si atendemos a la descripción que el crítico  S.T. Joshi hizo en 1990 en su ensayo The Weird Tale, se diría que ambos géneros se solapan si es que no son el mismo: «Los relatos weird mezclan con frecuencia lo sobrenatural, lo mítico e incluso lo científico. Muchos de los autores que abrazaron el género, a menudo publicaron sus obras en revistas literarias convencionales […]».  

Aunque las definiciones tienen apenas veinticinco años, el género no es precisamente reciente. El weird se remonta a los magacines pulp que llenaban los quioscos de la América de los años treinta y cuyos principales estandartes fueron Robert E. Howard, Edgar Rice Burroughs y H. P. Lovecraft. En cuanto al slipstream, el propio Bruce Sterling incluye a autores como Thomas Pynchon, Kurt Vonnegut, Toni Morrison, Isabel Allende, Gabriel García Márquez, David Foster Wallace, Paul Auster o Norman Mailer, generando así una lista que abarcaría la mejor literatura de medio siglo XX.

Pero las cosas empezaron antes. Todo empezó hace más de doscientos años. Porque el weird, el slipstream y, en definitiva, la literatura fantástica contemporánea comenzó con Manuscrito encontrado en Zaragoza.

Advertí de pronto, amontonados en el suelo, en un rincón, varios cuadernos. Se me ocurrió mirarlos: era un manuscrito en español, lengua que conozco poco, pero no tan poco, sin embargo, para no comprender que aquel libro podía divertirme: trataba de bandidos, de aparecidos, de cabalistas, y nada más adecuado que la lectura de una novela extravagante para distraerme de las fatigas de la campaña.

LB00309001_primera_rgb_altaEscrito en los últimos años del siglo XVIII por el conde Jan Potocki, viajero, historiador, dramaturgo y novelista polaco, y publicada entre 1804 y 1815, Manuscrito encontrado en Zaragoza cuenta la historia de un oficial polaco (sosias del propio Potocki) que, batallando a las órdenes de los franceses en pleno sitio de Zaragoza, encuentra un manuscrito. El oficial es tomado prisionero por los españoles pero no desprovisto del manuscrito, pues este narra la historia, acaecida casi un siglo antes, del noble Alfonso van Worden, a la sazón pariente —quizá abuelo— del militar que le ha capturado. La historia de Alfonso van Worden, capitán de la guardia valona a servicio de Felipe V, se desarrolla en el viaje que dicho noble debe hacer desde Andalucía hasta Madrid, atravesando Sierra Morena. En el trayecto, van Worden se topará con las hermanas Emina y Zebedea, que le contarán la historia de su fe islámica secreta y que, además, son primas del mismo van Worden. Lo cual desembocará en la historia del padre de van Worden, pendenciero noble francés, que contrajo un insólito matrimonio con una mujer aparecida de la nada en medio de Sierra Morena. Esta historia la cuenta van Worden a un ermitaño, amo del endemoniado Pacheco, quien a su vez le cuenta la historia de cómo paso de ser un noble español a terminar con los espasmos propios de la posesión diabólica. Lo cual acaba entroncando con la historia de los dos ahorcados, hermanos del bandolero Soto, que cuelgan en medio del páramo como una bandera ominosa. Lo cual a su vez va generando una serie continua de historias dentro de otras historias dentro de cuentos dentro de leyendas.

Porque claro, realmente ningún género literario es verdaderamente nuevo, y esta estructura de relato enmarcado bebe de Las mil y una noches e incluso del Decamerón de Bocaccio, de quien también toma ciertas licencias eróticas como la relación lésbica-incestuosa entre las dos jóvenes hermanas. De igual manera, se suele incluir a Manuscrito encontrado en Zaragoza dentro de la literatura gótica. Sin embargo, lo que diferencia a la novela de Potocki de sus coetáneos relatos de fantasmas es la sensación de extrañeza constante y contemporánea, precisamente por desarrollarse en un territorio bien conocido incluso en la época de su publicación.

Esta elevada cadena que separa Andalucía de la Mancha no estaba entonces habitada sino por contrabandistas, por bandidos, y por algunos gitanos que tenían fama de comer a los viajeros que habían asesinado. De allí el refrán español: devoran a los hombres las gitanas de Sierra Morena.

Lo que provoca más extrañeza de la narración es que no transcurre en el lejano Oriente ni en los oscuros Cárpatos, sino en España. Pues Potocki sentía tal fascinación por los mitos de nuestro país que lo convirtió en un espacio misterioso y extraordinario. Y por eso, Manuscrito encontrado en Zaragoza es una novela inusualmente cercana a la contemporaneidad. ¿No es esa Sierra Morena tan cotidiana y a la vez tan exótica como el Macondo de García Márquez? ¿No son sus riscos y sus pedregales tan intrincados como la Hiperbórea por donde Conan desfacía entuertos a espadazo limpio (y cuya adaptación cinematográfica, por cierto, se rodó también en España)? ¿No es la Venta Quemada, portal de visiones y hechos sobrenaturales, un lugar tan fuera del tiempo como el Muro del Stardust de Gaiman? ¿No se comportan los endemoniados como los enloquecidos lectores del Necronomicón? ¿No son los fantasmas que flotan entre encinas y ahorcados tan incomprensibles como las criaturas que pululan por el Área X de VanderMeer?

Sí. Y mucho más. Porque si decidimos seguir a Alfonso van Worden como Alicia siguió al conejo blanco, acabaremos en un entretejido de cuentos y relatos que se mezclan y se solapan; y nos encontraremos con cultos iniciáticos, conspiraciones, cábalas, jeques y princesas moras, contrabandistas, ladrones, jefes de tribus gitanas, nobles y lacayos. Y cuando giremos la última página y miremos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que la extrañeza que nos rodea no es exclusiva del siglo XX ni del XXI. Las cosas eran mucho más raras hace doscientos años.

Manuscrito encontrado en Zaragoza está incluido en el pack de nuestro Jot Down 14.


El martillo de Stephen King

Stephen King. Fotografía: Corbis.
Stephen King. Fotografía: Corbis.

En junio de 1999, cuando caminaba por un sendero cerca de su casa, Stephen King fue salvajemente atropellado por una furgoneta conducida por Brian Smith. Smith no vio a King y le embistió con tal fuerza que el escritor quedó primero aplastado en el parabrisas para después aterrizar en una fosa. King estuvo a punto de perder una pierna y pasó semanas hospitalizado. Smith se quitó la vida al año siguiente.

Meses después, King compró por mil quinientos dólares la furgoneta que le había atropellado, una Dodge del 85, la llevó a casa y la destrozó con un mazo.

La anécdota, que a punto estuvo de convertirse en una esquela, conecta de forma extrañamente lúcida con dos de las grandes obsesiones de King: el papel del azar en la narrativa vital de sus personajes y una suerte de plan para desdibujar el pasado (en este caso, a golpes). El escritor estadounidense ha escrito más de cincuenta novelas, centenares de relatos cortos y miles de artículos, y se sienta en el trono de la cultura pop desde hace más de tres décadas, cuando probablemente nadie sabía lo que era la cultura pop. Sus libros se venden por millones, sus admiradores le aman con la fiereza del que cree que está frente a un dios y sus ingresos superaron en 2014 los cincuenta y cinco millones de euros. King es una máquina de hacer dinero, un escritor que se parece sobremanera al jugador de póquer profesional, el tipo que se sienta en la mesa y recuerda aquella reflexión de Matt Damon en Rounders: «Si no eres capaz de averiguar quién es el primo en la primera hora del juego, tú eres el primo».

King escribe para ganar dinero, probablemente se divierta a veces y desde luego sabe muy bien para quién trabaja. Sin embargo, el escritor ha sido víctima de esa plaga moderna que divide el arte como Moisés el mar Rojo: por un lado el mainstream, por el otro, el «de culto». En medio, el desierto, un páramo donde se mueven miles de peregrinos esperando que les abran el puente levadizo en uno de los dos lados. Muerta la clase media (la cultura no es una excepción) o uno tiene a las masas, o tiene al fanático, es imposible tener a los dos, o eso parece.

King cayó desde el principio del lado del mainstrem, lo que significa que el ninguneo en ciertos círculos empezó ya muy pronto. Si la literatura de género ya estaba arrinconada como si fuera el hermano jorobado al que hay que esconder cuando vienen los vecinos, la llegada de un tipo con aspecto de licántropo y modales campestres que de repente vendía más que todos sus colegas juntos (los serios, y los otros) causó una notable desazón en el corazón de los puristas. La misma sensación que tuvieron esos mismos puristas con Stieg Larsson, por ejemplo, cuyo concepto del entretenimiento molestó más por su impacto en las ventas que por su propia naturaleza. El enemigo no era peligroso por su tamaño, sino por su territorialidad.

Stephen King quedó atrapado desde sus inicios en esa jaula de barrotes dorados pero al contrario que algunos de sus colegas se sintió allí como en casa. King, como Conan sentado en el trono, agarrado a su espada, supo que la fama implicaba meterse en el lodazal y salir de allí con la certeza de que uno puede embarrarse sin necesidad de manchar a nadie más. Su literatura quedó así condenada a convertirse en un género y su inacabable productividad le ayudó en la misión: pronto la marca King estaba en la cima del mundo. El escritor siempre se ha sentido a gusto en el fuera de juego pero —paradójicamente— sus mejores párrafos, su trabajo más poderoso, empezó a encuadrarse casi desde el inicio en las fronteras del género. Sí, Carrie, acababa con un baño de sangre, pero el fresco sobre la adolescencia y la insólita crueldad con la que abordaba algo tan delicado como el fervor religioso, demostraban que King era algo más que un trovador de historias truculentas o un pintor de brocha gorda. Capaz de cincelar un personaje en tres frases, habilidoso con el uso del tempo y extremadamente perfeccionista en el uso de un lenguaje diseñado para epatar, el de Maine proyectaba su talento con una facilidad insultante sobre un público que quería pasar miedo de un modo distinto.

Fotografía: danielito311 (CC)
Fotografía: danielito311 (CC)

El cuerpo, Dolores Claiborne y Rita Hayworth y la redención de Shawshank, tres obras de King, explicaban perfectamente las voces de Melville, el Dickens mefistofélico y los trazos de Mark Twain o Robert L. Stevenson escondidas en algún rincón de su mochila. No había nada en ellas que no fuera un retrato naturalista de la maldita vida: los chavales en el viaje iniciático que les llevará hasta la madurez; la mujer maltratada que decide huir sin irse a ninguna parte; la amistad disfrazada de clavo ardiendo. La inusitada fe en el ser human, la fe en la propia fe (entendida siempre como algo alejado del hecho religioso) y una incontenible avalancha de palabras que acostumbraban a dar en la diana pero que incidían también en uno de los grandes problemas del escritor: su terrible avidez verbal. Libros de ochocientas páginas convertidos en verdaderos ladrillos puntean la obra de King, demostrando que —a veces— se le va la mano, algo que sus detractores han podido constatar en la última década.

En la otra orilla, sus relatos, increíbles pedazos de existencia arrancados de todos los universos literarios de los que fluye uno de los mejores cuentistas del mundo. Entre unos y otros, la novela corta, que acostumbra a ser dispar. Es el problema de la hiperactividad: es imposible ejecutar siempre con la misma precisión. Por eso en los últimos tiempos hemos visto a un escritor irregular que combinaba brillantez con siestas, narraciones deslavazadas y finales abruptos. Su último libro, Revival (Editorial Plaza y Janés) es la enésima demostración del inmenso talento del hombre que un día estuvo a punto de morir atropellado.

Volviendo a los territorios de la nostalgia, con un adolescente que parece sacado de la mencionada El cuerpo, King se enreda esta vez en ese discurso que lograría dominar con una mano atada a la espalda, que se pierde en los territorios de lo sobrenatural solo para recordarnos que la vida puede ser mucho más retorcida que cualquier ficción. El azar actuando como un cuchillo que te atraviesa una y otra vez preside esta novela, la mejor del de Maine en una década, que en solo cuatrocientas páginas cuenta la historia de un tipo perdido en los charcos de su propia vida y su encontronazo con un predicador cuya fe se apagó tras una tragedia atroz. El cruce de caminos, involuntario pero inevitable, lleva al lector (no haremos spoilers) a territorios que podrían recordar a ese relato de terror puro que era La niebla. En los libros de King, Dios es un vengador, una figura que no perdona, representada casi siempre por el azar, un azar implacable. En Revival, Dios llega en forma de electricidad, escondido bajo una carpa en un pueblo de mala muerte; o en el embolo de una jeringa que empuja la heroína.

Con uno de los finales más abrumadores que los fieles de King puedan recordar, en Revival vuelve a asomar el tipo inquietante al que te aterraría encontrar en una mecedora en el porche de su casa. El horror cotidiano, el fétido aroma de la casualidad, vuelven a ser los catalizadores de una fábula que prescinde de los rodeos, sin páginas de relleno, con las palabras justas.

Puede que King sea mainstream; probablemente también sea de culto. Solo un tipo cómo él podía aspirar a ser ambas cosas.