Rafael Martín Vázquez: «Nunca tendría que haber salido del Real Madrid, pero no me arrepiento»

Fotografía: Lupe de la Vallina

Para los entendidos era el jugador más completo de la Quinta del Buitre. Su último año en el Real Madrid de Toshack fue atómico, pero ocurrió lo nunca visto. Una estrella del Madrid, de la casa, de la cantera, se fue en su mejor momento a otro club; club que venía de segunda. El Real cayó en barrena al año siguiente y Rafael Martín Vázquez (Madrid, 1965) nunca recuperó el nivel exhibido en los ochenta en sus sucesivos clubes. La mala suerte hizo el resto. Pero, en la memoria del aficionado, si un papel tiene Martín Vázquez es el del what if ¿Qué hubiera pasado en los noventa si no se hubiese marchado? ¿Hasta dónde habría llegado España en Italia 90 si el jugadón que le hizo a Yugoslavia no se hubiese ido lamiendo el palo? Las certezas que dejó convirtiéndose en uno de los cinco mejores jugadores de Europa solo arrojaron preguntas. Nos vemos en una cafetería de su barrio antes de que se vaya a una reunión de veteranos a Valdebebas.

¿Cómo fue tu infancia en Pozuelo?

Nací en Carabanchel y al poco tiempo nos mudamos a Pozuelo, estábamos entre la estación y Aravaca. Había una fábrica de ladrillos y lo demás era todo campo. Y también había un campo de fútbol con unos postes de madera oscura como los de las vías del tren. Eran tan grandes que era difícil no darles. Éramos una pandilla enorme, no sabes cuánto aprendí de los mayores. Y al lado de la fábrica había una montaña enorme de arcilla, que se iba consumiendo, y nosotros nos colábamos para subirnos y jugar. Era increíble. También jugábamos en la vía del tren, con su peligrosidad, poniendo monedas, esas cosas. Estábamos todo el día en la calle. También teníamos escopetas de perdigones y nos íbamos a matar pajarillos. Lo recuerdo todo como algo maravilloso.

Decía Clemente algo así como que en las escuelas de fútbol se enseña a jugar a la pelota, que a jugar al fútbol se aprende en la calle.

Yo jugaba en el patio del colegio, de tierra, por supuesto, donde había montones de gente. Estaba todo el mundo en medio jugando a otras cosas, todo el colegio. Tenías que jugar distinguiendo quién estaba jugando y quién no, corriendo con ojo para no chocarte. No había ni petos ni nada. Eso creo que a mí me dio una visión del espacio muy útil. Ahora, en las escuelas actuales, los chicos se encuentran con entrenadores más que con educadores. Los jugadores que vienen de países pobres o zonas marginales tienen recursos que, en la actualidad, a los chavales se los quitan en las escuelas. Les cohíben, les dicen que no hagan esto, no hagan lo otro, y les coartan su libertad, les quitan el juego innato, el instinto. Siempre digo que un futbolista tiene que aprender a equivocarse.

Empezaste en los Escolapios.

Empecé en la calle. Tengo recuerdos ya de jugar en Aluche, en una explanada que había al lado de los pisos donde vivíamos. En los Escolapios empecé con diez años en equipos federados. Recuerdo cómo me cogieron. Un día estaba viendo un partido en el patio, y el cura, el hermano Irineo, se me acercó y me preguntó si sabía jugar. Dije: «Un poco». Entré, me vio y años después me confesó que se quedó alucinado, que se fue al comedor y les dijo a los demás curas: «¡Tenéis que ver a este chaval, cómo juega con las dos piernas!».

Me metieron en futbito. Nos llevaban a jugar los partidos por Madrid en una furgoneta, nos lo pasábamos de cine. Y por la tarde nos íbamos a Vallehermoso a hacer atletismo, saltar vallas. Hacía muchísimo deporte.

Durante toda esa época, fui un quebradero de cabeza para mi padre. Solo le veía por las noches, cuando venía de trabajar, y le pedía que me llevase a hacer la prueba en el Real Madrid. Le traía loco con el tema. Un amigo de clase nos había vendido la moto de que pasó por las categorías inferiores del Madrid y para mí se convirtió en una obsesión. Al final, me tuvo que llevar. Detrás de un mostrador estaba Miguel Malvo, responsable de la cantera, y me dijeron que era muy joven todavía. Entré años después y tuve mucha suerte, porque me tocó con Laborda, un entrenador con mucha paciencia que me enseñó mucho.

Jugaste un Mundialito con quince años en Buenos Aires.

En la 80-81, mi primer año en el Madrid. Gracias a ese viaje salí por primera vez de debajo de las faldas de mi madre. Estuve un mes en Argentina, mucho tiempo. Quedamos terceros y a mí se me dio muy bien. Me marcó. Piensa lo que era para un chaval de esa edad jugar en el Monumental de River…

Tuviste un ascenso meteórico.

Subí directamente al juvenil con dieciséis años, un cambio bastante brusco. Me encontré ahí con Sanchís. El entrenador se llamaba Alonso y tenía un carácter muy fuerte, se excitaba mucho en el banquillo. Yo venía, con Laborda, de todo lo contrario. Y eso me hizo espabilar. Luego estuve con Toni Grande, que durante muchos años ha sido el segundo de Del Bosque, y que también tenía un carácter más pausado. Al cabo de un año hice la pretemporada con el Castilla de Amancio. Fue muy dura, recuerdo. En Cabeza de Manzaneda teníamos un preparador físico yugoslavo, Miroslav Vorgic, que venía del voleibol y era durísimo. No te lo puedes ni imaginar. Tres entrenamientos al día…

En esa época, con el Castilla, eliminamos al Valencia y al Betis en Copa del Rey. Un hito. De ese equipo subieron a Pardeza y Butragueño y, aun así, fuimos campeones de liga en segunda división, algo que no ha vuelto a pasar.

Se decía que iba más gente a ver al Castilla que al Real Madrid al Bernabéu.

Efectivamente. Fíjate hasta qué grado sentía complicidad con ese equipo que, cuando me llamaron para entrenar con el primer equipo, que llegué a debutar en primera, en Murcia, me dio pena no jugar contra el Bilbao Athletic en segunda el partido que teníamos pendiente.

¿Cómo fue incorporarse al vestuario del primer equipo?

Estaban Juanito, Santillana, Stielike, Gallego… Te sentías como el hijo que llega, les mirabas con respeto, sin abrir la boca. Escuchando. Ellos nos ayudaron a sentirnos a gusto, pero en esa época había que guardar las distancias. Casi les tratábamos de usted. Recuerdo que Juanito era una persona que te lo daba todo, te daba la vida. Aunque tuviese ese pronto en los partidos, por lo que lo podía echar todo a perder. Sobre todo con los jóvenes era muy cercano. Fue una pena su pérdida.

Se mató volviendo del partido que jugué yo contra el Madrid en el Torino. De hecho, ese día, nada más acabar el partido, bajó al vestuario y pasó a verme, estuvimos hablando. Fue muy cariñoso. Yo regresé en un chárter con mi equipo a Italia y cuando escuché en la radio al día siguiente que se había matado en un accidente esa noche no me lo podía creer.

Luego, cuando hice el curso de entrenador, conocí a una persona que iba en el coche con él. Me dijo que Juanito había ido ese día a Madrid a entrevistarse con alguien que le ofrecía una oportunidad profesional, estaba entrenando al Mérida por aquel entonces, y le estaban saliendo cosas. Como entrenador, estoy seguro de que hubiese dado mucho de sí y habría llegado al Real Madrid seguro.

Di Stefano apostó por ti.

En mi vida resultó ser alguien fundamental. Era también un hombre cercano a los jugadores jóvenes, nos dio muy buenos consejos. Si no hubiera estado Alfredo, quizá la Quinta del Buitre no hubiera jugado en el Real Madrid. Su apuesta no era fácil en un club como este.

Tardaste en consolidarte.

Tuve que irme a la mili. También me perdí el Mundial juvenil que se jugó en la URSS, con Rafa Paz, Marcelino, Losada y Fernando, el del Valencia… una generación muy buena, fueron subcampeones. Pero a mí el Madrid no quiso dejarme ir. Ese año fue muy complicado, porque debuté con el Madrid, jugué con la sub-18 y la sub-21, y me bajaron a jugar la Copa del Rey con el Juvenil A. Llegó un momento en el que estuve un poco desorientado y encima me fui a la mili voluntario.

El Madrid tenía sus contactos para facilitarnos ir a entrenar durante el servicio militar. Me fui a hacer el campamento a Móstoles y me asignaron en el Cuartel General, en Cibeles, pero cambiaron al coronel. Cortó por lo sano y perdimos los pequeños privilegios que teníamos para entrenar. No sé si estuve un mes o dos meses sin ir hasta que todo se fue arreglando y pude compaginar la mili con el Madrid. Pero cuando hice las maniobras en Tarancón, el equipo estaba jugando la UEFA y yo estaba haciendo una guardia en una tienda de campaña, escuchando el partido por la radio, mientras me caía una chupa de agua encima que alucinas.

Además, tampoco me llevaron al Mundial de México. Sanchís pudo ir porque pidió prórrogas por los estudios y Butragueño ya había hecho la mili porque era mayor. Me dio mucha rabia, porque en el Mundial del 82 el club nos puso a trabajar a los niños, o a colaborar, y nos ocupábamos de darles las alineaciones a los periodistas en el Bernabéu. Siendo niño, al vivir un Mundial desde dentro, sueñas con jugarlo. Fue una pena perdérmelo.

Mi primera experiencia fue la Eurocopa del 88; nos echaron de primeras, nos había tocado con Italia y Alemania. Contra Alemania, con Matthäus, recuerdo que nos pasaban como aviones. Se me quedó grabado.

Con Luis Suárez se decía que había que «dejar atrás la furia», y Míchel elogiaba al seleccionador porque decía que por fin se jugaba con el balón por el césped.

Creo que en el fútbol todo es necesario. No vale solo toque, o tiquitaca como está ahora en boca de todo el mundo. Hace falta también mordiente, corazón.

¿Qué recuerdas del par de Copas de la UEFA que ganó la Quinta?

El Videoton húngaro, al que le ganamos la primera, era muy bueno, había eliminado al Manchester United. Pero lo mejor de esos torneos fueron nuestras remontadas en el Bernabéu, como la del Borussia Mönchengladbach. Si ves una imagen que sacan mucho de Juanito, que le cambian y sale del campo dando saltos de alegría, yo soy el que entra en el cambio por él. Faltaban diez minutos, íbamos 4-0 y habíamos remontado el 5-1 de la ida, y él ya lo estaba celebrando dando brincos mientras se retiraba.

Esos partidos eran maravillosos. La final contra el Colonia la jugué de titular en la ida, que quedamos 5-1, con Schumacher de portero y Klaus Allofs, que era espectacular; un zurdito con una clase… Luego en Berlín, que se jugó allí en lugar de en Colonia, casi nos remontan ellos; perdimos 2-0. Estas cosas pasaban con Luis Molowny, que era de la casa y tenía ángel. Se proponía esas hazañas y las conseguíamos. Nos sacaba la bestia de competir, y eso que no era un hombre de muchas palabras.

De ahí en adelante, se ganaron cinco ligas consecutivas.

El equipo de la Quinta conectó mucho con el público. Hubo una conjunción de veteranos con jóvenes que llegábamos con mentalidad de comernos el mundo. Me acuerdo de que me decía la gente: «Joder, como llegue al estadio diez minutos tarde ya vais 2-0». Y era verdad. Teníamos una forma de jugar que se ha perdido, eso ha cambiado en el fútbol. Nosotros íbamos con la mentalidad de hacerle ver al rival desde el primer minuto que se le iba a hacer muy largo el partido. Eso ahora, salvo momentos puntuales en alguna eliminatoria, ya no pasa.

No creo que ahora el fútbol sea más previsible, pero se parece más al ajedrez. Está todo muy estudiado. Entonces no es que no hubiera un plan, pero si querías ganar el partido ibas a por él desde el primer minuto. Un poco como la selección de Luis Enrique contra Croacia. Habría que mirar muchos partidos actuales para encontrar uno de ida y vuelta como ese. En los ochenta el fútbol era así, como más alocado. En ese sentido ha cambiado bastante.

Tampoco se ve ya el juego por bandas que hacíamos, siempre buscando el centro y el remate en el área. No se ha perdido, obviamente, pero no se ve tanto. El fútbol inglés, con centros al área y que se lanzasen ahí los delanteros con todo, ya ha pasado; ha evolucionado. Fíjate la noticia que salió el otro día, que el Liverpool ha fichado a un especialista en saque de banda…

Sin embargo, el público no os aplaudía todo. Había críticas, muchas veces os quejabais de que no os sentíais queridos.

Es que el público del Bernabéu era muy exigente. Eso también ha cambiado. Había partidos que íbamos ganando 4-0, faltaban diez minutos, y nos pitaban por no ir a por el quinto. Querían el quinto y después el sexto. Solo con que dieras un pase para atrás la gente se ponía a murmurar.

¿Cómo era jugar con las plantillas de aquel Real Madrid?

Tuvimos suerte de ser buenos compañeros unos de otros en lo personal y en lo deportivo. Manolo Sanchís era un jugador con el que estuve desde los catorce años. Tenía unas condiciones… Empezó como delantero porque le gustaba mucho chupar. Le llamábamos «Chupetín». Luego pasó al medio campo, en el Castilla jugó de medio centro defensivo hasta que le pusieron de central y ahí se quedó. Sacaba bien el balón, era muy fuerte, gran marcador, se anticipaba bien, buen remate de cabeza. Era muy completo. Pero, además, para mantenerte en la élite tantos años como hizo él, solo puedes lograrlo con la cabeza muy bien amueblada, y él la tenía.

Decía Quique Sánchez Flores, que era su compañero de habitación en la selección, que mientras todos los futbolistas estaban con el Marca o con la radio deportiva, a Sanchís le daba igual todo eso: él se leía el ABC entero todas las mañanas.

Sí, estaban siempre juntos en la selección. Menuda parejita eran, llegaban siempre tarde a todo. Se quedaban dormidos… Sanchís ha sido siempre muy dado a tener otras inquietudes. No obstante, cuando pasan los años, te das cuenta de que has tenido muchas horas muertas como futbolista y no las has aprovechado bien. A algunos les da por la lectura, pero a la mayoría, con veinte años, se nos escapa la posibilidad de aprovechar el tiempo.

Míchel.

De los mejores centrocampistas que ha dado este país, no solo por su calidad, también por cómo manejaba el balón con las dos piernas. Además, tenía un desplazamiento de balón extraordinario, un centro con rosca del que se beneficiaron mucho Butragueño, Hugo Sánchez y Santillana. Tenía gran visión de juego. Mucha personalidad, liderazgo.

Pero estuvo cuestionado, recuerde lo que pasó en el Mundial con el «Me lo merezco».

Sí, es verdad, aunque lo del Mundial tenía más que ver con los periodistas. La época que viví en la selección era… Se nos criticaba mucho y nos afectó. Parece una tontería, pero si no hay una conjunción buena entre periodismo y un grupo crea malestar. Quieras o no, eso se refleja en el campo. En la selección viví momentos de enfrentamientos de jugadores con periodistas que fueron muy perjudiciales.

Butragueño.

Es el jugador más diferente que había, por eso tuvo tanto éxito. Por su juego y por su imagen, con esa cara de niño. Nadie hacía lo que hacía él. Cuando se paraba dentro del área, desequilibraba al portero o al defensa y definía al hueco sin chutar fuerte, lo hacía como si estuviera jugando al golf, o le metía un pase a un compañero que nadie esperaba. Las paredes que te devolvía eran extraordinarias. Con Hugo Sánchez se complementó muy bien, siendo los dos muy diferentes.

Era la época de la beautiful people y fuisteis celebrities.

Pero no había tanta conexión como hay ahora. Nuestras parejas no eran artistas o iconos del mundo de la moda.

Salían los juegos de ordenador: el Butragueño, el Míchel

En eso sí que fueron los primeros. Emilio también sacó un futbolín. Pero me acuerdo de que le regalaron un Fiat y se quedó con él, en una época en la que estábamos la mayoría deseando comprarnos un coche bueno. Nos reíamos de él y todo, le decíamos: «Nene, que no te gastas el dinero». Pero cada uno se lo gasta en lo que le gusta.

¿Y Hugo?

Vino después de Santillana y Valdano. Como rematador, creo que Hugo habrá sido de los mejores del mundo, si no el mejor. Treinta y ocho goles de primer golpeo no lo ha hecho nadie. Además, era muy listo, conocía sus virtudes y sus limitaciones. Sacaba provecho de todo, minimizaba a sus marcadores. Pero, fundamentalmente, lo que tenía era algo solo al alcance de los números uno, que era capacidad de abstracción. Cuando llegaba el momento clave, se concentraba y solo estaba a muerte en lo que tenía que estar, no le afectaba nada. A mí eso me cuesta, me afectan los sentimientos.

Compartí con él habitación muchos años. Él era su mejor representante. Llevaba siempre una carterita con fotografías suyas, en las que por detrás ponía sus logros, «máximo goleador», tal… Cuando le pedían un autógrafo, no firmaba un papel, sacaba su foto del taco que llevaba encima. En aquella época los jugadores no teníamos ni fotos oficiales, los retratos individuales de cada jugador llegaron bastante después.

También recuerdo que tenía dos secretarios jovencitos. Eran detalles a los que no estábamos acostumbrados. Me acuerdo de que en cada entrevista que daba él ponía su propia grabadora para que no tergiversaran lo que había dicho. Además, en la habitación recuerdo que llevaba un diario. Cada día registraba en cintas con una grabadora lo que había hecho, lo que le había pasado. Creo que hubiera sido muy interesante para mí haber hecho lo mismo, porque no me acuerdo de nada. Sobre todo, de los detalles.

Cuando nos juntamos antiguos compañeros, Sanchís tampoco se acuerda, pero Butragueño y Míchel es de locos todo lo que recuerdan. Yo no me acuerdo ni de mis goles. El otro día zapeando caí en Real Madrid TV y estaban echando un partido contra el Atlético en el que metí dos goles. Al verlos, me acordé de que los había metido, pero ya los tenía completamente olvidados. Y eso que uno era de cabeza, que yo de cabeza iba… [risas] he metido pocos.

Beenhakker y Toshack fueron los entrenadores de ese equipo. Tú brillaste más con el galés.

La diferencia de mi rendimiento con ambos está solo en un aspecto: el gol. Con Toshack metí catorce goles, y en las anteriores igual hacía cinco o media docena. Toshack me pidió que, si veía oportunidad, me fuera más directo a puerta. Yo tenía un gran sentido de equipo, no fui un jugador egoísta dentro del campo. Hay jugadores que meten dos goles, su equipo pierde, pero se van muy contentos porque han sido protagonistas. Yo nunca he pensado así.

Te pidió ambición.

Sí, más presencia en los metros finales. Esa fue la única diferencia. También me afectó que tenía más confianza en esa época, mi estado anímico era mejor. Soy una persona que necesita estar bien anímicamente. En mi relación con las personas es muy importante estar bien. Si me iba al colegio y había discutido con mi madre, me pasaba todo el día jodido. Necesitaba la liberación de no tener ninguna cuenta pendiente con nadie y la tuve ese año.

Pero cuanta más polémica hubo ese año con tu renovación, mejor jugaste. No sé si hasta se llegó a decir que estabas provocando con esos golazos.

Nunca tendría que haber salido del Real Madrid, pero no me arrepiento. Tomé mi decisión con todas las consecuencias, pero en condiciones normales, siendo un jugador de la casa, en el momento de juego en el que me encontraba, no tenía que haber salido.

¿Qué tuvo Toshack para batir el récord de goles?

Tenía otra mentalidad. Con él, si todo iba bien, vivíamos muy bien. Daba mucha libertad. Ganabas y te daba tres días de descanso. Eso sí, si las cosas no iban bien, cambiaba: te ponía a entrenar según aterrizase el avión en Madrid.

Toshack experimentó también, hizo sus pruebas con el equipo. Por ejemplo, puso a Chendo de medio centro, por delante de la defensa, y a Schuster lo metió de líbero atrás. Yo, cuando tenía a Schuster por detrás, sabía que iba a recibir un pase preciso a cualquier desmarque que hiciera. Me compenetraba muy bien con él. Y tenía un sentido del humor… no parece alemán, tiene ese punto de retranca…

Las Copas de Europa fueron la asignatura pendiente de ese equipo. La eliminación con el Bayern fue inmisericorde, la del PSV fue muy igualada aunque se perdiera, pero luego lo del Milan…

El año que más la merecimos y que estuvimos a un paso fue el del PSV Eindhoven. Pero hay que ver qué equipo era; estaba Koeman, Van Breukelen, Soren Lerby, Gerald Vanenburg… Encima, ficharon a Romario. El problema, lo doloroso, es que, si tú juegas contra un equipo que te pasa por encima, como el 5-0 del Milan, te quitas el sombrero. Pero con el PSV fue amargo, porque en la ida quedamos 1-1 metiéndonos el gol que nos metieron, y en Holanda, jugándonoslo todo, hicimos un partidazo, que el mejor de ellos fue el portero y… nada. Hablo por mí, pero para mí fue la derrota más dura. Estuve deprimido una semana entera o más. Nos dejó muy tocados.

En la actualidad, con los cambios que se hicieron en la Champions, creo que se favorece a los grandes, pueden tener algún fallito. En nuestra época era sorteo libre, te podía tocar cualquiera en cualquier ronda. Así nos pasó, que después del 5-0 del Milan, al año siguiente nos volvieron a tocar en segunda ronda. Y fue una pena, porque Toshack estaba probando cosas con el equipo que le dieron resultado en primavera, cuando mejor jugamos. En noviembre, cuando nos cruzamos con el Milan, todavía estábamos un poco verdes y probando. Aun así, perdimos 2-0 en Milan y ganamos 1-0 en Madrid. Sin embargo, luego jugamos un amistoso, el homenaje a Camacho, y les ganamos 2-1 haciendo un partidazo. Nos quedamos con la duda de que, si ese Milan nos hubiese tocado en marzo, otro gallo habría cantado.

¿Cómo fue lo del 5-0? Os habíais cargado al PSV en el segundo año, con gol tuyo, llegó el Milan, empate 1-1 en Madrid y, en la vuelta, el desastre bíblico.

Fue un accidente, no había tanta diferencia entre los dos equipos, no era normal ese resultado. Igual que en el España-Croacia tampoco ha habido diferencia como para un 6-0. Lo que sí es cierto es que Rijkaard, Gullit y Van Basten tenían un poderío físico impresionante, eran muy fuertes… Y ahora todo el mundo habla de los holandeses, pero ¿y los italianos? Los que estaban alrededor de los extranjeros eran espectaculares. Donadoni, Baresi, Maldini, Costacurta, Tassotti, Ancelotti… La forma de jugar como bloque también era increíble, cómo presionaban, cómo robaban…

El año siguiente fue el de la polémica de la renovación y tu última temporada en tu primera etapa en el Madrid. ¿Por qué renovabas por periodos tan cortos?

Contaba con superarme a mí mismo y ganar más dinero. Lo hice durante toda mi carrera, no solo con el Madrid. En el 87 tuve que renovar y coincidió que no era titular en el equipo. Me querían el FC Barcelona y el Atlético, yo no me quería ir, pero quería jugar, porque tenía veintidós años. Y mira lo que es el fútbol. Jorge Valdano, después del Mundial 86 era el titular, pero le detectaron una hepatitis y de la noche a la mañana dejó de jugar al fútbol. El entrenador optó por meter a Juanito. Pero coincidió que jugamos en Alemania y, en una acción en la que Matthäus pisó a Chendo, Juanito, con ese pronto que tenía, le pisó la cabeza. Le expulsaron y le metieron una sanción de un año. A raíz de esas dos coincidencias, pasé yo a jugar. Eso fue clave para que me renovasen, me asenté como titular y llegaron mis mejores años.

En el 90, las circunstancias hicieron que no pudiera quedarme, porque el club no valoró el jugador que yo era en un aspecto afectivo, algo más allá de lo económico. Esa decisión para mí fue dura, pero me fui al fútbol italiano, que en aquel momento era el fútbol por excelencia.

¿Qué fue ese aspecto afectivo?

Fue una cosa muy rara que a día de hoy todavía no me la explico. Estábamos mi padre y yo reunidos con Mendoza, mes de octubre o noviembre, lo teníamos todo acordado; duración del contrato de tres años y unas cantidades económicas. De repente, le llamaron para que saliese de la reunión.

A los cinco minutos volvió, entró en el despacho y era como si le hubieran cambiado el chip. Cambió de opinión completamente. Dijo que de lo que habíamos hablado, nada, y puso otras condiciones.

Mi padre no se lo podía creer, intenté apaciguar un poco, le dije que hacía un momento estábamos de acuerdo y ahora estaba diciendo todo lo contrario, pero no atendía a razones y me contestó con unas palabras que se me quedaron grabadas: «Esto es lo que hay; si lo quieres, bien, si no, ahí tienes la puerta y ya te puedes ir».

No tenía sentido ninguno, no me lo creía, cinco minutos antes lo teníamos y de repente no. Dejé de contestar preguntas de los periodistas sobre la renovación y, en todo ese tiempo, no hubo ni un acercamiento del club para cambiar la situación. Tomé la decisión de que no iba a jugar en el Real Madrid bastante antes del final de temporada. Fue una decisión complicada, porque dejar el Madrid es muy difícil por todo lo que te da, pero al final tomé esa decisión y, como te decía, no me arrepiento. En Italia fueron dos años muy buenos, en un fútbol más duro y defensivo, pero muy competitivo.

Maurizio Casasco dijo que tenían un infiltrado en el Madrid y que por eso pudieron ficharte. «Nos informaba a diario por teléfono, por eso estaba todo controlado». Lo dijo él y lo publicaron los medios en 1991.

Este era el director deportivo, la mano derecha del presidente, Gian Mauro Borsano. No tenía ni idea de esto, pero podría ser.

En el Mundial del 90 eras la estrella de la selección y, cuando nos echó Yugoslavia, tuviste una ocasión que se fue por poco.

Hice una jugada muy buena, me metí hacia dentro, chuté y se fue por nada. Ese partido fue una decepción enorme, porque íbamos de menos a más. El primer gol de Stojkovic, el del amago, me lo hizo a mí. Soy yo el que se va al suelo. Nos quedamos fuera del Mundial cuando mejor estábamos. Hizo además un calor esa tarde en Verona… Nos pesábamos siempre antes del partido y yo ese día perdí cuatro kilos. Es una pena cuando te eliminan y ves que no son mejores que tú, que se lo han llevado por pequeños detalles. Se te queda una cara. Como en el último Mundial ante Rusia.

¿Por qué fuiste al Torino, un equipo que venía de segunda?

A lo largo de mi vida, para bien o para mal, me he guiado por la afinidad con las personas. El Madrid jamás pensó que me iba a marchar, creyeron que iba a dar mi brazo a torcer y pasar por el aro. Por este motivo, determinados equipos no se plantearon ficharme. Mendoza era muy amigo de Berlusconi y Agnelli, hablarían, y él tendría claro que no me iba a ir porque estos no me iban a fichar. Pero el Torino mostró verdadero interés, era un equipo histórico y tomé la decisión con todas las consecuencias.

Tenía más socios que la Juventus.

Es un club muy querido en Italia por la tragedia de Superga, cuando en 1949 se estrelló contra una colina el avión que llevaba al equipo y murieron dieciocho jugadores. En Torino hay más aficionados del Toro que de la Juve, que es el equipo más apoyado en toda Italia. Todo esto lo viví en los derbis, que fueron como pocos habrá.

¿Se hizo un buen proyecto?

Sí, estaban Lentini, Cravero, Marchegiani… sigo teniendo contacto con todos ellos. El año pasado, en abril, fui al 25 aniversario de la final de la Copa de la UEFA que perdimos con el Ajax. Estuvimos en una velada en un auditorio con muchos aficionados. El campeonato italiano de entonces era la élite, estaba el Milan de los holandeses, el Inter de los alemanes, la Sampdoria, el Parma tenía a Brolin y a Asprilla, el Nápoles a Careca, Maradona y Alemão. Era el campeonato por excelencia. Y en mi primera temporada en el Torino quedamos cuartos. Éramos un gran equipo. Cuando llegué yo estaba Skoro, un delantero bosnio, y Müller, el brasileño. Al segundo año, vinieron Scifo y Casagrande, quedamos terceros y jugamos la final de la UEFA.

UEFA en la que os cargáis al Madrid.

Sí, cuando vine a jugar al Bernabéu casi me confundo de vestuario.

Te cantaron de todo.

Fue impresionante. Me acuerdo de que nos quedamos en el Ritz, la llegada con el autobús al estadio fue… nos rompieron varias lunas. Y al salir al campo, Pasquale Bruno, que venía de la Juventus y era un tipo muy particular y con mucho carácter, le hizo un gesto al público y provocó a los aficionados. El partido para mí fue duro por estar enfrente de mis excompañeros y por la tensión.

Vi hace poco la vuelta y la verdad es que al menos ahí se te ve con ganas de ganar.

Sí, sí. Yo nunca he visto esos partidos, ni la ida ni la vuelta, pero tenía ganas de ganar como profesional, aunque el Madrid para mí fuese lo más grande y lo siga siendo, porque es un club que te marca en todos los aspectos. Pero en ese partido de vuelta tenía cierta rabia, aunque yo no soy rencoroso. También quería llegar a la final, cosa que conseguimos y que desgraciadamente perdimos contra un Ajax que era un equipazo.

Con Bergkamp y Van Gaal de entrenador.

Sí, pero si ves los dos partidos… en la ida empatamos 2-2, pero el primer gol nos lo metió Wim Jonk desde el medio campo por un extraño que hizo el balón, porque Luca Marchegiani es de los mejores porteros que he tenido de compañero. Luego en Ámsterdam hicimos un partido increíble, quedamos 0-0, con dos tiros al palo y un penalti que pudo ser. Fue una pena. Esa fue otra de las amarguras de mi carrera.

Y, al finalizar este año, el club fichó a Aguilera del Génova, otro extranjero, éramos cuatro y sobraba uno. Yo había tenido problemas con el entrenador, en un partido en Cagliari me dejó en el banquillo. Había salido en prensa la posibilidad de que el Torino fichase a Aldair y yo irme a la Roma, pero apareció el Olympique de Marsella y fiché.

En la prensa italiana se dijo que estabas acostumbrado al fútbol español y que en Italia había que defender más.

Yo me adapté, éramos un equipo con un perfil defensivo, pero como todos los equipos italianos.

Tenías de compañero a un Vieri de diecinueve años.

Estaba él y Dino Baggio. Entrenaban de vez en cuando con nosotros. Veías que Vieri era un chico joven, con poderío físico, pero no te imaginabas que iba a llegar a ser lo que fue. Por cierto, he leído hace poco que se ha arruinado.

Te ibas a cazar con Roberto Baggio.

Coincidí una vez. Le gustaba mucho la caza y por medio de amigos comunes, no sé si fue Cravero, fuimos un día juntos. Comprobé que era un tipo muy particular, era muy reservado.

La del Olympique es de las mejores plantillas en las que has estado. Con Alen Boksic, Rudi Völler, Deschamps, Desailly…

También estaban Barthez, Angloma, Abédi Pelé… tan buena plantilla era que fuimos campeones de Europa, aunque yo solo jugué la primera eliminatoria, y marqué, al Glentoran norirlandés.

Estuviste solo unos pocos meses, ¿qué pasó?

El Olympique ya me quiso fichar tras mi primer año en Turín. Tuve una reunión en el aeropuerto de Pisa, en la propia pista, con la mano derecha de Tapie, que vino en un avión privado a ficharme, y les dije que no. Al año siguiente lo lograron y firmé por tres temporadas. Pero, inexplicablemente —me llevaré la duda a la tumba—, prescindieron de mí y me vendieron rápidamente.

Tuve un debut extraordinario, el mejor posible, toda la prensa hablaba de mí y empecé como titular. Era una gozada, ganábamos fácil, el equipo iba sobrado. Con el entrenador tenía trato, hablaba conmigo cada día. Pero al mes y algo me dejó de hablar y me llamó un directivo para decirme que existía la posibilidad de irme al Madrid y que el club quería que me fuera.

Había estado un mes en un hotel viviendo, ya había cogido una casa con mi mujer, estaba en el periodo de instalación y me dijeron eso. Contesté que no, que además había dicho que nunca volvería al Real Madrid.

Empezaron a empeorar las cosas, me dijo otro directivo que se habían dado cuenta de que no era el jugador que pensaban. Era una excusa, milongas, para pedirme que aceptara la oferta y me marchara.

Me dejaron en el banquillo y me acuerdo de que un día íbamos al hotel en el autocar, se subió Tapie y se sentó a mi lado. Medio en italiano, me dijo que le habían contado que no me quería ir. Le expliqué que yo quería seguir, que estaba aprendiendo francés, que me quería quedar muchos años en Marsella y me soltó: «Mira, piénsatelo bien, te tienes que marchar porque, si no te marchas, te puedo hundir la carrera». Mafia total.

Benito Floro había pedido mi fichaje a toda costa y coincidió que una persona muy cercana a mi mujer y a mí tenía una enfermedad terminal. Estaba claro que la solución entonces solo era volver al Madrid, que era mi casa, y poder estar cerca de esa persona en sus últimos momentos. Eso me llevó a tomar la decisión de regresar, pero fue difícil para mí, mucho, porque un sector del público radical no vio con buenos ojos mi vuelta.

Marca tituló: «Vuelve el salvador».

El reencuentro con mis compañeros fue extraordinario. Además, el Madrid llevaba meses sin ganar fuera de casa, algo muy extraño. Fuimos a jugar a Logroño, marqué el primer gol. El segundo partido fue en casa, ganamos y me acuerdo de un pase que le di a Zamorano con el exterior, que se la puse en la cabeza y fue gol. Deportivamente fue muy bueno mi inicio, pero con la afición tuve problemas.

Había gente que no me quería y tuve algún encontronazo con aficionados a la salida de algún entrenamiento. Después de los partidos, con Floro, entrenábamos en el campo. El entrenador pensaba que así recuperaríamos mejor. Cuando el estadio se había vaciado, nos poníamos a dar vueltas. Algún día tuve mis más y mis menos con algunos que se habían quedado solo para increparme. Recibí llamadas telefónicas a mi casa. Fueron unos meses muy jodidos en ese aspecto, aparte, con el problema familiar que te he dicho, estando de hospitales… Mira lo que le ha pasado a Sergio Ramos con lo de Salah, que ha recibido amenazas de muerte. Hay gente que con el fútbol…

Esa temporada se volvió a perder la liga en Tenerife.

Hay datos que a la gente se le escapan. Veníamos de jugar la semifinal de Copa del Rey contra el Barcelona, con prórroga, y los eliminamos. Eso fue un miércoles, el domingo tuvimos que ir a Tenerife. Solo tres días después. No se ha hablado mucho de esto, pero para ir con mayor comodidad, Mendoza alquiló un par de aviones privados con la mejor intención del mundo. Pero a uno de esos aviones se le estropeó el aire acondicionado.

Casi se mueren de calor. Tuvieron que dar la vuelta en pleno vuelo y volver a Madrid. Se arregló el avión y al final llegaron de madrugada. Al día siguiente jugamos, a las cinco de la tarde, también con un calor increíble. Todo eso nos afectó.

Al poco de empezar el partido, en un saque de banda, recibí el balón por detrás y no sé quién vino, pero me dio un rodillazo justo en la rabadilla, en la espalda, como el que le hicieron a Neymar, que casi le retiran del fútbol, y me destrozó.

Luego jugamos la final de Copa en Valencia, que yo no pude jugar porque arrastraba problemas en el recto, pero ganamos. Fue una pena; solo ganamos la Copa del Rey, pero esa fue una gran temporada.

Hombre, no convencía mucho ese juego.

Floro fue un entrenador adelantado a su tiempo. Nos puso un psicólogo, que entonces era una novedad; ni siquiera ahora está plenamente asentado. Cuidaba mucho la estrategia, que le había dado muy buen rendimiento en Albacete. Era un equipo que no era muy vistoso, pero estaba bien estructurado. Nos marcó esa derrota en Tenerife.

Prosinecki.

Tenía unas condiciones extraordinarias, lo que pasa es que no tuvo suerte con esas lesiones. Le operaron, me acuerdo de que tenía una cicatriz enorme en la pierna. Lo que pasó, al margen de eso, era que su estilo no se adaptaba mucho al del Madrid. Robert retenía mucho el balón. Si hacíamos una jugada, por ejemplo, en banda, le llegaba el balón y, en lugar de meter el centro, hacía un amago. A veces el equipo pedía otra cosa, más rapidez, soltar más rápido el balón. Quizá el problema fue que en el Estrella Roja comandaba las pausas del juego y todos jugaban para él, y en el Madrid es otra historia. Pero algo nos fuimos entendiendo con el tiempo y poco a poco estaba más acoplado.

Clemente te dejó de llamar para la selección.

Cuando cogió el equipo yo estaba en Marsella, hablé por teléfono con él alguna vez y contaba conmigo. Jugamos en Santander, ganamos 1-0 a Inglaterra. Me acuerdo de que tuve que ir en un avión privado. Pero luego coincidió que en mi regreso al Madrid me lesioné, me fracturé el quinto metatarsiano, y dejó de contar conmigo.

Con la llegada de Valdano y Cappa te adelantaron en el once Amavisca y Raúl.

Con Amavisca no contaban mucho, pero tenías que ver qué pretemporada hizo. Al final se quedó y jugó muchos minutos, fue titular. En mi caso, perdí la titularidad porque estaba Laudrup, luego apareció Raúl y yo fui el desplazado. Son cosas que ocurren. Pero jugábamos muy bien al fútbol ese año.

El 5-0 al Barcelona.

Estuve lesionado el año anterior, cuando ellos nos metieron un 5-0. Además, creo que se lesionó Alfonso, nos salió todo mal. Pero al año siguiente yo entré por Raúl en el 65 e hice la jugada, un autopase, metí el balón hacia atrás, la tocó Luis Enrique y fue el cuarto. Luego el quinto lo metió Amavisca y la verdad es que estábamos como para meter también el sexto. Un resultado así con el Barcelona es difícil que te salga, es cosa de una vez en la vida, pero fue muy satisfactorio porque el año pasado había habido mucho cachondeíto con la manita. Ese año también ganamos en casa un partido muy importante al Deportivo, un 2-1, que nos sirvió para ser campeones, aunque, al año siguiente, era yo el que estaba en el Dépor.

Fue curioso, el Real Madrid logró levantar el vuelo después de un inicio de la década lamentable, pero, cuando la cosa funcionaba, resultó que el club estaba en la ruina.

De hecho, durante esa temporada la prensa nos preguntaba si estábamos dispuestos a rebajarnos la ficha. Nunca en el Madrid había habido retrasos de pagos y ese año hubo.

Te ofrecieron un 25 % de tu ficha para seguir.

Mi representante entonces era Zoran Vekic. Le dije que estaba dispuesto a bajarme un 50 %, y él me contó, porque no tuve contacto con el club, que me iban a pagar por debajo de mi pretensión. Estaba dispuesto a cobrar la mitad y no me dieron opción, ni siquiera negociaron. Feo. Esos detalles, además, solo se hacen con la gente de la casa. Para los de fuera siempre hay dinero. Y no pasa solo en el Madrid, es en todos los clubes. De los jugadores de la casa intentan aprovecharse siempre. Así que me fui al Deportivo, entre otras cosas, porque estaba Toshack.

Llegaste al Deportivo diciendo que habías tenido mala suerte en el Madrid y el primer día te hiciste la triada.

Llevaba cinco días en el club. Fue un amistoso contra el Oporto. Se me cayó el alma a los pies. Nueve meses para volver a jugar. Pasé una noche… estaba en la habitación con Adolfo Aldana y le di una nochecita al pobre… estuvimos toda la noche hablando, yo con la rodilla metida en hielo. Al día siguiente me llevaron en coche de Oporto hasta A Coruña. Tumbado en la parte de atrás del coche, con la pierna estirada, cinco o seis horas de viaje, con los baches… le di muchas vueltas a la cabeza. Tenía veintinueve años y a ver cómo me quedaba de una operación tan grave. Luego en silla de ruedas. Fue mucha comedura de coco, un calvario hasta que volví a jugar.

La temporada siguiente Toshack apostaba mucho por mí, me metía siempre que podía en el equipo, pero tuve muchas lesiones musculares. Sobre todo, en el bíceps femoral. Fue horrible. Estaba un mes parado, salía, jugaba un partido, otro, y me volvía a lesionar. Era un sufrimiento, sobre todo, mental. Tampoco tuve opciones de continuar, no me ofrecieron la renovación. Me vine a Madrid sin equipo, se cerró el mercado y mi representante no me había buscado ningún club, no se portó nada bien conmigo. Durante la lesión no fue capaz ni de llamarme. Y me quedé en paro. Eso sí que fue una situación muy jodida. Me tuve que ir a entrenar con el Leganés, que estaba en segunda B, y curiosamente estaba allí Eto’o cedido por el Madrid, que tenía dieciséis años.

Acabaste en México.

Entonces me llamó Michel, que venía de estar en México con Butragueño, y me convenció para irme al Celaya. Jugué el torneo de clausura. Estuvo bien y recibí una oferta del Karlsruhe, que acababa de bajar a la segunda división alemana. Firmé solo un año, cuando podía haber firmado tres, pero no pensé en mí, no tuve egoísmo, y un año duré. Echaron al entrenador al poco tiempo de empezar la temporada, pusieron al que estaba de segundo, que solo había entrenado a nivel amateur, y lo primero que dijo es que no contaba conmigo.

Volví a Madrid, me puse a entrenar con el Getafe, que estaba también en segunda B. Intenté irme a jugar a Estados Unidos, pero no salió. Me llegaron ofertas del fútbol árabe, de Brasil y Argentina, pero estaba mi mujer embarazada y tomé la decisión de dejarlo. Por una parte, sentía necesidad de seguir jugando, pero, por otra, no me convencía.

¿Truncó tu carrera salir del Madrid en el 90?

No sé lo que hubiera pasado. Cuando echas la mirada atrás, con la cabeza fría, lo que ves es que la vida son circunstancias y las decisiones se toman en función de esas circunstancias. Las que yo tomé, en función de lo que había y de las personas que te encuentras por el camino, creo que fueron las correctas.

Dijo Paco Jémez en la entrevista que le hicimos que lo que recuerda de ti es que cuando le dabas al balón sonaba bonito, «era agradable hasta el sonido del chut».

Somos muy amigos. Eso que dice a mí me pasó con Maradona. En la temporada 83-84, antes de que Goikoetxea le partiera el tobillo, le vi dando toques en el Bernabéu calentando con Schuster, otro que tal, y me llamó muchísimo la atención. Cómo la tocaba, cómo salía el balón de sus pies, suave… Era impresionante.

¿Quiénes más te han sorprendido?

Van Basten era espectacular. Romario. Schuster. Laudrup, que era exquisito, cómo conducía el balón, qué visión tenía para ver al compañero desmarcado. Aunque valoramos más lo de fuera que lo de dentro, no creo que Míchel o Butragueño tuvieran nada que envidiar a nadie de su época. Fran, por ejemplo, también me llamó mucho la atención. Lo sufrí como rival, pero cuando le vi entrenar en el día a día, tenía un cambio de ritmo y una zurda espectaculares. Por su carácter, quizás no llegó a lo que pudo ser.

Estuvo a puntito de fichar por el Madrid.

Sí, lo sé, lo sé. Pero no lo hizo, y con la selección tampoco tuvo la implicación que yo creo que debería haber tenido.

Este año has tenido tu primera experiencia como entrenador profesional con el Extremadura en segunda B.

Ha sido una experiencia muy enriquecedora, aunque no haya ido acompañada de los resultados. Me encontré un equipo muy estresado. La categoría está muy igualada y perdí a jugadores titulares por lesiones y sanciones, sobre todo en defensa. Un entrenador siempre tiene que modificar sobre la marcha, pero yo no pude. Llevaba a los jugadores que tenía disponibles para ir convocados, no tenía ni para dejar a alguno fuera. Tenía ya hechas las listas por las circunstancias. Hice debutar a un chaval, que luego fue uno de los mejores, y hubo tramos en los que jugamos muy bien. Dominamos partidos en segunda B, que se juega un fútbol mucho más directo.

¿Cuál es tu filosofía?

Dominar al rival y tener el balón, supongo que como todos los entrenadores. Mi idea es tener preponderancia sobre tu rival, mandar. Aunque luego todo eso depende de lo que tengas.

Ahora, los veteranos de la Quinta hacéis vinos y jamones.

Lo de los jamones lo tuvimos que cerrar. Por algunas personas, que delegas y al final hay cosas que no salen bien. En el vino participamos Míchel, Butragueño, Sanchís y yo, pero también están Alfonso Pérez y Karanka. Antonio Martín del baloncesto y Pato Clavet, tenista. Elaboramos un vino, Casalobos se llama, en la denominación de origen Montes de Toledo, en un pueblo que se llama Picón. Yo la verdad es que no soy entendido, pero una comida o una cena sin vino no la contemplo.


Miguel Pardeza: «Para los jugadores sin un físico poderoso como yo, Maradona era una escuela»

Miguel Pardeza para Jot Down 0

Se puede ver en la hemeroteca y lo cuentan los sabios y/o viejos del lugar. De la Quinta, el que prometía de verdad era Miguel Pardeza (La Palma del Condado, Huelva, 1965). Luego los caprichosos designios de este deporte le llevaron a triunfar en el Real Zaragoza, fue el capitán de un equipo de rango histórico que jugaba como los ángeles, aunque el gol que les dio su mayor éxito, la Recopa, fue de ejecución puramente baturra. Y al margen de estos datos balompédicos, Pardeza es de esos futbolistas ilustrados. Filólogo de formación, su pasión es la literatura. Allá donde ha viajado por el deporte, le ha acompañado un camión lleno de libros. No es el perfil habitual.

¿Cómo era tu vida en Huelva?

Soy de un pueblo que se llama La Palma del Condado. Está entre Sevilla y Huelva, pertenece a una zona en el interior de la provincia donde ha habido siempre mucho vino. Es un pueblo característico de Andalucía. Tuvo una gran relevancia a principios de siglo por la producción del vino, hubo muchas bodegas. En los años veinte fue uno de los mayores exportadores de vino. Mi padre tenía un taller mecánico y mi madre era ama de casa. Mi vida no se diferenció mucho de la vida de cualquier niño.

¿Fuiste un lector precoz?

Siempre he leído. Lo que pasa es que la posibilidades lectoras de mi familia eran bastante reducidas. Mi padre trabajó desde los diez años. Era un niño de la guerra, nació en el 37 y se tragó la larga y dura posguerra. Pero fue una experiencia compartida, cualquier persona de esa generación te contaría lo mismo, menos los pocos que estuvieron en una situación privilegiada. De modo que en mi casa no había muchos libros, pero a mí se me despertó el hábito muy joven. Tuve la suerte de que justo cuando empezaron mis inquietudes lectoras se abrió una biblioteca pública en mi pueblo y eso me ayudó mucho a satisfacer mis anhelos como lector. Y por otro lado también guardo un gran recuerdo de los cómics. La irrupción, la llegada de gran cantidad de superhéroes de la factoría Marvel a mí me terminó convirtiendo en un lector. Luego mis posibilidades lectoras se ampliaron y diversificaron a medida que fui creciendo.

En tus primeros años del fútbol, hubo un entrenador llamado Martínez que os tenía fascinados porque tenía un 127 tuneado y fumaba Winston.

Fue un grandísimo jugador de mi pueblo, con muchísimas posibilidades, que para los chicos de nuestra edad representaba el símbolo de lo que significaba llegar a ser futbolista, aunque en su caso no terminó triunfando. Era la referencia más cercana del fútbol profesional que teníamos. Tenía una serie de símbolos, como fumar Winston y tenía un 127 tuneado que aquello era como una forma de entender el éxito. Él fue quien nos llevó al programa de televisión Torneo que presentaba Daniel Vindel.

Llegas a Madrid al Hostal Ideal, que no hacía honor a su nombre, tras diez horas de viaje.

Era un hostal que estaba en la plaza Matute, entre la calle Huertas y Atocha. No era una residencia, pero entonces los de fuera siempre terminábamos en hostales. Hoy afortunadamente ha cambiado. Aunque fue una experiencia, algo que te pone en contacto con los otros, con la realidad. Creo que fueron tiempos heroicos para todos los chicos que veníamos de provincias y queríamos dedicarnos algún día al fútbol profesional. Las condiciones no eran las más cómodas, por decirlo de alguna manera, pero te fortalecía enfrentarte a la realidad desde parámetros mucho más realistas que desde los que hoy en día pueden vivir los jóvenes que empiezan a jugar en clubes importantes.

Madrid era un mundo desconocido lleno de peligros y sugerencias. El contraste de un pueblo con la capital a finales de los años sesenta era tremendo. Los avances tecnológicos, las infraestructuras… todo era distinto. De Sevilla a Madrid no había AVE. No había autovías. Ir del pueblo a la ciudad era un esfuerzo inmenso. El contraste era absolutamente brutal, sobre todo a ciertas edades cuando ni la experiencia ni los acontecimientos te permitían hacer un análisis de la realidad mucho más ajustado.

Ahora las distancias ya no son las que eran. Los hábitos y las costumbres de los españoles están mucho más cerca que en los años setenta y más atrás ya no te quiero contar. Ser de pueblo te marcaba una serie de rasgos.

Con quince años te llamaban el «Maradona a la española» y casi te ficha el Barcelona.

El motivo por el que vine al Madrid es porque estaba más cerca. Cuando vine a probar aquí mi padre se quedó encantado por una serie de circunstancias y por eso me quedé. El Barcelona estaba interesado desde que me di a conocer en ese programa de televisión, en Torneo. También me quisieron el Sevilla y el Recreativo.

Te consideraron el mejor jugador de Europa en tu categoría.

Es posible [risas], ya no me acuerdo.

Pero sí recuerdas un 8-1 al Barça en juveniles.

Lo recuerdo sobre todo porque vino a verlo Di Stefano y todo nos salió absolutamente redondo. Yo jugué bien, metí goles, provoqué penaltis. Fue uno de mis mejores partidos como canterano.

Comentaste que entonces tenías que «usar los codos y las manos» para superar los marcajes, porque eras un jugador pequeño y si no se entendía no había «más que mirar a Maradona».

Siempre fui pequeño y tenía que intentar desarrollar habilidades distintas. Esa era mi forma de jugar y Maradona en esos momentos representaba algo único, era deslumbrante en todos los sentidos. Para los jugadores sin un físico poderoso como yo, Maradona era una escuela de información. Pero yo era fundamentalmente rápido, mi mejor cualidad era que tenía la capacidad de llegar un segundo antes que los demás. Mi juego se basaba más en eso.

Al primero que conociste de la Quinta fue a Sanchís.

Lo conocí en La Chopera, jugaba, por cierto, de extremo derecho. Nos seleccionaron a los dos para el mismo equipo. Empezó como delantero y luego fue evolucionando hacia zonas más retrasadas. Manolo en aquella época ya parecía una persona madura, aunque era un niño. Siempre lo fue. Tenía una inteligencia extraordinaria y las ideas muy claras. Eso es lo que más recuerdo: sus ideas firmes. Algo que nos desconcertaba porque no parecía muy propio de la edad, pero lo ha seguido teniendo siempre, como digo. Es uno de los grandes valores que ha tenido Manolo. Luego también se sacó la carrera de Empresariales muy pronto.

Miguel Pardeza para Jot Down 1

Has dicho que de la Quinta se quedaron fuera algunos que eran muy buenos, ¿quiénes?

En el artículo de Julio César Iglesias que inaugura toda la leyenda solo se habló de cinco jugadores. Julio César cuando decidió hacer aquel reportaje y eligió a unos lo que estaba haciendo era sencillamente una selección que tenía sus ribetes de injusticia. Había muchos buenos que hubieran merecido estar ahí. Francis luego jugó en el Español y en el Tenerife. Juanito se lesionó. Pérez Durán no hizo mucho recorrido. De las Heras terminó en el Málaga. Juliá, que era hermano del Juliá que estaba en el Barcelona, también jugó en diferentes equipos.

Bueno, pero tan mal ojo no tuvo Julio César Iglesias, lo clavó.

La verdad es que estaban los que tenían que estar, pero posiblemente podría haber aparecido alguno más.

Se decía que la Quinta jugaban como dioses, pero apenas intimaban entre ellos.

No, seguimos manteniendo contacto y el cariño durante todos estos años. Lo que pasaba de críos es que éramos dos bandos, Míchel y Butragueño eran mayores que Martín Vázquez, Sanchís y yo. Míchel venía siendo promesa desde infantiles, Martín Vázquez surgió algo más tarde. Éramos chicos de Madrid, cada uno de su barrio. Eso era todo. En el caso de Míchel ya era una promesa rutilante, ya se veía. Se hablaba de que era un candidato firme a llegar al primer equipo. Se veía que respiraba fútbol, que iba a ser un animal de fútbol por cómo lo jugaba y cómo lo vivía. Luego Rafa en cambio era mucho más tranquilo. Era un chico de una bondad extraordinaria, un jugador inmenso. Estuve con él además en las selecciones castellanas de aquellos años.

¿Cómo era con vosotros Amancio Amaro, vuestro entrenador?

Fue importante porque de alguna manera articuló aquel equipo. Una leyenda del Real Madrid que transmitía experiencia por el fútbol. Hizo un equipo en el Castilla que marcó una época, cosa que no era nada fácil porque surgió del otro Castilla mítico que había jugado la final de la Copa del Rey contra el primer equipo. Como entrenador tuvo un papel fundamental. Como lo tuvo Di Stefano a la hora de dar el último paso y subirnos al primer equipo.

Aquel Castilla consiguió llenar el Bernabéu.

En un partido contra el Athletic, que íbamos primero y segundo, ganamos 1-0 y metimos más de setenta mil personas en el estadio. Coincidió que en ese momento el primer equipo no se lucía lo suficiente y al Castilla la gente se enganchó de tal manera que venía mucho a vernos.

Alguna vez has dicho que representabais «el nuevo fútbol», ¿qué era eso?

Aquella generación de futbolistas no se puede explicar sin hacer cierto repaso histórico. El Mundial del 82 fue clave en todo aquello. España era un país que estaba muy desorientado, cada cuanto parecía cambiar mucho de estilo y de propuesta. Creo que España sí tenía una identidad definida, pero nunca terminaba de dar con la tecla. En aquel Mundial hicimos un papel muy pobre y hubo una cierta necesidad de cambio. Y hay que vincularlo también a la serie de cambios que hubo en el país. En 1981 habíamos tenido un golpe de Estado que suponía una regresión terrible desde el punto de vista político y social. Y la Quinta fue un impulso hacia el cambio definitivo. Ese cambio, como las ondas expansivas que se producen en el agua cuando tiras una piedra, creo que terminó afectando a la sensibilidad del fútbol. La gente quería ver otras cosas y se empezó a apostar, no sé si de una manera consciente o inconsciente, por una mirada diferente a la que había. Que coincidiera con nuevos jugadores, pues ahí ya tiene que ver el azar y la suerte. De la misma manera que el éxito del fútbol español de los últimos años tiene que ver con una propuesta clara de un estilo de juego, pero también con la suerte, la coincidencia de que se haya dado con jugadores que han sabido interpretarlo.

Cómo era el Real Madrid entrenado por Di Stefano al que ascendiste.

Para Di Stefano solo puedo tener palabras de agradecimiento, hacia mí siempre mostró un cariño extraordinario. Como entrenador era muy intuitivo, tenía un carácter tremendo y, evidentemente, no pertenecía a la escuela de los entrenadores modernos en los que la formación es otra, indudablemente. Pero tampoco era un hombre que necesitase mucho argumento para convencerte de lo que tenías que hacer. El fútbol lo tenía metido en la sangre y era una persona que con pocas palabras te transmitía lo que tenías que hacer y lo que no.

Luego me encontré un equipo en el que la distancia entre los noveles y los que ya estaban consolidados eran enormes. Hoy en día las distancias que tienen que ver con la edad se han acortado. Entonces no podías hablar en el vestuario si eras un joven recién llegado. Tenías que ver, oír y callar. Ir aprendiendo hasta que te ganaras el derecho a poder levantar la voz. Llegamos, estuvimos callados, aprendiendo y adaptándonos.

A mí me vino muy bien Santillana. Siempre me hacía quedarme con él una media hora para tirarle centros y que los rematara. Para mí era una delicia. Creo que era uno de los mejores rematadores o seguramente el mejor que ha tenido el fútbol español. Tanto con la cabeza como con las dos piernas. Siempre me quedaba con él a hacer esa especie de ejercicios extraescolares para mejorar. Hoy en día eso también se ve, pero de manera menos recurrente. Antes a los jugadores jóvenes que querían mejorar algún aspecto de su juego no les importaba quedarse más tiempo para intentar desarrollarlo. Y Santillana eso lo seguía haciendo incluso con treinta años.

Y también estaba Juanito, con esa personalidad volcánica que tenía. Era todo pasión, visceralidad. Ese carácter le llevaba a desmanes no del todo comprensibles, pero luego era muy cariñoso. A mí me acogió con muchísimo aprecio porque yo era andaluz, todavía tenía acento aunque luego con el tiempo lo he ido perdiendo. Había además una afinidad por el hecho de que yo fuera pequeño y también delantero. Siempre tuvimos mucha complicidad. Y él siempre estaba haciendo bromas. Era difícil que lo vieras triste. Permanentemente estaba haciendo chascarrillos. Tenía una personalidad contagiosa.

Miguel Pardeza para Jot Down 2

Te ceden al Zaragoza y le ganas la Copa del Rey al Barça en el Calderón.

Estábamos allí varios del Madrid: García Cortés, Fraile, Pineda y yo. El Barcelona aquel año había hecho una temporada muy buena y la semana siguiente a este partido iba a jugar la final de la Copa de Europa contra el Steaua. Recuerdo los comentarios en la prensa catalana describiendo nuestro partido con ellos como un aperitivo para lo que se iba a vivir. Y luego nosotros hicimos un partido ajustadísimo, conseguimos un gol pronto. Marcó Sosa de falta a Urruticoechea, que pegó en la barrera y entró. Y desde ese momento nos pusimos a defender todos colgados del larguero. Tenían un gran equipo, estaba Schuster, Carrasco, Marcos… pero nos tocó ganar.

Rubén Sosa era un delantero extraordinario.

De los jugadores que mejor he visto golpear el balón en carrera. Vino muy joven, los dos llegamos a la vez a ese equipo que se estaba gestando. Jugábamos de extremos, cada uno por un lado, y recuerdo que tuvimos que correr mucho. No estábamos acostumbrados a correr tanto, pero el entrenador que teníamos, Luis Costa, que consiguió armar un buen equipo, nos obligaba a defender más de lo que nos hubiera gustado. Pero a Sosa se le veía que iba a ser un jugador importante. Rápido, potente, con disparo. Y sin lugar a dudas es uno de los grandes del fútbol uruguayo. En lo personal era un chico con un nivel cultural justo, pero con un gran corazón, y tenía cierta retranca cuando a veces quería ser inteligente.

¿Sabías que Venables, el entrenador del Barça, luego escribió novela negra?

Sí, sí, pero no he leído ninguno.

Y luego marcaste en el Nou Camp en la Copa de la Liga.

Ese año fue muy curioso porque había jugado cedido en el Zaragoza y el Madrid luego me reclamó para jugar la Copa de la Liga. Recuerdo que metí un buen gol [risas].

También jugaste en la ida con la selección sub-21 la final del europeo contra una Italia en la que ya estaban Zenga, De Napoli, Mancini…

Sé que tenían un gran equipo pero no recuerdo nada en particular, que ganamos. Es uno de los títulos que tengo: campeón de Europa sub-21.

En la vuelta, que se ganó por penaltis, el héroe fue Ablanedo.

Era un portero de una agilidad inmensa. No sé si saldría hoy con tan poca altura, ahora tienden a ser más altos. Igual si hubiera jugado, posiblemente. Le habría costado, porque no llegaba al 1,80, pero era muy potente de piernas, tenia muchísimos reflejos. Era un portero extraordinario.

Estabas ahí cuando el Bayern echó al Madrid de la Copa de Europa, ¿cómo fue aquello, como chocarse contra un muro?

Entonces los equipos alemanes eran palabras mayores, algo que cambió con el tiempo, pero jugar en Alemania era un dolor para cualquier equipo español, esa era la realidad. La diferencia desde el punto de vista físico era casi humillante. El Bayern además tenía jugadores muy buenos. En la ida fue cuando Juanito le pisó la cabeza a Matthäus. Fue una situación, digamos, embarazosa. Pero los partidos contra alemanes siempre han sido muy calientes, ellos son también muy especiales. No hacen del ambiente algo muy dócil. Hay más tensión que con otro rival. Y siendo dos históricos como el Madrid y el Bayern, lógicamente, no iba a ser un ambiente templado. Ahí estaba gente de mucho carácter, como Augenthaler. No lo hacían fácil para que el partido discurriera de una manera muy deportiva. Si hubo un detalle que recuerdo de cuando viajamos a Alemania fue que el Madrid fichó a Jankovic y todos nos quedamos sorprendidos, era un fichaje inesperado. Le conocíamos de cuando habíamos jugado contra el Estrella Roja también en la Copa de Europa, que jugaban fenomenalmente al fútbol. Y esa fue la noticia de la concentración. Los jugadores siempre estamos pendientes de quién viene y quién se va.

En España también se jugaba fuerte en los ochenta.

El fútbol desde entonces ha cambiado muchísimo. Jugar fuera de casa era un compromiso verdaderamente serio. Pero no es que fuera más duro, es que estaba menos vigilado. Hoy en día hay actitudes que te afean rápidamente los medios de comunicación, hay mil cámaras. Con lo cual los jugadores han terminado autocensurándose en ese sentido. Pero en los años setenta y ochenta… solo hay que recordar la lesión de Amancio contra el Granada. Había un abuso del juego duro lamentable. Se marcaba al hombre, cosa que se ha perdido con los años, que eran marcajes rayanos en la violencia. Así se entendía el fútbol y, con las zonas, se fue perdiendo. Marcar al hombre era una fuente de golpes y encontronazos seguros. Yo tuve la suerte de que me solían poner marcadores pequeños y rápidos, como yo. Era raro que me pusieran a un tío alto con la cintura más dura y que le costara más moverse. Especialmente difícil se me hacía Chano, del Málaga, que era bajito como yo. Tomás, del Atlético, especialmente pegajoso.

Coincidiste con Rijkaard.

No sé qué problemas tuvo con el Ajax que acabó yéndose al Sporting de Lisboa y de ahí vino al Zaragoza cedido. Era un jugador que en nuestra plantilla a alguno les sonaba y a otros no, vino cedido pero acabó luego en el Milan, donde coincidió con Van Basten y Gullit para armar uno de los mejores equipos de la historia. Con nosotros jugó relativamente poco porque vino lesionado y tardó en recuperarse. Tampoco llegó a jugar nunca de mediocentro, lo hizo como segunda punta. Tenía un físico espectacular, se le veía con unas posibilidades inmensas, pero si te soy sincero a nosotros tampoco nos decía gran cosa porque era un desconocido y no fue el jugador que luego llegó a ser en Italia. Fueron tres o cuatro meses nada más lo que convivimos con él.

¿Qué tal con Chilavert?

Ese era un caso. Es curioso porque Chilavert pertenece a esa estirpe de portero que se le recuerda más por sus condiciones de jugador que por las de portero. Tenía un buen golpeo de la pelota, tiraba penaltis. En los entrenamientos fuera de la portería a veces jugaba mejor que algunos compañeros de campo y encima paraba mucho. Tenía una tremenda personalidad y un carácter muy particular. Nunca olvidaré un partido contra la Real Sociedad en que metió un penalti, se puso a celebrarlo en el centro del campo, la Real sacó rápido y creo que fue Goikoetxea, que todavía estaba en la Real, y le metió un gol desde su campo que fue, no sé, un poco ridículo, ¿no? Por la escena que se montó, quiero decir. Porque encima pretendió que el gol no era válido, pero estábamos todos en nuestro campo y lo era. Recuerdo mucho también que mantenía un diálogo permanente con la grada. O bien animándola, o bien reprochándole actitudes. Era hiperactivo, interactuaba permanentemente con los aficionados. En el terreno personal era un poco complicado. No le gustaba callarse lo que pensaba, más bien al contrario, decía todo lo que pensaba en cada momento. Y eso a veces, evidentemente, propició situaciones incómodas. Está claro. De hecho, después se ha visto que ha sido un jugador que nunca ha eludido una polémica sea del tipo que sea. Entonces ya era así un poco, tampoco tuvo situaciones que le dieran pie a más, pero…

Fuisteis los primeros pupilos en España de Radomir Antic.

Vino en la misma época que Cruyff a España. Fueron protagonistas los dos porque tuvieron algún problema con la homologación del título de entrenador. A Antic le pusieron como segundo entrenador para que le habilitara Víctor Fernández, que terminó sucediéndolo. E hizo dos muy buenas campañas con un equipo que, bueno, tenía una calidad justita. Pero era un tío con una vitalidad y un optimismo extraordinarios. Sobre todo era un gran pedagogo. Tenía una predisposición para el trabajo extraordinaria. Era también muy cercano al jugador, sobre todo a los que eran más jóvenes. Siempre ponía trabajo extraescolar, siempre ponía deberes. Apostaba por el espíritu de superación de cada jugador. Eso terminó contagiándolo a los jugadores.

Hiciste la fase de preparación y fuiste al Mundial de Italia 90 con Luis Suárez.

Antes del Mundial jugamos contra Yugoslavia, que luego nos echó. En Eslovenia hubo un amistoso y ahí estaban sobre el campo Prosinecki y Stojković, que eran extraordinarios. Tenían una plantilla de gran talento, como casi siempre. Aunque los partidos preparatorios del Mundial no es que sean aburridos, pero uno ya lleva muchos partidos a la espalda y lo que quiere es que empiece lo importante cuanto antes. De aquella fase me quedé con la calidad de estos dos jugadores.

Miguel Pardeza para Jot Down 3

Suárez intentó poner un estilo como el que planteó Luis Aragonés que nos hizo campeones, recuerdo declaraciones de Míchel diciendo que por fin se jugaba el balón por el suelo…

Aquella selección era mucho más heterogénea. Podías tener a Martín Vázquez, pero luego tenías a Villarroya, que era de una técnica más limitada. Creo que todo eso se ha ido puliendo. Pienso que el fútbol, jugarlo, es como hablar un tipo de lenguaje, me da igual el que sea. En ese debate sobre si hay que jugar de una manera o de otra prefiero ser respetuoso, todas me parecen válidas. Pero lo que sí tiene que haber es coherencia en la selección de los jugadores. Y aquel equipo nacional sí que adolecía de aquella diversidad de animal futbolístico al que no se le permitía desarrollar una idea de forma más pura. Pero por las características de Míchel, de Martín Vázquez, de Roberto, había un equipo que ya quería jugar de una manera que ya se adaptaba a la personalidad de estos jugadores. No sé si se llegó a jugar tan bien, porque el Mundial no salió muy allá, pero se intentó eso. También, Luis Suárez, por su propia personalidad, porque había sido un gran jugador, su forma de entender el fútbol iba en esa dirección.

Para mí ir al Mundial fue una experiencia rica en lo personal. Esforzada, porque son muchos días los que hay que estar concentrado. La espera es muy larga. Yo no estaba en el equipo titular, con lo cual mi forma de vivirlo fue distinta. Pero lo tengo como uno de los mejores recuerdos de mi carrera profesional. La expectativa que se montó alrededor de un torneo de esa naturaleza, todas las esperanzas depositadas, el aluvión de medios de información, las expectativas de un país. Es único, no hay nada como vivirlo desde dentro. Aprendí muchísimo y me dio la posibilidad de convivir con compañeros un periodo muy largo. En cuanto a nuestra trayectoria, se habían depositado muchas esperanzas en esa generación, se pensaba que la Quinta estaba en su mejor edad para lograr un triunfo, pero quedó claro que a España todavía no le había llegado su hora. Luego la relación entre el aparato informativo con la selección nunca es fácil. Tiene sus buenos momentos y sus desencuentros inevitables. En esta ocasión metieron demasiada presión, el propio seleccionador iba a las ruedas de prensa a cada comparecencia incómodo. En fin, recuerdo que eran situaciones poco ventajosas para crear un clima relajado y tranquilo como para poder hacer algo más. No sé qué pasó al final, tanto desencuentro y malentendidos.

¿De ahí vino el «me lo merezco, me lo merezco» de Míchel?

No lo sé. Me imagino que fue porque el partido contra Uruguay fue muy malo, no sé ni si pasamos del centro del campo o llegamos a tirar a la portería. Los partidos inaugurales siempre son difíciles y supongo que recibiría críticas y esa fue su manera de desahogarse.

Te quiso fichar Cruyff después del Mundial.

Hubo rumores. Algún contacto. Pero al final aquello no se  consumó. Antes la movilidad de un jugador no era como ahora. Era muy corriente que un jugador empezara con veinte años en un equipo y acabara ahí su carrera.

Dijo, textualmente, que le «apasionabas».

Yo estaba muy tranquilo en Zaragoza, muy cómodo, y el Dream Team era un equipo complicado. A cualquier jugador le hubiera gustado por la calidad de esa plantilla, pero sinceramente, no me lo planteé. También me quiso el Atlético cuando estaba Maguregui, pero estaba a gusto, me sentía bien en Zaragoza. Sinceramente, nunca tuve ganas de cambiar. Los maños me acogieron muy bien. Me trataron genial. Hice amigos fuera del fútbol con los que compartía inquietudes, algo que en este mundo no es fácil de conseguir. Tuve relación con mucha gente del mundo de la cultura. Mi amigo Javier Barreiro, profesor de literatura que ha publicado no menos de veinte libros. José Antonio Labordeta. Ignacio Martínez de Pisón. Luis Alegre. Me dejo a muchos, pero tuve la suerte de coincidir con mucha gente, círculos con los que podía compartir inquietudes, que también eran futbolísticas, porque eran todos grandes aficionados al futbol. Me resultó una ciudad muy agradable para vivir. Tuve suerte de coincidir unos años con un equipo extraordinario que llegó a finales y ganó un título internacional, la Recopa. Uno elige un destino, pero a veces el destino se convierte en algo agradable o no por motivos que no puede controlar, que pertenecen al azar.

Habías empezado Filología en Madrid.

No, en Madrid, en la Autónoma, empecé Derecho. Hice dos años, luego me fui a Zaragoza, donde mis condiciones personales habían cambiado, me acababa de casar, etcétera. Y tercero lo saqué, pero cuando estaba empezando cuarto me di cuenta de que nunca iba a ser abogado, decidí dar el paso y cambiar a lo que de verdad me gustaba que era la Filología Hispánica, la carrera en la que me acabé licenciando. Yo veía que en la abogacía iba a tener poco recorrido y como siempre me había gustado leer, tenía amigos profesores de universidad y catedráticos de Filología, me dije que para licenciarme en algo mejor que fuera de lo que más me gustaba. Al fin y al cabo, cada vez veía más difícil desarrollar una actividad profesional al margen del fútbol. Puestos a estudiar prefería hacer algo que me llenase.

Hubo un reportaje en El País, no sé si por Italia 90, en que decían de ti: «le gusta encerrarse en su habitación a leer a Proust con la música clásica a tope». Tengo muchos amigos que no se olvidan de esto.

Lo de Proust es una licencia del periodista, lo leí de más mayor. Pero sí que leía en las concentraciones, porque son muchas horas las que pasas ahí y para mí es la mejor forma de pasar el tiempo. Para mí la literatura y los libros siempre han sido grandes compañeros de viaje. Un libro es como un amigo para consolarte en los momentos malos. Siempre hay un libro para cada estado de humor que tengas. Con esta costumbre me siento muy afortunado, porque pocas cosas hay mejores para acompañarte en la vida que la literatura, no protesta, no te dice nada, está siempre dispuesta. Hay pocos entretenimientos que te den tanto y te pidan tan poco, más allá de tiempo para que leas un poco.

¿Hay muchos futbolistas lectores como tú?

Los hay, aunque tampoco me he encontrado muchísimos, eso tengo que decirlo. Valdano es un ejemplo. Butragueño sé que lee bastante. Sanchís me consta que también. No conozco un centenar, pero los hay.

Cuando te fuiste del Madrid dijiste que no podías competir con Butragueño, con un «mito».

Me hubiera gustado seguir en el Madrid, esa es la verdad. Mendoza, entonces presidente, no quería dejarme marchar de ninguna manera. Pero tenía a dos jugadores como Butragueño y Hugo Sánchez delante de mí, con edades todavía que hacían pensar que les quedaba una eternidad, y no quería un papel secundario. Podría haberme quedado, pero siempre fui impaciente y no quise darle tiempo para ver si cambiaba la situación. Dije que Butragueño era un mito, y era verdad. Lo dije para explicar la situación, me tenía que ir porque tenía por delante a un jugador que había revolucionado el fútbol español. Se ha dicho, él cambió la forma de ver el fútbol de los espectadores españoles que venían arrastrando prejuicios sobre la furia y el pundonor. Butragueño hizo cosas que no se habían visto y fue educando al aficionado español. A Emilio no se le puede explicar desde el punto de vista exclusivamente futbolístico, fue algo más que eso. Luego, en lo personal, tengo debilidad por él. Además, soy amigo suyo. Somos tan amigos que incluso en el Mundial, estando yo ya fuera del Madrid, nos pusieron en la misma habitación. Siempre hemos tenido mucha afinidad y cercanía. No puedo ser objetivo con él. Pero la importancia que ha tenido en el fútbol español es absolutamente indiscutible. Es una referencia en la historia de nuestro fútbol, eso es indudable.

Engonga nos dijo que le daba pena darle en el campo.

Sí, inspiraba ternura [risas]. Es una de las ventajas que tuvo como jugador, con esa cara angelical. Algunos ante la expectativa de tener que golpearlo, pensarían que mejor no… [risas].

Miguel Pardeza para Jot Down 4

¿Cómo se fue gestando ese gran proyecto que fue el Zaragoza de Víctor Fernández?

Fue determinante la gran relación que existía en aquel momento con el Real Madrid, nos jugamos varios que habíamos pasado por la cantera blanca. Juanmi, Solana, Aragón, Esnáider, yo… estábamos cuatro o cinco que veníamos del mismo sitio. Por otro lado, el cambio de los clubes en sociedades anónimas nos benefició. Alfonso Solans, el dueño de Pikolin, compró el equipo y lo impulsó. Víctor, además, era un apasionado por un fútbol de determinado estilo y terminamos siendo un equipo brillante. Jugamos muy bien, tres finales en tres años no es nada fácil. Durante unos años creo que daba gusto vernos jugar.

El Paquete Higuera metía todos los goles que le daba la gana.

Es uno de esos jugadores a los que nunca se les ha reconocido del todo el talento que tenían. Era muy inteligente. De los que mejor he visto jugando sin balón. Hoy en día ya no se habla mucho de esto, de jugar con balón o sin balón, pero él era el que mejor hacía diagonales, jugaba a la espalda de las defensas, era rápido constante, personalidad firme. Uno de los mejores compañeros con los que he jugado y tal vez no se le haya reconocido.

Poyet.

Tuvo un gran mérito. Porque vino de la segunda división francesa como delantero centro, se le reconvirtió a interior, porque si tenía algo bueno era su llegada a la segunda línea y remataba muy bien de cabeza. Era muy listo, se sabía explotar al máximo y dio un gran rendimiento. Luego mira qué carrera hizo, después de Zaragoza se marchó a Inglaterra y se adaptó perfectamente. Tenía muchísima personalidad, era de los que interactuaba con la grada.

¿Qué pasó con Brehme?

Que vino muy mayor, básicamente. Con más resabios que otra cosa, vino. Éramos un equipo menor, llegaba del Inter, después de haber sido campeón del mundo. Todo se le quedaba pequeño. Pretendió jugar de centrocampista cuando siempre lo había hecho de carrilero, tuvo diferencias con Víctor, y salió de forma precipitada. Pero para mí fue un auténtico placer. Era un ambidiestro perfecto, no sabías si era diestro o zurdo pero de ninguna de las maneras. Por más que te decía que era zurdo, no te lo creías viéndole como jugaba con las dos piernas.

El Dream Team os dio algunos repasitos.

Era sorprendente, nos dejó marcados. Se ponía a jugar, a tocar la pelota una barbaridad, contra el Madrid no era muy distinto, tenían tanta calidad técnica que jugaban su partido y tú hacías de sparring. Si estaban inspirados era muy difícil jugar, te dejaba la pelota muy poquito tiempo. Contra ellos te terminabas desmoralizando y se te hacía el partido un trámite muy doloroso.

Tuvisteis dos años al mejor Esnáider.

Era inteligente, con chispa. De una tremenda fortaleza mental. También era muy pícaro. Era muy apasionado, transmitía muchísimo a la grada y a sus compañeros. Se notaba que era joven, tenía toda la carrera por delante y se quería comer el mundo. Quizá fue esto lo más llamativo de él, esta ambición sin límite.

El Zaragoza y Aragón se encontraron el uno al otro.

Todo clase. Un organizador de un talento inmenso, de una calidad técnica extraordinaria. Sabía jugar en corto, sabía jugar en largo. Tiraba faltas. Rápido, pero entendiendo muy bien el juego. Fue una pieza clave. En el Madrid también podría haber jugado, pero triunfar en un Madrid no es fácil. Los canteranos si no consiguen afianzarse desde el principio luego les resulta muy complicado. Ese es el gran dilema de todos los canteranos de un equipo grande, si seguir ahí una temporada tras otra sin tener seguro que vas a jugar o por el contrario intentar buscarte la vida en cualquier otro equipo.

¿Cómo vivisteis aquella Recopa?

El partido clave, se diga lo que se diga, fue el del Feyenoord. Un equipo muy duro. Perdimos 1-0 en Holanda y nos costó muchísimo levantarlo con un 2-0 en casa. Pero fue clave porque ahí nos dimos cuenta de que realmente podíamos hacer algo en esta competición. Y la resolvimos bastante bien. El Chelsea que nos encontramos no tenía nada que ver con el que ha sido después. Hicimos un buen partido, 3-0, en Zaragoza y allí, aunque lo pasamos mal un poco, porque nos descuidamos, creo que lo pasamos bien. Fue mucho peor el Feyenoord.

Y a la final llegamos algo cansados, el Arsenal era fuerte. Y los nervios, de estar en París, en una final europea, que para muchos de nosotros que ya estábamos en los veintinueve años sabíamos que era nuestra última oportunidad de conseguir algo importante. Igual la única final que íbamos a jugar en nuestra vida. Un punto de no retorno. Pero, como en todas las finales, hace falta algo de suerte y nosotros la tuvimos. Con el 1-1 íbamos directos a los penaltis, estábamos todos cansados, alguno estaba rezando para que llegara ese momento. Ellos iban mucho más fuertes y… llegó el gol de Nayim.

Gol muy baturro

Un gol soñado en el último minuto, con esa factura y lo que se consiguió. Fue un gran cierre para iniciar el final de la carrera de muchos que ya estábamos iniciando la cuesta abajo. Empezar el final de esta manera fue mucho mejor. Nayim iba por ahí diciendo que si el gol lo había metido Dios, porque era la única manera de explicar lo inexplicable. Creo que fue el típico gol del cansancio, de ya no saber qué hacer. Esa misma jugada en otro tramo del partido no hubiera hecho eso. Es una jugada que haces cuando no tienes fuerzas de hacer nada mejor, te la juegas de forma irreflexiva, que es un método que a veces da buenos resultados [Risas].

Acabaste en México, en el Puebla, con el gran Carlos, del Oviedo.

Una experiencia buena. Estuve con Carlos y el Paquete Higuera. Fueron dos años. Siempre viene bien tomar distancia de lo que han sido tus dinámicas naturales. Para cobrar distancia y para ver el futuro, porque ese sí que es un tránsito difícil para cualquier jugador, abandonar la que ha sido tu actividad principal a lo largo de muchísimos años. En algunos casos, como el mío, después de haber comenzado muy jóvenes. Yo, con catorce años. En México, en Puebla, pues desde la distancia vislumbras tu futuro y puedes tomar decisiones sobre qué quieres hacer o no. Estas salidas al final de la carrera de un jugador sirven más para readaptación que para otra cosa, no nos vamos a engañar. Es una especie de tránsito, de periodo de prueba.

Puebla fue una experiencia, de todas formas, muy agradable. Era entonces una ciudad de tres o cuatro millones de personas, con una gran colonia de españoles. Tuve la suerte de ir con Higuera, con el que había jugado en el Zaragoza muchos años, y ese apoyo siempre viene bien. Me siento muy contento de haber ido. Como te explico, tomar distancia sirve para comprender mejor tu país, entenderte a ti y vivir experiencias que te enriquecen como persona.

¿Hablaba Carlos de la pena de que no le llevaran al mundial del 94 después del temporadón que había hecho ese año?

Son de esas cosas que se te quedan marcadas en una carrera, pero no le oí hablar demasiado del tema, no te creas.

Miguel Pardeza para Jot Down 5

Como director técnico del Zaragoza, y después de haber estado después en el Madrid, igual nos puedes revelar qué pasó realmente con Milito.

Lo que pasó en Madrid no tengo datos. Después de unos análisis médicos determinaron que no era posible su fichaje. Solo te puedo decir que a nosotros nos vino muy bien porque llevábamos tiempo detrás de su fichaje. Nos dio unos años extraordinarios. Tenía una personalidad magnífica.

¿Traer a Ewerthon fue cosa tuya?

Yo estaba en la dirección técnica. También nos hizo muy buen trabajo.

Y Villa… grandes aciertos, Miguel.

Pero en una decisión deportiva como esa nunca se está solo. Yo tenía un gran compañero de trabajo que era Pedro Herrera, padre por cierto de Ander Herrera, y que tenía muchísima experiencia. La verdad es que formamos un buen equipo en el Zaragoza los dos por aquella época. Primero porque teníamos gustos futbolísticos muy similares, y eso es clave. Teníamos claro cómo teníamos que operar y eso nos dio algunos aciertos, también hubo errores. Está claro que el trabajo en dirección deportiva de un equipo está plagado de buenas decisiones y equivocaciones, pero creo que más allá de eso, que son circunstancias inherentes al cargo, lo importante es cómo quieres trabajar. Saber qué quieres hacer y qué línea vas a seguir.

Has comentado que internet ayuda a conocer mejor a un futbolista que se quiere fichar ¿antes se producían algunos fichajes a ciegas?

No, lo que pasa es que las herramientas tecnológicas que tiene cualquier club son inimaginables con respecto a las que había antes, que tenías que fichar a un jugador después de haber ido a verle dos o tres partidos y jugártela con lo que habías podido detectar ahí, teniendo en cuenta la información que te hubiera llegado verbalmente de conocedores del jugador en el terreno. La metodología era completamente distinta. Hoy tienes herramientas con las que puedes seguir a alguien todos sus partidos de una temporada. Las estadísticas de todo, informes sobre el terreno. Las decisiones ahora son mucho más fiables.

De tu última etapa en el Madrid no quieres hablar.

Ha sido una grandísima experiencia, he aprendido muchísimo, un paso más en mi aprendizaje como hombre de despachos, y poco más puedo decir. Siempre voy a estar eternamente agradecido. No es fácil ocupar un puesto de responsabilidad en el Real Madrid…

Y menos en la época de Mourinho.

[Sonríe] No, fue un entrenador con sus peculiaridades, del que se puede aprender como de todo el mundo.

¿No había muchos terremotos?

[Risas] No, no, bueno, es un hombre intenso y apasionado.

Cuando fichaste por este cargo por el Madrid, en tu mudanza a la capital, te trajiste contigo tu biblioteca de quince mil volúmenes…

El libro es un buen compañero, más que nada. Con los libros se pueden hacer muchas cosas, uno puede orientar sus gustos en una dirección o en otra, pero el acto en sí de leer ya es consolador. Hay tantos temas que se pueden abordar con un libro… Y yo soy muy ecléctico. De la literatura española he leído mucho a Baroja, a Valle Inclán, he leído algo menos a la generación del 27, pero me gustan Cernuda, Alberti y Lorca, por supuesto. Leí mucho en una época a Cela. También mucha literatura internacional, porque esto va por épocas, he leído a Cortázar, a Borges, Adolfo Bioy Casares, Vargas Llosa… del XIX he leído mucho a Stendhal, Flaubert… En general, he leído un poco lo que hay que leer, y muchísimos autores menores que a nadie le interesan, pero que me gustan. Por ejemplo, Emilio Carrere, los autores relacionados con la bohemia…

¿Por qué este movimiento?

Por influencia de Javier Barreiro, mi amigo. Siempre ha sido un hombre aficionado a los movimientos literarios de principios de siglo y uno de ellos ha sido la bohemia. Hemos tenido tanta amistad que por contagio terminamos buscando libros y autores de esta época y escribiendo alguna cosa sobre ellos.

Miguel Pardeza para Jot Down 6

Cuando reeditó Valdemar a Carrere hablaban de que la historia de la literatura al final es muy arbitraria, que hay un selecto club de «sabios» que eligen a los que tienen que estudiarse y movimientos como este, el de la bohemia, se quedan relegados al olvido por culpa de esos criterios academicistas

Ya. Cualquier literatura, no solo la española, se cuenta en función de ciertos determinismos ideológicos, eso está claro. Aquí siempre se ha dicho que la historia la escriben los ganadores. Es verdad que la historia no siempre responde a la realidad de los hechos. En la literatura hay mucha gente que merece la pena que queda en el olvido. Es raro que un tipo que no merece la pena perdure, pero muchísimos autores podían haber permanecido y no lo han conseguido. También hay un proceso de selección natural, de la del 27 podían haberse recordado muchos, pero solo han prevalecido unos determinados. Son gente de calidad, pero muchos otros bien porque fueron independientes, bien porque fueron por libre, porque su obra no fue del todo comprendida, pues perdieron el tren de la historia de la literatura. Pero oye, ahí hay un campo que es muy bonito de descubrir para la gente que guste. Yo creo que cada uno tiene que ir construyendo su propia tradición, y no solo en la literatura.

¿Puedes describir el ambiente de la bohemia para quien no lo conozca?

Duro y difícil. Era una España un poco dura. Este es un país que ha mejorado muchísimo con los años, la situación de los escritores de principios de siglo… no es que escribir fuera llorar, como decía Larra, era muchísimo peor. Aparte que el analfabetismo del país era grandísimo, la situación política era lamentable, tanto que terminamos llegando donde llegamos. La diferencia de clases era abismal, el caciquismo no había renunciado a su influencia, las instituciones políticas estaban terriblemente corrompidas y desfasadas, no se había superado nuestro prejuicio histórico colonial. Una serie de circunstancias que hacían la convivencia muy difícil. Las diferencias entre pueblo y ciudad entonces eran horribles. Y Madrid era una ciudad complicada también. Ahí salieron una serie de personajes que eran el gallofo, el bohemio, que se venían a la capital a buscarse la vida y muchos terminaban en el arroyo. Es difícil de asimilar. Esa época no era fácil para nadie, pero especialmente para la gente de letras. Grandes desconocidos de esa época eran Pedro Barrantes, Xavier Bóveda, Pedro Luis de Gálvez… escritores de esta estirpe había muchos y era muy pintoresco. El libro que mejor describe el ambiente es La novela de un literato, tres tomos que puede leer cualquiera, de Rafael Cansinos Assens, que retrata perfectamente el clima y el ambiente.

Para tu tesis doctoral, ¿por qué elegiste a Ruano?

Porque nadie lo había trabajado de forma académica. Porque yo lo conocía, me gustaba mucho cómo escribía. Porque había cierta facilidad para investigarlo, porque la Fundación Cultural Mapfre había recopilado su legado, ahí conocí a mi amigo Pablo Jiménez, director de la Fundación cultural. Me pareció un personaje interesante sobre todo para leerlo. Ya que tenía que trabajar mucho, lo mejor era coger a alguno que te gustase mucho.

Alguna vez le has descrito como «anarquista de derechas», pero en términos más crudos podríamos decir que fue admirador del nazismo.

Indudablemente, él se alineó con el franquismo y la rebelión en la Guerra Civil. Es cierto que colaboró con el aparato de propaganda del nazismo, eso no se puede negar. Pero yo sigo pensando que además de esas circunstancias, que no son admirables evidentemente, creo que a lo largo de su vida lo que predominó fue un escepticismo político. Lo siguió manteniendo más allá de que tuviera relaciones poco aconsejables, esa es la verdad.

Dices que para entenderle hay que emplear la máxima de Jacinto Benavente de que «en España solo se habla bien del éxito sin mérito o del mérito sin éxito».

Creo que es una gran frase porque es verdad. Creo que la sensación que dejó Ruano fue la de un escritor que podría haber dado mucho más de sí. Tenía un talento innato para escribir, era un literato de los pies a la cabeza, pero las prisas o lo bien que vivía gracias al periodismo quizá le privó de la paciencia y de la perseverancia que se necesitan para hacer una obra que realmente merezca la pena. Pero escribió poesía, novela, reportaje, era un literato total. Aunque, quizá, salvo en las poesías y en sus memorias, en el resto de sus escritos adolece de una cierta precipitación, falta de tiempo para madurar una obra que fuera realmente perdurable.

¿Por dónde vas a tirar ahora, por la literatura o por el fútbol?

No lo sé. Es lo que tengo que decidir. Pero ya sabes lo que dijo aquel, la vida es lo que te va pasando mientras te empeñas en llevar adelante tus planes. Así que ya no hago planes. Soy un hombre de fútbol, pero tengo la gran suerte de que me gusta el mundo de los libros. Por eso cuando trabajo en el fútbol, dejo un poco de lado los libros, y cuando dejo el fútbol, pues sencillamente me centro más en los libros. Como en este momento.

Miguel Pardeza para Jot Down

Fotografía: Guadalupe de la Vallina