All my lobby!

Foto: Cordon.

Entra y sale del largo y tortuoso corredor del sótano, reptando por los pasillos, arrastrando su longitud viscosa de la galería a la comisión, y al fin yace aquí estirado en toda su magnitud sobre el suelo del Congreso este reptil deslumbrante, esta enorme y escamosa serpiente del vestíbulo (lobby).

«Los dragones del lobby», febrero de 1869 en Washington Chronicle y Cartas de Olivia.

Lo vio con sus propios ojos. Vio las rodillas de los representantes de los ciudadanos aflojarse. Los principios rendirse a los instintos. Vio su mirada cegarse en el brillo del lujo. Vio sus bocas encharcadas soñando con recibir los favores del monstruo. Emily Edson Briggs, la primera mujer periodista que logró acreditación para cubrir la Casa Blanca, la primera que tuvo acceso a la zona de prensa del Congreso de los Estados Unidos, se topó con la serpiente en el vestíbulo y, lejos de asustarse, le puso nombre y apellidos en su columna del Washington Chronicle, firmada con el seudónimo de Olivia y recopilada y publicada en 1906 en el libro Cartas de Olivia. Es muy habitual encontrarse sus palabras entrecomilladas en artículos sobre lobbies, tan habitual como que, incluso en los artículos publicados por la OCDE o el Senado de Estados Unidos, no se diga que esas palabras fueron suyas o al menos de Olivia, que citen a un periodista sin nombre, a un periódico sin concretar, reforzando la teoría de que «Anónimo era mujer».

Era ella, Emilie E. Briggs, y en «Los dragones del lobby» contó muchas más cosas que esas repetidas líneas. Descorrió una de las cortinas de la política underground, enseñó el off off del show de la democracia señalando a algunos de los viscosos personajes de la industria del ferrocarril que se habían pegado a los congresistas para lograr que la legislación discurriese por las vías adecuadas a sus intereses. El dinero de la bautizada como Gilded Age por Mark Twain y Charles Dudley Warner, de la época dorada posterior a la guerra de Secesión, llovía en tal cantidad que los llamados grupos de interés corrían de un lado a otro repartiendo una pequeña parte del botín entre los políticos para que no les aguaran la fiesta con sus leyes. No falla. Cuando hay dinero hay lobby. Se hicieron los dueños de los pasillos del Congreso, que pisaban con mayor familiaridad que los congresistas más ilustres, y colaron a sus ejércitos de lobistas profesionales formados por excongresistas, periodistas sin escrúpulos y otros personajes con capacidad de influir por uno u otro motivo.

Pobres políticos. Siempre a prueba. Qué podía hacer «el pobre y viejo senador Thurman» frente a «la encantadora hija de Filadelfia que le abraza con sus seductores ojos. (…) Con su abrigo de cachemir de dos mil dólares acurrucado junto a sus hombros. Diamantes con un brillo igual al de las estrellas del cinturón de Orión adornando sus delicadas orejas mientras seda, satén, terciopelo, plumas y lazos demuestran de lo que es capaz el ferrocarril cuando sus fondos se dirigen en la dirección adecuada», se preguntó Olivia.  

Poco o nada frente a los tres magnates de la industria del ferrocarril: Jay Gould, Collis P. Huntington —al que describió como un pez diablo en busca de las debilidades de los políticos, un Alejandro, Aníbal o Napoleón que, en lugar de contra los cuerpos, dirigía sus sutiles armas «contra el honor de los hombres», decidiendo en el momento oportuno si atacaba con balas masculinas o femeninas— y Sidney Dillon, al que calificó como un demonio «sin cuernos ni rabo visibles» pero capaz de «jugar con la mente de un senador».

La debilidad de los políticos ante semejantes genios de la influencia tenía al menos una excusa, aseguró con un curioso toque de compasión el senador Robert C. Byrd en su trabajo sobre lobistas, dentro de su proyecto de recopilación de la historia del Senado de Estados Unidos llevado a cabo en los años ochenta del siglo pasado.

Byrd pide que se ponga en contexto la relación de muchos representantes del Gobierno a principios del XIX con las empresas privadas. Hay que tener en cuenta, detalla, «la realidad de vivir y trabajar en Washington» en aquella época, un embrión de capital que en nada se parecía a los centros cosmopolitas de Philadelphia o Nueva York, «por no hablar de las grandes capitales europeas. La ciudad era polvorienta y se veía afectada por la malaria en verano; húmeda y fría en invierno. Las diversiones sociales y culturales eran pocas. Muchos senadores dejaban a sus familias en casa y alquilaban habitaciones en las casas de huéspedes de los alrededores del edificio del Capitolio. Una atmósfera en la que el llamado lobby social podía prosperar y lo hizo. Clubs, burdeles y guaridas para el juego se convirtieron en los hábitats naturales de los lobistas desde el momento en que estos sitios empezaron a ser visitados por miembros del Congreso que, alejados de sus hogares, iban en busca de buena comida, bebida y compañía agradable». Qué va a hacer un político sin estos mínimos. Cómo no caer en la tela de araña.

Ya lo dijo, a principios de la década de los cincuenta del siglo XIX, uno de los lobistas a sueldo de Samuel Colt, el inventor del famoso revólver:

To reach the heart or get the vote,
the surest way is down the throat.

Y puso en práctica este principio tratando de lograr que se aprobase una extensión de la patente de Colt de siete años que acabó en una investigación por parte del Congreso en la que se descubrió que los agentes contratados por el empresario habían regalado pistolas a miembros de la Cámara y hasta, en una ocasión, al hijo de doce años de uno de ellos. La práctica estaba en línea con lo que harían las compañías de ferrocarril, regalando billetes de tren a los congresistas y más tarde acciones de las compañías.

«¿Qué será del destino de la República cuando toda la legislación nacional esté contaminada?», alertó Olivia mirando a los magnates del ferrocarril manejarse en el Congreso.

No estaba sola en su preocupación. La profesionalización de los lobistas, su multiplicación exponencial en aquellos años, trajo por la calle de la amargura incluso a los magnates a los que ella misma citaba en su artículo sobre el fenómeno del lobby. El mencionado Collis P. Huntington se quejó de los lobistas a los que contrataba, a los que llamó «robistas» y los describió como «rápidos y hambrientos» en busca de un cliente del que cobrar. La competencia y creciente número de estos especialistas del cortejo convirtió sus resultados cada vez en más inciertos. El mismo Huntington estimó en más de doscientos los lobistas contratados por su rival en el negocio, Tom Scott, para el periodo de sesiones de 1876-1877.

La temprana preocupación de Estados Unidos por las prácticas de los lobbies se tradujo en una también temprana normativa para regularlos y en sonadas comisiones para investigarlos. Ya en 1876 se creó un primer registro en el Congreso. Se ha citado la investigación a Colt y no hay que olvidar el testimonio de Sam Ward, conocido como el Rey del Lobby, ante el Congreso en 1875 en el que admitió haber sobornado a políticos. Según su biógrafo, Ward se guiaba por el principio de que «la distancia más corta entre un proyecto legislativo y el sí de un congresista pasa por su estómago».

Pero aún estaban por llegar los grandes trusts de finales del XIX y principios del XX: la Standard Oil, la American Tobacco, U.S. Steel, cuya influencia llegó a ser de tal magnitud que los periódicos hablaban del Senado como el Club de los Millonarios. Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos entre 1913 y 1921, dijo, en una rueda de prensa en el año en que accedió al poder aquello de «esta ciudad se ha convertido en un enjambre de lobistas tal que no podrías lanzar ladrillos en ninguna dirección sin darle a alguno».

En 1946, Estados Unidos aprueba la primera ley integral de transparencia de los grupos de interés, la Federal Regulation of Lobbying Act, que obligaba a registrarse a quien dedicase al menos la mitad de su jornada laboral a hacer tareas de lobby. Como era de esperar, los lobistas hicieron lobby contra la norma que los regulaba, intentando que el Tribunal Supremo declarase anticonstitucional la ley por no respetar la Primera Enmienda. No lograron su objetivo, pero sí que se restringiese notablemente el ámbito de aplicación de la norma, de modo que solo se aplicó desde entonces a quienes se comunicasen directamente con miembros de la Cámara, no con trabajadores de su plantilla u otra gente cercana a ellos, y lo hiciesen para proponer un asunto concreto sobre legislación federal.

Esas restricciones en la normativa la hicieron insuficiente y provocaron que, en 1995, bajo el mandato de Bill Clinton, se aprobase la Ley de Transparencia de los Lobbies (Lobbying Disclosure Act), que definió como lobista a quien destina al menos el veinte por ciento de su jornada laboral a ejercer tareas de lobby y por la que, desde 1996, todos los lobistas tienen que presentar semestralmente un informe a la Secretaría de la Oficina de Registros Públicos del Senado describiendo el nombre de cada cliente, los ingresos recibidos de cada uno y los asuntos específicos para los que han hecho tareas consideradas como lobísticas. Al mismo tiempo, todas las firmas con departamentos internos de lobby tienen que entregar informes similares en los que definan la cantidad total de dinero que han destinado a actividades de lobby internas y externas.

En Estados Unidos, ciudadanos y organizaciones pueden influir en el proceso político legalmente por dos vías, siempre que lo hagan de forma transparente: contribuyendo a la financiación de una campaña electoral a través de los llamados comités de acción política (PAC, por sus siglas en inglés) y llevando a cabo actividades de lobby ante los poderes ejecutivo y legislativo del Gobierno federal. «Estas actividades de lobby, aunque suponen el noventa por ciento de los gastos de los lobistas, han recibido una atención muy escasa» en los medios en comparación con los bits que hablan de la financiación de campañas políticas.

Bill Clinton. Foto: Cordon.

Un mundo a presión

«El hombre más poderoso del mundo es un empresario tabacalero homosexual, inmigrante y armado, casado con una ejecutiva de una petrolera, feminista y beneficiaria de prestaciones sociales». Esta puede ser la descripción que mejor refleje el empeño por difundir el mensaje de que todos somos o podemos ser grupos de interés, paso previo al mensaje de que la labor lobística es buena para la democracia porque sirve para complementar las capacidades y conocimientos de los políticos a la hora de legislar. Fue publicada en el blog de la OCDE en junio de 2013 en un post titulado «La serpiente del lobby» (de nuevo un monstruo escurridizo y con escamas entre los políticos), que esta vez intenta mitigar la lamentable reputación del lobismo.

De acuerdo, todo es lobby. La lucha por proteger el medio ambiente, quienes se organizan para proteger el derecho a la libertad sexual, la labor de los sindicatos de trabajadores y, por supuesto, la de las empresas que quieren ver crecer sus beneficios. Todo el mundo es libre de constituirse en grupo de interés e intentar influir en la política. El fenómeno se ha profesionalizado, estandarizado y es parte del proceso aceptado como parte de la engrasada maquinaria legislativa. Pero hay dos factores que impiden equiparar toda manifestación de este fenómeno. El primero es el dinero. Hacer lobby cuesta pasta incluso en sus formas más higiénicas. Viajar, hacer informes, contratar a expertos de calidad cuesta dinero y quien más tiene parte con una clara ventaja. La otra clave es la transparencia y es el motivo de que sea relevante empezar con la historia de Estados Unidos y su preocupación para que se haga más llamativa la pereza con que Europa se ha tomado la necesidad de regular a los lobbies.

Transparencia para qué

El nivel de transparencia de Estados Unidos, basado en exigencias de obligado cumplimiento en un mundo que, como predijo Briggs, ha llegado a normalizar y tener todos los procesos regulatorios afectados por la labor de los grupos de interés, es lo que permite analizar, aunque sea a posteriori, la influencia de los lobbies en algunos de los capítulos más oscuros de la historia.

Permite, por ejemplo, ejercicios como el trabajo de Deniz Igan, Prachi Mishra y Thierry Tressel publicado a finales de 2009 por el Fondo Monetario Internacional bajo el título Un puñado de dólares: los lobbies y la crisis financiera. Es el primer estudio que documenta cómo los lobbies pudieron contribuir a la acumulación de riesgos que llevó a la última gran crisis financiera mundial, a partir de una base de datos que combina las características de los préstamos hipotecarios de las entidades financieras con los datos sobre sus tareas de lobby para influir en leyes relacionadas precisamente con el negocio hipotecario, como las leyes de protección de los consumidores y las de titulización (reventa de hipotecas en forma de títulos compartiendo parte de la rentabilidad con el inversor, pero también del riesgo, base de la intoxicación mundial provocada por la reventa de préstamos subprime o de muy alto riesgo de impago).

De los informes que estaban obligadas a entregar periódicamente alrededor de nueve mil empresas por sus labores de lobby en el momento de realización del trabajo, seiscientos pertenecían al sector financiero, también conocido por sus siglas en inglés con el inquietante nombre de FIRE (referido a los sectores de finanzas, seguros e inmobiliario: finance, insurance and real estate).

Entre 1999 y 2006 los grupos de interés gastaron de media por legislatura en influir en la actividad política de Estados Unidos cerca de cuatro mil doscientos millones de dólares, incluidas tanto las donaciones para campañas como la actividad posterior de influencia a la que se aplica más comúnmente el nombre de lobby. Las empresas FIRE representaron el diez por ciento del total de firmas controladas en Estados Unidos y el quince por ciento del presupuesto destinado a influir en la política, demostrando que «el lobismo es más prominente en la industria financiera que en otras», dice el informe. La media de gasto por firma también lo demuestra: unos 479 500 dólares por firma en 2006, frente a los 300 273 dólares del sector de la defensa y 200 187 dólares del sector de la construcción.

A medida que la bola que estallaría provocando la crisis fue creciendo en el sector financiero, también aumentaron los gastos dedicados a influir en la política. Si los intermediarios financieros dedicados a hipotecas y titulizaciones gastaron 475 millones de dólares en tareas de lobby entre 1999 y 2006, de ellos 161 millones fueron gastados solo entre 2005 y 2006.

Las conclusiones del trabajo fueron, por una parte, que quienes hicieron un mayor esfuerzo relativo en influir en las políticas de control del riesgo y defensa de los consumidores fueron precisamente quienes siguieron unos estándares más laxos a la hora de conceder préstamos respecto al nivel de ingresos del cliente, tuvieron mayor tendencia a titulizar los préstamos, es decir, a dispersar el riesgo, y tuvieron un crecimiento más rápido de la cartera de hipotecas. A medida que el riesgo de descarrilamiento aumentaba, también lo hicieron los presupuestos que destinaron a influir en la política y, finalmente, durante los momentos clave de la crisis, como la quiebra de Lehman Brothers, estos prestamistas experimentaron comportamientos bursátiles especialmente negativos.

Todas estas conclusiones les sirven a los autores del informe para defender que «de cara a prevenir futuras crisis, se debería debilitar la influencia política de la industria financiera o monitorizar las actividades de lobby para entender mejor qué incentivos hay detrás».

¿Y la europea?

La Comisión Europea creó un fichero de registro de lobbies tan tarde como en 2008 y lo hizo de carácter voluntario. En 2011, el registro fue transferido para su gestión conjunta entre la Comisión y el Parlamento Europeo y siguió siendo voluntario. En 2016, dentro de los objetivos del presidente Jean-Claude Juncker, se sacó a consulta pública la creación de un registro obligatorio que aún no ha visto la luz. Los lobbies, más de once mil entidades inscritas en la actualidad en el registro europeo, tienen la posibilidad de contar con espacio en el Parlamento Europeo para trabajar, forman parte de ese mundo que los ha estandarizado. Entre las entidades españolas que aparecen en el registro las hay de todo tamaño y condición. Está Telefónica y la Fundación Civio, que lucha precisamente por la transparencia, está el Santander, Greenpeace y está Maldita.es, la web dedicada a combatir el fenómeno de las fake news. Las diferencias más palpables a la hora de ver con claridad cuál es su capacidad de influir están en el presupuesto destinado a tal objetivo, el número de personas acreditadas en el Parlamento para hacer labor de lobby y los nombres de algunas de esas personas.

Los presupuestos para tareas de lobby son muy relevantes. No se puede hacer la misma labor con un presupuesto de entre 10 000 y 24 999 euros anuales, que es lo que declara la Confederación Sindical de CC. OO., que con uno que oscila entre 600 000 y 699 999 euros. Si todos los bancos y fondos privados tienen una estrategia similar a la hora de perfilar la política sobre pensiones, por ejemplo, su capacidad de influencia será mucho mayor a la de los sindicatos. Más cercanas son las cifras que declara Greenpeace, 606 532 euros destinados a tareas de lobby en las instituciones comunitarias, a las de Repsol, uno de los negocios cuyos efectos combate la ONG, que declara entre 700 000 y 799 999 euros.  

El otro factor determinante es a quién tienes en tus filas a la hora de hacer lobby. Goldman Sachs, que declara un presupuesto anual de entre 1 000 000 y 1 250 000 euros para tareas de lobby, ha protagonizado recientemente uno de los casos más polémicos de puerta giratoria, fenómeno que merecería capítulo aparte al hablar de lobbies. El que fuera presidente de la Comisión Europea durante diez años, José Manuel Durão Barroso, fichado por el banco de inversión al salir del Ejecutivo comunitario, reconoció haber mantenido reuniones con el vicepresidente de la Comisión Europea, Jyrki Katainen, para tratar temas que afectan a Goldman. Los políticos parecen necesitar a los lobistas para enterarse de los detalles de las leyes hasta que dejan de tener responsabilidades políticas y pasan a ser aptos para perfilarlas a favor de intereses privados. 

Todo es lobby, pero no del mismo tipo.

José Manuel Durão Barroso y Angela Merkel, 2014. Foto: Gonçalo Silva / Cordon.


Rubén Sánchez: «Las macroempresas apuestan por el fraude, la mentira y la presión a los Gobiernos»

Rubén Sánchez para JD 0

Rubén Sánchez García (Sevilla, 1974) es periodista, licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Sevilla. Desde 1993 pertenece a FACUA, la organización de consumidores más importante a nivel nacional. Actualmente es su portavoz ejerciendo una combativa labor contra la impunidad de las grandes compañías en materias de consumo.

Es autor de Defiéndete y Timocracia, dos libros en los que pone de manifiesto las prácticas abusivas de las grandes empresas, también lo hace en El Confidencial  y cuando acude a los platós de Cuatro y La Sexta como tertuliano. Nos recibe en la sede de FACUA y charlamos con él sobre consumo, política y tecnología. Rubén es apasionado y tiene la convicción de que el activismo social vehiculado mediante asociaciones ejerce un contrapoder muy real que está cambiando las cosas en favor de la ciudadanía.

Nos comentaba Genís Roca que el próximo paradigma empresarial tras la transformación tecnológica es la transformación ética. ¿Tienes indicios de que esto se esté produciendo ya?

En el mundo empresarial en general, transformación ética… Yo creo que todo lo contrario. Hay modelos de negocio que en algunos casos funcionan por intereses puramente mercantiles y otros porque sí que se lo creen. Hay empresas que tienen un modelo y ética de trabajo por la calidad real, por la atención al cliente, por un compromiso de lo que hoy se llama responsabilidad social corporativa; pero en muchos casos en realidad es puro marketing Aunque insisto, hay empresas que sí se lo creen, es verdad, pequeñas empresas, minúsculas empresas. Las macroempresas apuestan es por el fraude, la mentira y la presión a los Gobiernos para que miren hacia otro lado. Y eso ocurre con las grandes multinacionales, tanto a macroniveles de negociación política —tenemos como ejemplo el TTIP, cómo presionar para que se regule o se desregule en favor de tus intereses— como empresas que día a día están ofertando en el mercado la puerta giratoria más lujosa para el ministro que mejor las trate, y evidentemente hay cada vez mayores fraudes en connivencia unas empresas con otras, de manera que el consumidor no tenga capacidad de elegir en el mercado. Es decir: ¿qué hago si Movistar me sube los precios fraudulentamente? ¿Me voy a Vodafone, que mañana me los vuelve a subir fraudulentamente, o me voy a Orange, que va a hacer lo mismo? Me voy a la competencia… ya no puedo porque se la han comprado entre las tres: han absorbido la pequeña competencia que había. Yo creo que ese giro ético evidentemente es algo deseable, pero desde luego en nuestro entorno socioeconómico, yo no lo veo ni de lejos.

FACUA tiene diez principios éticos. ¿Son suficientes? ¿Son operativos? ¿Forman parte de vuestra cultura organizativa?

Nosotros precisamente, como organización de defensa del consumidor, para diferenciarnos de otras organizaciones de nuestro ámbito y de otras pseudoorganizaciones que realmente no lo eran, hemos aprobado principios éticos que van mucho más allá de lo que dice la ley. Fíjate como hay empresas que aprueban códigos de autorregulación para frenar leyes que las regulen, de manera que le venden a los gobiernos: «No hace falta que regules mi actividad, porque yo tengo un código de autorregulación, que supuestamente cumplo, y si no cumplo no pasa nada porque no me pueden multar», y convencen a los gobiernos de que no avancen en las leyes de defensa del consumidor.

En nuestro caso ocurre lo contrario: estamos en la otra parte. Lo que nos planteamos es: los gobiernos no nos regulan a las asociaciones de consumidores ni nos controlan como nos deberían controlar. Aquí tendrían que hacernos una auditoría cada año, para ver cómo manejamos el dinero público, porque recibimos subvenciones públicas, igual que a los sindicatos, a los partidos políticos, etc., deberían vigilarnos con lupa. Y no es porque nos estén buscando para acabar con nosotros, es porque hay que ser éticos y parecer éticos, pero además asumir el control gubernamental de quien te está destinando una parte de los fondos que maneja, en teoría en defensa de los derechos de los ciudadanos.

A nosotros nos gustaría que nos controlaran mucho más. Nos gustaría que nos prohibieran recibir dinero de empresas. No lo tenemos prohibido. Si queremos, podemos firmar un convenio con una empresa, simular que es para una campaña de defensa del consumidor, y en realidad lo que nos están es comprando para que no hablemos mal de ella, y eso nuestro código ético lo prohíbe. En un mundo ideal, donde todos fuéramos buenos y éticos y responsables, no pasaría nada porque a nosotros Movistar nos diera un millón de euros al año para desarrollar campañas de información al consumidor. Nosotros seríamos independientes de Movistar, seguiríamos denunciando a Movistar si tocara y con el dinero de Movistar asesoraríamos a sus clientes y al conjunto de usuarios sobre qué derechos tienen cuando Movistar cometa un fraude. Pero lamentablemente no vivimos en un mundo ideal, vivimos en un mundo en el que es muy fácil comprar a la gente, y donde puede ser muy fácil comprar a las asociaciones de consumidores. Nosotros entendemos que no solamente tenemos que ser éticos, sino parecerlo y también ir un paso más allá de lo que permite la ley y plantearnos la prohibición total a recibir dinero  de empresas privadas.

No sois solo una oficina de tramitación de reclamaciones. ¿Qué es FACUA?

Precisamente lo que queremos trasladar a la gente es que somos algo muy distinto a una oficina de tramitación de reclamaciones. Nosotros no somos un despacho de abogados, aunque tenemos decenas de abogados en nuestros equipos jurídicos en toda España. No somos una oficina de atención al público, aunque tenemos oficinas de atención al público abiertas en muchos puntos del país y una oficina también a través de la atención telefónica, por internet, etc. FACUA es un movimiento ciudadano. Y de lo que se trata es de que los movimientos ciudadanos estén profesionalizados, tengan capacidad de dar servicios a los ciudadanos, de atenderlos, de resolverles los problemas, ya sea parar un desahucio, evitar que les corten la luz o que les restablezcan el servicio, o provocar que les reduzcan la cuota de un préstamo porque hay una irregularidad en él. Y para eso tenemos que contar con una estructura cada vez mayor, que cada vez cuenta con más oficinas en España, para que los consumidores vean que aquí tienen un equipo de gente solvente para solucionar problemas a nivel individual. Pero el eje de nuestro funcionamiento no es ese, nosotros luchamos por cambiar el modelo socioeconómico. Vamos a por la mayor, cuestionamos el modelo, cuestionamos la sociedad de consumo, queremos cambios en leyes, queremos cambios en formas de gobernar, y por tanto nosotros no nos dedicamos a tramitar las reclamaciones de veinte, cuarenta o cien mil consumidores al año, solamente. Esa es una faceta de nuestra actividad, y creemos que un movimiento de consumidores real en España, en Europa, tiene que plantearse cuestionar el modelo y luchar contra los grandes problemas, que van más allá de la reclamación del día a día. Ir la raíz de por qué se provocan esas reclamaciones, por qué hay tantos fraudes empresariales, por qué se tolera, y por qué las leyes y los gobiernos protegen cada vez más a las empresas, y ahí vemos de nuevo el TTIP, Ley Ómnibus, y multitud de normas europeas que son retrocesos, frente a una necesidad imperiosa de controlar un mercado que además en época de crisis ha aprovechado para atacar mucho más a la yugular del consumidor, sacándole dinero.

FACUA se está convirtiendo en un contrapoder, entonces.

Ese es nuestro objetivo, ser contrapoder, cada vez más fuerte, y que los Gobiernos asuman que somos un lobby, pero somos un lobby del lado bueno, del lado de la defensa de los intereses de la gente. En los años setenta y ochenta ese papel lo ejercían sobre todo los sindicatos. Acabábamos de salir de una dictadura, había efervescencia de movimientos sociales, y a la cabeza estaban las grandes centrales sindicales, y eso era bueno, había que defender derechos laborales, había que apostar por normas en defensa de los intereses de los trabajadores y que tuvieran ahí una capacidad de presión de cara a gobiernos, empresas, etc. Hoy están en decadencia, por desgracia. Ojalá hubiera una revitalización real de los sindicatos…

Y una modernización.

Por supuesto. Lamentablemente, aunque siguen haciendo cosas necesarias se han acomodado mucho y se han plegado algunas veces a intereses de gobiernos de turno que no hacen ninguna gracia.

Ver a Cándido Méndez recoger una medalla que le da Rajoy… Si eso a él le honra… Yo creo que esa medalla es un insulto a los derechos de los trabajadores. Igual que los sindicatos en su etapa tuvieron ese momento de ser los referentes en la defensa de la sociedad civil organizada, hoy en día son determinados modelos de movimientos ciudadanos los que están defendiendo mejor los intereses de la ciudadanía. Y tenemos que crecer cada vez más porque hoy es el mercado el que está contra nosotros, y el mercado está en las más altas esferas, moviendo títeres en los gobiernos y haciendo que tomen decisiones en defensa de sus intereses. A nivel laboral, por supuesto, para derruir todo lo construido, pero también a nivel de derechos de consumidores, regulación de normas de todo tipo: tarifas de sectores estratégicos, cláusulas contractuales, etiquetados de productos, etc.

Está claro que los sindicatos tienen que volver a recuperar la confianza de la sociedad, tienen que modernizarse, refundarse o como lo queramos llamar, pero los movimientos organizados de defensa del consumidor tenemos una obligación moral de crecer, de apostar por convertirnos en grandes referentes de la defensa de los ciudadanos en este país ante lo que está pasando, y lo que está por ocurrir todavía, después de que dentro de unos años salgamos de una crisis totalmente empobrecidos y con menos derechos a todos los niveles.

Hay ejemplos maravillosos, como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca; eso es una organización de la defensa del consumidor. Han estado luchando con un modelo de guerra, el modelo de guerrillas, en la que han logrado acaparar portadas de diarios, aperturas de informativos de radios y televisión, defendiendo intereses y provocando cambios legales —aunque todavía insuficientes— y la asunción por parte de muchos políticos de que había que priorizar la lucha contra los desahucios. Algunos lo han hecho de cara a la galería, otros lo han hecho porque se lo han creído y han asumido ese discurso incluso en el trabajo del día a día o en la creación de nuevos partidos políticos que hoy en día están teniendo especial protagonismo.

Rubén Sánchez para JD 1

En 1981 tu padre, Paco Sánchez Legrán, crea una asociación para proteger los intereses de los consumidores. ¿Cómo y por qué pone tu padre en marcha la asociación?

Fue fruto de un bendito problema legal. Mi padre ha sido uno de los muchos represaliados políticos de este país en la dictadura franquista; desde adolescente militó en el Partido Comunista, en Comisiones Obreras sufrió palizas de la policía del régimen y estuvo en la cárcel. Durante la transición asume continuar luchando por las libertades y los derechos civiles fuera del movimiento sindical y de partidos políticos y decide hacerlo desde las asociaciones de vecinos, que en los años setenta están en un momento de efervescencia. En Andalucía impulsa la creación de la primera federación a nivel autonómico y se pone al frente de la federación provincial de asociaciones de vecinos de Sevilla. Como líder del movimiento vecinal trabaja en los problemas relacionados con el agua, con el gas, con el teléfono. La gente tiene problemas de cortes de suministros, falta de calidad, cobros de tarifa de forma ilegal. Y había que luchar. Entonces se encuentra con el problema legal de que la normativa no permite el reconocimiento de las asociaciones de vecinos como asociaciones de defensa del consumidor, y se plantea crear un movimiento de consumidores. Primero fue un poco en paralelo al movimiento vecinal sevillano, pero llega un momento en el que estar liderando dos movimientos sociales a la vez le obliga a elegir, y se decanta por seguir al frente de lo que en su momento originario fue lo que se denominaba ACUS —Asociación de consumidores y usuarios de Sevilla—. Luego se funda una federación a nivel autonómico en el 83, FACUA —Federación de asociaciones de consumidores y usuarios de Andalucía— que se va expandiendo por toda Andalucía, y en el año 90 ya está presente en las ocho provincias. También trabaja para impulsar la creación de una organización a nivel estatal, que al final no fraguó como nos hubiera gustado, así que nos salimos de ella, y en el año 2003, fruto de las peticiones de muchos consumidores y también de las presiones de alguien que martilleaba continuamente a los dirigentes de FACUA con que había que expandirse continuamente fuera de Andalucía —que era yo—, que a través de eso nuevo que se llamaba internet nosotros podíamos estar en toda España, que no era tan difícil tener una central de una organización de ámbito estatal en Sevilla, que no todo tenía que estar centralizado en Madrid, y que con las nuevas tecnologías podíamos comunicarnos con los grandes medios de comunicación, mantener contactos con el poder, con los gobiernos, y cuando hubiera que desplazarse a Madrid, pues nos desplazábamos para reuniones, y también tendríamos compañeros en Madrid trabajando con nosotros. Y realmente ahí, machaconamente, presioné en el buen sentido para crear una organización de ámbito estatal, que al final se ha convertido en lo que hoy es FACUA.

El fraude de Opening os impulsó.

Sí, el fraude de las academias de inglés que cerraron dejando colgados a decenas de miles de alumnos mientras los bancos les exigían que siguiesen pagando los préstamos que financiaban los cursos. Y también un grave problema que hubo con un modelo de Peugeot, el 307, del que nos llegaron miles de reclamaciones por un fallo electrónico que ponía en peligro la seguridad. Precisamente estaban estallando casos a nivel nacional, y mientras batallábamos por la defensa de los consumidores andaluces mucha gente de otras comunidades nos pedían ayuda. Desde entonces no paramos de crecer aunque lo hacemos a un ritmo prudente, midiendo cómo lo hacemos, para evitar equivocarnos.

No habéis crecido tan rápido, por ejemplo, como Podemos.

Nosotros no nos encontramos con ese boom, por desgracia, de miles de personas queriendo crear organizaciones de consumidores de la marca FACUA en toda España. Ojalá tuviéramos esa capacidad de ilusionar a la gente. Pero sí nos encontramos con gente que son socios nuestros, hoy tenemos ciento ochenta y cinco mil. Hay un montón de gente que nos dice: «Yo quiero tener una sede de FACUA en Euskadi. Yo quiero moverme aquí sobre problemas que tenemos con las suministradoras de agua, lo que hace el Gobierno vasco, y aquí no tenemos». Y desde aquí lo intentamos, pero no dábamos abasto. Se forman equipos de gente que dicen: «Oye, yo me encargo, junto con otros compañeros, de empezar a movernos». Y hay sitios donde fraguará más o menos, pero por ejemplo, lo que hoy es FACUA Madrid, que en un momento la creamos con compañeros, amigos, activistas en la organización, hoy es ya nuestra segunda organización de consumidores más potente de todo el país. La de Sevilla es la primera, porque es la que nació en el 81, la que tiene ya treinta y cinco años, pero Madrid, que tiene una edad corta todavía, ahora mismo es la que más está creciendo en número de socios y en gente que entra a formar parte de los equipos de dirección y de colaboradores.

FACUA cuenta con más de ciento ochenta y cinco mil asociados ¿Qué se hace con el dinero que abonan?

Hay un porcentaje de familias que pagan una cuota, y hay otro porcentaje, que es mucho más alto, que son socios pero no les obligamos a pagar una cuota. Es decir, somos un movimiento de consumidores con una estructura y con gente capaz de trabajar para resolver problemas, movilizarse; nuestros periodistas, nuestros abogados, nuestros economistas, tienen que comer como todo el mundo y necesitan un sueldo a fin de mes, y la clave para esto es que la gente aporte una cuota, aunque sea una cuota reducida. Lo que ocurre es que hay mucha gente que simpatiza con FACUA, que quiere formar parte de FACUA, pero que no puede o no está dispuesta a pagar una cuota. Nosotros asumimos que tenemos un doble modelo de afiliación: el socio pleno, que nos pone 59 euros de cuota al año, y el socio adherido, que no aporta ninguna cuota aunque se implica de alguna manera en los objetivos de la organización, bien viralizando los mensajes en redes sociales, participando en encuestas o estudios, ayudándonos a destapar fraudes o trayendo socios que ayudan con cuota o se movilizan con nuestras causas. Con lo cual, bienvenidos sean todos, porque hay nuevos partidos políticos en los que la mayoría de los afiliados no pagan cuota, y ahí están, con posibilidad real de entrar en el Gobierno. Nosotros creemos que ese cambio de modelo, dejar de pensar que solo es socio el que pone cuota en una organización, era interesante, porque para nosotros el objetivo fundamental es cambiar las cosas. Y para cambiar las cosas hay que contar con gente que se vincule a ti.

Cuando entrevistamos a Francisco Polo de Change.org nos decía: «Estoy a favor de una ley para que todo el mundo sepa cuánto cobra todo el mundo en este país». Y cuando le preguntamos por el beneficio de su empresa nos dijo que era información confidencial. ¿Las cuentas de FACUA son transparentes? ¿Los socios pueden consultar cuánto ganan sus directivos?

Yo no comparto que todo el mundo tenga derecho a saber lo que cobra todo el mundo, pero si mi sueldo viene total o parcialmente de dinero público, entiendo que debería ser obligatorio que se conozca. En mi caso particular todos los años hago público cuánto he cobrado en FACUA. En 2015 fueron 29 479€.

¿Qué es OCU Ediciones S.A.? ¿Tiene FACUA alguna S.A. o S.L.?

Es otro modelo de organización de consumidores. No, no tenemos ninguna empresa. Hace años ese cambio legal que te comentaba al principio, por el cual se entienden determinadas prácticas en asociaciones de consumidores que no nos gustaría que se consintiesen. Incluye la posibilidad de que las asociaciones de consumidores pudieran crear sociedades limitadas o anónimas de carácter instrumental para determinadas actividades. Si no tiene ánimo de lucro, puede estar bien. Si tiene ánimo de lucro, a nosotros no nos gusta, porque creemos que una asociación de consumidores nunca tiene que tener afán lucrativo. No te voy a cuestionar que el modelo de OCU sea ilícito o lucrativo porque no lo conozco en profundidad, pero desde luego no es el modelo de FACUA. El modelo de OCU es más propio de una entidad cuyo eje central son sus publicaciones, que la gente se suscriba a las revistas que editan. Además hace cosas por los consumidores, cosas muy buenas, cosas útiles muchas veces, pero su modelo no coincide con el de FACUA. No somos antagónicas, no estamos enfrentadas, no somos radicalmente diferentes, pero en el fondo de la cuestión, nosotros somos un movimiento social. OCU es una organización en la que te suscribes a su revista, una oficina central en Madrid, que no se vertebra con oficinas en toda España… Creo que es un modelo respetable siempre que no haya ninguna irregularidad detrás. Aunque no me gustan sus acuerdos con empresas para ofertar precios especiales para sus socios. Son acuerdos que acaban convirtiéndose en publicidad comercial.

¿Ya no se confunden cuando buscan OCU y FACUA en Google?

No, ya no ocurre (risas). Hace años, cuando buscabas «FACUA» en Google, aparecía publicidad de «OCU». Les hicimos una llamada de atención en privado, rectificaron, pero tiempo después volvió a ocurrir y lo criticamos en público. Cometieron el error de llevarnos a los tribunales por esa crítica y, lógicamente, perdieron. Es agua pasada. Y a nivel personal tengo buena relación con algunos de los dirigentes de OCU, como Enrique García e Ileana, cuyo apellido jamás seré capaz de pronunciar.

¿Y hacéis algo juntos?

No. No hacemos nada juntos. Somos dos organizaciones que trabajan por separado. Podría estar bien hacer cosas juntos. Tenemos un gran problema en este país, y es que a diferencia del modelo sindical donde hay dos grandes centrales sindicales que son interlocutores válidos para cualquier Gobierno, en el caso de movimiento de consumidores ocurre radicalmente lo contrario. Cuando hay una gran crisis de consumo, cuando hay un macrofraude, por ejemplo el caso Volkswagen, el Gobierno sabe que como hay muchas organizaciones de consumidores, aunque solamente dos sean especialmente representativas, la estrategia es no tomar en cuenta a la organización que lidere la lucha contra ese fraude —en el caso de Volkswagen lo hemos liderado desde FACUA con más de cuarenta mil personas en nuestra plataforma de afectados—. Lo que hace el gobierno es ningunear al líder en la lucha contra ese fraude con la excusa de que hay muchas asociaciones.

En el caso Volkswagen comparece en el consejo de consumidores y usuarios delante de unas quince organizaciones, el director general de industria nos cuenta un cuento chino, yo le digo que queremos interlocución permanente, y nos dice que nosotros no somos nadie para tener interlocución con ellos. Por tanto, con eso hay que acabar. ¿Cómo acabaríamos con eso? Las que somos realmente representativas, las que tenemos socios, las que denunciamos los fraudes permanentemente cada una a nuestra manera, deberíamos asumir que a lo mejor, si hiciéramos algunas cosas juntos, destacaríamos frente a los partidos políticos y a los partidos que gobiernan, de manera que se asumiría institucionalmente que con quien tienen que hablar es con nosotros.

El ministro de industria se reunió con los dos líderes sindicales de Comisiones y UGT. Para lo que fuera, pero se reunió con ellos. Con nosotros lo único que ha hecho el exministro de industria Soria es llamarnos mentirosos. En los años en los que ha estado al frente de manera nefasta del Ministerio de Industria, lo único que ha hecho en relación con FACUA es decir en una entrevista en El Objetivo con Ana Pastor que FACUA mentía cuando contaba que las tarifas de la luz subían… Parece ser que nos estábamos inventando algo, y que él era la única persona en España al que la tarifa de la luz no le subía. Y por otro lado, lanzar en alguna ocasión un comunicado de prensa desde el Ministerio de Industria diciendo también que FACUA manipulaba datos sobre la evolución del precio de la luz. Nos llamaba manipuladores. Esa es la única relación que hemos tenido con el ministro en ese momento. A nosotros nos gustaría que el próximo Gobierno, gobierne Podemos, el PSOE, IU, el PP, Ciudadanos o el combo que se alcance tras las elecciones de junio, nos tratara con el respeto que merecemos las organizaciones o las principales organizaciones ciudadanas que hay en este país, entre las cuales creo que está FACUA.

Rubén Sánchez para JD 2

¿En que se diferencia FACUA de la OMIC?

Las OMIC simplemente son oficinas municipales. Oficinas de ayuntamiento donde se informa a los consumidores de sus derechos en unos casos de manera excelente, en otros casos de una manera lamentable porque no se han reciclado sus técnicos en muchísimos años, y te tramitan una hoja de reclamaciones de cara a trasladársela a las autoridades autonómicas del consumo. Punto y se acabó. Y no hay más nada.

¿Era Ausbanc una asociación de consumidores tal como se presentaban? ¿Hay más asociaciones de consumidores oscuras? ¿Cómo las diferenciamos de las auténticas?

El problema es eso: cómo sabes en una peli de Hitchcock o en una novela de Agatha Christie quién es el malo y quién es el bueno, quién es el asesino y quién es el héroe de la historia. Las apariencias engañan. Cuando intentas escarbar un poquito, y de manera muy superficial, te das cuenta de cosas. Y Ausbanc, hoy que hay tantos periodistas, políticos, cargos públicos en este país, que dicen que ya lo sabían, que siempre lo supieron y nunca hicieron nada, o nunca publicaron nada, o nunca tomaron medidas… La verdad es que a mí me abochorna particularmente.

Estaba claro que Ausbanc, de entrada, era un negocio. No era una asociación de consumidores. Para serlo, no tienes que tener ánimo de lucro, no tienes que dedicarte a tener publicaciones con publicidad de bancos y de otras empresas. Si haces eso, es evidente que no eres una asociación de consumidores. Y eso era algo que se veía de lejos. No había que profundizar, no había que realizar un profundísimo estudio sobre lo que era realmente Ausbanc. Y pese a eso, hay administraciones y políticos de distintos partidos que se querían creer que Ausbanc era una ONG sin ánimo de lucro, liderada por un señor que casualmente era el propietario de un gran imperio jurídico, editorial, inmobiliario, de bares, de medios de comunicación… Era extraño, ¿no? Y que la propia marca Ausbanc albergaba en revistas llamadas también Ausbanc publicidad de bancos. Eso olía tan mal, era tan nauseabundo, que lo que realmente habría que investigar son las responsabilidades de políticos y empresarios en contribuir a que Ausbanc haya sido lo que ha sido durante tantos años. Al final lo de siempre: corrupción, corruptelas o engaños de responsabilidades, amiguismo político, etc.

Es que olía demasiado mal, y está claro que Pineda era socialista donde hacía falta, era del PP donde hacía falta, y era chavista, porque en la Venezuela de Chávez consiguió ayuda del Banco de Venezuela, de un órgano de allí del Gobierno de Chávez, y allí hablaba maravillas de Chávez. De hecho, en el timeline de Pineda no se le veían precisamente insultos a Chávez. Hablaba muy bien del chavismo, extraño en un tipo que venía de la ultraderecha. Él era de lo que hiciera falta. Y si en Andalucía gobierna el PSOE, pues colocas a un tipo que es socialista, Pepe Marín, y tiene amigos y muy buenos contactos en Andalucía al frente de Ausbanc, en Sevilla, Cádiz y Huelva, y a moverte y a abrir relaciones y a reunirte con directores generales, con consejeros, etc. para que te organicen o clausuren jornadas, que te monten o patrocinen eventos, firmar convenios con Canal Sur para emitir programas cutres con publicidad encubierta de tu negocio… Como te digo: apestaba, pero parece que había muchos políticos y periodistas con problemas nasales.

Y jueces también.

Y parece que jueces y fiscales también han participado en ponencias de Ausbanc cobrando. El Consejo General del Poder Judicial lanzó un comunicado diciendo que eso es legal, que participen en eventos cobrando, y sí, efectivamente es legal, pero existe una cosa que se llama conflicto de intereses, y un juez, si recibe dinero de una empresa y a la vez tiene que juzgar algo en lo que esa empresa es denunciante o denunciado, tendría que valorar que a lo mejor hay un conflicto de intereses. Y Pineda no buscaba tantos amigos en la judicatura por amor al arte. Lo hacía porque buscaba lo que buscaba. Forma parte de la crónica negra de nuestro país y de lo fácil que es cometer un fraude y montar un chiringuito.

Fuiste uno de los objetivos de Luis Pineda de Ausbanc. ¿Por qué?

Una mezcla de cosas. Yo creo que llega un momento en el que, después de todo lo pasado, veo que Pineda quería ser Rubén Sánchez, y Pineda quería que Rubén Sánchez fuera Pineda. Ese era el objetivo.

Pineda al principio intenta amigarse conmigo y lo observo en alguna tertulia… Recuerdo a mediados de la década pasada, en Punto Radio, donde Pineda hablaba muy bien de FACUA, hablaba muy bien de mí, de que prácticamente Ausbanc y FACUA éramos las únicas organizaciones de consumidores decentes en este país y todo lo demás estaba corrompido. Y parecía que Pineda quería que yo le comprara el discurso y dijera lo mismo que él. Evidentemente no lo hice. FACUA a mediados de la década pasada estaba empezando a ser una organización de ámbito nacional…

En ese momento estábamos en plena ebullición, estábamos rompiendo el cascarón a nivel nacional, pero todavía no éramos una gran competencia para Ausbanc, porque veía que estábamos desde Andalucía creciendo, con cada vez más repercusión mediática, pero de momento era algo que no le preocupaba demasiado, pero sí podía ser un amigo que le ayudase en su lucha contra sus enemigos, su competencia, que eran otras organizaciones de consumidores. Él ve que yo no asumo ese discurso, aunque a mí hay cosas de otras organizaciones de consumidores que no me gustan y otras que sí, no voy a llegar al disparatado extremo de llamar corrupto a todo el mundo y de actuar con el mismo discurso que Luis Pineda. Entonces Luis Pineda se da cuenta de que yo no voy a seguirle ese juego, y que incluso al contrario ve como FACUA está viviendo y luego celebrando la expulsión de Ausbanc del registro de las asociaciones de consumidores en el que nunca debió de estar, porque lo colocó Aznar en el último periodo de su segunda legislatura, justo el día en que Celia Villalobos deja el  Ministerio de Sanidad y Consumo y Ana Pastor es puesta al frente. Y ve que empiezo a publicar cosas sobre Luis Pineda y hablo en Twitter de su pasado terrorista. Él me manda a través de su delegado en Málaga, Alfredo Martínez Muriel, una carta diciéndome que o le doy dinero por lo que le he hecho, o me lleva a los tribunales. Entonces, claro, no había habido ningún tipo de difamación por mi parte, había contado un hecho totalmente real de su detención al frente de la banda terrorista de ultraderecha, en el año 82. Lo cuento en el 2012, justo cuando han pasado treinta años. Ve que no me achanto, al contrario, sigo publicando cosas totalmente ciertas contrastadas sobre su oscura vida y su oscuro negocio, y entonces él empieza a elevar el tono contra nosotros, y llega al culmen cuando en el año 2014, en febrero, publico mi primer libro, que se llama Defiéndete. En él le dedico un capítulo, el número 36 —no es casualidad que utilizara el número 36, como capítulo para hablar de un exlíder de la ultraderecha— y ese capítulo tiene bastante repercusión mediática. Él se enfurece, y ya sus insultos y sus calumnias llegan al extremo de llenar varias ciudades de carteles con mi cara y el rótulo «se busca» diciendo que soy un delincuente, un corrupto. Qué pasa: que Pineda proyectaba en mí, y esto es psiquiatría se llama síndrome de proyección, y proyectaba en mí lo que presuntamente es él.

Yo era un extorsionador, era un acosador, era un delincuente, era un corrupto, era el enemigo público número uno. Según Luis Pineda me dedicaba a pedirle dinero a empresas a cambio de no denunciarlas o a retirarme de acciones judiciales a cambio de dinero de esas mismas empresas, en atacar a la competencia de las empresas que nos pagaban dinero, en engañar a los consumidores para que no denunciaran fraudes… Curiosamente esa es una de las reglas de la propaganda de Goebbels, proyectar en el enemigo lo que tú eres, y lo hemos visto mucho en el PP acusando de corruptos a otros partidos. En el caso de Ausbanc también proyectaba en FACUA y personalmente en mí, por ser su portavoz, esas cuestiones, y por otro lado había una cosa bastante divertida —valga la expresión—, decir algo tan absurdo y tan cachondo como que yo lo admiraba en secreto. Y lo divertido de esto es que Pineda quería ser un tipo famoso, quería tener mucha proyección pública, quería salir en los grandes medios de comunicación. Cuando Pineda comprueba que no solamente tengo proyección pública como portavoz de FACUA sino que Jesús Cintora me llama para ser tertuliano en Las mañanas de Cuatro, explota. Quería la inversión de papeles públicamente. Quería vender públicamente que uno éramos el otro, y ahí está; el tipo que me iba a meter en la cárcel por mi supuesta corrupción acaba entre rejas.  

Rubén Sánchez para JD 3

Decían que ibas a presentarte a la Alcaldía de Sevilla.

Rumores, divertidos rumores. Fui una de las personas, uno de los ilusos que pensó que se podía conseguir una confluencia de partidos potente en el año de las elecciones municipales Y me impliqué en la creación de la plataforma Ganemos Sevilla. Por desgracia no estábamos preparados para eso, ni de lejos. Desde la parte de Podemos no había una apuesta por participar en una candidatura donde estuviera Izquierda Unida. Sí hubo apuesta por parte de IU y a mí me pareció muy loable el papel que desempeñó apostando por esa confluencia. Los motivos originales podían ser los que fueran, pero yo les vi muy correctos, muy serios y con mucha honestidad. Desde Podemos no se contó con ese apoyo, y desde dentro de la plataforma de confluencia que creamos también había gente que veía las cosas de manera distinta, así que al final no se concretó el tema. Y no, nunca fue mi intención presentarme como candidato a la alcaldía.

Rechazaste en dos ocasiones la oferta de Pablo Iglesias de formar parte de las listas electorales de Podemos. 

Pablo me pidió dos veces que me presentara a las elecciones. Me lo pidió en las primeras europeas y me lo pidió en las primeras generales. De momento me seduce más actuar desde el contrapoder con los movimientos sociales que la política de partido, pero aún no soy tan viejo (risas), así que quizá algún día cambie de opinión, siempre que fuese compatible con mi prioridad, que es la familia, y si se tratase de un viaje de ida y vuelta. Porque eso implicaría abandonar temporalmente mis responsabilidades en FACUA, pero no se me pasa por la cabeza decir adiós para siempre al proyecto.

¿Eres pablista o errejonista?

La verdad, y te lo digo con total sinceridad, no he profundizado tanto. Más bien no he querido profundizar tanto. Prefiero llevarme bien con todo el mundo en Podemos, y también en Izquierda Unida. Posiblemente es una de las ventajas de apoyarlos desde fuera. Eso sí, me pareció un grandísimo error y muy injusta la forma de comunicar públicamente el cese de Sergio Pascual por parte de Pablo. Yo creo que ha sido el mayor error que ha cometido desde la creación de Podemos, y por muchos errores que haya cometido Pascual, que seguro que los ha cometido como los comete todo el mundo, fueron injustas esas formas.

¿Qué opinas de lo que está haciendo Ciudadanos con Juan Marín en Andalucía?

Me he reunido con Juan Marín, como secretario general de FACUA de Andalucía, y en la distancias cortas a mí no me ha caído mal. Es un tipo con el que he podido hablar, me parece un tipo afable con el que se puede mantener una conversación interesante. Las cosas que nos planteamos mutuamente lo fueron, otra cosa es a qué nivel puede acabar asumiendo los compromisos que nos traslada en el ámbito de la política de protección al consumidor. Y tampoco profundizamos mucho, porque fue la primera reunión y única que hemos tenido. Otra cosa es que Ciudadanos en Andalucía es Albert Rivera en Andalucía, mientras que hay partidos donde incluso puede haber una gran contradicción entre el papel que tiene el partido en un territorio local, autonómico, con respecto al papel a nivel nacional. Incluso se habla de que están enfrentados, tienen  un discurso distinto… Y eso ocurre con el PSOE, con Podemos, con casi todos los partidos, menos el PP, que es el partido del ordeno y mando. En el caso de Ciudadanos no veo que tenga un papel distinto en Andalucía del que pueda tener a nivel nacional. Creo que Ciudadanos es de lo que haga falta. Y si Ciudadanos se tiene que acercar al PSOE en una comunidad autónoma y al PP en otra, pues se hace y no pasa nada. Y se intenta guardar la apariencia de que ellos están para garantizar la gobernabilidad, etc.

Garantizar, la garantizan. 

Supuestamente. Pero el problema es que el papel real que aspira tener Ciudadanos no lo vamos a dilucidar hasta posiblemente después de las próximas elecciones generales. ¿Cuál es el papel que va a acabar desempeñando Ciudadanos? No sé si Albert Rivera aspira a acabar siendo el líder del PP, del nuevo Partido Popular reformado. Depende de muchas cosas. Ese pequeño Ciudadanos no es ni de lejos lo que decía ser. Pedro Sánchez le ha dado una gran proyección ayudado por ciertos medios de comunicación y sus extrañas encuestas metroscópicas. Entonces, como se está proyectando tanto a un partido que viene de la nada, que no viene de gente en la calle deseando movilizarse, es decir, es efectivamente el Podemos de derecha, la antítesis de Podemos. No son personas queriendo construir un partido para el empoderamiento de la gente. Podemos lo habrá hecho mejor o peor en el tema de dar el papel a los círculos, de asumir que quizá con ese modelo inicial no se puede montar de verdad un partido político, y sobre todo tan rápido. Pero Ciudadanos no es eso, no es gente en las calles y en las plazas reuniéndose para cambiar las cosas. Ciudadanos es un proyecto político amparado por el IBEX 35, por grandes empresas para evitar que la izquierda, lo que tradicionalmente se ha llamado izquierda, pudiera acabar gobernando sola o con el PSOE. Y detrás qué tiene: detrás tiene una serie de personas, de ideólogos, de intelectuales muy de derechas. Es un producto de marketing, igual que pueden ser productos de marketing algunos políticos. Pero el partido en sí es un producto de marketing oficiado por determinados sectores empresariales, con poca transparencia, del que mucha gente que está dentro se está saliendo o está siendo expulsada por determinados motivos, porque se encuentran con que no es lo que pensaban, o esas mismas personas tienen que ser expulsadas por determinadas irregularidades, y en Andalucía… Estamos abocados a unas elecciones anticipadas en función de lo que ocurra a nivel nacional. Aún no sabemos si Albert Rivera acabará siendo el vicepresidente de Pedro Sánchez, el líder de un PP refundado, de un PP que posiblemente se llamaría de otra manera… o un bluf, y Albert Rivera acaba convirtiéndose en Rosa Díez.

Dices que la lucha del consumidor es una lucha de clases y hay que posicionarse.

Es que el componente marxista de la lucha de clases no sé quién lo puede cuestionar, porque tú podrás considerarte, si quieres usar el término, comunista o no. Reconozco que no tengo una gran cultura política, no he leído a Engels o Marx. Solo párrafos sueltos de El Capital y el Manifiesto comunista. Pero soy el hijo de dos luchadores que tuvieron la valentía de enfrentarse a la dictadura a riesgo de que les metiesen un tiro. En mi casa se hablaba mucho de política. Y desde mi infancia me educaron en valores, me dieron muchas lecciones de honestidad y en el caso de mi padre largas charlas sobre política, que han hecho de mi buena parte de lo que soy. He profundizado más en determinadas cuestiones que me han interesado en mayor medida para la labor social que desempeño. Pero lo cierto es que hay dos clases de personas: el que oprime y el oprimido. Y nosotros, quizás a otra escala, estamos viviendo ese modelo. Hay una oligarquía, poderes fácticos, poderes económicos, y una serie de políticos que están amigados con ellos o son títeres suyos, que está oprimiendo al ciudadano, y que están robando, expoliando, cometiendo abusos o tratando al país o las comunidades como cortijos. Lo podemos llamar de muchas maneras, pero hay dos clases, evidentemente. Siempre va a haberlas, ya puedes considerarte comunista, liberal, etc., pero el concepto filosófico de la lucha de clases permanente, ocurre y ocurrirá siempre, porque creo que precisamente el comunismo es una utopía. Veo extraordinariamente difícil alcanzar una sociedad igualitaria, llámala comunista o como te dé la gana, pero una sociedad igualitaria es muy difícil, porque no somos robots, somos seres humanos, y dentro de nosotros está tanto la bondad como la malicia, y habrá siempre gente buena, gente mala o egoísta que buscará aprovecharse de los demás. Es muy difícil alcanzar una sociedad perfecta, utópica, porque los seres humanos nunca vamos a ser perfectos.

Dices que admiras a Ada Colau. ¿Crees que lo está haciendo bien como alcaldesa de Barcelona? ¿Y Carmena?

Creo que Ada Colau se topa con la cruda realidad de estar en el poder, y se encuentra con contradicciones, con problemas. Pero ya me gustaría a mí tener en Sevilla una alcaldesa como Ada Colau, y no como Juan Espadas, o Juan Ignacio Zoido, a quienes hemos sufrido extremadamente los sevillanos durante años. Tuve una cierta confianza en Espadas al principio, pero me ha demostrado que es uno más. Y las relaciones que él y la cúpula de su Gobierno tuvieron con Ausbanc han acabado de defraudarme por completo. No digo que estemos sufriendo con Espadas, pero desde luego a mí no me gusta como alcalde. Ya me gustaría tener esa alcaldesa en Sevilla, o una persona parecida a ella, aunque siempre se va a encontrar con las contradicciones del poder y con medios de comunicación intentando exagerar determinados errores o desaciertos, y evidentemente se va a encontrar con que va a cometer errores, porque no hay nadie perfecto.

¿Cuál es tu función en FACUA?

En Andalucía soy el secretario general, y a nivel nacional soy el portavoz. Hay mucha gente que cree que soy el que dirige FACUA y no es así. FACUA tiene una dirección colectiva, aquí somos muchos los que dirigimos, porque no nos gusta un modelo orgánico de «aquí manda uno y los demás plegados»; nuestro modelo es de dirección lo más colectiva posible. A nivel nacional soy el portavoz de una organización cuyo presidente es el fundador, Paco Sánchez Legrán, mi padre, que es quien fundó la organización en los años ochenta, y la secretaria general es Olga Ruiz. Por algo absolutamente lógico en nuestra organización, el día de mañana, a mí me encantaría que la presidenta de FACUA a nivel nacional fuera Olga Ruiz, aunque mi padre todavía tiene bastante carrete, pero cuando llegue el momento en el que haya que valorar quién está al frente como máximo dirigente de esta organización creo que ese papel no hay nadie en FACUA que lo pueda desempeñar mejor que Olga Ruiz, al menos a fecha de hoy. Mi papel en la organización a nivel nacional como portavoz puede trasladar la idea de que yo dirijo esto, pero yo no soy más que  uno de los dirigentes del proyecto..

Se dice que el éxito de FACUA radica en tu capacidad de comunicación. Cierta responsabilidad sí que tienes.

Cada uno hemos jugado un rol muy estudiado en la organización, fruto del ensayo-error y de ver qué papel teníamos que desempeñar cada uno. En un momento determinado se valora que yo asuma hacer las entrevistas, lo que al final significa que eres el portavoz. ¿Quién hace las entrevistas en FACUA, quién comunica mejor y más rápido? Porque si tienes que atender en un día diez entrevistas, a lo mejor es mucho más fácil que una determinada persona asuma ciertas entrevistas. A mí me eligen portavoz en un determinado momento y voy asumiendo un rol que cada vez tiene más visibilidad pública y que ayuda también a que FACUA tenga más visibilidad. Y aunque dirijo la estrategia de comunicación todo lo que hay detrás de la misma es un montón de gente trabajando, analizando, investigando, denunciado, evaluando normas y cómo tienen que mejorarse o cambiarse esas normas, el papel de los políticos, cómo denunciar fraudes, cómo se actúa ante una determinada empresa, cómo se atiende a la gente que viene a nosotros, cómo atendemos a los socios, cómo resolvemos los problemas.

Rubén Sánchez para JD 4

Nos decía el publicista Marc Ros que «la responsabilidad social corporativa es un departamento para quedar bien y tiene que morir».

La responsabilidad social corporativa queda fantástica en los anuarios de las empresas, y a mí me encanta leer el informe de responsabilidad social corporativa de Movistar. Me parece una operación de publicidad engañosa realmente magistral. Movistar, la empresa más denunciada por los consumidores, la empresa que se ha atrevido a amenazar a FACUA con llevarnos a los tribunales si mencionábamos su nombre. Ninguna empresa se había atrevido nunca a cometer tal aberración antidemocrática y contraria a la libertad de información y de expresión, decirle a una asociación de defensa del consumidor: «Si te vuelvo a escuchar o a leer la palabra Movistar, te llevo a los tribunales porque el uso de la marca Movistar solamente es atribuible a Movistar». Y ante eso dije: «Cómo nos pueden regalar esta acción de comunicación tan potente»; y FACUA lanza un comunicado en el que cuenta: «Movistar nos amenaza con llevarnos a los tribunales si hablamos de los fraudes de Movistar, o de la propia Movistar».

Sí, es una gran mentira. La responsabilidad social empresarial o corporativa está para adornar anuarios, para enviárselo a políticos, para reunirte con otros empresarios y presumir de quién la tiene más grande. Son contradicciones enormes. Es la realidad del engaño al consumidor, de la publicidad fraudulenta, de los incumplimientos de contrato, de darte de alta de un servicio que nunca has pedido, de que el servicio que contratas no tiene nada que ver con el que te ofertaron, de que cuando reclamas por un fraude incluso te amenazan, como reclames y no pagues lo que no debes te meten en un registro de morosos. A ver esos informes tan inmaculados de lo maravillosas que son las empresas. Hay muy pocas empresas conocidas —porque la panadería de mi barrio tiene al frente a un tío magnífico— que realmente puedan presumir de ser serias con los consumidores y sea verdad.

Alguna habrá, ¿no?

Hablando con Miguel Ángel Uriondo, cuando estaba escribiendo el primer libro, le decía: «Me apetece hablar bien de quien tú sabes, pero no me atrevo». Y entonces tuvimos una conversación en la que me convenció de que si no tengo miedo de que me ataquen con calumnias tipos como Luis Pineda por denunciar sus fraudes, tampoco debo tenerlo de que inventen que si hablo bien de una empresa es porque me regala algo a cambio. Para mí, el ejemplo no es una empresa, es una persona, porque sin esa persona, esa empresa sería otra cosa: Pedro Serrahima. Es el director general de Pepephone, la empresa con el nombre más cutre que te puedas echar a la cara. Pepephone. ¿A qué suena? A cutrez. Pues son muy serios.

Son gente respetuosa con el cliente, y que cometen a veces locuras honestas y éticas, como decirle a un cliente: «Anoche hubo un corte de servicio de nuestro proveedor —porque son un operador virtual— y te tenemos que devolver equis céntimos, y te lo vamos a devolver. La ley dice que solo te lo tenemos que devolver si tú nos lo reclamas, pero nosotros creemos que si todos tenéis derecho a reclamar, ¿por qué no os vamos a dar el dinero?, toma, tus treinta céntimos y treinta más que ponemos nosotros por el fallo en el servicio». Y eso, que podríamos considerar que podría ser una acción de marketing, también es una acción honesta de cara al cliente. Hace poco, a Pepephone la compra MásMóvil y pienso que si Pedro Serrahima se va de Pepephone, se acabó Pepephone como modelo de empresa que trata bien al cliente. Si Pedro Serrahima se queda en Pepephone, creo que ese tipo es tan honesto que difícilmente Pepephone cambiará para cometer las mismas irregularidades que casi todas las empresas del sector, porque este tipo no estaría a gusto ahí.

¿Crees que a Volkswagen en España le ha afectado de alguna manera el fraude de la emisiones? ¿Por qué en Estados Unidos devuelven cinco mil dólares a cada usuario y aquí no?

Para nosotros Volkswagen es el gran reto como organización de defensa del consumidor. Enfrentarnos a una multinacional que está siendo ayudada por el Gobierno español, al menos el gobierno en funciones del PP, para que no se actúe contra el fraude, para que se oculte todo lo posible sobre el fraude. Y las autoridades de protección al consumidor autonómicas tampoco están haciendo nada por defender los intereses de los afectados y multar a la multinacional. Por lo tanto tenemos una empresa que ha cometido un fraude masivo a nivel mundial y que en España tiene un Gobierno que la está ayudando. Que incluso lo primero que hace el exministro de Industria es ponerse de rodillas ante Volkswagen y decir: «Te doy más dinero público». El mismo ministerio le decía a Volkswagen: «Vamos a hacer muy pocas inspecciones a coches porque no hay dinero». «Te doy más millones de dinero público si mantienes tus inversiones previstas en España, pero para controlar tu fraude no tengo dinero. Unas pocas decenas de miles de euros no las tengo, pero sí millones para regalarte». Ese mismo ministro, de cuyo ministerio nos dicen que no van a tener interlocución con nosotros, que no tienen nada que hablar con FACUA, que hablemos con el Ministerio de Sanidad, que es el que lleva consumo, que lo que ellos le cuenten a Sanidad, ya Sanidad igual nos lo cuenta a nosotros. Que evidentemente no nos lo está contando.

Vamos contra una multinacional ayudada por un Gobierno que tendría que estar ayudando a los consumidores y haberse personado ya en la causa penal contra Volkswagen, y ni de lejos lo va a hacer. Y tenemos el reto de plantearnos qué estrategia llevamos a cabo ante un fraude complicado, porque no es un fraude que provoque accidentes, no es un fraude que tú veas, no es tangible, no es algo que a nivel económico puedas medir exactamente en cuánto te afecta, sino que es un fraude en emisiones contaminantes, que afecta al medioambiente y a la salud. Lo que pasa es que tampoco es tangible, no puedes saber si la enfermedad pulmonar que tienes tú o tu primo es concretamente por culpa de haber respirado el humo del coche Volkswagen. Es de la mezcla de muchos humos de muchos coches.

Es un tema complicado de cara al consumidor, al propio propietario de estos coches. Más allá de que a ti te han dicho que tienes que llevar el coche a una revisión a la que nosotros te recomendamos que no vayas, porque no te garantizan que no vaya a consumir más o a perder potencia, con lo cual ojo con eso, te han engañado. Esos que plantaban árboles y que eran muy buenos con el medioambiente, al final eran de los más contaminantes. Y eso éticamente es reprobable, y tú también puedes pedir daños morales, por ejemplo, o puedes plantear que han atentado contra el medioambiente y contra la salud de los ciudadanos. Hay que plantear responsabilidades penales y vamos a personarnos en la causa abierta contra Volkswagen; y también responsabilidades civiles, porque tu coche  no es el que a ti te dijeron. Que te devuelvan una parte del dinero ya que no te vendieron lo que te habían dicho o que te paguen una indemnización por la tomadura de pelo de la que has sido objeto. Esto es lo que se está haciendo en Estados Unidos, porque tienen al fiscal general en contra y porque el Gobierno estadounidense está en contra de ese fraude. Vamos a llamar a los afectados en España a sumarse con nosotros al procedimiento abierto en la Audiencia Nacional para reclamar indemnizaciones. Pero Volkswagen es una empresa multinacional. Y tenemos que utilizar una estrategia complicada, porque no solamente podemos irnos a la lucha judicial. Ahí están los afectados por Forum y Afinsa, que van a recuperar una ínfima parte del dinero.

No se puede tolerar que una empresa diga: «Mira, voy a calcular que en tribunales se me van a ir tantos miles de euros, dentro de siete años pagaré tanto de indemnización y no pasa nada. Mientras voy a ir limpiando mi imagen con una campaña publicitaria que le pide a la gente que cuente sus experiencias con Volkswagen. Como ha habido una crisis reputacional, ahora me voy a vender en positivo con la gente, vamos a vender la imagen amigable de las marcas». Pues mira, hay que luchar contra eso. No se puede permitir que Volkswagen piense que a equis años vista pagará una indemnización a los poquísimos consumidores que vayan a tribunales, y a los casi un millón de afectados, a la mayoría, que les den. ¿Cómo luchamos contra eso? Pues estamos reinventándonos. ¿Cómo ponemos en marcha una lucha en defensa del consumidor que sabemos que de cara a las instituciones —en lo que es el modelo de denuncia formal presentada a las administraciones competentes— no funciona? Tenemos que hacerlo, aunque las administraciones no reaccionen porque a los políticos que tienen al frente les da igual la protección al consumidor, o al menos en ese tema, porque a nivel judicial puede acabar funcionando, aunque es difícil, pero funcionará dentro de muchos años. Y porque no podemos consentir que una empresa que nos ha tomado el pelo, que ha atentado contra el medioambiente, que ha atentado contra nuestra salud, ahora esté vendiendo la imagen de que es una empresa fantástica. ¿Cómo luchamos? Pues hay que salir a la calle, y estamos ahora precisamente en estos días encuestando a nuestros socios preguntándoles, a los cuarenta y pico mil de la plataforma de afectados de Volkswagen: «¿Salimos a la calle? ¿Tú estás dispuesto a irte con tu coche a las puertas de un concesionario, una mañana o una tarde? ¿Empezamos a montar manifestaciones en toda España, en puntos estratégicos del país, o a las puertas de las administraciones de consumo, del Ministerio de Industria, etc.? ¿Lo hacemos?». Porque es la única forma de luchar contra el fraude y que mediáticamente también tenga una repercusión. Es un reto nuestro como organización, pero es un reto de los propios ciudadanos, que tienen que plantearse que igual que papá Estado no viene a resolverte problemas no hay una FACUA que por sí sola se mueva. FACUA es sus socios, su gente, y con esa gente es con la que tenemos que movernos. Ojalá pueda salir bien y esas movilizaciones, ahora, en los próximos meses, sean símbolo de lucha en defensa de los consumidores contra una gran multinacional que comete un fraude.

Rubén Sánchez para JD 5

Realizáis muchas acciones en el terreno de la salud, pero no contra las pseudociencias. ¿No os parece un fraude la homeopatía?

El próximo número de nuestra revista está dedicado a la homeopatía, al fraude de la homeopatía. Y sí, hemos decidido a nivel estratégico que una de las campañas de denuncia que vamos a poner en marcha este año va a ser contra el fraude de la homeopatía. Es cierto que llevamos muchos años que apenas hemos hablado de homeopatía, como de tantas cosas, porque realmente no damos abasto con la cantidad de temas que hay, y nos vamos centrando en algunos, picoteamos en algunos temas denunciando ciertos abusos y en otros nos centramos mucho. Pero sí es cierto que la homeopatía era una asignatura pendiente.

Y os habéis posicionado en contra de los transgénicos, diciendo que son perjudiciales contra la salud.

Nos hemos posicionado en contra de la opacidad en los transgénicos. Es decir, hay productos transgénicos que no son perjudiciales para la salud. Pero lo cierto es que ha habido casos contrastados de productos transgénicos que sí eran perjudiciales para la salud y se han retirado del mercado. ¿Todo lo transgénico es malo? No necesariamente. Pero la cuestión es que no se puede plantear que vale, que se hagan transgénicos de todas las formas que se quiera, sin control, que no pasa nada, como tampoco podemos tolerar las sustancias tóxicas que tienen muchos alimentos sin control. ¿Todos los salmones que hay en el mercado son perjudiciales? Obviamente no, pero hay salmones que pueden tener unos altos niveles de mercurio por determinadas circunstancias. Creo que como mínimo el consumidor debe tener el derecho de saber si un producto es transgénico. Y para eso tenemos una normativa europea muy laxa que permite que a partir de cierto porcentaje de componente transgénico te lo digan en el etiquetado en letra pequeña incluido en resto de ingredientes, pero si por ejemplo tú estás comiendo una carne que se ha alimentado con transgénicos nunca lo sabrás.

En 2014 tuviste la osadía de abrir un hilo en ForoCoches.

Me va la marcha tela (risas). Me encanta el training con los troles. Es que los troles me sirven para entrenarme en la proyección pública de entrevistas donde alguien me intente atacar o buscar las cosquillas. Y aparte que me gusta jugar. Mi mujer, Keka Sánchez, que es estratega y formadora en el mundo de las redes sociales, me mete mucha caña con eso. Porque dice que a veces me tomo las redes sociales como un videojuego. Hay un dicho en redes que es: «Don’t feed the troll», no alimentes al trol, pero es que a mí me gusta darle a los gremlins de comer después de medianoche.

¿De verdad, con lo que me ha hecho Luis Pineda, me va a preocupar que un trol con cien seguidores, o un Herman Tertsch, con ochenta mil, deteriore mi imagen pública? ¿Me va a preocupar eso? Yo sé muy bien quién soy, lo que soy, y a qué me dedico. Cometí la osadía de abrirme una cuenta de ForoCoches diciendo quién era, y me dieron hostias para parar un tren (risas). Y todavía a veces recibo en el correo mensajes de ForoCoches de gente preguntando cosas, y a veces entro y contesto mensajes privados. ForoCoches es fuente de investigación de fraudes para FACUA, se cuentan muchas cosas que usamos para decir: «Fraude, vamos a investigar, a denunciar». Pero la verdad es que meterte en ForoCoches es más heavy que Twitter.

¿Microsoft, Google o Facebook son los nuevos oligopolios? ¿Son accesibles?

A veces hemos denunciado prácticas de Twitter, como por ejemplo el cierre de cuentas de forma totalmente ilegal. No se le puede cerrar una cuenta a alguien porque haya colgado fotos de personas. «Es que esa foto era privada…».. «No, perdona, yo no he colgado una foto tuya que te he hecho en tu casa, he colgado tu avatar de Facebook». Cojo tu avatar de Facebook, que es público, lo cuelgo en Twitter, el tipo le dice a Twitter: «Oiga, ha colgado esta foto mía, que es privada». No es privada, es pública. Fíjate si es fácil encontrarla: arrastras una foto a Google Images y sabes si está en cualquier lado. Qué problema hay. Y Twitter da por bueno eso, el tío se ha inventado que era una foto privada y han cerrado cuentas a gente por eso. Una vez tuiteé un número de teléfono que estaba en un cartel de FACUA, un número de teléfono que se dedicaba a cometer fraude. Alguien me denunció diciendo que había revelado un teléfono privado. ¡Pero si era un número que se publicitaba por todos lados para cometer el fraude y captar gente! Twitter hace algo que es ilegal, lo hemos denunciado y nos encontramos con que las administraciones no actúan, pero además hay gente que dice: «Anda, denunciando a Twitter, pues bien que usas Twitter». ¿Perdona? «Anda, denunciando a Movistar, pues bien que hablas por teléfono». «Anda, denunciando una marca de alimentos, pues bien que comes». Me parece absurdo.

Hay fans de Twitter, igual que hay los locofans de Apple, que todo lo quieren de Apple y que todo es maravilloso. Pero tío, ¿a dónde estás llegando? Ser fan de una empresa. Vale, te puede molar más una empresa, una marca, un determinado tipo de producto, porque te dé calidad… pero convertirte en un fan de marcas… Fan no, fanático. Porque tú puedes ser fan de AC/DC, pero hasta el extremo de ser un fanático que diga: «No me importa que cante Axl Rose, yo soy de AC/DC y nunca los criticaré». Joder, AC/DC no es Axl Rose. Más AC/DC, desde hace treinta y pico años, es Brian Johnson. ¿Por qué no lo vas a criticar? «No, yo soy fan y nunca los criticaría». Tú lo que eres es gilipollas.

Mi amigo David Bravo es un fan absoluto de Metallica, pero los de Metallica en temas de derechos de autor son unos payasos, y David les da caña. ¿Por qué no lo iba a hacer? Lo mismo ocurre con cualquier empresa. Usas Twitter como método de comunicación, para hacer amigos, para tener proyección pública, para divertirte peleándote con los troles… ¿Por qué no vas a criticar a Twitter? Es absurdo.

¿No se tiene que hacer un pago para que un servicio sea criticable?

No. Es que ese es el gran error con el que nos intentan engañar. Yo no pago, yo soy el producto. Twitter gana dinero porque yo uso Twitter. Cuantos más seguidores tienes en Twitter, más pasta gana Twitter a tu costa, porque más gente entra en Twitter para leerte, más promueves determinadas acciones en Twitter, y a Twitter le pagan sus anunciantes. Por ejemplo en Gmail, el correo de Google: tú le cuentas a alguien que vas a ser papá, y de repente antes de que esa persona haya recibido el correo a ti te llega una publicidad de productos infantiles. Google rastrea tu correo, y en función del contenido del que hables, te aparece un tipo de publicidad. Lo hacen máquinas, pero al fin y al cabo es una intromisión en tu intimidad. Movistar pretende que cuando tú vayas por la calle, como ocurre en Minority Report, al acercarte a una tienda aparezca rápidamente en tu móvil publicidad de esa tienda o de ese tipo de producto.

Algunas veces hemos denunciado prácticas de Twitter y las contamos en Twitter, por supuesto.

¿Y Twitter hace algo?

Lo mismo que si vas contra Movistar o Vodafone. Si eres capaz de batallar con fuerza, de dar caña, de mantener sostenidamente en el tiempo algo, puedes acabar cambiando las cosas. Ejemplo: el redondeo en telefonía. Nosotros en el año 2003 dijimos: «No puedes hablar trece segundos de conversación y que te cobren un minuto entero». Te están cobrando segundos que no has consumido. Y nos decían: «Pero es que es así». ¿Cómo que es así? «Que sí, que siempre ha sido así. Que siempre han cobrado el primer minuto entero. Conceptualmente la telefonía funciona así». No, perdona: a mí me dicen que por un minuto, equis céntimos. Por un segundo, proporcionalmente, lo que toque. La unidad de medida razonable en una conversación telefónica es el segundo, entonces, ¿por qué no? 2003, 2004, 2005, 2006, 2007… nos tiramos cinco años batallando. Nos movimos en el Congreso, en el Senado, con el defensor del pueblo y las autoridades de consumo del Gobierno de todas las comunidades autónomas, en multitud de medios de comunicación… ¿Qué pasó? Que acabamos con el redondeo. Pero no es que FACUA denuncie a la Administración y la Administración lo solucione. Ni de coña. Ojalá funcionaran así los políticos que tienen que proteger a los consumidores. Fue una campaña sostenida en el tiempo contra un gran fraude, miles de millones de euros cobrados de más con redondeo. Y acabamos con él, pero no logramos que se devolviera el dinero cobrado de más a la gente. Fue una victoria a medias. Con todo, sostenemos en el tiempo determinadas campañas que estratégicamente consideramos las más interesantes.

Por ejemplo, tú me hablabas de la homeopatía: porque publiquemos en nuestras redes y un comunicado de prensa sobre el fraude homeopático no vamos a cambiar las cosas más que en alguna gente, que lo ve de otra forma, que confía en FACUA, que crea en el contenido del artículo. ¿Pero y si nos dedicamos sostenidamente en el tiempo a batallar contra la homeopatía, nosotros y veinte periodistas de distintos medios a los que les interesa, y seguimos y seguimos y seguimos? Podemos cambiar las cosas. Contra Twitter, que ahora mismo se ha convertido en red social de referencia en España por delante de Facebook, va a ocurrir lo mismo. Es la red que utilizan los programas de televisión para viralizar el hashtag. A mí me interesa mucho más actuar contra ella que contra Google Plus, que no la usa nadie, y si me dedico a batallar sostenidamente contra esa red que ahora es referente…  

¿Te imaginas que tienes treinta mil seguidores en Twitter y te cierran la cuenta porque les sale de las narices? Has invertido un montón de tiempo de tu vida, de tu proyección pública, o de tu diversión con tus amigos… para que ahora te cierren unilateralmente la cuenta, la excusa no puede ser: «Es que no pagas». Aunque pagara un euro o aunque pagaras cien mil euros. Tú ganas dinero a costa mía, que soy tu cliente. Yo entro gratis y a cambio tú, como tienes millones de clientes, captas anunciantes para que lancen el mensaje publicitario a esos usuarios que no pagamos por tener Twitter. Con lo cual, tú ganas dinero conmigo, yo soy tu producto, pero también soy tu cliente. Me cobres o no me cobres, es un servicio, y tú en un servicio no puedes decidir que si tuiteas algo que no me gusta te echo. Salvo que se llegue ya a sobrepasar determinada línea roja razonable. Es lo mismo que si Twitter decidiera que los gitanos en España no pudieran usar Twitter. Qué pasa, que tendríamos que decir: «Es que como es gratis, los gitanos no pueden». Obviamente no, ni los negros, ni los homosexuales. No te pueden cerrar una cuenta de Twitter porque va contra los principios más elementales a nivel de derecho a la comunicación, a la libertad de expresión e información. No te pueden cerrar tu Twitter, aunque sea tu Twitter personal y tengas veinte seguidores, es un medio de comunicación, y además es un medio de comunicación de masas. Aunque tengas veinte seguidores, tú puedes lanzar un tuit que lean veinte millones de personas. Con lo cual, cerrar un medio de comunicación con la excusa de que te lo ofertaban gratis es muy gordo. Tengo conocidos en redes que tenían muchísimos seguidores y que utilizaban sus cuentas apareciendo continuamente en medios de comunicación, y de repente se la cierran. Joder, imagínate que les cierran al diario El País la cuenta de Twitter, porque Twitter decidiera que no le gusta algo que ha tuiteado El País. Sería tan grave como si te lo cierran a ti o al vecino que tiene veinte seguidores.

Rubén Sánchez para JD 6

Fotografía: Manuel Gutiérrez.

Documentación: Loreto Igrexas.


La balada triste del lobista

Estatua situada en el Capitolio de Connecticut: The Genius of Connecticut, de Randolph Rogers, 1878. Fotografía: Photo Phiend (CC).
The Genius of Connecticut, de Randolph Rogers, 1878, situada en el vestíbulo del Parlamento de Connecticut. Fotografía: Photo Phiend (CC).

Era una fría mañana a principios de abril en Hartford, Connecticut, y yo no andaba de buen humor. El comité de finanzas de la Asamblea General de Connecticut (CGA – Connecticut General Assembly) estaba reunido escuchando comparecencias sobre los presupuestos del estado, y en la lotería para determinar el turno de palabra me había tocado un número irritantemente alto.

Las audiencias en los comités legislativos en Connecticut son todas más o menos iguales. Llegas por la mañana, vas a la oficina del comité, sacas un número en la lotería y calculas a ojo a qué hora te tocará testificar. Es un proceso abierto al público; cualquier persona con interés en una proposición de ley puede enviar un testimonio escrito, ir al Capitolio, y explicarles a los representantes y senadores del comité de turno por qué deben votar a favor o en contra de ella.

Por supuesto, no es tan fácil como parece. Los días de audiencia se hacen públicos en la página de la asamblea general con algo más de una semana de antelación, en un día bueno. Las propuestas legislativas a menudo son una declaración de intenciones, con el texto real apareciendo sin avisar en algún momento indeterminado. Con suerte, el autor la habrá firmado; a menudo la propuesta nace «desde el comité» sin que nadie te sepa explicar qué quieren hacer. Cada comité tiene sus reglas y peculiaridades para apuntarse, con frecuencia medio escondidas en el obtuso boletín semanal de la CGA. Las intervenciones en la audiencia están limitadas a tres minutos, más el rato que los legisladores quieran utilizar con preguntas. Normalmente tienes suerte si alguno de ellos se limita a fingir atención.

Cada año, durante cuatro o cinco semanas entre finales de febrero y principios de abril, mi vida consiste precisamente en seguir de forma obsesiva qué está sucediendo en la CGA. Cada mañana en la oficina recibimos entre cuatro y seis correos electrónicos con una lista de todas las propuestas legislativas que han aparecido en los comités que cubren cosas que nos interesan (unas treinta, repartidas entre educación, infancia, servicios sociales, universidades, trabajo, presupuestos y finanzas), uno con los cambios en el boletín y otro con actualizaciones en el calendario legislativo. Cada mañana repasamos si hay alguna ley que debemos seguir en detalle, sea para apoyarla, sea para oponernos a ella, revisar si alguna de ellas va a ser debatida, sometida a audiencia, votada, enviada a otro comité o al pleno o estudiada por la oficina presupuestaria para evaluar su coste. Y, cada mañana, las cuatro personas del departamento de políticas públicas en mi oficina nos repartimos con quién tenemos que hablar, a quién tenemos que llamar, con quién tenemos que intentar conseguir una reunión o perseguirlo por el Capitolio, o a quién podemos encontrar que nos ayude en la tarea de intentar cambiar las cosas, mientras preparamos testimonios para audiencias, intentamos movilizar a activistas, aliados, amigos y familiares para que llamen a sus legisladores, y tratamos de convencer a algún aburrido periodista de que esta ley que elimina exenciones fiscales para aumentar los ingresos del estado es una idea excelente.

Soy lobista en una ONG en Connecticut que quiere eliminar la pobreza y crear oportunidades para todas las familias del estado, y durante el periodo de sesiones no tengo demasiado tiempo libre.

En esa fría mañana de abril del año pasado, entonces, estaba yo esperando mi turno en el comité de finanzas. Connecticut tenía un déficit de cerca de mil doscientos millones de dólares en un presupuesto de apenas veinte mil millones, y el comité tenía ante sí un paquete de medidas con ochocientos millones en nuevos impuestos para cerrar el agujero. El gobernador, un demócrata notoriamente tacaño, se oponía a la legislación. Durante toda la semana habíamos estado repasando los informes de la oficina presupuestaria línea por línea y haciendo estimaciones sobre el efecto de los recortes de gasto en las familias más pobres del estado. Toda esta información la compartíamos con otros activistas y ONG, intentando traer tanta gente como fuera posible a la audiencia para que testificaran a favor de una subida de impuestos. La sala estaba llena hasta la bandera, repleta de gente; un legislador me preguntó con sorna, antes de entrar, si toda esa multitud era culpa nuestra.

—La verdad, no lo sé —le dije—. No conozco a casi nadie.

Tras la comparecencia del director de la oficina presupuestaria (y una hora de preguntas), me di cuenta rápidamente de que no, no era culpa nuestra. Al final de la agenda de propuestas a tratar en la reunión andaba H.B. 6885, un bill aparentemente inocuo que volvía a la CGA otro año más a arruinarme la vida. H.B.6885 autoriza la venta de growlers (botellas de cerveza reutilizables de medio o un litro) en bares y cervecerías del estado. Este cambio legal debilitaría el monopolio que las tiendas de licores tienen sobre la venta de bebidas alcohólicas embotelladas en Connecticut, algo que no gustaba en absoluto a sus propietarios. Aunque el efecto real de la ley, de ser aprobada, era probablemente minúsculo (¿cuánta gente va al bar a que le llenen una litrona para llevársela a casa?), la Connecticut Package Store Association (el lobby organizado de estas tiendas) había tocado a rebato, trayendo a docenas de pequeños empresarios de la venta de alcohol para hablar sobre los perniciosos efectos sobre la salud que la venta indiscriminada de growlers iba a causar en el estado. Eso, y oponerse a liberalizar los horarios comerciales en el sector, que encima de ser un monopolio no van además a dar un servicio medio decente al público, no sea que beba demasiado.

Una sesión de la Connecticut General Assembly. Fotografía cortesía de WNPR.
Una sesión de la Connecticut General Assembly. Fotografía cortesía de WNPR.

Para hacer mi día aún más deprimente, resulta que la otra NRA (la National Restaurant Association, la NRA que realmente da miedo), mediante su afiliada en Connecticut, también había lanzado a sus afiliados a hablar a favor de la ley, con decenas de propietarios de bares y restaurantes esperando su turno. El gremio estatal de cerveceros, cómo no, también estaba presente. En otras palabras: me iba a tocar tragarme varias horas de tipos hablando sobre venta minorista de cerveza en el comité en que se iba a decidir sobre una de las mayores subidas de impuestos de la historia del estado.

La vida de un lobista tiene estas cosas. Puedes trabajar durante meses reuniéndote con legisladores, activistas, jefes de departamento, economistas y expertos preparando una propuesta de ley. Al empezar el periodo de sesiones, un legislador amigo la presenta en el comité, con el texto que has escrito tú con la ayuda de una docena de expertos. Puedes movilizar a decenas de personas para que testifiquen a favor, llamen a su legislador insistiendo que sea aprobada, reunirte con medio Capitolio, conseguir que sea considerara por el comité. Entonces, cuando el agujero fiscal hace que los líderes de la cámara anden desesperados buscando dinero, cuando tu propuesta finalmente es debatida, una pequeña horda de vendedores de cerveza consigue que los legisladores escuchen a gente hablar sobre litronas alrededor de once horas y sobre impuestos doce minutos. Todo el trabajo de meses acaba siendo aplastado porque algún genio colocó una ley sobre growlers en el calendario cuando no tocaba.

El proceso para hacer que una propuesta de ley sea aprobada en Connecticut, como en casi todos los estados americanos, es largo y complicado. En la CGA la inmensa mayoría de legisladores lo son a tiempo parcial (el periodo de sesiones dura entre tres y cinco meses), y andan absolutamente atiborrados de trabajo. No tienen apenas asesores (los senadores tienen uno o dos, y cuatro o cinco representantes comparten un asistente), deben prestar atención a los votantes de su distrito, participar y votar en tres o cuatro comités, recaudar fondos para su reelección y además legislar cuando tienen tiempo libre. El trabajo de los lobistas es a menudo ayudar a que los políticos hagan lo correcto, a veces inundándoles el contestador automático de mensajes de votantes airados, a veces ayudándoles a escribir legislación.

Ese día, con la subida de impuestos, nuestro trabajo había sido a la vez tranquilizarles, diciendo que estaban haciendo lo correcto, y darles miedo, diciendo que la alternativa era mucho, mucho, mucho peor. No soy economista, pero poner cara de gravedad y decir cosas como «necesidad histórica» y «crisis fiscal eterna» se me da bien. Mis tres minutos de relativa gloria fueron ignorados por casi todos los miembros del comité (algunos se habían ido a cenar, otros estaban en otras reuniones), pero aun así recibí un par de preguntas de un legislador amigo, consiguiendo algo más de tiempo. Un senador republicano despistado me preguntó cuál era mi opinión sobre el patrón oro y el dinero fiduciario, a lo que respondí educadamente que mis opiniones se limitaban a la necesidad del estado de Connecticut de recaudar más dinero, no a lo que hiciera la reserva federal. Después de eso, me levanté y me fui.

Si algo he aprendido en este trabajo, aparte de una cantidad francamente deprimente de reglas arcanas sobre procedimiento legislativo, es que la política es extraordinariamente complicada. La variedad, profundidad y dificultad de los problemas que un legislador debe afrontar y solucionar, incluso en un estado tan pequeño, pacífico y tranquilo como Connecticut, es francamente inmensa. Incluso en temas donde uno es supuestamente un experto (si hubiera una edición de Trivial dedicada a la aplicación de la regulación federal sobre SNAP y TANF en los estados os pegaría una paliza a todos), siempre hay cosas extrañas que nadie parece saber cómo funcionan, y siempre tienes que responder preguntas rebuscadas en cuarenta y ocho horas para testificar por qué una ley es una idea espantosa.

Debido a los problemas estructurales del presupuesto de Connecticut (podéis leer sobre ello aquí y aquí, si realmente os interesa), en la oficina hemos acabado hablando sobre impuestos con fluidez. No tenemos más remedio. Como lobistas de una organización progresista, parte de nuestro trabajo es ganarnos la confianza de legisladores de izquierdas para que cuando decimos que algo es una buena idea nos crean. Los meses de reuniones, llamadas, artículos publicados y testimonios, tanto por nuestra parte como por la de otras organizaciones parecidas, debieron servir de algo, porque el comité de finanzas votó a favor de parte de la subida de impuestos que habíamos ofrecido. El texto siguió, camino del pleno.

Dada la complejidad del proceso en sí y de los temas tratados, la existencia de lobistas es casi inevitable. Mi trabajo es representar los intereses de la gente con pocos ingresos en Connecticut, uno de los lugares más desiguales de Estados Unidos. Como navegar en el sistema y entender qué demonios está haciendo es tan difícil, el Capitolio está lleno de gente como yo, cada uno representando a uno o a varios grupos de interés. La distribución de los intereses representados con lobistas no es, por supuesto, un reflejo fiel de la sociedad, sino de los grupos que están organizados dentro de esta. Lo curioso, sin embargo, es que lo que uno ve no son grandes intereses nefandos y unos pocos lobistas de ONG completamente superados, sino un mapa complejo de intereses creados, casi todos de empresas y organizaciones que dependen de dinero público o regulación para sobrevivir o para ganar dinero.

El año pasado, en los interminables debates sobre la subida de impuestos, lo que no vimos fueron ciudadanos de clase alta quejándose de que les iban a subir el impuesto sobre la renta un punto porcentual, o propietarios de viviendas quejándose de que el estado les iba a recudir un crédito fiscal en cien dólares. Lo que vimos era gente que se dedicaba a cosas como la muy regulada y protegida profesión de decorador de interiores (no preguntéis por qué, nadie lo sabe) movilizándose en masa para que no les quitaran una exención fiscal sobre sus ventas. Por supuesto, a los beneficiados por este cambio (las familias que no se verían perjudicadas por recortes en sanidad) no se les ve nunca por el Capitolio.

Es un trabajo extraño. Le dedicamos muchas horas, leemos demasiado, hablamos con cientos de personas y trabajamos muy duro para ofrecer propuestas concretas, bien diseñadas y políticamente viables que pueden mejorar la vida para la gente con pocos recursos en Connecticut. Creas estrategias, montas campañas, organizas coaliciones, reclutas activistas e intentas cambiar las cosas. De forma casi inevitable, la mayoría de tus propuestas resultan ser demasiado caras, o no agradan a un legislador clave al que el presidente del comité le debe un favor, o chocan con la agenda de alguien, o no son prioritarias para los líderes del partido, y nunca acaban por ver la luz. Algunas sirven para plantar una semilla para el año siguiente.

De vez en cuando consigues que una ley, una idea o una propuesta por la que has trabajado durante meses con tu equipo y media docena de organizaciones sea aprobada. No sucede a menudo, y casi siempre la versión final ha sido enmendada, corregida y debilitada durante el proceso, así que no es nunca exactamente lo que estabas pidiendo. Aun así, esa ley, ese cambio, hace que todo el resto valga la pena.

Sistema de voto de la Connecticut General Assembly. Fotografía: Michelle Lee (CC).
Sistema de voto de la Connecticut General Assembly. Fotografía: Michelle Lee (CC).

Acabamos el año, por cierto, con ochocientos millones de dólares en impuestos y cuatrocientos en recortes de gasto. En Connecticut uno puede comprar growlers en cervecerías. Por desgracia, los decoradores de interiores siguen sin pagar impuestos. Seguimos teniendo déficit.


Humor sin palabras y viceversa

¿Quién no ha sentido alguna vez ganas de hacer el gesto de calzarle una hostia a un mimo? Solo el gesto, eh. Para interactuar.

Probablemente hay mucha gente que no ha sentido este impulso,  soy consciente de que es una manía personal, pero me hace ilusión pensar que siendo asertiva los lectores empatizaréis con mis cosas. A los monologuistas les funciona, con un simple “¿a que sí?” obtienen la connivencia del respetable, capaz de afirmar al unísono y entre risas que siempre que van a echar mano del papel higiénico en el baño de un bar después de haber ingerido un chocolate con churros y un vaso de agua resulta que se ha acabado el rollo. Nunca hay un espectador que se levante y diga: “pues no, a mí no me ha pasado, y muy tonto hay que ser para confiar en que haya papel higiénico en un baño público. Y más a esas horas”.

Yo aspiro a contagiaros de la misma forma mi aversión por los mimos, con entusiasmo y convicción en mi discurso.

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“…pero más triste es de robar”.

El principal estigma de los mimos es su aspecto físico. El mimo es  delgado, famélico me atrevería a decir. No se ha conocido mimo gordo. Se ve que no hacen camisetas ajustadas de rayas en tallas grandes y en caso de coger kilos pasan a ser payasos. Todos sabemos que las personas gordas son más afables y felices —¿a que sí?— mientras que los delgados son mala gente que tiene montado un lobby para hacer a la gente que usa una talla grande vestirse como payasos. No contentos con la falta de fibra muscular, los mimos se regodean en su aspecto demacrado pintándose la cara de blanco y unas cruces en los ojos. ¿Es necesario profundizar en este asunto para entender que un mimo no puede traer nada bueno?

Por otra parte está su actitud. Hay dos tipos de mimos: el activo y el pasivo. El pasivo, el que solo se mueve por dinero. Reconozco que despierta cierta simpatía en mí; alguien que cobra por cambiar de postura merece todo mi respeto. Donde digo “simpatía” pienso “envidia”. El activo por el contrario es ese tipo de mimo con el que sientes la necesidad  de tener dos palabras, con la ventaja de decir tú las dos. Es ese mimo que persigue a la gente imitando sus andares, ese mimo que toca, es mimo que invade tu espacio ofreciéndote una flor. ¿No ves que me estás dejando en ridículo delante de toda esta gente? Estate ahí quieto hasta que te echen un euro.

Por último está su aptitud. ¿Lo de la pared invisible es asignatura obligatoria en mímica? ¿Para qué tocas la pared? ¿Además de mudo estás ciego? ¿Estás intentando hacer como que eres una salamandra? ¿Tú has visto a alguien acariciar el gotelé?  Solo cabe esperar que si se trata de la cuarta pared, no encuentre el hueco para atravesarla.

Sé que puedo estar siendo subjetiva, cabe esa remota posibilidad, y que tal vez me esté remitiendo a tópicos, que es bien posible que haya mimos gordos, mimos negros e incluso alguno que ponga una nota de color en su vestuario (si es rojo tendremos a Freddy Krueger ) y que además de la pared invisible la mímica ofrece un rico abanico de matices interpretativos; se me ocurre a bote pronto el gesto de la maleta pesada que, despojada de los prejuicios que me hacen pensar  que un tipo con ese aspecto no puede llevar en la maleta otra cosa que no sea un cadáver, es un alarde de expresividad. ¿A que sí?

Por poner la nota positiva señalaré que hay algo más turbador que un mimo detrás de una pared transparente, su antagónico: el charlatán delante de la pared de ladrillo. ¿A que sí?

Nota: Ningún mimo resultó herido durante la redacción de este artículo. Pero ahora ya tengo las manos libres.