Ni tontas ni locas: las mujeres del Lyceum Club Femenino

Fotografía: Diario de Madrid (CC BY 4.0).

Cuando Carmen Baroja y María Teresa León escribieron sus memorias, ambas recordaron el mismo episodio relacionado con el Lyceum Club Femenino, del que habían sido socias. En una ocasión invitaron a Jacinto Benavente a dar una charla y el premio nobel declinó la petición diciendo que no tenía tiempo: «No puedo dar una conferencia a tontas y a locas», les dijo. Aquí ustedes pueden imaginarse al ilustre dramaturgo entrecerrando los ojillos de satisfacción por su fina ironía.

Las socias del Lyceum ni eran tontas ni estaban locas. Tampoco eran unas excéntricas, desequilibradas, criminales o madres desnaturalizadas que estaban para que las encerraran, como proclamaban sus detractores más furibundos. Eran mujeres que formaban parte de la élite intelectual del país y que sintieron la necesidad de fundar este club para tener un espacio donde poder reunirse para intercambiar ideas, desarrollar su vida cultural y tratar de mejorar la situación de las mujeres. María Teresa León lo recordaba de esta manera: «En los salones de la calle de las Infantas se conspiraba entre conferencias y tazas de té. Aquella insólita independencia mujeril fue atacada rabiosamente. El caso se llevó a los púlpitos, se agitaron las campanillas políticas para destruir la sublevación de las faldas (…) Pero otros apoyaron la experiencia, y el Lyceum Club se fue convirtiendo en el hueso difícil de roer de la independencia femenina».

El Lyceum Club Femenino, que se declaró laico y abierto a socias de cualquier ideología, se inauguró en noviembre de 1926 en la Casa de las Siete Chimeneas, en la calle de Las Infantas de Madrid. La idea de asociarse en un club femenino surgió entre el grupo de mujeres que gravitaban alrededor de la Residencia de Señoritas, el lugar que allanó el camino para que las chicas de cualquier rincón de este país pudieran ir a la universidad. En ese momento, María de Maeztu llevaba once años dirigiendo la Residencia y esa empresa había contribuido a que unas mil jóvenes se sentaran en las aulas de la universidad. Junto a María «la Brava» estaban otras mujeres que se negaban a dejar sus neuronas en barbecho y que preferían hacer oídos sordos a las ideas misóginas de intelectuales influyentes, como Gregorio Marañón, que dejó escritas estas palabras sobre las mujeres cultivadas: «Insistimos una vez más en el carácter sexualmente anormal de estas mujeres que saltan al campo de las actividades masculinas y en él logran conquistar un lugar preeminente. Agitadoras, pensadoras, artistas, inventoras: en todas las que han dejado un nombre ilustre en la historia se pueden descubrir los rasgos del sexo masculino, adormecido en las mujeres normales». Aunque esto era poco comparado con las teorías del influyente sociólogo y filósofo alemán Georg Simmel, quien afirmaba que «la existencia femenina tiene su sentido exclusivamente en aquello que el varón no quiere, o no puede, ser o hacer; el sentido de la vida de aquella no está referido a una relación de igualdad, sino de desigualdad, y en esta relación se consumen sin dejar resto».

En fin, no haremos comentarios al respecto.

Los ángeles del hogar vuelan

La apertura del Lyceum llegó precedida por las críticas. Meses antes de que se inaugurara, cuando corría el rumor de que se iba a fundar un club exclusivamente femenino, la prensa empezó a incluir el asunto en sus agendas. La Libertad contó con la indignada voz de Teresa de Escoriaza, dispuesta a convencer a las fundadoras de que su idea era una auténtica aberración: «Me propongo combatir un proyecto femenil con apariencias de feminista (…) alzo la voz y digo que se equivocan los que se proponen fundar un club de mujeres. Pero ¿saben las mujeres que a fundarlo aspiran lo que es un club? Humareda pestífera de tabaco, tazas de mal café y discusiones estúpidas. Esta es la parte positiva del club. Ni muy grande ni muy valiosa, ciertamente. Pero el club tiene, además, una parte negativa, y esa sí que es de importancia grande, de enorme trascendencia. En el club los lazos familiares se aflojan, se desanudan y el principio de solidaridad humana sucumbe».

Teresa de Escoriaza estaba tan enfurecida como equivocada cuando decía: «El club de las mujeres no puede existir, no debe existir, no existe en ninguna parte (…) El club de las mujeres no puede implantarse en España para risa del mundo entero». La periodista ignoraba que ya existían otros Lyceum Club en distintas ciudades de Europa como Berlín, Roma, París o Estocolmo, en Nueva York y en La Habana, y que desde 1908 se relacionaban a través de una federación internacional. El primero de ellos se había inaugurado en Londres en 1904 y se había presentado con estas palabras de las fundadoras: «Hemos creado esta casa de la que nos sentimos orgullosas porque es una casa hecha por mujeres, habitada por mujeres y dirigida por mujeres».  

Poco después de la inauguración del Lyceum en Madrid, el periodista Julio Romano lo visitó para iluminar a sus lectores de La Esfera y hacerles un auténtico mansplaining a las propias fundadoras. Por un lado, no podía más que alabar las instalaciones de ese club «claro, limpio, donde todo refulge que da gloria», como era de esperar de un lugar habitado por mujeres. Por otro lado, el periodista sintió la necesidad de advertir sobre las amenazas que podía encerrar ese lugar que alejaba a las mujeres de su papel de amas de casa: «El Lyceum debe ser el hogar posible de todas las mujeres españolas, y no una agrupación donde predomine la catedrática y marisabidilla, la doctora redicha y petulante. ¡No, por Dios! Ese tipo extranjero de señora de anteojos de concha, carpeta debajo del brazo, estirada y seca como un sarmiento que hace la exégesis de Kant o Hegel, mientras su marido empuja el carrito del bebé o limpia los cacharros de la cocina; esa mujer de caricatura humorística recuerda con su antipática presencia el axioma de que las demasiadas letras secan el corazón y el tesoro de la mujer española es su dulzura, su piedad, su comprensión humanitaria de todos los dolores, y cualquier cosa que pueda cegar estas fuentes lo creemos un sacrilegio».

Las socias del Lyceum estaban demasiado ocupadas intentando mejorar la precaria situación de las mujeres en este país como para hacer caso a las críticas. Había llegado el momento apropiado para que los «ángeles del hogar» usaran sus alas para volar muy lejos.

Las indómitas

María de Maeztu, 1919. Fotografía: DP.

En la junta directiva del Lyceum Club estaban la presidenta, María de Maeztu, y dos vicepresidentas: Isabel Oyarzábal, periodista que firmaba con el seudónimo de Beatriz Galindo, escritora y diplomática; y Victoria Kent, abogada, la primera del mundo que ejerció ante un tribunal militar. La secretaria fue Zenobia Camprubí, escritora, lingüista y traductora de Rabindranath Tagore (aparte del apoyo que supuso para Juan Ramón Jiménez durante cuarenta años). Junto a Zenobia, en la secretaría estaba Helen Phillips, directora del Instituto Internacional y profesora de la Universidad de Texas.

Otras socias del Lyceum fueron la abogada y diputada que consiguió el voto para las mujeres, Clara Campoamor; la doctora en medicina Trinidad Arroyo; la pintora surrealista Maruja Mallo; la autora de los libros de Celia, Elena Fortún; Pura Maortua, fundadora de la compañía de teatro Anfistora y amiga de García Lorca. También figuraban en el listado de socias la compositora y pianista María Rodrigo, la escritora María Teresa León, la ginecóloga Rosario Lacy, la periodista Magda Donato, la abogada Matilde Huici y muchas otras profesionales, artistas y mujeres muy cultas. Muchas estaban casadas con hombres influyentes, de modo que los detractores que querían menospreciar su propia valía se referían a ellas como «el club de las maridas».   

El Lyceum era mucho más que un lugar agradable donde estas mujeres podían desarrollar su vida social, tan limitada en el ámbito doméstico. Las socias querían seguir formándose y llevar a cabo iniciativas para mejorar la situación legal y social de las mujeres en España. Así que decidieron dividirse dentro del club en varios comités: social, musical, artes plásticas e industriales, literatura, ciencias e internacional. Las socias se involucraban en estas secciones de acuerdo con sus intereses y entre libros, tazas de te y vibrantes conversaciones, se organizaban para dar cursos, montar exposiciones o planear las próximas conferencias y conciertos. Para la inauguración contaron con las hermanas María y Elena Sorolla, que expusieron sus pinturas y esculturas. Más tarde, la jovencísima pintora Ángeles Santos mostró en el Lyceum su gran obra vanguardista Un mundo. Federico García Lorca hizo una lectura de Poeta en Nueva York y Unamuno leyó su obra Raquel encadenada. Rafael Alberti, Ramón Gómez de la Serna, León Felipe, Pedro Salinas, Américo Castro y Manuel Azaña formaron parte de la lista de conferenciantes. Llegó un momento en el que «todos se pirraban por el Lyceum. No hubo intelectual, médico o artista que no diera una [conferencia]», según afirma en sus memorias Carmen Baroja.

Clara Campoamor, 1931. Fotografía: DP.

Las abogadas Clara Campoamor, Victoria Kent y Matilde Huici se ofrecieron para dar cursos a sus compañeras en los que analizaban la figura de la mujer en los códigos civil y penal. Este análisis de las leyes les ayudó a ser conscientes de su propia situación y crearon comisiones para redactar reformas de los artículos degradantes para las mujeres. Entre las peticiones que elevaron al Gobierno estaba la supresión del artículo 438 del Código Penal que decía: «El marido que sorprendiendo en adulterio a su mujer matase en el acto a esta o al adúltero, o les causara lesiones graves, será castigado con la pena de destierro». También pidieron que el artículo 57 del Código Civil que decía: «El marido debe proteger a la mujer y esta obedecer al marido», fuera sustituido por: «El marido y la mujer se deben protección y consideraciones mutuas».

Mientras, el comité social del Lyceum puso en marcha otras iniciativas, como la creación de una guardería infantil y una biblioteca para ciegos. Para aliviar la complicada situación de las mujeres obreras, fundaron en Cuatro Caminos la llamada Casa del Niño, una escuela infantil gratuita donde las niñas y los niños recibían educación, alimentación equilibrada y revisiones médicas. Entre las colaboradoras de esta iniciativa se encontraba Elena Fortún, que los domingos acudía como narradora de cuentos (por cierto, el Lyceum Club estaba tan presente en la vida de esta escritora que en los libros de Celia, la madre de la pequeña protagonista aparece como socia). Las integrantes de la sección social también colaboraron como voluntarias en el Comité Español del Libro para Ciegos, donde trabajaron como copistas de libros que luego abastecían bibliotecas como  la circulante del Patronato Nacional de Protección de Ciegos y la Biblioteca Nacional.

La Casa de las Siete Chimeneas

El rechazo que provocaba que un grupo de mujeres tuviera intereses más allá de sus hogares era especialmente intenso en el periodo político en el que se inauguró el Lyceum, en plena dictadura de Primo de Rivera, una época ultracatólica y encorsetada. En este contexto, si el concepto en sí del Lyceum asustaba, el hecho de que su sede estuviera en la Casa de las Siete Chimeneas daba aún mas miedo. Algunos verían en esto la confirmación de que era la «casa del mal». Porque durante siglos este edificio estuvo rodeado de una misteriosa leyenda que tuvo su origen en el siglo XVI, cuando fue el escenario de un extraño suceso. Elena, una joven viuda que vivía en la casa, apareció muerta en su cama. Cuando trataron de investigar el caso, el cuerpo de la joven había desaparecido y se sospechó que el entonces príncipe, más tarde rey Felipe II, había ordenado matarla para ocultar que había sido su amante y que habían tenido una hija juntos. Desde entonces, muchas personas aseguraron ver el espectro de una mujer paseando por el tejado de la Casa de las Siete Chimeneas. Los años pasaron pero a finales del siglo XIX la historia tomó más fuerza cuando, durante unas obras, apareció el esqueleto de una mujer junto a unas monedas del siglo XVI. Por mucho que la quisieran quitar de en medio, la joven se negaba a permanecer eternamente silenciada.  

Leyendas aparte, las socias del Lyceum transformaron la Casa de la Siete Chimeneas en un espacio acogedor y muy estimulante. Quienes lo visitaban alababan el buen gusto de su decoración, obra de Pura Maortua (cuya hija, Matilde Ucelay, sería la primera arquitecta licenciada en España). La periodista Magda Donato lo describió así en las páginas del Heraldo de Madrid: «El Lyceum Club ofrece a sus asociadas, amén del ambiente refinadamente cultural del que carecemos las españolas, infinidad de distracciones y comodidades. Allí encuentran una biblioteca abundantemente provista de libros y revistas del mundo entero; una sala de billar donde pueden recrearse…».

La escritora María Lejárraga recordaba el club como «un rincón con un poco de lumbre, silencio y muchos libros» donde las mujeres podían «aprender por su cuenta algo de lo mucho que ni la familia ni el Estado se han preocupado de enseñarles». Ella, que era conocida como María Martínez Sierra, los apellidos de su marido, fue un ejemplo vivo de todo lo que las mujeres del Lyceum querían cambiar. María Lejárrega era una mujer en la sombra. Ella escribía las obras que firmaba su marido y mientras él recibía los elogios, María le esperaba en casa. Y mientras ella creaba las obras de teatro que él dirigía, Gregorio Martínez Sierra se enamoraba de una famosa actriz y la abandonaba. Después de la guerra, la escritora y dramaturga, que llegó a ser diputada durante la República, inició un largo exilio que duró hasta su muerte. Por el camino, tuvo que batallar con la hija que había tenido su marido por los derechos de las obras que ella había escrito.

El desengaño

Como todas las obras iniciadas por las mujeres en las primeras décadas del siglo XX, la vida del Lyceum Club Femenino terminó cuando en España empezó la dictadura. Carmen Baroja recordaba el final de este proyecto que supuso tanto para aquel grupo de mujeres y que estaba trasformando la vida de muchas otras:  «Durante la guerra, en el Lyceum había quedado todo intacto, no faltaba ni una cucharilla. Vinieron los nacionales y el señor, creo que Serrano Suñer, obligó a entregar todo a una delegada de Falange». En 1939, la Sección Femenina lo transformó en el Club Medina y, como ya sabemos, su obsesión fue hacer entrar en vereda a aquellas liceómanas que se habían atrevido a desertar del hogar. Unas partieron al exilio, otras fueron depuradas y las demás renunciaron a sus sueños y se resignaron a vivir en la sombra. Y durante muchos años todas sus voces permanecieron silenciadas.


La casa de las chicas que iban a cambiar el mundo

Alumnas en la biblioteca de la Residencia de Señoritas en Miguel Ángel, 8 (ca. 1929). Fotografía: Archivo International Institute in Spain, Madrid.

El feminismo es, por un lado, el derecho que la mujer tiene a la demanda de trabajo cultural y, por otro, el deber en que la sociedad se halla de otorgárselo. 

María de Maeztu.

Si un paseante se detiene en la calle Fortuny 53 y mira a través de la verja, verá un antiguo chalé que parece un balneario rodeado de un jardín con olor a glicinia. En el jardín se conservan algunos árboles centenarios, los mismos que hace cien años vieron cómo en este lugar se gestaba una auténtica revolución: las sublevadas eran chicas que empuñaban libros, cuadernos y probetas. Formaban parte de la primera generación de jóvenes que llegaban de provincias a estudiar en la Universidad de Madrid y se instalaban en esta casa, la recién inaugurada Residencia de Señoritas. En una sociedad que asustaba a las chicas diciéndoles que el exceso de estudio las podía convertir en seres grotescos y masculinizados, la Residencia se convirtió en un oasis intelectual que atrajo como un imán a las mujeres con más talento y con más vocación de independencia de aquellos años. Las críticas les caían por todas partes, pero el número de alumnas crecía año tras año y ese grupo de mujeres avanzó con determinación hacia la igualdad. Fue un camino emocionante. Hasta que llegaron las vacaciones del verano del 36 y se toparon de bruces con un abrupto final.

Imaginemos cómo era la situación de una chica a principios del siglo XX, concretamente en 1915, cuando se inauguró la Residencia de Señoritas. Solo cinco años antes, en 1910, se había publicado una real orden que permitió a las mujeres matricularse libremente en cualquier centro educativo. Antes de eso, solo treinta y seis habían conseguido licenciarse en la universidad, algunas fueron a clase disfrazadas de hombres, otras tuvieron que permitir que un bedel las custodiara hasta la clase, donde se sentaban separadas de sus compañeros. Fue en esa época cuando María de Maeztu, quien fue la directora de la Residencia durante los veintiún años que estuvo abierta, se planteó el proyecto: «Cuando vine a Madrid a estudiar el doctorado, me alojaba en una pensión en la calle Carretas, donde pagaba un duro. Pero allí no había modo de estudiar. Voces, riñas, chinches, discusiones y un sinfín de ruidos de la calle me impedían dedicarme al trabajo. Comprendía que no había muchacha de provincias que se decidiera a estudiar en la universidad a costa de aquello y se me ocurrió que a las futuras intelectuales había que proporcionarles un hogar limpio, cómodo, cordial y barato, semejante a los que ya existen en el extranjero. El año 1915 propuse esta idea a la Junta de Ampliación de Estudios y al final de aquel mismo curso se abrió la Residencia con tres alumnas solamente. El segundo año ya hubo cincuenta. Al tercero, cien».

José Ortega y Gasset, que fue su profesor, aseguraba que María de Maeztu era la primera pedagoga del país. Y además tenía la determinación necesaria para emprender la tarea de crear ese entorno adecuado para facilitar el acceso de las mujeres a la enseñanza superior que consistía en primer lugar en ofrecerles «una habitación propia». Ella había estudiado en otros países europeos, había visitado los colleges femeninos en Estados Unidos y en esos viajes había encontrado la inspiración. El momento oportuno llegó cuando la casa de la calle Fortuny, que había estado ocupada por la Residencia de Estudiantes, se quedó libre cuando los chicos se trasladaron a las nuevas instalaciones en los Altos del Hipódromo.  Esa residencia se hizo mundialmente famosa porque en ella convivieron los integrantes de la generación del 27. Mientras, en torno a Fortuny 53 se congregaron las mujeres que dieron un vuelco al estatus de la mujer en este país. La primera, María de Maeztu. Pero también, como estudiantes o como profesoras, pasaron por esta casa la artista surrealista que dio nombre a Las Sinsombrero, Maruja Mallo, la filósofa María Zambrano, la política que consiguió el voto para las mujeres, Clara Campoamor, la primera mujer que ocupó un cargo público, Victoria Kent, la jurista Matilde Huici, la pintora Delhy Tejero, la física y meteoróloga Felisa Martín Bravo, la periodista Josefina Carabias y muchas otras que fueron dando pasos en distintas direcciones para sacar a las mujeres españolas de la ignorancia y de los límites que marcaban las paredes de sus propias casas.

Fuera del influjo de la Residencia, el horizonte seguía siendo muy turbio para las mujeres jóvenes. Mientras ese pequeño grupo conseguía avances prodigiosos hacia la igualdad a través de la educación, la mayoría de las demás solo tenían a su alcance manuales que las convencían de que el único lugar donde podrían alcanzar la plenitud era sirviendo a sus maridos dentro de casa. Era la época en la que el Código Civil vigente equiparaba a la mujer casada con los menores, los dementes y los sordomudos analfabetos.

Un ejemplo de estos manuales puede ser La mujer, alma del hogar. Tratado de economía doméstica, donde se pueden leer mensajes de este calibre: «Consideraos la última de la casa y a vuestro marido el primero». «Lo mismo que la mujer derrochadora, la falsa economista hace su hogar frío y repugnante; aleja al hombre, que se refugia en el café o en el casino, cuando no forma otro hogar donde encontrar la paz y el descanso que no tiene en el legítimo. Por su negligencia y por su ignorancia, la mujer labra su propia desdicha; fomenta los vicios del hombre…». La autora del manual, Celia de Luengo, deja en el prólogo, sin que tengamos constancia de que se le cayeran los dedos después de escribirla, la siguiente reflexión dirigida a las jóvenes: «Su vida útil, benemérita de altruismo, se alejará de las torturas del ridículo y las inconfesadas amarguras de las solteronas (…) desdichadas desahuciadas de la vida».

María de Maeztu, que consideraba la educación como la única vía para que el país progresara, tenía que hacer oídos sordos a todas las voces que clamaban por este tipo de doctrinas a pesar de que, como ella escribió en una ocasión, «el camino no puede ser más áspero y a veces las espinas me quitan la salud, pero la finalidad me parece cada vez más certera y luminosa».

(Clic en la imagen para ampliar). Reportaje en el diario Ahora, 24 de abril de 1931. Imagen: Biblioteca Nacional de España.

Lo que ofrecía la Residencia

La Residencia de Señoritas era mucho más que un internado para adquirir cultura general o un alojamiento para que las chicas pudieran ir a la universidad. El centro, heredero de la Institución Libre de Enseñanza, aspiraba a dar a las residentes una educación integral. Entre los servicios que ofrecía la Residencia estaba el laboratorio Foster, el primer espacio para la formación científica de las mujeres en España, donde no solo las residentes sino también otras universitarias podían hacer prácticas. También contaba con una nutrida biblioteca, cuya importancia queda patente en el folleto informativo destinado a las estudiantes del curso 1932-1933: «La biblioteca es el centro esencial de la vida de la Casa, y las alumnas han de honrarlo pasando en ella todas las horas que sus ocupaciones se lo permitan (…) La mayor lectura de libros constituye en la Residencia uno de los índices de más alto aprecio que las alumnas puedan merecer».

Además, las residentes recibían gratis clases de inglés, francés, alemán, prácticas en el laboratorio de química, cursos de bibliotecarias y los cursos de pedagogía y psicología de María de Maeztu. El inglés era fundamental porque las estudiantes podían acceder a un programa de becas en Estados Unidos gracias a la colaboración del centro con el International Institute for Girls in Spain. Y en una época en la que las mujeres todavía no se habían olvidado de los corsés, la dirección impulsaba la educación física. En la Residencia había una cancha de tenis, un equipo de hockey y se organizaban excursiones a la sierra para practicar esquí y alpinismo.

Los sábados por la noche eran muy importantes en la vida de la Residencia y todo el mundo tenía que vestirse con sus mejores ropas para acudir a las conferencias y los conciertos, que eran de obligada asistencia. No era para menos, ya que llegaban conferenciantes de la talla de Marie Curie, Gabriela Mistral, Valle-Inclán, Azorín, Baroja, Ortega y Gasset, Marañón, Alberti, Lorca… Por su parte, la dirección de la Residencia avisaba: «Cuando la dirección advierte que las señoritas residentes no estudian o no aprovechan suficientemente las oportunidades que la Casa generosamente les ofrece, ruega a las alumnas que dejen su puesto a otras estudiantes que deseen beneficiarse de este privilegio».

El centro se creó para facilitar el acceso de las mujeres a la cultura y a los estudios superiores, y para la dirección de la Residencia era muy importante que el mayor número de familias de provincias pudieran enviar a sus hijas, por lo que ajustaban los precios, ofrecían becas y daban facilidades a las alumnas. Para sufragar parte de sus gastos, las residentes podían realizar distintos trabajos en la casa, en la biblioteca o en tareas administrativas. Y se fomentaba la colaboración y participación de todas, como se explica en el folleto informativo de la Residencia del año 1922: «El grupo de Señoritas, por su índole especial, ha ensayado desde el primer momento con gran éxito una acción cooperativa de las alumnas, dándoles participación en la vida económica y en el gobierno interior de la casa».

A algunos padres les cuesta entenderlo

María de Maeztu —María la Brava, como era conocida entre sus alumnas— tenía que hacer filigranas para lograr el equilibrio necesario entre lo que consideraba una educación completa y los temores de la primera generación de padres que enviaban a sus hijas a estudiar a Madrid. En una carta dirigida a la directora de la Residencia, un padre, registrador  de la propiedad de Torrelaguna, exponía estas peticiones:

… teniendo en cuenta que no me propongo especializarla en nada: educación general, quehaceres domésticos, música, algo de dibujo y labores es la única orientación que pretendo. Me alegraría, sin embargo, que hubiera elementos para iniciarla en el corte y confección de prendas de vestir.

Y otro padre escribe a María de Maeztu desde Villablino (León) tras enterarse de las excursiones de las chicas los fines de semana para practicar deporte:

Hay, por ejemplo, viajes a la sierra, que yo de buena gana le suprimiría y que le he permitido en la creencia de que a Vd., Srta. Maeztu, le agradaba hiciese. Tengo entendido que han llegado a ser estas reuniones en la sierra, más que motivo de sport, quizás de amistades poco envidiables, pues a veces degeneran en amorosas y como Vd. comprenderá, no estoy dispuesto a que continúen, si Vd. no está segura de que me han engañado, al decirme esto.

Las miradas perplejas

En 1928 se celebró en España el VII Congreso Internacional de Mujeres Universitarias y las asistentes se instalaron en la Residencia de Señoritas. Clara Campoamor, que tres años después conseguiría en las Cortes que las mujeres pudieran votar, fue una de las organizadoras del Congreso. La visión de ese grupo de mujeres universitarias que venían de otros países causó tal asombro que un perplejo periodista lo narró así en la Revista de Pedagogía:

Con la nota impresionante de la abogada india, vestida con el bello traje nacional de su país, han logrado la reconciliación de nuestro pueblo con una idea, blanco otras veces de todas las burlas: la mujer intelectual que despectivamente era designada con el remoquete invariable de sufragista. Pues bien, el desfile de estas otras damas modernas agradables, que ni siquiera usaban gafas en su mayoría, le ha hecho sentir, más que pensar, todo lo que hay de feminidad en lo que el pueblo creía solo de feminismo.

(Clic en la imagen para ampliar). «Las mil estudiantes de la Universidad de Madrid», artículo de Josefina Carabias publicado en Estampa, Madrid, 24 de junio de 1933. Imagen: Biblioteca Nacional de España.

Lo que ocurría en la Residencia de Señoritas se veía como una amenaza por parte de amplias capas de la sociedad, a pesar del éxito que suponía que cada año se multiplicara el número de estudiantes. Una de las propias residentes, Carmen de Munárriz, quiso explicar su experiencia en un artículo publicado en la revista Estampa en 1930: «Todavía hay quien la considera como una incubadora de intelectuales femeninas que sueñan con suplantar al hombre en el ejercicio de sus profesiones. Otros se regocijan ante la idea de tanta mujer reunida, pensando que todas nos miramos con recelo y llevamos en el bolso, entre la calderilla y el tubo de rouge, un estilete para asestar el golpe de gracia a la supuesta rival. Solo las que pasamos por la Residencia podemos darnos cuenta de su gran obra educadora, que, además, redime de la vulgaridad y peligro de las casas de huéspedes a esa juventud que viene de provincias con la modesta pretensión de seguir una carrera que les asegura un porvenir».

En 1929, un periodista del diario ABC visitó la Residencia y describía así de sorprendido a  María de Maeztu: «La eximia educadora parece venida al mundo para confundir a los detractores sistemáticos de la mentalidad del sexo contrario y avivar la fe de los tibios creyentes como nosotros». La directora le explicó que los ministros del ramo no acaban de admitir que pudieran estar tantas mujeres juntas sin pelearse:

—Sí es milagro. ¿Y son todas estudiantes?

—Matriculadas en centros oficiales, principalmente en facultades universitarias.

—¿Por qué orden de preferencias?

—Tal vez le sorprenda. La de mayor número, Farmacia, y, sucesivamente, Ciencias Químicas, Medicina, Filosofía y Letras y Derecho. Hay también un grupo nutrido que estudia en la Escuela de Magisterio y veinticinco extranjeras que aprenden nuestro idioma.

—La mayor parte de las alumnas serán del norte.

—No. Castilla, primero, y luego Galicia.

—¿Castilla?

—Castilla, en la que siempre he tenido una fe ciega. León es una de las ciudades más representadas. Los pueblecitos ofrecen, en proporción, bastante contingente. Vienen también, claro está, de todas las regiones.

María de Maeztu no podía estar más orgullosa del éxito que había tenido su iniciativa entre las estudiantes y las mujeres que admiraban la cultura, pero se lamentaba de los obstáculos con los que chocaba día tras día, como le cuenta en 1925 a su amiga María Martos:

Al comenzar el año, empezó para la Residencia mía (…) el momento de su éxito pleno. Por todas partes venían demandas, de los más remotos pueblos de España llegaban cartas pidiendo el ingreso en la Residencia y no había extranjera que llegase a Madrid que no pidiese vivir en nuestra casa o por lo menos asistir a mis cursos. Nuestras alumnas, las primeras en la universidad; fue un momento magnífico. Aunque no vuelva a repetirse, bien vale el dolor de una vida. (…) ¡Oh, María! Qué duro, qué áspero, qué difícil, sobre todo para una mujer, es en España el camino para hacer una obra social. ¡Qué enorme delito pretender que se logre un tipo de vida más humano donde las mujeres encuentren su clima adecuado!

Un colchón, cubiertos de plata y una noche en la ópera

Cuando una familia enviaba a su hija a vivir a la Residencia recibía un reglamento con los detalles de la intendencia y las normas de la casa. Lo primero que tenían que hacer era preparar un baúl con juegos de sábanas, toallas, mantas y colchas debidamente marcadas con las tres iniciales de la alumna. Pero, además, el equipaje debía incluir un colchón, aunque cabía la posibilidad de alquilarlo. En cuanto al ajuar para las comidas, «previo pago de cinco pesetas al inicio del curso», la Residencia facilitaba un juego de cubiertos de plata. Unos cubiertos a los que se daba buen uso en las cuatro comidas diarias, desayuno, almuerzo, té a media tarde y cena. «El té se sirve todas las tardes en el antiguo salón-biblioteca de cinco y media a seis y cuarto, y tiene como principal objeto la función social de reunir a todas las alumnas de los distintos grupos para que se conozcan y formen una corporación estrechamente unida». Y los menús que detalla el reglamento son dignos de La montaña mágica por su abundancia: la cena constaba de «sopa o verduras, huevos o frito, plato de carne o de pescado y postre de cocina». Y, como aclaración, «no se admite otro extraordinario que la leche después de cada comida».

El reglamento de la Residencia ayuda a hacerse una idea muy clara del día a día de una joven estudiante en Madrid. Las trataban como adultas capaces de tomar sus propias decisiones, pero siempre dentro del orden que imperaba en la casa:

Las alumnas salen a sus clases, visitas o paseos, durante el día, empleando la misma libertad que la que tendrían en sus casas autorizadas por sus padres; deberán estar en la Residencia antes de la nueve de la noche; si vuelven después de esa hora, firmarán a la hora en que entran. Como las alumnas vienen a la Residencia a hacer vida de recogimiento y estudio, no salen de noche, salvo en los casos en que su directora de grupo las acompañe para ir a la ópera o algún otro espectáculo artístico o cultural que forme parte de su educación y que no tenga lugar por la tarde. Cuando las alumnas están invitadas por la Residencia de Estudiantes para asistir a alguna de sus fiestas después de cenar, deberán pedir permiso a su directora de grupo, quien podrá autorizarlas una vez al mes y siempre que no coincida esta invitación con algún acto preparado por la Casa.

¡Éramos tan felices!

Desde la decoración hasta las costumbres, la vida en la Residencia era un soplo de optimismo para las chicas recién llegadas. Su nuevo hogar, influenciado por el estilo americano, era práctico y alegre, con habitaciones soleadas, cortinas ligeras, muebles modernos, libros y adornos de artesanía popular.

Josefa Lastagaray en su libro María de Maeztu Whitney. Una vida entre la pedagogía y el feminismo recoge los recuerdos de Pura Cendán, una gallega que vivió en la Residencia entre los años 1921 y 1927: «Solíamos salir de compras, a ver comercios, sobre todo por la calle Fuencarral en la que, como hoy, abundaban las zapaterías. Ir desde la Residencia andando hasta la Puerta del Sol, por Almagro, era un paseo agradable que nos encantaba». Por las mañanas, las residentes acudían a sus clases en la universidad; por las tardes asistían a las clases que ofrecía la Residencia y hacían una parada para estrechar lazos a la hora del té. A última hora, tras la cena, organizaban veladas de música en el mismo salón, donde alguna estudiante de música tocaba el piano. La misma residente que recordaba sus paseos por Madrid evoca los años que pasó en la Residencia: «Éramos felices, yo al menos».

Y tras la Guerra Civil, de vuelta a la cueva

Cuando terminó el curso de 1936, las estudiantes regresaron a sus pueblos y ciudades de origen para pasar las vacaciones de verano con sus familias, pero ya no pudieron regresar a su Residencia. En julio estalló la Guerra Civil y con ella saltaron por los aires los avances hacia la libertad y la independencia que con mucho esfuerzo acababan de alcanzar las mujeres de España. Tras veintiún años al frente de la Residencia de Señoritas, María de Maeztu fue apartada del cargo, se fue al exilio y murió en Argentina con la pena de haber perdido la gran obra educativa a la que había consagrado su vida. El exilio también fue el destino al que se vieron obligadas otras mujeres que habían gravitado alrededor del centro, como Victoria Kent, condenada a treinta años de prisión, María Zambrano, que rodó de país en país junto a su familia, o Maruja Mallo, que triunfó con su arte por todo el mundo mientras estuvo exiliada pero que a su regreso descubrió cómo la habían silenciado. Algunas de las alumnas que habían disfrutado de becas consiguieron puestos de profesoras o investigadoras en universidades de Estados Unidos. Muchas de las residentes que se quedaron sufrieron represalias, tuvieron que abandonar la vida pública y volvieron a estar como al principio de esta historia, recluidas en sus propias casas. Tras el final de la guerra, las falangistas impusieron sus ideales en lo que quedaba del legado de María de Maeztu y la Residencia de Señoritas perdió hasta el nombre. Como dijo en sus memorias una de las residentes, la doctora en Química Dorotea Barnés, «A mí me sacó de la ciencia mi marido».  


El enigma Agustina

El enigma Agustina (2018). Imagen: Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC).

Un baúl encontrado en unas obras de remodelación del Palacio de El Pardo. Un arcón guardado en una recóndita habitación a la que solo tenía acceso el dictador Francisco Franco. Un críptico contenido que incita a la elucubración; unos discos de pizarra de una folclórica olvidada y una tesis doctoral sobre magnetismo, perdidos entre un sinfín de viejos enseres; pases de espectáculos de copla, cartas gastadas, fotos antiguas, un abanico… Pero la tesis no es cualquier tesis. Es un trabajo de investigación revelador. Está fechada en 1923, el año en que Albert Einstein visitó España de la mano de Blas Cabrera. La página de agradecimientos está arrancada. Es una tesis escrita por una mujer. La primera tesis de física de una mujer en España. La tesis de Agustina, Agustina Ruíz Dupont.

La sexta conferencia de Solvay fue celebrada en Bruselas en 1930, bajo el mecenazgo de Ernest Solvay, un industrial belga que se había hecho rico a los veintitrés años al aplicar a escala industrial un método para obtener carbonato sódico haciendo pasar amoníaco y dióxido de carbono a través de una solución saturada de sal común. Es decir, alguien al que la ciencia había cambiado su vida; para bien. La conferencia de ese año, junto con la del 1927, reunió a la más grande generación de físicos de todos los tiempos. Sin lugar a dudas, aquella conferencia produjo un cambio de paradigma en la comprensión de la naturaleza que ha conducido, a la postre, a desentrañar ciertos mecanismos esenciales que transitan desde el mundo subatómico a la inmensidad del universo. Durante esos días en Bruselas los más ilustres científicos de los campos de la química y la física discutieron sobre el tratamiento cuántico del magnetismo. Hombres como Niels Bohr, Enrico Fermi, Wolfgang Pauli, Werner Heisenberg o el propio Albert Einstein, reflexionaron durante aquel lejano octubre de entreguerras sobre las bases del magnetismo. Treinta y dos personas. Catorce premios Nobel, de los cuales dos recaían sobre la misma persona; Maria Salomea Sklodowska, Marie Curie. Era la única mujer de la conferencia. O tal vez no.

En aquella mítica convención de los años treinta, y acompañando a los eminentes genios de la física, se desliza también un español, Blas Cabrera, dicen que invitado por el propio Albert Einstein y por Marie Curie al evento, reconociendo así la publicación de sus importantes trabajos experimentales sobre medidas magnéticas. Ese español está acompañado por la misteriosa Agustina, su discípula, a la que había dirigido la tesis, y que en el transcurso de la sexta conferencia de Solvay ejerció de mediadora entre las enfrentadas posiciones de Bohr y Einstein, argumentando, proponiendo soluciones en la enconada brega de los dos gigantes. Una disputa que acabará cambiando para siempre la concepción de la física teórica. Es durante esa conferencia donde, en el fragor de la batalla, Einstein le espeta a Bohr su famoso «Dios no juega a los dados», y donde el danés insta a Einstein a dejar de decirle a Dios lo que tiene que hacer.

A día de hoy todavía no acabamos de saber si la tal Agustina existió y fue depurada o si, por el contrario, es una ensoñación fantasmagórica que se remonta en la noche de aquellos oscuros tiempos. O tal vez sea el alter ego de Felisa Martín Bravo, aunque los anuarios recogen que esta leyó su tesis en 1926 en la Universidad Central de Madrid. Pero esa tesis no versó sobre magnetismo, sino sobre estructura de cristales determinados por rayos X. Sabemos que Felisa tuvo una estrecha relación con Blas Cabrera, y este consiguió que ingresara en la Sociedad Española de Física y Química.

Blas y Agustina, o Blas y Felisa, surgen de la España de las postrimerías de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, y coincide con la efervescencia cultural de la Generación del 27. Una España de eminentes artistas y literatos, de los que solo emergen los hombres, encumbrados en un halo de genios, mientras ellas permanecen bajo la sombra de sus espesas ramas. Hoy en día las recordamos como «las Sinsombrero», por el gesto liderado por las pintoras Maruja Mallo y Margarita Manso de descubrirse la cabeza en plena Puerta del Sol, lo que fue recibido por el gentío al grito de «prostitutas», y que dibuja la concepción de la mujer de aquellos tiempos.

El Enigma Agustina es una bizarra idea de Emilio José García Gómez-Caro y Manuel González García, desarrollada en un documental no comercial incubado, como otras tantas locuras científicas, en el Instituto de Astrofísica de Andalucía (del CSIC), y que ha visto la luz gracias a una pléyade de brillantes científicos y entregados artistas, que en conjunto muestran una capacidad de crear que desafía a la pobreza intelectual de aquellos que destrozan, año tras año, y legislatura tras legislatura, el futuro de las mejores generaciones de un país que tan solo se ha permitido emitir destellos discretos de lucidez en momentos puntuales de su historia, y que ha desoído consistentemente a los más grandes y mejores sabios que han tenido el infortunio de tener que pelear a la contra, desde don Miguel de Unamuno a don Santiago Ramón y Cajal.

Hoy, más que nunca, somos conscientes de que existen cientos de enigmas Agustina, tal vez miles, salpicados por los laboratorios y centros de investigación que pueblan nuestro país. Historias de lo que pudo ser y no fue. Cuentos anónimos de alas cortadas, de sueños amputados y de carreras truncadas que nos hunden poco a poco en una ponzoña de pringosa ignorancia que aprovecha los resquicios para multiplicarse a diestro y siniestro e invadirlo todo. De ahí que hoy en día sean más necesarios que nunca los quijotes, cuyo objeto sea hacer de este mundo, o de este país, lo que nunca nos hemos permitido ser a nosotros mismos. Pero, al mismo tiempo, también resultan esenciales aquellos que nos ponen el espejo delante de las narices, los que nos hacen ser conscientes de nuestras miserias y defectos, los que nos meten el dedo en la llaga, y nos muestran con crueldad como la ceguera del hoy está matando el progreso del mañana.

El Enigma Agustina cumple con todo ello, nos invita a imaginar un país utópico que pudo haber sido y que nunca fue. Un país en el que no se ha depurado a los científicos, ni por su sexo, ni por sus creencias, ni por su orientación sexual. Un país donde, décadas después, nuestros científicos son valorados por sus logros, un país reconocido científicamente, y por ende artísticamente, por los Einstein del momento. Un país del que inventemos nosotros. Y que inventemos, si se puede, mejor que ellos. Un país en el que cualquier mutilación de nuestras posibilidades de futuro levantara a una ciudadanía ilustrada, afrancesada, donde «la Barraca», o mejor, «la Barraca Cuántica», fuera tan solo un guiño divertido a un pasado que nunca existió. Un país donde cada uno de nosotros pudiéramos sentir orgullo de la buena ciencia hecha aquí, y de la buena gente y la gente buena que es capaz de hacerla. Un país con futuro. Porque la ciencia, tal vez incluso más que la poesía, es un arma cargada de futuro.


Leonora Carrington, la belleza convulsa

Leonora Carrington, autorretrato. Imagen: Metropolitan Museum of Art.

La cultura celebra y redescubre a Leonora Carrington en el centenario de su nacimiento. El banquete de elogios y reseñas comenzó en torno a la fecha de su muerte, 2011, coincidiendo con la publicación de Leonora (Premio Biblioteca Breve Seix Barral), la biografía novelada de la artista, a cargo de Elena Poniatowska, amiga personal de Carrington, y el documental El juego surrealista, de Javier Martín Domínguez. Desde entonces, se han celebrado diversas exposiciones en Europa y México, donde residió la mayor parte de su vida, y es ahora venerada como una de sus grandes figuras. Estos días, el Museo Picasso de Málaga ofrece hasta el 28 de enero una interesante retrospectiva en torno a las artistas del surrealismo.

Fuera de los homenajes, su trabajo sigue a la sombra de Dalí, Duchamp y Man Ray, aunque, comparada con las pintoras del siglo XX y dentro del desequilibrio en el tratamiento que se otorga a las mujeres artistas, reconozcamos que Carrington está a nivel de superestrella. Como sus vecinas de la colonia San Rafael, la fotógrafa Kati Horna y la pintora Remedios Varo, Carrington pertenece al grupo que abrazó el surrealismo. Pero, al igual que ellas, no lo hizo como simple escuela, sino en un compromiso vital del que extrajo la materia para sus cuadros, cuentos y esculturas. De hecho, el recurso más controvertido del movimiento, utilizar el cuerpo y la psique femeninas como terreno desde donde elaborar las narraciones «revolucionarias», parten en este caso de las experiencias personales de las mujeres creadoras. En la práctica, la mujer artista lleva siglos destapando la realidad oculta tras la represión de lo político y los marcos de lo racional, haciendo con sus sueños y visiones aquello que figuras como el propio André Breton, el fundador del surrealismo, habrían tomado como punto de partida filosófico, teoría para literatura y arte: la «locura» de la mujer. Como tantas otras veces, y aquí de forma más sangrante por tratarse de un movimiento que se revolvía contra todos los esquemas establecidos, los hombres «surrealistas» fueron incapaces de enfrentarse a un problema básico: no salir de la categorización de las mujeres en objetos, sin otra entidad que la de musas, amantes o cuidadoras.

2017 ha visto varias reediciones de los textos de Carrington, así como nuevas aproximaciones a su vida y obra. La periodista Joanna Moorhead ha publicado un libro a partir de diferentes conversaciones con la pintora, tras descubrir en 2009 que eran primas lejanas. En Una vida surrealista (Turner, 2017), se vuelven a relatar las peripecias de una juventud llena de sobresaltos y el exilio en México, como madre de familia, artista y gurú en su casa de la calle Chihuahua, donde recibía a visitantes del mundo entero, buscando alguna clase de la iluminación que ella empleaba en sus obras. A la espera de tener una versión en castellano que reúna sus relatos breves (por el momento están desperdigados en varias antologías y libros difíciles de conseguir), la editorial especializada en literatura femenina The Dorothy Project ha publicado para el mercado anglosajón The Complete Stories Of Leonora Carrington, un volumen con todos sus cuentos, desde 1937 a los años setenta, incluidos tres inéditos.  

Solo falta la pequeña colección de nueve fábulas que escribió e ilustró para sus hijos, Leche del sueño, publicada en castellano en fecha reciente (Fondo de Cultura Económica, 2013). Aviso para compradores que lo hayan asociado con un regalo para niños: esos cuentos infantiles lo son en la misma medida que el resto de la obra escrita de Carrington; es decir, producto de una imaginación anclada en la infancia, pero poblada por las criaturas del sueño, extrañas y terribles. Todos los escritos llevan referencias implícitas a su biografía, y continúan en palabras las imágenes que ella pintó y moldeó en esculturas. Son las quimeras de Carrington, que se bifurcan en ramas donde crecen las ideas de rebelión, deseo y muerte.  

Los personajes son híbridos irreverentes de animales y plantas, niños con alas en lugar de orejas que se alimentan de paredes, mujeres solas que viven en torres o caminan por desiertos y relatan sus encuentros con apariciones, monstruos y esqueletos parlantes. Todos sufren la persecución de un mundo que quiere atenazarlos y, en la mayor parte de los casos, comérselos en un festín de compleja elaboración; a veces, con ingredientes repugnantes. Como en sus lienzos, Carrington acude a la figura del caballo para autorrepresentarse (símbolo de lo salvaje) y utiliza, como hacía en la vida real, una batería de recetas con especias exóticas y salsas de cocina para unir el mundo de la niñez y los hechizos de la magia con el día a día de la mujer adulta. Pero una adulta que se niega a serlo en los términos que se le exige, sin soluciones concretas o rígida dualidad moral. La inocencia es tan cruel como el mundo de la experiencia.

Como hacen las artistas de las vanguardias, Carrington defiende un territorio, mitad cerebro, mitad árbol, cuyas medidas cambian según la percepción y donde las fronteras de género se diluyen. Solo permanece la mujer-narradora, con mente de planeta y cuerpo de animal mágico. Carrington se transmuta en diferentes versiones de Alicia y demás figuras creadas por los autores de la edad de oro del cuento victoriano, pero dadas la vuelta, más sangrientas y burlonas si cabe (por ejemplo, los conejos son caníbales y las heroínas tienen una hermana vampiro encerrada en el desván), y en esas reinas caprichosas que quieren despedazar a las protagonistas muestra los conflictos con sus padres y la determinación de ser independiente, aunque para ello tenga que vivir aislada o rechazada por el resto del mundo. Son pasajes escritos a pinceladas (literalmente), con la frialdad doliente de los versos bíblicos (la artista fue educada en la fe católica). Es comprensible que la crítica literaria no apreciase valor en ellos, ni tampoco sus compañeros de generación. No cabía en los clichés creados al efecto: demasiado para una chica menuda, de pelo alborotado y voz grave.

Como hicieron otras figuras surrealistas, Carrington fundió el arte de vanguardia con el ocultismo: los mitos del folclore anglosajón se mezclaron con los dioses de México, todo ello sobre una experiencia vital declarada en rebeldía contra las convenciones sociales y las relaciones autoritarias. Fue expulsada de varios y exclusivos colegios, no se ajustó a la vida para la que la preparaban sus padres, una más que importante familia de la burguesía británica. En Londres estaba aprendiendo las técnicas de la perspectiva con Amédée Ozenfant, aquellas que aplicaría en las grandes habitaciones y espacios fantasmales de sus cuadros, cuando el prestigioso profesor le presentó a Max Ernst. Los dos huyeron a París. Carrington tenía veinte años y se integró en los surrealistas, pero no como la prometedora artista que era, sino como apetecible novia de Ernst, quien le doblaba ampliamente la edad. La chica rica y rebelde no le cayó simpática a André Breton, que mantenía un control casi sectario sobre el grupo, y el poeta Paul Éluard sugirió a su amigo Max que para evitar males mayores se buscaran un nido de amor en el campo. En una destartalada granja medieval al norte de Aviñón la pareja cultivó vino, escribió cuentos y pintó murales entre 1937 y 1939.  

La pintura de Carrington es una impregnación de sueños y recetas alquímicas. A diferencia de la exigua literatura, su corpus es enorme y deslumbrante, bastaría para situarla entre los grandes nombres del arte del siglo XX, sin tocar su escultura. Las figuras de sacerdotes fantasmas y mujeres con rasgos animales, muy marcados por la influencia de la pintura del primer Renacimiento y los personajes vislumbrados por El Bosco, se unen en ceremonias mágicas de iniciación. Por los lienzos desfilan dioses, animales míticos y flores animadas en torno a mesas de ofrenda con mensajes del gnosticismo sobre el amor y la muerte: el huevo órfico, el fuego y el agua, las escaleras y laberintos, árboles de la sabiduría y las puertas que se abren a otra dimensión. La vida en México enriqueció sustancialmente esta obra, con figuras escogidas de las religiones americanas. La cultura de aquel país quedó plasmada en un gran mural, El mundo mágico de los mayas, encargo del Museo de Antropología, en 1963, o en pinturas como El diablo rojo, que se puede admirar en el jardín gótico que construyó otro artista anglosajón afincado en aquel país, Edward James, su castillo de Xilitla, en San Luis Potosí.   

Down below

The House Opposite, Leonora Carrington,1945.

Fue una divina demencia / Deseo volver a experimentar el riesgo de estar cuerda / Ese antídoto para releer los libros de genuina brujería / Aunque los magos duerman, ya que la magia tiene un elemento de la divinidad que hay que cuidar. («Creo que estaba hechizada», Emily Dickinson, en homenaje a Elizabeth Browning).

Carrington vivió una historia de amor cimentada por el arte y los anhelos de Max Ernst en la estudiante inglesa (y pagada por la madre de Leonora), a quien veía como musa casi adolescente y banco de sueños, pero la pareja fue separada por la II Guerra Mundial. El pintor alemán, que ya había sido detenido en el 39, volvería a ser apresado por la policía francesa en mayo del 40, y esta vez trasladado al campo de trabajo de Les Milles, donde la Gestapo mantuvo confinados a los artistas «degenerados». Carrington huyó a España acompañada por una pareja de amigos, tras conseguir los documentos necesarios por medio de su padre, principal accionista de una de las empresas más poderosas de Gran Bretaña, Imperial Chemical Industries. Y aquí empezó una etapa que marcó su carácter y su obra. Y que casi acaba con ella. Tras un viaje muy accidentado, en el Madrid de la recién inaugurada posguerra descubrió un mundo caótico, hambriento y aún empapado de sangre (en sus propias palabras), que no ayudó a mejorar la situación de la artista, quien, buscando la manera de aliviar la separación de su amante y un salvoconducto para poder salir ambos de Europa, enfermó física y mentalmente.

Carrington somatizó estos desvelos por Max Ernst, pero también el sufrimiento de la ciudad, el mundo bajo el hambre y el miedo, y se sumió en un estado de delirio. Las autoridades españolas y las británicas no ven con buenos ojos su conducta, porque no cesa de llamar a los consulados para denunciar conspiraciones y montar escándalos en el antiguo Hotel Roma (ahora, el Hotel de las Letras, de Gran Vía). En agosto de ese mismo año, y tras haber pasado varias semanas en estado psicótico, un grupo de soldados intenta violarla. Este hecho terrible termina por desconectarla de la realidad. Por orden de sus padres y a través de los contactos en Madrid, es drogada y conducida al hospital psiquiátrico del doctor Luis Morales en Santander, una de las pocas instituciones que existían en España de esta clase, en la enorme finca de su propietario, donde se recluía a los pacientes de clase muy acomodada.

Además de violentada por los carceleros, Carrington fue tratada con terapia de choque químico: inyecciones de cardiazol, un fármaco que producía convulsiones tan graves que en algunos casos llegaba a provocar daños en la columna vertebral. Los días que pasa allí son espantosos. Ella los recordará —ya establecida en México, adonde llega huyendo de su familia, que quería volver a recluirla en una residencia psiquiátrica en Sudáfrica— en la crónica Memorias de abajo (Down Below, 1943) como una catarsis, también como ritual de limpieza y camino de iniciación. En el texto, que escribió para cerrar de una vez la puerta a esos recuerdos, se mezclan el colapso físico y el trauma con las visiones propias de la mente de la artista, además de las tristes condiciones del encierro y el brutal tratamiento de los psiquiatras, que a punto estuvieron de quebrar su cuerpo y mente. Este recuento de los días inmediatamente posteriores a la detención de Max Ernst, la huida a España y la estancia en el psiquiátrico se publicó en México en 1948 (en la revista Las Moradas, traducido por el poeta César Moro) y no solo es uno de los documentos centrales del arte surrealista, sino también una de las primeras denuncias sobre el abuso clínico y la peculiar interpretación institucional de la enfermedad psíquica y sus tratamientos sobre las mujeres.

En Memorias de abajo, publicadas de nuevo estos días en la editorial Alpha Decay, Carrington va desenvolviendo el hilo de su propia consciencia, como testimonio de descenso al infierno social y psíquico, que el surrealismo recogió como el texto doliente de quien vuelve de donde solo se han adentrado los poetas y han vuelto con la sabiduría de los magos. Es un proceso doloroso, donde las alucinaciones van de la mano del maltrato social, pero también se presencia el nacimiento de una artista. En él, y en forma de diario, nos relata su evolución como ser sin voluntad a expensas del padre, los soldados, los médicos y ese amante ausente que es Max Ernst, hasta la liberación de las figuras de autoridad cuando consigue salir del psiquiátrico y de España.

Para poner un broche aún más siniestro, el especialista que trató a Carrington en Santander reconocía al cabo de los años y sin ningún bochorno que «su caso» fue un ejemplo de conducta desviada, cuya solución requería tratamiento químico y hospitalario para corregir y canalizar, pero admitía al mismo tiempo que la paciente no tenía ningún trastorno. Solo había que volver a integrarla en el orden y la corriente establecidas, como mujer y luego como creadora, si eso era lo que deseaba (estamos hablando de una mujer perteneciente a una clase social privilegiada, por lo tanto, estas frivolidades podían ser toleradas; siempre, claro, dentro de ese orden). Logra sortearlo, escapándose en el viaje a Lisboa de la acompañante que mandó su familia ¡en un submarino! Pide asilo en la embajada de México y, para que no la echen del país, se casa con un amigo, el diplomático, extorero y poeta Renato Leduc. Ya separada y establecida dentro de la comunidad de artistas exiliados, se volvería a casar con el fotógrafo Chiki Weisz. Pero tendría que volver a huir una vez más en 1968, y esta vez con sus dos hijos, cuando se produjeron las manifestaciones en la universidad y la dura represión del ejército, al ser declarada sospechosa (y amenazada de muerte) de inducir a los estudiantes a las algaradas.

Detrás de esta delación estuvo la escritora Elena Garro, en un acto inexplicable que arruinó su vida y apagó una obra brillantísima. Pero esa es otra historia, que corre a la inversa del calvario de Leonora Carrington por España y México. También es otra historia la de Max Ernst, pero esta es más bien en plan cadáver exquisito: por fin lograría salir de Francia con sus cuadros, de la mano de otra rica heredera, Peggy Guggenheim. Antes de embarcar, la pareja se encontrará por azar con Leonora y su marido en la capital portuguesa, en un momento digno de acción mágica surrealista, que continuará en Nueva York las semanas que precedieron al exilio mexicano. Ricas mecenas del arte como Manka Rubinstein solo tienen ojos y cheques para los pintores, aunque Guggenheim, también hay que reconocerlo, la incluye en su primera exposición de artistas femeninas, titulada The Exhibition by 31 Women (1943), para su famosa galería The Art of This Century, en 1943, formada en su mayor parte por las parejas de los pintores y creadores masculinos: acompañan a Leonora Frida Kahlo, Xenia Cage o Jacqueline Lamba Breton. Pero, por muy recomendada que Carrington vaya, todos y todas coinciden en una misma idea: Leonora está realmente trastornada y no ha superado la ruptura con su amante-mentor. Nadie habla de la obsesión de Max Ernst por su alumna-amante y los infructuosos intentos para que no lo abandone en Estados Unidos y marche a México. Se le pasó pronto. Dejó a su flamante y rica esposa para casarse en cuartas nupcias con la joven pintora Dorothea Tanning, una artista talentosa cuya imagen y trabajo recuerdan mucho en sus inicios al de Carrington.

Del lado de las autoridades, esta posición sobre la locura y lo femenino no debe extrañarnos. Sin embargo, el mismísimo André Breton, en su segunda novela, Nadja (1924), trataba la relación con una mujer que tenía un desorden psíquico, historia supuestamente autobiográfica sobre su idilio con Léona Delcourt, pero a medida que ella avanzaba en su locura, nos hacía partícipes de su alejamiento de la protagonista. De hecho, el libro termina con ella internada en un manicomio. Para redondear el acto provocativo, Breton incluyó las Memorias de abajo de Carrington en su Antología del humor negro, que entenderíamos como una peculiar broma absurda, sobre todo si tenemos en cuenta la deriva de su pensamiento político. Con las herramientas desatadas de la poética, el surrealismo fue testigo de la destrucción de Europa como idea y territorio, pero seguía preso de las relaciones de poder a causa de las diferencias de género. Figuras como Antonin Artaud experimentaron esta contradicción por caminar lejos del pensamiento único. Como les sucedió a otras creadoras de su tiempo (Maruja Mallo, Leonor Fini, Unica Zürn), Leonora Carrington cayó hasta el fondo de los juicios sociales y farmacológicos por ser mujer fuera de la norma.


Colorear a Luisa Carnés

Luisa Carnés en su exilio mexicano. (Fotomontaje: Álex Alonso. Versión coloreada: Klimbin. Fuente: Herederos de Luisa Carnés).

Juan Ramón Puyol habla de su abuela como el niño que acaba de descubrir un tesoro en una isla desierta. Es la suya una labor meticulosa, de rebuscar pistas en el pasado. De olfatear el rastro entre las páginas mecanografiadas. Hallar testimonios donde apenas queda un susurro.

Para él, Luisa Carnés va más allá del personaje, del símbolo en el que se ha convertido en los últimos tiempos. De ese icono que gracias a su novela Tea rooms —publicada por primera vez en 1934 y rescatada ahora por la editorial Hoja de Lata— ha supuesto una revolución en el mundo de la cultura, del feminismo y de la reivindicación de las voces de antes de la guerra, sobre todo, de las de ellas.

Podríamos utilizar muchas etiquetas para hablar de Luisa Carnés. Serían muchos modos posibles de describirla que no harían otra cosa sino limitarla. Luisa era escritora, pero también era obrera, como fue periodista, sombrerera, feminista, exiliada, camarera… un abanico de dedicaciones de las que recogió la realidad que necesitaba para volcarla después en sus artículos, sus cuentos y sus novelas.

Su libro más famoso, Tea rooms, enfoca el ambiente de uno de esos cafés elegantes del Madrid de principios de los treinta, en los albores de la Segunda República. Su narrador resulta tan moderno como veraz y muestra a un grupo de camareras —Luisa fue una de ellas— que tras los mostradores de cafés y pasteles ven entrelazados sus destinos. Que sobreviven mientras los sirven.

«El libro es muy atractivo, sobre todo teniendo en cuenta su subtítulo “Mujeres obreras”», explica Laura Sandoval, editora de Hoja de Lata, responsable de la reedición. Ella utilizó un subtítulo más: «novela-reportaje». «Creo que es muy potente. Pero es que la novela, además, enamora».

La publicación del libro surgió como una carambola. Durante la presentación de uno de sus títulos, Laura Sandoval y Daniel Álvarez —la otra mitad de Hoja de Lata— coincidieron con David Becerra, doctor especialista en la literatura de este periodo. Becerra les habló de Luisa y de Tea Rooms. El libro había salido en 2014 en una versión facsímil realizada por la Asociación de Libreros de Lance de Madrid, una edición conmemorativa de su ochenta aniversario. «La leímos y nos encantó —cuenta Sandoval—. No éramos conscientes de que paralelamente estaba gestándose el fenómeno de las Sinsombrero. Conseguimos editarlo para la Feria del Libro de Madrid de 2016 y empezó a venderse poco a poco».

Laura Sandoval está de acuerdo en que el de Tea rooms es uno de esos casos en los que el libro se ha defendido por sí mismo, sin una campaña de marketing potente que lo respaldara. Luisa se ha abierto camino ella sola, escudada por su texto. Y lo más sorprendente es que no lo ha hecho una, sino dos veces. La primera en los años treinta y la segunda, ahora, ochenta años más tarde. Una con veinte años de vida y otra a los cuarenta de fallecer.

«Antes, hacías una búsqueda en Google y no salía nada —explica su nieto, Juan Ramón Puyol, portavoz de la familia y obsesivo acopiador de datos sobre su abuela—. Ahora, en cambio, hay cientos de referencias. En solo un año».

¿Pero quién era Luisa Carnés? ¿De dónde salió esta escritora ahora redescubierta? Es fundamental poner todo en contexto, pues el suyo, sin duda, es imprescindible para entender su rescate. Luisa había nacido en 1905, en el madrileño barrio de las Huertas. Una época de estreno de siglo, de condiciones duras para las familias humildes como la suya, que mandó a trabajar a su primogénita con apenas once años y muy pocos de escuela. A pesar de ello, Luisa devoraba libros por las noches. Hacía suyos los descansos. No había tregua para esa mente inquieta que se desvivía por adquirir cultura.

«Las penurias eran tremendas —explica Juan Ramón—. Ella empieza a trabajar porque lo necesitan. Era la mayor, la que estaba obligada. Los sueldos eran miserables, sobre todo si se trataba de mujeres y niños. Además, si trabajabas, en casa se quitaban una boca para desayunar. En Tea Rooms lo cuenta, el momento de llegar a casa y ver lo que queda: absolutamente nada».

Luisa y su hijo Ramón a mediados de los años cuarenta en México. (Fuente: Herederos de Luisa Carnés).

Luisa escribe por las noches y trabaja por el día. A pesar de su escasa formación consigue publicar sus primeros cuentos y terminar un primer libro, Peregrinos de calvario, que sale a la venta en 1928. La crítica se vuelca con ella. Ha nacido una nueva novelista. «No entendemos de dónde sacaba el valor para atreverse —añade Juan Ramón—. Ella era tímida, introvertida, recatada, pero publica su primer cuento con dieciocho o veinte años. La descubren y saca el valor para ir a los periódicos a ofrecer su trabajo. De hecho, no le costó mucho empezar a publicar».

Finalmente, la letra se abre camino. Luisa cambia el taller de confección de sombreros por un puesto de administrativa en la CIAP —la Compañía Iberoamericana de Publicaciones, uno de los mayores grupos editoriales de la época—. Comienza a redactar material para sinopsis y solapas. Mientras tanto, continúa creando en casa y sumando alguna colaboración en prensa hasta que, poco después, publica su siguiente novela, Natacha, esta vez editada por la CIAP. Allí también es donde conoce a Ramón Puyol, su primer marido, que elabora material gráfico para la editorial. Puyol era un hombre muy comprometido políticamente. Sus obras de cartelería, como el famoso diseño del «No pasarán», marcarán la historia cuando acabe la guerra. Pero eso ocurrirá más tarde. En 1931 la CIAP quiebra y deja a todo el mundo en la calle. Luisa, sin empleo, no tiene otra que marcharse a Algeciras, donde se encuentra la familia Puyol, acompañada de su marido y su hijo pequeño. Pronto descubre que la vida de ama de casa no está hecha para ella. Añora el ajetreo de Madrid y su rol activo como periodista. «En ese momento hay un pensamiento dominante de izquierdas comprometido con las causas que parecen evidentes —explica Juan Ramón—. No se puede permitir la injusticia, las desigualdades. Eso era algo de cajón. La gente tenía esa visión moderna que incluía la pareja, el amor. Pensaban que podían relacionarse de una manera más libre y abierta»

Tras un año en Algeciras, Luisa decide hacer su propia vida. Se separa de Ramón y regresa a la capital acompañada de su hijo. Publica artículos, escribe cuentos, pero como el dinero no le llega, acepta un empleo como camarera en un salón de té. Será el origen de Tea Rooms, su novela más conocida.

«El libro es muy vanguardista —explica Luci Romero, propietaria de la librería Bartleby de Valencia y testigo del resurgir de la autora—. La forma de narrar de Tea Rooms y su estilo se adelantan a su época. Si a cualquiera le ocultaran que Luisa Carnés lo escribió en el año en el que lo hizo, se creería perfectamente que es más reciente. Las cosas que cuenta, las situaciones que ella describe, por desgracia, no cambian. Sobre todo en el mundo laboral. Para la mujer aún no han cambiado».

La obra supone una reflexión sobre la realidad social femenina, los bajos salarios, las jornadas extenuantes y la realidad del acoso. Además, apuesta por una mujer nueva, que pueda emanciparse gracias al valor de su propio trabajo. Un compromiso político anticipador de los valores republicanos que se percibe al leer el resto de textos de Luisa Carnés. Desde su trabajo como articulista, que a veces firma con el seudónimo Clarita Montes, hasta la vertebración de sus ficciones. Todo está impregnado de esa lucha por la igualdad femenina que tanto promueve su coetánea, Clara Campoamor. «Hay una teoría en la familia —explica Juan Ramón Puyol— y es el motivo por el que ella firma con ese seudónimo de Clarita Montes. Cuando se hace un acto de apoyo para ayudar a Clara Campoamor, la última firma de la convocatoria de los actos es la de Luisa Carnés. Eso nos lleva a comprobar su admiración y a pensar que una de las promotoras fuera ella, de ahí que firme la última, por una cuestión de elegancia. Creemos que Luisa elige su seudónimo en un homenaje a Clara. Pero es una teoría. Ella no lo dejó explicado y tampoco sabemos si ambas mantuvieron una relación epistolar cuando Campoamor abandona España en el 36. Es otro de los puntos que hay que investigar».

Todo se quiebra con la guerra. Cuando esta llega, Luisa ya ha conocido al poeta Juan Rejano, su gran amor y compañero el resto de su vida. Ambos se implican en apoyar de distintas maneras al bando republicano. A los artículos de las revistas Estampa y Ahora se suman los de Mundo Obrero, publicación auspiciada por el PCE. Luisa acompaña a la redacción de Frente Rojo, uno de los periódicos más importantes en la propaganda republicana y marchará junto con el Gobierno a Valencia y luego a Barcelona, la cual abandona apresuradamente con la llegada de la Quinta Columna. Después, marcha hacia el exilio. Lo hace a bordo del buque holandés Veendam, que la lleva hasta Estados Unidos, para después trasladarse a México, lugar donde finalmente se instala acompañada por su hijo y Juan Rejano.

«De los veinte mil exiliados que parten en distintas etapas a México, acogidos por Lázaro Cárdenas, había un cogollo de intelectuales muy importante —explica Juan Ramón Puyol—. Los mejores médicos, escritores, poetas, pintores… esos son de los que nosotros oíamos hablar cuando éramos pequeños. El abuelo —Juan Rejano, pareja de Carnés— decía “tengo que ir a ver a un amigo mío” y pasábamos a visitar a León Felipe. Recientemente, buscando la revista Romance que dirigía mi abuelo, miré el staff y se me cayeron los palos del sombrajo. Hay media docena de premios Nobel, como Octavio Paz. Todos estaban ahí. Eran como de andar por casa, y nosotros creíamos que todo el mundo era así. Ahora me doy cuenta de que fue un lujo crecer entre toda esa gente. Te pones a investigar, vas uniendo nombres, tiras del hilo y no acabas jamás».

Juan Ramón, nacido ya en México, pudo conocer muy poco a Luisa. Contaba con apenas dos años cuando ella falleció y no conserva recuerdos de ella. Sí guarda, en cambio, mucha documentación, artículos y fotos que va recuperando, como la que ilustra la portada del segundo libro que la editorial Hoja de Lata ha puesto en circulación, una recopilación de trece cuentos representativos de toda la producción de la autora.

Luisa Carnés junto a su hijo a borde del buque Veendam que les llevaría al exilio. (Fuente: Herederos de Luisa Carnés).

«La foto de Luisa Carnés es muy especial, transmite mucho —cuenta Laura Sandoval, su editora—. Pensando en la portada del segundo libro, el de sus cuentos, dimos con una autora rusa que coloreaba fotos antiguas en blanco y negro. Le comentamos la posibilidad de trabajar en la que teníamos de Luisa. Pedimos indicaciones a la familia como el color de ojos, el tono de piel… pero sin decirles demasiado. Fue una sorpresa».

Juan Ramón, casualmente fotógrafo de profesión, explica por qué para ellos fue tan especial ver la foto coloreada: «La fotografía en blanco y negro tiene la virtud de presentar la información de manera evidente. Es como una radiografía, la realidad sin tapujos. Lo que aporta el color es la emoción. Tanto la tristeza como la alegría se expresa en color, no en blanco y negro. Lo que ha ocurrido con esa foto de Luisa es que, de tener el dato crudo del blanco y negro, al pasar a colorearlo la han devuelto a la vida. A mi padre, cuando la vio por primera vez, se le saltaron las lágrimas. Fue muy emocionante. “¡La estoy viendo viva! ¡La estoy viendo viva otra vez!”, nos decía».

Puede que la metáfora de la búsqueda de Juan Ramón sea esa obsesión por revivir a su abuela, por devolverle de nuevo el color. Juanra recuerda con especial emoción el momento en el que, una vez identificada, pudo visitar la casa donde Luisa nació, en la calle Lope de Vega. «Está perfectamente descrita en uno de sus cuentos —explica, aún conmovido—. Nos abrieron la puerta de la buhardilla donde vivía y yo decía “estoy entrando en casa”. Los ventanucos estaban ahí. Solo faltaban las macetas de sándalo y hierbabuena. Pero ahí también estaban las tejas con sus hierbecitas. Todo lo que ella había dejado escrito».

Si algo vence el olvido es porque es especial. No se recuerda lo banal, sino lo anecdótico. La mayoría de los que investigan en profundidad a Luisa Carnés coinciden en que la suya es una de esas existencias de novela. De detalles espectaculares. A pesar de ello, Juan Ramón se conforma con cualquier dato. Como descubrir que Luisa acompañaba a su madre a lavar la ropa del Convento de las Trinitarias —el lugar donde reposa Cervantes— o que es fácil que coincidiera con escritores coetáneos muy similares a ella, como Arturo Barea: «Eran compañeros de “guardilla”, como solía escribir Luisa. Los dos fueron niños en el mismo barrio y en la misma época. Compartían el mismo universo. Y luego, teniendo en cuenta los puestos que cada uno ocupaba en la guerra, quiero pensar que es fácil que coincidieran».

Pero todo son suposiciones, teorías. Aún queda mucho por catalogar y comprobar. Al tener una abuela con una actividad tan intensa, la tarea es descomunal. Juan Ramón recorre el barrio de Huertas una y otra vez acompañando a cualquier periodista interesado por ella. Suele quedar en La Dolores, la taberna de la esquina de su calle Lope de Vega, lugar que le gusta calificar como «la oficina de Luisa»: «Huertas era el extrarradio en aquellos tiempos. Lugar de familias humildes, aunque también uno de los escenarios que más aporta a su producción literaria. Al principio estábamos convencidos de que su casa de infancia era la misma que la de la taberna, pero luego descubrimos que era un poco más arriba. Los números bailan en los padrones. Dentro de poco el Ayuntamiento le pondrá una placa».

La grandeza de la literatura reside en su capacidad de traspasar tiempo y espacio. Los escritores universales lo son porque tocan algo común en el ser humano. Por eso es curioso que, a modo de mensaje en una botella, las mujeres de esta década se sientan identificadas por lo que Luisa Carnés tenía que decir. Como una cápsula del tiempo que partió en los años treinta hasta llegar a nuestros días. Juan Ramón se confiesa emocionado por el boom que ha supuesto la recuperación: «Nos ha impresionado mucho cómo ha prendido en las mujeres jóvenes de esta época. Creo que tiene que ver con que hay una masa crítica de mujeres formadas con aspiraciones. Todas comprueban de dónde viene todo lo que sienten, lo que cuesta salir adelante como mujer y se lo encuentran reflejado en alguien como Luisa».

Todo forma parte de una labor de rescate que se ha puesto en marcha, quizá desde la brecha que ha abierto Las Sinsombrero, el documental —y posteriormente libro— impulsado por Tania Ballò. Luci Romero, poeta además de librera, apoya esta idea. Opina que el éxito de Luisa Carnés es una mezcla de muchos factores: «Ha sido un cúmulo de situaciones: la puesta en valor de escritoras desparecidas, cuestiones de feminismo, la temática de su obra, que es muy actual. A partir de Las Sinsombrero hay un interés por recuperar a esas mujeres. Es paralelo. A mucha gente nos hace un clic en la cabeza y necesitamos saber más de figuras femeninas tanto en el campo de la literatura como del arte en general. Hay un empeño mucho más fuerte por recuperar, por leer, por indagar y conocer a autoras que hasta ahora se nos habían negado. Es algo que a mí no me gustaría ver como una moda, sino como lo que debería haber sido siempre. Porque las modas se acaban y esto debe continuar».

¿Podríamos considerar a Luisa, por tanto, parte de esa generación del 27? ¿Podría tratarse de una más de las Sinsombrero? «Pues no lo sé —argumenta Juan Ramón Puyol—. Luisa es obrera, no burguesa. Los del 27 hacen poesía, mientras que Luisa hace novela social. Ellos quieren embellecer y ella quiere arreglar problemas. Aunque sí coinciden en inquietudes, en la liberación femenina, en ese acto de Maruja Mallo de quitarse el sombrero porque les oprime las ideas. Aunque es muy irónico que esos sombreros que las Sinsombrero llevaban los fabricara Luisa, ya a partir de 1916, con su tía Petra Caballero».

Son muchos los motivos que silencian la voz de Luisa Carnés. Sucede por todos los frentes. Juan Ramón Puyol opina que los propios compañeros del 27 colaboraron también en este hecho: «Ha habido varias maneras de enterrar a la gente. Si te vas a la hemeroteca y buscas la primera gran oleada de llegadas, ves el regreso de Alberti y los demás en Barajas, te das cuenta de que eran verdaderas manifestaciones. Había muchas entrevistas y publicaciones. Todo el mundo estaba interesado. Pero la mujer que estaba en segunda fila no existía. Ahora ha llegado una segunda oleada, tras cuarenta años, que son las Sinsombrero. ¿Qué fue de esas mujeres?».

Además de los motivos comunes por su condición de republicana y de mujer, en el caso de Carnés se añade uno personal, y es el de su muerte temprana. Luisa fallece en 1964 en un accidente de coche mientras regresa de celebrar el 8 de marzo en una fiesta campestre. Eso supone un duro golpe para la familia, sobre todo para su hijo. Un trauma familiar que se prolonga durante demasiados años.

«Hay un valedor de todo esto, una figura indispensable que es Antonio Plaza —confiesa Juan Ramón—. Él se puso en contacto con mi padre en los noventa. Decidió recuperar a Luisa. Era consciente de quién era ella cuando realmente ni los nietos nos lo planteábamos. Yo sabía que había tenido una abuela escritora y que había libros antiguos editados, pero ninguno de los nietos le dábamos el valor que tenía. Fuimos conscientes gracias a Antonio. Nunca le estaremos suficientemente agradecidos».

Tal y como apunta Juan Ramón, Antonio Plaza Plaza, historiador y especialista en la cultura de la Segunda República y el exilio, fue el primero en decidirse a recoger los guijarros. Luisa Carnés estaba escondida y fue él quien comenzó a devolverle el color. Recuperó algunos de sus escritos, los prologó y los llevó a la editorial Renacimiento, que aún los conserva en su catálogo. Pero no solo eso. También despertó el interés en su propia familia, tanto que el propio Juan Ramón decidió ponerse al frente para rescatarla. Lleva tiempo volcado en esta labor titánica de hilvanar los restos que su abuela le ha ido dejando. Bien en sus textos, en los testimonios que le han llegado a través de su padre y demás familiares o en las investigaciones que otros han hecho sobre ella, va desempolvando cualquier dato que pueda acercarle un poco más a su abuela. Recogiendo las miguitas de pan por las calles del barrio de Huertas.

Juan Ramón se emociona cada vez que halla una esquirla. Se conforma con cualquier detalle. Confiesa que fue en la presentación de 13 cuentos, el segundo libro publicado por Hoja de Lata, cuando Laura Freixas expuso la posibilidad de que este conjunto de mujeres pudiera denominarse como grupo del 26 —fecha de inauguración del Lyceum Club Femenino— más que del 27, totalmente masculino. Una propuesta a la que parecen sumarse otras muchas voces actuales. Juan Ramón no descarta esta catalogación y se confiesa obsesionado por su búsqueda incesante: «Estoy leyendo, indagando, hallando las pistas… intentando encontrar restos. En aquel acto le pregunté a Laura Freixas: “¿Tú crees que alguna vez conseguiré tener alguna vivencia más cercana, algo que se parezca a lo real?”. Y ella me contestó: “Tienes demasiada confianza en la literatura”. Sin embargo yo empiezo a sospechar que a lo mejor no estoy tan desacertado. A lo mejor… quién sabe».

Quién sabe. A veces la vida sorprende. A veces los mensajes de la botella llegan a la orilla. A veces los guijarros brillan en la oscuridad y conducen al claro del bosque. Al igual que los rumores apuntan a la existencia de una posible grabación sonora de Lorca en Argentina, es posible, y puede que sea factible, que en algún archivo de México Juan Ramón pueda encontrar la voz delicada de Luisa. «Estoy en ello —confiesa—. Uno de los trabajos que Luisa hizo en México fue una historieta comercial en la radio. Eso tiene que estar en algún lado. Tengo que ir allí a buscarlo».

Puede que no tenga que confiar en la literatura. Tal vez solo le baste hacerlo en las obsesiones. Puede que, al fin y al cabo, tan solo les separe una cuestión de arqueología.

Luisa con su hijo, Ramón Puyol, en 1935. (Fuente: Herederos de Luisa Carnés).


Con cariño, supongo

Ernest Hemingway, ca. 1953. Fotografía: National Archives and Records Administration.

Todos los buenos lectores acaban desarrollando un ritual privado que repiten cada vez que se acercan a un nuevo libro. Algunos leen la contraportada muchas veces, como para tener mejor conciencia de qué promete exactamente. Otros recorren con la mirada su tipografía, observan la portada y viajan mentalmente con ella, jugando a imaginar el contenido de la obra antes de comenzar a leerla. Los lectores más sensoriales acercan la nariz al papel y, pasando las páginas, disfrutan del aroma oleico que posee un libro nuevo, un gesto que tantas personas asocian al placer de la lectura.

Después de estos ritos íntimos, llega el momento de abrir el libro y adentrarnos en la letra impresa, y aquí también hay preferencias entre lectores. Comenzar un libro se parece bastante a zambullirse en una piscina. Hay quien, como en El club de los poetas muertos, desprecia cualquier introducción, estudio o palabra previos, y se hunde directamente en la obra. Son el tipo de personas que cuando llegan al borde de la piscina se lanzan a ella de cabeza sin conocer la temperatura del agua, muchas veces sin medir demasiado bien su profundidad. En el otro extremo está el lector precavido, aquel que cumple todos los protocolos y pasos previos, como el bañista que mete un dedo del pie a ver qué tal, y se toma un tiempo antes de que el agua le llegue a la cintura. Los bañistas cautos se leen el prólogo, las palabras iniciales, la cita de apertura y todo lo que el editor haya tenido a bien incluir antes del texto.

Lo que más disfruto de ese camino previo a la lectura son las dedicatorias, quizá porque siempre he pensado que pueden ser (aunque con frecuencia no lo son, como ahora veremos) la única ventana a través de la que el lector puede escuchar la voz verdadera del autor. En la dedicatoria, el escritor debería limitarse a confesar a quién dedica el libro, y como mucho añadir por qué lo hace, pero por fortuna para los amantes del arte verdadero nada es sencillo cuando hablamos de literatura. Esto es así porque con el tiempo los escritores han entendido que la obra no es el texto en sí sino cada palabra que se ofrece al lector, y han hecho de la dedicatoria una propuesta tan compleja y literaria como cualquier otra. Asumiendo que el escritor contemporáneo no pretende ser sincero ni cuando numera las páginas, los autores han sabido separarse de esa moda cursi que hacía referencia exclusivamente a la esfera privada de los escritores y trascenderla con pequeños juegos de correspondencias.

Algunas dedicatorias tienen una sencilla, enigmática belleza. Una de mis favoritas al respecto es la que ofrece Jesús López Pacheco en su novela Central eléctrica, una obra que además se encuentra demasiado olvidada y que por tanto aprovecho para recomendarles: «A mi padre, que ha trabajado toda la vida haciendo luz. A mi madre, para que deje de temer a la oscuridad». También es bellísima la de Julio Llamazares en Escenas de cine mudo: «A mi madre, que ya es nieve», porque además demuestra una de las características más apasionantes de la dedicatoria contemporánea: que algunos autores no pueden prescindir de su estilo ni siquiera cuando lo dedican.

Cuando explico esto del estilo y las dedicatorias, me gusta ofrecer dos ejemplos que pertenecen a autores tan dispares como Jorge Luis Borges y Gloria Fuertes. El genio argentino elabora uno de sus habituales epigramas filosófico-especulativos cuando dedica Los conjurados: «De usted es este libro, María Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que está sola y las populosas mañanas, las islas compartidas, los mares, los desiertos y los jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las láminas? Solo podemos dar lo que ya hemos dado. Solo podemos dar lo que ya es del otro. En este libro están las cosas que siempre fueron suyas. ¡Qué misterio es una dedicatoria, una entrega de símbolos!». Como se puede apreciar, la dedicatoria que he reproducido es en sí una obra profundamente borgiana, casi un relato corto al que no le faltan sus oscuras referencias culturales, su sintaxis acumulativa y la incorporación constante de meandros a lo que se está diciendo. En el otro extremo de la escritura se encuentra la poética obviedad que define los trabajos de Gloria Fuertes, quien con motivo de la publicación de su volumen Obras incompletas en la editorial Cátedra escribió: «Dediqué mi libro / a una niña de un año / y le gustó tanto, / que se la comió».

Ramón Gómez de la Serna parece probar una de sus más oscuras greguerías en la dedicatoria de su pantomima Fiesta de Dolores: «A Tristán, que se ha aventurado con peligro de muerto y de madurez irreparable en las grandes hilaridades del Garrotín y de las Rosas Rojas», y la otra generación del 27, la del humor, también se retrataba en cada dedicatoria. Enrique Jardiel Poncela en La tournée de Dios escribe: «A Dios, que me es muy simpático», y Álvaro de Laiglesia camina por senderos parecidos en Cada Juan tiene su don (1936): «A mí, con todo el afecto de Yo».

Con estos ejemplos, no parece exagerado afirmar que se pueden definir técnica, época y momento artístico de una obra ya desde la dedicatoria. En plena reclusión voluntaria por la amenaza de muerte que le propició la publicación de los Versos satánicos, el escritor británico Salman Rushdie escribió este curioso poema como dedicatoria de su libro Harún y el mar de las historias: «Zembla, Zenda, Xanadú: / Todos los mundos que soñamos pueden hacerse realidad. / Los países de las hadas también dan miedo. / Mientras yo vago lejos de la vista / Lee y llévame junto a ti». Salman Rushdie escondió además un verso acróstico en el poema original, y la palabra que obtenemos al leerlo es el nombre de su hijo: Zafar. Esa era por tanto la dedicatoria real que se encontraba agazapada en el poema. Carl Sagan, el eminente divulgador científico, no puede dejar la ciencia a un lado ni cuando dedica un libro, y por eso escribe en su popular obra Cosmos: «En la amplitud del espacio e inmensidad del tiempo, es un placer compartir época y planeta con Annie». Rafael Alberti, que nunca daba puntada sin hilo, ofreció la siguiente dedicatoria en su edición de Triduo de Alba de 1981 en Seix Barral: «A mi madre, devota de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros». Sin embargo, ediciones posteriores olvidan la dimensión religiosa y solamente recogen un lacónico «A mi madre».

Camilo José Cela, 1989. Fotografía: Cordon.

Pero pocos autores se han definido tan fielmente en sus dedicatorias como Camilo José Cela. El Nobel español debió fortificar su carácter vengativo en el recorrido de las ediciones de La familia de Pascual Duarte, pues en la primera edición se puede leer simplemente «Para Víctor Ruiz Iriarte», pero a partir de la cuarta la mención al dramaturgo español se complementa con una dedicatoria que ya se ajusta perfectamente al personaje que el escritor gallego se iba construyendo paso a paso, golpe a golpe: «Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera». En la misma línea desafiante (aunque mucho más de mi gusto por su elaboración y mensaje) se encuentra la dedicatoria que muestra en San Camilo, 1936: «A los mozos del reemplazo del 37, todos perdedores de algo: de la vida, de la libertad, de la ilusión, de la esperanza, de la decencia. Y no a los aventureros foráneos, fascistas y marxistas, que se hartaron de matar españoles como conejos y a quienes nadie les había dado vela en nuestro propio entierro». Sin embargo, mi favorita de Cela sigue siendo la de una obra tan singular como El gallego y su cuadrilla y otros apuntes carpetovetónicos, en la que leemos: «A los tontos, los posesos, los ascetas, los vagabundos, los arbitristas, los toreros de plaza de carro y talanquera (a quienes zurran el hambre, el ganado morucho y la guardia civil), los sacristanes, los cómicos, los mangantes, los criminales y los verdugos que gimen con las mismas palabras que Gonzalo de Berceo». Cela en estado puro, vamos. En una línea de resentimiento y combate parecida se mueven las de Charles Bukowski, quien también define su literatura desde la dedicatoria: en El cartero escribe «A nadie», un mensaje que ya describe su perpetua lucha contra el mundo, mientras que en Pulp parece despedirse del género ofreciendo un «A la mala escritura», elocuente en su simplicidad y una especie de declaración de intenciones en cuestiones de estilo.

La venganza también es un motivo que puede mover a dedicatoria, y en ese aspecto me encantan las de José Luis Martín Vigil en Jaque mate a un hombre honrado: «A los censores que hace veinticinco años prohibieron este libro. Salud, si viven», o la de D. H. Lawrence, quien tras el juicio por obscenidad por el que hubo de pasar El amante de Lady Chatterley dedicó alguna edición a «los doce miembros del jurado, tres mujeres y nueve hombres, que declararon un veredicto de no culpable».

Yo disfruto mucho las dedicatorias que, por oscuras o simples, se dan a la conjetura. Me refiero a aquellas que simplemente dicen «A ti», o «A esa persona», porque ofrecen al lector el juego de intentar adivinar a qué persona está realmente dedicado el volumen. Graham Greene dejó a su mujer en 1948, y desde ese momento mantuvo un número difícil de precisar (pero seguramente alto) de amantes. Ofreció a los lectores un juego de pudor y ocultación al dedicar la edición británica de El fin del romance (de alguna manera el título en sí mismo ya se presta a broma) «A C.», simplemente, pero después en la edición estadounidense completó la adivinanza confesando el nombre completo de su relación: «A Catherine», confirmando al mundo que se trataba de su amante Catherine Walston. En el ámbito hispánico, se ha especulado mucho sobre la dedicatoria que Miguel Hernández realiza en El rayo que no cesa. Despachó un impreciso «A ti sola, en cumplimiento de una promesa que habrás olvidado como si fuera tuya», lo que ha provocado que se quiera adjudicar a cualquiera de los tres amores del poeta: Josefina Manresa (su esposa), Maruja Mallo y María Cegarra. También hay dedicatorias que causan rechazo en la persona a la que van dirigidas. En una ocasión Robert Gottlieb, el mítico editor de la americana Knopf, se quejó de que le fuesen dedicados libros que aborrecía. Cuando A. E. Hotchner culminó la biografía Papá Hemingway, quiso dedicársela a la hija del escritor americano, Mary Welsh Hemingway. La propia Mary, horrorizada por el contenido del libro, lo impidió escribiendo una carta severa al editor.

Es de bien nacidos ser agradecidos, y por eso muchos escritores se acuerdan de los lectores cuando tienen que dedicar su libro. Algunos incluso tienen tan claro cuál es su lector habitual que se permiten dirigirse a él de manera específica, como en el caso de Agatha Christie, quien en no pocas dedicatorias tiró de socarrón humor inglés a la hora de dedicar libros. En El misterioso señor Brown escribió: «A todos los que llevan vidas monótonas, en la esperanza de que puedan experimentar aunque sea de segunda mano las delicias y peligros de la aventura». Mi favorita de Agatha Christie, de todas formas, es aquella en la que dedica una de sus historias detectivescas a «Larry y Dande, con mis disculpas por usar su piscina como escena de un crimen». Una vez más, el estilo se encuentra adherido a la obra desde la propia dedicatoria.

Suelen decepcionarme las dedicatorias que constituyen bromas privadas o referencias de cortesía profesional, porque me dejan como a ese joven decepcionado porque sus amigos no le han invitado a una fiesta. Hemingway dedicó El viejo y el mar a Charles Scribner, su editor, y lo mismo hizo Steinbeck en Al este del edén con Pat Covici, de Viking. La agente literaria más activa y popular de nuestras letras del siglo XX, Carmen Balcells, recibe no pocas menciones laudatorias de los escritores del boom y alrededores. Se acuerdan de ella al firmar un libro autores tan dispares como José Luis Sampedro, Manuel Vázquez MontalbánGabriel García Márquez. El mayor receptor de amor literario de la historia probablemente sea William Shawn, el mítico editor del New Yorker, quien se encuentra presente en más de cuarenta dedicatorias, que incluyen a godzillas de la escritura como J. D. Salinger o John Updike. Curiosamente, donde el nombre de William Shawn no solía aparecer era… ¡en los créditos del New Yorker!

Déjenme concluir este recorrido por la dedicatoria literaria con la anécdota más divertida de cuantas conozco. La protagonizó C. P. Snow, físico y escritor británico. Un día abrió uno de sus libros en la edición americana y descubrió para su sorpresa que la obra aparecía dedicada a una tal Kate Marsh, un nombre que no le decía nada. Sorprendido, escribió a su editor una carta airada que puede resumirse en la frase «Who the hell is Kate Marsh?». El editor pareció ofenderse por la pregunta de Snow, y se cuenta que le respondió algo parecido a que si su señoría no recordaba a quién dedicaba los libros, cómo iba la editorial a hacerlo. C. P. Snow no quedó contento con aquella respuesta, y siguió investigando el asunto. Cuando por fin deshizo la madeja de la misteriosa dedicatoria, supo que Kate Marsh era la secretaria de su agencia de representación en Londres. La confusión se había producido porque el manuscrito que llegó a la editorial americana antes había sido remitido «A Kate Marsh» (es decir, a la secretaria de su agente), de modo que el nombre de ella figuraba en la primera página del original.


María Teresa León, biografía de su melancolía

Retrato de María Teresa León por Anne Marie Heinrich. (Archivo General de la Nación, Buenos Aires).

Trastevere, Roma. Otoño de 1972. María Teresa León escribe a su hijo Gonzalo una carta que se convierte en el primer indicio de que algo no va bien. Sin la fluidez que le era típica, en esa carta la prosa de María Teresa se llena de repeticiones, de preguntas que dirige a su hijo una y dos veces como si olvidase en cada frase lo escrito pocas líneas antes. Los vacíos de su memoria comienzan a hacerse visibles en las líneas de esa misiva, unos olvidos que sus amigos más cercanos no tardarán en percibir: «Era muy raro ver como, de pronto, aquella mujer cuya memoria e inteligencia habían sido prodigiosas, te repetía algo una y otra vez», comenta María Fernanda Thomas de Carranza, viuda del pintor y escenógrafo José Caballero, que por aquellos meses visitó en Roma al matrimonio Alberti. Y, sin embargo, entre esos olvidos iniciales, había una lucidez, una trágica lucidez: «No fue una pérdida de la memoria de la noche a la mañana, fue una pérdida gradual que estuvo acompañada de grandes sufrimientos», comenta José Luis Ferris, autor de la última biografía de la autora —María Teresa León. Palabras contra el Olvido (Fundación José Manuel Lara)—.

La escritora que se había dedicado a convertir su experiencia vital en la memoria colectiva de una generación y que, apenas pocos años antes, en 1968 estaba terminando de escribir el que sería su más reconocido trabajo, Memoria de la melancolía, publicado en 1970 por la editorial argentina Losada, se veía arrastrada por una desmemoria lenta, pero implacable. Era duro darse cuenta de ello, ser consciente de estar perdiendo lo único verdaderamente propio, el recuerdo, tan duro como ser testigo del abandono e incluso de la traición de quien ha sido su compañero de vida, Rafael Alberti: «Ella no había perdido la cabeza y, sin embargo, Rafael Alberti estaba actuando como si ella ya no fuera consciente de nada», puntualiza el biógrafo.

Ferris recuerda en su biografía como por aquel mismo 1972, el poeta se enamoraba de una joven bióloga llamada Beatriz Amposta, a quien dedicaría el poemario Amor en vilo, todavía hoy inédito en manos de la propia Amposta, y con quien años más tarde —cuando María Teresa, en palabras de su hijo Gonzalo, ya había «entrado en el estadio que terminaría alterando su personalidad»— se convertiría en portada de diarios con el anuncio de su nunca celebrado matrimonio por la Iglesia. Y aunque en 2016 Amposta no titubeara al afirmar que su amor con Alberti «se desarrolló en silencio porque él estaba casado con María Teresa León, muy enferma ya de alzhéimer», lo cierto es que por aquel 1972 la desmemoria todavía no había ganado la batalla y María Teresa todavía conservaba la lucidez necesaria para percibir la realidad que le rodeaba. El sufrimiento que sentía y que transmitía a su hijo Gonzalo —«Bueno hijos queridos, besos y abrazos, de la Babucha, del Chico, de los gatos, del loro —que grita: “¡Mamá! ¡Mamá!”— de los canarios que cantan, cantan, “¡Buenos días! ¡Buenos días!”. De Rafael que pinta y de vuestra madre… que casi está llorando»— se compensaba con un «corazón lleno de esperanzas» y una mente que, pese a todo, seguía en activo: «Como ves tu madre no descansa nada», le escribe a su hijo en 1973, mientras intentaba llevar a escena su obra de teatro La libertad en el tejado, algo que sí se había conseguido con la obra de Alberti, Noche de guerra en el Museo del Prado.

Por entonces, María Teresa León no perdía la esperanza de ver reconocida su obra literaria, con quien, reivindica Ferris, la historia literaria española tiene una deuda: «Me encantaría que se volviese a publicar una novela como Juego limpio», afirma con entusiasmo el biógrafo, que no duda en poner a María Teresa en el mismo nivel de María Zambrano y Rosa Chacel: «Zambrano es la filósofa y Chacel la novelista del 27, pero María Teresa es la gran prosista de esa generación». Y es que, en contra de lo que diría Francisco M. Arniz Sanz en 1975, María Teresa no era solamente la «buena sombra de Rafael», algo que ya reconocía desde París en 1940 el poeta y narrador Corpus Bargas que, ante la inminente llegada del matrimonio a Río de la Plata, escribía para el periódico porteño El Sol la siguiente nota: «Seguramente sabréis recibirle como recibisteis en sus días mejores a su compañero García Lorca. Con él va su mujer, María Teresa León, que es más que su mitad. María Teresa, escritora con personalidad propia, es de Burgos. Alberti, de Cádiz. Burgos y Cádiz, es decir, toda España y ya América. ¡Qué América proteja a vuestras figuras y a vuestro genio, pareja simbólica, María Teresa y Rafael!».

Sí, María Teresa de León era mucho más que la otra mitad del poeta, era una «escritora con personalidad propia», era alguien «cuya biografía me interesaba hacer no por ser la mujer de quien fue, sino por haber sido una figura clave en la generación del 27, una extraordinaria escritora y una intelectual con un papel determinante a nivel de activismo político», concluye Ferris.

María Teresa León, escritora, intelectual y activista

En el Logroño de 1903 nacía María Teresa León, la escritora y, en palabras de su hija Aitana, la luchadora «por unos ideales políticos que mantuvo diáfanos hasta las avanzadillas de la muerte». Se formó en Madrid entre los libros de su tío Ramón Menéndez Pidal, que no dudó en ofrecer a una joven ávida de saber toda su biblioteca. «Todos los libros fueron para ella», esa adolescente que en más de una ocasión escapó del Sagrado Corazón, donde estudiaba muy a su pesar. De nada sirvieron sus súplicas para ir a la Institución Libre de Enseñanza, sus padres nunca la cambiaron de colegio y allí, en esas aulas de encorsetada educación religiosa, escandalizaba a las monjas por sus lecturas. A los catorce años los padres decidieron trasladarse a Burgos, Madrid ofrecía demasiados estímulos para aquella joven inconformista que, con dieciséis años, se enamoró de quien sería su primer marido y padre de sus dos hijos. El escándalo era demasiado grande para la provincial ciudad burgalesa y la pareja fue obligada a trasladarse a Barcelona. Allí, como ella misma recordará en Memoria de melancolía, una todavía niña dio a luz: «Nació el hijo primero cuando ella era tan joven que enternecía. Seguramente Eva sintió esa misma sorpresa en sus entrañas. El médico se quedó a la cabecera, acariciándole la cabeza. Niño, niño, le balbuceaba mientras ella perdía el conocimiento. Le costó mucho acostumbrarse a que un niño y no una muñeca la esperase en casa».

El matrimonio no duraría muchos años, pero ese tiempo fue crucial para la María Teresa escritora; en 1924 publicaba en el Diario de Burgos su primer cuento, De la vida cruel, al que le seguirían más de treinta y nueve colaboraciones entre artículos y relatos, muchos de ellos firmados con el seudónimo de Isabel Inghirami, la heroína creada por el escritor italiano Gabriel D’Annunzio. Eran los años veinte y María Teresa representaba un nuevo modelo de mujer: con su pelo a lo garçon, la escritora era la imagen de una mujer autosuficiente y profesional. Escribía artículos como firma reconocida y daba conferencias; en su cabeza, un ideal de mujer representado por muchos nombres propios: «Dentro de mi juventud se han quedado algunos nombres de mujeres: María de Maeztu, María Goyri, María Martínez Sierra, María Baeza, Zenobia Camprubí…». En 1928 partía junto a su marido y sus hijos hacia Buenos Aires, donde permanecería solamente un año para regresar sola a Madrid, como mujer separada y obligada a dejar a sus hijos en custodia de su exmarido. En la capital argentina, a la que regresaría tras la guerra, comenzó una intensa vida cultural colaborando con distintos medios y dedicando casi todo su tiempo a la escritura.

De regreso a Madrid sobrevive en un primer momento como vendedora de coches, aunque sin dejar nunca la literatura. Parte de los artículos publicados en Argentina terminan por convertirse en un trabajo sobre «La nueva poesía argentina» que publicaría en La Gaceta Literaria. En 1930 publica La bella del mal amor. Cuentos castellanos, una serie de relatos realistas que tenían su origen de la tradición oral y en el folclore popular, con la evidente influencia que había ejercido sobre ella las enseñanzas de Menéndez Pidal. Con este libro María Teresa vio reconocido un talento que, hasta entonces, se le había discutido —Salinas, a la que ella tanto admiraba, llegó a decir en referencia a María Teresa «Una bella dama, literata mala ella»—  al ser considerada entre los cenáculos culturales de Madrid como una niña bien de actitud frívola.

Tras años sin verse, María Teresa se reencuentra con María de Maeztu, directora del Lyceum Club, que comienza a frecuentar con asiduidad: «En los salones de la calle de las Infantas se conspiraba entre conferencias y tazas de té. Aquella insólita independencia femenina fue atacada rabiosamente. El caso se llevó a los púlpitos, se agitaron las campanillas políticas para destruir la sublevación de las faldas», recuerda en sus memorias María Teresa, que ya por entonces era un nombre indiscutible dentro de la que posteriormente será llamada la Generación del 27. En 1929 conoce a Rafael Alberti, que por entonces salía con la pintora Maruja Mallo y a quien pronto dejó por María Teresa, que ya no necesitaba presentación alguna. Había conseguido forjarse un nombre propio. En 1931, viajaron juntos por primera vez a París: allí María Teresa estrecharía lazos de amistad e intelectuales con André Gide, Alejo Carpentier, Marc Chagall, Henri Michaux y Pablo Picasso, cuyo primer encuentro María Teresa nunca olvidaría: «Nos encontramos la primera vez con el genial fabricador de monstruos y maravillas en un teatro, el Teatro Atelier […] Creo que era el 1931. De pronto, nuestros ojos tropezaron con la cara del andaluz universal, deslumbrándonos […] Al día siguiente de nuestro encuentro en el teatro, nos recibió Pablo Picasso, abriéndonos él mismo la puerta […] Seguimos encontrándonos mucho después de aquella tarde. Uno de los alicientes de volver a París era sentarnos cerca de él y de Dora Maar…».

María Teresa regresó en muchas ocasiones a París, ciudad donde sobrevivió trabajando en una radio nocturna nada más huir de España en 1939 y aterrizar en el aeropuerto de Orán, pocas horas antes de Dolores Ibárruri, la Pasionaria: «El papel que tiene María Teresa durante la guerra se parece mucho al de una persona comprometida como lo era Pasionaria», comenta Ferris recordando cómo, en un más que significativo juego de espejos, nada más llegar a Orán confundieron a María Teresa con la propia Pasionaria, algo que no hizo sino enrojecer y a la vez enorgullecer a la escritora. Ibárruri era para María Teresa un referente, un modelo que la distanciaba ya por entonces del «comunista del salón» en el que, en palabras de Juan Ramón Jiménez, se había convertido Alberti y que seguramente, de haber sido plenamente consciente, la habría distanciado una vez más del poeta que aceptaba, comunista él, ser recibido por los reyes: «¡Ay Rafael, Rafael/ ¿Por qué fuiste a la embajada/ a regalarle a la espada/ tu clavel?», le escribiría por entonces José Bergamín, muy crítico con ese gesto. «Yo a María Teresa la veo muy íntegra», comenta Ferris ante la pregunta sobre cómo habría reaccionado la escritora ante ese gesto del que fue su marido, «no era una mujer con una actitud de cesión, de hincar rodilla, la veo como una mujer coherente».

Amiga íntima de Lorca, María Teresa creía como el poeta granadino en la necesidad de llevar la cultura a quienes no tenían acceso a ella y en el teatro como el mejor medio para ello. Y si Lorca había girado por toda España con la Barraca, María Teresa llevó las Guerrillas del Teatro hasta el frente: «¿Por qué no ir hasta la línea de fuego con nuestro teatro? […] Participaríamos en la epopeya del pueblo español desde nuestro ángulo de combatientes».  

Comprometida con el teatro y con la defensa de la República, en 1937 viaja junto a Alberti hasta la Unión Soviética, donde se reúne con Stalin e intenta encontrar apoyos entre los escritores rusos para la celebración del Congreso Internacional de Escritores Antifascistas que ella, como secretaria de la Alianza de los Intelectuales, estaba organizando. Más allá de la discutible admiración que la autora sintiera por Stalin, de lo que no cabe duda es del férreo e íntegro compromiso de María Teresa con la Segunda República y la cultura, siendo nombrada por Largo Caballero responsable de la evacuación de las obras de arte, primero, de El Escorial y, posteriormente, de El Prado: «No recuerdo qué noche del mes de noviembre llegaron al patio de la Alianza de Intelectuales los camiones que iban a trasladar a sitio seguro la primera expedición de las obras maestras del Museo del Prado. Las Meninas, de Velázquez, y el Carlos V, de Tiziano, estaban protegidos por un inmenso castillete de maderas. Soldados del Quinto Regimiento y de la Motorizada rodeaban los camiones, esperando la orden de marchar».

Pocos meses después, se celebró el II Congreso Internacional de Intelectuales Antifascistas, donde se reunieron sesenta y seis delegados de más de treinta países de América y Europa. Lejos del frente, el edificio de la Alianza se convirtió para los intelectuales allí reunidos en «un paraíso a la sombra de las espadas», esas espadas que, sin embargo, sí empuñaba Miguel Hernández, quien no dudó en levantar su voz contra aquella acomodada oposición al fascismo: «Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta», gritó Hernández dirigiéndose a Alberti antes de escribir con letras visibles aquella misma frase en una pizarra ante todos. Una bofetada, como la que daría pocos días antes de morir María Teresa a Alberti, que empujado —obligado— por sus amigos decidió ir a visitar a su mujer en la residencia en la que estaba internada, fue lo que recibió el poeta de Orihuela. Fue tan significativa la bofetada que recibiría años después Alberti como sonora la que recibió Hernández, cuyo abandono María Teresa nunca llegó a perdonarse. La escritora vivió con pesar la muerte del joven poeta y con sentimiento de culpa por el abandono que tanto ella como Alberti dispensaron al poeta de Orihuela, tal y como relata en sus diarios el diplomático chileno Carlos Morla Lynch. «Recuerdo que Miguel Hernández apenas contestó a nuestro abrazo cuando nos separamos en Madrid», escribe María Teresa, «le habíamos llamado para explicarle nuestra conversación con Carlos Morla, encargado de negocios de Chile. Miguel se ensombreció al oírlo, acentuó su cara cerrada y respondió: Yo no me refugiaré jamás en una embajada […] ¿Y vosotros?, nos preguntó. Nosotros tampoco. Nos exiliaremos. Nos vamos a Elda con Hidalgo de Cisneros. Miguel dio un portazo y desapareció».

El exilio para María Teresa y Alberti comenzó pocos días después. Primero París y después Buenos Aires, donde volverían a huir en 1972, para recalar en Roma, última etapa de su exilio. Regresarían a España en 1977, pero la desmemoria ya había borrado demasiados recuerdos para que María Teresa fuera verdaderamente consciente de su regreso: «Me duele aún hoy pensar que mi madre, a causa de su enfermedad, su alzhéimer, no tuvo constancia de que regresaba a su país. Había cientos de personas que esperaban en el aeropuerto, con banderas y proclamas, y ella sonreía. Atrás, María Teresa León dejaba mucho más que el exilio, dejaba medio siglo dedicado a la literatura y al ensayo. «María Teresa fue una autora increíble, una mujer que tocó todos los géneros y estilos: escribió teatro, poesía y prosa. Reivindicó el folclore popular, se dejó influenciar por el surrealismo, volvió al realismo y, sobre todo, construyó una obra basada en la memoria, donde su voz siempre fue la voz colectiva, la de todos», comenta Ferris, suscribiendo así las palabras del escritor burgalés, Óscar Esquivias: para María Teresa León, «la literatura era una forma de salvar la memoria y de vivir con plenitud».


Sin noticias de Las Sinsombrero

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Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE

En caso de llevar sombrero, llevaría un globo atadito a la muñeca con el sombrero puesto, y así cuando me encontrara con alguien conocido, le quitaría el globo al sombrero para saludar. (Maruja Mallo)

Llevar sombrero los distinguía —los hacía de mejor clase social, más elegantes, respetables—. Así que cuando les dio a Federico García Lorca, Margarita Manso, Salvador Dalí y Maruja Mallo por salir sin el suyo, les gritaron de todo. ¡Maricones! Eran el tercer sexo, sin identificar. Había que apedrearlos. Les habría ido mucho mejor si hubieran llevado, atadito a la muñeca, un globo para saludar a los conocidos. Pero esta no es más que una excusa, una anécdota, para hablar de las mujeres de la Generación del 27 que quedaron extraviadas en la historia de los grandes nombres: por exiliadas y por mujeres. Con el documental Las Sinsombrero se intenta hacer justicia a todas ellas, reivindicarlas, haciendo un breve repaso por la vida y las obras de ocho mujeres que estuvieron a la altura de las circunstancias, pero no del paso subjetivo, masculinizado del tiempo.

La voz de Concha Méndez sirve de hilo. Lo que en principio tendrían que ser unas memorias se acaba convirtiendo en un relatario de anécdotas. Quizá en ninguna otra época como la que les tocó vivir —república, guerra, dictadura— se puede entender la vida de una intelectual sin referirse a los de su generación. Méndez se extraña de su propio relato, de cómo está construyendo su biografía. «Estamos haciendo una cosa muy distinta de lo que se hace en las memorias», dice. Pero cuenta que si no relata anécdotas y cuenta historias, le parece que le sale bigote. Se ríen quienes le graban; se ríe ella también. «Qué barbaridad». Aunque es cosa seria. Quizá de esa broma se entienden actitudes sociales de lo que fueron las mujeres desde que ellas fueron omitidas en la historia. La mujer se comprende a partir de las anécdotas; si no lo hace, le parece que está siendo demasiado seria… y se quita el sombrero, pero le sale bigote.

Concha Méndez, escritora (1898-1986)

Un amigo del padre de Concha Méndez va a visitar a la familia y pregunta a los niños —no a las niñas— qué quieren ser de mayores. Concha se adelanta y dice que quiere ser capitán de barco, pero le contestan que las niñas no son nada. Las niñas no son nada. Que las niñas no podían ser nada no hizo mella en el crecimiento de una mujer como Concha. Su primer novio fue Luis Buñuel y tuvo por amiga a Maruja Mallo, a los que conoce veraneando en San Sebastián y que influirán en ella de manera determinante.

Las mujeres de la época debían ser autodidactas, aprender leyendo. Aunque Concha, por su condición burguesa, estudió en un colegio francés, lo que la sociedad le requeriría como poeta formada era muy sencillo: nada. Pero nada, insisto, la frenó. Absolutamente desubicada en el núcleo social y familiar, se marchó a Londres, Montevideo y Buenos Aires. Es en Argentina donde Concha encuentra el buen nicho cultural que necesita, donde empieza a publicar un poema a la semana en el diario La Nación. Es también en Argentina donde publica un libro con ilustraciones de Nora Borges. Sí, la hermana de Jorge Luis.

Al volver a España, y gracias a que Lorca le presenta a Manuel Altolaguirre, aprende imprenta y crean La Verónica, donde editarán la revista Héroe, de gran importancia cultural. Como siempre ocurre en las poetas del 27, hay una gran necesidad por compararlas —ya que no se las conoce y a ellos sí— con los varones. Concha, pues, recibe influencia de Rafael Alberti, en la primera época, y de Antonio Machado más tarde.

Marga Gil Roësset, escultora y poeta (1908-1932)

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Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE

Vestidas muy distintas al resto de niñas, Marga y su hermana iban siempre con unas capas y unas caperuzas que las diferenciaban de las demás. Pero no solamente la vestimenta la distinguía: a los siete años ya era una pequeña genio y una gran lectora. Ilustraba los cuentos que publicaban sus hermanas y otros familiares. Marga era autodidacta en la escultura, atreviéndose con el granito, disciplina difícil que los escultores no acostumbran a tratar al inicio de su carrera. Pero Gil Roësset tenía prisa: antes de cumplir los veinticinco años se suicidó.

Nadie espera que una mujer joven haga lo que ella hizo. Lo tenía todo para que desconfiaran de su trabajo: sexo femenino y corta edad. Pero tenía un talento, decían, viril. Como le ocurría a Alfonsina Storni, para que una mujer pudiera ser tenida en cuenta necesitaba un adjetivo que aludiera al hombre. Marga se sirve de la sensualidad y la fealdad, de la expresividad, las emociones.

Al conocer a Juan Ramón Jiménez se enamoró de él. Al momento, decidió hacer un busto de Zenobia Camprubí, la esposa del poeta. Lo que queda en el aire es el motivo de su suicidio. Por una parte, aseguran que la imposibilidad de aquel amor —puesto que era un hombre casado— hizo que se disparara en la cabeza. Por otra, versión que se defiende en Las Sinsombrero, que la imposibilidad de tener una vida artística consciente y plena la motivó a quitarse la vida. En cualquier caso, antes de dispararse, destruyó gran parte de su obra. «Parece que tendré que morirme triste», dejó escrito en su diario.

Josefina de la Torre, actriz y poeta (1907-2002)

Gerardo Diego incluyó a Josefina en una de sus antologías. En la que hizo en 1932 no había ninguna mujer. En la de 1934, Josefina de la Torre y Enriqueta Champourcín. Tal como ha ido la historia, parece relevante que los poetas hombres de su generación la tuvieran en cuenta. Pero no solo era una excelente poeta, sino que Josefina era tan polifacética que también destacó como cantante y actriz. Si Alberti era la voz andaluza de las letras, se dice en el documental, Josefina era la voz insular.

En su familia había novelistas, músicos y hombres de negocios, así que no es difícil comprender ese lado polifacético que hizo de Josefina de la Torre una mujer con múltiples caras y disciplinas. Su primer poemario tenía prólogo de Pedro Salinas. La muchacha-isla, cuando acaba la guerra civil y empieza el exilio de muchos de sus compañeros, escribe el poema «Mis amigos de entonces». En él reconoce cómo los poetas varones de su generación, la que pasó a la historia prescindiendo de los nombres femeninos, la ayudaron a sentirse una más. Luis, Jorge, Rafael, Manuel, Gustavo, Enrique, Pedro, Juan, Emilio, Federico. Todos ellos ayudaron a la blandura del que fue su nido. «Amigos que de mí hicisteis nombre». El final del poema da buena cuenta de cómo una mujer que pudo formar parte de una edad de oro ve pasar de largo su oportunidad. Dice: «ignoro en qué ciudad / y si llegará el día / en que vuelva a sentirme descubierta». Así es: la mujer necesitaba ser descubierta por el hombre para que se la tuviera en cuenta. Exiliados o muertos aquellos que la descubrieron, ¿cuándo volverán a hacer de ella, nombre?

Maruja Mallo, pintora (1905-1995)

Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE
Maruja Mallo (izda.) y la periodista Josefina Carabias (dcha.). Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE

Gracias a que la familia Mallo se traslada a Madrid, Maruja entra a estudiar a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y se relaciona con Dalí, Lorca, Concha Méndez, María Zambrano, Margarita Manso. El documental empieza con ella contando cómo los insultaron en la plaza del Sol al quitarse el sombrero.

Maruja Mallo, que de las olvidadas es, quizá, de las menos olvidadas —junto a María Zambrano—, podría haber cobrado la importancia de Frida Kahlo, pero la historia de las mujeres de su generación y su nacionalidad la mantienen al margen. En sus cuadros aparece la mezcla que convivía en el Madrid de entonces: lo pueblerino y lo intelectual. El extrarradio, las ferias, el movimiento, las manifestaciones, la libertad. Hay color en ella y en su obra, un universo más que particular. Las mujeres que se atrevían, como ella, a dedicarse al arte, no exponían en sus obras lo que Maruja Mallo sí proyectaba. La discreción era un valor para ellas, pero Mallo era todo lo contrario a la discreción. Sin embargo, al contrario de lo que ocurre en la actualidad con Frida Kahlo, Maruja Mallo no es mencionada por sus compañeros. Cuando vuelve de Argentina, su exilio, nadie la reivindica como autora nacional. Al otro lado del charco había tenido un gran éxito, pero en España es una olvidada más.

La República propiciaba una sociedad más libre y democrática, apta para la revolución social y doméstica de la mujer, pero la gran oportunidad de todas ellas desapareció con la guerra y el exilio. Por suerte, algunos de sus compañeros más ilustres, como Lorca o Alberti, le dedicaron unas palabras que sí reconocen su talento. «Ascensión de Maruja Mallo al subsuelo», de Alberti, es un ejemplo.

TÚ,

tú que bajas a las cloacas donde las flores más flores son ya unos tristes salivazos sin sueños y mueres por las alcantarillas que desembocan a las verbenas desiertas para resucitar al filo de una piedra mordida por un hongo estancado, dime por qué las lluvias pudren las hojas y las maderas. Aclárame esta duda que tengo sobre los paisajes.

Despiértame.

Ernestina de Champourcín, poeta (1905-1999)

Ernestina era moderna. Hablaba en sus poemas de jazz, baile, velocidad. Incluso al imaginar su posible suicidio —como Marga Gil— cree que lo haría saltando de un coche en marcha. Igual que Concha Méndez, viene de una familia burguesa, lo que la convierte en la distinta. Por eso Ernestina vive diversos exilios. El primero, el familiar. Para una familia aristocrática como la suya una hija republicana es una desgracia. Así es como se produce el desapego natural con los Champourcín. No será el único, porque al morir su marido y quedar viuda, tendrá un nuevo exilio —este como crisis anímica, espiritual. El último retiro, en el que permaneció, fue el de la fe. Ernestina escribió como religiosa y consideró sus poemas como una comunicación directa con Dios. Así, quedó exiliada dentro de los exiliados, creyendo que la libertad no podía entenderse como paredes a su alrededor. La página no podía ser pared, no podía vivir tan aislada. Discípula voluntaria de Juan Ramón Jiménez, fue incluida en la antología de Gerardo Diego en 1934. La exiliada de exiliadas, «resucitó hacia dentro y fue distinta y la misma».

Entre Ernestina y Chacel se oye la voz de Concha Méndez hablando sobre dichas antologías, de las que quedaban excluidas las mujeres. «Oye, mira, tú nos excluirás, pero yo debajo de la falda… llevo un pantalón».

Rosa Chacel, escritora (1898-1994)

«Me levanto si quiero, y si no quiero no me levanto». Ana Rodríguez Fischer se pregunta qué es lo que convierte una generación en generación: ¿cómo se valora la nómina de una generación, a partir de lo que un historiador dijo, escribió o sentó? Si fuera así, las sinsombrero no cabrían en la historia de dicho historiador —algo olvidadizo. Si nos atenemos a lo que dicha generación produjo, Rosa Chacel sería una indiscutible de la del 27.

En Memorias de Leticia Valle Rosa Chacel es una escritora atrevida, valiente. Una novela poco adecuada para la España de entonces, y por eso fue acogida en Buenos Aires. El exilio permitió que muchas autoras de la época pudieran desarrollarse gracias al olvido de su propia patria, donde no habrían podido disfrutar de la misma libertad. Relaciones extramatrimoniales, incluso relaciones peligrosas como las de Lolita, habrían recibido no más que críticas, cortando la fluidez de una carrera literaria poco valorada en la actualidad. Fischer, gran conocedora de Chacel, nos presenta a la escritora como una mujer desvinculada de la línea lacrimógena. Hay una derrota en su vida, la fallida República, la única oportunidad que tenían para avanzar como sociedad y como mujeres, pero Chacel no es dada a recrearse en la desgracia —una actitud poco femenina entonces. No dio paso jamás a la nostalgia de su tierra, porque la España victoriosa que había dejado a su espalda no era la España que ella quería: ¿por qué añorarla?

María Teresa León, escritora (1903-1988)

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Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE

El reto de María Teresa de León no era tanto como escritora, sino como partícipe del movimiento político del momento que vivió. Fue una mujer comprometida con su obra pero también con su condición de ciudadana, aunque la sociedad no se la requiriera. Secretaria de la Alianza de Escritores Antifascistas, también se encargó de un segundo encuentro: Intelectuales en Defensa de la Cultura. Su mirada era una mirada política y poética, y además era la mirada de una mujer: lo tenía todo para ser olvidada. No le bastaba con luchar desde la cultura, sino que además debía defenderla de los bárbaros. Por desgracia, pasará a la historia únicamente como la mujer de Rafael Alberti.

Como tantos otros, María Teresa León tuvo que exiliarse. En Memoria de la melancolía escribió: 

Estoy cansada de no saber dónde morirme. Esa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemos nosotros que ver con los cementerios de los países donde vivimos? […] ¿No comprendéis? Nosotros somos aquellos que miraron sus pensamientos uno por uno durante treinta años. Durante treinta años suspiramos por nuestro paraíso perdido, un paraíso nuestro, único, especial. Un paraíso de casas rotas y techos desplomados. Un paraíso de calles desiertas, de muertos sin enterrar. Un paraíso de muros destruidos, de torres caídas y campos devastados […] Podéis quedaros con todo lo que pusisteis encima. Nosotros somos los desterrados de España […] Dejadnos las ruinas. Debemos comenzar desde las ruinas. Llegaremos.

María Zambrano, filósofa (1904-1991)

Dicen que no hay mejor discípulo de Ortega y Gasset que María Zambrano, aunque, como dice Rodríguez Fischer, la filósofa fuera una pipiola. Para Zambrano la realidad no se da únicamente en ideas, sino que antes se da en un sentir. Bajo esa premisa, su filosofía es la filosofía de la intuición, del vitalismo. La filosofía era para ella un modo de vida. Antes de hablar de la historia social, hay que referirse a la historia personal, individual. Esta visión la aleja, como muy acertadamente apuntan en Las Sinsombrero, del filósofo estricto y serio. La acerca, pues, a la poeta y a la escritora.

María Zambrano, al contrario que la mayoría de intelectuales de la época, estaba exiliada antes de la Guerra Civil Española y vuelve al finalizarse —considera que el país la necesita. Ciertamente, después de una guerra, la cultura, como bien defendía María Teresa León, es un arma. Su razón poética es lo que necesita un país que acaba de sucumbir a una dictadura —es lo que todavía hoy necesitan las sociedades. Lo que Zambrano desea es utilizar la filosofía y la poesía para conseguir la libertad individual, la construcción personal.

Todos estaban apenados por la realidad que les había dejado tras de sí la guerra. María Teresa se lamentaba: «Pobre Federico, no puede estar con nosotros, no puede aparecer con su chistera, tan divertida… quitársela, y que vuele una paloma». Pero la poética de Zambrano es lo que persigue, es lo que propone a ese pueblo que se ha quedado sin tantos federicos: a través de la filosofía, preguntar; a través de la poesía, hallar.