Profondo nero, intenso giallo (y 3): El crimen o las partes del elefante

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Sergio Citti. (DP)

(Viene de la segunda parte)

Relatar las vacilaciones y callejones sin salida en que desembocaron las investigaciones emprendidas por Furio Colombo, autor de la célebre última entrevista «Todos estamos en peligro» la tarde en que había de morir el poeta, o por Oriana Fallaci, que desde el principio se acercó a la verdad apuntando la presencia de más de tres personas en el campito de fútbol de Ostia, o por el policía Enzo Sansone o por Sergio Citti —el que fuera primero ragazzo de vita y luego respetado director de cine—, cuando tenemos un panorama más claro de los hechos desde que se han desclasificado papeles de la CIA correspondientes a este y otros sonados casos italianos, puede parecer una pérdida de tiempo, excepto porque en su momento le descubrieron a la opinión pública cómo un sector del mundillo criminal pululaba alrededor del poder político y el precio que se pagaba por revelarlo; también porque estos investigadores encarnan una corriente civil de resistencia democrática que ha mantenido vivo el caso Pasolini, rebelándose contra la impunidad de unos crímenes de Estado que han pintado el paisaje político y social de las últimas décadas, Berlusconi incluido. 

Sus investigaciones y averiguaciones parciales recuerdan la historia de los ciegos que tiene que decir de qué animal se trata cuando solo tienen acceso a una parte de un enorme paquidermo. El elefante de la trastienda política italiana no se deja medir por un hombre solo.

La incredulidad como motor de las investigaciones espontáneas

Naturalmente, lo primero que chirrió de la versión oficial era lo oportuno que resultaba un chapero menor de edad como culpable, y que el homicidio pareciese tanto una profecía autocumplida, pues Pasolini había comentado alguna vez que era consciente de asumir riesgos cuando salía «de caza» por las noches. Hay que insistir en el nivel de violencia en la capital, fruto tanto del clima político como de la crisis económica. El ataque a la «parejita» de homosexuales por una pandilla de jóvenes fachosos la había representado Pasolini en La Nebbiosa, guion elaborado por encargo en 1959 y que muy cambiado resultaría en la película Milano nera (1963). Es una bobada hablar de profecía cuando lo que hizo entonces fue incluir situaciones reales —las agresiones a homosexuales sorprendidos en sus encuentros discretos o clandestinos— en una ficción.

Tanto los autores de Profondo nero como el sinfín de escritores o cineastas que han abordado el misterio de la madrugada del 1 de noviembre han destacado que las primeras etapas de la investigación oficial dejaban mucho que desear, primero porque no se acordonó el lugar y mientras la policía trabajaba en el levantamiento del cadáver —«un grumo de sangre»—, unos chavales estuvieron jugando un partido de fútbol en medio del barro y rodeados de curiosos.

Unos y otros pisoteaban el terreno borrando así pistas que habrían demostrado la presencia de más personas, además de la supuesta «parejita». Encima, Pelosi cambió de versión a lo largo de los años y llegó a escribir dos libros —Io, angelo nero (1995) y Io so come hanno ucciso Pasolini (2011)—, el último el más creíble, también por ser posterior a la entrevista que concedió a Rizza y a Lo Bianco en 2008, en la que por primera vez mencionó los nombres de dos de los agresores presentes la noche de autos: los hermanos Borsellino, dos sicarios que se habían introducido en los grupos de ultraderecha de su barriada.

En la declaración inicial, que lo llevó a la cárcel, afirmó que respondió violentamente a la postura sexual que le imponía Pasolini hasta el punto de perder la cabeza al golpearlo, dejándolo hecho un guiñapo en el suelo embarrado del campito de fútbol, del que escapó al volante del GTI de Pasolini sin ser del todo consciente de haber pasado hasta en dos ocasiones sobre su cuerpo (se supone que al maniobrar para salir del recinto). La declaración final sacaba a escena dos motocicletas, en una Gilera iban los hermanos Franco y Pino Borsellino, también menores de edad —que lo habían liado en Roma para que organizara una reunión con Pasolini con el pretexto de devolverle las bobinas de Salò, robadas en Cinecittà junto con material de otros artistas—, un Fiat 1500 oscuro y un GTI idéntico al de Pasolini, que no se movió durante la agresión pero que se utilizó luego para atropellar al cineasta, exánime tras el ataque con cadenas y a bastonazos.

Mucho tiempo después, otro de los detectives improvisados, Silvio Parrello, contó que ese coche llegó a un taller de planchistería hecho unos zorros mientras que el de Pasolini no presentaba los desperfectos que necesariamente debería haberle causado el roce de su parte inferior con un cuerpo atropellado. Estos detalles ya los señaló el forense Faustino Durante cuando acudió el 2 de noviembre al lugar del crimen. 

Pelosi se chupó siete años y medio de la condena a nueve años, siete meses y catorce días sin haber participado en la agresión, pues lo retenía contra el cercado uno de los agresores —un tipo robusto, de cuarenta años, con barba—, sin dejar de amenazarlo, a él y a los suyos, si contaba lo visto y oído. Pelosi, que no esperaba la escalofriante paliza, cuenta que intentó zafarse para acudir en ayuda de Pasolini. Su última versión confirmaba evidencias señaladas por el forense Durante, quien calificó de muy improbable que, en una pelea que dejó a la víctima bañada en sangre, el asesino confeso se manchase apenas el puño del jersey y la pernera del pantalón. Durante no fue el único que expuso hipótesis muy próximas a los hechos luego demostrados.

También Oriana Fallaci clamó desde el principio que fue un asesinato planeado en el que participaron varias personas, dos de las cuales se presentaron en el Idroscalo a lomos de una motocicleta. Al periodista Furio Colombo le contó un tal Ennio Salvitti que oyó la paliza, en la que participaron no menos de cuatro sujetos. El ejemplar ciudadano estaba dispuesto a hablar con Colombo, periodista de L’Estampa, pero no a acudir a la policía, que no se molestó en interrogarlo, como tampoco al pescador, testigo ocular de los hechos, que se confió a Citti.

Que usaron a Pelosi como chivo expiatorio se demostró tanto en el juicio que lo condenó a más de nueve años de cárcel como en la escena del libro, cuando se representa gritando desesperado a los agresores que escapan en coche y en moto que no lo dejen solo con el cadáver. Sucedían demasiadas cosas extrañas imposibles de interpretar correctamente por un ragazzo malavitoso de diecisiete años: Pelosi tenía al principio dos abogados que habían construido su defensa arguyendo su incapacidad física y mental para cometer un delito tan sangriento y con pruebas que «certificaban la complicidad de terceros la noche del homicidio». Recuérdese que Pasolini era deportista y habría podido defenderse, de ser Pelosi el agresor.

Poco después, por indicación de sus padres, aceptó que los sustituyera otro abogado, un tal Rocco Mangia, nada menos que el defensor de los fascistas del crimen del Circeo. ¿Quién pagó la cuenta del abogado? Se dice que la Democracia Cristiana. Mangia insistió en que declarase haber actuado solo. En apelación se desestimó incluso la coletilla de la participación de «desconocidos» propuesta por el juez Alfredo Carlo Moro (hermano de Aldo Moro). Rocco Mongia tuvo como ayudantes a Franco Ferracuti y al criminólogo neofascista Aldo Semerari; ambos eran miembros de la logia masónica P2. Sin olvidar a la psicóloga Fiorella Carrara, cuyos diagnósticos lograban que los de la banda de la Magliana se fueran casi de rositas.

El muchacho de 1975 era consciente de estar salvando el pellejo y el de sus padres al cargar con la responsabilidad del delito y la pena de prisión; probablemente creyó que obtendría alguna recompensa en su incipiente carrera de ladrón y esto, además de las advertencias que fue recibiendo en la cárcel, explicaría su largo silencio sobre la participación de Johnny lo ZingaroGiovanni Mastini de nombre civil— considerado hoy el líder de la «manada» de Ostia.   

Hay tantas diferencias entre las versiones oficiales y las derivadas de investigaciones independientes y profesionales, y de las confesiones últimas de los implicados, que nos encontramos con identidades secundarias que arrojan luz sobre realidades secretas. Así, llega a decirse que Pelosi no hacía apenas una semana que conocía Pasolini, en el famoso quiosco de la estación Termini, sino que era su medio noviete desde cuatro meses antes atrás. Y qué decir del intocable Johnny lo Zingaro y del dosier secreto que la policía guardaba sobre él.

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Pelosi la Rana en el lugar del asesinato de Pasolini, con la policía que lo lleva para la reconstrucción. (DP)

Ejecución

También causó perplejidad que el poeta se alejara tanto de Roma para tener unos minutos de intimidad con un chapero dentro de su propio coche. 

Sergio Citti calificó de entrada la muerte de «ejecución» y defendió la tesis de que, con el único móvil del robo, su amigo fue atraído al Idroscalo con el cebo de recuperar las bobinas de Saló. Aseguraba contar con el testimonio de un pescador que habría presenciado la paliza en la que participaron cuatro personas más aparte de Pino la Rana. El cortometraje que Citti rodó el 2 de noviembre sobre el terreno hacía acopio de pistas que desmentían la versión oficial sobre el coche utilizado en el atropello. Por supuesto, los testimonios anónimos no acudieron a la policía y seguramente hicieron bien teniendo en cuenta que algunos errores en la investigación se explican por la rivalidad entre los cuerpos de policía y carabinieri y otros por la voluntad de desviar la atención de la trama política.

Citti volvió a clamar por su versión en 2005, después de la aparición de Pelosi en el programa de entrevistas de gran audiencia Ombre sul giallo. Insistió en que Pier Paolo Pasolini le habló de una cita en Acilia para recuperar las bobinas robadas; una vez allí, fue secuestrado y conducido hasta Ostia, donde lo mataron. Citti estaba seguro de que en el Idroscalo había agentes secretos, que Pelosi era solo el cebo, un cebo que, según otro testigo, hizo varias llamadas telefónicas desde un bar tratando de acotar su participación en un asalto que, suponía, se limitaría a vaciarle los bolsillos a un tipo con mucha pasta. Citti murió en 2005 cuando se volvía a cerrar el caso sin pruebas firmes de la participación de otras personas además del condenado.

El policía infiltrado que no jubiló su tesis

Citti no fue el único que saltó de su butaca al oír el enésimo cambio de versión del embustero Pelosi. Un policía ya jubilado, Renzo Sansone, dio una entrevista para ofrecer la suya y recordar que sus averiguaciones y conclusiones no se tomaron en cuenta. En el momento de los hechos se le permitió infiltrarse en los ambientes de la pequeña delincuencia ligada a la extrema derecha romana. Tras hacerse pasar por un recluso recién liberado que quería colocar un botín, se ganó la confianza de los asiduos a un salón de juegos, entre ellos los Borsallino, que le fardaron de su participación en la muerte del poeta y le mencionaron a Johnny lo Zingaro, nacido en 1960, hijo de un feriante, que inició su carrera delictiva con once añitos y a los quince mató a un chófer de autobús por un botín irrisorio. La carrera delictiva del Zingaro es impresionante, con fugas, secuestros, asesinatos a sangre fría y dos sentencias a cadena perpetua. Como penar dos vidas es demasiado, optará por el «arrepentimiento», lo cual implicaba el traslado a cárceles donde ha disfrutado de la compañía de otros pentiti neofascistas y de la mafia y la camorra, una forma de prosperar nada desdeñable: contar con la protección de tipos más peligrosos que él. Los autores repasan exhaustivamente todas las hipótesis sobre la implicación de Mastini en la emboscada y las alianzas que, obligados por la progresiva falta de apoyos, establecen los grupos subversivos extremistas de derecha e izquierda. Nadie aparece una sola vez: la mayoría de los que asoman la cabeza ya en el juicio, ya planeando organizaciones subversivas con más capacidad de ataque, o como sicarios y delincuentes, están implicados en un movimiento que pretende la desestabilización política de Italia a favor de un gobierno autoritario.

Er Paccetto, el pececillo fiel

Y aún hubo otro investigador independiente, Silvio Parrello, pintor y poeta de Donna Olimpia, de niño conocido como er Paccetto, uno de los que inspiraron Ragazzi di vita [Los chicos del arroyo]. En 2010, Parrello contactó con un abogado y un periodista para descargar toda la información que había reunido en torno al asesinato del poeta al que admiraba. Señaló a Antonio Pinna como dueño del Alfa Romeo que llegó con el resto de la comitiva al Idroscalo y salió manchado de sangre, con marcas de golpes en la carrocería y desperfectos en los bajos. «El coche de los asesinos llegó sucio de sangre y barro a un planchista en la Portuense y como este se negó a repararlo lo llevaron a otro: sé quién llevó el coche a los mecánicos y hace un mes comuniqué su nombre al magistrado».

En la emboscada participó además un Fiat 1500, por lo que en total llegaron a concentrarse siete hombres para agredir a uno solo. Pinna, vinculado al clan de los marselleses, desapareció dejando como único rastro de su huida el coche abandonado en el aeropuerto de Fiumicino, cuando en 1979 detuvieron a los Borsellino, drogadictos que morirían de sida en la cárcel. En 2017, casi cuarenta años después, Pinna revelaba desde su escondite «en otro continente» que tras abandonar Italia cambió de identidad y que era Johnny lo Zingaro quien conducía el Alfa Romeo que, en su huida, pasó dos veces por encima del cuerpo agonizante de Pasolini. El doble atropello fue lo que terminó con su vida, según detalla la autopsia.

La teoría de los círculos concéntricos 

Lo Bianco y Rizza desarrollan un sagaz razonamiento sobre las dificultades de desentrañar los delitos que se llevaron la vida de los tres protagonistas de su crónica:

Si el delito Pasolini es un delito «político» complejo, llevado a cabo por encargo, ordenado por los mismos ambientes que han decidido la muerte de Mattei y tergiversado las investigaciones sobre De Mauro, para comprender bien la dinámica es necesario acudir a la teoría de los «círculos concéntricos», utilizada en varias ocasiones para explicar los delitos excelentes. Aquellos en los que no existe una relación directa, un verdadero contacto entre los mandantes y los ejecutores, sino un sistema de «círculos concéntricos», que partiendo desde el interior, transmite la orden (o, mejor dicho, «la voluntad») al exterior para la ejecución, mediante una compartimentación de informaciones que tutela los niveles más elevados y expone solamente a los peones.

Hasta aquí tenemos un cuerpo que habla mediante indicios, no todos tajantes, que parece introducirnos en una novela de terror que ha conseguido mantener en suspenso la realidad durante décadas.

El panorama empieza a despejarse cuando en 1994 el magistrado Vincenzo Calia descubre la conexión entre la novela que el escritor dejó inacabada, Petróleo, y un par de notas escritas a mano halladas en la sede de los servicios secretos mientras le daba vueltas a la negligente investigación del «accidente de Mattei». Las notas rezan que el fundador de la logia P2 es Eugenio Cefis, que trasladó el mando a Licio Gelli cuando vio que se le torcía la suerte. Petróleo no solo se publicó inacabada, sino sin un capítulo elocuentemente titulado Lampi sull’Eni. Ya fallecido el poeta, en su casa entraron ladrones y se llevaron varios papeles. Llegados a este punto, no cuesta darse cuenta de que el caso es de una complejidad que justifica las exhaustivas investigaciones de los aficionados y de profesionales como Calia o Sansone y, al mismo tiempo, no extraña que no termine de resolverse. Italia multiplicaba los crímenes en desafío al Estado y, a lo sumo, se permitía la caída de los proletarios del crimen mientras las cabezas pensantes encontrarán refugios seguros en el anonimato o en la clandestinidad en países remotamente civilizados.

Calia seguía uniendo puntos: cuando encuentra una copia del libro Questo è Cefis. L’altra faccia dell’onorato presidente (1972) [Esto es Cefis. La otra cara del honorable presidente], de un tal Giorgio Steimetz, pseudónimo que oculta a un periodista, da con la clave para descifrar la novela Petróleo, que de hecho reproduce fragmentos enteros de este texto (a Pasolini se lo envió un psiquiatra), que apenas llegó a aterrizar en librerías. Calia comprende que Pasolini estaba investigando las muertes de Mattei y de Mauro y la implicación señalada de Cefis, el enriquecimiento ilegal de este, director del ENI primero y luego de Montedison, rival de Verzotto, que está detrás de la publicación de esta denuncia. El fondo del asunto es más que una rivalidad por el control de organismos estatales que movían enormes cantidades de dinero. Verzotto, rival de Cefis desde Sicilia, tenía interés en desenmascararlo, lo cual no le impidió compartir sus malas prácticas, tan malas que determinaron su huida en 1975, para escapar de la justicia que iba a pedirle explicaciones por un dinero hallado en la Banca Sindona.

Petróleo, novela incomprensible para la mayoría aún hoy, pasa de ser un texto experimental trufado de pornografía a ser un documento de impacto político tan explosivo como iban a serlo las revelaciones del confiado De Mauro. «Es “la novela de los atentados”, la primera novela de literatura italiana que se transforma en documento de denuncia para desenmascarar la naturaleza perversa y asesina del poder en Italia» (PN, p.237).

Dicho de otro modo, Pasolini no faroleaba cuando publicó «Sé los nombres» ni lanzaba un globo sonda para auscultar las reacciones que pudieran avalar sus pesquisas. Sus acusaciones no podían pasarse por alto: en Por qué el Proceso, ya provocó la ira al acusar «de complicidades mafiosas a políticos y magistrados, así como de la participación de los servicios secretos extranjeros, como la CIA, en los atentados italianos y acusa al Estado de no revelar verdades de las que son cómplices por igual la derecha y la izquierda».

Cefis se exilia en Suiza apenas dos años después del asesinato de Pasolini, pero la «subversión negra» continuó, llegándose a hacer realidad el objetivo que el cineasta denunciaba: el control social a través de los medios de comunicación dominados por las corporaciones financieras o industriales. Luego llegarían los escándalos de la P2 y la banca Vaticana. La desclasificación de documentos durante la era Trump ha corroborado las tesis de la complicidad norteamericana en la desestabilización política que algunos policías e investigadores espontáneos, periodistas e intelectuales fueron armando a lo largo de los años. A Pasolini cabe atribuir el mérito, entre muchos, de haber llegado a conclusiones sobre el uso del terrorismo por parte del Estado con veinticinco años de antelación.

En todo caso, no era una pieza suelta en un marasmo de violencia y corrupción: el cine independiente de la llamada Escuela de Nueva York estrenaba películas que tocaban de lleno estos conflictos. Como un Serpico a la italiana, Pasolini utilizó su perfil tan vilipendiado de frocio para abordar en Catania a jovencitos miembros de squadre neofascistas y averiguar la infiltración de los «negros» en las Brigadas Rojas. Ya lo vimos en Comizi d’amore: PPP no solo sabía hacer preguntas, sabía también insinuarlas y conseguir que los entrevistados hablaran francamente de asuntos tabú. 

¿El asesinato de Pasolini fue el resultado de un complot? Así parece. Es probable que puedan realizarse los nuevos análisis de ADN que pide Dacia Maraini, y que logren identificar a los agresores que faltan. En cualquier caso, el prolongado empeño de tantos intelectuales y artistas y profesionales de la justicia en dilucidar las circunstancias e identificar a los implicados en el asesinato del Pier Paolo Pasolini ha sido el mejor homenaje posible, porque obligó a practicar una lectura políticamente activa de la realidad de Italia y conocer su impacto en todos los estratos sociales. 

A partir de este trabajo de racionalización de los acontecimientos puede leerse, discutirse o celebrarse la obra pasoliniana sin el corsé de una mirada reverencial y acrítica condicionada por el asesinato.


Nota: Los textos que aparecen entre comillas son citas traducidas del italiano, procedentes bien de los dos libros aquí citados o bien de los innumerables artículos consultados. 

Libros y articulos:

Profondo nero: Mattei, De Mauro, Pasolini, un’unica pista all’origine delle strage di stato, de Giuseppe Lo Bianco y Sandra Rizza. Editorial Chiarelettere, Milán, 2009 (hay nueva edición de 2020).

Il caso Mattei. Le prove dell’omicidio del presidente dell’Eni dopo bugie, depistaggi e manipolazioni della verità, de Vincenzo Calia y Sabrina Pisu, Milán, 2017. 

Marika Martina, Petrolio di Pasolini nella rilettura del magistrato Vincenzo Calia, «Bibliomanie. Letterature, storiografie, semiotiche», 48, no. 3, diciembre 2019.

«Delito Pasolini. Nuove testimonianze», La Repubblica, 05-05-2010.

Boris Giuliano – Perfil en wikipedia.it lleva a información más completa.

Egidio Ceccato, «Le memorie di Graziano Verzotto, ovvero l’arte di mentire senza ritegno» (Las memorias de Graziano Verzotto, o el arte de mentir sin moderación), publicado el 17 noviembre de 2020 en el blog Anpi Padova.


Profondo nero, intenso giallo (2): Pasolini, ni mártir ni profeta, intelectual eccellente

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Ninetto Davoli, Franco Citti y Pier Paolo Pasolini durante la 28ª Mostra d’Arte Cinematografica di Venezia (1967). Foto: Archivo Cameraphoto Epoche.

(Viene de la primera parte)

A la pregunta evidente, qué pudo haber descubierto De Mauro que le costara la vida, pocos podían responder sin añadir más confusión excepto quien le había proporcionado el grueso del material explosivo, un político de la Democracia Cristiana llamado Graziano Verzotto y que había presidido el EMS —Ente Minero Siciliano—. Verzotto, hombre próximo a Mattei y antiguo partisano con mucho vaivén ideológico, había sido el relaciones públicas del ENI antes de ocuparse del EMS. Le unía una vieja amistad con el periodista, quien no dudó en realizar favores profesionales bien pagados a través de artículos en su diario, dentro de una campaña contra el nuevo dirigente del organismo petrolífero, un tal Eugenio Cefis. El director de L’Ora, que recibiría presiones del otro lado, trasladó a De Mauro a la sección de Deportes, cosa que dificultaba la colaboración que le pedía Verzotto, contra la ENI y a favor del oleoducto Argelia-Sicilia. Este encaminó al periodista hacia el brazo derecho de Cefis en Sicilia, Guarrasi, convencido de haber visto a Mattei en los días previos al accidente. La mayoría de versiones periodísticas dibujan un perfil mucho más siniestro del Verzotto que en 1998 largó cuanto sabía —o dijo saber—en una declaración al magistrado Calia, como complemento a su declaración espontánea de 1996. 

Si es cierto que la mafia ejecutó al periodista, no puede negarse que la amistad de Verzotto le resultó tan fatal como a Mattei, aunque la declaración del senador de la DC sirve al menos para confirmar que el guion definitivo de la película de Francesco Rosi omitió la tesis inicial del sabotaje que culpaba a Cefis y a Guarrasi. A partir de la desaparición de De Mauro, continúa la trama de despistes, organizaciones secretas y ambiciones empresariales ligadas a la mafia o a corrientes de desestabilización política; unos y otros manejan ingentes sumas de dinero negro destinado no solo a sufragar las actividades ilegales sino también a enriquecer a sus artífices. Entre 1970 y 1994 parece que estos criminales excelentes pudieron ocuparse de sus negocios y preocuparse exclusivamente de sus rivales… hasta cierto punto. En 1979 fue asesinado el policía Boris Giuliano, jefe de la brigada móvil de Palermo, que investigaba el tráfico de heroína dirigido por la Cosa Nostra (la Pizza Connection) y, especialmente, la desaparición de Mauro De Mauro. Considerado un héroe nacional, en 2016 se estrenó en Italia una serie dedicada a su figura y a sus investigaciones: Boris Giuliano, un poliziotto a Palermo

En 1994, Calia reabre el caso Mattei, que vincula con la desaparición del periodista, planteando claramente la hipótesis de que fue eliminado para cubrir el secreto de la muerte de Mattei y sus compañeros de viaje.

Quién dio la orden y por qué resulta claro cuando abre el expediente que la policía judicial de Pavia elaboró en torno a las investigaciones practicadas en Palermo. A partir de aquí el nombre de Eugenio Cefis adquiere protagonismo y es el hilo que une a los tres protagonistas del libro: Mattei conduce a De Mauro, y al revés, y la muerte de ambos a la de Pasolini.

Son muchos los capítulos impresionantes que describe esta crónica, aunque los italianos hayan integrado —que no normalizado— tanto el impacto de la acción criminal de la mafia como el de las declaraciones de los arrepentidos en los grandes procesos durante los cuales negociaron la suavización de sus condenas a cambio de la revelación de crímenes, nombres, lugares y vínculos de unos con otros. Los autores se asombran de que después de tantos años de investigación, buscando también a los mandantes «institucionales», es decir, ligados a través de organismos empresariales al Estado, el único imputado fuese el mafioso Totò Riina, considerado cerebro de la maquinaria mafiosa, que sirvió para ocultar al cerebro civil de los crímenes.

El delito Pasolini, hundido en el fango

Escribir sobre Enrico Mattei y Mauro De Mauro en relación con las circunstancias que determinaron su muerte no es difícil: hay una trama lineal que conduce desde sus respectivas actividades profesionales hasta el momento en que las ambiciones del primero y las averiguaciones del segundo tropiezan con el poder en la sombra que ordena su sentencia a muerte. Acabaron con la vida de un dirigente empresarial con poder político y con un periodista de investigación de pasado muy colorido. Escribir sobre Pasolini es más arduo porque de él puede decirse que es un universo. Hoy, cuando se tiene una idea más clara de qué sucedió y quién estaba detrás del crimen, comprendemos que no pocas de las facetas que componían su personalidad pública eran y son irrelevantes a propósito la investigación sobre su asesinato.

En 2016, Michele Metta añadió información muy importante al caso Pasolini gracias a nuevos hallazgos fruto de la desclasificación de numerosos documentos de la CIA durante la presidencia de Donald Trump. Metta descubrió que en Roma, bajo la cobertura de un polo empresarial, lleva a cabo sus operaciones el Centro Mondiale Commerciale, que resulta ser la rama italiana de la Permindex, empresa norteamericana con fuertes vínculos secretos con la CIA.

La CMC tenía su sede legal en la Plaza de España 72/a, en Roma, exactamente el mismo lugar donde se formó el núcleo inicial de la logia masónica P2. […] En este mismo lugar se fundó otra logia masónica, la Hod, de la que fue miembro Licio Gelli y que la Comisión Anselmi identificó como antesala de la P2. El CMC era financiado por la banca extranjera, así como por la banca italiana BNL, la misma que financiaba a Eugenio Cefis y más tarde la P2.

En 1975, Pasolini rodó la película que iba a tener un papel imprevisto en su muerte, Salò o los 120 días de Sodoma. El asesinato del cineasta llenó los periódicos de todo el mundo y la tesis oficial según la cual la pelea entre dos homosexuales, uno de ellos un chapero de diecisiete años, el otro un famoso y polémico director de cine y escritor en la cincuentena, había «terminado mal» —porque el menor se negó a una prestación sexual que el otro reclamaba—, caló en la opinión pública como creíble dentro de la supuesta lógica imperante en el submundo de la prostitución masculina romana. 

Hasta qué punto estaba arraigada la imagen de un Pasolini frecuentador de arrabales y arrabaleros, y por eso pareció lógica su muerte, lo demuestra un apunte que Sam Shepard dejó en sus notas de la gira con Bob Dylan, Rolling Thunder, al tener noticia del hecho. Para Shepard, como para muchos americanos entonces, Pasolini era un antisistema, o contracultural, semejante a ellos aunque su homosexualidad beligerante lo distanciaba en posiciones que lo hacían indescifrable. 

Lo que el tiempo ha demostrado es que lo indescifrable de Pasolini es su obcecación en tener la última palabra, en ser preciso, como cuando durante el parón que él y varios cineastas impusieron al Festival de Venecia de 1968 le respondió al periodista que lo entrevistaba: «Yo soy un revolucionario, no un contestatario». Lo indescifrable es su afán polemista que matiza con la complejidad de sus reflexiones y formulaciones intelectuales, en aparente contraste con la sencillez del argumento y de los personajes de sus películas, sólidamente instalados en la tradición europea (los mitos de Edipo y Medea, el Cristo del Evangelio según Mateo, la simbología cristiana en Accattone y Teorema). Otra verdad demostrada con el paso del tiempo es que Pasolini fue uno en la lista de cadáveres excelentes que marcaron las décadas 1950 a 1970 del siglo XX italiano. 

Cadáver excelente parece una traducción muy acertada del cadavre exquis surrealista, porque señala tanto la muerte de figuras de relieve, sean políticos o dirigentes de industrias estratégicas, jueces íntegros, periodistas tenaces o intelectuales desafiantes, como el impacto mental resultado de relacionar elementos en principio muy disonantes, como Pasolini, un chapero malavitoso y un coche de lujo, o un editor riquísimo (Giangiacomo Feltrinelli), un grupúsculo guerrillero y una torre de alta tensión, o un directivo ambicioso (Mattei), un directivo con vínculos mafiosos (Cefis), un gaseoducto y la «administración» norteamericana. 

Las circunstancias de la muerte de Pasolini y el misterio alrededor de la investigación han fijado su perfil de artista e intelectual volviéndolo inatacable. Hasta donde sé, le han ahorrado los ataques que no hace mucho recibía en efigie el poeta Jaime Gil de Biedma a cuenta del menor filipino prostituido. No he leído ningún texto digno de interés —ni lo contrario— discutiendo que Pasolini tuviera tanto que decir contra el aborto o el divorcio y tan poco contra la prostitución de menores, ni que analice lo que había de injusto en sus críticas a los estudiantes de mayo del 68 o de discutible en las puntualizaciones que haría más tarde, cuando el francés Jean Duflot lo puso contra las cuerdas con sus inteligentes preguntas recogidas en Conversaciones con Pasolini — traducidas por J. Jordá y publicadas en 1971, después de un tira y afloja con la censura, por Jorge Herralde en la colección Cinemateca Anagrama—.

Nadie saca punta a sus críticas maximalistas al consumismo de la Italia posneorrealista ni a su estratégica ocultación de la novela Amado mío porque su contenido podía perjudicar a su perfil político. Las escasas críticas que pueden encontrarse son de adversarios personales, y de muy bajo nivel. Quien tenga curiosidad puede echarle un vistazo a Giornate di Sodoma, Ritratto di Pasolini e del suo ultimo fin, de un escritor relativamente conocido en Italia y actor llamado Uberto Paolo Quintavalle, intérprete de uno de los burgueses de Salò. Quintavalle se hace eco de uno de los muchos rumores sórdidos que circularon: que Pasolini preparó su muerte, que fue un suicidio por mano ajena. En manos de un gran artista—y no faltaban en teatro o en cine en esos años de innovación formal—, un argumento de este calibre habría dado una obra maestra; en las de Quintavalle resultan en una sucesión de banalidades hiladas con mala fe. 

Una crítica más pertinente es la que el actor Terence Stamp hacía muchos años después sobre el poco dinero que recibió de una película tan exitosa como ha llegado a ser Teorema (1968), de la que era el protagonista central y a la que aportó el eros moderno que el argumento reclamaba. Dentro de la serie Sinceramente, no sé qué puñetas pintaba yo en esa película incomprensible, Stamp explica que los productores y Pasolini fueron a llorarle por el escaso presupuesto que tenían y lo engatusaron para participar por casi nada, y a cuenta de nada en el futuro, en un film de argumento por lo menos críptico. (Otros divertidos capítulos de esta hipotética serie incluirían al inglés David Hemmings asegurando que seguía sin entender de qué iba Blow Up, de Antonioni, aunque sí entendió que catapultó su carrera; o a Jane Fonda revelando que participó en Tout va bien, de Jean Luc Godard, película insufrible y comunista, por un contrato previo que la ataba a tal productora).

Hostigamiento judicial

Hay que leer lo que el respetado biógrafo Enzo Siciliano escribe sobre el sentido brechtiano de Saló, película inspirada en la novela de Sade, para comprender las distancias que separaban a Pasolini y a un público de miras más amplias del espectador común, ese que acudía al cine a ver a sus estrellas favoritas y que en cierto momento podía ir atraído por el renombre de un director como Pasolini, aunque en otros casos iba decidido a escandalizarse y a poner luego una de las decenas de denuncias por obscenidad o ataque a las buenas costumbres que le amargaron la vida. Ya en el libro dedicado a sus avatares judiciales, coordinado por su amiga la actriz Laura Betti, Pasolini: cronaca giudiziaria, persecuzione, morte, (1977) se afirma que «Pasolini no habría sido denunciado tantas veces de no haber existido al principio de su carrera literaria el proceso de Casarsa», el que en 1949 le obligó a trasladarse con su madre a Roma para eludir el escándalo por corrupción de menores. Este libro subrayó el aspecto político del itinerario judicial del escritor al recordar que «la DC y el PCI se lanzaban la pelota según un ritual establecido: el PCI acusaba al escritor de aberración (en sentido etimológico) ideológica, la Democracia Cristiana lo enviaba a juicio por obscenidad (es decir, por aberración moral)». 

En Vida de Pasolini (1978 y 2005), Siciliano define Saló o los 120 días de Sodoma como una «especie de ensayo crítico en imágenes». El tema sadiano se asume como «provocación intelectual» y en la adaptación pasoliniana ha de entenderse «la mentalidad concentracionaria nazifascista como instigadora de violencia». La reflexión del biógrafo resume la trayectoria de Pasolini desde su inicio corsario, es decir disidente, hasta su última faceta, donde el argumento de Salò transmite una «mística de la aniquilación». Lo significativo es cómo en la última escena de su vida, la que tiene lugar en el Idroscalo el 2 de noviembre del 75, la actuación tanto de los agresores como de los que ordenaron la emboscada y su muerte verifican la tesis de Pasolini cuando afirmaba que «el poder es anarquía; el poder quiere abolir la historia y someter la naturaleza. Historia y naturaleza pueden ser abolidas y sometidas a través del sexo».

Aunque estas palabras se presten hoy a interpretaciones, el contexto de 1975 no daba lugar a dudas de lo que el escritor quería decir. Sobre todo porque llevaba años repitiéndolo. De ahí que al conocer su muerte muchas personas se negaron a creer, por demasiado fácil, la versión oficial de un chapero menor de edad y el cineasta perverso escenificando la Pelea a garrotazos de Goya. La prueba de esta incredulidad es el número de «investigadores» que a título personal dedicaron durante años tantas energías a buscar pruebas que demostraran la hipótesis de una ejecución en que las preferencias sexuales de su víctima —como expresó abiertamente Sergio Citti: «toda Italia conocía que le gustaban los chavalitos» se utilizaron como cebo primero y como cortina de humo después. Si en el caso De Mauro se difundieron rumores para enfangar su imagen una vez desaparecido como asegurar que estaba implicado en el tráfico de drogas en lugar de que había conseguido información sobre dicho tráfico, la imagen de Pasolini estuvo desde 1949 sometida al agotador rosario de denuncias y procesos judiciales que puntuaron toda su carrera: más de treinta, desde La ricotta en 1966 hasta 1977 cuando, ya muerto, se levantó el secuestro de Salò.

Los años bastardos: los violentos 70

En Profondo Nero, el capítulo dedicado a El delito Pasolini, arranca cifrando los años 70 en Italia: «los años de plomo: emboscadas, tiroteos, violaciones, secuestros, matanzas de Estado, enfrentamientos entre manifestantes y policía, con carabinieri y hombres de los servicios secretos infiltrados en las células estudiantiles, en los grupos armados, para investigar y observar, pero también, llegado el caso, financiar o, peor aún, “orientar” las acciones armadas». (p.189)

Dos casos famosos que parecían propios de la crónica de sucesos ocultaban un sustrato político: la violación en 1973 de Franca Rame, mujer de Dario Fo, por cinco chavalotes de extrema derecha que, según el juez Salvini, que trabajaba sobre la «subversión negra», fue sugerida por oficiales de los carabinieri de una división estrechamente ligada a los neofascistas. Estos grupos estaban involucrados en el tráfico de armas y en el doble juego de la provocación en los ambientes de izquierda, eran informantes de la policía y delincuentes de poca monta en contacto con la malavita. Los investigadores, profesionales o espontáneos, del homicidio Pasolini encontrarían estos mismos elementos en diferentes dosis.

Esa Roma ultraviolenta sufría la debacle económica provocada por la primera crisis del petróleo, que arrancó en el 73 cuando los países de la OPEP redujeron su producción para exigir un porcentaje mayor de beneficios. 

pasolini crimen
El crimen Circeo, terrible e icónica imagen en Italia. (DP)

Otro caso conmocionó aún más a Italia, y resuena hasta nuestros días —como comprobarán los lectores de La ciudad de los vivos, la muy recomendable crónica novelada de Nicola Lagioia sobre un asesinato sin móvil aparente en la Roma de 2016—: el crimen del Circeo. En septiembre de 1975, tres chicos bien, «neofascistas del Parioli», un barrio de clase alta romana, sometieron en el chalet de uno de ellos a dos chicas de clase trabajadora, a las que habían invitado a pasar la tarde, a una sesión de treinta y siete horas de violaciones, insultos y torturas que terminó con una ahogada en la bañera y la otra, medio muerta y traumatizada de por vida. Esta, Donatella Colasanti, consiguió llamar la atención de un vigilante nocturno desde el interior del maletero donde los valientes muchachos las habían encerrado cuando salieron a zamparse unas pizzas. 

La conmoción por el crimen y el perfil de los protagonistas tuvo gran eco, con intervenciones en la prensa de firmas de postín, como la de Italo Calvino. Pasolini se situó como siempre donde nadie esperaba: atacó a Calvino juzgando su postura fácil y cómoda para la izquierda al equiparar burguesía y fascismo y señaló que en las borgate también eran habituales los asaltos y la violencia desbocada. Acto seguido hizo una crítica radical de la corrupción de la juventud en su conjunto, que atribuyó a la nueva cultura consumista, la que ofrecía a manos llenas lo superficial y negaba lo necesario: escuelas, hospitales, trabajo, cultura de calidad… Esta acusación tenía lugar el 30 de octubre desde Il Mondo. Calvino no quiso entrar al trapo y cuando pudo responder, desde el Corriere della sera, ya fue con el cadáver de Pasolini sobre la mesa de autopsias. 

Aunque parezca que nos desviamos del foco de este artículo —quiénes y por qué mataron a Pasolini, qué hipótesis propuso cada «detective» y por qué—, hablar de la última carta de Calvino sirve para demostrar cómo Pier Paolo Pasolini llevaba a sus contrincantes contra las cuerdas hasta obligarlos a manifestarse sobre asuntos que preferían esquivar o tratar vagamente. Calvino conviene en su carta, que es también obituario, que Italia corría el riesgo de convertirse en una «periferia colonial, una enorme barriada desocupada y violenta». Está hablando por fin de crisis y desocupación, de violencia provocada con fines desestabilizadores, de la sumisión del país a los intereses norteamericanos. Y cuando escribe que el gran mérito del Pasolini escritor, «que siempre quiso ser a la vez hombre de escándalo y moralista, es haber planteado el problema de una moral nueva que incluya también las zonas de la experiencia consideradas “oscuras” y que la moral y la ideología tienden a excluir», está hablando no de homosexualidad sino de sus aledaños silenciados: marginalidad, prostitución, denigración.

Aún después de su muerte, Pasolini continuaba interpelando.

(Continúa aquí)


Nota: Los textos que aparecen entre comillas son citas traducidas del italiano, procedentes bien de los dos libros aquí citados o bien de los innumerables artículos consultados. 

Libros y articulos:

Profondo nero: Mattei, De Mauro, Pasolini, un’unica pista all’origine delle strage di stato, de Giuseppe Lo Bianco y Sandra Rizza. Editorial Chiarelettere, Milán, 2009 (hay nueva edición de 2020).

Il caso Mattei. Le prove dell’omicidio del presidente dell’Eni dopo bugie, depistaggi e manipolazioni della verità, de Vincenzo Calia y Sabrina Pisu, Milán, 2017. 

Marika Martina, Petrolio di Pasolini nella rilettura del magistrato Vincenzo Calia, «Bibliomanie. Letterature, storiografie, semiotiche», 48, no. 3, diciembre 2019.

«Delito Pasolini. Nuove testimonianze», La Repubblica, 05-05-2010.

Boris Giuliano – Perfil en wikipedia.it lleva a información más completa.

Egidio Ceccato, «Le memorie di Graziano Verzotto, ovvero l’arte di mentire senza ritegno» (Las memorias de Graziano Verzotto, o el arte de mentir sin moderación), publicado el 17 noviembre de 2020 en el blog Anpi Padova.


Profondo nero, intenso giallo (1): Mattei, De Mauro, Pasolini

Pasolini
Maraini con Moravia y Pasolini. Foto: Mohammed-Melehi.

Mentiras, despistes y manipulaciones en la investigación de los asesinatos de Estado italiano

A principios de julio de 2021, leía en el New York Times un artículo titulado «To Solve 3 Cold Cases, This Small County Got a DNA Crash Course. Forensic genealogy helped nab the Golden State Killer in 2018. Now investigators across the country are using it to revisit hundreds of unsolved crimes» («Para resolver tres viejos casos fríos, este pequeño condado recibió un curso intensivo sobre Adn. En 2018, la genealogía forense ayudó a echarle el guante al asesino del Golden State. Ahora los investigadores de todo el país recurren a ella para revisar cientos de crímenes no resueltos».) La entradilla y la foto de un hombre y una mujer americanos de mediana edad y aspecto común mirando con cierto orgullo en lontananza —los dos lucían prendida en la camiseta, por encima del corazón, la mítica estrella de sheriff— no podía resumir mejor el contenido.

A mitad de página me encontré preguntándome qué hacía yo leyendo ese artículo, pues no me atraen los crímenes ni los casos morbosos ni la América profunda. Me acordé de haber leído esa misma semana otro artículo, fechado en abril y publicado por La Repubblica, cuyo titular reprodujeron todos los diarios y agencias italianos: «Reabran la investigación sobre la muerte de Pasolini. A alguien le conviene que siga siendo un misterio». Eran palabras de la escritora Dacia Maraini en una entrevista a la periodista Elvira Terranova durante su participación en el festival La via dei librai, en Palermo. Maraini, ya de ochenta y cuatro años, reclamaba la aplicación de las nuevas técnicas para analizar los restos de la ropa de Pasolini que se conservan desde su asesinato en el Idroscalo de la playa de Ostia, en la noche del 2 de noviembre de 1975.

Así funciona el inconsciente: leí lo de Maraini sobre un tema en el que me intereso desde hace ya años, entrevista que me pareció trataba ya rutinariamente el «delito Pasolini», y al verme concentrada en el reportaje sobre cómo los avances efectivos en el análisis del ADN han permitido reabrir casos fiambre, descubro que en realidad también yo creo intrigante que siga sin resolverse un asesinato que Sergio Citti, amigo de Pasolini, calificó de «delito perfecto».

«Se podrían ampliar los rastros de sangre y extraer ADN, dado que la mancha sigue ahí» explicaba Maraini. «No se han destruido las pruebas, aunque está claro que a alguien le conviene que esta muerte siga siendo un misterio histórico». «Faltan algunas pruebas», añadía; «si en la época se hubiese practicado una verdadera investigación en profundidad, probablemente habrían salido a la luz otros datos. Pero como entonces Pino Pelosi se atribuyó toda la culpa, ahí se detuvo la investigación».

¿Por qué la veterana escritora, que fuera mujer de Alberto Moravia y amiga del poeta y cineasta, reclama hoy la enésima investigación? Investigación oficial, se entiende, porque desde el primer día hubo varias indagaciones independientes. Cuando Maraini habla de «misterio histórico» se refiere a que el asesinato de la noche de Ostia se reabrió varias veces; la última, en 2010, también se cerraba sin pruebas concluyentes.

A las alturas de 2021, Pier Paolo Pasolini se ha convertido en gran medida en un tótem cultural, una figura conocida a grandes rasgos y comprendida e interpretada, a partir de una muerte atroz que lo convirtió en mártir de varias causas progresistas de su tiempo —desde la defensa abierta de su homosexualidad al carácter de intelectual fuera de toda subordinación— y talismán para una cierto sector de la izquierda intelectualmente perezoso. Respetado por la derecha tradicional, que acepta que gran parte de su obra posee un gran valor artístico, incluidas películas como El Evangelio según Mateo, premiada por el mismo Vaticano, después de las innumerables denuncias y persecuciones que sufrió desde el año uno de su carrera como poeta, perdonado por los más reaccionarios que ven en su muerte un castigo divino al que no cabe añadir más, es también desde su asesinato un tema de estudio, que ha tardado en dar resultados y respuestas convincentes.

Pasolini es un tótem y en algunos casos se utiliza su muerte, su asesinato, como clave de lectura e interpretación de su obra —poética, narrativa, cinematográfica, teatral, ensayística o incluso pictórica—, que no se deja simplificar en categorías aisladas. Que los amigos supervivientes del poeta, como la propia Maraini o la larga lista de los que han escrito monografías dedicadas al famoso crimen, reclamen una investigación en profundidad y apoyada por la más avanzada tecnología, la que explora el material genético, es una manera de pedir que sea el propio Pasolini —que hable su cuerpo, lo que queda de él transcurridos cuarenta años de la emboscada en Ostia, de esos despojos en los que se han cebado tantos escritores, periodistas y analistas de diferentes países, pero sobre todo de Italia— quien revele el nombre, los nombres de quienes lo mataron. 

A mediados de noviembre del 2021, los diarios se hacían eco del hallazgo, en una gruta de lava del Etna, de un misterioso cuerpo de un hombre vestido con traje y corbata. Enseguida, Franca de Mauro, la hija mayor del periodista Mauro de Mauro, desaparecido en septiembre de 1970, reclamaba un análisis del ADN de esos restos, pues los datos difundidos sobre malformaciones en nariz y boca del cadáver podrían corresponder con los de su padre. De ser él, desmentiría las últimas versiones sobre la desaparición y ejecución del periodista de L’Ora, hecha por sucesivos mafiosos arrepentidos, según la cual el cuerpo del periodista fue enterrado en la finca de un mafioso, y diez años después desenterrado para ser disuelto en ácido. La ropa y los periódicos fechados en 1977 encontrados junto al hombre del volcán obligaron a descartar que se tratase de Mauro de Mauro.

El «crimen Pasolini», o Il delitto Pasolini, ha generado una bibliografía tan extensa que no sería exageración hablar de una rama dentro del giallo italiano, el género literario de asesinatos políticos y mafiosos. Este año de 2022 se conmemora el centenario del nacimiento del autor de Teorema, por lo que es previsible una catarata de artículos, reediciones de su obra, nuevas traducciones, exposiciones y hasta biografías «canónicas» con nuevas revelaciones que solo lo serán para quien, pese a estar interesado en el caso, no sepa italiano. Buena parte de los datos que pretenden venderse como novedosos en España proceden de una crónica sobre la que llevo tiempo llamando la atención para que se traduzca de modo que el lector español acceda directamente al trabajo de varios profesionales valientes y escrupulosamente honestos.

Se trata de Profondo nero, (Chiarelettera, 2009), de Giuseppe Lo Bianco y Sandra Rizza, periodistas de Palermo especializados en la crónica judicial. Son autores de otros libros firmados al alimón o por separado, siempre en torno al gran tema siciliano, la mafia y su infiltración en la política, y el berlusconismo, una derivada del primero. El título tiene su homónimo en una recopilación de italo disco, que a su vez homenajea al Profondo rosso (1975) de Dario Argento. No puede extrañar que con tantas referencias literarias, musicales, y luego cinematográficas, la sensación de trama ficcional haya llevado a tratar el asesinato de Pasolini como un folletín interminable.

El epígrafe de Profondo nero es revelador y glosa el atractivo del libro, que se confirma en la lectura: Mattei, De Mauro, Pasolini. Un’unica pista all’origine delle stragi di stato. La traducción al español por fuerza debería aclarar algo: Enrico Mattei, Mauro de Mauro, Pier Paolo Pasolini. Una sola pista en el punto de partida de los asesinatos de Estado. Enrico Mattei fue el carismático, astuto y poderosísimo directivo del ENI, la empresa nacional de energía Ente Nazionale de Idrocarburi, que murió el 27 de octubre de 1962, en extrañas circunstancias, a la altura de Bascapè al estallar la avioneta, un birreactor Morane Saulnier, que lo trasladaba de regreso a Milán desde Gagliano Castelferrato. Junto a él murieron el piloto Irnerio Bertuzzi y el periodista inglés William McHale, pues la revista Time-Life iba a dedicarle pronto su portada al intrépido italiano. Mattei tenía previsto viajar pocos días después a Argelia para cerrar un importantísimo acuerdo petrolífero que incomodaba a las llamadas Siete Hermanas del cártel mundial del petróleo. Seguro que Dacia Maraini está informada de que los avances en las técnicas de detección del ADN y del análisis de residuos de explosivos permitieron demostrar, tres décadas después, lo que muchos sospecharon desde que se conoció la muerte, tan oportuna, de Mattei: que la explosión de la avioneta fue un atentado y la muerte de los tres ocupantes del birreactor un asesinato.

Mattei, il condottiero

Sobre la carismática personalidad de Mattei han quedado varios registros —además de los reportajes gráficos de empresa, donde destaca por su altura, porte y autoconfianza— en entrevistas para la televisión. En 1960 acude al programa Tribuna política para explicar la labor del ENI. El directivo establece un paralelismo entre el organismo que él dirige y la imagen de un gatito rodeado de perrazos que comen a dos carrillos y no vacilan en destrozar de una dentellada al famélico intruso, un recuerdo bien traído de su infancia. La parábola del gattino que representa a Italia frente a los gigantes americanos y británico, engordados durante y después de la guerra, cala en la opinión pública y suscita una oleada de simpatía y solidaridad por la política patriótica de Mattei.

Gatitos aparte, el siempre atildado Mattei desplegó durante su carrera su inteligencia, su capacidad de seducción y su enorme ambición que usó tanto para asegurarse el apoyo de sectores clave como la prensa —que subvencionó— y determinados círculos económicos, ligados a la DC en su orientación menos ultra. Para que el lector extraiga sus propias conclusiones al comparar trayectorias, proyectos y destinos, invito a leer la documentada y amena biografía que Enrique Faes publicó en 2020 dedicada a Demetrio Carceller, fundador de una de las familias más ricas de España: Un empresario en el gobierno (Galaxia Gutenberg). Faes relata el papel de Carceller como ministro de Industria durante el primer franquismo, cuando nuestro país persiguió cierta autonomía petrolera, y la preferencia y simpatía del español por Estados Unidos frente a las presiones de Alemania. Al contrastar la política española con las iniciativas de Mattei, se advierte con más claridad el desafío que suponía el italiano.

Las iniciativas de Mattei en pro de la mayor autonomía energética de Italia determinan su muerte. En 1957 obtuvo autorización para buscar petróleo en tres zonas de Irán. El departamento de Estado americano escribió que «los objetivos de Mattei en Italia y en el exterior deben suscitar preocupaciones. Mattei representa una amenaza para los objetivos que los Estados Unidos persiguen en Italia». El año siguiente il condottiero llega también a Jordania. El 19 de septiembre nace la Organisation of Petroleum Exporting Countries, la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) integrada por Venezuela, Irak, Irán, Kuwait y Arabia. Sueñan con la unificación mundial del patrimonio energético, es decir, crear un cártel sobre bases de ecuanimidad y ética, un propósito que recibe el apoyo del mundo y que en años posteriores y hasta hoy ha condicionado los equilibrios geoestratégicos.

Ese mismo año, Mattei se atreve a algo que las Siete Hermanas no podían prever: cierra un acuerdo con la URSS para obtener un volumen de petróleo muy considerable, con el cual cuenta cubrir el 25 % de las necesidades de la ENI a un precio nunca visto. Las Siete Hermanas lo entienden como un golpe definitivo al cártel y, el 12 de noviembre, un artículo en el New York Times acusa al dirigente de «filosoviético» y a Italia de «no respetar los pactos de la posguerra», además de comprometer «futuros equilibrios políticos». 

No puede estar más claro. Estados Unidos y Reino Unido contaban con Italia como dócil aliado de cara a una colonización económica que ayudara a colocar el enorme excedente de producción estadounidense, fruto de su recuperación industrial y comercial acelerada con la guerra. En las décadas 60 y 70 Estados Unidos hace realidad sus planes de control de los gobiernos aliados apoyando o auspiciando los golpes de Estado que imponen dictaduras militares en varios países del área latinoamericana, con especial relevancia en países extensos como Argentina, Brasil o Chile. Pero no es necesario hacer lo propio con Italia cuando métodos menos obvios le van a permitir ganar esta concreta batalla de la guerra fría: la de mantener a Italia del lado occidental.

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Mattei, muy ufano de visita a uno de las factorías ENI. (DP)

Así muere (y desaparece) un periodista

Mauro de Mauro (1921-1970), periodista del diario comunista palermitano L’Ora, desapareció el 16 de septiembre de 1970. De Mauro tenía familia que mantener: esposa y dos hijas. Como la mayor, Franca, iba a casarse, le pareció maná caído del cielo el bien pagado encargo del director de cine Francesco Rosi (1922-2015): investigar los últimos días de Mattei en Sicilia, cuando se desplazó a Gagliano Castelferrato, donde el hallazgo de yacimientos de gas metano propició la ilusión de los cientos, si no miles, de puestos de trabajo que se crearían en la zona.

Rosi estaba trabajando en el guion de una película que muchos lectores de hoy quizá recuerden: El caso Mattei (1972), una reconstrucción de los últimos días del ejecutivo con un convincente, y no menos carismático que el original, Gian Maria Volontè de protagonista. Pocos sabrán que Rosi recibió amenazas veladas que la desaparición de De Mauro obligó a considerar una seria advertencia. Si Rosi, entonces en el apogeo de su carrera, llegó a soplar las noventa y dos velas y a ser declarado «orgullo de Nápoles» fue porque optó por dejar el caso «abierto» en lugar de proponer sin ambages la pista del atentado, audacia o temeridad que muchos esperaban. «No somos héroes» manifestó el lúcido y elocuente director de Excelentísimos cadáveres (1975), aunque más adelante negó por activa y por pasiva que los autores intelectuales del asesinato de Mattei reescribieran el guion de la película, ganadora de la Palma de oro del festival de Cannes de 1972 exaequo con La clase obrera va al Paraíso, de Elio Petri

En una entrevista de Serena d’Arbela, Rosi explicaba:

No he hecho la película para sostener que Mattei fue asesinado. Mi obra tiene una estructura dialéctica en la que conviven tanto la tesis del asesinato como la del accidente. La idea se me ocurrió durante una fase en que los periódicos hablaban del asunto. A decir verdad, no muchos, pues Mattei ha sido siempre un tema que se ha tocado con mucha prudencia, un tabú. Me apetecía contar la Italia de la posguerra a través de este personaje tan problemático y controvertido. El aspecto social y el sesgo político me inspiraron la película. Hice una investigación, diría incluso que una investigación dentro de la investigación… tenía que contar el personaje (…) pensé que partir desde el final, de la secuencia en que se busca el cuerpo de Mattei entre la chatarra de la avioneta recién caída, me permitía recalcar mejor los momentos sucesivos de la película, privilegiar los episodios en particular mejor que su cronología].

El antiguo ayudante de Visconti era más consciente que quienes lo amenazaron de que las películas que le interesaba dirigir iban a convertirse en documentos de época, de tal forma que hasta los rastros de su apocamiento —o cobardía, para algunos— se leerían como testimonio y denuncia. El director de Lucky Luciano y Las manos sobre la ciudad trabajaba para construir la memoria futura y este proyecto implicaba trascender la literalidad de los hechos.

La crónica de la investigación del caso Mattei y de sus muchos laberintos, del archivo del caso, de su reapertura y de su recalificación definitiva como atentado, está recogida por extenso en un libro titulado igual que la película, cuya portada luce el amarillo del género policiaco a la italiana. Lo firman el hoy célebre magistrado Vincenzo Calia y la periodista Sabrina Pisù. Aunque publicado como libro en 2017, su contenido nutre por extenso la sección dedicada a Mattei y a De Mauro en Profondo Nero. En el prólogo, Calia y Pisù llaman la atención sobre el hecho que, aun habiéndose demostrado «en sede judicial» que fue un atentado, determinados sectores y medios informativos insisten en llamar «accidente» a la explosión que segó la vida de los tres ocupantes del birreactor.

El capítulo de Profundo nero que mejor describe el impacto de los crímenes mafiosos y los riesgos que entraña el periodismo de investigación en Palermo es el titulado «Así muere un periodista».

En periodismo, las fuentes tienen capital importancia y no es extraño que los testimonios inesperados aporten la clave que facilitará la resolución del caso. La última vez que vio vivo a su padre, su hija mayor, Franca De Mauro, estaba en el portal de su domicilio con su prometido ultimando detalles de la boda que debía celebrarse el día siguiente. Acostumbrada a que por motivos de trabajo se acercaran desconocidos a su progenitor, no le extrañó la presencia de los que requirieron su atención y se lo llevaron en su propio BMW, que aparecería abandonado días después. Franca insistió siempre en la palabra dialectal —amunì— con que lo invitaron a subir al BMW, un vamos que delataba el origen napolitano de los secuestradores.

La hija menor del periodista, Junia, entendió pronto que no todos los viejos amigos y conocidos que llamaban o les visitaban para manifestar apoyo eran dignos de confianza y que algunos intentaban averiguar en qué punto de la pesquisa estaban la familia y la policía. Tan intrigantes movimientos la decidieron a llevar un diario donde anotaba, con impresionante inteligencia para captar detalles equívocos y deslices, todo lo ligado al caso desde que la señora De Mauro denunció la desaparición del cabeza de familia. Sin duda su contenido se aparta del habitual diario íntimo femenino.

Según Lo Bianco y Rizza, la desaparición de De Mauro se convirtió en Palermo en el símbolo del poder excesivo de la Cosa Nostra. Desaparecido de la faz de la tierra, su cuerpo no podrá encontrarse nunca a tenor de la confesión del arrepentido Gaetano Grado, que señaló a su hermano Nino como uno de los tres secuestradores que actuaron por orden del boss Stefano Bontade. De Mauro no solo hacía muchas preguntas, sino que además se jactaba de haber averiguado algo sobre los últimos días de Mattei que sería un scoop periodístico de los que hacen ganar premios y causan terremotos en las altas esferas. Un tal Guarrasi, abogado, transmitió al boss su inquietud por unas preguntas y averiguaciones que amenazaba la impunidad con que habían actuado hasta entonces. 

Desde la desaparición del cronista y durante años, el ventilador de la mafia, a través de sus ramificaciones en los medios, se dedicó a confundir a la opinión pública ensuciando su reputación: su implicación en el tráfico de drogas y un ajuste de cuentas explicarían su desaparición; se lo vinculó a los movimientos neofascistas (con los que estuvo relacionado durante la guerra), involucrados en esa década en atentados con explosivos y movidas involucionistas. Los rumores sugerían que su pasado había salido a buscarlo. La campaña de desprestigio complicó, como se pretendía, la resolución del caso hasta la confesión de otro arrepentido, Francesco Marino Mannoia, que detalló los métodos importados de Norteamérica para deshacer en ácido los cuerpos de tantos ejecutados por la mafia. Mannoia era uno de los encargados de desenterrar los restos y hacerlos desaparecer con los novedosos disolventes químicos, cosa que hizo con los del cronista a diez años de su secuestro y ejecución. Salvatore Totò Riina (1930-2017), como único superviviente del triunvirato de capi que mandaba en Palermo en los años 70, era el único imputado hasta la fecha de redacción del libro.

A través de sucesivas declaraciones de arrepentidos se va armando el puzzle del cómo y por qué del asesinato de De Mauro. Este había hablado con un asesor fiscal quien a su vez habló con dos abogados, quienes hablaron con il boss Salvo, miembro de un clan enemigo del expresidente de la región que debería haber viajado con Mattei en el que resultó su último vuelo. Los Salvo hablaron con Bontade y este ordenó la muerte del periodista. Uno de esos dos abogados mencionados líneas arriba era Vito Guarrasi, que alertó a los Salvo del peligro que entrañaban las preguntas De Mauro, que estaba a pocos pasos de averiguar la implicación de estos en el seguimiento a Mattei durante los días previos al accidente.

Así resumen los autores de Profondo nero: «Es una típica historia palermitana. Un asesor fiscal, un conocido abogado y los recaudadores más poderosos de Italia actúan en complot con un boss de la Cosa Nosta para cubrir el gran complot italiano que ha decidido el fin de Mattei en Sicilia. Y lo hacen tapándole la boca a un periodista incómodo que ha descubierto algo grande, que se ha acercado demasiado a la verdad».

(Continuará)


Fuentes

Libros y webs:

Profondo nero: Mattei, De Mauro, Pasolini, un’unica pista all’origine delle strage di stato, de Giuseppe Lo Bianco y Sandra Rizza. Editorial Chiarelettere, Milán, 2009 (hay nueva edición de 2020).

Il caso Mattei. Le prove dell’omicidio del presidente dell’Eni dopo bugie, depistaggi e manipolazioni della verità, de Vincenzo Calia y Sabrina Pisu, Milán, 2017. 

«Irnerio Bertuzzi ed Enrico Mattei stessa morte, stesso sogno: Un’Italia libera en Secolo d’Italia».

«Quando Enrico Mattei e l’Italia facevano paura al mondo», de Nico Zuliani.

Entrevista a Francesco Rosi: 

«Francesco Rosi e il suo estraordinario cinema della verità», por Serena d’Arbela en Patria Indipendente, enero 2015.

Dacia Maraini, artículo reproducido por La Repubblica

«Dacia Maraini: “Riaprite l’inchiesta sulla morte di Pasolini. A qualcuno fa comodo che resti un enigma»

«To Solve 3 Cold Cases, This Small County Got a DNA Crash Course. Forensic genealogy helped nab the Golden State Killer in 2018. Now investigators across the country are using it to revisit hundreds of unsolved crimes», en New York Times, 3 mayo 2021.


Letizia Battaglia: «Para los mafiosos era humillante que una mujer les fotografiara con las esposas puestas»

Letizia Battaglia (Palermo, 1935) es la gran dama de la fotografía italiana, aunque surja de los bajos fondos, del periodismo de sucesos y de su lado más oscuro, la mafia. Es considerada, a secas, la fotógrafa de la mafia. Su fama es mundial. Retrató en Palermo y Sicilia los años más terribles de la Cosa Nostra, de finales de los setenta a los noventa, con un blanco y negro de sábanas de cadáveres y viudas, un contraste de brutalidad y exquisita delicadeza. Es una mujer pasional, tenaz y contracorriente, que en realidad empezó a hacer fotos muy tarde, con cuarenta años. Pero luego no paró. Volcada en la lucha por cambiar Sicilia, en los noventa entró en política con la alcaldía de centroizquierda de Palermo y fue asesora de medio ambiente. Sus fotos ahora son documentos y memoria para el recuerdo, que también es una pesada carga de dolor. Habla de sus recuerdos en su casa de Palermo, con su perro Pippo, que también es en blanco y negro.

¿Qué recuerdos tienes de la guerra?

Bonitos, porque cuando salía del refugio, en Trieste, íbamos a buscar esquirlas, trozos de bombas. Estábamos muy organizadas. Apenas sonaba la sirena nos poníamos una mochila con todas nuestras cosas ya preparadas, íbamos al refugio, dentro de una montaña. Recuerdo que en Trieste vi desde la ventana cómo se disparaban alemanes y yugoslavos, que llegaron primero, con los neozelandeses. Piensa que cuando volví de Trieste a Palermo tardamos catorce días, en carros de ganado. En Trieste un yugoslavo nos dijo que teníamos que volvernos a nuestro país, tuvimos miedo y partimos con nuestras pocas cosas.

¿Cómo era Palermo?

No me gustó nada. Apenas llegamos mi padre ya no me dejó salir sola. En Trieste salía sola, era libre, me cogía una bici, era un lugar lleno de aventura… Pero en Palermo no.

¿Era peligroso?

No, es que una vez salí a comprar el pan y me encontré con un hombre que se masturbó delante de mí. No entendía nada, al volver se lo conté a mi padre y se acabó lo de salir sola.

¿Qué edad tenías?

Diez años.

Era 1945, apenas terminada la guerra. ¿Llegaste a ver por allí a los americanos?

No, ya se habían ido.

Palermo entonces no te gustó.

No, por esta cosa de perder la libertad, no me gustó perderla, nunca me ha gustado.

Pero cinco años después, con quince años, te casas. ¿Por qué, por qué tan pronto?

¡Porque quería mi libertad! ¡Quería irme de la casa de mi padre! La única posibilidad era esa, no había otra. No tenía ningún título de nada, era demasiado joven para tener nada. Mi abuela me había dicho: «Mira Letizia, hasta los diecisiete años los hombres te cogen, luego eres tú la que los tienes que buscar». Estaba aterrorizada por si nadie luego me buscaba. No sé si entiendes lo que quiere decir coger en italiano…

[Saca un cigarrillo electrónico] ¿Sigues fumando?

No, bueno, fumo esto. Hace un mes tuve una broncopulmonía. Estaba muriendo. Fumaba cuarenta y cinco, cincuenta cigarrillos al día. Dije: basta. Es una fortuna, esta cosa electrónica no me hace sufrir.

Hablábamos de Palermo en la posguerra.

Sí, me pareció polvorienta, no me gustaba. Estaba siempre en casa. Y nada, eso, me casé. Con un hombre que económicamente estaba bien, un poco cretino, que no entendía nada, que no me entendía. Bueno, luego he comprendido. Cuando me casé con él a mí me pareció un chico guapo, tenía veintitrés años, tenía dinero, me hacía regalos, imagínate, después de la guerra no había nada. Así que a mí me pareció bellísimo.

Era mucho mayor que tú.

Sí, siete, ocho años, no tanto. Yo quería tener hijos enseguida, me gustaba mucho la idea, pero luego, después de un poco, resulta que tampoco tenía libertad. Yo quería ir a la escuela, tenía quince años, aunque me hubiera casado quería seguir yendo, pero no pude. Eran los años cincuenta. Es que yo ya era como soy ahora, ¿entiendes?, con la cabeza así. Intenté hacer cursos por correspondencia, de dibujo. Me gustó tener hijas, tuve la primera con diecisiete años. Pero luego empecé a tener amantes, porque con ese hombre…

¿Cuándo comenzaste a trabajar, en lo que fuera, a tener cierta independencia?

No, pasaron muchos años. Antes, como te decía, empecé a engañar a mi marido, yo quería separarme, pero no era posible en esa época. Tienes que entender cómo era. No era posible, de verdad. Te decían que si te separabas solo podías ser puta. No tenía ningún título de estudio, no tenía dinero, ni bienes míos, mi padre era un pobre marinero, trabajaba en los barcos. El resto de mi familia era adinerada, burguesa, solo nosotros no éramos ricos. Mi padre trabajaba en los barcos por una injusticia familiar. Habían tenido una herencia y entre sus cuatro hermanos juntaron el dinero y abrieron unas boutiques, muy famosas en Palermo. A mi padre le dejaron fuera y le dieron dinero, pero tenía veinte años, se casó con mi madre que tenía dieciséis, y en un año se gastaron todo. No le quedó otro camino que ser marinero, viajar toda la vida, fue muy duro.

¿Desde pequeña fuiste consciente de las diferencias sociales?

De pequeña no, no me enteraba. Pero luego yo era comunista sin saber nada del comunismo, me atraía todo lo que era lucha de clase, la igualdad, no me gustaba que hubiera ricos y pobres…

¿Cuándo tuviste la primera cámara fotográfica en las manos?

La primera, una pequeña, me la regaló una amiga y me la llevé a Londres. Fuimos las dos con las niñas a ver la ciudad. Por casualidad paseando por la calle vi salir a los Beatles de un hotel, todos estaban locos por ellos, ¡pero yo no hice ni una foto! Luego hice fotos de otras cosas, y nada más. Pero es que mi sueño era ser escritora. Yo quería escribir, no quería hacer fotos. De niña hacía redacciones preciosas, mientras en latín, griego, sacaba unas notas malísimas. Empecé a escribir en 1969 en el periódico L’Ora, de Palermo. Cosas pequeñas, no estaba muy considerada, pero luego en verano pude hacer grandes páginas, reportajes, porque era fácil, los periodistas estaban de vacaciones y podías hacer cosas.

Sí, eso siempre ha sido así. ¿En aquella época era normal en la redacción una mujer periodista?

Sí, lo raro era una fotógrafa. En L’Ora, por ejemplo, ya había redactoras. Pero ver una mujer por la calle con una cámara que te hacía una foto era raro. Es algo que ha costado superar, pero incluso en Italia no había entonces ninguna mujer que fotografiara para periódicos. Para semanarios y revistas mensuales sí, pero no para diarios, para periodismo de asalto, digamos. Lo peor, lo más terrible no eran los mafiosos, era cuando te mandaban a hacer fotos a las peleas de chicos fascistas y comunistas, y nosotros en medio, un terror.

Pero empezaste a hacer fotos después, al irte a Milán, no en Palermo.

Sí. Yo vivía en Palermo, trabajaba para L’Ora, y en un cierto punto de mi vida empecé a hacer psicoanálisis. Estuve en tratamiento con un freudiano maravilloso, al que todavía hoy le doy las gracias, durante tres años. Yo estaba mal, tuve problemas, no podía más. Yo amaba a un chico, este chico me amaba a mí, y entonces por fin tuve el coraje de marcharme. El psicoanalista me dio consejos, y me fui a Milán, con mis niñas.

¿Te fuiste con las tres?

Sí, una cosa complicadísima, mamma mia, en tren, para separarme de mi marido. En Milán escribía para periódicos y periodicuchos, buenos y malos, pero luego siempre, cuando quería hacer algo o tenía alguna idea, me preguntaban: ¿y las fotografías dónde están? Querían siempre la foto. Entonces pensé en hacer fotos. Sin pasión, al inicio, y sin ningún conocimiento. El chico con el que estaba ya era fotógrafo, pero no quería que yo hiciera fotos, no le hacía gracia. A veces para enviar fotos íbamos al aeropuerto, al vuelo que salía para Palermo, a darle el paquete a algún pasajero y pedirle el favor de llevarlo, pero la gente no se fiaba, no era fácil. Luego, después de tres años, el diario me dijo si quería volver a Palermo a dirigir el servicio fotográfico. Yo me puse muy contenta, mucho.

¿Recuerdas tus primeras fotos en Milán?

Extrañamente una de las primeras cosas que hice en Milán, sin ser una buena fotógrafa, nada, fue unas fotos de Pier Paolo Pasolini. Yo lo amaba, estaba loca por él. Leí en el periódico que iba a estar en una conferencia y fui. Allí lo estaban atacando mucho los camaradas comunistas porque le acusaban de pornografía, y entonces yo, temblorosa, sin tener el valor de existir, desde un rincón, le hice unas fotos. Era 1971. Las he encontrado ahora y las acabo de donar a la Fundación Pier Paolo Pasolini.

¿Le saludaste? ¿Te acercaste a él?

No, no, cuando amo algo no me acerco nunca, escapo, no quiero demostrar mi amor. No, no. Pero sí tuve una relación, un momento especial, con Ezra Pound. Yo lo conocí por un poeta que ahora es muy famoso pero entonces no, Emilio Isgró. Me dijo si quería ir con él a Venecia a encontrar a Ezra Pound, y me fui. Yo iba muy guapa, muy maquillada, con las pestañas negras, negras, que se llevaban entonces. Entré en una habitación pequeña, una cocina, donde había un viejo y una vieja. El viejo con una barba blanca, muy triste, parecía Leonardo da Vinci. Yo no sabía nada de él. Él estaba callado, no hablaba, porque ya no quería hablar con nadie. Y yo lo miraba, y él me miraba con esos ojos tristes, tristes, y empecé a llorar, y todo el maquillaje se me vino abajo a chorros por la cara. Él no decía nada, solo me miraba con esos ojos.

¿Por qué lloraste, por su tristeza?

Él era estupendo. Era la profundidad que venía fuera, su profundidad tocaba la mía, mi psique.

Sin decir una palabra.

Nada. Él ya no hablaba, despreciaba la sociedad que lo había enviado a la cárcel. Hace dos años lo incluí en un trabajo de retratos, Invencibili, de mis héroes. Puse una poesía suya: «Arranca de ti la vanidad / Te digo arráncala / Pero haber hecho en lugar de no haber hecho / esta no es vanidad». Me ha ayudado mucho, porque la vanidad es horrible, pero trabajar, esto, no es vanidad. Yo le estoy muy agradecida. Como a muchas personas en la vida, a quienes no he conocido, que me han dado tanto, y he querido recordar en esa serie de Invencibili: Jesús, Che Guevara, James Joyce, Falcone, Borsellino, Rosa Parks

Entonces vuelves a Palermo a finales de 1974 para ser fotógrafa.

Feliz, feliz, porque mis niñas, ¡bueno niñas! eran ya grandes, querían volver. Yo tenía treinta y nueve años, casi cuarenta, y empecé una carrera cuando la mayoría de los hombres y las mujeres a esa edad ya la han madurado. En cambio yo empiezo a hacer una cosa de la que no sé nada. Y me encuentro en medio de una situación que era la más terrible que nunca hubiera ocurrido en el siglo en mi ciudad, cuando la mafia decide hacer la guerra civil, cuando los Corleoneses enloquecieron. Yo no soy una mafióloga ni una psicoanalista, pero el hecho de que fueran de pueblo hacía que odiaran y admiraran al mismo tiempo a los de la ciudad, eran pueblerinos, con mucho dinero, pero tenían que aplastar al enemigo. Estaban locos, es como lo que está pasando ahora en Siria, la barbarie. Pues así pasé unos cuantos años, en esto.

¿Cuándo viste por primera vez la mafia? ¿La recuerdas de cuando eras pequeña?

No, no sabíamos nada de la mafia. En mi casa no se hablaba de ello, también porque en esos años la mafia estaba en los pueblos, en la ciudad no había. Cuando me casé, con quince años, empecé a comprender algunas cosas. Por ejemplo, se decía que en la calle de al lado había uno que vendía ataúdes que era mafioso, y después lo mataron. Se tenían noticias, pero eran aisladas, no te involucraban, no era un peligro para nosotros, ¿entiendes? La mafia hacía sus negocios, no sabíamos cuáles, se mataban entre ellos, eso era lo que se decía: se matan entre ellos. En cambio luego, cuando vinieron a la ciudad, todo cambió. Yo tomé conciencia, una primera vez, en 1970, con la desaparición de Mauro de Mauro, un colega del diario, que a mí no me gustaba mucho, pero bueno. Dijeron que era cosa de la mafia. Yo colaboraba en el periódico, aunque no era nadie, era la rubita. Eran las seis de la mañana, a esa hora todos teníamos que estar allí, porque era un diario de la tarde, y dieron las siete, las ocho, y no llegaba. Todos hacían bromas diciendo que si estaba borracho debajo de alguna mesa, pero no, al pobre se lo habían llevado y nunca apareció.

Aún es un caso sin resolver.

Luego me fui a Milán y cuando realmente descubrí la mafia fue al volver a Palermo y empezar a dirigir el grupo fotográfico. Entonces sí. Mataban a este, al otro, día tras día, y nos veíamos con los negativos llenos de gente asesinada, sangre, mujeres que lloraban. Estábamos en el campo de batalla. Se puede decir en cierto modo que fui afortunada, porque volví a Palermo cuando pasaron estas cosas. Porque ahora ya no pasan más, aunque la mafia es también muy fuerte. ¿Sabes por qué?

¿Porque no hay necesidad?

No, porque ha habido una negociación entre el Estado y la mafia.

La famosa Trattativa. [Es un polémico juicio actualmente abierto por presuntas negociaciones entre el Estado italiano y la cúpula de la Cosa Nostra, el clan de los Corleoneses, entre 1992 y 1993 para que la mafia detuviera su ataque a las instituciones y su escalada de violencia a cambio, según los fiscales, de concesiones penales y políticas, n. del a.]. Pero eso fue luego. Antes fue la toma del poder de los Corleoneses, una guerra de mafia que culminó en años terribles, como 1981 y 1982. ¿Cómo era trabajar en esos momentos?

Era angustioso, porque para el periódico tenías que estar siempre corriendo, llegar a los sitios, hacer la foto sin comprender nada de lo que había pasado y volver rápido. Nos movíamos con la Vespa, o a veces en coche. Era angustioso, eras testigo de cosas horribles. Eran mafiosos, pero eran personas, personas muertas, asesinadas. El periodo más difícil fue cuando empezaron a matar políticos, magistrados, periodistas…

 

¿Tenías miedo?

Mira, yo tuve miedo solo cuando recibí una carta anónima, o con algunas llamadas telefónicas. Ahí me di cuenta de que también yo podía estar en medio. Fui a ver a Falcone, con esta carta, y le pregunté si era una broma. No, me dijo, no es una broma. Me aconsejó irme y estar tres meses sin hacer fotos, pero no le hice caso, seguí, y estoy todavía viva, pero cada vez que salía con la cámara del portal de mi casa pensaba: «¿Y ahora qué pasará? ¿Si me disparan en la cabeza?». Por ejemplo, para los mafiosos era humillante que una mujer les fotografiara con las esposas puestas.

¿Qué crees que les fastidiaba de tus fotos?

Si te matan al hermano, y tú le haces una foto al cadáver, la gente que va allí… Me acuerdo que esta carta llegó después de un homicidio en el barrio de San Lorenzo, donde me dijeron con malos modos que yo no tenía que hacer fotos allí. Pero las hice a escondidas y se publicaron al día siguiente. Siempre he tenido este sentido del deber, de llevar la noticia al periódico. Luego, las exposiciones, las cosas que hice luego, son distintas, un compromiso en denunciar, en recordar, para que no se olvide lo que hemos sufrido, pero entonces lo que me interesaba más que nada era llevar el trabajo al periódico. Me acuerdo de que al principio incluso hasta la policía me quería impedir trabajar, porque era una rubita, mona, yo era mona, llevaba estos vestidos de entonces, y no les gustaba, pero luego me ayudaron siempre, entendieron que trabajaba seriamente.

Llegabas a menudo la primera al lugar del crimen.

Sí, a veces llegábamos antes de la policía. Eso era terrible. Te ves allí… Recuerdo una foto, un muerto en medio del campo, hoy ya no sería capaz de encontrar el lugar. Estaba este hombre boca abajo, estaba oscuro y yo no usaba flash, no lo sabía usar, no me gustaba. Pero estaba oscuro, oscuro, yo estaba desesperada. Había por allí un campesino que me miraba, a mí y al periodista. Luego llegó la policía y con los focos del coche pude hacer la foto. Cuando a este hombre le levantaron la camiseta tenía un Cristo grande tatuado en la espalda. Fue una emoción fuerte.

Sí, recuerdo esa foto.

Recuerdo a menudo los silencios, de noche, en torno a un cuerpo muerto. Eran los mismos silencios de los bombardeos, en los que se habla bajito, como cuando estábamos en los refugios en la guerra, en Trieste, en Nápoles, en Civitavecchia. O como en los funerales en las casas. Era un silencio en el que una palabra de más era una ofensa, no sé cómo explicarte. Pero cuando había un muerto de día era totalmente distinto, en los barrios. Recuerdo que un día había allí unos niños comiendo el bocadillo mientras miraban, les daba igual. No, porque uno se acostumbra, es que a lo mejor después de que tienes a un muerto delante durante diez minutos luego ya no piensas más en ello, en que está muerto.

Cuando tú llegabas, corriendo, ¿qué hacías, cómo te movías?

Tenía que hacer foto del muerto, de los parientes del muerto, la policía, los carabinieri, el magistrado de turno, luego siempre aparecía un cretino que te decía que no podías hacer fotos…

Cuando llegabas primera, tú sola con un un cadáver, tenías que pensar deprisa, mecánicamente, en hacer tu trabajo, pero al mismo tiempo estabas delante de un muerto, en una situación muy fuerte…

Muy fuerte.

… pero tú tienes que tener una barrera para no pensar en ello, y hacer tu trabajo sin dejar espacio a los sentimientos.

No, yo he tenido siempre sentimientos.

¿Cómo se vive eso, cómo hacías?

Se vive con náusea, con ganas de vomitar. Cuando te llamaban, te mandaban a un sitio, no sabías nunca con lo que te ibas a encontrar. Te metían prisa, brutalmente, ibas corriendo, y no sabías qué había pasado, si era uno que se quería tirar del quinto piso o un homicidio. El periódico en ese momento no solía tener noticias precisas. Tenían sintonizada la radio de la policía y ahí hablaban en código, pero decían la dirección y para allá ibas a ver qué había ocurrido, a ciegas. Así fue para muchas cosas, muchos acontecimientos.

Te he oído contar que nunca te pudiste quitar de la cabeza el olor a sangre.

Sí, me ha quedado impreso en la cabeza. Incluso cuando miro las fotos, para una exposición, mientras las miro y veo esta sangre, que era roja, pero para mí era en blanco y negro, recuerdo el olor y un ruido: zzzzzzzz, el de las moscas en el campo, el calor, en el silencio. Uno no se acostumbra nunca, nunca.

I due Cristi. Fotografía: Letizia Battaglia, Palermo, 1982. ©

¿Salías mucho de Palermo, a las zonas rurales?

Donde podíamos llegar a tiempo, pero a Corleone, por ejemplo, no llegábamos, quedaba lejos y quitaban el muerto.

¿Cuándo fuiste a Corleone por primera vez?

Tengo unas fotografías de campesinos de Corleone, que pasan con una especie de capa, de capucha de lana negra que se metían en la cabeza en invierno. No recuerdo cuándo las hice, pero no fui allí por un homicidio. Luego fui por uno, pero no encontré el cuerpo, ya se había terminado todo. Y luego fui, en 1978, un domingo por la mañana, a llevar una exposición de fotos de mafia para ponerlas allí en medio de la plaza, en unos paneles. Estábamos yo, Franco Zecchin [fotógrafo y pareja de Letizia Battaglia, n. del a.], un equipo de la RAI y un mafiólogo, Umberto Santino, y su mujer. Apenas llegamos allí, toda la gente vino a ver qué eran esas fotos. Apenas vieron que en una estaba Luciano Leggio, el capo de los Corleoneses, su vecino de Corleone, arrestado, con las esposas, la plaza se vació inmediatamente.

Sí, he visto esa foto, de pie en el tribunal.

Sí, esposado, lleva a un policía que camina detrás, él parece el rey.

En 1978 era el momento de auge de los Corleoneses, se debía de tocar el miedo en el aire.

Tengo un vídeo, corto, de este día, el que hizo la RAI, donde aparezco yo y digo: «Hemos tenido miedo». Lo digo y lo repito con insistencia, como un autómata, se ve que me había asustado muchísimo. Encontrarte con la plaza vacía era peor que tener una muchedumbre que te quisiera pegar. Pensabas que estaba a punto de suceder algo. Todos se fueron a su casa, no querían ver, no querían que alguno, Leggio, Totò Riina, dijera: vosotros habéis visto, mirado, participado. Recuerdo el miedo.

Se tocaba.

Sí, ellos eran los dueños del lugar. Quizá lo son todavía. En otro pueblo cercano, San Giuseppe Jato, tuvieron en los noventa una alcaldesa buenísima, comunista, Maria Maniscalco, intentó cambiar las cosas, pero la mafia siempre estaba ahí. En Corleone ahora viven las hijas de los arrestados, sus mujeres…

Todos estos muertos y escenas terribles que has visto, ¿qué huella te dejan? Uno puede hacerse un escudo, pero todo pasa dentro, porque además tú atrapas imágenes. ¿Cómo se convive con esas imágenes que se te quedan en la cabeza?

No se puede, no se puede convivir. Yo he intentado varias cosas. A veces he pensado en quemar los negativos, porque me resultaba insoportable, todas esas carpetas clasificadas que encima solo veías escrito «Homicidio», «Homicidio»… No es posible que en la vida de una persona haya esta presencia tan fuerte. Hace un tiempo intenté hacer fotografías distintas, cogí las fotos de homicidios y en el mismo espacio, delante, colocaba mujeres desnudas. ¿Ves esa que tengo en la pared? Es un muerto, de un homicidio, pero delante ves esta mujer desnuda con un jazmín. No sé si es buena, o no, o si es un asco, no lo sé, he querido mezclar la presencia viva de una mujer, de una flor, y he desplazado el punto de fuga, donde te cae el ojo. En la foto original, sin la mujer, el ojo va al hombre que está en el suelo, pero con ella el ojo va al pubis.

Eros y muerte.

No sé qué es más fuerte. Bueno, la muerte es más fuerte, pero al menos hay una señal de vida.

¿Cuándo empezaste a hacer fotos para ti, no por trabajo, sino porque te gustaba?

Yo hacía fotos, siempre, iba y venía, pero sin crear. Los fotografiaba a ellos, pero sin meter nada mío, bueno, sí, en cada foto meto algo mío, pero no es que pensara en el después. En 2005 comencé a elaborar algo que era como un luto, a tomar conciencia de lo que había pasado, porque una persona queda marcada, yo no sé cómo hacen los policías… Quedas marcado de una violencia así, que no es una violencia para defenderte o porque hay una guerra con un enemigo, son tu misma gente, prácticamente tus hermanos que te matan, un asco, un asco… Es complicado de contar. Yo ya hace tres o cuatro años que no salgo por Palermo. Luego, cuando además todos votaron por Berlusconi, en las elecciones de 2001, sesenta y un diputados de sesenta y uno, fue el fin, yo escapé, estuve más de un año en París, pero sin hacer nada, huida, angustiada, desesperada de que no hubiera esperanza. Tenía más de sesenta años, ahora tengo ochenta, y pensaba que no vería nunca, nunca, Palermo, Sicilia, que podría ser maravillosa… [Se emociona y no logra hablar]. Fue horrible, horrible. Además de la mafia se impuso la vulgaridad, los mensajes que llegaban de la televisión. El comportamiento de Berlusconi ha sido muy dañino para la gente ignorante, que no tenía medios para criticarlo y decían: mira este qué listo es… Me cogí una especie de depresión y me fui a París. Luego volví, porque estaba mejor, me resigné.

¿Qué hiciste en París?

Nada. Me propusieron exposiciones, pero no quería hacer nada, desaparecí, me sentía muy herida, mucho. Debo decirte que no se terminará nunca esta tristeza. Una se pinta los labios, va para adelante, se hacen otras fotos, pero…

En tus fotos, en esas escenas, en tus retratos de la gente de Sicilia, se ve una ferocidad de fondo, un sufrimiento profundo. No sé si es esta isla, que es así.

No sé por qué han pasado estas cosas. No es la isla, no es Sicilia, no es que uno nace en un lugar y es dramático. Soy una persona de temperamento optimista, pero me ha costado un gran sacrificio aceptar, no aceptar, vivir todo esto. Yo me podía ir de aquí, gané el premio más importante del mundo, en América, podía haberme ido a vivir, qué sé yo, a Nueva York, a Alemania, tengo un nombre, podía vivir otra vida, pero no soy capaz de dejar Palermo. Es como cuando tienes alguien en la familia que está mal, no puedes dejarlo. Porque yo espero siempre que cambie algo, ¡que lo consigamos! No sé cómo, porque por ejemplo, ahí está el juez Nino Di Matteo.

Sí, lleva años con escolta y con el proceso de la Trattativa le han dejado solo, como si fuera incómodo para demasiada gente, por meterse donde no debe. [N. del a.: Nino Di Matteo, fiscal de este caso que remueve secretos y trapos sucios del Estado italiano y sus turbias relaciones con la Cosa Nostra, ha recibido graves amenazas de muerte y la condena explícita de ejecución de Totò Riina, pero escasas muestras de solidaridad de las instituciones, cuando no zancadillas y desplantes profesionales].

¡Nino Di Matteo vive su vida de manera terrible! ¡Esperando cada día que le peguen un tiro en la cabeza o en el corazón! ¡No se puede vivir hoy así, si no estás en guerra! ¡Porque si no estás en guerra te tienen que proteger! Y si no te protegen, ¿qué país es este? Yo no puedo estar tranquila, serena, viendo la mirada de Nino Di Matteo, y de los demás, porque yo todavía recuerdo la mirada de Falcone, la recuerdo, y la de Borsellino, cuando un mes después de la muerte de Falcone habló en aquel encuentro en un atrio, delante de nosotros, todos tristes, y él con esa mirada de que sabía que lo iban a matar… [Se le saltan las lágrimas y se queda en silencio un largo rato]. Bueno, ¿hemos terminado?

Cuando quieras lo dejamos.

Sigamos un poco.

Te quería preguntar por el blanco y negro, siempre le has sido fiel.

Sí, he probado alguna vez en color, pero no me gusta.

¿Ves en blanco y negro?

El blanco y negro me parece natural, más elegante, más sintético, más justo para puntualizar. El color distrae. Hay buenos fotógrafos en color, claro, pero yo no lo sé hacer. Sería igual a los otros. Quizá el blanco y negro me ayuda a ser distinta, a lo mejor es que soy antigua, no lo sé. Pero está volviendo el blanco y negro.

Sí, ya has visto nuestra revista.

Muy bonita.

Tampoco has fotografiado muchos hombres.

No, no me salen bien. Siempre mujeres. Solo el juez Scarpinato, y lo pongo siempre en las exposiciones. Creo que es una cuestión de que… ¡no me gusta fotografiar hombres con el pelo corto!

Scarpinato tiene el pelo largo, sí.

Me gustan los cabellos, las formas redondas de las mujeres. Y no soy lesbiana, nunca he tenido una historia con una mujer. Con muchos hombres sí, pero mujeres no, pero es que no me sale.

¿Somos más aburridos estéticamente?

No lo sé, los hombres son menos… amables. No sé por qué me pasa esto. Creo que me viene de la política, no me gustaba fotografiar a los políticos.

Entonces eran todos hombres.

Sí, pero eran las caras. Los políticos no tienen una buena mirada, porque tienen dentro todas las intrigas de la política, que es horrible, vulgar, aunque sean buenos…

Andreotti.

Andreotti, Andreotti [lo dice en voz muy baja].

Una foto que le hiciste sirvió de prueba en el juicio contra él por sus relaciones con la mafia.

Sí, dos fotos. Las hice porque me mandaron a un acto público, y me salió movida, desenfocada, horrible. Estaba a un lado el mafioso, luego unos políticos, Mattarella, Salvo Lima y luego Andreotti.

Sí, y decía que nunca había visto a ese mafioso.

Sí, y en cambio ahí estaba la foto. Yo no sabía que la tenía, vinieron a buscarla al archivo, porque el periódico publicó otras de ese día pero en esas el mafioso no aparecía. Pero en esas dos se les veía juntos.

También tienes otras fotos históricas de arrestos de mafiosos: Leggio, Bagarella, Ciancimino…

Sí, pero no es bonito fotografiar un arresto. Un hombre con esposas no debería ser fotografiado, porque no es libre, no es justo. Muchas veces me he avergonzado de ellas. Bueno, con la de Leoluca Bagarella no, era verdaderamente un asesino, con decenas de homicidios.

En esa foto se le ve rabioso.

Sí, sí, me dio una patada, me caí para atrás, pero la foto la hice.

Una vez dijiste que hacer fotos te ha dado seguridad, energía.

Sí, además de la satisfacción por el trabajo, es que te expresas a ti misma. Creo que he sido una mujer valiente, en el sentido de que pude imponer esta cosa, que yo debía hacer fotos. Al final con los años logré este respeto, porque al principio me apartaban como una hoja.

L’arresto del boss Leoluca Bagarella. Fotografía: Letizia Battaglia, Palermo, 1980. ©

Para fotografiar a las mujeres el hecho de ser mujer te habrá ayudado. Tus fotos a mujeres son muy especiales, muy íntimas, un hombre quizá no habría conseguido hacerlas.

Hubiera sido más difícil, sí. Recuerdo, por ejemplo, una mujer con sus niños que encontré en una barraca y estaba en la cama. Me dijo que estaba en la cama porque no tenía comida, ni agua, ni luz, y allí estaba.

En esas fotos se ve un Palermo de gente muy pobre, que vivía en la miseria.

Ahora la pobreza es distinta. Incluso entre los pobres ves las modas. Aquella era una pobreza… ¿puedo decir una palabra terrible? Era una pobreza dulce, de gente dulce, no envilecida, ahora es una pobreza envilecida. Tienen el modelo que ven en la televisión de una vida distinta, la droga…

Te he oído ser muy crítica contigo misma sobre tu técnica fotográfica, decir que cometes muchos errores.

Me equivocaba siempre, sí. Me confundo siempre con los tiempos, la profundidad de campo, con la técnica soy un desastre, pero es que tardo seis meses en aprender cómo funciona la lavadora. Dentro soy como una salvaje, que no quiere ser esclava de la técnica. Adoraba hacer fotos con una Pentax K1000, que costaba poco, era preciosa, la foto siempre salía.

Tus recuerdos, muchas veces, serán fotografías.

Yo hace tres o cuatro años que salgo poco, voy solo a coger el avión, y noto que caminando voy pensando: aquí mataron al juez Costa, aquí al juez Terranova… La ciudad es como un cementerio. No querría parecer exagerada, pero es que fueron años terribles, vergonzosos. Me acuerdo de cuando empecé a hacer política, estábamos desesperados.

Con Leoluca Orlando, la primavera de Palermo, en 1992. Pero aquel fue un momento de esperanza.

Sí, allí dentro nos odiaban, todos los funcionarios y empleados.

¿En el Ayuntamiento?

Sí.

¿Por qué os odiaban?

¡Eran los empleados de Ciancimino! [Dirigente democristiano siciliano que controlaba la política local, luego arrestado por mafioso, n. del a.]. ¿Qué podías esperar? Encontramos a esta gente, sentías su odio. Yo era asesora de medio ambiente, para los parques, y habían contratado ¡a mil doscientos trabajadores!

Sí, al estilo de la época.

Eran mil doscientos, y no hacían nada, nada, desaparecían. ¿Qué hice? Salía a las siete de la mañana con el coche y me iba a los jardines, a los parques, y allí estaban ellos. Me lo tomé por las buenas. Les dije: mirad, a mí me da igual si os vais a las diez, pero lo importante es que al menos de las siete a las diez hagáis algo. Fue maravilloso, trabajaban encantados, y si en algún sitio no querían me ponía yo a barrer o a lo que fuera. Luego me quisieron, se acabó el odio. Fue precioso, el periodo más bonito de mi vida, me sentí útil, pude hacer las cosas en Palermo. No denunciarlas, hacerlas. A veces, por la mañana, pedía café y cornetto para todos, y luego trabajaban, y sobre todo limpiaban, limpiar la ciudad era lo más importante, y plantar árboles. Claro, luego… Te cuento otra historia triste. Delante del mar, en el Foro Italico, había un espacio lleno de escombros de la guerra, y luego la gente tiraba de todo, basura, neveras. Decidí limpiarlo, y durante meses sacamos toda la porquería. Luego planté ochenta palmeras, que eran pequeñas, y las iba viendo crecer con los años. Eran preciosas. Hasta que hace dos años pasé y ya no estaban. Las cortaron todas y han hecho un pub. Fue una cuchillada en el corazón. Dijeron que estaban enfermas y las cortaron todas.

Sí, por la plaga de este insecto, el famoso punteruolo rosso. En España creo que se llama picudo rojo.

Ya, ya, pero es que con catorce euros se cura. Lo ha descubierto un profesor de Barcelona, de tu país. No, no, es que el proyecto es hacer allí un gran complejo, un restaurante, un hotel, no lo sé. Ya no veremos el mar. Pero basta, no hablemos más.


Íñigo Domínguez: «Si vas a Italia con tus cojones por delante te comen con patatas sin que te des cuenta»

Íñigo Domínguez para Jot Down 0

La cita es en la librería Tipos Infames de Madrid, un buen principio para hablar de libros y de las cosas que se mueven alrededor de la cultura, como la vida. Íñigo Domínguez es tan de Bilbao que nació en Avilés porque sus padres estaban de paso. Vive en Roma desde 2001. Tiene cuarenta y un años y mucha suerte porque pese a la crisis que zarandea al periodismo, su medio (El Correo y el resto de los periódicos del Grupo Vocento) le mantiene en primera línea en una ciudad extraordinaria que tiene puesta una vela a dios (Vaticano) y otra al diablo (Quirinale), sin que se sepa dónde está la frontera. Trece años, varios presidentes, innumerables escándalos, muchos ministros y tres papas le han convertido en uno de los periodistas que mejor comprende Italia más allá de los estereotipos en los que se queda la mayoría. Domínguez es un experto en la Mafia y en Silvio Berlusconi, dos asuntos que no siempre viajan separados. Acaba de publicar un libro llamado Crónicas de la Mafia (Libros del KO), pero no vamos a hablar de él, sino de Italia, o lo que surja.

¿Se parece España a Italia, tenemos algo que ver?

No nos parecemos nada. Es lo que uno descubre cuando llega a Italia. Pero desde que estoy allí he visto cómo España se italianizaba en lo malo; cómo se degeneraban la sociedad, las costumbres y la política con la corrupción. Veo lo que antes veía en Italia y pensaba que en España no pasaba. Y pasa, o pasaba y no lo sabíamos. Quizá no estamos tan lejos, o tal vez nos estamos pareciendo poco a poco. Cuando llegas a Italia ves un país que tuvo un momento de oro maravilloso: los años cincuenta y sesenta con el boom económico, cuando el país se puso en pie, se construyeron carreteras… Después no se hizo más. Se quedó parado. No hubo mantenimiento. Todo ha ido envejeciendo, estropeándose y ahora se cae a trozos. En España hemos tenido también ese momento de construir autopistas, aeropuertos y palacios de congresos. Si cuando se acaba el dinero no lo mantienes, empieza a desconcharse. Puede que en unos años estemos igual. El momento de despegue es muy emocionante. Luego viene la gestión de ese bienestar, que es lo difícil. En Italia, después de estar en lo más alto todo ha sido cuesta abajo, un declive progresivo que percibes en todo.

Y políticos viejísimos. En Italia una joven promesa tiene sesenta años.

Esa gerontocracia que domina todo y tapona el ascenso de los jóvenes tiene un aspecto que me sorprendió al llegar. Si lo comparabas, España parecía un país joven y dinámico. Pero luego se empieza a dar la vuelta la tortilla y te das cuenta de que en España nos estábamos olvidando de la tradición, del pasado, de lo bueno que tiene la experiencia. Italia mira constantemente al pasado, siempre está en el retrovisor. España solo miraba al futuro cuando mirar hacia atrás, tener una buena relación con el pasado, cuidarlo y revisarlo es esencial. De repente, en España se construían paseos marítimos y se quitaban los empedrados de toda la vida. Lo viejo daba grima; se rehacía, alicataba o tiraba. El pasado era algo de lo que había que desprenderse. En Italia aprendes que la tradición y la historia son importantes. Imagínate en Roma, que la ciudad era así hace 2000 años. Aquí vives inmerso en la historia. Tengo amigos que venían a Roma y decían que estaba todo roto y viejo, cuando a mí me parece maravilloso. ¡Qué obsesión con tenerlo todo recién pintado!

Aquí nos creímos ricos, pero solo estábamos endeudados.

Llegué a Italia como corresponsal en 2001. Cuando volvía a España de viaje veía cómo la gente se iba volviendo loca: todos se compraban el cochazo, el piso. Me echaban la bronca porque no me compraba uno. Esa frase mítica: «Nunca pierdes dinero». Yo decía que no me parecía normal que un piso costara eso. Veía cómo se iba perdiendo el contacto con la realidad, que la gente se iba metiendo cada vez más en el mar y dejaba de hacer pie sin darse cuenta. Todo el mundo entendía de vinos, se preocupaba por el vestir, iba al gimnasio, se hacía sofisticado. Era una pátina, un barniz superficial, había trampa. Era sospechoso. Parecía que todos estaban bajo un estado de hipnosis colectiva. En 2008 hice un viaje por la costa mediterránea para escribir unos reportajes. Me compré una guía de España en inglés para ver cómo lo explicaban a los turistas. En esa guía se decía que España estaba viviendo una ficción, una burbuja inmobiliaria que cualquier día iba a estallar, que todo estaba basado en la construcción. ¡Era una guía para turistas! Desde fuera estaba clarísimo, pero desde dentro no se veía. O no se quería ver.

Rachel Donadio, hasta hace poco corresponsal de The New York Times en Italia, escribió un reportaje sobre la pasta. A través de la pasta contaba que Italia no existe. Pero también se demostraba que es un país pragmático para resolver sus conflictos. En España tenemos más problemas de cohesión y menos cintura.

Es curioso porque sobre el papel Italia nació hace ciento cincuenta años uniendo piezas con una identidad fortísima porque habían sido Estados. Venecia era una señora república con su personalidad, lengua, historia y leyenda. Nápoles era la capital de un reino. Palermo igual, el de las Dos Sicilias. Estaba Roma, Génova y el Ducado de Ferrara… Todos tenían una entidad fuerte. Es algo que se ve: las ciudades son monumentales porque eran centros de poder. Italia une todos esos fragmentos, cada uno con una identidad fuerte. Por eso el poder está fragmentado. Por eso son importantes los acuerdos, las negociaciones, las alianzas. Pero esta singularidad también favorece el chantaje: todos saben los secretos de todos. Todo el mundo es chantajeable. Eso hace que las cosas sean mucho más interesantes y que salga a la luz mucha más información, que el sistema sea permeable. Los periódicos están llenos de historias curiosas e interesantes. El periodismo italiano sigue las viejas pautas, en el buen sentido: se patea la calle, hay contacto con la realidad.

¿Está más vivo que el nuestro?

No sé si está más vivo, pero los periódicos italianos son divertidos. Puedes ser muy crítico con la prensa italiana, ellos mismos lo son, pero están llenos de historias.

Íñigo Domínguez para Jot Down 1

¿Es Roma un buen sitio para vivir?

Sí; muy buen sitio. Pero no tan fácil como parece. Cuando llegué conocí a corresponsales cuyo impacto con Roma fue traumático, sobre todo para los que vienen de Washington o Londres. Aterrizan en Roma y se dan un trastazo. No funciona nada, todo es complicadísimo. Pensaban que iban a una ciudad europea y tienen la sensación de que es un país pachanguero. Descoloca a mucha gente. Depende de cómo llegues en tu vida; más cansado, menos cansado, mayor, joven. Y de cómo le entres a la ciudad. Pasa con todas. Pero si en Roma se te tuercen las cosas puede ser desesperante, todo se convierte en un laberinto kafkiano. En España puedes abrir una cuenta en un banco en cinco minutos, mientras que en Italia es una odisea. Hay que volver mil veces. Tardan hasta cinco meses en darte una tarjeta de crédito. El papeleo es una locura. El primer año se sufre mucho. Luego uno se enamora y vivir en Roma se convierte en algo mágico. Me sigo sintiendo como si estuviera de vacaciones. Es lo mejor que te puede pasar en el trabajo, que parezca que no estás trabajando. Todo lo que sale en la película La grande bellezza [de Paolo Sorrentino] es verdad, es así. Tiene esa combinación de lo mágico y lo rastrero, lo sórdido y lo armónico. El aburrimiento vital de fondo de toda esa gente que no tiene nada que hacer, que es superficial pero que al mismo tiempo tiene esa profundidad por la vida, es Roma. Así de misteriosa es la ciudad. La película lo capta muy bien. Cuando va todo a favor, Roma es maravillosa. Pero cuando llega el día en que los elementos se confabulan contra ti, todo sale mal: esperas el autobús dos horas y no viene; empieza a llover, se colapsa la ciudad porque se ha inundado; llegas a casa y se ha roto una tubería; llamas al fontanero y tarda un mes en llegar y te quedas sin agua. Es una pesadilla. Eso pasa periódicamente. Tienes que torear con sentido del humor, como hacen ellos. Roma te enseña a vivir. Italia es una escuela fantástica de vida. Los italianos son prácticos, tienen un gran sentido de la belleza y de la vida.

Una amiga sostiene que los españoles somos divertidos pero no tenemos glamour como los franceses ni ese sentido de la belleza de los italianos.

Es verdad, en España somos trogloditas. Al llegar a Italia me di cuenta de que yo también lo era. Somos brutos; todo es blanco o negro. Desde fuera ves que en España todo es solemne, drástico y grave. Incluso la manera de ver la religión. En Italia todo se toma de una forma más amable. En eso consiste la piedad: lo haces, te confiesas y vuelta a empezar. No existe una condena definitiva, el mal absoluto; todo el mundo tiene algo bueno, todos se pueden arrepentir y volver a empezar. No puedes condenar definitivamente a nadie porque todos somos humanos y débiles. Esto lo ves en la vida pública y en la política. Uno hace la barbaridad más grande que te puedas imaginar y al cabo de un año está otra vez en el juego. Nadie juzga ni censura porque todos somos así. Hay una gran desconfianza hacia el ser humano y al tiempo una gran comprensión. Eso es inteligente comparado con España, donde somos de discutir, de dar puñetazos encima de la mesa, intransigentes con el adversario, con el que no piensa igual, con el enemigo. En Italia también hay enemigos, pero sorprende la capacidad que tienen de hacer migas hasta con la persona más antitética. En la prensa italiana lees entrevistas con la gente más opuesta a la línea editorial del periódico. Conducen la entrevista como un juego de esgrima. Todo se reduce a un sentido lúdico de la vida que a veces desarma porque te hace ver que hay una filosofía profunda según la cual no te puedes tomar nada en serio.

De ese cultivo cultural nace Silvio Berlusconi, que se presenta como un antisistema. Si no me equivoco Italia tiene una relación difícil con el Estado. Hay que robarle porque él roba.

Sí, el Estado está para joderte. Berlusconi se presenta como el hombre nuevo de la Segunda República tras la caída del sistema [por la corrupción masiva llamada Tangentopoli]. Se mete en política para salvar sus negocios porque los jueces ya estaban detrás de él. Y le sale bien. En un momento de absoluto descrédito de la política utiliza la bandera de que él no es como los demás, no es un político sino un empresario, que no tiene nada que ganar porque ya lo ha ganado todo, es millonario, una garantía de éxito porque ha cogido al AC Milan en Segunda División y es campeón de Europa, que de la nada ha hecho un imperio y que él cree en las personas. Es todo una operación de imagen porque él va a lo suyo. Berlusconi siempre va a lo suyo. Indro Montanelli lo caló enseguida: «Berlusconi no tiene ideas, solo tiene intereses». En cada movimiento que hace hay que buscar lo que le interesa. Es pragmático, un genio de la política. Es un animal político. Cualquiera que le haya visto en un mitin o en un debate lo sabe. En las últimas elecciones se metió en la boca del lobo al acudir al programa de televisión más hostil hacia su persona y se merendó a los tres periodistas. Un monstruo.

¿Está políticamente muerto o no hay que descartarlo?

No lo descarto. Hasta que no lo echen los italianos, Berlusconi va a estar ahí. Si te presentas y te votan, ¿para qué te vas a ir? Por mucho que te hayan condenado y aunque digan que eres como Bin Laden, si te presentas y te siguen votando, ¿qué más te da?

¿Por qué le siguen votando?

Berlusconi es el líder de la derecha. Todos los que no son de izquierdas le van a votar. Pueden argumentar que es todo mentira, una conspiración, que es una víctima. El gran problema de Italia es que no tiene una derecha civilizada, europea y moderna. La gente que jamás en su vida va a votar a los comunistas o al centroizquierda, tiene a Berlusconi. Para muchos no hay una alternativa, a veces por bloqueo ideológico o porque la izquierda no ha sabido hacerlo bien. De esta parálisis, de los que están hartos de Berlusconi pero que no votan a otro y de los que están hartos de la izquierda y que jamás van a votar a Berlusconi nace una frustración. Así surge Beppe Grillo, que reúne a los que quieren mandar a toda esta gente a la calle.

¿Sigue vigente el Movimiento 5 Estrellas?

Están en el Parlamento. Hacen su trabajo, que es hacer ruido, mostrarse cabreados reflejando el cabreo de la calle, que es auténtico. La gente está decepcionada y desilusionada. Quieren a alguien que la arme, que vaya allí a hacer ruido. Es un país con mucho aguante. Cuando hay un problema o un avión que no sale, los italianos no protestan; el español enseguida montaría un pollo. Ennio Flaiano decía que ahí nunca habría una revolución porque se conocen todos.

Explícanos quién es Flaiano.

Ennio Flaiano es un escritor maravilloso, guionista de Fellini. Manejaba muy bien la frase; tiene muchas buenísimas sobre el italiano. Es un autor delicioso. Decía que no era comunista porque no se lo podría permitir. En estas dos grandes frases describe Italia: «La situación es grave pero no seria»; «acudí en auxilio del vencedor». O esta definición del carácter: «El italiano es un intento de la naturaleza de desmitificarse a sí misma. Coged el Polo Norte: es bastante serio, considerado en sí mismo. Un italiano en el Polo Norte añade de inmediato algo de cómico». Era un tipo genial. Lo recomiendo siempre como guía para no perderse. Otra frase suya dice: «En Italia, la línea más corta entre dos puntos es el arabesco».

Íñigo Domínguez para Jot Down 2

En España, la clase política sufre el descrédito absoluto. El bipartidismo se hunde en unas encuestas que anuncian un Parlamento fraccionado. ¿Tenemos más posibilidades de que surja un Berlusconi o un Beppe Grillo?

Un Berlusconi. En España surgió Jesús Gil. Digamos que es, salvando mucha distancia, un Berlusconi basto. La pregunta es si el empresariado español ha llegado a tal sofisticación que es capaz de producir un personaje tan sofisticado como Berlusconi. No sé si un español con dinero y ambición puede llegar a ese nivel. A lo mejor se puede comprar un equipo de fútbol y hacer negocios utilizándolo de imagen, y tenemos ejemplos, pero de ahí a dar un salto a la política sin ser político y manejarlo como Berlusconi… No sé si tenemos ese material humano. Un Beppe Grillo puede ser. A todos nos interesó mucho el movimiento de los indignados, pero faltaba alguien que lo aglutinara. Quizá está escondido o es que a todo el mundo le da pereza meterse en la batalla, o todo el mundo está quemado y piensa que no tiene sentido darse contra la pared. Grillo es un personaje genial.

Lo más parecido podría ser El Gran Wyoming.

Sí, El Gran Wyoming también es un tío genial, pero imagino que lo último que se le ocurre es intentar meterse en ese fregado.

¿Podemos llamar cómico a Beppe Grillo?

Sí. Se ha llegado a tal nivel de saturación y hartazgo que es posible una figura volcánica como Beppe Grillo. En España estamos cabreados e indignados, pensamos que es intolerable, pero tendríamos que tragar lo que han tragado los italianos durante los últimos sesenta años. Llega un momento en que es esto o nada, no queda otra salida. La desesperación es verdadera. En España el término es «indigno», una palabra fría. En Italia hay desesperación, vómito, cabreo. Tienen la peor opinión de su clase política; está justificada por los hechos, son impresentables. Lo que falta quizá en España es ese grado de cocción del malestar, que llegue al punto de ebullición. No sé si faltan cinco o diez años. Ojalá no llegue y se arregle todo. A lo mejor esta es otra diferencia entre los dos países aparte del estilo y el carácter.

En el libro cuentas que la Mafia nace casi a la par que el Estado italiano, en 1860; también que existen varias mafias: la siciliana, la ’Ndrangheta calabresa, la Camorra napolitana. Parece que la Mafia funciona en los Estados en formación. Donde todo está fragmentado, la Mafia se convierte en un poder más con el que negociar. ¿Cómo respetan las mafias sus espacios de actuación?

Las mafias tienen repartido el territorio claramente: es regional. No entran en conflictos entre ellas porque el terreno está muy claro. Igual que dentro de cada mafia está perfectamente delimitado el territorio de cada clan y cada familia. Desde los primeros informes escritos en 1900 por el prefecto de Palermo, Ermanno Sangiorgi, todo está descrito con mapas de quién manda en cada sitio. El territorio es la base del poder del capo mafioso. Cada vez que uno escapa a Brasil pierde el poder por la falta de contacto. Tiene que estar allí presente, encima. Muchas veces están en busca y captura durante cincuenta años y se descubre que nunca se habían ido del pueblo. Porque si no están allí alguien se hace con el poder. Es en el territorio donde pueden infundir miedo.

¿Por qué en España no hay mafias?

Sí hay, pero no se habla mucho de ellas. Están la Mafia italiana, la ’Ndrangheta y la Camorra.

Sí, pero de vacaciones.

Somos un poco el lugar de retiro, de sol y playa. Pero también para hacer negocios. En España se blanquea el dinero.

No hay una mafia española.

La Mafia surgió en Italia en un momento determinado en el que había un vacío de autoridad. En España, aunque hay mucho descrédito, no existe vacío de autoridad. Hay policía en la calle que hace su trabajo. Existe un Ejército, el monopolio de la fuerza está garantizado. No hay ningún terrateniente o gran empresario que tema por su propiedad porque la policía no hace su trabajo o porque el Estado no está presente. En Sicilia ocurría eso. De repente alguien no se siente seguro, el Estado no está presente y se crea una industria de protección privada que se ocupa de eso. Así nace un poder alternativo de seguridad que protege. Unos matones que dan miedo y resuelven problemas, que hacen una marca reconocible, como la policía que realiza su trabajo con eficacia. Ese grupo armado que protege puede llegar a tu altura y pedir favores, manejarte y controlarte. Y así nace la Mafia. Estados Unidos es otro caso en el que las mafias italianas se han infiltrado muy bien. Era un Estado que estaba naciendo. Los mafiosos llegaron con los inmigrantes, tenían poder de mediación, de hacer el trabajo sucio a cambio de una comisión o de garantizar votos. Y así entra la Mafia en Estados Unidos, a través de conexiones con los partidos políticos. Así comienza a infiltrarse en las instituciones y el poder.

Íñigo Domínguez para Jot Down 3

En España tenemos dos banderas, dos himnos. Se discute el territorio. La monarquía parece haber entrado en barrena. El único símbolo de unidad nacional es el equipo de fútbol, sobre todo desde el Mundial de Sudáfrica y mientras gane.

En Italia todo el mundo siente más su equipo. El que es de la Lazio es de la Lazio y si juega Italia vale, pero la Lazio es la Lazio. Y la Roma y el Nápoles y el Milan y la Juve. Pero cuando gana la Nazionale, gana Italia. El fútbol es muy curioso.

¿De dónde viene esto de pasar de un extremo a otro, algo típicamente español?

No sé si es la educación católica.

No aceptamos que el otro pueda tener algo que podamos aprovechar.

Como dicen en Italia, manca finezza. Falta ese refinamiento de buscar los matices. No sé si es la educación religiosa con lo bueno y lo malo, las reglas que debes cumplir porque si no estás fuera, eres un pecador e irás al infierno. Rubén Amón, que ha sido corresponsal en Italia, tenía una metáfora excelente para ilustrar estas diferencias. Decía que en España el espectáculo nacional son los toros, donde existe una frontera clarísima que es sol y sombra, que diferencia las clases sociales, el precio de la entrada y cómo se ve el espectáculo, con el sol en los ojos o al fresquito. Es un espectáculo de muerte que todos ven en un espacio circular y cerrado. En Italia el espectáculo nacional es la ópera, que se desarrolla en un lugar con forma de herradura, un tipo de escenario que les permite verse los unos a los otros y hacer vida social. Hay palcos, clases sociales, sí, pero se juntan de manera más armónica. Lo que todos ven es una historia extravagante e inverosímil que cuentan cantando. Parece que no puede funcionar porque todo es absurdo pero resulta que también todo es armónico y maravilloso. En España somos muy viscerales, de repente todo nos parece una mierda. Cuando vengo de Italia me doy cuenta de que la gente grita mucho. Somos malhablados. Yo también soy de decir tacos. En Italia se cuidan las formas. Si lo haces aquí piensan que eres un afeminado o un estirado. Para un italiano la forma de plantear las cosas de un español es violenta. Les sucede también a los latinoamericanos: el español de España les parece demasiado visceral. El italiano cuida las formas, da más vueltas, es más civilizado. Si vas al ataque sin realizar una aproximación blanda o sin intentar conocer al adversario el choque está garantizado. Empiezas a hablar con un italiano y te das cuenta de que es acogedor y envolvente; primero trata de conocerte, después te intenta buscar las vueltas y luego se sale con la suya. Es una actitud más inteligente. Si vas a Italia con tus cojones por delante te comen con patatas sin que te des cuenta.

Estamos en un tiempo en el que en España se discute todo, hasta la Transición.

Igual que en el 1898 hay una gran autocrítica nacional. Es un momento de cambio y revisión. Es bueno que se vuelva a hablar de la Transición, que parecía tan cerrada y tan clara. Revisar está bien. Los jóvenes quieren respuestas, quizá porque con ojos nuevos no entienden las respuestas anteriores. Nosotros hemos crecido con esto así y nos parecía lógico. Llega gente más joven y pregunta por qué se hizo así. Eso te obliga a revisarlo.

¿Hay tensiones territoriales en Italia como las hay en España?

Sí, pero Italia tiene eso de que la sangre nunca llega al río. Existe esa comedia de fondo que hace que nunca sepas hasta dónde te lo tienes que tomar en serio. Las diferencias norte-sur son brutales, mucho más pronunciadas que en España. En los últimos años, la democracia española ha intentado equilibrar y hacer un trabajo de cohesión, mientras que en Italia no se ha hecho. El sur sigue siendo un agujero negro con unas diferencias impresionantes. Italia es un país estrecho y largo. El norte queda geográficamente más lejos del sur. El norte de Italia es la región más rica de Europa. El PIB de Piamonte y Lombardía es altísimo. Lo más rico coincide con lo más pobre, que es el otro extremo de Italia, que está dejado de la mano de Dios, donde se ha depredado lo público, donde la Mafia es una realidad abrumadora que en muchos sitios sustituye o es el Estado. Calabria es, en este momento, un lugar increíble. Según los datos que da Francesco Forgione en su libro Mafia export, el 25 % de la población de Calabria orbita en torno a la Mafia. Hablamos de una cuarta parte de la población. En el sur de Italia el porcentaje es cercano al 10 %. Hay zonas de Nápoles, Calabria y Sicilia donde no está claro que exista el Estado. Es el far-west. Resulta increíble pensarlo en la Europa de hoy, pero es así. Tampoco se habla mucho de eso. Es una asignatura pendiente que sigue ahí.

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¿Cómo encaja este papa que, al menos en sus formas, parece extraterrestre?

Lo es, y bendito sea. Está entrando como un elefante en una cacharrería. El momento catártico llega con Benedicto XVI, que dimite. Hasta los que no están en el rollo de la Iglesia sienten cómo cruje algo sólido: los papas no dimiten; se tienen que morir en la cama. Ese gesto, que también ha sido revolucionario, permite el «hasta aquí hemos llegado», hace posible a Francisco, y que este se ponga a limpiar el banco, a sacar mierda, colaborar con las autoridades en los casos de pederastia y hacer limpieza de lameculos y trepas que hay en la Iglesia. A Francisco le harán la guerra, pero no solo dentro de la Iglesia, sino por lo que dijo en Río de Janeiro en su discurso a los jóvenes, eso de salir a la calle a hacer ruido y montar un pollo para defender sus ideas. Lo dijo en un país en el que los jóvenes se han echado a la calle a luchar contra el despilfarro del Mundial de fútbol, el sistema económico. Este papa está con los chicos de la calle que están pegándose con la policía. Dijo que «el mundo se pasó de vueltas». El poder económico y los grandes banqueros pensarán que no es de los suyos.

Antonio Fraguas escribió en un tuit que en estos momentos la profesión más peligrosa del mundo era probador de la comida del papa.

Los romanos lo calaron inmediatamente. Con Benedicto XVI, por aquello de que es alemán, había frialdad. Pero con este hubo buen rollo desde que salió elegido. Todos te decían que les encantaba, en el quiosco y en la pescadería. La comunicación fue instantánea. Es un papa que va contra el sistema, y eso los italianos lo detectan rápido. Desde el minuto uno todos decían «a ver cuándo se lo cargan» o «a ver cuánto dura», a este lo fanno fuori. Tienen un sexto sentido desarrollado durante siglos, saben que esa gente es peligrosa y que por eso son eliminados de una manera u otra, sin contemplaciones, como sucedió con Falcone.

Como con el papa Juan Pablo I, que dicen que se quería ir del Vaticano porque no soportaba la riqueza.

Son casualidades que hacen que se piensen cosas raras. Este papa es muy interesante. Vamos a ver el recorrido que tiene y hasta dónde llega.

Der Spiegel daba algunas pistas sobre la macroencuesta que lanzó el Vaticano para conocer la opinión de los fieles en asuntos controvertidos. La revista asegura que los resultados en Alemania son sorprendentes. En Baviera, donde son muy católicos, más del 80 % están a favor del preservativo y las píldoras anticonceptivas. Parece que existe una gran diferencia entre la base católica y la jerarquía.

Esto vuelve a plantear un problema que estaba pendiente desde los años sesenta, cuando la Iglesia decide que debe opinar sobre los anticonceptivos porque el tema estaba en la calle. Pablo VI, que era un hombre meditabundo, una especie de Hamlet que se comía mucho la cabeza, creó una comisión para estudiar el asunto. La comisión era, al parecer, favorable a los anticonceptivos, pero él decidió que no tras pensarlo mil veces y rezar. Entonces publicó su célebre encíclica Humanae Vitae. Esas situaciones te dan esa idea de que la Iglesia, que tanto ha combatido el relativismo, entra en cosas relativas. Quizá se puedan examinar. Este papa no ha dicho en qué va a meter mano. Anda cauteloso porque es muy listo. Es argentino y jesuita.

Es una combinación explosiva.

Sí. Ha dicho que en los Evangelios solo se dicen tres o cuatro cosas, que lo demás es revisable.

Es un biblista, que se suponen más abiertos. Lo importante está en el Libro, el resto son decisiones de los hombres, añadidos de los concilios que se pueden quitar.

Dijo que todo lo demás se puede revisar, y eso es revolucionario. No creas que la prensa italiana lo tiene muy claro con este papa. Hay un poco de ninguneo.

En España sucede también con la prensa conservadora.

Pero un papa que dice estas cosas quiere decir que se plantea la cuestión. Luego es cauteloso al decir que no va a cambiar la Iglesia porque él es su hijo y no la va a poner patas arriba, pero está dispuesto a hablar y pensar sobre ello. A ver hasta dónde llega.

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Leila Guerriero cree que es todo teatro, que en el fondo no va a haber cambios.

Es posible.

Der Spiegel también decía que nos pareció que Barack Obama traía el cambio porque tenía un lenguaje muy fresco, y al final se ha calzado los mismos zapatos de George Bush. ¿Hay riesgo de que Francisco acabe calzándose los zapatos de Ratzinger o Juan Pablo II?

El riesgo de decepción existe, sobre todo cuando se crean esas expectativas. Pero ya solo la actitud ha sido una revolución que contagia a la gente. A los creyentes por supuesto, y también a los agnósticos y ateos, a mucha gente. Que alguien hable en términos espirituales de asuntos que afectan a la ética cotidiana les parece nuevo porque está todo tan plastificado y contaminado por los intereses que ya no queda ninguna utopía. Que alguien hable en esos términos refresca a la gente. Como hace el dalái lama. El otro día un grafitero dibujó al papa en un muro de Roma que el Ayuntamiento se apresuró a quitar a los dos días cuando aquí suelen durar siglos porque nadie limpia nada. El dibujo era de un papa superhéroe. El dibujante decía que le gustan los cómics de superhéroes y un día, leyendo un tebeo, vio en la tele al papa y asoció las dos cosas. Dijo que el papa es el único que utiliza el poder para hacer el bien, igual que los superhéroes. Luego veremos qué pasa.

¿Cuántos papas has conocido?

Personalmente a ninguno. [Risas] Llegué con Juan Pablo II, luego vino Benedicto XVI y ahora Francisco. He hecho dos cónclaves y son los momentos más agotadores de mi profesión en mi corta carrera. Sobre todo este último fue larguísimo, porque pasó más de un mes desde la renuncia del anterior hasta el nombramiento de Francisco. Y sobre todo ese morbo, esa cosa medieval extraña de que alguien que no es nadie, un desconocido, sea catapultado al poder en primera línea, y no sabes quién es, de dónde ha salido ni por qué. Eso es único, tiene ese atractivo. Pero los momentos históricos son muy cansados.

Quedan pocos corresponsales fijos con esta crisis.

Sí, soy como el último mohicano.

¿Cómo vives esa posición que antes era normal en los periódicos y ahora se ha convertido casi en una rareza?

Si digo que me siento el último mohicano es por una cuestión generacional. Creo que fui de los últimos a quien su periódico mandó al extranjero con casa y gastos pagados y un sueldo decente. Llegué con veintiocho años. Solo han pasado doce y ahora es imposible que suceda. Los que llegaron después ya tenían otra situación; el deterioro es evidente. El corresponsal hoy es visto como un lujo asiático. Y es verdad, una corresponsalía cuesta, pero es que el buen periodismo cuesta dinero.

¿Qué aportan los ojos del corresponsal?

Tú, que has estado en mil sitios, sabes la diferencia entre estar allí y verlo o tener que fiarte de quien te lo está contando sin saber quién es. Pero si pasa algo en tu círculo de amigos o en tu barrio, tratas de averiguar qué ha pasado y te encuentras con mil versiones. Buscas quién ha estado y lo ha visto para saber que esa es la verdad. Sobre todo hoy que existe tal confusión. Todo el mundo habla a la vez y en internet hay mucha información. Tienes que saber de qué información te puedes fiar. Ese es el gran privilegio del periodismo: tener una persona allí que te lo cuenta. Tienes ese canal directo que es único e impagable.

Tu blog es muy bueno y es una lectura obligatoria para quien quiera entender Italia.

Bueno, intento explicarlo. Es difícil, pero lo intento. Pero debería haber corresponsales en muchos sitios, como antes. Luego pasa lo que pasa, que estalla la Primavera Árabe y no nos enteramos hasta el mismo día. ¿Por qué? Porque no tienes una persona en El Cairo o en el Magreb que te cuente el día a día, que te anticipe lo que está pasando, que lo veas venir. De repente todos corriendo allí a entender qué ha pasado. La última vez que trabajamos juntos tú y yo fue en Kosovo. ¿Cuánto hace que un periodista español no va por allí?

Han pasado cosas interesantes.

Estar allí y contarlo es importante. No todo está en internet. La visión humana de la cercanía de alguien del que te fías, que te cuenta las cosas, tiene una complicidad muy particular.

Parece claro que esa es la solución a la crisis.

Todos tenemos la sensación de que se está produciendo un suicidio colectivo en el periodismo porque todos sabemos lo que hay que hacer, es elemental, pero o no queremos o no nos ponemos. Si es que es muy fácil, es sota, caballo y rey: ir a los sitios, ver lo que pasa y contarlo. Es de cajón, hasta un niño lo entiende. Pero eso tan simple parece la fórmula mágica.

¿En Italia hay un hundimiento de la prensa escrita como aquí?

Tiene problemas y todos están perdiendo lectores, pero en Italia hay muchísimos periódicos y lectores. Están todos como nosotros, asustados por el futuro, sobre todo porque no saben qué va a pasar. Esa sensación permanente de que si estás perdiendo lectores y publicidad un día no saldrán los números; entonces cierras y se acabó. Siempre hay fenómenos a contracorriente que te demuestran que cuando haces las cosas bien, funcionan. Misteriosamente, la gente paga por las cosas buenas y las busca.

Pon algún ejemplo italiano.

Está, por ejemplo, Internazionale, que es una revista que recoge lo mejor de la prensa internacional. Te informa de lo que pasa en el mundo cogiendo lo mejor de cada sitio. Una vez a la semana, te ofrecen reportajes, a veces de muchas páginas, que te cuentan de todo, desde el asunto más peregrino que se te pueda ocurrir a lo que está pasando actualmente en Ucrania.

Íñigo Domínguez para Jot Down 6

La revista The New Yorker, que funciona muy bien, es capaz de destacar temas que parecen marginales y con gran sentido del humor. Un ejemplo: Bill Gates ha estado toda la mañana intentando cargar el Windows 8.1. Ese es el titular. Ya te apetece leer el texto.

El problema es que estamos asustados. Se piensan que internet es la madre del cordero, pero nadie sabe de dónde sale el dinero de ahí. Estamos todos fascinados por la web, los medios digitales, Twitter. Es una locura. Pero, sobre todo en la prensa escrita, el privilegio de tener un día entero para poder buscar la información, entenderla y luego sentarte a escribir nos lo estamos cargando, porque todos los grandes periódicos están pidiendo a su corresponsal o al enviado especial que esté actualizando la web constantemente, lo que supone no moverte de la silla. No tiene sentido, estás quemando el tiempo de una persona que tiene que escribir un buen reportaje para el día siguiente y no puede hacerlo porque está actualizando la web.

Y cuando llega la noche no tiene nada que decir porque ya lo ha contado todo gratis.

En el terremoto de L’Aquila llegué a primera hora porque la autopista estaba abierta. No había mucha cobertura de móvil y veías a todos los periodistas apiñados en un sitio con mejor cobertura porque tenían que estar contando constantemente lo que pasaba. Y no tenían ni idea de qué pasaba, porque estaban allí y no se podían mover del punto de cobertura. Tenían que preguntar a los demás o pedir a su sede que les leyeran los teletipos que llegaban para poder contar algo. Es una majadería absoluta. El lector no es tonto, eso lo ve. Cuando en un periódico hay algo bueno, que se ha trabajado a fondo y está bien hecho se ve a la legua. Es difícil hacer así todas las páginas todos los días, pero cuando la media de calidad es alta te apetece comprar el periódico al día siguiente. Si empiezas a pasar las páginas y es todo lo mismo, es aburrido, notas que la gente no está en los sitios, lo que dicen te suena a refrito que ya has oído y entonces dejas de comprar.

Estás casado y tienes tres hijos. ¿Cómo concilias la vida laboral con la personal?

Paradójicamente, cuando dejo a los niños en el colegio por la mañana, pienso que lo peor ya ha pasado. Entonces, ir a trabajar me parece de lo más fácil. Ahora, con los niños pequeños, ha sido difícil, pero te da aguante y resistencia. Estos años me han pillado que llevaba ya mucho tiempo en Italia y me sabía un poco las cosas para ir más cómodo. Si en ese momento me cambian de corresponsalía, como estuvo a punto de pasar, y aterrizo en otro sitio en que tengo que empezar de cero no sé qué habría hecho. Habría sido imposible. Para estos padres modernos que ayudamos en casa y somos uno más, como tiene que ser, es difícil. De hecho, la familia para un periodista siempre ha sido un asunto problemático y conflictivo, debería haber manuales sobre cómo llevarlo.

Puedes escribir un libro, ese manual.

Sí, quizá el próximo.

En este que acabas de publicar dices que a la Mafia le gusta mucho la trilogía de El padrino e incluso que copian personajes, nombres y poses, pero no les gusta nada Goodfellas (Uno de los nuestros) porque no les dignifica, les muestra como son.

Para ellos el cine es un espejo. Cuando uno se mira en un espejo y se ve guapo le encanta ese espejo, o cuando te hacen una foto y no te gusta pides que te hagan otra porque esa no ha salido bien. Pues esto es igual. Antes de El padrino había un gran silencio sobre la mafia italoamericana. Había películas de gánsteres, pero no había italoamericanos por allí, y no se habían descrito tan bien los códigos, cómo piensan, cómo se mueven, cómo actúan o cómo son. El padrino te desnuda esa mafia, te cuenta lo que es pero al mismo tiempo le da una pátina casi prestigiosa porque, aparte de que es una obra maestra, tiene un tono narrativo épico, de tragedia griega, con los grandes temas del teatro clásico: el honor, el respeto, la venganza, la familia, la muerte, la vida. Ni en sus mejores sueños se habían visto así. Lo que hace muy bien Scorsese es quitarles el oropel y los adornos, queda una mafia descarnada. El proceso de desmitificación acaba en Los Soprano; la ves como es, no tiene ninguna fascinación, a nadie le apetecería ser mafioso, no hay atractivo. A la Mafia siempre le ha interesado mucho el cine, les gustan las historias de mafiosos, y al cine siempre le ha interesado mucho la Mafia, se han alimentado mutuamente, copiándose.

Íñigo Domínguez para Jot Down 7

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Crónicas de la Mafia (I): hombres del Colorado

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Unos manifestantes reclaman más seguridad para el fiscal italiano Nino Di Matteo (en la imagen, con gabardina) en diciembre de 2013. Fotografía: Guglielmo Mangiapane / Demotix / Cordon Press.

Mario Francese era un periodista de tribunales y sucesos de Palermo en los setenta. Cada día al final de la jornada, en ese momento mágico de largarse de la redacción, se despedía de sus colegas siempre con la misma frase: «Uomini del Colorado, vi saluto e me ne vado!». Lo podríamos traducir como «¡Hombres del Colorado, os saludo y me largo!», aunque queda mejor en italiano. Francese era una especie de llanero solitario del periodismo siciliano, donde escribir de algunas cosas le convertía a uno en un extraño justiciero que se jugaba la vida en un mundo hostil. Mario Francese, supongo que ya lo habrán adivinado, escribía de la Mafia y escribía como nadie, porque entonces nadie escribía de la Mafia. Lo mataron una semana como esta, el 26 de enero de 1979, cuando llegaba a casa, después de hacer su trabajo y despedirse por última vez de los hombres del Colorado. Tenía cincuenta y tres años y cuatro hijos.

Mario Francese era tan bueno que en el juicio al cura mafioso Agostino Coppola, arrestado en 1974, se sentaba al lado del fiscal y hasta le sugería las preguntas que debía hacer para poner en aprietos al acusado. «Cornuto», susurró el sacerdote fulminándole con la mirada. El padre Coppola era nieto del capo italoamericano Frank Coppola Tre Dita (Tres Dedos). Era un mafioso más y mediaba en el pago de rescates de los secuestros de los Corleoneses de Totò Riina. Francese fue un reportero muy incómodo para la Cosa Nostra, uno de los primeros en romper la omertà, el silencio general fruto del miedo, uno de los primeros en poner con nombres y apellidos los nombres de los mafiosos de Corleone en su periódico, Il Giornale di Sicilia, y contar sus negocios en las obras públicas o con los contratos de reconstrucción del terremoto de 1968 en Sicilia. Es una costumbre mafiosa que dura hasta hoy, como está pasando ahora mismo en L’Aquila.

Con sus crónicas Francese levantó acta del ascenso de los Corleoneses, el clan que luego se adueñaría de la Mafia hasta hoy. En el momento de su muerte trabajaba en un dossier escandaloso sobre corrupción mafiosa que su periódico se resistía a publicar. Según salió a la luz en el juicio por su muerte quizá alguno de sus colegas, uno de esos hombres del Colorado, pero de los malos, se lo pasó a la Mafia. En un wéstern siempre puede haber quien te traicione y te dispare por la espalda. Cuando lo mataron se hizo de nuevo el silencio, la ley del terror volvió a imponerse en esa tierra de frontera que a veces parece Sicilia. Los pocos que lo rompían, otros periodistas incómodos que tomaban el relevo, a veces también fueron asesinados, como Giuseppe Fava o Mauro Rostagno, y antes que ellos Mauro De Mauro, Giovanni Spampinato o Peppino Impastato.

La verdad sobre la Mafia en Sicilia y en Italia suele ser una cruzada casi personal, una última cadena humana de resistencia civil de unos pocos —policías, magistrados, periodistas— que siguen adelante y mantienen viva la esperanza de la comunidad. Francese, por ejemplo, también se ocupó de investigar la extraña muerte de otro periodista, Cosimo Cristina, cuyo cadáver apareció en un túnel del tren el 5 de mayo de 1960. Ni hicieron autopsia, se archivó como suicidio. Tenía veinticinco años y se ocupaba de la Mafia. Es más, un año antes había fundado su propia revista, Prospettive Siciliane, para escribir lo que no podía contar en otros medios. Fue otra muerte olvidada, la primera del periodismo siciliano. Tardaron seis años en reabrir el caso, pero no se llegó a nada, quedó como un suicidio. Y no fue hasta 1999, cuando otro periodista, Luciano Mirone, sacó a la luz nueva documentación que apuntaba a un asesinato. Pero la Justicia aún no ha aclarado nada.

La muerte de Francese también fue olvidada y no llegó a una sentencia judicial hasta 2003, con una condena definitiva de treinta años para Totò Riina y otros capos de los Corleoneses. En buena parte se llegó a ella por el empeño personal de uno de sus hijos, Giuseppe, que el día del crimen tenía doce años y quedó marcado por esa tragedia para el resto de su vida. Se convirtió en el máximo experto en la muerte de su padre, también los fiscales le llamaban para consultarle dudas y al cabo de quince años de búsqueda de la verdad logró reabrir el caso con un dossier exhaustivo. Cuando por fin en 2002 obtuvo la confirmación de la condena en segunda instancia y consiguió que se hiciera justicia se suicidó, con treinta y seis años. El otro hijo de Mario Francese, Giulio, también es periodista.

Con el recuerdo de Mario Francese y otros valientes hombres del Colorado abrimos este espacio en el que contaremos cosas de la Mafia, pasadas y actuales, valga la redundancia, porque en Italia casi todo lo pasado se parece al presente. No hay muchos cambios y, aunque se ha avanzado mucho, el silencio a veces es parecido. Italia se ha acostumbrado al ruido de fondo de la Mafia como al del tráfico, y en el extranjero hay poca información. Esta semana apenas ha pasado de la conmoción momentánea de rutina la noticia del espantoso asesinato de un niño de tres años en Calabria, con su abuelo y la pareja de este. Les pegaron un tiro y les quemaron en un coche. Esto no tiene que ver con la Mafia siciliana y podría ser obra de la calabresa, la ‘Ndrangheta, en un asunto de drogas, aunque también eso está por ver, pero es un ejemplo más de la asombrosa resignación al terror que reina en Italia. Salvo excepciones, fue noticia de segunda fila en televisiones y diarios.

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Imagen: Archivio Mario Francese / Fundazione Mario Francese.

A veces este silencio es peligrosamente familiar. Por comenzar poniendo la cuestión al día, solo tenemos que ver lo que está ocurriendo con el fiscal Nino Di Matteo. Es quien lleva la acusación en el controvertido proceso de la Trattativa, la presunta negociación entre el Estado italiano y la cúpula mafiosa para detener la cadena de grandes atentados entre 1992 y 1993. Es un juicio potencialmente explosivo donde se sientan en el mismo banquillo Totò Riina y otros capos mafiosos junto a altos cargos institucionales de la época. Entre los numerosos testigos que deben pasar a declarar lo que sabían entonces de este tinglado se halla el propio presidente de la República, Giorgio Napolitano. ¿Alguien cree que a Nino Di Matteo le felicitan por la calle o le abruman con declaraciones públicas de apoyo? En Italia las máximas autoridades y los políticos pasan de Nino Di Matteo como si fuera un apestado o un elemento poco de fiar. En 2012 le abrieron un expediente disciplinario por una simple entrevista sobre el juicio que tardaron año y medio en archivar. Una delegación del Consejo Superior de la Magistratura acudió el mes pasado a Palermo para manifestar su apoyo a los magistrados amenazados y no tuvieron tiempo para verle, aunque estaba a cien metros en su despacho. Es inevitable pensar que está flotando de nuevo ese silencio venenoso que rodeó a los jueces Falcone y Borsellino en 1992 como preludio de su fin. La Mafia lee perfectamente los mensajes de deslegitimación hacia sus adversarios.

Se ha perdido la cuenta de las amenazas de muerte que ha recibido Nino Di Matteo, que también debe andar con mil ojos ante posibles traidores en los propios tribunales de Palermo. Lleva veinte años en otro wéstern. Desde hace veinte años vive con escolta, se mueve con nueve agentes y tres coches blindados y hace poco hasta le ofrecieron un carro blindado militar, un Lince, de esos que utilizan las tropas italianas en Afganistán. Lo rechazó porque le parecía que eso ya era hacer el ridículo. Pero eso sigue siendo Palermo, una ciudad donde un fiscal debería moverse en un tanque para estar tranquilo. En diciembre anuló a última hora por razones de seguridad su presencia en una vista del proceso de la Trattativa en Milán, algo que nunca había ocurrido antes, ni siquiera en los peores tiempos de acoso a Falcone y Borsellino.

Este juicio está poniendo muy nerviosa a mucha gente y hay una intensa mar de fondo, lo que en Italia siempre se traduce en que empiezan a pasar cosas muy raras y la actualidad se convierte en un ajedrez indescifrable. La más rara ha ocurrido en un patio estrecho y mugriento de la cárcel de alta seguridad de Opera, en Milán. Es el lugar donde se pasea algunas horas al día Totò Riina, de ochenta y tres años y condenado a cadena perpetua tras ser arrestado en 1993. En su régimen de total aislamiento tiene derecho a la compañía de otro recluso, aunque no hay carreras precisamente para ser el elegido. El año pasado su compañero de recreo era otro tipo de cuidado, Alberto Lorusso, un capo de un clan criminal de Puglia, la región del tacón de la «bota» italiana. En principio se le relacionó con la mafia pugliese, la Sacra Corona Unita, pero las últimas informaciones apuntan a que no tiene nada que ver. Paseando con él de pared a pared, ocho o nueve pasos, entre ruidos de pajaritos, Totò Riina tuvo momentos de gran locuacidad, para ser alguien que nunca habla porque sí. Las cámaras y los micrófonos de la Policía grabaron todo, unas interesantes conversaciones en el patio entre agosto y noviembre de 2013. Ya está todo por ahí en Internet. La sorpresa es que Riina está cabreadísimo con el proceso de la Trattativa, y sobre todo con Nino Di Matteo. Es un juicio que, dice, «me vuelve loco». Se queja hasta de que los fiscales tengan la desfachatez de llamar a declarar al presidente de la República. Y anunció sobre Di Matteo: «Gli faccio fare la fine del tonno, come a Falcone» («Le hago terminar como a un atún, como a Falcone»). Se refiere a la famosa mattanza de atunes de Sicilia y quien haya visto Stromboli, del maestro Rossellini, sabe de lo que hablamos. Es la almadraba siciliana. «Este Di Matteo no lo podemos olvidar. Corleone no olvida», sentenció Riina. Es exactamente eso, una sentencia, una condena de muerte. Riina, según las reglas de la Cosa Nostra, sigue siendo un capo a todos los efectos. Esto salió a la luz en noviembre y aún se esperan palabras de solidaridad con Nino Di Matteo, que sigue adelante con su trabajo.

Totò Riina en prisión.

Naturalmente no se sabe a qué juega Riina, que es muy consciente de que siempre le están grabando, aunque tal vez en este caso pensaba que no lo hacían, pues en una sala interna solo hablaba de fútbol y del tiempo y era al salir al patio cuando empezaba a despotricar. Además en sus monólogos ha dado muestras de siniestra maldad y megalomanía. Ha hablado más en esos paseos que en veinte años de juicios y esta semana aún siguen goteando en la prensa filtraciones de sus charlas. También sale Silvio Berlusconi y hasta el papa. Pero todo siempre con frases crípticas y a medio terminar. Quizá son órdenes, o indirectas a quien sabe entender, o amenazas veladas a quien debe recibirlas. Caben todas las posibilidades, desde que está loco a que es muy listo. Estamos ante un misterio, uno más, que abre muchas preguntas. Sea lo que sea lo que está haciendo Riina, una notable interpretación o una confesión sincera, no hay explicaciones a su rabia contra Di Matteo. Para el fiscal general de Palermo, Roberto Scarpinato, colega de Falcone y Borsellino, solo cabe una: Riina está preocupado por el riesgo de que a través del juicio se sepa algo que aún no se sabe sobre los asesinatos de Falcone y Borsellino y los grandes atentados de 1993. Porque, por si no lo saben, aún están rodeados de sombras. El jefe de los fiscales de Palermo, Francesco Messineo, cree que Riina ha hecho «una llamada a las armas». Aunque ha aclarado con inquietud que quizá no sea a los suyos, sino que está proprocionando una coartada para que otros actúen y luego se piense que ha sido la Mafia: «Parece un mensaje a sujetos externos a la Cosa Nostra, para darles una cobertura». Se está enredando todo bastante, aunque en Italia uno nunca sabe si son teorías de la conspiración o, por el contrario, si se están quedando cortos. Pero estos magistrados son los que luchan contra la Mafia desde hace años y nunca dicen tonterías. La preocupación aumenta porque la situación política italiana es muy volátil e inestable, más que otras veces quiero decir, e históricamente es en esos momentos cuando hay hiperactividad en el submundo del juego sucio.

Por poner un ejemplo: ¿quién es este Alberto Lorusso, el misterioso interlocutor de Riina? Pues ha resultado ser un consumado criptógrafo, experto en mensajes en clave. Tras sus paseos con Riina le trasladaron a una prisión en Roma y le hicieron un registro sorpresa en su celda. Encontraron una carta a su madre, que no tendría nada de particular si no fuera porque estaba escrita en alfabeto fenicio. Y había otra en arameo. Han descifrado algunas palabras sueltas y aluden a asuntos de la Trattativa y los Corleoneses. En las grabaciones también se ha comprobado que conocía detalles muy reservados que solo han circulado en los correos electrónicos que se intercambian los fiscales de Palermo. Por todo ello es muy curioso que un personaje así haya pasado todos los controles para ser el compañero de la hora de aire libre de Riina. Es como colocar a Houdini en la misma celda de Hannibal Lecter. Algún genio de Instituciones Penitenciarias debió de traspapelar el expediente de Lorusso, porque ahora se ha descubierto que en el pasado le fueron negados beneficios penales precisamente por su capacidad de enviar mensajes en clave al exterior. Se sospecha que puede ser un mensajero de Riina que pasa órdenes a sus hombres. Interrogado sobre los papeles explicó inocentemente que solo quería comprobar la eficacia de los sistemas de censura en prisión. También está jugando a algo. En torno a este proceso de las negociaciones secretas se está montando un juego muy peligroso, como en otras turbias historias de los hombres del Colorado.

Íñigo Domínguez es el autor de Crónicas de la Mafia, editado por Libros del K.O.

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Salvatore Borsellino durante una manifestación frente al Palazzo di Giustizia de Palermo. Fotografía: lucio Ganci / Demotix / Cordon Press.