Un viejo de dieciséis años

viejo de dieciséis años
Cien figuras de cartón con la cara de Mark Zuckerberg, el CEO de Facebook, instaladas por Avaaz frente al Capitolio de Estados Unidos en 2018. Fotografía: Getty. viejo

Me abrí mi cuenta de Facebook en 2008. Estaba en casa de una amiga en el barrio de Gracia de Barcelona. Los dos estábamos solteros y Facebook parecía aún algo pretencioso, de modernos. Pero aquel invento que llegaba con tanto ruido tenía que servir para ligar, al menos. No sé por qué recuerdo el día preciso en que me creé mi cuenta de Facebook. No ha sido importante en mi vida. Mi Twitter ha sido central y creo que no lo sé, quizá porque lo hice solo. También Twitter llegó más tarde. Si no habías estado en Friendster o MySpace, como yo, Facebook era la primera red social. El primer lugar para el voyerismo digital de tus amigos. 

Poco más de una década después, escribo sobre su decadencia. Es un poco absurdo. Facebook es el país más grande del mundo. Es una de las empresas más exitosas. Los cambios en sus políticas siguen llenando titulares, como cualquier cosa que diga su fundador, Mark Zuckerberg. Sus boicots provocan caídas en Wall Street. ¿Cómo puede ser algo así decadente?  

Facebook es la tele de internet. Nadie admite que la mira mucho, pero sigue mandando. Pero como la tele, sus competidores han provocado que parezca viejo. Viejo no es inútil ni terminal ni feo. Viejo es viejo, y es un adjetivo más bien negativo. Pero hay cosas viejas deslumbrantes. Si Facebook lo será está por ver.

Para mí es fácil escribir sobre la decadencia de Facebook. Nunca ha sido central en mi vida. Pero no hay que equivocarse. Es central en la vida de nuestras sociedades. Durante las semanas de coronavirus miraba a diario CrowdTangle, la herramienta que la misma red tiene para ver los posts que más se comparten, comentan o reciben más interacciones. Miraba qué dominaba en español y en España. Era sobre todo emocional, visceral. Había cuatro cosas que estaban siempre muy arriba. Uno, posts positivos: en Nueva Zelanda ya no hay covid-19, estos gemelos se han salvado de un cáncer en plena covid-19, la persona más enferma se ha curado milagrosamente. Dos, consejos básicos que al compartirlos o al dar like denotan tu posición sobre algo: ponte la mascarilla, qué bonito es aplaudir, vivan los médicos. Tres, religión: toca en esta imagen y nuestro santo te cuidará, reza el rosario con nosotros contra la pandemia, el papa ha dicho esto. Cuatro, peleas políticas o ideológicas: mira lo bien que lo hace este gobierno, mira cómo nos critican los fachas, mira los datos de Trump. En los cuatro casos ayudaba que hubiera futbolistas, actrices, youtubers o cantantes implicados, gente famosa. En Instagram, la participación de famosetes es, por ejemplo, indispensable. Son redes distintas. 

Vale la pena recordar el nacimiento de Facebook para valorar cómo se ha convertido en un lugar al que miles de usuarios van a tocar sus estampitas de santos preferidas. Facebook nació en 2004 como un lugar para saber qué hacían tus colegas de facultad: qué asignaturas escogían, de quién eran amigos, dónde iban de fiesta. Todo cosas esenciales para un universitario. «Mucha gente quería saber a quiénes conocían otras personas. No existía nada igual», dijo Zuckerberg años después. 

Es verdad. Siempre ha sido algo esencial saber qué hace tu amiga. El problema de Facebook hoy es que ha evolucionado a muchas otras cosas que lo han convertido en una extraordinaria máquina de hacer dinero, pero sirve mal para saber qué hace tu amiga. Yo tengo hoy trescientos sesenta amigos en Facebook y setenta y una peticiones de amistad, algunas con años de antigüedad. La mitad de toda esa gente no sé quién es, con lo que su vida apenas me interesa. Luego, la mayoría de la gente que hoy sube historias a mi newsfeed en Facebook escribe chapas tremendas sobre su visión de la vida, todas llenas de pretenciosidad barata sobre cómo funciona el mundo. Apenas hay alguna graciosa sobre una madre conocida agobiada porque su hija no quiere salir de casa o de alguien que se ha puesto enfermo. 

Lo que hacía Facebook en sus inicios ahora lo hace la mensajería privada. Allí está claro con quién compartes qué y cómo: WhatsApp, iMessage o Messenger. La tranquilidad y ventaja para Facebook es que son propietarios de dos de esas y también de Instagram. Pero eso es Facebook la compañía, no la red social. La red social quiere seguir ese camino. Fue el gran anuncio de 2019 de Zuckerberg: predominio de grupos o comunidades y mensajes cifrados en Messenger. Facebook seguirá teniendo una enorme ventaja durante años: es donde está todo el mundo. Pero un post allí no lo ve todo el mundo. Lo ve «alguien», no sabemos quién. Si el post es viral, lo ve más gente. 

Uno de los peligros de las redes sociales es dejarnos hablando solos en el vacío. Twitter tiene ese problema. Sin seguidores, parece que estés en una habitación solo. Facebook ha resuelto históricamente eso con uno de sus grandes asaltos a la privacidad de sus usuarios: la herramienta «gente que quizá conozcas». No se sabe aún con certeza cómo Facebook adivina a quién «quizá» conocemos, pero ahí ha aparecido gente que no debía estar: los cientos de psiquiatras o prostitutas o el examante del novio. Sin embargo, eso permitía que cuando alguien se da de alta enseguida encuentro conocidos. Eso aviva parte del interés. 

Pero de ese territorio personal, Facebook pasó a ser un poco como Twitter cuando nació. Promovió links y páginas para seguir a gente, ya no solo era cosa de amigos. Zuckerberg ha ido retorciendo su invento para comerse a los proyectos que se parecían pero no se dejaban comprar. 

Una de las leyes básicas para crear un gigante de internet, según Evan Williams, fundador de Twitter y Blogger, es coger algo que la gente quiere realmente hacer y conseguir que hacerlo sea diez veces más fácil. El último ejemplo es Zoom. Amazon, Google, Facebook, WhatsApp y YouTube son todos grandes ejemplos de ese principio. 

Estos serán probablemente los pioneros de internet algún día. La competencia en internet será tan grande que mantener a los usuarios en una plataforma será un reto. El problema diferencial para Facebook es cómo escoger qué post poner delante de alguien en su newsfeed. Yo solo puedo juzgar el mío. No todos mis trescientos sesenta«amigos» cuelgan cosas cada día. Hay un pequeño grupo que habla mucho, demasiado. A esos Facebook les tiene que premiar de vez en cuando con likes para que no paren de postear. Mantienen vivo el fondo de armario. Pero de la gente que cuelga poco, ¿qué es interesante?, ¿todo? Y luego, ¿qué es postear poco? Lo fácil es decir que nacimientos, bodas y posts con mucha reacción son los buenos. Pero de eso no hay cada día. Todo lo que viene detrás es imposible de adaptar. 

Facebook sabe que debe mandarme alertas cuando postea una amiga italiana porque me interesa saber qué pasa en Italia. Pero desde hace unos días sus posts son menos interesantes. Dejaré de clicar. Facebook probará con otro amigo. Es una tirada eterna de anzuelo para captar mi atención y llevarme ante sus anuncios. En realidad, y esto Zuckerberg lo ha dicho muchas veces, los anuncios en Facebook deben ser «interesantes». Facebook me tiene suficientemente bien perfilado como para saber que soy de bicicletas, camisetas lisas y zapatillas. Allí veo marcas que ni idea que existían. Pero también es un manantial que se seca: he visto esos anuncios varias veces. 

El problema central de qué pone Facebook delante de tus narices es que hay alguien que toma esa decisión por ti. El follón político que tiene la red sobre dónde pone las líneas rojas al considerar qué es discurso de odio se debe a esto. Es uno de los debates de nuestro tiempo. Facebook no es un medio de comunicación, es algo nuevo. Decide qué pone en su red, pero no entre doscientos periodistas que escriben solo para él, como un periódico, sino de cientos de millones de usuarios. ¿Cómo filtrar la basura de ahí? ¿Cómo destacar lo útil? De la respuesta dependerá la rapidez de la decadencia de Facebook.

¿Qué puede ofrecerme a mí? A mí, poco, ya lo he dicho. Prefiero ver qué cuelga gente que no conozco en Twitter. Pero seguirá habiendo gente que matará su tiempo en Facebook cuando no tenga ningún mensaje para ellos, o cuando hayan salido de Instagram o de TikTok, o cuando el último vídeo que querían ver o el último pódcast que querían escuchar haya terminado. Facebook seguirá ahí. Pero es difícil imaginarle un futuro imparable. Es más fácil verlo como una red vieja a sus dieciséis años. 


¿Cuál ha sido el mayor avance de la vida (digital) moderna?

Internet nos ha cambiado la existencia para bien. Aquellos sueños que antes se antojaban lejanos o directamente imposibles, como adquirir una cortina de ducha con la cara de Jeff Goldblum o geolocalizar a compañeros para el cruising sin ni siquiera salir de casa, ahora están al alcance de todos, a solo un clic de distancia gracias a lo portentoso de la tecnología. Por eso mismo, la encuesta de hoy tratará de determinar cuál ha sido el mayor avance (digital) de la vida moderna en una época en la que vivimos rodeados de aplicaciones, medios y plataformas revolucionarias. Se recuerda a los lectores que en la sección de comentarios, ubicada al final del texto, pueden añadir sus sugerencias personales sobre cualquier posible candidato que consideren oportuno pero no figure en esta lista.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Facebook

Sabes que has hecho historia cuando David Fincher te dedica una película y no eres un asesino en serie. Facebook, la monstruosa red social comandada por Mark Zuckerberg, el portal que permitió a cualquier humano reencontrarse con personas que la vida muy sabiamente había mantenido alejadas de su existencia. El principio y el fin de todos los males modernos: las etiquetas no deseadas en fotos humillantes, las discusiones políticas con familiares más allá de la cena de Navidad, los memes ridículos compartidos hasta el hastío y la solicitud de amistad de tu madre aguardando pacientemente con mirada aviesa desde la pestaña de notificaciones. Y, sobre todo, el inmenso sosiego que genera el saber que un neoyorquino de treinta y cinco años sabe perfectamente dónde vives, quiénes son tu familia y amigos, qué comes y a qué dedicas el tiempo libre. A día de hoy, quizás el mayor éxito de Facebook es el ser una aplicación tremendamente eficiente a la hora de recordarle tu cumpleaños a un montón de gente a la que realmente le importas dos pitos y medio.


Grindr

O cómo democratizar y poner orden en el aventurero «Aquí te pillo aquí te mato» gay. Otrora los lavabos de las estaciones de autobuses más selectas de la geografía nacional se erigieron como las principales bases de operaciones donde los señores se dedicaban a cubrir con alegría a otros señores que acababan de conocer. Puntos de peregrinación populares durante aquellas paradas del ALSA en las que el conductor aprovechaba para despegar los muslos del asiento. Unas pausas que los viajeros también utilizaban para rozar sus propios muslos con los de otros desconocidos en el marco incomparable del lugar donde obraban diariamente cientos de personas. Entretanto, el cruising que no era amigo de los servicios de caballeros se instaló, con alevosía y nocturnidad, en los parques con los arbustos más numerosos y/o frondosos. Pero desgraciadamente, en ambos casos el aventurarse hacia aquellas diversiones siempre suponía encarar la incertidumbre y no tener muy claro lo que uno se iba a encontrar al llegar al patio de juegos. Hasta que apareció Grindr y organizó todo el asunto este del cruising, convirtiendo el proceso de selección de una pareja para el coito despreocupado en algo muchísimo más ordenado y premeditado. O una dating app en el bolsillo que por fin permitía planificar las quedadas entre extraños para desfogarse mutuamente en cualquier lugar y contexto imaginable. Desde que existe Grindr ya no es necesario equiparse en Coronel Tapiocca para salir a trotar con ilusión en busca de mambo por los alrededores de El Retiro o la Sagrada Familia. Porque ahora la verdadera felicidad puede estar a la vuelta de cualquier esquina. Y en estos casos, la geolocalización ayuda lo suyo.


Twitter

Si algo necesitábamos como civilización era un medio a través del cual poder contemplar qué opinión esgrime sobre algún tema el último mono del planeta. Porque la democratización de internet era esto: convertir la barra de bar en un evento universal y en noticia de actualidad. Twitter es esa herramienta en la que Hermann Tertsch solo sabe utilizar el botón de bloquear, el videojuego de Donald Trump, la cantina de Arturo Pérez-Reverte, el atril de las personas que suplican casito y la plataforma a la que millares de usuarios se conectan para sentirse ofendidos durante las pausas entre sus partidas al Fortnite.


YouTube

Tres empleados de PayPal (Chad Hurley, Steve Chen y Jawed Karim) ensamblaron en 2005 una plataforma que permitía compartir clips de vídeo y desde entonces nada ha vuelto a ser lo mismo. Porque a estas alturas YouTube ya se ha convertido, junto a la Wikipedia, en una de las principales fuentes de información de la sociedad. Un sustituto de la televisión clásica en cuyo interior es posible localizar cualquier tipo de contenido audiovisual: videoclips musicales, retransmisiones en directo y diferido de eventos diversos, tráilers de películas, críticas literarias, canales de música emitiendo non-stop durante las veinticuatro horas del día, ensayos sesudos, documentales, recopilaciones de fails, vídeos de gatitos (la razón principal, junto al porno, por la que existe internet) o tutoriales sobre cualquier tema imaginable, desde clases para aprender a bailar claqué hasta guías sobre cómo sobrevivir en la jungla tirando de un montón de barro y cuatro ramas resecas. Desgraciadamente, esta fabulosa videoteca pública llegó acompañada de uno de los seres más abyectos de la era moderna: el youtuber. Ese espécimen que se define como «creador de contenidos», solo sabe expresarse sobreactuando, tiene una legión de seguidores prepúberes que lo han canonizado a modo de semideidad y vive rodeado de murallas construidas a base de apilar cientos de muñecos funko pop envasados en sus cajas originales.


Google Maps / Google Street View

De las pocas aplicaciones realmente útiles de toda esta lista y también un rarísimo ejemplo de productos que en Google no han tenido que tirar a la basura porque les hayan salido rana. Dos servicios tremendamente eficientes de mapeado, vía satélite y a pie de calle, que sirven tanto para orientarse en las carreteras más recónditas de la España profunda como para encontrar la ruta más apropiada entre las autopistas más transitadas del país. El Street View tiene además la ventaja añadida de ser capaz de oficiar las vacaciones más baratas posibles al permitir a cualquiera callejear por rincones situados en el otro extremo del mundo. En el fondo, una aplicación que permite obtener indicaciones para viajar de un lugar a otro a pie, en coche, en transporte público, en dragón, en carro o a lomos del monstruo del lago Ness no puede sino ser aplaudida.


Instagram

Kevin Systrom y Mike Krieger lanzaron Instagram allá por 2010. Un servicio que proponía sustituir el vetusto álbum de fotos físico, aquel con el que tradicionalmente se daba el coñazo a los familiares cercanos, por un mostrador virtual desde el que sería posible aburrir con nuestras instantáneas privadas al mundo entero. Aquella empresa tenía poco de novedosa, pero sus ideólogos fueron sorprendentemente duchos a la hora de convencer a todo internet de que existía glamur en la gilipollez de hacerse selfis sacando morro y mordiendo carrillos. La jugada les salió redonda hasta el punto de lograr que Fotolog, y otras propuestas similares, pareciesen vestir de chándal a su lado. A día de hoy, los logros de esta aplicación inspirada en las polaroids son tan maravillosos como abundantes: sus contenidos la convierten en un macrodocumental de pies tan exhaustivo como para ser capaz de hacer las delicias tanto de los estudiantes de podología más quisquillosos como de los fetichistas de las pezuñas más pervertidos. Ha creado nuevas profesiones tan estupendas como la de instagramer, favoreciendo así que el mercado laboral del mundo real se libre de tener que lidiar con tanto payaso en potencia. Y en general, es la red social que nos ha descubierto lo ínfimo y vacuo de nuestra existencia al mostrarnos cómo todo el mundo es más guapo que nosotros, come mejor que nosotros, viaja más que nosotros y tiene mejores trabajos de los que nunca tendremos nosotros.


Wikipedia

La principal fuente de saber de la humanidad, la causa por la que se extinguió la raza de vendedores a puerta fría de enciclopedias, la fuente de la que beben todos los periodistas culturales, la barra libre para los estudiantes (y los políticos) que tienen que presentar un trabajo a contrarreloj y el principal medio de consulta para todos aquellos frikis que necesitan saber qué merendaba su personaje favorito en el capítulo 02×23 de la serie de moda. Curiosamente, mientras la versión en inglés luce unos contenidos detallados hasta el absurdo en algunos temas (fruto de la legión de obsesivos de la información que se patrullan el lugar) la información de la edición en español navega entre lo correcto, lo vergonzoso, la fanfiction y los textos copypasteados de mala manera desde el traductor de Google.


LinkedIn

Se rumorea que existe el testimonio de al menos un hombre en el mundo que asegura no haberse topado nunca con spam durante el tiempo en el que estuvo registrado en LinkedIn, aquella plataforma ideada inicialmente para buscar empleo y lucir currículo. Del mismo modo, existe la leyenda (no verificada) de que en cierta ocasión una mujer se dio de alta en dicha página y, durante los meses posteriores, no solo no recibió proposiciones indecentes de otros usuarios sino que además encontró trabajo y todo.


WhatsApp

El Messenger de Windows fue aquella bendición que permitió a las gentes chatear entre sí a través de una línea directa. Algo que resultaba mucho más práctico que enfangarse en los chats públicos y los aquelarres literarios en salas de dudosa moralidad donde los caballeros se engalanaban con nicks tan exóticos como _ruBit4_tet0na19 o CasadaViciosaMAD__. Pero, del mismo modo en el que Messenger se convirtió en el relevo natural del chat, el WhatsApp se estableció como el sucesor del Messenger y el Skype. O la evolución lógica de aquella ventana virtual al patio de vecinos: un programa con el que chatear y poder importunar a cualquiera de tus contactos desde el propio móvil y en cualquier momento del día. Con el bonus añadido de incluir un acuse de recibo en forma de doble check azulado cuyo funcionamiento ha causado más dramas y desgracias que ciertas guerras históricas.


Snapchat

En septiembre del 2011, tres estudiantes de Standford (Evan Spiegel, Bobby Murphy y Reggie Brown) ensamblaron Snapchat como una aplicación de mensajería multimedia cuya mayor virtud era brindar al pueblo llano la posibilidad de remitir misivas efímeras. Mensajes que al estilo de las mejores aventuras de espías se autodestruían en un tiempo determinado establecido por el remitente. Y aquello funcionó estupendamente, porque vivimos en una sociedad donde cualquier cosa ideada para eliminar pruebas comprometidas no puede sino convertirse en un éxito. Snapchat también popularizó la juguetería visual al añadir la realidad aumentada al conjunto y permitir que sus usuarios se vistieran de manera instantánea con orejas de perro, sombreros absurdos o lucieran hermosos vomitando arcoíris pixelados. Sus propios creadores dejaron bien claras que las intenciones de la plataforma iban más allá del postureo de otras apps como Instagram: «Snapchat no se basa en capturar el típico momento Kodak. Porque está más centrado en permitir las comunicaciones a través del espectro completo de emociones humanas, no solo de aquello que aparenta ser perfecto o bonito». En la actualidad, más de doscientos millones de usuarios se comunican entre sí utilizando un inmenso rango de emociones humanas. Y un montón de orejas postizas de animalitos.


Spotify

El negocio de la industria musical se derrumbó cuando la gente descubrió que podía ahorrarse pagar por sus tonadillas favoritas a base de abrazar el MP3 y enrolarse en el mundo de la piratería digital. Con la llegada del streaming, la piratería digital contempló cómo toda su tripulación desertaba para alistarse en las filas de Spotify. Una aplicación que reinventó la emisora de radio ofreciendo un catálogo a la carta (sorprendentemente completo, pero donde todavía existen ciertas ausencias) y logrando que casi la mitad de sus doscientos cuarenta y ocho millones de usuarios pagasen religiosamente al mes para eliminar los ridículos anuncios tocapelotas que mancillaban sus listas de reproducción. El servicio permitía también, gracias a su integración en otras redes sociales, cotillear qué era lo que sonaba en los equipos de nuestros contactos, confirmando así que la mayoría de nuestros seres queridos en el fondo nunca han tenido buen gusto.


eBay

La reimaginación de la sala de subastas en los mundos virtuales, una web que permite a cualquier mindundi sacar a concurso sus más preciados tesoros, y su más selecta basura, para contemplar cómo terceros se pelean pujando por todo ello. O la que, sin ninguna duda, es la tienda definitiva en cuanto a catálogo: en eBay es posible comprar desde cortinas de ducha con la estampa de Jeff Goldblum junto a un monete hasta sándwiches de queso en los que se ha manifestado la jeta de la Virgen María, pasando por fantasmas envasados en un bote, abuelas de alquiler, la frente de una persona para colocar un anuncio, la cabeza momificada de un demonio, fundas de lana para el pito, el secreto de la vida (por la económica cifra de tres dólares con veinte céntimos), una tostada mordida por Justin Timberlake, o hasta un estupendo amigo imaginario.


Tinder

Grindr estableció el concepto de flirteo por geolocalización, pero fueron aplicaciones como Tinder las que lo trasladaron al terreno heterosexual con, en principio, la promesa de favorecer los compromisos románticos más allá del simple acoplamiento. El resultado fue una dating app para móviles que permite a sus usuarios desfilar entre un interminable catálogo de pretendientes aceptándolos o rechazándolos con el simple gesto de deslizar un dedo sobre la pantalla. En la actualidad, las discotecas y similares entornos de parranda nocturna se encuentran en peligro de extinción. Y no es arriesgado aventurar que gran parte de la culpa la tienen herramientas como Tinder, porque nos permiten cometer errores emocionales y conocer a auténticos/as gilipollas desde la comodidad del sofá de casa y durante todo el día, sin necesidad de tener que arrastrase por antros insalubres con música insoportable y garrafón imbebible. El hecho de que el contenido de los perfiles en Tinder haya establecido nuevos tipos de géneros literarios, que van desde la ciencia ficción canallita hasta la comedieta involuntaria, es un valor añadido para quienes se atreven a asomarse a este mundo.


Siri / Alexa

Rocky IV, Los Supersónicos o Salvados por la campana ya nos adelantaron que el futuro implicaba meter el casa asistentes robóticos de un modo u otro. Y hasta el mismísimo Stanley Kubrick nos demostró en 2001: una odisea del espacio las innumerables ventajas que acarreaba tener a una inteligencia artificial tan maja como HAL 9000 a cargo de todo lo gordo. A día de hoy, los robots todavía no son capaces de ejercer de chachas eficientes o propiciar divertidos equívocos. Qué coño, a día de hoy los robots tienen serias dificultades para no escoñarse realizando las actividades más básicas. Pero también es cierto que su alma y su voz ya hace tiempo que se han instalado en nuestras vidas cotidianas gracias a Siri y Alexa, las dos saladas asistentas virtuales facturadas por Apple y Google, respectivamente. Porque no hay nada más útil que tener a una secretaria virtual incansable a la que poder preguntar qué tiempo hará mañana, qué planes ocupan la agenda o cuál es el sentido de la vida. Aunque lo mejor de todo esto sea esa impagable sensación de tranquilidad que proporciona el tener un aparato en casa que está constantemente escuchando todo lo que acontece. Incluso se ha llegado a dar el caso de que la propia Alexa se viese obligada a testificar durante un juicio por asesinato, aprovechando esa manía tan suya de estar con la oreja abierta y la grabadora puesta todo el rato. Con estos antecedentes, lo difícil es no sentirse seguro y arropado por las nuevas tecnologías.



Futuro Imperfecto #1: ¿Trabajaremos?

Tras meses disfrutando la magnífica newsletter dominical de Antonio Ortiz, «Causas y Azares», nos hemos decidido a lanzar la nuestra propia. En parte por pura envidia (para qué negarlo), en parte también porque todos los domingos nos hemos encontrado comentando artículos que echamos en falta en su propuesta. Así que para terminar con nuestras discusiones y dadas las circunstancias, presentamos «Futuro Imperfecto». Semana a semana volcaremos en este repositorio los temas que nos han llamado más la atención, sobre los que leemos o los que nos preocupan. Esperamos que guste y sea de utilidad. Y si no las quejas a Ángel Fernández, Martín Sacristán y Guillermo de Haro. Bienvenidos a Futuro Imperfecto.


Que alguien nos explique cómo elegir una profesión que nos dé trabajo

Expediente X (1993–2018). Ten Thirteen Productions / 20th Century Fox Television / X-F Productions.

La tendencia en las cifras de empleo de la EPA es preocupante, sobre todo en unas fechas en que los padres de niños en edad escolar recibimos avisos para acudir a compartir nuestra experiencia para ayudarles a elegir estudios universitarios. ¿Qué nos motivó a estudiar lo que estudiamos? ¿Cómo terminamos trabajando en nuestro empleo actual? ¿Qué podemos hacer para tener un futuro profesional? ¿Y si no hubiéramos terminado la universidad

Una de las motivaciones para ir a la universidad era encontrar un buen trabajo al terminar. O al menos uno mejor que si no hubiéramos acudido, uno que nos permitiera ganar dinero pero que nos hiciera sentir bien a nivel personal. Pero el mercado laboral cambia cada vez más rápido. ¿Cómo predecir bien? Isaac Asimov aventuraba hace años en qué se podía convertir esta «rat race» cuando escribió su historia corta «Profesión»

En muchos casos el motivo para elegir unos estudios u otros no tiene nada que ver con el futuro sino con nuestro pasado. Más concretamente las series de las que éramos fans. El Geena Davis Institute on Gender in Media junto con 20th Century Fox plantean que el personaje de la agente Scully influyó en la decisión de estudiar STEM de una cantidad relevante de mujeres. Si hay un «Efecto Scully», ¿habrá un efecto Dracarys, perdón, Daenerys?

Quizá la ficción no sea la mejor manera de elegir, pero sí un método de enseñanza, como propone Keisha Ray, profesora de bioética en la Universidad de Utah. Usando la ciencia ficción como modelo, pretende evitar el sesgo racial que muchos alumnos de medicina incorporan a sus diagnósticos. 


Decidir cuándo el capitalismo está próximo a explotar 

American Factory (2019). Imagen: Higher Ground Productions / Participant / Netflix.

Parece que el mayor riesgo de la economía no está solo en el empleo y la educación. Ray Dalio, con quien hablamos cuando presentó su libro Principios en Madrid, ya nos comentaba entonces que no veía solución fácil a la crisis. Ahora se pone más tremendista todavía. La deuda es impagable, la cantidad de dinero que hay en circulación no representa la realidad de la economía, y el impacto de estos desajustes nos puede explotar en la cara en breve

Y no, la salvación esta vez no vendrá por el crecimiento en China. El documental American Factory asusta contando el mundo al revés. La fábrica creada por un empresario chino en Ohio va más allá de una historia de choque cultural. Es un viaje en el tiempo al taylorismo, ahora con perspectiva comunista. Y el trabajador, qué sorpresa, no sale bien parado. 

¿Puede entonces estar la solución en la semana de cuatro días? Microsoft ha sacudido el mundo empresarial aplicándola en un experimento en Japón, consiguiendo un notable aumento de la productividad. Pero la idea no es nueva, surgió en la Gran Depresión de 1929, y así es como ha ido evolucionando


Trabajar a hombros de gigantes: adiós a Margarita Salas

Foto: Lupe de la Vallina.

Ha fallecido Margarita Salas, el tipo de persona que le hace desear a uno que exista la inmortalidad. Hablamos con ella en 2015 sobre muchos temas. La echaremos de menos.

Su trayectoria puede ser inspiradora de vocaciones: fue discípula de Severo Ochoa en Nueva York y regresó a España en los años sesenta para introducir al país en la biología molecular. Sus investigaciones marcaron el comienzo de aplicaciones innovadoras para las pruebas de ADN. Como investigadora del CSIC proporcionó a la institución la patente más rentable de su historia, demostrando la importancia de la inversión pública en investigación científica.

La investigadora perteneció a un tiempo donde la igualdad de género era una quimera. Ahora que es una demanda generalizada en nuestra sociedad, cabe preguntarse si dejar los procesos de selección de personal en manos de programas informáticos también genera desigualdad. 

La abogada y consultora de discriminación en el empleo Patricia Barnes opina que sí. Claro que desde el mundo de la empresa hay visiones más optimistas


Sometidos ya a la vigilancia masiva del gobierno

Foto: Matthew Henry.

Como para alentar teorías conspiranoicas nos enteramos de que el INE va a rastrear todos nuestros teléfonos móviles, y eso nos ha hecho pasar por alto que el instituto ya tenía un plan para que sus censos de 2021 aprovechen los datos que depositamos en empresas privadas. ¿Lo hacen por el bien social o en aras de una vigilancia masiva? No son los únicos, parece que el tema está de moda. Google ha confirmado que tiene datos médicos de millones de ciudadanos, que no van a hacer nada malo con ellos, pero que el «Don’t be evil» no aplica desde 2018.

No son los únicos. La libertad no está entre las prioridades de la red social Facebook, y Aaron Sorkin, guionista del biopic sobre Mark Zuckerberg, le canta las cuarenta al respecto en esta carta abierta.  

Para hacernos una idea de lo que pueden suponer nuestros datos danzando por ahí en manos de cualquier con suficiente tecnología, nada como revisar esta charla del activista alemán Malte Spitz. En ella demuestra gráficamente cómo con suficientes datos se puede trazar todo lo que hacemos en nuestro día a día. 

Resulta preocupantemente parecido al «sistema de crédito social chino». En 2018 ya había voces que comentaban que China solo aplicaba el sistema de scoring de crédito de Occidente. De publicitarlo como herramienta para reducir el fraude y mejorar los servicios, a convertirlo en Nosedive hay un pequeño paso, aquí y allí. La diferencia es que en China están tan acostumbrados a vivir con limitaciones y prohibiciones que allí su impacto social ha sido mínimo, aunque desde aquí se diga lo contrario. Incluso hay quien lo defiende

Para bien o para mal la estadística digital está cada vez más cerca de desvelar nuestras preferencias individuales. Incluso comenzamos a acostumbrarnos a que algo tan privado como el voto pueda consultarse calle a calle y manzana a manzana. ¿Vivíamos mejor sin saber?


Con toda esta digitalización de nuestra vida, ni siquiera el amor es lo que era

Foto: Christian Wiediger.

Mei es la APP que te dice si una conversación de whatsapp contiene amor en sus entrañas XD. Puede que pronto se incorpore también al sistema de crédito social chino, y que algunas app de dating ya utilizan. Aunque para encontrar el amor en internet nada como revisar esta charla de Amy Webb sobre cómo hackear webs de citas con un enfoque totalmente científico 


Se puede saber en qué se ha convertido el cine

Foto: twinsfisch.

Amplía Martin Scorsese su visión sobre las películas de Marvel. Aquí en Xataka la traducción comentada. Primero, dejando caer la perla sobre cómo pregunta la prensa y su apetito por la polémica. Segundo, comparando las franquicias actuales con otras, como las de Hitchcock, más de autor, porque la clave del cine como arte son las historias, los personajes y la innovación. Momento curioso en la industria, en plena llegada de Disney+, de las inversiones millonarias de Netflix o Apple en contenidos, y de las dudas sobre el modelo futuro de explotación, con las ventanas en entredicho. Todo ello, en medio del éxito del Joker y el estreno el día 15 de El irlandés, va a definir el futuro de lo que antes llamábamos películas

El nuevo paradigma del cine y su estreno en plataformas es también un desafío al medio ambiente. Se suma a la contaminación generada por el uso de internet, y a un paper de publicación reciente sobre cuánto contamina enseñar a una inteligencia artificial. Equivale a la polución generada por cuatro turismos a lo largo de toda su vida útil, incluyendo fabricación y consumo de combustible. Eso nos cuesta recibir las mejores sugerencias de Netflix. 

Recomendaciones que, según las tecnológicas, son creadas por algoritmos. Al menos parcialmente. Mary L. Gray, investigadora de Harvard cuyo trabajo se focaliza en el impacto de internet en la sociedad, nos explica que existe un ejército de «negros» enseñándoles en la sombra, y corrigiendo sobre la marcha sus errores. 

No solo eso sirve para poner en duda la capacidad de la tan cacareada inteligencia artificial. Acaban de publicarse las conclusiones preliminares sobre por qué un coche autónomo de Uber atropelló mortalmente el año pasado a Elaine Herzberg en Estados Unidos. Su algoritmo fue incapaz de comprender que a veces los peatones cruzan por donde no deben. Tampoco son capaces de momento de evaluar todos los riesgos de un adelantamiento. Y qué dicen a eso los expertos. Que el único sistema viable, de momento, es el conductor humano asistido por algoritmos


Pocas risas con esto

Foto: Franck V.

La IA no es para tomársela a risa. En 1996 se organizan los primeros congresos para estudiar cómo conseguir que los ordenadores reconozcan y cuenten chistes. Se crean proyectos prácticos, como The Joking Computer, que tomará consciencia de sí misma en cuanto lea esta newsletter. Se realizan tesis doctorales como la de Kim Binstead, desarrollando JAPE (Joke Analysis and Production Engine). Pero a día de hoy los intentos de emular a Deep-Blue o Alpha-Go en el mundo de los chistes solo consiguen contaminar. La batalla entre cómicos y máquinas que generan chistes sigue desequilibrada a favor de los primeros. En conclusión, mucho humo del que nadie habla alrededor de estos proyectos y poca broma si la inteligencia artificial alcanza la singularidad.


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El pingüe negocio de Facebook y sus amigos con los test de personalidad

Mark Zuckerberg, 2018. Foto: Oliver Contreras / Cordon.

Este artículo se publicó originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 33.

Estaban construidos como un agujero negro de datos. Y Facebook no solo lo sabía, sino que lo había diseñado así.

Dicen que es la filtración más importante desde Edward Snowden: Christopher Wylie explicó en el Guardian y el New York Times cómo Cambridge Analytica (CA) había generado perfiles psicográficos con los datos de ochenta y siete millones usuarios de Facebook para las campañas a favor del brexit y Donald Trump. Pero, a diferencia del espionaje de la NSA, les fue muy fácil y lo hicieron a la luz del día. Bastó con un quiz, el test de personalidad que el catedrático de Psicología en la Universidad de Cambridge Aleksandr Kogan puso en Facebook bajo el título This is Your Digital Life. Kogan pagó a doscientos setenta mil usuarios para que hicieran el test. Que venía con unos «Términos de usuario» que no leyeron donde ponía: «Si pinchas OK, nos das permiso para diseminar, transferir o vender tus datos».

Al descargar el test, Kogan consiguió acceso a sus contactos, su feed de noticias, las publicaciones de su muro, a sus posts y hasta a sus mensajes privados. Y también a los de sus amigos, aunque no hubieran hecho el test ni aceptado el contrato. Facebook ha calculado que la cifra de afectados podría ser de ochenta y siete millones de personas, trescientas personas por cada usuario que hizo el test. Solo que Kogan no se inventó la técnica ni hackeó la red social. Cientos de miles de empresas estaban haciendo lo mismo en Facebook años antes de que Kogan publicara su quiz en 2012. Y Facebook lo sabía.

Ya en 2009, numerosas asociaciones de derechos civiles denunciaron que el quiz era una trampa diseñada por granujas de marketing para vulnerar la privacidad del usuario y la de sus amigos. La mayoría de los test eran muy estúpidos: «¿Qué personaje de Star Wars eres?», «¿Eres Carrie o Samantha, Miranda o Charlotte?», «¿Qué color, perro, hamburguesa, superhéroe, rascacielos, teletubbie, salsa picante eres?». Pero tan populares y ubicuos que la CNN incluyó a los quizzeros en su lista de «doce clases de personas más insoportables de la red social».

La American Civil Liberties Union hizo campaña contra Facebook por dejar que los programadores externos se llevaran toneladas de datos, no solo de los que hicieron el test, sino también de sus contactos. La cuestión no es si Kogan tenía derecho o no a engañar a doscientos setenta mil usuarios y llevarse sus datos y los de sus millones de amigos. La cuestión es que Facebook le dejó hacerlo. Y lo hizo porque, como dicen los programadores, el agujero no era un bug sino una feature; no un error del programa sino una característica deliberada diseñada para atraer a sus verdaderos clientes, que no son los usuarios sino las mismas empresas de marketing a las que ahora acusa de robar.

Un, dos, tres, API

Como casi todas las plataformas, incluyendo Google Play, PlayStation o iTunes, Facebook tiene una API para desarrolladores. Sirve para que cualquiera pueda diseñar programas para que funcionen en la plataforma, sin tener que trabajar con los programadores de la casa. La API se ocupa de la integración de las apps, se interpone entre el código ajeno y el propio, al mismo tiempo la puerta y la muralla. Y esa API no es un código salvaje e incontrolable generado de manera aleatoria por fuerzas extrañas a nuestra capacidad de comprensión. Es un conjunto de funciones matemáticas habilitadas de manera deliberada por programadores extraordinarios al servicio de una de las empresas más ricas del mundo. En la naturaleza hay accidentes inesperados, pero no en el código de Facebook. Si Kogan pudo sustraer los datos íntimos de millones de personas a través de su Graph API v1.0 es porque se podía. Y si se podía es que estaba diseñada para hacerlo.

Si hubiese sido un fallo involuntario, Facebook tuvo tres años para corregirlo, especialmente después de las campañas de la Unión de Libertades Civiles y las denuncias repetidas en prensa. Tres años más tarde, la aplicación de Kogan pidió permiso para acceder al read mailbox, el buzón de mensajes privados de millones de usuarios y la API se lo dio, lo que es un completo disparate. Y siguió dándole permiso durante el año y medio que estuvo en el sistema, aunque el usuario hubiera hecho el test solo una vez (o ninguna). La pregunta que hay que hacerle a Facebook es: ¿cuántos otros hicieron lo mismo entre 2008 y 2015, cuando Facebook la sustituyó por la Graph API v2.0., que no es mucho mejor pero al menos no cede los datos de una persona a menos que haya autorizado la aplicación?

No me creo que en este garito se juegue

Zuckerberg ha dicho que el test de Kogan vulneró el acuerdo de desarrolladores que Kogan firmó con Facebook al subir la aplicación. Kogan dice que tampoco lo leyó, porque es decorativo. «Facebook no presta atención ni hace cumplir estos acuerdos. Te dicen que pueden hacer seguimiento y auditorías y que comprobarán tu código y te avisarán si has hecho algo que no está bien. Pero el test estuvo un año y medio entero operativo y jamás tuve noticias de ellos», le dijo en una entrevista a CBSN.

«Si no podemos proteger tus datos, no tenemos derecho a servirte», dijo Zuckerberg en su primera declaración posescándalo. Pero su empresa no solo no protegió los datos de sus usuarios, sino que diseñó una API que facilitaba el abuso de esos datos, y después lo tapó con un acuerdo para desarrolladores donde les decía que no vendieran datos, sabiendo que no lo iban a cumplir.

Dice Facebook que, de los ochenta y siete millones de afectados, setenta millones son estadounidenses. Hace tres semanas mandaron una carta a la Comisión Europea diciendo que los datos de 2,7 millones de europeos habían sido «compartidos inapropiadamente». Gran Bretaña tendría más de un millón de perfiles, teóricamente empujados al brexit a base de luz de gas. En España solo cuarenta y cuatro personas hicieron el test, con una onda expansiva de ciento treinta y siete mil.

Más interesante es la actividad en Indonesia y Filipinas, donde afectó a más de 1,2 millones de personas de cada país. Rodrigo Duterte, que ganó las elecciones en Filipinas hace casi un año, niega su relación con la empresa de microtargeting, pese a haber sido fotografiado comiendo con Alexander Nix, CEO de Cambridge Analytica, junto con los principales miembros de su equipo de campaña antes de ganar. «Si hubiera trabajado con esos idiotas habría perdido», declaró recientemente. Pero SCL Group, la casa matriz de Cambridge Analytica, presume de haber ganado numerosas elecciones en el sudeste asiático. Su fundador, Nigel Oakes, declaró una vez a la revista Marketing: «Usamos las mismas técnicas que Aristóteles y Hitler».

El fundador de Facebook ha prometido una auditoría de «todas las aplicaciones que tuvieron acceso a grandes cantidades de información antes de cambiar nuestra plataforma para reducir drásticamente el acceso a los datos en 2014». De momento, la red social ha suspendido a otras dos: CubeYou, por usar test de personalidad como reclamo para recoger datos personales, y la consultora política canadiense AggregateIQ, por trabajar con Cambridge Analytica. Hay cientos de miles de empresas ahí fuera que han usado las mismas tácticas. Facebook sabe quiénes son y qué han hecho, pero nosotros no.


Manual para comprarse una isla privada

Strombolicchio, Italia, 2015. Fotografía: Kuhnmi (CC).

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista trimestral número 19.

«Here and now, boys; here and now, boys». The words pressed a trigger, and all of a sudden he remembered everything. Here was Pala, the forbidden island, the place no journalist had ever visited. And now must be the morning after the afternoon when he’d been fool enough to go sailing, alone, outside the harbor of Rendang-Lobo. Island, Aldous Huxley.

Bienvenido a este mundo alejado de la industrialización y del progreso inútil. El mundo de lo imprescindible, la huida definitiva de lo que el ser humano ha creado. El cierre del círculo. Progresar, llegar a lo más alto del edificio más alto de la principal ciudad, destrozar el planeta si hace falta, para tener tanto dinero como para volver todo lo cerca que se pueda del taparrabos.

Si no quiere arriesgarse a buscar por sus propios medios su particular Pala o no entra en su sueño cargar con una civilización establecida por avanzada que sea, puede comprarse su propia isla o al menos una parcela. Esto no es un lujo exclusivo de cuentas a partir de seis ceros, dicen los intermediarios, y las islas privadas no tienen por qué ser remedos de El lago azul, aunque las baratas mucha infraestructura no tienen. Hay trozos de tierra esparcidos por el mar con precios de apartamento en Marina d’Or. Dice Knight Frank en su último informe al respecto que en los últimos años han sido habituales las transacciones de islas privadas en la costa oeste de Escocia e Irlanda por unos 350 000 euros, pero lo cierto es que es posible encontrarlas en las páginas web de mediadores incluso por bastante menos. Muy por debajo de ese precio es posible comprarse la parcela de una isla en Canadá (solar en Hemlow Island, Nueva Escocia, 218 530 metros cuadrados, 26 485 dólares, es decir, unos 25 000 euros) o incluso una isla entera en el mismo país (Sweet Island, British Columbia, 12 140 metros cuadrados, 72 900 dólares). Incluso es posible hacerse con una parcela en Fiji (Mavuva Island, solares al borde del mar por 125 000 dólares y con vistas al mar desde 75 000 dólares, 169 968 metros cuadrados, a diez minutos en ferri desde Vanua Levu, accesible desde el aeropuerto de Labasa).

Llegados a este punto, si ya se ha planteado que podría empezar a echar un vistazo al mercado isleño, conviene tener en cuenta algunas recomendaciones antes de dar el paso.

Primera. Antes de comprar, vaya a ver la isla. El primer reto es lograr que le lleven con todos los gastos pagados. Por lo menos los de ida. No se achante. Le puede parecer lejano emular a Richard Branson porque Obama haya visitado su isla tras dejar el botón rojo en manos de Donald Trump o por los cinco mil millones de dólares que atesora el magnate británico según la lista Forbes o porque alojarse en una de sus instalaciones cueste a partir de cuatro mil quinientos dólares por noche. Sin embargo, el fundador de Virgin Records no tenía dinero ni para pagar un dos por ciento de lo que le pedían la primera vez que visitó Necker, la isla paraíso fiscal que ha convertido en su residencia y en un resort de lujo (dos veces, la segunda tras el incendio que sufrió la isla en 2011). La primera vez que la vio no pensaba ni comprársela. Como él mismo ha escrito, el objetivo era impresionar a una mujer de la que se había enamorado y el cerebro de Branson, que desconocía por completo dónde estaban las Islas Vírgenes pero a quien le molaron porque se llamaban como su empresa (tal es su ego), pensó que un recorrido en helicóptero sobre las aguas turquesas y las arenas blancas de uno de esos paraísos era definitivo como argumento de conquista. El caso es que no fue mal. Pasearon imaginando crear allí el cielo de los músicos, dice Branson. Era jueves. 1978. Virgin Records hacía unos años que había dejado de ser solo una tienda de discos y había lanzado Tubular Bells, su estreno como discográfica (1973). Llevaba cuatro álbumes de Genesis e incluso había salido victoriosa de su affair con la justicia por poner los Bollocks en la portada de los Sex Pistols. Aquella portada. Pero Branson aún no era millonario.

Cuando el mediador le dijo que el vendedor pedía seis millones de dólares por la isla, Branson contraofertó con lo que podía, dice: cien mil dólares. Allí les despidió el bróker. Branson y la mujer de la que se había enamorado, que se casaron once años después acompañados de sus dos hijos, tuvieron que encontrar el modo de volver de la isla por sus propios medios. Un año después otro bróker visitaría a Branson en Londres. Aún no había nadie que hubiera hecho una oferta por Necker Island. Nadie salvo Branson. Con la cartera algo más llena para entonces, el empresario británico aceptó pagar ciento ochenta mil dólares por Necker y el compromiso de construir un complejo en ella en un plazo máximo de cuatro años. Quería esa isla. Lo sabía porque la había visto.

Segunda. Una vez sea suya, tiene que poder llegar. Sea volcánica o un trozo de tierra aislado por la subida del mar, lo que caracteriza a una isla es básicamente una cosa: está rodeada de agua por todas partes. Para llegar y para huir de ella tendrá que hacerlo por mar o por aire en la inmensa mayoría de los casos. Si quiere causar buena impresión al otro lado del teléfono, cuando llame para interesarse por una isla privada en venta pregunte qué embarcaciones pueden fondear en ella. No es un chiste. Los intermediarios del mercado de las islas privadas reconocen que empiezan a tomarse en serio a un posible comprador cuando les preguntan este tipo de cosas. Pero, además, tenga en cuenta que si adquiere una isla lo más lógico es que quiera ir y puede que hasta volver. Y no todas están a la distancia adecuada para viajar hasta ellas y regresar en lo que dura un puente.

Las islas del estado de Florida, por ejemplo, con sus aguas azules y turquesas, sus delfines y su cercanía a lugares como Tarpon Springs, la «ciudad de las esponjas», pueden estar en la lista de opciones atendiendo a los estándares de isla paradisíaca. Lo primero que debe tener en cuenta es que esta zona barata no es. Actualmente hay solares en venta por precios en torno al medio millón de dólares. En la isla de Sunset Key, por ejemplo, se vende un solar de 20 234 metros cuadrados por 595 000 dólares. No tiene infraestructura alguna pero al menos tiene ya el permiso estatal para construir y el de la Armada de los Estados Unidos para hacer un pequeño embarcadero. Vaya sumando costes. Si todas estas inconveniencias no le hacen rendirse de su intención de hacerse con uno de estos trozos de tierra, vamos a la segunda recomendación: calcule lo que tardará en llegar. De Madrid a Orlando, que está a dos horas de Tarpon Springs, hay vuelos directos que llegan en unas trece horas, porque si es con enlace ya serán en torno a veinte horas al menos. Y hay que volver. Si opta por Bali, haga un ejercicio similar desde Singapur, y así con cada isla a la que le eche el ojo.

Lo más asumible en lo que a tiempo se refiere es sin duda el Mediterráneo, pero para esta opción debe tener en el bolsillo uno o varios millones de euros. Incluso si se opta por comprarse un terreno en una isla compartida con otros, no es fácil encontrar algo por debajo del millón. Una parcela de quince mil metros cuadrados en la isla Trstenik, en el archipiélago croata de Dalmacia, ya cuesta 1,2 millones y no está para entrar a vivir. Habría que adaptar el edificio centenario, actualmente en ruinas, o construir una casa desde cero, recomienda el intermediario que la comercializa.

Desde luego, si al pensar en su propia isla se ve a sí mismo en uno de los seis mil pequeños paraísos griegos, prepare la chequera. Cuando la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo decidieron hacer pagar a los griegos por los rotos que habían permitido durante años a sus gobernantes, aquellos tiempos en que los políticos alemanes salieron a pedir a la nación helena que vendiera sus islas y sus obras de arte si hacía falta pero que pagara sus deudas, se pusieron en venta un buen número de propiedades. El impuesto al patrimonio establecido por el Gobierno griego, recuerda Knight Frank, aumentó la tendencia. Pero los precios de las islas griegas no están al alcance de la inmensa mayoría de los bolsillos.

Isla Media Luna, Shetlands del Sur, 2012. Fotografía: Jørn Henriksen (CC).

Aristóteles Onassis sabía lo que hacía cuando compró Skorpios por tres millones de los antiguos dracmas en 1962 (14 500 dólares de aquella época), la isla donde se casó seis años después con Jackie Kennedy. Onassis transformó por completo aquella roca estéril aunque rodeada de aguas transparentes plantando miles de árboles y trasladando toneladas de arena para formar playas. Su nieta y única heredera, Athina Onassis Roussel, trató de vender la isla donde están enterrados su abuelo, su madre (que murió cuando Athina tenía tres años) y su tío Alexander a la multimillonaria rusa Ekaterina Rybolovlev en 2013. Pero Onassis había dejado en su testamento establecida la obligación de preservar la isla en manos de la familia mientras pudiesen mantenerla y, en todo caso, devolverla al Estado griego cuando esto ya no fuese posible. Por este motivo abogados de Atenas y Ginebra acabaron por dar forma a un contrato de arrendamiento por noventa y nueve años capaz de sostener ante la justicia que los deseos del abuelo se habían mantenido.

Athina Onassis no fue la única que puso en venta la isla familiar en 2013 ni Rybolovlev la única que se interesó por Skorpios. En ese año se hicieron otras transacciones sonadas, como la compra de seis islas griegas en el mar Jónico por el exemir de Catar, Hamad bin Jaliga Al Thani, por 8,5 millones de euros. El emir había intentado antes llegar a un acuerdo con Athina, pero no se entendieron en el precio. Por otro lado, el catarí se topó con otra de las cuestiones a tener en cuenta en este tipo de transacciones: las leyes locales y la burocracia. Según declararía a The Guardian el alcalde de Ítaca, Ioannis Kassianos, «Grecia es ese lugar en el que, aunque te estés comprando una isla, incluso aunque seas el emir de Catar, te costará año y medio superar todo el papeleo». Entre las normas griegas con las que chocó el emir se incluía la que dice que, sea cual sea el tamaño del terreno, la edificación de una casa privada no puede tener más de doscientos cincuenta metros cuadrados. «Ese era el tamaño que el emir quería dar a cada cuarto de baño y mil metros cuadrados más a la cocina, porque de otro modo no podría alimentar a todos sus invitados», añadió Kassianos. Por su parte, uno de los vendedores, Denis Grivas, comentó: «Estas islas han pertenecido a mi familia durante ciento cincuenta años, pero no somos lo bastante ricos para conservar propiedades de tanto valor. (…) Estamos muy, muy felices de deshacernos de ellas», aludiendo a los nuevos impuestos implantados por el Gobierno.

Tercera. Teniendo en cuenta la cuestión de la distancia y si es de los que ha desechado ya la opción del Mediterráneo, por el precio o por no acabar viendo pasar por sus orillas el resultado del incumplimiento de Europa de sus propias normas en materia de refugiados, la tercera recomendación es tener en cuenta el clima y en qué medida se ajusta a lo que se espera de la isla. No todas son aptas para mojitos y hamacas. Si lo que se busca es un lugar rodeado de un increíble paisaje, es posible conseguir una isla en medio del lago Derg, en Irlanda. La isla Bushy no es para tomar el sol durante gran parte del año, no es mar abierto y el equipaje deberá incluir una buena rebequilla aunque se vaya en agosto, pero a cambio tiene el encanto de estar rodeada a un mismo tiempo de agua y de montañas, y se vende por 223 115 dólares. Algo más al sur, sin edificio ni infraestructura alguna pero con algún rayo de sol más, está la isla de Mannions, por 167 336 dólares. Y, puestos a renunciar al clima caribeño, se puede dar el salto a las islas irlandesas del Atlántico. Inishbigger se vende por 83 668 dólares. Nadie le pedirá un recuerdo cuando vuelva porque allí no hay nada más que tierra y océano, pero tiene la ventaja de que, en caso de emergencia, está a solo doscientos metros de tierra algo más firme.

Cuarto. La mayoría de las islas a precio asequible no tienen de nada. Incluso muchas de las que tienen un precio asumible por pocos no están desarrolladas y es una inversión que, como ya se ha comentado, hay que considerar. Los intermediarios tranquilizan recordando que las energías limpias, los paneles solares o los aerogeneradores han puesto las cosas más fáciles, pero es una inversión añadida a tener muy en cuenta. Para cuando se tenga todo listo puede que la isla ya no se ajuste a los planes personales. James Biden Jr, hermano del exvicepresidente de Estados Unidos Joe Biden, y su esposa Sara compraron la isla Keewaydin, en el Golfo de México junto a la costa suroeste de Florida, en el año 2013, por 2,5 millones de dólares. Como, según Naples Day, no estaba en muy buen estado, tuvieron que poner otro millón para arreglarla. En 2016 la pusieron en venta.

Hasta el ilusionista David Copperfield se siente superado por la realidad en su isla privada. El propietario de Cayo Musha, entre otras islas en las Bahamas, anfitrión de bodas como la del cofundador de Google Serguéi Brin o la de Penélope Cruz y Javier Bardem, se viene abajo cuando se le rompe una tubería, porque repararla no es sencillo como cuando vives en Nueva York. Y con los precios que cobran, hay que lograr que el agua siga corriendo. Según declaraciones de Copperfield a Hollywood Reporter, «hay que tener cuidado con lo que se desea», porque tener una isla puede ser «como cuando ves bailar a Fred Astaire y dices yo quiero bailar como Fred Astaire. Desde fuera parece que no hay esfuerzo, pero por dentro los dedos pueden estar sangrando y llevar una tobillera para aguantar un esguince».

Los ricos no andan como locos buscando una isla que sumar a su patrimonio, aunque sus operaciones sean las más sonadas dado ese gusto humano por zambullirse en los cuentos de otros. Marlon Brando compró su isla en los sesenta, Tetiaroa, en la Polinesia Francesa, tras enamorarse de ella durante el rodaje de Mutiny on the Bounty. Johnny Depp compró Little Halls Pond mientras grababa Piratas del Caribe en 2004 (3,6 millones de dólares). Leonardo DiCaprio se compraba un año después su isla Blackadore en Belice por 1,75 millones de dólares. Y Mel Gibson pagó ese mismo año 9 millones de dólares por la isla Mago, en Fiji. Pero según Knight Frank, con la llegada de la recesión, los ricos empezaron a sentir que la incertidumbre se cernía sobre el valor de sus paraísos y los más jóvenes, los salidos de garajes de Silicon Valley, optaron por pasarse al alquiler.

La moda ha cambiado entre los multimillonarios con respecto a lo que buscaban hace una o dos décadas. Aunque en el último lustro se hayan visto operaciones de vértigo, como la compra por Larry Ellison de la práctica totalidad de la isla hawaiana de Lanai (comprada para edificar un resort de lujo de Four Seasons) o los 16 millones de dólares invertidos por Shakira, Alejandro Sanz y Roger Waters (Pink Floyd) en el cayo Bonds (también como inversión), ahora es más habitual ver compras de parcelas en lugar de adquisiciones de islas completas. El ejemplo es Mark Zuckerberg con la compra de setecientos acres en Kauai en 2014 por más de cien millones de dólares, aunque el fundador de Facebook se encontró con uno de los problemas de no ser el dueño de toda la isla. Según Forbes y Huffington Post, hay una docena de pequeñas parcelas heredadas por lugareños que no dudaron en organizar manifestaciones en contra de lo que consideran un vecino problemático que ha venido a perturbar la paz de la isla hawaiana pretendiendo impedirles el paso hasta sus tierras.

Descartando que usted vaya a hacer una inversión del estilo de las mencionadas, sus competidores en el camino a hacerse con su propia isla privada pueden no ser quienes usted podría imaginar. Desde 2005, los Gobiernos, las ONG y los conservacionistas se lanzaron a comprar islas con la intención de protegerlas, una tendencia que se ha disparado en la última década, según Vladi Private Islands. Entre 2010 y 2014, este tipo de compradores adquirieron cerca de cincuenta islas (en su mayoría compradas por los Gobiernos y organizaciones de Estados Unidos y Canadá, seguidos de Europa), cuando una década antes, en el periodo 2000 a 2004, no llegaron a las quince transacciones.

Otros detalles a tener en cuenta: no se vaya tan lejos como para no poder pedir ayuda ni tan cerca de países desde los que pueda verse invadido por un ejército. Procure tener el dinero en efectivo, porque los bancos no tienen por costumbre hipotecar islas, entre otras cosas, porque se ven incapaces de tasar su valor. Plantéese la posibilidad de hacer negocio con su isla, alquilándola toda o por partes, porque eso es lo que hacen la mayoría de los famosos mencionados. Compruebe si la isla tiene espacios protegidos y consulte cómo puede afectarle el cambio climático y la subida del nivel del mar. Y si es usted español y le dicen que hay cosas que nunca bajan de precio, ya sabe, ni caso.


Niñatos de élite esperan con sus millones el fin del mundo

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«Yo nunca he estado en América, pero he visto esas películas, y esas series, como vosotros». Es un frase de Goyo Jiménez en uno de sus monólogos, a la que sigue esta otra de «tú eres el líder, Mike, debes decidir». Con ellas el humorista resume a la perfección a ese protagonista made in USA que salva a su pueblo, nación o planeta del apocalipsis, y el modo en cómo se ha hecho reconocible para nosotros. Lleva medio siglo apareciendo en guiones y narrativa, desde que la Guerra Fría extendió la idea de que podíamos irnos al garete de un día para otro. Ahora que los miedos son otros la élite de empresarios tecnológicos de aquel país ha rescatado las ideas de la ficción para creer a pies juntillas que el mundo está a punto de acabar. Van a ser Mike, y van a ser el líder. Pero esta vez, como en la mejor distopía, no para salvarnos a todos nosotros, sino solo a ellos mismos.

No es un chiste, ni una película. Los creadores de Facebook, eBay, Tesla, y Space X, entre otras, y los altos ejecutivos de la mayoría de empresas tecnológicas creen que un final trágico de la humanidad ocurrirá antes de una década. El cambio climático, la desigualdad económica y nuestra dependencia cada vez mayor de las tecnologías que ellos han desarrollado traerán muy pronto guerras nucleares, desabastecimiento de alimentos, revueltas civiles y apagones energéticos generalizados. Previéndolo han diseñado planes para salvarse, que conocimos inicialmente gracias a la indiscreción de Sam Altman. Este magnate no solo explicó el suyo, indicó también que otros como él estaban preparándose.

Altman es el responsable de que nuestros teléfonos móviles compartan su geolocalización con las apps. Eso le hizo billonario, y luego ha seguido sumando fortuna como CEO de Y Combinator, vivero de empresas con casos de éxito notorios como Airbnb. Pero por encima de eso es el tipo que tiene la moto y la bolsa de supervivencia para cruzar un San Francisco asolado por el apocalipsis. Su plan es esquivar sobre dos ruedas y a lo Mad Max los miles de vehículos que colapsarán las carreteras huyendo del caos. Tiene las armas preparadas en su mochila de emergencia, junto a baterías de repuesto para su móvil y ordenador, algo de agua, y una máscara antigás. A toda pastilla, y a tiro limpio si hace falta, ese día final se reunirá en un aeródromo secreto con Peter Thiel, otro de los millonarios apocalípticos, fundador de eBay, y con unos cuantos más de un grupo cuyos nombres no han trascendido. Un jet privado les conducirá a todos hasta sus búnkeres secretos, que ya tienen construidos y equipados en fincas de Nueva Zelanda.

No ha sido una elección al azar. La nación del Pacífico puede alcanzarse en pocas horas de vuelo desde la costa oeste de Estados Unidos. No tiene valor geoestratégico, ni materias primas importantes en su territorio. Por tanto suponen que nadie intentará conquistarla si se produce una Tercera Guerra Mundial. Confían en que tenga un papel tan neutral como tuvo Suiza en la Segunda. Pero es que además sucesivos gobiernos neozelandeses han desarrollado programas para atraer a inversores que incluyen permisos de residencia. Peter Thiel obtuvo la nacionalidad tras pasar catorce días allí, y desembolsar alrededor de 13,5 millones de dólares. Gran parte de esta cantidad fue destinada a la compra de un rancho de algo menos de 200 hectáreas, que incluye una mansión en su superficie. Y que ahora tiene además un lujoso búnker subterráneo, mandado construir por él mismo en algún lugar de ese inmenso terreno.

Gary Lynh, uno de los principales fabricantes de estas viviendas para el fin del mundo, asegura que otros seis grandes empresarios de Silicon Valley han seguido su ejemplo. Le han elegido a él, asegura, porque construye sus búnkeres con estructura de acero, y ofrece al cliente la posibilidad de fabricárselos como una mansión de lujo. El que supuestamente eligió Thiel incluía, además de un amplio espacio residencial, un cine, gimnasio, piscina, jacuzzi e invernadero. Figura en su catálogo a la venta por ocho millones de dólares, más extras de personalización. Por ese precio te la dejan preparada, amueblada y sepultada bajo tierra, con una entrada secreta y no visible para merodeadores. Y con suficientes reservas de comida, semillas, antibióticos, medicinas y agua potable como para no depender del exterior en largo tiempo.

Thiel, considerado pionero y ejemplo a seguir por la élite apocalíptica, desató la fiebre por esta opción hasta hacerla morir de éxito. El pasado mes de agosto fueron transportados los dos últimos refugios a Nueva Zelanda, antes que el gobierno de ese país vetara nuevas ventas a extranjeros y limitase el programa de visados. Contagiados por el ejemplo de los CEO de Silicon Valley, otros millonarios estadounidenses y chinos han ido adquiriendo propiedades en el país de forma masiva hasta crear un problema de gran envergadura. Hoy las ciudades neozelandesas tienen el precio por metro cuadrado más caro del mundo, impidiendo al acceso a la vivienda de quienes tratan de trabajar y desarrollar su vida allí.

Cabe pensar que esta limitación a comprar su refugio haya irritado a estos billonarios, porque nada les molesta más que someterse a los límites que imponen los gobiernos y sus leyes. En su ánimo de salvarse no hay solo una visión pesimista sobre el presente, sino un deseo de ser los dueños únicos de un nuevo mundo, donde ellos impongan las reglas. El think thank Seasteding anuncia esta visión sin complejos. Aspira a construir nuevas islas en aguas internacionales para que sirvan como naciones donde su población viva con total libertad. Que ellos interpretan como un anarquismo capitalista, donde no se pongan límites a la iniciativa empresarial con tonterías como los derechos laborales, y se paguen cero impuestos. Sus principios son lo más parecido a la Utopía de Tomás Moro desprovista de filosofía y humanismo por un puñado de ególatras. Desde sus islas nación prometen reconstruir el mundo, y quedar a salvo de los que identifican como tres grandes males contemporáneos: la subida del nivel del mar, la superpoblación, y el escaso nivel intelectual de la clase política. Peter Thiel, que les apoya decididamente, debió sugerirles este último punto después de ejercer como asesor de Donald Trump.

Pero no todo consiste en buscar paraísos a los que escapar, también buscan el secreto de la eterna juventud. Apostando fuerte por empresas como Ambrosia Plasma, que promete rejuvenecer tu organismo mediante transfusiones regulares de dos litros de sangre obtenida de jóvenes menores de veinticinco años. Este proceso se comprobó que sucedía en un experimento de 1956, y es denominado parabiosis. A sesenta y nueve parejas de ratones se las unió por el flanco, haciéndolas compartir el sistema circulatorio. El resultado fue que los más jóvenes transmitieron su juventud a los más mayores. Pero esta aparente evidencia científica no lo es, dado que la investigación no ha vuelto a replicarse; no se sabe si funcionaría en humanos, y tampoco hay una ambición científica o investigadora al respecto en Ambrosia Plasma. Su único objetivo es rejuvenecer a personas maduras a ocho mil dólares la transfusión y no hay evidencia de que lo hayan conseguido. Sí han ampliad en cambio el mercado de jóvenes que venden su sangre en Estados Unidos. Allí es legal hacerlo para abastecer las transfusiones de clínicas y hospitales, y numerosas campañas de publicidad se dirigen ya a universitarios prometiéndoles que pagarán con su sangre el coste de los libros de sus asignaturas.

Algunos empresarios han visto la oportunidad en este mercado de millonarios monomaníacos. Es el caso de Kees Mulder, que no tiene reparo en admitir que no cree ni mucho ni poco en el apocalipsis. Sin embargo tiene una fe ciega en que si sus potenciales clientes pueden gastar cien mil dólares en un reloj y medio millón en un coche comprarán sus productos dirigidos al segmento del lujo. Su empresa SpaceLife Origin ha empezado por ofrecer la Mission Ark, con fecha de lanzamiento prevista en 2019. Una esfera que orbitará en torno a la Tierra, preparada para evitar la radiación espacial, el calor de la fricción en su reentrada a la atmósfera, y el impacto de su caída a tierra. Dentro los millonarios podrán albergar sus embriones congelados, que quedarán a salvo de las catástrofes planetarias y podrán ser recuperados para iniciar una nueva humanidad, más selecta. Todo ello por unos asequibles treinta mil dólares, una app para seguir la posición de la bola desde el móvil en todo momento, y la promesa de que esta empresa hará nacer el primer bebé en el espacio en 2024. Es un claro guiño a Elon Musk, que nos anima a conquistar Marte ahora que la Tierra no tiene solución ni remedio, según él.

En inglés ya han inventado un término para definir a este colectivo de apocalípticos, los «preppers». Cuando se profundiza en su mentalidad, enseguida advertimos que sus ideas se las han inspirado el cine y la televisión, no un análisis racional de las posibilidades de que acabemos caóticamente. Yishan Wong, CEO de Reddit, aseguró haber corregido su miopía con láser para no tener que depender de las gafas en el fin del mundo. Sacó la idea de un episodio de la serie televisiva de ciencia ficción The Twilight Zone, emitido en 1959 con el título «Time Enough at Last». Tiempo suficiente, por fin, es lo que tenía su protagonista, único superviviente a un holocausto nuclear, y hasta ese momento oficinista de banca agobiado por su trabajo. Ya estaba a punto de pegarse un tiro, haciéndosele insoportable la ausencia de otros humanos, cuando hallaba la biblioteca municipal sana y salva. Por fin podrá dedicarse hasta la muerte a su verdadera vocación, la lectura. En ese momento sus gafas, por un descuido, caen al suelo, y le dejan en el más borroso de los mundos.

Otro caso similar es el de Antonio García Martínez, ex product manager de Facebook y autor del bestseller Chaos Monkeys: Obscene Fortune and Random Failure in Silicon Valley. Una crítica mordaz a la industria tecnológica que describe dominada por hombres solteros, blandos, débiles, estúpidos y «full of shit», llenos de mierda. A Zuckerberg lo compara con Napoleón, y a las condiciones laborales de su empresa con los regímenes cubano y de Corea del Norte. Esas reflexiones no le impidieron correr a construirse un búnker en su rancho al conocer la victoria de Donald Trump. Con un presidente así, pensó, el fin del mundo era ya una certeza. Acordó también la contratación de una milicia que protegerá su refugio en esos días letales posteriores al colapso.

Hay que señalar que en Silicon Valley se demandan cada vez más a asesores que no planteen soluciones a los problemas globales, sino a cómo desempeñarse en ese escenario final. Una de las mayores preocupaciones es cómo dominar a esa guardia pretoriana contratada para protegerles que, en el apocalipsis, llegará a la lógica conclusión que lo mejor es matar al millonario y quedarse con el refugio y los bienes.

A los que no somos millonarios del 1% solo nos queda como consuelo el verdadero punto débil del razonamiento prepper. En un escenario donde desapareciera nuestra tecnología y nuestra capacidad para generar energía, dos de las claves de nuestro mundo presente, tendríamos que enfrentarnos a la naturaleza para conseguir el sustento. Y siempre estarían mejor preparadas para eso tribus como la de la isla de Sentinel, que lleva setenta y cinco mil años sin tener contacto con otros humanos, o las no contactadas del Amazonas que un millonario en un búnker. Si ese 1% de privilegiados cree en un futuro apocalíptico es porque viven tan alejados de la realidad cotidiana que han olvidado en qué se basa la humanidad. Siempre en colectivos, y rara vez en individuos. Desaparecen culturas, naciones e imperios, pero no los humanos. Colectivamente, y sin considerar el padecimiento que ha entrañado, hemos vuelto a revivir después de guerras espantosas y epidemias devastadoras. Los individuos han muerto, la sociedad ha continuado. La idea contraria parte de unos niñatos hartos de dinero y éxito, que ya solo ven la realidad a través de los ojos de la ficción.


El próximo Elon Musk viajará en tren

Fotografía: Patier / Renfe.

No será el coche autónomo, ni el aumento de compañías aéreas de bajo coste lo que determinará la movilidad de nuestras sociedades. Unos pocos visionarios han comenzado a comprender que es en la gestión de los ferrocarriles donde nos jugamos el futuro. Y ello porque ningún medio de transporte parece capaz de adaptarse mejor al cambio profundo que estamos experimentando.

El fenómeno actual se comprende mejor dando un paso atrás para leer Ana Karenina, de León Tolstói. Debido a su odio a los ferrocarriles, el autor comprendió como nadie su alcance, reflejando en esta narración cómo afectaba su popularización a todos los aspectos de la vida en el siglo XIX. En la trama de su novela son los trenes quienes crean problemas, otorgan oportunidades a los amantes, y disparan la tragedia. Es decir, posibilitan el amor, la amistad, el odio y la existencia misma cuando esta se desarrolla en movilidad.

También nuestro tiempo, como el de Ana Karenina, se caracteriza por continuos desplazamientos y viajes. Ahora, impulsados por el desarrollo tecnológico, hemos empezado a hacerlos como nunca antes. En lugar de limitarnos a elegir un destino y dejarnos llevar, combinamos con naturalidad diferentes medios de transporte mediante apps de movilidad. Al mismo tiempo hemos convertido internet en un centro comercial donde compramos de forma rutinaria, elevando la importancia de la logística y potenciando el transporte ferroviario. Todo este proceso de cambio ha ocurrido tan rápido como para dejar una pregunta en el aire. ¿Quién resolverá los problemas que plantea el nuevo panorama?

Renfe, como empresa clave del transporte en España, está invitando a todos los innovadores a dar una respuesta. Se necesitan nuevas ideas para la revolución que ya se ha producido en el sector de la movilidad. Porque las personas están cambiando de hábitos mucho más deprisa de lo que pueden hacerlo las infraestructuras, y el único modo de abordar soluciones pasa por una revolución digital. A fin de facilitarla, la compañía ha dado un paso al frente inaugurado TrenLab, un programa global de aceleración de startups. Que cuenta además con la colaboración de Telefónica a través de su empresa Wayra. Los emprendedores están llamados a gestionar el cambio que ya se ha producido en nuestro presente.

Pero transformar Renfe diferenciándola y resolviendo a la par sus retos de negocio no parece una tarea fácil. Los innovadores no solo tendrán que aportar ideas verdaderamente disruptivas, y lograr ser escogidos en el proceso de selección de TrenLab. Además deberán haber sido capaces de haber construido un proyecto empresarial con posibilidades claras de crecimiento, y escalables. El reto es ahora, y por si el cambio social no fuera suficiente, lo empujan las nuevas directivas y regulaciones de la Unión Europea denominadas Cuarto Paquete Ferroviario, el cual da, básicamente, acceso a cualquier compañía a prestar sus servicios en todos los países de la Unión Europea. Bruselas ya obligó en el pasado a separar las infraestructuras ferroviarias españolas, que ahora gestiona ADIF, y la explotación de las mismas, de la que se encarga Renfe. Esta última enfrentará con esta mayor liberalización del mercado nuevos competidores, pero también se le ofrecerán nuevas oportunidades. Para aprovecharlas, hay que moverse rápido.

La dificultad de los problemas a resolver está a la altura de las recompensas que pueden obtenerse. Además del premio económico de cincuenta mil euros, los ganadores de cada ronda de TrenLab tendrán acceso a las unidades de negocio de Renfe y Telefónica. Contarán con un programa personalizado de tutorización guiado por expertos. Y podrán internacionalizarse. Quienes hablan o sueñan con Silicon Valley olvidan a menudo que fueron iniciativas como esta las que hicieron posible ese vivero tecnológico. La colaboración inicial del Estado y las empresas privadas con los innovadores crearon a los Mark Zuckerberg, los Elon Musk, o los Serguéi Brin y Larry Page —creadores de Google— de hoy. En el futuro oiremos hablar de nombres y apellidos como esos, pero surgidos aquí, porque ya existe en nuestro país la capacidad de crearlos y los profesionales capaces de gestar su desarrollo. Solo necesitan un pequeño pero determinante empujón.

Que orientar los esfuerzos innovadores a la movilidad es una buena idea lo demuestra la transformación que ya ha sufrido el vehículo privado. La idea de tener un coche propio está sufriendo un cambio radical. No se trata tanto de renunciar a las ventajas de este medio de transporte como de usarlo de una manera diferente. Ya ha comenzado a ser frecuente compartir el propio o el de otros, combinarlo con los desplazamientos en tren, patinete o bicicleta, o usarlo unas horas y dejarlo. En este nuevo escenario los fabricantes comienzan a considerar la opción de no vender coches, sino el derecho a su utilización parcial. De ese modo el usuario de fin de semana pagaría menos que quien lo necesite a diario, y lo mismo sucedería con quien lo quiera para sus desplazamientos en vacaciones o a una segunda residencia.

Claro que una cosa es decirlo y otra incorporar todas las tecnologías que lo harían posible. El reto está por delante, y es muy similar para todas las opciones de movilidad, incluido el transporte ferroviario. El mismo TrenLab de Renfe demanda empresas que sean capaces de mejorar la movilidad digital, la digitalización de operaciones y la logística a demanda. Términos técnicos que tienen en una conversación corriente tanto sentido como el ácido hialurónico de algunas cremas. Suena bien, pero pocos sabrán exactamente qué es. La paradoja, y ahí está la clave para entender nuestro presente e incorporarnos a él, es que hemos sido los usuarios los que generamos estas expresiones con nuestras nuevas conductas, y con el uso permanente de los teléfonos móviles.

Fotografía: Patier / Renfe.

La movilidad digital se refiere al proceso mediante el cual hemos cambiado de hábitos como consumidores. Alejándonos cada vez más de los canales publicitarios clásicos, preferimos la recomendación de un youtuber o una búsqueda en internet a un anuncio en televisión. Compramos en el momento en que se nos plantea la necesidad, o la oportunidad de hacerlo, y eso puede ser lo mismo en un bar, en nuestra casa, o en un descanso en la oficina. Pero en contra de lo que pueda pensarse, apenas un puñado de empresas pioneras han comprendido este cambio de comportamiento, incorporándolo a sus procesos de gestión. Cuando nuevos operadores entren en el mercado ferroviario de nuestro país, Renfe deberá haber mejorado este aspecto, y las startups que le ofrezcan soluciones tienen ahí una gran oportunidad para ser promocionadas.

La digitalización de las operaciones es otro de los términos que, bajo su indefinición, esconden una de las claves para explicar nuestra nueva sociedad. Un buen ejemplo que permite entender su repercusión se produjo en China a partir del año 1991. En ese momento la Unión Soviética se derrumbó, y los chinos interpretaron que la burocracia rusa se había vuelto insostenible por no haberse informatizado y puesto esos avances al servicio de sus ciudadanos. Acertada o no, la interpretación del gigante asiático llevó a su Gobierno a un esfuerzo enorme por hacer copias de las innovaciones informáticas norteamericanas. Copiaron lo mismo los buscadores que las redes sociales, e incorporaron el Gran Cortafuegos, esa barrera de censura que impide acceder a los servicios de internet externos al país, como YouTube. Ahora sus empresas han dejado de ser meras copias para incorporar avances propios, y similares a los que pueden estar haciendo Google o Twitter en Estados Unidos. Este caso nos permite comprender la importancia de digitalizarse a fin de sobrevivir. TrenLab, identificando esta necesidad social, aspira a servir al desarrollo de digitalizaciones nacionales, que puedan prescindir de los préstamos de terceros países.

Para que esta digitalización sea completa será necesario incorporar el blockchain, el big data y la inteligencia artificial al transporte. Lo que vuelve a enredarnos otra vez en la terminología técnica. Si en lugar de esas palabras dijéramos «cómo va a ser el dinero», «qué van a saber las empresas de mí» y «cómo funcionarán los ordenadores» todo parecería mucho más claro. Y lo es.

El dinero físico está tocando a su fin. Es una idea inconcebible, y cuando escuchamos que Dinamarca lo eliminará en 2030 tendemos a pensar que poseer monedas y billetes es más un derecho que una opción. La tecnología, que por sí misma no hace política, no trata de quitárnoslo, sino de darnos nuevas formas de pago, más seguras, más adaptadas al medio online, y hasta capacitadas para prescindir de los bancos. Esa sí que es una posibilidad sugerente. Precisamente el blockchain implica generar una transacción entre dos individuos o empresas sin pasar por terceros, evitando fraudes a la Hacienda pública y con la seguridad del cobro. En un futuro próximo un solo libro contable virtual, replicado en miles de ordenadores, garantizará la existencia de nuestro dinero, en lugar de los billetes o los números de la cuenta corriente. El efectivo será una cadena de blockchain, y reducirá los costes de cobro de las empresas, un ahorro que idealmente se trasladará al consumidor. Por todo ello, incorporar el blockchain a Renfe es otro de los retos que aspira a impulsar el TrenLab. Que el banco Santander haya empezado a usarlo da idea de su importancia, aunque también evidencia que, por mucha antipatía que despierten, las entidades financieras seguirán siendo actores imprescindibles de la economía.

Y qué hay del big data. Su nombre evoca los miedos a que las empresas invadan nuestra privacidad, pero en realidad lo que intentan es comprender cómo actuamos. Independientemente de algunas malas prácticas, el big data no busca el dato particular, sino estructurar toda la información que circula por internet para hacerla comprensible. Con su correcta aplicación al tráfico ferroviario, nunca volveríamos a esperar cola para pasar un control, no habría retrasos por averías —anticipando el momento en que la infraestructura necesita mantenimiento para no fallar—, y se nos ofrecería la mejor combinación personalizada de itinerarios y precios. Tener siempre una experiencia positiva como usuario parece un sueño, pero los datos para hacerlo están ahí, perdidos en el océano. Tan solo necesitamos una tecnología eficaz que permita pescarlos.

Hay muchas más digitalizaciones relevantes para el transporte, como la realidad virtual y aumentada, o la internet de las cosas. Pero quizá la más atractiva, por su denominación, sea la inteligencia artificial. No nos equivoquemos, suena bien pero aún no es inteligente. Al menos en el sentido humano de la palabra. Los procesos detrás de ella consisten en unir redes de ordenadores de tal modo que sean capaces de aprender algo. Por ejemplo, que esa persona a la que usted ve en la escalera es el vecino del tercero. Ese esfuerzo, mínimo para el ser humano, es complejo para la máquina, si bien una vez adquirida la capacidad lo realizará con mucha más eficacia. China, que ahora abandera muchos de estos procesos, ya localiza a criminales fichados mediante su sistema de cámaras de vigilancia. Es evidente que eso un grupo de policías humanos lo haría con menor eficacia. Trasladada al ámbito del transporte, la inteligencia artificial permitiría cosas como que un viajero frecuente sea reconocido por las cámaras de la estación, y que su rostro le sirva para viajar y pagar su viaje sin hacer nada más. Puede parecer ciencia ficción, pero solo es un proceso por desarrollar. Una vez más, los proyectos emprendedores y los viveros de empresas innovadoras resultarán fundamentales para lograrlo.

Pero si hay una razón por la que el transporte en tren va a ser determinante es porque, además del movimiento de personas, se ocupará del de las cosas. La logística a demanda ha otorgado a los ferrocarriles un nuevo protagonismo, especialmente debido a los grandes distribuidores en internet. El usuario aprovecha los nuevos catálogos que ya incluyen productos antes difíciles de encontrar en el entorno inmediato, o reservados a tiendas muy especializadas. Sacar de las carreteras el transporte de esas mercancías es el gran reto, y una enorme oportunidad de negocio. Pero también una asignatura pendiente.

La conclusión es clara. Uno de los campos con más desarrollo para las startups es la movilidad, y no hace falta fabricar Teslas para convertirse en el próximo Elon Musk. Aquellos que tengan una idea tienen abierta ya la primera ronda de convocatorias en TrenLab. Y es que el futuro, hoy, se empieza a construir sobre las vías del tren.


Se vende Manhattan a cambio de nuez moscada

Día de la inauguración del Empire State Building, 1931 (DP).

Los holandeses, que mantuvieron no una, ni dos, sino cuatro guerras y media contra los británicos por el dominio mundial de las rutas comerciales, salieron tan contentos ellos de la firma del Tratado de Breda (1667). Se habían asegurado el control del archipiélago indonesio de Banda, al adjudicarse la pequeña isla de Run. En ella se habían hecho fuertes décadas antes los británicos y desde allí habían lanzado sangrientas ofensivas contra los holandeses para arrebatarles el poder en ese pequeño grupo de islas volcánicas. La paz de Breda ponía fin a una pugna territorial que había segado cientos de vidas de uno y otro bando con un acuerdo que arrebataba a los británicos toda expectativa sobre Banda a cambio de reconocerles su poder sobre lo que creyeron un premio de consolación: el trozo de tierra descubierto por Richard Hudson (británico, pero a las órdenes de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales) al que con el tiempo se conocería como Manhattan.

¿Quién podía prever entonces la construcción del canal de Erie, la apertura de las comunicaciones desde Nueva York hacia los Grandes Lagos y el corredor norte-sur por el Misisipi? ¿Quién habría apostado que Nueva York saldría vencedora, en la carrera por el protagonismo, frente a Boston y Filadelfia? Run pareció entonces el gran botín de la contienda porque en las islas de Banda se cultivaba en exclusiva la nuez moscada, considerada un afrodisíaco con propiedades curativas, antisépticas y antihistamínicas, utilizada desde para aliviar los dolores del parto hasta para conservar alimentos, además de como condimento en las comidas. Una especia que se vendía en Europa a trescientas veces el precio pagado por su adquisición en Run. Oro en grano.

La historia está llena de transacciones, de intercambios, de compras y ventas a los que el tiempo quitó la razón. De terribles resacas tras grandes festejos, como los que celebraron los holandeses tras echar su firma en Breda. Desde la entrega de Alaska por Rusia para pagar un préstamo, en la ignorancia del oro y el petróleo que se escondía bajo el hielo, a la pírrica transacción por la que el farmacéutico John Pemberton se deshizo de su invento, la Coca Cola, es imposible abarcar todos los ejemplos de operaciones que el tiempo vistió de errores garrafales. Casi detrás de toda persona de éxito empresarial hay otra dándose cabezazos por no haber visto la oportunidad que el otro intuyó o se encontró por casualidad, o por haber apostado a un activo equivocado. Compras y ventas anunciadas a bombo y platillo, teóricos éxitos que acabaron en desastre o supusieron un tremendo error constituyen la historia paralela, el reflejo maldito y muchas veces silenciado de quien sí triunfó con la transacción, ese que estaba enfrente estrechando la mano para cerrar el acuerdo y al que muchas veces los focos no prestaron la atención debida en un principio.

Bubbles, bubbles

Las burbujas son el caldo de cultivo perfecto para las transacciones reversibles, aquellas en las que parece que uno es el más tonto y otro el más listo del negocio hasta que el estallido les hace intercambiar los papeles. «En todo colapso económico hay hombres que compraron a precios que sabían ficticios pero que estaban dispuestos a pagar porque creían poder encontrar a alguien mucho más loco que ellos que les quitase la propiedad de las manos y les dejase un beneficio», rezaba un editorial del Chicago Tribune en 1890.

¿Cómo de ficticio? Dos medidas de trigo, cuatro de centeno, ocho cerdos, doce ovejas, dos odres de vino, cuatro toneladas de mantequilla, un millar de libras de queso, una cama, varias prendas y una taza de plata fue el precio que se llegó a pagar, entre 1636 y 1637, por un bulbo de tulipán Viceroy valorado en dos mil quinientos florines, que nadie veía porque estaba bajo tierra. Le quedaba medio año para brotar. Había estallado la manía de los tulipanes en Holanda, una de las burbujas más famosas de la historia, y las compraventas seguían frenéticas pese a que la cosecha estaba sembrada. Estaban seguros de que el precio del tulipán no dejaría de subir y siempre habría un beneficio en la venta por disparatado que fuese el precio de compra. Ya saben lo que pasó después. Boom.

Quizás esa confianza en que el precio de algo no va a bajar explique los quinientos veintiocho millones de dólares que le pagó el Santander en el año 2000 a Wenceslao Casares por el setenta y cinco por ciento de Patagon, entonces el primer portal financiero de América Latina, además de mantener a Casares al frente de la web latinoamericana para que extendiese su influencia abriendo portales en diferentes países. Las puntocoms estaban en todo su apogeo. Era tan moderno subirse al carro. Ángel Corcóstegui, entonces consejero delegado del banco español, se liberó el día de la presentación del acuerdo de su hasta entonces perenne corbata para no dar el cante entre aquellos chavales que iban con gorra y camiseta. Una licencia estética que tuvo su reflejo tenebroso en los negocios. El Santander dejó manos libres a Casares para que gastase lo que fuese preciso en los planes de expansión. Cuando todo se vino abajo en la primavera de 2002 junto con el estallido de la burbuja puntocom, Casares dejó clara la causa del desastre: «Nos dieron un cheque en blanco y no supimos aprovecharlo. Hoy puedo decir que en dos años tiramos a la basura doscientos setenta millones de dólares (al margen de lo pagado en la compra) y no logramos absolutamente nada de lo que les prometimos a los españoles». Sincero era.

Hablar de burbujas y operaciones fallidas en los albores de un estallido obliga a mirar a España y a los acontecimientos económicos de la última década. Los titulares de la prensa destacaron, en septiembre de 2006, que la inmobiliaria Martinsa lanzaba una oferta para comprar la totalidad de Fadesa y convertirse en el segundo grupo inmobiliario de mayor tamaño en España. Coste: más de cuatro mil millones de euros. Nadie eligió como mensaje principal, por ejemplo, que la familia Jové se estaba deshaciendo a precio de oro (dos mil doscientos millones de euros) de su parte en aquel monstruo de ladrillo, tan solo unos meses antes de que la crisis de las hipotecas subprime en los Estados Unidos empezase a liarla parda detonando, entre otras, la burbuja inmobiliaria española.

En el verano de 2008, Martinsa Fadesa entraba en concurso de acreedores, una expresión innecesaria y confusa que ha sustituido a otra mucho más clara: suspensión de pagos. Si querían batir récords, lograron el de la mayor suspensión de pagos de la historia de España, porque echaron el candado a la caja de los pagos para empezar a negociar con sus acreedores cuando acumulaban una deuda de siete mil millones de euros. Los acuerdos, los aplazamientos, las quitas no sirvieron para mucho. En 2015, Martinsa Fadesa entraba en liquidación. Sus suelos, edificios acabados, edificios a medio terminar están en pleno proceso de subasta, a ver qué se puede sacar.

No se crean, no fue Fernando Martín, el expresidente del Real Madrid y de Martinsa, el único que hizo la peor jugada en el peor momento, en plena escalada bursátil de las empresas inmobiliarias, preludio del estallido definitivo. Tampoco el primero. El 28 de julio de ese mismo año 2006, la inmobiliaria Reyal había presentado una oferta para quedarse con el total de Urbis. Le pagó a Banesto y a ACS tres mil trescientos millones de euros.  La filial del grupo Santander, cuya presidenta (entonces Ana Patricia Botín, hoy al frente de todo el grupo) se había pasado años diciendo que no vendía Urbis, que daba dinero, que no había burbuja y que los reyes no eran los padres, soltaba el ascua un año antes de que estallase la crisis de las hipotecas basura, los bancos de todo el mundo perdiesen la confianza los unos en los otros por el tamaño del trozo pocho que podían tener todos en casa y reventasen los cimientos de la economía española mientras los políticos seguían haciéndole fotos a lo bonita que estaba la fachada.

Vistas desde el mirador del Empire State Building, ca. 1931. Fotografía: Library of Congress (DP).

A veces no ha sido la convicción de obtener una ganancia, sino el afán de protagonismo lo que ha hecho a algunos subirse a lomos de una burbuja cuando esta se acercaba a su inevitable final. A finales de los años veinte del siglo pasado, John Jakob Raskob, exvicepresidente de General Motors, se enteró de que Walter Chrysler quería construir el rascacielos más alto de Manhattan (la que sería la Torre Chrysler) y compró, por veinte millones de dólares, los terrenos situados entre las calles 33 y 36 de la Gran Manzana, donde se encontraban los hoteles Waldorf y Astor. Los hoteles fueron demolidos en 1929 con la intención de construir en ellos el techo de Nueva York y frustrar las intenciones de Chrysler. Para lograrlo, Raskob llamó a su despacho al arquitecto William Frederick Lamb y le dijo: «Bill, ¿qué es lo más alto que puedes construir sin que se caiga?». El 1 de mayo de 1931, un año y siete meses después del crash económico más famoso de la historia (hasta que llegó la Gran Recesión), se inauguraba el Empire State Building, un edificio con tanto espacio que tenía su propio código postal. Las visitas a su mirador lo salvaron de la quiebra, porque lo que fueron las oficinas no encontraron inquilinos hasta alguna década después, lo que provocó que los neoyorquinos rebautizasen el edificio como Empty State Building. El Empire no dio dinero hasta 1950. Entonces sí, era vendido por la cifra récord de cincuenta y un millones de dólares.

El pez grande  

Otras veces lo relevante de una compra que se anunció como una genialidad estratégica es qué acaba ocurriendo con la empresa adquirida, sobre todo cuando pasa a formar parte de un grupo de gran tamaño. Un ejemplo claro es lo ocurrido con Telefónica y su adquisición en agosto de 2010 de lo que entonces era una red social: Tuenti. La empresa fundada por Zaryn Dentzel había logrado tal éxito en este país que estuvo durante el tiempo suficiente por delante de Facebook en España como para hacer que la firma de Mark Zuckerberg tomase la decisión de abrir oficina aquí para estudiar sobre el terreno lo que estaba pasando. No es seguro que Tuenti hubiese resistido en solitario. Los costes derivados de su propio éxito lo llevaron al borde de la asfixia.

Las grandes empresas compran muchas veces el éxito que, con sus gigantescas estructuras, no son capaces de crear desde cero con la frescura con la que un grupo reducido de personas se lanza a la innovación. Y si no saben crearlo (Telefónica había intentado años antes competir con Tuenti con su propia red social, Keteke), tampoco mantenerlo. Los setenta millones de euros que Telefónica pagó por el 90 % de Tuenti, a pesar de que mantuvo al frente durante años a Dentzel y al resto del equipo directivo, no sirvieron para hacer una red social más fuerte. De hecho, ya no es una red social. Telefónica lanzó un operador móvil con la marca Tuenti y en febrero de 2016 anunciaba que iba a ir apagando gradualmente la red social. Ahora es una teleco. Una hija adoptiva de Telefónica dedicada a dar telefonía móvil. Y sigue perdiendo mucho dinero, aunque sus ingresos crezcan.

Otra marca que ha estado al borde de desaparecer tras protagonizar sonados cambios de manos es Motorola. La histórica firma estadounidense de telefonía móvil fue comprada por Google en 2011 por doce mil quinientos millones de dólares. Menos de dos años después, el buscador la vendía por dos mil novecientos diez millones de dólares. No se me ha caído ninguna cifra. Vale, antes había vendido Motorola Home por dos mil trescientos cincuenta millones. Y conservó las patentes. Y obtuvo ingresos durante el tiempo que fue dueña del fabricante. Y créditos fiscales para pagar menos impuestos durante un tiempo. Lo que quieran. En el fondo lo que pasó fue que Google quiso jugar a ser el que vendía la harina a todos (casi todos) y hacía su propio pan. Seguir haciendo que Android alimentase las tripas de un número creciente de fabricantes de terminales móviles y a la vez poder crear sus propios dispositivos pensados desde cero para Android y competir contra el resto. Ser Apple pero ofreciendo Android a los demás, que muy contentos no es que se mostrasen con la idea. Suerte tuvo Eric Schmidt, según desveló The Wall Street Journal, de que Yang Yuanqing, consejero delegado de Lenovo, respondiese a su llamada a finales de 2013 y le dijese que sí, que seguía interesado en comprar la parte de los cacharros de Motorola, con la que ya había intentado hacerse cuando Google anunció que compraba la firma.

Sinceramente, no lo veo

Hay quien se equivoca comprando, hay quien tiene la riqueza en casa y no lo ve, aunque le pase cada día por las narices una y otra vez, y hay quien vende cuando ha encontrado la fórmula del éxito. Ray Kroc compró McDonald’s a Richard y Maurice McDonald en 1954. El comerciante se había quedado alucinado con la posibilidad de hacer una hamburguesa tan buena como la que hacían aquellos dos hermanos de San Bernardino (California) con la suficiente velocidad como para atender sin que se desesperasen al montón de coches que guardaban cola esperando comprar aquel producto, que encima era barato. La fórmula habían tardado en encontrarla ocho años los McDonald, que sufrieron lo suyo hasta que llevaron a su cocina la idea de la cadena de montaje de Henry Ford. Kroc logró convencerlos para que se asociaran con él e inició la tarea de abrir McDonald’s con la fórmula de franquicias, obsesionado por conseguir que, estuviesen donde estuviesen, las hamburguesas y las patatas tuviesen el mismo sabor. Tanto esfuerzo no tenía la recompensa debida, porque la mayoría de la ganancia derivada de las franquicias acababa en manos de los hermanos que habían ideado el sistema de comida rápida. Entonces Kroc les ofreció comprar la empresa. Dudaron. Dijeron que no. Y acabaron por pedir una cifra que al principio todos creyeron disparatada: 2,7 millones de dólares. Kroc primero lo rechazó pero luego lo pensó mejor. Y dijo sí.

George Lucas y los derechos de merchandising de Star Wars; Decca Records y su rechazo a los Beatles; Western Union renunciando a la patente del teléfono. Es imposible detenerse en todos los ejemplos, pero hay uno que la pena destacar.

IBM vs. Microsoft

En 1980, IBM pone en marcha el proyecto IBM PC o IBM 5150. El sistema operativo dominante en el incipiente mercado de los ordenadores personales era el CP/M, creado por Gary Kildall, un profesor de computación que había tenido acceso al primer microprocesador, el Intel 4004. IBM negoció con Kildall y su esposa para incluir en su PC el sistema CP/M, pero un desencuentro con las cláusulas de confidencialidad y la fórmula de cobro (en bloque o por licencia) truncó las negociaciones. Aquel error fue aprovechado por Bill Gates en una jugada que fue el germen del dominio de los sistemas operativos de Microsoft en los ordenadores personales de todo el mundo, aún abrumadora hoy en día. Gates compró por cincuenta mil dólares a Tim Paterson (propietario de Seattle Computer Products) el sistema operativo que había desarrollado, el Q-Dos, basado —por no decir una copia— en el CP/M de Kildall. Le cambió el nombre por el de MS-DOS y se lo vendió a IBM, no sin antes asegurarse de que el gigante azul le permitía vendérselo a otros fabricantes. Los intentos de demanda de Kildall acabaron en un mal acuerdo con IBM por el que su sistema operativo se usaría también en ordenadores personales, pero la licencia era tan cara en comparación con la de Microsoft que el triunfo indiscutible fue para el sistema propiedad de Bill Gates.


Toma los datos y corre: guía básica de usuario para la GDPR

Foto: Dennis van der Heijden (CC).

25 de mayo de 2018, anotad esta fecha, las reglas del juego de los datos de internet cambian desde hoy para todos los ciudadanos europeos. Llega la GDPR (General Data Protection Regulation), en español: Reglamento General de Protección de Datos.

Por primera vez en la historia se reconocen los derechos de nosotros, los usuarios de internet, sobre nuestra propia información, por primera vez se definen los límites y por primera vez se regula el uso por parte de las empresas.

Si eres de los que aplaudió viendo a Zuckerberg tragar saliva ante el Senado de los Estados Unidos, si estás harta de que desde que pasaste los treinta toda la publicidad que rodea lo que lees sean métodos para aumentar la fertilidad, o si, simplemente, te preocupa no tener control sobre adónde va a parar la información que internet guarda sobre ti, esto te va a encantar.

Empezamos.

De qué hablamos cuando hablamos de datos

Quienes aún conservamos un inconsciente analógico, cuando pensamos en nuestros datos personales seguimos visualizando un cuestionario en una hoja en blanco, donde debe constar: nombre, apellidos, fecha de nacimiento, DNI, dirección postal… Pero no, no hablamos de eso, o al menos no solo. Hace mucho tiempo que nuestros datos han crecido, han mutado y se han multiplicado, lo interesante acerca de nosotros no es nuestro nombre del bautismo ni la dirección postal. Lo que en este siglo XXI se ha revelado como la verdadera fuente de riqueza es el análisis y recopilación de información acerca de nuestros hábitos, especialmente de consumo. La ubicuidad de los teléfonos móviles ha sido una ayuda inestimable para la recopilación detallada de todas nuestras preferencias en la vida diaria, adonde nunca llegó el ordenador han llegado ellos.

La GDPR, en su un glosario de términos, define como «datos personales»:

toda información sobre una persona física identificada o identificable («el interesado»); se considerará persona física identificable toda persona cuya identidad pueda determinarse, directa o indirectamente, en particular mediante un identificador, como por ejemplo un nombre, un número de identificación, datos de localización, un identificador en línea o uno o varios elementos propios de la identidad física, fisiológica, genética, psíquica, económica, cultural o social de dicha persona.

Sobre estas cinco líneas se sostiene el que a partir de ahora será uno de nuestros derechos fundamentales en las redes sociales y el mundo virtual.

Quizá, si nos preguntasen cuáles son los datos que constan en internet sobre nosotros, mencionaríamos los considerados datos directos: nombre, dirección, número de identificación, número de teléfono, datos bancarios, etc. Sin embargo, el reglamento, al especificar que los rasgos identificadores pueden ser tanto directos como —y aquí está la clave— indirectos, abre el arco de posibilidades protegiendo a los usuarios frente a las empresas en un gesto sin precedentes.

Así, desde ahora mismo, serían considerados datos personales de identificación indirecta: nicknames o alias, datos que tengan que ver con la salud, el aspecto físico, en qué lugares utilizas determinadas aplicaciones, la renta, la genética, la economía, tus preferencias, tus compras … y todo el abanico de posibilidades que internet y los teléfonos móviles nos vayan poniendo a nuestro alcance en los próximos años.

¿Quiere esto decir que ahora las empresas ya no nos van a poder pedir información a los usuarios?

No, de hecho seguirán haciéndolo, así como seguirán utilizando la información sobre nosotros que tenían hasta ahora. La clave de lo que significa esta nueva legislación tiene más que ver con los derechos que nos otorga a nosotros, usuarios, ante las compañías que manejan nuestra información. Con esto llegamos a uno de los puntos que a partir de hoy supondrán un cambio de paradigma:  

El consentimiento

Para abreviar, asumamos sin pudor que hemos entrado en páginas o aplicaciones aparentemente inofensivas, en las que de repente nos ha asaltado una ventanita que decía: «Al utilizar esta aplicación usted acepta las condiciones de uso…», y nosotros hemos seguido adelante sin darle la menor importancia, con la tranquilidad de quien espanta una mosca. Hemos sido capaces de negarnos a firmar una multa o un acuse de recibo pensando que nos compromete demasiado, pero, tal vez porque el ratón no se parece a nuestra firma personal, hemos dicho sí a todo durante años en nuestra vida digital.  

Esto no volverá a pasar.

Según el artículo 7 punto 2, deben darse una serie de condiciones para que el consentimiento sea legal en caso de que sea por escrito:

2. Si el consentimiento del interesado se da en el contexto de una declaración escrita que también se refiera a otros asuntos, la solicitud de consentimiento se presentará de tal forma que se distinga claramente de los demás asuntos, de forma inteligible y de fácil acceso y utilizando un lenguaje claro y sencillo. No será vinculante ninguna parte de la declaración que constituya infracción del presente Reglamento.

En pocas palabras, se acabó la letra pequeña, las notas a pie que enmiendan un texto general, o el hacer clic para admitir los términos y condiciones y al mismo tiempo la newsletter de la compañía.

El consentimiento debe ser afirmativo, activo, especificado y documentable, bien sea por escrito o grabado. Solo sí será sí.

3. El interesado tendrá derecho a retirar su consentimiento en cualquier momento. La retirada del consentimiento no afectará a la licitud del tratamiento basada en el consentimiento previo a su retirada. Antes de dar su consentimiento, el interesado será informado de ello. Será tan fácil retirar el consentimiento como darlo.

En este párrafo se resume perfectamente la situación de indefensión en que habíamos vivido hasta ahora. El consentimiento no debe ser una trampa sin salida, sino un acuerdo, y por tanto, si los términos del acuerdo cambian o mudan mis preferencias, tengo que tener derecho a romperlo, como una persona libre. Todo lo demás es abusivo.

¿Quiere esto decir que a partir de ahora todas las aplicaciones que tenemos instaladas en nuestro teléfono deberán pedirnos autorización cada vez que reciban datos nuestros?

No necesariamente, para toda la información que la aplicación deba utilizar con un interés reconocido como «legítimo», es decir, absolutamente necesario para su funcionamiento, no es necesario dar consentimiento porque se considerará implícito en el uso.

Por ejemplo:

Si te bajas una aplicación de alquiler de bicicletas, es normal que conlleve un servicio de geolocalización, que probablemente vendrá detallado en los «Términos y condiciones» o en la «Política de privacidad», sin el cual la aplicación no podría funcionar.

Ahora bien, no tendría sentido que cuando comprases unas entradas para el cine, por ejemplo, se guardasen datos de tu ubicación en el momento del uso sin pedirte consentimiento explícito, porque no son necesarios para realizar la transacción.

Mis datos son míos, ¿y ahora qué?

Hasta hace poco, conseguíamos deducir mínimamente adónde habría llegado nuestra información personal por la publicidad que recibíamos. A partir de hoy, puesto que somos reconocidos como dueños con derechos, podemos exigir saber qué datos exactamente constan en poder de una compañía y para qué utiliza esa información.

En los artículos 13, 14 y 15 de la GDPR se articulan las condiciones para el acceso a la información personal en poder de una empresa; tal acceso debe ser, al igual que el consentimiento, inmediato y facilitado.

¿Por qué esto es importante?

Pues porque en caso, supongamos, de que una red social o una aplicación quiera utilizar nuestros datos para estadísticas, para almacenarlos sin más o pretendan venderlos a otra empresa, ya no podrán hacerlo a nuestras espaldas.

Nuestra información personal es una propiedad, un bien no tangible pero cuantificable, que ponemos en manos de una empresa pero que en ningún momento le hemos regalado, sino que está depositado bajo custodia. Por eso tenemos derecho a exigir responsabilidades en cualquier momento, solicitar información para controlar cómo está siendo cuidada nuestra propiedad y tener conocimiento de si está siendo utilizada y con qué fin.

Tenemos claro, entonces, que nuestros datos personales son nuestros, que tenemos derecho a reclamarlos, vigilarlos y llevárnoslos adonde queramos.

¿Eso es todo? No; el dueño legítimo de algo es aquel que tiene el poder para destruirlo.  

Derecho al olvido

¿Cuántas veces hemos intentado anular una suscripción o borrarnos en una web y no hemos encontrado cómo? ¿Cuántas veces, aun después de borrarnos, seguían llegando e-mails pidiéndonos que volviéramos o diciéndonos que nuestros amigos nos echaban de menos? ¿Cuántas veces hemos pensado que este abuso debería estar penalizado?

En el artículo 17 se detallan todos los supuestos en los que el usuario tiene derecho a que sus datos sean borrados inmediatamente. Aparte de todos los supuestos de irregularidad, el fundamental es:

… estará obligado a suprimir sin dilación indebida los datos personales cuando concurra alguna de las circunstancias siguientes:

(…)

b) el interesado retire el consentimiento en que se basa el tratamiento de conformidad con el artículo 6.

Reconocer que una persona tiene derecho a cambiar de opinión, es decir, a revocar su consentimiento, es adjudicarle un patrón de pensamiento inteligente, basado en juicios y preferencias que son susceptibles de evolucionar y cambiar. Nosotros, usuarios, dejamos legalmente de ser sujetos pasivos, gracias a que se nos reconozca el derecho a querer hoy una cosa y mañana otra.

La figura del consentimiento es el matiz que lo cambia todo, aquí y en la vida en general.

La parte contratante de la primera parte

El Reglamento General de Protección de Datos ampara a todos los ciudadanos de la UE y es de obligatorio cumplimiento para todas las empresas, sean europeas o no, que procesan datos de ciudadanos miembros de la Unión. En caso de no observar este reglamento, las compañías tendrán que afrontar multas administrativas de hasta veinte millones de euros o el 4% del valor de su negocio, dependiendo de la gravedad de los hechos.

Esto quiere decir, a modo de resumen, que somos los primeros ciudadanos de la historia digital en ostentar la titularidad de nuestro bien más valioso: los datos personales. Las compañías solo podrán usarlos y almacenarlos con nuestro consentimiento activo y documentado, podremos acceder a nuestra información personal cuando queramos, tanto para consultarla como para corregirla, hacer uso de ella o borrarla.

A partir de este momento, dejemos de mirar a las empresas de internet como centros de acogida gratuitos y tengamos presente que, cada vez que volvamos a pulsar «Aceptar» sin haber leído, estamos cediendo un control que tenemos reconocido legalmente.

No valdrá quejarse luego.

La próxima vez que, como hacía el Frente Popular de Judea con los romanos, alguien pregunte: «¿Qué ha hecho Europa por nosotros?», además de la moneda única, de la libre circulación y residencia en los países de la UE, del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, de haber suprimido el roaming y de habernos dado la paz, no olvidéis añadir que ha obligado a los monstruos de internet a entregarnos a los ciudadanos europeos el título de propiedad y los derechos sobre nuestros datos personales.

Puedes consultar la GDPR íntegra en español aquí.


Borra esa sonrisa de tu cara: no tener cuenta en Facebook no te salva de que tengan tu perfil

Mark Zuckerberg testificando en el Senado de EE. UU. Fotografía: Aaron P. Bernstei / Cordon.

Aprendimos varias cosas durante las diez horas que Mark Zuckerberg pasó respondiendo preguntas en el Senado y el Congreso de los Estados Unidos. Pero hay una particularmente indignante: no hace falta ser usuario de Facebook para que Facebook tenga guardado tu perfil. Peor aún: para saber lo que dice, tienes que hacerte usuario de Facebook.

Hasta seiscientas preguntas tuvo que responder Mark Zuckerberg la semana pasada frente a los legisladores del mundo libre. La mayor parte de sus respuestas se pueden resumir en dos: no tengo la respuesta a esa pregunta y los usuarios lo han querido así. El fundador de Facebook repitió una y otra vez que los usuarios eran dueños de sus datos, que ellos mismos elegían compartirlos con quien ellos mismos querían y que tenían herramientas para gestionarlos de la manera que mejor se ajuste a su estándar de privacidad. Esto falta a la verdad de muchas maneras distintas. Las desgranamos, de la más fea a la peor.

La primera, porque la mayor parte de los usuarios no entienden los términos de usuario que firman al entrar. Esto no es una falta de dejadez, incompetencia o desidia. Facebook ha sido denunciado en numerosas ocasiones por tener un contrato farragoso, interminable y premeditadamente ilegible para cualquiera que no sea especialista en derecho digital. Lo que resulta muy conveniente para la rápida expansión de su negocio, que es transformar los datos de millones de personas en perfiles segmentados para industrias como la publicitaria, alimentaria, tecnológica, sanitaria, cosmética o farmacéutica.

El contrato está diseñado para que el aspirante a usuario lo mire, sin entender nada y lo firme convencido de que sus derechos serán respetados por una de las empresas más poderosas del mundo. No lo acepta sabiendo lo que acepta, sino pensando que algo que cientos de millones de personas no puede ser tan peligroso. Que ahora Zuckerberg les haga responsables es fundamentalmente hipócrita, porque todo el proceso está cuidadosamente diseñado para que ocurra exactamente así.

La segunda, porque las opciones que ofrece la plataforma para gestionar los datos de los usuarios son restrictivas para los demás usuarios, pero no para la propia Facebook y sus tres millones de partners. La prueba incontestable es que nadie puede borrar sus datos de la plataforma, solo sacarlos de la interfaz. Beth Gautier, portavoz de Facebook, se lo explicaba no hace mucho tiempo al Times: «Cuando borras algo, nosotros lo sacamos para que no sea visible o accesible en Facebook». Irónicamente, borrar tu cuenta es la manera más directa de perder el poco control que tienes sobre tus datos, porque ya no tienes acceso a ellos.

Tanto si borras una conversación como si eliminas tu cuenta de usuario, lo que borras es el acceso a esos datos por parte de otros usuarios y de ti mismo, que ya no puedes modificar esa información ni aplicarle distintos filtros porque parta ti ya no existe. Pero esa información permanece accesible para Facebook y sigue siendo útil a sus anunciantes en las campañas que ellos quieran, sin pedirte permiso jamás. Esto incluye todo lo que has hecho en Facebook, incluyendo las cosas que has escrito y que has borrado antes de publicar.

¿No lo sabías? Facebook guarda todo lo que tecleas, incluso si nunca llegaste a publicarlo. Lo descubrimos gracias a una investigación sobre la autocensura en la red. Facebook sabe si te ibas a declarar a una chica y no lo hiciste por pudor (con precisión meridiana, incluyendo la hora, el lugar y el contexto de la conversación). Sabe si le ibas a pedir dinero a tu hermana y al final te dio vergüenza. Guarda todos los comentarios envenenados que, por suerte, no te atreviste a publicar. Nada de lo que haces o dices se pierde como lágrimas en la lluvia; todas quedan atrapadas para siempre en una nube de servidores, cables, routers, antenas y bloques de refrigeración. Eso es porque nunca han sido tuyas. Siempre han sido de Facebook, Inc.

La mentira del consentimiento

Si el usuario de Facebook fuera el dueño de los datos que tiene Facebook, sabría exactamente qué datos son esos y tendría el poder de modificarlos o borrarlos para siempre. Ya sabemos que esto no es así. Pero ¿y si nunca has dado tu consentimiento porque nunca has sido usuario de su red social? ¿Cómo puedes consentir o gestionar el uso de tus datos si ni siquiera sabes que existen?

La prueba definitiva de que el único dueño de los datos en Facebook es la propia Facebook es que acumula perfiles de personas que nunca han dado su consentimiento ni han estado de acuerdo con los términos de usuario ni han posteado ni comentado ni pokeado ni aceptado ninguna interacción con la red social porque, simplemente, nunca han tenido cuenta en Facebook. Y lo más sangrante es que, para poder acceder a esos datos, tienen que hacerse usuarios de Facebook, irónicamente otorgando permiso a la empresa de Zuckerberg para tener información que ha estado guardando sin permiso hasta entonces. El demócrata Ben Luján de Nuevo México se lo reprochó claramente durante el interrogatorio.

Efectivamente, Facebook tiene perfiles sobre personas que no son usuarios de Facebook. Esta clase de información se llama «shadow profile» (perfiles oscuros) y significa que, si has sido lo bastante listo como para no hacerte ninguna cuenta en esta red social, ellos siguen teniendo tus datos. Según Zuckerberg, hay dos razones. La primera, porque tienen otra empresa de publicidad fuera de Facebook. La segunda, por seguridad.

¿Cómo consigue los datos de no usuarios?

Primero el negocio. Facebook tiene trackers repartidos por toda la red: las habituales cookies, pero también los botones de «me gusta», o «compartir» y los plugins de sus partners para seguir a sus usuarios. Todos los lugares donde hay un logo de Facebook hay trackers, y estos trackers acumulan datos para los perfiles de Facebook, aunque el visitante no pinche en el logo, no esté logueado en Facebook o ni siquiera tenga cuenta allí. Varias agencias europeas de protección de datos les llamaron al orden por este motivo en 2016 y Facebook dijo que se trataba de un error informático. Curiosamente, al mismo tiempo patentaba un método para «comunicar información sobre las actividades del usuario mientras esta en otro dominio». Ese error informático se llama Facebook Connect. Y el servicio que lo vende se llama Audience Network Ad.

Una vez más, Zuckerberg argumenta que el usuario puede pedir no ser trackeado. «Cualquiera puede elegir quedarse fuera de los mecanismos de captura de datos para publicidad —le dijo a Luján— tanto si usa nuestros servicios como si no». Una vez más, esto es relativamente cierto. Mientras que en 2014, Google accedió a no cruzar los datos de sus cookies publicitarias con los de los usuarios de sus servicios (no sabemos si lo cumplen o no), Facebook requiere que se acojan a las opciones que proporciona la industria. Esto es: la Digital Advertising Alliance en Estados Unidos, en Canada y en Europa respectivamente.

En cuanto a la seguridad, Zuckerberg dijo primero que se rastrea a no usuarios o a usuarios no logueados para proteger el sistema de otros programadores: «Necesitamos saber quién trata de recoger datos públicos y acceder a nuestros servicios para impedir este tipo de rastreo». Y luego que vigilan a sus propios usuarios para que no cometan fechorías: «Tiene que haber detalles en el modo en que usas Facebook, incluso cuando no estás logueado, que tenemos que vigilar para asegurarnos de que no estás abusando del sistema». Es difícil entender lo que dice porque en ningún caso tiene sentido. Primero, porque acceder de manera mecánica a información pública es lo mismo que hace Facebook, y hacerle la competencia a Facebook todavía no es ilegal. Segundo, porque si no estás logueado como usuario entonces no puedes abusar del sistema.

Lo interesante es que Zuckerberg quiere sugerir que los únicos perfiles oscuros de no usuarios de Facebook son de hackers, malandrines y programadores de marketing online. La verdad es que cualquiera que esté en los contactos telefónicos o del Messenger de un usuario de Facebook es susceptible de convertirse en «persona que quizá conozcas» y generar un perfil oscuro sin tener usuario ni cuenta. A partir de aquí, el perfil solo puede crecer. Pero esta es una de las preguntas para las que Mark Zuckerberg no tenía respuesta. Cuando el senador Luján le preguntó si sabía lo que era un perfil oscuro, le respondió: no estoy familiarizado con el término. Qué le vamos a hacer.

Fotografía: Cordon.