Crónicas de una guerra: Un retrato de Martha Gellhorn, Ernest Hemingway y Virginia Cowles (y II)

cronicas-de-guerra
Collage fotografías Cordon Press.

(Viene de la primera parte)

Mujer contra mujer

Martha Gellhorn, Virginia Cowles, Ernest Hemingway. Son los nombres de tres periodistas que coincidieron en la España del 37. En el Hotel Florida, en Madrid. Venían a cubrir la guerra para el resto del mundo. O, más bien, para Estados Unidos.

Él, un escritor ya famoso convertido en reportero. Ellas empezaban unos escalones más abajo. Por mujeres. Por jóvenes. Sobre todo por mujeres. 

A Martha, Virginia no le cayó nada bien y la tachó de frívola, siempre vistiendo una indumentaria nada apropiada para una reportera en un país en guerra. Aunque, como cuenta Amanda Vaill, con el tiempo las cosas cambiarían: «Al principio fue como una competición, Martha la vio llegar y dijo “Uhhh”, pero luego se dio cuenta de que Cowles no pretendía nada de lo que tenía Gellhorn, entonces se relajó y decidió ser su amiga», estableciendo, así, una relación que duraría décadas.

Para Vaill, Martha siempre quiso ser la chica lista en la sala, le consumía la idea de cómo era percibida por el resto, y vivía en una dicotomía entre la furia que le producía el sufrimiento de la gente a la que la guerra le había pillado en medio y su deseo de fama y reconocimiento: «Quería ser aquella que bebiese más que un hombre, la reportera más avezada, la mejor, pero sin ser un hombre. Ella quería ser una mujer».

«Conozco a mucha gente como ella, mujeres jóvenes, atractivas e inteligentes a quienes los hombres adoran y que tienen muchos problemas para establecer amistades con mujeres, básicamente porque se sienten competitivas o superiores hacia ellas. Realmente creo que, en ese sentido, es un producto de su época», agrega.

En cambio, Virginia no se le hace tan «estilosa» como Gellhorn, pero se le antoja como una magnífica corresponsal de guerra. «Arriesgó su integridad física en múltiples ocasiones, era valiente y tuvo una vida harto interesante, pero hoy tengo la sensación de que nadie sabe quién fue». 

«El trabajo de Virginia Cowles es muy interesante, pero lo suyo es algo muy cándido. O sea, está muy bien porque es la visión de una inocente; las cosas que narra, a veces sin darse cuenta de su importancia, son maravillosas porque le da una inmediatez a lo que dice, nada más», contrapone, al ser preguntado, el historiador británico Paul Preston, en la que, afirma, será su última entrevista.

Dos mujeres cuasi opuestas que, sin embargo, compartieron lo más importante: la mirada. Sus crónicas se caracterizan por dejar de lado la escritura bélica más habitual hasta el momento, poniendo el foco en los detalles mínimos que observan en las vidas ajenas. Y, debido a que Gellhorn escribía para el Collier’s, no fueron pocas las ocasiones en que visitaron juntas prisiones y hospitales con el fin de reunir datos y entrevistar a oficiales. E, incluso, compartieron momentos de «ocio» en los que se mezclaron en la vida que los madrileños pretendían teñir de normalidad, a modo de supervivencia. 

Pasará la guerra, pasarán los años y cada una seguirá su vida. «No podían ser más diferentes. Martha fue muy buena creando una leyenda a su alrededor mientras vivió, haciendo creer que tuvo una vida controvertida, plagada de amantes. Y la tuvo, claro que la tuvo, pero no más allá de la que cualquier otro podía haber llevado», observa Vaill, «Estando aún con Hemingway, tuvo una aventura con un joven gran general, James M. Gavin, que era el gran héroe del momento. Consiguió el premio del pez gordo. En cambio, Virginia se tropezó con un amable periodista [Aidan Crawley] con el que se casó y fue feliz [hasta que un accidente de coche, que él conducía, le arrebató la vida. Crawley nunca lo superó] Pero Martha… vivió insatisfecha en este y en otros muchos aspectos de su vida, nada, nunca, fue suficiente para ella».

Hoy, a pesar de sus trepidantes vidas, ninguna de las dos ha pasado a la posteridad, tan solo de puntillas, ya que, al fin y al cabo, como apunta Vaill, lo que hacían eran artículos periodísticos que se publicaban en diversos diarios que, una vez impresos y distribuidos, se perderían en el trajín del día a día.

Cortesía: Everett. Cordon Press

Ernesto

Un hombre fuerte como un toro y con un amor desaforado por la vida, así describiría el fotógrafo Robert Capa al escritor de Illinois. Un hombre que, no pocas veces, tecleaba pegado a una botella, quizá no tanto por su adicción a los licores, que también, sino para sobrellevar la agonía de una República que, como comunista confeso, se había convertido en su causa.

Hemingway había sido contratado por Jack Wheeler, el editor general de la NANA, no por su experiencia previa como periodista, sino porque se trataba de alguien destacado en el mundo de la fama y cuya firma provocaría un número importante de ventas. Wheeler quería el drama y el color de las aventuras personales del aclamado escritor y él, en una primera instancia, siguió las indicaciones de la agencia. 

«Sin embargo, las cosas no tardaron en cambiar», indica el estudioso del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), William Braasch Watson, en el número 7 de la Hemingway Review, donde están recogidas todas las crónicas que Ernest escribió bajo cielo español. «Sobre todo porque Hemingway se encontró trabajando con otros profesionales con los que tenía que competir por la atención de los periódicos. Sus mejores amigos en España, aparte de algunos oficiales y miembros de las Brigadas Internacionales, fueron corresponsales como Herbert Matthews del New York Times y Sefton [Tom] Delmer del London Daily Express. Aspiraba a su respeto, además de su amistad, y trabajó duro para ganárselo».

«Se ha exagerado muchísimo la reputación de Hemingway, aparte de que era un fardón imperdonable, su trabajo era mayormente militar», contrapone Paul Preston, «Y, además, llegó tarde a España. Si tuviera que escoger a algún gran periodista de la guerra civil me quedaría con Herbert Matthews  o Louis Fischer. Aunque, por supuesto, todos tienen su valor».

Watson, por otro lado, también destaca que el sujeto principal, y probablemente, favorito del escritor era la estrategia militar; «en cinco ocasiones dedicó casi todo su texto al desarrollo estratégico de la guerra, normalmente haciendo predicciones sobre cómo se desarrollaría el transcurrir de los eventos en los próximos meses, siendo coloreados por su inquebrantable convicción, casi hasta el final, de que los leales podrían ganar la guerra. […] Además, estaba enamorado de los paisajes españoles en todas sus formas, luces y colores, es raro encontrar un despacho que no contenga una descripción de una distante o lejana escena».

Asimismo, Hemingway era terriblemente competitivo y celoso de sus fuentes, como demuestra el episodio en que, acompañado de Virginia y la corresponsal comunista, Josephine Herbst, entrevista a Luis Quintanilla —quien, a pesar de no ocupar ningún cargo oficial, movía los hilos de la inteligencia en Madrid— a raíz de la desaparición de José Robles, un gran amigo del escritor Dos Passos que había viajado a España preocupado por su repentina falta de noticias. 

Quintanilla confirmará la muerte del desaparecido, cosa que fragmentará la relación entre ambos escritores, ya de por sí debilitada debido a los celos que el talento de John despertaba en Ernest:

—¿Ha muerto mucha gente en Madrid? — preguntó Hemingway.

— En una revolución se hacen cosas de mala manera— susurró Quintanilla.

—¿Y se han cometido muchos errores?

— ¿Errores? —Quintanilla enarcó las cejas—. Errar es humano. Diecinueve (no dejó, ni un momento, a lo largo de la conversación, de contar los estallidos de los proyectiles que se estrellaban en la calle)

—¿Y cómo murieron… esos errores? — quiso saber Hemingway

—En general, considerando que eran errores, muy bien —. Quintanilla agarró la frasca y sirvió un chorro de vino bermellón en el vaso de Ginny Cowles. Luego sonrío—. De hecho, de un modo magnífico.

[…]  Poco después los estadounidenses decidieron arriesgarse a salir del sótano. Cuando estuvieron en la resplandeciente Gran Vía, Hemingway agarró a Ginny Cowles del brazo.

—Un tipo muy chic, ¿eh? — comentó —Pero recuerda que es mío.

(Amanda Vaill, Hotel Florida, 2014)

A Virginia no le extrañó en absoluto, según cuenta en sus crónicas, encontrarse una conversación muy similar reproducida en la pieza teatral, ambientada en el Hotel Florida durante la guerra, que el escritor publicaría meses después titulada La quinta columna, nombre con el que, desde entonces, se ha designado al temido enemigo interno.

Corresponsales a ambos lados del frente

Del trío, tan solo Cowles tuvo el arrojo —o la oportunidad— de cubrir el conflicto desde los dos bandos. Ambicionaba una visión completa de lo que ocurría en España y en contra de lo que esperaba lo consiguió, a pesar de que sus perspectivas de introducirse en filas nacionalistas no eran muy halagüeñas si se tenía en cuenta que, en sus papeles, figuraba que había estado cubriendo la zona republicana, cosa que no hacía demasiada gracia a los falangistas. 

Dos intentos le llevó el poder adentrarse en bando de Franco. Según Preston, fue cuestión de suerte.

A Virginia le horrorizaba «sumergirse en una atmósfera en la que el triunfo significaba el desastre de las personas a las que había dejado atrás», pero, por otra parte, quería conocer el punto de vista sublevado ya que, según asegura en sus reportes, los hombres mataban por convicciones, no por arrebatos de pasión. «En España, un hombre había matado a su hermano no porque no le quisiera, sino por estar en desacuerdo con sus ideas políticas».

Una vez allí, comprobó que la censura laxa en Madrid, siempre que una se centrara en el lado humano del conflicto y no en estrategia militar o política, nada tenía que ver con el férreo control que allí, fuese a donde fuese, se ejercía sobre la prensa. A los reporteros les resultaba casi imposible acercarse al frente —mientras que, en la República, nadie se preocupaba demasiado si algún periodista extraviado recibía un perdigonazo; estaban por su cuenta y riesgo— y siempre, siempre, siempre, iban escoltados, haciéndoseles imposible la tarea de redactar una crónica medianamente verídica. Tendrían que esperar a transcribir sus memorias para poder rendir cuentas con la realidad.

España era un hervidero de prensa venida de casi todos los rincones del planeta, debido a que se trataba de un acontecimiento de interés mundial y, pronto, sacarían las primeras conclusiones:  «Los periodistas que fueron a la zona republicana adoptaron la idea de que allí se luchaba el futuro de la democracia mundial, y llegaron rápidamente a la deducción de que, si ganaba el fascismo en España, Hitler estaría bombardeando pronto París y Londres», argumenta el historiador en otra ocasión, «con lo cual hay un elemento de evangelismo en sus crónicas, intentando despertar a sus respectivos gobiernos». La segunda idea que aquellos se forjaron de la República vino de sus propias vísceras, al ver la lucha y el sufrimiento de los leales al gobierno, que acabó por despertar las simpatías de muchos, de los cuales buena parte acabaría alistándose en las Brigadas Internacionales atrayendo, así, la mirada de peces gordos del mundo de las letras como Hemingway o Dos Passos. 

La gran pregunta entonces es ¿cómo no se hizo nada? ¿Cómo es que se mantuvo la «neutralidad» por parte de aquellos países acabarían formando el bloque de los aliados en la Segunda Guerra Mundial? ¿Cómo es que el clamor, prácticamente unánime, de la prensa pidiendo auxilio no se trasladó a los hechos?

Para el estudioso, la respuesta es sencilla: los periodistas más influyentes en Estados Unidos como Louis Fischer, Herbert Matthews, Jay Allen o el propio Hemingway contaban con la simpatía del presidente Roosevelt y la primera dama, sí, pero no a nivel de cambiar la política exterior. Lo intentó hasta el embajador americano en España, Claude Bowers, escribiéndole insistentes misivas al mandatario americano. Tras la guerra, Roosevelt le respondió escueto: «Mira, tenías razón, deberíamos haber cambiado la política. Hemos cometido un grave error, pero yo no pude hacer nada».

Hay un caso dentro de la guerra civil, solo uno, en que la acción de los corresponsales obligó a un país a cambiar su dirección política: tras el asedio de Bilbao. «Fue en marzo o abril del 37», aventura Preston, «y el gobierno británico apoyaba a Franco. Desde la clandestinidad, claro, pero lo apoyaba. Y, para cuando se produjo el asedio, había dado órdenes a la marina británica de no proteger a los barcos mercantiles que proveían los alimentos a la urbe. Se armó un follón alucinante por parte de la prensa de izquierdas basado en lo que sabía el corresponsal del Times en Bilbao, George Steer, que fue lo que les obligó a cambiar su política».

Fue también en el País Vasco donde Cowles haría el mayor descubrimiento en la zona de los sublevados: la matanza de Guernica, que no había sido incendiada por «los rojos» como se había hecho creer a la población y a buena parte de los contendientes que luchaban por el que acabaría llamándose «caudillo». Guernica había sido bombardeada hasta los cimientos y los cazas llevaban, en un costado, los colores de Italia y Alemania.

Fue en una conversación casual con un par de oficiales en Santander, después de que un superviviente, entre aspavientos, le dijera que el cielo se había cubierto de aviones.

Le aconsejaron que no escribiera nada que tuviera que ver con aquella conversación. A Virginia, por supuesto, no se le ocurrió. Al menos no hasta que hubo dejado los Pirineos tras de sí.

La tentación vive arriba 

Cuentan las malas lenguas que la literatura y el periodismo de guerra siempre han sido compañeros de cama y que no son pocos quienes se han enredado entre las sábanas del súcubo que promete el paraíso a golpe de párrafo. 

Si uno conoce los hechos por qué no afilar un poco los detalles, salpicar el texto con inocuos adjetivos que trasladen al lector las emociones de lo ocurrido. «El periodista tiene derecho a “pintar” esas lágrimas para reflejar mejor la atmósfera del momento, el estado anímico del personaje descrito», diría en una ocasión Gabriel García Márquez en defensa de la literatura por encima de todo. Quizá porque él también se inventó historias cuando debía retratar vidas de las de verdad, de las de carne y hueso. Quizá porque, las más de las veces, son los grandes escritores quienes, cegados por su propio brillo, emborrachan a la realidad y alteran el relato. Y Hemingway fue, ante todo, una estrella.

«Uno más de aquellos frívolos intelectuales que vinieron a la guerra española como a un safari. […] Los anarquistas, de los que era admirador, lo llevaron al frente a pegar tiros de pega delante de los fotógrafos en la retaguardia para que pudiera pavonearse de su valor», critica el escritor español Andrés Trapiello sobre el americano en su ensayo Las armas y las letras.

Martha, en cambio, se reveló más sagaz. Con los años fue forjándose una biografía a medida, ya que además de haber pasado la vida entre aeropuertos y andenes, de guerra en guerra, tenía, según Vaill, un enorme olfato para la «autopromoción». 

«Cuando descubres al personaje te obnubila, quedas prendado de ella y quieres que sea mucho mejor de lo que en realidad es», indica Vaill, con un deje de tristeza, «Su trabajo está tan bien construido… pero, un día, revisando sus cartas te das cuenta de que, a veces, miente, dice estar donde no está y haber presenciado hechos que, aunque plausibles, nunca ocurrieron frente a sus ojos».  

Pero tampoco hay que olvidar que, entre las estrellas enamoradas de su propia prosa, se mueven sombras silentes. La de esta historia es la de una figura de mujer, morena, que calza tacón alto y viste unas ropas nada apropiadas para cubrir una batalla. Una figura devorada por el pozo del olvido a pesar de haber desoído los cantos de sirena. Se llamaba Virginia.


Crónicas de una guerra: Un retrato de Martha Gellhorn, Ernest Hemingway y Virginia Cowles (I)

Hotel Florida
Collage con fotografías de Cordon Press.

1937. Madrid. España. La ciudad está asediada y el ruido de los obuses, cayendo por doquier, se ha convertido en parte de la cotidianidad de los madrileños. Han aprendido a convivir con el estallido de los adoquines y los esqueletos de edificios que, hasta hace bien poco, llamaban hogar. La guerra civil española, en pleno apogeo, se coronará como la más mediática del siglo XX, atrayendo la atenta mirada de una Europa (y América) que afila sus fusiles bajo la sombra del feto de la Segunda Guerra Mundial. 

Nos encontramos en la Gran Vía, entre dos puntos de referencia. Por un lado, en la parte alta de la calle, en el número 28, «la Telefónica», el, hasta el momento, edificio más alto de toda la urbe y epicentro de las comunicaciones del gobierno de la República con el extranjero. Allí se localizaba la Sección de Prensa y Propaganda del Ministerio de Estado, la Oficina de Prensa Extranjera, lugar en el que el novelista Arturo Barea se encargaba de la censura, y algunos despachos del servicio de contraespionaje republicano. Por otro, calle abajo, el famoso Hotel Florida, en la plaza de Callao, donde se hospedaron gran parte de los archiconocidos escritores y reporteros de guerra que vinieron a cubrir el conflicto a pie de trinchera. 

George Orwell, Jay Allen, Ted Allan, John Dos Passos o el propio Ernest Hemingway son algunos de los nombres que, hoy instalados en el imaginario colectivo, cruzaban la calle al galope de un edificio a otro, bajo una lluvia de balas y explosiones, para enviar sus crónicas a sus respectivos empleadores. Sin embargo, hay un nombre que en numerosas ocasiones ha quedado relegado a un segundo plano, incluso tercero, mencionado normalmente como complemento de uno de los tres anteriores: Martha Gellhorn, una de las corresponsales de guerra más importantes del siglo pasado, que llegó a presenciar y cubrir buena parte de los conflictos bélicos más relevantes del planeta durante los sesenta años que estuvo en activo.

Gellhorn (1908, St. Louis, Missouri, EE. UU. – 1998, Londres, Inglaterra), que en 1930 tomó la resolución de convertirse en periodista tras graduarse en 1926 en la John Burroughs School y abandonar el Bryn Mawr College en 1927, conoció a Hemingway, a quien admiraba por sus novelas Fiesta y Adiós a las armas, en un viaje familiar a Cayo Hueso (EE. UU.) en 1936 y, juntos, decidieron aventurarse a cubrir la guerra de España.

martha-gellhorn
Fotografía:The Granger Collection, New York. Cordon Press

Ella era una chica bien con contactos en la alta sociedad estadounidense. A lo largo de su vida mantuvo una estrecha amistad con quien fuera la primera dama, Eleanor Roosevelt, quien le presentaría al escritor británico H. G. Wells, un señor que, a pesar de pasar perfectamente como el abuelo de la rubia, quedó prendado de sus encantos y durante el verano del 36 (ella se había mudado a vivir a Francia ya en 1930), momento en el que Martha se hallaba sin trabajo, la acogió como pupila. Para entonces ya se había consagrado como la gran promesa literaria del momento con la publicación de los títulos What Mad Pursuit (1934) y The troubles I’ve seen (1936), libro para el que Wells se había encargado de encontrarle un editor, y estaba entusiasmada con la idea de ir a cubrir la guerra de España con Hemingway, que tenía todos los visos de convertirse en su próximo amante.

«Esto es confidencial. En vista de que somos conspiradores, me he puesto una barba postiza y unas gafas oscuras. Nos mantendremos callados y pondremos cara de tipos duros», le escribió en una misiva, jocosa, al escritor que ya se encontraba en Madrid.

Él llegó a España en marzo de 1937, como corresponsal de la North American Newspaper Alliance (NANA), con la idea de, además de informar sobre el conflicto, realizar un documental titulado Tierra de España con el cineasta holandés Joris Ivens. Ella aterrizaría días después, contratada por el Collier’s. Y, bajo el retumbar de las bombas, se harían amantes en la habitación 109 del Hotel Florida, lo que derivaría en un matrimonio tumultuoso de cuatro años. Gellhorn fue la única mujer en abandonar al afamado escritor y eso es algo que él jamás perdonaría. 

Su relación con Hemingway marcará, muy a su pesar, el resto de su vida. «Yo no soy el pie de página de la vida de nadie. Escribía antes de Ernest, durante, y lo he seguido haciendo después», escupiría con rabia en más de una ocasión al ser interpelada. 

«Sus despachos sobre la guerra civil, difíciles de encontrar impresos hoy día, revelan un don para la observación inquebrantable, siendo mucho mejores que los de Hemingway», escribiría, años después, Marc Weingarten para el Washington Post.

«Ya era un escritor consagrado cuando se embarcó en la cobertura de la guerra civil en el 37. Son sus novelas las que lo hicieron famoso. Ya sabes, consiguió el premio Nobel de literatura. Ella nunca. Martha lo intentó con la ficción, pero casi todo lo que hacía tenía tintes autobiográficos, al igual que Hemingway, sí, pero él fue capaz de insuflar vida a sus narraciones», argumentará la escritora, editora y periodista Amanda Vaill (Hotel Florida: verdad, amor y muerte en la guerra civil, Turner, 2014) al ser preguntada por el dúo. Y si se protesta indicando que Gellhorn, como corresponsal de guerra, fue asaz prolífica en comparación, Vaill sonreirá y replicará: «Sí, pero Hemingway ya portaba una larga historia a sus espaldas, había recorrido, como periodista, buena parte de los Estados Unidos, Canadá, para pasar después por París; mientras que cuando se conocieron, en diciembre de 1936, Martha estaba dando sus primeros pasos como escritora. Había publicado su primera novela [que no tuvo buena crítica y disgustó enormemente a su padre] y un puñado de piezas de no ficción —que más tarde conformarían The Troubles I’ve Seen— y ya, eso era todo. No contaba con ningún tipo de reputación que la amparase, mientras que él había firmado un contrato con la NANA, que se encargaba de distribuir sus piezas por toda Norteamérica. Hemingway podía escribir una sola historia y esta aparecería en montones de periódicos, tendría miles de lectores. Martha contaba con un pequeño blog que nadie leía». Quizá no fuera tan fácil competir con el titán. 

La llegada a España

Un día cualquiera de marzo, 1937. La Telefónica. «¡Hey, chicos! —dice Hemingway irrumpiendo con una mujer alta, rubia, joven, del brazo— esta es Marty, tratadla bien, que escribe para el Collier’s ¿Saben? Una tirada de un millón …».

Una tirada de un millón, de dos, o de tres, da igual. Eso es muchísimo para alguien como Barea que, en el momento de la entrada de la pareja, se encuentra allí, en la cuarta planta del edificio, donde se ha establecido una sala de prensa para corresponsales de guerra extranjeros, así como, a modo de improvisada campaña, una serie de catres para aquellos que quieran siestear entre crónica y crónica. 

Sin embargo, el trepidante viaje de Martha a las profundidades del Madrid sitiado comienza de una forma que ella no habría esperado. Le devora el aburrimiento, no puede dormir debido a los perpetuos estallidos, ruido de fusiles y ametralladoras y apenas ve a Ernest, quien, por lo visto, no puede vivir de otra forma que no sea pegado a una botella de whiskey, rodeado de camaradas que lo miren con ojos embriagados mientras cuenta las mismas anécdotas de pesca, caza, o su participación en la Gran Guerra, una y otra vez. Está encantadísimo de haberse conocido. 

Y ella, ella había ido a España para estar con él y apenas lo veía, a no ser que quisiera tolerar la presencia de los otros hombres, de su séquito. Y, a pesar de todo, estaba empezando a enamorarse del hombre con el que compartía el lecho. Lo atribuía, en parte, a la fascinación que sentía por el compromiso que el escritor tenía con la lucha del pueblo español. «Creo que fue la única vez en su vida en que él dejo de ser la cosa más importante del mundo. De veras le preocupaba aquella guerra. Si no hubiera sido así, no creo que me hubiese llegado a enamorar de él».

Otro de los problemas que le atenazaban, además del hastío y la incertidumbre respecto a su vida sentimental, era que los días pasaban, uno detrás de otro. Y no escribía. Nada.

Tomaba anotaciones y se fijaba muy bien en todo lo que veía, pero no había enviado ni una sola crónica al Collier’s. La frustración comenzaba a ser un elemento más del día a día.

A principios de abril conoció a Norman Bethune, el doctor canadiense que lideraba la intervención de unidades médicas a favor de la República, y a J. B. S. Haldane, un biólogo de Cambridge recién llegado a Madrid, que le ofrecieron los acompañara en su viaje el día 5 a Morata. Aceptó.

Lo que presenció le horrorizó. Tras una escaramuza en el frente del Jarama fueron numerosos los heridos trasladados al hospital de campaña, instalado en una vieja fábrica. Dos detalles le quedaron grabados a fuego: el agua oxigenada que echaba espuma sobre las heridas purulentas y el hedor de aquel sitio al que llamaban hospital.

Cuando regresó, volvió escribir. En su retina se agolpaban las imágenes de lo que había visto hasta el momento, de lo que era la vida en una ciudad en guerra. «Vivir aquí no se parece en nada de lo que has hecho antes», garabateó antes de abordar su retrato de Madrid.

La presencia femenina en la guerra

Poco después de cruzar los Pirineos y asentarse en el Florida, Gellhorn descubriría que, en España, se vivía un momento extraordinario para las mujeres. Estaban siendo tratadas como «camaradas», se les había integrado en la lucha. O, al menos, en el lado salvaje de esta.

Había mujeres luchando en el frente, preparando municiones… De hecho, asevera Vaill, es la primera vez que se escucha la voz de un narrador femenino en España, cosa que había quedado prohibida desde que se produjera el masivo movimiento, en el siglo XX, en favor de los derechos de las féminas:

Y entonces ocurrió lo que pasa siempre, como vemos en nuestra propia era: cuando se produce un esfuerzo en una dirección, este desencadena una reacción y parte de la población se inclina hacia la contraria. Este es un fenómeno curioso que se encuentra, habitualmente, bajo la superficie de un conflicto armado; cuando una parte del país grita «¡no!», se enfrenta a la otra que, casi automáticamente, odiará lo que se está haciendo.

En este caso, lo que se odiaba era el haber dado a las mujeres la oportunidad de luchar, ser asesinadas y, de sobrevivir, escribir sobre ello.

Perlas y tacones en el frente

Virginia Spencer Cowles nació en 1910 en Vermont, Estados Unidos, descendiente de cuatro de los firmantes de la Declaración de Independencia, incluido el hermano de George Washington. 

Su madre, Florence Wolcott Jacquith (1887-1932), era americana sucesora de los hugonotes franceses (antiguo nombre que llevaban los protestantes francos de doctrina calvinista durante las guerras de religión) y su padre, Edward Spencer Cowles (1878-1954), era virginiano.

 «Mi madre estaba orgullosa de su linaje americano: descendía de cuatro de los firmantes de la Declaración de Independencia, incluyendo el hermano de George Washington», prologa Harriet Crawley, hija de Virginia y el periodista británico, Aidan Crawley, en Desde las trincheras: Virginia Cowles una corresponsal americana en la guerra civil española (Siddharth Mehta Ediciones, Madrid, 2011).

Florence se fugó de casa, en 1906, para casarse a los diecinueve años con Edward Spencer, que se licenciaría, en la Facultad de Medicina de Harvard, como psiquiatra para convertirse en un médico de éxito en Nueva York. «Mi madre me contó que si los pacientes eran demasiado pobres como para pagar su consulta los atendía gratuitamente», continúa Harriet. 

El matrimonio, en cambio, no corrió la misma suerte. La fidelidad no era el punto fuerte del doctor Cowles. A los cuatro años, Florence le pidió el divorcio y una pensión de sesenta dólares para mantener a sus dos hijas: Mary y Virginia. Él, como venganza, nunca la pagó y llegó a secuestrar a sus hijas durante varias semanas, mientras ella las buscaba frenéticamente. «Virginia nunca olvidó el momento en que apareció su madre, afligida pero con dignidad y determinación. Cogió a sus hijas de la mano y cruzó con ellas el jardín mientras les indicaba que se fijaran bien en el camino porque regresaban a casa», rememora la vástago de la periodista. 

Todo ello desembocó en que Florence tuviera que criar a las pequeñas Mary y Virgina sola, con poco dinero y sin formación alguna que pudiera ayudarle a ganarse el sustento. Sin embargo, consiguió trabajo en el Boston Herald para escribir la columna de sociedad, pasando largas jornadas componiendo el tipo de letra, con los tobillos hinchados de estar de pie durante horas. Murió en 1932, a los cuarenta y cuatro años, de una peritonitis.

Virginia y su hermana fueron a la Waltham School donde, narra Harriet, «mi madre destacó enseguida: fue votada, no la chica más guapa del colegio, ni la más popular, sino la que más probabilidades tenía de triunfar en la vida». Y, al parecer, así fue. Terminó los estudios con dieciséis años y comenzó a ganarse la vida haciendo anuncios para el Harper’s Bazaar. Su forma de escribir cautivó a la revista de tal forma que le ofreció un empleo.

Su carrera de escritora comenzó haciendo pies de foto, relata su hija, aunque despegó a una tremenda velocidad. En 1933 ya publicaba artículos firmados en la sección March of Events de los diarios dominicales del grupo del gigante Hearst, al igual que en su primera revista, Harper’s Bazaar, así como en Colliers y Boston Post. Todo ello le permitiría recorrer el mundo, junto a su hermana, escribiendo artículos.

En 1935, tras regresar a Nueva York, escribió un extenso artículo para el Harper’s Bazaar, ilustrado con fotografías propias en el que relataba su viaje alrededor del globo. Este llevaba por nombre «The Safe Safe World» («Un mundo muy, muy seguro»). «Este título la atormentaría más tarde», asegura Crawley.

Ese mismo año, una Virginia que contaba tan solo con veinticuatro primaveras, decidió salir de EE.UU. y convenció al director del grupo Hearst para que la enviase a Italia, después de que el país invadiera Abisinia, para cubrir las noticias. Al cabo de una semana había conseguido entrevistar a Mussolini. «Estaba aterrada. Se trataba de su primera entrevista con un jefe de Estado y según ella admitiría en Looking for Trouble (1941): “Mi conocimiento de asuntos exteriores era mínimo”. No hubo razón para preocuparse: el dictador italiano habló todo el rato», sostiene Harriet. 

Para entonces, Virginia Cowles, aún sin saberlo, enfilaba los primeros pasos que le llevarían a convertirse en corresponsal de guerra.

Fue en el 37 cuando tomó la decisión de cubrir la guerra civil desde los dos bandos y convenció al grupo Hearst de que se trataba de una buena idea, aunque como indica al principio de Looking for Trouble, carecía de la cualificación de corresponsal, salvo la curiosidad:«Cuando estalló la guerra civil vi la oportunidad de ejercer un periodismo más arriesgado […] Mis amigos de París no fueron muy alentadores. Me advirtieron de que si no llevaba ropa vieja y desgastada me atracarían; algunos sugirieron que llevara ropa de hombre; otros, que vistiera con harapos. Finalmente me llevé tres vestidos de lana un abrigo de piel». Lo que no cuenta en el libro es que siempre calzaba zapatos de tacón y, en la mayoría de fotografías que quedan de la época, aparece engalanada con un collar y unos pendientes. De perlas, por supuesto. 

En el momento en que aterrizó en Barcelona, desde el aeródromo de Toulouse, el paisaje que la recibió la dejó atónita. Desde luego no era lo que se esperaba, ¿dónde estaban las bombas, los estallidos y los cascotes de edificios tirados por las aceras? En nada se parecía aquello a la imagen que le habían dibujado sus amigos parisinos, pronosticándole una muerte despedazada por un obús camino a Madrid. Y tampoco tenía demasiado que ver con el miedo que sintió al subir al avión cuando, al salir de la cafetería del aeropuerto, un hombre mayor, enboinado, le estrechó la mano deseándole, con un hilo de voz, «Bonne chance, mademoiselle, Bonne chance».

Recuerdo la sorpresa que sentí ante mi primera imagen de España tras descender en círculos para aterrizar y entrar en la sala de espera del aeropuerto. La escena era tan pacífica que rozaba la incongruencia. Detrás de un mostrador había una mujer sentada, tejiendo un jersey; dos caballeros con trajes negros de pana bebían coñac en una mesa; y una niña estaba tumbada en el suelo jugando con un gato. Saludaron a los pilotos franceses con cordialidad, pero cuando uno de ellos hizo un comentario sobre la guerra y preguntó por las últimas noticias, uno de los hombres se encogió de hombros sin mostrar interés y dijo: La guerra no tiene nada que ver con Cataluña. No queremos tomar parte de ella; lo único que queremos es que nos dejen en paz. (Cowles, Virginia, Desde las Trincheras).

Había volado a España a cubrir una guerra a nivel nacional, pero parecía que el combate solo se libraba en la capital y aledaños.

La siguiente parada, rumbo a Madrid, fue Valencia, una ciudad que definiría como «hervidero humano» puesto que, tras el traslado de la sede del Gobierno, había triplicado su población. 

Encontró algarabía, confusión y carteles de advertencia pendiendo de los edificios, en los que se podía leer «¡Fascismo!»  mas, de nuevo, ni rastro de la batalla. 

Cowles, confusa, buscaría con frenesí a gente de la prensa; un corresponsal, a ser posible británico o estadounidense puesto que los idiomas nunca fueron su punto fuerte, que llevase deambulando algún tiempo para que le contara cómo estaban las cosas. Finalmente dio con un americano llamado Kennedy que trabajaba para Associated Press y cuya única finalidad era salir por patas del país. Si lo consiguió o no es un misterio puesto que apenas hay un registro de su actividad.  

Cuando, varios días después, llegó a Madrid acompañada de la corresponsal californiana Milfred (Millie) Bennett, que había llegado a España por un amante que se había enrolado en las Brigadas Internacionales, y un sacerdote católico, cuyo aliento, en palabras de la propia Virgina, apestaba a nicotina, que se había ganado el sustento propagando por Francia, según Millie, la idea de que en la República se trataba bien a los curas, la recibió un sonido que no había escuchado nunca antes: el rugir de la artillería. Al rato, se dibujaría ante ella la figura del Hotel Florida. 

Y, dando muestras de la ingenuidad de la que no tardaría en despojarse, eligió una habitación en la quinta planta, cosa que trato de rectificar en cuanto fue consciente de su error, aunque las expectativas de encontrar algo más cercano al suelo, para evitar someterse al fuego de los bombarderos, no fueron exactamente satisfechas; el gerente trasladó a Cowles a una habitación de la cuarta planta, asegurándole que si una bomba caía en su habitación sería «por error».

Allí, en el Florida, se haría asidua a las reuniones que el corresponsal del Daily Express de Londres, Tom Delmer, famoso por su astucia, hacía en su habitación; donde se juntaban un puñado de periodistas, en veladas que comenzaban poco antes de la medianoche y se extendían hasta bien entrada la madrugada, mientras estuvieran bien pertrechados de cerveza y whiskey. Y, entre los ilustres y habituales invitados encontraría, por supuesto, a Ernest Hemingway.

(Continúa aquí)


Una rosa es una cebolla

Ernest Hemingway, 1961. Fotografía: John Bryson / LIFE / Getty.

Si la guerra fuese una pregunta que se pudiera contestar, obtendríamos la respuesta desde el tejido mitológico; un lienzo donde destaca la figura del corresponsal que aprovecha las cámaras para difundir su propia imagen. En este caso, se trata de un gigante rubio que bebe vino en bota y se limpia con el revés de la mano; un hombre robusto al que todo el mundo conoce como el profesor Hemingstein y para el cual la guerra nunca fue pregunta, sino todo lo contrario. De ahí su doble mérito.

Contemplar la guerra como respuesta y hallar los interrogantes que la mantienen viva solo es posible después de desalojarla de mitos. El profesor Hemingstein fue construyendo el suyo hasta ocupar la partícula más elemental de la guerra. Transformó el vacío, convirtiéndolo en presencia mitológica ya fuese en Brihuega, Guadalajara, Teruel o Madrid y sus puntos calientes. Lugares como Chicote o el Hotel Suecia serán los decorados íntimos de una guerra que no había hecho más que dar comienzo. Las cámaras de fotos le servirían al profesor Hemingstein para retratarse a sí mismo como protagonista. Si observamos con detenimiento las imágenes que se tomó en el frente, da la sensación de ser una persona de esas que siempre esconden algo. Los que le trataron de cerca dan por hecho que esto era un «efecto» muy acusado en él y que se revelaba cada vez que el profesor se ponía a recordar. Porque, siempre que lo hacía, recordaba en beneficio propio.

Cuando una granada alcanzó el Hotel Suecia —donde se encontraba alojado— y un chorro de arenilla se desprendió del techo —salpicando los vasos y el mapa desplegado sobre la mesa—, al profesor Hemingstein no le quedó otra que preguntar a su auditorio:

¿Qué les parece ahora, caballeros?

Dados los antecedentes, la pregunta fue algo más que una provocación. Un gesto con el que quiso dar a entender que en realidad no se trataba de haber perdido la inocencia, sino de saber encajar su asalto cuando toca remover el whisky con los cascotes del recuerdo. Poco antes del impacto, el profesor Hemingstein estaba explicando la imposibilidad balística de que una granada alcanzase el hotel.

Alrededor de un mapa de Madrid, una variopinta concurrencia —formada por corresponsales junto a milicianos y algún que otro espía— escuchaba atenta la exposición de un hombre que era lo más parecido a un gigante con aire extranjero. No era para menos.  Estaban delante de todo un experto en campañas militares que había sido herido en Italia durante la Gran Guerra y el más famoso autor vivo de la literatura; un hombre siempre tan ocupado en beber como en demostrar quién era. Todo fuese por mantener la hegemonía.

En ese momento —según nos cuenta en su correspondencia de guerra para la agencia NANA— fue cuando se escuchó un silbante rugido como un tren subterráneo y, de inmediato, una granada estalló en la habitación de arriba. Madrid. Hotel Suecia. 30 de septiembre de 1937. «¿Qué les parece ahora, caballeros?».

Es posible imaginar la escena, una de tantas de las que Hemingway se serviría para construir su obra de teatro titulada The Fifth Column (La quinta columna). Un texto donde consiguió que la realidad se pareciese tanto a la ficción como la sangre a la pintura. Porque Hemingway traía aprendido de París el error de la vanguardia cuando se trata de identificar la verdad en la vida con la verdad en la literatura. Ambas nunca son idénticas y Hemingway, que lo sabía por experiencia ajena, se serviría de la ficción para revelar la verdad, expresándola con silencios y mentiras. A partes iguales.  

Bien sabía que cuando se desvela lo que esconde el mundo de la guerra, no solo puede uno encontrarse con personajes y acciones que parecen inventadas por un mal novelista, sino que también puede uno encontrarse con el fracaso. El mero hecho de transcribir los hechos, tal y como los hechos se presentan, hubiese convertido su creación en algo tan obvio como aburrido. De su visita a la guerra civil española no solo nos dejó la citada obra de teatro, también lo haría con algún que otro relato como Old Man at the Bridge (El viejo del puente) además de una considerable novela, For Whom the Bells Tolls (Por quién doblan las campanas).   

Si hay un recurso que vertebra cada una de las citadas obras es el que se mantiene en los diálogos. Sus personajes se expresan con la misma vibración que deja un ferrocarril subterráneo sobre la corteza de la calle. Entre otras cosas, porque son hombres y mujeres que mantienen su discurso desde el lado oscuro. Nunca aman de día. Solo lo hacen cuando llega la noche.

La quinta columna es una obra desarrollada en el Hotel Florida durante la guerra, en Madrid, una ciudad donde todo el mundo lo sabía todo, incluso antes de que hubiese ocurrido. En el citado hotel se alojarían periodistas, chivatos, putas, chaperos, contrabandistas y lo mejor de cada casa junto a espías de doble cruz. Todos revueltos entre la calderilla, el contrabando de pesetas y las informaciones falsas. Con estos materiales, los diálogos surgen apoyados en figuras retóricas que consisten en aparentar que se quiere omitir lo que se está diciendo.

Cuando se trata de escenificar las relaciones del hombre con la guerra, Hemingway mantiene el mismo decorado. Con ello consigue lo más difícil, es decir, demuestra que no existe un contenido distinto para cada guerra, sino un modo distinto de considerar el contenido. Todas las guerras son la misma guerra. Todos los besos son el mismo beso. «Si necesitas tener sueños de día, trata de mantenerme fuera de ellos», asegura el personaje Philip Rawlings, una imitación literaria del mismo Hemingway, tan aficionado a la cebolla cruda como él y como ese otro personaje, protagonista de Por quién doblan las campanas, el dinamitero Robert Jordan.

Fue en un descanso de la guerra, en una mañana de finales de mayo. Cielo claro y viento tibio que acariciaba los hombros, cuando Robert Jordan sacó una cebolla del bolsillo de su chaqueta donde guardaba las granadas. Luego abrió su navaja y empezó a cortar.

—¿Siempre comes cebolla tan temprano? —le preguntó Agustín.
—Cuando la hay.
—¿Todo el mundo lo hace en tu país?
—No —contestó—; allí está mal visto.
—Eso me gusta —le dijo Agustín—, siempre tuve a América por un país civilizado.
—¿Qué tienes contra las cebollas?
—El olor nada más, aparte de eso es como una rosa.
—Como una rosa —dijo Jordan—, es una verdad como un templo. Una rosa es una rosa es una rosa es una cebolla.

De esta manera, en uno de los capítulos, Hemingway pone a Robert Jordan a practicar el exorcismo recitando una letanía silbante, lo más parecido a un reptil mitológico que con su silbido hiciese fundir la corteza de nieve; el blanco sobre la piedra con el que la primavera va a recibir la sangre. Un repertorio de rosas que se identifica con la singularidad de una cebolla que, a su vez, ha sido sembrada en un campo de tensión. El perfume de la vanguardia con el que Hemingway se empaparía en el salón de Gertrude Stein, antes de convertirse en el profesor Hemingstein, cuando París era todavía una fiesta y una rosa era una rosa era una rosa era una rosa. La misma letanía que le acompañó hasta la muerte; fiel como el mal aliento.

Pero volvamos a la guerra. Porque todas las guerras son la misma guerra y una bala es una bala, un beso es un beso y lo de imaginar a Hemingway conjurando palabras, para que nunca llegue el beso de la bala a su chaleco de guerra, es posible. Al igual que tantos otros durante la Guerra Civil, Hemingway se veía a sí mismo como combatiente más que como periodista. Armado con su máquina de escribir, se dispuso a fundar un mito a golpe de tecla. Lo consiguió, a sabiendas de que cualquier corresponsal que haya cubierto una guerra tiene algo que ocultar. Por eso mismo, Hemingway solía expresar lo vivido con silencios, como si estuviese dispuesto a renunciar a la inocencia y beberse el trago de la culpa hasta abrasarse con él.

Ernest Hemingway, sin fecha. Foto: Getty.

Una mezcla de aventura y oficio que se completó en la guerra civil española, cuando Hemingway aprovecha la posibilidad que le ofrece el conflicto para revelarnos lo más oculto del mismo. Bien sabía por experiencia propia que hasta lo más oscuro se trasluce con nitidez en tiempo de guerra, pongamos que con la misma pureza que solo puede verse en el corazón del hielo.

El tableteo de sus despachos de guerra para la agencia NANA sonaba con la convicción del que está construyendo un mito a partir de ciertos hallazgos que le salen al encuentro. Preguntas de las que siempre fue respuesta nuestro conflicto. Esa convicción le acompañaría desde que los Estados Unidos, en una afortunada tentativa de entrar en la historia, lo consiguen participando en la Gran Guerra con Hemingway dentro como conductor de ambulancias.

La noche del 8 de julio de 1918, un mortero le hirió las piernas a orillas del río Piave, en la región verdosa del Véneto. «La muerte es algo muy simple», escribiría después a su padre en una carta. Confiado a la realidad desnuda, el profesor Hemingstein empezaba a construirse su propio mito. A partir de aquí, el corresponsal de guerra se convertiría en lo más parecido a una infección benigna que todo lo contagiaba, excepto el miedo. El siguiente trabajo, como si de un Hércules se tratase, sería el de narrar su aventura por tierras españolas, escribiendo la visión más lúcida de nuestra guerra civil, un conflicto que explicaría escondiendo la pregunta.

Para ello se serviría del «método iceberg», donde el espíritu que emerge con impulsos de hielo blanco no es lo que importa. Lo importante es lo que no se ve, tanto como lo que se evita decir y Hemingway no dice. Ahí reside el secreto. La clave es lo que mantiene a flote la punta de hielo, el cascote con el que el lector choca hasta hacerse la pregunta. ¿De qué respuesta es provocación esta dureza?

Por eso, nadie como Ernest escribiría una novela tan nítida sobre nuestra guerra civil. Narrada desde el bando republicano, con los crímenes que en él se realizaron, Hemingway lanza la pregunta con un silencio provocador que lleva abierto el interrogante: ¿Cómo fue la agresión militar que sufrió la gente humilde para que se levantase de esta brutal manera?

A su valor de narrador, Hemingway suma el valor del protagonista, Robert Jordan, de las Brigadas Internacionales y que carga cebollas y granadas en su bolsillo. El valor, al igual que lo de comer cebolla, era costumbre para ambos. Tal vez fuese también por eso, por lo que Hemingway se enamoraría de nuevo durante la Guerra Civil; para dar salida a su valor y también por la costumbre de sostener breves escaramuzas entre las explosiones de una guerra que sería la muerte de su matrimonio.

En diciembre de 1936, cuando la guerra en España llevaba unos meses, Hemingway todavía estaba al sur de la Florida, al borde de la corriente del Golfo. En su bar de dobles en Cayo Hueso, en el célebre Sloppy Joe´s Bar, el autor norteamericano estaba de pie, apoyado al final de la barra. Comía cebolla cruda y mojaba sus labios en whisky. Con el picor en la lengua, observó a las dos mujeres que acababan de entrar. Una resultó ser la viuda de un ginecólogo. La otra, su hija.   

Meses después, una noche en Madrid, cuando una explosión alcanzó el depósito del agua caliente y los huéspedes del Hotel Suecia abandonaron aprisa las habitaciones, un buen número de compromisos de lo más inesperado quedaron al descubierto. El más notable fue el de Hemingway y Martha Gellhorn, la hija del ginecólogo que había llegado como corresponsal de guerra para la revista Collier´s Weekly. Con una escena así, es posible acertar diciendo que hay veces que la culpa se convierte en una trampa mortal armada por falta de cuidado, y que la culpa que acompaña a Philip Rawlings durante todas las escenas de La quinta columna es la misma culpa que calienta lo suficiente para abrasar la inocencia del profesor Hemingstein, aunque de eso no se trate el asunto, sino de saber encajar su asalto —el asalto de la inocencia— cuando la corteza del suelo vibra como un tren subterráneo y de inmediato el techo se desploma y entonces haya que salir apurado de la cama. Porque en una guerra siempre hay que esperar a que, por lo menos, se manche un poco la alfombra.

La quinta columna estaba acabada justo antes de la toma de Teruel, donde el profesor llegó a tiempo, llevando una copia consigo. Nada más verlo, los milicianos le confundieron con un oficial ruso y le empaparon de vino hasta que vomitó sobre el manuscrito. «Algunas veces un hombre inteligente es forzado a emborracharse para pasar el tiempo con los tontos», parece ser que fue lo que dijo Hemingstein tras el agasajo, una vez hubo dormido la mona. En realidad, hasta entonces, Hemingway había sido señalado por los izquierdistas como un hombre sin conciencia social.

—Eso no es bueno. Cuando alguien deja de creer en la justicia social, empieza a creer en casi todo —le había dicho en el Sloppy Joe´s la hija del ginecólogo, aquella rubia de cabellos largos que respiraba su aliento hasta ponerle en el compromiso.

—No me tientes —dijo él—, no me abras perspectivas —siguió diciendo, después de una pausa.

Todas las noches le pide que se case con él y todas las mañanas le dice que no era eso lo que quería decir. El profesor Hemingstein llegaba a ser tan espantoso cuando se mostraba bueno como entrañable cuando bebía; tan jodidamente mágico que era imposible imaginarlo muerto. Por esto último, a todas partes donde fuese en guerra, le seguía una legión de hombres, mujeres y niños. Un gigante de aspecto extranjero que había cubierto la victoria republicana en Brihuega y Guadalajara, un experto en temas militares que —habiendo inspeccionado las defensas de Madrid y encontrándolas adecuadas— había asegurado que el general Franco nunca tomaría la capital.

Aunque la verdad en la vida y la verdad en la literatura nunca fueron idénticas, el profesor Hemingstein se empeñó en identificarlas en cada uno de sus actos siempre y cuando hubiese alguien delante. Con todo, más que mostrar, lo que hacía era conseguir que su personalidad fuese una obra maestra de la ocultación donde siempre ocultaba lo más importante, es decir, la parte del hielo que reside en su base.

Con frialdad encubierta, el profesor actuaba como si solo la muerte pudiera alterar los cálculos sobre el mapa. Baste recordar que, después de que una granada alcanzase el techo, se sacudió el polvo de los hombros renunciando a la inocencia por un instante, igual que si el capitán del Titanic hubiese dicho: «No se alarmen, no teman, solo hemos parado un momento a coger hielo».