Éric Rohmer y el agua salada

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Laurence de Monaghan y Jean-Claude Brialy en Le genou de Claire, 1970. Fotografía: Les Filmes du Losange.

La cineasta Agnès Varda (Ixelles, 1928-París, 2019) decía que todos tenemos un paisaje dentro, y que en su caso, si la abrieran lo que se verían serían playas. No se sabe qué pensaría Éric Rohmer (Tulle, 1920-París, 2010) de esa afirmación, pero es probable que el interior del cineasta fueran también playas. De Saint-Tropez a Normandía y Bretaña, su cine está lleno de playas, en parte por su atención a las estaciones y especialmente al verano. Pero no solo hay playas en sus películas consagradas al periodo estival. Quizá las más evidentes sean Pauline en la playa (1983), la película del verano por antonomasia, y Cuento de verano (1996), pero no son las únicas. Está La coleccionista (1967): ahí las tiranteces entre Adrien, Daniel y Haydée transcurren en una villa en Saint-Tropez, y cada mañana, en su propósito de no hacer nada, de abandonarse y no pensar, Adrien baja caminando a una cala privada y allí se baña en un agua cristalina que deja adivinar las piedras del fondo. También los planos en los que se presenta a Haydée en uno de los prólogos suceden en una playa: Haydée larguísima en bikini, las olas rompen en sus piernas, camina a la orilla del mar, imaginamos la sal en su piel. Como sucede en Pauline en la playa, donde el mar está presente en los bañadores, en la ropa ligera, en la ligera quemazón del rostro de los personajes y en el pelo, también quemado por el sol, no hace falta ver la playa para saber que está. Pauline es la historia de iniciación de la adolescente protagonista, que mientras tiene un primer amor de verano es testigo de los tejemanejes de los adultos, cuya hipocresía descubre. La película, rodada en Graville, transcurre en los últimos días de verano, es la última oportunidad de vivir un amor ligero para los protagonistas. Pauline y su prima llegan a la casa de la playa en el mismo coche con el que las vemos irse al final de la película. La puerta de la casa en la que han transcurrido esos escarceos veraniegos entre adultos, y que han tratado de involucrar a los adolescentes, funciona como un telón. 

El bello verano 

Algo de ese espíritu de paréntesis de felicidad, que tiene que ver con el verano, la suspensión de las obligaciones y la apertura de un periodo al que se fía quizá demasiado, está en El rayo verde (1986). Ahí se siguen las peripecias de Delphine, cuyos planes vacacionales se han caído en el último momento y trata de acoplarse a los de otros con resultados insatisfactorios. El mar aquí protagoniza el plano final: el destello del rayo verde, que provoca el sol al ocultarse sobre el mar, un fenómeno natural sobre el que Delphine oye al azar que al ver el «rayo verde se es capaz de leer nuestros propios sentimientos y los de los demás», según escucha a un grupo de personas que comentan la novela de Julio Verne que comparte título con la película de Rohmer. 

Cuento de verano (1996) es la última película veraniega que rodó Éric Rohmer y se abre en el mar: una lancha en el mar seguida de gaviotas de la que se baja Gaspard, vestido inapropiadamente para la playa y el verano: negro total, vaqueros y cazadora. Además, lleva una guitarra al hombro. Llega a Dinard, donde espera encontrarse con su novia, se hace amigo de Margot y tiene un breve escarceo con Solène. De todas las indecisiones de Gaspard con respecto al amor, ligero o no, es testigo el mar: con las tres mujeres («Eres como un millonario», le dice Margot, la camarera) se encuentra, pasea, se besa, rompe, coquetea, duda en el mar, surcándolo, con él de fondo, mientras las olas rompen de manera suave en la playa inmensa. También a bordo de una barca un acordeonista toca una canción popular mientras Gaspard y Solène le ponen la letra («Voy siempre hacia delante surcando los aires como un cisne»). 

Una promesa de felicidad

Cuento de invierno (1991) comienza con una idílica historia de amor en una playa —el principio de Grease es una versión puritana de ese idilio—. La pareja vive el romance al que todos deberíamos tener derecho: comen pescado, se bañan desnudos en la playa —sin que se meta arena por ningún hueco— y el sexo parece divertido y placentero, lo bastante para que se enamoren al menos. Los dos son guapos y están bronceados pero no quemados y el sol les ha quemado las puntas del pelo y son maravillosos. Eso sí, la chica se equivoca al darle su dirección y, después de las vacaciones, el reencuentro quedará en manos del azar. 

Queda todavía otra playa en la filmografía rohmeriana: la del final de Mi noche con Maud (1969), esta rodada en blanco y negro. Jean-Louis Trintignant es un puritano que una noche tiene un escarceo con Maud; él es católico y trabaja en Clermont-Ferrand, donde Rohmer fue profesor de literatura. Toda la película transcurre en esa ciudad del centro de Francia. Pero acaba en la playa, con la feliz familia que el protagonista ha formado, cinco años después de la noche con Maud. Ahí se encuentran de nuevo los personajes, en el camino a la playa, descubren que el azar es más caprichoso de lo que imaginaban, pero no importa: el mar todo lo lava, y las letras de fin aparecen en la pantalla mientras la familia corre hacia el agua. Para entonces quién se acuerda de las discusiones sobre Pascal del principio. 

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Eric Viellard y Emmanuelle Chaulet en L’ami de mon amie, 1987. Fotografía: Les Filmes du Losange.

La mer, qu’on voit danser

Rohmer, al que acusaron de ser un cineasta literario, en parte por el uso de la voz en off, a propósito de los «Cuentos morales» (ciclo al que pertenecen La coleccionista y Mi noche con Maud), que aparecieron reunidos en un volumen —la edición española es de Anagrama—. Rohmer se defendió en «Carta a un crítico»: «Muestro a gente que actúa y habla. Eso es todo lo que sé hacer, pero ahí está mi verdadera intención. El resto, estoy de acuerdo, es literatura». Sobre esa serie, Rohmer explica en esa misma carta que pensó «muy ingenuamente que podría mostrar bajo una nueva luz algunas cosas —sentimientos, intenciones, ideas— que hasta entonces solo habían recibido una iluminación literaria». También que son morales «porque todo se desarrolla en la cabeza del narrador». Comedias y proverbios, serie a la que pertenecen Pauline en la playa y El rayo verde, es, para Carlos Heredero y Antonio Santamarina, autores del monográfico de Cátedra dedicado a Rohmer, «un fresco casi documental en torno a las costumbres y usos amorosos de la juventud francesa de los años ochenta, y toda la serie está impregnada de un cierto hedonismo característico de la década». 

Rohmer se interesaba por sentimientos e ideas, pero también sabía que el paisaje es importante. En una entrevista dijo que en sus películas la meteorología era un factor muy importante: siempre rodaba a la hora en la que se suponía que sucedían las cosas en la película y procuraba no falsear. «Mi necesidad de hacer cine nace de una necesidad de filmar los fenómenos naturales, (…) el amor profundo por la naturaleza y el deseo de representarla». Dedicó un cuarteto a las estaciones, cuatro películas, una por estación. En algunas de sus películas se percibe un interés también antropológico, como lo hay en filmar el paisaje urbano o rural, y también la naturaleza. 

Romain Gary escribió que «nada que no sea antes que nada una obra de la imaginación merece la pena ser vivido, si no, el mar solo sería agua salada». No sé si Rohmer buscaba algo en el mar, más allá de filmarlo y de contar historias que sucedían en las playas. No creo que proyectara nada en él ni lo hiciera símbolo de nada. Lo filmaba sabiendo que no era solo agua salada. Tampoco todos los personajes esperaban lo mismo del verano ni de sus días a la orilla del mar. De todos los baños que aparecen en las películas de Rohmer, quizá los que más envidia dan sean los de Adrien en La coleccionista, en parte porque es una cala privada a la que se llega andando desde la villa que le han prestado. En la versión literaria, que la película recoge, escribe: 

Al fin estaba solo ante el mar, lejos del rito de los cruceros y de las playas, poniendo en práctica un carísimo sueño de mi infancia, diferido de año en año. (…) Me abandonaba a la mera fascinación de los movimientos de sombra y de luz, sobre el fondo tapizado de erizos violetas y de algas de color marrón, hasta entrar en un letargo que el baño prolongaba. Me gustaba flotar relajado, avaro de mis gestos, y dejarme arrastrar al capricho de las mil pequeñas corrientes que animan el agua del golfo. Este estado de pasividad, de disponibilidad total, parecía hecho para proseguir mucho más allá de la especie de euforia en que introduce el primer contacto anual con el mar. 

Y solo ahí puede que Rohmer sí fuera el personaje. 


El día que Hemingway se encontró con la mar

Hemingway se encontró con la mar

Siempre lo llamaba «la mar», en femenino, que en español es como tienen a bien llamarlo aquellos que lo aman.

(El viejo y el mar, Ernest Hemingway).

Suele decirse de los grandes clásicos de la literatura que con ellos ya no cabe el spoiler, y yo estoy de acuerdo: si usted, querido lector, no conoce ya el desenlace de esta novela es que no se la merece. En cualquier caso, sirva como aviso: a lo largo de estos párrafos se hablará del final de aquel cuento, El viejo y el mar, y del final de su creador, Ernest Hemingway… si es que ambos finales no son el mismo.

El viejo

Hemingway llegó a la madurez tras haber vivido ya muchas vidas. Casi tantas como las que sumaban los gatos que pululaban por su finca de Cuba, en caótica y servil manada. Muchos años antes, la madre intentó colocar al pequeño Ernest en la senda musical que había seguido todo el parentesco. Sin embargo, nunca respetó el orden pentatónico de la vida familiar, y la pausa musical de la ascendencia solo se vio reflejada en el extraordinario ritmo de su prosa. Entre el pequeño niño que tocaba el chelo y el maduro «Papa Hem» al que todo el mundo adoraba no encuentra este que les escribe armonía y afinación, sino ruido y estridencia. Hay autores que viven quizá del talento innato, quizá de esculpir el estilo, quizá de remar agotadoramente en el oficio. No era el caso de Hemingway: su literatura subsistía gracias a las vivencias salvajes que salpican su biografía. Una literatura que se alimenta de la existencia truculenta de un viejo aventurero que no conoció el miedo hasta los días lejanos de la vejez. 

Durante la Primera Guerra Mundial, conduce ambulancias. En Italia es herido con metralla. De aquella experiencia surge Adiós a las armas, para muchos la mejor obra del novelista norteamericano. Resuelta la Gran Guerra y acomodado en París junto al resto de la generación perdida, el autor se enamora de España. Allí sigue su idilio con la muerte: primero, con los sanfermines y las corridas de toros, pasión que desembocará en una novela majestuosa: Fiesta; y después con la guerra civil, conflicto que vivirá de primera mano, y cuyos resortes harán surgir otra obra no menos portentosa: Por quién doblan las campanas. Más allá de la península, continúan sus viajes. En África, entre accidentes y safaris, se originan relatos tan maravillosos como Las nieves del Kilimanjaro. Se dice que ejerció como espía en China y Birmania; que ayudó a que la revolución germinase en Cuba. Como se puede ver, es la vida, la experiencia, la encargada de escribir sus novelas.

En su empirismo, Papa Hem se ha convertido en un autor prestigioso, de éxito notable. Sus novelas se venden por millares, sus adaptaciones cinematográficas copan las salas de cine. Todo el mundo habla ya de ese escritor que, por consejo de su editora, Gertrude Stein, despoja de términos innecesarios su prosa. Son obras que beben inicialmente de la aventura, de la acción; pero en algún punto esas narraciones se detienen y, ya sea en África, en España, en Cuba, en Asia o en plena Gran Guerra, miran adentro, investigan los resortes que llevan al hombre a poner en riesgo su vida. Ese híbrido es difícil de igualar. Ya todos los reporteros y novelistas del mundo se fijan en él, copian su estilo.

Pero en la década de los cincuenta, algo cambia. La mujer a la que más amó, Marta Hellborn, lo abandona. Hemingway conoce esa sensación: en todas sus novelas hay un amor casi siempre imposible, como si en esa imposibilidad hallase un motor para la trama. Así que Hellborn, extraordinaria reportera, abandona a Hemingway tras muchos años de relación. Comienza en este punto la decadencia. En 1950 publica Al otro lado del río y entre los árboles. La crítica se ensaña con la obra. Vende muy pocos ejemplares, una centésima parte de los que había vendido con sus títulos previos. El fracaso es total. Por si fuera poco, empieza a despertar en él la enfermedad que años más tarde lo atormentaría hasta el delirio. Hemingway, agotado, se recluye en su refugio de Cayo Hueso, en Finca Vigía, en Cuba. Taciturno, triste, el viejo no lo es en edad biológica, pero sí mental. Heridas de juventud, lesiones por una caída de un caballo, un accidente de coche, dos de avioneta, quemaduras en un incendio forestal, la metralla de la guerra, un corte en el globo ocular y el hígado destrozado por el alcohol. El viejo ya no es capaz de vivir. El viejo ya no es feliz. El argumento ya no tiene sentido.

El mar

Desde tiempos pretéritos, casi desde que la literatura es literatura, el mar ha funcionado poéticamente como símbolo de la muerte. Ese Hemingway marchito y cada día más derrotado observa la vasta porción de agua frente a la bahía de Cojímar, en pleno Caribe. Allí se encuentra con un hombre de origen canario, Gregorio Fuentes. El tipo refleja en sus ojos la misma derrota que él. Su cuerpo, tostado, musculoso y arrugado, transmite los ecos de una vieja popularidad. Sin embargo, lleva semanas sin pescar nada y es el hazmerreír de la zona. Escucha su historia, y algo cala en el ánimo de Hem. Se enciende la mecha cuando se enfrenta a la máquina de escribir, siempre de pie ante una mesa a la altura del pecho, y teclea la historia.

El argumento no parece complicado. Santiago es un viejo también derrotado que lleva más de ochenta días sin pescar nada. A Manolín, el grumete que lo acompaña cada día, le han prohibido sus padres que siga embarcándose con el viejo, pues a este lo persigue la mala suerte. Pese a todo, el pescador se lanza, sin su querido niño, al mar por última vez. No hay épica. No hay amor carnal, ni pasiones, ni esplendor. De los antiguos personajes clásicos en Hemingway, de aquellos que lucían honor y gloria, valentía y grandiosidad, no queda ni rastro. Aquí se hallan solos el hombre y el mar. Es entonces cuando muerde el anzuelo un pez enorme, el más grande que vieron sus ojos. Tras varios días de lucha, consigue llegar a puerto. Pero la presa ha sido devorada por los tiburones, y el viejo ha sido machacado por el hambre y la sed. Todos en tierra alucinan con esa espina gigante que el viejo había traído consigo. Más que nadie admira a Santiago su adorado Manolín, el niño que tanto lo amaba, y que decide acompañarlo a la cabaña en su postrer descanso. Allí, mientras sueña con leones, el viejo se marcha para siempre.

Ya no queda nada de la lejana vitalidad del pescador, tampoco de la que lució su creador en otro tiempo. A uno se le esfumaron los kilos de aguja blanca atrapados al amanecer, al otro se le acabaron los cafés del París de los años veinte, donde se batía con Fitzgerald o Ezra por el éxito mayor de Norteamérica. Uno siente nostalgia por aquellos torneos de pesca donde siempre vencía, el otro por sus visitas a la China imperial, donde era recibido en olor de multitud. Al viejo ya nadie lo invita a rondas en La Terraza después de pescar un ejemplar de cien libras, a su creador no le descorchan una botella de champán en el hotel Casa Suecia al volver del frente republicano en Madrid. Ambos corren al encuentro de la muerte, y en esa nostalgia se halla el secreto de la obra.

La novela es un pelotazo desde casi el momento en que pisa las librerías. En solo dos días vende la friolera de cinco millones de ejemplares. Las cartas llegan a Finca Vigía por sacos. En sus visitas a Estados Unidos, los seguidores lo abordan por la calle. En Cuba, el Gobierno de Batista lo condecora con la máxima distinción del país. En 1953 gana el Pulitzer con esa obra de la que todos hablan: El viejo y el mar. Un año más tarde, la academia sueca no puede obviar lo evidente y, gracias a esta última obra, le concede el Premio Nobel de Literatura.

Pero, pese a que, como en la obra, el viejo ha alcanzado el reconocimiento general, el cansancio amenaza con llevárselo por delante. El deterioro físico es evidente. Hemingway no puede recoger siquiera el Premio Nobel. Deja Cuba para instalarse en Ketchum (Idaho). La neurosis empeora por momentos. Se suceden los electroshocks, los internamientos en sanatorios. Por todo el mundo se habla del genio del pescador, pero a este ya no le quedan fuerzas para salir por última vez al mar. Tras varios intentos de suicidio, un amanecer cualquiera extrae del mueble la escopeta para cazar pichones, una Boss del calibre doce, y en el porche de su finca de Ketchum se vuela el paladar. Agotado, quizá antes de marcharse, Hemingway soñó, como el pescador de su novela, con la fiereza de los leones. A la mañana siguiente no se vio ningún navío en la bahía de Cojímar. Ahora el mar le pertenecía a Papa Hem. O quizá convenga decir «la mar», que en español es como tienen a bien llamarlo aquellos que lo aman. 


La energía que viene del mar

Fotografía: Kim Hansen / Richard Bartz (CC).

Es irónico, al menos para mí, ver cómo las palabras de un político influyente pueden llegar a veces a mover grandes cantidades de recursos, generando un interés adormecido o latente en temas que esperaban su oportunidad para hacerse viables. Cuando en uno de sus discursos iniciales el presidente de los Estados Unidos Barak Obama dio un giro a la política energética llevada a cabo hasta entonces por Bush, apoyando las energías renovables para dar más independencia a su propio país y ser consecuente con el cambio climático, cientos de pequeñas, medianas y grandes empresas dedicadas al negocio en sus más variopintas facetas fueron testigos de una expansión exponencial. De hecho, hacía más de una década que estaba en marcha el buscar de forma firme y con inversiones monetarias sustanciales una solución a los múltiples problemas energéticos. Pero muchas de las energías hasta entonces ignoradas o que se habían mantenido en cajones de técnicos e ingenieros esperando su oportunidad empezaron a tapizar las mesas de políticos, empresarios y gestores de entes públicos que veían cómo potenciales soluciones y proyectos que hasta el momento formaban parte o de la ciencia ficción o de un grupo de respetables pero poco rentables personajes que parecían buscar una utopía se hacían atractivos y sorprendentemente eficientes.

Por múltiples motivos, las nuevas energías (fusión nuclear, eólica, solar, biodiésel de segunda y tercera generación, corrientes marinas o geotérmica a gran escala, por poner algunos ejemplos) no tienen vuelta atrás. No voy a internarme en el debate de «cuánto petróleo o gas natural queda» (si bien recuerdo, una vez más, que estas son energías finitas y las voces de alarma sobre su durabilidad se alzaron ya hace tiempo). Por otra parte, las cantidades de fuel que hemos movido (y moveremos) son sin duda responsables de parte de los cambios que estamos sufriendo y sufriremos durante los próximos años. El cambio de política energética y de fuentes alternativas a este mercado se acerca y el mar tiene mucho que ver con este futuro. Vamos a poner aquí tres ejemplos que ya se están desarrollando en la actualidad y que dan esperanzas de cambio e independencia en las próximas dos décadas por ser factibles, no exclusivos de ningún lugar del planeta y, aunque en estos momentos algunos no sean del todo rentables respecto al sempiterno petróleo, carbón, gas natural y uranio que utilizamos en la actualidad, en breve plazo pueden ayudarnos a resolver el problema de la dependencia de terceros países.

Lo más importante es actuar desde la prudencia y teniendo en la mano una serie de elementos serios de criterio para descartar soluciones precipitadas, como es el caso del biodiésel de primera generación. Sabemos que el fuel renovable es una posible alternativa (como parche hasta que llegue una energía como la fusión nuclear) a los combustibles fósiles. En estos momentos se han invertido ingentes cantidades de dinero, tierras de cultivo y esfuerzo humano en crear biodiesel y bioetanol como alternativas renovables a nuestros actuales combustibles, pero el fracaso es considerable. «Los diversos tipos de biofuel de primera generación han demostrado ser, desde un punto de vista ambiental, contraproducentes, más incluso que la propia gasolina», opina Jörn Schalermann del Smithsonian Tropical Research Institute de Panamá. Las plantaciones terrestres no son viables, tal y como se demuestra en la actualidad, en parte porque una parte importante del producto agrícola destinado a consumo humano ahora lo queman coches y en parte porque para producir algo que remotamente sustituya a la gasolina y el gasoil de camiones, tractores y coches se necesitaría una cantidad de terreno desproporcionado que pondría en peligro los ya maltrechos ecosistemas, sobre todo los tropicales, donde se está espoleando la producción. «Uno de los factores a tener en cuenta a la hora de valorar este tipo de energía es, sin duda, el impacto ecológico real», añade Schalermann; «Veintiuno de veintiséis cultivos estudiados para este fin reducen en un 30% el efecto invernadero, pero doce de esos veintiséis tienen unos costes ambientales y alimentarios inaceptables». Entre ellos se incluyen la soja, el aceite de palma y la caña de azúcar, tres de los mejores para este tipo de conversión en combustible. Se puede imaginar uno lo importantes que han llegado a ser algunos de estos cultivos al constatar que en algunas regiones de Brasil se pueden comprar casas y coches directamente con soja…

Veamos algunas cifras para entender el problema. El aceite de palma es uno de los vegetales terrestres del que más provecho se puede sacar desde un punto de vista de energía convertible en biodiésel. Una hectárea de este vegetal produce unos 5950 litros de aceite. Un país como los Estados Unidos necesita unos 530 millones de metros cúbicos de diésel al año para mover sus diversas necesidades derivadas de este combustible, especialmente las del tráfico rodado. Por tanto, necesitaría, haciendo cálculos aproximados, unos 111 millones de hectáreas para producir biodiésel suficiente dadas las necesidades actuales, o sea un 61% del terreno cultivable del país. Inaceptable. Otro ejemplo: para dar energía a un 6% de Estados Unidos, este país tendría que invertir todo el maíz que produce en biofuel. Sencillamente intolerable, imposible, aberrante.

El biodiésel de segunda generación trata de optimizar los procesos y reconvertir aceites vegetales y animales para generar energía. Sin embargo, dista mucho de ser rentable y choca con problemas similares al de primera generación: no cubriría ni de lejos las demandas mínimas al ser una producción baja respecto a lo que se necesita. Sin embargo, el diésel de tercera generación obtenido a partir de microorganismos vegetales está dando un salto decisivo y puede que sirva para parchear la precaria situación en la que, en no demasiado tiempo, nos encontraremos. Se trata de utilizar algas microscópicas, especialmente las de origen marino, que tienen un alto rendimiento de aceites en su interior, son relativamente fáciles de cultivar y ocupan muchísimo menos terreno que los vegetales terrestres, aparte de no ser comestibles de forma directa por el hombre y por tanto no estar creando un conflicto de intereses en este sentido.

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El ciclo del biodiésel a partir de algas microscópicas en un esquema de Refueling the Future.

«El biodiésel a partir de las algas parece el único fuel que realmente pueda sustituir al actual gasoil sin un perjuicio tan grande para el medio ambiente», opina Yusuf Chisti de la Massey University de Nueva Zelanda. En realidad, la ecuación de cualquier biodiésel suele ser «simple». Los vegetales captan CO2 de la atmósfera, y una vez convertidos en combustible, generan CO2 que vuelve a entrar en el ciclo. Sin embargo, esta ecuación es mucho más complicada de lo que parece.

Hemos de que tener en cuenta que en todo proceso no está solo la planta, está todo lo que rodea su producción, mantenimiento, transporte, etc., que genera CO2 de forma directa o indirecta. A mí me hace gracia cuando se dice que los trenes no contaminan… la gente debería saber de dónde viene la electricidad que consumen, que por desgracia sigue siendo de los combustibles fósiles.

En el caso de las algas microscópicas, si las plantas de generación están bien diseñadas, la ecuación entre CO2 empleado y CO2 absorbido podría ser realmente cero. Las algas pueden tener entre un 30 y un 80% de lípidos en su interior. Su proporción de materia proteica y de carbohidratos es muy inferior al de las plantas terrestres, por eso una serie de biorreactores (canales o tuberías transparentes en los que se cultivan las algas para luego recoger su producción) bien diseñados pueden dar mucho aceite si las condiciones ambientales son las adecuadas. «Hay que buscar las condiciones de temperatura, pH, nutrientes, luz y concentración de CO2 ideales para su cultivo», comenta Claudio Fuentes-Grünewald de la Swansea University. «El biodiésel marino es fácil de cultivar, produce mucho aceite y ocupa poco espacio».

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Un fotobiorreactor. Imagen: IGV Biotech (CC).

En zonas tropicales, ideales por cuestiones de luz y temperatura, una planta bien diseñada puede producir unos 1535 kilogramos de biomasa por metro cúbico y día. Con un 30% de su peso en aceite tenemos que, comparando con el aceite de palma,  una hectárea puede producir unos 123 metros cúbicos durante el 60-90% del año (dependiendo de la zona y por tanto del clima). Dicho de otra forma, se llega a 98,3 metros cúbicos por hectárea al año, mucho más que con cualquier especie vegetal terrestre y ocupando un espacio de tan solo el 3% de la superficie cultivable, un 58% menos que los cultivos terrestres más optimizados. Hay que escoger las cepas, las algas más adecuadas y optimizar el proceso de producción al máximo. Además, estas microalgas también pueden utilizarse para extraer otro tipo de moléculas de carácter proteico, pueden aprovecharse mucho más que las plantas terrestres. Lo ideal es conseguir cultivos exteriores con un gasto mínimo de energía para cosechar en forma de electricidad, transporte o fertilizantes. Las algas son de crecimiento muy rápido, las células de una cepa normal utilizada para este fin puede alcanzar una división celular cada dos días. Pero es que, además, para acabar de cerrar el ciclo y redondear la ecuación, todo aquello que sobre (proteínas, carbohidratos, etc.) puede fermentarse y convertirse en biogas. Este biogas podría alimentar como combustible las necesidades energéticas de la planta e incluso tener un excedente. El complejo proceso de optimización ya está en marcha, con las empresas petroleras en primera línea intentando llegar a conseguir plantas de gran producción en pocos años. Yo sí me imagino pequeñas ciudades en las que se hagan este tipo de cultivos a nivel institucional, que cubran un 30-50% de la demanda de autobuses, transportes oficiales, calefacción, etc. Sería dar independencia energética a la comunidad, un tema quizás peligroso para los que dominan nuestra energía…

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Los dinoflagelados marinos (algas microscópicas que en algunos casos pueden formar las mal denominadas mareas rojas) pueden contener una elevada cantidad de grasa por célula. Imagen: Maria Antónia Sampayo / Instituto de Oceanografia, Faculdade Ciências da Universidade de Lisboa (CC).

Otra fuente de energía alternativa que ha entrado con mucha fuerza y que proviene del mar es la eólica. Europa con Gran Bretaña a la cabeza pasó de tener una capacidad acumulada de 700-800 MW de energía proveniente de turbinas de parques marinos (energía eólica offshore) en 2007 a más de 2000 MW en 2009, apenas dos años después. Los parques eólicos marinos, antes una utopía, ahora son una realidad muy palpable.  Parques en los que hay pilares que sostienen de 50 a 500 turbinas han sido instalados a lo largo del mar del Norte y el Báltico para producir energía proveniente de los fuertes vientos que encontramos mar adentro en zonas especialmente expuestas a este tipo de energía. Los parques eólicos tiene  problemas diferentes a los terrestres, aunque la parte estética y la avifauna parecen ser los más críticos. Sin embargo, si el emplazamiento ha sido cuidadosamente seleccionado y se ha logrado alejar las instalaciones de zonas que intercepten rutas migratorias o sean vulnerables por una avifauna abundante o delicada (con especies protegidas), el número de colisiones puede llegar a ser bajo, de 0,01 a 23 colisiones al año por turbina, lo cual es un riesgo aceptable. También los mamíferos marinos pueden verse desplazados de la zona por el ruido o el exceso de ingerencia en sus zonas de reposo, pesca o tráfico, pero los efectos (las pocas veces que han podido comprobarse) son mínimos. El cableado submarino, pero sobre todo los campos electromagnéticos generados por la transmisión de energía de mar a tierra, son otro de los problemas que se adujeron como potencialmente peligrosos para los ecosistemas, pero la realidad es que los pocos estudios serios que existen (e insisto en lo de pocos porque todavía no hay mucha carne en el asador en este sentido) demuestran un efecto despreciable sobre la piscifauna.

Más interferencias tienen estas estructuras sobre la navegación, que se ve muy restringida y en muchos casos, anulada. A pesar de que estos problemas están sobre la mesa, la solución eólica marina parece una de las más aceptables y, a medio plazo, puede generar una gran cantidad de energía. «Hay todavía muchas dudas entre la gente, los empresarios o los propios gobiernos locales», indica Brian Snyder del LSU Center for Energy Studies de Estados Unidos, «los especialistas y los ecólogos que han trabajado sobre el tema en estudios hechos durante la última década no han visto grandes problemas a nivel ambiental». Sin embargo, todos están de acuerdo en que, al menos por el momento, se necesita una fuerte inyección de capital estatal para que estos proyectos sean una realidad. Cien turbinas de cinco megavatios cada una (o sea 500 megavatios de energía generados) colocados a unas 15 millas náuticas de la costa cuestan unos 270 millones de euros en su construcción, unos 80 millones en cimentarlos y otros 126 millones de euros en poner el cableado submarino y los receptores de electricidad. Esto nos da un coste de unos 43 euros por megavatio y hora, un precio en el límite de la rentabilidad, al que hay que añadirle los costes de mantenimiento, seguimiento ambiental, etc.

Hay lugares donde se está desarrollando esta tecnología de forma exponencial por ser muy adecuados desde un punto de vista logístico y energético. Como hemos comentado antes, Gran Bretaña es un país que siempre ha intentado mantener una cierta independencia energética ayudada por sus explotaciones petrolíferas en el mar del Norte pero ahora se encuentra que las reservas menguan y la explotación tanto de este recurso como del carbón empieza a escasear. Hacia el año 2020 (a la vuelta de la esquina), Gran Bretaña calcula que, si no lo remedia, podría depender energéticamente del exterior hasta en un 75%. Por eso existe un ambicioso plan de energías renovables que vendrían a aportar durante las próximas dos décadas hasta un 20% de la energía necesaria para mover el engranaje urbano, industrial y agrícola británico. Entre las energías que se están poniendo ya en marcha se encuentran estos molinos de viento offshore, especialmente en la zona este de Escocia. Antes de 1995 no habían parques eólicos en Escocia, pero en el 2008 ya se han instalado 59 parques operativos, 65 más están aprobados y otros 103 están en fase de estudio. La energía eólica, especialmente en alta mar, entra fuerte en una zona donde los vientos tienen una velocidad media de 7,5 metros por segundo (solo igualada por la costa noruega y algunas zonas de Dinamarca e Irlanda), una fuerza y continuidad considerables que permiten ver los parques eólicos como una realidad muy tangible.

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Una de las propuestas mezcla los campos de molinos con granjas de determinados cultivos marinos, en especial algas y moluscos. Fotografía: Untrakdrover (CC).

Como en otros lugares, y tal y como comentábamos antes, la energía eólica despierta recelo paisajístico: nadie quiere los molinos de viento a la vista, por lo aparatoso, antiestético y ruidoso, aunque la tecnología sobre todo en este último punto haya mejorado de forma drástica. Aquí, como en otros lugares, se ha pasado de turbinas de unos 50 metros de diámetro (con producciones de 1 megavatio) a turbinas de más de 125 metros de diámetro (capaces de generar hasta 5 megavatios). Las nuevas generaciones de turbinas eólicas offshore, especialmente aquellas que se encuentran a más de diez millas náuticas de distancia, tendrán posiblemente más de 200 metros de diámetro y una producción sensiblemente mayor. Volviendo a la reflexión anterior, el problema paisajístico es uno de los más difíciles de solventar, sobre todo de cara a un turismo que no es partidario de observar el horizonte marino plagado de molinos. Sin embargo, en el quid pro quo salen beneficiados los generadores eólicos, porque, como ya hemos dicho antes, las ventajas desde un punto de vista ambiental son considerables respecto a otras energías.

Si no se quieren ver los molinos, ¿por qué no sumergirlos bajo el agua? Esa es otra posibilidad que ya están barajando diferentes empresas en Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania: turbinas movidas por las corrientes marinas. Hace apenas dos años, una pequeña empresa escocesa puso en marcha un proyecto de turbinas movidas por la energía de las corrientes valorado en unos casi cuatro millones y medio de euros, una inversión ínfima que casi decuplicó su valor en ese breve periodo. En este caso, las corrientes de marea (de las que ya se hablaba hace más de tres décadas como fuente de energía) son las que han de propiciar electricidad a través del movimiento de las turbinas. No hay operaciones a gran escala, pero sí generadores capaces de producir más de 1,2 megavatios con tan solo un puñado de aparatos de pequeño tamaño.  Los proyectos para crear generadores a partir de las corrientes marinas son más reales que nunca. «Las corrientes marinas son muy interesantes desde un punto de vista energético», dice Charles Finkl de la empresa Coastal Planning & Engineering en Boca Ratón, Estados Unidos. «En el estrecho de Florida se desplazan unos treinta millones de metros cúbicos de agua por segundo; poner turbinas podría generar una gran cantidad de energía».

Ya aparecían bocetos y prototipos hace décadas, cuando se empezó a hablar de esta como de otras energías que sustituyesen al petróleo y otros elementos no renovables de energía. En una estima muy aproximada y posiblemente infravalorada podrían generar unos 450.000 megavatios (o sea unos 450 gigavatios), lo que significaría un equivalente de unos 434.000 millones de euros en todo el planeta. Obviamente esta estima se hace considerando una serie de generadores que interceptasen más de la mitad de las corrientes oceánicas, algo que el equipo de Finkl ni siquiera prevé en sus proyectos de futuro. Como ya hemos comentado antes respecto a los proyectos escoceses, hay decenas de proyectos serios que consideran la energía de las corrientes como una apuesta segura. Cerca de Florida, las corrientes son especialmente intensas y se podrían colocar turbinas entre los 100 y los 500 metros de profundidad para generar electricidad cerca de la conurbación de Miami. Los generadores han de estar cerca de núcleos urbanos para perder la menor cantidad de electricidad posible en su transporte desde el fondo del mar a la costa. «Las corrientes han de superar de media un metro por segundo para que las turbinas sean eficientes», explica un reciente estudio de la National Sun Yat-Sen University de Taiwan. Las turbinas van más lentas que las eólicas, pero la energía cinética, debido a una viscosidad del agua mucho mayor respecto a la del aire, es mucho mayor y genera más electricidad: una corriente de cinco nudos puede proveer de energía equivalente a una velocidad del aire de 350 kilómetros por hora.

Las turbinas submarinas ya son una realidad en pequeñas localidades de Gran Bretaña. Imagen cortesía de ANDRITZ HYDRO Hammerfest.

La colocación de turbinas impulsadas por las corrientes tiene sus problemas, como todo. El mayor problema técnico es sin duda el llamado fouling, o sea los organismos vegetales y animales que se asientan en todo aquello que se halle sumergido (diques portuarios, quillas de barco, boyas, etc.). Este problema es sin duda uno de los mayores impedimentos, pero poniendo las turbinas a más de cien metros de profundidad el fouling disminuiría al concentrarse el plancton más en zonas donde llega la luz para que crezcan las algas microscópicas. Sin embargo, la operación de mantenimiento sería costosa. La interferencia con la vida marina es mínima, peces, cetáceos o aves no se verían afectados por las turbinas si están bien diseñadas y colocadas en zonas en las que no haya fenómenos migratorios, aparte de que a esas profundidades muchos organismos como las aves quedan descartados porque, sencillamente, no llegan a bucear. Sin embargo, este punto tendría que estudiarse con especial cariño porque algunos organismos como grandes cetáceos (véase cachalotes) podrían ver entorpecida su pesca en profundidad con este tipo de aparatos sumergidos.

La parte más crítica es la propia instalación de las turbinas y el cableado, un poco como las turbinas eólicas en las que comentábamos que uno de los mayores impactos se produce al instalar las macroestructuras y los cables que han de ir a la costa para portar la electricidad. Algunos especialistas incluso hablan de poner las turbinas en zonas específicas con un doble fin: generar electricidad y mitigar el efecto de los huracanes en el golfo de México. Una serie de turbinas puestas en zonas estratégicas de las Antillas podría dar energía a la industria y reducir el efecto de los huracanes al menguar las corrientes que aceleran la formación de los mismos según un estudio de la Sealevelcontrol de Nueva York.

Ahora que hay una explosión real de energías alternativas, hemos de ser conscientes de las posibilidades reales y de su rentabilidad, y huir de una aplicación sistemática sin previo estudio serio de los posibles impactos en el ambiente y de su eficiencia, no vaya a ser que en algunos casos sea peor el remedio que la enfermedad. Me quedo de todas maneras con una duda, un temor… cuando leo la noticia de que el ingeniero que capitalizó la invención de un coche Tata que funciona con aire comprimido (sin petróleo) se «suicidó» hace unas semanas, me viene a la cabeza el hecho de que seguramente no a todos les interesa de verdad que la energía entre en su fase «democrática».


Si van a Oporto y solo pueden ver una cosa, visiten las Piscinas das Marés de Álvaro Siza

Fotografía de Verónica Aguilar
Fotografía de Verónica Aguilar.

Al final del Duero hay una ciudad que se descuelga. Las calles se precipitan hacia el río en pendientes casi imposibles y las casas multicolores trepan por los riscos y asoman desafiantes sus balcones sobre el cauce. Es un lugar fascinante, mágico, casi feérico. Es como una de las Ciudades Invisibles de Italo Calvino. Es como… esto… bueno, sí, es como Cuenca.

El caso es que Oporto es una ciudad preciosa con un montón de lugares atractivos para visitar (que Cuenca también es una ciudad muy bella llena de sitios estupendos, no se me sulfuren). Por ejemplo, pueden acercarse al puente de Don Luis I que conecta el casco antiguo de la ciudad con la zona de las bodegas. Es una construcción decimonónica muy interesante, esencialmente por los dos tableros que cruzan la desembocadura del Duero a distintas alturas: uno superior que carga en compresión sobre el arco de acero roblonado y otro inferior que descuelga a tracción de él. También es muy bonita la Torre dos Clérigos, con sus 75 metros de granito barroco, o la Casa da Música, que es un hipermoderno diamante de hormigón facetado.

Ahora bien, si van en verano, guárdense un día para ir a la piscina. La que yo les recomiendo no está exactamente en Oporto, sino un par de kilómetros al norte (se puede llegar en metro), en la localidad de Matosinhos, en el barrio costero de Leça da Palmeira.

Son las Piscinas das Marés, y es un lugar absolutamente único, no hay otro igual en el mundo. Quizá porque una vez allí te das cuenta de que ya no estás en Leça da Palmeira ni en Matosinhos ni en Oporto.

Acompáñenme y se las enseño.

1. El océano

Álvaro Siza Vieria tenía apenas 28 años cuando, en 1961, la Câmara Municipal de Matosinhos, su pueblo natal, le encargó el proyecto y la construcción de unas piscinas de agua salada junto al mar. Al ser el destino vacacional preferido de los portuenses, que abarrotaban las playas en los días soleados, la localidad quería contar con un recinto acuático controlable y seguro para los bañistas, especialmente cuando el océano se despertaba agitado. Porque el Atlántico no es el Mediterráneo, y a veces se muestra embravecido y furioso, movido por fuertes corrientes en su interior y golpeando el exterior con violencia en olas propias de la marejada y la mar gruesa. Porque el océano es inherentemente indómito y, cuando quiere, no deja al hombre, y mucho menos al niño, que tan siquiera se acerque a él.

Siza había sido educado en los preceptos de la arquitectura moderna, pero también en el respeto y la integración de las formas tradicionales y los materiales vernáculos, tal y como se hacía en Escandinavia o en la misma España. Sin embargo, el arquitecto se enfrentaba ahora a un programa muy sencillo —unas piscinas con sus correspondientes vestuarios, pero que debía levantar en un lugar que desafiaba a cualquier tradición. Un lugar cuyo único contacto con el hombre eran las lejanas siluetas de los barcos mercantes que zarpaban o atracaban en Oporto. Se enfrentaba a un lugar que es más viejo que la humanidad, un lugar que es tan antiguo como el propio mundo. Se enfrentaba al océano.

Así que decidió no enfrentarse a él.

Si el Atlántico puede ser encrespado y brutal, Siza comprendió que no podía ser su enemigo, que no podía ser un estandarte urbano sino un negociador en nombre de la ciudad. Y que tenía que agachar la cabeza y acariciarlo con la roca, la piel a la que el océano estaba acostumbrado, y el hormigón, que es la roca domesticada por el hombre.

La piscina infantil y, al fondo, el edificio de los vestuarios. Fotografía de Cecilia Velcro
La piscina infantil y, al fondo, el edificio de los vestuarios. Fotografía de Cecilia Velcro.

Y efectivamente, esa condición de contorno fue la que llevó al aún joven arquitecto portugués a tomar las decisiones que formalizarían el conjunto. O al menos eso es lo que yo quiero imaginar, que tampoco vivo en su cerebro. Lo que sí es seguro es que el ayuntamiento de Matosinhos no disponía de plano topográfico de la zona, por lo que Siza tuvo que pasar varias jornadas en el terreno midiendo y marcando y anotando cada entrante y cada protuberancia. A mí me gusta pensar que fue en ese momento cuando descubrió aquello que los romanos llamaban genius loci; el espíritu protector del lugar. En arquitectura, el genius loci no identifica a ningún espíritu, pero es igualmente importante y nos sirve para poner nombre a los aspectos intangibles que definen las características propias o distintivas de cada sitio.

Sí, es posible que fuese allí, debajo del paseo marítimo y rodeado de rocas y arena, con el océano delante y la ciudad detrás, cuando cayó en la cuenta de que las piscinas no estarían en un lado ni en el otro. Que no pertenecerían al mar ni al hombre, sino al solapamiento y a la cizalladura entre ambos; a ese lugar que no es un lugar y que son todos los lugares a la vez

2. El umbral

Porque un umbral no es un límite. El límite se define por un borde, por una línea divisoria: lo que está a un lado y lo que está al otro. Sin embargo, el umbral es un alféizar y pertenece a ambos lados y a la vez es distinto a ellos. Sirve de salida y de acceso, de prefacio y de epílogo, prepara la experiencia del paso y del tránsito.

Si piensan en una piscina, es muy probable que la imagen que les venga a la mente sea la de un vaso más o menos rectangular con paredes verticales lisas y azules. Esta formalización es conceptualmente bastante interesante, porque si una piscina es un ingenio diseñado para la contención artificial de agua, su naturaleza es también artificial. Así, una piscina de interior es perfectamente honesta en su artificialidad; y además tiene unos límites claros: el borde separa el agua de la tierra. No hay más.

Sin embargo, Siza no estaba construyendo unas piscinas de interior. No podía ser honestamente artificial y no podía plantear unos bordes definidos para su obra, no completamente, y desde luego, no en el lado del océano. Por eso los propios vasos que contienen el agua están construidos en parte con muros de hormigón, pero también difuminan su orilla en el dibujo de las rocas preexistentes. No son cuadrados, sino irregulares en planta y también en alguna de sus secciones, precisamente la que cortaría por la roca.

Además, el conjunto no se levanta en la cota del paseo marítimo pero tampoco en la de la playa, sino en alturas intermedias entre ambas. Siza parece querer dejar claro el lugar al que pertenece, que es precisamente ese lugar que no está claro.

Plano del conjunto. Arriba el edificio de vestuarios y servicios; abajo las piscinas. Los muros se ven, los otros bordes se intuyen.
Plano del conjunto. Arriba el edificio de vestuarios y servicios; abajo las piscinas. Los muros se ven, los otros bordes se intuyen.

Como ya hemos dicho, no se puede asegurar si el arquitecto quiso agachar la cabeza por respeto al Atlántico o por alguna otra condición, pero lo cierto es que el edificio de los vestuarios lo hace; desde el paseo marítimo apenas existe, tan solo una cubierta de cobre a la altura de nuestros pies. Se comporta estructuralmente como un muro de contención y, efectivamente, no ofrece fachada a la ciudad.

Esto es casi capital, porque el edificio sí tiene dos fachadas, aunque no son las habituales. Por un lado, la de hormigón que da al océano, hierática y hermética para el hombre. Paredes monolíticas grises y ciegas, y también rugosas. Brutales a nuestros ojos pero perfectamente amables a los ojos del Atlántico, que en su mirada podrían ser confundidas con las rocas que lleva contemplando toda la eternidad.

Pero por otro lado, el edificio cuenta con otra fachada, la de dentro, la pared interior, la que van a usar los bañistas. La del hombre.

Al edificio se accede por una rampa de leve pendiente descendente, que te aleja poco a poco del paseo marítimo y de la ciudad. Luego doblas una esquina y accedes a los vestuarios. Allí, la escala y los materiales son todavía completamente humanos: madera embreada, tiradores de acero, lavabos, duchas y lavapiés. Sin embargo, también te prepara para el océano y te dice que el hormigón no pertenece a tu mundo y, por tanto, es intocable. Por eso las tuberías, las canalizaciones y los mecanismos no están embebidos en la pared sino que aparecen a la vista; y por eso la cubierta sobrevuela y apenas toca el muro de carga lo justo para sostenerse casi con la punta de sus dedos de madera.

Pero un umbral también es otra cosa; etimológicamente es el lugar de la sombra.

Así, el edificio transforma un camino cotidiano —cambiarse de ropa, quitarse los zapatos y ponerse el bañador y las chanclas— en un tránsito entre la mundana claridad de la ciudad y la luz inmensa del mar. Y para ello, hace un ejercicio de penumbra, dejando pasar estrechos rayos entre las rendijas y colocando lucernarios en lugares estratégicos, que te recuerdan quién eres y de dónde vienes, pero también a dónde vas.

Interior de los vestuarios. Fotografías de Cecilia Velcro
Interior de los vestuarios. Fotografías de Cecilia Velcro.

3. El verano y el infinito

Pero hay algo más. Claro, siempre hay algo más. El truco final, el prestigio. El saludo del gimnasta a los jueces y al público. La liebre por el gato.

Seguramente conozcan ustedes un tipo de piscinas modernas a las que llaman infinity pools.Son unos artefactos muy interesantes, que cuando se ponen frente a un borde marítimo, parecen prolongar la lámina de agua de la piscina sobre la del propio mar. Es como un truco de magia y hay que reconocer que a los arquitectos nos encantan este tipo de mecanismos. Sin embargo, como todos los trucos, si los miras por el otro lado, pierden parte de su encanto; no deja de ser un canalón que recoge el agua que se derrama.

En las Piscinas das Marés no hay ningún truco. O tal vez todo es un truco, ¿quién sabe? Eso sí, por mucho que le den vueltas y las miren por todos los lados y desde todos los ángulos no van a encontrar el mecanismo ni el artificio; y no porque esté perfectamente oculto o escondido, sino porque lo tendrán delante de sus ojos, a plena luz. Si una infinity pool es el efecto de un prestidigitador, las Piscinas das Marés respiran con la propia naturalidad de un mago.

Y si les cuesta creer esta afirmación, permítanme que les intente poner a la altura de mis ojos.

Cuando yo era niño, las piscinas de verdad eran cuadradas y azules y el verano duraba 1000 días; mis padres me llevaban de vacaciones al pueblo de mis abuelos donde me paseaba y brincaba y corría y jugaba por sus calles incendiadas bajo el sol de agosto. Recuerdo que siempre iba en bañador (un slip multicolor), pese a que la única piscina que teníamos era una hinchable de estoy con Toi. Era pequeña, de plástico y redonda; no era una piscina de verdad. También iba de vacaciones al Mediterráneo, que nunca me dio miedo porque tenía una lámina lisa y fina y se podía saltar y hacer pie en el agua caliente hasta bien alejada la playa.

De mayor me di cuenta de que el océano no es el mar y que el Atlántico no es el Mediterráneo. Que el verano oceánico a veces está cubierto por la bruma, que el agua está fría y que las olas con frecuencia rompen embravecidas.

Luego vino Álvaro Siza y, sobre el papel, me enseñó que el verano brillaba en el invierno de Salazar y que construir una piscina no significa solamente contener el agua; hay que respetarla y, a veces, acariciarla.

Un borde que no es borde. Fotografía de Cecilia Velcro
Un borde que no es borde. Fotografía de Cecilia Velcro.

En agosto de 2010 visité las Piscinas das Marés por primera vez. Bajé la rampa, compré mi entrada y doblé la esquina de hormigón en un estado de ingenuo entusiasmo: volvía a tener cinco años y correteaba en bañador (esta vez eran unas bermudas verdes, no me imaginen en slip, por favor). Atravesé los vestuarios mirando la luz en mi reflejo y en las vigas de madera negra. Después salí al exterior y al girar el muro entendí lo que los textos y las fotografías y los libros no me podían enseñar.

Allí, con los pies metidos en la curva turquesa de la piscina infantil, mientras el Poniente que arrastra las borrascas dentro de la Península me azotaba la cara, me di cuenta de que, como un tigre con la cabeza del domador entre sus fauces, el océano reclamaba su naturaleza y a la vez parecía querer ser amaestrado.

Las rachas de viento hacían carreras con los rayos de luz y se divertían colándose por entre las rendijas del cemento y la madera.

Y cada gota de la espuma que formaban las olas al romper en el océano deseaba saltar las rocas y llenar las piscinas y salpicar a los niños. Unos niños que ya no estaban en Leça da Palmeira ni en Matosinhos ni en Oporto, sino que jugaban en un océano domesticado para ellos, entre el hormigón y el horizonte, en el corazón de un verano infinito.

Piscinas das Marés de Álvaro Siza


¡Tiburón!

Foto: Travelbag Ltd (CC)
Foto: Travelbag Ltd (CC)

Hace un par de años murió Ron Taylor. Oceanógrafo de la estirpe de Jacques-Yves Cousteau aunque sin gorro rojo o grandeur. Marido de la no menos admirable Valerie Taylor, su compañera así en la vida como en el mar. Ambos se condujeron con intransigencia frente a los tejedores de leyendas. Afeaban la conducta de quienes al olor de la fama exhiben cresta. Como si bucear con tiburones fuera el colmo del heroísmo. Reconocidos fotógrafos, habían trabajado en un documental necesario, Blue sea, white dead (1971). Que no les engañe el título o el truculento tráiler. Se trata de un vigoroso ejemplo de película de aventuras que embruja por su emoción sin farsa. Una declaración de amor al animal totémico aderezada con un potente ejercicio de contención melodramática. Donde se explica el poder de las mitologías a partir de su inexorable tala. Sus protagonistas comienzan en modo Ahab, persiguiendo en un trasunto del Pequod a un monstruo infernal, devorador de hombres, bestia inmunda. Acaban de rodillas ante la sugestión de un pez cartilaginoso de entre cuatro y seis metros que aparece y desaparece como un fantasma enajenado de los estúpidos chismes colgados de su aleta caudal. O sea, lo contrario a la bazofia con la que diversos canales descuartizan su fama, dale que te pego a la matraca asesina cuando hablamos de un bicho fascinante. Peligroso, claro, no es cuestión de dulcificar a una criatura temible. Hace falta que la corrupción de lo políticamente correcto haya emponzoñado tu cerebro para acudir al recurso fácil, tonto, de presentar al animal como un ser bondadoso, o maligno, amigo de los niños, o enemigo, con fobias, filias y caprichos de coco algodonoso o alegre juntacadáveres. La realidad, menos poética, nos arrastra con fuerza por caminos sorprendentes. Hay que estudiar la conducta social del tiburón blanco, con algunos individuos desplazándose y cazando juntos. Su eficaz sistema de señales. Su naturaleza inquisitiva, siempre curiosos ante lo que los rodea. El que muerdan los motores de las lanchas, los barrotes de las jaulas, no por instinto asesino, sino porque los desorientan, o excitan, los minúsculos impulsos eléctricos que emiten los metales. Aparte, no todos los jaquetones tienen el mismo carácter. Ni comen lo mismo, como demostraría un estudio reciente: algunos ejemplares jamás abandonan la dieta de peces mientras otros depredan mamíferos marinos incluso antes de alcanzar la madurez. No sabemos cuánto vive ni dónde se reproduce o qué hace cuando, un suponer, emigra desde California al denominado Café del tiburón blanco, en mitad del Pacífico. Tampoco conocemos su número, aunque el censo de la Costa Oeste de Norteamérica arroja unas cifras ridículas: apenas 219 ejemplares repartidos entre las islas Guadalupe, en Baja California, y el Triángulo Rojo, con vértices en la bahía de Monterrey, las islas Farrallón y Bodega. Inquietantes al tratarse de una población casi endémica, que no se mezcla con sus primos sudafricanos o australianos, ni siquiera con los de Sudamérica.

Ron Taylor fue el primer hombre en filmar a un tiburón blanco, tanto de día como de noche; también el que primero lo grabó sin la protección de una jaula. En 1974, junto a Valerie, asesoró a Steven Spielberg durante el rodaje de Jaws, que propagó el lema de “el mejor tiburón es el tiburón muerto”. ¿De verdad, mami, los tiburones cazan bañistas por sport? ¿Vuelven y revuelven a la playa tras su primer surfista? Ja. Si tras probar la carne humana, tras descubrir nuestra torpeza, se aficionaran a la manera de tigres o leopardos, moriríamos a cientos. Pero ya saben, en nombre de la ficción, las palomitas o sus musas, los artistas tienen bula para contar mentiras, tralará. Campeón de pesca a pulmón libre, Taylor regresó un día a la playa asqueado de la escabechina. Colgó el arpón. Ya no quería liquidar “a esas pobres, indefensas criaturas marinas“. Se hizo cámara submarino. A fuerza de talento y ganas contribuyó a inventar una profesión. De ahí que el millonario Peter Gimbel, aburrido de perder dinero en Wall Street y glorioso tras filmar los restos del Andrea Doria, lo reclutara para su proyectado documental sobre el Gran Blanco. En aquel barco viajaban tipos tan recomendables como Peter Matthiessen. Cómo estarían de perdidos, qué endeble sería el armazón intelectual de la época al respecto, que durante su viaje filmaron en Sudáfrica a los balleneros… demasiado lejos de la costa. Convencidos de que su quimera aparecería si colocaban las cámaras junto a los cachalotes abatidos en alta mar. Tras varios semanas, deprimidos, helados o medio ahogados, seguían sin comprender que necesitaban dirigirse hacia las colonias de focas, hacia las playas. No todo fue estéril. Rodaron entre altivas tintoreras y tiburones oceánicos. Las imágenes, sugerentes, son también tristes: de la segunda especie nos hemos cepillado desde entonces algo así como el 90% del censo. Pregunten a los chinos. Su gula de aletas. Pescamos entre setenta y cien millones de tiburones cada año. ¿Y España? Bien, gracias: una potencia mundial en pillaje oceánico y matanzas de tiburones. Con las manos vacías, el equipo abandonó Sudáfrica. Navegó entre Mozambique y Madagascar, rumbo a las Cómoro, donde habitan tiburones sarda y tigre, no blancos. Finalmente Taylor recordó a su amigo Rodney Fox. Él sabría donde buscar. Antiguo rival de pesca submarina, Fox sobrevivió en 1963 al ataque de un enorme tiburón blanco. Para reconstruirlo fueron necesarios casi 500 puntos. Ya en Australia, en Dangerous Reef, llegó el jaquetón. Dos ejemplares. El más grande se enredó con los cables. Casi hunde una jaula e inspiró el celebre episodio de Jaws que implicaba a Richard Dreyfuss y su dosis de estricnina. La escena fue rodada por los Taylor con un doble, el jockey Carl Rizzo, a fin de distorsionar las proporciones. Spielberg quería un tiburón gigante. No bastaba con el ejemplar de cuatro metros que encontraron. No importó que según los récords rara vez sobrepase los seis. Créanme: un tiburón de seis metros es enoooorme. Insuficiente para Hollywood, suponemos, de modo que en la película medía ocho.

En los últimos 12 meses cinco personas han muerto a consecuencia del ataque de un tiburón en la costa occidental australiana. El 31 de marzo de 2012 el buzo de 33 años Peter Kurmann fue atacado cuando buceaba junto a su hermano. A 1,6 kilómetros de la orilla, en la playa de Stratham, situada a 230 kilómetros de la ciudad de Perth. Stratham es una playa que extravía la mirada, de cielos trajinados por las nubes y agua color plomo. El cadáver de Kurmann fue trasladado a la Port Geographe Marina en Busselton. Murió desangrado y su agresor fue un tiburón blanco. Cinco meses antes, el 22 de octubre de 2011, el estadounidense George Thomas Wainwright, 32 años, fue abatido por un tiburón blanco de aproximadamente tres metros. Waingwright nadaba a 500 metros de la isla Rottnest. Un islote verde y blanco rodeado de aguas color turquesa. Veinte kilómetros al norte de Perth. Sus compañeros observaron desde el barco una explosión de burbujas. Minutos después el cuerpo de Waingwright, severamente mutilado, salía a la superficie. Suma y sigue. El 10 de octubre de 2011 Bryan Martin, empresario de 64 años, salió a tomar su baño diario en la playa de Cottesloe, Perth. La última vez que se le vio se encontraba a 300 metros de la orilla. Los equipos de salvamento hallaron sobre el lecho marino los restos de su bañador. Presentaban incisiones similares a las que causan los dientes de un tiburón blanco, con lo que Martin engrosó la rara lista de personas devoradas. No, muertas no; devoradas. En la misma playa, Cottesloe, el último ataque mortal había tenido lugar en 2001. Kenneth Crew, 49 años, fue atacado por un tiburón blanco de seis metros mientras nadaba en aguas de menos de un metro de profundidad. Durante más de cinco minutos unos cien bañistas contemplaron a Crew agitar los brazos mientras una enorme aleta patrullaba a su lado. El tiburón atacó, le arrancó una pierna y Crew falleció en minutos. También mordió a su amigo Dirk Avery, 52 años, que había acudido en su auxilio. Avery sobrevivió. Como detalle al margen, sepan que rara vez el jaquetón arremete contra una segunda presa. No lo necesita. La víctima morirá desangrada y solo necesita esperar. En el supuesto de que quiera comérsela. Siempre que no desaparezca tras comprobar que su hipercalórica foca era un mono con tendones, hueso lirondo. A las 13.00 horas de la tarde del 4 de septiembre de 2011 Kyle James Burden, de 21 años, hacía bodysurfing en la bahía Bunker, en Cape Naturaliste, a 260 kilómetros al sur de Perth, en compañía de decenas de bañistas. El tiburón pasó junto al hermano de Burden. El hombre peleó con su tabla a modo de parachoques, a puñetazos y patadas, hasta que fue arrastrado. Terminó cortado en dos. Algunos recordaron a una supuesta hembra, grande y vieja, que patrulla las aguas en busca de comida fácil. Los especialistas sonrieron melancólicos. El rogue shark es un mito. Lo más probable: el tiburón lo había confundido con una de las focas que frecuentan una colonia próxima. Como en el caso de Wainwright, Crew y Avery, abandonó tras el ataque inicial. Asunto distinto es que el mordisco exploratorio sea potencialmente devastador. O que el impacto de la colisión pueda equipararse al de un coche. Sigo… 2012. El 14 de julio Benjamin Charles Liden practicaba surf en una playa cercana a la isla de Wedge, 180 kilómetros al norte de Perth. Fue atacado por un tiburón blanco. Matt Holmes pilotaba una moto de agua en las inmediaciones. Acudió al rescate tras dejar en la orilla a un amigo, al que había remolcado. Visualicen una descomunal mancha de sangre. Liden en medio. Inerte. ¿Muerto? Sí. El tiburón observa a Holmes acercarse. Nada hacia él. Saca la cabeza del agua (el blanco es el único con ese peculiar comportamiento: lo hace para otear a sus presas, focas y demás, cuando duermen sobre las rocas). Empuja la moto e intenta que caiga al agua. Holmes gira y regresa para recuperar los restos del surfista. El tiburón se adelanta. Elige entre las piernas y el torso de Liden. Toma el segundo y desaparece.

Foto: Hermanus Backpackers (CC)
Foto: Hermanus Backpackers (CC)

La media anual de ataques mortales en Australia ha sido históricamente de 0,4. Ciento cuarenta y cuatro desde 1700 hasta 2011. Uno al año en las últimas dos décadas. En 12 meses, uh, cinco. O la mitad de los que ha habido en el mundo durante el mismo periodo. Concentrados en el mismo territorio. En un radio de menos de mil kilómetros de la ciudad de Perth. Con buen juicio, las autoridades descartaron colocar redes, habituales por ejemplo en Nueva Gales del Sur. Había que intensificar las patrullas aéreas. Alquilar más helicópteros. Redoblar las guardias. Nadie, excepto la prensa, repetía la teoría del tiburón asesino. Reincidente. Psicópata o similar. Se especuló con el inusual tráfico de barcos cargados de ovejas que parten desde Nueva Zelanda. Algunas mueren y son arrojadas al agua. Esto atraería a los grandes tiburones. Idea atractiva pero, mmm. Diversos experimentos han demostrado que el tiburón blanco prefiere el sabor y la grasa de los mamíferos marinos, más abundantes desde que se promulgaron leyes de protección en los setenta. Sigue a las ballenas en sus habituales rutas migratorias. Bah. Siempre hay canallas dispuestos a solicitar la caza del/los supuesto/s devorador/es, aunque insisto en que excepto en casos muy puntuales el tiburón nunca se convierte en un devorador de hombres. Si lo hiciera, casi el 100% de los ataques terminarían con  la persona en su estómago. Aparte, es complicado buscar al tiburón culpable, aunque sea por venganza. Transmisores vía satélite colocados a Nicole cerca de la isla Dyer, en la región sudafricana de Gansbaai, muestran que viajó hasta Australia en tres meses. Medio año después el zoólogo Michael Scholl confirmaba que Nicole estaba de vuelta en Sudáfrica. O sea, hoy ataco aquí; mañana nado a 100 kilómetros de distancia. Y la única forma de saber si es el animal que buscas es matándolo y rajándole el vientre. Otro detalle: decenas de millones de personas acuden cada año al oeste de Australia. Su número se ha multiplicado desde los noventa. Muchos intrépidos abandonan las playas habituales en busca de destinos agrestes, idílicos, solitarios. Donde no hay patrulleras, helicópteros, socorristas o médicos. Ah, la aventura.

Entrevistado por la BBC el doctor Bob Hueter, empleado del Mote Marine Laboratory’s Center for Shark Reserch en Saratoga, Florida, comentaba que “cuando tienes múltiples ataques solo pueden deberse a uno o dos factores o a una combinación de ambos. Lo más obvio es que haya más tiburones en un lugar que la gente frecuenta por alguna razón. El otro factor —normalmente el más difícil de entender— es el concepto del agrupamiento estadístico. Que tengas dos sucesos que parecen relacionados en el tiempo y el espacio no significa que tengas una tendencia. Esto es lo que la prensa no suele comprender, pues en el momento que dos sucesos coinciden empiezan a hablar en las noticias vespertinas sobre un incremento de esto o de lo otro. Y no necesariamente tiene por qué ser el caso“. John G. West, encargado de la división australiana de Shark Attack File, explicaba: “Sabemos que los tiburones blancos nadan a lo largo de la Costa Oeste de Australia durante diversos periodos del año en busca de comida y posiblemente lugares para aparearse. Llevan haciéndolo millones de años. Su camino los pone en contacto con la costa y en algunos casos con gente en el agua. El mayor número de ataques en las dos últimas décadas coincide con las estadísticas internacionales de ataques de tiburón porque ha aumentado la cantidad de gente en el agua“. Christopher Neft, de la Universidad de Sidney declaraba: “Tenemos que reconocer que hay más personas en el mar, durante periodos más prolongados de tiempo, haciendo más cosas, más a menudo. Ahora mismo es invierno en Australia y todavía es la temporada de surf“.

Pusilánimes, las autoridades acabaron por ceder a la presión. El tamtan amarillista ganaba la partida, solemnizando lo que no es sino pura sinrazón (mueren muchas más personas al año por picadura de abeja que por mordiscos de un escualo). Quedaba abierta la veda. En efecto, el gobierno regional ha dado luz verde a un plan de dos millones de dólares para cazar cualquier tiburón que nade cerca de las playas y suponga un “riesgo evidente“. Da igual que el blanco sea una especie protegida en Australia desde 1996. O que se encuentre al borde de la extinción tras décadas de sobrepesca. Dice el gobernador del territorio, Colin Barnett, que “siempre pondremos la salud y seguridad de los bañistas por encima de las del tiburón. Se trata, después de todo, de un pez. Mantengamos la perspectiva“. Severo y contundente, Barnett. Vuelve de la cocina con el periódico en una mano y el emparedado en la otra, se atraganta con las columnas de opinión, consulta a sus asesores y, tras agarrarse al reposabrazos del butacón, para no caerse, da por finalizadas las mariconadas, los documentales, las tesis y tesinas, los experimentos, y carga el telerrifle. Solo un pez, dice. ¿Solo? ¿Sí? Queremos proteger a los grandes depredadores… Descontado el kilómetro sentimental. Siempre que husmeen, se arrastren u hociqueen lejos de casa. Mejor en países pobres. ¿Tiburones, jaguares, cocodrilos? Faltaría. Si no chingan al turismo. Si la prensa, ávida de carnaza, no malinterpreta unos sucesos azarosos y exige demostraciones testiculares. Dejen que los biólogos gesticulen y que la servidumbre prepare la cañonera. Puede que Barnett escriba un libro en el futuro. Como si Australia fuera Uttarakhand y él Jim Corbett.

Foto: Albert Kok (CC)
Foto: Albert Kok (CC)

Por cierto, en EE.UU. hay tiburones blancos. Su captura está prohibida. El Gobierno tampoco permite redes antitiburones, que diezman las poblaciones de escualos… y ballenas, delfines, tortugas, peces espada, atunes, incluso orcas. Ha reducido las (de por sí rarísimas) muertes por ataque de tiburón a mínimos históricos gracias a que informa y educa, emplea a miles de personas para velar por la seguridad, establece protocolos en caso de accidente, cronometra el tiempo de reacción de los servicios de emergencia, etc. Qué me dicen del caso chileno, otro territorio frecuentado por el tiburón blanco, donde el porcentaje de muertes es mucho mayor que en EE.UU. ¿Son más feroces los jaquetones australes? Mejor busquen la diferencia California/Chile en los socorristas, los médicos, las guardias, o su ausencia. Aunque algunos oportunistas farden como valedores de la ciudadanía, lo cierto es que operan con prácticas carroñeras. Una cosa es lamentar las muertes de personas, horribles, y hacer lo posible porque no vuelvan a suceder, y otra, bien distinta, burlarse de los ecologistas con el sambenito del animalismo chocheante y ordenar la deforestación, vaciado o fusilamiento de cuanto nos asusta. Quienes actúan así desacreditan la validez de los datos y aprovechan campanas para vender como benévola una gestión fraudulenta. Al gobernador Barnett le sobra con acunar titulares en armas y una opinión pública aterrorizada. ¿Zampado por un Carcharodon carcharias? No mames, güey. Es infinitamente más probable que mueras en tu coche, caminito del paseo marítimo, con la tabla de surf incrustada en el cráneo. Que te parta un rayo o te toque la lotería. O ahogarte. Van Sommeran, fundador y director de Pelagic Shark Research Foundation, para Smithsonian: “La gente tiene que aceptar los términos que impone el medio al que acuden a disfrutar. Hay ríos con cocodrilos y bosques con serpientes venenosas, y hay tiburones en el agua. Tienes que ajustar tu comportamiento al lugar, no al contrario (…). Si removemos el estatus de protección de cualquier especie que vaya en contra nuestra nos quedaremos sin osos, leones y tigres muy pronto“.

Mal precedente, revocar leyes en vigor desde 15 años y abrir la escotilla a operadores privados, gustosos de sacar tajada de la caza del tiburón; trabajarán en contra de una hipotética rectificación. La decisión, alimentada por la desgraciada concatenación de unos sucesos azarosos, nutrida por las sagradas corrientes del dinero, complace a los que alardean de realistas. Sostener que los tiburones son una plaga es la quintaesencia del embuste televisado. La escabechina la defienden los del usted no lo cantaría si devorase a su hija. A su hija recién nacida, aterida, llorosa y sola, se relamen. Los duros. Lo del esto lo arreglo yo poniendo el huevamen sobre la mesa. Los del qué fácil lo suyo, no diría lo mismo si tuviera que nadar en una playa donde hay tiburones, cuando al menos servidor sí lo hace, pues el blanco habita la Costa Este de EE.UU., de Cape Cod o Nantucket a Florida; también el Mediterráneo, por cierto, especialmente el estrecho de Messina, el litoral de Malta, el Adriático y las costas de Túnez y Libia. O al menos era así antes de transformarse en vertedero. Matarlo es una decisión política, en el peor sentido, para un problema, el de la convivencia con el de una fauna salvaje acorralada, que exige prudencia. El ventilador propagandístico opera mediante códigos ajenos a la ciencia; el desdichado rodeo por Perth, suma de tragedias, contextualiza nuestro homenaje a Ron Taylor, fallecido mientras sus paisanos acusan de señoritos de agua dulce a los biólogos. Investido en 2003 con la Orden de Australia, el más alto honor civil del país, Taylor había nacido en marzo de 1934 y su trayectoria es la de un tipo inteligente. Comprendió a tiempo que es insostenible una naturaleza transformada en granja de infinitos recursos o coto de matarifes. Enganchó a millones al respeto por el medio marino. Suyas fueron las grandes campañas para salvar la Gran Barrera de Arrecife. Frente a los documentalistas mercenarios, encantados de posar como tarzanes, fue un hombre prudente, consagrado a pasar a limpio la belleza del mundo. Hijo de fotógrafo, contrajo matrimonio con Valerie en 1963. Un año antes había rodado su primer documental submarino. Imagino que estaría angustiado con los ataques de los últimos meses. Conocía bien la deriva milenarista, mesiánica, que podían seguir en manos de chamanes sin escrúpulos. Tampoco era un ingenuo. Durante la grabación de Blue water, white dead un tiburón oceánico le golpeó en la cabeza y a punto estuvo de ahogarse. En 1972 resbaló de la cubierta de un barco y cayó entre un grupo de tiburones blancos a los que acababan de cebar con medio caballo. Seamos serios. Una poderosa razón para engancharse a los tiburones es que, sí, pueden matarnos. Su hálito misterioso, las profundidades donde vive, lo irrestible de temer a una fiera a la que deseas bien aunque preferirías no encontrar hambrienta. Morir en la boca de un jaquetón o un tigre de Siberia, o en los anillos de una pitón reticulada, no parece el sueño de nadie. Pero necesitamos que existan para seguir soñando. Quién quiere reducir la naturaleza a un jardín de bonsáis. Si penetras sus dominios asume el riesgo, por lo demás mínimo, al menos en el caso del gran blanco. Un poco mayor si tu propósito es remontar a nado el río Mara mientras saludas a los cocodrilos. Rebelarse contra el tópico del tiburón demoníaco fue el mantra de Taylor. Había que protegerlo porque nos jugamos la supervivencia de los ecosistemas, la nuestra, por más que nos creamos, ingenuos, enajenados del planeta, independientes u omnímodos. Ante la cacería patrocinada en Australia tendríamos que cabrearnos si no queremos legar un mundo de mierda. Saqueado. En llamas. Expoliado hasta el chasis. Ni siquiera domesticado o sometido, sino esterilizado, donde el recuerdo de las grandes criaturas del mar, la tierra o el viento sea guano histórico, pasto de museos, epitafio. Los tiburones no son heraldos del mal sino criaturas fascinantes. Adornadas con los cinco sentidos habituales más la información que le proporcionan las ampollas de Lorenzini para detectar campos eléctricos y una línea lateral que les permite conocer los cambios de presión y movimientos en el entorno (como nuestro oído interno, pero a lo bestia). Los tiburones, el tiburón blanco, engendraron el mito de Jonás, al que los antiguos denominaban pez perro y cuyos dientes, encontrados en la arena, tomaban por lenguas de dragón. Cuentan que la primera narración de la historia de un ataque de tiburón es de Herotodo. El lobo feroz del cuento es más interesante que las habladurías. En Samoa lo adoran y en otras islas del Pacífico se le tenía por un animal benefactor al que mejor no enojar. Algunas especies no han sido descubiertas hasta mediados de los setenta y con más de 400 distintas encontrarán habitantes del mar abierto y la costa, gigantes y enanos, especialistas en vivir bajo los hielos boreales y dueños del arrecife, tranquilos comedores de plancton, viajeros perpetuos. Tampoco podemos asegurar la supervivencia del tiburón blanco con programas de cría en cautividad. El acuario de Monterrey ha sido el único capaz de exhibir ejemplares, siempre crías o, a lo sumo, preadolescentes, y siempre ha tenido que soltarlos a los pocos meses: acaban negándose a comer o se estrellan contra el vidrio del tanque una y otra vez o atacan a sus vecinos. Debemos defenderlo antes de que la autoridad competente y el odio a lo desconocido o incontrolable decrete su exterminio. Taylor recordaba que “los tiburones ignoran a la gente. No son nuestros amigos ni nuestros enemigos“. Quizá sea el hecho de que ni siquiera en caso de atacarnos los mueva otra motivación que la ciega supervivencia, ese pasotismo, o su reverso, la pura curiosidad, lo que irrita a algunos. Imposibilitados para articular un relato libre de antropocentrismo demenciado. Incapaces de asumir que ni creados a imagen de ningún ente barbudo ni plato de gusto del tiburón ni centro de nada excepto, tal vez, de un ego enfermo.

Enlace para firmar la petición solicitando al gobierno de Australia que impida la matanza de tiburones.

Enlace para firmar la petición solicitando que el grupo de la Costa Oeste entre en la lista de especies consideradas en peligro de extinción en EE.UU.


Diez canciones con el mar de fondo

Sailing nights de Bob Seger: Seger es uno de esos artistas que en su día tuvieron bastante éxito pero que hoy, por efecto de la amnesia del gran público, no suele sonarle a casi nadie cuando surge en una conversación. Y eso que prácticamente todo el mundo ha escuchado su eterno clásico Old time rock and roll. Pero Bob Seger no es, ni mucho menos, un músico de una sola canción, ¡todo lo contrario! De hecho, puede ser considerado con justicia uno de los grandes nombres de la música americana y sus mejores discos —de los años setenta, especialmente— son verdaderas maravillas repletas de grandes temas. De hecho, diversos artistas muy conocidos han versionado canciones de Seger como Turn the page. Against the wind o Rosalie, aunque el público rara vez suele caer en la cuenta de que originalmente pertenecen al mismo autor de Old time rock and roll. Si bien es cierto que su música decayó a partir de los años ochenta, no se pueden decir más que elogios sobre sus discos antiguos, como Mongrel, en donde hay canciones como el tema-fetiche personal que suelo citar a menudo (Lucifer) o Beautiful loser, de donde procede esta Sailing nights, una canción absolutamente fascinante que evoca mágicamente un tranquilo océano nocturno como melancólica metáfora de la soledad. Impresionante, diez sobre diez.

Tahitian Moon de Porno for Pyros: Tras deshacer por sorpresa Jane’s Addiction después de su tercer y mejor disco —el increíble Ritual de lo habitual— el cantante Perry Farrell siguió adelante con esta otra banda, una especie de versión más tranquila de los Jane’s. Aunque sus nuevos discos con Porno for Pyros estaban en un escalón inferior, aún contenían cosas muy interesantes que en ocasiones evocaban la magia de los días de Jane’s Addiction. De vez en cuando siguió grabando algunas canciones sorprendentes, como esta Tahitian Moon en la que, en mitad una extraña atmósfera muy bien conseguida por la banda, Farrell narraba una anécdota real: una noche salió a nadar en las aguas de Tahiti y perdió la costa de vista, estando a punto de perecer ahogado por agotamiento, pero encontrando finalmente el camino de regreso a las playas: “no sé si volveré a casa esta noche, pero sé que puedo nadar bajo la luna de Tahití”… buena suerte, Perry.

Atlantis de Donovan: El cantautor Donovan no es un artista por quien tenga un fervor especial, francamente. Por lo general, sus canciones suelen dejarme bastante frío. Pero esta Atlantis es una fabulosa excepción: un tema que es puro producto de la era psicodélica y que sería digno de figurar en cualquier disco de cualquier banda de los sesenta que se os ocurra nombrar. La canción comienza de manera poco prometedora: casi dos minutos de monólogo en el que Donovan habla de su amor por una mujer atlante antediluviana. Aunque la voz de Donovan es relajante, pronto uno comienza a estar ya aburrido de escucharle hablar de la Atlántida (a no ser, claro, que hay amenizado la escucha con algún tipo de hierbajo fumable)… y entonces es cuando el tema da un tremebundo giro, sumergiéndose en un repetitivo e hipnótico estribillo que, a modo de mantra, nos arrastra al fondo de los océanos de la mente. Todo un viaje, sin duda la canción más ácidamente fascinante de Donovan.

Wooden ships de Crosby, Stills & Nash: El mar y la psicodelia, como vamos viendo, están íntimamente unidos y otro buen ejemplo es esta “Buques de madera”, del trío de voces mejor empastado de la era hippie. Una canción con el típico sonido de San Francisco y algún que otro coqueteo con un jazz-rock incipiente, que como de costumbre es elevada a otro nivel cuando estos tres tipos se ponen a cantar juntos.

Harbor lights de The Platters: Un standard de siempre, interpretado por muchos artistas a lo largo de los años, aunque he elegido la versión de The Platters porque es una de las que mejor resume la naturaleza evocadora del tema. “Miro a las luces del puerto”. Uno de esos temas que le pone perfecta banda sonora a la imagen que rememora: cualquiera —que viva en una ciudad costera, claro— puede hacer la prueba, yendo a pasear al puerto durante la noche y parándose a escuchar esto a mitad de trayecto.

(Sittin’ on) The dock of the bay de Otis Redding: De acuerdo, tenía que incluirla, aunque en una breve lista bien podría haber aprovechado el espacio para hablar de algún tema menos conocido. Pero es que no lo he podido resistir, porque si hablamos de canciones evocadoras de aquellos momentos de intimidad con nosotros mismos, de reflexión, de nostalgia, que a veces todos hemos tenido junto al mar, evidentemente hay una canción que se lleva la palma sin discusión. “Sentado en el muelle de la bahía” fue el gran éxito póstumo del malogrado Redding: publicada poco después del accidente de aviación que le costó la vida, se convirtió en la primera grabación de un artista recién fallecido en llegar al número 1 de las listas. Redding había comenzado una melancólica y reflexiva letra para un nuevo tema en el que quería dejar un poco de lado el soul intenso y sudoroso que lo había hecho famoso hasta entonces. Pero fue la intervención del legendario guitarrista del sello Stax, Steve Cropper, la que terminó de obrar el milagro: Cropper se sentó con Redding para ejerecer como compositor y productor, y se sacó de la manga esta melodía inmortal, la clase de canción que puede hacer que su autor se marche de este mundo bien orgulloso de su trabajo. La siempre escalofriante voz de Otis, la exquisita guitarra de Cropper… una obra simple y llanamente perfecta.

John the fisherman de Primus: El extraordinario bajista Les Claypool siempre ha sido un gran aficionado a la pesca y la navegación, y ha dado buena prueba de ello hablando a menudo del asunto en sus canciones e incluso bautizando algunos de sus discos con sugerentes títulos marítimos (como “navegando por los mares de queso”). Como no podía ser menos en un grupo tan estrambótico como Primus, su aproximación al mar es menos melancólica que lo acostumbrado: en John the fisherman, Les Claypool narra con su característica voz de dibujo animado —sobre un enrevesado entramado instrumental propio del virtuoso trío— la historia de John, cuya única vocación en la vida desde niño está bien clara: “cuando me haga mayor, quiero ser uno de los cosechadores de los mares; creo que antes de morir quiero convertirme en pescador”. Y la música del tema, ese conjunto de estrafalarios ritmos sincopados, aunque parezca mentira ¡le va de maravilla a la historia!

Islands de King Crimson: La banda liderada por el guitarrista Robert Fripp siempre ha sido un plato muy elaborado para melómanos con el paladar fino y la mente abierta, porque desde luego no se lo ponen nada fácil al oyente casual. Como otros grupos de “rock progresivo” con la misma tendencia a experimentar, los King Crimson a veces cometen excesos y resultan difíciles de digerir, pero otras muchas veces —aunque requieran un considerable trabajo de asimilación por parte del oyente— suelen terminar recompensando ese esfuerzo. Islands pertenece al cuarto álbum del grupo, publicado en 1971, el cual no es muy apreciado por algunos de sus fans. Pero la canción, una relajada (y larga) sucesión de pasajes líricos de más de nueve minutos quizá no es el mejor tema de los Crimson, pero le hace justicia a cualquier playa bajo la luna, eso seguro.

1983… a merman I should turn to be de The Jimi Hendrix Experience: Jimi Hendrix es especialmente conocido entre el gran público, además de por los alardes con la guitarra, por sus típicos temas de blues-rock psicodélico de tres, cuatro o cinco minutos. Pero en su tercer disco se dejó llevar por la experimentación y un buen ejemplo es esta cambiante y atmosférica suite de casi catorce minutos, con melodías delicadas, un largo y onírico interludio repleto de sonidos evocadores y un final épico en el que Hendrix imita a los delfines (o las ballenas) con su guitarra. Absolutamente ideal para ser escuchada junto al océano, bajo el brillo de las estrellas y el rumor de las olas entremezclándose con los desvaríos sonoros y los susurros del genio zurdo de Seattle.

Sea Song de Robert Wyatt: De vuelta a las atmósferas evocadoras y los ramalazos psicodélicos, Robert Wyatt se destapó un buen día con esta tan extraña como absorbente Sea song, un tema de esos que requieren varias escuchas para poder ser apreciado del todo, ya que está repleto de giros inesperados, sonidos que al principio no parecen casar completamente entre sí y desarrollos melódicos que no siempre parecen seguir una dirección determinada (aunque esto es más una primera impresión que una realidad). La canción, que habla del amor entre un hombre y una criatura marina que surge mágicamente de las aguas, es una aproximación alternativa a las típicas visiones oníricas del océano. Aunque a algunos oyentes quizá les cueste captarla, si realizan el esfuerzo de acostumbrarse a ella descubrirán que el tema puede realmente transportarte a un fondo marino repleto de peces que van y vienen, de anémonas, corales, medusas y demás criaturas extrañas del piélago.

Un día de estos, otra tanda. Hasta entonces, aquí está nuestra lista en Spotify.


Valdevaqueros, el negocio del viento


La entrada a pie de carretera a Valdevaqueros tiene algo de rancho viejo. Para acceder a la playa hay que pasar por un camino, en el que hasta el sigiloso paso de un gato levantaría polvo. Un polvo blanquecino, fino como la harina, que deja un halo sobre la vegetación casi níveo, aunque los primeros rayos de sol anuncien un potente día de verano. Las montañas que bordean la costa están salpicadas de molinos de viento, que forman, desde hace años, parte del paisaje. Hoy el poniente ha limpiado el horizonte de bruma. Hay una claridad que duele a la vista y se puede divisar, apenas a 14 kilómetros, la inmensidad del continente africano.

Valdevaqueros es una de las playas de los primeros 10 kilómetros de costa que se extienden hacia el oeste desde Tarifa. En este punto geográfico, el Atlántico le ha ganado la batalla territorial al Mediterráneo. Dos fuerzas diferentes. Dos mundos contrarios. El océano deja a este lado de la costa un rastro de arena blanquecina, un agua esmeralda, y un rugir incansable que se traga todo lo que le pone por delante. Si uno pudiera alzar la vista, o ser pájaro, vería a pocos kilómetros las columnas de Hércules. Una en Gibraltar, la otra en el Monte Hacho. Hay días en que todavía el viento de levante trae, de no se sabe dónde, la mitología a estas costas.

Para acceder a la playa hay que atravesar ‘El Tumbao’, una especie de bar-restaurante para surfistas, donde se puede comer una hamburguesa a la parrilla o tomar un mojito en la zona chill out. La costa tarifeña está plagada de este tipo de lugares. En ellos te puedes cruzar tanto con un dominguero, con todos los bártulos, como con un multimillonario accionista de Google que ha venido a practicar kitesurf, el deporte rey. Hoy, el viento sopla lo suficientemente fuerte como para que el cielo se haya convertido en un carnaval. El mar es un parque recreativo. Las tablas de kite se deslizan por el agua, arrastradas por la fuerza que el viento ejerce sobre las cometas. Éstas danzan en el cielo con un movimiento armonioso. De vez en cuando, el pedazo de nailon se encabrita y da giros impredecibles, aunque normalmente están dirigidos por el kitesurfista por una barra que conecta con las costillas de la cometa, a través de unas cuerdas llamadas líneas. Dice Jorge, aficionado a este deporte, que las líneas son capaces de aguantar el peso de un coche sin romperse. Pero otras veces esos giros impredecibles acaban con la cometa en el mar, y da la sensación de que un albatros gigante ha caído en picado contra la inmensidad del Atlántico.

En tierra las sombrillas basculan levemente. Las varillas están en tensión. Los pedazos de tela que no están sujetos y bordean toda la sombrilla, aletean con el nerviosismo del pez fuera del agua. Dentro de esta gran banda sonora, el aleteo es como unos platillos incansables al antojo del viento. Estas playas son el perfecto banco de pruebas para medir la calidad de estos artefactos.

De vez en cuando aparece un vendedor ambulante con una ristra de complementos artesanales: collares, tobilleras, pulseras, anillos… todo muy jipi, todo muy natural, como si estar en la playa sin uno de esos abalorios uno no fuera a tener las mismas sensaciones. El jipi se acerca a los grupos, estos se arremolinan alrededor de él, y se prueban los complementos. Regatean, se lo piensan. Alguno compra, y vuelta a empezar. Andar todo el día por la arena con la mercancía a cuestas no tiene que ser sencillo. También están las pasteleras, dos mujeres rechonchas que arrastran un carro con ruedas con forma de nevera. La mujer de mayor edad lleva una bocina que utiliza como reclamo. Los bañistas las rodean, mientras ellas abren la nevera customizada. Sacan las cajas de milhojas, donuts —más grandes que los de los anuncios—, palmeras con azúcar glas y cañas de chocolate. Una de las chicas que rodea el carro pastelero está en top-less. Compra un donut y se pierde feliz como la que va a comprar en tetas al supermercado. Hay un ‘buenrollismo’ que supera al de los anuncios publicitarios. No deja de haber en estas actividades un espíritu de comercio primitivo, al estilo de las antiguas civilizaciones de fenicios y romanos que estuvieron asentadas hace siglos por aquí, comerciando salazones y el preciado ‘garum’. Cuando me doy cuenta, las pasteleras han desaparecido, siguen su ruta. Las veo a los lejos tirando del carro. El sonido de la bocina se entremezcla con el viento, se pierde como el eco endeble de un silbido.

El kitesurf comenzó en Tarifa hace unos quince años, cuando el windsurf era el deporte dominante. Kevin Salmon, un inglés con el acento andaluz más auténtico que jamás haya escuchado, cuenta que al principio los tomaban por locos, a él y a Eduardo Bellini, otro de los pioneros de este deporte en la zona. Kevin explica que las tablas todavía no eran bidireccionales, lo que implicaba que sólo podían navegar en un único sentido. Para remediarlo, un colega los esperaba con una furgoneta en la otra punta de la playa. Los llevaba al punto de partida, y vuelta a empezar. Poco a poco, desde Hawai, fueron llegando tablas y cometas con mejores prestaciones, hasta desbancar al windsurf como deporte rey. Para las olimpiadas del 2016 de Río de Janeiro, el kitesurf será, por primera vez, olímpico, dejando al windsurf en la categoría de deporte para nostálgicos.

Kevin es un tipo sonriente que hace ya unos años que ha sobrepasado la treintena. Viste a lo surfero. Tiene la cara maltratada por el sol y el viento. Llama la atención sus hechuras de hortelano, nada que ver con el estereotipo de ‘chico-surf’ al que este deporte nos tiene acostumbrados. Kevin conoce estas playas y los vientos que la dominan, “el levante es una fuerza de la naturaleza que no es normal”, asegura. Estira los brazos, saluda a uno, indica a otro como tiene que virar. Regaña a un guiri con más años que matusalén, por entrar con la vela en la playa de manera incorrecta. “No tiene ni puta idea”, dice, dejando ver la caja de dientes que anda medio desordenada en su boca. El kitesurf vino a sustituir al windsurf porque este se quedó estancado, se hizo conservador, mientras que el kite era radical, y la nuevas generaciones vieron en él una nueva alternativa para rebelarse, por momentos, contra la ley de la gravedad. Kevin cree que está en el mejor sitio del mundo para hacer kitesurf, “esto es como vivir una juventud eterna”, sentencia.

Tarifa ha sabido sacarle partido al potencial que tiene su naturaleza. El negocio del viento, dentro de este parque natural, hasta ahora parece sostenible y compatible con el medio ambiente. Desde Berlín hasta Algeciras se puede venir por autopista y autovía. Pero al salir de la ciudad portuaria, el tramo cambia a carretera nacional. Y sólo siguiendo cuidadosamente su serpenteo, se puede llegar a municipio de Tarifa. Ahora hay una gran polémica por el complejo urbanístico que quieren construir frente a este pedazo de espacio salvaje. Todavía no se sabe qué ocurrirá, pero, si los intereses económicos y especulativos se salen con la suya, este paisaje abrupto de sensualidad abrumadora que es Valdevaqueros, quedará reducido a un complejo turístico hortera y a un puñado de falsas promesas de prosperidad.

La sombra de las cometas se pasea por la playa como un pájaro oscuro que quiere cazar a su presa. De vez en cuando, se escucha un silbido rozando las cabezas de los bañistas, son las cometas de kite que pasan con la advertencia de un posible aterrizaje forzoso. Más de una vez se ha visto como una de ellas se ha precipitado sobre un grupo de personas, sin causar males mayores. Pero sentir cómo cae del cielo algo tan grande sobre ti, acojona.

Ahora que el viento ha amainado, hay muchas cometas apiladas en una zona de la arena. Están vueltas del revés, en posición de descanso, parece una colonia de murciélagos gigantes que no temen la luz cegadora. Es una playa muy internacional. Hay alemanes, ingleses, italianos, norteamericanos, argentinos, pero sobre todo “gente del este”, dice kevin. Desde aquí se puede ver un grupo de al menos doce chicas en top-less. Su moreno dorado, sus pechos bamboleantes, sus tatuajes, su juventud, y esta calma chicha que se ha instalado por unos instantes, me hace pensar en las palabras de Kevin, sobre esa sospechosa sensación de eterna juventud.

Poco a poco el cielo se va despejando de cometas. Los kitesurfistas se retiran con ellas a sus espaldas, son como alas postizas. Parece una procesión lenta de ángeles desterrados. Un nadador aprovecha para hacerse unos largos. Los niños entran y salen del agua con alegría atemporal, como si una generación se la fuera cediendo a otra, así sucesivamente, desde el principio de los tiempos. Un helicóptero pasa a unos cientos de metros, desde aquí no se distingue si es de salvamento marítimo o del ejército. Me siento sobre la arena. África en frente, los sueños revoloteando, el difícil porvenir. En ‘El Tumbao’ suena la música y los mojitos corren por las gargantas. Tarifa se prepara para otra noche, pero esa es una historia que habrá que contar en otro momento. Levanto los brazos, pongo voz de viejo fenicio y grito a los dioses: “¡¡Más viento, más viento!!”


Cambio climático, subida del nivel del mar, tsunamis y ¡Godzilla!

Este verano la NASA publicó una noticia a partir de la cual muchos medios anunciaron que el hielo de Groenlandia se había fundido completamente. La agencia EFE, rápida de reflejos, nos decía: “Los investigadores aún no han podido determinar cómo afectará este deshielo masivo a la subida del nivel del mar y a la pérdida de masa de agua de la isla”. Evidentemente, la interpretación de la nota de la NASA era inexacta, ya que en ella solo se hacía referencia a que se había detectado la fusión superficial del hielo en el 97% de este territorio. También es verdad que la pieza ha sido publicada en periodo becacional, perdón, vacacional, con todo lo que ello implica. Este es solo un ejemplo de noticias con errores involuntarios (o inexactitudes premeditadas, en otros casos) que rodean a cualquier evento climático en general y a aquellos relacionados con el nivel del mar (NMMR) en particular.

Supongo que no soy el único que, estando tranquilamente tumbado en la playa, alguna vez ha pensado qué haría si llegaba en ese mismo momento un tsunami, o hasta donde llegaría la orilla si se fundieran todos los hielos continentales. O tal vez sí, y soy un paranoico. Pero, parafraseando a Kurt Cobain, que sea un paranoico no significa que el NMMR no pueda subir repentinamente. Y es que pensar en la elevación más o menos súbita del NMMR me da la sensación de que es un miedo atávico, ancestral, y que por tanto, tiene un morboso atractivo como titular periodístico. Solo así se explica que a la sombra de los distintos informes del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) se publiquen espeluznantes documentos que lo único que hacen es provocar el pánico y la mirada intensa de Pedro Piqueras. Vamos, que cumplen su función. Uno de los ejemplos más estrafalarios que aún perdura en mi memoria es la imagen de un impactante fotomontaje publicado en 2007 por Greenpeace en su libro Photoclima.

Imágenes del Mar Menor actual (arriba) y en un escenario ficticio dibujado por los ecologistas (abajo). Terrorífico, aunque los amantes del balconing estarían de suerte e incluso se barajaría su inclusión en el programa olímpico

Supuestamente, los fotomontajes estaban basados en el Cuarto Informe del IPCC. Libremente basados mejor dicho, porque las elevaciones que se adivinan en la infografía son del orden de 10 metros, cuando según dicho informe debía andar por debajo de un metro en el escenario más desfavorable. No seamos malpensados, puede que algunos miembros de Greenpeace simplemente tengan problemas a la hora de… aparcar. Y en cuanto a los responsables de las infografías de un delirante especial del Magazine de El Mundo, solo se me ocurre que querían echar por tierra el tema estrella de The Refrescos.

Que viene el coCO2

Según se recoge en los informes del IPCC, existe una correlación entre la temperatura y la concentración de dióxido de carbono (CO2), siendo ambas tendencias alcistas desde la revolución industrial (que es cuando se comenzó a quemar combustibles fósiles, el presunto culpable del incremento de dióxido de carbono). A pesar de las controvertidas excepciones en las gráficas (por ejemplo, inexplicablemente en los 70 bajó la temperatura global a pesar de que el incremento de CO2 se mantuvo), parece que hay cierto consenso al respecto en la comunidad científica internacional. Pero también hay que tener presente que la concentración de CO2 en la atmósfera no ha sido constante a lo largo de la historia del planeta: en el Jurásico, se estima que era de unas 2000 ppm (partes por millón), mientras que la actual ronda las 400 ppm, unas cinco veces menos. Y, obviamente, cuando los dinosaurios campaban a sus anchas por Laurasia la temperatura no era cinco veces mayor que la actual.

Acojonante: en el 2050, la Puerta de Alcalá entre un mar de dunas. Vaya, vaya, aquí si hay playa

En cambio, fue esa concentración de CO2 la que propició la existencia de los dinosaurios a través de la fotosíntesis, que favoreció el crecimiento de plantas gigantescas que servían de alimento para herbívoros colosales que a su vez eran devorados por carnívoros desmesurados. Todo a lo grande. Y en cuanto a numerosas noticias que tildan al dióxido de carbono de tóxico o contaminante, para que se hagan una idea, la concentración de CO2 en nuestro aliento es de unas 50.000 ppm, unas 125 veces la que existe en la atmósfera. Por eso, hay que situar en su contexto a este gas, transparente y tan inofensivo para el ser humano como el agua del mar, que se empeñan en representar fotográficamente como el humo denso y oscuro que emerge por chimeneas de sórdidas fábricas tercermundistas al que solo le falta aullar y emitir un sonido mecánico para ser el villano de Lost.

Subiendo el nivel (del mar)

Debido al aumento de temperatura global, todos hemos oído que el NMMR está subiendo en España a un ritmo de unos 2,5 mm al año en los últimos 50, aunque hay que recordar que dicho nivel no ha sido siempre el mismo. Si nos situamos por ejemplo en la última glaciación, que alcanzó su punto álgido hace unos 20.000 años (un suspiro en tiempo geológico), el NMMR era unos 100 metros inferior al actual. En esa época, la península escandinava, Canadá, Siberia, etc., estaban sepultadas por miles de metros de hielo, motivo por el cual, una vez liberadas de esa tremenda carga con la fusión del hielo, las plataformas continentales de esas regiones se están elevando a un ritmo altísimo: unos 250 metros en los últimos 10.000 años. Así, el puerto de Oslo por ejemplo ha tenido que realizar numerosas obras para tener calado porque la elevación de su superficie emergida, buscando el equilibrio isostático, es mucho más rápida que la del NMMR.

Al finalizar la glaciación y producirse el deshielo, el NMMR comenzó a subir en torno a un centímetro al año, hasta hace unos 6000 años, cuando se estabilizó más o menos a la cota actual, aunque con algunas variaciones de pocos metros: hace unos 2000 años, en los puertos romanos, el nivel estaba unos 2 m por debajo del actual, mientras que hace unos 3700 estaba unos 4 m por encima. Y podría ser peor, porque según cálculos estimativos, la fusión del volumen de hielo continental supondría el ascenso de unos 70 m en el NMMR que, aunque es muy preocupante, pasaría a un segundo plano porque el agua dulce se convertiría en un bien bastante más escaso que en la actualidad. Repito, el hielo continental, porque en relación a la fusión del hielo flotante del Ártico propongo al lector que haga una práctica casera introduciendo dos buenos cubitos de hielo en un vaso bajo y ancho con tres dedos de whisky. Y una vez finalizado el experimento, bébaselo a la salud de Jot Down.

Háblame del mar, marinero

Hemos hablado en todo momento de nivel medio del mar (Nivel Medio del Mar en Reposo) porque el nivel del mar varía constantemente, no ya a lo largo de milenios, sino cada día e incluso cada minuto. El nivel del mar en un momento dado viene definido por varios fenómenos que se solapan, siendo los más significativos los siguientes:

La marea astronómica. Generada por las fuerzas de atracción gravitatoria de la Luna, principalmente, y del Sol (el efecto del astro rey es unas 0,46 veces el de nuestro satélite), sus desplazamientos se pueden calcular analíticamente. La elevación del nivel del mar que genera la marea astronómica varía con el lugar donde se estudie; en Cantabria por ejemplo la carrera de marea puede llegar a ser de más 5 m, mientras que en Girona no se llega al medio metro en mareas vivas equinocciales.

El dique de Levante del Puerto de Málaga. Hasta en una obra en principio tan poco agradecida como un dique, se pueden hacer cosas bellas y funcionales

La marea meteorológica. Tiene su origen en los fenómenos meteorológicos: las borrascas (bajas presiones atmosféricas) generan subidas del nivel del mar, al contrario que los anticiclones (altas presiones). Y luego está también la acción del viento, que empuja el agua en el océano hasta que se frena al alcanzar la costa y se amontona en las inmediaciones de la misma. La cota de la marea meteorológica es difícil de obtener de forma aislada por lo que en general se obtiene como diferencia entre la marea astronómica teórica y la medición real de los mareógrafos.

El oleaje. Además de empujar el agua contra la costa, el viento produce unas alteraciones, unas ondas, en la superficie del mar y en general lejos del litoral, donde se generan las borrascas. Cuando un conjunto de esas alteraciones superficiales (un tren de ondas) se aproxima a la costa es posible observar un aumento de su altura y una reducción de su longitud (distancia entre crestas de olas). A este fenómeno se le conoce como asomeramiento. Dicho con otras palabras, es como empujar una alfombra débilmente arrugada (la superficie del océano) por un suelo encerado (grandes profundidades), hasta que choca contra la pared (la costa): las crestas se elevan (aumenta la altura de onda) y se juntan unas a otras (se reduce su longitud). Por eso, la altura de ola medida en alta mar ha de propagarse para conocer su magnitud en la costa, donde realmente nos importa. Además, estas ondas son aleatorias tanto en su altura y dirección, por lo que su estudio se debe abordar desde una perspectiva estadística. Mecánica de ondas, perspectiva estadística… sí, el aparato matemático del estudio del oleaje es bastante farragoso así que mejor pasaremos de puntillas sobre el cálculo de ondas largas, de los procesos estocásticos ergódicos y débilmente estacionaros, de los regímenes medios o extremales… de los amenazadores términos técnicos, en resumen.

La determinación de la altura de ola, imprescindible para el diseño de obras marítimas y el estudio del litoral, se basa en análisis estadísticos a partir de series de mediciones. Como siempre, cuanto mayor sea el número de datos, más probable es que el modelo se comporte de forma más ajustada a la realidad. Un error muy frecuente es creer que una estructura (ya sea portuaria, un puente o una presa) que se construye para soportar una determinada acción que tiene un periodo de retorno de –supongamos- 100 años, va a aguantar eso, 100 años. Pues no. El periodo de retorno debe entenderse como una cifra que indica la probabilidad de que suceda un determinado fenómeno. Por ejemplo, un periodo de retorno de 100 años indica que hay un 1% de probabilidad de que se alcance esa magnitud en un año cualquiera; piénsenlo de otra forma: si en una cancha de baloncesto lanzan desde el centro del campo, ¿es lo mismo que la probabilidad de encestar sea del 1% o que tardarán 100 años en anotar?

Y por si fuera poco, estamos realizando estimaciones estadísticas a partir de series de mediciones que raramente llegan al siglo con el peligro e inseguridad que conlleva. Por eso, debido a las variaciones (achacadas al cambio climático) que se están registrando en la formación, intensidad y ubicación de borrascas y temporales, se ha comprobado que las magnitudes que se manejaban eran inferiores a las que se están midiendo. Y es muy preocupante, porque sin ir más lejos la estabilidad del manto principal de los diques rompeolas depende de la altura de ola elevada al cubo. Un caso que ilustra a la perfección esta problemática es el del Puerto de Laredo, del que ya hablamos en otra ocasión por otros motivos. En diciembre de 2007, durante su construcción, se produjo un temporal en el que en la boya Bilbao-Vizcaya (la utilizada como referencia para el proyecto) se midió una altura de ola significante (1) de más de 11 metros, que constituyó el mayor registro desde su puesta en servicio en el año 1985. Por si fuera poco, cuatro meses más tarde se produjo otro temporal de características similares, lo que modificó ostensiblemente las series estadísticas de oleaje en el Golfo de Vizcaya, revisando al alza la altura de ola de diseño. Como el puerto estaba aún en obras se pudo modificar algunos elementos estructurales de los diques, como elevar la cota del espaldón o ejecutar un botaolas en la coronación del mismo. Pero en otros casos, en los que la obra ya está finalizada, el problema se presenta ahora. Por ejemplo, en el puerto de Sao Paulo se ha constatado que la altura de ola de periodo de retorno de 50 años con que se diseñó, va a ser la de 5 años a la vista de las nuevas tendencias climáticas y las mediciones que se están registrando. Y en Galicia, se prevé que sea necesario reforzar los diques con bloques de hasta un 40% más de peso. O se hace algo o los asadores de los puertos las van a pasar putas para encender las brasas.

El Puerto de Laredo durante las obras, antes y después del paso del temporal de diciembre de 2011. Los puntitos blancos que parecen pixeles muertos en realidad son cubos de hormigón de hasta 70 toneladas, desplazados por la fuerza del mar como si fueran dados en un cubilete

Y es que, aunque según un avance del Quinto Informe del IPCC que se publicará el año que viene, la elevación media del nivel del mar en el año 2100 será de entre 1,20 y 1,30 m, lo que más va a afectar al litoral es el aumento de altura de ola (en las obras marítimas) y el cambio de dirección de las mismas (en las costas).

El oleaje y las costas

Los elementos más sensibles de la costa son las playas que, como todo lo que estamos comentando, no permanecen inmutables en el tiempo puesto que están en equilibrio dinámico con el oleaje y las corrientes. Es más, el perfil longitudinal de las playas cambia radicalmente entre el invierno y el verano, con la formación de una típica barra longitudinal en periodo estival que se aprecia cuando paseamos por la orilla en bajamar. Y en planta, la forma depende de la acción del mar y del tipo de material que conforma la playa, sedimentando en unos lugares y erosionando en otros. La inclusión de diques que modifican el oleaje que llega a las playas, cambian la línea de costa al alterar las condiciones iniciales de erosión-sedimentación.

Playa de Pedregalejo, Málaga. La combinación de diques conectados a tierra y exentos ha generado más m2 de playa, pero con una línea de costa resultante de belleza discutible

Un oleaje demasiado potente (debido a un temporal, por ejemplo) puede llevar el material de la playa fuera del ciclo sedimentario, perdiéndose para siempre. Pero una modificación de la dirección del oleaje predominante también provocará cambios significativos en la morfología de las playas, alterando las zonas de sedimentación y erosión: girando la playa enfrentándose al oleaje. En este sentido, una vez más el cambio climático parece que está produciendo efectos importantes: al variar la ubicación de las borrascas, el oleaje varía en su dirección y las playas acabarán adaptándose al mismo, pero a costa de modificar la planta de las mismas… y en algún caso extremo, incluso llevándose por delante edificaciones en primera línea de playa. Si no se hace algo para evitarlo, insisto. Pero tampoco hay que ponerse dramático, en la Tierra viven decenas de millones de personas en superficies ganadas al mar y varios millones más lo hacen por debajo del NMMR actual. Técnicamente hay cosas mucho más complicadas que construir diques o remodelar y reformar lo ya existente. Lo que parece que no hay es dinero a medio plazo y eso es lo realmente preocupante.

Hagas lo que hagas, ponte en lo peor

Por muy finos que sean los cálculos y extensas sean las series de datos, si en plena pleamar viva equinoccial, sufres un buen temporal con vientos huracanados y de pronto te llega un tsunami, más te vale correr a la colina más cercana porque nadie habrá contado con ello.

El tsunami de 2011 de Japón superando un muro anti tsunamis. Terrible paradoja

Un tsunami es terrorífico. Una cantidad de agua inconcebiblemente grande que de pronto cobra vida como si el ente de Solaris se convirtiera en un psicópata, el Hannibal Lecter de los océanos conscientes, y se te echa encima llevándose por delante toallas, aceite con olor a coco, sombrillas y niños que no dejan de joder con la pelota. Es bien conocido que se originan tras el desplazamiento súbito de una enorme cantidad de agua (generalmente por un terremoto) y que se propagan a gran velocidad hasta la costa; en concreto, esta velocidad solo depende de la profundidad (C= (gh)0,5), por lo que si tomamos la profundidad media del océano (unos 3900 m) nos resulta una velocidad de unos ¡¡ 700 km/h !! Un tsunami en alta mar apenas se puede percibir, pero cuando llega a la costa y se produce el asomeramiento, la brutal energía que lleva el tsunami se transforma en altura de ola. Además, a diferencia de las olas habituales que rompen y se retiran, el tsunami penetra en la costa hasta centenares de metros, imparable, hasta que disipa su energía. Una pequeña práctica para ver cómo funciona un tsunami se puede hacer con una alfombra alargada, extendiéndola sobre un palo de escoba colocado transversalmente a la misma. El palo crea una pequeña ondulación, que viene a ser el tsunami en alta mar. A medida que desplazamos el palo bajo la alfombra (nos vamos acercando a la costa), iremos elevándolo (asomeramiento). Cuanto más lo elevemos veremos cómo los extremos de la alfombra se acercan, se encoje, que es similar a lo que sucede cuando se acerca un tsunami a la costa: se produce una retirada de la orilla. Una vez emerge el palo de bajo la alfombra, puede golpear con él la lámpara para recrear la devastación del tsunami, pero este paso ya es opcional.

Los tsunamis, por desgracia para los amantes de las catástrofes mortales, ocurren con relativa frecuencia pero no siempre son mediáticos y/o devastadores. Creo que se tocó techo en este sentido con el ocurrido en el año 2011 en Japón, el país con más cámaras por metro cuadrado del mundo en el que además, afectó a una central nuclear, una bacanal argumental para un telefilme. Viendo la trayectoria cinematográfica de los últimos tiempos (Aliens y Predators, Jason y Freddy, Lincoln y vampiros…), tsunami y radiactividad, parecía un matrimonio hasta evidente. Y si ya unimos al tsunami y la radiactividad a Godzilla, sería el acabose, ¿se imaginan? Con Tom Hanks coordinando las fuerzas vivas de la humanidad. Aterrador todo ello. Parece mentira que a nadie se le ocurriera; como siempre, la realidad supera a la ficción… a no ser que estén de por medio infografías creativas, claro.


(1)  La altura de ola significante es un parámetro utilizado en ingeniería oceanográfica y representa la altura media del tercio más alto de olas.

Nota: la mayoría de los datos se han sacado de numerosa bibliografía y conferencias de distintos organismos vinculados a la Oficina Española de Cambio Climático, así como de Informes del IPCC e incluso del blog de Antón Uriarte, reconocido escéptico.


Monstruos marinos: Lovecraft tenía razón

“Azul, verde, gris, blanco o negro; tranquilo, agitado o montañoso, ese océano nunca está en silencio” (H.P. Lovecraft)

Los peores monstruos son los que vienen del océano.  Hay pocas cosas más hipnóticas y atrayentes que la superficie del mar, pero también hay pocas cosas más oscuras y desconocidas que sus negras entrañas —literalmente negras como la más negra de las noches. Lo mismo que las propias sirenas, extraordinariamente bellas en la mitad de su cuerpo que asoma del agua, pero temibles monstruos marinos en la mitad que permanece sumergida.

¿Eran las sirenas que tentaban a Ulises una metáfora de la mujer, una representación del juego de seducción, posesión y destrucción que infunde innumerables obras literarias? No, las sirenas eran la encarnación del océano mismo, que desde tiempos inmemoriales atrajo a los seres humanos por sus encantos tanto como por sus ventajas. En él había alimento, por él se llegaba a los lugares más recónditos del mundo, y de él nos venían las noticias lejanas y las costumbres e ideas de otros pueblos. Pero también en él se producía, y se produce, la más incógnita de las muertes: la del desdichado náufrago que se pierde para siempre en las honduras. Si el lector recapitula, aunque sea someramente y sin detenerse demasiado a pensar, la relación de los hombres con los monstruos y calamidades del cielo es muy distinta de la relación de los hombres con los monstruos y calamidades del mar.

El cielo es fuente de parabienes, aunque también fuente de castigos. Pero es siempre justo, o al menos justiciero, y actúa según una lógica que podemos entender. El cielo es donde habitan los más grandes dioses, los que nos procuran el bien; cuando nos procuran el mal, es porque algo hemos hecho para merecerlo. Pero, en definitiva, la bóveda celeste siempre constituyó un horizonte consabido y fácil de descifrar: el sol, la luna, las estrellas y los planetas, con sus trayectorias previsibles y conocidas desde el principio de los tiempos, forman un orden perfecto que nos conforta. Los pocos fenómenos anómalos que el hombre ha podido divisar en los cielos, los pocos que rompían con el orden y la regularidad de las leyes astronómicas, son más bien escasamente amenazantes: cometas, auroras, estrellas fugaces, meteoritos, incluso alguna supernova que aparece como una estrella nueva y brillante, y que se desvanece al poco causando sorpresa, pero raramente miedo. Incluso en tiempos remotos, al menos los que nos quedan registrados por escrito, da la impresión de que únicamente los individuos supersticiosos —que siempre fueron multitud, como lo siguen siendo ahora— sostenían la creencia de que tales fenómenos anunciaban cataclismos y desastres. El cielo siempre fue matemático, transparente, y no escondía secretos. Sólo lo habitaban los fantasmas invisibles de nuestras religiones y cosmogonías mágicas, pero bastaba un simple vistazo para comprender que allí arriba no hay nada más que lo que podemos ver.

Las profundidades del mar son algo muy distinto. No podíamos observarlas y hasta resultaba imposible intuirlas. El más cultivado de los sabios no podía decir, ni aun de forma aproximada, qué se ocultaba en las simas del océano. A falta de mejor información que los rumores literarios y la tradición oral de los marinos, imaginábamos un mundo oscuro plagado de seres monstruosos. Monstruosos en tamaño, y monstruosos en aspecto. Ni siquiera hoy, con toda nuestra tecnología, hemos conseguido más que echar una breve ojeada a algunos vericuetos infinitesimales de una región de tinieblas varias veces más extensa —en lo horizontal, porque en lo vertical tendríamos que multiplicar aun más— que todas las naciones de la Tierra juntas. ¿Qué hay ahí abajo? Muy sencillo: ahí abajo hay misterio.

Cuentan que H.P. Lovecraft desarrolló una aversión al mar tras consumir productos de pesca en mal estado que le hicieron enfermar terriblemente, causándole terribles pesadillas. No es extraño pues que los monstruos de sus historias de terror provengan de dos lugares: de dimensiones desconocidas perdidas en el espacio exterior —espacio que por aquel entonces se estaba empezando a explorar con ahínco, algo de lo que Lovecraft se hizo eco a su manera— pero también del interior de los mares. Los caminos de la mitología son inescrutables, pero siempre llegan a los mismos sitios, y Lovecraft describió el horror de los cielos como un duplicado especular de los horrores del mar. Aquellas dimensiones paralelas de las que él hablaba eran, en realidad, versiones abstractas del propio océano: lugares misteriosos en cuya superficie, de vez en cuando, asoman extrañas criaturas para luego volverse a sumergir. No podíamos ver más allá de la superficie de esas dimensiones ocultas: su interior nos estaba prohibido. Quizá sin pretenderlo, Lovecraft inventó un nuevo horror: el de los cielos convertidos en una nueva versión del mar. El horror siempre vuelve al mar.

Steven Spielberg casi lo entendió cuando rodó su célebre Tiburón. Una magnífica película, por momentos más improbablemente lovecraftiana que muchas adaptaciones cinematográficas del verdadero Lovecraft. Y digo que “casi” lo entendió, o que lo entendió a posteriori, porque él mismo admitió que la avería del robot mecánico que simulaba el temible tiburón protagonista le obligó a filmar muchas secuencias sin que apareciese el monstruo en pantalla. Aquellas secuencias fueron las mejores, las más inquietantes. No podíamos ver la amenaza, sólo podíamos intuirla. Estaba allí, bajo las aguas, pero todo cuanto se nos mostraba era una sombra, una aleta quizá; en algunos momentos ni siquiera eso. Un freudiano diría que Spielberg situó el tiburón en la zona invisible y que por ello lo sentimos “navegando en nuestro subconsciente”, que es de donde vienen las peores amenazas. No sería una mala metáfora: el océano podría ser el subconsciente del planeta, el guardián de sus peores secretos. No es lo que el océano nos muestra lo que nos asusta más —los cazadores de ballenas plantaban cara al leviatán encaramados en un bote de remos— sino aquello que el océano nos oculta.

Antes de que Lovecraft hablase de monstruos venidos del fondo del mar —o de otras dimensiones, que vienen a ser lo mismo— cuyo más horroroso defecto es ir contra la ley natural, Herman Melville ya jugó con esta idea en Moby Dick. La ballena blanca no es un monstruo por el mero hecho de ser una ballena: Melville, como buen ballenero de la época, conoce bien a estas criaturas y sabe que son sólo animales. En su célebre novela —que es casi más un tratado sobre los cetáceos— describe cada parte del cuerpo y cada órgano, aunque insiste tozudamente en que son peces y no mamíferos… cosas de balleneros. Si Moby Dick es un monstruo, se debe a que pertenece a la región misteriosa de los océanos. Puede desaparecer bajo las aguas durante meses sin que ningún barco ballenero la localice. No vive en la superficie como los demás cetáceos. Y parece que puede pensar. Por eso es un monstruo y no una ballena vulgar, porque su existencia contradice el orden natural, el orden de Dios —el orden que rige los cielos—y responde al misterio de las profundidades, al desorden, a lo antinatural, esto es: a lo diabólico.

El capitán Achab, obsesionado con dar caza a la ballena blanca —según él, para vengar el que Moby Dick le hubiese arrancado una pierna— es en realidad el único acólito de un culto pagano creado por él mismo. No odia a Moby Dick, pese a que lo afirma una y otra vez como para convencerse de ello. Odia a Dios, que fue quien realmente le arrebató la pierna, porque es Dios quien establece lo que sucede en el mundo. Achab, pese a su intento por persuadirnos de lo contrario, adora a la ballena blanca, que es el mism0 demonio: así, rindiendo culto a una criatura de las desordenadas profundidades, manifiesta su rencor hacia el orden celestial. Achab no quiere vengarse de la ballena blanca: quiere más bien entregarle su alma. Cuando el narrador de la historia, Ismael, está a punto de enrolarse en el Pequod —el barco de Achab— un hombre le advierte a gritos en el puerto de que el barco está maldito. ¿Por qué? Porque Achab es un pagano, un blasfemo, un adorador de ese monstruo de las profundidades con forma de ballena blanca. Achab no pelea contra Moby Dick, sino contra Dios y contra las leyes y designios de Dios. Esta asimilación que Melville hizo entre profundidades, desorden metafísico y paganismo fue reproducida de manera más barroca —y por qué no decirlo, también menos elegante— por Lovecraft en sus mitos, donde ya se habla abiertamente de hombres que rinden culto a las criaturas de las profundidades (del mar, o del espacio)

Melville, en su novela, también hablaba del kraken, calamar o pulpo gigantesco que habita también aquella parte oculta y maldita de los océanos, cuya esencia demoníaca Lovecraft destiló en sus famosas criaturas de otros mundos, como el célebre Chtulhu. El kraken es, al igual que Moby Dick, un ente que desafía la ley de Dios y que por tanto sólo se explica como habitante de las simas abisales, hogar de todos los demonios.

Las profundidades del piélago son, pues, el infierno. Los dioses nos amenazan con el fuego pero después, en la práctica, nos castigan con el agua. El Jehová bíblico, furioso con la pecadora humanidad, exterminó a casi toda ella mediante un diluvio, esto es, enviando a los hombres al fondo de los mares. La Atlántida de Platón fue hundida en el mar por los dioses cuando los atlantes se mostraron soberbios e irrespetuosos. No hay fuego eterno como castigo final, sólo eterna inmersión en las aguas; ése es el verdadero tormento. De hecho ¿cuál fue el milagro que Jesús obró sobre sí mismo? No fue el caminar sobre el fuego, sino el caminar sobre las aguas. No hundiéndose, Jesús desafió al infierno, que está allá, escondido bajo el vientre de las olas.

Un infierno de fuego no tiene sentido, aunque la tradición religiosa se haya aferrado a ese concepto, extraído sin duda de la observación del subsuelo y los fenómenos volcánicos. Y no tiene sentido porque el fuego destruye… y una vez destruido el pecador, quedan destruidos también sus pecados, lo cual inhabilita la necesidad misma de dicho infierno. Un infierno de agua, en cambio, ahoga al pecador pero no destruye su cuerpo, ni sus pecados. Además, en un infierno de fuego no puede habitar demonio alguno, pues el fuego, al destruir, lo purifica y elimina todo. Demonios incluidos. Pero el infierno de agua está habitado, porque es habitable, y aparece plagado de ángeles caídos a las profundidades, que sufrieron la metamorfosis del desorden y se convirtieron en aberraciones blasfemas como calamares gigantes y ballenas blancas pensantes.

El infierno tradicional, envuelto en llamas, es probablemente una simplificación que usa el dolor físico —el agudo padecimiento sensorial producido por el fuego— como amenaza inmediata y comprensible, que sustituye la más abstracta e intrincada amenaza del fondo oceánico. Los peligros de dicho fondo están ahí, pero las consecuencias directas de esos peligros son algo que no hemos experimentado nunca y no conocemos bien. Sabemos qué nos ocurre cuando nos quemamos —un dolor intenso, insoportable—pero no sabemos qué sucede si el mar nos lleva con él para siempre. Un castigo de naturaleza misteriosa no constituye una amenaza concreta y el terror que provoca es trascendental, pero sordo y difuso. Además, si el pecador cae en un volcán no puede sobrevivir; pero en un infierno de agua puede intentar nadar, esto es, llegar a un pacto con los demonios como hicieron los personajes de las historias de Lovecraft, o como hizo el capitán Achab. Una idea poco útil para los propósitos proselitistas de una religión organizada. Es muy útil, en cambio, para la literatura y el cine. La ficción se nutre mejor de infiernos hechos de agua, y la amenaza indefinida de lo desconocido resulta más atrayente que la amenaza inmediata de lo experimentado.

Hace unas semanas, un investigador del océano afirmó haber encontrado una cueva submarina en la que hace millones de años habitó un cefalópodo gigante, una versión jurásica del legendario kraken, mucho antes de que existiese el hombre o cualquier ancestro que recordase remotamente al hombre. Según el investigador, las paredes de la caverna están adornadas con esqueletos de ictiosaurios —unos dinosaurios marinos de unos quince metros de largo—con sus huesos cuidadosamente colocados, casi como con intención ornamental, por la gigantesca criatura que les habría dado caza. Aunque la naturaleza del hallazgo sea desmentida en un futuro, lo cual siempre es posible, lo más fascinante no es la idea de que hubiese existido o no esta criatura, sino el imaginarla en su guarida, con los enormes tentáculos recogidos sobre sí, rindiendo culto a los esqueletos que cuelgan de las paredes, como intentando comunicarse con fuerzas desconocidas a través de una extraña ceremonia pagana. Exactamente igual que en las historias de Lovecraft. Quizá fue así como Moby Dick obtuvo su inteligencia y sus aberrantes capacidades, tras vender su alma a demonios submarinos todavía más poderosos que ella. Quizá en el retablo de huesos de ictiosaurio esté la puerta que conduce a los secretos del infierno. En realidad lo de menos es si el hallazgo es lo que su descubridor dice que es, o no. Quién sabe, quizá los huesos que aquel monstruo de eras lejanas ordenó con tanto esmero son un mensaje que, millones de años después, podría desatar las fuerzas de lo profundo. Alguien debería rodar una película sobre ello. Una buena película donde nunca veamos al monstruo, pero sí a sus adoradores fanáticos, sus cuevas-templo repletas de huesos y los extraños efectos de su demoníaco poder. Y al final de la película podrían revelarnos que fue el último de estos monstruos el que mató a Moby Dick, para cobrarse una antigua deuda, mientras Achab retorna convertido en un profeta del averno. Quizá Lovecraft tenía razón, después de todo. Cuanto más pienso en la idea, más me gusta.