Stranger Things, a la tercera va la divertida

Ojo, viene con un montón de SPOILERS.

La cosa estaba así: los hermanos Matt y Ross Duffer se presentaron en 2016 con una Stranger Things muy competente que sabía embadurnarse con gracia en el fantástico ochentero, desde una tipografía que berreaba el nombre de Stephen King hasta un personaje que era como si a Carrie la hubiesen fraguado en Viaje alucinante al fondo de la mente, pasando por ese rebozado en el estilo Amblin. La empresa salió bien porque los Duffer Bros se montaron un monstruo de Frankenstein propio que a la hora de combinar los ingredientes demostraba personalidad, a diferencia de aquella Super 8 que básicamente era J. J. Abrams mirando por encima del hombro a Spielberg para copiarle el examen al tiempo que le acariciaba el lomo y le susurraba cochinadas.

Pero Stranger Things parecía una función de un solo truco y daba la impresión de ser una golosina cuyo sabor se diluiría si se optaba por seguir mascando. Una sensación que la segunda temporada se dio bastante prisa en confirmar al presentarse, solo quince meses después, luciendo mayor escala pero estirando una mitología que no daba para tanto y repitiendo tretas: lo de tirar de manualidades caseras para desenvolver la trama (algo muy spielbergiano) tuvo bastante gracia con ese abecedario a base de luces de Navidad durante la primera temporada, pero cuando en la secuela se dedicaron a hacer un mapa a base de garabatos, la idea del Art Attack fantástico se antojaba redundante por reutilizarse en el mismo escenario. Stranger Things 2 era más de lo mismo pero con menos salero y cuando intentó ser otra cosa cometió el pecado de hacerlo de la peor manera, utilizando de la forma más textual posible la triquiñuela narrativa de «meter al personaje en un bus» y cascándose un capítulo con punkis que parecía transcurrir en una dimensión paralela.

Pero, ignorando disimuladamente aquella excursión, la serie seguía resultando competente para los que la pillaban con ganas, aunque comenzaba a inducir bostezos en otra parte del público, aquellos que acabaron bajándose de sus Ochenta’s a la mitad de la segunda ronda o quienes la contemplaron por pura inercia. Quizás haber apostado por el formato de antología a lo American Horror Story le hubiese venido mejor, especialmente ahora que la propia American Horror presenta una nueva temporada que amenaza con acuchillar el año 1984, pero imaginar cosas que no han ocurrido ya entra en el campo minado de la fan fiction. Los propios Duffers debían de ser conscientes de cierto encallamiento con tantas prisas porque, a pesar de que fueron azuzados con el látigo parar acelerar el parto de la tercera criatura cuando la segunda aún no había sido presentada en sociedad, se han tomado un par de años para coser la nueva entrega.

Con una primera temporada muy redonda y una segunda funcional pero sin sorpresa alguna, la tercera necesitaba de algún truco nuevo para reavivar la llama. Y la estrategia elegida ha pasado por adentrarse en la comedia, un cambio de tono que le ha funcionado muy bien. 

El escenario y los jugadores

Stranger Things transcurría en el octubre de 1983 en Hawkins (Indiana), su secuela tuvo lugar en la misma ubicación pero un año más tarde y Stranger Things 3 ha optado por acomodarse sobre la toalla del verano piscinero de 1985. Para no comernos mucho la cabeza lo mejor es que aceptemos desde el principio que, por la razón que sea, los protagonistas de la historia llevan sus vidas con cierta normalidad tras haberse asomado al infierno, ver morir a seres queridos, visitado un universo paralelo lleno de mierdas y batallado contra hordas de perros demoníacos en las anteriores temporadas. Porque tan solo hay un par de menciones a lo traumático de todo lo ocurrido. En esta ocasión se reabren, otra vez, las puertas del Upside Down por el que se cuelan Cosas Extrañas con muy mala pinta, pero también se suman al jaleo la inauguración de un centro comercial que trastoca la vida del pueblo y un ejército  de rusos locos amigos de trastear con lo sobrenatural. 

En lo que respecta a los personajes, ahora Once (Millie Bobby Brown) y Mike (Finn Wolfhard) son dos novios besucones para desgracia de Jim Hopper (David Harbour). Joyce (Winona Ryder) sobrevive añorando a un Bob (Sean Astin) fenecido en anteriores capítulos (¿te acuerdas de Bob? ¡Ha vuelto! ¡En forma de flashback! Y durante cinco segundos), Nancy (Natalia Dyer) y Jonathan (Charlie Heaton) trabajan juntos en un periódico local, Billy (Dacre Montgomery) se ha convertido en socorrista e imán de MILFs, Steve (Joe Keery) ha involucionado de malote con encanto a pardillo hasta el punto de trabajar vestido de marinero en una tienda de helados y Dustin (Gaten Matarazzo) regresa del campamento de ciencias para reencontrarse tanto con Steve como con el resto de la pandilla de su edad: Billie, Mike, Max (Sadie Sink), Lucas (Caleb McLaughlin) y Will (Noah Schnapp). Otros conocidos que se habían asomado anteriormente, en papeles con una función muy básica, adquieren ahora mayor entidad: Erica (Priah Ferguson) pasa de ser carne de GIFs a integrante de la tropa y Murray (Brett Gelman) resulta divertido y tiene más pinta que nunca de gastar las mañanas programando en BASIC una hoja de cálculo y las tardes quitándole el polvo a la colección de sombreros de papel de plata. 

Cómo no quererla. Imagen: Netflix.

Entre las nuevas incorporaciones con jeta conocida tenemos a un deleznable currante del periódico llamado Bruce e interpretado por ese Jake Busey que tiene la misma cara de tarado que su padre, y al Cary Elwes de La princesa prometida ejerciendo de alcalde del lugar. El descubrimiento es la actriz ¿sabes-que-es-la-hija-de-Uma-Thurman-y-Ethan-Hawke? Maya Hawke como Robin, compañera de curro de Steve y un personaje que funciona estupendamente, incluyendo cierta revelación final muy bien llevada. Lo de Alec Utgoff interpretando al doctor Alexie es directamente carne de fenómeno fan, pero más por cómo está escrito su papel que porque le dejen espacio para lucirse. Es un científico ruso de una organización malvada que se lo pasa teta en una feria de pueblo y se ríe viendo los Looney Tunes en la tele, lo difícil sería no quererle.

A estas alturas, este hombre ya tiene más de un centenar de clubs de fans. Imagen: Netflix.

Lo divertido y lo charcutero

En el Manual de Animar Franquicias Nacidas en los Ochenta figuran una serie de trucos comunes: matar a los indispensables de la función (Viernes 13: capítulo final, Pesadilla final: la muerte de Freddy o Viernes 13: el final. Jason se va al infierno), virar hacia la comedia (la saga Elm Street, la franquicia Muñeco diabólico o Gremlins 2) o enviar a todo el reparto a liarla por otras galaxias (Critters 4, Hellraiser IV o Jason X). Desgraciadamente, no parece que Once y su pandilla planeen visitar el espacio exterior en un futuro cercano, pero para compensar se cumple a medias lo de matar a personajes con cierto protagonismo y, sobre todo, se empapa más frecuentemente en el tono de la comedia. Y esto último es lo que más se agradece. Lo de la gente que la espicha lo comentaremos más adelante porque esto está plagado de spoilers.

Ese viraje de tono hacia el humor es una jugada inteligente tras una primera entrega que apostaba por el suspense y una segunda que introducía más acción (porque está claro que los Duffer son muy de Aliens). En anteriores temporadas, los ramalazos de humor se concentraban principalmente en secundarios cómicos como Dustin, Murray o Erica, pero ahora la historia gusta de remojarse más a menudo en la comedia y la argucia le funciona estupendamente. En el fondo, es una decisión que no desentona nada con el escenario de los centros comerciales estadounidenses y una década donde gozaron de cierta gloria un buen montón de películas y series ideadas para soltar unas risas despreocupadas. Curiosamente, Stranger Things 3 además de subirle el volumen al tono jocoso también apuesta por elevar los cubos de gore en pantalla. Y lo hace plantando como villano a un monstruo que está construido a base de seres vivos previamente convertidos en papilla. Que las vísceras sanguinolentas y la pulpa de las entrañas salpiquen más alto en la pantalla se agradece aunque vengan en formato CGI, porque no es justo jugar a llenarlo todo de cronenbergs a lo Rick y Morty  sin tener a mano una pesadilla carnicera que desfile orgullosa y retorcida por la pantalla.

Lo hemos llenado todo de cronenbergs, Morty. Imagen: Netflix.

Lo único malo es que los Duffer no se atreven a combinar la vertiente gore con la humorística, como si la charcutería y la comedia conviviesen en la misma serie en habitaciones separadas. Porque Stranger Things 3 no llega a marcarse un Posesión infernal gamberro (a pesar de tener una secuencia en una cabina y con un hacha) y se conforma con acoger ambas atmósferas de manera independiente: cuando la secuencia está de broma no suele dejar el campo abierto para aberraciones demoníacas. Y cuando el episodio se pone más oscuro no existe hueco para chistes o humor negro, pero sí para meter el dedo más adentro en la escabechina cárnica, ocurriendo esto último de manera completamente literal en el octavo episodio con lo de la pierna. ¿A quién se le ocurre que el mejor modo de sacar un bichejo de ahí es meter la mano por la herida como quien rebusca las llaves en el bolso? A Jonathan, a quién iba a ser.

La colección de cromos

El desfile referencial que se ha convertido en seña distintiva de la serie sigue resultando majo como parte del juguete. Estupendo lo de empezar con El día de los muertos (en una sesión de cine) y al mismo tiempo buscar un pretexto argumental (que el final boss se construya a sí mismo con los cuerpos de las personas que invade) para sacar a pasear unos zombis propios, que además dan juego para perpetrar secuencias en honor a La invasión de los ladrones de cuerpos y la casquería multiforme de La cosa. Simpático el detalle de colar a Terminator como personaje aunque los paseos de esa cara de palo por la historia acaben resultando algo cargantes. Evidentes los saludos a mano abierta a Aquel excitante curso, The Blob: el terror no tiene forma, Gremlins, Las vacaciones de una chiflada familia americana, Coocon (en la marquesina del cine) y las menciones a comics de X-Men, Wonder Woman o Green Latern. Aquí los directores incluso rompen sus propias normas y optan por salirse de la década ochentera para marcarse planos con regusto a Alien 3, o a una Parque Jurásico a la que también se cita de manera poco discreta cuando el alcalde parafrasea  a John Hammond al asegurar que no ha reparado en gastos. 

Probablemente lo mejor de todo sea la reverencia hacia aquella fabulosa Regreso al futuro de Robert Zemeckis. En Stranger Things 2 una de las referencias más sutiles (e ignoradas en general) era un guiño musical a Gremlins: unas notas traviesas que se colaban en la música ambiental (cuando a Dustin se le escapaba el bichejo que tenía como mascota) e imitaban con descaro la banda sonora de la peli de Joe Dante protagonizada por Gizmo. En Stranger Things 3 optan por recurrir al camino directo y utilizan directamente el legendario tema «Einstein Disintegrated», compuesto para la BSO de Regreso al futuro por Alan Silvestri, cuando Dustin y Mike logran comunicarse por los walkie talkies (como Doc y Marty McFly). Pero lo más descacharrante relacionado con los viajes del DeLorean sucede durante el diálogo que mantienen Steve y Robin tras contemplan la película de Zemeckis completamente drogados. Una charla que además reflejaba un error común que tuvieron muchos espectadores del film, el preguntarse por qué el título de la peli hablaba del futuro si el personaje viajaba al pasado:

Robin: Bueno, no estaba del todo concentrada ahí dentro, pero me ha parecido que la madre quería morrearse con su hijo.
Steve: Espera ¿la tía buena era la madre del prota? (1)
Robin: Sí, estoy segura.
Steve: Pero tenía la misma edad.
Robin: No, ha viajado al pasado.
Steve: ¿Y por qué se llama Regreso al futuro?
Robin: Él tiene que volver al futuro porque está en el pasado así que el futuro en realidad es el presente, que es su época.
Steve: ¿Qué?

El escenario de la temporada también sigue siendo divertido por su acumulación de utillaje pop ochentero: por las televisiones se asoma Magnum P.I. junto a El Pájaro Loco y los parroquianos de Cheers. El Ralph Macchio de Karate Kid hace suspirar a las niñas desde las páginas de las revistas. El centro comercial americano (ese mall repleto de ratas humanas) se convierte en eje de la vida consumista. Los personajes beben la efímera y desastrosa New Coke, tienen mochilas de Mi Pequeño Pony, visitan un Burger King que luce logo y tipografías desfasadas (mientras Netflix rellena cartera con la avalancha de product placement) y sucumben a la moda al ritmo del «Material Girl» de Madonna (Once) o la peluquería de laca y rizado ochentero (Nancy).

Otro de los guiños más simpáticos (y que ha pasado bastante desapercibido) es el arrojado a Escuela de jóvenes asesinos, o la película en la que Winona Ryder le comentaba a Christian Slater que prefería el granizado de cereza, el mismo por el que el bueno de Alexei la lía en el sexto episodio de esta temporada. Por aquí seguimos conservando la esperanza de que en futuras entregas Joyce asista al estreno en cines de Bitelchús y salga bastante confundida de la sala tras contemplarse a sí misma en formato gótica adolescente.

Stranger Things 3

Stranger Things 3 supera a la anterior temporada  por ser mucho más divertida y andar mejor guiada. Carece de la capacidad de sorpresa que tenía la primera, pero es consciente de ello y en el fondo ofrece la impresión de que le da igual. Le ayuda bastante también el gozar de un buen ritmo pese a trastear de nuevo con un reparto dividido en diferentes arcos argumentales, que confluyen convenientemente en el bendito centro comercial. Al mismo tiempo, sabe aprovechar que los principales protagonistas son más adolescentes que niños para encauzar sus motivaciones hacia el terreno del cine de John Hughes. Y lo mejor de todo es que nadie menciona en ningún momento lo ocurrido en aquel capítulo de la temporada dos con la pandilla punk de Once, como si nunca hubiese ocurrido.

La tropa. Imagen: Netflix.

La relación entre Once y Will da juego al optar por escarbar en los sentimientos de una pareja adolescente, y de paso permite que Max se convierta en cómplice de la desorientada (en cuestiones sociales) chavala con nombre numérico, Dustin sigue conservando mucho carisma ingenuo y el rol de Lucas está condenado a ser más presencial que otra cosa. El caso de Will es curioso porque, una vez que el personaje ha cumplido su función de artefacto narrativo en anteriores temporadas (fue el niño perdido en la primera y el poseído en la segunda), el chico se ha transformado en una mosca cojonera. Los Duffer declararon que no tenían intención de volver a «llevar a Will de ida y vuelta al infierno» y el propio actor no andaba contento con su papel en Stranger Things 2. Pero es que aquí lo han acabado convirtiendo en un Tinder para localizar a las criaturas demoníacas de los alrededores, en un chaval cargante cuya nuca tiene más protagonismo en pantalla que el personaje en sí.

Jim resulta mucho más detestable ahora y Joyce sigue un pelín histérica, pero combinados funcionan bien. Nancy y Jonathan continúan teniendo la química en números negativos aunque al menos su trama incluye ratas que explotan en unas papillas digitales logradas y asquerosamente encantadoras. Lo malo es que el hilo argumental en el que ambos participan también ofrece la sensación de que podía haber aprovechado más y de mejor manera la subtrama con los superiores machistorros del periódico local. Billy pasa de chulopiscinas a ser una marioneta del villano, y su personaje incluso tiene el detalle, muy malrollero e intencionado, de soltar a sus víctimas un discursito muy similar al de un violador, antes de entregárselas al monstruo que lo controla. En lo que respecta a la tropa aventurera compuesta por Robin, Steve, Erica y Dustin, simplemente lo molan todo. 

La típica escena en la que una camisa te roba todo el protagonismo. Imagen: Netflix.

Es cierto que la idea de los rusos habitando una base secreta en el lugar resulta rematadamente tonta, pero si hemos aceptado que Hawkins es un coladero de criaturas sobrenaturales también podemos reconocer que camuflar una instalación rusa como un centro comercial es la típica excusa absurda que podrían utilizar un montón de películas ochenteras. Y al menos aquí no tenemos a nadie intentando recaudar dinero para salvar un orfanato. Lo que sí que tenemos son instalaciones enemigas con conductos de ventilación tan grandes como para que quepa una persona (excepto cuando el guion requiere que se deslice por ellos alguien más pequeño) y sicarios tan despistados como para no ver que hay una mujer americana disfrazada de soldado ruso correteando por una base ultrasecreta en la que no existe fémina alguna a la vista. Como si la propia historia ya hubiese decidido que la ciencia ficción y el terror se le quedaban cortos y ya iba siendo hora de comenzar a tomar prestados tropos del cine de acción de los ochenta. Pero qué coño, vamos por la tercera parte de algo que hubiésemos preferido que no tuviese secuela y echando la vista atrás la cosa ya hace tiempo que se nos ha ido de las manos: en la primera temporada teníamos un demonio que no se asomaba mucho por la pantalla y a Joyce metida en un armario abrazando luces de Navidad. Aquí tenemos a un monstruo de tamaño descomunal arrasando un centro comercial entre toneladas de CGI mientras los chavales le atacan con bombas de fuegos artificiales y un Billy zombificado le planta cara. A estas alturas, y viendo como inevitable una cuarta temporada, ya lo que nos queda es esperar que al menos nos diviertan. Y eso Stranger Things 3 sabe hacerlo. 

Los últimos capítulos también se atreven a cargarse a personajes (Jim, Billy y Alexei) para hacer la finale más emocionante. La jugarreta tira de una emotividad premeditada, una que requirió de colar con calzador un paseo por los recuerdos más tiernos de Billy para que el público le pillase cariño, pero la verdad es que a los Duffer les funciona.

La tonadilla de La historia interminable

Una de las escenas que probablemente será más recordada de Stranger Things 3 sucede durante su clímax. Y no se trata de los espectaculares planos del monstruo encarando a Billy en el centro comercial, sino del dueto de Suzie (Gabriella Pizzolo) y Dustin cantando «Neverending Story» de Limahl, aquella canción que en 1984 llegó acompañando a la adaptación cinematográfica de La historia interminable. Se daba el caso de que Pizzolo y Matarazzo, además de excesos de zetas en los apellidos, también compartían experiencia canturreando profesionalmente (ambos habían participado en musicales de Broadway). Un  detalle que los hermanos Duffer tenían intención de aprovechar poniéndolos a entonar en pareja a través de las ondas de sus equipos de radioaficionados. La idea inicial era utilizar la canción «The Ent and the Entwife» de El Señor de los Anillos, pero dicha ocurrencia se descartó porque en Amazon Studios estaba ya preparando su propia serie sobre la Tierra Media de J. R. R. Tolkien, y resultaba mucho más seguro no tocarle los huevos a la competencia con temas de derechos.

Al guionista Curtis Gwinn se le ocurrió utilizar el hitazo de Limahl y lo que aconteció después no sorprenderá a nadie que estuviese en este planeta durante el año 84: tras rodar varias tomas, la pegajosísima canción se acomodó en la cabeza de todos los actores y miembros del equipo que andaban cerca, personas que más adelante confesarían haber tardaron demasiadas horas en lograr sacársela de encima definitivamente. En la pantalla, la secuencia musical es maravillosa porque pilla a todo el mundo en bragas, porque resulta divertida y sensible al mismo tiempo, porque se atreve a interrumpir el clímax sin molestarse en pedir permiso alguno y porque es la evidencia más rotunda de que la serie ha decidido rendirse por completo a la comedia.  

Esto ya es historia de la televisión. Imagen: Netflix.

Probablemente también porque «Neverending Story» es pegajosa de cojones y llega un momento en el que nubla los sentidos.

Stranger Things IV

La secuencia postcréditos insinúa que Jim podría estar vivo (al fin y al cabo se aseguraban de no mostrarlo muriendo en pantalla, el hombre simplemente desaparecía) al tener a un ruso mencionando la existencia de un prisionero americano. Un detalle que podría tratarse de un red herring consciente y juguetón.

Pero todo el mundo sabe que para la cuarta temporada la mejor opción sería dejarse de hostias y parar de marear la perdiz en Hawkins para enviar, de una vez por todas, a todo el reparto de aventuras por el espacio exterior.

Mallrats en apuros. Imagen: Netflix.


(1) Esto en la versión doblada al castellano. En su versión original lo que Steve dice es «Espera ¿la tía buena era la madre de Alex P. Keaton?» lo que lo hace un poquillo más gracioso.


Stranger Things 2: el primer disco era mejor

Cógete una rebequita, que por la noche refresca. Imagen: Netflix.

El año pasado Stranger Things se convirtió en uno de esos productos interesantes que la gente acaba odiando con facilidad por culpa de lo pesados que han llegado a resultar sus fans, un destino que también sufrieron artículos pop tan dispares como Amelie, El club de la lucha, Minecraft, la comida vegana, Pesadilla antes de navidad, la banda sonora de Frozen o todas las religiones a lo largo de la historia, Apple incluida. Pero la existencia de una fanbase cojonera no le restaba mérito a un juguete que se había presentado de manera discreta y bajo la batuta de unos gemelos, Matt y Ross Duffer, con antecedentes escasos: en su currículo solo figuraban un par de cortometrajes, una película que pasó de puntillas (Hidden: terror en Kingsville) y labores como guionistas del Wayward Pines de M. Night Shyamalan. A estos hermanos el éxito les llegó con Stranger Things, una obra donde aprovecharon el tirón de la nostalgia ochentera de regusto a neones y low-fi como ya hiciera J. J. Abrams cuando se dejó inseminar por Steven Spielberg para alumbrar Super 8, pero demostrando ser más mañosos que el director neoyorquino a la hora de masticar los referentes de las producciones Amblin para construir algo nuevo en lugar de fotocopiar lo ya visto. Utilizar el formato de serie de ocho capítulos para revivir ese cine añejo también fue un acierto porque permitía a la historia tomarse las cosas con calma sin llegar a hacerse pesada, y a los Duffer se les dio bien lo de racionar el misterio principal durante media temporada a base de levantar la manta poco a poco.

El principal problema que le encontramos el pasado verano a Stranger Things era un detalle estrictamente comercial y ajeno a las propias virtudes del producto: la amenaza de una segunda temporada. Algo que en realidad era ineludible teniendo en cuenta que en la industria audiovisual actual todas las secuelas, reboots, remakes y spin-offs de cualquier cosa ya están firmados antes de que el equipo se recupere de las drogas consumidas durante la fiesta de fin de rodaje. Lo malo de gestar una secuela con celeridad es que supone meterse demasiada prisa para aprovechar el rebufo, especialmente cuando el reparto de tu serie está formado por un grupo de actores infantes, esos artistas de hormonas irrespetuosas que tienen la desfachatez de crecer con extraordinaria rapidez. Urgencias similares obligaron a Robert Zemeckis a rodar las dos secuelas de Regreso al futuro al mismo tiempo, porque Michael J. Fox no iba a tener jeta de adolescente eternamente por mucho que derrapase a través del tiempo. El anuncio de la segunda temporada de Stranger Things (con campañas promocionales que lo mismo homenajeaban pósteres clásicos como fichaban a Leticia Sabater o Paco Lobatón) auguraba un futuro incierto por aquella premura: en tan solo un año los hermanos Duffer tenían que ensamblar una nueva hornada de capítulos y estirar una historia a la que no le hubiese sentado mal haber puesto el punto final en el octavo capítulo. Si en algún lugar del universo una deidad estrangulase y despellejase un gatito cada vez que un crítico escribe las palabras «secuela innecesaria» a estas alturas dicha divinidad debería de comandar una franquicia de peleterías. Stranger Things 2 se resume rápidamente: no es una mala serie y resulta entretenida, pero era difícil estar a la altura, y no lo ha estado.

«Me ha moqueado». Imagen: Netflix.

Discografía

Manos de topo, aquel grupo barcelonés que en lugar de fans pesados tiene detractores pesadísimos que no dejan de recordarte lo estrafalario de la voz cantante, bautizó su segundo disco como El primero era mejor adelantándose a aquella ajada opinión popular que sentencia que el segundo disco de una banda con cierto éxito nunca está a la altura del primero. Un argumento de cimentación lógica y difícilmente criticable: cuando una formación musical con talento entra en un estudio de grabación por primera vez suele hacerlo con un repertorio de temas pulidos a base de años de ensayos y conciertos en directo donde ha sido posible comprobar qué piezas calaban mejor entre el público, obteniendo como resultado de todo eso un primer disco de elaboración sosegada y sin presiones externas. Las prisas suelen llegar cuando, en caso de éxito, hay que parir un segundo álbum más por inercia que por ganas y se acaba construyendo un disco a base de piezas menos rodadas o descartadas con anterioridad. La segunda temporada de Stranger Things ofrece una impresión similar al segundo disco de alguien que ha abrazado la fama repentinamente: todo lo que la primera vez funcionaba con ritmo aquí intenta ser replicado de manera atropellada y mucho menos pulcra. Creativamente hablando habría sido más refrescante olvidarse de los niños de Hawkins y contar otro relato distinto manteniendo el tono general y el rebozado fantástico, pero para cualquier estudio aquello hubiese sido una opción imprudente: el público siempre reclama más de lo mismo sin pensárselo demasiado y por culpa de esas demandas todavía tenemos a Johnny Depp con los pantalones de Jack Sparrow a mano en el perchero.

Secuelas

Un gigantesco número dos corona los créditos de cada capítulo de esta nueva temporada recordando que aquí se ha apostado por el formato de secuela clásica de blockbuster. Aquella que trata de compensar la ausencia de elemento sorpresa y frescura multiplicando volumen y escala, confundiendo a propósito el «mejor» con el «más grande» e inflándolo todo: el nuevo mal tiene ahora dimensiones titánicas y la criatura que ejercía de villano en la anterior temporada se ha transformado en horda. Una estrategia para sustituir misterio por ganas de epatar que renuncia por el camino de manera inexplicable a elementos que podían haber dado mucho juego: el mundo del Otro lado, ese Upside down a modo de universo paralelo jodido, se desaprovecha aquí hasta quedar convertido en una salida de emergencia para un montón de bichejos cabrones. En general, esta segunda tanda llega escrita con menos soltura y a modo de versión aguada de su antecesora, la serie asume como muerto y enterrado el suspense original y opta por repetir los mismos trucos pero de manera menos interesante: aquel icónico Art attack que, durante la primera temporada, Joyce (Wynona Ryder) montaba en casa, con unas luces de navidad y un abecedario en la pared, intenta replicarse aquí a modo de puzle con folios garabateados y una absurda escena donde se calca una silueta (que se distingue perfectamente) de la pantalla de un televisor. Incluso la referencia al juego Dungeons & Dragons o el «Should I Stay or Should I Go» de The Clash se insertan ahora de manera forzada y repentina porque en algún lado había que colarlos.

Sean Astin, o para qué homenajear a los ochenta cuando podemos comprar un pedazo de ellos. Imagen: Netflix.

A efectos narrativos es el guion el que opta por hacer cosas bastante extrañas. Se molesta en escuchar a aquellos fans de las redes sociales que invocaron el síndrome de Boba Fett sobre el desaparecido personaje de Barb el año pasado y decide utilizarla como excusa para una subtrama, pero también se atreve a cuestionar la capacidad de atención de su público al tener los huevos de meter flashbacks de escenas que han sucedido cinco minutos antes. El resultado final, incluso obviando los agujeros de guion y las concesiones de la ficción, acaba antojándose deslavazado y toma decisiones tan cuestionables como dispersar y separar a los personajes durante casi toda la historia o desaprovechar en exceso elementos tan interesantes como aquella posesión que sufre Will (Noah Schnapp). La buena noticia es que el juguete pese a decepcionante no es espantoso, sigue resultando un show entretenido aunque haya decidido alojarse bajo su propia sombra.

Here comes a new challenger

Los nuevos personajes son una de las novedades más interesantes de la temporada a pesar de ofrecer resultados muy dispares. Fichar a uno de Los Goonies (el competente Sean Astin) para interpretar a Bob, un empollón y bonachón osito de gominola, resulta tan poco discreto como para que el propio personaje bromee en pantalla con buscar un tesoro pirata. Max (Sadie Sink) se luce bastante como nueva incorporación a la pandilla de chavales, el conspiranoico interpretado por Brett Gelman se queda en un detalle trivial y mientras tanto Paul Reiser cumple como doctor Owens sin demasiados alardes. En el caso de Billy (Dacre Montgomery) es más asombroso cómo el departamento de casting ha logrado clonar con tanto éxito al Rob Lowe de St. Elmo que lo que la serie ha hecho con él: el nuevo antagonista macarra tiene potencial pero no llega a ningún puerto a pesar de que la trama amenaza con escarbar sus demonios personales y decide enredarlo en escenas tan disparatadas como una conversación con la madre de Nancy, que más que a los ochenta parece homenajear a los vídeos sobre MILF de PornTube, y una charla en las duchas con tanto homoerotismo accidental como para formar parte de Pesadilla en Elm Street II. En el caso del reparto conocido la serie hace un movimiento curioso y agradecido al redistribuir los roles protagonistas: Lucas (Caleb McLaughlin), Dustin (Gaten Matarazzo) y Steve (Joe Keery) pasan a convertirse en valiosos protagonistas (en especial en el caso de Steve) con arcos argumentales propios, mientras la historia de Eleven (Millie Bobby Brown) avanza a tumbos, Nancy (Natalia Dyer) y Jonathan (Charlie Heaton) se pasean por ahí, David Harbour revisita un Jim Hopper encabronado, y Mike (Finn Wolfhard) queda relegado a ser un secundario con eventuales arranques histéricos que ha logrado que el propio Wolfhard, descontento con el guion, se refiera a su personaje como Emo Mike. El caso de Kali (Linnea Berthelsen) y su pandilla punki con furgoneta a lo Scooby-Doo durante el séptimo capítulo es para darle de comer aparte, hasta el punto de que un par de párrafos más abajo tiene sección propia.

Benditos ochenta

La rendición nostálgica a décadas pasadas sigue ahí, pero no molesta tanto como los más quejicas gustan de proclamar. Las máquinas recreativas de Dragon’s Lair y Dig Dug, la banda sonora a base de hits sobadísimos de la época, las cintas de vídeo caseras, el primer Terminator plantado en las marquesinas de los cines y los anuncios añejos de KFC en televisiones de tubo conforman una veneración a la producción pop ochentera que resulta más divertida que molesta. Reverencias variadas disparadas a diferentes niveles: los Duffer utilizan Halloween como excusa para pasear disfraces de Cazafantasmas, Jason Voorhees, Michael Myers y sábanas con tufo a E.T. Pero también emulan a pequeña escala escenas de Encuentros en la tercera fase, El resplandor, Poltergeist, Indiana Jones en el templo maldito, Cuenta conmigo o El exorcista. En algunos casos el guiño es evidente, la sumisión a Aliens: el regreso hace uso del inevitable radar, mientras que otros tienen más gracia por resultar menos obvios: un peinado erigido a base de laca nos dirige a La chica de rosa de John Hughes y, durante el que probablemente sea el homenaje más sutil de la serie, unas notas musicales juegan a imitar la maravillosa banda sonora de Gremlins cuando un monstruito cabrón comienza a la liarla en el tercer capítulo.

Los chavales pasan más tiempo juntos en esta escena que durante toda la serie. Imagen: Netflix.

Siete

Hay un consenso sobre el séptimo episodio de Stranger Things 2 que viene a decir que es mejor ahorrárselo porque vaya mierda bien gorda que está hecho. Un capítulo, protagonizado por Eleven y la recién llegada Kali, que merece apartado propio por ser una de esas ideas a las que se les divisa un calzador gigantesco ya desde la lejanía. Se trata de un accidente muy curioso de ver porque pocas veces uno de los personajes principales se larga de su show (de manera literal, subiéndose a un autobús mientras suena el Runaway de Bon Jovi) para embarcarse en lo que parece otra serie completamente distinta que ni pega con el conjunto ni nadie vio venir por mucho que su reparto hubiese inaugurado fugazmente la presente temporada. Para mayor recochineo aquello llegaba justo después de un sexto capítulo que finalizaba con un cliffhanger de los de triturar uñas a mordiscos. Tras el estreno de la temporada, y ante la avalancha de críticas, Matt Duffer se apresuró a asegurar que ese séptimo episodio no era un simple relleno y el desenlace de la historia dependía de su existencia, pero no se la logró colar a nadie. Aquella subtrama era tan ajena al conjunto como para rechinar y casi cargarse el propio espíritu de la serie: se atrevía a cambiar radicalmente el escenario de evocador pueblecito por el de la gran urbe de Chicago, se montaba una remezcla de The Warriors y Misfits encabezada por personajes de peluquería cuestionable con el carisma en números negativos y aprovechaba para disfrazar a Eleven de manera bochornosa. Los Duffer parecían justificar aquel capítulo como una especie de entrenamiento para Eleven al estilo de la excursión de Luke Skywalker por Dagobah en El Imperio contrataataca, pero no funcionaba porque el personaje ya había demostrado durante la primera temporada que podía mandar una furgoneta a tomar vientos si la cosa se ponía tensa. La propia narración ni siquiera se molestó en camuflar el alma de pegote de todo aquello y al finalizar el episodio el personaje se subió de nuevo a un bus para volver a la historia principal como si no hubiese pasado nada. Por fortuna, los dos capítulos posteriores que despachan la temporada remontan el asunto y otorgan un cierre más digno a esta secuela.

El primero era mejor

Los Duffer ya hablan de la tercera y cuarta temporada mientras los rumores apuntan a que la quinta está asegurada. El problema de enfocarlo así, y no como si cada entrega fuese la última, es que la idea original corre el riesgo de diluirse hasta transformarse en un entretenimiento mecánico. Algo que comienza a notarse con una Stranger Things 2 más interesada en precalentar para futuros episodios que en centrarse en sí misma, como una gallina que se sabe a punto de ser exprimida. El primer disco era mejor y lo que ha ocurrido aquí no sorprende tanto, tenemos más de lo mismo sin llegar al mismo nivel y con todo lo que eso conlleva: quienes disfrutaron de la primera entrega tienen aquí una extensión menor pero los que la odiaron en su momento y no conectaron con su juego no van a encontrar razones en Stranger Things 2 para cambiar de opinión. Y todos van a cagarse con mucho esmero sobre el capítulo de La hermana perdida.

Nancy y Johnathan en busca de la química perdida. Imagen: Netflix.

PS: El Boba Fett de la presente entrega es la pequeña Erica (Priah Ferguson), una chavala que gracias al interés de los fans ya tiene reservada silla en la tercera temporada. Matt y Ross aseguran que han intuido en la niña combustible para toda una colección de GIF animados (textualmente: «She’s very GIF-able, if that’s a word»).


Ojalá no tengas segunda temporada, Stranger Things

Imagen: Netflix.
Imagen: Netflix.

La primera temporada de Stranger Things es entretenidísima. Ojalá nunca se haga una segunda.

Es un deseo extraño y a estas alturas improbable porque Matt y Ross Duffer, esa pareja creadora del show que firma con el nombre artístico de The Duffer brothers, han expresado su intención de parir nuevos capítulos manteniendo intacto el reparto y continuando la historia a partir del último episodio de esta primera tanda. Y ahí está el problema: Stranger Things es redonda como entretenimiento televisivo en su estado actual y da la impresión de que su gracia podría tomarse unas vacaciones indefinidas si se opta por alargarla gratuitamente, o al menos si la idea es alargarla del modo en que han insinuado los hermanos al timón.

El bestial auge del formato serie ha reavivado el contenido episódico como medio narrativo y también ha logrado que los creadores de ficción descubran un nuevo terreno de juego sobre el que una audiencia, que estaba acostumbrada a masticar historias en un par de horas, se ha abalanzado con ilusión. De repente las entregas por capítulos permiten extender una historia seria más allá de los ciento veinte minutos sin riesgo de que el espectador se disecase en la butaca y resulta posible tomarse con calma la evolución de los personajes, regatear las elipsis y dedicarle su tiempo a retozar en las tramas secundarias. Los hábitos de consumo se han desplazado desde la sala de cine pública a la privacidad del salón de la casa donde anida la mantita del estado de Facebook. Y todo esto ha potenciado que por culpa del éxito muchas series no sean conscientes realmente de cuándo tienen que acabar, un problema que en el ámbito cinematográfico parecía menos dañino. Prison Break arrancó con la estupenda premisa de la fuga de una cárcel, pero se acabó ahogando en sí misma cuando la propia serie no supo qué hacer con los personajes y decidió volver a encarcelarlos para después enredarse en conspiraciones que hacían bostezar al público. En House los guionistas afrontaron las renovaciones cambiando el escenario y mutando del drama hospitalario hacia la teleserie sentimental. Y un show tan redondo como era Doctor en Alaska no pisó el freno cuando tocaba, en el momento en que su protagonista abandonó la serie, y pese a mantener un buen nivel hizo que aquello fuese forzado, innecesario y un poco incómodo para todos hasta que el propio programa acabó siendo consciente de que era más sano despedirse.

Stranger Things sin spoilers añadidos

Imagen: Netflix.
Imagen: Netflix.

Stranger Things es un cuento que viene moldeado siguiendo el patrón de las producciones ochenteras de ciencia ficción fantástica, aquellas que tenían ese halo oscuro que las emparentaba con el terror con solo cruzar una puerta. Es un producto que no oculta su cebo, sino que se dedica a azuzar dicho factor nostálgico ante los morros del espectador que nació al final de los setenta y consumió la cultura popular de la década de los ochenta, aquellas personas que merendaban con He-Man, se iban de aventuras con Steven Spielberg, Richard Donner o George Lucas y acampaban debajo de las sábanas con una linterna y la prosa sangrienta de Stephen King. Este último incluso se asomaría a Twitter para opinar sobre la producción de Netflix, vendiéndosela de manera instantánea a medio planeta al sentenciar que «Es como ver un grandes éxitos de Steve King. En el buen sentido». Razón no le faltaba, porque la serie estaba empapada por su obra, de It a Ojos de fuego, pasando por Cujo o El cuerpo.

En realidad la serie, apoyándose en la excusa de tener lugar durante el noviembre de 1983, es en su caparazón más visible una especie de greatest hits de la cultura pop ochentera. Una sensación que nace con el fabuloso póster pintado a mano de Kyle Lambert a modo de hermano bastardo de las creaciones de Drew Struzan (el otro tipo de material promocional también resulta más que digno), continúa con unos títulos de crédito de tipografía e iluminación exquisitamente añeja (imitando directamente las cubiertas de los libros de King) y se confirma del todo con el atrezo apilado en segundo plano: en la historia los personajes demuestran un sorprendente buen gusto cinematográfico a la hora de empapelar paredes con pósteres de películas que en el futuro gozarían de culto (Terrorificamente muertos de Sam Raimi, La cosa de John Carpenter o el Tiburón de Spielberg); las televisiones programan dibujos de Filmation; hay secundarios que matan el tiempo leyendo Cujo; el Halcón Milenario forma parte de los juguetes del momento; el uniforme de la policía del pueblo es un calco del que aparecía en Tiburón; los niños se reúnen en el sótano para sumergirse durante horas en el Dungeons & Dragons; y un puñado de éxitos musicales famosos de la época asoman la melodía a lo largo del metraje, y concretamente el imperecedero «Should I Stay or Should I Go» que cantaban The clash incluso llega a adoptar un papel importante en la trama.

En general hasta la rutina de la vida diaria reflejada en la pantalla apunta a la morriña al mostrar televisiones rebeldes a la hora de sintonizar canales, walkie talkies, gente que fuma mucho en cualquier lado y bicicletas como vehículo de aventuras vespertinas infantiles. Todo este revival excesivo tiene en realidad poco de novedoso, porque la glorificación de los ochenta lleva ocurriendo desde 1991 por lo menos, y la cosa parece haberse agravado en fechas recientes. La propuesta de Stranger Things es además muy similar a lo que intentó en 2011 esa máquina de fabricar billetes que es J. J. Abrams con su película Super 8, una cinta que también se centraba en fotocopiar el cine fantástico ochentero, y que tuvo el detalle de tener también su propio cartel handmade creado por Kyle Lambert. Pero la obra de Abrams se quedaba a medio camino de la meta; el director se diluía en el largometraje y no funcionaba con demasiada precisión al emperrarse tanto en copiar al Spielberg pretérito como para olvidarse de aportar una visión propia o insuflar cierta personalidad que superase el legado.

Stranger things y la ensalada de referencias.

Los hermanos Duffer han sido bastante más mañosos. Para empezar, por saber configurar un casting que encaja de manera admirable: una pandilla de niños (Finn Wolfhard, Caleb McLaughlin, Gaten Matarazzo y Noah Schnapp) que realmente parecen carne de bullying escolar, una Winona Ryder estupenda pese a jugar con el botón de pánico pulsado en todo momento, un David Harbour sólido (que se da un aire a Lluís Homar con una década menos a la espalda) y la fabulosa revelación de Millie Bobby Brown, la británica de doce años que apuntala de manera contundente el papel más difícil de la serie. También figura un ligeramente momificado Matthew Modine, pero al tener que lidiar con el personaje más tópico parece que simplemente pasa por ahí porque le pilla cerca. Reparto aparte, lo que quizá sea el mejor logro de Stranger Things es haber sabido agarrar toda esa ensalada de referencias y asimilarla en capas más profundas: más allá de las menciones a Atari y al número 134 de los X-Men, e incluso más lejos de las reverencias más sutiles, como lo de hacerle ojitos a Cuenta conmigo al bautizar un capítulo como «The body» y mostrar a los niños caminando por una vía de tren, los creadores han sabido escarbar hasta localizar e imitar los recursos narrativos de los ochenta en este cine de género. Y por eso mismo Stranger Things no es exactamente una rendición a una década, sino al cine que se hacía en esa década, algo muy distinto y que inevitablemente arrastra consigo sus propias cosas buenas y malas.

A los Duffer se les ha dado sorprendentemente bien agarrar engranajes y sensaciones para lograr ese tono Amblin Entertainment: la ocurrencia del personaje de Winona Ryder de construir un escenario insólito —una casa repleta de luces de navidad— para salvar un escollo fantástico no desentonaría en ese universo Spielberg donde sus habitantes utilizaban de manera ingeniosa elementos comunes en situaciones poco comunes. Y tampoco estaría fuera de lugar la escena en la que los personajes presentan una teoría sobre lo que está ocurriendo utilizando un tablero de rol volteado. Son detalles, y secuencias reveladoras, que persiguen la primera ley del género de la época: relatos de personas ordinarias a las que suceden cosas extraordinarias. Y este es parte de su auténtico encanto, porque si el resultado recuerda a aquellos largometrajes no es solo porque la introducción recicle un cobertizo como aquel que visitaba E.T. el extraterrestre, sino por saber leer los recursos originales y adaptarlos con alguna concesión moderna estética camuflada que pasa desapercibida, como por ejemplo con unas transiciones entre escenas menos toscas que en sus referentes, y con el proceso de adaptación al formato serie que introduce el cliffhanger como táctica. El detalle de optar por una banda sonora, creada por Kyle Dixon y Michael Stein, que imita los sintetizadores ochenteros también es encantador y parece conveniente, aunque hay cierto sector de la audiencia que ya debe de estar cansando de tanto revival sonoro, de tanta música magenta.

Los puntos más oscuros de la serie derivan de todo lo anterior, y es que al ceñirse tanto a un esquema preestablecido se le ve con facilidad todo el esqueleto. Esa estructura añeja que advierte de antemano que no intentará romper con nada ni aventurarse por nuevos caminos. Es un mal menor porque está bien claro que el objetivo de la serie es entretener y en ocho capítulos, donde solo cojea al final con minutos que rellenan más que aportar cuando todas las piezas están sobre el trablero, lo logra sobradamente.

Stranger Things y un puñado de SPOILERS

Imagen: Netflix.
Imagen: Netflix.

(A partir de aquí hay, evidentemente, SPOILERS)

El problema de crear una secuela directa es que no existe razón para hacerlo. La primera temporada de Stranger Things cierra el misterio que la iniciaba, la desaparición de Will Byers, y explora lo necesario las tramas que lo acompañan: los poderes de Once, la dimensión alternativa y el monstruo que vive en ella. Y si bien lo de juguetear con mundos paralelos no es novedoso —cientos de novelas y juegos ya han visitado reversos oscuros antes— en este caso casi funciona como si lo fuese al apañárselas para construir un llamativo mundo tenebroso, rodeado de una ceniza flotante eterna y construido como un eco contaminado del plano real, inspirado en terrores de culto como el videojuego Silent Hill o el largometraje Alien. El monstruo del espectáculo luce menos, porque a pesar de que los directores aseguran que su intención era crear una criatura con recursos clásicos, imitando a las películas que sembraron pesadillas en su infancia, las apariciones del monstruo acaban arruinadas por los efectos digitales contemporáneos. Y es que, aunque la empresa de efectos especiales Spectral Motion (que trabaja habitualmente con Guillermo del Toro) diseñó un robot animatrónico bastante majo, los directores se vieron obligados a tirar de CGI en algunas secuencias y aquello acaba chafando ligeramente la atmósfera. Porque cuando estás jugando a calcar los ochenta lo lógico es ceñirse a sus medios y aceptar que un bichejo de látex incluso asusta más —y encaja mucho mejor— que un justito efecto especial por ordenador. En el fondo a día de hoy el auténtico espectáculo son los efectos prácticos y el FX digital difícilmente sorprende al público.

Matt y Ross comentan que tienen en la mesita de noche un documento de una treintena de páginas sobre el mundo oscuro y sus reglas, un texto que utilizarán como biblia para diseñar la secuela de la historia. Pero lo cierto es que el público no necesita saber más de lo que se cuenta aquí, y zambullirse en investigar puede acabar resultando más decepcionante que simplemente insinuar. Se empieza con un misterioso edificio del gobierno situado en medio de la nada y se acaba rellenando media temporada de Expediente X con capítulos enteros sobre conspiraciones que hacen que el espectador pase ante ellos con los ojos en blanco. Se intuye más grave que los Duffer hayan revelado que Once no solo no está muerta (algo que sugería pero no confirmaba el episodio final) sino que además es posible que regrese para acabar haciendo equipo con Jim Hopper en futuros capítulos, una posibilidad frente a la que es fácil comenzar a sospechar que se está removiendo demasiado el asunto. La niña ha desaparecido sacrificándose al final de la primera temporada y está bien así: ni la audiencia necesita saber si está atrapada en el limbo de la dimensión alternativa o en la playa tomándose un helado, ni lo de emparejarla con otro personaje en plan buddy-movie parece que vaya a aportar algo interesante. A veces es mucho mejor dejar que la imaginación del espectador se encargue de decidir el destino de los personajes.

Quizás hubiese sido más prometedor —y hubiera provocado menos desconfianza— anunciar una nueva temporada que dejase descansar a los personajes e historia de la primera pero respetase el tono de su hermana mayor. Que los creadores intentasen igualar el espíritu que tienen estos ocho capítulos con una nueva trama, marcándose un American horror story y reiniciándose en cada nueva tanda, fabricando un Cuentos asombrosos con relatos desarrollados a lo largo de temporadas completas, crear un universo (aprovechando que el título permitiría introducir cualquier cosa por fantástica que sea) en lugar de centrarse en un sector del mismo. Porque también hay que reconocer que el factor nostálgico, siendo su atractivo más visible y evidente, carece de capacidad de sorpresa en una secuela: la primera vez nos pilló desprevenidos, pero la segunda no puede provocarnos el mismo efecto.

Aunque a lo mejor The Duffer Brothers son, como lo es la serie que han parido, mucho más listos de lo que parecen y tienen abocetadas en la cabeza un montón de nuevas ideas brillantes que graparán la boca, tras obligarnos a engullir todos estos párrafos, a todos aquellos que ponemos en duda lo idóneo de una continuación. 

Ojalá, sinceramente.

Imagen: Netflix.
Imagen: Netflix.