Futur antérieur: historia ligera del niputaideaismo (2)

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Paul Newman como Billy el Niño en El Zurdo. El primer error histórico de la película es la mano con la que empuña el revólver. El  segundo, que Billy el Niño no era tan guapo ni de coña. Imagen: Warner Bros. niputaidea

(Viene de la primera parte)

Una ingeniosa idea errónea podría dar lugar a una investigación fructífera que establezca verdades de gran valor.

(Isaac Asimov, escritor).

Me he dado cuenta de que mucha gente elige creencias científicas del mismo modo en el que eligen ser metodistas, demócratas o fans de los Chicago Cubs. Ellos juzgan la ciencia según lo bien que concuerde con la forma en la que quieres que sea el mundo.

(Robert L. Park, profesor y autor de ‘Ciencia o vudú: de la ingenuidad al fraude científico’).

Yo tengo los resultados desde hace mucho tiempo. Lo que todavía no sé es cómo llegar a ellos.

(Carl Friedrich Gauss, físico, matemático y astrónomo).

Existen pocas fotografías del forajido conocido como Billy el Niño, probablemente porque en su época el chaval estaba más concentrado en lo de no morirse, y en procurar que fuesen otros los que murieran, que en realizar posados fotográficos para la galería. Siendo más concretos, existe una foto de Billy el Niño verificada de manera oficial (esta) y tres instantáneas más en las que asoma la cabeza un jovenzuelo que podría ser Billy: la imagen de una partida de cartas entre cuatro vaqueros, la estampa de un grupo de personas jugando al croquet en los alrededores de una casa y la foto de Pat Garrett (la persona que acabaría matando de un disparo a Billy tras ser nombrado sheriff de Lincoln County) junto a su tropa de rudos colegas.

Tomando como base la instantánea autentificada, durante años se asumió que Billy había sido un pistolero zurdo, porque en dicha foto era posible observar que el chico tiene su revolver colt amarrado al lado izquierdo de la cintura. Aquello provocó que la idea de que el Niño apretaba el gatillo con el dedo índice izquierdo se popularizase muchísimo, tanto como para que el director de cine Arthur Penn decidiese bautizar como El Zurdo (The Left Handed Gun) aquella película que rodó, con Paul Newman en el papel de Billy, relatando las correrías del forajido. En algún momento dado, unos historiadores observaron con una lupa más grande la fotografía y descubrieron, gracias a un detalle en el rifle retratado, que la imagen estaba invertida. Aquello era culpa del proceso habitual de revelación fotográfica de la salvaje época, un método que siempre volteaba la estampa en el resultado final. El famoso maleante en realidad era diestro.

La observación exhaustiva por parte de los investigadores más sabios en ocasiones tiene las gafas empañadas, el método científico a veces tropieza para descalabrarse escaleras abajo y los historiadores no siempre estaban mirando a lo que debían cuando sentenciaron sus conclusiones. La mayoría de las hipótesis nunca tienen alma de vino y con el paso del tiempo caducan, se vuelven algo difícil de digerir o solo dan para debatir sobre cómo es posible que el algún momento alguien se hubiese tragado eso sin cuestionar la mala hostia del sumiller. El niputaideaismo como concepto abarca todas aquellas meteduras de pata efectuadas con envidiable maestría por los hombres de ciencia, por los estudiosos, por los historiadores, por los médicos y en general por toda esa gente tan versada. La pifia simpática como objeto de contemplación. La ignorancia como combustible para la deducción disparatada.

Biología 101

El reino animal acarrea sobre su lomo desde hace siglos toda una colección de ideas equivocadas que, pese a haber sido desacreditadas de manera oficial, siguen siendo bastante populares. En contra de la creencia habitual, los avestruces no entierran su cabeza en la arena ni para dormir, ni para esconderse de los enemigos. Eso no es más que un error generalizado proveniente de los tiempos de Plinio el Viejo, un hombre que patinó al suponer en su extensa y profunda Historia natural que el avestruz era muy de meter la cabeza entre arbustos y creer que estaba escondido por completo.

El cliché de que los murciélagos son criaturas ciegas también es un bulo sobredimensionado, aunque sí es cierto el detalle de que la gran mayoría de ellos utilizan la ecolocalización a modo de GPS para afinar sus vuelos a través de la oscuridad. Algunas especies concretas de murciélagos como los megamurciélagos (sí, se llaman así, aunque también se les conoce como pteropódidos o murciélagos frugívoros, que mola mucho menos) también gozan de una visión nocturna excelente, una mucho más avanzada que la de la mayoría de seres vivos.

Otras criaturas que también tienen mala prensa en cuanto a sus prestaciones de serie son los peces dorados. Ese tipo de residente de peceras de salón al que por alguna razón siempre se le ha atribuido una memoria ínfima, con la supuesta capacidad de almacenar tan solo unos segundos de información. En realidad, el pez dorado tiene el disco duro un poco más amplio y su memoria abarca varios meses, algo que sigue siendo una putada, pero no resulta tan extremo.

En 1934, el zoólogo e ingeniero aeronáutico francés Antoine Magnan escribió en su libro Le vol des insectes que la constitución física y aerodinámica del abejorro común no debería permitirle volar desde un punto de vista teórico. Poco después de publicar aquel estudio, el mismo Magnan descubrió que se había equivocado con los cálculos, y que aquella afirmación era totalmente incorrecta, e intentó recular desacreditando sus propias conclusiones. Pero ya era tarde, porque a aquellas alturas todo el mundo había aceptado como cierta la llamativa idea de que el abejorro era una criatura que «según los científicos» no podía volar, pero lo hacía igualmente porque a él nadie le había informado de ello.

Abejorro común al que se la trae al pairo lo que diga un francés sobre su cuerpazo aerodinámico. Imagen: CC.

La fama de suicidas en masa que poseen los lemmings es un asunto singular. Se trata de un dato tan extendido como para inspirar uno de los mejores videojuegos de la historia, y también para haber moldeado la percepción general del animalillo en torno a esa idea de comunas peludas de insensatos: existe muchísima gente que no sabría decir qué aspecto tiene realmente un lemming, pero que sí tienen claro que se trata de una especie aficionada a matarse en masa.

El problema es que esto último es mentira, porque estos roedores no son de suicidarse a propósito, ni en grupo ni en privado. Sus tendencias suicidas son una leyenda urbana cuyos orígenes exactos resultan inciertos, pero se remontan a finales del siglo XIX por lo menos: en noviembre de 1891, la publicación londinense The Monthly Chronicles of North Country Lore and Legend acogió una crónica de un aventurero llamado C. Gateshead que explicaba cómo cada cinco años un montón de lemmings esprintaban a través de Escandinavia en línea recta sin detenerse ante nada ni nadie. Una maratón ratonil que acabaría alcanzando el mar del Norte, donde todos los lemmings se arrojarían a las aguas para chapotear entre las olas hasta desfallecer por completo.

No estaba claro de dónde había sacado Gateshead sus conclusiones, más allá de haber pisado a algún lemming muerto en unas vacaciones en Noruega. Pero aquel relato, pese a carecer de base, calaba en la memoria por llamativo. La responsabilidad de que posteriormente se extendiera de manera imparable la tendría Disney unos cuantos años después. Concretamente en 1958, cuando estrenó el largometraje Infierno blanco, una película, galardonada con el Óscar al mejor documental del año, que exponía con metraje real la vida salvaje del nevado norte del continente norteamericano. Infierno blanco contenía una famosa secuencia donde numerosos lemmings saltaban a lo loco hacia el mar desde un precipicio. El narrador del documental apuntaba que, según el mito, aquel era el modo en el que la legión de ratoncitos cometía suicidio en masa. Pero también informaba que era probable que los lemmings simplemente confundiesen el mar con un lago y se ahogasen por tontos, tratando de llegar hasta la otra orilla.

De todos modos, nada de lo que se veía en pantalla era un comportamiento realista, porque los directores habían amañado las imágenes, colocando ante la cámara a un puñado de lemmings, comprados a distancia a unos niños inuit, y arrojándolos por un precipicio para lucir en pantalla. El timo llegaba al punto de que ni siquiera el paraje mostrado en la cinta era el hábitat natural de los lemmings, arrojados en dichas escenas a la corriente de un río en lugar de al mar. Pese a todo, Infierno blanco instauró y propagó el mito de una manera absurdamente eficiente.

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Cartel de Infierno blanco, el documental que condenó a los lemmings.

En 1992, I. William Lane y Linda Comac publicaron el libro Sharks Don’t Get Cancer (Los tiburones no tienen cáncer). Una obra donde, a pesar de lo que anunciaba su propio título, no se afirmaba que los tiburones fuesen totalmente inmunes al cáncer, sino que eran seres que lo padecían con poca frecuencia por poseer en sus cartílagos elementos capaces de combatir las células cancerígenas. De este modo, el libro recomendaba el consumo de cartílago de tiburón a modo de pincheo habitual entre los humanos temerosos de los tumores.

Para respaldar dicha dieta, Lane tomó como punto de partida un documental de la CNN que había visto durante una tarde ociosa, y llevo a cabo por su cuenta ensayos clínicos en Cuba y México con pacientes terminales que cataron el cartílago de escualo. La comunidad científica apuntó que todo lo que defendía el libro carecía de base alguna y que, ante todo, resultaba una casualidad muy oportuna el que el propio hijo de Lane tuviese una empresa dedicada a la venta de cartílago de tiburón para cenas, comuniones y otras fiestas de guardar.

A pesar de ser un burdo movimiento publicitario, Sharks Don’t Get Cancer gozó de la suficiente fama, con apariciones de su creador defendiendo los experimentos en programas norteamericanos de televisión, como para extender mundialmente la leyenda de que los tiburones venían programados de base con el modo dios anticáncer activado. Lo cierto es que al bueno de Lane el descrédito por parte de la ciencia se la traía bien floja, porque cuatro años más tarde publicó otro libro titulado Sharks Still Don’t Get Cancer (Los tiburones todavía no contraen cáncer).

¿Psicología? ¿Fisioterapia? 101

En 1955, Glenn Doman, fisioterapeuta, y Carl Delacato, un psicólogo educativo, fundaron The Institutes for the Achievement of Human Potential (Los institutos para el logro del potencial humano). Una entidad cuyo propio nombre ya ofrece cierta seguridad. Concretamente, la seguridad de que está comandada por charlatanes, putos locos, o ambas cosas a la vez. En aquella organización Doman y Delacato se dedicaron al tratamiento de discapacidades intelectuales, lesiones cerebrales, discapacidades de aprendizaje y otras enfermedades cognitivas presentes en los infantes.

Los fundadores utilizaron como base la desacreditada teoría de la recapitulación, aquella según la cual la ontogenia recapitula la filogenia, para idear una terapia propia con la que tratar a los niños. Un método que denominaron «patrón psicomotor» y que consistía en una serie de ejercicios sistemáticos y diarios a los que había que someter a la criatura, aunque fuera de forma pasiva. Doman y Delacato defendían que aquella actividad muscular intensiva y controlada era capaz de reparar las redes neuronales dañadas. Spoiler: era mentira y no existe prueba alguna de que la tontada fuera mínimamente eficiente en lugar de un sacacuartos. Aun así, gente como Liza Minnelli o nuestro eminente intelectual Bertín Osborne defendieron públicamente los métodos de Los institutos para el logro del potencial humano demostrando que el niputaideaismo también afecta a las grandes estrellas. 

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Glenn Doman quiere curar a tu hijo haciendo que ruede por el suelo. Imagen: CC.

Astronomía 101

En ciertas eras antiquísimas, muchas culturas asumieron que la Tierra era plana porque vete tú a explicarle, antes de que existiese Google Earth, a un señor de año de la Kika que está haciendo su vida sobre una pelota tan gigantesca como para que no pueda verse la curvatura del propio planeta en el horizonte.

Las civilizaciones de Egipto y Mesopotamia describían la Tierra como una enorme bandeja que flotaba en el océano, a lo Mundodisco pero con menos animales gigantes implicados. Los antiguos pueblos nórdicos también imaginaron el mundo siendo plano, rodeado de océanos y con un gigantesco árbol, un fresno llamado Yggdrasil, plantado en el centro. Los germánicos visualizaban algo muy similar, pero cambiando la planta por un pilar gordo bautizado Irminsul.

Fueron los griegos en el siglo VI a. C. los que, con Pitágoras a la cabeza, introdujeron la idea de un planeta esférico. A pesar de que los presocráticos siguieron profesando la imagen de una Tierra llana durante cierto tiempo, Platón, Aristóteles y Erastótenes agarraron el relevo de Pitágoras para, a través de sus estudios y observaciones, asentar el globo terráqueo de manera definitiva y comenzar a exportarlo. Entretanto, en China iban a su bola, como siempre. En el siglo XIII el astrónomo persa Jamal ad-Din se presentó en Janbalic, la antigua capital de China y lo que sería ahora Pekín, con un hermoso globo terráqueo en la mano, pero no logró convencer a nadie por aquellos lares de que la Tierra no era plana. Según informaron misioneros y otros viajeros, durante centenares de años, la versión oficial en China fue «La tierra es plana y cuadrada. Y el cielo es un dosel redondo». Una afirmación que prevalecería inamovible hasta la introducción, por parte de los jesuitas ya en el siglo XVII, de la astronomía europea en la cabezota cultura china.

En contra de ciertas creencias populares, Cristóbal Colón no se embarcó en su aventura a través de los mares para demostrar a los escépticos que la Tierra era redonda, sino que eso ya lo tenía bastante claro de antemano. En lo que sí que andaba errado Colón, evidenciando algo de niputaideaismo, era en el tamaño del planeta, porque él se lo imaginaba bastante más asequible.

La confusión respecto al motivo de su viaje viene dada por el muy extendido mito de que el terraplanismo era el pensamiento imperante durante toda la Edad Media. Pero eso no es más que un malentendido moderno que surgió a mediados del siglo XIX, porque durante los tiempos medievales todo el mundo ya tenía bastante claro que nuestro planeta gozaba de curvas de esfera y no pinta de pizza.

La culpa del asentar el falso mito de que las gentes medievales eran cortitas la tuvieron ciertas plumas ilustres que describieron a la población medieval como iletrados terraplanistas: John William Draper con su Historia del conflicto entre la religión y la ciencia, Andrew Dickson White con su Historia de la guerra entre la ciencia contra la teología de la cristiandad, y Washington Irving con Una historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón. Esta última, además, fue la novela que popularizó la visión equivocada del objetivo de Colón y su expedición. En dicho libro, Irving se dedicó a construir la biografía del descubridor mezclando irreflexivamente la realidad con la ficción según le salía del apio.

La parte más cómica y al mismo tiempo triste de todo eso es que, por razones inexplicables, pero que muy probablemente estén enraizadas en la gilipollez más insondable, el terraplanismo sigue vivo a día de hoy, en el mismísimo siglo XXI. Basta con asomarse a las noticias de tanto en tanto, o descubrir en internet que existen corrillos como The Flat Earth Society o The International Flat Earth Research Society con seres humanos funcionales defendiendo que la Tierra es lisa sin ningún tipo de ironía a la vista. Luego te das cuenta de que sus miembros son el tipo de gente que se mata cuando se les ocurre cabalgar hacia el cielo sobre un cohete gigante casero y la cosa comienza a cobrar sentido.

El otro gran ejemplo de niputaideaismo clásico es el célebre modelo geocéntrico. Es decir, lo que ocurría en esos tiempos pretéritos donde la humanidad se creía el ombligo de Todo Lo Conocido: que los eruditos asumían que la Tierra era el centro del universo y todos los astros, Sol incluido, giraban a su alrededor como protagonistas secundarios. Los mismos Platón y Aristóteles que defendieron la existencia de una Tierra esférica, patinaron por otro lado al enunciar sus propios sistemas geocéntricos. La confusión general estaba causada por errores de observación: los estudiosos nos situaron en el centro del universo tras contemplar que el resto de astros avanzaba por el cielo a lo largo del día mientras las estrellas permanecían (en apariencia) estáticas y la Tierra en general no parecía moverse mucho bajo sus pies.

Claudio Ptolomeo, además de tener uno de los nombres más graciosos posibles, también tenía muchas inquietudes astronómicas y con ellas ideó su propio modelo geocéntrico. En el famoso y popular sistema ptolemaico, los planetas giraban alrededor de la Tierra en un recorriendo dos órbitas diferentes, una llamada deferente y otra epiciclo. La tontería se acabó cuando se publicó De revolutionibus orbium coelestium (Sobre los giros de los cuerpos celestes) de Nicolás Copérnico en 1543, un extenso estudio donde se estableció la teoría heliocéntrica que supone acertadamente que todo se mueve alrededor del Sol.

En todos estos tejemanejes cosmológicos existió una persona damnificada por la historia y la comunidad científica. Un astrónomo griego llamado Aristarco de Samos. O la persona que propuso un modelo heliocéntrico allá por el año doscientos y pico antes de Cristo, adelantando en mil setecientos años al celebérrimo Copérnico. En aquel momento, a Aristarco nadie se lo tomó en serio. 

(Continúa aquí)

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El sistema ptolemaico explicado por Johannes de Sacrobosco en su libro De sphaera mundi. Imagen: CC.


Studio 54: el pecado y la redención

Truman Capote en Studio 54, 1979. Fotografía: Getty.

Los ojos cerrados. El esternón mirando al cielo. Los brazos en éxtasis como si hubiera un dios al que adorar. Los tirantes que siempre se niegan a quedarse en su sitio. Los músculos palpitando. Manos surgidas de la nada para completar un giro que anticipa giros más allá. El ritual siempre es el mismo aunque ya nada sea igual. Aunque haga casi cuarenta años desde la última canción de verdad. Pero los labios todavía se abren para reclamar un bocado de aire o para corear una letra con un orgasmo sincronizado en el que solo queda el grito y se evapora el placer. Porque el placer es una promesa implícita en el movimiento de cientos de seres que se buscan. Los que siguen bailando bajo la bola del Jane.

La bola es un tótem. Un homenaje a los días de la fiesta sin fin de la vieja Nueva York. Cuenta la leyenda que ese objeto hipnótico que gira sobre la pista del Jane estuvo un día en Studio 54. Los que aletean bajo su órbita son otros. Pero quieren creer que queda algo del embrujo original. Del caleidoscopio de pecados capitales del que fue testigo esa esfera de cristal. La lujuria, claro. La envidia de la carne enredada en otra carne. La soberbia de las piernas infinitas bajo las faldas mínimas. La gula saciando adicciones en el baño. La pereza del voyeur con la mano en el bolsillo. La avaricia del que quiere poseer un cuerpo evanescente. La ira del que no lo llega a alcanzar. Las caras previas al éxtasis de los que desesperan por un capítulo más.

Todo aquello estaba en Studio 54. El pecado y la redención. Pero había algo más. «Es el club del futuro —decía Truman Capote—. Absolutamente democrático. Los chicos con los chicos. Las chicas con las chicas. Blancos y negros. Capitalistas y marxistas. Chinos, unos, otros, en una mezcla hermosísima». Capote había pasado por el escalpelo de sus ojos aquel fenómeno único. Un local en el 254 oeste de la calle 54 que no era solo para famosos y millonarios. Era el epicentro de lo extraordinario. De lo peculiar. De lo bello. Porque así lo quiso uno de sus dueños. Steve Rubell soñaba con un club donde todos bailaran con todos, donde se juntaran un político, un semental del Bronx, Rollerena, los transexuales más espléndidos y Disco Sally, una abogada septuagenaria que contoneaba todas las noches su baqueteado esqueleto, la matriarca de la diversión.

Rubell había entrado en el negocio de las discotecas con su amigo Ian Schrager. En su primer local, The Enchanted Garden, estaba el espíritu de lo que fundarían después. El Garden solo tenía un problema. Estaba en Queens. Y esa era una barrera que un genuino espécimen de Manhattan nunca se permitía cruzar. Si querían tener el mejor club de la historia, se tendrían que mudar.

Encontraron un lugar de proporciones fabulosas, un antiguo estudio de la CBS cerca del Carnegie Hall. Desembolsaron, según recuerdan algunos, setecientos mil dólares y dejaron que dos de los mejores escenógrafos de Broadway hicieran lo demás. Estaban inventando otro planeta, una crisálida de extravagancia donde podían refugiarse los que querían sobreponerse a la América del Watergate y del Vietnam. Un lugar donde la única norma era la libertad. Y la música. Y la epidermis. Y dejarse llevar. Un reducto donde el Bob Fosse de Cabaret podría haber gritado aquello de «la vida es bella, las chicas son bellas, hasta la orquesta es bella». Porque en Studio 54 todos eran hermosos por un momento mientras bailaban o miraban o se pavoneaban o se drogaban o hacían el amor. Eran los tiempos del hedonismo, de cantarle al propio cuerpo, de enterrar la fantasía de los hippies que creían que podían cambiar el mundo con una canción.

Aquel 26 de abril de 1977, el Daily News le dedicaba un titular irónico a la nueva apertura: «Studio 54, ¿dónde estás?». El tabloide llevaba una rigurosa clasificación de locales que abrían para inmediatamente fracasar. Pero Rubell y Schrager tenían una aliada fundamental, Carmen D’Alessio, la mujer que había conseguido aparecer en la primera del Wall Street Journal por la escandalosa cantidad de dinero que generaban sus fiestas. Su lista de invitados merecía una alfombra roja. Studio 54 había descubierto una nueva forma de deseo. La obsesión por un lugar. Un lugar que convertía a sus fieles en sumos sacerdotes de algo especial.

Studio 54, 1977. Fotografía: Waring Abbot / Getty.

No lo parecía en el primer momento. En el exacto primer momento en el que todo empezó. Nikki Haskell era una autoridad en el mundo de la noche neoyorquina. Conocía a todo el que merecía la pena conocer. Bailaba con todo el mundo. No hacía nada que no se pudiera hacer con zapatos de tacón. Aquel día había quedado a cenar pronto con una pareja de amigos recién casados en Elaine’s. «Tengo una entrada para el club que inauguran hoy. ¿Por qué no vamos?». Y cruzaron la ciudad hasta la calle 54. Pero cuando llegaron, las puertas estaban cerradas. Esperaron junto a media docena de personas hasta que por fin aquello abrió. Todavía estaban terminando de ajustar las luces y sonaba la primera canción, «Devil’s Gun». El amigo de Haskell era un joven emprendedor poco conocido, pero con experiencia en expandir sus relaciones sociales en las discotecas de moda. Un joven de Queens que quería conquistar Manhattan —eso que los verdaderos patricios llamaban despectivamente bridge-and-tunnel—. No terminaba de gustarle aquel sitio todavía desangelado. Estaba acostumbrado a la efervescencia de Le Club. Pero le convencieron para que se quedara. Y se quedó. Y repitió. Y volvió. Aquel treintañero se llamaba Donald Trump.

Llegó la media noche y el local se llenó. Y había más gente esperando fuera. Cientos de personas agolpadas en la puerta. Frank Sinatra, agazapado en su coche porque no podía pasar. Warren Beatty, al que se le congeló la mueca para siempre porque no consiguió entrar. El titular del Daily News había resultado ser un reclamo excepcional. Dentro, Cher bailaba con Margaux Hemingway. Capote pedía algo de beber. Brooke Shields resplandecía como una promesa de eterna juventud. Mick Jagger y Bianca jugaban a ser el centro de atención. Junto a ellos se paseaba una modelo que después tendría algo que decir, Jerry Hall. Liza Minnelli había encontrado el final del arco iris que buscaba mamá. Halston, que no acostumbraba a trasnochar, entró aquel día en Studio 54 y parece que nunca volvió a salir.

Pero a Steve Rubell no le bastaba con las celebridades. Quería gente de verdad. Gente que llevara sobre su piel el magnetismo de la ciudad. Desde el primer día se puso en la puerta decidiendo quién podía entrar. «You’re in» eran las palabras mágicas que daban acceso a Oz. Los aspirantes se agolpaban dejando ver sus caras como en los viejos tiempos cuando los obreros alargaban sus cuellos hambrientos ante el capataz. Y con la varita mágica de su dedo, aquel rey Midas convertía en oro a cada uno de los que señalaba. La puerta del Edén estaba ahí. Y en el Edén, Steve Rubell mezclaba lo que llamaba la ensalada: los que tenían nombre y los anónimos, los que eran todo y los que aspiraban a serlo, los que sabían que eran hermosos y los que no se habían dado cuenta, los que se quedaban despiertos por la noche porque solo así podían soñar. «Nunca habría dejado entrar a Steve Rubell en mi discoteca», decía el propio Steve. Sonaba a excusa para justificar la frontera de la cinta de terciopelo rojo que había que franquear. Era el casting más exigente de Nueva York.

Si la pista era pura democracia, la entrada parecía más una dictadura. Una versión extrema de la selección natural. Andy Warhol, tan asiduo que parecía parte de la decoración, llegó a hacer una lista con los mejores trucos para pasar el corte.

  1. Ve siempre con Halston o de Halston.
  2. Llega muy pronto o muy tarde.
  3. Aparece en una limo o en un helicóptero.
  4. No uses nada de poliéster. Ni la ropa interior.
  5. No menciones mi nombre (Andy Warhol).

Warhol estaba en el grupo de los mirones. Halston también. Y otro diseñador, Calvin Klein. Se sentaban y observaban. Se emborrachaban con el frenesí de aquella Capilla Sixtina de la música disco: con sus santos laicos y sus demonios sulfurosos, con sus camareros entre arcángeles y Ganímedes y sus falsas vírgenes como odaliscas sinuosas. Observando recargaban su creatividad. Aunque había formas mucho más explícitas de saciar los apetitos. Allí todo se podía conseguir. Por supuesto había Absolut y marihuana. Y quaaludes, como caramelos, en botellas de Dom Pérignon. La metacualona era un sedante perfecto que mezclado con el alcohol disparaba el deseo y suprimía el recuerdo. La administración Reagan lo terminaría declarando ilegal, pero a finales de los setenta era el oxígeno subterráneo del 54. Cuando sonaba Village People era la hora del popper. Y cualquier momento era bueno para la coca. No hacía falta ni ir al baño. La gente se la metía, blanca y resplandeciente, bajo los reflejos de la bola que años después giraría en el Jane.

Y mil personas bailaban. Y se dejaban ver. Y se entregaban al ritual del placer. Nadie iba a desinhibirse. Se iba desinhibido ya. Se iba a sudar. A dejar el rastro que seguiría otro animal de la noche. A danzar como el que levanta testimonio de hasta dónde se puede mover. Fuera, en las calles, las mentes biempensantes lo veían como una metáfora de la depravación, del libertinaje de la era Carter. Había que acabar con aquel antro de perversión.

Studio 54, 1979. Fotografía: Allan Tannenbaum / Getty.

Costaría un poco. Del más rico al más pobre, todos querían traspasar el umbral de la percepción. Hasta la madre del presidente, Lillian Carter, pisó aquella pista. Para una cena de homenaje de UNICEF. Cuando salió no sabía cómo describirlo. «No sé si he estado en el cielo o en el infierno. Pero me lo he pasado bien».

Aquella noche un fotógrafo que trabaja para el Village Voice descubrió el verdadero secreto de Studio 54. Bill Bernstein estaba acreditado para cubrir el evento de lady Carter. Nunca había conseguido entrar. Y lo que se encontró le fascinó. «Estar en aquella sala ya producía un subidón». Cuando terminó de hacer las fotos de Lillian, comprendió que se tenía que quedar. Que la verdadera fiesta comenzaba allí. Allí donde bailaban los que nunca aparecerían en las páginas del periódico. El ejército luminoso al que amaba Steve Rubell. Salió a la puerta y compró diez carretes de película Tri-X a los paparazzi que se agolpaban sin poder pasar. Volvió y empezó a disparar. Durante las siguientes seis horas le pareció que el universo había sufrido una metamorfosis. ¿Estaba en el presente, en el pasado o en el futuro? Había algo de cabaret berlinés, de las escenas de Brassaï en Pigalle, de la Nueva York sucia de Diane Arbus. Algo incontenible que se había convertido en una forma de vivir. Cuando ya muy entrada la madrugada sonaba «Last Dance» de Donna Summer, la gente lloraba. Si había lágrimas y sudor es que el DJ había hecho bien su trabajo. Los fluidos habían corrido como tenían que correr.

Y el dinero corría de las cajas registradoras a la oficina de Steve. No tenía que haber presumido de su éxito. Pero no lo pudo evitar. «Solo la mafia hace más dinero», dijo en una entrevista. Y era verdad. Tan verdad que las autoridades dieron con el camino perfecto para acabar con la tierra prometida del libertinaje.

A las nueve y media de la noche del 14 de diciembre de 1978, los agentes federales entraron en la discoteca. Encontraron seiscientos mil dólares en bolsas de basura en el falso techo de la oficina, cocaína por valor de tres mil dólares para agasajar a los VIP en la fiesta de Navidad y suficientes quaaludes para narcotizar a toda la isla. El todopoderoso abogado Roy Cohn, amigo personal de aquel joven llamado Donald Trump, no pudo evitar que Rubell y Schrager fueran condenados a tres años y medio de cárcel. Pero antes de ir a prisión dieron su última gran fiesta. «El final de la Gomorra de nuestro tiempo». Y quizá no llegaron a comprender hasta qué punto estaban firmando el acta de defunción de una época que no iba a volver.

Steve Rubell subió a la cabina del DJ acompañado de Diana Ross. Estaba tan conmocionada y tan borracha que terminó perdiendo un zapato. Él no andaba mucho mejor. Cantó «My way» con un fedora que había sido de Sinatra. Con tanto énfasis que acabó colgado de los tobillos sobre la multitud gimoteante. Sylvester Stallone pagó la última ronda. «Estaré feliz si seguís viniendo mientras yo esté fuera», dijo Rubell para despedirse. Parecía entonces que la fiesta podía continuar. Pero no continuó.

El 3 de julio de 1981 un artículo del New York Times caía como una lápida sobre la era disco. Hablaba de un misterioso tipo de cáncer que estaba afectando cada vez a más homosexuales en San Francisco y Nueva York. Era fulminante. Ni siquiera se mencionaba un nombre para aquella enfermedad. La misma que se llevaría a Steve Rubell ocho años después. Aunque para aquel entonces, las cuatro letras de la palabra sida tenían ya su significado y su estigma, su pánico y su interminable elegía de caídos.

El mundo había cambiado. Ya nadie descubriría una brizna de purpurina en el pelo de un ejecutivo que llegaba por la mañana a la oficina. La madre de Justin Trudeau había dejado de revolotear en la pista sin ropa interior. No se había vuelto a ver al jefe de gabinete de Carter y a su secretario de prensa esnifando en el sótano de Gomorra. Donald Trump le había dicho a Oprah que ganaría unas elecciones porque él había nacido para ganar. Bianca ya no estaba con Mick. Warhol había fallecido en el lugar que más temía, un hospital. Halston moriría un año después. Reagan había dejado la Casa Blanca para que llegara Bush. Ed Koch seguía siendo alcalde de Nueva York, pero Disney había sustituido a la lujuria en Times Square. Ian Schrager abría hoteles con Philippe Starck. La gente bailaba hip hop. Y sola como un fantasma, alimentando el recuerdo de pecados pasados, la bola de Studio 54 gira obstinada en el Jane. Aunque bajo su órbita haya cambiado la frecuencia de la oscilación.

Studio 54, 1981. Fotografía: Tom Gates / Getty.


Está usted entrando en la Zona Tyson

Mike Tyson. Imagen: Brian Brizer (CC).

Hace poco, un artículo de TMZ sobre Charlie Sheen incluía las palabras «maletín lleno de cocaína», «fiesta de treinta y seis horas», «connoisseur porno», «crítica pornográfica», «sala de cine», «fumar coca sin parar», «llamar al 911» y «Maloof» . Si llega a tener además la palabra «tigre», habría sido la mejor historia en la Zona Tyson jamás contada. 

Bill Simmons.

La Zona Tyson es es un lugar mágico que escapa a la comprensión humana, un territorio cuya posición acotó el periodista deportivo Bill Simmons un día que las musas le soplaban los vientos adecuados mientras contestaba a una remesa de preguntas de sus fans. Desde entonces la Zona Tyson se ha establecido oficialmente como un emplazamiento indómito bordeado con una aduana de férreas reglas que solo permite el acceso a un tipo de personas: aquellas que están tan mal de la puta cabeza como para que absolutamente nada de lo que hagan pueda ya resultar sorprendente. Lo que Simmons había creado era una reserva donde la sociedad podía enviar a todas aquellas celebridades que con sus actos y palabras se habían pasado de largo la vida, el universo y todo lo demás sin haberse molestado en encender el intermitente para adelantar. La zona Tyson es el lugar imaginario donde habitan aquellas caras conocidas cuyas excentricidades y excesos han alcanzado niveles extraordinarios de locura. Es el lugar exacto donde Mike Tyson tiene plantada una hermosa mansión con vistas a la demencia.

FAQ

En 2004, durante una ronda de preguntas variadas, un lector llamada Brendan Quinn le lanzó a Bill Simmons, columnista de la ESPN (Entertainment and Sports Programming Network), la siguiente consulta: «Creo que Ron Artest habita en la actualidad en un lugar de aire enrarecido. Oficialmente es el tipo de persona sobre la que alguien podría decirme “¿Has oído lo de que [nombre de celebridad] ha [orinado sobre un policía/comenzado a criar unicornios/etcétera…]?” y yo no tendría ningún problema en creer que eso es verdad. Creo que cohabita ese espacio que está ocupado por Mike Tyson, Michael Jackson, Courtney Love y el último Ol’ Dirty Bastard. ¿Se te ocurren algunos otros?».

Simmons contestó a Quinn demostrando fascinación por el concepto: «Es una teoría fantástica. Creo que deberíamos llamar a eso la “Zona Tyson”». Y enumeró una lista de personajes que consideraba dignos de residir en aquel lugar, gente entre la que se encontraban: Dennis Rodman, Omarosa, R. Kelly, Najeh Davenport, Suge Knight, Flavor Flav, Brigette Nielsen, cualquier miembro de G-Unit, Andy Dick, Anna Nicole Smith, el padre de Lindsay Lohan, Margot Kidder, Tara Reid, Lil Jon, Gary Busey, Paris Hilton, Bison Dele en sus últimos años, Henry Winkler (¿?) o Liza Minelli. Al periodista aquella idea le hizo bastante gracia y se la llevó consigo a futuros shows radiofónicos y columnas deportivas donde el concepto caló bastante bien entre sus seguidores. Simmons siempre ha tenido buena mano para popularizar ocurrencias similares y es el culpable de que también se hayan extendido cosas como la Teoría Edwing, una hipótesis basada en el baloncestista Patrick Edwing donde se sentencia que un equipo con un jugador extremadamente popular comenzará a obtener mejores resultados cuando dicha superestrella esté lesionada, sancionada sin poder jugar o retirada.

Ron Artest, aquella persona que mencionaba el lector como posible candidato para anidar en la Zona Tyson, era una criatura curiosa y con suficientes méritos como para anidar en territorio Tyson. Se trataba de un jugador y entrenador profesional de baloncesto (a lo largo de su carrera ha militado en  los Chicago Bulls, Sacramento Kings, Houston Rockets, Los Angeles Lakers o New York Knicks entre otros) que en el 2004 transformó un partido entre los Indiana Pacers y los Detroit Pistons en una batalla campal. Aquella pelea gigantesca, tan importante como para tener su propia entrada en la Wikipedia, fue detonada por una falta de Artest cometida con mucha mala leche sobre Ben Wallace. Un incidente que dio pie a enfrentamientos sobre la pista entre un montón de jugadores cabreados y degeneró hasta ofrecer una imagen espantosa: la de un Artest desquiciado que junto a sus compañeros de equipo, y tras haber sido golpeado por un vaso de plástico arrojado desde el patio de butacas, trotaba por las gradas repartiendo hostias entrre la gente del público. El espectáculo terminó con la cancha invadida y el jugador volviendo al vestuario junto a sus compañeros de equipo y bajo una lluvia de palomitas, refrescos y vasos que les arrojaban los espectadores enervados.

NBA: Where BIG happens.

El resto del currículo de Artest es no menos meritorio: se presentó en un entrenamiento en bata, apareció en el programa de Jimmy Kimmel en calzoncillos y con el nombre del presentador rapado en la cabeza, se llevó por delante una cámara y un monitor después de perder un partido contra los Knicks, participó en el reality Dancing with the Stars (el Mira quién baila estadounidense) quedando en último lugar, confesó que se metía copazos de coñac Hennessy en el vestuario durante los tiempos muertos de los partidos, publicó su propio álbum de rap (con colaboraciones de gente como P. Diddy, Mike Jones o Juvenile), se presentó en una rueda de prensa gritando «¡Tengo Wheaties!» porque le habían traído una caja de cereales, aseguró que había crecido entre cucarachas y a uno de sus amigos le habían asesinado durante un partido clavándole la pata de una mesa en el pecho, dio las gracias a su psiquiatra en una entrevista tras ganar las finales de 2010, se apuntó a irse de fiesta con los fans random que se topaba por la calle (o a jugar con ellos al Monopoly en la playa), fue acusado de maltratar a sus perros, condenado por violencia doméstica y cambió legalmente su nombre por algo mucho más evocador: desde 2011 ya no se llama «Ron Artest» sino «Metta World Peace», siendo «Metta» (una palabra budista que podría traducirse como «amor») su nombre oficial y «World Peace» (paz mundial) su apellido legal.

Metta World Peace, el artista anteriormente conocido como Ron Artest. Imagen: Keith Allison (CC).

Pero las sugerencias de Bill Simmons sobre celebridades que habían penetrado en la Zona Tyson tampoco se quedaban atrás: Najeh Davenport es un jugador de la NFL que había sido condenado en su juventud por entrar en el dormitorio de una chica de la católica Barry University y cagar en su cesta de la ropa, algo que el propio Davenport negaba («¿Dónde están las pruebas? ¿Dónde están los excrementos?»). El productor musical Suge Knight casi ha disparado tantos tiros como los que ha recibido y en la actualidad está siendo juzgado por asesinato tras atropellar a un amigo suyo y darse a la fuga. El cómico Andy Dick lleva años siendo despedido de películas y programas por presentarse en el lugar pasado de alcoholes y drogas, orinando en público, prometiendo felaciones y metiendo mano a toda mujer y hombre que se encuentra por el camino (una broma recurrente entre sus conocidos es decir que su nombre le sienta como un guante, pues «A. Dick» podría traducirse como «Un imbécil»).

Flavor Fla acabó en la cárcel tras disparar a su vecino. Liza Minnelli supo conservarse muy bien a base de mantenerse sumergida en alcohol la mayor parte del tiempo posible. A Margor Kidder la encontraron en 1996 hecha unos zorros tras vivir entre arbustos durante días como consecuencia de un ataque de nervios. Gary Busey ha llegado a esnifar cocaína del lomo de su propio perro. De Tara Reid se rumorea que perdió uno de sus dientes mientras estaba de party hard pero fue capaz de localizarlo y autoimplantárselo con pegamento para continuar la fiesta. Paris Hilton tan pronto protagonizaba una sex-tape como un anuncio de hamburguesas donde lavaba un coche refrotando el culo contra la carrocería o se montaba su propio reality show para buscarse una Best friend forever.

Dennis Rodman, alias The Worm, el jugador de la NBA que llamó la atención por sus pintas (pelos de colores, piercings y tatuajes numerosos) en una época (mediados de los noventa) donde la gente era más recatada, es de esas personas que gusta de acumular excentricidades como quien colecciona cromos: ha comisariado la Liga en Lencería de Rugby (donde se organizaban eventos que incluían «chicas, fuego, jaulas y… lencería»), le ha regalado un cabezazo a un árbitro, se ha presentado vestido de novia la promoción de su autobiografía, se ha convertido en estrella de acción para protagonizar películas espantosas como Double Team (coprotagonizada junto a Jean-Claude Van Damme) o Rescate explosivo, se ha ennoviado con gente como Carmen Electra o Madonna (quien, según el propio jugador, tenía tantas ganas de un Rodman Junior como para cruzar el país en avión durante sus días fértiles en busca de embarazo), se ha declarado bisexual para casarse consigo mismo, ha tenido su propio talk show, ha estado a punto de suicidarse con un rifle y se ha roto el pene en al menos tres ocasiones distintas.

También ha hecho carrera en el otro gran deporte que los americanos aman con pasión desbocada: la lucha libre, un terreno donde se alió con sus colegas Hulk Hogan, Kevin Nash y Scott Hall para formar un dream team de luchadores chungos conocidos como New World Order. En 2012, el periódico Los Angeles Times explicaba que su casa frente al mar podía ser fácilmente confundida con una estación de policía por culpa de las continuas visitas de los agentes del orden a los fiestorros desmedidos que organizaba Rodman. Aunque la más sorprendente de sus extravagancias sería hacerse colega del líder norcoreano Kim Jong-Un, una persona con la que asegura «haber compartido karaoke y salido a cabalgar juntos». Una relación extraña que le ha llevado a visitar Corea del Norte en varias ocasiones (en viajes patrocinados por una criptomoneda para comprar cannabis) y ha propiciado momentos tan vergonzosos como aquel monumental cabreo emitido en directo en la CNN donde fue entrevistado desde el país oriental demostrando que de políticas y actualidad el jugador no entiende mucho, un episodio bastante triste por el que acabaría disculpándose y echando la culpa al alcohol. Los cercanos a Rodman aseguran que cuando alguien le recuerda que en Corea del Norte hay gulags, el jugador contesta con la lógica de un niño de cuatro años: «Yeah. Pero yo no los he visto».

Dennis Rodman en Double Team. Imagen: Columbia Pictures.

Vecinos de la Zona Tyson

Evi Quaid confesó que ella y su marido habían intentado huir a Siberia para salvar sus vidas, pero finalmente no lo habían logrado porque «no fueron capaces de descubrir cómo se llegaba hasta allí». Unas declaraciones realizadas a una periodista del Vanity Fair, Nancy Jo Sales, a través de un teléfono de prepago porque el matrimonio había dejado de utilizar móviles temerosos de que una banda misteriosa de personas rastreasen su pista. El marido en cuestión era Randy Quaid, el hermano mayor de Dennis Quaid y un actor que ha participado en más de noventa películas (entre las que figuran cosas tan variadas como El último deber, Los fantasmas de Goya, Vaya par de idiotas, Locos de amor, Independence Day, No es otra estúpida película americana o El expreso de medianoche), ha ganado un Globo de Oro y ha sido nominado al Óscar y al BAFTA. Y las personas que supuestamente les seguían la pista eran los miembros de una asociación secreta llamada The Star Whackers que se dedicaba a asesinar estrellas de Hollywood.

Una organización que, según los Quaid, habían asesinado a David Carradine y Heath Ledger y pretendían hacer lo mismo con Lindsay Lohan, Britney Spears y Mel Gibson. Desde 2009 el matrimonio Quaid ha sido perseguido por la ley tras defraudar con una tarjeta de crédito, ocupar una casa que no era suya y pasar olímpicamente de todas las citaciones al juzgado. En 2010, ambos vivían y dormían en un coche, entre montañas de comida basura y los meados de su perro. Al final consiguieron huir de los Estados Unidos para establecerse en Vancouver, Canadá, y en cada una de las entrevistas y apariciones televisivas que han perpetrado desde entonces han dado la impresión de estar más tarados. En su visita a Good Morning America, la periodista Andrea Canning llegó a preguntarles directamente si eran mentalmente inestables, esquizofrénicos o habían ido drogados al programa y si realmente no estaban fingiendo toda esa payasada.

Randy Quaid. Imagen: James Jeffrey (CC).

Lindsay Lohan convirtió las clínicas de rehabilitación en su segunda residencia y tuvo ocurrencias tan acertadas como disfrazarse de Sharon Tate el día del cumpleaños de Charles Manson y contárselo a internet. En 2007, a Britney Spears se le fue la pinza por completo, se metió en una peluquería para raparse la cabeza a sí misma y poco después atacó a los paparazzi que la perseguían con un paraguas. En 2010, Mel Gibson descubrió que alguien había filtrado en internet una colección envidiable de conversaciones telefónicas donde el actor gritaba y amenazaba a su expareja como un completo desquiciado.

Uno de los relatos más fascinantes sobre gente acostumbrada a moverse por territorios absurdos y excéntricos es una anécdota del cantante Ninja del grupo Die Antwoord, una persona que directamente parece haber nacido en la Zona Tyson. Una crónica extraordinaria sobre cómo una llamada de Paris Hilton desembocó en una invitación de Kanye West para jugar un partido en casa de Drake, una persona que odiaba a Ninja, y acaba con Kim Kardashian preparando un pudding de banana. Una maravilla delirante que Julien Jourdain de Muizon tuvo a bien animar para Vice:

La ocasión en la que Ninja de Die Antwoord jugó al baloncesto en la casa de Drake.
Incluye testículos frotándose por la cara de raperos («aunque eso nunca ocurrió»).

Charlie Sheen directamente ha decidido plantar sus propios cultivos en la Zona Tyson. El actor de Wall Street, Conspiración en la sombra o Hot Shots! lleva desde 1998 tanteando el abrazo de las sobredosis y desde 2009 con el modo turbo activado. Ha sido detenido por destrozar habitaciones y golpear a su esposa, la policía le ha quitado la custodia de sus hijos, ha convertido en una rutina las visitas al hospital por pasarse con las drogas al mismo tiempo que se ha opuesto a vacunar a sus hijos «porque eso significa envenenarlos», ha logrado que lo despidan de la serie que le había convertido en el actor mejor pagado de la televisión estadounidense (Dos hombres y medio) por ciscarse en su productor, ha dado entrevistas para declarar que es un hechicero con sangre de tigre, ha decidido dedicar su vida a amorosa a coleccionar pornstars, ha subido vídeos a internet fumando cigarrillos por la nariz, ha reconocido ser VIH positivo pero no saber cómo lo contrajo y ha declarado «Estoy cansado de tener que hacer como que no soy especial. Estoy cansado de tener que hacer como que no soy una puta rockstar de Marte».

Charlie Sheen desayunando. Imagen: Warner Bros. Television.

«¿Deberíamos rebautizar la Zona Tyson con el nombre de Sheen?», se preguntó Simmons en una ocasión. «A lo mejor esto podría funcionar como la presidencia y que nadie tuviese permitido mantener el título durante más de ocho años. Además, Tyson es una persona que llega a justificar su estancia en la zona tres veces al año, pero Sheen lo hace tres veces al mes. Y hemos visto que Tyson durante los últimos años se ha ido tranquilizando, mientras que Sheen ya no puede etiquetarse como “libertino” porque eso menospreciaría lo que está haciendo», reflexionaba el columnista antes de llegar a la conclusión de que algunas convenciones son inamovibles: «¿A quién quiero engañar? La mantendremos como la Zona Tyson. Ese tío le arrancó de un mordisco parte de la oreja a Evander Holyfield durante un combate. Si Charlie quisiera arrebatarle el título a Tyson tendría que ir a un partido de los Lakers junto a tres estrellas porno, meterle un puñetazo en los morros a Jack Nicholson, lanzar una bolsa de coca en medio de la pista y arrojarse a esnifarla mientras mira porno en su iPad».

Al César lo que es del César

Si aquella región fantástica apadrinada por Simmons ha heredado la denominación Tyson es porque existen verdaderas razones para hacerlo. Y a la hora de la verdad es imposible vencer al rey en su terreno: Mike Tyson es el boxeador que utilizaba un pene falso repleto de orina para pasar los controles antidroga, aquel que confesó haber combatido en el 2000 contra Lou Savarese «completamente fumado y encocado». La persona que le arrancó de un bocado parte de la oreja a Evander Holyfield, amenazó con comerse a los hijos de Lennox Lewis, dijo que estaba preparado para pelear contra el mismísimo Jesucristo y le dio una paliza a siete prostitutas mientras andaba relleno de vodka, morfina y cocaína. Un despojo humano que ha sido condenado por violación, ha recurrido al vudú para intentar evitar la cárcel, ha embarazado a una funcionaria de prisiones mientras cumplía condena, ha comentado que estaba «decepcionado por no haber matado a nadie en el ring» y ha admitido que había hecho «de cinco a siete» cosas más graves que violar a una persona. Alguien que tenía tigres de bengala por mascotas, intentó sobornar al empleado de un zoo para que le dejase entrar en una jaula a darle una paliza a un gorila, se tatuó media cara con un tribal, estuvo encerrado con Steve-O tres horas en un lavabo metiéndose cocaína, le rompió la nariz a ese mismo Steve-O sin ni siquiera moverse durante un numerito en homenaje a Charlie Sheen, protagonizó un programa de televisión (Taking on Tyson) de seis episodios centrados participar en una competición de carreras de palomas y apoyó a Donald Trump en su candidatura a presidente de los Estados Unidos de América.

En 2012 un usuario de Reddit preguntaba a la comunidad sobre celebridades que hubiesen hecho méritos suficientes como para entrar la Zona Tyson.

Alguien contestaba: «Donald J. Trump. Ojalá se hubiese presentado a las elecciones para presidente».


La La Land existe porque amamos el cine

La La Land, 2016. Black Label Media / Gilbert Films / Impostor Pictures / Marc Platt Productions / Summit Entertainment.

Y entonces, estallan a cantar. En color y canción, como describía Jacques Demy a Los paraguas de Cherburgo. Como en el sueño lúcido de un dramaturgo, los personajes se desplazan de la realidad y la realidad se suspende y nos la creemos. Magnolia también transcurre en Los Ángeles, pero la ciudad que dirigía Paul Thomas Anderson nos agarraba por el pescuezo y las tripas como agarraba a sus nueve protagonistas y les exprimía hasta que ya no podían resistir más culpa y desamparo y dolor. Y no tenían otra alternativa que estallar a cantar.

En Magnolia se habían olvidado de amar porque la vida se nos olvida entre rencor y cinismo, que no es más que cobardía con diploma universitario. Damien Chazelle tiene treinta y dos años y sabe que ama, sabe lo que ama y sabe que lo ama tanto que se le olvida todo lo demás. Se le olvida que Los Ángeles es una ciudad inhumana en la que pierdes todas las mañanas con el hormigón a un lado y el atasco al otro. Se le olvida que el dinero es el único motor de la realidad contemporánea y que una cuenta en bancarrota nos deja en bancarrota el alma. Se le olvida que para ganar dinero hay que producir secuelas y precuelas y spin-offs y spin-offs de los spin-offs, porque el público no quiere ver nada nuevo y, mucho menos, nada antiguo. Hasta se le olvida que los actores y actrices de hoy no son Gene Kelly ni Ginger Rogers y apenas rozan el aprobado cuando les pones a cantar y a bailar, porque, como dice Toni García Ramón en nuestra Smart 16, bailar es cosa de viejos y nosotros ya no somos niños. Se le olvida que el cine tiene que tener mensaje y que ese mensaje tiene que ser duro y áspero porque la vida es una putada y disfrutar nos convierte en seres adormecidos y alienados. A Damien Chazelle, que acaba de cumplir treinta y dos años, se le ha olvidado que la película que acaba de estrenar no debería existir.

Pero La La Land existe. Y existe porque amamos el cine.

Chazelle, director y también guionista del filme, cuenta que se mudó a Los Ángeles porque lo único que sabía hacer era cine. No sabemos si sabrá hacer otra cosa, pero sí sabemos que levantar un musical es un acto temerario, casi kamikaze y, a la vez, el hecho cinematográfico más genuino que existe. La suspensión de la incredulidad desde la situación más increíble. Algo imposible de reproducir en literatura e incluso en teatro, porque no hay coreografía capaz de mirar a los ojos a aquella que danza con una cámara Panavision entre los bailarines.

Por eso, cuando el sol se acaba de poner y comienzan a encenderse las luces de la ciudad, Mia, camarera frustrada y actriz en proceso de frustración, se quita sus agotadores tacones de fiesta y saca sus zapatos de caminar. Curiosamente, y sin justificación ninguna, esos zapatos van a juego con los zapatos de tocar el piano de Sebastian, músico obsesivo, terco y (posiblemente) equivocado. Y entonces, bailan. A dúo. A juego. No, ni Emma Stone ni Ryan Gosling están en la pantalla para enseñarnos claqué ni tampoco van a ganar un festival de la canción. Pero nos da igual. Dos personas en un parque comienzan a cantar y bailar impecablemente acompasados. Es perfecto. Es un prodigio. Apenas han transcurrido veinte minutos de metraje y nosotros decidimos que queremos volver a ver esta película.

La La Land, 2016. Black Label Media / Gilbert Films / Impostor Pictures / Marc Platt Productions / Summit Entertainment.

Queremos volver a ese CinemaScope tan íntimo que hace desaparecer el resto del mundo hasta que solo quedan las miradas y los gestos, los vaivenes y los balanceos de una actriz y un actor empapados en carisma. Verles nadar en la partitura irresistible de Justin Hurwitz mientras nuestros pies, convertidos en entes autónomos, repiquetean con la cadencia involuntaria de «A Lovely Night» o «Someone In The Crowd» como lo hicieron hace medio siglo al ritmo de «Singin’ In The Rain» o «Dans le magasin».

Pero, por mucha tipografía y vestuario cincuenteros que la envuelvan, La La Land no es un homenaje al musical clásico ni una exploración posmoderna del género. Hay un par de guiños y alguna media sonrisa cómplice a Demy, a Minnelli o a Stanley Donen, pero se construye con la audacia del verdadero jazz, el que mira desde el futuro. Crece con sus propias reglas, permitiéndose montar la cámara al hombro o atreviéndose a narrar una vida inexistente en Super 8 y sin más preparativo que los ojos asombrados de Stone. El resultado es una cinta que no pertenece al pasado ni tampoco reanima a un artefacto que creíamos olvidado: La La Land se coloca fuera de cualquier tiempo y, por tanto, solo es posible dentro de sus fronteras.

Salvo que, durante ciento veinte minutos, esas fronteras abarcan todo nuestro tiempo y todo nuestro espacio y la pantalla se transforma en un cosmos lleno de estrellas. Y nos olvidamos de lo que existe fuera de nuestra butaca y nos perdemos entre su centelleo. Las hay rutilantes y las hay leves. Números apoteósicos sobre autopistas y conversaciones solitarias junto a un piano, conciertos multitudinarios y lágrimas en el escenario de un teatro vacío. Piruetas y parpadeos. Lo más pequeño resplandeciendo escondido en el planetario del observatorio Griffith de Los Ángeles.

Entonces comprendemos —en realidad, recordamos—  que la vida es una sucesión de renuncias para alcanzar otros logros. O que hay que renunciar a los logros para llegar a las caricias. ¿O era que podemos cambiar de opinión por muy cabezones (y posiblemente equivocados) que seamos? Tal vez era que si te colocas el mando a distancia del coche en la barbilla, el cráneo sirve como antena amplificadora. Quién sabe.

A lo mejor no hay ningún mensaje. A lo mejor el único mensaje de La La Land es que quizá las películas se vean mucho mejor en casa, con una pantalla gigante de LED, OLED o AMOLED y un home cinema de sonido envolvente 5.1, porque los multicines están llenos de gente que enciende los móviles, consulta el Facebook y habla sin parar. Pero, aun así, seguimos yendo a las salas. Seguimos entregándonos a la felicidad durante dos horas. Seguimos tarareando canciones y bailando bailes. Seguimos queriendo experimentar el instante inabarcable en el que rozamos nuestra mano contra la mano de otra persona por primera vez.

Porque estamos enamorados del cine y, a veces, el cine nos corresponde.


Otras cien razones por las que vivir

101. El tercer movimiento del Septimino de Beethoven, en realidad titulado Septeto en mi bemol mayor Op. 20., y sus efectos en el humor de quien lo escucha. Lo que estamos insinuando es que debería oírlo mientras lee esta lista.

102. Este olor:

Fotografía: Rubén Díaz.

103. Los cuentos de Woody Allen.

104. El pasaje de El barón rampante en el que los niños se reconcilian, al principio del tercer capítulo, y Biaggio le lleva a Cosimo «dos higos secos, Mino, y un poco de pastel…». Habrá retratos de la ternura más ciertos, pero yo no los he leído.

105. Las estatuas de dos mil años que están buenas.

Hércules joven, una escultura romana c. 69-96 a.C. Fotografía cortesía de Dansshots.

106. La forma con la que J. R. R. Tolkien insinuó, pero nunca confirmó, que sus elfos tenían las orejas puntiagudas: en los idiomas élficos que inventó, le reservó el mismo lexema a las palabras «hoja» —«lassë» en quenya, «lhass» en sindarin— y «oreja» —«lár» en quenya, «lhewig» en sindarin.

107. Matt Harding.

108. Una gran cantidad de secuencias de Upside Down, una película de Juan Solanas. Por quedarnos con alguna, la del tango, la de cuando el protagonista se tira al mar o la de la persecución.

109. La posibilidad de que haya vida inteligente fuera de la Tierra. Si no es lo más emocionante que has oído nunca es que tienes horchata en las venas.

110. Louise Weber, La Goulue, bailarina de cancán. No la conocí, pero parecía una persona estupenda.

La Goulue en 1885. Fotografía: Louis Victor Paul Bacard / Musée d’Orsay (DP).

111. La niña del pompero. Otra persona estupenda.

Fotografía: Anónimo. Vía Know Your Meme.

112. Los gatos.

113. Las gran cantidad de personas más jóvenes que tú que son más inteligentes que tú.

114. Ser cuanto más vieja más pelleja.

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Liza Minnelli. Fotografía: Joella Marano (CC).

115. El talento de Picasso para la pintura realista y el hecho de que no le diese la gana ponerlo en práctica.

116. Rosa Parks.

117. La biografía de Rimbaud.

118. Darle la palabra al señor Nabo.

119. Dinotopia, de James Gurney.

Cortesía-de-James-Gurney.-Más-en-www.dinotopia.com.
Imagen cortesía de James Gurney.

120. Las traducciones de poesía que priman la rima sobre la literalidad. Un ejemplo.

121. Latinoamérica.

122. El duelo final entre Michelle Yeoh y Ziyi Zhang en Tigre y dragón, una película de Ang Lee.

123. Los que se atreven a cantar encima de lo inmejorable. Neil Hannon sobre Yann Tiersen o David McAlmont sobre Michael Nyman, por poner dos ejemplos.

124. La vida en un hilo, una película de 1945 escrita y dirigida por Edgar Neville.

125. Lauren Bacall.

Lauren Bacall en una imagen promocional de Cayo Largo, de 1948.

126. La voz de Steve Coogan.

127. El fan art delirante.

128. Los ballets setentones.

129. Este anuncio de L’homme de Yves Saint Laurent en 2006.

130. El milagro de P. Tinto, una película de Javier Fesser.

131. El realismo mágico.

132. Esta entrevista a Bill Murray, Matt Damon, Hugh Bonneville y Paloma Faith en The Graham Norton Show.

133. Las Oréades, un cuadro de Bouguereau.

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Las Oréades, de William Bouguereau en 1902 (DP).

134. La persona que discurrió el estilo de montaje de programas como Mujeres Ricas, ¿Quién quiere casarse con mi hijo? o Perdidos en la tribu, todos de la productora Eyeworks-Cuatro Cabezas.

135. La habilidad de David Sides de embellecer todo lo que toca. Aquí un ejemplo.

136. El 25 de septiembre de 1957, cuando Eisenhower desplegó a la 101 División Aerotransportada del Ejército de Estados Unidos contra la Guardia Nacional de Arkansas, que impedía la entrada de estudiantes negros en centros educativos para blancos.

Fotografía: US Army (DP).

137. Throne Room, de John Williams, el tema final de La guerra de las galaxias.

138. El Juego de la vida diseñado por John Conway.

139. Este color:

Fotografía: Rubén Díaz.

140. Douglas Adams, Terry Pratchett, Christopher Moore, Tom Sharpe, Neil Gaiman y en fin, todos esos.

141. Miranda Hart, Catherine Tate, Jennifer Saunders, Dawn French y las humoristas británicas en general.

142. Manolito Gafotas.

143. La certeza de que Artax en realidad no murió, porque no era de verdad.

144. Sarah Bernhardt interpretando a hombres.

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Sarah Bernhardt c. 1900. Fotografía: James Lafayette (DP).

145. Eyes Wide Shut, una película de Stanley Kubrick.

146. Este vídeo:

147. La parte de la trompeta en Old Town, de Phil Lynott.

148. El humahuaqueño, de Edmundo Zaldívar.

149. El piano ortofónico de Baranov-Rossiné, Baranov-Rossiné y toda la gente que ha querido convertir la música en color.

El prototipo del piano ortofónico de Vladimir Baranov-Rossiné. Fotografía: Philippe Migeat / Centre-Pompidou / MNAM-CCI.

150. Las onomatopeyas. Besar el aire al decir «beso», caballos al trote en «quadrupedante putrem sonitu quatit ungula campum», Don McLean inventando la música al tararear «this’ll be the day that I die».

151. Los crescendos.

152. Pertenecer a uno de los pocos órdenes zoológicos en toda la historia de la biología cuyos miembros son capaces de manipular con las extremidades sus propios genitales. A lo mejor suena a gracieta, pero no lo es.

153. Las veinte entregas de Willam’s Beatdown. Y si hubiera cincuenta, las cincuenta.

154. La mamarrachaería socialmente aplaudida.

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Salvador Dalí. Fotografía: Allan Warren (CC).

155. Melvin Udell.

156. Kristen Wiig.

157. Rubén Darío

158. Lee Miller en la bañera de Hitler.

Fotografía: David E. Scherman (DP).

159. Este flash mob.

160. El segundo soliloquio de Segismundo en La vida es sueño, de Calderón de la Barca.

161. Los últimos veinte minutos de Dogville, de Lars von Trier.

162. El forastero misterioso, una novela de Mark Twain.

163. Las sinopsis de cine de Sinopsis de cine.

164. La forma en la que está contada El atlas de las nubes, de David Mitchell. La novela, no la película.

165. John Larriva en general y este cuadro suyo en particular:

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Ian Malcolm: From Chaos. Imagen cortesía de John Larriva.

166. La sonrisa de María Pagés cuando saludaba al público al final del espectáculo de Riverdance.

167. Cualquier versión mínimamente entusiasta de Ding Dong The Witch Is Dead, la canción que celebra la muerte de la Bruja del Este en El Mago de Oz.

168. La decisión de no lanzar la bomba atómica sobre Kioto durante la II Guerra Mundial si fue, como suele decirse, para evitar la destrucción de su patrimonio histórico y artístico.

169. Grandes machos con caligrafía de niña pequeña.

Una postal de Ernest Hemingway a Gertrude Stein en 1924 (DP).

170. Los fiestones de las películas de Baz Luhrmann.

171. Ficciones, de Jorge Luis Borges.

172. El plano del búho de Blade Runner.

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Imagen: The Ladd Company / Shaw Brothers / Warner Bros.

173. Esta entrevista de Joaquín Soler Serrano a Julio Cortázar. Lo mismo podríamos decir de esta a Borges.

174. Palma Fine Books, que es una librería inglesa en Palma de Mallorca. Se puede ver en este vídeo, pero no le hace justicia.

175. Participar en un rodaje, casi en cualquier rodaje.

176. El amor entre el follaje, valga la redundancia. Quien lo probó lo sabe.

177. La entrada de la Reina de Saba en Salomón, el oratorio de Händel, tocada con un arpa.

178. The Royal Tenembaums, una película de Wes Anderson.

179. Astérix y Obélix.

180. Homer Simpson cuando era Homer Simpson.

181. Plantar batalla a las leyes más elementales de la vida.

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Joan Rivers. Fotografía: Cordon Press.

182. La versión de Voglio vederti danzare de Astrud y el Col.lectiu Brossa.

183. El final de V de Vendetta, secuencia muy emocionante a la par que la única de la historia del cine en la que Natalie Portman sobra.

184. Los hombres con perfil de moneda antigua.

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Tom Hiddleston. Fotografía: Cordon Press.

185. Las mujeres felinas.

Natalie Dormer. Fotografía: Suzi Pratt (CC).

186. Lana Wachowski.

187. Tristram Shandy: A Cock And Bull Story, una película de Michael Winterbottom.

188. El duelo entre Minerva McGonagall y Severus Snape.

189. Photoshop. Sí, Photoshop.

190. La carraca lila.

Carraca Lila (cloudzilla - CC)
Fotografía: Cloudzilla (CC).

191. Simon Pegg y Nick Frost.

192. Los mambos de Pérez Prado.

193. Shoes, una canción de Reparata, y todas sus versiones.

194. El lamento por Ícaro, de Herbert James Draper.

El lamento por Ícaro, Herbert James Draper, 1898 - Tate Britain DP
El lamento por Ícaro, de Herbert James Draper, 1898. Imagen: Tate Britain (DP).

195. Sócrates.

196. Las visiones idealizadas de la realidad. Esta misma lista contribuye a casi cualquiera de ellas.

197. Prácticamente cualquier cosa pintada por Roberto Ferri.

198. El olor de los primeros minutos de una tormenta de verano.

199. La fontanería, la luz eléctrica, la calefacción, los váteres y demás comodidades domésticas. Si no le parecen una razón para vivir, no me lo diga: ya dispone de ellas.

200. La ilusión de que el futuro será mejor.