Manchukuo, la utopia en llamas (y II)

(Viene de la primera parte)

Desde su fundación en 1932 Manchukuo fue un juego de apariencias, un laberinto de espejos que siempre se debatió en un equilibrio imposible entre lo que proclamaba la propaganda y lo que sucedía en realidad. El Ejército de Kwantung no escatimó esfuerzos a la hora de construir un Estado moderno que diese la impresión de ser independiente. Para lo primero crearon estructuras centralizadas a imagen de las que se habían establecido en Japón décadas atrás, como un sistema financiero, legal y educativo. Para lo segundo lo revistieron de todo tipo de símbolos nacionales: bandera, himno, moneda propia y fuerzas armadas (cuyo tamaño y éxito fueron limitados). A nivel conceptual, Manchukuo se definió a sí mismo y se presentó al mundo como una utopía construida sobre los principios del confucionismo, siendo su pilar fundacional la unidad y convivencia en armonía entre los cinco pueblos que lo habitaban y que estaban representadas en los colores de la bandera nacional: manchúes, chinos, coreanos, mongoles y japoneses. Sin embargo, ese ideal no dejaba de ser una fachada llena de cinismo, ya que se trataba de una sociedad colonial y racista en la que por ley los japoneses eran superiores y debían guiar a sus «hermanos» asiáticos. Sobre su supuesta independencia y soberanía, baste decir que el Ejército de Kwantung nombraba a los cargos importantes, tenía colocados «asesores» en todos los ministerios y áreas clave del gobierno y, aún más importante, cualquier edicto o documento debía llevar su firma para que tuviese validez oficial. 

La bandera de Manchukuo: el rojo representaba a los japoneses, el azul a los chinos, el blanco a los mongoles, el negro a los coreanos y el amarillo a los manchúes.

La hasta entonces poco importante Changchun fue escogida como capital por su situación céntrica y renombrada como Xinjing/Hsinking («Capital Nueva», la originalidad nunca ha sido el punto fuerte de los totalitarismos). Se puso en marcha un faraónico plan urbanístico que transformó por completo la ciudad y se construyeron multitud de edificios para uso gubernamental y civil, así como viviendas, parques y bulevares. Pero donde se invirtió más dinero fue en acelerar el desarrollo industrial que había empezado dos décadas antes, llegando a convertir a Manchukuo en una de las potencias económicas de Asia para finales de los treinta, aunque siempre con las necesidades estratégicas de los militares como prioridad.

El Ejército de Kwantung impuso una economía centralizada y planificada por el Estado que incluía planes quinquenales inspirados en los de la URSS. Sin embargo, la otra cara de la moneda siempre estaba presente: millones de chinos fueron reclutados contra su voluntad y forzados a hacer todo tipo de trabajos para el proceso de «reconstrucción nacional», incluyendo algunos de alto riesgo como la minería. Las condiciones laborales solían ser terribles, lo que provocó la muerte de decenas de miles de ellos en accidentes, por enfermedades, agotamiento o la deficiente alimentación. Tanto a nivel político como social las libertades estaban muy restringidas y solo existía un partido legal, la Asociación Concordia, de pertenencia obligatoria y que ejercía como instrumento de control por parte del Estado. A pesar de que los japoneses nunca llegaron al cinco por ciento del total de la población de Manchukuo, el idioma obligatorio en las escuelas era el japonés y las clases las impartían en su mayoría profesores traídos desde la metrópoli.

Pie de foto: La fundición Shōwa Steel Works en Anshan, uno de los emblemas de la industrialización de Manchukuo.

Tras la fulgurante conquista militar se habían formado movimientos de resistencia contra la dominación japonesa, especialmente en las zonas rurales del norte. Como nota curiosa, Kim Il-sung, el fundador de Best Korea, cimentó su posición como futuro líder al unirse a las guerrillas comunistas manchurianas. El Ejercitó de Kwantung hizo continuas campañas de limpieza contra los que se oponían a la dominación japonesa, a los que se refería de forma genérica como «bandidos» para quitarles credibilidad. Para «pacificar» las zonas más rebeldes utilizó una agresiva táctica de tierra quemada que con frecuencia no hacía distinción con la población local, a la que trataban de manera cruel y de la que desconfiaban por naturaleza. Por ello, a pesar de que la propaganda martilleaba sobre la idílica relación entre japoneses y el resto de razas, estos últimos sentían un gran resentimiento hacia los que veían como despiadados invasores. El episodio más siniestro de la historia de Manchukuo ocurrió en un suburbio de Harbin llamando Pingfan. Allí los militares japoneses crearon el infausto Escuadrón 731, un centro dedicado a investigar las posibilidades de la guerra biológica en el que se hacían toda clase de brutales experimentos con seres humanos vivos. En la actualidad hay un imponente museo que recrea con doloroso detalle las barbaridades que se cometieron y que hace que se te encoja el alma.

Póster de propaganda de mediados de los treinta sobre los lazos fraternales entre Japón y Manchukuo.

A finales de la década de los veinte Japón entró en una devastadora crisis económica que afectó de manera especialmente dramática a las zonas rurales. Cuando se creó Manchukuo la economía estaba sumida en lo más profundo del bache y los japoneses empezaron a mirar a la nueva colonia (encubierta) como una posible salida a la difícil situación por la que pasaban. El gobierno y los militares lo incentivaban promocionando hasta la saciedad a Manchukuo como «la tierra de las oportunidades», con claros ecos a lo que había sido el Salvaje Oeste para Estados Unidos. Decenas de miles de trabajadores cualificados y comerciantes se mudaron al continente con sus familias, multiplicando la población originaria de la metrópoli en las áreas urbanas. Pero eso no fue todo. A mediados de la década de los treinta se puso en marcha «Millones a Manchuria», un programa de emigración organizado y financiado por el Estado cuyo objetivo era reubicar a cinco millones de agricultores japoneses en las remotas zonas del norte de Manchukuo en un periodo de veinte años. La mayor parte de los colonos que emigraron pertenecían al estrato más pobre de las azotadas zonas rurales japonesas y se establecieron en masa en asentamientos agriculturales experimentales a lo largo de la frontera con la Unión Soviética desde principios de los cuarenta. Para acomodarlos se expropiaron las tierras de cultivo de los campesinos chinos, cuya única salida fue trabajar como mano de obra barata para los recién llegados colonos, incrementando considerablemente el sentimiento antijaponés. Tras la invasión de China por parte de Japón en 1937 y aún más desde su entrada en la Segunda Guerra Mundial con el ataque a Pearl Harbor (1941), la careta de la independencia de Manchukuo ya no era necesaria y el país se japonizó a marchas forzadas. Puyi, que antes se refería a Japón en sus discursos oficiales como «nuestro amigo y aliado», ahora lo hacía como «nuestro progenitor». Como era de esperar, a medida que la guerra se fue volviendo en contra de los intereses japoneses, la vida en Manchukuo se volvió más difícil, aunque no sufrieron devastadores bombardeos como los que asolaron Tokio.

Foto propagandística sobre los colonos japoneses que emigraron a Manchukuo.

Cumpliendo la promesa hecha por Stalin en Yalta, el 9 de agosto de 1945 la Unión Soviética lanzó la invasión de Manchukuo abriendo así un segundo frente que ponía aún más contra las cuerdas a los japoneses. Para entonces, el otrora poderoso Ejército de Kwantung era apenas una sombra de sí mismo al haberse trasladado gran parte de sus tropas y material a otros frentes. El Ejército Rojo apenas encontró resistencia y en un par de semanas ya controlaba prácticamente todo el país. El 15 de agosto se rindió Japón y, apenas dos días más tarde, Puyi se reunió con lo que quedaba de su gobierno y en una ceremonia innecesaria y patética abdicó del trono y firmó la desaparición de un Manchukuo que en la práctica ya no existía. La joya de la corona del sueño imperial japonés se había derrumbado como un castillo de naipes tras trece años y medio de convulsa vida. En cuanto al destronado-por-segunda-vez exemperador Puyi, fue capturado por los soviéticos y entregado posteriormente a la China de Mao, que lo reconvirtió en un ciudadano comunista ejemplar hasta su muerte en 1967.

Soldados soviéticos en el trono de Puyi tras la conquista de Changchun.

Una vez que los soviéticos conquistaron Manchukuo, la aislaron del resto del mundo y procedieron a expoliar de forma sistemática todas las infraestructuras que habían construido los japoneses, montándolas en trenes y enviándolas a la URSS. Los soldados fueron deportados a los temidos gulags, donde tuvieron que hacer trabajos forzados en condiciones durísimas y tardaron años en ser repatriados a Japón, dejándose muchos de ellos la vida en las gélidas estepas siberianas. Al acabar la contienda vivían en Manchukuo más de un millón y medio de civiles japoneses, que de la noche a la mañana pasaron de élite colonial a refugiados y perdieron todas sus posesiones. Los colonos, en su inmensa mayoría mujeres, niños y ancianos ya que los hombres habían sido llamados a filas, se llevaron con mucho la peor parte. Con las líneas ferroviarias cortadas por el avance soviético y abandonados a su suerte por los militares, emprendieron a pie cientos de marchas de la muerte desde los remotos asentamientos para intentar alcanzar las ciudades mientras eran perseguidos y en muchos casos aniquilados por los soldados soviéticos y las milicias chinas. La desesperación llevó a un gran número de ellos a suicidarse en masa y provocó infinidad de historias espeluznantes en un capitulo muy olvidado del final de la Segunda Guerra Mundial.

Cementerio dedicado a los colonos japoneses en Fangzhen, China.

El hambre, el frío y las enfermedades que trajo el inmisericorde invierno manchuriano de 1945 a 1946 se llevaron por delante a decenas de miles de japoneses, tanto entre los colonos que habían sido internados en campos de concentración por los soviéticos como a los que sobrevivían como podían en las ciudades. Según datos oficiales, unos ciento setenta y seis mil civiles japoneses murieron durante el caótico colapso de Manchukuo y los meses posteriores. De ellos, setenta y ocho mil quinientos eran colonos, aproximadamente una cuarta parte de todos los que habían emigrado a la prometida utopía. Los soviéticos se fueron de Manchuria en marzo de 1946 y poco después se reanudó la latente guerra civil entre los nacionalistas de Chiang Kai-shek y los comunistas de Mao. En mayo de 1946 Estados Unidos, que había convertido a Japón en un protectorado con Douglas MacArthur ejerciendo de shogun moderno, se decidió finalmente a repatriar a los civiles japoneses de Manchuria, tarea que duró varios años. Sin embargo, no todos los japoneses pudieron regresar. Algunos fueron incorporados forzosamente por ambos contendientes como soldados, médicos, ingenieros o enfermeras y obligados a participar en la guerra civil. Miles de colonos, desperdigados en áreas remotas, tuvieron que quedarse durante años o incluso décadas en China antes de poder pisar de nuevo su patria. Los repatriados tampoco lo tuvieron fácil, ya que regresaron a un país bajo ocupación extranjera, destrozado y empobrecido por la guerra y en el que tuvieron que empezar desde cero porque lo habían perdido todo.

Ahora, tres cuartos de siglo después de todo aquello, lo que fue Manchuria y luego Manchukuo se llama oficialmente Dongbei («el noreste»). La huella de la presencia japonesa en las principales ciudades (Changchun, Dalian, Shenyang, Harbin…) sigue muy presente en forma de edificios y museos. La herida de la ocupación permanece abierta y continúa provocando tensiones y conflictos diplomáticos entre China y Japón, especialmente cuando al primer ministro japonés de turno le da por visitar el polémico santuario de Yasukuni, en el que están enterrados numerosos criminales de guerra. No creo que dentro de unos días Manchukuo se vuelva trending topic, pero merece la pena recordar su tan tumultuosa como fascinante historia.

Nacho Morejón es el autor del libro La mujer que visitaba su propia tumba. Una historia de Manchukuo, la biografía de una mujer japonesa que fue enviada junto con otros miles de compatriotas a Manchukuo para colonizar las zonas rurales y que quedaron atrapados allí tras el final de la Segunda Guerra Mundial.


Manchukuo, la utopía en llamas (I)

Recreación japonesa de la llegada de la flota del comodoro Perry a la bahía de Edo en 1853. (DP)

La justicia nace donde las armas mandan. (Kanji Ishiwara, militar japonés e ideólogo de Manchukuo)

Dentro de pocas semanas se cumplirá el 75 aniversario de la desaparición de Manchukuo, una efeméride que con seguridad pasará desapercibida entre otros eventos ocurridos en la misma zona del mundo y mucho más afianzados en la memoria colectiva. A pesar de haber quedado como una nota a pie de página sepultada por el tiempo, una anomalía circunscrita a su época y contexto, la historia de la joya de la corona colonial del Japón imperial, el país que nunca fue, no deja de ser fascinante y digna de recordar. Les habla el capitán a los mandos del DeLorean, abróchense los cinturones que estamos a punto de alcanzar los ciento cuarenta kilómetros por hora. Destino: el noreste de Asia. Año: 1932, pero dando un rodeo previo. 

En 1853, una delegación estadounidense al mando del comodoro Matthew Perry forzó a Japón a abrirse al mundo tras más de doscientos años de aislamiento autoimpuesto. Los shogunes de la dinastía Tokugawa habían decidido cerrar el país al exterior a mediados del siglo XVII, preocupados por la superioridad naval y armamentística de los europeos y la rápida expansión de la religión cristiana en todas las capas de la rígida sociedad nipona. La llegada de los extranjeros supuso un cataclismo interno que derrumbó de un plumazo las estructuras políticas y sociales del país, desembocando en una guerra civil. El emperador, hasta entonces una figura simbólica y decorativa, pasó al centro del tablero de poder. En 1868 subió al Trono del Crisantemo Mutsuhito y comenzó una de las épocas más decisivas de la historia de Japón: la celebérrima Restauración Meiji. Las potencias occidentales se habían repartido parte del territorio de la entonces debilitada China a través de los Tratados Desiguales, y Japón buscaba a toda costa escapar del mismo destino. Su plan consistió en aprender y copiar todo lo posible de las naciones que dominaban el mundo para llegar a ser vista como una igual, tarea que acometieron con infatigable determinación. La transformación resultante fue increíble, y en apenas una generación Japón había pasado de ser un país medieval y feudal a un estado de estructuras modernas y una potencia industrial, económica y militar.

No todo lo que aprendió Japón fue bueno o ejemplar. Los dirigentes Meiji se fijaron desde el principio en que las grandes potencias disponían de vastos imperios coloniales y, como en lo demás, procedieron a imitarlas. Aseguradas Hokkaido y Okinawa, sobre las que hasta entonces ejercía un control laxo, el primer y principal objetivo en el exterior fue Corea, «la daga que apuntaba al corazón de Japón», alegando la siempre útil excusa de que era necesario para la seguridad nacional. Para hacerse con ella tuvieron que derrotar contra pronóstico primero a la China de los Qing (Primera Guerra Sino-Japonesa, 1894-95) y después a la Rusia zarista (Guerra Ruso-Japonesa, 1904-05). Corea fue finalmente anexionada en 1910, y para entonces también se habían adueñado de otros territorios como Taiwán, la península de Liaoning o la mitad de la isla de Sajalín. Además, la sorprendente victoria ante las tropas del zar Nicolás II trajo de la mano un regalo inesperado: Manchuria quedaba ahora dentro de su esfera de influencia y con ella el ferrocarril que los rusos estaban construyendo allí como extensión del Transiberiano.

Pintura de 1904 detallando una carga japonesa contra posiciones rusas. (DP)

Manchuria era como los japoneses y los occidentales llamaban al noreste de China, la parte que queda «arriba» de la Gran Muralla. Sus habitantes y el resto de China se referían a ella como «las tres provincias del este». Siendo el lugar de origen de la dinastía Qing, los sucesivos emperadores quisieron mantenerla como una reserva espiritual y cultural, prohibiendo la inmigración. Para finales del siglo XIX y en plena decadencia Qing la poco poblada Manchuria se había convertido en una zona inhóspita de sabor fronterizo, llena de bandidos y con un clima brutal. En invierno el frío era legendario, pero muchos viajeros opinaban que el calor asfixiante durante el verano podía llegar a ser incluso peor. Sin embargo, su tierra fértil y la abundancia de materias primas como el hierro y el carbón la convertían en una pieza codiciada por los países imperialistas. Durante el primer tercio del siglo XX Manchuria seguía perteneciendo nominalmente a China, pero Japón controlaba su economía a través del arma colonial por excelencia de la época: el tren. Para gestionar el ferrocarril heredado de los rusos crearon en 1906 una empresa semiestatal llamada South Manchuria Railway (SMR), conocida de forma abreviada en Japón como Mantetsu. A pesar de que los objetivos militares y estratégicos tenían prioridad sobre los económicos, la SMR se convirtió en pocos años en la corporación más grande de Japón, un conglomerado gigantesco y muy diversificado de enorme prestigio. La concesión del tren incluía la Railway Zone, una estrecha franja de territorio a ambos lados de las vías que estaba bajo jurisdicción japonesa, una idea original de los rusos y que Estados Unidos copiaría después para gestionar el canal de Panamá. El brazo del Ejército Imperial Japonés encargado de operar en Manchuria se denominaba Ejército de Kwantung.

Póster publicitario de la SMR para fomentar el turismo en Manchuria (1920). (DP)

China, convertida en república desde 1912, se había desintegrado en reinos de taifas que se encontraban en manos de señores de la guerra. Japón, y especialmente el cada vez más autónomo Ejército de Kwantung, intentaban controlar políticamente Manchuria a través de una relación de clientelismo con el caudillo militar de la zona, Zhang Zuolin, una «amistad» siempre tensa y llena de justificada desconfianza mutua. Finamente, en 1928, decidieron asesinarlo cansados de lo que consideraban una posición demasiado cercana al nuevo nacionalismo chino de Chiang Kai-shek. Su hijo y heredero como hombre fuerte de Manchuria, Zhang Xueilang, resultó no ser la persona débil y manipulable que esperaban los japoneses y juró lealtad a Chiang Kai-shek y su promesa de unir China de nuevo. Los militares japoneses veían Manchuria como esencial para la supervivencia del país en caso de una guerra de desgaste como había sido la Primera Guerra Mundial, y ante el miedo de perderla decidieron dejar la diplomacia de lado y pasar a la acción. 

El 18 de septiembre de 1931 ocurrió lo que ha pasado a la posteridad como el «Incidente de Mukden». Actuando por cuenta propia, un grupo de oficiales del Ejército de Kwantung detonaron una bomba en las preciadas vías del tren a las afueras de Mukden, la actual Shenyang, y culparon de ello a soldados chinos. No fue una acción improvisada, sino un plan preparado a conciencia y que era un secreto a voces tanto en Manchuria como en la metrópoli. El Ejército de Kwantung ya tenía la excusa que necesitaba para lanzarse a la conquista militar de Manchuria, ignorando las órdenes del gobierno japonés y del alto mando militar en Tokio, que buscaban desesperadamente contener la situación. En los siguientes días y semanas el avance resultó imparable, las victorias con apenas bajas se sucedían y con ellas llegó el apoyo de la opinión pública y las autoridades militares, dejando contra las cuerdas al gobierno, que no tuvo más remedio que aceptar los hechos consumados. Para febrero de 1932 la victoria era incontestable y resultaba obvio que ya no había vuelta atrás: Manchuria sería japonesa. El Ejército de Kwantung había llevado a cabo un acto de insubordinación de enormes proporciones, pero aun así los líderes del complot fueron recibidos como héroes en Japón e incluso invitados a palacio por Hirohito. La conquista de Manchuria no solo desató una ola de desmesurado patriotismo y fervor popular en Japón, sino que el espaldarazo que supuso para los militares tuvo un efecto decisivo en el giro al totalitarismo que se produjo durante la década de los treinta.

¿Qué hacer con Manchuria? En el clima político pacifista y antiimperialista de la época una anexión directa como en el caso de Corea quedaba descartada, por lo que el Ejército de Kwantung decidió crear un Estado títere, en teoría independiente pero en realidad dirigido por ellos con puño de hierro. Así, el 1 de marzo de 1932, por iniciativa propia y sin acordarlo con el gobierno japonés, anunciaron al mundo el nacimiento de un nuevo país llamado Manchukuo, literalmente «la tierra de los manchúes». Todo Estado títere necesita una marioneta al frente, y el Ejército de Kwantung escogió a Puyi, el que había sido el último emperador de China. Dado su origen manchú y su pasado en el trono chino disfrazaron la maniobra como una restauración monárquica reclamada por su pueblo ancestral, esperando que ello le diese a Manchukuo un halo de legitimidad dentro y fuera de sus fronteras. La decisión fue fuertemente criticada en Japón, incluso dentro del mismo ejército, por ser considerada un anacronismo.

Manchukuo y la expansión del Imperio japonés en 1939 (Wikicommons).

La vida de Aisin Gioro Puyi, decimosegundo emperador de la dinastía Qing, es muy conocida en occidente por la oscarizada película de Bernardo Bertolucci El último emperador. Puyi accedió al trono en 1908 poco antes de cumplir tres años y fue obligado a abdicar en 1912. Tras unos años en los que se le permitió seguir viviendo en la Ciudad Prohibida junto con su extenso séquito, fue finalmente expulsado en 1924 de la jaula de ensueño construida por sus antepasados. Aconsejado por su tutor, el escocés Reginald Johnston, tomó una decisión que habría de marcar el resto de su vida: decidió ponerse bajo la protección de los japoneses y se instaló en una lujosa mansión situada en la Legación Japonesa de la ciudad de Tianjin. Los militares japoneses entendieron desde el principio el potencial valor político de Puyi en caso de una futura expansión en China y le permitieron llevar una vida despreocupada de fiesta en fiesta mientras esperaban el momento preciso para utilizarle. Ahora había llegado ese momento y Puyi fue instalado en el trono de Manchukuo, primero como jefe de Estado y a partir de 1934 ya como emperador con el nombre de Kangde, «Tranquilidad y Virtud». Como no podía ser de otra manera, su posición al mando del país era un cascarón vacío y se limitaba a firmar los edictos que los militares japoneses le ponían por delante y a hacer todo lo que le decían. Además, con la excusa de protegerle, le vigilaban de sol a sol y no tenía libertad alguna de movimientos. El palacio imperial de Manchukuo se convirtió en su nueva jaula dorada.

Puyi con su uniforme de emperador de Manchukuo en 1934. (DP)

En primavera de 1932 la Sociedad de las Naciones, precursora de las Naciones Unidas, envió a Manchuria la denominada Comisión Lytton para investigar el Incidente de Mukden y los acontecimientos posteriores, buscando mediar en el conflicto entre China y Japón y evitar así una escalada de la confrontación. Los cinco miembros pasaron varias semanas investigando y entrevistaron a Puyi, que dijo que no había sido coaccionado por los japoneses a aceptar el trono sino que su nombramiento era el resultado de la voluntad popular surgido de forma espontánea. En octubre de ese mismo año la Comisión publicó un informe en que concluían que Japón había sido el agresor y debía devolver Manchuria a China, además de recomendar no otorgarle reconocimiento internacional como Estado independiente. Cuando la Sociedad de Naciones, apoyándose en el resultado de la Comisión Lytton, aprobó una moción condenatoria contra Japón, estos la abandonaron dando un portazo tras comparar su situación con la persecución sufrida por nada menos que Jesucristo. Como ha ocurrido tantas veces, a pesar de la condena general del resto del mundo no se tomó acción alguna y los militares japoneses tuvieron vía libre para la construcción de Manchukuo.

(Continúa aquí)

Nacho Morejón es el autor del libro La mujer que visitaba su propia tumba. Una historia de Manchukuo, la biografía de una mujer japonesa que fue enviada junto con otros miles de compatriotas a Manchukuo para colonizar las zonas rurales y que quedaron atrapados allí tras el final de la Segunda Guerra Mundial.