Patricia Ramírez: «No creo en una psicología que no esté basada en la ciencia»

Fotografía: Énkar Neil

Patricia Ramírez Loeffler (Zaragoza, 1971) es una mujer segura de sí misma, asertiva y con las ideas muy claras. No rehuye las preguntas y responde con conocimiento y entusiasmo. Se viene arriba con un público que abarrota La Rambleta, acostumbrada como está a hacer su trabajo en los grandes estadios de fútbol o en los medios de comunicación de mayor audiencia. Es, probablemente, la psicóloga deportiva más famosa del universo fútbol. Ha trabajado con el Real Betis Balompié y con el Real Club Deportivo Mallorca, aunque su trabajo no se restringe exclusivamente a la órbita del deporte rey. Hablamos de la importancia de la psicología en el deporte de alto rendimiento, de cómo las redes sociales han modificado las relaciones, de los modelos de liderazgo, e incluso de su incursión como neuropsicóloga en el campo de la enfermedad de Alzheimer.

La jornada en la que nos encontramos inmersos hoy en La Rambleta se titula «Preparándonos para vivir cien años». Patricia, como experta en psicología, ¿estamos preparados para vivir cien años?

¿Estamos preparados en qué sentido? ¿para disfrutarlo? ¿para cognitivamente estar bien? Yo creo que estamos preparados para vivir cuanto más mejor y, a ser posible, en buenas condiciones. Hoy en día hay mucho trabajo a nivel cognitivo, y sabemos desde la parte psicológica qué tipo de actividades cuidan nuestro cerebro para llegar a esos cien años en buenas condiciones.

Cuéntanos, ¿qué tenemos que hacer para llegar con unas buenas condiciones cognitivas, ya no a cien, sino a ochenta años por ejemplo?

Hoy sabemos que existe una serie de actividades que favorecen la neurogénesis, entre ellas la práctica regular del ejercicio físico, el poder meditar, dormir y descansar con calidad. Y todo lo que hacemos despertando la curiosidad, ponernos retos, aprender a hacer cosas fuera de nuestra zona confortable, trabajar, vestirte con la mano no dominante… Cualquier reto que le ponemos al cerebro favorece que se genere esa neurogénesis, que se ramifique el cerebro y que eso mantenga a nuestro cerebro cognitivamente más joven. Ya que vamos a vivir tanto que por lo menos podamos recordar qué hemos hecho anteriormente.

Entonces se trata de intentar salir de nuestra zona de confort. Esa es tu recomendación.

Bueno, no siempre, porque mi zona de confort cuando acabo el día es sentarme con mi marido a ver una serie y no quiero salir de ahí, pero sí es cierto que si queremos cultivar esa curiosidad y si queremos que nuestro cerebro sepa memorizar tenemos que entrenar ese músculo, porque el cerebro funciona un poco como cualquier otro músculo del cuerpo, si dejas de utilizarlo se atrofia. Podemos hacer ejercicios tan sencillos como ir a hacer la compra y hacer el cálculo matemático de cuánto cuesta lo que llevamos dentro del carro antes de llegar a la caja, podemos coger otro camino distinto para llegar al trabajo y obligar al cerebro a que elabore un mapa mental del recorrido, podemos abrocharnos, comer, ducharnos, con la mano no dominante, podemos hacer ejercicios que nos saquen de esa zona cómoda y que obligue al cerebro a pensar de otra manera, y eso sí que contribuye a la neurogénesis.

En resumen, ejercitar la memoria de trabajo.

A nivel cotidiano hay ejercicios muy sencillos, aprender cada día cinco palabras nuevas, aprender tres palabras en otro idioma, o hacer algún juego que requiera concentración. Hoy en día los móviles nos facilitan esto con las apps, y a nuestra edad, bueno… Porque estamos bien, pero la gente de sesenta, setenta, ochenta años tiene ahí un recurso riquísimo, no para evitar el deterioro cognitivo, pero sí para evitar muchas otras cosas. Es importante seguir aprendiendo toda la vida.

He leído que crees que la actitud condiciona más que la edad.

Totalmente. Mira, yo no creo en estas frases míticas que hay ahora en redes sociales en las que la actitud lo es todo y que sí tú quieres no hay límite, no hay techo, que los límites los pones tú. Todo esto es mentira, todo eso son frases de gente con un nivel de positivismo totalmente irreal. La actitud es importante pero no lo puede ser todo. Nosotros estamos condicionados por una genética, hay un talento, hay unas habilidades, hay una capacidad, hay unas condiciones socioeconómicas, hay un factor suerte que contribuye a que las cosas nos salgan mejor o peor, pero a igualdad de condiciones la actitud es un valor importantísimo.

Estamos hablando en todo momento de un envejecimiento, llamémosle, normal. Pero tú has trabajado en Granada, en el Hospital Universitario San Cecilio, con enfermos de alzhéimer. A mí me gustaría que nos contaras cuál ha sido tu experiencia y qué trabajo has hecho allí.

Estuve cuatro años en el departamento de neurología y trabajaba con Antonio Huete, que llevaba temas de demencia de alzhéimer, y yo llevaba la valoración neuropsicológica de los enfermos. Yo me dedicaba a evaluar el deterioro cognitivo con una serie de tests, el más conocido y más sencillo es el minimental, pero también con otros tests más complicados en psicología. Hay diferentes tipos de demencias, teníamos a gente con demencia por consumo prolongado de alcohol, teníamos a gente con treinta, treinta y cinco o cuarenta años que pensaba que tenía una demencia y realmente tenía deterioro cognitivo por un trastorno de ansiedad, que afortunadamente luego se revierte. Todo ese problema de no poder concentrarnos, de perder las llaves, de no poder estar atento, de leer y no retener, cuando eres tan joven, normalmente cursa con un trastorno de ansiedad, y yo me dedicaba a eso, a valorar en el paciente si había un deterioro cognitivo leve o una demencia, y si había demencia de qué tipo era.

Sobre el diagnóstico de alzhéimer, desde el punto de vista neuropsicológico, me gustaría que nos contaras cuán fiable es el diagnóstico psicológico para esta enfermedad

Pues mira, sinceramente, cuando yo estaba con este trabajo, que era en el año 2000 o 2001, no recuerdo que hiciésemos esas estadísticas. Recuerdo que simplemente tenía que valorar, dando unas puntuaciones, el deterioro cognitivo. Y dependiendo de la demencia, si había también una desorientación espacial, pérdida de memoria, un trastorno con el vocabulario, con el lenguaje… No encontrar las palabras adecuadas indicaba al neurólogo, aparte de las pruebas que ellos hacían, si solo había un deterioro cognitivo leve o era una demencia. Pero ahora no recuerdo la correlación, porque si se hicieron esas pruebas desde luego a mí esos datos no me los dieron. Ya me gustaría tenerlos, en psicología todo lo que no tenemos en datos no existe.

Y decías antes que trabajabas también en estimulación cognitiva con pacientes.

Sí, ahí hacíamos de todo, desde trabajar psicomotricidad fina, porque el paciente se vuelve muy torpe, hasta ayudar a los cuidadores en casa a tapar los espejos cuando el paciente ya no se reconoce o le da miedo verse en el espejo, o señalar el agua caliente o fría porque el paciente deja de percibir, a ordenar la ropa porque muchas veces el paciente de alzhéimer sale en pleno invierno con ropa de verano. También hacíamos talleres de lectoescritura, hacíamos puzles para trabajar la memoria, recordar fechas en las que estábamos, todo ese tipo de cosas.

Los aprendizajes que has sacado de trabajar con pacientes con alzhéimer son experiencias gratificantes pero también muy duras.

Muy duras.

¿Y cómo lo trasladas a otros campos de la psicología en los que trabajas?

Bueno, estuve cuatro años allí porque me lo pidió Antonio Huete, pero luego no he vuelto a trabajar con demencia de alzhéimer. Tengo un nivel de empatía muy grande, así que llegó un momento en el que no quería trabajar con trastornos psicóticos, ni con una depresión mayor, ni con enfermos de alzhéimer, porque si el cuidador sufre una depresión el enfermo ve como esa persona poco a poco se va apagando y lo pierdes. Así que decidí no seguir trabajando en ello. La lectura que saco de ahí para aplicar a lo otro es poca, porque al final me he terminado dedicando a esos entrenamientos psicológicos que nos permiten subir, de hábitos de vida saludables, de relaciones de pareja, de educación serena con los niños, de rendimiento deportivo. Hubo un momento en que lo anterior me tenía completamente marchita, todos esos trastornos de la personalidad, por más que trabajas ver un cambio cuesta muchísimo.

De hecho el cambio es a peor.

Normalmente ese cambio es a peor.

Y tienes dos patologías, la del paciente y la del cuidador, que tiene una depresión.

La psicología es un campo muy amplio, enfocado a ayudar.  Aunque la familia de los pacientes agradecen muchísimo la ayuda yo necesitaba ver otro tipo de cambios. Yo estudié psicología para aplicarla al deporte, y son dos campos totalmente distintos.

Por cambiar de tema, eres la psicóloga más influyente, una influencer como se dice ahora

Yo especifico ahí; a mí el colegio oficial de psicólogos me dio un premio como la psicóloga más influyente en redes sociales, porque igual en otros campos no.

En Twitter tienes unos ciento treinta mil seguidores. ¿Cómo lo llevas?

Bien, bien. Mira que Twitter es una red social complicada, porque enseguida hay alguien que salta, Instagram es una red como mucho más amable, es más difícil que la gente te salte, pero no tengo la sensación de recibir mucha crítica, alguna vez sí que hay algún comentario cuando escribo en la columna del Marca. Me dicen que si para esa columna hay que ser psicólogo, pues yo que sé, pues igual no, pero yo la escribo. Normalmente no recibo mucha crítica como para sentirme mal, al revés, en las redes sociales percibo mucho agradecimiento. Yo comparto información: en un momento determinado con un paciente sale una frase que crees que puede servir a los demás, la comparto, y puede ser que a alguien esa frase le venga como anillo al dedo e igual puede cambiar su perspectiva, hacerle reflexionar o tomar una decisión, o quitarse en un momento determinado el concepto de culpa. Eso para mí es una bendición.

Tú también dices que dime a quién sigues y te diré qué eres en las redes sociales. La comunidad que cada uno genera depende del discurso, el mensaje que lanzas hace que la red sea amable o no contigo, ¿es así?

Y que yo no soy una persona polémica, no comparto nunca ideas religiosas, ni políticas. Cuando algo no me gusta no lo critico, simplemente o dejo de seguir o no opino, pero no soy de las personas que cuando algo no le parece bien va enseguida y contesta para que se note que no me gusta. Hay críticas que creo que suman poco. Al no ser polémica, creo que la gente tampoco tiene mucho que decir contra mí.

Y desde el punto de vista profesional ¿cómo ha cambiado la irrupción de las redes sociales sobre nuestros comportamientos? ¿Hemos mejorado o hemos empeorado?

Yo, sobre todo, voy a hablar de la parte positiva porque también va relacionado con mi forma de ser. El conocimiento y la libertad que nos dan las redes sociales requiere información. Tú antes te sentabas delante del telediario y tenías que verlo entero. Con las redes sociales puedes seleccionar lo que quieras: política, ciencia, nutrición, si te interesa el deporte… Te permite seleccionar, y eso es una ventaja. ¿Qué parte negativa tiene? En la gente joven, y también en muchos adultos, existe el peligro de depender de esa aprobación social para sentirte bien. Aunque por lo general creo que las redes sociales nos han facilitado tener la información accesible y eso nos hace libres.

Tal vez nos crea cierta ansiedad por no poder llegar a toda la información o por no poder seguir a toda la gente que quieres seguir o por responder.

Pero ahí tenemos que educarnos y aprender a establecer prioridades. Igual que tenemos un límite para el tiempo que le dedicamos a la televisión por la noche antes de irnos a dormir, o un límite para la siesta porque te tienes que ir a trabajar, las personas tenemos que aprender a ponernos límites. Puedes limitar el uso de las redes sociales, dedicarle media hora por la mañana cuando desayunas y media hora por la noche antes de acostarte. Una forma de educarnos en el autocontrol, en la paciencia, es poner un límite si no lo tienes y en ese límite establecer tus prioridades.

¿Y cuándo das tú el salto a tener decenas de miles de seguidores? ¿Cuando empiezas a trabajar en el ámbito del fútbol u ocurre antes?

Ocurre antes, me abrí cuenta de Twitter cuando fui a dar una charla a la Federación Española de Baloncesto, porque colaboro en el curso de entrenador todos los años. Voy a Zaragoza y el director me dice «¿Tú no tienes Twitter? Pues hazte un Twitter». Y me lo abro y de ahí me voy a la concentración del Betis a Cardiff y Jorge Molina me dice «¿ya tienes Twitter?». Le digo que sí y ahí todos empiezan a compartir. Entonces pedí a la afición del Betis que colaborara en mis charlas mandándome historias personales relacionadas con el beticismo, y cómo han sentido el Betis, lo lancé en las redes sociales y a partir de ahí consigo unos once o doce mil seguidores. Pero el salto empieza cuando después de ese año empiezo a trabajar en Televisión Española y en El País Semanal.

Antes de llegar al Betis estabas en el Mallorca

Seis años en el Mallorca con Gregorio Manzano.

¿Cómo empieza esa experiencia?

La experiencia en el fútbol empieza con Luis Aragonés en el año 2000, en el Mallorca también, y esa fue muy corta. Luego voy a trabajar a Granada con un corredor. Me acuerdo que una vez en verano me llamó Gregorio Manzano. Y yo estaba en la consulta en agosto y me llaman por teléfono y digo «¿quién es?» y responde que Gregorio Manzano y le digo que si es para darle consulta. No lo relacionaba y me dice «no hombre, que soy el entrenador». Y me dice que quiere conocerme porque lleva siguiendo mi trabajo desde hace años, que ha leído mis artículos en el Marca, ha oído a Paquillo Fernández hablar de mí, y me dice que ahora no tiene equipo pero que le encantaría que en el próximo equipo me fuera con él. Y eso fue en verano. Y en febrero del año 2006 destituyen Cúper en el Mallorca y llaman a Gregorio y me dice: «oye, Patricia, que tenemos equipo y trabajamos ya la semana que viene». Y ahí empecé los seis años con él. Así empezó, vamos. Lo más intensivo del fútbol.

Pero había habido psicólogos en equipos de fútbol antes en la liga española, ¿no?

Bueno, lo que se conocía en ese momento era la experiencia que tuvo Benito Floro en el Real Madrid.

¿Cuál es el trabajo que hace un psicólogo en un equipo de fútbol?

Bueno, los distintos psicólogos en un equipo de fútbol trabajamos de forma distinta. Hay a quien le gusta trabajar a pie de campo, pero yo tengo una forma distinta, trabajo en la concentración. La charla que monto con los dieciocho jugadores que vienen convocados está relacionado con el late motiv que tengamos en el partido. Y eso viene fruto de una reunión con el cuerpo técnico en el que hablamos de cuál es el histórico con ese equipo, cómo estamos jugando, si venimos de haber ganado, perdido, empatado y de ahí sacamos conclusiones, de si por ejemplo es importante trabajar la concentración porque últimamente nos despistamos, o si es importante trabajar para ser más competitivos porque hasta pasados veinte minutos del primer tiempo no nos metemos en el partido… Y en función de eso yo monto una charla muy visual, porque el jugador está acostumbrado a ver o a estudiar con lo audiovisual. Hago una charla en la que se trabaja esa variante psicológica de una forma muy rigurosa, porque no creo en un psicología que no esté basada en la ciencia. Se usan fichas de trabajo, juegos, poniéndoselo fácil al jugador. Tengo una charla muy participativa con los dieciocho, siempre en forma de U para que todos se puedan ver, donde se comparte lo que hacemos, y así semana tras semana.

Entonces primero tienes la charla con el equipo técnico con el que haces el análisis del histórico del equipo, del momento de la liga en el que estás, del equipo con el que te enfrentas… y luego preparas la charla con los jugadores. Y ahí acabas.

No, no acabo. A mí, después del partido, me gusta analizar las cosas positivas, aunque hayamos perdido. Analizar qué cosas volveríamos a repetir de ese partido, qué cosas haríamos exactamente igual, qué cosas haríamos de una forma distinta. Luego tengo un eje transversal todo el año con el que trabajamos cada semana cuáles son los objetivos para cada entrenamiento y cada partido, vamos trabajando pensamientos. Y a nivel particular, individual de cada jugador, pues los hay que vienen de una lesión y hay que trabajar unos aspectos psicológicos, otro que no está siendo un jugador importante y entonces hay que trabajar la autoestima, la seguridad y la confianza. Depende de cada uno, y de sus necesidades personales.

¿Y cuál es la respuesta de los jugadores frente a un psicólogo y frente a un psicólogo mujer?

Bueno, creo que a los jugadores les da igual que seas hombre o mujer; el jugador quiere tener enfrente un buen profesional que le ayude a trabajar las variables psicológicas que mejoren su rendimiento deportivo, independientemente de si es hombre o mujer. Si el jugador entiende que tú sabes de fútbol, o que tienes una noción de lo que va lo suyo, y que eso implica o da a entender que tienes empatía para entender sus problemas y hacer un trabajo serio, riguroso con ellos, los tienes ganados. En los dieciocho años que llevo trabajando en el fútbol de élite no he tenido nunca un problema con ninguno, al revés, me he sentido totalmente apoyada, respetada, para mí son mis compañeros y los jugadores saben que yo los quiero muchísimo. Cuando un periodista viene y me pregunta por los egos de un jugador me revuelve las tripas. Estoy cansada de los juicios de valor sobre los jugadores, y esa predisposición a pensar que como son personas que cobran mucho dinero existe el derecho a juzgar su vida, con quién sale o con quién no. Dejemos la vida de los jugadores tranquila, dejemos los juicios de valor, pidámosle simplemente que sean buenos profesionales cuando salgan a jugar o a entrenar y ya está.

Entonces no es un mundo tan machista como por lo menos parece desde fuera.

¿Y por qué parece que es un mundo tan machista? Nunca he tenido la sensación de estar en un mundo machista, no.

Lo digo porque cuando ha habido una fisio o alguna médica que ha intervenido en un partido, no los jugadores, evidentemente, pero sí el público muchas veces ha hecho algún comentario fuera de lugar.

Nosotros no, pero a la afición no la podemos controlar. Pero desde luego con el trato y el respeto que  he tenido con los jugadores y el cuerpo técnico me he sentido una más. He viajado con ellos en el autobús, he convivido con ellos en el hotel, y jamás he sentido una falta de respeto, al revés, he sentido un profundo agradecimiento por parte de los jugadores. Imagino que de los cientos de jugadores con los que he trabajado alguno seguro que no le gusta mi trabajo, pero mi sensación es de agradecimiento. Es más, con muchísimos de ellos, una vez ya no hemos coincidido en el equipo, he seguido trabajando a nivel individual. Siento agradecimiento y respeto, nunca he sentido un ataque machista, ni mucho menos. Igual vas en un autobús con muchos hombres y puedes oír un chiste, pero como si lo puedes oír en tu casa y lo cuenta tu padre o tu hermano, o sea, que no puedo tener una queja.

Fabuloso.

De verdad.

Contabas que te llama Gregorio Manzano para planificar una temporada, pero también te podría llamar un entrenador para sacar al equipo de una dinámica negativa o de una situación complicada.

Mira, eso me ha pasado también, pero no creo en ese tipo de trabajo. Alguna vez, cuando me han llamado para hacer de bombero he ido, pero no creo en ese trabajo. Creo que el psicólogo debe ser un miembro más del cuerpo técnico dado que el éxito deportivo depende de tu rendimiento y de cómo gestionas tus emociones. Si le preguntas a un jugador de fútbol o de golf de en qué medida su éxito depende de su cabeza, con toda seguridad te dirá que en un porcentaje muy alto. Igual que entrenas tu parte física también tienes que entrenar tu parte mental. El psicólogo del deporte debe estar desde el inicio de la temporada y empezar a trabajar en pretemporada aspectos tan importantes como la comunicación, la cooperación, el compañerismo, el conocimiento del grupo, el tolerar la frustración, el liderazgo, establecer un código de conducta… Todo eso hay que trabajarlo al principio, porque va a aunar al grupo. Si en pretemporada generas vínculos emocionales entre los jugadores, que aprendan a quererse como personas, no solamente como jugadores, va a ser mucho más fácil que luego se quieran ayudar, que quieran cooperar, que en los momentos difíciles se echen un cable. Para mí el psicólogo del deporte debe estar integrado desde un inicio.

¿Pepe Mel también te llama antes del inicio de la temporada?

Sí, Pepe Mel me llama desde un principio. Justo salgo del Mallorca, ya que se termina el contrato y Gregorio se va, y Pepe me llama a principio de la temporada y lo único que me dice es «mira, Patri, me han hablado muy bien de tu trabajo», y me dice por favor que me vaya a trabajar con él, pero me dice «solo hay una condición, y es que este año tenemos que subir sí o sí, no hay plan B». Y yo digo: pues plan A. Y al final subimos, así que me quedé también al año siguiente en primera, y ahí ya decido dejar el fútbol como miembro del equipo para dedicarme a los medios de comunicación.

¿Por qué?

Pues porque ahí ya había escrito mi primer libro Entrénate para la vida, y lo tenía que presentar. Y empiezo a trabajar en El País Semanal, y en La 2 de Televisión Española. Y porque me gusta mucho la divulgación sencilla de la psicología, porque era para mí algo muy importante. En Granada vi que en la radio no se hablaba de psicología. Entonces me dediqué a ir radio por radio presentando un programa a ver quién lo quería, a la COPE le gustó y estuve seis años en COPE Granada trabajando en un programa de divulgación. Yo creía que la divulgación de la psicología cotidiana, no la de los grandes trastornos, era importante y que no había. Además el fútbol en el alto nivel es algo muy sacrificado cuando tienes familia. Los seis primeros años de mis hijos no los viví. Estaba en el Mallorca. Tienes que viajar todos los fines de semana con el equipo, y organizar tu consulta. En ese momento ya empezaba a despuntar como psicóloga del deporte y me invitaban a los másteres, y no podía ir . Cuando te preguntan en enero si podrás ir en mayo tienes que decir que no lo sabes, porque no sé si juego jueves, viernes, sábado, no sé dónde viajo porque el partido no te lo fijan hasta casi quince días antes, no puedes organizar tu agenda, y llegó un momento en que quería estar los fines de semana con mis hijos, quería participar en congresos, y sobre todo me llamaba mucho la atención el divulgar en medios.

Porque lo simultaneabas…

Un entrenador o un jugador de fútbol se pueden permitir el lujo de no simultanear, pero un psicólogo no.

Porque no cobráis lo mismo, ¿no?

No. Nunca me han cesado en un equipo, he tenido esa suerte, en el momento en que te cesan si no tienes una carrera profesional al margen te puedes morir de hambre.

Pero lo que sí adquieres es una visibilidad muy grande.

Te da visibilidad, pero la visibilidad no te da de comer.

Desde luego.

Lo que te da de comer es el trabajo, yo con la visibilidad en las redes no como. Te lo digo porque me hace gracia. Imparto talleres los fines de semana y la gente me dice «me gustan más tus pósits que los talleres», y yo le digo que los pósits no me los paga nadie. El pósit está muy bien, a ti te encanta, pero yo vivo de los talleres y no de los pósits . Y tendré que compaginar… Y la gente enseguida que cuelgas algo que medianamente te genera un ingreso lo rechazan, y tampoco es eso.

Siguiendo con el fútbol, en una temporada a veces pasas rachas negativas o dinámicas muy malas…

Muy malas, las pasamos canutas… Bueno, gracias al Valencia nos pudimos mantener en primera división porque en el Betis estuvimos en primera diez partidos sin ganar, que eso es muchísimo. Yo no sé cómo no nos echaron, no lo entiendo. Entonces fuimos a jugar contra el Osasuna, y parecía que empatábamos y en el último minuto nos meten un gol, injustísimo, porque habíamos hecho un buen partido. Y ese partido no nos vamos a la calle porque los jugadores dijeron que ese día habíamos jugado bien, los pobres nos salvaron. El siguiente partido nos jugábamos el cuello, en casa, contra el Valencia y les doy una charla para cambiar la dinámica de la suerte, una charla muy chula. Y empezamos el partido y en el minuto 17 o 21 nos meten un gol y digo, «mecachis, 0-1». Y yo veía en el banquillo a dos jugadores, que eran Amaya y Ezequiel, que me miraban y me decían «Patri, tranquila, vamos a tener suerte», porque yo había hablado de la suerte, y yo los miraba y decía «madre de Dios, si confían ellos más que yo». Yo nos veía ya en la calle, y en el minuto 89 Rubén Castro mete un gol, y viene a celebrarlo conmigo a la banda y le digo «por Dios, Rubén, métete ahí dentro que tenemos que ganar», y en el minuto 94 ¡gol!, y la cara de Emery… Si podéis ver el gol por ahí, la cara decía «no puede ser lo que ha pasado». Ganamos 2-1 gracias al Valencia y a partir de ahí rompimos la racha y fuimos hacia arriba… pero sobre todo gracias al equipo que teníamos. Jugadores, cuerpo técnico, club, todos comprometidos. Fue increíble, parecía que celebráramos la final de Champions.

Aparte de que el Valencia vaya haciendo favores por ahí, que es lo que acostumbramos a hacer los valencianistas, ir salvando equipos… ¿qué haces tú para cambiar esa dinámica de diez partidos sin ganar, que son muchos?

Sí, sí son muchos. ¿Qué ocurre? Yo lo primero que hago es preguntar a los jugadores «¿oye, chicos, qué pensáis que está fallando?». Y en el fútbol hay un sentimiento de que cuando entras en una racha parece que no puedes salir de ella por tus propios medios… Yo trabajaba el locus de control interno, el ver en qué medida nosotros generamos el éxito o el fracaso, qué parte de la suerte depende de nosotros y cómo podemos crear oportunidades, trabajaba mucho en focalizar la atención en las cosas que hacíamos bien para no dar mucha vuelta a los errores, mantener un pensamiento positivo, pero es verdad que después de diez partidos cuesta.

También has trabajado con otros equipos no solo de fútbol, como el balonmano Antequera, o el CB Granada. ¿Qué diferencias ves con el fútbol? Con estos equipos, ¿el trabajo del psicólogo es diferente?

A nivel neuropsicológico hay una diferencia muy grande; en el balonmano el control mente-mano es mucho más sencillo que el control mente-pie, por lo que puedes trabajar muchas cosas respecto a visualización y concentración, y atención en jugadas, como puede ser un tiro libre en baloncesto. En la parte neuropsicológica es más fácil trabajar en balonmano y en baloncesto, pero en la parte de equipo es lo mismo. El deporte de equipo es lo mismo, porque son humanos.

¿Hay más presión en el fútbol que en el baloncesto o en el balonmano?

Hay más visibilidad y cuando hay más visibilidad hay más presión, porque la presión viene muchas veces por la sensación de que no estás cumpliendo con las expectativas. La gente te está criticando y los jugadores son humanos, y las críticas muchas veces son injustificadas porque solo se valora el resultado, pero la gente no sabe cómo entrenan, la gente no sabe lo que al jugador le importa, la gente no sabe cómo el jugador se entrega, saca la conclusión de que si no tiene un buen resultado es que no suda la camiseta, no siente el escudo, que habrá veces que pase, pero la mayoría de veces no es así. El jugador es un profesional como tú y como yo.

¿Entonces tu trabajo es diferente, independientemente de la presión?

No, es el mismo, porque la presión la traducimos en psicología como ansiedad, debido a la interpretación que tú estás haciendo de esos juicios de valor, y la ansiedad es un factor común en cualquier deporte.

También has trabajado con deportistas a nivel individual.

Sí.

Y eso sí que es diferente ¿verdad?

Es muy diferente, porque el deportista a nivel individual es mucho más controlador, es su escaparate. Tú ten en cuenta que en el fútbol cuando fallas siempre hay un compañero detrás intentando ayudar, la responsabilidad es más compartida y eso nos permite relajarnos un poco. Pero para el jugador de golf, de tenis, para el ciclista es más obsesivo con todo.

Cuéntanos un poco más del trabajo individual del deportista

El trabajo individual realmente es el mismo, porque lo que tú trabajas en el deporte de alto rendimiento son las variables psicológicas que afectan al rendimiento y ahí está, para todos igual, la presión, el miedo, las expectativas, la seguridad, la confianza, la concentración, la toma de decisiones… Para el deportista individual es lo mismo, pero tengo la sensación de que el deportista individual es un poco más sufridor, por esa sensación de que está solo. Es esa soledad de cuando acabas un partido y has perdido. En un deporte de equipo siempre hay un compañero que viene y te dice algo, ríes con alguien… Cuando pierdes un partido de tenis estás solo, hay que trabajar un poco más esa parte de soledad y esa atribución que tienen de culpa, la gestión de la frustración, mientras que en un equipo siempre hay un compañero para echarte unas risas en el vestuario.

A mí, que me gusta mucho el tenis, me fascina el control mental que tienen los tenistas de alto nivel como Rafa Nadal. El otro día contaba Carlos Moyà que su hijo le preguntaba que cómo podía ayudar a Rafa Nadal, si es el número uno del mundo. ¿Qué le puede aportar un psicólogo a un jugador que tiene esa fuerza mental como Rafa Nadal?

Pues yo creo que nada.

Te estás vendiendo muy mal.

Tengo que ser sincera. Una persona que ha ganado lo que ha ganado, con dolor, cómo se ha recuperado, cómo ha sido el número uno, cómo se ha lesionado, cómo ha vuelto otra vez… Yo creo que me tendría que sentar con Rafa Nadal y decirle «oye, ¿cómo lo haces? ¿Qué me puedes enseñar que yo pueda enseñárselo a otros?». Porque hay veces que uno elabora una serie de estrategias mentales que le convierten a uno en supercompetitivo, en positivo… Ese hombre ha desarrollado una serie de estrategias que seguramente serán como las que yo enseño, pero para mí sería muy interesante saber su manera particular de aplicarlo, para enseñárselo a otros. Aquí el aprendizaje es a la inversa, soy yo la que tiene que preguntarle a él cómo lo hace para poder enseñárselo a los míos.

A mí me sorprende que un tipo que ha ganado tanto y durante tanto tiempo tenga el hambre de seguir ganando. Recuerdo a Björn Borg, que se retiró porque estaba jugando un partido y se dio cuenta de repente de que ya no le motivaba el tenis.

Eso es importante, claro. Tú date en cuenta de que estar ahí requiere un esfuerzo y un sufrimiento altísimo, y el nivel de renuncias que haces en tu vida es enorme. Si te pones a contar los días en que Nadal está fuera de su casa son doscientos y pico. Si este hombre quisiera tener una familia y casarse con su novia de toda la vida y tener hijos sería complicado. Tú haces una serie de renuncias y trabajas con un nivel de dolor y con un nivel de esfuerzo altísimo, expones a tu cuerpo y a tu mente a una situación que no es nada natural. Y eso es porque lo que haces te apasiona. En el momento que pierdes la pasión tienes que irte. Yo imagino que Nadal sigue siendo competitivo porque le seguirá apasionando el tenis, y porque en su mente debe tener una serie de objetivos pues como Alonso. Alonso tiene el objetivo de la triple corona y sigue luchando por conseguirlo, pero si tú no tienes pasión por lo que haces y tus objetivos ya no te estimulan, entonces tienes que dejarlo.

La actitud, como decíamos antes, es muy importante. Pero por otra parte, este tipo de deportistas, como Rafa Nadal, nos ofrecen un camino de vuelta, proporcionan modelos de valor para la sociedad. Otro ejemplo es Vicente del Bosque.

Ese liderazgo tan bonito que tiene.

Ese liderazgo silencioso que ahora incluso se pone como ejemplo en las escuelas de empresas.

Hay un término del inglés que a mí me gusta mucho, que es el servant leadership, que es como el liderazgo al servicio de los demás, donde desparecen un poco las jerarquías, en el que tu liderazgo está sobre todo orientado al servicio del trabajador, no para hacer servir, si no para ser servicial. Y yo lo veo un poco en ese sentido, es un liderazgo tipo Teresa de Calcuta; estoy aquí para que tú seas mejor, no para que tú me sirvas a mí. Y a mí me parece que ese liderazgo silencioso, servicial, es el que es capaz de tener un respeto absoluto hacia la persona que tú diriges y con eso poder sacar lo mejor de la gente.

Pero un líder no silencioso no tiene tampoco por qué perder el respeto del equipo.

El respeto de un líder se mide por muchos criterios; primero por ser un modelo de conducta, segundo por el respeto que tiene hacia la persona, tercero por conocer a cada uno de los miembros del equipo, porque todos son distintos… Tú no los puedes dirigir igual, porque tienes que conocer a cada persona, no al trabajador o al jugador, que también, pero sobre todo a la persona, y saber adaptar tu estilo de liderazgo a cada uno. Hay gente a la que tienes que retar porque se viene arriba. Tienes que conocer a la gente, porque hay a quien le retas y le hundes. Para mí el líder que se gana el respeto es el que da argumentos, el que motiva, el que respeta, el que se comunica de forma amable, el que confía, el que delega, el que trata de sacar lo mejor de los suyos, el que empatiza, el que establece objetivos que son desafiantes… A mí un líder autoritario, que grita, que falta al respeto, me parece que pinta poco.

No me refiero a eso. Me refiero a una gestión más dura, no a una gestión silenciosa. Por ejemplo el Cholo Simeone no debe tener el mismo comportamiento que Vicente del Bosque, y es un líder excelente. ¿Depende entonces del líder?¿depende del grupo?

Depende las dos cosas. Por ejemplo, el liderazgo de Bielsa no encaja igual liderando argentinos que liderando aquí en España. Y se supone que es uno de los hombres que más sabe de fútbol, y la gente que ha trabajado con él dice que es el entrenador más brillante que han tenido en su vida. Cualquier padre o madre sabe que no se puede educar igual a un hijo que a otro, porque hay uno que necesita más tiempo de comunicación, hay uno que necesita un tipo de razonamiento distinto, y tienes que adaptarte al tipo de persona, al tipo de personalidad de la gente a la que diriges.

Y la gestión de un equipo y la gestión de una empresa tienen muchos puntos de encuentro.

Claro que tienen puntos de encuentro, porque una empresa es un equipo.

¿El trabajo de un psicólogo es parecido?

Pues yo creo que hay muchos valores que tú trabajas en el deporte que puedes trasladar a la empresa. Me hace mucha gracia que me llamen para trabajar y me digan: «vamos a enseñar a trabajar en equipo a la empresa». No, vamos a trabajar en equipo en la guardería y eso es lo importante, porque en la guardería no se trabaja en equipo, en el colegio tampoco, en la universidad tampoco, porque tú tomas los apuntes y son tuyos, y rara vez los prestas. Vivimos en un sistema educativo muy individualista, y luego queremos en la empresa empezar a trabajar en equipo, y eso es muy difícil, muy complicado. Trabajar en la empresa como equipo para que luego sea uno el que asciende, y ese quizá es el que le roba la medalla al otro. Igual tenemos que cambiar tantos valores en la empresa para luego educar en trabajar en equipo, que yo empezaría por una educación en valores que empezara por arriba. Porque cuando educas en valores a los trabajadores ellos te dicen «¿pero eso mi jefe lo ha escuchado?». Porque cuando educas en valores y luego el de arriba se carga lo que haces entonces no vale para nada. Para mí la base de todo es la educación en valores, y ahí está el trabajo en equipo.

Trabajar desde arriba con los jefes y desde abajo con los niños, para que luego sean futbolistas o empresarios, o lo que quieran ser.

Sí, pero para trabajar en equipo primero. Tenemos que olvidarnos de este individualismo que tenemos, que es muy potente, y que el sistema educativo lo potencia.

Te decía que a Vicente del Bosque lo ponen como ejemplo de coaching empresarial y me gustaría que me dijeras que te sugiere la palabra «coaching».

Bueno, como te decía antes soy una persona muy poco polémica, ¿que qué me parece el coaching? Pues mira, creo que habrá gente que haga coaching y lo hará de forma maravillosa, pero yo creo en la ciencia. Estudié en la Universidad de Granada, donde se estudia la psicología cognitivo-conductual y las terapias de tercera generación, y para nosotros todo aquello que no hayas probado y que hayas demostrado que funciona no existe. Para estudiar el comportamiento humano y la parte neurocientífica y las bases biológicas del comportamiento humano necesitas, cuando yo estudié, cinco años de carrera y luego un máster de dos años y luego un doctorado, como hice yo de dos años. Así que tras nueve años estudiando no creo que la calidad o los recursos o la empatía o el entendimiento de la persona que trabaja sea lo mismo que cuando haces un curso de seis meses o un máster de dos años. Y no quiero descalificar a nadie porque creo que hay coaches maravillosos, con herramientas muy prácticas que sacan cosas muy chulas, pero también creo que cuando la gente busca ayuda profesional en este sentido es gente muy vulnerable, que está en un momento muy crítico y que tiene que tener mucho cuidado en elegir a un profesional adecuado. En disciplinas como la nutrición, la psicología o la preparación física existe mucho instrusismo y se puede hacer mucho daño. Hay que creer en la ciencia.

Y no solo el coaching, sino también otras prácticas pseudocientíficas que entran en el campo de la psicología probablemente de forma más virulenta. ¿Cómo podemos luchar contra eso?

Bueno, creo que para luchar contra eso tienes que tener un colegio profesional detrás. Y que cuando vas a buscar a una persona la busques con un colegio profesional que avale que tiene una experiencia, y que detrás tenga unos estudios que avalen que esa persona tiene conocimientos. También habrá profesionales, como imagino en todos los sectores, que tengan muchos conocimientos y mucha carrera universitaria y que luego no sean muy brillantes, pero por lo menos como cliente tienes que buscar gente que te avale desde la parte científica. Para mí eso es importante, pero claro, la gente es libre de elegir. Igual hay alguien que va a uno que es entrenador de la mente y le va muy bien, pues qué vamos a hacer. No podemos ir portal por portal quitando todo lo que ponga psico- lo que sea. El otro día me preguntaron: ¿qué piensas del coaching transnosecual?, unos nombres que no tengo ni idea.

Hay uno que es coaching celestial..

¿Para los que van al cielo?

No lo sé, no he profundizado en el tema.

Para que te vayas tranquilo al cielo, no lo sé, igual eso es un cura.

Seguramente, debería serlo, si no entiendo que sería intrusismo. Tienes un libro que se titula Por qué ellos sueñan con ser futbolistas y ellas con ser princesas. Dime que el título lo pusiste para vender más.

No. El título es ¿Por qué ellos sueñan con ser futbolistas y ellas con ser princesas?. Es un interrogante.

Es verdad.

Mucha gente me dice «vaya título más machista». Y no, es una pregunta para que la gente reflexione. Simplemente son estrategias para que la pareja se lleve bien y el título tiene mucho que ver en por qué. Aunque tengas un padre feminista, como he tenido yo, aun así quieres tener una muñeca o vestirte de princesa. A mí mi padre no me hizo los agujeros cuando yo era pequeña, ni me regaló una muñeca en su vida. Hay una base biológica que explica por qué las mujeres elegimos según qué cosas, aparte de la base educacional. Hay parte biológica que explica muchas cosas y luego la mayor carga está en la educación, ¿por qué todos los niños quieren ser futbolistas? ¿por qué a pocos les da como al mío por hacer esgrima? Algo hay, es esa reflexión, era un título que invitaba solo a la reflexión.

En ese libro tienes un capítulo que dice «¿Los hombres estamos más predispuestos al sexo?». Dime sí o no porque se nos acaba la entrevista.

Sí.

Vale.

Sí, porque…

No, no. No lo cuentes, que lean el libro.

Porque tenéis más niveles de testosterona.

Yo creo que vamos a ir acabando pero no me resisto a irme sin preguntarte por tu afición por los pósits. ¿Por qué en todos los vídeos aparecen tus pósits con dibujos?

Yo creo que soy una adicta a todo lo que sea papelería; rotuladores, fosforitos, pósits… Y un día me dio por poner un pósit en las redes sociales y desde entonces. Porque si me preguntas «¿cómo eres Patri?», fácil, soy una mujer fácil, me gustan las cosas fáciles, y las frases en los pósits me parecen fáciles. Me parece que resumen mucho en una sola frase, y como me encanta rotular y combinar, es como un ejercicio de meditación. Los pósits a mí me permiten meditar. Y luego veo que a la gente le gusta, hay ese feedback y como todo lo que refuerza lo repites me reforzaron un pósits y me quedé ahí enganchada. Me quedé enganchada a los pósits.


José Ángel Iribar: «Cuando dejaron de llamarme a la selección entendí que era un mensaje»

Golpea la mesa con la mano tras cada frase. Es tímido. Sigue siéndolo. Se emociona y se ríe mucho con las anécdotas deportivas, sobre todo recordando a sus compañeros. Se pone muy serio, sin embargo, y un tanto esquivo con las cuestiones políticas en las que tuvo protagonismo. José Ángel Iribar Kortajarena (Zarautz, 1943) no solo fue el mejor portero de España en su día, considerado ahora un adelantado por los expertos, también fue un ciudadano que tuvo que descubrirse a sí mismo en época de silencios y represión. Aunque es un hombre reservado, un gesto delata su personalidad. Pide que no se incluyan en la entrevista buenas acciones que ha realizado, gestos altruistas realmente sorprendentes dignos de ser reseñados; prefiere guardarlos para sí.

¿Cómo fue su infancia?

Nací el día del Ángel de la Guarda y por eso me llamo José Ángel en lugar de José Benito, como mi abuelo. Mi abuelo me caía muy bien, pero me gusta más José Ángel [risas]. Por lo visto, tenía tendencia a ir hacia el balón antes de aprender a andar. Lo primero que me regalaron los Reyes fue una pelota y no me separaba de ella. Eso me contaron años después. Mi padre era de familia tradicionalista y mi madre, nacionalista. Así que en casa no se hablaba nada de política. Nos juntábamos muchos en la mesa, a veces diecisiete, y solo se organizaba entre todos el trabajo en el caserío.

En el tiempo que tenía libre echaba una mano en todas las labores. Sobre todo en verano, en la recogida. Me ponía delante del caballo o delante del burro, araba. Iba a los maizales, a las alubias. Trabajaba con la azada. Segaba casi todas las tardes para recoger hierba y dársela a los animales. Hasta los catorce años no paré. Y, mientras lo hacía, competía conmigo mismo, por ejemplo, subiendo escaleras. Tenía que llevar sacos de patatas al desván y me proponía hacerlo en el menor tiempo posible subiendo los escalones de tres en tres. Me encantaba hacerlo rápido, entre otras cosas, porque así tenía más tiempo para luego irme a jugar.

Era una vida muy lúdica. Me gustaba jugar a todo. Lo recuerdo con mucho cariño, había buen ambiente. Mucha necesidad, faltaba dinero, pero teníamos comida. Lo que se recogía en las tierras se vendía en la plaza y cuando matábamos al ganado era cuando más dinero entraba en casa. Nos daba para vivir. Y mi madre era una cocinera excelente, guisaba de maravilla.

El propietario del caserío era un señor de Azpeitia que nos terminó regalando la casa y unos terrenos. Por lo visto, mi abuelo le caía muy bien después de tantos años trabajando esas tierras y se las dejó en herencia. Le llevábamos siempre detalles, lo mejor de cada cosecha, reconociendo que él era el poseedor de la tierra.

Su padre le cambió de colegio para llevarle a uno donde se cantaban canciones en euskera.

Estaba con las hermanas ursulinas, pero de pronto un día vino mi aita, me cogió y me llevó ante el director de La Salle a decirle que me quería inscribir. Le advirtieron de que había problemas por lo de cantar en euskera y contestó: «Ya lo sé, por eso traigo a mi hijo y quiero que esté aquí, sé que quieren echarte». Lo que hacía este fraile era que los fines de semana, a última hora, nos enseñaba canciones en euskera relacionadas con la naturaleza, con el vino, con la vendimia. En mi casa éramos euskaldunes y hablábamos en euskera. En casa y en la calle. Pero en la enseñanza el idioma estaba completamente restringido.

¿Y en la iglesia?

En la iglesia cantaba en el coro, pero en latín.

¿Cuándo empezó con el fútbol?

Tenía la playa a setenta y cinco metros de mi casa. Cuando bajaba la marea, era enorme. La arena, como portero, ayudaba, porque aprendías a tirarte sin miedo. Pero en el patio del colegio también jugábamos, con pelotas pequeñitas que nos hacíamos, y también me tiraba en el empedrado, aunque usando más las piernas para parar. También te enseñaba a tener reflejos jugar al frontón. Todo sumaba. Íbamos al monte, de excursión, jugábamos a espadachines, trepábamos, subíamos a los árboles, saltábamos, era un entrenamiento muy bueno en una infraestructura natural. Solo había un poco de orden en la playa. En La Salle también había hermanos muy deportistas. Te animaban a hacer deporte, participabas en torneos escolares de atletismo. Yo hice medio fondo, 400 y 800 metros. El hermano Ricardo trajo el baloncesto, que era muy novedoso; estoy hablando del año 50.

En Zarautz a las mujeres se las presionaba más que a los hombres para que hablasen en castellano.

Eso lo noté en mis hermanas. No era por nada en particular, solo porque el colegio de ellas lo llevaba la Sección Femenina y debían ser más estrictas que los curas a la hora de hacerles hablar castellano. Al menos en Zarautz. Nosotros hablábamos euskera naturalmente, cuando me eché novia le escribía postales y cartas en euskera. Supongo que con muchas faltas; no estaba alfabetizado en euskera, lo escribía como lo hablaba. Luego con los años aprendí leyendo y a base de escuchar la radio. Así vas ampliando lo que sabes.

Su padre le dijo: «La educación es lo único que nadie le puede arrebatar a una persona».

Tenía frases de ese tipo. Siempre me animó a estudiar. Llegué a tornero antes de decidir entrar en el fútbol, con permiso de la familia. Aunque una vez hice una pieza con el torno, un día en el que estaba agobiado, y me dijo el dueño que mejor que me dedicase al fútbol. Fue premonitorio, porque tenía dieciséis o diecisiete años y entré en el Basconia. Estaba descargando hierba en Zarautz, me vio Salvador Etxabe, que era del Athletic y estaba cedido en el Basconia, y me dijo que si quería hacer una prueba.

Fui a hacer la prueba mal, tenía un divieso infectado en el codo y no me podía tirar sin hacerme daño. Pero era solo un partido y no tuve mucho trabajo. No les entusiasmé mucho, tuvo que ser Piru Gaínza, que estaba contratado como consejero, el que les dijo que me cogieran. Le dijeron que no había hecho nada, pero a él le llamó la atención mi saque, cómo sacaba con la mano. Luego otro Etxabe que había sido portero del Basconia me vio atrapar un balón elevado y, al verme saltando con los brazos estirados, dijo: «¡Parece un chopo!». Y se me quedó el mote.

Ya había estado lesionado antes de esta prueba. En Zarautz, en un entrenamiento un día lluvioso y embarrado, me dieron un balonazo. Fue Jorge Izeta Arrese, que luego jugó en Osasuna y Oviedo; me cogió con la mano floja y me hizo daño. Estuve seis meses jugando con dolores hasta que fueron insoportables. Cuando no podía más, fui a la mutua a Donostia, donde estaba el médico de la Real y la Federación Guipuzcoana, y me preguntó: «¿Cómo has podido jugar así? Tienes el escafoides completamente roto». Tuve que estar seis meses con escayola. Iba una vez al mes a que me la cambiaran. Ese tiempo jugué de delantero.

Cuando me ficharon hubo debate en casa, porque algo así solo podía hacerlo con el permiso de la familia. Era el mayor y tenía cuatro hermanas. Lo del mayorazgo tenía importancia en la cultura, se supone que yo tenía que coger las riendas de la casa. Mis tías, que también vivían en casa, pusieron pegas. A los demás, como eran futboleros, les hizo algo de ilusión. Me dieron un año, si no cuajaba, volvía a estudiar y al caserío.

El Basconia eliminó al Atlético de Madrid en Copa, una hazaña.

Eso me marcó, fue un pequeño detalle, pero un paso importante en mi carrera. En el Atlético estaba Villalonga de entrenador, que fue el seleccionador nacional, y se fijó en mí. Después de clasificarnos, jugamos contra el Barcelona y me metieron diez. Cuando me iba derrotado al túnel de vestuarios, vino Kubala y me dijo que, si yo quería, ellos me fichaban. Y era verdad. Habían ofrecido tres millones. Juan Alonso, presidente del Basconia, era un chatarrero muy duro negociando, y me puso en el Athletic. Había un compromiso entre ambos clubes, el Athletic cedía jugadores al Basconia y luego, si quería fichar algo, le iba gratis. Alonso dijo que yo no iba al Barcelona, pero tampoco iba a salir gratis. El Athletic tuvo que pagar un millón y, en represalia, rompió los convenios de colaboración. Con ese millón se construyó una tribuna en el campo, lo que me hizo ilusión, porque parecía que el dinero se gastó en algo positivo.

A su madre no le gustó San Mamés.

Mi ama no era futbolera, fue al campo y vio a toda la gente gritando aunque fuéramos ganando, increpando, lo que es el fútbol en sí mismo, y no le gustó ese ambiente tan intransigente. Dijo: «Esto no va conmigo». Y no volvió. Mi aita sí que iba.

El primer penalti en la portería del Athletic se lo tiró Puskás.

Y no era. La falta a Manuel Bueno (no jugó Gento) de José María Orúe, nuestro lateral derecho, gran jugador y mejor persona, fue fuera del área, pero el árbitro la metió dentro. Al pitar penalti se lio en la grada. La gente se puso a tirar cosas y llenó el área de almohadillas. La escandalera era enorme. Yo era prácticamente debutante en San Mamés, solo había jugado unos minutos en Málaga y contra el Betis. Cuando vino Puskás a tirar, me acerqué y le dije: «Tíralo fuera, que mira la que se va a liar, está todo muy revuelto». Y me contestó: «Sí, lo voy a tirar fuera ahora, hijo de puta» [risas]. A mí oír esas palabras me dejó alucinado, sonaban muy mal. No se oían esas cosas. Amancio, que estaba al lado, me dijo: «Tranquilo, no te preocupes, que este lo primero que aprendió a decir cuando llegó a España fue “hijo de puta”. Todos los días nos lo llama a todos». Pero luego Puskás era un hombre muy afable y muy simpático. Tiró y me la metió bien dentro. Puskás, cuando tiraba, no engañaba. Levantaba la cabeza, miraba y, donde ponía los ojos, ahí iba. Ahora, para el portero llegar hasta ahí…

Un año después estaba jugando la final de la Eurocopa contra la URSS.

Los días previos a aquel partido estuvimos concentrados en Berzosa, en la sierra madrileña. Había un caserón, una especie de pensión, y Villalonga nos metió ahí, supongo que solía llevar allí al Atlético. Nos vino muy bien para aislarnos de la presión. Las relaciones de España con los soviéticos no existían. Antes no se había presentado España en la Eurocopa de 1960 para no jugar contra ellos. Nosotros estábamos tan metidos en el fútbol que no reparamos en lo demás y la prensa estaba muy teledirigida. Como se decía, era la mejor prensa de España, porque solo había una. Fue mi cuarto partido como internacional y tengo que decir que fui muy bien recibido por los veteranos. Me arroparon mucho Luis Suárez y compañía. Todo eso me vino muy bien para lo que vino, que fue como salir al ruedo, como los gladiadores, delante de 80 000 personas que había en Chamartín.

Esas concentraciones tendrían que ser plomizas.

Años más tarde, íbamos a jugar a Birmingham, y estábamos concentrados en un castillo gigante, fantasmagórico. Por las tardes no entrenábamos y no teníamos nada que hacer. Yo cogí y me compré un reproductor pequeñito de singles, portátil, y el de Strangers in the Night de Sinatra. En la habitación no había tele ni nada, así que me lo aprendí de memoria. Me gustaba tanto la canción que me ayudó mucho a relajarme escucharla una y otra vez. Así estábamos.

¿Se tocó el himno de la URSS antes de la final de la Eurocopa?

Posiblemente sí, no me acuerdo. Todas las imágenes de ese partido están manipuladas. En el gol de Marcelino, el centro no es el centro, el que dio el pase de gol fue Pereda, pero en el vídeo lo da Amancio. Con la escena de los himnos sería igual, la retocarían.

Estuvo frente a su ídolo, Lev Yashin, la Araña Negra.

Me llevé su camiseta, aunque no me atreví a pedírsela. Lo hizo Paquito. Fuera del campo yo era muy tímido, dentro me transformaba. Una vez en el césped me entraban ganas de que empezase todo y de que llegasen los mejores a tirarme. Paquito fue suplente ese día y después del partido me llevó a su vestuario a pedírsela. Yashin fue muy amable y me dio la camiseta, que era la del Dinamo, no la de la URSS. Años después veía yo la camiseta y tenía dudas de qué me había dado, pero repasando las imágenes sí que es verdad que jugó la final con la del Dinamo. Entonces era así. Yo también le di años después mi camiseta a un portero griego que me la pidió, el del AEK de Atenas, y el tío jugó una eliminatoria de Copa de Ferias contra el Ajax con mi camiseta de la selección con el escudo del águila. No había tanta rigidez, solo tenía que ser una camiseta distinta y punto.

Era fan de Yashin, pero no lo veía por la tele.

El fútbol se imaginaba entonces. Lo que más me gustaba era ir a la peluquería para leerme todas las revistas deportivas que tenían, me daba igual. No me importaba que me pasaran la vez. Seguía leyendo. Con los detalles de las fotografías te tenías que imaginar cómo habían sido las jugadas. Recuerdo una foto de Berasaluce, portero del Alavés y el Real Madrid, que era impresionante. Te quedabas pensando: «¿Cómo habrá hecho esto?». Pero era la foto, igual luego el balón se había ido fuera. También la radio te ayudaba mucho a imaginar. Lo hacían muy bien, de maravilla. Te situaban en los sitios, los Matías Prats y demás, te decían quién tenía el balón, cómo era, sus características, y nosotros mientras éramos como esponjas.

¿Cómo fue la recepción de Franco tras ganar la Eurocopa?

Varios no teníamos el traje negro que se exigía en la etiqueta. Fuimos a alquilar unos, pero no había tallas y no pudimos. Yo tenía un príncipe de Gales gris, y ni corto ni perezoso me lo puse. Llegamos un poco tarde por este contratiempo y no pasó gran cosa. Franco no dijo nada. Enhorabuena, lo que sea, y ya. No hubo grandes elocuencias. Fuimos pasando uno a uno y, cuando me tocó a mí, me dijo: «Tú eres el benjamín del equipo». Y ya. Los que hacían discursos muy politizados y muy fuertes eran los que llevaban las riendas de la Federación y el deporte en general. Aprovechaban cualquier circunstancia en las cenas oficiales para soltarlos. Era desagradable. Yo hacía como que no oía nada, como que no prestaba atención. Pero a la selección iba muy a gusto, era un escaparate. Después de este triunfo, muchos salimos a la palestra. Al mercado. Era muy positivo estar ahí.

El seleccionador, Villalonga, era teniente coronel.

Era un buenazo. Y era un tío muy culto, siempre iba con un libro y nos decía que teníamos que leer. «Matad el tiempo leyendo, hombre», decía. Nunca le faltaba un libro en la mano. Era bonachón, hasta en la forma de decir las cosas, como cuando explicaba la táctica para jugar, notabas que era buena persona.

¿Dieron mucha prima por ganar?

Me llegó justito para comprarme un Simca 1000. Fueron ciento diez mil pesetas. Me fui a Galicia de viaje de novios con él, a la isla de La Toja. Y muy bien. Años después, me lo quemaron unos amigos. Se lo dejé a la pandilla de Zarautz para que vinieran a una final de Copa en Madrid y me quemaron la junta de la culata porque hizo un calor infernal. Pero, bueno, se arregló y punto.

En Orense paró cuatro penaltis.

Al Dépor. Entonces se tiraban todos seguidos, un equipo primero sus cinco y luego el otro los suyos. Me vino Arieta, el veterano del equipo, y me dijo: «No quiero que te metan ninguno, pero ni uno, los tienes que parar todos». Imponía, la verdad; Eneko Arieta era un delantero que se pegaba con los defensas, los duelos con Campanal —un central del Sevilla, que era un atleta completo, creo que era recordman de salto de altura y todo— eran épicos. Saltaban chispas. Luego Arieta era un buenazo, pero a la hora de decir las cosas era contundente. Me dijo eso y yo tenía la sensación de que iba a adivinar todos. Paré cuatro y el quinto salió fuera rozando el palo.

También le paró uno a Gerd Müller.

Los penaltis que te hacen ganar o no perder, como en este caso, te gusta recordarlos. En Escocia le paré uno a Hutchinson que nos clasificó para la Eurocopa del 76. Ese fue muy decisivo y muy recordado.

Se lesionó en Pontevedra, pero en el baño.

Me estaba duchando, había duchas individuales. Y se me hundió el plato. Me corté un dedo del pie, se me quedó colgando. Horrible. Estuve tres semanas hospitalizado, pero ahí sigue el dedo. A los pocos días, mi sustituto, Javier Echevarría, fue también ingresado en el hospital porque le partieron la nariz. Estuvimos en la habitación juntos, el pobre sufrió mucho porque entonces las operaciones nasales eran algo terrible. Los que las han sufrido dicen que era espantoso. Otra vez, en Burgos, me chutaron y la paré con el dedo gordo, de forma que se me montaron las falanges. Parecía que se me había metido el dedo para dentro. El médico no me lo pudo colocar de ninguna manera y lo tuve que hacer yo mismo.  

Perdieron una final de Copa contra el Zaragoza de los Cinco Magníficos y el público lo celebró.

Fue algo increíble. Celebrar después de perder… Me sacaron a hombros, me pusieron la txapela. Yo me quería bajar, no era normal, me quité la txapela porque la txapela es de txapeldun, ‘campeón’, del ganador. Y habíamos perdido. Pero de esa noche salió la canción «Iribar es cojonudo, como Iribar no hay ninguno». Ahí empecé a conocer lo que es nuestra afición. Gente capaz de celebrar para consolarse porque ha perdido. Una afición alegre. Eso son cosas que marcan. Algo que te influye a la hora de decidir si te quedas o te marchas, si acabas tu carrera deportiva en un club o no.

Porque el Real Madrid vino a ficharle.

De Carlos, cuando lo dejó Bernabéu, habló con nuestro presidente. Yo no quería ni hablar ni negociar. Aunque las condiciones que teníamos con los clubes eran draconianas. Cuando se acababa el contrato, poniendo un poco más, te lo renovaban. Hasta la segunda mitad de los ochenta todo esto fue así. Cuando llegó esa oferta del Madrid debía tener yo unos treinta años, pero no me quise mover porque tenía Zarautz al lado y la familia. Me lo comentó el presidente y dije que ni hablar. Estaba muy integrado en el Athletic, me sentía muy satisfecho, estaba en plenitud en ese equipo. Era un reto ganar a los grandes con una política diferenciada de cantera. Nosotros disfrutamos mucho más nuestras victorias. Económicamente en el Madrid estaría a años luz, pero yo estaba satisfecho con lo que tenía. Uno de los que más me decía que fichase por otro club más pujante era Luis Aragonés. Cuando estábamos con la selección, una vez que empatamos a cero con Escocia, salimos a dar una vuelta. Me fui con él a tomar una cerveza. Y Luis, que hablaba mucho, me decía: «Tú, ¿sabes qué necesitas? ¡Tú lo que tienes que hacer es jugar en el Atlético de Madrid!». Yo le decía que estaba muy a gusto en Bilbao y contestaba: «Pero no seas…». No sé qué diría, alguna palabra de jerga. Era muy persistente [risas].

Con el entrenador del Córdoba, Marcel Domingo, tuvo una mala experiencia.

Pasó que íbamos ganando 0-1 allí. El entrenador del Córdoba era Marcel Domingo, que había sido portero del Atlético y era un tío polémico, le gustaba la trifulca. Ese día se puso detrás de la portería y en un córner les dijo a sus jugadores: «¡Echadle arena en los ojos a Iribar, arena en los ojos!». Se lo dije al árbitro, que lo había oído y le expulsaron. Esto trascendió, salió en la prensa y en el partido de vuelta hubo lío. Domingo, curiosamente, estaba casado con una chica de Bilbao.

Poco les faltó para sufrir una tragedia como la de Superga, cuando el Torino se estrelló en su avión.

Aterrizamos con un motor en llamas. Fuimos a Madrid en autobús y de ahí íbamos a ir a Málaga en avión, pero no sé qué pasó que tuvimos que parar en Córdoba y de ahí coger otro vuelo. Era un Convair Metropolitan. Iba a ser un salto de diez o quince minutos, pero hubo una avería y tardamos una hora. Bajamos con el motor incendiándose, siguiéndonos los bomberos y los de emergencias por la pista. Mientras esto pasaba, dentro del avión había gente riéndose y otros que lloraban. De todo. Las reacciones humanas son imprevisibles. Algunos incluso se reían del miedo de los demás. Para conocer de verdad a las personas nada como una experiencia así.

A su hijo Markel lo tuvo que inscribir en el registro como Marcelino.

Se le puso Marcelino por su abuelo, por mi aita, al que yo tenía en un pedestal, pero también le llamábamos Markel como mote. Mi idea era que luego pudiera elegir él. Te coartaban tu libertad hasta en el nombre que les ibas a poner a los hijos, pero siempre pensamos que con el tiempo podrían cambiarlo y les dábamos esa libertad a los hijos de que tuvieran dos para poder escoger uno.

Disputaron la llamada Pequeña Copa del Mundo en Venezuela.

Fuimos con un policía, que oficialmente no lo era, porque iba de incógnito, pero todos lo sabíamos, porque si haces viajes y van siempre los mismos, cuando de repente aparece alguien que no sabes quién es, pues… eso. Recuerdo que al salir del avión nos recibió un golpe de calor que nos quedamos sin ganas de bajar. Pero ahí abajo, a lo lejos, vimos a gente con la ikurriña. Fue cuando se dio a conocer el policía secreto. Se acercó y le dijo a alguien de allí que fuera al grupo a decirle que o quitaban las banderas o el equipo se volvía. Entre esos aficionados, por cierto, estaba Iñaki Anasagasti con la ikurriña, pero las tuvieron que quitar.

Querían llevarnos al Euskal Etxea, pero en el club nos dijeron que no fuéramos, que procurásemos no hablar con ellos. Yo no hice caso, fui después del partido, o entre uno y otro, no me acuerdo. Era muy gratificante estar allí, sentir la añoranza de la gente exiliada, era emocionante. Contaban sus historias, cómo habían llegado en barco, las historias de la guerra. Aunque los veías que no estaban mal, tenían buenas posiciones en la sociedad y habían sido bien acogidos. También había un pariente de mi mujer por allí. Fueron momentos muy interesantes, que te hacían ver en perspectiva y poder analizar lo que pasaba, porque en los años sesenta nosotros éramos muy ignorantes. Las familias no hablaban, ni las cuadrillas. Había miedo de tratar esos temas, de tocar cosas delicadas.

En la Pequeña Copa del Mundo jugamos contra la Académica de Portugal y el Platense argentino. En este último estaba el Manco Casas. Un jugador que no tenía brazo y llevaba una prótesis de hierro que utilizaba muy, muy bien. Era peligrosísimo. Ese día ganábamos 1-0, pero tenían muy mal perder, y a Antón Arieta, al hermano de Eneko, de los que hemos comentado antes que eran dos delanteros centro de diferentes características, completamente opuestos, uno era fino estilista y el otro era un toro, pues a este le cogió el Manco Casas y le dio con el muñón y el hierro en la cara. Se cayó sangrando y oías a nuestro banquillo: «¡Le ha matado! ¡Le ha matado!». Y, una vez en el suelo, se puso a patearlo. Bueno, se lio una que… Fíjate cómo fue, que el árbitro dio ahí por terminado el partido.

Eran peores los partidos amistosos que los oficiales.

Mira, en Chicago, contra el Estrella Roja de Belgrado, que era el equipo de moda entonces, jugamos en un campo de béisbol. En principio, nosotros nos negamos a disputar ahí un partido, pero nos pidieron por favor que jugásemos y cedimos al final porque la junta directiva dijo que nos iban a pagar. Pusieron unas alfombrillas, aquello era de todo menos un campo de fútbol, y encima en el partido nos dieron… Metían unas patadas a los delanteros finas. Tanto que Juan Antonio Deusto, el portero suplente, pidió saltar al campo como jugador para devolverlas. Deusto sabía kárate. Le dijo a Piru Gaínza: «Sácame, que me los meriendo a todos». ¡Y le sacó! Y se armó una… Luego encima no nos querían pagar, porque no había ido nadie. Estábamos ahí dándonos a vida o muerte con el Estrella en un campo de béisbol y encima las gradas vacías, no lo estaba viendo nadie. Se suponía que era un partido de promoción del fútbol y fue un despropósito. Nos encerramos en los vestuarios hasta que nos pagaron. Y luego, en el viaje de vuelta, para rematar, nos olvidamos a Txetxu Rojo. En la escala en Londres, se fue al baño, entró prisa y salió al avión sin él. Al final, quedamos todos en no comentar nada a la prensa de todo este viaje. Fue nuestro secreto.

Eliminaron al Liverpool en Copa de Ferias.

Pero mira cómo. Empatamos, jugamos prórroga y pensábamos que habría penaltis, pero dijo el árbitro que no, que a moneda. Fue ahí Koldo Aguirre y eligió el rojo. Entonces el capitán del Liverpool se puso terco: «No, no, los reds somos nosotros». Quería el rojo. Y le dijo Koldo: «¡Pues para ti el rojo!». Y salió azul [risas]. Pasamos nosotros la eliminatoria.

Cuando ganaron la Copa al Elche, les recibieron como héroes en Bilbao. Ahora es normal, pero, en esa época, ¿hacía alguien más esos recibimientos?

En aquella época no creo que se recibiera así a ningún equipo. No era muy normal. No lo recuerdo al menos, así, tan multitudinario. Nosotros íbamos en un camión con las cartolas abajo, era emocionantísimo. Cuando, según llegábamos a Bilbao, veías a los aldeanos salir, agitando la azada, con las abuelas… Era mucho sentimiento el que había ahí.

Cuando la plantilla tuvo que renovar decidió negociar de forma conjunta, en grupo, e Iñaki Sáez ha dicho que usted perdió dinero por apoyar a los compañeros.

Esas cosas no las cuento, pero si lo ha dicho Iñaki, sí, es así. Coincidió que renovábamos muchos y nos ofrecían algo muy por debajo de lo que estaba ganando entonces la gente. Por ejemplo, los descartes del Athletic se iban al Málaga, y ganaban el doble que nosotros. Nos parecía injusto. Entonces fuimos a negociar juntos, ni más ni menos. Y tuvieron que ceder.

Usted organizó cenas con la plantilla de la Real Sociedad para rebajar la tensión de los derbis.

Es que hubo derbis que se pasaron de la normalidad, pensábamos que la rivalidad tenía que ser sana y no trascender en el campo en acciones así. Hubo un distanciamiento, división entre las aficiones, y pensamos que igual era un problema de conocimiento entre los jugadores. Todo salió de nosotros. Porque hablábamos por separado algún día y los de la Real decían: «Pues tal es que es un chulo», y contestabas: «No, hombre no, no lo conoces, que es muy majo». Y los míos también decían: «Es que nos dan siempre de hostias».

Estaban Andoni Elizondo y Piru de entrenadores, y tampoco querían que la cosa se agravase y dieron luz verde. Yo, que era guipuzcoano, que era sensible a lo que pasaba, hablé con el capitán. Dijimos de hacer una comida a mitad de camino, de mezclarnos y conocernos un poco. El día elegido fuimos todos. Ellos tenían a José Antonio Arzak, que era un gran animador, se sabía canciones de todo tipo y te obligaba a cantarlas en grupo, a moverte. Total, que nos lo pasamos de cine y nos conocimos muy bien y quedamos en repetir. Hablamos de cómo era nuestra vida, las preocupaciones, lo que teníamos en común. Pero luego en el terreno de juego todo era diferente, aunque ya no fue lo mismo que antes. Competir te lleva a eso, a ir al límite, incluso a hacer trampas. Funcionó muy bien porque, excepto Enrique Silvestre, que era catalán, el resto éramos todos del país y nos entendimos muy bien. Quedaba todo en casa. Nos juntamos varias veces, alejados de los derbis, buscando días neutros para que no hubiera susceptibilidades.

Participó en muchos partidos de homenaje a estrellas de la época.

Jugué con una selección europea en el homenaje a Eusebio. Con Cruyff, Beckenbauer, Gordon Banks, que era uno de mis ídolos. Este tuvo un accidente y se le quedó un ojo que no veía, pero seguía jugando en el Stoke City. Era tan bueno que siguió siendo titular estando tuerto. George Best también vino a una, pero estuvo solo en la cena y el día del partido no apareció, para volver luego a la cena oficial del día siguiente. Hacía su vida, por todos conocida.

Fue muy querido en toda España. Le pusieron calles en Asturias, en Extremadura le sacaban a hombros del campo, como a los toreros.

Me sentí bien acogido en España. En la época, la gente no tendría mucho a qué acogerse, por lo visto [risas].

Estuvo a punto de morir.

Fiebres tifoideas. Empecé a encontrarme mal, empezó a subirme la temperatura, parecía una gripe, pero acabé necesitando transfusiones de sangre. Tuve la sensación de estar ya en el otro lado. Pichichi murió de esto mismo. Yo perdí dieciocho kilos. Luego tuve que ir a dar gracias a los empleados de El Corte Inglés, que hicieron donaciones de sangre para mí, y qué menos que ir a agradecérselo. Y también tuve que ir a dar gracias a los que rezaron por mí, a los jesuitas, que eran muy del Athletic. Me hicieron ir a darles un mitin en la iglesia [risas].

Después de aquello me cambió la mentalidad, vi la vida de otra manera. Me di cuenta de que había estado muy encerrado en el deporte. Empecé a fijarme un poco más en la vida, a valorar otras cosas, a la gente, lo que sucede a tu alrededor. Traté de no estar aislado. En el fútbol parece que todo va bien, que todo es un éxito y, a partir de esta experiencia, logré ser más observador, aprendí a escuchar más. Escuchar es la palabra. Creo que he sido bastante atento a partir de ahí, me di cuenta de la importancia que tiene escuchar lo que dice la gente.

¿Qué entrenador le enseñó más?

De todos se saca algo. Pero, por necesidad, en aquella época los porteros fuimos muy autodidactas. No solían molestarse mucho en ti, lo que había no tiene nada que ver con los entrenamientos actuales de porteros. Tampoco te daban claves: o lo hacías bien o lo hacías mal. Lo que he agradecido mucho es a los entrenadores que me entrenaron, sin más, los que se quedaban después del entrenamiento a tirarme tiros. Porque había algunos que nada. Piru Gaínza, por ejemplo, me entrenaba mucho, pero normalmente me dejaban a mi aire.

Luego Milorad Pavic, un yugoslavo, nos enseñó que teníamos que ser un poco como robots. Era un gran jugador de ajedrez y manejaba mucho los movimientos y desmarques diagonales con y sin balón. Entrenábamos especialmente los automatismos. Al principio creíamos que no iba a funcionar, pero según íbamos avanzando empezamos a jugar de maravilla. Recuerdo comentarlo con Iñaki Sáez, hablar y dudar de si iba a valer para algo todo eso, y luego ver que sí que funcionó. Enseñó a los centrales a meter el juego en las zonas interiores del campo, a empezar desde atrás. Te dabas cuenta de que había más posibilidades de combinar, salían más movimientos. Una vez en el Bernabéu Pavic se fue enfadado antes de que acabase el partido, habíamos jugado de maravilla y ganábamos 0-3, pero quedaban diez o quince minutos y nos empataron a 3. Se enfadó, con razón, y se fue. Agustín Guisasola se salió en ese partido, pero Amancio, Pirri, Velázquez y estos eran lo que eran también.

Otro entrenador, Salvador Artigas, corría con nosotros y tenía sesenta años. Se ponía el primero en las carreras que echábamos. Y, en sentido contrario, entrenadores como Helmut Senekowitsch, austriaco, nos hacía sesiones con cuerdas en las que no nos enterábamos de nada. No apetecía ni hacer sus ejercicios. Nos ponía saltos imposibles, los que que tenían menos altura, los culibajos, no podían y quedaban en evidencia. No funcionó.

Le ganaron la Copa al Elche de Del Bosque.

Era muy técnico, con la estatura que tenía bajaba muy bien el balón y tenía toque. Muy buena colocación, voz, llegada. Era muy interesante como jugador, no era excesivamente rápido, quizá parecía más lento de lo que era por la zancada que tenía.

¿Qué le pasó a Villar con Cruyff?

Pues que perdió los papeles y le soltó una bofetada. Se fue al vestuario antes de que lo expulsaran. Luego he leído que pagamos todos la multa que le pusieron. A veces teníamos esos detalles.

¿Qué tal Beckenbauer cuando jugó el Villa de Bilbao?

Se bajó los pantalones delante de la afición. Ellos vinieron a jugar el trofeo el año anterior, que tenía una cláusula por la que el ganador tenía que volver al año siguiente y, por lo visto, ellos no querían venir. Así que vinieron de mala gana a pasearse. Les metieron cinco. Yo lo vi en la grada. El público se quejó, lo abucheó y él se bajó los pantalones en respuesta. Pero siempre le he tenido en un pedestal.

Siempre se ha dicho que por lo que más destacó usted era por la colocación. Una vez comentó la satisfacción que le produjo jugar contra el Valencia de Di Stefano, que tiraba de tiquitaca, y de anticiparse a sus acciones.

Jugaban mucho en paredes, y la gracia era evitar que hubiese tiros o disparos, evitar que hubiera un remate. Eso me motivaba mucho, porque si te tiran mucho es que algo no estás haciendo bien. Y en este deporte, esa decimita de segundo que ganas viendo la jugada del adversario antes, eso que no se puede medir, ese es el secreto del fútbol

Que se lo digan a Leivinha, delantero del Atlético de Madrid.

Iba a poner el balón en juego y no sé por dónde me salió, pero me la quitó y metió gol. Me sentí superridículo.

El fusilamiento de Txiki y Otaegui y otros tres militantes del FRAP le impactó profundamente.

Txiki era extremeño, pero vivía en Zarautz, muy cerca de mi caserío. Aquello marcó mucho, te daba que pensar. Eran unas circunstancias tan sumamente dramáticas, un fusilamiento. Con el fusilamiento de Txiki y Otaegi empezabas a sentir que algo no va bien y pasabas a ser cada vez más crítico con todo. No fue un antes y un después, desde mayo del 68 ya estábamos muy marcados; algo nos llegó, accedías a libros, poca cosa, pero clandestinamente te llegaban cosas. Pero, cuando le vimos la cara a la represión tan de cerca, algo cambió y para siempre. Nosotros jugamos en Granada y sacamos crespones negros, pero no se publicitó. Es más, nos llamaron la atención y la directiva dijo que era por el fallecimiento de un exjugador. Pero los que sí le echaron bemoles fueron Aitor Aguirre y Sergio, del Racing de Santander, que sacaron ellos dos el brazalete negro y les pusieron una multa importante.

En un derbi con la Real decidieron sacar una ikurriña cuando todavía no era legal.

La confeccionó la hermana de Uranga, un jugador de la Real. Supongo que ellos ya lo tendrían premeditado, porque una ikurriña no se hace de la noche a la mañana. Nos lo ofrecieron una hora y media antes del partido. Lo consultamos, a ver si era el momento bueno, y sí que había cierta sensibilidad en ese sentido. Si hubiera habido alguien que no estuviera de acuerdo, no lo habríamos hecho, pero decidimos todos que sí.

Hablamos de cómo sacarla sin que nos la quitaran antes, porque en Atocha en el túnel de vestuarios hay que bajar unas escaleras, solo había sitio justito para salir y estaba todo lleno de grises. Ese día se hacía un homenaje a Gaztelu, había majorettes y de todo. Teníamos miedo de que nos la quisiesen quitar al salir, entonces Uranga, que estaba lesionado, la cogió y se puso en la grada. Cuando aparecimos, saltó, nos la dio y salimos los capitanes con ella. Hubo una reacción de la gente impresionante.

Durante el partido estuve al partido. Pero tenía que hacer un esfuerzo para concentrarme porque, a veces, a mí, que estaba de portero, se me iba la mente a pensar que nos podía pasar algo. Sin embargo, poco tiempo después se legalizó la ikurriña. Nuestro gesto fue un paso para que se abriera un poco la ventana. Al día siguiente, en el aeropuerto, había unos tíos encorbatados que nos miraban fijamente, con unos gestos… no sé lo que eran, pero, fíjate, nos protegió de ellos un gris, que se puso en medio sin moverse para asegurarse de que no pasaba nada.

¿Recibió amenazas?

Bueno, quién no. Lo mejor es no hacer ni caso. Seguí haciendo mi vida con toda naturalidad.

¿Qué pasó con la selección? En la biografía La alargada sombra del Chopo, de Pedro Mari Goikoetxea, dice que no le llamaron más pero que hubiese ido. En una entrevista al diario Hierro, el 2 de octubre de 1976, dijo textualmente: «No iré más a la selección», «Estoy decidido a no volver a la selección». Y más adelante, en la revista Punto y Hora de Euskal Herria, en 1980, recordó: «Me reiteré en mi decisión y el partido número 50 lo jugué con la selección de Euskadi». Se contradicen las declaraciones de la época con las de la última biografía.

La versión correcta es la de la biografía. Si me hubiesen llamado, hubiese ido, eso lo tengo muy claro.

¿Fue Pablo Porta el que lo impidió, que por lo visto era muy de derechas?

Nunca me he preocupado de averiguarlo. Kubala era muy mío y le gustaba cómo jugaba, y no me llamó. Kubala, de hecho, me confesó que a veces echaba de menos en los jugadores un poco de arrojo y que por eso le gustábamos los vascos. Contra Alemania en Sevilla, que ganamos 2-0, creo que jugamos cinco. Uriarte, Gárate, Arieta, Rojo y yo. Pensaba que competíamos como había que competir.

Y no le pregunté, no era mi estilo. Aunque cuando dejaron de llamarme a la selección entendí que era un mensaje. Yo estaba jugando bien, en mi último partido contra Alemania empatamos a uno, me metieron un gol desde fuera del área, pero no era fácil de parar. Estuve bien. Y no me volvieron a llamar nunca más.

Para usted jugar con la selección nunca fue el sentimiento de representar a un país, solo una oportunidad para estar entre los mejores.

Tuve siempre una mentalidad muy de deportista. El fútbol está regido por federaciones y la FIFA y es otra cosa, aunque al final representas a un país y todos los Gobiernos utilizan el fútbol. Todos los países organizan mundiales para que se vea lo bien que hacen las cosas. Todo es a través del deporte, antes quizá en menor medida y ahora más.

Una selección de Euskadi sería un sueño para usted.

Hay que soñar. Creo que puede ser factible, hay diferentes formas de competir por selecciones. Hay modelos, como Islas Feroe, cuyos equipos juegan en la liga danesa pero ellos son selección. No hace falta que haya liga vasca. El modelo híbrido se admite. Pero es un sueño.

¿Qué opina de Arconada, que fue su gran sucesor en la selección?

Fantástico. Extraordinario. Marcó una época. Era un poco diferente a mí en su forma de jugar, pero era un porterazo.

El momento más triste de su carrera como portero fue, paradójicamente, fallar un penalti que le tocó tirar en la tanda de la final de Copa contra el Betis.

Cuando te pones al otro lado del balón te das cuenta de que es más complicado de lo que parece. El lanzador debe tener capacidad de autoafirmación y confianza para lanzarlo.

Había una foto muy bonita de Esnaola dándole la mano en el lance, usted está cabizbajo.

Eso fue cuando ya había fallado.

Ese fue un año triste porque también se perdió la final de la Copa de la UEFA.

Es que jugamos muy bien esa temporada, disfrutamos mucho sobre el campo, pero al final esos dos resultados no acompañaron. El equipo tenía unos automatismos buenísimos. Perdimos las dos finales por muy poco.

En 1978 formó parte de la mesa nacional de Herri Batasuna.

Me ofrecieron llevar el deporte dentro de Cultura. Creí que podía aportar algo en ese tema, sin más. No era nada… políticamente yo era bastante ignorante sobre cómo podían funcionar las cosas. Iba a colegios con Santi Brouard para que los niños no se acercaran a la droga e hicieran deporte.

Santi Brouard, que lo asesinó el GAL.

Sí, lo asesinaron.

Al año y poco se marchó de Herri Batasuna.

Porque mi vida era el fútbol. Si te llamaban para ir a sitios, te quitaba de tu trabajo del que estás viviendo, con lo que estás funcionado.

¿La violencia de ETA no tuvo nada que ver en esa decisión?

Todo entra. Yo, insisto, me he sentido siempre deportista. He intentado hacer las cosas de una manera muy civilizada, lo que he reflejado en los terrenos de juego es lo que he querido reflejar también en la vida. Ha podido salir mejor o peor, pero es así.

Tras significarse políticamente, perdió el cariño en el resto de España. En el Sánchez-Pizjuán, por ejemplo, cuando encajaba un gol le gritaban: «España, España, España».

Siempre he sabido quitarme las cosas negativas de encima, lo que no te interesa para el fútbol, ignorarlo. El runrún muchas veces te anima a estar metido de lleno en el partido, sobre todo porque, si no lo estás, puedes hacer el ridículo. Mi obsesión era jugar bien, hacer buenos partidos, y para eso si no estás a lo que estás es mejor retirarte. Esta capacidad para centrarme en lo que es el juego en sí mismo siempre la tuve.

¿Cómo fueron aquellas presiones de José María García para que dijera en la radio si se sentía español o no?

Me vino un día, después de que hubiéramos ganado al Atlético de Madrid, con que si quería darle una entrevista en la radio. No tenía ganas, a esas horas, pero me dijo que no íbamos a hablar más que de fútbol y me llevó engañado. Allí me preguntó si me sentía español. Como me sorprendí cuando me hizo esa pregunta y no contesté, dijo: «Como veis, el silencio demuestra que se siente español». Entonces dije que solo me sentía de mi baserri, de mi caserío. Contesté: «Me siento superfeliz en cualquier parte de Euskal Herria y tengo muchísimos amigos por todo el Estado». Y ahí se cortó la historia.

En un homenaje en Zarautz también le quisieron instrumentalizar con esta cuestión.

El gobernador civil, en una cena. Habló de mi patriotismo español y después me dirigí a los invitados en euskera y les dije que ya me conocían y que todo lo que se había dicho era una exageración. Además, era un homenaje del Ayuntamiento y estos aparecieron allí porque quisieron, se colaron.

A los treinta y siete años estaba roto, quería retirarse, y el club, en otra paradoja más de su carrera, no quería que se jubilara.

Tenía una hernia discal que me impedía hacer muchas cosas, no era flexible, era un palo. No podía hacer nada. Me daban unas contracturas… tenía muchos problemas para entrenar bien. La temporada 79-80, en Navidades, ya dije que no podía más, que contasen conmigo para lo que fuese, pero que no podía jugar.

En su partido homenaje vino la Real gratis.

Los elegí a ellos y vinieron de forma altruista. Con el dinero recaudado decidí que hiciéramos un diccionario de euskera, castellano y francés sobre términos deportivos, porque no había nada, vi que había mucha necesidad de algo así. Muchos periodistas luego echaron mano de este diccionario. Como sobró algo de dinero, se hicieron también tres ikuskas, cortometrajes de veinte minutos, de fútbol, remo y montaña. Salió bien. A mí el fútbol me ha dado mucho y quería devolverle algo.

Se le ve en las fotos de esa época con barba, ¿era por la canción «Egun da Santimamiña», que dice lo de «hasta que no vea a salvo el euskera, no me afeitaré la barba»?

No [risas], fue porque se puso de moda entonces y me apunté. Pero ni a mi madre ni a mi mujer les gustaba y me duró poco.

En plena crisis de principios de los ochenta, un almacén de distribución de alimentos que había montado diez años atrás tuvo que cerrar y fue un duro golpe.

Había mucha crisis, pero había ido yendo de menos a menos ya de antes. Fue una pena, porque era todo muy familiar, los empleados eran muy cercanos, y eso fue lo duro. Pero terminamos todos como amigos, se pagó a todo el mundo lo que había que pagarle, eso por supuesto, y todos los deberes estuvieron bien hechos.

Clemente le hizo llorar cuando hizo al Athletic campeón.

Tuve una relación muy cercana con Javier porque yo entrenaba a los porteros. Y en la primera liga me entró una llorera increíble. Cuando llegaron a Lezama, me tuve que meter en las duchas y no podía parar. Era un sentimiento… Estuve cerca de ganar ligas, pero nunca llegué, por eso tenía tanto guardado dentro y salió ahí. En la ría, en el recibimiento, pudo haber un millón de personas. Lo de sacar la gabarra fue increíble. Javi lo que aportó fue confianza, mucha confianza. El entrenador anterior, Senekowitsch, no paraba de decir que no valíamos, que no dábamos para más. Clemente, por el contrario, vino muy fuerte. Le costó un poquito al principio, pero, en cuanto dio con la clave, sacó de cada uno más de lo que tenía. Confianza y autoestima en una camada con mimbres para ganar.

Se fue por el incidente con Sarabia.

Fue muy desagradable, porque dividió mucho a la sociedad. Fueron dos caracteres muy fuertes y diferenciados y el choque fue un golpe para la institución. La idea es que no vuelva a reproducirse nada igual nunca más, el incidente dejó muy tocado al Athletic.

¿Fue justo echarle?

Ahí no me meto. Nunca llegas a saber el porqué de las cosas, falta información y te puedes equivocar.

Usted mismo cogió el equipo.

Me ofrecieron el equipo y no fui capaz de decir que no, pero nadie quería cogerlo después de lo que había pasado. Lo hice con mucha ilusión. Empezamos la temporada muy bien, al final de la primera vuelta éramos terceros, pero fueron llegando lesiones, nos quedamos sin delanteros, tuve que sacar a chavales sin experiencia en esas lides y el final nos costó mucho. Encima, con la propuesta de Irigoyen, el presidente del Cádiz, de que los siete últimos jugasen una liguilla de descenso, nos vimos en una situación complicada, aunque quedamos los primeros del play off. Aun así, estoy satisfecho de aquel año. Luego seguí aportando hasta 2001.

El portero que empezó a hacer época por aquel entonces fue Zubizarreta.

Me llamó la atención que, teniendo dieciocho años, ya parecía mayor. Eso lo transmitía al equipo. Madurez y confianza en sí mismo. Tenía una afición terrible al fútbol, mucha vocación.

Dicen que fuera de Euskal Herria nos parece soso porque solo le escuchamos en castellano, que no hemos tenido la oportunidad de conocerle en euskera.

En euskera es más espontáneo, se le da bien improvisar. Tiene su gracia.

En 2008 dijo que Casillas era el portero absoluto.

Ese año no solo era un portero completo, es que ganaba ligas, copas, fue campeón de Europa, poco después del mundo. Dominaba todas las facetas, unas mejor que otras, pero encima tenía un halo de suerte. Esto también es muy importante, estar predestinado. Luego me ha parecido también completísimo Buffon, Schmeichel padre… O Courtois, que le hemos visto y sufrido en el Atlético de Madrid. En mi época, nosotros éramos altos, pero ahora estos nos sacan diez centímetros a todos, son enormes. El gol de Bélgica en el Mundial lo montó él. Yo siempre he dicho que el portero es el primer atacante.

¿Y Kepa?

A Kepa le he seguido desde que era pequeño y ya de entrada se le veía muy bien. Se ve que tiene vocación, le gusta aprender, que es una cualidad muy importante, nunca le echa la culpa al empedrado. Esos pequeños detalles…

¿Cómo va la filosofía del Athletic en este siglo XXI?

Hay que sentir algo para jugar en el Athletic, hay que tener un sentimiento especial, porque aporta mucho a esta sociedad nuestra. Es algo que te retrotrae al fútbol de antaño. Equipos que se hacen con gente cercana, que le ofrecen algo más a la afición, como ser una gran familia, que es como nos sentimos aquí, donde todas las familias hablan del Athletic en algún momento de la semana. Y no todo lo que se discute es bueno, porque en una familia tiene que haber y pasar de todo. Pero, vamos, que luego la gente se vuelca con el club.

Visitó la tumba de Yashin en Moscú.

Jugamos en Rusia y tenía pendiente hacerle algo. Fue siempre muy cariñoso conmigo. Siempre tenía palabras amables, vino a un partido en mi honor. Tengo una foto en la que estamos Zamora, él y yo, de ese homenaje por mi récord de partidos con la selección, que es uno de los mejores recuerdos de mi carrera. Me pilló por sorpresa su muerte, porque falleció joven. En Moscú, fui a ver cómo podía ir y coincidió que había dos periodistas del As que tenían pensado decirme que fuera. Así que fuimos los tres, hicimos un viaje muy entrañable en el metro, en el que nos ayudó la gente a llegar y nos entendimos de maravilla con los moscovitas. Fue muy emocionante.

Sobre la paz en Euskadi, dijo: «He añorado estos momentos muchísimos años».

Hemos, yo diría hemos, pero hay que seguir trabajando en la convivencia, cada uno desde donde nos toca.


El balón de la discordia

Estadio Rhein Energie, Colonia, 2012. Fotografía Cordon Press

El tópico es mentira. O, como mínimo, una grandísima falacia. El fútbol no une, divide. Y lo hace como solo puede hacerlo una guerra. Podemos repetir el lugar común recordando aquello de que uno es la extensión de la otra por vías pacíficas; y aun esto es una verdad a medias. Solo tienen que asomarse un fin de semana a cualquier campo, no ya estadio profesional, de infantiles a poder ser, y escuchar. No a los niños, lo que forma parte de los gajes del oficio —la guerra psicológica, que diría Luis Aragonés—, sino a los adultos. Lo que sueltan por la boca algunos respetables padres (y madres) de familia solo es comparable a los intercambios lingüísticos entre una y otra vera de la línea del frente. Desde las Termópilas al Ebro, pasando por Verdún. La explicación es simple: el fútbol es un juego convertido en deporte transformado en negocio tamizado de espectáculo. En manos del hombre, es un lugar al que se viene a ganar o perder. Y del que pierde nos acordamos exactamente lo que dura el árbitro en detener el pitido final que da por declarado al vencedor. Por eso es la guerra. En ocasiones, más importante. En 1914 el Gobierno inglés suspendió todas las competiciones deportivas con excepción del fútbol. La temporada 1914-15 se jugó completa porque los ingleses aún creían que la contienda sería cosa de semanas y no vislumbraban la matanza que se avecinaba. Por si acaso, en febrero de 1914 se creó el Football Batallion, iniciativa para reclutar a futbolistas y defender al país. Muchos jugadores perderían la vida en las trincheras franco-belgas. Los que se negaron a luchar, como Jimmy Hogan, eran traidores a los que solo el tiempo —y el fútbol— perdonaría.  

No me malinterpreten. Amo el fútbol, está en mi lista particular de filias al nivel de la literatura, el cine y los cómics. Podría decir, como Albert Camus, que todo lo que sé del mundo lo aprendí en el fútbol, pero mentiría. Es solo casi todo, el resto lo aprendí de los libros, los cómics y las películas. Lo único cierto es que el fútbol, el juego más hermoso inventado por el ser humano (obviemos que fue un inglés, según la versión aceptada), es la más fiel metáfora de la vida. Capaz de albergar lo mejor y lo peor; un lugar al que, como a la guerra, se viene a vivir o morir. Por eso el fútbol es la única guerra hermosa y, para bien o para mal, toda la belleza del mundo cabe en los límites de una cancha de juego. También, en ocasiones, todo el horror. Lo hizo el 29 de mayo de 1985 en el Estadio de Heysel de Bruselas, en Bélgica, donde en los prolegómenos de la final de la Copa de Europa entre el Liverpool y la Juventus se dejaron la vida en las gradas treinta y nueve aficionados, la mayoría juventinos. Aquel partido, que nunca debió haberse jugado, comenzó con hora y media de retraso y cuando Platini marcó el gol (de penalti) que les daría la victoria a los italianos todavía quedaban cadáveres sin retirar de la grada.

La violencia ha estado asociada al fútbol desde sus orígenes, sostiene Jonathan Wilson, periodista británico bien conocedor del fenómeno ultra. Y esto ha sido así porque el fútbol ha servido siempre como válvula de escape de conflictos y desigualdades de índole política. Su explosión fue a partir de la década de los setenta, coincidiendo con las grandes reconversiones industriales que dejaron a millones de trabajadores en la calle. Heysel señaló para siempre a una especie, el hooligan, que trasladó la guerra a la grada. Solo recuerden su vocabulario: frentes, comandos, brigadas, bloques, batidas o salir a cazar. Grupos integrados por soldados cuyo uniforme son los colores de su equipo. Carne de cañón lista para saldar en las calles las cuentas que quedan pendientes en la cancha. O antes de entrar a ella. Heysel fue solo el gran inicio de un fenómeno con manifestaciones tan esporádicas como trágicas. La última, el 1 de febrero de 2012 en el Estadio de Port Said, Egipto, tras concluir el partido entre el Al-Ahly y el local Al-Masry. Tras la victoria de este último, un grupo de sus ultras cargó contras los aficionados del capitalino Al-Ahly. Un total de setenta y cuatro personas fueron asesinadas aquella noche en un país que, tras la fallida Revolución blanca de 2011, sigue siendo un polvorín custodiado con mano de hierro por los militares.

El hombre es un ser primitivo que se deja llevar por sus instintos. Lo sabe cualquiera con dos dedos de frente y lo saben las manos que mecen las cunas. Por eso el fútbol siempre ha sido una herramienta de la que tirar a conveniencia. Para enardecer expresiones de patriotismo, léase la Argentina de los milicos durante la guerra de las Malvinas; o de control, léase el uso que los regímenes comunistas hacían del juego, cuyos principales equipos estaban siempre asociados a los brazos fuertes del Estado, ejército y policía. En el caso de España, control y proyección (inter)nacional del país siempre han ido de la mano. Desde la Guerra Civil hasta que Iker Casillas levantó la Copa del Mundo al cielo de Johannesburgo el 11 de julio de 2010. Pasando por el franquismo —que explotó hasta la saciedad el gol de Marcelino ante las hordas comunistas en la Eurocopa de 1964—, y sin olvidar el més que un club, l’expressió d’una nació barcelonista.

Todo forma parte del juego y bien haríamos en asumirlo y pasar página.

Por culpa del fútbol se ha muerto y se ha matado. Murieron algunos de los jugadores del FC Start cuya leyenda, en mitad de la Segunda Guerra Mundial, es quizá una de las cumbres más románticas del deporte y sirvió de inspiración para al menos media docena de películas, la más famosa (y la versión más libre), Evasión o victoria (1981). Como película no pasa de mediocre y maravillosa al mismo tiempo, pero encierra dos verdades absolutas. La primera es que nadie como Pelé, en la escena en que expone la táctica del partido trazando con una tiza sus movimientos para driblar alemanes hasta meter el esférico en la portería germana, ha explicado la esencia del juego. La segunda es que Sylvester Stallone es, sin discusión, el peor portero de la historia; incluso peor que actor.

Ultras del Al-Ahly, 2015. Fotografía Amr Sayed Cordon Press.

Nótese que he dicho leyenda, con título incluido, El partido de la muerte (película de 1963), y no historia, porque esta es mucho menos romántica. En la Kiev ocupada por los nazis en 1942, varios exjugadores del Dinamo y el Lokomotiv fundaron un equipo que, entre el 21 de junio y el 6 de agosto, disputó una docena de encuentros con combinados de distintas guarniciones militares. Los ganó todos por amplias goleadas, pero el último, el 9 de agosto, inauguró un mito que, a grandes rasgos, sigue así: el combinado alemán, el Flakelf, integrado por pilotos y soldados de la defensa antiaérea, se juega su prestigio como fuerza de ocupación; los ucranios, su supervivencia. Deben perder, de lo contrario morirán. Eligen honor y pagan frente al pelotón de fusilamiento. Lástima que sea todo falso.

Es cierto que el partido tuvo lugar y que los locales ganaron. También que cuatro jugadores del Dinamo murieron, tres fusilados en el campo de detención de Syrec, en los alrededores de Kiev, y uno torturado por la Gestapo; pero no por la afrenta a los alemanes, sino días después de un partido cuyos testigos presenciales dicen que fue limpio y correcto por ambos lados. Las víctimas fueron asesinadas porque había una guerra y los alemanes estaban obsesionados con los espías y saboteadores. Todos sabían que el Dinamo era un órgano del NKVD, la policía secreta soviética.

Muchas décadas después, el partido de la muerte sigue siendo carne de propaganda. El estreno de la última versión cinematográfica del mismo, la rusa Match (2012), se pospuso en Ucrania porque coincidía con la Eurocopa y los jugadores ucranios eran presentados como colaboracionistas. Mucha historia había ya en los estadios. Cualquier encuentro que enfrente a las selecciones de Ucrania, Alemania, Polonia o Rusia acaba por desbordarse a causa del peso de la historia, nada amigable, que comparten los cuatro países.   

Andrés Escobar Saldarriaga era un defensa colombiano. Tenía fama de elegante y tranquilo y, tras un mal resultado, solía recordar a los periodistas que «la vida no termina aquí». Aquí era el terreno de juego. Pero la suya finalizó diez días después de su último partido con la selección colombiana en el Mundial de Estados Unidos de 1994. Aquel día, Escobar tuvo la mala fortuna de marcar en propia meta, gol que a la postre significaría la eliminación de su país. El 2 de julio de 1994, Humberto Muñoz Castro, chofer de los hermanos Pedro David Gallón Henao y Juan Santiago Gallón Henao, conocidos narcotraficantes y paramilitares, vació su revólver sobre Escobar, quien minutos antes había intercambiado palabras con sus jefes. Siempre se dijo que su muerte era una venganza relacionada con las apuestas deportivas del país. Lo cierto es que en la época de la violencia chica —las guerras entre el Estado, los paras y los narcotraficantes durante los años ochenta y noventa— fútbol y narco siempre han estado relacionados en Colombia.

El fútbol ha provocado guerras y las ha finalizado. Entre el 14 y el 18 de julio de 1969 las repúblicas de El Salvador y Honduras se fueron a la guerra durante cien sangrientas horas. La razón oficiosa fue la creciente tensión entre ambos países con motivo del partido de clasificación para el Mundial de 1970 que enfrentó a ambas selecciones nacionales. Sobra decir que ambos países estaban en manos de militares y terratenientes corruptos (perdón por el oxímoron), ocupados en incentivar el odio entre los pobres hondureños y los vecinos más pobres, los trescientos mil inmigrantes salvadoreños que trabajaban en el banano. «Hemos roto las relaciones con El Salvador. Posiblemente haya una guerra». La noticia la dio a los jugadores hondureños, en el mismo vestuario del Azteca de Ciudad de México, el coronel y embajador Armando Velázquez. Era el 27 de junio de 1969 y faltaba poco para lo inevitable. Aquel día El Salvador había sellado el pase al Mundial en el tercer encuentro de desempate (3-2, entonces no había goles con valor doble) de un choque más parecido a una pelea de bandas callejeras que a una eliminatoria mundialista. En realidad, fue la Junta Militar salvadoreña, comandada por Fidel Sánchez Fernández, quien disparó primero mandando unos aviones —que, de viejos, a duras penas conseguían volar— sobre Tegucigalpa mientras sus soldados cruzaban la frontera hondureña. Honduras replicó encerrando en campos de concentración a los salvadoreños que trabajaban en su territorio. «A algunos los tenían recluidos en el Estadio Nacional. Metían un tiro a una persona y decían que era salvadoreño. Y olvídate», recordaría mucho tiempo después el jugador hondureño Miguel Ángel «el Shinola» Matamoros. El estadio convertido en matadero es un clásico que perfeccionaron como nadie los militares chilenos tras el golpe de 1973.

Estadio Olímpico, Estambul, 2014. Fotografía Cordon Press.

Aquella «guerra del fútbol», como la bautizaría el periodista polaco Ryszard Kapuściński, dejó entre dos mil y seis mil muertos según los distintos recuentos, unos quince mil heridos y a El Salvador debutando y haciendo el ridículo (por si la guerra fuera poco) en el Mundial: perdió los tres partidos, recibió nueve goles y no marcó ninguno. Tras diez años sin relaciones entre los dos países, estas fueron retomadas: con un partido.

Hay quien sostiene que la guerra en la antigua Yugoslavia empezó la tarde del 13 de mayo de 1990 en el Estadio Maksimir de Zagreb sin dar tiempo siquiera a que el Estrella Roja y el Dinamo de Zagreb se disputaran el balón. Tiempo después, Zvonimir Boban, futbolista de toque exquisito y uno de los protagonistas de aquel día, declararía: «Ahí estaba yo, una cara pública, dispuesto a arriesgar mi carrera, todo lo que la fama puede comprar, por un ideal, por una causa: la causa croata». «Ahí» era Boban en mitad del campo y lanzándole una patada a un policía que estaba aporreando a un seguidor croata. La foto dio la vuelta al mundo. Es cierto que la explosión de Yugoslavia era solo cuestión de tiempo. Lo es también que el fútbol solo era el adelanto de lo que estaba por llegar. En la Prva Liga, máxima competición yugoslava, participaban dieciocho equipos, cada uno con una afición de marcada ideología. El FK Sarajevo representaba a los bosnios musulmanes; el Zrinjski Mostar, a los bosniocroatas; el Borac Banja Luka, a los serbobosnios. El Dinamo de Zagreb era la quintaesencia del nacionalismo croata, hasta el punto de que Franjo Tudjman, presidente que declararía la independencia de la joven república en los albores de la guerra, llegó a ser su máximo mandatario. El Estrella Roja, por supuesto, era su némesis, imagen de la pureza serbia y del unionismo yugoslavo de la era Tito. Y así hasta completar dieciocho equipos. Aquel partido que nunca fue sería el culmen del fenómeno hooligan, marcando su paso de la grada a la trinchera, ya que muchos de aquellos ultras engrosarían las unidades militares que se masacrarían mutuamente durante los siguientes cuatro años. Allí estaba, por ejemplo, Željko Ražnatović, alias Arkan, patriota serbio, a quien los propios servicios secretos de Slobodan Milošević habían dado vía libre para que ensayara en la grada lo que después haría con sus Tigres en Bijeljina y Zvornik a los musulmanes bosnios.

El 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca de la ciudad de México, Maradona devolvió el orgullo a todo un país herido tras la humillación ante la Marina británica en las Malvinas cuatro años antes. Es cierto que no fue la mano de Dios sino la de Diego, pero lo supo este al bautizar su gol, lo certificó Mario Benedetti cuando dijo que aquel gol «es, por ahora, la única prueba de la existencia de Dios», y lo entendió un país, que estalló con la narración que Víctor Hugo Morales hizo del segundo tanto al preguntarse, al borde del éxtasis, «¡Barrilete cósmico, de qué planeta viniste, para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina!».

Catarsis colectiva o redención personal. Para esto último le sirvió el fútbol al alemán Bert Trautmann, exparacaidista en la Luftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial, preso de los aliados en Inglaterra, país que nunca abandonó para acabar convirtiéndose en una leyenda en el Manchester City, con quien ganó la FA Cup en la temporada 55-56 y donde jugaría quince años.

Porque, si el fútbol puede iniciar una guerra, también puede pararla. Lo hizo hace ciento tres años en la localidad belga de Ypres, cuando británicos y alemanes dejaron de matarse por unas horas en la Navidad de 1914 y acabaron echando un partido. Lo hace cada día, en cualquier campo de refugiados de mundo, cuando unos niños olvidan la barbarie a su alrededor corriendo detrás de un balón hecho de harapos. Esa, y solo esa, es la grandeza del juego.


Un culé al que le gustaba el Madrid

El problema de no hacer nada es que nunca sabes cuándo has terminado. (Groucho Marx citado por Rafa Cabeleira para explicar el zidanismo)

Ante la llegada del Mundial de Rusia, me partía de risa hablando con Pepe Lobo, autor de Yonkis y gitanos sobre un detalle que apuntó Paul Preston en su biografía de Franco. Decía así: «El 9 de julio el caudillo ingresó en el Hospital Francisco Franco por consejo de Vicente Gil, para tratar una flebitis en la pierna derecha. Gil atribuyó el problema a la repetida presión ejercida por la caña de pescar que apoyaba en su pierna y a que durante la Copa Mundial de fútbol de 1974 hubiera permanecido sentado ante el televisor mirando todos y cada uno de los partidos que se habían transmitido». Todos y cada uno, como nosotros si pudiéramos. Hasta los partidos de Haití se tragó el caudillo. Y eso que España no se había clasificado. Se dice que los dictadores utilizaron el fútbol para prolongar sus regímenes y el nuestro, de algún modo, se acortó gracias a él.

Es curioso, porque si uno lee las revistas de fútbol entre 1975 y 1982, no es extraño encontrarse artículos que se quejaban de que se estaba perdiendo la afición, que no había relevo, que a los jóvenes les gustaba más el rock and roll. Testigos de la época lo achacan, sin embargo, a la efervescencia política. Sea como fuere, el fútbol fue viejuno a principios de los ochenta y, como me comenta un superviviente de la época: «Actualmente tiene mucha más relevancia el fútbol que cuando Franco lo utilizaba como opio del pueblo».  

Y, efectivamente, así es. E incluso podríamos añadir que, como aficionados, somos peores personas ahora que antes. Al menos la prensa en los ochenta era menos parcial, no era tan forofa por no decir ultra de sus respectivos equipos. Por este motiv, es toda una experiencia leer Alienación indebida de Rafa Cabeleira (Círculo de Tiza, 2018) prologado nada menos que por Pep Guardiola, de quien el autor tenía un póster en su habitación justo al lado de uno de Estefanía de Mónaco.

Esta obra está escrita por alguien a quien antiguamente habrían calificado de «señor», pero que ahora no es más que un «blandengue». ¿Por qué? Al autor, culé, no le duelen prendas a la hora de reconocer méritos e incluso admirar al rival que no es un rival, ni un oponente: el Real Madrid para los barcelonistas significa sepsis, leucocoria y protusión de los glóbulos oculares. Y viceversa.

Quizá fuese vacunado de niño. Como él cuenta en estas páginas, de crío era madridista por una experiencia traumática. Un tío suyo colocó un escudo del FC Barcelona en el bar de su abuelo. El abuelo pidió que se retirara y, como no se le hizo caso, al cabo de unas horas lo cogió y lo estampó contra la ventanilla del Seat Ritmo 65 CL de su tío. Mientras su abuelo siguió vivo, Cabeleira fue blanco. Luego, liberado, optó por el azul y el grana. Quizá ese pequeño periodo dio una inmunidad que le sirvió para que de mayor no le explotasen las venas de la sien al reconocerle méritos al rival. Aunque en estas páginas llega tan lejos como para exclamar ¡Hala Madrid! antes de la final de Lisboa que este disputó frente al Atlético.

No es la única herejía del libro. Hay también una confesión de que, cuando bebe, se imagina a Arbeloa vestido de azulgrana y la imagen le deleita como ninguna. Pero sin duda las frases que se agitarán ante él si un día la época va a peor y nos encontramos ante tribunales populares son las del artículo «El dulce más dulce», donde se califica de pamplina la teoría que resta mérito a las seis primeras copas de Europa del Madrid por ayudas del franquismo y las seis últimas (cuando solo tenía doce) por deberse al Partido Popular. Miren cómo delira: «A veces me pregunto qué satisfacción encontramos en devaluar los triunfos del rival, qué necesidad vital mueve estas discusiones en las que uno trata de demostrar qué dulce es más dulce». Parece una persona cargada de sentido común el muy asqueroso.

En «Entre tú y yo: son el Madrid» encontramos intentos de buscar teorías alternativas a Franco y Rajoy como artífices de los éxitos del club de Concha Espina. Recurre a imágenes más contemporáneas, como los caminantes blancos de Juego de tronos, pero no lo logra. La responsabilidad la escala a la providencia: «Ayer metió un gol sin tirar a portería, otro de tantos milagros perpetrados por este equipo a lo largo de los años sin que nadie sepa todavía cómo lo hace».

Eso no quita que su guardiolismo sea extremo. Dice que solo hay dos tipos de entrenadores, Guardiola y los otros. Y en el famoso 5-0 a Mourinho subraya las palabras del míster catalán: que solo eran tres puntos, pero que cómo se habían logrado quedará para siempre. Por si no lo recuerdan porque son jóvenes, fue como para exigir a la retransmisión que se pixelase la cara de los jugadores. Un ejemplo del no aceptar la superioridad del enemigo y parapetarse tras paparruchas como las mencionadas fue que en Madrid tras aquella masacre hubo gente que le quitó mérito diciendo que en realidad lo bonito es el fútbol inglés, «fútbol directo», decían muy serios, del que habían sido seguidores de toda la vida, y no el «parabrisas» que les acababa de destrozar. Un servidor fue testigo de alguna de estas exhibiciones subconscientes de pánico, terror y desorientación.

Cabeleira rechaza esas actitudes entre los suyos: «Aunque resulte duro decirlo, el de hoy se me antoja un barcelonismo obsceno e inmaduro que se asemeja demasiado al madridismo interesado que algunos rechazamos durante la infancia por una simple cuestión de principios: no solo importa ganar, nunca importó». Y luego desarrolla la idea marcándose estos barroquismos: «El aficionado blaugrana de pura raza, el culé de verdad, el old school, se preocupa tanto o más por la imagen del conjunto blanco que los propios aficionados merengues, no digamos por la de su propio club, lo que no deja de ser una prueba evidente y maravillosa de hasta qué punto un buen barcelonista no es otra cosa que un madridista evolucionado, un madridista consciente y decente, un madridista mejor».

Pero no todo es la eterna dicotomía en esta recopilación de artículos, hay recuerdos a Andrés Escobar, malogrado futbolista colombiano. O a Garrincha, que se malogró a sí mismo. Y entre todos, uno destaca especialmente. Es el debido homenaje a Luis Aragonés. Una figura que, durante su etapa como seleccionador nacional, vio cómo constantemente se acompañaba su mote de «el sabio de Hortaleza» de la pregunta «pues cómo será el tonto» a convertirse en leyenda eterna de nuestro fútbol porque lo hizo muy bien, sí, y también porque le ganó una tanda de penaltis a Italia. Antes de eso, era carne de toda clase de vilipendios y del humor más cruel y con menos fundamento que hay hoy día, el guionizado sobre actualidad para televisión. Y así hubiera seguido de no meter la pata en dos penales De Rossi y Di Natale.

En el libro se le recuerda en «La parte de los ángeles». Entiende el autor que Luis estaba categorizado como «de equipos pequeños» y que se le consideraba «incompatible con las grandes estrellas, los divos del área y los periodistas de cámara de los grandes clubes». Era de los entrenadores que rechazaban las teorías de que «el mundo gira alrededor del balón», pero supo bajarse del barco, «abandonar el lado oscuro de la Fuerza». Para Cabeleira, hay que valorar su «capacidad para rectificar» y decidir jugar al toque y esas cosas que tanto gustan ahora a todo el que se viste una camiseta roja con el escudo de España.  

Una visión discutible, porque el legado de Luis en el Valencia, Sevilla, Betis, Mallorca y Oviedo, la etapa en la que brilló por una profesionalidad sin mácula, que se lo digan a Romario, si por algo destacaron sus equipos no fue por rechazar el balón, sino por el imperio del orden. No obstante, lo emocionante es cómo se lamenta de su pérdida. Tras haber conocido el fútbol siempre con la presencia de Luis, cuenta que el padre de su mejor amigo solo presumía de una cosa, de beber el mismo coñac que Luis Aragonés, y por eso ahora guarda una botella de la que espera ver cómo cada año desaparece un pequeño sorbo: la parte de los ángeles.

Es por esos detalles por lo que merece la pena a veces esta, tan creciente, literatura balompédica, cuando la humilde vida de los mortales trasciende en sus páginas a través del dichoso balón. En este sentido, hay un artículo que me ha parecido de una calidad extraordinaria. Se titula escuetamente «Messi», pero el ínclito solo está presente en espíritu. Habla de un mariscador jubilado de Lourido al que sus compañeros le llamaban Messi en la Cofradía San Telmo de Pontevedra. Su conocimiento de la ría y perseverancia le daban unos números inalcanzables para el resto de los pescadores. Cuando descargaba sus capturas, los demás se amontonaban en el muelle para verlo. Le gritaban cosas y no era para menos, pero a él no le gusta que le llamasen Messi. Porque es ahí, en Campelo (Pontevedra), el único lugar del mundo donde Messi es del Real Madrid.


Julio Salinas: «Mi ocasión en USA´94 la he visto un montón de veces»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 15.

Desgarbado, falto de equilibrio, heterodoxo, de la forma de jugar de Julio Salinas (Bilbao, 1962) se ha dicho de todo. Su apellido llegó a ser un calificativo en las canchas de barrio cuando alguien metía un gol de aquella manera o fallaba uno claro. Sin embargo, siempre que tuvo minutos, metió goles. Algunos de ellos inverosímiles. Muchos, decisivos. Cuestionado desde los inicios y sometido a alguna que otra campaña de desprecio mediático, a la hora de repasar su carrera deja que sus números hablen por él. Registros que alcanzó, explica, por una sola razón: determinación y confianza en uno mismo. En esta temporada se cumplen veinticinco años de la Copa de Europa de Wembley, la primera en la historia del FC Barcelona. Dejemos que Julio nos cuente el relato completo.

Naces en 1962, barrio de San Adrián, en Bilbao.

Entonces era un barrio humilde, ahora está catalogado como barrio alto y es donde está situado el pabellón de basket de Bilbao y el frontón. En mi época no llegaba ni el autobús. Mi padre había nacido en Bilbao, pero mi madre era de Torrelavega (Cantabria) y llegó con dos años al Bocho. Vivíamos todos en un quinto sin ascensor. Creo que subir las escaleras todos los días nos hizo fuertes. El piso era de cincuenta metros cuadrados. Tenía dos habitaciones, un baño normalito, un salón y una cocina, donde hacíamos la vida. Teníamos una Telefunken con un canal, que era TVE. No teníamos UHF, si echaban alguna película que nos gustaba nos teníamos que ir a casa del vecino. Mis hijos ahora se ríen de esto y les digo que no son conscientes de todo lo que tienen.

Para ir a entrenar teníamos que ir en autobús y volver en tren. Antes de ir, pasábamos por la estación a buscar por el suelo billetes sin picar para la vuelta. Si no, teníamos que ir entre los vagones con cuidado de que no nos cogiera el «pica». Llevábamos una bolsa con todas las cosas llenas de mierda, porque las botas te las tenías que limpiar tú, o sea, mi madre, y era la hostia. La estación estaba en El Arenal y teníamos que ir hasta San Adrián andando. No había luz, era un descampado y por donde íbamos no pasaba nadie. Acojonaba.

Y todo esto sin que el Athletic nos pagara el transporte. Solo financiaba el de los de fuera. Yo, para sacar dinero, hacía cada sábado el reparto de una carnicería donde sacaba veinticinco pesetas por cada entrega más la propina que nos daban las señoras. También, cada jueves descargaba un camión. Como solía llegar a las cuatro de la tarde, muchas veces no iba al colegio para descargarlo. Y vendíamos lotería o directamente papel, que en aquella época se cotizaba. Hasta cobre he vendido. Nos buscábamos la vida en todo porque la paga de los abuelos no eran más que dos duros y, además de lo fundamental, teníamos vicios: las cartas, el futbolín y el billar, al que jugábamos con tres bolas y una caja de cerillas en medio y había que hacer veinticinco carambolas. Ahora veo a los niños con sus teléfonos móviles de mil euros y no sé ni qué pensar.

De tu barrio eran las Vulpes.

En esa época pegaron muy fuerte. Eran un grupo revolucionario. Nuestro barrio era pequeño y hasta ese momento no había habido nada. Se consideraba un lugar problemático. Al lado estaba Errekalde y abajo La Peña, todo eran bandas y peleas. Subían los de La Peña y te decían: «A ver, tú, Julio, te tienes que pegar con este y tú, Patxi, con este». Y había que pegarse. Era irreal. Otro mundo. Estuve hace poco en el barrio y me hizo mucha ilusión. Todavía seguía la tienda de chucherías de María Jesús, que se iba a jubilar dentro de poco. Me acuerdo de los Flash que nos tomábamos y los Jariguay de naranja. Jugábamos al fútbol en los bancos. Éramos tan callejeros que hasta mi madre me obligaba de vez en cuando a subir a casa. Ahora a los hijos no les dejan andar ni un kilómetro. Te dicen: «¿Y si le pasa algo al niño?». Pues en aquella época vivías en la calle, cada día subías con un chichón o una brecha, era algo habitual y daba igual. En cambio, ahora están todo el día jugando a la Play, están agilipollados.

En Navidad yo salía a la calle, me preguntaban qué me habían regalado y decía: «Nada». Un indio, como mucho. Jugábamos con el tiragomas, a la pelota, al chorro-pico, al escondite… Me acuerdo de mi bicicleta BH que me compraron cuando tenía trece o catorce años y era para los dos hermanos. Teníamos discusiones para usarla porque éramos de la misma edad y salíamos con la misma gente, pero fuimos siempre uña y carne.

Con once años te cogieron en el Athletic.

La vida me arrastró a jugar en el Athletic. No fue algo buscado. Yo jugaba en el Corazón de María, que ahora se llama Askartza Claret, uno de los mejores colegios de Bilbao, en el barrio de San Francisco; de los barrios más problemáticos entonces. Para llegar, todos los días pasaba por Las Cortes, donde estaban las putas. Abríamos puertas para ver si veíamos alguna teta. Y por Zabala, donde vivían los gitanos. Si pasaba un camión nos subíamos a la rueda de atrás y si podíamos robábamos alguna cosilla del remolque. Mi infancia ha sido muy bonita. Éramos muy humildes, mi padre trabajaba en la recepción de un hotel y mi madre era una curranta de la hostia, trabajaba limpiando fuera y luego en casa.

El caso es que mi madre entró a limpiar a un polideportivo y me colocó en administración, sustituyendo a un tío que iba a hacer la mili. Me encantaba ese trabajo. Siempre he sido un tío de números. Con diecisiete años me creía el jefe de la empresa. Creo que hasta los empleados me tenían manía de lo serio y puntual que era. Iba todos los días con mi madre en autobús, nos levantábamos a las seis de la mañana. No teníamos coche. Mi madre tuvo un seiscientos, pero un cabrón nos lo robó y lo tiró por un barranco.

Llevaba ese curro a rajatabla y por ahí vino mi primer palo en la vida. Ganaba catorce mil pesetas y cinco mil en comida. Con veinte mil pesetas me sentía el rey del mundo. Y mis padres me lo dejaban todo para mí, aunque luego les compré un piso y ayudé en casa. Pero vino el chaval de la mili y decidieron que me tenía que marchar. Eché unas lagrimotas que no te puedes imaginar. Estaba entonces jugando en el Athletic juvenil. Si me hubiera salido el curro habría dejado el fútbol. Pero me llamó el Athletic una semana después para que entrenara mañana y tarde. Como solo había hecho 3.º de BUP y no era muy buen estudiante, tampoco tenía más opciones.

Todos los días a las ocho de la mañana tenía que estar en San Mamés. Venían a recogerme Goikoetxea y Ángel María Villar. Goiko con un 131 y Villar con un Renault 5. Yo me montaba y decía: «Egun on», y no volvía a hablar hasta que me bajaba y me despedía: «Eskerrik asko, agur». Ellos iban a lo suyo, hablando de cosas de abogados. Yo me iba al campo y entrenaba solo tiros a puerta, remates y toda esa historia y luego comía en un bar de Lezama con todos los porteros. Iribar, Cedrún… eran ídolos. Veías llegar a Alexanco con su Supermirafiori como si fuese un dios. Les teníamos un respeto increíble. Luego a nosotros nos venía Pizo Gómez de chaval y te decía: «Hey, tronco, dame el champú» [risas].

Un entrenador te dijo: «No te preocupes, estoy seguro de que serás delantero del Athletic».

En el juvenil a veces no me sacaban. Lo pasé mal y entonces Irizar me dijo eso. Pero yo me preguntaba cómo iba a suceder si no me sacaban. Al final empecé a jugar y salí de los juveniles, pero decidí irme a la mili. El Athletic ese problema lo tenía muy mal organizado, eludirla. Había dos maneras, o pagabas dos millones de pesetas y te librabas, o el Athletic te colocaba en Arellano. Yo tuve suerte porque una prima mía se casó con un militar y nos colocó a mi hermano y a mí en un buen destino. Pero fue complicado, porque entonces no querían vascos en telecomunicaciones. Era en los ochenta, años muy duros de ETA, muy jodidos, y todos los días con manifestaciones en Bilbao.

¿Cómo vivías ese ambiente, erais ajenos a lo que sucedía?

No eras ajeno porque estabas conviviendo con las personas y la situación económica tampoco era boyante, que eso era lo que recrudecía los problemas. La gente lo que quiere es vivir bien. Al final en la mili me pusieron en correos y mi hermano Patxi tenía que ir una vez por semana y estar ahí veinticuatro horas encerrado, durmiendo y todo. Tuvimos mucha suerte, aunque fueron dieciocho meses. Y el mes de campamento nos coincidió con la semifinal de la Copa del Rey y nos dejaron ir, por eso jugamos calvos el partido ese en el Bernabéu en el que Míchel metió un gol por fuera de la red.

En YouTube está la prueba.

Para nosotros fue… habíamos salido en la prensa, íbamos a jugar una final contra el Real Madrid, televisada, con toda la ilusión del mundo. Después de una temporada fantástica, en la que en casa les habíamos metido 3-0, llegas allí y pierdes por un gol que sabes que ha entrado por fuera de la red. Dices: «¡Me cago en la madre que me parió!». Estuvimos buscando media hora y no vimos el agujero. Nunca he hablado con Míchel de esto, pero hubo unos lloros impresionantes.

No fue la única polémica con el Castilla.

No, en la 82-83 quedé pichichi de 2.ª B y subimos a 2.ª A, jugué muchos partidos con el Athletic. Y tuve ocasión de jugar el último, además, que fue en el que ganamos la liga en Las Palmas. Un año perfecto. Pero en la 83-84 nos volvieron a robar Míchel y compañía. Quedamos igual de puntos que ellos, pero tres semanas antes nos hicieron repetir un partido que habíamos ganado 3-1 al Cartagena. Decían que fue con alineación indebida porque mi hermano había jugado diez partidos de liga con el primer equipo, ¡pero no habían sido de liga, sino de Copa! Tuvimos que repetir el partido en Vallecas y empatamos a uno. El año siguiente, 84-85, ya estuve en el Athletic y me designaron mejor jugador. Trofeos que te hacen una ilusión de la hostia y a mis padres una satisfacción enorme. Guardaban los recortes del periódico.

Las celebraciones de esos títulos de liga que consiguió el Athletic con Clemente fueron espectaculares.

¿Sabes qué pasa? No te das cuenta de lo que has logrado, me pasó igual con el Barça. En aquella época estaba acostumbrado a ganar. En los cuatro años del Athletic fueron dos de ganar, dos terceros puestos, una Copa y una final perdida, que era lo normal, porque solo teníamos al Madrid y al Barça por encima. Pero ahora cuando veo los vídeos de lo que hicimos, que había un millón de personas celebrándolo, ¡me cago en la hostia! Fue impresionante. Y nunca lo volverán a conseguir.

Sin embargo, alguna vez has dicho que el propio Athletic no reconoce lo suficiente vuestro mérito.

El Barça, al Dream Team, lo tiene ya de por vida. En Madrid la Quinta del Buitre es respetada y querida. En el Athletic, no sé cómo se llamará a nuestra generación, pero no mantiene ni a la gente dentro del staff. Está Artiaga como director de la estructura de la casa, por así decirlo, con Gallego de utillero y De Andrés de ojeador, pero a los demás no ha sabido meterlos cuando es gente muy cualificada que en la estructura base da sentimiento a ese equipo, ¡joder! Fue un equipo único por lo que consiguió.

Acabó como el rosario de la aurora con el enfrentamiento entre Sarabia y Javi Clemente, ¿no?

Acabó mal y fue una putada. A Javi Clemente lo llevamos en el corazón, para nosotros lo era todo. Lo que pasó con Sarabia me afectaba, yo era un poco el salpicado en esa historia porque aquel año pasé a ser titular. De una delantera de Dani – Sarabia – Argote, pasó a ser Dani – Salinas – Argote y se formó un follón que ni te va ni te viene ni se sabe a santo de qué cuando el equipo es ganador. Yo era internacional ya, pero también un poco niño todavía y lo viví todo desde la sombra. Intentamos convencer a Javi para que volviera al equipo, pero nos dijo que él no podía dejar de ser Javi.

Qué carácter.

A mí me ayudó mucho. Me subió al primer equipo. Recuerdo que antes de que le echaran tuve una charla con él. Entonces me impresionaba. No es como la relación entrenador-jugador de ahora, que el jugador manda y si no te manda a tomar por saco porque tiene un contrato de ocho millones de euros en cualquier lado. Yo estaba acojonado, me llamó a su despacho y me preguntó por qué no renovaba. Le dije que ganaba tres millones de pesetas, mientras otros de la plantilla estaban entre nueve y veinte, y no quería renovar por cinco que me ofrecían, sino por nueve. Javi se descojonó al escucharme. Me estaban intentando engañar.

Jugaste contra el Barça de Maradona el día de la lesión.

Fue una de las peores experiencias de mi vida. Nos metieron 4-0 y a la salida del campo nos apedrearon el autobús. Pasé miedo. En el hotel se armó otra tangana con gente que vino a por nosotros y hubo peleas entre los aficionados. La polémica estuvo coleando hasta la final de la Copa del Rey, en la que se montó otra pelea entre los jugadores. Luego hubo un partido en San Mamés en el que me anularon un gol, arbitraba el gallego García de Loza, que era muy polémico, y se montó la de dios. La policía pegó tiros con balas de goma, peleas, barricadas en la calle, invasión del terreno de juego… Se pasó miedo de verdad. La relación llegó a ser muy tirante entre Barcelona y Athletic. Cuando los vascos aterrizamos en el Barça cambió todo, pero pasamos momentos muy difíciles.

Debutaste con España contra la Unión Soviética.

Sí, el 22 de enero de 1986. Después de aquella conversación con Clemente tuve la suerte de empezar el año, debutar con la selección y marcar un gol a Dassaev. Era muy joven y fue la hostia. En el siguiente me volvieron a llamar y le metí un gol a Bélgica. De modo que me convocaron por tercera vez y otra vez hice un gol, esta vez a Polonia. Esa racha me abrió las puertas del Mundial de México.

Ese verano fue cuando fichaste por el Atlético de Madrid, lo cual fue interpretado en Bilbao como una traición y tu familia llegó a pasarlo mal.

Sí, en aquella época era impensable que alguien se pudiera marchar del Athletic. Nadie lo hacía. Pero yo me fui al Mundial, era el único internacional de la plantilla junto con Goikoetxea y con Zubi, y quería una ficha como los demás. Al principio ellos no valoraron el problema porque tenían a Dani, a Noriega, a Sarabia y a Endika. Julio Salinas era uno más. Pero ¿qué pasó? Dani se hizo entrenador, Endika no siguió con la progresión que parecía que iba a tener y Sarabia estaba en el ocaso de su carrera. Cuando quisieron darse cuenta tenían un problema en la delantera.

Vendieron en los medios la idea de que yo era un pesetero. Lo que les interesaba de cara al aficionado. Imagínate a mi familia, que se quedó en Bilbao. Fue tan grave que no me quisieron entregar la insignia de oro y brillantes y un cuadro que daban de Pichichi, Rafael Moreno Aranzadi, el futbolista, por haber jugado cien partidos con el Athletic. Cuando mi hermano fue a renovar les puso como condición indispensable que me dieran lo que me correspondía. Pero el mensaje a los aficionados para que me machacaran ya estaba enviado y mi madre sufrió mucho. Escuchaba a José María García hasta las dos de la mañana y lo pasaba fatal. Decían de todo porque no lo entendían, era el primer jugador que se marchaba del Athletic sin dejar un duro, me fui libre.

Un año después quisieron que volviera. Yo dije: «¡Joder! Encantado de volver». Solo pedí que me pagaran lo mismo que estaba cobrando en el Atlético y me contó el gerente un lío de que en Bilbao la vida era más barata y cobrando menos era como si cobrase igual. Contesté que no me vinieran con historias. Yo era un delantero internacional de veinticinco años y me quisieron quitar dinero en el cambio. Engañarme otra vez.

Antes de eso fue el Mundial de México.

Fue una gran experiencia, pero muy dura. Cuarenta y cinco días estuve en Tlaxcala, una montaña a tomar por saco. Solo había un futbolín y un ping-pong para todos. Era insoportable. No había teléfono, jugábamos a las cartas. Días largos, largos. Luego en Guadalajara lo pasamos mejor, pero el seleccionador, Miguel Muñoz, nos metía unos viajes que eran la madre que lo parió. Cuando fuimos a jugar contra Dinamarca estuvimos en un hotel en el que salían arañas que parecían tarántulas de lo grandes que eran. Era como leones, joder. Y encima veías que los daneses habían podido llevarse a sus mujeres, estaban muy a gusto, y tú decías, pero ¿qué es esto?

Así les fue (España les ganó 5-1).

Sí, les salió un partido redondo [risas].

El primer partido fue el famoso gol de Míchel que no dieron contra el Brasil de Sócrates, perdimos 1-0.

Entraba dentro de lo previsible perder, aunque fuese gol. No fui consciente de tener enfrente a Sócrates, solo puedo recordar que me tocó de marcador un negro de dos metros de alto por dos de ancho. No sabía qué hacer.

Le marcaste a Irlanda del Norte en el siguiente, ¿no te emocionó?

Me emocionó, primero, porque no nos quedaba otra que ganar, si no, estábamos muertos, ya que pasaban dos por grupo. El tercero era Argelia, el único que teníamos seguro que podíamos ganar. Fue un orgullo enorme meter ese gol. Con la izquierda, además.

¿La convivencia con la Quinta?

Bien, muy bien. Era una selección mitad veteranos, mitad jóvenes. Mi generación era la de Míchel, Butragueño, Tomás, Chendo… los mayores eran Julio Alberto, Carrasco, Goikoetxea, Maceda, Señor, Gordillo, Víctor… Los problemas vinieron porque Carrasco, Marcos y Rincón estaban mosqueados porque no jugaban. Arriba éramos Butragueño y yo, dos chavalitos.

Y el Buitre marcó esos cuatro goles a Dinamarca.

Ese partido a Butragueño le catapultó. Era muy buen futbolista, pero con ese encuentro subió mucho. Ahí rompió la barrera salarial y se convirtió en un ídolo nacional. Yo sentí una alegría enorme conforme los iba enchufando. Dinamarca era el rival más difícil hasta el momento e iban de favoritos, tenían a los Laudrup y compañía. Contra Bélgica lo veíamos más fácil. Con esos goles del Buitre sentíamos que ya casi estábamos en semifinales y encima con el pichichi, que por eso tiró el último penalti.

Contra Bélgica, el disgusto.

Fue un palo. Nos falló que Goiko estaba sancionado y Maceda ya no jugaba. Fuimos a penaltis y eso es cara o cruz. Con el Athletic y el Barcelona sí que tuve suerte de campeón, ese empujón necesario para llevarse los títulos, pero con la selección no tuve ninguna fortuna.

¿Cómo fueron los dos años en el Atlético de Madrid de Jesús Gil?

Cuando Gil se metió en el fútbol creía que esto era llegar y besar el santo. Pensaba: «Hago esto, esto y esto y gano; traigo a Futre y seis jugadores y gano con la boina». En realidad, es mucho más complicado. Creo que le faltó paciencia, aunque montó un Atlético que era un equipazo. Necesitamos un poco de tiempo y tuvimos la mala suerte de que Luis Aragonés se puso enfermo en pretemporada y hubo que cambiar al entrenador nada más empezar… Luego, seis entrenadores en dos años. Lo divertido fue que Gil nos llevaba a Marbella, todos vestidos impecables, a fiestas con la jet set. Pensábamos: «Pero ¿qué hacemos aquí, macho? Como vengamos mucho no vamos a jugar al fútbol».

Pero no iba a ser así ni mucho menos. Lo que más me sorprendió del Atlético fueron los entrenamientos. Eran brutales. No he corrido nunca tanto. Por la montaña, en series, la madre que los parió. Mira que una de mis cualidades era la forma física, pero esto era insoportable. Correr por el campo en Segovia en verano. Me encontraba a Da Silva y demás, escondidos detrás de un árbol, diciendo: «Vete, sigue, no nos mires». El preparador físico era Ángel Villanova, que luego se vino conmigo al Barcelona con Cruyff y cambió como de la noche al día, ya hizo todos los entrenamientos con balón, rondo, posesiones…

Compartiste vestuario con don Juan Carlos Arteche.

Vestuario y habitación. Era un fenómeno, me ayudó mucho. Tampoco lo pasó bien ese año. Gil se metía mucho con él porque vendía zapatos, aunque se metía con todo dios cuando perdía. Arteche era un tío de pueblo en el mejor sentido, un hombre con una nobleza y unos valores impresionantes. Tenía sus limitaciones técnicas, pero a nivel táctico estaba no solo para jugar en un equipo grande, sino para ser el buque insignia. Era un líder, un tío autoritario en el campo que sabía aprovechar muy bien sus cualidades.

Tuve buenos compañeros. El primer año viví con Juan Carlos y Uralde, el segundo con Eusebio. Íbamos mucho a casa de Quique Setién, que tenía una máquina para jugar al ajedrez. Era un enfermo del ajedrez, hasta el punto de que hizo tablas con Kaspárov en una partida de él contra cien personas.

El segundo año llegó Paulo Futre, recién proclamado campeón de Europa con el Oporto.

Como jugador era una alegría. Griezmann, Messi o Ronaldo me recuerdan a lo que él daba. En el uno contra uno era impresionante, aunque luego regateara demasiado y le faltara ser un poco de equipo. Cuando llegó, yo lo primero que hice fue ir a hacerme una foto con él. Como persona era un gran compañero también.

Menotti fue el entrenador ese segundo año.

Siempre estaba con lo de achicar espacios, el «achique». Nunca olvidaré una frase suya: «Chavales, pelead, no me digáis que estáis cansados. Si se quema tu casa y estás cansado, ¿a que sacas fuerzas de flaqueza para entrar ahí y buscar a tu hijo?». Fue un entrenador diferente en sus planteamientos, aunque tampoco le dio tiempo a nada porque Gil se lo cargó rápido. Si no se ponía a los que él quería, se cargaba al entrenador. Y aquel año quedamos terceros, no sé qué quería, los otros eran el Barça y el Madrid y estuvimos peleando por la liga hasta el final.

Al menos le disteis un 0-4 en el Bernabéu.

Es el partido que más recuerdo. Metí un golazo, y ganar así en el campo del Madrid fue… debías haber visto la cara de Jesús Gil diciendo: «Dejadme, dejadme que disfrute este momento».

La Eurocopa del 88, desastrosa. Recuerdo las fotos de Vialli a toda página en el Don Balón destrozándonos.

Fue el peor torneo internacional de todos los que he jugado. Ganamos a Dinamarca otra vez, pero perdimos con Italia y Alemania en la fase de grupos. Ganó Holanda esa Eurocopa, con Gullit y estos, pero podría haber ganado Alemania perfectamente, con Völler o Matthäus, o la Italia de Vialli, eran equipazos. Y nosotros teníamos un equipazo, pero… Fue el último año de Miguel Muñoz. En México no estábamos bien y luego el equipo no terminó de coger la onda.

Al Barça llegaste justo después del motín del Hesperia, fuiste uno de los primeros fichajes que hicieron.

Entramos trece nuevos. Yo iba con Eusebio, también del Atlético. Cuando llegué me reuní con Gaspart y con Núñez, y este me dice: «Está usted aquí en contra de mi voluntad, usted es un jugador problemático, de montar revoluciones, ha venido solo porque Cruyff le ha considerado indispensable». Tenían la experiencia del motín del Hesperia y estaban obsesionados. No querían saber nada. Fíjate que tenía una inmobiliaria y nunca nos ayudó a buscar piso.

En realidad, ese equipo lo había montado Javi Clemente, era muy amigo de Núñez. Recuerdo que un día en el Atlético fuimos a Valencia y Luis nos dijo que había que jugar bien, que en la tribuna estaba Johan Cruyff. Yo jugué horrible. Supongo que el Barça, dentro de lo que podía fichar, quería algún internacional y no había mucho más que reuniese las características. Extranjeros solo podías tener tres.

La prensa también estaba en contra de tu llegada a Barcelona.

Fui a Mundo Deportivo, donde trabajo hoy día, y me soltó Andrés Astruells: «Te lo digo sin problema a la cara: te he criticado siempre, me parece que un jugador como tú, después de Kubala, Cruyff y Maradona, no pinta nada en un club de prestigio como el Barça. No sé qué haces aquí». Contesté que esperaría a que me criticara por lo que viera en el terreno de juego.

¿Cómo fueron los revolucionarios planteamientos tácticos de Cruyff?

Cruyff estaba por delante de su tiempo. Llegó con una metodología completamente nueva, planteamientos que eran impensables, no estábamos acostumbrados. La gente decía que estaba loco, pero él estaba tan seguro y tan convencido… Todos los entrenamientos físicos los mandó a tomar por saco. Todo era posesión. Jugamos con tres defensas en esa época, con rondos, con los espacios… Era Johan, el mejor jugador del mundo; si te lo llega a decir otro ni de coña.

Sufrimos mucho, nos hicieron muchos goles y nos pitaron muchos penaltis en contra porque sufríamos muchas contras, pero el juego encandiló desde el primer día. La gente disfrutaba. Pero el Madrid tenía un equipazo, la Quinta del Buitre, acompañada de unas estrellas que no veas, y había que tener paciencia. Lo mismo que debía haber tenido Jesús Gil. La paciencia es un valor en el fútbol.

¿Qué tal con Lineker?

Muy bien, era un fenómeno. Venía como el mejor jugador del Mundial y era mi ídolo con Inglaterra. El mejor delantero centro del mundo en aquella época, pero a Cruyff no le acababa de gustar. Lo puso en la banda y él en la banda estaba muerto, igual que yo. Eso sí, en la final de la Recopa contra la Sampdoria marqué por un centro suyo desde la banda.

Veo en la hemeroteca que en esa época ya te tenías que reivindicar constantemente, como nunca dejó de ocurrir en tu carrera. Decías: «No me importa ser discutido mientras siga marcando goles», «Los pitos me ponen nervioso», «Esto de la técnica es un tema muy controvertido, hay quien cree que tener técnica es coger un balón y regatear a cinco y eso no es así, porque cuando yo jugaba de 9, siempre devolvía el balón al primer toque y la dejaba lista para rematar». En resumen, que metías muchos goles empujándola a puerta vacía, pero había que saber estar ahí.

Creo que he sido un jugador que ha tenido una técnica muy buena, porque, ¿qué es la técnica? Si la técnica es dominar la pelota yo lo paso mal. Cuando en los equipos me fichaban y me hacían la foto el primer día siempre me ha costado horrores. Cuando fui a Japón me pusieron a dar toques con unos niños al lado y yo fui al primero que se le cayó, y ellos seguían y seguían. Acabé aburrido de verles dar toques, e intenté darles un empujoncito a ver si se les caía: «¡Que me estás dejando en ridículo, chaval!».

Pero yo he sido rentable en todos los equipos en los que he estado. Todos han ganado pasta conmigo, menos el Athletic, aunque les fui muy rentable porque tampoco les costé dinero. Al Barça le costé, pero estuve seis años a un gran nivel. Al Dépor no le costé y les dieron cuarenta kilos. En el Sporting jugué como los dioses y encima les dieron más pasta de la que ellos pagaron por mí. Luego en Japón estuve bien y en el Alavés, de puta madre.

Tengo buena aclimatación. He jugado en todos los sistemas posibles, con un delantero, con dos, en la banda, como quieras, y he marcado siempre goles. Nunca he estado lesionado. Llegué a un Dépor que nunca había ganado títulos y se llevó dos en un año. Al Barça del Hesperia y salí del Dream Team. El Athletic, el mejor de toda su historia. Al Alavés lo cogí último, lo dejé en UEFA y casi nos metemos en Champions. Me retiré a los treinta y siete años para hacer treinta y ocho, y por aburrimiento, porque podía haber continuado, era el máximo goleador del Alavés.

¿Fui discutido? Sí, pero por intereses, que en mis tiempos había muchos. Hubo una guerra contra el seleccionador que fue brutal. Antes, si Marca estaba a favor, As estaba en contra. Si Sport estaba a favor, Mundo Deportivo estaba en contra. Si José María García estaba a favor, De la Morena estaba en contra. Y viceversa. Y todos los que estaban en contra te mataban. Por estos motivos fui discutido, no por lo que haya demostrado con juego y con goles. Los goles que he marcado nadie me los puede rebatir.

Jugaste contra Stoichkov antes de que viniera a Barcelona, cuando estaba en el CSKA de Sofía.

No me acuerdo mucho. Solo sé que cuando cruzábamos el telón de acero me daba mucha pena. Una vez en Polonia le dimos un plátano al intérprete y parecía que lo guardaba para el día de su cumpleaños. Había una pobreza, una necesidad… En esos viajes aprovechas para comprar un abriguito de piel y llevárselo a tu madre, pero parecía todo tercermundista y encima hacía un frío que pelaba.

Final contra la Sampdoria, le marcas a tu amigo Pagliuca.

Aquel gol supuso mi primer título europeo. Fue importante para que tuvieran paciencia con el proyecto, porque aquel equipo estaba ya con la soga al cuello. Aquel partido fue el principio del principio.

Al siguiente año se incorporaron Koeman y Laudrup.

En aquel Barça mandábamos los vascos. Éramos los veteranos y los internacionales. Zubi y Alexanco eran los capitanes. Bakero, Begiristain, Rekarte… Entonces los tres extranjeros pasaron de ser Aloísio, Romerito y Lineker a ser Koeman, Laudrup y Stoichkov, y una cantera de chavales catalanes de puta madre: Amor, Milla, Chapi, Sergi, Guardiola, Busquets… Así se gestó el Dream Team.

Koeman era un jugador extraordinario. Tenía poca velocidad para jugar de central, que encima era complicado en el esquema de tres con Guardiola por delante, pero era muy bueno en el toque de balón; tenía un desplazamiento increíble y una inteligencia táctica que le convertían en un jugador vital. Además, marcaba de falta o de penalti siempre en los momentos difíciles. Era un jugador top. Además, se integró muy bien. Y Laudrup era diferente a Koeman, pero también se integró perfectamente, hasta estuvieron en la canción esa que hicimos, un rap y un tema en catalán.

Uno de los goles más bonitos de tu carrera se lo hiciste al Madrid a pase de Urbano. Te diste la vuelta y la enchufaste de volea en un partido que ganasteis 3-1.

Sí, uno que recibí por la espalda. Me di la vuelta con Sanchís y se la metí a Buyo. Fue un golazo que no paraba de salir en televisión. Ganar al Madrid siempre ha sido una satisfacción, un partido diferente.

La Quinta dominó durante cinco años el campeonato, parecían imbatibles.

Tuvimos suerte de ganarles una Copa del Rey, luego nos la ganaron, pero nosotros nos hicimos con la Recopa. Y al tercer año, ya con Stoichkov y Nadal, unos fichajes con los que arrasamos porque la supremacía era brutal, por fin nos impusimos. Dicen que ganamos tres ligas en los últimos quince minutos, pero no es así. En realidad, regalamos esa posibilidad. Creo que aquel Barça debió haberlas ganado mucho más sobrado.

Llegamos al Mundial del 90, con Luis Suárez de seleccionador.

El centro del campo, con Míchel y Martín Vázquez, era todo garantías. Sigo pensando que tuvimos mala suerte. Perdimos en la prórroga, también con mucha histeria acumulada, porque el primer partido, contra Uruguay, fue bastante malo y Luis Suárez ya estuvo muy nervioso todo lo que quedaba de torneo. Al principio no contó conmigo para estar arriba con Butragueño, siempre estábamos con el debate de buscar el complemento al Buitre. Pero me sacó contra Corea, cuando metió los tres goles Míchel, y el seleccionador contó conmigo para el resto de partidos.

Ese triplete de Míchel es el del famoso «me lo merezco, me lo merezco». ¿Se lo merecía?

Se lo merecía. Nos estaban dando palos por todos los lados. Yo me hubiera sentido igual si hubiese metido los tres goles. Desgraciadamente, en el partido contra Yugoslavia pasó lo mismo que en el Mundial anterior; éramos mejores, pero se adelantaron ellos y se nos hizo muy cuesta arriba. Marqué yo el empate, pero luego, ya sabes, Míchel se agacha en la barrera y nos la clavan. Una pena, porque este Mundial no tuvo nada que ver con el de México. En Italia estábamos como en casa, fuimos a Venecia, tuvimos días de descanso, fue otro tipo de campeonato.

Martín Vázquez estaba llamado a ser el héroe de la selección y del Mundial, pero no le entraron.

No tuvo mucho tiempo de explotar. Nos eliminaron en octavos, una pena, porque en la siguiente ronda nos habría tocado Maradona. Igual que en México, que de pasar frente a Bélgica nos habríamos enfrentado a él. Contra la Argentina de Maradona al menos sí jugamos algún amistoso. Para mí siempre ha sido el mejor. No se puede comparar con Messi, en aquella época te mataban en el campo. Messi está muy protegido. Cualquier falta fuerte que recibe sacan tarjeta. Las patadas que le dieron a Maradona…

Como persona no le conozco, pero tampoco comparto cómo le han criticado. Algo habría que le llevara a meterse en lo que se metió. Maradona era una persona de orígenes muy, muy, muy humildes. La presión que tuvo después… en fin, hay que mirar el contexto antes de llamarle drogadicto y polémico. Porque una cosa es indiscutible: no hay ningún compañero de Maradona que haya hablado mal de él.

En la temporada 90-91 el Barça iba como un avión y casi se trunca en febrero, cuando Cruyff sufrió un infarto.

Fumaba mucho y, ya sabes qué tipo de situaciones suelen provocar los infartos: el estrés. Fumador empedernido y la presión… Estuvo un tiempo fuera, le tuvieron que operar y poner un marcapasos.

La sorpresa de ese año fue Stoichkov.

El búlgaro, ay, el búlgaro. La gente no le conoce. Supongo que los de Madrid dirán «este tío es subnormal», pero hay que conocerlo. Stoichkov es como un niño. Es un trozo de pan. Aunque luego se le acerque un periodista y le conteste a gritos o le diga «déjame en paz». Estuve hace poco en su homenaje, en Bulgaria, es un tío único. En su país manda más que el presidente. Confieso que le quiero mucho. De todos los extranjeros con los que he jugado es con el que más amistad tengo. Es muy diferente, es todo nobleza.

Recuerdo que estábamos siempre apostando. Veíamos a los chavales de Canal Plus pelotear antes del partido y apostábamos a ver cuál chutaba más lejos. En el vestuario, cogíamos una bola y a ver quién la encestaba en la bolsa de basura. Apuesta. Hubo un partido en Pamplona, en El Sadar, en el que les aposté cincuenta mil pesetas a que no metían dos goles a Stoichkov y a Romario. Uno cada uno. Era una buena apuesta porque en un partido fuera de casa no era tan fácil marcar, pero los cabrones marcaron. Stoichkov uno y Romario ¡dos! Se vinieron a celebrarlo al banquillo para decirme: «¡Hey, cincuenta mil!», vacilándome. Y yo: «Cabrones, que se va a enterar todo dios. A jugar, joder, que os alegráis más de ganar que por los dos puntos».

Wembley, 20 de mayo de 1992.

Es el inicio de la historia del Barça. Fue un año muy duro porque íbamos mal clasificados en la liga, a un montón de puntos del Madrid. En la Copa del Rey estábamos eliminados en enero y todo era un desastre. El míster nos veía tan mal que nos dijo que estábamos todos renovados si ganábamos un título. Lo hicimos en Wembley, y eso nos dio alas para coger con fuerza la liga. Nos dio una moral impresionante. Sobre todo, después de haber perdido aquella Copa de Europa en Sevilla, que fue un palo. Una oportunidad única como esa, porque antes tenías que ganar la liga para poder jugar la competición, no es como ahora. Y todo eran eliminatorias, sin liguillas, te podía ganar cualquiera. Con tres extranjeros por equipo estaba más igualado. Por eso para nosotros fue como una cita con la historia, habíamos ganado la Copa y la Liga, también la Recopa, el título que nos faltaba.

Fuiste titular, contra pronóstico.

Creo que me puso porque soy un ganador. Él sabía que yo no me acojonaba. En los partidos importantes y las finales que había jugado había marcado goles siempre. Cruyff sabía que yo daba la cara en esas citas. Y en un partido de ese calibre lo que te hace falta es gente que no se arrugue. Me llamó el viernes y me pidió que no saliera de chufla el fin de semana. Pensé que se le había ido la olla, pero él sabía que yo iba a dar la cara.

Campeones de Europa y, meses después, Tenerife.

Lo que fue impensable en Tenerife era que hubiésemos dejado escapar esa liga. Éramos un equipazo. Antes del partido estábamos tristes por esto, puesto que considerábamos que el Real Madrid no dejaría pasar una ocasión como esa contra un equipo que no se jugaba nada. Perdió, fue una sorpresa y una alegría inmensa.

La segunda vez, al año siguiente, sabíamos que teníamos pocas opciones, pero ya lo vimos un poco más abierto. Lo impensable era que algo así le pudiera ocurrir dos veces a un equipo como el Real Madrid. Claro que, si ha pasado una, ¿por qué no iba a pasar dos veces? Fue impresionante, como te imaginarás.

Y ya la que fue la hostia fue la tercera, la del Deportivo. Un equipo en casa, que se juega la vida, que era una oportunidad única para ellos, por muy primado que esté el rival no te puedes imaginar que no ganen y… Yo ese año no jugué casi nada, estaba hablando con Txiki y me dice: «Penalti». En el último minuto. Te quedas: «No, por favor». Y va y lo falla. En la vida hay que tener suerte, y Johan tenía flor. Hay gente que la tiene. Mira Zidane. Es muy importante tener flor.

Te fuiste quedando relegado del equipo, sobre todo tras la llegada de Romario, pero, por ejemplo, en esa 93-94, que acabó con empate a puntos y resuelta por la diferencia de goles, hubo un partido contra el Albacete que ganaste tú solito que resultó crucial.

Jugaba poco sin Romario, imagínate cuando llegó. Mi declive de azulgrana se ve en mis goles por temporada, que van: veinte, quince, once, siete, cinco y dos. Bajando cada año. Mi problema con Cruyff fue que dio su palabra de que si ganábamos un título renovábamos todos. Esto lo dijo en noviembre, cuando no había posibilidades de ganar. Luego falló Djukic, le dimos la vuelta a la tortilla y yo me quería quedar, pero Johan incumplió el trato. Ganamos la liga, pero al perder la Champions contra el Milan de Capello se pilló un mosqueo impresionante y me dijo que me tenía que marchar. Y yo no había jugado esa final. Le dije: «No, yo me quedo, me lo has prometido».

Me acababa de echar novia en Barcelona, tenía treinta y dos años y me veía fenomenal. Confiaba en mis posibilidades. Le insistí en que teníamos un trato y al final lo resolvió así: «Pues sí, yo cumplo mis promesas: te puedes quedar, pero con la ficha de Escaich». Dije que me quedaba, como mínimo, con la ficha que ya tenía, y ahí me la hizo para que me marchara.

El Dream Team no duró mucho más, al menos estuviste y participaste en un equipo histórico.

Fíjate Amor, que venía del fútbol base, con un carácter diferente, tenía el sentimiento de la gente de la casa. Bakero, que fue un jugador discutido, siempre jugaba al ras, tenía alternativas, carácter, gol y ponía un pundonor imprescindible para el equipo. Guardiola, que era un chavalín, que fue yendo a más y a más. Begiristain, que como Bakero marcaba la diferencia sobre todo por la inteligencia. Nadal, la familia Nadal podría hacer lo que quisiera con esa genética; este salió futbolista, pero podría haber sido lo que quisiera. Goiko, un artista, con esa velocidad, regate y buen centro. Sergi y Ferrer, que eran dos moscas cojoneras y además muy rápidos…

Fuiste al Mundial de Estados Unidos en el 94 habiendo jugado poco ese año, pero la clasificación en parte se debía a tus goles.

Los de Irlanda. Teníamos que ganar, estábamos prácticamente fuera. Veíamos el Mundial muy lejos, había que ganar a Dinamarca, campeona de Europa, en Sevilla, y a Irlanda allí. Era muy complicado. Recuerdo las charlas de Clemente diciendo que confiaba y estaba a muerte con nosotros, que lo que dijeran le daba igual. Ganamos con el gol de Hierro, con Cañizares parando un penalti y Zubi expulsado. ¡Cómo sufrimos!

Y ese Mundial fue el mejor en el que he estado. Estados Unidos es un país maravilloso. Teníamos días libres para irnos a Chicago, por ejemplo. Había un cocinero, el ambiente era de piña. Fue nuestro Mundial, con un Caminero que se salió, que estaba en racha. Yo marqué contra Corea en el primer partido. He marcado en tres mundiales, creo que Villa también tiene ese récord. Luego arrasamos a Suiza, a Italia le metimos un meneo, pero salió la famosa Italia de siempre.

Y tu famosa ocasión.

Mi ocasión en USA´94 la he visto un montón de veces, me la sigo poniendo en YouTube, donde he visto que hay un vídeo que pone «Pícala Julio, pícala». [risas] Fue una jugada complicada, en el pase la pelota venía botando. En primera instancia sí la quise picar, pero iba en carrera, botando el balón y el portero se me quedó a media salida, con lo que ya no podía regatearle, con la pelota apenas controlada, no tuve otra alternativa que tirar. No le pegué muy bien, porque le di con el interior, pero sí que engañé a Pagliuca, él se tiró para un lado y la pelota iba para el otro, con tan mala fortuna que le pegó en una pierna; tan mala suerte, además, de que en la siguiente jugada nos metieron gol, joder… Es que se dieron todas las circunstancias para decir: «Hostia, no puede ser, no puede ser». Fuimos al vestuario y nos encontramos a las infantas allí, nosotros con unas caras… y ellas diciendo: «Lo sentimos mucho, ánimo». A mí me llegó Javi, que tenía que estar destrozado el que más, y vino a darme ánimos, diciéndome que por lo menos había tenido una ocasión. Y yo: «Joder, pues mejor no haberla tenido» [risas]. Fíjate ese gol lo que hubiera supuesto… En fin, es lo que hay.

Imagino que solo puedes tener buenas palabras para Javi.

Sí, yo ya pensaba que mi ciclo se había acabado, me fui a Coruña, jugué muy bien y me dijo que para seguir en la selección tenía que demostrar que era el mejor delantero de España, y para eso tenía que marcar goles y jugar. Por eso me fui al Sporting, donde rendí a un altísimo nivel y volví a la selección en la Eurocopa de Inglaterra en el 96. Otra vez, con tan mala suerte que nos robaron el partido contra el anfitrión, en el que marqué un gol que era legal y me lo anularon. Y de esto no se habla, ¿eh? La gente se acuerda solo de lo de Italia.

En A Coruña debiste llegar a un vestuario marcado por ese penalti fallado de Djukic.

Sí, estaban muy jodidos. Con lo que cuesta ganar una liga a cualquiera, imagina lo que le suponía al Dépor. Encima lo tenían todo montado, una mariscada, una celebración por todo lo alto, y… todo se echó a perder. Pero tenía mucho mérito hasta dónde llegaron, porque ese equipo no tenía nada. Eso era otro mundo. El Deportivo era un piso de cien metros en mitad de Coruña, esa era la oficina con dos ancianos y Lendoiro, y ya. Te ibas a entrenar y te recogía un autobús en Riazor para llevarte a la Torre de Hércules. No tenía nada que ver con nada.

Nos contó Paco Jémez en su entrevista que compartió vestuario contigo ese año, que te cuidabas mucho el pelo para no quedarte calvo.

[Risas] Yo en aquella época tenía un negocio, que era Svenson, con el que se suponía que no te quedabas calvo y luego no hacía nada. Me birlaron un montón de pasta, fue ruinoso. La gente me decía «Tú tienes bien el pelo por Svenson», y yo: «No, no te equivoques, tengo un buen pelo por naturaleza, no por Svenson». Paco recuerdo que tenía una melena de la hostia y luego se quedó calvo. Pero mira, le pasa como a Guardiola que, sin pelo, como entrenador parece que tiene más carisma y es más interesante [risas].

La plantilla del Dépor era top.

A mí me parecía que los extranjeros estaban al nivel de los del Barça. Bebeto, Mauro Silva y Djukic, uno por posición y todos cojonudos. Bebeto era el mejor delantero centro junto con Romario. Y Mauro Silva era un fiera. Lo de fichar exjugadores de Madrid, Atlético y Barcelona, Aldana, Donato, Alfredo, Nando, Rekarte, Elduayen… fue muy buena estrategia. Eran tíos de treinta años, que es la mejor edad, pero con la que en los grandes ya te enseñaban la puerta. Encima estaba Fran, que era un monstruo. El ambiente en el vestuario era como el de un equipo de barrio. No tenía nada que ver con la filosofía de Barça o Madrid. Además, Arsenio era como un padre. Te decía: «Chavalines, una copita de vino solo». Y cuando llegaba a la mesa de los vascos, decía: «Bueno, a vosotros os dejo la botella». Luego iba por las habitaciones para que nos acostáramos pronto: «Hay que dormir, ¿eh?, hay que dormir».

¿Por qué te fuiste después de haber marcado doce goles? Solo metió más que tú Bebeto, dieciséis.

Por Toshack. Yo renovaba por una cláusula que decía que si marcaba más de diez goles renovaba automáticamente. Pero al volver en el mes de julio, Toshack me hacía el vacío. A los suplentes nos hacía entrenar aparte, vi que conmigo no contaba para nada. Ganamos la Supercopa al Madrid, pero no jugué nada, no me dio ni bola. Javi me había dicho que solo sería internacional si marcaba goles, como te he dicho antes, vi que me quería el Sporting, pregunté y me dijo «Te puedes marchar mañana mismo, pero hay que pagar». Cuarenta kilos tuvo que poner el Sporting.

Ahí hiciste dupla con Eloy, otra delantera de «casi jubilados».

Creo que jugué más con Lediakhov que con Eloy. Ese Sporting también era un buen equipillo, con Ablanedo de portero. Sinceramente, creo que ha sido donde mejor he jugado. Me salía todo, macho. Y eso que cuando llegué pasé vergüenza. Vino a buscarme Quini, que era mi ídolo de pequeño, llegué a Mareo y en la presentación estaba todo lleno. Tiene cojones, pensé, ni que fuera yo Romario. Un tío de treinta y dos años, que van a pensar que vengo a robar, pero empezaron a cantar: «Bota de oro, Salinas, Bota de oro». Yo me decía: «Esto no puede estar pasando. ¿Se estarán riendo de mí, se estarán descojonando?». Eso sí, cuando fuimos a otros campos me coreaban «Bota de mierda, Salinas, bota de mierda». Pero empezó esa temporada y lo metí todo. Unos golazos, que decía «Madre mía, me sale todo, macho». Fueron dieciocho goles y sin tirar los penaltis. Mi mejor año y el club donde mejor me han tratado con diferencia.

Y al año siguiente, lo mismo que en A Coruña, no te quiere el nuevo entrenador, en este caso Floro.

Me llegó una oferta de Japón y se la trasladé a Floro, pensando que iba a decir que no. Pero cuando se lo comuniqué me dijo: «Sí, te puedes marchar; vete a la directiva a anunciarlo». Me llevé una sorpresa… Luego averigüé que quería a Luna, por la razón que fuese. El Sporting pagó doscientos cincuenta kilos, lo que supuso la ruina del club, y encima bajaron a segunda.

En Japón fueron dos años en el Yokohama Marinos.

Fue una experiencia acojonante, aunque al principio fui con miedo. Me casé allí, por cierto, en la embajada española y tuve allí un hijo. Me fui forzado, yo no quería. Tuve problemas con un catalán, Antonio de la Cruz, sustituto de Xabier Azkargorta, el que me trajo. De la Cruz quiso implantar el sistema del Barça de Cruyff en Japón y empezó a no contar conmigo ni con Goiko, que también se vino a Japón.

La primera vez que me cambió —yo era el máximo goleador—, me dijo: «Te quito para dar más velocidad en ataque». La jornada siguiente jugamos contra el equipo de Floro, que ya no estaba en el Sporting [risas], y me volvió a quitar. Le dije: «Joder, si me cambias a mí perdiendo 2-0, al delantero estrella, la gente se va a preguntar qué pasa conmigo». Luego me lesioné y ya no quiso sacarme más. Un día que perdimos 0-4 y no nos puso en el campo nos cabreamos que no veas. Fui a por él, nos dijimos de todo y casi llegamos a las manos. No nos dimos por un pelo. Los japoneses estaban acojonados, flipando, no entendía nada. Y como allí es todo jerarquía, nos apartaron del equipo a Goiko y a mí.

Y en el Alavés, otra resurrección.

Tenía treinta y seis años y ya había dejado el fútbol, pero me llamó Mané para ir al Alavés, que iba último. Le dije: «Venga, Mané, ¿para bajar a segunda? Me va a quedar una mancha de la hostia en el currículum». Hasta mi madre me dijo que era una locura. Pero el míster no paraba de insistir y le dije, para quitármelo de encima, que iría un día a entrenar a ver qué tal. Y mira, me lo pasé muy bien y me animé. En el último partido le metí un gol con la mano a la Real y nos salvamos. Tenía treinta y siete años, me encontraba de puta madre, y quise jugar un año más, pero ¡entonces ya no me querían!

Decían que iban a rejuvenecer el equipo, que venía Kodro. Amenacé al presidente, le dije que o me renovaba o le decía a la prensa que yo habría seguido un año más por cero euros solo a cambio de dos millones en el caso de ser el máximo goleador del equipo. Se puso nervioso y me renovó. Pues fui el máximo goleador del equipo [risas] Entramos en la UEFA y si no perdemos el último día en San Mamés, 2-1, gol mío, quedamos segundos. En Vitoria me hice muy amigo de Javi Moreno. Éramos uña y carne. Me alegré mucho cuando le fichó el Milan. Le enseñé que en cada penalti cogiera el balón y se lo tirase él, que no se la quitase nadie. Un día estando yo en el banquillo vi que se lo hizo a Kodro y me dije: «Así me gusta chaval, así me gusta, tira todo que son goles» [risas].

Después del fútbol, destacó tu etapa de locutor con Andrés Montes.

Cuando cuelgas las botas hay tres maneras de seguir en esto: secretario técnico, entrenador o comentarista. Estuve seis años de comentarista en Radio Nacional y en Televisión Española comentando Champions con José Ángel de la Casa, Juan Carlos Rivero y Paco Grande. Muy bien. Entonces me llamó La Sexta en 2006 y era un palo, porque solo me proponían hacer el Mundial y, de aceptar, perdía lo de TVE, que estaba muy bien pagado, todo lo contrario que La Sexta. Pero por el gusanillo de hacer un Mundial, egoístamente, acepté. Nada más llegar me dijo Montes: «Chaval, esto es diferente, olvídate de José Ángel de la Casa, hay que seguir el juego».

Dije que era como un camaleón, que me adaptaba a todo, como a los sistemas de juego. Hicimos ese Mundial con mucha desventaja. Canal Plus tenía de todo, mientras que nosotros estábamos, por llamarlo de algún modo, en una barraca con gente muy joven. Ellos tenían a Maradona. Pero creo que salimos ganadores porque al final todo el mundo se quedó con lo de «jugón», «tiquitaca», «tiburón Puyol», «¿Dónde están las llaves?»…

Andrés era diferente a todo, era único. Tenía sus rarezas y creo que le caía mal a mucha gente porque era muy exigente. Su forma de dirigirse a los demás a veces sonaba mal y siempre pidiendo, en plan: «¡Tenemos los mejores comentaristas y hay que darles el mejor catering, me cago en la hostia!». Yo era como su pareja, iba de la mano de él. Tuvimos la suerte de que la liga se quedó en La Sexta y tuve suerte con la apuesta que había hecho. Estuvimos dos o tres años y al final nos despidieron a los dos.

¿Por qué?

No le encuentro explicación, porque Andrés era único. Servía para fútbol, para basket, para cualquier cosa. El problema es que era independiente. No se dejaba manipular por nadie. Y en este mundo… Te cuento un caso. Una vez, había un vídeo en el que criticaban a Ramón Calderón, expresidente del Real Madrid, y le dijeron que antes de darle paso criticara a Calderón. Y él decía: «¿Por qué tengo que criticarlo si no veo motivo para hacerlo? Meto el vídeo, pero yo no critico a nadie». Fui testigo de un par de sucesos como este y él iba muy fuerte. No era un cualquiera, era muy inteligente y muy culto, leía mucho, sabía de política, de filosofía, de música… era un tío muy, muy preparado.

¿Y ahora qué haces?

Sigo en el periodismo deportivo, pero lo que más hago, mi pasión, es coleccionar placas de botellas de cava, sobre todo. Tengo veintitrés mil. Hace ocho años más o menos que me metí en esto. Hay una web donde puedes hacer intercambios, pero necesitas moneda de cambio y las que encuentras en los bares son todas las típicas. Al principio no sabía bien qué hacer, hasta que se me ocurrió diseñar mis propias chapas para los coleccionistas. Encontré una bodega buena, bonita y barata y hacen cavas con mis chapas, dedicadas, por ejemplo, a los equipos donde he jugado o a la final de Wembley.

Mi hermano, por ejemplo, colecciona camisetas. Tiene setecientas. Pero solo las auténticas, no le valen las que se venden en la tienda. A mí me las ha quitado todas. Creo que solo tengo seis mías, una por cada equipo en el que he estado. Tiene de Maradona, de Ronaldo, de Messi… Yo le conseguí de Sergi en el Atlético, de Aimar en el Valencia…

Está con las camisetas igual que yo con las placas. Es una frikada porque te obsesionas, vives con ellas, piensas en ellas, duermes con ellas. Es como cuando va un tío a cazar y cobra una buena pieza.

Como ser un goleador.

No, no, como meterle un gol al Madrid no hay nada.


Fernando Torres: «Galicia ha marcado mi vida entera»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 11.

Recuerdan los treintañeros de Corcubión —un pueblecito en el corazón de la Costa da Morte— a un niño madrileño con pecas que gastaba agosto jugando al fútbol frente al mar gallego. Solía participar en los torneos de fútbol sala que se celebraban todos los veranos y competía con chavales tres y cuatro años mayores que él. «El cabrón —dice un vecino— no hacía nada espectacular, ninguna filigrana especial. Pasaba desapercibido, pero acababa el partido y el niño aquel había metido ocho goles». «Es que no sé hacer esas cosas», dice aquel niño, hoy convertido en jugador profesional e ídolo inapelable del Atlético de Madrid. «No sé hacer chilenas, espuelas y esas cosas. Yo juego al fútbol y marco goles. Me lo decía Luis Aragonés: «niño, usted clink, clink. A marcar goles. Olvídese del resto». Se trata de reducir a la máxima sencillez la complejidad del juego. Y así entiende también el resto de su vida Fernando Torres. Reduce preguntas con aspiraciones complejas a respuestas sencillas como un remate. «El Niño» recoge la pregunta, encoge los hombros, amaga una sonrisa y responde a gol. No rehúye un solo balón. Se puede llamar madurez. La madurez del Niño a quien, con diecisiete años, le dijeron que tenía que salvar al equipo de sus sueños.

Me explicaba Juan Tallón, gran atlético y mejor escritor, que tu carrera se puede sintetizar en un esquema de nombres propios de grandes entrenadores: Luis Aragonés, Rafa Benítez, Roberto Di Matteo, José Mourinho y Cholo Simeone. Y sin embargo tú siempre has dicho que el que más te ha marcado ha sido tu entrenador en juveniles, Abraham García.

A veces te encuentras gente en el camino que en ese momento son importantes solo hasta un punto. Pero con el tiempo te das cuenta de que no los olvidas, que las cosas que te quisieron enseñar y no entendiste, las entiendes más adelante. Me pasó con Luis Aragonés y con Rafa Benítez, pero sobre todo con Abraham García, tal vez por ser el primero. Tengo treinta y un años y setecientos partidos como profesional y me sigo acordando de él. Fue muy importante: yo era cadete y jugaba con los juveniles del Atlético de Madrid y de ahí salté al primer equipo, que estaba en segunda división. Algo que debería haber llevado bastantes años yo lo hice en menos de dos. Fue fundamental tener a alguien como Abraham, que me hablase de lo que iba a pasar. Quizá en ese momento no sabía bien lo que me decía. Fue el primero que me habló de cuidar mi imagen, de la importancia de ser un buen compañero, de hacer caso a mis padres. El fútbol empezaba a cambiar y Abraham lo sabía. Yo no entendía de qué me hablaba, tenía dieciséis años y solo quería marcar goles. Pero él me puso en alerta de lo que venía y lo tengo muy presente. Además me enseñó a jugar al fútbol.

¿Te refieres a que te enseñó a ver más cosas además de meter goles?

A pensar. Me enseñó a pensar. El futbolista madura con la edad. Cuando tienes veinte años no piensas como con treinta. Tienes más condiciones físicas entonces, pero la experiencia te la dan los partidos. Él me enseñó muy temprano a moverme, a entender el juego, a saber por qué la pelota va a un sitio y no a otro y a estar ahí para llegar antes. A observar a los compañeros y entenderlos. Me pasó lo mismo con Luis Aragonés. Me decía cosas que yo no entendía y luego, llegaba un partido o una jugada y decía «coño, esto ya me lo había explicado Luis hace años». Hablaba de una manera que no se refería a un momento puntual, sino que puedo aplicarlo años después a muchas situaciones. Cosas que se me han quedado en la cabeza.

Si tuvieras que escribir un reportaje sobre tu carrera, ¿con qué imagen abrirías el texto? ¿Con qué descripción?

Yo con cinco años tirando tiros a mi hermano, que era portero, y sin ganas. Obligado por él [se ríe]. No me gustaba el fútbol de pequeñito. Nada. Tampoco lo seguía. Mi padre es gallego y seguíamos un poco al Deportivo porque veraneábamos siempre en la Costa da Morte, pero me empezó a interesar de verdad por mi abuelo. Tenía en su casa un platito con un escudo del Atlético y yo le preguntaba: «Abuelo, ¿y esto?». Le veía irse a escuchar el partido por la radio a la calle y no podía ver al Atleti por la tele porque se ponía muy nervioso. Y fue el que me hizo despertar mi curiosidad por el fútbol.

Pero entonces te interesó antes el Atleti que el propio fútbol.

Sí. Me llamaba la atención por qué tenía ese escudo en aquel plato si no podía ver los partidos por la tele. Empecé a verlos por él y me hice del Atleti. Y solo entonces me empezó a gustar el fútbol, cuando los otros niños llevaban años coleccionando cromos o jugando a las chapas de futbolistas.

Y en ese proceso de acercamiento al fútbol también Galicia es importante.

Galicia ha marcado mi vida entera. De ahí es mi padre, allí conocí a mi mujer, nació mi hija… Cada verano suponía el momento que estaba deseando que llegara desde que se acababa agosto. Por la mañana iba a la playa de Cee con mis amigos y por la tarde al pabellón de Corcubión a apuntarnos a los torneos. Ese mes lo pasaba increíble.

Has dicho en alguna ocasión que, de tu pandilla de amigos de Madrid, tú eras el peor técnicamente. Y sin embargo eres el único que ha llegado a profesional. Dice bastante de cuántos factores se necesitan conjugados para llegar a la élite, más allá de las condiciones innatas.

Es que yo creo que condiciones tiene todo el mundo al que le guste el fútbol. Si algo te gusta y tienes interés, vas a hacerlo bien. El problema es que bien no es suficiente, porque hay mucha gente. Siempre hay alguien mejor que tú, en todo. Se trata de hasta dónde quieres llegar. Hay un momento en el que tienes que ser consciente de que no puedes pasar de ahí y en la mayoría de casos ese límite impide llegar a profesional. Yo de pequeño nunca pensaba en llegar a nada. Es que yo nunca he sabido hacer estas cosas que hacen los jugadores, de la pierna por arriba y malabares y esas cosas. Luis Aragonés siempre me decía: «Niño, usted no aprenda a hacer esas cosas que eso no vale para nada. Usted clink, clink. Gol, gol, gol». A mí nunca me han llamado la atención esos jugadores que la controlan de tacón. O esos pases mirando para otro lado. Ni de pequeñito. Sentía que se perdía tiempo y que al final el fútbol era otra cosa. Desde los seis años que empecé a jugar al fútbol hasta los diecisiete que debuté, he conocido a muchísimos compañeros con muchas más condiciones que yo, pero no entendían lo que era el fútbol. El fútbol no es eso. Eso son complementos. Si los tienes son un tesoro, porque es un recurso, pero no es fútbol. Y muchos niños se equivocan con eso porque al final esas cosas son las que están todo el día en las televisiones. En los anuncios que nos hacen hacer, tacones, chilenas y esas cosas. El fútbol no es eso.

¿Qué es entonces lo que necesita un jugador más allá de la técnica para dar ese salto entre amateur y profesional?

Depende de la posición y de la persona. Hay muchísimos factores. Creo incluso que hay jugadores de primera división en España que nunca podrían jugar en la primera de otras ligas como Inglaterra o Italia. Y viceversa. Es que ese salto es muy difícil. No vale solo con ser técnico: hay que ser competitivo, hay que ser fuerte, hay que entender lo que pide cada partido… Y aprovechar la oportunidad, que es lo más difícil.

¿Y el factor psicológico? Supongo que no es lo mismo jugar una pachanga que en un estadio con sesenta mil personas. Y en tu caso más: debutaste con el primer equipo del Atlético con diecisiete años y saltando directamente desde el juvenil.

Yo pasé de estar un fin de semana en la grada viendo al equipo a estar el siguiente en el campo. Yo jugaba en los juveniles, me lo pasaba bien, marcaba goles, pero no tenía el reto de llegar al primer equipo. No lo veía como algo cercano ni me obsesionaba. Si llegaba, llegaba. Para mí jugar un solo partido con el primer equipo hubiera sido suficiente. No tenía presión ni en casa se hablaba de eso. Si en alguna categoría hubiera estado en el banquillo, lo hubiera dejado, porque no me hubiera merecido la pena hacer dos horas de autobús para ir a entrenar. Me habría ido al equipo del barrio y jugado allí. Yo no tuve tiempo para asimilar que estaba en el primer equipo. Llegó de repente y creo que eso me ayudó. Cuando me di cuenta de dónde estaba metido ya era tarde para echarme atrás. Cuando comprendí todo lo que conlleva un club profesional, cuánto sufre la gente, ya estaba metidísimo y por eso no me dio vértigo. Otros chicos tienen marcada esa fecha como un reto y cuando llega se dan cuenta de que hay muchísimas más cosas aparte de jugar. Y les puede.

¿Y cómo se gestiona eso? ¿Cómo se maneja la cabeza de un chaval de veinte años al que todos adoran, en el que todos confían y que se convierte en un icono?

Eso me lo decía Luis Aragonés. Cuando yo coincidí con él con diecisiete años me decía, «Niño, no lea la prensa. No les haga caso porque están construyendo un pedestal y cuando le tengan arriba de todo le van a dar un hachazo en la base y se va a dar cuenta de lo que es la realidad». No entendía muy bien a qué se refería hasta que estuve fallón dos o tres partidos, no jugué bien y dije «Mira, era esto lo de Luis». Efectivamente, veo chavales muy confundidos. Con presión en casa, que los padres no les dejan disfrutar, les exigen. O con ídolos o ejemplos de jugadores que no son los mejores.

Hay una corriente creciente de aficionados que se posicionan —nos posicionamos— en contra del llamado fútbol moderno, este fútbol-negocio de hoy en día supeditado a las televisiones, los fichajes y el marketing que hace que los estadios se vacíen y la esencia se pierda poco a poco.

El fútbol es un negocio. La ley de la oferta y la demanda. Hay muchísima oferta y mucha gente que saca partido. Sin embargo, desde el punto de vista del futbolista el fútbol es de los futbolistas. Y si alguien se tiene que llevar lo que produce el fútbol son los futbolistas, que son los protagonistas. El problema es que los futbolistas no controlamos la liga. Ni los horarios: a nosotros nos encantaría jugar un partido por semana nada más, jugar a las cinco de la tarde con el campo lleno y con precios asequibles. Pero no mandamos. Las televisiones en España controlan todo. En Inglaterra es distinto. He estado allí y sé cómo funciona. ¿Por qué la gente llena los campos? ¿Por qué los equipos llevan cuatro mil o cinco mil aficionados visitantes? Porque no pueden ver a su equipo en la televisión. O van al campo o no lo ven. Y si no lo ven, no pueden ver los resúmenes hasta el lunes. Allí, si tú quieres disfrutar de tu equipo, tienes que ir a verlo. Eso es el fútbol. Todo lo demás es otra cosa. En España hay cultura de ver el partido siempre y en cualquier sitio. Es un gran negocio. No es fútbol. El fútbol está en el estadio.

¿Entonces en España el fútbol está perdiendo su esencia?

Lo puedes comprobar en la televisión, cada vez que ves un campo vacío. Deberíamos devolver el fútbol a la gente porque ellos son los que producen todo, los aficionados.

Sinceramente, ¿hasta qué punto es importante la hinchada para un jugador profesional? Decía Molina, exportero del Atlético y del Deportivo, que a él le daba igual jugar en casa que fuera.

A mí me encanta jugar en casa. La afición influye mucho en mí. Yo considero importante meterte en el partido en el campo y en la grada. Contagiarte del entusiasmo cuando están apretando o saber aislarte si hay pesimismo. Hay que interpretar también lo que hacen los hinchas. Y lo mismo fuera: cuando tienes a cuarenta mil aficionados en contra cuesta más aguantar el balón, no escuchas al compañero, no conoces el campo. Parece una tontería, pero no te resultan familiares los colores, no estás acostumbrado a la iluminación… es un sitio que no controlas. En tu campo estás con tu gente. Y cuanto más te apoye tu afición y más te perdonen los fallos, más opciones tienes de hacerlo bien.

Un tema delicado que afecta al mundo de las gradas es el de los grupos ultras. Los jugadores no soléis hablar de ello. En España hay una demonización pero la mayoría de clubes siguen considerando a estos grupos muy importantes.

Para mí es muy sencillo: lo que no puede haber en un campo de fútbol son delincuentes. Ya está. El resto, bienvenido. Gente que viene a animar o que el equipo es una religión para ellos, bienvenidos.

Y sin embargo las medidas actuales de la liga no atañen solo a los posibles delincuentes, sino que también prohíben banderas, bufandas, ciertos cánticos o hasta ver el fútbol de pie.

La gente ahora se burla de las medidas y las hinchadas cambian palabras en los cánticos a modo de broma para que no les sancionen. Pero esto no es ninguna broma. No me parece ninguna tontería. A mí me da vergüenza ver a alguien insultando a un jugador. Muchísima vergüenza y pena si tiene un niño al lado. Yo lo veo cada vez que juego en un campo rival: nos insultan con niños de la mano. ¿Pero en qué país vivimos? Eso no es fútbol. Yo ahora tengo niños y no sé si quiero que vayan a un campo de fútbol. Eso en Inglaterra no lo he visto, llevaría a mis hijos a un partido en Inglaterra sin problema. Lo que tampoco puede ocurrir es demonizar a todos, llamar ultra a alguien porque vea el fútbol de pie en el fondo del estadio. Allí hay de todo, desde abogados a profesores pasando por fontaneros. Yo he ido al fondo del Calderón de crío y no era ningún delincuente.

Tras siete temporadas en el Atlético de Madrid, convertido casi en leyenda, te vas a Inglaterra, al Liverpool. ¿Por qué?

Igual que fue cumplir un sueño debutar en el Atlético y pasar de la grada al campo, fue complicado vivir los últimos años. Me tocó una época de muchos problemas, con una intervención judicial, con problemas sociales y deportivos, con un equipo de media tabla… Yo lo aceptaba encantado porque estaba viviendo mi sueño, pero de pronto se convirtió en responsabilidad. Veía que no podía cambiar la situación, sentía la necesidad de cambiar todo y no podía. Y era un peso enorme. Llegué a sentir que el club se estaba centrando demasiado en mí y yo obstaculizaba que el equipo pudiera mejorar. Era muy extraño. Yo quería seguir, pero estaba seguro de que si me iba el equipo iba a dar un empujón para arriba.

Y así fue.

Y así fue. Yo pude crecer y el club pudo crecer. Sentí un alivio tremendo. Igual fue azar, pero lo que tenía en la cabeza que iba a pasar si me marchaba, pasó.

Allí coincidiste con Rafa Benítez como entrenador.

Rafa me cogió en un momento muy bueno. Estaba en paz conmigo y con el Atleti. Todos mis sentidos estaban en crecer y disfrutar. Su aportación fue distinta a la que experimenté con Abraham o Luis.

¿Muy distinto un vestuario inglés de uno español?

Bueno, es que en el Liverpool había mucho español. Estaba Xabi Alonso, Reina, Arbeloa y argentinos como Mascherano, Insúa… Y todo el staff de Benítez era español. Entonces el ambiente no era tan diferente. La gran diferencia para mí fueron los entrenamientos. Eran muy, muy profesionales. Cada entrenamiento parecía un casting que había que hacerlo perfecto para entrar en la siguiente alineación.

Y estaba Steven Gerrard.

Hasta que lo conocí yo nunca me había puesto una meta. Debuté en el Atleti, jugué en primera, me fui a Liverpool… Iba quemando etapas y dando pasos, pero sin un objetivo claro. Solo quería disfrutar y hacer goles. Gerrard me cambió la manera de entender las cosas. Recuerdo que en mi primer año en Liverpool quedé tercero en el Balón de Oro y fui con él a la gala porque él también estaba en el once ideal de la FIFA. En el avión de vuelta me dijo que no me preocupara, que yo ya ganaría muchas más cosas y que podía ganar el Balón de Oro. Estuvimos hablando todo el viaje y yo sentía que de verdad pensaba que yo podía ganar todo lo que quisiese. Y a partir de ahí, vi que tenía que intentar llegar a todos los objetivos. Ver que él creía en mí me hizo cambiar. Jugué mis mejores años. Solo saber que él estaba en el campo me hacía mejor. De los ochenta o noventa goles que marqué aquellas temporadas, el 90 % son gracias a él.

Hay jugadores que solo con su presencia ya ayudan al equipo.

Hay jugadores distintos. Que los árbitros y los rivales miran de una manera diferente. Que cogen la pelota y tienen tres tíos alrededor y nos dejan a los demás libres. Son jugadores con los que tienes que asociarte. Yo vivo de esos jugadores. Vivo de jugadores como Gerrard o como Xabi. Miran hacia adelante y ya sabes que ellos te ponen la pelota donde les pidas. Donde y cuando quieras.

Es que a veces los aficionados ven a los futbolistas como figuras iguales y hasta deshumanizadas. A uno le sale un mal partido y ya se especula con que si es malo o que no sirve. Igual es que la noche anterior durmió mal. O le dejó la novia. Eso nunca lo piensa el aficionado.

Es que eso pasa en todos los oficios del mundo. Hay muchísimos factores que influyen en un partido, lo que pasa que hay que dejarlos a un lado porque a nadie le importan. La gente está esperando algo de ti y le tienes que dar eso. No hay otra opción. Imagínate que salgo y digo «hoy jugué mal porque mi niño estuvo toda la noche llorando y no pude dormir». Impensable. Me comen.

Pero a veces ocurren cosas así.

Claro que ocurren. Pero te las comes, como cualquier otro trabajador que va a su puesto sin dormir porque el crío le dio la noche. Lo mismo. Lo que pasa que a nosotros se nos mide por un solo día: el del partido. Igual has entrenado espectacular toda la semana y el día de partido no te salen las cosas. Pues has perdido una oportunidad.

Hay un añadido en vuestra profesión que sí os hace diferentes: la tremenda atención de la prensa. Si en tu trabajo no te salen las cosas o en un torneo de tu barrio no das una, pues apechugas tú. Pero vosotros tenéis que leer o ver las críticas públicas al día siguiente. ¿No te pasa eso por la cabeza mientras juegas?

A mí no. Es verdad que con veinte años acabas el partido, lo analizas y dices: «Mañana la que me va a caer». A estas alturas ya me importa poco. Lo que sí me afecta es que afecte a mi familia. Que se preocupen por mí.

Pero a veces la prensa tiene mucho poder. Y puede llegar a hacer daño a algún futbolista.

Sí. Si tienes a cincuenta mil tíos en la grada que leen todos los días cosas malas de un jugador, pues están condicionados. Eso sí lo notas. Compañeros que salen incómodos, que pierden la pelota y se escucha un rumor. Eso afecta porque a veces la prensa crea realidades sin fundamento. Si tú mañana escribes en este reportaje que me has visto triste, mañana otro periodista me va a preguntar si estoy triste y otros medios hablarán de que si estoy triste. Y de pronto, una historia inventada se convierte en real. Es muy difícil controlar eso.

¿Qué opinas de la prensa deportiva española?

[Sonríe ampliamente]. Hay de todo. Va un poco en paralelo a los futbolistas: hay jugadores a los que les gusta mucho el fútbol, a otros no, a otros les gusta todo lo que conlleva… Los periodistas supongo que lo mismo: habrá a los que les encante el fútbol, habrá otros dolidos porque no han llegado a ser futbolistas y critican, otros forofos… Pues habrá de todo.

Más allá del fútbol, ¿qué te ha dado Inglaterra?

Un idioma. También una manera diferente de ver las cosas. La gran diferencia para mí es que en Inglaterra la gente vive más su vida que la de los demás. En la España que yo dejé no ocurría eso. Ahora creo que ha cambiado: la gente es más consciente de lo que necesita, de lo que de verdad es importante.

¿Crees que el fútbol es importante?

¿Para qué?

Para una sociedad. ¿Es importante que exista una competición de fútbol?

Cualquier deporte que despierte sentimientos es importante. Se pueden conseguir muchas cosas a través de los sentimientos y el fútbol despierta muchísimos. Pero hasta ahí. Yo a la gente que viene llorando a hacerse una foto o a amigos que se fascinan con el fútbol les digo: «Yo solo juego al fútbol. Nada más. Y eso no es importante».

¿Por qué los futbolistas no hablan de política?

Mira, yo llevo jugando al fútbol desde que tenía diez años. Mi vida ha sido el fútbol. Con diecisiete años ya tenía un trabajo y una responsabilidad. A mí no me ha dado tiempo a pensar en política. Derecha, izquierda… no me ha afectado. Yo he empezado a trabajar tan temprano que un partido u otro no me va a cambiar la vida. Y además, los pocos futbolistas que se han pronunciado han sido duramente criticados.

Hay una percepción, sobre todo entre la gente a la que no le gusta el fútbol, de que los futbolistas son tontos. No quiero ofenderte, pero esa idea existe.

Creo que tiene que ver con la edad. Esa gente que dice que somos tontos, tendrían que dar una rueda de prensa con dieciocho años para tres millones de personas. Pues probablemente se confundan mucho. Se equivoquen en el mensaje o en la manera de decirlo porque no tienes formación, ya no digo académica, sino de madurez. Yo ahora veo ruedas de prensa que di con dieciocho años y pienso: «Madre mía, vaya joyita». Con treinta años es otra cosa. En cualquier caso, como en todas partes, hay de todo. Yo conozco a futbolistas muy, muy inteligentes.

Decía en una entrevista Rio Ferdinand, jugador inglés, que los futbolistas profesionales se aburren. Entrenan dos horas al día y el resto del tiempo no hacen nada.

Creo que el futbolista profesional tiene demasiadas cosas demasiado pronto. Y puede relajarse. ¿Quién no lo haría? Con los años aparecen las inquietudes, y muchos empiezan a estudiar, montan un negocio o practican otro deporte.

Del Liverpool te fuiste al Chelsea, otro club inglés. Allí te entrenó José Mourinho, una persona que siempre da que hablar.

Mi experiencia con él fue muy buena. Es un entrenador fantástico y un tío con el que puedes hablar. Me gusta la gente con la que puedes discutir, aunque no llegues a un acuerdo. Me parece gente de diez. Mourinho es así: tienes un problema con él y su puerta está abierta. Puedes hablar con él lo que quieras que te va a responder lo que él piensa. Va de cara. No hay que tener recelo ni miedo de las personas que van de cara.

Y regreso a casa. Con Simeone de míster.

Con el Cholo es diferente porque hemos sido compañeros. Imagínate que tienes un compañero y ocho años después es tu jefe. Siempre existen un montón de anécdotas, convivencias y experiencias que a veces es difícil medir. Debo pensar que es mi entrenador, no puedo ir y hacerle una broma que le hacía hace ocho años porque no procede [se ríe]. Pero lo mismo que Mourinho: es un tío que va de cara. Como lo ve la gente en la rueda de prensa, así es el Cholo.

¿Los jugadores son conscientes de lo que supone su juego o el de su equipo? Por ejemplo, la selección española campeona o el Barça de Guardiola: ¿los futbolistas se paran a pensar en lo que están dando al fútbol o el capítulo que están escribiendo en la historia del juego? ¿O se dedican solo a jugar y eso queda para los analistas?

Creo que eso lo da el tiempo. Todavía no se sabe a qué nivel hemos podido cambiar la historia del fútbol con el juego de la selección española. Hicimos algo que no ha hecho nadie en la historia del fútbol pero está muy reciente. Yo desde que nací he escuchado siempre hablar de Pelé y Maradona; no los he visto jugar nunca, pero están ahí, presentes. Marcaron una época. Y los años los va mitificando. Creo que pasará lo mismo con la selección española. Quedarán nombres y momentos y quedarán los títulos. Y se olvidarán los malos momentos.

Al Mundial de Sudáfrica en 2010 llegaste lesionado y fuiste casi en modo «por lo civil o por lo criminal». Dijiste incluso que ibas aunque fuera lo último que hicieras. ¿Por qué?

Porque sabía que íbamos a ganarlo. Me sentía parte muy importante de ese equipo y quería estar con mis compañeros. Porque habíamos vivido cosas muy malas antes de la Eurocopa 2008. Estábamos disfrutando muchísimo y sabíamos que íbamos a ganar. Arriesgué todo lo que tenía y lo volvería a hacer.

Ese momento del gol que marcas en la final de la Eurocopa 2008 contra Alemania. Si tuvieras que explicar cómo fue…

Te diría que pensaba que iba fuera. Gracias a que el campo estaba mojado, el balón, con el giro, no se va para fuera. El caso es que aquel gol fue tan temprano, que no piensas que va a ser el gol definitivo. No es esa sensación de final de partido que dices «la que hemos liado aquí». Tenía la sensación de que iban a pasar muchas más cosas y de hecho en la piña celebrando se oían cosas del tipo «tranquilidad, falta mucho». Fue diferente al que metí en la Euro 2012, que era el 3-0 y el partido terminado y fue una explosión.

Después de tantos años y éxitos, ¿entiendes el fútbol de otra forma? ¿De una forma más madura, tal vez?

Totalmente. Cambian las prioridades. Llegar a casa después de un mal partido y que tus niños te vengan a dar un abrazo, pues… Pues eso hace que te olvides de lo demás y comprendes qué es lo importante. Partidos de fútbol hay más: juegas mal pero a los tres días tienes otro. Pero cada día de tu niño… eso no vuelve.


Raúl Tamudo: «Los futbolistas con un pasado callejero tienen un plus»

Adaptando ligeramente el refranero al balompié, podríamos decir que cuando jugaba Raúl Tamudo (Santa Coloma de Gramenet, 1977) subía el pan. Se hinchó a meter goles en el último minuto que costaron descensos, ligas, copas, de todo. Incluso Luis Aragonés dio con la tecla de sacar a Xavi, Iniesta y Cesc juntos gracias a un gol de Tamudo a Dinamarca considerado el primero de la era triunfal del tiquitaca. Es el máximo goleador catalán de todos los tiempos. Retirado, mientras sopesa hacerse entrenador de categorías inferiores, quedamos con él para repasar su carrera tomando unos cafés en pleno barrio chino de Barcelona.

¿Cómo acaba tu familia en Cataluña?

Mis padres son de un pueblo de Badajoz que se llama Villar del Rey. Les pasó lo normal de la gente de allí: no tenían trabajo y tuvieron que venir a la gran ciudad, a Barcelona. Estuvieron trabajando hasta los cincuenta años más o menos, que les retiré. Les dije que no hacía falta que siguieran, que ya habían trabajado bastante; antes se empezaba a los catorce o quince años. Mi padre en la construcción y mi madre en una fábrica de enchufes.

Aprendiste a jugar al fútbol en la calle.

Siempre se lo digo a mi hermano, no sé cómo podíamos jugar en esas calles al fútbol. No paraba de pasar gente, coches. Las porterías eran los bajos de los coches. Como mis padres estaban siempre trabajando, pasábamos el día en la calle. Igual el fútbol nos salvó de otras tentaciones. Pero es una pena que se haya perdido el fútbol callejero. Ya no lo ves. Ni en Barcelona ni en Santa Coloma. Ahora es fútbol de escuela, donde se cuida mucho al niño. Antes era buscándote la vida y se aprendían muchísimas cosas. Creo que los futbolistas con un pasado callejero tienen un plus.

Probaste con el Barça.

Estaba en el Milán de Santa Coloma y en un partido en el campo de la Damm que perdimos 7 a 6, íbamos ganando 2-6. Marqué cinco goles y fallé un penalti, pero no me echaron la culpa [risas]. Apareció un hombre preguntando si estaba por allí mi padre. Lo encontró, dijo que era ojeador del Barça y me cogieron. Estuve un año entrenando con el Barça y con el Milán, dos días de la semana con cada uno. Hasta que llegó el verano y me dijeron que, para decidirse, tenía que ir a un torneo. Fui, marqué mis goles y al acabar me dijeron que estaban muy contentos y me iban a llamar para hacerme la ficha. Todavía no me han llamado [risas], ni siquiera para decir que no. En fin.

Apareció entonces José Manuel Casanova* y me dijo que me quería para el Espanyol. El Barça no llamaba y mi padre me recomendó que le dijera que sí a José Manuel. Yo tenía trece o catorce años y nos invitó a mis padres y a mí a comer para que cogiéramos confianza. Para mí eso ya fue emocionante, era ir a comer con el tío que fichaba a los jugadores del Espanyol. Recuerdo que me dio una tarjetita con su nombre y el escudo del club bordado en oro. Cuando fui al cole y le enseñé la tarjeta a los compañeros, me decían «Tío, ¡ya tienes la vida resuelta!». Yo pensaba que flipaban. Y luego mira, muy equivocados no estaban.

Todos los de mi generación salimos gracias a José Manuel Casanova. Creo que no iba ni a casa a dormir, estaba todo el día viendo fútbol. Andaba por el Málaga haciendo lo mismo. Tenía controlado el mercado de futbolistas jóvenes de toda España. Porque antes el Espanyol no tenía cantera. Un día entrenábamos en el campo del Polígono Gornal, otros días íbamos a los campos de las casas baratas de la Zona Franca. Salía de mi casa a las cinco de la tarde y volvía a las once. Cogía el 38, nunca se me olvidará el número porque muchas veces había gente en el autobús metiéndose caballo. Yo hacía el trayecto solo cada día con quince años. Si nuestros padres lo hubieran visto igual no nos habrían dejado. Luego se hizo la Ciudad Deportiva y daba gusto ir a entrenar allí.

Tu generación en las categorías inferiores del Espanyol fue brillante.

Jamás saldrá una hornada como esa. No solo futbolísticamente, sino a nivel humano. Se formó un grupo muy fuerte, de amigos; la mayoría habían coincidido en el juvenil. El primero que subió fue Soldevilla. Le expulsaron porque lo primero que hizo nada más salir fue darle una hostia en San Mamés a Alkiza o Julen Guerrero, no sé cuál. Lo que vimos fue que si él podía llegar, los demás también. En lo personal, mi mejor amigo fue De Lucas. Congeniábamos muy bien. Él ponía la cara y yo… digamos que me lo pasaba muy bien a su lado [risas]. Una vez en un aeropuerto un montón de japoneses lo confundieron con Ricky Martin. Se acercaron a él gritando… yo me descojonaba.

De los rivales que tuvimos, con Xavi me llevaba muy bien. Siempre ha tenido mucha calidad. A la sub-21 llegó con diecisiete años. Cada vez que me ve me recuerda que coincidimos una vez en un derbi Espanyol B-Barça B. Yo no le conocía de nada, solo sabía que le habían dado un trofeo individual en el Mundial que había jugado. Me acerqué y le dije «deja de protestar, ¿piensas que porque te han nombrado mejor jugador del Mundial tienes que ir de crack aquí o qué?». No lo olvida [risas].

Cuando debutas en primera, marcas y El País titula «Un nuevo Raúl en el fútbol español».

Sí, Raúl hacía tiempo que había debutado, creo que con diecisiete años. Yo con diecinueve, la verdad es que no me puedo quejar. Del gol de Alicante tengo la camiseta guardada. Me cambió la vida. Me llamó Juan Manuel y me dijo que iba con el primer equipo. Yo pensaba: «hostia, se habrán equivocado». Pero no, fui. Y marqué. Íbamos perdiendo, la cosa se iba a poner mal, no sé si hasta para meternos en puestos de descenso. Me dio la señal Paco Flores para que me pusiera a calentar y me soltó: «No tengo nada que decirte, ya sabes lo que tienes que hacer». Iba a jugar. Estaba nerviosísimo. Salí, tuve una ocasión nada más entrar y la fallé. Me dije: «Vale, ya no vuelvo a jugar más en Primera División». Y luego tuve la suerte en el minuto 80 de que me llegara un balón, hice una vaselina y entró. Gol. Para mí fue… vamos.

¿No te dio miedo jugártela con una vaselina?

Fue un gesto automático, no te paras a pensar que igual la fallas. Lo había hecho mil veces en entrenamientos. La Primera División es muy complicada. Muchas veces lo que hacíamos era defender bien y confiar en que ahí estaba yo. Al final te haces a ese rol. Y no me costaba porque siempre, o casi siempre, había jugado igual. Me sentía solo, no tenía a ningún compañero al lado, pero terminé acostumbrándome. También a los centrales. Cuando jugabas contra López, por ejemplo, del Atleti, tenías que tener los siete sentidos enchufados porque le daba igual pierna que balón. «Pues llévate el balón, tío, no te preocupes», pensaba yo, «que ya me llegará en otro momento». He tenido suerte con las lesiones, pero en Primera cuando jugabas con gente como López, Pablo Alfaro o Ballesteros y tenías el balón de espaldas a ellos, había que tener cuidado.

¿Se te subió a la cabeza?

Vengo de un barrio muy humilde. Durante muchos años he estado viendo a mis padres levantarse a las cinco de la mañana para darme de comer y porque de repente me pusiera a ganar dinero o a salir en la televisión no perdí la esencia de lo que soy.

Hiciste pareja con Lardín.

Me ayudó muchísimo. No sabía cómo me iban a recibir y me apoyó desde el primer día. Me sentí querido y valorado. Fui como un hermano pequeño para ese grupo de veteranos, me perdonaban todo lo que fallaba. Lardín como jugador era el espejo en el que nos mirábamos todos. Era el capitán, marcaba goles, también al Madrid y al Barça. Los pequeños nos quedábamos con eso. Recuerdo que mi padre me llevaba a Sarriá y disfrutábamos mucho con aquel equipo. Estaba Urzaiz, que era supercorpulento, y luego a los lados Lardín y Benítez entrando como balas. Hacían unos partidos espectaculares.

Te cedieron al Alavés.

Casi me congelo al llegar. Me dijo el representante que me abrigara y cogí una chaquetilla. Hostia, cuando bajé del avión… Tuve que pedir ropa a mi sponsor.

Vino Camacho y me dijo que me tenía que decidir antes de las doce de la noche. No quería bajar al Espanyol B así que me fui sin despedirme en persona de mis padres, se lo tuve que decir por teléfono. Luego no jugué casi nada, pero me divertí mucho con Javi Moreno. Si no fuese por él lo habría pasado peor. Tenía problemas con el peso y en Vitoria se ponía de pinchos que no veas. Había que decirle: «Javi, tío, que eres futbolista, cuídate un poco».

Cuando vuelves al Espanyol, Bielsa no confió en ti.

Normal. Tienen que ver a muchos jugadores. No sé si mañana seré entrenador, pero si lo soy, también me equivocaré. Me mandaron a Lleida y estuve encantado porque estaba al lado de Barcelona y jugué mucho. Solo durante cuatro meses, eso sí, que el Espanyol me repescó y se enfadaron mucho. Los clubes rompieron relaciones.

Como dorsal, en el Espanyol, cogiste el 23 de Michael Jordan.

Cuando vivía en Santa Coloma siempre me quedaba a ver los partidos de la NBA. Mi padre no paraba de decirme que al día siguiente tenía que ir al colegio. Y yo contestaba que sí, pero que… Es que no me podía perder a Magic, a Jordan. Espectaculares, irrepetibles. En cuanto pude me cogí su dorsal. Hacer lo que hacía ese hombre era increíble, porque además lo hacía sabiendo que le estaba viendo todo el mundo, todo el planeta. ¿Cómo canalizaba todo eso?

Paco Flores fue el entrenador clave en tu carrera.

No le puedo estar más agradecido, aunque empezamos mal. Subí al filial y le contesté el primer día: «Qué pasa, nen». No veas cómo se puso: «¿A mí me vas a contestar? Venga, todo el equipo a correr». Los veteranos me dijeron que tuviese más cuidado. Unos años después jugábamos contra el Werder Bremen y había uno que se llamaba Pasanen [risas]. Al final del partido le pedí la camiseta para regalársela a Paco Flores. Se descojonaba: «Todavía te acuerdas de aquello». La tiene guardada. Él me subió del juvenil al A y del B al primer equipo. Es muy buena persona, pero con mucho carácter. A mí siempre me ha cuidado y me encanta ir a comer a su casa y hablar de fútbol. Además, su mujer cocina que es un espectáculo.

Vaya gol en la Copa del Rey de 2000.

Ese gol solo lo vi yo. La gente estaba sentándose o entrando en el campo, era el minuto uno. Se acabó una jugada, iba a sacar el portero. Me han dicho muchos que estuvieron allí que tuvieron que llamar a su casa para que les contaran qué había pasado. Vi que Toni tenía el balón, que lo botó y me dije: «Voy a meter la cabeza a ver qué pasa, como mucho me van a pitar falta». Y la que lie.

Di Stefano dijo: «Intenté marcar ese gol muchas veces pero nunca lo conseguí, si eres el portero es para morirse».

Toni estuvo enfadado conmigo mucho tiempo. Me dijo de todo en el descanso. Encima, cada vez que se juega la final de la Copa del Rey, en las previas, siempre repiten ese gol. Cuando subí al primer equipo, precisamente él fue de los que más me cuidó. A los dos días de conocerme me regaló un neceser… [risas]. Le dije: «Toni, si yo te hubiera tirado un penalti, ¿te lo habrías dejado?». Pues esto es lo que hay. En su época había sido uno de los mejores porteros de España, pero también su posición, guardameta, es de las más complicadas que hay. A veces se ven solo los fallos.

Tú empezaste de portero.

Sí, sí. Le pedí a mi madre para Reyes unos guantes, unas rodilleras y unas coderas. Me molaba eso de hacer palomitas. Pero cuando vi que venían a chutarme con toda el alma, pensé: «No, quiero ser de esos, de los que marcan los goles». Mi padre me dijo que me pusiera delante y corriera siempre para arriba. Tenía miedo por lo escuchimizado que era de que un día me metieran un viaje y me quedara ahí. Pero me fue bien. Entendí bien eso de coger la pelota y echar a correr para la portería sin pensármelo dos veces.

Tu padre sabía de fútbol.

Fue entrenador de fútbol base de la Gramenet. Mi hermano también ha jugado, se retiró hará tres o cuatro años. Me ayudó mucho que mi hermano me diese patadas desde pequeño y no poderme quejar porque era familia. Me apretaba para que mejorase. Ahora agradezco todas las patadas que me dio [risas]. Es importante respetar al rival aunque te dé cera.

¿Cómo fue la experiencia de los Juegos Olímpicos de Sídney 2000?

Estuve tres o cuatro días con jet lag porque el viaje era de veinticuatro horas. Perdimos contra la Camerún de Eto’o y Kameni, que decía que tenía diecisiete años y creo que ya tenía treinta. Ahora dice que tiene treinta y debe andar por los cuarenta y cinco [risas].

Jugamos también contra Pirlo, que ya era una estrella. Abbiati, Ambrosini… Les ganamos 1-0. Sabíamos que si superábamos ese partido contra Italia llegábamos a la final, porque Estados Unidos era buena selección, pero no tan potente como ahora. Y a esa final no creáis que fuimos confiados. Camerún había eliminado a la Brasil de Ronaldinho. Los equipos africanos en los mundiales, sobre todo en categorías inferiores, son muy buenos. Pero habíamos jugado siete partidos y a la final llegamos reventados. Eran a las doce de la mañana, en el estadio olímpico con ciento veinte mil personas. Íbamos ganando 2-0, fallamos un penalti. Angulo, hubiera sido el 3-0. A mí me lesionó Wome, no me podía ni mover y no pude jugar la segunda parte. Luego expulsaron a José Mari, empataron y en penaltis palmamos. El arbitraje fue lamentable y se nos fue el oro.

Al llegar te había fichado el Rangers.

Cogí un avión de vuelta dos días después de la final. El hematoma se hizo más grande por la presión. No debía flexionar la rodilla y toma: veinticuatro horas sentado sin poder estirar la pierna. Tenía al lado a Iván Pérez, el cubano de waterpolo, que es dos por dos, y me tenía encajonado. Me bajó el hematoma por la rodilla y me llegó al tobillo. Así fui a hacerme la revisión al Rangers y el médico me tuvo dos horas en la resonancia. Me dijo: «O te operas o te retiras del fútbol, tienes toda la rodilla reventada». El tío pensó que se la quería colar el Espanyol, iban a soltar dieciocho millones de euros. Lo cachondo es que esa misma semana jugué y le metí un gol al Oviedo, al médico le echaron [risas]. El presidente del Rangers me había hecho ir desde Barcelona en su jet privado. De los nervios me comí todos los sándwiches que había en ese avión. Era un vuelo de hora y media, engordé dos kilos. Y luego para volver, como no me habían fichado, me metieron en un low cost [risas].

Te habías ido llorando.

No me quería ir. Estaba en un momento bueno en el Espanyol, estaba creciendo como futbolista. Mi representante me habló del fichaje mientras estaba concentrado en Puente Viesgo con la olímpica. Era un dineral lo que iban a darle al club. Yo les decía que no me iba. Y él: «Que es Dick Advocaat, terminarás en la Premier». Pero yo me negaba. Joder, que son ocho equipos en Escocia, juegas cuatro veces con los mismos. ¿Y la ciudad, con todo cerrado a las cinco? Oye, soy de Barcelona [risas]. Y al final me sentaron los representantes y me dijeron: «Raúl, o te vas o tus compañeros no cobran». ¿Y qué haces en una situación así? Aceptar, irme a casa y hacer las maletas. Por mis compañeros y por mí, que si no yo tampoco cobraba.

El Espanyol poco después se trajo a un japonés, Akinori Nishizawa.

Le encantaba el jamón y la paella. Estaba todo el día comiendo lo mismo. Le daba igual la hora. Íbamos a cenar: paella y jamón. Desayunar: paella, y jamón. También vino, por supuesto. Recuerdo que un día acabó vomitando cuando salió de un restaurante, potando en plena calle. Pero le cuidábamos, sabíamos que para un japonés era complicado estar aquí. Luego vino otro años después, Shunsuke Nakamura, que ya era una estrella en su país. Llevaba siempre a treinta tíos detrás cámara en mano grabándole. En Japón contaban cada minuto de su vida. Pero no se adaptó su mujer y… mal. Metieron a los hijos en un colegio japonés que hay San Cugat, pero se volvieron.

Tuviste a todo un Iván de la Peña como pasador.

Disfruté mucho esa época. Sabía que Iván me iba a poner el balón delante estuviera donde estuviera. Solo pensaba en correr, él me daría el pase. No tenía más que salir embalado sin mirar atrás y aparecía el balón frente a mí. Nos llevábamos muy bien fuera del vestuario y se notaba en el campo.

Iván venía de jugar en la Lazio y en el Olympique, luego otra vez en el Barça, pero en el Espanyol es donde se sintió bien. Era una persona muy familiar y eso solo lo encontró con nosotros; una tranquilidad que en otros sitios no tenía. En la Lazio, con lo que le pagaban, tuvo mucha presión. En Francia creo que se rompió el peroné… Solo aquí se sintió importante y a gusto. Era un enfermo del futbol, le encantaba. Una vez dijo que los mejores delanteros con los que había jugado eran Ronaldo y Tamudo. Para mí fue un privilegio escuchar algo así.

Te entrenó Javier Clemente.

Cómo nos reíamos con él. Era especial, muy práctico. Juego sencillo y ganar. De toque, nada. Había un central del filial que subió al primer equipo, en un entrenamiento se complicó la vida en un par de jugadas y le dijo: «Mira, chaval, ¿ves aquella portería de ahí? Pues cada vez que tengas el balón chutas a puerta» [risas]. Tenía su forma de trabajar. En el fútbol de hoy en día ese sistema no es tan atractivo como lo que hacen otros equipos, pero a Clemente mal no le ha ido.

Otra pareja en la delantera, Savo Milosevic.

El jugador que más Coca-Cola he visto beberse en mi vida. No sé si cinco litros al día. Compartí habitación con él y al levantarse tomaba Coca-Cola, bajaba al desayuno y al subir a la habitación, más Coca-Cola. Era increíble. Como futbolista era un matador. Además, como era tan grande y tan fuerte, los centrales lo fijaban a él y yo estaba siempre esperando a ver lo que caía.

Luis Fernández, otro entrenador especial.

Marqué catorce goles desde que llegó él en una vuelta. Hoy solo puedes hacer eso en el Barça o el Madrid. Llegó con el equipo a cinco puntos del descenso y con su alegría nos quitó la presión. Nunca le veías preocupado, y eso se contagia. Nos salvamos en el último partido. Con Clemente teníamos un sistema mucho más serio, metódico. Nos decía: «Marcar, ya marcaremos, lo primero es defender». Y Luis Fernández no, salía a ganar. Fuimos a ganar todos los partidos. También fichó muy bien, por ejemplo a Mustapha Hadji. La segunda vuelta que hicimos fue de Champions.

¿Qué pasó con esa información, que resultó ser falsa, de que reivindicabas la selección catalana?

Me pidieron una foto para apoyar el deporte catalán, para que hubiera más dinero en el fútbol base, mejores instalaciones, etcétera. Cómo no me voy a sumar. Soy un deportista catalán. Lo que nadie me dijo es que mi foto se iba a utilizar para algo así. Acepté para apoyar el deporte catalán, nada relacionado con la política.

¿Cómo te sentó que Josep Cuní reflexionara durante una entrevista a Pasqual Maragall sobre la posible inconveniencia de que fueras elegido catalán del año por no hablar catalán en público?

No entro en esas cosas. Soy tan catalán como el que más, he nacido aquí. Si él opina eso, lo respeto.

En 2006 cayó otra Copa del Rey contra el Zaragoza.

Fue un oasis en una temporada desértica. El Zaragoza venía de eliminar a sus rivales haciendo buen fútbol. De hecho, eran los favoritos; le habían metido seis al Madrid en las semifinales y antes habían eliminado al Atleti y al Barça. Pero no fuimos a Madrid pensando que íbamos a perder, la verdad es que teníamos un equipazo. Íbamos en el autocar por la Castellana y Pandiani empezó a cantar, le siguió Zabaleta y les seguimos todos. Alrededor teníamos unas treinta mil personas. Nos miramos y nos dijimos: «¿Vamos a perder, con toda la gente que hay? Imposible». Mira [se señala el brazo], se me pone la carne de gallina. Saltamos al campo enchufados y nos benefició no ser favoritos; eso, y marcar en el minuto 4. Ellos empataron con gol de Ewerthon, pero poco después Luis metió el segundo y, ya en la segunda, con el tres a uno, lo vimos todo más claro. Pero luego teníamos partido contra el Betis en Liga jugándonos el descenso. Nos salvamos por la jugada del gol de Coro, casi me da un infarto.

El pánico al descenso.

Aquel día a todos los jugadores nos pesaban las piernas quinientas toneladas. Es muy duro. La semana anterior se nos hizo larguísima. La responsabilidad era enorme. Pensar que podíamos fallar a toda la gente que nos seguía es una presión terrorífica. Durante el partido el Alavés iba ganando y estábamos en Segunda en el minuto 85, con la Real que no paraba de atacarnos. Yo estaba desesperado. Minuto 89. «¿Qué podemos hacer, qué podemos hacer?». Terrible. Y de repente, gol. Madre mía, qué alegrón. Lloré por la tensión. Qué mal se pasa. Estuve una semana entera en estado de shock. Agotado, me dolía todo, y psicológicamente hecho una mierda. Creí que nunca más iba a volver a vivir nada así y años después me tocó marcar el gol del Rayo.

Aquel Rayo-Granada.

Ojo, que el Granada, si el Atlético de Madrid llega a meter un gol más en el campo del Villarreal, se va a Segunda. ¡No te lo pierdas! Son partidos, tío… Estás desesperado. Me acuerdo de que Michu les decía: «Oyeeee, que paréis ya, joder». Y ellos: «¡Cómo vamos a parar! ¡Si el Atleti marca otro bajamos nosotros!». Luego eso se malinterpretó. Se llegó a decir que les estábamos pidiendo que se dejaran meter otro. En fin, un caos.

Tu gol inmortal es el Tamudazo.

¡Cada día me lo recuerda alguien por la calle! Da igual donde esté. Cuando estuve en el Pachuca, en México, fuimos a jugar un partido a Los Ángeles y allí todos eran del Madrid o del Barça. Uno me decía: «Ehhh, nos jodiste la Liga, nos jodiste la Liga». Y otro: «Gracias, tío, ¡nos diste la Liga!». ¡Hasta en Dubái! Fui a Emiratos Árabes y en el control de pasaportes un empleado me dijo algo muy entusiasmado. Pedí que me lo tradujeran: «Dice que les jodisteis la Liga».

Siempre digo lo mismo: cuando marqué el segundo gol no sabía lo que estaba pasando. Si el Madrid iba a ganar la Liga o qué. Y, más que joderle la Liga al Barcelona, lo que pensaba era en que había marcado en el Camp Nou, que habíamos empatado, que superaba a Marañón como máximo goleador del club y que el año anterior nos habían cantado: «¡A Segunda, a Segunda!». Acabó el partido, entré en el vestuario y alguien me dijo «Madre mía, la que has liado». Por fin me enteré [risas]. Se agotaron las camisetas con mi nombre, me llegaron mensajes de todos lados… Y yendo por Barcelona, la gente te decía cosas que… en fin, yo lo comprendo.

El Sevilla os derrotó en la final de la Europa League.

Si no nos quedamos con uno menos, esa Europa League estaría en Barcelona. Y aun así, llegamos a empatar el partido con aquel golazo de Jônatas. En ese momento pensé que el destino quería que fuéramos campeones. Pero ya ves… ¡Un hijoputa, el destino! Fue una lástima [el Espanyol perdió en los penaltis]. Fuimos el único equipo de la historia que, sin perder un solo partido, no ganaba el torneo.

Tu última pretemporada en el Espanyol es también la de la muerte de Dani Jarque.

Mauricio nos había dado la tarde libre y fuimos a dar una vuelta por Florencia. Estábamos concentrados donde suele hacerlo la selección italiana [se refiere al Centro Técnico Federal de la FIGC, en el barrio florentino de Coverciano]. Dani se quedó en la habitación. Al volver al hotel notamos que ocurría algo. Abrimos la puerta de la habitación y lo vimos… No se me olvidará en la vida. Llamamos a una ambulancia, intentaron reanimarlo. Fue el momento más doloroso que he vivido. Un compañero con el que habías entrenado por la mañana.

Después del fallecimiento de Dani Jarque, en el Corriere della Sera apareció un artículo que vinculaba su muerte y la de Antonio Puerta con el dopaje. Decía que estaban «bajo sospecha».

No le dimos ningún crédito. En todos los años que he jugado en Primera División nunca he visto a nadie utilizar esa clase de sustancias. Y, por supuesto, tampoco las he utilizado yo. Bastante dolor teníamos ya como para pensar en tonterías.

En casi todas las crónicas de la muerte de Jarque, figura incrustada la frase: «Dani Jarque, que había reemplazado a Raúl Tamudo como capitán del equipo».

Fue una decisión del entrenador, Mauricio Pochettino. Él creyó que lo mejor para el equipo era que Jarque fuera el capitán y yo le cedí el brazalete. El entrenador tiene que tomar decisiones y hace lo que cree que conviene al equipo. Yo no estaba de acuerdo con su criterio, pero no quería que la entidad saliera perjudicada. Lo mejor era irme.

Al día siguiente de aquella rueda de prensa en que Germán de la Cruz y Ramón Planes afirman que el club había tratado de que recuperaras el brazalete y que tú lo habías rechazado, estallaste.

Es doloroso que tu propia gente, después de tantos años, ponga en duda tu compromiso con el club. No me lo esperaba, la verdad. Para mí era surrealista que estuviera sucediendo algo así. Ahí están los números, el rendimiento y, sobre todo, una afición que siempre que tiene ocasión me muestra su cariño, como el día del homenaje.

Con España, queda en el recuerdo tu gol frente a Dinamarca.

Villa estaba lesionado y yo iba de reserva de Torres. Unas horas antes del partido se lesionó Fernando. Yo, acojonado. No sabía si Luis iba a jugar con nueve, sin nueve, con Luis García, conmigo… Me dijo: «Raúl, vas a jugar, y sé que lo vas a hacer espectacular, como siempre, así que sal y disfruta». Si no ganábamos, la clasificación para la Eurocopa se nos complicaba. Yo pensaba: «¿Y si voy y me hago un Cardeñosa? Madre mía, no voy a poder pisar la calle». Y en eso que centra Iniesta, remato y gol. Solo pensé: «¡Qué peso me he quitado de encima!».

Celebraste… ¡que te habías quitado el marrón de encima!

¡Ponte en mi lugar! A la selección vas encantado, sabiendo que tienes un papel secundario y dándote por satisfecho si sales a jugar un ratito. Y Luis te dice que vas a jugar.

¿Que tal con Luis?

Era un tío entrañable, daba la cara por los jugadores, nos protegía mucho. Prefería que la prensa se metiera con él a que tocaran a uno de los suyos.

Saliste del Espanyol y fuiste a la Real Sociedad.

Me vino muy bien después de esa última temporada tan mala. Era una plantilla muy joven, recién ascendidos; el entrenador, Lasarte, una bellísima persona, me trató como a un hijo. Si volviera a ser futbolista con todo lo que ahora sé, no me retiraría sin vivir al menos un año en San Sebastián.

Luego el Rayo Vallecano.

Me instalé en Madrid y cada vez que entraba en Vallecas me parecía estar entrando en Santa Coloma. Era igual y me encantaba. Otro club muy familiar del que no te irías nunca.

Después hiciste las Américas.

El Pachuca mexicano, sí. Recibo la llamada de Hugo Sánchez, que estaba trabajando en un proyecto para hacer del Pachuca un equipo campeón, y fui pensando que sería una ocasión para vivir una experiencia interesante, pero no salió nada. No nos clasificamos ni para el playoff y Hugo fue destituido a mitad de temporada. Regresé a España, me llamó Felipe Miñambres y volví al Rayo más contento que unas castañuelas. Lo de Hugo en México era alucinante. Era dios. Iba con el bolsillo de la americana lleno de fotos suyas. Si le pedían un autógrafo, y le pedían una docena cada día, decía «no, en ese papelucho no». Sacaba su foto, con todo su currículum detrás, y la firmaba [risas].

¿Qué planes tienes?

Espero fechas en Madrid para sacarme el carné de entrenador, quiero formarme. Mientras tanto lo que hago es cuidarme, no me gusta la imagen del exfutbolista dejado. Como no puedo correr, porque estoy operado del cartílago, hago spinning. Y desde hace tres semanas, boxeo. Me encanta porque te pone al límite. De fútbol, lo máximo que hago, es devolvérsela a mi hijo cuando me la pasa. Tiene tres años.

 

*Esta entrevista se realizó meses antes del fallecimiento de José Manuel Casanova.


Javier Clemente: «En la calle aprendes a jugar al fútbol y en las escuelas aprendes a jugar a la pelota»

Muchos le recordarán siempre enfadado, pero Javier Clemente (Barakaldo, 1950) ha peleado a la contra casi toda su vida, desde que a los veinte años le reventaran la pierna en un campo lleno de fango. Tras un calvario y una retirada prematura, supo reinventarse como entrenador y se convirtió sin lugar a dudas en el mejor de España en los ochenta, aunque la prensa de gustos exquisitos no estuviera de acuerdo. Con la selección nos hizo soñar y llorar cada dos años con la precisión de un metrónomo. Pero antes de él no lo hicieron mejor; ni Camacho, su sustituto, superó sus registros. Es amante de un fútbol directo que puede hacer competitivo a cualquier equipo, no solo a los trufados de estrellas. Y lo defiende como se juega, sin paliativos ni florituras. Quedamos en Bilbao para repasar con él medio siglo de historia del fútbol español. No quiere café, solo bebe agua.

¿Cómo era un niño en el Barakaldo de los cincuenta y sesenta?

Entonces, con dos años ya incomodabas en casa. Te daban una patada en el culo y te decían: «venga, a la calle». Claro que la calle en Barakaldo era verde, a lo sumo pasaba un carro tirado por bueyes. No había camiones ni coches. Ahí transcurrió mi juventud, con mis amigos y el balón. Un tipo de vida que ya no existe. Mi cultura es la calle y manejar la calle es manejar a la gente. Ahora se está muy encima de los críos. Todo es «peligro», «prohibido», «no se toca». Nosotros teníamos unas restricciones que ahora me hacen gracia. Si se me rompían las zapatillas, me ponía un cartón; sabía que hasta el mes siguiente no podían comprarme otras. La bici la heredaba de mi primo. Era otra forma de vida, sencilla y barata. ¡Vivíamos de maravilla! Los críos de ahora están un poco perdidos porque se lo hemos dado todo hecho.

Su primer contacto serio con el fútbol fue en el colegio La Salle.

Al fútbol jugábamos en los recreos y después de clase y, de repente, me vi en la selección para jugar contra otros colegios. Luego me cogió el equipo del pueblo y después el Athletic. Ese fue mi proceso y ese era el límite, ahí estaba mi meta.

¿Qué tenía de particular la famosa cantera del Athletic?

El nivel de los futbolistas de antaño era mucho mayor que el actual. Esto es como estudiar, el que se pone diez horas al día saca mejores notas que el que estudia media hora. En el fútbol igual. En nuestra época, desde los seis años hasta los quince, que fue a la edad a la que entré en el Barakaldo, jugábamos todos los días del año unas cuatro horas diarias. No había otra cosa. Cada día era: fútbol, clase, fútbol, clase… y a dormir. Cuatro horas diarias de fútbol a la semana son veintiocho. Ahora no es así. En el recreo los niños de hoy no juegan al fútbol porque se rompen los zapatos. Salen de clase y se van a comer. Acaban el cole y tienen inglés, piano, kárate… y en la calle no pueden quedarse porque les pasa un camión por encima. ¿Dónde coño juegan? Nosotros teníamos horas deportivas infinitas, por eso teníamos más calidad que ahora.

Dicen que se nota cuando un jugador viene de la calle porque tiene más recursos comparado con los chavales que aprenden de forma más mecánica en las escuelas de fútbol.

No creo en estos métodos nuevos. En la calle aprendes a jugar al fútbol y en las escuelas aprendes a jugar a la pelota. En la calle tienes que ganar, cuatro contra cuatro. Un vecino contra otro. Y aprendes a hacer cosas que te sirven para ganar, porque no existe otra cosa. Ahora la cultura ha cambiado, el dinero ha cambiado y la prensa es gilipollas.

Miguel Muñoz decía que usted probablemente era el jugador más inteligente y de mayor calidad del momento. Le llamaban «Bobby Charlton».

Es que Miguel Muñoz era amigo mío. Me quería mucho. Y eso es lo más bonito que me han dicho. En aquella época el Manchester era el mejor equipo del mundo y Bobby Charlton una figura mundial. Como yo también era rubito y el Athletic era tan inglés, me pusieron Bobby Charlton. Luego me han llamado de todo, hijo de tu madre también.

Usted era un organizador, muy rápido. ¿A quién se parecería de los jugadores actuales?

Creo que estaba en la línea de Messi, en malo y zurdo. Aunque con un fútbol más vasco, donde el trabajo era más notorio. Pero más o menos tenía ese estilo de dámela, toma, dámela, reparto, doy, llevo…

Debutó en el 68 contra el Liverpool. ¿Qué recuerda?

Que corrí detrás de un tío de 1,92 durante cuarenta y cinco minutos, que son los que jugué porque sustituí a Txetxu Rojo, que se lesionó. Yo no jugaba de extremo, pero ese día me tocó y me acuerdo de que miraba para arriba a su lateral derecho y no se acababa nunca. Cada vez que él iba corriendo yo iba detrás, creo que llegué tarde a todas.

Ganaron la Copa del 69.

Otro día que también corrí muchísimo y que hacía un calor tremendo en Madrid. Ganamos al Elche. Ahora dices «Bueno, al Elche…». Pues no. El Elche de nuestra época era un pedazo de equipo. Tenían a Ballester, Iborra, Asensi… Me hizo mucha ilusión mi primer título. Siempre he dicho que los triunfos auténticos son esos en los que estás en el campo. Luego de entrenador he ganado dos ligas, la Copa, la Supercopa… y todo eso es una mierda. En serio, una mierda. Lo realmente bonito es jugar.

El entrenador manda y tiene que apretar, te cagas en su padre, pides lucha, cuesta hacer que todos se lleven bien, es complicado dirigir. Pero lo bueno, lo bonito del fútbol, es para el que juega, el que mete el gol, o se mata a correr en una final… Aquel día corrimos todos como bestias. Yo acabé extenuado. Me mareé después del partido.

¿Las leyes para poder jugar en el Athletic antiguamente no eran demasiado estrictas?

No. Mira Ernesto Valverde, que nació en Extremadura. O Merodio, que era de Santander. A los que han venido de niños se les ha considerado de aquí, lo que pasa es que algunos no eran buenos y está eso de «no me cogieron porque soy de fuera». Vete a la mierda, imbécil. No te han cogido porque eras un zoquete [risas].

Su carrera se truncó por una patada de Ramón Marañón.

El partido fue en Sabadell, un día de mucha agua. Ellos no estaban muy bien clasificados. Marañón era muy buen jugador, pero ya estaba a punto de acabar su carrera; yo tenía dieciocho. Fue un partido muy fuerte porque el campo estaba muy pesado, muy embarrado. Íbamos ganando 1-0 y en el minuto 44 de la segunda parte hubo un balón en el medio, fui a por él y Marañón me entró de costado. Me dio con los tacos arriba, con la mala suerte de que a mí se me engancharon los tacos en el barro y me cascó la pierna. Una entrada mala y mala suerte.

José Eulogio Gárate nos contó que en aquellos tiempos a él le daban pánico los jugadores sudamericanos. Usted comentó algo en la misma línea.

Todos los que venían de Argentina o Uruguay eran el terror. Daban un montón de leña porque el fútbol era otro. Ahora hay mucha protección arbitral y los jugadores habilidosos pueden hacer cosas que hace quince años no podían. Los marcajes eran mucho más fuertes, se permitía la entrada por detrás y ahora no. El tackle inglés estaba permitido, ahora te expulsan en el acto. Te driblan y tú no les puedes entrar. Es otro tipo de fútbol. Antaño la constitución física, el ímpetu, el espíritu, la entrega o la agresividad eran factores que determinaban la calidad de un futbolista. Ahora predomina la condición técnica.

Me recuerda a los toros. Antiguamente, los toros que lidiaban Joselito o Manolete eran unos pedazo de toros. Y las figuras los toreaban. Ahora, cuando los toreros destacan un poco, dicen «los toros de este tío no, quiero el torito dulce que se tome el café conmigo al mediodía» [risas]. Ha cambiado mucho: de torear se ha pasado al torero de salón.

El fútbol antiguo era correr, de carga, del barro, del invierno, del frío… ahora son todo moquetas. El balón pesa cuatrocientos gramos, no hay tackle, no hay cargas… Es toreo de salón. Antes había muchos que te hacían las cosas que hace Neymar. Esto de pasarse el balón de tacón por encima del contrario. Lo que le hizo al Celta el otro día yo ya se lo vi hacer a José María Argoitia en el Athletic. No te voy a decir que Neymar no sea un monstruo, pero lo tiene mucho más fácil que los de antes.

¿Por qué nunca se recuperó de esa lesión?

Me operaron mal. Antes de que se me cascara otra vez, me volvieron a operar. Luego vino una tercera operación para arreglar lo que se hizo mal en la segunda y luego una cuarta para arreglar la tercera. Estuve seis años operándome cada temporada. Al final la pierna estaba tan débil que el médico me dijo: «Tienes veintiséis años, no merece la pena que sigas jugando al fútbol porque esa pierna no te responde».

¿No tuvo problemas en la pierna también durante el servicio militar?

En la mili me entró una infección por la caña de la bota. Justo hice el servicio militar después de la primera operación y esa infección me la estropeó. En fin, tuve mala suerte.

Tuvo que ser duro retirarse tan pronto y por esa lesión tan larga y penosa.

Fue triste, pero estaba alegre en el partido de homenaje. Iba con las muletas y dije unas palabras que luego se cumplieron: «No puedo olvidar este homenaje tan bonito que me habéis dado y os lo agradeceré volviendo de entrenador». Y joder, volví de entrenador. A veces tengo fuelle y las cosas que digo se cumplen. Además, fuimos campeones. Pero es que era un equipo muy bueno. Lo mamé desde que ellos tenían diecisiete años, pasé nueve o diez de golpe al primer equipo, todos con veinte años, y monté un equipazo. Los periodistas, por supuesto, nos decían: «¿Cómo vais primeros si no jugáis ni hostias?». Jugábamos de la hostia, lo que pasa es que no querían reconocer que éramos buenos.

¿Por qué se decidió por entrenar?

Yo estudiaba para aparejador, pero cuando entré en el Athletic lo tuve que dejar porque me hice profesional. Al cabo de cinco años estaba casado, tenía dos hijos y me había roto la pierna. El Athletic no me cogió de entrenador. Sobreviví gracias a que Adidas me dio la representación, estuve vendiendo zapatillas por todo el norte de España. Tenía Logroño, Pamplona, Vizcaya, Guipúzcoa y Álava. Iba con mi maleta y con el catálogo vendiendo. Mientras tanto, empecé a entrenar al equipo del barrio en Las Arenas. Trabajaba durante todo el día y entrenaba por las noches. Como cuando fui jugador. Después me fichó el Baskonia y, de repente, estaba en el Athletic. Ahí tuve que dejar Adidas, que me daba un buen sueldo, y me fui a Lezama ganando la mitad, pero en tres años llegué al primer equipo. No tenía un plan maestro. Fue casualidad.

Tuvo una especie de viaje crucial cuando fue a Inglaterra a aprender las técnicas de Bobby Robson con el Ipswich Town.

De ahí trajimos a España la defensa en zona o en línea, más bien. Hasta ese momento aquí había de todo, era un poco mezcla, pero básicamente se defendía al hombre. Vi aquello en Inglaterra y me gustó. Lo puse en práctica en el Bilbao Athletic. Cuando subí al primer equipo, los críos que había entrenado dominaban ese concepto defensivo y el Athletic empezó a jugar de esa manera. No pasó mucho tiempo hasta que los otros equipos empezaron a hacer lo mismo.

Dijo que quería recuperar el viejo estilo del Athletic, que había sido entrenado durante demasiado tiempo por extranjeros.

Tuvimos a Ronnie Alen, yugoslavos como Pavic, luego Artigas, que era español pero venía del fútbol francés. También un austriaco, Senekowitsch. Y el problema es que el Athletic es un club muy diferente. Me duele la cabeza de contarlo pero vamos allá una vez más [risas]: somos un equipo de gente de casa en una población de dos millones. Si nosotros aplicamos el fútbol de las escuelas de Madrid, las andaluzas o las catalanas, las que tú quieras, es un problema de números. Grosso modo: Madrid cuenta con seis millones de habitantes, Cataluña con siete y Andalucía con ocho. Nosotros en Vizcaya con uno. Si vamos al mismo modelo, a aplicar el mismo sistema, con tanta población nos barren. Esto sin contar lo que pueden fichar. Para ganar no podemos hacer lo mismo que hacen los demás. Yo no discuto eso que hacen ellos, el tiquitaca, pero tenemos que buscar un estilo propio en el que nosotros seamos superiores.

En 1983, llegó a tener a todos los Athletic en cabeza. Primero en primera, primero en segunda…

Era el entrenador del primer equipo y marqué la pauta.

Con el equipo ganando, llegó a manifestar: «Hemos pasado de ser el equipo más querido y respetado de España a ser insultados en cualquier sitio».

En aquella época la política se mezclaba con todo. Sobre todo en Andalucía, que no paraban de llamarnos etarras, terroristas, asesinos.

¿Cómo sentaba?

Bien. Sin ningún problema. Al contrario.

¿Os motivaba?

Sí, porque cuando te insultan te enardeces un poco. Y ese tipo de insultos… el público lo hace para intimidarte, pero conseguían que le pusiéramos más chispa al partido. No nos vino nada mal porque al final fuimos campeones. Y no de casualidad. Puedes ganar un año de chamba, pero al siguiente no solo volvimos a ganar la liga, también nos llevamos la Copa. O sea, que les dimos para el pelo a todos.

Di Stefano dijo que solo sabíais echar balones a la olla.

Alfredo era muy nuestro, hombre, le gustaba mucho el fútbol fuerte, viril, de ritmo y de velocidad, como el que hacíamos. Porque, ¿cuál es el objetivo del fútbol? Juegas para meter goles, pero para enchufarlos tienes que llegar arriba. Yo aplico un ejemplo que es el que mejor se entiende: si llego cien veces arriba, tengo más posibilidades que si llego tres. Claro, que para llegar cien veces no puedo estar dos minutos cada vez, porque cien por dos minutos son doscientos minutos y el partido tiene noventa. No podría ser. Y nuestras condiciones por tanto propiciaban más ese estilo que cualquier otro. San Mamés no era la moquetita que hay ahora, había que ver cómo era eso en invierno.

El otro que se quejaba de usted era Menotti, que estaba en el Barcelona.

Mira, yo respeto a todos ellos, pero Menotti vino a España y nos soltó un pregón en plan: «Vengo a España a entrenar porque estos chicos no saben nada». Pues no, qué quieres que te diga. Tú, Menotti, sabrás de lo tuyo, pero oye, primero aterriza y después igual coges otra vez el avión de vuelta. Los tontos no somos nosotros, no vengas aquí agrandado con tu fútbol y tus rollos.

Luego también me enfrentaron con Valdano. Crearon la dicotomía de o «el estilo Valdano» o «el estilo Clemente» y resulta que el modelo Valdano era el mismo que el mío, teníamos el mismo objetivo: ganar. Los entrenadores en España cuando empiezan a trabajar en un club se suelen poner a hablar de fútbol espectáculo. ¿Por qué? Porque está bien visto. La frase «hay que dar espectáculo» no paran de repetirla, pero están vendiendo una lechuga congelada en pleno invierno que no hay quien se la coma.

¿Fútbol espectáculo tú? Oye, mira, vete a la mierda. Fútbol espectáculo lo darán los jugadores. A ver, pon a mi padre a jugar, dile lo que tiene que hacer y a ver si das espectáculo. Si tienes a Neymar, a Messi… con esos pollos, pues hombre, con que no los estropees te van a dar el espectáculo solos. Todo eso son mentiras.

Pero si tienes un chaval que no es Messi hay que enseñarle a ganar. Porque no puede hacer lo que hace Messi, no tiene esas capacidades y no puede intentarlo porque va a hacer el imbécil. Mira, ¿sabes quién es Pedrerol?

Sí, creo que hace un programa en televisión.

Ese es el más tonto de España. Seguramente el más imbécil, pero es muy trabajador. Los americanos dicen que si alguien es tonto y trabajador no hay que darle trabajo porque lo jode todo… [risas] Pero si es vago y listo, dicen: «Vamos a ponerle a hacer lo que haga bien y que haga solo eso». Con los futbolistas es igual. Hay que decirles: «Tú, chaval, haz esto que sabes hacer y no quieras pegarle con el tacón, que te vas a romper un pie». Se pueden enfadar contigo, pero el objetivo es buscar once tíos que sean útiles en su trabajo. Eso es un equipo de fútbol. Esto es lo bonito. Por eso tengo sesenta y cinco años y el fútbol me apasiona, pero estoy fuera de toda la morralla que mangonea el fútbol. No digo lo que la gente quiere oír ni me doy el pico con los periodistas. Desde que era jugador he sido así con la prensa, desde que tenía dieciocho años. ¿Sabes por qué?

¿Por qué?

Porque soy de Barakaldo, que es un pueblo muy especial. Es un pueblo muy industrial, con mezcla de gallegos, extremeños, andaluces, barakaldeses… una mezcla de me cago en diez. En un pueblo de estos que para subsistir tienes que estar muy vivo. ¡Vete tú a robar una pera a Barakaldo!

¿Cómo vivió el incidente entre Goikoetxea y Maradona?

Hay partidos que se encabritan y luego hay figuras que se aprovechan de que lo son. Maradona se sobrepasó un poco con Goikoetxea y provocó que fuera excesivamente fuerte en esa entrada. Fue una mala entada, muy por detrás y eludible, pero nada más.

Le metieron dieciséis partidos, una sanción un tanto desmedida.

Ya, pero hay que tener en cuenta que si le tiras un petardo a un tío que va por la calle, te ponen una multa, pero si se lo tiras al ministro del Interior te vas veinticinco años a la cárcel. Y dices, ¡pero si he hecho lo mismo! ¡He tirado un petardo! Claro, pero depende a quién. Lesionar a Maradona era enfrentarse a toda la prensa de Cataluña. Fue una entrada muy mala al mejor jugador del mundo. De todas formas, la sanción de dieciséis partidos se quedó en ocho o nueve porque Goikoetxea jugaba en la selección e iba al Mundial.

Cuando el Athletic le ganó la Copa al Barça también se montó una buena.

Eso fue como lo del rico y el pobre. Cuando el rico gana al pobre de penalti injusto, bueno, el rico no lo ve mal. Pero cuando el pobre gana al rico, el rico no lo acepta. Y el Barça no lo aceptó. La impotencia de haber perdido les hizo enloquecer. Unas broncas, unas patadas… pura impotencia, que es algo humano, no digo que no, aunque perdieron los papeles. El primero, Maradona. Pero creo que la culpa de todo fue de Menotti; fue él quien perdió esa final porque sacó a Maradona y sacó a Schuster, que habían estado lesionados dos meses y no habían entrenado. Los sacó pensando que ellos solos iban a ganar el partido y no pudieron con nosotros. Metimos un gol nada más empezar y no hubo forma de que nos empataran. Y claro, eran tan favoritos que…

¿Tan favoritos? El Athletic iba a ganar la liga también ese año.

Aun así. Dijeron que habíamos ganado la liga por suerte.

Maradona, estrella del Barça, dijo que prefería que fuese campeón el Real Madrid antes que el Athletic.

Pero eso fue porque le había lesionado Goikoetxea.

Sobre la presión política de aquellos años, vivió el secuestro de Juan Pedro Guzmán por ETA, un directivo del Athletic.

Lo secuestraron en Navidades en Lezama. Habíamos estado todos juntos poco antes.

Usted se puso al frente y dio la cara para que lo liberaran.

Todos hemos formado parte y formamos parte de nuestra tierra, pero joder, ha habido cosas que no nos parecen bien. Y yo en todo lo que no me ha parecido que estaba bien me he manifestado en contra. O, mejor dicho, me he posicionado en contra cuando me lo han preguntado. Juan Pedro era un directivo nuestro, políticamente nada de nada, era un tío de fútbol acojonante. De familia bien, de Neguri, pero un tío del fútbol. Le secuestraron y nunca entendimos por qué. Como no estábamos de acuerdo nos manifestamos. Y no fue la única vez que lo hice. Ha habido otros que no lo han hecho nunca, pero bueno, en el Athletic siempre se ha respetado la opinión de cada uno.

Madrid y Barça habían invertido para ganar, pero no pudieron contra un Athletic que tiraba de gente de casa. Pero aquel proyecto tan bonito fue a estropearse por lo que les pasa a los grandes: que un jugador estrella se carga al entrenador.

Antes de ir a lo que pasó concretamente, es importante que explique lo que yo pienso del fútbol. Para hacer al Athletic campeón impuse una forma de convivencia. Y si tú en un grupo aceptas las prebendas, es decir, que el bueno viva mejor que el malo, que el bueno coma churros y el malo no, que el bueno sea un poco golfo y al malo le montas bronca en cuanto sale un día… si permites eso, estás muerto. Un equipo tiene que funcionar por grupo. En la selección hice igual y eran todos grandes figuras. Siempre he hablado en grupo, nunca he tratado diferente a un debutante que a Zubizarreta. El compromiso, la dedicación y el comportamiento tienen que ser los mismos.

En el caso que comentamos, para mí Manolo Sarabia era de las figuras del equipo. Técnicamente era el mejor. No era fundamental, pero la calidad que tenía no la tenía nadie. Cuando entré en el Athletic Manolo Sarabia estaba defenestrado. Con Koldo Aguirre era suplente. Yo consideraba que era un tío muy bueno, así que cuando llegué al primer equipo lo puse de titular. Era muy técnico, pero tenía un nivel físico horrible, unas pruebas médicas lamentables, pero el tío tenía mucho carácter; un carácter de ganador que le hacía esforzarse.

Claro que, cuando lo cogí, tenía ya veinticinco años. Jugó tres a un nivel muy alto, con mucho esfuerzo, y empezó a bajar. Seguía siendo igual de bueno, ¿eh?, pero cambié el concepto del equipo y, en vez de sacar a Manolo desde el principio, concebí un Manolo para las segundas partes. Íbamos muy bien clasificados, terceros, pero él no soportó no ser titular. Yo tenía problemas con un periódico de aquí, El Correo, con un tal Paco Crespo, que era un golferas nocturno y coincidían bastante en sus escapadas. Yo a palo limpio con el periodista y Sarabia con él por las noches. Cuando lo puse de suplente, empezó a hacer declaraciones reivindicando que él tenía que ser titular.

Nunca he tenido miedo a las declaraciones de los jugadores. Así que delante de veinticinco compañeros le dije: «Oye, Manolo, aquí pone: “No es justo que no juegue de titular”. ¿Has dicho esto?». Contestó que sí y seguí: «Pues díselo a aquel, al que ha jugado en tu lugar. Explícaselo a él». Y Sarabia: «No tengo que explicar nada». «¡Tú lo que tienes que hacer es callarte! Si no juegas pues te jodes. Somos veinticinco, hay once que juegan y catorce que no y tú te jodes y juegas cuando te toque».

La cosa siguió. Cada equis tiempo, declaraciones. Estaba harto. Entonces, en un partido contra el Hércules, puse a Sarabia en la convocatoria pero de suplente. El titular de El Correo fue «Sin Sarabia». Fuimos al partido, salió uno de los chungos, el Hércules nos dio guerra. Íbamos empate a cero. Necesitábamos marcar para seguir arriba y el público empezó «Sa-ra-bia, Sa-ra-bia». Y yo para mí: «Pues te vas a joder que hoy no te saco, me cago en su Dios, aunque me tiren botellas». Faltando cinco minutos, metimos un gol de casualidad, 1-0, y a la caseta. Ahí me di cuenta de lo que tenía que hacer en la siguiente jornada: no convocarle. Así el titular de El Correo no podría ser «Sin Sarabia». No le convoqué y nada, me echaron [risas].

Jesús Mariñas dijo en la Cope que era un asunto de faldas, que los dos pretendían a la misma mujer.

Y me querellé y le sentenciaron a indemnizarme con dos millones de pesetas, pero ¡se declaró insolvente! Una vergüenza [risas].

Sarabia acabó poco después en el Logroñés y el Athletic hasta 2015 no ha vuelto a ver un título.

Tuve a todo el equipo, a los veinticuatro, diciéndole al club que no me echaran, que no me podían despedir por no poner a Sarabia. Fue muy duro. Había hecho un equipo campeón y que te cesen porque ha venido un grano… Después de esto se acabó el buen ambiente del Athletic. Y Sarabia estaba acabado. Si yo le quitaba era porque, por muy bueno que fuera, si se enfrentaba a un central fresco no tenía nada que hacer. Solo podía con defensas ya cansados, pero no aceptó el cambio de rol y se montó la de dios.

¿No le hubiera gustado ser un Alex Ferguson del Athletic, estar muchos años con un proyecto sólido?

Sí, pero nunca han querido. Y sé por qué no quieren que entre. He intentado ser coordinador de Lezama tres o cuatro veces, pero no me meten porque si viene un periodista con una chorrada le mando a tomar por culo. Y si viene un directivo con una chorrada le mando también a tomar por culo. Pero traen a Bielsa. Y no quieren que siga pero la directiva le renueva porque la prensa dice que el Athletic juega de la hostia, y no juega a nada. Dio tres partidos muy bonitos, jugamos dos finales y en ambas el equipo muerto. Las dos finales las tira por la borda con lo difícil que es llegar. Al año siguiente continuó y por poco no bajamos. ¿Qué fútbol espectáculo vas a dar aquí? Con ese fútbol nos morimos de hambre.

En el 86 fichó por el Español y en competiciones europeas se cargó al Milan de Sacchi y al Inter de Trapattoni.

Esa es la anécdota, para mí el éxito fue el primer año que quedamos terceros. Fue un bombazo, teníamos un equipo como el Athletic, joven, casero… Nos íbamos a tomar todos una cerveza, a comer, si uno era suplente no pasaba nada. Todo era de muy buen rollo. El primer año fue genial y en el segundo la UEFA casi nos mata. No podíamos con todo.

Ese Milan era el que un año después le metió cinco al Madrid.

Eran el mejor equipo de Europa, pero ¿sabes qué pasa? Cuando jugaron contra nosotros vinieron muy agrandados. Al vernos se preguntarían, ¿y estos quiénes son? Solo conocerían al negro, a N´Kono, que había jugado en el Mundial de España. Ellos eran Maldini, Baresi, Ancelotti, Donadoni, Gullit, Van Basten. ¿Estos sabían quién era Josep María Gallart? ¿Y Job? Pero claro, empezaron a jugar y pum, gol de Zubillaga, 0-1, y pam, gol de Pichi Alonso, 0-2. Estupendo. En el partido de vuelta, cerrojazo que te crio, cayó agua a manta [risas] y a la calle el Milan.

Qué pena la desgracia de final contra el Bayer Leverkusen.

Era para nosotros. Ganamos en Sarrià 3-0. En el partido de vuelta íbamos 0-0 al descanso. Les dije: «Estad tranquilos, seguid igual, que vais bien con el 0-0». Nos metieron un gol en el minuto diez de la segunda parte, además por un fallo de N´Kono. El defensa le dijo «Tomy, cógela y chuta», apareció por ahí un chino y pum, gol. Desde ese momento desapareció el equipo. Acojonados todos. Muertos de miedo. Descompuestos. Nos metieron el segundo, el tercero… yo, en serio, creí que nos iban a caer cinco, pero al final aguantamos. Les di ánimos para la prórroga, lo hicimos bien, empatamos a cero y fuimos a penaltis. Y, joder… Teníamos a uno cedido del Madrid.

¿Losada?

Yo le llamaba Pipiolo. A Losada le puse Pipiolo y a Valverde, Txingurri. Pipiolo porque era un crío más majo que la leche, y muy bueno. Pero llegaron los penaltis y le digo: «Pipiolo, ¿tiras un penalti?». Y él: «¿Yo? ¿Y qué hago?». Le expliqué: «Pues qué vas a hacer, darle una hostia y ya está». Fue a tirar y sí, le dio una hostia. Yo no he visto un penalti igual en toda mi vida. Sacó el balón del estadio.

¿En serio?

Sí, el estadio estaba en obras y no estaba la cubierta de tribuna. Le dio una hostia al balón como si hubiera sacado de puerta, ¡qué hostia le dio! Desapareció la bola. Luego, en el avión, nos descojonábamos de risa. Pero fue muy triste.

Se comenta por ahí que Núñez estaba diseñando un equipo para usted, pero después del motín del Hesperia tuvo que traer a Cruyff para dar un golpe mediático. Y el holandés se puso a trabajar con un equipo en el que los fichajes eran suyos.

No, no fue así. A través de un amigo tuve unos encuentros con Núñez. Me preguntó por los jugadores vascos, los de la Real en aquella época eran estrellas. Txiki Beguiristain, Bakero. Le recomendé que los fichara porque un buen equipo se nutre tanto de buenos jugadores como de gente que hace grupo, y ellos daban las dos características. Sé que se dijo que había posibilidades de que yo entrenase al equipo, pero venía del Athletic de Goikoetxea. Eso por un lado, luego Johan Cruyff era una institución allí y las peñas, fundamentalmente ellas, le eligieron a él. Me pareció lo normal.

Entonces fue al Atlético de Madrid de Jesús Gil y Gil.

Jesús Gil era un tío cojonudo, pero no tenía ni puta idea de fútbol. Era su segundo año. Entrenar con él era un poco agobiante. Dormía muy poco y te llamaba de madrugada para preguntarte de todo. Un día, que íbamos segundos y perdimos 1-0, me llamó al despacho y me dijo «Ayer jugasteis muy mal en Pamplona, voy a cambiar el entrenador». Íbamos detrás del Madrid de Toshack, el que metió los ciento siete goles. Y me echó [risas].

Tuvo problemas con Baltazar.

Estaba acabado. El fichaje estrella era Futre y para jugar con Futre teníamos que hacerlo al contraataque, que era a lo que mejor jugaba el Atlético. Tenía a Futre y a Manolo, y al contraataque no podíamos jugar con un delantero centro muy lento como Baltazar; era un jugador de área y aquello era un contrasentido.

Un fichaje curioso para aquel Atlético de Madrid fue el de Agustín «Tato» Abadía.

¡Al Tato le fichó Jesús Gil! ¡Le encantaba! Yo le dije: «Jesús, ¿para qué vamos a fichar al Tato si no le necesitamos? Tenemos seis jugadores de medio campo». Y él [imitando a Jesús Gil]: «Ese es un pedazo de jugador». Lo que más le gustaba era la trayectoria de Abadía. El Tato era natural de Huesca, y su día a día era la huerta. Era campesino. Cuando acababa con el campo se iba a entrenar en el Binéfar o donde fuera. Y a Jesús le fascinaba que de la huerta fuera al Logroñés, a primera, destacara, y estuviera todo el rato corriendo. Pero el Tato era un chaval extraordinario. Cuando hablaba con él me decía: «Joder, tengo que estar agradecido de jugar en un equipo como el Atlético de Madrid, yo que he estado partiendo terrones en la huerta». Era un trabajador en el campo como pocos habrá habido, un jugador digno de admirar, pero el que lo trajo fue Jesús. Yo habría traído a otros que pensaba que tenían más nivel, pero a Gil le gustaba tanto que al final tuve que decirle: «Si te gusta tanto, ¡fíchalo!».

Se convirtió en seleccionador nacional y acabó con la Quinta del Buitre.

Con Martín Vázquez siempre me he llevado muy bien, pero tuvo una lesión de cruzados. Con Emilio Butragueño también me he llevado siempre bien, pero para el fútbol que íbamos a hacer no podíamos contar con él, aunque siguiera siendo el mejor jugador de área que había en España. El problema era que en aquella época no había delanteros centro españoles. Madrid, Barcelona, todos, hasta el Dépor, tenían un extranjero. El mejor español, que no jugaba, era Julito Salinas. Tuve que llevar hasta a Claudio Barragán porque era el máximo goleador nacional. Y lo que sí que teníamos era centrales a manta.

¿Y Míchel?

Con Míchel me llevé peor. Era titular en el Real Madrid y lo quité por Luis Enrique, que era su suplente. Imagina el conflicto. Creo que la Quinta para los partidos en casa en campo bueno todavía estaban bien, ¿eh?, pero cuando había que ir fuera y había hule ya no estaban para tantos trotes. Yo tenía claro que si fuera de casa jugaban los que echaban el resto, lógicamente en casa tenían que seguir jugando. Ese era mi criterio. Opté por una selección nacional mucho más fuerte, mucho más rápida, mucho más aguerrida y se me criticó fundamentalmente porque quité a la Quinta. Pero fueron mis mejores años; años de gozar del nivel, del ambiente. Hicimos un equipo de casta, de raza, identificado, de defender la camiseta, muy de la nacional.

Con la SER tuvo problemas desde el primer día.

Sí, porque no me hablaba con la SER. Cuando me fui del Atlético me hicieron una despedida algunos empleados. Llevaron una unidad móvil al restaurante, atendí a De la Morena. Fue una conversación tensa, él decía blanco y yo negro. Porque tengo jeta para aguantar todo lo que me echen. Y seguí: «Si estás en este puesto es porque se marchó García, y la audiencia de García es la que tienes. Empezaste haciéndole la pelota al director general de la SER, le llevabas poesías, le hacías los recados». Porque yo sabía un montón de su vida y milagros, ¿y qué ocurrió? No aguantó más y me cortó. Así que ocho años estuve sin hablar con él. Luego llegué a un acuerdo con Feito, que era amigo mío y lo había fichado De la Morena: si entraba en antena no me podían cortar. Y por fin tuvimos una conversación de dos horas. A lo que yo no iba a jugar es a que se hablase de mí sin estar presente. Si hablan de mi equipo, de por qué hemos perdido, bien, pero si se habla de mí, si me llaman imbécil, quiero dar mi versión.

¿Cómo planteó el Mundial de Estados Unidos?

Para quedar campeón. Porque tenía un equipo campeón.

Y el primer día, empate con Corea.

Nos quedamos con diez a cuarenta y cinco grados a las dos de la tarde en Dallas. Expulsaron a Nadal nada más empezar el partido y nos costó muchísimo. No podíamos, eran un embudo. Joder, cómo corrían. Nos metieron un gol, tuvimos que remontar, empatamos a dos al final, y luego Alemania.

El gol de Goiko desde su casa.

Gol de Goiko de churro, pero jugamos muy bien. La clave estuvo en el partido que hizo Rafa Alkorta. De mí decían que ponía muchos centrales. La gota que colmó el vaso fue el partido contra Eire que jugué con siete. Pero como comprenderás me tuve que partir el culo para tomar esa decisión en un partido contra Eire, que no habían perdido allí en ocho años, y si no ganábamos no nos clasificábamos para el Mundial.

¿Pensó que para ese partido era mejor un esquema defensivo?

¿Cómo defensivo?, ¡si teníamos que ganar!

Y se ganó 1-3.

Ganamos. Y un periodista, García Candau, antes del partido puso: «España juega a no perder en Eire». Se lo saqué luego en la rueda de prensa y le dije: «¿Estás de broma? ¿Cómo voy a salir a no perder cuando si no ganamos estamos eliminados?». Entendería que prefiriese otros titulares, pero yo salía a ganar. Jugamos el partido, Jesucristo se puso de nuestro lado y ganamos. El equipo jugó. Caminero se salió, Julio Salinas jugó un montón, Camarasa jugó la de dios, y luego me decía: «Míster, tenía que jugar bien porque como nos han puesto a parir teníamos que esforzarnos». Les dieron tanta hostia, les despreciaron, que salieron totalmente implicados. Aquella selección fue un camino de espinas, pero era un equipazo. Treinta y seis partidos sin perder, quedamos dos años máximos goleadores de Europa. Daban la cara, pringaban. Eran chavales acojonantes.

En Estados Unidos lo de Italia fue una tragedia.

Mira, cinco días antes estábamos viendo el Italia-Nigeria y nos marchamos del campo faltando diez minutos pensando que jugábamos contra Nigeria. Les estaban pegando un meneo los africanos… Al subirnos en el bus, gol de Italia. Empate. Prórroga y gana Italia.

Se metían con su modelo de juego pero Italia, haciendo lo mismo, todavía más atrás, llegó a la final.

Y Brasil también ganó el Mundial jugando así. Jugando a la contra. Allí también pusieron a parir al seleccionador porque les gusta el fútbol más flamenco y salían siempre amarrando. ¡Brasil amarró la de dios en el 94! ¡La final fue 0-0! Y ese partido nuestro contra Italia, si jugamos diez solo perdemos uno.

El fallo de Julio Salinas fue la mala suerte que nunca nos abandonaba.

No creo que fuese un fallo de Julio, la jugó bien. Salió faltando veinticinco minutos y así cuesta coger el ritmo. Pegó una carrera tan larga que cuando llegó al borde del área iba zurrado. Aun así la tiró bien, pero se la paró Pagliuca con la rodilla. En el rebote pegaron un pase largo y nos metieron el gol. Fue el 2-1. Luego llegó la jugada de Luis Enrique, que va a rematar de cabeza y le meten un codazo dentro del área que le rompen la nariz. El árbitro luego pitó la final. A Tassotti le echaron nueve partidos y al árbitro, que no había visto la cara de Luis Enrique chorreando sangre, le dieron la final.

¿Cómo se quedó el vestuario?

Mal. Pero hay que echarle pistón. Les tuve que animar. Les dije: ¡Que le den por el culo al fútbol! Porque esto es fútbol. Que le den por el culo. A mí no me mata. Hombre, aquí perdieron después de una paliza de cojones, ganando poco más de cuarenta duros tras quedarse sin vacaciones y con la prensa matándoles a hostias. Pero te toca un tío que es mejor que tú, que son unos animales, te gana y qué vas a hacer. ¡Darle la mano! Me cago en diez. ¿Por qué en el tenis pueden y en el fútbol no?

¿Qué tal fue entrenar a Guardiola?

Un día le tuve que decir: «Oye, Pep, se ha acabado el partido ya, ¿eh?». Estaba él hablando de dos fallos que había tenido. «Pep, déjate de los dos fallos que has tenido, que hemos ganado 2-1. Si has fallado mañana acertarás, tómate una cerveza y deja ya de darle vueltas. Que el fútbol es para reírse, joder».

¿Y Hierro?

Un monstruo. Muy profesional. Un tío positivo. Así como Pep piensa mucho en el fútbol, en cómo jugar, no piensa en que ha ganado y lo bonito que ha sido el tercer gol, sino que se queda lamentándose porque en el último minuto ha fallado un pase, Fernando es más positivo. Muy de levantar al vestuario. «Venga, joder, nos ha salido mal, pero el próximo día…». Es muy de grupo, como Zubi. También son analíticos y críticos, pero no como Pep [risas].

Eurocopa de Inglaterra. Penaltis. Otra tragedia.

No fue ninguna tragedia, porque España no volverá a jugar contra Inglaterra como jugamos ese día, ni de broma. Nos anularon un gol en la primera parte increíble, y con los penaltis, lo de siempre. Digo: «¿Quién tira?». Y todos: «Yo no», «Yo no», «Yo no». Me cago en diez, ¡que yo no puedo tirar! Al final Nadal, jugador todoterreno, tuvo que lanzar porque nadie quería. Y falló. Y Hierro al palo. Pues nada.

El siguiente Mundial, el de Francia, sí que fue una tragedia.

Contra Nigeria Zubi tuvo un mal día. Nos metieron goles que no era normal que se los metieran y perdimos. Del asunto de Zubizarreta también terminé agotado. ¿A quién iba a poner? ¿A Buyo? Buyo no podía ir a la selección.

¿Por qué?

Por la convivencia. Con él no había el ambiente que quiero en un vestuario. Era un buen portero, pero hacer una selección para mí es algo más que llevar a once jugadores que sean buenos. Hay muchos días, muchas victorias y muchas derrotas. El ambiente es fundamental. Un día hay que ir a dar una conferencia a Valladolid y alguien tiene que sacrificarse. Eso sin buen rollo es imposible. Mi selección tenía que ser un auténtico equipo.

En Francia incorporó a Raúl y Kiko.

A Raúl le hubiera llevado antes. Si no lo hice es porque consideré que había que proteger al futbolista. Empezó en el Madrid con diecisiete años. Ese verano no podía ir a los Juegos Olímpicos y a la Eurocopa. Me pareció que con su edad era mucho, había jugado todo el año con Valdano, los internacionales de la sub-21 y la fase final del europeo sub-21. Llevarle a la Eurocopa me parecía una barbaridad. Era muy joven para meterle esa metralla. Perdí un buen jugador, pero opté por no quemarle. Pero ese mismo año ya empezó en la fase de clasificación para el Mundial. Por cierto, en un partido en Valencia contra Yugoslavia que ganamos 2-0 y fue un partidazo acojonante, estaban Mijatovic y todos estos, eran un equipo increíble y no les dejamos ni moverse ¿No querían espectáculo? Aquel día lo dimos. Mi equipo sabía jugar y dar leña. ¿Había que cargar el camión? Lo sabían hacer. Era un equipo de la de Dios, pero nos mataron.

Y Raúl, en el trato personal y en la relación con el equipo, ¿qué tal?

Majo, lo que pasa es que es un chaval callado, muy introvertido. Comportamiento exquisito y humilde y a la vez profesional, ganador y peleón. ¿Cómo va de cabeza? Ni mal ni bien. Un 8. ¿Es rápido? No. ¿Es lento? No. Otro 8. ¿Qué tal chuta? Otro 8. ¿Carácter? Un 9. ¿Ganador? Un 9. Todo 8 y 9. No tiene ningún cero. Quizá la pierna derecha, pero a veces también le daba bien con esa.

Con Luis Aragonés trascendió otra versión de Raúl, que si hacía motines.

Todo eso yo también lo leí, pero no viví nada en mi etapa. A veces hay enganchadas tontas, quizá con que hubiera mediado alguien habría bastado.

Luis también se las vio con la prensa antes de ganar un título, casi peor que usted.

Hablaba con él por aquella época, le decía que estuviera tranquilo. Lo que pasaba es que si Luis no estaba de acuerdo con alguien se lo decía. Era bruto, como yo. La clasificación fue jodida y le fueron machacando. Diez meses dándote hostias son muchos meses. Estaban todos pidiendo su cabeza, pero fue al Europeo, porque Villar tiene dos huevos ahí, y salió campeón. Y todos los que le habían inflado a hostias «Hombre, don Luis, eres el número uno, eres mi padre, mi madre, la Roja, viva España y el sagrado corazón». Hablaba con él y me decía: «Valientes hijos de puta» [risas].

Su derrota contra Chipre…

Para mí fue una pena, pero por los jugadores, que ahí habían debutado tres o cuatro. A Eire fui con siete centrales, me pusieron a parir. A Chipre con seis delanteros, me pusieron a parir. Ya me contarás.

A Cañizares le metieron dos goles desde cuarenta metros por la escuadra. El tío que chutó no había tirado a puerta en su puta vida, pero le pegó tal hostia al balón que, pum, por la escuadra. Nosotros pegamos cuatro palos, tres veces delante del portero e imposible. Le dije a Cañete que no pasaba nada, que era un mal debut, pero que vendrían días mejores.

Ese día perdí la imbatibilidad de treinta y seis partidos. Pero al llegar a Madrid le dije a Villar que lo mejor era que lo dejara y que a esos hijos de puta de periodistas mejor que los aguantara otro. No era por mí, yo podía con ellos, era por él. Le iba a amargar dos años. Me dijo que sí, que era lo mejor. Hasta Esperanza Aguirre dijo en un periódico «Hay que cambiar al seleccionador». Y me cesaron, a ver si ahora ellos devuelven lo que se han llevado.

Dejó la selección y fichó rápidamente por el Betis de Lopera.

Lopera no sabía dirigir un equipo. Era un tío generoso, el alma del club, pero gastaba dinero sin control, comprar por comprar, sin sentido. Le canté varias veces la gallina. Me encontraba con pintadas de «Peseteros, no sentís al Betis» y los jugadores sabían hasta quién era el tío que las hacía [risas].

Cuando llegué íbamos los últimos con un equipo bastante bueno y lo dejé en mitad de la tabla. Lopera quería UEFA. Le dije que en ese momento no podía, pero que con cuatro fichajes, al año siguiente sí, pero no me hizo ni puto caso. Salí del club ese verano y al siguiente bajaron.

Hace poco me encontré a Lopera y le dije que era un forofo, que de fútbol ni idea. Le recuerdo un día rezando a las estampitas de la Macarena, pero jugábamos contra el Oviedo y le dije: «Tenga cuidado, que como ellos recen a la de Covadonga va a haber una pelea entre las vírgenes de la leche» [risas]. Era un hombre con sus creencias, muy devoto, pero un poco inculto. Con alguien que futbolísticamente lo hubiera sabido conducir podría haber llegado lejos.

Denilson.

No valía cinco mil millones ni de coña, pero tenía fama por las filigranas. Podía haber sido un buen jugador, pero nunca quiso dejar de hacer ese fútbol que no valía para nada. Luego igual cambió, pero con nosotros jugaba a su bola. Driblaba a un tío cuatro veces y luego le esperaba para una quinta. No podíamos con él. Los demás no le querían, aunque era buen chaval y paradójicamente un tío humilde. Tuvo demasiada presión, la prensa siempre le ponía alguna pega, y era un chaval que venía justo de cultura. Un día su intermediario dijo que el problema era que estaba poco entrenado. ¿Poco entrenado? Fui al vestuario y le dije: «¿Qué cojones es esto? ¿Estás poco entrenado? No te preocupes que mañana vienes también por la tarde», y él: «¡No!, ¡no! Son cosas de él, ¡nada que ver conmigo!» [risas].

A partir de ahí inició una etapa de entrenador-bombero de muchos equipos.

Y sigo de bombero. Acepto, como te he dicho antes, porque llevo muy mal no tener equipo. Me aburro. Estoy con la cuadrilla… ¿y al día siguiente? ¡Lo mismo! [Risas]. No puedo, necesito entrenar y, llegado cierto punto, acepto lo que me pongan delante.

Luego fue entrenador de Serbia.

El primero desde que se separaron Serbia y Montenegro. Tuve un equipo buenísimo, pero un problema: era serbio.

¿Cómo?

Los serbios son buenos contra los grandes y a los malos los desprecian. En aquella clasificación los primeros fueron Portugal y Polonia. No nos había ganado ninguno de los dos. Nos dejamos los puntos con ¡Kazajistán! Pero los serbios te decían: «Cómo vamos a jugar contra estos, son muy malos». Lo hicimos muy bien, no perdimos contra los buenos, ganamos a Finlandia y perdimos contra Bélgica, la última del grupo, 3-2. Esto, con lo de los kazajos: eliminados. Estos eran los serbios.

En Serbia es muy recordado por haber ido en coche desde Bilbao hasta Belgrado.

En taxi. Me caí de la bici y me rompí cuatro costillas y la clavícula. Las costillas me perforaron el pulmón, no podía ir en avión. Así que hice los dos mil quinientos kilómetros en taxi con una almohada. Creo que me salió por unas sesenta mil pesetas de entonces o incluso algo más.

Luego, cambio total: a Camerún.

Es lo más difícil que he tenido en la vida. Desde el primer día tuve problemas. Volvieron de Sudáfrica con un cristo del copón. Eto’o me contó que era tradición que el capitán llevase siempre a dos o tres de su cuerda. Cuando Samuel fue capitán, le dijo al entrenador cuáles tenían que jugar y este se negó. Salió a la luz la polémica, unos se rebelaron, otros acusaron a los rebeldes de no esforzarse. Todo con una afición muy peligrosa, están muy locos. Cuando hice la convocatoria, el ministro me dijo que cinco estaban vetados por el capitán. Le dije: «Eto’o, tienes treinta y dos años, eres el mejor jugador de África, ¿para qué te metes en estos líos?». Pero él estaba que no, que no y que no.

Fuimos a jugar a Mauricio, que es como jugar contra el tonto de la bellota. Son unos aficionados. Un campo como un patatal, ganamos 3-0. Siguiente, Congo, y nos llevaba a jugar al norte, porque en Yaoundé el público estaba enfadado con ellos. Nos vamos a tomar por culo. Agujeros en el campo, chabolas por todas partes, y, según llegamos, entra el cólera. Nos tienen que vacunar a todos el jueves, el partido era el viernes. Empatamos a uno y Samuel se lesiona. Había jugado con un amago de tirón, pero los negros son muy fuertes, no te dicen nada. En esas circunstancias le dije a Samuel que o traía  a los otros cinco o no nos clasificábamos. Dejó que vinieran dos y perdimos contra Senegal, gol en el minuto 94, y ganamos a Congo 0-3. Luego en casa ganamos a Mauricio y nos la jugábamos contra Senegal. Íbamos empatados a cero, minuto 89, penalti para nosotros. Tira Eto’o y… fuera. No nos clasificamos. Luego el ministro me impuso a Ekkotto, el del Tottenham, que yo le había echado de la concentración por golfo. Pedí explicaciones y me dijeron: «Soy el ministro de Camerún, dirijo al ejército y a la policía, ¿no voy a poder meter un jugador en el equipo nacional?». Luego no les pagaron las dietas, se montaban unos pollos que te cagas.

Y después con Libia, ¿qué se encontró? Es un país devastado.

Llegué y el primer año ganamos la Copa de África. No habían ganado nunca nada, pero trabajaron como enanos, con ilusión y entusiasmo. Tenía todo chavales jóvenes, con una media de veintidós años. Les busqué buenos campos para entrenar, con poca hierba, rápidos, para que jugaran en velocidad. Trabajé a gusto, pero volvió la guerra. Teníamos que entrenar treinta días seguidos para que pudieran aguantar el partido. Todavía no saben competir contra equipos como Túnez o Marruecos. Se acojonan. No tienen seguridad. La historia es que acabé el contrato y me vino el presidente a decirme que no había dinero y quería buscar una forma de que lo dejara y ahorrarse la ficha. Yo estaba de acuerdo porque estaba muy cansado. Pero nos tocó Ruanda en la clasificación para el Mundial y 1-0 ganamos. Luego fuimos allí, partido televisado en Libia, y me decía mi ayudante, Ramón, «Joder, cómo estamos jugando». Y yo: «Esto es mentira, tiene que ser casualidad, no puede ser tanto». 1-3 les ganamos. Y ahora tengo más partidos, en septiembre que acabo contrato me volverán a decir que me quede, los jugadores me lo piden también, que les da igual no cobrar, me dicen que no me puedo marchar. Les contesto: «¡Que no nos pagan, que yo vengo desde España!». Y ellos: «Qué más da, ya cobraremos, yo qué sé». Y esa es la putada, que me da pena. [Clemente fue cesado de su cargo de seleccionador de Libia el 9 de octubre de 2016, después de esta entrevista, N. de R.]


La Eurocopa que ganó Franco

El equipo nacional con la copa. (DP)
El equipo nacional con la copa. (DP)

Al grito de «Rusia es culpable» miles de españoles se lanzaron, por convicción o por obligación, a combatir en las estepas contra la Unión Soviética del lado del Eje. La División Azul cobijó a aquellos españoles que vieron el auténtico infierno en las nieves de Leningrado y el Voljov. Entonces nadie podía imaginarse que esa venganza prometida por Ramón Serrano Súñer, «el cuñadísimo», ministro y factótum del régimen, se iba a postergar durante dos décadas. La venganza sería futbolística. O eso, al menos, nos vendería el franquismo.

«La victoria sobre el enemigo de fondo, la exportadora de la revolución mundial, de la monstruosa hidra cuya cabeza hemos cercenado en 1939», así definió el magnífico escritor Manuel Vázquez Montalbán la victoria de nuestro país en la fase final de la Eurocopa del año 1964, jugada por España contra la URSS, en la que un mítico gol de Marcelino nos permitió alzarnos con nuestro primer triunfo importante, tras la medalla de plata de los Juegos Olímpicos de Amberes 1922 y hasta la era de Luis Aragonés y el tiquitaca. Cuarenta y cuatro años de espera y cuartos de final.

¡Rusia es culpable! Culpable de nuestra guerra civil. Culpable de la muerte de José Antonio. El exterminio de Rusia es exigencia de la historia y del porvenir de Europa… (Ramón Serrano Súñer, el 23 de junio de 1941, día siguiente a la invasión de la URSS por Hitler).

Propaganda de la División Azul. (DP)
Propaganda de la División Azul. (DP)

La apertura internacional

Tras la Segunda Guerra Mundial, la España franquista sobrevive como una anomalía que incomoda al resto del mundo: el último país fascista, aliado, aunque no durante la contienda, de las potencias del Eje. Un país que, en muchas cosas, estaba inspirado en el fascismo italiano y en el nazismo y que ahora se quedaba solo en el mundo, aislado en una política económica autárquica de hambre, racionamiento y estraperlo. Fuera de la ONU y del Plan Marshall, por el que los americanos ayudaron a reconstruir la Europa devastada de posguerra.

Las circunstancias empezaron a cambiar en el año 1953, cuando un Concordato con la Santa Sede y los Acuerdos Bilaterales con los Estados Unidos tuvieron como consecuencia que el franquismo fuese aceptado por el mundo occidental: A los Estados Unidos ya no le preocupaba el pasado fascista de nuestro país, disimulado ya durante años, sino la necesidad de disponer de nuestras bases aeronavales para proyectar sus fuerzas hacia el resto de Europa en un hipotético conflicto con su máximo enemigo, la Unión Soviética. En 1959 se selló definitivamente la alianza: Eisenhower llegó a Madrid y se abrazó con Franco.

La Copa de Europa fallida

A partir de entonces, cualquier aspecto de la vida social fue válido para potenciar el carácter europeo y «normal» del franquismo, obsesionados los jerifaltes del régimen por conseguir la aceptación internacional. Las Copas de Europa del Madrid, Eurovisión, las gestas deportivas que sucedían a cuentagotas (Bahamontes, Carrasco, Santana…) eran aprovechadas por los medios, dependientes del Movimiento Nacional, para realzar «la raza» española y reivindicar que, con Franco, no éramos menos que nadie.

El problema llegó en 1960, cuando los cuartos de final de la entonces llamada Copa Europea de Naciones nos emparejaron con la URSS, único enemigo que le quedaba al franquismo y con el que no tendríamos relaciones diplomáticas plenas hasta la muerte del dictador. Ideada por Henri Delaunay, la Copa Europea de Naciones, hoy Eurocopa, era disputada por unas dieciséis selecciones a lo largo de dos años, con eliminatorias directas con partidos de ida y de vuelta en cada ronda, hasta alcanzar las semifinales, momento en el cual los cuatro equipos clasificados viajaban a la sede final del torneo para disputar las dos últimas eliminatorias.

En una Europa dividida en dos por el telón de acero, la Guerra Fría dificultó la primera edición de la copa, que comenzó sus eliminatorias en 1958, con muchos problemas para alcanzar los dieciséis equipos que se había dispuesto que participasen en ella. En mayo de 1960 España debía jugar los cuartos de final con la URSS, pero las quejas de Camilo Alonso Vega y de Luis Carrero Blanco, ambos ministros de Franco, ante la aún existencia de españoles de la División Azul prisioneros en Rusia, obligaron al dictador a tomar cartas en el asunto: Franco pidió que los dos partidos de la eliminatoria se jugasen en territorio neutral, queriendo impedir el viaje de los españoles a Moscú y las hipotéticas acciones de la oposición franquista cuando los comunistas viajasen a España. Ante la negativa soviética, la España de Ramallets, Di Stéfano, Kubala, Luis Suárez y Gento, y de un Real Madrid invencible en los campos de Europa, perdió la oportunidad de alzarse con su primer entorchado europeo.

La noticia provocó el ridículo europeo de España, ante el punto de que uno de los grandes problemas para que la URSS jugase en nuestro país fuera la negativa del franquismo a que los soviéticos llevasen su bandera y su himno al partido. En el diario soviético por excelencia, el Pravda, se escribió: «El régimen fascista español tenía miedo al equipo del proletariado soviético». En el interior, la impopularidad del hecho provocó que fuese ocultado por el Gobierno, que ni siquiera anunció la decisión en la prensa: simplemente se comunicó la clasificación de la URSS para semifinales, que acabaría ganado el campeonato.

Aficionados durante la final. (DP)
Aficionados durante la final. (DP)

XXV años de paz y una Eurocopa

Franco, algo más retirado de las ocupaciones del gobierno, empezó a interesarse más por el fútbol. La llegada de los refugiados húngaros a España (Kubala, Puskas y Kocsis), así como los triunfos del Real Madrid y de la selección española, eran considerados por el propio dictador como propios, como dejó escrito Fraga en sus memorias. Así, Franco empezó a hacer la quiniela cada semana, firmando el boleto con el nombre de Francisco Cofran.

En este contexto se cumplieron, en 1964, los veinticinco años del fin de la Guerra Civil, que empezaron a celebrarse en toda España con el lema, ideado por el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, «XXV años de paz». Franco fue recibido en olor de multitudes en las ciudades que visitó durante este año y hasta se realizó una película documental sobre su vida con el bochornoso título de Franco, ese hombre.

Con el afán aperturista y la necesidad de revitalizar la imagen de la dictadura, la Delegación Nacional de Deportes, dependiente del Movimiento Nacional, había trabajado sin descanso ante la FIFA para conseguir que la fase final de la Copa Europea de Naciones se celebrase en España, con el fin de redimir la mala imagen cosechada por el régimen tras la retirada de la edición anterior.

Poco antes de la final aún se desconocía si Franco acudiría al partido, celebrado el 21 de junio de 1964, temeroso el Gobierno de que Franco se viese obligado a entregarle el trofeo al capitán de la Unión Soviética, ante lo que un alto cargo funcionarial propuso, sin éxito, que se drogase al equipo visitante, como recoge el periodista Fernández Santander.

Coordinada por el ministro Solís, que parece que convenció a Franco en una cacería para que acudiese al encuentro, el recibimiento a Franco en el Santiago Bernabéu fue apoteósico, con unas ciento veinte mil gargantas pronunciando el triple grito clave del franquismo: «¡Franco, Franco, Franco!». Su esposa, Carmen Polo, y el vicepresidente del Gobierno, Agustín Muñoz Grandes, el mismo que comandase la División Azul en las tierras rusas, acompañaron en el palco al Caudillo.

El camino a la final soñada

España contaba con la dificultad de tener que acometer la renovación generacional de un equipo que había fracasado en el último Mundial. A veteranos como Gento se unieron indispensables como Iribar, Amancio, Pereda, Zoco o Marcelino, que arropaban a Luis Suárez, Balón de Oro, único español hasta el momento en conseguirlo, y estrella del Inter de Milán de Helenio Herrera, uno de los mejores equipos de la historia.

En 1962 se iniciaron las eliminatorias a ida y vuelta: Rumanía, Irlanda del Norte e Irlanda sucumbieron ante el combinado dirigido por Villalonga, que se situó entre los cuatro mejores de Europa junto a Dinamarca, Hungría y la vigente campeona, la URSS.

La fase final se celebró entre el Santiago Bernabéu y el Camp Nou, campo en el que la URSS doblegó a la Dinamarca de Ole Madsen con figuras como Voronin, Ivanov o Lev Yashin, único portero que, a día de hoy, ha conseguido alzarse con el Balón de Oro, galardón que entonces se limitaba a jugadores europeos.

Mucho más le costó a España deshacerse de una Hungría que vivía su segunda época dorada, en la que competían jugadores como Florian Albert y Ferenc Bene. El tanto de Amancio, en la prórroga, certificó el pase a la gran final, ante setenta y cinco mil espectadores que presenciaron el definitivo 2-1 frente a los húngaros. En el palco, junto a Muñoz Grandes, se pudo ver al joven príncipe Juan Carlos de Borbón, en un año fundamental para consolidar su sucesión en la jefatura del Estado.

El trío arbitral con las dos selecciones. (DP)

El partido

Tras el triple grito de Franco, el balón echó a correr por el césped de la Castellana, en un partido que se convertiría en nuestro mayor momento de gloria hasta los goles de Torres e Iniesta. España, de azul, se adelantó muy pronto en el marcador, con un gol de Pereda a los cinco minutos de comenzar el encuentro.

Pero «la indescriptible explosión de júbilo» con la que el estadio recibió el tanto, recogió ABC, no duró más de tres minutos, tiempo necesario para que los soviéticos empataran a uno por medio de Khusainov, que tras el error de Fusté y Olivella había conseguido superar a Iribar, junto a Yashin uno de los mejores guardametas de la historia del fútbol.

Los rusos ponían la técnica, mientras los hispanos tiraban de furia y garra sobre el césped de Chamartín, en un encuentro igualado que se decidiría a seis minutos del final, cuando ya todos esperaban la prórroga. Marcelino nos daría la copa y se convertiría en leyenda.

«Rivilla se interna por la banda derecha y, ante la entrada de un rival, adelanta el balón a Pereda. Este lanza un fuerte centro a dos palmos del suelo que Marcelino, gracias a un perfecto escorzo en el aire, logra cabecear a la meta defendida por Yashin», describía de esta manera el diario Arriba el gol por el cual nos proclamaríamos, por vez primera, campeones de Europa.

Erróneamente se creyó durante décadas que el pase final había sido obra de Amancio, ya que el NO-DO, que no grababa el partido en su totalidad, se perdió el centro y recurrió a un montaje, con un centro anterior de Amancio. En 2007 se difundieron las imágenes reales del tanto, demostrando que el centro era de Pereda, pues otras tantas cámaras retransmitían el partido para más de una docena de países de Europa.

La gran victoria frente al comunismo

Cuando Lev Yashin se dirigió al periodista radiofónico Joan Armengol, desde el Gobierno franquista se quiso saber rápidamente qué había dicho. Eran simples comentarios futbolísticos sin importancia, pero la significación política que el franquismo otorgaba al encuentro provocó que cundiese el pánico entre las autoridades gubernativas.

Y es que Iribar, Rivilla, Olivella, Calleja, Zoco, Fusté, Amancio, Pereda, Marcelino, Suarez y Lapetra habían conquistado la Copa de Europa de Naciones, «once muchachos que se alzaron brillante, justa y emocionalmente, con el preciado trofeo», pero veinticinco años después de la Guerra Civil, de la «Cruzada» frente al comunismo, se encontraba en el palco «el verdadero artífice de la victoria y de la paz, Franco, aclamado por ciento veiente mil personas», se escribía en el periódico Arriba al día siguiente del partido.

Según Preston, en Franco, Caudillo de España, la prensa ensalzó la victoria como la culminación lógica de la victoria de Franco en la Guerra Civil, lo que provocó que, ante tal adulación, el dictador se mostrase contrario a cualquier posibilidad de reforma. Ejemplo de este hecho fueron las siguientes líneas de ABC: «Al cabo de veinticinco años de paz, detrás de cada aplauso sonaba un auténtico y elocuente respaldo al espíritu del 18 de julio».

Franco, vencedor del comunismo, era aplaudido por los españoles como su salvador, y abría y cerraba la noticia en el NO-DO, en el que se escuchaba, colándose por las rendijas de la historia, el himno de la Unión Soviética como una ironía del destino.

En la prensa internacional también se destacó la presencia del dictador en el palco del Bernabéu. Diarios italianos como Il Tempo, Il Messaggero o La Gazzetta dello Sport llevaron a Franco en sus portadas, mientras que el francés L´Equipe afirmaba que la Copa de Europa había sido sin duda la Copa de la Paz, mostrando preferencia por el equipo español, al igual que otros diarios de Europa occidental, contrarios a la URSS en plena Guerra Fría.

Cuando Olivella, capitán de España, recibió la copa declaró: «Esta victoria se la ofrecemos en primer lugar al generalísimo Franco, que ha venido esta tarde a honrarnos con su presencia y animar a los jugadores, quienes han hecho lo imposible por ofrecer al Caudillo y a España este sensacional triunfo». El círculo se cerraba, de la Guerra Civil al Bernabéu. Franco, «Centinela de Occidente», volvía a vencer a la hidra comunista.


El gol de Alfonso (así, sin más)

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Todo empezó el 5 de septiembre de 1998, en Chipre. Apenas habían pasado dos meses y medio de la doble debacle ante Nigeria y Paraguay en el Mundial de Francia y la España de Javier Clemente volvía a perder contra todo pronóstico, esta vez en Larnaca, ante una selección de desconocidos, en su gran mayoría aficionados. Aquel 3-2 disparó todas las alarmas e incluso los últimos apoyos del técnico vasco —José María García, el periódico Marca entendieron que aquello era una batalla perdida y que mejor era dar un paso a un lado.

También lo entendió así Ángel María Villar, amigo personal de Clemente, y su gran valedor durante los seis años que duró su estancia en el banquillo. Muy a regañadientes, porque en el fondo rendirse era darle la razón a demasiado enemigo suelto, la Federación convocó una rueda de prensa cinco días después de la derrota y Clemente se ahorró un despido presentando su dimisión. «Han sido seis años de la hostia», resumió, «seis años muy difíciles de superar».

La Federación se movió rápido pero mal. Por alguna razón difícil de entender, no habían previsto que el relevo sería tan inmediato y lo único que se les ocurrió fue recurrir a Luis Aragonés con un ultimátum: o te decides en veinticuatro horas o llamamos a otro. Y como Luis era Luis, tuvieron que llamar a otro, que resultó ser José Antonio Camacho, un histórico del Real Madrid y de la selección durante los años setenta y ochenta.

La experiencia de Camacho en los banquillos había sido breve pero intensa: de jugador aguerrido y corajudo pasó a técnico con gusto por el balón y el juego de ataque. Seguía siendo rudo en sus modales, por supuesto, y muy directo, carne de cañón para El día después, pero, a diferencia de Clemente, sentía fascinación por los jugadores de calidad. Después de pasar con éxito por el Rayo Vallecano y el Espanyol, y de fracasar con el Sevilla, Camacho había conseguido su gran sueño de firmar por el Real Madrid apenas unos meses antes de que llegara la oferta de Villar.

En lo que sería la primera de sus dos espantadas del banquillo del Bernabéu, el de Cieza duró exactamente veintidós días como técnico del club blanco. El Madrid venía de ganar su séptima Copa de Europa después de treinta y dos años de sequía y lo celebró echando a su entrenador, Juup Heynckes. Eran los días de Lorenzo Sanz, Juan Onieva y Fernández Trigo y la falta de entendimiento entre directiva y entrenador explotó en una discusión a finales de julio con las condiciones contractuales del equipo técnico como excusa perfecta.

De lo que quedaba libre, Camacho era probablemente lo más aprovechable, pero obviamente había cierto pánico a su carácter entre los miembros de una federación, como todas, con tendencia al intrusismo. Con todo, Villar aceptó las condiciones, y a los seis meses Camacho estaba ganándole 9-0 a Austria, uno de esos partidos que todo treintañero o cuarentañero recuerda a la perfección, el primer síntoma de lo que estaría por llegar diez años después.

De la euforia a la paranoia

Camacho tenía dos ventajas: la relación con los jugadores era excelente, tanto por su condición de exinternacional como por su apuesta decidida por determinados jugadores Fran, Valerón, Mendieta, Urzaiz que apenas contaban para su antecesor. Además, la prensa le trataba con muchísimo mimo, fuera por comparación con Clemente o por su facilidad para dar titulares. Las jerarquías se establecieron rápido en un equipo donde Raúl mandaba por encima de todos, los laterales eran flechas Aranzábal y Míchel Salgado, en ocasiones Sergi— y Fernando Hierro organizaba el equipo desde la defensa, con Guardiola como medio centro de referencia.

El resto de la clasificación fue un paseo: en los siguientes cinco encuentros, hubo otro 9-0 (a San Marino) y un 8-0 (a Chipre, dulce revancha). En total, bajo el mando de Camacho, España ganó sus siete partidos, marcó cuarenta goles y recibió solo dos. El entusiasmo no tenía precedentes. La selección acudía a la Eurocopa de Bélgica y Holanda como gran favorita, condición solo discutida quizá por la propia Holanda, entrenada por el novato Frank Rijkaard, y la vigente campeona del mundo, Francia, liderada por el jugador de la Juventus, Zinedine Zidane.

Y, por supuesto, como ocurre siempre, fue poner un pie en Rotterdam y la cosa se salió de madre.

Ante todo, la tensión. Esa tensión de los días que pasan sin partido que llevarse a la boca, solo entrenamientos y comentarios y páginas que rellenar con presuntos malos rollos o euforias desmedidas. Dos días antes del encuentro inaugural frente a Noruega un martes 13, por cierto, Camacho estalló en la SER acusando de «espionaje» a una empresa vinculada a su propia federación por grabar las jugadas ensayadas de sus entrenamientos.

Estos ataques de paranoia nunca son señal de nada bueno y así se comprobó dos días más tarde: para el debut, Camacho confió en Molina como portero acompañado por Salgado, Aranzábal, Hierro, Paco Jémez, Guardiola, Fran, Valerón, Etxeberría, Raúl y Urzaiz. La última victoria española en el inicio de una gran competición databa de la Eurocopa de Alemania de 1988, un 3-2 ante Dinamarca que no sirvió para nada. Desde entonces, 0-0 contra Uruguay en Italia 90, 2-2 contra Corea del Sur en Estados Unidos 94, 1-1 contra Bulgaria en Inglaterra 96 y el fatídico 3-2 con el que Nigeria dejó a la selección con un pie fuera del Mundial de Francia 98, el principio del fin de Clemente.

Noruega no era un equipo de estrellas pero era un buen ejemplo del fútbol que había triunfado en los noventa: muy físico, con muchos jugadores militando en la Premier League y un juego muy directo, casi siempre buscando a sus estrellas Ole Gunnar Solskjaer y Tore André Flo, apodado «Flonaldo» por la prensa británica por su impensable habilidad con los pies dado su 1.93 de altura. Por supuesto, ambos jugaban en la liga inglesa, en el Manchester United y el Chelsea respectivamente.

El partido fue todo lo aburrido que uno pueda imaginar. Ni un destello de lo que España había demostrado en amistosos y oficiales. El equipo estaba agarrotado y con el peso encima de la victoria obligada. Raúl no apareció, como no lo hizo Fran y apenas Valerón. Guardiola no tenía juego que crear y cuando parecía que la cosa no podía ir a peor, el portero Thomas Myhre sacó una falta desde la mitad de su campo hasta el área española, un balón muy alto que parecía no ir a ningún lado hasta que Molina decidió salir como loco para despejarlo en el aire. Calculó mal y vio como Iversen se adelantaba, dejando a todo el país con cara de idiota y al equipo en una crisis de ansiedad de la que ya no saldría.

Salvando los muebles contra Eslovenia

El pato lo iba a pagar el entrenador, por supuesto, pero también Molina. Solo se le vio una vez y fue para fallar, justo lo contrario de lo que se le pide a un portero de élite. Molina, el mítico portero del doblete del Atleti, tenía una relación gafada con la selección desde que hiciera su debut en 1996, precisamente contra Noruega… como extremo izquierdo, con oportunidad de gol incluida. Cosas de Clemente y de una lesión de Juanma López con todos los cambios ya hechos. Fue convocado como tercer portero a la Eurocopa de Inglaterra y después al Mundial de Francia, pero no jugó ni un solo minuto. Cuando por fin le llegaba la oportunidad, el empeño por agradar había acabado en desastre; no volvería a jugar en todo el campeonato.

Su posición la ocuparía Santi Cañizares, otro hombre con una extraña relación con la selección española, siempre a la sombra de Zubizarreta primero y de Iker Casillas después. Parte de la prensa pidió que el portero del Madrid, a sus diecinueve años, fuera el elegido. Por entonces ya se mascaba la leyenda de «el santo», que venía de ganar la Champions con el Madrid en París, pero su esplendor llegaría dos años después, en aquella tanda de penaltis contra Irlanda en el Mundial de Japón y Corea.

Aparte de Molina, otros tres hombres salieron del once inicial, buscando un mejor equilibrio: Fran, uno de los símbolos de esta nueva España, fue acusado de falta de competitividad y en su puesto entró Gaizka Mendieta; Paco Jémez se vio sustituido por Abelardo, un hombre más acostumbrado a los grandes partidos por sus años en el Barcelona, y Urzaiz, un delantero de los de toda la vida, buen rematador de cabeza, alto y espigado pero con buen juego de pies, dejó su puesto a Alfonso, la gran esperanza blanca que parecía consagrarse por fin a los veintisiete años.

La historia de Alfonso venía de demasiado lejos. Fue Raúl antes de Raúl y Butragueño después de Butragueño. Un jugador de entreguerras. Sus primeros pasos en el Madrid, generalmente como revulsivo desde el banquillo, mostraban a un jugador listo, hábil, con buen regate y un fabuloso instinto para el gol. La decadencia de Hugo Sánchez y Butragueño le brindó unas cuantas oportunidades en los años aciagos del madridismo de principios de los noventa. Entre las lesiones y los títulos del Barcelona se fueron pasando los años y para cuando quiso recuperar su cetro de eterna promesa resultó que Raúl lo acaparaba todo.

Del Madrid tuvo que salir rumbo al Betis como cedido en 1995. Mano de santo. Aquella temporada en Sevilla le llevó de nuevo a lo más alto del estrellato, con goles de todos los colores y convocatoria para jugar la Eurocopa del siguiente verano. Llegó a volver al Madrid, donde Capello fantaseó en pretemporada con mandarle a la banda derecha y hacerle así un sitio junto a Suker y Mijatovic, sus dos grandes fichajes. Sin embargo, el proyecto no cuajó y Alfonso tuvo que volver al Betis, esta vez ya en propiedad, años locos en los que Lopera te traía a Denilson o a Finidi por miles de millones de pesetas.

Aquel año metió veinticinco goles en liga, coqueteando con un «pichichi» que se llevó Ronaldo Luiz Nazario. En las siguientes temporadas ni se acercaría a esas cifras, con una grave lesión incluida. La decadencia derivó, allá por la primavera de 2000, en el descenso del Betis. Podemos decir, por tanto, que antes de esta Eurocopa, la carrera de Alfonso estaba en un momento como mínimo delicado. Lo que pasaría después, probablemente ya lo saben y si no lo saben se lo recuerdo: España ganó apuradamente a Eslovenia por dos goles a uno y se plantó en el último partido, contra la República Federal de Yugoslavia, con la necesidad de ganar. Un partido de los que valen una vida.

La gran oportunidad de dos generaciones históricas

Yugoslavia había regresado a la escena internacional con ganas de reivindicarse. Después de su excelente mundial de 1990, donde precisamente eliminó a la selección española en octavos antes de caer con la Argentina de Maradona en los penaltis, toda una excelente generación de jugadores serbios se vio afectada por las sanciones deportivas derivadas de la guerra de los Balcanes. No pudieron participar en la Eurocopa de 1992 Dinamarca ocupó su lugar y ganó el título ni en el Mundial de 1994 ni en la Eurocopa de 1996. Sí se clasificaron para el Mundial de 1998 pero cayeron en octavos contra la Holanda de Dennis Bergkamp.

Para los Jugovic, Mihajlovic, Milosevic, Mijatovic, Djukic, Stojkovic y compañía era algo así como un «ahora o nunca». En el banquillo, lo vigilaba todo Vujadin Boskov, una eminencia del fútbol europeo.

La urgencia, en cualquier caso, estaba del lado español. A Yugoslavia, que había empatado en la primera jornada con Eslovenia pero había ganado después a Noruega, le valía el empate y solo la derrota le dejaba como segundo de grupo. Camacho presentó una alineación que era un híbrido de los dos primeros partidos: la baja de Fernando Hierro, lesionado, la suplió Paco, y Fran volvió para dar más equilibrio en el medio del campo en sustitución de Joseba Etxeberría. En vez de Aranzábal, jugó Sergi Barjuán… Pero el cambio más sorprendente fue el de Iván Helguera por Juan Carlos Valerón: un mediocampista defensivo por uno de creación, probablemente el gran estandarte de la España de Camacho en la clasificación.

Fue el típico partido de despedida para España: buen juego, buenas oportunidades, derroche de entrega… y gol en contra en cada despiste. Fran se lesionó a los veintidós minutos y ocho después, Savo Milosevic, el jugador del Real Zaragoza, anotaba el 0-1. Alfonso empató poco antes del descanso, culminando con la izquierda una jugada algo embarullada de Raúl, pero el empate servía de poco y Camacho decidió quitar a un lateral, Salgado, y meter a un media punta explosivo, el racinguista Pedro Munitis.

No funcionó, o funcionó solo a medias: el equipo pasó a ser más directo y quedar más expuesto a los contraataques. Por si eso fuera poco, a los cinco minutos marcó Yugoslavia el 1-2, remate de Govedarica otra vez a placer. Munitis inmediatamente empató a dos y ahí empezó un asedio infructuoso que culminó con la entrada de Urzaiz en el campo y la orden de bombear balones a ver si caía algo.

Los minutos pasaban, el árbitro expulsó a Jokanovic pero el resultado seguía igual. España estaba fuera. Otra vez. Era una sensación entre la rabia y la impotencia. Incluso con diez, Yugoslavia conseguía defenderse bien y, en el minuto 75, Komljenovic anotaba de nuevo para su equipo, otra vez en una desastrosa actuación de la defensa española. Era el punto final, el adiós de una generación y un modelo que había entusiasmado a un país y un continente hasta que se tuvo que enfrentar con la realidad.

El hombre del gol y el coliseo

Así fue avanzando el tiempo y de aquel minuto 75 pasamos al 80, luego al 85 y al 90. España necesitaba dos goles y los buscaba, claro, pero aquello era un «jugamos como nunca y perdimos como siempre» de libro. El árbitro marcó cuatro minutos de añadido y en el primero señaló un penalti cometido sobre Abelardo, convertido en el enésimo delantero centro. Mendieta convirtió el 3-3 con tranquilidad pero apenas quedaba tiempo: solo un par de minutos, tres si el árbitro decidía añadir uno más por el penalti.

La España del 9-0 agonizaba entre balonazos a Abelardo. Pasó el minuto 93 y el 94, pero el árbitro no pitaba. El balón llegó rebotado a Guardiola, casi convertido en líbero, a la altura del medio del campo. Guardiola, un hombre templado en las formas y apasionado en el fondo, se hace un lío con la pelota, probablemente producto de los nervios. Cuando consigue domar el balón definitivamente, mira al área y centra. Pasan cuarenta y cuatro segundos del tiempo añadido y ese pase es el último del partido, no hay vuelta de hoja.

El balón vuela y con el balón la angustia de un país. En el área esperan unos veinte jugadores, pero el que la toca es Urzaiz, acostumbrado a ese tipo de situaciones. No solo la toca sino que la baja con el pecho y la orienta para el remate de otro compañero. Alfonso. Todos lo vemos y nos levantamos del sofá y, como en un capítulo de Campeones vivimos a cámara lenta cómo Alfonso arma la pierna izquierda, cómo inclina el tronco hacia la derecha para poder picarla y que no se le vaya fuera, cómo ningún defensa yugoslavo consigue entorpecer el remate y cómo el balón, efectivamente, impacta en la bota del delantero del Betis.

Son unas décimas pero parecen un mundo. En un partido donde España ha fallado diez goles cantados, uno más no sería una sorpresa. El fatalismo patrio, además, invita a pensar que ese es el partido para irse a casa, que siempre ha sido así y siempre lo será. Pero no. El balón entra sin que el portero se mueva. Minuto 94 y 50 segundos y las radios gritan gol como no lo gritarán jamás. Los jugadores se abrazan y el partido se termina. España está dentro, está viva, está en cuartos de final y ahora sí que no la va a parar nadie porque si en el partido maldito ha conseguido ganar, ¿quién podrá parar ahora a esta máquina?

Y así, por un balón a la olla, el país entero pasó de la depresión a la euforia. Por una volea, la carrera de un jugador pasó de promesa a mito, de jugador de segunda a fichaje multimillonario del Barcelona, «su equipo desde que era pequeño». Y siguiendo la misma lógica, apenas unos días más tarde, la euforia se convirtió en depresión: Zidane marcó un golazo de falta, Raúl falló un penalti en el descuento que aún recordamos todos y nos fuimos para casa en cuartos, como Dios manda.

Quedó sin embargo el recuerdo del camino, que no es poca cosa. La meta no llegó o llegó demasiado pronto, pero, ¿a qué niño no le gusta una buena montaña rusa? Durante diez días, fuimos eso, niños emocionados en el tobogán. Ni la carrera de Alfonso ni la de Camacho como seleccionador dieron para mucho más: después de fichar por el Barcelona y ver cómo le ponían su nombre a un estadio de fútbol, el de Getafe acabó de nuevo en el Betis, donde acumuló lesión tras lesión, jugando solo cuarenta y cinco partidos en tres temporadas, aunque participando de la Copa del Rey que los de Sevilla se llevarían ante el Osasuna en la prórroga.

Quedará, en cualquier caso, «el gol de Alfonso» como quedó el de Cardeñosa, una jugada que resume una carrera, una marca registrada que con solo citarla vuelve a acelerar el pulso.

Como si aún estuviera acabando el siglo XX y solo tuviéramos veintitrés años.