Viaje a la memoria colectiva de un país

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En el siglo XVIII, la obra clave, tanto para el Imperio británico como para el español, fue un diccionario. En Inglaterra, el escritor Samuel Johnson emprendió la titánica empresa de componer el más importante que tuvieron en las islas hasta el siglo XX; no en vano, pronto sería conocido —pues así lo publicitaba su portada en posteriores ediciones— como el Johnson’s Dictionary. Para ello, su autor contó únicamente con la ayuda de copistas que transcribieron para su primera edición una impresionante colección de citas «de los mejores escritores», con las que el sabio de Lichfield ilustró sus cuidadas definiciones. Los especialistas en lexicografía nos recuerdan que los libreros de Londres, que fueron quienes le hicieron el encargo, le pagaron mil quinientas guineas (equivalentes a unos doscientos cincuenta mil euros en la actualidad). Con esta obra se prometía, gracias a los «distintos significados» de las palabras y sus ejemplos a partir de la obra de escritores de prestigio, «una historia del lenguaje y una gramática inglesa». Después de siete años de trabajo, el 4 de abril de 1755 apareció A Dictionary of the English Language, un diccionario en dos tomos cuya versión abreviada de 1756 extendería su reinado en Inglaterra hasta la llegada del famoso Oxford English Dictionary en 1928 (que ya había publicado sus primeros volúmenes en la segunda mitad del siglo XIX). 

Cabe recordar aquí que España se había adelantado a Inglaterra con notables ejemplos. Y no solo con la obra pionera del sevillano conocido como Elio Antonio de Nebrija, que se abrió camino en este campo con su Dictionarium latino-hispanicum, publicado en Salamanca en 1492. O con el fascinante Tesoro de la lengua castellana o española (1611), de Sebastián de Covarrubias. En 1713 se daban a conocer los criterios que regirían el diccionario de la Academia en Planta y méthodo, que, por determinación de la Academia Española deben observar los académicos, en la composición del nuevo diccionario de la lengua castellana, a fin de conseguir su mayor uniformidad. Su proyecto lexicográfico, el conocido como Diccionario de autoridades (1726-1939), aspiraba a convertirse en el estandarte de la cultura española con el emblema «limpia, fija y da esplendor», elegido el 24 de enero de 1715, día en que se aprobaron los primeros estatutos de la Real Academia Española. En el espejo retrovisor, por decirlo con un vistoso anacronismo, estaba el Vocabolario de la Accademia della Crusca florentina, que apareció tan solo un año después de la obra de Covarrubias. El imperio de las palabras como clara demostración de fuerza geopolítica.

Precisamente para que sea una herramienta poderosa, todo buen diccionario debe, sin duda, recoger los usos de la lengua más representativos entre sus hablantes, pero ¿qué era aquello que había que limpiar y fijar para conseguir ese ansiado esplendor español? ¿Qué era lo que en realidad necesitaban los libreros de Londres para tener que desembolsar semejante suma? Años antes, en 1707, el anticuario Humfrey Wanley incluyó en su lista de deseos o good books wanted un diccionario que fijara el inglés, y ha de remarcarse que en inglés el verbo to fix significa tanto fijar como reparar. Los ojos estaban puestos inevitablemente en Italia y en Francia. En la lengua inglesa quedaban demasiados rastros de los siglos en los que el francés, o más bien el anglonormando, fue el idioma oficial de la corte de Inglaterra; había también, sin duda, demasiados galicismos en el español. Antes de que el dinero y las vidas se pusieran a disposición de los grandes bloques occidentales a comienzos del siglo XIX, el XVIII fue un excelente caldo de cultivo en el que debatir sobre el estado del idioma. ¿Qué hizo Francia ante este concurso de palabras? Una enciclopedia. La Enciclopedia. Lo decía bien Ramón Gili Gaya al comienzo de su obra sobre la lexicografía del XVIII

Toda obra de ciencia o de arte es un signo cultural de la época que la produjo; nos habla de las preocupaciones de sus creadores, de los supuestos en que se apoyaban, de sus apetencias intelectuales y hasta de los conflictos y contradicciones en que toda cultura verdadera se debate.

Diderot y D’Alembert, los directores a los que el editor André Le Breton encargó su proyecto tras un intento fallido con John Mills y Gottfried Sellius, nos hablaron de la esencia francesa o, al menos, de la esencia que los franceses han querido mostrar siempre a los demás: el conocimiento y la cultura como bienes nacionales. Así, lo que en un primer momento iba a ser una versión francesa de la enciclopedia inglesa de Ephraim Chambers, la Cyclopaedia or an Universal Dictionary of Arts and Sciences (1728), se convirtió en L’Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers (un diccionario razonado, como su nombre indica, de ciencias, artes y oficios), el altavoz de la Francia ilustrada que abandonaba el carácter universal de la obra inglesa para centrarse en los valores a los que debía aspirar la nación gala. Fue, por ello, el germen de la defensa de los principios de libertad, igualdad y fraternidad, una divisa que cobró gran protagonismo en la Revolución francesa, pero que ya asomaba a finales del XVIII en algunos documentos oficiales. En suma, Diderot, D’Alembert y Le Breton instituyeron las bases de un repertorio en el que las aportaciones de las mentes más brillantes sobre temas capitales convivían con entradas sobre los saberes más pegados a la calle: los que atañen, por ejemplo, al oficio del pan o de la marroquinería. Pero la labor de los coordinadores y su equipo de redactores se distinguió fundamentalmente por una independencia y un pensamiento crítico tan inusitados en este tipo de obras que al año siguiente ya se habían prohibido sus dos primeros tomos.

La estela enciclopedista no se disipó en el XVIII. Un siglo después, mientras Pierre Larousse se consagraba a su proyecto de quince volúmenes, conocido familiarmente como el Grand Larousse du dix-neuvième (o Gran Larousse del XIX, 1866-1876), Gustave Flaubert reciclaba las técnicas de Diderot en varias de sus obras. La «enciclopedia crítica en farsa», o una «especie de enciclopedia de la imbecilidad moderna», que define, según su propio autor, a Bouvard y Pécuchet (1881), o el proto-oulipiano Diccionario de lugares comunes de 1913, por citar dos de los títulos que aparecieron en publicación póstuma, son buenos ejemplos de las estrategias flaubertianas. El afán totalizador francés fue pasando de unas manos a otras, como la energía, que nunca se destruye, sino que se transforma, y así hemos podido leer obras como el Léxico sucinto del erotismo (1959), capitaneado por otro André, también Breton. Lo que nació en un principio como un catálogo de la exposición universal surrealista en París acabó con la redacción de un vocabulario que contó con un equipo de colaboradores entre los que figuran Octavio Paz, Joyce Mansour y Alain Joubert.

En los sesenta, una mente clasificadora, obsesionada con las taxonomías de la tipología más diversa, publicaba su propio concepto de enciclopedia: una colección de cuatrocientos ochenta recuerdos que llevó por nombre Je me souviens (1978). Su autor, Georges Perec, lograba resolver con una fórmula simple la expresión de una noción compleja: tratar de aglutinar las piezas de un puzle con las que formar una enciclopedia cultural de Francia. Así lo expresé en el prólogo que llevaba la traducción de dicha obra, publicada en España por Berenice en 2006 con el título de Me acuerdo. No deja de resultar curioso que aún hoy haya personas que le afeen el gesto a Perec, achacándole que Je me souviens no es más que una versión francesa de I remember (1975), la obra del estadounidense Joe Brainard de la que Perec afirma explícitamente sentirse deudor. Nada más alejado de la realidad o tan cerca como la enciclopedia de Chambers y la de Diderot. Al igual que dos diccionarios pueden llevar el mismo título y conducirnos con la misma técnica —por paradójico que pueda parecer— a lugares distantes (piensen en María Moliner frente al Diccionario de la lengua española de la Academia), dos obras pueden titularse Me acuerdo y separarnos, ya no solo por el peso del país en el que se publicaron, sino porque sus estrategias son claramente opuestas.

Quienes afirman que el Je me souviens de Perec es el I remember de Francia demuestran con ello que es muy probable que no hayan leído la obra de Brainard. En una carta a un amigo, el estadounidense le contaba con una sintaxis algo rebuscada que, mientras componía sus recuerdos, se sentía «como si fuera Dios escribiendo la Biblia. Es decir, no siento como si estuviera escribiendo pero es porque es sobre mí sobre lo que se escribe». Basta, como digo, con leer ambas obras. Mientras que I remember (1975) despide esos destellos de lo que hoy llaman el imaginario colectivo aunque, en realidad, no sean más que espejismos de una primerísima persona del singular, Je me souviens recorre el camino opuesto y logra, con ese mismo pronombre, y a partir de experiencias personales, sintetizar un sentimiento compartido por personas de toda suerte, procedencia y condición, porque lo que verdaderamente comparten es la propia esencia de la enciclopedia: el eje que articula tiempo y nación cultural. El salto de Perec es una pirueta cargada de ingenio, el paseo por el alambre de un funámbulo, un desafío a quienes parecen creer que no se puede hacer algo nuevo a partir de una idea anterior o que todo lo que se haga a partir de esa obra previa está condenado a repetirse. En su breve obra El viaje de invierno, también de publicación póstuma, Perec analizaba la experiencia de la apropiación textual. Nada en Perec es nuevo y, a un mismo tiempo, todo lo es, demostrando así que no copia quien quiere, sino quien puede. 

En 1975 aparece Roland Barthes par Roland Barthes, obra en la que el filósofo francés se preguntaba si «no podría definirse cada texto por el número de objetos dispares» que contiene; a la crítica «antiestructural», afirmaba Barthes, «le bastaría para ello con considerar toda obra como una enciclopedia». Ya lo había visto así Raymond Queneau, quien, tras separarse de los surrealistas, comenzó a trabajar en los años treinta en una Enciclopedia de las ciencias inexactas que llevaba por subtítulo «Los locos literarios», y que, con un amargo guiño a su naturaleza heteróclita, rechazaron los editores. Caprichos del destino, en 1956 Queneau se convirtió en el director de la Encyclopédie de la Pléiade de Gallimard. No sorprende, por tanto, que, cuando falleció el 25 de octubre de 1976, al día siguiente Italo Calvino le dedicara su obituario en Corriere della Sera definiéndolo como «un moderno enciclopédico». La enciclopedia, esa memoria colectiva de un país que se infiltra en las letras francesas como los ríos subterráneos que impregnan la tierra que rara vez tocamos. 


María Moliner, nuestra señora de las palabras

Este artículo ha sido ganador del XXVII Premio de divulgación feminista Carmen de Burgos, concedido por la Universidad de Málaga.

La palabra no es una etimología, sino un puro milagro. (Ramón Gómez de la Serna).

Madrid, 1952. En el principio fue una mujer sola. 

Una mujer menuda que trabajaba en la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid, una señora de aspecto inofensivo que, sentada un día en su casa a sus cincuenta años, decidió escribir un diccionario. Su tarea, que escogió como solo se escoge un amor o un apostolado, duró quince años desde el momento de la decisión y la primera ficha de la primera palabra hasta la publicación del primer tomo del Diccionario de uso del español en 1966. 

Nunca hay que fiarse de las señoras de aspecto inocente y respetable, son capaces de sentarse tranquilamente en la mesa de su cocina durante quince años y preparar una jugada maestra que ponga en jaque a la Real Academia Española. 

No fue un capricho hacer el diccionario, aunque sonase como una locura. De hecho, antes de decidirse, valoró la posibilidad de escribir algún tipo de material pedagógico o un ensayo. Sin embargo, era obvio que la censura caería sobre ella y sería imposible de publicar. María Moliner había sido represaliada al final de la guerra civil por formar parte, junto con su marido, del movimiento republicano. Aunque en su historial no constaba actividad puramente política, su labor intelectual fue más que suficiente para llevar hasta el final su expediente de depuración.

Había formado parte de la delegación valenciana de las Misiones Pedagógicas, encargándose del proyecto de creación de bibliotecas rurales y populares. Durante el primer bienio republicano compatibilizaba este trabajo con sus clases de historia en el Instituto Cervantes de Madrid, donde coincidió con Antonio Machado, que también era profesor en el centro. Más tarde, fue destinada a Valencia para dirigir la Biblioteca Universitaria. Desde el balcón de su casa, en el número 22 de la Gran Vía del Marqués del Turia, vio junto a su marido y sus hijos entrar a las tropas nacionales. Había tocado perder y empezaba la derrota.

Como es lógico, los expedientes de depuración escenificaron un fuego cruzado entre funcionarios para dirimir disputas y celos profesionales. Hay que aproximarse a ellos con prudencia, nunca con ingenuidad.(Inmaculada de la Fuente1).

La revancha de los vencedores le hizo perder dieciséis puestos en el escalafón del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, donde entró en 1922 siendo la mujer más joven de la historia de la institución y la sexta que conseguía aprobar las pruebas de ingreso. Que se había licenciado en Filosofía y Letras en Zaragoza por la rama de Historia con premio extraordinario casi no vale la pena ni mencionarlo, para la época era impensable que una señorita estudiase y no fuese excepcional.

Como parte de la sanción, será destinada primero al archivo de Hacienda y luego a la biblioteca de Ingenieros Técnicos Industriales en Madrid. Ambos eran puestos sin filiación política, donde no se manejaba material con contenido considerado «sensible», ni era precisa una persona «de confianza». 

Por eso, para alguien con inquietudes intelectuales y con formación como archivista y bibliotecaria, un diccionario era perfecto. Ningún censor iba a invertir su tiempo en leerse una definición tras otra buscando contenido político, aunque fuese ella quien lo escribiese. Era un plan sin fisuras.

Incluso para lo sobrehumano hace falta un punto de partida, y doña María encuentra el suyo en el Learner’s Dictionary que su hijo Fernando le trae de París en 1951. Un diccionario de uso, monolingüe y sencillo, que le sirve para mejorar su propio inglés y le hace pensar que, tal vez, en seis meses, o como máximo dos años, ella podría hacer una herramienta parecida en español. Un diccionario que explicase de manera concisa el significado de las palabras yendo más allá del puro sinónimo. Con un lenguaje actual, huyendo de tautologías y autorreferencias, que convertían a veces el diccionario de la RAE en un callejón sin salida anquilosado y decimonónico. 

Y entonces, con una referencia clara de a dónde dirigirse, otra de la que huir y sin nada que perder, María Moliner empezó su diccionario. 

A veces en una mesita de su sala de estar y otras en la de la cocina, armada con un bolígrafo para anotaciones al margen y una máquina de escribir, redacta fichas con las definiciones de palabras que va guardando, primero en cajas de zapatos, luego en los cajones de la cómoda del salón. Para consultas utiliza el diccionario de la RAE, el ideológico de Casares y el etimológico de Corominas. El suyo será la suma de estos y aún un poco más. Pero eso todavía nadie lo sabe, ni siquiera ella misma. 

Cuando ya han pasado al menos un par de años de labor en solitario y un número considerable de fichas está terminado, llega a oídos de sus amigos Dámaso Alonso y Rafael Lapesa que doña María está haciendo un diccionario fuera de sus horas de trabajo en la biblioteca. Ambos filólogos no dan crédito a la exactitud y la brillantez de muchas de las definiciones. La autora ha estudiado el diccionario de la RAE al detalle y lo demuestra en el suyo que, entre otras cosas, enmienda errores y mejora definiciones que en el de la Academia habían quedado obsoletas. Dámaso Alonso no tienen dudas de que la obra, a la que aún le quedan años para ser finalizada, es valiosa y debe ser debidamente revisada y publicada. Se pone en contacto con Gredos, donde él mismo dirige su colección principal y hace presión para que acepten la publicación del diccionario de María Moliner. Los cuatro socios de la editorial se lo piensan durante tres meses, no era una decisión fácil, un diccionario hecho para competir con el de la RAE, y además escrito por una mujer con un expediente políticamente problemático en plena dictadura. 

Pero como a veces tener todo en contra hace que la decisión más descabellada parezca lo único sensato, María Moliner firma el contrato de edición en 1955. 

El compromiso editorial le dará la seguridad y al mismo tiempo la presión necesarias para esmerarse aún más en el trabajo. Sabe que los filólogos y los académicos la considerarán una intrusa, que serán implacables. Además, no quiere defraudar ni a Gredos, ni a Dámaso Alonso, ni a los que han creído en ella. 

Es justo en este punto cuando se da cuenta de que necesita ayuda y llega a su vida María Ángeles de la Rosa, que la acompañará hasta 1962 comprobando referencias, pasando a limpio las notas, las correcciones y, en general, siguiendo sus directrices, porque en el diccionario no se pondrá ni una coma sin que ella la supervise. Su relación será estrecha, casi familiar. María Ángeles la acompañará durante las vacaciones de verano en su casa de La Pobla (Tarragona), donde la familia Moliner pasaba dos meses de verano y doña María podía por fin dedicar toda su jornada a trabajar en el diccionario sin interrupciones. Casi como una obligación, dedicaba apenas diez días libres a la playa y el descanso.

Su rutina en Madrid comienza a las cinco o seis de la mañana, trabaja en la cocina hasta que levanta la mesa del desayuno y se va a su puesto de trabajo en la biblioteca de ingenieros industriales. Cuando su jornada acaba, vuelve a casa y retoma el diccionario. Bien en la mesa de la sala o en su sillón frente a la terraza, donde se sentaba a pensar cuando tenía que enfrentarse a algún problema que se le resistía, doña María trabaja sin descanso y sin queja, con una devoción monacal. El diccionario que iba a tardar dos años en hacerse muta y crece, las fichas se multiplican como el milagro de los panes y los peces y van campando a sus anchas por toda la casa, que se torna una especie de taller lexicográfico donde María Moliner es la jefa de máquinas. 

Es un diccionario para escritores. (María Moliner2).

La particularidad que hace al Diccionario de uso del español una herramienta extraordinaria es que su autora no se limitó a hacer una lista alfabética de significados3

Tomó cada palabra como un ente vivo y escribió cada descripción como una microestructura que orbita en dos ejes. Por una parte, la definición estricta y la ortografía, y por otra, una lista de palabras del campo semántico, sinónimos y expresiones asociadas que ayudaban a entender mejor cómo se utiliza la palabra en el contexto de la comunicación real. Cada entrada en el DUE es literalmente un artículo que pretende ser casi un estudio anatómico de cada término.

De este modo, las palabras no solo están catalogadas, metidas en sus casillas por orden alfabético, sino que interactúan unas con otras, se relacionan formando un corpus como un gran planisferio celeste, donde unas señalan el camino a las otras. Un gran mapa en el que mirar al lenguaje no como piezas disecadas colgadas en una pared, sino como una gran colmena viva, produciendo y reproduciéndose. 

Que esa visión panorámica de la lengua como un todo llegase a nosotros, fruto de la reflexión y el trabajo de una sola persona, es simplemente extraordinario. El favor que nos hizo a lectores y escritores es imposible de medir y mucho menos de pagar.

El diccionario de la Academia es el diccionario de autoridad. En el mío no se tiene demasiado en cuenta la autoridad. (María Moliner4).

Cuando en 1966 se publica, por fin, el primer tomo del Diccionario de uso de español, y en 19675, el segundo, los académicos se asombran, pero no acaban de tomarse muy en serio a esta señora que, según ellos, escribió un diccionario como si fuese un pasatiempo ahora que sus hijos estaban ya mayores. No bastaron tres mil páginas en dos tomos, casi tres kilos de obra y quince años de trabajo para que la considerasen una colega. 

Seguramente la Academia Española está realizando su papel tradicional. Yo veo un poco difícil que se salga de él e invada otros campos. Su papel será siempre el de guardiana de la pureza del lenguaje. (María Moliner).

En 1972 Rafael Lapesa, apoyado por Pedro Laín Entralgo y Carlos Martínez Campos, presenta la candidatura de María Moliner al sillón B de la Real Academia de la lengua española. La propuesta significaba no solo que la mujer que había hecho el diccionario podría ser académica, sino que podría ser la primera mujer de la historia admitida en la RAE. Los académicos no se mostraron entusiasmados, aunque en voz baja admitiesen estar admirados por el trabajo de aquella mujer que, con aspecto casi de monja laica, les había colocado delante de las narices una obra colosal como nunca habían conseguido hacer todos ellos juntos. 

Para colmo, la prensa se volcó con la candidatura y no paró de bombardear con la historia de doña María, incomodando hasta la náusea a los señores académicos, que arqueaban las cejas contrariadísimos. Quienes arrastraban un historial de negar la entrada a Gertrudis Gómez de Avellaneda y a la mismísima Emilia Pardo Bazán tenían que ver con estupor cómo la prensa pretendía meter mano en su feudo y obligarles a admitir en casa a esa señora que les había enmendado la plana sin ser siquiera filóloga. Hasta ahí podíamos llegar.

La RAE, fiel a sí misma, votó por mayoría a Emilio Alarcos, eminente lingüista y salvoconducto perfecto para evitar cuestionamientos incómodos. 

Es una lástima que, por esas circunstancias especiales en que se han desenvuelto siempre los temas que rodean la presencia de mujeres en la Academia, María Moliner no haya podido ocupar un sillón en la entidad. (Miguel Delibes6).

Aunque unos años más tarde Pedro Laín y Rafael Lapesa fueron a hablar con ella para proponerle volver a presentar la candidatura, María Moliner se negó. Había que dar lo perdido por perdido, decía. Además, su salud había empezado a resentirse, como si ahora que el diccionario ya campaba a sus anchas por el mundo algo dentro de ella hubiese empezado a apagarse. 

No tenemos datos contrastados, pero casi podríamos afirmar que la Academia respiró aliviada, aunque no por mucho tiempo. En 1978, cuando Carmen Conde ingresó, por fin, rompiendo el maleficio, dijo que el sillón que se le había adjudicado a ella era, en realidad, de María Moliner. 

Me llamaron por teléfono para darme la mala noticia de que María Moliner había muerto. Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años. (Gabriel García Márquez).

La necrológica que le dedicó en El País Gabriel García Márquez el 10 de febrero de 1981 es, quizá, una de las mejores cartas de despedida que se le podrían escribir. Aquel que retrató a tantos personajes que permanecen en el mismo lugar durante años, repitiendo las mismas acciones una y otra vez, desgastándose por las costuras, pero siendo fieles a su cometido, como el coronel esperando su correspondencia o Ángela Vicario escribiendo dos mil cartas que nunca fueron abiertas, solo podía fascinarse ante la historia de la mujer que se sentó en su casa a escribir su diccionario como quien construye, piedra a piedra, su propia catedral.


1 De la Fuente, I. El exilio interior. La vida de María Moliner (Turner, Madrid). 

2 García Márquez, Gabriel. La mujer que escribió un diccionario (El País, Madrid, 10-2-1981).

3 Como dato adicional a la organización del DUE, conviene señalar que por primera vez la CH y la LL se colocan en el lugar que les corresponde alfabéticamente en las letras C y L, respectivamente. Esta medida no fue adoptada por la RAE hasta 1994.

4 Castelo, Santiago. Conversación con María Moliner (ABC, Madrid, 25-6-1972, pp. 166-171).

5 La única edición del DUE completamente corregida y supervisada por su autora es la correspondiente a 1966-1967.

6 «Una académica sin sillón», (El País, Madrid, 23-1-1981).


Pedro Álvarez de Miranda: «Los hablantes son los dueños del idioma, no lo es la Academia»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 14

Pedro Álvarez de Miranda, filólogo experto en lexicología y lexicografía, es catedrático de Lengua Española en la UAM e ingresó en la Real Academia Española en 2011 con la lectura del discurso En doscientas sesenta y tres ocasiones como esta, un apasionante relato de la historia de la RAE a través de los discursos pronunciados previamente. Ha dirigido la vigésimo tercera edición del Diccionario de la lengua española, cuya versión en papel fue publicada en 2014 y se puso en línea en octubre de 2015 con una estética y una funcionalidad mejoradas. En sus didácticos artículos publicados en la revista digital Rinconete del Centro Virtual Cervantes ejerce de divulgador de la lengua española con un poso de humor y una claridad expositiva que le definen y que espero que se perciban en la entrevista.

Según reza el Diccionario, inmediatamente después de publicada una edición, siempre se reanuda. ¿Ya se está trabajando en la siguiente edición?

Sí, ya se está trabajando. A lo largo de toda la historia del Diccionario ha sido así, al día siguiente de salir una edición ya se ha empezado a trabajar. Lo que pasa es que las circunstancias son distintas. No se puede ocultar que la situación actual es un poco particular. Aunque nadie ha dicho en la Academia que esta vaya a ser la última edición en papel, sí que es cierto que algunos periodistas lo han dicho e incluso lo han puesto en boca de algún responsable de la Academia. Por decirlo en los términos en los que lo plantea el director: si antes se hacía una edición en papel que se colgaba en la red, ahora se hará un diccionario electrónico del cual se harán versiones en papel. Cambia el punto de vista. Y sí que se está trabajando ya en lo que será la vigésimo cuarta edición, en torno a la cual hay todavía muchas incógnitas y probablemente estará ya diseñada y concebida como libro electrónico.

Otra de las noticias que habían surgido es que será de nueva planta.

Sí, también. Eso es lo más delicado. Es la decisión más difícil: si hay que hacer tabula rasa de toda esa tradición lexicográfica de tres siglos o no. Una tabula rasa absoluta es difícil de hacer, porque la Academia tiene que ser en cierto modo fiel a esa tradición. Ahí hay muchos interrogantes abiertos en estos momentos; pero sí, se habla de una nueva planta.

¿Puede explicar la diferencia entre trabajar como hasta ahora con un diccionario acumulativo, las ventajas y desventajas que plantea, las palabras en desuso que mantiene, etc., y cómo sería el nuevo según se está planteando?

Se está debatiendo mucho. Creo que el diccionario de la Academia no puede ser «contemporaneísta» o que refleje exclusivamente el español de hoy. Siempre se ha dicho que tiene que servir para interpretar a los clásicos. El problema no es tanto que contenga palabras desusadas, que las contiene con su marca —a veces—, sino que hay palabras que no llevan marca de desusadas y sin embargo lo están. O hay entradas que se incorporaron con un fundamento textual muy débil en un determinado momento por haber encontrado una rara palabra en un texto o en otro repertorio lexicográfico y que, como el diccionario es acumulativo, se han quedado ahí y están pendientes de una revisión profunda. Hay bastante lastre que hay que plantearse si tiene que estar o no; no por anticuado, sino por escasamente fundamentado. Es decir, las palabras que estén ampliamente documentadas en textos antiguos, y por tanto palabras con las que puede tropezar el lector de un clásico, por ahora, el consenso es que sí deben estar, con las correspondientes marcas de desusado, etc.

¿Depende de que esté totalmente operativo el diccionario histórico?

Para mí depende absolutamente de ese hecho. Me parece que el proyecto más importante que tiene la Academia entre manos en realidad es el diccionario histórico, porque permitiría manejar una información fiable de todas esas palabras. La operación de reconstrucción y de revisión que exige el diccionario histórico hay que hacerla para el diccionario común; pues hagámosla fundamentalmente para matar dos pájaros de un tiro: para elaborar el histórico y para que el diccionario común sea el resultado depurado de las conclusiones a las que se haya llegado sobre la historia de las palabras. Esto es algo que en otras lenguas se ha hecho. Los diccionarios que publica Oxford son tan buenos porque tienen detrás el respaldo del gran diccionario de Oxford, cuya segunda edición en papel ocupaba veinte tomos. Un diccionario estupendo de francés que es Le Petit Robert es tan bueno porque es la versión compendiada de un gran diccionario, Le Robert, de ocho tomos. En realidad el llamado ahora DLE o diccionario común de la Academia, en mi opinión, debería ser un resumen del gran diccionario histórico que no tenemos.

¿Y en qué punto se encuentra el histórico?

Después de varios intentos a lo largo del siglo xx, de grandes obras en papel, ahora la Academia inició un proyecto del llamado Nuevo diccionario histórico del español que dirige don José Antonio Pascual y del cual se ha colgado en la red una muestra muy interesante de unos mil artículos. Mil es poco, pero ya es algo. El problema está en que —esto se lo podría decir mejor don José Antonio— calculo que un diccionario histórico completo de la lengua española podría tener unas trescientas mil entradas. Para que se haga una idea, el diccionario común tiene unas noventa mil.

Cuando se presenta una edición suele ser noticia la anécdota de alguna palabra llamativa que se ha incluido. Sin embargo, en esta edición la revisión ha sido bastante profunda, como la moción de género, los americanismos… ¿Qué elementos suponen una mayor renovación?

Efectivamente, yo me alegro mucho de que usted se fije en aspectos que no son los triviales y anecdóticos en los que se suele fijar mucha gente y en torno a los cuales se montan a veces esas polémicas bastante absurdas, como el famoso amigovio. Los americanismos son un capítulo importante; el procurar incorporar la moción de género en las profesiones o actividades cuando efectivamente se documenta el femenino —no por cumplir con no se sabe qué imposiciones de no sexismo— bien con flexión, bien con moción a través del artículo. Hace mucho tiempo, la palabra taxista venía en el diccionario como masculino; por supuesto, no tiene flexión de género, pero evidentemente existe «el taxista» y «la taxista», por tanto la marca gramatical que debe llevar, y ya la lleva desde hace tiempo, es de masculino y femenino. Otra pequeña novedad de esta edición: hasta 2001 decía «común», ahora, creo que con buen criterio, dice «masculino y femenino». Poner la marca «común» podía llevar a ese error en el que algunas gramáticas incurrían de hablar de un género común. No hay más que dos géneros: masculino y femenino. También se hablaba de un género ambiguo; las palabras ambiguas llevan la marca «m. o f.», que no es lo mismo que «m. y f.». Estas sutilezas técnicas la mayor parte de la gente no las capta o no se da cuenta del trabajo que suponen y la importancia que tienen. Las marcas se han mejorado bastante, también las palabras gramaticales; queda por hacer una buena revisión en los verbos, que son mejorables. Se ha hecho también un tratamiento más racional de las variantes, se da información sobre la ortografía y sobre aspectos morfológicos de la palabra. Por ejemplo, sobre las variantes: si antes se consultaba sicología ponía psicología en negrita, que era una forma de indicar «véase». Pero el que consultaba la forma psicología directamente se quedaba sin saber que existe la variante sin «p», que a mí personalmente no me gusta, pero la Academia la da por válida. Ahora en una y otra forma indica «véase». Son pequeñas mejoras de técnica lexicográfica que dan su trabajo y que junto al incremento de voces, de americanismos, etc., puede decirse que ofrecen una edición bastante renovada. Aun así todavía es una edición muy deudora de toda esa tradición lexicográfica de la que le hablaba antes y requeriría una revisión más a fondo.

El DLE es considerado el diccionario normativo de la lengua española. Sin embargo, tiene un evidente carácter descriptivo que a veces genera problemas de interpretación por parte de los usuarios. ¿Podría explicar cómo se trabaja el léxico en contraposición a otras disciplinas prescriptivas como la ortografía?

De los ámbitos de actuación de la Academia el más claramente normativo es la ortografía. Ese sí que es normativo al cien por cien. La ortografía es una cuestión convencional. Es un código, como el de la circulación. En España se conduce por la derecha y en Inglaterra se conduce por la izquierda; da igual circular por la derecha o por la izquierda, pero hay que ponerse de acuerdo en que todos circulemos por un lado o por otro. Con la ortografía pasa algo parecido. Determinadas palabras se escriben con b y otras se escriben con v, no es que sea arbitrario y convencional, hay razones etimológicas e históricas para que se escriban con una o con otra, pero la mayoría de las personas tienen que memorizar visualmente si una palabra se escribe con b o con v porque las dos representan un mismo fonema y, más claro aún, llevan tilde las agudas que terminan en n, s y vocal y las llanas que acaban en consonante que no sea ni n ni s; pero podría ser al revés. La Academia en un momento determinado decidió que esto es así y los hispanohablantes lo acatamos. Es cierto que hay lenguas que tienen una ortografía consensuada por tradición y que no tienen una institución que dicte normas ortográficas, pero nosotros sí la tenemos y lo bueno es que todos los países hispanohablantes la acatamos sin ningún cisma. Es muy importante que aseguremos la unidad ortográfica. En materia ortográfica soy ultraconservador, creo que tenemos una ortografía muy sencilla, muy racional y que lo mejor es no tocarla. Las pocas cosas que se tocan suscitan rechazo porque los hablantes también son muy conservadores y un cambio los irrita. Tardan mucho, a veces varias generaciones, en digerirse y asimilarse los cambios. Por ejemplo, la tilde de los monosílabos verbales fue, fui, vio y dio la quitó la Academia en 1959 y todavía hay algún despistado al que se le escapa la tilde. Porque las generaciones antiguas tenían ya grabadas esas tildes.

Tenía pensado preguntarle si está a favor de no poner tilde al adverbio solo, porque estoy haciendo un censo de académicos rebeldes. Aunque sé su opinión porque tiene publicado un artículo donde lo explica claramente.

No es que esté a favor, es que yo ya no la ponía porque me atenía a lo que decía la Academia: que solo se pusiera en los casos de anfibología; y los casos de anfibología son poquísimos. Si se presentaba un caso la ponía pero no sistemáticamente como hacían las imprentas. Porque esto era cosa de las imprentas. De hecho, en cosas mías me ponían la tilde contra mi voluntad, porque mi original no la llevaba, pero se ve que decían «este tío no sabe escribir»; yo en las pruebas la quitaba y a veces ponía un comentario «por favor, que no es obligatoria esta tilde, no me la pongan» y a veces la volvían a poner porque no les convencía. En 2010 no ha hecho la Academia sino ratificarse en el carácter no solo no obligatorio, sino que en 2010 se queda al borde de decir que no se ponga nunca.

No ha tenido el valor.

No ha tenido el valor de decir que no se ponga nunca, pero viene a decir «no es necesaria ni siquiera en los casos de anfibología». El otro día había un titular de El País que era un caso muy bueno. Decía «Rajoy gobernará solo si su lista es la más votada» y quería decir que gobernará solamente si su lista es la más votada. No llevaba tilde, por tanto lo primero que leí es que Rajoy gobernará solo, es decir, no en coalición. Es un caso precioso de anfibología. No llevaba tilde porque El País está siendo bastante obediente. En cambio, por curiosidad me metí en la página de El Mundo y me encontré exactamente el mismo titular con tilde. Bueno, pues yo creo que la tilde ahí es muy oportuna porque yo pegué un bote pensando «¿Que Rajoy gobernará solo? Más quisiera». No obstante, hay razones para esa norma del solo y si se ha leído mi artículo ya conoce mi opinión. Pero volvamos a los diccionarios. En el terreno de los diccionarios la normatividad es mucho menos clara porque la lengua no está sujeta a un dictado convencional de normas, sino que los hablantes son los dueños. Volviendo al símil de antes, la DGT tiene que regular el tráfico y poner normas, pero no puede imponerme si llevo un coche rojo o azul, de una marca o de otra. La libertad es muchísimo mayor en el terreno del léxico. Usted ha mencionado dos palabras fundamentales en esta cuestión: lo normativo y lo descriptivo; muchos lingüistas tenemos claro que el único enfoque lógico del estudio de la lengua es el descriptivo y que la norma emana de la descripción. No puede haber normas si no hay una buena descripción previa, porque la descripción de los usos normales, eso, es la norma. La norma no se basa en una imposición exógena, sino que emana de la propia lengua, en definitiva, de la voluntad de los hablantes y lo que hacen las autoridades gramaticales, la gramática de la Academia y la que se enseña en las escuelas, es sancionar o codificar una determinada norma que emana del uso. Los hablantes son soberanos en el terreno gramatical y en el terreno léxico. Esto es así, los hablantes son los dueños del idioma, no lo es la Academia. Cuando me dicen «¿Se puede decir tal palabra?», contesto: «Dila, ¿has podido? Pues se puede decir». La Academia no puede poner multas por el uso de las palabras, ni por el uso del laísmo ni por nada. Ahora, el laísmo no tiene el prestigio de la norma culta del español y, por tanto, una persona que quiera atenerse a la norma culta puede recurrir a la gramática que describe ese uso. Este uso no es prestigioso en la mayor parte de los países hispánicos y por tanto se recomienda evitarlo. Si usted quiere emplearlo, empléelo, no pasa nada. El paso que ha dado la Nueva gramática es impresionante. Son cuatro mil páginas de descripción del uso y de esa descripción emanan recomendaciones normativas, no imposiciones. Lo curioso es que a la gente le gusta que la Academia sea más normativa de lo que es. Hay una obra de la Academia que sí es puramente normativa: el Diccionario panhispánico de dudas, y a la gente le gusta.

Lo que pasa es que está muy desactualizado.

Sí. Yo lo vengo diciendo ya desde hace mucho tiempo. Es de 2005 y en diez años las obras normativas se quedan anticuadas. Además, no coincide con la propia doctrina ortográfica y gramatical de Academia. En estos momentos está ya prevista la segunda edición del DPD, pero me parece una de las tareas más urgente que tiene la Academia. En cuanto al léxico, pues ocurre lo mismo que con la gramática. A mí me parece que el mejor diccionario que podría hacer la Academia sería un diccionario que fuera tan rigurosa y exhaustivamente descriptivo y tan suavemente normativo como es la Gramática. Pero el léxico es bastante más complicado, la codificación lexicográfica es más rígida que la de una gramática y la diversidad dialectal regional e hispanoamericana es muy compleja, aunque la gramática lo ha resuelto bien. También se está pensando en una segunda edición de la Gramática, siempre se puede decir que todas estas obras son mejorables y al día siguiente de ser publicadas ya se empieza a trabajar. Ignacio Bosque tiene recogidos muchos materiales para cosas que le gustaría matizar, modificar o mejorar.

Con frecuencia los hablantes plantean quejas sobre términos que según su percepción no están reflejados de forma adecuada. Por poner un caso típico: el significado de «bizarro», que tiene muchos registros literarios con el significado de «valiente» pero que se percibe con el significado de «extraño» aunque tiene registros limitados. Me gustaría que describiera el proceso por el que se decide qué palabras y acepciones entran o salen del diccionario, a qué fuentes se recurre, etc.

Ese ejemplo que pone es el de una palabra que está adquiriendo tal vez un significado nuevo por un fenómeno que se llama préstamo semántico. El inglés bizarre está trasfiriendo a su cognado español un significado que no tenía. Ahí depende de hasta dónde queramos tener la manga ancha en cuanto a los anglicismos semánticos, que es lo que es esto, no un calco como lo llaman algunos; como ocurre con doméstico, o como ha ocurrido con sofisticado, que tenía un significado que no es el que ahora cada vez más tiene y ya está recogido en el Diccionario, el de «complejo técnicamente». Desde luego yo voy a procurar evitar siempre usar «vuelos domésticos» en lugar de «vuelos nacionales», porque si ya tenemos la manera de decirlo en español no aporta nada y sí que es una forma subrepticia de penetración de la influencia inglesa. Y lo mismo podría decir de bizarro, pero en general soy bastante tolerante. No me rasgo las vestiduras ni por los neologismos absolutos ni por los neologismos semánticos ni por los préstamos ni por los calcos, porque las lenguas evolucionan así, a golpe de préstamo, de imitación, de influencia… Los que somos historiadores de la lengua tenemos una visión bastante relativizadora de todos estos alarmismos. En el siglo xviii hubo voces que pronosticaron que la lengua española iba a desaparecer a manos del francés, y no fue así. La lengua española sobrevivió a una enorme influencia del francés y creo que también sobrevivirá a la influencia del inglés. La gente tiene una tendencia natural al purismo. Yo lo comparo con el racismo: a nadie le gusta reconocerse purista, pero sin embargo hay bastantes.

De hecho, hay tantos puristas que se suele decir que la RAE «ha bajado el listón». Usted, que es conocedor de la historia de la Academia, ¿tiene la percepción de que sea menos conservadora?

En general yo creo que la Academia tiene la manga más ancha que antes porque se va haciendo más descriptiva que prescriptiva —dejemos la palabra normativo, una variante de la normatividad es la prescripción—. Pero aún hay gente que tiene esa percepción de que lo que no está en el diccionario no se puede decir.

Esto de que el Diccionario se considere poco menos que el certificado de que algo existe o no y que incluso se haya pretendido usar en alguna ocasión para dirimir cuestiones legales refleja un reconocimiento de autoridad que debe de ser gratificante, aunque un poco desproporcionado.

Sí, a mí me resulta desproporcionado, pero el caso es que es así. Sin buscarlo la Academia, yo creo, el acatamiento es impresionante. Pero los que somos profesores de lengua hay una palabra que en nuestras clases no empleamos nunca, que es la palabra «correcto». Esa palabra para un lingüista no tiene mucho sentido.

Es cierto que los lingüistas suelen ser más tolerantes pero al usuario le gusta…

Sí, al usuario le gusta el palmetazo en la mesa [ríe]. Por eso me parece útil el Diccionario panhispánico de dudas, que dice esto es así y utiliza la famosa bolaspa para los usos condenables. Aun así, el modelo de diccionario en el que el DPD se inspiró claramente y que es una obra que yo admiro muchísimo, el Diccionario de dudas y dificultades de Manuel Seco, se publicó por primera vez en 1960 y con el tiempo se fue haciendo cada vez más tolerante. Lo cual es un indicio de la sabiduría de don Manuel Seco, que se dio cuenta, como todos los que estudiamos la lengua con cierta calma, de que no se puede someter al maniqueísmo de lo negro y lo blanco, sino que hay una gama de grises. Hay gente que me ha dicho «a mí el Diccionario de dudas no me saca de dudas», pues léelo con atención y verás cómo sí suele orientar el uso. Ese verbo es muy importante; no se trata de prescribir, sino de orientar el uso. El Panhispánico en eso es un poco más radical, pero el Diccionario de dudas te dice qué posibilidad es preferible. Pero la no preferible te la ilustra con un texto de Ortega o de Delibes —y si no son modelos de lengua quién va a serlo—, lo que pasa es que en esa ocasión optaron por la opción menos preferible en opinión de Seco, pero, para que no se diga que la menos preferible es absolutamente condenable, ahí tiene un texto de un escritor prestigioso que la ha usado. Decida usted. La decisión es de los hablantes, pero a los hablantes les gusta que se lo den todo decidido.

Ahora que menciona a Manuel Seco, ¿me podría decir qué diccionarios, además del de la Academia, son imprescindibles?

Para mí, sin ningún género de dudas, el diccionario de Manuel Seco. Es un diccionario extraordinario. Ahora bien, hay que conocer sus características y sus limitaciones. Es un diccionario del español de España de la segunda mitad del siglo xx y principios del xxi. La primera edición se publicó en 1999 y su corpus de textos abarca desde 1955 hasta los años noventa. La segunda edición, que se publicó en 2011, ya penetra un poco en el siglo xxi. Es una radiografía extraordinaria, escrupulosamente descriptiva. Pero, ojo, es tan bueno descriptivamente, que para mí tiene una utilidad normativa también. Leyéndolo con inteligencia uno saca la conclusión de qué es lo normal. En segundo lugar, el diccionario de María Moliner ha gozado durante mucho tiempo de un prestigio enorme. En mi opinión —sin mengua de la gran admiración que siento por doña María Moliner como persona, como lexicógrafa y como autora de una proeza individual— ha estado un poco sobrevalorado porque no tenía competidores, solo había dos diccionarios: el de María Moliner y el de la Academia. El de Moliner era mucho más deudor del de la Academia de lo que parecía. Tuvo mucho mérito, pero su diccionario en gran parte se basa en el de la Academia. Sin embargo, el de Seco está hecho ex novo, no solo con una nueva planta, sino de nueva planta: partiendo de cero, haciendo tabla rasa de toda la tradición lexicográfica. Luego, el Diccionario Clave o el Lema están bien, el Diccionario Redes —que es otra cosa, no es un diccionario propiamente dicho— también es útil. Pero los dos que yo tengo al alcance de la mano son: evidentemente el de la Academia, que cada vez consultamos más todos en el ordenador o en el móvil, y el que no hay día que no consulte incluso más de una vez es el DEA, el Diccionario del español actual, que me parece una aportación magistral a la lexicografía española. Lo que mucha gente no sabe es que Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos tardaron treinta años en hacer ese diccionario. Treinta años de trabajo muy intenso.

En algunas épocas ha habido colectivos, como prensa o política, que han aportado un mayor número de términos como reflejo de su pujanza. ¿Detecta en la actualidad un foco de aportación de léxico nuevo? Siendo más ambiciosa: ¿tiene una interpretación de los últimos tiempos a través del léxico?

Es muy complicado porque nos falta perspectiva. Sí que se puede decir que, evidentemente, hay sectores de la lengua cuyo crecimiento es muy llamativo, como el léxico de la informática. Los coloquialismos de la lengua juvenil están calando bastante en la lengua común y los jóvenes son una fuente de enriquecimiento léxico. Yo no tengo esa visión negativa que tienen algunos de la lengua juvenil, diciendo que es muy pobre. No lo veo así. Finde, por ejemplo, que mis colegas académicos no quisieron aceptar contra mi opinión, me parece un hallazgo. Un apocopé de «fin de semana» que es mucho más económica —dos sílabas frente a cinco— y que ha penetrado en la lengua común.

En francés penetró hace mucho week-end y está aceptado.

Encima nos libra de un posible anglicismo crudo como weekend. En materia de léxico no acepto argumentaciones que no son argumentaciones, sino que son reacciones emocionales del tipo «no me gusta». Qué es eso de «no me gusta» o «qué feo»; es una combinación de fonemas como otra cualquiera. Todo lo nuevo suena extraño. Hay una palabra que define muy bien esto: misoneísmo, que es el rechazo o aversión a lo nuevo. Y ahí volvemos a lo mismo de antes: igual que las novedades en la ortografía suscitan rechazo, las novedades en el léxico suscitan rechazo. Otro ejemplo: una amiga psicóloga me dice «no aceptará la Academia esa horrible palabra: resiliencia». Bueno, resiliencia es un concepto técnico de la psicología, es la capacidad para recuperarse de un serio percance vital como puede ser un duelo. No es lo mismo que resistencia. Además también se habla de la resiliencia de los materiales. Me extraña que una psicóloga rechace esa palabra, porque sus colegas de otras lenguas la utilizan en inglés, en francés, en italiano; viene del latín… qué más quieres. Designa un matiz distinto que otros parasinónimos —términos próximos semánticamente—, pues bienvenida sea. El enriquecimiento del léxico permite la sutilización y la matización del pensamiento. No podemos cerrarnos al enriquecimiento del léxico y luego quejarnos de que cada vez es más pobre. A veces puede producir cierto escándalo que uno sea tan tolerante, pero repito que la visión histórica de los hechos es esa. Los artículos que publicaba don Fernando Lázaro Carreter, El dardo en la palabra, que empezó a publicar en los años setenta en el diario Informaciones, cuando los publicó en libro, él mismo tuvo que reconocer en el prólogo que alguna de las cosas contra las que había clamado ya eran normales.

Las polémicas que suelen surgir de forma reincidente en los medios de comunicación sobre el diccionario —como la infinita de la almóndiga— y sobre otras obras de la academia, que en muchos casos responden a su desconocimiento, ¿pueden deberse a una deficiencia en la divulgación de temas relacionados con la lengua o en la comunicación de la propia academia?

Se frivoliza mucho. La gente no tiene el reposo para pensar las cosas con un poco de calma. Yo he tenido que explicar muchas cosas y en los artículos de Rinconete trato de hacer bastante pedagogía. Pero las cosas no se pueden despachar de un plumazo. Por poner un ejemplo al que también le dediqué un artículo, cuando tienes que explicar que aparece una variante almóndiga porque existió y estuvo documentada y que la vacilación fonética m/b es relativamente frecuente, igual que tenemos una palabra vagabundo que dio lugar a una variante muy curiosa que implica una etimología popular: vagamundo, que es una palabra muy bonita porque, aunque viene del latín vagabundus, la interpretación popular es la de «que vaga por el mundo». Es decir, la etimología popular ha alterado el significante. La gente no tiene paciencia para escucharte este tipo de explicaciones. Cuando te dicen que solo falta que la Academia acepte «cocreta»… pues no lo ha aceptado porque esa forma no ha rebasado el nivel de vulgarismo, pero se me ocurrió estudiar un poco la historia de la palabra y estuvo a punto de triunfar, en el siglo xix hay muchos ejemplos, pero la norma culta acabó imponiéndose. Hay un ejemplo precioso para convencer a la gente de que no se puede ser dogmático en estas cuestiones, que es cocodrilo. En latín era crocodilus, pero la r dio un salto de sílaba, lo que se llama metátesis. Puristas y misoneístas los ha habido siempre. Hay un documento muy interesante que estudian los expertos en latín vulgar, el llamado Appendix Probi, que es interesantísimo porque es un escriba que nota que el latín está evolucionando, que se está «estropeando», y va diciendo cómo decir y cómo no decir algo; y lo que dice que no se diga está en el origen de toda la evolución de las lenguas románicas. Es un hombre que se desespera de ver cómo el latín se corrompe o se deforma o evoluciona. Pues claro, bendita evolución, de ahí salieron las lenguas románicas. No podemos poner diques a la evolución de la lengua y a veces es caprichosa, la r de cocodrilo ha cambiado de posición y en cambio la r de croqueta no ha cambiado, pero pudo hacerlo y finalmente la norma lo impidió. La tendencia conservadora fue más fuerte que la tendencia innovadora.

Otras polémicas han motivado rectificaciones y, según he leído en algún titular, estamos ante el diccionario menos machista de la historia. Sería muy alarmante que fuera al contrario. También se están incorporando académicas de forma exponencial. ¿Es un propósito de desagravio?

El problema del Diccionario no es que fuera más o menos machista, sino que en muchos casos ha requerido y sigue requiriendo una revisión, como hablábamos antes de la flexión o moción de género en los sustantivos. En otros casos hay una falsa percepción cuando se acusa al Diccionario de machista cuando lo que es machista es la lengua. Si el diccionario es bueno, refleja una realidad que puede ser machista o sexista, pero de la cual el lexicógrafo no es el culpable. No se puede matar al mensajero. La gente cree que hay que cambiar el diccionario para que cambie la sociedad; lo que es evidente es que hay que cambiar la sociedad. Cuando cambie la sociedad, cambiará la lengua y cambiará el Diccionario, pero no podemos empezar la casa por el tejado. El diccionario es el último eslabón de la cadena y, desde luego, cuando el lexicógrafo —no ya el de la Academia, sino Seco o cualquier diccionario competente— refleja un hecho de la lengua que es machista está reflejando una realidad. En cuanto a la entrada de mujeres en la Academia, yo creo que ya deberían dejar de llevar la cuenta. Ahora han dicho que es la undécima, me parece. Ya empieza a no tener tanta gracia la cuenta. Yo no soy partidario de elegir a una lingüista o a una novelista o a una economista, sino a un economista y que sea secundario que sea hombre o que sea mujer. Eso es lo ideal, pero es cierto que todavía el porcentaje es bajo. No se puede decir «la undécima mujer en tres siglos» porque de esos tres siglos hasta 1978 no entró ninguna. Bueno, mejor dicho, sí entró una en el siglo xviii, la académica honoraria por voluntad de Carlos III doña Isidra Quintina de Guzmán y de la Cerda. Pero, al fin y al cabo, la primera mujer que entró en la Academia Española lo hizo un poco antes que la primera que entró en la Academia Francesa, que fue Marguerite Yourcenar. Tampoco se puede decir que la Academia Francesa sea un modelo. Yo preferiría que ya no se llevara la cuenta, pero evidentemente los periodistas la siguen llevando.

En octubre se presentó la versión digital de la vigésimo tercera edición del diccionario con notables mejoras y patrocinio privado. ¿El futuro del diccionario y de las obras académicas está encaminado a este tipo de financiación?

Hombre, es muy claro, realmente la edición en papel se ha vendido mucho menos que la anterior. Con mis estudiantes de Lexicografía del curso pasado era una lucha, porque yo les decía que tenían que consultar el diccionario de la Academia en papel porque no lo teníamos en otro soporte; si no es comprado, en la biblioteca. Se resistían, seguían sacando el móvil o la tableta consultando la vigésimo segunda edición, la de 2001. Van a ser filólogos, tienen la obligación de consultar la versión en papel como también tienen la obligación de consultar el diccionario de Seco, que no existe más que en papel. Ahora ya existe la versión electrónica y ya sí que nadie lo va a comprar, porque si no lo compraban cuando era la única que había… Entonces, ese patrocinio es vital para la Academia porque, evidentemente, todo el mundo está de acuerdo en que lo que no puede hacer es cobrar por la consulta. Sería un escándalo y cuando una cosa se ha dado gratuitamente ya no se puede dar marcha atrás.

Como relata en su discurso de ingreso, a lo largo de la historia la Academia ha esquivado injerencias políticas para mantener su independencia. ¿Podría suponer un riesgo similar el vínculo con entidades privadas?

Yo creo que la independencia de la Academia no corre peligro por un patrocinio privado. Creo que tampoco corre peligro por la injerencia de los poderes públicos, porque a lo largo de tres siglos ha dado suficientes pruebas de que es un organismo muy peculiar. Dentro de la Academia soy de los que considera que no hay que perder el carácter público y deseo una institución que esté incardinada en el Estado. No en la Administración, sino en el Estado. Es que realmente es casi más antigua que el propio Estado, es una creación de la corona de 1714, cuando el Estado, tal y como hoy lo conocemos, apenas existía. La asignación que los Presupuestos Generales del Estado le dan a la Academia ha bajado muchísimo en los últimos años y a mí esto me parece mal. Soy de los que no se resignan a que nos acostumbremos. Creo que si vinieran épocas de presupuestos más expansivos debería volver a recuperar esa cifra, pero hay quien dice que eso ya no se va a recuperar nunca e incluso quien añade «nos viene bien porque así no le debemos nada al poder» y así evitamos la tentación al poder de injerirse en nuestros asuntos. Yo no lo creo, creo que el poder debe aceptar la independencia de la Academia y debe, por decoro, contribuir de manera importante a la labor social que desarrolla. Esa disponibilidad del Diccionario en línea es un servicio público y si lo tiene que financiar ahora una entidad privada, creo que el Estado no debe hacer dejación de la parte de responsabilidad que tiene. La Academia desempeña un papel importantísimo en las relaciones internacionales con el mundo hispánico a través de la Asociación de Academias y creo firmemente que el Estado no debe dejar de su mano a la Academia. No concibo una privatización de la Academia. Y tampoco, por supuesto, toleraría ninguna injerencia del Estado a cambio de ese apoyo, porque no la ha habido nunca; de los únicos dos que lo intentaron, el que la ejerció claramente fue Fernando VII, que ya sabemos cómo se las gastaba, y el que lo intentó fue Franco, pero sin mucha energía, todo hay que decirlo. La Academia le plantó cara a Franco, no se la plantó a Fernando VII porque era demasiado «peligroso». Evidentemente, si en otras ocasiones ha plantado cara a quienes han pretendido interferir en sus asuntos internos, cómo no lo iba a hacer en una sociedad democrática.

El monopolio normativo de la RAE se basa en el prestigio y en parte en una tradición. ¿Cree que otra organización con los medios suficientes y con respaldo popular podría competir con la RAE? Por ejemplo, Google ahora tiene una herramienta de diccionario que no es el de la RAE y, sabiendo que cualquier usuario va a encontrar una definición con teclearla en el buscador, ¿podría ser una competencia?

Podría, podría; la verdad es que no conocía esa función de Google, y desde luego me consta que muchísimos de mis estudiantes consultan WordReference, Wikcionario y Wikipedia. Creo que en materia estrictamente de léxico, no de conocimientos enciclopédicos, el Diccionario de la Academia tiene todavía una posición muy envidiable de ser la más consultada, pero si la Academia no quiere perder ese liderazgo no debe nunca minusvalorar a posibles competidores que en el terreno del léxico le surjan y, como decía antes, esperemos que no le surjan en un terreno muy serio que es el de la ortografía. Creo que es bueno que haya una autoridad reguladora de la ortografía para no tocarla, porque es estupenda y los cambios suscitan rechazo, porque es panhispánica y porque estamos todos de acuerdo. La unidad ortográfica es importantísima, no se debe dar ninguna oportunidad a la aparición de ninguna rendija de discrepancia que dé lugar a un cisma ortográfico.


Ana Santos: «La Biblioteca Nacional ha sido más consultada en estos últimos años que en trescientos de su historia»

Ana Santos Aramburu (Zaragoza, 1957) ha pasado su vida profesional entre libros, desde sus inicios en la Biblioteca de la Universidad Complutense hasta la dirección de la Biblioteca Nacional, cargo que desempeña desde 2013. La institución afronta el reto de adaptarse al entorno digital para preservar el presente de la misma forma que atesora el pasado; junto a volúmenes de papel conservados durante más de trescientos años se almacenan ceros y unos que serán nuestro legado y que permiten ampliar exponencialmente la difusión del patrimonio cultural. Recorremos el edificio de Recoletos junto a Ana Santos mientras nos cuenta con entusiasmo cómo la digitalización de fondos ha permitido investigar desde cualquier parte del mundo e incluso ha dado lugar al descubrimiento de una obra de Lope de Vega, lo que supone la aprobación de Ley reguladora de la Biblioteca Nacional y otros muchos temas para invitar a acercarnos a nuestra biblioteca.

¿Cree que la Biblioteca Nacional es una institución con la que esté familiarizado el público?

Es una institución muy valorada y creo que incluso querida por el público, pero no es suficientemente conocida. Estamos haciendo un esfuerzo importante por abrirla, por darla a conocer y, sobre todo, por que se aproveche el enorme potencial que tiene esta biblioteca, porque a medida que se va conociendo más, se va queriendo más.

¿Qué es lo que está desaprovechado y se podría potenciar?

Hemos abierto dos líneas a dos tipos de públicos que podrían venir y que de hecho están viniendo. Por una parte el acercamiento de los fondos para el gran público con exposiciones con nuestras colecciones, actividades dirigidas a gente joven, a colegios, talleres de apoyo a actividades docentes, familias… Ese es el potencial que tiene la biblioteca para crear cultura y difundir conocimiento. Por otra parte, el acceso y uso de nuestras colecciones. Hay una parte importante que está digitalizada y por lo tanto los investigadores y lectores ya no tienen tanta necesidad de venir a consultar en las salas, pero tienen que saber que todo lo que se ha publicado en España desde hace muchos años está aquí depositado y que, por tanto, todo lo que no encuentren en otras bibliotecas va a estar aquí. Y ese es un campo muy amplio que puede dar lugar al desarrollo de trabajos de investigación, de tesis doctorales, etc. Que vengan a consultar nuestras colecciones, porque obviamente hay mucho que no está digitalizado y está libre de derechos de autor, pero hay mucho más que no está libre de derechos de autor y por tanto no podemos colgarlo en internet, solo se puede consultar en las salas.

¿Quién y cómo puede acceder?

Puede acceder cualquier persona mayor de dieciséis años con carnet de identidad. Puede acceder al salón de lectura y consultar el fondo moderno, es decir, el fondo menos valioso patrimonialmente hablando. Para acceder a los fondos especiales de mayor valor hace falta el carnet de investigador. Este carnet se da a muchas personas, por ejemplo a las que hayan publicado un libro, a profesores de universidad, a estudiantes que demuestren que necesitan acceder a fondos especiales para realizar trabajos de investigación… Por lo tanto puede acceder cualquiera que lo necesite.

¿Qué público acude a la biblioteca? ¿Hay algún perfil definido?

El público es muy amplio. Hay un perfil de personas que han dejado su vida laboral y tienen curiosidad intelectual y vienen aquí a hacer sus trabajos de investigación, muchas veces trabajos que no han tenido tiempo de hacer a lo largo su vida. Viene también un público, que además es muy fiel, que está interesado por un tema concreto; por ejemplo, genealogía o heráldica, o un autor del Siglo de Oro, y viene de manera constante a consultar todo lo que hay sobre ese tema. Luego, afortunadamente, cada vez hay más gente joven que hace aquí sus trabajos de fin de máster, sus tesis doctorales y sus investigaciones.

¿Qué fondos son los más consultados? ¿Hay estadísticas?

Se consulta toda clase de fondos. Sí que tenemos estadísticas de uso por salas y la sala de publicaciones periódicas —que conserva la historia de la prensa española, puesto que la Hemeroteca Nacional ingresó en la Biblioteca Nacional— es muy consultada. La sala Cervantes también lo es, puesto que guarda ejemplares únicos a los que solo se puede acceder aquí. Y el salón general, ya que las bibliotecas públicas, tanto municipales como universitarias, en últimos años han aportado menos fondo moderno y la posibilidad que hay aquí de acceder a todo lo que se publica en España también abre el acceso.

¿Qué normas de seguridad y preservación hay para proteger los ejemplares?

Con los fondos especiales, lógicamente, hay que seguir unas normas bastante estrictas que entiendo que a veces pueden ser bastante incómodas para los lectores, pero que están encaminadas a preservar la integridad del patrimonio bibliográfico español. A las salas especiales no se puede acceder con bolígrafo y otro tipo de materiales, hay que pasar por un detector de metales, los fondos se consultan con medidas especiales, en pupitres con cojines para su preservación y con soportes que impiden que el usuario ponga la mano para que el libro no se cierre, también hay una cámara que enfoca las manos en las salas de fondos más valiosos. Luego tenemos medidas de preservación y conservación en los depósitos, se mide diariamente la temperatura, la humedad y la luz, porque son tres factores que afectan directamente a la degradación del patrimonio. En el momento que hay una variación, se corrige.

Ana Santos para Jot Down 1

¿De dónde provienen los fondos?

El origen es la biblioteca real de Felipe V, que cuando llegó a España pensó que éramos un pueblo bastante iletrado y abrió su biblioteca al público. Ese es el núcleo fundacional al que luego se unió la biblioteca de los Austrias y algunas de nobles que perdieron la guerra y les fueron incautadas. Pocos años después de la fundación de la Biblioteca se instauró una ley por la cual todo lo que se publica en España tiene que ser depositado aquí, esta es la mayor forma de ingreso: a través del depósito legal. En el siglo XIX, cuando se multiplica la producción de libros y se forman grandes bibliotecas, algunas de ellas ingresan en esta. Por lo tanto tenemos una mezcla de fondos de gran valor, bibliotecas de bibliófilos especializadas, y por tanto únicas, y el depósito legal por el que no solo ingresan todos los libros, también todos los periódicos, revistas, discos, películas, vídeos, etc., en todos los formatos que han existido. Además nuestra obligación es tener aparatos reproductores válidos. Los primeros soportes de sonido, como son los cilindros de cera o rollos de pianola, también los tenemos y conservamos instrumentos lectores. Es decir, todo lo que en España desde hace más de trescientos años ha tenido un soporte físico donde la creación artística se ha podido plasmar está en esta biblioteca.

Se escapan un poco las proporciones de dónde se puede guardar todo eso.

Es una colección que supera los treinta y dos millones de ejemplares. Aquí en Recoletos evidentemente no cabía todo, tenemos una segunda sede en Alcalá de Henares y ahora estamos planificando la construcción de la séptima torre donde se conservan. Los fondos se sirven aquí, cualquier usuario a través de Internet puede hacer la petición anticipada y en veinticuatro horas tiene disponible el libro, película, cartel publicitario o lo que sea. Y ahora estamos preservando los contenidos de internet. 

Lo que llaman el Big Data español. 

Se me ocurrió un día decir eso y qué horror, por qué lo diría. Realmente es la gran masa de datos de España.

¿En qué consiste?

En las bibliotecas nacionales somos muy conscientes de que el conocimiento ya no solo se genera en soportes tangibles, hay una parte muy importante que está en internet y que solo está en internet. Sabemos que estas son las fuentes de investigación del futuro y que cuando un investigador quiera conocer la historia de España tendrá que acudir a las fuentes de internet, y si no se preservan, no van a existir. Al igual que las bibliotecas nacionales de nuestro entorno, estamos empeñados y nos sentimos responsables de la preservación de estos contenidos. Empezamos hace ya años a hacerlo, con la ayuda de Internet Archive, una fundación sin ánimo de lucro que se dedica a esto a nivel internacional y que sobre todo ayuda a países que empiezan. Hicieron para nosotros varias recopilaciones, algunas temáticas y otras generales, que son las dos formas que hay de hacerlo. Las temáticas se hacen cuando se produce algún acontecimiento de especial interés y las generales sobre el dominio «.es». Esto ha estado depositado en California hasta 2014, cuando lo trajimos aquí y ya teníamos la tecnología para hacerlo. Hemos hecho recolecciones —se llaman así porque se lanzan semillas temáticas y luego se recolecta todo lo que el robot ha sido capaz de capturar en los distintos servidores abiertos— con la abdicación de Juan Carlos I, la proclamación de Felipe VI, la muerte de Adolfo Suárez, ahora con las elecciones municipales y autonómicas y el mes pasado con las andaluzas, también con el 9N en Cataluña. En unos días se va a publicar el decreto de depósito legal de publicaciones electrónicas, que lo que hace es obligar a aquellos productores y editores de este tipo de publicaciones protegidas por la propiedad intelectual a dejarnos capturarlas o a depositarlas voluntariamente en los servidores de la Biblioteca Nacional, con la finalidad de que igual que preservamos los libros físicos se puedan preservar los libros o revistas electrónicos. Si esto no se hace, sabemos que se va a perder.

Porque además es más difícil la preservación.

Sobre todo cuando son soportes que por cualquier motivo no están normalizados internacionalmente. La preservación digital se hace teniendo en cuenta que todos los grandes repositorios institucionales responden a estándares internacionales y que, por tanto, a la hora de migrar a nuevos entornos, hay que hacerlo de forma estandarizada, legible por las siguientes máquinas.

¿Cuándo y de qué manera podrá tener acceso el público?

Tendrá acceso de igual forma que tiene acceso a la información en soporte tangible, a través de ordenadores de la biblioteca, y se podrá utilizar exactamente igual que el resto de la colecciones.

Ana Santos para Jot Down 2

En el año 2008 se crea la Biblioteca Digital Hispánica, un recurso en línea que proporciona acceso libre desde cualquier ordenador a fondos de la Biblioteca Nacional. ¿Qué tipo de fondos hay digitalizados y a cuáles puede acceder el usuario?

Los fondos digitalizados son fondos en dominio público, a los que se puede acceder desde cualquier sitio. Ahora mismo hay unos ciento sesenta mil ejemplares. Ahí está lo más valioso de la biblioteca, son las colecciones que por motivos de investigación a nivel internacional tienen mayor relevancia y por tanto mayor número de accesos y de consultas. Es un proyecto que se pudo hacer gracias al patrocinio de Telefónica, sin esta ayuda nunca habríamos podido abordar una empresa de estas características que ha dado lugar a accesos que tienen un crecimiento tremendo cada año. Por ejemplo, en 2014 se descargaron casi cinco millones; no consultas, sino descargas de ejemplares como la primera edición de la Celestina. Se puede equiparar a los préstamos en las salas de investigadores. Tenemos la satisfacción de saber que somos referencia para el hispanismo internacional. A medida que vamos digitalizando más, se va consultando más. Y no solo tenemos libros digitalizados, también tenemos música en streaming.

¿Hay un nuevo tipo de lector o es el mismo que va abandonando las salas presenciales?

Yo conozco varios casos de investigadores y escritores amigos que me han dicho que sus últimas obras las han hecho gracias a lo que estaba digitalizado; no solo las colecciones, también la hemeroteca, que es muy importante, porque se accede a través de OCR, es decir, buscas en palabra clave de todo el texto de la revista, y te permite descubrir cosas que de otra forma es imposible descubrir. Sí que muchos investigadores ya no vienen, pero esto permite que se hagan descubrimientos sorprendentes que de otra manera no se podrían haber hecho. El último descubrimiento de un inédito de Lope de Vega, Mujeres y criados, que ahora se está representando en el Teatro Español y es un Lope en estado puro, catalogado desde el s. XIX como obra anónima. El investigador que la descubrió estaba en la Universidad de Siracusa y no hubiera podido hacerlo si no hubiera estado digitalizado. Con lo cual tenemos un filón para generar nuevo conocimiento sobre la cultura española.

Para seguir creciendo esa biblioteca digital, ¿depende de patrocinio privado?

Ahora mismo la estamos financiando con presupuesto propio de la biblioteca pero el nivel de crecimiento es mucho menor. Tenemos un convenio con Telefónica en menor cuantía. Nos permite seguir digitalizando pero no de manera masiva como fue en los últimos años, aunque tampoco a mal ritmo. Ahora, por ejemplo, acabamos de digitalizar en alta calidad la colección de incunables españoles, que ha tenido miles de accesos desde que se hizo y que de otra manera sería muy difícil. Y estamos también siguiendo una línea de digitalización que creo que es muy interesante: poner autores que entran en dominio público a disposición de todos. Cada año sacamos una lista de los autores con un enlace a los registros de nuestra base de datos y a la vez digitalizamos algunos, ojalá pudiéramos hacer todos. El último ha sido Sinesio Delgado.

¿Cómo se seleccionan las cabeceras que se digitalizan en la Hemeroteca Digital, que forma parte de la Biblioteca Digital y que mencionaba antes?

Se eligen aquellas cabeceras que se supone que pueden aportar mayor información, son colecciones importantes para la historia de la prensa española. A veces digitalizamos también a sugerencia de los investigadores porque están trabajando un tema concreto.

Creo que ahora se depositan ya digitalizadas.

Por ley de depósito legal hay obligación de que cada editor deposite dos ejemplares físicos; esto era un trabajo tremendo para el editor y un trabajo tremendo de almacenamiento y catalogación para nosotros, estamos hablando de miles de cabeceras, y un trabajo absurdo de digitalización que ya estaba hecho. Lo que estamos haciendo ahora mediante un acuerdo con la Asociación de la Prensa es que nos envían un ejemplar digitalizado y otro en papel. Nos está dando muy buen resultado.

Ana Santos para Jot Down 3

La Ley reguladora de la Biblioteca Nacional de España, aprobada en marzo, es un reto personal que usted se planteó. ¿Por qué es tan importante esta ley para la biblioteca?

Porque significa un reconocimiento de esta institución que es clave para la cultura española. Es también importante porque esta ley la protege de alternancias políticas que puedan perjudicar a una biblioteca de estas características, que necesita estabilidad. No puede ser un proyecto a corto plazo que dependa del Gobierno de turno. Tiene que ser una institución de largo recorrido, con una planificación fundamentalmente a medio y largo plazo, y que sobre todo tenga el reconocimiento y la solvencia que necesita. También era importante en este momento que la misión de la biblioteca se adaptase al entorno digital del que hemos estado hablando y lo que hace la ley es garantizar la preservación de los contenidos digitales españoles. También era importante ampliar las funciones de la Biblioteca Nacional en torno a su propia razón de ser desde hace trescientos años: la preservación y la generación de conocimiento sobre la cultura española. Se amplía la función de apoyo a las tareas docente e investigadora y una función, que en este momento es especialmente importante: facilitar el reaprovechamiento de toda la gran cantidad de información que aquí se genera en beneficio de otras instituciones y fundamentalmente de las bibliotecas españolas, es decir, que todo lo que aquí se cataloga pueda utilizarse por el resto de las bibliotecas, el proceso interno que se hace de otra clase de materiales en cuanto a tareas de normalización, de fijación y adaptación de estándares internacionales al entorno español que se haga desde la Biblioteca Nacional y que pueda ser aprovechado por el resto del sistema bibliotecario.

Y recupera el rango de dirección general. ¿Qué supone esto?

Es un rango que nunca debió perder y que supone fundamentalmente un reconocimiento. No es una cuestión económica ni de categoría administrativa, es simplemente un reconocimiento del valor que se le otorga.

También contempla fomentar la diversificación de las fuentes de financiación y que deje de depender exclusivamente de los presupuestos generales del Estado. ¿Puede ser un riesgo para una institución pública depender de dinero privado?

Supone una posibilidad de gestionar ingresos. Creo que lo básico de esta institución debe estar garantizado por presupuesto público. Tenemos la suerte de tener una de las grandes bibliotecas nacionales del mundo y el Estado debe garantizar su sostenibilidad, pero todo lo que puedan ser aportes y ayudas para mejoras, bienvenido sea. El ejemplo clave es que no hubiéramos podido digitalizar nunca de esta manera sin la ayuda de Telefónica y esta ayuda está revirtiendo en multiplicar de manera exponencial el acceso y el uso de las colecciones y por lo tanto la generación de conocimiento. Gracias a la digitalización, la Biblioteca Nacional ha sido más consultada en estos últimos años que en trescientos de su historia. Todo lo que pueda revertir en beneficio de la sociedad, bienvenido sea.

¿Cree que es adecuado externalizar servicios como medida de ahorro?

Rotundamente, no. No solo «no» como medida de ahorro, sino también como ejemplo de un modelo que yo creo que esta biblioteca no debe seguir. Es importante que los procesos internos y los servicios al público inherentes a la misión de la Biblioteca Nacional se puedan prestar por empleados públicos, por una plantilla estable que garantice la trasmisión de conocimiento, la fidelización y el compromiso con una institución cuyo valor excede el mero valor económico. No solamente no es un ahorro sino que, desde mi punto de vista, es una equivocación. Estamos trabajando desde hace dos años con fuerza para intentar cambiar el modelo de gestión y garantizar que lo que es básico e inherente a la institución se pueda hacer de esta manera. Este año hemos tenido una importante oferta de empleo público que va a permitir cambiar el modelo, no al cien por cien, porque la dependencia de la externalización es total: a mitad de los años dos mil el número de personas externas duplicaba la plantilla propia de la biblioteca y esto ha significado que durante muchos años no han ingresado prácticamente nuevos funcionarios; con lo cual, lógicamente, para garantizar el funcionamiento se va a tener que seguir externalizando determinadas cosas durante tiempo. Creo que la externalización es un buen método para trabajos que la Administración no puede hacer en un determinado momento y que tienen un principio y un fin, pero no lo que es el proceso constante.

Usted es funcionaria de carrera, algo no muy habitual en estos puestos. ¿Es posible mantener un servicio público ajeno a cambios políticos?

Creo que la dirección de la Biblioteca Nacional la debe desempeñar quien tenga más aptitudes para ello, independientemente del Gobierno que esté en ese momento. Es, por ejemplo, el modelo que sigue el Museo del Prado o el Reina Sofía, dos excelentes directores de museo que han pasado por distintos Gobiernos. Es absurdo que si alguien lo está haciendo bien se le quite por un cambio de Gobierno al igual que lo es que no se haga si lo está haciendo mal. Yo me siento servidora pública y mi responsabilidad, y creo que la de cualquier persona que tenga a su cargo una institución de estas características, es hacerlo lo mejor posible. Si no se puede y si uno no tiene fuerzas e ilusión, no se debe seguir. Estos cargos son de libre designación, pero la ley contempla también el procedimiento abierto, público, donde se pueden presentar candidaturas y donde el patronato propone el nombramiento. Yo creo que esto es un signo de transparencia y que esta biblioteca lo merece.

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¿Percibe en la profesión de bibliotecario un carácter vocacional? ¿Es su caso?

Es mi caso y creo que el de casi todas mis compañeras y compañeros, porque nos creemos lo que hacemos y pensamos que lo que hacemos tiene un valor como servicio público. Esta es una de las causas por las que la biblioteca, que ha sufrido una importante disminución de presupuesto en los últimos años, sigue funcionando igual e incluso los indicadores, que son datos objetivos puestos encima de la mesa, del año 2014 han subido en todos los servicios y accesos. Nos preguntamos cómo es posible con este descenso de presupuesto: es el compromiso de las personas; la gente que está aquí cree que lo que hace tiene un valor y merece la pena venir cada día a trabajar por él, independientemente de si su sueldo es más alto o más bajo.

Es un trabajo desarrollado tradicional y mayoritariamente por mujeres, incluso hay estudios de la conquista femenina en este sector. ¿Cree que hay alguna razón para que sea una profesión ejercida por mujeres?

Hay varias razones, unas más históricas que otras. La primera escuela, que cumple ahora cien años, se llamaba «Escuela de Bibliotecarias», en femenino. En su origen fue una profesión femenina, como enfermera u otras, pero también hubo claramente un problema social, no era una profesión para un hombre que le iba a reportar una carrera fulgurante ni un gran beneficio económico, por lo que sus estudios eran enfocados a otro tipo de carreras. Curiosamente en los últimos años cada vez hay más hombres que son bibliotecarios. La sociedad está cambiando y más que va a cambiar, estoy segura de que en esta oferta de empleo público se van presentar muchos chicos.

En definitiva, era un trabajo poco valorado. Como ejemplo en España tenemos a María Moliner, que siempre se dice que no obtuvo el merecido reconocimiento como filóloga, pero menos aún lo tiene su labor de difusión de la cultura como bibliotecaria.

Era una gran bibliotecaria. Lucho muchísimo, hizo un plan de bibliotecas populares para que pudieran llegar a todos los rincones de España, que luego desgraciadamente desaparecieron. Es una labor que solo se reconoce en ciertos ámbitos; por ejemplo, yo he trabajado casi toda mi vida en la Universidad Complutense y con los docentes, con los estudiantes, con esos colectivos que necesitan utilizar el servicio, los bibliotecarios son queridísimos y valorados, pero socialmente sí que falta. Creo que esto está relacionado directamente con que ciertos estamentos piensan que las bibliotecas no son esenciales. Realmente lo son: qué puede haber de más valor para una sociedad que ser capaz de proporcionar instrumentos de formación a las personas a lo largo de toda su vida de manera gratuita. Creo que ese reconocimiento de la necesidad de buenas bibliotecas en una sociedad es lo que haría que la profesión tuviera una mayor consideración social. Esto se ve en las bibliotecas públicas y en los pequeños núcleos rurales donde la biblioteca es el centro del pueblo, gracias a las bibliotecarias, casi todas mujeres, entregadas de manera misionaria.

¿Qué imagen le gustaría que se tuviera de la Biblioteca Nacional?

Como la institución que preserva la identidad cultural de nuestro país.

Para terminar, ¿qué diría para invitar a visitarla?

Que aquí puede encontrar todo lo que necesita para seguir aprendiendo y que, no solo lo puede encontrar y le vamos a ayudar a ello, sino que también puede disfrutar con ese aprendizaje. No hace falta ser un erudito ni un investigador, cualquier persona puede consultar las colecciones de la Biblioteca Nacional, cualquier tipo de colección. Y también se puede venir a pasarlo bien, a impregnarse de cultura, a aprender de manera lúdica, a actividades en los talleres, a visitar la biblioteca en grupo, a aprender los fines de semana con actividades destinadas a la familia… Se puede venir a disfrutar con la cultura.

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