Eduardo Jordá: «La obsesión por juzgar las cosas desde la óptica del presente destruye la historia, la política, todo»

Eduardo Jordá

Los azulejos de un histórico café del centro de Sevilla reflejan la figura de Eduardo Jordá al tomar asiento. Aquí, asegura, hace su única vida literaria, encontrándose de vez en cuando con amigos como José María Conget o Hipólito G. Navarro. Por lo demás, después de dar la vuelta al mundo y vivir para contarlo, este mallorquín de 1956 se ha vuelto un escritor muy poco dado a alternar, especialmente desde que un problema de salud le dejó sin voz y le obligó a expresarse apenas con un susurro. 

Ahora reparte su tiempo entre los talleres, la traducción y la creación. En los últimos tiempos han salido varios títulos suyos: el libro de viajes Pájaros que se quedan, una biografía de Anna Ajmátova, una recopilación de artículos periodísticos titulada Fuera, en la oscuridad… Su faceta poética, muy valorada entre sus fieles, descansa por el momento, a la espera —quizá— de tiempos menos prosaicos. 

Jot Down le ha pedido que hable de algunos de ellos, así como de personajes que se cruzaron en su camino, como Camilo José Cela, Kevin Ayers, Mohamed Chukri, Van Morrison o James Salter. La máquina de café hace una última, sonora gárgara, y comenzamos…  

Si no le molesta, me gustaría empezar preguntándole por su pérdida de la voz. ¿Ha influido de alguna manera en su relación con la palabra?

Sufrí hace cuatro años una operación en las cuerdas vocales por un tumor en la garganta, y me provocó esto. Durante varios años pasé por tantos hospitales que llegó un momento en que me propuse escribir una guía de la comida de los hospitales de la Seguridad Social de Sevilla, porque probé la de todos… La mejor era la de Valme, por cierto [risas]. Me operaron seis veces. Ahora lo que se me hace más raro es oír mi voz cuando era normal. Mi voz actual, o mejor dicho, mi «no voz» actual, suena como la de esos psicópatas que amenazan por teléfono con un pañuelo en la boca y susurran: «Sé dónde vives».

Pero su escritura, ¿lo ha notado en algo?

No, no hay nada de eso. Lo que ocurre es que de pronto dejas de ser el que eras y te conviertes en otra persona, en alguien mucho más frágil, mucho más desdibujado. Cuando hablas, la gente te mira con curiosidad. Y eso te hace sentir un poco como un personaje de ficción, alguien que no eres tú pero que se parece asombrosamente a ti. Continuamente te preguntan «¿qué te pasa, estás afónico?». Y cuando dices que no, te miran de otra manera, con piedad, con lástima… porque se han dado cuenta de que han entrado en un terreno peligroso en el que la palabra innombrable no tardará en aparecer. Por suerte, la gente es mucho más pudorosa de lo que parece y casi todo el mundo se calla cuando les dices que tu afonía no es ronquera sino otra cosa. Eso sí, siempre hay un gracioso que hace una broma idiota que te saca de tus casillas. De todos modos, haber perdido la voz te cambia en tu relación con los demás, en tu proyección hacia fuera. En cierta forma, te sientes un poco como el vizconde demediado de Calvino. Hay algo de ti que te falta y que ya no volverá. Por suerte conservo un hilo de voz y eso me ha permitido seguir impartiendo talleres de narrativa. Salvo grabar poemas con esta voz, que es algo a lo que me he negado cuando me han pedido hacerlo, hago de todo.

Nacer en una isla, como es su caso, ¿es tener una predisposición especial a la aventura, a la fantasía?

No sé, mis abuelos prácticamente no se movieron de Mallorca. No les interesaba nada de lo que había más allá. Para ellos, el mundo se dividía en dos hemisferios: Mallorca y Fuera de Mallorca. El segundo hemisferio, Fuera de Mallorca, era como la Ultima Thule para ellos: un lugar misterioso del que les llegaban vagas noticias y que quizá les podía parecer fascinante cuando revoloteaban las moscas en una aburrida tarde de agosto, pero era un lugar que en el el fondo no tenían ningún deseo de conocer. Y por otra parte, yo creo que todos los lugares son literarios y que es una tontería distinguir los «literarios» de los «no literarios». Es igual que las vidas. No hay vidas literarias y vidas no literarias. Todas son igualmente interesantes si nos ponemos a escarbar en ellas. Y por supuesto que hay una mitificación de ciertos sitios, pero si escarbas en cualquier lado siempre vas a encontrar algo que se pueda convertir en memoria literaria. Otra cosa es que unas ciudades se impongan sobre otras porque tienen un prestigio indiscutible. Trieste, Dublín, Alejandría, Lisboa, pueden parecer lugares más literarios que Almendralejo, pero seguro que Almendralejo tiene lo suyo. De hecho, ahora que lo pienso, Espronceda era de Almendralejo. 

¿Quién le ayudó a usted a dar sus primeros pasos literarios?

Conocer a Camilo José Cela me sirvió de mucho, pero todo ese mundo literario me vino por mi familia, donde hubo siempre cierta tradición literaria. Mi padre era el médico de Cela y de Miguel Ángel Asturias, que veraneaba en Mallorca. Y como buenos amigos de Cela, mis padres asistieron a las primeras conversaciones de Formentor, las de 1959. En mi casa siempre se habló de estas cosas, pero como algo muy normal. De hecho, mis padres eran muy amigos de Tomeu Boadas, el dueño del Hotel Formentor que organizó las primeras conversaciones junto con Cela. Ahora bien, Cela propiamente no me ayudó a entrar en ningún sitio. Con él aprendí cómo trabajaba un escritor profesional que tenía que aceptar encargos a destajo, pero nada más. Si alguien me ayudó fue Cristóbal Serra, de quien fui muy amigo. Él sí que me enseñó de verdad a leer con otros ojos y a descubrir cosas que nadie más podría haberme descubierto. Serra era un escritor muy extraño con una personalidad irrepetible. Leía lo que nadie más había leído y tenía unas ideas que nadie más tenía en aquellos años (hablo de los 70 y los 80). Los idiotas leían el Anti—Edipo, que es palabrería ininteligible, cuando podrían haber aprendido mil veces más leyendo a Serra. Pero los años 70 fueron así: años de intoxicación ideológica y de culto a todo lo que sonara raro e incomprensible. Serra, en cambio, era un antiguo: prácticamente no leía nada escrito después de 1950. Una vez le cité a Malcolm Lowry y me cortó: «Diabólico, diabólico». Pero estábamos hablando de Cela, ¿no?

Sí, y de sus padres. ¿No era un poco irresponsable confiar a un hijo a ese mundo de bebedores y noctámbulos?

Para ellos era algo muy respetable, no le veían la menor relación con la bohemia. Miguel Ángel Asturias, por ejemplo, vivía entonces en un hotel muy bueno —el Costa de la Calma, en Bendinat—, y además los derechos de autor se los mandaban sus editores, no sé por qué, a mi padre. Cuando murió, mi padre fue el administrador de su patrimonio, y cada mes llegaba una carta de la agencia Merrill Lynch con los dólares que ganaba. Mi padre me la enseñaba y me decía: «Mira, Edu, los milagros del capitalismo: Miguel Ángel Asturias, Premio Lenin, cobrando sus derechos de autor en dólares a través de Wall Street». De modo que para ellos un escritor era alguien que recibía periódicamente dólares de Estados unidos, no el bohemio que malvivía en un hotel de mala muerte. Además, veían a los escritores en el hotel Formentor, que era un hotel de lujo, no en el café Gijón, arramblando con lo que fuera para poder pagar la pensión. Escribir era un oficio respetable.  

A mucha gente le sorprendió leer su nombre en el reportaje sobre ghostwriters que publicamos en Jot Down. ¡Jordá, negro de Cela!

Bueno, la verdad es que no creo que nadie se fijara en eso, la verdad. No soy tan conocido, por suerte. En el caso de Cela y sus negros, lo que tuvo mucha repercusión fue lo que ocurrió con La cruz de San Andrés, pero eso fue en la última fase de su vida, un caso muy turbio. Lo nuestro era simplemente una enciclopedia en entregas mensuales —la Enciclopedia del Erotismo, eran los tiempos del destape—, y para eso hacía falta un equipo. Seis o siete personas, no éramos más, entre ellos gente muy interesante. Allí estaba también Paco Monge, figura mítica del underground, que fue uno de los primeros teóricos del movimiento y que tradujo el Anti—Edipo de Deleuze y Guattari… Yo me reía mucho con él porque intenté leer el Anti—Edip» y no logré entender ni una palabra. En cierta forma, hay que estar zumbado para entenderlo, ¿no? El caso es que yo me reía de esas cosas. «Estás forcluido, Paco, tu explicación es demasiado rizomática», le decía. Y Paco soltaba una de sus tremendas carcajadas. Luego la heroína se lo llevó, claro, como a tantos otros de nuestra generación. En aquella época trabajábamos en un anexo de la casa de Cela, y los sobres con el salario los repartía su mujer, la gran Charo Conde, una mujer maravillosa —y mucho más interesante que Cela, creo—, aunque para mí nunca hubo pago en metálico. Yo tenía diecinueve años y era un becario, ya era una honra estar allí.

¿Esa fue toda su relación con el nobel?

No, hubo algo más: un amigo de Cela, comisario de policía para más señas, al jubilarse le cedió una biblioteca de crímenes y yo se la archivé. Era fascinante, como tres mil ejemplares. Si eso llega a caer en las manos de Abelardo [Linares]… Había libros extraordinarios sobre criminales de los años 20. No sé qué sería de esta biblioteca, como todo el legado de Cela se dispersó.

Eduardo Jordá

Tradujo usted El mar de un autor de culto como el mallorquín Blai Bonet. ¿Llegó a conocerlo?

No, no llegué a tratarlo. Bonet, Porcel, Caballero Bonald, todos formaban parte del mismo círculo, alrededor de Camilo José Cela, a comienzos de los 60. Todos trabajaban en los Papeles de Son Armadans, y Caballero incluso tuvo un romance, como se sabe, con la esposa de Camilo. 

El gran personaje de la literatura mallorquina de entonces era Villalonga, el autor de Bearn. ¿Con él sí tuvo contacto?

A Villalonga quien lo conoció fue mi abuelo, que era socio del Círculo Mallorquín y dormía la siesta en la biblioteca con «don Lorenzo», como le llamaba todo el mundo en Palma. Como mi abuelo me llevaba a la biblioteca del Círculo después de comer, supongo que alguna vez debí de coincidir con Villalonga, que estaría durmiendo la siesta tan ricamente en un rincón. La suntuosa biblioteca del Círculo Mallorquín era el lugar donde se dormían las mejores siestas de Palma. Todo era como en La Regenta o en El gatopardo, pero estábamos en 1968 y Jimi Hendrix estaba tocando en el otro extremo de Palma, en la plaza Gomila. Aunque nadie se lo crea, eso ocurrió cuando se inauguró la discoteca Sgt. Pepper, que era del manáger de Hendrix, un tipo extrañísimo llamado Mike Jeffery. Ese día de julio del 68, además, Jimi Hendrix jugó un partidito de fútbol con George Best, el gran Best del Manchester United, el «quinto Beatle», en la playa de Cala Mayor. ¿No le parece maravilloso? Eran cosas que solo podían ocurrir en un lugar como Palma: El Gatopardo y Jimi Hendrix a menos de un kilómetro de distancia.

Y con Robert Graves, ¿no hizo peregrinación a Deià, como tantos otros?

No, pero lo vi bañándose en la cala de Deià, muy, muy mayor, completamente desnudo. A su casa no me acerqué por pudor, pero mis padres también lo habían conocido, en una fiesta que había celebrado Cela por su cincuenta cumpleaños. Era un mito. Yo lo veía por Palma, muy alto, caminando con su chaleco de pana negra, su sombrero cordobés y su cesta de esparto al hombro en la mano. Su figura se destacaba sobre toda la gente que iba por la calle. Yo nunca me acerqué a él, eso me hubiera parecido un sacrilegio. Para los mallorquienes, Robert Graves no era un escritor sino un personaje. Hay una palabra muy mallorquina para definir a ese tipo de gente: era «muy célebre», decimos, «molt cèlebre», que por cierto también se la oí decir al gran Luis Carandell. Cuando decimos de alguien que es «célebre», no es por su fama como «celebrity», claro, sino por su extravagancia. Pero Robert Graves, para nosotros, no era un guiri. Vivía allí, en Deià, en la montaña, pero iba cada semana a Palma, donde tenía un piso, a recoger la correspondencia y después se tomaba siempre su aperitivo en el bar Formentor, en el Born. También conocí a su hija Lucía, que iba a un colegio de monjas y era una más en su clase. Y a sus hijos. Tomás tocaba en una banda de rock, Pa amb Oli, que a veces hacían de teloneros de Kevin Ayers en los conciertos improvisados que se organizaban en las terrazas de los bares de Deià. Joan, el otro hijo, que también tocaba en un grupo, fue mi vecino durante un tiempo en Deià. Pero todo eso pasó hace treinta años. Ahora Deià es un lugar para megapijos woke.

Seguimos con mitos mallorquines: Kevin Ayers, que está enterrado en el mismo cementerio de Deià, cerca de Graves, ¿qué suponía para los isleños?

Lo más curioso es que casi nadie sabía que Kevin Ayers vivía en Deià. Un día, en el bar Chotis, un amigo mío —el gran Juanma Riera— me dijo: «Edu, Kevin Ayers vive en Deià». Yo no me lo creí y pensé que era el típico rumor disparatado, pero luego resultó que era cierto. A Kevin lo admirábamos mucho por algunos álbumes irrepetibles, como Bananamour y Whatevershebringswesing, que son dos de los mejores álbumes de la historia del rock. Y justo por eso imaginábamos que no podía ser cierto que viviera a treinta kilómetros. Pero así era. Con Kevin Ayers jugué al billar en el bar del único pub de Deià que estaba abierto en las noches de invierno. No había nadie y pasamos un rato, aunque prácticamente no hablé con él porque Kevin no hablaba con nadie. Era un hombre muy taciturno, muy encerrado en sí mismo. Es curioso, porque su música tiene a veces un toque muy epicúreo y muy sensual, pero él era alguien muy reservado que parecía siempre a la defensiva. Aquella noche, en el pub, estábamos Kevin, el guitarrista Ollie Hallsall y el tonto del pueblo, un tal Macià, que tenía cara de pájaro y no hablaba y era una especie de santo. Si Macià se hubiera puesto a levitar por encima de la mesa, a todos nos habría parecido muy normal: era como un personaje de Isaac Bashevis Singer o de las pinturas de Chagall. Y sí, Kevin Ayers vivía en Deià a veinte metros de donde yo había alquilado una casa. 

¿Qué recuerdo tiene de Hallsall?

Como dije antes, aquella noche, jugando al billar, también estaba Ollie, su guitarrista, un músico extraordinario al que le pasó lo mismo que a Kevin: llegó a España, se vino a Mallorca, se enganchó a la heroína y se perdió. Kevin logró sobrevivir, pero Ollie murió de sobredosis en el 92, en Madrid. Fue uno de los mejores guitarristas de la historia del rock y ahora está prácticamente olvidado. Kevin y Hallsall formaron una pareja extraordinaria: eran como Naphta y Settembrini en la montaña mágica de Deià. Ollie Hallsall era un tipo extrovertido y muy simpático. Ayers, en cambio, era una especie de misántropo a pesar de su fama de seductor y de indolente que se pasaba la vida tumbado al sol. Kevin tenía un 850 cupé de color celeste y a veces se ponía un mantón de Manila. Lo recuerdo una noche, con una copa de coñac en la mano, con su mantón de Manila sobre los hombros, sonriendo a solas en una esquina. Siempre que lo recuerdo iba solo. Era muy guapo y él lo sabía, pero siempre lo recuerdo solo, no sé por qué. Para mí siempre fue un enigma.

Por cerrar el tema mallorquín, ¿cómo se han vivido los ecos del procés en las islas?

Muy mal, han creado dos mundos antagónicos. En Baleares los efectos del fenómeno han tardado un poco más en hacerse notar, pero en diez o quince años hemos llegado al punto en que los escritores en castellano y en catalán no se hablan entre ellos. Con algunos amigos míos de hace cuarenta años, cuando hablamos, siempre flota esa sombra maléfica de lo que NO podemos nombrar. Es algo sumamente incómodo. Ellos saben que yo soy «constitucionalista» y yo sé que ellos son «indepes». Es como si fuéramos blancos y negros en Estados Unidos de los años 50. Por mucho que lo intentemos, hay algo que nos separa y que jamás podremos superar. Toda la complicidad que teníamos ha desaparecido. El independentismo es un virus que afecta a todo, las relaciones personales, las laborales… Es como en Estados Unidos entre trumpistas y antitrumpistas, a las primeras de cambio salta la chispa. Hace treinta o cuarenta años nos relacionábamos perfectamente, ahora en cambio nos miramos de reojo, como preguntando quién va a desenfundar primero o quién le va a echar veneno al otro en el vaso. En Cataluña es aún peor: hay escritores que no pueden estar en el mismo bar que los indepes. Todo se ha vuelto como un salón del Oeste a esa hora en que todo el mundo teme que alguien vaya a desenfundar la pistola.

Es cierto que en algunos eventos he visto lo que nunca se había dado antes, catalanes que solo se relacionan con catalanes…

En el caso de los jóvenes, hay una razón: ya no saben hablar castellano. Aunque no lo parezca, eso crea una muralla. Y además, se han autoconvencido tanto de la mentira sobre la que se basa el procés, que cuando salen de Cataluña y vienen a cualquier otro lugar de España creen que están en Kosovo. Creen que los van a secuestrar o algo así. Y se sorprenden cuando no hay hostilidad, porque tienen que confirmar ese prejuicio previo sobre el que se basa el independentismo. Si no, se les cae el chiringuito mental sobre el que han edificado su discurso ideológico. 

Una vez me dijo que el mejor piropo que podía recibir es «pareces un poeta extranjero». ¿A usted el cosmopolitismo se lo inculcaron de alguna manera?

Son cosas que no te planteas, surgen de forma natural. Es verdad que yo iba al Centro Internacional de Educación, y tenía un compañero sueco, otro belga recién llegado del Congo, unos chicos franceses… Mi mundo es el mundo de ayer, como diría Stefan Zweig, un mundo que ya no existe. Tenía cerca, por ejemplo, al hijo de Claribel Alegría, que vivía en Deià y era ahijado de Cortázar. La verdad es que vengo de un mundo muy raro. Y además en Mallorca, una isla fuera de todo… No, no, lo español para mí era una cosa muy rara. Pero también ser mallorquín es algo muy raro para mí. No sé lo que soy, la verdad. Por eso solo creo en el individualismo y rechazo todo lo que tenga que ver con el colectivismo: el colectivismo identitario, el colectivismo económico, el colectivismo ideológico. Todo eso me da náuseas. Por desgracia, hoy en día el colectivismo ejerce una fascinación perversa sobre mucha gente. Todo el ideario woke —que es una especie de reseteado histérico de la Revolución Cultural maoísta— es un ideario colectivista. Tú no puedes pensar nada por tu cuenta porque el colectivo decide por ti: el colectivo feminista, el queer, el nacional, el social y así hasta el infinito.

Imagino que si encuentra a gente muy ensimismada con la idea de España, le interesa muy poco, ¿no?

Cuidado, aquí hay que tener una cosa muy clara: España era un país muy poco «español» en los años 80 y 90. Todo eso de la bandera y la tradición nos importaba un pimiento, por fortuna. Pero en cuanto empezó la tabarra de la explosión nacionalista periférica, al cabo de un tiempo hubo una reacción centrípeta. Es algo inevitable y me extraña que la gente se sorprenda. Pero ¿qué quieren? ¿Cómo no se dan cuenta que aquí funciona el principio newtoniano de la acción/reacción? Si hay un discurso que se propone desprestigiar todo lo que es español, lo normal es que haya una reacción en forma de un orgullo desmesurado y exorbitado de lo español. Es la tercera ley de la dinámica de Newton. Déjeme que la busque en internet y se la leo. Aquí está: «Cuando un cuerpo A ejerce una fuerza sobre otro cuerpo B, B reaccionará ejerciendo otra fuerza sobre A de igual módulo y dirección aunque de sentido contrario». Es una ley física. Pero tan peligroso me parece lo uno como lo otro. 

Usted empieza pronto a tener una vocación viajera muy acentuada… 

Aunque ya se terminó, ¿eh?

Bueno, parece que también se han terminado los viajes tal y como los conocíamos. 

Paul Bowles lo decía: ya no viajo a ningún sitio. A mí me pasa igual. Sin querer compararme con él, que era cien veces mejor viajero que yo. Y mejor escritor, por supuesto.

Eduardo Jordá

Burundi, Malasia, Irlanda… ¿Buscaba experiencias personales, o alimentarse como escritor? 

Nunca me he planteado por qué ir a un sitio. Son cosas que surgían por casualidad en unos casos, en otros por una cierta curiosidad, porque te apetece, y vas, y en otros porque conocías a alguien allí y eso te permitía programar el viaje. A Malasia fui porque un amigo me habló de una casa en Kuala Lumpur de un diplomático que se la dejaba para todo el verano. A Burundi fui porque mi padre llevaba media vida yendo a una misión a operar a niños poliomielíticos. Supongo que todo responde a una necesidad personal, no vas con un objetivo literario. Bueno, una vez fui a Chile porque me propuse conscientemente escribir un libro sobre el desierto de Atacama, pero era la segunda vez que iba: la primera fue por puro deseo. La segunda hice un viaje relativamente programado. Pero lo normal era que hubiera alguien en algún sitio, que me ofrecieran una casa, como también ocurrió con México. Si tengo dónde quedarme, ya es un principio. Y esa persona que me acogió en su casa de México, en Coyoacán, era una médica que años más tarde me trató las secuelas del dengue en Mallorca. Todo parece programado, pero es simple casualidad.

¿Cómo es pasar un dengue?

Jodido [risas]. Además, yo fui tan tonto que intenté curarme por la Seguridad Social tailandesa, algo que solo puede hacer un demente. Me recuerdo yendo en un tuk-tuk con 42 de fiebre hacia el dispensario en medio del tráfico caótico de Chiang Mai… El dispensario era una choza de troncos donde había tres mujeres esperando. Y el médico hindú que me atendió me recomendó una aspirina y reposo. Claro, estuve a punto de morirme. Por suerte, aquella vez me había hecho un seguro de viaje con una compañía con la que yo había trabajado en París, Europe Assitance. Fue mi padre quien me lo sugirió, me lo decía siempre: «Si vas a esos sitios, hazte un seguro de viaje porque puedes tener un problema gordo». Y gracias a eso estoy aquí ahora. 

Con su libro sobre Atacama, Norte Grande, me ocurrió como con el documental Nostalgia de la luz de Patricio Guzmán. Ambos nos enseñan la cantidad de cosas que hay en el desierto.

Claro, no hay ningún lugar en el mundo donde no pueda haber una memoria y una tradición, a poco que escarbes. Pero además, Atacama es un lugar muy hermoso. Y lo de escarbar, en Atacama, es muy apropiado porque Vicky Saavedra empezó a escarbar con un cuchara en el desierto buscando los restos de su hermano desaparecido en la época de Pinochet… En el documental de Patricio Guzmán aparece de hecho Vicky Saavedra, buena amiga mía, una de las mujeres más maravillosas que he conocido. Tuve la suerte de recorrer el desierto con ella. Ella había nacido en una oficina salitrera y me llevó a conocer los restos de la Oficina Chacabuco, que fue la oficina salitrera más importante de los años 30 y ahora es una pura fantasmagoría. El cementerio de esa oficina es el lugar más hermoso y más desolado que he visto en mi vida. Y la película de Patricio Guzmán hace una reflexión poética sobre el vacío, los desaparecidos… Yo conocía el cine de Guzmán porque en Francia había visto La batalla de Chile, y me llamó la atención cuando Vicky me escribió y me dijo que estaba rodando en el desierto con Patricio Guzmán. Luego me invitó a la presentación de San Sebastián, por esas coincidencias extrañas que existen, pero yo no pude ir porque por esa época estaba en el hospital.

Una vez me explicó que Paul Bowles, al irse a Marruecos, había decidido vivir al margen de su época. ¿Usted tuvo esa sensación cuando decidió seguir sus pasos?

No, no. Yo fui porque tenía una pareja de amigos, unos hippies de Mallorca, él americano y ella japonesa, que habían conocido a Bowles en Tánger y que me animaron a ir porque me dijeron que me lo presentarían. Y por eso fui. Aunque en realidad a Bowles lo conocí en la calle. Íbamos en coche por detrás del mercadillo de la rue d´Angleterre y de pronto Ralph, el americano, gritó: «Mira, ahí va Bowles». Y allí estaba él, muy elegante, con sus gafas oscuras y su americana de tweed. Había ido al mercadillo a comprar un loro, un loro que no encontró, por cierto. Pero yo no tenía programa ni expectativas. Fui casi por casualidad.

¿Tenía alguna imagen preconcebida de Marruecos?

Había leído muy poco. Me llevé La vida perra de Juanita Narboni, que me leí allí, en el hotel Continental, junto con los cuentos de Bowles. Y a Bowles tuve la suerte de encontrármelo allí, en la calle. Algo que, en sí mismo, parece un relato de Bowles [risas]. «Conocí al señor Tal el día que había ido al mercadillo de la calle de Inglaterra a comprar un loro». 

Buen comienzo. Aunque él decía que lo importante era que los relatos acabaran mal…  

Sí, decía que las únicas cosas que vale la pena vivir son las que pueden acabar mal. Y para él no había diferencia entre vivir y escribir. 

Varios escritores marroquíes a los que he entrevistado, como Tahar Ben Jelloun o Mohammed Mrabet, se han mostrado muy críticos con Paul Bowles. Uno me dijo que no había hecho nada por Marruecos, el otro que lo había explotado… ¿Cree que son opiniones injustas, formas de ingratitud?

Yo he estado cenando en casa de Mrabet, en el 79º cumpleaños de Bowles, y puedo asegurar que Paul les ayudó mucho. No entiendo por qué ahora, veinte años después de muerto, tienen que acusarlo de ser un ladrón o un hijo de puta. Bowles los trató muy bien, les consiguió editores en Inglaterra y Estados Unidos. Salvo Tahar Ben Jelloun, que pertenece a la tradición francesa y eso es otro mundo, si no es por Bowles los demás escritores marroquíes no habrían hecho nada, porque eran escritores orales sin tradición escrita. Habrían terminado todos vendiendo hachís a los turistas en una esquina de Tánger. No entiendo esa actitud, por qué quieren desprestigiarlo, la verdad. Es cierto que Bowles era extraño, frío, no tenía amigos íntimos, ni vida social. Pero era una persona honesta, nunca se hubiera quedado con el dinero de estos tipos. En realidad, a él le robaron. Un día desapareció el dinero que guardaba en su caja fuerte, varios miles de dólares en efectivo. Sé muy bien quién tuvo que llevarse el dinero, pero, claro, no lo voy a decir. El caso es que toda la gente que se benefició de Bowles le acusaba de haberles robado porque todos ellos creían que iban a ganar un millón de dólares por haber publicado un libro en América. Pero claro, eso no era posible. ¿Cuánto puede darte un libro publicado en una pequeña editorial de San Francisco? ¿Dos mil dólares? 

A Mohamed Chukri también lo conoció. ¿Era otra cosa?

Chukri era un gran escritor, cosa que no ocurría con los otros, que a lo sumo eran personajes pintorescos o simples pícaros. Chukri tenía un gran conocimiento de la literatura universal, le he oído recitar sin parar a Antonio Machado, a Lorca, a Juan Ramón, completamente borracho, eso sí. Me lo encontré en el restaurante Eldorado, que en aquella época era su refugio. Esa vez sí me acerqué, y como por suerte era un tío encantador, no sé si decir que nos hicimos amigos, porque era un tipo muy esquivo, pero nos llevamos muy bien…

Siempre con su copita de coñac, ¿no?

Sí, una de esas copas de balón, que le iban llenando por los pubs de Tánger. Una vez ocurrió algo que le fastidió mucho en el English Pub. Chukri se fue al baño a mear, y el camarero aprovechó para acercarse y decirme: «No se crea una palabra de lo que le cuente ese tipo, todo lo hace para desacreditar a Marruecos». A su vuelta, se lo conté a Chukri y no te puedes imaginar cómo se puso: «¡Lo voy a matar, dime quién era!». «No, no te lo voy a decir», le respondí, porque Chukri podía tener prontos muy violentos por las circunstancias de su vida. Además, eran las dos de la mañana y llevaba todo el día bebiendo… Bueno, llevaba cuarenta años bebiendo. Y fue entonces cuando se sentó a la mesa y me dijo gruñendo: «¡Si no les gustan mis libros, que vayan a quejarse al que inventó Marruecos! ¡Yo no me invento nada, lo que yo cuento es mi vida!». Eso me dijo. Es una de las mejores frases que he oído.

Eduardo Jordá

Otro gran personaje al que conoció fue Van Morrison, al que dedicó una biografía. No recuerdo dónde leí que le dio la primera edición de su libro y ni la miró, ¿fue así?

Bueno, en realidad lo traté tres minutos, quizá dos, en un backstage en el Auditorium de Palma después de un concierto. Es cierto que le enseñé el libro y Más bien se asustó… Como a quien se le enseña una foto comprometida. Pensaría, ¿qué habrá dicho este tío de mí en ese libro? Pero me lo firmó, muy displicentemente. Esa noche pude hablar con él porque yo conocía al organizador del concierto en Palma. Y para llegar a él había que esperar como en una recepción del Palacio Imperial de Japón. Cuando conseguí hablar con él, le hablé de Yeats y enseguida vi, para mi sorpresa, que estaba encantado. Debía de ser la primera vez que alguien le hablaba de poesía en un concierto. ¡Y Morrison se puso a hablar de Yeats! Pero entonces cometí un error terrible. Un verano que pasamos en Irlanda, en un lugar perdido en Sligo, mi mujer me comentó que había visto pasar un Mercedes negro conducido por un tipo que se parecía a Van Morrison por delante de nuestra casa, que estaba cerca del mar, en Ardtrasna, en un paisaje muy agreste. Y ese año Morrison intervenía en las jornadas sobre Yeats que se celebraban en Sligo, o sea que parecía verosímil. Y entonces, la noche del backstage, cometí el error de preguntarle si había estado visitando el condado de Sligo en un Mercedes negro. ¡Dios santo, la que lie! ¡Había entrado en el campo minado de la vida personal! Van Morrison me miró como si le estuviera apuntando con una pistola. Y entonces se echó para atrás y dejó de hablar… Como una salida a la desesperada, le enseñé el libro. El movimiento retráctil de Van Morrison fue doble: se apartó aún más y me miró como si tuviera delante un gato muerto. Luego cogió el libro con toda la desgana del mundo, lo miró como si contuviera material radiactivo, lo firmó de un trazo y se alejó enseguida de mí. Y ahí se acabó mi encuentro con Van Morrison.

¿Ha seguido frecuentando su música?

Claro, lo sigo aún. Pero alguien que ha hecho el Astral Weeks con veintitrés años sufre una condena como la de Sísifo, porque ya no podrá hacer nada igual en toda su vida. Por mucho que empuje la piedra cuesta arriba, cuando llega a la cima se encuentra con que allí hay un disco que se llama Astral Weeks y la piedra vuelve a rodar cuesta abajo. Y así una y otra vez durante cincuenta años. Yo siempre lo comparo con Joyce, que escribió Los muertos con veinticinco años. Ya puedes hacer luego lo que quieras, puedes escribir Ulises o la guía telefónica o un libro totalmente cacofónico como Finnegan’s wake, pero hagas lo que hagas nunca lograrás nada igual.

Por curiosidad, ¿es Astral Weeks su disco favorito de Morrison?

Sí. Es un disco inigualable. No hay nada parecido, ni antes ni después. Es como el Bringing It All Back Home, de Dylan. No hay nada igual. Son cosas que ocurren algunas veces en la historia, muy pocas. Bach, Mozart, Beethoven, Bruckner, Bill Evans, Coltrane, Miles Davis, los Beatles… y poco más. Y Van Morrison lo hizo con veintireés años. Es para volverse loco, ¿no?

¿Su interés por Nick Drake responde también a esa atracción por los tipos raros y esquivos?

Todo surge de forma espontánea, no hay una búsqueda de nadie extraño. Un día de 1971 cayó en mis manos un disco muy raro, un sampler de la discográfica Island, El Pea. Y allí había una canción de Nick Drake. La escuché y me quedé hipnotizado. Esa es la palabra: hipnotizado. Luego, en Londres, pude comprar los dos discos de Nick Drake que habían salido. Eso fue en el 72. Pink Moon todavía no se había editado. Yo tenía quince años y era un niño pijo al que mandaban a Inglaterra a aprender inglés. En el año 72 era probablemente el único español que había escuchado un disco de Nick Drake. Pregunté por él en varias tiendas de discos de Oxford Street, y se rieron de mí, porque se sabía que Drake era rarísimo, ni siquiera actuaba en público y no tenía la menor proyección pública. ¿Quién podría estar tan loco como para intentar conocerlo? Nunca llegué a encontrarlo, claro. Pero creo que le hubiera sentado muy bien que un españolito de dieciséis años le hubiera dicho que quería conocerlo. Por eso escribí el relato «Yo vi a Nick Drake».

¿Sabe qué le habría dicho si ese encuentro hubiera sido posible?

¿Si hubiera podido hablar con Nick Drake? No, no lo sé, aunque creo que le habría hecho gracia que alguien tan joven tuviera interés en conocerle, ¿no? Y encima español. Pero en aquella época Nick Drake estaba tan carcomido por la depresión que lo más probable es que no hubiera sido capaz de abrir la boca. De todos modos, eso lo sé ahora, pero en aquella época yo no sabía lo que ahora sé. Esto es algo que ahora se da continuamente: damos por hecho que la gente de hace cincuenta años sabía lo mismo que ahora sabemos nosotros. Pero no ocurre así y a pesar de todo, nos empeñamos en juzgar las cosas a partir de la experiencia retrospectiva que tenemos. Yo ahora sé que Nick Drake estaba pasando por una depresión terrible, pero en el año 72 o 73, cuando podría haberlo conocido, yo no tenía ni idea de nada. Quizá le habría preguntado a qué pub iba, o qué música escuchaba, yo qué sé… sin saber que no podía beber porque lo tenía prohibido por la medicación. Hoy en día todo el mundo cree saber lo que ocurrió en el pasado y todo el mundo juzga el pasado con arreglo a nuestras ideas del presente, pero eso es una estupidez. En el pasado, en lo que ahora es pasado y entonces era presente —perdón, parezco Javier Marías—, las cosas ocurrían sin que nadie supiera lo que significaban. Ocurrían, sin más, igual que ahora ocurren las cosas sin que podamos saber cómo se interpretarán en el futuro ni qué sentido se les dará. Tiene que pasar mucho tiempo para que entendamos las cosas que nos ocurren. Esa obsesión por juzgar las cosas desde la óptica del presente destruye la historia, la política, todo. La gente que vivió los hechos del pasado no sabía lo que nosotros sabemos ahora ni veía el mundo como nosotros lo vemos ahora. Y en cuanto a Nick Drake, estoy seguro de que le habría encantado saber que había alguien en España que había ido a Londres a comprar sus discos. Aparte de eso, no puedo saber nada más. Ni siquiera si hubiera querido hablar dos minutos conmigo.

Si algún día algún biógrafo tiene que seguir su itinerario vital sobre el mapa, creo que lo va a tener complicado, pero, ¿cómo acabó usted recalando en Sevilla?

Una hermana mía vivía aquí, vine a verla, conocí a la que sería mi mujer y me quedé aquí. Y espero no moverme más. Creo que no podemos pensar que hay una predeterminación en las cosas que hacemos. Nosotros hacemos las cosas sin saber lo que va a pasar, y luego, en retrospectiva, interpretamos lo que hicimos intentando darles un sentido y una continuidad. Es como escribir una novela: cuando la escribes no sabes muy bien lo que vas a contar, pero luego, cuando la terminas y has construido una cadena de hechos, te das cuenta de que todo tenía un sentido que ahora ya se ha vuelto ineludible, como si fuera el destino predeterminado. Pero en realidad todo sucede por casualidad. 

Eduardo Jordá

¿Es Sevilla para usted un buen lugar desde el que observar el mundo? 

Para mí sí, es un sitio maravilloso. Soy un sevillano de adopción de pura cepa… Fernando Iwasaki lo es más que yo, porque es bético y yo soy todavía del Barça, pero me voy a quitar muy pronto. Me gusta ver el fútbol, y recuerdo ver una final del Barça en casa de Mrabet, en Tánger. Creo que le remontaron al Barça un 2-0, y al final perdió por 3-2… Contra el Liverpool, creo.

No podemos terminar sin hablar de su amistad con otro gran escritor, James Salter, a quien tradujo y de quien fue anfitrión en Sevilla. ¿Cómo empieza todo?

Bueno, amistad… Éramos algo más que escritor y traductor, pero Salter tenía muy pocos amigos, vivía un poco apartado. Tuvimos bastante contacto, estuve en su casa de Long Island y nos escribíamos con frecuencia. Fuimos a la playa y me enseñó el sitio donde había estado a punto de ahogarse. Pero no lo conocí gracias a la traducción, lo traduje porque él quiso que lo tradujera, porque primero surgió la amistad, si es que se puede llamar amistad, que no lo sé. Sé que le gustaban mis poemas, y eso para mí ya es suficiente. En realidad, lo conocí por casualidad porque Alfonso Armada, el escritor y director de FronteraD, que era corresponsal en Nueva York, lo conocía y una vez me dijo: «Te mando a Salter por correo certificado a Sevilla». Y entonces lo conocí aquí, en Sevilla.

¿Él recordaba algo de cuando había sido piloto en España?

Sí, durante la crisis de Berlín, en el 61, tuvo que venir en un bombardero desde América hasta Berlín con escala en España, en Morón. Aquel año estuvo a punto de liarse la guerra, igual que en el 62 con la crisis de los misiles en Cuba. Salter era piloto retirado pero lo llamaron a su casa y le dijeron: «Mayor Salter, ponte los pantalones que hay un follón en Berlín». Y tuvo que subirse al bombardero porque los soviéticos amenazaban con invadir Berlín Occidental. En Sevilla fuimos a un tablao, a la Casa de la Memoria, porque el flamenco le llamaba la atención… Esa escena luego salió en Todo lo que hay.

Hay una anécdota con cierto gitanillo que se le acercó a pedirle dinero… ¿cómo era?

Sí, eso fue en Las Teresas. El gitano le dijo «Tú tienes pinta de ser muy inteligente», a lo que Salter, rápido como el rayo, le contestó: «Mi mujer no opina lo mismo». 

No es fácil saber todo lo que usted ha traducido. Además de James Salter y Joseph Conrad, hace relativamente poco ha vertido al castellano a Graham Greene, con El final del affaire. ¿Se esperaba ese éxito?

No, porque vender doce mil ejemplares en estos tiempos no es tan fácil. Pero el éxito más brutal ha sido el de Años salvajes, de William Finnegan, un libro de surf que me costó un huevo, porque tiene un lenguaje especializado muy complicado. Ese ha vendido como quince mil ejemplares, y es un tocho así [señala el grosor]. Se supone que tengo algo de experiencia en surf porque escribí un cuento que me gusta mucho, «Lugar de Espinas Grandes», que está ambientado en una playa de surferos del Pacífico mexicano, aunque nadie ha leído ese cuento. Luego de las traducciones de los clásicos, el que más orgulloso me tiene es El corazón de las tinieblas, de Conrad. Es un libro muy, muy difícil, y creo que es una buena traducción. 

Traducir, ¿le ha hecho mejor lector, mejor escritor…?

Pienso que me ha hecho mejor lector, porque a veces descubres fallos, transiciones narrativas que no están bien logradas, errores de punto de vista… Como escritor no, porque siempre intentas adaptarte al estilo del original. Con Conrad tienes que ser muy enrevesado, con Salter tienes que ser elíptico, y con Mercé Rodoreda tienes que ser muy sensorial, lo que no resulta fácil. 

Es curioso, porque siendo tan parecidos el catalán y el castellano, alguno pensaría que basta hacer un trasvase literal, y para nada es así, ¿no? 

No, tienes que adaptarte al estilo, reproducir la cadencia, el ritmo… Es un arte dificilísimo. Y además está muy mal pagado, es un oficio muy precarizado. 

Recientemente ha publicado una biografía de la gran escritora rusa Anna Ajmátova. ¿Cómo se le ocurrió escribirla en primera persona?

El libro fue un encargo de Juan Bonilla para la editorial Zut y me propuso varias opciones. Le propuse a Salter, a Van Morrison, y al final salió Anna Ajmátova, que es una poeta colosal. Entonces empecé a escribir una biografía normal, «Anna Ajmátova nació el año en que se empezó a construir la torre Eiffel…» , pero eso no me convencía y la biografía no arrancaba. Hasta que leí no sé donde un sueño portentoso que había tenido Ajmátova, en el que la policía iba a su casa a detener a su marido —al que ya habían fusilado— y entonces tenía que entregarles a su hijo para cumplir con la cuota de detenciones, porque si no se la iban a llevar a ella. Ajmátova tuvo ese sueño varias veces, destrozada por la culpa porque se habían llevado a su hijo al gulag como amenaza contra ella. Es como si Stalin le hubiera dicho: «Ten cuidado con lo que haces porque tenemos a tu hijo». Eso la destrozó, y también destrozó a su hijo, que siempre culpó a su madre de los años que él tuvo que pasar en el gulag. Cuando se me ocurrió usar ese sueño como arranque, en primera persona, el resto del libro se escribió prácticamente solo, y todo contado en primera persona. Lo escribí en dos meses.

Con tanta traducción y tanto encargo, ¿le queda tiempo para hacer sus cosas? ¿Qué es de su poesía?

Poesía prácticamente no escribo, escribo poquísimo. Y mira que me duele porque creo que lo mejor que he escrito han sido tres o cuatro poemas. En realidad, un escritor se salva por eso: una novela, un cuento o dos y tres o cuatro poemas. Nada más. No podemos aspirar a mucho más. Pero cuando me quedé mudo, me quedé mudo también de la poesía. Pero ficción sí que voy a seguir escribiendo. 

Hace poco lo recuperamos para la literatura de viajes. ¿Cómo surgió Pájaros que se quedan?

Estuve un semestre dando clase en Pensilvania, por casualidad como casi siempre, y me traje un diario. Con ese diario escribí el libro sobre la estancia en una universidad de la América profunda en los tiempos en que se está gestando el fenómeno Trump. Cosa que por cierto se veía venir: había dos Américas, la próspera y culta que votaba a Obama y la pobre y desesperada que no sabía muy bien lo que estaba pasando pero que veía cómo su mundo se iba viniendo abajo día a día. En Carlisle, donde yo vivía, había tres fábricas. Dos habían cerrado y la tercera estaba a punto de cerrar. Trump surgió de ahí, claro. 

¿Cómo ha sobrevivido, pues, en tantos lugares?

¿Económicamente? Por lo general, gracias a la traducción. También he sido profesor y podía disfrutar de vacaciones muy largas. Y después, cuando dejé de dar clases, con las traducciones. Traduces, cobras y te largas, eso es todo, y te podías permitir pasar un tiempo en sitios como Tánger, que son muy baratos. Oriente en los 80 no era difícil tirando de mi sueldo de profesor porque tampoco era caro. En esa década hice también Yugoslavia, recorriéndola de camping en camping con un 4L, y recuerdo que no había nadie en los campings. En Montenegro, en Bosnia o cerca de Kosovo —donde no te dejaban entrar porque había huelgas contra el régimen— no había nadie. Llegabas al camping y estaba vacío. Allí descubrí lo duro que es el suelo balcánico para clavar las piquetas de las tiendas. Pura roca, todo roca. Nunca he visto un suelo tan duro . ¿Cómo pueden cultivar la tierra? No sé por qué, pero cuando llegó la guerra de los Balcanes, diez años más tarde, me acordé de aquel suelo tan duro y pensé que debía de haber alguna relación entre la violencia desatada y aquel suelo de roca que no había forma de romper.

Eduardo Jordá 


Mallorca pop: música para un boom literario

música para un boom literario
Sonidos de la isla universal (detalles al final del artículo).

Fue una iniciativa de Manuel Fraga, recién nombrado ministro y muy concienciado con la poética y el espíritu nacionalcatólico, la de patrocinar la marca España como una provechosa unidad de destino, no solo en el sector servicios, sino también en lo cultural. De ahí el fomento del «cine de playa», subgénero entre el spot publicitario y la comedia musical. En 1962 se estrenó la película Bahía de Palma. La dirigió Juan Bosch y tenía una estupenda banda sonora del maestro José Solá, pero ha pasado a la historia por ser la primera película del cine español en la que se pudo contemplar un bikini. Mejor dicho, a una actriz en bikini, la alemana Elke Sommer. A pesar de ser calificada como «gravemente peligrosa» por la censura y condenada por la Iglesia —una pareja de la guardia civil pedía los carnets de los espectadores «sospechosos» de lo que fuese menester—, se llegaron a fletar autocares desde los pueblos para asistir a la proyección. Parece una broma típica de Celtiberia, pero es que por entonces (¿por entonces?) se vivía en ese chiste permanente y sin gracia, ya que el uso del bikini estaba prohibido. En aquellos días de propaganda bipolar, lo mismo el Dúo Dinámico cantaba «11 000 bikinis», que en las piscinas de Zaragoza las bañistas declaraban la guerra a las celadoras del sindicato por defender el uso del dos piezas. El alcalde de Benidorm llegó a presentarse en El Pardo para discutir personalmente con el dictador esta problemática de la vestimenta, y las cosas fueron un poco más permisivas en los enclaves turísticos, siempre, eso sí, dentro del orden esquizofrénico que reinaba.

Los festivales de la canción nacieron con este mismo fin tan comercial y elevado que tenía en mente el ministro de Información y Turismo: convertir las ciudades más emblemáticas de la costa en destinos apetecibles para los extranjeros, a imitación de concursos como el de San Remo y el de Viña del Mar: el Festival de la Canción Mediterránea, el de Benidorm y el Festival Internacional de la Canción de Mallorca. Asistidos por la red de emisoras del Movimiento y su retransmisión a través de Televisión Española, los tres certámenes adquirieron enorme popularidad y fueron plataforma de lanzamiento para la carrera de artistas como Julio Iglesias, Raphael, Dyango, Nino Bravo y Massiel. De los tres festivales, el de Mallorca fue el más comprometido con la propaganda oficial, pues muchos de los temas presentados a concurso (en la doble versión: con orquesta y con grupo pop) eran odas a la belleza de la isla, las nobles costumbres de sus habitantes y la contingencia del veraneo.

Las preciadas Caracolas fueron para canciones como «Quand Palma chantait» (Frida Boccara y Luis Recatero), «Mallorca, Mallorca, caracola del mar» (Alberto Cortez) y «Me lo dijo Pérez» (Karina y Mochi). Otras pasaron al hit parade del disco del verano: «El puente», de Los Mismos; «El turista 1 999 999», de Cristina y los Stop; «Las chicas de Formentor», de Los Javaloyas; o «Vuelo 502», de Los 4 de la Torre. Entre 1964 y 1970, se presentaron al festival de Mallorca cantantes y orquestas de toda Europa, conducidos por José Luis Uribarri. En la edición de 1970 intentaron hacer un festival para la temporada de invierno, pero no tuvo la misma acogida que los anteriores y el certamen echó el cierre. Ya entrados los setenta, se intentó un nuevo festival, más moderno y más pop, sin tanto costumbrismo. Le cambiaron el nombre a Musical Mallorca, pero mantenía el mismo presentador, acompañado de caras muy conocidas de la tele, los dos maestros Algueró como directores de escena y el rechazo frontal del Sindicato Independiente de Artistas Baleares. La razón: ninguno fue contratado para tocar o cantar en sus cuatro ediciones, entre 1975 y 1978. No es extraño este desprecio de la escena mallorquina por parte del patrocinador, Televisión Española. Lo último que querían en el Ente era posibles problemas «a nivel internacional» con los músicos que cantaban en catalán y habían abrazado el folk-rock

Pero mucho antes de eso, antes incluso de las formaciones pop y los cantantes melódicos de los años sesenta, Mallorca ya tenía su propia escena musical, que fue exportada y difundida a través de los mejores locales y sellos discográficos de Barcelona, Valencia y Madrid. En Mallorca nacieron grandes músicos y se pudieron ver y escuchar otros estilos, un poco diferentes de las canciones de aquel Festival Internacional del camp y sus conjuntos.

Bonet de San Pedro y los 7 de Palma: el primer grupo pop

A comienzos del siglo XX, aunque parezca mentira, el jazz ya había llegado a la península, habiéndose creado un ruidoso y polémico circuito de locales, público e intérpretes. Brillaron especialmente las orquestas, que triunfarían a lo grande en los años treinta y cuarenta. En Barcelona, grupos de músicos amateurs fundaron sus propios clubs de hot jazz, a imitación de los franceses. Muchos artistas del nuevo estilo se refugiarían en España huyendo de la guerra o sus consecuencias, pero la mayoría de las estrellas locales conoció el jazz gracias al cine. Fue el caso de Pedro Bonet Mir (1917-2002), quien, en su barrio, Puig de Sant Pere de Palma, y con apenas catorce años, ya tocaba la guitarra, regalo de su madre, tras ver a Ramón Novarro interpretar «Pagan Love Song» en la película El pagano de Tahití (1929). La guitarra hawaiana se convirtió en una obsesión para el joven Bonet, que aprendió este difícil arte escuchando los discos de grandes instrumentistas del género, como los Kalama Brothers y Frank Ferrera. De la steel guitar pasó a la acústica para tocar swing, al estilo de su admirado Django Reinhardt. No se quedó ahí, pues también tocaría el clarinete, el saxo y hasta el vibráfono, siendo uno de los primeros solistas españoles de tan peculiar instrumento.

Pedro Bonet debutó en 1937 con sus habilidades de multiinstrumentista en el Café Español de Palma. Lo hizo con su primer grupo, Los Trashumantes, acelerado combo de hot jazz, rumba y swing, junto a otros jóvenes músicos, como el cubano Adolfo Araco (futuro director de la insigne Orquesta Plantación) y los pianistas José Valero y Miguel Vicens. Estos músicos permanecieron en la isla, ajenos al desarrollo de la guerra civil. El hot jazz no despertó las simpatías de la República, mucho menos de la dictadura de Primo de Rivera, y por supuesto, ninguna del régimen franquista. Los Trashumantes tuvieron una breve existencia, hasta 1941, y Bonet se trasladó a Barcelona, acompañando a la orquesta de Luis Rovira. Ese mismo año, Bonet quedará al frente de la ahora llamada Orquesta Gran Casino, con quien graba y canta su primer gran éxito, una composición suya titulada «El tiroliroliro». A partir de entonces, y con el nombre de Bonet de San Pedro (en honor al pueblo de pescadores donde nació), se convertirá en unos de los músicos más populares del país.

Tras una serie de colaboraciones con las orquestas más importantes de Madrid, vuelve a Barcelona para formar su propio grupo de hot jazz. Nacen Bonet de San Pedro y los 7 de Palma; con seguridad, el primer grupo español moderno, al combinar la percusión con las cuerdas. Son cinco instrumentistas los que acompañan a Bonet: Joaquín Escanellas, guitarra; Jaime Vilas, violín; Jaume Villagrasa, bajo; Daniel Aracil, piano; y Ernesto Felany, batería, que más tarde se convertiría en el cantante de Los Javaloyas, más la vocalista Josita Tenor. Sus actuaciones en los Jardines Virginia de Mallorca y clubs como el salón Rigat y Trébol de Barcelona son un gran éxito, reflejado en los discos para el sello La Voz de su Amo entre 1943 y 1946, una sucesión irresistible de temas swing y foxtrot, y por supuesto, su «Raska-yú», himno de la posguerra con polémica incluida, pues desde ciertos sectores de la prensa y el clero lo consideraron, primero, una crítica al dictador, y segundo, una broma de muy pésimo gusto sobre la muerte, ya saben el poco humor que gastaban entonces.

La figura de Bonet de San Pedro siguió en activo hasta bien entrados los años setenta, con una música más orientada al bolero y la balada de crooner, junto a figuras como Jorge Sepúlveda, valenciano, pero afincado en Mallorca, y el mismísimo Antonio Machín, cuando también había abandonado su carrera inicial como prodigioso rumbero y componía «Angelitos negros» en un descanso de sus múltiples actuaciones en la sala Trocadero de Palma. El comercio y la política demandaban ritmos raciales, nada de jazz o cosas extranjeras. Pese a todo, el enorme talento de Bonet permaneció al lado del swing, promoviendo clubes de talentos y organizando las primeras jazz sessions españolas. 

Igual que Bonet de San Pedro tiene un repertorio entero dedicado a su tierra (casi veinte canciones sobre Mallorca, entre las que se incluye el hit «Bajo el cielo de Palma»), la mayoría de los artistas de los años cincuenta y sesenta explotaron la veta folclórica y colorista de la música balear, pero desde dos perspectivas muy diferentes: una, la pura comercialización del mensaje racial para discos pop (como recuerdo exótico de las vacaciones, discos con portadas de paisajes o de isleños ataviados con el traje regional); la otra, la recuperación de la tradición (los bailes, los ritmos y el idioma: recordamos las primeras grabaciones, en fecha tan temprana como 1956, de los dos EP de la Agrupació Folklòrica de Valldemossa y el grupo Balls de Mallorca), para culminar en un folk cada vez más comprometido, con el nacimiento de la nova cançó.

Los numerosos clubs de la isla, como Trébol, La Cubana, Salón Ibiza, Tito’s o Trocadero, acogen a orquestas de música ligera (Trocantes, Musilandia, Ritmo y Melodía, Brasil, Los Suiners…) que lo mismo tocan pasodobles y coplas que tangos, twist y hasta rocanrol para complacer a los cada vez más numerosos visitantes. Pese a la abundancia de músicos y escena, Mallorca no dispone de una infraestructura propia para grabar y promocionar a sus artistas, que tienen que viajar a Barcelona para firmar contratos con las discográficas. El primer disco pop grabado en la isla es de 1963. Lo produce Miguel Aller Martín, cantante, compositor y propietario de la editora musical Papel. En un estudio de grabación montado en el Teatro Sindical de Palma, reúne a Marta Christel, la «Rita Hayworth mallorquina» (popular intérprete melódica que llevaba cantando desde muy joven con diversas orquestas y es fija con la famosa Orquesta Bolero) con el grupo vocal Los Guauancos, y registra un EP con cuatro canciones que distribuye Iberophon, pero Aller está a punto de crear el primer sello discográfico mallorquín de música pop coyuntural: el exitoso y prolífico Fonal. En él graban conjuntos como Los Massot, Romantics, Marblau, Oliver’s, Los Diferentes, Los Vulcanics, Héctor y su Conjunto, Los Sayonara o Los 4 de Mallorca canciones que mezclan ritmos modernos con cálidos mensajes de sol y playa, atendiendo incluso a un lugar concreto de la isla, temas que compone el propio Aller («El Arenal», «Cala Millor», «Can Picafort»). Fonal tiene tanto éxito, que Hispavox y Belter lanzan sus propias colecciones de discos «turísticos», y la llaman, sin cortarse, «Souvenir de Mallorca». 

En paralelo a este boom de la «música turística», extraño híbrido de aperturismo pop y rancias esencias nacionales, llegaron, imparables, el nuevo rock anglosajón y la protesta folk. Los hermanos Bonet —Juan Ramón y Ana María— son los dos cantautores mallorquines del grupo de Els Setze Jutges (Enric Barbat era el menorquín). Junto a ellos, figuras como Miquelina Lladó (y sus diversas e interesantes transformaciones en los años posteriores en Música Nostra y Siurell Elèctric), Gerard Mates y Guillem D’Efak fueron personajes que revolucionaron la tradición musical de la isla con una nueva mirada desde el folk, incluso desde el jazz.

Ilustres y curiosos visitantes

El 15 de julio de 1968, Jimi Hendrix inauguraba la discoteca Sgt. Pepper’s, sita en la plaza Mediterráneo de Palma, acompañado de su grupo, Mitch Mitchell y Noel Redding. A más de cincuenta años del acontecimiento, puede que ya no signifique nada, pero para las efemérides musicales de este país es un hecho histórico, porque The Jimi Hendrix Experience tocó en pocas ocasiones, y es una muestra más del auge económico de la isla y del potencial de sus turistas. A finales de los sesenta, Mallorca era un destino codiciado por el viajero internacional, atraído, además de por los todos los tópicos que ofendían a la Iglesia y los cargos de Falange, por una oferta cultural muy atractiva y, al cambio de moneda, realmente económica. En locales como Tagomago o Barbarela, los visitantes podían asistir a conciertos de grupos de rock, pop y soul de primerísima fila (Kinks, Animals, Hollies, The Shadows, Wilson Pickett), y figuras del jazz y la canción ligera (Louis Armstrong, Maurice Chevalier, Duke Ellington, The Platters…).

A Hendrix lo trajo su mánager, Mike Jeffery, que además de mánager musical era empresario de discotecas: ya poseía en Mallorca otros negocios, como el Zhivago y Haima. Asociado con Chas Chandler, el exbajista de los Animals — pasaban largas temporadas en Mallorca—, acondicionaron un bajo en la zona más «marchosa» de la capital, el barrio de Colima, equipándolo con un gran sonido y una decoración ultramoderna. Según las crónicas, más de setecientas personas abarrotaron el concierto, cuya entrada costaba la friolera de trescientas pesetas, aunque otros testigos afirman que el aforo estaba a la mitad. La mayoría, turistas y marines de la flota que había recalado unos días antes en la costa. Solo había una pequeña representación de los músicos de pop-rock locales, entre ellos, los que iban a haber sido teloneros de la gira inglesa de Jimi Hendrix: los Z-66, con Lorenzo Santamaría de cantante, un gran grupo de soul y psicodelia que no tuvo el éxito que merecían. Grabaron para EMI canciones propias y versiones de éxitos del rock de entonces (entre ellas, se atrevían con los Moody Blues y Grateful Dead). Hendrix, como otros muchos ilustres visitantes, quedó prendado de la isla y pasó una semana de vacaciones, volviendo otra a la Sgt. Pepper’s, donde, entre copa y copa, pidió hacer unas canciones con el grupo residente, que no eran otros que los Z-66, que ya estaban más que acostumbrados a tocar con músicos anglosajones. La prensa española no se hizo mucho eco de la presencia y el concierto de Hendrix, y aquellos periodistas que escribieron una crónica no parece que salieran muy contentos de ver el espectáculo. 

Otro episodio pop que no ha trascendido hasta hace muy poco tiempo fue la presencia de John Lennon y Yoko Ono en Mallorca. Por supuesto, sí fue sonadísimo el episodio final: la detención de la pareja en la primavera de 1971 en Manacor. Los dos se habían llevado a la hija de Yoko Ono de la guardería sin el permiso de su padre, el productor de cine Anthony Cox, que vivía en Calas de Mallorca con la pequeña. Cuando este se enteró, puso una denuncia, y la pareja fue trasladada al cuartelillo. Todo quedó en un escándalo periodístico con personajes famosos (el año pasado, se estrenó el cortometraje Kyoko, de Marcos Cabotá Samper y Joan Bover Raurell, donde se cuentan los pormenores del incidente), pero sorprende que Lennon y Ono ya hubiesen viajado antes a Mallorca, esta vez con motivo de visitar el centro del Maharishi Mahesh Yogi. Sí, el mismísimo gurú de la India al que fueron a ver en peregrinación los Beatles en 1968. El famoso santón impartió clases de meditación trascendental durante los inviernos de 1969 y 1971 en Cala Murada (al precio de mil quinientas pesetas por cabeza, acudían cientos de personas; entre ellas, además de la famosa pareja, los habituales seguidores del popular sanador, como Donovan y Mike Love). Un libro de Bárbara Durán, recién publicado, ofrece muchos más detalles de esta fascinante historia: Vaig veure John Lennon (Lleonard Muntaner, 2019).


Escala en Formentor. Sonidos de la isla universal

  1. Los Z-66 (Regal, 1969).
  2. Bonet de San Pedro (Vergara, 1969).
  3. VVAA: Jazz en Barcelona 1920-1965 (Fresh Sound Records, 2006).
  4. Los Valldemossa: Song in the Sun (Phillips, 1963).
  5. Marta Christel y los Guauancos: Twister/Mundo olvidado/Olé soleá/Mi corona (Iberophon, 1963). 
  6. Miquelina Lladó: El trobador / Pena / Jo som, tu ets / Quan vengui Déu a la terra (Edigsa, 1966).
  7. Joan Ramon Bonet: Alça la cara (Edigsa, 1965).
  8. Maria del Mar Bonet: Fora d’es Sembrat (Concèntric, 1970).
  9. Gerard Mates: Cançó de febrer / Cançó de l’adéu / Balada de nova vida / L’Escarada (Concèntric, 1969).


Dacia Maraini y sus primeras islas

Dacia Maraini
Dacia Maraini. Foto: Archivo Dacia Maraini

I. Hokkaidō y Honshu

En La vuelta al mundo en ochenta días (1872), Julio Verne sitúa a sus protagonistas, viajeros contra reloj a lo largo del globo terráqueo, en el puerto de Bríndisi para hacerlos zarpar rumbo al canal de Suez y, a través de allí, ir a atracar en Bombay, la primera costa asiática, al cabo de trece días. En la tercera hoja de un viejo diario recuperado, Dacia Maraini observó un mapa. Lo había dibujado su madre, Topazia Alliata, y en él aparecía marcado un itinerario: el que realizó la propia Dacia —una niñita rubia de ojos azules que entonces aún no había cumplido los dos años— junto con sus padres destino a Japón. El recorrido parte del mismo puerto, en la llanura salentina a orillas del Adriático, y efectúa su primera parada a las puertas del canal que comunica con el mar Rojo. Como una serpiente acuática azul que bordea las costas de dos continentes, el trazado repta por las aguas de distintos mares tocando en algunos puntos tierra firme: Adén, Bombay, Colombo, Singapur, Manila, Hong Kong, Shanghái y Kobe. «El agua se aprende por la sed; la tierra, por los océanos atravesados», dicen unos versos de Emily Dickinson.

Luego se dirigirán a Sapporo, en la isla de Hokkaidō, donde moran los ainu, el objeto de estudio del venerado padre, Fosco Maraini —etnógrafo y orientalista—, y pretexto para alejarse, en 1938, de la Italia fascista, pero también de los padres de uno y otra. Oriente es un destino de deserción surgido de la terquedad de Fosco. El vaivén del barco es de las pocas cosas que, a la edad de un año y medio, una niña consigue retener y de ahí nace su predilección futura por las embarcaciones como lugar de placer narrativo, de la mano de Stevenson, Verne, Conrad o Melville. Descubre las líneas del mapa hecho por su madre, como las huellas del destino en la palma de una mano, en los diarios de esta última, escritos entre 1938 y 1941. Con esas sucintas anotaciones Dacia Maraini establece un diálogo en La nave per Kobe. Diari giapponesi di mia madre [En barco hacia Kobe: diarios japoneses de mi madre] (2001).

Dacia Maraini

«El primer sabor que conocí y del cual tengo memoria es el sabor del viaje. Un sabor a maletas recién abiertas: naftalina, lustre de zapatos y ese perfume que impregnaba la ropa de mi progenitora, en que hundía mi rostro con deleite», leemos en sus páginas. La memoria tiene algo de maleta, que se abre como un libro. En ella cabe un número finito de objetos, aunque transportan texturas aromáticas invisibles que despiertan el resto de los sentidos. La maleta es un contenedor de historias para el teatro ambulante de los recuerdos. El nomadismo, cuenta la autora, corre por las venas de los Maraini, bulle cuando un sexto sentido muy suyo detecta un estado de reposo. Ese sentimiento, no obstante, se mitiga con la seguridad del retorno, pues se parte para volver, se sueña para despertar, se ansía la noche para retomar los sueños, como un eco, otra vez, del poema 135 de Dickinson: «La paz se revela por las batallas; el amor, por el recuerdo de los que se fueron; los pájaros, por la nieve». Aquel que renuncia o se abstiene del objeto deseado conoce mejor su valor que el que lo posee. Viajar es hacer realidad el impulso natural de esta coleccionista de las vivencias más extravagantes y felices, como se autodefine Maraini.

Con En barco hacia Kobe Dacia Maraini recupera la historia de resistencia y coraje de su familia en el campo de concentración para antifascistas japonés, cuando la pareja se niega a adherirse a la República de Saló, Estado títere de la Alemania nazi: «Acuérdate de decir que no fui a un campo de concentración para seguir al hombre que amaba […] Yo, por mi parte, dije que el nazismo y el fascismo estaban en contra de mis ideas, que no me gustaba el racismo», le advierte su madre en el tramo final del libro. En cierto modo, Maraini transforma una experiencia íntima, la de la madre, circunscrita al mundo doméstico, en material de reflexión política. La actitud de su progenitora madre no deja de ser un eslabón más en la antiquísima historia de sacrificio femenino a favor de la maternidad, pues, por su parte, el padre nunca abandonó su carrera profesional, sus expediciones y su ambición intelectual. Aunque durante mucho tiempo devota de la figura paterna, Maraini escogerá finalmente el arte de contar de su madre, de quien escuchaba los cuentos a la hora de dormir, y no el estilo ensayístico y etnográfico del padre. El cuerpo femenino de la madre se convierte en la isla a partir de la cual pensar el mundo. Según decía Virginia Woolf: «Como mujer no tengo país… Como mujer, mi país es el mundo entero».

II. Sicilia

De isla a isla. La memoria es un archipiélago. La naturaleza insular de los recuerdos hace que cualquier mirada atrás sea siempre una travesía por las aguas del tiempo. Maraini recala por primera vez en Sicilia en 1947, cuando se firma el Tratado de París. Desde donde nace el sol, un transatlántico; luego, después de un tiempo en Florencia, un barco desde Nápoles. Una niña de once años llega a la isla mediterránea de las tres puntas, el lugar donde se hunden las raíces nobiliarias de su madre pintora. El clima y el paisaje, junto con las dominaciones extranjeras, dice Lampedusa, es lo que ha configurado el alma siciliana. Sometida durante la mitad del año a cuarenta grados de fiebre y la otra mitad a un «invierno ruso», esta tierra, asediada por monumentos fantasmagóricos del pasado, la acoge con recelosa curiosidad. La lengua de Maraini, la de los juegos y la de los sueños, es la japonesa, que ha articulado con la sintaxis del hambre sufrido en el campo de concentración. Allí, rememorada con la cadencia palermitana de la madre, Sicilia se colaba en la miseria oriental para distraer el vacío del estómago, pues la carencia de alimentos «hace galopar los sentidos y trotar la fantasía»: sardinas a beccafico, minne de Santa Ágata, berenjenas a quaglia… No obstante, cuando pise ya Bagheria, al este de Palermo, no solo encontrará los sabores fantaseados. Será también el descubrimiento de la playa, los libros, los helados, los limones, los dátiles. Los restos de casas destruidas durante la guerra y los arbustos de moras eran lo único que se parecía a lo que había dejado atrás.

Dacia Maraini

Villa Valguarnera, la casa de sus ancestros, es un palacio de austeridad neoclásica, el más imponente de Sicilia, construido al pie de una suave colina, Montagnola, desde la cual se pueden admirar los golfos de Palermo y de Termini Imerese, así como el monte Catalfano. Cuando Stendhal visitó el palacio, lo cautivó ese mirador que arrancaba sonidos del alma como el arco de un violín. La villa es el corazón de esa narración autobiográfica de Dacia Maraini titulada Bagheria y publicada en 1993, fruto de su regreso a sus estancias a una edad ya madura. Como el cuerpo humano, los edificios también se arrugan y acusan el paso del tiempo. No se puede volver a ellos tal como los recordamos. Aunque no solo hace mella el cansancio de los materiales. La autora nos habla de la destrucción sistemática de los tesoros paisajísticos de su adolescencia por culpa de la corrupción, la desidia y la rapiña, especies invasoras de todo el Mediterráneo. Belleza robada, inútilmente maltrecha. Algo ha quedado de la antigua grandeza de Bagheria, pero en bocados, entre jirones de los viejos jardines comprimidos en las nuevas autopistas, envueltos de edificios de execrable gusto, ocultos por cortinas de casas apelotonadas. A veces nos alejamos del lugar de la infancia para no presenciar, apretando puños y dientes, el deterioro del paisaje amado.

«Hay un momento en su historia en que toda familia aparece feliz ante sus propios ojos», añade Maraini en este ensayo memorialístico con el que rompe el silencio interpuesto entre ella y la tierra de su familia materna, gente de esa alta alcurnia siciliana «ávida, hipócrita y rapaz». Ella se siente más próxima a la abuela paterna escritora nacida en Hungría, de padre inglés y madre polaca de alma peregrina, que abandonó a su marido y a sus hijas para perderse por Bagdad y, luego, conocer en Roma a su futura pareja, el escultor Antonio Maraini. ¿Cómo aceptar, además, la moral siciliana, que no prevé una voluntad femenina contra la lujuria masculina, venga de donde venga, sea de un desconocido, de un amigo de la familia o del propio padre? Bagheria es un destello de dicha después de la penuria y las bombas de la guerra, un paréntesis en la degradación de los afectos, cuando, en silencio, escucha a su padre, antes de que las abandone, charlar con los amigos bajo el cielo estrellado, con la fragancia de la menta adormecida: «¿Y si el universo respirase?». 

III. Mallorca

Una islómana como Dacia Maraini, imbuida de ese espíritu isleño que parece rozar solo a unos cuantos con su misterio, obtuvo el primer reconocimiento internacional a su carrera literaria —por entonces incipiente, inaugurada con Las vacaciones (1961)— con un premio vinculado a otro lugar insular, alejado de las metrópolis: Mallorca. La tarde del 11 de mayo de 1962, en la librería Einaudi de Via Veneto, se celebró la presentación de los vencedores del Prix Formentor. Dacia Maraini, que acogió un tanto contrariada ciertos prejuicios que rodearon la noticia, lo ganó en la sección de inéditos con L’età del malessere (publicado en español en 2018 como Los años rotos por la editorial Altamarea). ¿Qué podía significar, para una joven escritora de veintiséis años, viajar a un rincón escondido del Mediterráneo, a recoger un galardón tan importante? En primer lugar, conocer esa Mallorca a la que la dictadura le había robado algo de su luz, no como la que describió Borges en un precioso poema narrativo, publicado en 1926: «Y yo —como tantos isleños y forasteros— no he poseído casi nunca el caudal de felicidad que uno debe llevar adentro para sentirse espectador digno (y no avergonzado) de tanta claridad de belleza».

Dacia Maraini

Maraini recuerda que se encontró con una España «embalsamada», que contrastaba con el aliento aperturista del premio, cuyo objetivo era, entre otros, abrir el contexto literario español al mundo democrático. La naturaleza taciturna de la protagonista de Los años rotos, Enrica, cuyas motivaciones resultan esquivas a los lectores, es una chica del extrarradio romano que parece entregarse de forma apática y un tanto maquinal al deseo sexual. La autora conoció bien ese ambiente suburbial cuando se trasladó a vivir a Roma con su padre, después de la separación entre la pintora y el etnólogo. A principios de la década de 1950, Roma era una ciudad mucho más pequeña que la actual, en la que los intelectuales se veían y se encontraban en los restaurantes de Piazza del Popolo, para intercambiar impresiones y tejer una comunión creativa. A modo de piazza intelectual, el hotel Formentor nació de la iniciativa del poeta y diletante Adán Diehl, cautivado por el paisaje de ese retiro, como un refugio literario y artístico cuando adquirió a la familia del también poeta Miquel Costa i Llobera, en 1926, la península de Formentor, a la que solo se tenía acceso en barca. Tres años más tarde abrió sus puertas como lugar de hospedaje, desestimada la opción de crear un paraíso privado. Desde entonces, Formentor sigue fiel a su aspiración de ser un cenáculo fértil en el que la belleza del entorno desempeña un papel decisivo e inspirador. Es, a fin de cuentas, un mirador insular desde el cual tomar la medida del genio literario.


Un hilo invisible

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Le Corbusier, 1933. Fotografía: Getty. hilo

Si se quisiera describir gráficamente todo el asunto, cada episodio, con su propio clímax, requeriría una maqueta en tres dimensiones o, mejor aún, ninguna maqueta en absoluto: cada experiencia es irrepetible. La mayor semejanza entre hacer el amor y leer reside en que, dentro de ambos, los tiempos y los espacios se abren, diferentes de todo tiempo y todo espacio mesurables. (Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero).

En 1966, Jørn Utzon abandonó Australia y no regresó jamás. Nueve años antes, con treinta y ocho y siendo un arquitecto desconocido, había ganado el concurso de la Ópera de Sídney gracias a una idea que brillaba como un símbolo: un barco al viento. El problema es que ese barco era imposible. Tras un calvario de modificaciones, cálculos y recálculos estructurales, reproches y enfrentamientos cada vez más ásperos con las autoridades locales y con el gobierno australiano entrante, el arquitecto danés se marchó —o le marcharon— de la obra. Lo que había comenzado como una oportunidad se había transformado, tal y como lo definiría Félix Candela, en un escándalo. Utzon tenía cuarenta y cinco años y la que iba a ser su obra magna le había traicionado. La arquitectura le había traicionado. Se sentía viejo. Por eso prometió no volver a poner un pie en la isla oceánica. Y quizá por eso buscó refugio en Mallorca; otra isla, sí, pero mucho más pequeña y mucho más amable. Una isla comprensible.

A su regreso a Dinamarca, Utzon pasó una temporada en la paz del Mediterráneo. Volvería en 1967 y nuevamente un año después, pero no era la primera vez que Utzon visitaba Mallorca. En 1957, el mismo 1957 en el que había ganado el concurso de Sídney, propuso un primer proyecto en la isla: una colonia infantil compuesta por varios módulos unificados por una cubierta de perfil curvo. La propuesta no se ubicaba en un emplazamiento definido y tenía más de experimentación que de realidad posible. Pero era muy sugerente, y esa cubierta tan expresiva iba a servir como inspiración para Villa Herneryd, la casa que construiría en 1961 en Laröd, en la costa oeste de Suecia.

En 1968, una década después de ganar Sídney y una década después de descubrir la isla balear, paseaba por las costas del sur, explorando las vistas del mar, entre acantilados y pinares. Tratando de encontrar un emplazamiento definido para construir una casa para él y para su familia. Una casa para su mujer que se llamaría como su mujer: Can Lis. La casa de Lis

En ese mismo 1968, en ese preciso momento, otro arquitecto también exploraba un terreno en un pinar junto a un acantilado de Mallorca.

Estas cosas suceden. Estas cosas suceden a todas horas

El artefacto más poderoso que ha creado la especie humana es la narrativa. La narrativa es un dios. Es Dios. La narrativa, a través de sus arcángeles, los relatos y las historias, nos permite comprender el mundo. Nos explica las razones y los porqués de lo que sucede y, en especial, lo que nos sucede. Sin esas razones —sin esas historias— nos veríamos abocados a admitir que la realidad es una sopa oblonga e impredecible donde nada tiene sentido y todo es una casualidad. 

Pero las casualidades no existen. No puede ser una casualidad que, exactamente en el mismo momento en el que Jørn Utzon se asomaba a un borde del Mediterráneo en Portopetro, Francisco Javier Sáenz de Oiza medía y dibujaba árboles asomado a otro promontorio ochenta kilómetros al norte, al otro extremo de la isla, en Formentor. 

El encargo consistía en un pabellón de invitados para la casa que Juan Huarte, industrial, empresario, constructor y, sobre todo, mecenas de la modernidad española, tenía en Formentor. El chalet original, obra de Javier Carvajal y José María García de Paredes, era un construcción sencilla, formada por dos módulos paralelos a la línea de la costa y separados entre sí. Desde el principio, el planteamiento de Oiza fue unificar esa serie de pequeños edificios, los preexistentes y el nuevo, bajo una intervención común y unificadora. El problema es que el terreno donde iba a levantarse el pabellón estaba salpicado, casi plagado, de pinos y algarrobos, algunos centenarios. 

Como manera de desanudar el problema, Oiza se trasladó a Mallorca y comenzó a dibujar todo el territorio: el borde del mar, las pendientes, los promontorios y los árboles. Cada árbol. Cada pino y cada algarrobo. Cada copa y cada tronco, a veces separados, a veces entrelazados formando un cariñoso dosel vegetal mutuo. El arquitecto se enamoró del terreno y decidió no alterarlo: la unificación sería mediante una cubierta común que absorbería los pinos preexistentes, dejándolos pasar y acogiéndolos en el interior de la nueva casa. La cubierta, por cierto, se remataría con un perfil curvo, esta vez de tubos de acero, pero bastante similar a la de Villa Herneryd. Es difícil saber si Oiza se fijó expresamente en la obra de Utzon, pues Oiza, como todos los buenos autores, siempre estuvo al tanto de lo que se hacía o se investigaba en el ambiente de la arquitectura; o si todo formaba parte de la noosfera, ese ámbito creativo unitario que flota por en fragmentos coetáneos de tiempo y del que todos los creadores de ese determinado tiempo se nutren.

Veranda y particiones con óculos, bancos y cornisas de madera. Plano publicados por Climent, F. J. Sáenz de Oíza, Mallorca 1960-2000, 2001, págs. 67 y 54.

Claro que también puede ser que ambos, tanto Oiza como Utzon, se fijasen en la cubierta curva y elevada de la Asamblea de Chandigarh en la India, que Le Corbusier construyó desde 1951 hasta su muerte en 1965. O incluso de los dibujos que el arquitecto suizo realizó en Mallorca cuando propuso su proyecto de ampliación del hotel Formentor en 1932.

Como dice el arquitecto y catedrático de proyectos Xavier Monteys, Le Corbusier «se inventó» ese proyecto durante su estancia en el hotel en la pascua del 32. No había un encargo real; solo un interés por el arquitecto en construir en Formentor. De la propuesta apenas se conocen unos dibujos heterogéneos del lugar, de las rocas de la playa o del hotel existente, y una serie de anotaciones y observaciones sobre los huéspedes del hotel; sobre su comportamiento durante el desayuno, sobre los movimientos y sobre sus relaciones con el espacio del hotel y entre ellos. También hay unos esbozos breves de la posible ampliación: un edificio circular elevado sobre pilotis. Todavía estamos en preguerra y aún no hay rastro de la expresividad curva que Le Corbusier exploraría a partir de los años cincuenta en la iglesia de Ronchamp o en el plan de Chandigarh. El arquitecto aún funciona en parámetros racionalistas; tan solo han pasado tres años desde que terminase Villa Savoye. 

Sin embargo, aunque no hay referencias a posibles cubiertas curvas, sí hay un interés muy preciso por algo que retomarían tanto Oiza en la casa Huarte como Utzon en Can Lis: los pinos y el mar. En todos los croquis de Le Corbusier siempre hay una intención de agregar, de incorporar el territorio y el paisaje de la bahía Formentor en el nuevo edificio. Quizá por eso, en muchos de los esbozos se aprecia una relevancia significativa en el dibujo de los pinos. Como harían Oiza y Utzon tres décadas más tarde.

hilo invisible
A la izquierda, dibujo de Le Corbusier en el que se aprecia la silueta del hotel Formentor. A la izquierda, la Badia de Pollença desde Formentor, según el arquitecto.

Ersilia

Según Italo Calvino, los habitantes de Ersilia, para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad, «tienden hilos entre los ángulos de las casas, blancos o negros o grises o blanquinegros según indiquen relaciones de parentesco, intercambio, autoridad o representación. Cuando los hilos son tantos que ya no se puede pasar entre medio, los habitantes se van: se desmontan las casas; quedan solo los hilos y los soportes de los hilos».

El crítico literario británico James Wood —no se debe confundir con el escuálido actor ultraderechista James Woods— acuñó en el año 2000 el término «realismo histérico» para referirse al subgénero posmoderno que practican o practicaban escritores como Thomas Pynchon, David Foster Wallace o Zadie Smith. Como todas las buenas definiciones, la intención inicial era despectiva: para Wood, este tipo de novelas perseguían la vitalidad continua, el movimiento perpetuo a costa de una superficialidad de los personajes, que eran poco más que unos nodos relacionales apenas esbozados. Porque lo importante eran precisamente todas las relaciones que se entrelazaban entre ellos. Relaciones tan intrincadas y tan inverosímiles que empujaban la realidad hasta el límite de la histeria. El crítico literario se limitaba a artefactos literarios, olvidando quizá uno de los ejemplos más brillantes de eso que él quería descalificar: el filme Magnolia, dirigido por Paul Thomas Anderson y estrenado en 1999, justo un año antes de que Wood acuñase su término.

Magnolia es un tapiz de ocho historias yuxtapuestas sobre el mar de Los Ángeles. Historias que se entrecruzan hasta el clímax más inverosímil del cine reciente. Tan histérico que solo cabe creérselo: una lluvia de ranas que caen al compás de una canción cantada al unísono y desde ocho lugares distintos por los ocho protagonistas de las ocho historias. Ahora bien, en el prólogo de la película, el propio Paul Thomas Anderson deja claro, en voz del «humilde narrador», que esto no puede ser una de esas cosas que pasan; por favor, no puede ser solo una coincidencia, porque estas cosas suceden a todas horas.

Calvino publicó Las ciudades invisibles en 1972. En 1971, Jørn Utzon terminó Can Lis, la casa que había comenzado en 1969, justo el año en el que se finalizó en Formentor el pabellón para invitados que Francisco Javier Sáenz de Oiza le había construido a Juan Huarte, con quien había iniciado su colaboración más importante en Torres Blancas en 1966. El mismo 1966 en el que Utzon abandonó la Ópera de Sídney. Un año después de la inauguración oficial del Palacio de la Asamblea de Chandigarh, un año después de la muerte de Le Corbusier y cinco años después de que Utzon construyese, en 1961, Villa Herneryd en Suecia, con su cubierta curva tan parecida a la de la Asamblea y a la que tanto se parecería la de la casa Huarte de Oiza. Exactamente el mismo año 1961 en el que Italo Calvino le describió diecisiete tipos distintos de tigre a Jorge Luis Borges en las terceras «Converses Literàries» de Formentor.

Tal vez existe ese lugar fuera del tiempo y el espacio mesurables, donde residen el amor y la lectura que Calvino describió en Si una noche de invierno un viajero. En ese lugar, toda Mallorca y quizá todo el mundo y todas las historias habitan en la ciudad invisible de Ersilia, entretejidas por hilos, nodos y relaciones que se crean y permanecen para siempre, incluso después de que sus tejedores hayan muerto. Hilos que no se ven a simple vista, pero existen, ya lo creo que existen. Es imposible, incomprensible, que no existan.

Ah, por cierto: la mejor película de Paul Thomas Anderson no es Magnolia, es El hilo invisible, y no tiene nada que ver con todo lo que acaban de leer. 


En un regne dins la mar

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Izquierda: El árbol de la ciencia en Arbor Scientiae, de Ramon Llull (ed. 1635). Derecha: Descripción anatómica de Llull en Practica Compendiosa Artis Raymundi Lulli, de Bernardo de Lavinheta (ed. 1523).

Cuando se acerca el solsticio de invierno, ocurre en la catedral de Palma un efecto matemático-astronómico de extraordinaria belleza: la luz cruza la nave de la catedral y se proyecta en la pared interior de la fachada principal, debajo del rosetón, formando así uno doble. Es un efecto que dura apenas unos minutos, y que en la isla se conoce como «ocho de luz». Según se ha explicado, el templo tiene una orientación especial, de 120 grados al sureste, de manera que al salir la luz por el horizonte hacia el mar atraviesa simultáneamente los dos rosetones del templo.

La orientación es la base del fenómeno descrito. Pocas catedrales o iglesias están orientadas así, solo las que quieren señalar el nacimiento del Sol en el solsticio de invierno. El espectáculo es prueba del heliocentrismo, que se rige por los movimientos de traslación y rotación, y la inclinación del eje de la Tierra, lo que da lugar a las estaciones, y a la salida y puesta del sol. Lo más curioso de todo ello es que esta demostración heliocéntrica es anterior a las teorías de Galileo Galilei. El fenómeno invita a pensar que los constructores de la catedral poseían conocimientos astronómicos muy avanzados. 

La construcción del templo se gestó al albor de la conquista de la isla por el rey Jaime I, movido por el deseo de poseer un regne dins la mar. Cuentan los cronistas que, una noche, cuando los miembros de la expedición ya divisaban tierras mallorquinas, se levantó un fuerte temporal. El monarca, arrodillado en la popa de su galera, pidió a la madre de Dios que los salvara. La tradición añade que Jaime I, durante aquellos trágicos momentos, hizo el voto solemne de construir un templo dedicado a Santa María. Era 1229. 

En la expedición que conquistó Mallorca en diciembre de ese mismo año participó activamente Ramon Amat Llull, casado con Isabel d’Erill. Como recompensa, el matrimonio recibió algunas propiedades en la isla. En 1232 nació su hijo, Ramon Llull. 

Durante las tres primeras décadas de su existencia, Llull hizo la vida que era esperable en alguien de su estamento: como miembro de la corte del infante Jaime de Mallorca, tuvo responsabilidades en la administración. Se casó y tuvo hijos. Cumplidos los treinta años, su vida dio un giro radical. Decidió que debía consagrarse a la causa de Jesucristo y dedicó nueve años a formarse para escribir y convertir a los infieles. 

Entre los conocimientos que se esforzó por adquirir destaca un dominio asombroso del árabe. Entonces escribió el extensísimo Libro de contemplación, redactado primero en árabe y después en vulgar. En aquel tiempo, Mallorca era un crisol de cultura judía, musulmana y cristiana. Llull, decidido a que su obra fuera universal, escribió en tres lenguas. En latín, porque era la lengua oficial de toda la cristiandad; en árabe, para intentar cristianizar el norte de África; y en vulgar, para que lo leyeran sus paisanos mallorquines. 

Llull vivió otra experiencia radical: la iluminación de Randa. En 1274, estando en oración en el monte de Randa (Mallorca), tuvo una intuición genial que interpretó como un don divino. Concibió su Arte, un medio para demostrar, con argumentos lógicos, los artículos de la fe. 

El método de conocimiento inventado por Llull, conocido como Ars Combinatoria, representa un complejo mecanismo de figuras geométricas y símbolos que combinan letras y conceptos, y se anuncia como un nuevo saber con pretensiones universales. El uso de este mecanismo, que proponía la unidad de los diferentes saberes de la época, tenía que conseguir, mediante la razón, la demostración y el diálogo y la paz entre las religiones. Llull buscó un modelo complejo de realidad en el que, como en una gran red, estuvieran implicados el mundo, el ser humano y Dios.

La ambición de Llull resulta simple hoy, pero, para su época, era revolucionaria: generar nuevos pensamientos verdaderos a partir de enunciados simples considerados verdaderos. Su mecanismo estaba compuesto por varios discos concéntricos que, al girarse, permitían varias combinaciones. Así pues, cada disco se dividía en una serie de conceptos que, al combinarse, construían proposiciones coherentes e incontestables. 

Algunos siglos después, el diseño fue duramente criticado por Martin Gardner, quien le dedicó todo un capítulo de su libro Logic Machines and Diagrams, en el que estudia máquinas y diagramas lógicos. Haciendo una lectura positiva del capítulo, se puede decir que, para Gardner, el método de Llull puede ser útil como regla nemotécnica, como ayuda para generar ideas, pero sin aplicación para el avance de la ciencia. Demoledor. 

Llull fue un científico en el sentido medieval, para quien el conocimiento se adquiría a través del estudio de los libros. No fue un científico en el sentido actual: no se interesó por la experimentación, ni por la comparación cuantitativa entre sus ideas y la realidad, y le interesó más lo teológico que lo matemático. Fue, en definitiva, un científico pregalileico.

Su importancia es innegable y, sin embargo, su obra ha sido relativamente desconocida. Durante siglos fue rechazado, además de falsificado. El curso mismo de los estudios sobre Llull es una larga historia de fraude y error. No es hasta el siglo XX cuando la posteridad de Llull adquiere un cariz científico y académico. 

Cuando aparecen los primeros manuales de historia sobre ciencia medieval a principios del siglo XX, el nombre de Llull ocupa un lugar entre los filósofos más destacados del siglo XIII: Tomás de Aquino, Alberto Magno, Roger Bacon… Sin embargo, hay que esperar hasta la segunda mitad del siglo XX para que se llegue a explicar en qué medida el pensamiento luliano se insiere en el contexto intelectual de sus días, y para que la crítica perfile el valor de la lógica luliana. 

Fue en Formentor donde, en 1960, Sebastián Garcías Palau organizó el I Congreso Internacional de Lulismo, dando origen a los estudios lulianos. Desde entonces, se considera a Llull uno de los fundadores de la metafísica de los tiempos del Renacimiento, y las aportaciones de historiadores han sido fundamentales para documentar el perfil del personaje. 

A pesar de su dimensión universal, el interés por el hombre y su trabajo se ha desarrollado principalmente en el contexto geográfico de unos pueblos que hablan la misma lengua. El asunto de la lengua, en España, es controvertido. 

La lengua de Llull es conocida como catalán, más que balear. La razón de esta denominación se encuentra en las circunstancias sociales e históricas que llevaron a las élites catalanas a lograr una superioridad económica con respecto a las baleares y valencianas, y su especial empeño en que su habla se denominara lengua y asumiera la formación de una literatura común. No es un fenómeno aislado. Si estudiamos la historia moderna de las varias hablas, o dialectos, que por semejanza y unidad constituyen lo que llamamos lengua, ha habido alguna que, por razones arbitrarias, ha adquirido un prestigio especial. Razones como la superioridad social y económica de sus hablantes, o su cultivo por parte de grandes autores. Es así como se consigue que el prestigio del dialecto se extienda hasta el punto de ser designado con el nombre general de la lengua. 

Llull viajó por buena parte de Europa, e incluso llegó a la orilla oriental del Mediterráneo. Estuvo en la isla de Chipre, en el reino de Armenia Menor o Cilicia, y también es posible que visitara Jerusalén. Hizo tres estancias en el norte de África para discutir sobre cuestiones de fe con sabios musulmanes, y escribió varios tratados teológicos dirigidos a las autoridades tunecinas. Cuando hizo la última de estas estancias, era un anciano. 

Su muerte, cumplidos los ochenta años, es todavía un poco misteriosa, ya que se desconoce si murió en Túnez, en la nave en la que regresaba delante de las costas mallorquinas, o bien una vez llegado a la isla. En el siglo XIV, la esperanza de vida era de treinta años. 

El interior de la catedral de Santa María de Palma destaca por ser un espacio unitario y diáfano, con un alzado dividido en arcadas apuntadas sobre pilares octogonales. Dos veces al año, durante casi ocho minutos, podemos ver el «ocho de luz»: la unión de dos mundos para buscar el equilibrio entre ellos, el mundo material y el espiritual, que tan incansablemente buscó Llull.


Vicente Engonga: «Hacerle falta a Butragueño era como pegar a un niño, me sabía mal»

Vicente Engonga para Jot Down 0

Miguel Jones, aquel bilbaíno nacido en Malabo que deslumbró en el Atlético de Madrid en los sesenta, no debutó con la selección española aunque estuvo convocado y llegó a calentar en la banda en un partido contra Rumanía. Solo se puso la roja para un encuentro benéfico organizado por Carmen Polo. Después llegó Donato Gama da Silva, natural de Rio de Janeiro, que accedió a la doble nacionalidad y fue el primer negro que jugó con la selección española. Y finalmente llegó Vicente Engonga. Nacido en Barcelona, criado en Cantabria, con la parrilla de TVE de los setenta aprendida de carrerilla. Su caso, el de un español hijo de inmigrantes, no tendrá nada de particular en pocos años, cuando la primera generación de hijos de los trabajadores de todo el mundo que vinieron a enriquecer nuestro país a partir de los noventa estén en todas las categorías del deporte español. Pero además de eso, Engonga fue un centrocampista duro y trabajador, ese tipo de jugador que se puso de moda en el apogeo de los Vieira y Makeleles, que formó parte de combinados históricos para el buen conocedor de este deporte, como el Celta de Rojo y los Valencia y Mallorca de Luis Aragonés.

¿Cuál es la historia de tu familia?

Mi padre, que yo sepa y por lo que me dice la gente, fue el primer negro que pisó Cantabria en el año 58. Imagínate el shock que fue para los españoles de los cincuenta. Yo ya soy de otra época, pero a mi padre le tocaba la gente para ver si estaba pintado. Cosas que ahora no se entienden, pero él siempre se lo tomó por el lado bueno. Aunque al principio pueda parecer que te agobia la gente, si eres un poco listo puedes sacar provecho. Por eso hizo muchos amigos.

Mi padre vino a España porque jugaba bien al fútbol y en la zona de Micomeseng, en Guinea, de donde él es, había mucho cántabro. Un señor que se apellidaba Varillas se lo trajo a España. Después vino la dictadura de Macías y no pudo volver a Guinea, a su país, hasta el año 2000. Cuarenta años sin poder regresar a su tierra. No vio morir a su padre ni pudo ver a su hermano ni a su madre durante todos esos años.

¿Cómo fue tu infancia?

Nací en 1965, en la España de Franco. Me recuerdo siempre de chiquitito con una pelota entre los pies. Con entre uno y cero juguetes porque mis padres no tenían capacidad económica para comprarme nada. Siempre me decían que todo costaba mucho. Pero no dinero, sino que conseguir cualquier cosa costaba mucho trabajo, y luego he comprobado que es cierto. Pero recuerdo una infancia muy alegre porque tuve tres hermanos y siempre he estado rodeado de alegría, de peleas, de juegos. Con diez años tenía un amigo que era hijo único y yo pensaba que eso era una lástima. El tío tenía el Scalextric, el fuerte apache de los Playmóbil, en Navidad un montón de regalos, lo tenía todo porque era él solo, pero siempre tenía que llamar a alguien para jugar. Nosotros cuatro, con un balón y dos canicas, nos arreglábamos. Me considero muy afortunado.

Has dicho en alguna ocasión que tus padres te repetían que eran «pobres pero honrados».

Siempre. Es la frase que más he escuchado en boca de mi madre. Y, con la edad que tengo, es de las primeras cosas que miro. Uno de los problemas que hay hoy en día en la sociedad en general es que la gente no es honrada. No quiero decir que todo el mundo robe, pero a la hora de dar la palabra, de darle la mano a alguien, ya no vale nada. Yo vengo de una época en la que dar la mano valía mucho, más que una firma, y ser honrado lo era todo.

¿Cómo llega el fútbol a tu vida?

Mi primer recuerdo de fútbol, aparte de los cromos —que no eran como los de ahora, sino que tenías que comprarte pegamento, aunque la clara de huevo pega muy bien es mi padre y el As, que en aquella época era el periódico del Atlético de Madrid. Mi padre era muy del Atlético. Nos hablaba de fútbol y desde muy chiquititos nos llevaba a ver partidos de Tercera, a la Gimnástica de Torrelavega o al Barreda; él delante por la calle y nosotros detrás como si fuésemos patitos.

Mi padre me inculcó sobre todo el querer ganar. La mayor rabia que he sentido en la vida fue un día de chiquitajo, con diez u once años, jugando una final de futbito. Recuerdo un gol en contra, mirar a mi padre, que era la primera vez que venía a verme jugar, y verle riéndose. No veas qué rabia sentí, te lo juro. Es algo que he recordado muchas veces cuando las cosas me han ido medio mal o medio bien: que empiece una final, te metan un gol y tu padre se ría de ti en lugar de darte ánimos.

Entonces el fútbol no era tan mediático. Cuando tenía cuatro años no tenía televisión, escuchaba la radio. Y de mayor, cuando la tuve, a la hora del partido había una película. Estaba la 1 y el UHF, nada más, y mi madre no quería ver fútbol. Cuando llegué a Primera se lo dije: todo lo que me has hecho sufrir no dejándome ver el fútbol y ahora que salgo yo sí lo quieres poner. Cuando era pequeño el fútbol era más de vivirlo, el día a día, leer el Marca y el As como mucho. Mi primer recuerdo en televisión es la final del Atlético de Madrid y el Bayern de Munich.

¿Quiénes fueron tus ídolos?

Me gustaba mucho Paco Gento, yo creo que porque era de Cantabria. No sabía cómo jugaba, pero oías hablar de él como de una leyenda. Cuando tuve un poco más de conocimiento, Cruyff. Y me gustaba muchísimo Leivinha, que jugaba en el Atlético de Madrid. Cuando era infantil mis compañeros me llamaban Pitinho, por un jugador que había en el Sevilla. Y con dieciséis o dieciocho, cuando buscas a alguno que te gusta de verdad, fui bastante de Ruud Gullit.

Al que le copiaste un poco el look.

No, un poco no. Le copié entero. El tío medía 1,88 y yo pensaba: tengo que llegar a 1,88, tengo que llegar a 1,88… Era negro, alto, con melena. Me dejé la melena por Gullit. Es verdad. Para mí era un futbolista supercompleto porque le vi jugar de delantero centro, de medio, de libre. Recuerdo un partido contra España en Sevilla después de Mundial 82 que ganaron 1-2 y él jugaba de libre. Me gustaba muchísimo. Los amigos del barrio eran más de Van Basten, de Rummenigge, tenía un amigo para el que Pierre Littbarski era dios. Pero a mí me gustaba Gullit. No sé si porque era negro, pero me identificaba bastante con él. Así que en cuanto pude, en cuanto mi madre me dio un poco de libertad, me dejé crecer el pelo como él.

Pero en un principio ibas para electricista.

Sí, pero no acabé porque no quise. Hay una época en la que puedes pensar que no acabas por el profesor o porque no puedes, pero en el fondo cualquier persona puede compaginar fútbol y estudios. Si no lo hace es porque no quiere y más en esta época, que hay más facilidades para estudiar que antes. Yo era bastante inteligente, podía sacar cincos o seises solo yendo a clase, pero al final abandoné la FP por dejadez.

¿Por qué fuiste a FP y no a la universidad si se te daba bien estudiar?

Antiguamente hacías EGB hasta octavo y luego los directores le recomendaban a tus padres que fueras al instituto o a FP. Te ponían «Nota media: 6,5. Se recomienda que el alumno estudie FP». Y mis padres que eran muy correctos hicieron caso al director del colegio y dijeron: a FP.

¿Te pareció justo?

No sé. Tienes trece años, el director dice FP y tus padres te llevan a FP. Entré, miré lo que había, Electrónica, Electricidad, Delineante, Automoción, y elegí electricidad. Un «chispas» más. Me gustaba, pero tampoco le puse mucho interés. Luego cuando dejé de jugar, en 2003, me apunté a la UNED para sacar el acceso a la universidad para mayores de veinticinco años y me lo saqué con notable de media. Así que tonto no soy.

Tu hermano, que falleció el pasado año, era albañil, dijiste que él era un verdadero héroe, y no los futbolistas.

Para mí sí, y se lo dije varias veces. Cuando pasa el tiempo y te das cuenta de las situaciones que has vivido, ves que has tenido la suerte de crecer en una familia pobre, muy honrada y con cuatro hermanos. Porque siendo yo cabeza de familia, tuve dos hermanos que se sacrificaron mucho por mí. Cuando mi padre se quedó en paro yo estaba en primero de FP, tenía catorce o quince años. Pues como yo era el mayor, tendría que haber sido yo quien se fuera a trabajar, el que tenía que sacar pecho por la familia, pero mi hermano Rafa dijo que lo iba a hacer él. Mi hermano Julio estudió un año y al siguiente también se puso a trabajar. Si no fuera por eso a lo mejor yo no habría podido ser futbolista, habría tenido que dejar los estudios y haberme dedicado a ser albañil, pensar más en poner ladrillos que en otra cosa. Mi madre era ama de casa de toda la vida, había que sacar dinero y mientras que yo, con quince, dieciséis o diecisiete años no aportaba nada a casa, mis hermanos traían un sueldo de peones que sustituía un poco al de mi padre. Luego, cuando ya tuve la capacidad de ayudar a mi familia, la he ayudado, pero para poder llegar a eso se sacrificaron mucho mi hermano Rafa y mi hermano Julio. Si no fuera por ellos yo no estaría aquí ahora hablando contigo.

Rechazasteis tú y tus hermanos a la selección guineana.

Estando yo en el Sporting Mahonés en 1986 llegó una carta diciendo que nos querían convocar a los cuatro. En aquella época no podías ocupar plaza de extranjero en Tercera División, solo podías ocupar en Segunda B si te había fichado un club de Segunda que había descendido. Yo no pensaba que iba a llegar mucho más lejos que de Tercera o Segunda B, así que si me iba seleccionado ¿por quién fichaba luego? Hablé con mis hermanos y ninguno queríamos ir. No pensábamos que fuésemos a ser algún día futbolistas famosos. Jugábamos y ya. Piensa que cuando me llega esa carta, los jugadores de mi edad, como Martín Vázquez o Sanchís, estaban ya en el Real Madrid. O Fonseca en el Valladolid. Yo con veinte estaba en el Mahonés.

¿Y eso de que se perdió el dinero que os mandaron para viajar?

Salió a posteriori. Yo creo que algún listo dijo que sí que íbamos, mandaron la pasta y se la quedó. A mí particularmente me llegó cero.

Vicente Engonga para Jot Down 1

Te chupaste en Ferrol una mili ochentera.

Hice cuarenta días en Cartagena en infantería de marina. En Madrid hice el curso de policía naval en Arturo Soria y luego un año en Ferrol. Creo que a muchos niños de hoy en día de diecioocho años les haría mucha falta hacer la mili para que vieran lo que es obedecer, ya que no obedecen a sus padres. Pasarse un año sabiendo qué es la disciplina.

Al llegar a Ferrol un teniente formó a todos y dijo que el primero que tuviera algún problema conmigo se las iba a ver con él. Lo primero que pensé fue: «Adiós, ahora sí que voy a tener problemas». Fue todo sin comerlo ni beberlo. Pero no pasó nada. Hubo momentos complicados, a fin de cuentas estás fuera de casa con diecinueve años, pero a través del deporte —jugué en un equipo de Segunda Regional, el O Val— lo enfoqué bien. También había un equipo de fútbol en el cuartel, luego una selección de Marina Norte, y además un equipo de baloncesto. Yo jugaba en todas partes. Para mí eso era vida, así que como comprenderás no tengo mal recuerdo.

¿Los militares no eran duros con los reclutas?

Los militares son militares. Es todo una cuestión de disciplina. Pasa como tú en tu casa con tus hijos, que te impones porque los hijos no pueden mandar en una casa. Y si eres un soldado y tienes a un sargento, tienes que obedecerle. Desde que muere Franco en 1975 a 1986, que es cuando hago la mili, van once años, y en esos once años en España cambió todo. Incluso se legalizó el Partido Comunista, gobernó el PSOE, cosas que once años atrás eran impensables. No te las creías. Entonces, en el ejército, para ser sargento primero no han de pasar dos años, ni cuatro, es toda una vida y ya estaban bastante quemados. Además, tenían la mentalidad de gente de entre cincuenta y sesenta años, venían de los años sesenta. Eran personas que primero de todo te venían con el palo, porque eran militares, pero era lo lógico. No sé cómo son los tenientes de hoy en día, pero un teniente de mi edad, cuarenta y ocho años, no es como un teniente de cuarenta y ocho años de 1985.

En aquella época ya podías pedir no hacer la mili, pero si lo hacías casi te echaban de tu pueblo. «¿Cómo no vas a hacer la mili? ¡No quieres a España!». Era una cosa de locos. Tus padres te echaban de casa si no querías ir. Y no estamos hablando de una cosa tan lejana, es hace treinta años. Hoy en día tenemos capacidad para discutirlo todo, pero en aquella época no se discutía prácticamente nada. Llegabas a tu casa, te daban una carta y te ibas a Cartagena al día siguiente.

Pero luego cuando he sido entrenador de categorías inferiores del Mallorca he pensado que si muchos de esos críos se pasasen un añito en la mili y volvieran seríamos campeones del mundo cinco veces seguidas.

Y después de la mili, a la Segunda B de los años ochenta con el Sporting Mahonés

Tuve problemas para fichar por ellos. Había un problema de retenciones de fichas y el presidente de la Gimnástica no era muy buena persona precisamente. Mi padre estuvo viajando cada día en tren, que no tenía coche, a la Federación Cántabra para ver si me daban permiso para jugar en Mahón. Al final todo fue bien y de ahí no puedo tener mejores recuerdos. Es donde maduré de verdad. El fútbol de Segunda B en aquellos años era muy complicado, complicadísimo. En los cinco años que estuve jugué contra «Chapi» Ferrer, Pep Guardiola, Tito Vilanova, Carles Busquets, Onésimo, Molina… muchos de los que luego llegaron.

Segunda B era muy física. Guardiola, por ejemplo, había debutado ya con el primer equipo, pero cuando jugaba en Segunda B lo pasaba muy mal. Porque el Mini Estadi está muy bien, pero intenta jugar en Mahón con el Barça B. Así aprendes lo que es el fútbol. A los chavales a los que entreno les digo muchas veces que la diferencia entre un juvenil y un futbolista que ha estado jugando con mayores es que en un balón dividido el juvenil mira para arriba y el veterano a los lados, de modo que cuando el juvenil se quiere dar cuenta ya tiene un ojo morado. El veterano gana el balón sin mirarlo. Es una manera dura de aprender, pero…

Cuando se habla de cantera, ves a futbolistas que han entrado en un club bueno con once años y a los veinte cuando llegan al filial todavía no han aprendido de verdad qué es el fútbol. Has jugado contra gente veterana, pero todos tus compañeros son de tu edad. Si luego de repente te ceden y entras a un vestuario donde hay uno de treinta y cuatro años al que tienes que quitarle el puesto, que si se queda sin jugar no va a poderle dar pan a sus hijos, ahí se ve si eres futbolista o no. Siempre has estado jiji-jaja con tus colegas y pasas a una situación en la que hay gente que depende de que no la cagues en un pase y haya un contraataque para cobrar mil euros. Muchos de los que fracasan es por eso.

Cuando te ceden es cuando empieza el fútbol. Cuando oigo hablar de montar una liga solo para filiales creo que no es bueno porque se aprende de verdad cuando sales de tu hábitat. Estar en un filial es muy bonito, pero luego te vas a Vigo como Rafinha y ahí se ve si eres futbolista de verdad o no, si tienes capacidad mental para soportar la competición o no.

Cuando estabas en Segunda B pasaste del Real Madrid.

Cierto. Creo que debo ser de las únicas personas que le han dicho al difunto señor Malbo que no iba al Madrid. Yo no sabía quién era, me enteré años después. La gente a veces me decía «¿Le has dicho a Malbo que no?». Sí, ¿qué problema hay?

Me llamaron y me querían hacer una prueba para el Madrid Castilla. Yo estaba de vacaciones y les pregunté tres veces si me querían o no me querían. No me importaba si era el Madrid o lo que fuera, quería saber si me querían o no. Llevaba una semana en mi barrio, estaba bien, no me iba a ir a hacer una prueba.

Diste el salto a primera fichado por el Valladolid de Pacho Maturana, el recordado Valladolid de los colombianos.

Valladolid me costó un poco al principio. Salía todos los días de mi casa, me encontraba al vecino, le decía «buenos días» y él «msñññ». Luego iba al quiosco y la señora me decía «¿Qué desea?» Y yo «El Marca y el Norte de Castilla». Todos los días. Iba cada día y todos me preguntaba «¿Qué desea?» Joder, ¿no veía que todas las mañanas me llevaba lo mismo? Y el vecino sin saludar. Yo, un negro con melenas, quería gritarle a la gente «¡Un poco de educación, por favor!». Luego fui conociendo a gente maravillosa, y los compañeros hicimos quinta y quedábamos para beber calimocho y hablar de novias. Pero…

Y en lo futbolístico, sin querer menospreciar a todos los entrenadores que tuve hasta que llegué a Valladolid, Maturana para mí fue el primer entrenador de verdad. Fue la primera vez que entendí lo mucho que cuenta un entrenador en un equipo. Y no solo él, también Diego Barragán, su preparador físico, que era un monstruo.

Era un buen equipo, con Higuita, Caminero, Santi Cuesta, que había jugado en la selección sub19, Fonseca, Onésimo, Valderrama, pero el club arrastraba problemas económicos desde antes de llegar yo y se hablaba de que el objetivo era clasificarse para la UEFA. La cosa empezó mal. Nunca se me olvidará Maturana, en la cuarta o quinta jornada, entrando al vestuario en un partido que íbamos perdiendo en Zorrilla 0-1. Pensaba que nos iba a caer una bronca que se iba a acabar el mundo, como ocurría en Segunda B, y Maturana entró con semblante serio, pero tranquilo, y dijo que dejáramos de preocuparnos, que jugáramos al fútbol, que fuéramos nosotros mismos y que si perdíamos, al día siguiente iba a salir el sol igual. Con veinticinco años, era la primera vez en mi carrera que no me pegaban una bronca por ir perdiendo.

Maturana era un tío metódico, creía mucho en las ideas. Cuando tirabas un balón a veinticinco metros te preguntaba qué hacías. Hoy en día el tikitaka está muy de moda, pero en aquella época… recuerdo que durante toda la temporada me decía: «Usted désela a Carlos [Valderrama], usted se la da y él la devuelve, es como una pared, no se preocupe, désela». Y yo a veces le decía que no podía ser, que tenía a dos encima, no me entraba en la cabeza que se le pudiera dar el balón a un tío que no está solo. Él me la pedía, veía que tenía a dos encima y decía «¡que estoy solo, que estoy solo!». Para él tener cinco alrededor era estar solo. Luego cuando vas creciendo y viendo la calidad de la gente lo entiendes. Tú le tiras una pelota a Xavi o a Messi cuando están rodeados de seis y están solos.

Fabio Capello iba a Zorrilla cuando entrenabais a tomar notas de los entrenamientos de Maturana.

Lo leí. Yo no lo conocí ni lo vi, pero recuerdo una nota del Norte de Castilla en su día. Maturana era muy famoso, ese verano estuvo a punto de ir al Madrid, luego no sé si se arrepintió Mendoza. Por eso ese año cada diez o quince días aparecía gente con una libreta. Pero yo era futbolista, no me preocupaba de mucho más que de correr.

Vicente Engonga para Jot Down 2

En el Bernabéu, Míchel le toca los testículos a Valderrama ostensiblemente.

Fue mi segundo partido en primera división. La primera jornada fue contra el Sporting, perdimos por un gol de falta que pasó por debajo de la barrera. Le echaron la culpa a Higuita, pero fue de la barrera. Ya desde el primer día le echaron la culpa de todo. Moría uno en Australia y le echaban la culpa a él. Y ese partido en Madrid fue el debut de Prosinecki en el Bernabeu. Estaban Hagi, Gordillo salió en la segunda parte, Villarroya fue titular. Y lo que más recuerdo fue el trato del árbitro. Nosotros éramos el 8 o el 10, «7 cállese, 5 saque». Y ellos eran «Emilio, venga», «Míchel, vamos». Para mí fue como un shock.

Y lo de Míchel con Valderrama en el campo no lo vi. Recuerdo a Carlos comentarlo en el vestuario diciendo: «Este huevón me ha tocado, no sé que quería». Yo le pregunté qué le había dicho, y él: «Pues ¿quieres más? ¿quieres más?». Una circunstancia que al final fue fea porque luego a Míchel le dijeron cosas en todos los campos de España.

De ese Madrid me gustaba mucho Hagi, Prosinecki no tanto. Mi debilidad era Butragueño. Le tenía no idolatrado, pero para mí era especial. Siempre he admirado a los futbolistas leales, no sé si es la palabra, los que aguantan. Y Butragueño era de esos que le hacías una falta y te daba pena. Te miraba con una cara… y nunca discutía. A estos futbolistas siempre prefieres agarrarles que darles una patada. Hay otros que no, que sin tocarles ya se tiran y piensas que en la siguiente le vas a dar pero bien. El Buitre era como Zidane después, chocabas y nunca te decían nada. Aceptaban su rol. Eran nobles. Hacerle falta a Butragueño era como pegarle a un niño, me sabía mal, en serio.

Además aquel día salí en el Bernabéu espídico, por mucho que quisiera estar tranquilo no podía. A los diez minutos ya le había hecho tres faltas a Prosinecki. Veía algo blanco y como los toros al rojo, iba. Pensaba que nos podían meter cinco, pero lo íbamos a dar todo. Al final fue igualado, pero el Valladolid de aquel año jugaba bien y no ganaba nada. Así nos fuimos a Segunda.

¿Cómo era el clan colombiano?

De las mejores personas que he conocido en mi vida en un vestuario. Mira, un día un compañero le dijo a René Higuita, que tenía una cadena de plata en el cuello de estas gordas, qué collar más bonito llevas. Y René se dio la vuelta, le dijo ¿te gusta? Y se la regaló. Así. Era gente increíble.

Maturana tuvo que alinearlos solo fuera de casa para que el público no se los comiera.

Les echaron la culpa de todo. Siempre decían que Valderrama jugaba mal, que Leonel Álvarez solo sabía correr e Higuita tenía la culpa de todos los goles aunque fueran por la escuadra. Se vició mucho el ambiente. Fue una lástima. Se marcharon en febrero, tenían firmado que cada mes les tenían que pagar un millón y cuando se fueron les debían toda la ficha. No les habían pagado nada. Y no se quejaron.

Estaba el joven Caminero.

Jugaba de central, estaba bastante desaprovechado. En la cantera del Madrid había jugado de extremo. Tenía muchísima técnica. Onésimo siempre le llamaba «Estrellita», ese era su apodo. En aquellos tiempos era el que más vendía del equipo. A mí me intentó ayudar bastante.

Goyo Fonseca metió todos los goles que le dio la gana aquel año.

Era un rematador espectacular, pero le faltó constancia. Diego Tristán me recordó luego mucho a él. Eran futbolistas para estar diez años en la selección y triunfaron muy poco. No sé si por mentalidad, eran de los que no daban el cien por cien en los entrenamientos. Naces como naces. No puedes cambiar a Ronaldinho, ni a Ronaldo ni a Fonseca.

Qué recuerdas de otros rivales, del Barcelona de Laudup y compañía, por ejemplo.

El Barça ganó la Copa de Europa un miércoles y se fueron de fiesta el jueves y el viernes. Yo veía el Marca esa semana y estaban todos los días de celebración. Pues llegaron el domingo, jugaron con nosotros y nos metieron seis. Ese día, por cierto, debutó César Sánchez. En el último partido ganamos 1-0 al Sevilla, pero bajamos a segunda. Fue uno de los peores recuerdos que tengo de mi carrera porque encima lesioné a Ramón. Era una jugada en la que ni siquiera me tiré al suelo, le di en la rodilla con la rodilla y le rompí el cruzado. Él había firmado con el Deportivo al año siguiente, con Lendoiro, y nunca volvió a ser el mismo. Le fastidié la carrera. Siempre que lo recuerdo me da coraje. Recuerdo a Manolo Jiménez en el descanso gritándome que había hundido a su amigo. Yo solo decía que no le había tocado. Con el tiempo, cuando ves que no se recupera… creo que fue lo peor que he vivido en el fútbol. Hasta me cuesta contarlo ahora. Tampoco he podido hablar nunca de esto con él, no sé si por falta de valor por mi parte, pero me sabe fatal. Pero aquel año fue un cúmulo de experiencias. Tampoco se me olvida la impresión de ver a Schuster, que en televisión parecía un tío de metro setenta y cuando lo ves en el campo delante de ti empiezas a levantar la cabeza y ves que es más grande que tú. El campo más bonito en el que jugué fue el Sadar, en Pamplona, cuando estaba Jan Urban. También criticaba mucho a los futbolistas cuando los veía por la tele y cuando luego los tenía delante y veía el nivel que tenían me quedaba de piedra.

Pasaste al Celta balcánico.

Gudelj, Ratkovic, Juric, Bursac, Andrijasevic… cada uno de una nacionalidad, pero eran todos superamigos. A Ratkovic lo habían sacado en febrero o marzo de Yugoslavia porque lo iban a reclutar para ir a la guerra. Y luego la mujer de uno era serbia, la de otro croata. Era una mezcla alucinante, pero los veías a todos juntos con sus mujeres y no te podías creer que sus países estuvieran en guerra en ese momento. Recuerdo que Ratkovic cada día intentaba aprender tres palabras nuevas de castellano. Viajábamos en el bus e iba con el diccionario. Aprendía «tenedor» y luego en la cena estaba «¡tenedor, tenedor!» (risas) Luego Gudelj lleva treinta años en Vigo y todavía no habla castellano, es como Robinson.

El ambiente que viví en Valladolid no fue malo, pero cuando llegué a Vigo era una banda de amigos. Como una familia. Vicente, el capitán, «el Flaco» Gil, Atilano… era como abrir las puertas de una casa y que te recibiera tu padre. Llegamos Alejo, Oliete, Patxi Salinas, Tito Vilanova, Rafa Berges, que estuvo en la quinta del Cobi, que era el apodo de Amavisca en el Valladolid, por cierto, y se mosqueaba mucho.

¿Qué tal Tito Vilanova?

Al principio llegó solo y compartimos mucho, luego ya vino su mujer. Casi siempre le recogía en coche y mi relación con él fue buenísima. Me sentí como su hermano mayor. Recuerdo que era un futbolista con mucha calidad y que trabajaba mucho, pero Chechu Rojo nunca llegó a confiar en él. Jugamos mucho Vicente y yo y a Vicente era imposible quitarle porque era una máquina de correr, trabajar y jugar y yo lo hice bien ese año. Tito jugaba cuando no salía yo. Igual le cerramos un poco el paso. Pero le recuerdo como un futbolista muy implicado. Cuando tienes detrás a gente como Tito Vilanova que te pueden quitar el puesto, y cada día le ves trabajar sin bajar el ritmo, no te permites bajar el pistón. A mí Tito me hizo mejor futbolista. Esa es la importancia de que en una plantilla todos estén motivados, porque si el suplente baja el ritmo, el titular se relaja.

Vicente Engonga para Jot Down 3

Primer partido de liga contra el Superdepor.

Nos ganaron en Riazor. Jugamos Tito y yo. Creo que en el Dépor el que más me gustaba era Mauro Silva, siempre he tenido debilidad por los medios centros. Ese equipo estaba muy bien montado, desde Ribera, Voro y los que tenía atrás, luego Fran, Aldana. Se decía que eran retales de otros equipos, pero los veías correr y trabajar y… el único que no corría era Bebeto, pero tenía al lado a Claudio que no veas cómo peleaba. Era un equipo con todas las letras. Además, Paco Liaño, que le tirabas cinco y te paraba cuatro.

También jugaste con el Maradona del Sevilla de Bilardo.

Nos echó Díaz Vega, qué buen árbitro (risas), a tres o cuatro. A los tres yugoslavos y a mí. La verdad es que fue un partido complicado, bronco. No por culpa del Sevilla de Bilardo, sino porque éramos dos equipos fuertes, duros de pelar. Aunque los jugadores del Celta nos sentimos ninguneados por el árbitro. Y Maradona me pareció un muy buen futbolista, no hizo un partido de estos que ves por la tele y suspiras, pero es que era un tío que caminando hacía lo que yo corriendo diez kilómetros. Le veías y decías: si es que da igual.

Y Simeone.

Siempre me gustó jugar contra él. Tíos aparte de buenos, fuertes, que no te vuelven la cara, que no van de mentira, que no te van a dar una colleja cuando te descuides. Una vez no sé qué pasó que le dio a alguien, le fui a protestar y cuando me vio llegar, me puso la mano delante y me dijo textualmente: «Si venís a inflar las bolas, hasete humo». Me quedé así, callado. Dije un exabrupto, giré y me fui pensando ¿qué me ha dicho? Me quedé como si me hubiera hablado en inglés o algo así. Yo esperaba insultos y me encontré eso, me rompió.

El Redondo del Tenerife.

Me gustaba muchísimo, es de los mejores que han pasado por España. Y para mí fue muchísimo mejor futbolista el Redondo del Tenerife que el del Madrid, pero con muchísima diferencia además. Eso sí, dentro del campo era insoportable. Un par de las lesiones que tuvo fueron porque era un futbolista que hablaba demasiado y al final terminabas yendo a por él. Pero era dentro del campo, no fuera. Es como Patxi Salinas, tú le conoces y es un cachondo, pero dentro del campo una vez estuvo a punto de pegarme hasta a mí. Con Redondo jugabas y acababas pensando: «Te voy a matar». Hablaba mucho y siempre que podía te metía un codazo en la nariz. Y tú sabes muy bien a la altura que levantas un brazo, que los futbolistas no somos tontos.

Fueron famosos los codos de Redondo.

Pero menos famosos fueron los de Koeman y ese también te daba bien. Cada vez que podía. No protegía el balón con el cuerpo, sino metiéndote del codo en la nariz. Hay muchas formas de hacer una falta y cuando metes el brazo entre el cuello y la cintura, es para parar al jugador. Si lo pones en la nariz, es para hacer daño. Koeman era de estos. Y Redondo, también.

Fueron los años de explosión de Guardiola.

Ya había jugado contra él en el Mahonés. Mi hermano Oscar que estaba en la Masía me dijo que el 4 era muy bueno, pero que si le rascaba dos veces, no jugaba más. Me pasé diez minutos a su lado y era verdad, era muy rápido mentalmente y la soltaba genial. Entonces le pisé y, nada, ya hizo muy poco más. Pero estamos hablando de un tío de dieciocho años y yo tenía veinticuatro, era un chavalillo. El campo del Mahonés no estaba nada bien, con saltos, pero a él nunca le botaba mal el balón, era increíble. Se le veía muy tirillas, pero muy buen futbolista.

Luego en Primera y después en la selección, en el día a día de los entrenamientos, no es que le veas superior a ti, sino como un superdotado. Un jugador que con muy poco hacía mucho.

Ángel Cappa dijo que el fútbol del Celta le producía urticaria.

Con Chechu Rojo éramos un equipo que tenía muy buenos futbolistas. Siempre jugábamos con un 4-4-2 y sabíamos moverla, pero nos acusaban de defensivos porque todos corríamos. Luego me pasó lo mismo en el Mallorca. ¿Tú dirías que este año el Atlético ha sido defensivo? Tocábamos, pero cuando la perdíamos todos bajábamos la cabeza y corríamos atrás. Y ese año al Tenerife de Valdano le gustaba el toque, que jugaba en corto o en largo, pero tenían esa imagen de tocadores con Estebaranz, Miñambres, Redondo… Parecía que eran muy buenos y nosotros no. Nos cruzamos en semifinales de Copa, encima el campo estaba pesado y les metimos tres. Supongo que les molestaría porque nos veían como muy malos.

En el fútbol, como en la vida, hay dos vertientes enfrentadas. Los que parece que solo corren y los que parece que solo juegan. Hasta hace poco el Barça era el bonito, que la tocaba mucho, y el Madrid no porque era más de contraataque. Pero el fútbol es muy distinto al resto de deportes y cabe todo, el objetivo es meter gol y tienes que tener en cuenta lo que tienes para hacer las cosas. Tampoco me imagino al Barça jugando como el Atlético, que es superfísico y basa el cincuenta por ciento de su trabajo en apretar, robar y tener a un tío como Costa que las corre todas. El Madrid igual es más completo, pero su entrenador ha elegido que corran Bale y Cristiano Ronaldo. Así que en aquella eliminatoria ellos eran los artistas y nosotros los obreros. Pero Ratkovic había sido internacional por Yugoslavia, Juric por Croacia, yo lo fui por España, como Otero, Berges y Cañizares. Mancos no éramos. Que no jugábamos como le gustaba a Cappa, pues a lo mejor no. Pero porque teníamos otro tipo de futbolistas.

Y les ganasteis.

Al final sí (risas). Hubo miedo, que llegamos a Tenerife y todo el mundo en el aeropuerto nos sacaba la mano y decía que nos iban a meter cinco. Íbamos por la calle y la gente sacaba la mano del coche y decía «cinco, os van a meter cinco». Un paseo por la calle y cualquiera «os vamos a meter cinco». Y a los diez minutos de partido 1-0. Después, 2-0… menos mal que luego marcamos. Fue como el Madrid en Dortmund.

Vicente Engonga para Jot Down 4

La final contra el Zaragoza, una pena.

Yo particularmente no estuve al nivel que estaba entonces. Era mi primera final de algo importante. Trabajé, pero no me sentí bien. El resto del equipo estuvo bien pero en los penaltis fallamos uno. Lo curioso es que Alejo, el que falló, era el encargado de las faltas de treinta metros, le daba bien y en ese le dio al suelo. No sabes por qué. Las finales, como se dice, son para ganarlas. Al año siguiente, con el Valencia, me pasó lo mismo contra el Dépor, en la final que diluvió.

Tuvisteis también un Celta–Valladolid histórico. Fue considerado el partido de la vergüenza, los dos con empatar os salvabais.

Yo lo viví así. Chechu Rojo en la charla nos dijo que había que apretar, que no nos podíamos fiar. Salimos al campo, empezó el partido y la primera sensación rara que tuve fue que sacamos de centro, me vino la pelota y Alberto, del Valladolid, no vino a apretarme. Lo vi raro. En Vigo lo habría visto normal, pero estábamos en Pucela. Chechu no paraba de gritar y en el descanso nos echó la bronca porque nos vio que, como no nos apretaban, estábamos relajados. Decía que cuidado, que nos iban a meter uno y nos íbamos a la mierda. Y al final del partido, me llegó Amavisca y me dijo: «Menos mal que no nos habéis atacado porque estábamos medio tiesos». Y yo: «Pues nosotros acojonados». Luego vi en la prensa la que nos cayó, en el programa de Robinson tuvieron puesto el partido puesto todo el rato en los monitores de atrás y sí, me di cuenta de que pareció una cuchufleta. Pero en el campo…

En el Valencia te entrenó Parreira, un campeón del mundo.

No tengo ni palabras buenas ni malas de él. En ese vestuario el año anterior no habían logrado los objetivos y no había un buen ambiente. Me lesioné en pretemporada, me rompí el cuádriceps, estaba ahí Mazinho y no jugué casi nada. Eso sí, conocí a todas las peñas de Valencia, como no jugaba me fui de peña en peña cada fin de semana. La gente me quería bastante el primer año porque me veían con la afición, yo flipaba con la buena imagen que tenía porque no estaba jugando nada. Parreira solo se dirigió a mí una vez y fue para preguntarme si me iba al Osasuna.

¿Qué tal Pedja Mijatovic?

Creo que cambió cuando fue al Madrid. Ese no era el que yo conocía. Le cambió el comportamiento, el ego. Pero lo entiendo, no es lo mismo jugar en un Mallorca o un Valencia que en el Madrid. En estos clubes no te tienen que blindar, no vas a perder horas firmando autógrafos, pero en el Madrid no puedes ir ni a comprar al Mercadona. Entiendo que eso te pueda hacer cambiar hábitos. También en el Valencia él pagó su propia cláusula después de decir en noviembre que no se iba. Y el Valencia es un club del que la afición no te deja que te vayas de cualquier manera. El Pedja que yo conocí era muy buen tío y me ayudó. Y en el campo de los mejores futbolistas que he tenido al lado con diferencia.

Llega Luis Aragonés.

El entrenador con mayúsculas. Lo tenía todo. El trato con el futbolista, jugase o no, la psicología, la manera de plantear los partidos. Para mí el mejor que he tenido y el más especial que ha habido en España. Recuerdo un 0-4 en Compostela, lloviendo a mares, Mijatovic metió tres goles y en el vestuario le echó la bronca del siglo porque no había hecho lo que él había querido. Pero una bronca a dos centímetros de la cara, saltándosele la dentadura en cada palabra y con la vena hinchada. Y los compañeros intentando tranquilizar al míster.

Y lo hacía con Mijatovic y también conmigo. Cuando Ronaldo nos metió tres goles, esos que siempre siguen saliendo por la tele y estoy yo en un par (risas). En el primero, Ronaldo apareció, tiró un pase, o eso pensamos Otero y yo (risas), en serio, creía que era un pase, miré a ver a quién se la daba y, joder, no, resulta que era un autopase y detrás del balón iba él como un tren. Gol. Resulta que ese año habían puesto la norma de que si le dabas al último era roja, y Luis en el descanso una bronca… yo le vi la campanilla y la bilis: «¡Eso no puede ocurrir nunca más, hay que pararlo como sea!» Y yo: «pero…». «¡Ni pero ni nada!». Eso lo hacía con todos. Es el único que yo he tenido que de verdad sientes que tiene a veinticinco tíos con las orejas agachadas porque trata a todo el mundo igual y sin sensación de que se porta mal con nadie en particular.

En la selección ¿Raúl se le quiso subir a las barbas y pasó lo que pasó?

Creo que en la selección española todo lo que se ha ganado es responsabilidad de Luis. Los jugadores han hecho todo lo que tenían que hacer, pero España siempre ha tenido buenos futbolistas. Con la evolución del fútbol, que ya no hay tantas patadas ni el físico en sí importa tanto en el juego, sumado a que Luis eligió bien, España ha ganado lo que ha ganado. Solo podía haberlo hecho él. No me puedo imaginar a otra persona en España aguantando lo que aguantó él tras el Mundial de 2006 durante año y medio.

Con Raúl, para mí, en el fondo el problema fue del resto de España, no de Luis. Pasase lo que pasase tras el Mundial de Alemania, Luis desde 2004 ya había hecho crecer a España. Con Francia pasó lo que pasó, pero en la fase de clasificación de la Eurocopa Luis debió de ver cosas con las que no estaba a gusto, porque para él lo más importante era el grupo y el vestuario. Si recuerdo algo del Valencia o el Mallorca de Aragonés es que no había ni media oveja negra, ni media discrepancia. Dentro de lo que es cada futbolista, era todo una piña. Intentó hacer lo mismo con España y en ese momento debió de pensar que con Raúl y otros no le terminaba de encajar en los asuntos anímicos del día a día de una selección.

También te digo que yo he convivido con Raúl de 98 al 2000 y nunca he visto un problema con él. Pero el entrenador lo puede ver de otra manera desde su posición. Porque los entrenadores no son gilipollas, todos quieren ganar. Y si ven que para hacerlo tienen que cambiar esto y esto, lo hacen. Igual al principio España entera lo disculpó porque Raúl no estaba teniendo un buen año. Flojo no, porque yo a Raúl nunca lo he visto flojo; si estar flojo es meter quince goles en un año… yo nunca los he metido. Lo mismo que dicen que Messi y Cristiano han bajado el nivel porque en lugar de cincuenta meten treinta y ocho. Vete a la porra. Pero pese a todo, llegó un momento en que Raúl volvió a ser el de antes y Luis pensó que ya tenía eso montado, le dio los galones a Xavi o al que fuera, no le convino meter a Rául y lo dejó fuera por eso. Y se montó la movida porque era él, que si es Engonga ya te digo yo que nadie dice nada, pero como era del Madrid… Piensa lo que pasó Luis, siendo del Atlético y viviendo en Madrid, todo lo que aguantó día a día, salir de casa y en la escalera el vecino que te diga no sé qué Raúl. Y en la calle igual. Eso solo lo podía hacer él. O igual Clemente, que diría que por sus cojones no lo iba a llevar y no iba ni de coña. Aunque tampoco Luis era de no dar noticias en un periódico, su primer mandamiento era decirle a los jugadores que él se lo cargaba todo con la prensa y ellos que se dedicaran a jugar que era lo suyo. Así fue la guerra, toda la crispación contra Luis, todos los periodistas contra él, pero el equipo jugó, ganó y entonces ya se le tuvo que reconocer.

¿Qué tal con el Piojo y el Burrito?

Burrito me pareció muy buena persona, buen futbolista, pero en Valencia no le salieron bien las cosas. Claudio López me pareció un crack. El primer año en Mestalla le silbaron muchísimo, pero muchísimo, y terminó logrando ser el ídolo. También Karpin fue tratado muy injustamente en Valencia, a mí me encantaba como jugador. Tanto a él como a Quique Romero les criticaron mucho. Karpin creo que se sintió muy desprotegido.

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Después estuviste bajo las órdenes de Valdano.

Jugué todo, pero luego la imagen que tenía de él empeoró bastante. Cuando tuve que salir del Valencia, en la última charla que tuve con él me demostró que era un hombre de club más que una persona íntegra, al menos como yo entiendo que tiene que serlo. Para mí era muy fácil que me hubiera dicho que no me quería. Nunca me lo dijo y al final me enteré de que por detrás sí me había descartado. Me quedé con la imagen de que no era una persona recta.

¿Notaste que cambiara mucho el fútbol tras la ley Bosman?

Desde que llegué a primera siempre he notado que había mucho nivel, nunca he sido un superdotado del balón. Siempre me he sentido bastante inferior a mucha gente. A mí me costaba contra Míchel, Butragueño y Hagi lo mismo que contra Zidane. El nivel del fútbol siempre ha sido bueno en España. Si lo subió mucho no sé, creo que lo que más hizo por el cambio fueron las normas, las facilidades para entrenar desde joven, los campos y los balones, que han permitido que el juego sea más rápido. Hoy veo que muchos no tienen la mitad de la calidad de los rivales a los que yo me enfrenté.

Fichas por el Mallorca.

Vine porque yo me lo propuse. Tenía un recuerdo increíble de Menorca y de Mahón. Iban Eskurza, Moya, Gálvez, Iván Campo, Romero… el doctor Beltrán me preguntó si no me apetecía ir a mí también y fui. Volví a estar en una familia, Soler, Olaizola era gente que te integraba. La verdad es que disfrutamos.

Roa.

Roa, Roa… cuando jugamos contra el Madrid que se fue la luz en el Luis Sitjar, le digo al Lechuga en el vestuario: «Ten cuidado con Raúl si se queda solo  —que era algo muy factible que le gusta mucho amagar y tirarte una vaselina». Su famosa jugada, la cuchara. Y Roa me dice: «vale, vale, bien». Me doy la vuelta y me viene Roa otra vez: «¿Y ese qué número tiene?» (risas). Empezamos a jugar y al rato en un córner, coge a Raúl y me dice: «¿Es este, no?» (risas). Vivía en su propio mundo, no se preocupaba de los contrarios. El entrenador de porteros, Basigalup, no paraba de ponerles vídeos y estadísticas y a él le entraba por un oído y le salía por otro.

Un día, estaba concentrado con Argentina, y le llamó Ibagaza. Le preguntó qué tal y le dice: «Escuchá Lechu, ¿A qué hora jugás?». Y se oye por el teléfono a Roa decirle a los de alrededor: «¿A qué hora jugamos?». «¿Y contra quién?». Y Roa: «Hey, contra quién jugamos». No lo sabía. Se duchaba y era como si se quitara al futbolista.

La retirada la intuíamos y nos daba pena. Nos lo dijo antes de acabar la Liga, cuando estábamos jugando entrar en Champions, con una final de Recopa por delante, y para mí se equivocó. Intentó rectificar y ya fue tarde. Pudo ser… pero tenía sus creencias y pensaba que era lo correcto.

Más gente de aquella época: Figo.

Me gustaba, pero dentro del campo era de los que no me caían bien. Se quejaba mucho, demasiado. Me gustaban más Zidane, Ronaldo. Figo era muy bueno, pero yo valoro lo que son los futbolistas dentro del campo y creo que en el Madrid había mucha gente más leal que Figo. Luego había jugadores que le tenían rabia a Luis Enrique, pero con él sabías a lo que ibas, yo nunca tuve ningún problema. Él peleaba por lo suyo y tú por lo tuyo. Me molestan más los que parece que sí pero no. De aquel Madrid, de 2000, 2001, me preocupaban mucho Raúl, Morientes y, joder, sobre todo Zidane. Es que era tan bueno.

El día que nos echa Francia de la Eurocopa de 2000, estábamos Helguera y yo sentados en el banquillo. Ellos pegaron un cambio de orientación y le cayó el balón a Zidane. Camacho le dijo Míchel Salgado: «Dale, dale». Míchel intentó apretarlo y según llegó a su altura, Zidane la paró con una y se la pasó al otro pie, y Míchel detrás, de ahí la puso otra vez en el otro, Míchel detrás, y de ahí al otro y la sacó jugando. Míchel ahí seco, Camacho se calló. Y Helguera y yo nos miramos diciendo: «joooooder». Cuando jugabas contra él en lo que te fijabas era en su forma de hacer las cosas. Le podías tirar una piña que tranquilamente la pillaba. Otra gente la ves que se remanga, salta. Y él, nada.

Djalminha.

Un mago. Era el fútbol de la calle. Total. Malencarado. Yo tenía unas trifulcas con él… Se reía de ti. Me recordaba al listillo del barrio que te regateaba y acababas dándole una patada en la cara. Era imposible jugar contra él, yo le he quitado balones a Zidane, pero a él, imposible. Y se reía de ti, ya te digo. Te daban ganas de matarlo. Siempre tenía alguna con alguno en todos los partidos. En España, en todo el tiempo que estuvo él, se escribió mucho de Rivaldo y Zidane, pero poco de Djalminha para lo que era. No he coincido nunca con él después de jugar, pero si le viera le daría un abrazo.

Makelele.

Qué trabajo hacía. Estuvo infravalorado en el Madrid hasta que se fue. No sé lo que pensarían los compañeros, pero cuando les quitaron los caballos de vapor de este se notó lo que corría y estuvieron buscando un mediocentro hasta que llegó Xabi Alonso. Lo que te enseña el fútbol es que la prensa puede decir muchas cosas, pero los clubes tienen que estar a la altura y con Makelele no estuvieron. Pensaron que solo había que fichar a otro que corriera y no era así, además en el mundo del fútbol todo dios sabe que los partidos se ganan en el centro del campo. Makelele estaba para correr maratones con los etíopes.

Viste debutar a Xavi.

Era muy buen futbolista, pero sospechoso como todos en el año 98. Aquel día, en la Supercopa, tenía dieciocho años. Le tenía enfrente, yo con treinta y uno, pero tal y como era el fútbol en aquellos años estaba bajo sospecha. No puedes comparar futbolistas de diferentes épocas porque ahora cualquiera que dé dos patadas se va a la calle. Cristiano y Messi son muy buenos, pero los porteros ya no pueden perder tiempo, la pelotita corre más… yo a veces me imagino qué pasaría si Maradona, Cruyff, Pelé o Di Stefano jugaran hoy en día, sabiendo que nadie les va a dar una patada de la rodilla para arriba, ni una ni las quince que venían después. ¿Y si Gento sabe que se va a ir por la banda y no le van a dar cincuenta patadas? Es muy difícil comparar épocas. A Xavi le ponían en sustitución de Guardiola y la gente le criticaba que solo daba pases para atrás. Ahora ya no te pasa como antiguamente que un jugador de 1,80 automáticamente era mejor que uno de 1,50 porque iba a aguantar más golpes.

Hoy en día, en la final de la Copa Confederaciones, España perdió por el físico, porque Brasil les metió cincuenta mil viajes de más y el árbitro no los pitó. Pero antes era siempre así, ibas a Yugoslavia y a todas partes y no podías ni jugar de la que te caía. ¿Has visto la final de la Copa del Rey en Zaragoza de Maradona, lo que le dieron? ¿Has visto las que se comía Santillana? Tú imagínate al Barça de hoy jugando un partido de esos, o al Madrid, igual alguno se retiraba. En el Mundial que gana Brasil en México a Pelé le meten contra Uruguay una cantidad… y ni amarillas. No se puede comparar. Cruyff saltaba en los regates y le alcanzaban en la rodilla. Así se hizo famoso Camacho, marcando a Cruyff. Ahora no tiene nada que ver. Ahora la paras, la bajas y miras, antes mirabas que no te partieran en dos antes de que te llegase el balón. Y te hablo de que se nota el cambio desde hace muy poco, desde el año 2008. Porque hasta me gustaría ver a Romario sin que le pegasen patadas.

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Cuéntame qué tal con él, con Romario. Viviste sus años en los que para jugar tenía que salir de marcha.

Ese sí que era un personaje. Cuando se iba de juerga, había que llamarlo, despertarlo, meterlo en el vestuario y casi vestirlo. Siempre iba con un chubasquero en los entrenamientos y parecía un maniquí, con los brazos caídos, la cabeza gacha. Sin embargo, he estado por ahí con él de noche y nunca le vi beber alcohol. Solo Coca-cola y Coca-cola. Lo que pasa es que llegaba sobado, luego se iba a dormir a la una, se despertaba a las siete de la tarde y ya tenía que salir hasta las cinco de la mañana. Y si se despertaba antes, futvoley. Tenía una furgoneta como la del Equipo A en la que iba con todos sus colegas, que abría la puerta y empezaban a salir todos y decías ¿pero y estos?

Un deportista aunque no bebiera alcohol tampoco podía acostarse a las siete de la mañana. Pero no era mal tío. Y en el campo, si lo mirabas y estaba parado, era como que no la quería, pero si veías que había hecho un gesto o algún movimiento, se la dabas y era gol. Le mirabas de reojo y si veías que se había movido es que había visto algo y si lo había visto era gol. Luego viendo al Madrid con Ronaldo me ha parecido lo mismo. Ronaldo en el Madrid estaba gordo, quieto, y de repente daba dos pasos, la cogía y era gol. La gente se quejaba de que no corría, pero ¿para qué? Si con correr veinte metros tenía diez para pararla y diez para meterla.

En Valencia Aragonés cambió el sistema solo para que jugase Romario, para que no tuviera que correr. Como te digo, Luis tonto no era. Luego pasó lo de «mírame a los ojitos», creo que habíamos empatado contra el Extremadura, vino el Bayern a jugar la ida de UEFA, Romario no quiso ir al banquillo, entonces no lo convocó, le metimos tres a los alemanes y hasta hoy. Luis habló con Paco Roig y le dijo que no le quería y al mes el que estaba fuera era Luis, se marchó.

Otro carácter, Eto’o.

Lo más gracioso de él eran las guerras que tenía con Luque. Quién tenía los vaqueros más bonitos. Pero no era un tipo gracioso Eto’o. Llegó con las ideas muy claras de lo que quería y cómo conseguirlo. Quería ser no mejor, sino el mejor. En el primer año entendí por qué tuvo problemas en el Madrid o en el Espanyol. Su ego, su manera de pensar, era creer que era superior al resto. Igual luego lo era y hasta lo demostraba, pero cuando vas con esa actitud y no juegas, pasa lo que pasa. Lo que siempre me ha gustado de Samuel en todo caso es que es una persona muy directa. Si no le gustas, no le gustas. Y no solo eso, te lo dice: tú no me gustas.

¿Has recibido muchos insultos racistas durante tu carrera?

Si cada vez que me han insultado en un campo de fútbol me hubieran dado diez céntimos de euro, tendría una cuenta espectacular. En el mundo del fútbol se utiliza cualquier arma para desestabilizar al contrario, pero no es racismo, sale así con cualquiera. Jugadores racistas enfrente no he tenido, pero me han llamado contrarios «negro de mierda» a montones. Claro que mi respuesta era siempre «blanco de mierda, te voy a matar». Siempre he sido así también. Ahora quieren vender el mundo del fútbol como un lugar idílico en el que nunca se ha insultado, nunca se ha pisado a nadie, cuando el fútbol de toda la vida ha sido un deporte de sacar ventaja, hacer triquiñuelas, insultar, quejarse, influir al árbitro. En un campo de fútbol es imposible no meterse con el contrario. Yo nunca le he metido una palabra a un tío con el balón a veinte metros, pero picarle… decirle que es muy malo. «Qué malo eres, cabrón». Siempre. Porque si no es imposible jugar, no puedes. Es muy aburrido.

En España en general nadie es racista hasta que le ponen enfrente de su casa a un negro, o un gitano, que se porta mal. Tú ahora sales a la calle en Palma y te vienen cuatro como yo y te metes en una tienda. Pero en España no hay racismo. En el fútbol lo que pasa es que no se entiende que para animar a tu equipo no tienes que meterte con el otro.

¿Te ha coreado todo un estadio lo del mono?

Mira, en Riazor donde más. Y ellos tenían a Djalminha, a Donato, a Mauro Silva… ibas al Bernabéu, tenían a Makelele y a Flavio, y se metían contigo. Pero si como futbolista vas a estar pensando eso, o que si te han silbado, mal. No se debe decir que es racismo, sencillamente tratan de desestabilizarte como pueden. También a los árbitros se les dice de todo de sus madres, ¿qué es peor?

Qué pena tu Mallorca que perdió la final de Copa contra el Barça y la de Recopa contra la Lazio.

La del Barcelona porque nos quedamos con menos en el campo. Faltábamos cuatro de los que tirábamos penaltis. Y contra la Lazio creo que tenían más experiencia que nosotros, jugamos bien pero no supimos ganar. Estuvieron más listos. Era mucho Lazio, con Nesta, Vieri, Almeyda, Salas… Con el Barcelona fue más determinante la expulsión.

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Al final de tu carrera te llegó el premio de la selección.

Nunca fui internacional. En ninguna categoría. Nunca me lo plantee, de hecho. Cuando me llamaron pensé que era una broma. En serio. Estábamos en la concentración de un partido de la Recopa, en el comedor en la mesa estaban Olaizola y Carreras, el delegado me dio el teléfono y Mateu Alemany me dio la enhorabuena porque me habían seleccionado. Pensaba que era una broma telefónica. Miraba de reojo a mis compañeros, vi que se reían y pasé. Y cuando subí a la habitación, vi el móvil en la mesilla que estaba colapsado de llamadas, me habían llamado mi mujer, mis suegros… Ahí ya me lo creí. Fue una sorpresa total.

Lo viví como un sueño. Ser el peor de la selección, darse cuenta de lo que es la calidad, poder dar un pase sin pensar, a la altura que sea y con la fuerza que vaya, y que todos la parasen… Porque en los demás equipos siempre piensas cómo le va mejor a tus compañeros recibirla, pero aquí cerrabas los ojos, echabas una piña y todos: «¡Bien!». Luego me la echaban a mí así y yo: «¡No, no!».

¿Te emocionaba representar a tu país?

Sí, yo siempre he ido mucho con España. Veía todos los mundiales, siempre he querido que ganase. Y al llegar a Primera División me gustaba incluso más por ver a la gente contra la que había jugado, si lo hacían bien o mal. Lo mejor es que la oportunidad me llegó muy mayor y disfruté mucho más. Tenía treinta y dos años, había vivido de todo y fue solo disfrutar. Me llamaron, fui, y si no me llamaban más, pues nada.

Jugaste contra Brasil.

Un ratito, en Vigo. Quedamos 0-0. Pero lo recuerdas… nunca pensé que pudiera jugar contra Brasil. O estar en un banquillo contra Argentina, como estuve en Sevilla. Jugar con España era la bomba. Esos amistosos, lo máximo.

Luego la Eurocopa del Alfonsazo y el penalti de Raúl.

Me llamó mucho la atención la tensión que se vivió después de perder contra Noruega por el fallo de Molina. Antes de eso fue todo bastante relajado. Nos jugamos la clasificación contra en Israel, marcó Etxebarría, pero bien. Nerviosismo, pero bien. Pero en la Eurocopa, desde el principio, notabas tensión entre los jugadores. Nada de relajación. Y no sé por qué era, pero bueno. Después influyó el cambio de Molina por Cañizares, que Moli no se tomó bien.

¿Qué tal es Cañete?

Un compañero como cualquiera que mira por lo suyo. Bien. Pero le gustan mucho los coches. En el Celta siempre estaba con Jorge Otero hablando de coches, de correr y, bueno, no te podías subir en el coche con ellos. Estaban locos. Y Patxi Salinas era también por el estilo. Cañizares como jugador, parar, paraba mucho. En Vigo no había forma de meterle un gol.

Volvamos a la Eurocopa.

Camacho me sacó contra Eslovenia a pedirme que aguantara todo lo que pudiera, que ayudara y no me descolocara, porque íbamos muy justos. Y el partido contra Yugoslavia lo vi en el banquillo y fue un estrés. Qué estrés. De la tensión, de toda la vivencia y la ansiedad no hicimos el partido que tocaba y lo demuestra cómo celebramos el gol de Alfonso. Parecía mentira que no pudiéramos jugar a nuestro nivel, desestresados, porque Yugoslavia en realidad no hizo gran cosa. Pero éramos nosotros mismos los que no éramos capaces.

Y con Francia, por fin hicimos un buen partido, pero a la hora de ganar siempre nos fallaba algo. Es lo contrario que los de ahora, que sale algo mal y lo solucionan. Ahora se duermen, pero cuando hay que ganar, ganan y jugando como los ángeles. A nosotros nos pasaba al revés.

Se dice mucho que el fútbol africano es el futuro, se dice, eso sí, desde Italia 90, pero no sé si lo viste así en tu experiencia como seleccionador de Guinea.

Acepté el puesto porque es la tierra de la que provengo. Siempre tuve ganas de conocer África, buena predisposición. Quería mejorar el fútbol de Guinea, hacer cosas en las categorías inferiores, organizar todo aquello. Luego vi que allí absolutamente todo el deporte dependía de la política, que era lo mismo, se confundían. Aquí en España el deporte va por un lado y la política por otro. Y eso me chocó, pero intenté trabajar.

Me encontré con situaciones de cuando yo tenía cinco años en España. La gente jugando con cualquier cosa redonda, en una carretera, en una casa derruida. Por todos los lados había fútbol de cualquier manera, en chanclas, descalzos. Talento en cada rincón, pero sin la infraestructura para enseñar a los chicos desde los once años. No hay clubes ni ligas. Hay un torneo escolar pero no está bien organizado. Ni hay gente que enseñe lo que es el fútbol en sí. Tácticas, hacerte pensar. Ahí todos son futbolistas de la calle. Además el futbol no está muy bien visto. No es una actividad remunerada, y si se cobra no se entiende que en un futbolista de la liga de allí pueda ganar más que el alcalde de un pueblo. Si el sueldo medio es de cuatrocientos euros es muy complicado que un futbolista cobre más de quinientos.

Pero talento encontré a raudales, posibilidades infinitas. A veces me metía en sitios con el coche por la selva, llegaba y veía unos pedazo de jugadores que no te lo podías creer. A algunos me los imaginaba que si los metía en un infantil del Mallorca los vendía en tres días. Pero es que toda África es así.

Guinea no es un país tan pobre en comparación con otros africanos.

No, no lo es. Tenemos petróleo, agua, madera, es un país ecuatorial, llueve todos los días, das una patada y salen cincuenta piñas, mangos y bananas. No es como, con todos mis respetos, Etiopía, Sudán o Malí. La riqueza no está bien repartida, pero recursos hay. De hecho, hay una base americana sacando petróleo con sus soldaditos americanos, sus escuelas americanas, con su valla y solo pasan los americanos, como Guantánamo. Pero no es un país pobre. No.

El problema es que si mezclas política y deporte se complican las cosas y es lo que pasa allí. Hay tíos que no pueden ser seleccionados, te lo advierten. Y pasa en todos los países africanos. Camerún casi no viaja a este Mundial porque no les pagaban. Situaciones así se repiten cada vez que hay torneos internacionales. En la Copa de África de Angola, el autobús de Togo pasó por una zona de bandidos, como las llaman allí, y les ametrallaron. El portero ya no pudo volver a jugar. Fue culpa de la Federación de Togo que no quiso ponerles un autobús. En el continente africano todos los países pueden ser más o menos seguros, pero a la hora de la verdad en todos hay bandidos, en los ricos y en los pobres. La justicia no es como aquí, donde si hay un problema llamas a la policía. Allí no. Si llamas a la policía es peor. No te va a arreglar nada, te va a robar si hace falta.

También allí se vive el fútbol de forma mucho más apasionada. Muchísimo más. Juega la selección y dos días antes la gente está vibrando y sin los periódicos que se venden aquí, por el boca a boca. Si juega es paralización total, la gente no va al instituto, pasan de ir a trabajar. La mitad de la gente es del Madrid o del Barça, a España se la admira mucho.

¿Comprendiste el follón que se montó cuando fue España a jugar allí?

Es imposible contentar a todos. Entiendo a la gente que protesta porque es un país con una democracia de puertas para afuera pero no de puertas para adentro. Sin embargo, esa gente no protesta por que España tenga tratados comerciales con China u otros países. Así son estos temas, depende del interés sacan unas cosas u otras. Desde mi punto de vista, estuvo mal mezclar cosas. El deporte es deporte. España no fue a la URSS a jugar una Eurocopa y luego la URSS sí vino a España y se la ganó, de hecho. No veo ningún motivo para implicar otras cosas.

Si tienes un partido de balonmano da igual si es en Nigeria o Arabia Saudí. Estos que criticaron lo de Guinea no critican que España haya ido a Brasil y allí las cosas están peor que en Guinea.

En todo caso, calidad como hay en África no hay en todos los sitios. Creo que hablar de África como el futuro fue una moda por cuatro o cinco jugadores que salieron buenos. El problema es que en Europa con tanta escuela no hay muchos jugadores que puedan sorprenderte. O sorprenderte en exceso. Todos están cortados por el mismo patrón. El fútbol en Europa está muy estructurado, pero a veces tiende a que tú veas cuatro equipos de diferentes categorías y te parezcan todos iguales. Por eso cuando se busca una calidad diferente, se van a América y África, porque a esos no les han enseñado como a los europeos de qué manera tienen que tocarla, pararla, darla, chutarla. A los otros no les han enseñado nada, pero estos son diferentes. Al menos te fijas más en ellos antes que en uno que entrene en España por gestos que aquí no les han dejado desarrollar, que los jugadores se hacen escuela tras escuela. En África o América les dejan que hagan lo que quieran. Pero la cosa está cambiando porque vamos muchos entrenadores europeos allí. También tú veías a una selección africana antes de 1990 y no sabías por dónde te iba a salir.

Vicente Engonga para Jot Down 8

Fotografía: Alberto Vera