¿Cuál es el mejor héroe o heroína de acción que nos ha dado la ficción?

Rambo ha vuelto, más viejo, más inflado y más pro-Trump que nunca. Tampoco es que se hubiese ido muy lejos porque ese Sylvester Stallone, que otrora poseía una encantadora mirada adormilada y un labio tonto, se ha tirado los últimos años haciendo el mercenario y paseando por la gran pantalla su nueva cara horneada por el botox. Pero Rambo: Last Blood parece andar más cerca del Kevin McCallister de Solo en casa que del molde de héroe de acción fantasioso donde se fraguó al personaje. Porque existe un arquetipo de guerrero popular de la ficción, esas estrellas de un cine de sudor, cervezas, one-liners ridículos, músculos en aceite de oliva, armas desproporcionadas y cadáveres de enemigos extranjeros apilándose en montañitas. El ejército de un solo hombre, un guerrero sobrehumano sin remordimientos y con una capacidad para autoregenerarse envidiable, el justiciero que entre las balaceras siempre tienen un hueco para los chascarrillos y la guasa. Alguien que ha nacido con la granada en la boca, la pistola bajo el sobaco y el cuchillo escondido entre los dedos del pie.

Existe la impresión de que ese tipo de personaje vivió su momento de gloria durante aquellos ochenta y noventa donde los cómics todavía no ejercían su dictadura en las taquillas. Pero los héroes de acción nacieron mucho antes y nunca han dejado de acompañarnos en los terrenos del cine y la televisión, reventando dientes, ametrallando vietnamitas, lanzando gritos de guerra, absorbiendo balas, ajusticiando punkis, conduciendo a través del postapocalipsis y, en general, molando mucho mientras convierten el genocidio en una carrera laboral. La encuesta de hoy es directa como un puñetazo en el morro: ¿cuál es el mejor héroe de acción que nos ha dado la ficción? El número de candidatos es enorme y sería eterno listar a todos los badasses de la historia, por eso mismo invitamos a los lectores a aprovechar la sección de comentarios para mencionar a los aspirantes ausentes que crean convenientes.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Rambo

John James Rambo nació en el mundo literario con la novela Primera sangre de David Morrell, pero sus guerras cinematográficas acabaron arrastrándole por terrenos alejados de los que tanteaba su aventura original. La que fuera sobre el papel una historia antibelicista se trasladó a la gran pantalla con bastante estilo de mano del mismísimo Stallone. Pero cuando el cine le perdonó la vida al protagonista (en el libro, Rambo la palmaba al final) y le envió hacia las secuelas con la bandana en la cabeza, la cosa degeneró hasta transformar al héroe traumatizado por la guerra de Vietman en una máquina de matar. A la larga, la fama de los films acabaron convirtiendo el nombre del personaje en sinónimo de übersoldado en el mundo real. Y en las últimas películas de la saga todas las sutilezas se quedaban en la puerta y el reparto al completo podía dividirse en dos equipos: «Rambo» por un lado, y aquellos que eran «Carne para Rambo» por otro.


Imperator Furiosa

El anuncio de una nueva entrega de la saga Mad Max pilló a la gente un poco desganada, el director George Miller ya sumaba setenta tacos, Mel Gibson no repetiría el papel a pesar de que parecía estar bastante mad y bastante max en la vida real, y en el fondo nadie se esperaba que una acción postapocalíptica llegase demasiado lejos hoy en día. Y al final, Mad Max: furia en la carretera no solo fue la hostia sino que además nos presentó a uno de los personajes más molones del cine de acción reciente, uno bautizado con uno de los mejores nombres de toda la historia: Imperator Furiosa, o Charlize Theron manca, cargada de mala hostia, con el melón engrasado y pisando el acelerador hasta hacerle sombra al propio protagonista de la franquicia.


Terminator

Tienes a Arnold Schwarzenegger, un actor austriaco que en esencia es una montaña de músculos que hablan como un robot, se mueven como un robot y actúan como un robot. Teniendo esto en cuenta, ¿qué es lo mejor que puedes hacer con él a la hora de ponerlo ante una cámara? Exacto, convertirlo en un bárbaro cimmerio o en su defecto en un androide T-800 enviado desde el futuro para aniquilar a gente, salvar a otra gente y conquistar nuestros corazones con su culo metálico. O cómo ensamblar una máquina asesina cinematográfica de la mejor manera, logrando que se encarame al estatus de leyenda al invertir su rol de villano a héroe entre las dos primeras (e indispensables) entregas y funcionando con la inercia de su carisma en el resto de (menos indispensables) secuelas. Por el camino, Terminator nos dejó una bonita colección de cadáveres, explosiones, hostias finas, frases lapidarias y réplicas que se han convertido en auténticos clásicos. «Sayonara, baby», «Necesito tu ropa, tus botas y tu motocicleta», «Díselo a la mano» o ese «Volveré» que iba completamente en serio: volvió durante el Día del juicio final pero también envuelto en un nuevo embalaje de T-850 durante La rebelión de las máquinas, en Génesis reapareció de nuevo (algo más ajado, eso sí) e incluso se presentó en la única película de la saga en la que Schwarzenegger no participaba (Terminator: Salvation) gracias a un doble de cuerpo con la cara tuneada a base de efectos digitales. Y en cuestión de semanas volverá de nuevo, porque Terminator: destino oscuro está asomando la patita a la vuelta de la esquina.


Harry el sucio

Prueba A: «Sé lo que estás pensando, si disparé las seis balas o solo cinco. La verdad es que con todo este ajetreo también yo he perdido la cuenta…»

Prueba B: «Anda, alégrame el día».


Ellen Ripley

Se encaró en bragas con un xenomorfo cabrón en Alien, el octavo pasajero. Se puso a los mandos de un robot para darse de hostias con una reina extraterrestre en Aliens: el regreso. Se sacrificó por todos nosotros en Alien 3 tras olerle el aliento al bichejo y hacer una parrillada con sus huevos. Y como no podía ser de otra manera, al cuarto día resucitó en forma de clon en Alien: resurrección. En el espacio nadie puede oír tus gritos, pero Ripley es la única heroína que nos merecemos.


Coronel James Braddock

Lo cierto es que en el caso de Chuck Norris (Carlos Ray Norris según su partida de nacimiento) la persona ha adquirido un aura más legendaria que sus propios personajes. El barbudo de Oklahoma sirvió en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, coleccionó trofeos en diversas competiciones de artes marciales y fundó su propia escuela de repartir galletas basándose en un estilo propio: el chun kuk do. Y después de todo eso se fue a guerrear al cine, Desaparecido en combate (una fotocopia ramplona de Acorralado) asentó esa imagen que tiene de hombre-ejército protagonizando películas chufa, xenófobas y tontorronas que proporcionaban una taquilla importante. Después llegarían Delta Force, Invasión USA, Hitman y Walker, Texas Ranger con la total certeza de que su público ya sabía a lo que venía. Pero lo icónico de la silueta de Norris se confirmaría durante la era digital, porque el soldado cinematográfico forjó el mito, pero internet supo pulirlo al convertirlo en la unidad de medida estándar con la que evaluar al héroe de acción, y lo hizo a base de toneladas de chistes: Chuck Norris no hace el pino, empuja la tierra para abajo. Chuck Norris es la razón por la que Wally se esconde. Chuck Norris pidió un Big Mac en el Burger King, y le dieron uno. Chuck Norris puede ganarte al cuatro en raya en tres movimientos. Porque no todo aquel que se enfrenta a Chuck Norris muere, algunos se alejan; esos son aquellos a los que llamamos astronautas.


John McClane

Jungla de cristal elaboró el modelo para el gran héroe de acción americano: un hombre que siempre está en el lugar equivocado en el momento equivocado, una ametralladora de one-liners ocurrentes, alguien que se arrastra muy jodido y muy magullado, pero que acaba saliendo adelante a las bravas, acribillando a un montón de terroristas mientras se queja de su exmujer. La clase de persona que te invita a una fiesta lanzándote un cadáver desde un rascacielos sobre el coche. El protagonista de la mejor película de Navidad posible, con permiso de Gremlins y Solo en casa. El puto John McClane. Yippee ki-yay, hijo de puta.


Snake Pliskeen

Snake Pliskeen (Kurt Russell) tiene el pack completo: chulería, un pasado en las Fuerzas de Operaciones Especiales de los Estados Unidos, chupa de cuero, parche en el ojo, voz de fumar duro y un nombre tan molón que lo mismo se lo toman prestado en Los Simpson que en la saga de videojuegos Metal Gear. Snake era alguien que no solo logró escapar de Nueva York y Los Ángeles (en esos futuros lejanos de 1997 y 2013, respectivamente) sino que además lo hizo surfeando un tsunami y acabó rematando sus aventuras estando tan de vuelta de todo como para que no le temblase el pulso en el momento de mandar al carajo todos los avances tecnológicos de la humanidad en los últimos quinientos años. «Bienvenidos a la raza humana».


Paul Kersey

A Charles Bronson le ocurre lo mismo que a Chuck Norris: el público ha acabado asimilando que en sus roles siempre interpreta al mismo personaje por mucho que las historias lo bauticen de manera diferente. La franquicia Death Wish (cuyos títulos en castellano nos dieron dolores de cabeza al presentarse, en orden, como El justiciero de la ciudad, Yo soy la justicia, El justiciero de la noche, Yo soy la justicia II y El rostro de la muerte) convirtió a Paul Kersey en icono de la venganza y al actor en estrella cuando ya acumulaba más de cincuenta primaveras, estableciendo en el imaginario popular su figura como la del pistolero que reparte justicia por sus santos cojones. Cara de banquero con mala hostia que votaría a Vox, pistolón en el pantalón y habitando un mundo de delincuencia hiperbólica. Lo mejor de todo es que su pasión por la vendetta es capaz de superar los límites de sus propias películas: en El justiciero de la ciudad, un desconocido Jeff Goldblum asesinó a su mujer y violó a su hija. Dos años después, en otra cinta no relacionada llamada El temerario Ives, a Bronson le tocó partirle los morros a un Godlblum que interpretaba a otro sicario random diferente.


Xena

En los noventa televisivos, a la hora de hablar de aventuras fantásticas, o eras hooligan de Hércules/Kevin Sorbo o lo eras de Xena/Lucy Lawless, los dos aventureros que trotaban por los mismos mundos fantásticos hostiando a todo el reparto de criaturas mitológicas griegas, revolcándose en anacronismos y enfrentándose a un CGI prehistórico que resultaba doloroso para las córneas. A la hora de elegir cuál de los dos irradiaba más carisma, la cosa estaba clara: uno era un chulillo pecho lobo y la otra tenía grito de guerra molón y un disco volador (el chakram) a modo de arma. El futuro acabaría dándole la razón a los Xenabelievers: Kevin Sorbo ha participado en Casi 300, dirige películas cristianas infumables y vota a Donald Trump porque según dice «Jesucristo hubiera votado a Trump». Entretanto, Lucy Lawless se ha aliado con Ash para patear culos demoniacos en Ash vs Evil Dead. No hay color.


Bryan Mills

A Liam Neeson le salió bien lo de reinventarse como héroe de acción gracias la ocurrencia de Luc Besson de convertirlo en un exagente de la CIA que agujereaba secuestradores albaneses. El problema fue que después de tres venganzas a los malos les quedaban pocos familiares del personaje que raptar o asesinar para tocarle las narices. Pero el hombre pudo superarlo aliándose con el catalán Jaume Collet-Serra y protagonizando una nueva sartenada de pelis (Sin identidad, Non-Stop, Run All Night, El pasajero) donde poner de nuevo cara de cagar duro y liarse a tiros. Y si existiese alguna duda sobre el material en el que está moldeado Neeson, basta con preguntar a Keegan-Michael Key y a Jordan Peele qué opinan de todo esto, porque esos dos lo tienen muy clarito.


John Wick

Keanu Reeves se convirtió en estrella de acción hace ya bastante tiempo, a base de domar un autobús explosivo y de esquivar plomo en universos para frikis informáticos amigos de engullir pastillas. Pero ha sido su reciente encarnación en John Wick la que realmente lo ha definido como una superestrella de los tiroteos y la acción chiflada. La película llegó de puntillas (en España ni siquiera se estrenó en cines) para enseñarnos que el amor entre un hombre y su perrito puede medirse en la cantidad de cadáveres que acumula el primero a la hora de vengar al segundo. A setenta y siete tíos se cargó en pantalla el bueno de Wick en su primera peli, a ciento veintiocho en la secuela y a noventa y cuatro más en el tercer capítulo. No está nada mal para el Ted de Las alucinantes aventuras de Bill y Ted.


Foxy Brown

A la blaxplotation setentera en el diccionario por «sutileza» no le venía nada. Y por eso mismo, no se cortó ni un pelo en explotar el físico de Pam Grier para demostrar que la mujer, además de los ovarios, también tenía las curvas bien puestas. En Foxy Brown la heroína se hacía pasar por prostituta para vengar el asesinato de su novio, y los modos y la saña que se gastaba contra los malosos logra que a su vera, los arquetipos clásicos de Rambos y Terminators parezcan monjitas de clausura.


Frank Martin

Jason Statham se estrenó en el mundillo audiovisual de la peor manera, bailando con un slip de leopardo en un videoclip ridículo. Después llegó un francés, Luc Besson de nuevo, y lo sentó en la saga The Transporter, desde donde se abrió camino repartiendo guantazos hasta convertirse en una gran estrella del cine de acción Hollywodiense (algo que logró repitiendo siempre el mismo papel). Destacó también por ser capaz de seguir la senda de Bruce Willis a la hora de convertirse en un estandarte de la dignidad alopécica masculina, porque los calvos también pueden ser tíos buenos. Y como además de porte, el tío tiene carisma, en sagas como Fast & Furious ha pasado de ejercer de villano a protagonista, de manera inexplicable para el guion si tenemos en cuenta que se coló en dicha franquicia asesinando a un miembro de la tropa principal.


Shaft

Otra blaxpotation, quizás la madre de todas y curiosamente nacida a partir de un personaje de novelas pulp escrito por un blanco, Ernest Tidyman. Una película que se anunciaba con una frase promocional impagable: «Está más bueno que Bond, mola más que Bullit». Shaft era tan negro que su nombre solo podía ser entonado en la banda sonora por Isaac Hayes, tan negro como para que una de sus secuelas fuese Shaft en África, tan negro como para mear alquitrán y que su descendencia directa fuese otro inquieto badass: Samuel L. Jackson, el hombre que mejor pronuncia la palaba «motherfucker» en una pantalla grande.


Rama

Si The Raid fue El padrino de las hostias, el Ciudadano Kane de los sopapos y la cima de años de indonesios dejándose los dientes delante de una pantalla, entonces no es demasiado arriesgado asegurar que The Raid 2 fue algo así como todo lo anterior en patinete y elevado a once. Y en el centro del huracán, Rama (Iko Uwais) deslomándose frente a la cámara para que nos doliese cada torta como nos la hubiésemos merendado nosotros.


Jason Bourne

Bourne se gestó en los ochenta, en un libro que dio pie a una saga con catorce secuelas. En la pantalla Matt Damon se vistió con su pellejo en cinco de las seis películas de la franquicia (Jeremy Renner protagonizó una El legado de Bourne en donde Bourne ni siquiera asomaba la cabeza) y demostró que a la hora de repartir hostias en las distancias cortas nadie era más práctico que él: lo mismo te daba una paliza con una revista, o te dejaba hecho un Cristo con un boli Bic, que te noqueaba con un libro de tapa dura y una toalla de baño.



El síndrome de Boba Fett

Stranger Things. Imagen: Netflix.

Stranger Things

Tras la fiebre por Stranger Things, la serie cimentada en la nostalgia de referentes añejos que todo el mundo quería de antemano que le gustase (aquí nos divirtió tanto como para desearle que no insistiese en una segunda vuelta), el fenómeno fan desenrolló su costado creativo y publicó en internet decenas de pósteres alternativos, camisetas majas, ilustraciones notables y un montón de pantallazos de juegos que no existieron nunca donde se reimaginaba el show en formato de ocho y dieciséis bits, como aventuras gráficas point’n click, rolazos o un arcade de tollinas firmado por el escultor del píxel Johan Vinet. Entre tanta riada de inventiva fandom una de las ocurrencias más simpáticas fue un falso cartel sobre la desaparición de una chica llamada Barb, un personaje menor de la serie. El aviso rezaba lo siguiente:

Desaparecida.

A su madre no le importa que haya desaparecido, nuestros amigos suponen que está estudiando en la biblioteca y yo ando demasiado ocupada con mi novio. Pero está desaparecida desde hace algún tiempo, así que supongo que va siendo hora de empezar a buscarla.

Conduce un Volkswagen, tiene el pelo rojo, gafas rojas y un vestuario que despierta simpatía.

Responde al nombre de Barb.

El papelito incluía unas tiras para arrancar que sustituían la clásica información de contacto por frases como «¿A quién le importa?» «¿Barb quién?» «Amo a Steve» o «Bla bla bla Barb». Y aunque no se especificaba en ningún sitio, cualquier espectador de la serie deducía que el texto simulaba haber sido redactado por Nancy, una de las principales protagonistas. Y más de uno entendía que la broma hacía cierta justicia a Barb, Barbara Holland, un personaje secundario que a pesar de no tener demasiada presencia a lo largo de la historia (promocionaba a merienda durante los primeros episodios) se convirtió en uno de los favoritos del público. Un éxito entre la audiencia que se debía probablemente a lo amable de su personalidad por un lado y a su llamativa presencia física por otro: pelirroja, pecosa, con gafas de nerd, vestuario inusual y un físico que pasaba olímpicamente de los estándares típicos de belleza televisivos, algo que desgraciadamente solo pueden permitirse los personajes secundarios. Se trataba de un rol desagradecido, porque en el fondo para el guion era más un mecanismo narrativo que una persona, pero se convirtió en el dark horse de la serie, el Boba Fett de Stranger Things.

El síndrome de Boba Fett

En la saga Star Wars Boba Fett era un cazarrecompensas espacial que aparecía en El Imperio contraataca con un par de líneas de diálogo, armadura fardona y pintas de futuro villano. Luego llegó El retorno del Jedi y Boba Fett la palmó de la manera más gilipollas posible cuando Han Solo lo mandó por accidente al estómago de un bicharraco del desierto. Es probable que en un principio George Lucas considerase que la vida útil del personaje acababa ahí mismo, pero los fans se encandilaron del misterioso cazarrecompensas de manera inexplicable y el director tomó nota de ello. Fett acabó protagonizando decenas de aventuras en ese universo expandido de Star Wars que se desplegaba entre libros, series y videojuegos. Nuevas aventuras donde se intentaba moldear la personalidad de Fett, en ocasiones provocando contradicciones entre las diferentes historias, y también explicar unos orígenes sobre los que nunca se pusieron de acuerdo los diferentes autores de los libros, hasta el punto de tener que justificar oficialmente el desmadre asegurando que Fett se inventaba los faroles en torno a su leyenda.

Entre las páginas el cazarrecompensas tuvo una vida muchísimo más completa y emocionante que entre los fotogramas: los cómics lo salvaron de morir permitiéndole escapar del monstruo del desierto y la literatura le metió en líos persiguiendo el culo de Han Solo, lo ascendió a líder de los mandalorianos (originarios del planeta Mandalore, un lugar que ni siquiera se mencionaba en las películas) y lo emparejó convirtiéndolo primero en padre de familia y después en viudo perseguido por una hija que planeaba vengar la muerte de su madre. Tramas enrevesadas con la pinta de culebrón barato galáctico tan clásica de Star Wars: en un momento dado Fett descubría que su mujer no estaba muerta sino congelada en carbonita.

El Imperio contraataca. Imagen: Disney.

Viendo el éxito entre la audiencia, Lucas reinventó el papel de Boba Fett en el cine y lo añadió fugazmente a La guerra de las galaxias aprovechando el estreno de una versión remasterizada. Después utilizó las precuelas para convertirlo a la fuerza en uno de los personajes principales del universo Star Wars: en la trama de la nueva trilogía sus genes clonados fueron la base de las contiendas de la película. Lucas declaró en alguna ocasión que de haber sabido que Boba Fett iba a tener tantos fans hubiese rodado una muerte más espectacular en su momento. Jonathan Rizler, historiador de Star Wars, juraría años más tarde que Lucas le había confirmado que Fett sobrevivía a El retorno del Jedi.

Boba Fett era un caso extraordinario de cadáver resucitado por las lágrimas de los fans. Un personaje cuyo creador no creía que fuese a generar la más mínima de las atenciones que acababa siendo moldeado por culpa del público. Un caballo oscuro por el que nadie había apostado en un principio.

Apostar por el dark horse

Dark horse es el término con el que se denomina en las apuestas ecuestres a ese caballo que no conoce ni dios y acaba ganando la carrera. Boba Fett es probablemente el ejemplo de caballo oscuro más famoso y su fama ha provocado que los fans demanden, de manera incansable durante décadas, un film o un videojuego protagonizado exclusivamente por el personaje. La Barb de Stranger Things tenía alma de dark horse incluso dentro de la ficción: en la trama ni la policía, ni sus amigos (exceptuando a Nancy) ni su propia madre se interesaban demasiado por la chica. A la audiencia le ocurría lo contrario: a todo el mundo parecía caerle bien.  

Bob The Goon en Batman. Imagen: Warner Bros.

El Batman de Tim Burton incluía en el equipo enemigo a un sicario que no destacaba por nada en especial más allá de llevar sombrero. Se trataba de Bob, apodado cariñosamente Bob The Goon, un secundario poco carismático, nada agraciado y que acababa siendo eliminado por el Joker de manera absurda, un personaje que a pesar de todo se convirtió en favorito del público. Años más tarde la frase que le dedicaba Jack Nicholson a Bob en Batman, «You are my number one, guy», inspiraría el estribillo del tema «Ready For the Floor» de Hot Chip (en un videoclip que incluía cosplay de Joker). Lo más curioso fue lo premonitorio de la remesa de juguetes que acompañaron de salida al film, porque solo se produjeron tres muñecos de acción: el de Batman, el de Joker y el de Bob. Aterriza como puedas encumbró a un personaje menor llamado Johnny a base de tonterías. En The Rocky Horror Picture Show el público se enamoró del personaje de Columbia y su voz aguda. Zara (Katie McGrath) en Jurassic World se ganó la condescendencia de los espectadores al morir estableciendo un récord: ser devorada dos veces por dos criaturas prehistóricas diferentes. En la misma película también brilló el «hombre margarita», el tío que se preocupaba de salvar un par de margaritas durante el ataque de los dinosaurios, un extra que tenía dos segundos en pantalla y un guiño fabuloso a sus espaldas: estaba interpretado por Jimmy Buffet, el músico famoso por «Margaritaville». Mad Max: furia en la carretera tenía clarísimo que el más pálido era el caballo más oscuro y Nux ya iba en cabeza para ocupar el puesto mucho antes de gritar «What a day! What a lovely day!».

Inicialmente Sylar (Zachary Quinto) la palmaba durante el desenlace de la primera temporada de Héroes, pero el villano gozó de tanta popularidad entre los fans como para que los guionistas le arrojasen el salvavidas. Horton tenía a una secundaria, con una sola frase y una presencia total en pantalla de poco más de un minuto, que conquistó corazones por culpa de esto. Frank Oz explicó con símiles de volumen como concibió el carácter de algunos de sus Muppets: la cerdita Peggy era un personaje de tres dimensiones, el oso Fozzie tenía dos y Animal cero. Este último, un personaje cafre y gritón cuya mayor virtud era saber aporrear una batería, se convirtió en uno de los favoritos del público y por extensión de la cultura pop. En Power Rangers los personajes de Bulk y Skull que ejercían de alivio cómico, villanos Hacendado y embajadores de la vergüenza ajena, gozaron de un abultado grupo de seguidores. Por Scrubs cabalgaron unos cuantos caballos oscuros, algunos de los cuales amenazaron con convertirse en algo importante desde el primer capítulo, pero el más gracioso y autoconsciente fue el interno Snoop Dogg, un personaje que nació como un chiste de una línea y con el tiempo escaló en la jerarquía evolucionando a residente Snoop Dogg y posteriormente a asistente Snoop Dogg.

Hedonismbot en Futurama. Imagen: FOX

En ciertas ocasiones era posible avistar rebaños enteros de dark horses. Ocurría en aquellos programas donde casi todos los secundarios ofrecían potencial suficiente como para promocionar a estrellas. En Futurama la figura obvia era Zoidberg, pero el show atesoraba una hilera de personajes dignos de culto: el hipnosapo, los integrantes de la robo-mafia, Calculón, Zapp Brannigann, este robot de aquí, el presentador de telediarios Morbo, URL el robot policía, el pequeño Tim, el robot diablo o aquel Santa Claus psicópata. Mordisquitos también podría ser considerado un caballo oscuro, aunque su transformación de mascota a personaje indispensable estaba premeditada por los guionistas. Y Scruffy Scruffington, el conserje bigotudo aficionado al porno, comenzó a aparecer con más frecuencia en la serie solo porque era reverenciado por una horda de internautas. En Padre de familia personajes como el pollo gigante, la Muerte o el mono malvado eran gags fugaces sin demasiado futuro pero acabaron convertidos en secundarios recurrentes. Hora de aventuras gozaba de un reparto de no-protagonistas de los que era demasiado fácil encariñarse: Marceline pasó de secundaria a coprotagonizar capítulos, y otros personajes como la Princesa del Espacio Bultos, el Señor Magdalena, BMO, Trompi, Gunter, Roltas, Linch, Ricardio, la Princesa Llama, el Mayordomo Menta o el Conde Limoncio se ganaron simpatías variadas. En realidad, en Hora de aventuras todo el reparto era carne de merchandishing: ojo a la línea de juguetes para McDonald’s donde más de la mitad de personajes son secundarios del programa. Un caso especial era el de Marshall Lee, la versión masculina de Marceline en los capítulos donde el género de los personajes estaba invertido, porque apareció sin decir una palabra y se convirtió en una obsesión de los fans.

Ha nacido una estrella

Gru, mi villano favorito, llegó acompañado de una tropa de esbirros amarillos que, tras dos películas haciendo de sherpas, acabaron protagonizaron su propio largometraje y arrasando en los cines gracias a una bestial campaña publicitaria. Su película, Los minions, resultó mucho más taquillera que Gru, mi villano favorito o su secuela, y los amarillos se convirtieron en el ejemplo más rentable de una práctica común en el cine de animación, la de convertir a los papeles menores más graciosos en estrellas: los pingüinos que actuaban en segundo plano en las entregas de Madagascar acabaron teniendo película propia (Los pingüinos de Madagascar) y los porrazos de la ardirrata Scrat que salteaban las películas de Ice Age fueron tan festejados que el personaje ganó minutos de metraje en cada secuela, protagonizó sus propios cortometrajes y se convirtió en la mascota oficial del estudio de animación Blue Sky.

Jesús Quintana (John Turturro) en El gran Lebowski era un dark horse relativo porque, aunque su personaje apenas ocupaba cinco minutos del metraje, estaba claro que sería diana del fenómeno fan entrando en escena de aquella manera tan perversa como espectacular. El reflejo de su éxito es la alegría con la que ha sido recibida la idea de repescar al personaje hoy en día (dieciocho años después de su aparición) para protagonizar Going Places, una historia ajena a la trama de Lebowski y dirigida por el propio Turturro donde Quintana compite contra un ladronzuelo (Bobby Cannavale) en la aventura de proporcionarle el primer orgasmo a una mujer (Audrey Tatou).

Jesús Quintana en El gran Lebowski. Imagen: Gramercy Pictures.

Los roedores de laboratorio Pinky y Cerebro nacieron como secundarios de la serie Animaniacs, pero su insistencia por conquistar el mundo a través de planes disparatados acabó convirtiéndolos en predilectos de los espectadores y otorgándoles serie propia (Pinky y Cerebro). Aguantaron por su cuenta bastante bien durante cuatro temporadas, hasta que los productores, que consideraban que la serie tenía un humor demasiado adulto, tomaron la peor decisión posible e impusieron a su propio dark horse con el fin de infantilizar el programa: agarraron a un personaje de Tiny Toons, Elvira (Elmyra en el original), que ni siquiera caía bien entre los fans, y lo colaron en el universo de los ratones reinventando la serie como Pinky, Elmyra y Cerebro. El nuevo show era más tontorrón y la audiencia le enseñó las espaldas: tan solo se emitieron cinco episodios antes de que alguien optase por esconderlo en un armario.

Reese Wilkerson (Justin Berfield) sisó tanto protagonismo en Malcom que en algunos capítulos el personaje que daba título a la serie parecía estar de visita. Barney en Cómo conocí a vuestra madre acabó acaparando tramas para sí mismo. En la longeva Días felices el personaje de Arthur Fonzarelli (conocido en la ficción como the Fonz o Fonzie) que interpretaba Henry Winkler empezó como secundario, pasó a vivir junto a uno de los protagonistas y acabó convertido en estrella total a niveles disparatados: cuando los guionistas consideraron bonito enfatizar la lectura entre los espectadores más jóvenes metieron a Fonzie en una biblioteca con la excusa de ojear un libro y en el mundo real la demanda de carnets de biblioteca aumentó a lo bestia, en Milwaukee se construyó una estatua de bronce en honor al personaje y en una ocasión un adolescente que planeaba suicidarse telefoneó al estudio para «hablar con Fonzie» y acabar recibiendo los consejos de Winkler. Los ejecutivos consideraron cambiar el título de la serie a Los días felices de Fonzie, o Fonzie y el propio Henry Winkler, agobiado por la celebridad del personaje y su condición de salvavidas del show, rechazó protagonizar un spin-off. Fonzie fue también el protagonista uno de los momentos más recordados de la televisión americana: la extravagante secuencia de brinco sobre escualo que instauró la expresión «Jumping the shark» para indicar el momento en el que una serie había perdido el rumbo.

El caso de Johnny Depp es especial porque el hombre funciona como un caballo oscuro que intenta camuflarse con neones. Piratas del Caribe se insinuaba protagonizada por una Keira Knightley acompañada de un Orlando Bloom que venía de El Señor de los Anillos y a quien querían transmutar en un nuevo Errol Flynn. Pero el personaje de Jack Sparrow, interpretado por Depp como un pirata rockstar con mucha línea improvisada, usurpó todo el protagonismo hasta el punto de que en las secuelas Knightley y Bloom pasaban a segundo plano o directamente desaparecían. Los responsables eran conscientes de esto aunque intentaran disimularlo y Depp era un dark horse con alevosía, tanto como para que la operación se exportase a otras películas donde el actor podía pasear nuevo armario y maquillaje extravagante: la Alicia en el país de las maravillas que rodó con Burton se promocionaba anunciando a su Sombrerero Loco y olvidándose de la Alicia del título. Y en El Lanero Solitario el propio Llanero Solitario parecía ejercer de side-kick del personaje de Depp, un indio llamado Toro que se distinguía de Jack Sparrow gracias a llevar un pájaro reseco en la cabeza.

Steve Urkel es el Alfa y el Omega de todos los Boba Fetts posibles. Una criatura concebida en la comedia Cosas de casa, la serie que nació como un spin-off de Primos lejanos cuando la cadena ABC decidió agarrar al personaje de Harriette, la ascensorista del periódico donde trabajaban Larry Appleton y Balki Bartokomous, y construir una sitcom alrededor de ella y su matrimonio con Carl Winslow.

El objetivo de Cosas de casa era atrapar a audiencia negra a través de las aventuras de una familia afroamericana, pero el show entró renqueando en la programación televisiva y sus episodios iniciales no lograron pescar buenas audiencias. Hasta que apareció el personaje de Urkel, un secundario (interpretado por Jaleel White) de voz chillona, pantalones de cintura incierta, tirantes y todos los defectos del estereotipo nerd multiplicados de cara a la comedia. Durante el rodaje de aquel capítulo donde Urkel entraba en escena el público en directo enloqueció con lo desmadrado del personaje y cuando el episodio se emitió por televisión ocurrió lo mismo en los hogares estadounidenses. Los ejecutivos intuyeron una gallina a punto de convertirse en un surtidor de oro y comenzaron a reescribir capítulos, tramas e incluso reimaginar la cabecera para asentar a Urkel en el programa. En el episodio posterior a su aparición el personaje ya se había convertido en vecino de los Winslow para dar más juego a los guiones. La sitcom sobrevivió arrasando en audiencia gracias a la realineación y aquel personaje cargante que comenzó como un secundario casual acabó convertido en protagonista absoluto con el paso de las temporadas.

Llegados a cierto punto los episodios comenzaron a saltar el tiburón con doble tirabuzón y los guionistas convirtieron el disparate en norma y a Urkel en científico loco: sus inventos le permitieron crear clones de sí mismo o juguetear con el ADN para mutar en un doble de Bruce Lee o en un gigoló llamado Steffan Urquelle, aparecieron en escena muñecos diabólicos, se abrazó la destrucción a gran escala y la serie se convirtió en una impresora de dinero para la cadena ABC. Urkel se apuntaló como icono de los noventa y la cultura pop tuvo que dejarse meter mano: se coló a modo de cameo en Padres forzosos y Paso a paso, tuvo sus propios cereales e incluso participó en un vídeo educativo sobre cómo se forman las leyes junto a un caballero llamado Bill Clinton y un puñado de secundarios con cara de políticos como Robert Dole, Tom Foley o Cleo Fields que como actores de comedia tenían un futuro demasiado incierto.


El wéstern: notas sobre un género difunto

Escena de Centauros del desierto. Imagen Warner Bros. Pictures.
Escena de Centauros del desierto. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Aunque periódicamente algunos cineastas vuelven la mirada hacia el género norteamericano por excelencia, sin lugar a dudas el wéstern murió tiroteado por el siglo XX. Se agradecen, no obstante, briosos intentos de reanimación tales como los de Joel y Ethan Coen en su personal y respetuoso remake de Valor de Ley (2010) o el emotivo tributo al género de Tommy Lee Jones, en funciones de actor y director, en Deuda de honor (2014). Más controvertida es la exhumación reciente de Quentin Tarantino del wéstern. Si en Django desencadenado (2012) logró pergeñar un delirante, hilarante, violento y abigarrado alegato antirracista, en la interminable Los odiosos ocho (2015) confirma su capacidad para la verborrea incesante y la demencia visual más plúmbeas e insufribles.

En cualquier caso, este retorno a los añejos paisajes naturales, los revólveres raudos, el fantasmagórico acecho de los indios, el tintineo de espuelas, las cantinas y sus tragos contundentes y ásperos, el rítmico y majestuoso cabalgar de los caballos y un lejano etcétera polvoriento nos recuerda que una vez existió un universo (geográfico/temporal/iconográfico) creado justo cuando la realidad se convertía en leyenda mitológica. Así lo certificó el crítico André Bazin: «El wéstern es el encuentro de una mitología con un medio de expresión».

Por su parte, el historiador George-Albert Astre, en su canónico Universo del wéstern, escribe: «El wéstern es una de las pasiones contemporáneas más universales. Los innumerables amantes del cine del Oeste en todo el mundo encuentran en él la materialización de una sorprendente mitología, el desarrollo más o menos suntuoso, más o menos esotérico, de un cierto ceremonial: la celebración de una fiesta ritual en la que se consume, en el reencuentro con la libertad de los grandes espacios, una visión irrisoria de las civilizaciones occidentales».

Y el crítico y guionista Ángel Fernández Santos, en el memorable ensayo Más Allá del Oeste, señala el componente ritual del género:

El cine del Oeste expulsa hacia sus contempladores una impresión de equivalencia con algunas ceremonias sociales muy arraigadas. Esto quiere decir que, desde hace casi un siglo, forma parte de la memoria cotidiana de multitudes humanas, como cualquier ritual de convivencia. Al igual que en estos rituales, en el wéstern, la repetición de un patrón ceremonial preexistente no solo excluye la sensación de variedad, sino que la presupone, ya que la identidad reiterada de cada filme es una parte esencial de su originalidad, una singularidad tanto más difícil de alcanzar cuanto más vulnerables son las leyes a que ha de sujetarse.

Leyenda, mito y ceremonia. El wéstern es a una nación bisoña como la estadounidense lo mismo que La Iliada La Eneida a la cultura grecolatina; los poemas épicos medievales, el ciclo artúrico y las novelas de caballería a la sociedad europea: la necesidad de construir un territorio imaginario y fantástico que, de alguna manera, respete una señas de identidad históricas y comunes.

De esta manera, al marco físico reconocible (a pesar de que en ocasiones se presente de manera abstracta) se une una galería de personajes aferrada al imaginario colectivo y con trasunto real: Wyatt Earp, Doc Holliday, Pat Garrett, Billy the Kid, Buffalo Bill, Wild Bill Hickok, Calamity Jane, Jesse y Frank James, Butch Cassidy, Sundance Kid, los jefes indios Gerónimo, Toro Sentado y Cochise… Asimismo, las coordenadas del género definen unos arquetipos y delimitan el desarrollo recurrente de las narraciones: los duelos entre pistoleros justicieros y su némesis encarnada por bandidos despiadados, la lucha de los colonos por establecerse en el salvaje Far West, la aventura de pioneros y buscadores de oro y prosperidad, las refriegas con las tribus indias o los conflictos entre ganaderos y agricultores. Así pues, a partir de la simplicidad de una literatura de quiosco avant la lettre (Zane Grey o James Fenimore Cooper) por una parte, y de todo un arsenal de relatos legendarios por otra, las películas del Oeste se convirtieron en uno de los géneros más populares de un arte eminentemente popular.

scena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.
Escena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Prueba de ello es que algunos de los estudios apostaron por la producción en cadena de wésterns y, desde los inicios de la industria, un buen número de cineastas se apuntó al pelotón de los especialistas en el género. De los pioneros más audaces, influyentes y brillantes cabe mencionar a John FordRaoul WalshWilliam WellmanCecil B. De MilleAllan Dwan, King Vidor y Howard Hawks.

De igual manera, encontramos a unos actores que supieron encarnar el espíritu del género gracias a unas características físicas y a cierto rictus fatalista acordes con la estética del Far WestJohn WayneJames StewartHenry FondaGary CooperGregory PeckRobert MitchumRichard Widmark y Randolph Scott, principalmente.

Pese a su aparente encorsetamiento, la permeabilidad temática y genérica del wéstern es notable. Amoldado a sus anchuras advertimos la presencia del (melo)drama, la comedia, el thriller, la aventura o el relato gótico. También resulta significativa su capacidad de transmutarse, influir e incluso retroalimentarse. Por ejemplo, Easy Rider (1969) y el subgénero de las buddy movies no dejan de ser wésterns contemporáneo a la manera de Dos cabalgan juntos (1961); Taxi Driver (1976) está concebido como un wéstern urbano con reconocido homenaje a Ford; la saga Mad Max debe al género tanto su iconografía del pistolero errante y abismal como la vibrante planificación de las persecuciones.

Por otra parte, la fascinación por los filmes del Oeste marcó el ciclo samurái de Akira Kurosawa, quien a su vez fue fuente de inspiración para Hollywood. De esta manera, John Sturges versionó Los siete samuráis (1954) con Los Siete Magníficos (1960), mientras que Martin Ritt adaptó Rashomon (1950) en Cuatro confesiones (1964). También la aparición del spaghetti western supuso un revulsivo para la iconografía del género, que se tornó, más si cabe, descarnada, árida, lacónica y letal. A este respecto, la composición de los pistoleros fantasmagóricos de Clint Eastwood debe mucho al «hombre sin nombre» de la trilogía del dólar de Sergio Leone. Personalmente, considero que la única contribución de Leone al wéstern fue esa deuda que Eastwood contrajo con él.

Nacimiento de la épica

El wéstern, en sus primeros balbuceos fílmicos, aparece como documento descriptivo de la vida en el Oeste. Desde 1894 y 1903, las casas de filmación Edison y Biograph realizan una sesentena de filminas documentales que servirán de base al posterior desarrollo y consolidación del género. En cualquier caso, Asalto y robo de un tren (1903), dirigida por el periodista Edwin S. Porter, se considera el primer wéstern de la historia del cine. Porter narra el asalto a un tren, la persecución de los atracadores y la refriega armada entre bandidos y representantes de la ley. Con este simple esquema argumental, las bases genéricas están asentadas. Sin embargo, el crítico Quim Casas, en el ensayo descriptivo El wéstern, subraya la aportación trascendental de Thomas H. Ince:

Incansable e intratable durante el período comprendido entre 1910 y 1925, Ince supervisó o dirigió personalmente cerca de ochocientas películas de distintos formatos, un buen porcentaje de ellas dedicadas al wéstern y ambientadas, por lo general, en la época de los pioneros, colonos y buscadores de oro (…) La capacidad de trabajo de Ince y sus rapidísimos métodos de rodaje le llevarían a construir en solitario uno de los mosaicos wésternianos más complejos de la era silente, apoyado en una poética del paisaje que crearía escuela. Hacia 1913 concibió, con el actor William S. Hart, el personaje de Río Jim, un cowboy de rostro y maneras monolíticos que hizo frente a los otros dos actores emblemáticos del género en esa época de aprendizaje, Gilbert M. Anderson (…) y Tom Mix (un auténtico ranger de Texas que antes de aparecer en una pantalla capturando bandidos ya los había detenido en su trabajo cotidiano).

Escena de El caballo de hierro. Imagen: Fox.
Escena de El caballo de hierro. Imagen: Fox.

A esta producción pertinaz de wésterns en serie hay que añadirle los cánones narrativos establecidos por David W. Griffith en El nacimiento de una nación (1914). En esta gran producción, que contó con la presencia de John Ford como figurante y de Raoul Walsh como asesino de Lincoln, Griffith marca las pautas sintácticas características del lenguaje cinematográfico clásico y abre las vías para la solidificación del género.

De esta manera, en las décadas de los veinte y treinta del pasado siglo, la industria se afana en la realización de wésterns épicos, epopeyas enmarcadas en paisajes naturales y con el punto de mira argumental centrado en las vicisitudes de pioneros y colonos. La caravana de Oregón (1923), de James Cruze, El caballo de hierro (1924), de Ford, La gran jornada (1930), de Walsh, Cimarron (1931), de Wesley Ruggles, o Unión Pacífico (1939), de De Mille, son ejemplos de la construcción afanosa de la sociedad moderna. Al mismo tiempo, la figura prototípica del pistolero se iba moldeando en espacios fronterizos, silvestres y propicios a la violencia. Gary Cooper en El virginiano (1929), de Victor Fleming, y Fred MacMurray en The Texas Rangers (1936), de King Vidor, demuestran el auge de jinetes justicieros de gatillo precoz. Sin embargo, será el maestro Ford quien, mediante la encarnadura aportada por John Wayne, cree al primer pistolero inolvidable con el Ringo Kidd de La diligencia (1939), además de revolucionar el género con este film, inspirando e influenciando a infinidad de cineastas.

Escena de La diligencia. Imagen: United Artists.
Escena de La diligencia. Imagen: United Artists.

La consciencia del wéstern

Salvo en el apartado de la serie B, la Segunda Guerra Mundial conllevó un cierto relajamiento de la producción de films del Oeste. Entre los principales motivos no es el menor el hecho de que la industria se pusiera en pie de guerra propagandística priorizando historias que sirvieran de acicate a la moral de la población estadounidense. Como excepción, William A. Wellman rodó The Ox-Box Incident (1943), sobresaliente crítica a la infame masa cobarde y, como también había hecho Fritz Lang en Furia (1939), alegato en contra de la ley de Lynch.

Después de la guerra, el wéstern se vuelve más reflexivo, dúctil y consciente de sus patrones y posibilidades expresivas. En cierta manera, la contienda bélica oscureció la visión de la violencia y sus trágicas consecuencias. Esta nueva perspectiva sombría y con unas coordenadas morales mucho más ambiguas se aprecia en la mayor parte de los wésterns de Anthony Mann —Winchester’73 (1950), La puerta del diablo (1950), Colorado Jim (1953), El hombre de Laramie (1955), Cazador de forajidos (1957) o El hombre del oeste (1958), de Ford Pasión de los fuertes (1946), Fort Apache (1948), La legión invencible (1949), Centauros del desierto (1956) y El hombre que mató a Liberty Valance (1962) o en Río Rojo (1948), de Hawks.

Escena de El hombre que mató a Liberty Valance. Imagen: Paramount Pictures.
Escena de El hombre que mató a Liberty Valance. Imagen: Paramount Pictures.

Al mismo tiempo, la llamada generación de la violencia aportó un reflejo virulento de la misma a través de relatos heterogéneos que además insuflaron aires renovadores y enérgicos. En este punto cabe mencionar algunas de las aportaciones al género de Sam Fuller —I shoot Jesse James (1949), Yuma (1957), Forty Guns (1957)Richard Fleischer Arena (1953), Bandido (1956), Duelo en el barro (1959)Don Siegel Duelo en Silver Creek (1952), Estrella de fuego (1960), Dos mulas y una mujer (1969), El último pistolero (1976)Richard Brooks La última caza (1956), Los profesionales (1966) y Muerde la bala (1975)Robert Aldrich Apache (1954), Veracruz (1954), El último atardecer (1961), La venganza de Ulzana (1972).

El género, pues, experimentó una transformación que paulatinamente lo alejaba del primitivismo original. Es así como el wéstern reviste análisis psicológicos, tórridos romances y velada crítica social. Para esta nueva fase del género, los franceses (¡cómo no!) acuñaron el término superwésternSolo ante el peligro (1952), de Fred ZinnemannRaíces profundas (1953), de George StevensJohnny Guitar (1954), de Nicholas RayHorizontes de grandeza (1958), de William Wyler, entre otras.

Por otra parte, acorde con la realidad social norteamericana, el wéstern aborda la revisión sobre la colonización y sus efectos sobre la población indígena. La comprensión del otro marca filmes como las citadas Flecha rota y Apache, El último combate (1964)de Ford, o el panfleto progre Pequeño gran hombre (1970), de Arthur Penn. La mala conciencia no es ajena a la consciencia.

Escena de Pequeño Gran Hombre. Imagen: 20th Century Fox.
Escena de Pequeño Gran Hombre. Imagen: 20th Century Fox.

La belleza sanguínea del atardecer

En los sesenta, los grandes pioneros del género sufrían la (pre)jubilación forzosa. Los tiempos estaban cambiando y el wéstern empezó a adoptar un rictus nostálgico, cuando no anacrónico. Los directores Andrew Victor McLaglen (hijo del actor fordiano Victor McLaglen) y Burt Kennedy (guionista de Bud Boetticher) intentaron con buena voluntad volver a galvanizar el ajado lejano Oeste. Pero las intenciones honestas no iban acompañadas del talento necesario. Sin embargo, ahí estaba un tipo para iniciar la tarea de demolición del mito: Sam Peckinpah, quien junto al David Miller de Los valientes andan solos (1962), inaugura el crepúsculo irremisible del wéstern con Duelo en la alta sierra (1962). Tiroteará implacablemente al género en Grupo salvaje (1969), La balada de Cable Hogue (1970) y Pat Garrett y Billy The Kid (1973). Y pese a que el wéstern todavía atraía a cineastas (muchas veces alejados de su lenguaje e iconografía) tales como Sydney Pollack en Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972), Michael Cimino en La puerta del cielo (1980), Lawrence Kasdan en Silverado (1985) y Wyatt Earp (1993) o Kevin Costner en Bailando con lobos (1990), fue el heredero de los viejos y curtidos clásicos quien disparó la última bala. Clint Eastwood en Sin perdón (1992).

A veces, sin embargo, el espectro del wéstern (re)aparece y nos devuelve aquel nimbado universo legendario. La última vez lo hizo en pantalla pequeña. Con las tres temporadas de la monumental Deadwood (2004-06).

Escena de Deadwood. Imagen: HBO.
Escena de Deadwood. Imagen: HBO.

Veinticinco wésterns para quitarse el stetson

Advertencia: como suele suceder en este tipo de cribas, no están todos los que son pero son todos los que están. La lista, además, y pese a pretender una panorámica amplia y razonable, es personal e intransferible. Manda la entraña.

La diligencia (1939), de John Ford

Con La diligencia, el wéstern llega a su mayoría de edad. Partiendo del relato Bola de Sebo de Guy de Maupassant, Ford inaugura la madurez del género y deja su rúbrica indeleble. La cámara abalanzándose sobre John Wayne para encuadrar al mítico pistolero o la frenética persecución de la tribu india marcan un antes y un después en el wéstern, la filmografía de Ford y la carrera de Wayne.

Dodge, ciudad sin ley (1939), de Michael Curtiz

Pura artesanía del aplicado Curtiz. Este film sobresale en la producción seriada de wésterns por armonizar buena parte de los elementos iconográficos y temáticos del lejano Oeste. La llegada del ferrocarril a tierras inhóspitas, las grandes esperanzas, la construcción de núcleos urbanos como base de la civilización moderna, los nobles pistoleros y los malvados outlaw.

El forastero (1940), de William Wyler

Wyler aportó sentido y sensibilidad, una mirada reposada y reflexiva que le vino bien al wéstern. En este caso, el cowboy Gary Cooper encarna la ecuanimidad enfrentada a la arbitrariedad atrabiliaria y prevaricadora del legendario juez Roy Bean.

Murieron con las botas puestas (1941), de Raoul Walsh

Errol Flynn moldea a un Custer campechano, simpático y extravagante. A su medida. Según parece, en realidad el general fue un botarate inconsciente en toda regla. Walsh exhibe su maestría en las escenas de acción a campo abierto. Aunque los hechos no ocurrieron tal y como los narra el film, para un servidor la batalla de Little Bighorn siempre será la de Murieron con las botas puestas.

Duelo al sol (1946), de King Vidor

El productor David O. Selznick y el director consiguieron fraguar la historia de un triángulo amoroso fatal con trasfondo bíblico. Entre el pasmarote Joseph Cotten y un turbio y retorcido Gregory Peck, la ígnea morenaza Jennifer Jones lo tiene clarísimo, vamos. Ardores de bajo vientre, humedades caliginosas y amor fou entre rocas impávidas. Junto a Pradera sin ley (1955), el mejor wéstern de Vidor.

Cielo amarillo (1948), de William A. Wellman

Espectral, oscuro y desasosegante, Cielo amarillo parte de una historia del escritor W. R. Burnett que narra la escapada a través del desierto de unos forajidos hasta llegar a un pueblo fantasma. Tintes góticos y siniestros para uno de los wésterns más insólitos, misteriosos y magnéticos.

Winchester 73 (1950), de Anthony Mann

Casi como MacGuffin, el robo de un rifle (bien pudiera ser la caza de una ballena blanca) sirve para trenzar una historia errante y aventurera. Stewart compone un personaje que se repetirá en sus siguientes trabajos con Mann: un tipo obcecado, persistente en sus fijaciones y con un contorno moral difuso.

Flecha rota (1950), de Delmer Daves

Primerizo film de la tendencia pacificadora. El jefe Cochise y su tribu dejan de ser una masa amenazante y presta siempre a la batalla. Toman la palabra y tienen sus razones. También su corazón.

Encubridora (1952), de Fritz Lang

El rancho Chuck-a-Luck bien pudiera estar ubicado en Shangai, habida cuenta de que su propietaria es Marlene Dietrich. Un joven llega al tugurio repleto de delincuentes en busca de venganza. Entonces Dietrich, seductora y malévola, se marca el «Get away, young men», y el pipiolo vengativo queda hecho un flan. Una obra maestra heterodoxa.

Raíces profundas, (1953), de George Stevens

El superwéstern por excelencia. A lomos de un inmaculado corcel (tan blanco como el del Cid) llega de la nada un pistolero misterioso (tal es la potencia visual del film que la suspensión de la incredulidad incluso es capaz de pasar por alto el protagonismo del bajo Alan Ladd) que, cual ángel guardián, socorrerá a la población atemorizada y chantajeada por los matones locales. Stevens demuestra su prestante pericia en la plasmación hiperrealista de la violencia. Memorables peleas a puñetazo limpio sin los amaneramientos coreográficos tan en boga en el cine de acción actual.

Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray

Lírica, tórrida, sublime. El romanticismo de Ray en todo su fulgor. Faltan líneas para enumerar sus virtudes y transcribir sus diálogos sin desperdicio. Valga, por lo menos, la mención a la célebre escena de «miénteme»:

Johnny: ¿A cuántos hombres has olvidado?
Vienna: A tantos como mujeres tú has amado.

Ya le gustaría a Tarantino.

Centauros del desierto (1956), de John Ford

Para muchos, entre los que me incluyo, Centauros del desierto no es únicamente el mejor wéstern, sino que es la película (léase en mayúsculas enfáticas). La odisea de un hombre en busca de su sobrina (en verdad, su hija) esconde un abismo obsesivo de odio y venganza. Solo John Wayne podía arrastrar los pies y contonearse lentamente hacia el yermo olvido final. Solo Ford podía filmarlo con tanta dignidad, emoción y belleza.

Seven men from Now (1956), de Bud Boetticher

Otra de las sobresalientes historias de venganzas del wéstern. Seven men from Now pertenece al ciclo Ranown Cycle, en referencia a la productora Ranown, que fundó el actor Randolph Scott. Scott y Boetticher colaboraron en siete filmes de bajo presupuesto pero altísima calidad. El perspicaz Bazin era un enamorado de esta película.

El tren de las 3.10 (1957), de Delmer Daves

Howard Hawks consideraba que el sheriff de Solo ante el peligro (1952) era un llorica y carecía de ética profesional. Siguiendo las reservas del maestro, me inclino por El tren de las 3.10 como representación de la corriente psicológica. Angustiosa espera y congoja general ante la inminente llegada de los bandidos.

Forty Guns (1957), de Sam Fuller

Escrita, producida y dirigida por Fuller, Forty Guns supone uno de los filmes más personales y sugestivos de la filmografía del cineasta. Enérgica, expeditiva, original y con algún toque barroco en su planificación marca de la casa.

Río Bravo (1959), de Howard Hawks

El maestro de la profesionalidad y la camaradería trasladó su concepción del trabajo bien hecho en equipo al wéstern. Después de este film (que versionaría con variantes en 1966 con El Dorado y en 1970 con Río Lobo), mil veces hemos visto en pantalla a un grupo atrincherado y defendiéndose de todo tipo de ataques. Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976) de John Carpenter tal vez sea el homenaje más rendido a Río Bravo.

El hombre de las pistolas de oro (1959), de Edward Dmytryk

La ciudad de Warlock sirve de escenario a una historia de amistad, viejos rencores, antagonismo y redención. Violencia contenida, verbalizada y finalmente resuelta a balazos. En la tensión confrontada de primeros planos se masca la tragedia, que diría un radiofonista futbolero.

El hombre que mató a Liberty Valance (1962), de John Ford

Enésima y última lección insuperable de Ford. Tanto es así que algunos la consideran su mejor obra. Por encima de Centauros… En todo caso, el ocaso del género se inicia con el asesinato de Liberty Valance. Y un apotegma a manera de epítome: «Cuando la realidad se convierte en leyenda, imprimimos la leyenda».

Los profesionales (1966), de Richard Brooks

Desencantados, cínicos, achacosos y con la melancolía corroyéndoles las miradas. Así son estos profesionales que no por ello dejan de hacer bien su trabajo. Brooks firma un wéstern de supervivientes incapaces de tomarse en serio ni a sí mismos. Saben demasiado sobre las derrotas de la vida.

El póker de la muerte (1968), de Henry Hathaway

Como en La noche del cazador, Mitchum interpreta a un predicador atípico en este no menos atípico film del eficaz artesano Hathaway. Mezcla de thriller, suspense, policiaco, El póker de la muerte gira en torno a una mesa de juego y el asesinato de los jugadores. Agatha Christie con sombrero stetson y revólver al cinto.

La balada de Cable Hogue (1970), de Sam Peckinpah

Un año después de Grupo Salvaje, Peckinpah rodó este canto triste a un pasado perdido. El público esperaba tiroteos a mansalva y se encontró con esta lúcida balada sobre el desarraigo de un hombre que se refugia en el amor de una prostituta (¡cuántas putas en la vida y en el cine de Peckinpah!). Nada acompaña a la épica, sino más bien a una aceptación resignada de su pérdida y a la añoranza de tiempos míticos (y mitificados) en los que esta era posible.

El día de los tramposos (1970), de Joseph L. Mankiewicz

Trampantojo, farsa de pícaros, comedia dramática, charada. Mankiewicz finge filmar/firmar un wéstern, pero en realidad está rodando otra cosa. El día de los tramposos no es un wéstern. ¡Qué más da! Es un Mankiewicz, y por lo tanto, merece la inclusión en cualquier lista de los mejores.

El juez de la horca (1972), de John Huston

Tal vez no sea un wéstern tan bien construido como Los que no perdonan (1960). Tal vez adolezca de arritmias y caídas de interés, digresiones deshilachadas y cierta desidia formal. Sin embargo le tengo mucho cariño a este excéntrico Roy Bean escu(l)pido por Newman. Como el propio Huston, el juez hace lo que le da la real gana.

La venganza de Ulzana (1972), de Robert Aldrich

Tras Apache y Veracruz, el dúo Lancaster/Aldrich se despide del wéstern con un film que es más mirada al pasado que recreación del presente. La última misión antes de la jubilación merecida está filmada con sabiduría provecta y un escepticismo acumulado con los años al galope persiguiendo indios. Reflexiva y crepuscular.

Sin perdón (1992), de Clint Eastwood.

El último clavo del ataúd. La obra maestra solitaria y final. Otra vuelta de tuerca al discurso fordiano de El hombre que mató a Liberty Valance. La realidad que esconde la leyenda es profundamente sucia, desagradable y soez. El mejor tirador no es el más rápido y audaz, sino el que tiene sangre ofidia e instintos criminales. Eso sí, paciente lector: si ha pensado en decorar su pocilga con el cadáver del amigo de William Munny, le recomiendo que consiga un revólver y olvide los escrúpulos a la hora de apretar el gatillo.

Escena de Johnny guitar. Imagen: Republic Pictures.
Escena de Johnny guitar. Imagen: Republic Pictures.


Siga a ese coche

Por encima de todas las fantasías de la ficción existen dos cosas que el cine nos ha hecho desear que ocurrieran con más frecuencia en la vida real: la primera es el saxofón sensual de fondo el momento de ayuntar, y la segunda son las oportunidades para escupir mohosas frases hechas. Pulsar un botón junto a un «Cancele todos mis compromisos», interrumpir a desconocidos con un «No he podido evitar escuchar su conversación», cortar por lo sano con un «¡No hay tiempo para explicaciones!», alarmar al recinto con «¿Algún médico en la sala?» y subir a un taxi ordenando un «Siga a ese coche» para contemplar desde el asiento del copiloto cómo el caos absoluto se desencadena sobre el asfalto.

Los derrapes, los stunts imposibles, los saltos extremos y las huidas al límite lucen muy bien a través de una cámara de cine. Hollywood lo sabe y por eso lleva años suministrando de material a las chatarrerías americanas, Kollywood también lo sabe y hace de las suyas destrozando amortiguadores en blockbusters demenciales. Santiago Segura lo tiene claro y su idea de meter acción en sus gamberradas tira por lo práctico y vistoso: las persecuciones. Alguien dijo que lo único potable de Matrix reloaded era aquel tiroteo excesivo en la autoestopista pero revisitarlo hoy da la impresión, por culpa del ritmo y de tanto FX cantarín, de que nació condenado a ser una de esas cosas que sufrirán una vejez espantosa. Y mientras tanto maniobras temerarias como las de Punto límite: cero siguen asombrando más de cuarenta años después.

Persecuciones, trucos imposibles, saltos osados, derrapes eternos y cualquier cosa protagonizada por vehículos, con o sin ruedas, que invite al espectáculo a toda velocidad. Y ahora es el momento de vomitar la mohosa frase hecha: «Abróchense los cinturones».

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BullitLa madre de todas las escenas con coche

bullit

Bullit es el abuelo que sentó las bases, el que paró los pies a un Steve McQueen que quiso rodar sus escenas de riesgo y cambió de idea rápidamente tras las primeras galletas al volante, el que sentenció que lo verdaderamente espectacular era la conducción milimétrica y el que demostró al mundo que San Francisco y sus cuestas inhumanas son el mejor escenario para perder un par de tapacubos haciendo el cabra.

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El hombre de la pistola de oroAstro spiral jump

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Esta es buena: tienes una película de Bond con Roger Moore tan mala como para compadecerte de ella y darle palmaditas en la espalda cada vez que pasa cerca, y resulta que lo más destacable de todo su metraje es un espectacular truco al volante, el astro spiral jump, en el que un AMC Hornet gira 360 grados durante un salto para aterrizar dulcemente sin ayuda de efectos especiales. ¿Cómo puedes estropear la proeza? Añadiéndole en la postproducción un silbidito de dibujo animado. Bajad el volumen de los altavoces, no os hagáis eso.

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Death proofZoë sobre el capó y la persecución final

deathproof

De la mitad de Grindhouse que correspondía a Quentin Tarantino la gente suele recordar el brutal choque multicámara, sobre todo por lo de ese lozano jamón botando por la carretera. Pero estaba claro que si la segunda parte de su metraje había reclutado a la especialista de cine Zoë Bell para uno de los papeles protagonista era porque le reservaba un acto para lucirse, uno que la situaba sobre el capó aguantando embestidas. La persecución final, en la que las chicas reclamaban la sangre de Kurt Russell, también era portentosa.

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El quinto elementoFuga futurista

elquintoelemento

Tienes a Jean Paul Gaultier vistiéndote al reparto, a Mila Jovovich como un ser divino llamado Leeloominaï Lekatariba Lamina-Tchaï Ekbat De Sebat y a Bruce Willis salvando el universo porque los americanos prefieren las caras de casa en lugar de al Jean Reno que tiene en mente director. Y te marcas unas carreras con coches voladores, una licencia de taxista, tres tipos de idiomas (el divino, el con tacos y el sin tacos) y el temazo «Alech Taadi» de Cheb Khaled como inusual banda sonora de la carrera.

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The fast & furious: Tokyo driftDerrape en espiral

Fasfurioustokyo

Los asiáticos por alguna razón inexplicable son muy aficionados a pintar con la goma del neumático los asfaltos en su cultura del ocio. A lo mejor por eso mismo los responsables de la tercera parte de Fast & Furious, subtitulada Tokyo drift, se tomaban tantas molestias para una escena de veinte segundos escasos: un coche aparece en escena efectuando un derrape imposible en una rampa ascendente en espiral. Pilotando el vehículo se encontraba Rhys Millen, un profesional en lo de hacer chillar a las ruedas que efectuó la proeza a pelo y sin necesidad de retoques posteriores.

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Mortadelo y Filemón contra Jimmy el cachondoCarreras dolorosas

mortadeloyfilemón

Javier Fesser volvió a dirigir a las creaciones de Ibañez y la novedad del bordado digital supuso una mayor cantidad de destrucción, escombros y trompazos tan cafres como para que duela verlos. Y entre tanta carreras en moto y chichón recolectados nunca se llegaba a perder la ocasión de ametrallar con reverencias a la obra original. Un ejemplo: el niño que aparece durante medio segundo en ese cartel de «Toma leche» es Alfonsito Dividendo del tomo ¡A por el niño!

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La noche es nuestraDesde dentro

lanocheesnuestra

Cómo exprimir una persecución de coches hasta convertirla en estilizado espectáculo gracias a la decisión estética de mostrar toda la acción desde el interior de uno de los vehículos. La proeza requirió de ajustes infográficos y el resultado es tan apañado que da la impresión de estar virgen de FX.

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Granujas a todo ritmo (The blues brothers)Chatarrería y übersalto.

bluesbrothers

El infame John Landis haciendo lo que suele hacer: ser peligrosamente excesivo. Eso sí, esa caída al vacío del coche nazi es de gran ovación y regocijo.

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Police storyCarpocalypse

policestory

Ese crash test dummy de las hostias que es Jackie Chan inauguró una exitosa franquicia en 1985 con Police story que gozaría de cinco secuelas. Pero es en esta primera entrega donde se ejecutaba, entre voltereta y voltereta, una excesiva y espectacular persecución de demolición que opina que la distancia más corta entre dos puntos siempre pasa por atravesar un poblado entero de chabolas. Lo curioso del asunto es que esta carrera de tebeo sería plagiada vilmente años después con la llegada de…

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Dos policías rebeldes II Running over poor people grand prix / Persecución de autopista elevada a 11

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Michael Bay, un macho alfa acomodado en una silla de dirigir. En Bad boys II Bay iba a piñón clavado con una escena en la autoestopista que escalaba a través de todos los tópicos, tropos y clichés de las persecuciones a alta velocidad para encadenar entre llamas y pedazos de metal versiones hipertrofiadas de esos recursos: el efectismo del camión desparramando mercancía en marcha se explotaba hasta el punto de acabar incluyendo un vehículo que escupía cadáveres sobre la carretera.

Pero mucho peor era el momento en el que la acción se trasladaba a Cuba, donde tras reventar una mansión repleta de malvados los protagonistas se montaban en un Hummer para arrasar, al lanzarse montaña abajo, con decenas de viviendas chabolistas, calcando la escena de Police story y multiplicándola en capacidad de destrucción. Rogert Ebert se bajó los pantalones para ciscarse sobre la película y además dedicó gran parte de su crítica en señalar lo disparatado de la secuencia: «Docenas de pobres pueblerinos tienen que haber sido atropellados […] Los héroes de Bad boys II son monstruos egocéntricos, interesados solo en su poder, sus one-liners, sus armas, sus coches, sus deseos. […] Toda persona implicada en esta película debería de cumplir horas de servicios comunitarios».

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Sor CitroënDabadaba

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Ni el Sabotage de los Beastie boys ni el Breakin the law de Judas priest, la mejor banda sonora para cualquier cosa que implique conducir a lo loco siempre ha sido la orquestada por Antón García Abril para esa leyenda del cine motorizado que es Sor Citroën.

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French connectionSiga a ese tren

frenchconnection

Lo de un coche persiguiendo a otro coche es cosa de aficionados. French connection iba mucho más allá: Gene Hackman en coche persiguiendo a un tren.

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SinghamMolar duro

singham

Chulos en el cine los ha habido siempre, pero hasta al llegada de Singham probablemente nadie se había atrevido a detener a gente mientras se encuentran dentro de un vehículo que a su vez está dando vueltas de campana en el aire. Ha venido aquí a vacilar.

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The italian jobPublirreportaje en 1969 / Publirreportaje en 2003

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The italian job tenía mucho de pasarela promocional para el Mini del 69 de la British Leyland, y su remake de 2003 hacia exactamente lo mismo con la revisión del Mini producida por BMW. Lo notable era que su primera entrega era divertida y la entrega de principios de los dosmiles bastante más competente de lo normal para ser una reinvención de una película que acabamos de definir como divertida.

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El aparecido80’s flavour

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Putos ochenta que nos habéis licuado el cerebro.

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Capitán América: el soldado de inviernoTiroteo en autopista / Nick Fury desencadenado

capitanamerica

Los hermanos Russo firmaron a cuatro manos la que para muchos era la mejor película del universo Marvel. Amigos de tirar mucho menos del CGI que sus contemporáneos y de romper las cosas físicamente siempre que fuese posible, estos dos son los responsables de dos espectaculares secuencias de acción con coches implicados: el frenético tiroteo en medio de la autopista y el acorralamiento de Nick Fury.

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Don 2Bollywood style

don2

La secuela de un taquillazo de Bollywood decidió no arriesgar y repasar los clichés de la persecución espectáculo. Los responsables de Don 2 se afincaron en Berlín durante varias semanas para grabar una secuencia de acción, y lo curioso es que las autoridades tuvieron el detalle de acordonarles la Puerta de Brandeburgo para el rodaje, algo que habían negado a las producciones hollywoodienses.

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Taxi 2Des voitures empilées

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El legado de las montañas de chatarra de The blues brothers en versión europea. La serie Taxi a lo largo de cuatro entregas ha hecho de todo, desde tener como pasajero a Rambo hasta tirarse en paracaídas antes de que se le ocurriese a los de Fast & Furious 7. Pero esta escena resultaba especialmente enternecedora por ese marco de postal romántica parisina en la que los coches de policía se apilan y los implicados salen intactos.

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Casino royaleAston Martin accidentado

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La idea original era que el coche de Bond esquivase a la chica volcando y dando una vuelta de campana. Pero como el Aston Martin estaba diseñado para ir pegado al suelo y era bastante difícil hacer que saliese volando por los aires, los productores encargaron un cañón de nitrógeno presurizado que situado en los bajos del coche dispararía de golpe un ariete de metal para hacerlo saltar a lo bruto. El resultado fue una buena hostia: siete vueltas de campana y el ingreso de la película en el Guinness de los records.

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The raid 2Batidora de piñas

raid2

The raid y The raid 2 en un mundo perfecto serían la costilla a partir de la cual se fabricarían todas las películas de gente partiendo otras costillas ajenas a patadas. Asombrosas, increíbles y dolorosas sin tener miedo a absolutamente nada que suponga ir un poco más allá en el universo de la galleta fina. ¿Una pelea dentro de un coche que está siendo embestido por otro automóvil? Ahí la tenéis.

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RoninGTA Paris

ronin

La genialidad de Ronin en sus escenas sobre ruedas consistía en no estar tan concentrada en el estrépito y sí en la precisión. Antes de tirar por la senda Alerta cobra y hacer volar carros por los aires sus responsables preferían ser espectaculares y elegantes, sentando a un montón de especialistas frente a un volante, arrojándolos contra el tráfico y diciéndoles «esquiva esto».

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Ben-HurCarreras de cuadrigas

benhur

Lo trepidante de la salvaje competición de cuadrigas dejaba en 1959 con la boca abierta a toda la audiencia. Medio siglo más tarde la misma escena sigue teniendo el mismo efecto. Veneradla.

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El caballero oscuro(S) Laughter is the best medicine

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En tres minutos y medio el amado/odiado Christopher Nolan empacaba una secuencia de acción perfecta, con moto todoterreno circulando peligrosamente mientras peina retrovisores ajenos entre explosiones, helicópteros derribados, piruetas motorizadas de ruedas gigantescas y la leyenda «Laughter is the best medicine» (pintarrajeada con una «S» delante) en el lateral del camión que remataba el show a lo grande: siendo volteado en el aire por un cable traicionero. Todo tiene muchísimo más mérito al saber que Nolan rehuyó en esta escena de maquetas y ordenadores bajo la idea de que si hay que llevar a cabo algo tan peligroso como hacer botar un tráiler para darle la vuelta como a una tortilla, se hace y punto.

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Enthirant (Robot) – ¿Pero qué cojones está pasando AQUÍ?

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Rebotar en el aire con el descapotable para aterrizar sobre un camión, surfear sobre una persona, parar un coche con las manos y hacer de bisagra entre dos vehículos mientras el butano explota podría parecer un poco exagerado para el tipo de producto de acción que estamos acostumbrados a masticar. Pero el caso es que aquello era lo menos disparatado que se podía ver en esa perversión tamil del espíritu Terminator.

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Vivir y morir en Los ÁngelesWilliam Petersen haciendo el cabra al volante

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Cuando dejas el rodaje de la persecución para el final por si algún accidente fatal les ocurriese a los protagonistas es que tienes algo gordo entre manos. Catorce años después de filmar French connection William Friedkin se proponía superar a aquella con coches saltando trenes, evadiéndose por los canales y conduciendo en dirección contraria. Aun así la anécdota más colorida de la película tendría que ver con otro tipo de circulación: la de los billetes falsos que se crearon para la ficción, aquel papel moneda falso tan logrado como para acabar paseándose entre las cajas registradoras americanas meses después de haber finalizado el rodaje. Incluso el propio director reconoció haber utilizado un par.

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Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornioLa aventura

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El problema de la cuarta entrega de Indiana Jones no eran los marcianos, ni siquiera todo aquello del frigorífico. El problema era que Steven Spielberg no se había dignado a rociarla del espíritu de cine de aventuras que en cambio sí heredo la película de Tintín. Esta asombrosa set piece digital de la caza de un manuscrito es una de las cosas más trepidantes que ocurrieron en una pantalla en 2011.

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Ali G in da houseWiki wiki Yo Yo in da house

alig

¿La carrera más trepidante de la historia del cine? Probablemente. ¿La excusa para recodar que Martin Freeman tuvo en algún momento estas pintas antes de convertirse en el Watson de Sherlock y de vestir los harapos de Bilbo Bolsón en El Hobbit? Sí.

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Fast & furious 5 Robar una caja fuerte y usarla como bola de demolición

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A la saga Fast & furious se le ha ido yendo poco a poco la pinza hasta convertirse en una Misión: imposible ciclada y tuneada. En la quinta entrega lo de robar una caja fuerte, con pinta de pesar toneladas, y remolcarla por la carretera con un par de coches era ligeramente difícil de creer, pero lo de utilizarla como bola de demolición para volatilizar patrullas de policía ya enviaba directamente a las leyes de la lógica y la física de vacaciones indefinidas.

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Dhoom 2Patines en línea

dhoom2

Un plan ridículo, que implica un horrible disfraz de abuelete y ácido verde en los pantalones, seguido del último aparato que alguien decidiría elegir para salir ileso de una escapada a vida o muerte: unos patines en línea.

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Gone in 60 secondsConducir a lo cafre, saltar a lo loco

gonein60seconds

H.B. Halicki escribía, dirigía y protagonizaba Gone in 60 seconds a mediados de los setenta pero también cedía gran parte de su garaje de coches y los conducía como un cafre dejándose las vértebras en el proceso. Rodada con bigotazos y patillacas a las bravas, aprovechándose del público real que desconocía que todo aquello era parte de una película y un guion limitado a un par de papeles con cuatro frases. Noventa minutos de duración y más de noventa coches descuajeringados, a accidente por minuto. Y mención especial para los paraguazos sobre el capó de esa señora en el primer vídeo enlazado. Tuvo un remake protagonizado por Nicolas Cage y Angelina Jolie en el 2000.

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La lista negraA control remoto

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La quinta entrega de la saga de Harry el sucio era además la única persecución seria de la historia del cine en la que uno de los automóviles implicados era un coche de juguete por control remoto.

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Los implacables, patrulla especialVirtuosimo al volante

losimplacables

Diez minutos trepidantes de motores setenteros embalados circulando sobre todos los tópicos de las huidas. La hostia contra un camión del vehículo conducido por Roy Scheider es antológica.

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Mad Max: fury roadToda la película. Pero toda, toda, toda

madmax

Mad Max directamente va de esto. Es su razón de ser. La conclusión de su primera entrega era un «Mátame camión» con ojos saltones a lo dibujo animado. Y la primera de las tres secuelas, Mad Max 2: el guerrero de la carretera, se atrevía a convertir todo su tramo final en una gigantesca persecución. Pero Mad Max: Fury road, filmada por un George Miller que cuenta con setenta añacos sobre el lomo, es la que se lleva las loas: en esencia toda la película es una persecución espectacular en la que a veces alguien se para un segundo a coger aire. Y sus últimos veinte minutos son para ponerlos en las escuelas, desollar reposabrazos y despedirse para siempre del aliento.

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Terminator 3Lluvia de chatarra

terminator3

El problema de Terminator 3 era Terminator 2, sin aquella la comparación resultaría menos dolorosa y La rebelión de las máquinas hubiese sido vista como una secuela aparatosa sin muchas pretensiones en lugar de como una diana de tomatazos. Pero T2 existe, y no es solo sobresaliente sino que además incluía un duelo entre un camión, una bici y una moto fantástico. Esta tercera entrega se esforzaba muy poco con la excusa argumental (un nuevo robot persiguiendo al Arnie de chapa) y apostaba todo por la set piece espectacular, donde sí brillaba al preparar situaciones demenciales en las que volarlo todo por los aires. A la hora de tirarse a la carretera lo hace a lo bestia, lanzando vehículos de toneladas, colgándose de una grúa y convirtiéndolo todo en una batidora de chatarra y cascotes.

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¿Qué me pasa, doctor?Quiero ser como Bullit

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Una comedia romántica de Barbra Streisand que parodiaba la famosa persecución de Bullit. El rodaje de la acción al volante supuso fundir un cuarto del presupuesto total de la película y dañar ciertas infraestructuras de la ciudad de San Francisco que llevaron a la urbe a replantearse la concesión de permisos para rodajes.

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La Lego películaEscapada de Bricksburg

lego

Y a lo mejor la forma de elevar la espectacularidad y el virtuosismo de una secuencia con fuga motorizada consistía en reducir la escala y construirlo todo a base de bloques de Lego, incluso las explosiones. Sin el «a lo mejor».

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Alluda MajakaLa persecución más asombrosa de la historia del cine

Alluda

Toda la magia, el espíritu aventurero, y las capas de lectura de Alluda Majaka se pueden resumir con un «si es capaz de arrancar un tubo de escape con las manos desnudas ¿qué coño le va a impedir derrapar sobre el costado de un caballo?».

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Perros callejeros«Mierda» con reverb

perroscallejeros

Perros callejeros II abre directamente con los coches invadiendo aceras, pero si hay que elegir un momento que resuma el buen hacer, la actitud y el espíritu general del glorioso cine quinqui ese podría ser la escena que cierra la primera parte, el descalabro del Torete por un acantilado al grito de «mierda», con reverb.

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Bonus: un amable usuario de las redes ha agarrado más de cincuenta escenas de famosas persecuciones del cine y las ha montado en un único vídeo.


¿Cuál es el duelo definitivo visto en el cine?

Reformar la ley electoral, suprimir el Senado o la Casa Real, aplicar el artículo 155, realizar un referéndum o reformar la Constitución… ahora resulta que todo el mundo tiene su particular receta al parecer infalible pero nadie se atreve a plantear lo que España realmente necesita: una Cúpula del Trueno. Dos hombres entran, uno sale. Esta es nuestra propuesta para el cambio. Sería la forma más razonable de resolver nuestras disputas políticas y mientras qué bien nos lo pasaríamos viéndolo, pues no hay mayor espectáculo que un combate en cualquiera de sus formas. Si incluye mazos con pinchos y motosierras mejor. En las películas hemos presenciado innumerables duelos bajo mil apariencias distintas, a menudo como desenlace y momento álgido de la narración. Así que aquí va nuestra selección, aunque pueden añadir algún otro ejemplo si quieren.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Hasta que llegó su hora

Los contendientes clavan su mirada en las pupilas del otro, quietos aunque tensos, midiéndose mutuamente, un matojo rodante pasa por el fondo impulsado por el viento mientras los presentes, de haberlos, guardan silencio expectante. Finalmente uno de los dos desenfunda, intercambian disparos y el malo cae abatido. Nos conocemos de memoria el cliché, pero muy pocas veces se ha contado mejor que en esta escena rodada por Sergio Leone y acompañada por música de Ennio Morricone. Funciona como un cortometraje que permite comprender toda la trama, incluso por qué al protagonista lo llaman Armónica.

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Sanjuro

Basta ver a alguien con una de esas pequeñas coletas en el moño que se han puesto de moda y ya podemos hacernos una idea de qué clase de persona tenemos delante. Sin embargo hubo en otro tiempo gente muy respetable que las llevaba. Hablamos por supuesto de los samuráis, todo un ejemplo a seguir en los que Akira Kurosawa centró parte de su filmografía, como esta cinta rodada en 1962. La secuencia tiene un cruce de miradas y una tensión que nos remiten al western y podría también titularse «El chorro de sangre que emocionó a Tarantino», pues según reconoció el cineasta fue una de sus principales inspiraciones para Kill Bill.

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Cyrano de Bergerac

Don Quijote se debatía en el capítulo treinta y ocho sobre «la preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora está por averiguar, según son las razones que cada una de su parte alega. Y, entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos». El propio Cervantes cultivó ambas artes con esmero y en esta maravillosa adaptación de la obra teatral Cyrano de Bergerac tampoco sabe decidirse entre la pluma y la espada, así que se queda con ambas. Incluso de forma simultánea, componiendo un poema al mismo tiempo que se bate en duelo. Una escena de la que el vídeo que vemos sobre estas líneas solo muestra el comienzo, aunque en el original francés puede verse aquí.

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8 millas

Lo de batirse en duelo mediante versos improvisados tuvo continuidad en el tiempo y aquí vemos a Eminem en esto que los raperos llaman «batallas de gallos». También al igual que Cyrano hace de la autoparodia un recurso con el que dejar a sus rivales sin argumentos.

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El bueno, el feo y el malo

Es curiosa la importancia que le damos a las miradas como forma de comunicación. Según dicen los biólogos evolucionistas la esclerótica, el blanco del ojo, habría evolucionado precisamente para indicar a los demás a dónde dirigimos nuestra atención. Establecer contacto visual con alguien es fundamental ya sea para lograr complicidad, enamorarle o intimidarle; mirar a los ojos a otra persona es un acto de tal impacto emocional que si lo hacemos durante diez minutos seguidos podemos llegar a sufrir alucinaciones. Así que como no podía ser de otra forma los cruces de miradas son una parte esencial del lenguaje cinematográfico. ¿Y quién sostenía mejor la suya que Clint Eastwood? Aquí lo tenemos en este duelo a tres.

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Mad Max: más allá de la cúpula del trueno

Negociudad era una sociedad ecosostenible donde todo podía aprovecharse, el metano en electricidad y la justicia en espectáculo. Uno realmente entretenido de hecho, de forma que el duelo que enfrenta al protagonista con el Golpeador se convierte el momento cumbre de la película.

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El Imperio contraataca

Un combate con espadas láser contra un villano de excepcional carisma que culmina con una de las revelaciones más impactantes de la historia del cine. No le falta de nada a esta escena.

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Karate Kid

La patada de la grulla causó estragos en muchas mentes infantiles: era tal su efecto dramático en el desenlace de la trama que necesariamente debía tratarse de un golpe letal. Compañeros de clase la imitaban durante peleas en el recreo, con la convicción de quien recurre al arma más temible de su arsenal, pero la gravedad era traicionera y el resultado inevitablemente estrafalario. Uno que iba lanzando patadas de la grulla sin acertar más que al aire terminó años más tarde de candidato a alcalde, no les digo más. En cualquier caso en la película el movimiento quedaba muy vistoso.

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Matrix

El combate final entre Neo y el agente Smith es un guiño explícito a los duelos de las películas del Oeste, con ambos contendientes situados frente a frente y unas hojas de periódico haciendo de matojos rodantes (estepicursores, se llaman en realidad).

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Los duelistas

Basada en la novela de Joseph Conrad, quien a su vez se inspiró en la historia real de dos oficiales húsares durante la época napoleónica, la primera película de Ridley Scott (de la que ya hablamos aquí) ya mostraba el esteticismo que distingue al director. Con esos planos que parecen cuadros nos va mostrando los sucesivos duelos que van teniendo lugar con el paso de los años, mientras la historia sigue su curso. Este cuarto enfrentamiento es interesante porque vemos, además, el miedo que atenaza al protagonista antes de intentar librarse de ese pelma al que jamás logra quitarse de encima.

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Barry Lyndon

Esa exquisita atención a la imagen la encontramos aquí aún más acentuada, por algo es un film de Kubrick. A lo largo de la narración los duelos tienen una importancia fundamental, pero nos quedamos con el primero.

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La princesa prometida

¡Cómo olvidarnos de esta escena! Después de ayudarle a subir a la cima de los Acantilados de la Locura para poder matarlo en justo duelo tras soltarle su archiconocida frase, Íñigo y Westley se enfrentan admirando mutuamente su pericia con la espada, mientras mencionan a maestros de esgrima que existieron realmente. El combate es tan limpio y ambos tan nobles que no podía acabar con sangre derramada.

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Aliens: el regreso

Podríamos discutir si esta es la mejor película de James Cameron —para servidor está claro— pero de lo que no cabe duda es que la secuencia más icónica es esta. Se abre la compuerta y Sigourney Weaver aparece al mando del toro mecánico futurista para enfrentarse a la reina alien. Estremecedor.

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¿En qué mundo postapocalíptico te gustaría vivir?

El apocalipsis va a llegar. Pero no seamos alarmistas, no tiene por qué ser necesariamente malo. Daniel Dennet nos hablaba recientemente de un posible colapso de internet de consecuencias catastróficas, cada semana los medios fijan nuestra atención en algún conflicto que promete ser un nuevo atentado de Sarajevo, vemos como tienen control sobre armas nucleares dirigentes con un equilibrio mental un tanto precario y por si fuera poco Nassim Taleb nos recuerda que cualquier imprevisto frente al que no estemos alerta tendrá consecuencias inimaginables y que el pavo también se despierta optimista el día de Acción de Gracias pensando que seguirá siendo alimentado por su criador.

Tememos que el caos llegará por algún lado y la ciencia ficción ha explotado con delectación todas las amenazas apocalípticas, desde las pandemias hasta los desastres medioambientales, pero —aquí viene lo más curioso— haciéndolas extrañamente atractivas. ¿Cómo es eso posible? Quizá unos tengan fantasías nihilistas como el niño que disfruta rompiendo el castillo de arena pero a lo bestia, otros quieran acabar con su aburrida rutina diaria y el de más allá vea la oportunidad de un nuevo orden en el que pasar de bedel a líder de un grupo de supervivientes enfrentados a mutantes y robots. Cada sensibilidad tiene su propio mundo futuro asilvestrado; que cada uno entonces vote su favorito o lo añada a esta breve selección.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

Saga Terminator

Imagen de Carolco Pictures.
Imagen de Carolco Pictures.

Hace unos días Sarah O’Connor ya nos advirtió de que la rebelión de las máquinas ha comenzado y por si no tuviéramos bastante el próximo viernes se estrenará Terminator: Génesis. Igual que otra gran película de su tiempo, Juegos de guerra, la de James Cameron especulaba con la idea de automatizar el sistema de defensa nuclear para evitar errores humanos, sin tener en cuenta que las máquinas también pueden fallar… o tomar conciencia de sí mismas. Algunos teóricos de la IA nos tranquilizan diciéndonos que una máquina pensante no querría destruirnos porque se parecería demasiado a nosotros (¿y no sería ese precisamente el problema?). En cualquier caso el cataclismo atómico sería solo el comienzo, dando lugar a un mundo en el que los hombres y las máquinas vivirían en una perpetua guerra, donde el heroísmo y la audacia son el pan de cada día.

Threads

Imagen de BBC.
Imagen de BBC.

¿Existe un sonido más evocador que el de una sirena nuclear? Ideal para ponerla en el despertador y para relajarse un rato al final del día, podemos escucharla también en la apreciable película-documental de la BBC Threads. Emitida en 1984, plasma con detalle el ambiente de pánico a una guerra nuclear global que se vivió desde comienzos de la década. El guion recrea una hipotética escalada en el conflicto entre Estados Unidos y la URSS y el peligro que representaban los misiles nucleares tácticos, pues precisamente el menor daño que causaban hacía más tentador su uso. Eran el «solo la puntita» al que inevitablemente seguirían los misiles balísticos intercontinentales. Una vez caen estos, llega su arrasadora explosión, el pulso electromagnético, el polvo radioactivo y finalmente el invierno nuclear, con bajadas de temperaturas de hasta veinticinco grados. El orden social quedaría desmoronado y los supervivientes pasarían a luchar a muerte por las escasas provisiones disponibles. Aburrido no sería, desde luego.

Dredd

Imagen de Lionsgate Films.
Imagen de Lionsgate Films.

Tras las Guerras Atómicas de 2070 la población norteamericana se amontona en Megacity Uno, un caos urbano de rascacielos colosales recorrido cada día por policías-jueces que dictan veredicto instantáneamente y que suele consistir en pegarle un tiro al sospechoso. Que cada uno haga los paralelismos que quiera. El cómic de John Wagner y el dibujante Carlos Ezquerra tuvo una adaptación al cine con Stallone que haremos como que no existe. La buena es la de 2012. Es de nuevo un mundo con una esperanza de vida francamente mejorable, pero cargado de emociones fuertes y la satisfacción de ir haciendo justicia a cada paso.

Young Ones

Imagen de Quickfire Films.
Imagen de Quickfire Films.

Como veíamos en el caso anterior, el apocalipsis subvierte el esquema habitual de ciudad=civilización, que pasa a convertirse en una trampa maltusiana. La esperanza está en huir al campo. Allí nos espera una vida difícil de lucha constante contra la escasez de agua, pero en pleno contacto con la naturaleza y las cosas sencillas de la vida, tal como veíamos en esta estupenda aunque no muy conocida película (no confundir con la serie del mismo nombre). Como curiosidad que nos haga exclamar que el futuro ya está aquí, el burro mecánico que acompaña al protagonista ya existe en fase experimental y lo hemos visto corretear en diversos vídeos. Pertenece a Google, así que ya podemos ir acostumbrándonos a su presencia.

Saga Mad Max

Imagen de Icon Productions.
Imagen de Icon Productions.

Una vez desatado el apoqueclipse hay mundos imaginarios en los que más allá de los limites de una civilización ya en ruinas tampoco encontraremos sosiego. Solo queda el desierto y unas carreteras infestadas de salteadores en vehículos dignos de Autos locos, siempre envueltos en persecuciones en busca de una preciada gasolina que les permita seguir pisando el acelerador. La dieta deja bastante que desear, la higiene es escasa y el ambiente es ciertamente hostil… Pero quién en su sano juicio no querría conducir un V8 Interceptor, visitar la ciudad que gobierna con mano de hierro Tina Turner —en viaje de negocios, naturalmente— o como en la última entrega de la saga formar parte de un ejército motorizado con un perturbado tocando lo que parece metal alemán con una guitarra que escupe fuego.

Blade Runner

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

Si las ciudades se vuelven inhabitables y fuera de ellas solo encontramos más peligros, ya solo quedan las colonias del espacio exterior. En la novela de Philip K. Dick la acción tiene lugar tras una guerra nuclear, en la película ese detalle no se menciona pero vemos decadencia, suciedad y contaminación por doquier. Esa superposición en ocasiones tan abrupta de elementos antiguos y modernos convierte a este Los Ángeles en una ciudad muy reconocible, muy humana, a diferencia de otras fantasías futuristas donde todo es nuevo y aséptico. Una ciudad en la que realmente apetecería vivir una temporada, bien sea en el edificio Bradbury, en las pirámides de aspecto alienígena de la Tyrell Corporation o en el apartamento 9732 con ese formidable balcón al que Decarkd se asomaba mientras tomaba una copa de Johnnie Walker. Sobre otros aspectos de la película ya hablamos aquí.

The Last Man on Earth

Imagen de Fox.
Imagen de Fox.

Esta serie que remite a la película del mismo título de 1959 y las posteriores adaptaciones de la novela de Richard Matheson tiene un planteamiento con el que muchos hemos divagado alguna vez: ¿qué haríamos si nos quedásemos el mundo para nosotros solos? En la fantasía consumista por excelencia va a tiendas y supermercados dispuesto a arramblar con todo, se monta piscinas de alcohol y descuida su higiene hasta límites inauditos. La falta de compañía no la lleva bien, pero siempre se puede dibujar rostros en balones y bautizar a cada uno con un nombre.

Delicatessen

Imagen de Sofinergie Films.
Imagen de Sofinergie Films.

En la Francia postapocalíptica que retrataron Jeunet y Caro no queda claro qué clase de hecatombe puede dejar como supervivientes a un vecindario tan extravagante y entretenido. Puede ser un buen sitio en el que recalar siempre que se tenga cuidado con el carnicero.

Zardoz

Imagen de Twentieth Century-Fox.
Imagen de Twentieth Century-Fox.

Tras el consabido cataclismo global la sociedad del año 2293 está rígidamente estratificada en dos clases sociales: los Brutales y los Elegidos. Con tales apelativos no es difícil intuir que si te toca entre los primeros mal asunto, pero los segundos son inmortales y llevan unas vidas bastante acomodadas, aunque con sus ventajas e inconvenientes. No trabajan, pero por otra parte tienen que soportar a una enorme cabeza de piedra voladora soltándoles más consignas que un medio de comunicación español cualquiera —y de una sutileza comparable— como que «La pistola es el Bien. El pene es el Mal». También dedican sesiones comunales a mirarse el ombligo y parte de ellos se han quedado permanentemente catatónicos. Bien pensado, estamos ante una película visionaria, el mundo se ha terminado pareciendo más a Zardoz que a 2001.

El tiempo en sus manos

Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer.
Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer.

La sociedad que describe esta adaptación de La máquina del tiempo tiene elementos en común con la anterior. Tras un holocausto nuclear que previó para 1966, más de ochocientos mil años después nuestro viajero temporal llega a un mundo dividido entre los salvajes morlocks y los pacíficos aunque bastante pánfilos eloi. Los primeros viven en el subsuelo y se alimentan de los eloi que capturan en sus incursiones nocturnas. Pero a estos últimos no parece preocuparles demasiado y viven sin dar un palo al agua. Toda una alegoría.

Matrix

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

La premisa de Matrix es conocida y una vez vistos ambos mundos solo cabe darle la razón a Cifra. Solamente empieza a resultarnos sugerente una vez nos introducen en la ciudad de Sion y vemos que ya pueden estar viviendo en las catacumbas, con un agujero en el cogote y rodeados de máquinas que quieren matarlos, que saben encontrar tiempo para lo que realmente importa: el perreo. Claro que sí.

Hijos de los hombres

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

Una sociedad carente de niños correteando sin que llegue el bendito momento en que se agoten, gritando en ese tono tan rompetímpanos que solo ellos alcanzan y llorando a moco tendido en bares, piscinas, calles o cualquier otro lugar público. Es difícil soñar con un mundo más idílico y aquí lo mostró Alfonso Cuarón. Pero como la felicidad es estática y la narración requiere conflicto, tuvo que introducir la amenaza de un niño gestándose que acabase con ese remanso de paz, como el alien que se cuela en una nave de carga. Aunque de este y otros muchos clásicos de la ciencia ficción ya hablamos largo y tendido en esta exquisita selección que todo el mundo debería leer, o al menos comprar.

Oblivion

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

La singular belleza que tienen las ruinas supo captar la atención de los autores del romanticismo, en quienes evocaban melancolía, estremecimiento ante la fugacidad del tiempo y cierta ironía ante la ilusoria omnipotencia humana, tal como supo reflejar Percy Shelley en Ozymandias. El cine de ciencia ficción recogió posteriormente el testigo y se cuentas por decenas las que nos muestran hechas pedazos las construcciones más significativas de nuestro tiempo, es decir, las de Nueva York. Desde la Estatua de la Libertad de El planeta de los simios, pasando por Times Square en Soy Leyenda hasta el Empire State Building y el Puente de Manhattan en Oblivion. Era una vida un tanto solitaria la del protagonista, pero verle pasear entre semejantes ruinas da cierta envidia.


Mad Max: Fury Road. Sed testigos

Imagen: Kennedy Miller Productions / Icon Productions.
Imagen: Kennedy Miller Productions / Icon Productions.

What a lovely day. ¿No es la primera vez que lo escuchan, verdad? Y ya le avisamos de que esto va a ir a más. Por reducido que sea su entorno, no habrá podido esquivar algún sujeto que, mandíbula en el suelo y mano en entrepierna, proclame alguna variante de «la nueva de Mad Max es la hostia». Un fervor casi ciego que hace algo más que alentarle a presenciar el espectáculo, y se asemeja peligrosamente al proselitismo de un culto o una religión churrigueresca. Aciertan. El objetivo no es atraerle hasta la sala de cine en gozoso 3D —esta vez sí, el desembolso está más que justificado— sino que se una a nosotros, recua de fanáticos que nos postramos ante George Miller y su último artefacto cinematográfico. Ser simplemente testigo le va a saber a poco, así que tratemos de hablar claro y esbozar los fundamentos de este culto aún en pañales pero ni mucho menos efímero.

Un único mandamiento: el disfrute

Tomemos prestada la definición que el cómico irlandés Dylan Moran hace de otra religión (el protestantismo) para poner la primera piedra de esta, que le va de perlas: «Es una religión fantástica porque no te exige absolutamente nada y esa es la razón por la que es una gran religión. Todas las grandes religiones se construyen sobre la vergüenza, pero aquí no tienes que preocuparte por nada de eso. Vas a la iglesia, cantas un par de himnos, te tomas una taza de té y luego todo el mundo se va a casa y se hace una paja». Donde dice té ponga bebida al gusto y prescinda también de lo de los himnos. Lo de la paja déjelo dónde está porque eso hace exactamente Mad Max: estimularle allí donde más le gusta, sin complejos, sin vergüenza y sin culpa. Durante dos placenteras y frenéticas horas.

Como la masturbación, el género de acción no necesita justificación ni defensa porque se justifica por sí mismo. Podrá revisitar Tarkovski semanalmente o tener butaca fija en el cineclub de su barrio, pero ¿las explosiones, las persecuciones desenfrenadas, el fuego, la sangre, los mandobles macarras le hacen los ojos chiribitas? Pues bienvenido a este circo oligofrénico de Miller, una coreografía tan milimétricamente orquestada, tan demencial y adrenalínica que solo va a poder preguntarse cuántos montadores habrán muerto en acto de servicio para traer ante nuestros ojos semejante derroche de dinamita visual.

Imagen: Kennedy Miller Productions / Icon Productions.
Imagen: Kennedy Miller Productions / Icon Productions.

Ni rastro del sacramento de la confesión. Igual da si es usted un fan irredento de la trilogía protagonizada por Mel Gibson o si el nombre de Max Rockatansky le es ajeno y no le evoca un amasijo de sudor y acero con bruñido de culto. Nadie va a exigirle carnets de buen practicante ni la nostalgia es imperativa para el disfrute. Mad Max desempolva el mito para sublimarlo y actualizarlo con lo mejor de aquella franquicia y con todo lo que hasta la fecha ha hecho por el mundo cine de acción. Pero con una concisión desadornada y precisa. A la película le bastan y sobran tres líneas de diálogo en una voz en off para explicar su propia premisa y meternos en faena: en un universo postapocalíptico, desértico y polvoriento, los escasos recursos están en manos del sádico tirano Inmortan Joe, que mantiene esclavizada a una humanidad de seres «rotos». Tan rotos como Max.

Un protagonista que por el camino de estas tres décadas no solo ha cambiado de piel para acomodarse como un guante a las empotrantes hechuras de Tom Hardy, sino que se ha resignado a la falta de esperanza acorde con la desolación extrema que le rodea. Ya no está propulsado el motor de la ira o de la libertad, sino por el de la mera supervivencia. Acosado por los fantasmas del pasado se conforma con sortear el mal y comunicarse con guturales gruñidos. Hasta que el mal viene a patearle el culo, claro está.

Kill the prophets, kill the idols

¿Un héroe sin esperanza? Exacto. Esta religión entona el kill the prophets, kill the idols y toda la monserga habitual, porque su historia no supone la gesta de un salvador heroico y redentor llamado a liberar a la humanidad de su yugo. Como decíamos, Hardy es un miserable como cualquier otro, con acrobática tendencia a la lucha y un coche molón, pero poco más. Hasta que es capturado para convertirse en un recurso —porque eso es lo que son las personas en un sistema de capitalismo salvaje como el de la Ciudadela, bienes en manos del más fuerte— y en su intento de huida su camino se entrecruza con ellas (Rosie Huntington-Whiteley, Riley Keough, Abbey Lee, Courtney Eaton y Zoë Kravitz), las verdaderas protagonistas de este culto y de esta película, que también huyen. Y no de una muerte segura como la que a él aguarda, sino de una vida con unos estándares de calidad muy por encima de cualquiera en este árido universo. Su supervivencia está asegurada, a condición de cumplir con el papel que el esclavista sistema ha encomendado a las mujeres: madres, putas y expendedoras de leche.

Hete aquí que prefieren escapar, comandadas por la genuina heroína de la cinta, con ovarios y mirada de acero, Imperator Furiosa (Charlize Theron), en busca de… ¿de qué? ¿De un paraje idílico llamado «zona verde» de existencia más bien remota? ¿No le habíamos dicho aún que este culto manda a tomar viento todas las convenciones? Salen en busca de algo mucho más inasible que la promesa de un paraíso improbable, radicado en esta vida o en la otra: buscan recuperar su dignidad.

Imagen: Kennedy Miller Productions / Icon Productions.
Imagen: Kennedy Miller Productions / Icon Productions.

Llamamiento universal

Y con esto abrimos el melón, que a muchos le estarían ya pesando las espadas en alto o las antorchas a medio consumir. Digámoslo rápido para que se lancen por la proa todos los asustadizos: fe-mi-nis-mo. Sí, Mad Max: Fury Road es consciente, orgullosa y obviamente feminista y no vamos a desgranar las implicaciones peyorativas o semánticas del término, que se resuelven toditas ellas en una simple pregunta. Entonces, ¿por qué denominar el llamamiento «universal» y no «feminista»? Pues porque, si Mad Max se da el gusto de juguetear burlonamente con las expectativas y las ideas preconcebidas para después dinamitarlas con honrosa pirotecnia, qué otra cosa vamos a hacer sus fanáticos.

Valga como ejemplo una simple escena, que ejecuta la presentación de las esclavas. A priori, cumple los parámetros de la más húmeda ensoñación del mismísimo Michael Bay, diseñado a imagen y semejanza de un pícaro photoshoot de Playboy, restando una generosa dosis de chonismo. Cinco jóvenes hermosas, turgentes y delicadas, que ataviadas como ninfas del desierto, se afanan en juguetear con el agua que pícaramente brota de unas mangueras. Todo parece obrar aquí según lo previsto: el héroe en cuestión se ha topado con las damiselas en apuros a las que rescatar, y quién sabe si acabar siendo recompensado con sus favores —románticos o carnales— en el transcurso de la epopeya. ¿Gratuito? Quizás. ¿Efectivo? No hay más que echar un vistazo a la mayor parte de títulos del género.

Y aquí está el primer volantazo que conduce a la película a un territorio poco frecuentado. El grupo de mujeres deja, por fin, de ser un instrumento. No son atractivas para el jolgorio visual del respetable, lo son porque esto es fundamental para el relato: han sido elegidas como reproductoras, concubinas del señor de la guerra que de vomitivo tiene hasta el eyeliner pero de tonto ni un pelo. El mismo motivo por el que Imperiator Furiosa no necesita exhibir curvas enfundada en el uniforme de «amazona de las dunas» que cualquier otro título habría confeccionado a golpe de cuero y pechuga: ella es una luchadora y no hay concesión onanista ni estética que valga. Está manca, lleva una prótesis porque su misión aquí es repartir estopa y escapar, sin que para ello haga falta hacer encajar a la dama en el molde de un héroe masculino.

Imagen: Kennedy Miller Productions / Icon Productions.
Imagen: Kennedy Miller Productions / Icon Productions.

Y si en el camino se cruza un tipo dispuesto a arrimar el hombro y poner sus capacidades al servicio de su causa, bienvenido sea. No está la cosa para desaprovechar balas ni aliados, porque esta batalla no se libra en el terreno de la dicotomía de géneros, la dialéctica es mucho más simple: de un lado está la tiranía y del otro la libertad. La única elección posible está entre estos dos bandos; solo importa cuántas toñas puedes asestar y cómo de lejos estás dispuesto a llegar. Por eso el llamamiento es universal, y reducirlo a cualquier otra cosa revela una gran estrechez de miras o un deseo indisimulado de que esta fuera otra historia de «héroe salva a mujer víctima», nostalgia de un macho que lidere y encabece, no conformándose con ser instrumental en una causa que ya tiene su propia líder.

Lírica salvaje y descojone

Y por si acaso el punto anterior ha cubierto de alguna sombra solemne este culto, aclaramos: los estetas y cachondos no es que sean bienvenidos, sino que son la génesis misma del fanatismo madmaxiano. ¿O no hay acaso un lirismo salvaje en la imagen de un hombre limpiándose el rostro de la sangre de su enemigo con leche materna? En una elipsis que, por cierto, solo puede permitirse esta bravucona maravilla. ¿No hay poesía en esos planos aéreos de manadas de hombres y carros en depredación a doscientos kilómetros por hora? Un frenesí que además de dejarte sin aliento te hace lamentar la pertenencia a una especie con la fea costumbre de pestañear.

El descojone nos lo sirve Miller en bandeja de plata, en un divertimento que se tambalea cerca de la locura durante todo el metraje y que se reserva lo mejor para el postre. El espíritu gamberro reluce desde cada fantástico nombre de sus personajes (Rictus Erectus, Capable, Corpus Colossus o Toast the Knowing) hasta en su propia concepción. O explíquenme si no cómo puede perpetrarse un guitarrista con instrumento llameante que monopolice el entusiasmo, o un virrey como enano deforme si no es saliendo del magín de un absoluto genio burlón.

Imagen: Kennedy Miller Productions / Icon Productions.
Imagen: Kennedy Miller Productions / Icon Productions.

Y el postre, claro. El remate final de la humorada no se ha producido de aquel lado de la pantalla, sino de este. No se confundan que no conviene: la ridícula polvareda —revestida de escándalo que no es tal— que han levantado los cuatro trogloditas de siempre que con su catalejo alelado ven en Mad Max: Fury Road el «caballo de Troya» del feminismo llamado a imponer un matriarcado es solo el último cachondeo que nos reservaba Miller. Hilaridad es lo único que provoca la pataleta de los que han pretendido instigar un boicot contra la película —en el fondo es hasta tierno, por ingenuo— indignadísimos porque una heroína femenina hace tambalear los cimientos de Hollywood y ya de paso de todo Occidente. Asomarse a los comentarios desquiciados de quienes escriben porque teclear es gratis es una carcajada lisérgica que si Miller no podía anticipar a buen seguro está disfrutando como un enano. Pero no es más que eso, ruido, material para el desorine. Provocado, no lo olviden, por los mismos que nos permiten a las mujeres ser espectadoras del cine de acción siempre y cuando adoptemos dóciles el sambenito de ser un poco chicotes.

Se pongan como se pongan, que Mad Max: Fury Road es un desafío a las percepciones románticas sobre la mujer, la libertad (incluso sobre el heroísmo y el extremismo) es incontestable. Un desafío que además cumple su función con escrupuloso cuidado y no solo porque haya contado con la asesoría de la dramaturga Eve Ensler, autora de Los monólogos de la vagina. Su principal virtud es que es profunda y absolutamente coherente, así que no revistamos nosotros de reivindicación lo que no es otra cosa que coherencia argumental, puro sentido común y a fin de cuentas un pepinazo de cine puro y duro en el que la auténtica heroína del asunto es quien arregla el día. Y no pasa nada por ello.

Imagen: Kennedy Miller Productions / Icon Productions.
Imagen: Kennedy Miller Productions / Icon Productions.

Pecar es imperativo

Y aunque podríamos abocarnos en una colección de maximalismos en los que Mad Max se desvuelve con holgura —de las pocas secuelas tardías que supera y sublima todo lo anterior, candidata a optar al podio de las diez mejores películas de acción de todos los tiempos...— vamos a subrayar lo fundamental: es una gozada. Un disfrute genuino y desacomplejado que, como las escrituras fundacionales de cualquier culto, puede tener tantas lecturas como capas un campo de cebollas o apóstoles dispuestos a ponerse a interpretar. Mad Max es una parábola social, una oda a lo femenino —las semillas, la maternidad— , un Dune con pelotas y sin Jodorowsky, una lección extrema sobre la socialización de los recursos y el poder de la sublevación, sobre el triunfo de lo colectivo sobre lo individual, o un canto a la esperanza que empieza a existir en el preciso momento en el que decides jugarte las gónadas para salir en su busca.

Así que ya saben: no sean solo testigos. Vayan al cine, coreen un par de consignas (¡Let them up! ¡Let them up!) bébanse a morro esta bendita locura que es Mad Max: Fury Road y vayan a a casa a hacerse una paja. Pero sobre todo no permitan que ningún acomplejado le diga aquello de que Mad Max «es mucho más que cine de acción» como si le hiciera falta adornarla de pretensión para ser, simplemente, un espectáculo atronador, desmesurado, incansable, de los que provocan un gozo en el alma… ¡grande! What a lovely, lovely, day.

Imagen: Kennedy Miller Productions / Icon Productions.
Imagen: Kennedy Miller Productions / Icon Productions.


¿Qué vehículo de ficción debería ser real?

Pues ya estamos en 2015 y al final las ciencias no han adelantado que es una barbaridad. No hay mayordomos-robots en cada hogar, encendemos la televisión y lo que vemos no se ajusta del todo bien al estereotipo de humanos del futuro con hipercerebros, y si miramos por la ventana la decepción es aún mayor: no vemos ni uno solo de los vehículos que el cine nos había mostrado ya fuera en fantasías futuristas o postapocalípticas. En lugar de bestias mecánicas con ruedas de tractor y toberas escupiendo fuego tenemos Toyota Prius por nuestras calles, maldita Transición. Pero no hay que perder la esperanza, así que voten, voten para escoger qué vehículo debería hacerse realidad de una vez, o añadan alguno más si lo prefieren.

El camión de Humungus en Mad Max II

Imagen: Warner Bros.
Imagen: Warner Bros.

Este es uno de los vehículos más factibles, pues al fin y al cabo el señor Humungus podría pasar desapercibido montado en él en cualquier desfile del orgullo gay de Madrid. Dotado de seis ruedas y una bombona de óxido nitroso para darle velocidad en los momento decisivos, cuenta también con una estructura frontal metálica práctica a la par que decorativa que permite llevar atadas a dos personas. Porque nunca se sabe.

El coche partido de El laberinto de Malcom

Imagen: Cascade Films.
Imagen: Cascade Films.

Esta película australiana de 1986 giraba en torno a Malcom, un personaje tímido y socialmente poco habilidoso que era un genio de la mecánica y vivía obsesionado con los tranvías. Es decir, que tenía síndrome de Asperger antes de que se pudiera de moda. Tras ser despedido encontrará dos cómplices con los que cometer un robo usando sus invenciones, entre ellas este maravilloso coche que se parte por la mitad y cada una de ellas puede conducirse como una moto. Aquí pueden verlo en acción, sencillamente genial. Si los Reyes Magos existieran —cosa que estamos empezando a dudar— nos traerían uno de estos.

El helicóptero personal de El dormilón

Imagen: United Artists.
Imagen: United Artists.

Cuando Woody Allen se despierta en el año 2173 descubre los grandes avances tecnológicos que se han producido y también un Estado policial que le persigue… y del que intenta huir utilizando uno de tales inventos, este minihelicóptero que le ayuda a volar como una gallina. Ideal no solo para saltar charcos y bordillos sino para quedarse colgado de una rama girando enloquecido sobre sí mismo. Bien, y qué utilidad tiene eso, se preguntará alguien. Ni idea, ya se encargarán los anuncios de teletienda de mostrarnos alguna situación delirante en la que tal cosa resulte imprescindible.

El Acróbata de Batman Begins

Imagen: Warner Bros.
Imagen: Warner Bros.

La trilogía de Nolan dejó el listón mucho más alto que sus predecesoras también en el aspecto estético. Los artilugios de Batman hasta entonces habían permanecido fieles a la estética del cómic, a estas alturas algo trasnochada y hortera. El Batmóvil sería la fantasía de cualquier aficionado al tunning, pero con ese parachoques tan bajo cualquier paso de cebra elevado podía lograr lo que no consiguió el Joker. El llamado Acróbata en cambio tiene un aspecto muy diferente de su predecesor: es mucho más robusto, todoterreno y encima contiene en su parte delantera la moto o Batpod.

La speeder bike de La guerra de las galaxias

Imagen : 20th Century Fox.
Imagen : 20th Century Fox.

Uno de los momentos más recordados de El retorno del Jedi fue la persecución en estas motos voladoras por los bosques de la luna de Endor. Según lo descrito en el Universo Expandido estos cacharros podían alcanzar hasta los quinientos kilómetros por hora, algo a todas luces excesivo entre tantos árboles tal como los soldados imperiales acaban comprobando. Lo bueno es que a esas velocidades es fácil acabar atropellando algún ewok.

Chitty Chitty Bang Bang

Imagen: MGM.
Imagen: MGM.

Una película que ha formado parte de muchas infancias gracias a la fantasía y buen humor que destila. Un excéntrico inventor que vive en un molino junto a sus dos hijos construye toda clase de inventos estrafalarios y entre ellos este peculiar vehículo que flota, vuela y traslada a su familia y a su novia a un mundo lleno de aventuras. Si esta canción le resulta evocadora de sus años juveniles entonces enhorabuena, ya le debe de faltar poco para terminar de pagar la hipoteca.

El patinete volador de Regreso al futuro II

Imagen: Universal Pictures.
Imagen: Universal Pictures.

El DeLorean que servía como máquina del tiempo fue sin duda el icono de esta memorable saga, pero se trataba al fin y al cabo de un coche ya comercializado, así que no tendría sentido incluirlo en esta lista. Aunque también hubo otro vehículo, que apareció en la segunda parte de la saga y que todavía no hemos podido ver hecho realidad, pese a que el film lo situaba en el año 2015. Tantos años soñando con que se hiciera realidad y lo más parecido que tenemos hasta ahora es este estridente aparato que necesita una base metálica para que funcione el campo magnético.

La moto de Kaneda en Akira

Imagen: Akira Committlee.
Imagen: Akira Committlee.

En un Neo Tokio postnuclear las bandas juveniles se persiguen y se retan enfrentándose en duelos a bordo de sus potentes motos. La acción de Akira se desarrolla en 2019, así que todavía hay algo de margen para que podamos ver motos como la del protagonista, aunque el éxito de la película y del manga han traído consigo que algunos aficionados se hayan construido su réplica exacta.

El coche de Yo robot

Imagen: 20th Century Fox.
Imagen: 20th Century Fox.

El Audi RSQ es un prototipo que la marca alemana diseñó para esta película futurista ambientada en el año 2035 que queda muy resultón. Tiene formas suaves y blancas a la manera de EVA, que es como ahora nos imaginamos las máquinas del futuro debido a Apple, aunque para dentro de veinte años dicha estética probablemente ya estará pasada de moda y lo que se lleve no tenga nada que ver.

En cualquier caso tiene ruedas esféricas y puertas que se abren hacia arriba, ¿quién no querría tener un coche así?

La araña mecánica de Wild Wild West

Imagen: Warner Bros.
Imagen: Warner Bros.

Demostrando que es mejor monologuista que director, Kevin Smith contó en su día esta fascinante historia sobre un productor cuyo sueño era ver una araña gigante en la pantalla. Intentó meterla en una nueva versión de Superman pero finalmente fue en Wild Wild West. Y no estuvo errado, pues al fin y al cabo este engendro mecánico fue lo mejor de esta comedia de steampunk de la que algunos de sus protagonistas llegaron a renegar públicamente.

Cualquiera de los autos locos

Imagen: Hanna-Barbera.
Imagen: Hanna-Barbera.

La verdad es que los autos locos merecerían su propia encuesta, aunque sería difícil elegir entre el Espantomóvil de la Pareja Compleja, el Compact Pussycat de Penélope Glamour, el Alambique Veloz, el Rocomóvil… cada coche tiene su propio estilo acorde a la personalidad de sus conductores. Era una competición muy reñida en cada episodio, de hecho todos los participantes ganaron entre tres y cuatro carreras —salvo Pierre Nodoyuna y Patán, por tramposos— pero si aplicáramos el actual sistema de puntuación de la Fórmula 1 el vencedor sería el Rocomóvil conducido por los trogloditas Piedro y Roco.

El Nautilus

Imagen: The Walt Disney Company.
Imagen: The Walt Disney Company.

Nautilus es como llamó el ingeniero Robert Fulton a su invención en el año 1800 que no logró implantarse quizá por ser muy adelantada a su tiempo, pero al menos sirvió de inspiración tiempo después a Julio Verne para su novela Veinte mil leguas de viaje submarino. Este enorme submarino pilotado por un genio misántropo tuvo una estupenda adaptación al cine que lo mostraba como un buen lugar para vivir, nada claustrofóbico gracias a esos amplios ventanales que permitían observar la fauna marina.


La bestia que quiso ser actor

Escena de Locke. Imagen: IM Global / Shoebox Films.
Escena de Locke. Imagen: IM Global / Shoebox Films.

Hace apenas un lustro a Edward Thomas Hardy lo conocían cuatro. Por supuesto, esto último no es literal, muchos ya se habían fijado en el tipo que en 2007 protagonizaba el libro de Alexander Masters, Stuart: a life backwards, la durísima epopeya de un mendigo de alma atormentada y afectado por una enfermedad muscular degenerativa. Producía HBO, que ya había contratado a Hardy (acreditado ya desde entonces como Tom Hardy) para Hermanos de sangre. En la serie, para quien quiera entretenerse buscándolo, el actor aparecía, delgado y con aspecto de piltrafa, conduciendo un jeep.

Después, durante unos meses, vivió haciendo cosas aquí y allí (teatro por Inglaterra, mayormente), buscándose la vida como cualquier actor de medio pelo de cualquier ciudad de medio pelo, exactamente lo mismo que hacía antes de haber debutado con la cadena de televisión más prestigiosa del mundo.

En 2008 Nicholas Winding Refn, convertido después en icono hipster gracias a Drive, le dirigía en Bronson, una historia sobre un enemigo público enamorado del excentricismo y el actor daba el do (y el re mi fa sol) de pecho: del enclenque nacido en Hammersmith en 1977 y que durante años se estuvo metiendo de todo en el cuerpo se pasó a un hombre convertido en bestia, una especie de comodín con más matices que una baraja de póquer. Por aquel entonces, unos cuantos centenares de miles de cinéfilos ya le seguían la pista, oliéndose lo mejor.

La nariz no les fallaba (y no era por Rock’n’rolla, donde Guy Ritchie le ponía a ejercer de tío bueno) porque el mismísimo Christopher Nolan le llamaba a filas en Origen, una de esas películas que la gente odia o ama sin resquicios (un poquito más de odio en este caso, si somos sinceros) pero en cuyas críticas se hablaba —sin divisiones— del carisma de Hardy, al que le quedaba el traje como un guante y que se comía a Di Caprio en cada escena que compartían.

Por aquel entonces, el buen Tom ya no era ningún desconocido y en su mesilla de noche se apilaban los guiones. Ayudaba también su condición física, no solo por buena (que también) sino por su capacidad para menguar o expandirse según las necesidades de turno. Así creo al animal de Warrior, un luchador perdido en su propio pasado que se dedica a aquello tan freudiano de matar al padre, añadiendo a su hermano por el camino, para que no queden cabos sueltos. En España, la película no llegó a estrenarse en cines (sin comentarios) pero a Nick Nolte le nominaron a un Óscar (él era el —impresionante— padre), Joel Edgerton —compañero de reparto— se metía en todas las listas de mejores secundarios y Hardy… bueno, Hardy reinaba. Simplemente.

Ese militar derruido que decidía volver a los brazos de su padre alcohólico y maltratador y que escondía un corazón de ballena y un alma de ceniza era el motor de la película. No eran solo sus músculos (que también) sino esa forma de agachar la cabeza, esos ojos de sacacorchos y esa manera de golpear. Hardy no era un luchador profesional pero lo parecía. Su habilidad para combinar esa capacidad física con una delicadeza francamente dolorosa le habían lanzado ya al estrellato.

El actor, un malote de manual, lo celebraba colgando fotos suyas en las redes sociales: «Ahora me beso los bíceps, ahora enseño mis abdominales, ahora pongo cara de que soy rico y famoso». Algunos, ya se sabe, pronosticaron que su mala fama en los rodajes (más de uno confesó por lo bajini que el hombre no lleva nada bien la competencia) y su pinta de gamberro con pasta le impedirían progresar.

Desde entonces el londinense no ha parado. Ni un poco.

Que si Bane en Batman: The Dark Knight Rises (pocas veces se ha visto un personaje tan intimidatorio en el cine moderno), que si una obra de teatro con dirección de Philip Seymour Hoffman, que si el mejor tráiler de la última década.

Sí, el mejor tráiler de la última década, cortesía de George Miller, para resucitar a uno de los personajes más legendarios de la historia del cine: Mad max.

Parece de cajón: ¿quién puede ser mejor Mad Max que Hardy? Un nómada asalvajado con pasión por los motores y las chupas de cuero y que anda de mal en peor perpetuamente cabreado. Alguien en Hollywood —no van a ser todos tontos— pensó que era buena idea. Habrá que esperar a 2015 para, obviamente, darle la razón.

Antes, y para abrir boca, el británico (ojo con la orla del país: el mencionado, Michael Fassbender, Benedict Cumberbatch, Idris Elba, Martin Freeman, etc.) se ha marcado un soliloquio que ha dejado a más de uno con la mandíbula en el subsuelo. En Locke, Hardy vuelve a demostrar que a lo mejor a otros la cámara les engorda pero que a él se lo quiere beneficiar: una hora y media de Hardy, Hardy y Hardy, que es capaz de abrirse como un abanico para demostrar que lo suyo no es flor de verano. Un tipo al volante que pasa por todos los estados de ánimo imaginables (y unos cuantos que nos gustaría no imaginarnos) y que se pega uno de los monólogos visuales más sensacionales de los últimos tiempos. Una road-movie más densa que el mar Muerto y una muesca más en el revolver de un actor que ha nacido para ser un grande y que a los treinta y siete años ya se ha convertido en uno de los mejores intérpretes del mundo. Y lo que le queda, Dios mediante.

Escena de Mad Max: Fury Road. Imagen: Kennedy Miller Productions / Village Roadshow Pictures / Warner Bros.
Escena de Mad Max Fury Road. Imagen: Kennedy Miller Productions Village Roadshow Pictures Warner Bros.


Low budget, big profit: las películas más rentables de la historia

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The Purge es una cinta protagonizada por Ethan Hawke y Lena Heady que ha llegado este junio a las salas estadounidenses. La premisa de la que parte es interesante: en los nuevos Estados Unidos del 2022 el Gobierno ha eliminado casi por completo el paro y el crimen. Y esto lo ha logrado de una manera bastante cafre: permitiendo que una vez al año, y durante 12 horas, todo delito (incluido el asesinato) sea legal. Una purga anual que desata los instintos más salvajes de la población y les ayuda a sobrellevar con más relax el american way of life cotidiano. A la vista de las críticas la película parece no arriesgarse demasiado y quedarse apoltronada en el diván del thriller de terror tópico, desaprovechando la tienda de golosinas que es la salvaje idea inicial. Pero lo realmente destacable de esta purga tiene más que ver con cuestiones de cartera, The Purge ha sido la película más taquillera en el fin de semana de su estreno y al mismo tiempo el film más económico de esas cintas que se alzaban en ese podio. Costó tres millones de dólares, lo que para la industria americana podría ser el presupuesto destinado para los bocatas de anabolizantes de Dwayne Johnson durante un rodaje. Por hacer una comparación ilustrativa, la segunda película más taquillera de ese fin de semana (del siete al nueve de junio de 2013) ha sido Fast & Furious 6, y ha costado 160 millones.

El low budget y el tirar de todo lo disponible para llevar a cabo una película a veces se transforma en taquillazo inesperado y en catapulta instantánea para el director. En algunos casos el éxito debe mucho a la maña publicitaria, no es raro que un estudio adquiera un film con posibles y acabe gastándose más millonadas en la promoción que lo que han invertido el propio director y sus primos en rodar la cinta.

Low budget, big profit o algunas de las películas más baratas en su gestación que llegaron a recaudar más beneficios.

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kevin-smith-clerks-1994

Clerks (1994)
Presupuesto: 27.000 $
Recaudado: 3.151.130 $

Kevin Smith vendió parte de su colección de cómics, tiró de ahorros para sus estudios y del dinero que le proporcionó el seguro de un coche. Solicitó permiso en la tienda en la que trabajaba para utilizarla como escenario pero se lo concedieron a medias: solo le permitían rodar cuando el Quick stop estuviese cerrado, por eso Clerks transcurre casi en su totalidad en una tienda y en la trama las persianas del local están saboteadas. Convenció a amigos y familiares para ponerse delante de la cámara y rodó el purgatorio de un dependiente que quemaba las horas discutiendo si los habitantes de la Estrella de la Muerte que revienta en El retorno del Jedi eran trabajadores autónomos inocentes. Esa historia de veinteañeros deslenguados sin futuro conectó con el público y recorrió Cannes, Sundance y los Independent Spirit Awards. Se convirtió en cinta de culto, generó una secuela en 2006, una serie de animación, una tercera parte se encuentra en preparación y durante el décimo aniversario de los Clerks primitivos se permitió rehacer algo que, pese a estar en el guión original, no se llevó a cabo por falta de pasta: la escena del funeral (que ocurría en la película pero que el público no llegaba a ver) en versión dibujo animado a color: Clerks: The lost scene. Smith era de repente una revelación del indie americano pero no tendría un futuro brillante: salvad Persiguiendo a Amy, Red State, pedazos puntuales de Mallrats o Clerks II y algún chiste de penes y ahí tenéis todo lo digno que ha producido.

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Cabeza borradora

Cabeza borradora (1977)
Presupuesto: 20.000 $ en teoría (aunque algunas fuentes indican una cifra así a ojo inexacta entre los 20.000 y los 100.000 $)
Recaudado: 7.000.000 $

David Lynch calentaba las sillas del American Film Institute cuando decidió ponerse Buñuel filmando un primer e inusual largometraje. Cabeza borradora fue financiado gracias a la colaboración económica eventual de amigos y familiares, Terrence Mallick llegaría a proyectar la película a un posible inversor y obtendría como respuesta un “esto es una mierda” del caballero en cuestión. El rodaje contó con un equipo mínimo, efectos especiales perturbadores de truco incierto (ese bebé mutante) y un rodaje que se prolongaría durante más de cinco años dejando secuelas en la propia película: Jack Nance envejecía de golpe 18 meses en una escena. Aunque comercialmente proyectar eso en una sala de cine parecía el equivalente a bombardear a la audiencia con un cañón de gas pimienta, y que revistas como Variety la consideraron “una bonita arcada, el film participó en el festival Filmex y acabó encontrando su sitio en proyecciones de medianoche y teatros selectos. El “bocaoreja” se extendió y la película recaudó siete millones en total; Lynch y sus mundos llegaban a la pantalla grande para torcer culos.

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Easy Rider

Easy rider (1969)
Presupuesto: 360.000 $
Recaudado: 41.000.000 $

Peter Fonda y Dennis Hopper se pusieron de acuerdo para crear un western con motocicletas que recorrían el asfalto americano y debido a aquellas inspiraciones los protagonistas compartieron nombres con Billy el niño y Wyatt Earp. Easy rider se rodó a las órdenes del propio Hopper y a las bravas, sin un guión perfilado, improvisando sobre la marcha, contratando a hippies locales como equipo técnico y con el director liándola desde la preproducción: tuvo un encontronazo a hostias con un cámara y le realizó un curioso proceso de casting a Rip Torn, quien no llegaría a participar en la película: Torn asegura que Hopper llegó a amenazarle con un cuchillo. Fonda y Hopper se pasaron el rodaje vaciando botellas y fumando marihuana (la que consumen en la película tiene poco de atrezo) e incluso Jack Nicholson aparecía en pantalla ligeramente perjudicado por los humos. El estreno fue apoteósico, una sociedad desengañada con el Gobierno hizo que recaudara 41 millones de dólares convirtiéndola en una de las películas más taquilleras del año y en un cartel de neón con ruedas que avisaba a Hollywood de la llegada de un nuevo tipo de cine alejado del encorsetamiento. Aquellos maravillosos 70.

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The Blair Withc Project

El proyecto de la bruja de Blair (1999)
Presupuesto: ¿20.000? ¿60.000? ¿500.000? (depende de la fuente) $
Recaudado: 248.000.000 $

Eduardo Sánchez y Daniel Myrick se llevaron de campamento a tres actores, les dieron una cámara y empezaron a putearlos a escondidas. Agarraron las 20 horas de metraje y montaron una película de hora y media. El objetivo era alcanzar los resortes del miedo,; el resultado fue un footing loco a través del bosque con un par de momentos curiosos, una cámara discotequera sufriendo un ataque de epilepsia en una montaña rusa y una legión de fans. Recurriendo a la técnica narrativa del found footage se intentó vender la obra como un hecho real pero la gente por un lado tenía Internet, y por otro ya estaba curada de esos espantos desde que tiempo atrás Interviú hizo creer a todo el mundo que Holocausto caníbal era un documental gastronómico. Lo desquiciado del asunto es que la distribuidora se fundió 25 millones en publicidad (incluyendo todo aquel montaje web de alma viral) y gracias a ello recaudó unos 248.639.099 dólares. Generó una deyección/secuela sin bamboleos, tres videojuegos, libros, cómics e incluso (atentos aquí) una fotonovela.

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El mariachi

El mariachi (1992)
Presupuesto: 7000 $
Recaudado: 2.000.000 $

Debut a tiros de Robert Rodriguez, quien decidió ponerse Jackass y sacar parte del dinero convirtiéndose en conejillo de indias y probando medicamentos experimentales a cambio de dinero, mientras rezaba para no tener deposiciones verdes. El mariachi utilizaba una silla de ruedas para el movimiento de la única cámara del film, simulaba los impactos de bala con condones rellenos de líquido rojo, los propios actores formaban el equipo de rodaje y su obsesión por el ahorro incluso implicaba prescindir de la claqueta. Cuando la cinta estuvo lista, Rodriguez trató de venderla al mercado del vídeo sin éxito hasta que llegó Columbia Pictures, compró la obra y se gastó más dinero en la promoción y en convertir los 16mm a 35mm que lo que había costado filmarla. El director relataría el proceso de rodaje guerrilla en el libro Rebelde sin pasta y después montaría su productora y se dedicaría a fabricar cosas divertidas (Desperado, Planet Terror, Sin City, Machete) entre mediocridades (la saga Spy kids y su prima Las aventuras de Shark Boy y Lava Girl, la insufrible El Mexicano, The faculty). Pero ante todo sería el responsable de la mejor comedia bipolar con vampiros del mundo: Abierto hasta el amanecer.

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paranormal activity

Paranormal activity (2007)
Presupuesto: 15.000 $
Recaudado: 190.000.000 $

Paranormal activity es algo así como El proyecto de la bruja de Blair en formato Gran hermano. Oren Peli redecoró su propia casa, contrató a la pareja protagonista a 500 papeles por cabeza, les dio unas míseras líneas de guión y filmó en diez días un found footage de terror literalmente casero. Paramount pagó 350.000 dólares por los derechos, decidió que lo mejor sería modificar el final (por sugerencia de Steven Spielberg) y en principio planeó un remake de la cinta con algunos famosetes al frente para dejar la versión original relegada a un rincón de los extras del DVD. Pero la película de Peli se estrenó en un puñado de cines y amasó una millonada. A partir de ahí funcionó como la bruja campestre de Blair: 200 millones de recaudación mundial y una nueva saga para ordeñar: su quinta parte se estrena en octubre del 2013.

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Halloween

Halloween (1978)
Presupuesto: 325.000 $
Recaudación: 47.000.000 $

John Carpenter de marte con su Asalto al distrito 13 fascinó al productor Moustapha Akkad hasta tal punto que este decidió dejarle debajo de su almohada el triple de presupuesto. Aunque ese montante seguía sin ser gran cosa (Asalto al distrito 13 costó unos míseros 100.000 dólares) Carpenter se las apañó para rodarlo todo en 20 días aprovechando el vestuario de los propios actores y a un director de arte que se valía del trueque y compraba en saldos para llevar a cabo su trabajo. Se compró una careta de 1,98 dólares del Capitán Kirk de Star Trek (o lo que viene a ser lo mismo: del jeto de William Shatter) y la repintó de blanco para dar forma al rostro inexpresivo del psicópata Michael Myers. El slasher como género establecido, el villano como letal icono parsimonioso y miles de butacas con orín provocado por los sobresaltos del cuchillo: 47 millones de dólares en la temporada alta de sustos o muertes.

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primer

Primer (2004)
Presupuesto: 7.000 $
Recaudación: 424.760 $

Hay gente que después de haber visto Primer no tienen claro si aquello iba de viajes en el tiempo o de un sábado tarde normal en la vida de unos informáticos. Shane Carruth, ingeniero y matemático decidió crear una obra compleja en su esqueleto hasta tal punto que la pequeña sinopsis infográfica que circula por internet intentando aclarar como funciona el viaje en el tiempo en el film es un puzzle de dos piezas junto a la verdadera estructura completa de las líneas temporales que se enmarañan (ojo también a la ilustrativa aparición de Primer en las tiras cómicas xkcd). Proyectar toda la energía hacía el laberinto propuesto y sobre todo, el renunciar a hacer más sencilla la trama obligando a la audiencia a poner el cerebro en una batidora funcionó a la hora de construir una película de culto superando los límites técnicos y físicos. Sólo costó 7000 dólares, y la ira de unos cuantos que creían que Carruth se estaba pasando de listo.

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La noche de los muertos vivientes

La noche de los muertos vivientes (1968)
Presupuesto: 114.000 $
Recaudación: 30.000.000 $

A George A. Romero se lo considera el padre del legado zombi, y no por ser el primero sino por plantar las bases principales de lo que viene a ser la carne podrida de paseo. Robando la idea de la novela Soy leyenda, Romero ideó al monstruo más económico: el muerto viviente de FX caseros con cucharadas de chocolate sustituyendo a la sangre (la película estaba rodada en blanco y negro). Un pase previo aterró al público de manera espectacular, la crítica la consideró una orgía de violencia horrenda, se le atribuyeron todos los males del mundo y entre tanto la taquilla reventaba: el Wall Street Journal anunció que aquella noche de final desolador era la película más taquillera de Europa en 1969.

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Pi

Pi (1998)
Presupuesto: 60.000 $
Recaudación: Más de 3.000.000 $

Darren Aronofsky pidió prestados a familiares y amigos 60.000 dólares en packs de 100 billetes por cabeza con la promesa de devolverles 150 a cada uno si conseguía beneficios con un thriller de planos acelerados que orbitaba en torno a la obsesión de un matemático por el número Pi. Consiguiendo el culto casi al instante, Pi recaudó tres millones solo en Estados Unidos, se convirtió en un DVD de venta constante y lanzó la carrera de Aronofsky, esa persona que acabaría dirigiendo cosas tan destacables como Réquiem por un sueño, El luchador o Cisne negro.

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Mad MAx

Mad Max (1979)
Presupuesto: Entre 350.000 y 400.000 $
Recaudación: 100.000.000 $

George Miller trabajaba como médico de urgencias en Australia cuando decidió probar suerte tras la cámara. Mendigó dinero hasta conseguir una cifra que rondaba los 350.000 $ y empezó a darle forma a Mad Max, acción en futuro apocalíptico de motores salvajes. Un Mel Gibson que aún no era famoso ni había declarado la guerra a todas las etnias ajenas se presentó al casting en un estado lamentable tras un fiestorro en el que alguien le regaló unos guantazos y Miller creyó que con esas pintas serviría como secundario freak, pero semanas más tarde el director lo vería más limpito y le asignaría el papel protagonista. La película sufrió palos de críticos que la veían como un vehículo de violencia gratuita y pese a que solo recaudó 8 millones en USA en el resto del mundo arrasó, elevando sus ganancias a los 100 millones de dólares.

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napoleon-dynamite-8

Napoleon Dynamite (2004)
Presupuesto: 400.000 $
Recaudación: 46.000.000 $

Un nerd puro y duro es la antítesis del protagonista clásico de película, pero para Jared Hess era el epicentro de todo. Con un presupuesto escaso expandió la idea de un cortometraje previo y la comedia resultante tendría una de las carreras en salas de cine más consistentes jamás vista, con hordas de adolescentes americanos visitando el cine de manera continua, encontrando hilarante por cercanía ese extraño sentido del humor y descubriendo aquella espectacular coreografía del Canned heat de Jamiroquai. Su raíz americana era tan marcada que en resto del mundo solo la vieron cuatro gatos y probablemente dos de ellos no le encontraron la gracia.

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Monsters

Monsters (2010)
Presupuesto: 25.000 $
Recaudación: 4.240.000 $

Por la cabeza del británico Gareth Edwards rondaba la idea de rodar una película de monstruos que ocurriese después de las películas de monstruos, centrándose en los personajes y no en los bichos destrozando el mundo y la humanidad gritando asustada. Monsters tomó forma con un equipo de siete personas, y una furgoneta se fue de ruta por Méjico, Texas, Belice, Guatemala y Costa Rica reclutando por el camino a los lugareños como actores y filmándolo todo con un equipo digital. El material comenzó a editarse en el hotel durante el mismo rodaje y lo más increíble de todo es que a la vuelta a su tierra el hombre hizo un auténtico yo-me-lo-guiso cuando se encerró en su habitación durante meses para crear los efectos especiales desde su ordenador. “La historia del cine ha sido siempre un proceso industrial en el que necesitabas cientos de personas, pero eso ha dejado de ser así. Ahora puedes hacerlo solamente con un puñado. […] Hoy puedes ir a una tienda y comprarte un portátil que es más potente que aquellos ordenadores con los que hicieron Jurassic Park.

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Deep-Throat

Garganta profunda (1972)
Presupuesto: 25.000 $
Recaudación: Una locura.

El porno, eso que nadie ve y que tiene unas cuantas legiones de seguidores fantasmas. Garganta profunda es la película más famosa de ese género en el que el paquete de kleenex de acompañamiento no se suele utilizar para secarse las lágrimas. Linda Lovelace acude al médico intentando descubrir la razón de su incapacidad para llegar a la parada del orgasmo, y el muy profesional doctor descubre que la chiquilla tiene el clítoris en la garganta, un detalle que condicionará la trama de manera profunda. Perseguida por los defensores de lo decente, llevada a numerosos juicios y prohibida en varios estados de EE. UU. y países del mundo, Garganta profunda se convirtió con tanto ruido mediático en la película que todo el mundo quería ver. Su actriz principal primero la defendería y más tarde renegaría de ella asegurando “cada vez que alguien ve esa película, está viéndome a mí siendo violada”, y revelando que fue forzada a participar por su marido (Chuck Traynor). Howard Simons, al frente del Washington Post, utilizaría el apodo de “Garganta Profunda” para su informador del caso Watergate y el término rebautizaría a miles de anónimos chivatos en la realidad y la ficción. Deep throat se convirtió en un icono pop y sus beneficios son inexactos pero se intuyen bestiales: los derechos los gestionaba un sector de la mafia neoyorkina y la transparencia normalmente no es una de las virtudes más reseñables de esas organizaciones. Aunque el curioso documental Inside Deep throat asegura que alcanzó la hiperespacial cifra de 600 millones, lo más probable es que la cifra real sea bastante bestia y cercana al centenar de millones, pero no astronómica.