Las tres mellizas: tres hermanas, una bruja y mucha literatura

Las tres mellizas
Las tres mellizas. Ilustración cortesía de Roser Capdevila.

Ya pasaron los tiempos en los que nos arrebujábamos en el sofá a las ocho de la mañana los fines de semana para ver dibujos animados. Esas primeras imágenes escupidas por los televisores, que parecían no tener importancia o que nuestros padres usaban para distraernos, nos han formado. 

El poder educativo de la televisión no suele ser tenido muy en cuenta. Como medio de comunicación, y máxime hoy en día con la dictadura de internet, ha estado históricamente denostada. No obstante, además de su función como aparato de ocio y entretenimiento para niños y adultos, la televisión puede suponer un antes y un después en los primeros años de vida de cualquiera. Por eso parece casi esperpéntico que muchas personas no se preocupen por los contenidos de este tipo que consumen sus hijos. 

Antes de que la vorágine de lo online se nos echase encima como en una avalancha infinita de información, el televisor era la fuente principal de entretenimiento y la vida en familia se organizaba en torno a este electrodoméstico. Los años 90 fueron una época fructífera para los dibujos animados. Hacía ya tiempo que tener una televisión era tan común como tener una tostadora y la producción de series animadas, patrias o extranjeras, estaba en alza. 

De entre lo que se emitía entre los 90 y principios de los 2000, por supuesto, no todo era educativo, también había puro entretenimiento, pero una serie española destaca sobre las demás por su gran valor formativo. Se trata de Las tres mellizas (Les tres bessones en catalán). La ficción seriada fue creada por Roser Capdevila y comenzó a pasarse en TV3 a finales de los 90, aunque no tardaría mucho en dar el salto a la televisión nacional.

Las aventuras de Teresa, Anna y Helena

Helena se asoma a la pantalla de la televisión y llama a sus hermanas: «Anna, Teresa, venid a ver esto». En escena aparecen otras dos niñas iguales. Anna, identificada con el color azul, Teresa con el rosa y Helena con el verde, rompen la cuarta pared para dirigirse a los niños que las ven. 

Es esta la forma en la que se nos introduce a los personajes protagonistas de Las tres mellizas, emitida en varios canales de la televisión española. 

Las niñas son perfectamente normales y tienen vidas fácilmente identificables. Van al colegio, a hacer la compra y, de vez en cuando, hacen alguna travesura. Sin embargo, cuando esto último ocurre suelen recibir una reprimenda de la Bruja Aburrida, que no deja de vigilarlas y, como castigo, son enviadas a un cuento u obra clásica de la literatura. 

Las hermanas viajan entonces a un mundo fantástico, normalmente ambientado en tiempos muy lejanos, y tratan de ayudar a los protagonistas de estos relatos a conseguir sus objetivos. Así, Anna, Teresa y Helena conocen a la Cenicienta, van hasta la cueva de Alí Babá, ayudan al soldadito de plomo o alternan con Blancanieves y los siete enanitos. 

En el capítulo 21 de la serie hay un ligero, pero más que reseñable, cambio. Y es que el cuento al que van a ser enviadas las trillizas no es tal, sino que es uno de los libros más importantes de la historia de la literatura universal: el Quijote 

Comienzan, de este modo, a introducirse en el devenir de la serie múltiples referencias e historias de obras clásicas de la literatura. Acompañan a Helena de Troya y la ayudan a casarse con Menelao, también colaboran en el amor de Romeo y Julieta o intentan no sucumbir al canto de las sirenas junto a Ulises

En conversación con Roser Capdevila 

Llamo a Roser una mañana cualquiera en la que mis vecinos siguen con sus interminables obras. Me lo coge una de sus hijas, Helena, que me dice que la llame en media hora porque su madre está en una reunión. 

Roser Capdevila i Valls (Barcelona, 1939) se sorprendió cuando en los años 60 le dijeron que no iba a tener un bebé, sino tres. En esa época los embarazos múltiples no eran tan frecuentes, y había cierto desconocimiento en torno a este fenómeno biológico. Ella y su marido, Joan, tuvieron que hacerse a la idea, a marchas forzadas, de que iban a tener tres hijos de una vez. El 12 de noviembre de 1969 nacieron Anna, Teresa y Helena. Con ellas, Roser no solo tendría tres hijas en la realidad, las trillizas serían el germen de todo un imaginario ficticio que elevó la carrera artística de su madre y la convirtió en una figura internacional dentro de la literatura infantil. 

A pesar de los golpes y porrazos que se escuchan de fondo, Roser se muestra disponible y divertida por el contexto de la llamada. Ya es bastante mayor, pero en todo momento es jovial y vital, hablando sin tapujos sobre su experiencia y sobre cómo ser madre de las trillizas de la realidad (y de la ficción) le cambió la vida. 

Todo fue por un paseo en moto por la Barcelona de los años 80. Roser paró en un semáforo y a su lado se encontró con Mercè Company, escritora y periodista. Mercè le contó allí mismo a Roser que había tenido una idea: sus trillizas podían ser las protagonistas de una serie de libros. 

Aquella reunión improvisada en un semáforo tuvo que ser breve, pero lo comenzó todo. A partir de ahí vinieron reuniones con editoriales, entre Roser y Mercè, y por supuesto, con las trillizas, Anna, Helena y Teresa, que conservaron sus nombres y algunos rasgos distintivos en la ficción. La editorial Planeta se hizo cargo de publicar varias series de libros que tenían como protagonistas a las tres hermanas. 

Pasarían tan solo unos años, llegando ya a la década de los 90, para que una productora se acercase a Roser y le dijera que quería llevar Las tres mellizas a la pequeña pantalla. Cromosoma fue la empresa catalana encargada de hacer este trasvase del medio escrito al audiovisual. 

Cuando salieron los libros Anna, Helena y Teresa tenían unos ocho años, comenta su madre, mientras que ya eran adolescentes cuando comenzó a emitirse la serie. «Ellas estaban muy orgullosas de ser protagonistas. Fue una serie que entró muy bien, a los niños les encantaba, a los padres y a los abuelos también. Tenía una carga educativa importante, por ejemplo salió Amadeus, yo pensé que los niños debían saber quién era Mozart, un niño prodigio que tocaba el violín, que tocaba el piano, que componía», aclara Roser.  

Roser no quería hacer por hacer, quería que las aventuras de Las tres mellizas sirvieran para algo más que de entretener manteniendo a los niños pegados al cristal del televisor. «Cuando acabamos de adaptar los cuentos clásicos, en las reuniones que teníamos cada dos meses con los guionistas, surgió la idea de adaptar obras de la literatura universal. Comenzamos con El Quijote y Romeo y Julieta, atacando ya a lo grande. Después de eso pasamos a contar historias de artistas como Leonardo Da Vinci, Velázquez, Amadeus. Hay un capítulo precioso que es de Van Gogh, que es de los últimos que hice», recuerda con ternura la dibujante. 

Y es que ante todo, Roser es dibujante. Recuerda cómo de pequeña, en la escuela, una de sus maestras (que inspiraría el personaje de la Bruja Aburrida) la castigaba por pasarse las horas dibujando en lugar de atender a la lección. A pesar de su edad y sus problemas de visión, Roser sigue activa, aunque ahora dibuja para ella: «Desde el año 2000 todos los días escribo en un diario dibujado. Dibujo en él algo que me ha pasado, y si no hay nada reseñable, plasmo alguna noticia divertida. Me divierto y mi diario me acompaña siempre. Voy por el mundo con el diario, lápices y colores. Voy dibujando y también escribiendo un poco. Yo digo que donde no llegan las palabras llegan los dibujos, pero donde no llegan los dibujos llegan las palabras. Voy rellenando páginas y páginas». 

Formar a través de la televisión 

En el artículo «Los dibujos animados como recurso de transmisión de los valores educativos y culturales», las investigadoras Núria Rajadell, Maria Antònia Pujol y Verónica Violant hablan sobre el valor educativo de las series animadas de televisión dedicadas a niños. 

Según sus pesquisas, la televisión ayuda a potenciar el pensamiento anticipatorio y, por tanto, constituye un elemento socializador para los niños y niñas que están en período de formación. «Los dibujos animados representan otra alternativa de enseñanza-aprendizaje en la que el niño o la niña pueden aprender conceptos, procedimientos, actitudes y normas, a través de sus héroes favoritos, aunque resulta indispensable la función reguladora de los maestros y de los padres», reseñan las autoras. Hacen hincapié, además, en la importancia de que se eduque y alfabetice frente a los medios de comunicación. El alumno no solo puede absorber conceptos básicos de los dibujos animados, sino que además debe saber discriminarlos y analizar lo que sus personajes favoritos le están transmitiendo. 

En este contexto de aprendizaje infantil es crucial que existan productos como Las tres mellizas. La serie de animación resultaba atrayente para los niños por su sencillez estructural y, probablemente para muchos, supuso su primer contacto con historias tan asentadas y presentes como Moby Dick o con personajes como Mozart o Van Gogh. 

«Una chica de Alcalá de Henares, a la que no conozco en persona, me mandó un correo diciéndome que de niña vio los capítulos dedicados a Velázquez y Van Gogh y le gustaron tanto que de mayor estudió Historia del Arte. Me dijo que descubrió las Bellas Artes gracias a la serie de Las tres mellizas», confiesa Roser Capdevila.  

Hay personajes y obras que forman parte del imaginario popular y que, al ser pequeños, absorbemos por sus variadas representaciones en medios de comunicación. Al crecer solemos olvidar cómo fue que conocíamos la historia de Romeo y Julieta antes de leerla, por qué sabíamos que Cervantes escribió El Quijote o cómo podemos anticipar el final de algunos cuentos que no creemos haber leído. La respuesta para muchos nacidos en los 90 es que esto es gracias a Las tres mellizas. 

Nada es nunca blanco o negro, la televisión puede ser insustancial e, incluso, promover cierto grado de incultura. Pero si sabe usarse bien, si se establecen ciertas pautas, es un gran medio que ayuda a educar y formar a las mentes más jóvenes y vivaces.

Si tienen niños pequeños, sobrinos, primos o infantes de cualquier tipo a su alrededor hagan la prueba, pónganles Las tres mellizas y dejen que se llenen la cabeza de fantasía y mucha, mucha literatura. 


G es de Gorey, que hizo de lo macabro cultura pop

Edward Gorey
Edward Gorey en 1977. Foto: Getty.

Seamos o no conscientes de ello, sin la revolución hípster de los años cincuenta hoy no existirían Los Simpsons, ningún adulto leería cómics y mucho menos aún serían un éxito las sagas de Marvel o Star Wars. Hasta esta Contemporary Culture Magazine, Jot Down, no hubiera pasado de ser un fanzine para gente rarita. La razón es que al terminar la Segunda Guerra Mundial la lucha continuaba en el frente más improbable de todos, el de la cultura. Permanecía muy viva la discusión entre «alta» y «baja» cultura: la música clásica sí era música, el jazz o el rock no; no era literatura la ciencia ficción ni el terror u otros géneros; nadie que no sufriera retardo mental leería cómics después de la adolescencia; y, desde luego, si uno quería ser un artista no se dedicaría a la ilustración. Edward Gorey no solo rompió todas y cada una de las normas para precipitar el final de la distinción entre lo que era cultura y lo que no. Creó además un estilo definido por lo macabro y lo satírico, anticipó géneros, contribuyó a la expansión de la cultura pop, y ha acabado propiciando la aparición de un elenco de artistas que hoy se definen con orgullo como «goreyescos».

Pero comencemos no por quién era, sino por cómo era. Altísimo, delgado, con una barba hípster que conservó hasta su muerte. La de un hípster verdadero, creada a imitación de la estética beatnik de los cincuenta y mezclada con un estilo propio de dandy fin de siècle. En la calle, un abrigo de piel de mapache con el largo justo para dejar ver sus pantalones tobilleros, y las manos cuajadas de anillos. Intercalando caprichosamente al hablar una vocecilla de falsete, a lo Bee Gees, con exclamaciones, risitas, y gestos teatrales, que cambiaba súbitamente a un afectado acento británico. Podía mantenerse en un tono o en otro durante horas, en una conversación informal o una entrevista. Por puro capricho, y sin preocuparse lo más mínimo por lo que hiciera sentir a su interlocutor. La opinión de los demás en general, y de los lectores en particular, le interesaban tan poco como el sexo.

Al menos eso manifestó a menudo en las entrevistas que le hicieron, subrayando su condición de persona afortunada por no sentir ese impulso. Asexual declarado, autodefinido como gay, y parte del primer círculo cultural homosexual de Harvard, así como amigo íntimo de su líder, el poeta Frank O’ Hara. Todas las obras que Gorey citó como favoritas están consideradas hoy de temática homosexual. Generalmente encubierta, como la del mismo Herman Melville de Moby Dick. Frecuentaba además los bares de ambiente de Chicago y Nueva York. Aunque su sexualidad no tendría importancia de no ser porque se considera uno de los primeros famosos que normalizó la estética queer, influenciando al movimiento LGTBIQ+. 

Los gais de Harvard le consideraban el menos gay de ellos. Sus relaciones y afectos siguen siendo una incógnita. Pero si recordamos que sus amigos le describían apartado en un rincón en las fiestas, dibujando, y añadimos a eso su repetida frase de «nunca he entendido a la gente», Gorey se nos define como lo que fue. Un absoluto enamorado de su trabajo que prefería renunciar al trato con los demás antes que robar tiempo a su vida artística. 

Vivió rodeado por docenas de gatos, acumuló veintiún mil libros a lo largo de su vida y los leyó todos. Una existencia ascética y un juicio personal sobre las obras culturales que le permitía disfrutar lo mismo de las obras clásicas como de Buffy Cazavampiros —su serie favorita—, Star Trek o Expediente X. Un conjunto de cualidades que le permitieron convertirse en un artista fundamental del siglo XX, que no se parecía a ninguno de los autores de su tiempo.

Tim Burton suele repetir con orgullo que aplicó las características de la obra de Gorey a Pesadilla antes de Navidad y a La novia cadáver, y que su propio estilo no existiría sin él. Patrick Ness afirma algo similar, revelando que Coraline es goreyesca, y lo mismo dice Ransom Riggs sobre El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares. Maurice SendakDonde viven los monstruos— y Toni Ungerer también se declaran fuertemente influidos por él. Gorey está considerado además un anticipador de la novela gráfica anterior a su popularización por Art Spiegelman con su Maus en 1986. 

Pero la primera gran corriente a la que influyó de forma definitiva fue el punk neoyorquino de los setenta. De forma natural se le llegó a considerar un eje más del movimiento y de su estética, a la altura de David Bowie o The Velvet Underground. El motivo, sus decorados, telón, y fondos para el Drácula representado en Broadway recreando el cinematográfico en blanco y negro de Bela Lugosi. Sus inconfundibles ilustraciones sin color y de estilo victoriano fueron aclamadas por la crítica como una maravilla sin precedentes. El público pateaba y aullaba en cada representación. De pronto, y tras más de dos décadas de trabajo, Gorey empezaba a ser conocido.

Su primera antología, Amphigorey, pasó a ser un besteseller incontestable año tras año, edición tras edición. Que hoy sigue publicándose en cientos de idiomas. Era por fin el reconocimiento para un autor que había malvivido como ilustrador freelance, y publicado en pequeñas editoriales. Apoyado sobre todo por libreros enamorados de su estilo, especialmente los de la librería Gotham Books —sí, tomó su nombre de Batman—. Además de poner sus volúmenes de culto junto a la caja registradora creó un merchandising Gorey, siendo así de los primeros ilustradores que se beneficiaron de reproducciones en marcapáginas, tazas y otros objetos. 

El atractivo de publicarle cuando no era conocido resulta evidente, por sus imágenes sin color de estilo único, y por los textos que las acompañan en forma de limmerick, el poema humorístico inglés de rima AABBA. Gorey presenta además a los niños como seres vulnerables, fáciles víctimas de injusticias universales, crueldad y descuido por parte de adultos negligentes. El ejemplo que mejor lo resume son sus abecedarios, «A es por Amy, que se cayó por las escaleras; B es por Basil, atacado por osos; J es por James, que bebió lejía por error; K es por Kate, que fue golpeada por un hacha». Chupados por sanguijuelas, ahogados en un lago, atragantados con un melocotón, devorados por los ratones, tragados por el hielo, fallecidos por ingesta de ginebra… ¿qué padre o madre querría que sus hijos aprendieran las letras con estos ejemplos de finales tan infelices como típicamente infantiles?

Hasta cierto punto, los del presente. Porque Edward Gorey está considerado, junto a doctor Seuss, el mayor renovador de la narrativa infantil. Ambos autores de libros ilustrados introdujeron la gamberrada, la broma, y la irreverencia para un público al que comenzaba a aburrir mortalmente el cuento clásico con moraleja y la ñoñez que según la alta cultura los niños merecían. La libertad creativa aportada por ambos abrió un mundo de posibilidades, que acabaría conduciendo a considerar como normal una serie como Rick y Morty, y que un público más adulto pueda consumir cosas de niños.

Aunque sería un error limitar a Gorey como mero autor de literatura infantil macabra. Muchos de sus libros solo se rodean de una estética y lenguaje aparentemente infantiles para adentrarse en terrenos netamente adultos. Así ocurre en The Loathsome Couple, La pareja abominable en español. Que no es un mero cuento, sino su interpretación de una historia aparecida en la prensa, la de los asesinatos de los páramos. Un matrimonio de psicópatas raptaron y mataron a cinco niños entre 1963 y 1965, a una de las cuales fotografiaron desnuda, y cuyos gritos pidiendo clemencia grabaron en una cinta de casete mientras la torturaban hasta matarla. La genialidad del autor es que al rodear los hechos del ambiente victoriano nos hace tomar distancia, y la apariencia de libro ilustrado infantil nos ayuda asomarnos al horror sin arcadas, comprendiendo a la vez toda su dimensión. La historia además comienza banalmente, un noviazgo, la afición por películas de crímenes, y se desata cuando ambos descubren que son incapaces de hacer el amor. Deciden entonces dedicarse a lo que había sido un deseo contenido: el asesinato de niños. Como es habitual en Gorey, no hay imágenes explícitas, en todo el libro apenas una camisa ensangrentada entrevista por una puerta medio abierta. A la vez la psicología de los asesinos está magistralmente retratada: desayunan cereales al día siguiente de su primer crimen, van creando un álbum de fotos con imágenes de sus víctimas, se excitan con la muerte. 

Otro ejemplo fuera de la norma es The West Wing, el ala oeste, una colección de instantes, sin texto, en el interior de una mansión victoriana. Espacios imposibles, habitaciones sin nada, ruina, apariciones súbitas. Un enigma que se entiende mejor si pensamos que el autor lo concibió como su idea de qué es la muerte, o la vida que hay después de ella. Un vagar carente de sentido por la mansión vacía.

Hay además otra parte de la obra de Gorey casi olvidada, pero fundamental para la cultura tal como hoy la concebimos. Me refiero a su etapa como portadista, primero en la editorial Anchor Books, luego en Doubleday, y más tarde en Looking Glass. Como lector voraz y autor él mismo, era capaz de resumir en las ilustraciones el contenido del volumen. Con tal maestría que los libros ilustrados por él eran siempre los más vendidos, con independencia de que fuesen obras de André Gide, Graham Greene, o H. G. Wells. Y lo más importante de todo, lo consiguió con las ediciones de bolsillo. En un momento en que el lector medio sufría una transformación radical.

Después de la Segunda Guerra Mundial los soldados estadounidenses llegaron del frente acostumbrados a las bibliotecas móviles proporcionadas por la Armed Services Edition. Una editorial militar dedicada a proporcionar lecturas para su tiempo de ocio, costumbre que años después llevaría las ediciones de Marvel y DC cómics a las bases de Estados Unidos en todo el mundo. Y, ya sabe, de ahí a todos los países en que se asentaron. En 1945, terminada la contienda, a aquellos soldados se les ofreció además la G.I. Bill, que les daba la posibilidad de cursar estudios universitarios sufragados por el gobierno. La consecuencia fue una generación de clase media convertida masivamente en universitarios ávidos de lecturas. Que deseaban no libros caros y bellamente encuadernados, sino el mismo formato económico de la Armed Services, algo para entretenerse y de lo que desprenderse después sin cargo de conciencia. Desde el silencio y un relativo anonimato, Gorey hizo que muchos autores fueran leídos por millones con la sencillez de dirigir la elección del comprador que curioseaba entre los estantes de la librería mediante una portada ilustrada. Y contribuyendo a consolidar un formato de edición que transformaría tanto la cultura contemporánea como el propio disco de vinilo, o el radiocasete. 

Hoy la pregunta no es a quién ha influenciado Gorey, sino a quién no. Lo ha hecho conforme al estilo de vida que siguió, casi al margen de la página, alejado de la fama, recluido en su mansión con sus gatos, viendo Buffy cazavampiros. La diseñadora de moda Anna Sui reconoce haberse inspirado en la forma de vestir de sus personajes. El escritor de Una serie de catastróficas desdichas, Daniel Handler, se declara devoto absoluto de los textos de Gorey, más que de sus imágenes. Era un grandísimo narrador, y ese es un valor a menudo olvidado del autor. Pero incluso aquellos que no hayan bebido directamente de su fuente habrán heredado una concepción de lo macabro como fuente de diversión que es tan típica de nuestra cultura contemporánea como goreyesca.


El futuro tiene forma de librería infantil

Foto: Annie Spratt (CC0)

La alfombra mágica. Así llaman en The English Bookshop de Upssala a la desgastada alfombra granate que señala la sección de la librería dedicada a la literatura infantil. Está rodeada de estanterías y sobre ella hay una butaca, sillas, cojines, una mesa con novedades, todo lo necesario para que los lectores más jóvenes escojan una lectura, tomen asiento, se sientan cómodos y se zambullan en uno de esos universos imaginados que llamamos libros.

Se trata sin duda del espacio más importante de todas las librerías —aunque muchas de ellas no le otorguen el cuidado y la relevancia que se merecen—, porque en ellos se decide el futuro. Solamente si esos niños que ahora se refugian en las alfombras rojas del mundo entienden que la lectura en papel puede ser tan o más satisfactoria que la lectura en pantalla, los libros tal y como los conocemos seguirán existiendo dentro de veinte, treinta años, cuando ellos mismos sean padres y decidan cuáles son los lugares que quieren frecuentar con sus propios hijos. Y a qué objetos simbólicos desean vincular su relato familiar.

En Barcelona, la ciudad donde vivo, vamos con nuestros hijos sobre todo a dos librerías infantiles: Abracadabra, en el centro, y La Petita, en nuestro barrio. Abracadabra es también una tienda de juguetes y un taller de manualidades, porque hasta la adolescencia la lectura es sobre todo lúdica y aprendemos a leer y a pensar y a experimentar tanto con los ojos como con las manos. La Petita es, como su propio nombre indica («La Pequeña»), mucho más humilde, pero teje también incansablemente redes entre los niños y los padres del Poblenou a través de recomendaciones muy sabias y cuentacuentos semanales. Ambas disponen de libros en varios idiomas, lo que es fundamental, porque a los niños hay que abrirles el máximo número de puertas posibles (y no es casual que los libros se abran con el mismo mecanismo que las puertas, pero sin bisagras, silenciosamente, como el susurro de un secreto o ese gesto de la mano que se desliza hacia la derecha y dice: pasen y vean).

La librería infantil más alucinante que he visitado es Poplar Kid’s Republic de Pekín. Diseñada por el estudio del arquitecto japonés Keiichiro Sako, sus escaleras en la planta baja te reciben con dos franjas de tejidos de colores, una que repta por las escaleras y otra que se desliza por la pared; ambas te acompañan durante el recorrido por el espacio poblado por miles de libros ilustrados, que transcurre por nichos redondos y rotundos que recuerdan a naves unipersonales o vehículos de exploración lunar, donde los más pequeños se pueden sentar o tumbar a leer, que conduce a un círculo cromático de moqueta donde se pueden contar cuentos ante un círculo de cómplices, hasta converger —finalmente— en el mostrador donde atiende el librero. Es una librería laberinto o paseo: un relato textil de viaje.

Aunque las librerías infantiles sean fundamentales y trencen una red global que permite —entre tantas otras cosas— la existencia del arte de la ilustración y de los libros Pop Up y de los cuentacuentos y de los escritores especializados en niños, tal vez las librerías convencionales con un buena sección para jóvenes lectores sean todavía más influyentes en el ecosistema del libro. El tamaño no importa, lo que importa es la decisión de crear una burbuja o un paraíso en miniatura (o no tanto): desde la alfombra que marca un territorio (como en Upssala) hasta la planta entera de un edificio (como en Dòria Llibres de Mataró), pasando por habitaciones de diversos tamaños (la minúscula de Desperate Literature de Madrid; el gran refugio de Caótica de Sevilla —madera y suelo blando de parque infantil—; la enorme sección para niños y adolescentes de Educal de Coyoacán, en Ciudad de México).

Zhanqiao Bookstore, 2019. Foto: Li Ziheng / Cordon Press,

En la vanguardia internacional, varias librerías asiáticas han entendido la necesidad de esa apuesta por el futuro, y en diseños de interiorismo que crean diversas atmósferas dentro de un edificio, bien delimitadas pero no obstante con fronteras elásticas, porosas, los más jóvenes encuentran su refugio, su oasis, a menudo en forma de biblioteca con mesas de su tamaño o de anfiteatro donde sentarse a leer con sus padres, amigos o hermanos. Es el caso de The Bookpark, de Seúl, o de Page One, del centro de Pekín, que comparten la intención de crear una librería infantil dentro de la gran librería, para que todos los miembros de la familia encuentren en las estanterías los libros que estén buscando. Se trata por lo general de espacios de colores vivos y sin embargo de sensaciones cálidas, intelectualmente estimulantes pero íntimos y en paz.

Con la misma voluntad de alimentar a los lectores de menor edad otras librerías optan por desdoblarse y generar locales hermanos. O tal vez estemos ante el proceso de emancipación propio de toda vida humana: dejar el hogar paterno, independizarse. Es el caso, entre tantas otras, de Readings de Melbourne, cuya Kids Shop está decorada como si fuera una selva. Se trata, sin duda, de un mercado atractivo: los libros electrónicos —como el resto de dispositivos digitales— están pensados sobre todo para lectores adolescentes y adultos; en la educación infantil es imprescindible la complementariedad entre el texto y el dibujo, el contacto físico con materiales y tactos diversos, y los padres están convencidos de que invertir en la compra de libros infantiles e ilustrados es una buena decisión.

Pero la lectura no se educa solamente en las librerías, colegios y hogares: las bibliotecas son también espacios fundamentales. En las últimas décadas las bibliotecas públicas de todo el mundo han asumido esa responsabilidad. Las enormes secciones infantiles de la Biblioteca Vasconcelos, en Ciudad de México, o de Oodi, en Helsinki —por poner solo dos ejemplos, de dos de las más impresionantes—, parecen fiestas tranquilas durante todo el día, ámbitos blandos donde los padres y las madres y las abuelas y las abuelos pueden pasar tiempo con sus bebés o contarles cuentos a sus hijas o hijos o nietos o nietas, con actividades puntuales que ayudan, por ejemplo, a que unos y otros aprendan idiomas o a pedir ayudas al gobierno o a seleccionar los volúmenes más adecuados según edades o intereses.

La sala central de lectura de la Biblioteca Internacional de Literatura Infantil de Tokio es circular como un planeta o un anillo de Saturno. En ella y en sus alrededores se pueden entender, caminando, las conexiones entre todos los satélites que configuran el sistema de la cultura durante las diversas edades de una persona, porque todos los espacios se estratifican constantemente en tiempos diversos. La biblioteca se encuentra junto al Museo de Arte Metropolitano, el Museo Nacional de Ciencia de Japón, el Museo Nacional de Arte Occidental y Zoológico, en el marco del enorme parque de Ueno. Vida, historia, arte, ciencia, lectura, comunidad, paseo. El conjunto es casi perfecto: solo falta una librería.


Jeff Kinney: «Reivindico el valor del aburrimiento en los niños, porque les hace más creativos e imaginativos»

Jeff Kinney (Fort Washington, 1971) nos recibe librando una batalla con dos grandes bestias. La meramente ocasional (una pertinaz afonía) y otra congénita: es un tímido irredento, que ha de esforzarse constantemente para que la vergüenza no lo paralice. Tiene una de esas sonrisas esponjosas en mitad de un rostro bonachón que hacen de él, a todos los efectos, la quintaesencia del norteamericano medio que devora apple pies y ve la NFL. No parece uno de los bestsellers más grande de las últimas décadas, pero lo es. 

El quinto autor de ficción con más ingresos del mundo es un titán literario al que costaría reconocer por la calle. Al menos a los que levantamos más dos palmos del suelo. Kinney es el padre del pringao Greg, el autor de la saga literaria que lleva más niños encandilados en las últimas dos décadas, con permiso de J. K. Rowling. Pero ni las cifras mareantes, ni haber sido nombrado como una de las personas más influyentes del mundo han sido capaces de extirparle el pasmo: Kinney reacciona con genuina sorpresa cada vez que vende un ejemplar, y van más de doscientos. Doscientos millones. 

«Es nuestro John Le Carré», desliza entre susurros su editorial en España, RBA. Todo a base de hacer algo que parece sencillo y no lo es: que los críos se diviertan leyendo. No quiere enseñarles nada más (y nada menos). Kinney le debe la fortuna a un error de cálculo —nunca pensó que sus historias fueran infantiles— y ha optado por devolverle al mundo una ración de esa suerte fortuita, proveyéndole de lo que más le faltaba: libros. Más concretamente, un lugar donde encontrarlos. En 2015 abrió una librería en su pueblito (Plainville, Massachusetts) que no aspira a ser rentable, solo a obrar la magia. 

Ex programador informático, ex entrenador de baloncesto, ex niño pringao. Kinney, como Greg, a veces cree que no envejece, pero ya son tres generaciones las que han abarrotado cada evento que organiza para reunirse con sus lectores de medio metro. Esta vez está en España para presentar Arrasa con todo, la decimocuarta aventura de Greg, y ha vuelto a darse otro baño de masas. Nadie lo diría, viéndole ahora, mientras juguetea con el rotulador de las firmas e invierte cada segundo en quitarse importancia. No parece un tipo que escribe en un cementerio, pero lo es. 

Has vendido doscientos millones de ejemplares, tus libros han sido traducidos a cincuenta y nueve idiomas, se han rodado cuatro películas sobre Greg, programas de televisión, un musical y está en camino una serie de Disney. ¿Podemos llamarlo el «imperio de Greg»? ¿Alguna vez lo ves así? 

[Risas] Sí, a veces se siente un poco así como «el imperio» de Greg. ¡Pero yo no soy ningún emperador! 

¿Qué sentiste cuando TIME te nombró una de las personas más influyentes del mundo?

Pues sentí, honestamente, que no merecía algo así. Fue algo entre emocionante y divertido al mismo tiempo. Sucedió muy pronto, cuando iba por el tercer libro, creo recordar… Ahora me parece que fue hace mucho tiempo. En un primer momento pensé que era una broma, que alguien me estaba tomando el pelo cuando me llamaron para decirme que me habían nominado. Hasta que me di cuenta que tenía que ir al evento, con el resto de nominados. Fue genial codearse con grandes pensadores, celebridades y políticos. También un poco abrumador. 

¿Temes que el éxito te sobrepase?

Bueno, va por oleadas. Lo que ocurre es que cuando estoy escribiendo un libro, primero pienso el concepto. Y cuando me pongo con la trama, me siento muy muy pequeño, porque, además, vivo en un pueblo muy pequeño. La mayor parte del tiempo escribo en un cementerio, es en el único sitio donde puedo concentrarme y encontrar mi lugar. Cada vez que me pongo a escribir algo nuevo, siento como si comenzara desde el principio, me siento como un principiante siempre, como si escribiera on spec. Por eso sigue siendo muy surrealista para mí estar unos meses después, por ejemplo, en España. O como hoy, que he estado en un centro comercial en Toledo, donde han ido varios cientos de niños a verme… Es muy gratificante, una locura, que algo en lo que trabajas desde tu pequeña ciudad llegue a todo el mundo. Es un privilegio. 

Alguna vez has dicho que divides tu vida entre esas dos facetas: la que tienes en tu pequeño pueblo y la que lidias con esta enorme cantidad de éxito. 

Sí, es así. De hecho, en realidad, lo que considero «mi vida» es mucho más la que tengo en mi pueblo, la que está centrada en mis hijos y en el baloncesto. Cuando eran más pequeños entrenaba a su equipo, pero ahora ya están en el instituto. En cualquier caso, mi vida orbita en torno a ellos, a irles a ver a sus partidos y ese tipo de cosas, no tengo más vida social al margen de eso. Por eso cuando salgo de gira como ahora, todo me parece enorme. Como sobredimensionado. Y excitante, es muy emocionante, por ejemplo, estar aquí hablando contigo ahora. 

En 2006 te plantaste en el salón del cómic de la Nueva York Comic-Con con con un boceto de Greg y acabaste encontrando un editor. ¿Fuiste allí como fan y acabaste vendiendo el manuscrito? 

Bueno, fue un poco más complicado que eso. Fui por una mezcla de trabajo y placer, en realidad. Acudí con mi empresa de entonces, una web que hacía contenido para niños, muy visitada. En la Comic Con queríamos encontrar dibujantes talentosos, que quisieran poner sus diseños en nuestra plataforma. Además, mi jefe sabía que quizás yo podría también encontrar un editor para mis viñetas allí, aunque ya me lo habían rechazado bastantes veces. Así que fue una mezcla de ambas cosas. Pero cuando llegamos, descubrimos que el evento había sobrevendido entradas y denegaron el acceso a todos los que no estuvieran ya allí. Ni siquiera pudimos entrar. Mi compañero de trabajo decidió irse a casa. Yo me quedé, no por esperanza de vender nada, sino porque había un concierto de Billy Joel en Nueva York, y conseguí la última entrada.

Al día siguiente, de casualidad, pude entrar en la Comic Con. Así que caminé por allí con mi paquete de presentación, que no eran más de doce o veinte páginas, con un borrador de las viñetas de Greg. Iba dando vueltas saludando a quien conocía y preguntando «¿Quieres echarle un vistazo?», y nadie quería. Era más un evento enfocado al consumidor que una feria para editores, ilustradores o escritores. No buscaban presentaciones, que era lo que yo llevaba. Por entonces, ya publicaba muchas de las viñetas de Greg en la web, y tenían casi doce millones de lectores. Alguien me había hablado sobre una editorial que había publicado Mom’s cancer, un cómic sobre el cáncer de mama, y busqué el stand de la editorial que sí accedió a ver mi trabajo. Miraron solo la primera página y dijeron: «Esto es lo que estamos buscando». 

Dices que tuviste rechazos anteriores…

Sí, aunque no en forma de cartas de rechazo. No es que yo lo mandara a editoriales y me dijeran que no… es que yo tenía las viñetas en la web de Pearson, que es dueña de varios grupos editoriales, incluido Penguin. Echaron un vistazo a mi trabajo y me dijeron que no estaban interesados en él, aunque yo nunca lo envié como propuesta como tal. Fue como que una chica te diga que no quiere tener una cita contigo incluso antes de que se la pidas. 

Antes sí habías encarado un rechazo más clásico, ¿no? Fallaste en el intento de dibujar tiras cómicas. 

Sí, cuando intenté ser viñetista de periódico. Encajé rechazos y rechazos durante tres años, así que conozco cómo sabe el fracaso. Quizá por eso no me asusta. 

Y el hecho de que aún así siguieras intentándolo… ¿Se debía a que estabas muy convencido de que lo que hacías era bueno a que eres muy cabezota?

[Risas] Bueno, en principio sentía que estaba predestinado a ser dibujante. Que estaba llamado a ello. Trabajé durante ocho años en la historia de Greg, sin mostrársela a nadie. Y ahí sí esperaba ser rechazado, por eso quería hacerlo lo mejor posible antes de mostrárselo a nadie porque no quería tener que arrepentirme por anticiparme, por mostrarlo antes de estar listo. Para la mayor parte de los escritores funciona al revés: cuando presentan una propuesta escriben uno o dos capítulos y luego el editor decide si va bien o no, si debe seguir escribiendo. Pero yo quería tener el trabajo ya completo, tener el universo terminado. 

Antes de Greg creaste otro personaje que rechazaron porque era «muy sofisticado». ¿Has pensado alguna vez en rescatarlo? 

No, creo que ese personaje pertenece al pasado. Se llamaba Igdoof, lo creé en mi etapa universitaria, era un jovencito inmaduro de primer año y publicaba sus historias en el periódico de mi campus en Maryland. Pero cuando traté de sacarlo de ahí presentándoselo a otros periódicos, no funcionó. Lo rechazaron. Pero aprendí mucho de él. Y con él. Gracias a eso empecé a dibujar Wimpy Kid, que se parece más a un dibujo animado. Con él aprendí el arte de la simplificación, un estilo más realista, como si lo hubiera dibujado un niño. Creo que lo que aprendí es qué era realmente la caricatura, el arte de la simplificación. 

Cuando empiezas un nuevo libro, ¿qué surge primero: el texto o el dibujo? 

Ninguna de las dos: lo primero que hago son las bromas. Las escribo, y cuando lo hago, eso empieza a definir una imagen, una idea. Eso se queda conmigo, porque lo que hago después es un manuscrito. Lo último que hago es dibujar las imágenes. 

A la hora de escribir utilizas un método israelí que se llama «pensamiento sistemático inventivo», ¿verdad?

[Risas] ¡Has hecho los deberes!, Sí, así es. Lo que subyace detrás del método es que hay una forma sistemática de ser creativo. Antes, solía esperar a que me llegaran las ideas, o dar largos paseos usando la memoria y la imaginación. Pero nada de eso funcionaba muy bien. Era un proceso muy laborioso y muy lento. Entonces empecé a utilizar este método, el «pensamiento inventivo sistemático» y ahora puedo trabajar realmente rápido y de manera muy eficiente. 

¿En qué consiste? 

Simplemente, en usar plantillas de la misma manera que los seres humanos las usamos todo el tiempo. Lo primero que tienes que hacer es escoger un producto o un sistema y dividirlo en componentes. Por ejemplo, estas gafas: están compuestas por la lente y la montura. Después, le aplicas diferentes herramientas a cada componente. Por ejemplo, la sustracción: le quito el cristal. ¿Tengo un producto que alguien podría utilizar si se lo quitara? ¿Y si le quitara la montura? Probablemente la respuesta es no. Pero, en este caso,  hay alguna gente en Estados Unidos que utiliza gafas sin cristales por moda, o muchos jugadores de la NBA que llevan gafas sin montura porque creen que eso queda más elegante o porque no refleja los flashes. Así que ahí tienes un producto. Pero si le doy la vuelta a eso, y digo: ¿y si solo tengo la lente? ¿Quién podría usar ese producto? Tendría que reducirlas y eso me daría lentes de contacto, por ejemplo. Pensar de esta manera conduce a avances, todo el tiempo. 

Es como lo contrario que pensar «out of the box»

Exacto. Es pensar inside the box, que es precisamente como se llama el libro del que lo saqué. Mira, ahora estoy pensando en un libro de fantasía en el mundo de Greg, protagonizado por Rowley, su amigo. Él cuenta una historia sobre un cíclope, pero que tiene dos ojos. Intenta que sea aterrador, pero no se da cuenta de que ponerle dos ojos lo aleja completamente de lo aterrador. Eso es la dependencia del atributo. Si le quitas el ojo y haces dos copias, funcionaría de otra manera. Cuando me pongo a escribir este libro, todo empieza por una lista de cosas de fantasía: unicornios, espadas, armaduras, cascos… Así empieza el trabajo. Después trabajo y trabajo, y trabajo durante días en eso. Después cogeré cada componente, cada pieza, y usaré esas cinco herramientas. Al final, tendré todas las bromas. No es oro todo lo que produce, pero hay muchísimos usos y sobre todo, crea avances mucho más rápido que solo esperar, o solo pensar. Aunque no lo sepas, tú también usas esas técnicas en tu trabajo todo el rato, aunque no pienses en ellas de esa manera. Pueden ayudarte muchísimo. Por ejemplo, hoy estoy haciendo una entrevista sin voz. Eso también es sustracción. Todo esto puede ayudarte mucho cuando estás atascado. 

O sea, que también sufres el bloqueo del escritor.

Por supuesto. Para muchos escritores puede que esto no les funcione, porque a ellos las ideas les fluyen sin parar, pero no a mí. Yo siempre estoy atascado en ese bloqueo del escritor, por eso me ayuda esta técnica. Suele llevarme cuatro o cinco meses escribir solo las bromas del libro, y luego el resto suelo escribirlo como en tres semanas. 

Eres uno de los autores infantiles y juveniles más vendidos del mundo, y suele causar mucha sorpresa cuando dices que con tus libros no tienes ningún interés en transmitir valores a los niños, que no quieres moralizarles, solo divertirles. 

Sí, es cierto. Creo que cuando los niños sienten que están siendo moralizados, o aleccionados, se resisten. Porque para ellos existen dos mundos, dos formas de entender: está el entretenimiento y está la enseñanza. Los programas que ven cuando son más pequeños suelen ser más bien morales, en los que los personajes aprenden una lección. Pero según van creciendo, van rechazando ese tipo de contenido, no lo sienten ya tan cercano y no quieren escuchar ese tipo de historia. Lo que quieren es divertirse. Y creo que es por eso que los niños, cuando se dan cuenta de que se les está tratando de enseñar algo en esos programas o libros, buscan otras cosas, que creo que sí están en mis libros. En ellos la prioridad es el humor. Y aunque no trato premeditadamente de hacerlo, creo que también hay algo de crecimiento en el personaje, aunque el énfasis se ponga en el humor.

Aunque esto también varía dependiendo del medio del que hablemos. Mi primer libro de Wimpy Kid no tenía ninguna lección moral, de hecho, la historia moral se subvierte: la madre de Greg le reta a hacer lo correcto, cosa que él hace por sí mismo al margen de su desafío. Ella le recompensa con un helado porque cree que está obedeciéndola y haciendo lo correcto… me gusta porque eso crea una disonancia en el lector. Pero eso es algo que no puedes poner en la pantalla, en la serie con personas reales o en la animación, ahí tienes que contar una historia en la que tiene que haber crecimiento. El espectador necesita que el personaje cambie. Por eso tienes más libertad cuando escribes, tienes más independencia en la estructura, estás fuera de ella. Ahí las lecciones morales no son tan importantes, a diferencia del plano audiovisual, donde todo está realmente estructurado. 

¿No está un poco denostado el humor, también en el contenido para niños? Como si no fuera un valor en sí mismo. Tus libros tienen ironía, que generalmente es algo que se reserva para los adultos. 

Sí, es cierto que el humor está denostado. El tema de la ironía es algo que me preocupaba mucho al principio. Cuando escribí Diario de Greg: un pringao total, que fue un período de ocho años, nunca pensé, ni por un momento, que fuera un libro para niños. Fue una sorpresa y un shock cuando mi editor me dijo que lo era, y que podía ser una serie de libros para niños… y yo lo que había querido escribir era un libro denso.  

¿Cómo te sentiste cuando te dijo eso? ¿Como si lo estuviera minusvalorando?

Recuerdo que en un primer momento sí sentí que quizás mi editor no lo había entendido. Y a la vez, me sentí un poco estúpido, como si hubiera calculado mal algo tan básico como el público del libro. Pero fue exactamente lo que cometí: un error de cálculo. Cuando mi editor me dijo eso, me preocupó que los niños no entendieran ese tipo de humor. De hecho, los niños más pequeños no lo pillan. Pero los de nueve o diez años sí, entienden que Greg no es un narrador fiable, por ejemplo. Así que aún me siento algo ambivalente respecto a eso. Pero sí creo que hay bromas en mis libros que los niños no entenderán en una primera lectura, y que pillarán más adelante en su vida. Lo verán con ojos distintos. 

Antes de Greg no habías salido nunca de EE. UU., fueron las giras de los libros los que te hicieron viajar. Estos funcionan en países muy diferentes, porque dices que los basas en lo «universal» de la infancia. Pero, ¿alguna vez has temido introducir algo que no funcione en una cultura específica, algo que no se entienda? 

Creo que cometí algunos errores al principio, porque centraba mucho la escritura en cosas que ocurrían en los EE. UU., como Acción de Gracias o el 4 de julio. Y desearía no haberlo hecho, porque ahora trato de mantenerlos, de alguna manera, inespecíficos. Por ejemplo, este nuevo libro, Arrasa con todo, puede funcionar para un niño en Portugal y también en EE. UU. No hay nada que lo ubique en Norteamérica. Quizás haya algo en la actitud, o el tono, que no puedo detectar, pero me siento más seguro a medida que avanzo de que estoy llegando a los niños de una manera diferente. Creo que un crío en China puede leer mis libros y sentir que Greg es chino, o su hermano —al margen de que haya un personaje chino, que lo hay— porque la mirada y el aspecto de los personajes no es específico.

Mi objetivo es hacer todo lo posible para que mis libros sean un espejo para los niños, no una ventana. Los libros de Harry Potter, por ejemplo, nos introducen no solo a un mundo mágico de magos, sino también a los detalles del sistema escolar inglés. Las diferentes casas, las competiciones… todo eso es una ventana a una cultura diferente. Mis libros son diferentes porque quiero quiero que a través de ellos los niños sean capaces de verse a sí mismos en los personajes. 

O sea, que eres de los que creen eso de que «la patria es la infancia».

¡No lo había escuchado! Me gusta mucho la frase. 

Creo que es de Rilke. 

Pues me la quedo. Las cosas de las que yo escribo no son terriblemente emocionantes, escribo sobre tener padres, mascotas, profesores, los deberes… cosas como esas. Es lo que todos experimentamos al crecer. Y sí, es nuestra patria. 

En las casi dos décadas que llevas escribiendo aventuras sobre Greg, ya hay dos generaciones que han pasado por tus libros. ¿Cómo han cambiado los lectores, los niños, en este tiempo? 

El mundo ha cambiado y los niños también. Se nota sobre todo en la prevalencia de la electrónica, los teléfonos, la omnipresencia de este tipo de dispositivos. En mi infancia —aunque sé que empiezo a ser demasiado viejo para decir esto— pasábamos más tiempo en el exterior y todo eso. Pero, sobre todo, nos aburríamos más. Nuestros padres no sentían la obligación de entretenernos o programar nuestras actividades. Teníamos toneladas de tiempo disponible. Eso fue lo que alimentó mi imaginación. Así fue como aprendí a dibujar y estoy agradecido por ello. Ahora vivimos una época en la que el aburrimiento ha sido eliminado, en gran medida. Para todos. Siempre puedes entretenerte con el teléfono. Y, por supuesto, esto esto también ha afectado a nuestras vidas como adultos. Si estás en el aeropuerto, todo el mundo en las pasarelas está mirando el teléfono… No quiero romantizar el tiempo anterior demasiado, pero sí que es cierto que ahora ya no hay posibilidad de aburrirse. 

Has tenido algún titular muy incendiario sobre esto: «Las pantallas son el mal de nuestro tiempo».

[Risas] Sí, sí. No quería sonar tan apocalíptico, pero ya sabes. Yo reivindico el valor del aburrimiento en los niños porque les hace más creativos e imaginativos. 

¿Cómo llegan los niños a tus libros? ¿Se los recomiendan entre ellos o funciona el marketing

Creo que ha sido boca a boca, eso ha sido lo más frecuente. Es cierto que están en las librerías, en lugares muy  destacados, pero eso no es lo que les atrae. Reconozco que estoy en una posición de privilegio, porque no tengo que trabajar para ser descubierto, de eso se han encargado mis editores. Me siento muy afortunado por eso, por el hecho de que estoy aquí catorce libros después, y porque los niños que están ahora mismo leyéndome son la tercera generación de niños que lo hace. Así que ahora conozco a gente como de tu edad, que creció leyéndome. Siempre creo que no estoy haciéndome mayor, pero esto me dice que sí, porque…

Porque en cierta manera, eres Greg. No envejeces. 

¡Exacto! Pero yo sí lo hago. 

¿Alguna vez has tenido la tentación de hacer que Greg madurase? ¿Que se enfrentase a otra clase de aventuras? 

No. Nunca. Los buenos personajes de dibujos animados nunca crecen. 

Bill Watterson, creador de Calvin y Hobbes, dejó de dibujar porque tenía pánico a repetirse. Sin embargo, tú proclamas que eso no te da ningún miedo, que seguirás todo lo que te acompañen los lectores. ¿La infancia es inagotable? 

No, no tengo ningún miedo a repetirme. Lo digo porque no estoy contando las mismas historias, siempre trato de no nadar en las mismas aguas que antes. Siempre estoy tratando de buscar un aspecto de la infancia que no haya explorado, y hacerlo auténticamente. Este libro trata sobre las reformas en el hogar de Greg, sobre mudarte, lo cual fue muy bonito, porque la mayoría de los niños han pasado por una de esas situaciones o ambas. Siempre me emociona descubrir un territorio nuevo. Mi próximo libro, todo lo que sé sobre él, es que tratará sobre el verano, porque siempre respeto la cronología. Sé que saldrá en noviembre, nada más. 

¿Cómo te llevas con los deadlines? 

Bien, y sé que no es lo normal. Porque, por encima de todo, me emociona mucho no saber qué ocurrirá, y saber que habrá un libro. Me gusta el desafío de escribir, manteniéndolo fresco, y asegurarme de que sea algo de lo que no haya escrito antes. Porque la infancia es un gran universo, donde hay mucho dónde jugar. 

¿Cómo pruebas si tus libros funcionan? ¿Tienes algo así como un sensitive reader? ¿Tus hijos?

No, la verdad es que no. Honestamente, prefiero no enseñárselo a nadie hasta que está terminado. A nadie en absoluto. Normalmente no trato de evaluar si es bueno o no, creo que eso debe ser evidente por sí mismo. 

Hace algunos años montaste una librería en tu pueblo, Plainville, porque no había ninguna otra allí. ¿Sientes que tu enorme éxito comportaba algún tipo de responsabilidad social?

Sí, sí lo creo. La desigualdad de la riqueza es un problema hoy en día, que incumbe a las personas que hemos tenido la suerte de tener éxito, y que debemos tratar de marcar la diferencia en el mundo. Mira esta ciudad en la que estamos ahora mismo: vivimos en un mundo que ha sido creado para nosotros. Alguien imaginó estos edificios, pagados por alguien, a veces de manera muy equitativa, pero otras muchas ese trabajo lo realizaron personas que eran pobres. Me gusta la idea de una cita que escuché recientemente, griega, creo recordar. Dice: «Una sociedad no crece hasta que las personas no planten árboles cuya sombra saben que nunca disfrutarán». Yo vivo en un pueblo pequeño, deprimido, y tenía la oportunidad de poner eso en práctica. Me sentía realmente obligado a tratar de mejorarlo todo lo que pudiera. Hay necesidad en todas partes del mundo, y no puedes abordarlas todas, pero creo que es importante ocuparte de tu propio patio trasero. Hacer lo que puedas por un área específica, intentar cambiar las cosas en un área que te apasione. 

¿No había librerías allí?

No. Hubo una tienda, que se creó en 1856, con una estructura de madera que se derrumbó. Estaba abandonada, como si perteneciera a un pueblo fantasma. Nosotros la reemplazamos con una librería realmente vibrante, a la que han ido los mejores autores del mundo. El nombre de mi pueblo suena estúpido, es Plainville, suena a un lugar odinario o aburrido. No sé por qué alguien pensó que ese era un bueno nombre pero, en fin, es mi pueblo. El caso es que una de las cosas que me preguntaba cuando nos lanzamos a fundar la librería, era ¿habrá alguien que descubra aquí algo que cambie su vida? Y creo que eso es lo que está pasando para muchos de nuestros clientes. Cuando yo era un niño, teníamos una librería en nuestra ciudad, y allí fue donde hice algunos de los descubrimientos que me forjaron el camino. En los hábitos de lectura, en aprender a programar ordenadores… Me convertí en escritor, programador, y dibujante. Así que fue vital para mí, y estoy seguro de que ella librería está cumpliendo esa función para alguien en este momento. 

Es un éxito en ese sentido, pero no económicamente, ¿no? 

Sí, es un éxito, pero no financiero. En absoluto. Aún no somos rentables. Esperamos que algún día lo sea, pero sobre todo, lo más importante para nosotros, es ser un componente exitoso de la comunidad. El éxito financiero puedo conseguirlo de otra manera. 

Escribes libros y regentas una librería. ¿Te sientes de a algún modo en la resistencia? 

[Risas] Sí, de hecho, nuestra idea inicial era llamarla «La última librería», pero al final no. Una de las cosas que me gusta de mis libros aquí en España es que son de buena calidad. Quiero decir, tienen un papel muy bueno, cubierta dura, son pesados. Me gusta porque un libro debería ser un objeto preciado, especialmente para los niños. Nosotros, por ejemplo, no hacemos descuentos en la librería. 

¿Y cómo competís con Amazon? 

Es que yo estoy dispuesto a perder esa lucha. Sé que no todos pueden permitirse tomar esa decisión de no hacer descuentos, pero creo que hay algo negativo en entrar en una librería el primer día que sale mi libro, y verlo a mitad de precio. Creo que envía un mensaje de que ese libro… es como si estuviera ya casi en el basurero. Por eso me gusta que en España tengáis una ley sobre esto, sobre el precio único de los libros. Creo que debería replicarse esas reglas en todas partes. Sé que no todo el mundo puedo permitírselo, lo sé, pero por otro lado también existen bibliotecas y librerías de segunda mano. Si ahora mismo yo te diera todos los libros que fueron significativos en tu infancia, provocaría algo así como una chispa de magia dentro de ti. No sé qué libros serían, pero sería un objeto físico lo que lo crearía. En Canadá, una de sus principales librerías, ha reinventado la venta de libros, reforzando la idea de que los libros son regalos. Me encanta esa idea, porque los libros son algo preciado, por supuesto, pero sobre todo son un regalo a ti mismo. Por eso nosotros, como adultos, los mantenemos y ponemos en estantes, porque es algo que nos hace ser quienes somos. 

Eres padre y escritor, dos sectores que suelen lamentarse de lo complicado que es hoy en día conseguir fomentar la lectura entre los niños.  

Sí, todos estamos en esa lucha. Nos encantaría que nuestros hijos, a la hora de acostarse, no se fueran a la cama con sus teléfonos…

Pero nosotros también lo hacemos. 

Exacto. Y les decimos eso de «haz lo que yo te digo, no lo que yo hago». El otro día escuchaba a un autor norteamericano, que decía que después de cenar toda su familia se sentaba junta a leer cada uno su libro. No sé si eso es realista, porque depende del temperamento de tus hijos, no sé si todos están dispuestos a hacer eso. Lo mejor que podemos hacer es regalar a los niños libros les que les gusten, para reforzar esa idea de que los libros son algo agradable, y que la lectura es divertida. Esa es la lección que queremos darles. 

¿Los libros de Greg son el tipo de lectura que se les recomienda a los niños en las escuela?

No, no están dentro del sistema. Mira, coge por ejemplo el libro La lección de August, de Raquel Palacio. Es una obra sobre la empatía, sobre un niño que nació con el síndrome de Treacher Collins. Es un libro importante, uno de esos que debería institucionalizarse. Pero libros como los míos nunca lo harán porque la gente los ve más como dulces, o golosinas. Y está bien. Quizá es el tipo de libros que pueden recomendar ellos mismos cuando les piden recomendaciones, y de hecho lo hacen… pero nunca entrarán, por decirlo así «en el sistema». 

¿Porque para entrar tienen que «enseñar» algo?  

Sí, exacto. Entiendo que hay que encontrar el equilibrio, porque también queremos que los niños lean los clásicos, especialmente cuando llegan a la escuela secundaria. Es importante, yo apoyo eso. Pero también creo que si introduces a los niños a la lectura a través de obras demasiado desafiantes cuando son demasiado jóvenes, eso les puede desmotivar. Dirán «si esto es leer, no lo quiero…».

No hay nada más motivador que te prohíban algo para que te mueras de ganas de hacerlo.  

Exacto. Así que podemos darle la vuelta a ese argumento: ¿Y si como ministro de Educación… prohíbes los clásicos? Sería interesante. O que prohibiera leerlo hasta que tuvieran cierta edad. Imagínate. 

¿Hay niños que han llegado a tus libros a través del incentivo de las películas?

Puede ser. No tengo estadísticas sobre eso. Creo que como mis libros están muy generalizados en EE. UU., la mayoría lo hacen al revés. Primero leen, luego ven las películas. Además, los libros funcionan muchísimo mejor que las películas. Muchísimo. Si me preguntas ahora si volvería a hacer una película live action sobre Greg, la verdad es que no lo volvería a hacer. Ahora mismo, los libros son también número uno en Amazon, y es justo el deseo dorado de cualquier escritor: que tus libros funcionen mejor que las películas, que es lo que ha pasado. Un privilegio. 

¿Qué tal ha funcionado cambiar de protagonista? ¿Ha funcionado contar la historia de Rowley, después de tantos años de intimidad con Greg?  

Sí, ha ido bien. Tenía un poco de miedo de que la serie sobre Rowley fuera para demasiado jóvenes, porque quizá era demasiado primario aunque también tenía un humor más sofisticado que los de Wimpy Kid. Porque realmente tenías que entender la dinámica de su universo. Fue más complicado hacerlo desde el punto de vista de Rowley, pero he disfrutado mucho haciéndolo. Y parece que los niños también. 

¿Te animarás a escribir sobre la perspectiva de otro personaje? ¿Una chica quizás?

¡Quizás! Una wimpy. En España habéis traducido la palabra, ¿verdad?

Sí, por pringao, que es un concepto parecido, aunque no exacto. 

Es curioso esto. Solo en España y en Alemania no habéis usado la palabra wimpy. En Alemania decían que ni siquiera existía como concepto.  

Has rechazado muchas veces convertirte en un escritor para adultos, tu primer impulso. 

Sí, aunque te reconozco que ahora sí me gustaría escribir un libro sobre la técnica israelí de la que te he hablado antes. Uno simple, para todo el mundo. También para niños. 

Cada vez que tienes un evento con niños, haces un llenazo total. ¿Cómo reaccionan ellos? Porque recuerdo cuando en mi infancia me llevaban a ver a los escritores que adoraba, y me quedaba paralizada… 

¡Exacto! Les sigue pasando lo mismo, son muy graciosos. No hacen muchas preguntas, y además aquí está la barrera del idioma. A veces les interesa algo muy concreto que ocurre en el libro, pero en general, los niños se quedan helados. Es interesante porque yo, por ejemplo, puedo leer centenares de artículos sobre política a lo largo del día, muchísimas noticias. Pero si me pusieras en un programa de entrevistas, sería un tipo terrible. No podría articularlo, por mucho que supiera al respecto. Esa inocencia es probablemente la misma que la de los niños cuando van a ver a los escritores: conocen perfectamente su mundo, pero no tienen nada que decir. Así que esos encuentros, que me encantan, suceden más como una transacción. Nos hacemos una foto, les firmo el libro o les hago un dibujo… 

A pesar de tu batalla «contra las pantallas», no eres muy apocalíptico con el futuro de los libros. 

Sí, creo que sí soy optimista respecto al futuro. Porque incluso si los libros se convierten en algo cada vez más exótico, seguirán existiendo librerías porque habrá gente que seguirá buscando ese sentimiento único que se encuentra en un libro. La tecnología no nos ha dado nada parecido a lo que se siente al ir a comprar libros. Es lo mismo que ir a comprar ropa, o comprarla por internet. Es mucho mejor hacerlo en vivo, tenerlos en tus manos, sentir el tejido… no lo consigues haciendo scroll. Los descubrimientos que suceden en librerías no pasan online, porque suceden de una manera mucho más naturalista cuando no forman parte del algoritmo que alguien ha diseñado. 

Las cosas, obviamente, cambiarán mucho con el tiempo, pero siento que los libros seguirán siendo algo especial para los niños. Especialmente para los niños, de hecho. Para mí tiene sentido que un adulto lea una novela en un Kindle, es conveniente y puedes absorber la información de la misma manera. Los libros no tienen que ser necesariamente especiales o vitales para los adultos, no de la forma que lo son para los niños. Si piensas en la mañana de Navidad, sabes que en lugar de regalarle un libro físico a tu hijo, podrías descargárselo en una pantalla. Pero sabes que no es lo mismo. De alguna manera instintiva sabes que es importante poner un libro en manos de un niño, así que por eso tengo esperanzas de que sigan aquí a largo plazo.


Carlo Frabetti: «He vendido más ejemplares de “Malditas matemáticas” que de los otros cien libros juntos. Vivo de ese libro»

A Carlo Frabetti (Bolonia, 1945) a menudo se lo presenta como un escritor italiano que escribe en castellano, aunque desde los ocho años vive en España. Él no parece estar en desacuerdo con esta descripción; apunta que, según los psicólogos, todo se resuelve en los primeros siete u ocho años de vida y, además, no tiene pasaporte español. Con un centenar de libros publicados, este matemático de formación ha sabido reconciliar ciencia y humanidades, literatura para adultos y libro juvenil, marxismo y cristianismo, entre otras dicotomías aparentes, en sus libros y columnas para la prensa. Su carrera abarca un recorrido de difícil catalogación durante el que ha alcanzado la cima varias veces: en los ochenta fue con La bola de cristal, en los noventa con la literatura; ha llegado a ser el autor más leído en Cuba, después de Fidel Castro.

En la terraza de su casa en La Bisbal del Penedés, bajo la sutil y constante luz característica de una tarde de primavera, el ruido es inexistente. Es el lugar perfecto para más de tres horas de conversación tranquila que dan para profundizar en su trayectoria y reflexionar sobre ciencia, literatura, filosofía, política, religión, actualidad. Gestiona sus respuestas con la calma del que parece capaz de mantener su presión arterial baja, con una actitud en apariencia neutral y distante, pero con opiniones no exentas de indignación por las injusticias; sabe que el sistema está roto, pero no transmite ninguna urgencia en particular.

Te dedicas a muchas actividades que no parecen relacionadas: divulgación científica, activismo político, literatura infantil y juvenil… ¿Cómo se relaciona todo esto?

Cuando te interesa y te preocupa el mundo en el que vives, el viaje viene a ser siempre el mismo: un viaje hacia el conocimiento. Puedes cambiar de vehículo, hay gente que se siente muy cómoda con un vehículo concreto y hace el viaje siempre o casi siempre en ese vehículo, pero hay otros que por razones a veces circunstanciales vamos cambiando.

Hay una serie de cosas que me han gustado a lo largo de la vida y he tenido la suerte de poder dedicarme a varias de ellas, ganando el mínimo de dinero que me ha permitido emplear un tiempo considerable en esas actividades. Todos hacemos muchas cosas, pero no siempre nos pagan por ellas. Si me pagaran por pasear, sería paseante profesional. Sin embargo, por escribir, por hacer divulgación científica o dar clases, que son cosas que siempre me han gustado, he conseguido que me pagaran lo suficiente para vivir.

El activismo político, por el contrario, no solo no te lo pagan, sino que te lo hacen pagar caro. Cuando vives en un mundo tan injusto como este e intentas comprenderlo, llega un momento en el que no te conformas con comprender y piensas que, si puedes hacer algo, por modesto que sea, para modificarlo, tienes que hacerlo. Es lo que decía Marx: «Hasta ahora los filósofos se han preocupado por interpretar el mundo y lo que hay que hacer es cambiarlo». Esa frase me influyó mucho. Yo era un ratón de biblioteca, estaba obsesionado con conocer, y me di cuenta de que no bastaba, que había que utilizar ese conocimiento para hacer algo.

Naciste en 1945 y llegas a España ocho años después, ¿a qué se debió esta decisión familiar?

Algo muy italiano, mi padre montó en Valencia una fábrica de máquinas para hacer helados. Al principio vino él solo a España y durante un tiempo mi madre y yo íbamos y veníamos. A partir del 53, a mis ocho años, tuvimos casa propia en Valencia, nos instalamos, mi hermana nació en Valencia. Y la causa fue esa. En Valencia había una gran afición a los helados, y cuando nosotros llegamos se hacían a mano. Había unos tambores de corcho llenos de hielo con sal y un cilindro de metal con la crema dentro que había que mover a mano hasta que se congelaba, mi padre a eso le puso un motorcito y, en vez de corcho, una estructura refrigerante, y así empezó a fabricar máquinas de hacer helado aptas para instalarse en cafeterías. Llenó España. Primero Valencia y luego todo el país.

¿Cuándo publicaste tu primer libro y cuántos has publicado?

He publicado un centenar, en números redondos. Pero mi primera novela, posterior a los libros de cocina vegetariana, yoga, juegos y pasatiempos matemáticos, la publiqué en el 94. Fue una novela infantil que, para mi sorpresa, tuvo mucho éxito. Nunca me había planteado ser narrador, que es algo mucho más concreto que ser escritor. Me paso el día escribiendo desde hace muchos años. Había hecho guiones de televisión, teatro, poesía, pero narrativa… cuentos sí, pero novela no. Alfaguara, a raíz del éxito de La bola de cristal, me pidió algo…

Esto fue en el 94 y La bola de cristal acabó en el 88.

Sí, digo a raíz, pero no inmediatamente. Se pusieron en contacto conmigo, pero la primera novela no salió hasta el 94. Fue La magia más poderosa. Tuvo mucho éxito… Yo entonces no tenía ni idea de cómo funcionaba el mercado de la literatura infantil, pero resulta que el 90% de las ventas ocurre en los colegios. Lo que se llama venta por prescripción. La venta por impulso, es decir, que entre un niño o su padre en una librería y compre un libro, solo supone el 10%.

En algún colegio deciden que un libro está bien y compran cincuenta o cien de golpe. La magia más poderosa tuvo éxito porque gustaba a la vez a niños y profesores. Muchas veces lo que les gusta a los niños a los profesores no les parece lo suficientemente instructivo o didáctico y viceversa, lo que les gusta a los profesores a los niños les parece aburrido. Este libro se convirtió en un best seller infantil y, a raíz de eso, empezaron a pedir más y más.

Teniendo en cuenta que eres matemático y escritor, ¿cómo ves la relación actual entre ciencia y letras?

Pobre. Muy pobre. Cuando yo era joven la dicotomía era brutal. Casi se podía hablar de enemistad. De hecho, había un pique entre la gente de letras y la de ciencias. Los de ciencias decíamos que los de letras utilizaban la memoria porque carecían de inteligencia y los de letras que los de ciencias estábamos deshumanizados. Ahora por suerte la situación ha cambiado, pero sigue habiendo una separación demasiado estricta a mi modo de ver. Mi objetivo con los libros de divulgación que hago para Alianza y con los libros infantiles, donde siempre hablo de ciencia de alguna manera, es acercar estos dos campos. Porque este divorcio hace mucho daño a las dos partes.

En tu primer artículo en El País, en el año 96, hablas precisamente de eso, ¿seguimos un paradigma de cultura oficial basada exclusivamente en lo literario y artístico?

El cambio más significativo empieza a notarse en este siglo; si contemplamos un intervalo de sesenta años sí que hay un cambio considerable, científicos que se interesan por las humanidades y humanistas que se interesan por la ciencia.

¿Los hay?

Claro. Los filósofos se interesan por ejemplo con la irrupción de la mecánica cuántica, que es de principios del siglo XX, igual que la relatividad. Ya la relatividad influyó en movimientos artísticos y literarios como el surrealismo y el cubismo. Poco a poco la ciencia se ha ido infiltrando en el discurso literario y artístico.

¿Crees que los filósofos comprenden la mecánica cuántica?

Al menos lo intentan, que ya es algo. Aunque algunos lo único que hacen es apropiarse de la terminología de manera puramente efectista, como han señalado críticos como Sokal.

Cuando entrevistamos a Jesús Mosterín también los puso a parir a todos, a Derrida… no dejó títere con cabeza.

Yo también los he puesto bastante a parir. Lo que pasa es que valoro el intento. Que hablen, aunque sea mal, ya es algo. Recuerdo haberle enseñado a un conocido escritor un libro en el que había fórmulas y que dijera: «Quita, quita, eso es pornografía». Esta mentalidad sigue muy presente. Pero al menos se dan cuenta de que hay conceptos nuevos… Porque la física de Galileo y Newton no es nada contraintuitiva y no interfiere con la visión del mundo que viene de los griegos. Sin embargo, la mecánica cuántica y la relatividad son totalmente contraintuitivas, te obligan a modificar tus ideas. Y los filósofos, algunos, sí se han dado cuenta de esto e intentan no perder ese tren. A veces lo hacen de una forma lamentable, como cuando Lacan te dice que el falo es la raíz cuadrada de menos uno, que es… bueno, señor, córtese un poquito.

Te consideras discípulo de Martin Gardner, ¿qué aportó este matemático y divulgador a la sociedad?

Sí, me considero discípulo suyo porque empecé a leer sus artículos en Scientific American cuando todavía no se publicaban en España. Tenía diez u once años y se convirtió automáticamente en mi ídolo; si echas una ojeada a mi biblioteca tengo un estante lleno con toda su obra. No solo es un divulgador matemático excelente, sino que tiene libros filosóficos, ensayos contra el irracionalismo y contra las pseudociencias, es un escritor sumamente interesante en muchos aspectos y, sí, lo considero un maestro. A él y a Raymond Smullyan, de hecho, eran amigos, los dos han muerto recientemente. No llegué a conocerlos, pero sí me escribí con ellos. Tengo una novelita que no está publicada en España, solo en Cuba, que está dedicada a ellos dos y aparecen como personajes. Se titula las Las islas desventuradas y no me la quisieron publicar en España.

Todas las editoriales de libros infantiles, sean religiosas o no, tienen en cuenta que tienen que vender en los colegios religiosos. En el libro Las islas desventuradas los buenos son los herejes y los malos son los católicos ortodoxos, y esto no les pareció bien. Pero en Cuba tuvo muchísimo éxito.

Has dedicado mucho trabajo a los pasatiempos matemáticos. El primer desafío lógico que planteaste en la revista Algo fue el de los nueve puntos, ¿por qué es tan importante este problema?

Lo encuentro muy interesante porque es un claro ejemplo de que muchas veces, al intentar resolver un problema, no solo de matemáticas sino en cualquier área, nos imponemos más condiciones de las que en realidad nos piden. ¿Cuál es la condición no pedida que casi todo el mundo se impone sin darse cuenta? Que todos los vértices de la línea quebrada coincidan con alguno de los nueve puntos, pero eso no te lo piden… solo te dicen que tiene que ser un trazo continuo y de segmentos rectilíneos. Me parece un acertijo precioso. Ahora mucha gente lo conoce, se hizo famoso. ¿De cuándo es esta revista? [Señala un ejemplar de la revista que hemos llevado].

Del 84.

Me da vértigo. En su día muy poca gente resolvía ese problema. Todo el mundo llegaba a la conclusión de que tenían que ser cinco líneas, no que con cuatro bastaba.  

¿Qué recuerdas de esta revista de divulgación?

La recuerdo con mucho cariño porque, por desgracia, las revistas de divulgación científica o son poco accesibles o son poco serias. Pasamos de Investigación y Ciencia a Muy Interesante. Es tremendo. La revista Algo, por el contrario, era bastante seria y muy accesible.

En tu último libro, Detective íntimo, dices que la clave del pensamiento lateral es la atención flotante. Cuéntanos más.

Creo que en el propio libro lo explica el detective. No es una idea mía, cuando nos concentramos de una manera un poco obsesiva en una idea perdemos de vista el contexto. Esto lo saben todos los escritores. Lewis Carroll inventó un aparatito, que llamaba nictógrafo, para anotar ideas durante la noche. Entonces no era fácil tener una lamparita en la mesilla de noche, así que inventó ese artilugio porque de repente se despertaba con una idea genial y, si no la escribía, al día siguiente se le había olvidado. En estados como el duermevela o cuando uno está a punto de despertarse, la mente no ha puesto en marcha todas sus rutinas de control. Hay una serie de mecanismos mentales que son muy útiles, aunque a veces nos atenazan un poco. La atención flotante es un concepto que usan mucho los psicoanalistas, consiste en escuchar lo que te dicen, pero sin estar excesivamente concentrado. Dejar que la mente vague un poco a su antojo para no perder de vista cosas que pueden parecer accesorias pero que son información relevante.

Contabas en una conferencia que Malditas matemáticas lo escribiste a partir de los recortes de un libro de texto que los responsables de la editorial rechazaron por ser demasiado divertido.

Sí, Alfaguara y Santillana son de la misma empresa, Prisa. Están en plantas sucesivas de un mismo edificio. Hubo una época en que casi todos mis libros infantiles los publicaba en Alfaguara. Un día me llamaron del piso de arriba, de Santillana, donde siguen haciendo libros de texto, y me dijeron que, como yo era matemático, que por qué no les hacía un libro para segundo de la ESO.

¿El libro entero?

Sí. Me pasaron el programa y lo desarrollé. Meticulosamente. Intentando poner ejemplos divertidos, creando situaciones que ilustraran el concepto en vez de soltarlo sin más, seco y árido. Y me quedé muy contento. Lo llevé y me dijeron que no podía ser, que era demasiado divertido. Estaban ahí todos los conceptos, pero me dijeron: «No, no, no, tienes que podarlo», por así decirlo, y hacerlo más ceñido a lo que la gente espera de un libro de texto.

Pero claro, me dieron mucha pena aquellos descartes y decidí hacer una novelita. Y la llevé al piso de abajo. Al principio la rechazaron también, esto era a finales de los noventa, y me dijeron lo contrario que me habían dicho en el piso de arriba, que los niños detestan las matemáticas y lo que quieren es divertirse, que las matemáticas fuera. Y me fui muy triste a mi casa. Pero tuve la suerte de que el año 2000 fue el año mundial de las matemáticas y me llamaron de Alfaguara: «Oye, queremos publicar algo, y no importa que no se venda mucho, para poder decir que hemos publicado algo conmemorativo».

Ahora te lo han reeditado.

No solo me lo han reeditado, he vendido más ejemplares de Malditas matemáticas que de los otros cien libros juntos. Vivo de ese libro. He vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo. Se ha traducido al mongol, al turco, al iraní… Hoy mismo me ha llamado la directora del Museo de la Ciencia de Valladolid para decirme que han hecho una sección de matemáticas y que si no me parecía mal la iban a llamar «Malditas matemáticas». Y a ver si iba a la inauguración y tal. Un libro que se pasó dos años en un cajón de pronto se ha convertido en un best seller

Cuando entrevistamos a Jin Akiyama nos contó que lleva veinticinco años con un programa de televisión y que es toda una celebridad en Japón. ¿Cómo podemos convencer a los políticos de la necesidad de acercar los números a la sociedad?

Yo me conformaría con convencer a los políticos de que respeten los derechos humanos. Vivimos en un país donde la irracionalidad más obtusa se ha instalado en todos los niveles oficiales.

Gracias al éxito de La bola de cristal tuve un momento en el que me hacían caso, algo de caso, en televisión. Y una de las cosas que propuse fue un programa de ciencias, pero muy enfocado a cuestiones de matemáticas y geometría. Al principio me dijeron que era muy interesante, pero no salió. Nunca salió. No es fácil, no creo que sea fácil ahora. Estamos muy atrasados en cuanto a programas culturales e incluso hemos ido hacia atrás.

La televisión de los años ochenta y noventa era bastante más interesante. Incluso durante el franquismo había programas de mayor calidad que ahora, por ejemplo, programas teatrales, entrevistas de larga duración. Había cosas que ahora no se ven.

Si pudieras pedir a los dioses algo que beneficiara a toda la humanidad, ¿qué les pedirías?

Es la famosa pregunta que le hicieron a Aristóteles. Yo a los dioses lo primero que les pediría es que desaparecieran, que se quitaran de en medio. Porque si en algo estoy de acuerdo con Marx es en que la religión es el opio del pueblo. Precisamente el pensamiento dogmático, el creer en dioses del tipo que sea, es lo más perjudicial. Si hubiera dioses y fueran benignos no habría que pedirles nada porque ya se encargarían ellos de cuidarnos un poquito y de evitar las injusticias igual que un padre impide que un hermano mate a otro. Como no nos cuidan, los dioses tienen que ser mala gente y les pediría que se largaran.

En un texto tuyo hemos leído que Fibonacci ideó su famosa sucesión viendo cómo los conejos se reproducen, y también dices que Fibonacci está presente en muchos fenómenos naturales. Las matemáticas, ¿las descubrimos o las inventamos?

Ese es un gran debate, pero en realidad es irresoluble. Solo Dios, si existiera, podría contestar a esa pregunta. De hecho, los matemáticos se dividen en idealistas y no idealistas, algunos los llaman materialistas, pero ellos lo rechazan. Los idealistas dicen que los entes matemáticos están ahí y nosotros los descubrimos, pero son independientes de la mente humana. De hecho, cualquier mente que hubiera en el universo los concebiría de la misma manera que nosotros; tal vez los expresaran o desarrollaran de otra manera, pero los conceptos básicos serían los mismos. Y otros, sobre todo los posmodernos, dicen que los conceptos matemáticos los inventamos, no los descubrimos. Es un debate irresoluble. Es casi la expresión de una sensibilidad personal situarse en un sentido u otro.

Etimológicamente, las dos palabras ¿no están relacionadas? Inventar y descubrir.

Sí, se habla muchas veces de descubrimiento como de invento. Lo que pasa es que son sinónimos solo en alguna de las acepciones, cuando hablas de descubrir América no hablas de inventar… aunque también haya algo de invención.

En Los jardines cifrados haces una lista de las treinta y una funciones identificadas en la Morfología del cuento de Vladimir Propp, ¿has tenido presentes estas funciones a la hora de escribir tus libros para jóvenes o adultos?

No siempre las tengo presentes a priori, pero yo releo mucho mis libros. Digo irónicamente que soy muy rápido escribiendo, pero muy lento leyendo.

En casi todos los relatos hay planteamiento, nudo y desenlace, si es un relato convencional, pero no todas las funciones están ahí. Si a lo que te refieres es a si uso las funciones como plantilla, no.

En El palacio de las cien puertas sigues el esquema que se hizo famoso con los libros de Elige tu propia aventura.

No suelo hacer libros de encargo, pero ese fue un libro de semiencargo, por así decirlo. Me llamaron para ver qué se podía hacer en esa línea, como en Elige tu propia aventura.

¿Por qué es interesante ese sistema?

Puede ser interesante o no tanto. He leído algunos, creo que a veces son bastante banales. No creo que sea una fórmula intrínsecamente muy interesante, porque en realidad cualquier libro que tenga un mínimo de complejidad te invita a seguir tus propios caminos, no es un monorraíl.

En ese libro también haces referencia a Alicia y Lewis Carroll. ¿Por qué te interesa tanto Alicia y por qué recomiendas este libro?

Para mí Lewis Carroll ha sido un referente en todos los aspectos. Algunas de las razones por las que ha sido tan importante son personales y circunstanciales. Lo leí de muy pequeño por primera vez, y fue un libro que me angustió. Vi la versión de Walt Disney siendo pequeño todavía, la de dibujos animados, luego hubo otras versiones cinematográficas. Me fui acercando a ese libro por distintos caminos. El hecho de que Carroll fuera matemático también me fascinaba, y hubo una época en la que me interesó mucho la fotografía y también me pareció Carroll un maestro como fotógrafo.

Poco a poco fui descubriendo su influencia en la literatura del siglo XX; tanto Joyce como Kafka son hijos de Carroll en alguna medida. Sobre todo, Joyce. Y, además, Carroll es el creador del retrato fotográfico. Es el que independiza la fotografía de la pintura. Los primeros retratos fotográficos eran cuadros. Planteaban imitar el gran arte. Y Carroll es el primero que se da cuenta de que es un lenguaje propio con sus recursos específicos y que no tiene por qué ser subsidiario o someterse de manera servil a los dictados de la pintura, sino que tiene que crear su propia estética y su propio lenguaje y hace unos retratos magníficos —muchos han desaparecido—. Vi en Bolonia, mi ciudad natal, una exposición de fotografías de Carroll que no sé de dónde las sacaron, porque no las he vuelto a ver en ningún sitio.

Jugabas al ajedrez con tu padre, ¿qué recuerdas de aquellas partidas?

Era muy interesante, porque no nos tomábamos el juego en sí demasiado en serio, siempre era un punto de partida para hacer suposiciones: «Si esto lo hubiéramos hecho de esta manera, si el alfil tal…». Lo que se llama ajedrez de fantasía a partir de partidas reales.

¿Os inventabais las reglas?

A veces.

De ahí sale el libro de El tablero mágico.

Exacto. De ahí sale.

Reconoces que no eres muy buen jugador de ajedrez, sino que lo que te gusta es hacer cosas alrededor del ajedrez.

Sí. Luego le dediqué más tiempo del necesario al ajedrez. Incluso llego a decir de forma autocrítica, no sé si en ese libro o en el de las Mil puertas, que jugar bien al ajedrez suele ser un signo de inteligencia y jugar muy bien suele ser un signo de estupidez. Hay que ser un necio o estar loco para dedicarle a ese juego el tiempo y el esfuerzo que requiere llegar a dominarlo, porque es un juego al fin y al cabo muy limitado. Solo para aprender la teoría de aperturas, que está estudiada desde el siglo XV…

Y con eso ya…

Ese es un requisito básico. Si no dominas las aperturas, cualquier jugador mediocre que sí las conozca en las cinco o diez primeras jugadas saca una ventaja posicional que luego, aunque seas mejor que él, no superas.

Ahora con la inteligencia artificial el ajedrez ha dejado de tener sentido.

Cualquier teléfono móvil te puede ganar. Me acuerdo cuando en los noventa el programa Deep Blue ganó a Kaspárov, aquello fue una conmoción. Había gente que, como argumento, decía que las máquinas podrían jugar al ajedrez, pero nunca tener el nivel de un gran maestro, porque un gran maestro es creativo, no analiza todas las posibilidades. Pero una máquina tampoco. Incluso para un ordenador, las posiciones de ajedrez, que son del orden de los septillones, son inabarcables.

Has prologado libros de Lem como Memorias encontradas en una bañera, ¿qué te parece este autor? ¿Asimov o Lem? ¿Cuál es tu novela de ciencia ficción favorita?

Mi novela de ciencia ficción favorita es Solaris, de Lem. Pero si tuviera que quedarme con un autor me quedaría con Asimov, que creo que es más amplio, versátil. Lem era un poco obsesivo. Solaris es la mejor de sus novelas, la más sutil. Le escribí, porque fui su editor durante diez años, su editor en castellano. Nos escribíamos en francés. En muchas de sus novelas hay un intento de contactar con una mente extraterrestre y el intento fracasa. En Fiasco pasa lo mismo, y en algunos cuentos. Le pregunté: «¿Esto le parece especialmente interesante, el tema del desencuentro, o es que cree que no hay posibilidad de encuentro o que es sumamente improbable?», y no me contestó. No sé si porque no le apeteció, si porque él mismo no lo tenía claro o porque no quiso revelar su punto de vista. Pero es curioso porque él nunca contempla, ni siquiera en sus cuentos de robots, medio humorísticos, la posibilidad de comunicación. E incluso como crítico era muy rígido, y bastante faltón. Insultaba continuamente a los autores de ciencia ficción estadounidenses. Con Ursula K. Le Guin, que murió hace poco, se metió alguna vez… no la desautorizó, pero dijo que La mano izquierda de la oscuridad era completamente inverosímil, que aunque fuera una novela brillante tenía cosas completamente inverosímiles, como que un humanoide pasara de mujer a hombre y de hombre a mujer. Era un escritor muy brillante, pero sumamente cuadriculado en algunos aspectos.

Es curioso cómo, siendo tan imaginativo, porque en sus libros hay cosas de una audacia imaginativa tremenda, fuera tan convencional en algunas cosas. Ursula le contestó muy bien, lo puso en su sitio: «Todo lo que usted dice tendría sentido si estuviera hablando de otra novela que no es la mía, porque usted quiere meterla en un marco que no es el suyo». De hecho, Lem se calló. ¿A quién machacó? A Harlan Ellison, por ejemplo. En este caso estoy bastante de acuerdo con Lem. Ellison fue un autor que ganó varios premios Hugo, pero a mí me parece un bluf. Era muy sensacionalista. Era una época en la que la ciencia ficción era bastante pacata y él empezó a meter sexo a lo bestia. Se hizo famoso por una antología que se llamaba Visiones peligrosas. Era una antología muy buena. Escribió cuentos muy famosos como No tengo boca y debo gritar o uno de un hombre que viaja a sus propios riñones. Hacía cosas así, muy efectistas y enrevesadas. Y luego desapareció sin dejar rastro.

A Robert A. Heinlein también le criticó.

Sí, el de Tropas del Espacio.

Robert A. Heinlein apoyó abiertamente la invasión de Vietnam por parte de Estados Unidos. Hubo un congreso mundial de ciencia ficción… Se solían celebrar en Estados Unidos o en Londres y un año, en el 69, lo hicieron en Heidelberg, en Alemania. Conocí a Poul Anderson y a Robert Silverberg, que estaban pegando fuerte. Entonces algunos alemanes y yo colgamos una pancarta diciendo que Poul Anderson y unos cuantos nombres más estaban a favor de que se rociara con napalm a los niños y se violara a las mujeres. Llegaron una panda de fans con cadenas a zurrarnos directamente. En el recinto universitario tuvimos una batalla campal. Mi involuntaria «venganza» fue ligar con la hija de Poul Anderson, que estaba por allí. Era una chica encantadora, y él también, era muy cordial, pero firmó el documento de apoyo. Asimov y unos cuantos más les contestaron con contundencia, hubo cierto enfrentamiento y fue la primera vez que la ciencia ficción se politizó de una manera clara.

Eres el que concibe la idea de La bola de cristal, desde el título hasta sus guiones, y fuiste uno de sus guionistas hasta el final, pero sobre La bola de cristal hay un libro publicado por la directora del programa y otro publicado por ti.

En realidad, mi libro lo hice como respuesta al suyo. Ella llegó a atribuirse mis guiones, que están registrados en la sociedad de autores. Su libro fue un best seller, llegó a vender cuarenta mil ejemplares o más, y cuenta cómo se le ocurrió, hablando con su abuela, el título La bola de cristal. Yo, que había dado cursos de guion explicando cómo se me había ocurrido el nombre de La bola de cristal, cómo se me había ocurrido la bruja Avería… Lógicamente, me indigné. Como tenía algunos relatos sueltos sobre el tema de la transacción, pues me interesa mucho lo que las relaciones humanas tienen de transacción en un mundo mercantilizado, aproveché y le dediqué el prólogo, donde cuento sencillamente esta historia.

¿Se te apoyó en los medios?

No. De hecho, escribí a algunos medios, por ejemplo, a La Vanguardia, diciendo que lo que decía esa señora era mentira y se podía demostrar, y no me hicieron caso. Ningún caso.

Televisión se quedaba con los derechos. La bruja Avería en teoría es de TVE, yo la he usado en mis libros y a TVE le da exactamente igual, pero teóricamente podrían demandarme, aunque ganaría yo ese pleito, porque la propiedad intelectual es irrenunciable. Ahora no te puede pasar lo que al pobre Salgari, que tenía un montón de hijos y, desesperado, vendía sus libros por cantidades ridículas, de modo que sus editores se hicieron riquísimos y él se suicidó. El padre de Sandokán.

Cuéntanos cosas de la época de La bola de cristal.

En televisión había un vacío de poder o un descontrol que permitía hacer cosas. Siempre que no pidieras mucho dinero, te dejaban hacer. Y la verdad es que, durante cuatro años y medio, en La bola de cristal hicimos lo que quisimos. Se lo cargaron por razones políticas en pleno éxito. Alguien dijo, no recuerdo qué ministro, que el programa lo usábamos para adoctrinar a los niños en el marxismo.

«Viva el mal, viva el capital», decía la bruja Avería.

Esa frase no es mía, es de Santiago Alba. A mí, aunque me hace mucha gracia, no me parece del todo bien. Mis camaradas me preguntan por qué en mis libros no hay arengas comunistas. Y contesto que porque a los niños hay que facilitarles que piensen solos. Tampoco metería asuntos religiosos… en todo caso, hay que hablarles de solidaridad, explicar que unas personas no son más importantes que otras, y esos no son valores exclusivamente marxistas. De hecho, se da la paradoja de que tengo el Premio de la Comisión Católica para la Infancia, que se concede al autor que fomenta los valores cristianos entre los más jóvenes.

En el programa había cosas que a mí me parecía que sobraban, pero no había motivo para cargárselo porque la bruja Avería dijera «Viva el mal, viva el capital». Eran como frases sueltas, no había un discurso político ni un relato adoctrinador.

Con el tiempo ha habido un reconocimiento intelectual del programa.

Sí, sí, y gracias a eso pude seguir haciendo televisión unos cuantos años. Gané una cantidad obscena de dinero, porque en aquella época te pagaban una barbaridad por cualquier chorrada. En el año 90 hice las primeras sitcoms como Una hija más, Aquí hay negocio, etc., de lo más banales y tontas. Hoy quizá parecerían exquisitas, pero era pura chabacanería casi todo el rato. Había buenos guionistas, pero se les obligaba a ser chabacanos.

Pues, por un guion de media hora, me daban por el argumento doscientas mil pesetas. Por el guion desarrollado, quinientas mil más y luego derechos de autor al emitirlo. Yo me sacaba un millón por cada guion de media hora y hacía uno al mes. Me duró tres años. Me echaron de televisión por rojo y subversivo, «antisistema», como dicen ahora, y proetarra, pero gracias a eso pude vivir varios años sin trabajar casi nada. Hasta que luego empecé a ganar dinero con los libros infantiles. Durante una década sobreviví gracias a dos o tres años de vacas gordísimas en televisión. Fue una época de descontrol en la cual algunos nos beneficiamos de poder hacer lo que queríamos y ganar una cantidad considerable de dinero.

Ahora a los guionistas los tienen como esclavos, no les reconocen la autoría, luego no cobran derechos de autor, trabajan en grupo, uno hace los diálogos, otro los gags, con lo cual nadie es autor y trabajan a destajo.

Supongo que te dará pena ver en lo que se ha convertido la televisión española.

Me reconforta un poco la televisión catalana, que tiene un cierto nivel.

En tu libro La bola de cristal cuentas una anécdota de tu infancia que te lleva a la conclusión de que los niños son estructuralistas natos. ¿Chomsky o Skinner?

Hay cosas interesantes en ambos. Si me tuviera que quedar con uno de los dos, me quedaría con Chomsky sin dudarlo. Plantear que lo único que conocemos de los demás es su conducta y que hemos de partir de ahí, como afirma el conductismo, creo que es la forma más científica de aproximarse a la situación. Pero creo que a partir de ahí se han cometido excesos de todo tipo. Mientras que otras corrientes que en su planteamiento pueden parecer menos racionalistas, que se aferran más a cuestiones intangibles o poco medibles, que se salen del ámbito puramente científico, en la práctica luego han tenido desarrollos que complementan un poco esa frialdad o esa aridez de ciertos planteamientos conductistas.

Hay que tomar un poco de todos los lados, porque la psicología, la sociología o la economía son protociencias. No son pseudociencias como dicen algunos. A veces sí, hay discursos psicológicos que son pseudocientíficos. Cuando Lacan dice que el inconsciente está estructurado como un lenguaje es muy interesante, pero demuéstremelo, en qué se basa usted.

Los niños sí que son muy conductistas.

Todos somos muy conductistas en el sentido de que respondemos a los estímulos y al premio-castigo. Lo que pienso es que es muy reduccionista quedarse ahí. Todos tenemos reflejos biológicos, pavlovianos y reflejos condicionados, por nuestra forma de vida, por la educación, pero también tenemos más cosas.

En un relato de La bola de cristal está el personaje de Elena, ¿es el mismo que el de Los jardines cifrados?

Sí y no. Rara vez los personajes de mis novelas se corresponden unívocamente con una persona real. Hay unas cuantas personas que me han suministrado material para construir personajes. No es el mismo personaje, pero no es casual que se llamen Elena. En casi todos los personajes hay también algo de mí mismo.

En Ulrico.

Ulrico era mi amigo imaginario de pequeño. Extrapolado de Blancanieves y los siete enanitos, que es la primera película que vi en mi vida. Entonces el enano sabio se convirtió en mi amigo imaginario, pero de joven, porque era demasiado viejo para tenerlo de compañero de juegos. Y acabó convirtiéndose en Ulrico. Es más un superego en el sentido freudiano que un alter ego. Siempre me dicen que Ulrico es como yo, y digo que no, Ulrico es más listo que yo. Lo que dice Ulrico en un minuto yo he tardado horas en pensarlo.

¿Te han censurado alguna vez? ¿Hay libros que no hayas podido publicar en España?

Hay algunos que no he podido publicar en España. Uno es Las islas desventuradas, que es esa historia en la que los católicos ortodoxos cazadores de herejes son los malos, y es en la que aparecen Raymond Smullyan y Martin Gardner como personajes. Otro libro es Abdicación… La censura muchas veces no es directa, Alfaguara seguramente podría haber publicado Las islas desventuradas o Abdicación, pero como tienen en cuenta si esos libros van a ser aceptados por colegios religiosos… En volumen de ventas suelen tener más poder adquisitivo los colegios religiosos que los no religiosos. Suelen ser privados, los niños son más ricos, se pueden gastar más dinero y las editoriales lo tienen en cuenta. De hecho, todas las editoriales de literatura infantil antes eran religiosas porque eran también las que hacían los libros de texto. Y aunque la editorial sea laica, hay temas que directamente no puedes tocar, esa es la censura.

Estás en la lista de honor de la Comisión Católica para la Infancia, algún libro tuyo ha sido de lectura obligatoria en colegios religiosos. ¿Cómo consigues entrar en este mercado?

Sí, creo que es cierto que yo propugno los valores cristianos, quienes no propugnan los valores cristianos muchas veces son los católicos. La idea de pobreza que aparece en el evangelio, de desprecio de los bienes materiales, de compartirlo todo, del desapego, que viene del budismo, la fraternidad cristiana… yo firmaría enseguida por un mundo de buenos cristianos, lo que pasa es que encontrar un buen cristiano es más difícil todavía que encontrar a un buen comunista, que tampoco es fácil.

No sé lo que es un buen comunista.

El que es coherente sin ser dogmático.

En Los jardines cifrados hay niveles de comunicación textual obvios, en uno intervienes tú como autor y en otro los personajes junto con el narrador. ¿Cómo das con esta fórmula?

Normalmente lo que intento cuando escribo es expresar determinadas ideas. Mi llorado amigo José Luis Sampedro antes de escribir una novela hacía unas fichas interminables, lo sabía todo sobre sus personajes. Dedicaba mucho tiempo a construir personajes y luego los ponía en una situación, un marco, los echaba a andar y ya tenían vida propia. Hay otros autores que parten de un escenario, de un momento.

Yo parto casi siempre de ideas, quiero expresar algunas ideas y voy buscando la forma de expresarlas. Es bastante parecido a cuando doy clases de matemáticas o de física, intento transmitir algo de una manera comprensible, amena y que invite a la reflexión, que sirva de punto de partida para una reflexión personal.

No soy un auténtico narrador, para mí la narrativa es un pretexto. He caído en la narrativa un poco por accidente, empecé a los cincuenta años, luego ha ido enganchándome, me ha ido gustando más. He visto que el medio, el instrumento, era más útil e interesante de lo que creía. Tampoco leo mucha narrativa, casi no leo narrativa… Cada idea, cada constelación de ideas que quieres transmitir te sugiere determinados recursos narrativos. E intento no condicionarme a priori en ese sentido. No decirme a mí mismo: voy a escribir una novela policiaca. Yo intento decir algo, que no sé muy bien lo que es, porque si lo supiera muy bien no me tomaría la molestia de escribirlo, porque al escribirlo lo voy descubriendo también. Y la cosa en sí acabará encontrando la forma más adecuada. O no.

Divulgación al principio y luego planteas una historia.

Llegué a ello, no fue un planteamiento de partida. Había cosas que me resultaba más fácil contarlas narrativamente y cosas que prefería exponerlas en forma de artículo. Llegó un momento en que me dije: ¿Por qué tengo que hacer una cosa u otra? Decidí mezclar las dos cosas de forma que no fuera un cajón de sastre, que tuviera una cierta estructura y adelante. De hecho, me lo rechazaron. Los jardines cifrados lo hice para Alfaguara cuando mis libros infantiles empezaron a tener éxito. Un par de años o tres después de publicar el primero, que se vendió muy bien en los colegios, me dijeron: «¿Por qué no haces también algo juvenil?».

¿Es juvenil Los jardines cifrados?

Yo creía que sí, escribí Los jardines cifrados y la envié. Y a los pocos días me dijeron: «Esto ni es juvenil ni es una novela». Entonces se la pasé a los de adultos a ver si colaba, y estuvo durmiendo un año en Alfaguara adultos. De pronto surgió Lengua de Trapo y mi agente me dijo: «Oye, estos chicos son muy interesantes, los editores, quieren hacer cosas distintas». Se lo llevé y lo sacaron al mes. «Lástima que sea tan corto», me dijeron.

En Los jardines cifrados hay una charla entre personajes sobre si el lenguaje es finito con alusiones a la cábala y el Corán. ¿Es el lenguaje finito o infinito?

El lenguaje es finito, como toda combinatoria de signos. Lo que pasa es que es ilimitado, inmenso, pero finito. De hecho, en algún momento del libro se calcula la cantidad de libros distintos escribibles.

Chomsky lo define como un conjunto finito o infinito de oraciones, y también habla de variedad infinita.

Una cosa es que tienda a… ¿Es infinito el mar? Pues no. Pero si te echas a nadar…

Ni siquiera es infinito el número de electrones.

Claro. Parece ser que el universo es finito. No está zanjada la discusión y posiblemente no se zanjará nunca. Pero la teoría más aceptada actualmente es que nuestro universo es una burbuja dentro de un macrouniverso o multiverso en expansión. En nuestro universo la expansión del big bang se ha atenuado, si no, no podría formarse la materia; y podría haber otros muchos universos como el nuestro o distintos.

No hay acuerdo unánime. Sí lo hay bastante amplio en el big bang y en lo que se llama la inflación. En esa inflación, si lo permeara todo, no habría materia. Porque el espacio crece a más velocidad que la luz, incluso. Aunque la velocidad de la luz no es superable en el espacio, cuando es el propio tejido del espacio el que se dilata, no hay límite. Pero según la teoría más aceptada, que es la de Hawking y sus colaboradores, el nuestro sería una burbuja de estabilidad dentro de esa explosión brutal que todavía sigue.

Chomsky también habla de la naturaleza del lenguaje y se refiere a la cuestión del reto de Galileo. Formularlo parece simple, ¿cómo deberíamos concebir el lenguaje? Y añade algo que tú también te has planteado, ¿puede el lenguaje expresar cualquier idea?

Pues no lo sé. Einstein por ejemplo decía que él no pensaba en términos lingüísticos. Él pensaba en imágenes y en impulsos musculares, que te explique él lo que quería decir… se ponía a pensar y notaba movimientos en su cabeza, pero no palabras. Y, trabajosamente, eso tenía que pasarlo a palabras para poder comunicarlo y no siempre del todo. No lo sé y no sé si alguien lo sabe, de verdad, lo que sí podemos decir es que somos seres eminentemente lingüísticos y que somos personas y seres pensantes en la medida en que tenemos un lenguaje.

¿Hay conexión entre la matemática y la poesía?

En ambos casos hay una gran voluntad de síntesis y de precisión, de afinar y de ir a la esencia. Además, tanto en matemáticas como en poesía o eres lo más o no eres nada. No hay término medio. Me refiero a la investigación. Puedes ser un gran profesor de matemáticas sin ser un gran matemático. Es más, los grandes matemáticos no suelen ser buenos profesores. Esto lo descubrí leyendo Opiniones de un payaso de Heinrich Böll, que dice que puedes ser un buen médico y ganarte bien la vida sin necesidad de ser premio Nobel de Medicina, pero payaso, o eres lo más o no eres nada. Con los matemáticos y los poetas pasa lo mismo.  

¿Por qué dejaron las editoriales del grupo Prisa de publicar tus libros?

Escribí un manifiesto que iba firmado por cien personas, denunciando la campaña de Prisa contra Cuba y Venezuela, y al día siguiente supieron que lo había escrito yo. Mis amigos de Prisa me dijeron que era un capullo, que cómo se me ocurría escribir eso. Denunciamos al grupo Prisa y al montón de escritores e intelectuales que habían firmado un manifiesto pidiendo que hubiera democracia en Cuba. Nosotros contestamos con nuestro manifiesto diciendo por qué no pedían que hubiera democracia en España. Esta era la idea. Se enteraron de que había sido yo, que yo había recogido las firmas, y al día siguiente, dos libros que tenía pendientes de publicación me llegaron en sendos paquetitos a casa. Hace poco me volvieron a llamar, después de muchos años, de Santillana: «Oye, que tus enemigos se han ido, que te echamos de menos». Y he vuelto a publicar con Santillana.

Fue fulminante. Y se da la paradoja de que soy el autor con más libros publicados en las editoriales del grupo Prisa. Más de veinte.

Así que esa es la razón por la que me defenestraron de la noche a la mañana, aunque no dejaron de vender mis libros. Y me quedé huérfano de editorial porque todo lo publicaba con ellos. Menos mal que SM acudió al rescate y empecé a publicar en El Barco de Vapor.

Colaboras con medios como Insurgente. Asumiendo que tus lectores no son los mismos que los de, digamos, Libertad Digital, ¿qué función tienen los medios?

Creo que su función es fundamental. Afortunadamente, se ha roto, aunque muy embrionariamente, el monopolio absoluto que hasta hace poco tenían los grandes medios. Entre Insurgente, Kaos en la Red y La Haine han formado una especie de consorcio que tiene más lectores que muchos diarios de papel. Más visitas. Y esto presumiblemente irá en aumento. Al principio, el número de visitas era bastante reducido, Rebelión tenía un poco más, pero ahora empiezan a ser comparables las cifras, ya no es como antes.

En un momento en que los grandes medios mienten y tergiversan sin cesar, que haya alternativas es vital. Es muy importante apoyar a estos medios. Sobre todo, los jóvenes están adquiriendo cada vez más el hábito de navegar y ver más medios. El gran problema sigue siendo la televisión. Ahí es muy difícil competir, pero en eso también estamos evolucionando. Las pantallas más pequeñas se van a imponer, y al menos no son monopolios ni te tienes que chupar toneladas de publicidad para ver cualquier cosa. Puede ser un camino. Yo soy moderadamente optimista. Solo moderadamente, porque me doy cuenta de la enorme capacidad de absorción que tiene el sistema.

Eres muy combativo como otro gran matemático y divulgador italiano, Piergiorgio Odifreddi. Pero a él le dejan publicar sus columnas de opinión en La Repubblica, a ti El País no.

Podría ser un poco demagógico con lo escaldado que estoy, pero no sería justo. No es mejor La Repubblica que El País, para qué nos vamos a engañar. No hay una gran diferencia. Seguramente, si no hubieran pasado determinadas cosas muy concretas, el asunto de Cuba y Venezuela, habría seguido publicando mis artículos de crítica cultural en El País. Los medios en Italia no están mejor que en España. El poder que tiene Berlusconi y su mafia, no solo en los medios, también en el mundo cultural, es enorme.

En una columna publicada en La Haine hablas de presos políticos y terrorismo de Estado. ¿Es peor Galindo que otros terroristas?

Infinitamente peor. Galindo es uno de los máximos exponentes de hasta dónde puede llegar el terrorismo de Estado. Es un criminal que tortura hasta la muerte y entierra en cal viva a dos chavales. Jack el Destripador es una hermanita de la caridad a su lado. Este sujeto, después de pasar de puntillas por la cárcel, está en su casa escribiendo sus memorias. Es un individuo concreto, pero es la expresión de todo un sistema. El máximo responsable de la infamia de los GAL, en última instancia, si hubiera que personalizar, es Felipe González, que está libre y sigue dando lecciones de política y de ética.

Para que en España la tortura sea sistemática e impune tiene que darse la colaboración de todos los poderes, el legislativo, el ejecutivo, el judicial y el de los medios. Sin su contubernio criminal no sería posible. Con que uno de los poderes dijera que no puede ser, no podría ser.

Yo sigo siendo de la Asociación Contra la Tortura. La media era de setecientas denuncias al año y una muerte semanal en dependencias policiales. Y aunque algunos funcionarios, algunos policías y guardias civiles hayan llegado a ser condenados, no conozco ni un solo caso en que hayan cumplido efectivamente su condena. Normalmente los trasladan. Y a menudo los ascienden.

No estamos hablando de un Gobierno, sino de un Estado, un Estado criptofascista. No exactamente fascista, hemos avanzado un poquito, pero sigue habiendo un fascismo atenuado, un fascismo «inteligente», como las bombas «inteligentes». Antes tiraban bombas indiscriminadamente, ahora pueden cargarse un objetivo muy concreto «quirúrgicamente». Ahora el fascismo se ejerce con toda su crudeza contra quienes realmente molestan, que son pocos en realidad. No hay necesidad de meter en la cárcel a tanta gente como durante el franquismo. Ni siquiera desde la lógica del poder tiene sentido, conviene ser más selectivo.

Has escrito un artículo en Insurgente, «Gracias, TV3», donde describes a su televisión como uno de los mejores regalos que te ha hecho Cataluña desde que llegaste.

En gran medida hay que decir que es por contraste. La televisión que veía me provocaba dolor de cabeza o ataques de furia, era algo tan espantoso que por contraste la catalana me parece exquisita. No gritan. Casi nunca estoy de acuerdo con lo que dicen, pero lo dicen de una manera que es aceptable y al menos invita a la discusión.

Pero se ha dicho que está manipulada.

Hay una tendencia, sí; pero al menos que sean educados y quede claro por dónde van. Que la gente diga: «Soy independentista y defiendo esto». Pero que no intenten darte gato por liebre.

¿Cómo te posicionas con respecto al procés?

Si tuviera que identificarme con algún grupo seria con la CUP. Creo que el independentismo tiene sentido para vehicular la lucha de clases y oponerse a un poder central que es heredero del franquismo en última instancia. En otra situación, en otro Estado, no sería independentista. No me interpela de forma directa, soy un italiano que escribe en castellano. Mi lengua madre es el italiano. Los psicólogos dicen que todo se resuelve en los seis primeros años de vida. Yo soy italiano, sueño en italiano, hago las operaciones aritméticas en italiano. Pero no me defino a mí mismo en términos de nacionalidad.

En este momento histórico y en esta situación, reclamar la independencia de Cataluña, de Euskal Herria, de Galicia, de Andalucía es una forma de oponerse a una España inventada por los Reyes Católicos y reinventada por Franco. Fundamentalmente, estamos hablando de lengua y cultura, y de derecho a la autodeterminación.

No se respeta la autodeterminación. Hay un Estado central autoritario. Creo que en Cataluña habría menos independentistas si no hubiera un Estado represor. Rajoy ha hecho muchos independentistas. Yo mismo estuve el 1 de octubre defendiendo las urnas con mi compañera.

Puedes defender las urnas y no ser independentista.

Desde luego. Si se permitiera que la gente votara, a mí me parecería aceptable que el no independentismo fuese mayoritario.

Yo, fuera de mi hábitat, en el que vivo bastante bien, tengo que reconocerlo, veo injusticias y brutalidades por todas partes. Sobre todo, en el terreno laboral y social. Si todo el mundo tuviera una vivienda digna…

¿Y eso qué tiene que ver con la independencia y el nacionalismo?

Tiene que ver en la medida en que algunos pensamos que superar este Estado criptofascista se puede conseguir por esa vía. Eso es lo que da sentido a esa lucha. El nacionalismo burgués no me inspira ninguna simpatía.

Puigdemont y Artur Mas.

Puigdemont no me inspira especial simpatía y Mas me parece un oportunista, valga el eufemismo.

Cambiando de tema, en el libro La bola de cristal dices que los hombres llevan milenios explotando a las mujeres, y que no van a dejar de hacerlo… Te leí en un artículo hablar de que cada vez más mujeres utilizan menos zapatos de tacón.  

Ha bajado el número, pero todavía hay demasiados. A mucha gente le parece anecdótico, pero a mí me parece alarmante. Los traumatólogos llevan años diciendo que es malo para los pies y para la columna. He tenido mucha relación con colectivos de lesbianas y movimientos feministas radicales, que me abrieron los ojos y me hicieron ver cosas que no veía.

Hay un estereotipo femenino que responde a fantasías masculinas. Muchos detalles tienen que ver con limitar la movilidad. Ocurrió en muchas culturas, como cuando en China a las niñas les vendaban los pies para que no crecieran, o en algunas tribus indias que cortaban los tendones a las mujeres para que no pudieran escapar. Lo de la pierna quebrada, que es muy metafórico.

¿Cómo ves el futuro del socialismo? ¿Qué opinas de los cambios en América latina? ¿Sigues pensando que el modelo es Cuba?

Nunca he dicho que Cuba sea «el» modelo. Solo he dicho que Cuba ha demostrado que el socialismo es posible. Es posible incluso en circunstancias muy adversas, con la bota de Estados Unidos ahí. Los cubanos han cometido muchos errores, los siguen cometiendo, no son prfectos, pero están en el buen camino. Un símil: si los Estados fueran personas, Cuba sería una buena persona, con sus defectos y errores, pero Estados Unidos, Alemania, España, Italia, serían Al Capone o Jack el Destripador. O las dos cosas a la vez. En Cuba hay racismo, machismo, corruptela, todo lo que quieras; pero hay un grado de solidaridad y una voluntad de superación ejemplares.

¿Conociste a Fidel?

He tenido el privilegio de trabajar y discutir con él. Empecé a ir a Cuba en 2002 y, en una de las primeras conversaciones que tuve con Fidel, me preguntó que me había impresionado más de Cuba, y le contesté: «Que los niños no lloran y los mayores no los regañan». En España o en Italia, la publicidad te agrede, puedes sufrir mil impactos al día, uno por minuto, y por eso siempre hay niños sobreexcitados pidiendo cosas y llorando y papás riñendo a los niños. En Cuba los niños no lloran y los papás no los riñen, dos cosas que están muy relacionadas con la ausencia de publicidad y consumismo desaforado.

En Cuba hay absoluta tranquilidad para ir por la calle, la delincuencia es prácticamente cero, paras cualquier coche por la calle y te subes. Se llama hacer botella, el botellón. He estado en casa del ministro de Cultura y en casa de su chófer y vivía mejor el chófer. Y comían exactamente lo mismo. Podrían comer un poco mejor, menos puerco. Los cubanos y las cubanas jóvenes suelen ser guapísimos, pero a partir de los treinta años suelen engordar y desarrollar enfermedades cardiovasculares. Fríen con manteca porque no tienen aceite, lo cual es mortal. Me entrevisté con el que llaman «el ministro del cerdo» y me reconoció el problema, «pero si les digo que no coman puerco me comen a mí». Comen fatal, beben, fuman. En ese aspecto, un desastre.

¿Estás de acuerdo con el pronóstico de Marx de que el capitalismo se destruirá a sí mismo un día? De ser así, ¿hay alguna alternativa que los ciudadanos debamos contemplar?

Yo creo que no es seguro. Hay una tendencia, en el mismo sentido que Freud dice que hay una pulsión de muerte en las personas, pero luego no todas se suicidan. Aunque si contamos los que se suicidan más los que se autodestruyen, son bastantes. Hay un impulso autodestructivo en el capitalismo, pero no es seguro que se vaya a autodestruir. Creo que hay que ayudarlo y bastante. Porque corremos el riesgo de que en ese proceso de autodestrucción el planeta quede fatalmente dañado en su conjunto: los recursos naturales, el medio ambiente, el clima.

¿Qué lo sustituirá? Lo tengo clarísimo. Cuando los cubanos dicen «socialismo o muerte», se tiende a interpretar que están dispuestos a morir por el socialismo, pero hay otra lectura: o superamos la barbarie capitalista y la sustituimos por alguna forma de socialización de los recursos naturales, de los grandes medios de producción, etcétera, o petamos. ¿Cuál es esa fórmula? Creo que el marxismo da algunas pistas. Las experiencias de socialismo real, la cubana entre ellas, dan pistas, pero lo tenemos que ir construyendo y perfeccionado. Esa es nuestra responsabilidad histórica.

¿Qué causa has apoyado con más interés como activista? ¿Te arrepientes de algo?

Me arrepiento de no haber dedicado más tiempo al activismo. Podría decir que defiendo la causa del socialismo, pero no la identifico con un programa concreto. Creo en compartir de manera fraterna lo que tenemos a nuestra disposición. Esa es la idea. Siempre he procurado ir en esa dirección y en ese viaje he colaborado con la izquierda abertzale o con algunas organizaciones de las llamadas antisistema, con el feminismo radical a pesar de no ser mujer, con el movimiento gay a pesar de no ser homosexual y con los okupas a pesar de no haber sido okupa.

Una causa muy importante, que afortunadamente está ganando adeptos con bastante rapidez, es el antiespecismo, que va ligado también al respeto al planeta en su conjunto. Consiste en negarse a considerar que los animales no humanos son nuestra propiedad, nuestros esclavos o nuestra comida.

Dinos de qué te sientes más satisfecho en tu carrera.

De los libros para niñas y niños. De la literatura infantil, aunque no me gusta ese nombre. Y de la buena acogida que mis libros han tenido en Cuba. Tengo el honor de ser el autor vivo más leído en Cuba; cuando vivía Fidel era el segundo, y ojalá siguiera siéndolo.


Yo también me enamoré de un elefante

Imagen: Suma Editorial.
Imagen: Suma Editorial.

Me he enamorado de un elefante. Muchos años antes me sucedió lo mismo con un oso, un perro lobo, una pantera, un mono y hasta un caballo. Eran entrañables, afectuosos, a veces salvajes, pero siempre amistosos. De forma incondicional. Sin atisbos de egoísmo, de acaparamiento o resentimiento. Sin esperar nada a cambio, lo cual no deja de ser difícil.

Mi elefante, al que me he rendido a una edad que se podría decir ya adulta, se llama Eo. Es asiático y apareció en Mérida, a la orilla del río Guadiana. Fue creado por el cineasta, músico y ahora escritor Luis Cerezo (Barcelona, 1969) y habita en las páginas de la que es su primera novela, del mismo nombre que el proboscídeo. Es un personaje que entre tanto pusilánime no debería pasar desapercibido. Porque una se queda tan colada como el chaval que le descubre, Pedro, un chico enclenque, miedoso, el que se lleva todas las collejas de sus compañeros de clase y que no vive en el mejor de los mundos posibles: su madre, separada —el padre se fue—, trabaja a destajo en un restaurante y llena la casa de pósits para que su hijo, que apenas llega a los diez años, se prepare la comida y no se acueste demasiado tarde. «CARIÑO, TIENES ZUMO Y GALLETAS DE CHOCOLATE, QUE TENGAS UN BUEN DÍA, TE QUIERE, MAMÁ».

Cerezo, que según los datos que aparecen en su página web, es un hombre que ha tocado casi todos los palos artísticos (batería a los quince años, boxeador, fundador de CineLibre, una plataforma de producción inspirada en el cine de guerrilla), ha escrito un libro magistral. De los que te lees sin pestañear y sin apagar la luz de la habitación a las tantas de la noche. Por varias razones: narra la amistad entre un crío y un animal —que no es un perrito ni un gatito— sin caer en la cursilería y ni siquiera en el drama. Transmite fuerza e intensidad, y, sin ser moralista —cada cual que vea la feria como mejor le venga—, ahí están todos los valores (los que también me enseñaron los otros animales de los que me enamoré) que poco a poco nos vamos dejando por el camino con nuestra mirada de adultos resabiados que, sin embargo, no tenemos ni idea de nada y ya casi ni sabemos relacionarnos.

Veo una imagen de Cerezo y aparece con un parche a lo pirata. Luego me entero de que tuvo un trastorno ocular no detectado hasta los diez años. Hay guiños en la novela hacia un personaje que podría ser un trasunto de él mismo de niño. Entonces me acuerdo de la tan traída frase de Rilke, «la patria es nuestra infancia» y quiero imaginar que en estas páginas, el escritor ha depositado parte de aquella época para, sin obviar que también se pasa mal, que más de uno hemos recibido nuestras respectivas collejas, que no hemos crecido entre algodones, ahí es donde nos forjamos como quienes seremos después. Y qué bueno que aparezca ese elefante —no sé si Cerezo tendrá el suyo particular— para hacernos creer que la amistad verdadera puede existir. Y que sí, que el mundo está lleno de hijos de puta pero siempre hay algún resquicio por donde se cuela la generosidad. Alivio.

Por supuesto, Eo, ese grandullón, al fin y al cabo es una metáfora que le sirve a Cerezo para narrar una trama que en sí es bastante cruda. Imaginen a un chico solitario, sin amigos, que apenas ve a su madre. Un niño de los que cuando yo tenía su edad, finales de los ochenta, ya se les empezaba a llamar «los niños llave» porque iban con las llaves de su casa colgadas al cuello, ya que sus padres trabajaban, o empezaban los divorcios y no había nadie en casa para cuidarles. A mí me daban cierta envidia porque pensaba que podían hacer lo que querían. Mucho más tarde me di cuenta de que yo nunca necesité un perro o un gato. Y menos, un elefante. Yo pasé lo mío —adolescencias jodidas hemos tenido todos— pero el patio de la infancia permanece, con sus sombritas, en estado correcto.

El escritor continúa el relato mostrándonos a un Pedro algo mentiroso, porque de alguna manera hay que sobrevivir y protegerse, pero infinitamente más lúcido que cualquiera de los adultos que pueblan la novela. Quizá es un tópico, pero es verdad. Pedro no está manchado por el egoísmo, el interés o la violencia que podemos ejercer sobre el otro. Cuidado que tampoco aquí todos los niños son inmaculados. Están los pandilleros de siempre, los matones del futuro que nunca vienen solos, por cierto. Un matón necesita rodearse de los que le ríen las gracias porque si no no sería capaz de casi nada. Ya lo vemos en las más recientes noticias sobre bullying escolar. Cuatro-cinco contra uno. Y mierda para cada uno, decíamos antes. Pero no, la mierda al final se la come uno solito. Y el cole mirando para otro lado. Y el papá y la mamá trabajando. Y aquí no ha pasado nada. Ay, menos mal que aparece el elefante.

Los adultos están a otra historia en esta historia. Y lo vemos cuando Eo entra en la ciudad y, asustado, comienza a enfrentarse con todo lo que pilla a su paso. Llegan entonces las fuerzas de seguridad que, sin miramientos, querrán matar al animal. Y llegan los periodistas buscando carnaza, romper el share, que la foto del elefante sea la más tuiteada y viralizada. Periodismo del bueno. #elefanteasesino sé viral y serás el rey del mundo. Con un jodido elefante masacrado y a poder ser con varios cadáveres humanos aplastados y con las tripas desparramadas por la calle. Márcate un total con eso, hombre.

Los adultos, desde luego, no tenemos ni puñetera idea.

Lo irónico es que ya lo sabíamos. Porque somos unos adultos que esta historia ya la habíamos visto o leído antes. Ha sido precisamente con Eo cuando he recordado a mis otros amores animales: a Baloo, a Bagheera, a Colmillo Blanco, a la mona Chita y el caballo de Pipi Calzaslargas. Ya nos habíamos dado cuenta de que, aunque somos una especie inteligentísima, a veces se nos olvidan las cosas, sacamos a nuestro Hobbes interior, disparamos en todas direcciones y el último que arree.

Escena de Colmillo Blanco. Imagen Walt Disney Pictures.
Escena de Colmillo Blanco. Imagen Walt Disney Pictures.

Rudyard Kipling escribió El libro de la selva en 1894 aunque a la gran mayoría nos llegó la versión disneyficada de la película de 1967. Si bien Disney, como con todo lo que toca, tiende a dulcificar, a purgar la historia y dejarlo casi todo convertido en un nido de hombres blancos y bonachones —con un malo muy exagerado, caricaturesco y que ya volverá al redil—, en esta versión fílmica permanece la amistad entre el oso Baloo y Mowgli que ya expusiera Kypling. Vale, cierto es que el británico fue un defensor de lo occidental frente a todo lo demás y también de esos valores de la raza blanca —hoy sería tachado de racista—, pero sin ser una purista quisquillosa, si no se nos ha olvidado esa relación entre el oso y el niño humano, al que también ayuda la pantera Bagheera, es porque ahí había algo sano, algo que necesita ser salvado y recordado. Y, de nuevo, es un niño el que sale de la aldea de los humanos (Kypling narró una escena bastante cruel en la que unos padres pierden a su bebé huyendo del terrible tigre Shere Khan, mientras que en la película el crío aparece en una barcaza naufragada) para aprender lo que es la vida en una manada de lobos y siguiendo las directrices del maestro Baloo (no, en la novela no es tan bonachón como en el filme).

Más cercano a mi elefante se encuentra el perro lobo Colmillo Blanco. Otro personaje mítico creado por Jack London en 1906. También hubo una versión cinematográfica en 1991 dirigida por Randal Kleiser y protagonizada por un aún casi imberbe Ethan Hawke. En este caso, la película es bastante más naif que la novela, ya que se limita a resaltar la amistad entre el chico y el perro lobo. London, por su parte, que dijo más tarde haber estado influenciado por las ideas de Marx y Nietzsche cuando escribió el libro, se esfuerza por documentar lo difícil que es abrirse camino en este mundo en el que, sí, existe la lucha de clases, y la ambición del superhombre y pre-Hitleres que no dudarían en haber creado cámaras de gas si por entonces se hubiera inventado el Ziklon B. Colmillo Blanco lo tiene complicado desde su infancia en un campamento indígena de Canadá donde la manada de lobos lo ve como un perro (el diferente, el tipo al que dan collejas). El acoso continuo lo convertirá en un perro adulto solitario y embriagado de sangre (esta historia le sonará a más de un psicólogo). Se verá envuelto en varias peleas, acabará destrozado y finalmente domesticado por un buscador de oro. London parece contarnos una historia llena de personajes despreciables, convirtiendo este planeta en una especie de valle de lágrimas donde the winner takes all, pero al final da rienda suelta a la redención. Colmillo Blanco sobrevive y acaba tumbado al sol con otra perra y sus cachorros. Happy end. Podemos soñar con un mundo mejor.

Tras la publicación de esta novela, Jack London fue tachado de naturalista y de falseador de las leyes naturales. Al fin y al cabo, sigue una línea bastante roussoniana y con cierta tendencia a las teorías del Buen Salvaje, tan ilustradas. También es un proceso que camina hacia lo civilizado. Esta crítica, sin duda, ha seguido hasta nuestros días. Puede que, en parte, gracias a los esfuerzos de naturalistas ingenuos, pero sobre todo a los que han sublimado el reino animal hacia lo naif. Pero, London, como ocurría con Kypling, como hace el propio Cerezo con Eo, no humaniza al animal. Al contrario, sigue sus instintos, la emoción, la pura pasión. Y eso es lo que marca su nobleza. Son animales que matarán por comer, por sobrevivir, por protegerse. Como señaló, para su desesperación, London en 1908, «lo hice para martillar en el entendimiento humano promedio que mis perros-héroes no estaban guiados por razonamiento abstracto, sino por instinto, sensación y emoción, así como razonamiento simple».

Ahora bien, para naturista mayor, no dulcificada, Astrid Lindgren y su Pippi Calzaslargas, con su caballo con lunares y su mono tití. Publicado el primer libro en 1945, pronto se convirtió en un superventas, aunque la niña sueca cobró relevancia mundial con la serie de televisión de 1969, cuyos guiones estaban escritos por Lindgren. Pipi era la niña que todos queríamos ser porque vivía sola en su cabaña con sus animales. Y porque la veíamos con una sonrisa eterna. Y porque era una rebelde que hacía lo que venía en gana con una fuerza descomunal. Y porque era un niña (sí, la cuestión de género también tiene su importancia). De nuevo, es el cuento de los afectos que saca a relucir los aspectos menos adulterados de la vida adulta. Hoy hay muchas historias de Pipi que ya no nos creeríamos —que ya no me creo— pero me temo que no puedo pedirle explicaciones a esta cría de nueve años.

Eo, mi elefante, rudo, bronco, que solo quiere comer, beber y dormir, que atacará si le atacan, jamás se parará a pensar en estrategias. Tampoco hablará nunca —ey, que no es un personaje de la factoría del tío Walt— ni cantará ni bailará. Es solo un animal, pero te enamoras hasta el tuétano. Como le ocurre a Pedro. Porque, de repente, recuerdas: también nosotros somos animales, y vamos a matar, y seremos perezosos, y que vengan a nosotros todos los popes con sus tablas de la ley y sus pecados capitales, pero igual queremos, y, sin el otro, no somos nadie.

Pippi Calzaslargas. Imagen: SVT.
Pippi Calzaslargas. Imagen: SVT.


El maestro de la revolución minúscula

Fotografía: Mårten Sjöbeck, 1934 (DP).

Ya no se tiene respeto a los fantasmas.

Se ha perdido la fe.

Gianni Rodari nunca quiso entrar en el ejército. Odiaba las guerras igual que cualquiera en su sano juicio las odiaría. Consiguió esquivar la II Guerra Mundial con ligereza y mala salud, pero el periodista de oficio y escritor por devoción no pudo librarse de las filas con la República de Saló, aquel capricho de Mussolini. No era la primera vez que le tocaba «cuadrarse» y seguir un camino marcado. De niño, su madre le hizo ingresar en un seminario católico en el norte de Italia. El Vaticano firmaría su excomunión en plena guerra fría por «diabólico e insensato».

Pero mucho antes de eso, aquel joven debilucho y desganado, sin estrategia vital y sin plan alguno, marchó a las montañas de Reggio Emilia a trabajar en alguna casona de la región. Allí cayó en una familia de alemanes judíos —no crean que lo hizo a conciencia— que creyeron encontrar en Italia un lugar a salvo de las persecuciones raciales, y junto a ellos acumuló las lecturas de Marx Ernst, Viktor Skolovski y Saussure mientras enseñaba italiano al hijo menor recitándole de memoria Pinocchio de Collodi. Una etapa de tránsito que sin querer le orientó a dedicarse a la enseñanza en otras escuelas de la zona para seguir ganándose la vida.

Un poco, no mucho antes de aquello, a Rodari el estallido de la guerra le pilló en Milán, donde se había matriculado en la Facultad de Lenguas. Y casi al tiempo, podemos decir, se vinculó al Partido Comunista, un coqueteo que le introdujo en las publicaciones subterráneas con pequeños artículos que firmaba como «Francesco Aricocchi».

Así que con Rodari como maestro, la escuela era un escuadrón en pie. Él había crecido en el fascismo y aquellos chavales vivían todavía la lengua del dictado y de la redacción. Su preocupación fue enseñarles a observar desde fuera de la ventana el espectáculo de la vida y que aprendieran a salirse del camino marcado por tener el suyo propio. Enseñarles a usar la palabra «libertad» cuando la palabra libertà se decía pequeña, muy bajito.

— Il grano è azzurro

—La neve è verde

—L’erba è bianca

—Il lupo è dolce

—Lo zucchero è feroce

—Il cielo è maturo.

(Gianni Rodari, Il libro degli errori)

Igual que la enseñanza se convirtió en su medio de supervivencia, el periodismo fue para él una vía de escape, y a decir verdad, ninguno de los dos era realmente su vida. Tras L’Ordine Nuovo vinieron el periódico del PCI, L’Unitá de Milán, Il Pionere, Avanguardia y Paese Sera, para el que trabajaría toda su vida. En ese vaivén, en 1947 asumió la dirección de Il Giornale dei Genitori, una publicación mensual infantil. Las aristas de su carrera comenzaban a converger.

Gianni Rodari había escrito desde siempre, mientras vivía en el traje de varias personas —en aquellas montañas, en la escuela, en el periódico—. Por suerte, aunque siempre habló de Italia en rojo, para el personaje multicolor la política era solo palabrería. De una forma casi inconsciente comenzó a jugar con la escritura y, con la misma honestidad con la que se enfrentaba a los niños cada mañana en los bancos del colegio, mirándoles cara a cara, a su misma altura, cogió las letras y las hizo frases, historias y textos escritos para ellos rescatando el juego con la imaginación que la maltrecha Italia de la posguerra se empeñaba en mantener soterrado.

For us, there’s only the trying. The rest is not our business. (T. S Eliot. How to use words)

Gianni Rodari. Imagen cortesía de Alfaguara.

Sin plan alguno y sin armas, emprendió su propia guerra para hacer del juego de la literatura infantil una nueva pedagogía que cambiara por completo el oxidado sistema escolar. No tendría estrategia, pero desde luego no estaba solo. En su bando estaban el futurismo de Palazzeschi, el nonsense de Lewis Carroll y Edward Lear, lo grotesco de Rabelais y el realismo mágico de Bontempelli.

Gianni Rodari pensaba en las palabras como Paul Klee en los colores, de dos en dos. El paralelismo en su vida era lo mismo en sus teorías. Le gustaba desnudar una trama hasta reducirla a su versión abstracta, que para él siempre eran dos conceptos, y vestirla con una nueva interpretación.

Su mundo era, según Italo Calvino, «una provincia del imaginario que lindaba con el continente surrealista: aquel lugar agradable pero no edulcorado que fuera algún día descubierto por Jacques Prévert». La literatura infantil había sido utilizada durante el régimen como medio de divulgación para sus jóvenes destinatarios. Parte de la producción había sido controlada y censurada. La dimensión fantástica fue una «zona franca» durante los decenios de Mussolini, y aunque era algo anecdótico y seguía estando reprimida y débil, Rodari llegó como una aparición innovadora, permaneciendo hasta los años sesenta como un caso aislado.

Sin ponernos demasiado trágicos, Rodari fue seguramente el oasis en aquellos años de Apocalipsis de la creatividad para los aún pequeños cerebros, no solo cuando empezó a escribir otras cosas aparte de sus artículos, sino cuando comenzó a sentirse como el maestro que portaba y materializaba la esperanza, la certeza de un cambio positivo de la realidad. A esa felicidad él la llamaba la «revolución silenciosa». Para los niños, comenzaba con la manifestación espontánea de las palabras en sus primeros años de vida. Suponemos que es por ser una batalla imaginaria por lo que no ocupa lugar en los libros de historia ni en los de la literatura universal italiana, pero lo cierto es que su «fantástico lúdico» debería estar a la altura del «fantástico terrorífico», el concepto del que ha bebido la tradición cuentística moderna hasta la actualidad, por su carácter fantástico- provocador. Su propia teoría literaria y su carácter cómico (incluso satírico) no gozaron de buena fama en una Italia entonces paradójicamente monolingüe.

La táctica y el ataque a través del cuento

Que Rodari descolorara los bancos del colegio y saliera a dar clase al campo no significaba la herejía, aunque de casta le viene al galgo, y hay algunos de sus textos que son una clara metáfora del levantamiento revolucionario que produjo la introducción de la imaginación en la estructura rígida de la escuela tradicional. Eso es al menos lo que concluyen la mayoría de los críticos, aunque por suerte —ya lo decíamos antes— no fue la tónica general. Hay quien ha querido leerle incluso en clave marxista y, de conseguirlo, se habrá quedado solo con una cuarta parte del escritor infantil, quizá el que se susurra en «La mia mucca», «Il giardino commendatore» o «Il gioco dei quattro cantoni».

Mejor que eso, lean a Bajtín: «La tradición antigua durante los días de Pascua permitía la risa y las bromas hasta en la iglesia», porque hablar de táctica en esta guerra es hablar de forma y deformarlo todo, es analizar la batalla para ganarla al siguiente asalto. En Rusia y también en China Rodari se empapó de estructuralismo, y aunque no le valiera para trazar un plan seguro, fue la letra pequeña del libro de instrucciones que se traía entre manos. Llevándolo por sus propios derroteros, de ahí surgió el «fantástico verbal», el arma que le faltaba para producir el extrañamiento y la risa en el niño, acaso el extrañamiento y la risa en el adulto.

La técnica de ataque se convirtió en ser, en esencia, un fabricante de juegos, y así lo aplicaba tanto en sus clases, como en sus cuentos para niños. El fantástico verbal consistía en contraponer dos palabras escogidas al azar y dar rienda suelta a la imaginación al asociarlas. Era la estrella de sus misiles en sus múltiples variaciones. La más prolífica, el «binomio fantástico».

Rodari: […] Facciamo la terza storia? Scegliamo le parole.

Ragazza: Tavolo e mangiare.

Rodari: … Questo non è un binomio particolare… È una cosa molto banale!

Ragazzo: … C’era un tavolo che mangiava le pastasciutte.

Rodari: Beh! mi sembra giusto…

Pero también otros juegos morfológicos de creación de palabras nuevas a partir de otras, y con ello creación de significados y realidades, como en Il libro degli errori (1964).

De repente la pizarra se llenaba de palabras con significados reinventados que al llegar a casa habían vuelto a su anterior estado: un frigorífico convertido en la casa del señor mantequilla. La escuela como un lugar de exploración de la imaginación, de campo de batalla. La poética que nace de los elementos cotidianos para luchar con un pasado saturado de las mismas metáforas.

Se pueden componer poemas enteros, tal vez sin sentido pero no sin encanto, con un periódico y unas tijeras. Puede que no sea el modo más útil de leer el periódico, ni hay que introducirlo en las escuelas solo para hacerlo pedazos. El papel es una cosa seria, la libertad de prensa también. Pero el juego no lesiona el respeto por el papel impreso, aun cuando puede servir para desalentar su culto. Al fin y al cabo, inventar historias también es una cosa seria. (Gianni Rodari, Grammatica della fantasia)

Fotografía: María Ramiro.

Otras batallas pretendía ganarlas a base de adivinanzas y ataques de preguntas con respuestas incoherentes. Ganar no ganaría, pero cualquiera podía haberse vuelto loco. En el fondo, tenía mucho que ver con el juego del escondite, algo que no dejamos de practicar de adultos. Revivir, como prueba, el temor de ser abandonado, de perderse, o estar perdido.

Porque también hay una reminiscencia romántica en la fábula de Rodari, quizá por la influencia de la tradición popular —de Andersen, del «imperfecto en el fantástico» de Todorov— que desemboca en la valoración de los pequeños objetos cotidianos y en los sucesos inesperados, como ocurre en Favole al teléfono. Estamos en el gran momento del neorrealismo en la literatura de posguerra, y aunque Rodari introduce descriptivamente temas de injusticia social y solidaridad, lo hace siempre desde la perspectiva fantástico-humorística, como tirando del hilo de la tradición del viejo Pinocchio y que también rescataría Calvino. En Favole al teléfono un padre que por motivos de trabajo pasa largas temporadas de viaje, promete a su hija que la llamará cada noche para contarle un cuento, a veces breve por el alto coste del teléfono. Las historias de cada día se convierten en un juego metaliterario del que además disfrutarán los trabajadores de la centralita, pues todos los días a la hora del cuento dejan de atender otros teléfonos para atender a las maravillosas historias del señor Bianchi, donde lo sobrenatural se inserta en el propio universo de cada una.

El tratado de paz

La guerra vital de Gianni Rodari fue un ejercicio de circularidad en varios planos de lectura.

Mientras su proceso de creación se basaba en contar de viva voz a un grupo de escolares un cuento, su última creación, para ver si funcionaba o no; estudiar los mecanismos de la fábula, reescribirlo; volver a leer el texto escrito para observar su reacción, ejercitaba esa duda constante sobre el proceso de escritura, y su origen oral, pero sobre todo, entregaba las armas al niño lector, al niño creador, que juzga, imagina y decide.

Como Aristóteles y otros pensadores, como muchas corrientes artísticas y movimientos filosóficos, Rodari también escribió en un momento determinado su teoría, una «poética» para adultos. Aunque ya en sus años en la escuela se intercambiaba cartas con los padres de los niños, tuvo la necesidad de escribir su Gramática de la fantasía quizá para explicar las fábulas y los fantasmas, el palacio de helado y las calles sin tiempo, aquello con lo que los niños batallaban cada día y que nadie podía luchar por ellos. Sin querer, a partir de la literatura infantil, Rodari escribió el armisticio más importante de las nuevas generaciones que aquella Italia inmadura le devolvería en forma de rechazo. Fue, por otra parte, su libro más aburrido.


¿Qué fábula o narración infantil nos enseña más sobre la vida?

Decía Aristóteles que el amigo de la sabiduría es también amigo de los mitos. Los cuentos infantiles, mitos, leyendas, fábulas y en general las narraciones de todo tipo no nos enseñan cómo es el mundo a la manera de un reportaje periodístico o un estudio científico, pero sí cómo lo percibimos y, sobre todo, cómo manejarnos en él. Naturalmente lo importante de todas estas historias es que sean divertidas y nos dejen con la boca abierta durante un rato, lo que ocurre es que algunas además nos proporcionan modelos de comportamiento y nos ayudan con su ejemplo a comprender esta vida tan enrevesada. Para seleccionar y explicar las mejores nos hemos basado tanto en nuestra propia experiencia como en la del comité de sabios de entre tres y diez años de edad que hemos convocado, que son los que han terminado haciendo las observaciones más sensatas… aunque al ser preguntados a veces les ocurra como a Irene, de diez años: «he aprendido algo, pero no sé muy bien qué». Así son las grandes historias, siembran algo dentro de nosotros aunque no sepamos explicarlo.

Les animamos a votar entonces entre la docena de ejemplos escogidos y, aquellos de ustedes que tengan hijos o sobrinos, pueden ponérselas en la tele o, mejor aún, contarles estas historias de viva voz y decirnos luego qué les han parecido.

Los tres cerditos

Imagen: Disney.

Aquí estamos ante uno de los cuentos estrella en muchos países y generación tras generación. A los niños les gusta especialmente que contenga frases que ellos puedan repetir, como «¿Quién teme al lobo feroz?» y «soplaré y soplaré y tu casa derribaré» y sobre todo los gestos, con momentos cumbre como el del lobo soplando o cuando finalmente se quema el trasero al bajar por la chimenea. Es un cuento que probablemente nunca contaron a Calatrava, aunque su moraleja vaya mucho más allá de la importancia de emplear buenos materiales de construcción: nos habla de la importancia del trabajo, de buscar objetivos a largo plazo y de aplazar la recompensa. La capacidad de renunciar a la gratificación inmediata es uno de los pilares de la civilización y ha sido objeto de innumerables estudios como el Experimento del Malvavisco de Standford, que vincula la capacidad de un niño de resistir la tentación con el éxito académico y laboral que tendrá de adulto. Aunque Lucas, de tres años, extrae de ese cuento la conclusión probablemente más acertada que pueda hacerse: de mayor quiere ser lobo.

Pedro y el lobo

Imagen: Disney.

Hay historias que nos cuentan de niños y que de adultos deberían seguir repitiéndonos semanalmente como una especie de gimnasia mental a ver si el concepto se nos va asentando bien dentro del magín. Este es el antídoto por excelencia contra la demagogia y el sensacionalismo. Véase por ejemplo con términos como «fascismo», «terrorismo», «machismo», «racismo» o cualquier otro que sirva para meterle el dedo en el ojo a los demás. Se usan de forma tan indiscriminada que acaban desgastándose, se diluye su significado y finalmente cuando el lobo aparece ante nuestros ojos ya no hay una palabra con la que alertar al resto. Pablo, de tres años, define este cuento como «caca de perro». Pero como usa esa expresión como respuesta para todo entonces quizá es que va un paso más allá, ha entendido mejor que nadie la idea y está enseñándonos cómo «caca de perro» termina perdiendo su significado si se utiliza en exceso.

Caperucita Roja

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Imagen: Gustave Doré (DP).

Y seguimos con los lobos, personajes estrella en toda narración infantil que se precie, aunque como especifica Irene los de los cuentos ya no le dan miedo, solo los de verdad. A Mario, de seis años, este cuento le indigna, «¡¡¡PERO POR QUÉ VA POR AHÍ SI YA SABE QUE HAY UN LOBO!!!» mientras que Enmanuel, de diez años, ha sabido extraer la moraleja: «es una historia que nos enseña a no ir con desconocidos». Poco más podemos añadir entonces, salvo nuestra extrañeza ante los lobos de los cuentos como este o el de los siete cabritillos, que tienen unos hábitos alimenticios propios de las boas constrictor. Hay que masticar bien lo que se come.

La zorra y las uvas

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Imagen: Robert Bateman vía www.robertbateman.ca.

Mario zanja esta fábula de Esopo con un «pero a los zorros les gustan las uvas o qué». Visto así nos estropea cualquier moraleja, pero si salvamos este escollo aceptando zorra como devoradora de dicho fruto, entonces lo que tenemos es una descripción de gran agudeza del comportamiento humano. Pues si algo nos insisten infinidad de estudios psicológicos es que nos comportamos como esta zorra una y otra vez, racionalizando a posteriori nuestras elecciones (que a menudo de elecciones tienen poco) como si hubieran sido fruto de una deliberación previa. Nos gusta vernos como agentes libres y racionales y no como barquichuelas agitadas de aquí a allá por las circunstancias externas o por nuestros impulsos internos.

El nuevo traje del emperador

Imagen: Vilhelm Pedersen (DP).

Otro cuento que se debería enseñar en las escuelas si lo que se quiere es formar ciudadanos libres. Repetimos el discurso que está socialmente aceptado, lo que creemos que hay que decir para no quedarnos excluidos del grupo, aunque nuestros ojos nos digan otra cosa, ¡qué sabrán ellos! Luego pasa lo que pasa, porque las ilusiones de masas no suelen traer nada bueno. Y cuando alguien por fin se atreve a decir la verdad, el encanto se rompe en mil pedazos. Iago, de ocho años, ha sabido quedarse con la idea fundamental, expresándola con sus propias palabras: «Esto nos enseña que no hay que dejarse engañar. Si alguien me dijera que tiene un cromo especial pero invisible nunca me lo creería y me daría cuenta de que se ha leído el cuento más de cincuenta veces».

La cigarra y la hormiga

Imagen: Milo Winter (DP).

Otra fábula de Esopo que al igual que el cuento de los tres cerditos nos enseña la importancia del trabajo y de buscar el beneficio a largo plazo. También ha sido utilizada frecuentemente para reivindicar discursos de tendencia liberal, por lo que en más de uno genera suspicacias pues el papel de cigarras sin trabajo nos puede resultar impuesto y la hormiguita será trabajadora pero piadosa ya no tanto. En cualquier caso un cuento abierto a interpretaciones. Por su parte Mario, que como estamos viendo no deja pasar ni una, opina simplemente que la cigarra es gilipollas.

El cuento de la lechera

Imagen: Julien Dupre (DP).

El cisne negro es un celebrado libro publicado en el año 2007 del filósofo e inversor en bolsa Nassim Nicholas Taleb, en el que dejaba caer cosas como esta: «la institución Fanny Mae se me antoja que está asentada en un barril de dinamita, vulnerable al menor contratiempo. Pero no hay por qué preocuparse: su numeroso personal científico considera que esos sucesos son improbables». La idea recurrente a lo largo de la obra es que el futuro es imprevisible y a menudo nos encontraremos contratiempos que no podemos prever pero que resultarán decisivos, para bien o para mal. Básicamente eso, pero con otras palabras, es lo que nos dice el cuento de la lechera. Tengámoslo en cuenta al hacer planes.

El patito feo

Imagen: Disney.

Cuántos niños habrán tenido que llevar brackets, o gafas de culo de vaso o tendrían orejas de soplillo, o cargarían con cualquier otra característica física, social o psicológica que les hiciera sentirse diferentes al resto, objeto de desprecio y con la autoestima por los suelos. En muchos casos llega la adolescencia y la cosa se pone aún peor: con una pierna creciendo más que la otra, la cara cubriéndose de acné o cualquier otra broma macabra que la vida parece querer gastarnos precisamente cuando uno no tiene la madurez y entereza necesarias para reírse de ellas. Y entonces recordamos el cuento de Hans Christian Andersen y recobramos la esperanza. Luego es cierto que no siempre acaba uno convirtiéndose en cisne y a menudo se queda más bien en gallina clueca, pero mientras todo el mundo tenga su pedacito de dignidad bien estará.

Pinocho

Imagen: Dreamworks Animation.

Iñigo, de siete años, lo describe con cierto dramatismo: «si mientes te pueden pasar cosas fatales». Y efectivamente no es para menos, al lado de la versión original de las aventuras de Pinocho la película 12 años de esclavitud es un entrañable relato sobre la convivencia interracial a la que solo faltarían risas enlatadas. ¿Como es posible que un cuento para niños contenga escenas así? Con el protagonista perseguido por dos malvados que «le sacudieron dos cuchilladas entre los riñones. Pero el muñeco, para su suerte, estaba hecho de una madera muy dura» y acto seguido decidieron ahorcarle, dejándolo ahí solo, hasta que tras una agonía de más de tres horas:

Poco a poco se le empañaron los ojos; y aunque sintiera acercarse la muerte, seguía esperando que de un momento a otro pasara un alma caritativa y lo ayudara. Pero, cuando, espera que te espera, vio que no aparecía nadie, absolutamente nadie, entonces le volvió a la mente su pobre padre… y balbuceó casi moribundo:

–¡Padre mío! ¡Si estuvieras aquí!…

Y no tuvo aliento para decir más. Cerró los ojos, abrió la boca, estiró las piernas y, dando una gran sacudida, se quedó allí como aterido.

Luego el cuento sigue con el protagonista resucitado, pero qué mal rato, oiga. Nos ha quedado claro que no hay que mentir.

Cars

Imagen: Pixar / Disney.

Pixar a estas alturas ya se ha ganado un puesto entre los clásicos, quizá dentro de varias décadas o siglos no existan coches, pero Cars merecerá seguir viéndose. Rayo McQueen es adorado por millones de niños, que si tuvieran que escoger entre perder su coche de juguete o a su abuelita, se quedarían pensando un rato. La historia que nos cuenta es un hermoso canto a la amistad, que antepone incluso a ganar. Lo que no está mal en un país con esa costumbre tan extendida y tan desconcertante, por la seriedad con que parecen tomársela de dividir a las personas en dos categorías: ganadores y perdedores. Cuando al final de lo que se trata es de ser feliz.

Buscando a Nemo

Imagen: Pixar / Disney.

Nemo es un pez que tiene una aleta atrofiada pero no por ello es menos que nadie y vive toda clase de aventuras en esta otra gran película de Pixar. A Wilfrid, de cinco años, le da miedo porque salen tiburones, pero eso se debe a que es muy pequeño y resulta fácilmente impresionable. A los que somos más mayores el personaje que realmente nos aterroriza es el dentista.

Otras

Imagen: Corbis.

Sería imposible reunir aquí todos los cuentos, fábulas, películas o dibujos animados que significaron algo para quien los vio, que sirvieron de ejemplo de una forma u otra. En nuestro pequeño estudio de campo las respuestas han sido muy variadas y la mayoría han quedado fuera por este motivo. Pero no nos gustaría terminar sin incluir algunas. A Alloa, de diez años ( la misma edad que los siguientes) le encantó Monstruos S.A. «porque te enseña que tienes que asustar a la gente». Di que sí, hay que hacerse respetar. A Alejandro lo que le gusta de Transformers es que te enseña que hay que proteger a los humanos y Antonio se queda con Naruto porque le mola y punto, igual que a Ricardo Spiderman. A Noelia le impactó La nave fantástica «porque es de fantasía a la vez que habla de hechos que podrían ser verdad y es para niños». Cristina elige Rapunzel porque tiene el pelo largo, mientras que a Natalia y Ainhoa la historia que más les gusta es Romeo y Julieta «porque es de amor verdadero». Y por último, Alba tiene predilección por Ocho apellidos vascos ya que nos enseña que «en el amor no hace falta ser de la misma cultura».

Nuestro especial agradecimiento a la profesora de primaria Neila López por su colaboración.


¿Cuál es la mejor saga de literatura infantil?

Son las chucherías de la literatura, aunque para muchos no comporten un gran valor. Con frecuencia los adultos miramos la literatura infantil con condescendencia y no le perdonamos sus faltas, olvidando que un buen libro para niños es como una buena bicicleta para niños: tiene que ser pequeña, correr mucho, incorporar muchos colores y, sobre todo, aguantar todos los trotes. Olvidamos eso y que, por supuesto, hay bicicletas pequeñas pero matonas mejores que la mejor bicicleta de adultos. Hoy nos preguntamos cuál es la mejor saga de literatura infantil, y cuáles añadirían ustedes.

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Los tres investigadores

Alfred Hitchcok y los Tres investigadoresTres amigos, que son un festival de los estereotipos —el gordito inteligente (Jupiter Jones), el gafotas que era una rata de biblioteca (Bob Andrews) y el cachas corto de luces (Pete Crenshaw)—, crean una agencia de investigación como pasatiempo juvenil. Y resuelven todos sus casos, obviamente, contando con la ayuda ocasional de Alfred Hitchcock. Y qué casos: el loro tartamudo, la calavera parlante o el caballo decapitado, por citar algunos de los más rimbombantes. Lo mejor de todo era su cuartel general: ¿quién no soñó con tener una guarida con varias entradas secretas en la campa de un chatarrero? Hasta su nombre era genial: el Patio Salvaje, que presumo que en su adaptación cinematográfica los exteriores podrían localizarse en la Cañada Real.

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Los cinco

LosCinco en billycock hill1967Se trataba de un grupo de rima fácil que parece diseñado con cánones políticamente correctos de la actualidad con dos chicos (Julian y Dick), una chica (Ana), una chica visibilizada como chico (Georgina-Jorge) y un perro (Tim). Pero sus andanzas eran de otra época; baste recordar una de sus más famosas cuando alquilan unas caravanas ¡tiradas por caballos! para irse de vacaciones. Y siempre se metían en líos, aventuras que resolver y misterios que aclarar, aun poniendo en peligro sus vidas. La verdad es que, como un niño dijo: «pero si en el bosque había un lobo, ¿cómo dejaron sus papás ir sola a Caperucita?». Pues eso, que sus padres no escarmentaban. Por último y no menos importante: eran sumamente adictos a la cerveza de jengibre.

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Cincuenta sombras de Grey

cincuenta-sombras-de-grey-9788425348839El gran bombazo de la literatura prepúber de los últimos años. Una historia arriesgada y nunca vista (Anastasia Steele, la chica inocente, se enamora de Christian Grey, el guapo malote rico) con moraleja confusa para los estándares habituales puesto que parece que al final no es mejor dar que recibir. Tal vez se abuse de la doctrina cristiana con lo de poner la otra mejilla y la chica acabe recibiendo como una estera, pero queda claro que su diosa interior se lo ha buscado y aquí paz y después gloria. Sea como sea, debemos agradecer a esta saga la inclusión en nuestros vocabularios de exclamaciones perrunas como UAU.

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Harry Potter

harry-potter-y-la-piedra-filosofal-1Otra historia que nunca habíamos oído: un huérfano solitario que en realidad está predestinado a grandes cosas como salvar el mundo y ser puteado por los macarrillas de clase mientras tanto. El chico, Harry Potter, tiene talento en lo de la magia y pronto destaca con sus dotes innatas, lo que despierta muchas envidias y el apoyo incondicional de un reducido grupo de admiradores, que irá creciendo conforme pasan las páginas de los siete libros en un buen ejemplo de lo sano que es arrimarse al sol que más calienta. Y evidentemente hay un malo, Lord Voldemort, que es un poco redicho, pero el tío se hizo respetar con anterioridad y se le tiene tanto miedo que no se pronuncia su nombre en voz alta y se le denomina Quien-Tú-Sabes, Belén-Esteban o El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado, según la ocasión. Así que la batalla está servida aunque todos sospechemos desde la primera línea del primer libro cómo va a acabar. También viajan en tren. Una saga magistral.

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Manolito Gafotas

Emilio_Uberuaga_manolitoTodos conocemos el punto de partida: Manuel García Moreno, alias Manolito Gafotas, es un niño de gran vida interior y pocas aptitudes exteriores que vive en Carabanchel (Alto) con su madre Cata, su abuelo Nicolás, su hermano el Imbécil y, más recientemente, su hermana pequeña, la Chirli. Sus amigos son el Orejones (un cerdo traidor), Yihad (el chulo del barrio), Susana Bragas-Sucias, Jessica la exgorda, Paquito Medina, Arturo Román y Mostaza. No es que corran juntos unas aventuras trepidantes pero tampoco les hace falta: si algo caracteriza a Manolito Gafotas es su inmersión costumbrista en el Madrid de los barrios obreros y su retrato humorístico de un niño por el que atraviesan todos los ejes de lo medio: aspecto medio, familia media, clase media. Manolito Gafotas, originalmente un personaje radiofónico de Elvira Lindo, nació a efectos literarios en 1994 y desde entonces se ha convertido en el mayor éxito editorial de la literatura infantil española: lleva ocho libros, el último en 2012, decenas de traducciones, dos películas y una serie de televisión.

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Teo (hace cosas)

teo_va_a_casa_de_una_amigaTeo debe de ser el niño más hiperactivo del mundo. Espíritu libre, emprendedor precoz, Galileo infantil está en todas partes haciendo cosas. ¿Qué cosas? Muchas. En todas partes. Teo no echa la siesta, Teo no duerme, Teo no procrastina. Hemos visto a este pelirrojo churumbel realizando actividades tan diversas, en sitios tan variopintos, que el imaginario popular canalla lo ha representado de la forma más perversa posible. Los lectores que crecieron con él, ya adultos, no han querido dejarlo completamente de lado y de forma clandestina lo han puesto en nuevas situaciones. Y claro, Teo ya va a botellones, cenas de empresa, busca curro como comercial, fuma chinos de heroína, se masturba hasta hacerse sangre y, en general, hace un montón de cosas.

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La obra de Ayn Rand

coverA lo largo de Himno, El manantial y La rebelión de Atlas y mediante una prosa que podríamos calificar de calidad poco contrastada, Rand expone un ideario a la medida de esa criatura egocéntrica que es un niño antes de asumir que el resto de individuos con los que comparte la vida no están puestos ahí para atender tus deseos e incluso tienen los suyos propios, y quizá conviene interactuar con ellos de forma más o menos solidaria o al menos sensata. En los ensayos parasitarios a estas obras desarrolla un sistema llamado Objetivismo, de una profundidad filosófica equivalente a la religiosa de L. Ron Hubbard, que podríamos resumir en yo yo yo yo YO, el egoísmo es el valor supremo y voy a conducirme por el mundo con las gónadas por montera, que para eso YO tengo razón a la hora de entender la existencia. De cómo convivir con nuestros semejantes si eligen idéntica línea de actuación es algo que no queda muy claro, pero podemos averiguar si abandonamos a los niños en un jardín de infancia y observamos las evoluciones de los semovientes sin que intervenga ningún malvado poder opresor.

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Filosofía de ciencia ficción para padres desamparados

Fotgrafía: Hewholooks (CC)
Fotgrafía: Hewholooks (CC)

Vale, el Universo se creó de la nada pero…
¿quién creó la nada?
(El Roto)

La escena comienza así:

Interior. Noche.

Habitación de Lucas. Cama de Lucas. Mamá y Lucas leyendo por decimonovena vez el libro preferido de Lucas. Mamá lo aborrece. Lucas jamás se cansa aunque se lo sepa de memoria de principio a fin.

Pero algo le ronda hoy la cabecita.

—Mamá, ¿por qué nosotros no podemos volar?

Silencio.

La filosofía es un cuento

Pocos adultos tienen la capacidad de dejarnos atónitos ante una pregunta. Es fácil, en cambio, quedar boquiabiertos ante la inocente duda de un niño. El mundo puede acabarse en ese preciso momento si no damos con la respuesta adecuada. Para evitar el caos mundial y minimizar el riesgo de un llanto, he aquí una lista (qué otra cosa se hace cuando se busca una solución, sino una lista) de recursos para padres en apuros que ya quisiéramos que hubieran existido en nuestra infancia.

A menos que tengan a mano la bicicleta de E. T.

Cuando tenía nueve años, ya me decían que la filosofía era un cuento. Pero lejos del tono despectivo, ahora sé que me lo decían para que picara. Con nueve años de edad, tres de mis tías me regalaron El principito.  Creí entonces entenderlo todo.

Dedicado a los niños de forma explícita por el autor, Antoine de Saint-Exupèry escribió este libro emblemático como símbolo de la infancia y un relato de enorme singularidad que para unos raya en la cursilería y para los más representa una cima de la prosa poética. El valor de la amistad, la alegría de la ternura, la sincera ingenuidad infantil y la responsabilidad como motor de la conducta moral encuentran su plasmación definitiva en el mundo descubierto por El principito, añorado planeta del que todos los hombres han sido exiliados y al que solo mediante la fabulación cabe regresar.

Ilustración original de
Ilustración original de Antoine de Saint-Exupèry

El relato expresa con cierta ironía el punto de vista de los niños, su extrañeza y estupor ante la visión y conducta de los adultos: «nunca comprenden nada por sí solos y es cansado para los niños tener que darles siempre y siempre explicaciones». Ustedes que leen, carecen de sensibilidad y no se interesan por lo esencial de las personas, sino por las cifras, los sueldos, el precio de las cosas. Son incapaces de entender lo que hay en el mundo de los niños y confunden tontamente con un sombrero el dibujo de una serpiente boa que acaba de tragarse a un elefante. Los prejuicios gobiernan su vida y les impiden ver la realidad. El autor a través de su alter ego sostiene que «solo los niños saben lo que buscan», mientras que los hombres son incapaces de comprender lo esencial, porque «no se ve bien sino con el corazón y lo esencial es invisible a los ojos».

El viaje a través de los seis planetas y los seres que los habitan —un rey, un vanidoso, un bebedor, un hombre de negocios, un farolero y un anciano geógrafo—, va mostrando el catálogo de dificultades y absurdos que impiden encontrar la verdadera vida y revela cómo al cariño le acompaña siempre el dolor por la pérdida.

La lección primera es la de que solo se conocen bien las cosas que se domestican: «si domesticas a alguien, como el principito al zorro, si le haces tu amigo, le conviertes en algo único en el mundo».

La segunda, es una crítica al pragmatismo que representa también la búsqueda del camino de vuelta a la inocencia, paraíso perdido.

A pesar de todo, yo, como Lucas, seguía preguntando por qué no podemos volar y mis siguientes lecturas tampoco lograron resolverlo.

El segundo y tercer puesto en la mesilla de noche son para El mundo de Sofía y El enigma y el espejo, de Jostein Gaarder. Poca originalidad, ya ven, pero esto era lo que había en su momento.

El filósofo noruego utilizó también la narrativa para escribir de grandes valores a jóvenes de todo el mundo. Si fue a través de la ficción que habló del espacio y del tiempo, reconoció también estar muy influenciado por lo que había leído de Kant, Einstein, y la teoría del big bang. En sus textos explica que el mundo es como lo vemos. Por ser claros: una mosca lo ve de otra manera, pero nosotros lo vemos como seres humanos y por tanto este es nuestro tiempo y nuestro espacio. El tiempo es entonces la realidad, según Gaarder.

Sus narraciones pretenden conjugar el placer de la lectura individual con las cosquillas del cuestionamiento filosófico. Es autor en total de dieciocho novelas filosóficas, en las que destaca su enfoque socrático, por ejemplo, del enigmático libro Me pregunto… compuesto de cincuenta preguntas.

Puede que con esto tengan el asunto solucionado. O puede que el niño les haya salido preguntón.

Estarán entonces de suerte, porque ahora podemos atajar el asunto desde mucho antes. La colección «Los pequeños platones» es una joya de la modernidad que deberían tener en un buen sitio en la estantería y que aguantará la herencia entre hermanos porque sus historias no pasan de moda.

Ronan de Calan y Donatien Mary, ilustraciones originales de El fantasma de Karl Marx.
Ronan de Calan y Donatien Mary, ilustraciones originales de El fantasma de Karl Marx.

Echando mano de la ciencia ficción, los editores de esta serie de cuentos (Rubén Hernández e Irene Antón) sintetizan en cada texto la historia de filósofos desde Platón a Karl Marx, pasando por títulos divertidos como Un día loco en la vida del profesor Kant o El genio maligno del señor Descartes, atendiendo a curiosas anécdotas y cuidando de tratar un amplio espectro entre las teorías del pensamiento. Siendo cada uno diferente en la forma gráfica, con especial atención al valor simbólico de las ilustraciones, cada uno es un reto para los niños por el léxico y los conceptos que aborda. Al final, también la filosofía es como aprender a montar en bicicleta: cuanto antes lo hagas sin ruedines, antes caerás y aprenderás a mantener el equilibrio.

La ciencia y la ficción, dos grandes aliados

Lógicamente, los libros de filosofía para niños se empezaron a escribir desde mucho antes. De hecho, hace casi treinta años que Matthew Lipman, un profesor de filosofía norteamericano, escribió una novela filosófica para que niños de entre doce y catorce años pudiesen filosofar en clase (Filosofía para niños, conocida como FpN). Entró de lleno así en una de las funciones que tradicionalmente ha venido desempeñando la filosofía, la analítica, que consiste en someter a crítica los criterios y las normas empleadas en las demás disciplinas o en nuestra propia vida cotidiana para establecer la validez y la corrección de nuestros conocimientos y actos. En este sentido, podemos decir que los niños son también filósofos en la medida en que se cuestionan los criterios que la sociedad les proporciona para determinar la validez y la corrección de sus creencias y acciones. También porque están comprometidos en la construcción de estructuras cognitivas capaces de dotar de significado a todo lo que les ocurre en sus vidas.

Lipman era un profesor universitario de filosofía que, influido principalmente por John Dewey, estaba interesado en la educación de los niños. Pensaba que las carencias de destrezas cognitivas que presentaban sus alumnos de lógica de la universidad tendrían que haberse corregido en la escuela primaria. Para Dewey, el fracaso de la educación se debía básicamente a que en la escuela se enseñaban los productos finales de las ciencias y no los procesos de investigación. El modelo educativo tenía que inspirarse, según él, en los procedimientos propios del proceso de investigación científica. La educación debía tener como objetivo, por lo tanto, el desarrollo del pensamiento más que la transmisión del conocimiento. De acuerdo con los planteamientos del pragmatismo aplicados a la educación, Dewey pensaba que se estimulaba mejor la reflexión del estudiante si se partía de la experiencia vivida en vez de la exposición formalmente acabada de una disciplina; y que en vez de indoctrinar a los estudiantes con determinados valores, lo que había que hacer era promover la reflexión comunitaria sobre aquellos valores a los que constantemente nos vemos urgidos. Lipman reconoce la enorme influencia que en él ejercen estas ideas de Dewey, aunque toma también de otros autores algunos elementos de sus teorías: la idea de Jerome Bruner de que la herencia cultural de la humanidad puede ser enseñada sin disminuir su integridad en cualquier nivel escolar o las reflexiones de Wittgenstein sobre el pensamiento.

Se trata de que la filosofía enseña no tanto a aprender, sino a pensar.

Introduce así la idea de pensamiento complejo, que tiende a ser rico conceptualmente, coherentemente organizado y persistentemente exploratorio. Es, por ello, un pensamiento de calidad, porque es rico en recursos, metacognitivo, autocorrectivo y porque incluye todas aquellas modalidades de pensamiento que conllevan reflexión sobre la propia metodología y sobre el contenido de que tratan.

Lipman compara la relación que se establece entre el pensamiento crítico y el pensamiento creativo con la que se da entre las dos manos cuando estamos manipulando algo: cada una de ellas hace tareas diferentes pero que van dirigidas a la consecución de un único fin. En términos generales, podemos decir que el pensamiento crítico está regido por criterios; avanza de un modo más mecánico y rutinario, por lo que es más de tipo lineal y explicativo; aparece bajo formas computacionales; es cuantitativo; suele utilizar el estilo expositivo Mientras que el pensamiento creativo está regido por valores que fluyen en el contexto global en que se produce dicho pensamiento, por lo que es más de tipo expansivo e inventivo; realiza conjeturas, formula hipótesis e imagina; es cualitativo; prefiere el estilo narrativo. Podríamos continuar la lista de diferencias, pero lo importante es insistir en que el pensamiento complejo implica la interconexión de estos dos tipos de pensamiento, y es el que se ejercita, por ejemplo, con las historias de ficción que aquí se proponen.

Si nuestro pensamiento es de naturaleza narrativa, entonces la educación para pensar la complejidad debe potenciar el desarrollo de una racionalidad imaginativa, capaz de crear nuevos esquemas relacionales —relatos— que ayuden a los niños (y a sus padres) a resolver preguntas.

Sirva como apoyo, por lo que a la ciencia respecta, la serie Cosmos de Carl Sagan. Inexplicablemente —acorde con el Universo— todavía no ha quedado anticuada.

Pero volvamos a nuestra pregunta, porque probablemente ni con estas hayamos logrado resolverla. En este punto siempre pueden tirar de los superhéroes, y la sugerencia no es baladí. Pocas cosas hay que Superman no pueda solucionar, recuerden el superhombre de Nietzsche. Volar es un tema muy serio.