Eduardo R. Rodway: «Hijos del agobio es lo que éramos, hijos del dolor, la generación de la posguerra»

Fotografía: Mariano Rennella

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En el jardín de su casa de Caños de Meca, con una camisa floreada, parece un actor de Hollywood en su mansión de Beverly Hills. Pero no es el caso. Pasaron algunos años antes de que la industria discográfica española se diera cuenta de que Eduardo Rodríguez Rodway (Sevilla, 1945) Jesús de la Rosa y Juan José Palacios «Tele» estaban revolucionando la música española y, por qué no decirlo, el rock progresivo internacional. Triana fue un acto de autoafirmación. El cruce de la música generacional occidental con la tradicional del país. Fue un mestizaje aterciopelado, no un inaccesible experimento. El público se entregó y se batieron récords de ventas. La tragedia, la prematura muerte del cantante Jesús de la Rosa, impuso un final anticipado a esta aventura. Seis discos donde nuestra música alcanza las más altas cotas y uno en particular, El Patio, de 1975, considerado por muchos como el mejor. Eduardo Rodríguez Rodway antes de en Triana estuvo en Los Payos, donde una canción del verano, «María Isabel», le catapultó a la fama; una celebridad que nunca fue de su gusto, porque lo que él quería era, como confiesa, buscarse a sí mismo a través de una música más personal y auténtica, como finalmente sucedió.

¿De dónde viene tu apellido Rodway?

Según me contó mi madre, el alcantarillado de Sevilla lo hizo una empresa inglesa. Mi abuelo, al cual nunca conocí, vino como técnico. Como es normal, llegó a Sevilla y se enamoró de una sevillana, una guapa. Entonces se quedó en Sevilla y a partir de ese amor acabaría naciendo yo en 1945. Desde ese día, en cuanto tuve un poquito de conciencia recuerdo que ya estaba tocando una armónica, con seis o siete años. Como continuamente despertaba a la familia tocándola, mi padre un día se cabreó, me la quitó y me la tiró. Ay, amigo, fue un mal rollo, porque ese es el peor agravio que le puedes hacer a un músico. Pero bueno, un niño no lo tiene tan en cuenta.

¿Cuándo llegó tu primer grupo?

Fue pasando la vida y no me encontraba a mí mismo. Cuando tuve dieciséis años más o menos fui un día a la piscina con mis hermanos, escuché a una gente tocando en un sitio, me acerqué y le dije: «Oye, tú cantas bien, quillo». Él me preguntó si yo tocaba algo y le respondí: «Yo toco la guitarra de puta madre». ¡Qué va! era mentira, apenas sabía lo básico, pero quedamos para ensayar y acabamos fundando el primer grupo del que formé parte, que se llamaba Los Flexor’s.

Fue en el año 1963, aun conservo el carné de músico del Sindicato de Artistas, que nos obligaban a tenerlo, sin él no podías actuar. El del Sindicato Vertical de Franco [se levanta y busca el carné, nos lo enseña]. Fíjate lo que pone, es acojonante: «Sevilla, ta, ta, ta…. nacido en tal y cual, espectáculos; sección social: grupo, teatro, circo y variedades: instrumentista de atracción. Año 1963» [risas]. Oye, a ver si me van a tomar por facha por tener esto ¡no me jodas! que no lo soy.

Pero sin esto no hacías nada.

Sin esto no dabas una actuación.

¿Cómo aprendiste a tocar la guitarra?

En realidad mi familia ha sido siempre muy fiestera. Mi padre tenía un gran compás de la Vega de Carmona. Siempre estuvo el guitarreo presente y la flamencura en mi familia El problema era que, aunque yo tenía facilidad para la música, mi padre consideraba que dedicarse a esto era de gamberros, putas y maricones. Pues que le den a mi padre, pensaba yo, y decidí irme del país, porque no soportaba ni la presión de mi familia ni la social que había entonces.

¿Con los Flexor’s qué tocabais? ¿ todo pre-Beatles y Stones, como los Shadows, Ventures…?

Ahí estamos. Sevilla siempre ha sido muy avanzada en ese aspecto, porque Franco no dejaba entrar los discos extranjeros, pero a nosotros nos llegaban por las bases de militares de San Pablo, Rota, Morón… Además, nos servían para tocar en directo. A nosotros se nos rifaban porque éramos auténticos rockeros. Déjame que te muestre fotos [saca una carpeta]. Mira, aquí estoy tocando mosqueado porque es por la mañana [risas] ya te he dicho que conmigo por la mañana, mal asunto…

En las bases a los americanos les gustábamos mucho, como digo, y fuimos haciendo contactos. Así conseguíamos discos. Porque fíjate como estaba la España aquella. Era una lucha sempiterna. El régimen no quería saber absolutamente nada de gente como nosotros. Éramos los melenudos, los canallas, los sinvergüenzas, los proscritos. Era una cosa terrible. Había que luchar contra los padres, contra el Estado, era tremendo….

Aparte de en las bases, también Los Flexor’s también tocabais por los pueblos.

Y estaba muy bien, lo que pasaba era que, como íbamos bien puestos y de guapetones, se mosqueaban los mozos de los pueblos. Lo típico. A veces venían a por nosotros [grita imitándolos], pero eso era inevitable.

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Esa etapa terminó cuando te fuiste a Francia.

Vendí mantecados de Estepa para pagarme el viaje. Mi familia no me daba nada. No me quedaba otra que ser libre yo por mis propios medios. Así, mi libertad era mía, no la de nadie. Puede que yo sea la casualidad de un polvo, pero eso no significa que los que lo han echado sean mis dueños. El dueño mío soy yo. La excusa para irme a Francia fue una boda de un amigo que se había casado con una francesa, pero lo que yo pretendía era quitarme de en medio y no aguantar más la presión franquista. Eso de que te señalen porque tienes el pelo largo y te griten «¡pareces maricón!». Cuando pasaba yo les contestaba: «El coño de tu prima ¡hijo de puta!».

En Francia estuve buscándome la vida como músico callejero. Me eché una novia rica y le acabé tocando canciones a su madre. Era una vizcondesa que adoraba las canciones españolas. Le tocaba «estas son las mañanita que cantaba el rey David», el «Porompompero», tres o cuatro temas, «lo que usted diga, madame», y me daba unos francos que no eran pocos. El equivalente más o menos a ahora cuarenta o cincuenta euros. Y ya del tirón me tomaba unos coñacs con ella, que se los bebía en copitas de plata. Estuve en la gloria mientras duró esa etapa, pero al final por un asunto de faldas que prefiero no detallar se armó un lío del copón y me tuve que ir.

Cuando estaba de nuevo en la calle, de casualidad, me encontré con Gonzalo García Pelayo y le pedí pan, que me diera de comer. La verdad es que se portó muy bien conmigo, pero después de ayudarme y tal me volví a encontrar en la calle y hacía un frío de cojones. Ahí me metí de okupa con unos catalanes que eran pintores de brocha gorda y estaban también tiesos. Tenía un colchón de playa y dos mantas, y para sobrevivir estos tíos me daban cada día dos huevos y tres papas. Pero lo que fue la hostia de eso fue años después. Te voy a contar la historia completa.

Pasado el tiempo, estaba en Barcelona dando un concierto con Triana que llenamos el Palau San Jordi. Entonces me dijo el secretario: «Ahí fuera hay dos tipos que te quieren ver por cojones». Pregunté quiénes eran y me dice: «Me han dicho que te acuerdes de los días de París». Salí fuera corriendo, me los encontré… bueno… Se me pone el vello de punta al recordarlo [muestra el brazo]. Les dije que entrasen y… unos abrazos. Mira cómo se me pone el pelo [vuelve a mostrar el brazo]. Nos fuimos a cenar y me contaron su vida: «Al final hemos triunfado todos» —decían— «todos por creer en nosotros mismos». Ellos habían fundado una empresa de pintura en Barcelona y eran ricos que se les salía el dinero por las orejas. Lo que es la vida… A mí no se me salía, eh, yo seguía currando. Pero ya ves cómo es el mundo, qué momentos. Sigamos ¿por dónde iba?

¿Después de tus años en París?

Me fui a Torremolinos, estuve tocando en un pub mientras hacía la mili. Ahí tuve muchas novias, muchos amigos y amigas. Ese Torremolinos era acojonante, coincidió con el primer boom de España. Aquello era un esplendor.

En un principio yo no quería hacer la mili. Era antimilitarista y anticlerical, pero mi padre me gritaba «¡cómo vas a ser un desertor! ¡que te van a dar por todos los lados!». Yo no quería hacer el servicio militar en absoluto, pero en aquella época si eras desertor te metías en un marrón que… Al final tuve que hacerla.

Por esas fechas se formó tu siguiente grupo, Los Payos.

Se me acercaron Josele y Luis Moreno para ver si hacíamos algo y como estaba aburrido, tieso, y hasta los cojones de ser militar, dije que sí. Empezamos a tocar en el estudio del padre de Josele y de ahí salieron Los Payos. Al terminar la mili, mi madre me dio doscientas pesetas y nos fuimos a Madrid. Mi padre tenía un trabajo para mí, pero yo no quería. Tenía entre ceja y ceja ser músico.

Tiramos para Madrid en un Seiscientos que nos dejaron. Recuerdo cuando llegué a la pensión en la calle Ayala, lo primero que hice fue comerme un bocadillo de morcilla. Solo teníamos dinero para tres días en la pensión y alquilamos una habitación con dos camas y éramos cuatro. Me tocó dormir con el representante, que le apestaban los pies. Yo le daba patadas gritando: «¡que te laves los pies!».

Pero Los Payos triunfaron a lo grande.

Empezamos a tocar con el apoyo de Alfonso Eduardo Pérez Orozco, que tenía el programa Hit Parade. Era un tío que mandaba en la radio, estaba triunfando en aquel momento. Empezamos actuando en fiestas y en cabarets de putas, que eran los lugares que en aquellos tiempos tenían actuaciones. Era algo muy habitual porque en aquella época no había apenas salas de conciertos. Los mánagers y promotores se dedicaban a las folclóricas porque para ellos no había otra cosa. A los del pelo largo nos tenían condenados. El rock no pintaba nada.

Sin embargo, un día nos presentaron a Trabucchelli, el de Hispavox. Teníamos canciones compuestas, yo traía algunas ya hechas en Sevilla, como «Compasión», que fue de los primeros temas que hice. Era una rumba, un género del que algunos dicen que es menor, pero a mí eso me parece una imbecilidad. No hay género ni mayor ni menor. La música o suena o no suena. Trabucchelli nos apoyó y surgió todo eso que llegó a lo más alto con el triunfo de «María Isabel», que fue éxito internacional incluso. Como época de rodamiento, fue muy buena. Aunque lograr un número uno no es fácil, ni en la literatura, ni en la música, ni en las motos. A lo mejor alguno lo consigue de suerte, pero sería una canción, no una carrera exitosa.

«María Isabel» fue la canción del verano del 69.

Fue una gran sorpresa. Ese momento en el que uno está pegadito a la pared, como una calcomanía, y te empiezan a entrar los billetes… No veas el subidón que da eso. No solo por los billetes, también la fama, la reivindicación de tu talento. Aunque creo que eso supone un riesgo. El dinero, para el ser humano, si ha estado toda la vida sin él, es peligroso. Porque no sabes qué coño hacer con esos dineros. Yo no he ganado mucho dinero en mi vida, de toda formas. Y el que he tenido me lo he gastado. ¿En qué? En todo… [risas]. Como debe ser.

Recuerdo que pasamos por platós de televisión, giras, pero yo no tenía mucha conciencia de lo que estaba ocurriendo. No me apuntaba a todo ese arribismo del triunfo. Siempre he tratado de ser muy discreto cuando ha habido éxito y no me he querido meter en eso de la fama porque siempre me ha dado un poco de miedo. No me gusta. Nunca me ha interesado. Es más, sinceramente, creo que la fama es asquerosa para el que le toca. Yo he sido conocido y querido, sobre todo querido, pero no un famoso. Ese tipo de celebridades que hay por ahí a mí me parece tremendo. Si ya solo en las giras que hacíamos por pueblos nos tiraban piedras porque las chicas, que serían sus novias, nos lanzaban besos.

¿Qué tal era Madrid en aquella época?

De puta madre, me gustó mucho porque era mi liberación como persona y mi reivindicación como músico. No podía soportar la presión de todos los días en aquella Sevilla, que era y sigue siendo guapísima, pero ahí estabas condenado al ostracismo y yo quería progresar. Los Payos creo que hicimos canciones que estaban bastante bien. Y hay una de Bob Dylan, «Angelina», que yo la tocaba a mí manera, titulada «Adiós Angelina», que en ella puede haber algo de lo que fue el germen del rock andaluz. Al final Los Payos triunfamos por todo el mundo y en una gira conocí a mi esposa en Venezuela, con la que todavía sigo, afortunadamente.

¿Cómo te dio por adaptar una canción de Dylan a ritmos autóctonos?

No me costó mucho. La idea me vino en Torremolinos, pero al revés, no fue adaptando el rock al flamenco. Yo le estaba enseñando a un inglés que era muy amigo mío a tocar por bulerías. Cosa imposible, por otra parte. No había forma. Y como no se podía pues nos poníamos a tocar canciones de folclore inglés y así acabamos cantando «Angelina». Después con Los Payos se me ocurrió rescatarla para tocarla por rumba, con un arreglo que creo que era de Waldo de los Ríos, que le dio una presencia española, o hispana mejor dicho, con unas trompetas. Ese fue el origen. Siempre he sido muy inquieto.

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¿Por entonces ya conocías a Gualberto García, otro músico inquieto por definición?

Sí, ya nos conocíamos de Sevilla. En Sevilla nos conocíamos todos. Lo que pasa es que en aquellos momentos había una rivalidad de cojones, a ver quién cantaba mejor el «Be-Bop-A-Lula» de Gene Vincent y todo eso. Pero yo los quiero a todos, me he mezclado con todos, además. Empecé a tocar rock, pero el flamenco ya me venía de familia. Por eso, cuando la fusión era solo una vanguardia, me metí a tocar todo. No me asusté de nada. Porque cuando uno tiene esa edad tiene que comerse el mundo. Si no, terminas convertido en un gilipollas y en un oficinista de mierda gris y amargado.

Los Payos duraron cuatro años. Qué pasó después.

Me harté. Los Payos estaban anclados en un tipo de música comercial, que estaba bien, yo no la critico en absoluto, pero yo necesitaba evolucionar. Tal vez ellos no me comprendieron, pero un artista, un músico, un idealista, tiene que buscar su norte y conseguirlo.

En la mejor biografía de Triana que existe, la de Luis Clemente, aparece una entrevista con Los Payos en la que os mostráis hartos del mundo del espectáculo y la industria de la música. Decíais: «Cuanto mayor es la porquería que haces, más subes» . Fue en la revista Rompeolas.

Yo, particularmente, estaba muy cansado. Veía que no podía progresar, que estaba condenado a ser una cosa comercial, un rollo Fórmula V. En el momento en que lo vives, cuando estás en lo alto, está bien, pero si tienes más ideas en la cabeza no te quieres quedar ahí, no te puedes conformar con eso.

La historia se acabó por fuerza mayor, os metieron a todos en Carabanchel.

Nos detuvieron a todos. Sufrí tres meses de cárcel franquista por fumar porros. Tócate los cojones. «Salud pública» , decían. ¿Pero qué salud pública? ¡Si los porros me los fumo yo, no te los fumas tú, joder! La redada fue porque nos vieron con los pelos largos y llevábamos en la parte de atrás del coche una pegatina con el símbolo de la paz. Nos consideraron unos rojos, así que nos metieron en el maco. Eran los últimos estertores del franquismo. De lo que realmente tenían ganas era de matarnos, como a los comunistas. A mí me metieron directamente en la cárcel hasta que hubiera una cama libre en el psiquiátrico, donde iban los que tenían delitos por drogas. Me pasé dos meses en la cárcel y uno en el psiquiátrico por una piedra de hachís.

Mientras estuve dentro, en lo único que pensaba era en acabar con ellos. Me querían quitar mi vida, mis ilusiones. Yo no le había hecho daño a nadie, pensaba «¿pero esto qué coño es? Si vosotros sois cristianos, que creéis en Dios, porque yo soy ateo, tendréis que creer que esa planta la ha puesto ahí Dios ¿o no creéis que Dios es omnipotente? ¿Pues entonces para qué la ha puesto? ¡pues para comerla, lo mismo que el tomate!».

Tu siguiente grupo, Tabaca, dejaba atrás la canción ligera.

Era un trío de voces del estilo de Crosby, Stills & Nash, que me dio la gran alegría de mi vida. Estaba yo un día en mi casa y apareció por ahí Jesús de la Rosa. Una aparición de las mejores que he tenido en mi vida. Apareció el monstruo y me dije: «Olé, míralo» . Empezó a desgranarme canciones que me dejaron flipado y, como tengo buen olfato, lo metí de inmediato en el grupo. Hicimos algunos singles, pero otra vez me encontré tieso. Tuve que vender el piso, asfixiado, como siempre, y me fui a Arturo Soria, donde alquilé un chalé y monté un estudio en el garaje con cartones de cajas de huevos cubriendo las paredes. No veas cuando fui a la huevería… Pero ahí, en el año 1974, empezó Triana. Jesús de la Rosa y yo. Antes había intentado meter a Lole y Manuel, pero Manuel Molina, que en paz descanse, al que quise mucho, apareció por mi casa sin Loles, intentamos un par de ensayos, pero no cuadrábamos. Yo seguí con lo mío y él se volvió a Sevilla donde hicieron Lole y Manuel que, como todo el mundo sabe, es una maravilla.

¿Cómo era Jesús?

Venía de una familia de gente que cantaba flamenco y lo cantaba bastante bien. Era una persona excelente, con una capacidad de sacrificio increíble, un músico y un poeta muy querido y admirado. Venía de buena estirpe. Era alguien que se buscaba a sí mismo también, cantaba por todas partes. Los Bravos cuando le escucharon quisieron contratarlo pero le dijeron que tenía demasiado acento andaluz. Era para decirles: «¡Pero qué capullos sois, con lo que transmite este menda!» .En el momento en el que apareció por mi casa aquel día le dije: «Tú no te escapas de aquí»,  y entre los dos creamos Triana.

Yo buscaba ese tipo de historias. Es decir, reivindicar lo andaluz fuera de los tópicos y crear una nueva música, pero algo que luciera con luz propia, no luz cedida. Ya estábamos hartos de copiar patrones extranjeros. Ahora fusión. Rock and roll, sinfonía y flamenco. Ese fue el punto.

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Esos singles de Tabaca se grabaron en Londres.

Fui yo, Jesús no vino. Eran unos estudios como otros cualquiera, pero en España carecíamos de lo más elemental para grabar en condiciones. Ten en cuenta que el franquismo ha castrado este país durante un montón de años. No solo cuarenta, más, porque la factura es larga, querido. Y yo después he tocado con la sinfónica de Londres, pero no me ha impresionado. Son cuarenta maestros, vale, pero yo también ¿no? Yo también toco un instrumento.

Una vez juntos Jesús y tú, Triana se completó con la llegada de Tele.

Jesús quería meter a un batería muy técnico, muy bueno, pero no era flamenco. Era técnico. El artista tiene otra mirada diferente. Y yo sabía que Tele era un artista. El problema era que Jesús no lo quería porque era problemático. Tanto, que hasta hoy en día me está costando disgustos. Tuve que imponérselo a Jesús. Tele, no sé si porque era tan bajito, tenía un carácter especial. Me acuerdo un día que fuimos al programa del Loco de la Colina, estaba doña Rocío Jurado, y un personaje sevillano llamado el Garbanzo. Jesús Quintero le preguntó: «¿Oye, tú por qué te has quedado tan chiquitito?». Fíjate la guasa del Quintero. Y le respondió el Garbanzo: «Mira, si yo hubiera chupado de los pechos de esta señora, que los tiene muy buenos, hubiera medido lo menos metro ochenta como los niños estos de Triana» . No veas cómo se reía Rocío Jurado, que era una cachonda.

El primer single de Triana fue «Recuerdos de una noche».

Sí, con «Luminosa mañana» de cara B. Nos echó una mano todo el mundo. Luis Cobos y Teddy Bautista nos dejaron unos instrumentos que en aquel momento eran inverosímiles. En cuanto a nosotros, desde un principio, ya teníamos en la cabeza lo que queríamos. Ahora se reconoce lo que hicimos, cuarenta años después, pero en aquel momento vendimos diecinueve discos de El Patio, así que ya me contarás.

Pero el momento, nosotros fuimos los primeros que nos dimos cuenta de la categoría que tenía lo que habíamos grabado. Hay muchas veces que los árboles no te dejan ver el bosque, pero nosotros nos sentíamos en una nube, sabíamos que lo que estábamos haciendo estaba de puta madre.

Sin embargo, CBS y EMI lo rechazaron.

Lo rechazó Hispavox, que luego la compró la EMI, y la CBS. Esta tenía un director muy bueno, le presenté la maqueta y le di un par de horas para que la escuchara y decidiera. Se la di, no me dijo nada, así que me fui. Y el de Hispavox dijo que estábamos en una montaña y teníamos que bajar al valle. Le dije: «Coño, el valle ya lo conozco ¿habrá mejores vistas que desde la montaña?» .Todo esto hablando en un sentido figurado. Al final nos cogió Gonzalo García Pelayo, que había creado un sello, Gong, dentro de Movieplay. Ellos nos publicaron y ganaron mucha pasta con nosotros, de la cual yo no vi tanta.

El LP El Patio salió un 14 de abril.

Pues ahora no recuerdo si eso fue intencionado o casualidad.

Para grabarlo tuvisteis que empeñaros.

Dije que lo pagaba yo, aunque estaba tieso, pero tenía más dinerito que mis compañeros. Firmé unas letras de cambio a treinta, sesenta y noventa. El director del banco se fio de mí. A partir de ahí, con el disco grabado, fueron los de Movieplay los que siguieron con el tema, pero no hicieron promoción ninguna. La promoción la hicimos nosotros tocando, saliendo a la carretera. E íbamos tocando por ahí tiesos, tiesos. Yo tenía algo, pero los demás estaban que… vamos. Repartíamos todo, porque si yo tenía un poquito más, pues compartía. Soy ateo, pero reparto, como decían los cristianos que había que hacer ¡a ver si lo hacen ellos!

La portada de Máximo Moreno, tanto de este como de los tres primeros discos, son inolvidables.

Máximo es de la generación del 69 en Sevilla. Un buen número en todos los indicativos, en la que había gran cantidad de literatos, músicos, artistas… y surgió sin más que las hiciera. Además, Máximo es hermano de Josele Moreno, de Los Payos. Es un pintor excelente, magnífico. Las portadas que nos hizo fueron una locura, al menos la de El Patio y la de Hijos del agobio son de una categoría…. Él siempre venía a Madrid y nos veía ensayar. Porque Triana es rock andaluz, pero se fundó en Madrid.

Pronto llenasteis la sala M&M de Madrid.

Ahí nos contrató el Mariscal Romero. Fue cuando empezamos a sorprender en Madrid. Tuvimos mucho apoyo del público. La gente se emocionó con nosotros y eso nos dio fuerza para seguir adelante. Porque ya a esas alturas teníamos familias y niños, teníamos que sacar Triana adelante más que nada porque no teníamos otra opción, no nos quedaba más remedio. Y nos costó mucho. El éxito nos llegó a base de esfuerzo, porque apoyo no tuvimos ninguno. Cuando empezamos a ver dineros sí, no salían todos los sellos, discográficas, editoriales, el interés de los medios… Pero antes, nada.

También tocasteis en Canet Rock.

Esa fue una experiencia magnífica. Era uno de los primeros festivales de España, así que llegamos allí, tomamos un cuartito de LSD, que yo al principio no quería, pero no sé cómo al final me lo tomé, y cuando estábamos tocando me sentía como si estuviera a veinte metros sobre el escenario. Miraba para abajo y decía: «¡Hostia!» .Y justo cuando estaba amaneciendo, tocamos «Luminosa mañana» y no veas la gente… Fíjate tú que coincidencia, saliendo el sol. Con la capacidad evocadora que tenía Jesús con su voz. Me lo pasé de la hostia.

Y en el Festival de Burgos.

De ese dijeron los periódicos «Ahí viene la cochambre» . Fíjate cómo eran. Recuerdo que tocamos a las cuatro de la mañana y hacía un frío… Nosotros seguimos con los festivales porque teníamos poder de convocatoria, así que también nos hicimos empresarios. Tocábamos y tocábamos, la gente se quedaba maravillada, y entonces el disco empezó ya por fin a funcionar de maravilla. Por el boca a boca, solo de vernos tocar en directo. Entonces la compañía, como ya teníamos alguna canción nueva, empezó a presionarnos para que grabáramos un disco cada año. Dijimos que no. Les contestamos: «El talento los comerciantes no lo sabéis medir, solo medís la pasta» . Siempre estuvimos en una pelea con las compañías de discos. Ahora esas cosas dan igual porque como no se venden discos…

¿Es cierto que en una fiesta grabasteis canciones con Camarón y se perdieron las cintas?

Si, las perdimos. Estuvo en mi casa de Madrid y, no recuerdo bien lo que pasó, pero o lo perdí, o grabé encima o me quitaron las cintas. Por mi casa pasaron los mejores artistas de España: toreros, músicos, pintores… A Camarón y a Paco de Lucía les gustó mucho Triana. Y a nosotros ellos. Para maestros, Paco. Eso sí que es imponente. Camarón y él estaban tocados por las divinidades. Cuando grabamos Hijos del agobio, Paco de Lucía apareció por el estudio y nos dijo que le gustaba mucho nuestro trabajo. Nos dio las gracias por nuestro sentimiento andaluz. Para nosotros, lo andaluz era lo primero, porque nosotros somos andaluces.

Aunque Andalucía no es nacionalista, ¿por qué? Porque no puede serlo. Porque por aquí ha pasado tanta gente que hacen de Andalucía un crisol de culturas. Andalucía ha unido a cantidad de gente de múltiples orígenes. En lo musical nuestras raíces vienen de la India, de Pakistán. Lo que tenemos, el flamenco, es lo más rico que hay en el mundo. Con sus cuarenta y tantos toques diferentes, que los puedes entrelazar entre ellos… Triana formó parte de la renovación de todo ese legado. Estamos reconocidos por mucha gente, gente de los que saben.

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Después del éxito de El Patio ¿cómo abordasteis la continuación de lo que se considera una obra maestra?

Nuestro segundo disco, Hijos del agobio, te lo digo desde fuera, es de los mejores discos que se han hecho. Y no lo hago, en serio, como un ejercicio de decir que me adoro y me quiero y no paro de darme besos. Creo que ese disco es una joya.

Esas canciones tenían un sentido acojonante. La gente se queda estupefacta porque la conexión con ellos fue bestial. Había tristeza, mucha tristeza, y algo de alegría. Supuso una renovación de la música española. El español estaba anclado en un rock de pacotilla, con las grandes excepciones, por supuesto, pero creo que nosotros dimos un cambio generacional con la música. Un avance. Ese fue el mérito: crear algo nuevo.

El título estaba cargado de significado.

Como todos los discos, se van haciendo a medida que surgen ideas, se va ensayando, se quitan unas cosas, se van poniendo otros… Pero este se hizo en un momento crucial para este país. Triana, con este LP, participó de alguna manera en esa nueva España que surgía en la Transición en la que afortunadamente no hubo sangre, fue algo ejemplar ¡a ver si se enteran los de ahora, que tienen cinco mil pavos al mes y no se ponen de acuerdo! ¿qué coño pasa? [la entrevista fue realizada la primera semana de septiembre de 2016].

El título del disco, Hijos del agobio, es lo que éramos nosotros, hijos del dolor, la generación de la posguerra. Crecimos sin podernos ni mover. Yo iba con mi novia por Sevilla, le daba un beso y venían los municipales gritando y querían llevarme a comisaría. Esto no lo habéis vivido. Esto hay que explicarlo, la gente tiene que saber lo que se ha sufrido en este país. España nunca ha estado mejor que ahora, a pesar de que estén dando la lata el Rajoy, el otro, Maroto y el de la moto.

La ilustración de portada, otra vez de Máximo, retrataba a toda la oligarquía franquista yéndose al infierno.

Evidente. Hasta había un tío de la CIA encerrado tras unas rejas. Era muy significativo del momento, condenábamos a la oligarquía franquista. Al infierno con ella. Bajaba el cardenal, el rey, Franco, la otra, la Franca, que está vestida como una bicha con unas tijeras para cortar una cinta de inauguración de esas. En total ¡todos al infierno!

El mensaje le llegó a mucha gente. En Vallecas te encontrabas unas pintadas y unos murales en las paredes con las letras del disco… «Quiero sentir algo que me huela a vida, que mi sangre corra loca de pasión». Eran los tiempos de la lucha antifranquista.

Una de las canciones más bonitas del disco es la dedicada al señor Troncoso ¿Quién era?

Caballero legionario… Era un aparcacoches alcohólico del Pozo Santo en Sevilla, que había sido legionario. Era un hombre muy singular, perdido, no encontraba su norte y había que ayudarlo. La canción la compuso Jesús de la Rosa y es una maravilla. Precisamente, ayer me la pusieron en el muro de Facebook y me la escuché de nuevo, se me pusieron los pelos… Volví a escuchar mis guitarras y la maravilla de voz cadenciosa de Jesús y eso me eleva, me pone la carne de gallina. Jesús me inspiraba, tío, era un menda que tenía un poderío artístico de cojones. Y, por supuesto, nunca lo abandoné, como hacen otros.

Vuestras giras fueron interminables. ¿Afectó eso a la calidad compositiva de las nuevas canciones?

Fuimos un grupo con capacidad de reinventarse e incluso de sorprendernos a nosotros mismos. Esto fluía. Estoy muy contento con lo que hicimos, pero me da pena que mis dos compañeros ya no estén. Ahora las nuevas generaciones se han dado cuenta del valor de nuestro legado y eso te da un subidón, pero siento pena por el otro lado. Es la vida.

¿Qué recuerdas de aquella época de giras?

No había infraestructura ninguna. Por no haber, no había ni mánager. Tuve que ir a Inglaterra un par de veces a comprar instrumentos porque aquí no los había. No veas luego qué paliza en la aduana, terminaba diciéndole al policía: «¿Quiere usted que le toque un poco?». El primero que trajo a España algo de material digno para lograr un sonido profesional era un valenciano que se llamaba Benavent. Nos fuimos a verle, tiesos como siempre, pero habíamos hecho dos galitas, firmamos unas letras y reunimos algo. Llegamos allí y Benavent nos cobraba cincuenta mil pesetas, cuando solo teníamos veinte mil. El tío no tragaba y entonces, nuestro secretario, el doctor Valera, hábil como Monipodio, dijo: «Tranquilos, que voy a ver al presidente del Valencia, que es amigo mío y le salen los billetes por las orejas». Nos quedamos esperando en una pensión y ¡coño! llegó con las treinta mil pelas que faltaban.

Se las dimos al valenciano y así empezamos a tener una puesta en escena presentable. Pillamos dos furgonetas, que ganaba más el de las furgonetas que Triana, fíjate, yo me ponía de técnico de sonido y así tiramos. Luego con el éxito empezaron a aparecer representantes, mánagers, llegaron los equipos de sonido modernos, etc… pero la vida de los músicos en España fue muy dura. Aparte, los bromistas. A nosotros una vez nos cortaron un cable y tuvimos que suspender. Luego, en Madrid, fue espectacular el concierto en el Parque de Atracciones. Metimos treinta y cinco mil personas. Tremendo. Estaba Sylvie Vartan, una francesa que era la mujer de Johnny Hallyday, llegó al camerino y dijo que no había visto una cosa así en su vida.

Sombra y luz cerró esa trilogía inicial de Triana.

Fue un trabajo intenso de búsqueda. Todo fue muy calculado. Ensayamos mucho porque sabíamos la responsabilidad que teníamos. Nos volvimos muy exigentes. Jesús el que más, pero los tres. Yo he compuesto muchos temas de Triana, pero no soy tan comercial, entre comillas, como Jesús. Ni tengo su voz. Mis canciones no eran para ponerlas en un single, pero tenían su valor como investigación de nuestras raíces y esencias para fusionarlas con el rock and roll. Me siento muy satisfecho de la labor que hice dentro del grupo.

Con el éxito también llegaron críticas en los medios. Dice Luis Clemente que criticaban la calidad del tercer disco periodistas que nunca hablaron del primero. También, que erais un grupo que se había vuelto más de Madrid que de Andalucía…

Había uno, Diego Costa, que me entraban ganas de preguntarle por qué se metía tanto con nosotros. Decía que las letras eran una mierda, nos daba una caña…. Y yo qué sé. Uno se dedica a componer lo mejor que puede y luego el público te dice si sí o si no. Hay muchas películas en la cartelera con unas críticas de la hostia y después no va ni dios. Lo de la crítica es un tema delicado. Al músico siempre le puede salir una canción mejor o peor, pero Triana, como grupo, siempre siguió fiel a sus principios fundamentales.

Con respecto a lo de Madrid ¡mentira! Jamás. Yo me he tirado veintidós años en Madrid y nunca he perdido mi identidad. A Madrid la adoro, me hizo ser mayor, me sentí en casa, la quiero a morir, lo único que pasa es que ya no voy, que hay mucha gente [risas]. Aquí, en Caños, contemplando el verde de la montaña y la mar oceánica comprenderás, querido, que a mis setenta y un años no voy a hacer la gilipollez de irme a la capital.

¿Qué opinas de tus compañeros dentro del rock andaluz, Smash, Cai, Imán, Guadalquivir, Alameda, Storm…?

Magníficos todos. Smash fueron los primeros. Hicieron una intentona muy loable, pero no calaba. Creo que no puedes sacar una vena gitana y luego cantarlo en inglés. La gente dice: ¡pues no! Pero son grandes compañeros a los que quiero muchísimo. Triana fue quien le puso la tarta y la guinda a todo esto del rock andaluz.

Sombra y luz vendió trescientas mil copias.

Del tirón. Triana siempre ha vendido discos y los sigue vendiendo, a pesar de la tecnología, que ya no se vende un puto disco. Solo los coleccionistas compran. Hoy precisamente le he firmado a un fan los tres primeros.

Después de este disco, rompisteis con Gonzalo García Pelayo, productor, y con Máximo Moreno, portadista.

Siempre fuimos dueños de nuestra música y sus progresiones, nunca tuvimos fronteras ni banderas. Pasaron una cantidad de músicos por nuestros discos impresionante. La ruptura con Gonzalo surgió porque la vida es como es. La producción del grupo la hacen muchos y el productor tiene que estar desde que empiezan los ensayos hasta que se acaban y en este caso no era así. Pero de todas maneras Gonzalo fue el abanderado de la nueva música andaluza y desde aquí, para él, todo mi respeto y cariño. La ruptura sucedió porque sucedió.

¿Os volvisteis más intimistas en vuestra música en lo sucesivo?

Hubo cambio, pero tendría que escuchar los discos para refrescar la memoria. En el cuarto disco cambiamos el estilo de las portadas, en la de Un encuentro aparecía un gato. Pero en ese disco la música seguía estando viva. Ahí está «Tu frialdad» para demostrarlo.

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El disco Un mal sueño coincidió con la llegada de la Movida madrileña y el cambio de mentalidad general…

Aquello me pareció fatal. Nosotros hablábamos de sentimientos, de aquello que conmueve al ser humano, de lo que hace poner el vello de punta, y de buenas a primeras surgió una gente cantando que se iba a comprar al supermercado un bote de Colón. ¿Pero esto qué es? Encima el Gobierno socialista apoyó todo eso. Antes de eso el movimiento andaluz tenía una presencia… fue un abandono. Nunca entendí eso de la Movida. No tiene sentido, salvo muy buenas excepciones como Radio Futura. Pero todo ese movimiento apoyado por los socialistas, con un tío puesto ahí, un pamplinas, para apoyar una música que no tiene sentido ni base ninguna… Encima, todavía lo apoyan. Después de todo lo que pasamos que de buenas a primeras todo lo inundase la Movida madrileña…

Vosotros hicisteis una canción disco, «Corre».

Eso fue Jesús, que hizo una tontería [risas]. ¡A mí no me gustaba nada!

En el sexto LP, Llegó el día, ¿cómo estaba la situación?

Fue un disco muy sentido y muy jodido. Había en algún tema una premonición de muerte. Repasa las letras y lo verás. Es un disco que no lo puedo escuchar, porque empiezo a llorar.

El accidente en el que murió Jesús ocurrió volviendo de un concierto…

Hubo unas inundaciones en Bilbao y actuamos sin cobrar, en unos conciertos benéficos, con Serrat, Derribos Arias, La Orquesta Mondragón… Siempre que tocábamos salíamos los últimos y ese día decidimos salir los primeros para poder irnos antes al día siguiente. Jesús tenía prisa. Me decía: «Vámonos, vámonos». Y yo: «Quillo, vamos a desayunar, que la noche anterior, con las copas y tal…». Pero él nada: «Venga, desayuna, yo salgo ya, te espero antes de llegar a Burgos».

En un semáforo me lo encontré, me dijo que era mi santo, que le tenía que invitar a un trozo de tarta y un cubata, yo le dije que no celebraba santos, pero que vale. Salimos, llegamos a un semáforo en ámbar, que yo pasé y seguí, y a él se le puso rojo y paró. Fue ahí, cuando salió de ese semáforo, que se encontró con una furgoneta que estaba dando la vuelta en mitad de la carretera. No había medianera ni nada de separación entre los carriles en aquellos tiempos. Lógicamente, estaba prohibido darse la vuelta ahí y, sin embargo, lo hizo. Ahí llegó Jesús y se pegó el trompazo. Yo no sabía nada, iba por delante. Fue terrible.

Un año antes, yo me había negado a ir en el coche si él iba conduciendo. Me salvé por eso. Soy buen conductor y con uno malo no voy a ningún lado. Le pego un grito y me bajo del coche aunque tenga que andar cuatrocientos kilómetros. En este caso, Jesús como persona era divino, pero como conductor, un desastre. Conducía mirando para un lado, distraído con todo… Aquel día, además, llevaba los teclados en la parte de atrás, sin agarrar, y le golpearon, lo que fue fatal. No sé por qué los llevaba ahí cuando había una furgoneta de la hostia para meter las cosas. Yo sí llevaba mi guitarra conmigo, pero en el maletero.

En el hospital no estaban preparados. Coincidieron una serie de factores que… ahora ya da igual, después de tantos años, sobre todo con él muerto, pero bueno. Yo sufrí muchísimo, tuve una depresión profunda y malvada. Me encerré en un estudio que tenía en Madrid, compuse veinte temas, estaba desesperado. Grabé dos discos con mi nombre y apellidos y acto seguido tomé la decisión de retirarme. Estaba quemado. Había terminado mi tiempo. Me di cuenta. Vendí lo que tenía, malvendí mejor dicho, yo siempre voy escapándome [hace un gesto y silba expresando que el dinero vuela] y me retiré.

Y vuelven Triana sin ti.

En su momento, fui al registro de la propiedad y registré el nombre de Triana al nombre de los tres. Como debe ser. Una familia tiene que repartir. Se registró el nombre, pasó el tiempo, todos felices, triunfando, todos para arriba… hasta que muere Jesús. Yo, como acabo de contar, dejé la música, pero Tele traicionó a Jesús y a mí poniéndole el nombre de Triana a un grupo que montó. Sentí que me había dado una puñalada, que no me había hecho sangre, pero dolía. Pero en fin, digamos que transigí, aunque esa deslealtad no me la esperaba. Hizo un grupo con cuatro mercenarios… El caso es que desgraciadamente Tele murió.

Pero entonces, lo que pasó fue que la viuda, al morirse, como heredó el nombre, pudo hacer lo que quería. Esto es como si la japonesa Yoko Ono, como tiene la herencia de John Lennon, decide montar otra vez los Beatles. Y ha habido gente que se lo ha comido con papas. Porque Triana son tres y mi guitarra no es la que hay ahí. Un menda y unos mercenarios están suplantando y usurpando a Triana y hay gente que se lo traga, es más, incluso los políticos.

Ha habido un caso este verano, el señor Espadas, que es alcalde de Sevilla, se conoce que no tiene ni idea, ni la persona que tiene puesta en cultura, que llegaron las velás de Triana de este año, en Sevilla, en mi barrio, y han contratado a los falsos Triana. Tócate los cojones.

Al señor Espadas le he mandado unas cuantas cartas a ver si se pone las pilas, porque no tiene ni idea. Ha hecho un agravio a Sevilla. Porque mire usted, el señor Alfredo Sánchez Monteseirín, antiguo alcalde de Sevilla, me entregó la medalla de oro de la ciudad de Sevilla en el año 2010. Señor Espadas, la persona que usted tiene en cultura es muy torpe. Pónganse las pilas culturalmente, que este país se sostiene por la cultura.

En el LP Tengo que marchar, tras la muerte de Jesús, pusiste música a maquetas que había dejado grabadas cantando.

Yo tenía un archivo de Jesús y para mí no se debe dejar oculta la obra de un artista. Hay que sacarla a la luz porque para eso se hace. Pero al principio hubo un lío con su viuda y luego nos estafaron al sacar el disco. En fin, los músicos no estamos preparados para los negocios. Lo único bueno fue que el material salió. Estaba grabado originalmente con una guitarrica muy primaria. Nos pusimos a grabar encima para levantar el sonido y no me lo pasé mal haciéndolo, la verdad.

En 1984 Tele y tú tuvisteis otro accidente de coche que pudo costaros la vida.

Sí, fue con Tele, yendo de Madrid a Villaviciosa. Él iba borracho como una cuba y menos mal que llevaba un coche nuevo, era un BMW. Volcamos, fue al poco tiempo de lo de Jesús. Cuando vi que no me había pasado nada, pero me encontré con Tele inconsciente, me dije: «Hostia, otra vez». Menos mal que no pasó nada. Pero después de morir Jesús murió Triana.

Ahora estoy en proceso para dejar mi dignidad y mi lealtad a los míos y dejar el legado como está. Que se le hagan homenajes a Triana, lo que uno quiera, pero que se llamen Triana, no. Jesús una vez en Granada, con mi representante delante, me dijo: «Si hay alguno que muere, prométeme que Triana muere». Le di dos besos y se lo prometí. Yo no puedo faltar a eso.

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Once (upon a time) libros sobre puentes

No es difícil encontrar volúmenes de divulgación que se enorgullecen de ofrecer 1000 fotografías de deportivos de alta gama o cientos de formas de preparar el chocolate o hasta decenas de peinados de perro, cuyas cifras de ventas sirven en todo caso como indicador de las inquietudes de nuestra sociedad. También es frecuente toparte con ejemplares de diferentes tamaños, formas y colores con el título Arquitectura que puede estar matizado con algún calificativo como “contemporánea”, “moderna”, “nueva” o “¡increíble!” —lo he llegado a ver con admiraciones—, que casi parecen el antetítulo de una saga de superhéroes de Marvel, y cuyas portadas no varían en exceso: cuanto menor es el precio más probable es que estén copadas por el Museo Guggenheim de Bilbao o por un rascacielos de nuevo cuño. En cambio, no sé por qué es tan complicado encontrar libros sobre puentes. En cada librería o departamento de gran superficie, o feria del libro nuevo o usado, pregunto esperanzado y generalmente recibo respuestas negativas e incluso, en ocasiones, sorprendentes:

—Puentes de qué (WAT).

—No, pero tengo libros de arquitectura (Diciéndolo como si ambas cosas fueran excluyentes).

—¿Y ortodoncias? (Humor de dentistas)

Puede que por esta sobredosis de rechazos, cuando me dicen que sí, que tienen un ejemplar que encaja con mi descripción, me lo compro como si me faltara la fe. Luego, claro, me despierto a la mañana siguiente y, al girarme en la cama, me encuentro con ese libro infame en la mesita y me arrepiento profundamente. Para que no pasen por ese trance bochornoso les ofrezco mi opinión sobre once libros que tratan sobre puentes en general, así están sobre aviso si se sienten tentados a comprarlos. No es una lista exhaustiva ni responde a ningún criterio académico, es simplemente la colección que tengo y que, tras mucha dedicación (y dinero), he ido juntando. Si vienen a decirme en los comentarios, por ejemplo, “pero cómo no has comprado el Brücken-Bridges de Fritz Leonhardt por correo”, les responderé amablemente que acepto donaciones económicas o en especie.

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Tierra sobre el agua TroyanoTítulo: Tierra sobre el agua. Visión histórica universal de los puentes

Autor: Leonardo Fernández Troyano

Editorial: Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos

Características de la edición: Dos tomos, unas 925 páginas en total; 25×24.5 cm.

Hijo de uno de los mejores ingenieros que ha dado este país, Carlos Fernández Casado, y profesor de Puentes en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid durante varios años, Fernández Troyano firma la que puede que sea la monografía más exhaustiva sobre esta temática editada en el mundo, recogiendo en torno a 1500 puentes de todo el planeta. Obviamente, no se reduce a una simple mención de cada una de ellos, sino que está estructurado por tipologías (atirantados, colgantes, arcos, etc.) conteniendo cada capítulo una introducción al funcionamiento estructural de las mismas, a través de ejemplos, y comenta su evolución a lo largo de la historia, parándose en cada una de ellas el tiempo preciso porque, tal y como nos dice el autor “tan importante es, en la historia de los puentes, el Salgina Tobel, un arco de hormigón armado de 90 metros de luz, como el Golden Gate, un puente colgante de 1280 metros de luz, que son casi coetáneos”.

Mi nota: IMPRESCINDIBLE.

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Puentes WellsTítulo: Puentes

Autor: Matthew Wells

Editorial: H Kliczkowski Onlybook

Características de la edición: Unas 190 páginas; 30×24 cm.

Imagino que si un amante de la música clásica, rebuscando ilusionado en la sección de arte de cualquier librería, se encuentra un ejemplar que trata de su temática favorita cuya portada está ilustrada con una foto de Luis Cobos, emprenda una revuelta y lidere un movimiento de desobediencia civil que, con el tiempo, llegue a sonar con fuerza para ser condecorado por el Parlamento Europeo. Los aficionados a los puentes, por nuestra parte, no tenemos el legendario carácter volcánico de los seguidores de, por ejemplo, la música barroca, por lo que ante una obra sobre puentes ilustrada con un calatrava, negamos simplemente con la cabeza con resignación y abrimos el libro con la esperanza que de que todo haya sido un error del editor, puesto que hay veces en las que el contenido se salva y otras no. Este es de los que no. No me gusta ni su formato ni su estilo de narración.

Mi nota: insuficiente.

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New Bridges AsensioTítulo: New bridges

Autor: Francisco Asensio Cerver

Editorial: Arco editorial

Características de la edición: unas 160 páginas; 24.5×32.5 cm; íntegramente en inglés.

A pesar de cargar con la rémora de una pasarela de Calatrava en la portada, es más llamativo que esta fotografía represente una estructura que después no está descrita en el interior. No obstante, el contenido es bastante bueno y comprende la descripción de 15 estructuras de los últimos 30 años, en las que el diseño, la ejecución o la novedad son sus aspectos más destacables. Además de contener fotografías de gran formato, está ilustrado con planos, croquis con fases de obra y detalles constructivos, que aportan bastante información sobre el proceso que llevó a la consecución de cada una de estas obras.

Mi nota: es bien.

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Caminos en el aire ArenasTítulo: Caminos en el aire. Los puentes

Autor: Juan José Arenas

Editorial: Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos

Características de la edición: Dos tomos, unas 1030 páginas en total; 17×24 cm.

No soy muy partidario de definir el gusto por la lectura de un texto largo como “filosofía de lo lento”. Es obvio que longitud y velocidad son dos magnitudes que están relacionadas, pero no tienen por qué transmitir la misma idea: infinidad de libros de 400 páginas se leen en una sentada y se olvidan en menos tiempo aún; por el contrario, existen relatos breves que se han de paladear, interpretar y diseccionar hasta el átomo para captar toda su esencia. Pero claro, luego hay casos en los que extensión y profundidad van de la mano, sin dejar por el camino el entretenimiento. Esta monumental obra de Juan José Arenas, la que tiene el carácter más narrativo de todas las que estamos reseñando, es una de ellas. Desde los primeros puentes de piedra hasta los más modernos de hormigón pretensado, se hace un repaso por su historia explicando someramente el funcionamiento estructural de todos ellos. Además, el autor reflexiona sobre las dudas, temores y alegrías que pudieron tener los diseñadores de los puentes que se describen, situaciones que conoce de primera mano ya que se ha visto en similares tesituras a lo largo de su exitosa carrera profesional.

Mi nota: un rotundo sí.

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Puentes del mundo LockeTítulo: Puentes del mundo

Autores: Tim y Anne Locke

Editorial: Tikal

Características de la edición: Unas 250 páginas, 21×22.5 cm.

Ejemplar bastante correcto para aquellos que no tengan mucha idea y quieran introducirse en el mundo de los puentes sin gastar un dineral (lo compré por menos de diez euros), realizando una primera toma de contacto con las tipologías, obras emblemáticas y autores destacados, aunque no esperen demasiada profundidad ni nada que no encuentren en la Wikipedia; y es que, para los iniciados, puede parecer un tomo de una enciclopedia juvenil.

Mi nota: la relación calidad-precio hace que ande más cerca del notable que del suficiente.

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Puentes DupreTítulo: Puentes

Autora: Judith Dupré

Editorial: Könneman

Características de la edición: Unas 130 páginas; 46.5×20 cm.

El libro comienza con una entrevista introductoria a Frank Gehry, lo cual me parece muy bien, el hombre tiene su prestigio (aunque se autoplagie), no digo que no, pero de puentes no es precisamente un especialista. Es como empezar un tratado sobre fútbol con una entrevista a Michael Jordan. Pero esta introducción no enturbia el contenido. Estructurado en capítulos donde se alternan descripciones de tipologías, catástrofes, puentes de guerra o puentes en el cine, con estudios a doble página de los 46 puentes que considera más destacados de la historia, ya sea por luz o por diseño. Este libro llama la atención en cualquier librería por su formato apaisado que potencia la horizontalidad de las estructuras, pudiendo contemplar con detalle el alzado sin perder la referencia de la luz, lo que me da una idea: ¿por qué no hacer desplegables en los libros de puentes? No creo que nadie lo confunda con una revista pornográfica.

Como curiosidad, este volumen se complementa con otra obra de Dupré (Rascacielos) con el mismo formato aunque intercambiando la base por la altura para poner en valor la verticalidad de las edificaciones.

Mi nota: solo desaconsejo su compra a los que sufran un trastorno obsesivo-compulsivo porque enloquecerán al no poder colocarlo en una estantería sin que desentone con el resto de su biblioteca.

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Puentes ManterolaTítulo: Puentes

Autor: Javier Manterola

Editorial: ETS de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid

Características de la edición: Seis tomos, en torno a 1300 páginas en total; 21×29.5 cm.

He elegido voluntariamente la portada más disuasoria de los seis volúmenes porque, si bien esta obra cuenta con introducciones descriptivas de las distintas tipologías de puentes donde se trata la evolución histórica de las mismas, el texto entra en profundidad en sus métodos de cálculo y fases constructivas, lo que es lógico puesto que son los apuntes de las clases que impartía Manterola en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid en la asignatura Puentes, de la que es catedrático. Si no me creen, fíjense en el título de algún subcapítulo: Armado de una losa en dos direcciones perpendiculares cuando estas no coinciden con las direcciones de los momentos principales o Relación arco-tablero bajo cargas transversales y excéntricas. Prosa fina, vamos.

Mi nota: si usted puede vivir tranquilo y dormir a pierna suelta sin saber, por ejemplo, qué formas existen de modelizar un tablero para su cálculo, este NO es su libro. El resto, que apoquine sin miedo los 120 euros que creo que cuesta la actual edición en dos volúmenes.

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Forma y tipo AguilóTítulo: Forma y tipo en el arte de construir puentes

Autor: Miguel Aguiló

Editorial: Abada Editores

Características de la edición: Unas 360 páginas; 16.5×23.5 cm.

El autor facilitó el primer borrador de este ensayo a especialistas en puentes como Javier Manterola y Julio Martínez Calzón, entre otros, para que diesen su opinión ya que, a pesar de que Aguiló es Doctor Ingeniero de Caminos, la orientación de este trabajo está en la línea de su cátedra (Arte y Estética de la Ingeniería). En este libro se analiza cómo a lo largo de la historia se han ido repitiendo formas y tipologías hasta que una serie de figuras insignes (Freyssinet, Roebling, Maillart, Torroja, Morandi, etc.) han ido un paso más allá de lo conocido dando lugar a obras emblemáticas. Me ha gustado especialmente el apartado “Formas creativas de innovación”, donde se tratan soluciones estructurales fuera de lo común. Por otra parte, resulta chocante que apenas contenga fotografías, sino que está ilustrado profusamente con dibujos de los puentes.

Mi nota: lo recomiendo, es muy interesante.

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Nuevos puentes RoigTítulo: Nuevos puentes. New bridges

Autor: Joan Roig

Editorial: Gustavo Gili

Características de la edición: Unas 190 páginas; 26×26 cm; bilingüe (español-inglés).

Roig es titulado en Arquitectura y, además de diseñador de puentes, es profesor de Proyectos en la Escuela de Arquitectura de Barcelona. Tal vez por deformación profesional este libro es diferente a la mayoría de trabajos sobre esta temática. El enfoque del análisis de los puentes se centra en aspectos digamos menos ingenieriles y más arquitectónicos, como nos insinúan los títulos de los capítulos en los que está articulado: Construcción y disciplina, Estructura y monumento, Ciudad y espacio público, Historia y metáfora. La propia portada es una declaración de intenciones: cuesta distinguir un puente en la fotografía, estando en primer plano su acceso y su conexión con el entorno, sin importar la luz del mismo (no se ve el estribo opuesto).

Mi nota: vale mucho la pena.

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Bridges TorresTítulo: Bridges

Autora: Martha Torres Arcila

Editorial: Atrium Group

Características de la edición: Unas 570 páginas; 14.5×19.5 cm; trilingüe (inglés, alemán y francés).

Creo que existe una versión en la que uno de los idiomas es el castellano, de lo que me enteré tras adquirir este ejemplar que no obstante se puede utilizar como una piedra de Rosetta para hablar de puentes. Las tres columnas correspondientes a cada traducción del texto restan descripción a las obras y estas, por motivos de espacio, son muy concretas y directas, sin florituras literarias, pero se compensa con una buena y extensa selección de puentes (calculo que unos 200… porque no hay índice y no me he puesto a contarlos) deteniéndose en ejemplos poco conocidos e ilustrados con bastantes fotografías y planos.

Mi nota: el reducido formato, que no permite apreciar suficientemente fotografías y croquis, la escasa descripción de las obras y la ausencia de índice, le baja la nota y por eso se queda en un suficiente.

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Bridges that changed the world GrafTítulo: Bridges that changed the world

Autor: Bernhard Graf

Editorial: Prestel

Características de la edición: Unas 130 páginas; 31×24.5 cm; íntegramente en inglés.

Este libro lo mencionamos tangencialmente en el nº 2 de Jot Down debido a que su título (puentes que cambiaron el mundo) acierta al incluir el puente del Alamillo, entre esas estructuras “revolucionarias”, aunque no por el motivo que el autor lo cita: una malísima solución estructural consiguió reconocimiento al manipular la percepción de la misma de obra civil a obra de arte. Y es que un libro sobre puentes que ensalza el Alamillo ha de cogerse con pinzas. Por si fuera poco, para echar más leña al fuego, la breve introducción se abre con una cita de Calatrava. Y los 51 puentes que están descritos con más ilusión que acierto. Puede que ya de entrada me haya predispuesto en su contra, pero no sé, algo bueno tengo puede tener. Hum… Las fotografías no están mal. Las tapas son duras. No sé qué más decir.

Mi nota: putamierda esto… no, en fin, que cada cual haga lo que quiera con su dinero.

Nota: las portadas de los libros están a la misma escala para poder apreciar las diferencias de tamaño.


Alfredo’s Barbacoa

C/ Lagasca 5, Madrid – 915 766 271

C/ Juan Hurtado de Mendoza 11, Madrid – 913 451 639

Las mejores hamburguesas de Madrid. Ese es el mantra recurrente cuando se menciona Alfredo’s Barbacoa. Una mayor que no negaría ni sometido a las más delicadas atenciones de la Inquisición, pero que trataré de matizar en este análisis llegado el momento.

Lo primero que ha de saber el amante de las calorías que desee adentrarse en el universo gastronómico de Alfredo es que, para conseguir mesa, debe reservar. Con mucha antelación. Quizá pidiendo ayuda a la NASA para que con sus superordenadores puedan cuadrar la agenda de un mortal con las demenciales listas de espera de sus dos locales. Al lector de provincias puede asombrarle que comer en una hamburguesería precise de reserva. Pero así con las cosas en Alfredo’s: es tal la fama de sus delicias que resulta menos desesperante conseguir cita con un especialista en el desastroso sistema de salud público madrileño. Tras muchas gestiones y el establecimiento de turnos de un equipo de Jot Down para llamar cansinamente a su local de la calle Lagasca, conseguimos una mesa el día y la hora que a ellos les dio la gana.

Adentrarse en el restaurante representa otra aventura: uno debe nadar entre el gentío que en la puerta se acumula para encontrar al camarero que se ocupa de las reservas, como quien buscara a don César Vidal en una manifestación profamilia contabilizada por la presidencia de la Comunidad de Madrid para fotografiarse con él haciendo cuernos con gesto solemne y presumir de ella en Facebook. Y más vale encontrarlo rápido (al camarero, no a don César), pues cualquier distracción puede resultar en que algún espabilado se adelante y termine comiendo a tu nombre. Se han dado casos. Alfredo, por cierto, posee otro local en la calle Juan Hurtado de Mendoza, pero a los efectos que nos interesan, esto es, los gastronómicos, no existe diferencia. Solo que ese otro local es más amplio y allí tenemos más posibilidades de encontrarlo a él, el gran hombre, ese neoyorkino que vino a Madrid a cebarnos, Alfredo. El hierofante de la carne, el sacerdote del colesterol, el mago de la hamburguesa, el ayatolá del rock and roll. Bueno, de esto último no. Una de las características de sus restaurantes, junto a una decoración de memorabilia norteamericana que podríamos situar justo al extremo contrario del concepto minimal, es la continua exhibición de vídeos musicales facturados por la industria country de Nashville. Garth Brooks, Debby Ryan, el padre de Hannah Montana… ya saben. Un country comercial, popero e infumable, que a los amantes de la música americana de raíces nos arrasa el ánimo como a un abonado al Auditorio Nacional la ejecución de las nueve sinfonías de Beethoven por la banda de cornetas y tambores de mi pueblo bajo la batuta de Luis Cobos. Para que se hagan una idea. A esto hay que sumarle el volumen absurdo del soniquete y la atronadora cacofonía del resto de comensales, quienes como buenos españoles no saben hablar de forma que no sea a grandes voces. Así que podríamos decir que comer en la barbacoa de Alfredo no es una experiencia sublime para todos los sentidos.

Pero vayamos al del gusto, y trataré de convencerles de que compensa. Una vez acomodados en la mesa, nos enfrentamos a la carta. Poca variedad, no nos vamos a engañar. Si de algo adolece Alfredo’s es de la escasa variedad y calidad que hallamos fuera de las hamburguesas. Como entrantes, nos encontramos sorprendidos con un buffet libre de ensaladas. Venimos aquí a endurecer nuestras arterias y esto es lo primero que vemos. No importa las veces que haya comido aquí, siempre que me topo con el sano color de las putas hortalizas experimento un arrebato de indignación. Pero indignación de verdad, justa y poderosa, de padre de familia castellano que golpea con el puño la mesa y suelta una fuerte interjección al ver en el telediario a la hora de comer que Bildu toma posesión de un ayuntamiento. Adormecido el trauma gracias a unas cuantas cervezas, podemos estudiar el resto de la carta. Los entrantes son típicos y de calidad mediocre: patatas fritas, aros de cebolla, mazorcas de maíz y la excepción: el chili. El chili de Alfredo es delicioso, pero entraña ciertos riesgos. Pedirlo es una apuesta a muerte que en mi círculo más cercano hemos dado en llamar la Ruleta Tex Mex. Y esto se debe a que su ingesta ofrece dos resultados: o no te pasa nada o te sienta como un tiro. Suave y ligero en boca, no muy picante —aunque esta apreciación es muy subjetiva y se la ofrece un sujeto acostumbrado desde su infancia a comer cosas que harían expeler fuego a una cabra por ambos extremos de su aparato digestivo—, con aromas complejos y afrutados a jugo de trementina y un retrogusto que evoca barricas de madera noble con una serpiente de cascabel muerta en el fondo. Su camino hasta el estómago deja una agradable calidez. Pero a partir de ahí se pueden torcer las cosas si no has tenido suerte. Horas después, en el recorrido por el tracto intestinal, se convierte en magma radiactivo que implica pasar una noche toledana en duras y largas negociaciones con el señor Roca, mientras con lágrimas en los ojos agitas el puño hacia el techo del cuarto de baño poniendo a Dios por testigo de que nunca volverás a comer chili. Quien seguramente te escucha descojonado, pues qué falsas promesas le vas a hacer a Él de las que no conozca el resultado.

Bien, una vez tomada la dura decisión de no arriesgarse —pues tenemos que escribir la crítica y no estamos para grandes emociones—, nos saltamos el chili y pedimos dos hamburguesas. Hablo en plural porque mi volumen corporal después de engullir así lo exige. La primera elección es la inexcusable: la superhamburguesa Alfredo’s, sencilla como mandan los cánones: carne, queso cheddar, bacon y salsa barbacoa. La segunda, la superhamburguesa BLT. Carne, tomate, lechuga y mayonesa. Aquí tenemos el primer argumento que podría desmontar la fama de las mejores hamburguesas de Madrid. El bocadillo en sí es simple y mediocre. Pan industrial, ningún ingrediente especial y la maldita lechuga iceberg. Qué menos podría hacer Alfredo que servir su carne entre dos panecillos artesanales, como hacen otras hamburgueserías delicatessen, y ponerte encima una colección de hierbajos con nombres inverosímiles como rúcula o canónigos, en lugar de ese trozo de cartón verde e insípido. Pero es en la carne donde está el secreto y habita la leyenda. Carne de cebón de calidad insuperable cocinada con amor en la barbacoa y al punto justo que solicites. Como amante de la carne, recomiendo pedirla en ese punto que exige la presencia de un picador y un banderillero que te la desbraven en la mesa antes de hincarle el diente. Para ser justos, hay que señalar otro de los puntos en los que se apoya la magia de Alfredo y que nos encontramos en la clásica y ortodoxa hamburguesa Alfredo’s: la salsa barbacoa. Receta secreta e inmutable a lo largo de los años, sospecho que uno de los ingredientes es heroína. Solo unas horas después de probarla experimentas temblores, sudores fríos, convulsiones y la certeza de que prostituirías a tus abuelas por tener un poco más de eso en la boca. O peor, que te prostituirías con abuelas. Se dice que muchos de los sujetos con aspecto enfermizo y cetrino que deambulan por los trenes de cercanías portando misteriosas bolsas de plástico que parecen contener batidos o bebidas dulces, pidiendo unas monedas, no mienten al explicar que lo que les den —la voluntad, por lo que más quieran— es para comer. Pero para comer salsa barbacoa de Alfredo.

Estos dos factores, la carne y la salsa, por encima de los handicaps que he enumerado, son los que convierten las hamburguesas de Alfredo en la experiencia única que son, el súmum de la gastronomía yanqui, el non plus ultra de la carne picada y la brasa, la poesía directa al paladar de este hombre que por no ser menos que Vallejo morirá en Brooklyn con aguacero. Porque morder una de sus hamburguesas es dejar pasar un trocito del paraíso en tu boca. Un viaje orgásmico que te obliga a dar gracias por estar vivo y por que la expresión sea una metáfora, pues si las papilas gustativas eyacularan podrías verte inmerso en una situación incómoda para tu heterosexualidad.

Tras esta experiencia, como quien se fumara un cigarro cogiendo fuerzas para la siguiente, solo resta desengrasar con un postre antes de pedir otras dos hamburguesas. Brownie con helado de vainilla o cookie gigante, ambos platos caseros, son las elecciones acertadas. El colofón necesario para quien no se atreva con la segunda ronda. Y ya podemos ir en paz.

Fotografía: Bárbara de Bragaza