¿Puede la fantasía salvar a la novela en la década que viene?

Fotografía: Sam Greenhalgh (CC BY 2.0).

El 5 de febrero de 2019 fue un día peculiar en las librerías de Nueva York. El autor de estas líneas lo pudo comprobar en persona. Aquel día muchas librerías del noroeste de Brooklyn —centro de la vida literaria de la ciudad desde hace tiempo— colocaron en posiciones privilegiadas de sus establecimientos montones de ejemplares de una de las novedades literarias más esperadas de la temporada. El goteo de lectores ávidos por hacerse con su preciado ejemplar se prolongó toda la mañana. Pósteres promocionales en los escaparates. Aire generalizado de gran evento literario. La situación no era inédita, ni mucho menos. La maquinaria promocional de los Big Six —los seis grandes grupos editoriales americanos— todavía puede crear grandes hypes todas las temporadas y estar a la altura de las circunstancias: colonizar portadas, colonizar expositores, convencerte de que necesitas leer la novedad de turno.

Lo curioso del caso del 5 de febrero, lo que hizo que la situación chocara al autor de estas líneas, era el libro que estaba siendo promocionado en las librerías de más prestigio de la ciudad. Se trataba de Black Leopard, Red Wolf, la cuarta novela de Marlon James, autor jamaicano afincado en Nueva York que hace cinco años se convirtió en el niño mimado de la crítica literaria y del público «exquisito» con su novela A Brief History of Seven Killings, una intriga político-criminal a la manera de James Ellroy basada en el asesinato de Bob Marley. Lo chocante no era el autor, sino la novela en sí. Black Leopard, Red Wolf es una novela de espada y brujería. La pretenciosa (y decididamente elitista) intelligentsia literaria neoyorquina estaba acudiendo en masa a comprar un libro de ochocientas páginas lleno de brujas, demonios, combates con espadas y arcos, ogros, elfos oscuros y una banda de héroes provista de parecidos estructurales con cierta Compañía del Anillo.

Quiero incidir una vez más en esto. Black Leopard, Red Wolf no es una novela con toques de fantasía. No es una novela literaria que hace uso de recursos de género. No es una novela especulativa «de ideas». No es realismo mágico. Que eso triunfe entre el lector «serio» es mucho más común. Philip Roth escribió una novela de ciencia ficción. Margaret Atwood, Salman Rushdie, Murakami, qué sé yo. Joder, hasta John Updike escribió una novela de ciencia ficción. Black Leopard, Red Wolf no es ninguna de estas cosas. Es el primer volumen de una saga fantástica pura y dura, sin disculpas, sin coartada, sin doble fondo metafórico. Es lo que ese mismo lector «serio» hace diez años habría considerado el equivalente en forma de libro a las palomitas con mantequilla.

La misma noche del 5 de febrero, el autor de estas líneas asistió a la presentación de la novela en Brooklyn, la primera fecha de la gira nacional de Black Leopard. Pese a llegar con veinte minutos de antelación, no consiguió entrar en el local abarrotado de la librería (la concurrencia triplicaba el aforo); tuvo que colarse por una puerta de atrás cuando los empleados de la librería no miraban y avanzar por entre una presa mortal de cuerpos hasta conseguir un sitio desde el que se pudiera vislumbrar de lejos al autor. Acabada la lectura, el autor de estas líneas casi murió arrollado por la avalancha de fans que se abalanzaron para conseguir su ejemplar firmado.

No creo que se me pueda recriminar el hecho de sentirme sorprendido aquel día. Crecí, como todos nosotros, en un mundo donde los lectores serios leían literatura seria y las cosas de frikis eran para los frikis. En las últimas décadas he vivido diferentes momentos donde ciertos autores o críticos cuestionaban esta distinción, pero todo se quedaba siempre en el ámbito puramente teórico. La literatura de género duro era un nicho de mercado. Un gueto. Algo que consumían con fervor los asistentes a convenciones de cómics y de ciencia ficción. Los aficionados al cosplay. Los coleccionistas de figuritas y de cartas del Magic. Por otro lado, la presencia de estos libros (normalmente agrupados en sagas de muchos volúmenes) era testimonial o nula en las librerías serias. Y todos siempre habían estado felices de mantener este status quo. Cualquiera que leyera a Patrick Rothfuss y a Martin Amis era un bicho raro. Cualquiera que leyera a Joe Abercrombie y a Richard Ford seguramente sufría trastorno de personalidad doble.

No deja de tener su ironía triste que hayan sido las series de televisión las que finalmente hayan tirado abajo los muros del gueto de la literatura fantástica. Pero los datos están ahí, y a fin de cuentas tiene sentido: la televisión ya es el formato de ficción más consumido con diferencia. Los famosos showrunners de las series son los prescriptores de las historias que gustan a la gente. Juego de tronos abrió la puerta, pero para cuando llegaron Black Mirror y Stranger Things el giro copernicano ya estaba prácticamente cerrado. En la actualidad entre un 30 y un 40 % de la producción de las grandes plataformas como Netflix o HBO está dedicado a series de género fantástico (fantasía, ciencia ficción y terror), entre ellas algunas de las series más vistas. Incluso antiguos iconos del frikismo contumaz como Star Trek o Doctor Who se han hecho sendos lavados de cara para adaptarse a los gustos del gran público.

Y la respuesta del establishment literario está siendo mucho más rápida de lo que nunca hubiéramos imaginado. De pronto suplementos tan conservadores (y elitistas) en materia de géneros como los del New York Times, Washington Post, Los Angeles Times y compañía están reseñando libros de género «duro». En el caso de Black Leopard, Red Wolf de Marlon James, se puede alegar lo que Ursula K. Le Guin decía con cierto resquemor de un famoso coetáneo suyo, practicante tardío de ciencia ficción: el establishment literario le prestaba mucha más atención que a ella porque el coetáneo en cuestión había empezado su carrera como autor de literaria seria y respetable, y solo después se había pasado a la fantasía futurista. Y ciertamente esto es así. Pese a todo, el fenómeno es sorprendente.

Liderados por la jovencísima crítica literaria canadiense Amal El-Mohtar, los reseñistas del New York Times dedican ahora la misma extensión, la misma consideración y el mismo vocabulario canonizante a una autora de sagas de fantasía como N. K. Jemisin que a alguien como Jonathan Safran Foer. Escritores como Matt Ruff (un posmodernista pynchoniano) o Victor Lavalle (satirista de la América multicultural en la onda de John Kennedy Toole) han triunfado en los últimos años con sendas novelas ambientadas en el universo de los Mitos de Cthulhu. Y que yo sepa, no hay nada mas friki que los Mitos de Cthulhu. Los hermanos Grossman triunfan entre la intelectualidad con novelas de magos y superhéroes. Antiguos autores del gueto friki como Richard K. Morgan, James S. A. Corey o Liu Cixin ya han visto su obra transformada en series multimillonarias.

Sin ir más lejos, en un mercado estadounidense donde históricamente ningún autor español ha triunfado (con la única excepción de La sombra del viento), el joven barcelonés Edgar Cantero reventó hace dos años todas las expectativas con su novela Meddling Kids, comedia de terror en la onda Buffy-Scooby Doo-Enid Blyton que entró en la lista de best-sellers del New York Times en su tercera semana de publicación y recibió grandes elogios de medios como NPR o Publishers Weekly. Y no fue un simple golpe de suerte: su siguiente novela, This Body’s Not Big Enough for Both of Us, va camino de revalidar el éxito de su predecesora.

Quiero asegurarme una vez más de que aquí no haya confusión posible de nomenclatura. No estoy hablando de relecturas irónicas posmodernas de los géneros fantásticos, ni de obras fronterizas, ni de novelas literarias que usan ciertos tropos de la fantasía. Hablo de género puro y duro. Cuando en la década de 1990 autores como Michael Chabon, Michel Farber o Jonathan Lethem publicaron novelas con elementos fantásticos, el establishment cerró filas para decretar que aquello no era novela de género, sino novela seria y situada fuera del gueto. Lo de ahora es distinto. Cierto: se trata de un proceso rápido pero gradual. No va a pasar de la noche a la mañana. Periódicos como The Guardian, el otro gran referente de la crítica literaria «seria» junto con el New York Times, todavía no ha dado el salto. Le sigue dedicando a la novela de género notas breves y condescendientes basadas en agrupar tres o cuatro libros y dedicar un párrafo a cada uno. En España tampoco parece que se esté moviendo gran cosa todavía. Los dos autores de novela de genero fantástico más interesantes del país, Emilio Bueso y Marc Pastor, todavía luchan porque su obra se valore en igualdad de condiciones con la de autores no fantásticos. En mi opinión, tendrán que triunfar en el extranjero antes de ser debidamente valorados en su propio mercado.

Sin embargo, también es un cambio que tiene aspecto de ser global e irreversible. El crítico catalán especializado en fantasía Ricard Ruiz Garzón lo considera un proceso de aceptación análogo a la aceptación de la presencia LGBT o femenina en los medios, «normalizando lo que estaba en los márgenes gracias primero a personajes, luego a situaciones y finalmente a identificación». La analogía puede parecer chocante pero realmente parece que es así como se ha desarrollado el proceso.

Por supuesto, estoy convencido de que hay una razón más profunda para esta nueva aceptación de la fantasía literaria por parte de los medios y el gran público. Y en cierta manera, todo lo que he dicho en este artículo hasta ahora no es más que una larga introducción a este último párrafo. Las últimas dos décadas han visto un pronunciado declive de la influencia social y de la popularidad del género de la novela no solo en beneficio del audiovisual, sino también, y lo que es más importante, de la no-ficción. Por un conglomerado de razones, la invención inherente a la novela ha ido decayendo en beneficio de lo testimonial, lo experiencial, lo «verídico», lo autobiográfico y lo simplemente narcisista. La representación de la experiencia propia, tanto personal como colectiva, parece haber reemplazado a criterios como la calidad de la obra literaria o simplemente la capacidad de fabulación. En este panorama algo siniestro, al que muchos autores se sumaron primero por convicción y ahora por razones simplemente comerciales, la fantasía a raudales ofrece algo que está desapareciendo. Ofrece imaginación. Ofrece invención. Ofrece lo que está en la base misma de la literatura. Llena un vacío que los seres humanos ciertamente necesitamos, y que no tiene porqué estar solamente en las series de televisión.

¿Puede la fantasía salvar a la novela en la década que viene? Yo creo que ya la está salvando.


A propósito de «Breve historia de siete asesinatos»

978841642016Jamaica, mayo de 2010. No menos de setenta y cuatro muertos, cuarenta heridos y alrededor de quinientos arrestos en una semana1. En la noche del domingo del día 23, un comunicado del primer ministro laborista2, Bruce Golding, avisa por radio y televisión del inicio de una operación militar para capturar a Christopher «Dudus» Coke, uno de los lores de la droga más peligrosos de América. Aduciendo que las pruebas presentadas contra Dudus se habían obtenido de manera ilícita, un año antes el Gobierno jamaiquino se había negado a firmar la petición de extradición del capo a los Estados Unidos. También influyó que Dudus se había ganado el apoyo de su comunidad creando empleo y abriendo centros de ayuda, y que cinco años antes Golding había sido elegido diputado en la circunscripción en la que Dudus tenía su feudo, Tivoli Gardens (West Kingston). Pero Golding cede a la presión internacional y se declara el estado de emergencia. El Gobierno envía autobuses para evacuar a los residentes de la zona antes de empezar la masacre, pero estos vuelven casi vacíos. Un mes después, el 23 de junio, capturan a Dudus. Se declara culpable y actualmente cumple una condena de hasta veintitrés años. Golding dimite en 2011.

Un proverbio jamaiquino sirve como epígrafe a Breve historia de siete asesinatos: «If it no go so, it go near so» (si no fue así, casi). La proposición implica que la historia inventada bien podría ser cierta. Así, la narrativa que construye Marlon James relaciona muchos aspectos del pasado reciente de Jamaica con el tiroteo ocurrido en la casa de Bob Marley en 1976 y con el ascenso y caída del capo Josey Wales, el personaje que en la realidad corresponde al padre de Dudus, Lester Coke —muerto calcinado cuando se incendió su celda en 19923. El intento de asesinato de Marley es un buen recurso para iniciar el relato porque indudablemente estuvo relacionado con la campaña electoral de 1976 en la que el socialdemócrata Michael Manley, del People’s National Party (PNP), y el conservador Edward Seaga, del Jamaica Labour Party (JLP), se disputaban el poder. En esa década, el sistema jamaiquino de garrisons (guarniciones), barrios de chabolas gobernados por capos a favor de uno de los dos partidos, ya era una realidad, y Tivoli Gardens era un proyecto de Seaga.

Aunque son ocho los pistoleros que asaltan la casa de Marley; Bam-Bam, Josey Wales, Weeper, Demus, Heckle, Funky Chicken y dos hombres de Jungle, solo siete son ajusticiados en las siguientes páginas. Otros personajes que ayudan a comprender la relación entre la política y el crimen organizado son Barry Diflorio, agente de la CIA, Nina Burgess, desempleada que ha pasado una noche con Marley, y Alex Pierce, periodista de Rolling Stone. La correspondencia entre personas reales y personajes inventados es en muchos casos evidente. Todos narran la historia en primera persona, utilizando un monólogo interior en tono coloquial a veces dirigido al lector pero casi siempre usado como recurso para recordar acontecimientos pasados y comprender lo que les sucede. Marley es la excepción; en lugar de aparecer como narrador lo conocemos a través de los otros personajes, que se refieren a él como the Singer. Los dos outsiders, el agente de la CIA y el periodista de Rolling Stone, piensan en inglés americano. Las demás voces alternan el inglés típico de Jamaica con diferentes registros de otra lengua, el criollo jamaicano. En esto, Josey Wales es interesante. Piensa en una variedad de inglés jamaicano más estándar que la del resto de sus compañeros pero se relaciona con ellos y con su contacto de la CIA Dr. Love, un exiliado cubano buscador de talentos para el cartel de Medellín intentando mostrarse como un ignorante. El fantasma de Sir Arthur George Jennings, un político de la época anterior a la independencia de Jamaica que dice haber sido asesinado a manos de los que posteriormente reclutan a Wales para el PNP, narra con increíble fuerza el primer capítulo y reaparece de tanto en tanto para conectar los trozos de la historia.  

Marley no era ajeno a la organización de la sociedad jamaicana. Tras convertirse en la estrella nacional de la música en los años sesenta, bastantes veces sirvió como anfitrión a Claudius Massop, el capo del PNP en Tivoli Gardens, a quien conocía desde niño4. En la novela, Massop es Papa-Lo. Representa al gánster tradicional, capaz de matar incluso a niños pero finalmente cansado de tanta violencia innecesaria y de la lucha política. En cambio, su discípulo, Wales, se adapta mejor a la nueva situación e intenta sacar partido del conflicto entre el Gobierno y la oposición. El gobierno del PNP había hecho enfadar a Washington al cerrar las compañías americanas de bauxita con sus reformas de corte izquierdista y su relación de amistad con Castro. Gracias a un soplón de la CIA, sabemos que los americanos proporcionaban armas y dinero al JLP de Seaga. Sobre esto, Marley dejó clara su posición en «Rat Race» de Rastaman Vibration: «Rasta don’t work for no CIA» (los rastas no trabajamos para la CIA5). Con razón, era sospechoso de apoyar al PNP.

Según avanza la historia, se celebra otro concierto, el One Love Peace Concert de 1978, durante el cual Marley reúne en el escenario a los líderes de los dos partidos rivales6. Tres años después hay nuevas elecciones; la victoria electoral de Seaga coincide en año con la muerte de Marley por cáncer de piel. Wales (Lester Coke) ya es una figura intocable en West Kingston, el líder de la Storm Posse, una importante red de narcotráfico cuyas acciones se extienden temporalmente hasta los años noventa y geográficamente hasta los Estados Unidos, con la lucha de la Storm Posse contra el cártel colombiano de Medellín por controlar el tráfico de drogas. Los episodios que suceden en Nueva York inician el proceso que conduce a la orden de extradición de Wales.

Es sin ninguna duda emocionante que con esta historia James haya ganado el prestigioso premio literario Man Booker Prize. Su libro es de lectura difícil, tiene muchos pasajes en criollo jamaicano, y además evita los estereotipos que habitualmente se asocian con el Caribe y que desde los ministerios de turismo se encargan de difundir. Otros autores caribeños, como los premios nobel V. S. Naipaul y Derek Walcott, han escrito con referencia a la influencia colonial y las posibilidades de diáspora del Caribe al Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial. James, en cambio, evita el tratamiento de la influencia británica y escribe desde una nueva perspectiva. Así, el libro también postula que Jamaica necesita que se preste atención al detalle y al contexto para poder entender la complejidad de la identidad del país.


Irvine Welsh: «Los jóvenes siguen pasándoselo en grande, pero siento que les han robado la cultura»

Irvine Welsh para Jot Down 0

Irvine Welsh (Leith, Edimburgo, 1958) es un escritor escocés de clase obrera, autor de siete novelas y de cuatro colecciones de cuentos, todas traducidas al español y publicadas por Anagrama. La novela que le lanzó a la fama es, claro está, Trainspotting (1993) que a su vez generó el popularísimo film de Danny Boyle. Welsh es un autor peculiar: abandonó los estudios a los dieciséis, se metió en la heroína, emergió de la heroína, se desplazó a Londres en 1978 y formó parte de dos bandas punk menores, le arrestaron por diversos crímenes, se reformó (en cierto modo) y empezó a trabajar de especulador inmobiliario, regresó a Edimburgo, se hizo funcionario y luego se apuntó a un MBA universitario. Mientras estudiaba para dicho máster, Welsh escribió la famosa novela «que empieza con T» y que lo convertiría en narrador a tiempo completo. Welsh es fan del acid house y de la música disco, escribe a menudo en dialecto escocés (transcrito fonéticamente) y la mayoría de sus obras están centradas en el mundo de las casas baratas de su Edimburgo natal. También suele hablar de drogas, hooligans, drogas, peleas, policías corruptos, pornógrafos accidentales, clubs, drogas, criminales, camellos, funcionarios alcohólicos y, más recientemente, sobre la vida sexual de los hermanos siameses. Con o sin drogas.

Welsh vive en la actualidad en Miami, junto a su esposa, y goza de una existencia de «gentilhombre ocioso» (en sus palabras). Mi encuentro con él tiene lugar en la terraza del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), un sábado de mayo del 2014, con ocasión de su participación en el festival Primera Persona. Irvine Welsh es un conversador distendido, vivaz y audaz, siempre generoso y apasionado y rebosante de anecdotario vital. Lo que sigue ahora es una hora de charla sobre batallas, bagajes, éxtasis, familia, baile y certezas de juventud. Y también algo de literatura, no crean.

Para comenzar, me gustaría hacer una especie de viaje al pasado. He leído muchas de las entrevistas que te han hecho y prácticamente nunca te preguntan acerca de tus años de formación. Lo que quiero saber es cómo eras realmente de niño, cómo fue crecer en Leith en una familia de clase obrera. ¿Qué recuerdas de esa etapa?

Mi familia era bastante extensa y, evidentemente, yo vivía en casa de mis padres, pero en el fondo también crecí en muchas otras casas, con mis tías, mis tíos, mis abuelos y otros familiares que vivían en el mismo barrio. Mi padre y sus hermanos también se criaron con dos de mis tías. Todos vivíamos en la misma zona, había un sentimiento como de centralización, de colectividad…

Cercano a las ideas comunistas…

Sí, de alguna manera era así, también por razones políticas. En Leith se dice: «Nunca cagues en la puerta de otro, y comparte siempre los regalos de Navidad». Pasé bastante tiempo en casa de mi tía Joyce y todos los sábados comía en casa de mi tía Betty antes de ir al fútbol con mis primos. En ese contexto me sentía muy acompañado, pues siempre tenía cerca amigos y vecinos. Sin embargo, los niños ya no tienen esa sensación de seguridad en sus comunidades. Especialmente en el Reino Unido y Estados Unidos a los niños se les enseña a percibir amenazas por todas partes. Sus padres los sobreprotegen y los controlan casi de una manera policial. Cuando yo era niño, corríamos como locos por las calles, sin miedo, porque sabíamos que nos protegeríamos los unos a los otros. No concebíamos que un pedófilo pudiera pillarnos en la calle, porque nuestro gran grupo de amigos podría acabar con él al momento.

Tendría que ser una operación montada a gran escala: un pedófilo secuestrando a veinte niños de golpe.

Tantos chavales merodeando por las calles… Éramos casi como la policía, lo teníamos todo bajo control. El único punto negativo de todo esto es que era muy fácil terminar convirtiéndose en una banda. Recuerdo perfectamente el momento crucial en el que pasamos de ser niños que jugaban en la calle a formar una pandilla. Fue en la Noche de Guy Fawkes (1). Lo recuerdo como algo colosal. Todas las bandas de niños íbamos a la playa arrastrando toda la leña que podíamos. Lo normal es que otras bandas intentasen robárnosla, así que la cosa solía acabar con grandes batallas de palos. Si éramos menos que los otros, lo dejábamos todo y nos íbamos corriendo. Si éramos más, intentábamos defendernos de la mejor manera posible hasta que llegaba el grito inevitable «¡Ladrones, ladrones!». En ese momento, cogías todo lo que podías del resto de grupos para añadirlo al tuyo. Recuerdo un día de verano en el que íbamos cargados de palos y nos topamos con los chicos de otra banda justo enfrente, al otro lado de la calle. Siempre nos zurrábamos con ellos, pero aquel día pasó algo rarísimo: cruzaron y nos dijeron «tenemos nuestros palos, vamos juntos a Pennywell Road a acabar con los Pilkintons». Fue un momento grandioso, no sé si todo el mundo lo sintió, pero allí mismo pensé: «acabamos de convertirnos en una puta banda».

¿Cuántos años tenías entonces?

Aquí ya teníamos unos doce años. Antes, a los nueve más o menos nos metíamos en pequeñas peleas de niños. A los doce años, en secundaria, la cosa se convirtió en algo más serio. De repente, habíamos pasado de ser niños un poco traviesos a ser unos malditos psicópatas que sembraban el pánico. El gradiente es realmente insignificante. Todos llegábamos a casa completamente excitados, aunque las reacciones de nuestros padres podían ser muy diversas: «Has vuelto a pelearte, ¡entra en casa ahora mismo!», y entonces sabías que nunca más pisarías la calle. Con suerte, hasta podrías convertirte en un chaval aplicado y todo eso. En otros casos, los padres decían: «Bien hecho, hijo. Acaba con esos bastardos, y la próxima vez no olvides coger una puta navaja» [ríe]. Los míos eran más en plan: «No ha estado mal, pero, ¿qué has sacado en claro de todo esto?» [ríe].

Irvine Welsh para Jot Down 1

Esto último anula lo que te iba a preguntar: ¿Eras un niño responsable o más bien problemático?

Era un niño bastante extraño.

¿Te gustaba más estar en casa o en la calle?

Ahí está precisamente el motivo por el que era raro. Y eso nos lleva al motivo por el que he escrito The sex lives of siamese twins. Era como si tuviese un hermano siamés, y a uno le gustase el deporte y al otro el arte. Yo estaba dentro de los dos mundos. Me encantaba estar con mis compañeros de fútbol, ir a los billares y a clubes de boxeo, pero a la vez amaba la música y la literatura, escribía y pintaba. Me sentía a gusto entre la gente creativa, entre artistas. Me gustaba hablar con ellos y compartir de algún modo su angustia interior. Amaba ambos mundos por igual. Sin embargo, tras esto me topé con algo que odio. En el mundo del deporte parece que solo puedes ser el típico ceporro sin demasiadas inquietudes intelectuales, lleno de certezas y estrecho de miras. Y del otro lado, la imagen que se tiene de los artistas es de personas débiles y ñoñas, con muchos problemas imaginados en la cabeza. Así que no conseguía completarme en ninguno de los dos mundos, no encontraba un hogar feliz en ninguno de los dos. Detesto el modo en que la sociedad intenta imponernos estos estereotipos, cómo intenta especializarnos en vez de favorecer personas completas desde todos los ángulos.

¿En algún momento alguno de los dos lados de tu personalidad devoró al otro? En mi adolescencia, por ejemplo, alternaba mi afición por la literatura con el hecho de pertenecer a un grupo de mods y skinheads. Al final, el grupo acabo monopolizando mi vida y visión, y pasé cinco años sin leer. ¿Viviste algo parecido?

No, de hecho siempre estuve militantemente convencido de que ambos mundos podían ser compatibles. Y lo sigo estando. La mayoría de los amigos con los que crecí son matones ex-hooligans, y casi todos trabajan en la construcción; son unos monstruos enormes. Me ven como uno de ellos, pero la verdad es que yo siempre he sido el rarito. Ahora eso les encanta, de acuerdo, con el tiempo han acabado por apreciarlo. Podríamos decir que han vivido tanto tiempo con ello que han acabado por aceptar y celebrar mi lado excéntrico. Por otro lado, mis amigos del mundo del arte y la literatura me ven como un pirado violento y peligroso, con un pasado complicado pero valiente y aceptado en el mundo artístico. Es curioso cómo paso de ser un intelectual flácido a un tío duro que no teme decir lo que piensa, sin dejar de ser yo mismo [ríe]. A veces, durante el Festival de Edimburgo, mezclo a mis amigos de toda la vida con mis amigos de los círculos artísticos de Londres y nos vamos a beber. Nunca hay problemas, porque la gente se ha vuelto más generosa con los años, pero es casi como si alguien de Marte y alguien de Venus intentasen hablar.

De hecho, hace veinte años, probablemente esos amigos arty de Londres habrían sido vapuleados por los otros, también amigos tuyos.

Sí. Eso me hace reír mucho, pero acabo teniendo dos personalidades, en el pub. Un instante estoy diciendo: «Oh, Under the skin, que filme más fantástico, Jonathan Glazer lo hace de maravilla», y entonces tengo que volverme y decir: «Malditos cabrones del Aberdeen, si nos cruzamos hoy con ellos te juro que van a pillar…» [carcajada].

¿Recuerdas tu adolescencia como un periodo excitante? ¿Miras hacia atrás con melancolía?

Como a todos los adolescentes, lo que más me interesaba era tirarme a todas las chicas que pudiera…

Follar y rocanrolear.

Sí, y las dos acciones son parte de la misma cosa. Esa era mi motivación.

¿Perteneciste a alguna subcultura?

Primero fui punk, todo el mundo era punk, era algo que daba mucha energía. Y también fui skinhead. De hecho aún lo soy [se toca el cráneo y se carcajea]. Claro que lo de ahora no es una decisión. Pero a pesar de todo lo del punk siempre he amado la música disco y bailar, venía del rollo northern soul y para mí aquello fue algo muy grande. Me encantan Nile Rodgers, Chic, Donna Summer y los Bee Gees. Una de las mejores cosas del mundo es la primera escena de Fiebre del sábado noche, cuando John Travolta baja por la calle con un bote de pintura en la mano mientras suena «Staying Alive». Es una fusión imbatible de cine y música.

Y cultura obrera.

Y cultura obrera. En cierto modo viene de la cultura mod, del hecho de vestirte de forma elegante y de salir el viernes por la noche. Encontré mujeres fantásticas en la escena punk, pero la manera en que vestían… No me gustaba nada. Para los chicos estaba bien, pero no lo encontraba atractivo en ellas. Yo me ponía mis calcetines disco para ir a bailar, pero cagado por si alguno de mis colegas punks me pillaba. Ahí sí que se habría acabado la partida [risas]. Pero me encantaba ir a clubs como el Cavendish y bailar como un loco toda la noche.

Irvine Welsh para Jot Down 2

Puede que para la gente como nosotros, que salíamos con tíos más duros y no podíamos mostrar ninguna rendija de debilidad o duda, bailar fuera la única manera de expresar ese otro lado del que hablabas antes. Teníamos que parecer tan masculinos siempre, que de alguna forma bailando…

Efectivamente. En el punk, te metes en pogos, saltas, escupes, tiras cosas… Y todo eso es muy divertido, sin duda. Hay mucha energía en el rock’n’roll. En las gradas del fútbol era algo parecido: golpes, empujones, berridos. Sin embargo la música disco era diferente, bailabas cerca de las chicas y todo eso, les mostrabas tu corazón. Ya sabes, northern soul, disco, más tarde llegó el acid house, y todo a su alrededor era la bomba. Siempre me ha gustado la música que me imprime ganas de bailar. Cuando eres joven, la vida es como un supermercado de experiencias, y yo gravitaba alrededor de tipos que pensaban parecido a mí. Tenía mis amigos deportistas y mis amigos artistas y mis amigos matones, pero gravitaba hacia los chavales raros e inconformistas que no pertenecían completamente a una única categoría. A quienes les gustan los libros y los discos, pero que también se apuntan a cualquier chifladura.

Cuando yo salía con skinheads pensaba que algún día iba a tener que contar yo mismo esas historias que corrían el riesgo de desaparecer, porque no son la materia que suele interesar a los literatos. ¿En algún momento sentiste que merecía la pena conservar o escribir todas esas experiencias acumuladas?

Siempre me han considerado alguien complicado respecto a la amistad y el amor. La mayoría de parejas que he tenido ha encontrado enormes dificultades en aceptar una dicotomía: que puedo ser alguien agradable y tener amigos y decirles que son los mejores y les quiero, pero llega un día en el que necesito desaparecer durante largos periodos de tiempo. Y me desvanezco, sin despedirme de nadie. Creo que lo que llevaba haciendo toda la vida en ese tipo de situaciones era prepararme para ser escritor. Antes no me daba cuenta, no era intencionado. No me sentaba con un boli y un papel y empezaba a relatar mis experiencias, sino que solo pensaba, horas y horas. Lo que hacía entonces, y me doy cuenta ahora, era básicamente escribir sin bolígrafo ni papel, tratar de memorizar todas esas historias y personajes que iba conociendo. Pero esa actitud conlleva un precio que tienes que pagar. Durante la adolescencia tenía entrenamiento de fútbol varios días a la semana. Era genial, pasaba tiempo con mis amigos, me divertía, pero de repente dejó de interesarme y empecé a darme cuenta de que quería pasar más tiempo conmigo mismo. Solo. Pensando. Dejé de ir a entrenar o jugar para estar sentado solo en mi habitación, durante semanas. Pasado un tiempo mis padres me dijeron: «¿Qué haces ahí todo el día? Ya está bien, sal de tu cuarto». Y pensé que tenían razón, así que salí como si nada. Cuando volví a entrenar, había perdido mi sitio. «Desapareciste de repente, por lo que te hemos reemplazado. Estás fuera del equipo». Me sentó fatal. Me parecía incomprensible. ¿Por qué no puedo volver a como estaba antes, como si no hubiese pasado nada? A veces, cuando estamos en modo individualista y solo pensamos en nosotros mismos, no nos damos cuenta del efecto que puede tener esta actitud sobre la gente que nos rodea. Me recuerda a mi época con las drogas, cuando me metía heroína. Allí sí que la cagué a lo grande.

¿Qué edad tenías?

No mucho más de veinte años. En lugar de pensar en lo que hacía, cuando alguien me decía que iba a preocupar a mi madre yo respondía: «Lo único que hago es divertirme. Esto no le debería importar a nadie más que a mí. Me lo estoy pasando de miedo».

¿A quién le importa si me desangro, malditos entrometidos?

Eso [ríe]. «No puedo ni cruzar la calle, y estoy lleno de costras. Me lo estoy pasando en grande. ¿Por qué todo el mundo intenta meterse en mi vida?». En el fondo, es una parte de ser joven, el no mirar a tu alrededor. Tu narcisismo egoísta te impide ver cómo estás haciendo sufrir a la gente que te rodea. En cierto modo creo que por eso seguiré creando personajes jóvenes hasta que me muera. Adoro esa sensación de inmortalidad, de «A la mierda, haré lo que me dé la gana».

Porque la pasión se pierde un poco con los años, ¿no?

Bueno, al envejecer te das cuenta de que tus recursos físicos y mentales no son infinitos. Empiezas a pensar en la necesidad de cuidarte, de divertirte pero con cierta medida. A veces sales y te diviertes, pero no continuamente, como un centrocampista que entra y sale del área multitud de veces en un partido. He conseguido mantener esa joie de vivre que tenía y meterla en mi escritura. Ahora disfruto más de lo que hago y confío más en ello. Desde que fui a los Estados Unidos y empecé a trabajar en películas rodeado de gente, recuperé la sensación de equipo que tenía cuando jugaba al fútbol, aunque sigo necesitando mis momentos de soledad. A veces me digo: «a la mierda, voy a escribir una novela yo solo y que les zurzan». Por añadidura, al hacerte mayor debes tener en cuenta que el efecto de las drogas y la bebida es diferente. El subidón es distinto. Te das cuenta de que estás hasta las narices de ciertas cosas.

Con los años, se descubre su lado patético.

Te dices: «No puedo seguir haciendo esta basura». Y las resacas son mucho más extremas. Sencillamente, deja de valer la pena. Ya no cumple su antigua función. Te provocan otros efectos.

Irvine Welsh para Jot Down 3

De jóvenes, a los diecisiete años o así, los hombres somos bastante burros, pero ¿acaso no echas de menos aquellas certezas, las formas de experimentar con lo extremo, la idea de confiar ciegamente en algo, sin ninguna duda?

Lo que amo de ser joven es precisamente la forma en que podías odiar algo ciegamente. «Eso es una puta mierda», y punto.

Yo ya no consigo odiar así.

No, claro. Ahora admiras esa pasión y certezas que uno tiene sobre el mundo cuando es adolescente. Pero has de haber poseído aquel tipo de pasión descontrolada para luego apreciar la ambigüedad de las cosas como adulto y decirte que aquella visión de las cosas ya no funciona. Cuando ves a un chaval borracho por la calle, puede que pienses en los viejos tiempos, que los eches de menos, y te digas: «Vaya farra se ha metido el amigo». Sin embargo, si a quien ves es a un tío de mi edad piensas que es lamentable: «Joder con el anciano alcohólico, qué puta pena» [ríe]. Y exactamente lo mismo sucede con las opiniones apasionadas. Si las suelta un chaval joven, te dices: «Joder, qué claro lo tiene el renacuajo». Pero si el que refunfuña es un tipo de mi edad, lo que pensarás es: «Maldito carcamal amargado» [carcajada]. La juventud y ser joven y tener ese bagaje son cosas maravillosas. Es un gran legado. Ahora mismo, siento bastante lástima por los jóvenes. Siguen pasándoselo en grande, pero siento que les han robado la cultura. Nada es específicamente suyo. Estoy seguro que aquí en Barcelona aún encontraríamos grupos de chavales que se reúnen en torno a algo, que desarrollan inquietudes comunes…

Un secreto compartido.

Claro. Lo malo es que en Edimburgo, Berlín o Boston todos hacen exactamente lo mismo, tienen una cultura globalizada. Hace años ese tipo de culturas eran una cosa más intrínsecamente local, desarrollaban más particularidades únicas. Hace algunos años, después de escribir mi antepenúltimo libro, me preguntaron mi opinión sobre cómo veía a los jóvenes autores. Respondí que en el nuevo milenio solo he estado interesado por dos libros. El primero es The Old Neighborhood, de Bill Hillmann. En él habla de crecer en Chicago en una familia multirracial entre finales de los ochenta y principios de los noventa, y todos los problemas que rodean a los protagonistas, metidos en pandillas. El segundo se titula The Brief History of the Seven Killings. En él, el autor jamaicano Marlon James escribe sobre Kingston y el intento de asesinato a Bob Marley en que estuvo implicada la CIA. Lo interesante de estos dos jóvenes autores treintañeros (bueno, al menos son jóvenes para mí) es que podríamos decir que ambos escriben novelas históricas, de un lado las luchas interraciales en Chicago a mediados de los ochenta, y del otro un intento de asesinato real en los años setenta en el que se da voz a agentes de la CIA, a Bob Marley e incluso a la Miss Mundo Cindy Breakspeare (2). En las dos novelas, fantásticas ambas, autores jóvenes escriben hechos históricos donde todo es local, sitios únicos, y no se mencionan tecnologías actuales como internet o los teléfonos móviles. Es muy importante que la gente escriba sobre este tipo de situaciones o atmósferas tan propias, tan locales. Pero también es triste que esta generación tenga que saquear el pasado buscando algo que contar, porque el pasado es más vibrante y excitante que lo que tenemos hoy. Ahora mismo las novelas están plagadas de héroes genéricos. Da igual que la acción se desarrolle en Barcelona o Chicago o Londres, porque podría ser el mismo lugar. Tengo la sensación de que la gente se ha cansado de esta homogeneización online. De hecho se vuelven a comprar libros, el vinilo ha regresado y las salas de conciertos se llenan. En Edimburgo aparecen grupos de música muy interesantes por todas partes y la gente abarrota sus bolos. También en Liverpool, donde estuve la semana pasada. Nadie se queda en casa mirando una pantalla de ordenador.

Porque es totalmente deprimente.

Sí. Todo el día viendo listas de esto o aquello. Escuchas música, pero no entiendes de dónde surge. Y supongo que aquí es igual. Al descargar música evidentemente puedes escucharla, pero nunca comprenderás su contexto. El consumismo acabará por vencer a ITunes. Puede estar muy bien poder hacer listas de reproducción en internet, para un personaje por ejemplo, pero la gente necesita poseer cosas, quieren lo físico, el objeto. Y quieres salir y experimentar algo, estar en un concierto, no en tu habitación. Peter Hooton, de The Farm, me decía el otro día que hacía mucho tiempo que no veía a tantas buenas bandas en Liverpool.

Ahora que has mencionado estas dos novelas recientes de otros autores, me gustaría preguntarte si en algún momento sentiste cierto vértigo o miedo al escribir Trainspotting. Perdón por mencionar Trainspotting.

[Carcajada] ¡La palabra que empieza con T!

Sí, me siento como si tuviese que pedir disculpas. Pero has dicho en varias ocasiones que para escribir la novela tomaste a gente aleatoria de Leith y de tu juventud en general. Después, usaste otro tipo de voces ajenas a ti: el policía de Escoria, por ejemplo. Pero cuando volvías a tu juventud para revivirla escribiéndola por primera vez, ¿experimentaste cierto vértigo?

Sí. Y no quiero parecer despreciativo o peyorativo, pero después de la novela sentí que me estaba convirtiendo en un escritor profesional. Pasé a pensar primero en la calidad de los personajes y la historia más que en mí mismo o en mi propia cultura. Es algo que sucede casi de forma subconsciente, pero al mismo tiempo tiene lugar una paradoja. Cuando escribí este nuevo libro sobre dos jóvenes americanas, se lo pasé a mi mujer porque es americana y treintañera, y pensé que podría ayudarme. Al preguntarle qué le había parecido, me dijo que me había encontrado más en esos dos personajes que en cualquier otra cosa que hubiera escrito. Creo que cuando escribes sobre algo que has vivido, sobre tu vida, haces esfuerzos por ocultarte. Sin embargo, al escribir sobre algo que no tiene nada que ver contigo, de alguna manera te expones mucho más sin necesidad de escribirlo.

Lo entiendo: tienes menos miedo de exponer tus sentimientos o tus miedos más profundos porque nadie pensará que escribes sobre ti mismo.

Bueno, ahora sí lo pensarán, gracias a ti. Porque acabas de hacérmelo confesar [carcajadas].

Irvine Welsh para Jot Down 4

Lo siento. ¿Alguna vez has sentido la necesidad de crear un alter ego?

Creo que al fin y al cabo es lo que siempre he hecho. Me hace pensar en las radios antiguas, en las que había muchísimas cadenas, pero al final siempre elegimos las doce que realmente nos gustan. Es lo mismo que las personas, todos estamos compuestos de un número infinito de personajes.

De diferentes versiones de nosotros mismos.

Eso es. Salimos a la calle y actuamos según nuestros comportamientos habituales. Al escribir, miramos a otra gente, pero en realidad lo que estamos mirando son aspectos de nosotros mismos que puede que nunca hayamos utilizado, o hayamos utilizado en contadas ocasiones. Todos los personajes parten de esos rasgos, todos sienten lo mismo que tú y que el resto del mundo, pues al final todas las personas son más o menos lo mismo. Todos tenemos el mismo ancho de banda.

¿Estás de acuerdo con Kurt Vonnegut cuando dijo que el primer mandamiento del escritor es escribir sobre las cosas que conoce?

En parte sí. Pero además siempre hay que luchar por conseguir más información, hablar con otra gente y aprender de los demás. Normalmente no hago grandes investigaciones sino que simplemente lo que hago es salir por ahí y conocer a gente. Durante el proceso de escritura del libro del que hablábamos, The sex lives of siamese twins, quedé con una amiga lesbiana en Miami. Hablamos sobre el libro, y luego fuimos juntos a un club de lesbianas en el que los hombres solo pueden entrar si van acompañados por una mujer que sea miembro del local. Y allí estaba yo; un cincuentón calvo rodeado de lesbianas treintañeras, completamente fuera de lugar y dando la nota. Ellas me tranquilizaron y se mostraron tal y como son. Las vi relacionarse, hablar de sus sentimientos. No eran un montón de tipas grandes con la cabeza rapada y mirándose desde sus sofás, en plan cruising, algo completamente agresivo y obvio. Nunca habría imaginado que fueran tan directas, se escogían, se miraban, sonreían y listo. No existía ni siquiera la pantomima de simular una conversación de ascensor, del estilo «Hola, ¿vienes por aquí a menudo?». Simplemente se miraban y se iban cogidas de la mano. Cuando me hube acostumbrado a este hecho, bastante intimidante para un hombre mayor como yo (no era el único, pero tampoco había muchos más hombres), lo que me sorprendió de veras fue la atmósfera, bastante acogedora dentro del contexto, bastante cálida, mucho más de lo que habría imaginado. Pensaba que me mirarían mal, o que me increparían con algo como «Eh, tío, ¿qué coño haces aquí?». En lugar de eso recibí un «Hola, ¿qué tal?», abrazos, y vasos que se levantaban para brindar. El ambiente era fantástico. Podría pasar el resto de mi vida allí.

Te entiendo. Siento envidia al entrar en locales de veinteañeros y no percibir la atmósfera violenta que había en los ochenta. Antes, en los bares a menudo había alguien preparado para darte en la nuca con un taburete, lo que no propiciaba un ambiente muy acogedor. En ese sentido no miro al pasado con nostalgia. ¿Sientes algo parecido? ¿Era el ambiente que tú viviste muy hostil?

Creo que prácticamente todo el mundo se ha metido en peleas en su adolescencia. Todo el mundo se metía en peleas cuando yo era joven, pero nunca me gustó especialmente.

¿Eras bueno peleando?

No, definitivamente era y soy terrible. Sigo yendo al club de boxeo, y desde que era adolescente conozco bien la técnica. Sé cómo pelear y sé cómo se colocan un buen gancho y un buen directo. También he hecho kickboxing. Y sin embargo, soy el típico tío a quien le entra el pánico en caso de pelea callejera. He pasado mucho tiempo aprendiendo a pelear en clubs de boxeo thai, y a pesar de ello en las peleas de verdad siempre termino en medio de los dos bandos, de un lado para otro y con cara de gilipollas. Creo que tiene que ver con mi incapacidad de mantener la compostura y no parecer sobreexcitado, que es lo que tienen los buenos luchadores.

También hay un momento en que piensas, «¿Qué coño estoy haciendo aquí metido? Esto es ridículo».

Eso es. «Por Dios, acabo de terminar una película, ¿qué hago aquí en mitad de la calle?». Además, solo la gente realmente comprometida y con disciplina son normalmente buenos luchadores. Yo hago boxeo y artes marciales, y controlo el medio, pero en la calle soy incapaz de aplicar todo eso, creo que nunca podría, y posiblemente tampoco sería capaz de escoger bandos [ríe]. Habiendo crecido en la calle, creo que el miedo a la violencia ha sido mayor que la violencia en sí; cuando la cosa estallaba de veras, los resultados eran generalmente cómicos. Las peleas eran habituales y generalmente no demasiado peligrosas, de vez en cuando alguien terminaba apuñalado gravemente, pero lo habitual era no pasar de narices o bocas hinchadas, y de llegar a casa con un zapato de menos, y lloriqueando. La violencia era de tebeo, a menudo. Pero el miedo a que sucediese algo era a la vez horrible y excitante.

Irvine Welsh para Jot Down 5

Se ha hablado mucho de cómo el éxtasis y el acid house cambiaron a los chavales, especialmente a los hinchas de fútbol.

La violencia desapareció por completo. De repente la gente se daba abrazos con extraños, y yo mismo lo llevo haciendo desde entonces. El éxtasis me cambió, y para bien. Muchos de mis colegas entraron también en ese mundo. Eran gente que trabajaba en construcción, casuals de futbol, tipos bebedores. Salíamos con nuestras novias o mujeres y nos separábamos por sexos en mesas diferentes. Aunque yo las llevaba viendo desde muchos años atrás, no conocía realmente a ninguna de ellas. No hablábamos. De repente empezamos a tomar éxtasis como locos, y entonces me sentaba con ellas y manteníamos las mejores conversaciones que había tenido nunca. Mis amigos venían a hablar conmigo y yo les decía «¡Lárgate de aquí, colega! Estas mujeres son mucho más interesantes que vosotros! ¿Cómo es que no había visto nunca a tu mujer, con la que llevas casado diez años, y es preciosa, maravillosa y fascinante, y llevo hablando contigo sobre fútbol, sobre jodido fútbol, diez años?». Aquello fue una gran revelación. Esa droga me ayudó a romper todas las barreras, de repente estábamos todos mezclados, éramos una pandilla mezclada. Antes del acid house vivíamos en apartheid sexual. Después, me encantaba ir con chicas a raves y fiestas en casas. Pensaba: «Joder, ojalá estas chicas fuesen mis mejores amigos». Recuerdo que cuando ya vivía en Londres iba con chicas a todas partes, nunca llamaba a mis colegas. Quería pasar tiempo con ellas y que me mimasen, y mantener buenas conversaciones.

Tengo diez años menos que tú, y crecí en una época en que ya nadie veía la parte romántica de la heroína, sino solo los hombres en chándal y sin dientes que morían en la calle. Ninguno de mis amigos se fascinó por el caballo, porque los ejemplos eran terribles. Sin embargo la gente de una generación mayor veía a Lou Reed y a Bowie, y la heroína tenía para ellos una aureola romántica, intelectual. ¿Lo recuerdas así?

Puede ser. Eso le sucedió a gente que tenía cinco años menos que yo. Creo que en ese aspecto tuve mucha, mucha suerte. De una forma extraña, pero la tuve. Para empezar era una época pre-sida, y además el material era muy bueno.

¿Te refieres a la calidad?

Sí. Eran drogas puras, no cortadas, así que no eran tan tóxicas. Era una subcultura realmente pequeña y todo el mundo sabía más o menos lo que estaba haciendo. Sin embargo reconozco que entré por una cuestión de oposición y por pura ignorancia. No solo ignorancia personal, sino de toda la sociedad. Recuerdo perfectamente a mis padres y a mis profesores cuando me decían: «No fumes marihuana, eso te matará». Tú entonces vas y fumas un poco y te sientes de perlas. Vale, me han mentido. Luego te dicen: «No tomes ácido, acabarás lanzándote de un edificio». Sin embargo, cuando lo tomas piensas: «Coño, esto es la hostia, todos estos colores… Creo que no voy a tirarme de un edificio; de hecho soy bastante feliz, ahora mismo». Después de eso viene lo de: «No tomes speed, te dará un ataque al corazón». Vas, lo tomas y pasas una noche entera bailando como un loco. Y entonces llega el: «Ni se te ocurra tomar heroína, te engancharás y te acabará matando». Y, de repente, tenían razón. Se habían equivocado tantas veces antes que esperabas que esta fuese una más. Sin embargo, en ese punto ya nadie podía ayudarte. No existía verdadera formación o educación sobre el mundo de las drogas en mi época. Al menos los métodos existentes no funcionaron conmigo ni con mucha otra gente. Estuve en ese mundo alrededor de dos años. El primero de ellos disfruté de veras y, si quieres que te diga la verdad, aunque ya estaba cayendo no era consciente de ello. Solo lo fui durante el segundo año. Entonces me di cuenta de lo alejado que había estado de la realidad. De mi entorno, mi salud, mis finanzas… Todo se iba a la mierda. También descubrí que detrás de los adictos a largo plazo había siempre algo que los hacía seguir metidos en drogas. Habían sufrido abusos de niños, sufrían ansiedad o depresión, siempre había algo más. Era como si se estuviesen automedicando para curar un dolor interior. La gente como yo, por otro lado, entraba por estupidez, y por tanto no había ninguna razón oculta para mantenerse metido en ellas el resto de una vida. Y aunque es difícil escapar de la heroína, porque físicamente es muy adictiva, es perfectamente posible. El síndrome de abstinencia es espantoso, pero puedes hacerlo. Lo que es peor es continuar, de hecho. Porque al cabo de poco lo único que te aporta aquello es tristeza y mal rollo. El principal motivo por el que la gente está enganchada a la heroína es la gestión del dolor, principalmente el dolor psicológico. La ausencia de perspectivas laborales o educativas, el acabar encontrando un trabajo de mierda, estar endeudado con los bancos el resto de tu vida, acaba alienándote del todo. Nada tiene sentido. La heroína, sin embargo, te proporciona una narrativa y una obligación: tienes que levantarte por la mañana para ir a buscar drogas. Y tu día consiste en intrigar con diferentes personas del submundo hasta acabar consiguiéndolas. Eso es una raison d’etre ideal para tirar adelante. Algo que hacer, por lo menos. Cuando no existe nada más, la heroína gana por defecto.

Irvine Welsh para Jot Down 6

Después de casi una hora de entrevista, acabo de darme cuenta de que hemos hablado de temas que nunca tengo oportunidad de tratar con otros escritores. Eso me lleva a preguntarme cómo te ves con relación a otros escritores británicos, gente con quien no tienes nada en común. Me pregunto si estando con gente como Salman Rushdie o Will Self te has sentido alguna vez fuera de lugar…

En la escena literaria londinense lo más importante es la clase a la que perteneces. Los escritores son de clase media-alta, criados en despachos llenos de libros, y su identidad es la del gentilhombre escritor. Esa es una perspectiva mayoritaria en la escena literaria: lectores de periódicos sesudos, Booker Prize, Channel 4, buenas universidades… Es esa mentalidad. De vez en cuando se filtran otras voces. Mi ventaja es que soy escocés, y allí ya había una tradición establecida de escritores de clase obrera como Robert Burns o James Kelman. En Inglaterra, por el contrario, autores como Kevin Sampson o John King están marginados, pues hablan de mundos que no encajan con el Booker Prize. Por el contrario, todos los escritores escoceses que publicaban cuando yo llegué, Gordon Legge, Janice Galloway, James Kelman, Alan Warner o Alasdair Gray, tenían orígenes humildes. La ascendencia de clase obrera era mayoritaria allí. Y eso no ha cambiado en la actualidad con gente como Alan Bissett, Louise Welsh o Ian Morrissey. Solo este último podría pertenecer a la clase media.

Dentro de la etiqueta de clase obrera hay una gran diversidad que no debe confundirse con ignorancia. La población en mi país se apoya en la tradición de la Ilustración escocesa del siglo XVII, cuando tras la revolución de John Knox todo el mundo en el país iba al colegio, y podía leer y escribir, mientras que en Inglaterra la mayoría de la gente eran campesinos iletrados. Esta tradición democrática y cultural, junto con la herencia de la transmisión oral, se mantienen vigentes hoy en día. Por tanto, es más aceptado ser un escritor de clase obrera en Escocia que en Inglaterra. Mis orígenes fueron una ventaja, en este sentido. Los escritores irlandeses, escoceses o galeses somos vistos casi como escritores de cualquier otro país de la Commonwealth, de la misma manera en que se leen y publican voces caribeñas o australianas. No dejamos de ser algo exótico dentro del establishment inglés, donde la mayoría de las novelas lo único que muestran es a gente de clase media enamorándose y desenamorándose.

En Notting Hill. Con Hugh Grant en el filme adaptado de la novela.

Sí. El truco es meter voces diversas, del Caribe o de India o australianas, pero al modo imperialista. Las voces escocesas o irlandesas se utilizan así, solo para darle toque exótico a las novelas de clase media, para aportar algo de salsa, nada más. Reconozco que tuve mucha suerte, pues las películas de Trainspotting y ahora también Filth tuvieron muchísimo éxito. Gracias a ese impacto pude contactar con una audiencia de clase obrera. De hecho hay mucha gente que no está interesada en la literatura en general, y sin embargo lee mis libros. Es como si hubiera conseguido trascender ese mundillo literario de alguna manera. Es cierto que siempre estás comprometido con él, pero dentro hay muchos grados. Al final tu dependencia con el patrón puede afectar enormemente a tu escritura.

Que alguien te diga «No leo demasiado, pero me encantan tus libros» es uno de los grandes triunfos de un escritor.

Es genial, es todo lo que quieres. Creo que la gente leería más si tuvieran acceso a cosas más relevantes culturalmente para sus vidas. Me dicen esto continuamente, de hecho. Y ese es mi gran subidón.

¿Cómo viviste el hecho de tener éxito comercialmente? ¿Te creó conflictos internos? Porque los escritores de clase obrera criados en música pop siempre anhelamos llegar al Top Ten.

Siempre es duro lidiar con el éxito comercial pues siempre será importante ganar dinero para poder seguir escribiendo, y tener el tiempo para ello sin preocuparte de alquileres y facturas, o de buscar otro trabajo que te dé estabilidad. Pero me he dado cuenta de algo: cuando vendí las primeras diez mil copias de Trainspotting, era un héroe en Edimburgo: «Nos has puesto en el mapa, enhorabuena». A las cien mil la gente ya empezaba a gruñir. Recuerda: era el mismo libro. Y al millón de copias me reprochaban directamente que les había robado su cultura. Y en parte es cierto. El libro sigue siendo el mismo, pero siento que como consecuencia de su viaje, de la película de Danny Boyle, el poster con Ewan McGregor, y el anuncio de trenes de Richard Branson (3), el libro ya ni siquiera me pertenece. Es un fenómeno global. Evidentemente siempre quedará algo mío en él, pero la idea del autor como alguien que controla todo el proceso es falsa. Es la propia naturaleza del capitalismo. En cuanto algo está dentro de una bolsa y entra en el mercado, ya no hay nada que hacer, es un tren que ya ha salido.

Una última pregunta: ¿Cuál fue tu gran momento de epifanía cultural en la adolescencia, aunque entonces no te dieras cuenta? En mi caso fue escuchando «In the city», de The Jam.

El mío probablemente fue viendo a David Bowie cantar «Starman» en Top Of The Pops junto a Mick Ronson.

Morrissey dice lo mismo.

Recuerdo la reacción de mi padre mientras veía la actuación. Lo odió, y por consiguiente yo lo adoré. Fue tan simple como eso. Y le agradezco haber tenido esa reacción, porque de lo contrario no habría vuelto a escuchar a Bowie en la vida, ni me habría convertido en lo que soy.

Irvine Welsh para Jot Down 7

Fotografía: Alberto Gamazo

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(1) También llamada Noche de las Hogueras. Fiesta equivalente a San Juan en España. Se celebra en Reino Unido el 5 de noviembre para conmemorar el intento fallido de Guy Fawkes ese mismo día en 1605 de volar el Palacio de Westminster. También se conoce como la conspiración de la pólvora.

(2) Miss Mundo de origen jamaicano que tuvo un hijo fruto de su relación con Bob Marley.

(3) El fundador de Virgin utilizó Trainspotting para un célebre anuncio de la TV británica.