¿Quién decide la foto que subes?

La actriz Greta Fernández (Elisa y Marcela, La enfermedad del domingo, Matar al padre) y el periodista Manuel Jabois (El País) enfrentados a una cuestión que solo podría plantearse en una era como la presente, donde la desnudez social y la exposición pública son la norma en lugar de la excepción: «¿Quién decide la foto que subes?».

Hace mucho tiempo que la sociedad ha decidido prolongar los quince minutos de fama profetizados por Andy Warhol hasta convertirlos en una eterna existencia digital de exhibicionismo. Instagram, Facebook, Twitter y cualquier otra red social imaginable son artefactos que se han asentado como escaparates, lugares donde una imagen parece tener más peso que toneladas de palabras. «Tengo un Instagram a medias con mi pareja, y tenemos que consensuar muy delicadamente la foto que subimos […] Cuando tenemos una foto y un texto, más o menos literario, la foto es la que provoca más discusiones» explica Jabois de manera inmediata, reconociendo que en estos mundos digitales uno siempre comienza decidiendo personalmente qué imágenes de su vida privada va a compartir. Pero también que, a la larga, se acaba dejando que el público sea el que decida, al someternos a la tarea inconsciente de agradar a dicha audiencia por inercia. Fernández aclara que ella ha recorrido un camino que se antoja opuesto: de utilizar ese mismo Instagram como herramienta para ganar dinero, promocionando marcas y modas, hasta acabar teniendo la libertad de subir a la red las fotos que realmente quiere cuando ha comenzado a ganarse la vida como actriz y dejado de acarrear la cruz de saberse una influencer.

El debate entre la actriz y el escritor navega a partir de aquí entre el valor real de «ser visto», de proyectar una imagen, frente a de ser reconocido, de que valoren tu trabajo público. Pero también analiza los grados de intimidad que barajamos al mostrarnos en este tipo de medios, la raíz de periodismo rosáceo que nutre la cultura del clickbait y los «me gusta», o la capacidad potencial de cualquier imagen para convertirse en meme. «Es como otro universo», reflexiona Jabois, «Instagram en cierto modo es como unas vacaciones, proyectas una imagen artificial de ti». Y Fernández apunta lo peligroso del concepto «Hay tanta gente que pasa tantas horas adorando tanto a gente a la que yo creo que no tienen nada que envidiar […] Hay que saber parar».

Es la ironía de los tiempos que vivimos: aun siendo conscientes de los riesgos que acarrea esa popularidad artificial, nuestros invitados charlan sobre la periodicidad ideal de sus publicaciones o sobre la culpa, o la vergüenza, que les supone decidir dejar de seguir a alguien en las redes sociales. Pero también hablan sobre lo extraño de simplificar tu mensaje en medios como Twitter, «seleccionar las palabras para que no signifiquen solo una cosa, sino más de una», apunta el periodista, lo arriesgado de las disputas políticas en caso de ser un personaje público, «es tan difícil usar las palabras adecuadas para comunicar lo que opino sobre esos temas» aclara la actriz, y sobre la buena educación como un elemento básico a la hora de asomarse a todos estos desfiles de imágenes, poses y opiniones. Curiosamente, la conversación acaba desembocando en unas orillas que parecen tan alejadas del tema inicial como las de los límites del humor y lo delicado de disparar ciertas bromas en el lugar equivocado.

¿Quién decide la foto que subes? ¿Hasta qué punto nos debemos a unos seguidores artificiales que, en la mayoría de los casos, no conocemos realmente? ¿Cuánto mentimos a la hora de mostrarnos públicamente ante esos miles de desconocidos? ¿Son las redes sociales un espejo fiable de las personas o una condena para ellas?

Tomen asiento, abandonen las stories de sus contactos en Instagram, renuncien durante cuarenta y cinco minutos a contemplar cómo arde esa hoguera que es Twitter, dejen de calcular cuántos unfollows les ha provocado su última fotografía y acomódense junto a Greta Fernández y Manuel Jabois para formar parte de una conversación, sin cortes ni censura, en torno a la imagen y la fama en nuestra insólita época moderna.


El deporte entendido como una de las bellas artes

Londres, 1967. Fotografía: Larry Ellis / Getty.

En 1986, el escritor estadounidense Richard Ford publicaba la magnífica novela The Sportswriter en torno a la atormentada figura del periodista Frank Bascombe, cuya vida va rompiéndose a jirones a lo largo de la narración sin dramas ni tragedias, con un estoicismo propio de la tradición del realismo sucio. Probablemente, eso explique que el propio Raymond Carver considerara a Ford el mejor escritor de su generación.

El primer problema que debieron de tener los editores españoles cuando compraron los derechos del libro fue, sin duda, el título. ¿Cómo se traduce en español the sportswriter? Lo más literal sería algo parecido a ‘el escritor deportivo’, pero, ¿qué demonios era un escritor deportivo en la tradición española, mucho más a finales de los ochenta y principios de los noventa? Lo más lógico, lo más claro, era dejarlo en El periodista deportivo y que cada uno pensara lo que quisiera.

Sin embargo, había algo peligroso en esa traducción, algo que se ha mantenido durante los años. El que se acercara al libro podría pensar que trataba de alguien que iba vestido con un anorak color butano a los campos de fútbol o que se pasaba doscientas páginas repitiendo como loco «¡Ay, mi madre, el bicho!». El periodismo deportivo en nuestro país no tiene nada de estético, nada de glamuroso, nada de Norman Mailer viajando a Zaire para narrar los combates de Muhammad Ali, ni de Frank Deford contándonos la vida de Bill Tilden, ni de David Halberstam —premio Pulitzer por sus crónicas de la guerra de Vietnam— hablándonos de los oscuros Portland Trail Blazers de la temporada 1980/81. Ni siquiera de un Gay Talese viajando a China para entrevistarse con la jugadora que falló el penalti decisivo en el Mundial de 1999. Siempre que esa parte Talese no se la haya inventado también, claro.

En España, el deporte siempre ha sido carne de barra de bar, de exabrupto, de almohadilla arrojada al campo, de insultos al árbitro. De hecho, su mayor hito poético consiste en rimar la palabra «millones» con «cojones», un prodigio de originalidad. En Estados Unidos, sin embargo, la conciencia de que había algo más allá de la competición ha estado presente desde los orígenes de las grandes ligas y los combates de los años treinta con Joe Louis de protagonista. Es normal que su apogeo coincidiera con el del llamado «nuevo periodismo», porque las bases eran similares: la historia detrás de la historia. ¿Qué queda detrás del quarterback de éxito, hasta qué punto una bola mal lanzada puede cambiar una vida, cómo vive un boxeador las horas de angustia anteriores a la pelea que marcará su carrera?

El sportswriter se dedica a eso, con mayor o menor éxito. En ocasiones, cae en el pecado del exceso, de intentar contar incluso lo que no sabe, pero eso también lo hacía Truman Capote. Como ejemplo de esa búsqueda de lo, en principio, marginal, Frank Bascombe se marcha a mitad del libro a hacer un reportaje sobre Herb Wallagher, una imponente figura retirada del fútbol americano cuyo futuro pasa por una silla de ruedas. Por supuesto, la elección del personaje es una elección de Richard Ford, en su intento de captar la Norteamérica tras los neones, es decir, de hacer lo mismo que lleva haciendo la mayoría de escritores estadounidenses desde los tiempos de El gran Gatsby… pero también es consecuente con la figura de Bascombe, con la figura de cualquier escritor deportivo.

El escritor deportivo es, en esencia, el que se queda cuando los demás han mandado ya sus crónicas. El solitario, el enigmático, el que no busca llegar el primero, sino que prefiere tomarse una copa con el desahuciado para completar el relato.

En ningún sitio mejor que en Estados Unidos se ha entendido la máxima de Albert Camus: «Todo lo que sé sobre la moralidad y las obligaciones del hombre, lo aprendí del fútbol», y quien dice «fútbol» bien podría decir «deporte», en general. La frase se repite mucho en Europa porque es ingeniosa y porque de alguna manera dignifica una pasión, pero se lleva muy poco a la práctica. Para el escritor deportivo, efectivamente, en cada partido, en cada enfrentamiento, en cada combate, lo que se juega no son tres puntos ni un título, sino dos maneras de entender el mundo, la moral y las obligaciones del ser humano. Puede equivocarse, puede caer en el exceso de la narrativa, pero sus ojos no van a estar en el marcador, desde luego, sino en las causas y las consecuencias de ese resultado.

El deporte como género literario

Frank Bascombe es un escritor. O más bien un aspirante a escritor cuyas novelas encuentran difícil publicación. Puede que casi todos los periodistas deportivos en la tradición anglosajona sean eso: aspirantes a otra cosa que han acabado ahí, hablando de Joe DiMaggio. En cualquier caso, comparten el gusto por las palabras, por la historia bien contada, por la narrativa. En España, lo más parecido a una narrativa deportiva surgió a raíz de las entrevistas a Valdano o a Juanma Lillo en los años ochenta y noventa y ha culminado con la figura de Pep Guardiola en la última década… con una diferencia: Guardiola es, con todo, algo parecido a un arcano, alguien inaccesible salvo para unos cuantos amigos y cuyos discursos son carne de hermenéutica más que de literatura propiamente dicha.

En Estados Unidos siempre ha sido así, quizá porque en Estados Unidos siempre se permitió que el deportista fuera algo más que un patán con talento para la pelota. La relación abierta con la prensa también ha sido decisiva en ese sentido… y algo habrá hecho bien la prensa para ganarse esa relación. Casi desde principios de siglo, el deporte ha sido un género literario de éxito y calidad en las librerías americanas, un motivo de colección y de comprensión del mundo. La gran novela americana estaba tanto en Holden Caulfield huyendo de su internado y perdiéndose en Central Park como en las luchas entre Jim Bouton y Mickey Mantle a lo largo del año 1969 reflejadas en Ball Four, uno de los libros más vendidos de la historia de la literatura deportiva.

Lo mismo se pueden entender las envidias y la competitividad insana de principios de los noventa leyendo a Bret Easton Ellis que devorando el sensacional The Jordan Rules de Sam Smith, el retrato sin piedad del gran icono del deporte y la publicidad estadounidense de la época, la cara B del famoso anuncio de Spike Lee en el que todos los niños querían «ser como Mike».

Junto al escritor deportivo ha convivido siempre la tradición del deportista metido a escritor. Por supuesto, sería demasiado inocente pensar que los grandes deportistas han escrito sus autobiografías ellos mismos. Normalmente, estas cosas se hacen con periodistas armados con grabadoras que se dedican a dar forma al relato. Aun así, tiene que haber primero esa voluntad de que alguien convierta tu vida en una historia con sentido, tiene que haber un deseo de mantener el diario de tal o cual temporada y la tentación de que ese diario se haga público. Que los demás entiendan, que tú mismo entiendas quién eres más allá de los focos y los publicistas.

La autobiografía —o la biografía a secas, sin vaselina— sigue siendo el género más atractivo, un género que a menudo cruza fronteras. En el Reino Unido, por ejemplo, donde el periodismo deportivo se mueve en un término medio entre el tabloide y la intelectualidad, siempre ha habido fascinación por los personajes extremos que nos cuentan sus vivencias. Los libros de Gary Neville, de Rio Ferdinand o de Alex Ferguson han batido récords de ventas en los últimos años, aunque no haya en ellos demasiada voluntad literaria. Las andanzas entre factuales y ficticias de Brian Clough en Leeds dieron pie a uno de los más famosos libros de los últimos treinta años: The Damned United, novela escrita por David Peace. Y no hay que dudar de que, si Mourinho se decidiera en serio a contar sus verdades, los derechos del libro se venderían por millones de libras.

Aun así, el libro deportivo británico por excelencia sigue siendo Fiebre en las gradas. Eso tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La propia figura de Nick Hornby como autor consagrado en otros campos le da al fútbol esa pátina de aceptabilidad que tantas veces busca. Por otro lado, lo atractivo de la historia para el aficionado, el recurso a la primera persona para contar los altibajos de una vida según los altibajos del Arsenal han convertido a este libro en un paradigma que quizá ha ensombrecido a otros libros mejores. La literatura deportiva es mucho más que Fiebre en las gradas, pero rara vez cruza el océano Atlántico. Cuando lo hace, puede llegar a convertirse en un éxito tan inesperado como el de Open, la autobiografía del tenista Andre Agassi que arrasó por toda Europa precisamente por su estilo descarnado, su honestidad brutal, su voluntad de desnudarse por encima de los Grand Slams y las actrices y modelos que se cruzaron en su vida.

Los escasos intentos españoles

Precisamente el éxito de Open en España puede que abra por fin la puerta a la literatura deportiva de calidad, más allá de la biografía exprés del último fichaje del Madrid o del Barcelona. Desde luego, y coincidiendo precisamente con el apogeo de la figura de Guardiola, el gusanillo de querer contar las cosas bien, con sentido, yendo más allá de lo obvio, ha empezado a calar al menos entre muchos periodistas deportivos que a menudo ni siquiera son periodistas y no está nada claro que quieran dedicarse al deporte, o al menos no en exclusiva. Los nombres los conocemos todos: Manuel Jabois, Juan Tallón, Enrique Ballester… todos beben de maestros anteriores como Manuel Alcántara, lo más parecido a un sportswriter que hemos tenido en España durante décadas, aunque centrado casi siempre en el mundo del boxeo.

Se ha puesto de moda que al escritor con talento se le adjudique la columna de deporte como en su momento se le adjudicaba la de televisión. Es un avance, desde luego. La aparición de editoriales como Libros del KO, con sus «Hooligans Ilustrados», el compromiso de la Editorial Contra o de la Editorial Debate de publicar libros deportivos de calidad, o el éxito que ha tenido Córner con los libros de Martí Perarnau en los últimos años nos hacen ser optimistas con respecto al futuro del libro deportivo en España. Salvaje, de Iván Castelló, la narración de los excesos de Jesús Gil, es un ejemplo de lo mucho que hemos estado perdiendo el tiempo en nuestro país durante estos años: teníamos ahí a Gil, delante de las narices, y nadie se atrevía a escribir un buen libro al respecto, todo porque al fin y al cabo no era más que el presidente del «Atleti».

Hay toda una nueva generación de periodistas, de escritores, que han bebido el periodismo americano de primera mano gracias a internet. Periodistas acostumbrados a los perfiles de Sports Illustrated, a comprar por Amazon los libros que jamás llegarán a las librerías españolas y que ninguna editorial traducirá nunca. En ese sentido, es inevitable destacar el trabajo del que, para mí, es el sportswriter español por excelencia: Gonzalo Vázquez. Vázquez no es un periodista, o, al menos, no es más periodista que escritor, y eso se nota. De entre sus muchísimos libros, cabe destacar 101 historias de la NBA, publicado por la editorial JC, otro ejemplo de entrega al deporte, en este caso al baloncesto. El libro es una recopilación de artículos publicados en medios más o menos underground que retratan lo que ha sido Estados Unidos durante los setenta años de existencia de la NBA. La gran novela americana, pero escrita por un chico de las afueras de Bilbao.

Gonzalo es un apasionado de la escritura y de la lectura, y eso se nota en sus crónicas, en su cuidado por los detalles, por los personajes y por los contextos. Pocos como él pueden pasar sin excederse de la anécdota más o menos divertida al drama más sombrío. Mostrar sin explicar, como exige el minimalismo. Detrás de cada una de esas ciento una historias no solo hay una voluntad de estilo, sino un universo por abrir: el conservadurismo de los años cuarenta y cincuenta, las luchas sociales de los años sesenta, los estragos de la heroína y la cocaína en los setenta y ochenta, el culto desmedido al ego en los noventa, y así sucesivamente…

Porque, al fin y al cabo, esa es la tarea del sportswriter y lo que le diferencia de «los Manolos»: buscar más allá y, de alguna manera, trascender. Lo que separa al reportero del periodista y, sobre todo, del escritor. Algo más que el minuto y resultado, porque eso puede hacerlo cualquiera. Lo de siempre, de acuerdo, pero contado de otra manera, de manera que parezca otra cosa. Con sus riesgos, siempre quedó claro, con su trabajo a menudo poco reconocido y en ocasiones con sus injustificadas pajas mentales… pero con la conciencia de que ese es el camino y no otro. Su camino, al menos, más largo y tortuoso, pero el único transitable.


¿Cuál es la mejor canción para celebrar la Champions?

Anoche tuvo lugar la vibrante final de la Liga de Campeones, así que ahora solo nos queda felicitar a ambos equipos y especialmente al vencedor, que tampoco hay que exagerar con los clichés sobre que lo importante es participar, la dignidad de la derrota y todo eso. Es momento pues de convocar a los aficionados y regocijarse en la victoria hasta la afonía. Ahora bien, lo que no puede ser es que en la celebración de un nuevo título tenga que sonar siempre «We Are the Champions» de Queen: se ha gastado de tanto usarla y es hora de buscarle una digna sustituta. Así que ahí van algunas sugerencias para que escojan la mejor, aunque cualquier otra aportación será bienvenida.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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«U Can’t Touch This», de MC Hammer

El tema era un plagio descarado de «Super Freak» de Rick James, pero lo que nos interesa aquí especialmente es el estribillo, referido a la copa y expresado con toda la deportividad del mundo hacia los rivales. Quizá la próxima…

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«The Eleven», de Grateful Dead

No necesita más explicaciones.

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«Get Psyched Mix», de Barney Stinson

Si hubiera que atribuir un equipo a los protagonistas de Cómo conocí a vuestra madre de acuerdo a su carácter entonces Ted Mosby sería del Barça, Marshall Eriksen del Atlético y Barney Stinson, evidentemente, del Real Madrid. Parafraseando a Charlie Sheen diríamos que este personaje es un bipolar que alterna la victoria con la victoria épica, así que en el episodio número once, cuando organiza una fiesta, su selección musical —a la que titula «Get Psyched Mix»— es pura adrenalina, con cada tema más legendario que el anterior. Ideales por tanto para encauzar dicho estado de ánimo.

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«You Win Again», de Johnny Cash

Un momento de triunfo no necesariamente tiene que expresarse con gritos y ritmos frenéticos, una buena opción puede ser también el tono más sosegado que le imprime la voz de trueno de Cash a esta versión de la canción de Hank Williams que hizo en 1960.

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«The Ecstasy of Gold», de Ennio Morricone

Según Spotify, España es el segundo país del mundo en el que más se escucha a Morricone, así que el público al menos ya estaría familiarizado. Además casi cualquiera de sus composiciones evoca a la perfección una gesta que incluya prórrogas y tandas de penaltis, aunque si tuviéramos que escoger una, por qué no la misma que Metallica utilizan para salir al escenario: este tema de El bueno, el feo y el malo.

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«Celebration», de Kool & The Gang

De entre las canciones que se han convertido en grandes himno deportivos que suenan por los altavoces e incluso son coreadas en las gradas, Queen tiene «We Will Rock You» —además de la ya citada—, de The White Stripes es conocidísima «Seven Nation Army», de Survivor «Eye of the Tiger» y de Kool & The Gang podría incluirse esta otra, que por su título y su tono festivo resulta ideal para, precisamente, una celebración.

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«On Top Of The World», de Imagine Dragons

Cualquiera que haya seguido a un equipo a lo largo de una tortuosa competición hasta la victoria final conoce la sensación: echar la vista atrás, rememorar todos los momentos difíciles y sinsabores que, ahora, pasan a cobrar sentido y permiten saborear el triunfo con mayor intensidad. Pues eso es precisamente lo que nos cuenta esta canción tan alegre: «I’m on top of the world, hey / Waiting on this for a while now / Paying my dues to the dirt / I’ve been waiting to smile / Been holding it in for a while».

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«Paths of Victory», de The Byrds

Algo parecido aunque en un tono más poético cantaba Bob Dylan, de la que posteriormente The Byrds harían esta versión.

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«Live Forever», de Oasis

Una canción con un significado especial para más de un madridista.

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«Anvil of Crom», de Basil Poledouris

El tema principal de Conan el Bárbaro tiene una grandeza difícil de igualar y sirvió de inspiración a Jerry Goldsmith para otra película de Schwarzenegger. Una sintonía que más adelante sería utilizada en Canal+ de forma que ya tenemos íntimamente asociada al fútbol.

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«Hala Madrid y nada más», de Red One y Manuel Jabois

Para concluir, una buena opción podría ser recurrir al himno de la décima, a la espera de que se publique el de la undécima. Fue compuesto por Red One con letra del periodista Manuel Jabois y, al margen de las afinidades de cada uno, no se le puede negar que tiene una épica digna de «La Marsellesa». Tal vez a la vista del resultado habría que plantear a Jabois que le añada letra a la «Marcha Real».

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Álvaro Arbeloa: «Yo no tengo que ser ejemplo para nadie»

Álvaro Arbeloa para Jot Down 0

Llega tarde a La Manduca de Azagra porque Carlo Ancelotti ha retenido a los jugadores después de dos palos que los dejan en la cuneta de la Liga (Barcelona y Sevilla). La entrevista se produce un día después del viaje al Pizjuán. Pero Álvaro Arbeloa Coca (Salamanca, 1983) no está deprimido. Cojea vistosamente, eso sí. El técnico italiano les avisó de que la racha de victorias se iba a terminar pronto y vendría un bache que solo podrían superar si permanecían juntos. El Madrid aún no había jugado entonces los cuartos de Champions. Arbeloa se sienta en la mesa mirando de reojo a la fotógrafa. «He prometido no afeitarme ni cortarme el pelo hasta que juegue», dice. Extiende la carta y pide «blanco, blanquito todo, verde» mientras se frota los abdominales y pide agua. No habrá carnes rojas hoy en el asador, ni tintos, ni digestiones pesadas.

¿De dónde venís los Arbeloa?

De Carcastillo, un pueblo de Navarra. Mi padre creo que fue el único que nació en Getafe. Conoció allí a mi madre, que era de Barcelona. Se casaron y tuvieron a sus dos primeros hijos. Se mudaron a Palencia y después a Salamanca, donde nací yo.

Pero no pasaste tiempo allí.

Dos años, luego uno a Valladolid y desde los cuatro en Zaragoza. Hasta los dieciocho.

¿Futboleros?

Mi hermano mayor jugaba. Del mediano mi padre siempre cuenta que iba a verlo y lo encontraba jugando al baloncesto. Como no lo sacaban a jugar, se ponía con una pelota de basket, así que mi padre le dijo que hombre, para verlo al lado del banquillo tirando a canasta, no iba a verlo.

¿Tu padre era de algún equipo?

Sí, desde luego.

No se puede decir, entiendo.

Mi padre era aficionado del Atleti. Mucho, mucho [risas].

Tú empiezas en Zaragoza.

En el recreo, concretamente. Por eso, cuando pienso que vivo de lo que hacía en el recreo, imagínate.

Una buena escuela.

Los recreos eran un clásico eterno. Ahí se ganaba por lo civil o por lo criminal. Tres clases jugando en el mismo campo, tres balones diferentes. Empapados de sudor, empujándonos con todos. De allí no era tan importante salir ganador como salir vivo.

Tú ganaste.

A mí me gustaba el fútbol, pero no pensaba en vivir de esto. En casa siempre eran muy exigentes con los estudios. Lo primero nunca era el fútbol. Mi madre siempre me decía: tú compras un billete de lotería sabiendo que no te va a tocar. De este modo si hay una alegría, será mayor. Con el fútbol hice lo mismo. Jugaba por diversión y no le concedí nunca la posibilidad de un chasco. Todo lo que me podría pasar con el fútbol sería bueno.

¿Y estudiaste?

Me apunté a Publicidad y luego pasé a Empresariales. Fue para convencer a mis padres de que debía estar en Madrid. Yo ya tenía sitio en los juveniles del club y quería estudiar aquí.

¿Y estudiaste?

Llevábamos vida universitaria: ver Crónicas Marcianas hasta la una, jugar a la Play, ir poco a clase por la mañana y de tarde a entrenar.

El dinero.

Me sirvió para comprarme un coche. Nunca estuve muy obsesionado con eso. Al año siguiente dejé la residencia y me fui a vivir con mi hermano Raúl, que se vino aquí a estudiar.

¿Con quiénes hacías equipo?

Soldado, De la Red, Javi García, Borja Valero, Jurado, Codina, Juanfran, Negredo, Filipe Luis, Diego López. Una generación que el Madrid no había visto en mucho tiempo.

Álvaro Arbeloa para Jot Down 1

Todas las generaciones del Castilla no se vieron en mucho tiempo. Luego os quedáis dos o tres cada diez años.

Triunfar en el Madrid es muy difícil. Sobre todo si vienes de abajo, porque el salto es enorme. Yo jugaba de central y tenía que luchar con Cannavaro, Helguera, Ramos… Esto es el Madrid, aquí un entrenador no puede tener paciencia para poner a rodar a alguien en el campo.

Pero en el Depor jugaste al llegar.

Caparrós me puso desde el principio veinte partidos seguidos. Y tenía a gente como Lopo, Andrade o Coloccini. Gente mucho más veterana, pero Caparrós apostó por mí. Tampoco tenía él la necesidad que hay en el Madrid de ganar cada partido.

¿Quiénes la liabais en el Castilla?

Las únicas historias que recuerdo son las que no se pueden contar. Ese del filial es un momento en el fútbol en el que eres profesional pero no todavía a estos niveles. Juegas sin presión, para disfrutar. Y teníamos veinte años, imagina: muchas cenas de equipo que hoy no se pueden dar porque tienes niños, familia. Lo que había era muchísima más relación entre nosotros.

Subes del filial a la Galaxia.

Me lleva Camacho.

Pues sí que os duró el amor.

Me llamó el día que presentó su dimisión. Tercera jornada de Liga, perdimos 1-0 en Barcelona contra el Espanyol. Ya antes, en la charla previa al partido, había una tensión tremenda. Dejó en el banquillo a Beckham y a Raúl.

Estabas alucinando.

Te choca llegar allí, a una plantilla como esa que era la leche, y sentir tal carga de presión. Fue entrar de golpe en la realidad del fútbol.

Esa noche Camacho, que venía de perder 3-0 ante el Leverkusen en el primer partido de Champions (con Ronaldo y Figo en el banquillo), deja fuera a Beckham, Raúl y el delantero que no quería, Owen, porque había pedido un medio de contención. Y mete a Juanfran y a Celades. Septiembre y en el vestuario un polvorín.

«¡Ahora id a hablar con vuestros amiguitos de la prensa», gritaba después de dar la alineación. Y uno se reía. «¡Sí, sí, ríete!». Yo pensaba: «Joder, estos tíos están por encima del bien y el mal».

Al menos compartiste banquillo con Beckham.

Mi inglés entonces era un desastre. Él es un tío muy simpático que va a su bola. Te acercas a él pensando en el jaleo mundial que había con David Beckham y entonces cualquier cosa que hiciese te parecía normal, ¿pero qué se supone que iba a hacer?

Para diferente, Ronaldo.

Todo un caso. Nunca dejó de disfrutar en el campo. Si no le apetecía correr, no corría. Si le apetecía marcar tres goles, marcaba tres goles. Una cosa impresionante. Cuando me fui del Madrid al Depor jugué contra ellos después de Navidades. Era el año de Capello que luego ganaron la Liga. Perdían contra nosotros 1-0 y sale Ronaldo al campo. Entonces coge la posición, me acerco a marcarle y me mira alucinado: «¿Pero tú estás con ellos?». «Sí, sí. Aquí juego». El tío llegaba al campo y preguntaba: «¿Contra quién jugamos hoy?». Su mundo era el juego, el balón. Entraba, la pedía y él se encargaba. No he visto a nadie que definiese así. Era imparable.

De Garrincha se cuenta que un día llegó al campo y se quedó asombrado por la cantidad de gente que había. «¿Qué pasa?», preguntó. «Que es la final de la Copa del Mundo». Con razón le llamaban Alegria do Povo.

Yo pienso en lo que hubiera sido de Ronaldo o de Ronaldinho, que han sido lo que son, los mejores del fútbol mundial, si tuviesen la disciplina de Cristiano.

Probablemente les faltase algo genuino, identificativo, que llevan en la sangre.

Al final es su carácter, vale. Pero no puedes dejar de pensarlo. Qué barbaridad aún mayor hubieran sido. No sé, te da rabia.

Como Guti.

Era una auténtica pasada. Físicamente fuerte, tenía todas las condiciones. Porque se suele hablar de la técnica de Guti, pero tenía un físico portentoso. Y al final se impone el carácter. Guti como persona es un diez, pero claro, a lo mejor llegaba un día tarde a un entrenamiento y decía: «Me cago en la puta, no se vuelve a repetir. Voy a llegar todos los días el primero». Y se tiraba una semana llegando el primero al vestuario. Al octavo día, ¡pum! Pero sí, supongo que eso no se puede cambiar, y que también los hace especiales.

Ese dejarse llevar tan literario.

Por eso lo que hace Cris es tremendo. Porque él tiene un talento natural y condiciones para desarrollarlo, pero es que además es un obseso de la perfección. Ganar, mejorar, seguir, pelear. Un día tras otro, sin descanso.

Volvamos al vestuario del Espanyol.

Acabó el partido y en el avión no se podía ni respirar. No recuerdo lo que pasó al acabar el partido, pero no creo que Camacho dijera ya nada. Tenía claro que no aguantaba más desde antes del partido. Para mí fue un palo, porque al fin y al cabo él me había subido. Pero cogió el equipo García Remón y me hizo debutar.

¿Cuándo?

De forma inesperada. Me llevaron a mí y a Javi García el día del Betis. Si no jugábamos teníamos billetes con el filial. Íbamos perdiendo 1-0 y salí por Mejía, que estaba de lateral.

Álvaro Arbeloa para Jot Down 2

¿Por qué se puso a cambiar laterales García Remón si estabais perdiendo?

Supongo que Mejía tendría alguna amarilla. Y el Betis tenía por allí a un brasileño muy bueno que le estaba dando problemas. Empatamos con golazo de Ronaldo. Yo le di un taconazo a Zidane y García Remón me pegó un broncazo: «¡Fácil, fácil!».

Zidane no hablaba mucho en el campo.

Siempre ha sido muy callado. Ahora poco a poco va soltándose. Al final un segundo entrenador es más importante de lo que la gente se cree. Tiene más contacto con los jugadores, que nos atrevemos más a hablar con el segundo que con el primero: «Joder, es que el míster esto, el míster lo otro». Zidane ha ido soltando esa personalidad tan callada y está creando vínculos. Trabajamos muy bien con él.

Ya sabes que al poco de estar en Madrid le dijo a Florentino que lo quería dejar porque Figo no se la pasaba. Y efectivamente: Figo no se la pasó hasta que se lo ordenó el presidente. Luego el portugués hizo algo parecido con Beckham. Gestionar figuras es un ejercicio brutal.

Mira, el fútbol es un deporte colectivo al 20-30%. El éxito consiste en ser un equipo, pero esto la mayor parte de las veces es un deporte individual. Cada uno sabe que tiene que rendir lo suyo y mirar por él. Si no juegas bien, te matan; si pitan a un compañero, pues bueno. La mentalidad es: «Si yo lo hago bien, listo. Cada palo que aguante su vela».

Pero al final os vais con títulos. Cuando tengas cincuenta años nadie te va a recordar un hat trick en la jornada diez. Te van a recordar por una Champions, por una Copa, por una Liga.

Ya, pero da esa sensación, qué quieres que te diga. Si a mí me perjudican los árbitros, salgo y hablo de los árbitros; si perjudican a otro, que hable su prima.

¿Tanto como para condicionar un pase?

Hombre, a mí me costaría mucho distinguir el pase por afectos. A veces, viendo algún partido, notas que entre dos que se llevan muy bien se la pasan más, y si no, pues menos. A lo mejor por sensación de confianza.

O que te tiren un melón.

[Risas] Y tú ahí con un control de mierda, ¿no? Pero en fin, estas cosas las escuchas de otros equipos, las ves tú en la televisión. No son exclusivas del Madrid. Desde fuera esto es muy diferente a lo que es en realidad.

Cuando subes al primer equipo tienes claro que te vas a ir.

Me quedó la espinita de no irme antes. Aguanté tratando de aprovechar una oportunidad. Pero llega un momento en que te rindes. El año que fichan a Capello trae a Cannavaro, por ejemplo.

Se acabaron los ‘zidanes y pavones’ y se abrió la veda de fichar defensas y medios.

Conociendo el perfil de Capello y lo que quería, supe que me tenía que ir. ¿Sabes qué pasó ese año también? Que Florentino se fue y Calderón ganó las elecciones. No sabíamos qué iba a pasar con nosotros.

¿A qué te refieres con que sabes lo que quiere Capello?

Bueno, gente veterana y ganar un título urgentemente. ¡Que al final Miguel Torres subió del Castilla y jugó mucho con él, ojo! Yo no sé si quedándome hubiera tenido oportunidades, pero era un momento en el que pensaba que no iba a jugar en el Madrid en mi vida.

Álvaro Arbeloa para Jot Down 3

Y llegas a Galicia.

Me tiró Caparrós. Ya no era el Superdepor, pero había un proyecto de regeneración que me atrajo.

¿Cómo entrena Caparrós?

Yo jugaba bien un partido, llegaba al vestuario y me echaba una cantada por cualquier gilipollez. El día que tenía malo, no me decía nada.

Seis meses con él.

Muy poco, pero aprendí. Te hacía sentir el fútbol las veinticuatro horas, que es algo que se valora cuando eres joven. Porque madurando te das cuenta de una cosa: cuanta más edad tienes, más trabajas, más te cuidas y más vives para el fútbol. Debería ser al revés, porque ya has llegado, ya has hecho tu carrera en la élite, y se supone que estás de vuelta. Pero no.

Es curioso esto.

Un día en la pretemporada de Innsbruck, con el Madrid, salimos todos del gimnasio y nos dieron orden de dar un par de vueltas y a la ducha. Nos pusimos a trotar los canteranos en grupete y pasó Raúl al lado como un avión diciendo: «Si fuese por mí os ibais todos a Madrid». Y tú piensas: ¿pero este tío? Ahora, cuando tú eres el veterano, lo entiendes todo.

Caparrós compite.

Motiva muchísimo, es muy parecido a Luis. Luis apretaba, trabajaba el tema mental. Yo estuve muy poco con él, pero en aquella Eurocopa su primera virtud fue hacernos creer que podíamos ganar. «Sois los mejores y si con este equipo no llego a la final soy una mierda de entrenador».

Luis estuvo machacadísimo.

Fueron a Murcia y casi no les dejan ni entrenar. Los mataban cada día. El último partido antes de la Eurocopa lo jugamos en Santander contra Estados Unidos. Ganamos con gol de Xavi. Y nos pitaron, pero una pitada que tenías que oírla. Pitos en el campo y rajadas en la prensa.

¿Eso llega mucho?

El vestuario las guarda. Parece que no, pero las guarda. Ganamos 0-1 a Francia después de empatar contra Finlandia en Gijón. Estábamos en el autobús esperando a Sergio, que apareció con la jefa de prensa. «Estábamos atendiendo a los medios». «¿Los medios?», saltó uno de los pesos pesados. «¡Que les den por culo, si hace dos días nos estaban matando!». Pero esto es parte del fútbol.

Figo decía que si no le daba una entrevista a un periódico le ponían, jugase como jugase, un cuatro. Y a otro que jugase peor y sí atendía, un siete.

Los periodistas son personas. Y tienen sus afectos, como cualquiera. Esto me lo ha dicho un periodista, ¿eh? «Yo, al que me trata bien, lo trato bien, y al que no, pues no».

¿En esa relación dónde queda el lector?

No me parece que sea la preocupación fundamental.

Tu llegada a Coruña.

Había buenos centrales. Estaba Andrade, por ejemplo.

Expulsado en semifinales de Champions contra el Oporto de Mou.

¿Pero de coña, eh? Era muy amigo de Deco. Y Deco estaba tirado en el suelo cuando Andrade le dio una patadita de cachondeo diciéndole: «Venga, anda, levántate». El árbitro le sacó la roja. El pobre estaba alucinando.

¿Tu llegada no provocó malestar?

Andrade entonces no estaba al 100%. Quizás con el que más presión tenía Caparrós era con Coloccini, pero lo subía de la defensa al mediocentro. Sí que notas la competitividad, el día a día con gente a la que le quitas el puesto o te lo quitan ellos a ti.

¿Tuviste algún problema?

Pasas de jugar con amigos, como en el Castilla, a amigos ni uno. Cuando yo llegué, Caparrós no contaba con Tristán, Scaloni y dos o tres más. Un día la prensa me preguntó por eso y yo contesté que estábamos centrados en nuestro trabajo y en hacer las cosas bien, ya que esos problemas los tenía que resolver el club. Al día siguiente Scaloni entró en el vestuario diciendo que qué cojones tenía que decir yo, que somos compañeros y no me podía poner de parte del club. Vamos, que me echó una bronca que ni reaccioné. Luego me llamó Caparrós al despacho y me dijo: «Tú ni puto caso, has dicho lo que tenías que decir».

Álvaro Arbeloa para Jot Down 4

Tu despedida de allí fue una fiesta. El Depor conseguía dinero en un momento agónico y tú te ibas al Liverpool.

Yo me fui al Depor firmando cinco años. Ni cedido ni leches. El Madrid no tenía opción de recompra: se llevaba pasta del traspaso y podía igualar la oferta, y esto durante los tres primeros años. Yo pensaba: «¿Tal y como es Lendoiro me va a vender a mí para darle la mitad al Madrid?». Daba por hecho que estaría allí tres años como mínimo.

Y duró seis meses.

Un día llegó mi representante y me dijo: «Te vas al Liverpool». Me tuve que sentar del susto. Había pagado la señal de mi casa de Coruña y la firmaba dos días después.

¿Qué pasó?

Pues que cuando supo del interés del Liverpool, mi agente se enteró de que el Depor tenía una deuda con un banco, no recuerdo cuál, y que tenía que cumplir con el pago tal día. Lo que hizo fue ir al banco y decirle que le iba a llevar ese dinero por mi traspaso. Habló con el club y estuvo de acuerdo. Llevábamos dos meses sin cobrar, había una situación económica difícil y de repente el Depor se encontraba con cuatro millones de euros por un tío que había comprado por uno y medio seis meses antes. Joder, era un negocio redondo. Y Joaquín, además, sabía que para mí irme a Liverpool era la bomba.

La élite.

Me costó mucho. Con el idioma era un desastre y no me acostumbraba a los horarios; comer a las once de la mañana para jugar a las tres, por ejemplo. Los primeros seis meses estuve perdido. Y eso que jugué más de lo que pensaba.

De lateral.

Yo era central en el Deportivo, pero Rafa me fichó para ser lateral. Que fue otro cambio grande, por cierto.

Benítez tiene fama de robótico.

Lo es, mucho. Prepara los entrenamientos de acuerdo al partido que tengamos el domingo. Metódicamente es una pasada. Un fenómeno de entrenador. No tiene quizá ese contacto personal con el jugador que consiguen otros entrenadores. Él nos decía: «Un fisio no se puede ir a cenar con un jugador. No pueden ser amigos». Con él pasaba lo mismo. «Si yo me hago amigo de un jugador, el día que lo deje en el banquillo, ¿qué?». Yo no estoy de acuerdo con esto, porque se puede tener buena relación con el entrenador y saber dónde está él y dónde estás tú, pero es su forma de ser.

Lo amaban allí.

No hay muchos campos en el mundo que le hayan cantado a su entrenador como a Rafael en Anfield. Lo quieren muchísimo.

Llegaste dos años después de la final de la Champions 2005, cuando el Liverpool le remonta tres goles al Milan de Ancelotti.

Estaba solo en casa. Lo dejé en el descanso pensando que ya no había nada que ver y cuando volví a pasar por el canal me encontré con el 3-3. Me puse rápido el partido con esa opción de verlo con treinta minutos de retraso para ver qué había pasado. Así que lo vi acabar más tarde que el resto. Esa forma de ganar la Champions es única. Fíjate, en el descanso la única afición que grita y anima es la del Liverpool. Algo así no tiene precio.

El calorcito.

La gente no es consciente de lo que puede influir la grada en el rendimiento de su equipo. Anfield premia a cada jugador en cada acción que hace: si al rival le ganas un balón dividido de cabeza, la gente te aplaude. Psicológicamente es de mucha ayuda. Las remontadas del Bernabéu se deben a eso: el público se enciende, el equipo se viene arriba empujado por él y al rival no le queda más remedio que echarse para atrás, amedrentarse. Es impresionante la influencia que puede tener el Bernabéu en un rival.

¿Te juntaste con Xabi nada más llegar?

¡No! Con Mascherano, que acababa de llegar. Compartíamos idioma y éramos nuevos. Españoles estaban Xabi y Pepe Reina. Fabio Aurelio también sabía español, pero iba un poco a su bola. Con Xabi y Pepe me costó coger confianza.

¿Por qué?

Bueno, con Xabi hay que madurar y pelear mucho la relación. Te mira y remira como pensando: «¿Este por dónde va?». Y cuesta.

Más tarde llegó Torres.

Torres la rompió. Esperábamos que fuese bueno, pero no tanto, no tan exagerado. Lo metió todo, absolutamente todo. Se iba de cualquiera.

Con Mascherano en el Barça fue como encontrarse de mayores en la guerra.

En cuanto me fui al Madrid perdimos contacto. Al acabar algún clásico nos hemos quedado diez minutos hablando, preguntándonos por la familia. Pero pasa mucho esto, ¿eh? Tienes una gran relación con alguien en un equipo y en cuanto cambias se pierde casi todo el contacto. Por ejemplo, en el Castilla Juanfran, Soldado y yo éramos inseparables. Ahora Juanfran y yo vivimos a cinco minutos y a lo mejor comemos una vez al año o nos cruzamos cuando llevamos los niños al cole, nada más.

¿Yendo a un cruce en el campo da tiempo a pensar: «Este es mi amigo»?

Depende de cómo esté el partido y la tensión que haya. Si no hay mucho en juego pasas al lado de uno y le pellizcas el culo, yo qué sé. Si estamos jugándonos la Liga, no hay amigos.

Tú debutaste en Champions por la puerta grande.

Marcando a Messi en el Camp Nou.

¿Cómo se reciben esas noticias?

Llegué a Liverpool a finales de enero. Mi primer partido de Premier lo jugué a mitad de febrero. Y una semana después teníamos la eliminatoria contra el Barça, que era campeón de Europa.

¿Qué te dijo Benítez?

Se acercó a mí en el entrenamiento y me dijo: «Vas a jugar de lateral izquierdo». Yo me quedo mirándole con los ojos como platos y pienso: «Este tío vino borracho a entrenar».

Los dos sabíais qué significaba jugar ahí.

Messi no era lo que es ahora. Pero venía de una lesión, había salido a jugar contra el Valencia y lo había revolucionado todo. Llevaba varios partidos liándola de verdad. O sea, que no era lo que es ahora, pero es que ya era buenísimo.

¿Qué tenías que hacer?

Rafa me dijo que se pegaba mucho a banda y salía por el centro, y que necesitaba que yo lo tapase. Me parecía muy arriesgado, la verdad. Pero al final fuimos al Camp Nou y les ganamos 1-2. Me salió un buen partido. Él arrancaba muy pegado a la línea y cuando cogía el balón se iba para el centro, me cogía la derecha. No hace lo que ahora, que puede recibir en todas partes.

¿Cómo pararlo?

Rafa me insistía en que le tapase su salida natural por la izquierda, la que embocaba al centro. Si me cogía la derecha, mala suerte, pero por ahí se iba por banda. El peligro era que enfilase el área por el centro. Fue casi un marcaje al hombre. Joder, en Liverpool aún me recuerdan aquel partido. Pero en fin: mérito de Rafa. Tácticamente prepara muy bien los partidos, sobre todo las eliminatorias. Si tiene que cambiar al equipo para hacer daño al contrario, lo hace a conciencia. Estudia al rival, nos explica sus puntos débiles, nos dice cómo explotarlos. Obsesivamente.

Álvaro Arbeloa para Jot Down 5

¿Te dice algo Messi en el campo?

No. Yo creo que nunca he hablado con él.

¿Fue el más difícil de marcar?

Messi, Ribery, Cristiano… A ese nivel todos son difíciles. Tienen recursos para joderte. Y tú en defensa puedes estar ochenta minutos frenando a Messi, pero si se te va una vez y acaba en gol, olvídate: ya no vale lo hecho. Y una vez siempre se te va. Es completamente imposible anular a Cristiano todo el partido. Una vez, solo una, se te va a ir. Por eso son los mejores del mundo.

Hay mucha diferencia del Cristiano que marcabas con el Liverpool al que marcaste con España.

Como le pasó a Messi, antes jugaba muy pegado a banda. Y aunque Cris ahora arranca desde la izquierda, abarca todo. En Manchester lo hacía desde la derecha, pero era en la banda contraria donde tenía mejor salida, sobre todo para buscar puerta. El año que perdimos la Liga con el Manchester Cris metió más de treinta goles jugando en banda. En Liverpool estábamos escandalizados. Y ahora mira.

¿Baja el ritmo en los entrenamientos?

Es igual de pesado, igual de complicado. Y en los entrenamientos jugamos con más tensión de lo que la gente se cree. Este año cogí un papel e hice una lista con los números de todos. Al final de cada sesión apuntaba quién perdía y quién ganaba. Bueno, pues llegó un momento en que los arbitrajes de Ancelotti eran tan nefastos que cogí la hoja y la rompí, los mandé a tomar por culo a todos.

¡Por eso los lesionas!

No, no, con Casillas fue jugando. Con Gareth fue un choque del que ni nos dimos cuenta. No fue una patada ni una entrada. Un choque fortuito en el que le di con la rodilla en el gemelo, que lo debía de tener en tensión.

¿Por qué te vas de Liverpool?

Me quedaba un año y esa temporada estuvimos negociando sin llegar a un acuerdo. Y encima Rafa fichó a Glenn Johnson, un lateral por el que pagó veinte millones de euros. Entonces dije: «Pues esta es la mía». Si estuvimos a punto de ganar la Premier y en lo primero que te gastas el dinero es en un lateral, me voy. Florentino ese año había ganado las elecciones y yo sabía que estaba interesado en que volviese a Madrid. Así que el fichaje de Johnson me daba la excusa perfecta: «Ya tienes a un tío que me va a cubrir. Me queda un año de contrato y para irme gratis entonces, mejor véndeme ahora». Y además volvía a casa.

O al banquillo de casa, que era el riesgo.

Muchos amigos me decían que no me fuese al Madrid. Me estaba jugando ir al Mundial. Pero no quise dejarlo escapar. Pensé: «Voy a ir y voy a dar lo mejor». Yo no puedo decir: «No voy a ir por si acaso no juego». Ese año jugué mucho por la izquierda con Marcelo por delante. Y Sergio a veces se iba al centro de la defensa y le cogía la derecha.

Sergio ya no estaba con la cabeza en el lateral.

Ese año y el siguiente sí. La obsesión por jugar de central la tuvo en el segundo año de Mou.

Llegaste en medio de Kaká y Cristiano, la apoteosis del neoflorentinismo.

Fue un año muy raro. Condicionado por Alcorcón. Y aquello de Marca con Pellegrini, que fue brutal. La experiencia en carne de entrenar a un club como el Madrid. Un día que perdimos, al día siguiente, en el desayuno, alguien pasó y le dijo al segundo entrenador: «¡Venga, Rubén, que el sábado ganamos!». Y el tío levanta la mirada y dice: «Si llegamos, si llegamos». Ellos venían del Villarreal, llegaron aquí y se encontraron no solo con el Madrid, sino con todo lo que hay alrededor del Madrid.

¿La campaña de un periódico afecta al vestuario?

Es que todos los palos eran para él, no se repartían, que es lo habitual. Nosotros estábamos contentos con Manuel y teníamos buena relación con él. Le gustaba jugar rápido, por banda. Pero pasó lo de Alcorcón, pasó lo de Lyon y nos quedó la Liga, donde hicimos un temporadón, sí, pero detrás del Barça. Fallamos en todos los partidos claves de esa temporada.

¿Estabas en Alcorcón?

Joder, yo metí el gol en propia puerta.

¿Qué pasó allí?

Yo venía de una lesión y el míster me dijo si me reincorporaba en Liga contra el Sporting, el partido anterior. Le dije que prefería un partido más tranquilo, el de Copa contra el Alcorcón.

La que se lió.

Para empezar, el Alcorcón no era un equipito de Segunda B. Era un Segunda, y de hecho ese año subió. Un equipo bueno, bastante bueno.

Hombre…

Ya, pero eso hay que dejarlo claro porque parece que perdimos contra aficionados. Y después, por nuestra parte, se incorporaron al equipo muchos que venían de una lesión, como yo. Fue un once muy bueno pero hecho para salir del paso, porque teníamos vuelta. Y nos pasaron por encima. Completamente.

¿Qué os decíais?

No sabíamos donde meternos. Con 3-0 en el descanso se montó una gordísima en el vestuario. Guti discutió con el míster y lo cambió. Gritábamos que era una vergüenza, que no podía ser lo que nos estaba pasando. Salimos en la segunda parte dándonos ánimos, haciendo piña y la primera falta que tuvieron ellos la tiraron al palo. ¿Tuvimos ocasiones? Sí. Pudimos quedar 6-2 en vez de 4-0. Y en la vuelta ganamos 1-0 con gol de Van der Vaart en el último minuto.

¿Mou cambia el chip?

Nosotros nos damos cuenta de quién es Mou un día de pretemporada. Los españoles veníamos de ser campeones del mundo y nos incorporamos en Los Ángeles. Allí jugamos un partido contra los Galaxy y en el descanso palmábamos 2-0. ¡Los gritos que soltó por esa boca! A todos, no se salvó ni uno. Aprendimos rápido quién era Mou. Tú no te imaginabas a Pellegrini gritándole así a Cristiano. Nos acordamos mucho de esa charla. Decía: «¿Tú no quieres correr? No problema para mí: banquillo. ¿Tú tampoco? No problema para mí: fuera». A quien fuese: a los campeones del mundo, a Kaká o a un canterano.

Álvaro Arbeloa para Jot Down 6

¿Cuándo empiezan a torcerse las cosas con el Barcelona?

Con el 5-0. No porque te metan cinco sino por las declaraciones que hubo después. Tras una goleada así hicieron unas manifestaciones que nos dolieron mucho, y que psicológicamente nos afectaron. Luego fuimos capaces de ganarles la Copa del Rey.

Con sufrimiento.

Toda esa semana anterior a la final de Copa Valdebebas estuvo empapelada con las declaraciones de ellos sobre su superioridad y su estilo y esas cosas, y la foto con el gesto de Piqué enseñando la mano. No me preguntes quién lo hizo porque no tengo ni idea, y sé que Mou no fue porque pasaba absolutamente de eso. Pero a alguno se le ocurriría.

Salisteis con rabia.

Sí, y les ganamos la final.

Y hubo cera.

Hubo mucha cera.

¿En el túnel os calentasteis ya?

No, ahí no. Pero antes de ese partido hubo un empate en el Bernabéu y allí sí tuvimos piques. Que si os vamos a ganar, que si tenéis el campo hecho una mierda y este césped es de Segunda B. Pero bueno, ¡lo típico! Y es normal, ¿eh? Estábamos jugando muchos partidos contra ellos, nos jugamos muchas cosas y teníamos unas tensiones enormes. Pero oye, la rivalidad no la inventamos nosotros. Es que el Madrid-Barça ha estado ahí siempre. Yo he visto a Zidane coger del cuello a Luis Enrique. Otra cosa es que esté mal, pero esto nuevo no es. ¿O antes se daban besos?

Pisaste a Villa.

Es un balón que le tiran al espacio y yo me pongo delante de él. Él me da un codazo por detrás que me tira, y al levantarme sé que lo tengo ahí en el suelo, así que le doy; no apoyé peso pero fue una forma de decirle: «Eh, me has tirado de un codazo y aquí estoy yo». Él se revolvió y lo levanté con Sergio. Luego se lió un pollo de cojones.

Pepe también le pisó la mano a Messi. Y a Messi a ti se te ve a veces molestándole si el balón está en otro lado, dándole alguna patadita.

Muchas veces tienes que intentar que no estén cómodos. Pero eso no quiere decir que le des una patada cuando el balón no está cerca.

No, patadas no. Aquello de Andrade a Deco pero sin cariño.

Ese juego de «hoy no te voy a dejar en paz», de darle algún empujón. Bueno, cosas de partidos de máxima tensión que en otros, sin tanta rivalidad, no haces. Pero sí, tocarle los cojones lo más que puedas.

La charla de Luis antes de la final de la Eurocopa. «El rubio ese que tiene un nombre tan raro», decía por Schweinsteiger. Os contaba que le habían echado ya una vez y que si erais listos lo echaban otra. «Soy listo y le digo alguna cosita, alguna palabrita, porque se calienta como la madre que lo parió».

Ahora se hace mucha incidencia en que tenemos que ser ejemplos para los niños. Yo no tengo que ser ejemplo para nadie. Tengo que ser ejemplo para mis hijos y punto. Nunca salgo al campo pensando en los niños. Ni pensando en hacer daño a nadie o queriendo lesionar. Soy jugador de fútbol y salgo pensando en lo mejor para mi equipo. Tuve un padre que cuando veíamos algo en la televisión me decía: «Mira, esto no se hace. Esto está bien y esto está mal». Y sí creo que hay situaciones en las que, ¿qué quieres te diga? Ves jugar a Diego Costa y piensas: «Joder, este tío qué cosas hace». Bueno, pues yo quiero a un Diego Costa en mi equipo. Un rompehuevos que va a por todos los balones y choca con todo el mundo. Y cuando juego contra él me tendré que pegar con él y ya está.

Le diste una patada en el área en Copa del Rey. Te fuiste de tu marca hasta él solo para calzarle.

Nosotros conocemos a Diego. Cosas como se hicieron esa noche con Diego no se las ves a hacer al Madrid todos los días. Sabes que es un jugador que siempre va más allá del límite y quisimos decirle que nosotros también podíamos ir un poco más allá. Que no nos íbamos a dejar intimidar. Sé que son actuaciones que ves y piensas: «A este tío se le ha ido la cabeza».

Te ve el árbitro, pita penalti, te saca la roja y adiós título. Y adiós Arbeloa, probablemente.

Vale. Pero son situaciones que se van a seguir viendo siempre. Que son reprobables, desde luego, pero yo soy muy competitivo, quiero ganar siempre, y si mi rival está pegando yo me pego con él.

Hablando de expulsiones, las dos amarillas seguidas contra el Galatasaray que te impidieron estar en Dortmund la noche negra.

Llegué a ese partido bastante jodido de la espalda. De hecho no jugué de inicio. Porque no estaba fino, no estaba jugando bien. Salió Essien, que se lesionó, y salí yo en la primera parte. Me noté incómodo desde el principio. No tenía buenas sensaciones. Me pitó el árbitro una falta y le dije que si estaba loco y me expulsó. Fue el reflejo de esa temporada mía, que no fue buena. Y después de ese partido estuve dos meses sin jugar.

En esa época ya no tenían relación Mourinho y Cristiano.

Se había deteriorado bastante la relación de Mou con algunos compañeros. Pero fuimos lo suficientemente profesionales para que nada de eso afectase en el campo. La Liga la perdimos al principio, pero llegamos a la final de Copa y a las semifinales de Champions. El 4-1 tuvo que pasar, ya está. No fue por llevarse mejor o peor.

Casillas.

Ya está todo dicho. Somos dos profesionales que peleamos por lo mismo, el Real Madrid. No es un tema del que vayamos a hablar.

¿Pero eso provoca bandos en un vestuario?

En absoluto. Yo tengo muy buena relación con el vestuario y él también. Somos un equipo y esta situación se ha dado antes. Alguna vez han estado dos jugadores que eran íntimos dos años sin hablarse. El vestuario lo lleva con naturalidad y ahora ellos lo han arreglado y listo. Somos veintidós personas en el día a día, la mayoría viajando juntas todas las semanas. Da tiempo a todo, a amistarse, a enemistarse, a llevarse mejor o peor. Pero por encima de todo está el Madrid y en el campo solo existe el Madrid.

¿Ancelotti cómo reacciona después de estas dos derrotas [Barcelona y Sevilla]?

Nos dijo que íbamos a pasar por un momento difícil y que teníamos que estar todos juntos para salir de esa mala racha. Es un momento jodido.

Del Bosque te dejó fuera de la última convocatoria, antes de lesionarte. ¿Esperas estar en Brasil?

Primero tengo que recuperarme. Luego, depende del míster.

¿Te llamó?

Me llamó el día que se supo que iba a estar dos meses de baja. Me preguntó qué tal estaba, cómo iba la lesión y me dio ánimo. Me dijo que me tenía cariño y que a ver si conseguía ponérselo difícil. Se agradece.

Eso de ponérselo difícil cuando eras un fijo no suena bien.

Siempre he tenido buena relación con él. Lo que quiero es recuperarme de mi lesión. Y confío en llegar para estar en Lisboa. Ganando una Champions se olvida todo. ¡Después de todo lo que hemos pasado!

Álvaro Arbeloa para Jot Down 7

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Demasiada realidad

«Las fotografías con imágenes desagradables solo se publicarán cuando añadan información». Eso dice el libro de estilo del diario El País y, con pequeñas variantes, la inmensa mayoría de los libros de estilo de los medios de prensa internacionales. Es una preocupación moderna. En 1928, el libro del estilo del The Manchester Guardian (el predecesor de The Guardian) ni siquiera mencionaba la palabra fotografía. La llamada Edad de Oro del periodismo fotográfico no llegó hasta unos años después. Los años de Robert Capa, Dorothea Lange y Tony Vaccaro.

En realidad, la citada frase del libro de estilo de El País no dice nada. Como dijo el Conde de Romanones, «ustedes hagan la ley que yo haré el reglamento». ¿Qué es desagradable y qué no lo es? ¿Debe lo desagradable ser medido de acuerdo a criterios estéticos, ideológicos, humanitarios o religiosos? ¿Y cuándo consideramos que se está añadiendo información? ¿Añadiendo información a qué? ¿Al texto? ¿Al conocimiento medio del lector medio de las circunstancias que rodean la fotografía? ¿Existe acaso una sola fotografía sobre la faz del planeta Tierra que no pueda ser descrita con palabras?

«Un hombre cae de un edificio».

The Falling Man
The Falling Man – Fotografía de Richard Drew.

En una frase de seis palabras caben holgadamente más de seis mentiras. La fotografía The Falling Man se tomó quince segundos después de las 9:41 de la mañana del once de septiembre de 2001, hora de Nueva York. El hombre no cayó, se lanzó. Pero no se suicidó. La distinción es sutil pero importante: el suicida escoge entre vida y muerte, el hombre que cae solo escoge entre dos tipos de muerte. El hombre se lanzó al vacío porque la perspectiva de morir aplastado contra el asfalto fue más halagüeña para él que la de morir abrasado en el interior del edificio. El edificio estaba en llamas. Y no por accidente. Había sido blanco de un atentado terrorista. El hombre tenía familia. Es probable que mujer e hijos. No se lanzó solo. Había más como él, en su misma situación, cayendo a su lado o segundos después. El edificio no era uno cualquiera, sino uno de los símbolos del poder financiero de los EE. UU.

Pero la fotografía tampoco lo explica todo. El fotógrafo, Richard Drew, no conoce el nombre del hombre que cae en el momento de tomar la foto ni tampoco días después. Uno de los editores del Toronto Globe and Mail le encarga a uno de sus periodistas, Peter Cheney, que averigüe su identidad. Cheney manda la foto a un estudio fotográfico para que aclare y defina la imagen. El hombre que cae no es negro, pero su piel es oscura. Probablemente latino. No lleva camisa sino una especie de chaqueta blanca parecida a la de los camareros de algunos restaurantes. Tras estudiar las fotografías de todos aquellos que podrían encajar en la descripción, Cheney cree haber dado con un candidato: Norberto Hernández. Cheney se dirige a Queens y habla con Tino y Milagros, los hermanos de Norberto. Le dicen que el hombre de la foto es Norberto. Cheney intenta hablar con la mujer de Norberto y sus tres hijas, que le rechazan. El cadáver de Norberto tiene que ser identificado por su ADN pues solo queda de él un brazo y el torso. Cheney se presenta en el funeral de Norberto con la foto. Jacqueline, la hija mayor de Norberto, le contesta «ese trozo de mierda no es mi padre».

En realidad, la ropa no encaja. Ni Norberto ni ninguno de sus compañeros vestían ese tipo de uniforme el once de septiembre de 2001. El hombre que cae es mucho más probablemente Jonathan Briley. La historia de la búsqueda la explica Tom Junod en la revista Esquire.

Se puede mentir en una foto al igual que se miente en un texto. Pero para que la mentira fotográfica funcione se requiere de la suspensión de la incredulidad del espectador. De su complicidad. Y eso es así porque la foto refleja la realidad mientras que el texto simplemente la representa. La foto ofrece asideros al espectador (los de su propia experiencia con la realidad) que el texto puede negarle fácilmente. Sin los prejuicios del lector del diario, la fotografía mentirosa se derriba como un castillo de naipes. Para desenmascarar una imagen mentirosa suele bastar con preguntarse qué o quién hay dos centímetros más allá de sus márgenes. A veces es suficiente con preguntarle ¿por qué? al protagonista de la foto.

¿Vale más una imagen que mil palabras? No siempre. Sí es cierto que las buenas fotografías periodísticas requieren de más de mil palabras para poder ser descritas con precisión quirúrgica.

El periodismo, en definitiva, es una elección moral. Del periodista, pero también del lector. Nadie que examine atentamente The Falling Man, que analice uno a uno sus píxeles, verá escrito en ninguno de ellos las palabras terror, claustrofobia, indignación, dolor, odio, desesperación o compasión. Todas esas sensaciones están en el espectador esperando a aflorar con el estímulo correcto. También la del morbo. El morbo lo lleva el lector de serie. Otra cosa es cómo lo canalice y cuáles sean sus gatillos.

El morbo del lector, como su indignación moral, dice más de lo que tiene este en la cabeza que de la foto que lo ha provocado.

¿Debía publicarse The Falling Man? Sí, rotundamente. El clamor contra la fotografía fue abrumador durante los días posteriores a los atentados del 11-S. Pero el debate no le correspondía a la muchedumbre sino a la prensa.

Así dio RTVE la noticia de la muerte de Fernando Martín en 1989. Y así la de Tino Casal dos años después. Hoy en día muchos diarios digitales ofrecen sus imágenes más crudas ocultas bajo un aviso que no deja lugar a dudas: el lector que hace clic en ellas es perfectamente consciente de lo que va a encontrar debajo.

Queda la familia del fallecido. Los cuerpos mutilados no dejan de existir por el hecho de que no se publique su fotografía, así que cabe preguntarse si con la decisión de no publicar se pretende proteger al periodismo, al muerto, a sus familiares o una determinada idea de la moral pública. El cadáver del conductor estrellado ya ha sido visto por cientos de personas antes de aparecer en el diario: otros conductores, curiosos agolpados al borde de la carretera, policías, sanitarios, enfermeros, forenses. ¿Es más o menos cruel la fotografía de una operación a corazón abierto que la de una persona destripada por una bomba terrorista? ¿Es la foto más o menos cruel si se ve sangre en ella? ¿Es menos cruel la foto si fue tomada hace más de veinte años, si su protagonista no es español, si su autor es un fotógrafo de prestigio como Henri Cartier-Bresson, si es una foto icónica, si ha sido publicada por el Washington Post en vez de por un tabloide como el Daily Mail, si la foto ha pasado desapercibida a las hordas de trolls de internet o si ha recibido el premio Pulitzer? ¿Hay alguna fotografía capaz de superar el horror de un párrafo como este?:

Hay un momento de Trece entre mil, la película de Iñaki Arteta, en que un guardia civil habla de un asunto realmente interesante. Los antecedentes de este hombre, y el argumento de autoridad que de ellos se desprende, llaman la atención. Una mañana entró en su coche con sus gemelos de dos años, arrancó, dio un par de vueltas y el coche estalló. Vivo, aunque con los tímpanos reventados, salió corriendo hacia la parte de atrás donde estaban los niños. Uno estaba bien, Álex, me parece que se llamaba. El otro, sin embargo, estaba partido en varios trozos. El padre explica ante la cámara que era ciertamente difícil recoger los trozos, que se le resbalaban, y pone en este detalle una atención fría y técnica, muy convincente. Sin duda, uno de los problemas de que despedacen a tu hijito es esa característica jabonosa de los trozos. ¿Cómo cogerlos, eh? (Arcadi Espada)

El diario La Voz de Galicia publicó una serie de fotografías tras el accidente de tren de Santiago que algunos calificaron de insensibles e innecesarias. He mandado el link a varios periodistas españoles para preguntarles su opinión sobre la pertinencia de esas fotografías. ¿Debieron publicarse? ¿Por qué sí o por qué no? ¿Dónde trazamos la raya? ¿Sí cuando son niños sirios pero no cuando son de Salamanca?

Juan Pablo Arenas (periodista de Radio 5)

Yo para estas cosas soy muy bruto. Jamás entendí que los periodistas tengan que andar preocupados del pudor ajeno. Pero está claro que ahora importa. Los toros desaparecerán por eso: ver sangre es feo y queremos comprar filetes en bandejitas. No matamos lo que comemos y ya ni pensamos en los ojitos que tenía el corderito o la ternera. Recuerdo haber visto en un restaurante un reportaje sobre ese desastre republicano que es Sarah Palin, quien había matado un ciervo. Con ojitos el ciervo. Los gritos de desaprobación del público hacia la asesina de ciervos eran tremendos. Y lo decían ellos que devoraban un cachorro de cerdito. Que también tenía ojitos, supongo. 

Te dicen que no es necesario. Que no hace falta. Que con la información es suficiente. Que el periodista busca el morbo. El morbo. El placer innecesario. Me recuerda a quienes te censuran que veas porno. Que contribuyes a la cosificacion, dices. Los delitos sin víctima, que decía Escohotado, de cosas como el porno o las drogas. Está mal que halles placer viendo muertos. Yo no sé si la mayoría siente placer viendo muertos, pero creo que a la mayoría sí que le interesa. 

Pero a ver cómo discernimos entre quienes se interesan profesionalmente y quienes se interesan por placer. Imagínate que tenemos un forense necrófilo que respeta muertos. ¿Deberíamos prohibirle ejercer? ¿Que disfrutase sobando muertos lo incapacitaría para ejercer su profesión? Parece que exigimos asepsia cristiana con estas cosas. Imagínate que declara que se excita pero los respeta y no les hace nada que no haría un forense neutro. ¿Deberíamos aterrorizarnos porque, al fin y al cabo, se le excitan las mismas áreas cerebrales de recompensa que si come chocolate o le hacen una felación? 

Yo me alegro de que sobre Auschwitz no haya pudor y se considere educativo y no morboso mostrar las pilas de muertos, las cámaras de gas y demás. Como siempre decimos, nos falta algún educativo gulag o esos campitos de reeducar homosexuales que tenía el camarada Fidel Castro. Nadie se escandaliza por enseñar muertos judíos de la Segunda Guerra Mundial. Parece que tampoco sobre los muertos por napalm en Vietnam. Pero el 11-S tuvo su pudor muy pronto. Queda feo la gente lanzándose desde el piso 50. Como si eso no fuera consecuencia del terrorismo. Al igual pasó con los muertos del 11-M. El mismo manto de pudor.

Creo que hay mucha enseñanza en el muerto por descarrilamiento. Tanta como hay en los toros o en matar lo que comes. Pero nos han comido el terrenos los pudorosos. Los mismos que piden pastillas del día después como lacasitos, pero luego les espanta que las niñas se subasten en una discoteca para hacer uso de las pastillitas. 

Son los tiempos. Hemos cambiado. Quizá para bien. Supongo que ese horror a la sangre tiene sus consecuencias buenas. Pero te cuento una batallita. 

Mi padre trabajaba en una radio chilena en los años 60. Él aprendió el oficio sin universidad. Pirateando cables y cosas así. Un día se cae un avión en Los Andes. No fue el famoso de Viven. Otro. Mi padre es el primer periodista en llegar allí. Montado en un burro y con una unidad móvil del Chile de los 60. Imagínate. Solo hay carabineros. Llega la noche y mi padre se echa a dormir entre cadáveres. Está solo. Apenas unos carabineros. El aire apesta a queroseno. A la mañana siguiente llegó el resto de periodistas. Mi padre, entre tanto, hizo sus crónicas y comió lo que pudo. Todo esto entre cadáveres. En cambio, recuerda el tratamiento sentimental de las becarias de las televisiones cuando se cayó el avión de Spanair en Barajas. Vestiditas enseñando muslo. Me cuentan que muchas tuvieron que ir al psicólogo por ver muertos. Pobrecitas. Mi padre no le preguntó a nadie cómo se sentía. Por suerte.

Manuel Jabois (periodista de El Mundo)

Lee Miller, con su amante Dave Scherman, entró en la residencia secreta de Munich de Hitler en la caída del nazismo. Te cito a Juan Forn, que escribe unas piezas magistrales en el diario argentino Página 12: «Miller envió a Vogue dos rollos de fotos realizados esa jornada: uno era de fotos tomadas por ella, el otro era de fotos de ella tomadas por Scherman. En el primero se veían imágenes estremecedoras de cuerpos famélicos apilados unos encima de otros, con los ojos aún abiertos y la mueca de la muerte deformándolos. Miller rogó a Vogue que tuvieran el coraje de publicarlas y que titularan la nota con una sola palabra, en tamaño catástrofe: CREANLO».

Bien, no todo es nazismo ni todos los cadáveres son iguales, pero para creer algo importante a veces hay que tocar, no basta con que te lo cuenten los apóstoles. El periodismo no puede darse ciertos lujos atendiendo a sensibilidades cuando la noticia es demasiado grande. No creo que una imagen valga siempre mil palabras, pero llega muchas veces donde no la escritura; no defiendo la visión de un cuerpo volatizado ni mutilado ni una cabeza separada de un tronco, sino el enfoque general desde el que se asome una descripción del horror (aunque me gustaría ver a muchos, en caso de atentado, hablar de los derechos de los pueblos y su opresión administrativa delante de una imagen gore).

El trabajo del periodismo en estas lides es saber dónde y cuándo está el «créanlo».

Y sí, si mis familiares más queridos estuviesen en el tren de Santiago y una foto los incluyese como descripción gráfica de la tragedia, no me parecería mal si esa fotografía se dirige a la escrupulosa información, no al escrupuloso morbo.

PD: Una foto de niños sirios bombardeados no es lo mismo que una foto de unos niños de Salamanca muertos por una explosión de butano, y viceversa. Respecto a los píxeles en menores fallecidos, nunca salvo que se quiera proteger su intimidad de quienes creen en la resurrección.

Arcadi Espada (periodista de El Mundo)

El reportaje tiene fotos excepcionales y otras que lo son menos; y no puedo darle una opinión global, porque las fotos no son frases sino unidades de destino en lo universal. Desgraciadamente los editores gráficos de los periódicos socialdemócratas (pleonasmo) aún no han podido convertir la muerte y sus destrozos en una cosa guay. Pero estamos en ello e invoquemos que pronto, como en el verso inmortal del independentista Maragall, sia la mort una més gran naixença.

Marcel Gascón (corresponsal de la agencia EFE en Johannesburgo)

En el pudor a mostrar los cuerpos devastados hay un viejo prejuicio parecido al que llama vieja enfermedad al cáncer y omite el sida como causa de muerte, como si el herido, el decapitado o el mutilado, que no suele haberse provocado los desperfectos, tuviera alguna culpa de la incomodidad que causa la exposición de sus vísceras.

Ferran Caballero (periodista de Crónica Global y Diàlegs)

Creo que deben o pueden publicarse sin demasiado problema. Básicamente, porque son fotografías reales de un hecho noticiable. Y eso es la información, por desagradable que resulte el hecho del que se informa. Entiendo que el problema es de respeto a la intimidad de las personas que puedan aparecer en algunas de esas fotografías. Pero entiendo también que el criterio general más razonable, o un acuerdo tácito que de entrada me parece razonable respetar, es que al estar en un lugar público la imagen de uno ya es pública (aunque debo reconocer que no estoy muy seguro de si uno acepta implícitamente cualquier uso que pueda hacerse de su imagen por el simple hecho de salir a la calle, en todo caso sí que creo que eso no dependería de la situación en la que se tome la imagen ni de la situación en la que el interesado aparezca en ella).

Aquí tampoco creo que deba haber nada parecido al kilómetro moral, así que lo mismo daría que fuesen sirios que gallegos. Otra cosa son los niños y los muertos. Aunque tampoco estoy muy seguro de ello, me parece que en ambos casos sus imágenes deben pixelarse porque no forman parte, de facto, de los pactos que rigen el espacio público. Por no estar en disposición, por así decirlo, de dar la cara. 

Berta González de Vega (periodista de El Mundo en Málaga)

Tan cierto es que nos importan más los niños gallegos que los sirios, como verdad es que no vale informativamente lo mismo un muerto gallego que sirio. Lo de los pixeles me aturde un poco porque no entiendo que se le pongan a niños que están muertos ya. Es horriblemente crudo pero si se trata de proteger al niño y ese niño ya no está, ¿qué más da? Además, no parece que haya un criterio muy claro. Pero debe de haber mucho miedo a demandas.

Ahora, a los padres nos piden permiso los propios colegios para utilizar fotos de los niños en catálogos y en el libro anual. Ayer estuve con una amiga fotógrafa de hoteles de lujo y me dijo que lleva en el móvil un formulario para que firme gente que pueda eventualmente salir en una foto dando su permiso. Por otra parte, en fotos dramáticas, que son las que te interesan, sí que creo que se debe tener consideración hacia las familias. Una amiga de informativos de  la tele me contó una vez cómo llamó una familia pidiendo por favor que dejaran de sacar el accidente mortal del padre cada vez que necesitaban fotos de archivo de Tráfico. Lo entiendo. Me imagino que, volviendo a los sirios, los periódicos saben que no va a llamar a la redacción la familia de esos niños gaseados y sí puede hacerlo la de los niños de Angrois. Creo que es así de simple y tremendo.

Javier Jubierre (jefe de fotografía de El Periódico)

La línea está en el lugar donde la información se convierte en morbo. En un accidente de tren nos podemos imaginar la barbarie de los cuerpos calcinados y mutilados. Eso no debe publicarse, no aporta nada. Las imágenes de la matanza en Siria por las armas químicas sí deben publicarse. La visión de los cadáveres sin heridas de armas convencionales y las convulsiones de los heridos son la demostración del uso de este tipo de armas prohibidas por la Convención de Ginebra.

La protección del menor radica en que la publicación de informaciones e imágenes de niños pueda, en un futuro, ser perjudicial para estos menores. Cuando los niños ya están muertos, la ética de publicar fotos tiene que ser la misma que con los adultos.

Andrés Mourenza (periodista, actualmente desarrolla su trabajo en Atenas)

En verano de 2010, en una localidad remota de Turquía, Hakkari, encajonada entre las fronteras de Irán e Irak, y primera línea de batalla en el enfrentamiento entre el Estado turco y los militantes del grupo armado kurdo PKK, el dirigente de una asociación de derechos humanos activista nos mostró unas fotografías a un grupo de tres periodistas españoles. Eran los cadáveres de guerrilleros del PKK entregados unos meses antes a sus familias por las fuerzas de seguridad turcas. Los periodistas tuvimos que apoyarnos en la pared y sujetarnos las tripas del mareo.

Las imágenes mostraban cuerpos hinchados de forma antinatural, carne deformada como si fuese plástico quemado, rostros desencajados, miembros desprendidos y vísceras al descubierto. Las habían tomado los activistas de la asociación y contaban con el permiso de sus familiares para hacerlas públicas pues, según ellos, era la prueba de que el ejército turco ha utilizado armas químicas en su lucha contra el PKK (o bien había sometido a los cadáveres a algún proceso químico y los había mutilado sádicamente, una práctica que igualmente viola todo principio de humanidad, si es que existe, en la práctica de la guerra).

Las imágenes no habían sido publicadas en ningún medio y solo estaban en posesión de Der Spiegel (el semanario alemán, que puede permitirse esas cosas, contrató los servicios de un instituto forense para que examinase las fotografías y este concluyó que efectivamente los cuerpos habían sido sometidos a algún tipo de sustancia química, antes o después de la muerte) y de los tres periodistas españoles allí presentes. Era por tanto una cierta exclusiva.

Contacté con mis compañeros de El Periódico y decidimos que, a pesar de la prueba documental que suponía, no había ningún modo en que aquello pudiese ser publicado en las páginas de un diario (se publicó una foto del lavado de los cadáveres vista desde lejos y un artículo que explicaba la situación) aunque yo sí decidí incluir una de las imágenes en mi blog en una ventana que se podía abrir solo tras leer un aviso de lo que se procedía a ver (las nuevas tecnologías nos permiten este tipo de cosas imposibles en las páginas de un diario). Mi decisión se debió a que esas imágenes horrendas eran la prueba de que lo que se contaba en el artículo para nada era producto de la exageración o de lo que el Gobierno turco insistía en denominar «propaganda del PKK» (un grupo con el que, por otra parte, este periodista no simpatiza en absoluto).

Los periodistas ejercemos nuestra profesión de forma peculiar: nos metemos hasta la cocina de las historias, preguntando sin pudor a la gente por su salario, su estado laboral, su vida privada, etcétera, para, a través de historias personales, poder componer una radiografía de una determinada situación social. Pero no debemos olvidar que existe un pacto implícito con ese ciudadano, a la vez actor y lector, y es el de no forzar ciertos límites. De la misma manera que una persona puede negarse a hacer declaraciones (no rige lo mismo para el político, que es un servidor público y tiene el deber de rendir cuentas) y eso no debe llevar al periodista a tratar de forzar al entrevistado, lo mismo ocurre con la fotografía.

Recientemente, en Grecia se vivió una polémica por el uso de una imagen en la que se veía al rapero Pavlos Fyssas, poco después de ser apuñalado por un presunto miembro del partido neonazi Amanecer Dorado, desfallecer en brazos de su novia, compungida de dolor. La fotografía apareció en la portada dominical del diario Proto Thema con la loable intención de condenar el crimen (el título rezaba No olvido el fascismo) pero la familia, al verla, escribió a la publicación exigiéndole su retirada por considerarla «un insulto a la memoria de un muerto» y pidiendo «respeto al luto» que vivían. El diario se negó, lo que fue objeto de múltiples críticas (sus oficinas fueron además atacadas por un grupo de simpatizantes anarquistas) incluidas algunas desde dentro de la profesión: el Sindicato de Periodistas de Atenas (ESIEA) lo consideró una violación de los principios éticos del periodismo y una ofensa a las reglas del oficio. ¿Por qué? Porque no respetaba la privacidad ni mostraba el necesario tacto y sensibilidad hacia el muerto y su familia y, sobre todo, «no servía a la necesidad informativa». En el momento de la publicación de dicha foto, Fyssas hacía días que había muerto (su muerte por tanto no era noticia) y su asesino había sido capturado y había confesado el crimen. Por tanto, la fotografía no servía sino para alimentar el sensacionalismo.

Y es que la pregunta fundamental que nos debemos responder antes de publicar una foto que pueda herir sensibilidades es ¿aporta algo informativamente? En una guerra, las fotografías de unos cadáveres pueden aportar pruebas sobre una matanza; en otro tipo de situaciones, quizá no sirvan de tanto. Si no respetamos unos mínimos límites, lo único que estaremos haciendo es contribuir al espectáculo de lo truculento, a llenar pantallas de sangre y vísceras provocando en los espectadores el empacho de la macabro y, por tanto, una menor efectividad de otras imágenes cuyo uso sí sea pertinente desde el punto de vista informativo.

Carlos Salas (ex redactor jefe de Internacional de El Mundo)

Cuando se publican algunas fotos de tragedias humanas, se crea una gran alarma pública que sirve para presionar a los gobiernos y estos al final se ven obligados a intervenir para lograr la paz o detener las matanzas. 

El ejemplo más actual sucedió con el ataque de gas sarín en los alrededores de Damasco. Murieron civiles, sobre todo niños y mujeres. Si esas imágenes no hubieran aparecido, la opinión pública no habría tenido idea del drama. De hecho, ya había habido otros ataques pero sin apenas repercusión en los medios. Pero fue en este caso, al ver las imágenes, que los EE. UU. y otros países dijeron: ya basta, habéis cruzado la línea roja.

Al ser imágenes impactantes, parte de la opinión pública interpreta que los medios están explotando el morbo. 

La pregunta que nos hacemos los periodistas es: ¿cómo se deben mostrar las fotos? Cada tragedia es un nuevo catálogo de horrores y esas cosas no aparecen en los libros de estilo de los medios, sino en el corazón del redactor jefe y de su equipo, en el alma del director y su equipo, que al final, tras un debate interno muy profundo, toman la decisión final, sabiendo que muchos lectores se enfadarán.

Vicente Fdez. de Bobadilla (periodista de Muy Interesante, GQ, Público y Zoom News, y ex jefe de sociedad de Tiempo)

El criterio básico que debe seguirse a la hora de publicar cualquier imagen en prensa es considerar si aporta algo a la noticia, a lo que se está contando en el texto. En el caso del accidente de Galicia, pueden ser más relevantes imágenes generales que permitan apreciar la magnitud del suceso, que planos más o menos cercanos de muertos y heridos sobre cuya existencia ya se nos ha informado. El famoso vídeo publicado por ZoomNews es un buen ejemplo, ya que ofrece una imagen clara del siniestro, espectacular, pero que nunca llega a entrar en lo escabroso.

Por otra parte, las imágenes explícitas pueden tener más sentido a la hora de informar sobre conflictos bélicos o limpiezas étnicas, por su valor como elemento de denuncia ante situaciones en las que debería intervenir la comunidad internacional… Pero incluso así, definir el límite no es fácil. Siempre es mejor pecar por defecto que por exceso.

Uno de los tópicos sobre la prensa supone que la escabrosidad del material gráfico hace subir las ventas. Sea esto cierto o no, con los medios digitales las reglas han cambiado, y lo que sí que hace es fomentar el debate, lo que se traduce en un incremento de visitas. Si un diario digital (y no todos lo hacen) decide publicar imágenes de gran crudeza, los comentarios no tardarán en llegar: primero, para aprobar o criticar esa publicación, y segundo, para discutir entre los propios autores de los comentarios, que vuelven a entrar para ver quién ha contestado a lo que pusieron.

Al igual que los titulares escandalosos, o la mezcla de información y opinión, este tipo de imágenes se han convertido en un buen aliado para los medios que carecen de estructura, o de profesionalidad, para ganar lectores acostumbrándolos a leer un trabajo periodístico de calidad.

Eugenio Camacho (periodista)

Vaya por delante que, en este tipo de accidentes trágicos, estamos ante sucesos que despiertan un enorme interés general. Sin embargo, personalmente no me siento bien viendo esas fotografías publicadas, ya que no se salvaguardan la intimidad, la privacidad, el dolor y la dignidad de las víctimas y de sus familiares y seres queridos, que deben estar siempre por encima del interés informativo. La línea frágil que separa la información del morbo es muy fácil de traspasar.

De cualquier forma, hay que diferenciar este suceso de los atentados del 11-M. Un accidente ferroviario provocado por un error humano no es comparable con un ataque terrorista, aunque sí la magnitud de la tragedia.

Este mismo debate se suscitó tras la portada a cinco columnas de El País con la terrible foto en la que se veía un trozo de extremidad ensangrentada en medio de la vía, y que también reprodujeron prestigiosos medios internacionales, como Time o The Times. En ese caso, y en otros muchos casos de atentados terroristas, lo monstruoso no es la foto, sino la locura de los asesinos que sembraron la muerte entre gente inocente.

El fotógrafo de prensa tiene que hacer fotos, y aunque muchas veces le duela ver, tiene que hacerlo, porque a través del objetivo de su cámara miramos todos los demás.

Ramón Lobo (periodista de El Periódico)

Es un asunto complejo. Podemos fijar normas éticas que no resistirían la primera foto conflictiva. Todo es publicable si respeta la persona que sale en la foto. No es posible cebarse con niños llenos de moscas en una hambruna y no dar imágenes de muertos en el 11-S. Debe existir un criterio universal; no uno para los blancos y otro para el Tercer Mundo. Una de las mejores respuestas sobre este asunto me la dio este verano Santi Lyon, jefe de fotografía de Associated Press: la foto debe llegar a la cabeza, al corazón o al estómago. Si produce repulsión y obliga al lector a pasar la página, la foto no es eficaz. La foto debe conseguir que el lector se detenga, mire y, si es posible, reflexione.

José María Albert de Paco (periodista de Libertad Digital)

Lo que se debe exigir a un periódico es que todo lo que publique venga precedido de una reflexión. En este sentido, un acto de violencia, o sus efectos, no me parecen distintos de cualquier otra pieza. En el caso de un atentado terrorista, por ejemplo, creo que la exhibición de los heridos y los cadáveres contribuye a mostrar su crudeza. Y ese mismo mandato (más cívico que periodístico), debería valer para los efectos de un bombardeo.

A este respecto, hay quien cree que un exceso de violencia en los medios tiende a insensibilizar a la audiencia. No lo tengo tan claro; por volver al terrorismo, y concretamente a ETA, nada hizo más por insensibilizar a los españoles que esos breves a pie de página en que se fueron amontonando las víctimas.

¿Los niños sirios? Por supuesto, debemos verlos: sería una inmoralidad admirar los cuadros de Goya y cerrar los ojos a lo que el mundo sigue teniendo de desastre de la guerra. Ahora bien, qué reflexión media en las fotos del accidente ferroviario de Santiago. Ninguna, me temo. Publicar esas fotos recuerda a la pregunta de por qué los perros se lamen los cojones. Porque pueden, en efecto. ¿Por qué las publicamos? Porque las tenemos, porque alguien pasaba por allí. Por la misma razón por la que se divulgan en televisión imágenes del parlamento de Taiwán o un atraco en una gasolinera de Atlantic City. Puro entertainment. ¿Deben servir las imágenes de una tragedia para amortiguar el tedio? No lo tengo claro, pero me da que es poner el listón muy bajo.

John Müller (director adjunto de El Mundo)

Personalmente soy partidario de publicar todo lo posible. Pero internet plantea un problema adicional: las imágenes quedan en la red. Antes, publicabas un día y el papel moría, pero ahora hay que considerar el archivo infinito en todas las dimensiones que es la red. Algunas de estas imágenes, vistas hoy, pueden hacer que ciertas personas, implicadas en los hechos, sientan que su imagen se ve menoscabada. Es una consideración que desborda la legitimidad del acto periodístico, del hecho de que las fotos se hayan hecho en un sitio público o no y de que sean pertinentes. Ya lo vivimos con el 11-M. Esa es para mí la principal preocupación. Y considerando ese elemento, hay fotos en este álbum que yo no habría escogido.

Curiosamente las fotos de la niña no me despiertan ningún reparo. Ni me parecen ofensivas ni exageradamente intrusivas. En este caso, creo que no se necesitaba pixelar porque en una imagen ella tiene la cara vuelta y en la otra, apenas se ven los ojos. Habría sido absurdo.

Siempre habrá polémica con este asunto porque está en juego la subjetividad humana. Hay que aplicar el sentido común. Pero en la duda, que siempre existirá, si se trata de un acto informativo legítimo (ojo, legítimo) es mejor publicar aunque se corra el riesgo de menoscabar la honra de esas personas antes que lesionar el derecho a informarse de millones de ciudadanos. Estos valorarán los hechos y se formarán una opinión completa, incluso crítica de la información, cosa que no podrían hacer si se les ocultara una parte de la misma.

Jordi Pérez Colomé (periodista)

Ante la duda, publicar. Dos matices. Uno, creo que tienen menos valor informativo fotos del resultado de un accidente que de un atentado o guerra. Dos, no es necesario ver primeros planos o heridas abiertas. Los cadáveres tienen familiares. Acabo de visitar un periódico de Guatemala que publica cada día buenas fotos de cadáveres. Su criterio: nada de chorretes de sangre ni cuerpos fáciles de identificar. Me parece bien.

Enric González (periodista de El Mundo)

Si hablamos de esas fotos en concreto, deben publicarse. Por supuesto. Tienen interés informativo y no vulneran la dignidad de nadie. También, por supuesto, los menores deben tener el rostro pixelado o cubierto de alguna forma porque lo impone la ley.

Lucía Méndez (periodista de El Mundo)
Es evidente que lo ideal sería que los medios de comunicación no contribuyeran con lo que publican al dolor de las personas que han sido víctimas de accidentes o atentados. Eso me parece lo más importante: no dañar a nadie con nuestro trabajo. Aunque desgraciadamente creo que eso no es posible. Los medios tienen su propia dinámica. Yo personalmente creo que las fotografías y las imágenes cruentas no añaden nada a la información, pero no conozco ningún medio, ¡ninguno!, que no haya caído en la tentación de publicar imágenes de este tipo en los últimos años. Y también creo que los medios impresos en esto se han contagiado de la televisión. Como en otras noticias que damos. El periodismo en la web creo que también abusa de ellas. Tiene algo que ver, creo, con la sociedad en la que vivimos. Los medios norteamericanos, por ejemplo, no lo hicieron el 11-S porque es otro tipo de sociedad. Lo de pixelar los ojos me parece francamente algo hipócrita, porque a los niños se les reconoce perfectamente el resto de la cara, entonces no sé muy bien para qué sirve. Aunque supongo que con esto se puede acallar la conciencia de no estar violando la intimidad de un menor. Lo cierto es que el debate sobre si publicar o no imágenes cruentas la mayor parte de las veces, o por lo menos esta es mi experiencia, se inclina siempre del lado de publicarlas. Si los periodistas llegan a tiempo al lugar de la tragedia, como es el caso del accidente de Santiago, doy por seguro que difundirán las imágenes. Otra cosa es que cuando lleguen ya no haya nada que fotografiar.


José Antonio Montano: El origen de una frase

Me hace gracia, y me asusta un poco, la repercusión de la frase de Ana Mato que yo solía mencionar —como menciono siempre las grandes frases— y que ha difundido Jabois en su columna de El Mundo:

“De Ana Mato contaba hace años Montano que era la autora de la frase más pija de la historia de España. Le preguntaron cuál era el momento preferido del día y contestó: ‘Por la mañana, cuando veo cómo visten a mis niños’”.

Recuerdo bien quién me la dijo, dónde y cuándo. Fue mi amiga Luisa, en un sitio de cervezas que había por Ópera, en Madrid, en octubre o noviembre de 2003. Yo le había contado una anécdota de ese verano en Málaga, en la que se decía “la frase más pija de la historia”. Y ella me dijo que no, que la frase más pija de la historia era una que le había oído recientemente a Ana Mato en una entrevista, y que es la que cita Jabois. Ahora mi amiga no recuerda qué entrevista fue aquella, que pudo haberla leído en “un Vogue o similar”; aunque a mí me suena (vagamente) que aquella vez dijo que en televisión. A televisión, como mínimo, ha llegado ahora, porque el otro día me avisaron en Twitter de que la habían pronunciado en La Sexta. Y esto es lo que me ha hecho pensar de verdad en este asunto (la televisión que despreciamos y que aún concede —o hacemos que conceda— estatuto ontológico a las cosas).

Ahora es imposible rastrear el origen de la frase, porque hay ya más de once mil googles y más de dos mil meneos, todos referidos a la mención de estos días. Se ha reproducido a mansalva, y en algunos casos ni siquiera se especifica que fue en un artículo de opinión y que el contexto era conversacional, sino que se afirma: “Publicaba hace unos días El Mundo”. Así se escribe la historia, le he escrito a mi amiga. Y ella me ha respondido: “La historia no, los bulos: así se crean los bulos. Vamos, que yo sé que esa frase la leí o la oí, y que la había proferido Ana Mato, pero con eso no debería bastar, y de hecho no basta, pero sobra…”.

Dado esto por sentado, déjenme jugar un poco. Y es que, con el tiempo, ha ido trasladándose en mi imaginación el aspecto de Ana Mato a aquella otra anécdota que señalé arriba, la ocurrida en Málaga en el verano de 2003 y que contenía la, hasta entonces, “frase más pija de la historia”, que dio pie a que mi amiga me contara la suya. Por la contigüidad de los relatos yo ahora me figuro a la hoy ministra protagonizándola, ¡pero está claro que no fue ella! Fue una pija malagueña, a la que yo nunca he visto, porque también me lo contaron. Entró con su novio en un tórrido bar del centro, un día de feria. Ambiente sobrecargado, ropas breves, calor, alcohol y vicio. La historia tiene algún recoveco, pero resumo para no alargarme. En un momento dado, mientras el novio ha ido al otro extremo a por copas, la chica se pone a chupársela al dj, sentada en el suelo tras su mesa. Regresa el novio, no ve a su chica, busca con la mirada, hasta que detecta su pierna saliendo en horizontal de la mesa del dj. Se asoma, la ve en plena felación y se queda pasmado. La chica se da cuenta, saca la boca y entonces le dice la que para mí era (¡y en realidad sigue siendo!) la frase más pija de la historia:

“Pero no te enfades, jo. Excítateee”.


Manuel Jabois: Viva Azcona


Empezaré por José Luis Cuerda, que se fue de Albacete a Madrid porque su padre ganó un piso en una timba. Allí un día el hombre sentó a la familia en un sofá y se quedó mirándolos a todos mientras se encajonaban en silencio. Al cabo de cinco minutos habló: “Estoy pensando en comprar un coche y quería saber si vosotros sabéis ir en uno”. Finalmente lo compró: un 600 rosa.

Con los años Cuerda quiso contar con Fernán Gómez en su primer trabajo. El agente del actor le escribió aceptando la oferta con un par de condiciones: “Mi representado no puede leer seguidas más de 31 líneas de diálogo y no hará al día más de un folio y medio de rodaje”. Cuerda transigió: “Todos sus diálogos son inferiores a 31 líneas salvo uno que tiene 32. Y nunca rodará más de un folio y medio al día salvo uno que haría un folio y medio mas tres líneas”. “Por razones obvias”, contestó el agente, “mi representado no participará en la película”.

José Luis Cuerda, servilleta atada a la camisa, embromador y jocoso como un gran Falstaff, habla en un restaurante de Pontevedra mientras disfruta de su sanclodio, que imagino pisado por él en grandes capachos de sus viñedos. Una hora antes recordaba a Luis Ciges, que apareció un día en el rodaje hecho polvo porque su mujer le había pedido el divorcio, “y lo peor es la razón que me ha dado: que quiere una vida mejor; ¡nos ha jodido!”. Berlanga se fue con la División Azul a Rusia y una noche le tocó hacer guardia en medio de la estepa. Imbuido de heroicidad, permaneció con los ojos muy abiertos mirando hacia el horizonte con el fusil en alto. “Era tal la oscuridad que más que a los rusos tenía miedo a Drácula”, le dijo a David Gistau. Cuando empezó a amanecer en aquel páramo nevado se dio cuenta que había pasado la noche delante de una pared. Cuerda hizo Amanece, que no es poco, una de las rarezas más exquisitas del cine español, resumen  casi armonioso de aquella España de la que procedían sus antiguos cómicos (“un hombre en la cama es un hombre en la cama”, le advierte un padre a su hijo cuando les toca dormir juntos). Ciges vivía en el cruce de Marqués de Aranda con Ferraz, y cuando se aburría salía con un amigo a la terraza a ver accidentes: “Es el cruce en el que más choques hay de Madrid”, decía mientras veía a señores haciendo aspavientos al lado de dos coches empotrados.

Aquella España, sí. Pero es abril de 2008. Ha muerto hace un mes Rafael Azcona. “La mejor persona que yo he conocido en mi vida”, dice Cuerda. “El cerebro más despierto, la ética más estricta. Siempre digo que las dos mejores películas de la Historia son Plácido y El apartamento. Porque miran de frente a la condición humana, al hombre. A su misma altura”. En eso tenía que ver la máxima de Azcona, que decía que los cineastas españoles no eran mejores porque viajaban en taxi, no en autobús. Él decía que había que mezclarse con la gente, estar al pie de la calle y curiosearlo todo. “Yo de lo que abomino es de esas películas en las que durante hora y media te torturan con problemas irresolubles, y luego, en los metros finales, la cosa se arregla por arte de birlibirloque para que nos vayamos a casa tan contentos. ¡Qué estupidez, esa del final feliz como garantía del taquillazo! ¿Lo tiene Romeo y Julieta?”, dijo a la revista Kane 3.

El padre de Azcona se llamaba Dionisio y era sastre además de cojo, miembro de una cuadrilla llamada los Cojos Toreros; aunque la familia pasó muchas penurias, en casa se cosía y se planchaba cantando zarzuelas. Bernardo Sánchez Salas, en el prólogo al libro Por qué nos gustan las guapas (Pepitas&Pimentel, 2012), primera de las tres partes de la obra completa de Azcona en La Codoniz, recuerda que con 14 años estuvo a punto de entrar de mancebo en la farmacia de Jesús González Cuevas, en su Logroño natal. Para entonces el chico Azcona se escribía cartas a sí mismo en las que fantaseaba poniéndoles fecha del futuro y situándolas en lugares exóticos, como Honolulu, 1 de junio de 1979. El chico pintaba y escribía, y casi desde el primer número compraba La Codorniz, lo que le llevó al humor, pues él, diría después, había empezado escribiendo versos porque una señora rubia no le hacía caso.

“Cuando estábamos con el guión de La lengua de las mariposas, yo escribía una escena en la que una mujer apoyaba su espalda en la pared y se le escapaba una lágrima”, dice Cuerda. “¿Una lágrima?”, saltaba Azcona: “¡una mierda!”. Al autor de la trilogía Nacional o La vaquilla se le sobreentienden ciertas maneras. Como que en El bosque animado Cuerda sugiera acercar la cámara a un cadáver y Azcona, piadoso, diga: “Déjala estar, que bastante tiene con lo suyo”. No haber visto Plácido es no haber entendido nada de este país y estar en él por estar, como un turista. España es un lugar en el que siempre hay un inocente persiguiendo a alguien para que le dé una fortuna con la que pagar la letra del motocarro. Un país en el que quien va al trabajo como al matadero es el verdugo. Un sitio en el que la aristocracia decadente, en su lecho de muerte, pide que entre el servicio, “que les encantan estas cosas”. Ese país que Azcona escribió era el que no se podía fingir, porque lo hacían las cerebros más insolentes y prodigiosos de Madrid, que no era Madrid sino lugar de reunión, por eso en los cafés años antes se ponían y se quitaban reyes, y en 1965 Raúl del Pozo lamentaría al volver del entierro de Ruano: “No lo pasaremos tan bien hasta que se muera Azorín”.

Azcona decía que sin humor habríamos desaparecido. Solía citar a Samuel Johnson: “Todo aquel que escriba una línea sin haber dinero de por medio es un insensato”. ¿Y es necesaria la escasez de medios o incluso la censura para afilar el ingenio?, le preguntaron una vez. “Eso es una falacia. No creo que a la hora de engendrar un hijo, y por el bien de la criatura, haya que machacarle al padre un testículo”.

Juan Cruz lo trató a partir de 1996. Siempre hay un momento en la vida de los hispanohablantes en que los trata Juan Cruz, un rito parecido al de la primera comunión, y Juan Cruz los exprime en anécdotas como si fuesen zumo dorado. Suele escribirlo después hermosamente si tiene el día fértil, y a Azcona le dedicó un texto estupendo, vibrante, desestereotipado. “El tiempo me devolvió un Azcona distinto a aquel misántropo que mi imaginación había dibujado. Al contrario, era un ser muy delicado con los otros, pugnaba por hacerlos felices y rara vez podías verle resentimientos, resquemores u odios. Es de una generación de hombres complejos —Rafael Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Dionisio Ridruejo— que la historia dotó de contradicciones internas que les llevaron al ensimismamiento, el desencanto o el alcohol; lo que había alrededor era una ruina, y a veces una ruina de la inteligencia, y ese ambiente que no era metafórico sino duro y real como una escarpia, a él lo dejó igualmente risueño, descreído pero profundo: miró alrededor y hacia adentro para retratar una sociedad difícil desde el humor; comenzó a ejercerlo donde entonces se podía, en los cafés y en La Codorniz; (…) se resistió en Madrid como gato panza arriba y no regresó a ningún regazo de Logroño: siguió adelante, como un apátrida, como un alma desprovista de banderas. Un día le pregunté: “Rafael, ¿y no te vas de vacaciones?”. “¿Yo? Si ya me fui de Logroño”.

En los primeros años de la capital lo escribió todo, hasta las revistas de decoraciones. Entró en La Codorniz, donde se multiplicó escribiendo y dibujando como Azcona, Arrea, Profesor Azconovan, Az o Repelente, en honor a su saga más exitosa: El repelente niño Vicente. Allí desplegó las alas como un cormorán de vuelo inmediato y veloz, siempre ácido, a medio camino entre la biografía y el delirio, con textos disparatados y tiernísimos que despegaban solos a la primera línea, cuando no antes. “Siempre me ocurre lo mismo; apenas soy presentado a alguien, el interfecto me dice: “Hombre, ¿y cómo no se llama usted Pepe?”, empieza en Por qué no me llamo Pepe. En Recuerdos de un hijo único cuenta cómo jugaba con el cadáver de su abuelo hasta que se estropeó, cómo martilleaba a su tía Eulalia o le quemaba el bigote a su abuela con gasolina. “No hay mayor dolor que recordar el tiempo feliz de la miseria”, escribió este genio. “En La Codorniz nadie se atrevió nunca a mirar así. Toda la cuestión era una forma de mirar. Y Rafael consistía en una mirada, en unas gafas que iban rectificando el foco”, dice Sánchez Salas.

Entre sus consejos a literatos jóvenes, el profesor Azconovian empieza advirtiendo que entre ellos “se ha extendido la costumbre de no comer con regularidad. Craso error” y sigue lamentando que los escritores novatos se enamoren de “señoritas muy decentes, muy buenas y muy limpias, pero pobres como imbéciles. Crasísimo error”. Para hablar del sentido del humor de aquel tiempo suyo en el que empezaba hacerse un nombre refería una anécdota que contaba Agustín de Foxá sobre un padre viendo una corrida de toros en compañía de su hija de cinco años. La niña coge una gran rabieta y el padre le dice para consolarla: ‘No llores, tonta, mira como el toro le saca las tripitas al caballito”. A su muerte David Trueba lo recordó en El Mundo como un sindiós: “Solía decir: ‘Cuando yo muera, tirad mi cadáver por un terraplén y, a ser posible, que se lo coman los cerdos; pero nada de agua bendita”. Esto era porque  no le preocupaba morir, que solo provoca trastorno a los que quedaban, sino la enfermedad: “lo desvalido, lo vulnerable, lo asqueroso, lo obsceno que te hace”.

Por qué nos gustan las guapas es la montaña de escritura que Azcona acumuló en La Codorniz, sencilla y fácil, irregular, tan cristalina que enamoró a Ferreri para meterlo a hacer guiones. Es un humor surrealista a veces en textos breves que juntos, incluidos sus ripios, funcionan como  montaña rusa. Es la década de los 50 bajo la mirada aterrada y compasiva de Rafael Azcona. “No he formado parte nunca de eso que ahora se llama la juventud. Nosotros lo que queríamos era ser mayores”, le dijo hace doce años a una de las mejores periodistas de España, Cristina Fallarás, escritora de prestigio y por ello metáfora profundamente azconiana del país: a punto de ser desahuciada y viviendo por debajo del umbral de la pobreza. “¿Está enganchado a algo?”, le preguntó ella. “A la jodida vida”.

Cuerda está a los postres. Tenía razón Azcona con eso de no subirse al taxi y pasear o montarse en el autobús, dice de repente. “El otro día caminaba al mismo paso que dos tíos y uno de ellos le estaba diciendo a otro: ‘Te voy a meter una patada en los cojones que te voy a arrancar la cabeza, no sé si me explico’. Ese ‘no sé si me explico’. Pura literatura”. Recordamos una frase de Manuel Vicent: “No existe el miedo al folio en blanco, sino al escrito”, que me trajo a su manera otra de Azcona, a quien le preguntaban si se alarmaba por las noticias del consumo de drogas de la juventud: “Eso es porque la televisión no podrá dar nunca la noticia de que hoy no se ha drogado nadie”. De todos nuestros jóvenes cadáveres fue al que más ganas se me quedaron de conocer en vida, porque de Umbral algo sé por Gistau, que lo acompañaba en la dacha cuando María España se iba y el viejo escritor se quedaba mirando fijamente al joven: “¿Tú me harías la merienda?”.

Si a algunos el cine español les parece malo no es porque lo sea, sino porque no lo escribe Azcona; ponga usted a un malagueño a pintar después de Picasso. El cine español es difícil de hacer, sobre todo la comedia, que es cuando se radiografía un país en su versión final, como si todos los géneros condujesen a la compasión y por tanto a la verdad. A mí España no me parece tan disparatada como la que leía, pero no sé si porque se la espera o se espera a Azcona, que era el que mejor la miraba. Debió dejar las gafas en herencia, y de paso el bonobús.

Murió el Domingo de Resurrección. No le hizo feliz el cine ni nada. De hecho, se preguntaba dónde estaba escrito que el hombre tuviese derecho a ser feliz.

Por qué nos gustan las guapas (Pepitas&Pimentel, 2012)


Joaquín Sabina: “La gloria fue La Mandrágora”

Llega sonriente pese a las horas, poco más de las doce del mediodía. “¿Aquí la hacemos? Muy bien”. Una mesa con dos sillas delante de una fuente y más allá, el mar. Pide un tequila y su entrevistador una caña. Saca una cajetilla de Ducados y la pone sobre la mesa junto a un mechero. Vacía el tequila en dos sorbitos y luego bebe, meditabundo, la caña. Enciende un ducados y suelta el humo, que observa alejándose para luego clavar la mirada en el periodista. Al acabar, el fotógrafo le sugiere hacer varios primeros planos. “Me convendría que te fueses sacando el sombrero y las gafas para hacer una secuencia”, dice. “Pero yo sé lo que le conviene a mi carrera”, responde Joaquín Ramón Martínez Sabina (Úbeda, Jaén, 1949), que estrecha manos en la despedida y se dirige de nuevo al interior del Pazo dos Escudos de Vigo. Los hombros muy juntos, el pantalón pitillo y calaveras en el cuello y en las manos.Dense prisa si me quieren enterrar, pues tengo la costumbre de resucitar / y salgo del nicho cantando, y salgo vivo y coleando”. Sabina se evapora al doblar la esquina. Detrás de todas las respuestas, una carcajada.

Tengo una colección de libros dedicados muy interesante y si un día pasas por casa te la enseñaré.

Guárdala bien, porque pocos saben ya escribir a mano.

Incluso hay premios Nobel que escriben fatal.

Al venir para aquí pensaba: “Pero si Sabina ya lo ha dicho todo”.

El problema no está en que lo haya dicho todo, sino que los periodistas me preguntan siempre lo mismo.

Tendrás que escribir tus memorias.

Me lo planteo todos los días. No exactamente una autobiografía, pero sí un libro collage. Lo que pasa es que soy bastante rápido para escribir en verso y un desastre para la prosa. De hecho he perdido oportunidades estupendas, como escribir en El País, porque la prosa me cuesta muchísimo trabajo: trato de imprimirle el rigor rítmico y métrico que pongo en los versos, y es una tortura. Acaba saliendo una cosa espantosamente barroca y rebuscada que odio. Pero ese libro que dices es el último sueño de mi vida.

Hay suficiente materia prima.

Sobre todo me gustaría hablar de mis amigos muertos, que son ya casi todos. La última, Chavela Vargas. Y alguna nota tengo, pero necesitaría un año que a lo mejor es el próximo, cuando acabe la gira.

La prosa es disciplina militar.

Y yo a eso soy muy alérgico, porque el verso, la canción, te permite escribir borracho a las tres de la mañana, pero la prosa no. La prosa es un trabajo de oficina.

La poesía de Vallejo, que leíste en Granada.

Fue un año tremendo. Yo salía de una familia y de un pueblo muy nacionalcatólico y descubrí a los maricones, a los rojos, a los poetas, a los folladores; todo de golpe. César Vallejo se me quedó agarrado a la garganta porque es lo que él hace con sus poemas, retorcerte el cuello y retorcérselo al lenguaje. Además ya no necesito releerlo a diario porque me lo sé de memoria.

Hay influencia suya en tus letras.

Me gusta retorcer las palabras para ver si dan descargas eléctricas.

Vallejo murió pobrísimo. El otro día contaba José Luis Cuerda la escena de un matrimonio viendo a Ruano escribiendo en un café, y ella le pregunta: “¿Pero vive de eso?”. “Mujer”, le contesta el marido, “si viviese de eso estaríamos escribiendo todos”.

César Vallejo fue extremadamente pobre, extremadamente desgraciado y además sus conocidos le huían. Porque era un pedigüeño y porque daba mal rollo: estaba siempre triste y cabreado. Yo tengo una carta manuscrita de César Vallejo a Gerardo Diego en la que le pide dinero. Además, Georgette era insoportable.

¿Ya lees no ficción, como tus contemporáneos?

Acabo de leer una biografía nueva de una paisana tuya muy interesante: Maruja Mallo. Y sí, me pasa lo mismo que a casi todo el mundo. Uno tiene la impresión de que la ficción es más prescindible o que las buenas cosas de ficción uno ya las ha leído; las biografías y la historia contemporánea me interesan más.

¿Recuerdas la primera vez que saliste en el periódico?

Desde luego, porque ésos son tesoros que uno lleva en la memoria. Y no fue por cantar sino por huir a Inglaterra de exiliado. Salió en el Diario Jaén y me mandó el recorte a Londres mi padre. Estaba mi foto y decía: “Un separatista vasco… de Jaén”.

Para tus padres Londres era Júpiter.

¡Más lejos! Y para mí también. Yo había estado unos días en Madrid y dos años en Granada. No sabía ni una palabra de inglés y llevaba cinco duros en el bolsillo. Lo que pasa es que tenía la suerte de tener una novia inglesa.

Y un suegro cabrón.

Sí, un suegro que no entendía cómo se le había ocurrido a su hija llevarse a dormir a su propia casa a un español con barba, lleno de mierda, que no entendía el idioma. Le parecía un indio. Recuerdo que al segundo o tercer día de estar allí fuimos a un concierto, porque yo quería oír a una orquesta sinfónica, y él la miró diciéndole: “¡Pero no lo lleves a eso, que no va a entender nada!” Era civilizado y me dejaba dormir en su casa con su hija, algo que me tenía alucinado. Luego me despertaba a las nueve de la mañana dando sartenazos por casa. Y cuando le tocaba servir el té, a mí no me lo ponía.

Esa novia tuya fue la mejor minifalda que se paseó por Granada, le dijiste a Javier Menéndez Flores.

Y lo sigue siendo. Todavía mis amigos se acuerdan de ella.

En Londres hasta te recibía una pandilla en bolas fumando porros.

Yo me tenía que sujetar para no caerme. Te gritaban: “Pasa, pasa”; estaba acojonado.

Cuando te fuiste de Úbeda a Granada reconocías ser un paleto; ya en Madrid decías que andabas con la boina puesta. Esa actitud deliberada de pueblerino parece un rasgo muy refinado del creador: aquel a quien todo le sorprende y que va por ahí con la boca abierta.

Siempre me he sentido un cateto en la gran ciudad y viviendo cosas que no estaban en el guión, con lo cual mi capacidad de sorpresa no se ha agotado nunca. Así que lo que al principio me molestaba mucho, al final me ha acabado gustando como punto de vista para mirar las cosas con cierto asombro. Siempre le digo a mis amigos madrileños que Madrid nunca ha tenido una lírica o una poética, porque a los madrileños que habían nacido en Madrid les parecía, Madrid, lo más normal del mundo. Esa lírica la hemos hecho los emigrantes.

¿Cuando empezaste a ser famoso?

En los dos años que pasamos en La Mandrágora. Aquello fue durante la Movida pero no era la Movida. Nosotros éramos más una cosa del pasado, retroprogre, afterjipi. Pero cabían allí 40 personas y por contactos del dueño, porque se corría la voz o por lo que fuese, estaba la creme de la creme. Pasaban Manolo Vicent, Juan Luis Cebrián… Venía un tipo de intelectual medio del Gijón y medio de la Transición y eso provocó el boca a boca. Krahe y yo nos sentíamos en la cumbre de las cumbres, y para mí la gloria y la fama fue eso. La gloria fue La Mandrágora. Lo de después ya ha sido una cosa más bullanguera, o como diría Pla, más de la chusma. Pero aquello fue impresionante.

La Mandrágora.

La Mandrágora era Krahe. Yo así lo reconocía y lo sabía muy bien. Era él el que daba el tono. Yo era un añadido que le venía muy bien, porque tenía más experiencia y venía de tocar en pubs y todo eso, pero La Mandrágora era él.

Tuvo que responder por un Cristo que cocinó en la prehistoria.

Con la maravilla de canciones que tiene y cuando sale en la prensa es porque cocinó un Cristo. 

Venía mucho a Galicia.

Es que tenía un circuito cojonudo que no le ha fallado nunca con unos fans como los de La Mandrágora: absolutamente entregados y fieles. Que consideran además que yo soy un vendido y él un espíritu puro.

Cuanto más vende uno, más vendido.

Yo no digo esto de los fans de Krahe como ninguna queja, sino porque es así. Pero el objetivo final no es tanto ser vendido como vivir de lo que uno hace, y eso ya lo hacíamos en La Mandrágora. Todo lo que me pasó después ni estaba previsto, ni peleé por eso ni nada parecido. Solo ir a América, ¡ya no a cantar, sino ir!, ya me parece un milagro.

Pues en América aún te quieren más que aquí.

Bueno, siempre se han dejado engañar por los conquistadores españoles.

Sin embargo vuelves a América pero no al pasado, a La Mandrágora. ¿Miedo a reconocer que no se volverá a ser tan feliz?

Un poco de eso hay, porque para mí la felicidad fue esa época. Pero no he vuelto por imposibilidades logísticas. Hasta hace quince años nos íbamos después del concierto al pub de la ciudad a tocar, a hacer tonterías y a emborracharnos. Eso llegó un momento en el que se puso imposible porque el coñazo que uno tenía que aguantar era muy superior al placer que daba, e incluso los músicos —que lo siguen haciendo— me prohibieron ir con ellos porque les chafaba la noche. Ahora estoy un poco recluido en mis habitaciones. Menos mal que en los hoteles a los que vamos hay unos buenos minibares.

Decía Dylan que al final, de tanta gente que lo rodeaba, ya no era capaz de verla.

Su caso era muy extremo, pero lo ha llevado mejor que nadie. Yo he estado en su mismo hotel hace dos meses en Buenos Aires y me enteré una semana después: no lo había visto nadie. ¡Si hasta lo detuvieron por estar rondando alrededor de su casa! Tiene mucho arte. Y aunque para sus fans pueda ser un disparate, para él y sus amigos tiene que ser una cosa cojonuda.

Machado decía que se canta lo que se pierde, y yo no sé si tú últimamente pierdes algo.

Joder, si no pierdo. Ahora mismo estoy perdiendo una hora, mañana será un día y pasado dos.

¿Te asusta?

Se pierden incluso las cosas fundamentales, como las ganas de. Yo no soy nostálgico, pero tengo memoria, y el tiempo que se pierde quizá sea el mejor material poético.

Pero cantan mejor los muertos, según tú.

Y también los viejos. Chavela en los últimos años tuvo un reconocimiento público que no había tenido nunca y al final hasta en México ha recibido todo tipo de homenajes. Si consigues pasar de los 60 años al final te viene un tiempito como de Real Academia y cosas así. Pero claro, llega a una edad a la que a uno le importa un carajo.

¿Escuchas la música que se hace en España?

No. Yo no sé leer y escuchar música al mismo tiempo, así que prefiero cien veces leer. Y luego tengo algunos filtros. Me fío de mis hijas, que de pronto me llegan con alguna cosa, y la mayoría de las veces me parece que está bien y que no es nada nuevo. Además la música hoy en día es imposible no oírla, porque vayas donde vayas te obligan por cojones a escucharla, desde los ascensores hasta la consulta del dentista. Así que en mi casa no la pongo, y cuando la pongo es porque estoy muy triste, no me gusta el libro que estoy leyendo y pongo a Cohen, Chavela, Dylan, Louis Armstrong, Brassens y pare usted de contar, porque a Serrat ya lo tengo al lado.

Siempre has vivido con una mujer”, te dijo Millás. “Pues yo tengo la impresión de haber vivido siempre solo”.

Cualquiera que lea mucho es un solitario, porque la lectura no se puede compartir. Pero ya no me duermo a las ocho de la mañana, sino a las tres o cuatro, para poder estar vivo antes de comer y leer los periódicos.

¿Estás muy al día?

Los periódicos. La televisión apenas.

¿Y no te enfadan los periódicos?

Me enfadan mucho, pero es un hábito que tengo de muy joven. Yo leo siempre El País y El Mundo más los periódicos del lugar en el que esté. Hasta los anuncios. Por cierto, que los anuncios son maravillosos.

A veces dan más información que la portada.

El otro día encontré uno de putas que decía: “A nosotras nunca nos duele la cabeza”.

Ya no queda en Madrid nadie con las llaves de tu casa, como esos soldados japoneses que siguen combatiendo en la II Guerra Mundial.

Cuando la Jime llegó y vio lo que había empezó a expropiarlas. Ahora quizá quede alguno, pero ya son muy íntimos. Es que antes podías salir a las seis de la mañana y encontrarte a una pareja que no conocías de nada. Era muy divertido pero imposible de mantener.

Pegaste en tu vida cuernos tremendos. Algunos, como el de la novia que te encuentra en la cama con su amiga y os lleva el desayuno, hasta tiernísimos.

Tuvo tiempo de pensárselo y al final dijo: “¿Para qué montar otra guerra civil?”

¿Dónde se encuentran esas mujeres?

Pues a ésta me encantaría saber dónde está ahora porque es la única de mis ex a la que le tengo totalmente perdida la pista. Con ella me casé, se llama Lucía; se metió en asuntos de drogas y está desaparecida. No sé si viva o muerta, y siempre le digo a su familia que si saben algo, que me avisen.

¿A ti te han corneado mucho?

Mucho no diría, pero gravemente. Con amigos míos y eso, unas cosas muy feas.

Tenías que haber hecho como el Don Juan de Torrente, que se puso los cuernos a sí mismo con su esposa, que no lo reconocía.

Estaba indignado Torrente porque su Don Juan, que consideraba su mejor libro, no había tenido nunca el éxito que merecía.

Nunca te has visto en ésa.

Mis infidelidades eran más castizas. A mí me gustaba la noche y ellas generalmente tendían más a sujetar, estar en casa y hacer el nido. Yo huyo de los nidos como de la peste. Así que no eran infidelidades en sí, sino que realmente eran cuernos con la vida que llevaba, más que otra cosa.

¿Les has cantado tanto que al final has llegado a entenderlas?

No. No es que sean incomprensibles, es que somos dos especies muy distintas. Ellas tampoco nos entienden a nosotros. No tienen ni puta idea, vamos.

Es curioso, porque uno repite la misma discusión con diez novias distintas. Como si la relación entre el hombre y la mujer consistiese en una larga discusión a la que ir poniendo caras.

Pero a mí me gusta así. Recuerdo un día que estaba con uno de estos sociólogos muy coñazo, tertuliano, que hacía una defensa tremenda entre la igualdad de los hombres y las mujeres y yo decía que no. Cuando nos íbamos a despedir había cuatro o cinco chicas a las que plantó dos besos. Hombre, ¿no éramos todos iguales?

En sus diarios, Iñaki Uriarte dice que todo esto del feminismo habría que ponerlo en cuestión mientras sigan existiendo las joyerías.

¡Diamonds forever!

La paternidad, por cierto.

Pues a lo mejor se enfadan los biempensantes, pero yo la paternidad no la he notado demasiado. Primero he tenido suerte de que la madre lo ha hecho muy bien y que además entre los dos no ha habido peleas. También en que las niñas, más por casualidad que por educación, porque esas son cosas son una lotería, han sido medianamente razonables, más o menos listas, más o menos comprensivas; ya tienen una 21 y la otra 22. Nos llevamos bien, no nos vemos demasiado, pero es una relación muy cordial y muy cariñosa. Así que cruzo los dedos porque conozco padres que han tenido unos problemas terribles. Pero no soy un padre vocacional.

Los pañales y estas cosas, no.

No, no. Es que no.

¿Se disfruta mejor la vida después de un ictus?

Qué va. Lo que me ha hecho el ictus es frenarme y meterme una brizna de cordura para vivir unos años más, pero no es mejor la vida sedentaria que la vida nocherniega y tabernaria que yo llevaba, que era mucho más divertida.

Suele haber contrición, reconocimiento de culpa y caída del caballo que a veces hasta desemboca en los platós como converso agitador de conciencias.

Mira, era fantástico. A mí a veces me vienen las madres con hijos con problemas de drogas para que les hable a ellos, y yo les digo que soy el menos indicado. Primero: me lo pasé estupendamente. Segundo: me quité de la noche a la mañana sin ir a sanatorios ni curas de desintoxicación. Tercero: no tengo mono. Así que soy un malísimo ejemplo para el hijo de nadie.

Tampoco eras un yonqui ejemplar.

Ahora leo las biografías de mis queridos rockeros y era un disparate lo que tomaban. Yo me ponía mis rayitas. Sobre todo para no acostarme tan rápido. No me dormía, y ahora cuando me pongo a escribir una canción no aguanto más de una hora. Entonces podía estar tres días y tres noches y era maravillosa la concentración que tenía.

El último fue 19 días y 500 noches.

Que compuse sin dormir y con coca y whisky todo el tiempo. Daría cualquier cosa por verme en esa situación otra vez. No lo hago porque soy un cagón y no me quiero morir.

Es jodido.

Sí, pero arrepentirte, ¿de qué, hombre?

Todo lo bueno tiene un peaje, hasta el sexo, sobre todo fuera de la pareja.

¿Sabes lo que pasa con el sexo? Que con los años deja de importar tanto y se convierte más en un motivo literario. A mí me encanta estar rodeado de chicas, pero ponerse en el trance de follar es agotador. Y de eso sí se alegra uno: ¡qué bien no estar todo el día persiguiéndolas!

Imagínate Nacho Vidal.

Para nada, vamos. Hombre, que te paguen por eso tiene que estar bien, pero nada más.

¿Volviste a tener noticias de la princesa Letizia?

No. Cuando murió la hermana le envié un pésame y contestó muy civilizadamente. Pero creo que lo del chiste que me contó y yo luego conté en público le sentó fatal. ¡Ya no soy bien visto en palacio!

Perdiste la oportunidad de salir a cazar elefantes.

No creo que me inviten, no.

Te voy a soltar unos nombres y a ver qué haces con ellos.

Dale.

Mariano Rajoy.

Todos sabemos que nos van a defraudar los presidentes y más los del PP, porque eso está en el guión. ¿Pero tanto? Ese modo de estar ausente. Con él me acuerdo mucho de los versos de Cohen: “Todo el mundo sabe que el barco se está hundiendo / todo el mundo sabe que el capitán mintió”. Y luego la traición al programa electoral, que es una traición radical incluso para ser Rajoy y para ser el PP. Decía: “Yo soy un hombre previsible”. ¡Hostia!

No sé qué te pasa con el PP, si las señoras del barrio de Salamanca te llaman guapo.

Y también me insultan, ¿eh? Pero sí hay gente que está en contra de tus ideas a la que gusta lo que haces, o al menos le gusta decirte que le gusta lo que haces. Pero he ido con mis hijas a comer al barrio de Salamanca, porque me gusta comer en los mejores restaurantes y casi todos están en el barrio de Salamanca, y han pasado señoras diciendo: “¡Qué asco el Sabina con esas chicas tan jóvenes!” “¡Señora, que son mis hijas!”

Hay una cierta querencia a no separar al artista de su ideología, que le enmienda la totalidad, como si para escuchar Contigo no se pudiera ser de derechas.

España ha sido siempre un país muy sectario. Incluso uno elige a sus amigos entre los de su cuerda. Desde luego no es mi caso, pero sí el de la mayoría de mis amigos, lo cual me hace sufrir. Hay escritores de los que no se puede hablar depende de delante de quién. A mí me gusta entrar en sitios donde se supondría que no estoy invitado, o comer y querer a gente a la que supondría que no puedo querer. Pero sí veo a mi alrededor un sectarismo tremendo.

¿Tienes amigos del PP?

La mayoría son rojos, pero tengo algun buen amigo del PP, como por ejemplo Sánchez Dragó, que no es muy presentable a mis otros amigos. O Boadella. Y son amigos muy queridos. Pero vamos, como me gustan los toros también tengo problemas con eso.

La heterodoxia despista.

Es que parece que tienes que ser de una manera desde que naces. Mira, nos contratan para actuar en Israel. Lo pensamos y digo: “Me gustaría ir allí a verlo”. Vamos y nos ponen a parir. Damos todo el dinero que ganamos a una asociación propalestina, pero eso nadie lo dice. Además, ¿por qué no puedo ir a Israel? Si yo recuerdo que en el franquismo venía Moustaki o Joan Baez y nos poníamos contentísimos. Pero yo no podía ir a Tel Aviv. Fui. Y los mayores propalestinos que me encontré en la vida están en la izquierda judía de Tel Aviv.

Habría que pensar que nuestras ideas no son mejores que las de otros, aunque estén enfrente.

Lo colectivo, que suele ser bueno en casi todo, en asuntos del pensamiento es muy malo. Hay que pensar por uno mismo y no estar pidiéndole el carné de identidad a la gente. Los sentimientos priman por encima de muchas cosas. No se puede decir que matarías a nadie por una causa, que es terrible. Huyo del sectarismo como de la peste. Con problemas, porque no está bien visto a mi alrededor, pero huyo.

José Mourinho.

Puestos a negar los sectarismos me gustaría poder decirte que me gusta. Pero no. Me huele mal. No me gusta lo que dice ni cómo lo dice, ni tampoco cómo piensa. A mí de ésos el que me gusta es Aragonés, que tampoco es muy defendible.

Porque no le cabe en el culo el pelo de una gamba.

Me encanta. Y aunque soy amigo de Guardiola, lo veo como demasiado perfecto, y no. Soy más de las gambas por el culo.

Juan Carlos I, tu rey.

Cuenta unos chistes muy graciosos. Es lo único que sabe hacer. A mí me parece que tener un rey y defenderlo como se le defiende en los medios nos disminuye como ciudadanos. Es un arcaísmo indefendible. Lo cual no ha impedido que los príncipes vinieran a comer a mi casa. No los traté como a príncipes ni quité mis banderas republicanas de ningún sitio.

Gaspar Llamazares.

Es un tipo decente. No el más listo de su clase, pero seguramente el más noble.

Luis Eduardo Aute.

Un maestro. Quizá es el tío más artista que conozco. Desde que se despierta hasta que se acuesta solo piensa en hacer un cuadro, una película o una canción. En el proceso de creación no se toma vacaciones jamás.

Carlos Boyero.

Ese ha sido un tronco. De los que tenía llave de mi casa. Y yo de mis troncos siempre hablo bien y nunca cuento las intimidades. Es mi guía de cine; voy a las películas que él dice, y las que le revientan, me revientan a mí también.

No sé si tiene llaves de tu casa Javier Sardá.

No, hombre. No es amigo mío ni lo será nunca. Me parece un sepulcro blanqueado que quiere estar en todos los sitios al mismo tiempo. ¿Millonario y rojo? ¿Intelectual y amigo de Belén Esteban? No.

Arturo Pérez Reverte.

Un gran tipo. No lo conozco personalmente. Me gustan sus Alatristes y también sus exabruptos y esas opiniones suyas dirigidas a mandar a tomar por el culo a casi todo el mundo.

Hasta para eso hay que tener estilo.

Me gusta él. Incluso me gusta él más que sus novelas.

Se manda a tomar por el culo cuando se tiene libertad.

No es tan fácil ser libre siendo académico de la Lengua.

A la Academia también la ha mandado a tomar por culo. Dice que va a acentuar “sólo” hasta el día que se muera. Pero esa libertad es una libertad privilegiada que supongo también la tienes tú, porque la da el público. A los dos os sostiene la calle, que consume lo que hacéis.

Tienes libertad para decir lo que te da la gana, y aunque pierdes de la otra, como la que te decía de salir después del concierto, compensa. Yo me río en la cara de quienes piensan que estoy subvencionado, cuando ni siquiera he puesto un cartelito de Coca Cola en mi concierto perdiendo bastante dinero, y tengo la satisfacción de saber que soy libre sin ayuda de subvenciones, sino por el ciudadano que se compra la entrada.

Eso que has dicho antes de millonario y rojo. ¿Tú no mantienes tus principios?

Si tienes principios no es difícil. Si no te mantienes fiel, es que no tenías principios. Krahe dice: “No hay que no querer venderse, hay que no saber”. Y a mí me encantaría que viniera alguien a ofrecerme una cosa muy vil y muy inmoral por muchísimo dinero, pero nadie ha venido nunca.

San Juan de la Cruz.

Tal vez esté entre los dos o tres poetas en español elevados. No tanto por la pasión religiosa como por la belleza de la lengua que usa. Los guías turísticos de Úbeda hacen una cosa muy graciosa. Dicen: aquí tenemos el Parador Nacional, el Ayuntamiento y la suerte de que haya venido a morir San Juan de la Cruz.

¿Se iría por ahí de expropiaciones con Sánchez Gordillo?

Lo pienso todos los días. Por pudor no lo llamo y le digo: “Si necesitáis algo, lo que sea”. Es lo que me sale de dentro y además conozco a Sánchez Gordillo y he tocado en Marinaleda, que es un pueblo en el que se vive esa utopía comunista tan pasada de moda, pero donde todo el mundo tiene su casa y su trabajo. Yo me pregunto: “¿Esto no se puede hacer en más sitios?” Y lo han hecho con no violencia activa.

No te veo con esos eufemismos. ¿No violencia activa?

Digo lo que han hecho ellos. En un montón de cosas son ejemplares. ¿Tú has estado en Marinaleda?

No, qué va.

Pues te lo recomiendo. No hay policía.

Por eso mismo el modelo no es exportable.

¡Y es un pueblo limpio, con todas las casas preciosas!

¿No es peligroso justificar un delito alegando otro mayor, como se hace con Gordillo?

¿Pero qué delito? Si entraron en el supermecado con sus carritos, y cuando se fueron sin pagar se puso nerviosa una cajera. ¡Por favor!

Al menos votará a Mario Conde.

¡Buah! No se me ocurre otra cosa. En este país los concejales y alcaldes corruptos renovaron sus votos en las últimas elecciones. El corrupto es un ejemplo como lo era Pablo Escobar en Medellín, que lo sigue siendo. Oír a Mario Conde en Intereconomía me produce arcadas, pero ojo, pagó con cárcel. Y eso en cierta manera lo redime: oigan, yo pagué. A ver si éstos de ahora pagan. A ver si Rato paga.

¿Te da miedo la crisis?

Yo era de los que pensaban que la vida es una y luego el apocalipsis, y que cada cual se arregle. Pero cuando tienes hijos piensas un poquito en esa sucesión de generaciones. La que viene ahora es la primera en muchísimo tiempo, desde la posguerra, que tiene menos expectativas que sus padres. Ahora tengo que pensar como un viejo avaro mirando de comprarle un pisito a cada una, que son cosas que me dan una alergia tremenda. Porque a mí lo que me gustaría es que se fueran de casa con veinte años a vivir la vida, a viajar y a conocer mundo, pero eso quién lo hace ahora.

Tiempos modernos.

Es muy difícil perder de vista que después de crack del 29 vinieron Hitler y Mussolini, la Segunda Guerra Mundial. Ahora se están viendo cosas un poco parecidas y alarmantes. La xenofobia, los partidos de ultraderecha. La debacle absoluta de la imagen del político.

Tú acabas de defender que un diputado vaya a robarle a un empresario.

Es que yo estoy inmerso en lo que está pasando. No soy un alma pura que ve desde fuera. Me parece bien lo del carrito y muchas veces desbarro de los políticos sean quienes sean. Vivo en mi tiempo y no estoy libre de culpa ni de pecado. De lo que sí estoy libre es cuando nos dicen que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Mire usted: nunca he tenido una hipoteca y nunca he debido nada a nadie porque llevo el dinero en el calcetín. No he vivido por encima de mis posibilidades. He vivido por debajo de mis posibilidades porque mi dinero ha servido para que vivan bastante mejor todos mis amigos, carajo.

Hay un poeta aquí en Vigo, Carlos Oroza.

Por favor. Carlos Oroza era el rey del Gijón. Y era muy buen poeta. Hace muchos años que no sé nada de él.

Cita a Walt Whitman: “Me contradigo porque contengo multitudes”.

Parece de Vallejo. Es muy buen verso. Fíjate cómo son los tiempos que nos vamos a comer Serrat y yo con un loco viejo amigo nuestro que ahora es presidente de la SGAE, Antón Reixa.

Pero Reixa aunque llegue a ministro siempre será el líder de Os Resentidos.

Me hizo el vídeo de Una de romanos. Lo pasamos muy bien. Yo me voy a reír, porque no me lo imagino hablando como presidente de la Sociedad de Autores.

Pues tú eres muy amigo de Teddy Bautista.

Sí. Y creo que diez años antes de que pasara lo que pasó yo hablaba de que no me gustaba el faraonismo en el que estaba entrando la SGAE, y que no tenía por qué comprar palacios ni torres sino repartir el dinero porque muchos autores viven muy estrechamente. Y esto en alguna ocasión lo discutí con Teddy.

Esta transición de modelo de negocio se va a dejar por el camino a un par de generaciones.

De músicos ya se ha llevado. ¿Tú ves este diente roto que tengo? Es de darme cantazos por la mañana cuando me levanto, porque por la noche cuando tocamos nos encontramos los recintos llenos y me parece un milagro. Mis músicos tuvieron hace poco una comida de hermandad del sector, con músicos de toda España, y aquello fue el llanto y el crujir de dientes. Nadie tenía trabajo, a algunos les iban a quitar la casa. Lo que ha pasado con mi profesión es una falla tectónica que nos ha cogido en pleno.

Y jóvenes de talento que van a tener que ejercer de notarios, con suerte.

De la gente joven con talento digo que me señales quién y yo le escucho. Y a mis hijas les digo lo mismo. Cuando nosotros empezamos era un horror. Es que no había ni sitios donde tocar. ¿Dónde tocaba yo? En los restaurantes mientras la gente comía, o en el metro o en una esquina de Portobello Road. Y ahora tienen Internet, ojo. Que yo no sé nada de Internet ni me acerco a él, pero reconozco que es un manera de grabar tus cosas en casa, colgarlas y poder tener 80.000 visitas. Un modo impresionante de tener público inmediato.

Internet también ha suprimido las élites. O las ha atenuado.

El hecho de que tenga el mismo valor la opinión de un imbécil, que son los que más tiempo pasan en Internet, que la de Savater, pues no. Decía Borges que la democracia es un exceso de la estadística. No estoy de acuerdo, pero con Internet, sí. ¿Que valga igual la opinión de un imbécil que no da la cara y no firma, que la de un sabio? Sé que me pierdo algo muy importante con Internet, pero prefiero dejar el tiempo con un libro que estar leyendo lo que opinan 500 personas del concierto que di ayer en Vigo.

El ordenador ni con un palo.

Yo no tengo teléfono fijo.

¿Cómo te comunicas?

Aprovecho las entrevistas para que mis amigos sepan de mí.

Como un gran anuncio de contactos.

Sí, pero ahora es a mí al que le duele la cabeza.

Fotografía: Manuel Fernández-Valdés


Librerías con encanto: Hydria (Salamanca)

Hydria se llama como se llama por el más peregrino de los motivos: era el nombre de la tienda de cerámica que había ocupado el primer local en el que se establecieron, y se quedaron con el rótulo; “sonaba además muy bien; años más tarde, cuando estuve en Túnez, es cuando vería qué era exactamente Hydria”. Estamos con Juan JoséSesé— y Rafa, que lleva con ellos ya unos cuatro años, encantado de la vida, por los libros, muy contento de poder dedicarse a esto, “una persona superdinámica, que no para, te habrás dado cuenta”, en la Plaza de la Fuente de Salamanca. Al lado está Carletes, la librería infantil, la niña bonita de la casa. Jesús Andrés, Suso, hermano y socio de Sesé, hoy anda de viaje. “¿Por qué se nos ocurrió una librería y no otra cosa? Pues ni idea, se nos podía haber ocurrido montar qué sé yo en lugar de esto; fue una librería, ya ves”

Abrieron con 250.000 pesetas, “no se me olvida”, año 1980. “Tuvimos mucha ayuda de la gente, hay que decirlo. Me acuerdo, por ejemplo, de Andrés García, un proveedor  de aquí de la ciudad, iba con el carrito vendiendo. Es que estamos hablando de hace 32 años, pero parece… Lo que ha llovido desde entonces“. Ese primer establecimiento de Suso y Sesé y los libros fue también durante aquellos  primeros inicios su vivienda, “vivíamos un montón de gente, era una pequeña comuna”. Cuando se trasladaron al sitio donde están ahora, ya con un sótano, la percepción era la de haber prosperado de verdad: “aquello ya era un lujo, imagínate, ya no teníamos que recoger las camas por la mañana antes de abrir”

Rafa llegaría mucho después; “es un lector empedernido, no te haces una idea”. Se nota lo que le gusta lo que hace, y contagia: “estuve trabajando en Madrid también en Librerías, y en la primera Shogun“. Cuando volvió de su periplo por la capital de España se dio la feliz circunstancia de que en Hydria estuvieran buscando a alguien que les echara una mano. Le encanta leer, hablar de libros, trasegar con ellos, compartir. “Mira, hay un libro que he leído este verano y que estoy recomendando mucho, es de Erri de Luca, se llama Los peces no cierran los ojos, un libro precioso, italiano, que tiene un regusto a lo Cinema Paradiso, un libro pequeño; muy tierno, sin ser nada cursi” (Gracias, qué buen rato leyendo: “Si tú vieras lo que veo yo no podrías cerrarlos”). “Otro que suelo recomendar, ya con un registro totalmente diferente es Irse a Madrid, de Manuel Jabois, editorial Pepitas de Calabaza, con un humor ácido… es muy divertido; creo que con la crisis ahora la gente busca un poco eso, divertirse, algo de evasión con la lectura. Tal vez de ahí el éxito de El abuelo que saltó por la ventana…

“Nosotros tenemos mucha suerte porque la clientela fija −continua Rafa− son muy buenos lectores en general; se dejan recomendar, muy agradecidos, y luego hay también un intercambio… y eso intento llevarlo a nuestro perfil en Facebook, que sea un espacio parecido a lo que aquí hacemos, aprovechar la oportunidad de ese espacio para compartir y comunicar lo que nos gusta y también aprender o empaparnos de lo que les gusta a los que nos visitan”

Sesé recuerda cómo cuando era pequeño a su casa los Reyes Magos solo llevaban libros, “despotricaba no te puedes hacer una idea de cuánto…” Ahora se alegra, es evidente, y lo cuenta con cierta satisfacción; “aquello indujo un hábito”. Lo que sí le cuesta es ponerse delante de un ordenador, “es que me aburre mortalmente mirar una pantalla, pero cualquiera, me pasa también con la televisión, no puedo con ello”. Así, que será Rafa quien se ocupe, porque “Suso es todavía peor, lo lleva todo de cabeza”, dice, con mucho cariño (como no es habitual encontrarse con alguien hablando así de sus jefes, vamos a dejar aquí esta nota), “es la personalidad de la librería, la idea que puedas tener de librero así chapado a la antigua. No sabe utilizar un ordenador, por ejemplo, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva; es una pena que no esté hoy aquí, te hubiera gustado conocerlo”. Sesé nos cuenta que acaban en Salamanca por él, por Suso: quería estudiar en Salamanca, y se fue para allá a estudiar el COU, para poder acceder a la Universidad. “Su formación es humanista, y la mía técnica, y ahí vamos”.

Hablamos también con ellos de cómo las librerías tradicionales están cambiando, o cómo tendrán que hacerlo para adaptarse a estos tiempos líquidos, de cómo es ahora más interesante el ofrecer algo más que un libro: proporcionar un espacio, un lugar de encuentro, un añadido que aporte aún más valor a la librería tradicional. Planean, en este sentido, una reforma ya para finales de año, adaptar el local para dar cabida a todo lo bueno que está aún por llegar. Nosotros sugerimos un cóctel de inauguración. Y que nos inviten.

Fotografía: Cristina Urruzola


Grupo salvaje

Grupo salvaje
Manuel Jabois
Libros del K.O. 2012

La dedicatoria de la aportación de Manuel Jabois a la serie Hooligans Ilustrados que está publicando Libros del K.O. va dirigida a la “puta banda”. La “puta banda”, una denominación algo simplona bajo la que se resguarda un grupo de mauriñistas irredentos, un nombre que intenta reflejar mediante su brusquedad y casticismo bastante forzado todos los valores (se podría escribir con mayúscula) del Madridismo Verdadero (este sí que indudablemente va con mayúsculas) despierta chanzas entre los defensores de la Buena Nueva futbolera que, a poco que se tenga un poco de intuición psicológica, uno descubre que no hacen sino reflejar envidias. Pues el madridismo representa el Mal en el fútbol y por tanto, por mucho que se esfuercen los medios en declarar lo contrario, representa lo contracultural, ese palabro que para la intelectualidad siempre mola más y que sin embargo fuerza a cualquier madridista que lo escuche a mirar torvamente y con sospecha a quien lo emplee con alegría. Todos sabemos que el mal es atractivo, y los madridistas más jóvenes, desviada en su día la atención a causa de la gloria, la finura y la elegancia que supuso la Quinta del Buitre – esa suerte de languidez de la Quinta del Buitre – no digamos ya por la catetada aquella de los Galácticos, por fin empiezan a sentirse más a gusto contemplando victorias arrancadas a mordiscos que admirando ronditos y paredes. El Madrid siempre ha sido odiado, y este nuevo afán de buscar el amor de los niños y la munificencia hacia las masas oprimidas es cosa nueva, chabacana y verdulera que nos ha llegado de Barcelona y que ofende a las sombras de Stielike, Juanito y Benito, que aún deambulan por lo que queda del antiguo Bernabéu intentando apuñalar ejecutivos en los palcos VIP. Cualquier día el Madrid declarará que aspira a ser más que un club de fútbol, y entonces ya sabremos a qué atenernos. Todas las monturas de las gafas que se puedan comprar o incluso robar en Madrid serán rectangulares y de colorines, veremos bufandas rodear cuellos masculinos en verano, cualquier madrileño parado al azar en la Ribera de Curtidores sabrá citar al menos siete marcas de zapatos italianos y un bando municipal declarará delito de primer grado tirar una cabeza de gamba al suelo de cualquier bar. Si es que para entonces nos quedan bares.

Es difícil escribir sobre fútbol sin echar mano de los recuerdos. Durante unas pocas decenas de páginas, Jabois nos cuenta los suyos; cómo forjó su madridismo en bares y retablos caseros presididos por imágenes de José María García y Gaspar Rosety y en alineaciones plagadas de Spasics y Villarroyas. Si cambiamos las décadas y los nombres de los protagonistas, todos los madridistas nos podemos sentir reflejados en ellos. Si para él es un dolor indeleble el 5-0 de San Siro, a otros, por muchas séptimas, octavas y novenas que vinieran después, un zapatazo de un vulgar lateral izquierdo llamado Alan Kennedy nos dejó sin infancia. Todos reconocemos la sensación de culpa que más de una vez nos ha ocasionado confesarnos madridistas; todos crecimos disfrutando más con una victoria arrancada a base de escupir sangre y los tacos de acero de las botas del rival que con una goleada basada en toques de alcance epsiloniano y goles que ya no son tales, sino pases a la red.

Este es un libro para madridistas. Además es un perfecto sustitutivo de los cuentos infantiles; se debe leer noche tras noche a cualquier niño que se encuentre en esa peligrosa edad entre los cuatro y seis años, cuando se define su futuro para siempre. Porque hoy en día ya no sólo acecha el peligro de que te salga un hijo del Barcelona, sino que es mucho más acuciante y devastadora la amenaza de que se torne tiquitaquero. Es un libro, en fin, para evitar que salgan de la jungla y entren en la senda. Que evitará que jamás se levante del asiento para aplaudir al equipo contrario cuando te está burreando, y que le haga comprender que ése es uno de los gestos más feos que se puede cometer en las gradas de un estadio de fútbol, una traición con pocos ejemplos equiparables en la Historia de la Humanidad. Este libro, manejado con habilidad y dosificado con sabiduría, logrará que jamás veas a tu hijo discutiendo durante un partido la posición adelantada de un mediocentro. Le alejará del fútbol gafapasta y le permitirá gozar de la bendita locura de un partido de fútbol. Y además cuando acaben la lectura, llegarán por sí mismos a la conclusión de que, a falta de otros medios, a mí me hizo ver mi madre hace ya más de treinta y cinco años.

Hijo mío, ser del Barça es una horterada”