Canciones sobre fútbol

Andrés Iniesta, 2013. Foto: David Aliaga / Cordon.

Si algo envidio a Rob Fleming, el propietario de una tienda de discos que protagoniza Alta fidelidad, es su capacidad para elaborar listas. Bueno, quien dice capacidad, dice obsesión. El personaje creado por Nick Hornby ordena sus cinco preferencias en casi cualquier materia. En mi caso, sucede lo contrario; estoy mentalmente imposibilitado para acotar mis predilecciones. Como mucho, tras años de ardua reflexión, soy capaz de hacer algo parecido con las películas de Scorsese (cronológicamente, Taxi Driver, Toro salvaje, El rey de la comedia y Uno de los nuestros). Sí, solo son cuatro. Una duda lastimosa me bloquea antes de elegir la quinta.

Por tanto, esto no es una lista. Si acaso una selección de canciones que versan sobre fútbol, confeccionada tras aplicar varios filtros arbitrarios. Para empezar, nada de referencias puntuales. No sirve que Quique González cite el gol de Iniesta, o que Mendieta haya marcado un gol realmente increíble. La canción ha de tratar aspectos futbolísticos de principio a fin. Y la letra, escrita en algo que se hable en España (advertencia: me salto mi propia norma con el italiano). Otra condición es que no valen canciones pensadas para convertirse en himnos oficiales. Y, por supuesto, nada de esas infamias que nos intentan meter con calzador los veranos de torneos internacionales.

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«1986» – Tachenko

Pop indie zaragozano. Tercer corte de Las jugadas imposibles, su segundo disco. La canción se apoya en una melodía elegante, que busca acomodarse de inmediato en el cerebro, como es habitual en el grupo. El título responde al año de celebración del segundo Mundial de México. Y precisamente con el resultado de aquella final arranca la letra: la Argentina de Bilardo venció 3-2 a Alemania Occidental en el Azteca. El texto prosigue con un agridulce repaso a mundiales anteriores, como el de España 82, que fue a parar a manos italianas.

A continuación, se destacan las figuras más importantes de los campeonatos previos. Es decir, Mario Alberto Kempes (nombrar al vicealmirante Carlos Lacoste quedaría regular) y Johan Cruyff. A partir de ahí, se repite un estribillo más pegadizo que comprensible y que habla de tirar a puerta. No es la única canción del grupo con referencias, más o menos veladas, al fútbol. Aunque también son habituales sus alusiones a otros deportes. Sin ir más lejos, toman su nombre de Vladimir Tkachenko, aquel pívot más alto que los mamotretos de hormigón de la arquitectura soviética.

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«Iturralde González» – Estúpida Erikah

No tengo ni idea de por qué esta canción, incluida en el primer álbum de la banda catalana, se titula con los apellidos del polémico colegiado vasco. Sea como fuere, la nostalgia casi siempre da resultado. Prueba de ello es la letra, que funciona a la perfección con esa envoltura folk. Construyen un hábil relato que describe el paso del tiempo para Ramon y Antònia, un matrimonio de aficionados al Fútbol Club Barcelona. Se desgranan sucesos reconocibles: la primera tele en color, los achaques de la edad, los hijos que se van de casa o los familiares que fallecen. Todo combinado con innumerables referencias futbolísticas en clave blaugrana. Les Corts, Migueli, Xavi o las ligas de Tenerife aparecen por los versos de una canción emocionante. A ello contribuye el remate, cuando Ramon se pregunta si ella también estará pensando que lo mejor de ser del Barça es serlo a su lado.

Otra composición en ese idioma es la que Serrat le hace a Kubala. Además de mentar a estrellas del balompié, usa un silbato para los arreglos y dedica gran parte de la letra a describir una jugada con una verosimilitud pocas veces vista en una canción. Incluso, si mi catalán de Cádiz no me falla, llega a decir que el húngaro «se mea en el central».

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«Athletic» – Distorsión

El trío de Barakaldo, mítico en la escena punk vasca, puso fin a un largo periodo de inactividad con un recopilatorio que celebraba el vigésimo quinto aniversario de la banda. Sin abandonar el «hazlo tú mismo», regrabaron algunas de sus canciones más conocidas, incluyendo, cómo no, la dedicada a su equipo.

Tras un inocente arpegio, el grupo hace honor a su nombre. Convenientemente equipados, inician el camino hacia la Catedral. La letra resume a la perfección, sin ningún tipo de alarde literario, el sentir del aficionado durante la previa: «los equipos que nos vengan a visitar serán derrotados, y después a vacilar». Ya habrá tiempo para pensar en el golaveraje, la quinta amarilla del central o la opción de compra del delantero. Lo único importante en ese momento es tomarse algo con los colegas. Por eso, Distorsión sigue respondiendo a la pregunta de cómo coño está el Athletic de la misma forma que lo hacía en 1996: «Bien, bien. No te jode, muy bien».

Similar espíritu y estilo musical se encuentra en «La del fútbol», del grupo madrileño Porretas. Bota de vino, bocata de salchichón, y a ver el partido. Mención a Ruiz-Mateos disfrazado de Superman incluida.

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«Sueño merengue» – Las Escarlatinas

A veces, las productoras arman grupos tras detectar un hueco por el que tirar en el mercado. Eso hizo Siesta Records con Las Escarlatinas, cuatro chicas que grabaron dos discos del pop más colorista que se pueda imaginar. Voces dulces, coros finos y portadas luminosas. Todo pensado para triunfar. Como curiosidad, entre las integrantes se encontraba la hija de Miguel Ríos.

En una de esas canciones mezclaron su estética naíf con la etapa galáctica del Real Madrid, aquella de los Zidanes y Pavones, ambos mencionados en la letra. También hay sitio para Figo, Solari, Beckham o Casillas. Incluso aparece la frase que acuñó el periodista Manolo Lama para referirse a Raúl. En el estribillo de este tema, Las Escarlatinas se definían como una hooligan muy coqueta y aspirante a modelo de Kenzo, la exclusiva marca de ropa japonesa. La combinación es, cuanto menos, curiosa.

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«Nueva ola Guardiola» – Los Directivos

Un dúo de nombres ficticios (Claudio McKinsey e Iñaki Andersen) que no da conciertos. Canciones creadas a base de teclados y cajas de ritmo. Pop sintetizado. Y la promesa de lanzar su disco por internet cuando España cayese eliminada del Mundial que terminó ganando.

A la canción le basta la primera estrofa para transmitir su mensaje. La letra, mordaz, arranca con la transformación del fútbol ilustrada en dos personajes: de Ramón Mendoza a Pep Guardiola. El estribillo (que cuenta con los coros de La Bien Querida) añora cuando las chicas se masturbaban pensando en estrellas de rock, y no en futbolistas. El texto cita a Cruyff y al Marca, y recalca la crítica al fútbol espectáculo, a la preponderancia de la imagen. Los Directivos también tienen una canción con el nombre de un árbitro: nada menos que Japón Sevilla.

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«Dieguitos y Mafaldas» – Joaquín Sabina

Abracemos el mainstream. Esta canción de Sabina, que pertenece al majestuoso 19 días y 500 noches, está repleta de guiños porteños. El de Úbeda suele bordar la combinación de lenguaje coloquial y académico. Prueba de ello es que da cobijo a expresiones lingüísticas tan populares como el lunfardo (junar significa mirar a alguien con ganas de mambo) y el vesre (jermu por mujer). Así narra el desvelo futbolero de Paula, fiel hincha de Boca Juniors, y su trayecto en autobús a la Bombonera. Lo inicia en González Catán, una zona muy castigada al oeste del Gran Buenos Aires. Desde su casa en el suburbio, pasando por Laguna, le separan casi treinta y cinco kilómetros. Efectivamente, tiempo de sobra para soñar que ganaban el partido. Sabina recoge el término bostera, que era despectivo hasta que los aficionados lo adoptaron con orgullo. También aparece la barra brava y la doce, vocablos argentinos para los ultras y la afición.

Musicalmente, la canción arranca tranquila, pero luego abandona la milonga para convertirse en salsa. Cuando dice que es el turno de Palermo, se refiere al famoso gol contra Talleres de Córdoba. Si Boca vence, campeón. Pero empata a uno bajo el diluvio. Es la primera temporada de Carlos Bianchi en el banquillo, que arrancó con el reto de ganar un título tras seis años de sequía. Cuando parece que habrá que postergar el canto del alirón, emerge Palermo (máximo anotador de aquel campeonato, con más goles que partidos). En el minuto noventa, Martín mete el pie, la pelota entra y la grada casi se cae. Y ese año Boca, como concluye Sabina, sale campeón en la Bombonera.

En la categoría de canciones escritas por aficionados del Atlético a clubes extranjeros, cabe incluir al grupo oscense Less. José Antonio Martín, Petón, puso letra a «Héroes de Superga», homenaje a la tragedia aérea que acabó con el gran Torino, considerado mejor equipo del mundo de la época.

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«Simplemente fútbol» – Ignacio Copani

En Sudamérica son mucho más habituales estas canciones. Quizás porque allí la identificación popular de este deporte, el sentimiento de pertenencia, soporta mejor el paso del tiempo. No lo sé. Ese es otro debate, otro artículo. Lo que no resiste duda es la abundancia de composiciones musicales sobre fútbol. Además, sin importar el género, puesto que va desde el cantautor al rock barrial pasando por la cumbia.

Una de tantas es la de Ignacio Copani, hincha tan reconocido de River Plate que hasta le pusieron su nombre a una peña. El prolífico cantante ha dedicado multitud de temas (incluso discos enteros) a su equipo. No obstante, también trató este deporte de manera genérica con una canción que pone al mismo nivel al aficionado y a la figura. Habla de una ola que cubre al continente y hace olvidar, por un rato, las heridas. Todo aderezado con referencias a jugadores de diferentes épocas como Pelé, Valderrama, Zamorano, Chilavert, Jorge Campos, Ronaldinho, Garrincha o Menotti.

Por citar a otro cantautor rioplatense, Jorge Drexler compuso «La vida entera», un delicado canto a su pasión carbonera, apodo para los aficionados de Peñarol.

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«La leva calcistica della classe ’68» – Francesco De Gregori

Este romano es una debilidad personal. Bueno, mía y de media Italia. De Gregori disfruta, aún hoy, dejando letras poéticas y ambiguas, de esas cuyo significado es una incógnita. El título refleja cómo se refieren a la edad de un futbolista en el país transalpino: primero classe y luego los dos últimos dígitos del año de nacimiento.

Introducción a piano, igual que en tantos clásicos que llevan su firma. Y en el paisaje en obras aparece la figura de Nino, que tiene doce años, unas botas malas y el corazón lleno de miedo. Pero no le da miedo tirar el penalti, porque sabe que eso no decide la carrera de un jugador. No obstante, aquí De Gregori introduce a los futbolistas que se quedaron en el camino, a los que se retiraron sin ganar nada. A los que ahora ríen dentro del bar y llevan diez años con una mujer que nunca han amado.

El chaval marcó un gran gol y el entrenador parecía contento. Pero regresa el penalti como metáfora del momento clave en la vida. Uno en el que se puede fallar. El niño vestirá la camiseta número siete y luego se convertirá en hombre, sí. Pero cómo, y a qué precio. El texto acaba, aunque la música continúa durante un minuto y cada uno elige su final para Nino. Hay quien ve en esta canción la ilusión perdida del adulto, y quien, directamente, le otorga un significado político: el desencanto de aquella generación de italianos.

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«Betis» – Silvio

El rockero sevillano Silvio Fernández Melgarejo es un personaje idolatrado en la capital de Andalucía (donde incluso aparece en el callejero) y prácticamente desconocido más allá de Despeñaperros. Su figura se agranda gracias a las recopilaciones de frases ingeniosas y a su infinito anecdotario, repleto de leyendas urbanas. Una de ellas esclarecería cómo un reconocido sevillista le dedicó una canción al otro equipo de la ciudad, algo que se atribuye a la pérdida de una apuesta. Sin embargo, la explicación más factible dista mucho de esa versión.

Silvio componía de manera peculiar: extraía de su disco duro cerebral alguna melodía, sobre la que colaba palabras incoherentes o remotamente parecidas al inglés y al italiano, y el grupo le daba cuerpo a aquello como podía. En este caso, unos acordes de Elvis. El coro acabó siendo algo parecido al nombre del conjunto verdiblanco, y el resto de la banda, que era bética, aprovechó para reivindicar a su equipo. Para grabarla en un álbum, tuvieron que medio improvisar el texto (en directo, Silvio se preocupaba más de vigilar su vaso que de recordar cualquier letra) y así se incluyó una inexplicable mención a la Real Sociedad, y hasta a lo verde que es el césped del Sánchez-Pizjuán.

Silvio jamás completaba el estribillo, prefería omitir el inicio y dejarlo en «etis». Llegó a ser multado por su mánager, ya que durante una actuación en el mismísimo estadio bético, cuando el grupo le coreaba el nombre del rival, él iba replicando «a segunda, a tercera».

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«La mano de Dios» – Rodrigo

La número diez era obvia. Sobre Maradona hay más de un centenar de canciones, tantas que justificaría otra selección. De entre las más famosas, la de Calamaro y la de Los Piojos. Durante el rodaje del documental Maradona by Kusturica, el director serbio organizó una sorpresa: Manu Chao le esperaba para interpretar una canción. El astro argentino escucha atento. Poco después, su rostro parece emocionarse bajo las gafas de sol, pero desconocemos si responde a la sobreactuación constante del Diego o a tener que soportar la mierda de canción que le ha escrito Manu Chao (que, para rematar el cuadro, canta apoyado en una pared donde se lee un intrigante mensaje: «Lolo puto»).

La canción sobre Maradona la escribió Rodrigo. La popularidad del Potro en Argentina era mayúscula, sus canciones sonaban a todas horas en todos lados. Batía récords de asistencia en templos de la música. Pero aquello se truncó con su muerte a los veintisiete años por conducción temeraria. Incluso levantaron un monumento en el lugar del accidente. Y, si alguna composición se le recuerda por encima de todas, es la hagiografía maradoniana. La archiconocida letra repasa su niñez en el potrero, el debut, la conversión en mito, el enfrentamiento con el poder futbolístico y hasta su adicción a la cocaína (algo que compartía con el propio Rodrigo). El coro del estribillo es prácticamente imposible que no retumbe cuando la canción suena en una reunión animada.

Para encontrar la versión más emocionante, toca regresar al documental de Kusturica. Maradona, que siempre quiso ser cantante, interpreta el tema. Pero lo hace con la letra adaptada a la primera persona, y con su familia delante. Dalma y Gianinna, sus hijas, aún son muy jóvenes. A mitad de la actuación, suben al escenario con más vergüenza que orgullo. Poco después, acaban coreando su apellido. Por si faltaba algo, en el montaje del documental se insertan imágenes de archivo. Maradona trata de entonar: «Si Jesús tropezó, ¿por qué no habría de hacerlo yo?». El Diego cantando su propia vida. El mayor exponente de cómo se juega a este deporte, haciendo suya la mejor canción que le escribieron. La unión perfecta entre música popular y fútbol.


Fútbol, paranoia y dolor: Argentina 1978

Videla y parte de la Junta Militar en el Mundial de Argentina 78. Foto cortesía de AFP.
Videla y parte de la Junta Militar en el Mundial de Argentina 78. Foto cortesía de AFP.

Cada Mundial, cada gesta deportiva de universal trascendencia, deja en el imaginario colectivo una imagen, un fotograma que pervive, generación tras generación, y acaba por sustituir a nuestros propios recuerdos.

En el caso del Mundial de 1978, el de Argentina, la imagen que pervive en la historia del fútbol es la de Mario Alberto Kempes, «el matador», corriendo exultante con los brazos abiertos mientras, desde el suelo, lo contemplan, humillados y derrotados, los jugadores holandeses de «la naranja mecánica», huérfanos de Cruyff, bajo una lluvia albiceleste de confeti.

Con el paso del tiempo esa imagen se ha ido emborronando y oscureciendo, la vergüenza nacional y la llegada del dios del fútbol, Maradona, acabó por eclipsar la primera victoria mundial del combinado argentino que hoy, tras tantos años, suscita más sombras que nunca.

El 25 de junio de 1978 se celebró en el estadio Monumental de Buenos Aires, la cancha recién remodelada de River Plate, la esperada final del Mundial de Argentina 1978, entre las selecciones de Argentina y Holanda.

Los holandeses se enfrentaban al recuerdo de la derrota contra Alemania en la final de 1974 y los argentinos buscaban, tras tantas décadas, resarcirse del fracaso de 1930. En el minuto 37 el héroe, Kempes, remató casi desde el suelo un balón que superaría al veterano arquero holandés, Jan Jongbloed. El 1-0.

Durante el segundo tiempo los tulipanes empatarían a solo unos minutos del final, de la mano de Dick Naninga, que remataría un centro preciso desde la derecha de Van der Kerkhof. Las gradas enmudecieron.

Apenas a un minuto del final del tiempo reglamentario un disparo a la madera del holandés Rensenbrink hizo recordar a muchos el drama del Maracanazo, dejando a la selección holandesa a solo unos centímetros de la gloria.

La prórroga arrojó una titánica lucha física que acabó con un nuevo gol de Kempes y otro, ya con una Holanda derrotada, de Daniel Bertoni, sellando el definitivo 3-1 del final.

Daniel Alberto Passarella, capitán de la albiceleste, recogía la Copa del Mundo de la mano del presidente de la Junta Militar, el general Jorge Rafael Videla, mientras los gritos de la enfervorizada multitud tapaban los gritos de los torturados en la tristemente famosa Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), a solo diez cuadras del estadio, menos de un kilómetro. «Mientras se gritan los goles, se apagan los gritos de los torturados y de los asesinados», diría Estela de Carlotto, de las Abuelas de la Plaza de Mayo, en el documental La historia paralela.

Dos años antes una junta militar presidida por Videla, junto con el almirante Emilio Massera y el brigadier Orlando Agosti, había alcanzado el poder derrocando a la presidenta María Estela Martínez de Perón, iniciando un llamado «Proceso de Reorganización Nacional».

La misión de la junta era la de acabar «con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo», como recuerda Carlos Toro en La aventura de la historia. Esta misión se materializó en la organización de un terrorismo de Estado que se entregó a la eliminación sistemática de todo disidente, o cualquiera que pareciese que pudiese serlo en un futuro.

Miles de ciudadanos, incluyendo niños, fueron víctimas de asesinatos, torturas y secuestros, muchos de los cuales aún no han podido resolverse, ante la impávida mirada del resto del mundo y la complicidad de muchos países.

Una de las primeras medidas del régimen fue ratificar la organización del Mundial del 78, con el apoyo de la FIFA. «Argentina está ahora más apta que nunca para ser la sede del torneo», afirmó el presidente del organismo, Joao Havelange. Videla designaría al vicealmirante Carlos Lacoste, mano derecha del jefe de la Armada, Emilio Massera, como responsable del deporte argentino y como encargado de mostrar al exterior un país moderno, alejado de la represión y la violencia que denunciaban algunos medios internacionales.

Solo Amnistía Internacional llamó a boicotear el evento, que obtuvo la respuesta del Parlamento de Holanda, que conminó a sus jugadores a no participar en actos oficiales. Las figuras futbolísticas más destacadas ausentes del mundial fueron el holandés Johan Cruyff y el alemán Paul Breitner, pero también sorprendió una en la propia albiceleste. Jorge Carrascosa, capitán histórico de la selección de Menotti, abandonó el equipo por «cuestiones de conciencia».

Varios jugadores de la selección sueca apoyaron abiertamente a las víctimas y acompañaron en una marcha a las Madres de la Plaza de Mayo, como se reflejó en el diario francés Le Monde, pero el balón siguió rodando sin importarle a casi nadie las más de treinta mil víctimas de la dictadura.

Dentro de la misma selección nacional argentina también se desvió la mirada hacia otro lado. Osvaldo Ardiles comentaría treinta años después: «Duele saber que fuimos un elemento de distracción para el pueblo mientras se cometían atrocidades». Menotti declararía en varias entrevistas: «Fui usado. Lo del poder que se aprovecha del deporte es tan viejo como la humanidad».

Videla entrega el trofeo al capitán argentino. Foto cortesía de AFP.
Videla entrega el trofeo al capitán argentino. Foto cortesía de AFP.

El caso del seleccionador argentino fue sin duda el más paradigmático del cinismo que mostraron muchos argentinos. Hombre de izquierdas reconocido, no quiso renunciar a la oportunidad de ganar un título que la calidad del combinado y los tejemanejes del régimen hacían probable.

Mientras apretaba la mano ejecutora de miles de compatriotas, la de Videla, Menotti arengaba a sus jugadores de la siguiente manera: «Cuando salgan al pasto, no miren al palco. Miren a la grada: ahí está el pueblo».

Menotti se convirtió, sin duda sin quererlo, en un aliado de la dictadura, que prohibió criticarle desde meses antes del comienzo del campeonato. El torneo estaba en la agenda del nuevo régimen desde su instauración: todo debía salir perfecto.

Para ello, además de contar con un equipo excelente, Videla se preocupó de que el evento lavara la imagen exterior de Argentina y, de puertas adentro, uniera y exacerbara el nacionalismo de la sociedad argentina. Para ello contrató a una empresa de comunicación y no dejó ningún detalle al azar, con un presupuesto de más de setecientos millones de dólares.

Momento especialmente sospechoso fue el tránsito de la albiceleste hacia la final del mundial. Tras pasar la primera fase, los argentinos vencieron a Polonia (2-0) y empataron con Brasil, en un partido de dureza extrema de los anfitriones que fue consentida por los árbitros.

Los encuentros Polonia-Brasil y Argentina-Perú, del grupo B, decidirían quién se enfrentaría en la final frente al primero del grupo A.

La diferencia de goles podría ser decisiva, así que la FIFA se puso del lado de los argentinos adelantando, por primera vez en el campeonato, el partido de los brasileños.

Brasil vencería a Polonia con un 3 a 1 y Argentina le endosaría nada más y nada menos que seis goles a un portero peruano, Quiroga, que, para más sospechas, era natural de Rosario (Argentina). Quiroga siempre defendería su inocencia, pero veinte años después señalaría a muchos de sus compañeros, acusándolos directamente de recibir sobornos. Por el vestuario argentino pasaría el mismísimo Videla, acompañado por Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano y cómplice de la represión en muchos países latinoamericanos, para arengar al combinado argentino.

Más de treinta años después surgen nuevos datos que llevan a sospechar del resultado de este mundial, el único realizado bajo una dictadura junto al de Mussolini en 1934.

La vergüenza de todos, libro del periodista y abogado argentino Pablo Llonto o el documental antes mencionado, La historia paralela, apunta nuevos datos escalofriantes, como la presencia de detenidos llevados a la fuerza a festejar el triunfo albiceleste, periodistas obligados a hacer preguntas favorables a la situación del país en las ruedas de prensa o la del torturador Jorge «Tigre» Acosta, gritándole «¡Ganamos!» a los prisioneros de la Escuela de Mecánica de la Armada, desde dónde muchos partirían hacia los «vuelos de la muerte».

«Nos usaron para tapar las treinta mil desapariciones. Me siento engañado y asumo mi responsabilidad individual: yo era un boludo que no veía más allá de la pelota», declaró no hace mucho el jugador Ricardo Villa, resumiendo el sentir de muchos argentinos respecto al Mundial de 1978, una victoria que dejaría un sabor amargo en toda una generación de argentinos, la trágica paranoia de una nación que se asesinaba a sí misma mientras gritaba de júbilo.

Me parece que soy de la quinta que vio el Mundial del 78,
me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor.

Crímenes perfectos», de Andrés Calamaro)


Brasil 82: el fútbol que cayó del cielo

¿Asustaban al rival con su sola mención ya antes de salir y pisar el campo? Sí. ¿Fue uno de los mejores equipos de todos los tiempos? Sí. ¿Era quizá la más formidable maquinaria ofensiva que ha visto el fútbol? Sí. ¿Podían llegar a jugar como se había visto pocas veces y como probablemente nunca más se ha vuelto a ver? Sí. ¿Era una constelación irrepetible de genios del balón, algo tan excepcional que ni su propio país ha podido replicar? Sí. ¿Eran los favoritos para ganar el Campeonato Mundial de 1982? Sí. Pero ¿fueron campeones? No. Los caprichos del destino impidieron que la última generacion de dioses brasileños del fútbol se coronase como parecía escrito en la profecía.

Tomemos por ejemplo el Barcelona de Guardiola: es como una orquesta perfectamente entonada tras años y años de academia, en la que hay algún que otro virtuoso improvisador capaz de salirse ocasionalmente del guión, pero que básicamente interpreta una ordenada sonata que sigue al pie de la letra lo que dicta la partitura. Pero imaginemos ahora un equipo que era como uno de aquellos grupos de jazz en los que no había partitura —o a la partitura no se le hacía caso— y en donde cada instrumentista era un virtuoso con tendencia a inventar sus propias melodías, hasta el punto de que ni ellos mismos sabían qué música iban a estar tocando unos pocos compases después. Un equipo que era como el “be-bop” del fútbol, al que resultaba casi imposible frenar porque resultaba casi imposible prever. Un equipo al que ya se le había otorgado la copa de campeón antes de iniciarse el Mundial porque nadie podía imaginar que semejante conjunción de talentos fuese a encontrar un rival cuya defensa no fuesen capaces de doblegar. Un equipo que durante el Mundial marcó quince goles en ocho partidos, más de los que los campeones marcaron en todos sus once encuentros. Una escuadra de maravilla, los X-Men del balompié.

Pero los hados del fútbol no siempre son justos, o consideran que la justicia nada tiene que ver con el arte.

El equipo que tenía que ganar

Brasil tenía una deuda pendiente con la Historia. Ya habían ganado tres títulos mundiales en cuatro ediciones, gracias a un par de generaciones de futbolistas extraordinarios (la del 58 y la del 70) que habían reunido más técnica e inventiva individual que ninguna otra escuadra hasta entonces. Dos oleadas de jogo bonito representadas —que no resumidas— por el legendario Edson Arantes do Nascimento.

Pero los años setenta habían sido decepcionantes. En 1970 los brasileños habían asombrado al mundo con lo que muchos consideraron entonces el equipo de fútbol más grande de todos los tiempos, llevándose el título casi por aclamación cuando apabullaron a los italianos con un rotundo 4-1 en la final.  Pero en el campeonato de 1974, huérfana de Pelé, la “canarinha” intentaba en vano apurar los últimos posos de aquella generación de fábula y se presentó en el torneo insegura y titubeante: en la segunda fase de grupos fue enviada a casa por la Holanda de Rinus Michels, que estaba inventando el fútbol moderno (el “fútbol total”) y que hizo que el “fútbol samba” de los brasileños pareciese repentinamente anárquico y obsoleto. También en el siguiente Mundial, en 1978, tuvo Brasil un comienzo algo dubitativo, pero en la segunda fase el equipo se puso las pilas: los nuevos valores brasileños empezaron a carburar. Sin embargo, tras un tenso empate a cero con Argentina, los brasileños quedaban fuera del torneo a causa del “goal average”, ya que los argentinos le hicieron seis tantos a Perú en la última ronda (goleada que despertó todo tipo de sospechas y habladurías). En todo caso, ni en el 74 ni el 78 acudió Brasil al campeonato con un plantel que hiciese olvidar a sus ilustres predecesores del 58, 62 y 70. El fútbol de carnaval había dado el relevo al más ordenado y sistemático fútbol europeo y Brasil ya no dominaba el cotarro. Incluso en su propio continente parecía haber sido superado por el fútbol argentino, que estaba más cerca de los planteamientos europeos que de la pura improvisación brasileira, y que se había llevado un título mundial. Título polémico, pero título al fin y al cabo.

Todo este aparente declive cambió en las fases previas del Mundial de España. La efervescente cantera brasileña había producido otra cosecha de Gran Reserva, una absurdamente brillante colección de talentos que durante la fase de clasificación y los amistosos previos había demostrado con claridad una verdad temible: no había ningún tipo de jugada ofensiva que aquellos tipos no fuesen capaces de elaborar. Literalmente. Sus momentos de inspiración, aquellos clímax futbolísticos en que los brasileños empezaban a improvisar como si estuviesen siendo iluminados por fuerzas celestiales, dejaban boquiabiertos a los espectadores y sembraban pánico entre los rivales. Cualquier combinación de pases y cualquier carambola ofensiva, por extraña o improbable que pudiera parecer, podía ser ejecutada por las botas encantadas de aquellos magos del balón. Se los comparaba sin complejos con los fabulosos equipos que le habían dado tres títulos mundiales a Pelé.

Zico y Maradona
Zico, el "Pelé blanco", era considerado casi unánimemente como mejor jugador del mundo hasta el auge de Maradona.

El corazón del equipo era el diabólico Zico —su apodo era “el Pelé blanco”, eso lo dice todo—, un mediapunta de habilidades inverosímiles, cerebro rápido y remarcable carácter. Capaz de generar casi cualquier tipo de pase ofensivo en las situaciones más difíciles, un regateador que podía desorganizar toda una defensa con un par de quiebros, un impresionante rematador, un gran lanzador de faltas… en definitiva, uno de los grandes. Un jugador infravalorado, o más bien poco conocido, por parte del público actual. Tres cosas impidieron que su nombre se haya revalorizado todavía más en la historia del fútbol: una, y quizá la más importante, que nunca ganó un Mundial. Dos, que fue eclipsado por la fulgurante ascensión de Diego Armando Maradona. Y tres, que desgraciadamente apenas jugó en Europa. Demostró sus asombrosas capacidades durante una apoteósica temporada en Italia, vistiendo la camiseta del Udinese: 19 goles en 24 partidos durante su primer año… en el ultradefensivo y durísimo Calcio de los ochenta, disputándose el título de máximo goleador con otro de los grandes de su tiempo, Michel Platini (el francés se llevó el “Pichichi” con 20 goles, uno más que el brasileño, pero Zico se había perdido cuatro partidos). Pero, pese a que su fútbol puso de manifiesto que podía romper esquemas en Europa, Zico, tras poner patas arriba el Calcio, regresó a Brasil el año siguiente, donde siguió jugando durante años y de donde ya sólo salió para una prejubilación dorada en Japón.

Zico estaba rodeado por una galería insólita de fantásticos jugadores, comenzando por el incomparable “doctor Sócrates”, de muy alta estatura para un futbolista —medía más de 1’90— pero cuya pequeña talla de pie, delgadez y excepcional sentido del equilibrio le permitían tener tanta cintura como un jugador de 1’75. Era un mediocampista excepcionalmente rápido y hábil, con una especial querencia hacia el juego preciosista y los pases inverosímiles, gracias a lo cual era un perfecto complemento para las laberínticas jugadas de Zico. Sócrates era en cierto modo como un Larry Bird del fútbol: su propósito era hacerlo todo bonito y espectacular incluso en momentos difíciles, incluyendo los lanzamientos de penalti. Desde luego, el ver a un jugador de su estatura correteando por el campo como una liebre y regateando a jugadores que deberían desafiar su centro de gravedad era toda una visión. Jugó un año en Italia, como Zico, pero también regresó rápidamente a Brasil, descontento por la disciplina que le exigían allí (“hay más cosas en la vida aparte del fútbol”). Eso sí, Sócrates era un hombre cultivado, nada que ver con el prototipo de futbolista intelectualmente ramplón. Cuando Zico no componía mágicas combinaciones con Sócrates, podía hacerlo con Falcao, un volante que también cultivaba el gusto por la complicación y la filigrana, además de ser (también) un excepcional tirador y muy resolutivo de cara a puerta. La gran especialidad de Falcao eran las apariciones por sorpresa entre líneas: se situaba inteligentemente a medio camino del ataque brasileño, con un envidiable sentido del movimiento sin balón (un jugador a estudioar en las escuelas de fútbol) y cuando decidía pasar a la ofensiva, apareciendo de la nada, solía crear el más absoluto desconcierto en las zagas rivales. Falcao cedía parte de su fama ante Zico y Sócrates, pero hubiese sido la primera  estrella en cualquier otra selección del mundo. Es más, Falcao no sólo triunfó en Italia como Zico sino que aguantó el ritmo de competición europeo y fue durante varios años buque insignia de la Roma, a la que condujo a ganar varios títulos, ganándose el apodo de “rey de Roma”. Además de Zico, Sócrates y Falcao, engrosaban el plantel de talentos nombres como Eder, un veloz extremo que era otro de los especialistas en lanzar libres directos increíbles, Cerezo, otro centrocampista virtuoso, o aquel inigualable Junior, un lateral izquierdo de técnica tan exquisita e inventiva tal, que solía unirse al mediocampo ofensivo; de hecho, pese a comenzar como lateral, acabaría siendo el cerebro creador de juego en el Torino italiano.

En cuestión de talento individual, aquel equipo flaqueaba solamente en la portería. Y quizá, aunque algo menos, en el puesto de ariete. No pudo acudir al Mundial el joven delantero Careca, otro futbolista de fantasía que poco más tarde sería el perfecto contrapunto de Maradona en el Nápoles. Ante esta y otras ausencias (como la de Roberto “Dinamita”) terminó jugando el Mundial como delantero centro Serginho: quizá el único jugador de ataque de aquel equipo que no tenía una técnica exquisita ni un talento fuera de lo común. Era sencillamente un buen delantero centro al modo clásico, un buen rematador, pero incapaz de inventar las diabluras propias de casi todos sus compañeros. Aun así, solía cumplir su papel… y cuando no, estaban todos los demás para marcar goles desde cualquier ángulo y de cualquier manera imaginable.

En resumen, el Brasil de 1982 era un equipo hecho para triunfar; un cúmulo de virtuosismo y fantasía futbolística que nunca más se ha vuelto a reunir en una sola alineación inicial. Era como un equipo de videojuego o, como diría Valdano, un equipo “de dibujos animados”.

Prácticamente nadie en la prensa mundial discutía el aplastante favoritismo de aquella Brasil para el Mundial 82. Había, claro está, algunos rivales muy potentes. Estaba Argentina, la vigente campeona, en la que coincidían el crepúsculo de Kempes con el amanecer internacional de Maradona. Por descontado estaba la potentísima Alemania de Rumenigge y Littbarski, así como una Italia repleta de nombres (Rossi, Altobelli, Gentile, Bergomi, etc) que trataba de recuperar su lugar en la Historia tras haber sido apisonada años atrás por el Brasil de Pelé. Y no se puede olvidar al otro equipo favorito de muchos amantes del fútbol, la exquisita Francia de Michel Platini y su “fútbol de salón”, que terminó metiendo incluso más goles que la propia Brasil en el mismo número de partidos (si bien con rivales ligeramente más fáciles). Grandes equipos todos ellos, pero que palidecían junto al brillo de la escuadra brasileña entrenada por Tele Santana. Demasiados genios juntos como para no ser los aplastantes favoritos. La unanimidad era total.

Contra la roca soviética

Comenzó la primera fase de grupos del Mundial, cuyo sorteo había consistido básicamente en descubrir quiénes serían los infortunados obligados a compartir grupo con el superequipo brasileños. Los “agraciados” fueron la URSS, Escocia y una de las “Marías” del torneo, Nueva Zelanda.

Socrates
El doctor Sócrates, el "pívot" más habilidoso de la historia del fútbol.

El partido inicial del grupo enfrentó a los brasileños con la URSS. Los soviéticos, que no solían tener suerte en los mundiales pese a presentar habitualmente equipos muy sólidos, demostraron ser una selección más que respetable y ofrecieron un partido mucho más competido e intenso de lo que nadie podría haber supuesto. Los europeos no sólo no se arredraron sino que intentaron explotar el que era tradicionalmente punto débil de las escuadras brasileñas: la escasa disciplina defensiva. Triangulando, con un juego de pase ordenado y preciso, inspirado en lo que Holanda había inventado algunos años atrás, los soviéticos crearon varias oportunidades claras. Finalmente se adelantaron a la media hora de juego con un disparo lejano que los brasileños vieron pasar ante sí totalmente atónitos y que el guardameta Waldir Peres dejó torpemente escurrirse entre sus manos. Los cariocas llevaban treinta minutos de Mundial y habían dejado entrever su posible Talón de Aquiles: la defensa. La URSS continuó con su juego “a lo Barcelona” tratando de mantener la inesperada ventaja, pero los brasileños eran simplemente demasiado buenos como para permitir que los dos puntos (lo que entonces valían las victorias) se les fuesen de las manos. Empezaron a intentar devolver la moneda con varios tiros lejanos hasta que Sócrates, con su habitual elegancia, su portentosa capacidad para crear ocasiones de la nada y su no menos portentoso disparo, buscó un pasillo con el que divisar puerta y tras quitarse a un par de defensas de encima marcó desde fuera del área, empatando el encuentro.

Aun así, los soviéticos siguieron sin venirse abajo y continuaron creando ocasiones, incluido un gol anulado por el árbitro. Resistieron como jabatos el envite rival aunque ninguna defensa del mundo podía estar preparada para cuando empezaba a funcionar la fantasía brasileira: casi al final del partido, Falcao dejó pasar un balón entre sus piernas —con esa tranquilidad de que sólo los brasileños eran capaces, como si estuviesen jugando en el barrio en vez de en un Mundial— para que Eder, en un gesto técnico de circo, la elevase ligeramente ante sí, habilitándose  una terrorífica volea que dejó clavados a defensores y portero rival. Uno de los goles del Mundial. 2 a 1, Brasil terminaba ganando lo que había sido un encuentro más duro de lo esperado, el más difícil hasta el encuentro con Italia.

El primer partido había dejado una moraleja clara: haciendo un fútbol muy ordenado y preciso como el de los rusos podía llegar a crearse ocasiones ante Brasil… el problema era que por cada ocasión propia, Brasil creaba tres o cuatro a su vez, desde cualquier distancia y ángulo. La URSS había jugado un grandísimo partido pero se necesitaba algo más que eso para tumbar a los favoritos. ¿Cuántos equipos más serían capaces de jugarles así a los brasileños? Presumiblemente, no muchos. Y de todos modos los soviéticos habían perdido.

Comienza el festival

El siguiente rival era Escocia en una de sus mejores versiones, que contaba incluso con alguna estrella de renombre —como Archibald— y que no era ni mucho menos una escuadra a menospreciar, como demostró su posterior y trabajado empate con la potente URSS. De hecho aquella Escocia era un equipo bastante más relevante a nivel europeo de lo que pueda serlo la Escocia actual, y no se clasificó para la siguiente ronda del Mundial por los pelos (la diferencia de goles, en detrimento del equipo soviético).

Los escoceses, de hecho, también empezaron su partido frente a Brasil adelantándose en el marcador, aprovechando la excesiva calma de los favoritos: consiguieron marcar en el minuto 18, rentabilizando uno de los típicos desconciertos de la zaga brasileña. De nuevo Brasil empezaba perdiendo. Era el segundo partido que los favoritos iban a tener que remontar. Pero dichos favoritos no querían volver a sufrir… así que a los pobres escoceses les tocó pagar los platos rotos. Zico empató con el que fue otro de los goles del Mundial —un libre directo que limpió las telarañas de la escuadra— y a partir de ahí fue todo una mera cuenta atrás para la victoria brasileña. Otros tres goles finiquitaron el destino escocés: un cabezazo increíble de Oscar rematando uno de aquellos corners envenenados típicos de aquella Brasil, una endemoniada vaselina de Eder desde una esquina del área y un chut de tiralíneas de Falcao (que por cierto era la guinda del pastel en un extraordinario partido del centrocampista). Pese al pundonor demostrado por los escoceses —los brasileños hablarían después de ellos con bastante respeto—los cuatro goles en contra bien pudieron haber sido seis o siete: Escocia había pagado con creces el pecado de intentar emular a la URSS y de haberle creado problemas a la todopoderosa Brasil.

En la tercera jornada, Brasil le endosó otros cuatro tantos a la débil Nueva Zelanda sin apenas despeinarse, en un partido que no tuvo mayor trascendencia, pero que nos permitió guardar alguna jugada de videoteca. Especialmente por parte de Zico, quien se dio el lujo de abrir el marcador con un extraordinario remate de tijera. La superioridad carioca era tan aplastante que el encuentro fue básicamente una pachanga para que los brasileños entrenasen de cara a la próxima ronda. Cerraron la primera fase de grupos en primer lugar, con tres victorias en tres partidos y diez goles a favor.

La primera fase, pues, había puesto sobre la mesa las credenciales brasileñas: sí, presentaban un cierto desorden defensivo, pero lo compensaban con una inagotable capacidad para crear ocasiones de gol. Prácticamente cualquiera de sus jugadores podía anotar o generar una asistencia en un momento dado, y las defensas rivales estaban obligadas a tener ojos en la espalda porque no había un único jugador a quien marcar, ¡todos los brasileños eran peligrosos! Zico, naturalmente, era la estrella; pero Falcao, Sócrates,  Eder,  Cerezo y compañía habían demostrado envergadura futbolística como para convertirse en revulsivos y romper un partido en cualquier momento. ¿Quién iba a poder detener a esta maravilla?

El Grupo de la Muerte

La segunda fase dividió a los clasificados en grupos de tres equipos que se jugaban directamente el pase a semifinales: sólo el primero de cada grupo seguiría adelante. Normalmente esta segunda ronda hubiese debido ser un paseo militar para Brasil, que, sobre el papel, esperaba en su grupo rivales respetables, pero asequibles (para ellos), como Bélgica o Polonia. Pero los resultados irregulares de la primera fase —belgas y polacos vencieron sus respetivas primeras fases contra pronóstico— hicieron que en el grupo se juntasen nada menos que Brasil, Argentina e Italia. El “grupo de la Muerte” se convirtió en el infierno futbolístico de 1982 e hizo que el otro grupo fuerte (el de Alemania, Inglaterra y el equipo local, una inoperante España) casi pareciera un torneo veraniego.

Falcao
Falcao, uno de los centrocampistas más exquisitos y resolutivos de los ochenta.

Los argentinos habían comenzado su fase inicial con problemas: tras perder con Bélgica en un tropezón inicial, tenían que resolver la papeleta en su segundo partido frente a unos crecidos húngaros que le habían hecho diez (¡10!) goles a El Salvador. Y los argentinos hicieron el trabajo con el que fue el primer partido estelar del joven Maradona en un Mundial: los argentinos vencieron por 4 a 1, con un terrorífico “Pelusa” que marcó dos goles, casi hizo un tercero y creó varias ocasiones más. Así pues, Argentina se clasificó pero tuvo que ceder el primer puesto del grupo a los belgas, con lo que los argentinos estaban condenados a vérselas con Brasil.

Mucho peor había sido el inicio de Italia, que se había clasificado sin ganar un solo partido en la primera fase: tres ramplones empates eran todo su bagaje (a cero con Polonia, a uno con Perú y Camerún). El equipo italiano había despertado serias dudas sobre su rendimiento y era especialmente discutida la presencia de su antigua estrella, el delantero Paolo Rossi, que había cumplido una larguísima sanción a causa de un asunto de apuestas ilegales. Rossi, que había terminado su exilio legal poco tiempo atrás, no parecía estar en forma para retornar a la alta competición en semejante escenario. Sin embargo, pese a su pobrísima actuación en la primera fase y las agrias críticas de prensa y público, el seleccionador italiano se negó a sacarle del equipo titular y mantuvo su confianza en él para la segunda ronda, decisión contracorriente que terminaría determinando el destino del campeonato.

Así que el “Grupo de la Muerte” iba a empezar con estos ingredientes: un Brasil a pleno rendimiento como absoluto favorito, una Italia adormecida y decepcionante, y una Argentina en la que el joven Maradona estaba dando pinceladas de genio pero también estaba revolviéndose como un gato en mitad de un equipo que empezaba a parecer oxidado y desorganizado, cuyo sistema de juego primaba a los vetersanos e ignoraba sus capacidades. Sobre el papel, Brasil tenía todas las de ganar. Pero de nada sirven los pronósticos: los tres partidos del “Grupo de la Muerte” debían jugarse y el fútbol siempre suele tener sorpresas.

La debacle de Argentina

El primero de los partidos, Italia frente a Argentina, se resolvió de manera inesperada: finalmente, las habilidades defensivas de los italianos empezaron a dar sus frutos, como harían tantas veces a lo largo de los años, e Italia ganó su primer partido del torneo por 2-1 a los vigentes campeones. Tras su portentosa exhibición ante Hungría, el nombre de Diego Armando Maradona era el único que parecía contar sobre el campo y todos los ojos estaban puestos en él. Incluidos los del defensa italiano Claudio Gentile, que le haría uno de los marcajes al hombre más férreos y eficaces de la historia, con sus buenas dosis de brusquedad —no quiero pensar en qué ocurriría si a alguien se le ocurre defender así a Messi hoy en día— y que para asombro de propios y extraños consiguió anular al astro argentino. Maradona se topó con el sabueso más duro de roer de toda su carrera. Gentile, preguntado tras el partido por lo brusco de su marcaje, respondería con una celebérrima máxima: “el fútbol no es para bailarinas”. Eran los años ochenta.

Así pues, tras la derrota inicial, los argentinos acudieron al partido contra Brasil a la desesperada. Necesitaban una victoria contundente y aun así sólo podrían confiar en la suerte para clasificarse. Los brasileños, en cambio, estaban bien tranquilos. Eran sabedores de que en el equipo argentino había un genio, pero que en el suyo propio había varios.

Los argentinos entraron al campo con ímpetu ofensivo, pero su sistema de juego resultó inoperante, no tanto por el esquema en sí, sino por el error de sacar a sus estrellas de sus posiciones naturales. Menotti se empeñó en seguir colocando a Maradona como delantero, en contra de los instintos innatos del jugador —esto es, crear juego desde atrás— y las tareas de construcción quedaron en manos de los veteranos Ardiles y Kempes, un delantero centro goleador que de repente jugaba como medio centro. Los argentinos apretaron durante diez minutos, pero sin crear ocasiones, hasta que Zico empujó al fondo de la red el rebote en el larguero de uno de aquellos temibles lanzamientos de falta de Eder (algunos lo consideran uno de los mejores libres directos jamás ejecutados). Era el primer ataque serio de los brasileños y era el primer gol.

Eder
Eder, extremo relampagueante y excepcional lanzador de faltas lejanas.

Los argentinos no se descompusieron, pero quedó claro que su sistema ofensivo no funcionaba y los brasileños se limitaron a jugar con calma, sacando provecho de la confusión argentina con mucha inteligencia y saber hacer. El esquema de Menotti estaba resultando —excepto en el aspecto defensivo, donde su “achique de espacios” funcionaba a la perfección— un verdadero desastre. Kempes, muy alejado del área, donde siempre había sido realmente peligroso, deambulaba sin rumbo por el centro del campo y tuvo que ser sustituido. Ardiles, cerebro oficial del equipo, sencillamente desaparecía durante largas fases del partido y Maradona, aislado arriba y casi sin recibir balones, iba de un sitio a otro con expresión de frustración. Al comenzar la segunda mitad, Argentina sólo dio algunas muestras de peligro cuando sus jugadores jóvenes intentaban algo distinto: ya fuese el delantero Ramón Díaz, que había saltado al campo con muchas ganas en sustitución de un mortecino Kempes, o el propio Maradona, que harto de no recibir el balón empezó a moverse por distintas zonas del campo, y fue quien creó el poco peligro de la escuadra argentina cada vez que bajaba al centro del campo para buscar un balón que nunca le llegaba. Llegó incluso a provocar un penalti que no fue pitado. Aun así, el sistema argentino seguía sin tenerle en cuenta como cerebro del equipo y el partido se caracterizó por algo que unos años después hubiese resultado impensable: el ataque albiceleste progresaba sin pasar necesariamente por las botas de Maradona. Menotti prefería confiar en la veteranía de la columna vertebral del equipo que había sido campeón cuatro años antes, frente a la juventud del entonces nuevo jugador del Barcelona, pero los veteranos de Argentina demostraron estar oxidados y faltos de ideas. Maradona lo intentó, pero estaba solo y aún no tenía el prestigio suficiente como para justificar que todo el peso de su escuadra descansara sobre sus hombros, algo que sí estableció como norma Bilardo cuatro años más tarde.

De todos modos, poco tenían que hacer los argentinos ante un rival tan formidable. Los brasileños, contemplando la evidente desorganización del rival, seguían a lo suyo con total calma. Por una vez no se apresuraban en atacar todo el tiempo. Cedían la posesión a Argentina y cuando llegaba su turno probaban lo que tan bien sabían: disparos a puerta desde lejos y alguna que otra combinación imprevisible de pases fulgurantes, sabiendo que tarde o temprano sonaría la campana. Y sonó: en el minuto 66, un contragolpe perfectamente ejecutado por Zico y Falcao facilitó un nuevo gol de Serginho. Un 2-0 prácticamente imposible de remontar que dejaba a los argentinos, vigentes campeones, fuera del Mundial. Junior marcaría el 3-0 pocos minutos después.

La parte final del partido fue una agonía para Argentina, eliminada y desmoralizada, que intentaba al menos marcar el “gol del honor”. Maradona, crecientemente frustrado por la ineficiencia de su equipo, por estar fuera de sitio en el campo y por alguna que otra entrada de los brasileños —aunque el partido fue generalmente muy limpio— se ganó la tarjeta roja a cinco minutos del final. El brasileño Batista había hecho una entrada peligrosa sobre uno de sus compañeros y Maradona decidió tomarse la justicia por su mano con una patada bastante sucia sobre el jugador rival. Se despedía así de su primer Mundial. Poco después los argentinos marcaron finalmente, antes del pitido final: el resultado fue 3-1. No fue un partido grandioso, pero sí la demostración de que los brasileños, en ocasiones, podían jugar inteligentemente con el resultado e incluso defenderlo. En ocasiones.

La tragedia de Sarriá: un clásico para la posteridad

Brasil afrontaba su partido contra Italia con mucho optimismo. Los italianos habían hecho pocos méritos durante el torneo y su mayor y único logro había sido conseguir neutralizar a un Maradona ya de por sí infrautilizado por el sistema de Menotti. Pero el juego italiano no había convencido. Parecía imposible que aquella escuadra “azzurra” tuviese las armas para neutralizar a todos los brasileños —quienes esperaban un fuerte marcaje sobre Zico… lo cual no les preocupaba—; ni que decir tiene para dejar fuera del campeonato a una Brasil que tras golear a Argentina sólo necesitaba un empate para clasificarse. Pero el fútbol es, a veces, un deporte de alineaciones planetarias y casualidades místicas. Puede suceder que un Argentina-Brasil siga toda la lógica el fútbol, que ocurra lo previsto y que las cosas funcionen tal y como era de suponer viendo cómo se organizaban los dos equipos sobre el terreno. Pero también puede suceder que durante un Italia-Brasil los astros (los del cielo, y también los del césped) decidan volverse locos y alterar el destino que estaba escrito. De poco hubiesen servido las ocasionales distracciones defensivas de los brasileños si hubiesen jugado contra la Italia que se enfrentó a Argentina.

Pero aquel día  tenía que suceder lo inesperado. Tras todo un campeonato de vagabundeo fantasmal, decidió resucitar de entre los muertos Paolo Rossi, iniciando una asombrosa racha de seis goles en tres partidos que grabaría su apellido en la crónica dorada de los Mundiales. Discutido —con razón— por periodistas y aficionados, habiendo estado prácticamente inerte durante todo el campeonato, pero mantenido por su seleccionador contra viento y marea, el delantero que había pasado años alejado de los terrenos de juego eligió aquel preciso día para entrar en la Historia, interponiéndose en el camino de una de las escuadras más maravillosas que ha visto el fútbol, y en uno de los partidos más dramáticos de los campeonatos mundiales.

Empezó el Brasil-Italia en el campo de Sarriá, con todas las apuestas a favor de Brasil. Les bastaba un simple empate.

Cuando Rossi marcó a los cinco minutos de partido, la verdad es que pareció un mero accidente, como el que ya habían sufrido los brasileños frente a la URSS y también frente a Escocia. Cabrini, uno de los hombres del partido, dibujó un perfecto centro aéreo y Paolo Rossi, que era un verdadero maestro del desmarque, apareció por sorpresa a un lado de la portería y remató de cabeza a placer. Bueno, Rossi había sido conocido por ser un delantero oportunista y siempre pueden ocurrir estas cosas: los brasileños se recuperaron del pequeño “shock”, se recompusieron rápidamente y empezaron a buscar el empate haciendo lo que mejor sabían hacer: atacar. La máquina de genios se puso a carburar y ya en las siguientes jugadas crearon varias oportunidades que eran como las gotas que anuncian el chaparrón. De hecho, tardaron sólo siete minutos en empatar el partido, marcando uno de los goles más famosos de aquel extraordinario equipo. Sócrates le hizo un pase vertical a Zico y comenzaba a correr hacia el área, mientras Zico hacía un quiebro y —con uno de sus típicos movimientos desequilibrantes— destrozaba la defensa italiana, devolviendo otro pase en profundidad a Sócrates, quien en vez de centrar anotó de forma inverosímil, aprovechando un pequeñísimo hueco entre poste y portero. El balón no había dejado de ir siempre hacia arriba y las dos estrellas cariocas se las arreglaron para mantener el movimiento vertical de la pelota ellos solos frente a prácticamente todo el equipo rival. Como decía con total asombro el comentarista: “that was magic!”. Vuelvan a observar la jugada fijándose no en los jugadores, sino sólo en el camino que sigue el balón, como si los futbolistas fuesen invisibles. El balón, nada más salir del campo brasileño, parece atraído por la porteria rival como por un imán. Fútbol ofensivo en estado químicamente puro.

Las cosas parecían haber vuelto a su cauce. Brasil, teniendo el empate que les clasificaba, volvió a controlar el balón con su característica tranquilidad. Demasiada tranquilidad. Aunque es difícil culpar a un equipo que se sentía tan abrumadoramente superior. Pronto cometieron el error garrafal de confiar en su fluidez combinatoria allá donde menos hubiesen debido hacerlo: en su propia defensa, frente a la frontal del área. Una salida desde atrás aparentemente inocua terminó en otro “accidente” cuando un pase horizontal mal medido fue robado por el atentísimo Rossi, que corrió hacia puerta y volvió a marcar a placer. Italia volvía a ponerse por delante y aún se estaba jugando poco más de la mitad del primer tiempo. El partido estaba empezando a tener pinta de terminar convirtiéndose en una locura, y ya sabemos que si hay alguien que sabe sacarle partido a la locura, ese alguien es Italia.

Paolo Rossi
Paolo Rossi, inesperado verdugo de una de las escuadras más mágicas de todos los tiempos.

Durante el resto de la primera mitad y parte de la segunda, los brasileños volvieron al ataque para intentar empatar nuevamente, mientras Italia aguantaba el envite (aunque realmente estaba en su salsa: encerrada atrás y esperando la oportunidad de lanzar sus contragolpes). Finalmente los sudamericanos consiguieron la igualada cuando Falcao, haciendo gala de la envidiable sangre fría de aquel equipo, buscaba un hueco en la defensa y marcaba con un disparo de tiralíneas. Brasil, con el empate, volvía a estar clasificada.

Pero quedaban más de veinte minutos de juego y si algo nos ha enseñado el fútbol es que los minutos suelen jugar a favor de Italia. Poco después del empate de Brasil, un lanzamiento de corner propició que se juntasen el hambre y las ganas de comer: un momentáneo desorden defensivo de los brasileños y el oportunismo de un Paolo Rossi que completaba un “hat trick” y volvía a dejar a Zico y los suyos fuera del Mundial. Esta vez, no hubo tiempo para un tercer empate. Los italianos hicieron lo que mejor saben hacer: encerrarse atrás y defender el resultado frente a unos angustiados brasileños que veían vaciarse el reloj de arena a toda velocidad. La fantasía carioca había remontado el partido dos veces, pero pedir que lo hicieran una tercera y contrarreloj era algo excesivo incluso para ellos. Nuevamente se lanzaron al ataque, pero esta vez, con el partido finalizando, tenían además la seria preocupación de que un rápido contragolpe con su propio campo prácticamente vacío propiciase un cuarto gol italiano. Y de hecho estuvo a punto de suceder, cuando Antonioni vio anulado un gol por fuera de juego, tras una de aquellas contras letales de los transalpinos. Para añadir más drama al asunto, el portero italiano Dino Zoff detuvo un envenenado remate de cabeza sobre la mismísima línea de meta (a primera vista el balón parecía haber entrado y por ello los brasileños reclamaron gol, aunque las repeticiones muestran que no traspasó la línea). Los minutos se consumieron inexorablemente y la varita mágica de Brasil no consiguió el último truco, el que les hubiese permitido pasar a semifinales. Sólo hubiesen necesitado un empate y se les había escapado de las manos. Fue Italia la que se clasificó y terminaría siendo campeona, con un Rossi que volvió a marcar dos tantos en la semifinal y otro en la final frente a Alemania.

Adiós a una era

La “tragedia de Sarriá” fue uno de los más épicos partidos de la historia de los campeonatos mundiales de fútbol, pero también el final de una era futbolística que quizá nunca regrese: la era del fútbol romántico, la era del arte por el arte y el ataque a toda costa.

Ellos eran la alegría del fútbol. El Brasil de 1982 iba en contra de casi todos los dictámenes del fútbol moderno que ya estaba imponiéndose en el mundo. No se preocupaban por la defensa, no les interesaba la posesión del balón si no era para crear jugadas verticales,  daban más importancia a la improvisación individual que al sistema, valoraban más el talento que el orden, y su única y absoluta preocupación era el gol. Una utopía futbolística que los entrenadores actuales considerarían inaceptable, porque el único modo de que hoy un equipo lograse funcionar cediéndolo todo a la imaginación sería que estuviese compuesto por un plantel de jugadores comparable… y eso es algo que simple y llanamente no ha vuelto a suceder.

Para el forofo resultadista siempre cuenta más una victoria que un partido bellamente jugado, pero hay que reconocer con admiración el empeño de Brasil, como país futbolístico e incluyendo también a su público, por intentar prolongar la validez de la fantasía como componente primordial del arte del balompié. Después de 1974 el fútbol de carnaval había parecido algo del pasado, una reliquia de cuando Pelé aún caminaba sobre las aguas, pero Zico y compañía, como su entrenador y como todo el país, se negaron a ceder ante la llegada del fútbol-orden.  Lo intentaron. No funcionó. Y fue la última oportunidad para el fútbol-arte en estado salvaje. Con el tiempo incluso Brasil ha tenido que imponer el orden en sus combinados nacionales, pero el intento de 1982 no solamente fue loable como expresión de una filosofía deportiva, sino absolutamente apabullante como producción futbolística en sí. Podemos tomar como comparación inevitable el fútbol actual del Barcelona, epítome del juego moderno y refinación final del “fútbol total” de Rinus Mitchell. Es un equipo cuyo también admirable sistema siempre termina pareciéndose a sí mismo, mientras que la Brasil de 1982 era una constante caja de sorpresas: no había manera humana de dibujar un esquema que resumiera el juego de aquel equipo, porque absolutamente todo su fútbol se cimentaba en la ocurrencia individual momentánea. Y aun así, su juego de equipo —en ataque, que no en defensa— era sensacional: todos los jugadores sabían situarse para desahogar a quien condujese el balón, pero en su fútbol de toque no había nada de la elaboración orquestada de un equipo moderno, sino un mero fluir hacia delante confiando siempre en que quien recibiese el balón tenía la capacidad de seguir interpretando la samba, llevando el cuero a donde los brasileños pensaban que debía estar: cerca del área contraria. Aquel Brasil era, en términos escolares, el “equipo de los buenos”, el que no necesitaba pensar en cómo jugar y se limitaba a torear a sus contrincantes a golpe de talento.

Una de las facetas más llamativas de aquel equipo era precisamente su actitud de apabullante confianza: incluso cuando empezaban un partido perdiendo, ellos seguían haciendo lo suyo, sabedores de su total superioridad. Confiaban en las musas al igual que un pianista de jazz confía en que sabrá encontrar las notas cuando se sienta a improvisar. No se echaban atrás, no hacían veinte pases seguidos en su campo, o dicho más bíblicamente: no tocaban el balón en vano. El fútbol es ataque, pensaban, y actuaban en consecuencia. Aquello tenía la contrapartida de hacerles más vulnerables en defensa de lo que hbiesen debido. De hecho, el que precisamente Italia les echase de un Mundial ejemplifica la llegada de los años ochenta: la progresiva implantación de las defensas duras, del fútbol de músculo, del resultadismo. El “fútbol samba” era como un dinosaurio en plena extinción, el fútbol romántico que moría a finales del siglo XX como el ajedrez romántico había muerto a finales del XIX.

Aun así, en Brasil tardaron en aceptar que futuros seleccionadores reconvirtiesen sus equipos nacionales en versiones más o menos imitativas del esquema futbolístico europeo. Aunque, como decíamos, terminó sucediendo porque tenía que suceder. Era, supongo, una metamorfosis inevitable: de todos modos, aunque Brasil ha seguido gestando grandes jugadores, no se ha vuelto a producir una conjunción como la de 1982. Hay que ser realista: aquel fútbol no volverá y su glorioso canto de cisne no produjo un título mundial, así que para muchos aficionados —sobre todo jóvenes— aquel equipo es una más de tantas historias del abuelo Cebolleta. No pueden creer, porque nunca lo han visto, que hubiese un equipo con tantos Messis y Cristianos Ronaldos juntos. Aquel Brasil no ganó y por tanto su enorme, apabullante superioridad técnica no está probada para quien no se haya molestado en investigarlos. Pero la poesía del fútbol no está en los resultados, sino escondida entre líneas en las páginas de la historia: quizá, con el paso de los años, algunos hayamos terminado encontrando más fascinante la idea de pensar en aquel Brasil como en los grandes perdedores, que imaginándolos alzando una copa mundial. Como en las viejas películas de Humphrey Bogart, donde quien intenta hacer de la vida un arte nunca gana, pero es el personaje con más encanto del guión.

Por el momento, siempre es interesante proyectar uno de aquellos partidos ante espectadores actuales que los desconocen y observar sus rostros cuando empiezan a contemplar algo que nunca habían visto antes. La reacción inevitable es, cómo no, el asombro: el fútbol tiene una memoria muy corta, pero una historia muy larga. Sería un tanto arrogante pensar que el fútbol más bonito lo estamos viendo ahora, en pleno 2011, porque érase una vez un tiempo en que Zico, Sócrates, Falcao, Eder, Cerezo, Leandro y Junior jugaron juntos…


Mundial de 1990: la increíble historia de Roger Milla

Roger Milla

Un futbolista de treinta y ocho años, casi desconocido, ya retirado, que acude como suplente a un Mundial porque se lo pide como favor personal el presidente de su país. Un futbolista que está fuera de forma y apenas puede jugar media hora por partido. Y un futbolista que, aun así, revoluciona el campeonato llevando a su modesta selección casi hasta las semifinales, asombrando al mundo entero, convirtiéndose en una estrella y abriendo las puertas para el fútbol africano. ¿Es el guión de una película dirigida por Clint Eastwood? No; es un suceso real de los que ya no suceden en el fútbol.

Estas precisiones son siempre cuestión de gustos, supongo, pero diría que Italia 90 fue el último Mundial con sabor a Historia o, si lo prefieren, el último Mundial con marchamo de clásico. El último de aquellos campeonatos en los que, por decirlo de manera simple, pasaban cosas. Incluso entonces, viéndolo en su momento, tenía uno la sensación de que se estaba forjando la leyenda en directo; una sensación que no he vuelto a experimentar con un Mundial, no sé si por el endurecimiento que produce la edad o por la progresiva descafeinización de los Mundiales. Pero una cosa es cierta e innegable: si consideramos los campeonatos del mundo como películas, los guiones de las últimos cinco o seis ediciones han sido más flojos. Porque al guión de aquel Italia 90 no le faltó de nada.

En principio iba a ser, por descontado, el Mundial del retorno de Diego Armando Maradona (¿Qué hará? ¿Cuándo lo hará? ¿Cómo lo hará?). Pero también fue el de una inesperada historia de la Cenicienta personificada en el italiano Totó Schilacchi, aquel delantero suplente y de circunstancias que contra todo pronóstico se convirtió en el héroe local, revulsivo de Italia y máximo goleador del torneo. El campeonato en que Lothar Matthäus, la versión alemana de Robocop, ejerció su dominio demostrando que no le temía a nada ni a nadie, incluyendo al divino “Pelusa”. Y fue el Mundial en el que ,por primera vez en la historia del fútbol, un equipo africano llegaba a los cuartos de final… y por poco no se planta en las semifinales. Todo por obra y gracia de un jugador que debería haber visto el torneo por televisión pero que, al parecer, no podía despedirse del fútbol sin hacer historia: Roger Milla.

Lo que resultó de su participación en aquel Mundial es una historia increíble y los aficionados de entonces, a lo largo y ancho del planeta, la vivimos con una tremenda intensidad. Un jugador camerunés, cuya carrera había finalizado y del que, en la era previa a Internet, apenas habíamos oído hablar, se convirtió de la noche a la mañana en una leyenda inmortal del fútbol.

Un potencial inmenso, un fútbol brillante, una carrera en la sombra

Situémonos. Durante los años 70 el fútbol africano era completamente ignorado por los medios y, lo que es más grave, por los ojeadores europeos. En Camerún jugaba un joven delantero llamado Roger Miller, que después cambió su apellido para que sonase más africano. Sus hechuras de genio y su capacidad goleadora no importaban al Madrid, ni al Barcelona, ni a la Juventus, ni al Manchester United. A lo máximo que podía aspirar un jugador del África negra era a militar en la liga francesa —por entonces con muy escaso relumbrón mediático— o, con suerte, en algún equipo modesto de Italia, España o Inglaterra.

Roger Milla
Pese a estar ya retirado, su hambre de gol y su instinto asesino pusieron el mundo del fútbol patas arriba.

Aquel joven Roger Milla era un delantero al modo de Marco Van Basten. Esto es, de larga zancada, regate económico (y casi quirúrgico), jugadas directas y cerebrales, pocas ganas de complicarse la vida con florituras innecesarias y un instinto asesino que le hacía estar siempre acechando a la espera del mínimo fallo de las defensas rivales. No era un mero rematador, sino un depredador de las inmediaciones del área, que parecía disfrutar apareciendo entre líneas, como un tiburón entre las olas, para fabricarse su propio gol. No alguien que quisiera finalizar las jugadas de otros. Un ariete creador, esa rareza que no tiene precio. En Francia fue donde lo descubrieron para Europa, como solía suceder casi siempre con los grandes diamantes en bruto del fútbol africano. La estrecha vinculación entre Francia y África permitió que Roger Milla —entonces con veinticinco años y en lo mejor de su carrera— fuese fichado por el Valenciennes. No cuajó en aquel equipo. Tampoco cuajó en el Mónaco. Tardó en adaptarse al fútbol francés y el fútbol francés tardó en adaptarse a él. No gozaba de las facilidades de un Samuel Eto’o; recordemos que por entonces prensa y público no sabían casi nada de los jugadores extranjeros, y menos de los africanos, lo cual era una barrera psicológica importante para quien llegaba a una liga europea. Milla estaba acostumbrado a ser considerado poco menos que un genio en Camerún, pero en Francia tenía que empezar a demostrar su talento desde cero, sin que los entrenadores confiasen en él lo suficiente como para darle libertad, y sin que él confiase en sí mismo lo bastante como para obligarles a dársela. Milla era muy bueno, pero no era Maradona, y cada temporada que pasaba se acercaba más a la treintena sin haberse establecido como una figura en Francia.

Fue en el Bastia donde empezaron a entender su estilo, donde por fin le otorgaron confianza. Aunque sus mejores años ya habían pasado, allí pudo mejorar sus números lo bastante como para asentarse en el equipo. Uno de sus mejores momentos llegó cuando marcó un magnífico gol que le valió al Bastia una Copa de Francia; así se hizo un nombre en la liga gala, aunque nunca llegó a romper los moldes y en el resto de Europa era desconocido. Cuando los años empezaron a hacerle menos interesante de cara a los entrenadores, terminó jugando en segunda división. Primero en el Saint Etienne y más tarde en el Montpellier, al que ayudó a ascender marcando —con treinta y cuatro años de edad— dieciocho goles en una temporada, cosa que lo convirtió en un héroe local. Muy poco después, en 1989, decidió retirarse. En Camerún había jugado casi una década promediando unos veinte goles por temporada. En la liga francesa había jugado doce años, con una media de nueve goles por temporada en primera y dieciséis en segunda. Eran buenos números para el fútbol de aquellos años. Pero Milla no era solo un jugador de cifras, era sobre todo un jugador creativo, aunque casi nadie fuera de Camerún o Francia había comprobado el alcance de sus habilidades. Había participado en el Mundial 82, pero aquel Camerún, que jugó con mucha dignidad, había sido víctima de las injusticias arbitrales y eliminado en la primera fase pese a no haber perdido ningún partido. Milla no marcó y salió del Mundial 82 sin dejar huella. Después fue un jugador ignorado en Europa; la liga francesa no tenía la proyección que tiene hoy y se prestaba poca atención a los jugadores africanos, como demuestra el que nada menos que George Weah campase durante siete temporadas en Francia hasta que el Milan decidió “descubrirlo”.

La llamada del presidente

A sus treinta y ocho años —aunque siempre se dijo que había falseado su edad y que en realidad podían ser incluso mayor: desde luego aparentaba más edad—, Roger Milla iba a gozar de un tranquilo y anónimo retiro en la apacible isla africana de Reunión. Y entonces sonó el teléfono. Al otro lado de la línea, el presidente de Camerún.

Tommy NKono
Tommy N’Kono, portero del Español y uno de los jugadores africanos que abrieron puertas en Europa.

La selección camerunesa se había clasificado para el Mundial de Italia, pero el combinado sufría las inseguridades propias de un equipo cuyos jugadores no estaban familiarizados con las grandes competiciones europeas. Lo más parecido que tenía a una estrella era el carismático Tommy N’kono, que como Milla fue uno de los pioneros del fútbol camerunés en Europa y que, él sí, gozaba de mucha fama y era muy querido en nuestro país por ser el portero del Español. El presidente camerunés pensaba que la selección necesitaba el apoyo moral de un veterano como Roger Milla. Le rogó que volviera a calzarse las botas y aceptase formar parte de aquella selección aunque fuese  solamente como referente, como apoyo moral y guía espiritual para los jugadores más jóvenes. Estaba claro que acudiría como suplente porque ya no estaba en condiciones de jugar partidos enteros, pero su sola presencia y su considerable experiencia podrían convertirse en un acicate para los “Leones Indomables”. Camerún se jugaba mucho en aquel campeonato porque tenía un buen equipo pero muy poca experiencia internacional. Si conseguía hacerse notar en el torneo, algo extraordinariamente difícil para un equipo africano de aquellos años, su fútbol nacional podría dar un salto histórico.

Roger Milla escuchó las razones del presidente y aceptó. Era una cuestión de orgullo patriótico; la selección de fútbol era la única manera en que Camerún podía alzar la voz, decir “estamos aquí”. Su decisión de acudir al Mundial marcaría un antes y un después en la historia del fútbol africano y en el modo en que éste sería percibido en adelante por el resto del mundo. Aquí es donde empieza la increíble historia del jugador retirado que cambió la historia del fútbol para todo un continente.

Un momento, ¿cómo has dicho que se llama este tipo?

Camerún no había tenido suerte en el reparto de grupos. Debía jugarse la primera fase frente a los vigentes campeones del mundo, la Argentina de Maradona, pero también frente a Rumanía (en la que jugaba por entonces el peligrosísimo Lacatus) y la Unión Soviética. Malos compañeros de viaje para una selección modesta. Sin embargo, los acontecimientos pronto siguieron un rumbo imprevisto. Contra todo pronóstico, el vacilante inicio de los argentinos y el caótico vaivén de resultados propiciaron que Camerún terminase encabezando la clasificación.

Omam-Biyik
Salta la sorpresa: con un magnífico cabezazo (que Pumpido se comió con patatas, todo sea dicho) Omam-Biyik marca el gol de la victoria frente a Argentina, vigente campeona mundial.

Los africanos, con Milla en el banquillo, empezaron dando la campanada y venciendo a Argentina por 1-0 en el partido inaugural. El gol lo marcó Omam-Biyik, punzante y muy inteligente delantero que jugó un magnífico torneo y fue el otro nombre más pronunciado de aquel legendario combinado camerunés. Aunque hay que decir, nobleza obliga, que los cameruneses anularon a Maradona con un marcaje no demasiado limpio (la verdad es que si hoy le hacen a Messi un marcaje parecido, hubiesen terminado con ocho jugadores). Con todo, una victoria sobre los campeones mundiales demostraba que el equipo camerunés no era ninguna broma. Eso se confirmó en el segundo partido frente a Rumanía. Los cameruneses no lo tenían fáci, ya que el equipo rumano se había deshecho de los soviéticos con dos goles del venenoso Lacatus, pero fue entonces cuando, a ojos de la Historia, un Roger Milla que salía desde el banquillo empezó a labrar su propia leyenda.

Cuando en el minuto 14 del segundo tiempo una selección como Camerún saca al campo a un jugador de treinta y ocho años retirado, que por su edad y estado de forma sólo puede jugar media hora por partido, la reacción lógica de todos quienes lo observan es de perplejidad y escepticismo. El rumor que circulaba sobre la llamada del presidente camerunés a Milla no hacía más que terminar de conferirle a su presencia en el Mundial un aire surrealista. Si este jugador fuese tan bueno como para que, habiendo colgado ya las botas, todo un Presidente requiera su presencia, lo sabríamos en Europa. Eso era lo que pensábamos muchos. Miremos los archivos: sí, jugó bastantes años en Francia. Pero claro, en aquellos años no teníamos satélite ni Google y no lo habíamos visto. Ah, también estuvo en el Mundial 82, pero aun así no nos suena. Bueno, está claro que no es Michel Platini. Pero siempre es curioso el ver saltar al campo a un “abuelo”, nos da algo de lo que hablar. Vamos a reírnos un poco de él.

Minuto 76. Un balón muy alto cae a la izquierda de la defensa rumana. Da un bote considerable, de unos cinco metros, mientras un zaguero cubre el lugar con el cuerpo y salta para intentar despejarlo de cabeza. En ese momento, con el instinto depredador que ni la edad ni el retiro han conseguido dormir, Roger Milla —sí, ese abuelo del que nos íbamos a reír— inicia una veloz carrera hacia el lateral del área, salta con la fiereza de una pantera para desplazar al defensor con el cuerpo y busca el ángulo perfecto para marcar con la izquierda. El guardameta no puede hacer nada. Milla corre hacia la esquina y empieza a bailar junto al banderín de córner, una celebración de gol que se hará célebre, que será imitada multitud de veces en años posteriores y que es la responsable de que hoy muchos jugadores se busquen también una celebración “con marca de fábrica”.

El abuelo ha marcado al poco de salir con el oportunismo y la fiereza de un Mario Alberto Kempes. Nos ha dejado a todos anonadados. Pero veamos qué más ocurre.

Pasan otros diez minutos. Pelea por otro balón aéreo en la frontal del área rumana. Ni defensor ni atacante se hacen con el cuero, que cae mansamente hacia la parte derecha del ataque africano completamente vacía de defensores. De la nada, otra vez como una exhalación, aparece Roger Milla, que se ha desmarcado de su defensor en el mejor estilo Paolo Rossi y que, tiburoneando entre líneas, ha escapado hacia el lateral sin que nadie sea capaz de leer sus intenciones. Finta a un defensa con un veloz y exquisito toque de zurda, y sin pensárselo dos veces chuta con la derecha; es uno de esos chutes que cuya aterradora dureza se escucha incluso a través de la televisión. Clava el balón por la escuadra sin que el portero rumano lo huela. Milla vuelve a bailar con el banderín. Después cae de rodillas y deja que sus compañeros lo abracen.

Un futbolista jubilado que raya la cuarentena ha finiquitado él solito al peligroso equipo rumano. Tras ganar a Argentina y a Rumanía, los africanos están clasificados. La gente empieza a sospechar que la llamada telefónica a la desesperada del presidente de Camerún tenía más sentido de lo que parecía en un principio. Salvo en Camerún y quizá en Francia, los aficionados están atónitos.

Un día para la historia

En octavos de final esperaba Colombia, un equipo muy respetable que había conseguido sacarle un empate a la poderosísima Alemania —una de las mejores Alemanias que hayamos visto, lo cual es mucho decir— y sobre el que había bastante expectación. En el cuadro colombiano jugaban futbolistas de peso como Valderrama, Fajardo, etc. El equipo sudamericano tenía además a uno de los mejores porteros del momento, René Higuita, conocido por sus excentricidades y por su afición a salir de la portería para jugar el balón como si fuese un futbolista de campo más. Era un portero que sabía jugar con los pies muy bien, incluyendo una gran habilidad para tirar faltas; durante su carrera marcó varios preciosos goles de tiro libre. Pero esa peculiaridad le iba a costar un severo ridículo delante de todo el planeta, a manos de Roger Milla. Como se suele decir, más sabe el diablo por viejo que por diablo. Y a esas alturas estaba claro que Milla ya se las sabía todas.

Con Milla en el banquillo de inicio, los cameruneses no pudieron romper el cerrojo colombiano. El empate a cero parecía inmutable. El tiempo reglamentario terminó y se procedió a jugar la prórroga. Había mucha tensión sobre el campo y ambas selecciones se jugaban el hito histórico de pasar a unos cuartos de final, que para ambos países habían parecido impensables. Roger Milla sale al campo en el tiempo suplementario; el mundo ya ha descubierto que es peligroso pero nadie imagina que su show particular va a alcanzar nuevas e inesperadas cotas.

Minuto 106. Nervios y la insoportable incertidumbre propia de una prórroga mundialista. Los colombianos son un equipo valiente y no se arredran; atacan, quieren marcar. Camerún sigue sin tenerlo fácil. Hasta que por la banda izquierda aparece el siempre astuto Omam-Biyik, que presionado por dos defensores habilita a Roger Milla. Este recibe el balón de espaldas al área y gira sobre sí mismo. Como decía un locutor argentino con una de esas frases gloriosas por su rotunda sencillez que de vez en cuando pronuncian por allá: “Milla… ¡Atención, que sabe! ¡Milla sabe!”. Y sí, le daremos la razón. Milla sabe. Con un único regate dribla a un marcador y de paso despista a un perseguidor con esa pasmosa facilidad tan característica suya, tan sencilla y tan geométrica, tan a lo Van Basten. Entra por la esquina del área y chuta con potencia ante un Higuita que sale del arco intentando detener lo inevitable. Uno a cero. Baile ante el banderín. Milla lo ha vuelto a hacer.

Milla e Higuita
Jugada para la historia: Higuita intenta engañar a Milla, quien le roba el balón y corre hacia la puerta vacía sin que el portero colombiano consiga alcanzarle. El camerunés lo celebra e Higuita queda muerto en el suelo. Un gol mítico.

Tres minutos después Colombia ya está saliendo al ataque, buscando con desesperación el empate. Encierran a Camerún en su campo y adelantan muchísimo las líneas. En uno de esos trances, la defensa camerunesa despeja con una ciega patada a seguir. El balón cae en mitad del vacío campo colombiano. Higuita, siempre adelantado, sale de la portería para jugarlo. Se lo pasa a un defensa que está a su derecha. El defensa recibe el balón pero ve con el rabillo del ojo que Roger Milla viene hacia él como un cohete, y ya sabe, como todos, que a Milla hay que tenerle miedo. Devuelve el balón a Higuita, pese a que están muy fuera del área y el portero no puede cogerlo con las manos. Higuita lo controla no muy bien mientras Milla, el velocirraptor, ha variado de dirección porque ha cambiado de presa y ya está buscándole a él. Milla huele la sangre.

Higuita siempre demostró mucha frialdad en esos trances, cosa sin duda admirable, pero aquella vez le hubiese valido más el tener miedo. A Milla había que tenerle miedo. En vez de despejar el balón, intenta engañar al delantero africano, pisando el balón y llevándoselo hacia atrás. Un gesto de jogo bonito que, estoy seguro, podría haberle funcionado con otros delanteros menos astutos, pero que es una insensata temeridad en unos octavos de final del campeonato del mundo y frente a un jugador que ha demostrado ya dos cosas: una, que es experimentado. Y dos: que es condenadamente listo.

Milla “sabe”, como dice el locutor argentino. Milla es más viejo. Milla es el diablo. Ni siquiera deja de correr mientras lee las intenciones de Higuita, le roba el balón de entre las piernas con maléfico descaro y, ya con la pelota en su poder, sigue corriendo hacia la portería que, vacía, aguarda ser inmortalizada con el cuarto gol de Milla en el Mundial. Los colombianos creen ver una aleta sobresalir del agua: el tiburón les ha atrapado en sus fauces. Higuita persigue a Milla con desesperación y se lanza con los pies por delante, intentando pararle incluso a costa de una tarjeta roja… pero Milla ya está muy lejos. Milla está en la antesala de la leyenda. Milla está marcando, está bailando ante el banderín por cuarta vez. A esas alturas de campeonato, ya es, por lo menos en lo sentimental, el jugador favorito de todo el mundo.

El futbolista retirado que sale del banquillo para jugar apenas media hora ha metido a su equipo en cuartos. Ver para creer.

No pudo ser, pero no hizo falta que fuese

Los cuatro goles de Roger Milla en el Mundial 90 tienen una característica común: son goles de astucia, goles de hambre. Goles de cazador, pero también de alguien que piensa más rápido que los demás. Un mal control de balón en defensa, un bote demasiado alto, una indecisión de los rivales… y Milla aparece de repente, siempre desde atrás y a la carrera, siempre por sorpresa, siempre con una electrizante determinación. Parece tener la brújula de la portería rival en su cabeza, como la luz de un faro, y parece siempre encontrar la vía más rápida para alcanzar esa luz. Saliendo del banquillo con el partido ya muy avanzado. La gente empezó a preguntarse qué hubiese hecho un Roger Milla más joven de haber estado en un equipo grande. Una carrera en Francia parecía insuficiente para alguien con ese talento, como era insuficiente para George Weah, quien terminó de consagrarse en el Milan, donde pudimos comprobar su verdadera estatura. Una oportunidad, la de jugar en un grande europeo, que Roger Milla nunca tuvo. Quién sabe.

Roger Milla
El legendario baile de Milla ante el banderín puso de moda las celebraciones “personalizadas” entre los jugadores.

Los cuartos de final emparejaron a Camerún con la poderosa Inglaterra del genial Gascoigne y del goleador Lineker. Un partido perdido de antemana. Inglaterra empieza marcando en el minuto 25, como para reforzar esa idea. Los cameruneses, con Milla en el banco, no logran empatar; de hecho están resultando inofensivos en ataque y fallan alguna ocasión clara. Pintan mal las cosas. Pero un partido entre Inglaterra y Camerún, que en otro tiempo hubiese sido considerado un mero trámite para los ingleses, entra en una nueva fase cuando Roger Milla sale a la cancha. El mundo entero contiene la respiración, algo que muy rara vez ha pasado con un jugador antes desconocido. Saliendo como suplente le había hecho dos goles a Rumanía y saliendo como suplente le hizo otros dos a Colombia. Los ingleses, que hasta ese momento parecían haber infravalorado el juego de Camerún, tienen  de repente buenos motivos para ponerse nerviosos.

Y lo están. Nada más salir al campo, Milla hace una pared con un compañero, de espaldas al arco (¡siempre de espaldas al arco!), se gira hacia la portería rival y corre hacia la esquina del área para ofrecerse. Se adentra en el área mientras recibe de sus compañeros un pase de tiralíneas. El depredador ataca de nuevo. Un defensa inglés, evidentemente abrumado ante la presencia de la Fiera, le hace la zancadilla. Penalti. Una vez más, Roger Milla ha saltado al césped y ha sembrado el caos entre los rivales. Una vez más, ha salido del banquillo y ha transformado el partido a su antojo. No le importa tener enfrente a toda una Inglaterra. Él es un león y todos los rivales, a sus ojos, son gacelas. Su compañero Kunde marca la pena máxima y Camerún empata el partido. Los ingleses tragan saliva. Todos tragamos saliva. No esperábamos que fuera capaz de hacerle esto a Inglaterra “también”.

Cuatro minutos después, Roger Milla recoge un balón a unos quince metros del área. De espaldas a la portería, mirando a sus compañeros y no a los defensas, como de costumbre. Tiene la portería en la cabeza, no necesita verla.

Se gira. Da unos pasos con el balón. Mira a su alrededor. Ekeke, el jugador que había empezado la jugada, está ya corriendo hacia el área, donde hay un hueco defensivo porque los ingleses están demasiado pendientes de lo que Milla pueda hacer. Porque, aunque parezca increíble a estas alturas del torneo ya es, después de Maradona, el futbolista que más defensores atrae. Pero esta vez Milla no finta ni regatea. Sabe rematar la jugada él, pero también sabe asistir para que rematen otros. Ve acercarse a su compañero por el rabillo del ojo y con toda tranquilidad, a lo Pelé, le coloca un balón domesticado que rueda grácil hacia el punto de penalti. Ekeke solamente tiene que seguir corriendo como una bala y empujarlo para superar la salida del portero. Gol. Camerún va ganando. A Inglaterra. En cinco minutos, ¡en sólo cinco minutos!, el fenómeno Roger Milla ha revolucionado el partido y ha puesto a los ingleses contra las cuerdas.

Mientras el comentarista de TVE casi pide disculpas por haber menospreciado las posibilidades de Camerún, a punto están los Leones Indomables de marcar el tercero cuando Milla (¡otra vez él!) hace una de sus paredes con el otro léon alfa, Omam-Biyik, devolviéndole un afiladísimo pase de primer toque al interior del área, con el que descoloca a toda la defensa. Biyik no lo convierte en gol (¡de tacón!) por muy poco.

Los ingleses no se rinden y siguen luchando. También tienen sus opciones; un pase genial de Gascoigne está a punto de ser convertido por Platt. En otra ocasión, los cameruneses, con una torpeza nacida de la inexperiencia en estos partidos, terminan cometiendo un penalti. Inglaterra marca y empata el partido. Habrá prórroga.

En el tiempo suplementario, Milla sigue haciendo de las suyas, pero ya no hay suerte. Fulmina a un defensor inglés con un sombrero dentro del área, aunque el posterior disparo se va a las nubes mientras Milla, sonriendo, pide un córner que no le conceden. Mientras tanto, otro pase increíble de Gascoigne deja a Lineker solo ante el portero y la jugada, una vez más, termina en penalti. Los africanos tienen mucho fútbol pero, excepto a Milla y algunos más, les falta oficio mundialista. Los ingleses marcan y se ponen por delante. Quedan todavía quince minutos de prórroga pero todos en Camerún —salvo, cómo no, Milla— parecen desesperados. Como prueba, Pagal desaprovecha una ocasión chutando de lejos en vez de pasar el balón a Milla, que con su inteligencia habitual se había desmarcado en la frontal del área. De haberla recibido el “abuelo”, la ocasión de gol hubiese sido muy clara. Ya no habrá más ocasiones; Inglaterra está crecida y sigue atacando pese a ir ganando. Es la mejor opción; así se evitan que Milla vuelva a tocar balón.

El partido termina y Camerún, por muy poco, queda eliminada del Mundial.

Una historia que no se volverá a repetir

Roger Milla Sello
Sello de Camerún con la efigie de Milla y una representación de su mítica jugada ante Higuita.

Para entonces Roger Milla ya ha dejado una huella imborrable en nuestra memoria. Nunca antes y nunca después un futbolista ha sido tan determinante jugando tan pocos minutos en varios partidos de un Mundial. Un futbolista de treinta y ocho años, retirado. La mayoría no sabíamos casi nada sobre él antes de que comenzase el campeonato, pero acaba de terminar el Camerún-Inglaterra y ya sabemos que es un grande de la historia del fútbol. Todos estamos con la boca abierta. Lo poco que ha jugado, lo ha jugado como los dioses. Ha roto tres partidos que cambiaron del día a la noche en el preciso instante en que él salió del banquillo.

Como decíamos al principio, esta mágica actuación de Milla y la consiguiente clasificación de Camerún para los cuartos de final puso al fútbol africano en el mapa. Por primera vez, todo el planeta futbolístico reconoció que en África había una mina de talento por explotar. Nos quedó una cierta sensación agridulce, la de pensar que el fútbol africano iba a dar mucho de sí en el futuro pero que nos habíamos perdido los mejores años de Roger Milla. ¿Hubiese conseguido explotar en el Milán, en el Manchester, en la liga española, si hubiese venido joven y con carta blanca para jugar a su antojo? Quiero pensar que sí, pero nunca lo sabremos con certeza.

Milla volvió a jugar con Camerún en el Mundial del 94, ya con cuarenta y dos años, pero con la única intención de usar su fama para convertirse en símbolo reivindicativo del fútbol del tercer mundo. Aprovechando su condición de estrella mediática, quería ser un embajador del fútbol africano. Camerún no pudo pasar de la fase de grupos. Empató con Suecia, perdió holgadamente con Brasil y fue goleada por Rusia en aquel partido en que Oleg Salenko marcó cinco goles. Aun así, Roger Milla se permitió el pequeño lujo de marcar contra los rusos —uno más de sus goles de depredador— y convertirse en el futbolista de más edad que haya marcado en la fase final de un Mundial.

Hoy en día, Milla es una auténtica leyenda viva en Camerún y también en otros países del África negra que, pese a ser rivales futbolísticos, entienden lo mucho que el fútbol africano le debe. Y por descontado, es una leyenda para el fútbol mundial.

Los aficionados de todo el mundo también le debemos algo: el haber vivido una de las últimas grandes epopeyas del balompié. Vibramos con el equipo camerunés como si fuese el nuestro. Y de hecho era el nuestro, porque Milla nos representaba un poco a todos. Logró el estrellato cuando todo parecía haber acabado para él. Su coraje, su empuje —y el desparpajo con el que quizá sólo un jugador ya retirado y que no tiene nada que perder puede jugar— se convirtieron en un ejemplo a seguir. No sé si en las escuelas de fútbol le hablan a los chavales de Roger Milla, pero deberían. La lección es sencilla: nunca sabes cuándo podrás emplear todo lo que has aprendido. A él, más de dos décadas de carrera le permitieron aprender todo lo necesario para convertirse en una leyenda del fútbol en tres partidos jugados como suplente cuando rayaba la cuarentena. Quizá necesitó todos aquellos años de relativo anonimato para saber cómo convertirse en una estrella mundial. Sea como sea, hoy es un mito y no se puede hacer la crónica de los mundiales sin nombrar a Roger Milla. No se me ocurre mayor logro que pueda obtener un futbolista.

Roger Milla 2010
En la actualidad Roger Milla es embajador de Unicef y trabaja por la mejora de las escuelas de fútbol en África, un medio de motivar y orientar a los niños de zonas deprimidas.