Viaje de Mario Camus hacia Ignacio Aldecoa

En los años ochenta del siglo pasado Mario Camus se convierte en el rey del guión adaptado del cine español; esos años escribe y dirige versiones, para televisión o para cine, de genios como Galdós, Cela, Delibes, Lorca, Barea y, horror, Cebrián. Veinte años antes, durante su aprendizaje, dirige algunas películas de Raphael, colabora con Saura, hace espaguetis con Terence Hill y escribe y dirige dos adaptaciones de Ignacio Aldecoa (la tercera la haría ya avanzados los setenta). Con los cuentos de Aldecoa aprende su trabajo, y lo hace cuando las obras del cuentista vitoriano todavía están frescas (Young Sánchez, la primera, la dirige Camus a los cinco años de editarse el cuento, y el propio Aldecoa colabora en el guión). Al contrario que los autores de las adaptaciones de los años ochenta, Aldecoa todavía no era un clásico. Ahora ya lo es.

Partiendo de que todas las películas de boxeo, como las de submarinos, son buenas, Young Sánchez brilla de un modo especial en la historia del cine español por las magníficas escenas en los gimnasios (que tanto gustarían al capitán Oveur) y por los alucinantes escenarios barceloneses que muestra y que en su mayoría, madrileño yo, lamentablemente no reconozco —mi Barcelona son algunas canciones de Loquillo y unos cuantos libros de Marsé—. Aunque el cuento se desarrolla en Madrid, Camus lo pasa a Barcelona, imagino que por imposición de la productora, y la película gana gracias a la estética portuaria (esa pelea al borde del mar que seguro que hace llorar a Sabino) que luego solamente se vería en alguna peli de Bruno Lomas y antes en el cine negro de A tiro limpio y otras extrañas joyas negras que hace poco emitió 8madrid TV (¡larga vida a Enrique Cerezo!). Las escenas lo-fi a la salida de la fábrica de Olivetti, rodadas desde lejos de forma documental, el aperitivo con el capitalista con la Monumental como telón de fondo o la pelea final dentro del bellísimo edificio Gran Price ya no las voy a olvidar.

Si el cuento de Aldecoa son tres pinceladas en las que se muestra la vida de barrio del boxeador aficionado Paco Sánchez, quien quiere pasar al profesionalismo para ser Young Sánchez, con la hermana fea, la madre enferma, el padre ansioso del triunfo de su hijo —interpretado por el capitán de todos los mitos, el excelentísimo Luis Ciges—, los compañeros del gimnasio y de la fábrica y amigos ex-boxeadores que, como personajes de Garci, hablan de un mundo desaparecido, en la película Camus y Aldecoa se ven obligados a crear un argumento, y lo hacen sin salirse ni un centímetro del tópico: joven humilde y ambicioso saca la cabeza fuera del barrio olvidando a quienes le crearon —argumento que Camus repite con un Raphael ultraamargado en Cuando tú no estás—. Los desconocidos del reparto —excepto Ciges y Carlos Otero, genial como boxeador fracasado, actor que también sale en la de Raphael y en A tiro limpio— y el blanco y negro un tanto costroso crean un neorrealismo de andar por casa con zapatillas de cuadros donde las lágrimas no dejarían de correr por nuestras mejillas si en vez de Julián Mateos estuviera Alain “Rocco” Delon haciendo de Young. El protagonista, al dejar atrás a sus amigos del gimnasio —y no dejando que su hermana se dé el lote con un chavalote en la calle— se hace un personaje antipático y la cinta, sin un personaje central que caiga bien, se hace un poco cuesta arriba. Camus trata de suplir esa carencia llenando al entrenador de humanidad y sabiduría maqrolliana, ya que sabe desde el primer momento que Young le va dejar porque es lo que siempre sucede (leer esto último escuchando Qué nos va a pasar).

Las escenas sin ningún asidero en el texto de Aldecoa, como la boda del boxeador que ha vuelto exitoso de la Argentina —con la maleta cargada en mi imaginación de facturas para la dulce Eli— en una terraza al lado de un canal desconocido para mí, con botellas de El Gaitero en las mesas, confirman a Camus como el mejor retratista de la vida de la gente sencilla de aquella época. Esta boda, junto con la de Cuando tú no estás —que se note que soy un rendido admirador de Raphael y que creo seriamente que es una gran película— valen por todas las cintas del NO-DO que se conserven y por todos los Vivir cada día de la Transición, mostrando bodas normales —uy, casi digo humildes, palabra proscrita por mi credo mourinhista— tan lejos del repelente espectáculo de las bodas actuales —donde incluso se ha desterrado lo único que me gustaba, que era partir la tarta con una espada, y hasta se ha prostituido la salida de la iglesia cambiando el arroz por los asquerosos pétalos de rosa— que parecen sacadas de un museo etnográfico. Ya lo dijo aquel ex-ciclista, estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades.

La segunda de las adaptaciones es Con el viento solano, en este caso una novela, en la que se relata la huida hacia adelante de un gitano —Antonio Gades— tras cogerse en una feria de ganado un pedo limonero y cargarse a lo tonto a un guardia civil con bigote. Si tanto la novela como la película son atropelladas, en la cinta se nota más ese atropellamiento al estar las escenas tan poco desarrolladas que a ratos parece más un tráiler que una película, o uno de esos biopic río tan de moda ahora (Elizabeth Taylor se enamora, en el siguiente plano está embarazada, en el siguiente juega con un niño de diez años, al próximo es abuela). Lo mejor de la película son las localizaciones, muy de Escuela de Vallecas, ya sean olivares o ruinas de castillos en unos irreconocibles alrededores de Madrid, o ya dentro de la ciudad, esa escena a orillas del Manzanares en la que Gades se oculta de la policía tras unos surrealistas coches desguazados que prefiguran el crómlech de coches de Jim Reinders en Nebraska o el famoso Cadillac Ranch de Ant Farm en la Ruta 66.

El reparto es la otra sorpresa de la película, que hace que gane muchos puntos: Dos figuras legendarias pasan de puntillas por la cinta, nada menos que Vicente Escudero —que sale en poquísimas películas, agrandando la leyenda de Val del Omar con su aparición en Fuego en Castilla, película que bien podría ser una pesadilla del gitano Sebastián cuando duerme en el olivar— e Imperio Argentina, que hace de madre del protagonista (o de toda la Humanidad) y solamente habla para rechazar al hijo pecador, enmarcada como una diosa griega en un claustro (escena en la que parece que van a aparecer los esqueletos de Harryhausen a partirse la cara con el clan gitano).

La huida continua de Sebastián hace que todos los personajes sean episódicos, provocando que la película flojee al caer todo el peso sobre las espaldas de Antonio Gades y su poco arte cinematográfico. Demasiado estricto, Camus respeta todas las escenas y muchos de los diálogos de la novela. Todavía le quedaba mucho por aprender para resumir una novela con inteligencia. Solamente durante la estancia en Madrid, central en novela y adaptación, con Sebastián escondido en una pensión de la Cava Baja —un barrio de La Latina totalmente opuesto al refugio de adictos a la cebolla caramelizada que es ahora— Camus se atreve a guionizar y se trae a la novia de Sebastián (turbadora María José Alfonso) a Madrid para tratar de unir su (poco) futuro con el nulo de Sebastián.

Para su última adaptación, Los pájaros de Baden-Baden, Camus da un salto de diez años y retrata el pijerío madrileño en vez de los barrios bajos. Madrid ya está hiperdesarrollado y casi siempre horrorizado. Es verano en Madrid y los rodríguez salen de cacería (perfecto Larrañaga haciendo de sí mismo). Aunque al igual que en el relato del autor vasco, la protagonista principal es la joven Elisa —maravillosa Catherine Spaak—, niña bien que pasa su verano buscando información para publicar su tesis y escribiéndola en las terrazas de Rosales, en la película el verdadero protagonista es el fotógrafo que le recomienda su profesor para las fotos que quiere poner en su libro. Camus cambia totalmente al fotógrafo, que en la narración es un jovencito lleno de vida para en la película ser un maduro desencantado, que no para de beber cubatas y de leer Los amores tardíos, y que para más inri tiene un hijo que parece sacado de Verano azul. De origen humilde (aunque viva en un chaletaco de impresión en la Colonia Chamartín) y con mucha carretera a cuestas, se enamora como un crío de la chavala hasta que su integridad le hace incapaz de adaptarse a la pandilla de tarados de la alta sociedad de ella. Si a eso añadimos la cobardía de ella y su no querer renunciar por amor a su fácil vida hacen que se desencadene el drama. Pero antes de todo esto hemos visto un Madrid de colores quemados, de terrazas por la noche y bares feísimos que ahora serían joyas retro, y preciosas escenas de amor, con desayunos y comidas de los tres que crean en Pablo de nuevo la ilusión de familia al ver a Elisa reírse con su hijo, que toma café y no colacao, como debe ser. Toda esa ilusión que los tres van a perder cuando llegue septiembre. Siempre me ha encantado esta película.

Tras esta película Camus ya está preparado para adaptar a los clásicos, ha construido un guión claro, tomando lo necesario del cuento de Aldecoa y modificando lo que le parece, y Aldecoa, ya fallecido en el 75 cuando se hace la película, ha tenido a su mejor y prácticamente único adaptador en cine. Para Camus luego vendrían sus grandes éxitos de los ochenta y su declive en los noventa, y para Aldecoa su relativo olvido de clásico de bolsillo.


Maruja Torres: “El periodismo está propiciando el miedo de la sociedad”

De el Chino, o el Raval, a la Diagonal hay poco más de un cuarto de hora, si uno es de piernas impacientes. Pero también hay más de cuarenta años de periodismo. Maruja Torres bien lo sabe. En su bloque de pisos del Ensanche tiemblan con la leyenda de una banda de mafiosos caucasianos que vive al acecho. Así ella baja al portal aguerrida y nos abre. En su casa ladra Tonino, un perro viejo entre tinieblas, borgesiano. O sea que anda mal de la vista. La periodista ofrece cola light y aceptamos dignamente. Empezó en la secretaría y se ha currado todos los palos del periodismo. De la prensa nicotinosa y mortecina de Cara al Sol al férreo reporterismo y la corresponsalía valiente, de la frívola salsa rosa con picantón al púlpito feroz del yo opino. Pertenece al club privilegiado de los bendecidos con los premios Planeta y Nadal. Disfruta con la ficción, dándole marcha a su alter ego Diana Dial. Revisita el cine añejo en DVD con la pasión de aquellos aficionados a la ópera que saben que Verdi es su último refugio. Utiliza una botella vacía de Macallan de doce años como florero. Conoce el pertinaz odio de los enemigos y es leal con los amigos. No se corta un pelo a estas alturas del partido. Más allá de sus quevedos de acolchada montura y al final de una pícara mirada, brilla el fiero hierro de una faca. Las vecinas del barrio la llaman aún “nena”.

Lo has relatado en “Mujer en Guerra”, también en algunos artículos y entrevistas, pero cuéntanos cómo fueron los inicios.

Fueron inesperados. Yo era secretaria, como sabrás, y una mecanógrafa muy trabajadora que “laboraba” como un burro. Los inicios fueron casuales, aunque leía mucho. Supongo que desde la adolescencia, cuando conocí a Terenci [Moix], quería ser novelista. Por suerte, el periodismo se inmiscuyó en mi camino, porque a la novela he llegado gracias al personaje Maruja Torres-periodista, que me ha nutrido mucho. Era una gran lectora de lo que se podía leer entonces, sobre todo en un hogar pobre. Leía las crónicas de Josefina Carabias en El Noticiero Universal, que las hacía desde Washington y París, y a Martín Girard, que resultó ser Gonzalo Suárez, con sus estupendas crónicas de vestuario de fútbol. Leía y sin saberlo estaba buscando un estilo, buscaba hacer las cosas de una forma personal, implicándome y con un punto de vista diferente. Entonces entré en la Prensa del Movimiento, facción nocturna, de secretaria del director, y allí tenía un consultorio sociológico, muy serio, Carmen Kurtz. Kurtz, como el…

…El capitán de la novela de Conrad.

Sí, yo venía del mundo de los trabajadores que llenábamos blocs para un tío que nos dictaba una carta tras otra sobre la nueva dirección de la fábrica en, por ejemplo, Cerdanyola, y cuando decía “erecciones”, miraba así [parodiando una mirada concupiscente], a ver si las mujeres reaccionábamos. Así que me pareció un placer pasar a ser secretaria del director y esclava de la titular de la página femenina, que no te la puedes ni imaginar: niños, pañales, recortes… Lo único animado que tenía era el mundo de la moda, que lo llevaba la jefa, porque así recibía modelitos gratis. Y también le llevaba las cuentas al gerente por las tardes y los domingos recogía las crónicas de fútbol de segunda y tercera división: [impostando un acento catalán digno del humorista Eugenio o del Sazatornil de la Escopeta Nacional] “Señorita, el Sabadell una vez más ha vuelto a perder por culpa del árbitro. El equipo visitante con un sucio juego, etcétera…”. Pero eso me permitió vivir la vida nocturna de domingo en una redacción de tíos. Y ahí es donde conocí el oficio. Un oficio para disfrutarlo. De hecho, para disfrutar lo mismo en la vida sin ser periodista sólo podías ser mujer de alterne. Trabajar en un periódico te hacía golfa oficial, pero oficialmente eras respetable.

¿Como Rosalind Russell en Luna Nueva?

Fíjate que a mí todavía hay gente que me sigue llamado Hildy (Ríe)

Antes del ingreso en Fotogramas, ¿qué hubo?

Hice una jugada astuta. A la larga, porque a la corta me salió rana. Llevaba más de un año trabajando en La Prensa y estaba del Movimiento hasta muy arriba, porque me mandaban a hacer número y figuración cuando venía un ministro del régimen, como Solís o así, a echar un speech a los trabajores del tipo: “Nosotros tenemos los cojones cuadrados, ¡qué nos tiene que enseñar Europa!”. Llegaba yo allí, y apuntaba “tenemos los cojones cuadrados”. Se lo llevaba al director, quien rompía el papel y añadía: “Alejandro Muñoz Alonso acaba de mandarme la versión oficial”. “¿Y por qué he ido?”. “Porque queda bien que alguien esté allí tomando notas”. Estaba bastante harta, la verdad. Me apetecía mucho entrevistar a Elisenda Nadal, directora in pectore de Fotogramas, y pensé que si le gustaba lo que yo escribiera, quizá me contrataría. Hice una bonita entrevista y me contrató, pero para la publicación de su madre, Garbo, prensa del corazón (Ríe). Sin embargo, Elisenda empezó a darme colaboraciones para Fotogramas, que yo tenía que hacer en el horario de Garbo. Entonces venía la madre, la señora Nadal, y me decía: “¡Què fas, estás trabajando para mi hija!” Y yo ponía cara de póquer, pero Elisenda terciaba: “Ha sido ella, que me lo ha pedido”. La otra, aterrada, me denunciaba (Ríe).

Dices además que en Fotogramas aprendiste a escribir como hablas.

Claro que sí. Recuerdo que lo primero que me encargaron fue una pieza sobre “Las chicas Bond”. “Fes un reportatge de las chicas Bond”. ¡Qué hago!, pensé. Vengo de escribir de bebes, pañales y cosas así. Y sobre lo bonita que es la primavera en columnas de opinión de la página femenina. “¿Y cómo lo escribo?” “Collons, escribe como hablas, que te entienda la gente”, me respondió Elisenda, que ahora es una de mis mejores amigas. Y así empecé.

¿Luego vino la etapa Por Favor?

Estaba en Fotogramas y hacía otras colaboraciones. Fija, lo que se dice fija, no he estado nunca en ningún sitio. Lo mío siempre ha sido un pluriempleo permanente. Era como ahora pero no nos planteábamos el futuro. Quizá porque el presente ya era muy entretenido. Pasaban muchas cosas y teníamos mucho que hacer. En el edificio de Fotogramas, cuando pasamos a la Rambla, teníamos la delegación de Información y Turismo, y bajábamos con las pruebas (Ríe). Pero cuando empecé, en el mítico edificio de La Vanguardia, que por detrás da a la calle Talleres, llegó a haber Dicen, Destino, Gaceta Ilustrada, Fotogramas, Garbo,La Vanguardia... Enfrente estaba El Papus, en la Plaza de Castilla, donde hubo el atentado. También colaboraba en El Papus. Pero Vázquez Montalbán me contrató para Por Favor, en un ascensor, poniéndose así [ladea el rostro y encoge los hombros], porque era muy tímido: “No hay muchas mujeres que tengan sentido del humor”. Y yo le respondí: “Motivos no tenemos”. “Me gusta lo que haces en Fotogramas”, acabó reconociendo. Me supo muy mal cambiar, porque yo quería mucho a Ivá, a Óscar y a toda la gente que estaba allí. La gente más golfa estaba en El Papus y era una forma de vida. Luego Por Favor también lo fue. Presentamos la revista la noche en que recibimos la noticia de que iban a ejecutar a Salvador Puig Antich. Estaba Luis del Olmo presentando y Manolo [Vázquez Montalbán] agarró el micrófono y dijo que la revista era de humor político, que salía para denunciar al Régimen y las atrocidades que estaba cometiendo. Y allí ya quedamos marcados.

La nómina de Por Favor era un lujo: Perich, Forges, Marsé, el propio Vázquez Montalbán…

Sí. Forges era el que lo negociaba todo. Si alguna vez necesitas que alguien te negocie un contrato habla con él. Bueno, no sé si en el mundo actual sirve, porque en el mundo actual nadie puede negociar nada (Ríe). Marsé siempre ha sido un tío que escribe lo justo, pero estaba allí todas las tardes porque nos lo pasábamos muy bien. Primero parían, y luego empezábamos a confraternizar y acabábamos todos tomando copas en el bar que hubiera. Luego, por la noche, te ibas al Sot, en la calle Diputación, y estaban los mismos mas cincuenta.

¿Coincidió con la época mítica de Boccacio?

Sí, pero las noches se acababan muchas veces en la Estación de Francia, porque era el único bar que estaba abierto (Ríe).

Por la mañana, como quien dice.

Sí, estaba el quiosco de la Plaza Palacio, que existía entonces, y tomabas un chinchón. Te habías tomado la cazalla en el Arco del Teatro. Y después estaba Bocaccio, el Jazz Colon, el Kit Kat de la calle Escudillers. Había muchas cosas y éramos jóvenes.

Es curioso, el periodismo se ha vuelto abstemio.

¡Oh! Abstemio y silencioso. Recuerdo la redacción como un lugar de ebullición. Yo, la verdad, es que ahora no frecuento las redacciones al igual que no frecuento a los escritores, por prescripción médica. De uno en uno, sí. Conocí El País cuando estaba muy vivo, cuando había redacción, esas luchas típicas de los periódicos, esas injusticias que hay en el periodismo, que son muestra de transfusiones de sangre. Había quien te puteaba y llorabas, pero todo eso no quería decir nada. Si eras bueno, eras bueno.

De hecho, eres de los pocos que se han ido de El País y han vuelto.

Creo que soy la única que volvió sin el rabo entre las piernas, para hacer lo que quería y cobrando el triple. Salí de El País para conservar mi estilo. Había mal ambiente respecto a mí, porque un jefecillo se creía que yo iba a ser jefe, que las animaladas que yo hacía y le discutía eran porque quería quitarle el sitio. Nadie que me conozca puede decir que yo jamás haya querido ser jefe de nada. Sólo he aspirado a tener buenos jefes, y sabe Dios que es más difícil tener buenos jefes que ser jefe. Mucho más difícil. Entonces todo se fue envenenando y empecé a traducir teletipos. Y, claro, yo era un peso pesado. Tenía mis propios lectores y me estaba deprimiendo mucho. Hasta que un día dije basta y me fui. En ese momento empezaron a lloverme las ofertas, pero antes de las ofertas me aterré porque no había nadie que hubiera dejado El País. Era como arrojarse a las tinieblas. Hice cola en la planta sagrada para despedirme de Cebrián pero no me recibió. Le dejé una nota muy mona, y cuando me contestó yo ya estaba en Cambio 16. A partir de ahí empezó el cortejo.

En Cambio 16 hiciste unos reportajes muy novedosos en la época al estilo de Günter Wallraff.

Sí, Pedro José [Ramírez] tiene una cosa muy buena: es un periodista de reacción inmediata. Si hay un tema lo ve y te manda. Otra cosa es que luego sea un falsario cuando publica (sonríe).

Dicen que es un periodista de raza.

Es un periodista de raza. Y siempre tendré que agradecerle el hecho de que a mí me hicieran fija en El País, porque él me hizo una oferta para Diario 16. Se lo dije entonces, y cuando aún nos hablábamos siempre me lo reprochaba. Las cosas como son. Aunque luego no sabías lo que publicaría cuando le mandabas algo. Era tan amarillista como se ha vuelto en general toda la prensa hoy.

¿Tal vez fue también un pionero en eso?

Fue un pionero, sí.

Hablando de Pedro J. Ramírez, se produjo el caso del vídeo.

Estoy completamente en contra de que se hiciese y de que se publicara. Es más, Jesús Ceberio, en las reuniones, dijo que no se hablaría del caso en El País. Algo que no hubiera hecho Pedro Jota si Cebrián hubiese sido el sorprendido en un vídeo. Vamos, lo tengo clarísimo.

¿Sí?

Sí. Lo tengo muy claro. Trabajé para Pedro J. en Cambio 16, y allí se ponía a parir al diario El País y a Polanco gratuitamente, sólo por envidia. No en el Cambio 16 de Juan Tomás de Salas. La persecución a El País, en cualquier caso, empezó mucho antes de El Mundo.

Si no recuerdo mal, fuiste de las pocas periodistas en El País que escribió una columna denunciando la doble moral de la izquierda a propósito del vídeo.

¿Crees que fui yo?

Mmmm… pues creía que sí.

Creo que no fui yo. De ese tema pasé. Pero una vez, cuando tenía una sección dominical, dije que cómo era posible que se hubiese grabado un vídeo de la vida sexual de Pedro J. pudiendo haber grabado la decoración de Agatha Ruiz de la Prada de la casa donde vivían. 

Más sutil.

Sí, eso es más propio de mí. Eso de la doble moral debió de escribirlo… No te voy a decir quién. En cualquier caso, está bien dicho. En la temporada del vídeo, no podías ir a cenar a casa de nadie que no tuviera una versión. En unas se veía mejor y en otras peor.

Siguiendo con la prensa, con la crispación que existe actualmente en el periodismo. ¿Hay dos trincheras? No sé si es muy español y muy preocupante.

Me temo mucho que lo de las dos Españas es absolutamente cierto. Y una acaba jodiendo a la otra. Generalmente es siempre la misma.

Pero la confrontación parece estar más en los medios que en la sociedad. ¿O tal vez los medios quieren potenciarlo a un nivel social?

Creo que, por desgracia, la sociedad y los medios van por caminos diferentes. Los medios se parecen cada vez más a los políticos, que están siendo desechados por la sociedad. Me refiero a los medios tradicionales que, por mucho que se modernicen y se hagan punto com, siguen teniendo la misma historia. Entonces se nota mucho más la crispación, pues no está acompañada por un buen periodismo sólido. ¿Dónde está ese gran reportaje en el que se han invertido horas que haga olvidar la línea editorial? Estás condenado a estas líneas editoriales que asustan. Hoy en día, una de las cosas que hace el periodismo es propiciar el miedo de la sociedad, el miedo a lo que vaya a ocurrir. Y, en general, quien propicia el miedo propicia la sumisión. Hay demasiada opinión. Te lo dice una a la que sólo dejan opinar.

¿Sólo te dejan opinar?

Bueno, no es que sólo me dejen, pero mi momento ha pasado. El momento reporteril ha pasado. Y en cualquier caso, el modelo reporteril sólo interesa en virtud de lo que conozco de los famosos.

Por cierto, tú iniciaste la sátira rosa o el esperpento del papel couché.

Eso ya lo hacía en Por favor, en una sección que se llamaba “La ventana indiscreta”. Allí hacía todo tipo de cosas, pero cosas mucho más bestias.

De hecho, tu primera incursión en la novela fue a propósito de Julio Iglesias.

Tuve que vender mi cuerpo porque cuando dejé El País me acojoné. Me ofrecieron escribir una biografía de Julio Iglesias (para Espasa Calpe, que la rechazó finalmente porque me había salido esperpento humorístico; la publicó Anagrama y salí ganando) aprovechando que podía seguirle en su primera gira por Estados Unidos, pero justo cuando había firmado me ofrecieron trabajo en Cambio 16 y El Tiempo. Preferí a Pepe Oneto antes que a Julián Lago. Una de esas decisiones que una mujer debe tomar (Ríe). Pero como había firmado el contrato, seguí a Julio Iglesias como una loca y pensé que no podía hacer aquello en serio. Mientras tanto, hice algún reportaje y alguna cosa más, y el libro se fue alargando. No lo saqué hasta tres o cuatro años después. Me inventé, en ese momento, a Diana Dial, que es mi alter ego y que ahora la tengo resolviendo crímenes o sencillamente matando a los asesinos. ¡Qué gusto me da envejecer matando! Metí además en aquel libro muchos ingredientes que son muy míos. El humor y el disparate.

¿Qué te pareció Julio Iglesias entonces?

En aquel momento, un fascista asqueroso. Un amigo del poder, pero que estaba mucho más a gusto con el poder si éste era machista, estaba a favor de los ricos y no tenía que pagar impuestos. Recuerdo que trataba bien a los que estaban por encima y mal a los que estaban por debajo. Le gustaba humillar a sus propios empleados. Humillaba a su mánager. Es de aquellos de “¡Cómo puede haber un hombre, un voto! Hay personas que no merecen un voto”. Lo saqué en mi libro. En una ocasión, se asomó al balcón de su mansión de los Ángeles y dijo: “Esto es América, Maruja, esto es el progreso. Y Europa está acabada”.

Hablando de Diana Dial y relacionado con tu incursión en la novela negra, me parece que hay una tendencia de las escritoras a profundizar en el ámbito de la criminología (Agatha Christie, Patricia Highsmith, Patricia Cornwell) frente a crónica social más propia de los maestros clásicos.

Sí, te sigo.

No sé si es un tema de psicología.

Es que nosotras somos muy señorita Marple.

¿Hay un punto de sofisticación frente a la hard-boiled tradicional?

Los escritores tienen una cosa que les caracteriza —Manolo, el griego [Petros Márkaris], el italiano [Andrea Camilleri], Paco González Ledesma— y es la necesidad de estar deprimidos. De ver ¡oh! el horror de la vida. La única que hace que su detective se anime es otra mujer, Donna Leon: su comisario Bruneti vuelve deprimido a casa pero tiene a esa mujer fantástica que le prepara un guiso excelente y un cordero sensacional, que Leon no probaría jamás porque es vegetariana. Sin embargo, en general los personajes de las novelas negras son muy depresivos, todo les sale mal y no se enamoran nunca de la mujer que les haría feliz. Carvalho no está enamorado de la puta sino de una rubia estúpida que le pone cuernos. Y pienso que las mujeres somos, posiblemente, mucho más conocedoras de la naturaleza humana. Pero que conste que adoro estas novelas negras y disfruto mucho leyéndolas.

Pasaste cuatro años viviendo en El Líbano.

Sí, pero no estaba como corresponsal. Los dos primeros años, cuando sucedían cosas, como asesinatos de ministros, las tiendas plantadas de Hezbolá… siempre venía gente y yo les hacía de anfitriona, no me lo perdía aunque nadie me pidiera nada; reporteaba para mí, para mi conocimiento. Luego ya no mandaban a nadie porque lo veían en la CNN. Todavía no existía Al Jazeera en inglés (Sonríe).

Hablando de conflictos en Oriente Próximo…

Acaban de darme el premio Esperanza del Comité Palestí de Catalunya.

¿Ah, sí?

Sí, escolta!

En la polemíca sobre el poema de Günter Grass…

A Günter Grass le ha contestado Adolfo García Ortega

Por eso me gustaría saber qué te parecen los argumentos de García Ortega, que vienen a decir que no se puede comparar la defensa de Israel con el ánimo agresivo de Irán.

Israel tiene armas atómicas, nunca lo ha confesado y nunca ha permitido a nadie decírselo. Que un arma atómica en manos de Ahmadineyad sea más peligrosa que en manos de Netanyahu, te diría que así [aprieta la uña del dedo pulgar contra el final del índice]. De Netanyahu tampoco me fío un pelo. No cometeré el error de meter a todo Israel en el mismo saco, pero creo que el escoramiento hacia una derecha mesiánica del gobierno israelí es muy fuerte. Israel también tiene sus cantores, como García Ortega, Pilar Rahola y una serie de gente que está más o menos en nómina, sentimental o real; se pagan muy bien las conferencias que se dan en el circuito sionista.

Después te quería preguntar por algunas mujeres pero, ya puestos, ¿qué te parece Pilar Rahola?

¿Quién? ¿Esa chica de La Noria? Esa es la respuesta. ¿O aquella de “usted no sabe con quién está hablando”, cuando la grúa se llevaba su coche? La recuerdo por esas dos cosas. El resto de su trayectoria connais pas. Bueno, sé de sus artículos que hablan mal de mí, pero no los leo.

Al igual que tienes un número de lectores fieles eres una de las dianas preferidas de cierta derecha mediática.

Tengo muchos enemigos, gracias a Dios. El horror sería que les gustara. Los cronistas equidistantes suelen tener el favor de la derecha. El que dice que no es de izquierdas ni de derechas es de derechas, no te quepa duda.

¿Seguro?

De derechas vitales. Lo que les cabrea más de mí no son mis opiniones políticas, sino mis opiniones religiosas y mi descaro frente al sexo. Y que no esté muerta, eso es lo que más les cabrea, claro (Ríe).

En tu blog hablas de Gallardón como “Víctima de la Fimosis Tardía”.

Ha habido un asomador del blog que ha estado mejor al apostillar “y de la Próstata Prematura” (Ríe). Qué quieres que te diga, el blog sirve para desahogarme. A mí y a los que me siguen.

Decía que has sido un objetivo recurrente…

Sí, pero ellos también lo han sido míos, nunca me he callado respecto a ellos.

Te iba a decir eso, si no crees que con la mayoría absoluta del PP, por ejemplo, es cuando menos matizable tu afirmación de “hijos de puta” dirigida a sus votantes.

Claro que es matizable, sobre todo era matizable porque la hice en un contexto. Era después del Prestige, después de la invasión de Irak y de que en las autonómicas, y creo que también en las municipales, les votaran en Galicia. Pero es que luego me preguntaron qué opinaba de los votantes socialistas y declaré: “Hemos sido unos gilipollas”. Y eso ya no salió, ¿comprendes? Además, si quieres que maticemos más, te diré que eso fue a las once de la noche, despues de haber dado una conferencia gratuita en La Mina con Antoni Bassas, presente durante la entrevista, que me hizo un chico en el interior del seiscientos del cura obrero que nos había llevado allí. Pero eso sirvió para muchas cosas. Para darme cuenta de la gente que me apreciaba y la que no, gente de mi propio periódico que me dejaba mensajes diciendo “chavala, esta ha sido una caída pero te va a dar más impulso” y gente obligando a retractarme sin haberlo escrito en una columna, era una declaración a un medio. Se me sugirió que deslizara una excusa en una columna e hice más que eso. Hice una columna pidiendo perdón al diccionario, porque existiendo tan ricos sinónimos había utilizado el más burdo. Y menos a las prostitutas, que eran las primeras a las que tenía que haber pedido perdón, pedí perdón a todo el mundo. Con lo cual se cabrearon todavía más. Me encanta.

El caso de Barcelona, ¿se está volviendo provinciana?

¡Hace tiempo!

Pues aún más.

Viví Barcelona en los años que existía una cosa que estaba muy bien: éramos catalanistas, de izquierdas, anticensura, libertarios y todo lo cosmopolitas que podíamos. Cuando ganó Pujol eso se fue al carajo. La cultura fue hacernos creer que Franco había prohibido las pubilles y Els xiquets de Valls ¡Y esto nunca lo prohibió el hijo de puta! Sabía que eso era pan y circo.

Vamos, los coros y danzas

¡Coros y danzas! Pero lo que desapareció de aquí para que todo fuera muy catalán y muy nostrat fue, por ejemplo, el gran trabajo de Juan Manuel Martín de Blas en TV2, en la UHF que decíamos entonces, en blanco y negro, los programas de entrevistas de Montserrat Roig sobre personalidades catalanas, bien hechas y a fondo, las adaptaciones teatrales con Núria Espert… Todo esto ya no existe. Le tengo mucho respeto a TV3, sobre todo a la del principio, hasta que se institucionalizó, pero lo que hubo fue la comarca nos visita, y se quedó. Ahora más que nunca. Y luego el tripartit, que también… Quiero decir que el momento más cosmopolita fueron los Juegos Olímpicos y no fueron nada comparado con lo cosmopolita que fue esta ciudad cuando Ocaña vendía por las Ramblas sus perfumes a cambio de cantar. Teníamos panteras negras exiliados paseándose por las Ramblas. Lo sé porque me tiré a uno (Risas).

¿Fue bien?

Muy bien, muy bien la pantera (Ríe).

Aquella época también la retrató Federico Jiménez Losantos en La ciudad que fue.

Bueno, él ya estaba rebotado. Estaba con Alberto Cardín. Tenían un semanario muy interesante que se llamaba La bañera. Si siempre han sido muy inteligentes. Es la derecha inteligente. Arcadi Espada, por ejemplo, es muy inteligente.

Sí, bueno, “rata retorcida”, creo que escribiste…

Nunca le puse nombre. Ahora bien, si él se dio por aludido… A mí me recuerda mucho a Ricardo III, pero esa es otra historia. Me parece un hombre inteligente y me interesa mucho lo que escribe, pero como persona no le puedo dedicar dos minutos seguidos. Entonces… ¿por dónde íbamos?

Jiménez Losantos y Cardín.

Sí, ya tenían muy mala leche, eran muy envidiosos. Se dedicaban a ponernos verdes a los que empezábamos a tener éxito. A Terenci lo ponían a parir. Hay gente que tiene mucha maldad. Otros somos criticones y metemos muchas patas, pero no tenemos maldad.

Cambiando de tercio, has tocado todos o casi todos los palos periodísticos. Como reportera cinematográfica, cómo ves el hecho de que actualmente triunfe una película como The Artist, que propone una vuelta a los orígenes del cine. ¿Tal vez, al igual que el periodismo, el cine debería reinventarse?

Al cine le pasa lo mismo que a la ópera. Todo tiene su momento, su contexto. Sigue habiendo buenas peliculas, pero ya no hay aquel cine. Había ceremonias de los oscars de Hollywood en las que era imposible que hubiera una mala película porque todas las que se presentaban eran obras de arte a la altura de Lo que el viento se llevó.

Incluso se permitían ningunear a Chaplin o a Hitchcock.

Claro, porque les parecía poco. Al cine le ha pasado lo mismo que al periodismo, lo ha corrompido el negocio. Es decir, el periodismo se jode en el momento en que dedican salir a bolsa y los jefes empiezan a comprender que hay que trabajar para los accionistas y no para el público lector, y en el accionariado quizá no todos estén ahí por amor al arte. En esas estamos. La crisis y las tecnologías no han tenido nada que ver con la crisis del periodismo. Ha tenido que ver el encefalograma cóncavo y la codicia de las empresas que han querido estirar más el brazo que la manga, y se han puesto a comprar televisiones y a cotizar en bolsa. Hay gente que ha pedido préstamos para comprar acciones que luego se han devaluado. Y han perdido préstamos y acciones. Y no estoy hablando de ningún diario en concreto. Creo que deberían seguir vigentes los tiempos en que se hacía un medio de comunicación con esfuerzo, se esperaba reunir un poco de publicidad, se cubrían gastos, se pagaba modestamente y si se podía aguantar un año o dos, se iba ampliando todo lo demás. Igualmente creo que el hecho de que un periodista vaya a la guerra no es noticia. Noticia es lo que cuenta de esa guerra. Porque hubo un momento en que empezaron a tratarse hasta las excursiones de los corresponsales. Pues en el cine pasa lo mismo. Ya no puede informar nadie. En Fotogramas podía ir a los rodajes. Me estaba cuatro días, un mes, mirándolo todo, escuchando, hablando con la gente, y luego escribía dos o tres grandes reportajes. Ahora vienen las distribuidoras y te lo dan hecho. La productora ya ha decidido qué entrevistas conceden y salen todos con las mismas cosas y al mismo tiempo. Empezó en el cine antes que en todo lo demás. Incluso antes de que los políticos dejaran de hablar con los periodistas.

Sí, también sucede en el mundo editorial.

A mí de momento me tratan muy bien.

En cualquier caso, los pocos medios de papel que quedan parecen ir a rebufo de las ediciones digitales.

Porque la generación que ha llegado al poder, con excepciones, lo está haciendo mal. Son gente de cuarenta años que tienen a la empresa aquí y a los accionistas aquí. Y luego se ha creado el problema de que a los jóvenes se les ha escamoteado una generación que podría estar enseñándoles en la redacción. Y otra cosa que ha jodido al periodismo han sido los másters entendidos como fábricas de mano de obra sumisa, obediente y ahora ya muy barata.

Fue pionero El País.

Sí, y luego creo que el ABC enseguida lo copió. Quiero decir que podrían tener a Kafka enseñando literatura en el máster, da igual. Es el espíritu del máster.

¿Un espíritu corporativista, tal vez?

Claro, y sobre todo que se ha convertido en un negocio. Se saca dinero de esto. Me parece de una inmoralidad alucinante. Gente ilusionada con la posibilidad de tener un empleo, que para empezar a un periodista nunca tendría que prometérsele un empleo. Habría que exigirle formación ilimitada, y cuando acabe el máster decirle: ahora con tus ahorros o con lo que saques de aquí te formas. Te vas a Estados Unidos, recorres América Latina o te enteras de cómo está el mundo asiático, pero no meterlos en la redacción a cortar y pegar, y firmar desde Madrid noticias que han visto en la tele. Cuando entré en El País se firmaba muy poco, y ahora está todo lleno de firmas. Ni tanto ni tan calvo. Era muy elitista entonces. Pero ahora la forma de copago es tener tu firma, y eso te hace leer una sarta de gilipolleces. No sólo en El País, sino en todos los medios, pero me sabe mal que suceda en El País. Dicho todo lo cual, conozco a grandes periodistas jóvenes que salieron del máster. Pero no estoy segura de que no fueran igual de buenos sin el máster.

Esta sí que creo que es tuya. Hablaste una vez de los hombres que no sabes si van a estrangularte o van a hacerte el amor, como James Mason o Ralph Fiennes.

Bueno, yo he dicho moltes bestieses.

No sé si el equivalente moderno a este tipo de hombre sería Don Draper.

Sí, yo creo que es el hombre quebrado y el hombre tortuoso.

Así que gustan los cabrones.

No es que gusten los cabrones, es que no creo que Don Draper lo sea. Es un hombre que lleva la vida de un cabrón y eso lo está matando. Y en ese sentido es ejemplar. Sé de muchos ejecutivos que se creen que ha vuelto el hombre y van de Don Draper tratando a las secretarias así, y no se dan cuenta de que Don Draper se está muriendo por dentro. No se dan cuenta. Por cierto, el otro día vi en la tele un trozo de Ha nacido una estrella, de George Cukor, justo cuando James Mason se suicida, y pensé “Joder, además, qué cuerpazo tenía el cabrón” (Ríe). Y podía ser capaz de la mayor ternura y, al mismo tiempo, de algo tan sombrío.

Sí, como en Operación Cicerón.

¡Oh, fantástica!

Para terminar te pregunto por algunas mujeres. Hace poco, Soledad Gallego-Díaz nos comentaba que no se sentía “un referente moral”.

Pues lo es. Ella no se sentirá como tal, pero yo la considero un referente. Además es una gran periodista y le tengo mucho aprecio.

Isabel San Sebastián

¿Está viva?

La parte buena de vivir en Barcelona es que trato poco y cuando salgo, es al extranjero.

¿No sigues Intereconomía?

No. ¿No ves lo bien que estoy?

Rosa Montero.

Gran entrevistadora. Recuerdo entrevistas históricas, como la del Ayatolá Jomeini. Gran entrevistadora porque es un ser curioso, y porque entrevista bien a la persona con la que está hablando. Y muy buena persona, también.

Esperanza Aguirre

En un festival de cine de San Sebastián, no sabes lo difícil que fue huir de su jefe de prensa para que no nos hicieran una foto juntas cuando la hicieron ministra de Cultura. Es mi único recuerdo de ella. Creo que es una mujer sin corazón. O sea que tiene ese espíritu de la aristocracia, del croissant de María Antonieta.

Tú que además has tocado el guión cinematográfico con El rey del mambo, qué te parece Ángeles González Sinde.

Lo toqué muy mal (Ríe). Pero fue con un gran y querido amigo, Carles Mira. Conocí al padre de Ángeles González Sinde, a quien tenía un gran cariño y respeto mucho. ¿Te vale como respuesta?

Me vale. Cambiando de continente: Sarah Palin.

Bueno, ningún interés. Toda esa gente y su pensamiento me parecen esperpénticos. Teniendo aquí a la Aguirre, dedicarle tiempo a la Palin…

Otro objetivo de cierta derecha mediática es Pilar Manjón.

Eso sí que me duele mucho y me parece profundamente canalla. Esto demuestra hasta qué punto hay gente que es más mala que otra. Y están en otro lugar, no están en mi bando. En el bando de la izquierda hemos encontrado gilipollas por un tubo, aprovechados y corruptos, pero esa maldad, esa mala sangre es guerracivilesca y es odio de clase, el odio del señorito o del palanganero del señorito, que sería el caso de los periodistas. Siempre he sido respetuosa con ABC pero no con Jaime de Campany, que era una alimaña con pistola. Los de Intereconomía, que no la veo pero me tienen informada, o toda esa gente que no quiero nombrar, como los SS [Salvador Sostres], son malos frustrados, que se miran al espejo y no se quieren, y que tienen esa parcela de poder y la usan para hablar de chochitos y todos eso. ¡Qué asco!

Bueno, se refirió a los chochitos Salvador Sostres en Telemadrid.

SS.

¡Ah, vale! Por último, María Dolores de Cospedal.

Me parece tan mala… Pobre Julia Roberts haciendo de mala en Blancanieves, cuando podría ser la Cospedal con una cruz al hombro.

 

Fotografía: Alberto Gamazo


Eduardo Mendoza: “Los novelistas deberían tener prohibida la opinión”

El cielo despejado permite contemplar el perfil afilado de la ciudad. Tanto el fotógrafo como yo somos hombres de pocas palabras así que, desde este mirador de club deportivo, fijo la oreja en el golpeo hipnótico de la pelota de tenis. Remolino polifónico de estupendas señoras disfrazadas de tenistas y con todo el día por delante. Aparece el escritor Eduardo Mendoza precedido por una disculpa y una justificación por los cinco minutos de retraso. La fama de hombre de formas impecables queda comprobada desde el principio. Mendoza es uno de los novelistas españoles más destacados desde la transición. La verdad sobre el caso Savolta (1975), El misterio de la cripta embrujada (1979), El laberinto de las aceitunas (1982), La ciudad de los prodigios (1986), Sin noticias de Gurb (1991), Una comedia ligera (1996), Mauricio o las elecciones primarias (2006) o El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008) son títulos ineludibles en cualquier repaso exhaustivo de la literatura autóctona moderna. Ganó el Planeta con Riña de gatos (2010). Ha escrito ensayo y teatro en catalán. Su humor es demoledor y descacharrante. En la conversación lo esgrime achicando los ojos y esbozando una sonrisa que el bigote apenas oculta. Nada parece resistirse a una ironía tan barcelonesa como este skyline. Acaba de inaugurar en Cracovia una biblioteca que lleva su nombre, así que empezamos por ahí:

Poca gente sabe que Cracovia es una de las ciudades más bonitas de Europa, comparable a Praga o a Venecia. Una ciudad maravillosa. Parece ser que existe una vitalidad cultural considerable.

Enorme. Ha sido un país muy maltratado y mantiene sus señas de identidad culturales. Por ejemplo, los poetas son gente con una gran autoridad, aparte de los nobeles Szymborska y Milosz. Y luego hay escriores como Lem, Kosinski… Allí un escritor es muy importante. Tan importante como aquí un futbolista. Los actos culturales tienen un poder de convocatoria enorme. Aquí haces una presentación y van doce amigos. Allí llenas un teatro y se queda gente fuera. Pero no por mí, sino por ellos. Sorprendía que yo fuera alguien cuando en otros sitios no soy nadie.

Se sigue mucho su obra en Polonia.

Sí, les gustan mucho las novelas de humor.

Tal vez por la conexión polaco-catalana…

(Ríe) Puede que algo de eso haya. Ellos saben que hay un programa que se llama Polonia [de sátira política en TV3] y me preguntaban por Crackòvia [programa de humor sobre deporte de la misma cadena]. Pero tienen una tradición de literatura humorística que, a excepción de Inglaterra, en otros países europeos no existe. En Francia, y por reflejo en España, Italia y Alemania, el humor quedó excluido de la literatura seria, cosa que no había pasado antes. La literatura francesa del siglo XVIII es de humor, Voltaire, Diderot y toda esa gente, pero en el siglo XIX se vuelve muy seria, y eso contagia a los otros países. El humor se deja en manos de lo más chabacano. En Polonia, un país acostumbrado a muchas opresiones externas o internas, la literatura de humor sigue siendo una válvula de escape y la valoran mucho. Entonces aprecian a alguien a quien no le importa escribir cosas de risa.

Usted fue de los primeros que dijo que la novela estaba agotada como fórmula narrativa; no sé si la televisión, las grandes series, son la nueva vía para contar historias.

El problema es complejo. El diálogo social que se produjo en torno a la novela en el siglo XIX y en el cine en el XX ahora está en las grandes series de televisión (Los Soprano, Mad Men…) porque es donde todos más o menos coincidimos. En las series de televisión y en el fútbol. La literatura, el otro cine, el teatro, son aficiones individuales. Igualmente valiosas pero no son moneda de curso legal. La novela convencional, pues, está en crisis, como la poesía, que antes tenía presencia en todos los niveles: los niños el día de Navidad recitaban poesía y la gente la leía, y ahora se ha convertido en un acto individual que no pretende comunicarse con los demás. La novela quedará como entretenimiento, al igual que el cine, que ha desaparecido. Siguen llenando las salas las películas de efectos especiales, al estilo de los best-seller, pero eso no es cine. Son muy respetables y me encantan las películas de efectos especiales, pero estamos hablando de otra cosa.

¿Sigue series de televisión?

Sí, claro, me parece muy interesante el sistema narrativo.

Al modo dickensiano…

Exacto. Tiene un componente dickensiano. Y por otra parte, este elemento de serie de novela policiaca, en la que siempre son los mismos personajes haciendo lo mismo con pequeñas variantes. Eso enlaza, además, con las sinfonías y los conciertos de Mozart, que son siempre iguales, con sus pautas, pero que cada uno tiene su momento de inspiración, algo que la novela no posee. Lo tenía la novela barata de ciencia-ficción o sobre todo la policiaca, donde se repite el detective, el ayudante, la secretaria… con un caso distinto cada vez. Me parece muy bonito. Y además están muy bien diseñadas y tienen una duración estupenda. La inteligencia se ha ido a las series.

¿Es de los afortunados que todavía no han visto The Wire?

Estoy a medio ver The Wire. Es lo más interesante de todo lo que se hace. También estoy con Deadwood, que es una serie espléndida. Y, en su momento, Los Soprano me pareció magnífica.

Se ha referido a la novela policiaca. Con la trilogía del detective Ceferino [El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras] parodió, a la manera de Cervantes con las novelas de caballerías, el género negro, aunque sin acabar con él ya que mantiene una gran vitalidad.

Siempre la ha tenido. Ha ido evolucionando y hay muchos sectores: la novela de misterio de las grandes damas inglesas, la novela negra de Los Ángeles y ahora la novela de investigación científica, tipo Patricia Cornwell, que cumplen su función y llenan un hueco imprescindible. Siempre he tenido un gran respeto por sus autores y por el género. Hay que tener un talento extraordinario. Un sentido del humor, una distancia, una visión del mundo cariñosa, irónica. Aunque tampoco puede ser que vayan apareciendo cadáveres y sea motivo de alegría y diversión. Sin embargo, la convención del género me gusta mucho. Y yo, como no tenía talento para hacer una novela negra de verdad, hice una un poco paródica. En cualquier caso, lo que me hubiera gustado es escribir una en serio.

Con épica.

Sí, y sobre todo que respondiera a los cánones estrictos del género. Al problema y su solución. Esa cosa matemática para la que no estoy capacitado. Como no lo estaba Vázquez Montalbán pues, entre recetas de cocina y recetas políticas, se tapaban los descosidos del caso.

En una época parece que hubo un acuerdo entre algunos escritores barceloneses por abordar la novela policiaca: Montalbán, Marsé, usted…

Todos nos pusimos de acuerdo. Nos interesaba mucho la novela negra.

¿La clásica?

Nos gustaba toda. Incluso habíamos fundado una Asociación. En aquel momento se intentó hacer novela de misterio en una variante autóctona. A la manera de los franceses, que tenían grandes escritores secundarios pero muy buenos de novela negra: de Simenon al comisario San Antonio o Modiano, con más ambiciones literarias. Y entonces cada uno se buscó la vida como pudo. Estaban Andreu Martín y Juan Madrid. Fue un momento de buscarse una salida, aunque luego no ha tenido continuidad, quizá porque no hay un mercado tan abierto a estas propuestas.

¿Es Kafka “un tipo simpático y fotogénico” pero “un mal novelista” como declaró en una conferencia o se trató de una boutade?

(Ríe) Bueno, es una boutade para llamar la atención de un público que se me dormía sobre algo que estaba diciendo totalmente en serio. Una cosa es la narración y otra toda la literatura. Si hablamos de novela, algunos grandes escritores que han influido enormemente en el siglo, en nuestro tiempo, en nuestra vida personal y en la sociedad han sido desde el punto de vista literario segundones. Por ejemplo, Kafka. Entonces, el público se sublevó y yo dije: “vamos a ver, que levante la mano el que se haya leído entero El Proceso, El castillo, América”. Nadie. Todo el mundo sabía que un señor se despierta convertido en una cucaracha, pero muy pocos habían leído a Kafka realmente. “¿Quién ha leído Josefina la cantante, Informe para una academia?” No los había leído nadie, pero adoraban a Kafka. Bueno, no está mal… Creo que, en las grandes influencias del siglo XX, Kafka cubre la primera mitad y Borges la segunda.

¿Faulkner?

Es otra cosa. Faulkner es un gran novelista. Tiene, sin embargo, muy poca influencia en el plano personal. No ha dejado imágenes referenciales, pero en cambio es un gran novelista y el que lo lee, lo lee. A Kafka, no.

Escribió un ensayo cariñoso sobre Baroja, ¿qué le parece la tesis sobre la cobardía del escritor que sostiene Gil Bera en Baroja o el miedo?

No estoy de acuerdo. Lo he hablado con Gil Bera. Entiendo muy bien su punto de vista. Puedes coger a Baroja por un lado, y entonces sus actitudes y opiniones no tienen perdón porque es un majadero. Pero también puede vérsele desde otro lado. No era cobarde, porque como periodista y como hombre de opinión se había metido con todo el mundo. Se había enfrentado a todos y eso no es fácil, no hay muchos periodistas que tengan el valor de atacar. Y se había peleado con gente de talla, como por ejemplo, Ortega o Unamuno. Era un luchador.

Y casi lo fusilan.

Estuvo delante de un pelotón y abroncó al responsable: “¡Es usted un imbécil!” Luego explicó que su reacción se había debido al miedo que lo cegaba, actitud perfectamente comprensible. Se fue a Francia y volvió. Estaba enfermo, pasaba hambre, era muy mayor, tenía la familia aquí y tampoco estaba tan en desacuerdo con la revuelta contra una república que le parecía caótica, y en cierto modo lo fue. Encarnaba todas las contradicciones. Era un hombre de la generación del 98, una generación proto-fascista que creía en la necesidad de un hombre salvador.

Un cirujano de hierro.

Era la idea que tenían los de la generación del 98 y toda Europa. Y acabó como acabó. Pero Baroja nunca estuvo con Franco ni con la Falange. Es un personaje muy complejo y de ahí también su interés. Está bien leer a Gil Bera y luego algunas hagiografías, porque las dos cosas son posibles. Es un personaje que me gusta mucho. Y se equivoca, como se equivoca Pla, pero no de una manera miserable y abyecta.

Su antisemitismo es sumamente antipático.

Tiene todos los vicios de la época.

La misoginia.

Sí, el lío que se arma ese hombre. Pero un novelista es un hombre esponja. Al igual que ve las calles de Madrid y el lenguaje de los personajes absorbe todos sus defectos. No puede ser un intelectual objetivo. Su error es opinar. Un novelista debería tener prohibida la opinión.

Se ha comentado que Riña de gatos [Premio Planeta] es su primera novela ubicada en Madrid. ¿A qué se debe el nuevo escenario?

Sí. Ha llamado la atención, y me sorprende porque me parece un detalle muy accesorio. Quería contar una historia muy parecida a todas las que cuento: alguien de fuera que aparece en un mundo que desconoce y al que tiene que adaptarse. Antes había colocado a un personaje en Palestina con el niño Jesús [El asombroso viaje de Pomponio Flato] y ahora en Madrid con José Antonio Primo de Rivera. Con el mismo espíritu. Y leerlo en clave Barcelona-Madrid es como decir que he fichado por el Real Madrid. Me parece un signo más de nuestro tiempo. Vivimos la vida y la historia en forma de partido de fútbol.

Sea como fuera, Madrid es una ciudad más explotada literariamente que Barcelona.

Hay grandes novelas que tienen Madrid como telón de fondo, por ejemplo en la tradición clásica de Galdós, Baroja o Valle-Inclán, pero no existe la gran novela de Madrid en la que la ciudad sea protagonista. Barcelona ha tenido varias. Quizá porque es una ciudad más fácil de abarcar literariamente, pues tiene una sociedad más cerrada. Se parece más a la Vetusta de Clarín que al desconcierto, al cruce de caminos que es Madrid. A mí me interesa mucho el Madrid de la República, que es un momento en que la ciudad se convierte en una de las más interesantes y creativas del mundo, incluidas París y Nueva York. Porque, a diferencia de otras que están en un momento difícil, como por ejemplo Berlín, Madrid tiene una libertad desmedida, una sensación de “a vivir que son dos días” y donde todo confluye: las vanguardias literarias, plásticas, cinematográficas… Por allí están García Lorca, Buñuel, Dalí, pero también los latinoamericanos como Neruda, Borges o César Vallejo.

Algunos foráneos, como Josep Pla, no llegaron a sentirse cómodos con la situación política y social. Tal y como cuenta, por ejemplo, en El advenimiento de la II República.

Sí, Pla es un hombre de orden y muy conservador. No me gusta nada la visión de Pla en El advenimiento… y en todos los artículos de La Veu de Catalunya, porque es un poco despectiva y le lleva luego a pasarse a Burgos con todos los intelectuales catalanes; fenómeno, por cierto, del que se ha hablado poco. Toda la intelectualidad catalana relativamente joven se pasa en masa al bando nacional detrás de Eugeni d’Ors y nunca se arrepienten. Algunos conservadores ligados a la cultura catalana se exilian momentáneamente, como Sagarra o Riba. Luego vuelven y llevan una vida discreta y se adaptan al terreno. Pero los Teixidor, Vergés, etcétera son falangistas convencidos. Ven la República como pueblerina. Se consideran aristócratas intelectuales. Y que Dios les haya perdonado.

A veces se acusa al castellano popular de Cataluña de “contaminado” o poco ortodoxo.

Es verdad que cuando uno va a Madrid, Andalucía, a Puerto Rico o a Buenos Aires oye una forma de lenguaje que es enriquecedora y produce un trasbals. No sé si me gustaría vivir inmerso en el gracejo andaluz, pues me parece un poquito mecánico. Me interesan otras formas del lenguaje más de laboratorio. Aquí el bilingüismo empobrece por un lado y enriquece por otro.

¿Empobrecimiento en el uso del lenguaje?

No debería haberlo, pero el bilingüismo da una excusa para que la enseñanza sea pésima. En estos momentos, sobre todo la gente joven habla mal castellano, catalán y lo escribe peor. No es culpa del bilingüismo, sino de que no se enseña la ortografía a latigazos. Llevar dos idiomas en la mano lo puede hacer cualquiera, no tiene ninguna dificultad; al contrario, es un enriquecimiento. Yo no me doy cuenta cuando hablo u oigo catalán o castellano. Por otra parte, mi herramienta de trabajo es el castellano porque escribir ficción es otra cosa. Como a un escultor que trabaja el mármol no le pidas de golpe que haga fundición porque sus esculturas son esas y no hay más elección. Pero, a diferencia de lo que sucede en la actualidad, el uso tendría que ser más enriquecedor que empobrecedor. Y no lo es por dejadez.

¿Cree que el modelo de la inmersión lingüística no funciona o tendría que replantearse?

No hay una solución mejor que otra. Todas tienen sus problemas y sus dificultades. Si vemos el bilingüismo como un problema, no lo resolveremos. Si en cambio lo vemos como un hecho contra el que no se puede hacer nada, entonces tiene fáciles soluciones. Hay dos idiomas y contra eso no hay nada que hacer. Cuando yo era pequeño había que hablar castellano y todo era en castellano. Salíamos al patio y jugábamos al fútbol en catalán, porque era lo que la mayoría hablaba en casa. Y no hubo forma de eliminar eso. Ahora los chavales salen a la calle y hablan en castellano porque es el idioma del último programa de televisión que han visto. Eso es inamovible. Aquí tenemos dos idiomas y se acabó. Se podría conseguir reducirlo a uno pero a base de un exterminio que nadie está dispuesto a hacer ni a aceptar. Entonces hemos de vivir con los dos idiomas. Uno es más propio, pero el otro tiene una fuerza y una extensión contra la que no hay solución. Uno tiene 8 millones de hablantes potenciales y el otro 50 millones. Y sí, es verdad, la edición de libros no es comparable en los dos idiomas. Ya podemos protestar y decir que la culpa la tiene no sé quién. La culpa no la tiene nadie, son las circunstancias.

Fue de los pocos autores catalanes que escriben en español —por no decir el único— que se mostró a favor de que en la feria del libro de Frankfurt [dedicada en 2007 a la literatura catalana] se invitara solamente a autores de obras escritas en catalán.

Entendí y sigo pensando que era lo razonable. Se invitó a la lengua catalana, que es una cosa perfectamente normal, europea, con una larga tradición, que mantiene en estos momentos una vitalidad estupenda, no comparable a la inglesa, a la francesa o a la castellana, pero sí a la danesa, a la holandesa y a la sueca, y de la que uno puede sentirse perfectamente orgulloso. Un sector de la organización, por otra parte, quería que viniesen escritores catalanes como Zafón, Cercas o Marsé, que atraen al público. Se creó, entonces, un conflicto innecesario que intentaron arreglar empeorando la situación, ya que dijeron que ellos habían invitado a Cataluña. Esto es un disparate porque suponía que un escritor mallorquín o valenciano que escribiese en catalán no podía ir a Frankfurt. Total, que se liaron, y también les interesaba provocar polémica para así salir en los periódicos. Si hubieran ido allí unos escritores a leer sus cosas aquello no hubiera interesado ni habría creado polémica.

Sus novelas están casi siempre protagonizadas por tipos desubicados, ¿se identifica con ellos?

Soy bastante desplazado por tradición familiar. Mi familia paterna son funcionarios. Antes hacían unas oposiciones y los destinaban a un sitio. Normalmente eran chicos jóvenes, con un sueldo y una carrera por delante, y a menudo acababan casándose. Así pues, se convertían en uno de fuera que se había casado con una chica de buena familia. A su vez sus hijos hacían lo mismo, con lo cual si sigo mi árbol genealógico es un mapa de carreteras de España. Uno nació aquí y se fue allá, otro nació allá y se fue aquí, y mi padre llegó a Barcelona y se estabilizó. Tengo los mismos genes, así que siento la necesidad de irme. Por eso siempre me he estado yendo fuera, porque lo que me gusta no es establecerme sino irme, conocer ciudades y cuando ya las conozco, me canso y me quiero ir a otra. Mis personajes son así. Y eso me da una distancia para observar la realidad. He vivido en ciudades de esta manera y ya sé dónde hay que ir para olfatearlas.

Dejó hace años de escribir la columna del lunes en El País, ¿le cansa la actualidad?

No, pero era la columna de la última página y me parecía de unas características muy especiales. El lector llegaba después de haber leído todo y mucho más de lo que uno quiere saber sobre España, el mundo, Cataluña, Barcelona, la cartelera, los toros…Y entonces, ¿de qué hablamos? No quería, como hacen algunos columnistas, criticar al gobierno y a la oposición. Vamos a hablar de otra cosa. Primero con mucho agrado, pero luego me cansé y se me acabaron las ideas. Estaba escarbando a ver qué encontraba y pensé que era el momento de dejarlo. En este tipo de colaboración creativa hay que parar a veces. Ahora podría volver. De hecho me he medio comprometido a hacer una colaboración en una revista.

¿Sigue a algunos columnistas?

No soy muy fiel a ninguno. Tengo la sensación de que todos se repiten mucho. Habiendo leído dos o tres columnas ya los conoces. Entonces lo que hago es pasarme a otro periódico o a otro país donde todo me parece más interesante porque es nuevo, pero supongo que me cansaría igual. Los periódicos en general están pasando ahora una etapa de anquilosamiento. Todo es muy aburrido, previsible, repetitivo. Es imposible leer un periódico y saber si es de hoy o de ayer o de hace quince días. Dedican mucho espacio a la política. Un periódico debe ser algo más. Ha de reflejar la realidad política y también otras cosas.

Estuvo en Londres cuando las revueltas del pasado verano.

Las vi de una manera ambivalente. Por un lado me parecieron poca cosa, superficial y muy inflada por los medios. En las noticias continuamente se veía arder el mismo coche y se apreciaba que no era realmente una revuelta. En pleno verano, en las ciudades que no tienen un buen sistema de aire acondicionado como Londres, la gente se pone muy nerviosa cuando hay una ola de calor. Están en la calle, hay vacaciones escolares, etcétera… Muy fácilmente prenden los saqueos. Corridas para arriba, para abajo y poca cosa más. Es verdad, por eso, que indica que ahí hay hierba seca que basta echarle una cerilla para que arda.

Llegó a decirse que se trataba un fenómeno muy a la inglesa. Los hooligans, los corsarios.

Había este elemento. Pero, asimismo, fue el reflejo de una sociedad que todavía mantiene unos verdaderos abismos clasistas, puesto que no han tenido revolución francesa ni guerras civiles.

Guerras civiles tuvieron.

Bueno, sí, pero ya se han olvidado, no forman parte de su mentalidad. No existe mala conciencia en la exhibición de la riqueza. Los Rolls-Royce y las casas fastuosas son la continua exhibición de riqueza. Inglaterra es un país muy contrastado. El centro de Londres es el lujo, pero el interior del país está deshecho. Es Detroit. Un país postindustrial con grandes bolsas de pobreza y de desempleo. En cualquier caso, estos fenómenos responden a una realidad, al igual que el 15-M, que se resuelve en unas asambleas un poquito infantiles. Hay que estar un poco a ver qué pasa. Existe una nueva generación que está deseando tomar las riendas para hacerlo peor o mejor, no lo sé. Al mismo tiempo, hay una generación muy agotada que tendría que irse a la residencia de la tercera edad. Han cumplido su papel pero adiós, Papandreu, y toda esta gente.

En comparación con Inglaterra, ¿en España padecemos un exceso de opinión, de tertulias, debates…?

Cuando estoy en Londres no tengo la televisión puesta todo el día ni oigo comentarios sobre qué ha dicho no sé quién. Creo que también se produce este tipo de debates muy airados. Aquí, desde luego, hay mucho ruido, aunque no sé si sirve para algo o sólo es ruido ambiente. Ahora estoy esperando a que gane el PP para saber qué pasará con todas estas cadenas de televisión que sólo viven para criticar al PSOE. ¿Qué harán Intereconomía y VEO7?

¿Sigue las tertulias?

Sí, me encantan. Tenemos la tertulia, y luego el hecho de que cada uno ve su tertulia.

Para reafirmarse.

Aunque parece ser que Intereconomía es muy seguida entre espectadores de izquierdas para crisparse.

Debe de ser el único caso, porque se lo han ganado. Todo el mundo no busca tanto reafirmarse en sus ideas como en sus indignaciones e insatisfacciones. A la gente le gusta mucho estar de mal rollo. Yo escuchaba la COPE, sobre todo cuando estaba Jiménez Losantos, porque a los que nos interesa la política, la sociedad y la historia allí es donde se encuentra. No en una tertulia amable.

Y también la literatura.

Claro, un hombre con su trayectoria me parece un caso más digno de estudio que otros que son irreprochables desde todos los puntos de vista. Eso ya lo sé, es como hablar con mi tía… Pero ahora, ¿qué será de ellos? Porque son monotemáticos. Así que seguirán con el fútbol, pero tendrán que hacer un reajuste político que será sumamente interesante.

¿Sigue el fútbol?

Sí, me gusta.

¿Barcelonista?

Por supuesto.

¿Sufridor?

Claro, soy de los sufridores por tradición. Ahora estoy muy desconcertado y no puedo hablar con la gente joven. Aporto mi capacidad enorme de sufrimiento del buen culé, pero los jóvenes dicen“¡Cómo sufrir, si vamos a ganar!”. Ha cambiado. Me parece muy bien y supone un motivo para reunirse con amigos, ver el partido, gritar, divertirse y tomarse unos vinos, así como para tener conversación en cualquier parte del mundo. Uno dice que es de Barcelona e inmediatamente le preguntan: “¿Es verdad que Messi está en crisis?” En el último rincón o poblado de África están muy preocupados por si Villa marca o no. Y eso facilita la comunicación humana. Por otra parte, vivimos a través del filtro futbolístico y cada día hay partido o postpartido o prepartido. Interpretamos todo lo que pasa a través de la estrategia futbolística y del que uno gana y otro pierde. Eso es lo que tiene el deporte. Está muy bien, pero como metáfora de la vida falla.

Incluso la confrontación Guardiola-Mourihno se ha trasladado a un plano moral.

¡Me encanta Mourinho! Habla con una seriedad y una profundidad de las cosas más tontas del mundo… El otro día explicaba que como jugaban a las doce no sabía a qué hora desayunarían. Lo decía como si fuera Hegel en su clase de la universidad explicando el ser y el no ser. Me hace mucha gracia, mucha más que Guardiola.

Los dos tienen su parte interpretativa.

Sí. Es un poco preocupante que el fútbol sea aquello donde hemos puesto nuestros afectos, ilusiones, proyectos vitales, nuestro tiempo. Siempre ha habido una cosa abstracta que ha permitido que la gente se realice simbólicamente. Bizancio es la historia de la rivalidad de dos equipos de cuadrigas que ponían y quitaban emperadores y provocaban guerras civiles, matanzas horribles y sismas religiosos. Eran los verdes contra los rojos. Y duró mil años. Así que no pasa nada (Ríe).

Fotografía: Pol A. Foguet