Las hijas heridas de los genios

Anna y Sigmund Freud en el VI Congreso Internacional de Psicoanálisis, La Haya (1920). Fotografía: DP.

Un padre, a veces, lejos de ser un refugio, constituye una condena. La publicación hace apenas unos meses del libro de la periodista Elisabet Riera, Fresas silvestres para Miss Freud (Editorial Berenice) —un acercamiento a la última hija de Sigmund Freud, una de las más ilustres psicoanalistas infantiles—, pone el foco en la existencia atormentada de las hijas de grandes genios de los siglos XIX y XX. A la descendiente del inventor del psicoanálisis, pueden añadirse las vidas torcidas de Lucia Joyce, Erika Mann, Lieserl Einstein o Ada Lovelace. La pregunta se vuelve entonces necesaria: ¿qué les sucedió a estas mujeres frágiles, fascinadas por sus padres, para que llegaran a romperse?

Anna Freud, la fascinación por el padre

Mirándote me doy cuenta de lo viejo que soy, porque tienes exactamente la misma edad que el psicoanálisis. Los dos me habéis causado preocupaciones, pero en el fondo espero de tu parte más alegrías que de la suya.

Carta de Sigmund Freud a su hija Anna, 1920.

«Sigmund utiliza a Anna como “material de estudio” para sus teorías en La interpretación de los sueños», explica Riera. Anna llegó a la familia por accidente. Era la sexta y última hija de los Freud, la única que Martha Bernays no amamantó. La relación con su madre fue competitiva y distante: «Nunca pudo entender los gustos austeros de Anna en cuanto a cuidados, vestuario, vida social, etc. En cambio, su hija Sophie, su predilecta, cumplió todas estas expectativas, hecho que agravó las diferencias entre hermanas», sostiene la autora. Del libro se desprende que la propia Anna desarrolló el famoso complejo de Edipo que más tarde Freud convertiría en universal: «ese ardor infantil se transformó después en admiración por el trabajo del profesor, se convirtió en su discípula». La pequeña Anna fue apodada por sus familiares como «el diablo negro», pues su hiperactividad chocaba frontalmente con el prototipo de feminidad recto, pasivo y discreto que se propugnaba en la época. Un modelo que también entraba en colisión con los impulsos masturbatorios de Anna que, según su padre, perjudicaban «el normal desarrollo de la sexualidad femenina».

Ni siquiera cuando Anna comenzó a detectar su fascinación por algunas mujeres —especialmente las que su padre psicoanalizaba: Loe Kahn, Kata Levy o Lou Andreas-Salomé—, experimentó la relación paterno filial ningún signo de erosión. Anna compartió cincuenta años de su vida con Dorothy Burlingham, pero jamás aceptó su homosexualidad. Muy al contrario, «Anna llegó a dar conferencias sobre cómo “curar” a pacientes homosexuales y se opuso a que estos ejercieran el psicoanálisis», concluye Riera. Al final de los días de Sigmund, su hija no solo se convirtió en su discípula —siendo pionera del psicoanálisis infantil y disputándole teorías psicoanalíticas a su rival Melanie Klein—, sino que también se adjudicó el papel de enfermera. Era ella la que curaba las heridas del padre provocadas por una espantosa prótesis maxilar que el psicoanalista necesitaba tras su operación de cáncer de mandíbula.

Otras mujeres indomables: Lucia Joyce, Ada Lovelace, Erika Mann

La biografía de Anna Freud empuja, de algún modo, el recuerdo de otras mujeres insignes. En ese cuarteto de hijas eclipsadas por el pesado genio de sus padres destaca Ada Lovelace, hija de Lord Byron. Cuando Ada apenas contaba con un mes de vida, su padre se separó de su esposa y abandonó el país. La baronesa Anna Isabella Noel jamás perdonó a su marido. La hija, en cambio, le recordó siempre con satisfacción, autodefiniéndose como «la científica poetisa» y solicitando que enterraran su cuerpo junto al de su padre. También se le conocía como «la encantadora de los números». Casi sin saberlo, Ada configuró un complejo lenguaje de programación de carácter general que todavía hoy tiene vigencia. Firmando un trabajo junto a su colega Charles Babbage, Ada se convirtió en la primera programadora de la historia. Pese a los intentos de su madre por alejarle de cualquier asunto que pudiera asociarle a su padre, Ada Lovelace jamás renunció a su legado. La madre quiso apartarle de las letras y contrató a reputados profesores —William Frend, Mary Sommerville y Augustus De Morgan— para instruirla. Antes de que Ada cumpliera 9 años y con las matemáticas metidas en cada neurona de su cerebro, Lord Byron fallecería desangrado en Mesolongi.

Cuando sus dotes para la danza rítmica alcancen su plenitud, James Joyce tal vez sea conocido como el padre de Lucia.

The Paris Times, 1928.

Lucia Joyce danzando en el Baile Bullier, París, 1929. Fotografía: DP.

Lucia Joyce, por su parte, tuvo una existencia mucho más compleja. Alumna aventajada del bailarín Raymond Duncan y aquejada de una severa esquizofrenia agravada por un desengaño amoroso con el dramaturgo Samuel Beckett, la hija de James Joyce —autor del célebre Ulises— fue internada en numerosos sanatorios mentales. La escritura psicótica de Lucia inspiró a su padre para su obra más inabordable, Finnegan’s Wake. Los delirios de Lucia —sus insólitos ritmos verbale— sirvieron a Joyce para dar forma al personaje de Anna Livia Plurabelle, del mismo modo que los sueños de Anna Freud forzaron la escritura de Sigmund. ¿Y si no fue Nora Barnacle sino Lucia la verdadera musa del irlandés? Los monólogos alucinados, los delirios auditivos, los episodios de erotomanía, los intentos de agresiones físicas a Nora… todo formaba parte de la locura de Lucia. Una que su padre negaba constantemente y que asumía más bien como un signo de genialidad: «Lucia es un ser especial al que yo puedo entender en casi todo», confesaba el escritor en una de sus cartas. Otra de sus defensas era que los neologismos y deformaciones verbales de Lucia eran similares a sus propios escritos. Sobre todo, al Finnegan’s Wake, del que llegó a afirmar que sin la presencia de Lucia no podría haber sido escrito. Esta obra tuvo para los Joyce ciertos atributos proféticos, casi mágicos. James creía que solo si terminaba ese libro —al que con cierto estupor llamaba «el libro de la noche»—, Lucia podría salir de su particular noche, es decir, la locura.

Famosamente triste es la anécdota que Joyce relató en alguna ocasión: ante la desesperación de la familia que vivía en Zurich, James acudió al famoso psicoanalista Carl Jung —colaborador de Sigmund Freud— que había escrito un texto muy interesante a propósito de Ulises. Aprovechando la cercanía, Joyce le explicó que su hija era realmente una mente brillante y no una desquiciada. Le enseñó sus propios textos asemejándolos a los de Lucia y fue entonces cuando Jung pronunció su famoso diagnóstico: «Sí, pero donde usted nada, ella se ahoga».

Erika Mann, hija de Thomas Mann —autor de La montaña mágica—, mantiene algunas semejanzas con sus homólogas: fue escritora, actriz, cabaretera; sentía devoción por su padre; tuvo relaciones homosexuales con la directora Therese Giehse y rechazó a la filósofa, arqueóloga y escritora Annemarie Schwarzenbach. Ella, junto a la propia Erika y Klaus Mann, formaron el peculiar triángulo que la escritora Melania G. Mazzucco recoge en Ella, tan amada. Finalmente, contrajo matrimonio de conveniencia con el poeta homosexual W.H. Auden, del que fue gran amiga el resto de su vida.

La hija que no fue: Lieserl Einstein

Quizás la más misteriosa de todas ella sea Lieserl Einstein. La primera hija del físico alemán nació fuera del matrimonio con Mileva Maric. Unos años antes de convertirse en el célebre padre de la teoría de la relatividad, Albert Einstein renunció a su paternidad biológica. Un día de enero de 1902 Mileva concibió a una niña llamada Lieserl en la granja serbia de los Maric. Después del parto, Mileva volvió a Zúrich sin hija. Poco se sabe del paradero de la triste Lieserl. El matrimonio apenas volvió a referirse a ella. Algunos estudios aseveran que murió por una escarlatina, otros afirman que fue dada en adopción. Se presume que el físico jamás la conoció. En el año 1999 se publicó un perturbador libro firmado por Michele ZackheimEinstein’s daughter— en el que se afirmaba que realmente la pequeña nació con algún defecto congénito cuyas devastadoras consecuencias, le provocaron la muerte. En cualquier caso, el atroz secreto de Einstein salió a la luz en 1987 en una publicación de Princenton University Press, cuando ni él ni su mujer podían señalar ya el verdadero destino de su hija.

Así era el inconmensurable genio de estos padres que hicieron tambalear el talento de sus hijas.

El hijo herido de Sylvia Plath

Me encanta Woolf […] Pero en el verano negro de 1953 yo sentí que estaba replicando su suicidio. Solo que yo sería incapaz de meterme en un río y ahogarme. Supongo que siempre seré excesivamente vulnerable y algo paranoica. Pero también soy condenadamente sana y resistente. Y tengo la sangre dulce como una tarta de manzana. Diarios. Lunes por la tarde, 25 de febrero de 1957.

El reverso de estas mujeres puede encontrarse en la figura de Nicholas Hughes, hijo de la poeta Sylvia Plath y del escritor Ted Hughes. Nicholas fue un extraordinario biólogo marino que apenas pudo gozar del amor de su madre. Si la autora de La campana de cristal se había suicidado el 11 de febrero de 1963, su vástago lo hizo cuarenta y seis años después con una soga que le ciñó el cuello hasta dejarlo sin vida. Siguiendo este perturbador legado materno, Nicholas —pero también su hermana Frieda— vivieron siempre al borde del abismo, surcados por la depresión, la locura y el desconsuelo. Un estigma que podía desvelarse en estos versos premonitorios de su madre, estampados en el poema Lady Lazarus: «Morir / Es un arte, como todo lo demás, / Yo lo hago excepcionalmente bien / Lo hago de tal manera que parece infernal / Lo hago de tal manera que parece real».


Nietzsche enamorado

Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzsche
Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzsche.

¿A quién quisieron los grandes pensadores de la historia?¿Cómo influyó la experiencia sentimental en sus teorías metafísicas? Los filósofos y el amor, de Manuel Cruz, revela las dudas sentimentales de personajes como Platón, Spinoza, Heidegger, Arendt, Nietzsche, Foucault… ¿En qué ha cambiado nuestra forma de enamorarnos? ¿Es el amor castigo, salvación o ninguna de las dos?

El encuentro entre Friedrich Nietzsche y la “encantadora joven rusa”, Lou Andreas-Salomé, se produjo en un lugar insólito: el Vaticano. Era 1882. Abril. Un conocido, Paul Rée, con el que el filósofo alemán había pasado el verano anterior, le habló de un confesionario lateral en la basílica de San Pedro. Desde allí pretendía demostrar (al menos así lo dijo) la no existencia de Dios. El impulsivo Rée se escondía horas y horas tras la celosía y, en ocasiones, debatía inquietudes metafísicas con una amante, Lou, que apenas tenía 20 años. Nietzsche, autor, entre muchos, de Así habló Zaratrusta, ya rozaba los 40. Un día se presentó en Roma sin avisar. “Su entrada en escena no pudo ser más teatral”, cuenta el escritor Manuel Cruz en su libro Amo, luego existo. Los filósofos y el amor (Espasa, 2010; Austral, 2012). Completamente impresionado por la chica, que le mira entusiasmada, Nietzsche “se dirige a Lou, le tiende la mano y le dice, mientras dibuja con su cuerpo una profunda inclinación: ‘¿Desde qué estrellas hemos venido a encontrarnos aquí?’”.

Este fue el principio. A ella, según el profesor Cruz, el personaje le provoca una mezcla de sentimientos contradictorios: “Le inquieta su afectado patetismo, pero le atrae la magia de unos ojos que parecen albergar una secreta soledad, una abismal vida interior”. Con los años pasarían tiempo juntos, en un triángulo cuyo tercer vértice sostenía Rée, del que ella sí fue amante. Nietzsche, abatido, aceptó la derrota. Aprendió a vivir sin ella. La odió mucho, como le ocurre a quien ama mucho.

El autor de Humano, demasiado humano se había enamorado. Su hermana, al contemplar cómo recibía a Lou en una estación de tren, ya lo advirtió: “Está loco de atar por ella”. El romance terminó fatal. Peor aún: nunca empezó. Ella no lo miraba como hombre (solo maestro, amigo), a pesar de sus insistentes peticiones de matrimonio.

La joven se convertiría después en una reconocida psicoanalista y escritora. Nietzsche no fue el único en admirar a Lou. Recibió alabanzas del propio Freud, quien escribió sobre ella en 1937: “Quien se le acercaba recibía la más intensa impresión de la autenticidad y armonía de su ser, y también podía comprobar, para su asombro, que todas las debilidades femeninas y quizás la mayoría de las debilidades humanas, le eran ajenas, o las había vencido en el curso de su vida”.

La figura de la intelectual rusa ha fascinado a propios y extraños. Años después del encuentro vaticano, por ejemplo, Lou animó a un joven checo de 21 años, René, a escribir. Creía en su talento. Le enseñó ruso y se convirtió en su mentora/amante. Lou fue quien comenzó a llamarle como es conocido en nuestros días: Rainer. Rainer María Rilke.

Lou Andreas-Salomé
Lou Andreas-Salomé.

Si amo, quiero sexo

El desventurado Nietszche, como se apuntaba, nunca fue correspondido en el plano físico. ¿Satisface al ser humano un amor puramente intelectual? Puede que no. Puede que sí. Al artífice de la muerte de Dios, desde luego, no. Únicamente un episodio, caminando solos por una preciosa colina boscosa cerca de Orta, al norte de Italia, pudo esconder un furtivo beso entre ambos, pero nunca se supo a ciencia cierta qué ocurrió. Nietzsche no lo olvidó nunca. “A usted le debo el sueño más maravilloso de mi vida”, le dijo a Lou durante aquel paseo. Al recordar aquel momento íntimo, con el tiempo, repetiría incansable: “La Lou de Orta era otra persona”. Le trastornaba continuamente lo que él llamó “la nostalgia de Orta”. Lou fue su amor verdadero (sea lo que sea lo que esto signifique). Y si hubo escondidas otras damas en su corazón herido, como se escondía Rée en el confesionario, no se sabe. Solo consta que no disfrutó de mejor suerte con otra mujer prohibida: la esposa del célebre compositor Richard Wagner, Cosima, a la que, según estudiosos de su biografía como Joachim Köhler, también le unió una atracción afectiva profunda e inconfesable (Nietzsche y Wagner, A lesson in subjugation,Yale University Press, 1996).

La obra refleja la vida y viceversa

Pero no todas las historias de amor son tristes. Ni en la vida ni en este intenso y complejo libro del profesor de Filosofía Contemporánea, Manuel Cruz. El escritor incluye ejemplos de parejas que funcionaron (véase Sartre y Simone de Beauvoir). Pero lo más interesante es la constatación de que el comportamiento moral y los conceptos filosóficos de los grandes pensadores no siempre iban parejos. Las contradicciones afloran en cada página, en cada meditación, en cada corriente, en cada filósofo que, al fin y al cabo, era también (y sobre todo) persona. Las cuitas sentimentales habrían ejercido cierta influencia en sus constructos teóricos, sugiere Cruz. O quizás no. El autor deja el interrogante abierto.

En cualquier caso, en Amo, luego existo asoman decenas de atractivas personas/personalidades del mundo de las ideas. El lector puede conocer más profundamente a Platón y su (mal) interpretado amor platónico; a San Agustín y su pasión “por todas las criaturas porque, a través de ellas, se ama a Dios”. En el extremo contrario, se encontraría la exitosa pareja compuesta por Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, cuya relación fue, quizás, más bien una marca empresarial, una fórmula de conquista social, un acuerdo más allá del sentimiento. Quién sabe.

Pero el hecho de aunar en un solo libro los datos autobiográficos y las proposiciones más elaboradas del concepto Amor por parte de los grandes filósofos es, cuanto menos, una fuente inagotable de reflexiones (duras, a veces; complicadas, casi siempre). Dos años después de la primera edición, hay quien paladea todavía algunos de los párrafos, como una biblia sentimental en la mesita de noche. Y de cada reflexión surgen otros libros que leer, otras referencias que buscar, otra senda de investigación que conduzca a un mayor conocimiento del mundo, de la otredad, del concepto en sí, de nosotros mismos. El lector agradece cada pausa, quizás incluso, a ratos, retire su mirada de las páginas para (re)pensar sus propias dudas sentimentales. Puede que respire profundo y entienda, y se entienda, mejor.

¿El amor lo disculpa todo?

El placer de cada página lo trae la altura de sus protagonistas. No es cualquier cosa acompañar en noches de insomnio a la filósofa judía, mente preclara, Hannah Arendt, por ejemplo. Con su diagnóstico certero para todo tipo de asuntos filológicos, metafísicos y políticos, su propia vida, sin embargo, deja entrever sombras. Veamos una mínima prueba.

Casada con otro, Arendt escribía continuas cartas de amor a su idolatrado maestro, el gran Heidegger, quien a su vez, casado con otra —a la que también amaba—, le correspondía. Llegó a decir que sin Hannah, su musa, nunca habría escrito lo más esencial de su pensamiento. Heidegger, emblema de “mi obra y mi vida privada nada tienen que ver”, fue un infiel empedernido. Eso sí, siempre con la determinación absoluta de no abandonar a su esposa, que además era su asesora, su secretaria, su apoyo constante. Arendt, explica Cruz, la culpó a ella de las tendencias antisemitas de su marido. No podía aceptar esas ideas como fruto del pensamiento de su idolatrado maestro Heidegger. La intelectual llegó incluso a disculparle públicamente por sus ataques antijudíos. Cuando le preguntaron cómo podía eximirle de tan evidente necedad, recuerda Cruz, la filósofa solo respondió dos palabras: “Por amor”. Poco más se puede añadir. Y, sin embargo, aunque siempre quiso a Heidegger y él a ella, como sucede con los humanos que viven como humanos (con sempiternas complejidades), Arendt proclamó un bienestar profundo con sus dos maridos. De uno de ellos escribió en su diario, pletórica de emoción, que le había permitido ser esposa sin dejar de ser ella misma (uno de sus constantes miedos). Había encontrado el equilibrio. El conocimiento de sí la habría salvado: “Aún hoy me parece imposible haber conseguido las dos cosas que anhelaba, el ‘gran amor’ y seguir manteniendo la identidad como persona. Y solo tengo lo primero desde que también tengo lo segundo. Ahora sé, por fin, lo que significa ser feliz”.

Hannah Arendt
Hannah Arendt.

Nos enamoramos de quien queremos

Y los hay también amargados, como cabría suponer. El descreimiento es característica de muchos filósofos resucitados en este libro. Spinoza, por ejemplo, no idealizó ese sentimiento frívolo y utilitario llamado amor. Aseguraba que el amado, el “elegido”, no era, en realidad, demasiado importante ya que, según el pensador, “escogemos a aquellos que se ajustan a lo que ya queremos/sentimos”. Es decir, ya estamos enamorados de las cualidades abstractas que admiramos/anhelamos en abstracto. Sin individualización necesaria. Después puede surgir alguien en quien las proyectamos. Y entonces hablamos de Cupido y su misteriosa flecha, sin reconocer, sin reconocernos, que el amor no fue sino decisión. Tema para debate.

La experiencia sentimental de la vida de Spinoza no fue agradable. Se enamoró de Clara, una alumna de 13 años que dominaba la lengua latina y el lenguaje musical. El filósofo se quedó prendado de su inteligencia y exquisitez de espíritu. Pero ella, recuerda Cruz, prefirió al más apuesto de los condiscípulos, un joven rico, luterano, llamado Dirck Kerckinck, de Hamburgo, quien según cuentan los expertos, con el regalo de un hermoso (y muy caro) collar de perlas consiguió inclinar de su lado el favor de Clara, con la que terminaría casándose. A veces el amor se compra. Ya se sabe.

Cruz critica el mito Romeo y Julieta, que tanto daño ha hecho —y hace a los enamorados. En nuestra sociedad hay quien sigue pensando que el amor, sin sufrimiento, sin tragedia, sin drama, sin celos, no es amor. El debate continúa.

Es interesante, desde el punto de vista de la pasión, el capítulo dedicado a Abelardo y Eloísa. El título lo dice todo: el amor como herejía. O en el extremo contrario, desde una perspectiva de superación intelectual, el ejemplo de Platón: su escala hacia el bien supremo comenzaría por el amor a la específica belleza carnal (los jóvenes efebos que adoraba) pasando por la belleza general (sin individuo concreto que la encarne) hasta llegar a la culminación de lo bello: la Sabiduría.

Es obvio que se necesitarían más de diez artículos como este para resumir los conceptos amoroso-filosóficos que se multiplican en cada relectura. También tardaríamos años en entender en profundidad cada postulado metafísico-sentimental. Quizás el amor como posesión sea uno de los más interesantes en este momento histórico de caos, convulsión e inseguridad. Señala el profesor Cruz que, actualmente, muchas personas tienden a pensar que su pareja les pertenece. “Eres mío”, sería su lema. Algunas parejas tejen una especie de tela de araña que impide cualquier acto espontáneo-individual por parte del otro. “Hacemos todo juntos”, celebran los enamorados. Y estas relaciones, lejos de lo que pudiera parecer, acaban saliendo bien en duración (la pareja dura años), pero no en satisfacción (la frustración es constante). ¿Por qué? Porque ya no es el amor (tan esquivo, tan difícil, tan bonito) lo que les mantiene unidos. Es el poder de la costumbre, de los hábitos adquiridos, del “fuera será peor”… Puro miedo. Un día, si un pequeño imprevisto, como un minúsculo insecto inesperado, perfora la tela de araña, el binomio está perdido. Comienzan las peleas, las recriminaciones y, en un momento de debilidad, las confesiones: “Es que no sabes cómo es. No es todo tan bonito… Es bueno conmigo, aunque yo, no sé, ya no le quiero”.

El escritor disculpa nuestra tendencia casi obsesiva hacia el mítico sentimiento amoroso. “Es que el amor nos hace sentir especiales”, comenta en su libro como otro de los grandes errores: “Nos eligen entre otros muchos y esto nos hace sentir superiores. La evidente necesidad de afecto del ser humano contribuye al sentimiento de soy el elegido/la elegida”. Pero esto no es la panacea de todos los males, advierte el filósofo. Lo que ocurre es que puede que no tengamos la valentía, la fuerza, la preparación y la humildad suficiente para asumir que “uno es especial hasta que deja de serlo y, más aun, que ser elegido por otro, no le hace mejor ni peor ser humano”. Quizás, más bien, es todo lo contrario. Como señala Spinoza: “el amor nos debilita”. Nos hace más dependientes, más débiles, menos fuertes. “Me asquea no tener el valor de no ser nadie en absoluto”, escribiría por su parte J.D. Salinguer. Quizás es que somos incapaces de comprender, de aceptar nuestra insignificancia. Cruz recuerda la anécdota del protagonista de American Beauty, Kevin Spacey, que lo formulaba con amarga lucidez, cuando en el transcurso de un cóctel su interlocutor se excusaba por no haberlo reconocido: “No se preocupe, yo tampoco me recordaría”. No somos nadie. Ya lo dijo Rousseau: “Ser adulto es estar solo”.

Sartre y Simone de Beauvoir
Sartre y Simone de Beauvoir.

Quiero que me quieras como quiero

Y ya solo queda el tema que más preocupa al ser humano después del amor: la soledad. Claro. Ambas realidades caminan de la mano. El autor de Amo luego existo define la soledad como “la vivencia de que no importamos a aquellos que nos importan”. Después da una vuelta de tuerca más: no es que no nos quieran aquellos a los que queremos, es que “nos sentimos solos cuando no importamos de la manera que querríamos importar a aquellos que nos importan”. ¿Es cierto esto? ¿Nos sentimos frustrados, abatidos, destrozados, tristes, si alguien que queremos no nos quiere de la forma que anhelamos? En filosofía, ya se sabe, las preguntas no generan respuestas, sino otras preguntas peores. Con el amor como telón de fondo, el lector de obras filosóficas, sin querer, se desliza por otros mundos, otras épocas, otras vidas, otros sueños. ¿Somos los mismos o el mundo ha cambiado tanto? Otro interrogante abierto.

El último capítulo del Amo luego existo va dedicado a Foucault. No podía ser de otra forma. La dominación, el poder, la historicidad, el concepto de realidad presente provocado por una subjetividad individual impuesta. Casi nada. ¿Cómo sabemos qué es el ahora? ¿Quién nos impone nuestra forma de ver el mundo? ¿Somos nosotros los que decidimos? Cruz parafrasea al célebre filósofo francés: “Por más sólido e inamovible que se nos aparezca el presente, el conocimiento de que eso que ahora hay es una de entre las diversas posibilidades de materialización que en el pasado se dieron debiera servirnos para pensar sin violencia que lo realmente existente puede dejar de serlo o adoptar otras formas”. Es decir, lo que pueda ser objeto de crítica (se refiere en concreto a la homosexualidad) no siempre se consideró malo por el conjunto social (el mundo heleno recomendaba las relaciones entre hombres, por ejemplo) y podrá volver a ocurrir (quizás ya esté pasando). Por otro lado, el intelectual hace hincapié en la capacidad del lenguaje para crear realidades. Un arma peligrosa: el poder de las palabras. En ellas está todo. Foucault critica firmemente su uso intencionado en forma de injurias, de juicios, de insultos encubiertos. Son los llamados enunciados performativos, es decir, enunciados cuya función es producir efectos (en ocasiones muy negativos) y, en especial, instituir o perpetuar la separación entre los considerados normales y los estigmatizados. Los homosexuales son un ejemplo. Sería como decir “yo soy normal, porque me aceptan, pero tú no”. Esto también valdría para inmigrantes, extranjeros, enfermos, …

En fin, la cantidad de derivadas de la filosofía, desde Platón hasta nuestros días, son inabarcables. El enamoramiento, inatrapable. Cruz concluye con la insinuación de su propia perspectiva: el amor como suma respetuosa de libertades: “Porque solo quien reconoce al otro como un determinado tipo de persona, con su plena autonomía (y no como un mero ser-para-mí) puede experimentarse a sí mismo en su plena especificidad, de manera consecuente y veraz”. Y abunda en el concepto de yo + yo, nunca un fusionado (y forzado) nosotros. “Porque un otro vaciado de contenido, o simplemente con su diferencia debilitada, es, al mismo tiempo, alguien a quien estoy negando su capacidad para reconocerme a mí como el tipo de persona que creo y debo ser”. ¿Y quiénes debemos ser? Ahí ya no entra.